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APUNTE DE TEÓRICO – PROFESOR GERMÁN PÉREZ

Teoría y Metodología de la Investigación Social


Primer cuatrimestre de 2020
Apunte de teórico

Popper y las ciencias sociales II.


El método cero

Apunte de cátedra redactado por el Prof. Germán J. Pérez

El planteo de Popper acerca de las inconsistencias y los perjuicios que el historicismo


conlleva para el desarrollo de las ciencias sociales, se completa con su propia propuesta
de un método válido para este tipo de ciencias que tratan con la realidad histórico-
social. Como lo dice claramente en la propia introducción a La miseria del historicismo
al momento de desarrollar los pasos de su argumento, de la incurable invalidez del
historicismo en su intento de descubrir leyes de la evolución de la historia humana y, en
función de ellas, predecir su curso, no se sigue que ningún tipo de hipótesis y predicción
acerca de la realidad social sea imposible. En este aspecto, Popper presenta una seria de
propuestas metodológicas pioneras que marcarán el desarrollo del método en ciencias
sociales, particularmente, en economía y ciencia política.

Nuestro autor sostiene que debe existir un mismo método para todas las ciencias
empíricas, sea que traten con la realidad natural, social, física o económica; es la
posición que los epistemólogos llamamos “monismo metodológico”. “El método
consiste en ofrecer una explicación causal deductiva y en experimentar por medio de
predicciones”, afirma Popper, y esta prescripción es común a todas las ciencias
empíricas más allá de que sus técnicas de observación sean diferentes. Por ejemplo, es
tan imposible pensar en una entrevista a un átomo como en un laboratorio de
presidentes. La entrevista en ciencias sociales y el laboratorio en ciencias naturales
constituyen técnicas de producción de los datos observables que no significan un
método distinto. El método, como lo desarrollamos en otro apunte de teórico, es el
proceso explicativo que va de la formulación de un problema hasta la contrastación de
las conclusiones de las hipótesis, y no se debe confundir con las técnicas que se utilizan
para tal contrastación.

El método propuesto por Popper para las ciencias sociales, al que denomina “método
cero” o “lógica de la situación” se basa en dos dimensiones fundamentales que
exploraremos a continuación: el individualismo y el institucionalismo.

Individualismo versus holismo

Se entiende por holismo un presupuesto teórico-metodológico según el cual la


estructura social tiene un desarrollo y una racionalidad independiente del
comportamiento, tanto individual como colectivo, de los actores sociales.
Consecuentemente, desde este punto de vista, los investigadores y las investigadoras en

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ciencias sociales podríamos hacer hipótesis acerca del cabio social sin necesidad de
referirnos a la acción e interacción individual. Es más, esa interacción sólo podría
explicarse a través de su relación con las transformaciones en la estructura social,
incluso independientemente del conocimiento y las intenciones de los actores sociales.
Es el caso de la distinción que realiza Robert Merton entre el aspecto manifiesto de la
conducta -lo que el actor cree que hace- y el aspecto latente -la función que esa
conducta cumple en la reproducción social, aspecto que sólo es comprensible para el
científico-.

Popper fustiga al holismo desde varios frentes. En principio, mostrará que la idea de que
la sociedad como una totalidad integrada se mueve y evoluciona es una confusión
derivada de una incorrecta aplicación de conceptos de la física y la biología a la realidad
social.

“La idea del movimiento de la sociedad misma —la idea de que la sociedad, como un
cuerpo físico, puede moverse como un todo a lo largo de una cierta trayectoria y en una
cierta dirección— es sencillamente una confusión holística. La esperanza, en especial,
de que un día podamos encontrar las «leyes del movimiento de la sociedad», de la
misma forma en que Newton encontró las leyes del movimiento de los cuerpos físicos,
no es nada más que el resultado de estos malentendidos. Puesto que no hay en una
sociedad movimiento en algún sentido semejante o análogo al del movimiento de los
cuerpos físicos, no puede haber tales leyes” Lo que hay en la sociedad es cambio, ahora
bien, ese cambio no es movimiento hacia ningún fin, ni evolución en ningún sentido; es
más, ironiza Popper, ese cambio puede provenir de una pandemia de estupidez humana
acaso más grave que la de cualquier tipo de virus.

