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Responsabilidad Social

Corporativa

NATURALEZA Y FUNDAMENTOS DE LA RSC


Raíces históricas y marcos teóricos de la RSC
Responsabilidad
Social Corporativa

1.1. ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Parece conveniente evitar, por una parte, el extremo de pretender que la idea de “responsabilidad
social” de comerciantes y empresarios se remonta casi a los orígenes de la humanidad; y por otra,
el de pensar que la RSC es un invento original y exclusivo de la segunda mitad del siglo XX. Entre
ambos extremos, cabe la posición intermedia de afirmar que ciertas ideas de RSC y ciertas
prácticas inspiradas por ellas no son ni tan viejas, ni tan nuevas, como a veces se dice, al menos
con una mirada retrospectiva. En este sentido, cabe afirmar que por muchos destellos de
responsabilidad social que podamos encontrar en Aristóteles, Cicerón o Santo Tomás, por citar
sólo algunos ejemplos, y por muchas obras de beneficencia, mecenazgo, donaciones… que
podamos resaltar en monarcas medievales y príncipes renacentistas, lo cierto es que el concepto
de RSC no se formula de manera explícita hasta mediados del siglo XX; y que sus antecedentes
más inmediatos, desde el último tercio del siglo XIX, son inseparables de las sombras proyectadas
por el industrialismo y las empresas en la vida de las sociedades, así como de las varias
reacciones surgidas para superar los efectos sociales más negativos de la Revolución Industrial.

Los costes humanos y sociales de la industrialización

Las grandes transformaciones –técnicas, económicas, sociales, culturales y de todo tipo- que
asociamos a la Revolución Industrial y al papel jugado en ella por las empresas, elementos claves
en los procesos de industrialización, estuvieron guiadas de forma predominante por la filosofía del
laissez-fairelaissez-passer, fuente de legitimidad para una forma de actuar de muchos empresarios
que cabe calificar de irresponsable, a la vista de los costes humanos y sociales que trajeron
consigo las grandes transformaciones industriales: salarios de miseria, horarios excesivos (de 14 a
16 horas diarias), escasas medidas de higiene y seguridad, trabajos de niños y mujeres con
salarios desiguales, hacinamientos en suburbios de las grandes ciudades…

Marx y Engels pintaron así el cuadro de la sociedad de mediados del siglo XIX:

“La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del
magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una
organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el
mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y
del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la
máquina, del contramaestre y, sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este
despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanto mayor es la franqueza
con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto
mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que
el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase
obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros
instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más
diferencia que la del coste” (Manifiesto del Partido Comunista, 1848).

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Si alguien estima exageradas estas apreciaciones de Marx y Engels, puede leer a Charles
Dickens (Oliver Twist, 1837-1839), Victor Hugo (Les miserables, 1862), Emile Zola (Les
Rougon- Macquart, 1871-1893) o fijarse en la descripción que hace el Papa León XIII de
la situación de los obreros, a finales del siglo XIX:

“Sea de ello, sin embargo, lo que quiera, vemos claramente, cosa en que todos convienen, que es
urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es
mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que,
disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a
llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros
antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la
inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar
el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada,
no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no
sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan
sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de
opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre
infinita de proletarios” (Rerum Novarum nº 1, 1891).

Y un poco más adelante:

“Y estos, los deberes de los ricos y patronos: no considerar a los obreros como esclavos; respetar
en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama el
carácter cristiano. Que los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filósofa
cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta
posibilidad de ganarse la vida. Que lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres
como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de
sí “ (Rerum Novarum, 15).

Una reacción pionera: Robert Owen y su estela

Dentro del cuadro general descrito, hubo notables excepciones que conviene recordar. Tal fue el
caso de Robert Owen (1771-1858), excelente empresario con conciencia social que predicó con el
ejemplo, pionero en la educación de los niños y de los adultos, crítico del industrialismo, socialista
utópico que defendía la posibilidad de desarrollar un sistema económico alternativo al capitalista,
más justo, basado en la sociedad cooperativa (“aldeas de cooperación”) en el que “los beneficios
de un hombre” no fueran “las pérdidas de otro hombre”. Owen manifestaba que no creía que el
sufrimiento de los trabajadores fuese una condición necesaria para la acumulación de la riqueza, y
además afirmaba que una fuerza de trabajo satisfecha sería una fuerza de trabajo eficiente.
Abogaba por un comportamiento responsable de la empresa hacia sus trabajadores, el cual no era
incompatible con la obtención de beneficios. En este sentido, se puede hablar de Robert Owen
como uno de los padres del cooperativismo y de la RSC (Carrasco, 2007).

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Entre 1797 y 1814, fue gerente de la fábrica textil más grande de Gran Bretaña, en New Lanark,
una empresa de casi 2.000 obreros, una cuarta parte de los cuales eran menores de edad
procedentes de los orfanatos de Edimburgo y del cercano Glasgow, que empezaban a trabajar a
los cinco o seis años. Owen defendía que había que reducir las horas de trabajo y prohibir el
trabajo infantil. En 1814, consiguió deshacerse de sus incómodos socios y dio entrada a algunos
accionistas como Jeremy Bentham (1748-1832) y otros filántropos y reformadores sociales para
continuar poniendo en práctica sus ideas, esta vez sin ataduras. Owen erradicó el trabajo de los
menores de 10 años, disminuyó la duración de la jornada de los adultos a 10.30 horas (frente a las
13 o 14 de la competencia), elevó los salarios, creó un seguro de desempleo (durante la crisis
algodonera de 1806 ya había seguido pagando los jornales), construyó viviendas higiénicas para
los trabajadores, les dio atención médica, e invirtió en infraestructuras básicas y en una escuela de
educación infantil y primaria, todo lo cual reportó un aumento de los beneficios para la empresa
(50% anual) y la comunidad (Domínguez Martín, 2008: 61).

Cincuenta años más tarde, continúa diciendo Domínguez Martín, los planteamientos iniciales de
Owen tuvieron eco en los hermanos Richard y George Cadbury, dos industriales chocolateros que
en 1878 (el mismo año en que se creó el Ejército de Salvación para remediar los problemas de los
indigentes urbanos) fundaron una nueva fábrica en la comunidad de Bourneville, cercana a
Birmingham, donde estaba el negocio original de la familia desde 1831. La «fábrica en el jardín»,
como se la conoció en su época, consiguió resultados espectaculares gracias a las prácticas de
responsabilidad social, interna y externa, que pusieron en marcha estos empresarios cuáqueros,
comprometidos con la reforma social y la lucha contra la pobreza: para 1899 había aumentado la
plantilla desde los 200 operarios de 1878, hasta sobrepasar los 2.700. En 1895, George Cadbury
(1839-1922) se lanzó a la promoción de una auténtica ciudad jardín para los obreros, que en 1900
alcanzaba una superficie de 133 has. (hoy supera las 400) con 313 viviendas (hoy tiene más de
7.600 habitantes).

En 1905 los comités de empresa empezaron a ocuparse de todas las materias que afectaban a los
trabajadores, que disfrutaban de seguro médico y pensiones, facilidades para la educación de sus
hijos, formación a cargo de la empresa en horario nocturno pero también laboral (dos horas
semanales), semana de cinco días y medio (la empresa fue la primera en dar feriado el sábado por
la tarde y cerrar en las Bank Holidays) y representación en un comité consultivo que coparticipaba
en la toma de decisiones. Diez años más tarde, un informe sobre las condiciones de vida en
Bourneville mostraba que las tasas de mortalidad general e infantil eran significativamente más
bajas que en Birmingham. En 1919, la fábrica contaba ya con 7.500 trabajadores. Estas prácticas
socialmente responsables pudieron ser exportadas a otros lugares del imperio británico. En la
India, el hijo menor de Jasetji Tata (1839-1904), creador de la Tata Iron and Steel Co., Ratan Tata
(1871- 1918) invitó a los fundadores de la London School of Economics and Political Science,
Beatriz y Sydney Webb - creadores, a su vez, de la Sociedad Fabiana que está en los orígenes del
Partido Laborista- a preparar en 1912 un Memorándum de Salud para la compañía y el pueblo que
se había creado a su alrededor, Jamshedpur, donde se construyeron casas, escuelas y un
hospital. A cambio, Sir Ratan realizó una donación a la London con la que se creó el Ratan Tata
Department (más tarde denominado Department of Social Sciences) con el objetivo de estudiar las
causas de la pobreza y cómo remediarla. En el mismo año, su hermano Dorab Tata (1859-1932)
introdujo la jornada de ocho horas en las compañías del grupo Tata, en 1915 la asistencia médica

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gratuita y en 1917 se creó un Departamento de Bienestar (las tres medidas no serían establecidas
por ley hasta 1948) y se construyeron centros educativos para niños. Tras la muerte de Sir Ratan,
que dejó la mayor parte de sus bienes a la Ratan Tata Trust, en 1920 se introdujeron las
vacaciones pagadas (hasta 1945 no serían asumidas por ley) y se instituyó la baja con sueldo, un
plan de protección laboral y un fondo de pensiones (la seguridad social no se crearía en India
hasta 1952), y en 1928 se aprobaron beneficios por maternidad para las mujeres (que no llegarían
por ley hasta 1946). En 1930 se erigió la fundación Dorab Tata, en 1934 se aprobó la paga por
beneficios y tres años después la gratificación por jubilación (Domínguez 2008: 63).

Estos son algunos casos más notorios de prácticas que ponen de manifiesto una concepción de la
relación entre empresa y sociedad, que hoy nos atreveríamos de calificar como cercana, al menos,
a lo que denominamos RSC.

El antecedente teórico-práctico de las cooperativas


R. Owen no es el único padre del cooperativismo. Junto a él figuran también pensadores
franceses, como Charles Fourier (1772-1837) y alemanes, como Friedrich Wilhelm Reiffeisen
(1818-1888), todos ellos coincidentes en la crítica a los efectos negativos del industrialismo y en
sostener que los problemas sociales se pueden resolver mediante la cooperación entre los
individuos. Idea fundamental que inspiró, sin duda, la creación de la cooperativa de consumo
“Sociedad Equitativa” de los Pioneros de Rochdale, en 1844. Simultáneamente surgieron otras
experiencias similares en Francia y España. Conviene recordar que la vieja bandera del
movimiento cooperativo estaba representada por los 7 colores del arco iris, que simbolizaba al
mismo tiempo la diversidad y la esperanza. El color rojo representaba el fuego y el amor que une a
las personas; el anaranjado recordaba a un amanecer glorioso; el amarillo por el color del sol que
da luz, calor y vida; el verde representaba la esperanza; el azul celeste figuraba como reflejo de la
ilusión; el Azul Marino o Índigo encarnaba el valor que nos impulsa a buscar nuevas rutas; y
finalmente el Violeta significaba la humildad y la virtud.

