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Anexo 2

Carta en la que se revela el código ético del capo

Confieso que he pisoteado a medio mundo, pero todos lo han merecido, y lo he hecho a mi modo:
con odio, pero con respeto; con decisión, pero sin saña; con sangre fría, pero con dolor ajeno y con
pasión.

Soy el delincuente más grande de todos los tiempos, pero no porque sea el que más crímenes ha
cometido. Lo soy porque he sido el más astuto para transitar en los bosques de la ilegalidad sin
que los lobos del sistema me engullan. Perdonarás mi falta de modestia, pero es algo que mis
mismos enemigos reconocen. Es un imperio maligno que he tratado de aliñar con una larga estela
de bondad que me llevó a compartir mis riquezas, que no soy pocas, con aquellos con los que los
dueños del poder decidieron marginar un día de toda posibilidad de bienestar, como si la felicidad
fuera un bien exclusivo de los corruptos.

Jesús es el único ser diferente a mi familia en quien creo. No creo en las casualidades de la vida.
No creo en la suerte. No creo en el destino. No creo en el diablo. No creo en las premoniciones ni
en el paso desafortunado por debajo de una escalera, ni en el martes 13. No creo en la sal, ni en la
mala suerte, ni en el gato negro ni en el espejo roto. No creo en los políticos que deciden el rumbo
del mundo jugando al poder. Llenando sus bolsillos con la comida de sus hermanos más débiles y
hablando más de la cuenta con palabras rebuscadas para descrestara sus adeptos y confundir a
sus detractores.

Creo en los karmas, en la vara que mide, en la libertad, en mi esposa. En mi madre, en mis hijos y
en lo que mis 20 mil millones de dólares pueden hacer para mantenerme vivo y feliz al lado de
ellos.

También creo, y firmemente, en mis enemigos. Ellos son la razón de ser de mi guerra. Ellos no
mienten cuando se ofrecen a liquidarme sin contemplaciones y me ofrecen la posibilidad de saber
qué piensan y qué quieren de mí. Son honestos. Me dicen “capo” a secas, como si solo existiera
uno en la vida. Yo preferiría que me llamaran Pedro Pablo, sin arandelas, porque ya no tengo
mucho tiempo para disfrutar de los títulos que me ha otorgado el poder, y como ni los grandes
imperios ni los grandes próceres de la historia escapamos del designio infalible de la muerte,
siento la mía más cerca que nunca, gracias a que mi socio y yo hemos decidido que solo uno de
nosotros viva para reducir a las autoridades las posibilidades de encontrarnos, y evitar que uno de
nosotros se quede con todo a cambio de delatar al otro. Nos batiremos en un duelo a muerte
dentro de muy poco.