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Final de la última noche de desolación.

No llegamos grita el sargento. Es un desastre todo el camino está lleno hasta el cerro, se disponen
para pasar la noche dentro de la inalcanzable caravana por lo cual la gente protesta ¡No es
posible! ¡Una arbitrariedad! ¡ Sargento!!, muchas cabezas asoman por las ventanillas de los coches
gritándole al sargento del megáfono. Los ánimos hierven tanto como el agua de los radiadores. Es
una indignación en masa. —¡ Una burla! —¡Mi país reclamará! —¡Le voy a encender el pelo al
gobernador desde mi periódico!.

Se acude a los agentes de la circulación. Se enseñan carnets, insignias, documentos personales.


Todo en medio de un tumulto espantoso, entre pisotones, codazos, abrir y cerrar de portezuelas,
rotura de cristales y aullidos.

El rebaño se dispersa con dificultades angustiosas. Van destacándose coches, metiendo las ruedas
delanteras en la cuneta, dando bandazos, trepando por los montones de grava, etc. Diez agentes
piden la documentación, comprueban la identidad y pegan tiras de papel engomado en los
parabrisas: presidencia, diputación provincial, nunciatura,etc.

la hilera de coches privilegiados sigue trepando dificultosamente hacia el Sur, teniendo a su


izquierda el resto de la manada: los que, no pertenecen al elemento oficial, los particulares, los
que, después de haber cruzado media España para llegar, tendrán que pasar la noche allí, sin
poder acercares al ansiado Cerro de los Ángeles, en cuya cúspide, dentro exactamente de once
horas, VA A APARECER DIOS.

En un carro de los privilegiados van unos periodistas Perico Espasa, Federico Orellana y un
fotógrafo; los cuales llegan al cerro a las dos de la mañana y se dan cuenta que la reunión allí es
indescriptible Perico Espasa pregunta indignada —¿La Prensa, dónde? —¿Cuál es nuestro sitio?
Desde otros coches se grita igual. Nadie se entiende

LAS PRIMERAS HORAS DE LA MAÑANA DEL DÍA 10

Todo va despertando en un radio de varios kilómetros. Emergen la estatua del Sagrado Corazón
con sus . Espasa, Federico, el taquígrafo, el fotógrafo y el ayudante han trepado a la torre, de seis
metros de altura, donde los operadores de cine ultiman ya sus instalaciones, y contemplan desde
allí arriba los campos.

En todas partes humean miles y miles de fuegos: son las cuatro: el Papa va a llegar de cinco a seis;
horas después aparecerá Dios y cada cual se apresura a hacer su desayuno

Entretanto, la sensación crece. La impaciencia aumenta. La actividad se multiplica hasta el límite.

En la torre metálica desde donde ametrallan el horizonte con los teleobjetivos y captan las
conversaciones. En la tribuna se encuentra el jefe del Estado, el Gobierno, el Cuerpo Diplomático.
Decano (el Nuncio), al frente y acompañamiento de la Nunciatura, la Cámara Legislativa, etc.

El jardinero mayor realiza un altar brocado de oro y con las mejore joyas para la solemne misa de
pontifical, dos caballero de la grandeza dan guardia al altar.
De pronto, un rugido unánime, un rugido salido de tres, de cuatro millones de gargantas; Es el
"Agnus Dei". En él viene de Roma el Santo Padre.

EN DONDE TOCA TIERRA EL DIRIGIBLE DEL PAPA Y LA LLEGADA DE DIOS ES INMINENTE


MOMENTOS DE EMOCIÓN

Los megáfonos aúllan enfocando sus amplias bocinas sobre el océano de cabezas: El AGNUSDEI
ESTA A LA VISTA.

Ensordece el clamoreo. Aquí y allá salen pañuelos blancos que se agitan. Más pañuelos blancos.
Más pañuelos blancos. Ya toda la multitud saluda así y se diría que una nube monstruosa de
papeles revoloteando se cierne sobre la Tierra. Los speakers comunican: —El "Agnus Dei" está a la
vista. El entusiasmo es indescriptible. En el... Todo el mundo se ha puesto de pie.

EL PAPA DESCIENDE

A las seis, el “Agnus Dei” queda sujeto al poste metálico de amarre que se alza entre la pequeña
Basílica y la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles. En este instante, los órganos callan y los
clarines atruenan el espacio. El Papa va a descender. De nuevo se hace el silencio entre la
multitud. El Jefe del Estado, el gobierno, el Nuncio, con los respectivos séquitos, se adelantan.
Avanzan detrás de ellos el Legado Apostólico, los cuatro lictores, los seis maceros, la hacanea
blanca.

La figura solemne va bajando la escala de acero. Llega a tierra .. El Jefe del Estado se adelanta.
Hinca una rodilla para besar la sandalia, mientras murmura emocionado: —Santidad. .. ¡Oh,
Santidad!. No es el Papa, es un Cardenal. Risas contenidas. Pero ya abandona el dirigible otra
figura solemne y otras 6 más Y, así, cuando baja por fin el Sumo Pontífice, nadie le hace caso,
creyendo que es el Caballero de Malta número siete.

