Está en la página 1de 8

Si bien el 35 por ciento de los tranvías quedó destruido, en la memoria bogotana permaneció

la idea de que el 9 de abril ardió todo el sistema.

Dos décadas antes del Bogotazo, la capital se encontraba inmersa en una profunda
transformación urbanística, empujada por los efectos benéficos de la economía cafetera, una
incipiente industrialización, servicios públicos modernos , la nueva arquietectura de los
edifcios – por fin más altos que la catedral – y un paisaje social definido con clases acordes con
los nuevos tiempos.

A esto se sumaba la apertura política de la república liberal. Por la época, antes del ‘Bogotazo’
nacieron una serie de construcciones entre las que se destacan la Biblioteca Nacional, los
edificios de los ministerios y el Parque Nacional

Felipe Arias Escobar, historiador

El impacto de esa fecha es innegable, con un saldo de desmanes, muertos y destrucción como
jamás se había visto. Pero una mirada detallada a los registros del Bogotazo lleva a la
conclusión de que la destrucción no fue tan grande como para tener que reconstruir una urbe
completa, ni siquiera su centro.

Al mirar las fotografías y los registros cinematográficos del Bogotazo se ve de cerca un horror
que justificaba de sobra el trauma político y moral que generó. Pero al cotejar las imágenes
anteriores y posteriores a la tragedia, se descubre que los incendios y saqueos transcurrieron
en puntos muy específicos: plaza de Bolívar, cuatro cuadras de la calle 11 desde la Catedral
hacia el oriente, la carrera séptima pero apenas entre la calle 12 y la Jiménez, y el entorno de
la plaza de San Victorino. Es decir, los daños se restringieron a los extremos de una pequeña
cruz que atraviesa el centro, sin resultar afectados todos los edificios de su lindero.

En síntesis, el plano marca siete manzanas de la actual localidad de La Candelaria y dieciséis de


Santa Fe. Solo cinco de ellas incluyen daños que superan el 50 por ciento de sus inmuebles. El
saldo es muy pequeño para una ciudad de 700.000 habitantes que se extendía hasta los
barrios Ferias (occidente), La Cabrera (norte) y Santa Inés en el límite sur del 20 de Julio.

Frente a esa evidencia hay una verdad y es que la ciudad cambió radicalmente al poco tiempo.
¿Cuál fue entonces la causa? En la arquitectura y la tendencia imperante de la industria de la
construcción hay algunas respuestas.

Por entonces, una escuela racionalista, con una noción sobre el patrimonio muy distinta de la
actual, proponía la destrucción de buena parte de un pasado reflejado en los edificios
coloniales y republicanos del centro. Desde el IV Centenario de la Capital (1938) se insinuaba
ese cambio con la demolición del claustro de Santo Domingo, donde poco después se
levantaría el edificio Murillo Toro; el levantamiento del Palacio de los ministerios sobre los
terrenos del antiguo convento de San Agustín, la construcción de modernas fachadas art déco
sobre la séptima y la Jiménez y el aprovechamiento de espacios periféricos para experimentar
con las nuevas tendencias, como ocurrió entonces con la Biblioteca Nacional, la Ciudad
Universitaria y el parque Nacional. El 9 de abril fue la excusa para acelerar el espíritu
modernizador que se despertó hasta veinte años antes.

A eso hay que sumar la evidencia de que el aceleramiento del crecimiento poblacional de
Bogotá es un fenómeno que se inició en los años 30, que no fue totalmente causado por la
violencia y que no es distinto del experimentado por otras capitales latinoamericanas.
En cuanto a la radical transformación del espacio, el Bogotazo fue apenas el chivo expiatorio
que encontró una industria de la construcción que disimulaba su voracidad con el impacto
moral de un día trágico e irrepetible. En defensa de esos verdugos, eso sí, hay que
reconocerles su pena y arrepentimiento para que tuvieran que promover un mito que
resultara lo suficientemente creíble para los bogotanos

