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SUICIDAS Y SOBREVIVIENTES EN LOS MÁRGENES DEL ENSAYO

LATINOAMERICANO

Francisco Javier Sangrador Martínez


Yale University
 
 
El suicida es un crítico que reniega de su oficio.
Alfonso Reyes
 
 
Después de examinar una serie bastante diversa de textos durante un
curso de literatura dedicado al ensayo en Latinoamérica, nos daba la
impresión de que cuanto más se alejaban aquellas obras de lo que
considerábamos el “epicentro” del género ensayístico latinoamericano,
mayor voluntad mostraban sus autores por erigir un “canon” literario
para sus lectores. En el epicentro del género situábamos obras de autores
como Octavio Paz, Martínez Estrada o Mariátegui, con un denominador
común que definimos como la multidisciplinariedad, es decir la intención
de dar cabida dentro de las argumentaciones propias de un ensayo
literario a estilos discursivos, métodos, fuentes y autoridades
pertenecientes a especialidades tan diversas como la Antropología, la
Sociología o la Ciencia Política. El laberinto de la soledad, Radiografía de
la pampa o Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana son
títulos que actualmente, desde un punto de vista académico, podríamos
considerar como precedentes del polifacético “estudio cultural”. A
diferencia de ellos, y como hecho paradójico, descubríamos que las obras
que a duras penas lográbamos encasillar dentro del marbete “ensayo” —
los textos políticos circunstanciales y, especialmente, los de crítica
literaria— exhibían una mayor estrechez de miras. Era como si quisieran
reivindicar su dudosa pertenencia al género ensayístico
circunscribiéndose casi en exclusividad al ámbito de la literatura y de lo
literario. Su recurso predilecto, muy en consonancia con esa actitud
conservadora, era la señalización de una serie de obras literarias, de una
especie de canon prestigioso que actuase como la garantía de su entidad
dentro de lo que hoy se sigue considerando como “literatura”.Para
ahondar en esa virtual contradicción, el propósito de este artículo será
investigar las motivaciones teóricas que podrían haber estado
alimentando esa manía por canonizar obras ajenas que padecen los
escritores latinoamericanos a punto de “caerse” del género ensayístico.
Pondremos sobre la mesa de pruebas dos grupos de textos marginales de
espectro, en principio, muy diferente: los de los profesionales de la crítica
literaria de las primeras décadas del siglo y los del Subcomandante
Insurgente Marcos.
 
