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apítulo I: Cuántas son las formas de principado y cómo se adquieren (Quot genera principatum et

quibus modis acquirantur).


Maquiavelo hace una separación entre estados: repúblicas o principados. Dentro de los principados
tendríamos dos cauces, un principado heredado o nuevo. Los nuevos se adquieren porque nace el estado de
la separación de otro y ahí se da el principado, y en el caso de los hereditarios como su nombre indica por
herencia familiar.
Capítulo II: Los Principados hereditarios (Principatibus hereditaris).
Se centra en los principados, la manera de conservación y de gobierno que pueden tener. Por una parte se
hace mención a los estados hereditarios, él considera que son mucho más fáciles de conservar que en el
caso de los nuevos, porque tan sólo tienen que seguir los pasos de su linaje y no alterar la ordenación
establecida por sus predecesores, así evitará el nuevo príncipe problemas con sus predecesores.
Capítulo III: Los Principados mixtos (De Principatibus mixtis).
Maquiavelo en este capítulo hace mención a los principados mixtos, es decir, un principado que no es
completamente nuevo, sino una especie de apéndice a añadido a un principado antiguo que se posee de
antemano.
Por tal reunión se le llama principado mixto, cuyas incertidumbres dimanan de una dificultad, que es conforme
con la naturaleza de todos los principados nuevos, y aquí empieza la envidia y la disputa por el poder, a
aquellos que lo ayudaron a llegar al poder tiene que corresponderles con algún cargo público como en la
actualidad, y de no hacerlos solo se generaran más conflictos y tendrá más enemigos, al igual que los de
oposición que se negaban a que llegara al poder.
Así le ocurrió al rey Luis XII que ocupando Milán fácilmente la perdió al poco tiempo porque los ciudadanos
vieron defraudada la imagen que tenían del Rey, así como las esperanzas que habían concebido para lo
futuro, y no podían soportar ya la contrariedad de poseer un nuevo príncipe.
Dichos Estados nuevamente adquiridos se reúnen con un Estado ocupado hace mucho tiempo por el que los
ha logrado, siendo unos y otro de la misma provincia, y hablando la misma lengua, o no sucede
así. Cuando son de la primera especie, hay suma facilidad en conservarlos, especialmente si no están
habituados a vivir libres en república. Para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la descendencia
del príncipe que reinaba en ellos, porque, en lo demás, respetando sus antiguos estatutos, y siendo allí las
costumbres iguales a las del pueblo a que se juntan, permanecen ampliamente relacionados, como lo
estuvieron Normandía, Bretaña, Borgoña y Gascuña, que fueron anexadas a Francia hace mucho tiempo.
Aunque existan algunas diferencias de lenguaje, las costumbres se asemejan, y esas diversas provincias
viven en buena armonía. En cuanto al que hace tales adquisiciones, si ha de conservarlas, necesita dos
cosas: la primera, que se extinga el linaje del príncipe que poseía dichos Estados; y la segunda, que el
príncipe nuevo no altere sus leyes, ni aumente los impuestos. Con ello, en tiempo brevísimo, los nuevos
Estados pasarán a formar un solo cuerpo con el antiguo suyo.
Por su ambición los príncipes llegan a conquistar, se crea en ellos una idea de expansionismo y por lo cual
empiezan a conquistar territorios para establecer posteriormente un orden público distinto al que ahí se
contiene en las reglamentaciones originales del pueblo.
Capítulo IV: Por qué razón el reino de Darío, conquistado por Alejandro no se rebeló a sus sucesores
una vez muerto este (Cur darii regnum quod Alexander occupa verat a successoribus suis post
Alexandri mortem non defecit).
Los sucesores de Alejandro conservaron los estados que este había conquistado debido a la inteligencia y
ambición que mostraron. De dos modos son gobernados los principados conocidos. El primero consiste en
serlo por su príncipe asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre como súbditos humildes al lado
suyo, son admitidos, por gracia o por concesión, en clase de servidores, solamente para ayudarle a gobernar.
El segundo modo como se gobierna se compone de un príncipe,
asistido de barones, que encuentran su puesto en el Estado, no por la gracia o por la concesión del soberano,
sino por la antigüedad de su familia. Estos mismos barones poseen Estados y súbditos que los reconocen por
señores suyos, y les consagran espontáneamente su afecto. Y, en los primeros de estos Estados en que
gobierna el mismo príncipe con algunos ministros esclavos, tiene más autoridad, porque en su provincia no
hay nadie que reconozca a otro más que a él por superior y si se obedece a otro, no es por un particular
afecto a su persona, sino solamente por ser ministro y empleado del monarca.
Un monarca absoluto que se refleja y ejemplifica con el sultán de Turquía y el rey de Francia, gobernados por
un señor único.
Capítulo V: Cómo hay que gobernar las ciudades o los principados que, antes de ser ocupados, vivían
con sus propias leyes (Quomodo administranda sunt civitates vel principatus qui antequam
occuparentur suis legibus vivebant).
Cuando el príncipe quiere conservar aquellos Estados que estaban habituados a vivir con su legislación
propia y en régimen de república, es preciso que abrace una de estas tres resoluciones: o arruinarlos, o ir a
vivir en ellos, o dejar al pueblo con su código tradicional, obligándole a pagarle una contribución anual y
creando en el país un tribunal de corto número de miembros, que cuide de consolidar allí su poder. Al
