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EL

F R A C AZUL.
Es propiedad do. Miguel Guijarro.
ÍNDICE:.

Páffs.

INTRODUCCIÓN 5
CAPÍTULO I.—Influencia perniciosa dol frac azul 13
CAP. II.—A los soñadores de provincias 24
CAP. III.—La víspera do un gran dia 31
CAP. IV. ~ Los tomates del señor marqués de Baldivia 39
CAP. V.—Un préstamo sobro un drama inédito 48
CAP. VL—Donde Klías sacude el polvo de sus zapatos, como San Vi-
cente Ferrrer 57
CAP. VIL—Donde Elias echa de menos los espejos de Venècia 67
CAP. VIII.—Ingenuidad inconveniente 78
CAP. IX.—Escenas de telón adentro 88
CAP. X.— lil cerebro y el corazón 101
CAP. XI.—Poesía nocturna 110
CAP. XII.—Enriqueta 117
CAP. XIII.—Sola en el mun-lo 12&
CAP. XIV.—Los estudiantes del café de Minerva 137
CAP. XV.—La loca de la buhardilla 147
CAP. XVI.—Los bohemios. Escenas nocturnas IñG
CAP. XVII.—Rasgos típicos 167
CAP. XVIII.—Donde Elias gasta toda su fortuna en un almuerzo 177
CAP. X I X . - E 1 primer editor do Elias 185
CAP. XX.—Cuestión de honra 196
CAP. XXL —Una musa de once arrobas 201
"700 ÍNDICB.
CAP. XXII.—Metamorfosis de un poeta 214
CAP. XXIII.—La Albufera de Valencia 221
CAP. XXIV.—Donde Elias ve por última vez á la musa del .Idear 232
CAP. XXV.—Donde Elias encuentra el cadáver de un bobemio 215
CAP. XX VI.—Un traductor, un editor y un primer actor 25(5
CA P. XXVII.—I.os anuncios teatrales y el coche do alquiler 2~2
CAP. XXVIII.—La Providencia en forma de corista de zarzuela 283
CAP. XXIX.—Noche toledana 2U
CAP. XXX.—Un encuentro inesperado 302
CAP. XXXI.—líl autor de El hombre de mundo 311
CAP. XXXII.—La lectura del drama de Elias 319
CAP. XXXIII.—Otra puerta corrada 328
CAP. XXXIV.—Rasgos típicos 339
CAP. XXXV.—San Agustín.—El Saladero.—Un presbítero 316
CAP. XXXVI.—Diez monedas de cinco duros, y diez bohemios para
una berlina ele dos asientos ¡)á(¡
CAP. XXXVII.—La pianista, el barítono y la pootfca 3(58
CAP. XXXVIII.—Las cucas 377
CAP. XXXIX.—La rifa, el rosario do la aurora y el celador de policía. 385
CAP. XL.—Una perspectiva de diez dias en el Saladero 393
CAP. XLI.—Las primeras notas de una gran sinfonía 100
CAP XLIL—151 lii uno de Riego -112
CAP. XLIir.-Una hala perdida -122
CAP. XLIV.—Momentos de terror 129
CAP. XI.V. - La poesía en mitad del arroyo 443
CAP. XLVL—Ilusiones de color de rosa, oreadas per el soplo de la
muerte 4!>1
CAP. XLVIL—Un alma que se pierde en lo infinito, acompañada de
una melodia de llecllioven 404
CAÍ». XLVIII.—Una anécdota do Sócrates 472
CAP. XLlX.—Una improvisación de la fuerza do seiscientos reales.... 4°1
CAP. L.—La luz en los ojos y la esperanza en el alma 489
CAP. LL—La gloria de bastidores 498
CAP. LII.—¡Ecce homo! 502
CAP. LIIL—ligo sum 507
CAP. LIV.—LOS editores.—El Saladero 514
ÍNDICE. 701
CAP. LV.—La Providencia en forma de billetes de Banco 521
CAP. LVI.—La ola de sangre 526
CAP. LVIL—Un amigo que so marcha al otro mundo 533
CAP. LVIII.—Donde Elias se olvida de la literatura por la caza 513
CAP. LIX.—La vida salvaje 549
CAP. LX.—Donde Elias tuvo un pensamiento provechoso 553
CAP. LXL—El libro por el teatro • 559
CAP. LXII.—Un recuerdo al eminente actor don Julián Hornea 564
CAP. LXIIL—Donde Elias enseña su fe do bautismo 583
CAP. LX1.V.—Doude continúa la narración 592
CAP. LXV.—Una madre 604
CAP. LXVI.—La pereza Gil
CAP. LXVII.-La niña enferma 621
CAP. LXVI1L—Un mal rato 628
CAP. LXIX.—Nuevos disgustos 649
CAP. LXX.—Donde continúan los disgustos 659
CAP. LXXI.—Donde se prueba que no es conveniente hablar de los
muertos 670
CAPÍTULO ÚI.T.MO.—La visita de un gran actor 683
INTRODUCCIÓN.

El arrepentimiento es un acto natural del hombre; nada,


pues, tiene de particular que yo,' humilde descendiente del pa-
dre Adán, me arrepienta de haber escrito algunos párrafos en
las anteriores ediciones de este libro, y los sustituya por otros
al dar á luz la cuarta.
Acontece con facilidad que se da el nombre de amigo á
muchos prójimos que no lo merecen; y á mí me ha sucedido
eso con bastante frecuencia. Pero á fuerza de desengaños, se
adquiere en la vida el gran libro de la experiencia, que cuesta
caro, pero enseña mucho.
El que esto escribe llegó á Madrid sin más patrimonio que
unas alforjas llenas de ilusiones y buena fé: las ilusiones las
ha perdido; pero en cambio le queda aún suficiente cantidad
de buena fé para dejarse engañar durante el resto do sus días.
Según los naturalistas, el hombre forma parte de la gran
división de animales vertebrados de la clase de los mami foros.
VI ]¡l KUAC AZUL.

lil //enero hombre en los primeros ensayos de la clasifica-


ción que hizo el célebre Linnéo, fué colocado al lado del pere-
zoso, del mono y del pangolin. Esta clasificación poco grata
hasido combatida y ridiculizada por muchos naturalistas; pero
lo que ninguno de ellos ha puesto eu duda es que de todos
los seres que pueblan la tierra, el hombre es el único que no
escarmienta en cabeza ajena.
Otra cosa se ha descubierto altamente importante, des-
pués de grandes estudios y profundos debates, y es que el
hombre tiene la mala ocurrencia de esquivar con sonrisa des-
deñosa los halagos de la fortuna, hasta el punto de ofender-
la; y como la fortuna es una señora caprichosa, á los que así
la tratan les vuelve la espalda y no se acuerda más de ellos.
En la sección de los monodelfos, a la que pertenece el
hombre, el subgénero soñadores es conocido en este reino
animal como el más propenso á despreciar las caricias de la
.fortuna. A esta familia pertenecen los músicos, los pintores,
los poetas; en una palabra, todos los hijos del arte.
La prosa de los ochavos no turba nunca el hermoso cielo
de sus ilusiones, los poéticos horizontes de sus sueños, dejan-
do trascurrir el más precioso tiempo de su vida cantando,
como los ruiseñores, al amor y á los crepúsculos.
El aplauso y la admiración de sus contemporáneos les
fascina; ni piensan en la vejez, ni se ocupan délas necesida-
des indispensables de la vida. Cuando recuerdan el tiempo
perdido es tarde, y exhalando un suspiro doloroso, compren-
den en mal hora que mientras ellos se ocupaban en cantar y
soñar, otros habian tenido buen cuidado de hacerse ricos con
sus sueños y con sus cantos.
INTRODUCCIÓN. VII

Entonces se desprenden de sus ojos lágrimas de fuego, y


comprenden que ellos no han sido otra cosa que una misa de
cuerpo presente; los editores son los curas que cantan con tod a
la fuerza de sus pulmones, mientras dura la misa. Cuando
ésta se acaba, entierran el cadáver y buenas noches.
El novelista, el autor dramático, el pintor, el miísico, el
artista, en fin, que vende la vida de su inteligencia, corre pe-
ligro de languidecer, como Ovidio, en el último tercio de su
vida, ó ser atropellado por el coche del mismo que compró sus
ubras. Esto lo saben muchos y lo evitan pocos.
Yo vendí la propiedad de mi novela FA Cura de Aldea, en
ocho mil reales; de aquella venta sólo me queda un imperniea-
hle de caoutc/iouc, que sirve de cama á mi perro de caza. Pero
los editores que compraron mi primera novela, como recuer-
do de sus muchas ediciones, conservan en su gaveta alijo que
es un remedio seguro contra la miseria.
Á esta obra siguieron otras, con no menos fortuna: sus
compradores se han retirado á la vida pacífica y cómoda del
rentista, sin que, ni por galantería se los haya ocurrido poner
mi retrato en su alcoba, como el del ángel de su guarda.
Pero de todas estas cosas se podría escribir un libro en-
tretenido, tal vez una segunda parte de EL FRAC AZUL, que
sirviera de ejemplo y guia provechosa á los incautos y c r é -
dulos soñadores que llegan á esta moderna Babilonia con el
corazón en la mano.
Ahora hablemos de Elias, tipo inverosímil, y á quien su-
cedieron cosas verdaderamente extraordinarias mientras llevó
sobre sus hombros el malhadado frac azul, causa sin duda
de todas sus desgracias.
VIII EL FRAC AZUL.

Nunca he narrado las aventuras de mi amigo Elias sin


producir buen efecto, pero también es cierto que de contar
una cosa con ese lenguaje ligero, á la par que enérgico, del
café, que admite cualquiera forma, siempre que sea chispean-
te y viva, á imprimirla y lanzarla á volar por esos mundos
de Dios, hay gran diferencia.
Sabido es que si á propósito do un chato referís entre
gente de buen humor una aventura de otro chato en las na ri-
ces de un romo, los oyentes sueltan una carcajada, aunque no
sea más que por dar un disgu.-ito al prójimo que tuvo la des-
gracia de nacer con esa protuberancia del rostro algo más
aplastada que los que le rodean.
Lo que se ve produce indudablemente más efecto que lo
que se oye.
Esto es una verdad palmaria.
Si os refieren un asesinato, os preocupa por un momento;
pero si presenciáis la catástrofe , os afecta profundamente,
dejándoos por mucho tiempo una impresión desagradable.
La vida bohemia l , como dicen los franceses, apé^ü- se
comprende en provincias, pero en Madrid ya es otra cu.-u;
porque Madrid es el inmerjso hospital donde se refugian to-
dos los desheredados, todos los soñadores, todos los perdidos
de España.
La villa del oso y el madroño es la capital donde 'a Pro-

1
Con el nombre de bohemios designan los franceses, y es una denomina-
ción que se ha hecho general en Europa, a esos hijos del genio que, abando-
naudo' la paz de sus hogares, se trasladan á las grandes capitales en busca
de un nombre y una fortuna, sin más patrimonio que sus esperanzas y su
fuerza de voluntad.
INTRODUCCIÓN. IX

videncia se presta con más asiduidad, bajo distintas y va-


riadas formas, á los pobres moradores de la tierra.
Contad en provincias que en la corte hay prójimo que hace
diez años que ignora él mismo cómo vive; decid que todas las
mañanas se levantan doce mil individuos que al lanzar el pri-
mer bostezo ignoran dónde han de comer y qué comerán, y
sin embargo, todos comen, y aun algunos cuando la luz del
gas reemplaza á la del sol, se hallan en disposición de convi-
dar á sus amigos, y de seguro que si no os tienen por embus-
tero, cuando menos os harán el favor de creer que les estáis
refiriendo un cuento inverosímil.
La buena fé flota en el ambiente de Madrid, y no es ex-
traño tropezar con ella de vez en cuando.
listo lo niegan algunos, pero es porque no conocen á fon-
do la variedad de pájaros que encierra la inmensa jaula don-
de vivimos.
Aquí ciertos prójimos se sirven de la amistad como de una
cuchara, para comer; después la tiran como un objeto inútil.
He oído decir á un gran vividor que mientras en las ta-
honas se venda pan, es imposible que un hombre listo se
muera de hambre.
Estas consideraciones me han detenido siempre que los
amigos me decían que escribiera las Memorias de Elias, por-
que su vida privada tiene mucho de inverosímil; pero, apro-
vechándome de la frase de un hombre ilustre, diré que nada
es tan inverosímil corno la verdad.
Además, aunque Elias es un íntimo amigo, un hermano
del corazón, cuya amistad ha de acompañarme hasta las puer-
tas del sepulcro, tenia ciertos escrúpulos en sacar á plaza las
2
i EL FRAC AZUL.

aventuras de su aprendizaje en la carrera de literato 6 de bo-


hemio distinguido;, época fatal donde las carcajadas homéri-
cas alternaron con los dolorosos lamentos de Jeremías; donde
el dolor se mezclaba con el placer; cadena cuyos variados
eslabones se hallan sólidamente unidos por las dos grandes
cualidades morales que nunca abandonaron á Elias: la fé
para esperar, y la fuerza de voluntad para luchar con los
rudos embates del infortunio.
Ahora bien: no pudiendo resistir á las repetidas instan-
cias de mis amigos, cogí la pluma para escribir lo siguiente:
«Querido Elias. Necesito escribir un libro nada menos
que de tus Memorias durante la época inverosímil en que lle-
vabas puesto el célebre frac azul. ¿Qué hago?»'
Elias me contestó lo siguiente:
«Querido Enrique: Leí tu lacónica carta sentado en la
cumbre de uno de los montes de Casas Blancas, teniendo á
mi amigo Goliat (Goliat es un perro de caza) echado á mis
pies, la escopeta sobre mis rodillas, y delante de mí al guarda
portador de la carta. Aunque me sorprende su contenido, te
concedo el permiso que me pides, pero voy á hacerte una ad-
vertencia que creo muy oportuna.
^Madrid no es París, donde los escritores son -bastante
despreocupados para escribir sus Memorias; donde Chateau-
briand dice que ha tenido hambre delante del escaparate de
una fonda; Rousseau, que ha robado y conducido por sí mismo
tres hijos suyos á la Inclusa; Lamartine, que engañó á Gra-
ziella, la hermosa aldeana; y Alejandro Dumas confiesa que
ha tenido miedo, y asegura que liossini sabe guisar un plato
áestuffato de macarroni mejor que ningún cocinero de Italia.
INTRODUCCIÓN. XI

«Allá, es decir, en Francia, los escritores, sin encomen-


darse á Dios ni al diablo, cuando describen algo de su .vida
privada, sacan á relucir los nombres propios de sus amigos,
sin tomarse la molestia de pedirles permiso; porque el carác-
ter francés, alegre y voluble, amigo de llamar la atención,
ansioso de renombre, en vez de enojarse, se alegra mucho de
esas cosas.
»Pero nosotros los españoles somos más graves, más cir-
cunspectos, más quisquillosos, sin duda por.que aún nos que-
da algo de caballeros de la Edad Media.
»Por esta razón te aconsejo que no emplees los nombres
propios de todos aquellos amigos que se bailan enlazados
con las escenas de mi vida privada, pues ya sabes que mu-
chos ocupan puestos distinguidos en la literatura y en la
política.
«Después de esta salvedad te advierto que respecto á mi
individuo, puedes hacer lo que más te plazca. Llámame feo,
mal escritor, todo lo que se te ocurra; pero guárdate bien de
llamarme mal cazador, porque entonces denuncio el libro.
>>Adios, pues; y aunque no me lo preguntas, te diré que
soy feliz y me divierto mucho, como siempre que me hallo
eu un "monte donde la caza es abundante; ya sabes que el
ruido de la perdiz que arranca de muestra de perro me mo-
lesta menos que el ruido de los hombres.
«Mándame el pliego de capillas tan pronto como comien-
ces á publicar el libro, porque tengo deseos de ver cómo tratas
á tu amigo:—Elias.
»NOTA.—Te suplico que si me trata mal algun gacetille-
ro, alguno de aquellos compañeros de la vida bohemia, mar-
XII RL FKAC AZUL.
tires del periodismo que sirven de escalera para que otros
cojan el nido, pídele en mi nombre un poco de consideración
para el antiguo compañero de otros tiempos, que no me atre-
vo á llamar más desgraciados que los presentes.»
Después de la lectura de esta carta, dicté á mí escribien-
te, sin ocuparme de limar y corregir su forma, algunos cen-
tenares de cuartillas que yo tenia hacía mucho tiempo escri-
tas en mi memoria y en mi corazón.

ESCRICH.
EL FRAC AZUL.

CAPITULO PRIMERO.

I n f l u e n c i a p e r n i c i o s a <lel f r a c a z u l .

Lector amigo: El libro que tienes á la vista, tal vez no


sea del todo inútil para los hijos de familia, para esos jóve-
nes de imaginación viva y alma ardiente que, abandonando
el bogar doméstico, corren empujados por sus ilusiones, por
sus risueñas esperanzas, en busca de un nombre glorioso y
de una fortuna, encontrando muchas veces crueles desen-
gaños que acaban por poner la pistola del suicida en sus ma-
nos, dejando con su muerte un dolor eterno en el corazón de
sus padres.

II

Antes de dar comienzo á la narración de los episodios


históricos de la vida de mi amigo Elias, se me ocurre hacer-
te una pregunta.
14 EL FHAC AZVL.

¿Tienes en tu guardarropa, por desgracia, algun frac


azul con botón dorado?
En caso afirmativo, querido lector, te aconsejo que le
cortes los faldones, j en forma de chaqueta, se lo regales á
tu criado; porque de lo contrario, ¡infeliz de tí! Hombre sin
porvenir, será tu presente negro como las alas del cuervo,
triste como el rostro de un autor silbado, oscuro como el
forro de una chimenea, lacrimoso como el semblante de la
madre de los Macabeos.

III

Arturo llegó á Madrid con la mente preñada de ilusiones,


doscientos reales en el bolsillo del chaleco, y dos dramas en
el fondo de su baúl.
A los seis dias de estancia en la capital, la esperanza
retozaba en su corazón.
A los doce, un porvenir de color de rosa le sonreía en
sus sueños de poeta.
Al mes, la esperanza se habia convertido casi en rea-
lidad.
Arturo caminaba viento en popa, como suele decirse. La
suerte se habia declarado en su favor; era su protectora, su
amiga íntima, su esclava. Arturo, en fin, era un hombre
feliz.
Sus plantas se deslizaban por un camino de flores; su
horizonte, bello como la aurora, no tenia nubes.
La poesía, el amor, la gloria, le hacían aire por tres dis-
tintas partes.
EL FKAC AZUL. 15

Aquel mortal habia resumido en los estrechos ámbitos de


su corazón todas las felicidades de la tierra.
La fortuna es tan desvergonzada con sus elegidos, que
Arturo, después de tenerlo todo, comenzó á engordar.

IV

Una tnañaua mi amigo se levantó más temprano que de


costumbre.
Allá en su pueblo habia oido celebrar de un modo super-
lativo esa caja de Pandora, esa arca de Noé, esa América
madrileña . ese totum revolvttim que existe en la capital,
denominado El Rastro por los habitantes de la ilustre villa
del oso y el madroño.
Arturo, en su calidad de forastero y de poeta, quiso co-
nocer e*e inmenso buzar mantenido con el alza y baja de
los elegantes de cuarto orden, con el hambre disimulada de
los mendigos de levita, con los despojos de los suicidas y los
harapos de los pordioseros; bazar donde van a sepultarse las
últimas esperanzas de los hijos del infortunio; almoneda sin
fin donde se encuentra desde el botón de los calzoncillos de
un abogado , hasta el uniforme del caballero sanjuanista;
inagotable almacén donde no es extraño encontrar la mohosa
espada de algun valiente y pundonoroso militar al lado de
la infamadora navaja dé un émulo del Gato '; y junto á la
pudorosa mantilla de la virgen, la provocativa pamela de la
prostituta.

' Célebre ladrón y asesino.


1(5 EL FRAC AZUL.

Arturo recorrió el Rastro tres ó cuatro veces, asombrán-


dose de aquella inmensidad, de aquel cúmulo de nulidad es
Miles, y por fin se detuvo delante de una prendería.
Aquella portada tenia el desorden del genio.
Entre un kepis de nacional y un retrato de la reina go-
bernadora, divisó Arturo un frac azul con botón dorado que
pendía de un garfio de hierro.
Aquella prenda, puesta á la vergüenza, Dios sabe el tiem-
po, panecia decirle: «.Cómprame; redímeme de este cautiverio
vergonzoso en que yazco.»
Mi amigo Arturo tenia un buen corazón, y comenzó á re-
conocer la calidad del paño y el estado en que se encontraba
la prenda.
Indudablemente debió parecerle bastante bueno, porque
introduciendo el dedo índice y el pulgar de la mano derecha
en el bolsillo del chaleco, calculó por el tacto el estado de
sus fondos, y encarándose tete à tele, como dicen los 'fran-
ceses, con el prendero, le dijo con la energía de los capita-
listas:
—¿Cuento vale este frac?
—Tres napoleones,—respondió el propietario, acercándo-
se al comprador con la sonrisa en los labios y el cepillo en la
mano.
—¡Es una ganga!—se dijo para su capote Arturo, mi-
rando el frac con el rabillo del ojo.
Y luego, alzando la voz, continuó:
Kr. FRA.C AZUL. 17

—¿Me vendrá bien?


—Lo probaremos.
El ropavejero descolgó ol frac, y mientras Arturo se qui-
taba la levita, diólc una buena mano de cepillo para enaltecer
el valor do la prenda.
Un l'rac azul es corno la fatalidad; apenas cae sobre les
hombros de un prójimo, se amolda de una manera tan per-
fecta, como si estuviera hecho para él.
Arturo se puso el frac, que le venía 'pintado^ eegun la
opinión del prendero.
Volvió á quitárselo, lo debió con mucho cuidado, entregó
los tres napoleones al prendero y salió de ia casa, y luego del
Rastro con el frac debajo del brazo, radiante de felicidad,
murmurando en voz baja:
—Yo no sé cómo esta gente no se arruina. ¡Un frac com-
pletamente nuevo por tres napoleones! ¡Qué ganga! ¡qué gan-
ga! Ahura, cuando el público me llame á la escena, saldré como
una persona decente, de etiqueta.
¡Pobre Ari uro!
¡Acababa de comprar la fatalidad con faldones y solapas!

VJ

Arturo se puso el frac azul sobre sus hombros, que es co-


mo si dijéramos que se había echado sobro Jas espaldas la cruz
del infortunio, y con el lazo de la corbata perfectamente he-
cho, entró una mañana en mi gabinete,-con el rostro radiante
de felicidad, y limpio como un puñal de Albacete recien fa-
bricado.
3
18 KL KitAC AZUL.

—¡Desgraciado!—le dije al verle puesto de frac azul y


pantalon negro.
Arturo abrió los ojos hasta el punto de darles las dimen-
siones de dos medios duros, y retrocediendo un paso, exclamó:
—¿Qué" diablos tienes?
—Ese frac será tu ruina, y no extrañaría que te condujera
al suicidio.
Mi amigo sabía la aversión que me inspiraban las citadas
prendas-.!, y so rió con toda la boca, como suelo decirse.

Vil

Cuatro dias después Arturo se presentó en el café con e.J


semblante cariacontecido.
—¿Estás enfermo?—le dije.
—No.
—Entonces, ¿qué diablos te pasa? ¿Por qué traes esa carn
de convaleciente?
—¿Por qué? ¡Pues es una friolera! El censor me lia prohi-
bido el drama.
—¡Chico, el frac azul comienza 6. ejercer sus fúnebres in-
fluencias en tu individuo!—le dije con cierta gravedad, que
tal vez mi amigo tomó por una broma, pues no despegó los
labios en toda la noche.

VIII

Pasaron quince dias, y una mañana Arturo entró en mi


alcoba.
ÜX FRAC AY.V.L. 19

Sa rostro estaba más pálido que de costumbre; su mirada


era torva; sus Libios, temblorosos; parecía bailarse poseído de
un ataque nervioso.
Me incorporé sobresaltado, porque indudablemente debia
sucedería algo gravo.
—¿Qué to pasa?—le pregunté.
Arturo me tendió una mano, que yo estreché entre las
mías, y me dijo con fúnebre entonación:
—El teatro de la Cruz ha quebrado; anoche me devolvió
la empresa mi drama, que, como sabes, iba á ponerse en esce-
na dentro de tres dias á beneficio del galán joven; yo tenia
graves compromisos contraidos, y este contratiempo rae hunde
de una numera solemne.
—¡Arturo,—exclamé extendiendo los brazos, como que-
riendo dar á mis palabras un carácter profético,—el frac azul
va á ser causa de tu ruina; te lo he dicho muchas veces!
Arturo me volvió la espalda, y me dejó-con la palabra en
la boca.
Era incorregible.
IX

Transcurrieron tres meses.


Llegó una noche de Diciembre; el frió era extremado,
onervador.
Ese vientecillo sutil, precursor de las pulmonías, silbaba
blandamente entre las persianas de mi balcón, augurando una
noche terriblo para esos hijos del infortunio, para esos pobres
desheredados que, envueltos en sus harapos, hechos un ovillo,
duermen sobre el duro quicio de una puerta.
20 E t KHAC AZI.'L.

Yo me liallaba pegado á la chimenea como el hongo al


árbol que le sustenta; pero mi imaginación, traspasando las
abrigadas paredes de mi gabinete, se ocupaba do los seres
arriba citados, cuando un furibundo aldabonazo resonó en h
puerta de la callo.

Serian las dos de la madrugada; á.nadie esperaba; sin em-


bargo, aquel aldabonazo me anunciaba una visita.
Abrí el balcón y asome' la cabeza, tomando todas las pre-
cauciones madrileñas, ó por mejor decir, tapándome la boca.
Vi un bulto arrimado A la pared, y pronto subió una voz
basta mí, que dijo:
—Abre; soy yo.
Era Arturo, el amigo prófugo, que tan bruscamente se ha-
bía separado de mí, y á quien durante tres meses no había po-
dido ver en parte alguna.
Le dije que buscara al sereno, pues él tenia la llave de la
puerta, y poco después entraba en ni: gabinete.
Pero ¡en qué estado!
Tenia los ojos hundidos y vidriosos, el semblante dema-
crado, la barba crecida, y llevaba el frac con el cuello levan-
tado, roto y mugriento.
¡Pobre Arturo! En tres meses ¡qué cambio tan horrible!
¡Con cuánta tenacidad se habia impreso en su simpático rostro
la destructora mano de la miseria!
Habia enflaquecido de un modo notable.
Mi amigo sólo era una sombra do lo que fué. Su pobre ma-
EL VKAC AZUL. 21

dre no le hubiera reconocido. En su aspecto desencajado se


adivinaba al futuro suicida, al hombre que, cansado del peso de
la existencia, se dispone á buscar el descanso eterno en brazos
de la muerte.

XI

—¡Tongo hambre y frió!... ¡mucho frió!..—dijo antes de


darme tiempo para preguntarle la causa de aquel cambio in-
concebible.—Hace tres noches que duermo en la calle; hace
treinta y seis horas que no he comido; dame algo, ó présta-
me una de esas pistolas que tienes en tu armero: lié aquí lo
que me conduce á tu casa. Tengo la íntima convicción de que
me concederás una de las dos cosas que te pido, pnrque de to-
dos modos siempre será una obra de caridad.
—Has hecho bien en confiar,—le contestó,--porque yo,
como tú, he tenido hambre; porque yo, como tú, he pasado hor-
ribles noches de angustia, de lucha desesperada. La amistad,
ese lazo de flores que uno á las criaturas, eso carifio desinte-
resado y tranquilo que no se enfria con la nieve de las canas
y que aco.mpaña á los hombres hasta el borde del sepulcro,
más de una vez ha sido fiara mí la mano protectora que ha so-
corrido mis necesidades. Permíteme, Arturo, que lo diga que
tú eres un mal pobre. El hombre no debe nunca perdor la fe,
porque la fe es la poderosa palanca con que el desgraciado
vence imposibles que luego le admiran. Nunca el desgraciado
debe dudar de la Providencia. Yo puedo asegurarte que he tro-
pezado con ella muchas veces. La pobreza no es suficiente mo-
tivo para inclinar la frente sobre el pecho y dudar de todo.
22 EL KHAC AZUL.
El que lucha con el infortunio tiene más probabilidades de
vencerle que el que se deja arrollar por él, que el que se abate,
confesándose impotente. Animo, pues. Arturo, tú eres joven,
tienes tálenlo, la lucha puede hacer de tí un hombre de pro-
vecho; sí sucumbes, serás un mártir y Dios te lo tendrá en
cuenta. Kl suicidio baria de tí un malvado. Piensa en tu ma-
dre, en tus hermana;;; procura conquistar un nombre que em-
bellezca Jos últimos dias de la santa mujer que te llevó en sus
entrañas.
XII

Arturo se arrojó en mis brazos llorando como un niño.


Mis consejos habían producido el efecto que yo deseaba.
Cuando un joven que se cree muy desgraciado y comienza á
dudar de todo, llora, puede asegurarse que en su corazón no
se ha extinguido la fe, porque las lágrimas son patrimonio dé-
las almas generosas.
Arturo, como si fuera un autómata, dejó que le cambiara
algunas prendas de ropa por otras.
El malhadado frac azul desapareció de sus hombros, siendo
reemplazado por un gabán negro.
Le hice sentar junto á la chimenea y mandé á mi criado
que le sirviera una cena.
XIII

Una hora después mi amigo se hallaba restablecido, refor-


mado; pero estaba triste, meditabundo.
Entonces le dije que si quería acostarse podia hacerlo, pero
me con tostó que se hallaba bien junto á la chimenea.
KI, FRAC AZÜL. 2'-i
Para reanimar aquel espíritu decaído, para fortalecer aque-
lla fe vacilante, creí conveniente referirlo las aventuras de mi
amigo Elias, que, como él, en otro tiempo, también habia su-
frido los rigores del frió y del hambre.
—Puesto que no quieres acostarte, fumemos y hablemos.
Voy á referirte algunos episodios déla vida de nn o migo miu,
de un hermano del corazón, que tal vez puedan serte útiles
para alentarte en la difícil y espinosa carrera de las Jotras.

XIV

Ahora, querido lector, prepárate á oír la historia de mi


querido amigo Elias; que yo, para que sea más grata al deli-
cado paladar de tu inteligencia, procuraré dártela cu forma de
novela, aunque nada hay en estas páginas que no sea tan es-
crupulosamente histórico como la gloriosa batalla de Bailen.
CAPÍTULO II.

A los soñndoros do provínolas,

Madrid es oí sueño dorado de! poeta de provincias.


Desde un rincón de su modesto hogar contempla, 6. travos
de uu prisma fascinador, una sociedad quo desconoce, unos
hombres que admira.
La familia y la gloria Juchau por alguu tiempo eu su co-
razón, basca que un dia, impulsado por una voz secreta que
le grita «\ Adelantel» da uu tierno abruzo á sus padres, un
apretón do manos á los amigos de la infancia, y con las lá-
grimas en los ojos y la esperanza eu eí alma, se traslada á
la corte, sin más fortuna, sin más capital que algunos rea-
les en el bolsillo del chaleco, la fe en eí corazón, las .risue-
ñas ilusiones del poeta en la men^e, y un drama en el fondo
del baúl.
EL FRAC AZUL. 25

ÏI

Para Eiías, como para todos los soñadores de provincias,


esos hijos del genio que recorren la tierra con el laurel de
Apolo en la frente y la antorcha del saber en la mano, no
son hombrea; son algo más. Juzgados por sus bellas produc-
ciones, admirados desde lejos á traves del poético cristal de
la gloria, se les envidia, se les admira, se les adora, se les
cree seres'privilegiados que por un favor especial de los cielos
se hallan libres de la prosa de la vida.
.Luego, cuando se les trata, cuando se les conoce, la poe-
sía desaparece, y la primera ilusión baja á sepultarse en el
frió sepulcro de los desengaños.
Entonces se ve que un poeta, por sublime que ses, es hom-
bre; y como tal, se halla sujeto á las necesidades vulgares de
la vida.
Entonces se comprenden estos versos del príncipe do nues-
tros poetas cómicos:

¡Reniego Js tal Bulen,


que ni honra da ni pesetas!
•Por Dios! ¡por Dios! ¡Los poetas
somos prójimos también '!

Entonces el entusiasmo se templa, y se procura soñar me-


nos y vivir más.

' Bretón de ios Herreros. /:'/ Ponía y U Beneficiada, acto prir&cra, Mcenr
tercera.
4
¿6 ltL FllAC AZUL.
Por no contradecir al inmortal Homero, so deja que Apolo,
las nueve hermanas y su nodriza Eufeme vegeten en las pen-
dientes embalsamadas del Parnaso, entonando cantos de dolor
por la muerte de Aquíles.
Entonces se dedica un recuerdo al primer poeta español
que, lejos de su patria, pobre desterrado, vivió largo tiempo
en los fértiles valles que riegan las eternas nieves de la sierra
de Anahuac'.
Entonces los pequeños soñadores de provincias recuerdan
constantemente estos cuatro versos del inmortal soñador que
cantó á Granada:

¡Gloria! ¡lísperaiiza! Sin cesar conrrr'g'O,


templo en mi corazón alzaros quiero;
que no importa vivir como ol mendigo
por morir como Píiularo y Homero "-.

III

Cuando se llega á Madrid; cuando se comienza a tropezar


CÚZ. los mil y un obstáculos que es preciso venotu' para colo-
carse en un sitio visible, se comprende que par;.; llevar á cabo
el pensamiento de los anteriores versos se necesita la pacien-
cia de Job, la fuerza de voluntad de Cristóbal Colon, la per-
severancia de Benjamín Franklin y el estómago de un árabe
del desierto.

1
Méjico.
'- José Zorrilla.
EL FRAC AZUL. 27

Porque Madrid es el Leviatan del libro de Job: todo lo


traga, todo lo destroza, todo lo devora.
En el inmenso Océano de sus pasiones, las criaturas cor-
ren sin voluntad propia, empujadas por sus olas, perdiendo en
la travesía de tan pérfido mar, el joven sus ilusiones, la mujer
la pudorosa virginidad de su alma, y los artistas los poéticos
ensueños de gloria que embellecieron en otro tiempo las más
risueñas horas de su existencia.
íia fe se extingue por lo regular en el corazón, la espu-
ma del cerebro se desvanece, y entonces se saca la dolorosa
consecuencia de que en estos tiempos de materialismo, en la
época presente, en que el oro lo es todo en la nunca bien pon-
derada villa del oso y el madroño, el poeta que no tiene un
duro no vale veinte reales.

IV

Así pues, queridos jóvenes, aunque las canas no entrete-


jen todavía los cabellos que cubren mi cráneo, voy á daros un
consejo; pues, como dice el excéntrico Byron en su. célebre
poema Don Juan, «el que ha conocido el frió, el hambre, las
borrascas de la vida, el furor de las mujeres y las intrigas
de bastidores, tenga diez y ocho primaveras ú ochenta invier-
nos, ha adquirido la experiencia que tanto se necesita para
dar un consejo.»
Mi consejo es...
Pero ¿qué necesidad tengo yo de daros un consejo, cuando
puede hacerlo otra pluma más autorizada que la mia?
Oid, si no, lo que dice Soulié: con la única advertencia de
28 EL PBAC AZCL.
que donde él escribe Paris, os aconsejo que leáis vosotros
Madrid; que al ñu y al cabo, entre ambos nombres solo hay
una letra más de diferencia.

Habla el autor de Las Memorias del Diablo:


«Jóvenes, no vayáis á. Paris. Si el sonido melodioso do
un cántico de ángeles ha vibrado en vuestros corazones, no
reveléis á la muchedumbre el secreto de esos tristes delirios,
en los que llora el alma todos los momentos que se entrega
á. ellos; no descubráis los misterios de un espíritu que única-
mente se alimenta de ilusiones, y que sdlo vive en los cielos;
haríais la confianza á críticos en vez de amigos, á hombres
que morderían vuestras obras, que se reirían de vuestras lá-
grimas, que se mofarían de vuestras creencias, de esas creen-
cias que no saben, comprender.
»No, mil veces no; no vayáis á París, si os agita, si os
devora, si os inflama la ambición de una santa gloria.
»Por grande que sea vuestro entusiasmo, perderíais allí,
no solamente las esperanzas, sino también el candor del es-
píritu y la pureza de vuestra inteligencia.
»En efecto, un alma virgen, llena de fuego y entusias-
mo, no ve, no sueña más que con las coronas del genio, el
bello y ¡agrado cántico de la virtud, el noble y digno triunfo
de !a verdad. ¡Error, jóvenes, error! Cuando vosotros hayaia
procurado todo esto, cuando hayáis pedido un momento da
atención para que escuchen los acentos de vuestra pura y
armoniosa lira, veréis al público pendiente de los cuentos
KL KRAC K'/Xl,. 29

o-roseros de un escritor adocenado, de las locuras históricas


de un autor ignorante, de las relaciones horrorosas de un
periódico arimiiial; veréis al pueblo, á este viejo relajado,
sonreírse al mirar la virginidad de vuestra musa, mancharla
eon un beso impúdico, y exclamar luego: «¡Marcha, prosti-
tuta, ó diviérteme!» Necesito impresiones fuertes para que
se reanimen mis apagadas sensaciones. Si tienes que con-
tarme incestos, asesinatos, bacanales, crímenes horrendos,
terribles y espantosas pasiones, entóneos, habla; yo te escu-
charé una hora, todo el tiempo en que corra tu acre y en-
venenada pluma sobre mi callosa y cangrenada alma. Si seo
es así, enmudece, sepúltate para «empro en la miseria y en
la oscuridad..

VI

Hasta aquí Federico Soulié.


Lo que cJ célebre autor nances dice, podrá ser amargo
como la ab.'íitil», pero es claro como los esplendorosos rayos
del sol.
Sus palabras son hijas de la experiencia, y su pintura de
mano maestra.
Así. pues, os aconsejo, mis queridos soñadores, qwo no lo
echéis en olvido.
¡Dichoso;-; vosotros si, como los pájaros que cantan sus
himnos en Jas frondosas enramadas, cantáis en un rincón do
vuestro humilde hogar los dorados sueños de vuestra mente
virginal, al compás de vuestra lira pura é inocente!
30 SI FBiO ¿;¡UL.

VII

Después de esta digresión, que oreo necesaria, demos prin-


cipio á los episodios de la historia de mi amigo Elias durante
los cuatro años de su vida bohemia.
Iísta es una narración, que, como he dicho al principio
de este libro, puede no ser completamente inútil á los jóvenes
que lo abandonan todo por la gloria, sin calcular antes sus
fuerzas.
CAPITULO IIÍ.

r..¡» v i g o r a <lo un f.rurv illn.

Elias nació en una ciudad regada por las claras corrientes


del GuadalaYiar.
Nada tan caprichoso como la naturaleza; nada tan rico,
nada tan pródigo como su mano, cuando se complace en der-
ramar sus doll6S.
Las fértiles vegas que circundan la patria nativa de mi
amigo son una prueba de (¡lio, porque se adornan con todas
las galas y poseeu todas las perfecciones de que es suscepti-
ble la pródiga naturaleza.
Los naranjos y los limoneros embalsaman ei ambiente: la
brisa de sus tardes se halla impregnada do los purísiraos aro-
mas que las flores regalan á las criaturas.
En la patria nativa do Elias, el cielo sonríe y la tierra
canta.
32 Ei- Fft.u; AZTífj.

II
ViriaíO; oi cruzar las vegas que no/.? oenpan, detuvo sus
hnostca triunfadoras, embelesado de la dulzura de aquel clima,
y sento" sobre aquella tierra privilegiada su cuartel de invierno.
Después Ataúlfo, cuando la invasión de los bárbaros, no
pudo contener un grito de entusiasmo viendo aqnnllas fértiles
campiñas.
—Acampemos aquí,—dijo ásus soldados.—Bajo este cielo
sixi nubes, sobre campo de flores, .silo puede existir la feli-
cidad.
Luego ios voluptuosos, los fanáticos hijos de Agar con-
quistaron estas hermosas vegas, dándoles el nombre de valle*
de la ilusión.
En fin, querido lector, Ja patria nativa dn Elias es una her-
mosa jaula de oro, colocada en medio de mi jardín, donde el.
perfume embriaga y el brillo de Jas flores seduce. Nada tan
poético, nada tan hermoso; pero según la opinión de algunes
viajeros ilustres, los pájaros no corresponden á la jaula.
Demos per sentado que el lector habrá comprendido que
la patria de Elias fué Valencia del Oid, que según afirma el
reverendo padre maestro fray .Francisco Diago, es jia mejor
tierra del mundo, porque en ella se encuentran reunidos todos
los dones que la naturaleza esparció por el universo.

III
Pasando, pues, por alto épocas que de ninguna utilidad son
en este libro, nos trasladaremos al dia ocho de Abril de mil
ochocientos cincuenta y tres.
EL FUAC AZUL. 33

Era una mañana deliciosa; el sol, que acababa de levantar


su radiante frente del fondo de las aguas del Mediterráneo,
poetizaba con sus hermosos rayos las pintorescas márgenes
del Turia, sembradas de verde yerba y seculares árboles.
A la sombra de uno de éstos se veian sentados dos jóve-
ues, y ambos á dos tenían un álbun abierto sobre las rodillas
y un lápiz en la mano.
Uno de ellos escribía con rapidez sobre las blancas hojas
del álbum, olvidándolo todo menos los versos que brotaban de
su imaginación.
El otro no escribía; ocupábase solamente en morder el
extremo del lápiz que tenia en la mano, y mirar la tranquila
superficie del mar, cuyas suaves ondas se extendían sin es-
truendo, como el débil gemido de un moribundo, sobre las
finas arenas do la playa.
El joven que escribía se llamaba Pedro, y el otro Elias:
ninguno de ellos contaba más de diez y nueve años.

IV

Pedro, con el aire de un conquistador, hizo un rasgo sobre


la hoja que acababa de llenar de versos, y dijo:
—Ya he concluido. ¿Y tú?
—Yo no he empezado.
Pedro dirigió una mirada al álbum de su amigo, como si
dudara de lo que acababa de oir, y viendo que era cierto, pre-
gunté:
—Entonces, ¿qué leerás esta noche en la reunión?
—No pienso leer nada.
34 EL FRAC AZUL.

—Es decir que tú, que eres quien lia puesto el tema para
la poesía...
—Me presentaré con las manos en el bolsillo, y les diré:
Amigos mios, estas reuniones literarias van á terminar muy
en breve, pero yo no las olvidaré nunca. Si mañana los quis-
quillosos abonados del teatro Principal aplauden mi drama,
entonces me marcbo á Madrid.
Pedro soltó una ruidosa carcajada y pregunté:
—Pero ¿qué diablos vas á hacer en Madrid?
—Lo que lian becbo otros,—-contesté Elias con natura-
lidad.
—¿Lo has reflexionado bien? ¿Sabes á lo que te expones?
—Chico, hace dos meses, desde el día que presenté mi dra-
ma á la empresa, que no pienso otra eos». No ignoro que si
voy á Madrid á conquistarme una posición y me hundo, como
otros muebos, mis amigos de la infancia no han de perdonar-
me el atrevimiento; y cuando regrese cabizbajo y mollino, me
darán, una silba á toda orquesta. Pero descuida: ya be tomado
mis medidas; y si eso sucede, no será mi patria la que pre-
sencie mi amargura y vea mis lágrimas. Cuando .-jalga de sus
muros, como San Vicente Ferrer, sacudiré el polvo de mis za-
patos.
—Creo que haces mal, querido Elias, en abandonar lo
cierto por lo dudoso,—dijo Pedro con gravedad impropia de su
carácter decidor y chancero. — Aquí tienes amigos que te apre-
cian, familia que te quiere, y cuentas ademas con la amistad
del marqués de Baídivia, que puede sirte útil. Piénsalo bien,
piénsalo bien. El paso que te propones dar es arriesgado y
puede comprometer tu porvenir.
Br, FBAC AZUL. 35

—Mira, Pedro,—repuso Elías:—tú eres tal vez mi primer


amigo; nuestra amistad, ademas de ser antigua, tiene mucho
de fraternal, y ella me impone Ja obligación de desvanecer
todos tus escrúpulos. Tú sabes mejor que nadie que yo soy
precisamente lo contrario do lo que mis amigos creen; me juz-
gan informal, ligero, irreflexivo, cuando desde que tengo uso
de razón no recuerdo haber dado un paso sin meditarlo antes
profundamente. Tengo diez y nueve años; hace ocho que mi
sueño incesante es el teatro. Las desgracias que ha sufrido mi
familia me han obligado á. llevar una vida errante é intran-
quila, como la del ave cinglo, ese pájaro pobre de pluma y
eterno vagabundo, favorito de los gitanos. Yo he nacido rico; y
en la actualidad no tongo más patrimonio que mis esperanzas;
quiero, pues, buscarme una posición; quiero deberme una for-
tuna á raí mismo. El que no lucha, no tiene la gloria de ven-
cer ni de ser vencido. Mi familia me quiere, no lo dudo; pero
desengáñate, Pedro: la familia es desconfiada cuando no es
tonta. Nunca pueden creer que el niño á quien han limpiado las
babas, que el rapazuelo destrozón y revoltoso á quien en otro
tiempo daban azotes en recompensa de sus diabluras, llegue á
ser un hombre de provecho. En cuanto al marqués de Baldivia,
os un noble con todas las condiciones de un plebeyo; un aris-
tócrata que como mal. y vive peor; un rico pobre, que atesora
sus millones no se' para quién; especie de hongo solitario cuyo
corazón no ha sentido todavía el dulcísimo calor de la familia;
tipo estrambótico y raro, que se pasa las horas contemplando
el desarrollo de una coliflor ó el progreso de una calabaza; mo-
nomaniaco de la agricultura, que prefiere un campo de remo-
lachas á las comedias de Calderón, y las berzas de su huerto
3(5 EL FltAC AZIJL.
á los versos de Argensola. Si en vez de un drama le presen-
tara un melón de cuatro arrobas, no lo dudes, el marqués me
recibiría con los brazos abiertos, y remitiría el robusto fruto á
la Exposición de Londres, proclamándome el primer hombre
de la provincia.

Pedro se quedó mirando fijamente á su compañero, y lue-


go le dijo sonriendo:
—Eres exagerado, Elias.
—Tú sabes muy bien que no están recargadas las tintas
en el cuadro que acabo de bosquejar,—replicó el joven con el
acento de la convicción más firme.
—Aun suponiendo que en todo lo dicho tengas razón, para
obligarte á que desistas de ese viaje, me veo en el caso de
recordarte que tienes una hija.
—Pues precisamente por mi hija, por esa tierna flor que
acaba de nacer á la vida, es por lo que estoy resuelto á aban-
donar esta tierra, donde nunca seré nada, y á la que le sienta
perfectamente la sublime parábola del Crucificado: Nadie es
profeta en xu patria.
—Pero bien, ¿qué va á ser de esa niña durante tu au-
sencia?
—Esa niña, que en la actualidad aún ignora ella misma
si existe, pues apenas cuenta algunos meses de vida, esperará
con su madre el momento en que yo les diga: «Tengo una po-
sición; el porvenir sonríe ante mi paso; venid á disfrutar el
premio de mis afanes.»
EL FRAC AZUL. '•>!

—Sin embargo, creo que harías bien en desistir de tu em-


presa.
—Precisamente estoy resuelto á lo contrario.
—Pero ¿tienes dinero para emprender el viaje"
—No.
—Entonces...
—He echado mis cuentas. Mi tio es rico, y espero que me
hará un empréstito.
—¡Ah! ¡Un empréstito sobre las esperanzas de un poeta!
Esa es una garantía inadmisible para todo hombre de ne-
gocios.
—Necesito poco dinero. Cubiertas las necesidades de mi
casa durante mi ausencia, para mí me basta con doscientos
reales; y ya- ves, me llevo dos dramas...

VI

Esta contestación de Elias tenia mucho de inocente.


Con dos dramas puede muy bien morirse de hambre un
prójimo en la corte.
Pero debe dispensársele este rasgo exagerado de confianza,
porque ignoraba por completo lo que era Madrid.
Pedro, que conocía el mundo más que su nmigo, y que
habia estudiado en la villa del oso y el madroño, se sonrió de
la ingenuidad de su amigo, y encogiéndose de hombros, lo
dijo:
—Chico, si el resultado de tu drama es el que debe deci-
dir en esta cuestión, celebraré infinito que mañana te lo silbe
el público.
38 EI, FKAC AZUL.
Elías miró con desconfianza á Pedro, y tuvo el mal pen-
samiento de creerle un envidioso de los próximos laureles que
fíoi'iaba.
Después, como el sol comenzaba á dejarse sentir más de
lo regular, los dos amigos abandonaron el campo y entraron
en la ciudad.
C A P I T U L O IV.

Tíos t o m a t e s <Xol s o ñ o r m a r q u < í s il» H a i a í v í a -

T
x

El drama de Elias fué aplaudido, y el público quiso ver la


cara al autor; derecho que le concede el dinero que le cuesta,
la localidad. Pero hé aquí el diálogo que escuche) Elias en uno
de los pasillos del teatro:
—¿Qué tal el drama?—preguntaba un caballerete á otro.—
¿No lo has visto?
—No; he tenido que hacer.
— Pues, chico, no es gran cosa.
—¿Por qué no lo habéis silbado? Eso siempre divierte.
—¡Qué quieres! Al público pesetero, el del pesebrón, le
ha dado la gana de llamar al autor, y se ha salido con la
suya. Por lo domas, el drama no vale nada; tiene alguno que
otro verso de esos campanudos, y dos situaciones en el último
acto que promueven apenas la curiosidad.
40 Kf. l'RAC AZUL.
—¿Y de quién es?
—De un chico desconocido: no le he visto nunca en el
Casino ni en el Liceo.
—¡Vamos! Hoy todo el mundo escribe dramas.
En esto se oyeron las castañuelas del baile, y los dos in-
terlocutores entraron en el salón, dispuestos á aplaudir la agi-
lidad de pantomllas de la primera bailarina.

Elias, que durante la representación de su drama habia


pasado un miedo horrible, dudó, escuchando la conversación
de los dos espectadores, si su obra habría gustado.
Sin embargo, no abandonó la idea da trasladarse á la
corte.
El drama se hizo dos noches y Elias cobró trescientos
veinte reales por su propiedad; es decir, a* razón de media
onza por noche.
Con nata cantidad hubiera indudablemente emprendido su
soñado viaje, pero era preciso dejarle algun dinero á la madre
de su hija, á la pobre mártir que con las lágrimas de la orfan-
dad en los ojos habia unido su suerte á la de Elias.
Entonces éste no vaciló en pedir un empréstito al marqués
de Baldivia, y se presentó en su casa.

III

El noble aristócrata se hallaba junto á una mesa, sobre la


cual se veia un plato de tomates y otro de judías verdes.
KT. TfBAf •\'/A'-h. 41

El marqués contemplaba ron verdadero éxtasis aquellos


frutos primerizos de la tierra, pues el lector recordará que nos
hallamos á. principios dol mes do. Abril.
Tan embebido se encontraba en Ja contemplación de aque-
llos primerizos productos de las solanáceas y papilionáceas,
que no observó que Elias había entrado en su gabinete: pero á
éste le pareció prudente insinuarse, diciendo:
— ¡Hermosos tomates! ¡Soberbias judías, señor marqués!

IV

El marqués alzo los ojos, y después de agradecer con una


mirada ol entusiasmo del poeta, contestó oon una entonación
que demostraba su alegría:
—¿Verdad que ,sí?
—¡Oh! ¡Ya lo creo! Apostaria lo que no tengo á que no
so hallan otros más gordos en el reino.
—¿En el ruino1? ¡Ni en toda Europa! ¡Ni en la América
tropical, de donde es oriundo este precioso comestible, que
hace la delicia de las salsas, el encanto de una mesa aristo-
crática, cuando se sirve antes do tiempo! ¡Oh! Tengo la com-
pleta seguridad do que hoy, dio diez de Abril, nadie poseo
unos tomate» do este tamaño y de un estado do madurez tan
perfecta, tan sana, tan natural como los que estás viendo. E¡:
verdad que me lia costado un trabajo inmenso, ímprobo. E*
un verdadero milagro lo que he conseguido; estoy satisfecho-;
estoy orgulloso, estoy contento de mi mismo; pero no he do
parar hasta que los adelante un mes más. En cuanto á éstos
.'y el marqués tocó uno de los tomates con la yema del dedo),
(5
42 su I'KAO AJÍUL.
hoy mismo salen para Madrid; quiero que se sirvan en la real
me*a: estoy seguro de que llamarán extraordinariamente h
atención do la corte.

V
Elias, que habia escuchado la entusiasta perorata del mar-
qués de Baldivia, así que observo el apetecido punto final,
exhaló un suspiro tan profundo, can prolongado, tan melan-
cólico, que el marqué* no pudo móuos de levantar la cabeza y
preguntarle:
—¡Hombre! ¿A. qué viene ose suspiro?
—¡Ay, señor marqués! ¡Yo quisiera ser uno de esos to-
mate.-";!
El aristócrata abrió ios ojos para mirar fijamente al poeta.
Eu aquel momento recordó que alguna vez habia tenido
á Elias por loco, y le pareció muy natural la pasada sos-
pecha.
—Paes sí, señor marqués,—volvió á decir el poeta, sin
darle tiempo á que le dirigiera la palabra; quisiera ser am.
de e$os tomates, para ir á Madrid.

VI

B! marqués, sin apartar ios ojos de Elias y mirándole de


una manera mi generis, le dijo:
—-¿Tú quieres ir á Madrid? ¿Y qué vas á hacer en h.
corto'?
— ¡Quién sabe! Puede que en Madrid me esté reservada la
misma suerte que á esos hermosos tomates.
EL FRAC AZUL. 4ÍÍ

—¡Toma! El final de estos comestibles no es difícil adivi-


narlo: serán comidos.
-•Eso precisamente puede sucederme á mí; porque yo
creo, señor marqués, que de ser devorado á ser comido, no
liav mucha diferencia.
—Efectivamente, el desenlace es el mismo. Pero permíte-
me que te diga que no comprendo ni una palabra de lo que
me, estás hablando.
—Procuraré explicarme. He decidido trasladarme á Ma-
Ji'id en busca de un nombro que no tengo.
—¿Y qué nombre es ese?
—El de autor... dramático.
—¿Estás loco, muchacho?
—Tal vez, señor marqués.
—¿Lo has pensado bieu?
—Estoy firmemente resuelto; toda la elocuencia, de Cice-
rón no me haría variar ni una línea el plan que me he pro-
puesto.
—Pero ¿oon qué recursos cuentos» para poder vivir en la
corte?
—Con mi pinina, cou la fe. que no me abandona nunca:
din una fuer/a de voluntad que no envidio á nadie.
—Pues, hijo mió, con lodaa esas cosas no será extraño
que te mueras do hambre.
—Nadie sino Dios puede hablar con certeza del porvenir.
—Sí, sí; pero tú no sabes lo suficiente para lanzarte á la
palestra literaria.
—Estudiaré.
—Y durante esos estudios, ¿de qué comerás?
44 EX. FKAi: .V/.UL.
—Lo ignoro; pero tengo la persuasión de que comeré.
—Mira, Elias: reflexiona bien á lo t\uo. te expone.;. En Ma-
drid no brilla nadie; allí vas á en con ira río solo, abandonado;
los inviernos son crudísimos y no ¿cría extraño (¡no el frío, el
hambre y las incomodidades acabaran con tu salud, que no
es por cierto de lao más fnortíW. 1'iónsaJo bien, y medita lo.«
consejos que acabo de darte.
—Si el señor marqués—dijo Elías—rao permite que hable
cou franqueza...
—¿Y por qué no? Habla Jo quo te dé Ja gana.
—Pues en ese caso, le din: que yo no he venido aquí por
consejos, sino por dinero.

Vil.

Esto era una salida de tono algo inconveniente, que so-


brecogió por un momento al protector de las legumbres; pon:
reponiéndote y mirando fijamente al poeta, le dijo:
—¡Ah! ¿Conque tú vienes por dinero y no por consejos?...
Pues, hijo, precisamente el dinero es una fio las cosas que yo
no doy gratis á nadie.
—Es que Jo que yo pido es uu préstamo.
—Pero ¿de dónde, has de pagarme esc préstamo, si yo me
decidiera á hacérteJe?
—Con el producto de las obras mia¡> que se representen en
Madrid.
—¡Tus obras! ¿Y qué obras son Jas tuyaítf
—Los dramas que escriba; ei que se estrenó anteanoche y
que haré representen en Madrid.
BL FRAC AZUL. 45

—¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¡Buenos dramas harás tú on la corte! Lo


que liarán en la corte será reírse do ti.
Elias sintió que el corazón le latín con una fuerza extra-
ordinaria.

VIH

Las palabras del marqués, más que una razón convincente,


eran un insulto arrojado al rostro; pero procurando dominarse,
le dijo:
—Yo, señor marqués, he venido á pedirle un poco de pro-
tección, confiado en la antigua amistad que unió á usted en
otro tiempo con mi familia, y parece que no me ha com-
prendido.
—Sí, sí, hombre; de sobra te he comprendido. Me pides
dinero prestado con la garantía de la realización de tus sue-
ños, y yo no quiero dártelo.

IX

Elias quiso por última vez insistir en su empeño, y añadió:


—Efectivamente, lo que yo pido es dinero: pero tal vez
usted cree que necesito una p/ruesa cantidad, y á mí me bas-
taria con cien duros.
—Ni cien reales, hijo mió,—exclamó el marqués, que ai
parecer deseaba terminar aquella escena.—-El dinero lo nece-
sito para otras cosas y no para alimentar tus ilusiones. Es
cierto que has escrito uu drama, pero cierto ei¡ también que te
lo hemos aplaudido por considerado», no por su mérito;por-
•iO Kt. I'Í{AC XXVI..

i/ce .si te h; de ser franco, vale bien 'poca cosa. Por lo demás,
siempre puedes coatar con mi amistad.
Elias sintió que las lágrimas pugnaban por asomar á sus
ojos.

Tanta grosería, tan repugnante forma, era imposible tole-


rarla sin sentir el rubor de Ja vergüenza en el rostro.
Si a] marqués uo le hubiera escudado el respeto que se
debe a las canas, Elias tal vez no hubiera podido contenerse.
En aquel momento so contentó con decirle:
—Para nada necesito la amistad do usted. Soy joven, mi
corazón mo dice «¡Adelante!» y quiero seguir sus impulsos.
Algun dia oirá, usted mi nombre. Algun dia nos volveremos á
ver, y entóneos 'se continuará esta escena que tanto me hu-
milla.
Después de esto. Elias salió del gabinete del marqués,
quien, encogiéndose de hombros, se puso á contemplar con
verdadero gozo los magníficos tomates que tenia -«obre la mesa.

XI

Luego supo Elias que aquella misma noche, un hombre,


comisionado por el marqués de Baldívia, habia partido en di-
rección á Madrid para presentar á la reina las hermosas ver-
duras.
Esta comisión le costó cuatro mil reales.
Elias sólo le pidió la mitad de esta suma para presentar
Eí. FRAC AZUL. -iV

sus dramas á una empresa; pero ¡ay! los dramas del joven
poeta no valían para el señor marques lo que uno de los pre-
ciosos tomates que admiraba.
El aristócrata dió la preferencia á las berzas sobre los ver-
sos da Elias.
Tai. vez nn lo faltaba razón.
CAPITULO V.

Un p r é s t a m o s o b r o u n <lra»i« ine-dito.

—Querido sobrino, crea un tonto, y todos esos soñadoras


que te licúan la cabeza de viento cou sus escritos, son míos
pobres hombros, que deseando arreglar el mundo, dejan en
completo desorden su casa, y ocupándose del prójimo, acaban
por morirse de hambre. A mí no me ha gustado nunca la gen-
te que .sueña con los ojos abiertos. Toda mi vida he creído que
dos v des son cuatro, y que un duro vale más que una peseta.
Conozco el mando, y sé por experiencia que entre poseer mil
reales en el Congo y media onza en el bolsillo, es preferible
lo segundo. Ei hombre vale io que tiene, lo mismo aquí que
en Pekín: y el que en el ¿iglo de las luces, 6 por mejor decir,
del positivismo, se alimenta de ilusiones, es io miVmo que el
que quiere llenar su estómago tirándose bocados ;í la frente:
se muere de hambre.
EL FUAC AZXJL. 49

• --Querido tio, si quiere usted que seamos buenos amigos,


tenga la bondad de no tocar á un pelo de la ropa de los ilus-
tres poetas que honran la patria de Corvantes. La literatura
fué, es y será en España, como en todos los países ilustrados
del mundo, el archivo que guarda á las generaciones veni-
deras las grandezas del género humano. La poesía es una
necesidad del espíritu, como el aire es una necesidad de los
pulmones, y el alimento lo os asimismo del estómago. Un
verdadero poeta, un hombre de genio, un gran filósofo, aun
cuando lleve el. gabán mugriento, el sombrero abollado y las
botas descosidas, para mí valdrá siempre mucho más que un
rico que no tenga otra condición que su fortuna, aunque vaya
vestido de paiio de Sedan, con botones de brillantes en la ca-
misa y rico crondmotro de oro en el bolsillo del chaleco.
—¡Sueños, y siempre sueños! Me veo en el caso de repe-
tirte que eres un tonto.
—Pues bien; le suplico á usted encarecidamente que si en
algo me aprecia, me deje soñíir y me preste cien duros.

II

Aquí el tio abrió la boca basta lo inverosímil, y exclamó


con ¡xmo admirativo:
-¡Cien duros!
—Ó dos rail reales; como usted quiera.
Esta respuesta mereció una carcajada de esas que han dado
en llamar homéricas los poeta3.
La carcajada del tio estuvo á punto de hacer llorar al so-
brino.
7
50 EL FRAC AZUL.

III

Elias se sonrió, y después de un momento de pausa volvió"


á decir:
—¿Le ha lieclio á usted gracia, según parece, el pedido
que acabo de hacerle? ¡Tanto mejor! La alegría de usted es
una esperanza para mí.
—¡Vamos! Tú estás tocando el violón.
Y el tío, cogiendo por una oreja al sobrino, con esa fami-
liaridad tan común en los parientes, tiré de ella no muy sua-
vemente, diciendo:
—¡Eres un tonto, querido sobrino!
Y sin esperar respuesta, se alejó de aquel sitio, riendo á
carcajadas.

IV

Aquella misma tarde Elias se encontraba debajo de un em-


parrado de la alquería de su tío, corrigiendo algunas escenas
de su drama.
El poeta inédito daba furibundos puñetazos sobre el vela-
dor que tenia delante, declamando aus versos con entonación
campanuda.
Esto sin duda no le dejaba reparar que evo. objeto do las
burlas de los criados de la casa y de las sonrisas maliciosas de
unas vecinas que asomaban las picarescas cabezas por encima
de la tapia del jardín, para gozarse, ó por mejor decir, para
burlarse del entusiasmo del joven vate.
EL FRAC AZUL. 51

Fácil era conocer que las vecinas hacían esfuerzos inaudi-


tos por no prorurapir en estrepitosas carcajadas.

De vez en cuando, y sobre todo on los momentos en que el


aprendiz da literato levantaba las manos con ademan trágico
para recitar algun verso armonioso, el tio, que se hallaba aso-
mado á un balconcillo de madera, dominando la escena, hacía
telégrafos á las vecinas y á los criados, como anunciándoles
que preparaba algun inesperado golpe de efecto.
Pero el poeta sólo existia para su drama en aquellos mo-
mentos.
La inspiración, ese fuego sagrado del alma, y el entusias-
mo, esa demencia del espíritu, le elevaban en aquel instante
sobre el valgo de las criaturas.
Aquellos pámpanos que, formando un verde tendal, se ex-
tendían, sobre su cabeza, tenían en aquel instante para el poeta
los envidia-bles encantos del épico laurel de Apolo. La gloria
le sonrflia. embriagándolo con su perfume.

VI

Para completar el espectáculo, Elias dio una enérgica pal-


mada sobre el manuscrito que tenia delante, y se puso á hablar
en voz alta de esta manera:
—Sí, sí; me llaman loco, pero ¿qué importa? Muchos hom-
bres ilustres merecieron este dictado á sus contemporáneos.
Un filósofo, un sabio francés, ha dicho que el genio no es otra
52 EL FRAC AZU!..

corn qve la rotura del equilibrio de la razón. Sdcratfisy Pan-


cal fueron tenidos por alucinados, por soñadores; Malioma, Co-
lon, Galileo y oíros muchos, fueron también llamados locos;
Rousseau se vid ignominiosamente apedreado en Jas calles de.
París, y hoy sus obras son la antorcha que alumbra las socie-
dades modernas. Locos ó cuerdos, yo os admiro, ilustres lum-
breras de la humanidad; y no cambiaría el sucio y raido túnico
de Homero por la púrpura imperial; ni la vela de sobo ;í cuyo
débil resplandor escribid el Tasso en un tétrico calabozo su Je-
rumien, Libertada, por la regia lámpara de oro y porcelana.
de algún príncipe estúpido. Sí, sí; reíos, burlaos, prosaicos
materialistas, de las excentricidades y miserias del genio; pero
no olvidéis que Didgenes el cínico no tenia más ropa que una
capa, más muebles que una linterna, ni más casa que nn tonel,
y Alejandro el Grande iba á visitarla en los momentos en que
su cabeza coronada temiu cometer alguna brutalidad. «¿Qué
quieres de raí?» le preguntaba el príncipe roacedonio, el ven-
cedor de Darío. «Que fe quites del sol»., le contestaba el liíó-
sofo volviéndole la espalda. ¡Ob! ¡La gloria! ¡la gloria! ¡La in-
mortalidad!

VII

Al terminar Elias su altisonante discurso, Jos espectado-


res, por no reventar, soltaron una carcajada 6 coro, que retronó*
on los tímpanos del jdven poeta como deben resonar los trom-
petazos del ángel del Apocalipsis el día del gran banquete do
los muertes.
Elias giró en derredor suyo los ojos, buscando á los profa -
KL FRAC AZUL. 58

uofs que se ptrovian á interrumpir sus poéticas re flexión e¡?, y


rió con asombro ú las vecinas, á los criados, y IÍ su tío asoma-
do al balconcillo, que al parecer se reian de él.
Sin embargo, en este mundo, para vivir un wiciedad, es
preciso tener siempre dispuesta una son risita de esas que na-
cen en los dientes y mueren en los labios.
Elias se sonrió, porque creyó oportuno no hacer otra cosa
en aquello:; instantes.

VIII

—¡Ahí—dijo.—¿Conque ustedes estaban oyendo mi -pero-


rala?
—¡Por la Virgen de los Desamparados!—dijo una vecina
riéndose del poeta, sin ningún género de miramieuto.—Le
suplico á usted, en nombre de los presentes, que continúe !;i
relación, porque nos ha hecho reir mucho. Verdaderamente
liemos p».-:-ado un buen rato.
Ki poeta se sonrió y repuso:
--Señorita, si yo no tuviera la íntima convicción de que
usted me adula, desdo mañana me dedicaba á escribir en el
género cómico.
—Puede usted estar persuadido, querido Elias, de que no
le adulo,-—volvió á. decir la vecina;—y de seguro que si es-
cribe comedios por el estilo del discurso que acaba de pronun-
ciar llegará a" ser un hombre notable, porque el publico se
reirá mucho de usted.
54 l a KKAC AZUL.

IX

Faraa de burlona tenia la vecina, y sangriento ora el epi-


grama que acababa de dirigir; poro hay mujeres que se valen
de las faldas de un modo criminal, y aquella joven ora tina de
ellas.
Elias iba. á contestar alguna inconveniencia á la vecina,
cuando oyó la voz de su tio quo lo llamaba desde la ventana.
—¡Eh, muchacho!—lo dijo con voz fuerte y risueña.—
¿Sabes el tratamiento que se emplea en el hospital para curar
á los enajenados?

Antes de quo Elias tuviera tiempo de dar una respuesta á


aquella pregunta, el tio le echó un jarro do agua quo lo em-
papo desde la cabeza á los pies.
Esta chanza humorística del dueño de la alquería hizo pro-
rumpir en una segunda carcajada á los espectadores.
Elias se quedó tan sorprendido y tan frió como lo exijan.
Jas circunstancias.
Buscó una frase con que apostrofar aquel insulto, y no en-
contrándola, y creyéndose impotente para vengarse de todos
aquéllos que se burlaban de un modo tan cruel de su entusias-
mo, recogió los borradores de su drama, y sin pensar que se
hallaba calado como una sopa, salió de la alquería con Jas lá-
grimas en los ojos y el despecho en el corazón.
EL FRAC AZUL.

le echó un jarro de aguaique ie empapó desde la cabeza


KL FRAC Á'/.V¡.. 55

XI

Guanilu llegó á la orilla del mar se detuvo, y sentóse & h


áombra de uno de los faluchos que esperan sobre la arena la
temporada do invierno para dedicarse á la pesca.
Allí permaneció' por espacio de mucho tiempo, abstraído
v»,n sus reflexiones, soñando despierto.
Allí lloró la humillación que acababa de recibir, sin el hi-
pócrita temor do que los hombres se burlaran de sus amargas
lágrima*!.
Por fin, (h¡ fondo del mar comenzaron á elevarse por el ho-
rizonte la?; opacas sombras de la noche.
Elias había resuelto no tornar á casa de an tío, y desde allí
•5 Valencia d ¡«taba cerca de una legua.

XII

A br dir/ de la noche entró en su casa.


l·In el 7íimido iodo está compensado.
¡Olías, que 1;"-,nia el corazón oprimido por la ¡¡.-.cena menc.it,-
uadu, &f! encontró una carta al llegar á su casa., coucebida en
.wfcus termino;;:

XIII

AEI ¡s-iiur conde de San Luis mo manda escribir á usted


una carta dándole las gracias por la sentida poesía que le ha
'.•emitido pava su álbum, y me encarga eficazmente le advierta
56 El'. FRAC AZUL.

que si algun dia piensa trasladarse á la corte, puede contar


can su amistad y con su protección.
vSu seguro servidor que besa su uaano... '.»
Elias leyó tres veces la carta, se restregó los ojos, y aun
i'.vao que se puso á cantar el himno de Riego.
Creo conveniente explicar la causa de la alegría de Elias;
pero para eso cambiaremos de capítulo.

' I¿) que Armaba esta carta, secretario entonces de¡ citado titulo, ya, no
•rusta; y rae lio propuesto no consignar en astas páginas ningún nombre
sin la competente autorización para ello, pues así me lo tiene encargado mi
amigo Elias.
C A P Í T U L O VI.

j>o»<lo l'Uius «acudo o l p o l v o do s u s zapatos, o o m o San.


V l o e t i t o ITorror.

Por entonces,

uno do los cien ministros


qno al año vienen y \'¡in,

como lia diclio Bretón de los Hernïros, tuvo la feliz ocurrencia


de tender unaramioprotectora á los literatos y poetas; protec-
ción que. sea dicho de paso, les hacía mucha falla.
Los escritores son unos guanos chicos, qno á vuelta de al-
gunos defoctiJlos, entre los que no sería extraño encontrar el
amor propio en grado superlativo y el deseo de morder ñ sus
cofrades, nadie les gana á rumboso* y campechanos;.y después
le todo, forzoso es dispensar algo al prójimo que tiene la des-
gracia de nacer con alguna chispa, y andando el tiempo, co-
mete el feo vicio de escribir comedias, libros ó novelas.
a
58 EL FRAC AZUL.

Los poetas, pues, quisieron ser agradecidos con su protec-


tor, y como la fortuna de los poetas consiste en consonantes,
le dedicaron algunas docenas de poesías, en las cuidos, olvi-
dándose de la política por un momento, elogiaron al protector
de las letras republicanos, progresistas j moderados.

II

El ilustre conde de San Luis, que, protector infatigable


cíe las letras españolas, con un decreto abría ancho campo á
los autores dramáticos, dándoles vida propia y asegurándoles
el porvenir con su trabajo, era objeto por entonces do la ad-
miración y el aplauso de la literatura.
La gratitud es el más bello de los sentimientos del alma.
El genio de la poesía elevo cánticos de ¡hossanna! al moderno
Mecenas, que desde las más altas regiones del poder le tendía
una mano para salvarle del naufragio, recordándole que él era
íambiec hijo de las letra», y que á las letras debía la posición
que ocupaba.
Hasta entonces, los autores dramáticos ;habian estado su-
jetos á la mezquina retribución que las empresas teatrales
lonian á bien darles por sus obras. La carrera do escritor dra-
mático no producía más que un poco de gloria y muchos dis-
gustos. Casi le era imposible vivir de su pluma, y el autor,
siendo la primera autoridad del teatro, apenas disfrutaba las
prorogativas de un -racionista.
El decreto orgánico de teatros del conde de San Luis sir-
vió do base á la ley más sabia, más justa y más democrática
que ae ha sancionodo en España.
VA. FRAC Azcr.. 59
Tina obra dramática tienfl tanto derecho ¡í ser considerada
oomo propiedad de su autor ó de su comprador, como una casa
ó un campo. Pensar de otro modo es una injusticia.
Los nombres de genio, de imaginación creadora; los que
viven sin ocuparse de la mezquina prosa de la vida, serán siem-
pre explotados, pero justo es que exista una ley para que se
exploten ellos mismos cuando al despertar de sus «muios co-
nozcan que el materialismo del mundo aprecia al hombre, no
por lo que vale, sino por lo que tiene.
Si Bretón de los Herreros, Zorrilla, Rubí, y otros ilustres
poetas hubieran cobrado el tanto por ciento do sus obras dra-
máticas, boy tendrían una fortuna; pero fué una desgrani:;
para ellos que el conde de San Luis no fuese presidente del
Consejo do ministros algunos anos antes.
Hoy la prufosiou de autor dramático tiene porvenir. La
ley de Sartorius le dice: «Trabaja, crea, estudia, hazte mere-
cedor del aplauso del público y yo sabré recompensarte; y á
la reputación y á la gloria seguirá, si no la fortuna escanda-
losa del millonario, el bienestar digno de la laboriosidad y la
consideración de tus contemporáneos.»
¡Loor eterno al que sacó del abismo á la literatura dramà-
tica, elovándola al puesto que merecía!
El conde de San Luís ha muerto, pero la escena española
no le olvidnrá nunca.

111

lillas era demócrata, y creo, si no me engaño, que sigue


siéndolo en la actualidad, aunque la política hace tiempo que
60 KL FEAC AZUL.

es para él género de contrabando, prohibido en los aranceles


de su independencia, bien porque lo parece que en Madrid los
hombres van reemplazando á las ideas, ó bien porque so halle
convencido de que es el comercio menos lícito quo mantiene
el alza y baja de algunos miles de habitantes en esta clásica
villa de los garbanzos.
Pero volvamos ú nuestro cuento.
PJlías escribió una oda pava el álbum del conde de San
Luis, y el dueño del álbum dio orden á su secretario para que
escribiera á Elias la susodicha carta.

IV

El joven poeta vio en lontananza una mano poderosa que


le brindaba su protección, y aunque el propietario do aquella
mano pensaba de distinto modo que él, se hizo la siguiente
reflexión:
— La protección que yo necesito no se halla precisamente
en los ministerios, sino en los teatros, y ese seiïor puede ser-
me útil; debo, pues, trasladarme á Madrid.
Elias reunió su familia, á saber: su espo¡;a, su madre y her-
manos; porque aunque tenia una hija, ésta contaba aún pocos
meses de edad, y por consiguiente, si bien era un gran voto
para el corazón del poeta, no podia votar en el asunto en cues-
tión.
Se convino, pues, que de cualquier modo el poeta abando-
nara su patria nativa en alas de sua ilusione.?, y que durante
su ausencia, ó mejor dicho, hasta el dia en que sus versos
fueran dinero, la familia esperaria resignada, viviendo cou
KL FKAC AZUL. í)]

algunos ahorrillos, ó bien vendiendo algo superfino y traba-


jando.
Porque así como todos dudaban de que Elias pudiera nunca
hacer nada de provecho, su esposa, su madre y sus hermanos
tuvieron siempre gran fe en los sueños del poeta.
Quedó, pues, concertado que el viajo so llevarla á (-.abo á la
mayor brevedad, y después todo el mundo se acontó, soñando
tal vez en un porvenir do color dfl rosa.

El sueño es la felicidad diaria cou que Dio;; ha querido


recompensar las amarguras de la criatura.
Al dia siguiente Elias recibió un recado de su tio, convi-
dándole
Algo enojado le tenia el jarro de agua, pero el portador
del anuncio del convite se dio tan buena maña pnra conven-
cer al poeta, que éste tuvo que acceder.
Hé aquí extractado, poco más ó menos, el diálogo que tuvo
lugar entre el tio y el sobrino.

VI

—Elias, ayer te di una broma pesada.


—Un poco,—respondió Elias con sequedad.
—Espero que me dispenses, y hablemos da o luí cusa.
—Hablemos de lo que usted quiera.
—En esta calle han alquilado barraca para lomar baño.-:
algunos actores del teatro Principal.
02 i?[, F U A C AZVI..

—Hi, sí, Jo sé; están la Matilde Duelos, Juan de Alba y


Manuel Pastrana.
—Los que lias eitado son buenos amigos tuyos, y en par-
ticular Pastrana, el galán joven.
—Si, Munafll es un verdadero amigo. ¡Ohl ¡Si todos fueran
como éi!...
—Anoche hablé con él, y me dijo que tenia completa se-
guridad de que si te marcharas á Madrid, tarde ó temprano,
llegarías & tener un nombre literario, pues en tu drama se
revela el autor dramático.

Vil

Elias hubiera dado un abrazo á Pastrana, si le hubiera te-


nido cerca; pero juré dárselo á la primera ocasión ».
— En vista, pues, del concepto que le mereces á una per-
sona tan competente como Pastrana, no tengo inconveniente
en proteger tus sueños de poeta, y puedes contar desde ahora
con mil reales; sí te decides á cruzar el camino á caballo en
un macho, te pagaré el viaje, y te irás pasado mañana con
una persona quo conozco.
Elíaíi abrazó á su tío, que siempre había sido para él un
segundo padre.
Terminada la comida, puso el tío en la mano del sobrino
tres onzas de oro y una moneda de cuarenta reales, y le dijo:

1
Jlanuel Pastrana, adornas de su carácter simpático, su distinguida
educación y la nobleza de sii^ sentimientos, os cazador; y Elias no puedo
menos d« Humarle su hermano.
EL i'iUC AZUL. 63

—Disponlo todo; ya sabes que el viaje, si te decides á ir


montado, uo te cuesta nada; y en ese caso, pasado mañana á
las dos do la tarde estarás en la posarla del Sol do la calle de
Cuarto; al!( estaré yo.

vjir

¡Era tanto el placer quo sintió en aquel instante en su co-


razón! Pero ¿á qué describir una alegría tan inmensa, cuando
no se tiene bastante confianza en poder embellecerla con todos
los poéticos colorea que reclama?
Bastará, á mi modo de ver, querido lector, con decirte que
el jdven poeta so despidió aquel mismo dia do todos sus ami-
gos, lo« que se rieron grandemente de sus ilusiones; porque
un compañero de colegio ó un amigo de vecindad no puede
nunca creer que aquél que era su igual, ó tal vez su inferior
en el coligió, que el mismo que jugó con ói al chito llegue á
adquirir una reputación literaria.
Los hombres, por más que se afanen en ponerse do punti-
llas para parecer gibantes, siempre serán pigmeos.

IX

Elias dejó tres onzas á, su familia, y colocando en una


maleta cuatro camisas, un frac azul, nuevo, flamaute, recién
hecho, un pantalon negro, un chaleco de terciopelo, y alguna
otra prenda de ropa, entre las que se hallaba un cuaderno de
poesías y una copia de su drama, se encaminó á la callo de
Cuarto á la hora citada.
04 Er. FBAC AZUL.
¡Ah! Me olvidaba decir que el poeta llevaba la moneda de
cuarenta reales en el bolsillo del chaleco.

Elias era mi soñador tan furibundo y de tan buena fe, que


creia suficiente, y ánn sobrada cantidad cuarenta reales para
conquistar a Madrid.
Después de las correspondientes lágrimas y los abrazos
de ene, gracia»; á lo? esfuerzos del amo de la recua, el poeta
se vid encaramado sobre na poderoso macho, que llevaba
sobre su robusto lomo unos sacos de seda.
A tal altura se encontraba Elias del suelo, que se creyó
en aquel momento transportado al Asia, ó que cruzaba el de-
sierto á lomos de un dromedario.
Siete eran los machos cargados de sacos de seda, y dos
los arrieros, 6 conductores, como dicen ahora.

XI

El amo de la recua llamábase Castellote; y por cierto


quei nunca so ha engalanado prójimo alguno con rpeJlido
más adecuado á sus condiciones fínicas; porque Castellote,
tanto por ira chivada estatura y su robusta constitución como
por sus fuerzas hercúleas, parecía un gigante.
Elias, después de pasar el pueblo de Cuarte, porque su
viaje fué por las Cabrillas, cuando llego' & divisar el pueblo
de Chiva, se quitó los zapatos, y sacudid el polvo de ellos,
como lo había hecho San Vicente algunos siglos antes.
KL JPJtAC AZUL. ü5

Elías hizo noche la primera jornada en Cheste, patria de


Castellote, hombre muy aficionado al vino y á las buenas
tajadas.
Bajó del elevado sitio tan lleno de agujetas como de ilu-
siones, y mientras el arriero conducía la recua á la cuadra,
se quedó sentado en el poyo de la cocina, esperando que dis-
pusieran de su individuo, pues por entonces no tenia volun-
tad propia.
La mujer de Castellote, que era también una matrona
varonil de redondas formas y nervudos brazos, entabló con
su marido e! siguiente diálogo, mientras desembarazaban las
bestias de su carga.

