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Ana Castellanos

Editorial Voces de Hoy


Corazones heridos
Primera edición, 2015

Edición: Mayra Hernández-Menéndez


Diseño interior y composición: Josefina Ezpeleta
Diseño de cubierta: Juan José Catalán

© Ana Castellanos, 2015


© Sobre la presente edición, Editorial Voces de Hoy, 2015

ISBN:

Editorial Voces de Hoy


Miami, Florida, EE. UU.
www.vocesdehoy.net

Todos los derechos reservados.


Este libro no podrá reproducirse ni total ni parcialmente sin la
autorización previa por escrito del autor.
SOBRE UNA NOVELA ESCRITA
CON FUERZA Y CON AMOR

Siempre que leemos alguna novela, ponemos nuestra vida en


una balanza, con la de los personajes que estamos viendo en el
libro. En ocasiones somos similares, a veces no nos parecemos
y la mayor parte de las veces, creemos que pudiéramos haber
obrado de distinta forma a como lo hace el personaje de la
historia, pero la vida en lo real y en la ficción, transcurre muy
diferente a como deseamos que fuera y solamente el autor
puede tomar su pluma y cambiar el curso de sus personajes. Es
él o ella —como es este caso— quien vive la vida de todos los
que habitan en su obra y se encarga de darnos a conocer cómo
van a actuar en la vida de la novela cada uno de los que allí se
mueven.
En Corazones heridos, de la autora Ana Castellanos, ella nos
muestra la vida de adolescentes que viven sus temores, sus
intrigas y su mundo que no tiene nada que ver con la realidad
que viven los mayores. Los sueños, las quimeras y los miedos no
son los mismos, pues la adolescencia es una época de dudas que
a veces nos acompañan mucho más allá, en nuestra madurez.
El haber cometido errores nos va dejando marcas, algunas
imposibles de borrar en toda nuestra vida, así mismo sucede
con los personajes de la historia; errores que viajan con los
personajes a lo largo del tiempo y del espacio, que ocupan en
sus vidas un lugar imborrable.
Los personajes de esta novela se van nutriendo a medida que
esta avanza, van creciendo en el andar de sus vidas. Algunos to-
man el rumbo que tenían marcado, pero no el deseado y eso los
entristece, mas siguen adelante y así también sucede en la vida
real, pues, ¿qué es una novela?, sino poner parte de la vida real
en una página de papel.

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Ana Castellanos se va adentrando en la vida de sus per-
sonajes, los va viviendo con una intensidad que irá creciendo
a medida que el tiempo transcurre en la obra. Los irá envol-
viendo en tramas secundarias, sin dejar de lado la principal.
Así nos va atrapando en sus renglones y nos hace meditar,
a medida que vamos leyendo, en la misma medida en que vamos
conociendo a los que conforman la trama de Corazones heri-
dos, que son muchos.
Magistralmente ella nos va llevando por caminos donde
a veces no vemos la luz, pues tal vez queremos ir más de prisa
que la autora; emprendemos algo así como una carrera para
terminar la lectura y saber qué sucede al final, pero ella nos va
deteniendo con idas y venidas, con encuentros inesperados, con
amores incomprendidos, con suspiros colgados de las noches en
vela, de llantos reprimidos, ahogados dentro de los pechos, que
se niegan a dejarlos salir.
Su narración hace que nos vayamos metiendo en la trama de
su obra y, sin darnos cuenta, llegamos a ser parte de ella y sen-
timos a la par que ella; nos dejamos llevar de la mano de la au-
tora quien logra que formemos una simbiosis que luego es muy
difícil definir.
Se narra la vida de más de una generación, las empata entre
sí y las hace caminar juntas, tomadas de la mano, provocando
que los lectores, llegado un momento, no sepan ni a quién que-
rer ni a quién no amar.
Las acciones del pasado se dan cita en el presente y el co-
mienzo de la novela surge de pronto, nuevamente, creando un
ambiente con personajes que tienen distintos nombres, pero muy
similares características.
Podemos pensar que se va a repetir la historia, que pasará lo
mismo, pero ella con una gran habilidad nos muestra… lo que
verá cuando llegue usted, lector, a esas páginas. Lo que sí le

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adelanto es que la obra toma el giro que Ana, como autora, ha
pensado desde el principio.
Ana Castellanos es una mujer que escribe con fuerza, no con
una que causa daño, que duele, no; ella escribe con una fuerza
que marca, que nos conduce por el camino que ella desea to-
mar, de forma que ni cuenta nos damos.
Espero que muy pronto podamos leer una nueva novela de
Ana Castellanos.

JORGE LUIS SECO

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Con solo un pestañazo todo puede cambiar. En la vida es
necesario perdonar siempre y amar con todas las fuerzas de tu
corazón. Nunca podrás saber si tendrás otra oportunidad.
Ana Castellanos

—Jani, apúrate, vamos a ver a Elena, y tal vez también a los


hermanitos que se mudaron en la casa nueva de la esquina.
—Ay, Susan, ya yo los vi, no son gran cosa.
—¿Qué?... Tú no te fijaste bien, tienen unos ojos muy lindos
y unas miraditas que te derriten. Además, escuché que besan
muy bien y quiero probar.
—¡Susan! No juegues con candela que te puedes quemar.
—Mira, Jani, tú puedes hacer lo que quieras, pero por lo me-
nos acompáñame, y recuerda que el que no prueba suerte se
queda para vestir santos.
Jani se quedó pensativa. Claro que su amiga no lo sabe, nadie
lo sabe, pero ella sí sabe muy bien lo que es jugar con ese tipo
de candela y quemarse. «Solo hace unos meses que mi novio me
violó, y para colmo me dejó en estado. Tal vez mami tenga ra-
zón y la culpa fue mía por excitarlo. Todas mis amigas me cuen-
tan que se besan y acarician con sus novios, pero a ellas no les
ponen una pistola en la cabeza y les dicen: “desnúdate, y abre
las piernas”. El miserable… Cuánto lo odio. Y más aún por ha-
ber quedado embarazada, y luego mami me obligó a abortarlo.
Maté a mi hijo y nunca me lo perdonaré.»
Jani nunca olvidará aquella mañana en el hospital, sola, con
ganas de escapar y evitar aquello tan horrible, pero Mariana, su
madre, la esperaba afuera y ya le había advertido que no se lo
permitiría. Del grupo de mujeres esperando en el salón prepara-
torio, ella era la única que lloraba. No podía entender cómo
aquellas mujeres no sintieran dolor por lo que iban a hacer.
Una enfermera se le acercó y acariciándole el pelo, le dijo
algo, pero ella apenas la escuchó. Le dio una pastilla para cal-
marla y la pasó antes que a las demás. Recuerda el bello sueño
que tuvo bajo el efecto de la anestesia: soñó que tenía un bebé
en sus manos, un varoncito gordito y rosado, de ojos azules, co-
mo su padre.

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Primavera de 1989

—Jani, ¿qué te pasa? Mi amiga, últimamente estás en el


limbo. Dale, apúrate, ponte este vestidito y un par de sandalias.
Susan abre el clóset y escoge por Jani como de costumbre.
Las amigas han crecido juntas como hermanas, una mirando por
la felicidad y el bienestar de la otra, guardándose secretos y con-
fesiones, excepto el de la violación, que Jani no ha tenido el co-
raje de contarle.
Jani se queda sentada en la cama, su mente perdida en meses
atrás sin encontrar, por más que se esfuerce, un sentido bueno
a la vida. Aún se siente sucia, indeseable, inmerecida, injusta,
pero en su corazón sabe que esto tiene que pasar, y si nadie se
entera, tal vez ella también pueda enterrar ese pasado. Todo ese
resentimiento que la ahoga tiene que ser olvidado; la vida, de
una manera u otra, debe continuar.
—¡Jani, despierta! ¡Yuyu! Oye, desde que te peleaste con tu
novio militar estás irreconocible. Yo sé que te duele, tú lo que-
rías, y no sé lo que pasó ni me interesa, si no quieres contarme,
pero, nena, ya hace meses de eso… Sabes, creo que lo que te
hace falta es un nuevo amor. Un clavo saca a otro clavo. Borrón
y cuenta nueva. Todas tus amistades estamos esperando ver la
Jani alegre y divertida de antes, la que siempre has sido, y sin-
ceramente me estoy cansando de tenerte que rogar tanto para
que salgas y me acompañes cada vez que hay una fiesta. ¿Jani?
Ves, no me mires así, ya ni me escuchas cuando te hablo y me
da la impresión que no me pones la menor atención cuando te
cuento mis cosas.
—Claro que sí, Susan, sabes bien que siempre te escucho,
que soy sincera cuando te doy mi opinión y que puedes contar
conmigo para lo que sea. Tú, más que una amiga, eres mi her-
mana. ¿Lo sabes, no? Para siempre.

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Ana Castellanos

Los hermanos estaban sentados afuera en el murito que bordea


el jardín de su casa.
Susan enseguida se instala en frente de uno de ellos, Charles,
dejando que Jani se ocupe del otro hermano, Robert.
Jani mira a su amiga coquetear sin mesura y se siente ner-
viosa con la mirada acechadora de Robert. «¿Y ahora qué ha-
go?», se pregunta. «¿Cuánto durará esto?». Robert le está ha-
blando pero ella apenas escucha, y responde evasivamente:
—¿Sí?
Por primera vez le mira a los ojos, es casi un niño, diecisiete
años al igual que ella, pero con mirada de hombre, llena de de-
seos carnales. Jani siente la sangre enfriársele en sus venas y un
pánico terrible comienza a invadir su cuerpo; ella conoce bien
a dónde llevan esas miradas, sabe perfectamente lo que Robert
está pensando de ella. «No puede ser», se dice a sí misma. «Lo
acabo de conocer, no puede desearme».
Susan entra de la mano de Charles a su casa y llama a su ami-
ga, no quiere que la deje sola. «Okey, ya sé, la chaperona…».
—Me das un vaso de agua, por favor. La noche está caliente
y tengo mucha sed.
Robert inclina la cabeza hacia un lado y con la mirada recorre
su cuerpo lentamente, de la cabeza a los pies. Jani siente un frío
infinito a pesar de la noche tropical, pero su amiga la está lla-
mando, no quiere que la deje sola con Charles.
—Sí, hace mucho calor —responde Robert—. Ven, entre-
mos, en mi casa hay aire climatizado.
Robert toma la delantera mostrando el camino, al mismo tiem-
po que comienza a quitarse el pulóver lentamente. Ya dentro de
la casa, con los brazos por encima de la cabeza, fingiendo te-
nerlos un poco enredados, se vira hacia Jani y flexiona los mús-
culos con una sonrisa de medio lado.

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Primavera de 1989

Jani piensa: «Delgado y no muy alto, pero se nota que hace


ejercicios; sus músculos están bien definidos y alardea de ello.
¡Uy, qué engreído!».
—Creo que se te olvidó por qué entramos. Mi vaso de agua,
por favor.
Mientras Robert se dirige a la cocina, Jani busca a su amiga
con la mirada y la encuentra agarrada al marco de la puerta de lo
que parece el dormitorio de Charles. Jani se queda perpleja, pa-
ralizada, mirando la pasión con la que Charles trata de seducir
a su amiga, pero de pronto, como si él sintiera esa mirada, le-
vanta la cabeza de Susan, con los labios aún entreabiertos y los
párpados pesados, mira a Jani a los ojos, y algo mágico sucede,
una conexión eléctrica hasta el alma. Ambos se quedan estáti-
cos, casi sin poder respirar, y el resto del mundo comienza a de-
saparecer alrededor.
Charles no puede despegar la mirada de esa cara angelical
que desprende solo dulzura y esos labios entreabiertos como pé-
talos de rosas, pequeños y pulposos, listos para ser mordidos. Se
siente ligero, con un nudo en el estómago que no lo deja respi-
rar, y un poco mareado se afinca a ese otro cuerpo que aún tiene
entre sus brazos. ¿Será el alcohol que había tomado por la tarde
que lo hace sentir así, o acaso por la manera que ella también lo
está mirando, como si se preguntara cuán delicioso sería estar
entre sus brazos?
Saliendo de la nada, la voz de Susan rompe el encantador si-
lencio. Separándose de entre las manos de Charles, lo mira y des-
pués a Jani.
—¿Jani?... ¿Charles?... Creo que estoy de más aquí…
En ese momento se aparece Robert con el vaso de agua y,
viendo la confusión de los otros tres, decide tomar ventajas. Co-
loca el vaso en una mesita, y agarra a Jani por la cintura incrus-
tándola contra su cuerpo y devorando sus labios con un beso.
Charles regresa a la realidad, como de un largo sueño. «¿Qué
carajo estoy haciendo? Puedo besar a esta muchacha increíble

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que se me ha posado en mis manos, con unos senos de película,


y soy tan estúpido que me quedo mirando a la otra que, al pa-
recer, le gusta a mi hermano. Debo estar perdiendo la cabeza».
Al instante Jani no sabe qué hacer. La ha tomado de sorpresa
y su mente se niega a darle respuesta, pero luego escucha la risa
de Charles seguida de la de su amiga, y la ira ligada con algo
que no puede describir comienza a subirle por el cuello como un
fuego que la quema. «¿Cómo pueden encontrar cómico algo así?».
Y lo único que quiere en ese momento es callarlos, hacerles ver
que ella no es la tonta que se deja besar y seducir, y sin pensarlo
dos veces, responde al beso con la misma pasión que vio en
Charles hace solo un instante. Cierra los ojos, pero es a Charles
a quien ve. Sus manos trazan la escultura de la espalda hasta que
llegan a la nuca, y entrelazándose en su pelo coloca la cabeza
para profundizar el beso. Ya no oye más risas, pero sabe que
aún la están mirando, y en todo lo que piensa es justamente en la
mirada de Charles y lo que la hace sentir.
De repente Robert la carga en sus brazos sin el menor de los
esfuerzos y en dos grandes pasos recorre la distancia hacia su
cuarto. Jani se siente aterrorizada. «¡Oh no! ¿Por qué tuve que
besarlo?»
Robert ya ha cerrado la puerta con el hombro y deja caer
a Jani en la cama, forzándola a aguantarse de las sábanas para
no rebotar y caer al piso. La joven ve con horror cómo Robert se
quita el cinturón y se abre el pantalón. Jani comienza a excu-
sarse, pero ya Robert está encima de ella. Con una mano le
aguanta la cara y le da un beso tan salvaje que le deja el sabor de
su propia sangre en la boca, mientras que al mismo tiempo sien-
te la otra mano desgarrando su blúmer. Jani trata de empujarlo,
de escapar, pero no logra moverlo, al contrario, Robert la aprieta
aún más fuerte y lo próximo que siente es su penetración, rápi-
da, firme y violenta. Un grito de dolor se ahoga en su garganta.
Una vez más Jani se siente violada sin poder hacer nada, solo

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dejarlo que termine, sin hacer fuerzas, tratando de relajarse para


no sentir dolor y siguiendo su ritmo mientras un río de lágrimas
escapan de sus ojos. Y ya no ve ni siente más.
Robert termina con satisfacción, la mira y le dice:
—Así me gustan, con carita de inocente pero tan puta en la
cama.
Jani sonríe irónicamente sin saber por qué. Aún con la mirada
borrosa por las lágrimas, se levanta muy despacio de la cama
y sin preocuparse de ponerse el blúmer o lo que queda de él,
sale del cuarto con la mirada clavada en el piso. Se siente
muerta y camina sin saber hacia dónde va, ni por qué. Frente
a ella unos pies descalzos interrumpen su andar. Levanta la vista
y se encuentra con los ojos de Charles, tristes y agitados.
—Susan ya se fue —le dice y de inmediato se vira y apu-
rando el paso se va a su cuarto tirando la puerta, como si estu-
viera bien enojado.
«¿Acaso no soy yo la que debía estar enojada?», se pregunta.
Pero no, no siente enojo, ella no siente nada, como si le hubieran
arrancado el alma del cuerpo.
Charles entra a su cuarto como alma que lleva el diablo. Có-
mo es posible que su propio hermano pueda hacer algo así.
«Dios mío, qué vergüenza». Cuando vio a Jani salir de la casa
casi se le parte el alma. Susan enseguida que vio a su amiga
entrar con Robert al cuarto quiso irse y no esperarla. Dijo que la
pasarían bien, y Charles por un instante se sintió celoso, pero
después pensó que era ridículo, no existía ningún motivo para
sentir celos de su hermano mientras tenía sexo con una mucha-
cha tan sensual y bella.
No obstante, cuando vio el estado en que Jani salió apenas
unos minutos después, no podía comprender por qué y cómo su
hermano le podía haber hecho tanto daño en tan poco tiempo.
Su preciosa boca estaba hinchada y sangrando a un lado,
y sus ojos también hinchados y rojos de tanto llorar, su vestido

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Ana Castellanos

arrugado y torcido y el pelo desarreglado en todas direcciones,


pero lo que más le golpeó a Charles fue su mirada completa-
mente vacía. Lo golpeó con la fuerza de una locomotora que le
pegara en el pecho, y no supo hacer otra cosa que correr y en-
cerrarse en su cuarto, como si esas cuatro paredes pudieran ale-
jarlo para siempre de esa realidad. Su hermano menor, con solo
dieciocho meses de diferencia de edad, siempre fue su héroe, el
que él seguía a dondequiera, al que le gustaba hacer reír. Pero ya
no, él no era como su hermano y nunca podría tratar a una mujer
con el sadismo con el que Robert había abusado de Jani.
«Bueno, tal vez a ella le guste el sadismo, yo no lo sé, no la
conozco», se dijo a sí mismo.
«Puede ser que ella también le haya hecho algún daño a Ro-
bert. A fin de cuentas yo vi cómo lo besó, llena de deseos por
él». Sin embargo, ¿por qué las lágrimas y su mirada vacía? No,
esa cara tan dulce, tan inocente, no puede pertenecer a una per-
sona sádica.

Jani quiere dormir y no despertar jamás, pero no puede por más


que lo intente. Quiere olvidar lo que ha pasado. ¿Cómo seguir
viviendo así, si cada hombre que se encuentra en su camino
quiere abusar de ella? ¿Por qué tiene que pasarle esto? ¿O tal
vez pensarán que ella es puta o tonta? ¿Por qué no la respetan?
Su hermano Marcos le ha hablado del perdón como su única
fuerza para sobreponerse de las malas experiencias de la vida.
De niños, ambos habían sufrido los maltratos de su padre. Y cuan-
do tenían siete y diez años de edad, sus padres se divorciaron.
Las palabras de Marcos aún puede oírlas: «Perdona y perdónate.
Dios te dará las fuerzas para aceptar lo que no puedes cambiar
y para cambiar lo que puedes...».
Marcos se ocupó de cuidarla y enseñarle muchas cosas de
la vida. Desde el divorcio de sus padres ha sido, más que un

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hermano, un maestro, un ejemplo a seguir. La ha ayudado con


las tareas de la escuela, la apoya en todas sus locuras, respeta
sus ideas, la aplaude cuando ella baila. Ha sido el único que la
ha defendido frente a la opinión negativa de su madre, y el que
le ha enseñado el amor a Dios y toda la filosofía bella de la vida.
Y ahora que ya Marcos no vive con ellas, Jani se siente perdida.
Nunca ha seguido ninguna religión y aunque cree en todo lo
lindo que su hermano predica, no se había sentido atraída por la
Iglesia, ni siquiera había sido bautizada.
Tal vez sea la Iglesia la solución y le ayude a perdonar y per-
donarse, a actuar más conscientemente entre las garras de los
hombres.
El domingo a las siete de la mañana ya Jani estaba lista. Es-
coge por azar la iglesia de La Caridad, que quedaba en el viejo
San Juan, bien lejos de Guaynabo, así no se tropezaría con nin-
gún conocido del barrio. Esta decisión era demasiado personal.
Era la primera vez que entraba a una iglesia, y esta, en espe-
cífico, era una de las más antiguas de la ciudad, por eso la dejó
impactada desde que entró.
El templo estaba casi vacío a esas tempranas horas; el sol en-
traba por los coloridos vitrales con imágenes de santos y após-
toles iluminando el pasillo central hasta el altar principal, muy
adornado con flores blancas, oro y mármol. Jani se quedó des-
lumbrada, y comenzó a apoderarse de ella una paz casi divina.
¡Cuánta historia, misterio, belleza, dolor y paz guardaba aquel
lugar!
La fina luz que entraba por los vitrales comenzó a invadir
otros rincones de la iglesia y de pronto iluminó un pequeño altar
en una esquina. Jani se acercó atraída por la curiosidad. Un mo-
naguillo que ponía velas nuevas en un candelabro la saludó al
verla y Jani le preguntó qué significaba aquel altar.
—Es el Sagrado Corazón de Jesús en el que podemos depo-
sitar todas nuestras penas.

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Ana Castellanos

Jani cayó de rodillas y sin saber cómo, pues nunca antes lo


había hecho, comenzó a rezar, a pedir a Dios que la librara del
dolor que la invadía, a ser protegida contra el mal y glorificada
con su amor infinito.
Lágrimas corrían por su cara y pedía sin cesar. «Dios, pon
amor en mi corazón para poder perdonar y ser perdonada.»
Allí se quedó arrodillada por largo tiempo, hasta que sus lá-
grimas cesaron y una gran paz invadió definitivamente su alma.
La misa estaba a punto de empezar y la iglesia estaba llena. Una
señora, sentada en la segunda banqueta, la estaba llamando. Le
parecía conocida, y cuando Jani se le acercó vio que era la ma-
má de Charles y Robert. ¿Coincidencia o el destino?
—Ven, siéntate conmigo. Es primera vez que te veo aquí. Yo
vengo desde hace muchos años. Antes vivíamos cerca de aquí,
a dos cuadras; si quieres te enseño cuando termine la misa, si no
tienes otra cosa que hacer. Yo voy a visitar a una antigua vecina
que ha sido como una madre para mí, y mis hijos la llaman
abuela. No será por mucho tiempo.
—Está bien, no tenía nada planeado —respondió Jani, sin
querer evadirla.
El recorrido a la casa de la antigua vecina de Mary fue rápido
y silencioso. Al llegar, una pequeña viejecita delgada y de piel
muy blanca las estaba esperando en la puerta. Mary la abraza
y a la señora se le aguan los ojos, emocionada; tanto amor y dul-
zura, encerrados en esa mirada.
—¡Mi niña, tanto tiempo sin verte! Entra y cuéntame de tus
hijos. ¿Y esta jovencita? ¿Es la novia de uno de ellos?
Mary las presenta riendo y entra a la cocina a buscar refres-
cantes dejando a Jani y a la anciana solas en la sala de la casona
colonial.
—Dime, ¿qué edad tienes?
—Tengo diecisiete años.
—Ah, lo mismo que Robertico. ¡Ese niño!

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Con la mirada triste, perdida en la distancia, la anciana co-


mienza a contar cómo ella se ocupaba de cuidar a Charles y Ro-
bert cuando eran chiquitos para que Mary fuera a trabajar.
—Robert siempre fue enfermizo y muy nervioso, por eso se
le permitió siempre más de lo debido, y ahora ni la escuela quiso
terminar, pobrecito. El problema es que Charles es muy pegado
a él y aunque tiene mejor cabeza sigue al hermano en todo, sa-
bes, lo bueno y lo malo. Ya, ya le he hablado, pero ese Charles
tiene un corazón de oro y protege a su hermano en todo.
—Ah, creo que ahí llega mi bebé precioso.
Levantándose del sillón con dificultad mira por la ventana.
Jani escucha el ruido de un carro al cerrar la puerta y en un mi-
nuto todos están en la entrada, riendo y hablando casi al mismo
tiempo.
—Mi viejuca linda, ven que te doy un beso.
Con esa dulzura tan contagiosa, cómo no quererlo.
Jani se vira y contempla la reunión familiar desde lejos.
Charles le pasa el brazo por los hombros a su madre que llega
con una jarra de limonada fría, y sonríe.
—¡Mira a quién me encontré en la iglesia! ¡Qué coinci-
dencia! Tú deberías hacer lo mismo, hijo, y acompañarme de
vez en cuando.
Charles se le queda mirando a Jani, su sonrisa ya no le llega
a los ojos, y Jani tiene que concentrarse en las otras dos mujeres
para no perderse en su mirada que le recuerda la dulzura de la
miel.
—Hola.
A Charles se le oprime el corazón. ¿No es capaz ni de mi-
rarme a los ojos? El ambiente se vuelve inconfortable, y Charles
tiene que hacer algo para remediar la situación, sobre todo de-
lante de su madre.
—Hola, Jani, ¿cómo estás? Qué suerte que te encontraras con
mi madre, para así poder llevarte a tu casa. Creo que está por
llover y si esperas por el autobús que no está pasando seguido,
llegarás muy tarde y toda mojada.

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Ana Castellanos

—Claro, por supuesto que viene con nosotros —interrumpe


Mary.
La imagen de Jani bajo la lluvia hace que la respiración de
Charles se acelere y sus ojos descienden sobre su boca. «Mier-
da, ¿por qué esta chiquilla tendrá que tener ese efecto en mí?
Debo tomar el control antes de que haga el ridículo».
Jani nota la mirada de Charles posarse en su boca por un ins-
tante, para luego tornarse bruscamente en disgusto.
—Sí, de acuerdo. Quisiera llegar temprano a casa, aunque le
dejé una nota a mi mamá para que supiera dónde estaba, pero no
quiero que se preocupe.
En el camino de regreso Jani va en el asiento de atrás conver-
sando con Mary.
—Cuéntame, ¿ya estás terminando tu secundaria?
—Sí, este es mi último año. Luego quiero estudiar algo rela-
cionado con el diseño, aunque aún no he decidido cuál rama del
diseño escogeré.
—Ah, entonces eres buena dibujando.
—Creo que es un don de familia —sonríe Jani—. Mi herma-
no es pintor. Estudió en la escuela superior de arte. Y mi mamá,
después que se divorció, regresó a estudiar, se hizo licenciada en
historia del arte y también pinta muy bonito. Y mi abuela es
muy buena con los paisajes.
—¡Wao! Una familia de artistas.
—Sí, somos muy creativos.
—A Charles le gustaba mucho pintar cuando niño y lo hacía
muy bien, pero ahora es solo la mecánica lo que le interesa.
—No, yo no sé pintar, mi madre exagera.
—Pienso que deberías estudiar mecánica y graduarte, si es
realmente lo que te interesa.
—El estudio no se hizo para mí —responde Charles, tenso,
y le hace una señal con la mano a su madre para que cambie de
conversación.

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Primavera de 1989

Al parecer, el tema de los estudios ya había sido discutido


y saturado con su familia.
Al llegar a su casa, Jani le da las gracias a Charles y se
acuerda de unas revistas de autos de último modelo y mecánica
que su padre le había dado la última vez que lo vio.
—Ahora que me acuerdo, tengo unas revistas de autos que
a lo mejor te interesen. ¿Las quieres?
—Gracias, pero ahora estamos apurados por llegar a la casa.
Si quieres me las puedes llevar otro día, cuando vayas para la
escuela me las dejas.
Jani tenía que pasar todo los días por frente a la casa de Char-
les para ir a la escuela. Bueno, en realidad podía coger por otra
calle, pero este era el camino habitual de ella.
—De acuerdo, mañana te las llevo.
—Justamente mañana es su cumpleaños —interviene Mary—.
Sus diecinueve años.
—¡Mami! No vamos a celebrarlo, así que no viene al caso
—Charles le da vuelta a los ojos y Jani no puede aguantar la risa
ante la imagen tan cómica que ha puesto—. Hasta mañana.
La risa de Jani resuena en sus oídos como una cascada y el
recuerdo de sus ojos brillando con alegría y abandono hacen im-
plantar una sonrisa en Charles por el resto del día.
Robert se le queda mirando durante la cena y pregunta:
—Y a este, ¿qué mosca lo picó, que parece un tonto riéndose
solo?
—Robert, deja a tu hermano tranquilo, que el que solo se ríe
de sus maldades se acuerda. ¿Sabes con quién me encontré en la
iglesia? Con esa muchacha que vive al doblar. ¿Cómo se llama,
Charles? ¿Jena?...
—No, mami, Jani.
—Wao, ya se sabe el nombre mejor que yo —dice Robert
con sarcasmo.
—Tal vez sea porque yo le pongo más interés a la persona
y no solo al cuerpo.