establecer este consejo consultivo, el príncipe, sabiendo que no puede subsistir sin su amistad y sin su
dominación, tiene el mayor interés de fomentar su autoridad.
Capítulo VI: Los Principados nuevos que se conquistan con los propios ejércitos y la propia virtud (De
Principatibus novis qui armis propiis et virtute acquiruntur).
Se refiere a los principados que nacen por obra de la iniciativa personal, cuando el príncipe o monarca decide
invadir un estado por uso de la fuerza armada, por el ejército que constituye su nación, invaden a otros
estados para establecer ahí otra reglamentación y cambiar completamente el estilo de vida de la sociedad
invadida.
Capítulo VII: Los principados nuevos que se conquistan gracias a la suerte y a las armas de otros (De
principatibus novis qui alienis armis et fortuna acquiruntur).
Los que de particulares que eran se vieron elevados al principado por la sola fortuna, llegan a él sin mucho
trabajo, pero lo encuentran máximo para conservarlo en su poder. Elevados a él como en alas y sin dificultad
alguna, no bien lo han adquirido los obstáculos les cercan por todas partes. Esos príncipes no consiguieron su
Estado más que de uno u otro de estos dos modos: o comprándolo o haciéndoselo dar por favor. Ejemplos de
ambos casos ofrecieron entre los griegos, muchos príncipes nombrados para las ciudades de la Iona y del
Helesponto, en que Darío creyó que su propia gloria tanto como su propia seguridad le inducía a crear ese
género de príncipes, y entre los romanos aquellos generales que subían al Imperio por el arbitrio de
corromper las tropas. Semejantes príncipes no se apoyan en más fundamento que en la voluntad o en la
suerte de los hombres que los exaltaron, cosas ambas muy variables y desprovistas de estabilidad en
absoluto. Fuera de esto, no saben ni pueden mantenerse en
tales alturas.
No saben, porque a menos de poseer un talento superior, no es verosímil que acierte a reinar bien quien ha
vivido mucho tiempo en una condición privada, y no pueden, a causa de carecer de suficiente número de
soldados, con cuyo apego y con cuya fidelidad cuenten de una manera segura. Por otra parte, los Estados
que se forman de repente, como todas aquellas producciones de la naturaleza que nacen con prontitud, no
tienen las raíces y las adherencias que les son necesarias para consolidarse. El
primer golpe de la adversidad los arruina, si, como ya insinué, los príncipes creados por improvisación
carecen de la energía suficiente para conservar lo que puso en sus manos la fortuna, y si no se han
proporcionado las mismas bases que los demás príncipes se habían formado, antes de serlo.
Capítulo VIII: De los que se han llegado al principado mediante delitos (De his qui per scelera ad
principatum per venere)
Es aquel por el cual llegan al poder simples particulares, ascienden de una clase normal a una posición de
príncipe una posesión majestuosa. a la que llegara a través de la corrupción y la traición a su príncipe original.
Por medio de la fuerza bruta (por maldades) por conspiración por poder de liderazo en el ejército como en los
casos de Agátocles de Silicia y Oliverot de fermo, quienes por alguna circunstancia son dueños del poder y
suben a el valiéndose de actos sucios, traicioneros, malvados, traiciones con las que se adueñan de los
pueblos y lo somete a su control.
Capítulo XIX: El Principado civil (De principatu civili).
Un particular llega a hacerse príncipe, sin valerse de nefandos crímenes, ni de intolerables violencias. Es
cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su patria. A este principado lo llamo civil. Para
adquirirlo, no hay necesidad alguna de cuanto el valor o la fortuna pueden hacer sino más bien de cuanto una
acertada astucia puede combinar. Pero nadie se eleva a esta soberanía sin el favor del pueblo o de los
grandes. En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo
desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al
pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del
principado, o el de la república, y el de la licencia y la anarquía. En cuanto al principado, su establecimiento se
promueve por el pueblo o por los grandes, según que uno u otro de estos dos partidos tengan ocasión para
ello. Si los grandes ven que no les es posible resistir al
pueblo, comienzan por formar una gran reputación a uno de ellos y, dirigiendo todas las miradas hacia él,
acaban por hacerle príncipe, a fin de poder dar a la sombra de su soberanía, rienda suelta a sus deseos. El
pueblo procede de igual manera con respecto a uno solo, si ve que no les es posible resistir a los grandes, a
fin de que le proteja con su autoridad.
Capítulo X: Cómo hay que valorar las fuerzas de cada principado (Quomodo Onmium principatuum
vires perpendi debeant).
Los príncipes deben sostenerse por sí mismos cuando tienen suficientes hombres y dinero para formar el
correspondiente ejército, con que presentar batalla a cualquiera que vaya a atacarlos, y necesitan de otros los
que, no pudiendo salir a campaña contra los enemigos, se encuentran obligados a encerrarse dentro de sus
muros, y limitarse a defenderlos. Se habló ya del primer caso y aún se volverá sobre él,cuando se presente
ocasión oportuna. En cuanto al segundo caso, no puedo menos de alentar a semejantes príncipes a fortificar
la ciudad de su residencia, sin inquietarse por las restantes del país. En la aplicación de justicia se debe
aplicar la fuerza para una mayor equidad y crear así un mayor orden público para que los habitantes de
