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Francisco de Quevedo: Historia de la vida del Buscón

(Tilmann Altenberg)

La única novela escrita por Francisco de Quevedo, que éste nunca reconoció como suya,
plantea una serie de problemas ajenos, a primera vista, a la interrogante de su adscripción al
género picaresco. Así, hasta el momento, no se ha podido aclarar de forma satisfactoria

on
cuándo Quevedo compuso la Historia de la vida del Buscón (a continuación: Buscón), aunque
la crítica especializada parece haber aceptado la hipótesis expuesta primero por Lázaro
Carreter ([1961] 1993)1 y refinada posteriormente por otros autores, de que se trata de una
obra de juventud, cuya redacción original, a todas luces posterior a 1603, corresponde al se-
gundo lustro del siglo XVII, a más tardar. Tampoco está muy claro si el autor intervino efec-

si
tivamente en la preparación de la edición princeps de Zaragoza (1626), como ha sugerido Rey
(1994/95) desafiando la posición tradicional. Por último, también la relación entre los tres
manuscritos conocidos y la intervención de Quevedo en su redacción han sido discutidas de

er
forma controvertida. ¿Son copias corruptas de dos tempranos originales perdidos?, como
postula Lázaro Carreter en la primera y hasta el momento única edición rigurosamente crítica
del Buscón de 19652? ¿O representan los manuscritos acaso diferentes estados de redacción y
revisión por parte del propio Quevedo?, como ha sostenido últimamente Rey (1997 y 1999)3.
tv
Por otra parte, la valoración global del Buscón durante los últimos decenios se ha visto deter-
minada por el desacuerdo entre Parker y Lázaro Carreter, cuyas lecturas fundamentalmente
irreconciliables de la novela siguen siendo puntos de referencia hasta la actualidad. Sin em-
bargo, el vasto terreno entre los extremos de considerar el Buscón como profundamente moral
rin

y alabar su realismo psicológico (Parker 1967), por un lado, y de reducirlo a un “libro de in-
genio” en donde predomina “la burla por la burla misma” (Lázaro Carreter [1961] 1993:
XXIII), por otro, ha venido poblándose también de posturas críticas más conciliadoras, que
-p

1
El ya clásico estudio de Lázaro Carreter, titulado “Originalidad del Buscón”, se publicó por primera vez en
1961, en: Studia Philologica: Homenaje a Dámaso Alonso, Madrid: Gredos, t. II, pp. 319-337. Cito de la
reproducción bajo el título “Estudio preliminar” en la edición del Buscón preparada por Cabo Aseguinolaza
(Barcelona: Crítica, 1993), edición que (salvo en los casos señalados) sirve también como base textual para este
trabajo. Indico entre paréntesis el libro, el capítulo y la página.
st

2
La vida del Buscón llamado don Pablos, edición crítica y estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter,
Salamanca: Universidad de Salamanca 1965 (a continuación: EC).
3
Véanse Cabo Aseguinolaza (1993: 1-15) y Rey (1999: 17-23) para una revisión más detallada de las principales
posturas críticas ante los problemas esbozados. Por encima de las divergencias que persisten respecto de la
Po

relación y cronología de los manuscritos del Buscón, en los últimos 20 años la mayoría de los editores han
adoptado el manuscrito B como base para la preparación del texto, casi todos por considerarlo como redacción
última y más coherente. Así es en las ediciones de Cros (1988), Jauralde Pou (1990), para quien B es anterior a S
y C (véase su estudio de 1991), García Valdés (1991), Arellano (1993), Cabo Aseguinolaza (1993), y Roncero
López (1999). La edición de Fernández / Gabino (1996), en cambio, reproduce el texto establecido por Lázaro
Carreter (véase nota 2). Dado que las variantes entre los tres manuscritos (S, C, B) y la edición princeps (E) no
atañen sustancialmente a la construcción global de la novela, para los fines de este estudio no es necesario entrar
en la discusión acerca de esta y otras cuestiones relativas a la cronología externa del Buscón. Opto, pues, por un
manejo flexible de las variantes textuales, tomando como punto de partida el texto de B, ahora generalmente
considerado el último de los manuscritos conservados; para Rey (1997) B es incluso posterior a la princeps. Así,
cuando me parece oportuno tendré en cuenta pasajes que no figuran en B, como, por ejemplo, los paratextos de
S, C y E. Con ello, hago mío el parecer de Rey (1994/95) con respecto al carácter autógrafo del prólogo de la
princeps de Zaragoza, 1626. Para las variantes de C, S y E sigo la edición crítica de Lázaro Carreter (EC). Para
un examen minucioso de los manuscritos del Buscón consúltese Rodríguez-Moñino (1953).
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reconocen la actitud burlona de Quevedo detrás del estilo conceptista del narrador-
protagonista de la novela, sin desatender la índole crítico-satírica de la novela (véase infra).
En lo que se refiere al lugar sistemático del Buscón dentro de la serie picaresca, parece haber
cierto acuerdo entre los críticos acerca del carácter desviador de la novela frente a sus precur-
sores, aunque nadie ha llegado a desafiar seriamente su filiación con ellos. Desde el punto de
vista formal la adscripción genérica del Buscón no parece, efectivamente, presentar grandes
problemas. Como vimos, el texto se concibió, con toda probabilidad, en el momento de mayor
repercusión de la novela picaresca, cuando el deslumbrante éxito editorial del Guzmán de

on
Alfarache (1599/1604) (a continuación: Guzmán) había también llevado al redescubrimiento
del Lazarillo de Tormes (1554) (a continuación: Lazarillo). Son el Guzmán y su precursor, el
Lazarillo, pues, puntos de referencia inmediatos para el joven Quevedo en el momento de
redactar el Buscón.
Si pasamos revista a los criterios que guían la aproximación a los textos considerados en el

si
presente volumen, está claro que el Buscón corresponde plenamente a ellos. Así, en la novela,
el protagonista Pablos, de procedencia humilde, narra de forma retrospectiva su propia histo-
ria de vida desplegando su trayectoria picaresca desde su nacimiento hasta un momento avan-

er
zado de su vida. También la continuabilidad del relato del protagonista se concretiza en el
Buscón de forma peculiar, como veremos más adelante. Es obvio que Quevedo adopta del
Lazarillo y del Guzmán, en el plano formal, el armazón narrativo global, acercándose con la
instalación de un narratario individualizado y la relativa brevedad de la forma (que tanto debe
tv
haber coincidido con su gusto por la concisión verbal) particularmente a la novela anónima
(véase Dunn 1993: 74). Sin embargo, no es menos cierto que con la construcción de un narra-
dor ni (¿irónicamente?) ingenuo (Lázaro) ni escarmentado (Guzmán) –particularidad de la
cual dependen también otras características del Buscón–, Quevedo se distancia tanto de una
como de otra novela4.
rin

Aunque Dunn (1993) advierte contra la práctica crítica de concebir la narrativa picaresca
como “a tightly self-contained organism” (16), abogando por estudiarla a partir de los géneros
existentes en la época que serían, según este autor, invadidos por elementos picarescos a
modo de un virus (ibid.)5 –reflexión cuya pertenencia en el caso concreto veremos más ade-
-p

lante–, sería asimismo miope ignorar el carácter prototípico que tenía en el momento histórico
el Guzmán, tanto para los escritores de relatos picarescos como para los lectores. De ello son
testimonio las numerosas coincidencias y referencias intertextuales entre las novelas de la
serie picaresca, sea en el plano de la ficción propiamente tal, sea a nivel paratextual donde las
st

novelas posteriores al Guzmán se relacionan con frecuencia y hasta de manera explícita con
éste.
Si hasta la publicación del Guzmán el primer Lazarillo pudo, en principio, leerse también
como autobiografía auténtica (véase el estudio de Meyer-Minnemann / Schlickers en este
Po

volumen), para los lectores contemporáneos del Buscón el carácter ficcional de esta novela
estaba desde el principio fuera de duda. Pues con el Guzmán, donde el narrador-protagonista y
el autor se disocian claramente sin que Alemán recurra a artificio alguno para reclamar la

4
Por otra parte, también en el plano del contenido hay una serie de coincidencias puntuales entre el Buscón y el
Lazarillo (con las inevitables innovaciones hiperbólicas), que sugieren que Quevedo confiaba en que sus
lectores, al acercarse al Buscón, tendrían presente la novela anónima (Paradela Jiménez 1999). Véase Arellano
(2000) para un excelente resumen de los principales focos de interés del Buscón así como de las
correspondientes valoraciones críticas.
5
De manera parecida, Vaíllo (1995) habla de “desvíos e interferencias [de la novela picaresca] con otros géneros
y modos literarios” (269).
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autenticidad de la historia, la ficción de un personaje picaresco que relata su propia vida había
quedado establecida como modelo narrativo sui generis. Por si hubiera dudas al respecto, los
documentos de la época, donde el título de la novela quevediana siempre va acompañado por
el nombre de su autor,6 testimonian que el Buscón se leía desde el principio como historia de
ficción7. Además, para los lectores contemporáneos –sea de una de las versiones manuscritas,
sea de cualquiera de las ediciones a partir de 1626– la resonancia al menos del Guzmán debía
de ser clara. Si aún unos veinte años después de la probable redacción del Buscón, su primer
editor, Roberto Duport, alaba la novela, caracterizándola en su dedicatoria como “[e]mulo

on
[sic] de Guzman [sic] de Alfarache” (EC, 6), ¡cuánto más obvio debe de haber aparecido ese
parentesco a sus primeros lectores! En los manuscritos C y S, la ficción autobiográfica abarca
hasta el nivel paratextual. En la sucinta dedicatoria, cuyo carácter autógrafo no está probado
aunque poco importa para mis consideraciones en estas páginas, el propio Pablos justifica con
las siguientes palabras ante “v[uestra] m[erced]” (EC, 11) su relato de vida:

si
Habiendo sabido el deseo que v. m. tiene de entender los varios discursos de mi vida, por no dar lugar a
que otro (como en ajenos casos) mienta, he querido enviarle esta relación, que no le será pequeño alivio
para los ratos tristes. Y porque pienso ser largo en contar cuán corto he sido de ventura, dejaré de serlo

er
ahora. (EC, 11)

Sea o no de Quevedo ese pasaje, merece tomarse en cuenta como testimonio que vincula el
Buscón con el Lazarillo, cuya situación enunciativa se justifica en términos muy parecidos.
Pues en ambos textos se instala la ficción de una relación enviada a un destinatario de
tv
respeto, o bien, en términos narratológicos, a un narratario individualizado8.
Aunque Quevedo adoptara, como acabamos de ver, una serie de rasgos del Lazarillo y del
Guzmán, descuellan, por otra parte, algunas diferencias fundamentales entre las novelas. Así,
en el plano de la historia, el relativo ascenso social de Lázaro de Tormes, cuya ambigüedad no
rin

se le escapa al lector, dando lugar a diferentes niveles de significación, es negado de forma


radical a Pablos. A pesar de su ambición de trascender los límites señalados por su condición
humilde, el protagonista no logra medrar. Mientras que Lázaro se jacta al final de su relación
de su posición de pregonero, que para él significa un ascenso social considerable, Pablos
posee plena conciencia de lo irremediable de su condición social. En comparación con Lázaro
-p

y teniendo en cuenta el trasfondo social de Pablos, su ambición parece desmesurada. Por otra

6
Véanse a modo de ejemplo los títulos completos de los manuscritos y ediciones de la época (Lázaro Carreter
1965: XIII-XVI, XL-XLII) así como las invectivas del maestro de esgrima Luis Pacheco de Narváez contra su
st

enemigo personal Quevedo, a saber, el Memorial de 1630 (OC II: 1180b-1188a), y la “Segunda audiencia” del
Tribunal de la justa venganza de 1635 (ibid.: 1262a-1280a). A partir de un estudio de las acusaciones
formuladas por Pacheco de Narváez en estos textos, Roncero López (2001) concluye que el Buscón “no suponía
ningún peligro para la pureza ideológica de los españoles cultos”, por lo cual el tribunal del Santo Oficio “no
Po

atendió ninguna de las críticas que se formulaban”.