XI

—¿Es ese joven el sobrino de don Andrés?


Este era el nombro del tic de Elias.
—Sí, el mismo,—dijo Castellote.
—¿Y adonde le llevas?
—A Madrid.
—¿Y á qué va á la corte?
—A escribir coplas.
—¡Toma! Eso tarnbian podria hacerlo en Valencia.
—¿Qué sabes tú, mujer? En Valencia escribir coplas no
es un oficio, y en Madrid, -'eguii dicen, lo es.
—¿De manera quíj allá dan. dinero por coplas?
—Su ti o me ha dicho que hay muchos copleros que se
han hecho ricos escribiendo, y que su sobrino va con esas
pretensiones á la corte.
9
(>í> ET. FRAC AZUL.

—¡Pues está fresco! Acuérdate que ei barbero del pueblo


se fué con esas mismas intenciones, y ¡i los ocho meses re-
gresó más flaco que una lombriz y más destrozado que un
pordiosero.
—Puede que le suceda lo mismo al sobrino de don An-
drés; con la única diferencia de que el barbero estaba más
gordo que ól. Pero á nosotros ¿qué nos importa? Allá se las
entienda el coplero con los cortesanos.
Elias no pudo menos de sonreírse oyendo los augurios
que sobre sus ilusiones de poeta hacían el arriero y su mujer.
CAPITULO VII.

n o n r t e ISlju* eolm de in ¿ n e » l o s «spejos tlo Voiiooiít.

Muchas veces me La contado Elías su viaje á Madrid;


pero de poca ó ninguna utilidad podrá sor á nuestros jóvenes
lectores la narración de las incomodidades que sufrió y el
polvo y ol sol que recogió el poeta durante los ocho dias que
caminó encaramado en el mulo orus;ando los vericuetos del
puente do Contreras y lo« barrancos de Alcolea del Pinar.
Elias ha sido siempre un mal caballista, un mal jinete;
siendo niño, un burro le hizo apearse por las orejas, arroján-
dole en el pilou do una fuente; esta caida le dio por resultado
el desconcertarle una muñeca. Así es que en los ocho dias
de viaje, para subir y bajar del mulo, necesitó del poderoso
nnxilio de Casteilote.
Llegó por fin á Vallócas, y por primera vez el eabroso pan
de Castilla fué triturado por sus fuertes mandíbulas.
68 EL FRAC Á7.VL.

ÍI

La populosa corte de España, fundada, como liorna, sobre


siete colinas, apareció ante sus ávidos ojos medio velada por
el humo de sus millares de chimeneas, donde se consume
toda la lefia de las provincias.
—Aquello es Madrid.—le dijo ci arriero, extendiendo el
brazo hacia el Norte.
Y Elias abrió los ojos y la boca, y olvidándose de la ele-
vada posición que ocupaba, se quedó embobado mirando aquel
inmenso grupo de casas, que se le acercaban, como dispuestas
á devorarle.
Después de algunos minutos de extática contemplación,
exclamó con una entonación verdaderamente teatral:
—¡Madrid! ¡Madrid! ¡Ah! ¡Por fin llego á tus puertas, á
esa gran ciudad donde reside el genio, donde vivo el arfe,
donde se conquista la gloria! ¡Madrid! ¡Patria ds los inmortales
poetas Hojas, Quevedo, Tirso de Molina, Calderón, Lope de
Vega, Montalban, Moroto, Cienfuegos, los Moratines, Ramon
de la Cruz, y otros que no recuerdo, aunque admiro con toda
mi alma!

Madrid, castillo fumoso


que al rey moro alivia el miedo,
ardo en fiestas en si: cono,
por ser el natal dichoso
da Alimenon do Toledo.

Al concluir esta perorata, que Elias pronunció con la en-


tonación y los ademanes de un actor, Castellote soltó una car-
KL PBAC AZI7.. 6!)

cajada tan estrepitosa, que, espantándose el macho que mon-


taba el poeta, le puso en grave riesgo de caer al sucio: y así
hubiera sucedido, á no agarrarse á la albarda con las fuerzas
de la desesperación.

III

Lo primero que buscó la soñadora mirada del poeta in-


édito fué un monumento que pregonara la grandeza de la pa-
tria de Calderón; y le pareció muy extraño no encontrar
alguna obra colosal, como las pirámides de Chcops, las agujas
de Semíramis, ó coso equivalente.
Pero ¡ay! Madrid, residencia de los artistas, cuenta muy
pocos monumentos artísticos en sus cercanías, porque el espí-
ritu de la especulación predomina sobre la noble ambición de
la inmortalidad y la gloria.
Los alrededores de la corte nada ofrecían á los ojos de
filias digno de liarasr la atención. Su patria tiene palmeras
y florestas, como los oasis, y Madrid campos fin. sombra,
como Sahara. La agricultura en la patria de nuestro poeta se
lialla on todo su apogeo, y en la Anilla del oso y el madroño es
pobre y rutinaria, pues no ostenta árboles, ni flores, ni per-
fumes.
Campos do cebada y de trigo, lenguas do tierra desigual
en barbéchales secos y sin poesía, hé ahí los alrededores de
la corte.
Aunque á Elias no le gustaba lo que veia, no quiso, sin
embargo, dar crédito á sus ojos, y esperó encontrar mucho
bueno en la moderna Babel de España.
10 KL FRAC AZUL.

Entró, por fia, por la puerta de Atocha, que inftii parecía


la puerta de un. corral que de una ciudad.

IV
Al llegar á la embocadura de la calle del niiamo nombre
se apeó dol macho con el auxilio de Castalloío, pues uo quería
que los madrileños le vieran ridiculamente encaramado sobre
el poderoso mulo.
Elias era un inocente, en cuja imaginación se hallaban
vivas todavía las necias preocupaciones de provincias. Pobre
átomo perdido, ó por mejor decir, arrojado á la ventura en
medio de aquel inmenso mar humano, creyó que la gente de
Madrid iba á formar muy mala opinión de su talento, al
verle entrar por sus calles caballero en un macho.
Poco a poco se fué convenciendo de que en la corte cada,
individuo sigue la senda que Dios le depara, sin ocuparse
del que camina á su lado, ni importarle un comino atropellar
al que va delante.
A la subida do la empinada calle de Atocha, y frente
por frente del Colegio de San Carlos, se halla el parador de-
San Blas.
Toda la recua dio de cabeza en los pesebres del citado
parador.
El poeta siguió también á los herbívoros, y aunque no
dio de narices en la cuadra, se halló de mimos á boca en la
cocina, donde observó, con gran asombro, que mientras el
arriero era objeto de las caricias, halagos y cumplidos de la
posadera y las criadas, á él le dejaban en un completo y des-
consolador olvido.
1ÏL FRAC A'/UI,. "71

Es cierto que aquellas buenas Maritornes no sr.biau leer:


pero conocían perfectamente oí rey por la moneda, y Caste-
llote era un trajinante buen mozo y fornido, que sabía gas-
tar el dinovo con esplendidez.
Pero ¿qué diablos les importaba á aquellas honrada» gen-
tes tener á tiro de beso á un joven flaco, pálido y pobre, cuyo
bolsillo, á juzgar por su cara, debia hallarse completamonte
vacío'?
La indiferencia; pues, que inspiró Elias era justa. El que
viaja en silla de posta debe ser objeto de más consideraciones
que el que viaja á horcajadas sobre la rústica albíirda de uu
innoble animal do orejas largas.

El arriero ¡;e, acordó por íin del poeta y le dijo:


—Yo permaneceré seis días en Madrid, durante lo.:; cuales
vivirás y comerás conmigo; así me lo ha encargado tu tío; y
el dia que me marcho, te daré algunos napoleones:.
Elía.-: convino interiormente en que su tío segiúa ¡deudo
un padre para 61, y agradeciéndolo en el fondo de &rx alma
los favores que le prodigaba, salió del parador, descoso de ad-
mirar las mil y uno, maravillas tan cacareadas de la corte de
España.

VI

Pasaron los dias, y el poeta inédito vio con sentimiento


partir de la corte al arriero, quedándose solo en la moderna
72 EI- FIUC AZU!.

Babilonia, sin contar con la protección de aquel Mecenas con


calzón corto y faja de estambre.
La memoria es una especie de biblioteca reunida por un
hombre do mal guato, que encierra pensamientos buenos y
pensamientos malos.
Elias buscó en su memoria un recurso salvador; pues con
un capital tan escaso como el suyo, no era muy prudente
tenderse á la barlota.
Recordó entonces la carta que el secretario del conde de
San Luis lo había escrito, y se dijo para su capote:
--Veamos qué partido se puede sacar de este señor.
¡Ah! Se me olvidaba consignar que Elias habia alquilado
una reducida buhardilla, con vistas á los tejados de enfrente,
en la calle de Santa Polonia, por la modesta suma de treinta
reales al mes.
Un catre de tijera, un colchón ético, una mesa somicoja,
un candelera do barro, un botijo y una silla de paja que co-
menzaba á cansarse de su prolongada existencia, eran los úni-
coe enseres de la modesta morada de aquel hijo de las auiaas.

VII

—¡Quien sabe!—decíase el poeta, arreglándose el lazo de


su corbata delante del,vidrio de su microscópica ventana, úni-
co espejo que le deparaba la fortuna.—¡Quién sabe si el buen
señor á quien hoy me prepongo visitar será para mí otro Me-
cenas, que en verdad buena falta me hace! Aunque no debo
concebir muchas esperanzas, pues los protectores do loa poe-
tas van .'riendo escasos, y dudo si recorriendo las dilatadas re-
SL FRAC AZUL. 73

piones del universo, se encontraría un magnate, un empe-


rador, d un príncipe; que llorara sobre la tumba de un émulo
de Apolo, como lloraron César Augusto, Mecenas y Agripa
sobre los sepulcros de Horacio y Virgilio.
Cuando Elias condujo su tocado, hubiera dado lo que no
tenia por poderse mirar unos segundos delante de un espejo
de cuerpo entero.
Su frac azul tina era de un color tan hermoso y de un
paño tan fino, los botones dorados de una hechura tan ele-
gante y do brillo tan deslumbrador, su pantalon negro se
hallaba tan flamante, sus botas de charol brillaban con tanta
majestad, que Elias salió orgulloso de su buhardilla, ostentan-
do el altivo ademan de un conquistador.
Llegó por fin á la calle, y sus botas tocaron, el polvo de las
sucias aceras.
Elias poseía por tínico capital dos pesetas en un rincón
del bolsillo de m chaleco.
Estos ocho reales le aseguraban la existencia por dos dias;
pero la carta del secretario del conde de San Luis le dejaba
entrever un porvenir hermoso como el primer .sueño de amor.
—Diógeues ol cínico—se dijo hablando consigo mismo—
poaeiu un tonel, una escudilla y una linterna por único patri-
monio, y el gran Alejandro no se desdeñaba de darle la mano.
Yo poseo dos pesetas, un traje elegante y una buhardilla; ten-
go, por consiguiente, más que Diógenes, valiendo mucho me-
nos que él. Busquemos, pues, á mi Alejandro.
No hay como soñar para no ver las tintas oscuras de la
vida. Los sueños de la juventud tienen siempre un horizonte
de color de rosa.
10
74 KL FHAC AZUL.

VIII
Encaminábase el poeta á casa del conde, cuyas señas se
hallaban consignadas en la carta, cuando al volver el esoui-
nazo de la calle de Santa María, se vio detenido de pronto en
su marcha, y oyó una vocecita dulce y penetrante que le gri-
taba:
—¡Eh! ¡Caballero! ¡caballero! ¡Por Dios, m imantelcta, que
no tengo otra!
Buscó el neófito á la propietaria de aquella voz, y encon-
tróse con una joven que, riéndose con toda la boca, procuraba
desenredar el fleco de su manteleta de uno de los botones de
su frac.
—¡Ah!—exclamó Elias con entonación alegre.—Cuando
un mortal tiene la suerte de enredarse con un serafín, debe ser
de buen agüero.
—¿Soy yo el serafín?—preguntó la joven con desenvoltura
y continuando su tarea.
—¿Quién lo duda? Al ménoe, yo siempre los he visto pin-
tados con unos ojos como los de usted.
—Entonces, seré un serafín buhardillero, como dicen en
La Redoma encantada,
—¿Sabe usted, joven, que sería un placer para mí que le
costara á usted un siglo desenredar el fleco de su manteleta
de los botones de mi frac?
¡Áh! ¡Cuánto lo siento!—exclamó la joven con burlona
entonación.—Ya está desenredado.
Y soltando una^carcajada, continuó su camino, dejando al
poeta absorto y confundido.
HI. FRAC AZUL. 75
Elías tuvo el mal pensamiento de seguir las huellas de la
burlona joven, pero dsta desapareció en un angosto portal de
la calle de Santa Polonia.
—¡Áh!—se dijo.—¿Si será vecina mia?
Y olvidando el amor de la mujer por el amor de la gloria
que llenaba feu corazón, se encaminó á casa del conde de
San Luis.

IX

Nuestro poeta habia leido El Arte de hace)' fortuna de


Rodríguez Rubí, y si mal no recuerdo, creo que me ha dicho
algunas veces que habia representado, bastante mal, en un
teatro casero, el simpático papel de don .Facundo.
Así es que no le intimidó la ceñuda y sombría faz del por-
tero, que, con las manos ocultas en los profundos bolsillos de
su gabán, y las piernas un tanto abiertas, como para dar ú su
cuerpo más solidez, le dijo que el seiíor conde no podia recibir
á nadie en aquellos momentos.
—En eso caso, esperaré, pues nada absolutamente tengo
que hacer, -respondió el poeta, apoderándose de un trozo de
banco de la portería.
—Es que tardará mucho,—repuso el portero.
—No importa; está usted hablando con el primer desocu-
pado de la nación.
—Pero...
—¡Nada! Me he propuesto verle y le veré.
El portero hizo un gesto, como si hubiera mordido un li-
món agrio, y volvió á decir:
16 BL PBAO AZUL.

—Haga usted lo que guste, pero es inútil; y tanto puede


esperar, que me vea en el caso de despedirle.

Aquella insolencia hizo levantar la cabeza al poeta, que


mirando de hito en hito al portero, le dijo con calma:
—¿Sabe Tjsted, querido, lo que Diógenes e! cínico dijo al
filósofo Anfístenea cuando le amenazó con un palo para que
se fuera de su casaV
—No he conocido nunca á esos caballeros,—respondió el
portero algo desorientado.
—Pues bien; lo dijo: «Pegad, pegad; no temáis; vuestro
palo no me hará desistir de mi propósito.»
—Pero, caballero, el señor conde no puede ver :í nadie.
Tiene que marcharse al ministerio; hoy da audiencia do dos á
cuatro, y allí podrá, usted verlo...
—¡Bah! Eso sería bueno si j o viniera aquí á pretender
un empleo.
—¿Conque usted no pretende?
—Nada de eso.
—Yo. creí...
—Soy rico por mi casa, y vengo solamente porque he sido
llamado por el señor conde.
—Eso ya es otra cosa; como aquí vienen tantos importu-
nos, uno adquiere la costumbre de...
—Sí, sí, lo comprendo; pero tenga usted la bondad de en-
tregar esta carta al señor conde, y decirle que el joven á quien
va dirigida desea verle.
lít. FHAC AZUL, "¡o-

El portero, aunque con alguna desconfianza, cogió la car


ta que el poeta le entregaba, y volvió á salir al poco rato con
la sonrisa en los labios.
- E l s e ñ o r - d i j o - m e encarga que acompaño á usted á
su despacho.
Elias sintió que el corazón se dilataba dentro de su pecho.
CAPITULO VIÍÍ.

t u s ó n n i i l c i l i n o o n v o n tonto.

El poeta fué introducido cu el despacho del ministro.


El lujo que allí había le deslumhró por un momento, y no
pudo monos de exhalar un suspiro recordando su mísera bu-
hardilla.
El gusto, el arte y la riqueza habían dejado en aquella ele-
gante habitación impresas sus huellas encantadoras.
Las paredes desaparecían detras de unos riquísimos estan-
tes de palo santo con filetes dorados, repletos de libros precio-
samente encuadernados. Miles de volúmenes se hallaban allí
dispuestos á entretener el ocio y la curiosidad de su dueño.
La mesa de despacho era una obra de arte.
Los sofas y las butacas eran tan cómodos, que parecían
construidos por el espíritu misterioso y adormecedor de la pe-
reza.
VA. FRAC ÁXVÍ.. 7()

El mismo Marte no hubiera arreglado con más gusto., con


más elegancia, las cuatro panoplias atestada?; do armas que
decoraban los ángulos de la habitación.
Galileo no hubiera colocado con más tacto todos los objetos
astronómicos que allí se hallaban.
Veíanse ademas multitud de bustos de hombres célebres,
colocados en la brillante comisa de la biblioteca, y algunos
pájaros disecados que convidaban á. la meditación y al silencio
oon la inmovilidad de sus ojos de cristal.
Echada sobre una alfombra veíase una pantera, cuyos re-
lucientes ojos y entreabierta boca sobresaltaron por un mo-
mento al joven poeta, creyendo que aquel feroz animal se
hallaba en toda la plenitud de su vida.
Pero convenciéndose muy pronto de que tenia el cuerpo
relleno de paja, y que por lo tanto era inofensiva, se sonrió de
su miedo.
El poeta recorría con anhelantes ojos todos los objetos,
cuando observó que una mano incógnita alzaba el extremo ck
un portier con muchísimo cuidado.
Entonces vio que un ojo y parte do una mejilla so asoma-
ban por aquella abertura, como para verle.
Este espionaje duró algunos minutos.
Por fin el portier se descorrió descaradamente; y un caba-
llero que apenas tendría cuarenta años de edad, de rostro sim-
pático y afable sonrisa, se presentó en la habitación.
Vestía una levita de paño de color verde botella y un pan-
talon de satén bastante claro.
Su figura era distinguida.
80 icr. KKAC Azur..

II

Elías saludo con una ligera inclinación de cabeza al recien


llegado, preguntando:
—¿El señor conde de San Luis?...
—Está usted hablando con él.
Y el conde pronunció esta frase de un modo amable y ca-
riñoso, ensenando 6. traves de una sonrisa una dentadura blan-
ca y brillante, capaz de dar envidia á una criolla de la Gua-
nana.
—¡Ah! Es vuecencia...—exclamó Elias, agradablemente
sorprendido.
—El mismo en cuerpo y alma; pero tenga usted la bondad
de apear el tratamiento: eso se queda para el ministerio; en mi
casa sólo soy un buen amigo de los poetas, un admirador del
talento.
Elias quedei encantado de la franqueza del conde.
Se hallaba en presencia de uno de esos hombres que, ele-
vándose sobre la multitud, escalan un puesto envidiable en la
sociedad, y aquel hombre le trataba como á un igual suyo.
El conde, hombre de mundo, y con un talento nada común,
conoció que el poeta comenzaba á aturdirse, y salió á su en-
cuentro diciendo:
—Vamos á ver, joven, qué es lo que yo puedo hacer por
usted; he leido su oda, y veo en ella algo bueno; así pues, ha-
blemos con franqueza; y para que ésta sea mayor, espero que
tendrá usted la bondad de almorzar conmigo.
El poeta estuvo á punto de desmayarse.
EL FRAC AZUL. 81
El conde tocó un timbre.
Apareció un criado, y le dijo:
—Sírvanos usted el almuerzo.
Luego se cogió del brazo de Elias, y le eondujo al comedor.

III

Verdaderamente lo que acontecía al novel poeta tenia algo


de los cuentos de Las Mil y una noches.
Aquella franca y cordial acogida le sobrecogió hasta el
punto de quitarle el apetito; y aunque se encontraba en ayu-
nas, comió muy poco, á pesar do que el amable anfitrión no
cesaba de alentarle, brindándole con los manjares.
—Hablemos un poco de usted,—dijo el conde.—¿Qué plan
ha resuelto usted seguir en la corte?
—Ninguno, señor conde,—repuso el poeta.
—¡Malo! ¡malo! Aquí es preciso proponerse una marcha y
no cejar; la fuerza de voluntad de Aristóteles es la mejor reco-
mendación para medrar.
—Mi pensamiento constante, mi sueño eterno, mi única
ambición, se reduce á alcanzar un nombre en la república de
las letras; quiero ser autor dramático.
—Estamos conformes; pero mientras usted cruce ese árido
arenal que conduce al templo de la gloria, ¿de qué va. á vivir?
—Lo ignoro.
—La literatura, ó por mejor decir, la poesía, es un adorno
muy bello, muy envidiable, cuando va acompañado de otro
auxilio quo s-¡fragüe las necesidades del individu.;.). ¿Quiero
usted ser empleado?
11
*2 EL FRAC AZUL.

—¡Dios me libre de semejante cosa! Aunque me llamen


mal español, lie prometido no comer nunca del presupuesto.
El conde abrid los ojos todo cuanto pudo, asombrado de las
palabras del poeta.
—No piensan como usted muchos,—le dijo.
—Lo sé. Si en España todos los que comen del presupues-
to se pusieran un sombrero encarnado, las calles de Madrid se
convertirían en un campo de amapolas.
El conde se rió del símil y volvió á decir:
—Oreo que hace usted muy mal.
—No sirvo para empleado; me reconozco, y no quiero ro-
bar el. sueldo que me den.
—Sea como usted quiera, y busquemos otro camino. ¿Quie-
re usted ser periodista?
—Según y conforme.
—A ver, tenga usted la bondad de explicarse.
—Sería periodista, aunque no es cosa que me halaga mu-
cho, en un periódico que defendiera mis ideas.
—¡Ah! ¿Es usted hombre político?
—Soy demócrata, señor conde.
—Pues entonces, amigo mió, le auguro á usted una pobreza
dtev^a.
—No pienso medrar por la política; si tuviera ese pensa-
miento, me pasaría a las filas moderadas.
—Le propongo á usted una plaza en la redacción de un
periódico, El Clarín; tendrá usted desde mañana diez mil rea-
les anuales.
—No puedo aceptar.
—¡Cómo!
EL FRAC AZUL. $3

—No sabria escribir cuatro líneas con sentido común en


ese periódico: no siento las doctrinas que él predica.
. —Entonces, querido joven, le daré á usted un consejo: que
vuelva á su pueblo; los espartanos se mueren de hambre en la
corte.

IV

Aquí terminó el almuerzo, y el poeta, viendo que el conde


se disponía á salir, le dijo:
—Desearía que usted me diera una recomendación para
uno de los teatros.
—No tengo inconveniente. ¿Qué va usted á presentar?
—Un drama.
—¿Qué título tiene?
—La Calle de la Amargara.
—Creo que mejor escribiría usted esa obra dentro de dos
años,—repuso el conde maliciosamente.
—Comprendo que tal vez me falte la experiencia para es-
cribir un drama basado en este título,—observó Elias.
— No digo eso; pero tampoco me cabe la menor duda de
que los desengaños enseñan mucho á la juventud, y que ei
tiempo es el gran maestro de verdades que nos va enseñando
poco á poco el conocimiento del corazón humano. Pero hable-
mos, no como poetas soñadores, sino como hombres positivos.
Para que exista con salud y robustez nuestra humana má-
quina no basta con alimentar de poéticas ideas la mente; es
preciso también ocuparse del estómago.
—Hablemos como usted guste, señor conde; que yo, aun-
84 EL FRAC AZUL.

que nuevo en Madrid, no dejo de conocer que puedo aprender


mucho de usted.
El conde inclinó ligeramente la cabeza, añadiendo:
—Usted tiene amor al arte dramático, y viene á la corte,
en busca de un nombre y una posición social, ó hablando más
poéticamente, en busca de la gloria. ¿No es eso?
—Sí señor.
—Pues bien; la gloria tiene espinas y amargura?. Pare-
cida á una de esas brillantes decoraciones de teatro, nos fas-
cina, nos arroba, nos entusiasma, mirada desde lejos, pero
vista de cerca es otra cosa; y como j o supongo que usted no
será rico...
—En efecto, señor conde,—contestó Elias sonriendo,—
soy casi pobre de solemnidad, puesto que toda mi fortuna se
reduce á mis ilusiones y á ocho reales que descansan en el
fondo del bolsillo de mi chaleco.
—Poco es para atender á las imperiosas necesidades de la
vida en esta moderna Babilonia; pero el caso no es raro, pues
se ve con frecuencia vivir en dulce maridaje la pobreza y el
genio.
Y el conde, cambiando de entonación, continuó de este
modo:
—usted es joven; usted siente en el alma ese fuego santo,
esa noble ambición de gloria que eleva á algunos hombres
sobre el nivel de las vulgaridades; pero usted desconoce indu-
dablemente la época y el país en que vivimos, y las grandes
dificultades que eneontrará ante su paso antes de realizar sus
hermosos sueños de poeta. Es preciso, por lo tanto, no olvidar
Jas prosaicas pero indispensables necesidades de la vida. Yo
EL FRAC AZUL. 85

puedo dar á usted una colocación en mi secretaría, y sin pri-


sas, sin sufrir penalidades ni privaciones, usted irá poco á
poco abriéndose camino con su genio hasta llegar al codiciado
templo de la gloria. ¿Acepta usted mi proposición? Me impor-
ta poco que usted sea republicano ó monárquico; usted me en-
vió una oda para mi álbum, y yo recompenso su galantería
con un poco de protección.

Elias estaba interiormente reconocido al conde por su buen


deseo, pero no podia aceptar su oferta; así es que, inclinándo-
se, respondió:
—Señor conde, vuelvo á repetirle que agradezco con toda
mi alma su ofrecimiento; pero he jurado no ser ni empleado,
ni periodista; tal vez este juramento me obligue á morirme de
hambre ó á arrojarme por la ventana de mi buhardilla. El
tiempo resolverá este problema. Hoy sigo en mis trece, como
vulgarmente so dice; hoy quiero ser escritor dramático, so-
lamente escritor. Si tomo un destino, tengo la seguridad de
que, apoderándose de mí la indolencia española, no escribiré
comedias; y yo he abandonado mi familia y mi país, no para
vivir del presupuesto, sino para vivir de mi pluma.
—Veo con extrañeza que, aunque es usted hijo del país
de los volubles, es usted incorregible y terco como un arago-
nés,—añadió el conde, haciendo una mueca de disgusto y di-
rigiendo una mirada al reloj.
Elias comprendió lo que queria decirle, y levantándose,
repuso:
86 EL FBAC AZUL.

—Supongo, señor conde, que siendo usted presidente del


Consejo de ministros y protector del teatro, no le será difícil
darme alguna recomendación para que don Julián .Romea, ese
gran actor, lea mi drama con algun interés.
—Precisamente estoy algo serio con Romea,—contestó el
conde.
Elias creyó que aquello era una excusa, un pretexto, para
no darle la carta de recomendación.
—Sin embargo,—añadió el conde,—puedo recomendar la
obra de usted á otro teatro que no sea el de Romea.
— Gracias, señor conde. Yo quiero que mi obra la haga
Romea 6 nadie.
—Entonces...
Elias saludó, saliendo poco después de casa del conde, con
algunas ilusiones menos de las que había concebido durante
el almuerzo.

VI

Sin embargo, es preciso hacer justicia al conde de San


Luis, que siempre desde aquel dia recibió á Elias con extre-
mada amabilidad, ofreciéndole muchas veces lo que el poeta
no quiso aceptar, por no parecerse á la generalidad de les es-
pañoles: un destino.
Vivir del presupuesto, estar sujeto á los cambios políticos,
á los caprichos de un ministro, cuando se puede tener la vida
propia é independiente del autor dramático, le parecia á Elias
una solemne necedad.
Ciertas naturalezas no cambian la salvaje independencia
EL l'HAC AZUL. 87

de su alma por nada del mundo; y Elias estaba tan acostum-


brado á respirar el aire independiente y saludable de las mon-
tañas y á disfrutar del religioso silencio de los campos, que
una oficina le parecía una cárcel, y un destino del Gobierno
un grillete que le robaba su santa libertad.
CAPITULO ÍX.

E s c e n a s do t o l o n adentro.

Aquella misma noche, Elias, solo, sin ser presentado por


nadie, con el manuscrito de su drama en la mano derecha y
el sombrero en la izquierda, entrd en el cuarto de uno de esos
sultanes de la escena, que ataviados con una corona de cartón
y un cetro de madera, reciben con desdeñosa mirada al novel
poeta que con el rubor en las mejillas y el cuerpo inclinado,
va á pedirles un poco de protección para su obra.
Era noche de estreno; como si dijéramos, de jubileo.
El saloncillo del teatro del Príncipe estaba reventando de
ingenios que se estrechaban la mano con franca y cordial
amistad, dirigiendo de vez en cuando frases halagüeñas al
pobre autor, que pálido, nervioso y aturdido, esperaba con la
sonrisa de los mártires en los labios el resultado de la repre-
sentación de su comedia.
KL FRAC AZLT.. Sí*

Porque Ja noche de un estreno, el autor de la obra es una


especie de reo que ae halla en capilla.
El amor propio, esc enemigo intransigente de la criatura,
se pronuncia, se alarma, se complace en atormentar; porque
si el autor no es tonto, pues hay muchos que lo son, sabe que
los morenos (los espectadores) compran en el despacho do bi-
lletes, por algunos reales, el derecho de llamarle estúpido tan-
tas veces como se les antoje.
Ademas do los paganos, el autor cuenta con otros censores
de su obra, que no pagan ni un céntimo por verla; y que si
bien no meten tanto ruido en sus muestras de desaprobación,
en cambio hacen nnís daño.
Pero ocasión tendremos de examinar las intrigas de basti-
dores y la cordial tolerancia de los cofrades literarios.

II

Elias, no sin grandes dificultades, y despreciando las mi-


radas burlonas que le dirigían, logró tomar por asalto el cuar-
to del primer actor y director del teatro.
El rey de la farsa v.o se hallaba solo; tenia, como los sobe-
ranos de vera*, su pequeña corte.
Estos cortesanos de la escena, estos aduladores del arte.
se deshacían en elogios por lo perfectamente que el galán
habia ejecutado el segundo acto del drama, tratando al público
de estúpido, porque no habia aplaudido.
La presencia do Elias puso un punto final á la conversa -
cion, y entonces las miradas y las sonrisas reemplazaron á las
palabras.
12
UO KI. FUAC AZUL.

El galan vestia una túnica talar de veludillo carmesí, bor-


dada de lentejuelas de oro; sobre su pecho descansaba uua
cadena de metal con esmeraldas de vidrio, especie de toisón,
indispensable en el teatro para decir al piíblico: «Yo soy el
rey en esta comedia.;)
Aunque el personaje que representaba era un monarca es-
pañol del tiempo del feudalismo, el actor llevaba una corona
exactamente igual á la que adornó la cabeza de Heredes el
Grande.
Pero esto es de poca importancia; la cuestión es ser rey y
llevar corona; lo mismo da que ésta sea hebrea que goda; <J
público no conoce siempre las épocas que mira, y lo importan-
te en el teatro es que el rey lleve corona; y que cuando la
primer dama esté próxima á morir se vista de uegro, y la
dama joven de blanco cuando se vuelva loca.

III

Miró el galan al poeta con aire de protección, y apoyándo-


se desdeñosamente en el respaldo de una butaca, después de
cambiar una mirada de inteligencia con sus amigos, mirada
q'¡e hizo latir el corazón de Elias, le dijo:
—¿Qué se ofrece, caballón tu?
Este diminutivo fué pronunciado con un touo tan inconve-
niente, que Elias estuvo á punto de retroceder en su empresa
sin despegar los labios.'
Pero se habia propuesto llevar á cabo su empeño: ade-
mas, llevaba en la mano La Calle de la Amargura, y resol-
vióse á terminar el martirio.
EI. FRAC Á7.VI. \)i

• —He escrito un drama,—dijo el poeta con una voz que


•apenas le oyó el cuello de su camisa.
—¿Cómo? ¿Qué? No he oido bien,—repuso el actor, colo-
cándose una mano en forma de embudo junto á la oreja.
—Que he escrito un drama,—volvida decir Elias, alzando
un poco más la voz.
—¡Ah! ¡Sea enhorabuena! ¡sea enhorabuena:
Y el galán miró á sus cortesanos, cambiando con ellos una
mirada de inteligencia.
El poeta, a quien se le comenzaba á secar en la boca la
saliva, dijo con esa voz desentonada del que ha perdido la se-
renidad:
—Pues sí; he escrito un drama; y aunque me hubiera sido
fácil buscar una recomendación para usted, no he querido;
porque creo que en el. teatro son inútiles las recomendacio-
nes, cuando el drama no es represcntable.
Y Elias terminó, después de muchas fatigas, enviando al
actor una sonrisa capaz de hacer llorar á una estatua de
mármol.
—Tiene usted razón, joven, tiene usted razón; las reco-
mendaciones no sirven en el. teatro, y ha hecho usted bien en
no buscarlas; la empresa uo debe arriesgar por nadie ni por
nada sus intereses.
—Sí, sí; lo creo.
—¿Y cómo se titula ese drama?
—La Calle de la Amargura.
—¿Oyes, Pepe?—dijo el galán, dirigiéndose á uno de los
amigos que se hallaban en el cuarto.
—¡Buen título para la Cuaresmal—respondió Pepe.
02 EL FRAC A2UL.
Elías miró á aquel hombre que se atrevia á juzgar su dra-
ma sin leerlo.
—¿A qué género pertenece?—preguntó el galán.
—Es un drama de sentimiento; y si usted se digna exa-
minarlo...
Elias extendió el brazo, presentando el manuscrito al ac-
tor, pero éste no se dignó cogerle.

IV

En este momento el traspunte entró en el cuarto, anun-


ciando la salida al actor, y éste salió precipitadamente, dejando
al poeta con el drama en la mano.
Los amigos del sultán de la escena hicieron lo mismo, y
Elias se quedó solo.
Por un momento permaneció inmóvil, sin saber lo que le
pasaba; y Dios sabe .el tiempo que allí habria permanecido, si
un criado no le hubiera dicho:
—Caballero, si usted tiene la bondad... Voy á cerrar el
cuarto, porque salgo de comparsa.
Efectivamente, el criado iba vestido de guerrero; era un
muchacho industrioso, aprovechado, que servia á un mismo
tiempo al galán de ayuda do cámara y á la empresa de acom-
pañamiento.

El poeta exhaló un suspiro, y guardándose el drama en el


bolsillo, salió del cuarto, resignado á esperar mejor ocasión.
EI, FRA.0 À7A1L.

Elías extendió el brazo, presentando el manuscrito al actor


EL FRAC AZUL. !)8

Entonces so puso á dar paseos por el largo y angosto pa-


sillo que conduce al escenario, porque Elias era firme en sus
propósitos, y liabia resuelto que aquella misma noche quedara
su obra en poder de la empresa.

VI

lié aquí lo que Elias oyó en el cuarto de una actriz, mien-


tras paseaba por el pasillo, esperando el regreso del galán.
UNA voz DE MUJER.—¿Quién es ese joven flaco que pre-
guntaba por el galán?
UNA VOZ DE HOMBRE.—Un aprendiz de poeta.
LA MUJER,—¿Traerá su dramita? ¡Pobre chico!
EL HOMBRE.—No es lo peor el drama, sino que el poeta
viste frac azul y pantalon negro, y ese es el traje de los már-
tires y de los suicidas.
LA MUJER.—Tiene cara de hambre.
EL HOMBRE.—Puede que la tonga. Esa es una condición
precisa en los poetas inéditos.
LA MUJER.—¿Y cómo se titula el drama?
EL HOMBRE.—Óyelo y tiembla: se titula La Calle- de l<>
Amargura.
LA MUJER.—¿Y se lo harán?
EL HOMBRE.-—¿Si lo harán? ¡Larán! ¡laráu! ¡larán!
Y él se puso á cantar y ella á reir.
En cuanto á Elias, sintió que una lágrima imprudente
pugnaba por asomar á sus ojos.
y? Itr, FRAC AZUL.

Vil

Huyendo de aquel diálogo que tanto daño le liacía, entró


en el saloncillo de los poetas, que se halla situado al extremo
del corredor.
El portoro Jeia pacíficamente un periódico, y ni siquiera
reparó en Elias.
El saloncillo estaba desierto. Sin embargo, era noche de
estreno, y aquellos divanes de terciopelo carmesí, y aquellas
cómodas butacas no podían tardar mucho en verse invadidas
por los émulos de Melpómene y de Talía.
Elias entró con cierto respeto en aquel recinto del arte.
Una vez allí, fué á sentarse á un extremo de uno de los
divanes, junto á la puerta que da paso al público; y allí, me-
dio oculto por la mampara, esperó la terminación de la obra
que se estaba ejecutando.
Nada convida tanto á la meditación como la soledad.
Elias se dijo para sí lo siguiente:
•--¡Cuántos poetas, desde Calderón hasta nosotros, habrán
pisado este reducido espacio! ¡De cuántos triunfos, de cuántas
derrotas, do cuántas amarguras, de cuántas alegrías habrán
sido testigo estas paredes! ¡Ah! Yo he anhelado por espacio de
algunos años oí venturoso momento de hallarme en este glo-
rioso recinto, y ahora siento que el corazón se me oprime, y
que las fuerzas me abandonan antes de comenzar la lucha.
Las risas burlonas do los amigos del galán, la despreciativa
mirada de ese actor, el diá'ogo que acaba de herir mis oídos
y mi alma, todo me indica que para llegar al puesto que am-
EL FRAC AZlïl. 95

biciono, será preciso que antes se ensangrienten mis pies y


se marchiten una por una todas las risueñas ilusiones de mi
aorazon.

VIH

Las reflexiones de Elias fueron interrumpidas por una es-


pecie de rugido que le heló la sangre.
El portero alzó la cabeza, dejó el periódico sobre las rodi-
llas, y miró de cierto modo á Elias, diciendo:
—Esta noche traen mal vino los morenos.
—¿Qué es eso que se ha oído?—se atrevió á preguntar
Elias.
—¡Toma!—respondió el portero.—Que a lo» señores no
les gusta mucho la comedia, según parece.
Al terminar la frase el portero, se oyó otro rugido más
prolongado, más fuerte, más amenazador.
—¡Anda! ¡anda! ¡Ya se armó la gorda! ¡Ahora desde aquí
al trueno final! Los espectadores se despacharán á su gusto,
couvirtiendo el salón en otro órgano de Móstoles.

IX

La marea comenzó á crecer. Risas, carcajadas, gritos, pre-


guntas sueltas, palmadas producidas en son da burla; todo for-
maba un concierto horrible que levantaba un peo doloroso en
el corazón de Elias.
Aquellas muestras inequívocas de desaprobación dedicada.?
á un compañero, hacían daño al joven poeta.
£)() EL FRAC AZUL.'

—Parece que no les gusta la comedia, ¿eh?—se atrevió á


decir.
—Sí, les hace poca gracia,—repuso el portero.
—¿Do modo que la silbarán?
—¡Silbar! Nada de eso: el público ya no silba; gasta su
dinero para divertirse, y cuando no le gusta la comedía se di-
vierte y lo toma ú. broma y á chacota. Un mal éxito divierte
mucho. Sólo el poeta y la empresa son los que lloran.
—Pero ¿y los amigos del autor?—preguntó con extremada
buena fe Elias.
—¡Bah! Los autores no tienen amigos en estas ocasiones;
hoy por tí y mañana por mí. Rn estos casos al que cae no
le levanta ni Ja Paz y Caridad; le atrepellan, le destrozan, y
santas pascuas.
Elias no quiso dar crédito á las palabras del portero, por-
que la amistad era para él una flor fresca y lozana que no debe
marchitarse nu?:ea en el corazón del hombre.

La obra fué til bada, y un momento después de caer el te-


lón conu'nzü á llenarse el saloncillo do poetas, periodistas y
aficionados ú ia vida íntima de bastidores.
Entonces comenzó la siguiente comedia.
Elias no se atrevió á menearse del rincón que ocupaba,
temiendo, .yin duda, que le arrojaran de allí como á un in-
truso.
Lo que escuchaba en derredor suyo le producía un ruido
desagradable en la cabeza.
KL FRAC AZVL. 01
Todos hablaban mal de la obra; todos se complacían en
destrozarla sin piedad.
Es un placer arrancar una astilla al árbol caído.
¡Pobre humanidad! Y sobre todo, ¡pobre literatura, cuando
se complace en pinchar á los cadáveres!

XI

De repente Elias oyó una voz, en la que creyó reconocer


la del que poco antes hablaba con la actriz, que dijo:
—¡Señorea, el autor, el autor!
Esta frase produjo el efecto de una piedra tirada en raí
charco donde cantan las ranas.
Todos callaron.
El galán entró en el saloncillo, quitándose la barba y la
peluca.
El. autor iba á su lado.
Era un hombre de treinta y seis años, alto, nervioso, de
ojos saltones y expresión altiva.
Su rostro, pálido por la emoción que el mal éxito de su
drama le había causado, tenia algo de provocativo y de im-
ponente.
Bastaba ver á aquel hombre para conocer que no era una
vulgaridad literaria.
Vestía frac y pantalon negro; aunque de hechura elegan-
te, notábase alguna dejadez en la manera de llevarlo, como
acontece á los hombres que se ocupan poco de sí mismos.
Elias fijó con ínteres sus miradas en el poeta, y se puso
en pié para verle mejor.
13
98 EL FRAC AZUL.
Aquella cabeza la había visto él en algun retrato, ^ero na
recordaba dónde.
Todos callaban, porque el autor silbado aquella noche
tenia la costumbre de ser aplaudido; ademas, era hombre de
grandes frases, y formaba en los primeros puestos de la lite-
ratura.
—¡Señores,—dijo con voz atronadora antes que nadie le
dirigiera la palabra,—el público ha sido justo en silbarme el
drama, porque es malo; pero el caballo de buena raza tropie-
za, cae y se levanta! ¡Hasta la otra!
Y diciendo esto, pasó, altivo como un conquistador, por
el saloncillo, desapareciendo por la puerta que da salida al
público.
Elias hubiera abrazado de buena gana á aquel poeta que
con tanta altivez desafiaba la desgracia.

XII

Cuando el héroe de la noche se perdió de vista, comenza-


ron de nuevo los comentarios y las desolladuras.
Elias permaneció inmóvil en su rincón, sin atreverse á
respirar, pensando que no todo era gloria en los poetas, y que
el laurel de Apolo se fecundizaba con lágrimas y raudales
de amargura.
Poco á poco el saloncillo fué despejándose, y Elias creyó
oportuno continuar su interrumpida escena con el director.
Revistióse de todo el ánimo que necesita un poeta prin-
cipiante en semejantes casos y entró en el cuarto del primer
galán.
EL FRAC AZUL. 99

No estaba solo, porque regularmente estos señores no lo


están nunca; lo cual, dicho sea sin ofender á nadie, suele
ser un mal para los autores, que valdrían más si se exhibie-
sen menos.
El director, al ver que Elias, con el manuscrito en la
mano, se disponía á darle un segundo avance, le dijo con
precipitación:
—Amigo mió, esta noche no es la más oportuna para
presentaciones de dramas: ya ha visto usted lo que acaba de
sucedemos. El público está cada dia más exigente, y es pre-
ciso andarse con mucho tiento en la elección de obras, pues
apenas hemos comenzado la temporada y llevamos dos sil-
. bas. Por consiguiente, espere usted que pasen algunos dias,
y entonces presente la obra á la empresa ó al comité; yo
en la elección de dramas me lavo las manos. No le debe extra-
ñar á usted esta franqueza, porque las circunstancias me po-
nen en el caso de...
Y diciendo esto, como habia acabado de vestirse, se diri-
gió á la puerta diciendo:
—Dispénseme usted; tengo que disponer función para ma-
ñana; una silba es siempre un contratiempo desagradable para
nosotros.
Y salió, seguido de sus amigos, dejando á Elias con el
drama en la mano.
Por espacio de un momento el joven poeta no supo lo que
le pasaba.
De este anonadamiento le sacó el criado del actor, que
le dijo:
—Señorito, voy á cerrar; haga usted el favor de salir.
10° KL KEAC AZUL.
Elías salid del cuarto y luégo del teatro, y maquinal-
mente llegó á la calle de Santa Polonia, abrid la puerta de
la calle, subid noventa y seis escalones, entrd en su buhar-
dilla, encendid su vela de sebo y se deja caer sobre la tínica
silla que poseía.
CAPITULO X.

131 oorclbro y ol o o r o z o n .

Por regia general, cuando se quieren pensar muchas co-


tas á la vez, acaba uno por aturdirse, y las ideas, embrollán-
dose bis unas con las otras, extienden las tinieblas por el ce-
rebro.
Elias, sentado en la única silla que poseía, vio transcur-
rir una nora sin darse cuenta de lo que le pasaba; por fin,
como queriéndose arrancar del estado de anonadamiento en
que so encontraba, exhaló un profundo suspiro y dijo:
—Yo «eró autor dramático; yo me conquistaré una po-
sición, y tal voz un patrimonio con mi pluma; poco importa
el desprecio de un cómico, aunque éste vaya vestido de rey.
Adelante, Elias, adelante, porque ahora es imposible retro-
ceder; tus amigos de la infancia, tus parientes, tus compa-
ñeros se burlarían grandemente do tí. Conque valor; éste es
102 EL FRAC AZUL.
un juego en el cual vas á arriesgar la vida por un poco de
gloria y un puñado de oro.

II

El poeta inédito se encontraba entonces en uno do esos


momentos sublimes en que una idea absorbe por completo
nuestro ser.
Nada existia para él más allá de su pensamiento, y en me-
dio de su triste soledad veia resolverse el problema do su vida
de un modo sombrío, tétrico, aterrador; cubierto, por decirlo
así, con el fúnebre crespón de la muerte.
De vez en cuando sus labios so entreabrían para exhalar
profundos suspiros, porque la duda, el miedo y la desconfianza
comenzaban á depositar en su corazón la amarga gola do su
letal ponzoña.

III

—Aún resuenan en mis oidos y retumba dentro de mi


cráneo el rugido espantoso del público indignado,—so decía
hablando consigo mismo;—un rugido tal, que para los tím-
panos del autor dramático no existe en el mundo de los soni-
dos otro más terrible, más aterrador. ¡Pobre autor de la come-
dia que se ha estrenado esta noche! La jiera irritada se ha
gozado en despedazar á un ser indefenso, matando una de sus
más risueñas ilusiones, haciendo trizas las fibras más delica-
das de su corazón, estrujando sin piedad su amor propio; esa
fiera con guantes y corbata que rinde culto á la moda, y á la
EL FIUC AZUL. 103
educación, y á los deberes sociales, y que en la noche de un
estreno lo olvida todo y lanza su terrible anatema sobre la
obra, haciéndola pedazos.
Ella» exhalo" un suspiro y añadió:
—jAh! ¡Qué cruel es el público en estos momentos! Pero
¡qué grande es la cantidad de talento que contiene aquella
masa de espectadores, que sin previo convenio muestra en un
momento dado, y como si obedeciese á. la hatutla de un direc-
tor de orquesta, su enojo ó su entusiasmo por la obra que se
representa ante sus ojos! Mas ¿qué importa una suba al verda-
dero poeta? No le prueba otra cosa más que la inconsecuencia ó
el mal humor del público; y entonces el hombro de genio sien-
te hervir en su sangre el sagrado fuego de la inspiración, se
inflama en su alma el amor propio, combina en su monte un
nuevo drama, ansioso de que llegue el dia do la revancha, y
cuando llega este dia, ese mismo público, fascinado, vencido,
loco de entusiasmo, aplaude con estrépito, con frenesí, y se
cree un pigmeo ante el afortunado autor que ha logrado con-
moverle, ante el poeta que ha hecho latir su corazón con vio-
lencia y ha llenado de lagrimas sus ojos, poco antes secos é
indiferentes.

IV

Elias dejé caer la frente sobre las palmas de las manos, y


continué de este modo sus reflexiones:
—Esta noche el público ha silbado sin compasión la obra
de un hombre de talento, porque sin duda el asunto del drama
no le ha parecido manjar muy agradable al paladar de su in-
104 KL FRAC AZOX.

teligencia. ¿Por qué han silbado? ¿Por qué han demostrado tan
rudamente su reprobación? ¿No era bastante el silencio ó la
indiferencia para hundir la obra? ¿Es que es mala, que carece
de sentido común, do lógica, o' que está por encima del públi-
co que no la comprende? El autor esperaba un gran éxito, y
ha tenido una silba ruidosa. ¿En qué consiste esta equivoca-
ción tan grande? Todo el mundo estaba entusiasmado, do telón
adentro, con la obra que se ensayaba; la creían de un éxito
seguro,- la juzgaban de repertorio; no ya solamente su autor
y sus amigos, sino los mismos actores que tomaban parte en
su desempeño, hombres prácticos en la escena, creían firme-
mente que iba á causar un alboroto. Y sin embargo, el pú-
blico la ha rechazado. {Misterio incomprensible! ¡Problema que
aún no ha resuelto ningún preceptista, y ante el cual incli-
naron la frente Esquilo, Plauto, Terencio, Eurípides y todos
los grandes hombros quo desde entonces hasta nuestros dias
se han dedicado á la difícil carrera de la escena! El autor de
la obra que se ha representado esta noche esperaba un gran
éxito y contaba con el dinero que debía producirle su drama.
¿Qué le ha valido? Un gran disgusto, y seis meses, tal vez un
año, de desvelos, de afanes, de noches de insomnio, perdidos,
jugados á una carta caprichosa que se llama estreno. ¡Eso debe
ser horrible!
Y Elias se estremeció, como si hubiera sentido resonar en
sus oídos los trompetazos del ángel del Apocalipsis; 6 lo que
es lo mismo, como si el público estuviera silbando su primera
obra en aquel momento.
EL FRAC AZUL. 105

Después de una breve pausa, volvió á decirse:


—Apenas he pisado con mi humilde planta el polvo de las
calles do esta, gran ciudad, donde reside todo Jo grande y todo
lo pequeño de España, y ya una duda cruel viene á atormen-
tar mi virgen pensamiento. Si después de ímprobos afanes, de
penalidades sin número, logro por fin colocar un drama mió
en el teatro del Príncipe, y en la deseada noche del estreno el
público Jo silba, ¿qué será de mí? ¿qué será de mi hija? ¿Ten-
dré valor pava soportar esto rudo golpe? ¿Habrá en mi corazón
bastante fuerza de voluntad para escribir otra obra que me rei-
vindique de la derrota? Y aunque tenga esa fe y ese valor,
¿me ayudarán cl genio y el talento en mi valiente empresa?
¡Ah! ¡Salo .Dios puede penetrar en los misterios insondables
del porvenir!

VI

Pero ¿quién duda del porvenir á los diez y nueve años?


¡Hermosa primavera de la vida, cwyo horizonte es siempre en-
cantador como la esperanza, y el ambiente que se respira está
impregnado de un perfume que adormece y poetiza los dolores
del alma!
Los años, misioneros terribles y despiadados de las decep-
ciones de Ja vida, son los encargados de ir depositando poco á
poco en nuestro corazón los desengaños y llevándose al mismo
tiempo las ilusiones.
u
J0(> EL PJEAC AZUL.

¡Diez y nueve años! ¡Hermosa edad, llena de perfumes, do


poesía! ¡Campo de flores, por donde va pisando la inexperta ju-
ventud, sin reparar en las agudas espinas que le amenazan!
¡Diez y nueve años! ¡Poema melodioso que reúno todas las
armonías del sublime canto de la naturaleza! ¿Quién piensa en
el mañana, cuando el presente sonríe por todas partes? ¿Quién
recuerda la muerte, cuando la vida rebosa por todos los po-
ros? ¿Quién piensa en el luto con que mañana ha de cubrirse
el alma, cuando el horizonte extiende por todas partes un pu-
rísimo color de rosa?
Si en aquel momento un hada misteriosa se hubiese pre-
sentado en la buhardilla de Elias anunciándole con voz pro-
fótica todas las amarguras, todas las penalidades, todos los
dolores que le esperaban, él se hubiera sonreído, contestando
al mismo tiempo:
—¡Vete! ¡Déjame! ¡Tú eres una diosa enemiga de mi glo-
ria, y pretendes amedrentar mi espíritu, pintándome con ne-
gros colores lo que yo veo de color de rosa!

VII

¡Pobre Elias!
Veinte años han transcurrido desde aquella noche en que
sintió conmoverse su cráneo á impulsos de la más terrible de
las emociones; de esa tempestad que sentimos dentro de nos-
otros y que conmueve las más delicadas fibras del corazón; de
esa tempestad en que la esperanza lucha con el desaliento, la
fe con la duda, el alma con la materia. Veinte años han trans-
currido desde entonces, y si hoy le dijeran: «¿Quieres la fortu-
J3L FRAC AZUL. 107

na de Creso, el imperio de Alejandro el macedonio y la gloria


de Homero por volver á sufrir lo que has sufrido?» estamos
seguros de que Elías contestaria: «La fortuna, el poder y la
gloria de todos Jos grandes hombres de la humanidad no valen
lo que un dia de dulce y santa paz, disfrutada en el seno del
hogar doméstico, rodeado de una familia que nos ama y que se
desvela en adivinar todos nuestros pensamientos para compla-
cerlos.»
¡Ah! ¡La felicidad! ¿Qué es la felicidad en este valle de lá-
grimas y amarguras? ¿En qué consiste? ¿Dónde la encuentra
el hombre, que tan afanoso la busca por todas partes? ¿Es el
oro, la gloria, ó el poder? ¡No! Dios ha querido que la felicidad
sea un don relativo, y quo la criatura la disfrute pocas veces,
lo mismo en la cabana que en el palacio; porque la felicidad
es tan variada como los peces del mar y como las plantas de
la tierra.
Elias no tendría valor para sufrir hoy la mitad de lo quo
sufrió aver.
A los veinte años m lucha sin saberlo; porque no hay
acontecimiento bastante poderoso en la vida para que nos qui-
to el sueño; pero tí los cuarenta el valor se enerva, so conoce
algo mar, el corazón humano, se pierde esa bellísima flor del
alma llamada esperanza, comienza la duda, vienen los des-
engaños, y la vacilación y la tristeza se apoderan de nuestro
espíritu.
Hoy Jfilías sucumbiria en su empresa, y entonces le salva-
ron la juventud y la fe.
108 EL FliAC AZüL.

VIII

Pero continuemos escuchando las reflexiones del poeía.


—Yo soy un principiante,—decía,—un joven sin expe-
riencia, pero con bastante audacia para venir á esta moderna
Babel y luchar en el difícil y peligroso palenquo de la esce-
na. Nada teudria, pues, de particular que me silbaran mi pri-
mera obra. Apenas ha existido un autor á quien no lo hayan
silbado. ¿Tendría yo las ridiculas pretensiones de llegar adon-
de no liego* nadie, do salvarme de un peligro que todos cor-
rieron?^. Y sí me silban, ¿qué haré en las difíciles circuns-
tancias en que me hallo?
Y filias, después de unos momentos de reflexión, durante
los cuales su mirada permaneció- fija en la tifciladora luz de la
bujía que alumbraba la habitación, exclamo, haciendo un mo-
vimiento con los hombros:
—Si me silban, allá veremos qué resolución tomo; todo lo
que pensara ahora sobre ese trance, el más amargo, el más
terrible para un autor dramático, sería prematuro é inútil. El
dolor y la desesperación tienen arranques sublimes, ideas sal-
vadoras; porque después do todo, nada veo tan fácil como ar-
rojarme desde Ja ventana de la buhardilla a la calle; y por
cierto que entonces el éxito no suría dudoso, pues de seguro
causaría gran sensación en la vecindad.
Y recordando á Esproneeda, añadid:

¡Truéqueso en risa mi dolor profundo.'


Quo haya un. cadáver más, ¿qué importa al mundo?
KL FHAC AZUL. 109

JX

Como si esta idea le hubiese parecido de muy mal gusto,


levantóse de la silla y se puso á dar paseos por la microscó-
pica sala.
De repente se detuvo y dijo:
—¡Necesito respirar! ¡Aquí me ahogo! ¡üh! ¡Parece impo-
sible que los arquitectos hagan nidos tan pequeños para en-
cerrar la independencia del hombre!
CAPÍTULO XI.

I»oesía n o c t u r n a .

Elias abrid la modesta ventana de su buhardilla y res-


piró con ansiedad el aire fresco de Ja noche.
Allí dedicó un recuerdo y una lágrima á su hija y á su
esposa; pobres mártires quo esperaban resignadas, siu perder
la fe v la esperanza, esas dos fortunas del pobre.
Abismado en tales ideas pasó largo rato.
De pronto le distrajeron de sus tristes reflexiones las me-
lodiosas notas do una flauta, tocada con un gusto, una macs- '
tría y una afinación admirables.
El músico nocturno tocaba unas variaciones de difícil
ejecución, sobre motivos de varias óperas.
La música tiene algo religioso que perfuma el alma; algo
divino que levanta dulces ecos en el corazón.
Elias escuchaba estasiado las armoniosas y sentidas va-
EL FRAO AZUL. 1] 1

riaciones que el.silencio de la noche enviaba hasta su buhar-


dilla.
Era indudable que el inspirado músico vivia en el sota-
banco de enfrente, donde, se veía luz á traves de los cristales
de la ventana.
De vez en cuando la sombra de dos cabezas se proyectaba
en los cristales; pero estas dos cabezas, la una parecía incli-
narse como la magnolia de la India, y la otra se alzaba como
el lirio de los valles, como si mutuamente quisieran regalarse
el aroma da sus senos.

II

Elias hubiera dado en aquel momento todo lo que poseia,


es decir, dos pesetas, por tener el poder del diablo cojuelo, y
arrancar el lienzo do pared que ocultaba á sus ojos la ventu-
rosa pareja.
Cuando so trata de espiar algo de noche, la luz es un in-
conveniente.
Elias apagó su vela, pues de este modo podia ver sin
ser visto.

III .

Cesó la flauta; pero inmediatamente oyóse ol nervio.c;o y


clásico punteado de una guitarra.
Elias creyó que el sotabanco de enfrente era el templo
de la música.
La guitarra eomenzó uno de esos acompañamientos ma •
112 EL FRAC AZUL.
cávenos; una de esas armonías tristes como el gemido de un
niño moribundo; uno de esos polos andaluces que no se pue-
den oir .sin que asome una lágrima á los ojos y un ¡ole! en-
tusiasta a los labios; contraste inexplicable, maravilloso, que
sólo comprenden los hijos do aquellas tierras privilegiadas
que fecundiza el sol del Mediodía.
Después del preludio cantó el siguiente polo una voz de
mujer; voz dulce, sentida, rebosando amor y poesía; especie
de gemido armonioso que respiraba todas las fatigas de que
es susceptible una de esas andaluzas que poseen .un pico de
oro, un corazón apasionado y unos ojos de fuego.
El poeta no ha olvidado nunca aquel polo, y aun creo que
más tarde lo copió en.una de sus obras.
Decía así:
Una mujer mo ha vendido,
y se mo han muerto mis padres;
por eso lloran mis ojos
sin que los enjuguo nadie.
Pajarillo sin alas,
árbol sin sombra,
alborada con nubes,
flor sin aroma,
fuente sin agua,
es la mujer que vive
sin esperanza.
¿Dónde me arrimaré yo
si no hay un pecho en el mundo
quo quiera darme calor?
Las fatigas,
mis amigas,
noche y dia
van á ser.
KL FRA.C AZUL. 113
Que al morir la madre mia,
eorüo el pez fuera del agua
me voy á ver.
;Xy, fortuna, fortuniila!
¿Por qué me tratas auí?
Ni las piedras de la calle
tienen lástima de m í ' .

Elias hubiera deseado, á trueque de romperse una pierna;,


poseer las alas de ícaro para volar al sotabanco de enfrente
y sorprender aquel nido, donde indudablemente se cobijaban
el amor y la armonía.
Con los ojos fijos en los cristales de la ventana, y sin ver
más que la sombra de las dos cabezas, espero' que la casuali-
dad le deparara un momento venturoso para descubrir aquel
misterio que le preocupaba.
—La calle no es muy ancha,—se dijo;—desde aquí veo
parte de la habitación y una mesa. Esperemos, pues tengo
curiosidad de conocer & mis vecinos.
Apenas habia terminado las anteriores palabras, cuando
vio una joven, que abriendo la ventana, se puso á mirar a!
cielo.
Elias estuvo á punto de exhalar un grito de sorpresa, pue¡¿
aquella joven era la misma que habia enredado el fleco de su
manteleta con los botones de su frac.

1
Kste polo está puesto en música por mi leal amigo e! maestro dor;
José Rogel.
15
114 KL FRAC AZUL.
La vecina, después de enterarse de la tranquilidad de la
noche, cerró la ventana y comenzó á disponer una mesa; es
decir, extendió sobre ella una servilleta y colocó algunos
platos.
El poeta, viendo^que los vecinos se disponían á cenar, re-
cordó que él no habia cenado; olvido imperdonable que co-
menzó á reprenderle de un modo desvergonzado el estómago.

VI

Desde su atalaya el poeta veia parte de la habitación de


su vecina.
La joven coloca dos sillas junto á la mesa; prueba inequí-
voca de que eran dos personas las que iban á disfrutar de la
cena.
No con poco asombro vio Elias que el joven que se sentó
á la mesa, junto á la vecina, era un amigo suyo que debia
estar en Paris estudiando composición.
Aquello fué una nueva sorpresa, pero muy agradable; por-
que Alejandro, que así se llamaba el joven en cuestión, era
un amigo de la infancia, un compañero de colegio, uno de esos
hermanos del corazón cuyo encuentro es siempre motivo de
placer y de alegría.
Temiendo el poeta que le engañara el deseo, examino de-
tenidamente al vecino; y cuando no le cupo duda alguna de
que era el mismo, asomóse cuanto pudo por la ventana, y
dando á su voz toda la fuerza necesaria para que llegara al
sotabanco de enfrente, dijo:
—¡Alejandro! ¡Alejandro!
EL FRAC A/ÍUL. 115

VII

Alejandro se quedó inmóvil al oir pronunciar su nombre^


y miró á su compañera, interrogándola con la vista.
Después se levantó, y abriendo la ventana, asomóse á la
calle, buscando al individuo que le llamaba.
Como la buhardilla de Elias se hallaba á oscuras, no era
fácil que reparara en él.
—¡Alejandro!—repitió de nuevo el poeta.
—¿Quién me llama?—preguntó el músico.
—¡Yo, hombre, yo! ¿No conoces mi voz?
—No recuerdo. Pero ¿quién eres tú, y en dónde estás?
—Estoy en la buhardilla que da frente por frente á la
tuya; soy Elias, tu amigo de la infancia, tu compañero de co-
legio.
—¿Elias Gómez?
—El mismo.
—Hombre, haz el favor de encender un fósforo, para que
te vea la cara.
—Espera.
Elias encendió la vela y tornó á salir á la ventana, colo-
cándose la luz junto al rostro.
La vecina soltó una carcajada, diciendo al mismo tiempo:
—¡Calla! Usted es el de esta mañana, el del enganche del
botón.
—El mismo, señorita.
—Pero ¿qué diablos haces en Madrid, y en posición tan
elevada?—dijo el músico.
JIÍ5 EL FBAC AZÜL.

—Chico, eso es muy largo para contarlo de buhardilla á


buhardilla.
—¿Quieres pajar?
—No tengo inconveniente; y si sois tan amables que me
guardáis un poco de cena, pasaré con mucho gusto.
—¿No ha cenado usted?—dijo la joven.
—No señora; por eso el estómago, que es un mal educa-
do, me reprende mi olvido, viendo á ustedes comer.
—Pues entonces, baja, que voy á abrir la puerta.
—Allá voy.
Y el poeta desapareció da la ventana.

VIII

Elias aceptó el ofrecimiento por varias razones: primera,


por abrazar á su amigo; segunda, por conocer á la vecina; y
tercera, por cenar.
Algunos momentos después entraba en la modesta habita-
ción de Enriqueta, pues éste era el nombre de la vecina.
CAPÍTULO Xïí.

ïfini·Iriuota.

Enriqueta, ó más bien Enrica, pues siempre se la llamaba


con esta especie de abreviatura de su nombre, era una mu-
chacha de veinte abriles, que tenia el rostro trigueño y agra-
ciado, y unos ojos negros de la fuerza de doscientos caballos.
Su pelo era negro como sus ojos, y tan flexible su cintura,
que cuando empleaba alguno do sus movimientos psculiawas y
provocativos, parecía que iba & quebrarse.
Era gaditana, y nunca había conocido & sus padres'.
Hija del amor, abandonada á la puerta efe un asilo de ca-
ridad, habia cumplido los ocho años sin recibir más caricias
que las de las monjas á cuyo cuidado crecen los expósitos
abandonados.
Un dia se presentó en la Inclusa un caballero entrado en
años, que deseaba aprohijar á una de aquellas huérfanas.
118 EL FRAC AZUL.

Vio á Enriqueta, y dijo:


—Esta me llevo.
Y así lo efectuó, satisfaciendo una pequeña suma y las
formalidades que son consiguientes en semejantes casos.
Desde aquel dia Enrica tuvo un padre tierno y solícito.
Este caballero se llamaba Iznardi, y era un gran maestro
de contrapunto.
Enrica creció á su lado sin ser extraña á la ritmopea. Las
circunstancias condujeron después al maestro Iznardi á la
corte.

II

El anciano profesor tuvo algunos discípulos^ entre los que


se contaba Alejandro, el amigo de Elias; y como Alejandro
contaba entonces diez y siete años y Enrica diez y seis, se
miraron con el rabillo del ojo y se amaron.
Pero Alejandro ambicionaba saber más; tenia sed de glo-
ria, y en sus poéticos sueños de artista cruzaban por su ca-
lenturienta imaginación los nombres de todos los grandes ge-
nios de la música, entre los cuales le merecían preferencia
Mozart, ílaydn, Beethoven, Meyerbeer, Bellini y Donizzeti.

III

El maestro Iznardi escuchaba siempre con paternal ter-


nura los arranques de entusiasmo de su discípulo favorito,
como llamaba á Alejandro, y muchas veces, dándole palmadi-
tas sobre la espalda, le decía:
KL FRAC AZUL. J\U

—Sí, Alejandro, sí; tú serás con el tiempo un buen músi-


co; pero para estudiar á los clásicos no hay necesidad de ir á
Alemania. Si quieres oir la gran creación de Haydn, las su-
blimes Siete palabras, vete á Cádiz ó instálate la tarde del
Viernes Santo en la cueva del .Rosario, reconcentra tu espí-
ritu, eleva tu alma á Dios y escucha.
Y el anciano maestro, juntando las manos con beatitud y
elevando los ojos al cielo, anadia:
•—¡Oh, divino creador del cuarteto! ¡Oh, sublime Haydn!
¿Co'mo es posible oir tus Siete palabras sin comprender la
grandeza de Dios, sin adorarte como á un genio sobrenatural?
¡Lágrimas, gemidos, gritos de dolor y de entusiasmo, la ira
del cielo, el espanto de la tierra, el enojo de los elementos y
la clemencia del Hacedor, todo lo expresan tus Siete pala-
bras.' ¡Hombres como tú no deberían morir nunca!

IV
Otras veces el entusiasmo del maestro Iznardi se dedicaba
á Mozart, y entonces, en su opinión, no habia en el mundo
musical nada comparable con el Don Juan, Las bodas de.
Fígaro y La clemencia de Tito.
—¡Ah!—exclamaba.—¡Mozart, el músico más grande de
la tierra, el prodigio más asombroso del arte! A los doce años
escribió', por encargo del emperador de Alemania, una ópera,
Frinta, y ya entonces habia asombrado á Francia, á Ingla-
terra y á Alemania.
Otras veces el entusiasmo del viejo Iznardi recaía en Bee-
thoven; porque para él la música clásica, ó sabia, existia so-
lamente en Alemania.
120 SL Fií.VC A2UL.

Estas conversaciones entusiasmaban á Alejandro, que al


fin abandono' á Madrid, y lleno de fe y amor al arte musical,
recorrió Alemania, Francia é Italia.
Enrica lloró amargamente la fuga de su amante.

Cuando el entusiasta músico regresó á Madrid, era un


buen concertista de flauta; había corrido mucho, y como es
natural, los desengaños comenzaban á matar sus ilusiones.
Durante sus viajes, Alejandro se Labia acordado incesan-
temente de Enrica; así es que al llegar á Madrid, su primera
visita fué para el antiguo maestro; pues, como suele decirse,
de un tiro mataba dos pájaros: veia al viejo Iznardi y á la jo-
ven Enrica.
Poro ¡ay! el tiempo no paya sobre las criaturas impune-
mente; el anciano profesor Labia muerto, y su habitación la
ocupaba una familia desconocida para él.
En vano procuró inquirir el paradero de Enrica. Sólo la
casualidad la puso ante su paso.
Veamos cómo.
VI

Alejandro se ajustó de primer flauta en el teatro del Circo.


La zarzuela se bailaba en su apogeo.
Ventura de la Vega, Olona, Barbieri, Oudrid, Arrieta,
Gaztambide, Salas y Caltañazor, eran las siete columnas so-
bre que descansaba el nuevo género que tan pingües entra-
das daba á sus sostenedores.
EL FRAC AZUL. 121

La zarzuela tenia la misma base que Koma; es decir, siete


colinas; por eso á los músicos noveles les costaba tanto trabajo
escalar aquel templo.
Las zarzuelas que agradaban al público alcanzaban un nú-
mero fabuloso de representaciones; y se hablaba de miles de
duros al tratar de los derechos de propiedad que percibían los
autores.
El valle de Andorra, Jugar con fuego y El dominó
azul, eran tres minas inagotables. Para verlas en escena se
tomaban los billetes en contaduría, ó se pagaban á doble pre-
.cio á los revendedores. El abono de un palco para aquel afor-
tunado teatro era un triunfo que se lograba á fuerza de dine-
ro. En una palabra: el género zarzuela estaba en moda, y le
sucedió lo que á las primeras patatas fritas al vapor, que todo
el mundo quiso saborearlas.
Los autores que no formaban parte del septimino de la
zarzuela miraban con cierta rencorosa envidia á esos hijos pre-
dilectos de las musas, que armados de largas espadas les im-
pedían la entrada en el templo de la gloria y la fortuna.
¿Y cómo no envidiarlos en un país como España, donde no
existe el gremio literario, y donde tan poco se gana con la
pluma?
Se decia de telón adentro y de telón afuera que Luis Olona
tenia casa en Paris y en Madrid; que Joaquín Gaztambide
fumaba brevas de á cinco reales, bebía vino de Burdeos y
de Borgoña, y tenia coche y una casa amueblada como la de
un príncipe; que Ventura de la Vega ganaba mil duros men-
suales; y tanto y tanto se decia, que la literatura menuda
y los mnsiquillos buhardiUeros. acometidos de esa hidrofobia
16
122 , EL *"RAC AZUL.
literaria que tan mal humor cria, comenzaron á hacer una
guerra á muerte á la zarzuela, que no por eso dejó de ganar
dinero y tener el teatro lleno todas las noches.
Pero ¡ay! llegó un dia en que las fuertes y cerradas puer-
tas de ese templo se abrieron de par en par á todo el mundo;
las medianías, los rapsodistas, los traductores sin talento ni
conocimiento del teatro, lo invadieron, y aburrieron al público
con tanto fárrago estúpido. Perdió poco á poco la zarzuela su
época de oro, y vino la decadencia y la muerte á probar que
los fundadores del género hacían bien en no permitir la in-
vasión.
VII

Pero volvamos al teatro del Circo, tan en boga en aquel


tiempo en que Elias era un poeta inédito.
Alejandro fué un dia al ensayo, y al sentarse en su sitio,
cuando el maestro director levantó la hatutta para marcar la
salida de las coristas, vio entre las filas de éstas á una joven
que le hizo dar una nota falsa.
Era Enrica.
El maestro miró al novel profesor, haciendo un gesto des-
agradable; pero Alejandro tocó desde aquel momento con tanta
afinación, con tanto gusto, que nadie volvió á acordarse de lo
que habia sucedido.

VIII

Terminado el primer acto, Enrica y Alejandro se vieron


entre bastidores.
EL FKAC AZUL. 123

Al reconocer á su amante, la huérfana exhaló un grito


que nacia del fondo de su alma, y se arrojó en sus brazos,
con la misma expansión y confianza que si hubiera sido su
hermano.
Aquella escena llamó la atención de todos los que se halla-
ban presentes, y algunas sonrisas maliciosas y no pocos co-
mentarios fortuitos corrieron de boca en boca.
Ni Alejandro ni Enrica se apercibieron de aquella chismo-
grafía de bastidores, porque nada existia para ellos más que la
emoción que les conmovía.
Sin embargo, los compañeros de Enrica no dejaron de ex-
trañar aquel rasgo de entusiasmo, tratándose de una muchacha
de quien no se sabía ningún devaneo, y á la que llamaban
entre bastidores la, virtud romana, pues no se le conocía
amante alguno. ¡Cosa rara en el género corista, y que con el
tiempo sería mucho más rara en el subgénero suripanta!

IX

—¡Ah! ¡Por fin vuelves!—exclamó Enrica en voz baja.—


¡Tengo que decirte tantas cosas!...
—Yo también. ¿Dónde nos veremos después del ensayo?
—Donde tú quieras; desgraciadamente, desde el dia que
murió mi segundo padre, mi querido bienhechor, vivo sola en
el mundo.
Y al decir esto, dos lágrimas resbalaron por las mejillas de
Enrica.
—Pues bien; espérame en la puerta del teatro, y nos ire-
mos á dar un paseo por fuera de Madrid, donde nadie ínter-
124 EL FRAC AZUL.
rumpa con su importuna presencia lo mucho que tenemos que-
decirnos; porque yo sigo amándote más que nunca.
—Y yo como siempre.
—Eso me indica que eres libre.
—No, pues soy tuya desde hace mucho tiempo.
¿Qué más necesitaba oír Alejandro para creer en la pureza
de Enrica? Nada.
Estrechó su mano, y cambiando con ella una mirada que
nacía del fondo de su alma, repitió:
—Lo dicho: te esperaré en la puerta del teatro.
CAPITULO XIII.

S o l a cii ol m u n d o .

El ensayo concluyó temprano; la obra sólo tenia dos actos,


y á las dos de la tarde los amantes se vieron libres, como el
aire que respiraban sus pulmones.
Nunca para Alejandro y Enrica tuvo ol cielo un aspecto
más bello, ni el sol más hermosos resplandores, ni el ambiente
más perfumes.
Tenían tantas cosas que decirse, y eran tan felices, que
sin saber cómo, se encontraron á lo último del paseo de la Cas-
tellana, sentados sobre el blando césped del campo.

11

Allí, solos con su inmensa felicidad, sin más testigos que


el purísimo azul del cielo que sonreía sobre sus cabezas, aspi-
1.26 EL FRAC AZUL.

rando el grato ambiente de los campos, y deleitándose con


el melodioso canto de la alondra, que saludando con sus tri-
nos el próximo crepúsculo de la tarde, buscaba afanosa el mo-
desto terrón que durante la noche debía guarecerla de la in-
clemente escarcha, se entregaron á esa vida encantadora de
los recuerdos, que es siempre la melodía predilecta de los co-
razones.
¡Cuatro años sin verse! ¡Cuatro años sin comunicarse las
. dulces impresiones de su alma, sin poderse contar esos sueños
de color de rosa que llenan de encantos, de felicidad y de luz
la existencia de los enamorados!
Alejandro había recorrido la mayor parte de Europa dando
conciertos y buscando un porvenir, para ir á ofrecerlo á los
pies de Enriqueta. Pero ¿qué había conseguido? Un poco de
gloria y una credencial de socio de la Academia musical de
Santa Cecilia de Roma.
Regresaba pobre á España, á su hermosa España, sin otra
esperanza que la de encontrar á Enriqueta, tan amante, tan
apasionada como antes, y poder reclinar su fatigada frente en
el cariñoso pecho de una mujer enamorada.
Tenia fe en el amor, y ésta era la esperanza más hermosa
de su alma.
Alejandro refirió uno por uno todos sus viajes, todas sus
amarguras, todas sus penalidades.
Enrica le escuchó con las lágrimas en los ojos, dando gra-
cias á Dios desde el fondo de su corazón, que le devolvía el
amante que había llorado perdido.
EL FRAC AZUL. 127

III

—Yo también, Alejandro, yo también be pasado noches


de interminable dolor, de abrumadora agonía,—dijo por fin
Enrica.—Bendigamos á Dios, que ha querido por fin que nos
reunamos para que ya no nos separemos.
—Yo volví á España sólo por tí, y para recibir la bendi-
ción de mi anciano maestro antes de partir á América, adonde
pienso ir á buscar fortuna,—repuso Alejandro.
—Yo te acompañaré; porque supongo que no nos separa-
remos nunca.
—¡Oh! Nunca: tú lo has dicho.
—Mi generoso bienhechor, el viejo maestro Ianardi, no te
olvidó ni un momento; apenas pasaba un dia sin que pronun-
ciara tu nombre, llamándote el primero y el más querido de
sus discípulos. Cuando la muerte comenzó á enfriar la sangro-
de sus venas; cuando cogiéndome con las manos heladas la
cabeza para depositar sobre 'mi frente el beso de despedida,
me manifestó que ya no había ninguna esperanza para él,
también entonces se acordó de tí, y me dijo: «Muy en breve,
hija mia, te quedarás sola en el mundo; en este mundo in-
grato y egoísta, que sigue su marcha sin que le detengan las
lágrimas de dolor, ni los gemidos de amargura. Una gran pena
oprime mi espíritu en estos momentos sublimes: no dejarte al
morir una modesta fortuna. Pero siempre he sido pobre, tú lo
sabes; hijo del trabajo, jamas he podido hacer grandes econo-
mías. No olvides nunca que la honradez es la mejor dote de
las mujeres. Vende todo lo que poseemos, pues te pertenece;
128 BL PKAC AZUL.

trasládate á una habitación de menos precio y espera con fe á


Alejandro, que él volverá para ser tu protector. Como un re-
cuerdo mió, conservarás, para dárselo en mi nombre, los pa-
peles de los cuartetos alemanes; y dile cuando regrese, por-
que no hay duda de que volverá, que yo no le he olvidado ni
en el último instante de mi vida.)1»

IV

Enrica se detuvo, porque el llanto ahogaba la voz en su


garganta.
Alejandro la escuchaba en silencio, mientras las lágrimas
se escapaban de sus ojos.
Hubo un momento de pausa, porque el mutismo tiene tam-
bién su elocuencia, y el dolor es sobrio en palabras.
Enrica se enjugó las lágrimas y procuró serenarse.
Una sonrisa llena de inefable ternura entreabrió sus labios,
y fijando en su amante sus ojos negros y apasionados, exhaló
un suspiro.

Después continuó de este modo:


—Aquella misma noche mi anciano protector dejó de exis-
tir. Quedé sola con mis lágrimas, con la inmensa pena que
tan gran pérdida me causaba. Durante algunos dias no salí
de casa; luego, como era preciso vivir y esperarte, tomé una
resolución: vendí una gran parte de los muebles y todo lo que
creia inútil, conservando solamente, porque ademas de un re-
BL FRAC AZUL. 12(->

cuerdo lo creia una necesidad de mi alma, el piano, el violin y


algunos papeles de música de mi querido é inolvidable bien-
hechor; y abandonando aquel cuarto, donde horas tan felices
habían transcurrido para mí, y en donde el amor había con-
movido por primera vez mi corazón, me trasladé á una modesta
buhardilla de la calle de Santa Polonia. Tú sabes que todos los
maestros de Madrid, los que con más gloria y provecho se de-
dican á escribir ese lenguaje de los dioses que se llama mú-
sica, rendían cierto respeto á la honradez y á la ciencia del
anciano Iznardi; Arrieta, Barbieri, Oudrid y Gaztambide le vi-
sitaban con frecuencia, y no permitieron que careciera de nada
en los últimos dias de su vida. No me fué difícil, por lo tanto,
entrar como corista en el teatro del Circo, y conseguir de la
empresa que me diera á copiar música; soy pobre, pero vivo
honradamente de mi trabajo. Mi conducta es el escudo donde
se estrella la maledicencia.
YEnrica, sonriendo de un modo encantador, añadió:
—En fin, Alejandro: baste decirte, para probarte que soy
digna de tu amor, que en el teatro, por mi conducta intacha-
ble, me dan un segundo nombre; me llaman la virtud romana.
—¡Oh! ¡Sí! ¡sí! Me lo han dicho todos los de la orquesta,—
exclamó Alejandro, besando con entusiasmo las manos de En-
rica.—Yo te haré mi esposa, y mi suerte será la tuya.
—¡Tu esposa! Para eso será preciso que antes reunamos
un pequeño capital.
—Trabajaremos con afán para conseguirlo.
—¿Y piensas tú que podremos realizar pronto esos deseos?
—¡Ah! ¡Es verdad! No se gana el dinero que se quiere,
sino el que se puede.
17
.130 EL FRAC AZUL.

VI

Aquí hubo una pausa.