principado puedan vivir en armonía con seguridad y tranquilidad.
Capítulo XI: Los Principados eclesiástico (De Principatibus ecclesiasticis).
Para la adquisición de este no se necesita gozar de buena posición ni de mucha fortuna, únicamente necesita
de reconocimiento por su labor espiritual, con en el caso de los papas que ejercían el poder por medio de la
ideología y que por mas de mil años manipularon y dominaron los principados, les creaban a la población un
cierto temor divino y una sanción religiosa. Entonces se dice que hicieron su voluntad, papas que intervenían
en la política de los principados como es el caso de Alejandro VI que dividió el
territorio de las colonias.
Capítulo XII: Tipos de ejército: los ejércitos mercenarios (Quot genera militiae et de mercenariis
militibus).
Las tropas se integran por gente que esta dispuesta a dar un servicio a su nación pero debían de cuidarse de
la sed de ambición sobre todo de los soldados mercenarios, puesto que son los que más tienen más deseos
de Poder y podrán en un futuro traicionar fácilmente. Pero a la ves en la guerra son sanguinarios y no tienen
compasión alguna por la vida humana, es entonces cuando pueden en batalla alcanzar un gran numero de
victorias debido a esta razón.
Capítulo XIII: Los ejércitos auxiliares, mixtos y propios (De militibus auxiliaris mixtis).
Los soldados mercenarios fueron los que constituyeron el ejército francés cuando expulsan a los ingleses del
territorio franco, que por más de 100 años habían estado establecidos en Francia, la unión para la liberación
consto de que todos los pobladores de Francia formaron un gran ejército con el que fueron derrotando poco a
poco a los Ingleses hasta lograr que estos salieran de territorio franco.
Capítulo XIV: Deberes de un príncipe frente al ejército ( Quod pricipem deceat circa militiam).
El príncipe no ha de tener otro objeto, ni abrigar otro propósito, ni cultivar otro arte, que el que enseña, el
orden y la disciplina de los ejércitos, porque es el único que se espera ver ejercido por el que manda. La
guerra se justifica en el propósito con el que se llevo a cabo, el príncipe tiene que pensar la situación de tal
manera que solo declare la guerra en casos necesarios o de ínteres.
Capítulo XV: Cualidades por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son loados o
criticados (De his rebus quibus homines et praesertim principes laudantur aut vituperantur).
Los príncipes, por hallarse colocados a mayor altura que los demás, se distinguen por determinadas prendas
personales, que provocan la alabanza o la censura. Según el interés con el que desempeñen la función
pública.
Capítulo XVI: Liberalidad y parsimonia (De liberalitate et parsimonia).
La liberalidad es con la que un hombre se conduce en la sociedad de una manera que empieza a formar
ideales de justicia y libertad, equidad, por lo que la mayoría de los habitantes de los principados son
miserables y un menor porcentaje son los dueños de poder, a lo que llamamos oligarquía que es el poder de
pocos en perjuicio de la gran mayoría. Cuando alguien ejercía esta conducta debía ser sumamente cuidadoso
puesto que ese liberalismo atentaba contra el poder de los príncipes quienes
ejercían un poder absoluto.
Capítulo XVII: Crueldad y humanidad: ¿Es mejor ser amado que ser temido, o viceversa? (De
crudelitate et pietate et an sit melius amari vel timeri vel e contra).
Al príncipe no le conviene dejarse llevar por el temor de la infamia inherente a la crueldad, si necesita de ella
para conservar unidos a sus gobernados e impedirles faltar a la fe que le deben, porque, con poquísimos
ejemplos de severidad, será mucho más clemente que los que por lenidad excesiva toleran la producción de
desórdenes, acompañados de robos y de crímenes, dado que estos horrores ofenden a todos los ciudadanos,
mientras que los castigos que dimanan del jefe de la nación no ofenden más que a un particular. Por lo
demás, a un príncipe nuevo le es dificilísimo evitar la fama de cruel, a causa de que los Estados nuevos están
llenos de peligros. Virgilio disculpa la inhumanidad del reinado de Dido, observando que su Estado era un
Estado naciente, puesto que hace decir a aquella soberana.
Capítulo XVIII: De qué forma tiene que mantener su palabra un príncipe (Quomodo a principibus sit
servanda).
Desde que un príncipe se ve en la precisión de obrar competentemente conforme a la índole de los brutos, los
que ha de imitar son el león y la zorra, según los casos en que se encuentre. El ejemplo del león no basta,
porque este animal no se preserva de los lazos, y la zorra sola no es suficiente, porque no puede librarse de
los lobos. Es necesario, por consiguiente, ser zorra, para conocer los lazos, y león, para espantar a los lobos;
pero los que toman por modelo al último animal no entienden sus intereses.
Cuando un príncipe dotado de prudencia advierte que su fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio, y
que los motivos que le determinaron a hacerlas no existen ya, ni puede, ni siquiera debe guardarlas, a no ser
que consienta en perderse. Y obsérvese que, si todos los hombres fuesen buenos, este precepto sería
detestable. Pero, como son malos, y no observarían su fe respecto del príncipe, si de incumplirla se
presentara la ocasión, tampoco el príncipe está obligado a cumplir la suya, si a ello se viese forzado. Nunca
faltan razones legítimas a un príncipe para cohonestar la inobservancia de sus promesas, inobservancia
autorizada en algún modo por infinidad de ejemplos demostrativos de que se han concluido muchos felices