9 de abril de 1948 : del terror a la desesperanza


Hoy por primera vez en los últimos 72 años, los colombianos no podrán cumplir
la cita que tiene cada 9 de abril con la memoria del país. Los 15 pasos que
separan el cruce de la Carrera Séptima con Avenida Jiménez – lugar en el que
fue abaleado Jorge Eliecer Gaitán en 1948- esta vez no estarán llenos de flores
y homenajes al caudillo por la contingencia que vive el país. Sobre lo que ahí
sucedió se han escrito libros, se han filmado películas, se dictan cátedras. Pero
la historia aún no deja de sorprender.
A finales de 1947, en Colombia había un silencioso choque de poderes: el
solitario, el que habitaba en el Palacio Presidencial y lo ejercía Mariano Ospina
Pérez, y el de la calle, de las multitudes vociferantes , el que ejercía Jorge
Eliecer Gaitán en su modesta oficina de aboga en pleno centro de Bogotá.
Gaitán era, por el fervor popular que despertaba, el futuro presidente de
Colombia. Pensar lo contrario era, en ese momento, una actitud desquiciada.
En el transcurrir de 1947 el país vivía la desesperanza de estar al borde del
abismo de la violencia partidista. Sus huellas de sange se pisaban en el norte y
sur de los Santandres. En el occidente de Boyacá ya había aparecido el
fantasma real de la policía chulavita (una especie de ‘policía secreta’ al servicio
del Partido Conservador). En el Caldas y en el sur del país comenzaban a
contarse los muertos en una suma interminable.
“Gaitán pensó en el profundo silencio de una masa herida, como protesta y
antídoto para detener la muerte colectiva”, escribió en su momento el periodista
e historiador Arturo Alape.
Una pesada atmósfera de perplejidad había invadido el país.
“Pero no solo fue la violencia política. También había una situación que
podríamos calificar como el ensanche de la miseria en las grandes mayorías
populares. Claro que las causas de esa miseria venían desde tiempos muy
lejanos, pero en esa época se agudizó porque se estaba afirmado en el país un
régimen que conducía a la concentración de la riqueza en pocas manos, lo que
determinaba del lado pueblo una gran frustración social, una gran miseria”,
opinaba el escritor y político Gerardo Molina .
La situación política levantó aún más vuelo en su confrontación con la
celebración en Bogotá de la IX Conferencia Panamericana. Gaitán fue excluido
de la delegación colombiana, una decisión que caldeó aún más la situación
política. En la capital de la república se encontraba un personaje mundialmente
conocido: el general estadounidense George C. Marshall, que presidía la
delegación de su país. En sus manos traía la propuesta de mayor represión
contra los movimientos subversivos en América Latina.
Solo una alegría
A la 1: 10 de la madrugada del 9 de abril, Jorge Eliecer Gaitán terminaba su
emocionada defensa del teniente Jesús Cortés y pedía para él la absolución ,
alegando que había obrado en legítima defensa del honor del Ejército al ultimar
de dos disparos al periodista Eudoro Galarza Ossa.
El teniente Cortés, cuenta Arturo Alape en su libro Memorias del Olvido, había
visitado a Galarza en su despacho del diario La Voz de Caldas (Manizales)
para exigirle una rectificación por haberlo acusado de abuso de autoridad. Ante
la negativa del periodista, le propinó dos disparos a quemarropa.
La defensa de Gaitán fue tan efectiva que logró la absolución del militar. A las 2
de la madrugada las barras sacaron a Gaitán en hombros y de pronto él se
encontró con la soledad de la ciudad.
1:05 pm
Aquel mediodía de 1948, Plinio Mendoza, mano derecha del caudillo, tomó el
brazo de Gaitán. “Jorge Eliécer, lo que tengo que decirte es muy breve”, le dijo
antes de que notaran que Juan Roa Sierra, un joven del barrio Ricaurte, les
apuntaba con un revólver. Apurado, el abogado liberal alcanzó a reaccionar
tratando de correr de vuelta al edificio del Hotel Continental. Fue demasiado
tarde: tres balas lo impactaron; dos en la espalda y una en la cabeza, hiriéndolo
gravemente.
El corazón de Gaitán dejó de latir hacia la 1:45 de la tarde, en la Clínica
Central. La noticia de su muerte se mantuvo en secreto mientras los liberales
discutían el camino a seguir hasta que poco a poco la tranquilidad de medio día
se convirtió en un volcán de pasiones incontroladas.
Cosas muy poderosas
El asesino intenta escapar. Los lustrabotas enfurecidos gritaron: “Mataron al
doctor Gaitán, ¡Cojan al asesino!”. El dragoneante Carlos Jiménez capturó a
Sierra.
“No me vaya a matar, mi cabo…”, le dijo el hombre en tono suplicante. El
dragoneante junto a otros dos hombres de la Fuerza Pública metieron a Roa
Sierra a la Droguería Granada. Don lo interrogaron.
- ¿Por qué ha cometido este crimen?
- ¡Ay, señor, cosas poderosas que no le puedo decir!, contestó el hombre
en tono lastimero.
- Dígame quién lo mandó a matar.
- Son cosas muy poderosas que no puedo decir…
Instantes después, la multitud lo sacó a la fuerza de la droguería y comenzó a
matarlo de físico dolor.
Su madre, Encarnación viuda de Roa, recordó en los interrogatorios posteriores
que su hijo había trabajado más o menos un año en calidad de portero y
también que a su hijo le venía notando “cosas raras, como por ejemplo “creerse
Santander o un personaje así como Santander”.
Lo que pasó después fue una avalancha de caos, dolor y miseria. La radio,
gran protagonista ese día, no demoró en difundir la noticia. La zona del
incidente tenía varias estaciones cerca lo que permitió que la noticia les llegara
con prontitud, así, Radio Nueva Granada, empezó a emitir música fúnebre y
locutores exacerbados invitaban a la gente al caos, cosa que efectivamente
sucedió: saqueos, matanzas, incendios, gran destrucción del espacio público.
Muchos policías, por el temor de ser linchados, habían entregado sus armas.
Desde el Colegio San Bartolomé, francotiradores de la Fuerza Pública trataban
de detener con sus disparos la avalancha popular que trataba de llegar al
Palacio Presidencial. Se dice que, mal calculados, hubo alrededor de 2.500
muertos
