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DECISION ECONOMICA Y DISCURSO DE LEGITIMACION EN

LA MODERNIZACION CAPITALISTA
DE AMERICA LATINA
Jorge Gonzalorena Döll

Santiago, enero del 2001

1. INTRODUCCION

Se suele invocar el término “modernización” para referirse a las


profundas transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales
que han tenido lugar en el curso del último cuarto de siglo en América
Latina. Como se sabe, estos procesos de transformación han sido a la
vez impulsados y condicionados por una tendencia mayor, fuertemente
acelerada durante este período, a la mundialización de la economía.

Sin embargo, se ha hecho muy frecuente el asumir el estudio de


este fenómeno y de los problemas y desafíos que plantea ante
nosotros de un modo sesgado, destacando casi exclusivamente sus
aspectos instrumentales, pero pasando por alto la significación social,
es decir humana, que adquiere en el marco del actual sistema
económico.

Visto en sus dos dimensiones, se trata de un proceso que


conlleva efectos extremadamente contradictorios o que, dicho en
términos más precisos, agudiza al límite las contradicciones inherentes
al desarrollo capitalista.

Lo que pretendemos no es tanto pasar revista a dichos efectos


contradictorios como identificar el rol desempeñado por los sujetos
protagónicos de los cambios acaecidos y sus discursos de
legitimación.

Para ello, procuraremos, del modo breve y esquemático que el


espacio aquí nos permite

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a) describir la naturaleza de las transformaciones económico-
sociales operadas, el modo en que ellas se ha llevado a cabo y
sus principales efectos sociales

b) identificar a los sujetos que han impulsado y orientado de un modo


más decisivo esas transformaciones así como las características
más relevantes de su accionar

c) examinar críticamente los discursos de legitimación que dichos


sujetos han esgrimido como justificación de las políticas
implementadas

1. CARACTERISTICAS DE LA MODERNIZACION CAPITALISTA


DE AMERICA LATINA EN EL ULTIMO CUARTO DEL SIGLO XX

Durante el periodo que examinamos se ha operado un vuelco muy


profundo en la economía de la región, cuyos aspectos y rasgos más
característicos se sintetizan en:

1. el desmantelamiento del modelo de industrialización sustitutiva de


importaciones (ISI), reinstalando en una versión actualizada el
viejo modelo primario-exportador

2. el desmantelamiento del tipo de Estado nacional-popular que el


modelo ISI trajo aparejado, desplazando su rol hacia las tareas
propias de un Estado guardián

3. una desregulación y extensión de los mercados, apoyado ésto en


un vasto traspaso de actividades estratégicas y servicios públicos
tradicionales a la esfera de los negocios privados

4. una enérgica apertura de los espacios económicos nacionales a


las inversiones productivas y a la libre circulación de mercancías,
servicios y flujos financieros transnacionales

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5. un rápido proceso de urbanización sustentado en la
modernización capitalista de la agricultura y en el éxodo masivo de
la población desde las zonas rurales que ello genera

6. una acelerada incorporación de nuevas tecnologías de


producción, distribución y comunicación que posibilitan elevar
significativa aunque focalizadamente la productividad

7. una persistente reducción, flexibización y precarización del empleo


que corre a la par de un notable incremento de la llamada
“economía informal”

8. una redistribución muy regresiva del ingreso que, sustentada en


diversos mecanismos, busca en definitiva intensificar y dinamizar
el proceso de acumulación del capital

El aspecto que más se enfatiza en la literatura académica como


causa de este desarrollo, es la revolución científico-técnica operada
principalmente en el campo de las tecnologías informáticas y
comunicacionales y su impacto sobre los procesos productivos. Los
efectos sociales de este desarrollo parecen derivar entonces de la
propia naturaleza técnica de tales cambios.

Sin embargo, ello implica pasar por alto los condicionamientos y


consecuencias imputables no al cambio tecnológico en sí, sino al modo
de organización social en que tales transformaciones técnicas han
tenido lugar. No se advierten entonces, o se ignoran en forma
deliberada, los efectos contradictorios que derivan de ese
condicionamiento:

a) el progreso técnico opera en una dirección, incrementando


notablemente la productividad del trabajo y con ello la capacidad
de acción del ser humano sobre la naturaleza

b) los condicionamientos sociales operan en la dirección contraria,


traduciendo ese progreso técnico en un incremento de las
desigualdades y, en consecuencia, del poder de unos sobre otros

3
Más aún, la ideología dominante exalta el interés privado y la
competencia resultante como el gran motor del progreso técnico, pero
sin reparar en el carácter errático e insaciable del impulso generado por
el afán privado de lucro y sus devastadores efectos.

El curso que sigue esta evolución es, en realidad, una fuente


inagotable de despilfarro, inequidad e ineficiencia social y de una seria y
creciente amenaza de autodestrucción del género humano, sea por la
vía de una exacerbación de los conflictos sociopolíticos, en cuyo
horizonte permanece latente aún el peligro de un holocausto nuclear, o
por la vía de una más insidiosa pero igualmente creciente y mortífera
destrucción del medioambiente.