tratados de paz, y se han anulado muchos empeños funestos, por la sola infidelidad de los príncipes a su
palabra. El que mejor supo obrar como zorra, tuvo mejor acierto.
Capítulo XIX: Como evitar el desprecio y el odio (De contemptu et odio fugiendo).
Un príncipe cae en el menosprecio cuando pasa por variable, ligero, afeminado, pusilánime e irresoluto.
Ponga, pues, sumo cuidado en preservarse de semejante reputación como de un escollo, e ingéniese para
que en sus actos se advierta constancia, gravedad, virilidad, valentía y decisión. Cuando pronuncie juicio
sobre las tramas de sus súbditos, determínese a que sea irrevocable su sentencia. Finalmente, es preciso que
los mantenga en una tal opinión de su perspicacia, que ninguno de ellos abrigue el pensamiento de engañarle
o de envolverle en intrigas. El príncipe logrará esto, si es muy estimado, pues difícilmente se conspira contra
el que goza de mucha estimación. Los extranjeros, por otra parte, no le atacan con gusto, con tal, empero,
que sea un excelente príncipe, y que le veneren sus gobernados. Dos cosas ha de temer el príncipe son a
saber: 1) en el interior de su Estado, alguna rebelión de sus súbditos; 2) en el exterior, un ataque de alguna
potencia vecina. Se preservará del segundo temor con buenas armas, y, sobre todo, con buenas alianzas,
que logrará siempre con buenas armas. Ahora bien: cuando los conflictos exteriores están obstruidos, lo están
también los interiores, a menos que los haya provocado ya una conjura. Pero, aunque se manifestara
exteriormente cualquier tempestad contra el príncipe que interiormente tiene bien arreglados sus asuntos, si
ha vivido según le he aconsejado, y si no le abandonan sus súbditos, resistirá todos los ataques foráneos,
como hemos visto que hizo Nabis, el rey lacedemonio.
Capítulo XX: Utilidad o inutilidad de las fortalezas y de muchas otras medidas que los príncipes toman
cotidianamente (An arces et multa alia quae cotidie a principibus fiunt utilia an inutilia sint).
Cuando el príncipe desarma a sus súbditos, empieza ofendiéndoles, puesto que manifiesta que desconfía de
ellos, y que les sospecha capaces de cobardía o de poca fidelidad. Una u otra de ambas opiniones que le
supongan contra sí mismos engendrará el odio hacia él en sus almas. Como no puede permanecer
desarmado, está obligado a valerse de la tropa mercenaria, cuyos inconvenientes he dado a conocer. Pero,
aunque esa tropa fuera buena, no puede serlo bastante para defender al príncipe a la vez de los enemigos
poderosos que tenga por de fuera, y de aquellos gobernados que le causen sobresalto en lo interior. Por esto,
como ya dije, todo príncipe nuevo en su soberanía nueva se formó siempre una tropa suya. Nuestras historias
presentan innumerables ejemplos de ello.
Capítulo XXI: Que debe hacer un príncipe para ser estimado (Quid prinicipem deceat ut egregius
habeatur).
El príncipe debe considerarse con una gran estimación a un príncipe que las grandes empresas y las
acciones raras y maravillosas. De ello nos presenta nuestra edad un admirable ejemplo en Fernando V, rey de
Aragón y actualmente monarca de España. Podemos mirarle casi como a un príncipe nuevo, porque, de rey
débil que era, llegó a ser el primer monarca de la cristiandad, por su fama y por su gloria. Pues bien: si
consideramos sus empresas las hallaremos todas sumamente grandes, y aún algunas nos parecerán
extraordinarias. Al comenzar a reinar, asaltó el reino de Granada, y esta empresa sirvió de punto de partida a
su grandeza. Por de contado, la había iniciado sin temor a hallar estorbos que se la obstruyesen, por cuanto
su primer cuidado había sido tener ocupado en aquella guerra el ánimo de los nobles de Castilla. Haciéndoles
pensar incesantemente en ella, les distraía de cavilar y maquinar innovaciones durante ese tiempo, y por tal
arte adquiría sobre ellos, sin que lo echasen de ver, mucho dominio, y se proporcionaba suma estimación.
Pudo en seguida, con el dinero de la Iglesia y de los pueblos, sostener ejércitos, y formarse, por medio de
guerra tan larga, buenas tropas, lo que redundó en pro de su celebridad como capitán. Además, alegando
siempre el pretexto de la religión, para poder llevar a efecto mayores hazañas, recurrió al expediente de una
crueldad devota, y expulsó a los moros de su reino, que quedó así libre de su presencia. No cabe imaginar
nada más cruel y a la vez más extraordinario que lo que ejecutó en ocasión semejante. Después, bajo la
misma capa de religión, se dirigió contra África, emprendió la conquista de Italia, y acaba de atacar
recientemente a Francia. Concertó de continuo grandes cosas, que llenaron de admiración a sus pueblos, y
que conservaron su espíritu preocupado por las consecuencias que podían traer. Hasta hizo seguir unas
empresas de otras de gran tamaño, que no dejaron tiempo a sus gobernados ni siquiera para respirar, cuanto
menos para urdir trama alguna contra él.
Capítulo XXII: Los consejeros del príncipe (De his quos a secretis principes habent).
Para los príncipes la buena elección de sus ministros, los cuales buenos o malos, según la prudencia usada
en dicha elección. El primer juicio que formamos sobre un príncipe y sobre sus dotes espirituales, no es más
que una conjetura, pero lleva siempre por base la reputación de los hombres de que se rodea. Si manifiestan
suficiente capacidad y se muestran fieles al príncipe tendremos a éste por prudente puesto que supo
conocerlos bien, y mantenerlos adictos a su persona. Si, por el contrario, reúnen condiciones opuestas,
