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Carlos Hernández Domínguez

Racionalidad y Comunicación

Curso 2018/2019

Broncano: Racionalidad saludable

En el presente escrito realizaremos un comentario del texto de Broncano donde


dudaremos de la lógica como modelo de racionalidad y nos zambulliremos en el mundo
de las diferentes clases de racionalidades. Además, trataremos tanto el punto de vista de
Broncano, relación entre racionalidad y responsabilidad.

Para comenzar, la pregunta que recorre el texto es la de si los individuos somos


racionales, aquí se abre un abanico donde cabría preguntar ¿el ser humano es racional
per sé o se hace racional? ¿En qué consiste tal racionalidad? ¿Cómo cambia esta noción
a través del paso del tiempo por medio de los diferentes autores? Si nos situamos en el
siglo XX veremos que estas dudas surgen tras las dos guerras mundiales las cuales
marcaron un punto de inflexión en todo conocimiento. La actitud mínimamente
esperanzada de una posible racionalidad existente en el sujeto se desbarata. Tras la
barbarie que dejó la guerra comienza a reivindicarse el concepto de irracionalidad, es
decir, hemos pasado del elogio absoluto a la razón y lo racional con la Ilustración al
punto contrario, ahora lo que domina es la perspectiva emocional, vital,
fundamentalmente, de lo irracional.

Surgen las críticas al modelo tradicional de Razón desde diferentes ámbitos del
conocimiento; en ciencia tenemos a Feyerabend, por ejemplo. Bajo mi punto de vista
este planteamiento está bien como una primera toma de contacto en tanto que se trata de
un medio revolucionario, una forma de reivindicar que no existe la Razón con
mayúsculas sino que debemos de hablar de razón o, más bien, de racionalidades. Sin
embargo, lo que no podemos hacer tampoco es despreciar a la razón por completo, es
decir, defender que ya no existe la racionalidad, pues esto solo ocasionaría caos y
confusión ya que entraríamos en el relativismo de lleno.

Como explica Broncano tenemos un aparato cognitivo que nos ‘invita’ a ser
racionales pero esto no quiere decir que esta empresa se cumpla siempre: “Somos de

1
hecho racionales, puesta que la racionalidad está <<cableada>> en nuestras capacidades
de imaginación y aprendizaje de la experiencia, y la cuestión es si queremos o no
respetar y seguir ese curso natural”1.

Una de las corrientes más predominantes y, a mi parecer, menos sostenible, es la


razón instrumental. Ésta entiende por racionalidad:“<<maximización de la utilidad
esperada>> (el término <<utilidad esperada>> alude al doble componente de la utilidad
que un agente asigna a un cierto estado de cosas y <<esperada>> a la probabilidad
subjetiva que asigna a la posibilidad de que se dé dicho estado)” 2. Esta definición se
queda corta a la hora de definir la racionalidad, a decir verdad, toda definición se queda
corta es lo que nos explica Broncano en el texto. Definir es limitar, por tanto, nuestro
autor opta por realizar una analogía entre racionalidad y salud. “La racionalidad es una
forma de salud. Lo amplio de la analogía estriba en que no nos compromete con una
frontera fija establecida por algún criterio métrico. No hay forma de definir la salud más
que en término borrosos, contextuales y situacionales”3. Esta analogía nos permite
hablar desde la normatividad sin caer en una definición la cual no abarque al completo
la noción que estamos dando. Al igual que hablamos de diferentes tipos de salud:
mental, física, emocional, etc., también podemos de hablar de diferentes racionalidades
si ponemos énfasis desde diferentes ejes ya que tratan diferentes aspectos, hablamos
prioritariamente de tres dicotomías: El ámbito epistémico/ ámbito práctico, ámbito
individual/ ámbito colectivo y, por último, ámbito sincrónico/ ámbito diacrónico.