7
Moore (1994a) ve el caso de Pacheco de Narváez como excepción a esta regla, sosteniendo que éste tomaba a
Pablos por el propio Quevedo. Aunque es evidente que el maestro de esgrima responsabilizaba al autor del
Buscón, de los hechos y palabras de su narrador-protagonista, me parece sin fundamento concluir que por ello
Pacheco de Narváez, entre otros contemporáneos, era “unable to distinguish fact from fiction, the author from
the character, Don Pablos from Don Francisco” (17). Por otra parte, el mismo autor distingue entre la tradición
manuscrita del Buscón, que “presents us with an attempt –however clumsy, however unsuccessful– to establish
an autonomous, autobiography of the pícaro” (10), por un lado, y la tradición impresa, que hace “exactly the
opposite” (ibid.), por otro; es decir, el libro impreso no deja lugar a duda de que el Buscón es una autobiografía
fingida.
8
En los manuscritos C y S, que comprenden la “Carta dedicatoria” que acabo de citar, el narratario es masculino
(“señor”) mientras que en B y en la edición princeps el narratario es femenino (“señora”). Es posible que con el
cambio de género Quevedo se burle del marco confesional del relato de Lázaro, pues no deja de ser frívolo y
hasta escandoloso el que Pablos “confiese” los pormenores de su vida viciosa ante una mujer.
4/24

parte, Quevedo se distancia también radicalmente de la fórmula de Alemán, de presentar el


discurso de un pícaro escarmentado que no se cansa de complementar las consejas con con-
sejos. A diferencia de Guzmán-narrador, Pablos en ningún momento a lo largo de su relato
llega a arrepentirse de manera consecuente de sus travesuras.
La relación paródica del Buscón con el Guzmán ya se manifiesta en el prólogo “Al lector”,
también de dudosa autoría, que precede la edición princeps de la novela. En él, su autor
insiste en el carácter provechoso a la vez que deleitoso del libro, llamando la atención, entre
otras cosas, sobre la posibilidad de escarmentar con las desgracias del protagonista o, alterna-

on
tivamente, aprovechar “los sermones” (EC, 7). En vista de la ausencia de semejantes sermo-
nes en el Buscón, por un lado, y su prominencia en el Guzmán, por otro, una lectura paródica,
que remite tanto a la construcción global de la novela alemaniana como a las repetidas mani-
festaciones del “celo de aprovechar” (GdA I, 110) en los diferentes prólogos, resulta inevita-
ble (véase Wicks 1989: 113).

si
La particular construcción del narrador en el Buscón como pícaro no escarmentado implica la
congruencia ideológica entre la voz citada de Pablos-personaje y la voz de Pablos-narrador,
observada ya por Rico ([1970] 2000: 135). Pero Quevedo no sólo desatiende la potencial dua-

er
lidad de la voz del narrador-protagonista, aprovechada a su manera por cada una de las nove-
las picarescas precursoras, sino que tampoco se preocupa por motivar a nivel ficcional el
relato de vida de Pablos9. Así, en el Buscón la ficción epistolar y el correspondiente narratario
individualizado, ambos recursos adoptados del Lazarillo, donde abren un espacio explicativo
tv
(“explanatory space”, Friedman 1996: 189) pronto llenado por el relato de Lázaro, quedan
ajenos a la historia a modo de una convención formal (véanse Rico [1970] 2000: 132, Smith
1991: 20, Wicks 1989: 110s.). Visto el Buscón en su conjunto, Pablos –en completa con-
gruencia con su pasado– no pretende justificar su vida ni convencer o escarmentar a nadie
(véase Rico [1970] 2000: 205)10.
rin

Pero veamos ahora más detenidamente la trayectoria del protagonista. Desde el principio de
su relato, Pablos no deja lugar a duda acerca de su descendencia familiar deshonrosa. Afirma
abiertamente que es hijo de un barbero ladrón y una puta hechicera y alcahueta, sobre quien
cae, además, la sospecha de no ser cristiana vieja (I, 1:55; I, 2:61), circunstancia que sugiere
que es hijo de conversos11. Plenamente consciente de su condición vergonzosa, Pablos-
-p

narrador insiste en haber tenido “pensamientos de caballero desde chiquito” (I, 1:58),12 es
decir, una ambición social desmesurada para una sociedad rigurosamente estratificada como
la de la España de principios del siglo XVII. Esta su aspiración declarada a ascender social-
st

9
Como observa Smith (1991), “in his neglect of the subtleties of story and plot, Quevedo reveals […] his lack of
concern for narrative illusionism and psychological verisimilitude. His radical flattening of the potentialities of
narrative will extend to the depersonalization he inflicts on his characters” (35).
Po

10
Bjornson (1977), en cambio, ve el relato de Pablos como “self-satisfied attempt to make a favorable
impression upon someone from a socially superior class” (112), tomando al pie de la letra la ficción epistolar sin
tener en cuenta lo inconsistente e inconsecuente que es la construcción del narratario individualizado a lo largo
de la novela.
11
A partir de esta información, Ettinghausen (1987) aduce una serie de indicios para establecer –en concordancia
con otros críticos– la condición conversa del propio Pablos, entre otros personajes. Según ese autor, el Buscón es
esencialmente una parodia religiosa concebida desde el punto de vista de un converso. Así, mantiene que “[t]he
fact that Pablos is a converso pícaro provides the organising principle behind Quevedo’s novel, justifying and
making sense of its at once distastefully and entertainingly anti-Christian narrative style”, injustamente achacado
al autor por cierto grupo de lectores contemporáneos (252). Bjornson (1977: 121-125) llega a una conclusión
parecida aunque menos radical. Por ingeniosa que sea, en principio, la argumentación de Ettinghausen, atribuirle
al relato de Pablos una (dudosa) coherencia interna a partir de su condición conversa, me parece hilar demasiado
fino.
12
Poco más adelante Pablos vuelve a afirmar sus “altos pensamientos” (I, 2:61).
5/24

mente choca, pues, de manera radical con su estamento y particular disposición familiar. La
hendidura entre ambición y disposición se va perfilando aún más claramente por el contraste
entre la línea ascendente de un ascenso hipótetico y los continuos fracasos del protagonista,
que forman una línea descendente13.
Es importante ver que por altos que sean los pensamientos de Pablos, no se fundan en un
carácter o conducta nobles. Desde el principio, la actuación del protagonista obedece al afán
de ganar el favor de aquéllos a cuyo nivel social aspira llegar, y aparentar cualidades que no
posee. Aunque en un momento temprano de su vida, Pablos procura realizar su ambición

on
aprendiendo virtud en la escuela, “pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada” (I, 1:59),
el favor del maestro y de “los hijos de caballeros y personas principales” (I, 2:60) que logra
ganar despierta la envidia de sus compañeros. No me parece fortuito que Quevedo haga a
Pablos registrar esta reacción, porque el rechazo que el arribismo del personaje provoca aun
en los compañeros de su propio estamento pone énfasis en lo escandaloso de su conducta.

si
Cuando Pablos-protagonista se entera de su nacimiento adulterino, es tanta su vergüenza que
decide dejar la casa de sus padres lo antes posible. Así, después de un fuerte sinsabor escato-
lógico (I, 2), entra en servicio de su amigo don Diego Coronel, justificando el abandono de la

er
escuela con lo poco que importa escribir bien para su “intento de ser caballero” (I, 2:66), pues
“lo que se requería era escribir mal” (ibid.)14. Al cabo de un año miserable en pupilaje en casa
de un licenciado segoviano, cuya mezquindad intensifica hiperbólicamente la del clérigo en el
Lazarillo (Tractado Segundo; véase Smith 1991: 23) y la del maestro de pupilos en la segunda
tv
parte del Guzmán (III, 4),15 Pablos pasa con su am(ig)o don Diego a Alcalá de Henares, donde
éste pretende completar sus estudios. Entre los estudiantes, Pablos sufre otra burla escatoló-
gica que le hace “considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá en un día, que
todo lo que [l]e sucedió con [el licenciado] Cabra” (I, 5:91). Escarmentado con esta nueva
desgracia, se propone “hacer nueva vida” (I, 5:92). Sin embargo, a diferencia de Guzmanillo,
rin

que en varios momentos resuelve cambiar su vida para bien, la nueva vida proyectada por
Pablos obedece a su decisión de “ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos” (I,
6:92)16. Como si se tratase de un propósito honroso, de cuya realización el decoro prohíbe jac-
tarse, Pablos continúa con una modestia absurda, que bien puede leerse como parodia de la
-p

deferencia de Lázaro de Tormes ante el destinatario de su relato: “No sé si salí con ello, pero
yo aseguro a V. Md. que hice todas las diligencias posibles” (ibid.). Si desde el punto de vista
de los estamentos privilegiados, los altos pensamientos de Pablos constituyen ya en sí una
ambición censurable, a partir de su iniciación picaresca, Pablos emprende conscientemente un
st

camino que terminará por perpetuar su marginación.