formaremos sobre él un juicio poco favorable, por haber comenzado su reinado con una grave falta,
escogiéndolos así.
Capítulo XXIII: Cómo evitar a los aduladores (Quomodo adulatores sint fugiendi).
Si un príncipe debe pedir consejos sobre todos los asuntos, no debe recibirlos cuando a sus consejeros les
agrade, y hasta debe quitarles la gana de aconsejarle sobre negocio ninguno, a no ser que él lo solicite. Pero
debe con frecuencia, y sobre todos los negocios, oír pacientemente y sin desazonarse la verdad acerca de las
preguntas que haya hecho, sin que motivo alguno de respeto sirva de estorbo para que se la digan. Los que
piensan que un príncipe, si se hace estimar por su prudencia, no la debe a sí mismo, sino a la sabiduría de los
consejeros que le circundan, se engañan en la mitad del justo precio. Para juzgar de esto hay una regla
general, que nunca induce al error, y es que un príncipe que no es prudente de suyo no puede aconsejarse
bien, a menos que por casualidad dispusiera de un hombre excepcional y habilísimo que le gobernara en
todo. Pero en tal caso la buena gobernación del príncipe no duraría mucho, porque su conductor se
encargaría de quitarle en breve tiempo su Estado. En cuanto al príncipe que consulta con muchos y que
carece él mismo de la prudencia necesaria no recibirá jamás pareceres que concuerden, no sabrá corregirlos
por si mismo ni aun echará de ver que cada uno de sus consejeros piensa en sus personales intereses nada
más. No existe posibilidad de hallar dispuestos de otra manera a los ministros, porque los hombres son
siempre malos, a no ser que se les obligue por la fuerza a ser buenos. De donde concluyo que conviene que
los buenos consejos, de cualquier parte que vengan, dimanen, en definitiva, de la prudencia del propio
príncipe y que no se funden en si mismos
como tales.
Capítulo XXIV: Por qué los príncipes de Italia han perdido sus reinos (Cur Italiae principes regnum
amiserunt).
El príncipe nuevo que siga con prudencia las reglas que acabo de exponer adquirirá la consistencia de uno
antiguo y alcanzará en muy poco tiempo más seguridad en su Estado que si llevara un siglo en posesión
suya. Siendo un príncipe nuevo mucho más cauto en sus acciones que otro hereditario, si lasjuzgan grandes y
magnánimas sus súbditos, se atrae mejor el afecto de éstos que un soberano de sangre inmemorial
esclarecida, porque se ganan los hombres mucho menos con las cosas pasadas que con las presentes.
Cuando hallan su provecho en éstas, a ellas se reducen, sin buscar nada en otra parte. Con mayor motivo
abrazan la causa de un nuevo príncipe o si éste no cae en falta en lo restante de su conducta. Así obtendrá
una doble gloria: la de haber originado una soberanía y la de haberla corroborado y consolidado con buenas
armas, buenas leyes, buenos ejemplos y buenos amigos. Obtendrá, por lo contrario, una doble afrenta el que,
habiendo nacido príncipe, haya perdido su Estado
por su poca prudencia.
Capítulo XXV: Cuál es el poder de la fortuna en las cosas humanas y cómo hacerle frente.
Refiriéndome ahora a casos más concretos, digo que cierto príncipe que prosperaba ayer se encuentra caído
hoy, sin que por ello haya cambiado de carácter ni de cualidades. Esto dimana, a mi entender, de las causas
que antes explané con extensión al insinuar que el príncipe que no se apoya más que en la fortuna cae según
que ella varia. Creo también que es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la índole
de las circunstancias, y que no puede menos de ser desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia
con los tiempos. Se ve, en efecto, que los hombres, en las acciones que los conducen al fin que cada uno se
propone, proceden diversamente; uno con circunspección, otro con impetuosidad; uno con maña, otro con
violencia; uno con paciente astucia, otro con contraria disposición; y cada uno, sin embargo, puede conseguir
el mismo fin por medios tan diferentes. Se ve también que, de dos hombres moderados, uno logra su fin, otro
no; y que dos hombres, uno ecuánime, otro aturdido, logran igual acierto con dos expedientes distintos, pero
análogos a la diversidad de sus respectivos genios. Lo cual no proviene de otra cosa más que de la calidad de
las circunstancias y de los tiempos, que concuerdan o no con su modo de obrar.
Capítulo XXVI: Exhortación a tomar Italia y liberarla de los bárbaros (Exhoratio ad capessendam
Italiam in libertatemque a barbaris vindicandam).
Fuera de estos socorros, sucesos extraordinarios y sin ejemplo parecen dirigidos patentemente por Dios
mismo. El mar se abrió, la nube os mostró el camino, la peña abasteció de agua, el maná cayó del cielo. Todo
concurre al acrecentamiento de vuestra grandeza, y lo demás debe ser obra propia vuestra. Dios no quiere
hacerlo todo, para no privarnos de nuestro libre albedrío ni quitarnos una parte de la obra que en nuestro bien
redundará. No es sorprendente que hasta la hora de ahora ninguno de cuantos italianos he citado haya sido
capaz de llevar a cumplido término lo que cabe esperar de vuestra esclarecida estirpe. Si en las numerosas
revoluciones de nuestro país y en tantas maniobras guerreras pareció siempre que se había extinguido la
antigua virtud militar de los italianos, provenía esto de que no eran buenas sus instituciones y de no haber
nadie que supiera inventar otras nuevas. Nada honra tanto a un hombre recién elevado al dominio político
como las nuevas instituciones por él ideadas, las cuales, si se basan en buenos fundamentos y llevan algo
grande en sí mismas, le hacen digno de respeto y de admiración.