Si imbricamos las diferentes dicotomías nos daría como resultado ocho


combinaciones posibles:

I. Racionalidad epistémica individual instantánea.


II. Racionalidad epistémica individual histórica.
III. Racionalidad epistémica colectiva instantánea.
IV. Racionalidad epistémica colectiva histórica.
V. Racionalidad práctica individual instantánea.
VI. Racionalidad práctica individual histórica.
VII. Racionalidad práctica colectiva instantánea.
VIII. Racionalidad práctica colectiva histórica.
1
F. Broncano, Racionalidad saludable. Lectura 1., pp. 146.
2
Ibídem., pp. 150.
3
Ibídem., pp. 151.

2
Cada una de ellas prioriza en un campo de estudio más que en otro como podría ser,
la racionalidad epistémica colectiva histórica la cual trata la ciencia o bien, la
racionalidad práctica colectiva histórica ya que trata la política. Esta clasificación como
ya hemos mencionado depende de dónde coloquemos el acento a la hora de hablar de
racionalidad y, sobre todo, qué pensemos acerca de cómo un agente resuelve
situaciones.

En la historia de la filosofía podemos ver como una de las maneras más populares de
pensar la racionalidad ha sido mediante el concepto de representación. Esta idea fue
dada a luz por Aristóteles en el siglo IV a. C. el cual marcó una guía a la hora de pensar
al ser humano como ser racional, más en concreto, como un ser que tiene la capacidad
de representar. Como afirma Broncano: “<<Racional>> funcionaría como un adjetivo
que cualifica las formas en las que la mente manipula representaciones. Serían
racionales aquellos seres cuyas transformaciones de representaciones sigan ciertas
pautas (lógicas, por ejemplo, aunque no necesariamente) que llamamos o calificamos de
racionales”4. Claro está que esta concepción de lo racional se queda atrás en el paso del
tiempo. Actualmente no se niega la constitución de lo racional como forma de
representar pero sí que se acota tal definición. Las dos alternativas más visibles son, por
un lado, la concepción inferencial y, por otro lado, la interpretativa, ésta aunque se
relaciona mucho con la con la concepción inferencial tiene serias diferencias.

En la primera consideración, es decir, en la concepción inferencial, “las


representaciones solamente adquieren contenido en la medida en que entran a formar
parte de una red de relaciones inferenciales: el contenido estaría entonces determina por
las inferencias que suscita una representación”5. Ésta es pensada como una estructura
que posibilita tanto nuevas representaciones como la acción.

Una de las grandes diferencias con la concepción interpretativa es que nuestra


condición de seres que conviven en sociedad es uno de los puntos más relevantes, no
existe un sujeto individual el cual tome acciones por su cuenta sino que estamos
sometidos a estímulos externos que nos van configurando. La racionalidad en esta vía se
concibe como una capacidad interpretativa ante los demás, somos racionales si
comprendemos al otro y al entorno que nos rodea. Para esta empresa no solo tenemos

4
Ibídem., pp. 159.
5
Ibídem., pp. 160.

3
que comprender las palabras que dice el otro sino también sus emociones. La filosofía
del lenguaje ha estudiado este hecho y ha puesto de manifiesta que es necesario dar un
salto a la emocionalidad.

Uno de los autores más relevantes de la concepción interpretativa es Davidson el cual


establece que la conducta se podría resumir en una ecuación de tres incógnitas, a saber,
acción, creencias y deseos. Lo que defiende Davidson es que teniendo dos de las tres
incógnitas, la tercera se podría despejar. “Así es cuando no encontramos en la misma
situación perceptiva del sujeto, una situación de peligro, por ejemplo, y podemos
predecir la conducta del otro porque simulamos o conjeturamos su percepción y su
deseo de huir de algo”6. A colación de Davidson está el principio de caridad sostenido
por Grandy el cual afirma lo siguiente: “Al interpretar la conducta, creencias o
motivaciones de una persona nunca deberíamos afirmar que es irracional a menos que
tengamos una evidencia muy fuerte de lo contrario”7.

