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Zapatero

Las olas del mar batiente se disolvían en la arena, asemejándose a los agradables pensamientos
que en Bernardo Cardoso iban sucediéndose. Con su cigarro puro encendido, sentado junto a la orilla y
los ojos cerrados, la musiquilla de esa perfecta sintonía que componen los ritmos del Océano, lo iba
introduciendo en un abandonarse sereno y narcotizante. Recuerdos remotos, carcajadas que volvían a
resonar en sus oídos, miradas eternas, sollozos consolados por la ternura de sus trabajadas manos,
preguntas de una niña de barrio. Dulces e irresistibles como esas gotitas de miel que echaba a las
hormigas. Doña claudia lo regañaba - ¡Esta usted loco, le comerán su establecimiento! - Y su paciente
sonrisa, antes de contestar - ¡Son mi comunidad, Doña Claudia, mi vecindad. Una comunidad Doña
Claudia, de millones de criaturas, que a los ojos de Dios, señora mía, no son más ni menos que usted y
que yo, Buenos Días! – y se despedía para volver a sus labores.

En cada chupe de puro, de entre su algodonoso humo surgían evanescencias de un pasado feliz.
Lupo cerraba los ojos. Un movimiento de oreja en señal de alerta, indicaba que un cliente estaba cerca.
Entonces escondía su puro, agitaba el aire para ahuyentar los últimos restos del humo y tomaba un sorbito
de su mate, aclarando así su voz. Terminaba el ritual lanzándole al fiel perro una golosina, que este
aceptaba gustoso agitando su rabo y realizando cabriolas que tanto divertían a su amo. Entonces la puerta
chirriaba, y excusándose entraba un cliente – Pase, pase, hasta el fondo, esta usted en su casa – y aquel
hombre enjuto, tímido, caminaba como de puntillas, portando una bolsa de papel debajo del brazo.
Sujetándose sus gafas empañadas, anudada su corbata con cierto desaliño, se acercaba al mostrador sin
alzar la vista.

- Muy bien caballero, usted dirá – susurró delicadamente Don Bernardo a su nuevo y asustado cliente.

- Buenos días, señor. Vine a usted porque me aseguraron que es el mejor remendador de la comarca –
exclamó muy bajito el recién llegado.

- Oh, bueno, veamos que podemos hacer – chupando un poco de maté, el zapatero le retiro el paquete
con sumo cuidado – aquí están.. um, debo felicitarle. Ya no se ven de esta clase. ¡ Dios mío, que piel,
son de la mejor calidad! – exclamaba mientras sostenía el zapato del pie derecho, moviéndolo al
trasluz.

- ¿ De veras? ¿Eso es lo que cree? - preguntó más afable y corrigiendo su postura Elías Moreno, el
flamante propietario de tan exclusivo calzado.

- Por supuesto, de lo mejor que tuve en mis manos por muchos años. Y bien, buen amigo.. ¿ a que
espera? Puede marchar a sus tareas. En tres días tendrá listos sus zapatos y vera… ya vera como va a
caminar mucho más cómodo, con el orgullo de la industria nacional del calzado.. “ Los Pamperos”,
únicos en su clase.

Bernardo sonreía corrigiendo su bigote, observando victorioso a su nueva conquista. Aquel hombre
que entraba derrotado en su pequeña cuadra, instantes después había recobrado su digna pose,
sonreía y extendía ahora su tarjeta amable y cercano al mejor zapatero remendón de la comarca –
aquí tiene mis señas, soy Elías Moreno, profesor del conservatorio, para lo que usted quiera disponer,
que tenga un buen día Sr….perdoné.. – el artesano estrechaba en ese instante la mano de su nuevo
cliente – Bernardo.. Bernardo Cardoso, buen amigo. Sepa que no descartaría el enorme placer de
escucharle hacer música una tarde de sábado. Alegraría mis oídos. Soy un gran amante de la música
y no siempre tengo ocasión de encontrar personas de su distinción – aseveraba convencido.

- Oh, vamos… no es nada. Le invitaré un día a una de nuestras sesiones. Veo que tenía razón mi
consejero, es usted un coleccionista de amigos – la transformación de Elías Moreno era toda una
nueva conquista. Para sus adentros, Bernardo, remendador no solamente de calzado si no también de
almas, pensó – No es feliz este hombre, voy a tener tarea, larga tarea.

Despidiéronse y cuando Elías tornó sobre sí, el sagaz artesano fijó sus ojos en los pies del músico y lo
observó flotar oscilantes como las notas musicales sobre un pentagrama gaseoso, sin papel sobre el que
fijarse.

Gustaba Don Bernardo Cardoso de pasearse a las noches por las callejuelas del barrio. El Café
Novedad, viejo y clásico centro de encuentro y tertulia de las cuadras de alrededor, era el lugar preferido
por el zapatero, en donde hallar solaz, buena conversación y encuentro humano. “ Necesidad vital ”,
como bien decía su buen amigo el estanquero.

- Chee, buen amigo, venga, venga para acá, le traje un obsequio –. Hacia su petición, Segundino
Alvarez, moviendo agitadamente sus manos, ofreciendo una silla sobrante, para que se sentara a la
mesa, el zapatero filosofo, como el lo llamaba.
- El viejo guzmán, pero hombre… nadie me aviso que estaba de regreso, ni tan siquiera vos,
estanquero del carajo! -. Ambos, D. Miguel Gúzman Balbuena y Bernardo, se fundieron en un
cómplice abrazo. Sonreía como un niño grande. Don Miguel era “ la más buena persona, la más santa
que conozco”, en palabras del remendador de calzado. – Déjese de protocolos y tome asiento, que me
esta poniendo usted nervioso..mire, mire que le traje ¡ El paquetito, hombre, el paquetito! Tómelo y
ábralo.- extendía su mano el estanquero, exaltado, expectante. Todo el mundo contuvo el aliento.
Hasta el propietario del café suspendió mediante un suspiro su respiración, dejó cuanto tenía por
faena y se aproximó curioso a la mesa.
Bernardino Cardoso, sonriente, dirigió su mirada al resto de contertulios convertidos en estatuas de
sal, y pensó que aquello era muy divertido, que aquellos hombres abandonaban su rictus serio, su
pose grave de buenos conversadores de política, su bohemia e intelectualidad, para dejarse ser niños,
imbuidos por la magia del regalo, ansiosos por la propia reacción.