Hay que señalar el estrecho paralelismo entre RSC y las sociedades cooperativas. La RSC está
entroncada en los valores y principios cooperativos y, por tanto, constituye una ideología innata al
cooperativismo. Autores como Carrasco (2007), indican que la cooperativa y la responsabilidad
social de las empresas han bebido de las mismas fuentes y tienen muchos elementos comunes.
En este mismo sentido se expresan las autoras A. Mozas Moral y R. Puentes Poyatos: “En
definitiva, la RSC se configura como un aspecto intrínseco a la propia naturaleza de las sociedades
cooperativas, forma parte de su razón de ser o ADN. Las sociedades cooperativas por naturaleza
han de desarrollar su actividad de forma responsable, tanto con socios como con la sociedad en
general, sin renunciar a su viabilidad económica, y esta responsabilidad es la guía de sus
actuaciones empresariales” (Mozas Moral y Puentes Poyatos 2010: 93-94).

Las Cajas de Ahorro y los Montes de Piedad

En otro orden de cosas, no puede faltar aquí una mención de las Cajas de Ahorro, que nacieron
como entidades mutuas o cooperativas, orientadas a favorecer el ahorro y a ofrecer servicios
financieros a sus socios y a las comunidades locales. Surgieron en algunos casos en el siglo XVIII
(Hamburgo en 1778, Berna en 1787, Kiel en 1796) y en España en el siglo XIX (en 1834 se crea, la
primera, en Jerez de la Frontera, y en 1838 se creó la de Madrid), asociadas a los Montes de
Piedad, de origen medieval, creados en su momento para luchar contra la usura y para desarrollar

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actuaciones de beneficencia. Las Cajas contribuyeron a reforzar el papel de los Montes, que era
conceder préstamos con prenda, con lo que suministraban liquidez a artesanos, minoristas y, sobre
todo, a empleados del servicio doméstico. Posteriormente, las Cajas se desvincularon de los
Montes, logrando mayor expansión y teniendo como norma el fomento del ahorro y su movilización,
la eliminación de la exclusión respecto de los servicios financieros y el refuerzo de la competencia
en materia de prestación de servicios. Sus excedentes tenían que destinarse, como fundaciones, a
su refuerzo patrimonial y a la financiación de bienes y servicios sociales para la comunidad donde
se incardinasen

Fieles a su idea fundacional de entidades privadas de utilidad social, las Cajas de Ahorros actuales
destinan sus beneficios, una vez pagados los impuestos y constituidas las reservas, a la “Obra
Social”, que abarca generalmente el compromiso con actividades de cultura y tiempo libre,
asistencia social y sanitaria, educación e investigación, patrimonio histórico artístico y medio
ambiente natural.

Grandes filántropos norteamericanos y primeros tratamientos académicos de la


RSC

En Estados Unidos, país que fue tomando el relevo de Inglaterra en el liderazgo de la revolución
industrial en el paso del siglo XIX al XX, se desarrollaron grandes trusts, cuyo enorme poder
empezó a suscitar críticas y descontento en la sociedad. Ante ello, algunos de los grandes
empresarios que los dirigían se sintieron obligados a demostrar su responsabilidad social como
contribuyentes desinteresados, a la vez que se aseguraban una libertad aún mayor de actuación
frente al Estado. Así, los magnates del petróleo, John D. Rockefeller Jr. (1839-1937), y del acero,
Andrew Carnegie (1835-1919), se convirtieron en adalides del movimiento asistencial y
paternalista de la filantropía corporativa, según afirma Domínguez (2008: 63), pero interesa señalar
también que Carnegie –inmigrante escocés que llegó a ser, por su fortuna, uno de los símbolos del
sueño americano- publicó en 1889 The Gospel of Wealth (El Evangelio de los ricos), con una serie
de reflexiones sobre las responsabilidades de los hombres de negocios de la época, considerando

que su deber era llevar una vida sin ostentaciones y que debían gestionar y redistribuir sus
beneficios sobreabundantes en función del interés público.

El hecho es que estos tycoons (magnates) realizaron grandes donaciones (Rockefeller 550
millones de US$, unos 6.740 millones a precios de 2005, y Carnegie 351 millones, equivalentes a
4.300 millones) en un momento en que la propiedad y la gestión de las empresas se separaban en
virtud de su constitución como sociedades anónimas. En ellas, los gerentes tenían una
responsabilidad jurídica limitada a dar cuentas de su gestión a los dueños (accionistas que
limitaban, a su vez, sus ganancias o pérdidas al valor nominal de las acciones que poseían), ya
que si excedían sus funciones, como le ocurrió a Henry Ford (1863-1947), podían tener problemas
legales con los accionistas o stockholders (Domínguez Martín 2008: 63-64).

No es casualidad que los orígenes académicos de la RSC echaran raíces en las escuelas de
negocios, alojadas en universidades destinatarias de muchas de las donaciones filantrópicas,
como Chicago (favorecida por Rockefeller con 80 millones de $ en 1900, «la mejor inversión que
nunca he hecho», según confesó el filántropo), Yale, Harvard, Columbia (que recibió otros 100

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millones del magnate del petróleo) o Brown. Y fue en estas Escuelas de Negocios donde se
alzaron importantes voces en apoyo de la RSC, como veremos en seguida.

En este contexto, señala Domínguez Martín, la década de 1920 fue muy fructífera para el
desarrollo de la idea de empresa como servicio, impulsada por una clase emergente de managers
profesionales. Henry Ford, que compartía esa función con la propiedad de la compañía que había
fundado, proclamó en 1922 que «el servicio, como base de la búsqueda de beneficio, está
empezando a ser reconocido como el verdadero motivo para crear industria». Un año después,
Rockefeller Jr. proponía dar representación a cuatro «partes» (capital, management, trabajo y
comunidad) en consejos de industria, dentro de una concepción de la misma como «servicio
social» para el propósito del «bienestar social». La oleada de prosperidad de esa década fue,
además, particularmente favorable para los experimentos de filantropía corporativa, pero los líderes
empresariales más progresistas, como Ford, auténtico pionero del capitalismo del bienestar, la
rechazaron de plano: «dar es fácil, lo difícil es convertir la donación en innecesaria» (2008: 64).

En el campo más teórico hay que citar a Oliver Sheldon (1894-1951), cuya obra fundamental, The
Philosophy of Management (1924) contiene muchos elementos que hoy calificaríamos de RSC: la
idea de la responsabilidad de la empresa para con la sociedad, pues no sólo debe atender a las
necesidades económicas sino también a otras necesidades de las personas y de las comunidades;
la idea de que la ética y los valores son indispensables para una buena gestión de las empresas y
por eso los gerentes deben tratar a sus subordinados con justicia y honestidad. Suya es esta frase:
“The cost of building the Kingdom of Heaven will not be found in the profit and loss accounts of
industry, but in the record of every man’s conscientious service”. Digno de mención es también el
decano de la Harvard Business School, (de 1919 a 1942), Wallace B. Donham, quien en 1929
llamó la atención sobre la necesidad de alinear las responsabilidades de las grandes corporaciones
con su nuevo papel en la sociedad, en un mundo muy alejado del de la empresa familiar y la libre
competencia de la primera revolución industrial (Domínguez 2008: 64).

En la misma línea, hay que mencionar también a J. M. Clark (1884-1963), uno de los economistas
prominentes de la Universidad de Chicago, hijo del neoclásico John Bates Clark. Ya en 1916
sostuvo que «si los hombres son responsables por los resultados ciertos de sus acciones, las
responsabilidades de los negocios deben incluir los resultados ciertos de las transacciones de los
negocios, tanto si éstas han sido reconocidas por la ley como si no». En su ensayo, The Socializing
of Theoretical Economics (1930) criticó la economía ortodoxa o, como él la denominó, la “economía
euclideana”, que sostiene la primacía del individualismo, el libre contrato y el laissez-faire,
convirtiéndose en una “economía de la irresponsabilidad”; es decir, una economía excesivamente
individualista, basada en el principio de la división extrema de responsabilidades jurídicas, que
Clark consideraba la verdadera «raíz del mal», resumido en el principio business is business.
Entre las nuevas obligaciones de las compañías se debían incluir un «sentido de la solidaridad y
del compromiso social», similar al que caracterizaba el comportamiento en otros ámbitos ajenos a
los negocios, compromiso que debía estar motivado por la idea de justicia, no de caridad:
«necesitamos una economía de la responsabilidad, desarrollada e incorporada en nuestra ética de
funcionamiento de las empresas». Clark hizo, pues, un llamamiento pionero a la «responsabilidad
social» de las empresas para dar respuesta a las nuevas obligaciones de éstas en el siglo XX, que
eran «radicalmente diferentes de las ideas [de obligación] que dominaron el XIX». Setenta años
antes del informe Bruntland, escribe Domínguez Martín, Clark adelantó una definición muy precisa
de sostenibilidad, ligándola a la responsabilidad social: «el ideal es que cada uno pague su parte,
no dañar a otros sin compensación, crear valor solamente por el valor dado, y dejar el mundo en

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los otros aspectos igual que como fue encontrado, o al menos no dejarlo peor de lo que estaba»
(Domínguez 2008: 63).

Pero el sueño del capitalismo del bienestar (la idea de que las grandes empresas podían conducir
a la sociedad a un nivel general de prosperidad y justicia social) fue sometido a prueba durante la
Gran Depresión y fracaso. Mientras el capitalismo del bienestar se derrumbaba en medio del
aumento descontrolado del paro y la pobreza, el debate académico se centró en los casos en que
la propiedad y el control de las corporaciones estaban claramente delimitados y, por tanto, en
principio no había margen para la filantropía. E. Merrick Dodd (1888-1951), profesor de Derecho
de Harvard, polemizó en plena Gran Depresión con Adolf A. Berle (1895- 1971), también profesor
de Derecho en Columbia, que defendía la responsabilidad de los managers únicamente para con
los accionistas, en un contexto en que la posesión y el control de las compañías estaban
separados y los stockholders tenían un bajo compromiso con la empresa y sólo buscaban
beneficios a corto plazo. Para Dodd, ahí residía justamente el problema, porque si la moderna
corporación había sido «autorizada y favorecida por la ley principalmente [era] porque está al
servicio de la comunidad, no porque es fuente de beneficio para sus propietarios». Paralelamente,
Theodor Kreps (1897-1981), economista liberal vinculado al Partido Demócrata y profesor de la
Stanford Graduate School of Business, empezó a defender desde 1931 que las empresas eran
responsables ante la sociedad de sus operaciones, en una asignatura titulada significativamente
«Actividad empresarial y bienestar público». En 1940, Kreps acuñó el concepto de «auditoría
social» para operacionalizar el reporte de la social performance dentro de una serie de estudios
sobre la concentración del poder de las corporaciones(Domínguez:2008:65).