Tal vez un mismo pensamiento cruzó en aquel instante
por la imaginación de los dos amantes: pero ninguno se atre-
via á traducirlo en palabras.
En aquel momento cruzó una alondra, modulando sus so-
noros cantos y batiendo sus pequeñas alas, por encima de las
cabezas de los dos jóvenes.
Ambos levantaron las frentes para contemplar á la ino-
cente avecilla que con su vuelo peculiar se cernia sobre ellos.
—Alejandro,—dijo de repente Enrica,—yo soy-libre, in-
dependiente, como la brisa que orea las flores del campo, como
esa avecilla que bate sus alas sobre nuestras cabezas. Tú eres
libre también, como yo; nuestras almas se comprendieron y
se amaron con ese amor hijo del corazón, con ese amor que yo
confío no ha de agotarse nunca. Pobre eres y pobre soy; nues-
tro porvenir es el trabajo: júrame, por la memoria, sagrada
para nosotros, del maestro Iznardi, por el recuerdo de tu ma-
dre, a" quien tanto amabas, que cuando mejore nuestra posi-
ción me darás el nombre de esposa al pió de los altares, y yo,
ciega por la fe que me inspira tu juramento, creyéndote in-
capaz de abusar del amor que. te tengo, voy á explicarte un
pensamiento que acaba de cruzar por mi mente en este ins-
tante.
—Juro por la memoria de mis padres, por el respeto y la
veneración que me ha inspirado siempre mi venerable maes-
tro y por el inmenso amor que para tí guarda mi corazón,
EL FRAC AZUL.

Pobre eres y pobre soy; nuestro porvenir es el trabajo


lil FBAC AZVL. 131
darte el nombre de esposa tan pronto como mejore un poco
nuestra suerte.

VII

Este juramento fué pronunciado con cierta solemnidad.


Enriqueta entonces, con el hermoso rostro cubierto de ru-
bor, añadid:
—Guiándome sólo por los actos de mi conciencia, y ha-
biendo llegado para nosotros la hora de las economías, despre-
cio la murmuración y la maledicencia. Nunca fui hipócrita; sé
lo que me amas y hasta dónde llega mi virtud. ¿Quieres que
vivamos juntos? Esto es más económico, y uniendo tu sueldo
con el mió, podremos realizar más pronto nuestros hermosos
sueños de color de rosa.
La contestación de Alejandro fué un grito de alegría.
Inútil es decir que aceptó el ofrecimiento.
Pero hay seres en la tierra para quienes la felicidad es
corta; apenas tiene la duración de esas estrellas movibles que
cruzan el espacio, de esos meteoros que brillan un instante y
desaparecen para siempre.

VIII

Las precedentes escenas sucedieron precisamente quince


dias antes de aquella noche en que Elias, asomado á su ven-
tana, oyó las variaciones do flauta y el polo andaluz, motivo
de su encuentro con su antiguo amigo.
Lo que acabo de narrar ligeramente fué el tema de la con-
332 EL FKAC AZUL.
versación que durante la cena tuvieron Alejandro, Enrica y
Elias.
Nada habían ocultado á la amistad.
Enrica, alegre como una alondra en las mañanas del mes
de Noviembre, franca como una cuákera, al saber que Elías y
Alejandro eran amigos de la niñez, lo Labia contado todo, sin
reserva de ningún género.
El poeta estaba entusiasmado ante la franqueza encanta-
dora de aquella joven.

IX

Terminada la cena, y mientras Enrica se disponía á hacer


café con una maquinilla económica, Alejandro, que nada habia
preguntado á Elias, habló de este modo:
—Y tú, ¿á qué vienes á la corte?
—Vengo en busca de un nombre y una posición que me
falta. Quiero ser autor dramático.
—¡Vamos! Sigues con tu antigua manía de colegio. Que-
rer es poder.
—Algunas veces.
—Querido Elias, tendré una verdadera satisfacción en que
se realicen tus ilusiones, ya que las mias ¡se van disipando
poco á poco.
—¡Dios te oiga!
—Pero vamos á otra cosa. ¿Con quién vives?
—Completamente solo.
—Ahora recuerdo que estando en París me escribió mi ma-
dre diciéndome que te habías casado. ¿Es cierto eso?
EL FRAC AZUL. 133
-Sí.
—¡Casarse á los diez y nueve años!
—Querido Alejandro, el hombre es hijo de las circunstan-
cias, y ellas le inducen muchas veces á acometer empresas
arriesgadas é inconcebibles.
—Explícame eso.
—Es muy sencillo,—dijo Elias.

Y después de una pausa, continuó, con la entonación del


que relata una historia:
—Yo hacía el amor á una joven, sin pensar que este ga-
lanteo de balcón á calle pudiera tener su término á los pies de
un sacerdote.
El padre de mi novia se empeñó en que no nos amáramos,
y convertido en un nuevo Argos, espió nuestros telégrafos
amorosos, dando motivo con su inconveniente conducta á que
tomara mayor impulso nuestro amor; de modo que lo que ha-
bía empezado por un pasatiempo, llegó á ser una necesidad de
nuestras almas.
Así las cosas, supe un dia que los padres de mi novia se
hallaban gravemente enfermos, y creí oportuno presentarme
í ofrecerles mis servicios.
Los remedios de la ciencia fueron impotentes.
La muerte había elegido dos víctimas.
Yo ofrecí junto al lecho de los moribundos dar la mano de
esposo á su hija mayor, y ser para sus cuatro hermanos un
segundo padre.
134 EL FRAC AZUL.

Murieron, y cumplí mi palabra, sin meditar, sin ocuparme


de lo que hacía.
Creo que Dios me tomará en cuenta esta acción y me dará
fuerza para salir adelante.
Esos pobres retoños, que tan repentinamente se han encon-
trado sin las robustas encinas que les prestaban su sombra
bienhechora, serán siempre mi constante anhelo, mi más acen-
drado afán.

XI

Enrica escuchaba la conversación de los dos amigos, sin


atreverse á interrumpirlos.
Cuando Elias concluyó el relato de su casamiento, parecía
interesada por el rasgo de valor del poeta.
—El hombre que se casa con una mujer sin contar con una
cosa segura, realiza una hombrada,—dijo Alejandro.—Lo que
tú has hecho es más que eso; creo que te has echado un peso
enorme sobre las espaldas.
—Descuida,—repuso Elias;—el corazón me dice que podré
soportarlo.
—¡Amén!—exclamó Alejandro en son de broma.
Enrica se sonrió.
En aquella sonrisa había algo triste, algo que parecía inte-
resarse por la suerte del poeta.
Indudablemente, el corazón de aquella generosa joven se
habia conmovido al oir el relato de Elias.
KL FRAC AZUL. 135

XII

Los dos amigos y la amable joven tomaron café, hablando


de muchas cosas que no vienen al caso, y á las tres de la ma-
drugada Alejandro advirtió que era hora de abandonar aquella
casa.
Elias se disponía á marcharse, cuando Alejandro le dijo:
—Espera; voy contigo.
Cuando los dos amigos estuvieron en la calle, Elias pre-
guntó:
—¡Pues qué! ¿no vives tú con Enrica?
—Enrica es mi novia, no mi querida,—respondió Alejan-
dro.—Ceno con ella algunas noches; pasamos muchos ratos
juntos después del teatro,"entretenidos, como esta noche, con
la música, pasión que nos domina. Así lo hemos resuelto En-
rica y yo pensando lo mejor.
—¡Ah! Yo creia...
—Querido Elias, el mundo suele creer siempre muchas
cosas que no son. Las apariencias engañan. Viviremos juntos
cuando nos eche un cura la bendición; por hoy, conviene así.
Pero hablando de otra cosa, ¿sabes quién está en Madrid, es-
tudiando para arquitecto?
—Sí; nuestro común amigo Joaquín; lo que ignoro es dón-
de vive.
—Calle de Lavapies, número 2; en una casa que no tiene
más que un piso; yo la llamo la cabana suiza, por su extraña
arquitectura.
—Iré á verle mañana.
136 EL FRAC AZUL.
—Le encontrarás como siempre; Joaquín es un buen ami-
go. Pero si no quieres molestarte, vé mañana á las siete de Ja
noche al café de Minerva, calle de Atocha; allí nos reunimos
algunos amigos.
—Entonces, hasta mañana.
Y los dos amigos se separaron.
CAPÍTULO XIV.

Los estudiantes del cafó de Minerva.

Elias fué puntual ¡í la cita.


Solo en la corte, comenzaba á vislumbrar muchas lloras de
aislamiento y de amargura, y la amistad de dos amigos leales
y francos como Joaquín y Alejandro, era un consuelo para él.
fil cafe' de Minerva servia por entonces de punto de re-
unión de un puñado de estudiantes, gente de buen humor, que
agotaban la paciencia de un pianista condescendiente.
No era extraño encontrar en los salones que tomaban el
nombre de la diosa del poder y la sabiduría, á alguna modis-
tilla aficionada á los escolares, que cansada del pespunte y el
dobladillo, acudía allí á olvidar, delante de una media copa
de curaçao ó un café con media tostada, las punzantes picadu-
ras de la aguja.
18
138 UL FRAC AZUL.

II
Elias entró en el café y buscó con la vista á sus amigos
hasta que la voz de Joaquin le advirtió que se hallaba en la
mesa más próxima al piano.
Los dos amigos se abrazaron oordialmente, y después de
las preguntas de rutina, entablaron el siguiente diálogo:
—¿Conque, según me ha dicho Alejandro, tú sigues en
tus trece, quieres ser poeta?—preguntó Joaquín.
—Sí, chico, sí; estoy resuelto,—contestó Elias.
—Pues cuenta conmigo; yo soy el amigo de todos, ya lo
sabes. Como no necesito á nadie, adquiero relaciones con rapi-
dez, y entre mis amigos cuento algunos actores. Lucharemos
y venceremos; no te apures; el porvenir es nuestro. En cuanto
al presente, mi padre me remite con una exactitud admirable
setecientos reales al mes. Inútil es decirte que mi modesta
pensión de estudiante es tuya; estamos á mediados de mes y
me quedan cuatro duros; dispon de ellos á tu antojo, pnes
para nada me hacen falta. Tengo pagada la mensualidad á la
patrona, y un poco de crédito con los mozos de este café. ¡El
mundo es nuestro!
Y Joaquin, con su proverbial aturdimiento, dio un pune-
tazo sobre la mesa, y continuó:
—¡Mozo, dos copas de rom! ¡Y tú, maestro, toca el himno
de Riego ', en celebridad de la entrada de un genio en este
1
Por entonces, el himno (le Hiego no se tocaba en ninguna parte de
España más que en el cafó do Minerva; la policía toleraba ese patriótico
desahogo á los estudiantes. Hoy, por el contrario, en España se puede tocar
todo.
EL FRAC AZUL. 139

café; por la aparición de un autor dramático que comienza á


sacar la cabeza del cascarón, como el polluelo de una gallina!
Kl mozo sirvió las copas, y el pianista tocó el himno pa-
triótico que mi amigo le había pedido.

III

Joaquín era lo que se llama un calavera, con el corazón


de oro.
Nada más franco ni más generoso que aquel joven estu-
diante, siempre dispuesto á todo. Era el primero en la clase,
bajo todos conceptos, y se habia conquistado, por su carác-
ter, el aprecio de sus catedráticos y el cariño de sus condis-
cípulos.
La viveza de su imaginación era tanta, que siempre se le
buscaba como un inagotable manantial de recursos; porque
Joaquín, ademas de ser el estudiante más aventajado de la
clase, sabía un pono de esgrima, otro poco de música, y otro
poco de prestidigitacion.
A estas habilidades, añádase que Joaquín tenia en la bi-
blioteca de sus recuerdos una multitud de recetas caseras para
curar varias enfermedades, y que sus bálsamos se hallaban
siempre á disposición del nece.<iitado, sus puños á punto para
aplastar las narices del insolente, y su corazon..,pronto á en-
ternecerse ante los dolores del desgraciado.
En una palabra: Joaquín lloraba con los afligidos, partía
sus ahorros con los menesterosos, y no tenia inconveniente en
salir á la defensa de los débiles, andando á golpes con los per-
donavidas.
140 EL FRAC AZUL.

La amistad para él era una religión; formaba, por decirlo


así, su segunda naturaleza, de la que le era imposible des-
prenderse sin grave riesgo de que se rompiera en pedazos su
corazón; y el dia más feliz de su vida era aquél en que enju-
gaba una lágrima á un amigo.

IV

El lector tendrá que dispensarme en esta tercera edición


de EL FRAC AZUL si exhalo algun grito de gratitud y de entu-
siasmo al hablar de las personas que me fueron queridas.
¿Quién contiene las exclamaciones del alma? Sólo los
egoistas, los ingratos, los que abrigan en el pecho un corazón
pequeño, son los que no gustan de hablar de los favores que
recibieron; pero el que estas páginas escribe no tiene la des-
gracia de pensar de ese modo, porque sabe que un adarme de
vanidad basta para empequeñecer al hombre más grande.
¡Dichosos los que tienen bastante grandeza de espíritu
para decir: «Yo he tenido hambre, he tenido frió, y un hom-
bre de corazón caritativo aplacó mi hambre y cubrió mi cuer-
po. ¡Bendito sea ese hombre, que me hace comprender el in-
menso goce de la gratitud!»
Pero volvamos al cafe ele Minerva.

En la mesa de Joaquín reinaba siempre el buen humor, y


las diabluras y calaveradas de buen género se verificaban con
mucha frecuencia.
EL FRAC AZUL. 141

A Elias le llamó la atención un joven sin pelo de barba,


pobremente vestido, y con una levita que pregonaba, sin nin-
gún género de duda, que no habia sido beclia para él.
Tendría este joven diez y ocho años.
Su rostro, bastante perfecto, carecía de vida, de anima-
ción; pero en la modesta y dulce mirada de sus ojos azules y
en la candorosa sonrisa de sus labios, se adivinaba la pureza
de su alma y la inocencia de su corazón.
Este joven se llamaba Juan, y su aspiración constante era
la de dominar el arte que inmortalizó á Rafael de Urbino.
Juan era tímido como un seminarista, y modesto como la
virtud.
Para obligarle á tomar una taza de cafó, era preciso em-
plear toda la elocuencia de Cicerón.
Joaquín quería á Juan como á un hermano, y Juan respe-
taba á Joaquín como á un padre.
Juan no hablaba casi nunca, pero se sonreía siempre.
La conversación que aquellos alegres y aturdidos escolares
mantenían constantemente alrededor de la mesa, tomaba á ve-
ces un carácter demasiado vivo, y entonces Juan se sonreía
también, pero con las mejillas cubiertas por las encendidas
tintas del rubor.

VI

Cuando Elias enteró de todos sus sueños á Joaquín, y éste


repitió sus francos y leales ofrecimientos al poeta, después de
recordar multitud de calaveradas de otros tiempos, el estu-
diante habló de esta manera:
14,2 KL FRAC AZUL.
—Pues, chico, desde ahora te prevengo que en esta mesa
tienes letra abierta para tomar café j rom: dos líquidos, ó por
mejor decir, dos necesidades para todos los soñadores, para
las naturalezas que necesitan excitarse. Cuando yo no tenga
dinero, lo tendrá alguno da éstos, que es lo mismo que si yo
lo tuviera, porque nosotros formamos una especie de masone-
ría, una comunidad, donde se decapita moralmente á los ava-
ros. Lo que tiene eluno es del otro.
—Acepto el ofrecimiento, —contestó el poeta;—pero pre-
vengo á la reunión, para que no me eche en cara mañana mi
falta de franqueza, que por ahora me declaro insolvente, me-
nor de edad, pues no tengo más patrimonio que diez y ocho
cuartos, y sólo Dios sabe cuándo mejoraré de posición.
—Señores,—repuso Joaquín,—mí amigo Elias es franco
como un patriarca bíblico, y pobre como un filósofo de Ate-
nas; pero desde ahora se compromete á pagarnos el café y el
rom que le suministremos durante su decadencia, escribién-
donos cartas en verso para nuestras novias.
—¡Aceptado! ¡aceptado!—exclamaron todos á coro.
—Sí, sí: escribiré todos los versos que queráis,—dijo Elias
con entusiasmo.—Vuestras amadas, hermosas ó feas, vírgenes
ó prostitutas, serán en mis versos bellas como la Venus del
Tiziano, candorosas como la primera sonrisa del crepúsculo
matinal, aromáticas como los perfumados búcaros del Asia; y
si algun dia mis versos son dinero, si llega el instante feliz y
apetecido en que un editor compre mis aleluyas, entonces os
daré todas las semanas un desquite que eclipsará la memoria
del hastiado Baltasar el babilónico.
Kr. FRAC AZUL. 143

VII

Hay momentos en la vida de los jo'venes en que se borra


todo de la memoria, se olvida lo pasado y lo porvenir, y las
horas ruedan con una'rapidez prodigiosa sobre el presente.
Los parroquianos del café de Minerva fueron abandonando
las mesas, sin que los nuevos amigos del poeta se apercibie-
ran de ello; y Dios sabe el tiempo que hubieran permanecido
allí, si uno de los estudiantes no hubiese indicado que iban á
dar las once.
Entonces recordaron los demás que la amistad tiene lazos
muy perjudiciales, pues habían faltado á varias citas amo-
rosas.
Separáronse los amigos, prometiendo reunirse la noche
siguiente á primera hora.
Joaquín y Elias salieron del café, acompañados de .!uan.
—¿Adonde vas ahora?—preguntó el estudiante al poeta.
—¿Adonde quieres que vaya? A mi gazapera.
—Entonces, acompañaremos á éste.
Y Joaquín indicó á Juan.
—Como quieras,—contestó Elias.
Joaquín dio una moneda á Juan y le dijo:
—Adelántate; te esperamos en la esquina de la calle de
Santa Isabel.
Y cogiéndose del brazo del poeta, continuó:
—Vamos.
Los dos amigos tomaron por la calle de Atocha, en direc-
ción á la plaza de Anton Martin.
144 KL FRAC AZUL.

VIII

—¿Quién es ese joven que acaba de separarse de nos-


otros?—preguntó Elias á su amigo.
—Un mártir; una víctima del infortunio.
—Parece muj buen chico.
—Es uno de los pocos ángeles que recorren la t. jrra de
los hombres.
—El candor de su sonrisa y la bondad de su mirada me
han interesado vivamente.
—Es imposible tratarle y no amarle. Yo me he propuesto
educarle, ó por mejor decir, enseñarle á vivir en sociedad; su
buena fe y el candor virginal de sus ideas no sirven gran
cosa; el pobre dibuja con bastante corrección, pero no conoce
á los hombres, y es preciso que los conozca. Ademas, tiene
madre y es una pobre demente.
—¿Loca?
—Sí, chico; pero loca pacífica.
—¿Y no tiene otro recurso que su lápiz para mante-
nerla?
—Cuenta con una pequeña viudedad, que apenas sufraga
los gastos de una tercera parte del mes.
—¡Pobre muchacho!
—He querido que nos acompañaras, porque un escritor
debe estudiar la sociedad en que vive. ¡Hay en Madrid tanto
drama que no ve el público que va al teatro!...
En este momento Juan se reunió con nosotros.
Traia un puchero en la mano.
EL KBAC AZUL. 145
Aquel puchero contenía la cena de su madre.
Todas las noches, al retirarse, la tomaba de una taberna
de la calle de la Magdalena, donde se vendían unos modestos
cocidos con carne, tocino y legumbres, desde doce cuartos
hasta tres reales.

IX

Esta taberna tenia algo da providencial para los pobres


dol decoro.
Alrededor de los fogones se hallaban siempre treinta pu-
cheros, dispuestos á alimentar otras tantas familias desliere»'
dadas.
Madrid es la ciudad de los recursos; lo superfluo y lo nece-
sario se encuentran por las calles, se miran con indiferencia,
y cada cual toma la edición que le corresponde en esta in-
mensa librería de la vida; unos la económica, otros la de lujo;
porque al fin y al cabo, la obra es siempre la misma: nacer,
vivir y morir.
A la conclusión del camino, el pobre olvida sus ayunos y
el rico sus indigestiones, porque el rasero de la eternidad los
mide á los dos por igual.

Los tres amigos entraron en la calle del Salitre, y al lle-


gar á sus últimas casas, Juan se detuvo delante de una de
pobre apariencia.
Era aquella una casa de vecindad que parecía próxima á
19
146 KL FRAC AZUL.
hundirse; profunda como el dolor, interminable como la espe-
ranza de un cesante y sucia como el tonel de Diógenes.
Juan abrió' la puerta, y los tres amigos entraron en el
estrecho y largo portal, donde se respiraba un viento frió y
se sentia un olor húmedo y desagradable.
Joaquín encendió una cerilla y siguieron adelante.
CAPITULO XV.

Jya loca <le la b u h a r d i l l a .

Una casa de vecindad es un problema que ni el mismo ca-


sero se atrevería á definir.
Sabe, por ejemplo, que tiene ochenta inquilinos; pero estos
inquilinos, que viven agrupados como las zarcetas, subarrien-
dan sus reducidas habitaciones para pagar menos.
De modo que una casa de vecindad es una especie de hor-
miguero humano que vomita y traga criaturas de un modf;
portentoso.
Sólo en un dia de revolución, ó cuando acontece alguna
catástrofe en la calle, se puede calcular aproximadamente el
número de individuos que viven en una de estas casas.
Hay otro enemigo doméstico que les obliga en las veladas
de verano á echarse á la calle: los chinches.
Al lector que no haya estado en la corte y quiera tener
348 EL í'R.VC AZUL.
una fotografía escrita de una casa do vecindad, Je aconsejo
que lea el saínete de don Ramon de la Cruz, titulado La casa
de Tócame Hoi/tte.

II

Cruzaron un patio, y tomando uua escalera angosta y fa-


tigosa, como las que adornaban las horcas del tiempo de Ca-
lomarde, echáronse á pecho ciento veinte escalones.
Elias llego' á la buhardilla desfallecido y respirando como
un fuelle roto en manos de una criada en dia festivo.
Juan introdujo una llave en la cerradura de una de las in-
numerables puertas que se veían en el pasillo, encima de la
cual campeaba el número 18.
Entraron en la buhardilla.
El poeta, al tender^ la vista por aquel reducido espacio, re-
cordó su habitación y se erej ó un Rostchild.
¡Qué miseria tan absoluta!
En medio de la única pieza de la buhardilla se veia un jer-
gón, y sobre- él una mujer de'cincucnta años de edad, flaca,
de ojos hundidos y brillantes, pupilas negras, cabellos canos
y frente deprimida.
Se hallaba sentada y encogida, con las manos cruzadas
sobre las rodillas, y balanceando el cuerpo acompasadamente
al impulso de sus descarnados brazos.
Vestía un refajo de bayeta encarnada, y-un mantón oscuro
envolvía su pecho y sus hombros.
Un candil, casi sin aceite, alumbraba aquel triste y som-
brío recinto.
EL FRAC AZUL. 140

Allí no habia sillas ni muebles; un cántaro, un candil y


algunos enseres de cocina era lo único que se veia.
La loca dirigió una mirada indiferente á los jóvenes, y se
quedó inmóvil; pero ün momento después continuó balav;ceán-
dose con indiferencia.
III

Juan acercóse á su madre, y después de darle un beso en


la frente, muestra de cariño filial que ella recibió con indi-
ferencia, le dijo:
—Esta noche he tardado un poco más que de costumbre,
pero no me llame usted mal hijo; ya estoy aquí.
—Tengo hambre,—dijo la loca, sin dejar su eterno ba-
lanceo de cuerpo.
—Aquí traigo la cena,—repuso Juan.
Y vertió el contenido del puchero en un plato que se ha-
llaba junto al jergón.
Después sacó un panecillo del bolsillo de su levita, y se
lo presentó todo á su madre.
La loca comenzó á comer con avaricia y dirigiendo á
Elias miradas recelosas.
El poeta observó una lágrima en los ojos de Joaquín, que
permanecia inmóvil, y una sonrisa llena de ternura y de re-
signación en los labios de aquel hijo que sostenia el plato para
que comiera su madre.

IV
Aquel cuadro respiraba ternura filial. Era imposible con-
templarle sin sentirse conmovido.
]50 EL FRAC AZUL.
Juan, arrodillado junto al jergón de su madre, con los ojos
fijes en ella y llenos de lágrimas, era el mártir del hogar, la
víctima del infortunio.
Jamas he visto otro rostro que representara Ja resignación
con tonos y tintas tan suaves, tan característicos.
Ángel de la tierra, corazón sencillo, alma virgen, la vida
para él no había sido otra cosa que un gemido de dolor; pero
la fe, ese fuego santo y vivificador, residia en su pecho, dán-
dole fuerza para sufrir los terribles golpes de la desgracia.

Cuando la loca terminó su cena, fijó los ojos en el poeta,


persona para ella desconocida, y haciendo un movimiento con
la cabeza, preguntó á su hijo:
—¿Quién es ese hombre?
—Un amigo,—repuso Juan.
—¡Un amigo! ¿Y sabe que eres pobre?
—¡Oh! ¡Ya lo creo, madre mía! Y si no lo sabe, porque no
he tenido ocasión de decírselo, puede convencerse ahora, ee
vista del lujo y esplendor de nuestra morada.
Y Juan miró" á Elias, sin apagar en sus labios la eterna y
bondadosa sonrisa.
—Es extraño, muy extraño,—murmuré la loca.
—¿El qué, madre mia?
—Que los pobres tengan amigos.
—En el mundo no todos los hombres son egoistas; hay
corazones generosos que se complacen en tender una mano á
la desgracia.
EL FRAC AZUL. 151

Y Juan envid una mirada á Joaquín, la cual resumia todo


el agradecimiento de su alma.
—Sí,—añadid la loca,—hay personas buenas, aunque muy
pocas; las malas abundan más. ¡Oh! Yo tengo experiencia;
pero tú, tú eres un inocente, un confiado, crees en la amis-
tad, para tí todo el mundo es amigo. ¡Pobre Juan! ¡pobre
Juan!
Y la loca continud meciéndose y mirando á su hijo de una
manera indescriptible.
—Perdona las palabras de mi madre, querido Joaquín,—
volvid á decir el hijo de la enajenada.—Ella no conoce que si
muchos dias comemos es debido á la fraternal amistad que me
profesas. *
Joaquín, que no había despegado los labios desde su en-
trada en la buhardilla, dijo sencillamente:
—Tu madre tiene razón. ¿A. qué contradecirla?
—¿Verdad que sí?—repuso la loca.
Y dando golpecitos suaves en la cabeza de su hijo, con-
tinué:
—Este es un tonto; lo cree todo. No conoce á los hombres
ni por el forro. Muchas veces tiene ocurrencias tan candidas,
que dudo si es mi hijo d uno de aquellos pastores que baila-
ron en Belen. Pero ¡ya se ve! no hace caso de mí; como estoy
loca, como he perdido la razón, todos me desprecian. ¡Cdmo
ha de ser! Lo mejor es reírse.
Y la loca se rió efectivamente, pero aquella risa arrancaba
lágrimas de sangre del corazón de su hijo.
]5á Eí. KBAC AJÍ DL.

VI

Elías no pudo soportar por más tiempo tal escena; sintió


que le faltaba ambiente para respirar.
Aquella atmo'sfera le abogaba, aquella madre loca le opri-
mia el espíritu, y aquel lujo mártir le destrozaba el corazón.
—¿Qué Lacemos aquí?—dijo en voz baja á su amigo.—
Vamonos. Cuando se puede ser útil á la desgracia, los nom-
bres honrados deben prestarse á consolarla; pero aquí de nada
sirve nuestra presencia.
—Tienes razón,—repuso Joaquín.
Y ¡Erigiendo la palabra á la demente, continuo':
—Vaya, buenas noches, doña Paca. Y tú, Juan, no te ol-
vides de ir mañana temprano por casa.

VII

Poco después Elias y Joaquín se hallaban en la calle res-


pirando el aire fresco de la noche.
—He pasado un mal rato,—dijo el poeta.—No puedes
imaginarte lo que me interesa esa pobre mujer y su hijo. ¿No
habría un remedio para curar esa demencia? ¿No sería más
conveniente que esa pobre mujer fuera trasladada al hos-
pital?
—Guárdate de aconsejar semejante cosa á.su hijo, porque
le darías un disgusto inmenso. Esa pobre anciana ha tenido
buena posición, y á juzgar por un retrato en miniatura que
posee Juan, debe haber ,'sido muy hermosa. Yo no sé á punto
EL FKAC AZUL. 153

fijo los misterios de ese drama que deploro y que me afecta


tanto como á tí. Juan era muy niño cuando esa infeliz perdió
la razón; pero me ha dicho que su madre guarda entre la paja
del jergón un cofrecillo que nunca abre, ni quiere que nadie
toque.
—Querido Joaquín, tus palabras despiertan en mi corazón
Ja más viva curiosidad.
—No es menor la mia.
—¿Y no podría suceder que en ese cofrecillo hubiese obje-
tos de valor, alhajas, dinero, por ejemplo? Ya ves que eso po-
dría ser muy útil para remediar sus necesidades.
—Precisamente tuve yo esa misma sospecha; sin embargo,
Juan me ha asegurado que el cofrecillo no encierra más que
cartas.
—¿Cómo es que su hijo no se apodera un dia de la llave,
para enterarse de un misterio que tal vez podría conducirle á
un cambio de posición?
—Porque Juan es una especialidad. Es un chico que ha
orecido en el seno de la pobreza, acostumbrado á todas esas
humillaciones que son inherentes á la miseria, El va por agua
i la fuente todas las noches, y no se avergüenza de ir con Ja
alcuza en la mano á la lonja de Ja esquina. Esto ha encar-
nado en su sangre una humildad, una modestia tan grande,
que muchas veces me veo en el 'caso de reprenderle, porque
llega al servilismo. Su madre, monomaníaca pacífica, que á
fuerza de lágrimas ha visto apagarse la luz de su razón, Je ha
prohibido que toque al cofrecillo, y ademas, ha tirado Ja Uave
á Jos tejados de enfrente. Uno de nosotros rompería ese co-
fre, que tal vez encierra la'historia de su pasado, y sabria la
20
254 EL FiUC A2VL.

verdad. Juan, antes que profanar el secreto que su madre le


oculta, se dejaría desollar, como San Bartolomé. Esto es cues-
tión de carácter: no hay que darle vueltas.
—Tienes razón,—repuso Elias;—-y nosotros debemos ser
desde ahora hermanos de ese pobre chico. Por mi parte, poco
puedo favorecerle, porque soy casi tan pobre como él.
—Pero tú, Elias, tienes un gran elemento para conquistar
una posición: la fuerza de voluntad. El que sabe ser pobre,
lleva mucho andado para llegar á rico.

VIII

Los dos amigos llegaron en esto á la calle de Lavapies, y.


Joaquín se detuvo delante de la puerta del número 2.
—Chico,—dijo,—esta especie de cabana suiza es mi casa
y la tuya. Vuelvo, pues, á repetirte lo de antes: almuerzo á
las diez y cómo á las cinco. Mi patrona es una buena mujer,
que me sirve con abundancia los garbanzos y el guisado cou
patatas.
—Lo tendré presente; y aun creo muy probable que al-
gunos dias ocupe un puesto en tu mesa. Los ricos deben pro-
teger á los pobres.
Elias y Joaquín se separaron.
El sereno de la plazuela del Progreso cantaba en aquel
momento las doce y media.
Sigamos nosotros al poeta.
El frió se dejaba sentir, y con el frac simétricamente abro-
chado y las manos ocultas en los bolsillos del pantalon, se
encaminé hacia su casa.
EL FF.AC A7.UL. 155
Pero como son tan poco firmes los propósitos de un poeta,
á los pocos pasos se detuvo y cambio' de camino.
Veamos qué causa fué la que le obligó á dejar la calle de
la Magdalena, que conducía á su casa, j seguir la de las Uro-
sas, cruzando luego la de Atocha j entrando poco después en
¡a plazuela de Santa Ana.
CAPITULO XVI.

Los bohemios. Escenas n o c t u r n a s .

Lo que había llamado la atención de nuestro poeta eran-


tres hombres que caminaban delante de él, hablando en voz
bastante alta.
Uno de ellos, á juzgar por el movimiento de su cuerpo,
debía ser cojo; la oscuridad de la noche, débilmente comba-
tida por los vergonzantes faroles de la corte, no permitía que
se les viera á los otros dos el traje ni el rostro.
Sin embargo, Elías les seguia, atraído por la conversación
animada que llevaban.
De vez en cuando uno de ellos recitaba algunos versos.
Esto era precisamente lo que había llamado vivamente la
atención del poeta.
Oigamos nosotros á los nocturnos paseantes, mientras el
protagonista de estas Memorias sigue sus pasos con todas las
EL TRAC AZUL. 157
precauciones necesarias para no ser sorprendido en su intere-
sante espionaje.

II

—Diógenes era un gigante, un atleta, un titán,—decia


uno de aquellos hombres;—tenia los siete vicios; gran perver-
sidad que admiro, y al recordarla quisiera quitarme el cráneo
para rendirle vasallaje. Yo soy un pigmeo, pues sólo tengo
tres vicios: la gula, la pereza y la lujuria; aunque preciso es
confesar que estos tres vicios sólo los poseen las personas dis-
tinguidas.
—Chico, todo eso me gustaría más si me lo dijeras en
verso,—repuso otro de los paseantes.—La prosa me agobia-,
porque es el lenguaje de mi patrona..
—¡Bah! ¿Quién hace caso de las patronas? Las reclama-
ciones y las amenazas de una patrona me producen el mismo
efecto que una taza de moka, porque me ayudan á hacer la di-
gestión.
—Distingamos, pues hay patronas de patronas: la mia se
afeita.
—¿Es macho?
—No; es hembra, pero barbuda.
—¡Tú eres feliz! Conquístala... para que se exhiba al piv-
blico.
—Ya se lo he propuesto.
•—¿Y se resiste?
—No solamente se resiste, sino que con frecuencia da pa-
res de coces.
Jo8 BL FIt.lC AZUL.

—¡Oli! Si tú tuvieras mí elocuencia, acabarías por conven,


csrla.
—Ayer le recité tu oda Al Mar, y me dijo que le gustaba
más el romance de Gerineldo.
—Entendámonos: lo que lo gusta á tu patrona, ¿es Geri-
neldo 6 el romance?
—Mañana te responderé á esa pregunta.
—Pero ¿adonde vamos?
—A cenar.
—¡Ah! ¿Tienes dinero?
—Tengo crédito, que es lo mismo.
—Pido que me prestes una parte de tu crédito.
—Y yo también.
—Cenareis, pobres aristas, lanzadas en el revuelto y bor-
rascoso mar de las pasiones; cenareis; yo seré esta noche vues-
tro Anfitrión, si el mozo literario, el segundo Pipí, se encuen-
tra en el café.
—¿Qué hora será?
—Aún no ha sonado aquélla en que las brujas y los bru-
jos, los trasgos y los vampiros, las cornejas y los espíritus in-
fernales, abandonan sus aquelarres.
—Entonces, cenaremos.

III

En aquel momento llegaron á la plazuela de Santa Ana, y


uno de los tres jóvenes, viendo sentada en un banco á una
mujer, se acerco', y con robusta y entonada voz declamé los
siguientes versos:
KL PIUC AZUL. Jó'..:
Niña, ¿á qué viene ese duelo?
¿Qué tienes, que tan llorosa
suspiras mirando al suelo,
y te tapas vergonzosa
la cara con ol pañuelo ' ?

La mujer levantó la cabeza, y dijo con soñolienta voz:


—¿Aguardiente y rosquillas, caballeros?
Los tres amigos soltaron la carcajada.
Aquella mujer era una aguardentera que se liabia echado
á dormir en un banco, y sorprendida, se levantó sobresaltada,
creyendo que se trataba de algun parroquiano.
—Haced corro,—volvió á decir el de los versos;—os con-
vido á un aguardiente literario. Hoy están en moda esas re-
cepciones de medio pelo en que las mujeres leen versos malos,
y los hombres aplauden por galantería. Yo haré aquí el papel
de bello sexo; aplaudid vosotros, bárbaros. A ver, sirena, dad-
nos copas. Sirve á estos ilustres hijos del genio, que van á hon-
rar tu aguardiente con sus inmortales gaznates.
—Rechazo el aguardiente,—dijo otro;—no he comido to-
davía; aún podría comulgar sin ofender á la religión.
—Mejor que mejor; nada es tan provechoso al estómago
como una bala rasa * en ayunas; y si no, dedicad un recuer-
do á la gente del bronce, y estremeceos comparando vuestra
raquítica constitución con el hercúleo desarrollo de sus miem-
bros. ¿Sabéis por qué? Porque lo primero que se propinan
todas las mañanas es una copita del calumniado Chinchón, es-

' Be El cántaro rolo, poesía de Florencio Moreno Godino.


' Copa de aguardiente.
J.GO EL FRAC AZUL.
pecie de homeopatía que combate la bilis y ahuyenta los ma-
los pensamientos.
—Pero ¿cuántas copas pongo?—preguntó la aguardentera,
que comenzaba á impacientarse ante el buen humor de aque-
llos trasnochadores.

IV

Elias mientras tanto, oculto detras de un árbol, no dejaba


escapar ni la menor frase pronunciada por aquellos jóvenes, á
quienes creia poetas.
El que habia hablado en verso cogió una copa, y acercán-
dose á la mujer, dijo con dramático acento:
—¡Escancia, esclava, que tu señor necesita olvidar los pro-
fundos dolores de su alma! ¡La reina de Seleucia ha manchado
con un crimen el trono y el tálamo nupcial! ¡La tierra la oculta
á mi venganza! ¡Escancia, esclava! ¡Quiero olvidar mis amar-
guras con los vapores de ese néctar, creado por los dioses!
—¿Qué diablos dice usted, señorito?
—Que llenes la copa, mujer.
La aguardentera obedeció.

El improvisador, extendiendo el brazo y tomando una ac-


titud académica, volvió á exclamar con campanudo acento:
—Dime, nocturna sirena, amiga cariñosa de la noche; tú,
que cuando los astros de las tinieblas se extienden por el ho-
rizonte, abandonas el humilde tugurio, para ser la protectora
EL FRAC AZUL. \Q]

de los ateridos trasnochadores; tú, especie de Providencia, que


en las horas del silencio recorres las calles de la heroica villa,
ofreciendo á los hombres de corazón la salud, la fuerza, la vida
la inspiración; tú, poetisa sin saberlo, que llevas encerrados en
el frágil cristal de una botella los sublimes sueños de Edgardo
Poe, y los excéntricos é inmortales arranques de lord Byron,
dime: ¿Has visto alguna vez las rizadas ondas del Océano?
¿Has sentido los gratos perfumes de las brisas marinas, que
abren el apetito y convidan á la meditación?
—No señor, no; yo sólo he visto las ondas de mi pelo y
las aguas del Manzanares.
—Pues entonces, cierra los ojos y escucha.
Y el poeta nocturno recitó el siguiente trozo con entona-
ción teatral:

¡Oh mar! Tu vista, que me exalta, evoca,


esos sueños de un bien quizá imposible,
que van cruzando por mi mente loea.
¡Arde mi fantasía,
sufre mi corazón! ¡Klcva, eleva
tu oleaje turbulento!
¡Cuan dichoso sería
si pudiese apagar en tu onda fria
la llama que me abrasa el pensamiento!
¡Cuún feliz oiria
rodar la tempestad, que en fuego inunda
la esfera tenebrosa,
en ella desatándose iracunda!
¡Oh, sí! ¡Ven, huracán, ruge violento,
escala el firmamento
21
162 EL FRAC AZUL.
sobre moles de líquidas montañas;
relámpagos, arded en la alta cumbre;
fermento el mar vuestra convulsa lumbre,
volcanizad sus húmedas entrañas;
que ese fragor sublimo
ahogue el rumor do la tenaz idea
que en mi frente golpea
al recordar la humanidad que gime!...
¡Delirio! ¡Todo en calma!
El sol se ostenta en el zenit radiante,
y no hay más tempestad que la incesante
que ruge en los abismos de mi alma.
El astro, que un instante
vino á animar mi pecho enardecido,
cual tu eterno gemido
en las playas espira...
Canto la última vez: á tu onda inquieta
arrojo mi corona de poeta,
y en tu ribera ;oh mar! rompo mi lira'.

VI

Al terminar los versos, el poeta apuró la copa de aguar-


diente, y sus amigos le imitaron.
Elias, sin poderse contener, se puso á aplaudir y á gritar
con entusiasmo:
—¡Bravo! ¡bravo! ¡Bien por el autor de la oda!
* —¡Calla! ¡Tenemos público!—exclamó el improvisador.
—¡Que se presente! ¡que se presente! —añadieron sus
amigos.

:
Fragmento de una oda de nuestro amigo Florencio Moreno Godino,
titulada Un la plana.
EL FRAC AZUL. 163

—¡Buenas noches, señores!—exclamó Elias, abandonando


el árbol y reuniéndose con los alegres jóvenes.
Florencio Moreno Godino, pues éste era el nombre del
joven que acababa de recitar los versos, cogió el farol de la
aguardentera, y elevándolo hasta la altura del rostro de Elias,
dijo, después de examinarle detenidamente:
—No te conozco.
—Eso no importa para que seamos amigos,—repuso el del
frac azul.—Ya recordareis el refrán que dice: «Dios los cria
y ellos se juntan.» Respetemos, pues, las tradiciones de nues-
tros mayores.
—En hora buena; pero antes dinos quién eres.
—Un bohemio como vosotros; un hijo de las musas, sin
más patrimonio que un drama inédito, el traje que veis y los
dorados sueños del poeta.
—¡Hurra!—exclamaron á un tiempo y en voz alta los tres
amigos.
Floro presentó su copa, que aún tenia en la mano, á Elias,
y cogiendo otra de la cesta de la aguardentera, dijo con acento
declamatorio:
—¡Salud al nuevo mártir! ¡Salud al soñador, que empu-
jado por los sueños de gloria, viene á esta inmensa caldera á
reunirse con sus hermanos los bohemios! Si sucumbes en tu
noble empresa; si antes de escalar las espinosas cumbres del
Parnaso, el hastío, el aburrimiento, el cansancio de la vida, se
apoderan de tí, nosotros hacemos desde ahora solemne y for-
mal juramento de dedicarte un epitafio, cuando te suicides,
cuyo encabezamiento dirá: «Caminante: Ve al Parnaso y di á
las musas que aquí yace un soñador incorregible.>>
164 EL fitAc AZUL.

Y Floro, dirigiendo la palabra á sus compañeros, volvió á


decir:
—¿Lo juráis, amigos?
—Sí; lo juramos, —repitieron con esa armoniosa é impro-
pia simetría de los comparsas de teatro.
—Ya eres nuestro hermano,—dijo uno de ellos presentan-
do su mano á Elias.
—¡Un momento, señores!—añadió Florencio, o' por mejor
decir, Floro Moro Godo, como le llamaban sus amigos.—Án-'
tes de poner la copa de Baco en sus manos, antes de saludarle
como á un hijo de las musas, es preciso que improvise.
—Sí, tienes razón: que improvise, ó no le admitimos en el
aremio.

VII

Elias comprendió que era preciso hacer un esfuerzo, y des-


pués de unos segundos de meditación, dijo con sonora voz:
¿Qué improvisará un bendito,
qué versos hará un paciento
que se halla más transparente
que el violin de Frasquito;
cuando mil ideas foscas
por su mente van cruzando;
cuando se halla vegetando,
sin sol, sin luz y sin moscas?
¿Dónde encontrará la salsa
que exige la poesía
un prójimo que en el dia
es una peseta falsa?
¿Quién recitar versos osa
EL FIt.vC AZUL, 105
cuando lo consumo el tedio,
cuando está de medio á medio
en la vida de la prosa?
Improvisar yo no sé,
y mal con versos me avengo
cuando delanto no tengo
tabaco, rom y café:
tres creaciones que son
alma y vida del poeta,
que dan á su mente inquieta
torrentes de inspiración;
semillas de rica esencia,
en tierra virgen halladas,
que fueron allí plantadas
por la misma Providencia.
Mas ¡vive Dios! que me estaco;
¡tabaco!
que me falta inspiración;
¡rom!
que ya qué decir no sé;
¡café!
¡Basta de charla! Acabé;
y no me digáis que cante,
mientras no tenga delante
tabaco, rom y café.

—¡Hurra!
—¡Bravo!
—¡Hossanna! ¡Aleluya!
Todas estas exclamaciones se escaparon de los pechos de
los bohemios, interrumpiendo con ellas el silencio de la noche.
—Le admitimos en el gremio,—añadió Ploro.
—¡Eres de los nuestros!
—Sí, pero vamos á cenar.
166 EL FKAC AZUL. .

VIII

Poco después los cuatro jóvenes, sentados en derredor de


una mesa del café de la Perla, se contaban sus sueños, sus
amarguras, sus ilusiones, con la misma franqueza, con la mis-
ma espontaneidad que si hubieran sido amigos de la infancia.
CAPITULO XVÍI.

Xíassros típicos.

Todo escritor, en esos momentos de soledad y reconcen-


tración en que se entrega al trabajo; cuando las ideas no
brotan con rapidez de los puntos de su pluma; cuando se halla
torpe para coordinar la idea que abre la marcha de su tarea
literaria, suele tener su manera de matar el tiempo hasta el
momento en que las frases caen con oportunidad y precisión
sobre el papel que tiene encima de la mesa.
Yo ignoro todavía si puedo llamarme escritor, aunque
puedo asegurar que vivo de mi pluma.
Pues bien; cuando me atasco, lleno de puntos suspensivos
y pequeñas cabecitas de perros de caza, una, dos ó raás cuar-
tillas de papel.
Precisamente en este momento me sucede lo que acabo de
indicar; pues ha llegado el instante de hacer el retrato, ó el
KiH KI, FBAC AZUL.

boceto, por mejor decir, de mi nunca bien ponderado amigo


Floro Moro Godo.
Pero principio quieren las cosas; aunque compromiso, y
no flojo, es decir de un amigo á quien se quiere lo que de él
se piensa, sobre todo cuando la pluma que se propone hacer
las veces de pincel no se precia de muy sabia ni de muy ana-
lítica.
Así pues, dispénsame, querido Floro, las inexactitudes de
estas líneas, que escribo sin deseo de ofenderte, pues no ten-
go seguridad de haberte observado bajo tu verdadero punto de
vista, y tal vez no te halles conforme con todo lo que de tí
voy á decir.

II

Floro Moro Godo, ó sea el improvisador nocturno de la


plazuela de Santa Ana, es para muchos un enigma, un pro-
blema, un jeroglífico; pero otros, entre los cuales me hallo yo,
no ven en él más que un buen poeta, que reúne todas las con-
diciones que exige la estética.
Floro ha probado en su drama Luchas de amor y deber
que es un autor dramático que conoce la escena, y en su to-
mo de poesías, que es un poeta.
Después de estas dos obras, que apenas forman un volu-
men de doscientas páginas en cuarto español, Floro ha roto la
lira, como él mismo ha dicho en su última composición, y se
ha echado en brazos de la pereza.
Cuando algun amigo le recuerda alguna poesía suya, Flo-
rencio dice, cargando con impasibilidad su inseparable pipa:
EL FRAC AZOT,. 1G9

—¡Ah! ¡Qué tiempos aquéllos! Yo contaba entonces diez


y ocho primaveras; era una especie de ruiseñor, que cantaba
sin darme cuenta de ello; gustábanme las alboradas de Mayo
y las hermosas noches de estío, cuando el astro de las tinie-
blas lo poetiza todo con sus rayos de plata. El balido de las
ovejas, el sencillo canto de los pastores y el delicioso perfume,
de los campos, me obligaban muchas veces á coger la lira y
cantar; la gota de rocío que se posa tranquila sobre el cáliz
de una flor era para mí objeto de una poesía; el cadencioso y
melancólico murmurio de una fuente me inspiraba para escri-
bir una anacreóntica; todo para mí era entonces bello como la
primavera, hermoso como los primeros sueños de amor. Pero
ahora... soy impotente para el trabajo. La pereza es mi diosa
favorita; no puedo resistir á sus caricias, á sus sonrisas, á sus
miradas; rae domina de tal modo, que sólo con que me haga
una seña con el rabillo del ojo, corro á su encuentro, me de-
olaro su esclavo, me arrojo en sus brazos y me duermo, rién-
dome de esa humanidad estúpida que, olvidándose de la muer-
te, se afana por las miserias de la vida. Después de esto, sólo
tengo una afección: mi adorada, mi querida pipa; esa inmun-
do pipa, como la llamáis vosotros, y que huele para mí como
el terebinto de Judea y los perfumados pebeteros de Asia.

III
Cuando sus amigos le reprenden su incomprensible indo-
lencia, Floro les contesta-con admirable naturalidad:
—¿No trabajáis vosotros? Pues ¿para qué he de trabajar
yo? Nadie tiene derecho ú lo necesario mientras yo carezca
de- lo superfino.
22
170 EL FltAC AZUL.

—¡Qué lástima!—suele decir algun profano á la literatura


ojendo las inspiradas frases de Florencio, cuando habla en el
café.—Ese jo'ven podría escribir grandes cosas.
—Todos los hombres son perezosos,—contesta Floro;—
pero son asimismo hipócritas y trabajan. Figuraos que yo soy
un segundo Adán. Madrid es mi Paraíso, y los amigos los ár-
boles que me sustentan.

IV

Floro es una especialidad difícil de bosquejar; todo en él


tiene algo de principalidad.
Cuando toma un baño ha de ser perfumado.
Cuando come en la fonda, sólo admite un cubierto de cua-
tro duros para arriba.
Si se compra una camisa, ha de ser de Holanda ó de batis-
ta; poco importa el tiempo que la lleve sobre la carne; cuando
tiene dinero compra otra y tira la sucia.
Conociendo su talento, su ilustración y su manera delica-
da de versificar y de sentir, han pretendido algunos hombres
notables en la literatura y la política hacerle aborrecer la pe-
reza, que le convierte en el rey de los bohemios; pero todo ha
sido inútil.
Tiene los teatros abiertos; sus obras serian recibidas con
beneplácito por las empresas; pero Floro coloca una de sus
aristocráticas y pequeñas manos sobre el manuscrito de un
drama, y haciendo asomar á sus labios una sonrisa distingui-
da, exclama:
—¡Oh! ¡Parece imposible que un hombre solo pueda es-
EL FKAC AZUL. 171

cribir tantas letras con sentido común! No seré yo el que os


imite, ilustres mártires de la literatura; sobre todo en un país
donde es preciso escribir mucho para ganar poco, y donde las
nulidades literarias, los eunucos del arte, son los que juzgan
las obras, y los que dan y quitan reputaciones.

Floro es franco como un espartano; rechaza la hipocresía


con toda la nobleza de su corazón; conoce sus defectos y no
los oculta; pero se indigna altamente contra los falsos bohe-
mios que- se rompen la camisa, se manchan el gabán, se en-
sucian las botas de lodo para ostentar una dejadez que no es
propia de su carácter.
—¡Pobres gentes!—exclama.—Quieren ser bohemios y no
conocen la principalidad de la clase; se acuestan á las once
de la noche y se levantan á la hora de los albañiles, igno-
rando que el bohemio verdadero debe levantarse cuando se
encienden los faroles del alumbrado público.

VI

En cuanto á su parte física, Floro tiene algo distinguido


en los ojos, en la frente y en la manera de peinarse.
El desaliño de su traje está reñido con sus modales y la
nobleza de sus facciones.
Muchas veces he creído que Floro tiene una renta, que
oculta por lujo á sus amigos.
Esto parece un contrasentido; pero es lo cierto que nunca
172 EL FRAC AZOX.
he visto un hombre más sereno ni que tenga menos recursos-
visibles para sufragar las necesidades de la vida.
¿Co'mo subsiste Floro?
Ni él mismo lo sabe; pero se le ve en todas partes; en los
teatros, en los toros, en los bailes, siempre con la pipa en la
boca, y con la mayor tranquilidad en el semblante.
Si algun hombre hay que tenga don de gentes, que posea
hasta lo inverosímil eso que llamamos en el lenguaje familiar
ángel, es sin duda Floro.
Sin embargo, nadie más digno, nadie más decente que él
con sus amigos; pide cuando necesita y da cuando tiene; el
mañana está borrado en su memoria; es un filósofo á quien
muchas veces he tenido intenciones de imitar, pero me falta
valor para ello.
Reprenderle sus defectos, censurar su incorregible pereza,
darle consejos, todo es inútil.
Muchas veces le hemos combatido seis ú ocho á la vez por
su poco amor al trabajo, por su indiferencia hacia el mañana.
Floro, defendiéndose de todos, queda vencedor á fuerza de
chistes de buen género.
En estas cuestiones, el que tiene más gracia, el que hace
reir, gana, aunque le falte la razón.
Una noche 'Roberto Robert, mi querido y malogrado ami-
go, de quien me ocupo detenidamente en otro lugar de este
libro, le reprendía porque no entraba en la Sociedad de escri-
tores, diciéndole por fin:
—Allí, al menos, te darán cuando mueras una sepultura
decente.
—Á los caballeros, á los grandes hombres como yo,—re-
EL FRAC AZUL. 173

puso Floro,—cuando mueren, los en tierra la patria agradecida,


y manda de real orden que todo el mundo vista de luto tres
días y que se cierren los teatros.
—¡Vaya un caballero,—añadió Roberto,—que nunca ha
tenido ni reloj ni calendario!
—Te equivocas: una vez tuve reloj, pero no me dejaba
dormir por la noche, y se lo regalé á mi secretario.
Concluyo, pues, diciendo que por más que deseo profun-
dizarle, en la vida de Floro resulta para mí siempre un punto
oscuro.
Perdona, querido amigo, si no me crees exacto en alguna
de mis apreciaciones, porque en tal caso, no es la mala fe la
que ha guiado mi pluma.

VII

En cuanto á los dos amigos que en la citada noche se ha-


llaban con Floro y Elias, eran también dos tipos notables por
más de un concepto.
Uno de ellos era un cojo, republicano furibundo, que sólo
soñaba en los grandes hombres franceses del 93. Danton, Eo-
bespierre, Camilo Desmoulins, Marat y todos los héroes de
aquella revolución eran para él unos semidioses que habían
pasado por la tierra de los hombres con el gorro frigio en la
cabeza, la antorcha de la libertad en la mano derecha y el ra-
sero de la igualdad en la izquierda.
El cojo adoraba de un modo superlativo á esos ilustres
trastornadores, cuyas ideas, fecundizadas con su propia san-
gre, dieron más tarde al hombre esa libertad apetecida, abrien-
174 Et FBAC AZUL.
do á las sociedades modernas el hermoso campo del progreso
la libertad y la democracia.

VIII

El otro era un poeta inédito como Elias, pero hastiado del


mundo, y en el período fatal, que bien podria llamarse época
deja hidrofobia literaria.
Perdidas sus ilusiones, casi apagada la fe en su corazón,
y cansado de luchar con Ja desgracia, todo para éí tenia tintas
oscuras.
Su lengua era un hacha; hablaba mal hasta de sí mismo,
y por decir un chiste no hubiera tenido inconveniente en sa-
crificar á su misma madre.
Todo para él era malo; no encontraba nunca ni belleza en
las obras literarias, ni amistad en Jos hombres, ni virtud en
Jas mujeres.
Llamábase el republicano Ángel, y el poeta escéptico
Claudio.
Pronto sabremos el desastroso fin de estos jóvenes.
Pero volvamos á la mesa del café en que los dejamos para
bosquejar ligeramente sus tipos.

IX

Después de hablar de multitud de cosas y de oir algunas


tiradas de versos que recitó Elias, FJoro dijo de repente, dan-
do otro giro á la conversación:
—Pero ¿tú cómo te llamas?
isr. FRAC AZUL. 175

—Elías Gómez,—respondió el preguntado.


—Chico, no tienes nombre de literato; te aconsejo que
busques un pseudónimo, ó que hagas un compuosto, como yo
he hecho; me llamaba Florencio Moreno Godino, y ahora me
hago llamar Floro Moro Godo; haz tú lo mismo. Mi nombre
suena armoniosamente en el oido; tiene algo de perfume, algo
de oriental, aunque estoy seguro de que mi pereza será la
causa de que no se inmortalice.

El reloj del café de la Perla marcaba en aquel momento


las dos y media.
Elias, poco avezado á la vida desordenada de los bohe-
mios, comenzó á sentir frió, porque el clima de Madrid es
variado como el Carnaval de Venècia de Paganini, y no es
extraño sudar al medio dia como en el Congo, y tiritar á la
media noche como en la Sibèria.
Un exagerado ha dicho, hablando de lo variable del clima
de Madrid, que mióntras por una acera van temblando de frió
con capa y bufanda, por la otra pasean los transeúntes en
mangas de camisa, limpiándose el sudor de la frente.

XI

Al separarse de sus amigos, convino con olios en que la


noche siguiente, á primera hora, se verían en el café de la
Perla, donde sería presentado á otros jóvenes que, como él,
lo habían abandonado todo por la gloria.
.17(3 EL FRAC AZUL.

XII

Poco después, cuando el poeta se halld solo en su buhar-


dilla, pensd que era preciso conquistar un puesto y un nom-
bre entre aquellos amigos que la casualidad iabia colocado en
su camino.
Tendido en su liumilde catre, y apagada la luz, dedicó un
recuerdo á los queridos seres que esperaban el resultado de su
conquista, con la fe en el corazón y la esperanza en el alma,
Después se durmid.
A los veinte años el sueño no es rebelde; es un buen ami-
go del nombre.
CAPITULO XVÍIÍ.

X>ondo KJias j;asta toda su f o r t u n a on u n a l m u e r z o .

Si fuera á detallar minuciosamente uno tras otro todos los


episodios de la vida privada de mi amigo Elias, el presente
libro tomaría dimensiones que no han entrado en mis cálculos;
así pues, me limitare' solamente á narrar aquellas escenas que
creo de más ínteres o' de más provecho para los jóvenes que
sueñan con los inmarcesibles laureles de la gloria.

II

A la noche siguiente Elias acudid al cale de la Perla, y


Florencio le presento' á los poetas y literatos que se hallaban
agrupados en derredor de una mesa.
Allí fué donde conoció por primera vez á Hoberto Robert,
ese demócrata, ese romano puro, que soñaba, á pesar de su
23
178 JU. FRAC AZUL.

levita negra, con la toga viril de los patricios; ese periodista


inteligente, cujas ideas republicanas se mantenían puras como
el armiño, sin mancharse en el cieno de la corte, como la de
los amigos de Casio y Bruto en los sangrientos campos de
Farsalia; ese espartano que no inclino' jamas la frente ante sus
enemigos políticos, ni en la cárcel del Saladero, ni en las bar-
ricadas, ni en las tribunas del Congreso.

III

¡Ah! ¡El tiempo, el tiempo, tempestad que ruge sin cesar


sobre nuestras cabezas, que por nada ni por nadie se detiene!
Veinte años lian transcurrido desde aquella noche en que
Elias fué presentado en el cafe' de la Perla, y la muerte, im-
placable enemiga de todo ser, ha continuado cobrando su irre-
dimible tributo con una tenacidad abrumadora.
¡Cuántos amigos del poeta han muerto desde entonces! La
vejsz avanza mientras tanto, y el campo de la amistad, tan
floreciente, tan bello, tan poético en la juventud, va convir-
tiéndose poco á poco en un páramo desierto.
Roberto Robert ha muerto: su nombre fué borrado del
gran libro de los vivos; sus labios se cerraron para siempre;
la luz de sus ojos, en los que se veia la llama del genio, ha
dejado de brillar, y su cuerpo bajé á la tumba á pagar su
tributo.
¡Descansa en paz, mártir del trabajo! Mientras mi corazón
lata, el recuerdo de la fraíeruaí amistad que nos unid vivirá
en él.
La muerte vino á cortar el hilo de tu existencia con una
EL FRAC XZCÍ. 17!)
Inoportunidad cruel. Todos tus sueños iban á realizarse: el
triunfo de tus ideas, por las que liabias pasado la mitad de tu
vida en las cárceles y en el destierro, te permitía cantar á la
libertad y á l a independencia, sin las vergonzosas y abruma-
doras trabas de la censura: tu genio podia extender las alas,
y la república, agradecida á tus constantes servicios y á íu
infatigable propaganda, te recompensaba mandándote de em-
bajador á otra república, modelo de los países libres del uni-
verso.
Las orillas del lago Leman con sus brumas, con sus her-
mosas noches de luna; la patria de Guillermo Tell, con sus
libres montañas y sus horizontes poéticos, iba á ser tu resi-
dencia.
La sonrisa del triunfo asomo' á tus labios un breve ins-
tante, y entonces la fatalidad, látigo inclemente de la criatu-
ra, se complació en cortar tu existencia antes de que llegaras
¡í la puerta del soñado paraíso.

IV

¿Qué has sido tú, pobre amigo mió, cruzando esta senda
de espinas en la vida? Una víctima más del trabajo; un grano
de arena perdido en ese inmenso y tempestuoso mar de la po-
lítica.
¡Ah! Yo te vi exhalar el último aliento; yo presencié hora
iras hora tu larga agonía. Todos cuantos te rodeábamos vela-
mos escrita en tu expresivo semblante una palabra fatal: la
muerte; todos, menos tú, que soñabas con la vida; menos tú,
que á medida que el cuerpo perdia el vigor y la fuerza, ibas
180 BL FRAC AZUL.

reconcentrando en la mirada y en el cerebro todo el calor vi-


tal, todo ese fuego que constituye el alma.
Tú te morías, tú agonizabas, y Dios sin duda, para hacer
menos dolorosa tu situación, te concedió esos hermosos sue-
ños que son la gran felicidad de los enfermos del pecho.
¡Cuántos planes, cuántos pensamientos de color de rosa
cruzaron en las últimas noches de tu existencia por tu ima-
ginación! Los amigos que te escuchábamos en derredor de tu
lecho, aplaudíamos tus sueños de poeta con lá sonrisa en los
labios y ahogando las lágrimas que pugnaban por salir á nues-
tros ojos.
Suiza era tu bello ideal; te complacías en hablar siempre
de tu próximo viaje, de las obras que allí ibas á escribir: nos
invitabas á todos á que te acompañáramos, cuando todos sa-
bíamos que tus horas estaban contadas y que una fosa abierta
esperaba tu cadáver.

Una mañana el cielo apareció sin nubes, y el sol, radiante


y risueño, dejó caer un rayo, que penetrando á traves de los
cristales de tu balcón, fué á posarse al pié de tu cama.
Este rayo de sol llenó de alegría tu alma soñadora, y si
el cuerpo hubiese obedecido al poderoso deseo de tu voluptad,
aquel mismo dia hubieras emprendido el viaje á la poética
Suiza.
Pero ¡ay! aquel rayo de sol venía á anunciarte las tinie-
blas de la muerte, la noche eterna del sepulcro.
Hiciste un violento esfuerzo para incorporarte, asomó uua
EL FRAC AZUL. LSI
sonrisa á tus labios descoloridos, escapóse un gemido de tu
pecho, y cerrando los ojos é inclinando la cabeza sobre la al-
mohada, dejaste de existir.
El alma había abandonado á la materia sin estruendo, sin
dolor, y la muerte, al herirte á traición, te habia librado de
esas angustias que sufre el enfermo cuando la ve detenida á
los pies de su cama una y otra noche, cuando observa que
el frío de su mirada penetra en su sangre y sube poco á poco
hasta apoderarse por completo del corazón.
¡Dichoso el que sueña hasta la hora de la muerte!
¡Pobre Roberto! La vida para tí fué una penalidad ince-
sante.
¡Descansa en paz, mártir del trabajo! Estaba escrito que
no habías de ver realizadas tus grandes ilusiones. Tu vida fué
un sueño del que tal vez sólo la muerte ha tenido poder para
despertarte.
Yo podría decir muchas cosas de tí.
Para referir tus agudezas y tu talento analítico, sería pre-
ciso llenar dos tomos, y aun con esto no se escribiría la úl-
tima palabra de Roberto Robert.

VI

Pero volvamos al café de la Perla y continuemos narrando


las Memorias de Elias, que de vez en cuando serán interrum-
pidas para hablar de los amigos que desgraciadamente ya de-
jaron de existir, pues deber es de las almas bien nacidas ren-
dir tributo á la muerte.
182 IÍL FKAC AZUL.

VII

Allí conoció á Antonio Altadill, ese escritor cuja fisono-


mía es la más á propo'sito para expresar todos los afectos del
corazón, cuyo lenguaje chispeante atrae como el imán, y cuja
vida está llena de aventuras inverosímiles.
Allí fué donde por vez primera estrechó la mano de Anto-
nio Mostres, joven estudiante, que con proverbial generosidad
gastaba sus ahorrillos con los poetas inéditos, ejerciendo mu-
chas veces el papel de Providencia.

VIII

¡Pobre Antonio Méstres!


Tú también has bajado á la tumba. La muerte despiadada
te hizo su presa cuando comenzabas á disfrutar los beneficios
de tu estudio, de tu talento.
Siempre recordaré la modestia, el temor con que nos leias
tus versos, inspirados y llenos de ternura. Nunca quisiste dar-
los á luz, á pesar de nuestros consejos.
—Son mis amigos secretos, mis hijos de contrabando,—
decías sonriendo,—y no quiero lanzarlos á la publicidad ni
verlos devorados por la crítica.
jQuién sabe si tendrías razón! La gloria es un ruido que
aturde y siembra de espinas el camino de la vida.
Allí conoció también á Pepe García, á Machado, á Trèmols,
al malogrado Sixto Cámara, que debia poco después exhalar el
último aliento por la libertad de un modo horrible, y á otros,
BL KKAC AZÜt. 183

en fin; que no cito, entusiastas por la democracia y por la


poesía; partidarios de ese gran foco de luz que ha de iluminar
al pueblo; jóvenes que tuvieron el buen talento de no abando-
nar sus carreras, cuyo resultado positivo les ha valido mucho
más que los sueños y las ilusiones del poeta.

IX

Elias se hizo amigo de todos, y en un arranque de es-


plendorosa generosidad les convidó á almorzar para el día si-
guiente.
Este almuerzo debia efectuarse en el bodegón que se halla
situado frente á la puerta del Parque de Artillería que habia
en el Retiro.
Al dia siguiente todos acudieron á la cita.
El poeta Elias contaba con un capital de unos diez y ocho
cuartos.
Al ver reunidos en derredor de la mesa á todos aquellos
amigos, arroje) sobre los sucios manteles todo su patrimonio,
diciendo:
—Sírvanos usted diez y ocho cuartos de callos; es todo mi
capital.
—Pero ¿y el vino?—preguntó uno.
—¿Y el pan?—exclamaron varias voces.
—Señores,—repuso Elias,—yo me gasto todo cuanto po-
seo. ¿Qué millonario haria otro tanto? ¡Quién sabe si esta no-
che me acostaré sin cenar!
Elias fué aplaudido con estrépito.
Después de este rasgo de generosidad, que auguraba un
184 EL FUAC AZUL.
almuerzo bastante desagradable, cada individuo sacó buena-
mente de su bolsillo lo que poseía, llegando á reunirse un
pequeño fondo, con el que se almorzó bastante bien, es decir
todo lo bien que puede hacerse bajo las abovedadas y negras
paredes del citado bodegón.
CAPITULO XIX.

T<:i p r i m e r e d i t o r d o E l i a s .

Transcurrieron tres meses.


El poeta inédito no mejoraba de posición.
Diciembre con sus escarchas, sus noches frias é intermi-
nables, sus pavos cebados, su mazapán de Toledo, sus besugos
y sus dátiles de Elche, se presentó sonriendo á los ricos y
amenazando á los pobres.
El poeta habia presentado su drama á una empresa, y es-
peraba con la paciencia de los mártires.
Su frac azul perdia poco á poco la encantadora hermosura
de. la juventud. Su pantalon negro adquiria con el constante
uso y con las caricias frecuentes del cepillo, cierto lustre sos-
pechoso que asustaba al poeta. Sus botas de charol comenza-
ban á descascarillarse de un modo lastimoso, pidiendo susti-
tución.
21
18G El, FRAC AZUL.

Pero en medio de esta decadencia, la esperanza brotaba lo-


zana y llena de* vida en el alma de Elias, y la fuerza de volun-
tad se redoblaba en su corazón.
Muchas veces solia decirse:
—Yo seré autor dramático. ¡Adelante! ¡adelante! Esto no
vale la pena. Es preciso ocultar las lágrimas, y enseñar á todo
el mundo la sonrisa. El hombre que llora, acaba por verse
abandonado de todos. Las lágrimas, los suspiros melancólicos,
el rostro compungido, se quedan para los ricos; los pobres de-
bemos reírnos siempre.
II

Posteriormente hemos oido decir muchas veces á Elias que


si le dieran cuatro millones por volver á pasar lo que ha pa-
sado y á sufrir lo que lia sufrido, no los aceptaría. Pero como
la ignorancia es muy atrevida y sigue impávida sin asustarse
ante los peligroa, en aquella época se sentía con fuerzas para
arrostrarlo todo.
A los veinte años se sueña y se ve todo de color de rosa.
¡Dichosa edad, en que no se tiene miedo, ni á los hombres,
ni al hambre, ni al frió, ni á los rudos golpes del infortunio!
¡Venturoso paréntesis de la vida, en que siempre se canta,
porque se desconocen los peligros; en que la mente es espu-
ma, el alma entusiasmo y el corazón fuego!
A los cuarenta años las cosas se miran de otro modo; el
cuadro de la vida es más sombrío, más material, más positi-
vo, más monótono. Los desengaños tienen algo del desierto de
Ethain: no hoy ni oasis, ni fuentes, ni palmeras, ni tórtolas
enamoradas que arrullen en las espesas frondas de los árboles.
EL FBAC AZUL. 187

Á los cuarenta años el hombre piensa alguna vez en la


muerte y mucho en la vida; se tapa la boca cuando sale del
teatro; se ocupa de los calzoncillos de franela, de las me-
dias de estambre y de la camisa interior de lana; se pone un
pañuelo en la cabeza para dormir; manda calentar la cama;
compra en el laboratorio químico de la calle del Príncipe pas-
tillas de magnesia para ayudar á la digestión, y pasa las cru-
das veladas del invierno muy tranquilo en su casa, al amor de
la lumbre, rodeado de la familia y con un buen libro en la ma-
no, que es el mejor de los amigos, después de los hijos. Pero,
ja lo hemos dicho: á los veinte años se piensa de otro modo.

III

Elias poseía todas las ilusiones inherentes á los jóvenes de


veinte años.
El porvenir para él so hallaba oculto detras de un velo de
color de rosa.
Extender la mano, romper el velo y apoderarse de la feli-
cidad que le sonreía, era para él cosa tan fácil como beberse
un vaso de agua.
Sin embargo, esta facilidad iba haciéndose difícil, pues no
se realizaba nunca.
En medio de estas ilusiones recibid nuestro poeta la in-
fausta orden de desalojar la buhardilla, porque el casero no se
hallaba en disposición de fiarle más.
Debia dos meses de alquiler.
Entonces comenzó á comprender lo que dejamos consigna-
do en las primeras páginas de este libro, á saber: que un ar-
188 EL FKAC AZUL.

tista, por inspirado que sea, cuando no tiene un duro no vale


veinte reales.

IV

Recibió Elias este contratiempo con la frente erguida,


pues la pobreza infunde en ciertos seres una do'sis de orgullo
que muchas veces suele ser perjudicial.
Joaquín, paño de lágrimas de Elias, le ofreció una parte
de su cama, como le había ofrecido una parte de su mesa po-
cos días antes.
Por lo demás, el poeta concurría todas las noches al café
de la Perla, punto de reunión de los ilustres bohemios que ya
conocen nuestros lectores.
Así las cosas, pasaba el tiempo y la empresa no se decidia
á poner en escena su drama.
El frac azul iba haciéndose viejo, las botas adelgazando
las suelas, el sombrero ganando en grasa lo que perdia en bri-
llo, j Elias se hallaba siempre divorciado del dinero, remedia-
dor de todas las necesidades de la vida.
Aquella situación erarinsostenible.

Elias solía decirse:


—Yo no sé por qué el hombre está tan orgulloso de serlo,
cuando es el animal más desgraciado, más vicioso j más ne-
cesitado de la creación. Su deseo no .se agota nunca; realiza
sus ideas y codicia nuevamente, añadiendo con esta febril im-
EL FJtAC AZUL. 180

paciencia arrugas prematuras á su rostro y enfermedades mor-


tales á su cuerpo.
Desde que comienza para él la edad de la razón, sólo esta
música halaga sus oidos: ¡Dinero! ¡dinero! ¡dinero!
El hombre necesita lo que no necesita ningún ser viviente
del reino animal: médicos y boticas para curar sus males; le-
yes para juzgar sus crímenes; cárceles para castigar sus culpas.
¡Y después de esto se cree con razón para estar orgulloso, y
protesta cuando Linneo le coloca al lado del mono y el kim-
panzé!
¡Qué estúpidos somos los hombres!
Estas reflexiones las hacía el poeta en sus ratos de mal
humor; porque es sabido que cuando no se cena se tienen ma-
los pensamientos, y se comprende á Nerón prendiendo fuego á
Eoma.

VI

Dicen por ahí que mal de muchos consudo de tontos, y


esto precisamente tranquilizaba algun tanto á Elias, porque
sus compañeros de infortunio se daban muy poca prisa á mu-
dar de posición.
Nuestro poeta recordaba algunas veces en lo más íntimo
de su corazón aquella época que en casa de su buen tio comía
de la olla grande; época en que al mismo tiempo tenia siem-
pre en el fondo del bolsillo un duro, dispuesto á satisfacer las
exigencias de esos hijos amados de la criatura, conocidos con
•ios nombres de vicios y caprichos.
1!)0 KL FRAC AZUL.

VII
Una tarde Elías se encaminaba á casa de Joaquín en bus-
ca de los garbanzos cotidianos, cuando en la calle de Relatores
tuvo la feliz ocurrencia de detener su paso delante del escapa-
rate de una librería.
Era aquél el establecimiento de un editor modesto y poco
entusiasta por el arte, que vivia imprimiendo y dando ú luz
con extremada oportunidad aleluyas y romances de ciego.
Elias, á traves de los cristales, se puso á contemplar aque-
lla biblioteca del pueblo, aquellos anales del crimen, que los
ciegos, con su proverbial desenvoltura, transmiten á voz en
grito por las calles y plazuelas á los que tienen ojos y no sa-
ben leer.
Las aleluyas del Valle de Andorra, la Vida del hombre
malo, la de Don Perlimplin, El mundo al revés, El roman-
ce del Pulgón, Pierre* y Magalona, y otros mil modelos de
aquella seleeta literatura, sugirieron una idea feliz á nuestro
poeta, y después de agradecerse él mismo aquella idea con
una sonrisa, abrió la puerta de cristales y encajóse resuelta-
mente en la librería.

VIII

Detras del mostrador se hallaba un hombre regordete, cu-


yas frescas y sonrosadas mejillas y la redondez de su barba,
demostraban la tranquilidad de una conciencia sin mancha y
la salud de un prójimo que come con apetito y hace admira-
blemente la digestión.
F.h FRAC AZUL. ]!•)].

El hombre del mostrador llevaba una especie de chaque-


tón de paño color de miel, un casquete de terciopelo verde
botella, chaleco morado con botones de pasta de ballena, y un
medio pañuelo de pita al cuello.
Cuando entró Elias, el librero, con una plegadera en la
mano, cortaba unas resmas de romances, con ese afán envi-
diable del liombre trabajador.
Al ver entrar á Elias, el comerciante alzó la cabeza, sus-
pendió su ocupación por unos segundos, y le envió una sonrisa
amable, creyendo sin duda que se trataba de algun parroquia-
no al por mayor.

IX

—Servidor de usted,—dijo el poeta, procurando imitar la


sonrisa del comerciante.—Al pié de los romances que tiene
usted expuestos en el escaparate, he leído una línea que me
indica que se imprimen y publican en esta casa.
—Es cierto, caballero,—repuso el comerciante.—Yo soy
el editor de las aleluyas y romances que están á la puerto;
y tengo ademas una colección tan variada y grande, que me
cabe la satisfacción de decir que, á excepción de la de Orgsi
de Valencia, nadie puede presentar un catálogo más extenro
que el mío. Si usted desea comprar una colección, tengo con-
signadas rebajas considerables, como podrá usted ver ahors
mismo.
Y el librero hizo ademan de abrir un cajón; pero Elias, co-
locando una mano sobre su brazo para evitarle aquel trabajo,
le dijo:
192 EL KttAC AZXJL.

—El objeto de mi visita no es comprar á usted la colec-


ción, sino venderle una.
—¡Cómo! ¿TieDe usted establecimiento?
—No señor; tengo una máquina para escribir versos. Soy
un poeta inédito, á quien le vendría á pedir de boca que usted
le encargara algunos romances.

Miró" el librero de un modo especial al joven poeta; y sin


duda le fué simpática la extremada demacración de su sem-
blante, pues dejando la plegadera sobre el papel, le dijo con
una entonación cuya dulzura y.afabilidad fué de buen agüero
para Elias:
—¡Hola! ¡hola! ¿Conque usted es coplero? ¡Quién sabe,
quién sabe si nos entenderemos! Aunque debo advertirle que
Jas composiciones que yo compro son de poca utilidad para
los que las escriben. Ademas, el barbero de Torrelodónes, mu-
chacho de mucha chispa, le ha tomado el tino de tal manera á
este género... ¡Ah! ¡Si viera usted qué habilidad tiene y qué
cosas se le ocurren!...
— Pues en cuanto á ocurrencias,—repuso Elias, procuran-
do dominar la risa,—sin que esto sea vanidad, puedo asegurar
á usted que yo le doy quince vueltas al barbero de Torre-
lodónes.
—Mucho decir es eso. Mire usted que hasta Bruno el cie-
go, el del Campillo de Manuela, asegura que los romances del
barbero tienen un gancho...
EI- FRAC A XV l . 193

XI

Elías se animó con el giro que tomaba el asunto.


El joven poeta comprendió que al librero no le disgustaba
su proposición, y deseoso de interesarle en su favor, se sonrió
y dijo:
—¿Sabe usted, amigo mió, que comienza usted á picarme
el amor propio?
—No es mi ánimo ofender á usted en lo más mínimo,—
respondió el editor de aleluyas;—pero si usted leyera el ro-
mance del Pulgón, obra del citado barbero, estoy seguro que
se quedaba hizco.
—Pues tengo la certeza de leerlo sin pestañear; y si no,
hagamos una apuesta,—volvió á decir Elias.—¿Quiere usted
echarlo á reñir con uno mió? Yo lo someto á la censura de
Bruno el ciego. Esto ya no es una cuestión de dinero, sino de
honra. Déme usted los asuntos, ó indíqueme qué género es el
que más falta hace al establecimiento, y mañana á esta mis-
ma hora estarán aquí las obras terminadas, y el ciego decidirá
la cuestión.
—Admito,—exclamó el librero, que comenzaba á entusias-
marse con las frases del poeta.

XII

Elias comprendió que aquello era negocio terminado, y se


felicitó nuevamente por haber tenido la ocurrencia de entrar
en aquella tienda.
2-5
194 EL FRA.C AZUL.

Entre tanto, el editor se dirigid á un armario, sacó de él


un romance y se lo dio al posta, diciendo:
—Aquí tiene usted el Pulgón; si es usted hombre, haga
la segunda parte. Trabajillo ha de costarle encontrar una pul-
ga peor intencionada y que más atrocidades cometa que la
que tiene usted en la mano.
—Allá lo veremos; dejo emplazada mi vindicación para
mañana.
—Oiga usted; se me ocurre una cosa: escríbame unas ale-
luyas sobre la guerra de Crimea; creo que- serán de buen efec-
to en estos momentos en que Malakoff está llamando la aten-
ción del mundo.
—Tendrá usted la guerra de Crimea.
—Encargo á usted, sobre todo, que dé muchos palos álos
rusos.
—Pierda usted cuidado. El que no muera del cólera, mo-
rirá de un balazo. Yo le aseguro que á ninguno de ellos le he
de dar tiempo para que alcance los sacramentos.
—¡Ah! Se me olvidaba decirle que, en el caso de que nos
avengamos, yo no pago más que diez y nueve reales por cada
romance y otro tanto por cada pliego de aleluyas, que se com-
pone de cuarenta y ocho pareados.
—Poco es; sin embargo, mi amor propio está interesado
en esta cuestión.
—Tengo muchos gastos; y ademas, desde que en Barce-
lona han dado en publicar esa erupción de romances, el nego-
cio se va haciendo menos lucrativo. ¡Quién sabe si dentro de
poco me veré precisado á rebajar tres reales del tipo que ahora
pago!
KL FRAC AZUL. 395

Elías, temeroso de que aquella innovación fatal se llevara


i cabo, tendió una mano al librero, y dando por terminada la
escena, salid de la tienda.

XIII

Elias no conocía ento'nces el género editor. El de los ro-


mances de ciego era el primero que trataba, y le parecía un
bello sujeto, aunque pagaba poco.
Pero las cosas en este mundo tienen un valor relativo; se
venden más ó menos caras, según el hambre ó la necesidad
que se tiene. El estómago pide y es preciso darle, para que
mantenga el calor do las ideas en el cerebro. Así es el mun-
do, así es la vida y así es el hombre: el que quiera corregirlo,
corre peligro de ser apedreado, como Rousseau, ó crucificado,
como Cristo.
Los redentores tienen siempre un fin desastroso.
CAPITULO XX.

C u e s t i ó n d e Uortr».