A diferencia de magnicidios posteriores como los de Rodrigo Lara Bonilla ,
Jaime Pardo Leal y Luis Carlos Galán , de quienes se supo sobre los autores
intelectuales, en el caso de Gaitán el misterio aún perdura y ha inspirado las
más variadas especulaciones e incluso y algunas páginas inolvidables de la
literatura.
Por su trascendencia y significado en la historia colombiana del siglo XX, la
muerte del caudillo es quizá uno de los hechos más investigados en la historia
del país. Y aunque no hubo problema alguno para identificar al autor material,
no hay consenso sobre la autoría material de este homicidio. Un mal que aún
aqueja a la Nación: hechos excesivamente investigados pero pobremente
resueltos.
En una zorra fue transportado el cuerpo de Jorge
Eliecer Gaitán
En las primeras horas del 10 de abril de 1948, un día después del asesinato de
Jorge Eliecer Gaitán, las calles de Bogotá estaban desocupadas, salvo por
algunos soldados que llegaron de Boyacá.
Tras pasar toda la noche en la Clínica Central, doña Amparo, esposa del
caudillo liberal, podía llevar al fin a su casa el cuerpo de su marido. Le ayudó
Pedro Eliseo Cruz, amigo muy cercano de Gaitán. Cruz consiguió un ataúd
sencillo en una funeraria cercana. Al no poder conseguir una carroza o un
camión, el féretro fue puesto en una zorra. Lentamente recorrieron el camino
desde el centro de Bogotá a la casa, a unas treinta cuadras al norte.
“Envuelto en sábanas ensangrentadas y papel periódico, mamá y Pedro Eliseo
Cruz solos, pues nadie más se había quedado en la clínica, sacaron el cuerpo
de mi padre ya embalsamado por el basurero de la clínica; el edificio había sido
rodeado por el Ejército para impedir la salida del cadáver desde el momento
mismo en que mi madre manifestó su deseo de velarlo en su casa, esperando
hasta que cayera (el presidente) Mariano Ospina”, relató Gloria Gaitán, hija de
Jorge Eliecer Gaitán, en un texto para la revista Credencial Historia.
En la ciudad pocas personas se atrevían a salir a la calle. A quienes lo hacían –
según relató el historiador Herbert Braun – los soldados les ordenaban caminar
con brazos en alto.
“Era sábado, cuando normalmente se trabaja medio día, pero las instrucciones
de la Radio Nacional eran permanecer en casa. Continuaba la huelga general.
Los empleados de los bancos y del gobierno sabían que las oficinas no irían a
funcionar, los recolectores de basura comprendieron que ese día no empezaría
su monumental tarea”, relató Braun.
No había transporte público y muchos conductores de tranvía sabían que sus
vehículos estaban destruidos.
Según relata la hija de Gaitán, su se dirigió a la oficina del caudillo, porque
sabía que él guardaba los papeles de una investigación que venía haciendo
sobre la intervención de Estados Unidos en la explotación de petróleo en
Colombia “con la participación del presidente Ospina y la colaboración de tres
empresarios antioqueños. Encontró que los cajones del escritorio habían sido
abiertos con llave, y ningún papel en ellos”.
La viuda de Gaitán, ya con el cadáver en su casa, se negó a autorizar un
entierro mientras Mariano Ospina Pérez siguiera en el poder. Aseguraba que el
asesinato de su marido había sido parte de un complot ideado por las altas
esferas del conservatismo colombiano y con la complicidad de jefes liberales.
“Y allí estaba mi padre, embalsamado, inerme, contemplado por un sin número
de doloridas gentes que venían a mirarlo por última vez. Eran colas
interminables. Una ventana de la sala se había abierto a manera de puerta de
salida para que las gentes pudieran circular por aquel pequeño espacio. Ni una
sola corona en el salón, pues la huelga general tenía paralizado al país”, relató
Gloria Gaitán.
Como lo relató Braun, los líderes políticos lograron llegar a un acuerdo con
doña Amparo Jaramillo y decidieron enterrar el cuerpo del caudillo en la sala de
la casa donde vivía. Aunque en un principio se había contemplado la idea de
guardar sus restos junto a la estatua del Libertador ubicada en la Plaza de
Bolívar, la posibilidad se desechó al caer en la cuenta de que por ser un sitio
público se corría el riesgo de que los gaitanistas convocaran a manifestaciones
en ese lugar.
“Enterrar a Gaitán a la vista del Palacio Presidencial era invitar a un motín más
pavoroso que el primero. Pensaron en el Cementerio Central, a quince cuadras
del centro, pero ese lugar también parecía muy arriesgado”, apuntó el
historiador.
Sueño premonitorio
Como ocurre en la muerte de mucho de los caudillos en los que los
colombianos han depositado buena parte de su esperanza, se tratan de
muertes anunciadas. Gloria Gaitán, la hija de Jorge Eliecer Gaitán, relató que
su mamá un sueño premonitorio.
“Al despertarse, sobresaltada, no se atrevió a comentárselo a papá ‘para no
dañarle la satisfacción que tenía por haber ganado, en la madrugada, el caso
del teniente Cortés’, explicaba ella. Pero se lo comentó a sus hermanas y a
Margoth Jaramillo de Plata, quienes la instaron a que, de todas maneras, se lo
dijera.
“‘Jorge -le dice en su llamada de la una menos cuarto de la tarde-- anoche
soñé que te asesinaban. Deja a los 'Plinios' y vete con los tuyos. Deja la
Constitución tan bien encuadernada y tómate el poder. La oligarquía te va a
matar antes de dejar que ganes las elecciones y subas a la Presidencia’. ‘En la
casa hablamos’, le respondió impaciente, pues no era la primera vez que mi
mamá lo instaba a hacer un golpe porque estaba segura que lo iban a matar”.
Cada vez que le advertían que su vida estaba en peligro, Jorge Eliecer Gaitán
siempre respondía de la misma manera: "Ninguna mano del pueblo se
levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el
país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel
normal".
El Fogón de la conciencia; el grifo de la solidaridad
Con la palabra empeñada, cagada tras cagada
Acciones que se ven
Acciones por la gente
Acciones por Colombia
A la gente escucha
Firmeza al servicio de los ciudadanos
Contigo
Contigo
Ahora
Ahora, por Colombia