El príncipe, publicado póstumamente en 1531, es un tratado


de doctrina política escrito por Nicolás Maquiavelo,
escritor, diplomático y filósofo político italiano de la época
renacentista.

La obra está dirigida a Lorenzo de Médici, conocido como ‘el


Magnífico’, a quien Maquiavelo explica cómo actuar y qué hacer
para unificar a Italia y sacarla de la crisis en que se encuentra.

Aunque fue escrita en 1513, durante el confinamiento de


Maquiavelo en San Casciano, a causa de las acusaciones que
sobre él pesaban por estar señalado de conspirar contra los
Médici, no sería sino hasta 1531 cuando vería luz en Roma. El
libro, así, funciona como una respuesta a dicha acusación.

Análisis de El príncipe
El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, constituye un importante
aporte a la concepción moderna de la política. En este sentido,
es una obra contradice la tradición filosófica del pensamiento
político antiguo en la cual la práctica política se encuentra
ensombrecida por la idealización de gobiernos y ciudades
utópicas.

Al contrario, en El príncipe, Maquiavelo establece que el ejercicio


real de la política implica situaciones reales con hombres y
pueblos reales, cuyas conductas, decisiones y acciones,
generalmente no responden necesariamente a la moral sino a
las leyes del poder.

Así, pues, la importancia de este tratado radica en que deja al


descubierto las verdades prácticas del poder y muestra la forma
en que frecuentemente el ejercicio del poder contradice u obvia
los preceptos morales. De allí que, en lugar de dedicarse a hacer
juicios sobre la moral o la religión, se enfoque más en
cuestiones de estrategia política.

De esta manera, Maquiavelo expone detalladamente la forma en


que el gobernante debe hacer frente a las diferentes situaciones
o circunstancias que se le presenten, y establece que el
principal fin de la práctica política es conservar exitosamente el
poder.

Para demostrar sus teorías, Maquiavelo echa mano de


situaciones históricas reales, que abarcan desde el mundo
antiguo hasta su presente.

Conviene acotar que El príncipe es la obra que da origen al


término maquiavélico, utilizado con cierta carga despectiva para
condenar prácticas inmorales o malévolas, cuando en realidad
esta es una obra de gran valor por su conocimiento de la psique
humana, el sentido común y el pensamiento pragmático.

Hoy en día, es un libro ampliamente leído y consultado en temas


de estrategia política y negocios.

Resumen de El príncipe
El príncipe es la obra en la cual Nicolás Maquiavelo plasma su
visión de la política, basada en su particular experiencia y su
profundo conocimiento de la historia y la psique humana. A
continuación hacemos un resumen temático de los contenidos
del libro.
Clases de principados, formas de adquirirlos y
gobernarlos (capítulos 1-11)

LAS REPÚBLICAS Y LOS PRINCIPADOS

Los primeros capítulos de la obra están dedicados a explicar las


distintas clases de principados que hay y las maneras en que
estos pueden adquirirse. Comenta que los Estados pueden ser
repúblicas o principados, y que pueden ser hereditarios, cuando
se trasmiten a través del linaje, o nuevos, cuando se obtienen
por herencia o conquista, mediante las armas propias o las
ajenas, por fortuna o por virtud.

PRINCIPADOS HEREDITARIOS, NUEVOS O MIXTOS

Expone que los principados hereditarios, así como los nuevos,


precisan políticas de continuidad en lugar de cambios radicales
que puedan trastornar la vida y costumbres de la población.

En cambio, aquellos que denomina mixtos (que son nuevos,


pero que se anexan a un principado antiguo), implican tratos
diferentes, acordes con las circunstancias políticas que
intervinieron en su adquisición.

Advierte sobre las dificultades de asumir el gobierno de un


principado nuevo, y avisa especialmente sobre la importancia de
imponerse al grupo de poder anterior, de sofocar rebeliones y de
manejar la política interna con cautela y eficacia.

