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Contenido

Créditos editoriales
Prólogo
UNO

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DOS

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TRES

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Créditos editoriales

Solá, Juan
Ñeri / Juan Solá - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hojas del Sur,
2019.
E-Book.
ISBN 978-987-1882-99-1
1. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Adler, Paola, ed. II. Título.
CDD A863

Todos los derechos reservados.


No se permite la reproducción total o parcial, la distribución o la transformación
de este libro, en ninguna forma o medio, ni el ejercicio de otras facultades
reservadas sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada
por las leyes vigentes.

©2019 Editorial Hojas del Sur S.A.


Albarellos 3016
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Argentina
Tel. 54-11 4981-6178 / 6034
www.hojasdelsur.com

Publicado por Hojas del Sur


Dirección editorial: Andrés Mego
Edición: Paola Adler
Ilustración de portada: Luan Vieira
Diseño y conversión digital: AADG Studio
Para Saúl,
por la libertad que parimos juntos.
Prólogo

Ser
el más delicado insecto
que camina entre los girasoles
el día que adelanta el verano
y el invierno
la mujer que llega a la luna
la fuerza que le corre la cara
al golpe
el viento que se filtra por donde puede en cualquier ventana
el olor a tierra cultivada a libro viejo o a flor que dura un día
el alimento que cura la herida del hambre
la confianza en una tribu
las ovejas que acechan a los lobos
el abrazo de los amigos
que ablandan
las cercas del mundo
hasta pulverizarlas.

SAMANTHA SAN ROMÉ


UNO

La oscuridad no es más que un instante de luz dormida.


Lo único más grande
que el amor a la libertad
es el odio a quien te la quita.
OFELIA FERNÁNDEZ
1

El cuerpo comenzó a rompérsele demasiado pronto y aun así, había algo en


él que se parecía más a la primavera que a las tumbas.
Estuvo preso de muchas formas y terminó creyendo que la carne que lo
contenía también era una cárcel, y que los recuerdos eran celdas, y todo
aquello lo perturbó tanto, que su corazón se convirtió en un cuervo negro,
graznándole en el pecho, picoteándolo desde adentro, aturdiéndolo.
Cuando comprendió que la libertad es una trampa, quiso demoler hasta la
última cárcel y así también acabo detonando su propia carne, para liberar el
amor arrebatado de las celdas de la memoria, para ver si así también
conseguía soltar al cuervo que le picoteaba el corazón ensangrentado.
Yo lo abracé y le dije que siempre creí que éramos como frutas, que
maduran y van deshaciéndose sobre los dedos de la tierra para parir una
semilla, y que es ahí donde hay que poner la fe, no en la promesa de un cielo,
porque al fin y al cabo, la fe es una semilla que sueña que tiene ramas.
2

Era de noche. La gente iba de acá para allá, de brazos cruzados y caras
solemnes por culpa del viento, que no daba tregua. La terminal era un mar de
fantasmas azules que esperaban y suspiraban, movían las piernas traslúcidas
y fumaban con la impaciencia de un fantasma que ha estado preso en este
mundo de mortales demasiado tiempo.
Rafael la vio enseguida. Qué no la iba a ver, si tenía una carita. Ella no era
un fantasma azul en una terminal del sur. Pensó que ella era distinta, porque
así dice la gente cuando conoce a alguien especial. Pero ella no era distinta. A
decir verdad, se parecía bastante al resto de los fantasmas de la estación.
Vio que tenía los ojos caídos sobre una libreta de tapa amarilla y la
expresión que tendría una jaula vacía si tuviera rostro, porque es bien sabido
que una jaula vacía también es un pájaro en libertad.
Algún arrebato de antiguo catecismo lo atrapó, indefenso, y se atrevió a
preguntarse si acaso la mujer sería un ángel, pero enseguida sacudió la cabeza
y se rio de su propia idea. El único Ángel que había conocido se le había
aparecido en el penal de Rawson, y tenía heridas de bala en el lugar donde
van las alas.
Qué estará escribiendo, se preguntó.
Fingió atarse los cordones para mirarla un rato más. La miró de lejos, para
ver si no mordía. La siguió con los ojos un rato largo. Y así, de lejos, notó
que a cada rato se ponía un mechón de pelo atrás de la oreja y seguía
anotando cosas y la sonrisa le temblaba.
Rafael había aprendido de pibito eso de mirar de lejos y entenderlo todo.
Para cuando cumplió los cuatro, ya había entendido que la expresión en los
ojos de su madre era de cansancio; un cansancio de fuego que la iba
consumiendo de a poco, como si ella fuera un montón de carboncitos
agonizando.
La cara te dice todo, repetía siempre Rafael.
La cara te dice, por ejemplo, si el otro te quiere ver llorar o te quiere ver
bien. O si tu buena noticia lo puso contento o le cagó la vida. O si la piba que
fichaste toda la noche te va a dar cabida cuando te acerques. O si tu viejo te
va a fajar con cuero, con alambre o con madera.
La cara te dice todo eso, te lo juro, decía Rafael, y el Ángel se reía. Y el
oficial de turno, que escuchaba por casualidad, también sonreía, pero con una
mueca fea, como la que ponen las personas que encuentran placer en el canto
de las aves enjauladas.
Entonces, vos vas a querer ponerte a mirar la forma de las caras, vas a
querer decir este tiene cara de yuta o esta tiene cara de garca, pero así no
funciona. La forma de la cara no te dice nada, no tiene nada que ver, haceme
caso, que si llegué hasta acá, fue por aprender a mirar caras, agregó después.
Entonces hacía un esfuerzo por olvidarse de las rejas, cerraba los ojos y
pensaba en los pibes con los que paraba allá, en Capital. A ellos nunca se
había animado a hablarles sobre los secretos de los rostros, por miedo a que
lo creyeran un maricón sensible. Se arrepintió para siempre, porque a los
pibes no los vio nunca más.
De haberse atrevido, Rafael les hubiese dicho que para sobrevivir hay que
prestar atención a las sombras de la cara y también al pedacito de los ojos que
se pone brillante cuando uno está contento de verdad. O a la forma en que las
cejas se deslizan sobre la arena de la frente, antes de que los puños hiervan.
Debe ser por eso que hay personas que hablan tanto, suspiró el Ángel. Si
supieran mirar, no harían ese esfuerzo estúpido de llenar de barullo las
palabras que se dicen con las partes de la cara que no son la boca.
Vos sos re poeta, Ángel, aplaudió Rafael, y el Ángel hizo una reverencia.
Fijate los canas. Si los ratis te miraran a la cara, a los ojos, sería otra historia.
Pero nunca te miran, por eso te garrotean. Porque no ven lo que tenés para
contarles con los ojos. Porque tus ojos no pueden gritar tan fuerte, y esos
corazones muertos que llevan en el pecho ya no escuchan nada. Te fajan
porque sí. Porque se te enreda la lengua con la falopa y no te sale defenderte,
y entonces ves que las caras se les van llenando de asco, como si quisieran
escupirte, y las manos no les tiemblan, porque a vos te sobran las marcas de
garrotazos viejos.
Son manchas de tigre resignado, obligado a ser la alfombra mientras
todavía respira, suspiró el Ángel.
Me dan lástima los ratis, continuó el otro, paseando los ojos por las paredes
húmedas de la celda. Me dan lástima porque nunca miran, nunca escuchan,
nunca saben nada, y encima de morirse pobres, se van a morir obedientes.
3

La señora tenía cara de entender el idioma secreto de los ojos, por eso a
Rafael le daban ganas de pararse cerca y preguntarle cualquier cosa: la hora,
si aquella noche iría a nevar, si vivía en Buenos Aires o viajaba de paseo, si
sabía cuánto tiempo demora el micro a Retiro, si tenía fuego.
Pero se quedó en el molde.
El chofer le dijo que hasta Buenos Aires eran casi cuarenta horas y que se
portara bien.
Más vale que me voy a portar bien, viejo, lo encaró. El tipo le palmeó el
hombro, casi con lástima, y desvió la mirada.
Le rompía las pelotas cuando lo hacían pasar por invisible. Cuando
hablaba y miraban para otro lado, como si no existiera. Como si el fantasma
fuera él.
Entonces, escuchó que la señora de la libreta amarilla hablaba a sus
espaldas. Hizo silencio y la oyó escupir letras vueltas vapor, que mal
conseguían hacerse notar en el barullo de la estación. Sus sonidos eran
frágiles, pero tibios, como un nido.
¿Retiro, nueve y media?, preguntó.
Buenas noches, dijo el chofer, fingiendo indignación.
Perdón, buenas noches. Estoy muy cansada.
El chofer asintió, pero tirando la cabeza para atrás y revoleando los ojos,
dando a entender que le importaba todo una mierda.
La señora no se dio cuenta y siguió hablando sola y dijo que la verdad es
que en el hotel este del centro, el Atlántico Resort, se duerme muy mal.
Enseguida iba a agregar otra cosa, pero el tipo la interrumpió.
Asiento cuarenta y dos, arriba, sentenció, cortante, confirmando la mierda
que le importaba su historia.
Rafael subió detrás de ella, tenía el cuarenta y nueve.
Entre el pasillo estrecho y la pierna renga, llegar al asiento sin despertar a
nadie era una hazaña, pero él tenía cancha porque estaba acostumbrado a
vivir con mucha gente. Se había criado en una casa que tenía una sola pieza,
y en la pieza eran nueve.
Se sentó y la tenía en diagonal. Desde donde estaba, le veía los cachetes, la
punta de la nariz y esos anteojitos redondos que tenía, con el reflejo de la
libreta llena de letras. Escribía y sonreía, y Rafael no supo distinguir entre la
intriga y la ansiedad.
Vos siempre vas a cagarla porque sos ansioso. Porque no podés vivir el
presente. Porque este hoy que habitás está vestido con pantalones viejos y
pulóveres sin tejer, le había dicho el Ángel, que todo el tiempo hablaba en
clave de poesía y ha de ser por eso que siempre tenía razón.
Se guardó sus palabras porque cuando te criás entre pibes mal amados, te
va educando la sangre. Cambiás comida por sangre, techo por sangre, falopa
por sangre. Cualquier cosa que le dijeran para ayudarlo a ahorrar sangre valía
más que todas las escuelas que había abandonado.
La señora fingió mirar por la ventana, a su derecha, y aprovechó para
ficharlo. No supo qué cara habrá tenido, pero enseguida dejó de pensar en
sangre y cruzó los brazos.
Miraba para el frente y por el bordecito del ojo le entró un pedacito de la
mirada de ella, que le fichaba la facha y a lo mejor se preguntaba si realmente
había valido la pena pagar el pasaje más barato.
Se tentó de mirarla.
Si la mirás, no te mira nunca más, le dijo la voz que vivía en su cabeza, y
Rafael hizo silencio y también fingió interés en la oscuridad de la ruta.
4

Parecés una bolsa de basura, le dijo el milico.


Él, mudo. Agarró sus cosas y salió como quien sale de hacer un trámite, el
trámite más largo de su vida.
Se fue mirando para abajo y fichando caras de reojo, para ver si alguna lo
iba a morder. Caminó un rato largo, derecho, todo derecho, y todo derechito,
como un soldado.
Y como a las tres cuadras, se largó a correr.
Corrió como no corría hacía tiempo, con el cuerpo vibrando, eléctrico.
Miró para un costado y se le hizo ver a uno de sus hermanos, que le jugaba
una carrera y la felicidad le estalló entre los dientes, porque entendió que el
adelante no terminaría. Corrió, recordando que el mundo es redondo. Corrió
medio chueco, como esos pingüinos rescatados de las tragedias petroleras
cuando los devuelven al mar. Corrió y se rio a carcajadas, y de tanto correr,
rengueando y vivo de risa, llegó a la estación.
Fue a preguntar en la ventanilla doce, como le habían dicho que hiciera, y
era cierto: tenía un pasaje a su nombre, con destino a Retiro.
Le pasó el documento a la piba, respirando de a bocanadas imprudentes el
viento de agosto de Rawson, que él sabía que hace mal a los pulmones.
Del otro lado de la ventanilla, ella lo miró entre irritada y muerta de miedo.
¿Tenés tus papeles?, le preguntó.
Tenía todo en la mano, lo hizo un tubito y se lo pasó por el agujero del
vidrio que los separaba.
Ella examinó la documentación con los ojos muy serios, como si
entendiera algo. Finalmente, imprimió el boleto, volvió a hacer todo un
rollito y se lo regresó por el mismo agujero.
Seguramente había sido ella la que le comentó al chofer que tenía un
pasajero que acababa de salir del penal, por eso lo habían mandado a portarse
bien.
La señora del cuarenta y dos suspiró y se acurrucó en el asiento semicama
como se acurrucan los linyeras en las puertas de los edificios de Recoleta.
Rafael, en cambio, estaba todo roto. Sabía que le dolería menos no dormir,
permanecer sentado, con las piernas estiradas, para no sentir los pinchazos de
las heridas viejas. Pero tenía que hacer el esfuerzo, para que el viaje no fuera
eterno. Sabía que si el camino se hacía muy largo, el colectivo se iba
volviendo cada vez más chiquito, como una pieza en la que duerme un
montón de gente, como una celda común, como una casilla perdida, al
costado de un riacho, donde la felicidad no pueda encontrarla.
5

En la pieza eran nueve.


Rafael dormía con el Ricardo y con el Walter, y después solo, porque el
Ricardo se fue de la casa, y ellos progresaron y pudieron comprar una cama
cucheta.
El padre dormía con la madre y con el Chiqui.
Por último, en una cama más grande, que era de la abuela Alba y que la
madre escondió detrás de una sábana despintada, con un rosario sobre la
cabecera y la foto de la abuela en un portarretrato, dormían la Carmen, la
Corina y la Cinthia.
Entonces, el padre comenzó a dormir solo, de día.
Tu papá trabaja de sereno en una fábrica, le dijo la madre al Walter, y el
gurisito andaba ancho de orgullo por la escuela, contando que el padre tenía
trabajo y mostrando que le daba una moneda para que se compre un sánguche
y un vaso de gaseosa.
Cuando Rafael le contó al Walter que en realidad el padre era chorro, la
madre le dio una trompada en la boca que lo tumbó de espaldas contra la
pared y la casa tembló toda.
Quiso ponerse de pie y ella lo escupió entre los ojos y le dijo lavate la
boca antes de hablar de tu padre.
Para vengarse, Rafael le contó al Walter que Dios no existe.
Cuando el padre comenzó a volver borracho del trabajo, al Walter no le
dieron más monedas y el Ricardo tuvo que salir de la escuela para vender
guías de la ciudad en los subtes.
Un día, la madre le agarró la mochila y le sacó todos los útiles. Los lápices
de colores, los crayones y las hojas de la carpeta se desparramaron sobre el
piso de tierra de la casilla. El Ricardo ya era un hombre, y los hombres no
necesitan lápices de colores.
La madre le puso treinta guías en la mochila, le explicó cómo tenía que
presentarse y cómo tenía que decir para que los señores pasajeros se las
compren, y le dio plata para llegar al centro. Le enseñó a pedir siempre boleto
escolar y a pasar por debajo de los molinetes del subte sin que lo vieran. Le
dijo que si quería volver a la casa, tenía que vender todas las guías. Le pidió
que se cuide y que cuide las cosas, le dio un beso en la frente y le dijo que
Dios te acompañe.
El Ricardo no volvió nunca más.
Después, progresaron y pudieron comprar una cucheta.
Y en la pieza eran ocho.
6

La señora giró en el asiento. La observó apenas un segundo; no alcanzaba


a distinguir si tenía los ojos abiertos o cerrados y no quiso arriesgarse a que lo
viera, mirándola. Devolvió la vista al techo, iluminado con luces led, e
intentó dormir.
El micro fue bajando la velocidad y enseguida se detuvo al costado del
camino.
Rafael corrió la cortina de la ventanilla y los milicos de verde ya tenían
rodeado el bondi. En la oscuridad, parecían plantas que habían cobrado vida
para vengarse de los humanos. Eran seis o siete, dos estaban armados y uno
andaba con un perro negro, medio petiso.
La puerta del micro se abrió con ese ruido que hacen las ruedas cuando se
desinflan y el sonido de los borceguíes inundó el envase de neón azul, que se
encendió con una luz blanca fluorescente y despertó a todo el mundo.
La señora del asiento cuarenta y dos bostezó.
El milico del perro subió enseguida y el bicho se puso a olfatear para todos
lados con cara de bravo, como cuando hay olor a mierda y uno no sabe de
dónde viene. Mientras tanto, otro iba mirando los portaequipajes con una
linterna y un tercero decía que buenas noches, que documento, por favor.
La señora se sentó derechita, revolvió la cartera y le pasó la libretita verde
al gendarme.
El de la linterna se acercó a Rafael, mirándolo con un dejo de desprecio. Él
murmuró un buenas noches y enseguida extendió sus papeles, pero el milico
no agarró nada. El perro se había puesto ansioso, olfateaba la mochila de la
señora y movía la cola, entusiasmado.
Abajo, dijo el milico, y a Rafael se le llenó el pecho de agua helada.
La señora del cuarenta y dos puso cara de culo y salió, escoltada por los
tipos y el perro.
No toque el perro, señora, escuchó decir al milico. La vio con la mano
extendida, queriendo acariciar al bicho que la había mandado en cana, y
aquello lo embargó de ternura y acabó por arrebatarle una sonrisa inesperada.
7

En la pieza eran ocho porque el Ricardo se había ido y ellos habían podido
progresar y comprar una cucheta. Lo primero que hizo el padre cuando les
llevaron la cama fue pegarle una calcomanía que decía “No detengamos la
historia: Menem 1995”.
Rafael dormía arriba y el Walter dormía abajo, con el Chiqui. El padre
dormía con la madre y en un rincón, detrás de una cortina de baño que les
había dado doña Pachi cuando la sábana raída terminó de deshacerse,
dormían la Carmen, la Corina y la Cinthia.
Un día, la Carmen llegó llorando y le dijo a la madre que no le venía la
menstruación. La madre le dio una cachetada y le pidió por favor que le
dijera que el bebé no era del padre. La Carmen dijo que no, que no era, y la
madre se arrodilló a su lado y lloraron juntas toda la tarde.
Después, cuando se hizo de noche, le dijo a la Carmen que el padre no se
podía enterar que estaba preñada porque la iba a prender fuego, y la Carmen
se asustó tanto que se pasó dos días en cama, mirando la foto de la abuela
Alba.
Cuando el padre preguntaba qué le pasa a la Carmen, la madre le decía
cosas de mujeres, y él miraba fijo la cortina de baño y era como si tuviera el
poder de ver a través de las cosas y ahí estaba la Carmen, después del
plástico, llorando sin hacer ruido, mirando la foto de la abuela que se le había
muerto cuando ella todavía era muy chica para saber qué significa tener
miedo.
Y la madre repetía: son cosas de mujeres, no te preocupes. Y el padre salía
de la pieza, murmurando groserías.
En la escuela les mostraron un documental sobre el milagro de la vida. A
casi todos les dio asco la parte que el bebé saca la cabeza por ahí abajo y la
maestra, que se llamaba señorita Itatí y tenía cara de laucha, se limpiaba el
esmalte de las uñas y se reía a carcajadas.
En el video, Rafael vio clarito cómo nacía la hijita de la Carmen, que era
nena, y por eso le hacían agujeros en las orejas y la mandaban a vivir atrás de
la cortina, con las otras mujeres.
Ese mediodía, el Walter lo estaba esperando en la esquina del pasillo.
No vayas para la casa, le dijo cuando lo vio. Enseguida, puso los ojos en el
piso, para que el hermano no se diera cuenta de que había estado llorando.
Qué pasó, le preguntó Rafael, agarrándolo con fuerza del brazo. Qué pasó,
Walter, decime qué pasó, lo sacudió.
Como el Walter no respondía, salió corriendo, pasillo adentro. El barrio
estaba todo amarillo, porque el sol estaba fuerte y rebotaba en la laguna y en
las chapas y en los perros durmiendo, hechos un bollo, entre las bolsas de
basura.
Corrió lo más rápido que pudo, sabiendo que ya era tarde.
Miró para el costado y le pareció ver que el Ricardo venía corriendo por
encima del agua verde de la laguna. Había vendido todas las guías y había
juntado la plata para volver a la pieza y le gritaba ¡dale, Rafael, corré más
rápido! Y Rafael corrió con todas sus fuerzas, que no eran muchas.
Cuando llegó a la casa, el padre se estaba abrochando el cinto.
La cortina que les había regalado doña Pachi estaba en el piso, y arriba de
la cortina estaba la Carmen, desnuda, dormida, con la foto de la abuela Alba
sobre las tetas.
Y había un montón de sangre.
La madre también sangraba. No pudo preguntarle nada, porque cuando ella
lo vio, lo agarró de los pelos, lo llevó afuera y le dijo quedate acá, portate
bien.
Después, el padre dijo que se iba a dar una vuelta. Salió de la casa y
cuando pasó junto a él, le dijo vení, lo abrazó y le pidió que fuera bueno, que
no fuera como la Carmen, que lo hacía enojar.
A Rafael le temblaron las piernas y también le tembló la voz cuando
respondió sí, papá y el padre sonrió con una mueca de satisfacción por ese
placer secreto que le provocaba invocar el miedo en los corazones de sus
hijos.
Volvió el domingo y trajo una camisa que no era suya, un pollo al espiedo
y un diario, que puso en la mesa y abrió a la mitad para mostrarle a la
Carmen que andaban buscando mozas para atender un bar en Comodoro
Rivadavia.
La madre no dijo nada. Miraba el pollo muerto que tenía entre los dedos y
lo masticaba como si la carne se hubiese vuelto rabia.
Después, el Chiqui y la Carmen se miraron a los ojos un rato largo, como
si se estuvieran diciendo algo que nadie más podía escuchar. Como si
hablaran un idioma diferente, telepático, y sus ojos fueran tranqueras por las
que entraban y salían un montón de personitas, como luces de Navidad,
vestidas de amarillo y de verde y de rojo, que atravesaban el cuarto, bajo las
chapas, saltando sobre el polvo que flotaba en los rayos del sol y que era
puente entre sus pupilas.
El Walter le preguntó al padre dónde queda Comodoro Rivadavia y el
padre dijo lejos.
La Corina iba a agarrar otro pedazo de pollo y la madre le pegó en la
mano.
Dejá para tu padre, le ordenó.
Papi, yo le quería pedir un favor, dijo la Carmen.
Movía las piernas como si fuera a salir corriendo y miraba para donde
estaba la madre, que le hizo un sí con la cabeza, como dándole permiso.
Como dándole coraje.
Papi, ¿usted me dejaría quedarme hasta que se me cure la cara? Para ir bien
presentable al trabajo, allá, en el sur.
El padre iba a responder alguna cosa, pero la madre habló más alto:
Por supuesto que te vas a quedar hasta que se te arregle la cara, dijo. Nadie
se quiere coger una puta desfigurada.
El padre cerró la boca; los hijos tampoco se atrevieron a hablar. Rafael la
miró a la Carmen y se dio cuenta de que tenía ganas de llorar, pero no se
animaba. Cuando estás preso, no podés llorar tranquilo.
La Carmen se quedó catorce días y después se fue para Capital, para
encontrarse con el dueño del bar del sur.
Dijo que los iba a ir a visitar cuando le dieran vacaciones y que les iba a
llevar regalos, y el Walter le pidió si le podía traer un pingüino bebé, y ella le
dijo que sí.
Pero era mentira: la Carmen tampoco volvió nunca más.
Y en la pieza eran siete.
8

Cuando la largaron, la señora tenía la cara pausada en una expresión de


asombro y pánico. Subió al micro y volvió a su asiento y estaba en eso de
acomodarse, cuando una señora de bufanda roja que iba en el asiento treinta y
ocho le preguntó si estaba todo bien.
Todo bien, respondió la señora del cuarenta y dos.
¿Te encontraron algo?, quiso saber la otra atrevida.
Lo único que tengo es una torta frita que me preparó mi vecina, por si me
agarraba hambre en el viaje.
Ah, dijo la mujer del treinta y ocho, y se acomodó la bufanda.
La señora del cuarenta y dos miró por la ventanilla y Rafael vio su reflejo,
sonriéndole a la enormidad oscura de la noche. La miró un rato largo
preguntándose en quién pensaría. ¿Será que alguien la esperaba allá, donde
iba?
¿Y vos, a quién tenés?, le había preguntado el Ángel, una tarde de
domingo.
Yo tengo a mis hermanos, sentenció él, con la solemnidad de una plegaria.
9