Abrió lentamente “ el paquetito ”. Palpó con sus dedos el contenido. Miró de soslayó al
estanquero, que parecía entrar en un colapso nervioso, y finalmente sí, sucedió que llevó entonces la
abertura del mismo a su nariz. El mundo mismo se detuvo. Mafalda misma se percato en su bola de que el
mundo se detenía a esperar que pasaba con el paquetito en manos de Bernardino Cardoso. Ritual tan
sagrado como el más irrepetible, sus compañeros emitían un brillo dionisiaco a través de sus ojos
desorvitados. Tras el eterno silencio, un veredicto.
- Mmm..es… es… metafísico… maravilloso… como coger sin prisas… no hay palabras.. no las hay
camaradas. ¡ Qué aroma, que tortura de insaciabilidad epicúrea.. que vainillas asoman en la primera
sensación…mire, mire tabaquero… y estos chocolates, estos toques de Whiskies Viejos.. que me
quemen vivo si no estoy ante el tabaco de pipa más maravilloso que jamás halla catado en nariz.

Contertulios y hasta algún osado cliente - congregados alrededor de la mesa- todos querían introducir
su nariz “ en el paquetito”, contagiados por la seductora apreciación del recién llegado. El estanquero
comenzó a repartir manotazos a la turba que se arremolinaba. “ Quiten, quiten, energúmenos del carajo,
animales… me van a tirar el paquetito, esto es para gourmets, no para el populacho, cuidado…cuidado,
esa pezuña… ¡ No me tiren el paquetito, el paquetito de importación!.- bramaba histérico el estanquero.
Tan solo Don Alvaro permanecía agazapado con una timida sonrisa en la boca, como si esperara su
oportunidad. Una vez se hubieron calmado los ánimos, intervino aliviado.
- Debe de ser la providencia, Bernardino, ya que yo también le traje un detallito . –
El café Novedad era una fiesta. Otro obsequio para el patriarca del barrio. Era tal la algarabía que los
viandantes, marcaban de vaho la gran cristalera del “Novedad”, apollados en ella por saber cual era el
suceso de tan escandalosa ruidera. Jovial y oliendo todavía su tabaco, se dirigió el agraciado al nuevo rey
mago – No tenía por que haberse molestado, mi buen amigo, no tenía por que.. me averguenzan ustedes,
no se me amotinen, camaradas, les digo de veras, que me avergüenzan – .

Tomó “ el detallito” . Lo palpó impávido, alzando las manos, explotó de jubilo – Oh, ¿Cómo has
podido?.. serás jodido pinché mexicano.. como has podido… no puede ser.. Como eres, Alvaro… con que
un detallito, creo saber de que se trata… - abrió presurosamente la bolsa y alzando victorioso el objeto
enigmático, todo el mundo allí congregado irrumpió en un sonoro “ ooohhh ”, admirados por la alquimia
que se había producido entre “ el paquetito” y “ el detallito”. Una maravillosa pipa de espuma, blanca
como el marfil, pulida espectacularmente, labrada en su cazoleta la avejentada cabeza de un marinero.
No era una pipa más, era La Pipa, alzada en lo alto, sostenida como glorioso trofeo de aquella tarde de
Octubre. – Se pusieron de acuerdo, eh.. mil gracias, hermanos, mil.. no saben como apreció estos
detallitos – subrayaba Bernardino.

- ¿Cómo? ¡De acuerdo, nada! – Vocifero Alvaro acallando a todo el mundo – Perdón.. dije antes que
ha debido ser la providencia.. no sabía nada del obsequio de Segundino, y miren como es la cosa, que
alguien se acordó del tabaco – aplaudió espontáneamente la concurrencia. Bernarnido en silencio,
sentía como su corazón sostenía en sus carnes, esa leve sonrisa sabia que el alma evoca cada vez que
las casualidades aportan a la vida toda su magia.

Estas y no otras eran la clase de acontecimientos, de fiestas, de encuentros los que animaban la vida de
nuestro zapatero. El no precisaba de aquellas muestras pero sabía que la vida estaba compuesta de luces y
sombras, de encuentros y desencuentros, y puestos a elegir, vivía y lo hacía con plenitud. “ No hay que
esconderse de la vida, hemos venido a vivir ” , repetía constantemente ante las dudas, incertezas e
indecisiones de sus camaradas.

La cafetera hervía a fuego lento. Sentado en una esquina, el can gruñía deseoso de iniciar su
paseo matutino. Don Bernardino machacaba sus futuribles sopas de pan, mientras hojeaba el diario de la
mañana. – Guerras, y más guerras.. hambre, huelgas, politicuchos liándola…nada cambia, amigo.. nada..
tan solo uno, que es un poco más viejo y más torpe – hablaba serio y pomposo al perro, que parecía rehuir
de esas arteras platicas de madrugada. Le costaba levantarse de la silla ha esas horas, acercarse a la
cafetera y servir ya era una conquista; Don Bernardino, amigo de sagrados rituales se agacho a acariciar
la testa del perro, como cada mañana. “Veamos que nuevas almas caen en vilo por mi templo esta
jornada” masculló para sus adentros irrumpiendo en una angelical sonrisa, el zapatero de aquella cuadra.
“Llego tu hora, vamos, vamos… salgamos a despejarnos y respirar, eh, sin empujar, sin empujar”.