1. La “inteligencia” latinoamericana ante el declive profesional
del crítico literario: Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Victoria
Ocampo
En los principios del siglo XX la crítica literaria, heredera de modos y
costumbres decimonónicos, se vio en la mayor crisis de identidad de su
historia. Los avances técnicos en la industria de la imprenta y los cambios
en la estructura social que quedaron fijados especialmente en la Europa
de Entreguerras, provocaron una popularización sin precedentes de la
literatura y una súbita desubicación del libro de su antiguo lugar como
objeto de alta cultura. En pocos años la obra literaria pasó a ser un
producto de consumo masivo accesible, sin necesidad de mediación
alguna, a un público cada vez más amplio. En consecuencia la figura del
crítico literario como guía intelectual de los lectores empieza a
tambalearse, entre otras cosas porque las instancias que antes lo
autorizaban en esa posición distinguida (los diarios, las revistas literarias,
los ateneos) son las mismas que ahora se dedican a auspiciar la apertura
del mercado editorial. En España, a pesar de su localización geográfica y
culturalmente excéntrica, este fenómeno se observa de forma simultánea
al resto del continente. Baste como demostración este comentario
extraído del estudio Controversias sobre la novela en España. 1908-1939,
de Luis Fernández Cifuentes:
En la prensa de aquel momento y en los libros menos caros de antiguas
colecciones se mezcló sin pudor el papel de diversos tonos y aprestos, de
calidad muy mala, en general. Surgieron colecciones nuevas,
simplificadas, próximas al libro de bolsillo, de gran tirada y bajo precio,
dispuestas a cubrir los intereses del mayor número de lectores. Díez
Canedo escribe en febrero de 1918 (…): “Sin contar las innumerables
colecciones que en todos los países difunden, no siempre con buen
criterio, las obras maestras de la literatura, y dejando aparte la misión del
periódico, muchos escritores acercan hoy al público las primicias de su
labor como antes no lo hacían. Aun en Inglaterra, país en que los libros
originales se suelen vender a altos precios, los poetas mejores empiezan a
adoptar para sus versos las formas de ‘chapbook’ o ‘broadside’, en todo
análogos a las de nuestra literatura ‘de cordel’.” (127) 1
Así pues, en la periférica España como en la Inglaterra axial de los tardíos
años diez “la misión del periódico”, o sea la misión magistral del crítico
como agente intermediario entre el escritor y sus lectores, comienza a
desvanecerse. Su oficio está dejando de tener una función en la sociedad
por culpa de la invasión incontrolable de publicaciones baratas que poco a
poco el lector selecciona y consume preocupándose menos por consultar a
los especialistas que por dar gusto a sus inquietudes personales. En tal
tesitura, la reacción de dichos profesionales de la crítica es la de luchar
por mantener en pie los ideales de una estética prestigiosa, intentando
conservar aquella posición intelectual aventajada que los había hecho
útiles hasta hacía poco tiempo. Y lo interesante es que esta actitud se
vuelve unánime entre críticos venidos de todas las partes del mundo,
independientemente de las preferencias políticas de cada uno. Incluso
aquellos letrados latinoamericanos que disfrutaron de cierta influencia en
los círculos literarios europeos, lejos de aprovechar su originalidad
cultural para fomentar una adaptación del crítico de oficio a las nuevas
exigencias del mercado libresco, demuestran reproducir en sus textos los
posicionamientos ideológicos de sus colegas más rancios en la
“metrópoli”. 2 Nombres como el de Alfonso Reyes, Ocampo o Henríquez
Ureña se sumaron con aspaviento a la contracorriente que aborrecía la
masificación natural de la literatura. Su arma favorita, como ya dijimos,
fue la defensa de un canon de obras ética y estéticamente
“recomendables”, del que quedaban excluidos por un lado los autores
populacheros, es decir los más favorecidos por el beneplácito de la
mayorías, y por el otro los innovadores, los vanguardistas. Una vez más, el
extrarradio cultural actuaba como fuerza centrípeta.
(…)
En el ambiente intelectual de la España de los diez se dio un caso
francamente paradigmático. Me refiero al encarnizado debate que
convocó en los medios de comunicación al escritor de novelas “galantes”
Felipe Trigo y a los críticos literarios que lo despreciaban. Entre ellos el
mexicano Alfonso Reyes, autor de un libro de ensayos titulado El suicida,
que se publicó en 1917 estando todavía caliente el cuerpo de quien
seguramente fue el mayor “bestseller” de la literatura peninsular de todos
los tiempos. El gran pecado de Felipe Trigo, además de haberse quitado la
vida cuando ya se había convertido en el escritor más rico y más famoso
del país, fue haber intentado justificar su éxito de ventas con una serie de
textos programáticos donde defendía la total libertad del público para
elegir las obras que más se acomodasen a su gusto personal. El perito
literario, según se había atrevido a publicar el novelista, era una especie
en vías de extinción cuya única actividad en aquel momento parecía ser la
de hacer ostentación fatua de su intelectualidad y entorpecer con ello la
regeneración necesaria de la sociedad. Por eso el modelo de revolución
social que Felipe Trigo alcanzó a construir en sus colecciones de
ensayos Amor en la vida y en los libros (1908) y Socialismo
individualista (1906) partía de una nueva teoría de la novela, una nueva
“poética” donde las autoridades estéticas acabasen claudicando ante la
rebelión del proletariado lector. El ejercicio de la crítica en periódicos y
revistas especializadas era para él anacrónico y, por esa misma condición
trasnochada, se apartidaba a ultranza con los responsables del
inmovilismo social. A cambio, la realidad del momento continuaba su
curso lógico preparándose para un estallido de magnitud mundial:
si la novela moderna en el desorden social presente, en el caos actual de
transición de una época a otra época, tan extenso que coge al mundo
civilizado con iguales sombras, tan terrible que, sobre la crisis de todos los
viejos valores y prestigios, nada sabe bien sino que no se sabe nada y que
vamos de un hoy destrozado a un mañana incierto, como un río que no
puede detenerse aunque hayan de esperarle en las tinieblas otro valle o un
abismo (…) si la novela moderna, digo, por razón o por audacia ha creído
esto (…) ¿qué tendría que ver con ella, entonces, la crítica literaria?… Si
existiese, si no fuese un anacronismo la crítica, ella tendría que ser la
sometida, por no haber motivo alguno que la excluyese de la dominación
general que con razón o sin ella se ha arrogado la novela; y un crítico de
oficio no sería para un novelista sino un caso, un tipo anacrónico más de
estudio, como un senador del Reino o una prostituta —aunque menos
interesante. (Trigo, Amor 244)
En este momento concreto de la historia, nos encontramos seguramente
ante la escisión definitiva del escritor popular y el crítico a sueldo, en
virtud de la cual el primero solió quedar teóricamente decantado por la
lucha contra las desigualdades de una sociedad siempre traumática a sus
ojos, mientras el segundo se afincó en una especie de aticismo intelectual
desde donde se siguió concibiendo como algo abominable el mezclar
cuestiones estéticas con temas políticos o sociales. 3Dicho con otras
palabras, todo lo que no fuera “canónico” llevaba el estigma de
“antiartístico” para los profesionales del juicio literario. Así nos lo
explican estas palabras del reputadísimo crítico español Edmundo
González-Blanco a propósito de la literatura erótica, que a la sazón
arrasaba en las librerías y puestos callejeros:
En vez de deleitar el ánimo con dulce esparcimiento la novela y el teatro
de esta clase, tratan de todo y sobre todo pretenden enseñar y predicar:
economía política, legislación civil y criminal, sistemas penitenciarios,
emancipación de la mujer, organización del trabajo y tantos otros
temas antiartísticos. (Nuestro Tiempo 151, julio 1911, p.82)
A lo que Trigo, el autor de moda, respondía diciendo que “el público es un
mayor de edad a quien no le hacen falta tutores” (Nuestro Tiempo 149,
mayo 1911, p.176). Los “intelectuales estéticos ” (Trigo, Amor 52), los
“sabios chiflados ” 4 que firmaban las reseñas literarias en los rotativos, los
“catedráticos de la Universidad de Cerebrópolis” 5 , como él llamaba a los
que a diario lo destripaban públicamente, estaban en su opinión enfermos
de un mesianismo malsano y egoísta que les impedía involucrarse en los
problemas de la gente corriente:
Nótese que todos los grandes castos, o todos los grandes despreciadores
del amor sensual, al menos, han sido grandes sabios tal vez, pero egoístas,
y pudiera decirse antisociales: en filosofía, escépticos, o místicos, o
soñadores de un estéril intelectualismo insensato. (Trigo, Amor, 44 y 45)
Para enfrentar a esa intelectualidad reaccionaria Trigo se propuso
seriamente inventar una fórmula novelística ajena a patrones estéticos del
pasado. Se trataría de una literatura “emocional”, una literatura de los
sentimientos. Su objetivo decía no ser otro que tocar la fibra sensible del
espectador, apelando a la parte menos racional de su personalidad. Sólo
por ese camino las masas 7 receptoras podrían absorber los nuevos ideales
de higiene social y libre pensamiento que requería el momento histórico.
Leamos, aunque sea un poco largo, un fragmento de su conferencia “La
impotencia de la crítica ante la importancia de lo emocional en la novela
moderna”, presentada en 1907 en el Ateneo de Madrid. Creo que no tiene
desperdicio:
Dentro de aquella firme sociedad burguesa que fue de paz y como de
dolorosa resignación perfecta durante el siglo XVIII y la mitad del XIX,
heredera de todas las fundamentales tradiciones de la sociedad feudal, y
que para la retrasada España, principalmente, ha estado siendo, hasta
hace poco, muy poco, algo así como lo eternamente definitivo en punto a
constitución social, natural era que, despreocupado todo el mundo de
terremotos sociales, acoplado cada uno en su vida y todos en la pública
(pues no tenían transcendencia de mutaciones hondas las simples guerras
o motines políticos); natural era, digo, que la Virtud inmutable,
la Purezainmutable, el Honor y la Santidad y la Autoridad, etc., etc.,
inmutables, que no tenía quien lo discutiese siquiera, fuesen loados y
ensalzados en todos los tonos por la poesía, por el teatro, por la oratoria,
por la novela (…) Y entonces, notadlo, señores —y volvemos al principio
— la crítica era, no sólo sencilla, sino necesaria. Mirlos de concierto los
artistas, con un tema único en distintas melodías (…), ni ellos tenían la
obligación de saber grandes cosas para ser maestros en el arte de trinar
bien, ni dejaban de hacer falta los críticos, que sabían al menos grandes
cosas de retórica y lingüística, como una suerte de batudistas en la
armónica pajarera. Los críticos marcábanle el compás a los literatos, y su
criterio de justicia no podía ser más redondo ni más fácil: o entona este
señor o desentona, y si entona es bueno, y si desentona es malo —claro es.
El crítico, como director, despachaba, pues, inmediata e irremisiblemente,