Durante su estancia entre los estudiantes en Alcalá, Pablos hace lucir su ingeniosidad,
cobrando cierto renombre por sus burlas y travesuras malignas (I, 6:101). Esta fase de su vida,
en la que Pablos parece momentáneamente perder de vista su ambición social holgándose de
Po

13
Vaíllo (1995), en cambio, insiste en que “la anarquía en la sucesión de episodios desafía toda lógica”,
considerando como “indiferente el orden en que se suceden los episodios” (264). Así opina también Smith
(1991: 27s.).
14
La agudeza de este comentario, claro está, consiste en la exageración paradójica de una observación por lo
demás poco original en la literatura de la época. Según las palabras de Pablos, no sólo no es necesario escribir
bien para ser caballero, sino que es positivamente necesario escribir mal: exageración satírica frecuente en la
obra de Quevedo. También en el plano temático, el menosprecio hacia cierto sector de la nobleza está muy en la
línea con otros textos satíricos del autor, filiación sobre la cual volveré más adelante.
15
Véase Moore (1995) para un estudio de otros paralelos llamativos entre el Buscón y el Lazarillo.
16
Este escarmiento y la consiguiente conversión de Pablos en bellaco invierte paródicamente el escarmiento de
Guzmanillo en la novela de Mateo Alemán (véase Dunn 1993: 199).
6/24

su nueva vida de bellaco, termina bruscamente con la llegada de la noticia de la ejecución de


su padre y el arresto de su madre. La esperanza de recibir la herencia nada despreciable de
400 ducados vuelve a despertar sus altos pensamientos. Así, afirma ante don Diego: “–Señor,
ya soy otro, y otros mis pensamientos; más alto pico, y más autoridad me importa tener” (I,
7:104). No deja de ser ambigua la jactancia de Pablos. Si se cree otro, no es tan sólo por la
relativa afluencia tan inesperada, que le facilita los medios para ostentar una posición social
que no ocupa, sino también por haber logrado cierto prestigio como bellaco consumado17.
Para Pablos-narrador el alejamiento de Alcalá significa retrospectivamente el abandono de “la

on
mejor vida que hall[a] haber pasado” (II, 1:105). En su regreso a Segovia via Madrid se topa
con diferentes individuos, casi ninguno de los cuales se salva del ridículo. En este trayecto
Pablos no trasciende el papel de “testigo que se limita a registrar y comentar la conducta
reprensible o excéntrica” (Vaíllo 1995: 273) de ellos (II, 1-3)18.
Al llegar a Segovia, Pablos es acogido en casa de su tío Alonso Ramplón, cuyo oficio de

si
verdugo vuelve a provocar la vergüenza del sobrino19. Cobrada la herencia, Pablos se dirige a
la Corte donde piensa encubrir la infamia de su familia bajo el anonimato y medrar gracias a
su habilidad personal (II, 5:140). Camino de Madrid, un hidalgo empobrecido le instruye

er
acerca de la vida en la Corte, detallando las mañas que los buscavidas practican para susten-
tarse en ella (II, 5-6). La impresión que las advertencias del hidalgo causan en Pablos es tal
que éste resuelve entregarse plenamente a la vida esbozada: “abrí los ojos a muchas cosas,
inclinándome a la chirlería” (II, 6:149)20.
tv
La estancia de Pablos en la Corte, donde proyecta ver realizada su ambición, abarca la mayor
parte del resto de la novela (III, 1-8). De modo muy parecido a Guzmanillo y a Rinconete y
Cortadillo en la homónima novela ejemplar de Cervantes, en Madrid Pablos es admitido a una
cofradía de buscavidas21, cuyo aspecto harapiento Pablos-narrador relata con lujo de detalles
haciendo también aquí lucir su perspicacia verbal. Al cabo de un mes de aprender Pablos “tra-
rin

zas de hurtar y modos extraordinarios” (III, 3:170), todos terminan en la cárcel. Gracias a su
dinero y su habilidad para fabricar trazas mintiendo y halagando, Pablos logra salir en libertad
mientras que sus compañeros son desterrados por seis años (III, 4:180). Una vez libre se aloja
en una posada donde hace compañía con un portugués y un catalán, representantes de dos
-p

grupos cuyo carácter excéntrico era –desde el punto de vista de los castellano-parlantes– pro-
verbial en la época. Su proyecto ya avanzado de cortejar a la hija de la casa, haciéndose pasar
por “un hombre de negocios rico” (III, 5: 182), se ve frustrado cuando, a causa de un contra-
tiempo infeliz, Pablos es otra vez llevado a prisión. Aunque también en esa ocasión recobra
st

rápidamente la libertad, viendo a punto de derribarse su apariencia rica, Pablos prefiere dejar

17
Conviene señalar que esta condición no le hace asumir la infamia imborrable de su ascendencia familiar.
Po

También aquí se produce cierta inversión del modelo del Guzmán. Mientras que la novela alemaniana, cuyo
protagonista llega a avergonzarse de su conducta poco cristiana, se ha leído, entre otras cosas, como
reivindicación del derecho de los conversos a su cabal integración social (véase el estudio de Niemeyer en este
tomo), Pablos procura encubrir su origen humilde y condición conversa, que tanta vergüenza le causan.
18
Los personajes encontrados en el camino son concretamente un arbitrista, un esgrimidor, un clérigo coplero,
un soldado pretendiente, un ermitaño fullero, un mercader ginovés, cada uno de ellos relacionado con algún
desatino personal.
19
El pasaje más explícito al respecto se halla en su carta de despedida donde pide a su tío a nivel intradiegético:
“No pregunte por mí ni me nombre, porque me importa negar la sangre que tenemos” (II, 5:141). La referencia a
la sangre se ha leído como indicio que confirma la condición conversa de la familia de Pablos (véase p. ej.
Ettinghausen 1987: 244).
20
También esta nueva conversión a causa de un conocimiento más cabal de la realidad invierte de manera
paródica el desengaño y remordimiento de Guzmanillo en el Guzmán.
21
En Alemán y Cervantes son las cofradías de Micer Morcón (GdA I, III, 3) y de Monopodio, respectivamente.
7/24

de seguir con su galanteo y salir de la posada sin pagar los gastos acumulados durante la
estancia.
Incitado por unos compañeros que le pintan “el provecho que se [le] seguiría de casar[se] con
la ostentación, a título de rico” (III, 6:188) Pablos se propone nuevamente “pescar mujer”
(ibid.), fijándose ahora en la dote que la novia noble aportaría al matrimonio (III, 6:191).
Cuando la considerable inversión que la estafa exige parece estar a punto de dar el resultado
deseado, el antiguo amo de Pablos, don Diego, descubre la verdadera identidad y efectiva
índole del timador matrimonial, revelación que le acarrea al protagonista una serie de palizas.

on
Esta vez el fracaso de Pablos es total: no sólo pierde toda esperanza de obtener la dote, sino
que se entera de que sus compañeros le han despojado, además, del resto de su herencia (III,
6:199). Una vez curado de sus lesiones y hallándose sin dinero, Pablos decide meterse a men-
digo. Gracias a su astucia verbal y una serie de trampas aprendidas de un colega de oficio,
logra nuevamente acumular cierta prosperidad.

si
Al cabo de un tiempo no especificado y sin exponer muy claramente los motivos, Pablos
resuelve dejar la Corte para andar a Toledo, “donde ni conocía ni [lo] conocía nadie” (III,
8:208). Se junta a una compañía de comediantes ambulantes, concertándose por dos años con

er
el director de ella (III, 9:209). Su facilidad tanto para actuar como para escribir él mismo
comedias y poesía por encargo, le facilita nuevamente los medios para llevar una vida
cómoda. Sin embargo, “como no aspiraba a semejantes oficios y el andar en ellos era por
necesidad” (III, 9:214), el propio bienestar económico le lleva otra vez a buscar la holganza.
tv
Convencido de “salir de mala vida con no ser farsante” (ibid.) –reconocimiento que revela por
última vez en la novela el marcado sentimiento de vergüenza social del protagonista22– deja
atrás la farándula para galantear a una monja hermosa y de buen entendimiento (III, 9:216).
No tarda en perder la ilusión de ver cumplido jamás su deseo de conquistarla, por lo cual
abandona este su último “papel” de galán de monjas, “hijo de un gran caballero” (III,
rin

9:215)23, para dirigirse a Sevilla, la última estación de la trayectoria de Pablos relatada en el


texto quevediano.
Camino de Andalucía se mantiene en la prosperidad anterior ejerciendo fullerías. Pablos-
narrador asume en este contexto una rara actitud aparentemente escarmentadora, llamando la
-p

atención sobre el mal ejemplo que podría dar el relato demasiado minucioso de sus trampas.
Sus reflexiones se dirigen, en este contexto, abiertamente no a vuestra merced, sino a un
público lector más general (evocado de forma genérica como tú), rompiendo así temporal-
mente la ficción de un destinatario individualizado a imitación del Lazarillo24. Sin embargo,
st

la preocupación por el efecto pernicioso de sus palabras en los lectores no es tan pura e
inocente como pueda parecer, pues Pablos orienta sus avisos expresamente hacia los lectores
Po

22
Es altamente significativo que Pablos descalifique como mala vida la única actividad a lo largo de su
trayectoria que no se funda en actos delincuentes. Como en varias ocasiones antes, descuella aquí el carácter
exterior del concepto de honor del protagonista cuya conducta se orienta, hasta ese momento, exclusivamente en
el qué dirán, es decir, en la apariencia, mientras que sus continuas transgresiones delictivas no le causan
vergüenza alguna. Así, el solo hecho de que la farándula se consideraba generalmente actividad poco honrosa
basta para que Pablos, una vez solucionados sus problemas económicos, sienta vergüenza y abandone el oficio.
Dada su ambición social, para él cualquier actividad anterior al ascenso ha de ser provisional. Véase en este
sentido también González (1994: 54).
23
Llama la atención otra vez el fingimiento social del protagonista.
24
Como la crítica ha notado con frecuencia, no es este el primer momento en el que Quevedo hace a Pablos-
narrador apartarse de la estrecha construcción de un destinatario único individualizado de su relato de vida. A mi
modo de ver, no cabe atribuir mayor importancia a esa circunstancia fuera de entenderla como indicio de la poca
atención que Quevedo prestaba a la construcción de un destinatario textual coherente, y de una momentánea
interferencia irónica con el Guzmán, donde el narrador se dirige también directamente al lector.
8/24

pícaros, entendido pícaro aquí en su sentido primitivo de mozo de cocina (véase III, 10:200,
nota 9; infra), aunque no libre de las correspondientes connotaciones sociales y hasta hampes-
cas. Y no se dirige a ellos, por cierto, para que huyan de una vez por todas el vicio del juego,
sino para que jugando a los naipes se guarden de las trampas de los fulleros25. Una vez más,
Quevedo se burla aquí del Guzmán, parodiando su manera de amonestar directamente al lec-
tor.
En Sevilla, ciudad –conviene recordarlo– tristemente célebre en la época por su hampa,
Pablos hace compañía con unos facinerosos violentos que lo implican en el asesinato de dos

on
corchetes. Aunque Pablos se espanta ante este crimen, cometido en estado ebrio, no por ello
cambia de vida. Antes bien, el trato íntimo con la prostituta Grajal(es) lo hace considerar esa
vida como “bien y mejor que todas” (III, 10:226) –frase que hace eco a otra muy semejante
proferida con respecto a su estancia entre los estudiantes en Alcalá (véase supra)– y conver-
tirse en su rufián. También en este oficio sobresale dentro de pocos días, llegando a ser el

si
principal de los de su calaña. Una vez más, la clave para su éxito es su aparente facilidad de
palabra (III, 10:226).
Cansado de esconderse ante la persecución por la justicia, resuelve finalmente embarcarse con

er
la Grajal a América para así mejorar su suerte26. Por si hubiera dudas al respecto, Pablos-
narrador insiste en excluir, como motivo de esta decisión, un cambio de actitud ante su vida
delincuente: “no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado
pecador, determiné […] de pasarme a Indias” (ibid.). La oración intercalada, que remite al
tv
presente de Pablos-narrador, confirma la condición irremediable del protagonista quien, aun
ante su propia mirada retrospectiva, no ha escarmentado desde el momento en que decidió ir a
América para “ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría [su] suerte” (ibid.). La admisión
franca de haber degenerado aún más, con la que cierra la novela (“Y fueme peor, […] pues
nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”, ibid.), no
rin

hace sino prolongar la línea de su creciente envilecimiento a lo largo de su vida, degradación


que puede considerarse “the antithesis of Guzmán de Alfarache’s professed conversion”
(Friedman 1996: 187).
En vista de ello, con respecto a la posición ideológica representada por el Buscón en su totali-
-p

dad, al final de la novela, a Quevedo no se le queda nada en el tintero. Así, tanto el anuncio de
una segunda parte, pasaje que no figura en la edición príncipe ni en las posteriores ediciones
de la época (véase EC, 280), como la propia continuación resultan prescindibles, porque, en
términos cualitativos, ésta nada podría añadir a la historia de la frustración de una ambición
st

ilegítima de ascenso social, concebida a partir de los modelos del Lazarillo y del Guzmán
(véase Clamurro 2004: 555ss.)27. De respetar la línea descendiente trazada por Quevedo, que
Po