Desde hace al menos cinco décadas que se viene enfatizando en


los medios académicos y gubernamentales la necesidad del desarrollo
económico y social. Ello implica superar el atraso técnico, erradicar la
miseria y avanzar, como lo proclamó solemnemente la ONU en los años
70, hacia un Nuevo Orden Económico Internacional, capaz de permitir
una vida digna, segura y confortable para todos los seres humanos.

En el contexto latinoamericano, una de las voces que en mayor


medida ha canalizado y contribuido a dar forma a estas aspiraciones ha
sido la de la CEPAL, cuyas propuestas quedaron plasmadas durante la
última década en un insistente llamamiento a favor del “crecimiento con
equidad”.

Sin embargo, hasta ahora el desarrollo de los acontecimientos


está muy lejos de ir efectivamente por esos cauces de mayor justicia y
equidad social. La pregunta que cabe entonces es ¿por qué hasta ahora
todos los intentos de revertir las tendencias globales en curso han
terminado en un fracaso?

El significado de lo que en realidad está ocurriendo salta a la vista


y es conocido por todas las personas medianamente informadas: es
que, en virtud de la racionalidad económica dominante, de efectos tan
previsibles como contradictorios, el alucinante éxito de unos pocos

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supone al mismo tiempo el angustioso e irremisible fracaso de los más,
pero de un fracaso que adquiere hoy una connotación extrema de
miseria, exclusión y abandono.

Todo ello configura un espectáculo en extremo grotesco: en una


época en que el repertorio de posibilidades y medios materiales son
incomparablemente mayores que nunca antes en la historia, nada
menos que la mitad de la humanidad sobrevive en condiciones de
pobreza y una cuarta parte de ella en la miseria más extrema. En un
momento en que la capacidad de producción de alimentos excede
claramente las necesidades humanas casi mil millones de personas
padecen hambre.

Es este verdadero escándalo del presente, al que ya en cierta


medida nos hemos habituado, lo que deben constatar uno tras otro los
sucesivos informes preparados por los organismos internacionales
sobre la realidad económico-social del mundo de hoy. En lugar de
decrecer, la brecha entre pobres y ricos se ha convertido ya en un
abismo que no cesa de acrecentarse.

“La realidad muestra que no estamos ganando la batalla contra la


pobreza” reconoció amargamente Joseph Stiglitz desde su cargo de
economista jefe del Banco Mundial (BM) al presentar el informe sobre
Desarrollo Mundial de ese organismo para 1999. Según dicho estudio
el ingreso per cápita promedio de los países más pobres descendió de
3,1% del ingreso de los países ricos en 1970 a sólo 1,9% en 1985.

Sin embargo, el deterioro que experimentan los más pobres no es


registrable sólo en términos relativos sino también en términos
absolutos. De 1.200 millones que en 1987 vivían con un ingreso inferior
a un dólar diario, el informe del BM constata que se ha pasado ya a
1.500 millones -lo que significa que un 25% de la población mundial
sobrevive en condiciones de indigencia- y pronostica que para el año
2.015 su número ascenderá a 1.900 millones de personas.

Además, el informe constata que la expectativa de vida, que entre


1970 y 1997 se elevó de 55 a 65 años como promedio, se encuentra

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actualmente en declive en 33 países, especialmente debido a la
descontrolada expansión de enfermedades como el SIDA (El
Observador Económico, 21/09/99)

¿Qué es lo que explica los sucesivos fracasos de los planes y


programas anunciados a todo nivel para hacer frente a esta inquietante,
absurda e injustificable realidad humano-social? ¿Qué podemos y
debemos hacer para avanzar hacia una efectiva superación de ella?

A nuestro juicio, constituye un deber ineludible de las ciencias


sociales hacerse cargo de esta problemática, que representa sin lugar a
dudas el desafío central que hoy encaramos como civilización, y
evidenciarse al mismo tiempo capaz de dar una respuesta clara y
consistente a sus principales interrogantes .

2. LOS SUJETOS PROTAGONICOS DE LA MODERNIZACION


CAPITALISTA EN AMERICA LATINA

Como sostiene el destacado economista brasileño Celso Furtado,


toda decisión económica encuentra su coherencia última en un
proyecto que introduce un sentido unificador en la acción del agente
que la adopta. Es por ello que el conocimiento científico de la realidad
social no puede ser alcanzado en el cuadro metodológico de la llamada
"economía positiva", que aborda el estudio de los problemas
económicos como si tratase con fenómenos naturales, excluyendo de
su campo visual la acción libre, intencionada y consciente de los
sujetos.

Si la vida social constituye un proceso, y supone por tanto una


constante interacción entre sus diversos componentes, que además
tiene sentido, vale decir que no sólo es globalmente inteligible sino
también que posee una direccionalidad que le es impresa, al menos en
parte, por decisión de quienes son parte de él, la percepción global del
significado de ese proceso social pasa inevitablemente por la
observación de la acción los agentes que controlan los principales
centros de decisión, es decir de quienes detentan y ejercen poder.

