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Huellas.

Psicoanálisis y territorio se propone armar un espacio de encuentro "entre"

experiencias de los últimos días: qué venimos haciendo, qué venimos escuchando, cómo se va

tejiendo nuestro oficio en esta situación. Se trata de reunir retazos sobre los que luego ir

pensando, escribiendo, formalizando. Dejar una marca para luego leerla.

Aislados
Jorge Tasín

A
bril, 14, 2020. Transitamos una situación forzosa e inédita. Digo

transitamos sin inocencia, como irónica metáfora, estamos aislados,

tan sólo podemos transitar nuestra isla.

En este sordo vendaval, metidos adentro, obligados a aquietarnos en

nuestro propio y más íntimo perímetro, disparatamos ser actores de reparto de

alguna de las tantísimas y previsibles películas apocalípticas que Hollywood nos

legó. Esos apocalipsis de fogueo, con romance heroico incluido, que siempre pero

siempre, acontecen en el hemisferio norte con epicentro en Nueva York,

California o Washington; acaso también Chicago.

Sabemos de sobra que los puntos cardinales no dejan de ser una

convención. Pero, el del norte, hemisferio que presume de resolver apocalipsis,

soslaya la redondez, desdeña lo geoide, o sea, riñe en favor propio con las

nociones elementales de la geometría, y se sitúa arriba, en el centro. Consta lo

dicho, en los garabatos de los cartógrafos, especialistas ellos tan afectos a los

sueldos del poder.

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Ahora, sin más, el asunto que nos concierne resulta inesperado, temible y

penoso. Inmensurable.

Su particular distinción —dato del todo significante— reside en que esta

vez ni somos actores de reparto ni se trata de una película. Es la realidad. Nada

menos, la realidad. Es cierto y es así: estamos amenazados por un tenebroso

elemento externo, inteligente y desconocido. El peligro es real, innegable. Lo

aseveran millones de infectados, cientos de miles de muertos, el mundo

conmovido, desborde sanitario, impaciencia social, crack económico,

estimaciones catastróficas.

No ignoro lo complejo existente entre lo objetivo y lo subjetivo, esa eterna

y voraz polémica; no obstante, sin ánimo alguno de contender con nietzscheanos,

lacanianos u otros subjetivistas, sostengo que sí, que es real, que no hay vuelta

que darle, estamos amenazados, shockeados, urgidos, derivados, quietos,

conminados al aislamiento.

Y al quedar aislados, aquietados y reducidos, suben a escena por sí

mismos —en nosotros, se nos desclavan— diversos mecanismos profundos,

constituyentes. Queramos o no, cobran forma fracciones del pasado reciente y no

tanto, que supusimos rehuir, disfrazar y tapizar con el talento de nuestra selectiva

memoria. Con ellos, se desnudan auténticas e incontenibles, las verdaderas

jerarquías de nuestros valores e intereses, deseos y prioridades. Es decir, todo eso

que ha determinado bien y mal, las elecciones realizadas en nuestra vida.

Este quieto torbellino que nos acontece, este miedo, indeseada

incertidumbre, nos empuja, entre los resquicios de los tantos cacharros que ahora

yacen amontonados, a considerar lo que secretamente siempre supimos: que la

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vida reside en su sencilla e inefable hondura, en los cercanos afectos, la provisión

de lo indispensable, la resolución satisfactoria de lo instintivo.

Demorados hoy en el tiempo, nos advertimos precisamente como sujetos

temporales, esto es, mortales, necesitados, dependientes. Esta situación forzosa e

inédita desanuda seguridades ficticias e impropias, devolviéndonos partes

desatendidas de la nuestra dimensión humana: cohabitantes de un planeta y no

sus dueños, seres inacabados, precisados, exiguos.

¿Saldremos –no todos— de nuestros provisorios refugios, con la

inexcusable tarea de proseguir la vida, propia y de los otros, fundando acaso por

vez primera una existencia que refleje, que exprese, y concuerde, con la sencilla

e inefable hondura de vivir?

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