A penas el sol asomaba, las gentes de cada mañana, con gesto taciturno, caras de mala gana,
respondían a los saludos de aquel viejo del perro, algunos para sus adentros, se lamentaban - “ tiene que
estar ido el viejo este, todos, todos los días sonríe el canalla” - . Caminaba despacio, alzando la vista,
contemplando los viejos álamos y lamentando el abandono de las aceras, y descubriendo la enfermedad
de un tilo reseco “Mañana llamó a la concejalía, ya esta bien de tanto marearla; no es justa tanta desidia
con tan hermoso ejemplar”. Y a eso de las siete y media, Don Gaucho, el viejo bandeonista sonreía
sabiendo ver a lo lejos al cliente habitual que cada mañana, depositando una moneda en su abrigo, le
encargaba una melodía que debía sonar siempre a la misma hora. Cuando el zapatero regresaba de su
agujero dirigiéndose a almorzar a su casa. Y este, orgulloso de su fiel admirador lo invitaba al café, cada
mañana de labor, y comentaban, se aplaudían y apoyaban. Que sí los peronistas, que si los americanos,
que qué tal su hermano por España, que las cosas están cambiando, ya las gentes se echan a la calle y
vendrá la democracia, que sin embargo acá la cosa tiene mala vuelta y no se ve salida, que lo que importa
realmente es el Boca, lo que haga el Boca en la próxima cancha. Y la vieja Delía en un descuido
atiborraba a huesos al chucho “ Pero bueno, Delia, años, años llevo diciéndole.. no le de huesos al can,
que le sientan mal, me los expulsa y no precisamente empaquetaditos..como se lo he de decir, vieja
loca…¡ay, ay, vecindad, cuanto la adoro, pero cuantos problemas me da!” . Delia justificaba que eran
cuatro huesos de nada y que total el animal era con lo que verdaderamente cada mañana disfrutaba. A la
hora y media ya en el taller, con pulcra exactitud horaria, el ritual de la palangana. Agua de fregar, pala
para la papilla, palmaditas otra vez para Lupo, congestionado y arrepentido, como cada mañana. “ ¿No
ves? Esa tullida vieja del café va a mataros a vos con los huesos y a mi con el purgante que sirve… vos
me esperáis aquí echadito y firme, que vuelvo enseguida”. Terminados los sagrados rituales de cada
mañana, sentado en su taburete, y vestido con su delantal de duro cuero, la faena aguardaba a nuestro
maestro zapatero. Martillito, clavos de los de ahora, que no, que no los hay como los de antes, la goma un
poco a remojar que se quedo casí seca, un breve repaso a los encargos más urgentes y lo más
fundamental, encender la vieja bombonita para calentar mate, el primer matecito inspirador de la mañana
que lo eleva a uno y hace del trabajo ordinario, deliciosa rutina. Precisamente en el centro de la repisa
izquierda, ahí estaban las adorables botas del músico del viento, del embajador de las nubes; Don Elias.
“Bueno, amigas mías, veamos como camina por el mundo el bueno del Sr. Moreno”.

Dos vueltas de llave, persiana hasta la mitad, Lupo ansioso por cruzar la esquina y Bernardo
encendiendo su cigarro puro de los viernes, como tiene que ser. Saludos al respetable, la señora de la
tienda de bombachas de palique con dos mujeres y la habitual genuflexión que tanto la acalora y la hace
reír histérica, de pura vergüenza; “ Ese viejo y simpático loco, me trata así de condesa, desde hace más de
cuarenta años; ahí donde lo ven lo adoran acá, es como un patriarca para todos los paisanos, algunas
abuelitas lo tratan de angel, angel caido del cielo; ¿ Saben que pienso yo? Un viejo verde de esos que
piensan todo el día en coger, por eso me da tanto coraje el viejecito, me crispa amigas mías. Pero como
les iba diciendo…”. Miradas de asco, propias de esos mentideros de barrio que son las verdaderas cloacas
que apestan en la vecindad. “ La sombra colectiva pestilente y nauseabunda de todo hijo de vecino, donde
arrojar los fantasmas propios” que diría el estanquero en una de tantas tertulias. A lo lejos, como un
lamento de amante lacerado, como celos que rasgan las entrañas de quejidos y lamentos, sonaba la vieja
melodía del bandoneón. Y Don Bernardo se miraba el reloj satisfecho, su regalo había sido igual de
puntual en los últimos quince años. Y los relojes sincronizados, una tarde de verano, tras varias tomas de
licor, seguían funcionando los benditos. Estas, estas son maquinarias y la pilita esa del demonio que la
lleven los patanes. Al reloj, como a la vida, hay que darle cuerda, que si no se agarrota. Estaba cerca del
café, y los parroquianos en sus sillones, el ciego del barrio con su tragito, la chica de la esquina tomando
su café, y esperando a algún nuevo muchacho. Entrando por la puerta, Bernardo se acerco al fondo y allí
estaba Miguel Silgueiro el gallego, con sus cajitas de cartón, la lupa y algún que otro nuevo sello. “ Con
permiso”, tomo asiento tras el asentimiento del mudo. Así lo llamaban al gallego de mirada sería y gesto
perdido. Amigos lo que es tenía pocos. Pero junto a él ya se sentaba uno de los buenos. Y era entonces
que entusiasmado resucitaba de su letargo, gesticulando, alzando con sus pinzas el nuevo sello que había
comprado; acercándole la lupa al viejo para que observara aquella rareza extraordinaria. Confesando al
viejo amigo la nueva burla de algún desalmado “ ¿Cómo van las estampitas, ya habrá reunido las
suficientes para empapelar su estancia, verdad?”. Riéndose los dos por lo bien repartida que esta la
ignorancia en este mundo de incautos. “ Ya vendí el sello inglés, amigo, lo vendí la semana pasada, el
mes que viene me retiro amigo, me retiro” y se fundieron en un gran abrazo, los dos, viejos camaradas.
Le habló de añoranzas, de los pazos, de las tierras húmedas de su patria, de las gallegas con sus cantaros
de agua, de los días de siega y tragos de vino helado, y el orujo que valía para curar los catarros y matar
las oscuridades del eterno invierno de aquellos lejanos años. Bernardo lo escuchaba, siempre lo
escuchaba, con la sonrisa en la boca, sin pensar en nada, abstraído en la voz de su amigo, dejando que las
palabras penetraran suavemente en el, hasta sentirlas fundirse en su alma; y en esta alquimia humana, los
ojos del gallego, apagados, poco a poco se alumbraban, un destelló iba asomando, como si del corazón
brotará, un destello que los ojos iban inundando, de brillo, de brillo vivo, la vida que se expresaba. Y así
Paso la tarde el zapatero, con los ojos cansados, las manos dolidas en su herida por una infección.