Cuando Elias entró en el cuarto de su amigo Joaquín, le


dijo sonriendo:
—Chico, he descubierto uu filón.
—Sea enhorabuena,—le respondió el estudiante.—Pero
sepamos si es de oro ó de plata.
Elias sonrió tristemente j repuso:
—Es de cobre.
—Entonces, no vale la pena de pararse á recogerlo.
—Hay circunstancias en que una peseta adquiere el valor
de una onza.
—Cierto; pero en todas ocasiones una onza vale más que
una peseta.
—Eso es una verdad de Pero Grullo; pero, en fin, vamos
al caso.
EL FRAC AZUL. 197
—Sí, cuéntame cómo has descubierto la mina, mientras
nos comemos en paz y armonía los garbanzos.

II

Los dos amigos se sentaron, y servida que fué la sopa por


la patrona, tornaron á comenzar el diálogo del modo siguiente:
—Pues sí, querido Joaquín,—dijo el poeta;—la mina la he
encontrado en la calle de Kelatores.
—¡Hombre! Oasi puede decirse que esa mina la tenemos
en casa.
—Poco menos.
—Bien; adelante.
—He encontrado un editor.
—¡Hossanna! ¡Aleluya! Bien puede llamarse á eso en estos
tiempos un encuentro feliz.
—Cierto; pero es preciso tener talento para explotarle.
—¿Es ardua la empresa?
—Un poquillo. Me ha encargado la segunda parte de una
obra.
—Nunca segundas partes fueron buenas.
—Eso precisamente ha dicho Cervantes.
—¿Y quién ha escrito la primera parte?
—¡Óyelo y tiembla! El barbero de Torrelodónes.
—¡Canario! ¿Sabes que voy viendo que te hallas en un
compromiso?
—Así lo creo.
—¿Y qué clase de obra es la del señor barbero?
—Un romance.
]Í)H EL FIUC AZUL.

—¿En fabla antigua?


—No; pero poco menos.
—Supongo que habrás leído la obra.
—Sí, desde la esquina de la calle de Relatores hasta esta
casa; pero aquí la tienes, puedes juzgar por tí mismo.
Y Elias dejó" el romance sobre la mesa.
Joaquín le cogió, y al fijar en él los ojos, soltó" una carca-
jada, diciendo:
— ¡Cielos] ¡El Pulgón! ¡Estás perdido! ¡Tu honra de es-
critor se halla en grave compromiso!

III

La zoología dice que el pulgón es un insecto hem íptero,


de la familia de los afidios, cuja especie se alimenta con la
savia de los vegetales.
Estos insectos, que por lo general viven asociados, se mul-
tiplican con tan prodigiosa rapidez que cinco generaciones de
una sola madre pueden engendrar cerca de seiscientos millo-
nes de pulgones.
El pulgón, pues, no tiene nada que ver con la pulga co-
munmente conocida; pero el barbero de Torrelodónes la lla-
maba pulgón en su romance, porque era una pulga que una
mujer habia criado con particular esmero, llegando á ser tan
enorme el animalito, que una tarde del mes de Octubre se me-
rendó á su ama.
El pobre pttlgon, después de su primer crimen, y encon-
trando muy sabrosa la carne humana, sigue cometiendo algu-
nas otras diablurillas por el estilo, hasta que una compañía de
EL KKAC AZUL. 199
soldados sale en su perseguimiento, y después de un combate
reñido, cae, atravesado á balazos.

IV

Cuándo hubieron leído el romance los dos amigos, Elias


comenzó á comprender que la empresa era difícil; pero era pre
ciso intentarla.
En cuanto á las aleluyas de la guerra de Oriente, eso no
apuraba al poeta; la cuestión era hacerlas todo lo disparatada-
mente posible, y que murieran muchos rusos.
Mientras Joaquín escribía una carta, Elias cogió una plu-
ma y escribió el pliego de aleluyas, entre las que campeaban
pareados por el estilo de éste:

Llega el príncipe Menchikoff,


le da un bofetón, y ¡poff!

Y continuando la narración de la campaña, se encuentra


éste, que no le va en zaga al anterior:

Con tambores y chinescos


marchan los rusos muy frescos.

Al terminar las aleluyas, cuando Joaquín las'leyó, no pudo


menos de dar un abrazo al poeta, y decirle:
—Chico, creo que has derrotado al barbero de Torrelodó-
nes. Lo que acabas de escribir no puede ser peor.
—Precisamente ese es su mérito,—repuso Elias.
200 EL FRAC AZUL.

—Sí, sí, lo comprendo, y te doy la enhorabuena anticipa-


damente, pues te aseguro un brillante éxito.
—Lo difícil es el romance.
—Aguza el ingenio.
—Preferiria escribir una oda á la importancia del queso de
Flándes.

VI

Elias escribió aquella noche su obra maestra, la segunda


parte de El Pulgón, que fué leida en voz alta á los bohemios
del café de la Perla.
El romance no podia ser más disparatado, y sus amigos le
aseguraron una brillante acogida.
Elias se rió grandemente de su obra, y se fué á dormir
aquella noche pensando en su nuevo editor.

VII

Al dia siguiente, á la hora convenida, el poeta, con sus


obras en el bolsillo, se presentó en casa del librero, donde le
esperaban el editor de aleluyas y Bruno el ciego.
Leyó el poeta al inteligente comité sus aleluyas y su ro-
mance, y al terminar la lectura, Bruno exclamó con indecible
entusiasmo:
—¡Quisiera no ser ciego, para ver al hombre que ha escrito
la segunda parte de El Pulgón! ¡Cómprelo usted, don Fulano,
cómprelo usted, que yo le aseguro que se venderán más de
doce resmas!
EL FRAC AZUL. 201

VIII

El librero puso dos napoleones en la mano de Elias, y con


esa sonrisita sui generis del comerciante que hace un buen
negocio, dijo:
—Aquí tiene usted, amigo mió, aquí tiene usted; y desde
ahora puede escribirme media docena de obras más, entre ro-
mances y pliegos de aleluyas.
—No tengo inconveniente,—repuso el poeta, viendo que
]a mina presentaba un regular filón que explotar.—Y si usted
se digna indicarme los asuntos...

IX

El editor mird al ciego, pero éste, que no pudo ver la mi-


rada que le dirigían, guardó silencio.
—¿Qué asunto le parece á usted que toquemos, señor Bru-
no?—pregunté el librero.
El ciego se cogió la barba, y concentrando toda la fuerza
de su pensamiento en las tinieblas de sus ojos, dijo, despue,«
de una pausa:
—Sería conveniente escribir algo sobre ese célebre mara-
gato que, después de matar á su mujer y á sus hijos se hizo
bandido y cometió crímenes muy gordos. Entre estos crímenes
puede ponerse que se comió á un cura, y otras cosas por el es-
tilo. Sin olvidar, por supuesto, que al fin le dieron garrote, y
que en la capilla escribió una carta pidiendo perdón de sus
maldades.
2íi
202 EL FRAC AZUL.
—¡Buen pensamiento!—exclamó alborozado el librero.—
De ese romance tengo la seguridad de vender veinte resmas.
¿Qué .título cree usted que se le debe poner para que llame la
atención, señor Bruno?
Meditó el ciego un momento, y luego dijo:
—Debemos titularle de este modo: El terrible Maragato
Tragahombres el Cruel.
El editor estuvo á punto de abrazar al ciego.
—¿Oree usted, señor Bruno, que se debe hacer aleluya, ó
romance?—volvió á decir.
—Eso debe ser romance, con una estampa al principio que
represente al cura colgado de un árbol por una pierna y abier-
to en canal, y al maragato, hombre de pelo en pecho y bizco,
con un cuchillo enorme en la mano.
El contento del librero llegó hasta lo inverosímil.
Elias miró al ciego, creyendo ver en él algo del repugnante
tipo de Luis XI de Francia.
—Bueno, bueno,—repuso el librero;—ya tenemos uno, el
del maragato; ahora otro.
El ciego indicó cuatro asuntos más.
La flexible musa de Elias, cautiva por las terribles cade-
nas de la necesidad, tuvo que aceptar los asuntos qué se le
daban, por más absurdos y disparatados que fuesen.

Cuando salió de la tienda no pudo menos de exhalar un


suspiro y decirse:
—¡Animo, Elias! La virginidad de tu musa va á profanar-
EL KRAC AZUL. 203

se ñor algunos napoleones: pero es preciso vivir y luchar.


¡Quién sabe lo que te espera!
Elias escribid treinta romances y doce pliegos de aleluyas.
Este trabajo le valió cuarenta y dos napoleones, cobrados
en cuarenta y dos veces; es decir, que pudo comer dos meses
sin ser gravoso á la amistad.
Pero ¡ay! un dia el librero le dijo que no tomaba más ro-
mances, porque los tiempos estaban malos, y de este modo vió
agotado el amargo filón que sufragaba sus modestas necesi-
dades.
CAPITULO XXI.

U n a m u s a cltt o n c e ari'oTJas.

Por aquel tiempo, es decir, durante la célebre época en que


Elias fué la musa favorita de un editor de aleluyas, algunos
amigos trataron de desbancarle escribiendo romances, pero fué
en vano.
En los romances de ciego no se busca la forma literaria,
ni el arte; en la intención y el color subido consiste su éxito.
En el café de la Perla, en aquelia mesa donde reinaba siem-
pre el buen humor, aquellas cabezas juveniles y soñadoras, en
las que notaba un ambiente impregnado de ilusiones y de es-
peranzas, escribieron muchos romances con bellísimos versos,
con inspirados conceptos, que despreció con desden el Mece-
nas de la calle de Relatores.
El barbero de Torreloddnes !y Elias no tenian rival, en la
opinión de aquel editor.
KL FRAC AÜUL. 205

II

—Desengañaos,—decía Elías á sus amigos.—Vuestros


romances son demasiado buenos para que los compre un edi-
tor de aleluyas; y si continuáis por ese camino, estáis perdi-
dos. Al editor no le importa que se cambie de asonante á los
veinte versos, que se ponga una redondilla en medio de un
romance, que se intercale un verso de siete sílabas ó de once
entre dos de ocho. Ni la literatura, ni la gramática, ni el sen-
tido común le importan un bledo; lo que él quiere es que el
vulgo se ria ó que se estremezca. Creedme: escribid comedias,
poemas, poesías orientales, esperando con resignación la hora
sublime en que la gloria os presente como á sus hijos favori-
tos; pero dejad para mí y para el barbero de Torrelodónes las
aleluyas y los romances de ciego, porque, como vulgarmente
se dice, le hemos tomado la verdadera embocadura al género.

III

Todos tuvieron que confesar que la clase de literatura ¿


que por necesidad se dedicaba Elias era muy difícil.
Muchas noches Elias pedia un tintero y un trozo de papel
i Marc,- el mozo que servia en aquella mesa, y le bastaba una
hora para escribir un pliego de aleluyas 6 un romance.
Al terminar el último verso dejaba la pluma en el tintero,
con el aire de un conquistador, y decia:
—Acabo de ganarme un napoleón. Marc, dame café.
—¿Ha escrito usted su romance?—le preguntaba el mozo.
.20G EL FKAC AZUL.

—Sí; toma, guárdalo. Mañana á las nueve de la mañana te


entregará el editor los consabidos diez y nueve reales.
El mozo guardaba con gran cuidado en el bolsillo de su
chaqueta aquel pliego de papel, que era para él una letra á la
vista; porque debemos decir en honor de la verdad que Marc
aficionado á la literatura como Pipí, el mozo de El Café de
Moratin, era el banquero de Elias, y no tenia inconveniente
en fiarle cafés, bifteks y cajetillas de cigarros, á cuenta de
aleluyas y romances que él cobraba, haciendo al dia siguiente
la liquidación con escrupulosa exactitud.
El crédito es una gran cosa en todas partes, pero particu-
larmente en Madrid, donde sin él se morirían de hambre dia-
riamente tres mil individuos.

IV

Entre los amigos de Elias que frecuentaban la mesa del


Gafé de la Perla se hallaba un poeta cuya musa, tan fácil y
juguetona como desvergonzada, había adquirido gran celebri-
dad en la república de las letras.
Este poeta, por su edad, por su abultado abdomen y por
su reputación como gran versificador, tenía algo de planta
exótica entre aquellos jóvenes, pero ellos estaban orgullosos de
su amistad y le cedían con gusto el sitio de preferencia en la
mesa.
Casi todas las noches se presentaba con alguna sátira nue-
va, dedicada á algun ministro, á algun alto funcionario ó i
algun general. Le bastaba el nombre más vulgar; el aconte-
cimiento más sencillo, para hacer una combinación de letras
15L FRAC AZVL. 207

que diera por resultado un epigrama terrible. Era verdadera-


mente un fenómeno de facilidad, de inspiración y de gracia;
y como para él la literatura no era más que un adorno, no des-
cendia nunca al terreno prosaico de los ochavos.
Rico por su casa y con un carácter independiente, aban-
donaba con frecuencia las poéticas riberas del Júcar para pasar
largas temporadas en Madrid, gastando su renta ó jugándola
á una carta, con la impasibilidad de un inglés consumido por
el spleen.

Este poeta, cuyo apellido no queremos consignar por ra-


zones particulares, pero que es conocido de todos los literatos,
se llamaba José, y según su frase peculiar, era una musa muy
solapada que pesaba once arrobas; es decir, la musa de más
peso del Parnaso español en aquella época.
José, que como hemos dicho, era un gran versificador, se
sintió herido en su amor propio al ver el éxito que alcanza-
ban los romances y las aleluyas de Elias, y escribió una oda
titulada La Puerta del Sol, con el deseo de hacerla tan po-
pular como la segunda parte de El Pulgón.

VI

. Por entonces, el gobierno que regía los destinos de la na-


ción tuvo una feliz ocurrencia, que causó no pocos disgustos
á los inquilinos de la Puerta del Sol.
Este pensamiento fué el de derribar las miserables casu-
208 EL FJIAC AZUL.
chas y las asquerosas tabernas que en tan céntrico y famoso
punto se ¿aliaban en mengua del ornato público y de los ade-
iantos del siglo.
El gobierno nombró una comisión de arquitectos, á la cual
encargó Jos planos para reformar la Puerta del Sol.
Se presentaron los modelos, fueron aceptados, y se did una
orden terminante, fijando el plazo en que debían derribarse
todas las casas que por entónces existían en aquel punto.
Aquí empezaron los lamentos de los ínquilinos, las críticas
parciales y rabiosas de la oposición, las exposiciones, las sú-
plicas, de todos aquéllos que se creían afectados en sus inte-
reses; pero el gobierno, firme en su propósito, que luego debia
ser aplaudido por Madrid entero, puso la piqueta en las manos
del ¿ijo del trabajo 7 comenzó' el derribo.

VII

La oda de la célebre musa del Jucar era una sátira, inge-


niosa y fácil, de todos los detalles de este ruidoso aconteci-
miento.
Cuando la leyó en el café de la Perla, el éxito fué grande;
pero al día siguiente fué con Elias á casa del editor de los ro-
mances, y todas las ilusiones del poeta se desvanecieron.
—Esto será muy bueno,—le dijo el editor;—yo no entien-
do una palabra de literatura, pero de seguro que no vendería
veinte ejemplares entre mis parroquianos. Ademas, se habla
mal del gobierno y yo no quiero compromisos.
José guardó con su proverbial impasibilidad la oda y salía
del establecimiento, acompañado de Elias, diciéndole:
Ei, FRAC AZUL. 209

—Nada hay tan inverosímil como la realidad. Ahí tienes


un hombre que se hace rico con los libros y que es más estú-
pido en literatura que el que asó" la manteca.

VIII

A Elias entonces le vino á la imaginación una idea lumi-


nosa.
Tenia un gran interés en que se publicara aquella oda: la
creia destinada á producir un gran efecto.
—¡Hombre! Se me ocurre una cosa,—dijo.
José, que era un poco torpe de oido, colocó la mano en la
oreja derecha en forma de embudo y preguntó:
—¿Qué cosa es esa?
—Entre los vecinos de la Puerta del Sol, á quienes el go-
bierno ha dado orden de desalojar sus casas, se ha formado una
junta para hacer una exposición á las Cortes, demostrando los
perjuicios que se les causan. Según tengo entendido, el presi-
dente de esa junta es el peluquero Raigón.
—Creo que sí.
—En tu oda diriges algunas picantes censuras al gobier-
no, y por consiguiente, su composición debe ser del agrado de
esos señores. Vamos, pues, si te parece, á proponerles que la
impriman, con el objeto de que produzca en el público alguna
atmósfera favorable á los inquilinos desahuciados de la Puerta
del Sol.
—Es un pensamiento que no se me hubiera ocurrido,—
repuso José, sin quitarse la mano de la oreja.—¡Bien se cono-
ce que sabes lo que vale un duro, mientras que yo no he he-
27
210 EL FRAC AZUL.

cho en toda mi vida otra cosa que gastar muchas onzas! En


fin, vamos á ver á ese señor Raigón.

IX

Y dicho y hecho: nos dirigimos á buen paso hacia la Puer-


ta del Sol y entramos en la peluquería amenazada por la pi-
queta de los albañiles.
Los mancebos y el maestro nos saludaron con su acostum-
brada amabilidad, creyéndonos dos parroquianos que íbamos á
poner bajo su protección nuestras barbas.
Pero pronto quedó desvanecido este error, pues Elias se
dirigió al dueño del establecimiento y le indicó el motivo de
la visita.
Raigón, que acababa de poner la cabeza de un parroquiano
tan llena de rizos como la de un niño Jesús, recibió con gran
alegría la proposición que de imprimir la oda le había hecho
Elias, y suplicó á los dos poetas que le siguieran hasta una
habitación inmediata, pues deseaba oir los versos.
José no había tomado parte en este diálogo; la torpeza de
su oído no se lo permitía; pero Elias le indicó con una seña
expresiva el buen principio de su asunto y con otra que le si-
guiera.
Llegaron los tres á la habitación contigua, que era un ga-
binetito pequeño; indicó el dueño de la casa que se sentaran
los dos poetas en dos butacas, ocupando él el centro de un sofá
y entonces Elias dijo en voz natural, señalando á José:
—El autor de la oda es este amigo. Pero como tiene la
desgracia de ser un poco torpe de oido...
KL VIUC AZUL. 211
Pepe, cuja ancha y robusta mole se habia hundido en la
butaca, con gran peligro de los muelles, deseoso de oir lo que
hablaba su amigo y el peluquero, se puso la mano en la oreja,
movimiento que era muy peculiar en él.

—Dice el señor—añadió Elias levantando la voz—que ten-


dría mucho gusto en oir la oda.
—Me parece muy bien,—contestó José, con su acostum-
brada pausa.
Y sacando del bolsillo el manuscrito, comenzó á leer con
«encilla entonación sus inspirados versos.
El peluquero oyó con gran silencio las primeras estrofas,
aprobándolas con un movimiento pausado de cabeza.
Aquella oda era del género superior, y hubiera bastado para
formar la reputación de un poeta.
Llegó á un punto en que, si mal no recordamos, decia asi:

I.os polvos de Quiroga,


que en casa de Raigón su arraigo tienen...

Aquí el peluquero extendió el brazo, como para suspender


la lectura, y dijo á Elias en voz baja:
—Tenga usted la bondad de decir á su amigo que sería
conveniente poner una notita, advirtiendo que son los primiti-
us los que se venden en mi casa.
José miraba con sus grandes y saltones ojos, ora á su ami-
go, ora al peluquero, extrañando que hubieran interrumpido
s
u lectura.
212 KL I-HAC AZUL.
—Dice el señor—exclamó Elias levantando la voz—que al
nombrar los polvos de Quiroga sería muy conveniente para su
establecimiento poner una llamada, indicando que son los pri-
mitivos.
—Me parece bien,—contestó José, sonriendo do un modo
intencionado.—¿Puedo continuar la lectura?
Le indicamos por señas que podia proseguir, y de nuevo
los sonoros versos de la oda resonaron en los labios del poeta.

XI

Pasaron dos estrofas sin interrupción, pero en mal hora


llegó una que, al dirigir multitud de improperios al gobierno
porque arrancaba al pacífico ciudadano de su hogar, hacién-
dole perder el crédito alcanzado á fuerza de perseverancia y
trabajo, empezaba así:

¿Qué. le importa al gobierno


que el pobre rapabarbas...

Raigón extendió precipitadamente un brazo, colocando la


mano sobre el papel que leia José, y al mismo tiempo exclamó:
—Ese verso hay que cambiarlo: en vez de rapabarbas, es
conveniente poner peluquero.
—Dice el señor—añadió Elias, procurando dominar la risa
que retozaba por su cuerpo—que debes quitar lo de rapabar-
bas y poner peluquero.
José dirigió una mirada intensa al dueño de la casa y otra
á Elias, se rascó con el índice de la mano derecha el cogote,
y levantándose pausadamente de la butaca, dijo:
EL l'BAC AZUL. 213

—¡Vamos! Lo que el señor quiere no es una oda que de-


fienda los intereses de los vecinos de la Puerta del Sol, sino
una especie de Diario de Avisos que anuncie al público su
establecimiento.
Y sin esperar respuesta salió precipitadamente de la habi-
tación, improvisando una redondilla, cuyo fondo inmoral no
nos permite publicarla en letras de molde.

XII

Este episodio se celebró por la noche en el café de la


Perla.
José rompió su oda y ya no pensó en desbancar á Elias,
que siguió explotando solo al editor de la calle de Relatores.
CAPÍTULO XXií.

Motainorl'ósJs d o u n p o e t a .

Cuando se han cumplido los cuarenta años, la vida de los


recuerdos es el panorama más entretenido para los ojos del
alma; pero en este panorama que traemos á la memoria en los
ratos de dulce y tranquila meditación, no siempre nos pre-
senta poéticos paisajes ni escenas encantadoras de amor, de
gloria y de felicidad.
Tiene también sus puntos negros, sus sombrías nubes, sus
noches de profunda tristeza.
¿Quién, al pensar en la primavera de la vida, no recuerda
la muerte? ¿Quién llega á los cuarenta años sin haber derra-
mado una lágrima sobre el cadáver de algun ser querido?
La muerte es un espíritu impalpable y misterioso, con el
que tropiezan los vivos con harta frecuencia.
KL FRAC AXVl. 215

n
La juguetona y popular musa del Júcar, el gran versifi-
cador, el poeta José, que escribió la célebre oda á la Puerta
del Sol, ya no existe. Sus restos descansan en el modesto ce-
menterio de un pueblo, bajo la fria losa de mármol que con
su sencillo epitafio indica que allí se bailan las cenizas de un
hombre, durmiendo el sueño sin fin de la eternidad.
¡Pobre Pepe!
Elias no te olvidará nunca; y aunque han pasado muchos
años, aún se deleita en recitar tus inspirados versos y en leer
tus picantes cartas.
¿Y cómo pueden olvidarte nunca aquellos jóvenes poetas,
que estaban orgullosos de tu amistad y admiraban tu genio y
tn inspiración?
Tú eras para ellos un maestro y un padre al mismo tiem-
po; y á la par que los convidabas á tomar un biftek, les hacías
comprender que nada hay tan bello en poesía como la senci-
llez del lenguaje y la difícil facilidad que tú tan perfecta-
mente poseías.

III

El poeta José era un leal amigo.


Permítame el lector que dedique un recuerdo á aquel her-
mano del corazón.
Era tan amante de las musas, que todo lo abandonaba por
ellas: su carrera judicial, en la que llegó á magistrado siendo
210 EL FHAC AZUL.

aüu muv joven; la política, que le trajo á las Cortes de dipu-


tado, y sus intereses, que bien administrados le producían una
renta de más de cinco mil duros anuales, de lo que él se cui-
daba poco ó nada.
Mas siempre fué condición de los soñadores despreciar el
dinero, basta que llega el dia amargo en que se convencen de
que el que no tiene un duro no vale veinte reales. - •
Casado con una santa mujer, con uno de esos ángeles del
hogar que tienen encarnada la tolerancia en el alma y la bon-
dad en el corazón, José abandonaba Madrid de vez en cuando,
é iba á descansar algunos meses en su tranquilo y poético
hogar doméstico.
¡ Ah! ¡Dichoso el poeta que tiene una familia en cuyo seno
puede refugiarse en sus momentos de amargura, porque sabe
que le recibe con transportes de amor y de alegría!

IV

José tenia su hogar y su familia, siempre cariñosa, bajo


el cielo más hermoso de España. Era un nido perfumado y
poético, donde se respiraba el aroma de los limoneros y de los
naranjos, gozando de esa paz envidiable de la virtud y la re-
ligión.
Allí no se conocía la vida agitada, inquieta y agostadora de
Madrid. Allí se pensaba en Dios y se sentia el dulce calor de
la fe cristiana.
José recordaba muchas veces las patriarcales costumbres
de su hogar, donde siempre le esperaba su buena esposa.
Un dia, los bohemios del café de la Perla notaron que su
Kr. KKAC AZUL. 217

amigo estaba triste, que no improvisaba, y que hasta le disgus-


taba que le recordasen sus epigramas y sus picantes versos.
Este cambio notable llamó vivamente la atención de todos,
y comenzaron á hacer comentarios.
José no se tomó el trabajo de satisfacer su curiosidad, pero
«e sonreía dulcemente cuando le dirigían alguna pregunta, y
decia:
—Me voy haciendo viejo. La vida del poeta en Madrid es
páralos jóvenes. Yo os dejaré pronto.

Su melancolía y su mutismo iban aumentando.


José comenzó á faltar á la reunión, y cuando iba, que era
de tarda en tarde, permanecía poco rato entre nosotros y ape-
nas despegaba los labios.
Todos temían que aquella profunda tristeza fuera el prin-
! cipiode una enajenación mental.
Esto no era extraño tratándose de un hombre de genio. La
historia cuenta muchas celebridades en el catálogo de los de-
mentes.
Elias, preocupado con el cambio notable de su amigo, fué
á visitarle una tarde á su oasa, deseoso de saber en qué con-
sistia aquella extraña variación de carácter.
Encontró á José haciendo la maleta.
—Me alegro de que vengas,—le dijo sonriéndose de un
modo triste,—pues me marcho esta noche.
—¿Adonde?
—A mi tranquilo rincón; á mi santo hogar doméstico, don-
38
218 EL FRAC AZUL.

de mi esposa y mi familia me esperan con los brazos abiertos.


—Haces bien,—le contestó Elias suspirando.—Sólo la fa-
milia sabe querernos. ¡Feliz tú, que puedes refugiarte en el
hermoso paraíso que perfuman los lirios del Júcar! ¡Feliz tú
que no necesitas la literatura para vivir! El dia que yo pueda
también me retiraré á un nido poético, donde cantaré las per-
didas ilusiones de la juventud y esperaré la muerte á la som-
bra de un árbol hospitalario, pensando en Dios y ejerciendo
la caridad.

VI

José apretd la mano de su amigo, fijó en él una mirada


llena de dulce expresión y le dijo:
—Querido Elias, ha llegado para mí la hora de apartar los
ojos de la tierra para fijarlos en el cielo. Búrlate de mí cuanto
quieras, pero créeme: estoy arrepentido de mi vida pasada, y
quisiera poder borrar de la memoria de mis contemporáneos
todos cuantos versos he escrito.
Entonces Elias lo comprendió todo, y respetó una resolu-
ción que no estaba reñida con sus principios.
José, como otros muchos hombres de genio, al sentir el
frió de las canas sobre su cabeza, se arrepentía de su borras-
cosa juventud, y pensando en Dios, rompia con fuerte mano
todos los lazos que le unían á las debilidades humanas.
El arrepentimiento del pasado brotó con tal fuerza en su
alma, que nada le detuvo, y suplicó á Elias que se despidiera
en su nombre de todos los amigos.
Aquella misma noche partió de Madrid.
EL FltAC AZUL. 219

VII

Luego transcurrieron cinco años.


Elias ya no era el pobre poeta inédito, el bohemio literario,
el autor novel que luchaba á brazo partido con los obstáculos
que por todas partes le presentaba el infortunio.
Su posición habia cambiado notablemente; tenia un nom-
bre en la república de las letras, un porvenir en la literatura,
las empresas teatrales le pedian sus obras y los editores le
prestaban á cuenta de ellas cantidades de importancia.
El horrible frac azul yacia en el fondo del cajón de una
cómoda, como un recuerdo histórico que de vez en cuando se
sacaba para satisfacer la curiosidad ó desvanecer las dudas de
alguno de sus admiradores.

VIII

Así las cosas, Elias recibió una carta de Valencia, en la


que unos amigos le invitaban para una cacería en la Albufera.
Aquella epístola terminaba así:
«Esperamos que te diviertas mucho. Será una gran tira-
da, pues estos dias ha habido una buena entrada de zarcetas.
Si te decides, contesta por un telegrama y te esperaremos en
la estación. Para que te animes, te advertimos que tirarás en
uno de los mejores %>ucstos; tal vez en el número dos.»
Elias, cazador de pura sangre, no podia despreciar el ofre-
cimiento, y telegrafió á sus amigos diciéndoles: «Esperadme
mañana.» Arregló sus chismes, cogió la escopeta, la caja de
220 SL FilAU AZUL.
cartuchos, el capote de monte y el saco de noche, y tomó el
tren correo de Valencia, apeándose al día siguiente en la es-
tacion de Silla, donde le esperaban sus amigos.
Aquella expedición tenia dos objetos: matar algunas aves
en el lago, y hacer una visita al poeta José, que vivia retira-
do del mundo, muy cerca de aquellos sitios.
CAPITULO xxm.

t*i A l b u f e r a d e "Valencia.

Querido lector, el presente libro no es una uovela e.scrifca


y ajustada á la ingeniosa combinación de un plan preconce-
bido de antemano. Es solamente ei relato de algunos liechos
históricos que la pluma va consignando sobre el papel, al mis-
mo tiempo que renacen en la memoria. Por consiguiente, si
no para tí, al menos para mí tienen el encantador desorden
de la vida de los recuerdos, que antepone con facilidad las fe-
chas, que no guarda la rigurosa gradación de los aconteci-
mientos, y que tan pronto salta de lo triste á lo alegre como
de lo dramático á lo cómico.
Hay obras hijas de la inteligencia, tan queridas para aque-
llos que las crearon, que siempre encuentran ocasión do aña-
dir ó suprimir algo.
Por eso yo veo que si cien ediciones se hicieran de este
222 BL FKAC Azur-
libro, y tuviera tiempo y paciencia para revisarlas todas, siem-
pre hallaría ocasión de consignar algo que tenia olvidado en
los misteriosos archivos de la memoria.
Iiue'gote, pues, que dispenses, lector amantísimo, la inco-
herencia y el desorden de estas páginas, en donde se consig-
nan los episodios de la vida de Elias, coreados por los rasgos
biográficos de algunos que fueron sus amigos y alcanzaron
un puesto glorioso en la república de las letras, en el palen-
que del arte.
Estas páginas no son otra cosa que un recuerdo querido
de Ja juventud, que pueden servir de guia provechosa á los
que disfrutan, con el alma llena de ilusiones, de la hermosa
primavera de la vida.
Después de esto, y antes de encontrar al poeta José en uno
de los momentos más sublimes de su existencia, voj á tomar-
me la libertad de escribir algunos párrafos sobre la Albufera,
dedicados á los cazadores, aunque no sea más que por el pla-
cer de que digan Jas condescendientes lectoras:
—jYa pareció' aquello!

II

La Albufera es un inmenso lago, por donde cruzan sin


cesar multitud de barquichuelos de quilla plana jvela latina.
Los arrozales que por todas partes le cercan, le dan desde lejos
un aspecto verdaderamente deslumbrador. Iluminado por los
hermosos rajos del sol, parece un mar de plata sembrado de
esmeraldas. El cielo sonríe sobre la Albufera, ostentando casi
siempre un purísimo azul, y las aves acuáticas lo han elegido
HL FRAC AZUL. 223
con preferencia para su cuartel de invierno, por el abundante
pasto que encuentran y la agradable temperatura de que dis-
frutan.
Sería casi imposible enumerar uno por uno todos los sub-
géneros de aves acuáticas que van á refugiarse en la Albu-
fera desde principios de Setiembre basta fines de Marzo. Nada
tan variado como aquella colonia volátil, cuyas plumas ha
pintado la naturaleza con sus más hermosos colores.
Allí encuentran los cazadores, desde el diminuto y saltarin
martin-pescador, hasta el zancudo y pesado flamenco. Pero lo
que más abunda y lo que constituye el verdadero recreo de
los émulos de San Eustaquio, son las mancudas ó foches, las
zarcetas, los collsberts (ánades reales), las pardas y los silba-
dores, esos ánades cuyos silbidos es el exacto remedo del pí-
fano, y cuyo genio alegre é inquieto le impulsa á estar siem-
pre en movimiento, lo mismo de dia que de noche, pues el
ánade silbador, de la familia de las palmípedas, es el ave más
bullanguera que se conoce.

III

Desde que se inventaron las armas de fuego para enviar la


muerte á una distancia combinada, puede decirse que todos los
animales que pueblan los montes, los valles y los lagos, no
tan disfrutado un dia de descanso. El hombre, su constante
perseguidor, su enemigo eterno, los hace una guerra á muer-
te, impulsado unas veces por la necesidad y otros por su afi-
ción y recreo.
Millones de millones de aves acuáticas han muerto sobre
224 KL KliAC AZUC.

las tranquilas aguas de la Albufera; y aunque la naturalesa


lis dotado á la familia de las palmípedas de grandes condicio-
nes para defenderse del hombre, su irreconciliable enemigo
éste, más astuto y más ingenioso, ha encontrado los medios de
burlar la rapidez de su vuelo, la perspicacia de su mirada y ía
finura de su oido.
Sería casi imposible matar un pato en la Albufera preten-
diendo colocarse á tiro á fuerza de remos en una lancha; pero
el hombre se oculta perfectamente entre el carrizo en medio
del lago, cómodamente sentado en un puesto de madera cala-
fateado y embreado para que le preserve de la humedad; deja
sobre el agua, á cuatro 6 seis varas del sitio donde se halla
emboscado, cincuenta 6 sesenta cimbeles de corcho con ojos
de cristal y perfectamente pintados, que obedeciendo á un gra-
duado contrapeso de plomo que tienen en la parte inferior,
permanecen á flote en el agua, imitando todos los movimien-
tos de los patos.
Las aves los ven con su penetrante mirada, y creyéndolos
compañeros que se hallan allí disfrutando de la envidiable paz
de la pereza, se arrojan con increible rapidez desde el espacio
para reunirse con aquellos engañosos reclamos; pero entonces
el hombre les envia la muerte, dispersando con espanto á los
que se libran del fatal plomo.
Parece increíble que acuda á la Albufera una sola ave; J
sin embargo, todos los sábados desde Setiembre hasta Marzo
se matan miles de ellas; pues hay cazador, sobre todo los que
se colocan en lo que allí se llama puesto de preferencia, que
mata más de cien piezas desde la hora del alba hasta las once
de la mañana.
KL FRAC AZUL. 225

IV

Los cazadores comprendieron que si diariamente se hacía


un fuego graneado sobre las aves de la Albufera, acabarían
éstas por abandonar aquel delicioso paraíso, que era para ellas
el campo de la muerte; y el egoísmo, tan natural en la cria-
tura, les hizo pensar en un reglamento para la conservación
de la caza.
Desde entonces los arrendatarios de la Albufera convinie-
ron en que sólo tendrían un día de tirada á la semana: el sá-
bado. Se formó un tribunal de notables, que aún existe, y que
tiene en verdad un carácter primitivo.
Vamos á decir sobre esto dos palabras, porque lo creemos
sumamente curioso.

Quizas no exista en el mundo un pueblo más aficionado


á la escopeta que Valencia y su ribera. Allí los cazadores se
cuentan por miles, y los buenos tiradores abundan.
Las costumbres árabes, tan encarnadas en el país, han de-
jado entre sus hijos una gran afición á la pólvora y á las ar-
mas de fuego. Con dificultad se encontrará un valenciano que
DO posea una escopeta; y en el campo, tan poblado por todas
partes de casas y de barracas, no se ven aves estacionarias,
por la gran persecución que se les hace; pues en cada barraca
7 en cada casita de campo hay por lo menos un aficionado
dispuesto á hacer fuego contra el primer papahigo ó gorrión
29
220 EL ¡fRAC .AZUL..

que tenga la imprudencia de batir sus alas por aquellos poé-


ticos contornos.
A los cazadores de Valencia no les queda otra volatería
que las aves de paso. La Albufera, por consiguiente, es su
gran recurso; y la llegada de las alondras causa gran alegría
entre los cazadores domingueros, que las reclaman admirable-
mente con un silbatito de hojalata.
Cuando los patos, las becasinas y Jas alondras desaparecen
ante las primeras risueñas alboradas del mes de Abril, enton-
ces los cazadores de Valencia, siempre incansables, con una
afición incomparable, van á esperar las golondrinas cerca de
las orillas del mar, y con redes y escopetas hacen una gran
mortandad de estas buenas avecillas, tan sociables, tan ami-
gas del hombre y que tan respetadas son en Castilla, sin duda
por aquella poética tradición que dice que con sus alas arran-
caron una espina de la corona del Mártir del Calvario.
Pero volvamos á la Albufera.

VI

Los cazadores se dirigen los vie'rnes por la tarde á la Al-


bufera, los unos á pié, los otros á caballo, 7,los más en car-
ruaje; porque la afición á la caza está tan extendida, que en
ella se encuentra toda Ja escala social, desde las primeras dig-
nidades del Estado hasta el pobre y honrado menestral que.
trabaja toda la semana con incansable afán pensando en. el
próximo dia festivo, que con Ja escopeta al hombro y seguido
de su leal perro se irá á respirar el aire puro de los campos y
á satisfacer el más grande de sus placeres: cazar.
EL FRAC AZUL. 227
A orillas del lago de la Albufera y junto á un embarcadero
de construcción primitiva se alza un modesto pueblo, El Sa-
ler, formado por un grupo de barracas y alguna que otra al-
quería.
Los viernes, a eso de las ocho de la noche, la voz de la
campana convoca <í la alquería de don Manuel Cubells á todos
los cazadores, para distribuirles las papeletas indicadoras del
sitio donde deben cazar el dia siguiente.
Los guardas de la Albufera y los mozos de escuadra son
los encargados de hacer respetar las leyes establecidas para
las tiradas, y de que cada uno ocupe el sitio que le corres-
ponde.
Sin estas formalidades, religiosamente respetadas por to-
dos, sería casi imposible cazar en la Albufera; pues atendida
la ardiente sangre de los valencianos, más de una vez tekdrian
lugar en el pacífico lago batallas campales de sangrientos re-
sultados.

VII

Así pues, el eco melodioso de la campana reúne en la al-


quería á todos los cazadores altos y bajos, ricos y pobres.
Al tercer toque comienza la ceremonia.
En el piso bajo de la alquería del señor Cubells se halla
una mesa, un gran sillón, recado de escribir y un velón de
bronce de cuatro mecheros. En el sillón se sienta el arrenda-
tario, á la derecha el jefe de los guardas, que es generalmente
el hombre más entendido en las leyes y reglas de las cacerías
de la Albufera; al otro extremo el secretario, con la pluma en
228 KL FRAC AZÜL.

la mano y un gran pliego de papel delante, donde va consig.


nando según rigoroso turno el acto que en el dialecto valenr
ciano se llama la demaná.
El jefe de los guardas, que es el que lleva la voz en este
respetable tribunal, apenas se extingue la vibración de la ter-
cer campanada, dice con grave entonación:
—¡Silencio, señores, que se va á pedir.'
A este aviso sigue un gran murmullo, é inmediatamente
un profundo silencio.
El jefe de los guardas es siempre el barquero del número
uno, ó sea del arrendatario, y es el primero que pide ó elige
el puesto donde ha de cazar su amo; así es que restablecido el
silencio, vuelve á decir:
—El puesto primero va á la Maleta del Esclofidor (ó á
otro ae los infinitos puntos que tienen su denominación parti-
cular en la Albufera).
Elegido el cazadero, el secretario lo consigna en su gran
pliego de papel, y el guarda repite entonces:
—El número dos.
El socio á quien corresponde este número contesta indi-
cando el puesto que desea.
Y así sucesivamente eligen los veintiséis ó treinta socios
de que generalmente se componen las acciones de la Albu-
fera; escogiendo por riguroso orden el puesto donde han de
cazar en aquella tirada, conservando desde tiempo inmemorial
un gran respeto mutuo, que nadie se atreve á quebrantar co-
locándose en un puesto que no es el suyo.
Cada cual de estos socios tiene un barquero de su confian-
za, á cuya inteligencia y celo se debe el buen resultado de las
EL FRAC AZUL. 22»'
tiradas. Este barquero no hace otra cosa durante toda la se-
mana que pasear el lago inspeccionando los puntos donde en
aquellos dias tienen más querencia para pasar las noches las
aves.
El viernes, cuando su amo llega, la primera pregunta que
le dirige es ésta:
—¿Dónde han dormido anoche ais colhherttft
—En tal parte,—contesta el barquero, citando un nom-
bre propio de los mil que tiene el lago.
—¿Y las zarcetas?
—En tal sitio.
Y así va preguntándole los puntos querenciosos donde han
descansado sin oir un tiro durante seis dias las aves acuáticas,
y apuntándolo cuidadosamente en un papel.
Un barquero inteligente y aficionado no tiene precio: él es
quien verdaderamente hace la cacería.
Cuando llega la hora del sorteo, cuando el jefe de los guar-
das comienza lo que se llama la devio/ná, el cazador pide el
punto que le ha aconsejado su barquero, que aunque hombre
rústico, tiene vanidad en que su escopeta mate mucha caza
durante la tirada.

VIII

Terminada la elección de los socios, entra lo que se llama


la suerte.
Para esta operación todo aquél que quiere cazar dentro del
lago deposita un duro y recibe un número. Después meten en
un saco igual número de bolas que duros han dejado sobre la
230 EL FRAC AZUL.
mesa, y sacándolas el guarda mayor, se repite el sorteo y efr.
ge cada cual el punto donde quiere tirar.
Ya se comprenderá que después de haber escogido puesto
veintiséis ó treinta accionistas, lo que queda para esta segun-
da tanda de cazadores no es lo mejor; pero el lago es inmenso
y hay sitio para todos; con la única diferencia de que algunas
escopetas matan cien piezas, mientras que otras vuelven á su
casa sin descargarse, á despecho de sus amos.
El lago tiene en la actualidad siete leguas de circunferen-
cia; en el año 1830 tenia nueve, pero los labradores, exten-
diendo sus arrozales, han ido cercenando el terreno á los caza-
dores.
Luego entran en turno los más pobres, la gente del campo,
esos cazadores de rostro bronceado que aún gastan espingar-
da y zaragüelles de origen árabe; esos ribereños que, envuel-
tos en su manta y colocados en cuclillas detras de una mata
de las orillas del lago, cargan su arma con un puñado de pól-
vora y doce ó catorce perdigones, y derriban un pato desde
una altura fabulosa.
Terminada esta ceremonia, los cazadores se vuelven á sus
barracas, cenan y se acuestan para levantarse á las dos d las
tres de la mañana, porque algunos puestos están á más de una
hora de distancia del embarcadero.

IX

Los puestos de mata, que se sortean también, cuestan diez


reales, y se necesita una gran inteligencia para elegirlos. Es
preciso conocer la salida que aquel dia tomarán las aves, tener
EL FRAC AZUL. 231
una escopeta que alcance mucho, y buen ojo; porque cuando
el pato llega á la orilla dirigiéndose hacia el mar, huyendo del
fuego graneado que le han hecho en el lago, vuela á una al-
tura respetable. A pesar de esto, hay puesto de mata donde se
hacen muy bonitas tiradas.
Yo he visto á uno de esos cazadores de zaragüelles y es-
pingarda recoger, oculto detras de unos carrizales, treinta y
euatro patos; es verdad que era en un dia de viento, la mar
estaba gruesa y las aves volaban bajas.
CAPITULO XXIV.

Dónelo relias v© por ú l t i m a v o z á l a m u s a <lol .Túoar.

Es preciso estar colocado en el puesto media hora antes de


amanecer. El barquero es el encargado de todo; él calcula la
distancia, indica la hora de partida, embarca el puesto, los
cimbeles, la caja de municiones, y cuida del pequeño almuer-
zo de los cazadores; en una palabra, dispone todo lo necesario
para la expedición. Á la hora que cree oportuna despierta á su
amo y al amigo que regularmente le acompaña, y los tres se
dirigen al embarcadero para saltar á la lancha, que á fuerza
de remos ó á favor de la vela les conduce al sitio apetecido.
Esta expedición matinal está llena de encantos y de poe-
sía para el cazador, pues más de una vez su corazón late con
inefable gozo al oir entre los carrizales el estridente canto del
pato, el silbido del rápido vuelo de la zarceta y todos esos ar-
moniosos tonos que preludian la mañana, y que parecen brotar
EL FRAC AZUL. 233

¿el fondo de aquel lago cruzado por todas partes de barqui-


chuelos que conducen á los cazadores.
El barquero conoce generalmente palmo á palmo aquella
extensión de agua de dos leguas cuadradas, y aunque la noche
sea oscura, conduce su lancha con gran seguridad al punto
que desea.
Cuando se llega, mientras sus amos fuman abrigados bajo
sus capotes y sus gorras de pelo, el barquero clava fuertemen-
te tres estacas en el cieno del lago, coloca entre éstas el pues-
to de madera, sujeto con unos pasadores de hierro, lo cubre
bien por todas partes con carrizo, tira con especial acierto los
cimbeles en derredor del puesto, y despidiéndose de sus amos,
va á ocultarse con la barca en el cañaveral inmediato, es de-
cir, en un punto desde donde pueda notar la seña del cazador
cuando le llame y salir á rematar con su escopeta ó con el
remo un pato aliquebrado que salta en el agua, buscando en
la fuga la libertad.

II

El cazador se sienta en el banquillo del puesto y espera el


primer rayo de claridad del alba.
Este momento es el más interesante; entonces comienza el
verdadero placer del cazador.
Generalmente, para estas expediciones se llevan dos ó tres
escopetas, porque hay instantes en que se podrían disparar
doce tiros uno tras otro.
El cazador se vuelve todo ojos, como suele decirse, mira
á traves del carrizo en todas direcciones: la noche le impide
30
234 EL KRAC AZUL.
distinguir bien los objetos, y á veces le engaña hasta tal pna.
to su deseo, que cree patos verdaderos los cimbeles que quizá
él mismo ha colocado en derredor sujo para atraer á los de
carne y pluma.

III

Todo el afán y todo el interés del cazador sería infructuo-


so si el barquero no tomara una gran parte en esta cacería,
avisando por dónde viene la caza; porque el cazador se halla
literalmente cubierto de cañas y carrizo, y muchas veces los
patos se pararían á corta distancia de su puesto sin que él los
viera.
El. barquero, pues, con el ojo avizor, el oido atento y echa-
do sobre la proa de la barca con la barba apoyada en ambas
manos, inspecciona el lago en todas direcciones, y de vez en
cuando articula una de estas exclamaciones, de modo que lo
pueda oir su amo:
—¡Ais hots, per la banda del palmar!
—¡Als bots, per la banda del saler!
—¡Als bots, per la banda de terra!
—¡Als bots, per la banda de ki mar!
De esta manera le avisa por los cuatro puntos cardinales,
6 sean los cuatro vientos por donde pueden entrar los pájaros,
y entonces el cazador se levanta, colocándose de frente al si-
tio que le ha indicado la voz del barquero, se prepara y hace
fuego.
Si la pieza cae rematada, vuelve á sentarse y espera el
nuevo aviso del centinela; pero si cae aliquebrada, y nada y
EL FRAC AZUL. 235
trata de escapar, alejándose del puesto, hace seña al barquero
con un pañuelo. Esta seña le indica que *una pieza huye;
y el barquero, con una rapidez increíble, arranca la estaca
que sujeta su barca, y veloz como una flecha parte en segui-
miento de la inocente prófuga, rematándola con un golpe de
remo, 6 con la escopeta, que nunca abandona.

IV

Sabido es que todas las cacerías hay que entenderlas; cada


una reclama su método. En la Albufera de Valencia un buen
tirador poco práctico en el terreno veria con facilidad defrau-
dadas sus esperanzas, aunque se colocara en medio de un mi-
llón de ánades.
El que conoce el terreno y sabe la querencia rutinaria de
la caza, es el que suele cazar más.
Sucede con frecuencia que dos buenos tiradores llegan á
un monte, le dan víanos arriba y abajo, se cansan, se deses-
peran y vuelven á la casa del guarda sin cortar pelo.
El guarda tira infinitamente peor que ellos, pero les oye,
se sonrie, sale con su escopeta, y al poco rato vuelve con tres
ó cuatro conejos.
¿Qué ha hecho para conseguir aquel resultado en tan poco
tiempo?
Ponerse unas alpargatas, ir al rececho, asomándose á las
barrancadas donde sabe que están las madrigueras, y asesinar
impunemente á los pobres herbíboros que á pesar de su miedo
se han atrevido á salir á tomar el sol á una vara de la boca.
—¡Esto no es cazar!—dicen los cazadores.
236 EL FRAC AZUL.
Y sin embargo, se deciden á aceptar el procedimiento
aunque no sea más que por no salir bolos de un monte en el
cual entraron llenos de ilusiones.

Comienza á amanecer, y el cazador de la Albufera distin-


gue por fin, si le ha tocado un puesto de preferencia, una in-
mensa mole de patos que bulle y se agita sobre las aguas
tranquilas del lago, á sesenta, ciento ó doscientos metros del
sitio donde él se halla.
Muchas veces podria disparar un par de tiros, uno á parado ,
y otro á revuelo, sobre el inmenso bando de acuáticas, que-
dándose con veinte ó treinta piezas; pero las demás huirían de
aquel sitio para no volver en todo el dia, y la diversión que-
daria reducida á dos detonaciones y algunes víctimas, que
nunca contentarían al ambicioso cazador.
Pero el buen aficionad©, aunque se vea rodeado de ánades
á esa hora, permanece quieto, inmóvil; ni fuma, ni mete ruido,
esperando que se vayan á satisfacer la primera necesidad: á
comer.
Y efectivamente, en cuanto despunta el alba comienzan á
revolotear en pequeños y grandes bandos, hasta que desapare-
cen todas; y apenas transcurren algunos minutos, da principio
la cacería, que dura generalmente hasta las once de la ma-
ñana.
Los patos vuelven á la querencia de aquel sitio, pero no lo
hacen todos de una vez, sino en grupos de cuatro ó seis, ó uno
por uno, y así sucesivamente hasta la aproximación del medio
EL FRAC AZUL. 237

dia tora en que ya empiezan á escasear, y el cazador llama al


barquero para que recoja las víctimas y los cimbeles y le con-
duzca á tierra.

VI

Los ánades, al volver á la querencia del sitio donde pa-


saron la noche, ven los cimbeles perfectamente imitados, y
abaten su vuelo, describiendo círculos en derredor del puesto.
Entonces el cazador les tira á buena distancia, hiriéndolos
bajo el ala y gozando al verlos caer sin vida sobre las tranqui-
las aguas.
Algunos les tiran al ir á pararse, 6 cuando están ya sobre
la superficie del lago, pero esto divierte menos; ademas, la
abundancia de pluma y el agua les libra de los plomos, y con
facilidad salen ilesos.
Cuando los cazadores regresan á tierra, les esperan algu-
nos vendedores, los cuales compran la caza á los que quieren
enajenarla.
Cada pieza tiene un precio establecido de antemano, y no
se habla mucho.
La mayor parte de los cazadores eligen una docena para
regalar, y venden las demás.
Nadie critica este rasgo económico, que por otra parte es
muy útil para ayudar á los gastos de tales expediciones.
¡Ah! Se nos olvidaba decir que el lago de la Albufera so
divide en'tres departamentos, que se llaman El Amichanat,
Les Barres y La Antina.
23S EL FKAC AZUL.

VII

La cacería fuá abundante.


Después se comió con buen apetito y mejor -humor una
sabrosa y suculenta paella, en donde no faltó la jugosa an-
guila, criada en las acequias de la Albufera, ni el rico vino de
Turis, que abre el apetito como el Bermuth, conforta el estó-
mago como el Jerez y alegra la imaginación como el Cham-
pagne.
Terminada la comida y después de saboreado con calma el
digestivo café, Elias llamó á un barquero y ajustó el pasaje
por el lago hasta un pueblo de la ribera inmediata, donde se
hallaba retirado del mundo y arrepentido de su pasado el poe-
ta José.

VIII

Dos horas después Elias se hallaba delante de la magnífica


casa de campo adonde se dirigia.
Sobre la elegante y majestuosa puerta que daba paso al
jardín se leían estos versos:

No podrá ningún profano


tomar sin permiso mío
mus que el sol cuando haga frío
v la sombra en el verano.

Elias reconoció en aquella fácil redondilla la musa alegra


y festiva de su amigo.
EL FKAC AZUL. 239

IX

Cruzó el jardín, que ya conocía, por haberle visitado mu-


chas veces; jardín que bien podia llamarse poema, por la mul-
titud de versos que se veian por sus paredes, y entrando en
el vestíbulo preguntó por su amigo á un criado.
—El pobre señor está muy malo, — contestó el doméstico;—
no puede moverse de su sillón; dicen los médicos que vivirá
poco.
—¿Y no podria yo verle?—preguntó Elias con interés.
—Está prohibida la entrada á todo el mundo, exceptuando
á su familia y los dos ó tres sacerdotes que le visitan con
frecuencia.
—Si usted me hiciera el favor de entregarle una tarjeta...
Vengo nada menos que de Madrid por verle.
—¡De Madrid!—repitió el criado, con el mismo espanto
que si hubiera visto al demonio.
—Sí; soy un antiguo amigo de don José.
El criado movió la cabeza en señal de duda, dio tres ó
cuatro vueltas entre sus manos á la tarjeta que le habia entre-
gado Elias, y repuso:
—Me parece que no logrará usted lo que desea; pero, en
fin, voy á ver.

Transcurrió un cuarto de hora.


El criado no volvía, y Elias mataba el tiempo contemplan-
240 EL PRAC AZUL.

do los seculares naranjos del jardín y las esbeltas palmeras


cargadas de fruto.
Allí se respiraba un ambiente delicioso, impregnado de
azahar y madreselva.
La tranquilidad de aquel sitio era tanta, que convidaba i
la meditación.
Aquello era efectivamente un paraíso de paz y bienan-
danza en la mansión agitada de los hombres.
Elías comenzó á sentir cierta impaciencia, porque ya ha-
bían pasado treinta minutos desde la salida del criado y éste
no volvía.
Por fin se presentó en la escalera con el semblante más
risueño que cuando vio al poeta.
—Dispense usted, caballero,—le dijo,—si le he hecho es-
perar tanto, porque el amo estaba durmiendo. Ya puede usted
subir y le verá.
Elias siguió á aquel hombre, que le condujo hasta el piso
principal.
Cruzaron una gran sala, que en Madrid hubiera servido
para salón de baile, y luego, abriendo una puerta que daba
paso á un gabinete, dijo:
—Ahí está; pase usted.

XI

Elias avanzó algunos pasos y se encontró en una habita-


ción bastante espaciosa.
El pavimento estaba cubierto con una estera de amarillento
esparto, pero de una limpieza extraordinaria.
EL F1UC AZUL. 241

Las paredes eran de yeso blanco, y el techo de bovedilla,


con las vigas al descubierto.
Los muebles de nogal, y los lienzos que decoraban las pa-
redes, pintados al óleo y representando asuntos religiosos; una
cómoda con chapas y tiradores de bronce y un reclinatorio
cubierto con un paño negro, donde se veia la escultura de un
crucifijo; el hermoso y poético sol de la tarde, que penetraba
por el balcón; la lámpara de estaño que ardia delante de la
imagen de Jesús; todo, en fin, en aquella habitación tenia el
carácter de la celda de un monje.
La moda, la vanidad y el sibaritismo no habían penetrado
en aquel recinto, donde se respiraba el gusto severo del siglo
pasado.

XII

Junto al balcón, sentado, o mejor dicho, hundido en un


sillón y rodeado el cuerpo de almohadas, se hallaba el poeta
José.
Tenia las manos plegadas con beatitud y la triste mirada
de sus grandes ojos fija en la puerta por donde acababa do
entrar Elias.
¡Ah! ¡Qué cambio tan notable había experimentado aque-
lla fisonomía!
Ei alegre poeta de otros tiempos no era entonces otra cosa
que un cadáver galvanizado, un autómata sin voluntad propia,
í quien por un capricho de la naturaleza se le permitía de
vez en cuando formular algunas palabras y derramar algunas
lágrimas.
31
242 EL FRAC AZUL.

Elias corri d á abrazar á su amigo, verdaderamente con-


movido.
•Sus lágrimas se confundieron por espacio de algunos se-
o-undos.
—¡Ya me ves!—le dijo José, agitando tristemente la ca-
beza.—¡Aquí me tienes imposibilitado! Desde el sillón me lle-
van á la cama, y desde la cama me traen al sillón, para que
disfrute algunos ratos de ese sol vivificador, de ese sol que
está en el cielo, y del que tan poco nos ocupamos cuando la
sangre hierve en nuestras venas, pero que tanto codician los
ancianos y los moribundos.

XIII

José se detuvo como para tomar aliento, porque hablaba


con mucha fatiga.
Elias nada dijo, porque el dolor no le permitía formular
ni una palabra.
—He sido muy culpable,—añadid José;—pero mi arre-
pentimiento es verdadero, y confio en que Dios me perdonará,
porque se lo pido con todo mi corazón.
Y juntando las manos, se puso á rezar en voz baja.
—¿Por qué te atormentas de ese modo?—le dijo por fin
Elias.—Tú siempre has sido bueno y compasivo; jamas por
tu culpa ha derramado el prdjimo una lágrima; y en cambio,
yo sé que has enjugado muchas. El paraíso, por lo tanto, está
abierto para tí.
—Mis escritos han hecho mucho daño,—replicd;—yo los
rechazo; no quiero reconocerlos, y me arrepiento de haberlos
EL FRAC AZUL. 243

escrito. Soy muy culpable, mucho; pero Dios es clemente y


bueno, y me perdonará.
Y José continuó su interrumpido rezo.
Elias conversó durante media hora con el infeliz poeta, y
so despidió de él con el presentimiento de que ya no volvería
á verle.

XIV

¡Pobre poeta!
Se había apoderado de su espíritu una monomanía reli-
giosa que consumió rápidamente su fuerza vital, conducién-
dole al sepulcro algunos dias después de aquella tarde en que
fué á visitarle Elias.
Si hubiesen existido por entonces conventos en España,
José habría terminado sus dias en una celda.
Si algunos años antes le hubiesen dicho que experimen-
taría un cambio tan notable en su carácter y en sus ideas,
sin duda se habría reído: pero el tiempo es padre de grandes
verdades, y cuando el hombre aparta los ojos de la tierra y
los fija en el cielo, la nueva luz penetra en su cerebro, y suele
hacer del pecador arrepentido un Ignacio de Loyola ó un de-
mente.

XV

Elias volvió á cruzar el lago de la Albufera aquella misma


noche, preocupado con la escena de despedida que había te-
nido con su querido amigo José.
244 HL FKAC AZUL.
Al dia siguiente tomd el tren de Madrid, cargado con log
trofeos de su cacería.
Excusado es decir que no volvió á ver á su amigo, pues
algunos días después leyd en los periódicos la triste noticia
de su muerte.
Volvamos ahora atrás, para continuar las Memorias ¿el
poeta inédito.
CAPITULO XXV.

p o n d o E l í a s o n c u o n t r a e l c a d á v e r do u n b o U c m l o .

Una de las cosas que más vivamente hieren el amor propio


del poeta inédito, son las preguntas de sus amigos íntimos, la
curiosidad compasiva de sus conocidos.
—¡Hola, hombre! ¿Qué hay de tu drama?—pregunta algun
amigo que está enterado de que el poeta tiene presentada en
iia teatro una obra dramática.
—Anoche vi al empresario,—responde el escritor.
—¿Y qué dice?
—Que van á sacar los papeles.
—Eso ya es algo. ¿Y cuándo lo pondrán en escena?
—Aseguran que el mes que viene.
—"Vaya, pues chico, me alegraré mucho de que obtengas
i-a buen éxito.
—Gracias.
246 EL FRAC AZUL.

Y pasa un mes y se encuentra al mismo amigo, ó á otro y


torna el diálogo.
—¿Cuándo se hace tu drama?—le pregunta.
—Pronto,—responde el interpelado.
—Creo que te van entreteniendo mucho.
El poeta se encoge de hombros.
—Mira,—continúa el amigo,—tú lo que debes hacer es
herrar ó quitar el banco; de mí no se reirian.
—¡Qué quieres! En las cuestiones de bastidores es preciso
revestirse de paciencia.
—¡Bah! ¡Tú no tienes carácter para nada!

II

Cada una de estas palabras es un puñal que se clava en el


corazón del poeta.
Pero lo más horrible, lo más cruel, es que las preguntas se
prolongan hasta lo infinito, y á cada hora, á cada momento, se
halla en la imperiosa necesidad de satisfacer la curiosidad del
prójimo.
Elias, mortificado por las preguntas de sus amigos, acató
por rogarles que no le hablasen de su drama.

III

En esta falsa y dolorosa posición se encontraba el jo'ven


poeta cuando llegó el mes de Setiembre.
Los periódicos comenzaron á anunciar las producciones dra-
máticas que se disponian para la temporada teatral, pero entre
EL FRAC AZDX. 247

la multitud de títulos que citaban no se hallaba La Calle de


la Amargura.
Se abrieron por fin los teatros, y Elias, que durante el ve-
rano había dejado en paz á las empresas, volvió á comenzar
sus gestiones, siempre infructuosas.
La esperanza, esa radiosa luz del alma, ese alimento forti-
ficador del espíritu, comenzó á extinguirse en el corazón de
nuestro poeta.
Elias llegó á creer que su drama no era drama, y sí un
exabrupto, una locura, un parto monstruoso de una imagina-
ción enferma.
Sin embargo, el primer actor á quien lo habia confiado le
decia:
—El drama se hará; pero tenemos tantos compromisos...

IV

Elias ignoraba por entonces muchas cosas que luego apren-


dió; y una de ellas es que los autores dramáticos de nota tie-
nen una escoba para barrer todos los dramas y comedias que
se hallan en el teatro cuando ellos se presentan con sus obras.
Elias, pues, era barrido, en compañía de otros muchos
inéditos, por los autores de fama.
—Ayer presentó Fulano un drama; es autor que ha dado
mucho dinero al teatro, y es preciso poner su obra inmediata-
mente,—le decían.
Y mientras tanto, el drama de Elias, empaquetado con otros
muchos, cubierto de polvo, relegado al olvido, dormia meses y
meses en el armario de los ahorcados.
ÁM8 EL FRAC AZUL.

. —¡Ah! ¡Si algun dia soy autor,—exclamaba Elias algimj.


veces,—yo también me compraré una escoba para barrer log
dramas y las comedias de los que ahora levantan obstáculo»
para detener mi paso!

Nuestro poeta pasaba horribles noches y dias amargos, que


quebrantaban su delicada naturaleza.
Los poéticos sueños de otros tiempos más felices; las ri-
sueñas ilusiones de otros dias más dichosos, iban desaparecien-
do de su corazón, dejando en su lugar las crueles punzadas de
los desengaños.
El porvenir comenzó á presentarse sombrío ante los ojos
de Elias.
Sus ilusiones iban desvaneciéndose.

VI

Una tarde del mes de Noviembre, el dia 5, nuestro poeta


recibió una carta de su esposa, concebida en los siguientes
términos:
«Elias: Sé que no adelantas nada en tu empeño, pero tengo
fe y valor para esperar. Feliz ó desgraciado, mi deber es vivir
contigo; quiero, pues, sufrir ó gozar á tu lado. Tenemos una.
hija; tenemos hermanos; agrupémonos todos para luchar con
el infortunio.
»¿A qué vivir separados?
»Dime si quieres que vayamos á reunimos contigo.»
EL FRAC AZUL. 249

VII

Preocupado Elias con la lectura de las anteriores líneas, y


no hallando medio de satisfacer el justo y noble deseo de su
joven esposa, se propuso dar un largo paseo; porque en mu-
chas ocasiones de la vida, para tranquilizar las luchas de la
mente conviene fatigar el cuerpo.
El cansancio de la materia adormece las luchas del es-
píritu.
Elias se propuso, pues, cansarse mucho.
Sin cuidarse de lo desapacible de la tarde, y de que su frac
no era por cierto una prenda de mucho abrigo, se propuso lle-
gar paseando hasta el tercer molino del Canal, con el objeto de
fatigarse.
Esto era vencer una emoción más material que la que ex-
perimentaba.
Formado este propósito, salid de su casa.

VIII

Tomó", pues, por la calle de Atocha abajo; pero al llegar á


la esquina de la calle del Fúcar sintió una mano que se apo-
yaba familiarmente en su hombro, y una voz conocida que le
preguntó:
—¿Vas á ver á Claudio?
Levantó el poeta la cabeza, y encontróse de manos á boca
con su amigo Floro.
—¡Ah! ¿Eres tú?—le dijo distraídamente.
32
250 KL FUAC AZUL.

—Chico, te dispenso esa necia pregunta del español, por-


que leo en tu semblante que no te hallas en estado normal.
—Efectivamente; tengo hoy el humor negro, como el alma
de un condenado.
—¿No has comido?
—Sí; merced al recurso, como sabes, de un amigo.
—Es que yo puedo convidarte hoy á comer; tengo dinero;
ya sabes que lo mismo lo doy que lo pido.
—Gracias.
—¿Qué diablos te pasa?
—Te seré franco; comienzo á aburrirme.
Floro dirigió una mirada llena de interés á su amigo, con
quien habia simpatizado, y colocando nuevamente una de sus
manos sobre el hombro del poeta, le dijo:
—Veo con sentimiento que te va faltando la filosofía para
vivir en la corte.
—¡Oh! Si yo fuera solo en el mundo...
—Precisamente porque no eres solo debes tomar los acon-
tecimientos con más frialdad. La vida no merece el más pe-
queño disgusto que turbe nuestra tranquilidad; imítame ámí,
y si no eres feliz, porque la felicidad es un mito, serás menos
desgraciado.
t

IX

Aquí hubo una pequeña pausa, durante la cual Floro se


cogió del brazo de Elias, y volvió á decir:
—¿Adonde vas?
—A pasear sin objeto ninguno; á cansarme.
EL KIUC AZUL. 251

—Yo creia que ibas á ver á Claudio.


—No tengo nada que decirle.
—¡Qué! ¿no sabes lo que ha hecho ese escéptico?
—No.
—¡Pues es una friolera! Se ha ido á la Fuente Castellana
v se ha pegado un tiro.
EHas palideció.
La noche anterior Claudio habia tomado café á su lado en
su misma mesa.
—¿Es cierto eso?—preguntó, algo trastornado.
—Como el sol que nos alumbra. Vas á verle: se halla ex-
puesto en el hospital.

Elias, aturdido con lo que acababa de oir, y como si no tu-


viera voluntad para oponerse á los deseos de su amigo, se dejó
conducir hasta el hospital.
Se detuvieron delante de la ancha reja donde se hallaban
otros curiosos transeúntes contemplando al suicida.
El infeliz Claudio estaba tendido sobre la sangrienta tari-
ma que á tantos infortunados habia servido de líltimo lecho.
Elias fijó con cierta repugnancia los ojos en el cadáver de
su amigo.
Claudio tenia el cráneo horriblemente destrozado; pero
una mano caritativa le habia lavado el rostro, sin duda para
que le reconociera algun pariente ó amigo; porque en estos
casos el muerto puede orientar á los vivos.
—¡Pobre Claudio!—murmuró Elias.
252 EL FRAC AZUL.

Floro le apretó el brazo, y le dijo en voz baja:


—¡Imbécil! No pronuncies el nombre del suicida, pues si
llegan á descubrir que le conocemos, ya nos ha caido qu^
hacer.

XI

Claudio conservaba después de muerto la misma irónica y


amarga sonrisa que en vida.
Viendo aquel rostro pálido, algo contraído por la muerte, y
que se sonreia, hubíérase dicho que enviaba el último adiós á
los amigos que á traves de la reja le observaban.
—¡Vamonos, vamonos de aquí!—exclamó Elias.—¡Estoy
padeciendo horriblemente!
Floro y Elias abandonaron aquel sitio.
Nuevos curiosos ocuparon el lugar que ellos dejaban libre.

XII

Llegaron los dos amigos al paseo de Atocha sin despegar


los labios, preocupados por la catástrofe de Claudio.
Subieron el empinado cerrillo de San Blas, y sentándose
en lo más alto, Floro rompió el silencio de este modo:
—Mira qué punto de vista tan desconsolador tiene Ma-
drid; creo que los secos arenales de Palestina son un oásifr
comparados con esto.
—Sí, efectivamente; las cercanías de Madrid son hor-
ribles.
—Pero Madrid es hermoso.
EL FRAC AZUL. 253

—¡Oh! ¡Muy hermoso! Dígalo nuestro amigo, el infortu-


nado Claudio.
—¡Bah! Claudio era un escéptico; su fin ha sido lógico.
El soñador que no tenga la fuerza de un atleta, que no venga
i la corte; bien está en su pueblo.
—Pero ¿qué ha podido inducir á ese chico al suicidio?—
preguntó Elias, no explicándose aquella desgracia.
—Mira, Elias: desde la noche en que apareciste á mi lado,
como por escotillón, en la plazuela de Santa Ana, te quiero
como á un hermano. Dicen mis amigos que no tengo corazón;
pero la amistad que te profeso y el interés que me inspira tu
prosperidad, es una prueba de lo contrario. Voy, pues, á ha-
blarte con esa franqueza ruda que hace daño, porque así me
lo aconseja el deber.

XIII

Floro llenó su pipa, la encendió, y después de despedir


una bocanada de humo volvió á hablar de este modo:
—El orgullo es el enemigo más encarnizado del hombre;
la vanidad la dolencia más incurable y lastimosa del espíritu.
Tú tienes orgullo y vanidad. Desecha de tí esos dos malos
consejeros, y vuélvete á tu pueblo.
— ¡Eso nunca! Primero terminaré mi existencia como
Claudio.
—Tú no puedes suicidarte; tienes una hija y serías do-
blemente malvado.
—Sí, es verdad; es necesario luchar; es preciso ser algo'
por ella.
234 EL FRAC AZUL.

—Mas para eso debes revestirte de una gran fuerza de


voluntad.
—La tendré.
—Eso es lo que ha de salvarte; pero exijo de tu amistad
que me jures, por la memoria de tu hija, que si algun dia tie-
nes el mal pensamiento de acabar con tu existencia, me lo di-
rás antes.
Elias quedó silencioso; sin embargo, instado por su ami.
go, que le demostró en aquellos momentos de duda un gran
interés, juró lo que le exigia.

XIV

Floro, después de un momento de pausa, dijo:


—¡Perfectamente! Te creo un hombre honrado, y sé que
cumplirás tu juramento.
Y como Elias guardara silencio, con la mirada fija en Ma-
drid, Floro añadió:
—¡Hé ahí el gran bazar de España, que encierra dentro
de sus muros todos los vicios y todas las virtudes! La huma-
nidad bulle, se revuelve por sus calles, como la sangre por las
arterias de un monstruo colosal, ¡Dichosos los pastores de la
Arcadia, que no conocieron nunca esta caja de Pandora!
—¡Sí! ¡Dichosos ellos!—añadió Elias.—¡Si el pobre Clau-
dio no la hubiera conocido, no se habría suicidado!
—¡Quien sabe! El horizonte de Claudio'no tenia ninguna
tinta de color de rosa; era negro como la noche. Cuando á los
veintitrés años se ha perdido la fe y la esperanza, el corazón
late en medio de un desierto, á cuyo fin se halla el suicidio.
EL FRAC AZUL. 255
ademas, Claudio corria tras un imposible que, teniendo en
cuenta su carácter, le sentenciaba á muerte. Amaba á una
mujer, sin esperanza de ser correspondido.. Yo le había dicho
muchas veces: «Olvida y ríete, como Homero.» Pero ha pre-
ferido levantarse la tapa de los sesos.
Y Floro, haciendo un gesto expresivo, añadió:
—¡Bah! Ni es el primero ni será el último que se suicide
en Madrid. Para vivir en esta caldera, siempre en ebullición,
ge necesita másfilosofíaque la que él tenia. Pero no hablemos
de la muerte; hablemos de la vida, y vamonos de aquí, porque
comienza á hacer un vientecillo desagradable.
Los dos amigos se encaminaron lentamente hacia la po-
blación.
CAPÍTULO XXVI.

Un t r a d u o t o r , u n e d i t o r y u n p r i m o r actor.

Poco después los dos amigos abandonaron el cerrillo de


San Blas.
Florencio procuró distraer la melancolía de Elias con sus
chistes y su animada conversación, y más de una vez asomó
la sonrisa á los labios del poeta inédito.
Cuando llegaron al Congreso, oyeron una voz que gritaba:
—¡Floro! ¡Floro!
Florencio volvió la cabeza, y exclamó, al ver á un joven
que se dirigía hacia él:
—¡Ah! ¿Eres tú, incorrecto? ¿Adonde vas?
—Al Suizo,—contestó el preguntado, estrechando la mano
de Floro.
.Era aquél un jdven de veintiocho años, bajo de estatura,
EL FRAC AZUL. 257
gQQ grandes quevedos sobre la nariz y muy atildado en su
traje.
Comprendíase á primera vista que se ocupaba mucho de
Su persona.
Llevaba una gruesa cadena, al parecer de oro, y una sor-
tija en el dedo del corazón de la mano izquierda.
Su fisonomía no era expresiva, pero algunas mujeres le
hubieran tenido por hermoso.
Elias conoció al momento que aquel señorito no era un
bohemio.
Iba demasiado limpio y elegante para serlo.

II

Pusiéronse á hablar Floro y el de los quevedos, quien, di-


cho sea de paso, ni siquiera sefijó"en Elias.
Hé aquí el diálogo que entablaron:
EL DE LOS QUEVEDOS.—¿Has visto mi drama?
FLORO.—No.
Er. DE LOS QUEVEDOS.—¡Qué éxito, chico, qué éxito! Ha
hecho furor.
FLORO.—¿Sí? Vaya, me alegro.
EL DE LOS QUEVEDOS.—Me llamaron por dos veces á la
escena.
FLORO.—¿Y saliste?
EL DE LOS QUEVEDOS.—¡Hombre, sí! Por complacer al pú-
blico. ..
FLORO (con mucha soma).—¡Es natural! Es preciso ser
condescendiente con los que pagan.
33
2bS EL FRAC AZUL.

EL DE LOS QUEVEDOS (dando vueltas d un cuaderno de


comedias, impresas en Paris por el editor Micliel Levy),^.
Pues mira, chico, ¿creerás que hoy me lo critican algunos pe-
riódicos?
Ftottü.—¿Quién hace caso de eso? La envidia está á la or-
den del dia.
EL DE LOS QUEVEDOS.—Hablando sin vanidad y entre com-
pañeros, debo decirte que he hecho un trabajo concienzudo. El
diálogo del drama se puede decir que es completamente mió.
He cambiado las situaciones y he suprimido un acto; pero ¡en
este país no se agradece nada!... ¡Es una desgracia!...
FLORO (con malicia).—Tienes razón; aquí no se puede vi-
vir; yo, si tuviera tu talento y tu carácter, emigraria á Paris.
EL DE LOS QUEVEDOS.—Y no será extraño que al fin eso se
realice.
FLORO.—Me alegraré mucho.
EL DE LOS QUEVEDOS (después de mirar su reloj).—¡Dian-
tre! Son las cinco de la tarde y tengo que llevar un palco á
unas amigas. ¡Ah! Voy á darte unos billetes; me conviene
que esta noche se aplauda mi obra. ¡Ya ves! ¡Va el editora
verla!...
FLORO.—Entonces, es preciso aplaudirla; nada más sabro-
so que engañar á uno de esos comerciantes de Ja inteligencia.
E L DE LOS QUEVEDOS (entregando á Floro un paquete di
billetes).—Toma, toma, y repártelos entre tus amigos; y cuan-
do veas ocasión...
FLORO (interrumpiéndole).—Pierde cuidado: llamaremos
al autor.
Y el de los quevedos, después de estrechar la mano á Fio-
Kí. FRAC AZÍ.T,. 259

r0 y dedicar á Elías una ligera inclinación de cabeza, se fué,


satisfecho de sí mismo.

III

Cuando se quedaron solos, Floro soltó una carcajada, y al


terminarla recitó los siguientes versos de Eulogio Florentino
Sanz:

Tú vivirás en bronces y alabastros;


y al extinguirse en confusión los astros,
su última luz reflejará en tu nombre.

—¿Quién es ese ente?—preguntó Elias.


—Un lipendi; uno de esos fatuos que se pavonean por los
teatros con ínfulas de escritores, y que todo su talento se
halla empaquetado en la librería francesa de Bailly-Baillière.
Uno de esos traductores que cogen una comedia de un gran
maestro francos y la quitan personajes y actos, creyendo que
han hecho una gran cosa con semejante profanación, y acaban
ellos mismos por convencerse de que la obra que han tradu-
cido es suya.
—¿Y qué hacen los tribunales?—preguntó con extremada
buena fe Elias.
Floro soltó una. segunda carcajada, y dijo:
—Chico, los crímenes literarios no están consignados en
el Código. Ademas, las empresas prefieren las traducciones,
porque son más baratas. No hay empresario que no llore á lá-
grima viva el dinero que le cuesta una obra original, aunque
ésta le salve de una quiebra.
200 BL FRAC AZUL.

—Pero esos hombres no son autores dramáticos; para es-


cribir necesitan que antes lo hagan otros en París,—replicó
Elias con despreciativo tono.
—Cierto; mas en el teatro existen rutinas insoportables.
Llaman autor á todo el que presenta una comedia, y verso
á lo que es prosa; si no, recuerda cuando ensayan y dice el
apuntador: «Abí, al pié de ese verso», aunque sea prosa. La
costumbre, amigo Elias, entre bastidores, forma una ley que
tiene más fuerza que la de las Doce Tablas en la antigua
Roma.
—Yo no podré convencerme jamas de que un traductor
valga lo que un autor original,—exclamó de nuevo el poeta
inédito.—Para ser verdadero autor se necesita tener lo que se
llama fisonomía 'propia,
Floro se sonrió irónicamente, y respondió:
—i Vamos! Tú eres un neófito que no sabe vivir en esta
tierra de promisión, en esta hermosa jaula que se llama Ma-
drid. La cuestión aquí es vivir, y vivir bien, sea por la tra-
ducción ó por el original.
—Pero ¿qué dirán los escritores franceses al saber que las
obras que á ellos les ha costado meses de estudio, largas ve-
ladas de trabajo, se trinchan, se rajan, se destrozan en Es-
paña?
—Dicen que en España no hay literatura, y se rien de
nosotros.
—jNo! ¡no!—exclamó Elias con entusiasmo.—El teatro
en España está á una altura envidiable; aún no se ha degra-
dado; aún el público no admite esas groseras farsas, en que
los cómicos emplean la payasada para hacer reír, y cuyos
EL FRAC AZUL. 261
finales tienen un obligado de cernean '; aún no acepta el des-
peluznante melodrama, donde se falta al decoro y á la decen-
cia. En España existe, por fortuna, la familia; los hijos tie-
nen respeto á sus padres y les dan el nombre de señor. ¿Qué
español se atrevería á dar un banquete mientras su padre pi-
diera limosna en el portal á los convidados, como acaba de
suceder en Paris en el palacio de una eminencia, sin que le
rechazáramos con repugnancia, sin que le negáramos nuestro
saludo, nuestra conversación, nuestra mano? ¡No y mil veces
no! La familia y el teatro aún no se han prostituido en Espa-
ña. Confesemos, en buen hora, que el libro se encuentra en la
patria de Corneille á mayor altura que en la patria de Calde-
rón. Un gran filósofo francés, un célebre trágico, uno de esos
genios colosales del siglo XVIII, ha dicho al ocuparse de nos-
otros: <xEs preciso confesar que nosotros debemos á los espa-
ñoles la primera tragedia patética (El Cid) y la primera co-
media de carácter (El Mentiroso) que han ilustrado el teatro
francés. Los españoles tenían en todos los teatros de Europa
la misma influencia que en los negocios públicos; su gusto
predominaba, al par que su política 2.»

IV

Elias, viendo que su amigo no le replicaba, añadió con


más entusiasmo:

1
Cuando Elias deeia esto, no se conocía aún en España el género bufo,
a
l que, desgraciadamente, tanto se ha aficionado el público.
2
Ifoltaiw.
262 EL KWAO AZUL.
—Guillen de Castro dio con su drama Las mocedades del
Cid un pensamiento que inmortalizó á Corneille, y Alarcón
con su comedia La verdad sospechosa, dio asunto al célebre
Moliere para que escribiera El Mentiroso. Pero no es esto lo
extraño y lo ridículo, sino que algunos autores franceses han
traducido á su idioma comedias españolas, y no pocos traduc-
tores españoles han vertido después esos arreglos al castella-
no, por no tomarse la molestia de estudiar el teatro español.
El famoso Eugenio Scribe, el que durante veinte años surtió
con sus obras el teatro francés, tradujo á su leDgua una co-
media de Calderón de la Barca, titulada El secreto á voces, y
un español vertió al castellano esa traducción, y la puso el
nombre de El guante y el abanico. El público la aplaudid,
lo celebró y exclamó: «¡Oh! ¡El teatro francés! ¡Ah! ¡Qué
gran hombre es Scribe! ¡Qué ingeniosa comedia! ¡Qué viveza!
¡Qué detalles!»