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Cabe distinguir aquí entre las estructuras centrales de poder,
plasmadas en la existencia del Estado, y las estructuras colaterales de
poder, visibles hoy en la gigantesca concentración del poder económico
(grandes empresas) y de la información (grandes cadenas de prensa,
radio y TV). Es en torno a las decisiones emanadas de estos centros de
poder que se ordena el amplio y multifacético proceso de la vida social.

El cientista social podrá considerar que muchas de esas


decisiones son equivocadas, es decir incapaces de producir los
resultados esperados por quienes las tomaron, o inadecuadas, es
decir en desacuerdo con los auténticos intereses de la sociedad. Pero
en uno y otro caso estará comparando medios con fines, lo que
evidencia que es consciente de la existencia de un conjunto coherente
de valores sin lo cual no le sería posible entender o conferir sentido a la
vida social.

Resulta instructivo por ello observar cómo han actuado realmente


los diversos sujetos que se posicionan sobre el escenario económico
nacional o mundial, y muy especialmente aquellos que, en virtud de las
relaciones de poder existente, han ocupado allí una posición
estratégica, imprimiéndole una orientación definida al rumbo en que
evoluciona la sociedad.

Desde esta perspectiva los sujetos claves que participan del


bloque en el poder, ejerciendo una influencia decisiva sobre el curso de
los acontecimientos en este mundo cada vez más globalizado, son las
ETN, los organismos internacionales rectores del sistema, los
gobiernos encargados de administrar los espacios económicos
nacionales y, asumiendo más recientemente un rol crecientemente
protagónico, los megaespeculadores.

Si bien los intereses de estos actores no son completamente


homogéneos, lo que da pie a incensantes fricciones y conflictos entre
ellos, globalmente todos detentan una misma posición de clase y
comparten por ello un mismo “punto de vista”, una misma visión
estratégica sobre la dirección en que los acontecimientos pueden y
deben ser encaminados.

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Las empresas transnacionales

Los Estados nacionales, o más precisamente los gobiernos que


los encabezan, han dejado de ser el sujeto clave en el nuevo escenario
económico que se va configurando en el marco del sistema capitalista
mundial a partir del término de la segunda guerra mundial, dado el
creciente y decisivo peso que han llegado a adquir en él las ETN.

La influencia de éstas sobre las relaciones económicas


internacionales se ha acrecentado en forma notable e ininterrumpida en
el curso de las últimas décadas, constituyéndose en los sujetos
protagónicos de la acumulación de capital a escala mundial.

De alrededor de 7.000 en los años 60 su número ha crecido a


cerca de 40.000 en la actualidad. Sus ventas superan los flujos
asociados al comercio mundial, del que alrededor de un 40% es
intraempresa, al tiempo que generan la mayor parte del flujo
internacional de capitales, destacando la inversión extranjera directa
como uno de los mecanismos fundamentales de su expansión.

El ambiente en que se desenvuelven las ETN es el de una virtual


"guerra económica global" por el reparto de la riqueza planetaria. El
objetivo de esta guerra moderna no es ya la conquista de territorios,
como en el pasado, sino de mercados.

El significado de su presencia en los países del “tercer mundo” se


aprecia claramente al comparar los flujos netos de inversión directa a
esos países con la repatriación de utilidades desde ellos. Para el
período 1970-80 tales montos fueron de 62.615 y 139.703 millones de
dólares respectivamente, lo que significa que por cada dólar invertido
las ETN remitieron aproximadamente 2,2 dólares a sus países de
origen.

El cambio operado en las últimas décadas en la economía


mundial se localiza en el propio eslabonamiento del proceso productivo.
Lo que existía en el pasado era una integración superficial de flujos

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comerciales. Lo que ahora emerge es un sistema internacional de
producción organizado por las ETN. El factor clave en este plano ha
sido el desarrollo de las nuevas tecnologías de información,
comunicación y transporte que suministran a los procesos productivos
una movilidad y flexibilidad geográfica nunca antes vista.

Todo parece indicar que las consecuencias de la revolución


cibernética que hoy tiene lugar sobre las formas y condiciones de vida
de la gente serán tan profundas como lo fueron en el pasado las
provocadas por la revolución agraria y la revolución industrial.

- Algunas de las múltiples interrogantes que se plantean conciernen a:

- la relación entre el Estado-nación y la creciente autonomización de


los procesos económicos mundializados

- las consecuencias de la creciente desproporción entre el capital


productivo y el especulativo

- el significado de un elevado desempleo mundial crónico que


alcanza ya niveles del orden del 30% de la PEA

Los organismos rectores del sistema

Las ETN despliegan su acción en un escenario económico


internacional en el que se hallan también presentes otros actores
claves. Existe un orden mundial plasmado en un marco institucional que
-en forma de organizaciones, resoluciones escritas o no escritas,
acuerdos y recomendaciones- regula las relaciones económicas del
mundo y que se sustenta en las reinantes relaciones de poder.