En 1943, Robert Wood Johnson Jr. (1894-1968), conocido más tarde como General Johnson,
codificó en Our Industrial Credo los principios de la compañía que habían fundado su padre y sus
tíos en 1885, antes de institucionalizarla como sociedad cotizada: la responsabilidad sobre la gente
que usaba los productos y servicios de Johnson & Johnson ofreciendo la mejor relación calidad
precio, la responsabilidad sobre los proveedores y distribuidores para que obtuvieran un beneficio
justo, la responsabilidad sobre los empleados con buenas condiciones de trabajo y contratos
dignos, la responsabilidad sobre la comunidad como «buen ciudadano» apoyando «mejoras
cívicas, sanitarias, educativas y el buen gobierno», y, por último, la responsabilidad para que los
accionistas obtuviesen una «retribución justa» si se daba cumplimiento a las cuatro primeras. Al
poner los clientes primero que los accionistas (la compañía empezó a cotizar en la bolsa de Nueva
York un año después del Credo), Johnson Jr., que llevaba predicando una «nueva filosofía
industrial» desde al menos 1935, se adelantó en varias décadas a la concepción druckeriana y
responsable de la empresa que la mayor parte de los ejecutivos de entonces, a juzgar por una
encuesta llevada a cabo por Fortune en 1946, también compartían (Domínguez 2008: 65).

El papel de la religión y la ética en el nacimiento de la RSC

En todos estos antecedentes teórico-prácticos, bien analizados y documentados por Domínguez


Martín (2008), hay que destacar el papel jugado por la religión, tanto protestante como católica,
como un elemento fundador y que ha aportado elementos específicos esenciales al pensamiento

acerca de la relación Business and Society y sobre Business Ethics (Pasquero 1995, 2004 y 2005;
Epstein 1998 y 2002). Los autores A. Acquier, J-P. Gond y J. Igalens (2011) sostienen que la
religión protestante ha jugado un papel central y muy explícito en la formación y difusión del

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concepto americano de RSE; mientras que la religión católica ha jugado un papel también
importante, anterior en el tiempo, pero más implícito. En todo caso, las dos “doctrinas”, la
protestante y la católica, han contribuido ampliamente a forjar el concepto de RSC, tal como se ha
desarrollado teórica e históricamente; de suerte que se puede afirmar el carácter sincrético y/o
ecuménico del concepto de RSE (Acquier et al. 2011: 9).

El influjo protestante se hizo visible en Estados Unidos. Apoyándose en Heald (1970), sostienen
los citados autores franceses que el concepto de “responsabilidad social” aparece en los discursos
de grandes empresarios norteamericanos desde finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.
Esta responsabilidad se encarnó en un primer momento en la promoción de actividades
filantrópicas, como hemos visto. A lo largo de las primeras décadas del siglo XX, a medida que se
fue extendiendo la nueva figura del directivo no propietario, esta noción de responsabilidad moral
se fue transfiriendo del propietario (afortunado) a los nuevos directivos y, en definitiva, a la
empresa como tal y a sus procesos. De esta manera, la responsabilidad social fue concebida
progresivamente como un elemento central de la relación entre la empresa y la sociedad.

Durante la primera mitad del siglo XX, los primeros discursos y teorizaciones sobre la
responsabilidad social –a juicio de Acquier et al.- están muy marcados por los conceptos
protestantes de “servicio público” y de “stewardship” (gestión vigilante); conceptos que denotan la
idea de un contrato implícito entre empresa y sociedad, sobre la base de que la propiedad no es un
derecho absoluto y sin condiciones; al contrario, sólo se puede justificar en la medida en que la
administración privada de los bienes sirve para incrementar el bienestar de la sociedad. Todo
propietario, por tanto, tiene el deber de satisfacer las necesidades de la sociedad en su conjunto,
pues debe responder de sus actos ante Dios y ante la sociedad. Para que la sociedad no rompa
este contrato por el que otorga un margen de libertad y un poder único a los dirigentes y a las
empresas de la época, estos deben hacer honor a ese contrato implícito trabajando para el
bienestar social (Acquier et al 2011: 10).

Por otra parte, el influjo católico deriva principalmente de la encíclica Rerum Novarum (1891) del
papa León XIII, base de la doctrina social de la Iglesia, que tiene su continuidad en la
Quadragesimo Anno (1931) de Pío XI y en otras encíclicas posteriores. Esta rica doctrina aparece
como fuente de inspiración indirecta de los primeros pensadores (protestantes) de la RSC y, a la
vez, ha inspirado un paternalismo industrial, que puede considerarse como una prefiguración de
las prácticas actuales de RSC. Hay en esto una curiosa paradoja: el concepto de RSE se ha
desarrollado históricamente en los Estados Unidos bajo la influencia de la Iglesia protestante y no
en Europa como prolongación de la doctrina social de la Iglesia católica.

El ejemplo más claro es Howard Bowen (1908-1989), cuya obra Social Responsibilities of the
Businessmen, publicada en 1953, es considerada generalmente como el momento en que nace el
concepto moderno y específico de RSC. Profesor entonces del College of Commerce de la
Universidad de Illinois, Bowen elaboró este estudio a propuesta del Department of the Church and
Economic Life, una especie de Comisión del Federal Council of the Churches of Christ in America,
como parte de una serie de seis trabajos –apoyados financieramente por la Fundación Rockefeller-
dedicados a un estudio global de la ética cristiana y la vida económica, que pudieran ofrecer a los
protestantes un cuerpo de doctrina social equivalente al desarrollado por León XIII en Rerum
Novarum (Pasquero 2005). Bowen, de hecho, se apoya con frecuencia en las proposiciones
formuladas en las encíclicas católicas, para fundamentar “las obligaciones de los empresarios en la
persecución de aquellas políticas, en la toma de aquellas decisiones o en el seguimiento de
aquellas líneas de acción, que son deseables en términos de objetivos y valores de nuestra
sociedad”.

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En su opinión, los directivos son responsables de las consecuencias de sus acciones más allá de
la simple consideración de un objetivo de pérdidas y ganancias en la empresa. Se puede afirmar,
por tanto, que la “responsabilidad social” de las corporaciones, dada la gran influencia y extensión
de sus actuaciones, es ya un supuesto básico; de lo que se trata ahora es de precisar esta
responsabilidad y de promoverla para mejorar el bienestar de la sociedad.

Podemos concluir, pues, con Acquier et al., que Bowen se inspira directamente en los principios de
la religión protestante e “indirectamente” en la doctrina social católica a la hora de formalizar y
tratar desistematizar el pensamiento sobre la RSC (Acquier et al. 2011: 15).

TEMA EVOLUCIÓN CONCEPTUAL –DEFINICIONES, TEORÍAS,


ENFOQUES- DE LA RSC
Desde el aporte de Bowen hasta la actualidad, se puede observar que la RSC como corriente de
pensamiento se ha desarrollado muchísimo hasta convertirse en un tema de gran relevancia
académica y social. La literatura sobre el tema es realmente inmensa. Se han aportado decenas,
acaso centenas, de definiciones, sin poder llegar a un concepto universalmente aceptado. Se habla
de varias etapas en la evolución de los debates sobre la RSC, pero hay muchas maneras de
concebir y de clasificar estas etapas.Ante esta situación, lo que se puede abarcar en un trabajo
como este tiene que ser necesariamente limitado y selectivo. Las referencias bibliográficas –
relativas casi en tu totalidad a materiales accesibles en la red- son un complemento indispensable
para profundizar en el tema que nos ocupa.

Como idea general de la evolución de la RSC, se habla de una primera etapa filosófica (década
de los sesenta), seguida de una etapa en la que se especificaron las responsabilidades de las
empresas y se trasladó el discurso filosófico a la gestión empresarial (década de los setentas);
luego se presentó una tercera etapa en la que se integra el discurso socialmente responsable a la
dirección estratégica a través de la teoría de los stakeholders (década de los ochentas). A partir
de los noventas ya no se considera a la responsabilidad social empresarial como un fenómeno
aislado dentro de la empresa sino que atraviesa transversalmente a las diferentes áreas de la
organización.

Teniendo en cuenta también la época de los antecedentes y atendiendo a otros criterios, otros
autores (Taquía, 2006; López y Contreras, 2010), hablan de cuatro etapas o épocas:

La Época empresarial donde la actividad empresarial experimentó un gran auge caracterizado por
el desarrollo de actividades económicas de manera desenfrenada. En esta época surge el
concepto de filantropía empresarial donde inicia la preocupación por el bienestar social. El lema de
la época empresarial es: “Una buena empresa entrega productos y servicios excelentes. Una gran
empresa hace todo eso y además, busca hacer del mundo un lugar mejor” (Taquia, 2006: 37).

La segunda etapa de la evolución de la RSE es la Gran Depresión donde se pone de manifiesto


que la empresa es un actor que, al igual que el Estado y la sociedad, influye en el entorno
económico de los países debido a la interacción que tiene con diversos actores sociales. Dicha
constatación se debió tanto a la depresión económica de la década de los 30 como a la
experiencia de la Segunda Guerra Mundial, sobresaliendo las preocupaciones acerca de las
relaciones empresa-sociedad. En esta época, la Organización Internacional del Trabajo (OIT)
determina que debe existir responsabilidad compartida entre las empresas y el gobierno sobre el
progreso de la sociedad, generándose la Declaración de Filadelfia en donde se afirma que la

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Responsabilidad
Social Corporativa

generación de empleo y la mejora de las condiciones de trabajo no es obligación única del


gobierno e instituciones públicas, sino también del sector privado (Perdiguero, 2003). En este
sentido, se inicia el establecimiento de obligaciones morales del sector privado para lograr el
progreso de la sociedad.