En la pieza eran siete porque el Ricardo se había ido a vender guías en el


subte y la Carmen se había ido a trabajar al sur.
Una tarde, la madre dijo la extraño a la Carmen y el padre le respondió que
quién iba a querer volver a ese pozo, que ni de visita la gente quería ir. Que
dejala, nomás, ella está bien allá, en Comodoro.
Esa noche, Rafael soñó que la Carmen lo iba a buscar a la salida de la
escuela. Temblaba como si tuviera frío, y le decía que tenía mucha sed, que le
comprara una gaseosa bien dulce.
Estuvo todo el día triste, porque él también la extrañaba a la Carmen y
quería que fuera a visitarlos, aunque su casa fuera un pozo.
A la salida de la escuela, se quedó esperando un rato largo, a ver si la
hermana aparecía. No tenía plata para comprarle una gaseosa, pero la iba a
abrazar con todas sus fuerzas y le iba a decir que fueran para la casa, que la
madre seguro tenía para comprar, y si no tenía, él se animaba a pedirle fiado a
la Norma. Le iba a contar que la madre había dicho que la extrañaba y que el
Chiqui lloraba mucho porque quería estar a upa con ella y nadie más.
Pero la Carmen no vino y él se volvió a la casa más tarde que de
costumbre. Fue por eso que la vio a la Corina. La vio por casualidad, porque
esa noche había soñado con la Carmen y porque quiso saber si un sueño
puede hacerse realidad. Y también por casualidad fue que se enteró que la
Corina tenía novio.
El novio de la Corina era un tipo más grande. Le decían Keta y andaba con
campera de cuero en una ciento diez negra. Usaba botas como las que usan
los policías y unos anteojos que eran como espejos y reflejaban el cielo, los
ladrillos y las zapatillas colgadas en los cables.
El novio le dio un beso a la Corina y mientras le daba el beso, la Corina
abrió la mochila y lo dejó meter la mano. Cuando la moto se fue, ella se la
puso al hombro y agarró para el lado de la avenida.
¿Adónde vas? Le preguntó Rafael, cuando la alcanzó.
Ella lo miró con impaciencia.
Rajá de acá, Rafael, le dijo.
¿Ese es tu novio?
La Corina ni lo miró.
¿Te puedo acompañar?
Rajá para la casa, Rafael.
Permaneció de pie al borde del camino de tierra. La Corina se fue haciendo
cada vez más chiquita y cuando llegó allá lejos, a la línea gris de la avenida,
se convirtió en una malabarista sobre una cuerda de cemento, casi invisible
entre los remolinos de tierra.
La hermana volvió muy tarde ese día. El padre le pegó un cintazo y ella
dijo que estaba en lo de la Lichi, pero Rafael sabía que era mentira, porque la
Lichi no vivía para el lado de la avenida. De cualquier forma, prefirió no
decir nada, por miedo a la ira de su padre. Fue por eso que la Corina siguió
teniendo novio en secreto.
Una mañana que el padre no había vuelto, la Cinthia descubrió un reloj y
dos cadenitas escondidas entre la ropa de la hermana y la quiso obligar a
regalarle una. Como la otra dijo que no, la Cinthia le fue a decir a la madre
que la Corina andaba con un macho que le daba cosas.
La madre no dijo nada, porque estaba cansada de hablar. Siempre decía
eso: estoy cansada de hablar. Después, suspiraba y apretaba los dientes.
La agarró a la Corina de los pelos, le puso la cara contra la mesa, le sacó el
reloj y las cadenitas y se guardó todo en el bolsillo de su saco de lana roja. La
Corina lloraba despacito y la madre le preguntó vos también querés irte al
sur, hija de puta.
Otro día, vinieron a golpear la puerta. El padre estaba acostado porque era
temprano y la mandó a atender a la madre. Afuera llovía y en el barrio flotaba
una luz gris, como el cielo que se les venía encima.
El Walter y Rafael leían una revista, la Cinthia miraba por la ventana, la
Corina ordenaba su parte de la casa y la madre salía a atender la puerta con el
Chiqui a upa.
Vino la policía, dijo la Cinthia, con la cara pegada a la tela mosquitera.
La madre entró un ratito después, lo dejó al Chiqui en la cama, al lado del
padre, y le empezó a pegar trompadas a la Corina. Así, sin más, como si la
hija fuera un bicho que acababa de meterse a la casa buscando refugio de la
tormenta que se deshacía sobre los techos del pasillo.
La hizo gritar más fuerte que la lluvia en las chapas, como si la estuviera
marcando con un hierro caliente. El padre abrió los ojos, se levantó enseguida
y agarró el alambre dulce.
Nunca supieron por qué le pegaron a la Corina. Ni los hermanos, ni el
padre. Pero el padre pegaba igual. Pegaba y ponía cara de contento. Le marcó
toda la espalda con el alambre y la Corina faltó a la escuela dos semanas.
Una tarde que el padre se había ido a dar una vuelta, una señora de
anteojos cuadrados vino a preguntar por qué la Corina no estaba yendo a
clases. La madre le dijo a la señora que la Corina era la puta de un transa.
Presa como estaba, detrás de la cortina de plástico, la Corina no se atrevió a
llorar.
La policía fue dos veces más a preguntar por el novio de la Corina. Una de
esas veces, la madre los tuvo que hacer pasar y los canas revolvieron toda la
pieza. Cuando se fueron, a la Corina le pegaron de nuevo.
Uno días después, doña Pachi vino a preguntarle a la madre si quería
bautizarlo al Chiqui, y la madre dijo que sí, así que un domingo que hacía
mucho frío, lo llevaron al Chiqui con el Walter y la Cinthia a la iglesia.
A Rafael no lo llevaron porque no tenía zapatos.
A la Corina no la llevaron porque tenía los labios rotos.
A las seis y cuarto, la Corina dejó de ordenar su parte de la casa, le dio dos
pesos con cincuenta a Rafael y le dijo que fuera a comprar grasa para hacer
tortas fritas.
Rafael se sentó en la cama, se puso las ojotas y la Corina fue y se le sentó
al lado. Lo abrazó más fuerte que nunca y Rafael también la abrazó, porque
se dio cuenta de que la hermana estaba triste.
Cuando necesites escaparte, yo te voy a ayudar, te lo prometo, le dijo, y
aprovechó que el padre no estaba para llorar con ruido.
Rafael salió para el almacén y a las dos cuadras, se lo cruzó al novio de la
Corina, que iba en su moto negra, con las botas de policía y los anteojos
como espejos que reflejaban las nubes, los árboles y las antenas.
Se miraron un segundo y Rafael alcanzó a distinguir, detrás del tornasol de
los lentes, unos ojos que estaban asustados.
El Keta se metió con la moto por el pasillo y nunca más se lo vio por el
barrio.
Esa tarde, la Corina no hizo las tortas fritas. A ella tampoco la vieron
nunca más.
Después, se hizo de noche y los otros volvieron de la misa, con el Chiqui
bautizado.
Y en la pieza eran seis.
10

Rafael miró por la ventanilla y era como si la luz viniera rodando todos
esos kilómetros desde el mar. El sol se iba haciendo cada vez más gordo en
los pastizales, había algo de bruma suspendida entre los girasoles.
El señor del asiento ocho se sirvió un café negro y el micro se llenó de olor
a desayuno. Ocurre que el perfume del café tiene el poder de hacernos creer
que hemos despertado a salvo.
A Rafael, el estómago le crujía como las puertas de una celda. Él también
se sirvió un café y lo bebió en silencio, viendo como el sol derrotaba a la
oscuridad.
Un rayo anaranjado se disparó directo a sus ojos y la claridad lo
encegueció.
¿Qué te pasó anoche?
Levantó la cara despacio, le dolía todo.
El tipo estaba ahí, arrodillado, y le buscaba los ojos con la mirada. Cuando
se los encontró, Rafael se vio reflejado en sus pupilas de acuarela y apartó la
vista con rabia (o con vergüenza, ya no recordaba).
Veía borroso. Se llevó la yema de los dedos al cráneo y supo dónde dolía.
La luz azul del departamento lo mareaba. A su alrededor, decenas de
desconocidos lo observaban desde los portarretratos, desparramados por toda
la sala.
Estaba tumbado sobre el sillón, pero no recordaba cómo había llegado
hasta ahí. Escenas diminutas de una noche de mala racha le apuñalaban la
memoria, pero era incapaz de reconstruir la historia.
El aroma del café caliente flotaba entre los libros y le avisaba que estaba a
salvo, que nada malo podía sucederle ahora, que nadie que quisiera lastimarlo
iba a encontrarlo ahí, tumbado sobre los almohadones, bajo el edredón que
olía a limpio, con el cuerpo hecho un bollito, como un mirlo que descansa
bajo un alero después de escapar de la peor de las tormentas.
Decime, Rafael, ¿qué pasó anoche?, insistió el viejo.
Se levantó y sintió un pinchazo en la rodilla, pero no se quejó. No quería
saber cómo sonaba el dolor que lo embargaba.
La mesa estaba llena de comida. Se sentó en una esquina y empezó a
masticar haciendo mucho ruido. Después de un rato, respondió:
No me acuerdo. Me fajaron. ¿Qué es esa música?
¿Qué música?
Algún vecino tocaba el piano y la melodía venía del piso y también del
techo y de las cortinas, como si el piano estuviera en su cráneo. La sirena de
una ambulancia estalló en la calle y la música se detuvo.
¿Quién te pegó, Rafael?
¿Sos milico, vos?
El tipo lo observo con una pena que parecía honesta, pero irritante.
Antes, muerto. ¿Tomaste el calmante que te dejé en la mesita?
Rafael no respondió.
¿Por qué te pegaron?, insistió el viejo.
El pibe miró por la ventana y se le achinaron los ojos.
Estás medio aturdido, me parece.
Sintió otro pinchazo y largó un ay de dientes apretados, y el tipo le volvió
a preguntar si se había tomado el calmante que le había dejado en la mesa
ratona. Le dijo que sí sin hablar, y cuando sacudió la cabeza, también se
sacudieron los platos y los libros y las paredes.
Apretó los ojos y el dolor se hizo más intenso.
¿Me das otra pastilla?
El tipo se puso de pie y volvió después de un rato. Rafael se metió la
píldora en la boca a las apuradas y la pasó con un sorbo de café tibio,
mientras se frotaba donde dolía.
A ver, mostrame la pierna.
Salí de acá, puto, se defendió.
El viejo se puso de pie, rodeó la mesa y se le vino a parar al lado. Su
corazón se aceleró como cuando a uno lo descubren en su escondite, y la luz
comenzó a extinguirse. Rafael escuchó clarito la melodía del piano que salía
de los zócalos, de las fotos y de la alfombra.
¿Qué hacés? Salí de acá.
El viejo se le fue encima y le puso los dedos en la bragueta. Él se quiso
levantar, pero acabó yéndose de espaldas al piso.
¡No te me acerqués! ¡No te me acerqués!
Puso la cara más brava que tenía, pero el tipo no se asustó.
El piso se movía, las patas de la mesa se derretían como velas y las sillas
eran ahora un montón de sal sobre la alfombra. Quiso gritar, pero no le salió
la voz.
Quedate tranquilo, Rafael, le dijo el hombre, arrodillándose frente a él.
Un olor a óxido le llenó las fosas nasales, le dieron arcadas y quiso
vomitar. Levantó el brazo para tirar una trompada, pero su puño se desplomó
como una fruta podrida sobre el charco de sangre sobre el que yacía.
11

En la pieza eran seis porque el Ricardo andaba vendiendo guías de la


ciudad en el subte y la Carmen se había ido a trabajar a Comodoro Rivadavia
y la Corina se había escapado con su novio el día que lo bautizaron al Chiqui.
Rafael dormía en la cama de arriba y el Chiqui dormía con el Walter en la
cama de abajo. El padre dormía frente a la puerta, siempre con un revólver
bajo la almohada. Y en la otra cama, la que les regaló la abuela Alba cuando
se murió, dormían la madre y la Cinthia.
Un día, la Cinthia fue con la madre a limpiar una casa y se hizo amiga de la
hija de la patrona, que se llamaba Florencia y tenía dieciocho muñecas y
andaba en una silla de ruedas porque sus piernas eran blandas como el puré
de calabaza.
Otro día, la Florencia la invitó a la Cinthia a tomar la leche y la madre la
llevó al centro en la bicicleta. Cuando volvió, trajo una muñeca que le habían
regalado.
La muñeca era una bebé que se llamaba Nenota y lloraba cuando le
apretaban la panza. Era muy linda y la madre dijo que también era muy cara,
porque salía en la tele y la vendían solamente en Capital.
La Cinthia jugó todos los días con la Nenota, hasta que las baterías
comenzaron a agotarse y la muñeca sonó cada vez más despacio, como si
hubiese aprendido a llorar sin hacer ruido, igual que ellos. Un día, la Nenota
no lloró más, y la Cinthia ya no quiso jugar con ella.
Doña Pachi vino a decirle a la madre que los nenes tenían que vacunarse y
la madre le dijo que los llevara, si tanto le importaba; que ella no tenía tiempo
para ir a pasear a la salita.
Doña Pachi llegó temprano al día siguiente. Les regaló medias nuevas y los
hizo agarrarse de las manos para cruzar la avenida.
Una neblina espesa flotaba sobre los yuyos altos de los baldíos y una luna
de humo se extinguía entre las últimas estrellas, contra el telón oscuro que
esperaba la misericordia tibia del sol.
El Walter estuvo a punto de llorar cuando le pusieron la vacuna, hasta
arrugó la cara, pero el doctor se enojó y lo zamarreó y le dijo portate bien,
nene, no llorés, que te estoy haciendo un favor.
El Walter se acordó un poco del padre y del susto, no le salieron las
lágrimas. Cuando volvían para la casa, le apretó la mano a Rafael y le dijo:
Cuando yo crezca y me haga grande, voy a ser doctor, y voy a ser bueno
con los nenes que le tengan miedo a las vacunas, ¿sabés?
Rafael no le respondió, pero le sostuvo la mano hasta que sintió que ya no
temblaba.
El domingo, el Walter encontró la Nenota de la Cinthia tirada en el fondo
de la casa y le preguntó si quería jugar a los doctores, y Rafael le dijo que sí.
Hicieron inyecciones con ramitas del limonero y los bebés que venían a la
salita no lloraban cuando los vacunaban, porque el Walter los hamacaba y les
cantaba una canción.
La tormenta los agarró desprevenidos.
Doblado de caña, respirando fuego, el padre los había encontrado junto al
árbol del fondo, jugando a las muñecas.
Como el Walter tenía la Nenota, el padre se ensañó con él: lo levantó en el
aire, de los pelos, y le dio trompadas de puño cerrado en la cabeza, en la boca
y en la nuca. Le gritó trolo muchas veces. Trolo de mierda, le gritó.
Al Walter le empezó a sangrar la nariz, pero ya no lloraba, porque se había
quedado dormido.
Rafael no pudo hacer nada. No se atrevió a contradecir la ira etílica de su
padre y permaneció junto al árbol, horrorizado por la carne castigada de su
hermano.
Cuando se cansó de pegar, el tipo se sentó al lado del cuerpo inmóvil y
miró para todos lados, como desconcertado. Enseguida, se desparramó sobre
la tierra como un saco de harina abierto y se quedó dormido hasta que se hizo
de noche y el cuerpo se le llenó de luciérnagas. Cuando se despertó, se sacó
la ropa, se metió a la casa y echó a los hijos afuera.
Los mosquitos se los comieron vivos mientras oían los gritos de la madre.
Después, el padre salió con un cigarrillo apagado entre los labios,
prendiéndose los botones de una camisa recién comprada.
Al pasar junto al limonero, vio la Nenota de la Cinthia tirada panza arriba,
con los ojos celestes bien abiertos.
El padre y la muñeca se miraron un rato largo, como si la Nenota supiera
algo que él no quería que nadie se enterara. Se agachó, sacó el encendedor del
bolsillo y encendió el cigarrillo, y con la misma llama le prendió fuego al
vestido de la muñeca. La miró hasta que a la Nenota se le derritieron los ojos
de plástico y después se fue por el pasillo, silbando una cumbia, rumbo a la
avenida.
La madre salió de la casa semidesnuda y lo fue a juntar al Walter, que
estaba arriba de una chapa. Lo agarró de un brazo, lo desnudó y lo metió en
un fuentón lleno de agua fría. El Walter lloraba un poco y otro poco hacía
silencio, un silencio de angustia, de tragarse la memoria entre sollozos.
Cuando quería escapársele algún gemido, la madre le tiraba del pelo y le
decía dejá de llorar porque tu papá va a pensar que sos trolo de verdad.
Después de esa noche, el Walter quedó preso adentro de una orden y nunca
más volvió a llorar. Tampoco volvió a reírse.
El lunes siguiente, la madre le dijo al Walter que no iba a ir a la escuela.
Rafael la escuchó, entredormido. Abrió los ojos despacito y era como si el
sueño no se terminara, o como si la realidad no se atreviera a comenzar.
La madre le lavaba la cara al Walter en una palangana y la cara del Walter
se fue despintando, y Rafael vio que abajo de la pintura estaba la cara del
Ricardo. Lo peinó, le puso la colonia del padre y ropa de tomar la comunión.
A las siete y cuarto, llegó la tía Dori, que era la hermana de la madre.
La tía Dori vivía en el campo, era evangelista y gorda y no tenía marido,
por eso el padre no la quería. Cada vez que la veía, le decía marimacho, así
que la tía tuvo que ir temprano para que el tipo, que recién se dormía, no la
sintiera llegar.
Entre las dos hermanas, armaron una bolsita con las cosas del Walter.
Rafael miraba la escena desde abajo de la sábana. A su madre, que doblaba
la ropa despacio, y a su tía, que le acariciaba la cabeza al hermano que se iba
lejos. Deseó con todas sus fuerzas hacer eterno ese pedacito de amanecer;
hacer que el padre ya no despertara más, que durmiera para siempre así, solo,
desnudo y con la cabeza apoyada sobre un revólver. Y que el Walter se
quedara con ellos.
El Walter lo abrazó y le prometió que lo iba a ir a visitar, pero Rafael no le
creyó, aunque sabía que no le mentía.
A las ocho menos cuarto, la tía Dori lo agarró de la mano y se fueron por el
pasillo.
La madre no le dio un beso; a lo mejor no pudo.
El Walter se fue mirando para atrás, diciendo chau con la mano que no
estaba atada a la tía Dori.
Esa noche, el Chiqui le mostró un dibujo que había hecho para mandarle al
Walter al campo y después le preguntó si podía dormir con él, porque tenía
miedo.
Gracias por cuidarme hasta que vuelva el Walter, le dijo el Chiqui, y se
quedó dormido.
El Walter no volvió más y la madre nunca le envió por correo el dibujo que
había hecho el Chiqui. En vez de eso, lo dobló por la mitad y lo puso adentro
de un cuaderno de tapa roja que guardaba en el ropero.
Y en la pieza eran cinco.
12

Despertó muchas horas después y abrió los ojos lentamente, porque la


claridad lo enceguecía. El Chiqui estaba ahí, de pie, a su lado, y lo miraba
fijo. Flotaba en la claridad y le sonreía y quiso tocarlo, pero no pudo
moverse.
¡Se despertó!, gritó alguien.
El Chiqui salió corriendo, llevándose toda la luz que encendía el
dormitorio, que de repente se volvió opaco, como la nostalgia.
Rafael estaba acostado y giró la cabeza cuando sintió que se le sentaban al
lado. El tipo le agarró la mano. Quiso soltarse, pero no pudo. El viejo le
acarició los dedos y lo miró con una dulzura que en el fondo, lo repugnaba.
¿Qué pasó? Murmuró entre dientes.
En la habitación había otro tipo. Tenía el mismo acento afeminado del
primero y llevaba puesto un uniforme de enfermero.
Casi te perdemos, corazón, le dijo.
Rafael enfocó la mirada, le vio la ropa llena de sangre y enseguida
entendió que era suya.
¿Y los pibes?
No volvieron, dijo el tipo sentado junto a él.
Te salvaste de milagro, bomboncito, interrumpió el otro, enjuagando trapos
en un fuentón. Dos balazos, exclamó. Un par de centímetros a la izquierda y
no contabas el cuento, bebé.
¿Ahora sí me vas a decir qué pasó? ¿Qué te pasó?
El tipo le buscaba los ojos, pero Rafael no quería mirarlo. No quería abrir
la boca, ni ponerse a merced de su misericordia. Le dolía la pierna y el
costado, debajo de las costillas. Le costaba respirar, hablar le parecía
imposible. Cerró los ojos y al rato los escuchó salir de la pieza.
Quiso hacer memoria, pero la noche se le venía encima despedazada. Sus
recuerdos eran trozos de vidrio molido y quiso llorar, pero no se atrevió.
Lo aterraba perder la memoria, despertarse un día y haberlo olvidado todo.
En ocasiones, la memoria era una prisión, pero también el único lugar donde
podía encontrarse con sus hermanos.
13

En la pieza eran cinco. El Ricardo, la Carmen, la Corina y el Walter se


habían ido hacía mucho, y a pesar de eso, la casa parecía hacerse cada día
más pequeña.
Rafael dormía con el Chiqui en la misma cama, para que no tuviera miedo,
hasta que un día lo mandaron a la cucheta de arriba porque el Chiqui se había
hecho grande, y los padres le explicaron que tenía que dormir solo, para no
ser maricón.
¿Qué es un maricón?, quiso saber el Chiqui.
El padre puso cara de asco y desvió la mirada.
Los maricones son hombres que quieren ser mujeres, se metió la madre, y
la charla terminó ahí.
Había otras dos camas. En una, dormía el padre hasta que se hacía la hora
de volver de la escuela. En la otra, la que era de la abuela Alba cuando estaba
viva, dormían la madre y la Cinthia.
Un día, la hija de la patrona de la madre, que se llamaba Florencia y
andaba en silla de ruedas, se enfermó tanto que tuvieron que ponerle la
sangre de todos sus parientes. Un tiempo después, la madre la llevó a la
Cinthia a visitarla. A la vuelta, le contó a los hermanos que a ella también le
habían sacado sangre, y que después la patrona de la madre le había
comprado una chocolatada y un alfajor.
Meses después, la Florencia se murió y la madre llegó a la casa con bolsas
negras llenas de muñecas y vestidos.
La Cinthia se puso a saltar de alegría, se probó todos los vestidos y después
le preguntó a los hermanos si querían jugar a hacer una obra de teatro, y que
las muñecas fueran el público, pero ellos le dijeron que no y la miraron jugar
desde lejos toda la tarde.
El lunes, la Cinthia fue a la escuela y le contó a sus compañeras que tenía
muchos juguetes y vestidos nuevos. Lo contó con la felicidad honesta de
quien nunca tuvo nada. Una nena le preguntó si la invitaba a jugar algún día y
ella le dijo que sí. Nunca había invitado a una amiga a la casa porque sentía
vergüenza de la miseria que los guarecía, pero su suerte había cambiado:
ahora tenía cosas lindas para mostrar y se parecía un poco más a las otras
nenas.
Ese día, no esperó a sus hermanos. Volvió corriendo de la escuela para
ponerse sus vestidos y jugar con sus muñecas nuevas.
Cuando Rafael y el Chiqui entraron a la casa, la Cinthia llevaba un buen
rato llorando porque la madre le había dicho que se había llevado todo a la
feria, que había vendido los vestidos y las muñecas.
La Cinthia no le creía. No quería creerle, no podía. Su voz era una vidriera
cascoteada que en cualquier momento estallaba en mil pedazos. Apenas
alcanzó a largar un pero que los gritos de su madre apagaron para siempre.
Quién te creés que sos para andar así vestida por acá, le dijo. Mirá cómo se
te caen los mocos, mirá, le decía, mientras la veía deshacerse en un río de
dolor, arrodillada en el piso, temblando un poco, como las rosas, cuando les
crecen las espinas.
La Cinthia pasó unos días tan callada, que hasta el padre se dio cuenta.
Qué le pasa, le dijo a la madre, una siesta que se levantó a almorzar, y la
madre dijo no sé.
Después, el tipo miró a la hija y a ella le pareció que los ojos de su padre se
parecían un poco a los ojos de una víbora. Hasta creyó verlo asomar la lengua
entre los colmillos.
Qué te pasa, mi amor, dijo el hombre, y la Cinthia sintió un cubo de hielo
en la nuca.
La madre observó la escena un rato largo y Rafael la vio juntar las cejas
sobre la nariz.
Vendí los vestidos que me dio la vieja, largó enseguida, levantando la voz
como para interrumpir la escena que le anudaba las vísceras.
Vení, mi amor, le dijo el padre a la Cinthia, y la agarró del brazo y la hizo
ponerse de pie y subírsele al regazo.
La madre se levantó y fue a buscar la olla con los ojos fijos en el padre, el
ceño todavía fruncido y la cautela de un ciervo que escucha una rama seca
quebrándose entre los yuyos.
Qué pasó, contame, le dijo el padre a la Cinthia, deslizándola sobre sus
piernas para acomodarla, mientras la sentía hacerse diminuta.
Rafael supo que estaba pasando algo malo. Le vio los ojos a la hermana,
suspendidos en la oscuridad más profunda. Después miró a la madre, que no
traía el guiso, y de nuevo a la Cinthia, que no hablaba, y por último al padre,
que le puso la mano en la pierna a su hermana, con la punta de la lengua
todavía entre los dientes.
¿Querés un vestido, mi amor?, le preguntó, con una dulzura repugnante.
De pie, junto a la cocina, la madre alcanzó a ver la bombacha de su hija
contra la carne tiesa y le temblaron las manos y la tapa de la olla se le resbaló
y tronó sobre la garrafa.
Acá tengo la plata de los vestidos, dijo con voz ronca la mujer, largando el
guiso y metiendo la mano temblorosa entre los condimentos acomodados en
un cajón de fruta, atado a la pared con alambres.
Dame, dijo el padre.
Estoy buscando.
¿De qué color querés el vestidito?
La Cinthia no respondió.
No la encuentro, dijo la madre. No encuentro la plata, reclamó,
revolviendo el cajón con la angustia de quien busca un milagro, con los dedos
como insectos envenenados, retorciéndose entre los paquetes de ajo y perejil
llenos de tierra.
No ves que sos una inútil, gritó el padre, sacándose a la Cinthia de encima.
Inútil de mierda, repitió, poniéndose de pie y acercándose al rincón de la
cocina.
Le dio un empujón que le partió la espalda al medio contra la cucheta, pero
a ella no le importó. Se tambaleó un poco, se apoyó en la mesa y les habló a
los hijos:
Ya comieron, se van afuera.
Habló para todos, pero solamente la miró a la Cinthia.
No ves que está acá, inútil, dijo el padre, a sus espaldas, desparramando
sobre la tierra del piso los sobres de condimento.
Se van afuera, repitió la madre, sin alzar la voz.
Los hijos obedecieron enseguida, salieron corriendo para el patio y no
alcanzaron a ver las lágrimas llenando los ojos negros cuando cerró la puerta
de la casa a sus espaldas y comenzó a desvestirse.
Debe ser cosa de la Virgencita, nomás, murmuró la madre unos días
después, acomodándose el delantal del uniforme.
La mujer frente a ella la miró con esa pena cristiana que se parece más a
una arcada.
Yo entiendo que lo que te estoy ofreciendo no tiene nombre, nena, le dijo,
apoyando la taza de té sobre la mesita de la sala de estar.
Tiene nombre, doña. Usted quiere que yo le venda mi hija.
Después puso los ojos en el ventanal.
Del otro lado, en el patio, había una maceta, y en la maceta había una
planta de agapanthus que se llamaba Violeta y era la mejor amiga de la nena
de la casa.
Esta silla de ruedas es como la maceta de Violeta, le dijo una tarde la nena
a la hija de la mucama, mientras tomaban la merienda.
La hija de la mucama se llamaba Cinthia, pero ella le decía Negrita, porque
así le decía también la patrona.
Florencia sabía que la Negrita venía a visitarla porque le tenía lástima.
La Negrita es tu amiga. ¿No ves lo buena que es con vos? No digas que te
tiene lástima, le decía siempre la madre, pero Florencia no le creía.
Mirá, esta soy yo y esta es Violeta. Esta es la maceta de Violeta y esta es la
mía, explicó, después de un rato, girando la hoja sobre la mesita que tenía
apoyada en las piernas muertas.
Tu maceta tiene ruedas, dijo la Negrita, y se rieron con ruido.
La última vez que la llevaron al Hospital Galeano de urgencia, la patrona
supo que la Florencia no iba a volver. Ella ya sabía que la hija estaba
enterrada a medias, si la nena le había mostrado.
Me voy a ir a vivir a la maceta de Violeta, había dicho esa tarde, pero la
madre no le hizo caso porque deliraba de fiebre.
Después hubo silencio. Demasiado y todo junto.
Hubo cortinas cerradas y el murmullo del televisor ahogado por la puerta
del dormitorio principal, cerrada con llave.
Una prima hermana de la señora le pidió a la mucama que no hiciera ruido
y que se asegurara que la patrona tuviera siempre a mano sus pastillas.
Después, la prima salió al balcón, habló por celular y se fumó un cigarrillo
que apagó en la maceta del agapanthus.
Recién el miércoles, la patrona se dignó a asomarse a la puerta del
dormitorio y gritar, con la voz rota, lo que la mucama esperaba escuchar
desde hacía días:
Meté todo en bolsas. Tirá todo.
La mamá de la Negrita largó los platos, se sacó los guantes de goma y
agarró las bolsas de consorcio. Tenía que juntar todo antes de que la vieja se
arrepintiera y ya sabía bien qué cosas se iba a llevar. Lo único que hacía falta
era aguardar al primer intento de desapego de la patrona, que no hacía otra
cosa que pasarse los días despintando fotos con el llanto.
Sacó dos bolsas negras, llenas hasta reventar, como el tren de las siete que
esa tarde la llevó de regreso al rancho.
Traela a la Negrita, insistió la mujer, mientras se llevaba una mano
temblorosa a la boca. Sacó la lengua, apoyó la pastilla y se terminó el té.
Traémela, insistió. Vos la vas a poder ver cuando quieras. Y la plata te viene
bien.
Y la mucama dijo que sí, nomás. Qué iba a decir, si la patrona tenía razón.
Asintió, pensando en la Negrita sentada sobre los monstruos que habitaban la
mente de su padre; monstruos sin ojos, de dientes afilados y podridos que
rechinan buscando carne blanda. Monstruos que la madre conoció demasiado
tarde y que apenas consiguió engañar escondiendo a las hijas detrás de una
cortina de plástico durante años.
Pero los monstruos se fueron haciendo cada vez más grandes, cada vez
más fuertes, acaso inmunes a los ojos de la abuela Alba, que los vigilaban
desde el portarretrato colgado en la cabecera de la cama.
Con la mirada posada en la maceta del patio, donde había comenzado a
germinar otro agapanthus, la madre comprendió que la patrona había
aparecido justo cuando todos sus talismanes perdieron los poderes. Cuando
ella estaba exhausta y su carne no era otra cosa que un escudo roto.
El día que la Cinthia llegó a vivir con la patrona, no llevaba más que una
mochila. La patrona le dio la mano y se la llevó a su dormitorio.
La madre miraba de lejos, vuelta humo, y la vio resplandeciente, como sol
desparramado sobre papel satinado.
La Cinthia se bañó –la bañó la patrona, para conocerle el cuerpo– y se puso
un vestido nuevo y unos zapatos. Jugó con todos los juguetes y se rio por
todo lo que no había podido reírse antes y fue ahí, en el preciso instante en
que la carcajada trepó hasta el techo de la casa, que la madre se dio cuenta de
lo presa que estaba.
Ese tardecita, volvió a la casa con un pote de helado que compró con la
plata que le dio la patrona. Cuando llegó, encontró a las criaturas solas,
jugando en el patio, y por primera vez en mucho tiempo, los abrazó.
Rafael y el Chiqui hicieron silencio y le envolvieron el cuerpo con los
brazos flacos; ellos sabían que la madre estaba triste porque la Cinthia
también se había ido lejos.
Esa noche, la madre sirvió tres potes de helado de chocolate, se tiró con los
hijos en la cama que era de la abuela Alba y los escuchó hablar hasta que se
quedaron dormidos.
Al rato, sintió el quejido oxidado del portoncito del frente y los pasos
pesados y torcidos del marido. Cerró los ojos y se hizo la dormida.
Y en la pieza eran cuatro.
14

Cuatro en punto, el micro se metió en un parador de la ruta.