Bernardo dedico largos minutos a observar las suelas, a leer en ellas, la pisada y el desgaste de
aquel calzado, ejerciendo así la otra gran cualidad de todo maestro, ser adivino. Un zapatero común
arregla zapatos. El maestro zapatero arregla zapatos también. Es este hecho el que tienen en común entre
ambos. Pero solo el maestro zapatero tiene la experiencia y la sensibilidad necesaria para impartir su
enseñanza, para compartir su magia. La de adivinar en el calzado los pasos que en la vida sus dueños han
dado. El verdadero zapatero no arregla zapatos, enseña a caminar. Y es esta su única vocación, en los
pasos de los pies se dibujan también los pasos de las almas, en las huellas de los caminantes, las
búsquedas incesantes de los seres que no se conforman; aquel que camina correctamente consume la
suela uniformemente; es una persona equilibrada, llana y sencilla, humilde y con suficiente arrojo y
autoestima. Toda esta sabiduría, había adquirido con los años el viejo loco, que cada mañana sonrie, cada
mañana.

Pendiendo de su boca, el cigarro puro. Sus ojos brillaban con los destellos que la intuición suele
dibujar en las pupilas despiertas.

- ¿ Lupo, duermes? Viejo zorro, ahora en lo mas interesante te me quedas seco.. hacia mucho tiempo
que un zapato no nos daba tanto que expresar… y vos saco de huesos acomodado no tenés ya na más
que conocer en la vida, que dormir a pierna suelta, eh… despierta…

Media vuelta y levanta la cabeza el perro de su amo. Tantos años juntos y sigue poniendo ese gesto
de extrañeza, como tratando de comprender a ese loco humano que le explica con gestos y gruñidos.
Como si el fuera una persona y tornaran los papeles transformándose el viejo en can enfervorecido de
satisfacción, roiendo la zapatilla de su dueño. El instinto lo ha llevado al chucho a saber complacer las
ilusiones de su amo: esas mentiras vanales que lucen como verdades absolutas, puras e impolutas, que no
hacen daño a nadie. Como la del zapatero que cree que el can es el más astuto de los intelectuales que lo
acompañan, más incluso que Don. Federico Saez de Trujillo, el noble rico venido a menos, amigo de la
bohemia porteña. El perro que lo mira, el dueño que se atusa los cuatro pelos de un mal bigote, carraspea
como lo hacen los grandes para introducir su discurso, ajusta su anillo desgastado y levanta el zapato
hacia el cielo al igual que con gran pompa y boato, lo hacen los jueces con su martillo de madera en esos
juicios de celuloide rancio y aburrido. Suenan los clarines, ya baten en la plaza los tambores, el diestro va
a saltar a la arena y todo el silencio del mundo, mientras este se santigua, solo ante el peligro.

- Mmm.. interesante, muy interesante nuestro musico flaco, Lupo. Nunca vi nada igual, sí, los hubo que
pisaban como este caballero… pero en la puntera el desgaste existía, definido, marcado.. y este hombre,
lleva caminando como si flotara toda una vida. No pisa el suelo, va de puntetas, dejandose elevar por el
aire, como si quisiera alcanzar el cielo, sin pasar por aca, la tierra. Este pobre hombre, no tolera el mundo,
la tierra, el piso, y es por eso, que ante tanta desarmonía en el mundo, quizás sin saberlo, eligió la música.
¿Como sustento? No , ni tan siquiera como sustento, como medicina, deseoso siempre por alzar el vuelo.
¿Y que otro instrumento más apropiado que aquel que suena a golpe de viento? Como si quisiera alzar su
armonía impoluta por encima de este mundo y sentirse arrastrado, alzando el vuelo, de puntetas,
agazapado sobre el pentagrama, suplicando a sus notas que se lo lleven con ellas. Sí, eso es Lupo, lo estoy
viendo, agarrado a una corchea negra, haciendo fuerza sobre la boquilla de la trompeta, y sosteniéndola
eterna, queriendo ser transportado por su profundidad, hasta el más etéreo de los infinitos, librado de todo
peso. Nuestro hombre esta enamorado del vacío, ese vacío donde todo se alcanza, donde nada falta, por
que falta todo; nada necesitas por que el vacio es la nada y la nada todo lo llena. El trompetista sopla
sobre su instrumento y tan solo llena ese vacio; y se sabe precursor de la armonía, llena de armonía ese
cielo que tanto adora y hacia el que se siente proyectado en las melancolicas notas, que como lagrimas
suspensas en el aire, lanza su trompeta, cada vez que el instrumento, buscando un sentido al sinsentido de
la vida, llora en sus propias manos. Pero si nuestro músico supiera que la música no solo esta hecha de
aire, si no tambien de agua, de fuego, de tierra y metal, si nuestro músico decidiera salir de su soledad y
fundirse en la orquesta del universo que es la experiencia de la vida, comprobaría que a veces, también en
la fraternidad se alcanza la armonía, tambien las notas cambian de color, encuentran hermanas que juntas,
forman coros balsamicos que acarician el corazón, y el alma, querido Lupo, el alma errática de quién
elige la soledad por miedo pavoroso a la vida, al riesgo que siempre comporta atreverse a vivir.

