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Entonces conocí el miedo, a partir de aquel instante olvidé el sol, la fiebre y ese reflejo

extraño y lívido como mi curiosa devoción por cimitarras vaporosas que emulaban las
sienes marchitas de aquellos minotauros tan embarcados ya en aquella línea de
pensamiento, no perdí un segundo en buscar una explicación plausible ¿Por qué su parecido
con la implacable furia de esos demiurgos sádicos e inmisericordes. ¿Dónde encontrar
aquel astrolabio que de indicio alguno de las bifurcaciones que la razón dice que nunca hay
que seguir, y esas tierras de oro de un dios olvidado, Junto a un lago de sangre, bajo un
domo diáfano y cristalino, del cual únicamente percibíamos perfidia, insensatez y burla a
nuestra condición de inexorables condenados de nuestra propia convicción por renacer.

Ahora reparo en algo que no había notado antes: Las órbitas negras y brillantes muestran el
reflejo de un cuervo que vigila estoicamente la lumbre imperecedera de los últimos
vestigios de esa liberadora insania orgiástica; cuya última mención fue hecha en el
tetragrámaton. Es sus páginas: Las de los primeros ritos de aquel pueblo distante, que sólo
se deja ver cuando arrojan al vacío, desde los riscos inaccesibles a sus niños recién nacidos.
Para evitar el desbalance orbital de un planeta que solo existe entre las celulosas de
pergaminos pútridos inaccesibles al vulgo de los mortales de la segunda era. El verdugo
desollador del pueblo exhorta a la raza de Abel al ataque; al frente va una mujer que
sostiene en su mano derecha una ciruela grande y roja que palpita, en ella vive un
silencioso festín aúreo y linfático que encandila a una masa desenfrenada de imberbes de
alma retorcida y engarruñada, únicamente a merced de la Cíbeles desquiciada y su símbolo
ecuménico y marchito.

Ahora las danzas glaciares han vuelto ¡Heme aquí libre y solitario! ¿Desde hace once años?
Regresé una y otra vez a la meseta. Dejó de resultarme extraña y extraje de aquí sus plantas
para llevarlas a mi jardín, grave error mío. ¡Ay cándido de mí! El pretender que los
hilvanadores estelares me pudiesen conceder una dicha por demás pueril. El profanar el
virgen vientre frondoso de las cavernas de Gea solo augura que ando viviendo el sueño de
mis postrimetrías; ahora solo me queda la reminiscencia de mis rasgos convulsos, mi
garganta hablando todas las lenguas y el espeso estertor rojo de un organismo falible que se
resiste a abandonar su cálida pero artificial morada hipnagógica. En las horas crepusculares
escudriño mis convicciones relativas a la metempsicosis y a una desechable (ahora)
cosmogonía obsoleta...para mi dicha.

Nayeli/Juanma

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