al mal músico… y la orquesta continuaba entonando tan tranquila sus
cantos beatíficos a la Santidad y a la Pureza y a la Virtud entre los
generales aplausos.
Pero, señores, aquello pasó; todo aquello se ha hundido, y hoy (…) las
obras forman o no su público con entera independencia de la crítica. (…)
¿Con qué autoridad, en efecto, iba a conservar el crítico la suya entre el
fracaso de todas? (…) ¿Con una autoridad emanada de principios
inmutables de la Religión, de la Moral, de la Virtud, de la Pureza, del
Honor… o por otro estilo, de la Gramática, de la Retórica?… ¡Pero si todo
eso es precisamente lo que está en liquidación irremediable! (…) La
novela moderna, en efecto, no es de ideas, es de emociones… y si para
recibir laberínticos sistemas de ideas en un libro algebraico, de ideas
desgranadas de otros sistemas precedentes, necesita el estudiante al
profesor, para recibir emociones, emanadas directamente de la vida, el
lector de novelas no necesita hermenéuticos, se basta a sí propio con su
vida propia.  (Trigo, Amor 246-250)
Pues bien, ante esa balanza de lo sentimental-popular frente a lo
intelectual-elitista que daba la impresión de estar quedando establecida
para siempre en la literatura de la periferia de Occidente, vemos que los
críticos latinoamericanos que se acercaron a Trigo en aquella época
decidieron hacer peso por el lado del intelectualismo. Su insignia era una
suerte de vuelta al humanismo que en realidad le debía mucho al
“arielismo” antipositivista: para ellos, los guías espirituales seguían siendo
necesarios y sólo bajo sus órdenes las sociedades podían avanzar. 6 El más
ostentoso de estos intelectuales ultramarinos con ganas de sobrevivirle a
la crisis de la profesión fue, sin duda, Alfonso Reyes, que publicó un libro
entero de reflexiones con la supuesta intención de explicar por qué la
gente como Felipe Trigo acababa suicidándose. En el fondo, su propósito
parece ser el de seguir justificando la excomunión de los escritores
bendecidos por las masas. Algo así como proyectar sobre el otro su propia
situación en la cuerda floja del ensayo y, por extensión, en la literatura.
Uno diría que excluyendo a los “malos escritores” el sabio especialista en
literatura pretendía reservarse a sí mismo un hueco dentro de las
fronteras de lo literario. Al final, igual que antaño, los argumentos
favoritos para certificar la expulsión de un autor de la “república de las
letras” eran cosas como el mal uso de la Gramática o el desconocimiento
de las reglas de la Retórica:
Si él [Felipe Trigo] había negado la crítica, la crítica también lo negó,
relegándolo a la categoría de autor insano, al margen o fuera de la
literatura. Y seguramente que en la literatura no estuvo, porque le faltaba
lo esencial, que es la pericia de las letras; no sabía —deduzco de lo que le
han dicho sus críticos— no sabía poner unas letras junto a otras; ignoraba
la ortografía, al grado de confundir (¿qué extraño espejismo español es
éste? ¿Por qué esta confusión parece simbólica de todo un régimen, o
desbarajuste social?), al grado de confundir una vacante con una bacante.
No sabía escoger las palabras; ignoraba el vocabulario, al grado de hablar
de las “cuestiones tranchadas”. Nunca pudo usar en su recto sentido
fórmulas como “sino que”, “a menos que”. No sabía poner unas palabras
junto a otras; ignoraba la gramática hasta desconocer la existencia de los
pronombres reflexivos. Y se equivocaba, todavía con más frecuencia que
la generalidad de sus compatriotas, sobre el empleo de las formas verbales
en “ara”, “are”, “ase”. No tenía el sentimiento de la frase, ni tampoco supo
ligar unas frases con otras, ni unas páginas con otras. Pero sí unos libros
con otros. (Reyes, Suicida 11 y 12)
Fijémonos que el gesto reaccionario de Alfonso Reyes consistía
básicamente en obviar a Trigo, en sacarlo de la literatura por la vía del
desprecio. Hasta tal punto que para firmar su confinamiento a las afueras
de lo estéticamente valioso no necesitaba ni siquiera haberlo leído antes.
Sus deducciones acerca de la calidad del autor emanaban directamente de
“lo que habían dicho sus críticos”, con lo que quedaba bastante clara cuál
era la postura del intelectual latinoamericano en la controversia: hacer
piña con los colegas del gremio en España, y defender con uñas y dientes
la pervivencia del crítico como figura ejecutora de un poder corporativo.
En definitiva, Reyes demuestra seguir mirando con nostalgia hacia ese
pasado idílico del que nos había hablado con ironía el propio Felipe Trigo.
Su referente parece seguir siendo, efectivamente, esa “edad dorada” de los
siglos XVIII y XIX en la que los críticos todavía jugaban el papel de
directores de orquesta dentro del mundillo literario. Sus batutas
gobernaban los trinos de los creadores, y en el baremo donde se
determinaba si una obra era “armónica” o no lo que más contaba era el
grado de gramaticalidad y de respeto a las normas retóricas. Si cumplía
con los requisitos, entonces “entonaba” y valía la pena interpretarla desde
el altar. Si no, “desentonaba” y se la condenaba a vivir fuera del canon.
En el fondo, el problema al que se enfrentaba sin resolverlo un letrado del
talante de Alfonso Reyes era el de estar intentando conjugar al mismo
tiempo el misticismo intelectual que en aquella época se le suponía a un
crítico literario digno de respeto junto con actitudes políticamente
partidarias ya en sí mismas, como ésta de la defensa de la Gramática.
Trigo, una vez más, había sabido poner el dedo en la llaga de lo que estaba
ocurriendo: “En tiempos en que es una posición filosófica colocarse más
allá del bien y del mal, bien puede ser una posición literaria colocarse más
allá de la gramática” (Trigo, Amor 223). Sin embargo estos intelectuales
no lo admiten, especialmente si venían de alguna periferia de la cultura
europea. Agrupados en bloque, no demuestran tener ninguna gana de
abandonar esas formas clásicas de leer los libros, que no por casualidad
les habían asegurado un oficio y un beneficio a lo largo de los siglos. Por
eso, aunque continuamente clamen por su independencia, su neutralidad
y su apoliticidad como sujetos sociales, uno puede pensar lícitamente que
de últimas siempre se acaban desequilibrando ideológicamente. No creo
que se pueda dudar a estas alturas de que el hecho de reclamar una vuelta
a métodos interpretativos del pasado es también una posición política.
Por otro lado, sucede que los llamamientos a la inhibición política desde
este tipo de letrados latinoamericanos se suelen hacer en nombre de un
colectivo internacional supuestamente unido bajo los mismos intereses
comunes. Y obviamente la cabeza más visible de esta especie de “junta
mundial de respetables” no deja de situarse en la vieja Europa, lo que
también se puede entender como una afectación ideológica de corte
conservador. Al propio Reyes, en un discurso pronunciado en Río de
Janeiro en 1932, no le duelen prendas en reconocer que su invocación al
reagrupamiento de los intelectuales americanos es un eco de lo que en
aquellos días están haciendo desde Francia gente como Paul Valéry o
Henri Focillon. Las instituciones que les dan cobijo a todos juntos se
llaman Comité Permanente de Letras y Artes de la Sociedad de Naciones,
o Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, o cosas por el estilo.
Y el objetivo que comparten es ni más ni menos que conseguir que “los
hombres de disciplina espiritual, de cultura y de técnica (…), los que se
han castigado a sí mismos para adquirir un conocimiento o un
adiestramiento verdaderos, los que han dado en consecuencia sus pruebas
morales suficientes, empuñen algún día las riendas de la sociedad” 
(Reyes, Ensayos47):
Precisamente en estos momentos, llega a los intelectuales de todo el
mundo un llamamiento lanzado, ante el Comité Permanente de Letras y
Artes de la Sociedad de Naciones, por dos ilustres maestros —el poeta
Paul Valéry y el historiador del arte Henri Focillon—, llamamiento que se
ha encargado de distribuir el Instituto Internacional de Cooperación
Intelectual, también dependiente de la Sociedad de Naciones. E insisto en
el carácter de este acto: no se trata de manifiestos descabellados o de una
gritería de bohemios irresponsables, sino problemas seriamente
propuestos a la consideración de los hombres competentes por el instituto
que reúne la mayor suma de representación de los gobiernos del mundo.
Este llamamiento viene a decir que sin una sociedad de los espíritus no
hay sociedad de las naciones; que en la época actual, cuando la magnitud
y el prestigio de los problemas técnicos amenazan perturbar las
conciencias y provocan graves inquietudes sobre el porvenir de la
civilización, importa dar al cambio de pensamientos mayor energía, mejor
organización y más constancia. Se contempla la posibilidad de provocar
una correspondencia, un trueque epistolar, entre los más calificados
representantes de la alta actividad intelectual, correspondencia semejante
a la que existió siempre entre los duques del pensamiento en las épocas
renacientes de la vida europea (Reyes, Ensayos 45 y 46).
 De acuerdo. Pues vamos a ver lo que se escribían entre sí aquellos señores
nostálgicos del pasado. Empecemos con una carta que desde París le envía
Ortega y Gasset a una amiga especial, Victoria Ocampo. Corría el mes de
marzo de 1937, en plena Guerra Civil Española:
Tengo la pluma mohosa por falta de uso. Para soltarla y ponerme en
dedos he comenzado a escribir un Discurso de la responsabilidad
intelectual. Es un tema nuevo y grave. Se trata de llevar a los tribunales al
gremio intelectual por su comportamiento absurdo desde 1750. Ello da
ocasión para rozar algunos secretos de la historia europea. Si sale algo con
sentido y un mínimum de gracia te enviaré para Sur un trozo, antes de
que salga en ninguna otra parte. Pero es preciso que te comprometas
formalmente conmigo a no darlo si por el sesgo de sus doctrinas perturba
la figura de tu revista y la actuación de su grupo. (Ortega 159)
Obviamente, y conociendo un poco los postulados teóricos de Ortega,
entre las “responsabilidades” del intelectual estaría “conservarse en un
término moderado respecto a la acción, y sólo participar en ella lo
indispensable, reservándose un sitio de orientación y consejo”
(Reyes, Ensayos 47). Pero el Discurso no le debió de hacer mucho efecto a
la Ocampo, o no le llegó a tiempo, porque a los pocos meses Ortega tiene
que escribirle esta carta a Alfonso Reyes, sensiblemente preocupado por
la actitud de su amiga común al frente de la revista Sur. Últimamente se
está “mojando” demasiado en cuestiones de política internacional: 8
It would interest me very much to receive from you [A. Reyes] an opinion,
one I could receive from no other person so competently, on the situation
in the present and in the foreseeable future of our Victoria in Argentina. I
do not need to tell you to what degree what you tell me would be in the
strictest confidence. Since Victoria’s new form of life —what we might call
her publicity— began quite a bit after my living that country, I am trying
to determine with precision the course of her action. Because I do not hide
from you that it bothers me a little. Experience has shown me, from what
I have seen in others who in that moment of life have begun a similar