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Ana Castellanos

—Cuidado, mi hermanito, que esa hembra ya tiene dueño


—y da con el puño en la mesa.
—Oye, basta ya. Qué son esos modales en la mesa, y esos ce-
los estúpidos. Recuerden que ustedes son hermanos por encima
de todo, y ninguna mujer podrá nunca interponerse entre el amor
de hermanos. Y tú, Robert, no quiero volverte a oír hablar así de
una mujer. Porque te guste una muchacha no quiere decir que
seas su dueño. Recuerda que tu madre también es mujer.
Mary trata de poner disciplina y respeto entre sus hijos como
siempre, pero el padre, un hombre sin mucha educación con ci-
rrosis hepática ya declarada de tanto alcohol en la sangre inte-
rrumpe.
—Déjalos, Mary, déjalos que sean machos. Creo que Robert
salió a mí —dice el padre, lleno de orgullo—. Sí, mi’jo, la mujer
tiene que saber quién es el que lleva el látigo.
—No te preocupes, viejo. A esa loca ya la tengo en un puño.
Ambos, hijo y padre, se echan a reír maliciosamente, dejando
a Mary sin palabras y moviendo la cabeza de un lado al otro, en
señal de disgusto.
Charles empuja el plato a un lado y se prepara a dejar la mesa
sin apetito, pero su padre lo detiene, aguantándolo por el brazo.
—Siéntate y termina de comer. No seas pendejo.

Jani no deja de pensar en Charles, en su mirada tan dulce color


caramelo que se transforma en verde aceituna en las mañanas
soleadas, y en esa sonrisa casi al descuido que ilumina su rostro
la mayor parte del tiempo. Toma las revistas que le había pro-
metido, y se le ocurre una idea que sabe que lo hará feliz como
regalo de cumpleaños.
Esa noche su amiga Susan pasa a verla.
—Cuéntame. ¿Cómo te fue con Robert? Oye, quién lo diría,
tú, que no querías ir al principio y luego al final… Wao, si no lo
veo, no lo creo.

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Primavera de 1989

—Ay, Susan, creo que cometí un error. No estoy segura que


me guste.
—Bueno, anoche parecía lo contrario. Si te hubieses visto
con qué ganas lo besaste. Un poco más y te lo comes —ríe su
amiga.
—Es que me dio roña que ustedes se rieran de mí y… bueno,
en realidad… me cogió de sorpresa y… Él es muy bruto e in-
maduro… Lo que quiero decir es que… es torpe, violento y muy
machista.
—Machista o no, te gustó, a mí no me engañas, mi amiga.
Cómo hacerla entender lo estúpida que había actuado sin ser
juzgada aún peor. Muchas veces Jani envidiaba la determina-
ción, inteligencia y confianza de su amiga. Contrariamente a su
situación, los padres de su amiga, aunque divorciados, se ocupa-
ban de ella y la apoyaban en todo. Su mamá era abierta y le ha-
blaba libremente de las relaciones amorosas y sexuales.
Susan impactaba al sexo opuesto, no solo con su estatura cor-
pulenta y con un andar más esbelto que su tamaño, sino también
con una mirada directa e inteligente que nadie osaba obstruir.
Jani, contrario a lo que su madre la acusaba, de tener un ca-
rácter fuerte y cabeza dura, se dejaba manipular fácilmente por
sus amistades. Tenía un temperamento inocente y soñador, aun
con todas las malas experiencias que había vivido, seguía so-
ñando con el príncipe azul que viniera a rescatarla y la amara
para siempre. Creía irrevocablemente en la fuerza del bien sobre
el mal, en que dando es como se recibe y que el amor todo lo
puede.
Pero con solo 5.4 de estatura y 115 libras, aunque bien
distribuidas, muchas veces se sentía invisible al lado de su ami-
ga. Su pelo lacio de color chocolate, al igual que sus ojos, no
podían llamarse nunca sexy, y su inseguridad era notada.
¡Oh, no! Cómo podía olvidar en tan poco tiempo; ella no po-
día pasar por la casa de Charles sin tener que enfrentarse a Ro-
bert, al que no quería ver ni en pintura. Sabía que Robert había

25
Ana Castellanos

comenzado a trabajar como chofer de su padre, pero no estaba


segura si era diariamente o aún estaba de prácticas. En días pa-
sados había visto a los dos hermanos al mediodía en casa.
¿Cómo poder llevarle el póster que ella le había hecho a Char-
les de regalo sin tropezarse con Robert? ¿Y si fingiera no sen-
tirse afectada, como si nada hubiera pasado? No, seguro que el
muy engreído pensaría que ella iba a verlo a él. Era lo lógico de
pensar, después de todo. Y Charles ¿qué pensaría?
—Susan, ¿quieres hacerme un favor y llevarle estas revistas
a Charles y decirle…?
—Un momento, ¿por qué no se las llevas tú? Yo no quiero
que piense que estoy detrás de él.
—Disculpa, pero pensé que te gustaba. Después de todo, la
idea de relacionarnos con los hermanitos fue toda tuya. ¿Re-
cuerdas?
—Sí, lo sé, pero ese Charles me dejó un poco fría. Gracias
a tu indiscreción, del cuello no pasó. Creo que es muy tímido.
—Ah, ahora es culpa mía.
—Bueno, lo que sea. Yo no voy a perder mi tiempo con él.
Además, es muy bajito. Si me pongo tacones casi le paso.
—¿Y eso no lo habías notado antes?
—Qué quieres que te diga, error de cálculo. Nada, quise pro-
bar; no resultó. Sigo mi camino y eso es todo. Así que no me
pidas ir por esa esquina en buen tiempo, no quiero que piense lo
que no es.
Jani no puede creer lo que está escuchando. Si ella pudiera
ser igual, seguir su camino y nunca más mirar atrás, como si na-
da hubiera pasado. Pero a ella sí le pasó algo muy desagradable
que le oprime el estómago de solo pensarlo, y para colmo, ahora
se relaciona con la madre de ellos, que al parecer le ha tomado
afecto.
No tenía que haber ofrecido ninguna revista, pero tarde o tem-
prano se verían de nuevo. Vivían en el mismo barrio, a media

26
Primavera de 1989

cuadra de ella, iba al mismo mercado, a las mismas fiestas, era


inevitable. Lo mismo a Robert que a Charles tenía que afron-
tarlos.
Al día siguiente, cuando Jani regresaba de la escuela, ve que
el carro del coronel no estaba parqueado al costado de la casa de
los Lagarderes como de costumbre. La puerta estaba abierta y se
escuchaban voces de amigos de Charles y risas. Jani se apresuró
a buscar las revistas y el póster que había hecho la tarde anterior
y entró siguiendo las voces que la llevaron hasta la puerta del
cuarto del joven. Y allí se quedó observando.
Charles estaba sin camisa, con su piel bronceada del sol, los
pies descalzos y el pelo aún mojado, como si hiciera poco hu-
biera salido de la ducha. Lo único que vestía era unos jeans
gastados por las rodillas, con el botón de la cintura desabro-
chado. Miraba a su amigo que al parecer le hacía una broma. Su
risa brotaba del pecho, un pecho que parecía diseñado por un
escultor y que descendía sobre un vientre plano donde una fina
pirámide de vellos oscuros bajaban hasta perderse en la abertura
del pantalón.
A Jani la garganta se le puso muy seca de repente y los ojos
le ardían como si tuviera fiebre.
—¡Jani!... Pensaba que no vendrías. Entra. Te presento a un
amigo de la infancia. Juan, esta es Jani, amiga de Robert —y Ja-
ni notó que Charles le guiñó el ojo a su amigo al decir más
despacio la palabra «amiga».
—Mucho gusto, Jani García —responde la muchacha, exten-
diendo la mano y mirándolo directo y desafiante a los ojos, lo
mismo que a Charles, quien baja la mirada esquivando la suya,
abochornado de su conducta. «¿Cómo se atreve? ¿Y qué clase
de presentación es esa?»
—Ya veo que me trajiste las revistas. Gracias.
Jani las pone encima del buró y Juan enseguida toma una y se
pone a ojear las páginas.

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Ana Castellanos

—Oye, estos son los autos del año. Mira, Charles, te enseñan
todo el mecanismo y el interior. Están fenomenales. ¿Dónde las
conseguiste?
—Son europeas, se las regalaron a mi papá unos ingenieros
alemanes que trabajan con él.
—¿Y qué es eso tan grande que traes envuelto? —pregunta
Charles, curioso.
A Jani se le ilumina la cara y olvida por completo el pasaje
de la presentación.
—Esto, mi querido amigo, es tu regalo de cumpleaños. No es
gran cosa, pero como veo que no tienes decoración en tu cuarto,
creo que te vendrá bien. Espero que te guste.
Charles está muy sorprendido, nunca antes una mujer le ha-
bía hecho un regalo, a no ser de la familia. Lo pone encima de la
cama y comienza a romper el papel cartucho con el que estaba
envuelto. El póster había quedado boca abajo y al voltearlo
Charles se quedó asombrado, sin saber qué decir y muy contento
con su sorpresa.
—¡Jani! Muchas gracias, nunca había visto algo igual —se
levanta de un salto, la abraza y le da un beso en la mejilla—.
Gracias —se lo repite, pero esta vez en un tono más bajo e ín-
timo.
A Jani se le aflojan las piernas. No pudo evitar sentir su olor
entre jabón y hombre acabado de afeitar, y su cuerpo, duro de
músculos que la tenían en sus brazos tan tiernos donde se podría
vivir para siempre.
Ambos se separaron demasiado rápido, ganando distancia en-
tre ellos, como si se quemaran si pasaban otro segundo piel con-
tra piel.
—Fue un placer. Felicidades. Se me ocurrió hacerlo ayer des-
pués que me dejaste en la casa.
—¿Lo hiciste tú? No puedo creerlo, eres buenísima.
—Bueno, utilicé algunas revistas. El auto rojo fue el más
grande que encontré en la página del medio, y el que me dio la
idea para el resto del collage.

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Primavera de 1989

—Un Corvette del año, qué buena idea, y la modelo en bikini


creo que se te parece.
Juan se acerca a observar y lo afirma:
—Oh, sí, ya lo creo.
—No, no se me parece.
Jani no lo había notado, pero sí que tenía características pa-
recidas a las de ella: pelo castaño y lacio, boca chiquita… ¿Y el
cuerpo? Bueno, los chicos no lo sabían, pero los pechos por lo
menos eran de la proporción de los de ella.
En ese momento Jani escucha la voz de Robert muy cerca de
su espalda.
—Qué sorpresa, muñeca, no esperaba verte tan pronto.
Jani se queda clavada al piso como una estaca inmóvil y Char-
les nota que los colores han abandonado su rostro, dejándola
blanca como un papel y los ojos abiertos, redondos como boto-
nes, dándole el aspecto de una muñeca de porcelana.
—Jani vino a traerme esto por mi cumpleaños. Está muy
bueno. ¿No crees?
Charles le muestra el póster a su hermano, esperando que este
se aleje de Jani, pero Robert apenas le pone atención.
—¿Ah, sí? —pasando una mano alrededor de la cintura de
Jani, se le pega por la espalda—.Y a mí, ¿no me das nada?
Jani tiene que hacer algo y salir de allí.
—Lo siento, Robert —dice sonriendo—, debo irme, solo vine
a dejarle esto a tu hermano, pero tengo muchos trabajos de la
escuela pendientes, otro día hablamos.
Deslizándose suavemente entre las manos de Robert, Jani se
apresura y sale de la casa sin tiempo a despedirse de los otros
dos y sin mirar atrás. Una vez en la calle se echa a correr hasta
llegar a su casa.
Robert parece explotar de celos y esto hace que se enfrente
a su hermano. Hasta ahora esto nunca había pasado. Charles siem-
pre le dejaba el camino libre cuando a él le gustaba una mujer,

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Ana Castellanos

pero con esta Jani algo le decía que Charles quería problemas, al
meterse en el medio con sus miraditas, y jugar al ángel guardián.
—Escucha lo que te voy a decir, Charles, y escúchame bien.
Aléjate de esa mujer si no quieres tener problema conmigo. Es
la última vez que te advierto.
—Tú a mí no tienes que advertirme nada. Yo no la fui a bus-
car, ni tengo nada que ver con ella, solo una simple amistad que
comienza.
—¡Oh! ¿Qué pasa, caballeros? ¡Que no se diga! —interrum-
pe Juan—. Con tantas muchachas que hay, no tienen que pe-
learse por la misma. En este caso, ¿por qué no dejan que ella sea
la que escoja?
—El problema es que ya ella está escogida —responde Ro-
bert, rabioso.
—A mí no me interesa como mujer. Es una buena chica, eso
es todo; pero Robert es muy celoso, y te aseguro que sin razón.
—Eso espero —responde Robert, con un tirón de puerta.

Hace una semana que Jani evita pasar por la esquina de la casa
de los Lagarderes. Este sábado no irá a la fiesta del barrio donde
estaba invitada, pues sabe que también están invitados los dos
hermanos y no quiere tropezarse con ellos.
Ya había convencido a Susan de ir a la fiesta con otra amiga,
allí tal vez conocería muchachos nuevos. Esa noche Susan vino
a despertarla por la ventana a las dos de la mañana, estaba tan
excitada que metió la cabeza entre los barrotes y por poco se le
queda trabada. Después de un gran susto, que terminó en risas
a carcajadas, Susan le cuenta que había conocido el gran amor
de su vida. Jani se alegró mucho por su amiga y deseó que algún
día ella también corriera la misma suerte.
Ese domingo fue a la iglesia más tarde para no encontrarse
con Mary, pero de regreso a su casa se la tropezó en la calle.

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—Hola, Jani. No te vi hoy en la iglesia.


—Sí, es que me quedé dormida y fui a la misa de las once.
—La otra vez no te vi coger la hostia. ¿Es que no has hecho
la comunión?
—No, yo nunca fui bautizada, y creo que no tengo derecho.
—Tienes razón, pero si quieres bautizarte te puedo ayudar en
eso. El padre me conoce desde hace muchos años y si yo le
prometo que te ayudaré a prepararte, podrás hacer el catecismo
en menos tiempo. Como ya casi eres adulta te será más fácil.
Eso sí, necesitas escoger una madrina y un padrino, alguien de
confianza que te guíe en la vida espiritual.
—Sí, creo que me gustaría. Aparte de mi abuela, es mi her-
mano el único que me ha hablado de Dios. Lo poco que conozco
ha sido a través de él. Marcos siempre está leyendo la biblia.
Creo que se sentiría orgulloso de ser mi padrino.
—A mí me gustaría mucho ser tu madrina, pero aún tienes
tiempo de escoger. Si te interesa, podemos pedir más informa-
ción el próximo domingo.
—Sí, de acuerdo. Creo que soy la única en mi familia que no
está bautizada. Mi papá es ateo y nunca estuvo de acuerdo en
hacerlo.
A su hermano, sus abuelos lo habían bautizado a escondidas
de su padre, pero con ella no habían tenido la misma suerte. Tal
vez ahora tendría la oportunidad de limpiar su pecado original
y estar más cerca de Dios para que él la ayude a guiar sus pasos.
Todo lo que pasó en este último tiempo, la había dejado muy
confundida y agotada mentalmente. Con desesperación quería
encontrar la paz espiritual y depositar todo ese amor que la
consumía en algo tan hermoso como la fe en Dios, en la vida
que Él nos dio, en lo supremo de la existencia misma.
Jani continuó evitando la casa de los Lagarderes, aunque cada
día que pasaba extrañaba más la sonrisa de Charles. Dondequie-
ra que estuviera, su imagen la acompañaba, lo había incluido en

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Ana Castellanos

sus rezos diciéndose que solo quería que él fuera feliz, y de no-
che invadía sus sueños, soñaba con sus ojos y su boca y podía
sentir el olor de su cuerpo, como el día de su cumpleaños en
aquel abrazo que, casi al descuido, se había incrustado en su me-
moria con detalles y para siempre.
«¿Cómo era posible que en tan poco tiempo este hombre se
hubiera metido bajo mi piel?», pensaba Jani, sin encontrar res-
puesta. Era la primera vez en su vida que se hallaba tan confun-
dida, nunca antes había experimentado estos sentimientos por
nadie, todos mezclados y enredados: pasión, miedo, cariño, an-
siedad, ternura, desesperación. Sin embargo, sabía que nada de
esto tenía sentido. Era imposible abrirse y mostrarlos; debían ser
olvidados o escondidos en lo más profundo de su alma, pues
nunca serían correspondidos y traerían aún más confusión y pro-
blemas para todos.

El viernes cuando llegaba de la escuela vio de lejos a Charles


que hablaba con unos amigos a unos metros de su casa, y no
tuvo otro remedio que pasar, apresuradamente, por su lado, con
el corazón que se le quería salir del pecho.
—¡Ey, Jani! —Charles se separa del grupo para saludarla—.
Hola, cómo has estado. Hace como dos semanas que no se te ve.
—Hola, Charles —Jani se detiene delante de la cerca que ro-
dea el portal de la casa de sus abuelos, una de las primeras
construcciones de la urbanización. El segundo piso reciente-
mente había sido añadido, después del divorcio de sus padres,
con un aire más moderno y ahí habitaban Jani y su madre.
—¿Qué te pasa?
—Nada, he estado ocupada con trabajos de la escuela. Los
exámenes comienzan pronto y tengo dificultad con las matemá-
ticas, así que debo estudiar.
—Ah, era eso… Bueno, pero mañana podrías ir un ratico al
club, celebran el aniversario de boda de Darío mi vecino. También

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tendrías que relajar un poco. ¿No crees? Todo no puede ser


estudio.
—No lo sé, Charles —Jani contesta bajando la cabeza para
evitar la mirada del joven, que la quema, y se dispone a entrar
a su casa.
Charles le toma una mano para detenerla, y con el dedo ín-
dice de la otra en su mentón dirige su cara hacia arriba hasta que
se encuentran las miradas y la magia comienza.
—Dime, ¿qué te pasa? Te encuentro triste —le pregunta mi-
rándola intensamente a los ojos, como si quisiera leer sus pen-
samientos.
La mirada de Charles le derrite el corazón, la suaviza en lu-
gares donde no tenía idea que pudiera ser más suave, y su voz
penetra como un río cálido en sus venas.
—Ay, Charles, últimamente no tengo ganas de fiestas… Han
pasado algunos… cambios en mi vida y, con sinceridad, tengo
la cabeza en otras cosas.
—Jani, yo sé que mi hermano no es muy romántico y a veces
un poco torpe con las mujeres, pero tú le gustas y si tú…
—No —Jani trata de controlar el tono un poco defensivo—.
No, Charles, no quiero que me hables de tu hermano. Yo trato
de olvidarlo. En fin, lo que hubo entre nosotros fue un error dis-
paratado.
—Mira, en mí puedes confiar, yo soy su hermano y si tú
quieres le puedo hablar… Las cosas entre ustedes podrían ser
diferentes.
¿Por qué tendría que ser tan dulce? ¿Es que acaso no se da
cuenta que ella no quiere tener ninguna relación con Robert o es
que ha visto en ella la felicidad de su hermano? Mejor dejarlo
así y no enredar más las cosas.
—Charles, el error fue mío, y sé muy bien asumir las conse-
cuencias.
—Jani, no me gusta verte así. Ven mañana al club y te pro-
meto que la pasarás bien. ¿Qué dices?

33
Ana Castellanos

Cómo negarse, cuando tienes la oportunidad de perderte en


esa tierna mirada.
—De acuerdo, iré si me prometes bailar conmigo —Jani son-
ríe, cambiando de humor.
—Por supuesto, aunque no creo que te salves de los piso-
tones.
Y ahí está, esa sonrisa devastadora que hace que el corazón
de Jani doble su turno y ría con abandono.
—Cuidado, no seas tú el que salga cojeando.
—Vendré a buscarte en la moto a las ocho y media. Lleva
una chaqueta, las noches están frescas y necesitas protegerte. No
te preocupes, tengo casco para ti.
Jani se muestra indecisa, nunca antes había montado en una
motocicleta, pero su espíritu de aventura es más fuerte y los ojos
le brillan con entusiasmo.
Charles le pasa la parte de atrás de la mano suavemente por
sus mejillas y sonríe con dulzura.
—Así me gusta, alegre. Te estaré esperando.

El sábado bien temprano Jani se despierta al escuchar los go-


rriones en la ventana. Es un día estupendo y la joven se siente
como resucitada después de un largo sueño. Hoy nada del pasa-
do importa y lo único que tiene en su pensamiento son las úl-
timas palabras que escuchó de Charles: «Te estaré esperando».
Y es con Charles en la mente que escoge el vestido que usará
esa noche, de algodón negro con pequeños puntos en charol, el
busto sin tirantes y muy ajustado hasta la cintura desde donde se
abre en una acampanada línea A hasta medio muslo. Y para fi-
nalizar, sus esbeltas piernas lucirán unos zapatos de tacones ro-
jos, de dos pulgadas, suficientemente cómodos para bailar toda
la noche.
Charles había pasado todo el día ansioso y sin muchas pala-
bras, evitando a su hermano, lo que era esperado, pues desde su
cumpleaños la relación entre ellos se había vuelto más bien fría.

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Al llegar la noche decide vestirse y esperar desde temprano


a Jani, con la esperanza de que ella esté tan ansiosa como él
y lista antes que su hermano aparezca, pues Robert se había
acostumbrado a acompañar a su padre a tomarse entre los dos
una botella de ron todos los sábados después de la cena.
Pensar en esto le causa gran pena a Charles. Él quiere mucho
a su padre pero no quisiera que su hermano termine alcohólico
como él. Charles también había aprendido a beber desde muy
joven, pero después de la primera borrachera que lo dejó casi
muerto con solo dieciséis años, había decidido controlarse con
el alcohol, y aunque compartía en familia, sabía sus límites.

Era aún muy temprano, casi las ocho de la noche, y el sol no se


acaba de ocultar. El canto del coquí, tan habitual de la Isla, aún
no ha comenzado, pero Jani no puede esperar más y baja al por-
tal, no sin antes ponerse la chaqueta de cuero sobre el vestido.
Al poco tiempo Charles llega a buscarla y Jani corre a encon-
trarlo sin darle tiempo a que él se baje de la moto. Se pone el
casco que él le pasa y se acomoda pegándose a su espalda.
A la salida de la urbanización, el guardia —un hombre cano-
so con una sonrisa afable y buen amigo de su abuelo— los sa-
luda amistosamente y le recuerda con un guiño de ojo a ella no
regresar tarde y a Charles cuidarla y ser prudente en la carretera.
—No se preocupe, don Francisco, sé cuidar las joyas raras.
Al llegar a la puerta del club, Charles le da su chaqueta y el
casco.
—Jani, ve a dejar las chaquetas y los cascos en el vestíbulo
mientras yo parqueo adentro. No me gusta dejar la moto en la
calle. Te veo después.
Jani se siente un poco desorientada, después de haber estado
quince minutos pegada a su espalda respirando su perfume mas-
culino y sintiendo el calor de su cuerpo fundido a ella. La vibra-
ción del motor entre sus piernas y sus manos casi acariciando

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Ana Castellanos

sus músculos del abdomen la habían llenado de sensaciones eró-


ticas y ahora le costaba regresar a la realidad.
Al club más bien familiar acudían parejas y jóvenes de socie-
dad, y muchas veces lo alquilaban para fiestas de quinceañeras.
La gran terraza era bajo las estrellas, y allí se encontraba un fa-
buloso jardín adornado con luces en miniatura y una gran pér-
gola en el centro. A un costado se hallaba la plazoleta en la que
se ubicaba el escenario donde a menudo presentaban espec-
táculos matinales o grupos musicales de principiantes. Mesitas
redondas con sillas en metal se dispersaban hacia delante para
dejar libre el gran salón de baile, en mármol con altas columnas
y con su bola de espejitos que cuelga en el centro del techo, para
el toque ambiental. Al otro lado de la cabina del DJ, el bar cu-
bierto en piel capitoneada al igual que las banquetas. El espejo
al fondo daba un contraste moderno y elegante.
Aún no habían bajado la intensidad de las luces y Jani notó al
entrar la mirada de muchos de los ya presentes sobre ella. Su
pelo un poco al descuido después del viaje en moto, flotaba so-
bre sus hombros desnudos y su vestido enfatizaba todas las cur-
vas femeninas de su cuerpo atlético; sus pechos redondos y abun-
dantes contrastaban con su cintura pequeña, sin dejar de notarse
sus esbeltas piernas en su mejor esplendor. El vestido negro
acentuaba su piel nacarada y sus labios rojos.
Unos chicos que pasaban por su lado se atrevieron a decirle
piropos, pero Jani apenas lo notó. Su corazón corría como un
potro salvaje y sus ojos buscaban esos otros ojos que pronto se
convertían en el porqué de su existencia. Parada de espalda al
bar buscaba entre las mesas, más allá en el jardín, cerca del
pasillo de los baños; nada. Hacía una eternidad que Charles la
había dejado en la puerta.
De pronto siente una mano posarse suavemente debajo de su
espalda.
—¿Buscas a alguien?

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Jani se vira y encuentra lo que buscaba, esos ojos que la ha-


cen perder la cabeza y que la están mirando con la misma in-
tensidad que su corazón late. Vestido de negro al igual que ella,
parecía salido de una revista de moda masculina, apuesto, ele-
gante, seguro. La camisa doblada a medio brazo deja ver su reloj
de pulsera plateado que resalta en su piel dorada.
Jani le sonríe, pero Charles solo la mira perplejo, nunca la ha-
bía visto tan bella. Era perfecta: su cara, su pelo, su boca, y ese
cuerpo… ¿Cómo no lo había notado antes? Cuando fue a bus-
carla a su casa Jani tenía puesta la chaqueta y aun así en la pe-
numbra de la tarde casi no había podido distinguir su cara.
Siempre la había visto en uniforme de escuela, en jeans y hasta
en short y camiseta, pero ahora era como ver a otra Jani, com-
pletamente distinta, una mujer sexy en todo el sentido de la pa-
labra.
—Hola. Te demoraste mucho.
—Divina —contesta Charles, casi soñando.
—¿Qué?
—Que luces muy linda esta noche. Estás divina.
—Gracias. Tú también luces muy bien. Parece que nos pusi-
mos de acuerdo con los colores. La gente pensará que vamos
a hacer una coreografía de baile o algo por el estilo —comenta
Jani, bromeando, algo que hace a menudo cuando está nerviosa.
—Ya veo que no pierdes tu sentido del humor. Ven, dime,
qué quieres beber.
Jani se sienta en una de las banquetas del bar, y se echa hacia
adelante para acomodarse el vestido. Su escote desciende un po-
co dejando ver un pequeño lunar. Charles no puede evitarlo y se
queda mirando, con vanidad, sus senos. Siempre esa zona feme-
nina había sido su debilidad, y esta noche, con Jani en ese ves-
tidito, era pura provocación.
Jani, al notar su mirada indiscreta, se sonrojó y trató de su-
birse el escote lo más alto que pudo, al tiempo que aclaraba su
garganta en un esfuerzo por apaciguar su sequedad.

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Ana Castellanos

—Una Coca-Cola, por favor.


Charles aún tiene su café a medias y no pide nada más para
él, se conforma con mirar a Jani que parece nerviosa bajo esa
mirada, y esto lo atrae todavía más.
—Me gusta lo que te hiciste con tu pelo.
Charles entrelaza un dedo en uno de los bucles que le cae por
delante del hombro. Jani siente el calor de su mano muy cerca
de su pecho y no puede evitar la sensación erótica a través de la
erección de sus pezones.
—Antes que se me olvide, ¿puedes guardar los tickets del
vestíbulo?, mi vestido no tiene bolsillos.
Sacándoselos del escote se los da a Charles quien, sin pensar,
se los acerca a la cara e inhala. Huelen a bebé y a lavanda.
Ya han apagado las luces y solo la bola de cristales ilumina el
salón. Algunas parejas han comenzado a bailar.
—¡Ay, esa canción me gusta mucho! Burbujas de amor. ¿Bai-
lamos?
Charles se levanta sin decir palabra y la toma de la mano
llevándola al centro del salón y sin soltarla, pasa la otra mano
por su cintura pegándola a su cuerpo, pecho contra pecho. Jani
está segura de sentir el corazón de Charles latir contra el suyo.
Luego de un momento sin moverse, solo mirándose a los ojos,
Charles sonríe y comienzan a moverse al compás del bolero.
A Jani le encanta el baile y lo hace con mucha gracia y estilo.
Cuando más feliz se siente es bailando, puede cerrar los ojos
y flotar, meterse en la música, moverse libremente y olvidarse
del mundo y sus problemas, y en los brazos de Charles es como
subir al séptimo cielo.
Charles no le despega la mirada del rostro, y la ve disfrutar
envuelta en una sensualidad divina. Solo una idea se impregna
en su mente: «Si así es bailando, ¿cómo será haciendo el amor?».
Su cuerpo desprende pasión, dulzura y suavidad, como si flotara
en sus brazos, y siente sus caderas rotar debajo de sus manos. Su

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Primavera de 1989

sonrisa es contagiosa y Charles lo único que desea en ese mo-


mento es verla así siempre, grabar esa imagen en su mente y re-
cordarla siempre feliz.
Después de soltarla, darle varias vueltas y volverla a agarrar,
apretadita, la canción finaliza y comienza otra, un bolero suave
de Bryan Adams. Charles pasa sus manos por la cintura de la
muchacha y le susurra al oído:
—¿Seguimos?
Jani responde que sí con la cabeza y pasa sus manos alre-
dedor de la nuca del joven. Con cada minuto que pasa sus cuer-
pos se unen más y más con un magnetismo mutuo y natural, ha-
sta que parecen fundidos en uno solo. Jani descansa su cabeza
en el hombro de Charles y cierra los ojos, inmersa en la canción
tan romántica, en la que todo lo dan por la amada.
Charles se siente extasiado por su perfume suave y el calor de
su cuerpo tan cerca del suyo, que lo lleva a la excitación, al
punto en que debe forzar cierto control, pero no sin antes dejarse
llevar por el momento y saborear la dulzura de su piel, poniendo
su mejilla junto a la de Jani y cerrando los ojos por un instante,
solo para abrirlos y encontrarse la sorpresa de la noche. Otros
ojos muy parecidos a los suyos lo miran llenos de celos y ren-
cor. Su hermano Robert le hace una señal con el puño retor-
ciendo la boca en disgusto, pero sigue su camino dando tumbos;
al parecer ya estaba borracho.
Charles se queda estático en el lugar, como si le hubieran
echado un cubo de agua fría por encima. ¿Pero qué diablos está
haciendo? Su hermano tiene razón de estar celoso y él no es más
que un mierda por tratar a Jani de esta manera, como si él pu-
diera interesarse por ella, darle esperanzas y apretarla contra su
cuerpo para entretener el fuego que le crecía adentro. ¿Con qué
derecho? Jani era o fue la amante de su hermano y él no podía
olvidarlo. Necesita espacio para pensar.
Jani siente que algo pasa. Charles ha dejado de bailar súbita-
mente y tiene la mirada dura, perdida en la nada.