Paramos media hora para comer, avisaron los choferes, y Rafael se tocó los
bolsillos vacíos y se tragó la risa. Al rato, se puso de pie y se sirvió otro café.
Todo el pasaje se bajó a estirar las piernas.
La señora del asiento cuarenta y dos salió con un par de anteojos de sol
disimulándole el mal sueño. Cuando pasó junto a Rafael –de pie, al lado del
ómnibus, con el café de máquina en la mano y los ojos achinados por la
siesta– lo miró de reojo y se metió en el restaurante.
Rafael sintió que el café quemado le hacía un agujero en el estómago y se
quejó, pero siguió bebiendo.
El tipo del asiento ocho se acercó con un cigarrillo encendido entre los
labios, cerrándose el zipper del rompevientos. Le pidió uno y el tipo dijo que
sí con la cabeza, metió la mano en el bolsillo de la campera y le extendió un
paquete arrugado de Colorados y un encendedor.
Uno para después, bromeó Rafael, poniéndose un cigarrillo en la oreja y
otro en la boca. Al tipo no le hizo gracia, pero no dijo nada.
Desde el restaurante, le llegaba el olor de la comida, así que fue a pararse
lejos para fumar. Puteaba entre dientes cuando le crujía la panza y daba una
pitada larga para pensar en otra cosa. La repetición interminable del paisaje lo
abrumaba, lo hacía sentir que Buenos Aires estaba a semanas de distancia.
Pensó en la casa de Boedo; se distrajo recordando los detalles, los rostros
de los desconocidos que siempre lo miraban desde los portarretratos, el
barullo de los platos del almuerzo, que entraba por la ventana de la cocina
que daba al pulmón del edificio.
Se levantó la ropa y se miró la marca de la bala en el costado. Se pasó un
dedo helado por el relieve de la piel y se acordó de la noche que todo había
salido mal.
Se le vino a la cabeza la voz de un viejo amigo, que lo había cuidado y le
había prometido cosas que prometen los padres, aunque Rafael no creyera en
esas tonterías.
Las manos le temblaban de frío, como le habían temblado la noche que
creyó que iba a morirse. Cerró los ojos y pensó en El Bajo, que era un
laberinto negro en el que flotaban la luna y las ventanas anaranjadas.
Las balas le pisaban los talones. Trepó a la estructura que sostenía un aire
acondicionado y de ahí, subió al techo como pudo, aguantando el ardor que
sentía en el costado.
Atravesó la noche, arrastrándose sobre la viga que sostenía las chapas y
llegó al callejón del otro lado. Sus piernas, que habían cruzado el barrio a
zancadas, escapando de la muerte, explotaron eléctricas cuando cayó frente a
la casilla de puerta amarilla y ventanas cubiertas de enredaderas.
Escuchó las botas y le pareció sentir la tierra temblar bajo las palmas.
Quiso ponerse de pie, pero el dolor le alcanzó el pecho y supo que sus piernas
ya no responderían. Ahogó un gemido. En ese momento, hasta mantener los
ojos abiertos le hacía doler.
Y entonces, la puerta amarilla se abrió.
Rafael levantó la cabeza y vio a la Corina, de pie en el umbral, haciéndole
señas con la mano para que se metiera a la casa.
Ayudame, alcanzó a decir.
Mareado como estaba, puso los ojos en la calle y se apoyó sobre los codos.
Las botas sonaban cerca y la adrenalina lo ayudó a arrastrarse, hasta entrar a
la casa.
La Corina cerró la puerta, se le sentó al lado y le agarró la mano.
Te dije que te iba a ayudar a escaparte, le susurró, y Rafael abrió los ojos
húmedos, sacudió la cabeza, terminó de fumar y regresó al micro, atajándose
el viento.
Subió y se encontró el asiento ocupado por una bolsa de mercado y creyó
que se había confundido de butaca. Entonces, se acercó y vio la pila de vasos
de café usados y también vio que adentro de la bolsa había un tenedor
descartable, sal, un pedazo de pan, un sobrecito de queso y una bandeja de
rotisería llena de ravioles con salsa.
No se dio cuenta de todo el tiempo que permaneció inmóvil, mirando la
comida, con la boca abierta. Giró sobre sus talones, buscando una
explicación, y se encontró con la sonrisa de la señora del asiento cuarenta y
dos.
Algo tenés que comer, le dijo, y a Rafael se le hizo verano en el pecho.
15

Fueron ellos los que empezaron a disparar. Los agarraron desprevenidos y


cada uno corrió para donde pudo. Solamente él había vuelto, medio muerto, y
demoró muchos días en recordar que esa noche le dieron dos balazos, que
había dormido sobre el suelo de una casa vacía y que había soñado con una
hermana que no veía hacía años.
Tumbado bajo el edredón, acarició la sábana con la yema de los dedos.
Alguien se sentó a los pies de la cama, pero no quiso mirar.
Yo sé que vos estás enojado conmigo. Yo sé que no me vas a perdonar,
pero yo no puedo más.
Una mano huesuda le acarició la espalda con ternura.
Dale una oportunidad a tu hermano, le suplicó la madre.
Espió y alcanzó a verlos salir de la pieza. La madre le agarraba la mano al
Chiqui y llevaba un bolso colgado al hombro.
Y Rafael sabía que se iban lejos.
Se hundió en la oscuridad y en secreto, dejó salir las lágrimas.
La puerta del dormitorio se abrió y escuchó la voz del tipo:
Vení a comer, Rafa, le dijo.
No quería levantarse.
Te tenés que levantar. La comida en la cama no va más, corazón.
Arrastró los pies hasta el comedor, puteando. Se sentó a la mesa en cuero y
el tipo le dijo que se fuera a poner una remera, pero no le dio pelota.
Qué pasa, no te gusto así, puto, le dijo.
No digas tanto puto, eh. No escupas contra el cielo, que algún día te puede
tocar besarte con un tipo.
Qué asco, exclamó Rafael, azotando los cubiertos. ¡Estoy comiendo!
Y bien que estás comiendo, querido, reclamó el otro, exagerando la
mariconada. Y acá, mamita, dele y dele atenderte. Qué vamos a hacer, Rafael.
Con qué.
Cómo con qué. Con las cuentas, tesoro.
Me dieron un balazo, viejo, qué querés que...
Hace un mes, Rafael. Y estás espléndido. Medio achanchado, nomás.
¡Qué achanchado! Me dieron un balazo y mirá cómo estoy.
Por eso, mi rey. Ya podrías ir pensando en laburar. El alquiler lo tenés
vencido.
No podés ser tan hijo de p…
¡Con mamá no, que era una santa! Y acordate que estás viviendo bajo su
techo. Escuchá un minuto y cerrá el pico, loro. Vos no escuchás, por eso te
balean.
Rafael trabó la mandíbula, para que no se le escapara la sonrisa. El viejo
soltó los cubiertos, se sonó los nudillos y se aclaró la voz.
Ya analicé toda esta situación mientras vos delirabas de fiebre y me
transpirabas los edredones, querido, le avisó. Tus colegas, presos. Vos, rengo
y enemistado con las fuerzas de seguridad. Un escándalo. Me imagino que a
estas alturas, ya estás afuera del sindicato de delincuentes. Yo bien, por si te
interesa. Acá, vendiendo mis cosas para pagar tus cuentas.
Qué querés que haga, viejo. Mirá, ¿ves esto? Esto es un balazo, papá.
La renguera no se te nota mucho, el tema es que estás achanchado y así no
vas a poder.
¿No voy a poder qué?
Vos dejame a mí, Rafael. Yo nos voy a sacar de esta, le aseguró el tipo,
agarrándose el pecho con una teatralidad agobiante.
¿No voy a poder qué?, repitió Rafael, dándole un puñetazo a la mesa.
El viejo lo miró a los ojos con picardía y le puso una mano sobre el puño
cerrado.
Así no vas a poder ser puto, mi amor.
16

¿Dónde está tu papá?


No sé.
¿Y tu mamá?
Se fue con el Chiqui.
¿Adónde?
Lejos.
Entre respuesta y respuesta, tomaba un sorbo de mate cocido.
Doña Pachi lo había encontrado solo, sucio y muerto de hambre. Dos días
atrás, la madre había juntado al hermano más chico y se había ido para el lado
del asfalto. Cuando descubrió el abandono, el padre fue detrás, con la
esperanza secreta de encontrar a su mujer para darle una paliza.
Le voy a matar el hijo, dijo, poniéndose el revólver en la cintura, pero
Rafael no se animó a contarle eso a doña Pachi, que lo miraba tomar la
merienda con ojos líquidos.
¿Querés mirar la tele?, le preguntó la mujer, retirándole la taza y el plato
lleno de migas.
Le respondió que sí, que quería, y se pasó la tarde mirando El Mundo de
Disney.
Sentado frente al televisor, cerró los ojos y se apoyó contra la pared, y
recién entonces se dio cuenta de que la pared era una jaula.
Sintió el brazo de su madre acariciándole el cuello y el rostro y cuando
miró, se dio cuenta de que estaba presa como la mamá de Dumbo, llorando
de pie, encadenada, del otro lado de los barrotes.
Cuando se despertó, era de noche.
La luz naranja de la galería entraba por la ventana y enmarcaba el rostro
dormido de doña Pachi, que dormía junto a él.
Rafael espió por su oreja y vio que soñaba con una tarde en la plaza y con
la abuela Alba, que era más linda que en las fotos y tejía un pulóver verde.
Se levantó, se sirvió agua de la canilla y fue a mirar por la ventana. En la
calle no estaba ni la luna.
Cuando apoyó el vaso sobre el aparador, encontró una foto en blanco y gris
y le llevó un rato largo darse cuenta de que la que lo miraba desde el marco
era la abuela Alba. Estaba muy joven, tal vez en aquella época ni siquiera
había tenido a su padre. Llevaba un rodete redondo como la cola de un conejo
y un vestido que tenía más flores que el lapacho que se le asomaba por detrás.
Quiso devolver la foto a la repisa y casi voltea el vaso y por atajar el vaso,
el portarretrato se le fue como arena entre los dedos y acabó estrellándose
contra las baldosas.
El vidrio se partió por la mitad, la foto se desprendió de su tumba y cuando
Rafael la encontró, debajo de la cómoda, descubrió que al pie alguien había
dejado un mensaje de tinta que fue apagándose con los años. Achinó los ojos
por la penumbra que arrebujaba la casa y leyó:
“La oscuridad no es más que un instante de luz dormida.”
17

El padre apareció en verano.


Llevaba ropa nueva y se había peinado para el costado el poco pelo que le
quedaba. Se había afeitado y tenía olor a jabón y cigarrillo.
Tomá, hijo, le dijo a Rafael, tendiéndole un paquete de figuritas. En la casa
hay más.
Pero Rafael sabía que era una trampa.
Cuando dijo que no quería ir con él, el padre le reprochó la traición, lo
acusó de ser igual a su madre y hasta lo amenazó con molerlo a golpes, pero
Rafael se escondió atrás de doña Pachi, apretó los párpados con todas sus
fuerzas y pidió por favor que su padre se fuera para siempre.
¡Cuando la vieja marimacho esta se canse de lavarte el culo, vas a tener
que pedirme por favor que te dé un plato de comida, pendejo hijo de puta!, le
gritó.
Doña Pachi le pidió que se fuera y antes de salir, el tipo le dio una patada a
la heladera. Azotó la puerta del frente con tanta fuerza, que desde la cocina
escucharon los tornillos de las bisagras cayendo sobre las baldosas.
Esa fue la última vez que se vieron.
Perdón, pidió Rafael, casi susurrando.
Doña Pachi lo miró con amor.
Yo no quiero ir a la casa, le explicó. Mis hermanos se fueron todos. No
tengo con quién jugar.
No tenés que ir a ningún lado, le prometió doña Pachi.
Rafael bajó la cabeza y tragó saliva.
¿Por qué mi papá es tan malo?, preguntó.
Ella se inclinó para abrazarlo. Le hizo un nido con las carnes y le acarició
el pelo, incapaz de hallar una respuesta para semejante duda, que se parecía
más a una puñalada que a una pregunta.
¿Qué quiere decir marimacho, Pachi?, quiso saber el nene, que de a
poquito se iba quedando dormido.
Ella respiró hondo, le dio un beso en la cabeza y le contó que marimacho
es uno de los insultos que le dicen a las mujeres que no quieren amar ni
obedecer a los hombres.
Esa noche, doña Pachi no durmió.
Cuando espió por la oreja de Rafael, vio que él soñaba con la casa donde
se había criado y también vio que en la casa quedaba uno, uno solo, que
tomaba ginebra y fumaba y lloraba sin que nadie lo viera, con un revólver en
las manos, desnudo, sobre la cama que antes era de la abuela Alba.
DOS

Hay alguien más aquí y está preso en mi garganta.


Vivem em nós inúmeros;
se penso ou sinto, ignoro
quem é que pensa ou sente.
Sou somente o lugar
onde se sente ou pensa.
Tenho mais almas que uma.
Há mais eus do que eu mesmo.
Existo todavia.
“RICARDO REIS”, FERNANDO PESSOA
1

Era febrero y los pasillos del barrio hervían. La Corina se pasaba las siestas
mirando cómo el sol quemaba las chapas del otro lado de la ventana abierta.
Andaba con los párpados como persianas pesadas, muerta de sueño, y se
abanicaba con lo que tenía a mano. Lavaba un poco de ropa, escuchaba la
radio y atendía la despensa.
Aquella noche había soñado que enjuagaba unas remeras que había dejado
en remojo, cuando alguien llamaba a la ventana del kiosco, aplaudiendo. Ella
se asomaba para ver quién era y se encontró con la cara puntiaguda del
Rafael.
Y la mami, le preguntaba la Corina, soñándose con las manos mojadas.
La mami se fue lejos, le respondió él.
Y la Corina entendió enseguida.
Pero no te pongas triste, agregó Rafael. Yo te voy a venir a visitar.
¿Cuándo vas a venir, Rafael?, quiso saber ella, preocupada, porque el Keta
decía que la casa estaba fea como para recibir visitas.
No te preocupes, voy a venir cuando no estés.
Entonces me quedo tranquila, respondió ella, y se despertó.
Escuchó que había alguien en la ventana de la despensa. El batir de palmas
la arrancó de la somnolencia caliente en la que flotaba. Seguía siendo de
siesta y ella tenía las manos hundidas en el tanque de agua con jabón.
Se arrimó a la reja y se encontró con las caras sucias de tres guachitos que
no habrán tenido más de ocho. Eran flaquitos y chabacanos, maleducados sin
maldad; medio pillos, pero compañeros. Uno solo tenía zapatillas, el más
chiquito.
La Corina los conocía. Sabía que los pibes vendían tarjetitas en el subte y
que, con lo que juntaban, le llevaban comida a la madre, que estaba en cama
hacía rato porque había perdido una criatura por culpa del marido.
Hablaban a los gritos, acostumbrados a levantar la voz para que los
pasajeros del tren les prestaran atención. Siempre que venían, la Corina se
acordaba de un hermano suyo, que no veía hacía años porque se había ido de
la casa a vender guías de la ciudad y no había vuelto nunca.
Los pibes solían comprar pan, un pedazo de mortadela o picadillo. A
veces, cuando les iba bien, llevaban una gaseosa. Pero ese día no comprarían
ni pan, ni gaseosa, ni picadillo, ni levantarían la voz, ni le responderían a la
Corina cuando ella les preguntara cómo estaba la madre que, postrada bajo
las chapas de fuego, los esperaba y se preguntaba si aquel día la ciudad se
habría volteado a mirarlos; si, por acaso, les habría perdonado la infancia
arrebatada a tirones por esa escasez monstruosa que les agujereaba la ropa y
los estómagos. En sus cuerpos exhaustos se marchitaba cualquier esperanza.
En esa tierra seca que eran sus ojos no florecería ningún milagro.
Doña, mire, dijo el mayorcito, con la voz medio apagada, levantando una
lata de pintura. Le pinto el frente, doña.
Ella suspiró, descorazonada.
Pero si no tengo un peso para pagarte, le dijo, y era cierto.
No importa, doña, insistió el mocoso. Yo le cambio la pintura por lo que
usted me quiera dar. Va a quedar linda su casa, doña. Distinta. Mire, la
pintura es amarilla. Acá todas las casas son marrones.
Cómo se le dice que no al hambre que muerde los labios y araña el
estómago de una criatura. Si lo que querían era llevar algo para comer a la
casa. La Corina se fue para adentro y al rato regresó con una botella de agua
fría y pasó la tarde con ellos.
El Keta volvió el último domingo de diciembre. Quería recibir el nuevo
milenio con su mujer, dijo, mordiéndole los labios.
No le gustó cómo había quedado el frente y la Corina le contó que a veces
pensaba que sería lindo recibir visitas, por lo menos para las Fiestas. El
mundo que la había visto crecer, le había hecho creer que las visitas son cosas
de gente que tiene casas lindas.
El Keta trajo un pollo al espiedo y el diario, que contaba en un recuadro
chiquito que las ratas de un depósito de la policía se habían comido
quinientos kilos de marihuana.
Se pudrió todo, dijo, mientras la Corina le servía pollo. Ya repartieron. El
jueves salgo de encomienda.
¿Adónde vas?
Lejos, dijo el Keta, y la mujer lo miró fiero.
¿Cuándo ve…?
Corina, acabo de llegar. Acabo de llegar, mami. Pasame las papas. Acabo
de llegar y ya me preguntás cuándo me voy, cuándo vengo. La puta madre,
este cuchillo no corta una mierda.
La Corina le pasó el otro, el del mango de madera.
Por favor, Carlos, no golpees la…
Golpeo lo que quiero, la concha de tu madre. Esta es mi casa. Pasame la
mierda esa. Dejame comer tranquilo, Corina. Comé vos también. Agradecé y
callate la boca.
Ella hizo silencio. Se sirvió un pedacito de pollo y un par de papas y miró
un rato largo la comida sobre el plato.
¿Qué pasó, Keta?
El tipo masticó despacio y cuando tragó, se llevó el vaso de vino a la boca.
Bebió largamente, con los ojos fijos en las vigas del techo, como buscando
palabras perdidas allá arriba.
Le debo a Noriega. Ponele que yo soy la rata que se comió los quinientos
kilos de faso. Se cagó lo de Itatí.
El Gordo te va a esperar.
El Gordo me quiere cambiar la deuda por laburo.
Y entonces, la Corina se enteró que cuando el marido dijo lejos, estaba
hablando de Comodoro Rivadavia. Y ella ya había sentido nombrar
Comodoro, tiempo atrás.
Cuando a la Carmen la mandaron al sur, la Corina buscó el nombre de la
ciudad en un mapa de la Argentina que salía en un libro que tenían en la
biblioteca de la escuela. Nadie la vio arrancar la hoja. Conservó el trozo de
papel, como si fuera una foto de la hermana. Quiso prenderlo fuego una
tarde, convencida de que si incendiaba el nombre de la ciudad, podría liberar
a la Carmen de la prisión de la distancia. Pero no se atrevió.
Otro día, lloró pensando en ella y dejó caer un par de lágrimas sobre el
nombre de Comodoro, con la esperanza de que la Carmen supiera que la
extrañaba. La lágrima borroneó la tinta y desde entonces, el nombre ya no se
lee, y la Corina no supo nunca si la Carmen también pensaba en ella, o si
alguna vez le escribiría una carta.
El Keta se puso el ventilador fijo y se tiró una siesta. Ella empezó a juntar
los platos tan distraída, que se cortó el dedo con el embalaje del pollo.
Una gota de sangre cayó sobre la mesa y la Corina se quedó mirándola fijo,
chupándose el dedo.
Vos no te tenés que asustar cuando te sangre, le había dicho la Carmen. Te
ponés algodón, y listo. Y no le cuentes a nadie. A mamá, después, pero a
nadie más. A la Cinthia tampoco. Y a él, menos. Él no se tiene que enterar
nunca. Mamá no quiere.
¿Carmen?
¿Qué?
¿Vos ya cogiste?
No digas así. No.
Después espió, para ver si no venía nadie.
¿Secreto de hermanas?
Te lo juro.
No sé. O sea, sí. Pero es mentira que es lindo. ¿Viste que el varón te tiene
que…? Eso. Ay, no digas así, sos chiquita. Pero sí, eso. Y bueno, te la meten
muy fuerte. Te duele, es feo. Hacen como perros. Así, así, así. Y te aprietan,
te hacen doler. Te agarran del cogote, no quieren que hagas ruido.
La Corina se quedó pensando, mirando el pasto.
¿Carmen?
¿Qué?
¿Por qué él no nos quiere?
La Carmen suspiró y miró para otro lado.
Sí nos quiere. Pero no nos ama.
La Corina lo miró al Keta, que dormía con la boca abierta y la mano en la
bragueta, y pensó que él tampoco la amaba. Que no la había amado nunca,
que no sabía cómo se hacía. Que la quería, nomás, y la quería mal. De qué
sirve amar, si no se sabe querer, pensó ella, y se acostó a su lado.
Durmió la siesta y esta vez, soñó con una plaza. Soñaba mucho, la Corina,
porque en el fondo se sentía presa. Este sueño se parecía más a un recuerdo:
ella era chiquita, la Carmen y el Ricardo también. Los otros todavía no
nacían. El padre todavía trabajaba en la fábrica y la madre no lloraba nunca.
Estaban en la plaza y la abuela Alba y doña Pachi tejían pulóveres verdes y
conversaban, sentadas en un banco. La miraban y le decían hola con la mano,
y ella tenía puestas unas alitas de plástico, que vaya el Diablo a saber dónde
habrán quedado.
El padre la subía a los hombros, ella cerraba los ojos y volaba alto,
altísimo; tan arriba, que las nubes húmedas, en estampida, se le deshicieron
contra la cara.
Tan alto voló la Corina, que el cielo se empezó a ennegrecer. Un nido de
víboras eléctricas se retorcía entre los nubarrones, tuvo miedo y le dolió la
panza. Cuando levantó los ojos, buscando el sol, las piedras le llovieron sobre
el rostro.
Se despertó ahogando un grito, aterrada, y se encontró con la boca del Keta
y su aliento etílico trepándole por la nariz.
Qué hacés, Carlos, le quiso decir, pero el Keta le calló la boca de una
trompada.
Cuando pudo abrir los ojos de nuevo, vio las cajas de vino desparramadas
sobre la cama, en la mesa de luz y sobre el modular, al lado de la Virgencita,
que se parecía a la Carmen y la miraba con los ojos tristes.
La Corina lloró y balbuceó me quiero ir y el Keta la mandó a callarse. Le
chistó al oído, mientras se bajaba los pantalones con la mano izquierda.
Quién te va a querer así, puta y trompeada, le dijo.
Le dolieron los brazos y las piernas, los ojos y las costillas, pero lo que
más le dolió fue él. Él le dolió tanto, que cuando vio su reflejo roto en el
espejo sucio, comenzó a llorar de nuevo.
Quién te va a querer así, puta y moqueando, le dijo el Keta, desplomándose
a su lado.
La Corina torció el cuello y vio que sobre la cómoda, entre las cajas vacías
y junto a la estatuilla, había un plato con restos de cocaína.
El olor a óxido de la sangre seca de su mujer le acarició la nariz y lo
embriagó más que todo el vino que se había bebido y lo excitó más que toda
la merca que se había tomado mientras ella soñaba.
Qué estás haciendo, Corina, le dijo la Virgencita.
Afuera había empezado a oscurecer y la casa se puso azul y la Corina se
acordó de la tarde que Carlos la subió a la moto y la sacó de la pieza esa
donde, decía, se le estaban muriendo todos los sueños. Carlos había sido
bueno con ella, la convenció de que el amor se parece a una jaula y poco
tiempo después, la puso a merced de sus monstruos. La dejó sin familia, sin
amigos, sin permiso para estudiar. Así, la fue encarcelando de a poco.
No era capaz de recordar el momento exacto en que el Keta se
ensombreció, pero sabía que era todo culpa de la falopa. De la falopa y de
esas ganas suyas de ser alguien importante, y de la frustración, y de ese
miedo a morir que, desde hacía años, había anidado en sus tripas y lo
acompañaba en cada desvelo de sustancia.
Ella jamás podría salvarlo.
Se levantó, fue hasta el ropero y empezó a meter sus cosas en una bolsa de
plástico.
El Keta, desparramado sobre la cama, abrió los ojos, atontado. Le llevó un
buen rato enfocar la imagen de la Corina y entender lo que hacía. En una
mano, la bolsa llena de trapos; en la otra, el mango de madera del cuchillo
que tenía filo.
Quiso ponerse de pie, quiso alcanzarla, pero el vino no lo dejó. El vino o la
Virgencita.
La Corina lo escuchó desplomarse contra el espejo y cerró la puerta con
llave. Tumbó la moto contra la pared pintada de amarillo, le enterró el
cuchillo hasta el mango en la rueda trasera y espió por la ventana por última
vez, para decirle chau a la Carmen.
2