25
Véanse en este sentido las palabras con las que Pablos cierra sus avisos: “[…] [e]stas [cosas] bastan para saber
que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te callo” (III, 10:221; cursivas mías).
26
En vista del general misoginismo de la obra satírica de Quevedo, el hecho de que Pablos consulte a la Grajales
antes de resolver marcharse a América, subordinando su voluntad a la de una mujer, a más prostituta, sella la
degradación del protagonista al final de su relato. También Smith (1991) señala que el Buscón “shares the
traditional misogynistic […] topics of [Quevedo’s burlesque verse]” (37).
27
La única continuación directa del Buscón no se confeccionó, efectivamente, hasta más de cien años después de
la publicación del original, en un contexto ideológico bien distinto: circunstancia que corrobora indirectamente
mi argumentación. La continuación dieciochesca de Vicente Alemany está titulada Tercera parte de la Vida del
Gran Tacaño, recientemente editada como: Andanzas del buscón don Pablos por México y Filipinas, Pamplona:
EUNSA, 1998. El hecho de que Alemany haya considerado su manuscrito como tercera parte demuestra que
conoció el Buscón quevediano a través de una de las ediciones, posiblemente la de Madrid, 1648, cuyo título –
además de estar más próximo al de Alemany– es el que más abiertamente da a conocer un rasgo estructural
9/24

hace al protagonista volver a sus orígenes (véase Díaz-Migoyo 1979: 710), el relato de las
experiencias de Pablos en el Nuevo Mundo –aunque posible desde el punto de vista de la
verosimilitud– estaría desde el principio fuertemente condicionado por la condena autorial
dictada por Quevedo al final de su novela. En otras palabras, al enviar a Pablos a América y
hacerle afirmar que allí le fue peor que en España, Quevedo cierra definitivamente el discurso
autobiográfico de su protagonista, dejando constancia de que, para él, Pablos ha cumplido su
función y su historia no necesita continuación alguna28. Aunque en el sentido formal, el final
del Buscón confirma, pues, la principal continuabilidad de la ficción autobiográfica picaresca,

on
a diferencia de la primera parte del Guzmán, desde el punto de vista de la intención de
sentido, la novela no es inconclusa29.
Pero volvamos a considerar brevemente las últimas frases del relato de Pablos, cuyas resonan-
cias neoestoicas se han señalado desde los primeros momentos de la crítica quevediana
moderna30. Visto desde el ángulo de la verosimilitud de la construcción del protagonista-

si
narrador, resulta difícil reconciliar su efectiva obstinación con el grado de autoconciencia
acerca de su condición, logrado en el momento de concluir su relato. Me parece que la expli-
cación menos rebuscada de este fenómeno es considerar el pasaje como intervención autorial,

er
muy en la línea con la actitud de Quevedo en otros escritos satíricos (véase infra). Dejando de
lado, por el momento, este aspecto, me interesa ahora seguir la pista neoestoica más allá del
muy comentado lugar común de la frase final de la novela, para esbozar una lectura que com-
prende la conducta de Pablos, en última instancia, como ejemplo ex negativo de una vida
tv
estoica.
Ettinghausen (1972) fue el primero en analizar cabalmente el pensamiento neoestoico de
Quevedo en sus escritos filosóficos, insistiendo en que su “Stoical and satirical writings
should be viewed as the two sides of one coin” (128), llamando, además, de forma sumaria la
atención sobre “Stoical attitudes” (127) en el Buscón31. Así, la extrema vergüenza que Pablos
rin

siente por su origen humilde y su ambición desmesurada de medrar, apuntan al “supersticioso


respeto a la «honra mundana»” (Abellán 1981: 227) y la opinión pública, conceptos atacados
por Quevedo de manera explícita en el Sueño del Infierno (véase Sueños, 217s.), entre otros
textos. Frente a esta noción hueca y exterior de la honra, estrechamente vinculada con la idea
-p

de la nobleza de sangre (véase Bjornson 1977: 117), Quevedo admite en el mismo Sueño
expresamente la posibilidad de ganarse la nobleza verdadera por medio de la virtud:
el que en el mundo es virtuoso, ése es hidalgo, […] pues aunque uno descienda de hombres viles y
bajos, como él con divinas costumbres se haga digno de imitación, se hace noble a sí, y hace linaje para
st

otros. (Sueños, 216)

común a todas las ediciones, a saber, su división en dos libros (frente a la tripartición de los manuscritos
Po

conservados): La historia y vida de el gran Tacaño, dividida en dos libros (véase García Valdés 1998:25s.).
28
Si aceptamos que el autor del Buscón sí intervino directamente en la edición princeps de la novela, como ha
sugerido Rey (1994/95), y que ésta es posterior a los manuscritos, ¿no podría la supresión del pasaje que anuncia
una segunda parte haberse motivado por el alejamiento temporal del Buscón de sus hipotextos picarescos
inmediatos y una correlativa maduración de la convicción por parte de Quevedo, de que ya que, en términos
ideológicos, la suerte del protagonista estaba echada, el retórico anuncio de una continuación, que de todos
modos no tenía intención de escribir, no haría sino ofuscar esta circunstancia?
29
De manera parecida, para Moore (1994b) la promesa de una segunda parte no necesita cumplirse, “for the
second part […] is already implanted in our minds: there can be no ending, no true ending, to the life of Pablos,
until Pablos is hanged by the neck until dead” (545). Véase también Friedman (1992:243).
30
Véase la nota complementaria 226.86 de la edición de Cabo Aseguinolaza (1993) para un repaso bibliográfico
al respecto.
31
Mi argumentación en lo que sigue no se aparta sustancialmente de la de Ettinghausen (1972), aunque me
atengo más al propio texto del Buscón.
10/24

Pablos, al desatender desde muy temprano en su vida esta posibilidad de convertirse, dentro
de los márgenes de su humilde condición social, en un hombre honrado, se caracteriza hasta el
mismísimo final de su relato por la falta de cordura, que le llevaría a emprender el camino
hacia la virtud y la tranquilidad espiritual, según la concepción neoestoica de Quevedo y
muchos de sus contemporáneos (véabse Abellán 1981 y Boruchoff 1999: 54ss.). Cuando
Pablos aclara al final de su relato que “no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, […]
determiné […] de pasarme a Indias” (III, 10:226), afirma expresamente no poseer aquella
facultad (o bien, no saber hacer uso de ella) que en el pensamiento neoestoico figura como

on
condición imprescindible para que el hombre pueda escarmentar y desengañarse ante la falsa
apariencia de las cosas: el entendimiento (véase Ettinghausen 1972: 77). Como revelan el
Tesoro (1611) y Autoridades (1726-39), la cordura, de la cual Pablos admite carecer, implica
en la época, además del significado actual de “Prudencia, buen seso, juicio” (DRAE 2001: s.
v.), dos conceptos íntimamente relacionados con los ideales neoestoicos de la constancia y

si
tranquilidad anímica: el reposo y la mansedumbre (Tesoro: s. v. “Cordura”). Es obvio que
Pablos, en ningún momento de su vida, llega a reponerse dejando “los cuidados y los oficios”,
a modo de los religiosos en las horas de silencio (ibid.: s. v. “Reposo”, “Quieto”); ni mucho

er
menos su relación con el mundo se caracteriza por la “apacibilidad y buena gracia con todos”,
en las que consiste, según el Tesoro, la mansedumbre (ibid.: s. v.). Antes bien, como señala
Bjornson (1977), “[i]n moral and psychological terms, the narrating Pablos is the same vulgar
buscón he has always been” (113). Queda patente, pues, que Quevedo construye con su narra-
tv
dor-protagonista un personaje cuya actitud y conducta se oponen sistemáticamente a los idea-
les neoestoicos. Parece como si con las últimas frases de su novela, el autor procurase ofrecer
la clave inconfundible para una lectura de Pablos como “antithesis of the Stoic sage”
(Ettinghausen 1972: 127).
En síntesis, Pablos no logra ni satisfacer su ambición de ascender en la escala social –motivo
rin