expansion of her activity, that it is always a dangerous trajectory and in
these times much more so. Since I am sure that you have also arrived at
that height of serenitywhich makes us see things clearly, and since, on the
other hand, you know very well the present Argentinian scene, your
information and judgements have for me an exceptional interest. (Aponte
114)
Su todavía amigo al otro lado del océano le contesta un par de semanas
más tarde con palabras tranquilizadoras. No hay nada más lejos de su
intención que rebatir el concepto de “misticismo intelectual” de Ortega.
Es más, para confirmar que siguen en pie sus ideas acerca de la posición
del intelectual en la jerarquía de la sociedad (y confirmar de paso nuestra
hipótesis sobre el “centripetismo” del intelectual latinoamericano de las
primeras décadas del siglo), Alfonso Reyes sustituye el eufemismo
“estatura” o “altura de serenidad” que había usado el remitente por un
término mucho más claro todavía, que es el de “gente superior” 9 . No
tiene por qué preocuparse Ortega, que la mente de Victoria Ocampo sigue
estando bien despolitizada, y por eso mismo merece todavía ser respetada
por los demás “superhombres” de la intelectualidad mundial:
Our Victoria, as you know, does not have a political mind.
Notwithstanding, in Argentina the pressures of the moment are so urgent,
and the conservative leanings have made themselves so disagreeable, that
she did not wish to keep silent in the face of an occurrence so manifest as
that of Spain and she made or wished to make a mere general
manifestation of democratic spirit. Although she is maintaining herself
firm in this line of classical liberalism, I do not think she is disposed to go
beyond it. Since today no one is satisfied with theoretical or doctrinaire
positions, and action and intervention are demanded of everyone, she has
to suffer miscomprehension from both sides. Superior people respect her
and understand her, but who said that today superior people hold sway in
the world? (Aponte 115)
La verdad es que, si nos fijamos un poco, la pregunta del final ya se la
había hecho el difunto Felipe Trigo hacía bastantes años: ¿qué pintan los
seres superiores en nuestra sociedad? Sin embargo Reyes, igual que
enseguida veremos en Henríquez Ureña, no tiene voluntad de plantearse
un sistema nuevo para afrontar la inminente caída de los letrados de su
pedestal inteligente. Muy al contrario, él sigue creyendo a pies juntillas en
la existencia de una “raza superior ” dotada de una capacidad de liderazgo
que, más o menos respetada por el pueblo según las circunstancias de
cada momento histórico, le ha pertenecido siempre en exclusividad. Al
cabo, la única concesión de Reyes fue la defensa de un prudente
“misticismo activo” (Reyes, Amor 88) con el que el intelectual podría
incorporarse de vez en cuando al “mercado” de masas, aunque, eso sí,
siempre que el propósito fuera aleccionar al público en el respeto a los
antiguos códigos de interpretación. Dicho en los términos políticos de
Julio Ramos, el letrado podría descender a ámbitos más profanos siempre
que lo hiciese con una “voluntad ideologizante”, y no por el mero hecho de
participar en el “foro público” 10 .
(…)
En una línea muy semejante se nos presenta la obra crítica de Henríquez
Ureña, gran amigo por cierto de Alfonso Reyes. Antes que nada, el hecho
de que su libro más conocido llevase el título de Seis ensayos en busca de
nuestra expresión ya puede considerarse, desde el origen, un reclamo de
literariedad a través de su pertenencia al género ensayístico. Por otra
parte, lo que “a priori” podría considerarse como un intento saludable por
desvincular a la literatura latinoamericana del poder de atracción ejercido
desde el “imán” europeo, al final se convierte en otro gesto ideológico de
filiación al centro, precisamente por obra y gracia de esta adhesión
incondicional al gremio de los profesionales de la crítica.
En otras palabras, Henríquez Ureña, en su propósito de definir lo que
ocurrirá con el “americanismo” literario en el futuro, se vuelve a dar de
bruces con las mismas previsiones apocalípticas que para España en
particular y para la humanidad en general había observado Felipe Trigo.
El mundo civilizado está en vías de experimentar un vuelco radical de la
mano del progreso y de la técnica; los patrones estéticos del pasado están
en peligro de quedar ahí sepultados:
Sólo un temor me detiene, y lamento turbar con una nota pesimista el
canto de esperanzas. Ahora que parecemos navegar en dirección hacia el
puerto seguro, ¿no llegaremos tarde? ¿El hombre del futuro seguirá
interesándose en la creación artística y literaria, en la perfecta expresión
de los anhelos superiores del espíritu? El occidental de hoy se interesa por
ellas menos que el de ayer, y mucho menos que el de tiempos lejanos.
Hace cien, cincuenta años, cuando se auguraba la desaparición del arte, se
rechazaba el agüero con gestos fáciles: “siempre habrá poesía”. Pero
después —fenómeno nuevo en la historia del mundo, insospechado y
sorprendente— hemos visto surgir a existencia próspera sociedades
activas y al parecer felices, de cultura occidental, a quienes no preocupa la
creación artística, a quienes les basta la industria, o se contentan con el
arte reducido a procesos industriales: Australia, Nueva Zelandia, aun el
Canadá. Los Estados Unidos ¿no habrán sido el ensayo intermedio? Y en
Europa, bien que abunde la producción artística y literaria, el interés no
es el que fue. (Henríquez Ureña 34 y 35) 11
Pero el dominicano, con su militancia en el socialismo y todo, no toma el
riesgo de plantearse, como hizo Trigo, la construcción de un nuevo
recetario estético acorde con esa demoledora industrialización del arte
que está irrumpiendo en las sociedades más avanzadas. Su proselitismo
en favor de los profesionales de la crítica lastra cualquier otra ideología
revolucionaria. En una frase, su decisión es seguir aferrado al paradigma
ilustrado. Así Henríquez Ureña, igual que Reyes o que Ortega y Gasset, es
de la opinión de que los letrados deberían ponerse manos a la obra para
lograr que el arte recupere la condición trascendental que tenía en el
pasado, cuando sus únicos administradores eran los artistas de oficio, los
residentes en el ámbito divino de la intelectualidad. De ahí que su caballo
de batalla parezca ser el conseguir una profesionalización de la literatura
en Latinoamérica, lo que es decir la sanción institucional de la “casta” de
los literatos y sus comentaristas. Al descubrir que ya en Argentina
“empieza a constituirse la profesión literaria” el autor no puede esconder
su entusiasmo:
…nuestros poetas, nuestros escritores, fueron las más veces, en parte son
todavía, hombres obligados a la acción, la faena política y hasta la guerra,
y no faltan entre ellos los conductores e iluminadores de pueblos.
Ahora, en el Río de la Plata cuando menos, empieza a constituirse la
profesión literaria. Con ella debieran venir la disciplina, el reposo que
permite los graves empeños. (Henríquez Ureña 34)
Inmediatamente al reconocimiento oficial del crítico literario
latinoamericano, lo que correspondería hacer sería asegurar sus murallas,
delimitar su radio de acción. Para ello lo más eficaz vuelve a ser la
erección de un canon de obras de arte que repela las acometidas de “lo
antiespiritual”, representado por los dos enemigos de toda la vida: el arte
masivo y el de vanguardia. De hecho, ambos representan una amenaza
idéntica para el letrado “redentorista”, como le llama Ángel Rama (116),
puesto que comparten un mismo deseo de desublimar el arte,
absolutamente contrario a los intereses de la intelectualidad. El arte para
mayorías, igual que el arte joven dirigido a minorías, atenta contra el
mantenimiento de un estatus prestigioso reservado al profesional del
ramo: el primero porque querría someter a los letrados al imperio de lo
“emocional”, como vimos en Trigo, y el segundo porque no cree que en el
arte haya nada más allá de su función lúdica. 12 En este sentido, vamos a
ver cómo Henríquez Ureña adopta fielmente el modelo teórico sellado
desde la periferia del pensamiento europeo por Ortega y Gasset y La
deshumanización del arte:
El arte y la literatura de nuestros días apenas recuerdan ya su antigua
función trascendental; sólo nos va quedando el juego… Y el arte reducido
a diversión, por mucho que sea diversión inteligente, pirotecnia del
ingenio, acaba en hastío. (Henríquez Ureña 35)
Así que, aunque en la superficie se proponga el realojo del “eje espiritual
del mundo español” al otro lado del Atlántico (Henríquez Ureña 35), en lo
profundo se puede apreciar que las bases teóricas de Henríquez Ureña
vuelven a estar bien afincadas en la vieja Europa, tal y como ya habíamos
observado en los casos anteriores. Frente a la joven literatura de
vanguardia, igual que frente a la masificación de la literatura, lo que
conviene es la edificación de un “panteón intelectual”, como le decía Óscar
Terán a lo que nosotros venimos llamando canon de obras prestigiosas
(Henríquez Ureña, Ensayos 615). En él reposará la selección de literatos
“espirituales” americanos como si fueran los griegos del nuevo continente.
Y para discernir entre los que merecen homenaje y los que no, siempre se
hará necesario el sacerdocio de un grupo de lectores cualitativamente
diferenciado de los del público en general:
Hace falta poner en circulación tablas de valores: nombres centrales y
libros de lectura indispensable. Dejar en la sombra populosa a los
mediocres (…) Es como se constituyen las constelaciones de clásicos en
todas las literaturas, Epicarno fue sacrificado a la gloria de Aristófanes;
Gorgias y Protágoras a las iras de Platón. La historia literaria de la
América española debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres
centrales: Bello, Sarmiento, Montalvo, Martí, Darío, Rodó (Henríquez
Ureña 40 y 41)
Luego “la elección de maestros” no es un “indicio de inclinación nativa”,
como decía Henríquez Ureña, sino más bien todo lo contrario. Es un
estrechar los lazos de los críticos latinoamericanos con la “inteligencia”
europea, que desde hace tiempo está asistiendo con pánico a su
desplazamiento del palco de las autoridades mediáticas. El mismo Ureña
está reconociendo la naturaleza eurocéntrica de su argumento cuando
dice que lo que hace falta en América es menos estudios parciales y más
historia literaria en general, y después, justo a renglón seguido, asegura
que esta capacidad de “síntesis” es más familiar a los europeos que a los
nativos: “¿Por qué los extranjeros [el inglés Coester, el alemán Wagner] se
arriesgaron, antes que los nativos, a la síntesis?” Pues lógicamente porque
estos compiladores europeos de formación romántica tenían todo el
tiempo del mundo para dedicarse a sus empresas de síntesis. Eran
profesionales de la literatura, y les pagaban solamente por dedicarse a
eso. En resumidas cuentas, vivían en una época feliz para los
intelectuales. Lo que según Henríquez Ureña se debería hacer ahora en
Latinoamérica sería copiar aquella tradición y formar un funcionariado
propio cualificado en el estudio de la literatura. Montar una nueva Jauja
donde los pájaros volviesen a trinar al único son que dictaban los
intelectuales. ¿O no?
 