EL PODER ABSOLUTO O COMPARTIDO

Maquiavelo considera que existen dos formas esenciales de


gobernar un principado según las circunstancias políticas:
detentando el poder absoluto o administrándolo conjuntamente
con un grupo de barones de nobleza propia (no adquirida por
gracia del príncipe).

Aconseja optar, de ser posible, por la primera de las opciones:


detentar el poder absoluto, pues con la segunda, el príncipe
ostentará una menor autoridad y deberá sofocar
frecuentemente rebeliones internas.

SOBRE LOS ESTADOS QUE SE REGÍAN POR LEYES


PROPIAS

También analiza Maquiavelo la forma en que se debe proceder


en un Estado que, antes de su conquista, se gobernaba por
leyes propias, y, enumera las tres opciones que tiene el
gobernante: 1) destruirlo, 2) radicarse en él, o 3) mantener las
leyes y costumbres anteriores, pero obligándolo a pagar tributos
y ser gobernado por un grupo leal al príncipe.

Advierte que, sin embargo, este tipo de Estados o ciudades


tienen un gran orgullo por su libertad, razón por la cual siempre
estarán dispuestos a levantarse para reconquistarla. Así, pues,
la única opción segura que tiene el príncipe para mantener el
poder es arrasarlo y dispersar a la población.

SOBRE LA ADQUISICIÓN DE PRINCIPADOS CON ARMAS


PROPIAS O AJENAS

Según Maquiavelo existen dos formas de adquirir los


principados: con las armas propias y con virtud, o con las armas
y la fortuna de otros.

En el primer caso, señala que, si bien estos principados son más


difíciles de adquirir, son, a la larga, más fáciles de mantener,
siempre y cuando se disponga de las suficientes fuerzas.

En el segundo, explica que los principados adquiridos con las


armas y la fortuna de otros aunque resultan muy fáciles de
obtener, son, al contrario, difíciles de mantener, pues se
depende de un conjunto de factores que lo condicionan.

EL BUEN Y MAL USO DE LA CRUELDAD

Maquiavelo también advierte sobre el uso de la crueldad y la


forma en que esta debe ser aplicada. Sostiene que es bien
usada si se cometen todos los crímenes al principio, lo que
permite que luego, poco a poco, se pueda empezar a otorgar
beneficios a los súbditos, para hacerlos olvidar las ofensas
recibidas previamente.

La crueldad es mal usada cuando no son cometidas todas en un


inicio, lo que fuerza a que deban seguir cometiéndose en lo
sucesivo, lo que le atrae la enemistad del pueblo y conduce al
príncipe al fracaso.

PRINCIPADOS CIVILES Y ECLESIÁSTICOS

Son también referidos otros tipos de principados, como lo son el


civil y el eclesiástico. El primero, el civil, se obtiene con el favor
de los ciudadanos (de los poderosos o del pueblo); para él se
requiere sobre todo de astucia política, principalmente para
mantener al pueblo del lado del príncipe.

El segundo, el eclesiástico, por su parte, es bastante difícil de


adquirir en un principio, pero luego es muy fácil de mantener,
puesto que se apoya en las leyes de la religión.

Clases de milicias y cómo lidiar con ellas


(capítulos 12-14)

SOBRE LA FORMA DE MEDIR LAS FUERZAS DE LOS


PRINCIPADOS

Maquiavelo explica la forma en que han de ser medidas las


fuerzas en los diferentes principados. En este sentido, lo
principal, comenta, es si el príncipe es capaz de valerse por sí
mismo o no.

Tener hombres, dinero y un ejército adecuado lo calificarían


como capaz. En cambio, si no posee ninguno de estos
elementos, entonces deberá refugiarse tras sus murallas y
resistir los ataques enemigos.

SOBRE EL EJÉRCITO
Con relación al ejército y los soldados que el príncipe debe tener
a su disposición, Maquiavelo afirma que estos pueden ser de
tres tipos: propio, auxiliar y mixto. Advierte sobre los soldados
mercenarios, que luchan por dinero y no por lealtad.

Desaconseja los soldados auxiliares, que pertenecen a otro


príncipe, al cual deben su fidelidad. E indica que lo idóneo será
tener un ejército propio, que solo al príncipe deba lealtad.

También refiere la importancia de que el príncipe se ocupe de la


guerra, que es tarea fundamental en el Estado, que ni siquiera
en tiempos de paz debe abandonarse, pues, advierte, un
príncipe que no es hábil en los artes de la guerra será
despreciado por el pueblo.

Sobre la forma de actuar y comportarse del


príncipe (capítulos 15-21)

SOBRE LO QUE HACE QUE UN PRÍNCIPE SEA ALABADO


O CENSURADO

En los capítulos siguientes, Maquiavelo aborda la forma en que


ha de conducirse el príncipe en función de las circunstancias y
de las consecuencias de sus acciones y decisiones.

Refiere las cosas que hacen que sea alabado o censurado y


aconseja, en este sentido, guiarse siempre por la realidad en
lugar de perseguir utopías irreales. Ya que para mantener el
poder lo importante no es seguir la moral sino hacer lo que sea
necesario para la conservación del Estado.