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Ana Castellanos

—¿Qué te pasa? —pregunta Jani poniendo una mano en su


cara.
Charles le quita la mano de su rostro bruscamente. Está muy
serio y suda frío.
—Nada, disculpa.
Y sin pensarlo, le da la espalda a Jani y desaparece entre la
multitud de parejas bailando.
Jani se queda perpleja, no le encuentra sentido a lo que acaba
de suceder. Se ha quedado sola en medio del salón de baile
y algunas parejas cercanas comienzan a mirarla. Jani se dirige
hacia los baños diciéndose que a lo mejor Charles no se sintió
bien, pero allí no lo encuentra. Aun así, espera unos minutos.
Si antes Jani se sentía confundida con sus sentimientos hacia
Charles, ahora mucho más. Se preguntaba qué habría pasado, to-
do parecía tan perfecto como un sueño, como un cuento de ha-
das, y de pronto, él la deja plantada en el medio del baile sin
explicación. Jani siente deseos de correr e irse a su casa, olvi-
darlo todo y a los malditos Lagarderes. Tenía un nudo en la gar-
ganta y muchas ganas de llorar, se sentía humillada, abandonada
y sin nadie con quien contar, y piensa en su amiga Susan. Cuán-
ta falta le hacía en este momento. Pero ya su amiga era feliz con
su príncipe azul y casi no asistía a las fiestas.
Jani trata de calmarse y ser fuerte. Tal vez Charles la busque
más tarde con una explicación. Todo aquello no tenía sentido.
¿Pero acaso algo de su relación con esta familia lo tenía? Jani
decide esperar algunos momentos en el jardín, un poco alejada
de la multitud, donde Charles pudiera encontrarla fácilmente.
Después de algunas canciones, Jani no puede esperar más, su
ansiedad y disgusto habían aumentado; miles de ideas le daban
vuelta en la cabeza, pero ninguna le servía de consuelo. Por eso,
con el paso apresurado y llena de furia, sale del club para llamar
un taxi. Ya afuera una mano la detiene aguantándola por el bra-
zo. Jani se vira esperando encontrarse con Charles pero con

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Primavera de 1989

quien se enfrenta es con Robert, que tiene los ojos rojos y casi
cerrados. Él le acerca la cara y su aliento de alcohol la golpea
repulsivamente.
—Ven acá, muñeca, ¿a dónde vas con tanto apuro? —Robert
la empuja contra el muro del club y bloqueando su camino le
roba un beso.
Jani se siente con náuseas y trata de escapar de sus garras
inútilmente.
—Robert, por favor, estás borracho. Tenemos que hablar, pe-
ro no así, no ahora.
—Para qué hablar tanto cuando los deseos sobran.
Y es así que los encuentra Charles quien en esos momentos
sale del club. Charles la había visto salir apurada y reconoció la
angustia y humillación en su rostro y luego de unos minutos de
indecisión, quiso seguirla y tal vez disculparse por actuar sin
control sobre sus sentimientos. Se había comportado egoísta-
mente dejándose llevar y jugando al príncipe encantado. Jani no
se merecía esto, sobre todo no de él que era un cobarde y no
lucharía por conquistarla. «Coño, era también la felicidad de su
hermano que contaba, al que había prometido proteger y cuidar
casi desde el día que nació».
Y ahí estaban, reconciliándose. Charles se queda sorprendido
y un dolor le oprime el pecho. ¿Acaso no era esto lo que él mis-
mo le había ofrecido a Jani, tratar de reconciliar la relación con
su hermano? Aparentemente ya no necesitaban de él.
Jani se le queda mirando con los ojos redondos casi implo-
rando que la ayude a salir de esa situación, pero Charles, des-
pués de mirarla, baja la cabeza y se marcha ignorándola por
completo. Jani grita su nombre en la noche desolada, en un úl-
timo intento, pero Charles sigue su camino sin mirar atrás.
El corazón se le oprime a Charles en el pecho al escuchar su
nombre. «¿Para qué me llamas?», se pregunta con tristeza. «Es
con mi hermano que debes estar feliz».

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Ana Castellanos

—Robert, por favor, suéltame, quiero irme a mi casa —im-


plora Jani, casi en lágrimas.
—¿Irte a tu casa o correr detrás de mi hermano?
Robert la agarra por los pelos posesivamente y al tirar su ca-
beza hacia atrás contra el muro, se dio un golpe que la deja un
poco aturdida del dolor. Al quedar su cuello expuesto, Robert lo
chupa dejando una marca.
—Eres mía, me escuchas, solo mía.
Jani aprovecha el momento que Robert le suelta el pelo y lo
empuja con todas sus fuerzas, y levantando la rodilla al mismo
tiempo le pega en los testículos y le grita con furia y miedo:
—No, nunca.
Robert se cae al piso doblado del dolor y comienza a gritarle
obscenidades. Los guardias del club salen al escuchar los gritos,
y Jani se acerca a explicar la situación. Les da la dirección de
Robert para que le llamen un taxi, pues no está en condiciones
de conducir y trata de calmarlos, para que no llamen a la policía.
—Creo que lo peor ya pasó y él tuvo su merecido. De todas
formas estoy segura que es el alcohol que lo hace actuar así.
Jani esperó con los guardias que el taxi se lo llevara y luego
ella recogió su chaqueta y regresó a su casa pensativa. Nunca
antes había utilizado la violencia, eso iba en contra de sus prin-
cipios, y se siente un poco abochornada. Le da lástima Robert
que, tirado en la acera, había vomitado. Tan joven y borracho,
pero incluso sin estarlo es un bruto, un miserable, un pobre dia-
blo que no sabe cómo tratar a una mujer o mostrar sus senti-
mientos.
Charles llega a su casa casi al mismo tiempo que su hermano,
quien se baja de un taxi doblado por la cintura y dando tumbos.
El taxista también se baja para ayudarlo, pero Charles interviene
y le paga la tarifa aguantando a Robert por la cintura.
—No se preocupe, que yo me encargo de él. Es mi hermano.

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Agarra un brazo de Robert, se lo pasa por sus hombros y casi


arrastrándolo lo lleva hasta su cama y le quita los zapatos. Ro-
bert le pide que le traiga la bolsa fría del congelador. Charles se
la trae y se la pone en la cabeza, pero se queda sorprendido
cuando su hermano la desplaza entre las piernas, con un quejido
de dolor.
—¿Qué te pasó, te diste un golpe?
—La puta de tu amiguita es una víbora. Te juro que me la va
a pagar.
Charles se queda sorprendido y se va para su cuarto sintiendo
pena por su hermano, pero no puede contener la alegría al conf-
irmar que después de todo Jani no quiere a Robert, que es libre
y suficientemente valiente para defenderse de un borracho que
la acecha. Pero también se da cuenta que él no ha quedado en
muy buenos términos con ella. «Dios mío, qué pensará ella». Des-
pués de dejarla plantada en el baile delante de todos, ni siquiera
la ayudó cuando ella lo llamó tal vez desesperada. Ahora com-
prendía todo. «Pobre nena, así me odiará, tanto como a mi her-
mano». ¿Cómo podría volver a mirarla a los ojos?
El viernes siguiente Jani se había quedado más tarde en una
actividad de la escuela, haciendo trabajo comunitario, y regresó
a la casa ya de noche y cansada. Sin darse cuenta había tomado
el camino habitual que pasa frente a la casa de los Lagarderes,
y al levantar la vista se da cuenta de su error. La casa tiene todas
sus luces apagadas, probablemente todos sus habitantes estén de
fiesta, y suspira aliviada, pero al continuar caminando, alguien
se detiene frente a ella, le bloquea el paso y la asusta.
—¡Robert!... Déjame pasar.
—Espera, perdona que te asuste. Mira, nena, hoy no estoy
borracho y creo que debemos arreglar algunas cosas.
—Robert, es muy tarde y tengo que llegar a mi casa.
—El otro día me pegaste duro. Nunca pensé que fueras capaz
de algo tan bajo.

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Ana Castellanos

—Perdóname, no fue mi intención hacerte daño, pero no me


dejaste otra salida. De veras lo siento, yo no acostumbro a ser
violenta.
—¿Por qué no me das unos minutos? Creo que empezamos
muy mal esta relación y me gustaría aclarar la situación.
Robert le habla en un tono suave y conciliador. La tiene aguan-
tada por las manos y con el dedo pulgar acaricia en rotación su
pulsera.
—Okey, solo unos minutos. Dime.
—Aquí no, entremos.
—Robert… —Jani tiene un poco de miedo. Aunque Robert
se ha mostrado muy calmado y con buenas intenciones de dis-
culparse esta noche, ella no quiere estar con él a solas.
—Por favor —Robert la hala suavemente de la mano, guián-
dola por el camino hasta su casa.
—Deja la puerta abierta.
—¿Tanto miedo me tienes? Te juro que hoy no he tomado ni
una gota de alcohol.
Entran a la casa oscura y Jani se apresura a encender las luces
de la sala y al virarse hacia la puerta comprende su error en con-
fiar en él. Robert la está mirando con ojos llenos de rabia y una
media sonrisa sarcástica, al mismo tiempo que pasa el doble se-
guro a la puerta.
—¿Robert, que estás haciendo? ¿Cuáles son tus intenciones?
—Ya te lo dije, arreglar cuentas.
Jani corre a la puerta tratando de empujarlo y escapar, sumida
en un ataque de pánico que no la deja respirar.
—Déjame ir, déjame ir, quiero irme.
—Demasiado tarde, bruja loca.
Jani sigue forzándolo y casi gritándole:
—¡Déjame ir!
—¡Cállate!
Robert la separa de la puerta y la empuja tirándola al suelo.
Jani pega un grito y Robert le va para encima, ella trata de no

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dejarse agarrar y lo araña y empuja, pero Robert pone una ro-


dilla en medio de su pecho y quitándose el cinto le amarra las
manos.
Jani comienza a gritar, pero Robert le tapa la boca con la
mano hasta que saca un pañuelo de su bolsillo y se lo mete en la
boca casi hasta la garganta.
—Escucha, loca, yo no quería hacerlo de esta manera, pero
como ya veo que eres salvaje, tendré que domarte. A mí ninguna
mujer me usa y después me desprecia. Y sobre todo, ninguna mu-
jer puede pegarme. ¿Comprendes? —de inmediato agarra el cin-
to con el que la tiene amarrada y la arrastra por el piso hasta su
cuarto, cerrando la puerta con pestillo—. Ahora, si te portas bien
y no gritas te quito el pañuelo de la boca. A mí me gusta oírte
cuando gozas y sinceramente luces bien estúpida así.
Jani le dice que sí con la cabeza. Lágrimas de terror le mojan
su cara. Tiene la impresión de que en cualquier momento puede
asfixiarse y piensa que Robert es capaz de cualquier cosa. No
puede estar muy bien de la cabeza y ella tendrá que hacer lo que
él diga para sobrevivir.
Robert la sienta en la cama y él también lo hace a su lado, le
acaricia la cara y comienza a sacarle el pañuelo de la boca. Jani
coge un bocado de aire y tose casi ahogada, en lo que Robert le
da palmaditas en la espalda y ríe.
—Uf, cuidado no te me ahogues.
Jani se calma y trata, una vez más, de probar convencerlo de
que la deje ir, ahora que parece más calmado.
—Robert, por favor, ya tuve mi merecido, ahora déjame ir.
—Sh. Sh. Sh. Sé buena, Jani, yo aún no he terminado con-
tigo.
Para sorpresa de Jani, Robert la besa suavemente, un gesto
que ella interpreta como lo que debe ser su manera de pedir dis-
culpas, pero él comienza a abrirle la blusa.
—Robert, no quiero.

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Ana Castellanos

—Sh. Sh. Sh. No quiero, no quiero, pero échalo en el som-


brero.
Jani comienza a llorar en silencio, sabe que ya todo está per-
dido y que una vez más tendrá que pasar por esto. Se descalza
los zapatos y se sube en el medio de la cama tirando los brazos
por encima de la cabeza y entregándose. Si no puede evitar la
situación, por lo menos ayudará a que termine rápido. Robert
sonríe.
—Ah, loca, no sé para qué te haces la difícil, si tú también lo
quieres.
—Sí, Robert, apúrate.
—No, no, no. Ya lo hicimos una vez apurados, hoy quiero
que disfrutes, que te quedes rogándome por más.
Jani cierra los ojos tratando de calmarse y de pensar en algo
que la libre rápido de esta angustia. Robert ya la tiene desnuda
y va despacio besando todo su cuerpo. Ella siente cada beso co-
mo pellizcos en su piel y no puede controlar su reacción repe-
lente.
—Tranquila, si no quieres que te bese, te muerdo. Y sin es-
perar respuesta le muerde la cadera tan fuerte que Jani está
segura que sangra.
—¡Nooo!
—No te gusta que te bese, no te gusta que te muerda.
—Por favor, no me hagas daño.
—¿Qué dices? Solo quiero darte placer, nena.
Robert sube a besarla en los labios pero ella vira la cara sin
poder evitarlo, no puede controlar el miedo que siente. Esta vez
Robert le muerde un hombro y cuando Jani grita le muerde el
otro, dejándole las marcas de sus dientes.
—Sigues gritando y te sigo mordiendo.
—No más, yo voy a ser buena.
—De acuerdo. Si tú eres buena, yo también lo soy, y serás tú
quien me dé placer.

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Robert se levanta de la cama y se quita sus ropas. Le ordena:


—Tócate.
Jani trata de obedecer aun con las manos atadas
—Más para abajo, así, loca, entre las piernas, goza.
Jani finge placer tratando de excitarlo, para que eyacule rá-
pido y la deje tranquila, pero Robert no tiene apuro y está un
rato contemplándola gemir y retorcerse con las manos en la cin-
tura.
—Muy bien. ¿Quieres que te quite el cinto?
—Sí, te lo ruego.
Robert le zafa las manos y le ordena voltearse y sin más
preámbulos le da dos cintarazos en las nalgas, tan inesperados,
que Jani no tiene tiempo de gritar, solo aprieta los ojos y aguan-
ta la respiración hasta que el dolor fuerte pasa.
—Qué linda, si ya no gritas.
Robert acaricia sus nalgas y con la otra mano va deslizando,
despacio, un dedo por la entrada de su ano para después intro-
ducirlo súbitamente. Jani aprieta los ojos cerrados, respira pro-
fundo y muerde sus labios. Robert la toma por la cintura empu-
jando su trasero hasta el borde de la cama y sin más preámbulos
le introduce su sexo profundo y firme dentro de ella. Jani se
aguanta de las sábanas, el gusto amargo de la bilis le sube a la
boca y reza entre lágrimas para que termine esta pesadilla, pero
Robert no parece acabar nunca y cambia de posición. Sentán-
dola en su cómoda y empujando sus piernas hasta el cuello con-
tinúa el acto. Luego, aun dentro de ella, la agarra por las nalgas
y se sienta en una silla con ella arriba, la aguanta por las caderas
enterrando sus dedos en su piel y la hace saltar. Por último, la
lleva de nuevo a la cama y cogiéndola por el cuello mientras le
mira a los ojos comienza a apretar su garganta a medida que
acelera sus movimientos. Jani casi no puede respirar y piensa
que su vida acabará miserablemente bajo las manos de esta bes-
tia. De pronto, con una última penetración profunda, Robert la

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Ana Castellanos

suelta, le acaricia su cara y termina extenuado cayendo encima


de ella, y hundiéndola en el colchón con su peso.
Jani también está extenuada y adolorida, no solo por las mor-
didas; cada músculo de su cuerpo grita de dolor. Sus ojos se
cierran y cae en una inconsciencia. Se despierta de madrugada,
casi amaneciendo. Robert se ha rodado hacia un lado y Jani se
viste y sale del cuarto sin hacer ruido. Cuando llega a su casa se
da un baño caliente, se mete a la cama y pasa todo el sábado
durmiendo.
Su madre dormía cuando ella llegó y Jani se pregunta cómo
era posible que no hubiese notado su ausencia. Muchas veces la
ofendía y castigaba si llegaba de una fiesta diez minutos más
tarde de lo acordado; sin embargo, hoy había olvidado chequear
si su hija estaba en su cuarto. Algo seguro Jani tenía que agra-
decer a su madre: haber ordenado al doctor que le hizo el aborto
ponerle un anticonceptivo. Robert no se había protegido.
El domingo no va a misa y el lunes finge estar enferma para
no ir a la escuela. Tiene la marca del cinto en las muñecas y quie-
re dar tiempo que se aclaren, aunque lo disimula bastante bien
con brazaletes y pulsos que su madre encuentra bien ridículo.
Por suerte, las mordidas están en lugares del cuerpo que puede
muy bien esconder, pues son de color morado oscuro.
Jani va a visitar a su amiga Susan, tiene que decirle la verdad,
desahogarse de esta gran angustia que la atormenta.
—Susan, Robert me violó. Desde el primer día me abusa. Mi-
ra lo que me hizo esta vez. Yo no quería estar con él, pero me
amarró con el cinto y yo tuve miedo, Susan. No sé qué hacer.
Jani le muestra las marcas moradas en los hombros y su
amiga la mira con horror.
—Dios mío, es un salvaje.
—Susan, no digas nada, tengo miedo que no me crean. Mi
mamá sería la primera en acusarme, y para qué causar más pro-
blemas.

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—Claro que no. Además, no es que él sea un mal muchacho,


hay hombres que son así, un poco sádicos, y les gusta causar un
poco de dolor, eso los excita, pero no quiere decir que no te
quiera. Y tú, estás loca por él, hasta te has hecho amiga de su
madre. Ya casi te veo parte de esa familia.
Ahora sí Jani había perdido toda esperanza de lograr que su
amiga comprenda la realidad. Ni enseñándole las pruebas le
creía. Jani mira a su amiga con la boca abierta. Increíble. Se
siente traicionada.
—¿Por qué me miras así? No lo vayas a negar.
—No, Susan, por supuesto que no, para qué negarlo.

Jani llega a su casa abatida, extenuada no solo física sino tam-


bién sentimentalmente. No quiere estar sola y se sienta al lado
de su abuelo, quien mira un filme en la televisión, en la sala
familiar. Desde que su hermano Marcos se había mudado a su
apartamento en Río Piedra para estar cerca de su trabajo como
profesor de arte en la universidad, es junto a su abuelo con quien
Jani se sentía más segura. Su abuelo, a pesar de ser un hombre
de negocios muy ocupado, siempre tomaba su tiempo para la
familia, era comprensivo y sabía escuchar sin reprochar.
—¿Qué te pasa, mi niña? ¿Problemas del corazón?
—Oh, nada, abuelo. Creo que es dura la adolescencia. Hay
que crecer muy rápido y aún quiero soñar y ser ingenua, pero
temo que debo cuidarme de ser así.
—No hay nada de malo en soñar, yo soy un viejo y aún sigo
soñando, es lo que te permite seguir viviendo con la esperanza
de un mañana mejor, y en cuanto a las desilusiones, no te preo-
cupes, a tu edad el corazón es muy suave y los amores vienen
y se van. Es con el tiempo que sabrás diferenciar cuál es el
verdadero.
Jani lo abraza sin el coraje de contarle más y hacerlo sufrir.

49
Ana Castellanos

—Abuelo, que sería de mí sin ti, te quiero mucho.


—Y yo a ti, mi niña. ¿Ya decidiste a qué universidad vas
a ir? Sabes que puedes escoger la que tú quieras.
—Lo sé, abuelo, pero aún no estoy decidida. Yo quisiera es-
tudiar algo en diseño, tal vez diseño gráfico o industrial, pero no
encuentro nada que me entusiasme aquí en Puerto Rico.
—En Río Piedra hay una muy buena, pero si quieres podrías
estudiar en Nueva York. Allí está la crema del diseño. También
tienes a tus primas y tu tía que podrían albergarte, estarías en
familia. Yo tengo un amigo de muchos años que su hijo es pro-
fesor en el Instituto de Arte de Nueva York. Además, estarás en
el medio de Manhattan, donde todo pasa. Sería una linda expe-
riencia en tu vida.
—Esa opción está muy interesante, abuelo. Lo pensaré.
Desde ese momento Jani comienza a ver otros horizontes en
su vida y decide concentrarse más en su futuro y olvidarse de los
Lagarderes. Su abuelo tenía razón, se iría a Nueva York y em-
pezaría otra vida, desde cero, y dejaría atrás todas las tinieblas
que hasta ahora habían llenado su vida. Olvidaría a Robert
y a Charles y todo su amargo pasado. Perfeccionaría el inglés
y conocería nuevas personas con las que haría buenas relacio-
nes, y la respetarían por quien ella era, una joven mujer decente
e inteligente, con pasión por la vida. Era hora de crecer y ser
responsable de su destino, no seguir soñando con cuentos de ha-
das y poner los pies firmes en la tierra.
Jani continúa visitando la iglesia y comienza el catecismo,
cosa que encuentra muy interesante. La rutina de los domingos
de ir a misa llena su alma de paz.
Jani nunca fue madrugadora, siempre había disfrutado que-
darse en la cama hasta tarde los fines de semana, aunque tenía la
plegaria de su mamá que la levantaba para que ayudara en los
quehaceres de la casa.
Pero desde que comenzó a ir regularmente a misa, ni siquiera
necesitaba despertador. Dejaba las cortinas abiertas para que el

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Primavera de 1989

sol de la mañana la despertara y abría los ojos muy temprano


con el canto de los pájaros y una sonrisa en los labios, invadida
de un amor absoluto que ella misma no se explicaba y feliz de
estar viva un día más, con cada amanecer, un nuevo empezar,
con el favor de Dios.
Mary la iba a buscar todo los domingos y luego esperaba que
ella terminara sus clases de catecismo para regresar juntas. La
amistad entre ambas se consolidaba cada día más; habían des-
cubierto que tenían mucho en común, a pesar de la diferencia de
edades.
Juntas conversaban y reían de todo un poco. Mary le contaba
de su pasado y travesuras de su juventud. Asimismo le hablaba
de religión, cómo es la fe en Dios, que te da la confianza en lo
bueno, en lo supremo, la mano que te guía, que te cuida, que te
da la vida, la esperanza en un mañana mejor y la fuerza para
soportar las adversidades, continuar y dar lo mejor de ti. En una
oportunidad también le confió su infelicidad con su esposo y lo
que sufría.
Como de costumbre, habían ido a una cafetería cerca de la
iglesia después de misa, donde pasaban horas conversando y co-
miendo dulces con café con leche. Jani era más bien reservada
y siempre le escondió a su amiga la historia de ella y sus hijos,
pero la escuchaba con atención y admiración, y absorbía cuanto
consejo y sabiduría le aportaba la experiencia de esta amiga. En
sus ojos podía ver reflejada la dulzura de su hijo Charles y la
semejanza en los caracteres.
También algunas veces salían juntas de compras y para ce-
lebrar el cumpleaños de Mary habían pasado un sábado desde
temprano en un spa, donde se divirtieron mucho, embarradas de
lodo de pies a cabeza, y luego de pasar horas en las aguas terma-
les, recibieron unos masajes que las dejaron como nuevas. Los em-
pleados pensaban que Mary era su mamá y a Jani le entristecía
pensar que ella nunca hubiera pasado un día tan divertido y rela-
jado como este con su madre. Mary se había convertido en más

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Ana Castellanos

que una amiga, o en una amiga como no hay otra, y por ello
daba gracias a Dios.

Algunas veces Jani le preguntaba a Mary por Charles cuando


venía a la conversación y ella le contaba que al parecer su hijo
tenía mal de amores, pues no salía mucho de casa, aunque es-
taba más aliviada últimamente, pues hacía una semana él había
encontrado trabajo como ayudante mecánico en un concesio-
nario de la Ford en Caparra, no muy lejos de Guaynabo, y por lo
menos en esto estaba contento.
Jani se alegró mucho con la noticia. Cualquier conversación
en torno a Charles le iluminaba el día, pero esta vez ella sabía
cuánto significaba para el joven tener su independencia econó-
mica. Mary la mira como cuestionándola.
—¿Qué? —pregunta, intrigada.
—Jani, ¿a ti te gusta mi hijo Charles?
—¿Por qué dices eso?
Jani se siente nerviosa, no quiere confesar lo que hace más de
dos meses trata de olvidar.
—Nada. Es que siempre me preguntas por Charles y no por
Robert.
—Mary, es que… yo aprecio la amistad de Charles, y no me
agrada la forma de actuar de Robert, pero no quiero causar pro-
blemas entre ellos, son hermanos y se quieren, como es lógico.
Por eso me he alejado de ambos, y evito ir a tu casa.
—Soy la madre de ambos y los quiero a los dos por igual,
pero tengo que aceptar que Robert puede ser algunas veces di-
fícil. Creo que tiene mucha influencia de su padre. Sin embargo,
Jani, eso no quita que tú puedas tener una amistad con Charles.
Aunque no me gusta verlos discutir, sobre todo por asuntos de
mujeres, creo que es inevitable. Robert es muy mujeriego, mien-
tras Charles es más sensible y romántico. No sé quién fue esta

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vez la que le rompió el corazoncito a Charles, pero me gustaría


saberlo para halarle las orejas.
Jani sonríe y pone su mano encima de la de Mary con cariño.
—Mary, qué bien conoces a tus hijos. En estos momentos
siento un poco de envidia, a mí me hubiera gustado que mi
mamá me pusiera esa atención.
—Yo estoy segura que sí te pone atención y tú ni cuentas te
das. Así somos las madres. Ya lo verás cuando lo seas.
Jani se queda pensativa. Claro que Mary ni tan siquiera se ima-
gina el dilema de incomprensión que ella tiene con su mamá, ni
siente deseos de explicárselo, por lo que deja este tema y vuelve
a pensar en Charles. Sí, Mary tiene razón. ¿Quién sería la mal-
nacida que le ha causado pena a Charles? A ella también le gus-
taría darle una patada en el trasero. Un muchacho como él, tan
dulce y guapo, se merece que lo quieran… No, que lo adoren…
que se arrastren a sus pies y lo besen en cada pulgada de esa piel
electrizante...
—Nena, ¿a dónde te fuiste? Por la expresión de tu cara pa-
rece que a un lugar muy… interesante.
—Oh, disculpa. Creo que entre el azúcar de estos dulces y la
falta de sueño, me estoy quedando dormida. Después de almuer-
zo tomaré una buena siesta. Últimamente me acuesto muy tarde
estudiando, estoy en las finales y quiero sacar buenas notas.
Quiero ser aceptada en el Instituto de Arte de Nueva York.
—¡Jani, qué buena noticia!
—Sí, estoy muy embullada. Allí en Nueva York viven mi tía
y mis dos primas que ya están en la universidad y me ayudarán
en la adaptación a la nueva ciudad. Aunque yo he visitado Nue-
va York varias veces, me imagino que no es lo mismo vivir allí.
—Me alegra mucho, pero quiero saber cuándo te irás para
planear antes tu bautizo.
—Tenemos tiempo, los cursos no empiezan hasta octubre y las
inscripciones se hacen por correo, pero es mi abuelo el que se
encarga de esto. Creo que él está más embullado que yo.