2.  El Subcomandante Insurgente Marcos o el suicidio de la
crítica literaria
Después de que hayamos visto cómo el primer grupo de autores al borde
del ensayo latinoamericano se decantaba de un lado en la controversia
entre intelectuales místicos y escritores terrenales —a la derecha política,
a la izquierda, si se quiere, en la línea del tiempo—, nos llega el momento
de acercarnos a otro grupo de textos en el “vestíbulo” del género. Son los
textos de circunstancia política. De entre ellos elegimos para nuestro
análisis los comunicados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La
razón es que se nos presentan con un brillo especial, precisamente por su
ubicación a medio camino entre la fábula literaria y el panfleto político, la
crónica periodística, el manifiesto y hasta la declaración bélica.
Antes que nada, sabemos que Marcos fue estudiante de filosofía y letras
en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde también ejerció
unos años como profesor. Este dato se nos va a hacer fundamental a la
hora de caracterizar sus textos en la encrucijada, o mejor dicho en el
eslabón perdido de aquella cadena intelectual latinoamericana que
quisimos comenzar en los críticos literarios de las primeras décadas del
siglo XX. De hecho, nuestro propósito es demostrar que en la propia
evolución interna de sus mensajes es observable el progresivo abandono
de formas de pensamiento cercanas a lo que hemos venido llamando
“espiritualismo intelectual”, las cuales sin duda absorbió durante sus años
de formación en el ámbito académico. Al mismo tiempo, queremos
señalar cómo el Subcomandante fue abrazando de forma cada vez más
evidente el modelo de escritor socialmente “activo” y con pretensiones de
montar un programa ideológico fuerte, algo asimilable en lo teórico al
modelo que Felipe Trigo trató de construir en sus libros de ensayo. Así, a
medida que nos acercamos al siglo XXI, quisiéramos descubrir en Marcos
al “tránsfuga” por excelencia de la crítica literaria latinoamericana. El
momento de la ruptura, para mi gusto, se produce precisamente con el
abandono de la idea del canon literario como concepto aprovechable para
sus proyectos de regeneración política, un acontecimiento perfectamente
localizable en el tiempo.
Desde el 1 enero de 1994 en que el EZLN se levanta oficialmente en armas
—Primera Declaración de la Selva Lacandona— hasta los finales del año
2000, en que se publican los comunicados de transición del
Subcomandante, es bastante fácil descubrir en su discurso rasgos
argumentativos semejantes a los de la vieja guardia de los críticos
literarios latinoamericanos. Además del gesto fundamental de la
construcción de un canon literario, del cual hablaremos luego, también
advertimos un par de conceptos menores adscribibles a la manera de
pensar de aquel antiguo letrado profesional. El uno es la contemplación
como amenaza para la salud intelectual del país del desarrollo de la
técnica y los medios de comunicación. El otro es una cierta aversión a lo
“emocional” en la literatura.
En primer lugar, Marcos justifica su repudio a la revolución tecnológica
en los desastres que para las culturas minoritarias supone la
mundialización de la economía. Pero en todo caso, llámese desarrollo de
la técnica o globalización de las finanzas, el fenómeno también termina
afectando a la decadencia espiritual de la cultura. Para Marcos el
intelectual de derecha era aquel que se adaptaba a las nuevas
circunstancias del mercado y abandonaba su compromiso como baquiano
de conciencias, sin pararse a pensar en las consecuencias que le acarreaba
a su sociedad:
En una nueva época marcada por dos nuevos paradigmas, comunicación y
mercado, el intelectual de derecha (y ex de izquierda) entiende que “ser
moderno” significa cumplir la consigna: ¡Adaptaos o perded vuestros
privilegiados lugares! (Marcos, 2001 122)
Lo que al parecer no percibía el Subcomandante en aquella época es que
precisamente en el acto de reclamar la autoridad del intelectual (aunque
fuera la del intelectual de izquierdas) frente a la invasión de la técnica,
residía también un gesto conservador, reflejo del que durante casi un siglo
habían defendido los letrados latinoamericanos para justificarse a la
cabeza de la sociedad y ser remunerados por ello. A tal extremo que en
uno de sus comunicados reproduce unas palabras de Umberto Eco en las
que se puede sospechar la presencia del prototipo de intelectual ilustrado
acuñado en la América Latina por gente como Alfonso Reyes o Henríquez
Ureña:
La función intelectual consiste en determinar críticamente lo que se
considera una aproximación satisfactoria al propio concepto de verdad; y
puede desarrollarla quien sea, incluso un marginado que reflexione sobre
su propia condición y de alguna manera la exprese, mientras que
puede traicionarla un escritor que reaccione ante los acontecimientos con
apasionamiento, sin imponerse la criba de la reflexión (Marcos, 2001 119)
He aquí, en el discurso del primer Marcos, lo que nosotros entendemos
como el reproche al escritor moralmente irresponsable, que “traiciona” a
sus correligionarios al dejarse llevar “apasionadamente” por las
circunstancias del momento presente. Un personaje parecido a aquél en el
que Ortega temía ver convertida a su querida Victoria Ocampo por culpa
del fragor de la Guerra Civil española. O sea que Marcos estaba
defendiendo de alguna manera la misma idea con que los críticos
literarios de hacía un siglo habían intentado poner en cintura a los
escritores demasiado emocionables como Felipe Trigo. Por este camino,
nos encontramos con el segundo rasgo “intelectualizador” que queríamos
mencionar en los textos de la primera época del Subcomandante. Es una
suerte de repulsión estética por lo que tenga visos de ser excesivamente
sentimental. A bote pronto, también esto me recuerda mucho a la censura
que los críticos literarios de la España de los años diez en adelante
impusieron al proyecto de literatura erótica expuesto por Felipe Trigo en
su utopía teórica. El lugar donde yo mejor lo creo localizar dentro de los
textos del primer Marcos es la “Carta 6.e”, de marzo del año 2000, cuando
se siente en la necesidad de comunicar a su público el amor que le une a la
capitana “insurgenta” de nombre Mar. Allí el Subcomandante saca a
relucir su bagaje crítico para autocontrolar cualquier asomo de
sentimentalidad “barata”. En vez de reproducir un poema de amor suyo,
que pudiera dañar su prestigio literario, prefiere citar a los poetas
consagrados:
No sé mucho de poesía amorosa, pero sí lo suficiente como para que,
cuando algo así acude a mis dedos, sienta que parece más una malteada
de fresa que un soneto de amor. En suma, la poesía, y más en concreto la
poesía amorosa, es para cualquiera, pero no cualquiera tiene la llave que
abre su más alto vuelo. Por eso, cuando puedo, convoco a los poetas
amigos y enemigos y en el oído de La Mar renuevo los plagios que,
balbuceados apenas, parecen míos (Marcos, 2001 69)
Cuando el lector está esperando que por fin se deshaga de sus fantasmas
intelectualoides y se atreva a copiar alguno de sus versos íntimos, Marcos
les sale con una nueva exhibición de sabihondez. Estamos ante la
constitución de la sempiterna lista de obras literarias saludables, lo que
nosotros hemos venido considerando como el acorazado en el que la
intelectualidad se refugiaba cada vez que las masas les ponían en peligro.
Poco importa que el método de clasificación del Subcomandante se
establezca en torno a “poetas de izquierdas” frente a “poetas de derechas”.
Lo que nos debe interesar aquí es que el listado de obras dignas de
mención se utilizó una vez más con fines de excluir a los escritores
considerados como “dominantes” en el mercado y, por extensión, como
un mecanismo para otorgarse a sí mismo entidad dentro del canon
literario. Hasta el año 2001, Marcos se sirvió especialmente de los
epígrafes de sus cartas para edificar un cerco alrededor de los autores que
él consideraba más cercanos a su empresa literaria. Miguel Hernández,
Lorca, Juan Gelman, Jaime Gil de Biedma, Cortázar, Benedetti, el Neruda
del Canto general, José Revueltas, Martí, Elena Poniatowska, José Emilio
Pacheco o Monsiváis son los elegidos para rellenar el privilegiado espacio
de las mochilas de los zapatistas durante su primer periplo por las
montañas. 13 El criterio volvía a ser el del “sí” o “no” entonan, lo que
representaba a todas luces una demostración de autoridad intelectual. 14
Sin embargo, al acercarnos al crucial año de 2001, nos da la impresión de
que el Subcomandante Marcos está cambiando de actitud con respecto a
su canon literario. Es como si presagiase el recibimiento masivo que iba a
conseguir la Marcha de los Zapatistas sobre la ciudad de México (enero-
marzo 2001) y considerase que había llegado la hora de emprender una
nueva estrategia literaria. Si se me permite, Marcos estaría también
decidiendo bajarse un poco de las montañas de la intelectualidad. Para
corroborar esta hipótesis, me gustaría reproducir un fragmento de la
espléndida entrevista que en diciembre del año 2000 le concedió al poeta
Juan Gelman, y que fue publicada por el diario Página 12 de Buenos Aires.
A esas alturas, los zapatistas ya tendrían organizada la marcha de los
indígenas para reclamarle al nuevo presidente de la República el
cumplimiento de su promesa electoral. En esta entrevista entiendo que
Marcos reconoce el error de haber utilizado un canon literario como arma
defensiva y, por extensión, explica su ruptura con la tradición del crítico
profesional latinoamericano:
— MARCOS. …No conocimos poesía más reciente hasta que ya bajamos.
— GELMAN. ¿Y Pessoa?
— MARCOS. A Pessoa lo encontramos bajando de la montaña, del 94 para
acá, en libros que nos regalaban. Pero eso es nuevo. La poesía que
frecuentábamos nosotros era la que se consideraba poesía social o de
compromiso. Que es la que nos gustaba, porque estábamos en eso. O la
más lejana de los clásicos como Shakespeare, eso sí. Pero de la poesía
contemporánea sólo la que tenía contenido social; la que no, nos parecía
que no servía, que era contrarrevolucionaria, pequeñoburguesa, etcétera…
—¿Piensa lo mismo ahora?
—Evidentemente no.
—¿Y qué piensa?
—Nos damos cuenta ahora de que fueron esos elementos, los no
esquemáticos, los no tradicionales respecto de esa cultura de izquierda en
la que nos formamos nosotros, en especial de la izquierda clandestina, la
de los subterráneos, los que nos abrieron     ventanas. Que lo que nos salvó
como proyecto social, como proyecto político y, sobre todo, como seres
humanos, fueron esas ventanas abiertas, esas supuestas “manchas” para
un revolucionario cuadrado, lo que nos llevaba a nosotros a decir
bromeando que para ser cuadros revolucionarios éramos bastante
redondos. No respondíamos a los esquemas pues, y por lo tanto
estábamos desechados (…) ¿Cómo decirlo? El esquema político con el que
habíamos crecido tenía su referente o su equivalente en un esquema
cultural, en un esquema ideológico e incluso en un esquema moral que
marcaba qué era lo bueno y qué era lo malo: “Bueno es todo lo que sirva a
la revolución”. Y ahí no está el problema de lo bueno y lo malo, de esa
manera sólo se está eludiendo (Marcos, 2001 229 y 230)
Según se puede observar en los textos posteriores, su vuelta a la
clandestinidad tras el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés no
supuso un regreso a posiciones canónicas de exégesis literaria. Aquellas
“manchas” culturales habían logrado extenderse y ampliar
definitivamente el espectro ideológico de Marcos. El canon literario deja
de justificarse. De hecho, parece que “el puente con la sociedad”
(Marcos, 2001 233) que los zapatistas lograron tender en aquellos meses
de transición ha determinado el ingreso definitivo de su líder en el modelo
de “escritor masivo”. Como consecuencia inmediata, la denuncia de los
mecanismos con que los intelectuales en general se siguen instalando en
los gobiernos nacionales se ha hecho más airada. 15
Además, a partir de este año 2001 la popularidad del movimiento
zapatista se multiplica exponencialmente. Los “aguascalientes” y las sedes
sociales de sus simpatizantes proliferan en las principales capitales
europeas, igual que el entramado que a través del Internet empieza a
convocar a diario a miles de seguidores del EZLN desde todas las partes
del mundo. Por otra parte, el Movimiento Antiglobalización ha asumido al
zapatismo como estandarte de su lucha por un reparto más justo de la
riqueza del mundo. Y Marcos, coherente con ese nuevo estatus que las
masas le han conferido, escribe mensajes sensiblemente más efusivos y
también más programáticos. La curiosa epifanía expuesta en su
comunicado de marzo de 2000 ha empezado a rendirle sus frutos:
—Ahí —dijo. Miré hacia donde señalaba y vi un pequeño costal colgado.
Debía ser un viejo ‘buzón’, dejado hacía tiempo por alguna de nuestras
unidades. Durito se sentó al pie del árbol, sacó su pipa y se puso a fumar.
Yo interpreté su silencio y subí al árbol, desaté el costal y bajé con él. Al
abrirlo vi, en efecto, que había un viejo paquete de galletas ‘Pancrema’, un
par de pilas ‘AA’, una lámpara ya oxidada, un libro viejo y ajado de Lewis
Carrol (Al otro lado del espejo), un cancionero zapatista… ¡y un libro de
teoría política cuyo autor es el Subcomandante Insurgente Marcos!”
(Marcos, 2001 82)
Entiendo que en esta recreación de Alicia en el País de las Maravillas el
guerrillero está anunciando su nuevo proyecto literario. La mejor prueba
de su conversión en escritor de masas y su renuncia al puesto de
“intelectual” erudito habrá sido el hacer realidad el sueño de escribir un
manual completo de teoría política. Y, a decir verdad, los textos
posteriores a la firma de los Acuerdos de San Andrés, sin constituir
todavía un verdadero tratado, sí revelan una intención más sistemática de
poner por escrito el programa ideológico de los zapatistas mexicanos. El
impulso “arquitectónico”, totalmente opuesto a la sensación de
fragmentariedad que acompaña al crítico literario siempre que escribe, se
nos presenta así como una característica primordial del autor que por fin
se da cuenta de su relevancia como agente social revolucionario. En Trigo,
por cierto, también lo veíamos:
Yo, que voy escribiendo en todas las páginas de este libro [El amor en la
vida y en los libros] la confesión sincera de mis fundamentos vitales, que
un poco también en mis novelas voy trazando parciales cuadros de mi
visión de la noble vida, y que trataré, además, de describir algún día en
otra obra novelesca mi íntegra e ideal visión de la vida, querría que no se
hubiese muerto Nietzsche, el colosal fragmentario, sin que nos hubiese
compuesto y presentado determinadamente el cuadro de la vida actual y
de la vida de ensueño capaces de derivarse de sus concepciones. Otro
tanto querría con respecto al genial fragmentario Unamuno. No basta ser
acróbata de la intelectualidad. Y menos acróbata demoledor. Hay que ser
arquitecto. Y en arquitectura no es lo mismo aportar los materiales que
levantar el edificio. O cuando menos, presentar el plano con arreglo al
cual otros puedan construir.” (Trigo, Amor 216, 218 y 219)
Por ese afán de “ser arquitecto”, en el nuevo milenio el rango de las
opiniones políticas del Subcomandante Marcos se amplió en proporción a
la repercusión pública que las acompañaba. En estos momentos los
conflictos internacionales tienen proporcionalmente un espacio mucho
mayor que en los textos anteriores a la llegada al poder de Fox. En
definitiva, se puede considerar que el zapatismo es una de las primeras
corrientes de pensamiento que desde un centro genuinamente
latinoamericano consigue irradiarse con éxito hacia el resto del mundo.
Marcos ha roto en buena medida con el centripetismo europeizante de la
tradicional “inteligencia” en Hispanoamérica.
Ahora nos quedaría esperar a ver bajo qué signo se produce su
desaparición. Si Marcos muere de muerte violenta, se habrá cumplido el
destino cruel que el profesor Alfonso Reyes le auguraba a todo aquel
intelectual que se saliese del tiesto: “los que escriben utopías políticas
suelen pagarlo con la vida” (Reyes, Ensayos55).
Y si felizmente se muere de viejo, será que este trabajo escolar estuvo mal
planteado desde el principio.
 