último de su actuar y principal motor de su vagabundeo– ni superar la correspondiente


vergüenza que siente por su origen humilde. Al negar a su protagonista categóricamente no
sólo la aspirada movilidad vertical, sino también la salvación por escarmiento y una vida
honrosa dentro de los límites de su estamento, condenándolo a experimentar una larga serie de
-p

sinsabores que se perpetúa aun más allá de los límites del relato propiamente tal, Quevedo –a
pesar de adoptar el armazón narrativo global así como algunos rasgos específicos del
Lazarillo y del Guzmán– se aparta con el Buscón considerablemente de ambos hipotextos.
Queda todavía por aclarar cuáles son las características del protagonista del Buscón, más allá
st

de su bajo nacimiento, y cómo ellas se relacionan con el concepto del personaje picaresco, o
bien, contribuyen a su diferenciación. Para contestar estas preguntas cabe recurrir al nivel
léxico de la caracterización explícita del protagonista –sea por él mismo, sea por parte de
otros personajes– siempre atendiendo, además, a la información que nos proporciona la
Po

conducta de Pablos. A nivel léxico, hay una gama de apelativos aplicados en el Buscón no
exclusivamente al protagonista, que remiten a diferentes aspectos de su carácter y
comportamiento (véase Redondo Goicoechea 1984: 97ss.). Cuando Pablos-narrador relata su
entrega consciente a la vida traviesa entre los estudiantes de Alcalá, se nombra a sí mismo
bellaco (I, 6:92), apelativo que utiliza también en otras ocasiones para calificarse indistinta-
mente a sí mismo, a sus compañeros de oficio y a sus adversarios de ocasión. Si bien el
nombre de bellaco (junto a los derivados bellaquillo y bellaquería) destaca por su relativa
11/24

frecuencia a lo largo de la novela, también en boca de otros personajes32, no se trata de un


apelativo ni muy ofensivo ni semánticamente muy específico. La bellaquería –voz que al lado
de bellaco figura ya en el Vocabulario español-latino de Nebrija (1495) (Vocabulario: s. v.
“Vellaco”), donde remite al carácter deshonesto e indecoroso de un sujeto y su comporta-
miento– parece abarcar desde una leve travesura, llevada a cabo con astucia, hasta una
conducta más bien violenta y criminal, haciendo excepción siempre de los personajes
pertenecientes a la capa social más alta, concretamente, la nobleza33. Conforme a su propósito
explicitado hacia el final del primer libro, Pablos se mueve, pues, efectivamente como bellaco

on
entre bellacos llegando a ser, eso sí, el primero entre ellos, pero fracasando en su intento de
levantarse por encima de ese ambiente34.
Otro nombre dado a Pablos y sus semejantes es el de buscón. Aunque el número de ocurren-
cias de este apelativo a lo largo de la novela es relativamente escaso, no por ello deja de
señalar una característica fundamental del protagonista. El hecho de que figure en el título de

si
la obra y en otros dos paratextos del manuscrito B, donde adquiere la calidad de apodo de
Pablos (véase Redondo Goicoechea 1984: 98)35 para convertirse, en nuestra época, en forma
abreviada del título de la novela, testimonia el valor emblemático que esta forma de vida tiene

er
para la concepción del protagonista36. El apelativo buscón se relaciona estrechamente con la
estancia de Pablos en la Corte, donde se asocia a un grupo de buscavidas que forman, en pala-
bras del propio narrador-protagonista, un “colegio buscón” (III, 3:170). La característica
principal de la vida buscona consiste precisamente en buscarse la vida engañando a los demás
tv
y hurtando de la forma que sea. El uso intransitivo del verbo buscar en boca de la vieja que
preside dicho colegio (III, 1:151) traiciona el matiz arbitrario de esta actividad: no se busca
ninguna cosa en particular. Antes bien, los buscones se contentan con lo que encuentren según
la ocasión, con tal que les dé sustento.37
rin

32
Véanse I, 3:75; I, 5:87; I, 6:89, 91, 92, 94; II, 1:111; II, 4:134, 138; II, 5:140; III, 4:175, 176, 178, 179; III,
6:186; III, 7:198; III, 8:207; III, 9:209, 219.
33
Este vínculo conceptual del bellaco con el estado llano se explicita en el Tesoro, que afirma que “los villanos
naturalmente tienen viles condiciones y baxos pensamientos” (s. v. “Vellaco”), calificación que Autoridades
reproduce casi textualmente (s. v. “Bellaco”). Es en este diccionario donde se refleja la amplitud, o bien,
flexibilidad, del concepto tal como lo utiliza Quevedo en el Buscón. Si el bellaco es, para Autoridades, en primer
-p

lugar “[e]l hombre de ruines y malos procedéres, y de viles respétos, y condición perversa y dañada”, admite
también que “[s]e suele muchas veces tomar por el que es advertido, astúto, sagáz, y de no mui ingénua
intención, difícil de engañar, y que pica en demasiada reflexa” (ibid.), citando como autoridad de este uso el
principio del cuarto cuadro de La Hora de todos y la Fortuna con seso del propio Quevedo, texto satírico
relativamente tardío y no publicado en vida de su autor (véase Hora: 167s.; también infra, nota 34).
st

34
Esta justicia poética del fracaso del personaje vil e irreverente ante la jerarquía social, se halla de forma más
explícita en La Hora de todos y la Fortuna con seso, donde la casa del personaje usurpador –titulado como
bellaco y pícaro– se viene alegóricamente abajo (168; véase supra, nota 33).
35
En el prólogo “Al lector” de la edición princeps el protagonista es titulado “Principe [sic] de la vida Buscona”
Po

(EC, 7). Véase infra, nota 49.


36
Con excepción del manuscrito S, cuyo título introduce al protagonista como “busca vida”, los demás títulos
tanto de los manuscritos como de las ediciones conocidas registran el nombre buscón. La misma forma aparece,
además, tres veces en B, a saber, en el título del primer capítulo del primer libro (I, 1:55), en el título del tercer
libro (III, 3:151), así como en III, 6:189, única ocasión en la cual un personaje llama a Pablos por ese nombre.
Cabe mencionar, además, el uso adjetivo en “colegio buscón” (III, 3:170) y tres ocasiones en donde el verbo
buscar remite a la actividad de Pablos o sus semejantes en la Corte (III,1:151; III, 2:158; III, 6:189). Con
respecto al sustantivo buscón, Autoridades precisa que “[e]n lo literál vale la Persóna que busca, pero en este
significado no tiene uso, y solamente se toma por la que hurta rateramente, ò usa con malicia y arte de sacaliñas
para estafar” (s. v.). La primera autoridad que da, es el pasaje del Buscón que acabo de citar (III, 3:170).
37
En perfecta concordancia con lo dicho, Autoridades dedica una subentrada a esta acepción, citando como
ejemplo autorizado precisamente el último de los pasajes referidos del Buscón (véase III, 1:151). La entrada reza
como sigue: “En lenguaje de los pícaros y ladrones significa Hurtar rateramente, ò con indústria” (s. v.
“Buscar”).
12/24

La descalificación más radical de Pablos sale de la boca de su antiguo amo don Diego, perso-
naje ambiguo como veremos a continuación. Cuando en su reencuentro casual en Madrid,
Pablos encubre su verdadera identidad alegando una semejanza física con aquel Pablillos, don
Diego –momentáneamente convencido de haberle confundido– le habla en términos despecti-
vos de su antiguo criado. Afirma de forma inequívoca la condición vergonzosa de sus padres
y de su tío, terminando por caracterizar a Pablos como “el más ruin hombre y más mal incli-
nado tacaño del mundo“ (III, 7:195). En esta afrenta superlativa aparece, en la lectura de B, el
único uso del apelativo tacaño en la narración de Pablos, nombre que figura además en el

on
título de B y de la edición princeps38. Al lado del significado todavía en uso (‘miserable’,
‘mezquino’) tacaño remite, además, a la astucia y bellaquería del protagonista (véase Tesoro:
s. v.)39. El que don Diego, único representante de la nobleza de cierta importancia en la novela
quevediana, juzgue así a Pablos sugiriendo un vínculo causal entre su bajo nacimiento y su
condición vil, parece concordar con la perspectiva ideológica implícita en la construcción

si
global de la novela; pues, para la nobleza, estamento al cual pertenece el propio Quevedo40, la
desmesurada ambición social de Pablos debe de haber resultado particularmente amenaza-
dora. Sin embargo, el hecho de que para los lectores de la época el personaje de don Diego

er
Coronel remitía con toda probabilidad a una poderosa familia noble de Segovia del mismo
apellido, cuya descendencia conversa significaba una tacha considerable tanto para la nobleza
de abolengo como para cualquier cristiano viejo de linaje más modesto pero “limpio”, hace
que también este personaje sea por lo menos ambiguo (véase Johnson 1974). Más aún, para
tv
Rötzer (1994), entre otros, esta circunstancia “demuestra que Quevedo veía amenazado el
orden de los viejos estamentos y su ideología de honra, no sólo desde fuera, sino que obser-
vaba tendencias desviacionistas en su propio seno” (234). De ahí que, si bien en el pasaje
citado don Diego aparezca, desde el punto de vista ideológico, como portavoz del autor que
no duda en degradar al protagonista llamándole tacaño41, pueda afirmarse, por otra parte, que
rin

ningún sector de la sociedad contemporánea se salva ante la mirada crítica de Quevedo,


circunstancia que revela la profunda desilusión del autor (véase ibid. y Williamson 1977: 58,
nota 12).
El apelativo pícaro (junto a los derivados picarón / picarona, picarillo), finalmente, aparece
con relativa frecuencia a lo largo del texto42. Sin embargo, de forma parecida al nombre
-p

bellaco, Pablos no es el único personaje caracterizado de esta forma, ni tampoco pícaro


remite a un concepto muy específico. Pasando revista a los usos de este apelativo a lo largo de
la novela resulta que, según el caso, pícaro puede referirse tanto a un mozo ganapán –trabaje
st

como pinche de cocina, esportillero o en otro mandado concreto (véase p. ej. I, 2:64; III,
10:220; Tesoro: s. v. “Pícaro”)– como, de manera más general, a un sujeto cuyo estilo de vida
o apariencia física son afines a ese ambiente social. Así, en algún momento, Pablos es tildado
de pícaro por un compañero suyo a causa de su aspecto harapiento (véase III, 5:183). Si bien
Po

38
Los demás manuscritos no registran ningún uso de tacaño.
39
Mientras que la Real Academia tarda hasta la decimosexta edición de su diccionario, de 1936, para
caracterizar como desusado la primera acepción, que equipara tacaño a “Astuto, picaro, bellaco, y que engaña
con sus ardides, y embustes” (véase DRAE 1936: s. v.), el Diccionario castellano (s. v.) da la preferencia a la
acepción actual de “avaro, mísero”, proponiendo sólo en segundo lugar “vil, astuto, bellaco […], pícaro”.
Redondo Goicoechea (1984: 98) pasa por alto el significado primerizo de la voz tacaño.
40
Véase Friedman (1995: 39-43) para una serie de reflexiones pertinentes con respecto al papel que tienen
nuestros conocimientos sobre Francisco de Quevedo para la lectura del Buscón.
41
En el registro de los textos citados en Autoridades, la novela de Quevedo figura precisamente bajo el título de
Vida del gran Tacaño (véase p. ej. t. I: LXXXXV).
42
Véase I, 2:64; I, 4:83; I, 6:100; II, 1:106; II, 3:127; III, 2:159; III, 4:177; III, 5:183; III, 7:194, 195, 199, 201;
III, 8:203, 204, 205; III, 9:219; III, 10:220, 224.
13/24

los usos disparejos del nombre pícaro (al lado de otros como bellaco, ganapán, tacaño) en el
Buscón, considerados en su conjunto, sugieren que el nacimiento humilde, la pobreza y la
conducta vil se implican mutuamente, revelando, en última instancia, una visión estática y
jerárquicamente estratificada de la sociedad, la vida picaresca aparece, por otra parte, como
opción temporaria para los jóvenes socialmente privilegiados, como revela un breve comenta-
rio de Pablos-narrador acerca de una burla ejecutada por él en Alcalá: “[…] entraron [en el
prostíbulo] y no vieron nada, porque no había sino estudiantes y pícaros (que es todo uno)” (I,
6:100; cursivas mías). Aunque los estudiantes que “juegan a la picaresca” (Boruchoff 1999:

on
49) coinciden aquí temporalmente con los ‘pícaros por condición social’, por llamarlos de
alguna forma, que en el Buscón están condenados, como Pablos, a pasar su vida entre los
suyos, aquéllos pueden en cualquier momento deshacerse de su papel picaresco, como lo
hace, efectivamente, don Diego cuando sale de Alcalá (véase I, 7:104)43.
El nombre de pícaro revela su máxima fuerza afrentosa con respecto a Pablos en el séptimo

si
capítulo del tercer libro, que corresponde al ya referido reencuentro fortuito con su antiguo
amo en la Corte y las consecuencias inmediatas del descubrimiento de la identidad del prota-
gonista. Así, cuando los familiares de la doncella noble que Pablos pretende cortejar se asom-

er
bran ante el parecido de “un caballero tan principal [a] un pícaro tan bajo como aquél [i. e., el
antiguo criado de don Diego, T. A.]” (III, 7:194), no cabe la menor duda respecto de la distan-
cia social que mide entre una y otra categoría, confirmada, luego, por la censura de don Diego
citada antes. Pero Pablos no sólo presencia, bajo la identidad fingida de un caballero de
tv
nombre de “Filipe Tristán”, las humillantes palabras de los nobles con respecto a Pablillos,
sino que se ve, además, forzado a confirmar y hasta extremar él mismo esta condena a fin de
acreditar su presunta nobleza. Así, da expresión a su indignación ante la vileza de Pablillos –
sentimiento inevitable desde el punto de vista momentáneamente asumido por el protago-
nista–, descalificándolo como “¡Gentil bergantón!, ¡Hideputa pícaro!” (III, 7:195), ambas
rin

expresiones altamente afrentosas44. Aunque en la situación concreta, esta auto-condena


responde a la necesidad inmediata por parte de Pablos de mantener su identidad fingida de
noble, el hecho de que Quevedo le haga rebajarse de esta forma revela, junto con otros
muchos pasajes humillantes para el protagonista, la poca o ninguna simpatía que el autor
siente para con su protagonista (Friedman 1995)45.
-p

Dirigiéndose ya no a vuestra merced sino al “pío letor” (III, 7:195), Pablos-narrador admite
sin rodeos su aflicción y vergüenza en esa situación. En el mismo plano extradiegético, poco
después, cuando el embuste caballeresco se viene abajo, Pablos confiesa abiertamente “ser
st

[…] el mismo pícaro que sospechaba don Diego” (III, 7:199). Finalmente, habiéndole dado
una brutal paliza, los matones contratados por don Diego dejan a su víctima con la siguiente
frase, que bien podría servir de moraleja para el libro en conjunto (dejando de lado, por el
momento, su índole satírico-paródica): “–«¡Así pagan los pícaros embustidores mal
Po

nacidos!»” (III, 7:201). Desde el punto de vista de la ideología aristocrática, en estas palabras
–proferidas curiosamente por unos compañeros de Pablos– se condensan las características

43
Esta idea del pícaro temporario por decisión sustenta también la visión de la vida picaresca en Rinconete y
Cortadillo y La ilustre fregona, dos de las Novelas ejemplares cervantinas con claras resonancias picarescas en
el plano de la historia (véase el estudio de Meyer-Minnemann en el presente tomo).
44
Según Autoridades, bergantón (“Picaronázo y sumamente desvergonzado y ruin”, s. v.) es aún más ofensivo
que pícaro. El sintagma hideputa pícaro, por otra parte, remite literalmente a las circunstancias vergonzosas del
nacimiento de Pablos, evocando todas las implicaciones negativas de la condición social del pícaro, sea cual sea
su ocupación concreta (véase supra).
45
No así Loureiro (1987: 241), uno de los pocos críticos que insisten en que Quevedo no desprecia a Pablos.
Este autor mantiene también la esencial evolución de Pablos a lo largo de su vida.
14/24

más problemáticas del protagonista, cuya combinación desafía el orden social establecido: el
nacimiento vergonzoso, la condición picaresca (vale decir, vil) y la ambición desmesurada,
que ha llevado a Pablos a hacerse pasar por caballero, transgrediendo así claramente la línea
divisoria entre los estamentos, línea que se consideraba como absoluta46. Pablos destaca, pues,
doblemente entre los suyos. No sólo lleva la tacha de un nacimiento particularmente infame,
alejándose así de forma extrema de toda pretensión de nobleza, sino que rebela, además,
contra su rol social.
Volviendo a la caracterización de Pablos a nivel léxico, podemos concluir que los nombres

on
que él recibe a lo largo de la novela remiten a un ambiente social humilde en el que se produ-
cen desde travesuras risibles hasta crímenes graves. Si bien el apelativo pícaro se utiliza en el
Buscón con cierta profusión y, según el caso concreto, con diferentes matices, todos ellos
afines a la ocupación baja de los mozos ganapanes, en Pablos este nombre designa, como
acabo de demostrar, la extrema vileza de su carácter y conducta. En efecto, todas las activida-

si
des ejercidas por el protagonista a lo largo de la novela –también la farándula y la práctica de
escribir versos, que hoy en día no suelen considerarse oficios particularmente despreciables,–
concuerdan con la calificación negativa de Pablos a través de los diferentes apelativos.

er
Cabe, finalmente, volver sobre el título de la novela, que por su lugar privilegiado resulta de
gran importancia tanto para la caracterización explícita del protagonista como para la concep-
ción de la novela en su conjunto. En él, Quevedo aprovecha la ocasión para aclarar su distan-
ciamiento ante el protagonista-narrador. Aparte de los apelativos buscón y tacaño, que se
tv
hallan también en la narración de Pablos (véase supra), el título completo denomina al prota-
gonista además como vagamundo, llamando la atención sobre un aspecto clave de su trayecto-
ria, que lo vincula una vez más con actividades delictivas; pues, como señala el Tesoro (s. v.
“Vagar”), “[los vagamundos] son muy perjudiciales, y si no tienen de qué comer lo han de
hurtar o robar […]”, por lo cual “[n]uestras leyes los compelen a trabajar o los destierran y a
rin

vezes hallando en ellos culpas, o los açotan o los echan a galeras”. Este “[a]ndar ocioso de un
lugar a otro” (ibid.) característico de los vagabundos es, como explica Covarrubias desde su
perspectiva rigurosamente coetánea al Buscón, “[…] una plaga que cunde mucho en las cortes
de los reyes y en los lugares grandes y populosos; y a esta causa los juezes criminales hazen
-p

gran diligencia en limpiar la república desta mala gente” (ibid.). No cabe duda, pues, de que el
protagonista de la novela quevediana es un vagabundo prototípico de la época. La calificación
de la historia de Pablos como ejemplo de vagamundos en el título del Buscón (en las lecturas
de B y de la edición princeps)47, que en su sentido más inocente y neutral parece confirmar el
st

carácter representativo de su vagabundeo para los de su clase, en una lectura más desconfiada
se revela como irónica. Pues, ejemplo, que “[a]bsolutamente […] se toma en buena parte”, es
decir, que equivale a buen ejemplo, como explica el Tesoro (s. v. “Exemplo”), reclama para la
conducta de Pablos la calidad de modelo a imitar, afirmación cuya ironía encaja con la “doni-
Po

ficación” de un personaje tan humilde como Pablos en el título de la novela (en todas las
versiones)48.

46
Williamson (1977: 54) sigue la misma línea de argumentación.
47
Manuscrito B: “HISTORIA DE LA VIDA DEL BUSCON. llamado don Pablos, egemplo de vagamundos y
espejo de tacaños”; edición princeps (E): HISTORIA DE LA VIDA DEL BVSCON, LLAMADO DON PABLOS;
EXEMPLO de Vagamundos, y espejo de Tacaños.
48
Como aclara el Tesoro, la usurpación de este “título honorífico, que se da al cavallero y noble y al constituydo
en dignidad” (s. v. “Don”), por “muchos, que no se les deve” (ibid.), era una práctica difundida en la época.
También en otros textos de Quevedo se hallan instancias de este procedimiento irónico, que forma parte de la
“onomástica burlesca quevediana” (Arellano Ayuso 1984: 157). Véase también Redondo Goicoechea (1984: 98).
15/24

Más aún, ejemplo y espejo evocan como punto de referencia insospechado la tradición moral-
didáctica del exemplum y del espejo de príncipes49, géneros muy en boga en toda Europa
durante la Edad Media y el Renacimiento y cultivados todavía en el siglo XVIII y hasta
entrado el XIX (véase Philipp / Stammen 1996). Pero el título no se agota en la remisión
irónica a la literatura moral-didáctica, sino que parece implicar una referencia intertextual más
específica. Aunque a lo largo del siglo XVI se publicaron en España efectivamente una serie
de libros clasificables como espejos de príncipes, algunos de los cuales llevan incluso el
nombre de espejo en el título50, en el contexto de la literatura de entretenimiento en el que se

on
inscribe el Buscón, el título de la novela parece aludir a un texto, o bien, una serie de textos
muy concretos y sólo superficialmente relacionados con la literatura moral-didáctica de la
época. Sería esta serie la del Espejo de príncipes y caballeros (a continuación: Espejo), la
última novela de caballerías de cierto éxito, comenzada por Diego Ortúñez de Calahorra en
1555 y continuada por Pedro de la Sierra51 y Marcos Martínez52, respectivamente, unos treinta

si
años después53. En vista de las ediciones relativamente frecuentes y las continuaciones
provocadas por la obra de Ortúñez54 en un momento en el que el género caballeresco en gene-
ral estaba ya en declive, podemos afirmar que, en vida de Quevedo, el Espejo era el punto de

er
referencia más inmediato de esta rica tradición literaria, con siete ediciones de la primera
parte entre 1555 y 1617 (véase Eisenberg / Marín Pina 2000: 323s.)55. Es de suponer entonces
que, para los lectores contemporáneos del Buscón, era éste el Espejo al que aludía Quevedo –
otra vez de forma irónica– con la última parte del título, relacionando su novela así con un
tv
representante marcadamente didáctico del género caballeresco (véase Eisenberg 1975:
XXXs.). Con ello, Quevedo no sólo da una vez más expresión a su rechazo de la literatura
didáctica –postura que mantiene también, como hemos visto, ante el Guzmán– sino que, al
lado de la obvia filiación con la novela picaresca, remite a otro género generalmente conocido
entre sus lectores, como modelo para su narración.
rin

Efectivamente, los paralelos entre el Buscón, por un lado, y el Espejo y las novelas de caballe-
rías en general, por otro, sobrepasan lo circunstancial. Así, tanto la estructura episódica y la
relativa incoherencia de la narración como el final abierto, donde se anuncian nuevas aventu-
ras, son características específicas, aunque no exclusivas, del género caballeresco56.
-p