Elias hizo una pausa para tomar aliento, y continué de


este modo:
—Nada quiero decir del filósofo poeta don Ramon de la
Cruz; porque ese genio, pobre como Diógenes y Grates; ese
gran pintor de las costumbres del pueblo madrileño, ha dado
á los vaudevülistas franceses muchas piezas, que luego los
traductores de España se han tomado la molestia de hacernos
conocer. ¡Ah! ¡Qué bien decía Lope de Vega:
El vulgo e=¡ necio, y pues lo paga, es justo
hablarle en necio para darle gusto!
KÍ4 FRAC AZUL. 203

VI

Floro miró con cariñosa compasión á Elías, y le dijo:


—Miguel de Cervantes fué un genio reconocido como tal
por todo el mundo, sin ningún género de duda; y sin embar-
go, Cervantes no supo vivir como hombre, siempre fué pobre
y casi murió de hambre y abandonado de todos. Te aconsejo,
pues, amigo mió, que aprendas á vivir; es lo más necesario en
este mundo; las ilusiones acaban por estropear el estómago y
matar la alegría.
Floro hubiera tenido indudablemente palabras para apagar
el entusiasmo de su amigo; pero Floro rinde de todo corazón
culto y admiración á las artes, y no quiso amargar las ideas
del joven poeta.

VII

Aquella noche Elias fué al teatro y vio salir á la escena al


traductor á quien había conocido por la tarde, el cual recibió
los aplausos que sus o.migos y el público de buena fe. le de-
dicaban á manos llenas.
Cuando más tarde se halló solo en su modesto cuartito,
exclamó con desconsolado acento:
—Después de lo que he visto, ¿qué queda para los autores
originales, para aquéllos que llegan á tener en literatura fiso-
nomía, propia y se crean un género? ¡Ah, sí! ¡Les queda el
mañana, pobre y amarga recompensa del genio!
2C4 KL FKAC AZUL.

VIII

Elías, después de pensar en muchas cosas, que bien po-


dían convertirse en humo como la gloria, pensó que era pre-
ciso contestar á su esposa.
Para que viniera con la familia á Madrid necesitaba tener
casa, y para tener casa era preciso dinero.
Á fuerza de cavilar y dar vueltas á la imaginación y al
dinero que no tenia, vio entre sombras la imagen de un editor
de comedias, y se propuso acercarse hacia ella, hasta colocarse
á tiro de palabra.
El editor, cuyo nombre no consigno en estas páginas, por-
que ya no existe, vivia en una elegante casa de la calle de
Hortaleza.
El inédito fué á verle, y el editor le recibió haciendo un
gesto desagradable, pues no prometía mucho el aspecto del
visitante.
Elias creyó ver estas palabras en la frente del comercian-
te de comedias:
—Este muchacho será un postilla hambriento, que viene
á darme un avance. Atemos la bolsa con dos nudos, y veá-
mosle venir.
El poeta se dispuso á abordar la cuestión.

IX

Después de las ligeras inclinaciones de cabeza, comenzó


el siguiente diálogo:
EL FRAC AZUL. 265
EL POETA.—¿Es usted don Fulano de Tal?
EL EDITOR.—Servidor de usted. ¿Qué ocurre?
EL POETA.—Me lian dicho que compraba usted comedias á
los autores.
EL EDITOR.—Sí, efectivamente; me dedico á ese negocio.
EL POETA.—Yo he escrito una, y venía...
EL EDITOR (mirando al poeta de arriba abajo con cierta
sonrisüa burlona).—¿Usted? ¿Y dónde se ha representado?
EL POETA.—Está presentada á una empresa, pero aún no
se lia puesto en escena.
EL EDITOR.—¡Ah! Entonces, lo siento, pero no podemos
hacer nada.
EL POETA.—Si usted se dignara leerla...
EL EDITOR.—La cuestión para mí no es leer, sino ver.
EL POETA.—Me ha ofrecido la empresa ponerla muy pron-
to en escena.
EL EDITOR.—¿Sí? Pues me alegro, porque entonces habla-
remos.
EL POETA.—¿Y por qué no ahora, caballero?
EL EDITOR.—Porque yo no compro nada que no se repre-
sente. ¡Se lleva uno tantos petardos!...
EL POETA.—¿Me toma usted á mí por un petardista?
EL EDITOR (con seriedad).—Nada de eso, joven; usted po-
drá ser un Lope de Vega, no lo pongo en duda; pero yo no he
tenido el gusto ue ver en escena nada de usted.
EL POETA.—Es verdad; sin embargo, en este mundo está
todo compensado, y el hombre vende sus propiedades según
las circunstancias; en la actualidad vendería yo mi drama por
mil reales.
•¿i
266 KL FRAC AZUL.
EL EDITOR.—¿La propiedad absoluta?
E L POETA (concibiendo una esperanza).—No sólo la pro-
piedad absoluta, sino todos los derechos que después del con-
trato pueda concederme la ley; y si el gobierno me diera ma-
ñana una encomienda ó una gran cruz, la cedo también en
favor de usted.

El editor pareció reflexionar unos segundos, como si le


halagaran los ofrecimientos del poeta.
Luego continuó el diálogo de este modo:
E L EDITOR.—Vamos á ver, joven; porque después de todo,
aunque los editores tenemos entre los poetas el nombre de ti-
ranos, no sé la razón, pero me intereso por usted, y estoy casi
resuelto á que nos entendamos, aun cuando pierda el dinero,
como otras veces. ¿En qué teatro tiene usted presentado el
drama?
E L POETA.—En el del Príncipe.
E L EDITOR (moviéndose en el sillón y haciendo girar sus
pequeños ojos con marcadas muestras de codicia).—No es
mal teatro; si la obra gustara, podían sacarse muy buenos
cuartos de ella; por consiguiente, en prueba del interés que
usted me inspira, pues yo, bien lo saben todos, me precio de
ser el paño de lágrimas de los poetas, voy á hacerle una pro-
posición.
EL POETA,—Escucho á usted con la mayor atención.
EL EDITOR.—¿Dice usted que la empresa tiene admitido el
drama?
Kr. Fiuc AZUL. 267
EL POETA.—Así me lo han dicho varias veces.
EL EDITOR.—En ese caso, no tendrá inconveniente en anun-
ciarlo en los carteles; eso á nada le compromete.
EL POETA (reflexionando).—Creo que no.
EL EDITOR.—Como asimismo no tendrá tampoco dificultad
alguna en entregar á usted una carta, por la cual se compro-
meta á ponerle en escena en la presente temporada.
EL POETA.—Caballero, no puedo asegurar tanto; pero si he
de dar crédito á los ofrecimientos que se me han hecho...
EL EDITOR.—Mire usted, joven: los que, como usted, son
noveles en el oficio, no deben hacer caso de los ofrecimientos
de los actores. En el teatro todo es mentira; lo que parece ter-
ciopelo es pana, y el oro no pasa de ser cobre; así pues, yo no
tengo inconveniente en entregarle los mil reales que pide por
la propiedad absoluta del drama, si lo veo anunciado en los
carteles, 6 me trae una carta de la empresa comprometiéndose
á representarle en la presente temporada.
EL POETA.—Pero si consigo lo que usted me exige...
EL EDITOR.—Entregaré á usted cincuenta duros. Y puesto
que nada más tenemos que hablar, si usted me lo permite, des-
pacharé el correo.
Esto era como decir:
—Puede usted marcharse, pues me incomoda.

XI

Elias salió de casa del editor, y calculando que aún era


tora de encontrar al primer actor en el ensayo, se encaminé
al teatro del Príncipe.
268 EL FRAC AZUL.
Entró Elias por la puerta del vestuario.
Efectivamente, el ensayo aún no habia terminado.
Oculto en la primera caja de bastidores de la izquierda,
sentado sobre el cajón que guarda el contador del gas, esperó
el poeta la terminación del ensayo.
Nadie podia verle, porque aquel sitio es el más oscuro del
teatro durante el dia, si se exceptúa el foso.
Todo tiene término en el mundo, y lo tuvo aquel ensayo;
entonces Elias, saliendo de su oscura madriguera, fué á en-
contrarse con el primer actor, pidiéndole un momento de au-
diencia.
Con mala voluntad y peor cara concedió el actor lo que le
pedia el poeta, y ambos entraron en un cuarto destinado al re
presentante de la empresa, y que se halla á lo último del foro,
junto al balcón que toma la luz de la calle del Lobo.

XII

Una vez allí, sin sentarse, comenzaron el siguiente diálogo:


EL ACTOR.—¿Qué tiene usted que decirme?
EL POETA.—Quiero hacerle á usted una confianza y pedirle
un favor.
EL ACTOR (creyendo sin duda que se trata de dinero y
arrugando el entrecejo).—Bien. Veamos lo que usted desea.
Hable usted.
EL POETA (después de tragar un poco de saliva y con la>
violencia y el malestar del que se ruboriza).—Quisiera sa-
ber si mi drama está real y efectivamente admitido por la em-
presa de este teatro.
EL FBAC AZUL. 260
EL ACTOR.—Al menos, yo así lo creo.
EL POETA.—En ese caso, usted puede prestarme un gran
servicio; y para interesarle en mi favor, voy á contarle mi po-
sición. Esto siempre le compromete más.
El actor hizo un gesto difícil de descifrar; uno de esos mo-
vimientos defisonomía,que lo mismo sirven para lo negro que
para lo blanco.
EL POETA (continuando).—Yo tengo familia y vivo sepa-
rado de ella; nuestro único afán es unirnos para sufrir y lu-
char juntos; pero para esto, para realizar esta grata y dulce
aspiración de nuestras almas, se necesita dinero, que es preci-
samente lo que yo no tengo. Al hacer á usted esta íntima con-
fianza, es porque tengo la convicción de que sabrá apreciarla.
Ahora bien: un editor me compra el drama que tengo presen-
tado en este teatro, si ustedes anuncian su título en los carte-
les, diciendo que está en ensayo. Esto á nada compromete á
la empresa, y es para mí de una utilidad muy grande.
EL ACTOR.—¡Ah! Pues si no es más que eso, puede usted
contar con que el drama se anunciará.
EL POETA.—Me hace usted feliz con esa promesa, y crea
que no olvidaré nunca...
EL ACTOR.—No vale la pena. Ademas, el drama me gusta;
tiene un papel que destaca sobre todos, y espero sacar partido
de él.
EL POETA.—¿Y cuándo tendré el gusto de ver su título en
los carteles?
EL ACTOR.—Probablemente mañana. Veré á la empresa, y
se redactará el anuncio.
EL POETA (con marcadas muestras de alegría).—¿Con-
270 KL FRAC AZUL.

que es decir que podré escribir hoy mismo á la familia, di-


ciendo que lo dispongan todo, y que vengan?
EL ACTOR (dirigiéndose hacia la puerta del cuarto).—
Sí, sí; escriba usted lo que quiera.
EL POETA (estrechando cariñosamente la mano del ac-
tor).—Si usted me cumple lo ofrecido, sepa que puede contar
conmigo para todo.

XIII

El actor iba á desaparecer por la escalerilla del escenario,


cuando Elias recordó la segunda condición del editor.
—Un momento, caballero,—le dijo.—Supongo que la em-
presa no tendrá ningún inconveniente en escribirme una carta
en la que diga que el drama mío se pondrá en escena en la
presente temporada.
—Eso ya es más difícil, querido,—contestó el actor, ha-
ciendo un gesto.—Esas cartas suelen traer graves disgustos á
las empresas; porque si por cualquier circunstancia el drama
no se hiciera, el editor y usted tendrían derecho á reclamar
los perjuicios; por eso no podemos dar esas cartas.
—¿Pues no está admitido el drama? ¿No dice usted que va
á anunciarse?
—Sí; pero hemos convenido en no dar esas cartas.
El actor desapareció por la oscura escalera precipitada-
mente, como el que huye de la justicia.
Elias se quedó un momento triste y pensativo.
Aquella negativa le pareció de mal agüero, pero de repen-
te se dijo:
KL FBAC AZUL. 271
—¡Bah! Si lo anuncian, si dicen los carteles, como me ha
prometido, que está ensayándose, creo que el editor no tendrá
inconveniente en comprar mi obra. Yo he confiado á ese actor
mi triste situación, y sé que es todo un caballero; me cumplirá
su palabra.
¡Pobre poeta!
CAPITULO XXVII.

JDos a n u n c i o s t e a t r a l e s y ©1 coolio <lo a l q u i l e r .

I .

Elias tenia encarnada en el corazón una buena fe perjudi-


cial; una palabra era para él una cosa inquebrantable; así es
que creyó á puño cerrado y con toda la vehemencia de su
alma candorosa la promesa del actor, y cogiendo la pluma, es-
cribió inocentemente estas líneas á su familia:
«Podéis venir cuando queráis. Vendedlo todo, exceptuando
los libros que expreso á continuación de esta carta; cuando
lleguéis, ya tendré aquí la casa arreglada con todo lo nece-
sario.»
A esta carta seguia una lista con los títulos de varias
obras de estudio.
Una parte de aquella noche la empleó el poeta inédito en
echar cuentas sobre los mil reales del editor, cantidad que aún
no poseía.
EL KRAC AZUL. 273
¡Pobre Elías! ¡Estaba bien lejos de soñar lo que le iba á
suceder!
II

—Mañana—se decia—tendré cincuenta duros; cuando sea


dueño de esta pequeña fortuna debida á mi pluma, distribuiré
el dinero del modo siguiente:

Alquiler de un cuarto, mes de fianza y mes adelantado. 240 rs.


Enseres de cocina 120
Una mesa y un sillón para mi despacho 140
Una docena de sillas de Vitoria usadas 120
TOTAL 020

—Esto es lo preciso,—continuaba, dejando la pluma sobre


el papel,—y me sobran trescientos ochenta reales para sufra-
gar los primeros gastos. Ademas, mi mujer traerá algun dine-
ro, sin contar los colchones, ropa blanca, y otras varias pren-
das; con lo cual bien se puede hacer frente á la desgracia por
espacio de seis meses. Y ¡qué diablos! para entonces ya seré
yo un autor conocido y solicitado por las empresas.
Y Elias se froté las manos con la satisfacción del hombre
que cree asegurado su porvenir.
Luego se tumbó en la cama, donde se durmió, continuando
poco más ó menos los sueños que le halagaban despierto.

III

Al dia siguiente, á esa hora en que las burras de leche


anuncian á los hijos del pueblo la hora del trabajo, Elias se
35
274 EL FJRAC AZUL.

despertó; y viendo entrar por los cristales de su ventana la


dudosa claridad del crepúsculo, vistióse precipitadamente y se
lanzó á la calle.
La mañana estaba fresca, pero nuestro poeta no sentía por
entonces frió ni calor.
Dicen que Dios da el frió según la ropa, y Elias no con-
taba con otra prenda de abrigo que su frac azul.
Algunos transeúntes, envueltos en sus capas, y con el em-
bozo subido basta las cejas, cruzaban en varias direcciones,
riéndose tal vez del desabrigado y madrugador señorito, que
se atrevia á desafiar, vestido tan á la ligera, las terribles y
funestas brisas del Guadarrama.
Elias llegó á la esquina de la calle de Atocha y de las Uro-
sas, y se detuvo.
El cartelero de los teatros no había pegado aún los colosa-
les programas de la función diaria, en uno de los cuales debia
aparecer la aurora de la fortuna de nuestro poeta.

IV

El que no ha escrito comedias ni ha soñado en la gloria,


no puede apreciar la dulce, la grata, la indefinible sensación
que experimenta un poeta ine'dito la primera vez que ve im-
preso el título de su obra con letras como melones en un car-
tel de teatro pegado en una esquina.
Elias, resuelto á esperar el venturoso instante en que el
cartelero fijara los programas, empezó á dar paseos arriba y
abajo por la acera, con las manos metidas en los bolsillos, y
tarareando soltó voce un aire de Norma.
EL FRAC AZUL. 275

El tiempo tiene la duración que la impaciencia le trans-


mite; hay horas como minutos, y minutos como horas.
Elias espero una hora, que fué para él un siglo.
Por fin divisó á lo lejos un hombre que á todo correr se di-
rigia hacia él, llevando una escalera al hombro, un puchero
que colgaba de unas cuerdas en la mano izquierda, y un rollo
de papeles de varios colores debajo del brazo.
El hombre llegó á la esquina de la calle de las Urosas, y
se detuvo, dejando en el suelo todos los objetos arriba expre-
sados.
—¡Este es mi hombre!—exclamó Elias para sí con indefi-
nible gozo.
El cartelero comenzó su tarea, y pronto los programas de
los teatros adornaron el esquinazo de la calle.
Elias abrió cuanto pudo los ojos, y se puso á leer el cartel
del teatro donde se hallaba cautivo su drama.

VI

Tres veces recorrió con afanosa mirada aquellas tentadoras


líneas, especie de anzuelo inventado por Cosme de Oviedo '

1
Cosme de Oviedo, comediante famoso, que nació en (¡ranada en el si-
glo XVII, fué el primero que puso carteles para anunciar las funciones tea-
trales; invención que ha dado pingües resultados á las empresas y graves
disgustos á los actores modernos, por la colocación de sus nombres en los
repartos de las comedias y en las listas de formación de compañía.
276 JJL FJRAC AZUL.

para atraer al público; pero ¡oh. desengaño! no encontró en todo


aquel descomunal cartel el anuncio de su drama, á pesar de
que una nota final anunciaba tres obras nuevas puestas en
ensayo.
Allí no estaba Lo, Calle, de la Amargura, que en aquel
doloroso momento lo fué para Elias la de las Urosas, cuyo es-
quinazo acababa de causarle tan horrible desengaño.
Elias, que siempre se hallaba dispuesto á pensar bien de
todo, en medio de su aturdimiento, creyó que el no encontrar
el anuncio de su drama en el cartel, podría ser, más que mala
fe de la empresa, uno de esos descuidos involuntarios tan fre-
cuentes en el teatro, y abandonando la calle de las Urosas, en-
caminóse á su casa, diciéndose:
—Será un olvido. Estoy seguro de que mañana veré el
anuncio en los carteles; aún me queda tiempo. La familia lle-
gará dentro de cinco dias, y teniendo dinero, no es tan difícil
encontrar una casa cuando el inquilino no prefiere una calle á
otra; cuando todos los puntos de la población le son comple-
tamente iguales.

VII

Esperó la hora del ensayo, y avistándose con el actor que


le habia prometido formalmente anunciar su drama, le recordà
su promesa.
El actor...
Pero ¿á qué entretener á los lectores con pequeños deta-
lles? Bástele saber que al dia siguiente tampoco se anunció
el drama de nuestro poeta, y al otro sucedió precisamente lo
EL FIUC AZUL. 211
mismo; de manera que Elias, que madrugaba todas las maña-
nas con el corazón lleno de risueñas ilusiones, volvía á regre-
sar á su humilde chiribitil con una esperanza menos y un
desengaño más.
El cuarto dia, ó sea el del cuarto desengaño, el poeta reci-
bió una carta.
Era de su familia y decia así:
«Mañana, á las once de la mañana, llegaremos á Madrid.
Nos han dicho que las diligencias paran en la fonda de las
Peninsulares; tú ya sabrás dónde se halla esa fonda.
»Hemos tomado la berlina para todos. Procura esperarnos
á nuestra llegada.»

VIII

Hamlet ante la sombra del rey de Dinamarca; don Juan


Tenorio ante la estatua del Comendador; Ovidio Nason sor-
prendido en los brazos de Julia por César Augusto, de seguro
que no se quedaron más absortos, más frios, más sobrecogidos
que se quedó el poeta Elias al terminar la lectura de la ante-
rior carta.
Sin embargo, aquella carta no podia ser más natural, más
lógica.
El poeta habia dicho: «Podéis venir», y la familia habia
contestado: «Allá vamos.»
El único culpable, pues, era Elias.
Su imprudencia y su buena fe le habían colocado en una de
esas situaciones de la vida en que el hombre no encuentra un
medio para librarse del naufragio.
278 EL FRAC AZUL.

Sin dinero y sin casa, ¿qué iba á hacer de aquellos cinco


huéspedes que esperaba? Porque venían nada menos que cin-
co personas, á saber: su esposa, su hija y tres hermanos pe-
queños.
En la vida privada de ciertos seres ocurren cosas tan in-
verosímiles y tan extrañas, que la pluma es impotente para
narrarlas con toda la verdad que reclaman.
El talento descriptivo de García Gutiérrez ó la poderosa
frase de Víctor Hugo se quedarían á la mitad del camino si lo
intentaran.

IX

Elias, ignorando si existia, salió á la calle y comenzó á dar


vueltas y más vueltas por Madrid, sin saber adonde le condu-
cían sus pasos.
Su aturdimiento era tan grande, que tropezaba con los
transeúntes sin apercibirse de ello.
Codazos, empujones, dicterios, amenazas, todo era para él
indiferente.
Su misión era dar vueltas, como el judío errante, sin saber
en qué dirección.
De pronto sintió que una manó se apoyaba con familiari-
dad en su espalda, y al volver la cabeza se encontró con su
paisano Joaquín.
La presencia de su amigo le produjo el efecto de una luz
cuando se camina en tinieblas.
La amistad en aquellos momentos fué para el poeta una
gota de bálsamo en medio de su amargura; le hizo el mismo
EL FRAC AZUX. 279

efecto que el que produce una butaca cuando nos hallamos fa-
tigados.
Elias abrazó á Joaquín.

—¿Qué te pasa?—le preguntó el estudiante.


—¿Lo.sé yo por ventura? Hoy tampoco han anunciado el
drama.
—De modo que el editor no habrá soltado todavía los mil
reales.
—Y mañana llega mi familia.
—Y no tendrás dinero.
—Ni casa.
—¡Diablo!
Entre los dos amigos no había secretos, y por eso se ar-
rebataban las palabras de la boca, como si se adivinaran los
pensamientos.
—¿Y qué piensas hacer?—preguntó Joaquín.
—Nada. ¿Qué quieres que haga?
—Pues chico, es preciso hacer algo.
—Sí, algo... algo... Pero ¿qué?
—El caso es—continuó Joaquín—que estamos á 24 del
•nes, y no tengo un cuarto. Si'yo tuviera dinero...
—Si tú tuvieras dinero, lo tendría yo.
—¡Es claro!
—•Y con dinero tendría una habitación.
—Cierto.
—Y entonces no nos faltaría nada.
280 EL FjRAC AZUL.
—Es verdad; pero como no tengo dinero...
—Nos falta todo.
—¡Hombre! ¡Quién sabe! El dinero se puede buscar.
Elias miró á su amigo, como dudando de la verdad de aque-
lias palabras.
Joaquín continuó:
—A grandes males, grandes remedios. Vamos á imponer
una contribución á la amistad.

XI

Favores hay que no pueden olvidarse nunca, y el que Joa-


quín prestó á Elias entonces es uno de e'stos; porque si bien
no fué muy reproductivo el trabajo que se tomó, no por eso
era menos digno de agradecimiento.
A las diez de la noche Joaquín había podido reunir seis
duros, ios cuales pertenecían á una docena de amigos; porque,
como hemos dicho antes, el mes estaba finalizando, y los estu-
diantes guardan, por regla general, muy poco para los últimos
dias.
Ciento veinte reales es una cantidad bien insignificante,
pero siempre es algo.
Con ella podia vivir tres dias la familia del poeta en una
casa de huéspedes.
Elias agradeció con toda su alma aquella nueva prueba de
amistad que le daba Joaquín.
Aquel generoso joven no había vacilado ni un instante en
molestar á sus amigos, con el fin de ayudar en lo posible »'
poeta.
KL FRAC AZUL. 281

XII

A las diez y media de la mañana del dia siguiente, Joa-


quín y Elias se hallaban esperando la diligencia en la fonda
de las Peninsulares.
Pasó una hora, y los viajeros no llegaban.
Transcurrió otra, y tampoco.
Dieron en el reloj de la Puerta del Sol las dos de la tarde,
y no parecían.
Esto era grave.
Elias preguntó en la administración la causa de aquel re-
traso.
Entonces supo que á la salida de Vallécas se habia roto un
eje de la diligencia.
Apenas el poeta oyó esta mala nueva, sin encomendarse á
Dios ni al diablo y sin pensar en los resultados, detuvo una
berlina de cuatro asientos que pasaba por la calle con el cor-
respondiente se alqitüa enarbolado, y dijo con voz breve y rá-
pida á Joaquin:
—Sube.
—Pues ¿adonde vamos?
—¡Toma! A ver lo que ha sucedido. ¿Quieres que me esté
aquí mano sobre mano, cuando Dios sabe si á estas horas se
tallará alguno de mi familia con un brazo roto ó la cabeza
descalabrada?
—Pero, chico, piensa que este viaje nos arruina.
—No importa; pediremos limosna; estoy resuelto á todo.
Ademas, espero que mi mujer traerá dinero.
36
282 EL FRAC AZUL.
—En fin, cúmplase tu voluntad.
Cuando los dos amigos estuvieron sentados en el coche
preguntó el conductor:
—¿Adonde?
—A Vallécas, y todo lo más de prisa posible,—respondió
Elias.
CAPITULO XXVIII.

tia p r o v i d e n c i a on. f o r m a <ie c o r i s t a d o z a r z u e l a .

Llegaron á Vallécas.
El coche se detuvo en la casa de postas, pero la diligencia
que buscaban no estaba allí.
Preguntó Elias al zagal, que fumaba pacíficamente, sen-
tado en el pojo de la puerta, y éste le dijo:
—¡Ah, sí! Se ha roto el eje; pero el señorito viene equi-
vocado; eso no ha sido en Vallécas.
—¿Pues dónde ha sido?
—A tres leguas de aquí; en Arganda del Rey.
—Gracias, amigo,—repuso Elias.
Y dirigiendo la palabra al cochero, continuó:
—¡Muchacho, arrea!
•—Pero señorito, ¿adonde vamos?—preguntó el cochero con
asombro.
284 JSL FKAC AZUX.
—A Arganda del Rey. ¿No lo has oido?
—Yo no puedo pasar de Vallécas.
—¿Cómo que no puedes pasar de Valle'cas? ¿Crees que no
se te ha de pagar tu trabajo?
—No, no es eso; sino que las bestias están desfallecidas.
Cuando usted me ha tomado iba á remudar; ya ve usted que
cuatro leguas de ida y cuatro de vuelta...
—Sí, son ocho. ¡Arrea! ¡arrea!
—No puede ser.
—El cochero tiene razón,—dijo Joaquín mezclándose en
la contienda.
—¿Conque en resumen,—volvió á decir Elias,—hemos lle-
gado hasta aquí para quedarnos con la misma incertidumbre?
—El zagal debe estar enterado de lo ocurrido; pregun-
témosle,—repuso Joaquín, asomando la cabeza por la porte-
zuela del coche.
Elias se dirigid al zagal y le habló de este modo:
—Diga usted, buen amigo, ¿sabe usted qué ha sucedido
á la diligencia?
—Nada,—respondió el joven;—que se ha roto el eje tra-
sero, y el coche se quedó sentado en el suelo.
—¿Y ha habido alguna desgracia entre los viajeros?
—¡Ca, no señor! Al contrario: la avería ha servido de dis-
tracción; y en cuanto el herrero componga el eje, tornarán á
emprender el camino.
—¿Podrá tardar mucho todo eso?
—No señor.
—¿Pero cree usted que es prudente esperar aquí la dili-
gencia?
BL FRAC AZUL. 285

—¡Anda!—repuso el zagal.—Cuando esté el eje aviado


pasará por este pueblo como una centella.
—Es que yo tampoco me puedo esperar, señorito,—objetó
el cochero.

II

Elias perdió el pleito, y no tuvo más remedio que ceder.


Una hora después tornaba á entrar el coche por la puerta
de Atocha.
Había anochecido.
El poeta entregó al cochero sesenta reales; es decir, se
quedó arruinado.
Aquel contratiempo imprevisto había reducido su capital á
la mitad.
Los dos amigos pusiéronse á pasear por la acera de las
Peninsulares, esperando la diligencia.
Elias estaba triste, meditabundo, abismado.
Joaquin procuraba en vano consolarle.
Dos cosas preocupaban á nuestro poeta: la primera, pensar
qué habría sucedido á su familia; la segunda, calcular qué
haría con su familia, puesto que su fortuna se reducía á muy
poca cosa.

III

Transcurrió una hora.


La impaciencia y el malestar del poeta crecían á medida
que el tiempo pasaba.
286 EL FRAC AZUL.

De vez en cuando se acordaba del actor que le Labia colo-


cado en aquel conflicto ofreciéndole anunciar su drama.
Entonces una nube cruzaba por sus ojos, y un temblor
nervioso estremecía su cuerpo.
Era. el odio, la rabia, el deseo de venganza, que se apode-
raba de su corazón.
Muchas veces nos ha contado Elias las terribles angustias
sufridas aquella noche, y nunca lo ha hecho sin dedicar un
recuerdo de gratitud imperecedera á una mujer que ya no
existe.
Pero no adelantemos la marcha de los sucesos.

IV

El reloj de la Puerta del Sol daba diez campanadas cuan-


do por la parte de la calle de Alcalá que conduce al Prado, se
oyeron los clásicos cascabeles y el precipitado galope del tiro
de una diligencia.
—¡Ahí están!—exclamó Joaquin.
El corazón de Elias latió con inusitada precipitación; la
palidez de su rostro creció, hasta tomar el tinte amarillento
del cadáver.
¿Qué iba á hacer con su familia?
¿Adonde conducirla sin dinero?
El deplorable estado de su traje no era por cierto la mejor
garantía para que le recibieran con toda su familia en una
casa de huéspedes.
Sólo una esperanza le quedaba: que su esposa trajera al-
gun dinero.
EL FRAC AZUL. 287

Llegó, por fin, la diligencia, y se detuvo delante de la


fonda.
Elias, olvidándolo todo, se disponía á abalanzarse á la ber-
lina, pero en aquel instante se sintió detenido con suavidad
por una mano.
Volvió la cabeza para enviar á los diablos al importuno,
cuando se encontró con la joven Enrica.

— ¡Ah! ¿Es usted?—dijo él poeta.


—Sí, yo,—repuso Enrica.—¿Ha venido la familia?
—Creo que sí; voy á verlo.
—¿Tiene usted casa para los forasteros?
Esta pregunta hizo recordar al poeta que su familia se en-
contraba en medio de la calle.
—¡Casa! ¡casa!—repitió.—¡Qué he de tener casa!
—-En ese caso, vengo á ofrecerle la mia,—volvió á decir
la generosa joven, enviando una sonrisa llena de bondad á su
amigo.
—¿La de usted?—preguntó el poeta con asombro.
—Sí, la mia. Me ha dicho Alejandro el apuro en que us-
ted se encontraba, y lo he dispuesto todo. La cena está arre-
glada en la hornilla. Conque tome usted la llave. Yo, hasta
que ustedes encuentren una habitación, viviré en casa de una
amiga.
—Pero, señorita...—tartamudeó Elias.
•—¡Nada! ¡nada! Es un deber de amistad; los amigos deben
tyudarse mutuamente; lo único que yo siento es que he fal-
288 EL FRAC AZUL.

tado á la función de esta noche por buscarle á usted. He ido


al café de la Perla y al de Minerva; pero, afortunadamente
he tenido la.ocurrencia de pasar por aquí.
Enrica entregó las dos llaves á Elias, que la escuchaba
asombrado.
Luego continuó:
—Adiós, amigo mió; no quiero entretenerle. Ya nos vere-
mos. Me alegraré que encuentre usted á su familia sin no-
vedad.
Enrica, después de las anteriores palabras, desapareció, de-
jando anonadado á su protegido.
Elias, con las llaves en la mano, sin saber lo que le pasaba,
exclamó en voz baja:
— ¡Haj Providencia! ¡hay Providencia!
El poeta no se movia del sitio; parecia enclavado en el duro
pavimento de la acera.
Afortunadamente, Joaquín le gritó desde el despacho de la
administración:
—¡Eh! ¿Qué diablos haces?

VI

El poeta despertó en aquel momento, y de un salto se tras-


ladó á la administración de las diligencias, donde le esperaba
su familia.
lia rotura del eje no habia causado lesión alguna á aque-
llos seres tan queridos para Elias.
Allí hubo lágrimas, abrazos, y sobre todo, un gran fondo
de alegría, de placer, de contento.
KL FRAC AZUL. 28?)
•Volvían á reunirse para no separarse nunca! Esto siempre
causa una felicidad á los corazones que se aman.
No hay desgracia que no so aminore cuando puede com-
partirse, cuando nos vemos rodeados de seres que la compren-
den y procuran consolarla.
¡Oh! ¡Benditos sean los lazos de la familia, porque ellos
prestan perfumes al alma, tranquilidad al corazón, fuerzas al
decaído espíritu; porque ellos nos transmiten la energía nece-
saria para luchar contra los rudos golpes del infortunio; por-
que ellos ablandan el duro pan de la pobreza; porque ellos nos
hacen amar el trabajo, principio infalible de prosperidad, fuen-
te inagotable del soñado bienestar del pobre; porque ellos nos
revisten de la santa resignación que tanto necesita el hombre
en su desgracia!
La familia es la fortuna del proletario, la alegría del rico
y el consuelo del desgraciado.
¡Oh! ¡Dichosos vosotros, los que os agrupáis en el modesto
rincón de vuestros hogares para ayudaros mutuamente!
¡Dichosos vosotros, los desheredados, los que cruzáis la
tierra de los hombres ensangrentándoos los piés por el áspero
camino de la vida, si tenéis unos ojos que lloren con los vues-
tros, y una mano que estreche vuestra mano, y una compa-
ñera dulce y amorosa que os haga pensar de vez en cuando en
Dios, y os aliente en vuestra amargura!

VII

El grupo que forma una familia pobre sobre la cual tiende


*us impalpables alas el ángel del hogar, refresca el corazón de
37
yoo EL FRAC \>:ai.
los hombres honrados, y obliga á los escépticos á apartar por
un momento los ojos de la tierra para fijarlos en el cielo.
En la actualidad, Elias, que goza de una posición indepen-
diente, que mira casi asegurado el porvenir de sus hijos, no ge
cansa de repetir:
—Todo cuanto soy y todo cuanto llegue á ser lo debo á
mi familia; porque la fuerza de voluntad y la fe, esos dos ele-
mentos tan indispensables á los pobres, se hubieran extingui-
do en mi ser al encontrarme solo en el mundo. La familia,
pues, me ha hecho agradable el trabajo, fácil la lucha, y me-
nos amarga la desgracia; por eso, mientras mi mente pueda
pensar y mis dedos puedan sostener Ja pluma, dedicaré todas
Jas horas que Dios me conceda de existencia, á enaltecer el
amor á la familia, á la virtud, á la moralidad, sembrando en
mis humildes obras los divinos preceptos del Crucificado; esa
ley sublime, ese co'digo inmortal que enaltece al hombre, que
rechaza la esclavitud, que agrupa la humanidad, rodeándola
cou uu lazo de flores, y derramando sobre ella los perfumes de
Oriente con esta sola frase: «Todos somos hermanos.»
CAPITULO XXIX.

Xocho toledana.

La habitación de Enrica tenia bien pocas comodidades para


hospedar á seis individuos.
Sólo había una cama, pero ésta se encontraba dotada de
tres colchones.
Enrica lo habia provisto todo, y los forasteros hallaron la
mesa puesta y la cena al calor de la lumbre.
Mientras la familia del poeta, que no sospechaba nada, h=c
entretuvo en cenar, Elias y Joaquín ejecutaron una escena que
tenia mucho de cómica.
El cuarto de una joven de las condiciones de Enrica se
halla, por lo general, adornado de ciertos detalles, de cierta
minuciosidades femeninas, que pronto demuestran su origen
al menos observador.
Plores de mano, coronas marchitas, pulseras de doublé,
2'-)"¿ KL FRAC AZUL.

rollos de gasa para rellenar el pelo, zapatillas, tarros de cold-


cream, cajas de polvos de arroz, y otros muchos objetos de esta
índole, encontraban los dos amigos por doquiera que dirigían
las miradas; pero tan pronto como uno de estos objetos com-
prometedores era observado, una mano caia precipitadamente
sobre él, y lo sepultaba en los profundos bolsillos del gabán
de Joaquín, como género de contrabando.
Esta maniobra, que gracias á la ligereza de Joaquín, no
fué observada por la esposa de Elias, se terminó satisfactoria-
mente.
Nada tan sencillo como decir la verdad; pero el hombre
busca muchas vece?, sin explicarse la razón, el camino más
torcido, el del engaño.

II

A las doce de la noche Joaquín se separó de su amigo.


Elias se quedó solo con su familia, y entonces eupo q'ie
venían sin más capital que cuarenta reales.
—¿Pues y la venta de los muebles?—preguntó el poeta.
—Amigo mió,—le contestó su esposa,—la persona que ha
comprado parte de ellos, á última hora me ha dicho que nos
enviaria su importe; y como yo tenia en mi poder los billetes,
me he visto en la precisión de venirme sin el dinero. Sin em-
bargo, los colchones y algun otro objeto, entre los que se halla
un cajón de libros, llegarán en breve, pues vienen en las men-
sajerías aceleradas.
—Lo siento,—repuso Elias;—porque nos puede hacer fal-
ta. En esta casa no podemos vivir siempre.
EL F7UC AZUL. 293
—¡Pues qué! ¿no es tuja?
—La teDgo alquilada por algunos días, pero quiero que lií
busques el cuarto á tu gusto.
El poeta mintió' nuevamente, no atreviéndose á decir la
verdad del caso.

III

En aquel momento llamaron á la puerta de la calle.


Sonaron cinco golpes y repique, que eran precisamente los
que se daban para el cuarto de Enrica.
Elias calculó que sería Alejandro, quien, siguiendo su an-
tigua costumbre, vendria á visitar á su novia.
Asomóse á la ventana.
Una voz; por la que reconoció á su amigo Joaquín, le dijo
desde la calle:
—Ooge las llaves y baja.
—¿Para qué diablos quieres que baje á estas horas?—res-
pondió Klías. —¿No puedes esperar á mañana?
—No, baja. Ha sucedido una desgracia, y to necesito.
121 acento de Joaquín parecía tan conmovido, que el poeta
no vaciló un momento, y dijo precipitadamente á su esposa:
—Podéis acostaros. Joaquín viene á buscarme. Ignoro lo
que quiere, pero debe ser algo grave; me llevo las llaves; no
ffle esperéis.
Y salió del sotabanco.
Poeo después se reunia con su amigo.
— ¿Qué ocurre?—le preguntó.
-—Una desgracia. Echa á andar; no nos detengamos.
294 EL FRAC AZUL.
—Pero ¿adonde vamos?
—A casa de Juan.
—Pues ¿qué le sucede?
—Que el pobre chico, al retirarse á su casa, se ha encon-
trado muerta á su madre.
—¡Muerta!
—Lo que oyes. A no ser que, como él es tan pusilánime,
haya confundido la muerte con un accidente insignificante y
pasajero.
—¿Y dónde está él?
—Le he mandado en busca de un médico amigo mió.
Vendrá á reunirse con nosotros en su casa.
—Vamos, vamos.
Y los dos amigos se encaminaron precipitadamente á la
calle del Salitre.

IV

Durante el espacio que media desde la calle de Santa Po-


lonia á la del Salitre, los dos amigos no despegaron los labios.
La muerte tiene algo de imponente que paraliza la lengua
y oprime el corazón, porque es el misterio más grande de la
humanidad, la línea donde se detiene el genio investigador
del hombre.
Cuando los dos amigos se hallaron en la escalera, Elias
preguntó:
—¿Tienes la llave de la buhardilla?
— Está abierta. Juan me lo ha dicho así.
Llegaron por fin.
EL FKAC AZUL.

-No late,—jijo.
EL KB.VO AZUL. 295
T,o moribunda y débil luz de un candil alumbraba la té-
trica escena que vamos á bosquejar.
En mitad de aquella reducida pieza veíase á la desgracia-
da loca, tendida, con los brazos abiertos, la cabeza en el suelo
y los desnudos pies sobre el miserable jergón.
El color amoratado de su rostro, la crispatura de sus ma-
nos; todo, en fin, demostraba que aquella infeliz habia sufri-
do, sola y abandonada, una agonía violenta.
Adornas, veíase en su boca un mendrugo de pan, como si
le hubiera sobrecogido la. muerte cuando estaba comiendo con
aquel apetito voraz que. tanto desconsolaba á su hijo.

La primera impresión de los dos amigos en presencia de


aquel cuadro terrible, fué quedarse mudos, anonadados.
Después de una pausa, Joaquín fué el primero que se re-
puso, y dijo de este modo:
—Cmo que Juan tenia razón; esta desgraciada mujer está
muerta.
—¿Y qué hacemos ahora?—preguntó el poeta.
—Veamos si alienta.
Joaquín cogió el candil, y Elias, arrodillándose junto si
cuerpo de la loca, le puso, con alguna repugnancia, la mano
sobre el corazón.
—No late,—dijo.
—Ni respira, — añadid Joaquín, aproximando la luz del
candil á la boca de la loca.
—No hay duda: es un cadáver.—repuso Elias.
2ïití BL FRAC AZUL.
Aquí hubo otra pequeña pausa.
Joaquín dejó el candil en su sitio, y se quedó mirando i
su amigo, como pidiéndole consejo.
Pero á Elias en aquel momento, preocupado y aturdido con
la muerte de aquella desgraciada, no se le ocurrió despegar
los labios.
De pronto le asaltó una idea.
—Esta infeliz debe haber sido muy desgraciada*,—dijo.
—Su vida es un misterio, aun para su mismo hijo.
—¡Cuántos dramas desconocidos hay en el seno de Ja mi-
seria! ¡Cuántos misterios desconsoladores bajan al sepulcro
con sus héroes, sin que lleguen nunca á entrar en el dominio
del público!
—Ahora me haces recordar que esta desgraciada conserva-
ba un cofrecillo, cuyo contenido ignora todo el mundo, hasta
su hijo.
—Desde la noche que vi por primera vez á esta mujer, ha
sido para mí ese cofrecillo, del cual me hablaste, un objeto de
curiosidad. ¿Quién sabe si encierra una historia llena de deli-
cados detalles, de escenas patéticas, el conjunto de esos pade-
cimientos morales que conducen á la demencia ó terminan
bajo el miserable techo de una buhardilla?
—¡Vamos! Tú,ya ves en esta muerte una novela. Vosotros
siempre vais á caza de argumentos.
—La vida es una novela, y la novela una historia amena.
Todas las criaturas que han sido sacudidas por el terrible hu-
racán de las pasiones, pueden servir de héroes á la pluma de
un escritor. El mejor novelista es el que observa con más
cuidado el mundo que le rodea, el que profundiza más en el
KL FRAC AZUL. 207
corazón humano, y dice á su público: «Lee y piensa.» ¡Bal-
zac! ¡Edgardo Poe! Hé ahí dos grandes hombres. El primero
es un novelista universal; nada tiene de francés, porque ha
desechado de sus obras esa trinidad de la palabra, ese juego
de la frase, de que tanto gustan los escritores de su patria.
Sus obras no se reducen solamente á producir una agradable
música en el oido del lector; tienen más transcendencia, más
filosofía, más profundidad que todos los escritores de su época
que han pretendido sobreponérselo En cuanto á Poe, es un
coloso en el arte, á quien debe leerse de rodillas y con la ca-
beza descubierta; cada palabra que él subraya es un poema
que merece estudiarse con detenimiento. En Paris han cono-
cido lo que vate este escritor, y para que no causo una revo-
lución, perjudioial á las letras francesas, para que no anonade
con la colosal fuerza de su ciencia y de su genio, lo traducen
poco á poco: ahora un cuento, mañana otro, dándoselo al pú-
blico en pequeñas dosis homeopáticas, para que pueda dige-
rirlo.

VI

El poeta, hablando del arte, parecía olvidarse de la di-


funta.
Joaquín le interrumpió, diciéndole:
—Se me ocurre una cosa.
—Sepamos.
—¿Quieres que busquemos el cofrecillo? Tal vez te sea
útil...
—No, no,—dijo el poeta; —no robemos un secreto á la
38
298 r.¡. TRAC A¿VL.

muerte antes que se apodere de él su legítimo heredero. Ese


cofrecillo pertenece á Juan; si él me lo confia, si él me con-
cede facultades para que haga el uso que me acomode, enton-
ces es otra cosa.
—Ea fin, como quieras; pero me ha- dicho muchas veces
que su madre lo tenia oculto entre la paja del jergón.

VII

Aquí llegaba la conversación de los dos amigos, cuando


sonaron pasos precipitados en la escalera, y pronto Juan, pá-
lido, desencajado y con la cabeza descubierta, penetró en la
buhardilla, seguido del médico.
—¿Qué ocurro?—dijo éste, dirigiéndose á Joaquín.
—Ocurre, amigo mió, que esta desgraciada que ve usted
tendida en el suelo, madre de este joven, desde hace muchos
años padecía uno enajenación mental, y según parece, ha ter-
minado su existencia en uno de esos ataques repentinos que
matan con la misma rapidez que el rayo.
El médico reconoció con detención el cuerpo de la ¡oca, y
después dijo, con la impasibilidad de la ciencia:
—Efectivamente; es un ataque cerebral fulminante el que
ha cortado el hilo de sus dias; hoy he tenido otro caso igual.
Observo que durante esta temporada de los hielos son bastante
frecuentes estas muertes. Será preciso dar parte al juez ó al
comisario del distrito.
— Se hará todo lo que usted disponga,—dijo Joaquín;—
aunque yo creo que bastaría con que usted escil'iera el cer-
neado de defunción.
EL FRAC AZUL. 290
—Estamos conformes; pero cuando una persona mucre sin
testar, se necesita cumplir ciertas formalidades.
—Yo s.ílo lo he dicho, amigo mió, para que molesten lo
menos posible á. ese pobre joven.
Juan, de pié junto al cadáver de su madre, con los ojos
enrojecidos por el llanto, se hallaba anonadado.

VIII

Para terminar escenas enojosas, diremos que .se hizo todo


lo que habió, indicado el médico, y que después de cumplir
con las formalidades de la ley, tomarles á Joaquin y Elias ju-
ramento de que declaraban la verdad en el caso, y quedar en
casa del comisario las señas de sus respectivos domicilios, se
procedió al entierro del cadáver, que como era pobre, tuvo sus
inconvenientes y dificultades, que se vencieron, gracias á la
ftnergía que desplegó Joaquin en aquellos momentos.
Juan, como una máquina, como un autómata, sin volun-
tad propia, iba y venía, haciendo con admirable prontitud todo
lo que le mandaban.
Cuando el cuerpo de la madre bajó á la tierra, Joaquin se
llevó al hijo á su casa, mandando á la patrona que pusiera
una cama más en la alcoba que él ocupaba.
—Estarás en. mi casa—le dijo—hasta que quieras ó hasta
que puedas por tí mismo ganarte la subsistencia, pues creo
que no será difícil que encuentres un editor que te encargue
algunos dibujos; yo veré si puedo proporcionarte trabajo, por
medio de mis amigos.
300 KL FBAO AZDI.

IX

La herencia de Juan se redujo sencillamente á un vaso de


cristal maqueado de oro, resto sin duda de la pasada opulen-
cia de su madre, 7 el misterioso cofrecillo. El vaso, que aún
Jo conserva Elias, pues se le dio como un recuerdo, estaba en-
cerrado en una caja de cartón forrada de raso amarillo.
Los deraas enseres eran los muebles, que Juan, por con-
sejo de Joaquín, dejd en la buhardiJla cuando entregó Jas lla-
ves al casero.

Así concluyo' su vida aquella infeliz loca, llevándose al se-


pulcro quizas una .historia de lágrimas.
Nada tan horriblemente abrumador como esa cruel des-
igualdad de las fortunas. El espíritu se oprime al ver la des-
gracia en su última y tétrica manifestación, y se entristece al
ver la opulencia en el más aíto y deslumbrador grado de su
esplendidez.
La raza humana, orgullosa con su alma inmortal, con el
don de Ja palabra y con eJ conocimiento deJ bien y deJ nial,
aun siendo hechura de Dios, es en verdad bien desgraciada.
¿De qué" Je sirven todos Jos dones con que Je ha dotado Ja
sabia naturaleza? De nada. Son sus más terribles enemigos,
puesto que el último ser de Ja creación es más feliz que el
hombre, que arrojado del paraíso, vaga por la tierra, devorado
por sus deseos y por su ambición y enervado por sus vicios.
EL FBAC AZUL. 301
B¡n vano algunos hombres grandes buscaron y buscan la
panacea que remedie los males de la humanidad. La maldición
del Génesis pesa sobre su frente, y nunca se verá libre de ella.
¡Pobre Juan! Al quedar solo en el mundo comenzó á ca-
minar por la espinosa senda con el corazón en la mano, y
Dios, compadecido de su honradez y su inocencia, le deparó
lo que tan pocas veces se encuentra en esta sociedad corrom-
pida: un amigo leal y generoso en Joaquín el estudiante.
CAPÍTULO XXX.

XJn o n c a M t r o inesporaío.

• Elias tornó á su casa á las diez de la mañana.


Su esposa no se había acostado.
El poeta le conto lo ocurrido.
Luego, pareciéndole muy prudente entregarse al descanso
algunas horas, para meditar después el camino que debia em-
prender, P.O acostó.
Cuando el hombre encuentra uno y otro y otro obstáculo
ante su paso, no es extraño que la duda se apodero algunos
momentos de su corazón. Elias dudo de sí mismo.
—TaJ vez—se dijo—lo que yo he escrito no es un dra-
ma; tal vez la empresa tiene razón en no ponerle en escena,
p¡ies me evita un terrible desengaño. Necesito un hombre á
quien consultar mi obra. ¿Quién será este hombre?
El f^e-t?. buscó con detenimiento en su imaginación un n-
EL K1UC AZUL. ¡JOo

terato, un escritor dramático de nota á quien elegir como últi*


nio recurso en su desgracia, y un nombre se aferró tenazmen-
te en su pensamiento.
Este nombre era el del excelentísimo señor don Ventura
déla Vega; aquel gran conocedor del teatro; aquel inimitable
director de escena, aquel talento envidiable, que fué calum-
niado algunas veces por los pequeños, como lo son casi siem-
pre en el mundo los grandes hombres.

II

Hecha esta resolución, Elias esperó la hora del ensayo y


se presentó en el teatro.
Por esta vez, el poeta inédito entró resueltamente en e]
escenario, dirigiéndose rápido como una flecha en bu¿ca de su
hombre.
— Vengo á recoger mi drama,—le dijo, antes de darle
tiempo pura que le dirigiera la palabra.—lie resuelto que no
se ponga en escena.
Esta salida inesperada sorprendió al actor.
—¡Pues qué!--exclamó.—¿Va usted á darlo á otra em-
presa'?
—Ignoro aún lo que haré con mi obra; pero lo que puedo
asegurar es que no lo representará usted; antes que eso suce-
da, prefiero arrojar al fuego mi pobre manuscrito.
—Está bien,—repuso el actor algun tanto contrariado.—
Usted es dueño absoluto de su drama, y le será devuelto in-
mediatamente.
—Eso es lo que deseo.
304 El. V&KC AZDI..
El actor diò orden al representante de la empresa para que
trojera el drama de EJías.
—¿Está usted resuelto á llevarse la obra?—volvió á decir
el actor.
—Sin duda alguna. Si me hallase en Ja posición de esos
autores á quienes se les pide una obra como salvación de una
empresa, podia creerse que deseaba que me suplicaran. Pero,
por desgracia, valgo muy poco para ustedes todavía, y mi re-
solución en nada puede afectar á los intereses de este coliseo.
—Sin embargo, yo había pensado ponerle en escena.
—Y yo, caballero, he resuelto que usted no represente mi
drama.

III

El actor miró" con desdeñosa compasión al poeta descono-


cido, que se atrevia á poner de manifiesto su orgullo.
El representante entró en aquel momento con el drama de
Elias.
—Aquí tiene usted su obra,—dijo el galán.
—Algun día nos volveremos á encontrar en el camino,—
repuso Elias,—y tal vez entonces las circunstancias reanuden
nuestras relaciones, rotas en este momento. El corazón me
dice que podré serle útil en otra ocasión.
—Mucho se promete usted de su talento, amigo mío,—dijo
el actor algo resentido.
—De mi talento nada, porque ignoro si le tengo; pero de
mi fuerza de voluntad y de mí fe espero mucho. Es posible que
alguna vez necesite usted de mí, como ahora he necesitado yo
KL FBAC A'/XL. 305
de usted. Soy el más joven, y según el o'rden tradicional del
teatro, lo lo'gico es que yo suba y usted baje.
—Me alegraré de que no salga cierta esa profecía,—dijo
el actor, casi burlándose del poeta.
—A los actores, caballero, les sucede precisamente lo con-
trario que á los poetas. La juventud de los primeros es buena;
pero la vejez suele ser mala. Las camas del hospital no son
extrañas á los émulos de Lope de Rueda.
—Recuerde usted—añadió el cómico, algo picado—que
también las ocupan á veces los émulos de Calderón.
—Son menos, caballero; pero no tenga usted la menor
duda de que algun dia por mi influencia se ajustará usted de
tercer barba en algun teatro.

IV

El actor miró con desdeñosa compasión al que él sin duda


creia loco, y le volvió la espalda.
Elias tuvo un mal pensamiento, y dio un paso hacia el
actor; pero la reflexión acudió en su ayuda, y se dijo:
—¡Bah! ¿Qué gano promoviendo un escándalo? Demos
tiempo al tiempo.
Y salió del teatro, con el manuscrito de su drama en la
mano.

El paso que acababa de dar podia tener para Elias fatales


consecuencias, pues su drama estaba admitido, y la empres?.
39
SOQ BL FBAC AZUL.

habia contraído con el autor el compromiso moral de represen-


tarle.
El poeta reflexionaba todo esto mientras se dirigia maqui-
nalmente hacia el Retiro.
—Sí,—se decia;—he hecho bien en recoger mí obra. ¿Qué
puedo esperar de ese actor, que después de conocer mi apu-
rada situación, ni siquiera se ha dignado anunciar mi drama?
Bien hecho está lo hecho. Yo sé sufrir, esperar, luchar; pero
nunca me degradaré. No inspiro ningún interés á ese hombre;
no debo, por lo tanto, ser su amigo.

VI

filias, pensando estas y otras cosas, llego' al Retiro.


Mucha gente se paseaba alrededor del estanque grande,
tomando el sol, entretenida en contemplar las evoluciones de
los patos.
Elias siguió r,u marcha, como si le molestara tanta gente,
y llego' por fin á un sitio solitario.
Allí se dejó caer sobre la yerba y fijó su triste mirada en
ios pelados cerros que cierran el horizonte por la parto de Va-
llecas.
Después de algunos momentos de contemplación, sacó un
lápiz, abrió su drama y se puso ;í leer unas escenas del acto
tercero.
—Las corregiré' un poco,--so dijo,—pues quiero leer mi
drama á Ventura de la Vega, aunque él ¡?e empeñe en no oírle;
y si me dice que es malo, si me da razones probándome que
no sirvo para autor dramático, juro aquí por lo más sagrado
EL FKAC AZUL. 307

romper mi pluma y no escribir un solo verso en lo que me


queda de vida.

VII

Después de este juramento, Elias comenzó á corregir su


acto con gran detenimiento; y tan embebecido se hallaba en
su trabajo, que no observó que cerca del sitio en que se halla-
ba, y medio oculto en la hondonada que formaba el terreno,
se hallaba un hombre echado boca abajo y mirándole con in-
terés.
Por fin el hombre se movió un poco, é incorporándose, dijo
en YOZ alta:
—Saludo á la aplicación y á la perseverancia.
Elias levantó la cabeza, exclamando al mismo tiempo:
—¡Calla! ¿Eres tú?
—¿Te asombras de encontrarme en tan solitario parajei?
—Sí; te creia en la redacción.
—¡Ah! Nuestra redacción ha sido hoy el puerto de Arre~
batacapas, pues la ha tomado por asalto la policía; pero, afor-
tunadamoate, yo he podido saltar por uua ventana del patio,
llevándome escondida una buena parte del contrabando que
buscaban.
—¿Y dónde lo tienes?—preguntó Elias con acento de mar-
cada curiosidad.
—Acabo de enterrarlo aquí, esperando mejor ocasión.
Y Roberto Robert, pues éste era el que habia interrumpido
el trabajo de Elias, indicó con la mano un sitio donde aún se
iiotaba la tierra removida.
30H BL FRAC AXUL.

VIII

Roberto Robert ocupaba por entonces una plaza de redac-


tor en el periódico La Europa.
Sus artículos eran leídos con avidez por todos los que se
oeupaban de la política.
En aquel diario alcanzó una gran reputación de periodista,
de hombre de talento.
El contrabando de que poco antes había hablado Roberto no
era otra cosa que unas proclamas republicanas, que si caian
en poder de la autoridad, ponian en grave compromiso á los
redactores de La Europa.
Robert, por salvar á sus compañeros, había cogido el fajo
de proclamas, se las habia ocultado en el pecho, y abrochán-
dose el gabán y saltando por una ventana, habia burlado á la
policía.
Bien es verdad que Roberto, republicano de pura sangre,
estaba siempre dispuesto á sacrificarse por las nobles ideas que
abrigaba en su alma generosa.

IX

Cuando Robert explicó á su amigo la clase de contrabando


á que se referia, Elias le dijo:
—Pero si esas proclamas tanto pueden comprometerte,
¿por qué no las has quemado?
—¡Toma! Porque después de los apuros que me ha costado
imprimirlas, y pudiendo ademas necesitarlas muy pronto, he
EI. STIAC AZUL. íiOO

creido que lo mejor era enterrarlas, y así, cuando me huyan


falta, vendré por ollas.
—¿Y no habrán encontrado ninguna en la redacción del
periódico?
—Ninguna; las tenia todas en un lio y las cogí al oir que
llamaba la policía. Sólo temo una cosa.
-—¿Qué?—preguntó con interés Elias.
—Que vayan á mi casa, pues creo que debo tener pobre la
mesa una ó dos pruebas.
—¿Y por quó no has ido antes á tu casa?
—Porque no se piensa en todo.
—Pues vamos sin perder tiempo.
—Sí, dices bien, no perdamos tiempo; per') no quiero que
tú me acompañes.
—¿Por qué?
—Porquo la policía me tiene apuntado t:n ¡»u libro verde-
como republicano, como conspirador y como carbonario, y mi
amistad en oütos dias no es higiénica.
—Puts bien; suceda lo que suceda, yo quicio acompañar-
te.—añadió .Elias.
—Aceptaría gustoso tu ofrecimiento si pudiera servirme
de algo,
X

Elias quiso insistir, pero todo fué en vano.


Roberto so separó de él, estrechándole la mano y ofrecien-
do ir aquella uocho al café.
Por desgraoiü, Roberto Robert faltó á la cita, por una causa
superior a su voluntad.
•310 rar, TRAC ÀZÜL.

La policía le esperaba en su casa, y desde allí le traslado


sencillamente al Saladero.
Las pruebas de las proclamas le costaban la libertad.
La cárcel iba á ser su mansión por algunos meses, porque
entdnces no se podía decir impunemente:
—¡Yo soy republicano!
CAPÍTULO XXXI.

E l a u t o r d o TC1 I-Ioiiil»ro <lc i n i n u i o .

Al dia siguiente, el poeta, firme en su resolución, con «1


manuscrito de su drama en el bolsillo, se presentó en casa de
don Ventura de la Vega, que vivia por entonces en la calle
del Baño.
El autor de El Hombre de mundo era un poeta que .ve
veia muy asediado, y no era extraño que cuando trabajaba no
recibiera á nadie.
El tiempo es muy precioso para un escritor; una escena
próxima á terminarse suele costar una semana cuando so le
interrumpe; así es que el poeta se encierra, se reconcentra, y
no pocas veces so olvida basta de la liora en que vive, conti-
nuando un trabajo que sale á su gusto.
Afortunadamente para Elias, el portero le dijo que el se-
ol¿ KI. KKAC AZUL.

ñor estaba en casa, pero que ignoraba si se había levantado


En la antesala vio' el poeta una mesa donde había recado
de escribir, y se le ocurrid poner en una hoja de papel estas
líneas:
«Señor don Ventura de la Vega: Un poeta medito suplica
ú usted unos momentos de audiencia, de los que tal vez de-
penda su porvenir.»
Entró el criado la citada súplica, y no tardo" mucho en sa-
lir diciendo que pasara al despacho.

II

El autor de El Hombre de mundo se hallaba sentado en


una butaca, envuelto en una bata.
Tenia delante un velador de ébano, sobre el que se veian
algunos papeles y un pequeño busto de bronce que represen-
taba á Corneille.
Ventura de la Vega tendría por entonces cincuenta años-
de edad.
Aunque era de corta estatura, delgado y pobre de natura-
leza, notábase en su viva y distinguida fisonomía la fuerza y
la vida de un atleta. Su color era de un moreno pálido; sus
ojos grandes, negros y llenos de expresión. A traves de aque-
llas pupilas se adivinaba la misteriosa llama del genio.
Jamas el rostro de un hombre ha sido más dócil, más flexi-
ble para expresar todas las pasiones del alma que el rostro de
Ventura de la Vega.
Cuando se mantenia con él una conversación animada, era
imposible no sentirse arrebatado por aquella movilidad llena
TÏL KP.U: AZUL. 313

je vida, de calor y de expresión que se notaba en su sem-


blante.
Insensiblemente, el que le escuchaba se sentía cautivado.
El acontecimiento más pequeño, el episodio más trivial,
en boca del autor do Jugar con fuego tomaba una importancia
irresistible.
Ventura de la Vega tenia un entendimiento tan sólido, un
conocimiento tan grande del corazón humano, y tal dominio
sobre su pensamiento, que nunca se le escapaba una necedad.
Cuando él hablaba callaban todos para escucharle, porque
era indudable que siempre dccia algo bueno.
Su conversación, siempre armoniosa y discretu, parecía
recibir nueva vida por la expresión que le daban los negros y
grandes ojos del autor ieJJon Fernando de Antequera; unos
ojos que, según la frase de una mujer de gran mundo, una
vez vistos, no se olvidaban nunca.
Un hombre de condiciones tan superiores debía tener por
fuerza muchos enemigos, sobre todo en el campo emponzoñado
y espinoso del teatro.
De Ventura de la Vega se decían muchas cosas que no
eran verdad. Algunos re ocupaban de él sin conocerla; p.'ro si
la literatura se pudiera reglamentar como el ejército, Voníur;..
de la Vega hubiera sido general, mientras que muchos do sur-:
detractores no hubieran pasado de la categoría d.j raDC-heroK.

III

Hubo una época en que algunos gacetilleros comenzaron


á hacer una guerra á muerte á los sombraros d»' copa, defèn-
40
314 EL FRAC ÁXVL.

diendo el hongo, por encontrarlo más camodo y más español-


pero esta defensa, como todo lo que se exagera, cayó en el ri-
dículo.
Se escribieron versos en pro y en contra del sombrero de
copa alta; se habló mucho, y estuvo la cuestión en moda du-
rante un raes.
En el saloncillo del teatro Español so iba. comprometiendo
á todos los poetas para que escribieran versos en contra del
sombrero de copa alta.
Una noche entró Ventura de la Vega, se le enseñó el ái-
bum en donde ya se habian escrito algunos centenares de ver-
sos, y se le suplicó que pusiera algo, para dar importancia a!
asunto con su nombre.
Ventura de la Vega cogió la pluma, y como aquella cues-
tión le parecía altamente trivial, escribió en tina de las hojas
del álbum estos do* versos, que fueron, por decirlo así, la
muerte de tan necia contienda:

Yo ni apadrina i¡i rechazo oí kon/w


si todos se lo ponen, me lo pongo.

IV

Ventura de la Vega dejó la pluma son riendo, saludó con


su acostumbrada finura, y entró en oí cuarto de su íntimo
amigo don Julián Romea.
Los dos versos del autor de El Hombre <la mundo se
leyeron con avidez, se comentaron, produjeron, en fin, gran
efecto; porque la verdad del caso es que al día siguiente co-
EL FRAC AZUL. 315

¡aenzó á hablarse menos de la cuestión, y todos repetían en


voz baja:
—Ventura da la Vega tiene razón; el asunto no es para
preocupar á tantos sabios. Nos ha dado una lección, probán-
donos que es preciso seguir la corriente de la moda, y que no
son los poetas los llamados á introducir innovaciones en el
adorno exterior do las personas.
Y desdo aquel dia fué enterrada en el panteón del olvido
la cuestión del hongo y del sombrero de copa alta.

Elias penetró con temor y respeto en el despacbo de aquel


autor dramático que formaba en primera línea, de aquel hom-
bre á quien tanto admiraba.
lil muestro fijó su mirada en el aprendiz.
Aquella mirada penetró hasta lo más recóndito del corazón
del poeta inédito.
Tenia delante á una notabilidad de la escena, á uno de los
hombres que habia admirado desde el modesto rincón de su
hogar.
La corta pausa que empleó Ventura de la Vega, sin duda
para estudiar la fisonomía de Elias, fué para éste un momento
de terrible angustia.
Quiso hablar, pero la lengua se lo anudó en la garganta,
y sus labios sólo produjeron una sonrisa.
El eminente escritor, comprendiendo la turbación de Elias,
Jft dijo con amabilidad:
—Siéntese usted, joven; siéntese usted, y hable todo lo
3JO EL V&AG A'AVL.

quo guste. Me tiene á sus órdenes hasta la una, hora en que


tengo precisión de ir al teatro.
Elias respiró como para tomar aliento; y algo más tran-
quilo con las palabras que acababa de oir, pudo por fin decir
lo siguiente:
—He solicitado esta entrevista, caballero, porque ustedes
el hombre que me inspira más confianza en la difícil situación
en que me hallo. Yo soy un aficionado á la literatura dramá-
tica, ó hablando con más propiedad, un loco pacífico, cuja
eterna monomanía es el teatro. Por él he abandonado mi pa-
tria nativa; por él he olvidado las comodidades dei hogar do-
méstico, los amigos de la infancia, los parientes; he roto, en
fin, todos esos lazos que tan poco se estiman cuando se poseen,
y que tan gratos son al corazón una vez perdidos; sin más
patrimonio que mis ilusiones y un drama he venido á la corte.
Hace próximamente un año que lucho inútilmente para que
mi obra se ponga en escena. Ayer, cansado de humillaciones,
dudando de mí mismo, retiré mi drama del teatro. En medio
de mi desesperación, busqué un hombre que en cscos instantes
amargos de mi vida fuese la luz que me hiciera ver, sin nin-
gtm género de duda, lo que j o valgo, ó le que puedo valer
mañana con el estudio y la paciencia; ese hombro es usted, j
este es el drama, causa de todas mis amarguras, fuente de to-
das mis esperanzas.

VI

Elias dejó el drama sobre el velador.


Ventura de la Vega, durante las anteriores palabras del
EL FJB.VC AZUL. 31;

poeta, no habia despegado los labios, pero tampoco habia de-


jado de mirarle.
—Según lo quo usted acaba de decir,—repuso el autor de
El Hombre de mundo,—lo que desea es que yo le desenga-
ñe, que le diga lo que pienso de su obra.
—Precisamente; la perspectiva de un desengaño me loa
conducido aquí.
—¿Sabe usted, querido, que lo que me exige es muy des-
agradable para mí? Las ilusiones, las esperanzas, son la poesía
consoladora de la vida, y es poco grato y nada generoso ma-
tarlas á los veinte años; porque yo supongo que usted no ten-
drá muchos má¡?.
—Efectivamente, tengo esa edad. Pero no importa: si us-
ted se digna oir mi drama; si después de oirle mo dice con
franqueza lo que piensa de él, sea favorable ó adversa su opi-
nión, yo le quedaré eternamente agradecido. Eso es lo que
deseo. Si mi drama no es drama, si es una aberración, bija do
una imaginación enferma y calenturienta, y usted me dice:
"Joven, td no eres autor dramático, ni lo serás nunca», yo
romperé mi pluma, daré un tierno adiós á mis dorados sueños
y buscaré otra manera de vivir, abandonando para siempre,
como una locura de !a juventud, esa gloria que yo he creído
una necesidad de mi alma. Pero si usted, por el contrario, me
dice: «El drama que me has leido demuestra, á pesar de ÍSUS
defectos, que eres un autor dramático, y que el estudio de los
buenos modelos, la fe, la fuerza de voluntad y la resignación
pueden conducirte á conquistar el nombre que deseas», enton-
ces, continuaré mi camino, y por grandes, por inmensos, por
colosales que sean lo» obstáculos que se presenten ante mi
318 EL FRAC AZUL.
paso, llegaré á alcanzar un nombre en la república de las le.
tras: tengo la convicción de ello.

VII

Ventura de la Vega dirigió una mirada llena de interés al


joven poeta, y luego, encogiéndose de hombros, como quien
admite coa violencia una cosa, dijo:
—Sea como usted quiero. Y Dios haga que el drama en
cuestión sea una obra magistral, porque es máfc grato para mí
alentar las esperanzas del que empieza, que matarlas. Puede
usted comenzar la lectura cuando guste.
Elias agradeció con una sonrisa aquella orden, y hubiera
•deseado, á trueque de los mayores sacrificios, poseer las facul-
tades que para leer una comedia tiene el eminente actor don
José Valero.
CAPITULO XXXÍI.

I,a l o c c u r a «tol t i r a n i a rto Z4lia*.

Toda h. fuerza de voluntad que empleaba Aristóteles para


no dormirse cuando se proponía estudiar u.u problema filosó-
fico, empleó Elias para serenarse y poder leer un drama con la
entonación y el colorido que requeria.
.Pero la presencia de aquel juez que iba á fallar sin ape-
lación sobre un asunto do vida o muerte para ói, le preocu •
paba.
Comenzó la lectura.
Vega no decia una palabra.
El poeta miraba de vez en cuando el semblante del maes-
tro, por si podia «divinar el efecto que su. obra lo causaba;
pero todo era en vano: ni un gesto de disgusto, ni una seña de
aprobación.
Este silencio fué un tormento para nuestro poeta,
320 EI. FRAC AZUL.

De pronto, Ventura de la Vega extendió la mano, colo.


candóla sobre el manuscrito del drama, y dijo:
—Tenga usted la bondad de leer máa despacio, indicando
ios personajes que hablan, y dando, si es posible, un poco de
entonación y carácter á los versos. Es preciso acostumbrarse á
leer con sentido las cosas que uno escribe; la lectura influye
mucho en xxna obra dramática, y usted está leyendo la suya
como podria hacerlo su mayor enemigo. Un poco de calma,
pues, y otro poco de serenidad. Figúrese usted que se halla
sólo, leyéndose á sí mismo su drama. Continúe usted.
Elias procuró serenarse y seguir los consejos del maestro,
y no tardó mucho en convencerse de que la advertencia había
sido provechosa.
Continuó la lectura.

Al terminar el primer acto, Ventura de la Vega dijo sen-


cillamente:
—¿Usted fuma?
Y le alargó un cigarro.
Elias estuvo á punto de dejar caer el cuaderno que tenia
en las manos.
Esperaba escuchar el parecer del maestro, y e'ste le daba
un cigarro.
Maquinalmente le cogió, y maquinalmente también pidió
un vaso de agua.
Después de una corta pausa, el maestro volvió á decir con
la mayor naturalidad:
BL FRAC AZUL. 3ál
—Si usted no está fatigado, puede continuar la lectura del
segundo acto.
El poeta hubiera dado en aquel momento todo su soñado
porvenir por una frase, por una palabra de aprobación, pero el
maestro guardó silencio.

Empezó la lectura del acto segundo.


Ai terminar la escena sétima, el autor de La Muerte, de
César dijo:
—Tenga usted la bondad de leer eso otra vez.
—¿Esta redondilla última?—preguntó el joven poeta, cre-
yendo que por fin habia encontrado un defecto ó una belleza.
—Toda la escena; quiero oiría otra vez.
Elias repitió la escena, y luego continuó hasta la termina-
ción del acto.
Al leer el último verso dirigió al maestro una mirada llena
de anhelante curiosidad.
Vega miró la esfera del reloj que se hallaba sobre el már-
mol de la chimenea, y dijo:
—Tengo aún tres cuartos de hora de tiempo para oir el úl-
timo acio. Continúe usted la lectura.

VI

El poeta sufría un martirio inexplicable.


El silencio del maestro era para él un tormento horrible.
En vano varias veces habia querido leer en los ojos de
•11
:)2¿ EL FltAO AZUL.
Vega la impresión que le producía la obra; pero aquellos ojos
llenos de vida y de expresión, no decian nada.
Leyó el tercer acto con el mismo silencio, con la misma
incertidumbrc, con las mismas dudas; pero por fin habia ter-
minado, y era preciso que diera su. voto, favorable ó contrario.
Ventura de la Vega dio" otro cigarro á Elias y le preguntó
al mismo tiempo:
.—¿Dice usted que tenia presentado ese drama y no lo han
querido poner en escena?
—Sí señor.
—No le importe á usted ese contratiempo. Sería ilógico
en los teatros llegar y besar el santo. Lo que á usted le sucede
nos ha sucedido á todos: las penalidades, las amarguras, los
desaires y desprecios que sufren los poetas noveles, es un cas-
tigo de algun pecado que ellos mismos no conocen. Pero ¡qué
remedio! Todos tienen que pasar el puente; lo que importa es
no hundirse. Ánimo, pues, joven, ánimo, porque nunca mucho
costó poco.

VII

El poeta inédito, no encontrando en todas las anteriores


palabras el voto, la opinión del maestro, que es lo que deseaba,
no pudo menos de preguntar:
—Bien. Pero mi drama, ¿es bueno ó malo? ¿Puedo alimen-
tar con fe mis aspiraciones de autor dramático, ó debo romper
mi pluma y no pensar más en semejante cosa?
—Usted no debe encontrarse muy bien de fortuna,—repuso
Vega.
KL FRA.C AZUL. 32o

—Por desgracia, mi posición no es muy ventajosa. Pero


eso no importa: tengo fe. Márqueme usted el camino; yo le
juro que no me verá retroceder, aunque se pongan ante mi
paso todos los obstáculos inconcebibles que con tan maravi-
lloso ingenio combina la desgracia.
Ventura de la Vega dejó asomar á sus labios una sonrisa
llena de bondad; fijó sus animados ojos en el poeta, y éste
creyó ver en ellos un destello de compasión, de cariño.
—Hay actores que se precian de artistas,—dijo,—y no
llegan ni con mucho á ser artesanos; pero es preciso resignar-
se y sufrir, 6 abandonar el áspero camino que conduce á la
popularidad, tal vez á la gloria.

VIH

Al terminar esta frase se levantó de la butaca, abrió un


pupitre, y sacando un billete de Banco de mil reales, dijo, co-
locándolo sobre el manuscrito del drama de Elias:
—Joven, usted será con el tiempo autor dramático. Estu-
die con fe los buenos modelos; si no tiene usted libros y nc
quiere recurrir á la Biblioteca Nacional, la mia está á sus ór-
denes. Procure asistir con asiduidad á los teatros, y ver las
comedias, no donde las ven los literatos, sino donde las ve la
gente que juzga con el corazón; es decir, en las galerías; así
se aprende á conocer los efectos, cosa que no enseña ningún
preceptista. Cuando concurra usted al estreno de una comedia,
procure escribir la misma noche el efecto que le ha producido,
consignando las mejoras que, á escribirla usted, hubiera hecho
ei1
su plan, en sus caracteres ó en sus golpes de efecto. Ocho
3.2-í KL FiUC AZUL.

dias después vea usted nuevamente la misma obra, 3' lea el


juicio que de ella habia formado, y entdnces lo encontrará
parcial é injusto, porque llegar á conocer el teatro es muy difí-
cil, mucho más de lo que creen esos que juzgan por la primera
impresión.
Elias, que escuchaba con placer las palabras del autor de
Los Partidos, no pudo contenerse, y exclamó:
— ¡Ah! Yo prometo seguir todos esos consejos. Pero mi
drama, ¿es bueno ó malo?
Ventura de la Vega, señalando el billete de Banco que ha-
bía dejado sobre el manuscrito, dijo sencillamente:
Usted es pobre en la actualidad, y no debe ofenderse
porque un compañero le haga un préstamo sin recibo ni docu-
mento. Tome usted esos mil reales que ahora le presto á cuenta
del primer drama sujo que se represente, pues tengo la íntima
convicción de que, si la fe no le abandona, se representará más
de uno en los teatros de Madrid, debidos á la pluma del autor
de La Calle de la Amargura.

IX

Elias aceptó con orgullo los mil reales quo le prestaba el


autor de lü Hombre de mundo.
Aquel préstamo era la manifestación más clara, más con-
vincente, de que el novel poeta no debía perder la esperanza
de realizar sus sueños.
Favores hay que nunca olvida el hombre agradecido; se
quedan grabados en el corazón como el nombre de la mujer
que nos llevd en sus entrañas, como el instante supremo en
EL FRAC AJÍÜt. 325

que el alma recibe el primer perfume de amor que envían los


labios de la mujer á quien se amó en la dichosa edad de las
ilusiones.
El fatigado viajero que cruzando los secos arenales del de-
sierto, mira próximo el último instante de su vida por carecer
del primer elemento creador, y encuentra de improviso el fres-
co y vivificador manantial, no experimenta un gozo más in-
menso, no ve con tan brillantes colores reanimarse en su men-
te el venturoso iris de la esperanza, como Elias en el momento
de oir las últimas palabras del ilustrado maestro.

Al concederme Elias autorización para escribir sus Memo-


rias, cargo yo con la responsabilidad de todas las opiniones
que consigne en esto libro, pero nunca me aparto de lo que
con tanta frecuencia le he oido decir en los momentos de ex-
pansión y confianza.
Las siguientes apreciaciones se las hemos oido muchas
veces:
—Ventura de la Vega—dice Elias con frecuencia á sus
amigos — fuó para mí en aquellos instantes amargos la tabla
salvadora que me libró del naufragio, la estrella polar que me
orientó. La duda comenzaba á apoderarse de mi corazón, y si
al terminar la lectura del drama hubiera empleado frases hue-
cas, palabras fofas y rutinarias, para demostrarme que valia
a
''g°) yo no le hubiese creído, y no sé lo que he.bria hecho,
porque comenzaba á cansarme; pero su conducta generosa me
salvó. No conozco una manera más delicada de dar á un des-
326 EI. FRAC AZUL.

graciado una limosna y una esperanza; es decir, la vida de!


cuerpo y la vida del espíritu. Si yo olvidara este favor supre-
mo, sería un malvado. Muchas veces creo que todo cuanto soy
se Jo debo á él.

XI

Después de aquella época, Elias ha recibido de Ventura de


la Vega sabios y acertados consejos cuando le ha leído alguna
de sus producciones dramáticas, pero el maestro nunca ha
querido recibir Jos mil reales que prestó al novel poeta.
—Hizo bien,—dice Elias cuando habla de esto,—porque
yo siempre debo ser deudor del hombre que tan generosamente
me auguró mi porvenir.
Posteriormente nuestro poeta le dedicó una comedia, y le
hubiera dedicado doce, á no tenérselas todas dedicadas con ei
corazón.
Los eunucos del arte, los rapsodistas literarios, hambrien-
tos de la gloria ajena, calumniaron muchas veces á Vega, que,
por más que lo niegue la envidia, es una gloria nacional; pero
Vega estaba demasiado alto para ocuparse de esos pigmeos,
que en vano se ajanaban por ponerse de puntillas para llegarle
á la cintura.
Todos los hombres eminentes han sufrido y sufren durante
su vida Jas agudas punzadas de los dardos que les asestan los
envidiosos. Pero ellos conocen en seguida el móvil de ciertos
ataques, y se encogen de hombros, sonriendo con desprecio.
Cuando un hombre coloca la mano junto á un hormiguero,
las hormigas invaden aquella mano, subiendo por los dedos;
EL FRAC AZCL. 327

viendo que ol gigante no se mueve, trepan un poco más hasta


¡le.rar á la muñeca. Pero entonces el liombre, dirigiendo una
mirada do compasión á aquellos pequeños seres que se creen
orgullosos con su triunfo, sacude la mano, y las hormigas
desaparecen; y aunque puede aplastarlas sólo con colocar el
pié sobre el hormiguero, les dice:
—¡Vivid! ¡No me ofenden vuestras picaduras!
CAPÍTULO XXXIII.

O t r a p u e r t a oorrarta.

Mil reales son una fortuna inmensa cuando caen en un


bolsillo vacío.
Cincuenta duros hacen crecer al pobre desheredado cin-
cuenta pulgadas.
El hombre que recorre las calles de una capital sin una
peseta en el bolsillo, camina agobiado bajo el peso de su po-
breza, y no es extraño que se pregunte qué haria, si por una
casualidad rompiera un cristal 6 le sucediera otra avería por
el estilo.
El que tiene dinero puede decir que posee el misterioso
elixir para curarlo todo.
Ua individuo, por raquítico, por débil, por enclenque que
sea, con uu par de onzas en el bolsillo del chaleco tiene la
fuerza de un atleta.
ur. FRAC AZUL. 32Í)

A su voz se abren todas las puertas, porque el sonido del


nro poseo h magia de los polvos de la Madre Celestina.