 
Notas
1
 Todos los subrayados en adelante son míos.
 2 Julio Ramos nos ofrece una primera explicación práctica a este hecho:
América Latina cargó con un retraso de más de medio siglo con respecto a
Europa en el proceso de “democratización de la literatura”. Por eso,
cuando estos intelectuales latinoamericanos llegaron al continente
europeo, el mercado editorial en sus países estaría todavía empezando a
sacudirse el intervencionismo de los periódicos. En cambio al otro lado
del Atlántico este proceso había comenzado mucho antes: “Entre otras
cosas, por más contradictorio y ‘marginal’ que efectivamente fuera, es
evidente que en Europa el discurso literario contó con el desarrollo de
soportes institucionales, particularmente en la educación y en el mercado
editorial. En América Latina ese desarrollo fue muy desigual, limitando la
voluntad autonómica y promoviendo la dependencia de la literatura de
otras instituciones. Por ejemplo, el desarrollo de la novela en Inglaterra y
Francia desde fines del siglo XVIII fue concomitante a la emergencia de
un público lector, en época de relativa democratización de la escritura,
público, en el sentido moderno (ligado al mercado) que a su vez fue
inicialmente fomentado por la prensa y luego por la industria editorial,
cuya creciente autonomía del periódico se cristaliza en el mercado del
libro, en la segunda mitad del XIX. En América Latina, hasta comienzos
del siglo veinte no se dio ese mercado editorial.” (Ramos 131)
 3 Esta escisión bien pudiera estar también en el origen de lo que hoy en
día ocurre, por ejemplo, entre “estudiosos culturales” y “esteticistas” en el
ámbito universitario norteamericano. El esteticista, el crítico que emplea
su supuesto bagaje cultural para clasificar las obras en “buenas o malas”,
en “literarias o pseudoliterarias”, podría ser el heredero de aquellos
columnistas de diarios vespertinos que, angustiados por su inminente
salida del negocio editorial, enarbolaron la bandera del “arte” para
reclamarse a sí mismos dentro de la literatura. Ese tipo de crítico literario,
hoy recluido en la “torre de marfil” de la Universidad, leído únicamente
por sus colegas de profesión y avasallado incluso allí por corrientes de
pensamiento que en lo común también consideran el presente como un
momento de conmoción decisivo para el devenir histórico —
postmodernismos, feminismos, estudios de minorías culturales, etc., etc.
—, ese tipo de crítico a la antigua, digo, es semejante en ese sentido a los
profesionales de la exégesis literaria de principios de siglo. La prueba es
que su estrategia sigue siendo la de proyectar sus pretensiones —o
frustraciones— literarias sobre un canon que le sirve de andamio y en el
que se continúa excluyendo, casi por regla general, lo más novedoso y lo
más exitoso que pueda ofrecer el mercado.
 “…el novísimo mundo de los intelectuales, es un manicomio brillante.”