Simplificando al máximo podemos decir que ese orden mundial


es la superestructura de la economía mundial, formando parte
fundamental de él en el escenario abierto a partir del término de la
segunda guerra mundial el sistema de las Naciones Unidas, el acuerdo

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de Bretton-Woods y las reglamentaciones del GATT que culminaron
con la reciente constitución de la Organización Mundial de Comercio
(OMC)

Un ejemplo muy ilustrativo del modo como este orden mundial


responde a las relaciones de poder existentes, marcadas en este
período por la hegemonía de los EEUU, lo proporciona la actuación que
despliegan organismos internacionales como el Fondo Monetario
Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM).

Uno de los testimonios más impactantes y esclarecedores de


esto, por provenir de quien fuera hasta hace poco vicepresidente del
BM, es el ofrecido por Joseph Stiglitz en abril del año 2000 sobre el
modo en que el FMI hizo frente a la delicada situación financiera que
afectó a la mayor parte de los países asiáticos a partir de mediados de
1997:

“ ... a fines de 1997, en una reunión de ministros de finanzas y


gobernadores de bancos centrales en Kuala Lumpur, entregué
una declaración cuidadosamente preparada, revisada por el
Banco Mundial: sugerí que un programa fiscal y monetario
excesivamente contractivo podía desembocar en disturbios
sociales y políticos en Indonesia. De nuevo, el FMI no se movió
(...) El FMI siguió adelante, exigiendo reducciones en el gasto
público. Así que se eliminaron los subsidios para necesidades
básicas como alimentos y combustibles justo en los momentos
en que las políticas contractivas los hacían más necesarios que
nunca ...” (Joseph Stiglitz, “Lo que aprendí durante la crisis
económica mundial”, El Mostrador, 06/2000)

- Lo anterior lleva a Stiglitz a formularse la siguiente pregunta:

“ ¿El FMI y Estados Unidos impusieron estas políticas porque


realmente creían que ayudarían a Asia, o porque pensaron que
beneficiaría los intereses financieros de EE.UU. y el mundo
industrializado? Y, si creíamos que nuestras políticas estaban
ayudando al este asiático, ¿dónde estaba la evidencia? Como

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partícipe de esos debates, yo pude ver la evidencia. Y no había

Se debe tener presente que el FMI y el BM son técnicamente


organizaciones internacionales de carácter intergubernamental, creadas
como marcos e instrumentos permanentes de cooperación entre los
Estados para el logro de finalidades de carácter económico.

El alcance de dichas finalidades, la configuración de sus órganos


y sus respectivos poderes han quedado establecidos en los Convenios
que dieron vida a estas organizaciones, adoptados en la Conferencia de
Bretton Woods, entre el 1º y 22 de julio de 1944.

Además, el FMI y el BM detentan desde 1947 el estatus de


"organismos especializados de las Naciones Unidas", lo que los sitúa
en el marco del capítulo IX de la Carta de las Naciones Unidas referido
a la cooperación internacional económica y social. En virtud del artículo
55 es obligación de la ONU la promoción de

a) niveles de vida más elevados, trabajo permanente para todos y


condiciones de progreso y desarrollo económico y social

b) la solución de problemas internacionales de carácter económico,


social y sanitario, y la cooperación internacional en el orden
cultural y educativo

c) el respeto universal a los Derechos Humanos y a las libertades


fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza,
sexo, idioma o religión, y la efectividad de tales derechos y
libertades (Prigau, 1994)1

Sin embargo, desentendiéndose de sus obligaciones y compromisos


formales, el FMI opera hoy en beneficio de instituciones crediticias
privadas, haciendo todo lo posible para evitar que insolvencias de los
deudores del Tercer Mundo afecten sus compromisos con los bancos

1
El resto de este apartado se ha desarrollado sobre la base de esta misma fuente

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privados y repercutan en las economías de los países capitalistas
industrializados.

Lo mismo ocurre con el BM que, contraviniendo sus objetivos


constitutivos, opera concentrándose hoy en el fomento de las
inversiones privadas y reduciendo el desarrollo productivo de los
Estados miembros a una consecuencia que, en su concepción, se
derivaría inevitablemente algún día de las estrategias adoptadas.

El comportamiento y funcionamiento de las instituciones de Bretton


Woods se muestran así incompatibles, por la forma, contenido e
impacto humano de sus políticas, con algunos de los principios
fundamentales en que se basa el Derecho Internacional
contemporáneo, recogidos ya en el artículo 2 de la Carta de las
Naciones Unidas:

- el principio de la igualdad soberana de los Estados


- el principio de no intervención
- el principio de la libre determinación de los pueblos y
- el principio del respeto a los Derechos Humanos

Las ETN aparecen, sin duda, como las grandes beneficiarias de la


actividad de las instituciones de Bretton Woods. No en vano 78 de las
100 mayores ETN pertenecen a los cinco países con mayor cuota en el
FMI y en el BM. Ellas no tienen el estatus de sujetos de Derecho
Internacional, lo que les permite actuar bajo la cobertura y el apoyo de
sus respectivos Estados sin tener que dar cuentas de su actuación más
que a sus accionistas.