Con su sagacidad habitual, Popper muestra que el concepto de evolución de Darwin no


es una ley universal (como las de la física) sino una hipótesis existencial, en el
sentido en que está sujeta a la ocurrencia de ciertas condiciones históricas que, a su vez,
también son hipótesis. Es decir, Darwin afirma que si se dan determinadas tendencias en
lo referente a condiciones ambientales puede preverse determinada evolución de las
especies, lo que no significa que de todas formas se producirá esa evolución, puede
existir un cambio en la temperatura o en la presión, o puede producirse la colisión de un
meteorito que altere las condiciones ambientales y, consecuentemente, la evolución.
El error, elemental pero grave, en el que incurren los historicistas, piensa Popper, es que
no diferencian entre las hipótesis que describen y explican la evolución, por un lado, y
el proceso de cambio mismo al que llamamos evolución, por el otro, que resulta único y
multicausal. “La evolución de la vida sobre la tierra o de la sociedad humana es un
proceso histórico único determinado por todo tipo de leyes causales, su descripción, en
cambio, no es una ley sino una proposición histórica singular”, una hipótesis,
agregamos nosotros. A este error la filosofía del conocimiento lo denomina
“esencialismo”: la confusión entre el concepto y la cosa, creer que formular una
hipótesis sobre la evolución constituye el proceso mismo de la evolución. Tanto la
historia natural como la social son procesos únicos (no se repiten) y multicausales
(sujetos a varias determinaciones); nuestras hipótesis, en cambio, son conjeturas acerca
de correlaciones causales entre algunas variables y dimensiones de esos procesos a

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partir de conceptos que nos permiten analizarlos. Confundir una cosa con la otra es
como confundir un partido de fútbol -o del deporte que sea- con la táctica que propone
el técnico. La táctica es una hipótesis acerca de cómo se desarrollará el partido dadas
ciertas condiciones, el partido es el proceso mismo que se pretende predecir y que está
sujeto a infinitas alternativas no previstas en la táctica que van desde fenómenos
meteorológicos (un chaparrón) hasta clínicos (una mala alimentación de los jugadores)
pasando por reglamentarios (el manejo del árbitro). Ahora bien, el hecho de que tales
contingencias sean infinitas no quiere decir que no tengamos que elaborar hipótesis
(tácticas) cada vez más complejas que contemplen las correlaciones entre la mayor
cantidad de hipótesis.
Por ejemplo, decir que existen clases sociales no es designar una realidad autoevidente y
anteriormente oculta a la percepción humana, que estuvo siempre ahí pero que no
habíamos “descubierto”, sino hacer una hipótesis acerca de la interacción entre
trabajadores y propietarios de los medios de producción en determinado momento de la
historia económica y política de las sociedades occidentales. Afirmación que, en tanto
que hipótesis, puede ser refutada en su alcance explicativo acerca del capitalismo; lo
que intentó hacer Weber con su tesis sobre la relación entre la ética protestante y la
difusión y consolidación del capitalismo. Frente a la falacia del esencialismo, Popper
propone mantener sistemáticamente una posición nominalista: nuestros conceptos son
ellos mismos hipótesis que describen interacciones entre actores sociales que pueden ser
refutadas, en sí mismas o en sus correlaciones.
Para Popper, la crítica al esencialismo gnosceológico deriva lógicamente en el
individualismo metodológico como único modo de hacer ciencia social: “Muy a
menudo no nos damos cuenta de que estarnos operando con hipótesis o teorías y, por
tanto, confundimos nuestros modelos teóricos con cosas concretas. Es ésta una clase de
confusión que es más frecuente de lo que se piensa. El hecho de que se usen modelos
tan a menudo de esta forma explica —y así destruye— las doctrinas del esencialismo
metodológico. Las explica, pues como el modelo es de carácter abstracto o teórico, nos
inclinamos a sentir que lo vemos, ya dentro o detrás de los cambiantes acontecimientos
observables, como una especie de fantasma o esencia permanente. Y destruye estas
doctrinas, porque la tarea de la ciencia social es la de construir y analizar nuestros
modelos sociológicos cuidadosamente en términos descriptivos o nominalistas, es decir,
en términos de individuos, de sus actitudes, esperanzas, relaciones, etc. —un postulado
que se podría llamar «individualismo metodológico».
Ahora bien, si no es válido analizar a la sociedad como una totalidad integrada con su
propia lógica de desarrollo, como, por otra parte, lo pensaron algunos padres de la
sociología como Emile Durkheim, ¿cuál es, entonces, la realidad observable de la que
debemos partir para hacer ciencias sociales? La respuesta de Popper va en la línea
metodológica inaugurada por otro fundador de la sociología científica, Max Weber; la
realidad de la que debe partir, y sobre la que debe contrastarse, toda ciencia social es la
(inter)acción humana. A este postulado de considerar a la acción humana como el dato
sobre el cual debe construirse el conocimiento en ciencias sociales se le denomina
individualismo metodológico.