(Trigo, Amor 39) Y en otro lugar leemos: “Ni habrá en una sociedad
armónica el mecánico taller que retenga al obrero todo un día, ni la
actual chifladura de los sabios. Estos desaparecerán, considerados en esa
forma actual de maniáticos. Desaparecerán, seguramente, como los
borrachos filosóficos que prefieren la eterna alegre estupidez del alcohol
al cuadro horrible de la vida. Bella la vida, “armónica”, no invitará, sin
duda, al confinamiento en las “torres de marfil”. “Vida”, será entonces
símbolo, en sí propia, de arte, de ciencia —y el sabio tendría que estudiar
tantas cosas en las gentes como en los libros. Hoy no; las gentes sólo
enseñan lo odioso y lo negativo. Por eso los sabios de hoy, como los
modernos esclavos de la fábrica, están avejentados. (Trigo, Amor170)
5
 “…los sapientísimos doctores de la Universidad famosa y secular de
Cerebrópolis, pero que están de acuerdo con mi salvajismo y con el de mis
millones de convecinos de planeta: ‘Sentimental, intelectual y animal a un
tiempo, tengo el honor, querido cerebral, de ser un hombre desde la frente
a los pies, pasando por el ombligo’.” (Trigo, Amor17 y 18)
6
 Esto comenta Óscar Terán a propósito de la influencia del Ariel en
Henríquez Ureña y sus compañeros: “De mayores consecuencias
culturales resulta el hecho de que, junto con esta recuperación de fuentes
espiritualistas, el núcleo juvenil dentro del cual se inscribe Henríquez
Ureña en su estadía mexicana postulara un retorno a los griegos y,
contrariando toda receta, a la literatura española, que había quedado
relegada a las manos de los académicos de provincia. Esta reacción
antipositivista cruzada con una apelación a la antigüedad clásica tiene en
esos años un punto de condensación ineludible en la obra de Rodó y las
distintas expansiones del arielismo que lo colocaban a la cabeza del nuevo
ambiente de ideas hispanoamericano.” (Henríquez Ureña, Ensayos 607)
 La cruzada contra los autores demasiado populares se podría resumir en
7