Los gobiernos

Sin embargo, a menudo las organizaciones antes aludidas no


hacen más que dar una cobertura jurídica a lo que los Estados que las
controlan han decidido ya con antelación, lo que permite atribuirles a
éstos una responsabilidad concurrente a la de la organización, en el
plano jurídico: han sido ellos, y no el organismo en cuestión, quienes
han impedido su reforma en la línea solicitada por la ONU.

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No se debe pasar por alto tampoco la responsabilidad cómplice
de los Gobiernos de los países subdesarrollados: la mala gestión de
losfondos, la fuga de capitales, el incremento de las desigualdades
sociales internas, el despilfarro en gastos de defensa, la falta de
participación y en general la connivencia de los segmentos dominantes
de la sociedad con las políticas de ajuste, han sido frecuentemente
disimuladas tras la cortina del FMI y el BM.

Un análisis caso por caso demostraría sin duda que el margen de


maniobra de los Gobiernos prestatarios no es siempre nulo y que, en
muchos casos, ellos contribuyen con sus propias decisiones a agravar
las consecuencias de las políticas que les imponen.

En esa medida cabe atribuir también a ellos una responsabilidad


concurrente en relación, especialmente, con los efectos de estas
políticas sobre los Derechos Humanos, compartiendo además la
responsabilidad política de no hacer frente de manera conjunta a las
estrategias del FMI y del BM.

Lo mismo cabe decir con respecto al mayor grado de libertad que


hoy tiene el accionar de las ETN y que suele asociarse exclusivamente
a las menores restricciones técnicas presentes en su funcionamiento.
También ello está estrechamente vinculado a las facilidades que han
ido recibiendo de los gobiernos para poder actuar sin restricciones en el
escenario mundial.

En este sentido se ha operado un vuelco notable, si tenemos


presentes los intentos que en los años setenta se daban para sujetar
dichas empresas a regulaciones tanto a nivel global como por parte de
los países en los que actuaban:

- a nivel global, cabe mencionar las discusiones sobre el "Código


de Conducta de las Empresas Transnacionales" y el "Código
Sobre Transferencias de Tecnologías", que como parte del
llamado "Nuevo Orden Económico Internacional" (NOEI) se dieron
sobre todo en el seno de la UNCTAD

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- por parte de los países, están los llamados "requisitos de
desempeño", a través de los cuales se intentaba asegurar que las
inversiones de esas empresas tuvieran efectos positivos sobre el
empleo, la balanza comercial, la disponibilidad de divisas, los
encadenamientos productivos, la transferencia de tecnologías,
etc.

A partir de los años ochenta, los intentos por regular la actuación


de las ETN comenzaron a desaparecer, cediendo su lugar tanto a la
formulación de normativas que claramente apuntan a una profunda
desregulación, como a una cerrada competencia entre los gobiernos –y
particularmente por parte de los del capitalismo atrasado– para atraer a
dichas empresas ofreciéndoles las mayores facilidades imaginables.

Pero lo peor está aún por venir y tiene un nombre muy preciso:
Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI). Dicho Acuerdo, es con toda
seguridad el más ambicioso esfuerzo para eliminar las barreras y los
controles a la libre movilidad del capital y, con ello, para terminar de
trasladar al gran capital el comando directo de la economía mundial,
rebasando ampliamente a las distintas normas que se han venido
aplicando en los últimos años tanto en profundidad como en amplitud:

- en profundidad, porque el AMI abarca temas y establece


procedimientos que hasta ahora no habían sido objeto de acuerdo
en negociaciones internacionales, yendo mucho más lejos que la
gran mayoría de los convenios que hoy existen

- y en amplitud, porque el AMI tiene una clara "vocación multilateral",


esto es, está siendo concebido para aplicarse a todos los países
del mundo (Estay, 2000)

Es por ello que el Director General de la OMC, Renato Ruggerio,


al referirse al AMI en Diciembre de 1996, pudo decir: "estamos
redactando la constitución de una economía global singular".

Los megaespeculadores

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Otro de los actores que ha ido adquiriendo reciente significación
en este proceso de globalización de la economía es el
megaespeculador cuya figura prototípica es la de Georges Soros. El
protagonismo de este último lo patentiza el hecho de que sus acciones
fueron el detonante de la crisis asiática y posteriormente de la debacle
del rublo.2

Los megaespeculadores operan desde reductos situados en


paraísos fiscales “off-shore” como las Islas Caimán o las Antillas
Holandesas. Sus instrumentos preferidos son los “derivados” de diverso
tipo que, según algunos analistas, alcanzan un monto cercano a los 150
trillones de dólares, varias veces superior al PIB de los EEUU y al PIB
mundial.

“ Aunque suene increíble, esta desquiciante pirámide colosal de


papel, que se ha vuelto la “raison d’etre” de la globalización
especulativo-financiera, no solamente se encuentra
desregulada para cualquier propósito de supervisión
internacional, sino que, peor aún, goza de una inexplicable
invisibilidad contable.” (Jalife, 1999)

Este fenómeno, característico de la globalización capitalista en


curso, ha sido bautizado por algunos analistas como “filibusterismo
financiero” debido a que por medio de apuestas electrónicas fríamente
calculadas, sobre efectos en general inducidos y predecibles por ellos
mismos, los megaespeculadores operan de manera similar a los piratas
de antaño que poseían patente de corso para asolar los océanos.