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Dos aclaraciones al respecto. Por un lado, el postulado individualista se limita al aspecto


epistemológico y no tiene relación con una posición ética o política, es decir, se trata de
un modo de enfocar la investigación en ciencias sociales y no necesariamente de una
opción ética por el utilitarismo o ideológica por el liberalismo. Por el otro, sostener el
individualismo metodológico no significa desconocer la existencia de las instituciones
y, en última instancia, de la sociedad misma, sino que implica entender que la única
posibilidad de explicar la existencia de esas entidades (instituciones, clases, sociedad) es
dando cuenta de ellas en términos de interacciones reguladas entre agentes sociales en
determinado momento histórico.
Al momento de definir a la acción humana, que será el dato básico de su método
nominalista y situado en ciencias sociales, nuestro autor recurre a las hipótesis de la
economía neoclásica de gran desarrollo en el medio anglosajón en la década del 50’. La
inspiración principal de Popper es la obra de otro vienés como él, Friedrich von Hayek,
el teórico principal de esta corriente de pensamiento económico, social y político que,
además, contribuye en gran medida para la llegada de Popper a la London School of
Economics and Political Science y la posterior participación de nuestro autor en algunos
de los centros de investigación y producción de ideas principales del liberalismo del
siglo XX, como la sociedad Mont Pelerin que Hayek crea con ese propósito en 1947.
Esta influencia de la economía lleva a Popper a proponer un modelo del actor social
dotado de la capacidad de actuar de manera intencional, racional y optimizadora. Es
decir, como sucede con los actores económicos en un mercado, Popper propone, como
hipótesis acerca de las características atribuibles a la acción humana en su modelo
metodológico individualista, un actor que tiene un objetivo y actúa para alcanzarlo
(intencional), que intenta disponer los medios menos costosos -más eficientes- para
alcanzar el objetivo (racional) y que, además, sabe que ese objetivo es el mejor dentro
de sus preferencias y posibilidades (optimizador). Partiendo de esta tipificación de la
acción humana Popper formula su método para las ciencias sociales del siguiente modo:
“Este último punto me parece que de hecho indica una considerable diferencia entre las
ciencias naturales y las sociales; quizá la diferencia más importante entre sus métodos,
ya que las otras diferencias importantes, como las dificultades específicas para llevar a
cabo experimentos y para aplicar métodos cuantitativos, son diferencias de grado más
que de clase. Me refiero a la posibilidad de adoptar en las ciencias sociales lo que se
puede llamar el método de la construcción racional o lógica, o quizá el «método
cero». Con esto quiero significar el método de construir un modelo en base a una
suposición de completa racionalidad (y quizá también sobre la suposición de que poseen
información completa) por parte de todos los individuos implicados, y luego de estimar
la desviación de la conducta real de la gente con respecto a la conducta modelo, usando
esta última como una especie de coordenada cero. Un ejemplo de este método es la
comparación entre la conducta real (bajo la influencia de, digamos, prejuicios
tradicionales, etc.) y la conducta modelo que se habría de esperar en base a la «pura
lógica de la elección», como descrita por las ecuaciones de la economía.”
¿Qué hacemos cuándo hacemos ciencias sociales? Analizamos una situación
determinada -de ahí la denominación del método como “lógica de la situación”-
conjeturando que los actores que participan en la interacción son agentes racionales en