53
Ana Castellanos

Jani termina sus estudios con méritos. El día de la graduación es


su abuelo quien la acompaña. Su amiga Susan también está allí
con su novio y sus padres que se unen aún más que de cos-
tumbre en cualquier acontecimiento importante de sus hijos.
Jani está feliz de ver a su abuelo orgulloso de ella. Es el que
más fuerte aplaude y chifla para llamar la atención cuando el
director le entrega el diploma, y luego corre a esperarla con un
ramo de flores cuando ella baja la plataforma.
Las vacaciones comienzan y su abuelo le promete, como re-
galo de graduación, alquilar una semana en Isla Verde, en una
suite del hotel San Juan, donde podrá invitar a cinco de sus me-
jores amigas. Será la primera vez que estará sin vigilancia cons-
tante de un adulto por tantos días de vacaciones. Costó trabajo
convencer a su mamá, pero acordaron entre todos que Mariana
podía pasar por el hotel a saber de las muchachas después del
trabajo, o cuando tuviera tiempo de darse una escapadita. La
galería donde trabajaba quedaba en San Juan, muy cerca de Isla
Verde.
Jani no estaba contenta con el acuerdo, pero tuvo que aceptar.
De todas formas, ella tendría que independizarse. Pronto se iría
a Nueva York y aunque pasaría los fines de semana en la casa
de su tía, ya su abuelo había coordinado para que compartiera
un cuarto de estudiante en el campus de la escuela, y así evitar
el tráfico de todos los días.
Dos semanas después, Mary vino a visitarla al mediodía
y a Jani le extrañó pues era lunes y ella sabe que, como dentista,
ese día Mary tenía trabajo.
—Mary, qué sorpresa. Ven, vamos a sentarnos atrás en la te-
rraza, hace tanto calor que me he pasado el día en la piscina.
¿Terminaste temprano hoy las consultas?
—No, nena, en realidad hoy no fui a trabajar. Tuve que can-
celar algunos turnos y otros pasarlos a mi colega. Esta mañana
acompañé a Charles al médico.

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Primavera de 1989

—¿Qué le pasa?
—Se pasó la noche con fiebre alta y no estaba en condiciones
de ir solo. El médico dice que tiene amigdalitis y la infección ya
le cogió los bronquios. Le recetaron antibióticos, pero mañana
se quedará en cama, pues sigue con fiebre alta y necesita reposo.
—Bueno, pero si la fiebre no se le baja tiene que regresar
a ver al médico, pues tal vez necesite cambiar el antibiótico
o algún otro tratamiento…
Jani está muy preocupada y trata de esconder su angustia.
—Esperemos que no. Su metabolismo siempre ha reaccio-
nado así y de costumbre le toma más tiempo para asimilar el
medicamento. Por eso vine a verte, para pedirte, si no tienes
nada planeado para mañana, que pases por la casa a eso de las
once y le recuerdes tomarse sus pastillas. Son amarillas y se las
dejo en la mesita de noche.
—No te preocupes, Mary, cuenta conmigo.
—Gracias, nena, ya sabes cómo son los hombres cuando se
enferman, como bebés, y si una no se ocupa de ellos se quedan
tirados en la cama todo el día sin moverse. También le dejo una
sopita en el refrigerador si tiene hambre, y te dejo la llave para
que entres. Posiblemente esté dormido y no te quiera abrir.
Jani se siente más tranquila. Todo parece estar bajo control
médico.
—Gracias a Dios esta semana estoy aquí y puedo ayudarte,
porque al final del mes me voy a pasar una semana en Isla
Verde. Mi abuelo me alquiló en el San Juan como regalo de
graduación. También será la despedida con mis mejores amigas,
pues mi abuelo dice que mejor irme en septiembre antes que co-
miencen los ciclones.
—Sí, creo que tiene razón, así no te quedas atrapada aquí si
pasa uno cerca este año.
—Sí, pero también porque abuelo me consiguió un cuarto de
estudiante que no quiero perder. Es tremenda oportunidad vivir

55
Ana Castellanos

en Manhattan y no tener que estar siempre corriendo y estresada


con el tráfico, aunque los fines de semana los pase con la fa-
milia. Ay, Mary, estoy muy embullada, nunca antes había pen-
sado en salir de la Isla y ahora es como un sueño de películas.
¿Te imaginas? Yo… en Nueva York, sola. Qué mejor aventura.
A Jani le brillan los ojos de entusiasmo.
—Es como si pudiera anticiparlo todo: mi vida cambiando
para algo mejor y excitante. Todos los días repletos de cosas nue-
vas que aprender, nuevas experiencias.
—Me alegro mucho por ti, Jani. Eres una muchacha extraor-
dinaria y te lo mereces. Creo que tienes mucho que dar y recibir
en la vida.
—Sabes, Mary, desde que empecé el catecismo, mi vida poco
a poco ha ido cambiando. Creo que la fe en Dios y la fuerza del
perdón me han dado la paz y la alegría necesarias para abrir los
ojos a las cosas buenas que él me ofrece, los caminos y puertas
que me abre.
—Sí, nena, Dios nos ama y nos protege. No olvides que el
domingo es tu bautizo. ¿Ya le avisaste a tu hermano?
—Sí, está muy contento.

Jani abre la puerta lentamente, sin hacer ruido, y entra a la casa


de Charles con cautela. La noche anterior había hecho cupcakes
y los dejó en la cocina.
—¿Charles? —Jani llama en voz baja. Hace meses que no ha
visto a Charles y no quiere encontrarse con ninguna sorpresa.
Podría ser que él tuviera novia y en estos momentos estén juntos
en su cuarto. Mary no le había mencionado nada al respecto, pe-
ro ella sabía que Charles era discreto; además, a un hombre co-
mo él nunca le han faltado las mujeres que se le rindan a sus
pies.
—Charles, soy yo, Jani.

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Primavera de 1989

Al abrir la puerta de su cuarto, Jani se queda perpleja, casi


había olvidado la atracción casi salvaje que la ataba a Charles,
y viéndolo así… Su corazón parecía detenerse en su pecho al
detectar el cuerpo boca abajo de Charles, vestido con solo un
pequeño calzoncillo Fruit of the Loom negro, y todo el resto de
su cuerpo bronceado por el sol. Su espalda perfecta terminaba
en las nalgas de puro músculo, y sus piernas fuertes, cubiertas
de vellos oscuros, daban ganas de acariciarlas con amor. Jani
cierra los puños.
—¿Charles?
Él se mueve hacia un costado, cubriéndose con la sábana has-
ta la cintura.
—Oh, no… Vete, Jani.
Jani sigue contemplándolo sin poder moverse, era difícil no
notar lo sexy de sus pechos musculosos, abdomen y el bulto
debajo de esos calzones que no cubrían mucho.
—Le dije a mi madre que no necesito niñera, pero a mí nadie
me escucha. Vete ya.
—Ey, por lo menos no soy el lobo feroz que vengo a co-
merte.
—Oh… Te voy a pegar lo que tengo —gruñe Charles, con la
voz aún más gruesa por la amigdalitis.
—Ni hablar. Mira, te traje unos cupcakes y te voy a calentar
la sopa, para que comas.
—No tengo hambre, ok. Ahora puedes largarte.
—No seas grosero. Tengo total autoridad y permiso de tu ma-
má para quedarme y hacer contigo lo que quiera. Más te vale
que me hagas caso y comas algo. Además, te tocan los anti-
bióticos.
Jani le alcanza un vaso de agua y dos pastillas que Charles
toma con los ojos casi cerrados y la frente arrugada.
—¿Qué te pasa, te duele la cabeza?
Jani se descalza las sandalias y sin pensarlo se sienta en el
medio de la cama al lado de Charles y le toca la frente.

57
Ana Castellanos

—No me toques.
Charles le agarra la mano por la pulsera y se la baja a la
cama.
—Ven acá, tontico malcriado.
Jani se acomoda recostando la espalda a la cabecera de la
cama, y estirando las piernas pone la cabeza de Charles re-
costada a su vientre. Un instinto maternal la invade y comienza
a acariciar y peinar con sus dedos el pelo desarreglado de Char-
les que lo hace lucir aún más tierno. El joven suspira y pasa sus
brazos por su cintura dejándose invadir por las caricias de la
muchacha, sin fuerzas para contradecirla.
Mientras acaricia su pelo, todo tipo de sentimientos tiernos se
apoderan de su cuerpo y siente un deseo incontrolable de abra-
zarlo, protegerlo, llenarlo de felicidad y amarlo para siempre.
Mira su rostro adormecido, tan angelical y adorable, tratando de
aliviarlo con sus caricias.
De pronto, cuando más relajada estaba, casi quedándose dor-
mida, siente los brazos de Charles apretarse un poco más contra
su cuerpo, y con un suspiro casi impredecible acaricia su ab-
domen con su cara, ligeramente arañando su delicada piel con la
sombra de la barba de dos días sin afeitar. Jani nunca había
experimentado una caricia tan sensual, y aprieta los muslos in-
voluntariamente.
—Jani…
Charles dice su nombre casi en un suspiro.
—Sí, Charles…
—La otra vez… cuando fuimos a aquella fiesta…
—Sí…
—Yo… quisiera disculparme.
—¿Por qué?
—No me comporté bien contigo.
—Olvídalo.
—No, te dejé sola y luego pensé que habías vuelto con mi
hermano.

58
Primavera de 1989

—De veras, olvídalo, ya yo no me acordaba. El pasado, pa-


sado es.
Charles levanta la cabeza y se le queda mirando.
—¿Por qué eres así? No entiendo por qué vienes a cuidarme
después de todo…
—Tu mamá me lo pidió y tú eres mi amigo. —«Y te quiero
con toda mi vida».
Charles se sienta a su lado, con la espalda apoyada en el
respaldar de la cama, y le toma la mano besándosela. Era in-
creíble cómo un simple gesto inocente estuviera cargado de tan-
tas emociones. Se le queda mirando a la boca, esa boca que ya
hace tanto tiempo desea saber a qué sabe. Jani desliza su mano
de aquel agarre, con dificultad; se siente nerviosa, y el momento
de encanto se rompe.
—Creo que tienes fiebre alta, te siento las manos ardiendo.
Mira, sería mejor que te des una ducha con agua fresca, antes de
que comas algo, y regreses de nuevo a la cama.
—Sí, me ducharé —Charles piensa en la ducha fría por otras
razones—. Pero no te vayas.
—Primero me dices que me largue y ahora que no me vaya.
¿Quién te entiende?
—No te vayas.
—Okey, te lo prometo. De aquí no me muevo.
Charles se levanta de la cama llevándose la sábana con él,
y le señala con un dedo fingiendo poder dictatorial, aunque la
forma coqueta de su boca delata una sonrisa escondida. Jani se
desliza más cómodamente en la cama, sobre un costado; con una
mano apoya la cabeza y con la otra y el dedo índice traza una
cruz sobre su corazón jurando obediencia. Ambos se echan a reír
simultáneamente y Charles se va a duchar dejando a Jani sola en
su cuarto.
La muchacha contempla la habitación minimalista, solo cuenta
con dos mesitas de noche, la cama y una cómoda de seis ga-
vetas, y encima, colgado a la pared, el collage que ella le había

59
Ana Castellanos

regalado por su cumpleaños como única decoración. Jani se re-


laja y aspira el olor de Charles en su almohada. Escucha el ruido
de la ducha abrirse, cierra los ojos y puede verlo desnudo, con la
cabeza hacia atrás, apoyado con las manos en la pared y el agua
acariciando su divino cuerpo. Cuánto daría por ser ella quien
acaricie ese cuerpo.
Charles ha tomado más tiempo de lo debido en el baño. La
ducha fría no ha alejado la imagen de Jani en su cama, al con-
trario, la desea aún más aquí bajo la ducha, convertida en jabón
resbalando por su piel. Cierra los ojos y puede imaginarla frente
a él, desnuda y mojada, arqueada hacia atrás exponiendo sus se-
nos para ser besados, acariciados, chupados por él. Su erección
es tan dura que ya no puede aguantarse más y es así, pensando
en ella que lo está esperando en su cama, a solo unos pasos de
él, que Charles se masturba sin cogerle mucho tiempo para de-
sahogarse con la fuerza de un volcán en erupción.
Charles siente sus piernas sin fuerzas para sostenerlo, sus
músculos como gelatina, y se sienta en el piso de la ducha. La
comprensión de lo que acaba de hacer lo acecha y siente un un-
do en la garganta, con ganas de llorar. ¿Cómo puede desear tan-
to a Jani? Ella nunca sería suya y esto es puro martirio. Estos
meses se han hecho una eternidad sin verla, y cada vez que su
madre cuenta las historias del día que pasó con Jani, ha imagi-
nado su cara, su cuerpo, su sonrisa.
Toma unos minutos para recuperarse y cuando termina de
limpiarse, decide afeitarse y quitarse la cara de enfermo que le
hace lucir la barba.
Su ropa está en su cuarto y se enrolla la toalla a la cintura
para ir a buscar un short. Al salir del baño se encuentra a Jani
dormida. «La pobre nena, se aburrió de tanto esperarme». Char-
les trata de no hacer ruido y después de cambiar su toalla por un
short de playa, pretende salir del cuarto y dejarla dormir, pero al
mirarla de nuevo no puede evitar el deseo de acercarse a ella. La
había extrañado tanto.

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Primavera de 1989

Sobre un costado, Jani tiene abrazada su almohada contra el


pecho, su cabeza apoyada en el brazo derecho y su pelo espar-
cido en las sábanas, con un mechón que le cae sobre la cara.
Vestida en camiseta y mini-short con las piernas encogidas, sin
quererlo, ha dejado al descubierto el empezar de sus nalgas, el
redondeado de sus caderas, y, enfatizado por la posición, su pe-
queña cintura. Charles se deja llevar por sus impulsos y se sienta
con cuidado a su lado, tratando de no despertarla. Con un dedo
levanta el pelo de su cara, y distingue su boca entreabierta, lista
para ser besada. Tentativamente Charles le acaricia los labios
y Jani responde con un suspiro, traga y los vuelve a entreabrir.
El ruidito que hizo al suspirar entra como droga en la conciencia
de Charles. Entonces, solo es Jani quien existe, solo su boca.
Nunca antes había escuchado algo tan sexy, tan erótico, y tiene
que besarla, saber cuán suave son sus labios.
El joven acerca su cara temblando de deseos, pasión, miedo,
y roza sus labios con los de Jani, sin dejar de mirarla, y traza el
contorno de su boca con su lengua, lo mismo que hizo con su
dedo.
Jani gime y se acomoda en el sueño aún más entre sus brazos.
Charles regresa a la realidad con la reacción de ella y no quiere
moverse para no despertarla, se queda así con la cabeza de Jani
muy cerca de su pecho, su aliento acariciándole el cuello. «Dios
mío, ¿qué haría Jani si se despierta y me sorprende besándola?
Entonces sí que la perdería para siempre». Pero ¿qué está pen-
sando? Ella nunca ha sido suya, ni lo será. Lo único seguro es
esta dulce tortura que él mismo se ha impuesto, que lo envuelve
y él deja que lo atrape. Con tantas mujeres que hay, ¿por qué
tiene que ser ella? ¿Por qué tuvo que venir a perturbarlo y a me-
terse en su cama, en su mente, en su cuerpo?
Jani sueña en colores con Charles que la está besando y casi
puede sentirlo temblar de pasión; suspira y puede sentir su olor,
como el día de su cumpleaños, a jabón y colonia de afeitar,
a hombre. Jani no quiere despertar jamás de este sueño.

61
Ana Castellanos

Charles trata de relajarse junto a Jani y aprovechar cada se-


gundo que el destino lo una a ella. Cierra los ojos y finge sen-
tirse contento, como si hiciera ya hace mucho tiempo que fuera
suya.
Robert llega del trabajo agotado de un tedioso día. El jefe lo
había llamado a su oficina para hacerle una advertencia, por ha-
ber piropeado a su secretaria abiertamente delante de otros cole-
gas de trabajo, como si un hombre pudiera aguantarse y no decir
nada frente a un trasero tan espectacular.
«Bueno, le guste o no al jefe, ese culo terminará en mi cama,
y si lo logro en menos de una semana, me gano la apuesta con
mis tres socios, veinte dólares por cabeza.»
Así iba pensando Robert cuando al pasar por delante del
cuarto de Charles, algo le hace mirar hacia adentro.
—¡Wao!, ¡qué carajo de sorpresa!
Charles, que estaba casi dormido, abre los ojos súbitamente
y hace una señal con el dedo sobre su boca a su hermano para
que guarde silencio. Se levanta con cautela y sale del cuarto ce-
rrando la puerta detrás de él. Esta vez no dejará que Robert se
acerque a ella.
—¿Qué cojones estás haciendo con esa puta?
—Robert, no es lo que tú piensas. Estás hablando así por des-
pecho.
—Charles, esa mujer no sirve. Es una loca que se acuesta con
cualquiera. Eres mi hermano y no quiero que te haga daño. Tú
no eres como yo. Perdona, pero eres un flojo con las mujeres
y esa zorra te va a hacer trizas. Créeme, a mí también me gustó
al principio, y ya ves cómo sacó las uñas. Así y todo, estoy se-
guro que si me le insinúo, ahora mismo se me tira arriba. Es
tremenda calentona.
—No sé en qué te basas para hablar así de ella. Además, en-
tre nosotros no hay nada.
—Puede ser que no, por el momento, pero de la manera que
los agarré, acurrucaditos, algo no, mucho es lo que viene por

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Primavera de 1989

ahí. No seas bobo, te está endulzando para después dejarte con


las ganas. Y no hablo por hablar, me baso no solo en mi expe-
riencia con ella, sino también en los comentarios del barrio.
¿O dónde tú vives que no te das cuenta de nada, mi herma?
—¿Qué comentarios son esos?
—Na, parece que la muy loca acabó en la escuela. Fue cheer-
leader en sus dos últimos años, y ya sabes como son, van a en-
señar las tetas y a que les cojan el culo. Uy, te imaginas. Debe
ser por eso que se metió ahora en la iglesia, para tratar de
limpiar su re-puta-ción, pero no creo que le funcione.
Charles se queda pensativo. Él nunca había oído nada ne-
gativo con respecto a Jani, al contrario, su abuelo era un per-
sonaje con mucha influencia en la comunidad y Jani siempre
regresaba a su casa temprano después de la escuela. Hasta su
propia madre hablaba maravillas de ella. Él sabía que la mu-
chacha había tenido novio antes, pero hacía muchos meses que
estaba sola. ¿Cuánto habría de verdad en lo que decía su her-
mano? ¿O sería solo chismes de los envidiosos a los que ella no
hacía caso?
Jani escucha voces y se despierta desorientada por un mo-
mento, hasta que se acuerda que estaba en el cuarto de Charles
esperando por él.
—¿Qué hora es? —mirando el reloj en la mesita de noche ve
que son casi las cuatro.
—¡Qué tarde!
Se levanta de un salto, y al abrir la puerta se encuentra con
los dos hermanos, como la noche y el día, el aceite y el vinagre.
Sus ojos se cruzan con los de Robert y al notar en él tanto
odio, Jani baja la mirada al piso y da un paso atrás, sintiendo
escalofríos.
—Charles, me quedé dormida. Tengo que irme. Que te me-
jores.
De inmediato, Jani sale de la casa de los Lagarderes sin mirar
atrás.

63
Ana Castellanos

Por el camino va pensando en la mirada intimidatoria y llena


de odio de Robert, que le trae recuerdos de su niñez, y reconoce
sus sentimientos: miedo. Robert la aterroriza.
Jani había aprendido desde muy chiquita a sobreponerse al
miedo y luchar hasta vencerlo. Se había prometido a sí misma
no dejarse manipular por el miedo, sobre todo a un hombre, pero
con Robert era inevitable. Solo su mirada la hacía temblar.

El domingo sería el bautizo de Jani. El sacerdote le había su-


gerido vestirse de blanco que representa la pureza, pero Jani sa-
bía que no debía aparentar ante Dios, por eso escogió un vestido
azul turquesa, entallado por encima de las rodillas, y al nivel de
las caderas, un fajín decorativo en blanco, al igual que el cuello
y los puños de las pequeñas mangas, combinando con los zapa-
tos de pequeño tacón. Su abuela le había regalado una mantilla
de tul blanco con encajes, que le cubría el pelo y descendía hasta
los hombros. Parecía salida de una película de los años cin-
cuenta.
De rodillas ante el altar, con la luz de los vitrales dando sobre
ella, mostraba una imagen angelical difícil de olvidar. Charles la
había llevado, junto con su madre, hasta la puerta de la iglesia.
Durante el trayecto él iba un poco distraído, como perdido en
sus propios conflictos, y sin mucha conversación. Pero al llegar
a la iglesia, se escurrió por el pasillo del costado. Debía entrar
para verla de cerca.
Marcos, el hermano de Jani, la miraba con una sonrisa en los
labios y ternura en los ojos, al igual que su madre, y Jani recibía
con devoción y sinceridad algo sagrado, una nueva vida nacida
en la fe de Dios.
Al terminar la ceremonia, Jani abraza a Mary, su madrina,
y después a su hermano, ahora también su padrino, y por encima
de su hombro cruza una mirada con Charles y le sonríe con

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Primavera de 1989

felicidad. El joven mira hacia abajo, abochornado de sus dudas,


y se retira a esperar en el automóvil.
Charles no puede creer los comentarios, ni lo que le ha dicho
su hermano, y aunque haya sido así, ahora Jani es diferente. Con
él siempre se ha comportado como una sincera amiga. Por eso
decide echar a un lado las dudas, y a los dos días va a visitarla
con el pretexto de darle las gracias por haber sido su enfermera
cuando él estuvo enfermo, pero en realidad no había dejado de
pensar en ella y quería verla.
La abuela de Jani le abrió la puerta y le indicó que pasara por
el costado hacia el patio que daba acceso a la cocina, donde la
joven preparaba el almuerzo.
Charles nunca había entrado a la parte de atrás de la casa de
Jani. De un lado al otro se extendía una amplia terraza abierta,
donde se podía apreciar una cocina bien equipada para BBQ,
con un horno de ladrillos. La delimitaba una meseta en forma de
«L», en cemento pulido, y seis banquetas de metal, forradas con
cojines en piel. Al otro lado de la terraza, estaba el área de se-
ntarse, con muebles en mimbre y cojines con gráficos tropicales,
y hacia un lado del salón se hallaba la escalera que conducía al
apartamento de Jani y su madre. Mesitas y plantas en macetas
de barro adornaban con mucho gusto el patio que se abría en
una piscina grande, un jacuzzi a un extremo y el trampolín al
otro.
Jani estaba agachada detrás de la meseta, buscando los ingre-
dientes para su almuerzo en el mini-refrigerador, cuando escu-
chó la voz de Charles llamándola. Se levantó tan rápido, so-
bresaltada, que se golpeó en la cabeza con el borde de la meseta,
lo que motivó que gritara de dolor y cayera sentada en el piso.
Charles corrió a ayudarla, pero al encontrarse con una Jani casi
desnuda, solo con ese pequeño delantal de vuelitos que cubría
sus pechos y parte de sus caderas, se quedó inmóvil contem-
plando el paisaje tan sensual que ella proyectaba aún con la
mano en la cabeza y una expresión de dolor.

65
Ana Castellanos

—¡Charles!... No te quedes ahí pasmado y ayúdame a levan-


tarme.
—Disculpa. ¿Qué te pasó?
—Me asustaste y me di en la cabeza cuando fui a levantarme.
Charles la ayuda, casi con miedo de tocarla, y es entonces
cuando se da cuenta que Jani está en bikini debajo del delantal,
con su pelo mojado, lo que indica que no hace mucho había
salido de la piscina.
—Mira a ver si no me partí la cabeza.
Charles le revisa entre los cabellos por donde Jani le indica
y no puede evitar que la vista se deslice por su espalda desnuda
y el trasero cubierto por un minúsculo triángulo rojo. En rea-
lidad no sabe si sería mejor que estuviera desnuda, pero seguro
sí estaba que ese bikini en ese cuerpo, hacía sudar frío a cual-
quier hombre que lo viera.
Charles acaricia su cuero cabelludo distraído.
—Bueno, ¿ves sangre o no?
—No, no, creo que empieza a salir un chichón. Frótate con
vinagre.
—¿Vinagre?
—Sí, mi mamá siempre nos frota con una toallita enchum-
bada en vinagre cada vez que nos damos un golpe. Dice ella que
ayuda la circulación sanguínea.
—Bueno, todos los días se aprende algo nuevo.
—Ah, no, pero ese remedio es viejo.
Jani ríe.
—Espérame. Voy a buscar una toallita. Ahora regreso.
Jani se quita el delantal y sube a su cuarto dejando a Charles
con la boca abierta y casi babeado al verla subir las escaleras
balanceando las caderas de un lado al otro. Desde donde se ha-
llaba pudo distinguir sus senos que lucían más llenos, redondos
y perfectos. Al joven le sudan las manos, por eso se las pasa,
nervioso, por los lados del pantalón, tratando de calmar los de-
seos de agarrarlos.