En cierta medida estoy de acuerdo con ellos ya que como explica Dan Ariely, somos
predeciblemente irracionales, es decir, claramente existen comportamientos en nuestra
psique que crean pautas de cómo pensamos, compramos y vivimos pero existe un tinte
de irracionalidad en todo esto, podremos ser predecibles hasta cierto punto pero no creo
que el ser humano funcione de una manera matemática totalmente inteligible ya que
estoy sería simplificar nuestra conducta. Ésta se puede predecir debido a los túneles de
la mente inferencial, quiero decir con esto, los atajos que utiliza la mente guiados por la
intuición para no tener que pararnos a pensar. Broncano pone de manifiesto en el texto
estas estrategias contrarias a toda racionalidad citando el caso de un grupo médico. A
partir de este punto nuestro autor se cuestiona si realmente no existe un campo que no
esté exento de estas carencias racionales.

Broncano diferencia tres alternativas a colación de este gran problema: La primera


que nos encontramos es que la irracionalidad colectiva amplifica la individual, nuestro
autor piensa que al situar sujetos individuales en contextos sociales los sesgos propios
del colectivo atrapan al sujeto por medio de la presión social y de la autoridad, es por
ello que un sesgo que empieza siendo individual termina tornándose en colectivo. La
segunda alternativa, las interacciones entre individuos clausuran las irracionalidades,

6
Ibídem., pp. 165.
7
Ibídem., pp. 166.

4
se basa en un modelo económico de equilibro; “cada agente ajustaría sus acciones a las
expectativas que tiene acerca de lo que harán los otros el beneficio que puede obtener
por su elección”8. Como tercer punto, el planteamiento más optimista de todos, los
sesgos individuales cooperan en la racionalidad colectiva, esta línea es estudiada por
Miriam Solomon la cual afirma que los sesgos funcionan de manera inversa a la primera
propuesta, es decir, los sesgos son convertidos en un mecanismo para hallar una mejor
respuesta racional. Por último, debemos mencionar cómo los principios de racionalidad
individual se ven inmersos en la colectividad formando normas las cuales reorientan
nuestros sesgos individuales.

En el texto destacan dos formas de racionalidad posibles teniendo en cuenta la


dificultad que supone repensar el equilibrio reflexivo personal: la racionalidad mínima
y la racionalidad amplia. En la primera de ellas se adopta, bajo mi punto de vista, una
posición muy realista ya que se entiende que nuestro cerebro funciona bajo mínimos
donde la primacía del ahorro hace eco tanto en tiempo como en esfuerzo. “Por mínimas
que sean, sin embargo, son condiciones de racionalidad mínima que alcanzan a
discriminar o delimitar qué sería un agente racional o intencional”9. Por otro lado, la
racionalidad amplia defiende que la racionalidad no es meramente una propiedad
individual sino que se imbrica con otros sujetos para que contrasten con éste. “El
equilibrio reflexivo en un sentido amplio se insertaría entonces en el marco de una
concepción externista de los estados mentales”10.

Para Broncano obrar según las reglas de la racionalidad no es suficiente para


considerar a un acto como tal, se debe dar además la consciencia de que estamos
infiriendo según las normas. Citando a Ignacio Echevarría: “la racionalidad es el
pensamiento en estado de responsabilidad”11. Se debe de dar una responsabilidad de los
actos que ejecutamos en función de las inferencias recibidas. Aunque pensemos a priori
que la responsabilidad y la racionalidad pertenecen a ámbitos diferentes van ligadas ya
que pertenecen a una idea mayor, la idea de libertad humana. La forma de racionalidad
que reivindica Broncano no es entendida como método que sigue unas reglas estrictas,
ni si quiera se podría pensar como competencia ya que se presenta una insuficiencia al

8
Ibídem., pp. 173.
9
Ibídem., pp. 183.
10
Ibídem., pp. 185.
11
Ibídem., pp. 191.

5
compromiso con las inferencias y las decisiones a normas explícitas. La forma por la
que Broncano entiende esta racionalidad no es otra que según la virtud. Ésta, “en la
medida en que incorpora la noción de excelencia en la realización, exige la contingencia
de la circunstancia y, por consiguiente, exige una condición de adecuación más fuerte
que el mejor ejercicio de las capacidades del sistema. Incorpora, para decirlo
claramente, la idea de éxito o de logro”12.

12
Ibídem., pp. 190.