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el sentido anteriormente descripto (intencionales, racionales, optimizadores). Evaluamos


las preferencias y los objetivos de las que parten y que persiguen esos actores y
analizamos la posibilidad de que esas preferencias y objetivos converjan en una relación
de interacción que los satisfaga a todos (la “coordenada cero”). Una vez definida la
coordenada cero realizamos hipótesis explicativas acerca de los bloqueos en la
información o las distorsiones en las reglas de interacción que impiden que los actores
lleguen a la coordenada y cumplan sus objetivos. Está claro que existen situaciones en
las que no es posible establecer un punto de cooperación entre los actores, pero en la
mayoría de los “juegos” sociales el problema no es la inexistencia de una coordenada
cero sino los bloqueos en la información de la que disponen los actores y con la que
elaboran sus preferencias, por un lado, y las distorsiones en las reglas que siguen al
momento de desarrollar sus cursos de acción que muchas veces están influidas por
componentes irracionales como la religión y la ideología política, por el otro.
Tomemos el ejemplo del apoyo de los obreros a Perón en 1945-46. Nuestra pregunta
acerca de esa situación histórica sería: ¿es racional que los obreros hayan apoyado a
Perón y no a los partidos obreros como el comunista y el socialista en esa situación
histórica? Desde el punto de vista de las tradiciones políticas los obreros deberían haber
apoyado a los partidos que les garantizaban la autonomía de la clase obrera y,
eventualmente, un proceso revolucionario; sin embargo, apoyaron a un líder militar con
un discurso de alianza de clases y fortalecimiento del estado. A primera vista la decisión
parece irracional pero si se analiza el contexto y los incentivos de los diferentes actores
se advierte otra cosa. La mayoría de los obreros eran inmigrantes o bien, si eran nativos,
no participaban de las elecciones porque consideraban que el sistema político estaba
bloqueado por la oligarquía terrateniente que apelaba sistemáticamente al “fraude
patriótico”. En este sentido, sus espacios de representación y reconocimiento eran las
asociaciones civiles de sus naciones de origen y los sindicatos que fueron, precisamente,
las estructuras institucionales sobre las que se apoyó el poder de Perón como Secretario
de Trabajo y Previsión. Dado este contexto, la opción racional de los obreros era apoyar
el liderazgo del dirigente que les había ampliado derechos y garantizado su
cumplimiento antes que la oferta de una revolución abstracta en un sistema político
cerrado. Este análisis, en términos de “lógica de la situación” permite entender, no sólo
la racionalidad de los obreros en el apoyo a Perón, sino lo que sería, posteriormente, la
base obrera del peronismo como movimiento más que como partido político.
Popper es perfectamente consciente de que no es lo mismo aplicar el criterio de
racionalidad optimizadora al mercado que a la sociedad; en el primer caso es claro que
el objetivo óptimo es el beneficio económico pero las preferencias y los objetivos en la
interacción social tienen que poder explicarse con hipótesis históricas sobre las
tradiciones, costumbres e instituciones vigentes en las distintas sociedades que
favorecen o limitan la convergencia hacia situaciones de cooperación o de conflicto
social. En nuestro ejemplo, el peronismo conformará un tipo de relación entre la clase
obrera, los sindicatos y el estado que pasará a formar parte de las reglas de las
interacciones en nuestro régimen político hasta la fecha. Nos puede gustar más o menos,
pero debemos asumir que forma parte de los incentivos racionales, no sólo emocionales,
de los sectores populares para vincularse con la política.