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Primavera de 1989

Jani se detiene al pasar frente a las puertas con espejo del


closet de su cuarto. «Dios mío, por eso el pobre Charles estaba
tan serio y nervioso». A ella se le había olvidado, pero este bi´-
kini era el más chiquito, y por ello el más práctico que tenía y se
lo había puesto para que el bronceado fuera más parejo. Cuando
estaba sola con su abuela, Jani se quitaba la pieza de arriba para
broncearse en el patio que estaba rodeado de muros altos y nadie
la podía ver.
Se puso una camisa de playa que aunque un poco transpa-
rente era larga y le cubría lo suficiente. Entonces bajó con la
toallita a encontrarse con Charles que en esos momentos se
hallaba ocupado en la cocina.
—¿Qué haces?
—Te preparo el almuerzo.
—Yo puedo hacerlo.
—No, tú te pones el vinagre en el chichón y yo te preparo
algo de comer. Ya hice unos emparedados de jamón y queso,
y también haré una ensalada. Ve diciéndome qué quieres que le
ponga.
—Revisa el refrigerador a ver lo que encuentres. A mí me
viene bien cualquier cosa, soy de buen comer.
Charles saca algunos vegetales y se pone a limpiar la le-
chuga.
—Deja que te ayude a picar los tomates.
—¿Y tu cabeza?
—Ya ni me duele. ¿Cómo te gusta que los corte, en lascas
finitas o gruesas?
—Ni lo uno, ni lo otro. Déjame enseñarte.
Charles se para detrás de Jani y poniendo sus manos encima
de las de ella le habla al oído, al mismo tiempo que hace presión
en el cuchillo para ayudarla a cortar.
—Mira, así… término medio, y luego a la mitad… y el pe-
pino también, así puedes llevarte el pedazo entero a la boca…

67
Ana Castellanos

El calor del cuerpo de Charles en su espalda hace derretir las


entrañas de Jani, y su voz suave tan cerca de su oído la hace
soñar. Cerrando los ojos por un instante e inhalando su olor pu-
ro, suelta el cuchillo sin percatarse.
—Agarra bien el cuchillo que te puedes cortar.
Charles sonríe reconociendo el efecto que ha causado en ella
su cercanía, y le da un beso en la mejilla antes de alejarse y con-
tinuar lavando la lechuga.
—Mi mamá me dijo que te pasarás la semana que viene en
Isla Verde.
Jani regresa a la realidad respirando profundamente y tra-
tando de aclarar su mente.
—Sí, un regalo de graduación de mi abuelo; él es muy ge-
neroso. ¡Ey! Si quieres puedes pasar a vernos, mis amigas y yo
necesitamos compañero de baile en la discoteca y… Mis amigas
son bien lindas, a lo mejor te gusta alguna —Jani hace este co-
mentario en un tono pícaro, guiñando un ojo. En realidad, y se-
cretamente, quiere saber si él tiene novia.
—No es mala idea, pero solo podré ir el fin de semana. Sabes
que me levanto temprano a trabajar.
—Bueno, eso es lo que escogiste. Si hubieras seguido tus es-
tudios ahora estuvieras disfrutando de las vacaciones, como mu-
chos jóvenes de tu edad.
—Jani…
—Okey, de acuerdo, no te hablo más de ese tema.
—Hablando de estudios, tendrás muchos ex novios de tu es-
cuela que querrán festejar contigo. No sé por qué dices que me
necesitas.
—¿De cuáles ex novios tú estás hablando? Porque, que yo se-
pa, nunca he tenido novio en la escuela.
—¿Ah, no? Vamos, a mí me lo puedes decir. Cheerleader
y tan bonita… Debes haber tenido esa escuela revuelta.
—¡Charles!... Yo no sé de dónde tú sacas esas ideas, pero dé-
jame aclararte. En el único grupo de líder que yo participé en la

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Primavera de 1989

escuela fue de ayuda a la comunidad, con trabajos voluntarios


en asilos de ancianos. Y en cuanto a novio se refiere, sí he te-
nido, no soy una santa, dos, para ser más específica, pero nunca
en la escuela.
—Disculpa, no tienes que ponerte brava, solo estaba asu-
miendo lo que parecía lógico.
—Pues no es tan lógico y asumes mal.
— Mira, Jani, yo solo vine a darte las gracias por el otro día
que fuiste a cuidarme cuando yo estaba enfermo, pero si te vas
a ofender mejor me voy.
—No, espera, no te vayas. Come conmigo. Preparaste mucha
comida de todas maneras y se va a desperdiciar. Disculpa, sé
que reaccioné un poco fuerte con tu comentario, pero me mo-
lesta cuando otros me juzgan sin saber.
—No, Jani, tienes razón, y soy yo el que tiene que discul-
parse, no fue mi intención ofenderte.
—Olvidémoslo. En definitiva, tú a mí apenas me conoces, así
que borrón y cuenta nueva.
—¿Apenas te conozco?... Sin embargo, eres la única amiga
que he tenido en muchos años. Siempre pensé que entre un hom-
bre y una mujer no podía existir una amistad desinteresada sin
atracción física.
—Pues mira, yo tengo muchos amigos y te juro que no hay
atracción física. Para mí son como hermanos, los quiero y ayudo
siempre que puedo.
Ambos se quedan en silencio y se sientan a comer uno al lado
del otro. Charles no quiere profundizar más en el tema de la
atracción; para él hay cosas que no se explican. Jani come con
apetito y gusto y él se queda contemplándola.
—Te quedaron muy sabrosos estos sándwiches —le dice Ja-
ni, lo mira y sonríe.
Charles abre los ojos y comienza a reírse.
—¿Qué? ¿De qué te ríes? —Jani sabe que debe tener la boca
sucia o algo pegado en los dientes, pero finge inocencia para

69
Ana Castellanos

verlo reír más—. Dime de qué te ríes. ¿Qué le echaste al pan,


detergente?
—No, no, nada…
—Nada, y sabe tan rico. No puede ser.
La risa es contagiosa y Charles se lleva un bocado de en-
salada a la boca, y cuando vuelve a mirarla es él quien tiene un
pedazo de lechuga colgado de los dientes.
Jani chilla y ríe aún más fuerte, casi al borde de las lágrimas.
Su banqueta bascula y está a punto de caerse, pero en un se-
gundo Charles la tiene en sus brazos y es solo la banqueta la que
cae.
La risa se apaga y el momento se extiende. Así se quedan con
la respiración agitada, los ojos brillando de alegría y solo una
leve sonrisa en los labios. No se dejan de mirar, como si fuera lo
más natural del mundo contemplar sus dulces bocas. Las caras
comienzan a acercarse. Jani es la primera en cerrar los ojos, está
segura que Charles la besará, y en ese momento no le importa
los tabúes sociales, no quiere pensar ni en Robert ni en Susan.
De pronto, oye la voz de su abuela que sale de la casa.
—Jani, ¿por qué no invitas al muchacho a bañarse en la pis-
cina? Aprovechen que hoy hace calor y sol. El resto de la se-
mana se la va pasar con lluvias.
Jani abre los ojos y ambos se separan apresuradamente mi-
rando hacia el suelo.
—Yo no traje trusa.
—Si quieres te presto un short de mi hermano. Él siempre
deja uno aquí cuando viene de visita.
—No, gracias. Mejor ya me voy.
—¿Tan pronto?
—Sí, pero si te gustaron los sándwiches, te invito a comer en
mi casa el viernes. Haré mi plato preferido.
—¿Tú sabes cocinar?
—Me encanta. Mami me enseñó. ¿Te gusta el arroz con pollo?

70
Primavera de 1989

—Sí, mucho. Pero, Charles, yo no quiero sentarme a la mesa


con toda tu familia.
—Comprendo, pero no te preocupes, este viernes, mi papá
y mi hermano terminan tarde. Alguien en la oficina coge el
retiro y le darán una fiestecita de despedida. Así que estaremos
solos con la vieja.
—De acuerdo. ¿A qué hora?
—Comemos a las seis, pero ve antes y así me ayudas.
—Sí, chef —Jani lo saluda riendo, con la mano en la frente,
estilo militar.
El viernes amaneció lloviendo, aunque a mitad de la mañana
había un poco de sol, pero a medida que se acercaba la tarde el
cielo comenzó a nublarse de nuevo y la lluvia a caer con más
fuerzas. Jani decidió llamar por teléfono a Charles y cancelar la
cita.
—De eso nada, con lluvia o no, de todas maneras hay que
comer. No te muevas, que voy a buscarte en el carro de la vieja.
Jani se apresura para estar lista a tiempo, se pone su short
preferido de caqui beige y una blusa roja de algodón fino y de
mangas largas. Mientras se recogía el pelo en un moño a la nuca
con un pañuelo de seda, escuchó un toque a la puerta.
—Entra rápido, Charles, estás todo mojado.
—No tanto, estos paraguas no tapan mucho cuando hay bien-
to. Las calles están llenas de agua.
—Charles, ¿estás seguro que esto es buena idea?
—Claro. Mi mamá te está esperando, contenta de que te in-
vite. ¿Tienes botas de caucho?
—No, pensaba ponerme estos zapatos bajitos.
—Bueno, ya veremos qué hacemos. ¿Lista?
—Déjame coger una sombrilla.
—No, con una es suficiente. Es nada más hasta el carro.
Bajan las escaleras, juntos, y al llegar al portal Charles le da
la sombrilla a Jani.

71
Ana Castellanos

—Tú la llevas y yo te llevo a ti.


Parándose de espalda delante de ella Charles pasa sus manos
por debajo de sus muslos y carga a Jani a caballitos, llevándola
así hasta el automóvil para que no se mojara los zapatos. La
deposita con cuidado en el asiento del pasajero agarrando la
sombrilla.
Jani solo atina a reírse, sorprendida por su galantería e imagi-
nación. Al llegar a la casa de Charles, se disponen a hacer la
misma operación, pero esta vez Jani entrelaza sus piernas alre-
dedor de la cintura de Charles y pega bien su cuerpo a su es-
palda y su cara contra la de él. Charles sube sus manos por los
muslos de Jani hasta sus nalgas para sujetarla bien. Quisiera
quedarse ahí bajo la lluvia todo el día.
Mary, al verlos llegar juntos, reconoce inmediatamente el ca-
riño que los une, y se da cuenta de lo doloroso que será para
Charles cuando se entere que Jani pronto se irá por tiempo ilimi-
tado. Su amor de madre quiere protegerlo y no sabe cómo ha-
cerlo sin herir a Jani, a la que le tiene mucho cariño.
Ya en la cocina, Mary se pone a observar en la distancia có-
mo su hijo interactúa con Jani sin muchas palabras, pero con
miradas, sonrisas y hasta caricias al descuido. La muchacha no
deja de tocar su brazo cuando se acerca a él o acaricia su es-
palda. Charles se le acerca y mira sobre el hombro de la joven
cuando ella corta los ingredientes de la sazón. Pone su cara
junto a la de ella, la agarra por la mano y coloca la otra en su
cintura para guiarla cerca de él y enseñarle algo. Se miran y son-
ríen, como si guardaran algo cómico en secreto.
«Estos dos se han enamorado y ni siquiera se han dado cuen-
ta», piensa Mary.
La comida pasa muy amena. Todo estaba delicioso. De pos-
tre, Mary había hecho casquitos de guayaba que sirvió con que-
so crema; sabía que ese era el dulce preferido de Jani.
—Te los hice para que te acuerdes de nosotros cuando estés
en Nueva York. Te voy a extrañar mucho.

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Primavera de 1989

—¿Te vas de vacaciones a Nueva York? ¿Cuándo? —pre-


gunta, extrañado, Charles.
—No, no de vacaciones. Me voy a estudiar allí, en sep-
tiembre.
—¿Y no pensabas decírmelo? Ya estamos a finales de julio.
—Claro que sí. Disculpa, Charles, es que cada vez que nos
vemos no viene al caso y después se me olvida.
—¿Se te olvida? ¿Y qué más se te olvida, Jani?
Charles se levanta de la mesa, muy serio, y se va hacia el
portal a ver caer la lluvia. Se siente traicionado. Estos últimos
días habían llenado su alma de esperanzas. Jani había mostrado
interés en él. «Dios mío, de no haber sido por la interrupción de
su abuela, casi nos besamos en la terraza de su casa». Y el hecho
de que se hubiera acostado con su hermano no cambiaba sus
sentimientos hacia ella. ¿Por qué Jani le ocultaría que se iba
y por cuánto tiempo? Tal vez todo el año.
Quizá su hermano tenía razón. Jani era solo una buena actriz
que disfrutaba tener los hombres locos por ella, fingiendo ino-
cencia y dulzura para después dejarlos a un lado, como un trapo
nuevo que usas un par de veces y luego tiras al olvido en el fon-
do de una gaveta.
—Mary, creo que debo ir a hablar con Charles. Él tiene ra-
zón, somos amigos y debí contarle. Ahora pensará que yo estaba
escondiendo mis planes deliberadamente, pero te juro que no
fue mi intención. Cada vez que nos vemos, y no ha sido muy se-
guido, se me olvida todo, no sé qué me pasa. Es como si estu-
viera en la luna, y lo único que me interesa es disfrutar de su
compañía en ese momento y ser feliz. Le he tomado mucho ca-
riño a Charles, y no me gusta verlo disgustado, sobre todo cuan-
do sé que soy la causante.
Mary la mira intensamente.
—No, Jani, mejor déjalo que se calme y reflexione. Tú no
has hecho nada malo y no le debes explicaciones. Ya verás có-
mo se le pasa. Los hombres son así, difíciles de comprender.

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Ana Castellanos

Con el ruido de la lluvia no habían notado la llegada de un


automóvil. Robert y su padre habían entrado por la puerta de la
cocina. Robert había logrado escuchar el final de la conversa-
ción, e intrigado por la presencia de Jani, indaga:
—Espero que no estén hablando de mí.
—Hola, cariño. ¿Cómo estuvo la fiesta? Terminó temprano.
—Sí, con la lluvia muchos quisieron irse rápido. En caso de
inundación, ya sabes cómo se pone la carretera. Bueno, ¿habla-
ban de mí o no?
Jani no pudo contenerse. «El muy engreído».
—¿Y por qué tendríamos que hablar de ti? —Mary la calla
con una seria mirada.
—No, mi’jo, hablábamos de tu hermano, que está un poco
disgustado, pero eso se le pasa. Ya sabes cómo es de sensible.
—¿Disgustado, eh? Me pregunto quién sería la bruja que lo
puso de mal humor.
—¡Ay, Roberto! ¿Qué manera de hablar son esas?
Ya la lluvia había menguado su furia y finos rayos de sol se
escurrían entre las nubes aún grises. Jani quería ver a Charles
antes de irse. Habían pasado un día tan bonito, tan perfecto. Ni
la oscuridad de la tarde fría y mojada había podido estar en
contra de ellos. Pero ahora Robert, solo con su presencia, lo des-
truía todo, y Jani tiene que huir, salir lo antes posible de su escu-
driñadora mirada.
—Mary, mejor ya me voy ahora que dejó de llover un poco.
Gracias por los casquitos de guayaba, te juro que no se me olvi-
darán. Nos vemos el domingo. Recuerda que después me voy
y no será hasta el otro lunes que regrese.
—Okey, nena.
Jani se despide con un abrazo como de costumbre, y Robert
la sigue hasta la puerta de la cocina, pero Jani no se detiene y se
apura.

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Primavera de 1989

—Oye, si quieres te presto una escoba, así te puedes ir más


rápido, volando —Robert ríe con sarcasmo y se queda mirando
cómo Jani se aleja corriendo bajo la lluvia.
«Bruja loca y todo lo que quiera, pero tengo ganas de darme
otra ronda con ella en mi cama, y a mí nadie me deja con ga-
nas».
—Mami, ¿a dónde Jani se va el lunes?
—A Isla Verde con sus amigas. Regalo de graduación de su
abuelo.
—Me imagino. El viejo tiene plata para corromper aún más
a la loca de su nieta.
—¡Roberto! Jani es una buena muchacha, no sé porque la has
cogido ahora con ella.
—Ja, ya lo sé, buenísima, sobre todo en la cama.
—Robert —Mary está disgustada con la actitud de su hijo.
—¿Qué piensas, mami, que tu protegida de la iglesia es una
virgen santa? No me hagas reír.
—No sé qué voy hacer contigo, eres incorregible. Esa manera
que tienes de tratar a las mujeres un día se virará contra ti.
Charles se siente herido. Jani pronto se irá a Nueva York a es-
tudiar y solo Dios sabe por cuánto tiempo. Allí estará en su am-
biente, conocerá gente nueva, posiblemente se enamore y sea
correspondida, y nunca más la vuelva a ver.

Charles se levanta tarde y, cansado de no dormir bien, comienza


a tener dolor de cabeza. Quiere olvidar, tal vez concentrándose
en otra cosa, y decide desmontar su motocicleta y engrasar bien
parte por parte. El motor hace rato que hacía un ruidito que no le
gustaba. Así pasó la mayor parte del sábado y lo mismo el do-
mingo, pero no ha conseguido alejar a Jani de su pensamiento.
Es solo su rostro lo que ve. Ya se había confundido dos veces al
montar el motor y había olvidado piezas, y esto lo frustraba aún

75
Ana Castellanos

más. Él estaba acostumbrado a hacer ese trabajo, lo hacía de me-


moria, y con esa chiquilla en la cabeza no podía concentrarse.
Al llegar su madre de la iglesia ya Charles no pudo más. Dejó
la moto en piezas, se limpió las manos en el pantalón y se apre-
suró a ir a la casa de Jani. No sabe bien lo que va a decir, pero
tiene que verla, confrontarla. Tiene que saber por qué se va, qué
busca, y si de una manera u otra sus sentimientos por ella son
correspondidos. Él sabe que existe la química, lo ha visto en su
mirada desde aquel primer día, pero ¿qué más? Ahora no está
seguro si ha sido pura coquetería, atracción física o algo más.
Llegó a casa de Jani antes de lo esperado y su corazón latía
con furia. Sin detenerse a llamar a la puerta, entra por el costado
a la terraza del patio, sabe que a esta hora Jani estará preparando
el almuerzo. Y allí se la encuentra, saliendo de la casa con una
jaba de pan en una mano y bananas en la otra. Aún llevaba pues-
ta la ropa de salir, un vestido maxifalda hasta los tobillos y san-
dalias de plataformas, y sus gafas de sol en la cabeza aguantán-
dole el pelo suelto.
—¡Charles! —Jani se queda sorprendida de la visita inespe-
rada y lo mira con ternura antes de echar a reír.
—Nunca te había visto tan sucio. Ya sé, de ahora en adelante
te llamaré «mi sucito».
Charles ni siquiera se había percatado. Había salido en cami-
seta y con unos jeans rotos por dondequiera, pero podría estar
vestido de traje y corbata, y no se notaría, pues estaba cubierto
de tizne y grasa de pies a cabeza.
—Perdona la facha, pero tenía que hablarte.
—Creo que debes lavarte un poco antes, sucito, así podremos
comer juntos. ¿Qué me dices de un batido de banana?
—Tú no tomas nada en serio. Para ti todo es una burla, un
juego. Olvídalo.
—¡Charles!... —Jani se apresura y lo agarra de la mano para
evitar su partida.

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Primavera de 1989

—No me toques —sacude la mano bruscamente.


—¡Charles! ¿Qué te pasa? No me trates así. ¿Qué te he he-
cho?
—Burlarte, como lo haces con todos. La única sucia aquí eres tú.
—Charles, no entiendo por qué te pones así.
—¿Qué es lo que no entiendes, Jani? ¿Que yo soy un hombre
y que siento…? Pero claro, ese es tu juego, buscar que uno se
enamore para después escaparte, como el gato y el ratón.
Jani se queda fría, helada, sin saber qué decir y con los ojos
llenos de lágrimas. Charles también se queda un momento en
silencio mirándole a los ojos, tratando de leer su reacción. No
fue su intención dejarle saber que se había enamorado de ella,
pero ahora que la verdad está expuesta, ya no hay marcha atrás.
—Pero nosotros… Pero tú, no puedes… no sientes. Esto…
¿Charles? Esto es una locura.
—Oh, Jani, locura o no, yo siento… siento demasiado.
Y sin más preámbulos, Charles le agarra la cara y la besa con
furia, con pasión, como si fuera la última cosa que hiciera en su
vida.
Jani no puede contenerse y llena de emoción parte sus labios
invitando con su lengua. Charles deja su cara para acudir a su
cuerpo. Apretándola contra él profundiza el beso, devorando su
boca, impregnando el sabor en su memoria, suavizando luego la
presión en sus labios, envolviendo a Jani en ternura y amor.
Lágrimas de emoción chocan a Jani. Sabe que sus senti-
mientos han sido mal interpretados por Charles; sin embargo,
aquí está finalmente en sus brazos, en su boca, con los que tanto
había soñado.
Charles la siente temblar y oye su llanto ahogarse en su gar-
ganta. Se separa de ella y la mira los ojos, la ve deshacerse en
emociones que él no entiende. Ya la había visto antes así, con
los labios y los ojos hinchados, y siente un nudo apretarse en su
garganta. No era esto lo que él buscaba, fuera lo que fuese, él no

77
Ana Castellanos

podía hacerle daño a Jani, y decide irse resignado de perderla,


pero no sin antes besarla de nuevo, esta vez solo una caricia sua-
ve en sus labios y una mirada llena de lágrimas, prometiendo un
adiós para siempre.
Jani cierra los ojos, pensando decir algo que arregle la situa-
ción, una explicación a sus sentimientos, pero al abrirlos ya
Charles se había marchado. Jani está sola y una vez más con el
corazón destruido, esta vez de amor, y es entonces que reconoce
que lo ama, y que lo amará para siempre.
«Oh, Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Cómo no pude ver desde el
principio el peligro de enamorarme de Charles, que había besa-
do a mi mejor amiga y es el hermano del hombre que tanto daño
me ha hecho?»
¿Cómo pudo dejarse llevar por las emociones y responder al
beso de Charles cuando la estaba acusando de jugar con sus sen-
timientos de hombre? ¿Qué explicación tendría ahora, cuando
había sido tan débil, que un solo beso la convertía en hoguera?
Su falta de control solo le daría a Charles más motivos para
pensar lo peor de ella.
Jani ya no tiene apetito y sube a su cuarto. Al mirar su reflejo
en el espejo del baño ve manchas de grasa en ambas mejillas
y comienza de nuevo a llorar y a reír al mismo tiempo.
—Mi sucito, cada vez que vea grasa de motor me acordaré de
este día, de este momento, de ti.

El lunes después de almuerzo ya Susan estaba en la casa de su


amiga. Había ido con su novio, quien la acompañaría hasta el
hotel. Últimamente eran inseparables. Mariana, la mamá de Ja-
ni, las llevaría y allí se encontrarían en el lobby con las demás
amigas: Margarita, Sara, Elena y Beth.
Jani no tiene ningún deseo de ir, ni de fiestas, pero no puede
cancelar ahora a último momento, y aun si pudiera, no les haría

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Primavera de 1989

eso a sus amigas que estaban tan entusiasmadas con el proyecto


de esa semana, pero por más que trata, su sonrisa no llega a sus
ojos, y Susan se da cuenta que algo pasa.
—Dime, Jani, ¿todo anda bien con Robert? Elena me dijo
que no sales de su casa.
—Elena es muy chismosa. Solo he ido un par de veces y no
es por él. Tú sabes que yo voy a la iglesia con Mary y ahora es
mi madrina.
—Pues yo creo, porque te conozco bien, que lo de la iglesia
y su mamá es solo un pretexto para meterte en su casa.
Jani mira a su amiga con asombro. Susan sigue en sus conje-
turas:
—Jani, tú has perdido la cabeza por ese muchacho. Soy tu
amiga y sé reconocer cuándo estás enamorada. Además, él mis-
mo lo dice. Un poco engreído de su parte, claro está, pero ya
medio barrio sabe que estás loquita por él.
Jani no puede contener su indignación y los colores le suben
a la cara.
—¡Cómo se atreve! El muy estúpido, arrogante, mentiroso.
Él no tiene ningún derecho de hablar de mí así.
—Cálmate, cálmate. De todas maneras, aunque él no diga na-
da, la gente no es ciega, Jani.
—La gente no debiera meterse donde no le importa.
Jani quiere que se la trague la tierra. Su mejor amiga está
convencida de que ella está enamorada de ese idiota, y después
de haber pasado toda la noche llorando por Charles ya no le
quedan fuerzas. Además, qué explicación puede ella dar a estas
alturas. Tantas cosas han pasado. Qué enredo.
—Tienes razón, mejor me calmo. Quiero pasar una semana
bien linda con mis amigas, contigo, mi hermana. Ya en sep-
tiembre me voy y estaremos mucho tiempo sin vernos, pero tie-
nes que escribir, te dejaré la dirección de mi tía, aunque sé que
Leo te tiene acaparada todo el tiempo. Estoy muy contenta de
que seas feliz.

79
Ana Castellanos

—Y yo por ti, Jani. Me alegra que salgas de la Isla y co-


nozcas nuevos horizontes. Leo y yo también ya hemos hablado
de las posibilidades de salir y probar suerte en los Estados Uni-
dos, conocer más el mundo, pero aún es muy temprano para
planes.
—Ay, Susan, qué bueno sería. ¿Te imaginas si yo me quedo
por allá? Tendríamos que vivir cerca para visitarnos seguido
y ponernos de acuerdo cuando tengamos niños. Yo te prometo
que seré la tía perfecta, y nuestros hijos podrán crecer culti-
vando una amistad y queriéndose, como nosotras.
—Oh, Jani, tú siempre soñando, pero sí, no sería mala idea.
Jani no necesitaba mucho para empezar a soñar con el futuro
perfecto, rodeada de amigos y familia, como si todo se pudiera
lograr con solo quererlo.
Esa tarde Jani y sus amigas planean el resto de la semana en-
tre salidas al viejo San Juan, compras, día relajado al borde de la
piscina o en la playa, y deciden los restaurantes donde cenarán
para sacar reservaciones, sin olvidar las noches de baile que pa-
sarán en el club azul del lobby, aunque podrán visitar otros clu-
bes cercanos a su hotel, en dependencia del ambiente. Lo mejor
será el fin de semana, que hay más jóvenes en las discotecas,
sobre todo este fin de semana que son los carnavales de San
Juan, y desde la playa podrán ver los fuegos artificiales.
Jani pasa los días tratando de concentrarse en la compañía de
sus amigas que se divierten de lo lindo, pero no puede evitar un
poco de melancolía al recordar que las dejará de ver por largo
tiempo. También piensa en Charles, sobre todo cada vez que ve
un paisaje bonito y quiere que esté él también compartiendo con
ella. El sol en la cara, la brisa del mar y hasta la música en la
discoteca le hace pensar en él. Igualmente lo más común y co-
rriente, como una ensalada de lechugas, cambiarse de bikini o un
color específico, todo le recuerda al joven. Lo peor llega antes
de ir a dormir: su cara, su boca y sus ojos son lo último que
tiene en su mente antes de conciliar el sueño.

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Primavera de 1989

Tal vez irse a Nueva York la ayude a olvidarlo, junto con


todos los errores cometidos, todas las tinieblas de su vida, pero
teme también perder todas las cosas lindas que vivió en su pa-
tria, en esta Isla del Encanto. Claro que siempre podrá regresar,
pero ya no será lo mismo; de ahora en adelante su vida cam-
biaría, se hará adulta, las responsabilidades crecerán y aunque
regrese ya todas sus amistades habrán tomado caminos dife-
rentes.
Jani tiene que afincarse en la idea de su futuro, su carrera,
para no acobardarse. En lo más profundo de su corazón sabe que
tiene que darle un giro de ciento ochenta grados a su vida y em-
pezar de cero.
Ese viernes después de la cena Leo llegó para ver a Susan,
y las demás muchachas decidieron pasar la noche en la playa
con una botella de vino, para dejarle el campo abierto a la pri-
vacidad de la pareja.
Ya había comenzado el ambiente festivo de los carnavales
y había muchos jóvenes y parejas en la playa detrás del hotel.
Las arenas estaban tan llenas de personas como en esa mañana,
para presenciar los fuegos artificiales.
Las cinco amigas estaban sentadas en la arena, disfrutando de
la maravillosa noche de fiesta entre chistes e historias del pasa-
do, cuando un grupo de jóvenes se les acerca.
—¡Buenas noches, chicas! ¿Nos permiten un pedacito de are-
na para hacerles compañía?
Beth le clava el codo en el costado a Jani y le susurra casi sin
mover la boca.
—Es el cantinero del bar azul del lobby.
Y sin más preámbulos, establece una conversación muy ani-
mada con el muchacho. Noches antes, Beth había puesto una
atención extra al bar del lobby, casi no había bailado, y se había
alejado un poco del grupo. Ahora Jani veía el porqué.
—Hola, Juan —dijo enseguida Beth—. Chicas, les presento
a Juan. ¿No trabajas esta noche?

81
Ana Castellanos

—No, es mi noche libre y aproveché para invitar a unos ami-


gos a tomarnos unos tragos. Pero nada mejor que en compañía
de unas chicas tan lindas a la orilla del mar.
Beth ríe nerviosa y se sonroja. Jani no lo había notado, pero
detrás de este don Juan que le parece conocido, hay otros dos
personajes. La luz del hotel les da en la espalda llenando de
sombras sus rostros. Fue Elena, quien estaba sentada casi a los
pies de ellos, la que los reconoce.
—Robert y Charles, qué sorpresa. Así que conocen a Juan.
—Oh, sí, hace años que somos amigos. Vivíamos en la mis-
ma cuadra antes de mudarnos a Guaynabo —dice Robert pasan-
do un brazo por los hombros de su amigo.
—Y qué suerte tengo de encontrarme con mi bruja loca. ¿No
es así, Jani?
—Sí, la suerte es loca y a cualquiera le toca —Jani responde
con sarcasmo y furia. Se levanta con deseos de correr y escapar
al hotel o a otra parte donde Robert no la encuentre, pero tiene
miedo de que la siga. Por lo menos, al lado de sus amigas, en
público, él no se atrevería a hacerle daño. Cómo podría arre-
glársela, ya Robert le salía hasta en la sopa.
—¡Ay! Robert, qué torpe eres. Cómo le vas a decir bruja loca
a Jani. Siéntate, que tú necesitas unas lecciones de romanticismo
—Elena lo agarra de la mano y lo tira hacia la arena haciendo
reír a todas las demás. Como vecina de los Lagarderes tenía más
confianza con ellos.
Cuando Jani ve que Robert se acomoda en la arena y abre
una cerveza, ella aprovecha y con cautela da dos pasos hacia
atrás hasta escurrirse en las sombras de la noche, luego se vira
y echa a correr hasta las piscinas donde sabe que tiene lugar
suficiente para esconderse y no ser vista, pues están casi vacías,
a no ser por algunas escasas parejas romanceando.
Jani busca una cabañita vacía y deja las cortinas abiertas para
estar atenta por si Robert la sigue, y no levantar sospecha, pero

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Primavera de 1989

al mirar hacia el camino por el que ella había venido, ve la som-


bra de un hombre acercándose. Jani se acurruca en una esquina
del diván, con los pies encogidos hasta el pecho; su cuerpo me-
nudo queda escondido entre las sombras, casi detrás de la cor-
tina. Pero el hombre entra a la cabañita, buscándola.
—¿Jani?... ¿Estás aquí?... Soy yo, Charles.
Jani tenía tanto miedo que fuera Robert, que por unos mi-
nutos queda en silencio, inmóvil, hasta que Charles la encuentra.
—Jani, ¿eres tú?
Jani deja que un gran suspiro relaje sus pulmones; sin darse
cuenta había aguantado la respiración por todo ese tiempo.
—Relájate, nada te va a pasar. No tengas miedo, te prometo
que no te tocaré, solo quiero hablar contigo, disculparme por lo
que pasó el domingo. Sé que no tengo derecho de tratarte así. Es
por eso que te seguí, solo quería pedirte perdón.
—Charles, no es lo que tú piensas.
—¡Ah! ¿Y tú qué sabes? Ni yo mismo ya sé qué pensar.
—Charles, todo esto, nuestra relación y sentimientos…
—Dime una cosa, Jani, tengo que saber qué tipo de relación
tú tienes con mi hermano. Porque aunque parezca clara para mu-
chos, para mí no lo es.
—Ninguna, ya te lo dije hace mucho tiempo. Fue un error lo
que pasó entre nosotros, una terrible experiencia que pude haber
evitado, si no hubiera sido tan estúpida.
—Sin embargo, él no piensa así.
—Tu hermano es un engreído.
—Él piensa que tú aún lo deseas, que te gusta jugar al gato
y el ratón, que disfrutas haciéndote la difícil, y cuando caes en
su cama te vuelves loca gozando de pasión.
Jani abre los ojos aterrorizada. En cuestión de meses, Robert
no solo le ha hecho daño físicamente, también se ha encargado
de destruir su reputación públicamente y ahora ya todo está per-
dido. La ha convertido ante los ojos de todos en una puta, una
ramera.