LA GENEROSIDAD Y LA AVARICIA

Hace también referencia a la generosidad y la avaricia, y realiza


consideraciones sobre cuál es más conveniente. La primera, por
un lado, suele ser tenida por buena, pero a la larga resulta
perjudicial, pues para mantener esta reputación, el príncipe
habrá de gastar todo su patrimonio.
En cambio, si opta por la avaricia, entonces también podrá
ahorrarle impuestos al pueblo, lo cual lo ayudará, en momentos
decisivos, a financiar empresas y ganar guerras, de modo que
acabará por ser amado por la mayoría.

LA CRUELDAD Y LA COMPASIÓN

Un aspecto central en la administración de la justicia del


príncipe es el asunto de la crueldad y la compasión. La
compasión, que es una virtud apreciada, puede llevar con el
tiempo a verse obligado a la crueldad.

A la crueldad, por su parte, la considera más efectiva que la


compasión siempre y cuando sea bien administrada. Mucha
crueldad aplicada al principio ahorra crueldades futuras,
mientras que si se prefiere ser compasivo en un inicio, es
posible que se tengan que cometer más y más crueldades para
conservar el Estado.

SOBRE SER AMADO O TEMIDO

En este sentido, aconseja Maquiavelo ser amado y temido


simultáneamente, pero afirma que, puestos a elegir, lo mejor es
ser temido que amado, pues el pueblo —explica— siempre
puede olvidar el amor, pero nunca el temor, y gracias a esto
disminuyen las posibilidades de ser destronado.

SOBRE EL LEÓN Y EL ZORRO (ALEGORÍA)

Maquiavelo, con relación a la forma de conducirse en los


asuntos del Estado, aconseja poseer la fuerza y la cautela al
mismo tiempo. Lo ilustra empleando la alegoría del león y el
zorro. El león no sabe evitar las trampas, mientras que el zorro
no sabe cómo defenderse de los lobos, por ello, el príncipe debe
ser capaz de evitar las trampas, como el zorro, pero también de
aterrorizar a los lobos, como el león.

SOBRE LAS VIRTUDES Y EL PODER


Sobre la importancia de las virtudes en el ejercicio del poder,
advierte que poseerlas es bueno, pero que es más importante
aparentarlas. De hecho, afirma que no toda virtud es buena para
el poder y que, en todo caso, la mayoría de la gente solo juzga
por las apariencias y los resultados, de allí que se atribuya a
Maquiavelo la frase “el fin justifica los medios”, aunque no la
exprese con estas mismas palabras.

Vea también El fin justifica los medios.

SOBRE SER ODIADO Y MENOSPRECIADO

Advierte que los únicos defectos que deben evitarse son el ser
menospreciado y odiado, pues son estos los defectos que
pueden llevar a que el pueblo, los nobles o los soldados puedan
ir contra su propio príncipe.

SOBRE LAS FORTALEZAS

Maquiavelo también discurre sobre la utilidad de armar o


desarmar a los súbditos, y sobre la eficacia de las fortalezas,
que solo son útiles cuando se teme más al propio pueblo que a
los invasores.

SOBRE LA FORMA DE CONDUCIRSE PARA SER AMADO


POR EL PUEBLO

Maquiavelo explica que el príncipe debe conducirse de cierta


manera para ser estimado y admirado por su pueblo, los nobles
y el ejército. Para ello, aconseja el acometimiento de grandes
empresas, el manejo adecuado de la política interna y realizar
premiaciones o castigos que sirvan de ejemplo para sus
súbditos.

La elección de secretarios (capítulos 22-23)


Advierte Maquiavelo sobre los criterios que debe seguir el
príncipe a la hora de elegir a sus secretarios o ministros, que
serán el cuerpo de ayudantes y consejeros más cercanos y que,
por lo mismo, han de ser los más fieles, los que pongan por
encima de su interés personal al príncipe y el Estado. En esa
misma línea, recomienda, más adelante, huir de los aduladores,
porque no dicen la verdad.

Sobre la fortuna (capítulo 25)


También dedica Maquiavelo un capítulo a explicar el poder de la
fortuna. Sin embargo, afirma que no todo debe dejarse en
manos de esta, sino que se ha de estar preparado para las
adversidades de tal modo que se les pueda hacer frente.

Las causas de la pérdida de Italia y la


importancia de recuperarla (capítulos 24 y 26)
En los capítulos finales, Maquiavelo hace un balance sobre las
causas por la cuales los príncipes de Italia han perdido sus
Estados, y enumera, entre ellas, carencia de ejércitos, mala
relación con el pueblo, así como falta de previsión y de decisión
al actuar.

Por todo lo anterior, cierra la obra exhortando al príncipe, en


este caso, Lorenzo de Médici, a quien va dirigida la obra, a
liderar Italia y liberarla de los bárbaros, es decir, de los
extranjeros.

Sobre Nicolás Maquiavelo


Nicolás Maquiavelo (1469-1527) fue escritor, filósofo político y
diplomático. Hoy en día es considerado el padre de la teoría
política moderna. En su época, durante el Renacimiento, fue una
figura de gran relevancia en Italia. Su principal obra, El príncipe,
escrita en 1513, durante su confinamiento en San Casciano, solo
vio luz póstumamente, en 1531.

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