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“Además de esta lógica de la situación, o quizá como parte de ella; necesitamos algo
como un análisis de los movimientos sociales. Necesitamos estudios, basados en el
individualismo metodológico, de las instituciones sociales que permiten a las ideas
extenderse y cautivar a los individuos, de la forma en que se crean las nuevas
tradiciones, de la forma en que las tradiciones funcionan y desaparecen. En otras
palabras, nuestros modelos individualistas e institucionalistas de entidades colectivas,
tales como naciones, o gobiernos, o mercados, tendrán que ser, completados por
modelos de situaciones políticas y de movimientos sociales, tales como el progreso
científico e industrial.”
Estos “movimientos sociales”, en el sentido de corrientes de cambio, no de actores
políticos no institucionales como los entendemos hoy, son las instituciones, tradiciones
e ideologías que operan como incentivos en la formación de las preferencias y los
objetivos de los distintos actores en cada sociedad específica. Funcionan como
tendencias a partir de las cuales introducimos “puntos de vista” y formulamos
hipótesis acerca de la coordinación de acciones en situaciones determinadas.
Siguiendo con el ejemplo anterior, si analizamos las relaciones entre sindicatos y
empresarios en Inglaterra y en Argentina debemos establecer las características
ideológicas e institucionales de su interacción en la historia reciente para entender sus
objetivos, preferencias y racionalidades que no son las mismas. Seguramente en
Argentina por la tradición peronista entendida como “movimiento social”, en el sentido
de Popper, la relación entre sindicatos y estado tendrá más peso explicativo que en
Inglaterra donde la conformación de los sindicatos está más marcada por la relación con
el sistema de partidos, especialmente el Laborista.
Concluyendo esta primera parte podemos decir que la investigación en ciencias sociales
adquiere, para Popper, una doble dimensión:
a- descubrir y explicar acontecimientos históricos concretos sobre la base de
modelos hipotéticos de situaciones históricas
b- analizar movimientos sociales (progreso técnico, cambios en la opinión pública,
transformaciones del trabajo) y formular hipótesis generales falsables.

Institucionalismo versus conductismo


“De paso me gustaría mencionar que ni el principio del individualismo metodológico ni
el método cero de construir modelos racionales implican, en mi opinión, la adopción de
un método psicológico. Por el contrario, creo que estos principios pueden ser
combinados con la opinión de que las ciencias sociales son relativamente
independientes de las presuposiciones psicológicas y que la psicología puede ser tratada
no como la base de todas las ciencias sociales, sino como una ciencia social entre otras”
El segundo argumento central de Popper en su propuesta de un método para las ciencias
sociales, y en este caso, como veremos, para la ciencia en general, es el que cuestiona la
supuesta base psicológica hacia la que deberían converger las ciencias sociales del
mismo modo que se ha intentado reducir la química a la física. En este punto la posición
de Popper es de una actualidad sorprendente dado que cuestiona lo que parecía una
tendencia indiscutible de las ciencias sociales positivistas: realizarse como tales en una

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suerte de psicología social capaz de comprender la “naturaleza” permanente de la


conducta humana.
Para Popper la naturaleza humana es una entelequia filosófica por competo inobservable
y, consecuentemente, no apta para incorporarse al arsenal del conocimiento científico.
Decir que el hombre evoluciona movido por la búsqueda de la felicidad, la solidaridad,
el bien o la vedad son postulados que pueden sostenerse desde posiciones religiosas o
morales, pero que no aportan absolutamente nada al conocimiento de la (inter)acción
humana. En cambio, las ciencias sociales estudian las condiciones institucionales del
cambio social, es decir, las reglas (instituciones) que generan los incentivos, modelan
preferencias y definen objetivos para alcanzar formas de interacción humana más o
menos racionales, libres y justas. Dicho de una manera simple, es la práctica de la
democracia lo que hace libre a los hombres en la medida en que les permite la
experiencia de participar de las decisiones políticas, no la búsqueda espiritual
(psicológica) de la libertad lo que conduce irremediablemente a la democracia. De
hecho, es un dato que los hombres pueden desear perfectamente la dominación más
atroz; por caso, los nazis accedieron al poder en sucesivas elecciones…
El punto clave es que no debe confundirse individualismo metodológico con
psicologismo: “Pero podemos ser individualistas sin aceptar el psicologismo. El
«método cero» de construir modelos racionales no es un método psicológico, sino
más bien un método lógico. De hecho, la psicología no puede ser la base de la
ciencia social. En primer lugar, porque ella misma es meramente una de las ciencias
sociales: la «naturaleza humana» varía considerablemente con las instituciones sociales
y su estudio; por tanto, presupone una comprensión de estas instituciones. En segundo
lugar, porque las ciencias sociales se ocupan en gran medida de las repercusiones o
consecuencias no intencionadas de las acciones humanas. Y «no intencionadas» en
este contexto no significa «no intencionadas conscientemente», más bien caracteriza las
repercusiones que pueden violar todos los intereses del que actúa socialmente, ya
conscientes o inconscientes: aunque algunas personas puedan sostener que un gusto por
la soledad de las montañas puede explicarse psicológicamente, el hecho de que si, a
demasiadas personas les gustan las montañas, no podrán gozar de la soledad porque
éstas estarán llenas de gente, no es un hecho psicológico; por el contrario, esta clase de
problema está en la raíz misma de la teoría social.”