El Santo Padre no viene solo. Abren calle doce trompetas y la recámara. Van después el Legado la
hacanea y los doce Caballeros. Les sigue el Papa, andando bajo la sombrilla de seda roja que
sostiene un camarero secreto.

El papa observa y contempla el fantástico espectáculo del cerro y de las multitudes incontables.

EL PAPA HA SONREÍDO Y HA DICHO QUE ESPAÑA LE GUSTA MUCHO, QUE SUS MUJERES SON
MUY HERMOSAS, SUS HOMBRES, MUY INTELIGENTES, Y SUS NARANJAS, ESTUPENDAS."

Se realiza el protocolo iniciando con un desfile, una ceremonia de beso de sandalia y una misa.

Eran las diez y media en punto. Faltaban treinta minutos para la llegada de Dios.
DEUS PATER, FILIUS ET SPIRITU SANCTUS

La tensión de los nervios estaba al límite en cuatro millones de personas presentes en el lugar y no
había mayor preocupación que esperar por la llegada de Dios el cual aparecería a las 11 y todas las
personas estaban impacientes por la hora y preguntándose quien le vería primero?.
Lo que se convierte en un calvario a su vez: Lloran niños extraviados, hay mujeres que no pueden
resistir más y caen víctimas de ataques histéricos, un hombre, enloquecido, se suicida.

La gente confusa no sabe dónde mirar donde aparecerá Dios?

....Y LLEGA "UN HOMBRE"....


De pronto los rayos del sol alumbran en el campo de los olivos los cuales se concentran en un solo
haz de brillo y alumbran un montecito en el que nadie se había fijado.

Del campo de olivos ha salido un hombre. Lívida claridad le circunda. Representa unos sesenta
años. Es fuerte, recio, más bien bajo. Tiene ojos azules, con una expresión entre cándida y
enérgica. Usa barba: una barba corta y blanca. Viste traje oscuro y un guardapolvo encima. Lleva
hongo de color café. Este hombre, al salir del campo de olivos, emprende a pie, ágilmente, la
subida del Cerro. Y el gigantesco reflector, formado por el haz de todos los rayos solares, le va
iluminando en la subida. Aquella multitud se queda como seres inmóviles y en completo silencio,
el hombre del hongo color café, y del guardapolvo, va subiendo, va subiendo. El santo padre
reaccionando se lanza sus pies y clama —¡¡Divina Majestad!! ¡¡Mío Signore!!.

Los megáfonos y la gente grita “Marana tha” (aquí está el señor) a lo que dios se queda perplejo
y pregunta a que se refieren con eso a lo que el papa a punto de llorar tiernamente le responde y
dice el significado. De pronto las multitudes se lanzan hacia el cerro ansioso de ver a Dios de cerca.
Caen seres pisoteados. No importa. Adelante... ¡Adelante! ¡Adelante! Los heridos piden socorro,
pero los que avanzan aúllan, acallando toda otra voz.

Ya llegan a la torre metálica de los operadores de cinematógrafo, ya la rodean y la rebasan, y,


como si fuera un junco, la torre oscila y cae al suelo con estrépito. —¡¡QUEREMOS VERLE!!
¡¡QUEREMOS VERLE!! —¿DÓNDE ESTA? . El Papa, el Gobierno, el Nuncio, el Legado y la mayor
parte de los séquitos están a punto de perder la cabeza. —¿Qué va a ocurrir dentro de tres, de
dos, de un minuto? —¿Qué va a ocurrir cuando las masas, enloquecidas, por el ansia de ver a Dios
de cerca, salven el último obstáculo y lleguen hasta allí?. Entre los séquitos aterrados zigzaguea
una frase. —" ¡ Van a aplastar a Dios!">

El capitán del ejército sube a dios a un auto blindado y lo siguen seis motos blindadas y con
ametralladoras, hay que abrir paso cueste lo que cueste anuncia el jefe del ejército la gente no
obedece y el las motos suena el tacataca de las ametralladoras la gente va cayendo uno por uno
gritando ASESINOS ASESINOS.

Dentro de los coches el terror tiene a todo el mundo silencioso. Al capitán que ordenó el fuego le
tiemblan las mandíbulas. El Papa se ha cubierto el rostro con las manos a los primeros disparos. El
Nuncio, el Legado y los demás, protestan: —¡Es horrible! ¡Es horrible! Sólo Dios permanece
ausente. Y hasta que el Pontífice se vuelve hacia Él y, queriendo justificar aquella terrible
mortandad, le dice: —Señor. . .Te hubieran arrollado, te hubieran pisoteado: había que abrirse
paso. . . Yo no creí que iba a hacerse a costa de vidas. . . Hasta ese momento, el Señor, el Creador,
el Hacedor Supremo, el Dios del Sinaí, fija sus ojos en los muertos y heridos que van dejando los
automóviles. Y entonces murmura con un acento —Sí.... Siempre que intervengo yo, ocurre algo
semejante.