El activismo social (tercera etapa) surge entre los años sesenta y setenta, donde la RSE adquiere
mayor relevancia tanto en el debate público como en la comunidad científica, debido a que se toma
conciencia de la discriminación racial, la guerra, las restricciones a la libertad de expresión, la
concentración de la riqueza sin desarrollo social y las condiciones de trabajo inadecuadas que
existen en la sociedad. Estos cambios ideológicos generan la manifestación de la sociedad por su
inconformidad a través de movilizaciones de protesta por la paz, los derechos civiles y la protección
del medio ambiente, lo cual conduce al sector empresarial a preocuparse por el impacto social y
ambiental que tienen sus labores. En esta época surge el término de filantropía estratégica donde
lo importante es ayudar a la sociedad de tal forma que la empresa también se vea beneficiada

La cuarta etapa es llamada Conciencia social contemporánea la cual surge en los años 80 junto
con el término de desarrollo sostenible y ética en los negocios, como partes del concepto de RSE.
Específicamente, el auge de la ética en los negocios se debe a la gran inmoralidad de los negocios
evidenciada en la especulación bursátil, la cultura del dinero rápido y la utilización de información
privilegiada para realizar fraudes. Conviene mencionar, a este respecto, los escándalos financieros
de Enron, Worldcom y Tyco, en Estados Unidos; o los casos europeos de Crédit Lyonnays,
Vivendi, Ahold, Addeco y Parmalat, entre otros. En esta etapa las empresas desarrollan códigos de
conducta ética para evidenciar una forma de RSE; sin embargo diversos estudios sostienen que
“no es posible asociar un mayor nivel formal del desarrollo de políticas éticas o la existencia de
códigos de conducta con prácticas más honestas” (Perdiguero, 2003: 151). En los foros
internacionales se comienza a hablar sobre RSE como estrategia para la competitividad,
apareciendo diversas revistas y publicaciones especializadas en el tema, consolidándose como
una disciplina académica
.
Cuadro 1. Principales características de las etapas de la RSE

ÉPOCA Gran Depresión Activismo Social Conciencia Social


EMPRESARIAL Contemporánea

Surgimiento del término Discernimiento del Surgimiento del Surgimiento del término
Filantropía Empresarial Impacto que tiene la término Filantropía Desarrollo Sostenible y
El objetivo de las empresa en la Estratégica Ética en los Negocios
empresas sociedad . El objetivo es La RSE es vista como
es ofrecer bienes y Concientización de la contribuir con la estrategia de
servicios obligación moral que sociedad al mismo competitividad
de calidad pero también tiene la empresa para tiempo que la La RSE se consolida
ayudar de manera apoyar el progreso empresa obtiene un como
desinteresada a la social beneficio disciplina académica
sociedad Declaración de Filadelfia
Fuente: López y Contreras 2010

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Responsabilidad
Social Corporativa

Definiciones de la RSC

Sin ánimo alguno de exclusividad –sería ilusorio pretenderlo- veamos en el siguiente cuadro
algunas de las definiciones de la RSE o RSC, que permiten ver diferentes etapas – y diversos
enfoques teóricos- en la construcción teórica de este concepto. No se trata, ni mucho menos de
aprenderlas de memoria. Basta con que nos fijemos en sus contenidos esenciales y que prestemos
atención a los “enfoques” que reflejan, así como los nombres de sus autores.

Cuadro 2: Evolución de las definiciones de RSE

Tipo de enfoque Autor Definición

1. La RSE va más allá de una simple BOWEN “La RSE remite a la obligación, para los hombres de negocios, de poner en práctica las políticas, de tomar las
responsabilidad económica, (1953) decisiones y de seguir las líneas de conducta que responden a los objetivos y valores considerados como
contractual o legal deseables por nuestra sociedad”

DAVIS La RSE remite a las “decisiones y acciones emprendidas por motivos que sobrepasan el interés económico o
(1960) técnico directo de la empresa”

McGUIRE “La idea de responsabilidad social supone que la empresa no sólo tiene obligaciones legales o económicas,
(1963)
sino que posee igualmente responsabilidades con la sociedad, que van más allá de sus obligaciones”

“La responsabilidad social remite a los objetivos y las razones que infunden un alma a los negocios, más bien
que a la búsqueda del buen desempeño económico”
BACKMAN
(1975) La responsabilidad social empuja a las empresas a “tomar decisiones y a comprometerse en variados
campos, como: los problemas de la contaminación… los problemas de la pobreza y la discriminación racial…
HAY, GRAY &
GATES y otros problemas sociales”.
(1976)
La responsabilidad social es “la idea según la cual las empresas, más allá de las
JONES prescripciones legales o contractuales, tienen unas obligaciones para con los actores sociales”.
(1980)

2.La responsabilidad social de la FRIEDMAN “No hay nada más peligroso para los fundamentos de nuestra sociedad que la idea de una responsabilidad de las empresas que
empresa consiste en maximizar los (1962) no sea la de generar el máximo beneficio para sus accionistas”
beneficios para los accionistas “La responsabilidad social de la empresa es incrementar sus beneficios”. Consiste en “utilizar sus recursos y comprometerse en
FRIEDMAN actividades destinadas a aumentar sus beneficios, siempre que respete las reglas de juego, es decir, las reglas de la
(1970) competencia abierta y libre, sin estafa ni fraude”

3.La responsabilidad social consiste CARROLL La responsabilidad social es “lo que la sociedad espera de las organizaciones en materia económica, legal, ética y voluntaria, en
en responder (ser receptivos) a las (1979) un momento determinado”
necesidades de la sociedad de forma “Otro aspecto de la definición de RSE es que el comportamiento de las empresas debe ser voluntario” “Por ‘responsabilidad
voluntaria MANNE social’ se puede entender la obligación de asumir cualquier cosa. Ahora bien, un enfoque en términos de “receptividad”
(1972) (Responsiveness) es más exacto, pues permite considerar la respuesta a las demandas sociales, más
bien que decidir qué hacer”
ACKERMAN
& BAUER
(1976)

4.La responsabilidad social está WOOD “La significación de la responsabilidad social no puede ser aprehendida sino a través de la interacción de tres principios: la
compuesta por un conjunto de (1991) legitimidad, la responsabilidad pública y la discrecionalidad de la gestión; principios que derivan de tres niveles
principios que se trasladan a los de análisis: institucional, organizacional e individual”.
niveles institucional, organizacional y SWANSON
de gestión (1995) La RSE integra una doble perspectiva de control de la sociedad sobre la empresa y de respeto voluntario por parte de la
empresa de un conjunto de deberes. Estas dos orientaciones se trasladan al nivel de macro-principios institucionales y
organizativos y al de micro-principios puestos en práctica en los procesos de toma de decisiones
(definición construida en base a las grandes líneas de su artículo)

5.El desempeño social (social CARROLL El Desempeño Social Empresarial (DSE) consiste en la articulación e interacción entre: (a) diferentes categorías de
performance), como integración de (1979) responsabilidades sociales, (b) los problemas específicos ligados a esas responsabilidades, y (c) las filosofías de respuesta a
múltiples enfoques de la esos problemas (definición construida en base a las grandes líneas de su artículo).
responsabilidad social (principios, WARTICK & El DSE es “la interacción subyacente entre los principios de responsabilidad social y las políticas adoptadas para hacer frente a
procesos, etc) COCHRAN los problemas sociales”
(1985)
El DSE es “una configuración organizacional de principios de responsabilidad social, de procesos de sensibilidad social y de
WOOD programas/políticas/resultados observables, vinculada a las relaciones sociales de la empresa”
(1991)

6.El desempeño social de la CLARKSON El DSE puede definirse como la capacidad de gestionar y satisfacer a los diferentes grupos de interés de la empresa.
empresa como capacidad de (1995) (definición construida en base a las grandes líneas de su artículo)
satisfacer a los stakeholders
Fuente: GOND, Jean-Pascal y Astrid MULLENBACH-Servayre , 2004

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Responsabilidad
Social Corporativa

Al cuadro precedente podemos añadir este otro con algunas de las definiciones más recientes.

(*) Explicación de siglas: WBCSD (World Business Council Sustainable Development), AECA (Asociación Española de
Contabilidad y Administración de Empresas), BSR (Business for Social Responsibility), PWBLF (Prince of Wales Business
Leaders Forum), FORO DE EXPERTOS (Iniciativa del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de España).

Este cuadro muestra que, en lo que llevamos de siglo, la contribución de la literatura a la


definición de la RSC procede fundamentalmente de instituciones (gubernamentales y no
gubernamentales): la Comisión de las Comunidades Europeas, AECA, CSR Europe, Forética, el
World Business Council Sustainable Development y otros. Estas definiciones apenas han aportado
novedades al desarrollo del concepto.

A pesar de la abundancia de definiciones del término, no se ha logrado una definición de RSE que
pueda ser universalmente aceptada, que posea la suficiente generalidad y estabilidad para poder
recoger todas las circunstancias y situaciones. Ahora bien, no obstante las discrepancias y matices
existentes, se puede encontrar un consenso general sobre las principales características de la
responsabilidad social (Comisión Europea 2002):

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Responsabilidad
Social Corporativa

. Consiste en un comportamiento que adoptan las empresas voluntariamente, más allá de sus
obligaciones jurídicas, por considerar que redunda a largo plazo en su propio interés.

. Está intrínsecamente vinculada al concepto de desarrollo sostenible: las empresas deben integrar
en sus operaciones las consecuencias económicas, sociales y medioambientales.

. No es algo que pueda “añadirse” de forma opcional a las actividades principales de la empresa,
sino que afecta a su propia gestión.

Teorías y enfoques de la RSC

Abrumados por la pluralidad y diversidad de definiciones, fundamentos teóricos y enfoques de la


RSC, son varios los autores que han tratado de elaborar “mapas” clarificadores. Vamos a exponer
lo esencial de algunos de ellos (de autores europeos, en un caso; y de autores latinoamericanos,
en otro) para irnos familiarizando con las teorías sobre la RSC y sus fundamentos.

Veamos, en primer lugar la clasificación realizada por E. Garriga y D. Melé, en un famoso artículo
"Corporate Social Responsibility Theories: Mapping the Territory" ("Responsabilidad social
corporativa: un mapa del territorio") publicado en el Journal of Business Ethics 53 (2004). Para
facilitar la lectura de este resumen, omitimos la mayoría de referencias a los autores.

Para elaborar este mapa, los autores asumen la hipótesis de que las teorías y enfoques de RSC
más importantes presentan cuatro dimensiones relacionadas con: los beneficios, la actuación
política, las demandas sociales y los valores éticos. Esta hipótesis permite sistematizar las teorías
de RSC en cuatro grupos
:
Teorías instrumentales, en las que la empresa es vista exclusivamente como un instrumento para
la creación de riqueza y sus actividades sociales como un medio para alcanzar resultados
económicos. Entre los grandes exponentes de esta corriente de pensamiento podemos citar a
Friedman (1962, 1970) según el cual la única responsabilidad social de una empresa es la
maximización de los beneficios para los accionistas, dentro del marco legal y las costumbres éticas
del país (ver más abajo “enfoque macroeconómico”). Pero hay otros enfoques que cabe calificar
igualmente de “instrumentales”.

13
Responsabilidad
Social Corporativa

(1) La maximización del valor para el accionista como criterio supremo para evaluar las actividades
sociales corporativas.

(2) Las estrategias para lograr ventajas competitivas. Este grupo de teorías presenta tres enfoques:

- Inversiones sociales en un contexto competitivo. Los defensores de este enfoque sostienen que a
inversión en actividades filantrópicas puede ser útil para mejorar el contexto de ventaja competitiva
de una firma, ya que normalmente crea un valor social mayor del que pueden crear los donantes
individuales o el gobierno.