En el párrafo precedente se advierte un aspecto más de suma importancia en la


distinción entre psicología y ciencias sociales. La psicología se ocupa de las conductas
individuales a partir de diversas hipótesis sobre represiones, historias de vida, etc. La
sociología, la ciencia política, la antropología, en cambio, parten de la interacción entre
individuos para explicar los efectos no intencionados, las consecuencias que genera la
agregación de esas interacciones en condiciones institucionales determinadas, que no se
explican por las intenciones conscientes o las pulsiones inconscientes individuales. El
ejemplo de las montañas es muy gráfico pero podríamos agregar otro tristemente
célebre de la vida pública argentina: la inflación. Tal fenómeno económico no se explica
por la avaricia y el egoísmo de todos los actores económicos sino por una dinámica
según la cual, en el afán de mantener el poder adquisitivo del dinero, tanto productores
como comerciantes y consumidores aumentan los precios o acumulan stock generando

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la destrucción colectiva de lo que individualmente quieren proteger con su acción: el


valor de la moneda.

Frente a la combinación, letal para el progreso de las ciencias humanas, entre


historicismo y psicologismo, Popper propone lo que llama una “teoría institucional del
progreso (científico y técnico)” que consta de dos aspectos:
1- buscar las condiciones de progreso y de su detención (censura, violencia estatal)
2- reemplazar la teoría de las “propensiones psicológicas” por un análisis
institucional y tecnológico de las condiciones del progreso

Nótese que aquí la idea de progreso es por completo diferente a la idea de


evolución propuesta por los historicistas. Por progreso Popper no entiende un proceso
unívoco e irreversible hacia determinado momento utópico, sino la experimentación
institucional con reglas que hagan posible una convivencia más libre y justa. Incluso la
propia comunidad científica, epítome del progreso humano, depende para su desarrollo
de condiciones políticas que garanticen el pluralismo y el debate entre iguales, es decir,
depende de la consolidación de la democracia.

“El método científico mismo tiene aspectos sociales. La ciencia, y más especialmente
el progreso científico, son los resultados no de esfuerzos aislados, sino de la libre
competencia del pensamiento. Porque la ciencia necesita cada vez más competencia
entre las hipótesis, y cada vez más rigor en los experimentos. Y las hipótesis en
competencia necesitan representación personal, por así decirlo: necesitan abogados,
necesitan un jurado incluso un público. Esta representación personal tiene que estar
organizada institucionalmente, si queremos estar seguros de que funcione. Y estas
instituciones deben ser pagadas, deben ser protegidas por la ley. En último lugar, el
progreso depende en gran medida de factores políticos, de instituciones políticas que
salvaguarden la libertad de pensamiento: de la democracia.”

Incluso si el desarrollo del conocimiento científico afecta a sus condiciones sociales de


producción debemos optar por mantener estas últimas. De lo contrario la propia ciencia
se habrá autodestruido.