Carraspeo el artesano y se puso a la tarea, puliendo la suela, preparando el refuerzo, mirando si


la cola de remiendos estaba lista, secando de su frente las gotas de sudor que habian quedado suspensas,
como esperando – sí, ellas, las gotitas de sudor - a que el soliloquio de Cardoso alcanzará su climax final.
Ruidos extraños en el exterior desconcentran de su tarea a Bernardo que sin dudarlo, deja lo que tiene
entre manos y se asoma a ver que pasa. Primero un susto de muerte. Después un gesto de extrañeza y más
tarde la explosión hieratica frente al espectáculo absurdo. Tres individuos con aspecto de astronauta,
inspeccionando las rendijas del asfalto cuarteado y roto. Escondida tras un árbol la vieja maniática
tratando de no ser vista y a un par de metros, media vecindad entre curiosa y asustadiza, preguntandose
que tipo de peligro ha provocado que estos extraños bomberos esten operando en la cuadra, justo frente a
la zapateria de Don Bernardo Cardoso. Una vecina en voz baja “ Lo sabía, ese viejo loco no era de fiar,
fijense que si ha abusado de alguna muchacha y luego la mató y la acuchilló y la cuarteo en trozos”. Un
ciudadano indignado hace callar a la mojigata pidiendo respeto hacia el bueno del zapatero, que por
momentos alza los brazos, consigue que uno de los operarios retire su mascarilla, y que muestre al menos
su rostro de humano.

- Así esta mejor amigo, me gusta ver con quien platico.. ¿ Qué les trajo por aca, que se supone que
ocurre? Estan tomando medidas para mejorar el piso…. O mejor aún, ya se amigos, ya se a que
vinieron, denme otro traje… démelo. …que yo mismo les ayudo. ¡Eh, oigan, vecinos, no se asusten,
estos amigos vinieron a tratar los arboles! ya lo conseguí, tras mucho tiempo de pedir a la concejalia,
me hicieron caso, se van a ocupar de ello, ¿ Nadie se anima a hechar una mano?.. vengan para aca,
amigos, formemos una brigada popular en pro de los arbolitos lindos… ¿ Qué les parece? ¿Podemos
participar los vecinos? Esa es la grandeza de la democracia, la participación popular? ¿ Eh?¿ Qué les
parece? El vecindario unido trabajando a favor de la comunidad. Suena lindo, que conchas, relindo,
es divino… divinoo…

El operario sin mascara se apoyo en la pared a tomar aire. Se sentía absolutamente despistado. ¿ Quién
era aquel señor de bigote que movía las manos como las haspas de los molinos de viento? ¿Qué reconchas
era aquello de los arboles, la comunidad, la democracia?. El tan solo cumplía ordenes, se trataba de un
mal entendido y estaba dispuesto a aclararlo, pero no sabía a que atenerse en aquella tarde de expectación,
de mitin de barrio. Se convirtieron en atracción de circo a costa de los dichosos e insufribles trajecitos de
seguridad. Con aquella calor – no tuve que dejar nunca la mar por esta mierda de laburo – pensó el
operario de rostro humano.

- Mire usted, Sr. ¿ Disculpe, como se llama o como se hace llamar? – pregunta el operario extendiendo
su mano amistosa. Bernardo que satisfecho da un paso al frente, le extiende la mano, le ofrece un
puro – No, gracias, amigo, gracias. Vera, no es que le desprecie el cigarro, pero con esta calor y en
estas circunstancias, no puede ser. ¿ Y entonces? ¿ Usted es…?
- Bernardo, simplemente Bernardo. Me va a permitir ayudarles, me haría mucha ilusión – la voz del
artesano denotaba cierta sorna. El viejo zorro conocedor de los movimientos de la presa en la
madriguera, hacia sus primeros movimientos audaces.
- Vera, no es lo que usted piensa.. bueno, si y no, depende… vinimos avisados por una convecina
sobre una plaga, simplemente estamos de inspección rutinaria, no más, asi es que si nos permite
terminaremos en un par de minutos y nos marchamos, lo dejamos trabajar, no lo molestaremos más.
- Es justo lo que yo decia, Amalio, venga para aca, vea con sus propios ojos que ya me hicieron caso
en la municipalidad.

Amalio que no muy confiado conociendo a su vecino, se acerca al grupo en cuestión.


- ¿ Sí, me hizo llamar Cardoso? Mire que yo no los puedo ayudar, tengo un recadito que hacer y…- el
zapatero le giña un ojo y le hace muecas para que aguarde unos instantes.
- No es nada amigo. Lo mandé llamar por que ya que estos señores vinieron a arreglar el arbolado del
barrio, les vamos a preparar una merienda, vos sos el que mejor cocina de toda la pampa entera.. y
digo que podría preparar unos churrasquitos de esos tan ricos que usted sabe hacer, para que una vez
terminada la jornada, estos señores puedan merendar y reciban del barrio un detallito no más, por su
labor.
- Ah, es eso.. pues sí, miren, justo el recadito era ir a comprar cositas de embuchar la tripa y me viene
de paso también prepararles algo por su buena disposición hacia el barrio. ¿A que hora les viene bien
a ustedes que este listo el aperitivo?
- Ay, Amalio, vos siempre tan cortes, tan de palacio… pues al caer la tarde, con la fresca, ah, y no se te
olvide preparar esa limonada fresca que es digna de los Ángeles.. yo los acompañaré hasta el
jardincito y allí mismo nos reuniremos.
- Bueno, Sres. Pues así queda la cosa no más, que voy con prisa.. ¿ después ya nos vemos, sí?
Los tres operarios no articulan palabras. Los tres operarios se sacaron asfixiados su mascara. El zapatero
sonrie satisfecho, la vieja escondida detrás del árbol, que mira para arriba indignada por que le calleron
goterones del árbol enfermo. La vieja que hecha a caminar como farol encendido hacia el grupo.
El operario que comanda el grupo que empieza a ponerse nervioso y trata de explicar el objeto verdadero
de su misión. Acabar con una plaga. El zapatero que asiente y que esta muy de acuerdo, que vayan
preparando sus utensilios para fumigar los arboles y que el mismo les ayudara en la tarea. La vieja que
atenta pero con prudencia y desde la distancia, que escucha indignada y para sus adentros piensa – el
demonio, es el maligno este hombre, o mejor, un loco que cría hormigas que se nos van a comer el barrio
entero – asiente con su cabeza colerica.