Globalización y crisis de la civilización

Por el sentido e implicancias de la acción de tales actores, más


allá de las deslumbrantes apariencias de una eufórica, rica y satisfecha
sociedad de consumo, la humanidad se encuentra enfrentada hoy a su
más profunda y decisiva crisis de toda su historia. Jamás la
2
Según propia confesión, Soros basa sus apuestas en la “teoría del caos”: dada la “hipersensibilidad de
las condiciones iniciales”, el “aleteo de una mariposa” en Beijin provocará un huracán en Nueva York.

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contradicción entre el potencial productivo acumulado y las necesidades
básicas de la mayoría de la población del planeta había sido tan grande
y a la vez tan injustificada como ahora.

En efecto, disponemos hoy de los conocimientos, los medios


técnicos y los recursos que nos permitirían garantizar a todos los
habitantes del planeta su derecho a disfrutar de una vida digna,
confortable y segura, pero los criterios de racionalidad económica
imperante, profundamente divorciados de toda consideración ética
humanista, impiden que lo hagamos.

Más grave aún, tenemos clara conciencia de los mortales peligros


que, para la propia sobrevivencia futura de la humanidad, el curso
seguido por el desarrollo económico-social está generado y
acrecentando en forma incesante, pero una vez más los criterios de
racionalidad económica imperante parecen ejercer sobre nosotros una
fascinación tal que nos impide conjurarlos.

En efecto, una de las ideas que más profundamente han calado


en la mente de los economistas, transformándose ya en algo de sentido
común, es que el objetivo central de toda política económica es
asegurar el logro de una alta tasa de crecimiento. ¡Crecer, crecer y
crecer!: tal es la máxima, central y decisiva meta.

Tal convicción se explica por su correspondencia con los criterios


de racionalidad económica vigente y, por cierto, con los intereses
sociales que ellos expresan, centrados en la valorización del capital.
Pero confrontada con las capacidades y necesidades ambientales, ella
se traduce hoy en una loca y desquiciada carrera hacia el abismo.

Hace ya treinta años la comisión de expertos del MIT convocada


por el “Cub de Roma” para estudiar el impacto de la actividad
económica sobre el medio natural dió la campanada de alerta al resumir
sus conclusiones en los siguientes términos:

“1) Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la


población mundial, industrialización, contaminación ambiental,

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producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este
planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de
los próximos cien años. El resultado más probable sería un
súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de
la capacidad industrial.

2) Es posible alterar estas tendencias de crecimiento y establecer


una condición de estabilidad ecológica y económica que pueda
mantenerse durante largo tiempo. El estado de equilibrio global
puede diseñarse de manera que cada ser humano pueda
satisfacer sus necesidades materiales básicas y gozar de
igualdad de oportunidades para desarrollar su potencial
particular.

3) Si los seres humanos deciden empeñar sus esfuerzos en el


logro del segundo resultado en vez del primero, cuanto más
pronto empiecen a trabajar en ese sentido, mayores serán las
probabilidades de éxito. “ (Meadows, 1972:40-41)

3. EL DISCURSO DE LEGITIMACION DE LAS


TRANSFORMACIONES CAPITALISTAS EN LA REGION

Si el objeto del pensamiento económico es descubrir el mejor


modo de desarrollar el intercambio entre el ser humano y la naturaleza
para la mantención, reproducción y enriquecimiento de su vida, la
reflexión y decisión económica ha de tener siempre presente, como
centro y fundamento, un juicio éticamente consistente con ese propósito
central.

Sin embargo, es eso, precisamente, lo que no ocurre hoy con la


actividad y el pensamiento económico establecidos, centrados en la
exaltación de un individualismo exacerbado que se impone sin
contrapeso en las deciciones que se adoptan, desentendiéndose por
completo de sus implicancias sociales y cuyas consecuencias son cada

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vez más graves a medida que el avance técnico incrementa el poder del
hombre sobre la naturaleza.

Se consolida así, en el ámbito de la economía, un profundo


desacople entre una racionalidad instrumental dominante y una
racionalidad sustantiva centrada en la realización del ser humano
relegada cada vez en mayor medida al baúl de los recuerdos “inútiles”.
La preocupación por la optimización de los procesos para una mayor
eficiencia y eficacia de la acción se sobrepone al sentido humano
profundo de la misma.

Aun más, hay una imposición tácita de que esto último es algo ya
zanjado y obvio, circunscrito al ámbito de lo meramente individual. Esta
desconexión producida entre la reflexión ética humanista por una parte y
el análisis y la decisión económica por la otra se ve ahora
explícitamente justificada por diversas vías, pero la idea dominante es
que ambos planos involucran jerarquías muy diversas en cuanto a su
nivel de racionalidad y operan, por tanto, con total independencia.