“Pero ¿no es posible controlar el factor humano por la ciencia, polo opuesto del
capricho? Sin duda, la biología y la psicología pueden resolver, o podrán pronto
resolver, el «problema de transformar al hombre». Sin embargo, aquellos que intenten
hacer esto destruirán inevitablemente la objetividad de la ciencia y de esa forma a
la ciencia misma, ya que ambas están basadas en la libre competencia del
pensamiento; es decir, en la libertad. Si se quiere que continúe el crecimiento de la
razón y que sobreviva la racionalidad humana, nunca se habrá de intervenir en la
diversidad de los individuos y de sus opiniones, fines y propósitos (excepto en casos
extremos, cuando la libertad política está en peligro). Incluso la llamada, tan
satisfactoria emocionalmente, a una común tarea, por excelente que sea, es una llamada
a abandonar toda rivalidad de opiniones morales y la mutua crítica y discusión causadas
por esas opiniones. Es una llamada a abandonar el pensamiento racional.”

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Tan es así que uno de los valores fundamentales del pensamiento científico, su
objetividad, no depende de la supuesta neutralidad valorativa del científico sino de las
garantías sociales y políticas de que las conclusiones de los procesos científicos serán
exhaustivamente cuestionadas y debatidas al interior de la comunidad científica. No
confiamos en la ciencia porque nos dice la verdad, sino porque nos ofrece un
conocimiento suficientemente debatido por especialistas. No por su veracidad sino por
su falibilismo, es decir, por el hecho social e institucional de que sus afirmaciones
siempre están expuestas a refutaciones sistemáticas de una manera que no sucede ni
en la religión, ni en el periodismo, ni en la política, para mencionar otras tres fuentes de
conocimiento posibles. La presente pandemia de coronavirus es un ejemplo excelente en
este punto, los científicos son los que más asumen su desconocimiento e incertidumbre
acerca del virus, sin embargo, en la emergencia estamos todes pendientes de la palabra
de los “especialistas” no porque lo saben todo, esos serían los periodistas, sino porque,
precisamente, confiamos en que lo poco que saben está suficientemente fundamentado.
La alternativa es Bolsonaro…

“Es interesante que lo que normalmente se llama objetividad científica se basa,


hasta cierto punto, en instituciones sociales. La ingenua opinión de que la objetividad
científica se basa en la actitud mental o psicológica del hombre de ciencia individual, en
su educación, cuidado y desinterés científico, genera como reacción la opinión escéptica
de que los hombres de ciencia no pueden nunca ser objetivos (…) Lo que la sociología
del conocimiento olvida es precisamente la sociología del conocimiento, el carácter
social o público de la ciencia. Olvida el hecho de que es el carácter público de la ciencia
y de sus instituciones el que impone una disciplina mental sobre el hombre de ciencia
individual y el que salvaguarda la objetividad de la ciencia y su tradición de discutir
críticamente las nuevas ideas.”
Sin embargo, como no se trata de tendencias absolutas como las que defienden los
historicistas, sino de las condiciones institucionales para el progreso de la racionalidad
humana, tenemos que admitir todo tipo de situaciones en las que tales condiciones no
tengan lugar.
“De otra parte, y esto es más importante, debemos darnos cuenta de que con la mejor
organización institucional del mundo el progreso científico quizá se detenga al día.
Puede haber, por ejemplo, una epidemia de misticismo. Esto es ciertamente posible, ya
que, si ciertos intelectuales de hecho reaccionan ante el progreso científico (o la
exigencia de una sociedad abierta) refugiándose en el misticismo, todo el mundo podría
en cierto momento reaccionar de esta forma. Tal posibilidad podría quizá ser prevenida
por la creación de un número adicional de instituciones sociales, tales como
instituciones de educación, cuyo fin fuese el desalentar la uniformidad de opiniones y el
alentar la diversidad. También la idea de progreso y su propagación entusiástica podría
tener algún efecto. Pero todo esto no puede asegurarnos el progreso. Porque no
podemos excluir la posibilidad lógica de, digamos, una bacteria o virus que extendiese
un deseo de Nirvana.”
Y en ese punto precisamente, sostiene Popper, radica el “atractivo emocional del
historicismo”: nos brinda una ilusión de tranquilidad frente a la radical contingencia e
imprevisibilidad de la interacción humana.

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