El vecindario comienza a formar un corro alrededor de los operarios. Estos que se quitan la
escafranda. Cardoso que pide tres hurras por estos benditos camaradas trabajadores, que aportan con
faena, sudor y esfuerzo, las soluciones que necesita el pueblo, la gente del barrio. La multitud que se
arranca en tres airados hips, hips, urra. El musico de la esquina que se empeña en tocar una pieza, la
muchacha de la fruteria que coquetea con uno de los operarios y se arranca en un tango de tarde de
domingo, en el teatro principal. El borracho del barrio, que con manos sudorosas ofrece su botella
entusiasmado, pensando que aquello ya es una fiesta. La vieja chismosa que le da un mareo, se viene al
suelo y alguien la reanima, quitandole al borracho un trago de ron, colocándosela en las fosas nasales a la
vieja, que retoma el animo. Unas convecinas la llevan hasta casa, y el baile de la frutera, ya es un musical
en plena calle, al que se suman curiosos, estudiantes despistados, mujeres de mala vida y todo el helenco
de duendes, princesas y dragones, caballeros de armadura ya oxidada, toda la magia de barrio
confabulada. Aquello es una explosión de jubilo, de camaradería contenida, y los trabajadores que ya
saben finalmente cual es su misión, tratar los arbolitos relindos, que estan muy enfermos, pero que
“vamos a estar a la altura, Don. Bernardo, no le quepa la menor duda”. Así se comprometió el capaz del
equipo fumicida de la municipalidad, al dar la mano con toda pompa y boato al zapatero.

El zapatero que levanta los brazos, pide silencio, la algarabía que se viene a un lapsus y todo el
mundo expectante, “Veamos, veamos la nueva ocurrencia del bueno de Bernardo”. El panadero, mediante
estas palabras, y un codazo discreto, se ha unido cómplicemente con el pescatero de la esquina. Los dos
saben que la historia puede tomar un nuevo rumbo, dar un giro inesperado y se sonrien por fuera, pero
tambien por dentro. Esos momentos que tiene la vida, grabados para siempre, en nuestros fueros internos.

“ Estamos encantados que vengan aquí, a nuestro barrio y el alcalde se preocupe de sus arboles,
de nuestros árboles. Espero que a estas alturas de las circunstancias, sepan tratar a estos magnificos
ejemplares, como lo que son. Seres vivos. No me les receten un mal jarabe, no me los vayan a llenar de
porquería y tóxicos. Imagino que traerán agua jabonosa para tratar a estos señores de la naturaleza, como
lo que son, verdaderos e ilustres Sres. De la Vida”. Nuevamente el capataz que rompe a sudar, que
carraspea, que mira para todos los lados como buscando una madriguera en la que esconderse.
Finalmente, ante la sonrisa del púgil que acaba de asestarle con la izquierda un buen golpe, decide
abandonar. “ Mire, no tenemos otra cosa que veneno, veneno pa los bichitos, eso es lo que hay, no
entiendo como ni de que otra manera podemos acabar”.

El señor Cardoso se sonrie. Y vuelve a la carga. “ Estos arboles si estan contaminados, lo que
hay que hacer es limpiarlos. Yo en mi casa labo con jabón y nunca tengo problemas para conservar
limpieza y orden. Pues estos arbolitos, van a agradecer una ducha, no que los fumigen como hacian los
nazis con los judios, hombre. Estos arboles no necesitan que les hagamos la guerra, una ducha es lo que
quieren. Duchenlos primero con jabón, que la naturaleza hará el resto, la lluvia se encargara de limpiarlos
y dejarlos nuevecitos y brillantes. El sol los secará y los alimentará de energía y salud, vigorosidad. Asi es
que una solución agua con jabón del de toda la vida y el asunto estará solucionado”. Bernardo es un
jugador estratega. Cada movimiento de ficha tiene dos y hasta tres consecuencias posteriores. Es hombre
de largo recorrido. Y aguarda tranquilo por que sabe cual es la respuesta del operario. “ Lo siento, no
tenemos jabón, solo tóxicos. Jabón, lo que es jabón, no tenemos, lo sentimos”. Bernardo mira a su
alrededor. Algún convecino mira con rostro de querer decir algo y no atreverse. El otro adelanta unos
pasos y nuestro lider, el zapatero que enseña a caminar, les arranca las palabras “ Haber, Aurelio… Don
Aurelio Carrillero, nuestro electricista favorito, tienes algo que decir”. El hombre menudo, como le
llaman en el barrio, que se arranca con desparpajo “ pues digo yo que problemas de jabón lo que se dice
jabón, hay pocos. En esta misma calle, en las casas tiene que haberlo, seremos pobres, pero la ropa la
lavamos a diario. Los obreros sabemos lo que es lavar el traje de faena.”. Una mujer que le interpela “ Tú
no has lavao una camisa en tu vida, la santa de la Eugenia, esa se deja los puños, no tú”. El que lo
reconoce . “ Pero ese, convecinos no es ahora el debate, digo yo que podemos contribuir entre todos,
saquemos jabón, pozales, cubos, lo que haga falta, colaboremos con estos señores y que después vayan al
alcalde y le cuenten como organizamos aquí las cosas, que nos valemos por nosotros mismos, que no
necesitamos esperar a que nadie venga después de tres años enfermos estos arboles, a cuidar de ellos. Es
más, organicémonos como para otras faenas, en brigadas para cuidar de ellos.”.
Bernardo que se ríe, se acuerda de los tiempos mozos de este entusiasta militante popular. Pago cara su
rebeldía, con años de cárcel y pleitos diversos. Pero “este viejo lobo no se arruga”, pensó el viejo.