49
La alusión irónica del título a los specula principum resulta tanto más evidente cuanto que en el prólogo “Al
lector” de la edición princeps del Buscón, Pablos recibe el título de “Principe [sic] de la vida Buscona” (EC, 7).
50
Véase p. ej. Alonso de Madrid, Espejo de ilustres personas, Burgos 1524; Jaime Montañés, Espejo de bien
biuir, Valencia 1535; Francisco Monzón, Libro primero del Espejo del príncipe christiano, 1544; Juan de
st

Dueñas, Espejo de consolación, Burgos 1550. Consúltense Truman (1999) acerca de la vigencia de la tradición
del espejo de príncipes en la España de Felipe II, y Grabes (1973: 28-64) para una tipología de los títulos que se
valen de la metáfora del espejo.
51
Segunda parte del Espejo de príncipes y cavalleros, Alcalá de Henares, 1580.
Po

52
Tercera parte del Espejo de príncipes y cavalleros, Alcalá de Henares, 1587.
53
Tanto en el Quijote cervantino como en la continuación apócrifa de Avellaneda se hallan rastros de esta obra
(véase Eisenberg 1975: LXss.)
54
Véanse al respecto Eisenberg (1975: XXXIX-LXXIX) y Eisenberg / Marín Pina (2000: 321-333).
55
Habría que tomar en cuenta este dato en el momento de acercarse a la cronología de los manuscritos
conservados del Buscón. Es posible que el cambio del título se relacione con las últimas ediciones
contemporáneas del Espejo de Zaragoza, correspondientes a 1617 y 1623.
56
Mientras que en la narración autobiográfica del pícaro, la continuación del relato más allá de la unidad
convencional de un libro aparece como posibilidad sistemática que se desprende directamente de la situación
narrativa y sirve, en algunos casos, para autentificar la ficción epistolar (así, p. ej., en la edición de Alcalá del
Lazarillo; véase p. 136, nota 42), en los libros de caballerías, el final arbitrario y abierto corresponde a una
necesidad más elemental. Eisenberg (1982: 127s.) ve en esta “deliberate inconclusiveness” un artificio destinado
a acreditar la supuesta historicidad de lo narrado. Como vimos, en el Buscón, el anuncio de una segunda parte no
corresponde plenamente ni a una ni a otra función (véase supra). Si el vagabundeo del protagonista, por otra
16/24

Asimismo, como observa Smith (1991: 43), el carácter abstracto del espacio geográfico y la
índole estática del tiempo en el Buscón, así como la poca o ninguna evolución del protago-
nista a lo largo de su vida aproximan la novela al romance medieval, cuyo cronotopos se
define precisamente por estos rasgos. En términos más concretos, es incluso posible que el
desenlace del Buscón no se inspire tanto en el Lazarillo o el Guzmán, sino más bien en el
corte repentino y poco motivado que caracteriza el final de los libros de caballerías. ¿Es mera
casualidad que Quevedo finalice su novela haciendo a su protagonista embarcarse precipita-
damente a las Indias, cuando la primera parte del Espejo cierra con la inesperada huida de los

on
malhechores en barco (Espejo, VI, 250)? Y al adelantar en la última frase del Buscón la poste-
rior degeneración de Pablos, que el narrador promete desarrollar “en la segunda parte” (III,
10: 226), ¿no se aleja Quevedo de las narraciones picarescas para hacer eco a las últimas
frases del Espejo, donde se promete para “otra nueva parte” (VI, 251) la narración de “cosas
maravillosas […] [,] nuevos casos, nuevos amores, nuevas aventuras” (ibid.): final que

si
invierte sistemáticamente el desenlace de la “grande y muy famosa historia de Trebacio”
(ibid.)? A todas luces, las coincidencias entre el Buscón y el Espejo me parecen demasiado
claras y sistemáticas como para desechar la posibilidad de que Quevedo elaborase su novela

er
también a partir del sustrato de las novelas de caballerías.
Lo expuesto sugiere que el Buscón no sólo entra en un diálogo transtextual con dos novelas de
la serie picaresca, adoptando de ellas la concepción del personaje picaresco, la ficción episto-
lar y la forma autodiegética de la narración, sino que a través de una referencia al Espejo
tv
remite también a ciertas características del género caballeresco, cuya vigencia entre el público
lector aristocrático (que es precisamente el público enfocado por Quevedo)57 –contrario a lo
que suelen afirmar los manuales de literatura– no se ha extinguido todavía a principios del
siglo XVII (véase Lucía Megías 1998: 339). Al evocar en el título de su novela explícitamente
la tradición de la literatura didáctica, Quevedo retoma el rasgo distintivo del Guzmán, que
rin

consiste en presentarse como historia ejemplar con fines didácticos –no olvidemos que el
subtítulo de la segunda parte de la novela de Alemán reza Atalaya de la vida humana–, sobre-
pujándolo de forma irónica.
Mientras que el anonimato del autor del Lazarillo y el carácter aislado del Guzmán dentro de
-p

la escasa actividad literaria de su autor Mateo Alemán no invitan a la reflexión acerca del
lugar sistemático de los textos dentro de la respectiva obra, en un escritor tan prolífico y
polifacético como Quevedo58, la situación se plantea de manera distinta. Así, el Buscón puede
vincularse desde diferentes perspectivas con el resto de la producción literaria de su autor.
st

Mientras que formalmente la novela se inscribe en la prosa de ficción, la actitud del autor

parte, motiva los diferentes encuentros con los personajes satirizados en el plano de la historia, la consiguiente
Po

estructura episódica y poca coherencia de la narración, que tanto han perturbado a parte de la crítica actual, no
deben haber molestado a los lectores contemporáneos, ya que eran también características de los architextos
caballeresco y, en menor medida, picaresco. En el mismo sentido, Smith (1991) admite la posibilidad de que
“some of the Buscón’s contradictions or inconsistencies may be due to Quevedo’s reliance on a generic
knowledge common to author and contemporary readership but generally lost to the modern reader” (24s.).
Véase infra para una explicación complementaria de estas características del Buscón a la luz de su carácter
satírico.
57
Aunque hemos visto que Pablos-narrador apostrofa al narratario en una ocasión de forma genérica como
“letor”, admitiendo intraficcionalmente la posibilidad de que su relato sea leído por pícaros ganapanes (véase III,
10:220), es claro que Quevedo no dirige su novela ni a ellos ni a los aspirantes a la chirlería a modo de espejo de
la conducta ideal para semejante oficio, sino a “los españoles cultos, sobre todo la nobleza” (Roncero López
2001).
58
Véase el “Ensayo de un catálogo de las obras de Quevedo” que encabeza el apéndice de la magnífica biografía
de Jauralde Pou (1999: 927-997).
17/24

relaciona el Buscón con la vertiente satírico-burlesca de su obra, filiación referida ya varias


veces, pero de modo pasajero, a lo largo de estas páginas. A nivel de los fenómenos o grupos
sociales satirizados hay varias coincidencias entre la novela, por un lado, y la poesía y prosa
satíricas de Quevedo, por otro. Vale mencionar, a modo de ejemplo, los ataques a la falsa
nobleza, la hipocresía, los malos poetas y los bajos oficios, que se hallan no sólo en el Buscón,
sino también en los Sueños y La Hora de todos y la Fortuna con seso, entre otros textos, así
como en el amplio corpus de la poesía satírico-burlesca59.
Como advierte Crosby (1993) a propósito de los Sueños de Quevedo, “[e]l contenido variado

on
de una «sátira» puede abarcar diversas clases de narradores, de personajes y de diálogo; pero
típicamente carece del armazón narrativo” característico de la novela o del cuento (17)60.
Dicho de otra forma, uno de los rasgos típicos de la sátira en cuanto género histórico en el
Siglo de Oro es precisamente su diversidad formal. Es a partir de esta indeterminación de la
sátira que se explica, en parte, la actitud ecléctica y superficial de Quevedo ante los modelos

si
picarescos y caballerescos. Aun cuando la sátira se vale de manera más o menos sistemática
de otros géneros, llegando a sobreponerse, como aquí, a la parodia, no deja de tener su propio
repertorio modal, dentro del cual destacan la rigidez de la postura que sustenta el texto, el

er
tono irónico y el carácter radical y exagerado de la representación (Fowler 1982: 110).
Planteada así la cuestión de la adscripción genérica del Buscón, la novela muestra todas las
marcas de una parodia satírica. Concebido en los moldes de dos géneros en boga y
fundamentalmente incompatibles –la novela picaresca y, en menor medida, los libros de
tv
caballerías–, el Buscón sigue, a grandes rasgos, el armazón narrativo de la novela picaresca,
sin aprovechar a fondo sus posibilidades específicas61. Así, el desdoblamiento del pícaro en
personaje y narrador y la consiguiente duplicidad ideológica de su voz, que constituye uno de
los hallazgos originales del Lazarillo y del Guzmán, se apartan radicalmente de la
intransigente monoperspectividad propia de la sátira. De ahí que en el Buscón la posición del
rin

narrador coincida plenamente con la del personaje. Quevedo deja, pues, fluir su vena satírica a
través de los géneros parodiados (véase supra)62. Visto así, la extrema astucia verbal, que
refuerza la “perfecta congruencia” entre narrador y protagonista (Díaz-Migoyo 1979: 711),
sin motivarse de forma plausible a nivel de la ficción, es la de su autor, quien no se preocupa
particularmente por la verosimilitud más allá de la construcción global de la novela63.
-p

59
Véase Arellano Ayuso (1984), cuyo minucioso análisis de los temas y las técnicas de la poesía satírico-
burlesca de Quevedo trasciende considerablemente el ámbito de los sonetos señalado en el título de la
monografía.
st

60
Lo mismo observa, a grandes rasgos, Vaíllo (1995: 273s.).
61
Aunque no toma en consideración el sustrato caballeresco, la lectura de Vaíllo (1995) sigue, a grandes rasgos,
el mismo camino de considerar las particularidades del Buscón, frente a las novelas picarescas anteriores, a la luz
de su filiación con la obra satírica de Quevedo, llegando a la conclusión de que el autor se guía “por dos
Po

modelos, el picaresco y el satírico, que, a pesar de su proximidad en el espectro literario, no siempre son
conciliables” (279). De manera parecida, Wicks (1989) reconoce en el Buscón “[a] modal tension between satire
and picaresque, which are neighbors on the spectrum of fictional modes” (113), señalando tan sólo para el
Guzmán y el Simplicissimus una relación con el modo del romance.
62
Mientras que la situación narrativa en los Sueños evoca las visiones nocturnas como pantalla de proyección
para los episodios más variados e inverosímiles, de manera análoga en el Buscón el armazón narrativo de la
ficción autobiográfica de un personaje sumamente irrespetuoso sirve de marco para el despliegue de la pluma
satírica de Quevedo.
63
También Zimic (2000) relaciona la aparente falta de verosimilitud de Pablos-narrador con el carácter satírico
de la novela, suponiendo que “el Buscón fue concebido como uno de los Sueños” (16, nota 4). Para él, todas “las
«peculiaridades», «contradicciones», etc., que se suelen achacar al Buscón” (17, nota 4) se explican a partir de
esta hipótesis. De manera parecida también lo concibe Dunn (1993: 154s.). Para Friedman (1995), “Quevedo’s
conceptismo threatens to leave the socially disconnected Pablos without a voice, or at least without a voice that
would match his position and background” (208).
18/24

También la relativa incoherencia y el carácter fragmentado del relato de Pablos, observados


con tanta frecuencia por la crítica, remiten a estas características del discurso satírico-
burlesco64.
Si bien es cierto que la postura neoestoica que sustenta, en última instancia, el Buscón hace
del fracaso de la ambición de Pablos un ejemplo ex negativo de una vida estoica,65 no es
menos cierto que en la violencia con la cual el autor veda al protagonista el ascenso social –
violencia que parece rebasar la actitud radical característica, en principio, de toda sátira– se
vislumbran también el sentimiento de superioridad moral y la amargura por parte de Quevedo

on
ante la efectiva disociación del nacimiento noble, por un lado, y los privilegios sociales y
económicos, por otro, en el momento histórico que le tocó vivir (véanse Ettinghausen 1972:
136 y Dunn 1993: 156s.)66.