- Una perspectiva de la empresa y las capacidades dinámicas basada en los recursos naturales.
Este enfoque mantiene que la capacidad de una empresa para lograr mejores resultados que sus
competidores depende de la interacción de recursos humanos, organizativos y físicos a lo largo del
tiempo y de las rutinas organizativas y estratégicas por las cuales los directivos adquieren dichos
recursos, los modifican, integran y combinan para generar nuevas estrategias creadoras de valor.

- Estrategias para la base de la pirámide económica, en la que algunos autores ven más una
oportunidad para innovar que un problema. Una manera de abordar este tema es la innovación
disruptiva: productos o servicios que no tienen las mismas capacidades ni condiciones que los
utilizados por los clientes en los mercados convencionales y que, por ello, sólo pueden ser
introducidos para aplicaciones nuevas o menos complicadas entre los clientes no tradicionales, con
una producción de bajo coste y adaptados a las necesidades de la población.

(3) El marketing con causa, cuyo objetivo principal es aumentar las ventas e ingresos de la
empresa o la relación con los clientes creando una imagen de marca mediante la adquisición o la
asociación con la dimensión ética o la dimensión de responsabilidad social.

Teorías políticas, que hacen referencia al poder de las empresas en la sociedad y al ejercicio
responsable de dicho poder en el escenario político. Entre las más importantes, Garriga y Melé
mencionan:

• El constitucionalismo corporativo, basado en la idea de que la empresa es una institución social y


debe ejercer el poder de forma responsable, sujeta a la "ecuación de poder social" ("Las
responsabilidades sociales de los empresarios derivan y son equivalentes al poder social que
tienen") y la "ley de hierro de la responsabilidad" ("Quien no ejerza su poder social con
responsabilidad lo perderá").

• La teoría del contrato social integrador, inspirada en el pensamiento filosófico de Locke, considera
que las responsabilidades sociales provienen del acuerdo en dos niveles: un contrato macrosocial
teórico que apela a todos los contrayentes nacionales, y un contrato microsocial real asumido por
los miembros de numerosas comunidades locales.

• La ciudadanía corporativa, un concepto con tres significados diferentes: una visión limitada, que
comprende la filantropía corporativa, la inversión social o la asunción de ciertas responsabilidades
con respecto a la comunidad local; una visión equivalente a la RSC, y otra más amplia, por la que
las empresas entran en el escenario de la ciudadanía cuando el gobierno falla en la protección de
la ciudadanía incluso en un contexto global. A pesar de las importantes diferencias existentes en
este grupo de teorías, los autores ven algunos puntos en común: un fuerte sentido de la
responsabilidad de la empresa con respecto a la comunidad local, asociaciones y preocupación por

14
Responsabilidad
Social Corporativa

el medio ambiente. A consecuencia de la globalización empresarial, la preocupación por la


comunidad local se ha convertido progresivamente en preocupación a nivel mundial.

Teorías integradoras, en las que la empresa se centra en la captación, identificación y respuesta


a las demandas sociales. Con ello pretenden legitimidad social y una mayor aceptación y prestigio
social. Este grupo de teorías comprende:

• La gestión de asuntos sociales, definida como los procesos con los que la empresa identifica,
evalúa y responde a los asuntos sociales y políticos que pueden afectarle significativamente.

• El principio de responsabilidad pública. Sus valedores sostienen que un comportamiento


empresarial adecuado deriva de una política pública relevante, que incluya el modelo general de
dirección social reflejado en la opinión pública, asuntos emergentes, requisitos legales formales y
prácticas de ejecución o aplicación.

• La gestión de los grupos implicados (stakeholders), un enfoque orientado hacia las personas que
afectan a o se ven afectadas por las políticas y prácticas corporativas. Su ventaja es la mayor
sensibilidad de la empresa hacia su entorno, pero también una mejor comprensión por parte de los
agentes de los dilemas que afronta la organización.

• La acción social corporativa, una serie de teorías que promulgan la búsqueda de la legitimidad
social a través de procesos que ofrezcan las respuestas adecuadas.

Teorías éticas, basadas en las responsabilidades éticas de las empresas para con la sociedad. Se
fundamentan en principios que expresan qué se debe y qué no se debe hacer o en la necesidad de
construir una sociedad mejor. Entre los enfoques principales de esta corriente, Garriga y Melé
distinguen los siguientes:

• La teoría normativa de grupos implicados (stakeholders), la cual contempla las obligaciones


fiduciarias de la empresa hacia todos sus grupos interdependientes implicados (stakeholders):
proveedores, clientes, empleados, accionistas y comunidad local. Su puesta en práctica exige
tomar como referencia alguna teoría ética (kantiana, utilitarista, teorías de justicia, etc.).

• Los derechos universales, basados en los derechos humanos y laborales y el respeto al medio
ambiente.

• El desarrollo sostenible, dirigido a alcanzar un desarrollo humano que tenga en cuenta a las
generaciones presentes y futuras. Para evaluar su propia sostenibilidad, la empresa debería
adoptar un "triple objetivo" que incluya no sólo los aspectos económicos de la firma, sino también
los sociales y medioambientales.

• El enfoque del bien común, que sostiene que la empresa debe contribuir al bien común porque es
parte de la sociedad. La empresa cuenta con muchos medios para conseguirlo: creando riqueza y
proveyendo bienes y servicios de una manera justa y eficiente y, al mismo tiempo, respetando la
dignidad y los derechos fundamentales inalienables de los individuos.

• Asimismo, contribuye al bienestar social y la convivencia en condiciones justas, pacíficas y


amistosas, tanto en el presente como en el futuro. Como colofón, Garriga y Melé advierten de la

15
Responsabilidad
Social Corporativa

necesidad de profundizar en la relación entre sociedad y empresa, mediante un conocimiento cabal


de la realidad y una sólida base ética.

Este trabajo de Garriga y Melé es considerado como bastante completo, puesto que hace una
revisión a fondo de todas las teorías más recientes sobre la responsabilidad social empresarial y
de las diferentes maneras en que se concibe la relación entre la sociedad y la empresa. Sin
embargo, en opinión de Daniela Toro (2006), dentro de los enfoques estudiados por Garriga y Melé
faltaría incorporar “aquellos estudios que superan el enfoque meramente instrumental y prestan
importancia no sólo al cumplimiento de los objetivos económicos de la empresa sino que incluyen y
dan peso también de forma estratégica a las diversas demandas de los stakeholders. De esta
manera, ya no sólo se persiguen objetivos económicos sino también sociales y se reconoce en la
gestión de los mismos la posibilidad de crear valor a largo plazo”. Para ello, añade esta autora, la
estrategia de RSC, entendida como estrategia social, “debe estar directamente ligada con la
misión, visión y valores de la empresa e incorporada en la cadena de producción/creación de
servicios y en la cadena de valor, así como en la gestión de las relaciones con los diversos grupos
de la empresa. Entendida de esta manera, la RSC no es ni un imperativo moral al que la empresa
debe apostar, cree o no valor, ni una oportunidad a corto plazo que genera reputación o un retorno
puntual. Cuando la RSC es estratégica, se concibe como parte esencial de la empresa y su
alcance es a largo plazo”.

Otro “mapa” de los enfoques teóricos de la RSE, posterior al de Garriga y Melé, procede de los
profesores de la Universidad de Guanajuato, A. López y R. Contreras (2010). Vale la pena
recogerlo y resumir la explicación de los autores, por su claridad:

Cuadro 5: Principales características de los enfoques de la RSE

16
Responsabilidad
Social Corporativa

Enfoque macroeconómico. La teoría económica convencional sostiene que la empresa es una


unidad productiva cuyo único fin es obtener un beneficio económico. De acuerdo a Adam Smith “es
a través del beneficio propio como se satisfacen las necesidades sociales”. Los más críticos con la
RSE son economistas como Hayek, Leavitt, Robbins y Friedman, quienes sostienen que la única
función de las empresas es la actividad económica y que es un peligro asignarle a la empresa
otras responsabilidades ya que disminuirá su competitividad. Desde el punto de vista de la teoría
neoclásica no puede explicarse el fenómeno de la RSE, ya que sus principios se basan en la
existencia de agentes racionales y amorales.

Enfoque microeconómico. La RSE también ha tratado de explicarse desde un enfoque


microeconómico, en donde la RSE se concibe como una inversión determinada por un análisis de
costo-beneficio. Es decir, existe un monto exacto de inversión que debe hacerse en prácticas
socialmente responsables que cubre las expectativas de los empleados, consumidores y sociedad
y al mismo tiempo hace que los accionistas obtengan el mayor rendimiento posible. La aparición de
prácticas empresariales asociadas al cuidado de los derechos de los trabajadores, del medio
ambiente y del entorno en general, surgieron por la necesidad de mejorar la imagen externa de las
organizaciones ante clientes, proveedores y para fortalecer su posición en el mercado.

La adopción de este enfoque de RSE tuvo efectos positivos significativos en el clima laboral. Esto
trajo como conclusión que las prácticas de RSE, al elevar la productividad laboral, afectan
positivamente las utilidades de la organización.

Esto ha cambiado la concepción de las relaciones con clientes, proveedores, trabajadores y


sociedad como simples recursos, a activos intangibles de la organización por lo que las prácticas
de RSE son vistas como una forma de acumulación de capital intelectual para las empresas
(Donaldson y Preston, 1995). Debido al efecto positivo que tiene la RSE en las organizaciones, al
verse como una acumulación de valor de marca, (argumento de marketing) este enfoque ha sido
adoptado, cada vez, por más empresas. Esto implica que “la RSE tiende a orientarse hacia
inversiones filantrópico- estratégicas, donde la empresa no sólo busca el bien público sino también,
fundamentalmente, el propio beneficio” (Solís, 2008). En diversos países se crean fundaciones sin
fines de lucro, se canalizan donativos y se realizan actividades filantrópicas con el objetivo de
mejorar la imagen de la empresa y disminuir su carga fiscal.

Enfoque de los Costos de Transacción. La Teoría de los Costos de Transacción sostiene que la
economía requiere de un contexto social jurídico y normativo adecuado para generar seguridad en
los intercambios económicos que se producen y facilitar el desarrollo de las empresas,
minimizando los costos de transacción. Esto implica que deben respetarse los derechos de la
propiedad. En este sentido, Solís (2008: 239) afirma que “existe una creciente participación de la
empresa privada en causas sociales y ambientales que, de no atenderse oportunamente, son
susceptibles de elevar los costos de transacción y de reducir así su margen de ganancia”.

