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INDEPENDENCIA DE GUATEMALA

Centroamérica se independizó de España el 15 de septiembre de 1821,


un día antes que México. Debido a inseguridades de gobierno, los
dirigentes acordaron unirse al Imperio mexicano de Agustín de Itubide
un a después.

El 14 de septiembre de 1821, el Brigadier y Subinspector de Tropas, Don


Gabino Gainza, convocó a la llamada Sesión Histórica que se llevaría a
cabo en el Palacio Nacional de Guatemala a las 8:00 de la mañana del
día siguiente. El Palacio Nacional estaba ubicado en lo que hoy día
conocemos como el Parque Centenario.

Después de tres siglos de dominación española, y tras la revolución


liberal de Rafael de Riego en España en 1820, la élite criolla proclamó su
independencia de la corona el 15 de septiembre de 1821 por motivos
económicos: el deseo de abrir nuevas relaciones con otros países. Fue
nombrado presidente el Brigadier Don Gabino Gainza, quien gobernó
hasta el 23 de junio de 1822.

La nueva república guatemalteca incluía las regiones del Soconusco, y lo


que ahora son los países de El Salvador, Honduras, Nicaragua, y Costa
Rica. El 5 de enero de 1822, Agustín de Iturbide que había proclamado la
Independencia de México el 16 de septiembre, reunió lo que fue el
Virreinato de Nueva España como Imperio Mexicano, en un intento de
monarquía que lo mantuviese bajo una bandera única, católica y
poderosa, para contrarrestar la expansión estadounidense. Iturbide
ofreció la corona a Fernando VII, lo que no admitieron los republicanos.
En 1823, Antonio López de Santa Anna y Vicente Guerrero proclamaron
el Plan de Casamata, que anunciaba la instauración de una República.

En 1823, tras la sublevación de Santa Anna en Veracruz, una revolución


liberal en México obligó a Iturbide a abdicar, proclamándose en el país
una república federal, y proclamándose la independencia absoluta de la
antigua Capitanía general de Guatemala, que se estableció como una
república federal, Provincias Unidas del Centro de América, integrada
por las actuales repúblicas de Guatemala, Honduras, El Salvador,
Nicaragua y Costa Rica; sólo Chiapas permaneció unida a México. La
federación se mantuvo con grandes dificultades, ya que al proyecto se
oponían los conservadores, el clero de la iglesia Católica y los grandes
latifundistas. Pero se pudo proclamar una Constitución que abogaba por
una forma de gobierno liberal, pluralista y republicana siendo el primer
presidente constitucional de la Confederación Manuel José Arce (1825-
1829).

Guatemala se separó de la federación en 1839, y en 1842 se disolvió


definitivamente la república federal, lo que en la práctica condujo a la
independencia total. Elegido presidente Rafael Carrera en 1844, dio a
Guatemala el título de República Independiente en 1847.
Posteriormente, el presidente Rufino Barrios (1873-1885) intentó sin
éxito restablecer la Federación, en lo que ha sido el último intento de
acabar con la soberanía del país.

La Independencia de Guatemala fue un acto realizado el 15 de


septiembre de 1821, mediante el cual, el Reino de Guatemala rompió los
vínculos de dependencia política respecto de España y se constituyó la
entidad nacional que se llamó, después, República Federal de Centro
América (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).

Antecedentes

En la América española, se iniciaron, en 1810, rebeliones


independentistas. Éstas, en algunos casos, fueron cruentas guerras en
las que participaron masas populares y que sólo terminaron cuando se
alcanzó, en todo el continente, la independencia política respecto de
España.
En el Reino de Guatemala hubo, desde 1811, rebeliones y conjuras
independentistas, pero los Capitanes Generales José Bustamante y
Guerra 1811-1818 y su anciano sucesor, Carlos Urrutia y Montoya 1818-
1821, sofocaron esos intentos y mantuvieron una aparente paz, pese a
la guerra que, con los mismos propósitos, se desarrollaban en México.
Precisamente, los acontecimientos de éste país influyeron en Guatemala
y en el movimiento que culminó con la declaración de Independencia,
efectuada en el mismo año que se realizó la de México.