83
Ana Castellanos

Charles no puede evitar el celo y la furia que le sube por las


venas y nubla su mente solo al pensar que su hermano pueda
tener razón y Jani no sea más que una devoradora de hombres.
Si ella lo que busca es divertirse, mejor que fuera con él antes de
escurrirse a Nueva York como una rata, así por lo menos podría
satisfacer el deseo que lo quemaba desde hacía tanto, como un
volcán, por tener su cuerpo, hacerla suya, y eso lo estaba vol-
viendo insensato. El problema era que Charles no estaba seguro,
en realidad dudaba que una sola noche con Jani fuera suficiente.
—Y conmigo, Jani, qué buscas, ¿divertirte? Vamos, sé fran-
ca, porque para eso yo no tengo ningún problema.
—¡Cállate! Mentiras, todo eso es mentiras, no quiero oírte
—Jani se lleva las manos a las orejas, en pánico—. Qué infamia.
—«¿Por qué tendrá que ser tan cruel?»
—¿Mentiras? ¿Y por qué nunca has negado la relación a tus
amigas? Ellas saben, Jani, que ustedes aún se acuestan.
—Porque él es un sinvergüenza. Las ha convencido con sus
mentiras de que yo estoy loca por él. Tu hermano no es más que
una miserable y estúpida sanguijuela.
—No trates de tapar tus faltas con ofensas, Jani, cuando no
tienes la moral de decírselo a la cara.
Jani cierra los puños y le pega en el pecho gritándole con
rabia:
—¡Basta! ¡Ya basta de calumnias!... Todo es mentira. Tienes
que creerme.
—No seas sucia.
Charles le agarra las manos y la sacude mirándola con des-
precio. La impotencia de no poder defenderse deja a la joven sin
fuerzas, y se deja caer en el diván. No tiene donde esconder su
humillación, y una ola de histeria la envuelve, y la hace llorar
con tanta fuerza hasta temblar compulsivamente.
—Y… uh… ¿qué quieres, uh… que diga… uh, que… me
violó… uh…? ¿Es que… uh, uh, uh… que tú… me… uh… me
creerías?

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Primavera de 1989

Charles siente pena por Jani, quiere calmarla, protegerla. Cla-


ro que esperaba que ella tratara de defenderse de las acusa-
ciones, pero nunca pensó en esta reacción. Sus nervios la habían
abandonado y su llanto era incontrolable. Lo que decía era casi
incoherente. ¿La violó?
—Jani, cálmate. ¿Qué dices?
—Uh, lo odio.
—¿Que mi hermano no te gusta?
—¡No! ¡Lo detesto!
—Pero yo te vi besarlo, Jani.
—Y qué… uh... Eso no quiere decir… que… uh… quiera te-
ner sexo con él.
Charles recuerda aquella primera noche en su casa y todas las
demás veces que había visto miedo en su mirada y todo empieza
a tener más sentido.
—Pero, si esto es verdad, ¿por qué no dijiste nada? ¿Por qué
sigues visitando mi casa, por qué te relacionas conmigo, por qué
eres amiga de mi mamá?
—Porque a ti… hip… te quiero, uh… No tienes nada que ver
con… uh, uh… lo que él hizo. Y a tu mamá… uh… uh… qué
quieres, uh… que le diga… uh… uh... no, señora, uh… no
puedo ser su amiga… uh... Su hijo… uh... es un desgraciado…
uh... uh... uh... que me violó… uh… uh… uh... y lo odio.
Charles se la echa en el pecho sentándose a su lado y co-
mienza a balancearse con Jani envuelta en sus brazos. Trata de
calmarla con palabras suaves al oído, prometiéndole protección,
pero solo de pensar en la maldad de su hermano se le aguan
también los ojos.
—Oh, Charles... uh… prométeme… uh… que no dirás na-
da... hum… que guardarás mi secreto. No le des ese sufrimiento
a tu mamá, uh… uh... uh… ni a la mía.
Charles la abraza aún más fuerte y le besa la cabeza. ¿Cómo
pudo dudar de ella? Una persona que es capaz de sufrir en si-
lencio, para no causar dolor a sus seres queridos, merece todo su
respeto. ¿Cuánta dulzura y bondad podía guardar su corazón?

85
Ana Castellanos

Jani quiere dejar de llorar, olvidar toda esta humillación


y decirle que es a él a quien ama, que solo en él piensa desde
aquel primer día que terminó tan trágicamente para ella, pero las
fuerzas le fallan y es en los brazos de Charles, con la cara pe-
gada a su pecho, sintiendo su olor y su corazón latir, que no
puede hacer otra cosa que llorar. Sus lágrimas brotan como de
un manantial, sin cesar; ya le ha mojado y ensuciado el frente de
la camisa al joven. Sabe que debe lucir horrible, con el ma-
quillaje corrido y la nariz roja y húmeda, pero ya nada importa,
y mientras Charles le ofrece sus brazos, es allí donde quiere
desahogar todo el dolor que oprime su corazón, hasta quedar
vacía.
Charles le acaricia el pelo con tanta ternura que termina por
calmarla. Y Jani, aún más calmada, no quiere despegarse de él;
el calor de su cuerpo le ofrece paz y seguridad. De tanto llorar
se ha quedado con un hipo incontrolable; Charles la separa de él
buscando su mirada, para asegurarse de que ya está mejor. Jani
trata de hallar a su alrededor algo para limpiarse la nariz, y al no
encontrar nada lo hace con las manos. Charles sonríe y, aguan-
tándole la cabeza con una mano, coge la punta de su camisa con
la otra y se la pone en la nariz. Jani trata de negarse a utilizar su
camisa.
—Jani, ya para lo que queda de ella, qué más da. Vamos,
suénate la nariz.
Jani lo mira y ríe entre lágrimas. Sinceramente, ya su camisa
era un asco, entre lágrimas, maquillaje y mocos, y tenía nece-
sidad de evacuar su nariz para poder respirar bien, así que lo
hizo fuerte y con abandono.
—¡Uf…! No pensaba que tenías tanto. Mejor me la quito y
me quedo en camiseta. Coge, te la regalo.
La cómica vulgaridad natural de lo que acaba de hacer, cam-
bia el ambiente y ambos ríen.
—Gracias por el regalo, hip… Me viene muy bien —y se
vuelve a sonar ruidosamente.

86
Primavera de 1989

—Espérame aquí, te voy a buscar un licor al bar, a ver si se te


pasa el hipo.
Jani no quiere quedarse sola, pero sabe que algo de tomar le
hará bien. Además, tiene mucha sed después de tanto llorar, y no
puede presentarse en público en el estado en que se encuentra.
Charles se ha demorado para que lo atiendan en el bar, pues
esta noche todos los hoteles de Isla Verde están a tope por los
carnavales, y sabe que Jani espera impaciente.
Caminando de un lado al otro de la cabaña, Jani se detiene
a respirar el aire fresco del mar, que la ayudará a calmar un poco
sus nervios. De pronto, siente una presencia a su lado, y piensa
que es Charles que ya regresó con el licor.
—Ay, qué rápido viniste.
—¡Bromeas! Podía haberte seguido enseguida, a no ser por
tus amigas que me acapararon.
—¡Robert! Por favor, déjame sola.
—Oh, primero ansías que llegue, y luego quieres que te deje
sola. ¿Qué es eso, Jani?
—No, estás confundido. Yo no te esperaba a ti.
—No, no quiero, pero échalo en el sombrero —Robert ríe
y la agarra por la cintura apretándola contra él—. ¿Qué te pasa,
bravita porque me demoré? Ah, no, bruja loca, hoy no te me es-
capas.
Jani trata de empujarlo, virando la cara de un lado al otro
para no ser besada.
—Déjame, no me toques.
—Que sí, que sí te toco, porque me vuelves loco.
Robert la empuja hacia atrás, obligando a Jani a caer sobre el
diván y él cae encima de ella. Jani comienza a agitar su cuerpo,
tratando de escapar a como dé lugar. Con sus pies y manos em-
puja a Robert, pero él le aguanta las manos a ambos lados de su
cara.
—Ah, te gusta fajarte. Tal vez quieras que te amarre como la
última vez.

87
Ana Castellanos

Jani vira la cara y le muerde el brazo con todas sus fuerzas, y


Robert la suelta gritando de dolor.
—Perra de mierda.
Jani grita tapándose la cara en el momento que Robert le-
vanta la mano para pegarle. Pero Charles, que entró apresurado
al oír los gritos, le aguanta la mano a su hermano con una mano
y con la otra lo coge por el cuello, lo levanta de encima de Jani,
y lo empuja hacia el otro lado de la cabaña.
—¿Qué coño piensas que estás haciendo?
—Pasándola bien hasta que tú llegaste —Robert encuentra
todo esto bien divertido.
—¿Pegándole a una mujer, tratando de violarla?
—Ja, no es culpa mía que a ella le guste el maltrato.
Charles siente ganas de pegarle, de hacerle tragar sus pala-
bras maliciosas, y le enfurece aún más el cinismo con que su
hermano habla; su burla constante lo revuelve y por eso respira
profundo. Tiene que tomar control antes de cegarse de rabia
y desbaratarlo a golpes, después de todo es su hermano le guste
o no; ya tendrá tiempo de arreglar cuentas y más calmado ha-
blarle de hombre a hombre. En este momento, lo único que quie-
re es ver a Robert lo más lejos posible de Jani. Charles lo suelta
y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón saca las llaves de
su moto y se las tira.
—Vete, coge la moto y desaparécete de mí vista antes que se
me olvide que eres mi hermano.
Robert se ríe y recoge las llaves del suelo levantando las ma-
nos en señal de vencido, y se marcha despacio diciendo por
encima del hombro:
—Ay, mi herma, me parece que ya te embrujaron. ¡Diviér-
tanse!
—¡Vete! —Charles grita atrás de él.
Jani entrelaza a Charles por la cintura y pone su cara en la
espalda del joven, acariciando su abdomen, para tratar de se-
darlo.

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Primavera de 1989

—Charles, lo siento.
—¿De qué hablas? —se vira y la abraza.
—No deberías pelearte con tu hermano. Quiero decir, te agra-
dezco que me defendieras, pero al mismo tiempo siento que sea
tu hermano y que por mi culpa haya causado problemas entre
ustedes.
—Soy yo el que siento mucho tener un hermano tan mierda.
—No hables así, él está equivocado, confundido, se creó un
mal concepto de mí y creo que yo también tengo un poco de
culpa en todo esto. Le permití con mi silencio y miedos todas
sus ideas erróneas. Además, yo me voy y él seguirá siendo tu
hermano por el resto de tu vida. Ya verás como todo se arregla
entre ustedes.
—Jani, Jani, ¿cómo puedes ser tan buena después de todo?
—y la besa en la frente.
—No podemos culparlo, Charles. Desde el principio, fueron
mis acciones las que lo impulsaron a actuar equivocadamente.
Jani levanta la cabeza y lo mira a los ojos perdiéndose en su
indescriptible dulzura que, después de haber pasado por unos
momentos de pánico, la invitan a sumergirse en una paz total.
Aquí en los brazos de Charles sabe que podrá vivir para siempre
sin que nada malo pueda pasarle.
Charles le besa los ojos con una suavidad que le derriten las
entrañas; luego desciende hasta las mejillas, su nariz, su mentón,
y sin poder detenerse vuelve a besar su cara hundiéndola en su
pecho. Jani arde de pasión y agoniza desesperadamente de tener
todo o nada.
—Dios mío, Charles, no sigas esta tortura y bésame en los la-
bios, antes que me mates de deseos.
Jani tira la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y brindando
su boca entreabierta. Charles la mira sorprendido y sonríe delei-
tado en su expresión tan sensual. Nunca pensó que Jani pudiera
ser tan expresiva, y saber cuánto ella lo desea lo excita aún más.

89
Ana Castellanos

Sabe que ella ha pasado por un momento muy estresante, de


muchos tormentos emotivos esta noche. Luego de contar su se-
creto ha quedado vulnerable, expuesta, y si la besa tendrá que ir
despacio para no hacerle daño, y al mismo tiempo quiere darle
todo lo que ella desea, hacerla feliz.
Charles le acaricia con el pulgar los labios antes de bajar la
cabeza y perderse en su boca con la intención de ir despacio,
saboreando cada instante en sus labios. Jani alza los brazos en-
lazando sus dedos en su pelo, acaricia su nuca y abre su boca
pasando su lengua entre sus dientes. Charles no necesita que se
lo pidan dos veces, y abriendo la boca comienza el baile de len-
guas y labios. Jani le chupa su lengua al mismo tiempo que lo
acaricia con la suya en círculos por dentro, dejándolo solo para
chupar sus labios repetidas veces.
Charles nunca había sido besado de esta manera. En realidad,
siempre había sido él quien guiaba el beso y todo lo demás, pero
con Jani era como un fuego que crecía dentro de él y lo estaba
quemando. Siempre había pensado que Jani era más bien reser-
vada en este aspecto, la había visto sonrojar en muchos momen-
tos, pero esta Jani le gustaba aún más y lo tenía tan excitado que
temía eyacularse en los pantalones.
Jani sube una pierna acariciando el costado de la suya mien-
tras rota las caderas friccionando su pelvis contra la erección de
Charles, y comienza a bajar una mano acariciando todo el frente
de su cuerpo, sus pechos, su abdomen, sin dejar por un instante
su boca.
Charles le agarra la mano y rompe el beso con un esfuerzo
casi sobrehumano, y aún sin separar los cuerpos la mira a los
ojos tratando de recuperar su aliento. Acariciando su pelo, le
dice:
—Mi amor, tenemos que parar, me vuelves loco. Si conti-
nuamos así no respondo de mis actos, y no quiero hacerte daño.
—Tú nunca podrás hacerme daño. Te amo, Charles, y te de-
seo desde la primera vez que te vi.

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Primavera de 1989

Charles se queda con la boca abierta, sorprendido de esta de-


claración de amor. Es lo último que esperaba escuchar hoy de
Jani. Quiere decir tantas cosas, pero las palabras se le quedan
apagadas en la garganta. El coraje de Jani, sus fuerzas para ex-
presar sus sentimientos, sobreponiéndose al miedo y entregan-
dose con el alma desnuda después de todo lo que había pasado,
era ejemplar, y su admiración por ella crecía con cada minuto
que pasaba. ¿Admiración? No, amor.
—Charles, por favor, dime algo, lo que sea.
Él le aguanta la cara y ríe.
—Yo no veo nada de cómico.
—Por supuesto que no. Me río de alegría, porque yo también
te amo, Jani, y siempre pensé que sería imposible que tú me
amaras. Estos últimos meses he vivido un infierno, negándome
a mí mismo cuánto te amo, dudando de ti y buscando excusas,
pero cada vez que te veía me sentía borracho con tu dulzura,
y me desesperaba pensando que nunca podría tenerte.
—Charles, yo te adoro.
—Oh, Jani, me haces tan feliz. Perdóname si a veces he sido
cruel, pero mis sentimientos me han tenido confundido y vi-
viendo en el borde de un precipicio, lleno de miedos. Sin embar-
go, tú tan decidida, nada te ha detenido, y es solo amor lo que
has dado, con tu sonrisa, con tu cariño y cuidado, tan dulce. Aho-
ra comprendo todo, hemos actuado tal para cual, porque siempre
hemos compartido la ilusión del amor.
—Oh, Charles, olvidemos el pasado, quiero sentirte, conver-
tir en realidad ese sueño de amor, quiero quedarme aquí entre
tus brazos para siempre, amándote.
—Jani, me parece mentira que es a mí a quien quieres —la
besa tiernamente, con amor, como a una delicada flor.
—Quiero ser tuya, Charles.
Las luces del jardín de las piscinas llenan de penumbras la
cabañita y un silencio absoluto hace que se pueda escuchar el

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Ana Castellanos

mar desde allí. Charles quiere hacer esta noche perfecta, pero
después de tanto esperar, de tanta indecisión y agonía, pensando
que nunca sería suya, no puede esperar más, tiene que tenerla
ahora. Se separa de ella por solo un instante para cerrar las cor-
tinas, y cuando se vira se encuentra a Jani en ropa interior, con
la mano extendida, invitando, dando, deslumbrando, en un mi-
núsculo bikini de encaje rosado y ajustadores del mismo color
a media copa. Con los labios hinchados y rojos de ser besados
y los ojos entrecerrados, llenos de deseos, Jani lo espera.
Charles llena sus pulmones de aire, con el pecho lleno de
emoción y el corazón queriéndosele salir. «Es mía, al fin mía.»
Con dos pasos vence la distancia entre ellos. Loco de pasión,
la toma entre sus brazos y la besa profundamente, al mismo
tiempo que sus manos recorren su cuerpo, como tratando de me-
morizar todas sus suaves curvas que lo hacen querer arrastrarse
a sus pies y hacerle el amor a cada parte de su cuerpo hasta
morir de éxtasis.
Con un pequeño murmullo de frustración, Jani saca el borde
de su camiseta del pantalón y él sube los brazos ayudando a des-
nudar su torso. Jani lame y besa su cuello, su pecho, lo acaricia.
Sabiendo que no era suficiente, desciende las manos al cinto de
su pantalón, pero Charles solo le permite abrir el botón de la
faja. Entrelaza sus dedos con los de Jani, le sube las manos al
cuello y le desabrocha los ajustadores dejándolos caer al piso.
Jani se arquea apretando sus senos contra su pecho desnudo
y sintiendo su piel contra la de él.
Charles la aguanta por las nalgas y la carga, pasando sus
piernas alrededor de su cintura y dejando sus senos más ex-
puestos al nivel de su boca. Pasa su lengua alrededor de un pe-
zón, lo chupa y lo besa hasta dejarlo como un botón oscuro,
erecto, duro, perfecto, y después pasa al otro para causar el mis-
mo efecto y ponerlos entre sus dientes, y con un poco de presión
hacerla gemir de deseos. Oh, Dios, Jani sabía a locura, a deli-
ciosa locura y en este momento nada importaba más que estar

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Primavera de 1989

dentro de ella, acoplar y no dejar espacio para nada más que sus
cuerpos unidos.
Charles desliza sus dedos entre sus piernas empujando el bi-
kini hacia un lado, acaricia la entrada de su sexo, tan mojado,
tan caliente y listo, e introduce un dedo suavemente, moviendo,
probando, mirándola a la cara y reduciéndose en su gozo. Jani
tiembla, y agarrándolo por los pelos lo lleva hasta sus labios, lo
besa y murmura casi sin aliento:
—Apúrate.
Él la deja caer hacia atrás, depositándola en el diván, mien-
tras la besa con ardor. Jani no quiere esperar más, con movi-
mientos más bien torpes abre su pantalón y con la ayuda de
Charles los desciende hasta sus caderas. Una vez más Charles le
acaricia su sexo introduciendo un dedo y luego otro rotándolos
dentro de su vagina hasta llegar al clítoris. Jani gime deses-
perada. Sentir la erección desnuda y desenfrenada de Charles
contra sus caderas la excita aún más, y su mano va buscando
y palpando su miembro hasta lograr un poco de presión. Charles
gruñe como un animal salvaje y Jani lo acaricia, y mojando su
pulgar de su secreción se lo lleva a la boca, y lo chupa, pro-
bando su sabor amargo-dulce.
—Oh, Jani, me arrebatas.
—Por favor… ahora.
Charles le agarra las nalgas y se posiciona tentando la en-
trada. Jani estaba tan mojada que él no tiene más que cerrar los
ojos y deslizarse dentro de ella, despacio, acomodándose pulga-
da a pulgada, saboreando cada segundo.
—Jani…
—Sí… así.
—Oh, mierda… Jani, no tengo condones.
Charles se dispone a sacar su miembro, pero Jani lo aprieta
con las piernas desesperadamente.
—No, no pares, yo uso anticonceptivo.

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Ana Castellanos

Él vuelve a introducirlo esta vez más profundo, y Jani, ro-


tando las caderas, suelta un suspiro de gozo.
—¿Mejor así?
—Oh, sí.
Charles toma su boca y la besa, chupando su lengua, mientras
que con una mano acaricia sus senos, deleitado en su suave fir-
meza. Mueve sus pezones entre el pulgar y el índice hasta de-
jarlos sensibles. Jani coge la mano de Charles para lograr que él
le agarre el seno más firmemente, al tiempo que aprieta sus pier-
nas para sentirlo bien profundo en su interior. Charles tiembla,
y controlando sus deseos, rota sus caderas sumergido dentro de
ella; siente los músculos de su vagina apretarlo espasmódica-
mente, y cuando Jani le suspira y en un susurro le dice «más»,
se siente como un potro que corría sin riendas. Mirándola a los
ojos la vio temblar y deshacerse en éxtasis. Fue todo lo que ne-
cesitó para dejarse llevar y eyacular dentro de ella, aún sintiendo
sus espasmos.
Luego de un rato de quedar sin poder moverse encima de
ella, se apoya en un codo, levanta la cabeza y la mira. Nunca
antes había hecho el amor de esta manera y ahí estaba Jani, tan
bella, sonrosada y sudada, con una sonrisa en los labios, satis-
fecha. Entonces se da cuenta que así quiere verla cada mañana.
—Te amo, Jani.
Jani responde con un suave beso en los labios.
—Y yo a ti.
Aún acoplados, extasiados de placer, escuchan los fuegos ar-
tificiales que comienzan.
—Creo que es en nuestro honor. ¿Quieres verlos?
—Sí, pero hay que vestirse.
—Bueno, pensándolo bien, estamos desnudos casi en pú-
blico, solo hay cortinas que nos protegen.
Jani se lleva la mano a la boca. En el calor de la pasión no
había pensado en eso. Si alguien hubiera abierto las cortinas los
hubieran visto, desnudos, en pleno acto. Qué bochorno.

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—Podemos salir desnudos a la playa si quieres, pero te ase-


guro que vamos a tener una gran audiencia, y puede que hasta
nos aplaudan o nos arresten —bromeó Charles y la besó de
nuevo.
—Es mejor vestirse y rápido —Jani se limpia con la camisa
de Charles y él ríe al verla—. Esa camisa ya hay que botarla.
—De eso nada, esta camisa tú me la regalaste. ¿Recuerdas?
Después que la lave bien, por supuesto, irá de reliquia al cajón
de los recuerdos. Ya verás que de aquí a veinte años todavía me
la pondré.
—No creo que pueda durar tanto.
—Si la cuido y te prometo solo usarla en nuestro aniversario,
puede que dure mucho más.
Terminan de vestirse y salen de la mano a la arena. Charles
está pensativo.
—¿Te das cuenta de lo que dijiste, Jani? No te vayas, y así
podremos estar juntos, tener aniversarios.
—Charles… yo quisiera, pero es demasiado tarde para echar-
me atrás. Ya todo está organizado y pagado, por lo menos el pri-
mer semestre tengo que ir, pero regreso para las Navidades,
y entonces podría pedir traslado y terminar mis estudios aquí.
—Y mientras, me pregunto cómo sobreviviré sin ti. Lo daría
todo para que te quedaras.
—Mi amor, podemos llamarnos y tú podrías visitarme para
Acción de Gracia. Mi tía Blanca tiene una casa muy grande
y hace unas fiestas fenomenales. Mi mamá irá a verme. Podrías
ponerte de acuerdo con ella. Te gustará.
—Jani… lo único que me gustará es estar contigo, que te
quedes en Puerto Rico. Sé que es tu futuro, que es importante,
pero aquí también hay escuelas muy buenas.
—No sé si aún será posible, Charles. Ya sabes que te amo,
y ahora que al fin estamos juntos a mí tampoco me gusta tener
que separarnos. Por favor, no lo hagas más difícil.

95
Ana Castellanos

Charles la atrae hacia él y la abraza fuerte, luego se besan por


largo tiempo, separándose para mirar al cielo en otra explosión
de luces de colores.
Ninguno de los dos quiere que la noche termine y después de
caminar abrazados por largo rato a la orilla del mar, conver-
sando de todo y de nada, Charles decide alquilar una habitación
para esa noche pasarla con Jani. Aun así, no cree tener nunca
suficiente de ella, y si todavía no le había hecho el amor de
nuevo en la arena, era porque esa noche la playa estaba muy
llena.
Jani coge una llave y va avisar a sus amigas que no pasará la
noche con ellas, pero las deja en la duda cuando le preguntan
con quién estará. Recogió una sola muda de ropa para cambiarse
en la mañana, junto con el cepillo de dientes, y salió apresurada
para encontrarse con Charles, dando salticos de alegría por los
pasillos.
Al entrar a la habitación lo primero que nota Jani es la cama,
con la sobrecama hacia un lado y las sábanas blancas cubiertas
de pétalos de rosas que, al parecer, Charles se había robado del
arreglo floral de la entrada, y luego, el ruido de la ducha. Jani se
desnuda y entra al baño sin hacer ruido, y al correr las cortinas
se encuentra con una imagen de Charles mucho más sexy que
ninguno de sus sueños pudiera permitirle, la realidad de su cuer-
po mejor que ninguna fantasía, y el deseo de tenerlo la derrite
como un pedazo de hielo encima de una hoguera. Charles la to-
ma de la mano mirándola, vacilando su cuerpo con deseos, y la
guía debajo del chorro de agua que lejos de atenuar el fuego, la
deja sin respiro. Pasa sus manos por el pelo de Jani, que cae en
su cara, y lo peina con sus dedos hacia atrás, y después la mira
como nunca antes nadie la había mirado. Ella le aguanta la cara
y lo besa, dejándose absorber por sus labios, y sintiendo la res-
puesta ardiente casi al instante de Charles, quien la aprieta con-
tra su cuerpo, con su miembro erecto entre sus piernas. Justo

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Primavera de 1989

a la medida sus cuerpos se acoplan como piezas perfectas de un


rompecabezas. Charles deja su boca, la voltea de espalda a él,
y con las manos enjabonadas, comienza a lavarle la espalda, lue-
go las nalgas y piernas, hasta que pega bien su cuerpo a la espal-
da de ella, con su sexo pulsando entre sus nalgas; después lava
su cuello, sus brazos, sus senos, donde se detiene masajeando
sus pezones hasta que duelen de tan erectos. Jani se arquea de-
jando caer su cabeza en su hombro, presionando aún más las
nalgas contra su pene, y con una mano se aguanta de su cuello,
mientras que con la otra desciende el plano de su vientre, y sin
poder contener el delirio, ella misma se toca.
Charles la besa en el cuello, atrapando entre sus dientes el
lóbulo de la oreja, y le susurra al oído:
—Oh, Jani… me vuelves loco.
Jani gime excitada aún más con sus palabras, sabiendo hasta
qué punto es deseada, y entre sus piernas encuentra el pene pul-
sante que ella agarra, apretando la cabeza suavemente y luego
acariciando, adorando. Luego lo aprieta entre los labios de su
sexo con la palma de su mano, resbalando sobre él y, usando la
punta para acariciar su clítoris, se deja guiar por esas sensa-
ciones eróticas que la enloquecen.
Charles gruñe como un león enjaulado, cree estar muriendo
de deseos y por eso toma las manos de Jani y las coloca a ambos
lados de su cara apoyada en la pared, la agarra por la cintura,
separa sus piernas con las suyas y la acopla. Primero despacio,
llenándola, y luego gozando cada movimiento, cada caricia, be-
sando su espalda, su cuello, acariciando sus senos, su vientre,
y poniendo un poco de presión más abajo con su mano, siente
todos los músculos del interior de Jani contraerse y apretarlo.
Ella abre los ojos a la sensación casi dolorosa que nunca an-
tes había experimentado, y al siguiente movimiento profundo de
Charles dentro de ella, pasa algo inexplicable, y cree morir de
gozo, de amor, de éxtasis.