Querido Federico,

Te escribo esta carta desde casa. Acabo de ver un documental sobre el


Coliseo. Automáticamente me acordé de vos y enseguida se me vinieron un
montón de cosas a la cabeza.
Nos recordé en la ruta, camino a Tívoli. Vos manejabas y llevabas ese
pañuelo azul precioso que te había regalado para Navidad. ¿Todavía lo tenés?
No tengo idea qué hora será allá, acá son las nueve y veintinueve. Debo
reconocer que cada vez me acuesto más temprano, ¿me estaré convirtiendo en
una vieja de mierda?
Honestidad brutal: vengo pensando mucho en vos.
En Tívoli, en Berna, Año Nuevo en Estocolmo, en todo eso pienso
siempre. Ya casi ni te veo en esos recuerdos, me los he apropiado,
francamente. En alguna carta te dije que había roto hasta las fotos mentales, y
a esto me refería.
Pero esta vez vengo pensando mucho en la parte oscura de vos, como dije
alguna vez. A lo mejor, sea eso lo que me lleva a la cama tan temprano. No
quiero pensar en tus oscuridades, pero es que de repente me han ocurrido
tantas cosas. Quiero creer que esta llovizna finita sobre una Buenos Aires
fantasmagórica tendrán algo que ver con tu reaparición imaginaria, pero
confieso que a mí también me ha alcanzado lo surreal y es aquí donde tus
oscuridades parecen reverdecer (¿o renegrecer?).
Quiero que sepas que poco queda de todo eso que supe ser y para colmo de
males, por repatriarme en un país a punto de estallar, cada vez me resulta más
difícil recordar las buenas épocas. También habrá sido un poco por eso que te
saqué de las fotos mentales, para que la miseria que me fue acorralando no se
encontrara nunca con esa belleza tuya, que ya te dije que es eterna. Hiciste
bien en quedarte en Madrid. Yo fui cobarde y prejuicioso, y ahora me
arrepiento un poco.
Lo he vendido casi todo (solo conservo un par de joyas, vajilla y la casa
que era de mi madre, que es donde vivo ahora.) Si te cuento todo esto no es
para conmoverte, no te preocupes. No voy a matarme, ni mucho menos
atreverme a pedirte dinero. Lo hago para que entiendas por qué hice lo que
hice. Y por qué se me han resucitado tus oscuridades.
Hace casi cuatro meses que vivo con cuatro muchachos. No puedo decirte
que son buenos tipos, sinceramente, pero dejame explicarte:
Conociste la casa de mi madre.
Si hacés memoria, subíamos por un ascensor que dijiste que parecía una
jaula y yo canté “Qué par de pájaros los dos”. Era primavera y era el año de
1976. Vos llevabas puesta una camiseta polo negra y no te sacabas los
anteojos por nada del mundo, porque estabas muerto de vergüenza de mirar a
mamá a los ojos (por eso, tal vez, recuerdes el edificio a través del sepia de
tus gafas de carey).
Entramos por un pasillo ancho. Vos te miraste en el espejo ovalado de
roble, a la derecha, y yo me paré atrás tuyo, te di un beso y te dije “sacate los
anteojos, ridículo”. Ojalá no me guardes rencor por eso, o por obligarte a
conocerla. Pero sabés (¿recordás?) cómo soy: si me decías que iba en serio,
tenías que almorzar con mamá.
Llegamos al comedor y el ventanal del balcón terraza estaba abierto de par
en par. La plaza, a dos cuadras, era una puñalada de verde entre tanto ladrillo
y el sol que nos recibía sabía que era septiembre.
Te llevé a conocer cada rincón de la casa, una costumbre que aprendí en
Brasil y que te pareció tan exótica como acogedora. Dijiste que te parecía
hermosa, que te habían gustado los techos altos, que las molduras barrocas
eran preciosas, que te maravillaba tanto espacio en medio de la ciudad, que
todo ese sol era impagable.
Hoy, de todo ese sol, no queda más que una luz difusa que calienta la
espalda de la torre que han construido enfrente. Ya poco y nada sobra del
esplendor de este departamento. Me avergüenza confesarte que si lo he
vendido todo, fue para pagar lo poco que me queda. Lo poco a lo que me
aferro, como cárceles diminutas para la memoria.
Fue así que conocí a los muchachos, que no serán de lo mejor, pero
pagaron lo suficiente para permitirme vivir lo más dignamente posible, si es
que acaso a este país de corruptos le queda algo de dignidad.
Los muchachos vienen del Oeste. En el Oeste está el agite, me dicen
siempre. No sé muy bien lo que quiere decir, pero de alguna forma me da
ternura. Cada quien tiene sus modos de amar la tierra que lo parió.
Enseguida me di cuenta de que andaban en algo raro y terminé
confirmándolo hace poco más de un mes: mueven droga.
(Quisiera hacer un paréntesis para decirte que un poco me hubiese gustado
verte la cara después de leer todo esto).
Cuando me enteré de la cocaína, ya tenían escondido suficiente polvo
como para abastecer la mitad de Ibiza. Hasta en la azucarera había merca,
Federico.
Confieso que, al principio, mi instinto fue enojarme, pero a esta edad me
cuesta mucho menos pensar antes de actuar y fue así que un par de días
después decidí, valga la redundancia, blanquear el asunto.
Federico, no quiero que olvides que he mencionado que lo poco que me
daban los muchachos, apenas me alcanzaba para vivir dignamente. Lo
mínimo que podía hacer, frente a una situación de tráfico en mi propia casa,
por parte de mis propios inquilinos, era aumentarles el alquiler. Ellos
comprendieron perfectamente.
Quiero dejarte en claro que no soy más que una pobre víctima al que un
grupo de violentos obligó a cometer un delito, pero eso solo en caso de ser
descubiertos por las fuerzas. ¿Ves que siempre fui cobarde?
Por lo pronto, he comenzado a vivir mejor y aunque te resulte retorcido, se
lo debo a estos mocosos. Ellos me dijeron “¿y cómo querés que te paguemos
el alquiler, si este es el único laburo que tenemos?”, y la verdad que un poco
de razón tienen.
Y heme aquí, Federico, haciendo lo mismo que me acobardó de vos en
Madrid, tantos años atrás. Viviendo de la clandestinidad para sostener un
estilo de vida que cada día me parece más mersa, sumergiéndome en esa
oscuridad que alguna vez fue tuya y que ahora es toda mía.
Ojalá hayas leído esta carta hasta el final, Federico, porque esta es una
carta para pedirte perdón. Perdón por haberte juzgado tan descaradamente. A
lo mejor, esta también sea una carta para perdonarme a mí mismo, pero es
muy pronto para saberlo.
Sabrás disculpar tanta melancolía. Esta debe ser la primavera más triste
que ya atestigüé. A lo mejor, hice todo esto buscando una escapatoria. Todos
nos escapamos a veces: vos te escapaste de Porto por miedo a tu padre, yo me
escapé de Madrid por miedo a tu lifestyle. Por miedo a tus modos de existir.
Y mirame ahora, preso de mis palabras. Preso en una prisión que es más
eterna que todas las cárceles. Ay, Federico, ¡ojalá hubieses sido vos esa
cocaína en la azucarera! Así, me hubiese tomado dos días para pensar lo que
tenía que hacer. Así, a lo mejor, todavía podría mirarte a los ojos. Por eso,
espero que si todo este tiempo no te dejó perdonarme, esta carta lo haga.
Con todo mi amor,
Agustín
Boedo, 21 de septiembre de 2001
3

¡Buenos días, señores pasajeros! Me presento, mi nombre es Ricardo,


tengo catorce años y el día de hoy, van a llevar la guía más completa de la
Ciudad de Buenos Aires. Les paso a mostrar, señores pasajeros, sin
compromiso de compra: la guía cuenta con noventa y dos páginas a todo
color, papel de revista de primera calidad, brillante. Dos pesitos, señora.
Gracias, muchas gracias. Primera calidad, señores pasajeros, con índice
alfabético de las calles y teléfonos útiles incluidos. Muchas gracias, señora,
que Dios la bendiga. La guía más completa y actualizada, señores y señoras.
Todo lo que hay que saber para no perderse por la ciudad. ¿Lleva una guía,
señor? Dos pesitos. A ver, si la señora tiene cambio. Ahí va. Gracias, doñita.
Tome, le dejo una imagen de San Expedito, está muy de moda ahora, dicen
que es muy milagroso. Van a llevar la guía más completa, señores pasajeros,
con todas las combinaciones de los subterráneos y el índice calle por calle. Es
de este año, sí, señor. Ahí en la tapa dice, mire: año 1996. Actualizada, la
guía, señores. Hojas de papel de revista, primera calidad. Muchas gracias.
Gracias, que tenga buen día. Gracias. Permiso, por favor. Gracias. Permiso,
doña. Dos pesitos nomás, sí. Muchas gracias, doñita, que Dios la bendiga.
Permiso. Gracias.
Cuando las puertas se abrieron, el tren se convirtió en una serpiente
metálica que paría, inmóvil sobre las vías, un centenar de sombras que
cargaban sacos y portafolios y crucifijos. Una mujer pedía permiso a los
gritos con el walkman enchufado en las orejas. Dos señores se peleaban por
pasar primero por el molinete. Ricardo se sintió diminuto y preso en un
hormiguero alcanzado por la patada de un changuito que no quiere dormir la
siesta. Se puso a un costado, contra la pared, y esperó.
El barullo se fue extinguiendo de a poco. Unos minutos después, la
estación volvía a estar vacía.
Ricardo se sentó, puso la mochila entre las piernas y empezó a sacar las
guías. Las contó y las fue apilando a un costado, sobre el banco de la
estación.
La guía más completa y actualizada, señores y señoras, decía para sí
mismo.
Abrió una y la hojeó: cuánta ciudad cabía en un puñado de cuadraditos que
se había aprendido de memoria, porque las guías eran lo único que tenía para
leer. Los cuadraditos estaban llenos de nombres de avenidas importantes y
plazas bonitas, pero no había ni uno solo que mostrara el pasillo de tierra por
el que se llega hasta el rincón donde Ricardo había nacido.
Todo lo que hay que saber para no perderse por la ciudad, murmuraba él,
metiendo la mano en la mochila, buscando su tesoro, escondido en el fondo.
Sacó el cuaderno y lo abrió sobre las rodillas. Después, sacó la caja de
lápices de colores y la apoyó sobre la pila de guías. En el cuaderno no había
renglones (a Ricardo, los renglones le molestaban) pero había un dibujo de un
hombre devorándose un tigre (o de un tigre devorándose un hombre, era
difícil saber, puesto que ambas figuras se envolvían en una lucha que diluía
las fronteras de sus cuerpos).
Ricardo levantó los ojos y vio el mural original del otro lado, cruzando las
vías de Estación Malabia. Lo observó un buen rato, para decidir si esa tarde
sería el hombre o el tigre. Se regalaba cada vez que podía esos cinco minutos
de paz entre trenes, porque así era más fácil hacer la calle.
Tomó el lápiz anaranjado y comenzó a pintar.
La estación, debajo de la avenida Corrientes, tenía tragaluces de hierro en
el techo; barrotes que retumbaban dentro del túnel como un trueno cada vez
que un colectivo les pasaba por encima, a toda velocidad. Y en el preciso
instante del estruendo, el sol, allá, en la superficie, explotaba contra los
cristales del bondi y se convertía en un millón de pedacitos brillantes y un
poco de toda esa luz se metía entre los barrotes de los tragaluces y se
desparramaba por la estación y era como si el mural del hombre devorándose
al tigre o del tigre devorándose al hombre cobrara vida.
Si Ricardo se concentraba, si se concentraba de verdad y se olvidaba de la
panza y de la espalda y de los pies, conseguía ver al hombre y al tigre
retorciendo los cuerpos en feroz batalla, empujándose las carnes,
devorándose mutuamente. El hombre y el tigre estaban vivos, y Ricardo los
veía luchar hasta el infinito, mientras pintaba y los tragaluces bramaban y el
mediodía luminoso se colaba en el corredor.
Sus ojos viajaban sobre un puente invisible entre el cuaderno y el mural,
mientras que con los lápices desparramaba amarillo y marrón y un poco de
rojo en las heridas y un poco de verde bajo los pies. Las centellas del sol se
deshacían en los azulejos del mural y el tigre rugía y los ojos de Ricardo
querían dormirse y cuando levantó la vista, vio que la Carmen estaba sentada
en el piso, justo entre el tigre y el hombre. Lloraba y se abrazaba las rodillas,
lo miraba y le decía algo que no pudo escuchar. Temblaba, hecha un ovillo
translúcido, mientras que sus lágrimas, como cuentas de un rosario, bajaban
rodando por sus piernas huesudas.
Ricardo la miró y pensó en la pieza, en el limonero y en la cama escondida
detrás de una sábana, en la que dormían sus hermanas.
Yo no quiero que se tiente con las nenas, le había dicho su madre por lo
bajo a doña Pachi, hacía mucho. Y como Ricardo era el más grande, fue el
primero en entenderlo todo.
La bocina del tren retumbó y la luz de los faroles de la máquina
deslizándose sobre las vías eclipsó el sol, preso en el túnel. La Carmen
desapareció, vuelta albor eléctrico.
Las puertas del tren se abrieron y la carne de los pasajeros se convirtió en
espuma de un mar furioso que rompía en las costas de la estación. Ricardo se
apuró a cargar sus cosas en la mochila y subió al último vagón a toda prisa,
pidiendo permiso con la voz de ayuno.
¡Buenos días, señores pasajeros! Me paso a presentar, mi nombre es
Ricardo, tengo catorce años y en el día de hoy les vengo a ofrecer la guía más
completa de la Ciudad de Buenos Aires, dijo, con los ojos todavía clavados
en el mural del otro lado de la estación, donde la Carmen se le había
aparecido para avisarle que estaba triste.
4

Querido Federico,

Debo confesar que tu respuesta me dejó sin palabras. A esta altura, ni


siquiera esperaba que siguieras usando la misma cuenta de email. Imaginate
mi cara al leer todo lo que leí. Nos sorprendimos mutuamente y eso solo hace
que siga goteando surrealismo sobre este cuadro lleno de símbolos paganos.
¿Casado? ¡Casado, vos!
Adivinarás que mi primera reacción fue juzgarte con todo este fulgor
marica que me recuerda un poco a mi madre y un poco a uno de los
sacerdotes del liceo de mi adolescencia. Entonces, hice lo que hice con la
cocaína escondida en la azucarera: levanté la tapa, observé detenidamente,
volví a taparla y esa tarde me tomé un té con miel.
Me cuesta pensar que al final tu padre triunfó y que el mandato fue tu jaula
y que tu vida es una cárcel inmensa, como vos decís. Me cuesta quitarte los
anteojos de carey y ponerte ese chalequito espantoso que usan los empleados
de la panadería, que es el imperio que ese hombre que te hizo, pero no te
quiso, quiere perpetuar. ¿Por qué intentás convertirte en lo que alguna vez te
destruyó? ¿Tanto te gusta vivir en pedazos? Ojalá pudiera mostrarte las cosas
que pasan cuando todas tus partes se encuentran.
Me cuesta cerrar los ojos y pensarte sentado en la punta de la mesa, saber
que por fin cambiaste el plato de polvo por el plato de spaghetti y que no soy
yo el que te acompaña y te sonríe y se encuentra con toda esa luz que
permanece hundida en el fondo de tus pupilas, que me hizo observarte con
amor desde el primer día.
Me cuestan los domingos, Federico. Los domingos que habrás pasado
viendo cómo crecían tus hijos y cómo se te morían los sueños. Me aterran
esos domingos, Federico, porque sé que se los regalaste todos a tu padre y
que ya jamás volviste a conducir por la ruta del vino, ni a pasear la carne
bella por Ibiza, ni a ver el atardecer desde una terraza en esa Madrid tuya que
alguna vez te hizo libre.
Ojalá pudiera abrazarte.
Siento melancolía por todo lo que no habité a tu lado y siento culpa por
haberme ido y siento rabia porque toda esta verdad doliente se me viene a
desarmar frente a los ojos cuando ya no puedo hacer nada para torcerle las
ramas al destino.
Sé bien por qué no lloro: yo ya lloré por esto.
Comprendo que esta, tu verdad, es tuya y de más nadie, y si decidiste
compartirla conmigo, no fue buscando rabiosos finales alternativos que jamás
podrás saborear, sino a lo mejor una lágrima compañera a la distancia, unos
brazos que te envuelvan, alguna poesía que hable de esta memoria que nos
habita, todavía tibia.
Una persona cualquiera, de esas que andan por la vida regalándole
verdades (y un poco de paz) a la gente que se cruza, me enseñó una palabra
hermosa una vez. Me dijo: somos ñeris.
Cuando pregunté qué quería decir, me explicó que ñeri significa un
hermano, una hermana, un amigo y una amiga, un lazo incorruptible por la
fantasía del tiempo, la complicidad hecha carne y sobre todo, una lágrima
partida al medio para enjuagar dos ojos que se miran. Todo en simultáneo.
¿Querés ser mi ñeri, Federico?
Es que, incapaz de controlar el maremágnum de recuerdos, te regresé a
esas visiones de pasado de las que te había borrado. Te saqué del cajón y
volví a ponerte en la repisa, como quien resucita souvenires. Te hice
holograma y te devolví a tu lugar en la mesa, muerto de risa, y lo pensé con
tanta fuerza que a lo mejor lo soñaste, y si así fue, ¡celebro la resurrección de
tus sueños!
Mientras escribo esto, sonrío: la imagen del espejo ovalado de roble, que
todavía conservo, me engañó. Creí, por un instante, verte sobre la cama,
desnudo, con un cigarrillo entre los labios y el jopo al costado, como los
actores de Hollywood. Me decías cosas lindas y el humo se escapaba entre
tus labios de durazno.
Me decías:
Estoy cansada de ser poco natural todo el rato y no poder hacer lo que
quiero. Estoy cansada de actuar como si no comiese más que un pajarito.
Afuera llueve torrencialmente y es feriado en toda Francia y es el año de
1982. Yo te miro con ternura y te respondo que también me sentí Escarlata en
algún momento, y que por eso me fui, y vos me respondés: ¿acabaremos
siendo, acaso, lo que el viento no se pueda llevar?
Después hacemos el amor y deshacemos la cama y también nosotros nos
deshacemos un poco, uno contra el otro, extinguiéndonos con la luz
nostálgica de la noche que se pasea frente a la ventana; volviéndonos
anaranjados con el amanecer, todavía con la carne trenzada, todavía
besándonos, porque, tal vez lo recuerdes, siempre decíamos que los besos que
nos dábamos nunca nos alcanzaban.
Estábamos tan enamorados, Federico.
Hoy, tantos años después, me temo que algo de todo eso queda y ya no
volveré a negarlo. Prefiero que así sea, que permanezca conmigo aquello que
alguna vez fue nuestro. A pesar de haberlo negado. A pesar de haber
intentado sin éxito hacerte desaparecer para ver si, después de vos, quedaba
algo de mí. Comprenderás que necesitaba sobrevivir y precisé poner tu
existencia en pausa.
No me olvidé de vos, me acordé de mí.
El piano de Argerich se apodera del dormitorio, cierro los ojos y siento tus
manos firmes en mis hombros. Sonrío para nadie.
Rafael se queja en la habitación de al lado. No me ha contado mucho. Dice
que algo salió mal, pero no explica qué. Permanece en silencio largo tiempo.
En sus días de divague febril, lo sorprendí observando la nada con ternura,
como si el fantasma del amor se le hubiese aparecido, y me reconocí en sus
ojos.
Rafael llegó a casa hace un mes con una herida de bala y pocas chances de
contar el cuento. Sabés que soy un cobarde, te imaginarás cómo me puse
cuando vi toda esa sangre. El pendejo se me iba en los brazos y no sé por qué
pensé en mamá y terminé haciendo lo que hubiese hecho cualquier mujer con
una criatura herida: me guardé las lágrimas, saqué fuerzas de no sé dónde, lo
acomodé y le di de beber y lo mantuve despierto hasta que conseguí ayuda.
La Cococha llegó ni bien pudo. ¿Te acordás de la Cococha? Amiga de toda
la vida, trabaja en el Santojanni. Supongo que, en su momento, te lo habré
presentado como Ismael.
Varios favores me debe la Cococha, y tuve que recordárselos todos para
que aceptara venir a ayudarme, porque sabía perfectamente que lo que
estábamos haciendo era ilegal.
No sé qué decirte, Federico. Cuando sentí que se iba, que se le extinguía
esa luz que tiene presa en las pupilas, el estómago se me hizo piedra. Él era
un pichón con las alas rotas y yo tuve miedo. Miedo como el que no sentía
desde nuestros días juntos, separándonos. Uno de esos miedos paridos por lo
irremediable.
No te confundas ni un instante, Federico. Era un hijo el que se me moría en
los brazos, no un amante. Era la confirmación de las mil formas que adopta el
amor para que podamos reconocerlo. Era un latir en sincronía, oxígeno
compartido, una excusa para reverdecer. Yo quise salvarlo.
La Cococha dice que le puso tanta falopa, que lo convenció de quedarse.
A veces, lo escucho gemir, llamando a los hermanos. La voz se le rompe
en mil pedazos cuando pronuncia sus nombres, que a mis oídos llegan
incompletos. Alcanzo a oír fragmentos, a lo mejor reza sin darse cuenta.
Esta tarde le pregunté. No quiero hablar de eso, me dijo, y con las palmas
de las manos se cubrió los ojos, porque es por los ojos que habla Rafael.
La Cococha me dice que en un par de semanas se levanta de la cama y yo
estoy más tranquilo. El miércoles vendí un prendedor y un relicario y el lunes
voy al Banco Nación de San Juan y Entre Ríos, a ver si me pagan. Dicen que
no hay dinero en ningún lado. ¿Te has enterado que la gente se junta en
plazas y galpones a cambiar salsa de tomate por harina? Soñábamos con ser
Estados Unidos y terminamos siendo alguno de esos países perdidos en la
sabana. En televisión aplauden: quieren hacernos creer que estos pobres
hambreados son “personas luchadoras”. No pueden ser tan cínicos. Son la
nueva iglesia, pintando la pobreza de rosa, jurando la ficción del cielo para
sosegar la rabia del que no come.
Con el dinero que me dieron por las cosas de mamá, tiramos hasta que el
Rafa se levante aunque, debo confesarte que de regreso a casa, me compré
una botella de Disaronno. Estaba regalada: la licorería cierra a fin de mes.
Nos pasamos la noche con la Cococha cuidando a Rafael y acordándonos
de nuestros años mozos, de las veces que la policía nos fajó por putos, de
alguna loca que ya se fue.
Acabé contándole que te escribí una carta y me dijo que le parecía una
estupidez, que qué es eso de aparecérsele a alguien de ese modo, como un
fantasma que ha demorado veinte años en aceptar que está muerto.
La Cococha siempre confunde los recuerdos con fantasmas por cosas que
le habrán pasado a ella, por eso le expliqué que yo no quiero atormentarte, ni
pretendo arrastrar cadenas para no dejarte dormir. Patrón de las oscuridades
que habito, estoy más cerca de la Ópera que de Canterville.
Es que nos vamos poniendo viejas, le explico, y ella asiente. Viejas y
sentimentales. Viejas y arrepentidas.
Tenés razón, me dice la loca, mirando la nada con cara de soñadora. Yo sé
que piensa en alguien, pero a mí no me cuenta nada. Es buen tipo, la
Cococha, pero estas cosas del amor y el desamor le duelen mucho, entonces
prefiere no opinar, cambiar de tema, pensar en la realización profesional.
Como Cocó Chanel, dice, y se ríe, pero por fuera nomás, haciendo fuerza
para no desmoronarse.
Ya no volveré a hablarle de vos, Federico. Me temo que le hace un poco de
daño no atreverse a decir que, en el fondo, me juzga por haberte dejado solo
cuando más me necesitabas.
Buenas noches,
Agustín
Boedo, 21 de octubre de 2001
5

¿Cómo te llamás?
Candy.
Qué nombre de putita linda que tenés.
Gracias.
El Tito se rio como una hiena y de un solo trago se bajó el champagne
servido en una copa de plástico. Tambaleándose, consiguió apoyarla sobre la
mesita de luz y acabó de bruces sobre las rodillas huesudas de la Candy.
¿Y sabés cómo me llamo yo? ¿Cómo me llamo yo?
Ella demoró en responder porque al Tito le gustaba así.
Papi.
Eso, Papi, yo soy el Papi. ¿Vos sabés cómo le gusta al Papi cogerse a las
putitas?
La Candy miró para otro lado. A veces se iba del juego porque le dolía el
cuerpo y se moría de sed y la penumbra de la habitación la mareaba.
Se recostó en el respaldo de la cama malograda y el crujido de la madera le
bajó por la espalda. Abrió las piernas y el Tito se volvió a reír y la tocó con la
mano sucia y la Candy ahogó el quejido y el Tito le preguntó si era así que le
gustaba. Ella no dijo nada. Qué importaba lo que le gustara. Qué importaba lo
que le doliera. Los hombres jamás escucharán el dolor de las mujeres que
violan.
Frente a la cama había un espejo y la Candy vio a la Carmen del otro lado
del cristal, con un hombre atravesado en el cuerpo y los ojos llenos de
lágrimas. El hombre era un bebé gigante, peludo, sudado, que lloriqueaba y
chupaba la teta y después se retorcía en la cama con la cabeza entre las
piernas de la piba, como haciendo fuerza para meterse en su útero. La
Carmen lloraba desconsolada por todo lo que la Candy no podía llorar cada
vez que el Tito (o algún otro) venía a visitarla para sentirse menos miserable.
Cuando estás preso, no podés llorar tranquilo.
Una sola vez había llorado. La Gloria la había hecho pasar hambre tres
días, para que perdiera fuerzas; para que llorara bajito, por lo menos. Le daba
un cucharón de agua al mediodía y otro a la noche. Después de eso, la
Carmen dijo todo que sí. Sí para siempre. Y ese día la parió a la Candy. Y la
Candy nunca lloró.
¿Te gustó la gaseosa que te traje, mi amor?, le preguntó el Tito.
La Candy hizo que sí con la cabeza. La gaseosa estaba rica; era de naranja,
bien dulce.
Ahora me la tenés que pagar. Todo se paga en esta vida, ¿nocierto?, decía
el viejo, con los bigotes húmedos de alcohol, retorciendo el cuerpo enorme
sobre el colchón escalfado. ¿La nena le va a pagar la gaseosa al Papi?,
preguntaba, entre carcajadas de borracho.
Se le subió encima como pudo y de un solo manotazo la puso boca abajo.
Con los labios contra el almohadón mugriento y la mano pesada del Tito en
el cuello, la Candy y la Carmen se miraron a los ojos a través del espejo.
Después, la Candy miró la gaseosa de naranja, que sudaba como el Tito sobre
la mesa de luz. Se había guardado media botellita para tomarla sola, cuando
el Tito se fuera y la cama ya no crujiera bajo su cuerpo y la pieza volviera a
estar en silencio, antes de la próxima visita.
Qué buenito el Papi, que le trae la gaseosa a la nena, le decía el Tito al
oído, y la Candy miraba la botella, haciendo fuerza para que su cuerpo no se
apagara. Se quedó así, boca abajo y con los ojos fijos en la botella, hasta que
el Tito terminó de vestirse.
Estuviste bien, chiquita, la felicitó, acomodándose la cadena de oro sobre
la camisa negra y ajustándose el reloj, que daba las tres de la mañana. La
próxima te traigo un alfajor.
El Tito abrió la puerta y antes de salir le tiró un beso. Ella lo escuchó reírse
a carcajadas, alejándose por el pasillo.
Recién entonces, pudo volver a respirar. Le ardían los brazos y las piernas,
el cuero cabelludo, el cuello y la parte de la espalda donde el Tito había
apoyado el codo, y sobre el codo, todo el peso de su cuerpo obeso.
Se sentía débil y acostumbrada. Tenía hambre y no sabía si la Gloria le iba
a traer algo de comer esa noche. Cada vez que parpadeaba, le costaba volver
a abrir los ojos.
Quiso girar en la cama y el dolor la partió al medio, pero no lloró, por
miedo a que la escucharan. Como pudo, acomodó la almohada y dejó caer la
cabeza. La penumbra roja de la pieza le comía las córneas, la hacía
desfallecer, y cuando estuvo a punto de quedarse dormida, escuchó clarito el
quejido de la puerta.
Levantó la cabeza del susto, pensando en la Gloria y en las visitas, pero no
vio a nadie. Recorrió la habitación con los ojos; estaba sola y el silencio era
absoluto.
No llores, bebé, le dijo el Walter al oído.
Cindy lo vio ahí, en el espejo. Se había subido a la cama y la abrazaba a la
Carmen por el cuello y por la cintura, le hacía shh... suavecito y la hamacaba.
La Carmen lloraba tanto, que cuando la Cindy la vio, se olvidó del hambre
y del miedo al ayuno y lloró con ella.
No llores, bebé, yo te voy a cuidar. Yo te voy a poner la vacuna, para que
no te duela nada y seas muy fuerte, decía el Walter, y atrapaba las lágrimas
de su hermana con la yema de los dedos y se las ponía de nuevo en los ojos.
Después, sacó del bolsillo una ramita del limonero del patio y la pinchó en el
brazo.
¡Listo! ¿Viste qué rápido?
Y como la Carmen seguía llorando, el Walter agarró la botella de arriba de
la mesita de luz, la destapó, le dio de beber gaseosa de naranja dulce y cantó
una canción hasta que por fin, la Carmen y la Cindy se quedaron dormidas.
6

