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Sobre la importancia de mirar por la ventana en

cuarentena

Esta es una apología del desaprobado acto de


simplemente mirar por la ventana. Ahora que
“tenemos tiempo”, miremos por la ventana.
AUTOR: LUCÍA ORTIZ MONASTERIO | FECHA 19 MARZO, 2020

Alguna vez escribí sobre la importancia de ver por la


ventana, y ahora viene al caso porque creo que esa
(no)acción será la que la mayoría de nosotros, los
confinados, estaremos haciendo mucha parte del tiempo.
Sigo pensando que mirar por la ventana es una de las
formas más filosóficas del pensamiento, aunque también de
la melancolía. Esta es una apología a la menospreciada
actividad de mirar por la ventana.

La mirada en nuestra cultura se percibe como una


herramienta para resolver cosas. En la RAE, por ejemplo,
las acepciones de  mirar  son “registrar”, “atender”,
“juzgar”, “inquirir” y cosas del mismo tipo, lo cual indica
que uno  mira  para aprender algo del objeto que mira. Pero
al ver por la ventana se revierte el orden: el objeto mirado
por una ventana –un árbol, gente pasando, lluvia o un muro–
es solo un punto de descanso para los ojos: los
pensamientos van casi siempre en dirección de uno mismo.
FOTO DE PACO DÍAZ

Mucha gente olvida lo profundo que puede ser algo tan


ordinario. Cuando alguien, digamos, en la oficina, nos ve
mirando un momento por la ventana piensa que estamos
distraídos, chismeando o perdiendo el tiempo. Pero olvidan
que esta actividad, paradójicamente, no es para ver qué
está pasando en el mundo, sino para descubrir los
contenidos de nuestra propia mente. Y, sí, para resolvernos
a nosotros mismos. El poeta Wallace Stevens  decía que
“no siempre es fácil notar la diferencia entre pensar y mirar
por la ventana”.
El acto de ver por la ventana y no reparar en lo que vemos
(sino solo descansar los ojos) es también una de las formas
de la melancolía. Pensemos en las pinturas de  Edward
Hopper , en las que tantas mujeres miran por la ventana. No
hace falta que el artista nos explique que están pensando
en sí mismas, recordando o esperando algo, y no v iendo las
cosas del mundo . No es necesario porque lo sabemos por
experiencia. Alguna vez todos hemos dedicado tiempo a la
reflexión en esa misma postura, y muchas veces
acompañados de pulsos de melancolía ––por excelencia un
estado reflexivo.

Uno no elige en qué momento quedará como hechizado ante


una ventana por un rato. Entonces, ¿por qué nos sigue
pareciendo reprobable que alguien en un ambiente
“productivo” haga lo mismo? No hay nada más productivo
que hacer una pausa y mirar hacia adentro. Aparte el acto
nunca dura más de unos minutos. Tal vez se descalifica
porque banalizamos el acto de soñar despiertos; no lo
tomamos muy en serio y lo relegamos a la literatura o a la
pintura, a las cosas sin tiempo.

“El potencial de soñar despiertos no es reconocido por las


sociedades obsesionadas con la productividad”, dice un
artículo en  Philosopher’s Mail . Pero el individuo, casi por
una función biológica, busca desentrañar significados. Si no
nos tomamos el tiempo de mirar por la ventana como  un
acto fundamental para entender el mundo , entonces nada
de lo que hagamos tendrá sentido. Seríamos como
autómatas llevando a cabo tareas que no son nuestras,
porque nada que no sea observado puede revelarse y ser
claro. Las ventanas, por lo tanto, son la arquitectura de una
rebelión pacífica contra el mundo automatizado. Son
espejos de aire libre por donde podemos mirarnos sin
asfixia y permitir que la creatividad se suelte. Mirar por la
ventana, entonces, debería ser una tarea apremiada por las
oficinas y un acontecimiento diario para el espíritu.

Ahora, en cuarentena forzada, es momento de pensar en


mirar por la ventana como una actividad productiva,
importante y pacífica, que podemos hacer como quien
pierde el tiempo.

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