estas palabras de Cansinos Assens, el maestro por cierto de Borges en


España: “¡Cuántas veces hemos temido que [los nuevos autores españoles
considerados en La nueva literatura] se anegasen en los lagos turbios de la
vulgaridad o que torciesen su camino hacia los mercados! ¡En qué
aguafuerte tan fuerte probábamos sus piedras preciosas!” (Cansinos 277)
8
 En concreto, parece que el tema fue el apoyo explícito a la causa
republicana española que en agosto del año anterior Ocampo había
firmado en la revista Sur. Es una pena tener que transcribir las cartas en
inglés, pero es que Aponte no da la referencia de donde sacó el texto
original, y yo no he sido capaz de encontrarlo.
9
 No nos escandalicemos por la utilización del término “raza”. Cuestiones
raciales y étnicas no están tan lejos de la autodefinición como ser
intelectual de los letrados de aquella época. Para poner un ejemplo, y ya
por terminar con la serie de cartas escabrosas, veamos lo que le escribió
en su día Unamuno a nuestro Felipe Trigo:
En el fondo usted es extremeño y yo vasco, y cada día me convenzo más
de que el problema de España es étnico. Si triunfaran esa ética y esa
estética de esa vida [el “emocionalismo” definido en Amor en la vida y en
los libros por Trigo], pronto nos veríamos al nivel de Marruecos, sin que
por ahora me atreva yo a decir si eso es mejor o peor (…) En el fondo no
me enojan sus doctrinas, como usted me dice que le enojan las mías; me
apenan. Y me apenan, porque las veo compartidas y preveo que ese
diluvio de sensualidad pueda incapacitar a nuestro pueblo —si no se corta,
como se cortará— para la alta obra de la cultura. (Trigo, Amor 214)
A lo que el infiel Trigo le contestaba con notable coherencia:
Por eso, yo creo en el arte que aún no existe como limpia y
amplia sensación de la vida, aborrezco el arte en sí, que no viene en suma
a ser sino… una alcahuetería. Y estoy harto de decirlo. (…) Y cuando
supiese yo que tienen ‘en la frente resplandores’ las mujeres de
Marruecos, creería además que el mundo entero sería Marruecos bajo el
triunfo de la ética y la estética sensuales; pero no con la duda de si esto
sería peor o mejor, sino con la evidencia de que sería mejor.
(Trigo, Amor 216)
10
 “El problema, en parte, radica en la imprecisión radical del concepto de
la ‘política’, que a veces es tanto una voluntad ‘ideologizante’ por parte de
los escritores y asimismo una actividad ligada al ‘foro público’, a la
administración estatal.” (Ramos 99)
¿No se parece, pues, al panorama catastrófico que contemplaba Felipe
11

Trigo antes del advenimiento de la sociedad colectivista?:


Tales pudieran ser las energías de esas ‘nuevas fuerzas económicas’, que la
humanidad hubiese de quedar a su paso destrozada como las plantas al
paso de un torrente. Entonces, o la humanidad debería haber evitado el
torrente económico poniéndole diques para dejarlo por fuera de ella
extraviándolo en río extraño y perdido, a pesar de toda su lógica científica,
o si no podía lograrle, habría sido que la civilización habíase creado en las
entrañas el terrible poder de su destrucción y de la destrucción de la
humanidad (Trigo, Socialismo 159).
12
Así nos lo explica Julio Ramos leyendo a Bürger:
El momento de la ‘pureza’ del sujeto estético se convierte luego, según
Bürger, en el objeto de la crítica a la institución definitoria de las
vanguardias: mediante la introducción de materiales desublimados en el
espacio ‘interior’, las vanguardias creyeron disolver la oposición a la ‘vida’
en que se fundaba la autonomía, ya entonces como impulso
institucionalizado (Ramos 94)
13
 “Libros que solíamos cargar en los primeros solidarios años de la
guerrilla” (Marcos, 2001 226).
 Borges (Marcos, 2001 87) y, sobre todo, Octavio Paz (Marcos, 2001 113),
14

son los indignos de ser transportados por los soldados del Ejército de
Marcos.
Y digo “los intelectuales en general”, porque su signo político “de
15

izquierdas” parece ser cada vez un factor menos importante a la hora de


eludir las críticas de los zapatistas (Marcos, 1991 115). A la pregunta sobre
“cuál es el vínculo de los ‘cardenales de la intelectualidad’ con ese poder y
en esa política redefinidos” (Marcos, 1991 86 y 115), el Subcomandante
Insurgente se anda con pocos rodeos. Los acusa de egoísmo y endogamia
profesional en términos muy semejantes a los que usaba Trigo en el año
8:
…las letras muertas que dibujan, sus nexos intelectuales y sus zonas
abiertas no tienen como destinatario a nadie que no sean ellos mismos.
En estos lugares se comentan entre ellos mismos, se leen entre ellos
mismos, se “critican” entre ellos mismos, se saludan entre ellos mismos,
y, al hacerlo, se dicen mutuamente: “somos la conciencia del nuevo Poder,
somos necesarios porque nosotros decimos que somos necesarios, el
Poder necesita alguien que ponga en prosa y en verso intereses
económicos y sus facturas, lo que nos hace diferentes de los bufones es
que nosotros no contamos chistes, los explicamos”. (Marcos, 2001 88)
 
 
Bibliografía
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Unamuno, Valle Inclán, Ortega y Gasset, Jiménez and Gómez de la Serna.
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Cansinos Assens, Rafael. La nueva literatura. Madrid: V.H. de Sanz
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Fernández Cifuentes, Luis. Controversias sobre la novela en España.
1908-1939. Ann Arbor, Michigan: UMI Dissertation Information Service,
1977.
Henríquez Ureña, Pedro. Ensayos. Madrid: Ediciones UNESCO / ALLCA
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____________. Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Buenos
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