En la Época Colonial surgieron las primeras agrupaciones políticas, base


de los partidos liberal y conservador, los primeros partidarios de la
emancipación política, en tanto que los segundos eran españolistas
Pedro Molina, Francisco Barrundia, José Francisco Córdova y muchos
otros patriotas, eran liberales, y comenzaron a editar un periódico de
esta tendencia, El Editor Constitucional. Los adversarios, que tenían
como principal jefe a José Cecilio del Valle, editaron El Amigo de la
Patria. Estos periódicos publicaban artículos educativos, científicos y de
interés general, pero también se analizaban temas económicos y
políticos. Se abordaba la cuestión del libre comercio y no faltaban los
ataques.

Mientras tanto, en la Nueva España -México-, en febrero de 1821, se


decretó la Independencia, mediante un acuerdo entre el jefe de las
fuerzas realistas, Coronel Agustín de Iturbide, y el jefe insurgente,
General Vicente Guerrero. Ese acuerdo, que se conoce como Plan de
Iguala o de las Tres Garantías, proponía una monarquía constitucional.
Este hecho se conoció pronto en Chiapas, provincia de Guatemala,
algunos de cuyos poblados comenzaron a adherirse a dicho Plan. El 14
de septiembre, un correo trajo a Guatemala documentos que
confirmaban tal hecho, y se invitaba a las autoridades guatemaltecas a
hacer lo mismo.
Era entonces gobernador interino, por enfermedad de Urrutia y Montoya,
el Brigadier Gavino Gaínza, quien, ese mismo día, convocó a los
miembros de la Diputación Provincial, al Ayuntamiento Constitucional, al
Arzobispo y su Cabildo Eclesiástico, a los representantes del Claustro de
la Universidad y del Colegio de Abogados y a otros funcionarios
coloniales, civiles, religiosos y militares, para asistir a una reunión, en la
mañana del día siguiente, 15 de septiembre, en el Palacio de Gobierno,
con el propósito de conocer los papeles de Chiapas y decidir sobre el
particular.

Acta de la Independencia

En la reunión del 15 de septiembre de 1821 había un número mayor de


partidarios de la emancipación, por lo que se decidió suscribir un Acta en
la que se pedía que el Jefe Político “le mande publicar, para prevenir las
consecuencias que serían temibles, en el caso de que la declarase de
hecho el mismo pueblo”. Pese a esta declaración, no se hicieron
entonces modificaciones significativas en el Gobierno, y se dejó un
punto por el cual se delegaba a un Congreso, que se reuniría en marzo
de 1822, la decisión final sobre la Independencia.

En el Acta de ese día, la palabra “república” no aparece ni una sola vez.


Los conservadores que controlaron el movimiento, sujetaron la
declaración de independencia a la ratificación de un congreso, con
esperanza en que antes de su instalación, se diera algún acontecimiento
que permitiera mantener su status.

No se efectuaron cambios en las autoridades: Gaínza siguió como Jefe


Político Superior y permaneció la Diputación Provincial, de origen
realista, a la cual se agregaron unos cuantos funcionarios de la ex
colonia, además, dicho cuerpo se transformó en la Junta Provisional
Consultiva que asesoraba a Gaínza.
Todos los asistentes a la reunión eran personalidades ligadas a la
administración españolista o representantes de la Iglesia católica y
miembros prominentes de los grupos criollos. Sin embargo no fueron
convocados los sectores liberales cultos, los representativos de capas
medias ni de los grupos artesanales y populares.

Después de convenir en los términos, los representantes convocados


aprobaron el documento final del Acta de la Independencia, cuya autoría
se atribuye a José Cecilio del Valle, esta junta de notables a la usanza de
la época se realizó en el Palacio de Guatemala en la capital, la que hoy
es la ciudad de Guatemala.
COMENTARIO

Debo empezar por reconocer que nuestro proceso independentista se


configura como una maniobra de elites motivada por el más duro
oportunismo político. No se intentó remover los cimientos del orden
colonial, sino acomodarlos a los tiempos que venían. Ralph Lee
Woodward Jr. hace ver, por ejemplo, cómo la mano férrea del Capitán
General Bustamante y Guerra mantuvo aislada a la región
centroamericana de la turbulenta década independentista en México. La
emancipación guatemalteca fue casi inevitable luego de que el país del
norte se liberara del yugo español. La anexión al México monárquico se
acomodaba a las perspectivas de las elites criollas guatemaltecas.