En resumen, aunque pueda que las diferentes propuestas de lectura del Buscón que acabo de

si
esbozar en estas páginas desconcierten por su multiplicidad, lejos de excluirse mutuamente, se
complementan entre sí. Así, en cuanto parodia, el Buscón expone al ridículo la narración de
un pícaro escarmentado cuyo extenso relato de vida está plagado de reflexiones moralizan-

er
tes67. Sin embargo, con esta su parodia del Guzmán y de la literatura didáctica en general,
Quevedo no pretende señalar un nuevo camino para el desarrollo futuro de un subgénero
narrativo en vías de gestación, sino que aprovecha algunos rasgos de los modelos picaresco y
caballeresco para sus fines satírico-burlescos de crear un mundo ficcional grotescamente
tv
distorsionado, en el que nada y nadie se salva ante su penetrante mirada mofadora68. Por
medio de esta creación de “un mundo aún más terrible que el existente” (Hatzfeld 1964: 437)
denuncia, tanto a nivel de los episodios particulares como de la trayectoria global del protago-
nista, una gama de fenómenos inaceptables desde su perspectiva ideológica.
La progresiva degradación de Pablos a lo largo de la novela no sólo se opone diametralmente
rin

al escarmiento y la eventual salvación de Guzmán de Alfarache, invirtiendo de manera paró-


dica el carácter expresamente edificante de la novela alemaniana, sino que revela también el
desprecio que Quevedo siente por el protagonista, en cuya actitud anti-estoica se vislumbra ex
negativo un modelo positivo de conducta. Esta actitud ambivalente, de servirse de Pablos
-p

como portavoz del propio discurso satírico, condenándolo a la vez a los disgustos más fuertes,
para luego sellar de forma definitiva el fracaso de su ambición, puede que nos parezca cruel,

64
Para Alonso Hernández (1992), los escritos satíricos de Quevedo son esencialmente una acumulación de
st

chistes, donde “[c]ada tensión exige ser seguida de un respiro o distensión” (111). Es, pues, por este ritmo que el
“humor quevedesco aparezca como fragmentado, inconexo, sin una verdadera trabazón narrativa ni siquiera en
lo que se llama novela: El Buscón” (ibid.).
65
En momentos posteriores a la composición de su única novela, Quevedo desarrolló también de forma explícita
Po

su pensamiento neoestoico, que penetra de manera implícita toda su obra (véanse Ettinghausen 1972 y Abellán
1981).
66
Jauralde Pou (1999) resume así la precaria situación de Quevedo en la Corte, como aspirante a una posición
más privilegiada dentro del estamento de la nobleza, y sus consecuencias ambiguas para el pensamiento del
autor: “De su infancia en Palacio, mirando casi siempre hacia arriba –los grandes– y hacia abajo –la plebe
urbana–, como tantos «letrados» de su época, Francisco va a conservar esa mezcla tan curiosa de despego y
veneración –envidia y temor– hacia la nobleza, o de desprecio hacia la plebe” (42).
67
Sería absurdo suponer para la novela una intención didáctica comparable a la del Guzmán o la literatura
didáctica en general, representada también por el curioso Espejo y, de forma aún más clara, los exempla y los
diversos tratados político-didácticos de la época. El que toda literatura satírica lleve en sí, por definición, alguna
lección implícita ex negativo, no hace del Buscón una novela edificante.
68
De manera parecida, para Clamurro (1980) el Buscón “offers a striking, parodic version of the picaresque and,
at the same time, announces the grand and various satiric project which would occupy Quevedo in the
succeeding decades” (311; véase también 299 y Clamurro 2004: 557).
19/24

pero revela el carácter funcional de la ficción autobiográfica de la narración picaresca para


Quevedo en el momento de ensayar su pluma satírico-burlesca69. En términos del modelo
genérico expuesto en la introducción del presente volumen, la relación entre autor implícito,
narrador y protagonista debe, pues, modelarse de la siguiente forma: Quevedo #=> Pablos-
narrador => Pablos-personaje. Por otra parte, “Quevedo’s neglect of the subtleties of Lazarillo
and Guzmán” (Smith 1991: 47) pone de manifiesto su poca inclinación hacia la ficción narra-
tiva stricto sensu, aspecto clave de su conservadurismo literario (“literary conservatism”,
ibid.). En vista de ello, es sólo consecuente que, por lo que sabemos, Quevedo nunca volviera

on
a ejercitar su ingenio en este campo de la literatura.
Una característica distintiva de Pablos frente a sus compañeros y sus precursores literarios
consiste en su extrema facilidad de palabra, que no sólo se afirma en boca del narrador-
protagonista a modo de justificación de su éxito entre los de su calaña, sino que se concretiza
también a nivel del discurso narrativo, cuya agudeza se nutre directamente del conceptismo

si
quevediano (véase Lida [1972] 1978)70. Quevedo transmite, pues, su propia perspicacia verbal
al protagonista-narrador de la novela, sin preocuparse mucho por la verosimilitud de seme-
jante voz ni por la construcción del Buscón en su conjunto. Con ello, aunque devuelva, en

er
palabras de Rico ([1970] 2000), “los esquemas novelescos del Lazarillo y del Guzmán a unas
maneras estilísticas preexistentes e independientes, no pensadas al tiempo y en función de
esos esquemas” (182), dirigiendo la novela picaresca hacia un callejón sin salida, Quevedo
dota al pícaro de un juego de cualidades que hoy en día suelen considerarse como caracterís-
tv
ticas suyas inconfundibles.

BIBLIOGRAFÍA
rin

Lista de remisiones bibliográficas:

Autoridades: véase DICCIONARIOS: Diccionario de Autoridades (1726-39)


Diccionario castellano: véase DICCIONARIOS: Terreros y Pando (1786-93)
-p

EC: véase EDICIONES MODERNAS DEL BUSCÓN: 1965


Espejo: véase OTROS TEXTOS: Ortúñez de Calahorra (1975)
GdA: véase OTROS TEXTOS: Alemán (1599/1604)
Hora: véase OTROS TEXTOS: Quevedo (1987)
st

OC: véase OTROS TEXTOS: Quevedo (1952)


Sueños: véase OTROS TEXTOS: Quevedo (1993)
Tesoro: véase DICCIONARIOS: Covarrubias (1611)
Po

Vocabulario: véase DICCIONARIOS: Nebrija (1495)

69
Esta interpretación coincide, a grandes rasgos, con la de Friedman (1992), entre otros, para quien Pablos
“becomes the victim of an author who places him in a position of authority, as determined by genre, only to
undermine his actions and his words, as determined by the social structure” (256). Véanse también id. (1996:
208s.), Smith (1991) y Dunn (1993: 72-87).
70
Estudio originalmente publicado en 1972, en: Homenaje a Casalduero: Crítica y Poesía, Madrid: Gredos, pp.
285-298.
20/24

EDICIONES MODERNAS DEL BUSCÓN:

1965: La vida del Buscón llamado don Pablos. Edición crítica y estudio preliminar de
Fernando Lázaro Carreter. Salamanca: Universidad de Salamanca. [EC]
1988: Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo
de tacaños. Estudio preliminar, edición y notas de Edmond Cros. Madrid: Taurus (= Temas
de España, 181).

on
1990: El Buscón. Edición, introducción y notas de Pablo Jauralde Pou. Madrid: Castalia
(= Clásicos Castalia, 177).
1991: La vida del Buscón. Introducción, notas y actividades de Celsa Carmen García Valdés.
Madrid: Bruño.

si
1993: Historia de la vida del Buscón: llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo
de tacaños. Edición de Ignacio Arellano. Madrid: Espasa Calpe (= Colección Austral, 300).
1993: La vida del Buscón. Edición, prólogo y notas de Fernando Cabo Aseguinolaza. Con un

er
estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter. Barcelona: Crítica (= Biblioteca Clásica, 63).
1996: La vida del Buscón llamado don Pablos. Edición de Pura Fernández y Jaun Pedro
Gabino. Texto fijado por Fernando Lázaro Carreter. Madrid: Akal (= Nuestros Clásicos, 11).
tv
1999: Historia de la vida del Buscón: llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo
de tacaños. Edición de Victoriano Roncero López. Madrid: Biblioteca Nueva (= Clásicos de
Biblioteca Nueva, 18).
rin

OTROS TEXTOS:

Alemán, Mateo (1599/1604): Guzmán de Alfarache. Edición de José María Micó; 2 ts.
Madrid: Cátedra 1987 (= Letras Hispánicas, 86+87). [GdA]
-p

Alemany, Vicente (1998): Andanzas del buscón don Pablos por México y Filipinas. Edición y
estudio preliminar de Celsa Carmen García Valdés. Pamplona: EUNSA.
Cervantes, Miguel de (1982): Novelas ejemplares. Edición de Juan Bautista Avalle-Arce; 3 ts.
Madrid: Castalia (= Clásicos Castalia, 120, 121, 122).
st

Lazarillo de Tormes (1554): Edición de Francisco Rico. Madrid: Cátedra 1987 (= Letras
Hispánicas, 44). [Lazarillo]
Ortúñez de Calahorra, Diego (1975): Espejo de príncipes y cavalleros [El cavallero del
Po

Febo]. Edición, introducción y notas de Daniel Eisenberg; 6 ts. Madrid: Espasa-Calpe


(= Clásicos Castellanos, 193-198). [Espejo]
Quevedo, Francisco de (1952): Obras completas. Textos genuinos del autor, descubiertos,
clasificados y anotados por Luis Astrana Marín; 2 ts. Madrid: Aguilar. [OC]
Quevedo, Francisco de (1987): La Hora de todos y la Fortuna con seso. Edición de Jean
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