Piden al Gobierno normas de austeridad en el gasto público


Se busca ponerles freno a los escándalos de corrupción en medio de
emergencia del covid-19
En medio de las duras medidas que enfrenta el país por cuenta de la
propagación del covid-19, son varios los escándalos que han ocupado los
titulares de prensa en los últimos días sobre posibles malos manejos, en
algunos municipios, de los recursos para atender la emergencia.
Por eso, el congresista Ricardo Ferro envió una carta al presidente Iván Duque
en la que le pide “de manera urgente” expedir un decreto con fuerza de ley que
garantice la austeridad en el gasto de público.
“No podemos permitir que los recursos oficiales terminen o en manos de los
corruptos o en gastos innecesarios, en medio de esta emergencia tan difícil que
está viviendo el pueblo colombiano”, manifestó Ferro.
En los escritorios del grupo de tarea del sector salud que la Fiscalía General
creó el pasado 2 de abril ya hay por lo menos 20 denuncias por presuntos
malos manejos de recursos públicos para atender la emergencia del
coronavirus.
La Procuraduría General también está adelantando varios procesos y abrió 10
investigaciones disciplinarias en ocho departamentos. En total, el organismo
está vigilando 2.017 contratos firmados desde el 20 de marzo, y que superan
los 800.000 millones de pesos.