La visión más común es la de la teoría económica convencional,


que se vale para ello de los rótulos de economía “positiva” y “normativa”:
el análisis económico se presenta como un razonamiento abstracto,
centrado en un conjunto sistematizado de modelos matemáticos. Sólo
posteriormente, en su contacto con la realidad económica misma, el
razonamiento económico se vería enfrentado a disyuntivas valóricas
cuya verdad o falsedad resultaría imposible demostrar con ayuda de la
razón (Samuelson, 1993:11).

Dicho cientificismo de sesgo positivista cumple de hecho una


definida función ideológica en el debate económico: erigirse como un
claro, definido y categórico discurso de legitimación de carácter
tecnocrático. Ese discurso es esgrimido discrecionalmente luego para
justificar las opciones de política económica que son adoptadas, en
función de sus propios intereses, por las instancias de poder existentes:
los organismos económicos internacionales, los gobiernos o las
empresas.

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La realidad económica parece imponerse así como una fuerza
natural, ciega e inexorable, sobre la voluntad y los deseos de los
individuos, lo cual a su vez exculpa a los sujetos llamados a tomar las
decisiones de toda responsabilidad por la marcha de los
acontecimientos y sus resultados. Así por ejemplo en las apologías de
la globalización, ésta es presentada con distintas mezclas de fatalismo
histórico y esperanzas:

a) ante ella nada se puede hacer, salvo asumirla y crear condiciones


para su plena y rápida internalización

b) aún cuando hubiese alternativas no tendría sentido aprovecharlas


ya que la globalización sólo puede tener efectos positivos para
todos los países y las personas

Por otra parte, muchos de quienes han tomado razón de los


devastadores efectos sociales de las políticas económicas en
aplicación se lo explican por meros déficits de conciencia. El debate de
los problemas económicos tendría como base común la creencia en un
conjunto de valores socialmente compartidos, lo cual aseguraría su
progresividad.

Esto tiene, en realidad, el mismo efecto que la creencia ya


señalada en la independencia e inexorabilidad de las leyes económicas:
exonera al sujeto de toda responsabilidad por los resultados de sus
acciones. Se trata simplemente de resultados no deseados ni buscados
por nadie que inexplicable o fortuitamente se imponen ante nosotros.

Ello a pesar de que abundan las evidencias que permiten


establecer que la verdadera causa de los problemas que examinamos
no es esa y que tras sus devastadores efectos hay responsabilidades
perfectamente individualizables. De allí que resulte, en verdad,
imposible comprender la fuerza y persistencia de ciertos postulados,
más allá de toda refutación empírica, suponiéndolos exclusivamente
fundados en la razón.

19
En efecto, los sistemas de ideas no constituyen una mera
construcción lógica, sino también y sobre todo una expresión histórico-
social de grupos humanos particulares, que actúan movidos por los
objetivos e intereses que brotan de la posición que ocupan y el rol que
desempeñan en la sociedad.

Se desarrollan, así, no sólo como modos más o menos certeros


de captación de lo real, sino también como discursos de legitimación.
Los propios criterios de racionalidad económica invocados por el
pensamiento económico convencional enfatizan el rol de los intereses y
la importancia de las “señales” que el sistema económico pone ante los
sujetos.

En base a un individualismo antropológico crudamente sintetizado


en la máxima “homo homini lupus”, tales intereses se muestran
además excluyentes, dando origen a una lucha interminable de todos
contra todos. Resulta ingenuo suponer por tanto que el divorcio que se
opera entre los resultados de la acción y el interés general responda a
un mero error de cálculo.

Para Hayek, uno de los principales exponentes contemporáneos


del pensamiento liberal, el término “justicia social” representa un
anacronismo, equivalente a lo que en épocas pasadas solía llamarse
“justicia distributiva”, algo completamente inaplicable a los resultados de
una economía de mercado porque,

“ no puede haber justicia distributiva donde nadie distribuye. La


justicia tiene sentido sólo como una regla de conducta humana
y ninguna regla concebible para la conducta de los individuos
que se ofrecen entre sí bienes y servicios en una economía de
mercado producirá una distribución que pueda describirse con
significado como justa o injusta ”. (Hayek, 1989:182)

Hablar de Justicia social es, en consecuencia, hacer uso de una


frase vacía, un “atavismo” que aún perdura entre nosotros como residuo
de un pasado ya remoto.

20
“ Si, por ende, consideramos como justa aquella regla de
remuneración que contribuye a aumentar lo más posible las
oportunidades de cualquier miembro de la comunidad, elegido
al azar, deberíamos estimar que las remuneraciones que
determina el mercado libre son las justas ”. (Hayek, 1989:188)

Hayek es consistente consigo mismo y no se muestra dispuesto a


hacer ninguna concesión, ni la más mínima, en su apasionada defensa
de lo que reivindica como una “sociedad libre”:

“ No es una objeción válida a este tipo de juego ... que las


perspectivas iniciales para distintos individuos ... disten mucho
de ser las mismas. La respuesta a tal objeción es precisamente
que uno de los objetivos del juego es hacer el mejor uso posible
de las inevitablemente diferentes habilidades, conocimiento y
medioambiente de los diversos individuos. Entre los más
grandes activos que puede utilizar una sociedad para
incrementar el pozo del cual se sacan las ganancias de los
individuos, se encuentran los diversos dones morales,
intelectuales y materiales que los padres pueden transmitir a
sus hijos, y que frecuentemente serán adquiridos, creados o
conservados sólo para poder transferírselos a ellos ” (Hayek,
1989:189)

En consecuencia,

“ El resultado de este juego ... implicará necesariamente que


muchos tendrán más de lo que sus congéneres creen que éstos
merecen, e incluso, muchos más tendrán considerablemente
menos de lo que éstos piensan que deberían tener. No es
sorprendente que tantas personas deseen corregir esto a través
de un acto autoritario de redistribución ... La desigualdad ...
resentida por tanta gente ... ha sido la condición subyacente
para producir los ingresos relativamente altos que la mayoría de
las personas en Occidente disfruta actualmente ” (Hayek,
1989:189-90)

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Como se aprecia claramente aquí, para Hayek el concepto de
justicia social carece de sentido porque deriva de un juicio de valor,
inevitablemente descalificado como “intuitivo”, y no de un criterio
“objetivo”, añadiendo que la “libre competencia” refuerza el único criterio
posible: “igual pago por igual trabajo”.

La visión idílica de Hayek sobre la vigencia de tales principios


“objetivos” e “impersonales” como base y fundamento de esta
“sociedad de hombres libres” no choca sólo contra la realidad: choca
también contra sí misma.

Si la propiedad es la base de la libertad, como lo sostiene en


numerosos escritos, entonces para ser consistente tendría que coincidir
inevitablemente con el Marx del “Manifiesto” y concluir que la gran
mayoría de los seres humanos no pueden ser libres en una sociedad
como la actual.

La reivindicación de la propiedad como derecho humano


fundamental, especialmente con el desarrollo de las ideas liberales,
lleva en efecto implícita una confusión de planos:

a) la apropiación de las cosas para la satisfacción de las


necesidades básicas de la existencia humana

b) la apropiación de las cosas como medio para adquirir poder sobre


otros seres humanos

Lo que el movimiento socialista ha buscado abolir es la propiedad


privada en este último sentido para garantizar su ejercicio en el primero.
Lo señalado por Marx y Engels en el “Manifiesto del Partido
Comunista” (1848) basta para aclararlo:

“ No queremos de ninguna manera abolir esa apropiación


personal de los productos del trabajo, indispensable a la mera
reproducción de la vida humana, esa apropiación que no deja
ningún beneficio líquido que pueda dar un poder sobre el trabajo

22
de otro ... El comunismo no arrebata a nadie la facultad de
apropiarse de los productos sociales; no quita más que el poder
de sojuzgar el trabajo ajeno por medio de esta apropiación ... En
sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y
sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el
libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre
desenvolvimiento de todos “

EL ROL ESTRATEGICO DEL ESCENARIO POLITICO

Si la sociedad civil es el campo en que se despliega la acción de


los sujetos en función de sus propios intereses, derechos y
aspiraciones el Estado aparece como el escenario en que tales
intereses, necesariamente heterogéneos, pueden y deben ser
conjugados.

Un Estado democrático moderno, basado en el principio y


ejercicio de la soberanía popular, es el eje articulador del interés social,
es decir de la conciencia ética y el esfuerzo desplegado por la sociedad
para el logro del bien común.

Al revés entonces de una idea persistentemente propalada por el


credo neoliberal y enfatizada hasta la saciedad por los grupos de interés
hoy dominantes, la actividad económica no sólo puede sino que
necesita ser “politizada”.

Hinkelammert postula en tal sentido una ética de la


responsabilidad que no esté subordinada a la racionalidad instrumental
(como en Weber), no sea ideal e implícita ya en nuestra cotidaneidad
(como en Apel) y no esté tampoco subordinada a alguna teoría
metafísica (como en Jonas).

Ella surge de la voluntad de asegurar las condiciones de


posibilidad de la vida humana, cuyo supuesto básico es el
reconocimiento del otro como sujeto, más allá de cualquier cálculo de
utilidad. Se hace necesario relativizar el cálculo utilitario para asegurar la

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condición de posibilidad de la vida humana puesto que el límite de lo
aguantable sólo se puede conocer después de haberlo traspasado.

Por eso esta ética de la responsabilidad, basada en “valores


inútiles”, surge en conflicto con el sistema valores imperante ya que
aquellos no suponen utilidades calculables, sino que son el fundamento
de la existencia humana.

Pero tal reconocimiento de los valores humanos es aún paradójico


ya que deben asumirse sin calcular su utilidad para ayudar a sostener un
mundo en el que es importante basar las decisiones en dichos cálculos:
sólo se trata de que sea la razón instrumental la que se subordine a una
ética de la responsabilidad y no al revés

Los antecedentes últimos de esta ética están sin duda en Marx,


quien fue el primero en ver que la sociedad actual no es sostenible. Las
tesis centrales del análisis económico marxista no sólo no han sido
falsadas sino que se confirman día a día.

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