II

El hombre es propenso á la dominación; so atacan los de-


rechos de los reyes absolutos, y por lo general, todos quisié-
ramos tener el poder brutal del czar de Rusia.
Un hombre provisto de dinero entra en un cafó, dirige
en derredor suyo una mirada despótica, altanera; busca con la
vista el mozo más fornido, más desarrollado y más alto, y le
dice:
—¡Eh, muchacho! ¡Una copa de rom! ¡Volando!
El mozo gira con rapidez sobre .sus talones, corre al mos-
trador, coge una botella y una bandeja con su correspondiente
servicio, y vuelve á colocarlo todo delante de aquel amo mo-
mentáneo que le muestra en lontananza cuatro cuartos de pro-
pina.
Estos diez y seis maravedises tienen más fuerza que Ja
desgracia; y si no, entrad con el rostro macilento y el traje
hecho girones á pedir una limosna cu un café, con la supli-
cante actitud de los pordioseros, y el mismo mozo que por la
magia de la propina corrió riesgo de estrellarse con las mesas
y las sillas, haciendo xxv látigo del paño que le sirve paro, la
limpieza, os dirá con ezv entonación grosera de los mayorales
de los ingenios, donde los uegros, con el sudor de sus frentes,
hacen ricos á los blancos:
—¡Largo, canalla! ¡A-;v»í no se permite la entrada á los
que huelen mal!
42
330 El', FRAC AZUL.

III

Sentado, pues, que el dinero es Ja gran palanca que lo


mueve todo, y que, como la fe, puede convertir los montes en
llanos, diremos que Elias salid de casa de Ventura de la Vega
contento como unas pascuas y feliz como un segador gallego
que torna á su aldea con bastante dinero para comprarse una
vaca, y al llegar le dan Ja noticia de que su mujer ha parido
un robusto niño.
Viéndose nuestro poeta con un billete del Banco de Espa-
ña en el bolsillo, se acordó de esta célebre parábola de Jesu-
cristo: «Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es
de Dios.» Lo cual podía traducirse de este modo: «Devolvamos
á Enrica su habitación, y alquilemos una que sea completa-
mente nuestra.»

IV

Entrando en la calle del Fúcar por la de Atocha, se en-


cuentra, á mano derecha, á la segunda puerta, una taberna, y
junto á esta taberna un portal modesto, que da paso á una es-
calera que conduce á tres habitaciones y un sotabanco.
Elias alquiló este sotabanco por la modesta suma de cinco
duros al mes.
En aquella época los alquileres de las casas eran más mó-
dicos, porque entóneos los filantrópicos caseros de Madrid com-
praban los garbanzos, esa cebada racional de Ins madrileños, á
cuarenta rales arroba, y hoy les cuesta á cincuenta y seis;
EL FHACI Á'/ML. 331

y este aumento de diez y seis reales por arroba les ha hecho


exclamar:
—Subamos los alquileres un ciento por ciento; e) que pa-
imba cinco duros, que pague diez; el que pagaba diez, que
pague veinte; el que no tenga, que duerma bajo ol puente de
Toledo, ó que se ahorque do un sauce, como el rebelde Judas.
Va que nos han subido los garbanzos, subamos sin escrúpulo
ias casas. ¡Viva la libertad y la ley de inquilinatos que nos
protege!

El sotabanco de la calle del Fúcar era un palacio en mi-


niatura, comparado con el de la calle de Santa Polonia.
Aquella, vivienda tenia gabinete, sala, despacho, comedor,
cocina, un. cuarto oscuro j un... jardíni, como dicen en los
buques de guerra.
Elias se vio en la imprescindible necesidad de decorar su
habitación, y lo hizo con toda la economía, proibla y toda la
modestia que reclamaban las circunstancias.
La mujer, qu?i es el ministro do ITaei¡ÏI«d:• en la casa del
pobre, hace la lista de lo indispensable, y Jo compra.
Esto sucedió en casa de nuestro poeta, y pronto media do-
cena do sillas, un fregadero, dos «amas de tablas, una camilla,
}' algunos objetos do cacharrería constituyeron el ajuar de la
nueva casa.
Lo camilla es una mesa de pino que se reduce ó dilata se-
gún las circunstancias, como el muestrario de un almacén de
sedería.
•Ï.V2 m. VR\c ASSVÍ.

Nada más çdinodo, más barato, ni más útil; sirve para todo
como el dinero.
Este mueblo es ingenioso, sobre todo en Madrid, donde las
casas no cuentan con mucho terreno de sobra.
Terminada la mudanza, Elias poseía un capital de veinte
duros; por el pronto podia hacer frente á las necesidades de la
vida, ó por mejor decir, tenia cubierto el presupuesto durante
un mes.

VI

Instalada la familia en la nueva habitación, el poeta cogió


las llaves del cuarto de Enrica, y fué á buscarla para devol-
vérselas.
Esta entrevista tuvo lugar en el teatro del Circo, en la hora
del ensayo.
—Amiga mía,—lo dijo,—devuelvo á usted lo que es sujo,
y le doy un millón de gracias.
—¿Tan pronto?—respondió la corista.
—Hace ocho dias que me hizo usted el inmenflo favor de
quedarse en la calle por mí; sería un infame si olvidara algu-
na vez su generosidad para conmigo; en todas ocasiones me
tendrá usted á sus órdenes, y mi mayor placer será poder serla
útil alguna vez.
Elias rogó á Enrica que aceptaso un estuche de tafilete
verde quo encerraba una pulsera de doublé, modesta muestra
de agradecimiento con que el poeta solemnizaba el generoso
rasgo de la corista, recuerdo dedicado por el amigo roconoeido
á la amiga caritativa y bondadosa.
EI. l'B.YC AZUL. 33'.?
Dentro de este estuche se hallaba una tarjeta con este,
quintilla escrita:

Noche do horrible inquietud


fud aquélla on quo tú, Enriqueta,
me diste vida y salud.
Kecibe, ¡mes, do un poeta
la ofrenda de gratitud.

VII

Así las cosas, Elias, más tranquilo, comenzó á pensar la


manera de vivir; pero lo cierto es que por más vueltas que
daba á su imaginación, no encontraba ningún medio de sub-
sistencia.
Sus gestiones en los teatros de Madrid, eran cada dia más
infructuosas.
Ademas, el editor de romances y aleluyas le habia cerrad;)
su bolsa, asustado de la fecundidad del novel poeta.
Midutras tanto, su mujer y sus hermanas cosían pecheras
de camisas y hacían cuellos de punto da gancho, avudaudo
con ese poco lucrativo trabajo de la mujer á los gastos modos-
tos de la casa.
Un día Joaquín le dijo:
—¿Sabes que nuestro amigo el actor Fulano está de galán
joven en uno de los teatros de nota?
•—Sí,—respondió Elias.—¿Por qué. me lo dices?
—Hombre, porque puede serte de mucha utilidad.
—Ese, querido Joaquín, no hará nada por mí.
—¡Quién sabe!
X14 EL FRAC AZUL.

—Le conozco mucho; hemos sido amigos de la infancia-


nada espero de él.
—Sin embargo, poco se pierde probando; ocupa una bue-
na posición, puede poner obras en escena, y ademas, tiene be-
neficio.
—Puede hacer mucho, pero no hará nada.
—¿Quieres que jo le vea?
—Jínz lo que quieras.
—Dame- el drama: estas cosas cuanto más pronto se ponen
por obra, mejor.
Joaquín cogió el drama y salió.
Aquella misma tarde tornó á casa do Elias.
—Le he visco,—dijo.
—¿Y qué?
—Ha extrañado mucho que estuvieses en Madrid, y sobre
todo, que hubieses escrito un drama-; dice que lo leerá con in-
terés, y que si es impresentable...
Elias se sonrio amárgamele, y repuso:
—Mira, Joaquín: tií eres un amigo fmneo, leal y desinte-
resado; tienes un corazón de oro y juzgas á los demás por tí
mismo. Eso te hará recibir muchos d evenga no:-: en esta vida.
Si cá fueses primer actor, tengo ;:>. eor.cpi.eia seguridad de que
pondrií'ts en escena mi drama, aunque fuera un disparate, falto
hasta de sentido común. Pero l'Vlano piensa de distinto modo
que tú: es más egoísta, y mrincu amigo cíe, sus amigos; estoy
plenamente convencido de que es traJipjo perdido todo cuanto
'.agamoa. Pero no te apures: llegaré ¡donde me he propuesto,
si .Dios me da vida para sufrir la haíaüa.
KL I'lí.u: AZUL. 835

VIII

Cuatro dias después Joaquín entraba en i:a¡;a de Elias, con


el drama en la mano.
El poeta, al verle, soltó una carcajada.
—Hombre, no te rías; hay cosas que no debes tomarlas á
risa,—dijo.
—Querido Joaquín,—respondió Elias,—no me gusta verte
con esa cara melodramática. Dispensa, pues, y cuéntame tu
entrevista con eso amigo de la infancia.
—Chico, ya sabes que la franqueza es mi norte; por con-
siguiente, no te ocultaré nada. Me ha dicho que tu drama es
malo, y que pierdes el tiempo lastimosamente escribiendo co-
medias.
—Justo; precisamente te ha dado la contestación que yo
esperaba, liso es lo Tnás natural conociendo su carácter y su
talento. Pero no te importe la opinión de eso cómico,, y demos
tiempo al tiempo.
—Intenciones he tenido de meterle el manuscrito por ic.-:
lárices, al oir la entonación pedantesca con que me hablaba de
'i y do tu obra, exclamó Joaquín.—¿Quién es él para jua-
gar un drama"? He ahí una de las razones que me harían de-
sistir, si me hubiera dado el naipe por la poesía. En buen hora
f
|»e un actor represente una comedía, que reciba del público
Justos y merecidos aplausos por su talento, que adquiera glo-
ria
y posición: estamos conformes; pero que un escritor, des-
pués de romperse los sesos por espacio de seis meses ó un año,'
teD
í?a que someter su obra al dictamen de un hombre quft tal
li'iiij m, FRAC AZUL.

vez no sabó escribir una carta, eso es muy triste, querido


Elias; eso no lo comprendo; y si yo hubiese sido poeta, creo
que muchas veces hubiera andado á cachete limpio con los
actores.
—Si tú hubieses sido poeta, hubieras hecho lo mismo que
hacen ellos. No hablemos más de este asunto; que al fin y al
cabo, no me he llevado chasco; me has traído la contestación
que esperaba.
—¡Pero, hombre, tú tomas las cosas con una frescura ad-
mirable!
—Sólo con el martirio se llega á la gloria.
—Pues, chico, buen provecho te haga; prefiero ser una
vulgaridad.
—Lo comprendo; porque todos en el mundo no pensamos
del mismo modo.
—Es verdad. Hablemos de otra cosa.
—De lo que quieras.
—¿Tienes dinero?
—Ni uu céntimo.
—Entonces, iio tendrás inconveniente en aceptar un cu-
bierto en mi mesa.
—Querido Joaquín, cuando hacía vida de soltero, cuando
me hallaba, solo en Madrid, ya sabes que no me desdeñaba en
admitir tus garbanzos; pero ahora tengo familia, y cómo con
ella ó ayuno con ella.
—Me parece justo; yo haria lo mismo; pero es preciso pen-
sar algo...
—¡Diablo! Hace mucho tiempo que no hago otra cosa. Di-
cen que la casualidad, es madre de grandes acontecimientos;
151, FHA.C AZUL. 337

pero esa señora se lia propuesto no trabar relaciones conmigo,


¡il méuos por ahora.
—Se me ocurre una cosa. ¿Te atreverías á escribir preám-
bulos y discursos para la escuela de arquitectura?
—Yo me atrevo á todo, con tal de que me proporcione
¡os medios de sufragar los gastos de mi casa sin cometer una
bajeza.
—Pues bien; escribe un discurso defendiendo la arquitec-
tura greco-romana, y luego hablaremos; mientras tanto, toma
i cuenta dos napoleones; no tengo más dinero; deposito en tus
manos toda mi fortuna.
—Para escribir eso me faltan libros.
—Los libros y todos los datos científicos que necesites cor-
ren de mi cuenta; tú no has de poner más que la parte lite-
raria.
—Estamos conformes.
—Entonces, chico, desde mañana nos ponemos á trabajar.

IX

Este pensamiento de Joaquín se llevó* á cabo, y valió á


Elias veinticuatro duros; es decir, tres artículos ¡l ciento se-
senta reales cada mío.
Después do. esto trpnacnmd un. mes.
Los teatros hnbian cerrado sus puertas con doblo ¡lave
para nuestro poeta; pero la fe y la fuerza de voluntad no se
extinguían en su corazón.
Todas las noches iba á pasar una hora con sus amigos los
'¡ohemios del cafó de la Perla.
•13
338 BL KRA.C AZUL.

Allí, en el seno de la amistad y del buen humor, olvidaba


por un momento sus amarguras.
Siguiendo los consejos de don Ventura de la Vega, el cual
le nabia proporcionado tarjetas para entrar gratis en los te»,
tros, acudia con frecuencia á ver los estrenos, estudiando con
profunda atención los efectos escénicos.
CAPITULO XXXIV.

R u s s o s l.íplcos.

Verdaderamente, en aquella época era muy difícil para el


autor dramático inédito poner la primera pica en. los teatros.
Diríase que en cada uno de los coliseos de primer orden de
la coronada villa del oso y el madroño se hallaba una fuerte
batería, defendida rabiosamente por los que ya habian recibido
aplausos del público.
Había en casi todos ellos tan poco deseo de ayudar á los
noveles escritores dramáticos, que era vordaderamente una
desesperación. Cada empresa tenia su comité de sabios, á los
que indudablemente no convenia la gente nueva.
Habia, sin embargo, raras excepciones, que eran, por de-
cirlo así, una esperanza para los desgraciados.
Entre estas excepciones se contaban dos amigos de Elias.
Eran don Eulogio Florentino Sanz y don Miguel de los
Santos Álvarez.
340 BL FRAC AZUL.
Decíase que cuando Florentino Sauz concluyó su incoaipa-
rabie drama Don Francisco de Quevedo, lo Jiabia presentado
sin recomendación'de ninguna especie, y con la independen.
cia de carácter de su autor, nada menos que á don Julián
Roinea, como si dijéramos, al rey de los actores.
Florentino Sanz entregó su manuscrito á Romea, dicie'n-
dole sencillamente, con admirable naturalidad y firmeza:
—Yo quiero que se ponga en escena este drama en el tea-
tro de usted.
Julián Romea miró de arriba abajo á aquel joven, cuye
exterior modesto y casi pobre le indicaba que no era amigo de
la fortuna.
Chocóle indudablemente al eminente actor el estilo impe-
rioso do aquel novel escritor, á lo que no estaba acostumbra-
do, y contestó:
—¡Ah! ¿Conque usted quiere que so haga?
—Para eso lo he escrito,—contestó el poeta.
—Pues bien; si es bueno, se hará.
—Entonces, se hará,—replicó Florentino.
Y después de pronunciar secamente sus líltimas palabras,
saludó con dignidad y salió del cuarto del célebre actor, y lue-
go del teatro, con la frente erguida, como un verdadero con-
quistador.

II

En el cuarto de Romea se hallaba en aquel momento un


gran poeta que ha eserito muy poco; un talento superior, que
si hubiera sido menos amigo de la pereza, hubiera podido bri-
KL FRAC AZUL. 341
llar tanto, por lo menos, como su inseparable amigo, su her-
mano del corazón, Pepe Espronceda.
Este poeta se llama Miguel de los Santos Alvaress.
Amigo cariñoso de Romea, le iba á visitar todas las no-
ches; y cuando Julián y Miguel hablaban, por oir su conver-
sación, solían muchos olvidarse de ver el tercer acto de un
drama nuevo, ó de acudir á la cita que les habia dado una
mujer; tal era el encanto que los debatos de estas dos eminen-
cias tenia.
—¿Qué opinas de ese muchacho que acaba de entregarme
el drama?—le preguntó Hornea.
—Que tiene talento y carácter,—respondió Alvares.—» O
mucho me engaño, ó su inteligencia es muy superior.
—Lo mismo creo.
—Damo el drama. Cuando un autor tiene talento, se reve-
la en cualquier pasaje de su obra; voy á abrirlo al azar y á leer.
Miguel abrió el drama y leyó los siguientes versos con ad-
mirable entonación:

Cansado estoy de cansarme


y aburrido de aburrirme.
¡Necios, venid á enseñarme
eo'nio habré de gobernarme
para poder divertirme!

III

Aquella misma noche se leyó el drama.


Al dia siguiente se sacó de popeles, y se mandaron emi-
sarios por todas partes en busca del autor.
342 EL FRAC AZUL.

Julián Romea abrazó al joven poeta que empezaba la car-


rera por donde otros quisieran concluirla.
Algunos dias después se estrenaba el Don Francisco de
(x>uevedo, colocando á su autor en primera línea entre los es-
critores dramáticos.
El éxito fué ruidoso, de primer orden, un verdadero acon-
tecimiento teatral. Sin embargo, el poeta se durmió sobre sus
laureles, y el público esperó en vano por mucho tiempo una
segunda obra escrita por tan eminente pluma.
La política, eso cáncer tan perjudicial á la literatura es-
pañola, absorbió el tiempo y el entendimiento de Florentino
Sanz, robando al teatro una de sus más preciosas joyas.
Algunos años después el autor de Don Francisco de Que-
vedo fué nombrado embajador de Viena, y corno para despe-
dirse de sus amigos y dar una prueba de que aún no se había
olvidado de escribir dramas, terminó en muy pocos dias una
gran comedia, titulada Achaques de la vejez.
El éxito fué tan ruidoso como el del Quevedo; eran dos
obras hermanas; tan hermosas y tan iguales, que bien podían
llamarse gemelas.
Después han transcurrido muchos años.
La literatura y el público esperan una tercera obra de
Florentino Sanz; pero Florentino Sanz, según parece, ha roto
su lira, en un rato de mal humor. ¡Quién sabe! Tal vez tiene
razón; tal vez ha hecho bien, al ver en esta época de bufos J
de canean representarse cien noches consecutivas farsas re-
pugnantes, que carecen de lógica y de sentido común, que es-
tán reñidas por completo con la literatura, y que hacen der-
ramar lágrimas de sangre á la diosa del arte.
EL FRAC AZUL. 343

IV

Vamos á presentar otro ejemplo raro en los anales del


teatro.
Florencio Moreno Godino habia escrito una comedia de
capa y espada, titulada Luchas de amor, y deber.
No pensaba darla á la escena, porque Florencio es sufi-
cientemente indolente para mirar con indiferencia aquello que
puede darle dinero. Pero un amigo suyo que vivia con él en
su misma casa de huéspedes, hombre muy vividor, por no ca-
lificarle de otra manera bastante más dura, se apoderó un dia
del manuscrito de Florencio y se presentó con él en casa de
González Brabo, diciéndole que era autor de aquella comedia,
y quo esperaba se la recomendase á su cuñado don Julián
Romea.
González Brabo leyó la obra, y le pareció muy buena, ad-
mirablemente versificada, y con un agradable sabor de época.
Compadecido del que se llamaba autor de la comedia, por-
que su traje estaba en una decadencia espantosa, y su cara,
pálida y demacrada, denotaba todos los rigores del hambre, le
dio algun dinero y le ofreció recomendar la obra á su hermano
político.
Efectivamente, Julián Romea y Miguel de los Santos Al-
vares leyeron la comedia.
Era la obra de un poeta que conocía mucho el teatro an-
tiguo. La encontraron digna de representarse, y se puso en
ensayo.
Aquí entra lo cómico, lo casi inverosímil. Llegó la noche
344 Et FRAC AZUL.
del estreno de la comedia Luchas de amor y deber, y Floren-
cio, que ni siquiera se Jiabia tomado la molestia de leer los
carteles, que no sabía una palabra de lo que sucedía, se fué
al teatro y ocupó una localidad, como uno de tantos especta-
dores indiferentes.
Se levantó el telón, y al oir los primeros versos Florencio
dio un salto en el asiento. Estaban representando nada menos
que su comedia, la comedia que él creia arrinconada en el
fondo de su cofre, y sintió impulsos de gritar con toda la
fuerza de sus pulmones:
—¡Ladrones! ¡ladrones! ¡Que me roban!
Afortunadamente, pudo contenerse; de lo contrario, la po-
licía le hubiera sacado del teatro, llevándole arrestado.
Pasaron unos minutos y no le quedó duda alguna de qu«
estaba viendo en escena su obra.
No pudo sufrir más; se levantó de la butaca y se dirigió
precipitadamente al cuarto de Julián Romea, á quien conocía,
como asimismo á Miguel de los Santos Alvarez. de quien era
muy amigo.

—La comedia que están ustedes representando es mia,—


dijo.—Yo la tenia guardada en el fondo de mi cofre, durmien-
do tranquilamente al lado de una tragedia de raoritos, y no
era por cierto mi ánimo que ninguna de estas dos obras se
pusiese en escena. Sólo deseo saber quién es el que la ha traí-
do aquí, arriesgándome á recibir una silba de la que no me
consolaré nunca.
¡U, KttAC AZUL. '¿-10

El caso era extraño, y nunca visto en los anales del teatro.


Pero en aquel momento se presentó el autor fingido, y
Florencio, extendiendo el brazo, añadió con acento melodra-
mático:
—¡Este debo ser el criminal!
-—Sí, yo soy,—contestó el aludido con admirable sereni-
dad.—Tu comedia es buena, y era una lástima que permane-
ciese olvidada en el fondo de un baúl; te la he robado, la he
presentado, y como yo no quiero tu gloria, sino tu dinero,
ruando el público hubiere llamado al autor yo habría dicho á
don Julián .Romea: «La obra no es mia; es de Florencio Mo-
reuo Godino.»
Preciso fué no poner en duda las palabras del autor fin-
gido.
El episodio concluyó de un modo cómico.
La comedia gustó, el público llamó dos veces ¡i su autor, y
Floro Moro Godo, como un héroo por fuerza, recibió los aplau-
sos de los espectadores.

•11
CAPITULO XXXV..

í~í>n Au'natln.—131 Suludcro—Xjxx preubitoi'o.

Elias adelantaba pooo on sus pretensiones; seguia siendo


un autor inédito; pero, gracias ú. la buena amistad de Ventura
de la Vega, Eulogio Florentino Sanz y Miguel de los Santos
Alvarez, había conseguido tener entrada franca en todos los
teatros, lo cual, si no le producía dinero, le permitía en cambio
hacer grandes estudios, que le fueron de gran utilidad en el
porvenir.
Ademas, 3a amistad de los hombres de talento hace res-
pirar á los escritores noveles una atmósfera de ilustración que
perfecciona su gusto, que les estimula y fortalece su enten-
dimiento.
Por eso Elias visitaba con frecuencia á los distinguido5
amigos que tanto le honraban con su amistad y tanto le en-
señaban con sus consejos.
EL KRAC AXÜL. 347

¡Ah! ¡Cuántas veces olvidaba sus penalidades y sus amar-


guras oyendo junto á la chimenea, al grato calor de la lum-
bre, la amena y discreta conversación de Miguel de ios Santos
Alvarez!...
Le iba á visitar casi todos los dias; Alvares le recibía siem-
pre, aunque estuviera en la cama.
Desde la alcoba pasaban al gabinete, donde ya el criado
había arreglado la chimenea, y entonces comenzaban á fumar
y á hablar.
Allí Elias lo olvidaba todo, respirando una atmósfera satu-
rada de poesía.
Muchas veces Miguel le leia los versos escritos la noche
anterior; versos que entusiasmaban á Elias y que hubieran
bastado para formar la reputación de un poeta; y sin embargo,
Alvarez los arrojaba á las llamas riéndose, después de leerlos.
El poeta inédito no podia explicarse la conducta de aquel
hombro extraordinario, de aquel ingenio poderoso, de aquel
entendimiento claro y robusto.

TI

En uno de los lienzos de pared del gabinete de Alvarez se


hallaba un cuadro al óleo representando á fían Agustín.
Miguel muchas veces se quedaba mirando al lienzo, y des-
pués de un momento de meditación exclamaba:
—San Agustín, tengo gana de que hagas un milagro y
me digas dos cosas: si estarán mucho tiempo en el poder los
moderados, y cuándo dejará Elias su frac azul.
San Agustín no contestaba nunca, y sin duda por eso con-
ïM8 KT. FtMC A'/.Vl..
1
tinuaban en oi podin los moderados y lillías llevaba sobre sus
hombros ol malhadado frac azul.

III

Elias no olvidaba ú su querido amigo Roberto Robert, en-


cerrado en la cárcel fie Villa, sin otra causa que por haber
infundido sospechas de sor el autor de una proclama y pro-
fesar ideas republicanas.
Pero no era sólo Robert el escritor á quien la policía de
los moderados privaba de la libertad, haciéndole vivir en ami-
gable consorcio con los criminales. Los cuartos del Saladero
estaban llenos de i ibera les, que en medio de sus penalidades
abrigaban en sus almas la esperanza de que no estaba muy
lejano el dia codiciado de la libertad.
Sin embargo, el tiempo pasaba, y á muchos llegó á faltar-
les hasta los más indispensables recursos..
El pobre Roberto soportaba su desgracia con adrnirabie
eutusiasmo; y cuando íbamos á vorio, siempre tenia un chiste
para disipar nuestro disgusto.
Mártir del trabajo, allí, en aquella sombría mansión, pri-
vado de luz y de aire, escribió miles de artículos para los pe-
riódicos, y poesías, para entretener sus largas y penosas horas
de forzosa reclusión.
Por entonces estábamos todos los dias lejos de creer que
un general famoso debia dar muy pronto el grito de libertad
en los campos de Vicálvaro, y que las puertas del Saladero
se abrirían á la colonia de presos políticos que allí esperaban
el triunfo de sus ideas.
El", FRAC AJíUl. 349

El porvenir está siempre cubierto para el hombre con un


tupido velo.
Dios lia querido que la raza humana viva en perpetuo so-
bresalto, recibiendo grandes emociones.

IV

Así pasaba la vida Rifas.


Una tarde, el poeta se encontraba en su modesto despacho,
ievendo un tomo do comedias de Calderón.
En aquel despacho no había más muebles que la útil ca-
milla, un baúl y dos sillas de paja.
Sobre la mesa mi tintero, algunos pliegos de papel y diez
•i doce tomos de la Biblioteca ele, autores españoles de lliva-
deueyra.
filian, leyendo el. teatro antiguo, lo olvidaba lodo, hasta su
posición.
MI .Príncipe constante, esa lindísima comedia, debida á la
pluma del autor de La vida es sueño, era la obra que nuestro
poeta estaba lovoudo en la citada tarde, cuando entro' su espo-
ra y Je dijo que nn sacerdote preguntaba por él.
• -¿Y que" es io qo.o quiere?---contestó lüíu»:, extrañando
aipisiia visita.
—Dice que desea hablarlo.
••-••; A.h! Pues entonces, que entre.
Entró el presbítero en el desmantelado despacho del poeta
••'•edito, y después de sentarse en una silla y dejar el ineó-
'uodo sombrero de teja sobre la mesa, comonaó el tigriente
diálogo:
350 EL FRAC AZUL.

EL SACIÍEDOTE.—¿Es usted don Elias Gómez?


EL POETA.—Servidor de usted.
EL SACICBDOTK.—¿Hace usted versos?
EL POETA.—Creo que sí, aunque no ¡o puedo asegurar del
todo.
EL SACEKDOTE.—¿No ha escrito usted ciertas cosillas para
otros, que se han publicado sin llevar el nombre de usted?
EL POETA.—Usted me dispensará, caballero, si no respondo
á esa pregunta; hay cosas que no deben decirse nunca, nia'
confesor, porque no nos pertenecen.
EL SACERDOTE.—Sí, sí, lo comprendo perfectamente, y hé
aquí la rozón que me conduce á esta casa; porque yo necesito
un poeta muy reservado; y si usted me jura que lo que va-
mos á tratar no e-aldrá de esta habitación, le ofrezco que si el
negocio se termina satisfactoriamente no quedará descontento
de mí.
EL POETA {mirando con cierta curiosidad al cura).—Le
prometo olvidar todo lo que aquí so hable tan pronto como us-
ted salga de mi casa.
EL SACBBDOTK.—Con esa seguridad, voy á decirle el moti-
vo de mi visita.
EL POETA.—Escucho á usted con el mayor interés.
EL SACERDOTE (después de levantarse y cerrar la puer-
ta).—Yo he venido á Madrid á pretender el curato de A...;
pero es un destino que tiene muchos golosos; hay tres sacer-
dotes que pretenden la misma plaza; y mire usted lo que son
EL FRAC AZUL. 351
¡as casualidades del mundo; los cuatro pretendientes vivirnos
en una misma casa de huéspedes. Necesito, pues, mucho sigilo
v mucha actividad para ganarles por la mano, porque, según
he oido decir, tienen alguna influencia en el arzobispado. Yo,
por el contrario, soy un pobre átomo perdido en esta inmensa
Babilonia; pero se me ha ocurrido una idea, y como estoy re-
suelto á ponerla en juego, solicito la pluma de usted, porque
puede servirme de mucho.
EL POETA (cerrando la boca, abierta por el asombro que
aquellas -palabras le causaban),—Disponga usted de ella,
aunque vale muy poca cosa.
EL SACERDOTE.—Vamos, vamos, no se eche usted tanto por
tierra, que ya sabemos aquí lo que usted sabe hacer, cuando
quiere.
EL POETA (inclinándose ligeramente).—Doy á usted las
gracias por el buen concepto que le merezco, y espero saber
en que" puedo serle útil.
EL SACERDOTE.—Pues señor, vamos al grano. Lo que yo
deseo es que usted me escriba un memorial en verso, dedicado
á nuestra augusta soberana. En este memorial debemos pedir
el curato de A..., apoyando en razones muy convincentes los
derechos que tengo para desempeñar el apetecido cargo; tome
usted, pues, la pluma y vaya anotando todos estos derecho.",
pues no conviene fiar á la memoria lo que puede consignarse
por escrito. ¿Usted fuma?
El poeta indica con la cabeza que sí.
El presbítero sacó una petaca de suela y de ella dos cigar-
rillos de papel, entregó uno al poeta, encendieron ambos, y
despidieron las primeras bocanadas de humo.
OÒ.2 Kl, ¿\K.iC A'/A-h.

VI

Poco después continúo el diálogo de oste modo:


Ei. POKT4 (cogiendo la pluma).—Puede usted dictar lo
que guste; estoy á sus órdenes.
En BACEHDorií (dictando).—Primero: consignar que no he
estado nunca cu las filas carlistas; esta es una buena reco-
mendación, porque de los tres pretendientes, dos han militado
en las facciones navarras. Segundo: que tengo cincuenta años,
y hace treinta que desempeño el cargo de director espiritual
en varios pueblos confiados á mi moralidad y celo. Terce;o:
que mi buena conducta es probada, sin ningún género de duda,
por todo.-; los feligreses que me conocen y han recibido de mis
manos la bendición. Cuarto: que una madre anciana y una
hermana viuda con cinco chiquillos se recogen, como una ma-
nada de poiluelos, á la sombra de mi protector manteo. Des-
pués de esto, puedo usted decir todo lo que guste, porque en
una solicitud de este género nada importa enaltecer á la per-
sona que solicita.
El poeta escribía, sin levantar mano del papel, lo que el
cura le dictaba.
En POBTA.—Etcétera, etcétera. ¿Qué más?
EL SACKiiooTt!.—Todo esto, adornado con las galas de la
poesía y empleando algunas frases bíblicas, alguna parábola
evangélica y algunas máximas de los Padres de la Iglesia,
puede dar un carácter religioso á la consabida solicitud, lo-
grando por este medio interesar á la real persona en mi favor.
¡Ah! Procure usted que no sea muy largo, pero que diga mu-
EL FRAC AZUL. 353
cho; porque conviene no cansar á nuestra augusta soberana;
los reyes leen poco.
EL POETA.—Quedo enterado. Sobre este asunto escribiré
una oda. ¡Oh! Los sobrinitos refugiados debajo del manteo,
como los tímidos polluelos de una gallina, me inspirarán una
estrofa sentimental.
EL SACERDOTE (guiñando el ojo izquierdo).—¡Ya lo creo!
Eso puede hacer llorar á las piedras.
EL POETA (dándose una palmada en la frente).—Se me
ocurre una cosa.
EL SACERDOTE.—¿Qué?
EL POETA.—¿No ha sacado usted ningún niño de la In-
clusa? ¿No ha salvado usted á ningún náufrago? ¿No ha hecho
usted algun milagro?
EL SACERDOTE (receloso). — No señor; no he hecho nada
de eso.
EL POETA.—Pues es una lástima.
EL SACERDOTE.—Supongo que la oda estará escrita maña-
na á las seis de la mañana, porque me urge mucho.
EL POETA.—Haré un esfuerzo; pero los versos no se escri-
ben siempre que se quiere.
EL SACERDOTE.—¡13ah! Ya sé j o que usted hace esas cosas
jugando.
EL POETA.—Algunas veces.
EL SACERDOTE.—Ahora sólo falta convenir la manera de
hacer llegar á mis manos esa poesía.
EL POETA.—Usted dirá.
EL SACERDOTE (después de reflexionar un momento).—
Yo oficio la sagrada misa todas las mañanas á las seis en pun-
45
354 EL FRAC AZUL.
to en el convento de monjas de San Plácido: acuda usted á la
iglesia un poco antes y se arrodilla junto á la pila del agua
bendita. Cuando me vea pasar, se acerca, me besa la mano, y
deja caer la composición dentro de mi sombrero; luego se mar-
cha, y no dice á nadie una palabra de lo que hemos hablado.
EL POETA (con maliciosa entonación).—Estamos confor-
mes. Yo escribo la oda, basada en los datos que usted acaba
de darme; me levanto, contra mi costumbre, á las cinco de la
mañana, ó por mejor decir, no me acuesto, porque la citada
poesía me ocupará toda la noche; llego al convento de San
Plácido, me arrodillo junto á la pila del agua bendita, deposito
la cosa en el fondo de su sombrero, y me marcho.
EL SACERDOTE.—Eso es, eso es; se marcha usted.
EL META.—Sí, bien; me marcho; pero... ¿y qué?
EL SACERDOTE.—¿Cómo?No entiendo...
EL POETA.—Hombre, me parece que mi qué no tiene vuel-
ta de hoja: su significado es claro como el agua.
EL SACERDOTE.— ¡Ah, sí! ¡Vamos! Usted habla de la re-
compensa ofrecida; es muy justo. Si el negocio sale satisfacto-
riamente, como espero, soy hombre agradecido, y . . .
EL POETA (interrumpiéndole).—Señor cura, eso que usted
me ofrece es muy ambiguo; y puesto que hemos entrado en el
terreno de la franqueza, podemos convenirnos, como aquel la-
brador de mi pueblo, que decia: «Si llueve, doy cuatro: y si
no llueve, uno.»
EL SACERDOTE.—Estamos conformes; pues si usted no me
hubiera interrumpido, le hubiese dicho que no es mi ánimo
que pierda usted de modo alguno el trabajo. Conque adiós,
amigo mió; mucho sigilo, y manos á la obra.
EL FRAC AZUL. 355

VII

El presbítero salió de la habitación, y el poeta se quedó


solo, pensando en el raro suceso y en lo extraño del encargo.
Después de un momento de meditación, hizo un movimien-
to do indiferencia y murmuró en voz baja:
—Escribiré la oda, y ya veremos lo que resulta.
CAPITULO XXXVÍ.

Dio?: m o n e d a s d o ¡i c i n c o d u r o s , y d i o x b o h e m i o s para
tina b e r l i n a do dos a s i e n t o s .

Vamos á continuar la extraña aventura que le sucedía á


nuestro amigo con el cura pretendiente; episodio histórico, y
tan verdadero como la célebre revolución francesa del 93, por
más que algunos lectores se inclinen á dudar de lo que lian
leído y de lo que aún les queda que leer.
Aquella misma noche escribió' Elias el memorial en forma
de oda.
Según los prudentes consejos del sacerdote, se ajusto' todo
lo posible al estilo bíblico, pues así convenia á un trabajo de
esta naturaleza.
No se acostó nuestro poeta, porque la poesía le ocupó hasta
las cuatro de la mañana, y creyó prudente entregarla y dor-
mir luego sin el temor de faltar á la cita.
EL FRA.C AZUL. 357

II

Estaba la mañana fresca como un carámbano, y el cielo


encapotado y triste como rostro de viuda, cuando Elias, con
su inseparable frac azul abrochado, una bufanda arrollada al
cuello y las manos en los bolsillos, se encaminó al convento
de San Plácido.
Desde la calle del Fúcar, donde vivía el poeta, hasta la de
San Roque, donde se encuentra el citado convento, hay una
distancia regular, sobre todo cuando se atraviesa en ayunas
y sin capa ni gabán, en una de esas desagradables mañanas
de invierno.
Fresco como un rábano entró nuestro poeta en el conven-
to, y colocándose junto á la pila del agua bendita, esperó al
sacerdote.
El templo estaba desierto.
La única persona que se veia era el sacristán, que encen-
día algunos cirios del altar donde iba á ofrecerse la misa de
alba.
El poeta se sentó en un banco, temblando de frió.

III

El sitio donde se encontraba Elias y el profundo silencio


^ue reinaba, trajeron á su memoria ciertas tradiciones del
tiempo del rey galante y poeta, Felipe IV.
Elias no pudo menos de recordar á la hermosa doña Blanca
Coronel, la enamorada de los dos peces, que dieron nombre á
358 M, FRAC AZUL.
la inmediata calle, y que tantas lágrimas le costaron cuando
los vio muertos.
La sencilla doña Blanca sintió una pena tan profunda ai
ver sin vida á sus queridos peces, que con tanto esmero cui-
daba, que á pesar de las súplicas de su padre y demás parien-
tes, se empeñó en vestir el hábito de monja, y entró por fin
en La Encarnación Benita (San Plácido).
Posteriormente, esta joven fué una de las monjas que más
sufrieron en los ruidosos sucesos que en aquel convento tuvie-
ron lugar más adelante.

IV

De estas meditaciones le sacó la presencia del buen sa-


cerdote que le habia encargado la oda.
Elias, ejecutando todas las maniobras convenidas con ei
presbítero previsor, depositó el memorial en el sombrero de¡
pater.
Después salió del templo.
Pasaron cuatro días, durante los cuales el poeta no volvió
á ver ni á saber nada del buen cura.

La Providencia, esa misteriosa protectora de los deshere-


dados, suele presentarse de vez en cuando en la casa del pobre
bajo distintas formas, y tendiendo uua mano á la desgracia, le
dice con una voz que no resuena en el oido, pero que levanta
dulcísimos ecos en el alma:
EL FRAC AZUL.

Elias depositó el memorial en el sombrero del pater.


EL FRA.C AZUL. 359

—Toma: remedia tus necesidades del dia, reanima tu es-


píritu y fortalece tu fe; confia y espéralo todo del que todo lo
puede, y para el cual la. grandeza de la tierra no es más que
un miserable átomo que podria convertir en polvo su omnipo-
tente voluntad.

VI

Cuatro dias, pues, habían transcurrido desde aquél en que


el poeta depositó su poesía en el sombrero del presbítero.
A eso de las cinco de la tarde, Elias, que aún estaba en
ayunas, se encontraba en su gabinete, pensando en esa mul-
titud de cosas tristes y lúgubres que se les ocurren á los que
sienten el estómago vacío.
El porvenir era para nuestro poeta cada vez más proble-
mático.
Sin embargo, como en los momentos supremos de la vida
es necesario recurrir á los grandes recursos, y cl dia estaba
próximo á terminar y aún no se habia encendido fuego en la
cocina de su casa, el poeta inédito resolvió, con profundo dolor
de su corazón, vender, por lo que le dieran, algunos libros que
formaban sus encantos, su paraíso, en medio del infierno do
su vida.
Ató, pues, con un bramante á Moratin, Calderón, Lope de
Vega, Moreto y Tirso de Molina, resuelto á vender por unos
cuantos reales á los ilustres é inmortales maestros del teatro
nacional.
360 IiL FKAC AZUL.

VII

En esta desagradable ocupación se hallaba nnestro joven


poeta, cuando resonaron cinco golpes enérgicos, dados en la
puerta de la calle.
Elias se estremeció, como si hubiera escuchado los trom-
petazos del ángel del Apocalipsis, porque precisamente era la
hora en que el casero, hombre de poca paciencia tratándose de
la cobranza de los alquileres, solia visitarle, recordándole con
palabras no muy corteses que so habia retrasado dos semanas
en pagarle la mensualidad.
La venta de los libros era, en parte, motivada por la deuda
del casero, y Elias se asomó resueltamerte á la ventana, como
si tuviera ya en la mano el dinero para hacer frente á las
amenazas del propietario.
Pero ¡oh sorpresa! ¡No era el casero! Era la Providencia,
y esta señora no ha tenido nunca el mal gusto de disfrazarse
con el traje de ninguno de los citados señores.
Un coche de alquiler se hallaba parado á la puerta de casa
del poeta.
Por la portezuela asomaba una cabeza cubierta con un so-
lideo.
Aquel solideo fué para ;Elías más grato que la sonrisa de
la felicidad, que los perfumes de Oriente, que la aureola de la
gloria.
—¡Baje usted! ¡baje usted!—le dijo el sacerdote, pues él
era quien venía á buscarle.—Tenemos que hablar, porque tudo
ha salido á pedir de boca.
EL FRAC AZUL. 361

Esta última palabra penetró en el corazón de Elias como


si hubiera sido pronunciada por un ángel.

VIII

El poeta empleó medio segundo en bajar noventa y siete


escalones.
Si se inventara una locomotora para subir y bajar esca-
leras, no podria dársele la rapidez que Elias desplegó en aque-
llos momentos.
Cuando no se estrelló entonces, de seguro que no se estre-
llará nunca.
Apenas el cura vio al poeta á la distancia de sus manos,
sacó los brazos por la portezuela y le dio un apretado abrazo.
—¡Como se pide! icomo se pide!—exclamó.—¡Ya so}r cura
párroco de A...! Pero ¡qué oda! ¡qué versos! ¡Es claro! ¡No
podia suceder otra cosa! En prueba de mi agradecimiento, le
traigo á usted un regalillo, y voy á llevármele á comer á la
fonda. ¡Qué diantre! Hoy debemos echar una cana al aire, ya
que alguna vez se ha hecho justicia en España.
Y el sacerdote puso en las manos del poeta un papel que
contenia diez monedas de á cinco duros.
Elias se quedó tan asombrado, que no supo qué contestar
al regocijado presbítero.

IX

La Providencia se habia presentado tres veces á nuestro


poeta durante su estancia en Madrid: la primera, bajo la for-
•10
:j(52 EL FRAC AZUL.

ma de uDa corista del teatro del Circo; la segunda en la per-


sona de un escritor ilustre, y la tercera bajo el traje talar de
un sacerdote.
Si Elias dudara de ella, cometería una injusticia imperdo-
nable; pues, como verá el curioso lector, aún debía aparecér-
sele bajo distintas formas esa Providencia protectora del des-
graciado.
Por muchos favores, por muchos beneficios, por muchas
obras de caridad que Elias practique durante su vida, no lle-
gará nunca á sembrar lo que ha recogido.
¡Dichoso aquél que hace el bien sin esperar recompensa,
porque él le encontrará, tarde ó temprano, donde menos lo
piense!

Elias subió las escaleras con la misma rapid.-z que las ha-
bía bajado, refirió á su familia en dos palabras el feliz éxito
de la oda, dejó aquel puñado de oro y volvió á bajar.
—¡A la fonda de Perona!—dijo el presbítero al cochero.
Arrancó el penco, y poco después el poctü y su nuevo
protector se hallaban en dicha fonda, sentados delante de do?
cubiertos de doce reales.
¡Oh! ¡Cuánto se come por tres pesetas en Perona cuando
se tiene hambre!
Ni un solo plato se desperdicia; porque en ciertos perío-
dos de la vida, ol estómago del hombre tiene fc voracidad de!
tiburón.
La carne de vaca á la jardinera, con muchas zanahorias y
BL FRAC AZUL. 363

cebollas; las croquetas de harina, con un glóbulo homeopático


de sesos en el centro; el atún cocido, engalanado con el nom-
bre del aristocrático salmón; la salsa de patatas; la hermosa
coliflor, rellena de aire, y otros siete platos más, precedidos
dedos sopas con abundante caldo... ¡Ah! ¡Verdaderamente es
un placer digno de los dioses devorar un cubierto de doce
reales en las fondas económicas!
Al concluir, Elias tuvo lástima de Baltasar, de Assuero y
de Lúeulo. ¡Pobres hombres! ¡Ellos no conocieron h fonda de
Perona!

XI

Pero escrito estaba que aquel dia fuera de grandes é im-


previstas emociones para Elias.
Después de recibir las diez monedas de oro y la comida
de tres pesetas, le esperaba un acontecimiento mucho más
asombroso.
El buen cura estaba tan contento con su credencial, que
al concluir su cubierto, cuando el camarero presentó los pali-
llos para los dientes, exclamó:
—¿Se atrevería usted á comerse ahora, otro cubierto de
doce reales?
Elias, ante aquella pregunta, hecha á boca de jarro, estu-
vo á punto de caer de espaldas.
—¡Otro cubierto!—exclamó.
El presbítero se sonrió y respondió:
—Sí; comenzando por las dos sopas, pues de lo contrario
so tiene gracia.
364 EL FHAC AZUL.

—Amigo mió,—repuso el poeta,—tengo una hija y n0


quiero dejarla huérfana.
El cura se rió con toda la boca, y con la misma naturali-
dad que si hubiera pedido un enjuagatorio para limpiarse la
boca, dijo:
—Mozo, traiga usted otro cubierto para mí.
Elias, espantado, y temiendo presenciar la muerte de su
bienhechor, salió precipitadamente de la fonda, á tiempo que
el mozo ponia delante del cura las dos sopas.
Cuando el poeta se vio en la calle, exclamó:
—¡Ah! ¡Qué bien ha hecho la reina en concederle el cu-
rato! ¡Es un hombre superior... si no revienta!'
Después supo Elias que el cura se habia comido todo el
cubierto número dos con el mismo apetito que el número
uno, y que hizo una digestión admirable.
¡Hay hombres privilegiados!

XII

Elias concurrió aquella misma noche al café, como tenia


por costumbre.
—Tenemos que participarte dos noticias: una buena, y otra
mala,—le dijo uno de sus amigos.
—Empezad, pues, por la mala,, para que me quede luego
el agradable recuerdo de la buena,—repuso el poeta, con acen-
to de gran curiosidad.
—La mala es que Ángel el cojo, el furioso republicano, el
admirador de Marat y Robespierre...
—¿Se ha pegado un tiro?—preguntó Elias, recordando en
EL FRAC AZUL. 365

aquel momento el dramático fin del poeta Claudio, amigo in-


separable del cojo.
—No; pero está preso en el Saladero.
—¡Preso! ¿Pues qué delito ha cometido?
—El delito de conspirador; se le han encontrado unas pro-
clamas, lo mismo que á Roberto Eobert.
—¡Pobre Ángel! Le veo camino de Filipinas. ¿Le habéis
ido á visitar vosotros?
—Sí; esta tarde.
—Mañana iré yo. ¿Está en el patio?
—Hombre, nosotros somos demasiado principales para de-
jar abandonado á un amigo,—dijo Floro.—Ángel ocupa un
cuarto en el piso segundo, próximo al de Roberto, mediante la
módica cantidad de cinco reales diarios, pagados por quincenas
adelantadas. Pero ya que sabes la noticia mala, pasemos á la
buena.
—Escucho con interés.
—Todos los presentes, es decir, todos los de esta mesa, va-
mos esta noche á una reunión. ¿Quieres venir?
—¡Pero, hombre! ¿Qué reunión es esa á la que pueden ir
todos los que quieran?—preguntó Elias, sonriendo de un modo
malicioso.
—Es una reunión de medio pelo, donde hay un piano al-
quilón y concurren una docena de elegantes cursis, de traje
relamido y rostro remilgado. Creo que es un buen cuadro de
costumbres; se pasa bien la noche. La dueña de la casa es una
señora, viuda de un intendente; acuden también otras señoras
por el estilo, especie de cucas, que aprovechan una ocasión
favorable para sacar las cartas del bolsillo y dejarlas sobre el
3CG EL FRAC AZUL.

tapete verde. Por lo demás, hay mucha etiqueta, y se cuidan


de la buena forma.
—¿Dónde diablos queréis que vaya con este maldito frac
azul, que ha caído sobre mis hombros como una maldición,
y no puedo verme libre de él?—replicó EliVs.
—¡ Vanidad de vanidades! como dijo Salomon,—repuso Plo-
ro.—Vas hecho un príncipe, y te-quejas. ¡Ah! ¡Malditos sean
los falsos bohemios, que hablan con entusiasmo de las excen-
tricidades de Henry Murger l y se asustan viéndose una man-
cha en la pechera de la camisa!
—¡Disputador eterno!—exclamo' Elias.—Capaz eres de ha-
cerme creer que parezco un príncipe ruso.
—No diré tanto; pero si te comparas conmigo, te falta muy
poco.
—Pues acepto.
—Señores,—dijo uno de los circunstantes,—yo he ofre-
cido á esas señoras presentarles algunos amigos distinguidos,
y es preciso que vayamos en coche. Esto nos recomienda. So-
mos uno, dos, tres, cuatro...
Y contó hasta diez amigos que tenia alrededor.
Luego dijo:
—Necesitamos cinco coches.
—¡Niego!—exclamó Florencio.—Necesitamos dos pese-
tas, porque un coche puede llevarnos,á todos en una hora; es
cuestión de hacer cinco viajes. Esas señoras viven en la calle
de Santa Isabel. Pues bien; se toma el coche en la plaza de

' Este escritor francés es conocido en Paris con el sobronombre de el W


de los bohemios.
EL FRAC AZUL. 3C7
Anton Martin; el carruaje conduce á dos, y vuelve por otros
jos, y así sucesivamente, hasta dejarnos á todos.
—Entonces, yo iré primero, pues soy el que debe presen-
faros.
Quedó convenido, y los amigos esperaron la hora de la pre-
sentación.
CAPITULO XXXVIL

t i a p i a n i s t a , ol b a r í t o n o y l a p o e t i s a . — C o n c i e r t o c a s e r o .

Llegó la hora de la reunión, y los amigos del café de


la Perla, siguiendo el económico pensamiento de Floro Moro
Godo, se trasladaron á la plazuela de Anton Martin, se buscd
el coche, y comenzaron los viajes.
Elias hizo el primero con el joven que debia presentarles
á la dueña de la casa.
Abrió la puerta una Maritornes asturiana, capaz de derri-
bar de un puñetazo á uno de los monarcas de piedra que ador-
nan la plaza de Oriente, y pronto salió a su encuentro una
señora entrada en años, en cuyo traje y adornos de cabeza
brillaban todos los colores del arco iris. Llamábase doña Cel-
sa, y era la dueña de la casa.
—Presento á usted mi querido amigo don Elias Gómez,
autor inédito,—dijo el que iba con el poeta.
Y.L FRAC AZUL. 309
Debic5 parecería á doña Celsa lo de inédito una gran cosa,
pues deshaciéndose en saludos y contorsiones, y empleando
una voz que por lo gangosa demostraba el abuso del rapé,
dijo:
—¡Adelante, señores! Esta casa es de ustedes; y en ouonto
á este señor inédito, puede desde hoy contarme en el número
de sus servidoras.
Elias se sonrio" é hizo un saludo á doña Celsa.

II

Apenas había terminado doña Celsa sus cumplidos, cuando


sonó la campanilla, y otros dos amigos so presentaron en la
antesala.
Era el uno Floro, y el otro Antonio Altadill, que fueron
presentados con gran pompa por el amigo en cuestión. Suce-
sivamente y por intervalos acompasados llegaron los demás; y
por fin todos los tertulianos del café de la Perla entraron en
el salón.
Habia en aquella pieza hasta unas treinta ó treinta y cinco
personas de ambos sexos, que conversaban como Dios les daba
á entender.
Piano habia también en el salón, qne no era doña Celsa
mujer de poco más d menos; pero dicho instrumento tenia to-
dos los honores de una carraca, á pesar de la mano de aceite
que las noches de concierto le daba su ama.
En cuanto á la sillería, la salvaba do su desigual anciani-
dad una funda de percal, blanco como la conciencia.
Sobre una consola veíanse dos candeleros adornados de
47
370 EL FRAC AZUL.

dos trinidades de bujías, y una estera de Elche, de esparto


blanco y sangre de toro, alfombraba el pavimento.
En las paredes de aquella habitación veíanse dos retratos
al óleo.
Uno de ellos era el de doña Colsa en traje de baile, retrato
del tiempo de Godoy; el otro representaba un caballero seco,
con cara do pocos amigos y vestido do negro, como una cor-
redera.
Este retrato era el de don Nilo, esposo de doña Oelsa, di-
funto ya por entonces.

III

Lo primero que se le habría ocurrido á un hombre pen-


sador entrando en el citado salón, hubiera sido decir:
—Aquí debe haber hambre.
Y efectivamente, los tertulianos de doña Celsa tenían un
aspecto tan cursi y unos rostros tan particulares, que á pri-
mera vista se notaba que en aquella reunión hacía más falta
un buen cocido que el piano.
Sin embargo, una joven, de esas que á los treinta años di--
cen: «Me planto», y de allí no las apea nadie, fué á sentarse
al piano, acompañada por un caballero de semblante dudoso,
que cantaba de barítono, y que según la opinión general de
la reunión, era todo un artista, de los que hacen con la voz
lo que quieren, como le sucedia á Robert Macaire, pero que
nunca pudieron hacerse unos pantalones.
EL FHAC AZUL. 371

JV

—¡Silencio, señores, que va á cantar Ederünda, la hija del


mariscal!—dijo doña Celsa.
Ederlinda se quitó unos guantes que criaban vello ;í fuerza
de rezarse con la goma.
Después dirigió una mirada llena de pretendida voluptuo-
sidad en derredor suyo, fijó sus melancólicos ojos de soslayo
en el caballero que tenia al lado, como dioióndole: «Allá va-
nos», y sus dedos largos y nudosos cayeron sobre el infeliz
íiclado del piano.

Comenzó el concierto.
¡Bienaventurados los sordos!
Aquel piano hacía quince siglos que no habia dado ni un
céntimo de ganancia á los afinadores.
La parte del teclado correspondiente á las dos octavas del
filtro, indudablemente se encontraba en un estado lastimoso,
pues sonaba de una manera infernal, mientras las octavas
ííi'ave y aguda correspondían con alguna afinación á los es-
fuerzos de la profesora.
El piano de doña Celsa pudo muy bien en sus mocedades
?
er un mueble decente; pero en la época del citado concierto
e
ra un anciano achacoso que ;í fuerza de desbravar las apor-
eadoras manos de mil aprendices de la ritmopca, habia dicho:
"¡No puedo más! ¡Haced de mí lo que queráis!»
372 lií. KK/.C AZUL.

La profesora Ederlinda en vano se afanaba por lucir su


habilidad; todo era inútil.
Pero el barítono se habia propuesto cantar. Ademas, la des-
afinación del instrumento que le acompañaba no era para 61
un inconveniente, y siguió cantando, sin hacer caso del piano
ni de la pianista.
Quiso Dios y la buena fortuna do la reunión que termi-
nara la pieza.
Entonces fué la ovación; nunca en el teatro Real ni en el
de la Zarzuela, donde en ciertas noches aplauden hasta los
asientos, y otras veces silban hasta los profesores de la or-
questa; nunca cantante alguno so vio" tan frenéticamente aplau-
dido como lo fué por los tertulianos y amigos de la viuda doña
Celsa el barítono don Pautaleon Torres Altas do la Sierra, que
éste era el nombre del cantante.

VI

Después del canto corrió la voz de que se iban á leer unos


versos, parto do la fecunda ó inspirada imaginación de una
señorita oue se hallaba en la sala.
J

La duoña de la casa habia hecho de antemano grandes


elogios de los citados versos.
Salió la musa, y colocándose junto á la consola., para que
la luz de las bujías alumbrara los destellos de su genio, se
puso á leer unas quintillas que llevaban por título: Mi pri-
mera ilusión.
Si Gil Polo, el ilustre poeta valenciano del siglo diez y
seis, hubiera asomado la cabeza por el salón y oído las quin-
KL FRAC ASÍüX. '¿1$

(illas de la poetisa, indudablemente se habria vuelto á su fosa,


maldiciendo á la profanadora de un metro que á él le habia
sido tan simpático.
La poetisa leyó con un sonsonete adormecedor sus quinti-
llas; ademas, tenia un acento andaluz bastante marcado, y ba-
lanceaba la cabeza acompasadamente como el péndulo de un
reloj de pared, y hubo en la reunión quien se mareó, hasta el
punto do perder la luz de los ojos.
La poesía corrió parejas con la música; pero fué preciso,
á fuer do galantes y españoles, aplaudirla; y entre los aplau-
sos se escuchaban frases entusiastas que decían:
—¡Bravo! ¡Bien! ¡Sublime, Gemma1!
Gemma pasó triunfante el salón á lo largo, y fué á sen-
tarso junto á su madre.

Vil

Algunas jóvenes la rodearon para celebrar su genio.


—Señorita,—le dijo Altadill con su proverbial galantería,
y con toda la expresión de que es susceptible su semblante
•'•uando- pretende burlarse de alguien;—señorita, Safo, la ce-
lebro poetisa griega, cuyo fin trágico es bien conocido, raeré-
i-ió el nombre glorioso de décima musa, llegando el entusias-
mo de los habitantes de Lésbos hasta el punto de acuñar mo-
nedas con su busto y levantar templos á su memoria. Si los
españoles fueran justos, harían otro tanto con usted; pero mu-

1
La poetisa se llamaba Jeroma; pero pareciéudole prosaico este nombro,
lo habia italianizado á su manera.
374 Ei, FKAC AZUL.

cho me temo que su indiferencia deje relegada al olvido á tan


inspirada cantora.
Gemina y su mamá no comprendieron el epigrama de Al-
tad) 11, y tomándolo por una galantería hija del entusiasmo
se la agradecieron, diciendo:
—[Ah, caballero! Usted es demasiado bueno para con mi
hija; la pobre tiene afición, y con el tiempo, y estudiando un
arte poético donde se encuentran todos los consonantes difí-
ciles, tal vez pueda hacer algo de provecho; porque al fin y al
cabo, es muy joven y muy aplicada; y en cuanto á penetra-
ción, si usted la tratara...
—Tendría sumo gusto en ello,—repuso Antonio; -pero
desde ahora le aseguro que con todas esas condiciones, con el
arte -poético, y sobre todo, con el estudio de los consonantes,
llegará á ser una celebridad la joven Gemma.
Y Altadill, viendo una silla vacía al lado de la poetisa, se
apoderó de ella, y continuó en voz baja el diálogo.

VII

La conversación se hizo general. Veinte asuntos se discu-


tieron á la vez.
Difícil es describir con su verdadero colorido un cuadro
tan animado como el que presenció Elias en los salones de
doña Celsa, la viuda de don Ni lo.
Hablábase allí de política, de literatura, de la subida del
pan, de las deportaciones á Leganés y á Filipinas, del paraíso
del teatro líeal, de los cantantes de zarzuela, del chocolate de
la Compañía Colonial, y de que sé yo cuántas cosas.
EL FRAC AZUL. 375

Las señoras, sobre todo, eran las que mantenían más ani-
mada la conversación.
Parecía increíble aquel lujo inagotable de verbosidad; in-
dudablemente habían estado toda la semana sin hablar, según
la prisa que se daban en mover la lengua.

VIII

Tocóle á Elias por compañera en aquel desordenado con-


greso, una señora de unos cuarenta años de edad, cuyo escuá-
lido semblante estaba revocado de albayalde, colorete y polvos
de arroz.
El traje de la pintada señora era de seda, color de naran-
ja caído, con adornos negros; contraste horrible, que excitaba
lo que no es decible los delicados nervios del poeta.
En cuanto á su adorno de cabeza, se reducía á una especie
de casquete griego con profusión de colgantes de abalorios.
Si el sol hubiese de repente alumbrado el salón de doña
Celsa, todos hubieran soltado una carcajada.
Lo más notable de la citada reunión era que las señoras
tenían un empeño tenaz en hablar de su ventajosa posición
social; alarde heroico de vanidad, que la miseria definiente
con cruel sarcasmo.
Pero ¿á qué emplear un engaño que tanto mortifica, cuando
los hombres que allí se hallaban, con muy pocas excepciones,
todos dejaban ver, en sus rostros ó en sus trajes, muestras
inequívocas de su pobreza?
La vanidad es ciega como el amor, pero tiene menos no-
bleza; cree engañar, y por lo general es engañada.
Í176 KL KKAO \XVT..

¡Pobres de aquellos seros que, con o) estónizgo vacío os-


tentan un mondadientes en la boca!
¡Infelices de aquéllos que cojean por las calles, para justi-
ficar la rotura de las botas!
¡Dichosos aquéllos que en el seno de esa pobreza del deco-
ro, van diciendo en su altivo continente: «¡La pobreza no des-
honra, cuando se sabe llevar con valor, con dignidad y con
resignación !;>
CAPITULO XXXVUI.

IJUÜ cucas.

Elias, pues, conversaba con la señora del vestido de color


ele naranja, que, le habia tomado por su cuenta.
La educación le prohibía separarse de ella dejándola con la
palabra en la boca, como suele decirse.
De vez en. cuando notaba que alguna, pareja desa parecía
del salón; poro volviendo á embestirle con sus historias la del
casquete griego, pasaba por alto el acontecimiento y se em-
bebía nuevamente en la conversación.
—¡Ah, caballero!—le decia la del vestido de color de na-
ranja.—No le quepa á usted duda; la sociedad camina á paso^
agigantados á su total desbordamiento. Ya nada se respeta;
ya todos se creen iguales á los demás; los hombres van adqui-
riendo con las señoras unas maneras poco convenientes, y no
se puede salir ú tiendas de noche, sin hallarse expuesta á que
48
378 T.L FRAC AZI:!..

la tomón por una de esas mujercillas de poco mus ó menos.


Antes era otra cosa: los hombres cumplían con más rigurosi-
dad los deberes de la etiqueta; fumaban menos y hablaban de
cosas agradables, galantes y amenas. La horrible política ja-
mas se mezclaba en sus conversaciones, y tonian cuidado do
echarse en la ropa unas gotitas de esencia de jazmin, al paso
que nosotras nos las echábamos de pacholí.
Elias exhaló un suspiro; pero la del vestido de color de
naranja, que se llamaba doña Aurelia, no entendía de indi-
rectas.
En aquel momento, Antonio, la poetisa y su madre, guia-
dos por doña Celsa, salieron del salón, y poco después Floro y
Ederlinda, la pianista, hicieron lo mismo.
—¿Adonde diablos irá esta gente?—se decia el poeta.—Si
esta mujer no hubiera hecho presa en mi individuo... pero es
imposible escapar do sus garras. Tengamos paciencia.

II

Doña Aurelia tornó á la carga.


—Pues sí, amigo mió, ya no hay clases,—dijo.—Aquí me
tiene usted á mí, que estoy harta de pasear las calles de Ma-
drid en coche; que he tenido en mi casa reuniones frecuenta-
das por lo más selecto de la corte. Pues ahora, porque me ven
viuda y viviendo de una modesta renta; porque en vez de mi
antiguo cuarto de veinte mil reales, tengo uno de diez mil)
que para mí y dos criados es muy suficiente, ¿creerá usted que
algunos han criticado este rasgo de modestia y le han califi-
cado con insultante desprecio?
EL FRAC AZUL. 379

—¡Es una infamia, señora!—exclamó Elias alzando la


voz, como para desahogar el peso de aquella habladora eter-
na, que le tenia aplanado.
—¿El qué es una infamia, caballero?—le preguntó doña
Celsa, que precisamente pasaba por el lado del poeta, después
de ejecutar el decimocuarto viaje desde el salón al sitio des-
conocido, donde se llevaba á. remolque poco á poco á todos los
tertulianos.
Elias alzó la cabeza.
En aquel momento el rostro de la dueña de la casa le pa-
reció bello como la esperanza.
—¡Es una infamia—dijo el poeta—lo que le sucede á esta
señora!
Doña Celsa se sonrió y repuso:
— ¡Ah! ¡Ya comprendo! Doña Aurelia le habrá contado ú.
usted... Siento mucho interrumpirles; pero como los amigos
están adentro...
—Entonces, vamos adentro,—exclamó el poeta, poniéndo-
se de pié.
Doña Aurelia se cogió del brazo de Elias.
Estaba escrito: era imposible librarse de aquella cala-
midad.
—Vamos, vamos,—dijo.—De todos modos, pienso hacer
esta noche una obra de caridad.
—¡Ah! ¿Una rifita?—preguntó doña Celsa.
—Tengo una infeliz vecina, á quien cedo de limosna la
buhardilla, y voy á ver si le reúno algo... ¡La pobre necesita
tanto!...
:180 KI. FRAC AZUL.

III

Elías no comprendió" una jota de lo que hablaban las dos


señoras, pero siguió á doña Celsa, que saliendo del salón y
atravesando un pasillo, abrió una puerta.
Entonces la venda cayó do los ojos; del poeta.
Se hallaba en una reunión de cucas, en una de esas casas
de juego doude se procura cubrir las apariencias, y donde no
siempre es la suerte la que sale vencedora.
¡Dios me libre de asegurar que en casa de doña Celsa se
mataban las cartas, y se recurría al pego y ¡i la encerrona
para ganar! Pero sí referiré lo que tantas veces he oido decir
á Elias, testigo ocular de la reunión que nos ocupa.
La habitación donde estaba la banca no ora otra que el
comedor de la casa.
Veíanse tres puertas y una alcoba, cuya vidriera estaba
corrada.
Una de las puertas era la de la cocina, otra la del pasillo,
y otra de escape, que comunicaba, pasando un cuarto, con el
salón.
Tres cuartas partes de los tertulianos se hallaban en pié, y
los otros sentados alrededor del tapete verde.
En'primera illa veíanse las señoras, ó las cucas, más pro-
piamente dicho.
La compostura empalagosa del salón habia desaparecido.
Allí todos eran amigos íntimos, reunidos sin más objeto que
el de ganarse amistosamente el dinero.
Algunas de las cucas fumaban y hacían vacas con los ca-
EL FltAC AZUL. 381

talleros, que en pié y detras de ellas miraban las cuatro car-


tas del juego.
Tallaba el barítono don Pantaleon Torres Altas de la Sier-
ra, y la pianista Ederlinda, colocada enfrente, le ayudaba á
pagar y á cobrar.
Uu quinqué que colgaba del techo, adornado con una in-
mensa pantalla verde, alumbraba la mesa con su radiosa y
clara luz
Lo demás de la habitación puede decirse que se hallaba
en tinieblas.
En los oscuros ángulos veíanse sentadas algunas parejas,
hablando en voz baja, tal vez de su mala suerte, tal vez de sus
esperanzas, ó acaso de amor; aunque esto último no es muy
común en una casa do juego.
La atmósfera de aquella sala no podia ser más densa.

IV

Elias fué invitado por la dueña de la casa a tomar parte


en el juego.
A doña Aurelia le hicieron un sitio; se sentó, y dijo al
poeta:
—Joven, siéntese usted aquí, á mi lado.
Elias no recuerda cómo fué; pero es lo cierto que se encon-
tró sentado en primera fila, y muy cerca de la del vestido de
color de naranja, especie de sinapismo, del que no podia li-
brarse.
—¿Es usted aficionado, joven?—ie preguntó doña Aurelia.
—En otro tiempo he jugado al billar; pero nunca he creí»
882 EL FRAC Á'/A)!,.

do que las cartas podían preocupar ni un momento la imagi.


nación del hombre.
—Hace usted mal. El juego del monte es como la lotería:
ni debe jugarse mucho, ni pasarse sin jugar. ¿Quiere usted que
hagamos una vaca para probar fortuna? Me dice el corazón
que hemos de ganar.
Elias iba á decir que no; pero enredándosele la lengua en
aquel instante, murmuró:
—Bien; como usted quiera.
—Si á usted le parece, la pondremos do. á duro,—repuso
doña Aurelia, sin ocultar la alegría que le causaba la condes-
cendencia del poeta.
Elias sacó un duro, y lo puso delante de su verdugo.
Afortunadamente, la generosidad del padre cura le ponia
en el caso de tirar aquellos veinte reales y otros veinte más
que llevaba en el bolsillo.
—Jugaremos con éste, y luego sacaré yo mi duro,—dijo
doña Aurelia.
Elias comprendió al momento que en aquella vaca sólo se
arriesgaba su dinero, pero no se dio por entendido.
Para mostrar su indiferencia paseó una mirada eu derredor
de la mesa.
Antonio hacía también vaca con la poetisa, pero apuntaba
la madre; los jóvenes hablaban, sin duda, de los amores de
Safo y Faon.
Al otro extremo de la mesa, Floro, con la pipa en la boca
é impasible como un inglés, no apartaba los ojos de las manos
del banquero, como si quisiera pillarle algun renuncio.
De vez en cuando Elias observaba que Floro sonreía.
EL FRAO AZUL. 3HÜ

Aquella sonrisa parecía decir á sus amigos:


—¡Neófitos, os están robando el dinero!

Doña Aurelia defendió por un rato el duro de Elias, lle-


gando á hacer más de cien reales.
De vez en cuando le decia:
—Tengo una combinación; en saliendo la mia, pongo todo
el dinero. Esta noche estoy de buenas. ¿No le parece á usted,
que debo dar el golpe?
—Haga usted lo que guste; yo no entiendo una palabra.
Doña Aurelia ganó una postura arriba de diez reales, y
una abajo de veinte; jugó á un tres los treinta reales, y ganó
también.
Elias llegó á creer que doña Aurelia tenia un ángel bueno
que le indicaba dónde debía jugar, y por su mente cruzó la
idea de que siguiendo con suerte tan decidida, no le bastaban
los bolsillos para llevarse las ganancias.
Un minuto después doña Aurelia dijo, registrándose los
bolsillos:
—\A.y, Dios mió! Me he dejado la caja de rapé en el salón.
¡Y es do plata! Sentiria que se me perdiera; no por el valor,
sino porque es un recuerdo de familia. El caso es que debe
estar en el suelo, junto á la silla donde hemos estado hablan-
do; ó si no, encima de la consola. Voy, voy; no quiero que se
pierda. Pero siento dejar el juego. ¡Se me da tan bien!...
—No se moleste usted, señora; yo iré por ella,—le dijo
Elias.
384 EL YÍUC AZUL.

—Es usted muy amable, y no sé cómo demostrarle m¡


agradecimiento.
Elias se levantó.
En aquel momento el banquero comenzaba una talla, y
doña Aurelia dijo, levantando la voz, como para que la oyera
Elias:
—Juego. Soy sota.
CAPITULO XXXIX.

t.a i'ífíi. e l rowttrio Ue l a íinvora. y e l celtulox'· ele p o l i c í a .

Salió el poeta al salón, donde aún quedaban siete ii oche


personas, algunas de las cuales descabezaban pacíficamente el
sueño, olvidando la compostura y los deberes que impone la
urbanidad.
Como ninguno de ellos hizo caso de Elias, éste, empleando
el mismo indiferentismo, se puso á buscar la cnja de. rapé de
doña Aurelia, pero la cajú no parecía.
El poeta tuvo ol mal pensamiento de creer que alguno de
aquellos desperdigados prójimos que dormían m las sillas del
salón se la habría encontrado, y resolvió preguntarles si la
habian visto; pero unos no le contestaron, porque se hallaban
8
n brazos de Morfeo, y otros le respondieron que no sabian de
qué les hablaba, ni recordábala haber visto á doña Aurelia
ninguna caja de plata, añadiendo:
49
yS("> lïL FRAC AZUL.

—¡Gracias que tonga una de estaño esa vieja buscona!


Alarmó al poeta el menosprecio con que aquella gente ha-
blaba de su compañera, y creyendo inútiles todas las investi-
gaciones, entró en la sala del juego.

II

Apenas le vio la del vestido de color de naranja, le dijo


c*n acento doloroso:
—¡Ay, amigo mió! ¡En qué mala hora se marchó usted á
buscar la caja!
—Pues ¿qué ocurre?—le preguntó sobresaltado ei poeta.
—¡No es nada lo del ojo! Figúrese usted, hijo mío, que
viao la carta que esperaba; quise dar el golpe proyectado:
puse todo mi capital, y... ¡paf! salió la contraria, viéndose de
nosotros, y nuestra vaca se fué á pique.
Elias sintió un ruido en el bolsillo del chaleco, como si le
hubieran robado el dinero. Pero aquel robo no estaba penado
en al Código; era preciso, pues, resignarse, y así lo hizo.

III

Doña Aurelia, observando que el poeta habia enmudecido


cou la repentina pérdida de i;u capital, y queriendo dosimpre-
sionavie, le dijo:
—¡Ah! Bien se conoce que no es iwísd aficionado, pues
veo que ie ha bocho gran efecto la mala, jugada.
—Señora,—repuso suspirando ei poeta,—demasiado sé yo
qi'.i3 ú quo juGgi se halla expuesto á perder; pero...
15L FRAC AZUL. 387

—En fin, ¡cómo ha de ser!—repuso doña Aurelia.—No


hay que pensar en ello.
—Sí, sí; es lo mejor.
—¿Quiere usted que hagamos otra vaca? Quizá la inerte
nos sea más propicia.
Y doña Aurelia sacó un duro.
Elias no se atrevió á desagradar á aquella señora, aunque
tenia la íntima convicción de que le habia robado.
Introdujo los dedos en el bolsillo del chaleco, y sanó su úl-
tima moneda de cinco pesetas.
Continuó el juego.

IV

Perdióse la segunda vaca, aunque no para todos, y Elias,


ante la imposibilidad materia?, rehusó Jo. tercera, con que le
invitaba doña Aurelia.
—¡Cuánto lo siento!—le dijo la vieja cuca, afectando un
sentimentalismo ridículo.—Hoy hemos estado de malas; pero
mañana ssrá otro dia. Esto no implica pava que practique una
obra de caridad, y usted, amigo mió, va á ayudarme. ¡Es tan
consolador hacer bien á los desgraciados!... Figúrese usted
<]uo una vecina, una viuda, enferma y con dos hijas, se halla
en la última miseria: yo soy para ella, como suele decirse, el
paño de lágrimas; la socorro siempre que puedo, y algunas
veces hngo una rifa en favor suyo. Esta noche, por ejemplo,
traigo uv. abanico muy elegante; va usted á verle.
Doña Aurelia sacó un abanico, que lo más debía babeólo
costado una peseta.
388 EL FRAC AZUL.

La educación muchas veces se convierte en una embustera


despreciable. El poeta afirmó que aquel a.banico era de muy
buen gusto.
Doña Aurelia, sacando una baraja del bolsillo, extrajo de
ella los reyes y las sotas, y entregando las ocho cartas al poe-
ta, volvió á decir:
- Usted va á encargarse de esta obra de caridad, recor-
riendo sus amigos, para que tomen alguna carta. No pondre-
mos muy alta la tarifa: solamente á peseta la carta; por este
medio le reuniremos ocho pesetas, y yo pondré el rssto de mi
bolsillo. Procure usted dirigirse siempre á los caballeros que
hacen vaco, con las señoras; la galantería es la gran protec-
tora de estos negocios.
Elias, que ya comenzaba á sentir ciertos deseos de romper
el .yugo que aquella vieja estaba ejerciendo sobre él. habló de
osea manera:
— Mire UBted, señora: yo, por mi parte, »o puedo tomar
ninguna cartita, porque no tengo un cuarto.
-No importa, caballero; tómela usted; la pago yo; quiere^
decir que mañana me dará usted la peseta.
—Señora, tengo la buena costumbre da v.o contraer deu-
das innecesarias.
—Pues entonces... en fin, le regalo ó usted la carta.
—Pero ¿para qué diablos quiero yo nn abanico, sfñora?
—¡Toma! Para hacerse aire.
—No tengo calor.
•—Y si no, para regalarlo á cualquiera do las señoritas de
!a reunión.
tilias miró con asombro á aquella mujer, cuya tenacidad
EL FRAC AZUL. 389

le abrumaba, y resuelto a poner término á una escena mo-


lesta y en contraposición con su carácter, dijo:
—Señora, tengo el sentimiento de no poder servirla en
esta ocasión, en la seguridad de que desempeñaría mal el en-
cargo de ln rifa, causando con mi torpeza un perjuicio á la
desgraciada amiga de usted. No admito la comisión, y le
ruego que la confie á. otra persona más inteligente en estos
asuntos.
Y Elias, sin esperar respuesta, se levantó de la silla, y fué
¿confundirse entre los mirones de último término.

Doñ-'i Aurelia era tenaz en sus empeños, y la negativa


de Elias no fué suficientemente poderosa para desistir de su
propósito.
La rita se hizo, valiéndose de otro caballerete que e¿<raba
en ganancias, y el. abanico, que cuando más, habria callado
una peseta, produjo ocho. El agraciado fué Altadill, y ésto, á
íucr de galante, lo regaló á la poetisa Gemma.

VI

Se estaba dando un juego á mayores decidido, de esos


juegos tan fatales para los banqueros y de los que tanto se
aprovechan los puntos, especie de sanguijuelas que chupan
la sangro de una misma madre, aunque muy pocas veces lo-
gran devorarla.
En los rostros de esos jugadores que se llaman puntos.
390 Bí. FRAC AZUL.

notábase la alegría asquerosa del que gana, imaginándose lie-


var alguna ventaja en el juego.
La partida llegaba á su verdadero apogeo, & su punto más
interesante, cuando doña Celsa entró en el comedor con el
rostro descompuesto y todos los síntomas del espanto más su-
perla tivo.
— ¡Señores,--exclamo con sobresalto,—algun envidioso
ha denunciado mi casa! ¡El celador de policía y la ronda lla-
man á la puerta!
—¡Aquí ardió" Troya y murió' Pirro!—dijo Kloro, soltando
una carcajada.

Vil

Imposible sería describir el efecto mágico Que la? palabras


de doña Celsa produjeron á la reunión.
El banquero Torres Altas extendió los brazos sobro el di-
nero del fondo, con el mismo entusiasmo, con la misma vehe-
mencia que una madre hubiera empleado para librar el.cuer'
po del hijo de ¡sitia entrañas, de los acerado» pico? de una ban
ciada do a vea da rapiña.
La pjYcüía lídorh'nda se ochó de pocho:.; arbra le m m en-
cima de loa brazos de su socio, por cubrir el dinero, y olvi-
dando la compostura que se dobe á su sexo, corrió gipvo ries-
go de descubrir otras cosas que no es del caflo nombrar.
La poetisa Gemina, como' herida por un rayo, y sin lecer
más tiempo que oí preciso para exclamar: «¡Dios mió! ¡Q^
vo.Tgíioüza!:* quedó desmayada en*'los brazos de Aítadii', que
sorprendido con aquella íinbe que se le había venido encimo;
HI, KHAC AZC'Í.. 391

perdió t'd equilibrio y estuvo á punto de caer rodando debajo


¿e la mesa, abrazado á la musa.
f,a madre de Gemma, viendo que la bija de su.-.; entrañas
contaba con un protector en aquellos momentos de aflicción,
.«¿lo se ocupó en recoger el dinero de la vaca que bobia becho
con Altadill.
Mientras tanto, el quinqué, que había recibido una fuerte
sacudida con la historiada cabeza de la pianista Ederlinda,
se ¡necia como el péndulo de un reloj, rociando de aceite á los
circunstantes.
Doña Aurelia, que se bailaba precisamente sentada de es-
paldas á las puertas vidrieras de la alcoba, quiso levantarse
con una ligereza impropia de su edad; pero recibiendo al mis-
mo tiempo en mitad del rostro las caricias no muy suaves de
.'os pies de Torren Alfas, que por defender su tesoro había aca-
bado por reliarse encima de la mesa, cayó de espalda;;, produ-
ciendo con esta caída un estruendo espantoso y la rotara de
algunos (ínstalos.
Otra cuca fué y. ocultar su vergüenza debajo ázl aoíú.
Todo el mundo, con eso egoísmo admisible de la.'¡ grandes
caiústrofes, procuraba Malvar su individuo 6. costa del prójimo.
La [HiH-tíi de escape que conducía al saleo, c?v h. gran bá-
tala que. ñidiif.' deseaban conquistar.
Aquel desurden tenia oigo del rosario de la aurora.
Rn vano la dueña de la casa y el banquero Tóin¡¡< Alts?
ft'potiua:
—[Señores, no hay que. precipitarse! Borremos todas las
htiifllaa de la j>artida, y al salón, al salón todo el mundo.
Poro ¡ay! en eso* momentos supremos en que el pánico y
392 EL FRAC AZUL.

el desorden lo invaden todo, ¿quién es capaz de restablecer la


tranquilidad, cuando uno pide las dos pesetas que tenia de-
lante, otro reclama la petaca que tenia entre las manos, aqué-
lia busca su dinero, la de más allá pregunta por una zapa-
tilla, y así sucesivamente todo el mundo echa de menos algo
que reclama sin hallar una respuesta satisfactoria á sus pre-
guntas?

• VIII

Durante este juicio final, el celador habia llamado tres ve-


ces á la puerta, y doña Celsa repetía con dolorosa entonación
y cogiéndose la cabeza con ambas manos:
—Sí, sí, por mucha prisa que ustedes se den, ni la cari-
dad me libra á mí de la multa. ¡Oh! ¡Qué almas tan mezqui-
nas, qué corazones tan malvados existen en el mundo! ¡De
seguro... apostaria un ojo de la cara á que es doña Oleoféla
que me ha denunciado á la policía, porque mi casa está más
concurrida que la suj a !
CAPITULO XL

Vita p o r s p o c t l v a <lo <llvs. (lias on 1*1 S a l a d e r o .