Querido Federico,

Te escribo esta carta contento de saber que estás un poco mejor. Las
palabras tienen un poder sanador que no alcanzo a comprender, pero que me
propuse aprender a dominar, si con eso consigo abrazarte desde tan lejos.
Aquí las cosas no están mucho mejor. Me alegra que me cuentes que en
Portugal ya les han televisado toda nuestra miseria. Me alegra, aunque sea un
poco inútil, un poco tarde.
Al menos puedo darte la buena noticia de que Rafael se ha levantado.
Anda rengo por la casa, quejándose de la pierna. Ya dejó de preguntarse si el
resto volverá y he tenido la oportunidad de explicarle la idea brillante que
tuvo la Cococha.
Por cierto, no te lo he dicho: la Cococha se mudó conmigo. Con nosotros.
Quedé de recibirla un tiempo, como para agradecerle lo que hizo por Rafael,
que de otro modo no hubiese contado el cuento.
La cuestión es que la pobre se quedó sin techo: lleva tres meses sin cobrar
el sueldo del hospital y acabaron corriéndola del lugar que alquilaba. Me
pidió que le deje el cuartito de servicio y desde luego, no tuve problema. Nos
hacemos compañía, charlamos largo y tendido y cuando hacemos silencio, la
Cococha va y se encierra en el cuartito donde apenas cabe una cama y una
valija, y mira por una ventana que da a un muro gris y húmedo. Supongo que
así se le habrá ocurrido todo, entrenando la imaginación para trepar ese muro
espantoso y alcanzar el cielo con los ojos.
Me pasé el último viernes maldiciendo al ministro de Economía y sobre el
mediodía, la Cococha me hizo saber, con la delicadeza que tienen las visitas
para señalar lo que les incomoda, que lo tenía podrido.
Preparó mates, me sentó a la mesa, me dijo “menos mal que está la
Cococha” y me contó su plan.
Ay, Federico, te hubieses muerto de risa de haber visto la cara del
empleado nuevo del cibercafé el viernes pasado, cuando le caí en el local con
un enfermero marica y un chonguito bien cabeza, a pedirle la computadora de
siempre. Era obvio que no planeábamos nada bueno.
No lleva mucho tiempo trabajando ahí, pero sé que me tiene de vista y
supo enterarse alguna vez que escribo poemas en esas libretas de tapa
amarilla que venden en el subte. Nunca nos miramos a los ojos. No hasta
entonces.
Él buscaba explicaciones que no se atrevía a pedir con la boca y yo
encontré cierta satisfacción en la curiosidad morbosa con la que nos
observaba.
En los últimos meses, nos habremos cruzado una vez por semana, cuando
vengo a chequear mis mensajes. Siempre supo que soy maricón, creo que por
eso me evita con la mirada y cuando me da el vuelto, presta mucha atención
para que nuestras manos no se rocen.
A mí me da mucha gracia y unas ganas tremendas de ofrecerle un abrazo,
para que vea que no es contagioso. Nunca digo nada, me guardo la plata en el
bolsillo y me doy media vuelta. Nos educan para la distancia cautelosa, y así
no hay humanidad que aguante.
La Cococha nos mostró una página de Internet que usan los putos con plata
para contratar acompañantes y le preguntó a Rafael cómo se veía comiendo
langosta con un viejo cheto de Puerto Madero. Al pendejo lo tuvimos que
atajar para que no armara un escándalo. Es bastante mataputo, supongo que
habrá tenido un padre de mierda, como todos nosotros.
De regreso en el departamento, la Cococha nos enseñó unas pastillas que
se había afanado de la farmacia del hospital. Una de estas, dijo, y lo ponés a
dormir toda la noche. Agarrás lo que tenés que agarrar y rajás. Y repartimos
la torta en partes iguales.
Cerraba por todos lados y más cerró cuando Alberto, el portero, nos tiró el
resumen de las expensas vencidas hace meses por debajo de la puerta.
Las fotos las saqué yo, por supuesto. Armamos una producción muy
mersa, pero nos divertimos mucho. Lo hubieses visto a Rafael, posando en
calzones. Le puse un par de cadenas que eran de mamá y una gorra con la
visera para atrás, para que en la foto no saliera el bordado colorado de
Supermercados Tía. Después hicimos piedra, papel, tijera, a ver quién iba a
revelarlas. Perdió la Cococha, pobre.
El muchacho del cibercafé me escaneó las fotos y no dijo ni mu. Ha
empezado a buscarme los ojos cada vez más seguido, sé que quiere
preguntarme un millón de cosas y no se atreve, y así me divierto. O por lo
menos, sonrío. Me hice experto en atesorar los momentos que me hacen reír,
porque no suceden muy a menudo.
Le hemos montado un perfil al pendejo que ha de ser un éxito, lo
vendemos como una fiera y él dice que es todo cierto y se entusiasma. Es fija:
alaba al pito, y trabajará por ti.
Mientras esperamos la primera cita de Rafael, la Cococha me propuso salir
a tomar algo juntas, por los viejos tiempos, así que el sábado vamos a un
bolichín por avenida Córdoba, lleno de mocositos del interior. No me
juzgues, Federico, voy por la música.
Te abrazo,
Agustín
Boedo, 21 de noviembre de 2001
7

La señora le dijo a la Cinthia que deje de tocar el piano y la acompañe,


porque ella estaba muy nerviosa.
Como ya no tenían el auto, tuvieron que ir hasta el banco en colectivo, con
el calor que hacía. A las nueve de la mañana, el asfalto estaba tan caliente que
los perros vagabundos no se animaban a cruzar la calle.
La señora le dijo que llevara todo: el abanico, la botellita de agua fría, la
cartera y la sombrilla, porque ella sentía que no tenía fuerzas. Estaba grande,
la señora. Cada día le costaba un poco más salir de la cama, prefería la lluvia
y los documentales sobre gente que lleva mucho tiempo muerta. Estaba triste
hacía rato porque se le había ido una hija, y después de la hija se le fueron las
mucamas, el Indalecio, que le cuidaba las plantas, y hasta la enfermera, que
era la única que sabía qué pastilla darle según la hora del día y tuvo que
anotarlo todo en un cuadernito, antes de abandonarlas para siempre.
A la Cinthia le tocó hacerse cargo de la casa, como si la señora por fin se
hubiese decidido a cobrarle las cosas que había hecho por ella: el colegio
privado, las clases de piano, los talleres de inglés y los viajes a Brasil.
La piba se pasaba las mañanas cocinando y escuchando la radio, que cada
día daba peores noticias. Si le alcanzaba el tiempo, se sentaba a tocar, para no
olvidarse de las cosas que había aprendido.
Después del almuerzo, mientras la señora miraba el programa de
chimentos en el dormitorio, la Cinthia se ocupaba de las plantas y
aprovechaba para irse un rato de la casona, volver a alguna playa donde se
había dado su primer beso, al cumpleaños de quince en el que se juró amistad
eterna con alguien que no veía hacía años, al primer vestido lindo que se
había puesto. Cada vez más atrás iba la Cinthia, hasta que el camino
comenzaba a ensombrecerse y se hacía angosto y se hundía en las entrañas de
la villa que la había parido.
Sin querer, con las yemas acariciando nervaduras, la Cinthia volvía a
meterse a la pieza y veía a sus hermanos, hechos un ovillo, siempre
demasiado grises, y se preguntaba qué habría sido de sus vidas.
Pensaba en su madre, a la que había dejado de amar con el tiempo, y en su
padre, a quien jamás amó. Pensaba en doña Pachi, que le había prometido a la
abuela Alba que los iba a cuidar cuando ella ya no estuviera y poco había
podido hacer con los morbos de ese hombre que los había criado. Pobre doña
Pachi, pensó la Cinthia, que por una promesa se había sacado lo que no tenía
para dárselo a ellos.
Y la Carmencita, por qué no viene a darme un beso, le había preguntado
doña Pachi a la Cinthia, esa tarde que se había quedado a cuidarlos porque la
madre tuvo que salir a buscar al padre, que no volvía hacía semanas.
La Cinthia le respondió que la hermana no venía porque le dolía la panza,
pero doña Pachi sabía que era mentira: ella había visto la sábana rasgada, la
que la madre había colgado entre la cama y el mundo diminuto que habitaban
para que el padre no se tentara cuando las viera dormir.
Ella sabía que había pasado algo malo, por eso se ofreció a cuidarlos y por
eso gastó lo que le quedaba en una cortina opaca, para cambiar la sábana,
para tener una excusa para ir a espiar a la nieta de Alba.
Cuando sus ojos se encontraron, los de la Carmen estaban tan vacíos, que
ni llorar pudo. Había sacado la foto de su abuela de la pared y se la había
puesto sobre la panza, que estaba inflada como un globo, porque ahí adentro
dormía un gurisito condenado a la cárcel mucho antes de nacer.
Doña Pachi no dijo nada, no pudo.
Con las manos temblando como arañas, le sacó la foto a la Carmen, la miró
un rato largo y después la puso en su lugar. Arrancó la sábana raída y colocó
la cortina de plástico celeste, llena de dibujos de angelitos. Cuando la estiró,
el plástico se despegó con un ruido de cinta de embalaje y los ojos de todos
los ángeles quedaron mirando para la cama en la que dormía el padre.
Qué cagada se habrá mandado, pensaba doña Pachi, mientras elegía la
cortina, incapaz de ficcionar semejante realidad, que acabó destrozándola.
Años después, cuando el Chiqui ya caminaba, la Carmen le contó a las
hermanas que el día que lo fue a parir, una enfermera le pegó un sopapo para
que no llorara. Les contó en secreto, claro, porque del día que nació el Chiqui
no se hablaba, para que la criatura no supiera nunca quién lo había parido.
Dame agua, Negrita, le dijo la señora, y la Cinthia destapó la botellita y se
la pasó. La mujer bebió un largo sorbo, se aclaró la garganta y siguió
gritando.
El gerente del banco transpiraba el saco del otro lado de la reja y decía
cosas que no alcanzaban a oír. Un hombre que estaba adelante levantó el
bastón, vociferándole sinvergüenza de mierda con el poco aire que le
quedaba en los pulmones. Alguien arrojó una botella de plástico y el tipo
retrocedió para guarecerse tras las puertas de cristal blindado del edificio.
Dice que no llegaron los camiones de caudales, le explicó un cuarentón a
una mujer con muletas que, a duras penas, se mantenía en pie.
Habían cortado la esquina cerca de las diez, pero algunos contaron que
estaban ahí desde las seis de la mañana. El viernes pasado, les habían
repartido números y les dijeron que volvieran el lunes, que el dinero de sus
pensiones estaría esperándolos, pero los engañaron y por eso habían tomado
la calle y aplaudían, gritaban groserías o amenazaban con desmayarse de
calor.
Algunos se habían amuchado a mitad de cuadra, bajo el techo del almacén,
y rezaban un rosario para que les pagaran el sueldo. Una viejita contaba,
lloriqueando, que tenía para un solo pasaje de colectivo; que si no cobraba, se
volvía a pie.
Un pibe pasó ofreciendo una revista que se llamaba Sudestada. Dos pesos,
dos pesos, gritaba. En la tapa salía Fontanarrosa, que con cara muy seria
avisaba: “Siempre tengo la disculpa del humor.”
La Negrita y la señora se habían acomodado junto a la camioneta del canal
de noticias, que acababa de estacionar frente al banco. La multitud rodeó el
vehículo enseguida, y a la reportera y el camarógrafo les llevó un buen rato
bajar del vehículo.
Adentro de la combi había un televisor del tamaño de una radio, en blanco
y negro, que transmitía el noticiero. Un señor de saco y corbata explicaba lo
que la Cinthia ya sabía de tanto escuchar la radio: que los jubilados no
cobraban hacía semanas, que la gente se desmayaba de tanto hacer fila y que
el ministro de Economía había prometido alguna cosa nueva para sacar al
país de la crisis.
Es lo que establece el decreto novecientos veintiséis, explicó el periodista.
Recordemos que esta medida alcanza a un poco más de medio millón de
abuelos, los más afortunados, que cobran por encima de los quinientos pesos.
Un número importante, considerando que hay otras personas que no llegan a
los trescientos pesos.
Así es, Mauro, interrumpió la conductora que lo acompañaba, que hablaba
mientras se acomodaba una escarapela en la solapa del saquito. Habrá que
ajustarse, entonces. Pero es por el bien común.
No es dato menor que el Gobierno prevé ahorrar casi setenta millones de
pesos con esta… medida estratégica.
El fantasma del default comienza a disiparse…
Recordemos, Gabriela, interrumpió el otro, que en diciembre vencerá un
pago al Fondo Monetario por trece millones. A esa suma se le agregan otros
cuatro millones y medio en eurobonos, para el veinticuatro… Así que
podemos estar tranquilos, entonces. La plata va a aparecer.
Eso, Mauro. Tengamos fe en los argentinos, ¡en la solidaridad de nuestro
país! Solidaridad de la que tantas veces hemos sido testigos, en momentos de
desazón, ¿no? Bien, aquí me informan que ya tenemos establecida la
conexión satelital con nuestro móvil… Celeste Ragallo está en la sucursal del
Banco Nación de San Juan y Entre Ríos…
Así es, Mauro. Buenos días. Como bien decías, estamos aquí, firmes, junto
al pueblo, que en este caso se encuentra… enardecido.
¿Qué está pasando, Celeste? Contanos el panorama…
Bien, según nos informan, Gabriela, alrededor de las once y media, el
gerente del banco salió a comunicar públicamente que los camiones de
caudales no se habrían presentado en esta sucursal, en el día de la fecha…
¡Sinvergüenzas!
Bueno, no hace falta preguntar cómo lo tomó la multitud…
¡Manga de chorros! Treinta y ocho años trabajé, para que me hagan esta
canallada.
¿Qué edad tiene, abuelo?
Tengo ochenta y cuatro años, señorita. Y mire cómo estoy, como un
soldado, acá, bajo el rayo del sol, a ver si podemos cobrar…
¿Desde qué hora está acá, abuelo?
Desde las…
Yo estoy desde las seis. Hola, buen día, disculpe. Desde las seis estoy yo.
Acá tengo los papeles de mi abuela, yo soy la empoderada, mami. Doscientos
treinta y ocho pesos con cuarenta centavos cobra, la pobre mujer, y ni eso nos
dan, mami. Dos criaturas tengo yo. Cómo hacemos con doscientos treinta y…
Mala gente, eso es lo que son. Porque si fueran buenas personas, por lo
menos nos dejarían pasar a sentarnos en el aire acondicionado, como están
ellos…
¡Que nos dejen pasar, señorita! Desde las seis y media que estoy parada…
El descontento de la gente es evidente. A ver, el señor. El señor de anteojos
oscuros, Celeste. Preguntale al señor cuánto cobra.
Señor, ¿usted cuánto cobra?
Yo cobro seiscientos pesos, joven.
Es una platita, ¿o no? ¿Vos qué decís, Gabriela?
Efectivamente, Mauro, los ingresos de este señor se encuentran por encima
de la media. Como decíamos anteriormente, es cuestión de ajustarse, saber
administrarse…
Es cuestión de ajustarse, ¿o no, señor?, repitió la reportera.
Pero, señorita, qué me dice. Cómo más me puedo ajustar, si más de la
mitad se me va en pagar las cuentas. Mi hijo no tiene trabajo, tres nietos
tengo a cargo. Tengo que elegir entre tener gas o comprar comida, es una
situación humillante...
¡Que nos dejen pasar!
A ver, seguimos por acá, Mauro. Vamos a buscar otro testimonio…
¡Acá tengo los papeles de mi abuela, mami!
A ver, Celeste…
Decime, Gabriela…
A ver, la chiquita de blanco, ahí. Con la sombrilla. A ver, buenos días.
La reportera le enchufó el auricular en la oreja y la Cinthia no supo qué
hacer. La señora y todos los otros se voltearon a mirarla.
Hola... ¿buenos días?
Hola, querida, Gabriela Bruschetti te saluda, para “Buenos días,
Argentinos”. Contame con quién estás, ¿estás con tu abuelita?
La Cinthia miró a la señora.
Sí, dijo, porque no supo qué decir. La voz de la conductora del noticiero se
oía distante, y tenía que hacer un esfuerzo para entender, con tanto alarido a
sus espaldas.
La mujer volvió a hablar, pero alguien se puso a soplar un silbato y una
señora gritó ¡justicia! y la Negrita no alcanzó a escuchar la pregunta. Le
transpiraban la frente y las manos y se puso nerviosa. La reportera la miraba
como mira quien espera una respuesta y le tembló un poco la voz cuando las
palabras se le amontonaron en la garganta.
Discúlpeme, señora, dijo como pudo. No le entendí bien la pregunta, pero
yo le voy a decir lo que pasa acá, aprovechando que usted sale por televisión
y la miran de todos lados. Acá pasa que la gente tiene hambre, señora, así de
simple. El hambre te pone así. El hambre te hace gritar, primero con la
garganta, pero después con los puños. Mire la edad de esta gente, señora.
Trepando escalones para subirse a colectivos llenos, con un solo pasaje y un
rosario, para rezar por el sueldo. Qué ganas le pueden dar a alguien de llegar
a viejo así.
Del otro lado, nadie respondió. El que soplaba el silbato no sopló más. Del
auricular no venía ningún sonido y la Cinthia no entendió lo que pasaba.
Miraba a la reportera y al camarógrafo, como preguntándoles qué hacer.
Cortaron cuando dijo lo del hambre que te hace gritar, avisó por fin Celeste
Ragallo, oyendo las instrucciones que le dictaba el cable que tenía enchufado
a la oreja, deshaciendo la sonrisa en un nido de colmillos. Se metió un chicle
en la boca y le arrancó el auricular a la Negrita.
¿Dije algo malo?, preguntó ella.
La mujer la miró de arriba abajo, dio media vuelta y se subió a la
camioneta. Fue el tipo el que le respondió:
¿Sabés lo que pasa, piba? Se ve que no escuchaste, pero la Gabriela, la que
te estaba haciendo la entrevista, te preguntó si habías venido para apoyar a tu
abuelita...
Pero…
Y vos tenías que decir que sí, que estabas acá por la viejita, y ella iba a
empezar un monólogo sobre lo importante que es estar unidos y en familia en
estos tiempos, que son tiempos de darle una mano a la Patria.
¿Cómo sabés?
El camarógrafo se rio con sorna.
Hace días que está practicando el monólogo, la Gabriela. Se lo escribió una
pendeja de la redacción.
Perdón, pidió la Cinthia. Dije lo que me salió.
El muchacho le palmeó la espalda amistosamente.
Y se las hiciste pagar, le avisó, trepándose al asiento del conductor. No se
esperaban que una pendeja como vos, sosteniéndole la sombrilla a una vieja
cheta, diga una cosa así. Les cagaste la bomba de humo.
La Cinthia se sonrojó y estaba por preguntar alguna cosa, estirar la charla,
para que el otro no se fuera tan rápido, pero la voz de la señora pidiéndole la
botellita de agua la interrumpió. Cuando volvió a mirar, la camioneta del
canal de noticias doblaba la esquina.
8

Querido Federico,

Te escribo ahora porque no sé cuándo podré volver a hacerlo. La ciudad


está cada día más sumida en el caos, Buenos Aires no es más que una bomba
de tiempo, un incendio de vidrieras y asfalto. Me atrevería a anticipar que
tendremos un siglo de mierda, pero no quiero ser tan barroca. Nunca me
atreví al papel de socióloga-Nostradamus, no voy a arrancar ahora.
El lunes a la mañana, fui a chequear los mensajes y el muchacho del
cibercafé me contó que el dueño tiene miedo de que le entre una patota al
local y le lleve todas las computadoras. La gente anda desquiciada, muerta de
infelicidad.
Dios mío, Federico. Leo el párrafo anterior y me espanto; parecen mentira
esas últimas líneas. Las taché, pero después volví a escribirlas, incapaz de
negar esta verdad que nos está devorando.
Un pobre infeliz comentó hace un par de tardes que se le habían metido
tres tipos al negocio, le pidieron disculpas y se llevaron todo lo que pudieron.
El hombre relataba la desgracia y yo me acordé del hijo de Franco Macri,
contando en televisión cómo sus secuestradores le habían explicado lo que
significa criarse en la vereda de enfrente.
Había un dejo de asombro en su voz; asombro del que nunca pasó hambre
y tampoco estudió la historia, y no tiene ni la más remota idea de las
tormentas que la injusticia es capaz de desatar.
¿Sabés? Aquella comparación que hiciste con el derrumbe del Puente
Hintze Ribeiro me parece de lo más acertada: llueve torrencialmente, las
estructuras que nos sostenían se están desplomando, estamos atrapados en la
correntada y quienes deben protegernos, nos miran morir.
Me atrevo a agregar que, a lo mejor, lo hacen con la esperanza de que la
Historia haya olvidado nuestros nombres cuando nuestros cuerpos lleguen al
océano. Ya lo han hecho antes, pero en aquel entonces la fortuna estaba de mi
lado (y vos también).
Te juro que quisiera poder contarte cosas más felices. Contarte, por
ejemplo, que la casa está hermosa, que la Cococha ha vuelto a reír o que a
Rafael ya no le duelen las heridas, pero te mentiría.
Con la Cococha fuimos al bolichín este que te comenté y, lejos de un
revival marica, acabé por deprimirme. La música era espantosa y la bebida
muy berreta.
A la Cococha se le ablandó la memoria y después del tercer whisky, me
contó las cosas más tristes del mundo. No comentaré detalles por lealtad a mi
amiga, pero dejame decirte que ser puto y del interior debe ser de las cosas
más tristes que pueden sucederle a alguien.
Tarde vengo a enterarme de mis privilegios de hombre blanco citadino, y
confieso que algún remordimiento tengo. Yo me dejaba los bigotes y me
peinaba con gomina, para parecerme a Freddie Mercury, y los milicos ni se
me acercaban. Me confundían con uno de ellos, me hacían sentir más macho.
O más protegido, no lo sé. La frontera entre ser macho y estar a salvo es
acuarela húmeda.
Pero, vamos hombre, qué es esto, ¿una carta de suicidio? Quiero saber de
vos. ¿Sigue vivo tu padre?
Es broma. ¿Sigue vivo, verdad?
Y vos seguís siendo esposo y gerente de una cadena de panaderías, todo
eso ya lo sé. Pero quiero saber de vos de todas formas. Descubrir en el relato
de tu cotidianeidad algún gesto tuyo que recuerde hermoso, aprender tus
nuevas verdades y romper algún secreto, para cargar un poco cada uno, como
hacíamos antes, cuando nos jurábamos amistad eterna en medio de los
revolcones.
Vaciando cajones, encontré las fotos en Mykonos. No tenía idea de que las
había conservado. Creo que recordarás que volví de Madrid con poquísimas
cosas. Te voy a escanear una y te la voy a mandar. Una que me gusta mucho
y que mantuvo, a través de los años, algún misterio indescifrable que todavía
me hace sonreír. Vos aparecés en el centro, bronceadísimo, y a tus espaldas,
el azul es eterno. Tenés puestos los anteojos de carey y sonreís como si la
felicidad fuera una certeza perpetua. Y a lo mejor lo era, esa tarde, cuando
tomé la foto.
¿Será que vos conservás fotos mías? Me río solo, no me lo creo, pero tan
solo pensarlo me da un poco de ternura. ¿Ternura o nostalgia? No sabría
decir. Esta época no nos conoce, no nos recuerda, nos sabe nada de nosotros,
ni de las cosas que hubiésemos hecho de haber sabido todo lo que ahora
comprendemos. Siempre le eché un poco la culpa al miedo. Ahora, sé que la
culpa no existe y que el miedo es una manera poética de pronunciar prejuicio.
¿Recordás mis palabras?
No voy a ser la sombra de un narco de mierda.
¿Recordás las tuyas?
Vos no sos de nadie.
Y yo te creí desamorado, cuando en realidad me amabas más que nunca.
Más que nadie. Entendí tus palabras mucho tiempo después y quise abrazarte,
pero ya no estabas. Ya no estabas del lado de afuera de la carne, quiero decir,
porque de mis labios para adentro habrás de permanecer, aunque alguna vez
haya intentado tontamente arrancarte de las fotos de mi mente. Nos veremos
esta noche y te abrazaré más fuerte que nunca; no con la carne, que se pudre,
sino con el amor que te guardo, sempiterno.
Con nostalgia,
Agustín
Boedo, 14 de diciembre de 2001
9