Por lo tanto, el comportamiento responsable de la empresa puede explicarse por su necesidad de


reducir costos a través del mejoramiento de la relación que tiene con los agentes internos y
externos de la organización. Es decir, el mejoramiento y alcance de la eficiencia en los procesos
organizacionales otorgados por la gestión responsable, apoya la reducción de costos: un ambiente
laboral adecuado, productos y servicios de calidad que cumplan sus necesidades, control de
desechos de materiales, conductas éticas en sus contratos, disponibilidad de información a
accionistas, establecimiento de redes de cooperación, cumplimiento de normas y regulaciones, por
mencionar algunas prácticas responsables.

17
Responsabilidad
Social Corporativa

Por su parte, Coase (1992) sostiene que la práctica responsable se genera de manera espontánea
por parte de las empresas sin la necesidad de la intervención del gobierno, logrando así un óptimo
social mediante la negociación entre los distintos agentes, siempre y cuando los costos de
transacción sean menores al beneficio convenido. Bajo este enfoque, no resulta importante
determinar quién causa las externalidades negativas, sino la manera de negociarlas.

Enfoque Administrativo. La RSE se ha convertido en un elemento importante del management


empresarial estratégico. Bajo el enfoque administrativo, la empresa es una institución cuyas
funciones no se limitan al beneficio económico ya que la empresa es vista como un elemento
constitutivo de la estructura social, capaz de apoyar el desarrollo de la comunidad (Carroll, 1979). A
partir de esta perspectiva los intereses de la sociedad forman parte de los objetivos de la empresa
y son considerados dentro de la toma de decisiones (Solís, 2008). Esto implica que la empresa
necesita considerar a la comunidad para su existencia, continuidad y operación, por lo tanto, la
dirección corporativa debe tomar en cuenta las demandas sociales y debe integrarlas a su forma
de operación. A través de las demandas sociales es como la empresa interactúa con la sociedad,
dándole a la empresa legitimidad y prestigio.

Aunque existe una brecha entre las expectativas de la sociedad sobre la respuesta social que debe
tener la organización y el desempeño real de la empresa, ésta es capaz de responder a las
demandas de la sociedad (en cierto grado) a través de la integración de mecanismos que permitan
manejar los aspectos sociales dentro de la organización. Es decir, a través de un proceso de
institucionalización donde los objetivos son considerados e integrados en la organización. A este
proceso se le llama “Issues Management” (Garriga y Melé, 2004).

Desde este enfoque la empresa es vista como un sistema abierto donde debe adaptar sus outputs
a las necesidades e intereses que demanda el entorno social y económico, lo cual implica que los
objetivos y estrategias organizacionales deben adaptarse a las demandas de la sociedad, ya que
finalmente de ello depende la supervivencia y competitividad de la empresa

Enfoque de la Teoría de la Regulación. La RSE es una práctica social que se genera por la
evolución misma de la empresa y como una forma institucional fundamental del capitalismo, una
forma de autorregulación al gestionar de manera más eficiente las relaciones que tiene la empresa
con su entorno social y ambiental. La RSE no es vista como una práctica filantrópica que realizan
las organizaciones, ni como un comportamiento basado en la ética de la persona humana, sino una
práctica social cuyo objetivo es lograr la estabilidad y permanencia de las instituciones (empresas)
cuya base es el entorno social y natural. De acuerdo a Solís (2008), la gestión empresarial
socialmente responsable es una forma embrionaria del capitalismo, es un elemento de
autorregulación, ya no por parte del mercado o del Estado, sino de las empresas por preservar el
medio ambiente, los recursos naturales y la fuerza de trabajo. Es a través de la RSE como la
empresa regula los efectos negativos que ha generado a la sociedad por su necesidad de generar
rendimientos económicos en detrimento del bienestar social. Por tanto, la RSE surge con el
objetivo de enfrentar las externalidades negativas producidas por otros actores que no toman en
cuenta los efectos secundarios generados en beneficio o detrimento de otros, basados en el
sistema capitalista, pero que al no ser atendidas por el mercado o el Estado, la empresa actúa al
respecto.

Enfoque del Desarrollo Sostenible. La RSE debe tratar de explicarse a través del nuevo
paradigma del desarrollo sostenible, donde el desarrollo económico está en función del equilibrio
ecológico y social. Aunque este enfoque se ha desarrollado en un nivel macro más que a nivel
corporativo, ha tenido una fuerte contribución en el entendimiento de la RSE. Para lograr el
desarrollo sostenible es necesario integrar aspectos sociales, ambientales y económicos en el

18
Responsabilidad
Social Corporativa

establecimiento de procesos y estrategias organizacionales. A ello se le llama sostenibilidad


corporativa (SC), concepto que va más allá de las obligaciones o políticas ambientales, ya que
integra aspectos sociales. Van Marrewijk (2003), afirma que la sostenibilidad corporativa es el
objetivo final de las organizaciones y que la RS forma parte de ésta, al enmarcar la responsabilidad
social como una contribución que hacen las empresas para lograr el desarrollo sostenible.

Enfoque Institucionalista. De acuerdo a este enfoque, la empresa tiende a comportarse de


manera oportunista para lograr obtener mayores beneficios en el corto plazo, a menos que las
instituciones intervengan para mitigar ese comportamiento. Las instituciones son el elemento clave
que permite analizar y determinar por qué algunas empresas se comportan de manera responsable
y otras no lo hacen. El análisis institucionalista subraya que las instituciones son necesarias para
asegurar que las empresas sean sensibles a los intereses sociales además de ellas mismas,
particularmente en la globalización económica. Diversos investigadores reconocen que la forma en
que las empresas tratan a sus grupos de interés depende de las instituciones dentro de las cuales
operan. Los principales defensores de este enfoque, como John Campbell (2007), sostienen que
las condiciones financieras de la empresa, la economía del país, el nivel de competencia que
enfrenta la empresa, afectan el grado de comportamiento responsable. Pero también ese
comportamiento está mediado por factores institucionales como la regulación pública y privada,
organizaciones independientes que monitorean el comportamiento empresarial y normas
institucionales sobre el comportamiento organizacional. Por otro lado, la creación y aplicación de
regulaciones efectivas del Estado está en función de la capacidad de los actores (uniones,
consumidores, ambientalistas) de participar y monitorear esas regulaciones, aunque muchos
sostienen que las empresas se resistirán a las regulaciones impuestas y más aún siempre tratarán
de que el gobierno disminuya o mitigue las regulaciones. La tesis principal de este enfoque radica
en que existe más probabilidad de comportarse de manera responsable, si existen regulaciones
fuertes y bien establecidas que aseguren un buen comportamiento, y si el proceso de creación de
regulaciones es inclusivo de empresas y gobierno.

Enfoque de los stakeholders. Llamado también enfoque de los “Grupos participantes”, generado
en los años 90. Este enfoque asigna a la dirección de la empresa la obligación de gestionar en
base a los intereses de los grupos que se ven afectados por las actividades de la empresa como
accionistas, empleados, socios, clientes y comunidades.
El término nace en el Instituto de Investigación de Standford en 1963, que visualiza a los grupos
participantes como “grupos sin cuyo apoyo una organización dejaría de existir” (Perdiguero, 2003:
160). Por su lado, Freeman (2004) define el término stakeholder como aquellos individuos que
pueden ser afectados por el desempeño de una organización, catalogando a los participantes en
dos: primarios (accionistas, empleados, clientes, proveedores y poderes públicos; sin ellos la
empresa no puede sobrevivir) y secundarios (instituciones educativas, medios de comunicación,
grupos de presión que desarrollan gran influencia en los planes de la empresa). Debido a que la
empresa debe comprender las necesidades de los participantes y ajustarlas a sus objetivos
organizacionales, la organización, desde este enfoque, es un sistema complejo que debe generar
un equilibrio constante entre los diferentes stakeholders. La principal aportación de este enfoque es
que provee a los empresarios una visión más amplia del desarrollo de la empresa al mostrar las
relaciones que deben considerarse en la gestión estratégica de la organización.
Pero conviene subrayar que hay diversos enfoques de la teoría stakeholders, siendo el
enfoque instrumental y normativo las propuestas más difundidas. Estos dos tipos de
perspectivas, instrumental y normativa, divergen en el fin perseguido en la relación con los
stakeholders, la cual puede ser vista como un medio o como un fin en sí misma.

19
Responsabilidad
Social Corporativa

Para la Teoría Instrumental de stakeholders, la orientación de la empresa hacia sus stakeholders


está justificada desde un punto de vista estratégico para mejorar el rendimiento corporativo y el
éxito económico.
Esta teoría parte de que, el mantenimiento de unas relacionales sostenibles con sus stakeholders,
que permitan atender a las exigencias de los mismos, originará alianzas que facilitarán el acceso a
información que poseen éstos sobre aspectos como diseño de productos, servicios postventa,
atención al empleado, etc. permitiendo consolidar la posición de la empresa en el mercado, y
generar mayores beneficios. En consecuencia, las obligaciones gerenciales hacia los grupos
implicados se realizarán con el fin de establecer aquellas colaboraciones que desde una
perspectiva estratégica puedan beneficiar a la empresa. En un primer momento fue Freeman
(1984) el precursor de esta teoría, pero en trabajos posteriores se muestra interesado por la teoría
normativa.

Por su parte, la Teoría Normativa de stakeholders se posiciona en una concepción de ética


empresarial, donde la RSC tiene un fundamento social, y no tanto económico. Bajo este enfoque la
orientación de la empresa hacia sus stakeholders no se realiza con un objetivo económico, sino
que se ajusta a una norma de ética o de buen comportamiento. La empresa es entendida como
una entidad económica que afecta a muchas personas en términos de bienestar y riesgos. Esta
concepción está ligada a lo que Carroll (1987) define como “gestión moral”, frente a otros tipos de
gestión, como la inmoral y la amoral, que persiguen la rentabilidad como su objetivo exclusivo.

Junto a estos enfoques, actualmente se está observando una tendencia a utilizar la Teoría de la
ciudadanía empresarial (“Corporate Citizenship”) para justificar la RSC. En opinión de Melé
(2007) esta teoría considera que la empresa es parte de la sociedad y ha de participar en la vida
social contribuyendo en alguna medida y voluntariamente al desarrollo y bienestar de la sociedad
más allá de la creación de riqueza. Como corporación pública, tiene obligaciones sociales, como la
equidad, justicia social y protección de los trabajadores. En este sentido, tiene la responsabilidad
de ser una buena ciudadana y ha de contribuir con sus actuaciones, de forma socialmente
responsable, al bienestar de las comunidades en las que se encuentra instalada 1

Las claves de la construcción teórica del concepto de RSC

Aunque en los cuadros precedentes ya se han señalado diversos fundamentos teóricos de de los
enfoques expuestos, vamos a centrarnos más en este punto. Veamos, en primer lugar, la tipología
propuesta por C. Gendron (2000) en el siguiente cuadro:
1 Ligadas
a los postulados de la Teoría normativa de stakeholders y de la Teoría de la ciudadanía empresarial,
se encuentran las empresas de Economía Social, y en concreto, las sociedades cooperativas (ver: Mozas y
Puentes 2010).