La mayor parte de las cucas se habían refugiado en el sa-


lón, y pronto desapareció el tapete verde de la mesa, apaga-
ron la asendereada lámpara, y borraron lo mejor que se pudo
las huellas del garito.
Ederlinda se sentó al piano, y se puso á tocar, aunque
bastante conmovida.
Doña Celsa abrió la puerta al celador, el cual, como hom-
bre práctico en semejantes chubascos, entró en el salón con
una sonrisitn en los labios que estremeció á las cucas, y dijo:
— ¡Buenas noches, señores! Hoy han estado ustedes más
torpes que. otroi dias. ¡Qué diantre! A nadie se le ocurre mas
que á doña Celsa tenemos á mí y á los pobres muchachos de
la ronda una hora á la puerta. Por fortuna, nos conocemos, y
!as cosas se podrán arreglar satisfactoriamente.
50
394 EL PEAC AZUL.

—¡Señor don Máximo,—replicó doña Celsa,—si no le he.


mos oido á usted! Estábamos tan embebecidos oyendo á la jó.
ven Ederlinda tocar el piano, que...
—¡Ya! —repuso el celador.—Doña Ederlinda es esa señora
que toca el piano, ¿eh?
—Sí.
—Pues la conozco perfectamente; be tenido el honor de
nacerle pagar siete multas en lo que va de año.
—¡Pero si no jugábamos!—exclamó Ederlinda, levantán-
dose del taburete.
—Señoras,—volvió á decir el celador,—es inútil que pre-
tendamos engañarnos; aquí todos nos conocemos de muy anti-
guo; y aunque es verdad que veo algunas caras nuevas, eso
no importa; un dia ú otro hemos de comenzar á conocemos.
El gobernador se ba propuesto concluir con las partidas á fuer-
za de multas, y ustedes no quieren hacer caso; pues bien: ade-
lante con la música: á pagar ó al cajón.
Y el celador, encaminándose hacia la consola, sacó una
abultada cartera, y de ella -un fajo de papel de multas.
Elias, mudo espectador de aquel desorden, pareció desper-
tar de un sueño oyendo las amenazadoras palabras de aquel
agente de la autoridad.

II

El celador continuó de este modo:


—Ya saben ustedes, señores, que la multa consignada es
la de cincuenta reales por señora, y ciento por caballero; el
que no pueda pagar, que vaya diciendo su nombre, y que se
EL FRAC AZUL. 395

nrepar© á pasar cinco dias en la cárcel correccional, si es mu-


j e f ) 6 diez en el Saladero, si es hombre. Por lo pronto, los que
no paguen serán conducidos al cajón de vigilancia de la pla-
zuela de los Tres Peces hasta que amanezca.
Nuestro poeta no poseía un cuarto; su, porvenir, pues, era
la cárcel.
Esta idea comenzó á disgustarle de un modo superlativo;
pero el amor propio, ese enemigo intransigente de la criatura,
le-aconsejó que no demostrara su disgusto á la reunión.
Cuando los tertulianos de doña Celsa se convencieron de
que el celador de policía era invulnerable como el Peñón de
Gibraltar; cuando vieron que las súplicas, las lamentaciones y
los gemidos no conmovian ni una fibra de aquel agente noc^-
turno, eterno perseguidor de los garitos, los que tenían dinero
pagaron su multa, prestando á la vez á otros la cantidad esti-
pulada.
A doña Celsa, ademas del desperfecto en el mobiliario, le
costó veinticinco duros aquel concierto casero; bien es verdad
que la dicha señora sacaba muy buenos cuartos de las inocen-
tes reuniones de su casa.
Ocho fueron los infelices que, por falta de recursos, se ha-
llaron precisados á seguir al celador: cinco mujeres y tres
hombres; entre ellas se encontraban la poetisa Gemma y su
madre; ellos eran Floro, Altadill y Elias.
En cuanto al amigo que les habia presentado á la citada
reunión, pagó su multa, y despidiéndose de sus contertulia-
nos, estrechó la mano de Elias, diciéndole en voz baja:
—Amigo mió, siento lo que ha ocurrido, aunque no sé si
me atreva á darle la enhorabuena, porque escenas de esta cía-
396 EL FIUC AZUL.

se son siempre de un gran estudio para loa literatos; pero como


jo soj el causante de todo, procuraré remediar el daño que be
hecho. Hasta luego.
Después cambió algunas palabras en voz baja culi el cela-
dor, y salió del salón.

TIT

Los tres amigos y las cinco cucas fueron conducidos por


el celador y su ronda al cajón de la plazuela de los Tres Peres.
Floro y Altadill se reian grandemente de la compungida
cara de, Elias, procurando consolar do aquella desgracia á la
sensible Gemma.
Los cajones de vigilancia, en el tiempo que nos ocupa, es
decir, en Febrero de 1854, tenían bien pocas comodidades p»ra
jos que eran arrestados durante la noche.
Un banco para dos personas, una silla, una meaila de pino
y un catre sin colchón, eran todos los enseres que contenia
aquella casa portátil, dedicada á recoger durante la noche ú
todos los trastornadores públicos, sobro los cuales está siempre
levantado el bastón del celador do policía.
Estaban en el cajón un agento de policía, ó vigilante, una
mujer moza de éstas que llaman del partido, y un émulo de
Baco, que, tendido en el suelo, dormia profundamente su pe-
sada borrachera.
Acomodáronse las cucas del mejor modo posible en aquel
reducido espacio, dispuestas á esperar, con las lágrimas en los
ojos, la luz del vecino dia, que debía amanecer para ellas en
una cárcel,
2L FRAC AZUL. 397
Floro, que parecia insensible al dolor general, cantaba en
voz baja de vez en cuando, y con ese sentido y armonioso
acompañamiento de las malagueñas, la siguiente copla:

A la puorta tle la cárcel


no me vengas á llorar;
ya que no me quites penas,
no me l·is vengas á dar.

IV

Mientras tanto, AUadili procuraba endulzar la amargura de


la poetisa Gemma, recordándole todos aquellos poetas que ha-
bían cantado bajo las tétricas paredes del calabozo.
—Bccuerde usted á Ovidio,—le decia,—ese amador subli-
me, ese poeta inspirado que se atrevió á elevar sus ojos hasta
la hermosa Julia, á despecho del emperador César Augusto.
Recuerde usted al Tasso, ese loco inmortal nacido para amar
y cantar. Recuerde usted á Camoens, á Cervantes, y verá us-
ted como su dolor se templa.
—Sí, sí; tiene usted razón,—murmuraba tristemente Gem-
ina, haciendo pucheros;--pero yo no olvidaré en mi vida esta
coche, que tiene á la vez para mí tan amargos y tan dulces
recuerdos.
Y la poetisa, diciendo esto, dirigia á Altadill unas miradas
más dulces que el ponderado tocino de cielo.
Elias, mudo observador de aquel cuadro, vio con asombro
que de las cinco cucas, cuatro roncaban pacíficamente, con
una tranquilidad de espíritu incomprensible para el poeta, á
quien no le llegaba la camisa al cuerpo.
398 EL FRAC AJSÜIi.

Mientras tanto, el tiempo continuó su incansable marcha.


La luz del alba se aproximaba.
La esperanza que el poeta veia en perspectiva era un» pri-
sión de diez dias.
Era preciso, pues, evitar ese borrón.
Ll«t)ió aparte á sus dos amigos, y les dijo:
• Cinco, be tenido la esperanza de que el celador de poli-
cía nos diera la libertad; pero veo que osa esperanza se desva-
nece, y que sin remisión nos conducen al Saladero. Esto me
aflige doblemente, por mí y por mi-familia. Si podemos lograr
que UIÜ dejen salir, me comprometo ;í buscar el dinero en el
transcurso del dia.
Yo no tengo inconveniente en quedarme en rellenes por
tí,—-dijo Floro;—y si tú no vuelves, permanecer veinte dias,
en lugar de diez, en la cárcel; yo soy completamente libre, y
vivo solo en ia tierra como ol hongo; esto, después de todo, no
será taña que un pequeño favor que me enorgullece, pues te
evito uu disgusto.
Elias abrazó cu riñosamente á Floro.
—¡Bah! Eso no vale la pena. Yo no tengo familia, pero
respeto esos dulces lazos que unen á un puñado do seres bajo
un mismo techo. Voy á ver si el vigilante quiere aceptar la
garantís, do mi persona pojr la tuya.
Floro se dirigió hacia ol agente de policía, á cuyo tiempo
otro agente entró por ia puerta del cajón con un papel en la
mano.
Aquel papel decía así:
«Sftñor vigilante: Puede usted dejar en libertad a los ar-
resíadori en la casa de juego de la calle de Santa Isabel.
HI- FHAC AZUL. 399

»Quedan satisfechas las multas en esta celaduría.»


Después de la lectura de este oficio, las cucas y los tres
amigos quedaban libres.
Gemma comenzó á sacudir por el brazo á su dormida ma-
dre para participarle tan fausta noticia; pero la citada señora,
que sin duda estaba soñando con alguna carta favorita, al des-'
pertarse dijo:
—¡Una peseta al siete!
La cárcel producía on aquella naturaleza viciada menos
impresión que la banca.
Los tres amigos se despidieron de sus compañeras de in-
fortunio, ofreciendo á Gemma que irian á visitarla. Creo que
ninguno de ellos cumplió la palabra.
Para reponerse del disgusto que acababan de experimen-
tar, se encaminaron hacia la Plaza Mayor, en cuyos soporta-
les habia por entonces una célebre buñolería.
Floro fué aquella mañana el anfitrión, porque Altadill y
Elias, con las infortunadas vacas, se habían quedado sin un
cuarto.
CAPITULO XLI.

L a s priraoi-as ñ o l a s <le ntxu g r a n s i n f o n í a . .

Hemos llegado á un período en que es preciso dedicar al-


gunas páginas á la gran epopeya que se escribió con sangre
en los campos de Vicálvaro y en las calles de Madrid el año
de 1854.
Cuando se publicó por primera vez el presente libro, el
lápiz rojo de! censor estaba suspendido de un modo ameuaza-
zador sobre la prensa. Hoy el pensamiento es libre; hoy pue-
den expresarse las ideas sin las trabas de la censura, y al
describir, aunque ligeramente, las gloriosas jornadas de Ju-
lio, lo haremos sin que nos ciegue la pasión política.
Hemos leído con detenimiento todos cuantos escritos se
han publicado sobre aquella célebre revolución que conmovió
el trono secular de los Borbones, y que estuvo á punto de
EL FRAC AZUL. 401

derribarle, y la mayor parte de ellos respiran una parcialidad


v
desagradable. '
Empecemos.

II

Elias continuaba sin adelantar un paso; el tiempo iba trans-


curriendo, sin que las puertas del templo de Talía se abrieran
para sus obras.
Llegó el 28 de Junio de 1854.
En la tarde de dicho dia nuestro poeta se dirigia maqui-
nalmente hacia el café Suizo, sin ocuparse de la extraordi-
naria.animación que se notaba en la Carrera de San Jeróni-
mo, en las Cuatro Calles y en todos los puntos céntricos de la
capital.
Elias ignoraba que en la madrugada de aquel dia se habia
verificado una insurrección militar e.n el cuartel de San Fran-
cisco, disparándose tiros é hiriendo gravemente al capitán de
guardia.
Tampoco sabía que aquella misma mañana, el general don
Domingo' Dulce, director del arma de Caballería, con el pre-
texto de revistar las tropas, habia sacado de Madrid todos los
escuadrones, sublevándose contra el gobierno, á nombre de la
libertad.
Ignoraba también que el general don Leopoldo O'Donnell,
á quien durante cinco meses la policía babia perseguido con
encarnizado empeño sin lograr encontrarle, se habia reunido,
acompañado de Ros de Olano y Messina, al ejército sublevado,
poniéndose al frente de los insurrectos á los gritos de: «¡Abajo
51
402 EL FRAC AZUL.
bienio! ¡Viva la Constitución! ¡Viva !a reina! ¡Viva la 1¡.
bertad!»
Elias lo ignoraba todo; su situación era tan desesperada
que absorbia por completo su pensamiento, su imaginación
su vida.
Muchas veces oia hablar en el café d« loa agios escanda-
losos, di Lis inmoralidades, del gobierno peluco que regía en-
tó;:ces 'os destinos de la nación; y aunque Elias deseaba que
el sol de la libertad brillara con todo su fulgor sobre la des-
grscinda Eppoña, se creia muy pequeño y muy poco influ-
yente pava meterse á conspirador.
So dirigia, pues, como hemos dicho., la tarda del 28 de
Junio hacia el cafó Suizo, cuando una mujer que descarada-
mente repartía proclamas por todas partes e.otrc loa transeún-
t e , poso una en ¿us manos que decis así:

.CIUDADANOS:

./El gobierno corrompido y corruptor que ha ultrajado la


znsjpatad da las lejes y humillado el honor del paí;;, esta á
punto de hundirse bajo el peso de la execración racional.
,»LOB hombres honrados de todos los partidor; !e condenan;
el p-ub'o, indignado de sus iniquidados, le reserva un ejein-
p?nr- ca«;h"(Tf«.
••'T.:--< d'.i.s de an dominación vergonzosa no ba-oíem para
corti-r por (¡líos sus crímenes. Ha barrecido h Constitución
-H R-faido, atropellado los derechos de JO-J ciu'todancs, /altado
:? to-Jiv-í Ion sentimientos de decoro, esnarriacMu Js Rr-prssunta-
r:i-.a Nscion91. cerrado la tribuna, encadenado la prensa, sa-
EL FRAC A55UL. 403

queado el Tesoro, corrompido las conciencias y sembrado en


el país una perturbación profunda.
»Los generales que han dado á la reina un trono para que
reinara constitucionalmente; los hombres amaestrados en las
luchas políticas, y los escritores independientes, están perse-
guidos, exonerados ó proscritos. Una chusma de advenedizos
se ha propuesto convertir la España en patrimonio cuyo, y
destruir en un dia la conquista de cincuenta años de accio-
nes heroicas y de sacrificios generosos. Después de haber
arranccdo al pueblo contribuciones enormes, no autorizadas
por las Corte:-, ha inventado un nuevo impuesto, que ha espar-
cido la miseria y el hambre en las provincias. Su conducta no
tiene ejemplo ni excusa; la revolución no brota en las masas,
no sale del pueblo: parte del poder, que se ha colocado fuera
de la ley.
»No se trata de un cambio más de personas ni de una re-
volución de partido; se trata de la unión fraternal de todos los
liberales, do todos los hombres de probidad que quieran poner
un dique al saqueo escandaloso que hemos presenciado hasta
ahora, impasibles.
¿Patriotismo, unión y confianza: con estos tres elementos,
la nación, la libertad y el trono se salvarán, y alejareis pera
siempre el triste legado de humillación que de otro modo de-
jaríais á vuestros hijos.
»Sólo un acto de energía puede poner fin al reinado de las
arbitrariedades y de la inmoralidad. La patria lo espera todo
de vosotros. ¡A las armas, ciudadanos!!!
»¡0 ahora, ó nunca!»
404 EL FRAC AZUL.

III

Elias, al concluir de leer la proclama, entro' en el Suizo


donde se encontraban varios amigos, sentados en derredor de
una mesa.
La. conversación era animada.
Allí supo el poeta inédito los acontecimientos políticos,
causa de la efervescencia que se notaba en la población.
—¿Traes noticias?—le dijo uno.
—¿Se ha pronunciado otro regimiento?
—¿Has visto algun soldado de caballería po.v la calle?
—¿Has leido el último número de EL Murciélago'? Es un
botafuegos, uu ariete, ujoa catapulta, que Luco tambalearse á
luía polacos.
Todas estas y otras muchas preguntas dirigieron a Elias
sua amigos.
—Estaba dormido cuando llegué á la oalle do Sevilla,—
respondió el poeta,—pero esta proclama que depositó en mis
manos una mujer patriota, me despertó; y al leerla, he su-
puesto que algo grave sucedía en Madrid.
Los amigos del poeta soltaron una carcajada.
—¡Tú estás en Belen!
--¡En Babia!
—¡En el limbo!—exclamaron.
—Donde mejor os plazca,—repuso Elias.—Pero permitid
qae me siente y tome café; y mientras saboreo el cocimiento
de moka, caracolillo y achicorias, me lo contareis todo.
Ï L FKAC AZUL. 405

IV

Si el impopular gobierno que. presidi;! Saïtorin» hubiese


tenido que desterrar de Madrid ó todos Jos que simpatizaban
conloa generales sublevados, en la coronada villa sólo hubie-
ran quedado algunos centenares do empleados.
Todo el mundo se hallaba de parte de O'Donncll y Dulce
todos preguntaban con gran interés noticia? sobro los movi-
mientos del ejército sublevado.
La alegría era grande; el entusiasmo, inmenso.
Los polacos iban á caer, en medio del odio universal.
La reina Isabel y el conde do San Luis m bailaban en el
Escorial, disponiendo la jornada para Ja Graiga.
La. reina Cristina, inspiradora del grupo de hombre» cor-
rompidos quo la rodeaban, comenzaba á comprender en su pa-
lacio de la calle de las Rejas que. la hora da la justicia, de lo.
reparación y de la libertad no estaba lejos.
La policía GC ocupaba en hacer viíitas domiciliarias, lle-
vando al. Saladero á loa que croia sospechosos.
Los más comprometidos emigraban, yendo á reunirse con
E
l ejército pronunciado.
Las primeras notas de la gran sinfonía comenzaban á oír-
se, y los polaco?, temblaban en sus palacios.
En el café Suizo reinaba una animación encantadora.
¡Ah! ¡Cuánto se mintió aquel dia! ¡Cuánta sangre pudo
ST
itar Isabel II si aquella noche, al regresar á Madrid, hubiera
«cordado que la corona que cenia su frente se la debía al par-
ado liberal!
406 KL FRAC AZUL.

Pero los reyes suelen ser faltos de memoria, y sus olvidos


cuestan á veces maros-de sangre.

Elias, después de enterarse de los gravísimos acontecí.


mientes dol dia, se dirigió al Saladero á dar cuenta de lo que
ocurría á Roberto Robert y á Ángel.
Roberto se hallaba en su cuarto, leyendo un papel impreso,
cuando entró Elias.
Al oir el ruido de la puerta, hizo un movimiento como para
ocultar el papel que tenia en las manos; pero cuando reconoció
ásu amigo, dijo:
— ¡Ah! ¿Eres tú?
- -Sí,— contestó Elias, sentándose en la única silla que ha-
bía desocupada.—¿Qué lees?
—El cuarto número de El Murciélago. Acaba de traér-
melo un eiopleado del gobierno,—contestó Roberto con una
sonrisa digna de Voltaíre.
—¡Cómo! ¿Del gobierno?—preguntó asombrado Elias.
—¿Quién es un cartero, sino un empleado del gobierno?
¡Imbéciles! ¡Gastan un dineral en policía secreta, para coge
á los redactores é impresores de El Murciélago, y apenas sale
un número j a Jo tienen los ministros sobre la mesa de su des-
pacho, y la rsina en su tocador! Pero oye, oye. ¡EKÍO marcha.
Se va perdiendo el respeto á las testas coronadas. Por ahí &
empieza. ¡Quién sabe si mañana no tendremos escrúpulos part
cortarles la cabeza!
EL FHAC A55UI.. 407

VI

Y Roberto Robert leyó lo siguiente, haciendo slgonos co-


mentarios al final do cada suelto:

«Falta un cuadro en o! Mneco ó eu ol Escorial: es que la


duquesa de Riánssres lo liizo llevar á palacio para copiarlo, y
se quedó con él ó lo vendió. En su galería ó en su libro de
caja 3 encuentran todos los cuadros y todas las albaja?; que
se han pordido m España desde hacs veinte años.»

«Decíamos en nuestro número anterior que lo»;: euavtdes


erau vigilados: por la policía.
»Di-j¡pufts liemos sabido que el espionaje va mía lejos: que
so vigilan los cuerpos de guardia; que ro vigilan isa rennionea
délos soldados en los sitios que éstos frecuentan mas; que se
v
¡gila á los jotos y ^5 los oficiales. No «e toroa/ían preoansio-
B':8 7níí¡ (tagiTidíintos pava aaeg'nrars-o du l'1 nberüñnrjq do un
periódico.»

«Oouio El Murciélago e:¿ pájaro que revoloteando, revolo-


teando, so meto por todas naites, y ademas, tieno a.¡ oído icniy
fino. resguardado ñor ona?:¡ orejas muy erraiide.". :•?•>•<>. enterado
acosas? que no todos «aben, ¿ qui' «íguncsi dnrian h mitoó d¿
,0
que I ien en porque tampoco el nocturno avechucho las eu-
pitra. TJr,a do ellas es la no subasta del servicio del correo
408 KL FRAC AZUL.

entre Cádiz y las islas Canarias. Cierto comerciante de este


último punto indicó á doña María Cristina que sería una espe-
culación lucrativa el establecimiento del referido correo, y al
momento se sacó á subasta bajo el tipo de doscientos cincuen-
ta mil reales, ptro sin que nadie hiciera postura, sin quehu-
bies;; acto ninguno lega!, y sin que el público tuviese el menor
conocimiento ele lo que pasaba; suponiéndose todo por la auto-
rida'l, apareció aprobado en remata on quinientos mil reales,
de los cuales tomo" la mitad la duquesa de R¡am*ares*y la otra
mitad el proponente, obligándose ambos á hacer el servicio
con ¡u buque cada uno..>>

«h¡¡- que sean Relés servidores de su reina deben sentir,


como sentima;; nosotros, que la prensa extranjera pronuncie
con deprecio ¡su augxisío nombre.
»Deben lamentarse de que por calles y plazuelas se hable
eu términos nada decorónos de la vida privada de S. M.
¿Deben sentir que todo el odio que inspiran los actuales
ministros venga á recaer robre la rpina, que no le?; retira su
confiauza,
¿Esta udiuisiclad se va extendiendo aula día .más; y mu-
chos, on su desesperación, no vacilarían en u'embav al mo-
narca que á tale-;:! hombres sostiene.
•'Observe':! lo¡¿ liombi'eff ira parciales y de nobles sectinues*
tos que cutan al. 3?.¡:o de ¿u reina la agitación que se advierte
en todas lar. clases, y el cambio que han sufrido kt; ideas mo-
nárquicas en la mayoría del ¡meblo.
•>Recuerden quo el dia en. que el regicida Merino agestó uD
ta VRM: AÏ'.Ï., 40i)

puñal contra la reina, el pueblo, en el primer momento de in-


dignación, hubiera despedazado al asesino: á los pocos dias,
ese mismo pueblo hablaba de Merino con asombro, y le acom-
pañó más tarde al suplicio casi non veneración.
»¿Ypor qué ese cambio tan repentino?
«Porque el pueblo. fWa del primer impulso de indigna-
ción, y pensando frianxsutc en avt interés y en la situación
reaccionaria que «níúinies atravesábamos, veia en Merino un
hombre muy eupnrinv á ios doma.-;; y este hombre estuvo á
punto de trust-oi'tuir ios pioyectoA r-'-;ic<:ioD.ariqs de los que man-
aban.
»Desde el dia en que fué arrojado á las llamas el cadá-
ver de Merino, se ha dümÍRuido mucho en España el respeto
al monarca; y hoy el puoblu, riendo que ha asaltado el poder
una cuadrilla do hombres perdido*, y que la reina se obstina
en sostenerlos, busca su «alvaciou, no deseando que se pre-
sente otro regicida, sino admitiendo ¡a idea de un cambio de
dinastía.
;>]>. aqni os que algunos hayan pensado en don Pedro Y:
otros en el dnqv« de Monfcponsior.»

í'Doña Maria Cristina de Borbon de Muñoz trae un nuevo


negocio entre manos, por lo qn« pueda tronar: la capitaliza-
ción d--> la pensión que «acá 6 los pueble». Parece que esta vez
la cosa no p w . de unos «cteiiíu millones; para tales operacio-
nes hacen falta i os impuantos sxi-ai-idiuarios. A esta señora
>e ciega Ja codicia: ni \e qv.e !Ü; robado tanto que nada queda
^ que robar, ni ve cpio lia jugado con el país de tal manera
53
410 BL l'RAC A BOL.

que rio es imposible que haga ou ella un eacai-miento saluda-


ble que dejo memoria para siempre.»

«Mientras que los oficiales que más servicios han prestado


a su patria sufren postergaciones que les hacen encanecer para
recibir por viejos su retiro sin haber pKOudo de la;; primeras
clases de la milicia, hay mozos como Pepito Aran;:, que llega
en pocos años desde cadete á teniente corone) sin hafcer hecho
más que alguna expedición á los Sitios Reates; como el du-
que de San Carlos, ú quien un dia causo' todo "] •'•onrojo de
que S. E. es capaz la imprudente pregunta, de un príncipe,
qnc al verle ostentar tan bizarros bigote* tuvu curiosidad de
saber cuántas acciones habia mandado, obligando ai duque á
hacer la triste confesión de que ignoraba teórica y práctica-
monte lo que es una acción de guerra.
>>No diremos nada de la faja de Rián Bares, porque éste, ai
/•¡n, es principo do la casa de Minio/,'.»

VI

Cuando Roberto concluyó de leer, dobló H! periòdic:) con


calma y sonriendo de un modo especial, dijo:
—Ya has oido lo que dicen de nm&trúü soberaa-jò los mo-
nárquicos; figúrate lo que diria yo, ú pudiera escribir; yo, que
no admito aquello de por la gracia de Dios... cicatera. JSsta-

* Los ¡interiores párrafos o.?tán tomado3 de los números de El Murcié-


l*go correspondientes á los días -t y 11 de Junio do l í ñ i .
UL VRAC AZUL. 411

mos abocados á la revolución. Correrá, mucha sangre, y al fin


el pueblo «era dueño del campo. Pero los progresistas son muy
candidos, y pudiando tenerlo todo se contentarán con tocar el
himno de Riego, ¡lutaiivar las calles, y quemar fuegos artifi-
ciales, olvidándole de todas las ingratitudes, de todas las in-
consocuíMiciaa, y do todo el odio que los profesa la reina, dig<
ua hija dol infamo Femando VIL
Roberto tosiin w/on. En aquella ocasiou fué profeta.
Los libéralos, el heroico y noble pueblo de Madrid, se con
teutó con tocar el himno do Riego.

VII

Elias refirió á .sua amigos todo lo que sucedía, lo cual fuá


para ellos y para todos los presos políticos una alegría y una
espersnxa; y entrada la noche, abandonó el Saladero.
C A P I T U L O X.LIÍ.

E l b l m n o d» R l o a o .

Continuaremos narrando, aunque Ijgtítumcute, la revolu-


ción de Julio.
Ya hemos dicho que el 28 de Junio so sublevó la caballe-
ría con O'Donnell, Dulce, Messina y Ros do Olano, ¡í la que
se unió un batallón de infantería, mandado pur el brigadier
Echagüe.
El 29 por la noche entró en Madrid la reina, de regresu
del Escorial.
Su entrada fué silenciosa, triste. Habiii ya algo imponente
entre el trono y el pueblo; era el preludio de los dias de luto
que se aproximaban, de la sangre que iba á enrojecer las ca-
lles de Madrid.
Una docena de pilludos corrían delante del coche real dan-
do algunos viva».
KL FRAC AZL'T-, 413

El pueblo se sonreía con indifercucia y con dos-precio ante


aquellos vítores pagados por la policía.
Al dia siguiente el gobierno polaco, para disimular su
miedo, quiso hacer una ostentación de fuerza, y se improvisó
una gran parada que revistó ia reina.

II

Llegó por fin el dia 30.


Entonces se supo que el ejército libertador, que así lo lla-
maba el pueblo, estaba acampado en las llamaos de Vicálvaro.
El gobierno tuvo mucho miedo.
Las inmediaciones del regio alcázar y las del palacio de
doña María Cristina de Muñoz se convirtieron en un verdade-
ro campamento; se rodearon de tropa y de piezas de artillería,
pues se temia que el pueblo tomara una parte activa en el
asunto.
Pero esto era un error, hijo del miedo; porque el pueblo
ignoraba las tendencias de los generales que so habían puesto
al frente del ejército sublevado, y no estaba dispuesto á derra-
mar su sangre por apoyar un simple cambio do ministerio.
La experiencia y los desengaños le hicieron prudente, y
esperó á que el general don Leopoldo O'Donnoll dijera por qué
se pronunciaba.
Más tarde lo supo, cuando publicó el programa de Manza-
nares; programa que tuvo muy corta duración por cierto, y
que se discutió dos veces con las armas en la mano en las ca-
lles de Madrid en el transcurso de dos años: el 54 para defen-
derle, el 56 para anularle.
414 SI. KRAC AZUL.

111

Ooïno loa sublevados se hallaban tan próximos á Madrid,


se formó un cuerpo de ejército en el Prado, como pava sepa-
ra vi er; dol pueblo, y ñor fin una columna, mandada por Bláser,
Lara y Vistuberihosa, después de no pocas dudas? y recelos,
salió en busca de loa sublevados,
Las tropas del gobierno se componían principalmente de
infantería y artillería; formando un total de cuatro mil qui-
nientos hombres y veinte piezas. Sólo contaba con unos qui-
nien to? caballos.
En cambio, el ejército libertador se componía de nua gran
mará de caballería, y no tenia más infantería que un batallón
del Príncipe, mandado por Echagüe, y media corapañía de la
Reina Gobernadora.
El pueblo de Madrid, disgustado y mollino, v.íé saliv la co-
lumna del gobierno por ¡a puerta do Alcalá.
Ovació la inquietud, y en los primeros momentos fué tan
honda y profunda la impresión de la capital, que muchos gru-
pos se retiraron tristes y cabizbajos, reuniéndose en las inme-
diaciones del café Suizo.

IV

Allí se encontraba nuestro poeta inédito; porque on aque-


llo» dias nadie se ocupaba más que de la cosa pública. ¿Quién
pensaba, en comedias ni en versos, cuando á l?.s puortas d«
Madrid iba á librarse una gran batalla: cuando ai despecho dal
EL FRAC AÜUL. 415

gobierno y la terquedad do la reina amenazaban á los españo-


les con dias de luto?
¿Qué sucedió en los campos de Vicálvaro? ¿Quién llevaba
la mejor parte, la reacción ó la libertad?
Esto era un misterio que sembraba la inquietud en todos
los corazones.
A oso do media tarde, el Gobernador publicó una boja, di-
ciendo cou un cinismo incomprensible que el ejército suble-
vado liabia que/lado completamente deshecho, derrotado, en los
campos de Vicálvaro.
El dolor del pueblo de Madrid fué muy profundo, porque
aquella derrota le anunciaba nuevas arbitrariedades, nuevas
persecuciones de la policía; y como si sintiera el fiio contacto
de la argolla, dd despotismo en su garganta, exbaló un gemi-
do de rabia, llevándose una mano al pecho y exclamando cor.
dolor: «¡Todo se ha perdido!»

Paro (h pronto cambió la escena, como cu una eomodk. de


magia.
El ejército del gobierno, que según la hoja volante del
coade de Quinto, regresaba vencedor á la capital, entró on
Madrid por la puerta de Alcalá, pero no con la majestad sere-
na é imponente del triunfo, sino con el pánico vergonzoso de
la derrota.
Jamas so l¡a visto penetrar con tanto desorden una colum-
na en una ciudad. No parecía sino que los dos mil caballos do.
O'Dou.nell )e daba ana terrible carga por vela guardia.
416 EL FRAC AZUL.

En medio de esta confusión, de este desorden, de este mié-


do, cujo origen se ignoraba, corria delante de todos un gene-
ral, descompuesto y azorado, y llevando en la mano derecha
una lanza, como trofeo de la soñada victoria.
Los que presenciaron, esta vergonzosa fuga, este inexpli-
cable pánico, con esa gracia peculiar de los madrileños, pusie-
ron al asustado general un apodo de que nunca ha podido verse
libre. LA llamaron Longínos.
La. escena bufa da la entrada de este general en Madrid,
después de la gran victoria alcanzada en los campos de Vi-
cálvaro, sirvió" do asunto á las conversacions* durante algu-
nos dius.

VI

Luego transcurrieron algunos dias cutre esperanzas, des-


alientos y temores.
El ejército libertador se alejaba de Madrid, cuyo pueblo,
si bien se sentia interesado por los generales pronunciados,
no se atrevia i lanzarse á la calle, porque desconfiaba de ellos,
ó" más bisn porque ignoraba sus propósitos.
¡Le b/.biau engañado tantas vece&l ¡Había barrido en tan-
tas ocasione*' de escabel para que se encambraren los ambi-
cioso:!
Áíí las coüas, circuló por Madrid el celebro programa de
O'Donnell, firmado en Manzanares el 7 de Julio.
Aquel documento fué la prenda que el pueblo aceptó para
empezar el combate.
He aquí el manifiesto:
EL FRAC AZUL. 417

«ESPAÑOLES:

»La entusiasta acogida que va encontrando en los pueblos


el ejército liberal; el esfuerzo de les soldados que le compo-
nen, tan heroicamente demostrado en los campos de Vicálva-
ro; el aplauso coa que en todas partos ha sido recibida la no-
ticia de nuestro patriótico alzamiento, aseguran desde ahora
el triunfo da la libertad y de las leyes que hemos jurado de-
fender. Dentro c¡o pocos áii¡s> h rr-ayor perte de las provincias
habrán ¡¿acudido el yugo de los tiranos; el ejército entero ha-
brá venido á ponerse bajo nuestras banderas, que son las lea-
les; la nación disfrutará los beneficios del régimen represen-
tativo, por el cual ha derramado hasta ahora tanta sangre
inútil y ha soportado tan costosos sacrificios. Dia es, pues, de
decir lo que estamos resueltos á hacer en el de la victoria.
Nosotros queremos la conservación del trono, pero sin la ca-
marilla que le deshonra; queremos la práctica rigorosa de las
leyts fundamentales, mejorándolas, sobre todo la electoral y
la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada
en una astricta economía; queremos que se respeten en los
empleo.:; militares y civiles lo. antigüedad y ios merecimien-
tos; queremos arranear ios pueblos á la centralización que los
devora, dándoles la independencia local necesaria para que
conserven y aumenten sus intereses propios, y como garantía
de todo oaio queremos y plantearemos bajo Pulidas baees la
MILICIA NACIONAL. Tales son nuestros intentos, que expresa-
mos francamente, dn imponerlos á la nación. Las Juntas de
gobierno que debeu irse constituyendo en las provincias li-
53 '
418 SL FRAC AZUL.

bvts; Jas Cdrfcis generals? quo luego m reúnan; 'araisraana-


ción, en fiV, fijará las baees definitivas do la re «-et» era cien 1¡.
beral íi ona p.spüariios. Nosotros tañemos con.'-» gradas A h vo-
lunífd ):fcoio);al. nuestras opadas, y s.o Jas envainaremos hasfa
qu3 f.'ía e:t¿ cumplida.
»CO;MVUÍ ¿v-neral de Manzanares, i. 0 do Jjljo de 1854.
»Ei 2ftr.c'lr.l en j:-fe dol ejército constituev.npl.—LEOPOLDO
ODONNKIX. conde de Lucena.»

VII

Kíti' pvo.<yrun.;a ou? e n nn plan oomplfito de x.robkrr;;v por


el qun siK.pírcba e1 peí?; bacía mnclio ti-nipo. fué" acogido con
entosisfino v.or el purblo, .y se. di:spnso pera r] tnoHicfí1 do la
batalla
Poro ;ay! el pueblo PUS se bate, ni quo dsrrama ;.u sangre
p r !« santa onaeiií. do !a libertad, Citaba dc-ffermsdo. y sólo
podia salvarle un lieroii ;.• valor, BU indomable fi-.reza. su teme-
ridí-.d increíble.
Lle/.YÓ el 17 dç Julio.
Era lunes, ype/yun costnmbre,fcnbir.aquol'a tarde corrida
de toros
Diñante e! esneeftfculo se ¡aire •-.•». Ir. plaza '••>• dimisión del
min i'jfcfjvioSa rtorfus..
T,a rle/rría del público fué inmensa, delirante, y comenzó
á pedir de un modo atrensdor que la musir.a tocara el Intimo
de .Riego.
Poco á poco, aqvello fné tomando el carácter do x<r. bnra-
c-iu úesfinfrerfido
Ei, FHAC AJ5UL. 4 1 Sí

Las autoridades, temiendo ser víctimas de las iras del pue-


blo, abandonaron su palco.
La música toco" ol himno de Riego, y á los gritos smrdie-
roii los bravos y los aplausos.
El pueblo estaba hambriento de oir el himno nacional que
tantas veces ha inflamado el corazón de los liberales a"! con-
ducirles al combate.
Terminada la corrida, Madrid comenzó ;>. tomar un carác-
ter serio.
Los polizontes habian desaparecido.
El pueblo, por decirlo así, se encontraba dueño del centro
de la capital, y se oian por todas partes los gritos de: «¡Ar-
mas! ¡armas! ¡Viva la Milicia N'acional! ¡Muera Cristina!
¡Abajo los ladrones! ¡A las parroquias! ¡Que repiquen por
el triunfo del pueblo esos clérigos, que tan mal quieren al
pueblo! ¡Abajo los polacos! ¡Que salgan del poder al repi-
qua de las campanas!»
Y mientras algunos grupos de hombres del pueblo corrían
al Gobierno Oiv.il y ai Ayuntamiento, otros se apoderaban de
algunes cicnwa dy fusiles que habia en los subterráneos, y
cuyas puertas. Íes abrió cd sargento Arias, que con algunos
guardias muaioipalas fraternizaba con el pueblo.

VIII

Elias y sus amigos se acordaron de los presos políticos


que gemían en ci Saladero, y poco después Roberto y Ángel
se hallaban libres en sus brazos.
Reunidos alrededor de una mesa en el café de la Perla,
490 EL FBAC AZUL.
celebraban el triunfo de la libertad, creyendo que con la caída
del ministerio polaco, la reina llamaría á hombres encarnados
en ia idea liberal; pero estaban en un error: Isabel II encargó
al general Cdrdova la formación de un nuevo gabinete, que
habia de durar muy pocas horas, conquistándose en tan breve
vida una funesta celebridad y el apodo de El ministerio Me-
tralla.
Còrdova y sus satélites trataron de aterrar al pueblo con
un golpe de mano; y en aquellos momentos, resueltos sin duda
á. sacrificar al pueblo, nombraron gobernador de Madrid al
brigadier don José Pons, alias Pep del OH, antiguo guerri-
llero faccioso y hombre muy á propósito para secundar los
sangrientos planes de Còrdova.
El pueblo mientras tanto se entretenia en quemar Jos mue-
bles de San Luis, Collántes, Salamanca y Cristina.
Estos autos de fe, practicados con los enseres de sus odia-
dos mandarines, destruyeron más de una obra do arte.

IX

Gándara, al frente de dos compañías, irritado con el in-


cendio que habia visto junto á la iglesia de los Italianos con
el lujoso mobiliario de su amigo Salamanca, al desembocar
por la calle de Bailen y ver que el palacio de María Cristina,
invadido por el pueblo, sufria la misma suerte que las cacas
de Salamanca y Sartorius; al ver aquella inmensa hoguera que
iba alimentá.ndose con los muebles arrojados por los balcones
del palacio de la calle de las Rejas, sin que le detuviera la
actitud pacífica de la gran masa de inofensivos curiosos que
ur. FRAC AZUL. 421
contemplaban en silencio la hoguera, se alzó sobre- los estri-
bos, y agitando su espada, dijo con un acento claro, seco y
nervioso, que heló de espanto á todos cuantos lo oyeron:
.-¡Cazadores! ¡Por mitades! ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!
Custro descargas resonaron una en pos de otra.
En medio de los silbidos dol mortífero plomo so oyó un
grito aterrador: espantoso, indescriptible. Aquel grito era el
lamento de un pueblo asesinado; la expresión, de la rabia, del
del despecho, del dolor, de la agonía, de la muerte.
Los que no rodaron sin vida por el suelo, huyeron preci-
pitadamente, temiendo nuevas desgracias.
Aquí comenzó el gran drama de sangre que debia que-
dar consignado on la historia con el nombre de Jornadas de
Julio.
CAPITULO XLIÍi.

XJna lóala p c r a i a a .

Nada más cuerdo, nada más generoso, nada más noble,


que el heroico pueblo de Madrid durante las barricadas.
Dueño absoluto de la población, lo tuvo en su mano todo,
y tomó buenamente lo que la quisieron dar; en decir, nada,
como siempre; el pueblo en todas partes su/re el yugo que le
imponen los que le dominan desde arriba; cuando este yugo le
molesta, hace un esfuerzo, y entonces, coaio el león, sacude su
melena, agita la cola, ruge, y se lanza á la pelea sin esperar
nada del triunfo.
Se bate por batirse, y luego torna al trabajo, único patri-
monio que le lega la suerte, única esperanza, única ambición
de su vida.
El pueblo alza las barricadas, pone su pecho ante la me-
tralla de los enemigos de la libertad y los derechos del hom-
EL FRAC AZUL. 423

bre; y cuando vence, cuando el peligro ha desaparecido, cuan-


do ya sólo queda el humo del combate en la atmósfera y las
manchas de sangre en los empedrados de las calles; cuando
pnede llamarse rey por derecho de conquista, se presenta un
número conveniente de patriotas, que durante el combate se
han ocupado en preparar la maleta para fugarse en caso ad-
yerso, y cogen con sus manos lavadas la breva madurita que
el buen pueblo les ofrece, diciendo con proverbial é incorregi-
ble buena fe:
— ¡Ahora sí que estaremos bien! Estos son de los nuestros.
Las cosas no están aún para avanzar mucho; es preciso espe-
rar... etc., etc.

II

Hay patriota terrible en el cafó y en los círculos políticos,


que si le oyeran los vecinos pacíficos echar por aquella boca
proyectos y planes para el gran dia, á buen seguro que, ha-
ciendo almoneda de la casa, se irian á habitar á Zarzalejo ó
Alpedrete, pueblos pacíficos de la sierra, donde nunca llegan
las sacudidas políticas, y cuyos honrados habitantes ignoran
quién gobierna en España, porque su historia está reducida á
«ns graneros y á sus parideras., donde encierran los ganados
ÍU ciertas épocas del año.
Los citados patriotas, apenas oyen la primera descarga,
enmudecen y se meten en cama, y su oratoria se transforma
to un terrible constipado que les prohibe batirse con el buen
Pueblo.
Pero también hay patricios que lo son en todo y para todo,
424 EL ÏKAC AZUL.

hasta la médula de los huesos; que no hablan á grandes voces


en los cafés; que no auguran guillotinas ni profetizan la des-
trucción del género humano, pero que al primer síntoma de
revolución dejan su casa, se apoderan de un fusil y se baten
por esa diosa querida, por e.sa gran idea que brotó por primera
vez do los labios del Dios Hombre en. las poéticas riberas del
mar de Genezareth, y que envuelta con los siglos y las gene-
raciones ha. llegado hasta nosotros, fortaleciendo el gran espí-
ritu del pueblo.
Roberto R.bert, el infortunado Sixto Cámara y otros que
no nombro, han formado en las reducidas filas de los que se
baten por amor á la libertad, sin abrigar en sus generosos co-
razones ol despreciable estímulo de una idea mezquina.

ÍII

A medida que iba avanzando la nocho, iba creciendo la


sinfonía, que no sonaba de un modo muy armonioso en los
oídos de algunos prójimos.
Al dia siguiente, Roberto comió en casa de Elias, debien-
do los dos amigos aquella tarde la vida á un soplo de viento
que apagó las tenues llamas de dos fósforos.
Veamos cómo fué.

IV

Elías vivia en la calle del Fdcar, y se encaminaba con


su amigo al café de la Perla, punto céntrico donde siempre la
hambrienta curiosidad satisfacía su incesante upetito.
Sabían. puo*j, los ¡fiuigosia callo de Atocha arriba, cuando
al llegar ddaiiía de la verja de ja iglesia de Monaerrat, situa-
da como á iij'iou doce /¡w/on de la embocadura de la calle del
LÈOU, Ilobvrio te detuvo á entender un cigarro.
Q.;i;o la sucrio de los dos amigos que el aire protector opa-
gara iic¡3 fósforos rucesñ amenté, y entonces Roberto, buscan-
do el quicio de una puerta que le permitiera salir airoso en su
empresa, encendió e¡ tercer fenforo. y con él e¡ cip;r¡.rro.
!)¡ó;o fuego á Elfos.
Rita oj.'Ow.t;ion leí; entretuvo un minuto y luego continua-
ron ;su camino; pero ú segundo p:-.;;o ojcron el estampido de
an cañón y el silbido de la metralla, que barrió la calle á
unas i:eia varas de distancia del sitio en que se hallaban.
Aquella manga d-; fuego había salido por la embocadura
de i;>. calle del León.
Alguno* infelices transeúntes, entre los cuales se hallaban
mují-.vc,;- y biiíos, se revolcaban por ei sucio empedrado, lan-
wuio gvi-us de dolor,
-Chico, dijo Huberto,—si r;o se nos ocurre encender
el cigarro, creo que %ur¡¡mos en el catálogo de las primeras
víctimas; j¡¡. enría painiia que hicimos nos salvó, merced al
viento, que ap;>go lo;'; fósiV>ros.
•- ¿T quo Lacemos chora?- preguntó Eiías:.
— ¡TI.IL'!?;! - respondió Iíob"i'io. Continuar nuestro cami-
no !ia:,i.a el • ...IVJ.
—Poro ¿y >ñ desea i'gaú un rcg¡!i<do mcívaljazo?
--ïif:".v.-. W/!',.1.'; val••; ¿uva <}>>r un pequeño rodeo.
Y loa do;-, amigos, retrocediendo, buscaron Jas calles más
excusadas pora llegar á la. Carrera do San Jerónimo, donde, si
ii
426 EL FRAC A2W,.
bien no se hubia roto el fuego, presentaba un carácter alar-
mante.

Apenas los dos amigos se babisn refugiado en el café,


cuando comenzaron á. oirae disparos de fusil en todos direc-
ciones.
El Casixio, tomado por la guardia civil, era ana posición
terrible.
Las bí:laí! cruzaban por la Carrera de San Jerónimo, desde
te Puerta del Sol al Casino, y del Casino á la Puerta del Sol.
Ángel el cojo so encontraba en oi c"fé.
Llevaba, una carabina y una canana llena do cartuchos.
En las oxnvesivas facciones de Ángel notábase el deseo y
la impaciencia por echarse á la calle
—¿Para que* diablos quiero yo ««tí» ¡»rma si no bago use
de ella?--decia de vez en cuando.
De pronto ;-;e oyó un doloroso lamento an la calle, y Ángel
corrió al balcón.
Un hombre se revolcaba en medio de un charco de sangre,
KÍ.U qim nadie le prestara auxilio.
Auge], despreciando los consejos de ST.B amigos, se lanza
á la calle; Roberto quieve seguirle, pero Elias le recuerda que
ge hallaba, desarmado.
Llega Ángel, se coloca en mitad del arroyo, junto al heri-
do, logra levantarle, y le conduce hasta el portal del café.
Cien balas cruzan en distintas direcciones; pero Ángel,
ocupado en su piadosa tarea, ni la* oye., ni. las teme.
KL FRAC AZ0X, 427
Ya .mi obra isa hallaba casi terminada; dos pasos más, y <»1
a-u'iü-í podia ví'.íi't.1 Hbr- d¿ aquel terrible fuego qu.-í le ame-
iiK.whn.
Do pïüiit') Eiíao :y ii'S deims coi>carr<jnte8 iW cafó, que
inirt'líun «on erec'.outrt iuturog detraa de lofs cristales del bal-
(.ü'iji, obíovvarmí con espanto que Ángel dio un palto, como
sí in tierra lo hubiera despedido, y cayó de espaldas jauto aJ
(lUt.-jv «el lioridt:
TJjía bala le había traspasado el corazou.
La mn.-'vt.e fué rápida, iiistantánra, como la honda del
rayo.
v

VI

Todos lo* amigos volvieron los ojos con terror; pero re-
puestos in media 'amento de !a doloropa sorpresa, se lanzaron
i la escalera.
Robarlo y un camarero del café salieron, á la calle, con-
Jucieado felizmente hasta el portal al desgraciado Ángel y
al hombre herido, el cual pocoa momentos después era un ca-
dáver.
Ángel, jóvon entusiasta por la libertad, murió son la mv •
ri.sa en los labios. Tal vez cu el instante que la bala homicida
rpsgó m carne, pensaba en el. desenlace do la soñada reso-
lución, curo primer preludio había sido para él un cántico de
muerte.
Tal YC¿ la sangre de aquel roortir que se proponía salvar,
le recordaba las ilustres jornadas que consigna la historia, re-
gadas con la sangre de los amigos de la democracia.
428 Ef, FRAC AZUL.

Vil

¡Bobro Ángel! ¡Tu vida fué bien corta, y tu eupsranza un


sueño, del que sólo te despertí) ia rmun··'e!
¡Des^nsa. en paz!
¿Quó iiftportu que el olvido de loa hombres pase indifereiue
;ü.)bre tu ignorada tumba? La clemencia de Dios es inñuiía, y
dedica ¿ \ü?, almas de loa mártires uti paraíso, bello como lo.i
SUPÜOS del poeta, imperecedero como h «¡plencloa".:! llamp <!(•:
í-ol que f rcundiza al universo.
C A P t'l U LO X L ! V.

Momontus de t e r r o r .

_ El pueblo había triunfado ó fuerza de virgos increibi-?» do


talor.
La rí-iüa, convencida, aunque tardo, entregaba cl oodeï ¿
un antiguo liberal, y un hombre tan valiente como honrado., «
un verdadero patricio, al general don Evaristo S:in. Miguel.,
que recorrió las barricadas calmando la irritación dol pueblo,
que por ¡odas partes le recibía con vítores y aplauso-.
So habia mandado llamar al duque de ia Victori»
Eiipartoro y San Miguel eran una sólida garantía para los
defensores d.¡>. las barricadas, quienes, á pesar de esto, perma-
necieron armados y firmes en sus sitios, esperando la llegad»
del pacificador do España, del amigo del pueblo, del conse-
cuente liberal.
430 EL FEAC AZ0L.

II

Así las cosas, llegó el 23 de Julio.


Un acontecimiento tan inesperado como aterrador llenó de
espanto á los pacíficos habitantes de Madrid.
Hé aquí la narración que de aquel memorable i;conteci-
miento, de aquella terrible y abrumadora justicia popular, ha
hecho un escritor anónimo cujo nombre sentimos no conocer,
para consignarlo en estas páginas.
Habla el autor de Las Jornadas de Julio, firmadas con el
pseudónimo de Un Hijo del pueblo:

«Poco después de suspendido el fuego, habia sonado para


Madrid la hora del terror; la sangre vertida en las calles du-
rante la lucha habia contristado al vecindario, pero no le ha-
bía aterrado; al fin aquella sangre se habia vertido en una
lucha abierta hombre contra hombre, fuerza contra fuerza: era
una consecuencia lamentable, pero precisà, de la revolución:
aquella sangre debia ser y fué un sacrificio ofrecido en el ara
de la patria por una generación joven, entusiasta, ansiosa de
libertad: el estampido de las descargas que produjeron aquella
sangre habia desgarrado el corazón de los buenos españoles,
pero no les habia helado de espanto, no les habia obligado á
volver la vista despavorida á sus esposas, á sus hijos, á sus
padres, á sus hermanos, temiendo perderlos: nadie habia lié-
gado á creer que la seguridad individual del ciudadano pací-
fico d desarmado estuviese amenazada.
¿>Pero un dia corrió por la población una noticia terrible»
EL FHAC AZUL,. 4>ii

—Pocito ha sido fusilado,—se decía por todas partes.


—¿Quién lo ha juzgado?—preguntaban.
—Niiilic,—contesta bao.
—Pe-fC ira un bribón, un polizonte infame que está tany
bien muíi-to, solían conteslar algunos.
—Pero ¿qué tribunal, qué ley le lia sentenciado?
—El pueblo.
—¡Nvi! ¡Mentira! ¡El pueblo no asesina !---excl a ma ban ¡na-
chos.—E: pueblo jamas se sobrepone á la ley; cvauelomia re-
volución mati1, arbitraria y ejecutivamente, sin que prenda un
juicio solemne y autorizado por la le/, esa revolución La en •
trado en el período dal terror; esa rav'olucion ha (tejado á ana
espaldas Ja libertad, que es ia eínteaia de tudcs los ('orsclios,
de todas las garantías de los c-iudaJanot;: esa revolución su ha
convertido en un despotki.no colectivo en qna algunos poco."
hombres malvados y feroces imponen su voluntad á lo? domos;
el ciudadano no existe porque la libertad ha mu&'to: el ¡v-ás
fuerte, el más salvaje, ei más audaz es ei rey absoluto de eve
despotismo inverso: ha llegado el momento de que ceda ci al
tedefíonda r-:i su casa, delante de su femilia, hasta en e). úl-
timo riiiCuü de su hogar, no á nombre de la libn·'ad social,
eino por ki propia conservación: ya no hay leyes: ya no b»y
garantías: h-...n empezado las visita,-; domiciliaris.?: detrás do
esos fusilamientos incalificables se levanta una infame Con
vención.
¿Esto decian, y no sin fundamento, los que veían cou un
profundo dolor que Ja revolución se extraviaba. La primera
señal fué el fusilamiento, mejor dicho el asesinato do un tal
Pozo1 al que siguió inmediatamente el de otro polizonte lia-
?32 ii-r, i'a.-.c AVAÍ'*.

njado cu 6V/10. 131 pueblo aborrecía de muerfcn á' osfos misera-


i.-Ic-fl qno Juibian pervido A ciegas por un vil salario á gobiernos
la:1 miserables como ellos; habían causado muchas dergraciai
hebiau perdido ¡i muchas familias, bebían cometido muchos
«rimares; na muerte, seguí), la opinión pública, era justa; pero
Ja ser justa ó s.-.r ejecutad? cerno lo fué hay une. di i&ncia in-
mensa P«'-odiéra!og el paoHo; estaba o;.- su d ¿rocho: acusá-
rBiil"s 'os ofendidos, Jos pariente-, de aquéllos cura muerte
había-i i!»u«»do; («sin derecho está cocsignado un la.-?, leves:
juzgáralo» nn tribunal, sentouciáriiloo y llevírajoc al patíbulo;
la justicia hubiera autorizado majestuosa y r-evaa su ejecu-
ción; ijoíl'fl «i? hubiera aterrado, porque todos buharan dicho:
•/Le;: bo condenado Ja ley, que no hubiera condenado á un ino-
cerú.1'-.» Pero cuando esta a ejecuciones monstruoras proceden
ric 7UC;".;.;¡¿= ii'/ijiarr..-:; cuando se ve al asesino matanco ul asesi-
no; (jm-oào baffto que ur-a voz cualquiera designe á un hom-
bro, pava que este hombro sea arrastrado á un caiujso infame,
todos wctílao, todos tsmen que un enemigo, pr.r i-ruciar una
\*c;j?£«uiw. 'innoble, le» delato: todos so esírcmect-m cuando ea
ecos ri.'ome-ntos cu. que la ley cstS. muda., sucas» pasos de
alguno;? :; ombres junio ¿ su puerta y llama {••. cT'r¡. una mano
desconocida: todos temen sor arrancados dr; tai r.c.-..£; y condu-
cido.--: al mhKid.íro. ¿Se cabe acaso ds qué modo poaJ:*, un hom-
bre librarse de esos tribunales do sangre, que »i.iíau por una
sospecha, por una palabra impremeditada, por ub h -cho cual-
quier.".?
»Pe¡-o se nos dirá: «Téngase en cuenta que, aquellos hom-
bras que fueron fusilados después de la Revolución de Julio,
eran grande» criminales.» Yo os concedo su criminídidad, creo
SL FRAC AZUL. 433

en ella, detesto come ei que más á et:cs infames que comer-


cian con el honor, con la libertad, con la vida del ciudadano;
creo que sería un bien inapreciable el que desapareciesen rlc
entre los hombros esos viles mercenarios; pero no aatori/.ivré
con mi asentimiento que nadie los mate sino en defensa pro-
pia. ¿Acaso las leyes y los tribunales no existen más que par-
ios inocentes? Si no hubiese criminales ¿para qué se necesita-
ban las leyes?
»Pero aún se me pudiera decir: «Demos de barato el que
hayan muerto de la manera que os hace declamar contra las
ejecuciones arbitrarias; al cabo, eran unos grandes bribones
que acuso no hubieran perecido si no los hubiese exterminado
la revolución.» Es cierto. Pero ¿sabéis lo que piensa el verda-
dero ciudadano, el hombre que ama las leyes y las respeta,
porque las leyes son la vitalidad del cuerpo social? Se ha env
pezado matando grandes criminales; después serán arrastrados
ala muerte otros que lo sean menos: se seguirá descendiendo,
hasta que ebrios de sangre algunos pocos miserables, necesi-
ten cada dia, para saciar su sed, nuevas ejecuciones: llegará
un dia en que un inocente, y otro, y otro, y ciento, sean con-
ducidos á la muerte, por la sola razón de que es necesario ma-
tar, porque se ha contraído el horroroso vicio de matar; y no
digui,-.; que esto es una exageración hija del miedo: volved los
ojos á la Historia, á esa eterna maestra: buscad en ella la Fran-
cia da 1793: allí encontrareis la Convención, y sobre la Con-
vención los clubs, y sobre los clubs el Comité de Salud pú-
blica, y sobre el Comité de Salud pública, como un demonio
exterminador, los sanguinarios artículos de El Amigo del
Pueblo, escritos por Marat-, por el hombre fiera; veréis un foso
55
434 Kí. FRAC AZUL.

de sangre alrededor de la guillotina en la plaza de la JRevolu-


cion: os encontrareis, en fin, frente á fronte con el Terror, y
veréis hombres, mujeres y niños exterminados en nombre de
la ley por el solo delito ció haber invocado ei nombre de Dios
o por id desgracia di haber cae-ido nobles.
;>Y el terror nunca emana de ios actos del pueblo: el pue-
bln no haco las revoluciones para hollín- Ja ley; por el contra-
rio, ¡as hoce para restablecer la ley: el tortor procede; de esa
cr.raüa que txLatc en todoe los pueblos, que; es su «entina, su
lodo, su podre, su inmundicia: canalla infame acostumbrada al
robo, ai asesinato, á las cárceles, á loa premios: lepra social
quo aborrece la ley, porque vive del críms-n y la ¡ey castiga el
crimen: spuíe f«roz que nada respeta, que nada terne, perver-
tida eu su práctica de vicio y de bandidaje,, siu un solo ssnti-
mianto generoso, sin corazón, ein conciencia, sin ninguna de
las dotes necesarias para que un hombre pueda vivir en socie-
dad con loe. damas hombres; gente que brota de en medio de
tedas Jís revoluciones y que procura apoderarse de eiias para
ma echarlas; pero que jamas lo eondgue, porque bu; revclucio-
aen del pueblo se bacen siempre á impuUo.:. de una idea, la li-
bertad y el derecho, y esta idea eü grande, inmensa, sublime,
imperecedera, inmaculada, fuera del alcance de toda mancha,
d.- todo crimen, de toda miseria: vive eu la eternidad, es hija
de Dios, y por io tanto no alcanzan á oila ni las miserias, ni
IOÍÍ crímenes de los hombres.
»Unese á esa canalla soez, la alienta, la aduia, y hasta la
rinde un homenaje servil, esa clase de hombres depravados y
ambiciosos que verían sin conmoverse el trastorno de la hu-
manidad y la ruptura de los más sagrados derechos, por llegar
EL FKAC AZUL. 435

¿un poder al que de otro modo no podrían aspirar: infames


asesinos, que á todo se sobreponen buscando oro y mando, que
gozan en el terror y que en medio de él se entregan á los más
vergonzosos excesos.
»Hay también otra clase de hombres fanáticos y estúpidos
que creen que no puede llegarse á la libertad sino matando,
matando y siempre matando; por fortuna, esta clase de gentes
acaba por devorarse á sí mismos, por debilitarse y por causar
una reacción que á su vez degüella y fasila; pero pasa la tem-
pestad y sólo quedan, primero el horror de los despojos, des-
pués el horror de los recuerdos.'
»La opinión pública se rebeló de una manera enérgica con-
tra aquellos fusilamientos: sin embargo, los hombres que los
hicieron no supieron apreciarla en los principios. Aún queda-
ban nuevos fusilamientos, que por fortuna recayeron en otros
dos polizontes, uno de los cuales estaba ya hacía mucho tiem-
po sentenciado por la opinión pública, y á quien la mano de
Dios habia empezado á castigar, afligiéndole con una enfer-
medad penosa é incurable.
»Este hombre era don Francisco Chico.

III

»Polizon veterano, y jefe hacía muchos años de la policía


de la corte, este sujeto habia prestado inapreciables servicios
al legaUsimo gobierno de los moderados, y especialmente á sí
mismo, enriqueciéndose á costa de la honra, de la hacienda, y
aun de la vida de los demás.
»Porque los rasgos característicos de Chico no podían Ha-
430 EL FRAC AZUL.

marse rasgos de talento, sino tunantadas. Chico, valiéndonos


de una expresión vulgar, era un pillo que se perdia de visto..
»Tenia un olfato singular para cazar conspiradores, y un
mgenio infinito para hacer una conspiración artificia], cuando
el gobierno moral ísimo de los moderados necesitaba hacer un
alarde de fuerza.
»Metia en la cárcel á los rateros, vagos, tunantes, estafa-
dores coateraque gentium, en la proporción do. un diez por
ciento, puesto que el noventa por ciento de esta gente estaba
á sus o'rdenes y era uno de sus elementos de lucro.
»Ohií.'0, en fin, según la opinión pública., era el jefe de los
ladrones ele Madrid.
»E1 que conocía estas interioridades, este organismo, no se
afligia por el robo de un reloj ó do una alhoja: se afligia por
diez, doce ó quince duros, que era lo que le cootaba resca-
taria.
>>E1 modo de rescatarla ora singular.
»Se apelaba á don Francisco Chico. Kd:e se informaba mi-
nuciosamente dol lugar y la hora en que la alhaja habia sido
irbada.
»AI dia siguiente la alhaja estaba en vuestro podsr, pero
m habíais ¡fisto precisados á pagar por su rescate la tercera
p&rto do su valor
»lüsi-o m e-'scandaloso; sin embargo, nadie se quejaba, por-
que,, en fin, habiendo sido robado j a , era una gran ventaja res-
catar píjrto del robo.
»Por ot'-a pfirte, Labia tenido una gran habilidad, no sólo
para cubrir en esto:-; manejos su responsabilidad como jefe de
policía, sino también para hacer creer á algunos inocentes que
ET, FR.vc AZUL. 431

les prestaba un servicio desinteresado, devolviéndoles un ob-


jeto perdido, aunque con una especie de rescate.
«Sabíalo esto el gobierno, el excelente gobierno de los mo-
derados, y sin embargo, no inquietaba á Chico por estos ino-
centes abusos. ¿Y cómo? Chico les era sumamente útil, más
que útil, necesario para asuntos de mimo infere?, de alta po-
lítica.
»CnéDtafe de Chico una anécdota que le caracteriza.
»Pascaba por el Canal ó espiaba (no sabemos cuál de los
dos) cuando pasó un pobre hombre.
^Detúvole Chico.
— ¿Me conoce usted?—le preguntó.
—Yo no conozco á usted sino para servirle,—contestó el
preguntado.
Yo tampoco le conozco á usted; lo que quiere decir,
cuando usted no me conoce ni j o le conozco, que es usted un
hombre de bien.
>>Oon sus manejos y con ia alta protección del gobierno
llegó á enriquecerse Chico, y no sólo á fínriquocorse sino á
ocupar una alta posición: era poseedor de excelente;/ cosas en
la corte; gastaba el tren de uu grande; poseía, una excelente
galería de pinturas y ce hombreaba, en fin, con los prohombres
déla situación. Y esto era preciso. Chico eva una de las prin-
cipales ruedas de aquella máquina cuya actividad desangraba
y desmoralizaba á un tiempo la nación. En una palabra, Chico
no era un dependiente de aquellos hombros: era su eómplice
en el crimen, su socio en las ganancias, cu igual en la inso-
lencia.
«Por lo dicho se comprende perfectamente que Chico me-
438 KL ïTvAC Aztrr..
recia por más de un concepto el morir á la luz del sol, calzado,
en garrote vil.
»Hubo UÜ momento, mucho tiempo antes de la revolución
de Julio, en loa bueno» 6 inolvidables tiempos del señor don
Juan Bravo Murillo, el de las economías, en que el pueblo de
Madrid se hizo la ilusión de que Chico iba á pagar sus pi-
cardías.
>>Vino á desempeñar las funciones do gobernador civil de
la. corto do/.' Melchor 0;-dóñez, que lo habia sido de otras pro-
vincias, en cu vos mandos habia demostrado unariçrjdez á toda
píiiüha; al sab.'-v h\s picardías y los abusos de Chico, le metió
en la cárcel.
»Ál ver á Chico en poder de. tal autoridad, todos dieron por
cierto un escarmiento; Cinco era hombre perdido, enterament*1
perdido: hombre hubo, que cr;vyendo prudente prevenirse con
tiempo, había alquilado nn carruaje para verlo ahorcar. Pero
¡qr;i--.! Coando manos lo pensaba el público, m encontró con
que Jo causa fulminada contra Chicóse habia sobreseído y con
qiv. el. imprudente polizonte se le veia en las barba*.
«Chico habia sido puesto en libertad, mediando los altos
oficios do una altísima persono.
»¿Ciiá! podia ?vr aquella influencia?
»S. M. la reiua madre, duquesa de Riansares. doña María
Cristina de Borbon. que Dios guarde.

IV

»E1 dia 23 de Jalio de 1854, entre once y doce de la ma-


ñana, atravesó las calles de Madrid, desde la plazuela de los
SL F3AC AZUL. 439

Síostenses hasta la de la Cebada, un singularísimo tropel de


gente.
»Aquel-tropel, que constaba á lo menos de diez mil perso-
nas, se componia de hombres, mujeres, niños y viejos, de to-
das clases y condiciones.
»Muchos de ellos llevaban armas: quién un fusil, quién
qa chuzo, quién una escopeta, quién un trabuco, quién un
sable mohoso.
»Vamos á intentar la descripción de aquel tumulto ru-
giente y gritador; de aquel hervidero, de aquella tromba, que
pasaba como impulsada por la tempestad por las calles de
Madrid.
»Formaban la vanguardia una multitud de pillos desharra-
pados, descalzos, desgreñados, de fisonomías cínicas y teñidas
por la intemperie: luego, entre un tropel de hombres armados,
venían dos jinetes en dos jamelgos, no tocando, trompeteando
como podían, con dos viejos clarines; detras venía un hombre
que llevaba colgado de un alto palo, á manera de estandarte,
un retrato pintado ai óleo. De tiempo en tiempo los dos trom-
peteros se detenían, dejaban llegar el retrato y le daban de
cuchilladas con sus sables, empinándose sobre los estribos.
Detras venía otro que traia colgado de la extremidad de otro
palo el cadáver de un pollo desplumado; no hemos podido dar-
nos razón de por qué los pollos se veian simbolizados de una
manera tan lastimosa y. terrible en aquella tremenda proce-
sión: sin duda quiso representase la muerte, y se apeló á un
pollo degollado, á falta de una calavera. Inmediatamente des-
pués (y aquí entraba lo terrible) venía un hombre á pié, páli-
do,, consternado, empujado por los hombres armados que le
440 EI. FRAC AÍ50¡..
rodeaban y con toda la apariencia de un miserable que cami-
na al suplicio: aquel hombre era polizón, y se llamaba Mendal
conocido por el Cono, portero dn la casa de Chico. Seguia una
mujer llevando en la mano un plato y una taza, al parecer
con chocolate, que revolvía COR un polo; esta mujer marchaba
junio á cuatro hombres que llevaban en un colchón sobre una
escalera á otro hombro como de ¿.-escuta años, a! paree» en-
fermo, en mangas de camisa, con u:c gorro griego y uu aba-
nico en la mano, con el que se hacía tranquilamente aire: este
hombre iba sereno, como si fuese el objeto de una ovación po
pular, mirando á todas porte?, y silencioso con el silooeio del
desden.
»3in embargo, aquel hombre se llamaba don PVancisco
Chico; había sido arrancado por furiosas turbas de su casa,
estando en el lecho, cuando ;>e preparaba á tomar chocolate;
aquel hombre iba rodeado do bayonetas. A su alrededor no se
oia más que un ronco grito, un grito horrible, iucesautñ, ra-
bioso, que exclamaba; «¡Muera!» Citando alguca •/..-?. estos
gritos cesaban por un momento, se oia una voz de mujer, de-
solada, inmensa, que gritaba con el acento de la desespera-
ción: «¡No le matéis, nacionales!» Aquella mujer que llamaba
nacionales á los hombres que so llevaban á Chico á la muerte,
era su esposa.
»Y A los lados y detras de estas mujeres desgreñadas y
destocadas, gritando como arpías y amenazando con los puños
á Chico, una multitud inmensa, un torrente, en fin, cuyas
oleadas representaban pasiones irritadas, sed de sangre y de
esterminio.
^Debemos advertir también que las nueve décimas partes
ET- FRAC AZUL. 441

'.¿e aquella multitud se componia de curiosos, que gritaban


muera y más muera, de miedo, como por salvoconducto para
poder asistir á la ejecución. x
»Aquella multitud, llenando calles y plazas, avanzaba á
paso de carga. Precedíala su estruendo, como acontece con las
avenidas. A aquel estruendo se abrían los balcones; los veci-
nos, asustados, asomaban la cabeza, y los defensores de las
barricadas se ponían sobre las armas. Esto importaba poco.
Los delanteros decían á los de la barricada:
—Traemos á Chico, para fusilarle en la plazuela de-la
Cebada.
»Y al nombre odiado de Chico, las barricadas cedían; na-
me se atrevía á comprometerse por tan mala causa.
»Chico llegó al fin: le internaron en la calle de Toledo...
Primero fusilaron al portero: después se oyeron multitud de
tiros; una especie de fuego graneado que duró algunos se-
gundos.
»Chico habia dejado de existir.»

Aqní termina el autor de Las Jornadas de Julio el cua-


'dro sangriento de la muerte del odiado jefe de la policía de los
moderados, don Francisco Chico, que se habia enriquecido á
costa de tantos desgraciados.
Afortunadamente, estas terribles venganzas no se repi-
tieron.
La calma renació entre los pacíficos habitantes de Madrid,
7 el buen humor, la alegría y el entusiasmo de los valientes
56
442 Eh F1UC AZUL.
defensores de Jas bai-ricadas continuó inalterable, sin que na-
die tuviera que arrojarles al rostro la falta más pequeña.
El pueblo español OÍ-: siempre nohlo. Después del triunfo
se goza fi¡ demostrar una generosidad que no tendrían con él
sus enemigo*;, ó" por mejor dtiftir. cjw un lian tenido nunca con
él, al verle «••••oido,
CAPITULO XLV.

t^« T>or>ffia eti m i t a d d o ï u r r o y o .

Duftño el pu.'.blí) de lu victoria, j posesionado CIH ha bar-


rioíad.;:=, e/jpovó ol dosflAiUioo do la revolución.
Los nwíito". dol cafe do la Feria se habían desbandado du-
rauta id <:Mi;)bíi*v, y <:-*ja cufi formaba parte de la Ir.? meada
de HV. calis.
Robc.fo B.-b;- ::, e! r¡\,\r, firdieatü patricio de fcodca, teniu
«u puesto, desde los primeros momentos de h rf.vo'.nsúm, en
la barricada di-. !:¡ e:'11<.! del Prado, esquina ú Ja plaza de las
Cortes.
Aquel ¡>í>i-3pof:ü '.-."'i, por decirlo así, !a avanzada de la re-
volución. Latropp acampaba en el Prado; en el caso de atacar,
debían, bn corlo por allí, como por todos los extremos de la po-
blación .
444 EL TRAC AZUL.

Tal vez Roberto eligid aquella barricada por lo ruisruo que


acabo de consignar.

II

Una tarde Eh'us se propuíw saber j!o;;ici?>.s de su» amigos,


y abandonando su parapeto de ia callo r>.;j Atocha, comenzó" á
recorrer las calles, que presentaban un Kopec!;» íuiporifiíte.
Quib'O su butna :.ucrtu ejoe eu la fiel Príncipe en con ¡".rara
á su «trigo Floro, qiw con ¿a inu^oíañle iii'lifurfin.íiii. la pipa
en la boca y las manos en el bolsillo, es ¡aba ley¡íuao un car-
tel que d oda:

PUMA D 8 JlUUaTiï Al, h.'.DKOi».

No lejos da esta terrible ;,j!.¡c:.f;3£ci. dirigida á los émulos


de Caco, ¿e veia ei retrato del invicto geatíral do¿¿ Biildcunero
Espartero, rodeado de banderas, gniruahiflp d<; fiares y coro-
nas de laurel.
Debajo del cuadro se leían CÜÍUÍ' palcova*:

ACUÉilDATJi DE QüB EL PUEBLO T í HA TRAÍDO.

Esta advertencia tenia tanto de cavera como de cariñosa,


y los hombres á quien eleva el pueblo no deberían olvidarla
nunca.
Floro vestía frac negro y pantalon blanco; iba perfecta-
mente peinado, como siempre, y so ocupaba poco de lo que le
rodeaba. Era el indiferente de siempre.
EL FIU O ASSCL. 445

Elias abrazó á su amigo, haci&idola la pregunta dol es-


pañol:
—¿Ku te has muerto?
—¡Hela, querido Elias! ¿Quién piensa en morir? ¿Olvidas
que soy inmortal?—rtsmoridid Fioro.—Pero ¿adonde vas sal-
tando barricadas en estos dú>.s de tempestad?
—Chico, no be podido reaisMr ai desoo da ver á los aiai-
gos. ¿Sabes tú algo de oilcs»?
—Yo ¡o sé todo, como Salomon.
—Paca bien. ¿Qué en de ellos?
—Aitadill está eu la barricada de la calió de H<u-nsn Cov
té*, (jiie:nai:clü las naves en lor.r de la libertad, y Roberto ca
la pla^a do las Oórfcs, admirando con su bravura a los icones
del Congreso. En cuunto ¡i los dem-'.:; auvig'oa, too patrio fas
amb al un tes, como yo; so b: ten donde l;:.? cega ly sarracina,
y recua;'.:1.u eí¡o=¡ paraputei.a du piedra que les obliga» á la su-
jeción.
—¿Tienes que hacer?-—pregunto Eiíns.
—No conozco el trabajo; y en cnanto al amor, que f.uoíe.
ocuparme algunas veces, hace dias que no me ocupo de é"i.
La:: mujeres que son de mi principal agrado, como la?, tími-
das gacelas en una noche de tempestad, esperan temblando
en mis casas el iris de la bonanza; porque, chico, para arnar
se necesita tener el espíritu tranquilo, y mis queridas están
asustadas. De modo que mi gran ocupación es no saber que-
hacer.
•-••Entonces, vamos á ver a Aitadill y á Roberto.
—Vamos donde quieras.
Y Floro se cogió" del brazo de Elias.
446 EX. VttAC AJÍUX.

III

Desde «nióucos, toda« ln tardas .se rounian Jos cuatro


aioigus en la barricada de la calle del Prado.
Aqiudiaa piedra.-' arrancadas de las calles, que servían de
baluarte á la libertad, fueron inncLan veces mudos testigos de
lo.? sueños y da lao ilufionoe de aquellos cuatro alumnos del
Pai;»;::0.
No era extraño encontrar detrás do la barricada, ochados
sobre ia arena, á Floro recitando versos, ó & Albidill leyendo
una ii)í> i la libe.-íad.
J'Jnfcrfl tf.nto, Roberto hacía centinela.
¡Ah! ¡La poesía parfr.ma ol ab'u, aduromco las ponas, ami-
lüK-a !P amargura!
El poitfu. ca onrlio de su çohdad, rodeado de sn desven-
íui'n. •"=! e] &iie..ujio de bi »ocb..". vi.-rte doloridas ]ií.^vi>nos pen-
nuti'V- n •••:.• ;u> ].- compro i dea, y er,tonca: ejog-s la pluma y
irí^u-'cvíi; .robre una .Tuja de pap'"l s«s tristes iroprcs'oiips.
Ocie, ver.-o que brota, do aa abrasada mente representa un
gemido qne so escapa da su corazón. Cada frase que c?.o so-
bre el papel es n;u lamento del aliña dolorida.
hvé^o lo da á ia imprenta y lo hnz... ai. público, p?;ro que
.-•.-: 'Lílcitün (5 para que lo devoren; y el hombre sin corazón, el
ser exento de- tangibilidad y de ternura. les el libro con la son-
«síi del desden BU los labios, y exclama:
—¡Palabrea hueca!?, frares pomposas, quí, como el canto
del ave, Í;3 pierden en el espacio! ¿De. qué sirven los versos?
Los números son más productivos.
EL FRAC AZUL.

Entre tanto, Roberto hacía centinela.


B£. FÜ.iC AZUL. 447
Pero ¡ay! ¿qué seria del pasado sin la poesía, sin ese uni-
versal archivo do las grandezas del género humano, sin e.-a
fuente armoniosa que alimenta la memoria de lo prsirute,
narrándole les hechos de otros tiempos?
¡Bendita sea& tú, oh Fenicia, que inventante la escritura,
después de haber inventado la moneda! Al recordat lo que te
debe la civilización, pienso on un gran . Meritor frontes, une
ha dicho:
«Hasta el dia do la escritura, el pensamiento, ¿'educido á
la voz, sin más comunicaciones, radiaba apenas fuera de la
circunferencia invisible que la palabra (razaba al partir en la
atmósfera. Moria donde morían las ondas del sónico. Un mi-
nute la oia: el minuto siguiente la ignoraba. Un hombre ha-
bía hablado: la turba buscaba aún on el viento la señal del
discurso; el viento habia pasado, llo\¿ndo¡-..> consigo el dis-
curso á las regiones del olvido.
»E1 orador procuraba retener la idea cortinas mento evapo-
rada con su palabra. La depositaba al oído de un confidente
de su g..nio. Para grabar más prcfandamento esta escritura
oral sobre 1» página viva de la momoria, la salló on el molde
inflexible- de la poesía. Todo pensamiento tomaba entonces la
forma del verso, la ciencia como la crónica, la legislación
como la teogonia. Eran los tiempos de Orfeo y de la musa
Mnemosina. El inspirado dictaba, ó más bien cantaba, y el
rapsodista., pendiente de la palabra del cantante, registraba la
estrofa errante en su recuerdo. La obra, compuesta por éste y
conservada por ése como en un libro parlante, atravesaba así
el tiempo, pasando de eco en eco, de generación en generación.
»Pero la memoria estaba limitada, y la ciencia, reducida á
448 EL FRAC A SETO.

la hospitalidad de la memoria, estaba limitada también y en.


cerrada'en el círculo estrecho de la iniciación, cuando un dia
de gracia, el hombre, siempre ansioso de espacie? y de dura-
ción, halló el secreto de notar el sonido de la voz y fijarle por
un signo sobre la plancha de marfil ó sobre la hoja, del papiro.
Este dia el verbo, hecho carne, se revistió de un cuerno visi-
ble á la mirada. El genio, perpetuado por Ja letra, distribuido
á. la inteligencia, indefinidamente cambiable y transmisible
habló universal é imperecederamente al género humano entero
como á su auditorio. Interpeló anticipadamente desde, el fondo
de su siglo, á la posteridad de la posteridad presente por todas
partes, contemporánea por todas partes, resucitando por todas
partes, siempre que hallaba al paso en su rápida evolución un
dedo simpático para desarrollar la hoja inmortal cargada de
palabras 1.»
Respetemos, pues, la poesía, ese perfume de las almas
sensibles.
Por ella podemos apreciar lo pasado, y uniéndole con el
presente, rescatar nuestra inteligencia de las tinieblas de la
esclavitud.

IV

Pasaron los dias, y la presencia del duque de la Victoria


puso fin á las barricadas, que vinieron abajo al solo poder de
sus populares palabras.
Empedraron de nuevo las calles; se abrieron las tiendas;

Eugenio Pelletan, Profesionlde fe del siglo XlXi capítulo XIÍI¿


EL FRAC* -AZUL. 449

jos vidrieros trabajaron en quince dias más que en un año, y


todo tornó á quedar como estaba, si so exceptúan ka Cortes
Constituyentes, la Milicia Nacional y un gobierno algo más
popular que el que había dado margen á ía revolución, y or.e
permitía que se tocara el himno de Riego.