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Ana Castellanos

—Oh… sí.
Jani tiene un orgasmo tan fuerte y continuo que le corre por
entre los muslos, y aun en el espasmo del éxtasis siente a Char-
les eyacularse dentro de ella, caliente, inundándola con su es-
perma y gritando su nombre entre dientes.
—Ahh… Jani.
—Te amo.
Dos lágrimas de extremo placer corren por sus mejillas y es
todo lo que puede hacer antes de que sus piernas ya no la re-
sistan. Charles la aguanta abrazándola fuerte contra él por la cin-
tura, y apoyándose con la espalda a la pared, así se quedan por
largo tiempo, recuperando las fuerzas bajo el agua, hasta sentir-
se humanos nuevamente.
—Oh, Jani, eres increíble, divina.
—Eres tú, Charles, quien me haces vibrar con fuerzas que no
conocía. Has despertado en mí una mujer nueva que apenas re-
conozco.
—Una mujer que adoro.
Se besan y terminan de bañarse, uno ayudando al otro a la-
varse la cabeza y riendo, alternando el lugar bajo el agua. Jani
termina primero y envolviéndose el cuerpo en una toalla se de-
senreda el pelo. Charles viene por detrás, desnudo y sonriendo
a su imagen en el espejo, la carga en sus brazos como a una
niña, la lleva al cuarto y la deposita en la cama, mientras Jani le
llena la cara de besitos tiernos y le quita la toalla dejándola caer
al suelo, luego él se tira a su lado, y los dos comienzan a reírse
y a hacer volar los pétalos de rosas que caen nuevamente sobre
sus cuerpos desnudos.
—Tengo frío.
Charles le pasa un brazo por la espalda besando su nariz
y con el otro hala la sobrecama, para proteger sus cuerpos des-
nudos del aire climatizado, y con un pétalo de rosa acaricia la
cara de Jani, y se miran a los ojos hasta quedar dormidos.

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Primavera de 1989

Toques a la puerta despiertan a Charles sobresaltado. Son las


ocho y media de la mañana y el cuarto no tienen que entregarlo
hasta el mediodía. Vuelven a tocar a la puerta, esta vez más se-
guido y fuerte.
—Un momento —Charles grita despertando a Jani, se levanta
y se pone el pantalón.
—¿Qué pasa? —le pregunta la joven.
—Alguien toca a la puerta, al parecer está apurado.
Vuelven a tocar, y esta vez se escucha la voz de Mariana.
—Soy yo. Abre.
—¿Mi mamá? —reacciona Jani.
Charles se queda frío en el lugar, antes de darle una mirada
de alerta a Jani, quien ya ha empezado a vestirse, apresurada.
—Ya voy —contesta Charles, dando tiempo a que Jani se
vista. Al abrir, Mariana entra tirando la puerta detrás de ella, de
muy mal humor.
—Y aquí es que encuentro a la muy puta de mi hija. Me dan
ganas de darte una bofetada.
Jani mira aterrada la expresión de repulsión y disgusto con la
que su madre recorre su cuerpo de arriba hacia abajo, y retro-
cede.
—Señora, no hable así, nosotros nos queremos.
—Los dos son unos libertinos y tú un sinvergüenza.
—¡Mami!
—Tú te callas, que ya arreglaremos cuentas cuando llegue-
mos a la casa. La pena que me has hecho pasar con tus amigas
cuando fui a verte a tu habitación. ¿O es que perdiste la cabeza?
Dios mío, qué dirá la gente.
—Señora, yo le juro…
—Tú no jures nada… y termina de vestirte que te voy a lle-
var a tu casa —Mariana le habla más calmada, y mirando al
piso.
—Disculpe, pero…

99
Ana Castellanos

—Mira, muchacho, si estoy aquí tan temprano es por ti.


Anoche hubo un accidente.
—¿Qué?
—Tu hermano, con la moto.
—Oh no, Dios mío —Jani se lleva la mano a la boca y corre
a abrazar a Charles.
Él siente el golpe seco de un puño hundirse en su vientre
y evita tocarla llevándose las manos a la cabeza.
—Tu mamá está desesperada, no sabe dónde tú estás. Toda tu
familia está en el hospital y por eso vine a ver si Jani te había
visto. Mary me dijo que tú y tu hermano habían venido juntos
a los carnavales.
—¿Y mi hermano?
—Está muy mal, la última noticia que tuve fue que lo iban
a operar.
Charles se zafa de los brazos de Jani, que lo sofocan, y gol-
pea con un puño en la pared. Comienza a dar vueltas sobre sí
mismo sin saber qué hacer, al borde de las lágrimas.
—¡Dios, no! Por favor, lléveme al hospital, tengo que ver
a mi hermano.
En el camino al hospital, Charles va pegado a la ventanilla,
con la vista fija en el pavimento que pasa aprisa. Jani, a su lado,
no se atreve a tocarlo, no sabe qué hacer ni qué decir.
Charles entra al hospital como un loco, no puede creer lo que
está pasando, todo esto no es más que una pesadilla, y es su cul-
pa. Su hermano tiene que estar bien, tiene que estar bien.
En la sala de espera está toda su familia. Su padre está llo-
rando, sentado en una silla de la esquina contra la pared, y su
mamá al verlo entrar se apresura a abrazarlo con los ojos hin-
chados.
—¡Oh, mi’jo!
—Mami, perdóname, no sabía nada. ¿Cómo está Robert?
¿Qué pasó?

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—Estamos esperando, hace horas que lo entraron al salón de


operaciones. Pero es grave, Charles, muy grave.
—¿Dónde fue? ¿Cómo?
—En la avenida Piñero, casi llegando a Guaynabo. Si no
llega a ser por el casco no lo encuentran vivo. Iba muy rápido
y parece que la moto patinó y perdió el control. ¡Ay!, Charles,
costó trabajo encontrar su cuerpo en la noche, voló varios me-
tros y quedó enganchado de un árbol, ha perdido mucha sangre.
—Oh, mami, que Dios no lo permita —Charles teme por la
vida de su hermano y abraza a su madre llorando.
Jani y su madre se han quedado en la entrada del salón de
espera, para dejar espacio a la familia, y ven el movimiento de
personal médico en el pasillo. Dos doctores vestidos de verde
van apurados empujando una máquina con muchos botones
y cables, y entran al final del pasillo por unas puertas dobles que
tienen inscrito encima «Salón quirúrgico». Jani tiene miedo
y comienza a llorar y rezar en silencio.
Veinte minutos más tarde el cirujano entra al salón de espera
y se acerca a Mary, cogiéndole las manos.
—Se hizo todo lo que se pudo, pero era demasiado tarde, la
hemorragia interior no se pudo controlar. Lo siento.
Roberto había muerto.
Jani y su madre se retiran poco después dejando a la familia
asimilar su pérdida.
El domingo el salón funeral estaba lleno, todos los vecinos
y amigos del barrio se han reunido en el local para darle el
último adiós a Robert. La tristeza de Jani es bien profunda, no
solo por el hombre tan joven que acaba de morir, sino también
por su familia, su madrina que ha quedado sin consuelo, y sobre
todo Charles, que se ve destrozado y no se separa del ataúd.
Jani da su sentido pésame a cada miembro de la familia y se
sienta por un instante al lado de su madrina, tomándole una ma-
no y acariciándola en silencio, sabiendo que en este momento no
hay palabras posibles que puedan aliviar su dolor, y llora con

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Ana Castellanos

ella. Luego se acerca a Charles y pasándole la mano por la es-


palda lo acaricia, con los ojos llenos de lágrimas, compren-
diendo su dolor.
Charles sacude su mano con un gesto brusco de los hombros
y sale a la puerta. Jani lo sigue.
—¿Qué haces aquí?
—Mi amor, lo siento mucho.
—Todo esto pasó por quererte.
—Charles, no debes culparte por algo que…
—Sí, fui yo quien lo mandó a irse en mi moto. Fui yo quien
lo maté.
—No, qué horror, no digas eso. Fue un accidente, podía ha-
berle pasado a cualquiera, a ti.
—Pero no fue así, fue él quien tuvo que pagar con su vida.
Y tú te alegras. Lo odiabas. ¿No es así? ¿Crees que pagó con su
vida el daño que te hizo?
Jani lo mira horrorizada, sabe que Charles está aún en estado
de choque, que aún no acepta perder a su hermano, pero estas
acusaciones eran demasiado macabras. ¿Cómo podría pensar que
ella sea capaz…?
—Charles, no, no hables así, por favor. Yo nunca le deseé
nada malo. Comprendo que estás herido, que tu dolor es dema-
siado grande para comprender, pero no trates de incriminarme.
—Vete, déjame solo. Nunca debí permitir que te metieras
entre mi hermano y yo. Si tú no hubieras existido, Robert estu-
viera vivo.
—Sé que la vida es injusta, pero no es culpa de nadie. No
niegues nuestro amor, Charles.
—Lo que más deseo en este momento es odiarte. Y pensar
que me hiciste caer en el engaño de tu dulce inocencia. No eres
más que un demonio disfrazado.
Charles le habla con repulsión, dolor, odio. Los ojos están
irritados y la cara mojada por sus lágrimas, y cierra los puños
con ganas de pegarle a alguien.

102
Primavera de 1989

—Pero Charles, lo que compartimos esa noche no fue ningún


engaño, sé que lo sentiste tanto como yo —Jani trata de abra-
zarlo también llorando de dolor por él, pero Charles la empuja.
—No me toques. Lo último que quisiera recordar en mi vida
es esa noche. ¡Déjame! Vete y no vuelvas a molestarme, no me
hagas más daño.
La crudeza de las palabras de Charles penetra en su corazón,
cada realidad como un cuchillo cortando lasca a lasca sus en-
trañas, comprendiendo que Charles tiene razón. Si ella no hu-
biera existido, tal vez Robert estuviera vivo, y tanto dolor se
hubiera evitado. Mirando a su alrededor piensa que todos la mi-
ran, que todos saben su secreto, la señalan y la culpan al igual
que Charles. Pero es demasiado tarde, ella no puede virar el
tiempo atrás, ya no puede evitar lo sucedido, y se siente como
en una pesadilla. Su cuerpo sin peso alguno, sus pies no sienten
la tierra. Mira hacia arriba buscando la respuesta a lo que se está
preguntando: «¿Cómo es posible que el cielo siga siendo tan
azul y despejado?» Se siente extraña, como si su cuerpo no tu-
viera conexión con su mente, y puede verse a ella misma ca-
minando en un espacio desconocido, como si su alma no per-
teneciera ni a este mundo ni a ningún otro, como si el tiempo no
pasara y todo a su alrededor quedara inmóvil.
Cómo era posible que Robert solo hacía unas horas quería
divertirse, tan joven y lleno de vida, y ahora ya no existe, su
lugar en la tierra está vacío, sin futuro, sin amor, sin destino.
Robert había muerto sin dar tiempo a corregirlo, y se llevó
con él una idea equivocada. Y cómo era posible que el hombre
que la amó como nadie la había amado en su vida, que la llenó
de tanta felicidad solo hace unas horas, ahora la odiara tanto
y no quisiera verla nunca más, cavando un hueco en su corazón,
arrancando su alma del cuerpo.
Si esto era el curso de la vida, ella nunca la entendería. Cómo
solo una palabra podía cambiar la existencia misma y conducirla

103
Ana Castellanos

hacia la nada, cómo una acción inocente podía cambiar el des-


tino irrevocablemente.
Jani se debate en su creencia: cómo es posible que ella pu-
diera perdonar, y Dios, que es amor absoluto y compasión, no
pueda hacer nada para evitar tanto dolor. No quiere perder su fe
pero desea que alguien le explique. Y por qué la vida tiene que
ser tan injusta.
Jani se pregunta el porqué de su propia existencia, y en re-
trospectiva solo ve el dolor y la soledad que ha vivido desde su
niñez. Su vida pasa como un filme en blanco y negro delante de
sus ojos. Los abusos físicos y psicológicos de su padre y la co-
bardía e incomprensión de su madre, que le troncharon la in-
fancia que todos dan por feliz. Luego solo continuaba una se-
cuencia de experiencias más en las bajas que las altas, entre
miedos y abusos, celos y rencores, llenando su vida de errores
y dolor, que la llevan a concluir que vinimos a esta vida a sufrir,
y los momentos felices son solo instantes aislados que se es-
fuman y se pierden en la brisa, sin darte tiempo a nada, y hay
que estar siempre preparados para el próximo golpe, la siguiente
caída que siempre llega, seguramente, inadvertida. Tal vez la
historia ya estaba escrita demasiado corta para muchos, pero
a ella no le queda otra que proteger su corazón con una coraza
de hierro para no sentir y poder ser fuerte, y aun así, tiene que
correr, huir con los ojos bien abiertos y un escudo en su alma
para que ningún sentimiento pueda atraparla.
Jani se da cuenta que realmente estamos solos, vagando por
el mundo a través de caminos oscuros, buscando una escapa-
toria, pero atrapados en el círculo del dolor. Y es allí, a la salida
del salón funeral, que Jani se promete a ella misma nunca más
sentir amor, nunca más entregar su corazón, nunca más confiar
en las palabras de un hombre, nunca más entregarse en cuerpo
y alma, y nunca más amar con las fuerzas y la desesperación que
amó a Charles. Jani camina durante horas sin darse cuenta de la

104
Primavera de 1989

fina lluvia que comienza a caer, hasta llegar a su casa y meterse


en su cama aún con las ropas mojadas, y en posición fetal se
quedó dormida.

A la semana siguiente del entierro de Robert, Mariana había


reservado pasaje con American Airlines y envía a Jani hacia
Nueva York, con el objetivo de alejarla lo antes posible de las
malas influencias y de esa aventura descabellada que solo le
había traído dolor y vergüenza. No era de esa manera que ella
había previsto el futuro de su hija, con un muchacho sin educa-
ción ni futuro, un don nadie. También Jani se había vuelto tan
rebelde y libertina. Mariana no se explicaba de dónde había
salido ese apetito sexual y el espíritu gitano de su hija. Ya ella
había hablado por teléfono con su hermana Blanca, para que vi-
gilara de cerca los pasos de Jani y la guiara por el buen camino.
Jani había ido a ver a Mary el día antes para decirle que su
viaje se había adelantado, y le dejó la dirección y el teléfono de
su tía, donde se quedaría hasta empezar la escuela. Charles ha-
bía regresado a trabajar y no había podido verlo, pero le pidió
a Mary que le dijera que ella se iba en el vuelo de la tarde. Ya en
el aeropuerto y con dos valijas enormes que su madre había in-
sistido que llevara, esperó hasta el último momento para embar-
carse, con la esperanza de que Charles viniera a despedirse, pero
él nunca llegó. Lo había perdido para siempre.
Desde la ventanilla del avión ve su Isla desde el cielo cada
vez más pequeña, y lágrimas brotan de sus ojos sabiendo en su
corazón que pasará mucho tiempo antes de que vuelva a verla.
En el Aeropuerto John F. Kennedy la esperan su tía y primas
que la abrazan y parecen muy contentas con la llegada de Jani,
quien vivirá con ellas. Sus primas Betty, de veinte años, y Katia,
de veintidós, no paran de hablarle durante el trayecto a la casa,
interrumpiéndose una a la otra, haciendo planes y riendo. Jani

105
Ana Castellanos

solo sonríe sin decir palabra, pero se siente como caída en un


panal de abejas, y sumergida en su miel, casi ahogándola. Al lle-
gar a la casa de su tía tiene que pedirle una aspirina y retirarse
a su habitación con un fuerte dolor de cabeza.
Los días pasan rápidamente. Viviendo y al mismo tiempo
sintiéndose muchas veces sin vida, funcionando aun desconec-
tada del mundo. Entre salidas, compras y visitas con sus primas,
rápidamente se climatiza a la ruidosa ciudad, consciente de que
los demás hacían lo posible por ajustarse a ella y su estado de-
presivo, pero no consigue olvidarse de Charles por mucho que
trata. Las noches se hacen largas y no duerme bien; muchas ve-
ces se despierta a mitad de la noche sobresaltada y llorando. En
otras ocasiones, recuerda su pesadilla, en la que es Charles
quien ha tenido un accidente y ella corre por los pasillos del
hospital buscándolo, y cuando lo ve, Charles está con los brazos
abiertos al final del pasillo esperándola, pero por más que ella
corre hacia él, el pasillo se alarga y Charles se aleja más y más,
y le es imposible alcanzarlo.
De día, cuando está en la casa, espera ansiosa que suene el
teléfono, y cuando esto sucede se sobresalta pensando que pue-
da ser Charles que quiere hablar con ella, o por lo menos Mary
con alguna noticia, pero nada. Era con su abuelo que Jani tenía
más comunicación y hablaban por teléfono varias veces por se-
mana, pero él no tenía amistad con los Lagarderes y solo podía
decirle lo que se suponía, que todo parecía haber vuelto a la
normalidad, aunque Mary era la que había quedado más dolida.
En septiembre, Jani no puede seguir viviendo con pesadillas
ni con dudas. Tiene que saber si Charles todavía la ama, como le
dijo aquella noche, o si aún la culpa, y si fue el dolor de perder
a su hermano que lo hizo ser tan hiriente y hablar sin razón. Por
eso decide escribirle:

106
Primavera de 1989

Mi amor no puede acabarse aun en la distancia. Tu recuerdo


es el refugio donde me gusta esconderme y parece que fue
ayer aquella noche bajo las estrellas que te entregué mi co-
razón y mi alma…
Me cuesta pensar que te hayas olvidado de mí, cuando
fuiste tú quien me enseñó a amar. Todo te lo entregué sin
esperar nada a cambio. Desde entonces mi alma vibra cuan-
do pienso en ti, y me niego a pensar que las noches no ten-
drán tu rostro, y en la aurora me despertaré sin ti para
siempre…
No he vuelto a saber de ti, qué ha sido de tu vida, si aún
me sigues amando como yo a ti, o si aún me culpas por los
horrores injustos de la vida. No quiero, no puedo seguir vi-
viendo así en esta incertidumbre, cuando todo me recuerda
a ti, y si aún me amas no encontraré otra mejor manera de
vivir que contigo. Porque solo soy feliz en tus brazos.
Rezo cada minuto que pasa esperando tu respuesta, por-
que si no me respondes sabré que tu amor no fue verdadero
y trataré de olvidarte, si acaso es posible, y continuar vi-
viendo aunque con el alma vacía.
Tuya siempre,
Jani.

Jani comienza sus estudios sin haber recibido ninguna respuesta


y aun con el corazón roto trata de concentrarse en la nueva vida
que tiene por delante, pues todo debía continuar. Por eso decide
tratar de comportarse como todos esperan de ella, tal vez así al-
cance a hacerles creer que sigue siendo la Jani de siempre, aun-
que en realidad solo una parte de ella se sienta viva.

El Instituto de Arte de Nueva York era una escuela como ella


nunca había visto, situada en el medio de Manhattan, donde

107
Ana Castellanos

muchos jóvenes de todas partes del mundo se reunían a celebrar


arte, moda y diseño. Y Jani empieza a darle otro sentido a su
vida. Su curiosidad neta por conocer y aprender la envolvían.
Cada día que pasaba se apasionaba más por el diseño y llamaba
la atención de los profesores por sus ideas innovadoras, en par-
ticular del profesor de diseño arquitectónico, míster Johnston,
quien al parecer conocía a su abuelo. Su padre era el mejor ami-
go de la infancia de su abuelo y aún se visitaban y juntos ju-
gaban golf. Jani percibe que la atención de Edward Johnston es
más que profesional, y esto la hace sentir incómoda y distraída
en clases, por lo que comienza a tener problemas con esta asig-
natura, sobre todo con las fórmulas matemáticas que nunca han
sido de su preferencia. Johnston se le acerca varias veces a ofre-
cerle tutoría, pero Jani siempre ha puesto excusas. No obstante,
al final del trimestre se ve obligada a aceptarla, pues sus notas
han bajado considerablemente y aunque trata de estudiar por las
noches, le es difícil concentrarse, por los recuerdos de Charles
que continúan persiguiéndola.
Entre Edward y Jani lentamente se va forjando una amistad.
Después de clases se reúnen en un aula del instituto para estu-
diar y terminan siempre más tarde conversando de otras cosas
de la vida. Un día Edward la invita al museo de arquitectura
moderna como parte de la tutoría, y la envuelve en explica-
ciones y conocimientos que dejan a Jani fascinada. Edward no
solo era un hombre inteligente y culto, sino también muy agra-
dable y atento, y Jani pone atención por primera vez en su fí-
sico. Alto y esbelto, de espalda ancha, con ojos grandes azules
como el cielo y pelo ondulado un poco largo, entre rubio y cara-
melo, daba la imagen del perfecto gringo americano. Ya había
escuchado comentarios en el instituto de muchas muchachas que
darían cualquier cosa por estar en su lugar. Jani sonríe mirán-
dolo a los ojos, aunque perdida en su propio pensamiento. Ed-
ward se le acerca en silencio y pone la palma de su mano en la

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Primavera de 1989

cara de Jani, acariciando con el pulgar sus labios. Jani regresa al


momento y se enfría, recordando su promesa.
—¿Qué está haciendo?
—Disculpa, Jani, pensé que…
—Creo que pensó mal.
Edward se separa de ella con la cara roja de vergüenza.
—Jani, no fue mi intención ofenderte, pero debes saber que
me atraes y…
—Míster Johnston, usted ante todo es mi profesor y si aprecia
de algún modo nuestra amistad, le aconsejo que guarde sus ma-
nos en los bolsillos la próxima vez que se sienta atraído. Yo no
aprecio el contacto físico con mis amistades.
—Por supuesto, no se preocupe, no volverá a ocurrir.
La tutoría continuó en el instituto con estricto respeto y más
profesionalidad. Jani comienza a tener mejores resultados aca-
démicos. Su actitud de mesura y firmeza de carácter han atraído
aún más la atención de Edward, al punto de aparecerse en la
casa de su tía Blanca un sábado por la tarde con el pretexto de
traerle unos ejercicios que la ayudarán a estudiar para los exá-
menes finales. Jani lo invita a pasar no sin antes mirarlo con
cierto recelo, pero sonriéndole y dándole a entender que ella
sabía muy bien lo que se trae entre manos.
Su tía Blanca quedó encantada con el profesor al que todos
pronto comienzan a llamar amistosamente Eddy, por eso lo in-
vita a comer cuando se entera que su padre es amigo de la fa-
milia. Blanca comienza a envolverlo con preguntas que Edward,
muy contento, responde. Esa noche su tía habla con Jani, expli-
cándole el buen partido que sería Eddy, quien ha mostrado in-
terés por ella, y las ventajas que le traerían una relación con él.
Esas Navidades sus abuelos y su hermano Marcos viajan a
Nueva York, y su tía Blanca invita a Edward y sus padres para
la cena que continúa, hasta pasada la medianoche, entre tragos,
comidas y buena conversación. Eddy se sienta al piano de su tía

109
Ana Castellanos

y empieza a tocar y cantar Have Yourself a Merry Little Christ-


mas, sorprendiendo a todos los presentes con otra de sus cuali-
dades que fascina a Jani y la hace llorar de emoción: la música.
La amistad continúa consolidándose poco a poco en algo
más. Jani se siente feliz en su compañía, aunque sabe que nunca
lo amará, ni sentirá lo mismo que sintió por Charles. La relación
continúa durante sus años de estudios. Eddy se había convertido
no solo en su novio sino también en el compañero y amigo ideal
con que toda mujer suele soñar.
El verano en que Jani se graduó, Eddy le propuso matrimonio
y Jani aceptó, sabiendo que él será un buen esposo, considerado
y atento, y que tal vez, con el tiempo, el cariño y la admiración
que siente por él pueda transformarse en amor.

110
Ana Castellanos

Han pasado casi veinticinco años desde que Jani llegó para vivir
en Nueva York y ahora regresará a su país natal a cumplir con
los últimos deseos de su abuelo. Solo un año atrás su abuela ha-
bía muerto de cáncer del seno y ahora su abuelo, quien desde
que ella y su hermano eran niños había sido como un padre para
ellos y se había ocupado de los dos no solo económicamente,
sino también atento a sus sentimientos siempre les brindó com-
prensión y amor.
En su testamento José Antonio le había dejado a Jani la di-
rección de la firma de arquitectos, con un 80% de los ingresos
en las acciones. Jani sabe que no será un trabajo fácil de cum-
plir, pero con sus años de experiencia como diseñadora ejecu-
tiva en la empresa de construcción de su suegro, con el que
siempre había tenido muy buena relación y discutían a menudo
de negocios, se sentía segura. Ahora se daba cuenta que su sue-
gro, sin que ella se percatara, la había estado preparando para
esto. Tal vez su abuelo le había hablado antes a su amigo de
cuáles eran sus planes.
Desde hacía cinco años Jani había vivido casi un constante
luto, que empezó con su esposo. Aún parecía ayer cuando Eddy
había entrado al hospital con la noticia de cáncer en el estó-
mago, por lo que necesitó de ella toda su atención y cuidado.
Jani había dejado de trabajar y casi vivía en el hospital a su lado.
La primera operación no había funcionado y pronto el cáncer se
le ramificó y convirtió a un hombre, aún joven y fuerte, en un
vegetal, sufriendo postrado en una cama en espera de la muerte.
Jani nunca olvidará cómo en sus momentos de lucidez, bajo el
efecto de la morfina, Eddy le sonreía y le pedía ser fuerte y con-
tinuar feliz sin él, amando la vida junto a su hija. Ella recuerda
con dolor aquel año de angustias, sobre todo para su hija Ashley
que estaba entrando en la adolescencia, con solo trece años
y sintiendo adoración por su padre.

112
Verano de 2014

Eddy había sido un hombre excepcional y un padre ejemplar,


dulce y comprensivo, que dejaba un gran vacío en sus vidas.
Jani siempre se arrepentirá de no haber podido darle la pasión
que él merecía de ella. Aunque fue feliz a su lado y lo quería,
algunas veces había notado la mirada triste de su esposo, que
aunque nunca pidió nada a cambio la había amado profunda-
mente y se daba cuenta que su amor no era correspondido de la
misma manera.

Ashley ya tiene dieciocho años y aún no está segura de lo que


quiere estudiar. Como única hija siempre ha tenido todo, aunque
también ha sufrido las pérdidas de las personas más queridas,
y ahora quiere viajar a los lugares más remotos del mundo para
descubrirse, asegurarse y definir qué quiere hacer con su vida.
Jani la comprende hasta cierto punto, pues estos últimos años
han sido muy duros y solitarios, sobre todo para una adoles-
cente, pero como madre la encuentra muy joven e inmadura para
andar sola por el mundo, por eso la convence de comenzar co-
nociendo mejor la tierra de su madre y sus abuelos, donde la
cultura y el ritmo de vida son tan diferentes a los que ella había
conocido.
La familia había visitado la Isla muchas veces, pero siempre
en viajes cortos o vacaciones solo al sur de la Isla. En realidad,
Jani pedía a Dios que su hija se enamorara de su isla tropical,
con su música, sus playas, decidiera quedarse a su lado y estu-
diar una carrera. Ashley era todo en su vida, lo más grande
y amado, y no quería perderla. Era asimismo la copia de su pa-
dre, no solo en su noble corazón y espíritu filosófico, sino tam-
bién físicamente, lo que la hacía recordar, cada vez que miraba
a sus grandes ojos azules, al hombre que tanto la había amado
y su injusticia de no corresponderle.

113
Ana Castellanos

Jani se repetía a ella misma que todo iría mejor una vez es-
tablecidas en Puerto Rico y es con Ashley en mente que decide
comprar un apartamento en Isla Verde donde siempre existió
más vida nocturna y un ambiente divertido para la juventud. Jani
emplea una semana para acomodarse, tiempo récord, teniendo
en cuenta todos los traspasos, las ventas, las compras y los buro-
cratismos por los que tenía que pasar antes de comenzar en la
oficina. Lo que tomó más tiempo fue introducir a Ashley con
algunas de las hijas de sus antiguas amigas, pues con la mayoría
había perdido contacto desde hacía muchos años, y fue Ashley
quien le dio la idea de utilizar Facebook para encontrarlas.
Jani se sintió muy contenta al ver cuántas amistades de la
época de su juventud pudo contactar en la red y casi todas se
acordaban de ella. También encontró a su amiga Susan, la que
había visto por última vez en Nueva York cuando murió Eddy.
Susan vivía entonces en Miami con su familia, pero a Jani se le
había perdido su teléfono y perdió el contacto con ella. Ahora su
amiga, después de un divorcio, hacía un año había regresado a la
Isla con sus dos hijas que eran contemporáneas con Ashley. Na-
da podía lucir mejor, pronto comenzarían las vacaciones de ve-
rano y las muchachas podrían salir juntas.
Ya Ashley conducía y Jani le regaló un Porsche descapotable
para que saliera libremente y se divirtiera con sus casi nuevas
amistades, pues a pesar de que se habían conocido de niñas, no
tuvieron oportunidad de establecer esos lazos en la infancia.
Jani tuvo el impulso de buscar en la red a Charles, solo por
curiosidad, aunque no entrara en contacto, pero luego desistió de
la idea. Era mejor guardar la imagen de su Charles en su me-
moria y morir con ella, que encontrarse con un Charles gordo
y felizmente casado y rodeado de hijos. Solo de pensarlo le traía
una sonrisa a los labios. «Mi sucito», pensó. Aún recordaba la
primera vez que la besó, cuando se dio cuenta cuánto lo amaba.