20
Responsabilidad
Social Corporativa

De indudable interés es también, a este respecto, la aportación de Frederick que ha intentado


desentrañar las claves para comprender el itinerario de la construcción teórica del concepto de
RSC, que consta en su opinión de cuatro etapas (nótese los diferentes significados de las siglas
RSC, en inglés).

En la primera etapa los principales trabajos parten de que la relación entre empresa y sociedad
necesita ajustes y por eso insisten en la idea de “responsabilidad” y en la necesidad de que las
empresas rindan cuentas. Es lo que Frederick llama “RSC1”. Los autores se preguntan en qué
consiste la RSC o, dicho de otra manera, qué obligaciones tiene la empresa, a qué normas debe
someterse. Para unos, la empresa tiene sólo una responsabilidad económica; para otros, la
responsabilidad abarca otras cosas. Sin embargo, en esta fase de toma de conciencia hay una
gran “nebulosa normativa”, al faltar una base teórica sólida y coherente.

En el contexto social mucho más turbulento de finales de los 60 y en los 70, muchos escritos
(Ackerman, 1973; Ackerman y Bauer, 1976) dejan de preguntarse por las normas que debería
seguir la empresa –se alejan de las consideraciones teóricas y éticas- y centran sus
consideraciones en los procesos internos que permiten a las empresas responder de manera

21
Responsabilidad
Social Corporativa

eficaz y pragmática a las demandas concretas de la sociedad. Se pasa, así, de la “responsabilidad”


a la simple “responsiveness” (“receptividad” o sensibilidad social). Es el paso de la
“responsabilidad” a la “responsiveness” (RSC2).

Los vacíos de la “responsiveness”, a juicio de Frederick, reclamaban la necesidad de volver a


fundamentar los análisis sobre una base normativa más sólida, tomada sobre todo de la filosofía
cristiana y judeo-cristiana. Se abren camino dos nuevas vías de reflexión. Por un lado, se pasa de
la responsabilidad y la “responsiveness” a la Corporate Social Performance (Desempeño Social
Corporativo); y por otro, de la “responsiveness” a la “rectitud”. Es la etapa de la RSC3. El DSC se
presenta como una síntesis de las dos primeras corrientes (Carroll, 1979; Wartick & Cochran,
1985), integrando además las dimensiones “visibles” de la responsabilidad social, es decir, las
políticas de gestión de las relaciones sociales y los resultados y consecuencias de esas políticas
(Wood, 1991). Para otros autores el DSC se relaciona exclusivamente con la noción de legitimidad
(Sethi, 1979).

La otra vía de reflexión se centra en el concepto de “rectitud” (Corporate Social Rectitude) de las
acciones emprendidas y de las decisiones tomadas. La empresa tiene que tomar en consideración
la cultura ética, acordándola un papel central y tratando de alinear todas sus actividades en los
valores que la fundamentan. Hay que pasar de la reflexión sobre los medios a la referencia clave
de la ética. Si la RSC1 planteó las obligaciones de la empresa y la RSC2 se preguntó por los
medios (instrumentos) de responder a esas obligaciones, la RSC3 muestra que el camino para
encontrar la respuesta es la ética. En este marco de la RSC3 cabe colocar las aportaciones de
Donaldson & Dunfee, 1994), Donaldson & Preston, 1995 y Freeman, 1994, entre otros.

Finalmente, la etapa RSC4 (Cosmos, Ciencia y Religión) es la propuesta de Frederick para el


futuro: profundizar en los fundamentos espirituales y éticos, subrayando la búsqueda de sentido
inherente a toda persona. La religión debe ser uno de los tres pilares de la reflexión sobre Social
Issues in Management, para romper el círculo estrecho de la empresa y abrirse al funcionamiento
global de la humanidad en tanto que conjunto de seres vivos sometidos a procesos genéticos,
astrofísicos y bioquímicos. Esta ampliación de la perspectiva del análisis implica hacer del
“cosmos” el universo de referencia que abarca la economía y las empresas lo mismo que la
biosfera, tener en cuenta el avance de las “ciencias” –biológicas y naturales, sobre todo, aunque
también las sociales- para clarificar y comprender los procesos globales que configuran la
humanidad.

Para justificar este punto de vista que puede parecer un tanto esotérico, Frederick (1998) apela al
hecho de que muchos de los grandes problemas “éticos” actuales que deben afrontar las empresas
están directamente ligados a los avances de las ciencias naturales y a los problemas éticos que se
derivan de ellos (modificaciones genéticas y uso de Organismos Genéticamente Modificados en la
industria agroalimentaria, uso y manipulación del genoma humano con fines científicos y en una
perspectiva comercial, etc). Esto le lleva a hacer de la religión la tercera dimensión fundamental del
análisis de las relaciones empresa-sociedad.

Esta perspectiva invita a preguntarse hasta qué punto el interés actual por la RSC revela, al menos
en parte, una búsqueda de sentido en el mundo empresarial, una auténtica búsqueda de
espiritualidad y de religiosidad más allá de la religión tradicional. Se habla de “religiones
sustitutorias”, “subrogadas” (surrogate religions), para referirse a “fenómenos que actúan en lugar
de y en calidad de la religión” (Hervieu-Léger 1993:

22
Responsabilidad
Social Corporativa

42). Lo cierto es que la prestigiosa Academy of Management americana creó en su seno, hace
unos años, una división consagrada al Management, a la Espiritualidad y a la Religión, con el
objetivo específico de “estudiar la relación y relevancia de la espiritualidad y de la religión en la
gestión empresarial y en las organizaciones”.

Este hecho, para Acquier et al. (2011: 22) puede situarse en el marco más amplio de la crisis de los
sistemas de legitimación (Laufer 1993), y de la pérdida de los grandes valores ideológicos
religiosos y macrosociales que estructuraron la historia del siglo XX (Lipovestky, 1983; Fukuyama,
1992; Furet, 1995). En todo caso, esta hipótesis parece verificarse sobre todo en el contexto
sociocultural americano, mientras que las “versiones” europeas de la RSC parecen orientarse más
bien por el olvido de lo religioso.

La pirámide la RSC de Carroll

Su nombre es de los más mencionados en las páginas precedentes. Vale la pena exponer su
pensamiento sobre la RSC, un intento de síntesis de varios enfoques, conocido como “teoría de la
pirámide de la RSC”. Sugiere Carroll que la RSC está compuesta por cuatro tipos de
responsabilidades: económica, legal (jurídica), ética y filantrópica. Estas responsabilidades se han
de cubrir, no de forma secuencial, sino de forma integral: “La responsabilidad social de la empresa
implica el deber de obtener un beneficio, obedecer la ley, ser ética y ser un buen ciudadano
corporativo”.

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Responsabilidad
Social Corporativa

Las responsabilidades económicas constituyen la base de la RSC y son entendidas como la


producción de bienes y servicios que los consumidores necesitan y desean. Como compensación
por la entrega de estos bienes y servicios, la empresa debe obtener una ganancia aceptable en el
proceso.

Las legales tienen que ver con el cumplimiento de la ley y de las regulaciones estatales, así como
con las reglas básicas según las cuales deben operar los negocios. Las éticas se refieren a la
obligación de hacer lo correcto, justo y razonable, así como de evitar o minimizar el daño a los
grupos con los que se relaciona la empresa. Estas responsabilidades implican respetar aquellas
actividades y prácticas que la sociedad espera, así como evitar las que sus miembros rechazan,
aun cuando éstas no se encuentren prohibidas por la ley.

Esta visión es compartida también por Ferrell et al. (2000). Sin embargo, hay que decir que Ferrell
et al., en sus “Escalones de la RSE” colocan en la base la responsabilidad legal, no la económica,
pues entienden que las organizaciones no pueden sobrevivir mucho tiempo, si no cumplen con sus
obligaciones legales. En el escalón siguiente colocan la que entienden interrelacionada con la
legal, que es la ética, pues con el tiempo las prácticas éticas voluntarias pueden convertirse en
leyes. Sólo entonces aparecería la responsabilidad económica que estaría apoyada e incentivada
por la buena ciudadanía.

En ambas propuestas, sin embargo, la responsabilidad filantrópica aparece como el último nivel.
El término “filantropía” se deriva del griego que significa “amor por el género humano”. Comprende
aquellas acciones corporativas que responden a las expectativas sociales sobre la buena
ciudadanía corporativa. Estas acciones incluyen el compromiso activo de las empresas en
actividades o programas que promueven el bienestar social y mejoran la calidad de vida de la
población. La diferencia entre las responsabilidades éticas y las filantrópicas está en que las
primeras surgen porque la empresa quiere cumplir con las normas éticas de la sociedad; mientras
que las segundas no son una norma esperada en un sentido ético o moral, sino que representan

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Responsabilidad
Social Corporativa

más bien una actividad voluntaria de parte de las empresas, aun cuando siempre existe la
expectativa social de que éstas la realicen, ya que de ese modo manifiestan que devuelven a la
sociedad lo que la sociedad les dio a ellas mediante el contrato social implícito que permite
funcionar a las empresas
Algunos entienden que esta filantropía debe considerarse como “estratégica”, pues estas
actividades reportan ventajas competitivas a las empresas.

El modelo de Desempeño Social Corporativo de Wartick y Cochran

Se considera que Wartick y Cochran ampliaron y modificaron el enfoque de Carroll , al proponer el


Corporate Social Performance Model ( Modelo del Desempeño Social Corporativo) que abarca tres
áreas: los principios de la RSC (refiriéndose a las cuatro categorías de Carroll como “principios”),
los procesos de la ”Reacción –o Receptividad- Social Corporativa” (Social Corporate
Responsiveness), que pueden ser reactivos, defensivos, acomodaticios o proactivos; y las políticas
encaminadas a gestionar los asuntos sociales, como muestra el siguiente cuadro.

Balance crítico de los fundamentos teóricos de la RSC

Siguiendo a Gond y Mullenbach-Servayre (2004), podemos subrayar la presencia de no pocas


“tensiones y contradicciones” en el proceso de construcción teórica de la RSC, además de
numerosas ambigüedades semánticas, teóricas e ideológicas. Tensiones entre las perspectivas
“éticas” (justificación filosófica de la RSC, RSC1) y las “estratégicas” (enfoque “pragmático”,
RSC2); tensiones entre el enfoque “positivo” (describir y medir concretamente el comportamiento
de la empresa ante la sociedad, RSC2) y el “normativo” (búsqueda de las orientaciones que
marquen el “buen” comportamiento de la empresa, RSC3); tensiones entre las justificaciones
“utilitaristas” y las “voluntaristas”; tensiones frecuentes también entre las medidas adoptadas y el
desarrollo teórico del concepto de RSC, que no han evolucionado de forma armónica. El campo de

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Responsabilidad
Social Corporativa

la RSC es, evidentemente un campo de tensiones múltiples, como puede verse en el siguiente
cuadro.