Tranquila ya la coronada vülo. Elias tornó á- encontrar á


sus buenos amigos en las m-?saa del café de la Perla, excep-
tuando el malogrado Ángel, cuyo íin recordarán los lector*1».
Llegó el mes de Setiembre.
Los teatros abrieron sus puertas al púbüco, y Tilias torno
á comenzar sus pretensiones.
En medio de esta lucha desesperada,, en la cual no ade-
lantaba ni un paso, vino á sorprenderle Ja infausta nueva de
que el casero le mandaba desalojar el cuarto.
No sin grandes trabajos logró el poeta trasladarse desdi-
la calle, del Fúcar á la de Ministriles, donde pudo por fia en-
contrar un cuarto tercero, bastante económico, y da dolorr-por
y tristes recuerdos para él.
Por este tiempo, una noche, al sentarse Elias junto á le.
mesa del café de la Pev'a, donde tenían la costumbre do re •
unirse iot; amigos, el mozo protector de los poetas le dijo, en-
tregándole una carta:
—Un mozo de cordel, la ha traído para usted.
Elias leyó la carta, que decia así:
«Amigo mío: Como usted no ignora, Alejandro se u-arrhó
á Roma hace algunos meses, Antes de ausentarse, encargóme
57
450 EL FHAC AZUL.

eficazmente que no olvidara nunca que usted era un buen


amigo nuestro. Estoy enferma, sola, y necesito una persona
que se interese por mi desgracia; un hermano que haga me-
nos dolorosa la agonía de mi vida. ¿Quiere usted ser este her-
man o?—Enrica.»
Quedóse sorprendido el poeta con la lectura de la carta, y
entonces recordó, no sin remordimiento, que hacía próxima-
mente tres meses que no habia puesto los pies en casa de su
protectora.
Bien es verdad que la revolución, las barricadas, los dis-
gustos con el casero, sus gestiones infructuosas en. los teatros
y otros mil ahumamientos que pesaban sobre él, le habian
hecho olvidar á su leal amiga, á la generosa vecina del sota-
banco de la calle de Santa Polonia.
Resuelto á probar á su amiga que su retraimiento no era
hijo cta Ja ingratitud, sino de las dolorosas circunstancias por
que estaba atravesando, abandonó el café y encaminóse á casa
de la corista.
CAPITULO XLVI.

llixsion.es d o c o l o r d e r o s a , o r e a d a s Jiov oï s o p l o
de la m u e r t e .

Enrica estaba efectivamente en cama.


—Buenas noches, Elias, buenas noches,—le dijo envián-
dole una sonrisa, á traves de la cual se adivinaba la tristeza
de su alma.—Ya sabía yo que no dejaria usted de venir tan
pronto como supiera el mal estado de mi salud.
—He recibido en este instante su carta. Pero ¿cómo no me
lia escrito usted antes?
—Mientras he podido cantar y sufrir la enfermedad que
hace tiempo va minando mi existencia, no he querido moles-
tar á nadie; pero ¡ay, amigo mió! hace cinco dias que n i
cuerpo ha dicho: «No puedo más», y me he visto precisada á
encerrarme en mi casa. Afortunadamente, no faltan en el mun-
do personas caritativas, y una vecina me dedica todos los ra-
452 EL FRAC AZUL.

tos que tiene libres. ¡Dios se lo premie! Pero esto no es bas-


tante; la vecina cuida mi cuerpo, es verdad; pero yo necesito
un amigo, un hermano, á quien comunicar las últimas ímpre-
siones de mi alma, próxima á abandonar la materia.
La entonación de Enrica era tan dulce como dolorosa; lz
extremada palidez de su semblante, el brillo calenturiento de
sus pupilas, el cerco amoratado que aprisionaba su.? ojos como
un ani.'Io de hierro, decían claramente que el soplo de la
muerte oreaba la hermosa cabeza de la enferma.
E'ías notó, al estrechar la mano de Enrica, ese calor mo-
lesto y pegajoso que despide la epidermis de los tísicos durante
algunas horas de la noche.
El hombre menos práctico hubiera conocido á la simple
vista la enfermedad que padecía Enrica.
Dos síntomas infalibles observó el p'beta en la cabeza de su
ciniga: la transparencia de sus orejas, y las rosas purpurinas
que resaltaban sobre los pómulos, rodeadas de una palidez bri-
llante.

II

Elias, que no esperaba por cierto encontrar á Enrica tan


grave, dijo, demostrando su sorpresa:
—Pero, amiga mia, usted me está hablando como si j a no
quedara ninguna esperanza de salvación.
—No queda. Mi vida es. una luz que vacila, una llama
muy próxima á extinguirse. La muerte hace algun tiempo
que viene por las noches á sentarse á los piés da mi cama; me
mira, se sonríe y me dice: «Prepárate para el viaje eterno.»
EL FRAC AZUL. 453

—¿Es usted aprensiva?


—Si lo fuera, hace dos años que todos mis amigos cono-
cerían mi enfermedad. Pero ¿me ha cido usted nunca decir
que padeciera del pecho?
—Efectivamente, nunca; y por eso me admiro...
—Pues bien, amigo mió; hace dos años que yo sé lo que
acabo de decirle.
—Y entonces, ¿á qué no acudió á tiempo? Tal vez hubiera
podido remediarse...
—¡Ay, amigo mió! Los pobres, cuando escuchan el vati-
cinio que sobre el estadu de su salud les hace uno de esos pa-
dres de la ciencia, ante la imposibilidad material de seguir
sus consejos, ponen la confianza en Dios y continúan- su ca-
mino. El médico del teatro me dijo un dia que fui á consul-
tarle, que dejara de cantar y que me fuera una larga tempo •
rada al campo. Sin más patrimonio que el sueldo que me
señala la empresa, ¿cómo sufragar los gastos de un viaje?
¡Imposible! Como la alondra de los campos, era preciso cantar
y morir. Recetarme las aguas de Panticosa y los aires del
campo era decirme: «No tiene usted cura.»

III

Una ligrima asomó á los ojos de la enferma, poetizando


sus últimas palabras que, como un gemido doloroso, levanta-
ban un eco en el corazón del poeta.
•-¿Y sabía Alejandro todo eso?—preguntó Elias, viva-
mente interesado en los padecimientos de su amiga.
—¡Pobre Alejandro! A saberlo, tengo la seguridad de que
464 EL FRAC AZUL.

no hubiera emprendido ese viaje á Roma, que ha sido siempre


su sueño más constante, su ilusión más querida.
—¿De manera que él lo ignora todo?
—Mis trabajillos me ha costado ocultarle la enfermedad
que amenaza mi vida; aunque yo no creia que tan de re-
pente. ..
En aquel momento entró un caballero en la habitación.
—Es el médico,—dijo Enrica.
Elias se levantó de la silla, dejando paso al facultativo.

IV

Mientras el médico hacía las preguntas de ordenanza á la


enferma, Elias notó que en la pequeña sala de Enrica habia
un mueble más, mueble bastante extraño en una habitación
tan modesta: un piano.
Terminada la visita del médico, el poeta, con el pretexto
de alumbrarle, cogió la luz y le acompañó hasta la escalera.
Una vez allí, le dijo en voz baja:
—Caballero, desearía saber el estado de Enrica; y para
que usted me hable con toda franqueza, le prevengo que no
me unen á esa joven otros lazos que los de la amistad.
• •-•Enrica- -dijo el médico—se halla gravemente enferma;
su vida es corta, muy corta; un soplo de aire puede apagarla.
Yo, siempre que entro en su habitación, creo que es la última
visita que le hago. ¡Pobre muchacha! Su enfermedad es de
esas á las cuales no llega la ciencia de los hombros.
—-Pero ¿no habría ningún remedio?
•—Ninguno. Esa joven tiene la aorta destrozada; no hay,
EL FItAC AZUL. 455

pues, para ella remedio alguno; su muerte será como la de un


pájaro. Un suspiro algo más prolongado, algo más fuerte,
anunciará el último instante de su existencia.
Cuando Elias tornó á entrar en la alcoba de la enferma
ésta le preguntó:
—¿Qué tal, amigo mió? ¿No es verdad que el médico está
conforme con lo que le he dicho á usted no hace mucho?

La tisis es una enfermedad tanto más terrible, porque re-


concentrando la muerte en uno de los órganos más importan-
tes del cuerpo, deja ilesa la imaginación.
Un enfermo del pecho, cuando comienza á sentir la lan-
guidez de la muerte en todos sus miembros, reconcentra su
vida en la mente, y la última chispa del calor vital, eleván-
dose á la inteligencia, le deja ver con mayor claridad las
cosas.
Un proverbio indio dice: «De cualquier lado que se incline
la antorcha, se levanta la llama al cielo.»
Una mujer joven y hermosa que muere tísica, eleva tam-
bien su alma al ciólo.
Parece adivinarse á traves del brillo de sus ojos y del re -
poso de su frente algo superior á la materia que se aniquila;
%o que no es de la tierra; algo incomprensible á la penetra-
ción del hombre; es, sin duda, el alma, que se reconcentra en
la cabeza, que se dispone para el viaje triste y misterioso de
la muerte.
456 EL FRAC AZUL,

VI

No hay enfermo del pecho, por corta y limitada que haya


sido su educación, que. no tenga en los últimos'dias de su
vida, algo de poesía en sus miradas, en sus sonrisas, en sus
frases.
No hay tísico que no sueñe con oasis perfumados, albora-
das risueñas y campos de flores.
La esperanza se dilata, se extiende más en su mente, á
medida que la muerte va conquistando el cuerpo.
Esto es una gota de bálsamo en medio de la amargura, un
rayo de sol en un dia nublado, una fuente en el desierto, un
soplo de brisa en las calorosas siestas del estío.
Dios es previsor en todo. El Egipto, sin los desbordamien-
tos.del Nilo, de ese rio santo, sería un páramo. América, sin
las rociadas, sería un desierto; el tísico sin esperanzas, sin
sueños, sin ilusiones, sería un desesperado.

VII

Enríe», ademas tenia un alma sensible, educada con los


encantas divinos de la música. La pobreza la obligó á ser una
pobre corista; la opulencia hubiera hecho de ella la reina de
los elegantes y aristocráticos ¡¡alones de Madrid.
El oro, esa línea que divide á los que lloran de los que
ríen, añade á la criatura innumerables encantos, que quedan
oscurecidos bajo el modesto traje de la pobreza.
BL FRAC A 55 OI.. 457

VIII

Elías, recordando que su amiga le había dirigido una pre-


gunta al marcharse el médico, contestó:
—Sí, hemos hablado de usted; pero el facultativo dice que
aunque la enfermedad es grave, no es desesperada.
Elias acababa de mentir. Pero ¿quién no miente á un ma-
íibundo?
—¡Quién sabe!—murmuré Enríe», sintiendo una esperan-
za en su alma.
—Usted es jéven, y la naturaleza suele obrar prodigios.—
repuso el poeta, aprovechándose de aquel momento de duda de
la enferma.
Enrica exhaló un suspiro, y mirando de un modo melancó-
lico á su amigo, le dijo, cambiando de tono:
•--¿No ha observado usted las innovaciones de mi cuarto?
—Sí; he visto que tiene usted piano; lo que me prueba
que en esta casa se prospera.
—¿Para qué quiero lo que tengo, cuando tan pronto voy á
perderlo -'.odo?
—¿Vuelve usted al mismo tema? Vamos, le prohibo que
hable de lo porvenir; hablemos del presente.
— Sí, sí; tiene usted razón; hablemos del presente,—dijo
Enrica, separando los cabellos que caian sobre su rostro con
una ms»no blanca como el mármol, y afectando una alegn'a
extraña.—Pues bien, amigo mió : hace un mes yo estaba sola
en esta habitación, como lo estoy siempre desde que se ha
marchado Alejandro. La soledad me aburre; pero, en cambio,
58
458 EL FRAC AZUL.

la música me deleita, y me dije: «Si yo tuviera un piano


puesto que mi bondadoso protector me enseñó á tocarlo, pa-
saría menos aburrida las horas.>> Entonces calculé el estado
de mis fondos, y como apenas llegaba mi capital á ochocien-
tos reales, era do todo punto imposible comprar un mueble
tan caro; ademas, yo, como amante de la armonía, deseaba te-
ner un piano vertical de siete octavas y buenas voces; pensé
alquilarlo, y así lo hice. Pero si mi enfermedad dura mucho,
me veré en el doloroso caso de separarme del piano, porque
me cuesta cinco duros al mes; ya ve usted que una pobre
como yo, y sobre todo, ahora que ya me he dado de baja en
el teatro y no cobro nómina, no puede soportar ese exorbitante
gasto.
—Usted tendrá el piano todo el tiempo que quiera;—res-
pondió Elias con una seguridad que demostraba que habia ol-
vidado que él era más pobre que la enferma.
—¿Es usted ya rico, amigo Elias? — le preguntó Enrica.
—Soy tan pobre como siempre; pero vuelvo á decirle que
el piano no saldrá de esta casa mientras usted lo necesite.
—Le doy á usted de todos modos las gracias por esa se-
guridad. ¡Ah! No puede usted imaginarse los dulces momen-
tos que proporciona ese instrumento. ¿Usted no me ha oido
tocar?
—No he tenido ese placer; ademas, ignoraba que usted
supiera...
—Lo he tocado bastante bien; no crea usted esto un rasgo
de inmodestia. Mi padre adoptivo fué un gran maestro, pero
después de su muerte me quedó sin piano, y ahora, ademas
de estar torpe para la ejecución, tengo mucha debilidad en los
EL FRAC AZUL. 45Í)

brazos. Pero de mi pasado bienestar conservo un cuaderno ar-


reglado por mi padre, que contiene los trozos más sublimes de
los cuatro grandes genios de la música: Beethoven, Mozart,
Haydn y Clierabini. fuentes inagotables de armonía, de sen-
timiento, do inspiración, donde han aplicado los labios todos
los grandes maestros del. arte. Allí está, sobre el piano; tenga
usted la bondad de traerlo: es aquel libro grande.
Elias fué por ¡?1 libro y se le dio á Enrica.
Esta Jo abrió á la ventura, y se puso á tararear unas me-
lodías llena;* da sentimiento.
Después cerro* el libro, y meando al poeta le dijo:
—¿Ha oido nst-íd Jar; Siete Palabras de Haydn en la ca-
pilla real?
—No.
—Poes fe canten iodos los años, y lo anuncian los perió-
dicos; los aficionado-? acuden como á un verdadero aconteci-
miento musical; la aconsejo que las oiga. Cuando las escucho,
no puedo menos d;: recordar el entusiasmo con que roe decia
mi protector: «¡Oh! ¡Quién pudiera oírlas en Alemania, ejecu-
tadas por trescientos profesores, oantedas por cien voces! ¡Debe
ser sublime!» Si yo llegara á restablecerme y Alejandro vol-
viese de Roma con h credencial de socio de Santa Cecilia, le
diria: «Mira, Alejandro: yo quiero recorrer el mundo contigo;
si no quieres que sea tu mujer, seré tu querida, nada me im-
porta; pero llévame a Italia, A Suiza, y á Alemania; quiero ver
aquel cielo y aquello? campos: quiero oir esa miísica divina
que penetra en. el olma como el canto de los angeles.» Y Ale-
jandro me llevaria, estoy segura; él es bueno, pero tiene ham-
bre de gloria, de renombre, y de vez en cuando me deja en
4f)0 EL FRAC AZUL.

mi nido como la golondrina, y se marcha lejos, muy lejos-


como ahora.

IX

Enrica comenzaba á soñar, y la muerte extendí» sus ira-


palpables alas sobre su lecho.
—Haydn,—añadió Enrica,—es un genio que brilla por la
fecundidad y la sencillez. Austria está orgullosa de tener un
hijo tan ilustre. Escribió mucho, y todo bueno; poro entre sus
obras descuella el célebre quinteto de concierto, para instru-
mentos de cuerda. Tiene la bravura de Beethoven y la dul-
zura de Bellini. ¡Qué felicidad tan grande ser un gran músico,
y dejar después de su muerte torrentes de inspirada melodía
para que le admiren las generaciones venideras!... Cuando
emprendamos Alejandro y yo el viajo, visitaremos las tumbas
de esos inmortales compositores. Vendrá usted co¿, nosotros,
¿no es verdad?
Elias escuchaba aquellos planes para el porvenir, que de-
bían ser interrumpidos por la muerte; pero conociendo que
siempre es consolador alentar las ilusionas de un enfermo,
respondió:
—¡Oh, sí! Es preciso escribir una caria » Alejandro para
que active sus asuntos y se venga; y tal vez en la próxima
primavera podrá emprenderse el viaje.
-Sí, sí; mañana.le escribirá usted y yo también; será
una carta de los dos. Pero no lo diremos nada de mi enferme-
dad; eso le entristecería. Cuando so huya reunido con nosotros
habrá tiempo para contárselo.
EL FRAC AZUL. 461

—Hablemos ahora de otra cosa. ¿Quién se queda aquí por


la noche?
—Hasta ahora, nadie; desde hoy se queda la vecina.
—Pues bien; yo también quiero quedarme.
—Usted tiene familia, y podrían interpretarlo mal si lo
supieran.
—No hay necesidad de que lo sepan; y ademas, si fuera
preciso, mi esposa vendria á cuidar á usted. No duda nunca
de mis palabras, porque tengo la buena costumbre de decirle
siempre la verdad. Pasemos á otro asunto. ¿Cómo está usted
de dinero?
—Lo ignoro. Allí en el cajón del tocador tengo toda mi
fortuna.
—No extrañe usted, Enrica, esta oficiosidad. Usted me ha
llamado hermano en su carta; usted me ha prestado en una
ocasión crítica uno de esos favores que no pueden olvidarse
nunca, y miro en este momento á usted como á una persona
de mi familia.

Elias abrió el cajón del tocador.


La fortuna de la infeliz Enrica eran doce duros y algunos
reales.
—Bien, — dijo.-—Con este dinero podemos sufragar por
ahora los gastos de la enfermedad.
Elias hizo un gesto de duda, y la joven añadió:
—¡Oh! Gasto bien poco. Mi vecina asegura que cómo mé
nos que un pájaro, y creo que tiene razón.
462 EL FRAC AZUL.
—¿Dice usted que esta noche se queda la vecina?—volvía
á preguntar el poeta.
—Sí; ya no debe tardar.
—Pues bien; mañana me quedo yo; de este modo la fatiga
es insensible. ¿Le gusta á usted oir leer?
—¡Oh! ¡Mucho! ¡mucho! Sobre todo las novelas de Jorge
Sand. de esa mujer sublime, que tan bien conoce el corazón
humano.
—¿No le gusta á usted Balzac?
—También.
—Pues entonces, mañana buscaré dos novelas de esos au-
tores, y cuando usted se canse de hablar, leeré yo. Esto, por
supuesto, cuando no tenga usted sueño.
Enrica so sonrió" dulcemente y repuso:
Duermo muy poco. ¡Oh! ¡Cuánto agradezco á usted todo
eso! ¡Son tan largas las noches cuando los ojos se empeñan en
no dormir y se vive sola!

XI

Poco después la vecina de Enrica entró en la sala.


Era una buena y caritativa mujer, esposa de un mozo de
billar.
—Buenas noches, señorita,—dijo.—Ya lo tengo todo arre-
glado, y vengo para no moverme hasta que salga el sol. Me
he traído la media, porque no conviene estarse mano sobre.
mano. Ya son las doce. La señorita debe tomar la leche, que
está al calor de la lumbre para que se caliente.
Enrica le explicó el plan de Elias, de quedarse uno cada
EL FHAC AZUL. 463

noche, y á la honrada y servicial vecina le pareció muy bien.


A la una de la noche Elias salió de casa de Enrica con el
corazón oprimido; tenia necesidad de respirar.
—¡Ah!-murmuró.—¡Esa chica se muere, y Alejandro no
recibirá el xütimo suspiro de su pecho generoso!
CAPÍTULO XLV1I.

Un a l m a q.uo s o p i e r d o eix l o I n f i n i t o , a o o m p u n a d a do una


melodia doBoctliovon.

Á Jas doce del dia siguiente, el poeta fué á visitar á su


amiga.
Se bollaba levantada, disfrutando de un hermoso rayo de
sol que, como una sonrisa de los cielos, penetraba por la vea-
tana, alegrándolo todo.
Enrica, sentada junto al piano, volvió la cabeza y saludd
con una sonri.sa á su amigo.
—He encontrado la puerta abierta,—dijo Elias.
--Sí; le he dicho á la vecina que la drjnra así. Voy siendo
perezosa, y por no levantarme á abrir,..
—Pero ¿cómo abandona usted la cac;r-.V
—De dia no hago cama, pero me acuesto á las cuatro de
la tarde. Nunca he tenido más deseos que ahora, de recibir las
Eh FItAC AZUL. 4¡¡5

influencias benéficas del sol... Jamás el cielo me ha parecido


tan hermoso. Por eso me levanto...
—¿Y lo sabe el médico?
—Sí, él me lo permite.
—¡Ah! Entonces...
—Mi enfermedad tiene esas ventajas; ademas, Ja cama me
molesta mucho cuando no tengo fiebre.
Enrica continuó tocando el piano.
Elias contemplaba á la luz del sol aquel rostro, donde tan
características huellas había impreso la muerte, pero una
muerte llena de poesía, de vaguedad, de dulzura; una muerte
hermosa, si se nos permite la frase.

II

Por espacio de una hora sólo habló ei piano.


La música absorbia toda la vida de la enferma y toda la
atención del poeta.
Por fin cesaron las manos de caer sobre el teclado, y en-
tonces la palabra reemplazó á las notas.
Cuando á las cuatro de Ja tarde Elias anunció que se reti-
raba, Enrica le dijo:
—Voy á hacer á usted un encargo.
—¿Y qué es ello?
-~Que se tome la molestia de pasarse por un almacén de
música, y me compre una cantata para piano y canto, titula-
da Anuida; es de Beethoven. La he buscado entre mis pape-
r s y no la encuentro; sin duda se la llevó Alejandro, y tengo
vehementes deseos de volver á tocarla.
. 50
466 EL FRAC AZUL.

111

A las diez de la noche, Elias, con dos novelas de los auto-


res citados en el capítulo anterior y la cantata de Beethoven,
se presentó en casa de Enrica.
Durante aquella noche la enferma y su amigo hablaron de
música, de viajes, de literatura, y se leyeron algunos capítu-
los de Consuelo, novela de Jorge Sand.
A las cuatro de la mañana la enferma se durmió con la
mente cargada de risueñas esperanzas.
Elias continuó leyendo en voz baja y fijando de vez en
cuando una dolorosa mirada en el pálido rostro de la enferma.

IY

Pasaron cinco dias, y por fin llegó el 20 de Noviembre.


Serian las doce de la mañana.
Enrica se hallaba sentada al piano, y Elias á su lado.
Alfaida, la cantata de Beethoven, estaba abierta sobre el
sostenedor.
La mirada de Enrica brillaba de un modo extraordinario;
las dos rosas de sus pálidas mejillas eran más encendidas, más
vivas; pero en cambio, el cerco de sus ojos era más oscuro,
más dilatado, y su frente más serena, más brillante.
—Esta noche—dijo Enrica dejando correr sus dedos por el
teclado del piano—he tenido uno de esos sueños que ustedes
los poetas llaman de color de rosa.
Enrica se detuvo, tosió un poco con bastante fatiga, y vol-
vió á decir:
EL FHAC AZUL. 407

—Ha soñado que Alejandro, de regreso de su viaje, me


proponía que emprendiéramos el nuestro, empezando por el
Mediodía de Francia, Suiza, Italia... ¡y qué sé yo cuántos paí-
ses más abarcaba su itinerario! ¿No es verdad que este sueño
es de buen agüero?
—¿Quién lo duda?—respondió" Elias con vacilante voz.
Enrica ejecuté dos ó tres escalas con una precipitación
nerviosa.
Luego, exhalando un suspiro, como si pretendiera quitarse
algun peso que le molestaba, volvió á decir:
—¡Qué hermoso dia haco boy! Si usted no se burlara de
mí, le diria lo que pensaba poco antes de que viniera.
—¿Y por qué ms he de burlar?
—Pues bien; pensaba esto: Cuando venga Elias, le diré
que si quiere acompañarme á dar un paseo. Tengo tanta gana
de ver el campo en un dia hermoso de buen sol, en que el cielo
ostenta todo su brillo...
—Pero usted no so halla en disposición de pasear.
—Sin embargo, me siento mejor; y esta primavera, com-
pletamente restablecida, me los apostaré con ustedes á correr.,
como cuando tenia doce añas. ¡Doce años! ¡Qué edad tan di-
chosa!
V

Enrica calló do nuevo, como si los recuerdos inocentes de


otra edad más feliz preocuparan su imaginación; y mientras
tanto, sus dedos continuí'lian produciendo notas sin concierto
sobre el teclado del piano.
—¡Qué aturdida soy!—dijo después de una pausa.—Hace
163 KL FRAC AZUL.

cuatro dias que estudio esta cantata, con el objeto de poseerla


bien y tocarla para que usted la oiga; pero toda la mañana
estoy pensando una porción de tonterías que proyecto hacer
este verano cuando viaje por Europa con Alejandro.
—Si no ha de causar á usted fatiga alguna, tendría sumo
gusto en oir esa preciosa cantata, que usted tanto celebra.
—La Anuida de Beethoven es un gemido del alma sensi-
ble del artista; me parece imposible oiría sin derramar una
lágrima. El misterioso soplo del amor, de la ternura y del
sentimiento, se hallan fundidos en esta pieza. B^etboven, al
concebirla, debió ver alrededor de sus notas la envidiable
aureola de la inmortalidad.
Enrica comenzó a tocar la cantata de Beethoven.
Aquellas notas, escritas con tanto arte, con tanto genio,
foniau para los oidos del poeta los encantos de un poema mu-
sica], de uno do esos lamentos de un alma soñadora, dedicados
á todas las almas sensibles que saben apreciar y sentir la ar-
monía de un gemido, la dulzura de una lágrima, la voluptuo-
sidad de un beso de amor. Más que la composición de un hom-
bre de genio, parece aquella pieza el gemido de un corazón
enamorado, que flota on el ambiente.
¡Dulce, vagarosa armonía, ante la cual el espíritu olvida
la materia, y el pensamiento desea penetrar más allá de esa
inmensidad transparente del cielo, que cubro lo ignorado!

VI

Eurica tocaba cerrando los ojos, como si procurara dejar '


de ver ios objetos materiales y terrestres que la rodeaban.
KL FRAC AZUL. <100

Elías contemplaba á la profesora con expresión de dolor,


acompañando en silencio aquellas sublimes notas con una lá-
grima.
Terminado el armonioso preludio de la cantata, la profe-
sora entreabrió los labios, y exhalando un suspiro suave y casi
imperceptible, empezó á acompañar con la voz las dulcísimas
notas que producían sus dedos.
Entonces la voz humana y la voz del instrumento se con-
fundieron, uniéndose de un modo tan doloroso, tan sublime,
que Elias, vivamente impresionado, seguia en voz muy baja
aquellas notas, que no había oido nunca, pero que no eran ex-
trañas á su alma.
Enrica, mientras tanto, continuaba con los ojos cerrados.
Poco á poco la hermosa y pálida cabeza de la enferma se
iba inclinando sobre el respaldo de la silla, como buscando un
punto de apoyo.
Elias se puso en pié; pero procurando no hacer ruido, para
no interrumpir á la cantora, y aproximándose á la silla, acer-
có su pecho á la inspirada cabeza de su araig-a, ofreciéndole
un apoyo.
Enrica siguió tocando y cantando, sin apercibirse de nada,
porque hay momentos en que el alma so impresiona tan viva-
mente, que los objetos de la tierra no existen para ella.

VII

La enferma concluyó, por fin, reclinando la cabeza sobre


el pecho de su amigo.
Elias sintió un frió que penetraba hasta su corazón.
470 EL FRAC AZUL.

Enrica continuaba su canto.


De vez en cuando sus dedos producían una nota falsa, y
su voz mezclaba en el canto el nombre de Alejandro...
—¡Suiza!... ¡Italia!... ¡La primavera!... ¡Los perfumes de
las llores!...--balbuceaba.
El poeta no se atrevia á interrumpir aquel dulce delirio,
último sueño de un alma sensible.
Hubo un momento en que creyó que se habia dormido,
y que aquellas notas y aquellas palabras, que resonaban tan
dulcemente en su alma, eran producidas por el sonambu-
lismo.
De pronto, las manos de Enrica cayeron sin fuerza sobre
el teclado, arrancando un sonido doloroso á aquellas lenguas
de metal y bronce, mientras que otro gemido, no menos dolo-
roso, se escapaba del pecho de ia enferma.
Aquellas dos nota», hijas del dolor, se perdieron confundi-
das en el espacio.
Elias las oyó vibra-.* por un momento en sus oídos, en su
corazón, en su alma.
Después... síi' nao en derredor.
Beethoven y Enrica habían enmudecido.

VIH

Un rayo de so!, puro y radioso, penetrando por la ventana,


so detuvo sobra el pálido rostro de la joven.
Tal vez aquel destello de los cielos era un emisario de
Dios, que bajaba ¡i la tierra en busca de un alma.
¡Ay! ¡Enrica no existia! ¡Pobre mártir!
EL FRAC AZUL. 471

El ilustre alemán dejaba en pos de sí la delicadeza de su


talento á la posteridad.
Enrica sólo dejaba de la suya un recuerdo, grabado en el
corazón de un hombre.
La planta del gigante, del atleta de la ritmopea, cruzó so-
bre la tierra, dejando profundamente impresa su huella.
El ligero pié de Enrica no dejaba rastro alguno en el
mundo de los hombres, como no lo deja en el espacio el canto
del enamorado ruiseñor, el vuelo de la sencilla golondrina.
CAPITULO XLVÍII.

D n a a n é c d o t a ele S ó c r a t e s .

Dos dias después, en el cementerio general de la Puerta


de Toledo se abria una. fosa, y en ella fué depositado el cadá-
ver de Enrica.
Elias acompañó á su amiga hasta la última morada.
La tierra se extendió sobre aquel cuerpo sin vida.
Un trozo de mármol negro, de diez pulgadas en cuadro,
con esta inscripción:

¡ENRIQUETA.' ¡POBRE MÁRTIR!

indica que allí se hallan los restos mortales de una mujer.


La pobreza de Elias no pudo dedicarle, por entonces, un
mausoleo, uno de esos panteones en que el hombro, después
de muerto, pone de manifiesto su vanidad á los vivos; pero le
EL FRAC AZUL. 473

dedicó una modesta sepultura, situada en tierra y cubierta por


las galenas del cementerio.
La amistad deposito" también una corona de siemprevivas
sobre aquella fosa, y alguna vez esa corona, ajada por el aire
destructor, fuá reemplazada por otra.
¡Pobre Enrica! En la soledad reflexiva é imponente de los
cementerios, como en el bullicio aturdidor del mundo, el hom-
bre es ogoista. Con los muertos, por el dolor; con los vivos,
por el placer.
Perdona, pues, á los que pasan por encima de tu sepulcro
sin detener su paso, sin dedicarte una lágrima, porque ellos
ignoran lo que tú valias.
¡Pobre mártir! Tu vida fué un gemido prolongado que orea-
ba de vez en cuando el perfume reanimador de la esperanza,
de esa hermosa flor de la juventud que lo embellece todo, que
es Ja poesía de los sueños de la juventud.
Tú amaste á un hombre con toda el alma. El poema de tu
vida se roducia á amar y ser amada; pero el destino rompió"
los dulces lazos que te unian con Alejandro, y mientras él mo-
ría solo y abandonado á la otra parte del Océano, en la isla de
Cuba, tú exhalabas el último aliento en Madrid. Vuestra vida
fué un sueño; vuestro despertar, la muerte.
¡Pobre Alejandro! ¡Pobre Enrica! ¡Quién sabe si vuestras
almas se habrán unido en el cielo!...

II
Dejando la mansión de los muertos, «ntremos de nuevo en
el mundo de los vivos, nues para derramar lágrimas no hace
falta ir al cementerio.
80
474 EL FRAC AZUL.

Si cuando el hombre recibe una impresión dolorosa no tu-


viera al alcance de su inteligencia ese gran consuelo que se
llama olvido, indudablemente hace mucho tiempo que hubiera
terminado el género humano.
El olvido, pues, es una necesidad moral, tan justamente
apreciada entre los hombres, tan indispensable, tan necesaria
para vivir en el mundo, como puede serlo el aire que da vida
á los pulmones.
Elias sintió la muerte de Enrica, como puede sentírsela
de una hermana querida; su dolor fué tranquilo, aunque pro-
fundo.
Pasaron los dias, y aquel sentimiento que habia afectado
el alma del poeta, fué aminorando en fuerza y en intensidad.
Ademas, el-joven del frac azul, encerrado por la desgracia
en un círculo bastante angustioso, se veia en la precisión de
ocuparse de la parte material de la vida, que á veces lo ab-
sorbe todo.
Por entonces, uno de sus amigos proporcionó á Elias la
plaza de corrector en una imprenta donde se imprimia un pe-
riódico político.
El sueldo que le asignaron era de diez reales diarios,
modesta retribución para un trabajo de once horas, desde las
seis de la tarde hasta las cinco de la mañana. Pero diez reales,
cuando no se posee nada, hacen el efecto de una fortuna, ase-
guran los garbanzos de una familia, proporcionan un porvenir
de veinticuatro horas, acallan los gritos del estómago y nos
conceden un sueño reparador que repone las fuerzas del cuerpo.
¡Cuántas veces medio duro ha librado á una familia de la
muerte, de una gran catástrofe, llenando de luz las tinieblas
EL FRAC AZUL. 475

de sus almas! Pero esto no lo comprenden los ricos, los elegi-


dos, la familia feliz; y en cuanto á los pobres, como lo saben
de memoria, no hay necesidad de repetírselo.
Continuemos.

III

Estaba la imprenta situada en la calle de la Colegiata, y


vivia Elías en la de Ministriles. La distancia no era muy lar-
ga, pero era preciso atravesarla todas las mañanas á una hora
bastante intempestiva, sobre todo, cuando no se cuenta con
ropa de bastante abrigo para librarse de las incómodas caricias
del frió.
Elias, sin más capa que su inseparable frac azul, cruzaba
úla del alba la plaza del Progreso, pisando muchas veces la
fria escarcha, tan frecuente y tenaz en el invierno que nos
ocupa.
Mis que las incomodidades del frío, molestaba á Elias el
tufo insoportable de un quinqué de latón, á cuya luz corregia
las mal sacadas pruebas del periódico.
Ademas de esto, la habitación dedicada al corrector era tan
reducida, que muchas veces Elias no estornudaba por no rom-
perse la cabeza contra la pared.

IV

Algunas noches solían acudir á última hora á la imprenta


varios redactores del periódico, con sueltos de esos que suelen
llamarse de interés personal.
476 BL FRAC AZUL.

La sala donde se reunían los redactores, se hallaba sepa-


rada por un tabique de la gazapera del corrector.
Elias, sin ser curioso, oia todo lo que hablaban los confec-
cionadores de aquel órgano político, periódico de batalla que
habia puesto la proa al gobierno.
Una noche Elias se hallaba corrigiendo un artículo de fon-
do capaz de inflamar las nevadas cumbres do los Alpes, cuando
le llamó la atención una disputa que dos redactores tenían en
el cuarto inmediato.
—La comedia es mala,—decia uno de ellos.
—Yo no digo que sea buena ni mala,—replicó otro;—pero
lo cierto es que el público ha llamado dos veces á su autor, y
que tú, en esa gacetilla parcial, le niegas hasta los honores
del aplauso.
—Chico,, con franqueza: es un hombre que me carga, y
me he propuesto hablar mal de él, aunque aplaudan hasta las
butacas.
—Pues por la misma razón, como á mí me es muy sim-
pático el autor, me he propuesto hablar bien de él, aunque
silbaran los ilustres retratos que decoran el proscenio del
teatro.
—Es que yo soy el encargado de la gacetilla.
—Pero yo soy el encargado de la revista teatral, y el mis-
mo derecho que tienes tú para hablar mal, tengo yo para ha-
blar bien.
—Vaya, señores,—dijo una voz que no era la de niiigüno
de los contrincantes, y por la cual Elias creyó reconocer á un
amigo suyo;—no vale la pena de que ustedes cuestionen y se
enfaden por si se ha de hablar bien ó mal; y pues que los dos
EL FRAC AZUL. 477

tienen el mismo derecho para dar dictamen sobre la obra, el


único medio de que termine la cuestión, es que la suerte
decida.
—¿Qué dices tú á eso?—preguntó el que queria ta-
blar mal.
—Hombre, yo...
Y el que queria hablar bien hizo unos puntos suspensivos,
como si le repugnara el recurso, ó temiera su mala suerte.
— ¡Nada! ¡nada! Es cuestión resuelta; ademas, no debemos
desairar á este señor. Pide. ¿Cara ó cruz?
—Bien, tira. Cara.
Oyóse el ruido de una moneda al caer sobre la mesa, y
luego una voz que decia:
—Has perdido: es cruz.

Dos horas después, Elias recibió las últimas pruebas del


periódico, entre las cuales se encontraba una gacetilla que
poco más, poco menos, juzgaba en los siguientes términos la
comedia que se habia estrenado aquella noche:
«Anoche se representó en el teatro del Príncipe un mal
llamado drama, especie de trabucazo al sentido común, que
hizo ruborizar á las personas de buen gusto que ocupaban las
localidades de dicho coliseo. En vano los amigos del autor
hicieron esfuerzos criminales para probar la bondad negativa
de la obra. El público sensato se mostró indiferente, y el au-
tor, ¡audacia increíble! correspondiendo al llamamiento de sus
amigos, salió dos veces á la escena.
478 EL FRAC AZUL.

»Creemos que esta obra bajará muy pronto al panteón del


olvido. Séale la tierra ligera.»
Cuando Elias leyó esta gacetilla se le vino á las mientes
lo que le habia dicho el portero del saloncillo del teatro del
Príncipe la malhadada noche que quiso presentar su drama,
y exclamó:
—¡Y decia aquel buen hombre que los autores dramáticos '
no tenian amigos! ¡Ah! No le sucede así al que aluden en esta
gacetilla, pues muchos y muy leales debe tener, cuando lo-
gran sacarle dos veces á la escena en una obra que, según
parece, es mala, y va á bajar muy en br.eve al panteón del
olvido.
VI

Como sus ocupaciones no le permitian por entonces con-


currir al teatro con mucha frecuencia, Elias sintió una viva
curiosidad, ya que no podia ver la comedia, por-saber al me-
nos el tiempo que duraba en escena.
Pero ¡oh prodigio inconcebible de la amistad! Aquel drama
que habia apestado á los inteligentes, aquella obra salvada de
una catástrofe por los aplausos oficiosos de los amigos, se re-
presentó treinta noches consecutivas.

Vil

Elias, no sabiendo cómo calificar aquella gacetilla taber-


naria, creyó prudente preguntar á Floro su opinión.
—¿Cómo es que el autor de ese drama no ha contestado
rebatiendo el suelto grosero que le dirigen?—dijo.
EL FRAC AZUL. 479

—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—le contestó Floro.—Trabajillo y no poco


les habia caido á los autores dramáticos y á todos aquéllos que
viven de la representación pública, si contestaran con la plu-
ma á los insultos que les dirigen; porque entonces, se pue-
de decir que habrian concluido de trabajar. Ademas, ¿sabes
tú lo que le sucedió á Sócrates en una plaza de Atenas un
dia que acababa de entusiasmar con un discurso á sus discí-
pulos?
—No.
—Pues bien, voy á referírtelo.
Y Floro contó á su amigo la siguiente anécdota:
Un hombre grosero se acercó á Sócrates y le dijo:
•—Por lo mal que hablas y 1Q peor que escribes, toma.
Y le dio un terrible bofetón.
Sócrates se quedó mirando á aquel hombre con dolorosa
actitud, y repuso:
—Tú no puedes ofenderme, aunque me escupas en el rostro.
Un discípulo que, como tú, tenia aún encarnado en el alma
el candor y la inocencia de su pueblo, indignado ante la gro-
sería de aquel hombre, exclamó:
—¡Maestro! ¿Por qué no vengas esa ofensa?
Sócrates, dirigiendo una sonrisa á su querido discípulo,
volvió á decir:
—¿Qué harías tú si un asno te diera un par de coces?
El discípulo miró al maestro y respondió resueltamente:
—¿Qué habia de hacer? Nada.
—Pues bien, hijo mió; lo que yo acabo de recibir es un
par de coces; y mientras pertenezca á la familia de los racio-
nales, no puedo hacer nada tampoco.
480 EL FRAC AZUL.

—No olvides esta anécdota, querido Elias,—continuó Flo-


ro,—si te propones seguir adelante en la difícil y espinosa
carrera de las letras. Cuando recibas un par de coces, compa-
dece á aquél que te lo dirige, pues indudablemente se hace él
más daño que el que á tí te cause.
CAPITULO XLIX.

Una i m p r o v i s a c i ó n dio l a f u e r z a d e s e i s c i e n t o s r e a l e s .

Nuestro aprendiz de literato no habia aún apurado del todo


la copa de la amargura.
Si es cierto que Dios á veces prueba la paciencia de las
criaturas, bien puede decirse que probó la de Elias.
La corrección del periódico no solamente le produjo diez
reales diarios, sino que ademas le regaló una fuerte inflama-
ción en la vista, que le puso en el caso de suspender por al-
gunos dias aquellas tareas nocturnas.
En Madrid, cuando un enfermo llama á un médico de nota,
h cuesta un ojo de la cara, y sin duda por esta razón Elias,
que no tenia unos ojos muy admisibles, ó lo que es lo mismo,
• lo se encontraba en fondos para recurrir á la ciencia de arte
nayor, recurrió á un semiamigo ó conocido, médico nuevo y
61
482 EL FRAC AZUL.

sin parroquia, que acababa de salir del cascarón, el cual se


brindó á emplear sus conocimientos y sus años de estudio en
pro de Elias.

II

Reconocidos que fueron los ojos con la detención y escru-


pulosidad del hombre que se fija en la cosa que observa, el
médico nuevo fué dé parecer que se aplicase una cantárida en
el cogote del paciente, y se esperase el resultado.
Sufrió el poeta aquel perro de presa que le roia la carne
sin consideración alguna; sufrimiento inútil, pues al dia si-
guiente se encontraba peor.
Volvió el médico, y viendo que la cantárida no habia he-
cho el efecto que esperaba, mandó que le pusieran dos moscas
de Milán detras de las orejas; pero ¡ay! las moscas tampoco
hicieron efecto, y entonces se recurrió á las sanguijuelas,
aplicadas en derredor de los ojos.
Resultando, que entre la cantárida, las moscas de Milán,
las sanguijuelas, los sinapismos, y otros medicamentos sen-
cillos, al pobre poeta se le irritó la sangre, se le pusieron los
ojos como dos tomates, y al fin y al cabo vino á resultar que
una membrana, producida por la irritación, formó sobre sus
pupilas una especie de cataratas, quedándose ciego.
Este desenlace inesperado no podia ser más fatal.
Elias, al perder la preciosa luz de los ojos, sintió que las
tinieblas penetraban también en su alma, espantando sus ri-
sueñas esperanzas.
Bï, FRAC AZUL. 483

III
Que un poeta sea cojo, pase; que sea jorobado, lo mismo
da; que sea tuerto, también, porque al fin, le queda un ojo;
pero ¡ciego!... Eso ya es más grave.
Verdad es que Tamíris, Terésias, Homero y Mil ton canta-
ron sus sublimes versos sin ver la luz del sol; pero de éstos
entran pocos en libra, como se dice vulgarmente.
Lo más probable que le podia suceder á Elias, quedándose
ciego, era pedir limosna.
—Si al menos supiera tocar la guitarra...—decia nuestro
poeta á los amigos que le visitaban.—Sería un consuelo; pero
siempre be sido tan torpe para la música, que ni esa espe-
ranza me queda.
Otras veces, afectando una alegría que estaba reñida con
la profunda tristeza de su alma, exclamaba:
—¡Ah! Lo tínico que me consuela es que, estando ciego,
no veré más al mediquillo que ha tenido la habilidad de exten-
der una noche eterna en derredor mió.

IV

Pocos dias antes de la primera cantárida conoció Elias á un


joven, que, como él, abandonando su pueblo y su casa por la
gloria, se habia trasladado á Madrid.
Llamábase Ignacio.
Elias simpatizó desde el momento con el nuevo amigo,
que, como él, no contaba con otra fortuna que sus ilusiones
de poeta.
484 BL FRAC ÁZVL.
Ignacio, consecuente con la amistad, visitaba todas las
tardes al pobre ciego.
Poco tiempo bastó para que reinara entre ellos una con-
fianza, un cariño fraternal; porque la desgracia tiene lazos
más sólidos que los del parentesco.
Ademas, Ignacio era muy condescendiente con Elias, y la
mayor parte del tiempo que pasaba á su lado, le leia algunos
trozos de las mejores comedias del teatro antiguo.
Durante estos momentos, el pobre ciego se creia menos
desgraciado.

Una tarde Elias dijo á Ignacio:


—Esta tarde no quiero que leas; tenemos que hablar d«
otra cosa.
—Hablemos de lo que quieras; estoy á tus órdenes,—res-
pondió Ignacio.
—A fuerza de darle vueltas á la imaginación, he combi-
nado el plan de un drama.
—Sea enhorabuena. Oigamos el plan.
—No lo tomes á broma. Quiero probar mis fuerzas: quiero
escribirlo.
—Difícil es eso.
—Lo sé; pero de todos modos, no se pierde nada haciendo
la prueba; sin embargo, para eso necesito de tí.
—¿Qué puedo yo hacer en tu drama?
—Sólo molestarte dedicándome todas las horas que te de-
jen libres tus ocupaciones, y escribir lo que yo te dicte.
EL FRAC AZUL. 485

—¡Ah! ¿Es un drama improvisado lo que pretendes hacer?


—Sí; pero la improvisación de un ciego siempre tiene algo
de meditada. Hace quince dias que no me ocupo de otra cosa;
tengo detallado todo el drama en la imaginación. Sólo falta
escribir el diálogo.
—Si el drama ha de ser bueno, dificilillo es lo que te pro-
pones.
—No sé si será bueno, pero de su efecto teatral casi te
puedo responder.
—Me alegraré infinito; y puedes contar que desde hoy me
tendrás cuatro horas á tu disposición todas las tardes.
—¡Ah! No puedes pensarte lo que te agradezco el ofreci-
miento; porque, Ignacio, tú no puedes imaginarte lo horrible
de mi situación. Si yo fuera solo en el mundo, todas las des-
gracias imaginables no apagarían la sonrisa de mis labios y la
alegría de mi alma. Pero ese puñado de mártires que me ro-
dea, me obliga con su santa resignación á hacer esfuerzos
colosales. Si logro escribir el drama, tengo un editor que lo
comprará antes de representarse. Ademas, este señor tiene
parte en una empresa, en la del teatro de la Cruz, y esto es
una ventaja. Me ha indicado un amigo que podia por este me-
dio procurarme algunos recursos, y quiero intentarlo.
—Pero oye: ¿por qué no le vendes el drama que tienes es-
crito?—le dijo Ignacio.
—No; ese drama, causa de todas mis amarguras, no quiero
venderlo; y sobre todo, no quiero representarlo hasta que tenga
un nombre en la literatura; que lo tendré, Ignacio, lo tendré,
£ pesar de mi ceguera, á pesar de mi desgracia, á pesar de la
pobreza que me rodea.
486 KL FRAC AZUL.

—¡Chico!—exclamó Ignacio.—¡Es admirable tu fuerza de


voluntad! ¡Dichosos los que sueñan!
—¡Sí, dichosos los que sueñan! Pero si eres mi amigo, DO
cuentes á nadie mis sueños, porque se reirian de mí.

VI

Aquella misma tarde comenzó Elias á dictar su drama.


Ignacio escribía, con un libro sobre las rodillas, sentado
junto al catre del ciego.
Nueve dias después la obra estaba terminada.
—Ahora,—le dijo Elias,—tengo que pedirte un nuevo fa-
vor: que me leas el drama en voz alta. ••
Ignacio complació á su amigo. •
El drama era en tres actos y en prosa.
Durante la lectura, el poeta ciego suprimió algunos perío-
dos corrigiendo otros.
Ignacio, incansable cuando se trataba de servir á sus ami-
gos, puso en limpio el drama, privándose de dormir aquella
noche.
VII

Al dia siguiente, Elias le dijo:


—¿Quieres encargarte de ver al editor?
—No tengo inconveniente.
—Entonces, le llevarás el drama y una carta. Coge un
pliego de papel y escribe.
Ignacio hizo lo que le decia su amigo.
—Ya puedes empezar,—dijo.
EL FHAC AZUL.

Ignacio escribía, con un libro sobre las rodillas


EL FRAC AZUL. 487
Elias dictó la siguiente carta:
«Señor don Felipe Calderón.—Muy señor mió: Remito á
usted el adjunto drama original que deseo vender; y aunque
usted lo tome á presunción, debo decirle que si lo lee lo com-
prará. Tengo dos razones para creerlo así; la primera, porque
el drama no es malo del todo y tiene situaciones que creo de
buen efocto; y la segunda, porque como autor sin nombre que
soy, y Lallándome enfermo en cama, tengo pocas pretensio-
nes y dejo el precio-á la voluntad de usted.
»Soy su seguro servidor,—Elias Gómez.
»Su casa, Ministriles, 4, tercero.»

VIII

Dos dias después Elias recibió una visita.


Era el editor.
—He leido el drama que me ha remitido usted,—le dijo,—
y me conviene. Si usted acepta las condiciones que voy á in-
dicarle, me quedaré con él.
—Ya ve usted mi situación. Las acepto todas.
—¿Sin oirías?
—Sin oirías; porque supongo que no querrá usted la obra
gratis.
—Tanto como eso, no señor; pero no puedo ofrecer mucho
dinero, porque comprar un drama sin verle antes puesto en
escena, es muy diferente que una vez probado su éxito.
—Sí, sí, lo comprendo; usted arriesga el que no lo repre-
senten ó el que lo silben. Sdpamos las condiciones.
—Por la propiedad absoluta, es decir, por los derechos de
•488 EL FRAC AZUL.

representación y venta de ejemplares de Madrid, provincias y


Ultramar, doy seiscientos reales.
—Admito,—respondió Elias.
—Si el drama se pone en escena y gusta, crea usted que
no seré desconsiderado.
Y el editor sacó la escritura de venta, ó el recibo de cos-
tumbre de los editores, y dijo:
—¿Usted no podrá firmar?
—Sí señor; pero es preciso que usted me coloque la mano
donde deba escribir.
El editor puso un libro sobre la cama, y sobre el libro la
escritura, y colocando luego la pluma en la mano de Elias, le
dijo:
—Firme usted aquí.
Elias firmó, y el editor le entregó treinta duros por la
propiedad absoluta de un drama que poco después debia
representarse en el teatro de la Cruz diez y nueve nochet
consecutivas.
CAPITULO L.

X,a l u z on. l o s ojos y l a e s p e r a n z a e n e l a l m a .

Elias, tocando aquellos treinta duros, le parecía que respi-


raba con más libertad.
¡Se puede permitir un pobre tantas cosas con seiscientos
reales!...
Pero dejando aparte reflexiones, diremos que el bien ó el
mal nunca vienen solos; y Elias, aquella misma tarde, tuvo
una visita, que fué para él la Providencia, que bajo distinta
forma se le presentaba, como otras veces.
Veamos cómo fué.
La visita era un amigo de la infancia, un condiscípulo de
colegio, joven actor, cuyo talento comenzaba á adquirir en el
teatro una reputación envidiable, y á quien el público aplau-
dia con frenético entusiasmo.
62
490 EL FRAC AZUL.

Llamábase este joven Fernando Ossorio, y estaba destinado-


á ser el sostenedor de la escena española; genio privilegiado,
que con su muerte dejó el luto en el corazón de sus numerosos,
amigos, y un vacío difícil de llenar en el teatro.

II

¡Pobre Fernando!
¡Tú dejaste de existir cuando apenas comenzaban á caer-
sobre tu frente los laureles que la sociedad dedica al genio!
¡Tú bajaste á la tumba cuando los perfumes de la popularidad
y la gloria arrullaban tus sueños de artista!
Aún estaban muy lejos las canas de tus cabellos; aún en
tu simpático y expresivo rostro no habia impreso la primera
arruga el cansado dedo de la vejez, cuando el soplo devastador
de la muerte se introdujo en tu generoso y entusiasta corazón
y suspendió los latidos de la vida.
Yo, que en nombre de Elias, para quien fuiste un hermano-
cariñoso, te dedico estas líneas; yo, que he llorado tu muerte
como todos los que aman al arte; yo, tu hermano del corazón,
quisiera dedicarte un poema de ternura, de sentimiento, de ca-
riño, de inmensa gratitud.
La Parca traidora salió de la mansión de las sombras para
herirte en el momento más grande, más sublime de tu vida
artística; cuando tu genio iba á desplegar sus poderosas alas,
sobre la escena; cuando tu nombre era pronunciado con admi-
ración'por todos los amantes del arte.
¡Pobre Fornando!
Si en la mansión de los justos hay un lugar destinado &
EL FRAC AZDX. 491

los genios que apuraron en la tierra la copa del martirio-, tú


tendrás allí un sitio preferente.

III

Cuando Fernando entró en el cuarto de Elias, á no ha-


berle dicho: «Aquél que está en el catre con el vendaje so-
bre los ojos, es el que usted busca», indudablemente no le hu-
biera conocido; pero así que lo supo, le abrazó con efusión,
diciendo:
—No te perdonaré nunca tu retraimiento para conmigo.
¿Por qué no me has participado que estabas en Madrid? ¿Du-
dabas acaso de mi amistad?
— ¡Qué quieres, Fernando!—repuso Elias.—La desgracia
hace al hombre desconfiado; son tantas las puertas que he visto
cerrarse ante mi paso, que me habia propuesto no llamar á nin-
guna. Pero ¿cómo has sabido que estaba yo en Madrid?
—¡Pues qué! ¿Ignoras que estoy contratado de primer
actor cómico en el teatro del Príncipe? ¿Olvidas ya que du-
rante las barricadas, época en que yo me hallaba ausente de
Madrid, has prestado á mi familia algun servicio que yo no
puedo olvidar? Y si no he venido á buscarte antes, es porque
nadie sabía darme razón de tu paradero. Por fin anoche lo
supe, y aquí me tienes, aunque algo resentido por tu silencio.
—Pues ya me ves, Fernando, rodeado de todas las felici-
dades de la tierra,—respondió Elias con amarga entonación.
—Pero me han dicho que estás, ciego.
—Te han dicho la verdad.
—¿Y qué dice tu médico?
492 EL FRAC AZUL.
—¡No le nombres! Sólo su recuerdo me ataca los nervios*.
De una simple irritación, me ha conducido al estado en que
me hallas.
—Pues si tu médico es malo, en Madrid no deja de haber
especialidades para las enfermedades de los ojos.
—No tengo esperanza de curarme.
—Sin embargo, es preciso buscar un buen oculista para
que te vea.
—¡Ab! Esos señores se hacen pagar muy caras las vi-
sitas.
—¿Quién piensa en el dinero cuando se trata de la vista?
Ademas, la paga no te la han de pedir adelantada. Lo impor^
tante aquí es que te curen; luego, daremos tiempo al tiempo,
como ha dicho Calderón. Yo me encargo de buscar al médico;.
y como en estas cosas los instantes son preciosos, voy ahora
mismo.
Fernando volvió á abrazar á Elias, y salió, dejando una:
esperanza en el corazón del poeta.

IV

Dos horas después, Fernando, acompañado del médico, tor-


naba á entrar en la habitación de Elias.
—Este joven—dijo Fernando—es casi un hermano mió;
espero que usted se tome todo el interés que se tomaria por mí
mismo.
El médico levantó el vendaje al enfermo, reconoció dete-
nidamente el estado de los ojos, y dijo con pausado acento:
—A este joven le han irritado la sangre de un modo hor-
EL FRAC AZUL. 493
rible; es decir,^han hecho precisamente lo contrario que de-
bían hacer: necesitaba refrescos y laxantes, y le han aplicado
cantáridas y sinapismos.
—Pero ¿usted cree que á pesar de esa imperdonable equi-
vocación, puede haber aún remedio?—preguntó Fernando con
vivo ínteres.
El alma y la vida de Elias se hallaban suspendidas de la
respuesta del médico, que por fin dijo:
—Los facultativos no debemos nunca perder la esperanza;
pero la esperanza no es la realidad: es un paréntesis que hace
menos largo el camino. Este joven está malo, muy malo; para
restablecerse necesita mucho tiempo, tal vez años; sin embar-
go, creo que podrá curarse si se decide á hacerse la operación.
—¿Y qué operación es ésa, doctor?—preguntó Elias, conci-
biendo una esperanza.
—Batir esa membranita ó especie de catarata que se ha
formado sobre la córnea; porque eso es lo que le impide á us-
ted ver. Después de esa operación, que es difícil, por espacio
de mucho tiempo hay que cauterizar todos los dias con ni-
trato de plata la membrana, hasta que desaparezca; y cuando
convenga, es decir, en verano, baños de mar.

Acordó Fernando que se operara Elías al dia siguiente, y


así se hizo.
Por fortuna, el facultativo tuvo tal acierto, que á las tres
semanas, durante las cuales el poeta permaneció en una habi-
tación completamente cerrada, el médico mandó que abrieran
494 EL FRAC AZUL.

un poco el balcón, y la luz del cielo hirió las pupilas del poe-
ta, produciéndole un placer inmenso. ,
¡Veia, sí, veia! La eterna sombra que por espacio de dos
meses le habia envuelto, comenzaba á disiparse.
¡Ah! ¡Sólo puede apreciar la belleza del sol el pobre cie-
go que por espacio de algun tiempo se ha visto privado de ad-
mirarla!
La alegría del enfermo fué inmensa, inexplicable.
Su restablecimiento desde entonces fué rápido, aunque le
costaba todos los dias una hora de martirio, mientras le que-
maban la carne que habia crecido sobre el globo del ojo.
Pero ¿qué era este corto martirio, comparado con la eterna
tristeza de su alma durante su ceguera?

VI

Eh'as, á pesar de su pobreza, se creyó feliz.


Ademas, Fernando le habia dicho:
—Yo no puedo ponerte en escena un drama, pues no soy
el primer actor y director de la compañía; pero si te dedicas
al género cómico, si me escribes una pieza en un acto, te la
pondré.
Nuestro poeta era por entonces aficionado al lirismo, á los
versos campanudos y altisonantes del drama romántico; pero
las circunstancias le ponian en el caso de abandonar el puñal
de Melpómene por la yedra de 'Palia, y escribió una pieza có-
mica en un acto.
Leyóse la pieza en casa de.Fernando, pues á Elias, aunque
con unas gafas de cristal ahumado con cortinillas de tafetán
EL FRAC AZUL. 495

verde, se le permitia salir de vez en cuando de casa, y la pieza


no pareció del todo mala.
Fernando, siempre dispuesto á proteger á Elias, entregó la
citada pieza al empresario, éste al comité del teatro, y espe-
raron el resultado.
El comité por entonces era una especie de tribunal secreto
que tenia derecho de vida y muerte sobre las obras de los poe-
tas inéditos, causando con sus fallos inapelables grandes dis-
gustos á los autores noveles.
Cada uno de los escritores que constituian el terrible tri-
bunal, iba armado de lanza y rodela y se hallaba dispuesto á
defender la entrada del templo de Talía con todo el coraje de
un caballero en plaza; y tan difícil era que (\ un autor nue-
vo le representaran una comedia en el teatro del Príncipe,
como poner una pica en Flándes ó descubrir la cuadratura del
círculo.
Todos los generosos y heroicos esfuerzos de Fernando fue-
ron inútiles. La pieza cómica de Elias se archivó en un viejo
armario, que el joven del frac azul le puso por nombre Elpan-
teon del olvido.
En aquel armario se encerraban las esperanzas de mu-
chos autores inéditos. Allí, cubiertos por el polvo de la indi-
ferencia, dormían multitud de manuscritos, mezclándose en
revuelto montón el genio con la insensatez, la perseverancia
y el hambre.
Cuántas noches de insomnio, cuántas lágrimas y cuántas
ilusiones perdidas representaban aquellos manuscritos, sólo
Dios lo sabe.
Pero ¡ay! ésa es la terrible condición humana. El teatro
496 EL FRAC AZUL.

exige á los autores que empiezan mucho más que á los auto-
res que acaban; y eso tís natural, porque al poeta dramático
que ha dado, como vulgarmente se dice, mucho dinero á las
empresas teatrales, se le admiten las obras bajo la garantía de
su nombre, sin tener otro juez que el público, aunque esto no
sucede siempre.
Todo esto es lógico, sigue una marcha natural; pero lo que
no se comprende es que cuando los autores adquieren un nom-
bre, cuando pasan el angustioso arenal que conduce al templo
de Talía, cuando son una autoridad en el teatro, se muestran
indiferentes con los autores que humildemente se acercan á
presentar su manuscrito y se encuentran en el caso que ellos
se hallaron.
El corazón humano es un misterio... Pero ¡quién sabe! Tal.
vez sea una pequenez, hija del egoísmo.
La comedia de Elias siguió durmiendo el sueño de la in-
diferencia, bajo el pesado polvo del olvido, en el armario fatal
del teatro del Príncipe.
Todas las instancias y súplicas de Fernando Ossorio se es-r
trellaron contra la rigidez del comité, que le decia:
—La pieza vale poco, no tiene ninguna novedad; hay otras
mejores, y la empresa tiene muchos compromisos.
En una palabra: que se muera de hambre el autor inédito.

VII

Así pasaba el tiempo.


Una tarde, Ignacio fué á visitar á Elias, siguiendo su cos-
tumbre, y le dijo:
EL FRAC AZUL. 497
—¿Sabes que en los carteles del teatro de la Cruz se anun-
cia tu drama para el sábado próximo?
—¡Ah! ¿Conque lo ha admitido la empresa?—dijo Elias.—
Veo que el editor tiene más suerte que yo. A mí tal vez no
me hubieran admitido el drama.
—Puedes asegurarlo.
—Dios quiera que guste,—añadió Elias suspirando.

G3
CAPITULO LI.

H,a s l o r i a e n t r o toastiiloros.

El estreno de una obra original es un acontecimiento im-


portante para un autor; pero esta importancia llega á un gra-
do superlativo cuando es la primera obra que se ofrece al pú-
blico.
Nadie conocía en el teatro al autor del drama, exceptuando
el editor; pero éste, pensando en el tanto por ciento que espe-
raba cobrar, é interesado en el éxito de la obra, si no por la
gloria, por los números, se habia olvidado del ingenio.
Elias acudió al teatro con su amigo Ignacio, y fué á colo-
carse en la primera caja de los bastidores de la derecha.
Desde allí se prometia apurar ese martirio del estreno, du-
rante el cual el autor coloca su amor propio á los pies del pú-
blico para que le trate como mejor le agrade.
EL FRAC AZUL. 499

II

El celador de bastidores -vio medio ocultos en la sombra


dos individuos desconocidos, que ni siquiera eran hermanos,
ni primos, ni amigos de una bolera, y se dijo:
—¡Hola! Allí hay dos prójimos que pretenden ver la fun-
ción gratis.
Y rápido como una flecha se aproximó á Elías é Ignacio,
que en lo que menos pensaban era en el celador de bastidores.
—¿No saben ustedes que ahí no se puede estar?—dijo con
esa descortesía del hombre mal educado que tiene la costum-
bre de obedecer y ve una ocasión en que puede mandar.
Elias miró á aquel hombre á traves de sus ahumadas ga-
fas. Hubiera podido decirle: «Yo soy el autor del drama que
va á representarse, y por consiguiente la primera autoridad
del teatro.» Pero Elias se encontraba por entonces poco ver-
sado en las cosas de bastidores, y ademas temia que su obra
fuese silbada.
- Miró, pues, á aquel hombre que con tan inconveniente tono
les mandaba desalojar el sitio que ocupaban, y le dijo:
—Tenemos un vivo interés en ver el resultado de la co-
media que va á representarse.
—Pues en ese caso,—repuso el celador,—compren ustedes
billetes en el despacho, y la ven desde afuera.
—Le suplico á usted que nos permita permanecer en este
sitio; tengo razones poderosas para pedirle este favor; no po-
demos ir afuera.
—Pues entonces, tampoco pueden permanecer aquí. ¡Con
que largo!
500 EL FRAC AZUL.

III

Aquel largo fué pronunciado de tal modo, que merecía un


bofetón; pero Elias soltó una carcajada viendo el gesto de vi-
nagre que ponia su amigo Ignacio, dispuesto á andar á cache-
tes con aquel hombre.
—El señor tiene razón,—dijo Elias;—nosotros no tenemos
derecho á permanecer aquí. Vamonos.
Elias cogió del brazo á su amigo, y ambos se encaminaron
hacia el foro.
Una vez allí, Ignacio le dijo:
—¿Con que, siendo tuyo el drama, consientes en que te
arrojen de un sitio que te pertenece?
—Temo más el desagrado del público que la grosería de
ese hombre. Para saber el resultado, lo mismo es el foro que
el proscenio; se oye menos, es verdad, y no se ve á los acto-
res, como la suerte no nos depare un agujero; pero en cambio,
se cyen los murmullos y los aplausos del público, que es lo
más esencial.
Ignacio se encogió de hombros, no comprendiendo aquella
resignación, que él creyó humildad, cuando tal vez era exceso
de amor propio.
IV

La sinfonía tocaba á su fin.


El drama era de la época de Felipe IV. El primer acto re-
presentaba la verbena de la noche de San Juan.
Elias sintió grandes deseos de ver la decoración; pero la
EL FRAC AZUL. 501
oscuridad del escenario era tan profunda, que nada distinguía.
—¡Ah! ¡Si pudiera ver al menos si los actores están bien
vestidos!...—dijo Elias.
—Nada más fácil; tienes derecho á ello.
—¿Cómo?
—Presentándote y diciendo: «Yo soy el autor de la obra.»
—¡Oh! ¡Eso jamas! Pueden silbar el drama.
—¡Vanidad de vanidades! Resígnate, pues, á vivir en la
sombra, ya que no quieres nacer luz en este asunto.

En aquel momento se oyó una voz que decía:


—¡Afuera de la escena! ¡Arriba el telón!
El gasista dio vida al gas; los grupos de los comparsas se
colocaron en sus sitios, y se levantó el telón.
CAPITULO Lli.

j E c o o lxomo!

Comenzó el drama. La víctima, es decir, el autor, se halla-


ba dispuesto al sacrificio. Los sacrificadores, es decir, el pú-
blico, tranquilo, indiferente, fuerte y seguro de su gran supe-
rioridad, esperaba el instante de arrojarse sobre su presa.
Desde aquel momento Elias no supo lo que le pasaba.
El silencio de los espectadores era sepulcral; tenia para el
corazón del poeta algo de la imponente majestad de la muerte.
La afilada punta del puñal de la opinión se hallaba suspen-
dida sobre el amor propio del autor.
¡Ah! Si el público comprendiera los horribles sufrimientos
del autor en la noche del estreno de una de sus obras, sería
más tolerante, menos cruel.
Un aplauso que rompa la atmósfera de hielo del salón, es
EL FRAC AZUL. 503

la vida, la felicidad para el autor. Pero pasa una escena, y


otra, y otra, y el público no aplaude... Y el autor apura en si-
lencio la horrible agonía, la más dolorosa de las incertidum-
bres, preguntándose cien veces en el transcurso de un minuto
en el fondo de su alma: «¿Me habré equivocado?»

II

El primer acto iba á terminar y el silencio continuaba.


—¡Qué graves están esta noche los morenos!—dijo un ac-
tor á otro.
—Afortunadamente,—respondió el otro,—si silban el dra-
ma, no veremos la cara compungida del autor, porque parece
que no tiene -padre conocido la criatura.
Elias se hallaba á dos pasos de los que hablaban.
En aquel momento resonó un aplauso estrepitoso.
El poeta no pudo contener un grito de gozo.
Los dos actores volvieron la cabeza y le miraron con in-
diferencia. Ellos no sospechaban que aquel joven flaco, páli-
do, enfermizo, tan pobremente vestido, era el autor del drama
que estaban representando y á quien el público había enviado,
en señal de aprobación, el primer aplauso, pero uno de esos
aplausos nutridos, ruidosos, una oleada de aprobación que
aturdió á Elias, que estuvo á punto de romper en pedazos su
corazón, henchido de gozo, de alegría.
¡El primer aplauso!... El solo borra todas las amarguras,
todas las penalidades del autor inédito, llenando de esperan-
zas, de perfumes, de ilusiones su mente soñadora.
¡Ah! ¡Bendito sea una y mil veces el primer aplauso!...
504 EL FRAC AZUL.
Cayó el telón, y un segundo aplauso, más enérgico, más
ruidoso, más prolongado que el primero, llenó de alegría el
corazón del poeta, que abrazó enternecido á su amigo Ignacio,
diciéndole:
—¡Ah! ¡Mis sueños comienzan á realizarse!...

III

Uno de los actores que pasaban junto á Elias, dirigiéndose


á su cuarto para descansar durante el entreacto, iba diciendo
álos que le acompañaban:
—El drama ha entrado en el público. Ya dije yo que el,
final del primer acto era de efecto. Oreo que vamos á tener
obra para muchas noches, porque la fábula es altamente inte-
resante.
Elias sintió tal flojedad en las piernas, que tuvo que apo-
yarse en el brazo de Ignacio.

IV

Mientras tocaba la orquesta y los maquinistas cambiaban


la decoración, los dos amigos se pasearon por el foro.
—Chico,—le dijo Ignacio,—durante el primer acto te he
visto hacer cinco agujeros con el dedo en el telón de foro, y
dar más de quince vueltas en redondo.
—¿Sí?—repuso Elias.—Pues no me acuerdo de nada.
—Lo creo. No eras tú el que hacía esas cosas; eran los
nervios.
EL FRAC AZUL. 505

Comenzó el segundo acto.


En los estrenos, el público escucha siempre el primer acto
con cierta gravedad que asusta al autor y hace temblar las
pantorrillas de los actores más experimentados.
Sin embargo, nada más natural que la tirantez de los es-
pectadores en estas noches.
El público es un congreso respetable, una autoridad impo-
nente, cuyo fallo lleva casi siempre una gran parte de justi-
cia, de razón, y nada le disgusta tanto como aplaudir el pri-
mer acto y verse en la precisión de silbar el resto de la obra.
Comenzó, pues, el segundo acto, y el respetable, que al
parecer se hallaba contento, aplaudió alguna que otra escena.
Hacia el final tenia el drama una situación levantada, de
esas que deciden el e'xito de una obra, y con muy cortos in-
tervalos, llegaron á los oidos de Elias tres salvas de nutridos
aplausos.
El poeta en capilla vio de color de rosa todo lo que le ro-
deaba. Aquellos aplausos habían resonado de un modo desco-
nocido para él en el fondo de su alma.

VI

Pero ¡ay! de repente se oyó una carcajada en el auditorio.


A esta carcajada siguió un murmullo que resonó en el co-
razón del poeta como el mugido del simoun en los oidos de las
caravanas árabes.
154
506 EL FRAC AZUL.

No explicándose aquella inconsecuencia del público, y re-


cordando que su drama no tenia nada cómico que pudiera pro-
ducir la hilaridad de los espectadores, Elias, pálido y temblo-
roso, aplicó los ojos á un agujero del telón de foro, y entonces
comprendió la causa de la algazara del público.
La característica, que tenia que retirarse por la puerta del
foro con alguna precipitación, habia tropezado con un malha-
dado taburete y habia caído de bruces sobre la alfombra. ¡Y
en qué actitud! ¡Enseñando la cara al telón de foro, y...
Si Elias hubiera tenido, como Júpiter, un rayo en la ma-
no, indudablemente habria pulverizado instantáneamente á la
característica.
—¡Ah!—exclamó.—¡Esa mujer ha matado el final del se-
gundo acto! ¡Maldita, maldita sea!
En aquel momento la aturdida actriz entró por la puerta
del foro y pasó avergonzada por el lado del poeta, que creyó"
ver en ella la cara de su ángel malo.
CAPITULO Lili.

Ea-o s u m .

En un estreno el escritor dramático no está sujeto solo al


mal humor del público, á las equivocaciones involuntarias de
un actor y al resultado del mérito de su obra; porque ademas
de todo esto, pueden ocurrir muchísimos incidentes imprevis-
tos, suspendidos todos sobre el éxito de la obra como la espada
de Dionisio el Antiguo sobre la cabeza de Damócles.
La peripecia más vulgar estropea el éxito de un acto, y
mata en un segundo una obra que al poeta le ha costado lar-
gas y angustiosas noches de insomnio.
Por ejemplo: el público está interesado en una escena de
amor; todos los ojos se encuentran húmedos; todos los cora-
zones palpitantes, conmovidos; ya algunos pañuelos se ven
próximos á enjugar una dulce lágrima, hija del sentimiento,
508 EL FRAC AZUL.

cuando de repente sale un gato á la escena, y colocándose en


la batería de las candilejas, se queda mirando al público y co-
mienza á maullar.
Por lo general, todos los espectadores tienen en su casa
un gato, cuyo lomo acarician alguna vez; el animal no puede
ser más común, más familiar. Pues ¡cosa rara! la presencia de
un gato en la escena, le hace al público el efecto de un animal
raro, nuevo, curioso, se echa á reir, le señala al del lado para
que le vea, y avisa al de detras en voz alta para que no pierda
el acontecimiento; y hablando del gato, se olvida de los acto-
res, de la comedia, del teatro, de la literatura y del infortuna-
do autor, que en aquel momento quisiera ser perro de presa
para despedazar al inoportuno animal, que sólo con su presen-
cia ha destrozado todas sus ilusiones, todos sus sueños, todas
sus esperanzas.
Ademas del gato, el autor cuenta con otra multitud de in-
cidentes inesperados, como la salida retrasada de un actor,
quien al propio tiempo se ha olvidado la carta interesante que
ha de leer en la escena; ó la espada del segundo galán, que
como si estuviera encerrada bojo siete candados, no quiere sa-
lir de la vaina á tiempo; otras veces, una señora de un palco,
distraída, deja caer el abanico que da sobre la calva de un ca-
ballero; poco después se oye llorar aun niño que impide oir la
representación, 6 estornudar á una vieja, imitando la voz de
un pájaro desconocido por Buffon, lo cual produce la hilaridad
del público, y otros mil episodios de este jaez.
Cualquiera de estos casos es suficiente para que el autor
más sereno tiemble por el éxito de su obra.
En estos momentos, al autor no le queda más recurso que
EL FRAC AZUL. 509
tomar la actitud del prójimo á quien le pisan un callo; es de-
cir, morderse el labio inferior y mirar al cielo, poniendo los
ojos en blanco.
VI

Afortunadamente para el poeta, de la retirada de la carac-


terística á la aparición de la dama mediaban pocas palabras,
y la presencia de la primera actriz volvió á restablecer el or-
den en el público.
Elias respiró, como si se hubiese quitado un peso enorme
del corazón; pero al mismo tiempo, su incertidumbre era in-
mensa, su angustia y su malestar tan notables, que comenza-
ron á fijarse en él algunas miradas.
Toda la inquietud del poeta la motivaba el final del acto,
pues en los labios de la dama iba á sonar ia última frase.
La campanilla del apuntador habia anunciado á los ewro-
jes del telón de boca que estuvieran prevenidos, y pronto el
segundo campanillazo les anunció el fin del acto.
Elias cerró los ojos, como si por este medio se privara
también de oir lo que él esperaba, es decir, los silbidos; pero
con gran contento y alegría de su ánimo, oyó un nutrido y
prolongado aplauso, al cual se mezclaban multitud de voces'
que decían:
—¡El autor! ¡el autor!
VII

Mientras el aturdido poeta miraba en derredor suyo, como


preguntando si era verdad lo que oia, la voz del representante
de la empresa, gritaba:
510 EL FRAC AZUL.

—¡Fuera de la escena! ¿Dónde está el autor? ¡El público


le llama!
—¡El autor! ¡el autor!—dijo á su vez el primer galán.—-
¿Y quién le conoce?
—Pues ya oyen ustedes al público; hay que decirle algo, —
añadió la dama.
—¿Y qué quiere usted que le diga, si ni siquiera sé el
nombre del poeta?
—¡Esto es un compromiso!—gritaba el empresario.—¡Que
busquen al autor!
—¡Una peseta de hallazgo al que le encuentre!—objetó el
gracioso.
—Dame las señas de él,—añadió un chico.—¿Cómo tiene
el hocico?
—¡Anda, anda, y cómo aprietan los morenos! Se conoce
que traen buen vino,—dijo el barba.
—En fin,—añadió el primer galán,—diremos que el dra-
ma se ha presentado anónimo y que el autor no parece.
— ¡Bah! Nadie lo creerá.
—¿Pues qué se ha de hacer?...
Mientras tanto, el público continuaba demostrando deseos
de ver la cara al poeta; en la escena todo era confusión y des-
orden, y Elias, para no caer, se vio precisado á apoyarse en un
bastidor. ¡Tal era la dulce y desconocida emoción que sentía!

VIII

Ignacio cogió á Elias por un brazo, y sacudiéndole con


violencia, le dijo:
EL FRAC AZUL. 511

—¿No oyes que te llama el público?


—Sí; pero...
Elias no pudo hablar más.
Ignacio le condujo á remolque basta la escena, y presen-
tándole al primer actor, le dijo:
—Aquí tiene usted al autor del drama que se está repre-
sentando.
—¡Ah! ¿Es usted?—preguntó el galán.
—Ego sum. Sí señor, yo soy,—repuso Elias, sin saber lo
que hablaba.
—¡Arriba el telón! ¡arriba el telón! ¡Todo el mundo fuera
de la escena!—gritó el galán, sin esperar más averiguaciones.
Y conduciendo al poeta hasta el foro, le preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
—Elias Gómez,—contestó el interpelado.

IX

El telón se habia levantado y el público continuaba aplau-


diendo.
—No se mueva usted de aquí,—volvió á decir el galán.
Y salió solo á la escena, encaminóse al proscenio y dijo
en medio del más profundo silencio:
—El drama que tenemos el honor de representar, es ori-
ginal de don Elias Gómez.
— ¡Que salga! ¡que salga!—gritó el público.
El galán saludó al respetable, y llegándose al foro, donde
estaba Elias, cogióle por una mano, le sacó á escena y le pre-
sentó al público.
512 EL FRAC AZUL.

El auditorio, después del aplauso de ordenanza, y satisfe-


cha su curiosidad, comentó la fisonomía del autor, la elegan-
cia ó abandono de su traje, y todas las circunstancias que juz-
gó atendibles en él.

Al final del tercer acto, el autor fué llamado segunda vez


tí la escena, y el galán, la dama y la empresa, le felicitaron
por el buen éxito de la obra.
La luz acababa de reemplazar á las tinieblas; la incerti-
dumbre se trocaba en hermosa realidad. Elias era autor dra-
mático; el público acababa de darle el gran diploma, sellado
con sus aplausos, con sus bravos, que nunca se olvidan.
Noche de inmensa felicidad fué aquella; noche de grandes,
de variadas emociones, de goce infinito, porque ella constitu-
ye la base, la piedra angular en donde descansa la reputación
del autor dramático.
Todo el mundo tenia deseos de abrazarle, de darle la enho-
rabuena, de pregonar en voz alta su talento, su conocimiento
escénico, cuando poco antes nadie le dirigia la palabra, y el
celador de bastidores estuvo á punto de echarle del teatro como
á un perro.
El poeta, aturdido, mareado, harto de que le llevaran en
volandas, cansado de dar apretones de mano y contestar vul-
garidades, se cogió del brazo de su leal amigo Ignacio, y le
dijo, saliendo precipitadamente del teatro:
—¡Ven! ¡ven! Tengo necesidad de respirar el aire libre.
—Pero ¿adonde?
EL FRAC AZUL. 5.13
—Al Prado... al Canal... adonde no haya nadie más que
nosotros...
—Pero ¿olvidas que hace un frió horrible?
—Yo estoy sudando.
—Tanto peor, pues te expones á coger una pulmonía.
—No, no; yo he nacido para escribir muchas obras. La de
esta noche es la primera; me quedan aún algunos años de
vida. Sigúeme.
Y arrastró á su amigo á la calle, como si fuera un autó-
mata.

XI

Elias habia dado el gran paso: estaba próxima la hora de


entrar en el gremio; la hora de realizar sus dorados sueños,
sus hermosas esperanzas.
Aquella noche memorable era la del 8 de Enero de 1856;
próximamente tres años después de aquel dia^en que, caba-
llero en un mulo, entró en la coronada villa por la puerta de
Atocha.
CAPITULO LIV.

IL,os o d i t o r o s . — E l S a l a a o r o .

El drama de Elias se representó diez y nueve noclies con-


secutivas; el autor mereció los aplausos del público y los
elogios de la prensa, siempre indulgente con el joven princi-
piante.
Valióle, pues, algun nombre; pero en cuanto á dinero, ni
más ni menos que los treinta duros antes mencionados, porque
el editor no se acordó del ofrecimiento; pero en cambio, le
compró por nueve napoleones una pieza, que más adelante de-
bía representarse setenta y tres noches en los cuatro últimos
meses de la temporada, y á la cual dio gran celebridad la ad-
mirable ejecución de Fernando Ossorio; pieza de la que se han
hecho muchas ediciones, que ha producido al editor el mil por
tono, y Dios solo sabe lo que aún le producirá, porque, según
EL FRAC AZUL. 515

parece, ni los actores cómicos se han cansado de representarla


ni el público de verla en escena.
Pero en fin, la primera de las ciencias en el siglo presente
es la aritmética, y el secreto consiste en que los poetas la des-
conocen y los editores la saben al dedillo, como familiarmente
se dice.
Otra cosa saben hacer á la perfección los editores: llorar.
No hay cómico que les aventaje; y como los poetas tienen el
corazón sensible, viendo sus lágrimas y oyendo sus suspiros,
se dejan explotar que es una bendición.
No conozco ningún editor á quien su padre se haya toma-
do la molestia de dejarle la modesta cantidad de veinte mil
duros para emprender el negocio; todos ellos son hijos de la
nada. Se les ve crecer como los campos de arroz abonados con
guano. Se enriquecen con el ingenio de los poetas, compran
obras que ni entienden ni saben leer. No se toman el tra