Ahora bien, el oportunismo político no puede equipararse con las


preguntas cruciales a las que se vieron sometidas otras sociedades de la
región. No se trata de lamentar la carencia de violencia independentista
en un país que ha aceptado la más ignominiosa violencia contra sus
miembros más vulnerables. Sin embargo, se puede reparar en el hecho
que la falta de una amplia participación social impidió la generación de
referentes políticos de largo plazo. Esta falla de origen no puede
desvincularse del destino de una nación excluyente.

De este modo, la falta de proyectos históricos no es casual. Karl


Mannheim hizo ver la incapacidad del pensamiento reaccionario cuando
se trata de proyectar un conjunto positivo de ideas; estos sectores solo
“reaccionan” ante el peligro que supone la pérdida de sus privilegios. El
reaccionario configura su estructura ideológica con los lineamientos, así
sean irracionales, de la realidad de la que ellos se han beneficiado con el
paso del tiempo. La inercia de las instituciones ilegítimas se presta para
esa tarea.

En esta dirección, la pregunta por el continuo fracaso de nuestros


movimientos emancipadores se relaciona con la forma en que las
imposiciones conservadoras distorsionan el sentido histórico del
conjunto de la sociedad. Una buena explicación de este fenómeno se da
cuando el filósofo español Manuel Cruz invita a ver la historia como una
“temporalidad intersubjetiva en la que todos estamos inmersos”. La
pregunta es obvia: ¿cómo se puede generar una intersubjetividad
histórica cuando se le ha negado la categoría de sujeto a importantes
sectores de nuestra población, especialmente los pueblos originarios? La
visión disminuida del indígena en la época colonial fue seguida por el
violento despojo del que fue objeto durante la época liberal. ¿En dónde,
pues, está la historia compartida –la temporalidad intersubjetiva– en un
país que ha visto a los miembros de los pueblos mayas como seres de
segundo orden, despojados de sus tierras, sometidos a prácticas
genocidas y múltiples vejaciones de todo orden?

Somos seres históricos y, como tales, tendemos a comprender el futuro


con base en el pasado. La historia es construida y nos configura como
seres conscientes de sus derechos o como seres incapaces de concebir
el bien común. ¿Cómo podemos los ciudadanos, en la actual coyuntura,
construir un presente inclusivo cuando hemos vivido una historia en la
que los procesos emancipadores son torpedeados por sectores sin visión
a largo plazo? En este contexto, concebir un futuro viable para nuestro
país demanda una actitud crítica ante una historia mutilada que dificulta
identificar los caminos de una sociedad orientada al bien común.

Desafortunadamente, la situación se complica por las dinámicas


perversas de la globalización. Nada afecta más la posibilidad de cambio
que la apoliticidad de la ciudadanía aislada en sí misma, desconfiada,
asqueada de la política, escandalizada de una corrupción estructural
que, por su naturaleza, crece en las interacciones sociales en las que
participamos todos.

En estos momentos, la ciudadanía debe comprender que la misión es


recuperar el Estado para promover el bien común. Esta tarea debe ser
motivada por la conciencia de nuestros males y no por la adicción al
escándalo. La conciencia ciudadana debe respirar a través de cada
instancia organizada de cambio político: pactos entre las corrientes
profundas de nuestra sociedad, agendas comunes de los sectores
vulnerables, propuestas partidarias que transmitan demandas
ciudadanas. Vivir bien está al alcance de un pueblo capaz de generar
proyectos verdaderamente incluyentes.

Parece evidente que, si el Gobierno no cambia sus lineamentos de


acción, se avecina una nueva crisis de gobernabilidad. Fieles a la
historia, los sectores más conservadores volverán a canalizar el
descontento ciudadano a través de estructuras políticas inservibles. De
no mediar una constructiva presión ciudadana, mejor si impulsada por la
apropiación democrática de las instituciones, el impulso colectivo por
mejorar las condiciones de vida se disiparón ante las maniobras
legalistas de los sectores ultraconservadores. Entonces, en unos pocos
años, seguiremos preguntándonos por qué una sociedad de dos siglos
aún no puede alcanzar un nivel digno de autonomía.