Estos mismos autores hacen un balance crítico de ciertos fundamentos teóricos de la RSE:

Puede completarse la crítica precedente con la que hace D. Melé (2007) a cuatro teorías de la
RSC –la conocida como “Corporate Social Performance” (Desempeño, o Actuación, Social
Corporativo); la denominada “teoría del valor para el accionista” (“Shareholder Value Theory” o

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Responsabilidad
Social Corporativa

“Fiduciary Capitalism”); la teoría de los grupos implicados (“Stakeholder Theory”); y la teoría de la


“ciudadanía empresarial” (“Corporate Citizenship”)- atendiendo a cuatro elementos que aparecen,
al menos de modo implícito en todas las teorías de la RSE: (1) La legitimidad, entendida como
conjunto de ideas y valores con los que se trata de justificar el modo de entender la RSE. (2) La
orientación o “criterio fundamental propuesto en una teoría para tomar decisiones en la dirección y
gobierno de la empresa para que aquellas puedan considerarse socialmente responsables”. (3) La
regulación, es decir las normas o criterios a aplicar para concretar la RSE y (4) La actuación, o sea,
las acciones y reacciones de la empresa hacia su entorno social.

TEMA DIFERENCIAS CONCEPTUALES: “FILANTROPÍA”, “INVERSIÓN


SOCIAL”, RSC

Diremos ahora una palabra breve sobre la diferencia entre los conceptos de “filantropía”,
“inversión social” y “RSC”. Muchos autores coinciden con lo expresado por Taquia (2006)
y reflejado en el cuadro 12. Tratan, pues, de señalar algunas diferencias significativas en
cuanto a las motivaciones, objetivos, impactos y resultados de una cosa y de otra. Hay
que decir, sin embargo – remitiendo a las páginas precedentes- que en algunas de las
concepciones teóricas expuestas sobre la RSE se introduce, de una u otra manera, la
filantropía dentro de la RSE.

Necesidad de un nuevo enfoque pluridisciplinar y multidimensional

El proceso de conceptualización de la RSC, tal como se ha esbozado en las páginas precedentes,


invita a abordar el fenómeno de la RSC desde perspectivas pluridisciplinares, capaces de dar
cuenta de las diferentes dimensiones y niveles de análisis y de investigación. Esta perspectiva está
ya presente en una serie de autores. Aquí nos limitaremos a comentar brevemente las ideas
expresadas en tres trabajos.

El primero es el artículo Putting the S back in Corporate Social Responsibility: A multilevel theory of
social change in organizations (2007) de Ruth V. Aguilera y tres profesoras más de la universidad
de Illinois. En este trabajo colectivo se desarrolla un modelo teórico con varios niveles para indagar
por qué las corporaciones en todo el mundo se comprometen cada día más en iniciativas de

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Responsabilidad
Social Corporativa

responsabilidad social, demostrando así un gran potencial de cambio social. Estas iniciativas
incluyen acciones dentro de la empresa (cambiar los métodos de producción para deducir los
impactos medioambientales o cambiar las relaciones laborales tanto al interior de la empresa como
a lo largo de la cadena de valor de la empresa) como acciones fuera de la empresa (inversiones en
infraestructuras locales, diversas iniciativas filantrópicas). Su modelo incorpora varias teorías de la
justicia, gobernanza corporativa y diversas situaciones del capitalismo, para argumentar que las
organizaciones se ven sometidas a una fuerte presión en el sentido del compromiso con la RSC
por parte de diferentes actores, cada uno movido por razones instrumentales, relacionales y
morales. Esta perspectiva, a juicio de las autoras, abre nuevos caminos a la investigación sobre la
RSC. Se trata de estudiar la RSC a nivel micro (individuos) meso (organizaciones), macro (países)
y supra (transnacional); sirviéndose de la psicología, la sociología, el derecho, así como de la ética
y los negocios internacionales. Específicamente, trazan un marco teórico que identifica (1) a los
múltiples actores (por ejemplo, empleados, consumidores, directivos, inversores institucionales,
gobiernos, organizaciones no gubernamentales, organismos supranacionales) que empujan a las
organizaciones a actuar de forma socialmente responsable o irresponsable; y (2) los motivos
instrumentales, relacionales y morales que llevan a cada actor a impulsar un cambio social positivo,
como puede verse en el cuadro adjunto.

El modelo propuesto contempla, además, las claves para poder comparar la RSC entre unos
países y otros, teniendo en cuenta las diferencias institucionales y culturales que pueden influir en
la RSC, en la forma de regularla, en las prácticas de las empresas y en las actitudes de los
empleados; tema que ha sido muy poco estudiado hasta la fecha (Aguilera et al. 2007: 838).

28
Responsabilidad
Social Corporativa

Otra propuesta es la de J-P. Gond y D. Matten (“Rethinking the Business-Society Interface: beyond
the functionalist trap”, 2007). Señalan tres pasos cruciales para diseñar un nuevo espacio de
debate sobre la RSC. Primero, constatar que la mayor parte de la literatura sobre la RSC ha
concedido muy poca importancia a la RSC como fenómeno “social”, limitándose a considerarla un
fenómeno “empresarial”. Ha prevalecido una visión centrada exclusivamente en la empresa y un
modelo instrumental, que ha oscurecido el carácter sociológico y pluralista de la RSC, limitándose
a una perspectiva funcionalista. En segundo lugar, ir más allá de la simple crítica a las
teorizaciones existentes, proponiendo nuevos marcos teóricos e indicando nuevos caminos para la
investigación empírica. En tercer lugar, superar el enfoque funcionalista de la relación (interfaz)
empresa sociedad.

El nuevo marco teórico que proponen intenta articular cuatro perspectivas diferentes: la RSC como
función social; la RSC como relación de poder; la RSC como producto cultural, y la RSC como
construcción sociocognitiva. Cada una de estas perspectivas entiende de diversa manera la
relación (interfaz) empresa-sociedad, plantea unas cuestiones distintas sobre esa relación, define y
concibe de forma diversa la RSC y muestra, asimismo, una distinta orientación teórica y política,
como puede intuirse en el cuadro siguiente.

Consideramos, finalmente, una tercera propuesta, proveniente de A. McQuade & Phyl Johnson
(“Mapping the Terrain: Understandings of Corporate Social Responsibility”), de la Escuela de
Negocios de la universidad de Strathclyde (Glasgow). Se trata de un documento de trabajo
(“working paper”), presentado a la British Academy of Management, en septiembre de 2003. A la

29
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Social Corporativa

vista de las múltiples perspectivas, conceptos y puntos de vista sobre la RSC, estos autores
quieren contribuir a clarificar los términos del debate, para poder avanzar en las discusiones y en el
diálogo. Y lo hacen poniendo de relieve dos “sub-debates”, dos debates de fondo, a los que
generalmente no se presta atención: un debate “sociopolítico” sobre los derechos y
responsabilidades de las empresas para con la sociedad (debate que se enmarca generalmente,
desde la perspectiva de actores no empresarios, en los términos de las preocupaciones y
expectativas que la sociedad tiene acerca de las empresas), y un debate más “económico”,
relacionado con el modelo que las empresas deben adoptar (debate enmarcado en la perspectiva
de los empresarios y que tiene que ver con sus propios intereses y necesidades).

Toda discusión sobre la RSC gira, de hecho, en torno a estos dos temas de fondo. Si esto se
reconoce, es posible que desaparezcan muchas confusiones y que aumenten las posibilidades de
entendimiento. En concreto, si estos dos aspectos del debate sobre la RSC –el sociopolítico desde
la perspectiva social y el económico desde la perspectiva empresarial- se toman en serio, las
posturas ante la RSC –tanto teóricas como prácticas, ya sea en los individuos, en las empresas, en
los gobiernos o en otros grupos sociales son las descritas en el mapa siguiente:

Partners
El individuo o la organización, ambos reconocen que la empresa necesita contar con la legitimidad
de la sociedad y, al mismo tiempo, lograr la sostenibilidad a largo plazo de sus actividades
económicas para sus propios intereses. Como actores del negocio tenderán a tener un “locus de
control” internalizado enfocado a la coordinación de los aspectos sociopolíticos y económicos de la
empresa. Tenderán a considerar un amplio abanico de “stakeholders” y sus intereses a la hora de
tomar decisiones, reconociendo la mutua dependencia entre sociedad y negocios.

Paternalists
Esencialmente, consideran la RSC como filantropía. Están dispuestos a reconocer que para sus
negocios les interesa asegurar la sostenibilidad a largo plazo de sus actividades económicas, pero
estiman que gozan de una discreción mucho mayor, si pueden elegir a qué “stakeholders”
privilegiar y por qué.

Como actores del negocio, su “locus de control” puede ser internalizado en la medida en que usan
el poder de patronazgo para promover los intereses de la empresa.

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Responsabilidad
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Players
Aunque reconocen que la empresa necesita la legitimación social, los “players” están limitados a la
hora de buscar cómo lograrla por la presión de maximizar los beneficios a corto plazo. Como
actores el negocio, esta actitud hacia el modelo económico de la empresa puede actuar como un
“locus de control” externo, en el sentido de que mientras por un lado pueden considerar que el
camino ideal es uno, por otro lado se ven obligados a actuar de otra manera debido a la presión de
los beneficios a corto plazo. De hecho, su foco principal de atención estará en las regulaciones y
requisitos legales impuestos a las empresas por el gobierno.

Privateers
Tienden a considerar la RSC como una injerencia irracional en la esfera de los negocios. Como
actores de los negocios, son muy propensos a internalizar un “lugar de control” con escasa tensión
entre la búsqueda del beneficio inmediato y la visión de que, en caso de tener otras obligaciones
con la sociedad, estas palidecen ante la responsabilidad de producir beneficios inmediatos.

Estas distintas posturas sobre la RSC pueden ser casi instintivas, dependiendo de los prejuicios y
de las normas y cultura de cada uno, pero esto no excluye la posibilidad de diálogo y negociación
entre los diferentes actores y grupos implicados. Eso sí, tiene que haber, en primer lugar, un
entendimiento de los diferentes significados que los actores asignan a los términos; en segundo
lugar, un entendimiento de las expectativas recíprocas de unos y otros y, finalmente, un acuerdo
acerca de qué relaciones se deben privilegiar y cómo deben formarse o transformarse esas
relaciones.

CONCLUSIÓN
A la vista de la diversidad de enfoques, teorías y marcos conceptuales, se reafirma la necesidad de
buscar un enfoque pluridisciplinar que considere las múltiples dimensiones de los que
denominamos RSC.

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