La tía Dori repetía siempre que Dios aprieta, pero no ahorca, y que cuando
las cosas se ponen feas hay que permanecer en familia y pedirle a Él que
interceda por el hambre del pueblo, sin olvidar los sacrificios y las
responsabilidades que Le debemos.
La tía contaba que eso le enseñó el Pastor, una tarde que la llevó en la
camioneta desde el templo hasta el pueblo, para que le hiciera unos
mandados.
Cuando el Walter se hizo más grande, entendió que el Pastor y Dios no se
habían conocido nunca.
Una siesta, fue más lejos y se atrevió a preguntar cuánto costaba la
camioneta en la que el hombre viajaba desde su casa de dos pisos, en el
centro, hasta el templo rodeado de ranchos, donde siempre lo esperaban con
mate, bizcochos y alguna pregunta para Dios, que no se decidía nunca a
ahorcarlos del todo.
La tía Dori le dio vuelta la cara de una cachetada.
Al Walter no le dolió la cachetada, que hasta le pareció un poco blanda.
Recordó la vez que su padre lo golpeó hasta quedarse sin fuerzas y pensó
que, desde entonces, nada le había dolido lo suficiente como para doblegarlo.
Lo que sí le dolió fue lo de los libros.
Vos te olvidaste de la Biblia, Walter, le reclamó la tía, mientras vaciaba
una botella de kerosene sobre una copia de Al este del Edén.
Era cierto que la tía Dori había sido buena con él, que lo había mandado a
la escuela, que le había comprado colonia, pero sucede que en algunas
ocasiones, la bondad no es más que el velo de la norma, y acaba durando lo
que dura la obediencia.
El Walter terminó el colegio con las mejores notas, pero siempre
sospechando del placer escondido en lo prohibido, en eso que la tía Dori
decía que usaba el Diablo de disfraz para meterse en el alma de los hijos de
Dios.
Cuentan las malas lenguas que la Dori insistió demasiado con tener al
Walter más cerca de Dios que de las gurisas; tanto así, que el muchacho
terminó a los besos con el más chico de los Fonseca, que era un poco
parecido a Jesús (y a Batistuta) y, para colmo de males, era hijo del
intendente.
Como es sabido, los herederos a la intendencia y los criados de las
solteronas del campo no suelen cruzarse a menudo, ni siquiera en un pueblo
tan chico como Azcuénaga, y habrá sido ese encuentro, esa repentina
revelación de los vericuetos del destino, lo que hizo que el Walter se
permitiera sospechar que, a veces, Dios también se esconde en un orgasmo.
El hijo de Próspero Fonseca se llamaba Justo y había agarrado la mala
costumbre de escaparse a caballo, camino a Solís, y pasarse las tardes
mirando el paisaje. La mujer del Tuerto Sparzi dice que lo vio una vez tirado
a la sombra de un árbol, escribiendo cosas en un cuaderno.
Temiendo que el hijo le saliera poeta, Fonseca mandó a llevar los caballos
al otro campo, tiró el cuaderno a la basura y le buscó al muchacho alguna
ocupación en la Intendencia, alguna cosa que lo hiciera sentir imprescindible,
importante, y sobre todo, incorruptible por el adalid del visceral verso
pizarnikiano que lo atormentaba de profundis.
Con motivo de las próximas elecciones de jefaturas comunales, mandó
Fonseca al hijo a charlar con los vecinos de las leguas, instruyéndolo en
poner especial atención a los nombres de candidatos que escupieran los
campesinos; nombres que, para él, no eran otra cosa que semillas de
enemigos que debían ser arrancadas de la tierra en el preciso instante en que
se atrevieran a germinar.
Partió en camioneta Justo Fonseca el primer día de noviembre. A tres
kilómetros de la iglesia, se encontró un camino de tierra que se hundía rumbo
al corazón del campo.
Allá lejos, el hijo de Fonseca dio con una casa de adobe, una bicicleta y un
muchacho de su edad, tomando el sol panza arriba, leyendo un cuaderno de
poemas que había encontrado en la basura.
¡Eso es mío!, reclamó el hijo de Fonseca, bajando el vidrio de la
camioneta.
El muchacho lo miró con indiferencia, apoyó el cuaderno en el pasto, se
puso de pie y lo saludó:
Buen día, patrón.
El tono soberbio del peón le hizo fuego en las tripas. Con paso firme,
caminó a su encuentro y le arrojó en los ojos chinos un fulgor de pupilas
celestes.
Dame el cuaderno, le ordenó.
El negrito se agachó, juntó el corazón de Justo Fonseca, le sacudió la tierra
y se lo devolvió.
Qué cosas lindas que escribe, patrón, le dijo el peón, envolviéndole las
pestañas rubias en un abrazo de pupilas negras, y se ve que algo habrá
chispeado, porque después los cuatro ojos se tiraron al pasto y corrieron entre
las flores un rato largo, hasta que sus dueños pudieron volver a mirarse.
¿Y tu papá?, preguntó Fonseca.
Está enterrado, deseó el Walter en voz alta.
¿Y acá quién manda?, quiso saber el gringo.
El peón aprontó una sonrisa:
Acá manda Dios, patrón.
Cuentan las malas lenguas que la idea fue del bastardo malandra, que
convenció al hijo de Fonseca de subir juntos a la camioneta, agarrar la ruta y
conducir hasta un lugar donde Dios no pudiera verlos. Y el hijo de Fonseca se
dejó convencer, porque era bien macho, sí, pero poeta, y es bien sabido que la
poesía es capaz de corromper hasta al peón más guapo.
El Walter se llevó al gringo para el lado de Cucullú y le pidió permiso para
leerle en voz alta los poemas que más le habían gustado.
Justo miraba el camino de tierra y también lo miraba al Walter; lo veía
mover los labios, acariciar el cuaderno con gentileza, lamerle cada letra,
atragantarse con sus rimas.
El Walter le dijo a la tía Dori que el hijo del intendente había llegado en
una camioneta como la del Pastor y le había dicho que el padre mandaba a
que lo acompañe a hablar con los vecinos.
Justo le dijo a Próspero Fonseca que los vecinos todavía no sabían a quién
elegir, por lo que había decidido volver a visitarlos el siguiente domingo.
Tres domingos seguidos fueron a preguntarle a los vecinos de Cucullú por
quién iban a votar para jefe comunal, y los tres domingos se quedaron por el
camino, a la sombra del primer árbol que encontraban, preguntándose
algunas cosas y mostrándose otras.
El primer domingo, decidieron que el Walter besaba mejor.
El segundo domingo, el Walter le contó a Justo que el padre lo cagaba a
palos, y que por eso la tía Dori se lo había llevado y lo había criado como
propio. Que nunca más había vuelto a ver a los hermanos y que, a veces, los
extrañaba tanto que le daban ganas de llorar.
El tercer domingo, Justo se enteró de que la tía Dori le había quemado al
Walter todos los libros que había encontrado juntando cartón. También se
enteró de que el kilo de cartón se vende a veinte centavos y que a veces, el
Walter sale en la bicicleta con una bolsa de arpillera, junta lo que le van
guardando los vecinos en la semana y después lo vende cerca de Gilles. Que
así ayuda a su tía, que tanto había hecho por él.
El gringo lo escuchaba mirando el cielo, con un yuyo entre los dientes,
como si estuviera tomando una decisión. Se levantó, fue hasta la camioneta y
regresó con el cuaderno que el Walter había rescatado, que tenía un escondite
secreto: un pedazo del forro de la tapa trasera convenientemente rasgado.
Justo sacó el papel, doblado por la mitad, y se lo pasó al otro.
Leeme esto, le pidió, y el Walter obedeció, compelido por la magnitud del
misterio:
“Una cosa que podríamos hacer los artistas es ponernos de acuerdo para
montar escenarios por todo el país, todos al mismo tiempo.
Los instalaríamos en la calle, frente a los supermercados.
Un escenario de artes combinadas, todas transpirando un único mensaje
para los que guardan la comida: donen. Así, bien grande, hecho bandera:
donen.
La gente bien se ofendería, estoy seguro, pero ellos no saben que en este
país hay una vaca por persona.
¿Dónde está la vaca de los que defienden al dueño del matadero? ¿Quién se
está comiendo la comida que falta en la mesa de su casa?
Sé que otros tantos vendrán a apoyarnos. Vendrán de los barrios, donde no
hace falta poner escenario para que la gente se entere lo que es el hambre.
Para que la gente se entere que, cuando hay hambre, pasan cosas feas.
No se puede pensar con hambre. Pero a veces, sucede que tampoco se
puede pensar sin él. A los que tienen de sobra, les pasa seguido.
A mí también me ha sucedido y por eso, si me preguntaran, diría que esta
es una misión para el arte.
El arte es un lente que le permite a los que tienen conocer la miseria, y a
los miserables, conocer la justicia”.

El chinito aprontó una risa tímida.


¿Qué pasa?, preguntó el gringo, medio ofendido.
Esto es demasiado revolucionario, sentenció el peón, mordiéndose los
labios de amor.
Justo sonrió con satisfacción.
¿Ahora entendés por qué mi padre le tiene tanto miedo a la poesía?
El Walter se dejó sonreír con todos los dientes, aunque los suyos no fueran
tan lindos como los de Justo. Rio y, en secreto, deseó que su tía Dori
estuviera allí, para poder mostrarle que hay cosas más hermosas en las que
creer. Para poder enrostrarle la imagen de un hombre que conducía como el
Pastor, lucía como Cristo y tenía el decir de Rosa Luxemburgo.
Tu papá no le tiene miedo a la poesía, le tiene miedo a otra cosa, dijo el
Walter, después de un rato. Creo que le teme a lo mismo que le teme mi tía,
que ella dice que es el Diablo.
¿Y qué es?, quiso saber Justo.
El otro se encogió de hombros.
Ha de ser la libertad, concluyó.
El gringo se rio con ruido.
Sabés que tenés razón, le dijo, y le puso el cuaderno en las manos, porque
deseaba que el Walter se lo quedara para siempre.
Infelizmente, como es bien sabido, después de los para siempre vienen los
finales. Pero qué podían entender ellos, que jamás habían tenido tiempo para
enamorarse.
No hubo más domingos, pero sí hubo un martes, después de aquel último
domingo, que permanecerá eterno e iridiscente en la memoria de los amantes
y los visitará cada vez que llueva, a las cuatro en punto de la tarde, cuando el
mundo se vuelve azul por un minuto.
La tía Dori estaba sentada en la galería, tomando mate y viendo gotear
sobre los árboles, cuando el crujido de la camioneta sobre la tierra húmeda la
arrancó de la somnolencia.
El hijo de Fonseca bajó el vidrio del acompañante y saludó, pero a la tía
Dori le costó reconocerlo, porque llevaba anteojos de sol.
¿Qué se le ofrece?, le gritó desde donde estaba, y el hijo de Fonseca le
respondió, también a los gritos, que el padre lo mandaba a llamar al Walter.
Cuando el chinito salió a la galería, llovió tan fuerte, que el barullo del
agua en el zinc no le dejó oír lo que gritaba Justo, que de lejos le hacía señas
para que se acercara.
Lo miró y tuvo que achinar todavía más los ojos, porque le pareció ver al
Ricardo, su hermano más grande. Por un instante diminuto, el Walter se
imaginó que el hermano había vendido tantas guías de la ciudad, que se había
comprado una camioneta y había ido a buscarlo. Hasta le tembló la panza.
¿Qué quiere?, preguntó la tía Dori, poniéndose de pie, secuestrándolo de la
visión que se había apoderado de sus córneas.
No sé, le respondió él. Pero parece que está apurado.
Andá a mirar, Walter. Ha de ser que el intendente quiere algo urgente.
¿Algo urgente, con esta lluvia? ¡Tortas fritas!, bromeó el sobrino,
agarrando la campera colgada en el perchero de la puerta.
La tía Dori lo vio correr bajo la tormenta, cubriéndose la cabeza con el
abrigo. El hijo de Fonseca le abrió la puerta. El Walter trepó de un salto y no
terminó de saludar, que las ruedas patinaron en el barro y la camioneta se
alejó a toda velocidad en dirección a la ruta.
¡Qué carajo te pasa!, gritó el chinito, que se había pegado flor de susto.
Justo se sacó los anteojos de sol: su ojo izquierdo parecía una albóndiga
podrida.
No sé si mi papá le tendrá miedo a la libertad, dijo el gringo, sin apartar la
vista del camino, para que el Walter no lo viera llorar. De lo que sí estoy
seguro es de que la odia.
El Walter quiso decir algo parecido a que Fonseca no tenía derecho a
alguna cosa, pero Justo, que bien mejor conocía los límites de los privilegios
de su padre, lo interrumpió de inmediato:
Te tenés que ir.
No.
Ahí atrás hay un bolso con pilcha, guita, zapatos.
No.
A las cuatro en punto pasa un colectivo que te deja en Luján.
No.
Andá a buscar a tus hermanos, Walter.
No.
Si te quedás acá, mi papá te va a matar.
Justo clavó los frenos en el preciso instante en que un silencio pesado se
apoderaba de ellos. Se quedó un rato largo mirando el camino húmedo y
aprovechó para lloverse encima todas las lágrimas que no le regaló a
Fonseca.
Cuando estás preso, no podés llorar tranquilo.
¿Por qué no llorás, maricón?, le había gritado el intendente, y buscándole
sal entre los párpados, le estrelló el puño, el odio y la piedra del anillo contra
el rostro pálido.
Si no venís conmigo, pronto no sabré distinguir de qué lado de la jaula
estoy, le suplicó el Walter.
Justo le hizo nido en un abrazo que sabía que era el último, le acarició el
pelo con ternura, le besó la mejilla y cuando le rozó el cuello con los labios,
le soltó al oído un suspiro de palabras tristes:
Si intentamos salir de la jaula juntos, nos vamos a chocar las alas.
Llegaron a la garita sobre la hora. En la ruta no había un alma, si es que
por alma nos referimos a las que están encarceladas en envases de sangre y
hueso, y no a las otras, que son traslúcidas y vagan por la inmensidad del
campo en las noches.
En el horizonte, más allá de la lluvia, asomó un micro destartalado con
vidrios oscuros y un cartel luminoso que decía “Luján”.
El Walter abrió la puerta y antes de bajarse, le dijo a su amigo:
¿Cuánto tiempo más creés que vas a poder esconder lo que sos?
¿Qué soy, Walter? ¿un maricón?
Un poeta.
Justo sonrió.
Yo no soy ningún poeta.
No se puede ser maricón sin ser un poco poeta, patrón.
Le dio un beso y agarró el bolso. Había, debajo de la ropa, escondido con
primor, una copia de Al este del Edén, pero el Walter solo la descubriría
muchas horas después.
Escribís muy lindo, le dijo por última vez, y corrió a través de un campito
de girasoles para alcanzar el colectivo, incapaz de disfrazar de tormenta el
llanto que le desfiguraba el rostro.
La luz anaranjada de las balizas del micro flotaban en la quietud azul de la
tarde lluviosa. El Walter bajó la vista y notó que los girasoles se miraban
entre ellos. A Justo Fonseca, que lo veía irse para siempre, le pareció que
cuando el Walter pasaba, los girasoles lo miraban a él.
10

Federico,
Tengo suerte de poder enviarte este email.
Buenos Aires está en llamas, el chico del cibercafé me dejó pasar
solamente porque me conoce y porque le traje unos tostados de queso de
regalo. Me contó que no había comido nada en todo el día.
En los altoparlantes del local comenzó a sonar una canción demasiado pop
para musicalizar tanta miseria, y el pibe la cambió enseguida.
Esta es la nuera del sorete del presidente, me explicó, y yo sonreí como
para hacerle la segunda, porque la verdad que no tengo ni idea de quién es
Shakira. Vos me conocés, mi religión no es el pop. Yo tengo fe en alguna
síntesis entre Marx y Brian Weiss.
Puso una canción del hijo de Julio Iglesias.
¡Esta te va a gustar a vos!, me dijo, y hasta se atrevió a cantarme la parte
que dice “si pudiera ser tu héroe”, mientras masticaba el pan con queso, como
agradeciéndome, mientras el hambre se le dormía un rato.
No comprendo todavía si la escena me dio esperanza o me partió el
corazón al medio.
Son las diez en punto. La persiana del negocio está baja y en televisión
muestran imágenes del ejército de hambreados derribando rejas y metiéndose
como pirañas en los mercados. Un chino llora desesperado y cuenta que lo
perdió todo.
Mirá cómo terminamos, me dice el chico del cibercafé, y yo le respondo
que todo es culpa de Shakira.
Demora un rato en comprender lo que quiero decirle, pero por fin asiente.
Se ve que él también estaba distraído con tonterías cuando la miseria se
apoderó de este país.
El reportero informa que están vallando la Casa Rosada y medio que por
instinto levanto la vista y miro la pantalla, buscando a Rafael, como creyendo
que, por casualidad, pasará por allá.
Estará a salvo, me digo a mí mismo. Supongo que ya habrá llegado,
espero. Va a salir todo bien, deseo, con todas mis fuerzas.
Recito de memoria la dirección a la que va y pienso que es cerca, muy
cerca de esas vallas. Que por fortuna el colectivo lo deja a media cuadra. Que
Rafael ya atravesó infiernos peores.
Federico, cada vez más a menudo me embarga el deseo de escapar de todo
esto que me rodea. Sueño, cada vez con más frecuencia, con todas esas rutas
que recorrimos juntos. Jamás me hubiese atrevido a sospechar que acabaría
siendo una de esas personas que en algún momento de su vida se preguntan
“qué hubiese sucedido si…”.
Y aquí me tenés.
Qué hubiese sucedido de haberme quedado.
Qué hubiese sucedido de haber escuchado tu voz antes que mis prejuicios.
Qué hubiese sucedido de haberte dado la mano cuando llegó la tormenta.
También me pregunto, Federico, qué sucedería si volviésemos a vernos.
Y, a lo mejor, no quiera quedarme con esa duda.
Agustín,
Boedo, 18 de diciembre de 2001
11

¿Gabriela?
Mauro.
¿Te llamó Simoninsky?
Renuncia Cavallo.
No renuncia, se retira, corrigió Mauro, apoyando el cancherísimo Ericsson
sobre el escritorio. Espió por la ventana: desde donde estaba, podía ver el
mástil de la Casa Rosada. Comprobó que su cita de las diez no aparecía y
decidió que tenía tiempo. Presionó la tecla del altavoz, se aclaró la garganta y
desanudó la corbata.
¿Te acordás lo que dijo Barrionuevo en la Embajada? Que De la Rúa no
podría seguir. Parece que tenía razón.
Ah… También te habló del Decreto, Simoninsky.
Mauro, vos me podés explicar cómo mierda se rema un estado de sitio.
Vamos a enfocarnos en Cavallo. A contar para dónde viaja, qué planes
tiene. Viste que la gente es boluda, esas noticias le gustan. Y después le
metemos fichas a lo que armó Juanpi.
¿Terminó de editar? Por fin. ¿Alcanzó a hacer la entrevista?
Quedó perfecta. El tipo parece de Al Qaeda, ¿Lo viste en la filmación,
corriendo con el microondas en el medio del saqueo? Es un genio, Juanpi. Lo
editó con el testimonio.
Convengamos que muy bien el tipo, también. Gran actor, hay que decir.
El timbre sonó en ese preciso instante.
¡Epa! ¿Esperás a alguien?
Al delivery, Gabriela. Moría por sushi. Te dejo.
Y cortó.
Se bebió lo que quedaba de whisky, atendió el portero eléctrico y atravesó
el departamento con la garganta en llamas. Antes de abrir la puerta, se miró al
espejo, se guiñó un ojo, se acomodó el bulto y se peinó con los dedos.
Del otro lado del umbral, en la penumbra asfixiante del pasillo, el pendejo
lo miraba con una firmeza impostada. Alcanzó a distinguir allá, en el fondo
de sus ojos, unas gotas negras de miedo. Eso lo entusiasmó.
Pasá, le dijo, y el pibe se metió al departamento con la cautela de un
cachorro cascoteado. Cuando decidió que se sentía a salvo, se atrevió a
quitarse la gorra y la campera.
Lindo bulo, comentó, intentando sonar relajado, como le habían explicado
que tenía que hacer.
Mauro se le acercó y le puso las manos en la cintura. Enseguida, sintió la
electricidad en el cuerpo del pibito, una repugnancia muy bien disimulada
que le bajó por el pelo hasta acalambrarle las pantorrillas.
Se relamió, lo acarició y le dijo en voz baja:
Sabés cómo me calientan los guachitos como vos.
El aliento etílico devolvió alguna cosa oscura a la memoria del pibe, que
corrió la cara. A Mauro eso le encantaba, lo calentaba. Sabía que el pendejo
no podría rechazarlo por mucho tiempo; le iba a pagar buena plata para que
hiciera lo que él le mandara a hacer.
Sacate la remera, le ordenó.
El pibe obedeció en silencio. El tipo se quedó mirándolo, como embobado.
Lo observaba y se pasaba la punta de la lengua por los labios, y después
dejaba caer los ojos, recorría sus cicatrices y sin disimulo, le clavaba las
pupilas en la entrepierna.
Sacate el vaquero, le exigió después, y el pibe también obedeció esa vez,
porque el tipo le iba a pagar mucha plata para que hiciera lo que le mandara a
hacer.
Sabía lo que venía después y quiso ganar tiempo:
Vos sos el del noticiero, le dijo.
Era cierto.
Mauro Marchi era el periodista estrella de la mañana en el canal de aire
más sintonizado. Todo el país lo conocía. Sus productores decían siempre que
Mauro les inspiraba a los televidentes una confianza inaudita, lo trataban
como a un miembro más de la familia. Le halagaban la sonrisa de dientes
blancos y parejos y lo paraban en la calle para preguntarle cuándo iba a
concretar el romance con Gabriela Bruschetti, su compañera del noticiero,
con quien siempre le sacaban fotos cuando salían a comer juntos o los
sorprendían tomando marcas caras de espumante en el boliche de moda.
Y vos sos…
Lucas, mintió.
El periodista fue hasta la barra y se sirvió otro whisky.
¿Qué vas a tomar, Lucas?, le preguntó, acentuando la voz grave en el
nombre, que sabía que era falso.
El pibe se había sentado en la cama y rebotaba sobre el colchón y no se
reía porque no se animaba, nomás. Mauro no necesitó preguntarle la edad,
calculó que no llegaba a los dieciocho. Por eso lo había elegido, porque le
gustaban así, pibitos y bien cabeza, de esos que pueden boquear tranquilos,
total nadie los escucha.
Ponete de nuevo las zapatillas, le dijo, casi con desprecio, y al pibe se le
borró la sonrisa por completo. Metió los pies y se ató los cordones con un par
de nudos mal hechos, se levantó, fue hasta la barra apretándose el bulto y
apoyó los codos junto a los vasos de whisky.
Y con el calzoncillo qué hacemos, papi.
Lo dijo perfecto. La Cococha lo hubiese aplaudido, pero esto ya no era un
ensayo. Y entonces sucedió lo que la marica le había dicho que iba a suceder:
El puto se va a calentar, porque vos lo vas a mirar a los ojos y lo vas a
desafiar y le vas a decir papi. Acordate del papi, eso es muy, muy importante.
Qué asco, escupió Rafael, que sin poder evitarlo, chocó de frente con el
fantasma de su padre, preso desde hacía años entre sus párpados y sus
pupilas.
No seas prejuicioso. Mucha gente usa el sexo para resolver asuntos
pendientes. Pensalo como que le estás dando una mano.
Le voy a desvalijar la casa, Cococha. Qué mano le estoy dando.
Agustín estuvo de acuerdo con Rafael, pero no abrió la boca para no
quebrar el clima desopilante de la escena. Se habían pasado la tarde
enseñándole al pendejo a sobrellevar su primer operativo.
Que le digas operativo no me hace sentir mejor, qué querés que te diga.
Si hacés como yo te digo, te vas a sentir espléndido. Escuchame, lo mirás a
los ojos y le decís papi y le pedís que te saque el calzón. Y ahí vas a ver
cómo se entusiasma. Vos, tranqui. Lo mandás allá abajo y le enchufás la
pastillita en el vaso. Mirá cómo está, bien molida. El puto no se entera de
nada.
Uf, mirá cómo está, dijo Mauro, apretándose el bulto con fuerza y
desfigurando el rostro en una mueca morbosa.
Rafael se abrió de piernas, agarró un vaso y bebió un buen trago y miró al
tipo con impaciencia disimulada, invitándolo a arrodillarse para sacarle la
ropa interior. Por supuesto, lo convenció.
Aprovechó cada segundo de distracción: vació la cápsula en el otro vaso y
después la arrojó detrás de un mueble, simulando una contracción de placer.
Volvió a retorcerse y se permitió gemir mientras giraba sobre sus talones.
Dejó que Mauro lo llenara de saliva y miró para otro lado, más nervioso que
nunca; y por mirar para otro lado, descubrió que unos ojos verdes y y
brillantes lo observaban, como luciérnagas flotando en la oscuridad. Supo de
inmediato que eran los ojos de su padre.
No debió permitirse la distracción, mucho menos el descuido de perderse
en los pasillos de un recuerdo tan oscuro. Sintió el tirón en el pelo y cayó de
rodillas frente al tipo, que le dio vuelta la cara de un tortazo.
¿Qué me pusiste en el vaso, Lucas?, quería saber.
El hombre le pisó las piernas, le metió los dedos en la boca y le partió el
borde del vaso contra los dientes.
Rafael sintió la garganta llena de sangre y carbón.
No tiene nada, alcanzó a mentir, medio atragantado, pero ya era tarde.
La Cococha tenía razón: la pastilla te tumbaba enseguida.
12

Lo despertaron de un puñetazo.
Arriba, pibe, le ordenaron.
Creyó que el televisor estaba encendido y entonces recordó el
departamento con vista a la Casa Rosada, el whisky que bebió por obligación
y la voz desagradable de Mauro Marchi.
Quiso moverse y sintió el cuchillazo entre las piernas, pero ahogó el
alarido y se incorporó. Estaba desnudo. El tipo solamente le había dejado
puestas las zapatillas. Le dolía mucho la panza, pero no se animó a decir
nada. Se miró los brazos y descubrió que estaba lleno de moretones.
Se puso la remera y buscó el pantalón a su alrededor. El tipo lo juntó de
por ahí y le dijo:
Mirá.
Abolló rabiosamente el dinero y metió el puño en el bolsillo, como si el
bolsillo también fuera el cuerpo dormido de Rafael, que volvió a sentir el
cuchillazo y comprendió de inmediato lo que había sucedido, pero no dijo
nada.
Qué iba a decir, si estaba roto como nunca.
Terminó de vestirse en silencio, haciendo fuerza para espantar el miedo
que le crecía en las entrañas. Moqueaba un poco y le temblaban los labios,
que no se atrevían a indagar; las piernas, que de a poco se encontraban con la
gravedad; el estómago, que era un basurero lleno de botellas rotas.
Su cuerpo violado se parecía más a un rompecabezas montado sobre la
cabeza de un alfiler que amenazaba con desmoronarse de un momento a otro.
El empujón lo tomó por sorpresa y atinó a caer sobre una silla.
Fuera, le dijo el tipo, así, sin más.
Era cierto que ya lo habían humillado antes y que ya le había hervido la
lengua y que más de una vez se había trenzado a palos con algún guacho por
hablar de más, pero esta vez era diferente.
Escapate, le dijo la voz que vivía en su cabeza, y Rafael hizo caso.
Una vez en la calle, el sol le llovió como fuego en las pupilas. Hizo visera
con una mano y con la otra se apoyó en la pared para tomar aire.
Escuchó el bullicio, la multitud, los cascos de caballo, las bombas de
estruendo. Creyó que el ruido provenía de los rincones de su cráneo y se llevó
una mano a la frente. Estaba confundido, deshidratado y muerto de dolor.
Tiempo después, cuando ya vivía en Rawson y compartía la celda con el
Ángel, hizo fuerza para ver si se acordaba de algo más. La memoria le
llegaba en retazos que acabaron pareciéndose más a las fotografías que
habían publicado los diarios y las imágenes que pasaron los noticieros.
Rostros cubiertos con remeras.
Gas lacrimógeno, dibujando nubes de miedo contra el cielo azul.
Un ejército de piernas ensangrentadas, estampida humana.
El Ricardo, la Carmen, la Corina, la Cinthia, el Walter y el Chiqui
corriendo entre la gente.
Oficiales de la montada, muertos de risa, repartiendo balas.
Bajo los cascos, los ojos de todos los policías se parecían un poco a los
ojos de su padre.
Su ropa, llena de agujeros.
La voz de Agustín, gritándole ¡cuidado!
Y por último, el garrotazo que apagó la cámara.
13