El barrio que se disgrega. Que la gente hecha ha andar hacia sus casas, algún vecino regresando
del laburo que se sorprende, hasta llegar a la altura de los operarios, el zapatero, el pescatero y el
panadero. Y entonces sigue con su paso, moviendo la cabeza de un lado a otro divertido por que sabe que
los paisanos del barrio, han organizado algún que otro nuevo quilombo. Uno más de tantos. El viejo
estratega sonrie. El viejo estratega tampoco se arruga. El viejo estratega a conseguido todo cuanto quería.
Que se respeten sus hormiguitas. Que se solucione el problema de los árboles. Que los operarios tomen
conciencia de lo que es realmente importante, apostar por la vida y no por la muerte. Que la vecindad
encuentre un nuevo motivo para trabajar junta, en común, cuidando del barrio y colaborando juntos,
haciendo barrio. Bernardo saca un puro, lo enciende y vuelve a su lugar, acaricia al perro y continua
trabajando satisfecho, cuando la brigada popular ya esta lista, se pone a la faena, con todos, con la sonrisa
siempre en la boca entre bromas y anécdotas, comparte sudores e ilusión, uniendo todo el barrio en una
misma misión, salvar los árboles que agradecidos tornaran en primavera a rebrotar, renovados y floridos.
Martillos y tijeras, puntas y goma, suelas, restos de caucho y evillas, objetos familiares que
rodean al artesano, mientras los rayos del sol, el ventanal medio dormido atraviesan. Tararear una vieja
canción, saborear el último alito de un puro chupado hasta la extenuación, hacer levantarse al perro para
salir cinco minutos a airearse, saludar al paisano y vuelta al taburete. Lleno de muescas producidas todas
ellas por el golpeteo del punzón, cuando el “cliente pepino” le amarga a uno la vida, y uno que tac,tac,tac,
martilleando el borde, como llamando a la señora paciencia, para que lo auxilie en mitad de la tormenta
de exigencias.

Benditas bisagras, guardianas de la entrada fácil, que avisan la presencia del amigo, del cliente o
incluso del intruso. El remendón levanta la vista y se alegra por la baga presencia de ese ser ausente, ese
ser eternamente avergonzado, por creer siempre, “que molesta”.
- Adelante, adelante, entre, pase sin miedo, buen amigo.
- Buenas tardes. Pasaba por acá, y pensé en entrar a saludarle y pues, como vine de paso, saber si ya
miró mi “encarguito”
- Esta bueno, amigo. Siéntese, a tenido suerte, por que me queda agua caliente en la cantimplora, para
preparar un matecito. Mire que lo tengo de la marca “ Pampa Dorada”, es el mejor que encontré en
toda la barriada. Yo le preparo, y platicamos…

El músico volador, esa estría humana que aparece y existe como si no estuviese, tardó una eternidad en
musitar un gesto de aprobación y sentarse junto al zapatero, fue una epopeya evocadora para nuestro
camarada y maestro de caminantes. Complice eterno de las humanas razones, escrudiñador de las
profundidades ocultas de cada paisano, se situaba frente al cliente, ofreciendole ya con sus trabajadas
manos el caliente medio coco, humeante, zigzagueando en su interior el siempre agradable caldo amargo,
de valor iniciatico, tradición y costumbre, cultura y sabor.
- Bien, y digame, amigo, como le fue estos días. ¿A tenido que viajar a algún lugar para impartir
conocimiento, deleitar oídos ajenos, recuperar el palpito de alguna cansada alma?
- Oh, nada de eso, estuve encerrado, en mi cuadra, tan solo salir para lo indispensable, tomar un poco
el aire, comprar el journal, unas papas, ya sabe, un hombre soltero como yo ha de buscar sus
distracciones. Dos muchachos vienen dos veces por semana a recibir clases de solfeo y una niña,
cuyo padre se ha empeñado en que aprenda a tocar la flauta, me combate a diario, ya no se que hacer
con esa malcriada.
Paso los días componiendo música, que jamás nadie escuchará, pero que quiere que le diga, prefiero
eso, a vivir de otros trabajos embrutecidos. Crear me divierte, no sabría hacer otra cosa….
- Me permite que le sea franco?

El músico arqueo las cejas deseoso de volver a escuchar al zapatero, hombre cuyo porte, cuya sincera
mirada y cercana voz lo cautivará el primer día de visita a la humilde estancia que hacia las veces de taller
y de tienda.
- Por favor…
- Un hombre soltero como usted, es un ser afortunado, que dispone de tiempo, para dedicarlo al arte, a
la música, a la medicina más maravillosa que inventará el hombre..
- Me conmueve.. no sabe hasta que punto coincidimos usted y yo. La musica, una medicina. Le puedo
asegurar que lo es, a mi me salvo la vida…
- La vida solo la puede salvar el hombre, la voluntad del hombre, que elige vivir, que desea vivir, que
decide vivir..
El musico bajo la cabeza pensativo. A modo de excusa, sorbió el mate que sostenía entre sus manos. De
soslayó miro las grises paredes, terminando por posar sus ojos en el rostro aviejado pero luminoso de su
contertulio.

- Usted, usted es feliz. Es el primer hombre, que se que es feliz. No necesito escucharle decir nada en
torno a la felicidad. Ni saber nada de usted, ni conocerle, ni tampoco le voy a solicitar que me
conteste. Pero se que es feliz. Siento tanta paz a su lado. Ha encontrado la armonía.