Querido Federico,

me temo que dejar de creer en algo es, al mismo tiempo, dejarlo en


libertad.
El día que dejé de creerte fue el día más triste de todos. Es cierto, ese día
fuiste libre y fui libre yo también, pero a cambio, te me moriste un poco. Te
me moriste en los brazos, que ya no te abrazaron nunca más.
Recuerdo que antes de dejar de creerte, hubo también un día que me
permití parir la duda.
Un día cualquiera, de esos que de sol a sombra pretenden ser mansos, la
tragedia nos atravesó como atraviesa la flecha del cazador furtivo el corazón
de los patos de los Esteros del Iberá.
Cómo te enojaste, ese día. Te enojaste tanto, que algo adentro mío se hizo
chiquito. Te enojaste tanto, que bajé la voz y te dejé escupir la furia de entre
los labios.
Después hicimos silencio. Vos esperabas mi fuego y en cambio, te dije
bajito: somos amigos, podés contármelo todo.
Y me contaste. Me dijiste: es cierto, te he mentido.
Dejo de creerte para librarte de esta mentira, te respondí, y después salí del
cuarto, salí del edificio, salí de Madrid.
Sé que por querernos demasiado, dejarnos ir fue el infierno que nos habían
prometido quienes creen que dos varones no pueden amarse.
Nuestras piernas seguían andando y con ellas, nuestros cuerpos, que se
despedazaban en slow motion por culpa del abrazo que no terminaba nunca.
Buenos Aires volvió a ser mi casa, mamá se murió en una cama del
Fernández y yo vacié las fotos de la memoria en incontables libretas de tapa
amarilla que andá a saber dónde habrán quedado.
Después pasaron los días y las décadas, y yo creí que por fin era libre, libre
para siempre, de esa forma siniestra que tenemos de encariñarnos con una
presencia.
Fruncí el ceño y le dije a la Cococha: “¿No te parece que Rafael está
tardando demasiado?”.
Hoy Rafael es libre, porque ya dejé de creer que volverá.
Atendeme, que lo busqué de verdad, con el corazón en la mano. Visité
cada hospital, cada comisaría, cada rincón mugriento de esta ciudad en
pedazos. Sin más datos que su nombre y los detalles de su ropa, caminé hasta
que los pies se me llenaron de ampollas. Muy a mi pesar, comprendí que
cualquier pibe dormido en una celda o en una cama de hospital puede ser
Rafael. Y lloré, Federico. Lloré desconsolado, como solo por vos lloré.
¿Y ahora quién será membrana para este techo, que vuelve a estar roto en
mil pedazos por culpa del huracán que desataron las memorias calientes y las
ausencias de hielo?
Estarán en lo cierto, entonces, quienes advierten que la vida no es lineal,
sino cíclica. Me atrevo a aceptar que nuestros asuntos pendientes vuelven a
aparecerse ante nosotros cada noche, como las angüeras, y así será hasta el
fin de los tiempos o hasta que nos decidamos a hacer algo al respecto.
¿Recordás mis palabras?
No quiero que me acompañes, no creo en las despedidas. El mundo es
redondo y la gente que se ama siempre acaba encontrándose.
¿Recordás las tuyas?
Tanto miedo le tenés a las despedidas, que preferís cambiar la certeza de
un último abrazo por una promesa de amor transoceánico.
No me despedí de vos.
Tampoco me despedí de Rafael.
El ciclo se resetea.
Feliz año 2002, Federico.
Agustín
Boedo, 24 de enero de 2002
TRES

La fe es una semilla que sueña que tiene ramas.


Ce qui rend les amitiés indissolubles et double leur charme,
est un sentiment qui manque à l’amour,
la certitude.
HONORÉ DE BALZAC
1

Contaban siempre mis padres que cuando nos mudamos a la casa de Villa
Santa Lucía, los sapos demoraron muchos meses en enterarse de que, desde
entonces, en el terreno vivía gente.
Mamá hervía menta y la rociaba alrededor de la casa a la tardecita, cuando
bajaban el sol y los mosquitos. Después, desparramaba hojas de laurel en los
rincones, las ventanas y las puertas, para que los bichos no se metieran a
dormir con nosotros.
No había mucho para hacer después de la escuela. A veces, me daban
permiso y pasaba las horas con un amigo que tenía por allá cerca. Nos
colgábamos de los árboles y nos contábamos cosas hasta que nuestras madres
nos llamaban a merendar. A veces no nos llamaban, porque había tardes que
la merienda faltaba en nuestras casas.
Cuando sus padres lo enviaron a estudiar al centro, a la casa de unos
parientes con plata, lloré desconsolada semanas enteras. Nos habíamos unido
por esa cosa que tienen los niños de aferrarse al amor que no sabe de besos ni
formalidades, que simplemente les hace querer saltar, reírse hasta que duela
la panza o imaginarse cualquier imposible y habitarlo; decirse hasta mañana
con la certeza de que mañana habrán de buscarse, porque así también se
encuentran un poco a sí mismos.
Mamá dijo siempre que le daba miedo permanecer en un lugar tan retirado,
con una nena tan chica, pero yo sé que en el fondo le dolía la casa; tanta
memoria escondida entre los libros, sobre la alfombra, en cada uno de los
rincones que nos miraban como impacientes, como esperando ser habitados
por alguien que ya no estaba.
Ocurre que la casa primero fue una pieza, pero papá tenía unos brazos
fuertes que levantaban paredes con el barro. Siempre decía que, en otra vida,
habría sido un hornero, y yo creo que es cierto. Mi padre fue un pájaro alguna
vez. Aun en su forma humana, un poco se les parecía.
A todos nos habrá tocado ser ave alguna vez, decía él. Aves que se
enamoraron de la tierra, pero que regresarán al cielo algún día. Sino, no se
explica ese deseo visceral de volar. De volver a volar, como quien recuerda
un sueño.
El Hornero abrió puertas en la pieza. Sudando, parió otros cuartos, pero la
habitación del medio fue el corazón de la casa para siempre. Fue ahí que
mamá puso la alfombra, para que nos sentáramos a leer cuentos a la tarde,
cuando mi padre pájaro volvía de trabajar.
Después, nos alcanzó la oscuridad.
Esa tarde no leímos cuentos, porque el Hornero estaba cansado. Se encerró
en su dormitorio y mamá fue a llevarle un té y cuando entró, yo me quedé
espiando detrás de la puerta entreabierta.
Hablaban bajito; las palabras quedaron todas desparramadas sobre el
acolchado y no alcancé a escuchar nada. Él estaba gris y diminuto,
encorvado, apoyado sobre el pecho de mamá, en el centro de sus brazos. Fue
la única vez que lo vi llorar, pero no me olvido más. Ocurre que las lágrimas
de un padre son lluvia con sol, luna en Acuario, muerte de obispo.
Vení, sentate conmigo, me dijo cuando me vio espiando.
Entré tímida, me trepé a la cama y lo abracé yo también. Después pregunté
por qué nos estábamos abrazando, pero ellos guardaron silencio.
Entonces, el Hornero me hizo upa y me llevó hasta la ventana.
Mirá, me dijo, apuntando al cielo. ¿Serán las estrellas almas vueltas
pájaro?
El cielo anochecía en fulgor violáceo. Yo puse los ojos nuevos en la
estrella que creí que apuntaba y la elegí para siempre (veinte años en el
futuro, me encontraré una noche cualquiera bebiendo vino y me enteraré, por
casualidad, que se llama Betelgeuse).
Tu abuela, que era mi mamá y que también era medio bruja, decía que
cuando los pensamientos te abruman y nadie te entiende, tenés que escribirle
una carta a una estrella, me contó.
Esa noche, el Hornero durmió muy mal. Ya no volvió a trabajar y empezó
a salir de la cama un poquito más tarde cada día, como si volver al mundo le
resultara agotador. Nosotros vimos cómo se le cayeron las plumas y las patas
flacas se le doblaron alrededor de las alas. El Hornero amaneció triste desde
entonces, hasta que una mañana, ya no pudo despertarse.
No le conté esto a nadie, nunca. Me crié un poco sola. Sola no, con los
libros, y a los libros no hace falta contarles los problemas que una tiene. Con
los libros es otra historia, porque responden sin que una pregunte, como los
ojos de una tía que sabe mirar. A los libros, basta leerlos entre líneas para
sacarles charla.
Pero a los humanos no, no les conté nunca sobre el día que el Hornero no
quiso amanecer.
Ese día me desperté sola y fui al corazón de la casa.
Mamá había preparado el desayuno, pero el café con leche estaba frío y el
pan tostado ya estaba duro de nuevo. Me temo que el café frío se manifiesta
como el eco de la desesperanza; un café frío, un café abandonado, es siempre
testigo de alguna tristeza que se interpuso entre la taza y los labios que beben,
que ahora están marchitos, llovidos de lágrimas, cerrados y torcidos, en una
mueca de dolor ulterior.
La última vez que vi al Hornero, tenía los ojos cerrados y las alas cruzadas
sobre el plexo solar.
Sus hermanas, que eran mis tías y eras seis, estaban vestidas de negro y lo
lloraban en círculo, acariciándole las plumas pálidas.
La tía Ágata tenía el cabello suelto, cayéndole sobre los hombros como una
cascada de espuma blanca, hasta la cintura. Rezaba en un murmullo que
también se parecía al agua, y las otras repetían.
Vení, me dijo la tía Aurora, y me dio la mano para que me uniera al círculo
con ellas, entre la tía Ada y la tía Alma.
¿Qué tengo que hacer?, pregunté, y la tía Ana se arrodilló a mi lado y me
acarició la cabeza con ternura:
Decile lo que quieras.
Pero no me escucha, protesté.
Ella me sonrió con misericordia y las demás dejaron de rezar y también me
miraron. Ese día, aprendí el idioma secreto de los ojos y también que algunas
respuestas pueden pronunciarse con silencios.
Mientras la tía Aída lo llenaba de flores y lo envolvía en la sábana blanca,
me acerqué a la cama, le di un beso en la frente y le dije un secreto:
Hornero, no te preocupes. Te voy a escribir una carta para que la leas
cuando seas una estrella.
2

Mamá le vendió el nido que hizo el Hornero a unos ladrilleros que querían
el terreno para criar chanchos.
Dejamos casi todas nuestras cosas. Llevamos nada más que la ropa, los
libros y las fotos. Mamá dijo que donde íbamos habría lo necesario, y ella
hacía tanto esfuerzo para hacerme sentir que todo estaba bien, que yo jamás
me hubiese atrevido a contradecirla.
Sin embargo, el día que abandonamos la casa del Hornero fue el más triste
de mi vida. Por algún motivo, sentí que todo lo que alguna vez podría
necesitar permanecería allí, escondido entre los árboles, oyendo los alaridos
de los chanchos, viéndolos morir.
Yo no quería irme, todavía no quiero. Con esmero rememoro rincones y
recorro carreteras cerebrales para volver al nido, y hasta del graznido de las
garzas del río me acuerdo. Nunca más, ningún paisaje consiguió despertar la
memoria de aquel lugar. Puede que haya sido por eso que jamás volví a
sentirme a salvo.
Fue don Genaro, el tío de mamá, el que nos recibió en Zárate. Tenía una
cicatriz en los labios, la cabeza plateada y los ojos negros y hundidos, como
si se hubiese pasado mil siestas mirando el sol.
Mamá me contó esa noche, antes de dormir, que don Genaro era primo de
la abuela y que llevaban años sin verse. Me dijo que el tío estaba solo porque
su hija se había escapado de la casa con un novio que tenía, y su mujer había
ido a buscarla y no había vuelto nunca más.
Me pidió que tuviera paciencia, que las cosas eran distintas ahora y que
ahí, donde estábamos, íbamos a estar bien. Que el tío, que era varón, podía
cuidarnos.
Es buen hombre, don Genaro, dijo mamá, bostezando y cerrando los
párpados.
Levanté los ojos y vi el guayabo apoyando las ramas en la ventana por la
que entraba la luna. Golpeaba el vidrio suavecito, como si quisiera contarnos
algo, pero ocurre que los humanos ya no recordamos el idioma secreto de las
plantas y por eso no pude entenderlo.
¿Será que los árboles del patio nos extrañan?, le pregunté a mamá, pero
ella no me respondió porque se había quedado dormida. Le acaricié la frente
y le di un beso en la mejilla, ella giró sobre el colchón viejo y me envolvió
con el brazo.
Un rato después, comenzó a lloviznar y en el centro de la habitación, junto
a la cama, goteó a través del zinc. El guayabo volvió a golpear el vidrio y me
di cuenta de que tenía una rama que parecía una mano (o una mano que
parecía una rama) que apuntaba al vaso que había sobre un aparador.
Gracias, le dije, mirándolo a las hojas.
Me levanté, agarré el vaso, y lo coloqué justo debajo de la gotera.
Enseguida, volví a acostarme, trencé los dedos en los dedos de mamá y cerré
los ojos. El barullo de la lluvia sobre las chapas fue haciéndose cada vez más
intenso, como si las nubes estuvieran cayendo a pedazos sobre la casa de don
Genaro.
El vaso de agua se llenó y comenzó a derramarse sobre el piso y enseguida
alcanzó las patas de los muebles y trepó por las paredes, y cuando presté
atención, la cama se hundía en el silencio. Los bolsos, los muebles y los
espejos flotaban alrededor de nosotras y la lluvia dejó de hacer ruido, porque
la casa era un río y nosotras estábamos en la parte honda.
3

Mamá me despertó con besos. Por la ventana, vi los nubarrones grises en el


cielo y algún rayo furtivo del sol que no se animaba a aparecer.
Quedate acá, me dijo.
Salió y al rato, regresó con una bandeja de tostadas, un par de tazas y la
cafetera llena.
Mientras desayunaba, mamá me cepillaba el pelo y me decía que portate
bien, que acomodá este desorden cuando yo me vaya, que no le des trabajo al
tío Genaro, que ya está viejito.
Yo masticaba las tostadas y decía que sí con la cabeza, mientras ponía los
ojos en las cosas que habían quedado desparramadas en el cuarto después de
que el río se escapara por la ventana, cuando me quedé dormida.
¿Adónde vas?, pregunté.
Mamá levantó el espejo del suelo, lo acomodó contra la pared y se puso los
aros.
A buscar trabajo, respondió, ajustando la tuerca.
Cuando vivíamos en la casa, con el Hornero, mamá tenía una bicicleta y un
guardapolvo blanco con su nombre bordado en el bolsillo.
¿Vas a trabajar en una escuela?, quise saber.
Ella me miró por el reflejo del cristal sucio. Me había escuchado, sí, pero
no dijo nada. No porque no quisiera, sino porque no sabía la respuesta, y
ocurre que mamá jamás pronunciaba lo desconocido, por miedo a espantar la
buena fortuna.
¿Sabés adónde miran los girasoles cuando no hay sol?, cambió de tema,
haciendo fuerza para dibujarse una sonrisa que acabó pareciéndose más al
temblor del agua cuando una piedra rompe el espejo de la superficie. Le
respondí que no. Entonces, ella se sentó en la cama, apoyó su frente en la mía
(para que nuestros ojos fueran un único pasillo que conectara nuestros
corazones) y me dijo:
Cuando no hay sol, los girasoles se miran entre ellos, buscando la luz que
no encuentran.
4

Creo que, de cerca, todas las tragedias se parecen un poco. Son como una
sirena de ambulancia que retumba allá lejos y va haciéndose cada vez más
estridente, hasta que una queda sorda y también un poco ciega, porque es
inevitable cerrar los ojos ante el estruendo.
Eso me pasó con la Fabiana.
La Fabiana vive de la timba, me explicó una vecina en el almacén, el
mismísimo día que Sebastián y yo nos mudamos. Mientras él le pasaba una
escoba a las persianas del frente, yo me crucé a preguntar a cuánto estaba la
garrafa de gas.
Usted alquiló en lo de Molina, dijo la vecina, chusmeando lo que hacía
Sebastián, que sacudía la cabeza del escobillón contra el cordón de la vereda.
Sí, dije, tímida.
Hacía rato no me veía envuelta en una de esas charlas casuales y pensé un
poco en la clientela del negocio donde trabajaba, antes de venirme para el sur.
Llegué hace unos días, soy de Buenos Aires, pero él es de acá, le expliqué.
Sebastián luchaba para encajar el palo en la cabeza del escobillón y la
mujer se quedó un rato largo mirándolo.
Sí, decime…, interrumpió la almacenera.
Hola, buenas tardes. ¿A cuánto tiene la garrafa de gas?
Che, nena, quiso saber la vecina. ¿Cuánto pagan por la casa?
Cuarenta, dijo la almacenera.
Escuchá, Dori, le dijo la vecina a la almacenera. Dice que la Fabiana quiso
alquilar la casa de Molina y el viejo Molina no quiso.
¿Ah, sí?
Dice que quería la casa para la hermana.
¿Hasta qué hora está abierto el negocio?, pregunté, para cruzarme un rato
antes de empezar a preparar la cena.
Nena, me dijo la vecina. ¿hizo muro atrás don Molina?
Hasta las once estoy, respondió la almacenera.
Hay un muro, sí, le comenté.
La vecina se puso una mano en el pecho y se acercó al mostrador. Sus
gafas rojas y rectangulares se resbalaron hasta quedar al filo de la nariz, que
se parecía un poco a la aleta de un tiburón. Con el dedo índice, hundió el
marco en la carne arrugada entre las cejas.
Dice don Molina que se cansó de juntar los profilácticos que el hijo de la
Fabiana le tira en el patio.
¿Profilácticos?, pregunté, tragando saliva.
Vos sabés, preser…
Sí, sí, sí, aclaré. Pero, cómo profilácticos. Don Molina no nos contó nada
sobre profilácticos.
Igual, no te hagas problema, me calmó la vecina, apoyándome una mano
de uñas violetas en el brazo. ¿No me dijiste que hizo muro, Molina?
Che, Mabel, ¿y por qué no le alquiló nomás a la Fabiana, Molina? Mataba
dos pájaros de un tiro, se metió la almacenera.
Anda en algo raro esa, sentenció la otra, que por acaso supe que se llamaba
Mabel. Vive de la timba y de los tipos que la visitan, y viste que Molina
siempre fue muy cristiano.
La que es asquerosa es la hermana de la Fabiana, opinó la almacenera.
La Gloria, asintió doña Mabel.
Si hubiese prestado atención, hubiese escuchado la sirena, la tragedia, allá
lejos, acercándose. Pero yo estaba más preocupada por Sebastián, que del
otro lado de la calle seguía peleando por enroscar el palo en la cabeza del
escobillón.
Che, nena, me palmeó una teta doña Mabel. ¡Cómo se nota que tu marido
nunca agarró una escoba!
5

Sebastián no era mi marido. Yo no me iba a casar, aunque confieso que


estuve, alguna vez, lo suficientemente enamorada como para dejar de pensar
en el matrimonio como un fantasma inevitable, un disgusto que nos esperaba
allá, en el futuro al cual creíamos caminar juntos, y empecé a entenderlo
como el fin del idealismo adolescente, una suerte de culminación del
nomadismo. Afortunadamente, estaba equivocada.
Raramente, la gente nota que el futuro se parece un poco más a un
horizonte que a una meta. Yo tampoco lo veía, hasta que Sebastián empezó a
alejarse con el futuro, pero eso fue después. No quiero mezclarlo todo,
porque acabo perdida en los pasillos de mi memoria.
¿Vos sabías que el hijo de la vecina tira preservativos en el patio?, le dije a
Sebastián esa noche, mientras cenábamos.
¿Usados?
No sé, no pregunté, Sebastián.
Él revolvió la comida, dudando el próximo bocado, esperando a descubrir
cómo continuaba mi historia.
Sebastián hacía mucho silencio a veces, tal vez por eso yo me sentía
obligada a rellenarlos con alguna anécdota que lo arrancara de ese mundo en
el que se encerraba más a menudo de lo que yo podía sospechar desde el
cibercafé, tiempo atrás, cuando todo lo que conocíamos del otro era el
puñado de datos que nos atrevimos a ofrecernos en complicidad virtual, en
ese shock eléctrico de coraje que parimos el día que nos entregamos al
misterio.
6

Yo ya sé que, en mi caso, estudiar no tiene mucho sentido. Da lo mismo si


me recibo o no, me dijo la piba, que se llamaba Malena y tenía un lunar abajo
del ojo que parecía una lagrimita.
Esa tarde, había revuelto los estantes para ver qué había y vi que tenía
harina y que quedaba aceite, y en dos patadas apronté la masa para las tortas
fritas.
Sebastián había dicho que llamaría después del almuerzo del domingo para
avisarme a qué hora volvía el lunes, pero ya era martes y a mí no me
quedaban más que monedas del dinero que me había dejado para pasar el fin
de semana que viajaba a visitar a sus padres en Cañadón Perdido. Fue por ese
motivo que tuve que aprender a esconderle la plata de los vueltos.
En eso de pasar el agua caliente de la pava al termo estaba yo, cuando
golpearon a la puerta.
Abrí y me encontré con una piba de ojitos negros y naricita de conejo.
Hacía tanto frío que alrededor del cuello flaco se había entreverado dos
bufandas y tenía puestos unos guantes de andar en moto, aunque de la moto,
ni rastros.
Lo primero que me dijo fue que se llamaba Malena. Malena López.
Soy vecina suya, yo vivo allá, por el Marechal, dijo, señalando con el dedo
el final de la calle de asfalto y un poco más al fondo, donde comenzaba el
rancherío y no entraban ni los patrulleros.
Yo me hice la que miraba hacia donde apuntaba, pero la verdad es que no
tenía ni idea de lo que sucedía después del asfalto. No llevaba mucho tiempo
viviendo allá y Sebastián poco y nada había podido mostrarme la ciudad.
Confieso que fueron días de leer mucho y hacer tortas fritas y mirar por la
ventana.
Disculpe que la moleste, continuó Malena, buscándome los ojos. Me da
mucha vergüenza, me confesó.
Yo le dije pasá, pasá, porque hacía semanas que no charlaba con nadie.
Había vuelto a encontrarme un par de veces con doña Mabel en el almacén de
enfrente, pero ella insistía en elucubrar teorías cada vez más rebuscadas sobre
los modos de subsistir de la Fabiana, mi vecina de al lado. Llegó a decir que
el hijo de la señora tiraba preservativos para nuestro patio. Poco después,
acabé enterándome de que el hijo de la Fabiana tenía cuatro años.
Cuestión que la hago pasar a Malena y ella me mira como sorprendida, o
más bien como desconfiada, como cuando tocan el timbre un domingo y
antes de abrir la puerta, una espía a ver si no serán testigos de Jehová o
parientes de esos que adoran el factor sorpresa en las visitas inesperadas.
Amargos, dijo, cuando le pregunté cómo prefería los mates, mientras
arrastraba una silla para sentarse junto a la mesa de la cocina. Guardé el
azúcar en la alacena y llevé todo lo demás.
Vos te vas a morir de risa, le avisé, pero esto es todo lo que tengo para
ofrecerte. Esto y un par de tortas fritas.
Le pido mil perdones, señora, me dijo Malena, y yo no entendí por qué.
No pasa nada, Malena. Es que mi marido se fue a ver a los padres el
viernes y me dejó justa de plata. Pero decime, qué se te ofrece.
Malena volvió a enterrar los ojos en el piso. Cuando habló, sus palabras
eran gris clarito y quedaron todas sobre las baldosas, bajo sus pies.
Yo venía a pedirle plata prestada para el colectivo.
La verdad que me morí de vergüenza. Pobre Malena, pensé. La
humillación que le hice pasar, pensando que venía a venderme cosméticos o a
preguntarme si quería firmar por alguna buena causa.
Fue cuando le dije que no tenía un peso que me contestó eso de que
estudiar no tiene sentido.
Igual, no se preocupe, doña. Yo ya sé que, en mi caso, estudiar no tiene
mucho sentido, dijo. Da lo mismo si me recibo o no.
Largó eso y después masticó la torta frita. La pasó con un mate y volvió a
morder, y con la boca llena me dijo qué rica le salió la torta frita, doña.
No supe qué hacer: me sentí una imbécil ante la revelación repentina del
hambre de Malena, que andá a saber hacía cuánto no comía y lo único que
quería era juntar tres con cincuenta para ir a la facultad, porque al otro día
tenía examen, porque había llegado hasta el asfalto pidiendo casa por casa.
Una señora me dio sesenta centavos, pero creo que a la vuelta me cruzo al
almacén y compro pan y huevo. No creo que junte lo que me falta.
Hicimos silencio un rato largo. Yo miraba la nada, pensando en mamá y en
los tiempos de menor abundancia, cuando la casa era una sola pieza y ella
caminaba ida y vuelta hasta la escuela donde daba clases porque todavía no
tenía la bicicleta.
El Hornero la esperaba al mediodía con la palangana azul llena de agua
tibia y sal gruesa, acomodada a sus pies, bajo su lugar en la mesa. Después,
dormíamos todos juntos, si hacía frío, o mirábamos la siesta, si hacía calor.
Me puse de pie de un salto y fui hasta la mesada.
Vení, Malena, le dije. Lavate las manos.
Malena me miró con la curiosidad de una nena que sabe que un cuento está
a punto de empezar, y yo ya no pude más que entregarle mi corazón, que un
poquito roto estaba, pero alcanzaba para las dos.
Amasamos lo que había de harina y salieron diez tortas fritas, que pusimos
en un tupper forrado con papel de cocina y cubrimos con un repasador.
Nuestra primera clienta fue la almacenera, que nos peleó el precio porque
quería cuatro y nos terminó dando setenta y cinco centavos del peso que le
pedíamos por cada una, pero al final aceptamos, porque para nosotras ya era
un montón.
Nos dijo que si otro día llovía, que hiciéramos más, que estaban ricas,
mientras las untaba con un dulce de leche empezado que tenía guardado ahí
nomás, en la heladera de exhibición, donde también guardaba la gaseosa y las
leches.
Saliendo del almacén, enfilamos para la casa de mi vecina, la Fabiana.
Malena me dijo que la había sentido nombrar y que en el Marechal se decían
cosas feas de ella, y ahí fue que la agarré del brazo con suavidad y le sonreí y
le dije:
Si le vendemos las tortas fritas que nos quedan, hacés tiempo para volver a
tu casa, a repasar para mañana.
Sonrió.
Usted es muy buena, me dijo.
¿Por qué seguís tratándome de usted?, le pregunté, ofendida. Yo pensaba
que nos habíamos hecho ñeris.
¿Qué es eso?, quiso saber Malena, y yo le conté, con la misma ternura que
me había contado mi padre:
Un ñeri, le expliqué, es la hermandad y la amistad, todo al mismo tiempo.
Es cariño y complicidad, un secreto compartido, una de las formas más lindas
y misteriosas del amor.
Se le pusieron los cachetes colorados.
Una vez, un Hornero me dijo que los ñeris nacen de la semilla de una
lágrima que brota en el ojo ajeno.
Malena me miró con la duda presa en las pupilas y yo no pude hacer otra
cosa que confesarle:
Sos bosque en mis párpados, hermana.
Justo pasó el viento sur y la abracé con el brazo que no cargaba el tupper
de tortas fritas. Ella se sacó una de las dos bufandas y me la ató al cuello.
Tenés que ir a rendir mañana, le pedí. Vas a ver que vale toda esta pena. La
calle te va a enseñar un montón de cosas, te va a mostrar cuántos corazones
rotos deambulan por la ciudad. Pero en la Universidad te vas a encontrar con
quienes saben que hace falta dar batalla al desamor y a la injusticia.
7