Bernardo sintió en ese preciso instante, ser espectador mudo de un milagro minusculo, de un
acontecimiento notable para la vida de un solo hombre. Probablemente, el musico huidizo se estaba
sincerando por primera vez en muchos años, cara a cara, precisamente con él. El musico azorado, era un
hombre de profunda sensibilidad que le asustaba la vida, precisamente por que la vida mundana que debía
compartir, se asustaba de el. Esa exquisita sensibilidad, esa intuición despierta, lo había llenado de gozo,
de alegría e intensas vivencias, desde su más tierna infancia. Pero también de horror, de innegable
espanto ante la vileza y la sombra, los bajos instintos que era capaz de percibir con la misma facilidad. El
conflicto para aceptar la vida en su expresión total, lo había impelido a apartarse del mundo, a construir
con la misma exquisita sensibilidad que lo impedía acercarse al mundo, su propio universo, a la escala y
medida necesaria para poder volar, soñar y flotar. Nuestro musico era el mago, el artífice, el gobernador
de su propios dominios, entre corcheas, pentagramas, armonías y coros celestiales. Su habilidad para la
música, era su refugio, la barcaza que en medio de las tormentas, lo mantenía a flote.

- Entiendo. Tengo además una buena noticia para usted…


- Eh, disculpe.¿No le habré ofendido? no se como pudo ocurrir, pero le aseguro que nunca me permito
inmiscuirme en la vida de nadie, me sentí tan acogido, que me permiti la licencia de hablarle
francamente sobre esa impresión que usted a causado en mí…
- No tiene de que disculparse, no tiene que pedir permiso a nadie, usted debe disculparse a si mismo,
perdonarse a si mismo, permitirse y saberse digno, es más, dignisimo. Pero debo continuar. Respecto
a la felicidad. No diría yo que soy feliz, sabe. Más bien dichoso. Es un carácter, una forma de ser, que
brota del corazón. Pero la buena noticia es que no existe la felicidad. Tan solo existe la VIDA. Lo
otro, la felicidad, como todo, es pasajero, viene y se va.
- Mmm… sí, así es. A buen seguro tiene innumerables razones para haber llegado a esa conclusión.
- Cierto. Bien buen amigo. Mire, aquí tengo su calzado ya reparado. Le dije que eran unicas, y después
de haberlas trabajado debo añadir, que además son muy agradecidas. Ya no se encuentran estos
cueros. Pero es mi obligación advertirle que si no modifica su modo de caminar por el mundo, las
botas volveran a correr la misma suerte. Y yo como zapatero, también debo enseñarle a caminar, por
que si consigo que usted desgaste menos su calzado, probablemente comprenderá que sí el material
que yo vendo se ajusta a mis conocimientos, será un material que nunca lo defraudara.
- Le agradezco sus palabras, continue – dijo con voz temblorosa el músico de viento.
- He observado que usted camina como de puntetas, como si no se atreviera a pisar, como pidiendo
permiso.
- Bueno… no sé…
- Perdone, pero es evidente que esto es cierto, las marcas de su calzado lo delatan. No quisiera que
entendiera que me inmiscuyó en su vida, no deseo proseguir si entendiera que estoy violando su
intimidad personal..
- Todo lo contrario, esta usted llevandome de la mano, para que me atreva a mirar frente a frente a mi
vida…le agradezco su sensible apreciación…
Bernardo sorvió mate, se levanto y apoyando la mano sobre el profesor, prosiguió.

- Le propongo el siguiente ejercicio, para conservar su calzado. Cada vez que usted de un paso, tome
conciencia de pisar con toda la planta del pie. A cada paso que de, siéntase con todo el derecho del
mundo a caminar. Cada vez que adelante un pie, sienta el contacto con la tierra, disfrute de ese paso,
piense que usted camina, esta vivo, puede moverse y caminar, tiene pleno derecho a caminar por el
mundo, con la mirada al frente, sienta su pie apoyandose y diga para sus adentros, “este digno ser,
camina por el mundo, pisando libre de temores, sabiendose unico, irrepetible, incomparable”. Si
quiere conservar su calzado, prometase a si mismo, no volver nunca jamás a caminar de puntetas,
como pidiendo un permiso que usted ya tiene por simplemente estar vivo, por estar en esta tierra. El
mismo derecho a la vida, a caminar, a sentir la tierra bajo la planta de sus pies, a vivir, que cualquier
otro mortal. Cada vez que pise con conciencia, ira ganando en confianza, no necesitará caminar como
si levitará, si deja que sus pies sientan el suelo, la tierra; quizás podrá reconciliarse con la tierra, con
la vida, con esa parte fea, sordida del mundo. A veces no podemos evitar cristales, pinchos, guijarros
dolorosos. Pero como dijo el sabio sufi, “no pretendas alfombrar el mundo, ponte zapatillas”.
Caminar no significa lanzarse a la calle descalzo, sin protegerse. Pero el peligro, los charcos de los
caminos, las alambradas, no deben coartar nuestra libertad para caminar. Encerrarse en casa, no salir
a la calle, no nos hace más felices. Debemos caminar, con todas las consecuencias, pisar y avanzar,
explorar los caminos, los senderos, saber sabiamente tomar los atajos que nos ofrece la vida, e
incluso saber discernir entre los atajos que nos perderan en el camino y los que nos ayudaran a
avanzar por el. El día en que haya cambiado su forma de caminar, alargará la vida de su calzado.
Pero es probable que a la par que su calzado se vea usted también beneficiado. Asi sin darse cuenta,
habrá aprendido a caminar por el mundo. Y es esta la verdadera misión de un zapatero, arreglar
zapatos, es cosa de aprendices. Pero la verdadera maestría de un zapatero, es enseñar a caminar por el
mundo”
El musico alargo su brazo y con una sonrisa complice invito al zapatero a abrir un nuevo paquete. El
zapatero sorprendido sonrió y se fundió en un sincero abrazo con su nuevo y buen amigo. Le había
entregado unas zapatillas nuevas, casi sin estrenar, desgastadas únicamente por la punta de la suela. El
trompetista, susurró al oido del viejo artesano:

- Cuando las tengas listas, saldré a caminar por el mundo.

Este cuento fue terminado en Artaunsoro, el sabado dia 29 de julio de 2006.