Siempre está quien pregunta a qué edad se fue una de la casa, y hay
quienes responden que a los dieciocho, a trabajar a la capital, y otros que a
los veintipico, después de terminar la facultad. Algunos tienen cincuenta y no
se fueron nunca y eso les duele un poco, y otros tienen treinta y recién
consiguen abandonar el dormitorio lleno de pósters de The Cure.
Cuando me preguntan a mí, digo que me fui de casa a los doce. Es que mi
casa siempre fue la casa que construyó el Hornero; lo otro fue más bien un
refugio del que acabé escapándome cuando las bombas me encontraron.
Esa tarde diluviaba, como desde hacía una semana.
Yo llegué empapada de la escuela y fui a querer darle un beso a mamá, que
estaba en la cocina, tomando mate con don Genaro.
Andá a cambiarte, me dijo ella, medio impaciente, mientras untaba un
suspiro de manteca en una rodaja de pan que no era más gruesa que una
moneda de un peso.
Yo fui para el cuarto y me saqué el guardapolvo y los pantalones, me
envolví en una toalla y en eso de querer enchufar el secador de pelo estaba,
cuando sentí que abrían la puerta a mis espaldas.
Mami, ¿dónde está mi remera verde?, pregunté.
Mamá se me acercó por la espalda y me puso la mano en la cabeza y
cuando miré para arriba, vi que mamá era don Genaro, que me miraba y me
sonría con una sonrisa de hacer cosas feas y se llevaba la mano a la bragueta.
Mirá, me dijo, pero yo no miré.
Me escabullí entre sus piernas, con el corazón hecho una carta arrugada.
Corrí a la cocina y no sabría explicar por qué, me senté a tomar la merienda
semidesnuda, como estaba, como si nada hubiese sucedido.
El tío entró gritando.
¿Y? ¿Hay segunda vuelta de esos mates?
Cuando mamá giró para responderle, me vio.
Recuerdo que me clavó los ojos como espantada y enseguida lo miró al tío,
que puso los suyos en cualquier otro lado y fue a sentarse en el extremo
opuesto de la mesa.
Me llevó años entender lo que sucedió ese día: ella se sentó entre nosotros,
apoyó el plato de pan, se sirvió una taza de té, le puso dos cucharadas de
azúcar y mientras revolvía, le dijo a don Genaro:
Con ella, no, tío. Con la nena, no.
8

Malena vino a visitarme el martes a la tarde. Nos sentamos en el patio, en


los silloncitos de lona, porque había sol.
¿Cómo te fue?
Un ocho.
La felicité con un beso en el cachete y le cebé un mate calentito y quise
preguntar algo que no sé qué era, porque la sirena de ambulancia (esa que
había ignorado todo este tiempo) estalló en mis oídos. Escuché el grito más
desgarrador que alguna vez volveré a oír: alguien, en el frente de casa, pedía
auxilio.
Me levanté de un salto y corrí al frente con Malena pisándome los talones.
A mitad de camino, escuché los puñetazos contra la puerta. Para cuando
llegamos, Sebastián ya había atendido. Forcejeaba en el umbral con una piba
desabrigada y rota de llanto.
¿Qué pasa?, pregunté, muerta de miedo.
¡Se quiere meter, se quiere meter!, gritaba Sebastián, más asustado que
cualquiera de nosotras.
¡Ayúdenme, por favor! ¡Le dio mi hijo, le dio el nene!, suplicaba la gurisa,
que habrá tenido la edad de Malena.
Soltala, le pedí a Sebastián, pero no me hizo caso. Aprovechó la
distracción y de un empujón la devolvió a la calle y le cerró la puerta en la
cara.
¿Estás loco?, le grité.
Los puñetazos explotaron contra la madera.
¡Vos sos la loca! ¿No te das cuenta? ¡Casi nos afanan!
Se puso en el medio y no me dejó alcanzar el picaporte.
¿Qué decís, Sebastián? ¿No escuchaste lo que dijo?
¡Que vaya a la policía, si necesita ayuda!
Quise apartarlo del camino por la fuerza y también me empujó a mí.
¿Qué mierda vas a hacer? ¿A esta también la vas a meter acá adentro?
¿Podés dejar de llenarme la casa de negras, de una puta vez?
Apretó los dientes y miró a Malena de reojo, que no supo hacer otra cosa
que salir corriendo para el patio.
Los puñetazos marcaban el ritmo del llanto desconsolado de la piba y sé
bien por qué no pude soportar más: yo ya había oído llorar así, de cuerpo y
alma, y aquel día también hubo un hombre sin corazón entre la carne rota y la
puerta hacia la libertad.
Jamás voy a olvidarme de la cara que puso Sebastián cuando le di la
cachetada. Me miro con lástima y asco y un poquito de desesperanza. Abrió
la puerta y salió a la calle y detrás de él salí yo, para juntar a la gurisa, que ya
golpeaba suavecito, con los nudillos llenos de sangre y la sangre llena de
lágrimas.
Quise llevarla al patio, pero con palabras que apenas comprendí,
pronunciadas a los gritos, me hizo saber que prefería permanecer adentro. Le
llevó un buen rato juntar la suficiente calma como para pedirnos que
llamáramos a la policía porque un hombre que no conocía tenía a su hijo.
¿Sabés dónde lo tiene?, le pregunté, haciendo nido con mis manos para
cobijar las suyas, que eran dos pajaritos que no dejaban de temblar.
Allá, decía ella, con los labios llenos de sus propios mocos. Tenía
moretones en todo el cuerpo y habían usado sus hombros y su espalda de
cenicero.
¿Allá, dónde?
Allá, allá, repetía, aterrorizada, sacudiendo la cabeza.
Fue Malena la que me explicó:
Esta estaba presa en lo de la Fabiana, me dijo.
La piba le dijo que sí con los ojos.
Cuando llegó la policía, la Fabiana, la hermana y los clientes se habían ido
hacía rato.
Contó la chica que se llamaba Selene y que el nene de ella se llamaba
Kevin. Dijo que tenía veintiún años y que al nene lo había parido a los
diecisiete, ahí adentro. Dijo que gracias al nene no había perdido la noción
del tiempo. Dijo que los tipos le pagaban a la Fabiana para que los dejara
violarla y que uno de ellos le había ofrecido mucha plata para que le preste la
criatura.
Contó la compañera de Selene que se llamaba Paola, pero que la Fabiana la
hizo conocida en Comodoro con el nombre de Pola, porque así le decía el
nene de la Selene. Dijo que tenía veintitrés años y que había llegado a los
dieciséis. Dijo que en la casa eran siete: ella, la Fabiana, la hermana, el tipo
que las ayudaba a cuidarlas, el Dylan, la Selene y la Candy.
Contó la última gurisa que se llamaba Candy y que también tenía un hijo,
pero en Buenos Aires. Dijo que su padre la había castigado, la había hecho
abortar a golpes y la vendió a la Fabiana. Dijo que ella siempre supo que se la
llevaban para puta, pero que jamás creyó que la iban a tener presa. Dijo que
en la casa de la Fabiana estaba prohibido llorar y que la Gloria, la hermana de
ella, la tuvo una vez tres días sin comer, para que perdiera fuerzas, para que
llorara más bajito.
9

Pasaron muchos meses hasta que junté la plata para abandonar a Sebastián,
que desde aquel día se había convertido en poco más que un pedazo de carne
podrida.
Cada vez pasaba menos tiempo conmigo. Ese último miércoles me avisó
que el viernes se iba a Cañadón Perdido. Que me dejaba veinte pesos. Que el
domingo, después del almuerzo, llamaría para avisar a qué hora volvía el
lunes.
El sábado a la tarde preparé los mates por última vez. Fue Malena la que
puso las tortas fritas, porque sabía que yo estaba ahorrando y porque el día
que había ido a rendir, le salió un trabajo en la fotocopiadora frente a la
facultad. Le pagaban jornal y estaba en negro, pero para el pasaje ya no le
faltaba.
Malena vino a despedirse, era la única que sabía que me iba. De paso, me
trajo la bendición de su mamá, que le había dicho que yo era como su ángel
de la guarda.
Sos muy valiente, me sonrió, y yo respondí que no.
Huyo antes de salir lastimada, hermana. Y me duele en el alma, te lo juro.
Pero Sebastián jamás podrá salvarme de él mismo.
Ella tomó el mate en silencio. Después de un rato, suspiró:
Hay que ser valiente para escapar desnuda.
Malena me contó que en el Marechal se decía que la Fabiana y la Gloria se
habían fugado continente adentro, en un Duna blanco. Esto, contado por el
marido de la Chili que, según Malena, conoce todos los kiosquitos de la ley
porque es policía.
¿Y qué fue de las chicas?
Supongo que las habrán llevado a sus casas.
Ojalá, murmuré, pensando en todos esos ojos achinados de tanta luz
negada que las embestía de repente. Habían vivido demasiado tiempo en la
oscuridad, un poco por culpa de los monstruos que las lamían con lenguas de
sombra, otro poco por culpa del silencio cómplice de un barrio de esos en los
que los vecinos creen que nunca pasa nada.
¿Te enteraste que agarraron al tipo que le pagó a la Fabiana para manosear
la criatura?
Una buena, la cana.
Malena chupó el mate, ahogando la ironía con el sorbo de yuyos.
Ya quisiera, el fiambre. Lo agarraron los capos. Parece que toda la falopa
que encontraron la había traído él. Venía a hacer una entrega, un laburo para
un porteño al que le debía guita. Tenía pedido de captura, contó el marido de
la Chili. Dice que se llamaba Carlos. Carlos no sé cuánto, no me acuerdo,
pero le decían Keta.
10

Malena nunca me preguntó cómo nos conocimos con Sebastián. Siento que
jamás necesitó saberlo, que las palabras putrefactas que había escuchado de
su boca le parecieron motivo suficiente para comprender mi evasión.
De haber preguntado, le hubiese contado que Sebastián me escribía cartas
hermosas que yo imprimía en el cibercafé y releía una y otra vez sobre el
colchón finito de la cama de la pensión, que de repente se quiso parecer a un
nido, de lo feliz que me sentía.
Sebastián escribía, yo suspiraba la noche entera, y al día siguiente corría a
responderle. A veces, él demoraba semanas en volver a escribir. Solamente
una vez le pregunté sobre sus tiempos y Sebastián me respondió que, en
ocasiones, le tomaba días encontrar las palabras precisas para hablar
conmigo. Debería haber sospechado que alguna tormenta lo acompañaba,
pero es tan fácil perderse en un bosque de palabras hermosas. Tarde
comprendí el daño que puede provocar el amor virtual.
Cuando alguien habla de amor a distancia, su voz siempre suena como si
estuviera contando una mala noticia. Por eso quisimos hacer de la distancia
parte del plan, y decidimos que era hora de encontrarnos.
Nos tomó mucho tiempo más reunir el dinero suficiente. Ahorré cada
centavo, lo juro. Comí menos y me mudé a un cuarto compartido con más
chicas, porque así era más barato. Creo que fue ahí cuando comencé a
equivocarme. Es curioso cómo opera el cerebro bajo los efectos del amor
idealizado, que nos deja pasar por alto los sacrificios impensables que
hacemos con el cuerpo y el alma para alcanzar la plenitud prometida en la
concreción del deseo.
Debería haber sospechado que las palabras también pueden ser enemigas,
si yo bien sabía de ese poder que tienen de disfrazar una ficción gris de nido,
y hacer migrar al pájaro que fuimos alguna vez, que permanece enjaulado en
nuestras vísceras.
Ahora que lo pienso, habré elegido mirar para otro lado, creer en el amor
que me ofrecía Sebastián porque un poco había podido sanarme a la
distancia. Lo idealicé como antídoto para las formas retorcidas del cariño de
los hombres, que descubrí demasiado pronto. Esa fe virtual se me presentó
como la última oportunidad para deshacerme del daño, pero ocurre que
cuando el daño está guardado en los sueños y también en todos los desvelos
es inútil echar a andar el cuerpo. Cuánto tiempo más nos engañarán las
máquinas de la fe antes de que algún corazón roto invente la máquina de
deshacer pesadillas.
11

Era de noche. La gente iba de acá para allá, de brazos cruzados y caras
solemnes por culpa del viento, que no daba tregua. La terminal era un mar de
fantasmas azules que esperaban y suspiraban, movían las piernas traslúcidas
y fumaban con la impaciencia de un fantasma que ha estado preso en este
mundo de mortales demasiado tiempo.
Lo vi enseguida. Qué no lo iba a ver, si tenía una carita. Él no era un
fantasma azul en una terminal del sur.
Me di cuenta enseguida de que estaba solo, solo en ese momento y solo
desde algún antes que se le desparramaba en la ropa llena de agujeros y esos
ojos suyos, que se encontraron con los míos. Un enjambre de luciérnagas
flotaba en el pastizal de sombras de sus pupilas curiosas.
La imagen de ese pajarito gris me hizo pensar en el preciso instante en que
la tristeza se apoderó del cuerpo del Hornero y, casi por inercia, dejé caer el
bolígrafo sobre la libreta con la esperanza de arrancarme de las vísceras esa
carta que tenía presa en mi cabeza hacía muchísimos años.

Querido Hornero,
anoche renté un cuarto de hotel por primera vez en mi vida. Viajé de
Comodoro Rivadavia a Rawson para tomar un colectivo que me lleve a
Buenos Aires. Dormí sola y con los ojos llenos de lágrimas; muerta de frío y
muerta de amor, porque lo que creí que era amor se me volvió en contra y
convirtió las mariposas en cuchillos.
Hoy continúo mi viaje con los bolsillos llenos de promesas rotas, pero me
siento afortunada. Me llevo una amiga nueva y una historia para contarle a
quien ande por la vida sin precaución, amando ficciones que acaban
desnudándose para revelar la imagen de la decepción más cruda.
Ojalá hayas estado en lo cierto, Hornero, y ahora seas una de estas estrellas
que espían mi libreta a través de la ventana del micro. Hoy más que nunca,
necesito de ese nido que nos construiste convencido de la felicidad eterna.
Tal vez, también me haga falta la certeza de que el amor no se ha muerto todo
con vos.
Un pibe que viaja conmigo me mira como miran los perros de la calle, que
saben cuándo morder y cuándo acercarse. Me espía, porque cree que no me
doy cuenta, y cuando tuerzo el pescuezo, voltea y se queda mirando las luces
azules del ómnibus.
Tal vez esto no sea más que una farsa, pero igual hay que darlo todo: me
acecha en este momento la posibilidad de creerme la protagonista de una de
esas películas en la que, quienes se enamoran se miran así, con esa mezcla de
curiosidad y recelo, hasta que por fin se atreven a dirigirse la palabra.
Y con la palabra viene el vino, el vaso en los labios, el beso en los pánicos,
un picnic y un parque, un por qué y la decepción de recordarse humanos y de
saberse condenados a torcer las piernas por el camino del placer, aunque el
torso vaya para otro lado, a un lugar más seguro, y es aquí donde el miedo
emerge.
El escalofrío me encuentra en el preciso instante en que los amantes se
perdonan, se tiran a la cama y se envuelven en piernas rotas de tanto tirar para
otro lado. Cuánto duele torcer para no soltar.
Quisiera dormir, pero no puedo. Miro por la ventanilla, buscando la
estrella que creo que señalaste el día que supe que la carne acaba pudriéndose
para que lo que brilla adentro nuestro vuelva al cielo.
Creo que a Sebastián le daba placer verme con los remos. Creo que a mí
me dio rabia descubrir que él no era el mar.

Abrí los ojos y los tenía húmedos porque me dormí pensando en el


Sebastián que me escribía cartas de amor cuando vivía en Buenos Aires.
No sé decir si la palabra trampa alcanza para describir esa capacidad que
tenía de hacerme protagonista del universo que era capaz de escribir, pero del
que jamás se atrevió a hablarme el tiempo que pasamos juntos. Como si
hubiese conocido a dos personas diferentes. Como si dos personas diferentes
lo habitaran. Como si con los dedos fuera capaz de decir cosas que la boca no
se atrevía a pronunciar.

Hornero, pienso ahora en la necesidad imperiosa de separar el amor del


deseo. Pienso en eso y también en Sebastián, que me miraba con deseo, pero
nunca con amor. No digo que esté mal, porque no hay mal ni bien: solo
consecuencias. Y él no quiso hacerse responsable de las consecuencias de
disfrazar de amor las ganas que tenía de habitar un cuerpo. Mi cuerpo.
Creo que Sebastián se parece un poco a esos turistas que prometen volver a
la playa donde pudieron sentirse libres, pero que jamás se atreverán a dejarlo
todo y caminar la arena para siempre.
12

Querido Hornero,
atrapada en las vísceras de este ómnibus, pienso en el Enamorado de la
libreta amarilla, que siempre venía al cibercafé donde trabajaba. Tenía el pelo
blanco y alguna tristeza encarcelada en esos ojos acuosos suyos, un pedacito
de firmamento que le habrá quedado de sus días de pájaro.
Casi como un ritual, el Enamorado compraba café de máquina, pedía la
computadora número nueve, apoyaba el vaso de plástico junto al teclado y
pegado al vaso, sus notas, escritas en una libreta de tapa de cartón amarillo
igual a esta en la que te escribo yo, porque me la regaló él.
El día que el cliente de la computadora número nueve me descubrió
llorando detrás del monitor del mostrador, me preguntó qué sucedía y su voz
se pareció un poco a la tuya, Hornero. Fue por eso que alcé los ojos con tanta
prisa. Con el envión, la sal se desprendió de mis pestañas húmedas y le
revoleé un par de lágrimas sobre el suéter gris.
Lloro porque creo que encontré una cosa que se parece mucho al amor, le
dije.
Él me envolvió en un relámpago de acuarela celeste y me sonrió con los
dientes pintados de tanto café.
Qué poca prensa tienen los milagros últimamente, me dijo, y apoyando la
libreta y los codos sobre el mostrador, sonrió y me pidió que le cuente más.
Le regalé el café porque no sabía cómo pagarle el interés genuino, como
ratoncitos con farol, espiándome bajo el umbral de carne de sus párpados.
Hay algo acá, acá adentro, que me dice que deje todo y me vaya al sur.
Algo que se despertó con cada carta que me escribió Sebastián, pero que no
sé qué tanto tiene que ver con él, y eso me espanta un poco.
Qué difícil, respondió el Enamorado de la libreta amarilla, bebiéndose el
café de un trago y pidiéndome un poco más con apenas la complicidad de una
sonrisa.
Debe ser por eso que lloro. ¿Puede una persona amar más la carta que las
manos que la escriben?
El Enamorado pensó un rato largo, con los labios bailando sobre el borde
de plástico y la mirada perdida en alguna imagen que estaba impresa en su
memoria desde hacía muchos años.
Te voy a contar una cosa, me dijo por fin. Yo también escribo cartas con la
esperanza de habitar las ficciones que llenan estas libretitas. Qué te puedo
decir. Se ve que escribimos porque con soñar, a veces, no alcanza.
Escribimos como si escribiésemos conjuros, y no esperanzas. Y ese es el
problema: querer vestir a quien se ama con las propias ficciones.
¿Usted a quién le escribe?, quise saber, y el Enamorado de la libreta
amarilla se puso colorado.
A un amor que dejé en España, me confesó, bajando la voz.
¿Se arrepiente?
Sonrió como si recordara algo hermoso.
Más me hubiese arrepentido de no haberme detenido a amar. Porque lo
maravilloso del amor no es la gloria íntima de los amantes, sino las bondades
que siembra cuando quienes aman vuelven a habitar el mundo que respira
detrás de las paredes que les guardan el secreto de la desnudez. El amor nos
hace mejores personas, piba , me aseguró. Porque el amor será las flores del
patio, pero también la membrana líquida de los techos rotos.
Lagrimeamos juntos, y ese día le expliqué lo que significa ser ñeris,
porque ahora éramos eso.
Tomá, me dijo el Enamorado, y me regaló una de sus libretas, con las hojas
en blanco. Esto es para que escribas las ficciones que quieras habitar.
Por eso escribo esta carta, Hornero. Para volver a la casa que construiste
para mí. Para volver a la alfombra.
Cómo nos acosa la necesidad del retorno cuando todo parece
ensombrecerse. Será, acaso, la nostalgia, la parte honda del río donde
hacemos pie para volver a la superficie.
13

Mi historia no es linda, señora, me dijo el pibe, mojando el pan en la poca


salsa que quedaba desparramada en el fondo de la fuente de plástico.
Yo le pedí por favor que no me dijera señora, que ahora nosotros también
éramos ñeris, porque él me había contado su historia y yo le había contado la
mía, y un poco de compañía nos habíamos hecho, a pesar de tanto paisaje
repetido.
Señora no, decime por mi nombre. Yo me llamo Sara. Sarita, para las
amistades.
Me reí porque soné como mis vecinas del sur.
Mucho gusto, Sarita, yo me llamo Rafael.
Nos estrechamos las manos para sellar el pacto cómplice.
Oreja, para las amistades, agregó, con una sonrisa de pan masticado.
El apodo me pareció acertadísimo.
No te rías, no es por las orejas, che. Me lo puso el Ángel, allá, en el penal.
Pasa que yo también escuché la historia de él. Un viaje, la historia del Ángel.
Igual, ese día habíamos comido una polenta re fulera, nada que ver con esto,
eh. Te pasaste con los ravioles, ñeri. Eh, ¡te seguís riendo!
Pero no me río de vos, Oreja, le expliqué. Me río porque estoy contenta.
¿Contenta de qué?
¡De qué va a ser! Estoy contenta de que seas mi ñeri.
Yo me di cuenta de que mis palabras lo ponían nervioso. Después de todo,
la gente ya no se hace amigos así como así, un día cualquiera, en un lugar
cualquiera. Lo inesperado no tiene cabida en un mundo que decidió creer en
los relojes y las agendas.
Te quiero decir otra cosa, pero si te reís de mí, cierro el pico y me vuelvo a
mi asiento.
Rafael se había puesto serio, muy serio, como esos nenes que rompieron
algo, como esas nenas que están a punto de contar un secreto.
Yo no tengo dónde ir, pero igual estoy yendo. Antes tenía a Agustín, y
antes de Agustín, tuve a mis hermanos. A mis viejos no, a ellos no los tuve
nunca. Y de mis hermanos no me queda más que el recuerdo.
Un recuerdo es un montón, Rafael.
Me miró como tratándome de bruta, así, por el rabillo del ojo y torciendo
los labios en una sonrisa soberbia.
Un montón es tener una casa donde volver, Sarita. Un montón es comer
todos los días. Un montón sería saber que mis hermanos me están esperando.
Tenés razón, murmuré, poniendo los ojos en otro lado.
¿No te das cuenta de que las personas somos como cárceles? Un recuerdo
es una celda, nada más.
¿Y por eso te rompiste tanto?, quise saber. ¿Para ver si así volvías a
encontrarte con tus hermanos?
No me respondió. Temí haber invadido su cabeza. Miré por la ventanilla y
los edificios bonaerenses nos vieron pasar, camino a Retiro.
Estamos llegando, comenté con amargura. Yo sabía que en la pensión
siempre había lugar para una más, pero el Oreja no podía venir conmigo y en
el fondo, eso me dolía un poco.
Siempre me pregunté cómo terminan en la calle las personas que ahí viven.
Los que se amuchan bajo los puentes, en las estaciones de tren y en las
entradas de los edificios, que cada día, a las seis, levantan la casa sobre el
lomo, le dicen buen día a los porteros y van a sentarse a alguna plaza, a ver
cómo el mundo de los visibles acontece frente a ellos. Tuve miedo por
Rafael; debe ser feo que tu almohada sea una baldosa.
¿Y si volvés a tu casa?, le propuse.
Me miró con impaciencia.
No.
¿Y doña Pachi?
Pude oír cómo se quebraban sus pupilas, que hicieron un ruido como el
que hacen los cubos de hielo que se arrojan en los vasos de soda, una siesta
de enero.
No sé nada de doña Pachi.
Y después tragó saliva y la voz le tembló más que nunca.
Te juro que me quiero bajar en Liniers y salir a buscar merca.
Y el hielo se hizo líquido y le llovió sobre el cuerpo roto y yo no pude más
que abrazarlo, por temor a que se desarmara como se desarman los castillos
de naipes.
Se frotó los ojos y se limpió los mocos con las mangas.
¿Sabés hace cuánto que no lloro, Sarita? Estuve preso toda la vida.
Largó aire hirviendo por la boca, en ese suspiro que antecede al exorcismo.
Debe ser que ahora lloro porque me siento libre. Pero igual, acá adentro
todavía hay un pájaro que se está muriendo, gimió, golpeándose el pecho.
Un par de pasajeros voltearon a vernos, pero no nos importó.
Le besé la frente y lo abracé con todas mis fuerzas y él también me abrazó
y ahí supe que Rafael tenía razón, que había un pajarito ahí, un gorrión
agazapado en el agujero de un techo, temblando por culpa de la tormenta que
cae a pedazos sobre los nidos de los humanos durmientes, porque es de noche
y porque de noche las tormentas se parecen más a la voz de un monstruo que
viene a comernos.
A mí me gusta pensar que somos una fruta, dije, después de un rato.
Él se rio con una risa que jamás podré describir, se rio como se reiría el río,
como el pibe que era, y dejó de temblar un instante.
De verdad, te digo, estamos más cerca de ser una fruta que una jaula. Vos
pensás que tu carne son barrotes y te olvidás que las frutas también deben
romper la pulpa para dejar que la semilla bese la tierra. Si seguís creyendo
que sos una cárcel, nunca te vas a poder dis-frutar.
Rafael permaneció en silencio, con la mejilla apoyada en mi hombro.
¿Será que está todavía?, preguntó.
¿Qué cosa?
La pieza.
Vas a tener que ir a ver.
El limonero está seguro.
¿Y vos?
¿Yo qué?
¿Será que vos todavía estás allá y estás yendo a buscarte?