114
Verano de 2014

Si algún día se lo encontrara en las calles fingiría no acor-


darse y evadiría su mirada. ¿Es que acaso él se acordaría aún de
ella? Posiblemente no. Hacía ya tantos años de aquella falsa
aventura que trajo tanto dolor y desengaño… Ahora tenía que
concentrarse en el futuro de su hija y sacar adelante la empresa
de su abuelo, que había decaído en los últimos años desde que él
se había enfermado. Jani tenía planes de expandirla con nuevos
proyectos de más envergadura, y si todo salía bien, se lanzaría al
mercado internacional en un futuro no lejano.
Eddy siempre le había llamado la atención en torno a que ella
era demasiado soñadora, pero ahora tenía la oportunidad de ha-
cer realidad sus sueños. Quería dirigir la empresa en la construc-
ción de hoteles exclusivos, con diseños únicos que le dieran a la
firma un nombre reconocido a nivel internacional. Su abuelo se
había dedicado durante todos estos años al desarrollo urbano de
la Isla y algún que otro proyecto privado, pero a Jani la repeti-
ción no le interesaba. Quería expandir y traer nuevos arquitectos
con ideas frescas, jóvenes, deseaba sentirse viva y capaz de
crear nuevamente, y por eso ordena al departamento de recursos
humanos contratar algunos arquitectos recién graduados para
que realizaran prácticas, pero solo se escogerían los mejores ex-
pedientes y los que tuvieran mejores resultados.
El más joven de los ingenieros de la firma tenía su edad,
cuarenta y dos años, y aunque ella no se consideraba vieja, sabía
que debían actualizar el personal con nuevas ideas y espíritu de
juventud. Varios de sus colegas ya pasaban la edad de retiro,
entre ellos su secretaria, la misma que siempre había tenido su
abuelo, ya cumplía los sesenta y cinco. Ella había ayudado mu-
cho a Jani con su experiencia ese primer mes, pero ya le había
anunciado que pediría su retiro después de las Navidades, aun-
que le prometió que antes la ayudaría a hallar una nueva secre-
taria competente para sustituirla y ella misma se encargaría de
entrenarla. Jani dudaba que pudiera encontrar a alguien como
Carmen, quien no solo se conocía la empresa de punta a cabo,

115
Ana Castellanos

sino que era como de la familia. La noticia del retiro de Carmen


la preocupaba. Jani contaba con ella para todo, era su mano de-
recha, y tenía muchos contactos en Puerto Rico y en el exterior,
que eran primordiales en el negocio.
Jani se va a casa ese día preocupada y extenuada. Había sido
una jornada de muchos papeles y revisión de documentos; ya
estaban terminando el último proyecto de urbanización, el 85%
de las casas estaban vendidas, y todo estaba listo para entregar
las llaves en un par de semanas, aunque aún faltaba aproxima-
damente un 15% por terminar. Este proyecto había tomado más
tiempo de lo previsto con la muerte de su abuelo y el cambio de
dirección, y ahora todos estaban con la presión y el estrés.
Jani entra en su penthouse, se quita los zapatos y mira a su
alrededor. El caos no es solo en la oficina, todavía tenían cajas
de ropa y objetos en cada rincón, algunos muebles con nailon
por encima, y las paredes en blanco sin ninguna decoración. Era
un deprimente panorama. Lo único que habían puesto en orden
eran los cuartos y la cocina donde desayunaban y comían co-
mida de restaurante que compraban durante la semana. Jani se
tira en el sofá sin ganas de nada.
—Hola, mami. ¿Qué te pasa? —le dice Ashley.
—Nada, mi’ja, cansada y preocupada.
—Ah, trabajas muy duro, mami. Deberías tomar algunos días
libres, la vida es muy corta para tantas preocupaciones.
—Qué fácil tú lo arreglas todo, Ashley. Tú sabes que ahora
tengo muchas más responsabilidades. Tal vez si me ayudaras un
poco.
—¿Quieres que trabaje?
—No sería mala idea, pero no fue lo que quise decir, y tú lo
sabes. Lo que me gustaría es que muestres interés en ayudar a tu
madre.
—Disculpa, mami, no quise decir que no quiero ayudarte,
pero me extraña, nunca antes me habías pedido que trabajara,
y no creo que necesitemos más dinero.

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Verano de 2014

—Sí, tienes razón, siempre he tratado de darte todo sin pedir


nada a cambio, pero ya eres una mujer, Ashley. Ya sé que la vi-
da es una sola y demasiado corta. Yo quisiera que tú la vivas
a plenitud, por eso te compré el automóvil, y para eso vivimos al
lado de la playa, pero todo no puede ser fiestas y paseos, debe-
rías tomar interés en algo más productivo que te haga crecer
y sentirte orgullosa como ser humano. ¿O cómo crees que des-
cubrirás tu yo interior? Y tienes razón, no necesitas ser remu-
nerada, pero recuerda lo que siempre te dijo tu papá, la felicidad
que te lleves con el acto de dar a los demás será tu mayor re-
compensa.
—¿Y qué puedo hacer?
—No sé, lo que tú quieras. Mira a tus amigas Ileana y Alina,
una en el college y la otra en la universidad, están estudiando lo
que les gusta para luego ser útiles a la sociedad, y no dejan de
pasear y divertirse.
—Mami, ya hablamos de eso. Yo aún no sé. Nada me inte-
resa como carrera.
—Okey, pero eso no quiere decir que vivas solo gastando
y fiesteando sin ocuparte de nada. Es hora que tomes con-
ciencia. Mira esta casa, Ashley, podrías recoger un poco, poner
orden, decorarla si quieres, tienes libertad para ponerla a tu
gusto.
—Pero, mami, el penthouse es tuyo, yo me iré algún día
y eres tú quien tiene que ponerlo a tu gusto.
—Pero como yo no tengo tiempo, y sí otras responsabili-
dades, tú podrías A-YU-DAR-ME a decorarlo. Siempre fuiste muy
buena cuando se trataba de tu cuarto, tienes buen gusto y eres
muy artística. También podrías pasar por la oficina de vez en
cuando y darle una manito a Carmen, la pobre, dentro de muy
poco se retira y está de trabajo hasta el cuello, y encima de todo
ahora está haciendo las entrevistas para escoger una nueva se-
cretaria que la sustituya.

117
Ana Castellanos

—Mami, yo no conozco nada de ese negocio.


—Ni de ningún otro, pero responder al teléfono, tomar men-
sajes, revisar la agenda y dar citas no puede ser muy com-
plicado.
Ashley ya se siente con un nudo en la garganta, culpable de
ser tan malcriada. Su madre hacía años que no le había hablado
tan fuerte y siempre trataba de complacerla.
—Okey… Se nota que estás cansada y de mal humor, pero te
comprendo, sé que tienes razón y haré lo posible.
Al día siguiente Jani nota algunos cambios cuando llega del
trabajo. Un par de cajas vacías, los muebles sin nailon y la mesa
del comedor llena de revistas de decoración. «Bueno, por lo
menos es algo.»
—Buenas noches, bebé, y gracias. Ya veo que te has metido
de lleno en la decoración.
—Hola, mami, recién comienzo mi búsqueda, pero quisiera
enseñarte algunas de mis ideas. Mira este salón, y allí en la es-
quina, que tú crees si ponemos este mueble… o tal vez este otro.
Jani mira la tableta que le muestra su hija con interés, pen-
sando que le llevará una eternidad para que todo pueda pare-
cerse a un hogar, pero la ve tan entusiasmada que no quiere
desanimarla.
—Sí, bebé, me gusta este, creo que va bien con lo que ya
tenemos. Puedes solicitarlo por Internet y te lo traen e instalan
en un día. Pero quiero que pienses en un color para las paredes
y cortinas. La vista al mar es bella, pero los fines de semana tan-
to sol me da dolor de cabeza.
A la semana siguiente Ashley quiere darle una sorpresa a su
mamá, y decide pasar por las oficinas. Tal vez puedan almorzar
juntas, y luego se quedaría a ayudar a Carmen. Fue difícil en-
contrar estacionamiento interior, y si no se apura un Toyota
abatido por los años le coge el puesto. Al mirar por el espejo

118
Verano de 2014

retrovisor se percata que el conductor no tiene nada que ver con


el carro.
—Woo! What a sexy yummy boy!
Ashley coge su bolso y un montón de muestras de telas y co-
lores que quería discutir con su madre durante el almuerzo, y se
apresura para salir de su automóvil, pero al llegar al elevador se
encuentra con el yummy que parecía aún más delicioso parado al
lado de ella.
—Buenos días.
—¡Hola!
—¿La ayudo, señorita?
—No, no es pesado, gracias.
Las puertas del elevador se abren y entran.
—¿Qué piso?
—El doce, por favor.
—Ah, qué casualidad, también voy para allá. ¿Trabaja para
Ponces Arquitectos?
—No, voy a ver a mi mamá —sonríe Ashley sabiendo que
fue confundida con alguien más madura.
—Claro… Me perdona la indiscreción, pero le noto un pe-
queño acento al hablar. ¿De dónde es?
—De Nueva York. Nos mudamos hace poco a Puerto Rico.
—Entonces, no conoce la Isla.
—Muy poco.
—No porque sea mi país… pero es muy lindo —Raúl se de-
tiene a mirarla a la cara y sonríe extasiado con su belleza—. Le
va a encantar, por algo le dicen la Isla del Encanto.
Ashley ríe nerviosa, con la mirada del joven sobre ella. Las
puertas del elevador se abren en el piso doce.
—Bueno, ya llegamos. Encantado de conocerla, señorita.
Raúl Lagarderes, a su entero servicio.
—Fue un placer. Ashley Johnston.
Se dan la mano mirándose a los ojos con una sonrisa y se
despiden cada uno tomando por pasillos opuestos. Ashley no

119
Ana Castellanos

puede contener su curiosidad y mira por encima del hombro


para saber a dónde ha ido, y ve que Raúl ha hecho lo mismo
y cuando llega a la recepción la saluda con la mano, sonriendo
abiertamente.
—Upssy… —Ashley se sonroja y se apresura para entrar en
la oficina de su madre.
Raúl estaba preocupado por la entrevista esa mañana, pero
con este empezar del día nada le podía salir mal. Nunca había
visto una muchacha tan bonita, era como un ángel caído del cie-
lo. Su pelo hasta la cintura en una cascada ondeada como rayos
de sol y esos ojos tan grandes y azules, eran para perderse en
ellos. Y qué cuerpo, con tacones casi alcanza sus 5.11 pulgadas.
Para él, Ashley podía ser muy bien Miss América.
Ashley pasa por la oficina de Carmen, quien la abraza con
mucho cariño. Desde el funeral de su abuelo no se veían, y des-
pués de los saludos Carmen la hace pasar a la oficina de su
madre.
—¡Mami, sorpresa!
—Oh, Ashley, sí que es una linda sorpresa. Y eso, ¿qué te
trae por aquí?
—Primero, quiero saber si podemos almorzar juntas. Te traje
algunas muestras que quiero ver contigo. Pero… no puedo es-
perar hasta entonces para contarte lo que acabo de conocer.
Jani esta intrigada. Ashley tiene una sonrisa de oreja a oreja
y da salticos en el lugar, excitada y agitando las manos.
—¿Qué cosa? Dios mío, cálmate y cuéntame.
—Ay, mami, el tipo más sexy y hermoso de este mundo,
y creo que le gusté. Mami, tienes que conocerlo, es uno de tus
empleados.
—No me digas que ahora te gustan los viejos, porque eso es
todo lo que hay aquí. El más joven de los ingenieros tiene mi
edad, y hasta el muchacho de la imprenta tendrá unos 30 y pico.
Además, creo que es casado.

120
Verano de 2014

—No, mami, este Raúl tendrá unos 20 años.


—Entonces no trabaja aquí o habrán cambiado al conserje.
—No creo que ningún conserje venga a trabajar en traje y cor-
bata, con un portafolio y tubo de planos en las manos.
—Ahh, ya… Debe ser de los jóvenes que pedí de práctica de
la universidad, pero de eso se ocupa Recursos Humanos. Si es
así, tendrá unos veintitrés o veinticuatro años.
—Bueno, lo que sea. Estará por aquí algún tiempo. ¿No?
—Como tres meses, si lo escogen. Habrá venido para la en-
trevista y solo escogerán a los dos más calificados. Mi objetivo
es saber cuánto pueden dar y si se interesan por lo que hacemos
en la empresa. Me gustaría traer poco a poco personal joven con
ideas frescas para reemplazar algunos que pronto se retirarán.
—Ay, mami, tendrán que escogerlo a él, aunque sea solo por
lo lindo y lo cortés.
—¡Ashley! —ríe Jani—. Me recuerdas tanto cuando yo tenía
tu edad y aún más joven. Mi amiga Susan y yo encontrábamos
lindo y sexy a cuanto ratón con pantalones pasaba por nuestro
lado, y si nos decía algo, nos derretíamos por él, y era todo lo
que importaba en ese momento. Recuerda que el físico no lo es
todo.
—Mi papá era muy bonito.
—Sí, y muy buen hombre también, por eso me casé con él.
Por sus cualidades.
—Bueno, si te sirve de consuelo, sabrás que ahora pasaré
más a menudo a darle una manito a tu secretaria.
—Ashley, si vienes a ayudar, de acuerdo, pero no quiero que
digan que mi hija está molestando y distrayendo a los mucha-
chos nuevos.
—No te preocupes, sabes que soy bien educada y discreta.
Además, al único que le guiñaré el ojo será a Raúl —la mucha-
cha lo dice en tono de broma.
—¡Ashley! Yo creo que el calor del trópico se te fue para la
cabeza.

121
Ana Castellanos

Madre e hija ríen divertidas.


Jani siempre ha tratado de tener una relación abierta con su
hija, sobre todo cuando se refería a los boys, y en vez de re-
primirla le ha dado siempre la confianza de contar con ella
y aceptar sus consejos. Ashley había tenido tres novios cuando
estudiaba en la secundaria, pero con ninguno la relación no ha-
bía durado mucho tiempo. En los dos últimos había sido Ashley
quien había roto con ellos cuando le proponían tener sexo con
ella. Jani sabía que esto solo era debido a que su hija aún no se
había enamorado, y se sentía orgullosa de su convicción moral
con respecto al amor.
Raúl terminó la entrevista antes de lo esperado y le dijeron
que esperara en la recepción. En la entrevista habían estado pre-
sentes un ingeniero y un arquitecto junto a la responsable de
Recursos Humanos, y aunque no habían hecho muchas pre-
guntas, sí habían estudiado su portafolio detenidamente. A los
diez minutos lo invitan a pasar de nuevo para decirle que había
sido aceptado y comenzaría las prácticas el lunes próximo. Por
tres meses trabajaría directamente con el arquitecto jefe de de-
partamento, quien al mismo tiempo evaluaría su trabajo para fu-
turos contratos.
Raúl está muy contento, esa era una firma muy importante en
Puerto Rico, y hasta ahora nunca había contratado a nadie sin
alta experiencia de trabajo y recomendaciones. Esta era su opor-
tunidad de dar la talla. Feliz, corre a darle la noticia a su padre al
restaurante. Desde que su madre se había ido con su nuevo ma-
rido a Francia, su papá era su ancla, y las buenas relaciones que
siempre habían tenido eran hoy aún mejores.
El joven entra al restaurante que lleva su nombre, «Raúl Bar
and Grill». Su papá podía estar en cualquier parte del local, era
el dueño, gerente, cocinero, sirviente, lo que hiciera falta. Desde
el divorcio, había dejado su taller por completo para dedicarse al
restaurante que le apasionaba aún más, y le iba tan bien que ya

122
Verano de 2014

pensaban abrir otro en Caparra, con su asociado y amigo Juan.


La tenacidad y dedicación de su padre enorgullecían a Raúl, y él
llegaba a ayudarlo todas las tardes después de la escuela.
—Hola, viejo.
—¡Hey, qué sorpresa! No te esperaba hasta el turno de la
tarde. ¿Buenas noticias?
—Me aceptaron, papi. Entre diez que se presentaron, solo
escogieron dos, y uno de ellos soy yo.
—Coño, qué bueno, cuánto me alegro, mi’jo. Yo lo sabía, si
tú eres un genio.
—Bueno, no es para tanto.
—Espera, esto hay que celebrarlo. Déjame llamar a Juan para
que me cubra y nos vamos de pachanga tú y yo.
—Deja eso, viejo, que hoy es jueves y esto se pone lleno. Dé-
jame echarte una mano aquí y celebramos el domingo temprano.
¿Qué te parece irnos de pesca? Hace tiempo que no salimos al
mar.
—Sí, muy buena idea. Le pediré la lancha a Pedro el pesca-
dor, y a lo mejor va con nosotros y se forma la jodedera.
—Ahora tengo otra cosa que contarte —Raúl sonríe, su-
biendo y bajando las cejas.
—Ayayay, eso suena a mujeres. Vamos a sentarnos en la te-
rraza con una cerveza bien fría, que esto se puso bueno.
—Sí, y como después de viejo tú te has vuelto un experto en
la materia, me gustaría oír la voz de la experiencia.
—No, nada de eso, es que aún no encuentro la que conquiste
mi corazón. Además, me estás eliminando eso de viejo, que ya
quisieran muchos de tus amigotes estar en forma como tu padre.
—Sí, tienes razón. Siempre has hecho ejercicios y te man-
tienes muy bien. Ya he notado cómo las muchachas de mi edad
te miran con interés.
—¡Ah, ah! Ves, de viejo nada, pero para la próxima me dejas
saber cuál es la interesada.

123
Ana Castellanos

Raúl y su padre ríen y se sientan en la terraza con vista al


mar, una de las características más atrayentes del restaurante,
aparte del menú.
—Cuenta, cuenta.
—Hoy conocí en las oficinas a una muchacha preciosa.
—Oye, estás acabando. Todavía no has comenzado a trabajar
y ya quieres enganchar.
—No, en serio. Esta muchacha es distinta, no es boricua, sino
americana. Si la vieras, papi, parece un ángel.
—Bueno, que parezca un ángel no quiere decir que lo sea.
¿Qué hace allí, es secretaria?
—No, no trabaja allí. Ella iba a ver a su madre, pero me
parece que estudia algo de decoración, porque vestía muy chic
y llevaba las manos llenas de muestras de telas y colores.
—¿Y te dijo quién era su madre?
—No, no tuve tiempo, solo nos vimos en el elevador.
—Ah, Raúl. ¿Y cómo vas a hacer para verla de nuevo?
—No lo sé. Lo único que sé es su nombre, Ashley Johnston,
y se fue por el pasillo de la dirección, así que es hija de un jefe
o de una secretaria del jefe.
—Bueno, eso es algo, pero la próxima vez que la veas trata
de tener más datos, y si de verdad te interesa, pídele su teléfono.
Pero hazte amigo de ella y conócela mejor antes de tirarte. Con
estas americanitas uno nunca sabe, a lo mejor solo está de pa-
sada.
Raúl trata de averiguar desde el primer día por Ashley pero
nadie conoce a la señora Johnston. No es hasta el miércoles,
cuando ya la daba por perdida, que ve su automóvil entrar al
garaje delante de él. Acababa de llegar en sentido contrario, y al
parecer, por el carro, ella era definitivamente la hija del dueño.
Traía el descapotable abierto y su pelo rubio, aunque debajo de
una visera, volaba detrás de ella llamando la atención de varios
peatones.

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Verano de 2014

Raúl no se había percatado el primer día, pero ahora recuerda


que fue ese el automóvil que le cortó el paso para ocupar el es-
pacio del parqueo. «Qué mujercita». Y se apresuró para encon-
trarse con ella.
Ashley estaba tratando de desenredarse el pelo mientras espe-
raba por el elevador, cuando escuchó su voz sobresaltada.
—¿Necesita ayuda, señorita?
—Oh, Raúl.
Ashley se vira, y al hacerlo soltó el cepillo que se quedó
trabado en su pelo.
—Ya veo que te acuerdas de mí. ¿Cómo estás?
—Me alegra que preguntes, pues creo que un poco en apuros.
No debí bajar el techo del automóvil, debo parecer una bruja.
—De eso nada, Ashley, tú eres bella como quiera. ¿Me per-
mites?
Raúl comienza a sacar cabello por cabello del cepillo, y la
cercanía de su cuerpo hace que Ashley pueda sentir su perfume
y respiración muy cerca de su cara. Nunca antes ella había sen-
tido una atracción tan sensual, y cuando su estómago comienza
a temblar, piensa: «Esto debe ser las maripositas de que me ha
hablado mi mamá».
Raúl termina de sacar el cepillo y no puede contener los de-
seos de pasar sus manos por los cabellos tan sedosos de la mu-
chacha, tratando de acotejarlos y respirando el aroma a flores de
su champú.
—Ya está. La próxima vez me llamas y te hago una trenza
y así no se te enreda, aunque suelto te queda muy bonito.
—Ah, sí —tan cerca, con esos ojos verdes que la penetran,
Ashley se siente tonta y ha perdido su vocabulario.
—Me alegra mucho encontrarte de nuevo. Estuve pregun-
tando en las oficinas pero nadie conoce a la señora Johnston.
—Oh, disculpa. Claro que no. Mi mamá se quedó con su ape-
llido de soltera, García, no sé por qué. Creo que a papi siempre
le molestó, aunque nunca dijo nada. Él la adoraba.

125
Ana Castellanos

—Hablas en pasado.
—Sí. Papi murió hace cinco años.
—Lo siento mucho. Debió ser muy duro para ti.
—Sí, yo tenía solo trece años. El mundo se me hizo pedazos
sin él —Ashley se queda pensativa y triste mientras entran al
elevador.
—Disculpa, no quise ponerte triste —Raúl le toma la mano—.
Mira, si quieres te invito a almorzar. Me gustaría seguir conver-
sando contigo.
—¿Macdo? —Ashley levanta la cabeza y le sonríe como una
niña que le ofrecen caramelos.
Raúl ríe.
—¿Por qué no? McDonald está justo al lado, podemos ir ca-
minando. Te espero a las doce en la entrada principal.
—Okey. Bye.
—Hasta pronto.
Desde ese día Ashley comenzó a ir a la oficina a ayudar
a Carmen todos los lunes y miércoles por las mañanas, y por su-
puesto almorzaba con Raúl, y entre los dos fue creciendo la
amistad y atracción, cada segundo que pasaban juntos.
Jani estaba feliz por su hija que, al parecer, estaba más em-
bullada que de costumbre con esta nueva relación, amistad o co-
mo ella quisiera llamarla. También sabía que Raúl la respetaría,
no solo por ser un buen muchacho, sino porque ella era su jefa
y si le hacía daño a su hija lo lamentaría.
Ashley y Raúl comienzan a tener citas los viernes por las
tardes, y ya en la segunda ocasión, después de haber ido al cine,
la joven llega a su casa y despierta a su mamá con la noticia tan
esperada.
—Mami, me besó, ya somos novios.
—Uy…, quién lo hubiera imaginado —bromea Jani—. Cuén-
tame.
—Ay, mami, en el cine yo sentía que no dejaba de mirarme.
Creo que él ni se enteró de cuál película era.

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Verano de 2014

—¿Y tú?
—Yo fui la que escogí, una película de horror, pero solo para
tener el pretexto de apretujarme a él. Si me preguntas de qué
trataba, no tengo idea. Nos sentamos en la última fila y la pelí-
cula no iba por la mitad cuando empezamos a besarnos. Ay, ma-
mi, besa tan rico, que no quisiera tener que parar nunca.
—Oye, cuidado, no te calientes mucho.
—No te preocupes, él es bien respetuoso. Estuvimos ha-
blando por horas después que salimos del cine y quiere que co-
nozca a su familia.
—Oh, entonces el muchacho es serio. De veras le gustas.
—Claro que sí, mami, y él a mí. Es tan dulce y cariñoso. Con
esos ojos verdes que te hipnotizan y su pelo tan oscuro y sedoso.
Ay, mami, quisiera que la noche nunca terminara para quedarme
en sus brazos queriéndolo y besándolo —se tira en la cama con
los brazos abiertos, riendo.
Jani abre bien los ojos y hace sonar su garganta. Su hija nun-
ca le había hablado así antes, aunque ellas tenían mucha con-
fianza la una en la otra. Ashley se había enamorado y se hacía
mujer delante de sus ojos.
—Ya veo que no es solo Raúl quien lo ha tomado en serio.
Tal vez sea el momento apropiado de tener la conversación en-
tre madre e hija. Sabes que como mujer tienes que cuidarte y…
—Ay, mamá, tengo dieciocho años, no creas que soy tonta.
Además, hoy en día, en la escuela, antes de tener la primera
menstruación, te enseñan todo lo relacionado con el sexo, las
medidas de protección y las enfermedades de transmisión sexual
habidas y por haber.
—¿Ah, sí? Cuánto me alegro que los tiempos hayan cam-
biado.
—No te preocupes, ya compré las pastillas, y te prometo que
empiezo esta misma noche a tomarlas.
—¡Wao! Si las cosas van así de rápido, creo que yo también
quiero conocer a su familia.

127
Ana Castellanos

—Okey, ya planearemos algo. Le preguntaré a Raúl —Ash-


ley bosteza—. Buenas noches, mami, y no te preocupes, que soy
muy feliz.
—Buenas noches, bebé —Jani le da una nalgadita a su hija al
levantarse, como de costumbre lo ha hecho desde que era niña.
—Mami, no se te ocurra hacer eso delante de Raúl.
—Y por qué no. Aunque tengas novio, tú siempre serás mi
bebé.
—Lo sé. I love you, mammy.
—I love you more. Y gracias por lo que has hecho con el
apartamento. Me has sorprendido, tienes mucho talento. ¿Es que
te das cuenta de ello?
—Sí, creo que no está mal lo que hice.
—¿No está mal? Ashley, nuestro penthouse no tiene nada
que envidiar a ninguna casa de las que muestran en las revistas
de top decor. Eres estupenda. Esas cortinas ecológicas que pu-
siste, nunca se me hubiera ocurrido, es lo último en diseño y tec-
nología. Es más, te contrato para remodelar mi oficina.
—Buenas noches, mamá.
Ashley se retira moviendo la cabeza incrédula.
—¡En serio!
Jani está desvelada y se queda en la cama pensando. Ella que-
ría viajar a Nueva York antes de acabar el año. Tenía que hablar
de negocios con su ex suegro y pedirle consejos con respecto
a los cambios que quería hacer en la empresa, tal vez pasar
juntos las Navidades. Eran las fiestas que más le gustaban a ella
pasar en esa ciudad. Siempre la hizo sentir dentro de una bola de
cristal mágica y le hacía recordar tiempos felices con Eddy. Los
Johnston estarían contentos de ver a Ashley, su única nieta. Pero
ahora, con este novio de por medio, no iba a ser fácil. Tal vez
podrían invitar a Raúl o dejar a su hija con Mariana por una
semana. Jani temía que si su hija se quedaba con su madre, que
era tan estricta y puritana, la relación abuela-nieta se podría

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Verano de 2014

deteriorar entre críticas y desacuerdos. O tal vez estaba siendo


demasiado protectora y preocupándose mucho por un futuro in-
cierto, y sea mejor dejar el tiempo decidir. Jani sonríe ante sus
propias suposiciones, y se queda dormida prometiéndose vivir
más el presente, pues el futuro será el fruto de hoy.
Durante la semana Raúl visita a Ashley casi todos los días.
Han cenado juntos un par de veces y a Jani le agrada mucho el
muchacho. Es un joven simple y honesto, con muy buena educa-
ción, y se nota muy enamorado de su hija. Él ha hablado varias
veces de su padre con gran admiración, y al parecer lo ha ayu-
dado desde muy joven. Viene de una clase trabajadora media,
y aunque ahora están mejor económicamente, a él, aunque es
único hijo, nada le ha sido dado, sino todo se lo ha ganado con
sus esfuerzos, no como su hija. Sus padres estaban divorciados
desde que el terminó la secundaria, y su mamá se había ido a vi-
vir a Francia poco después.
Jani estudia su rostro, su sonrisa le recuerda a ese otro joven
también honesto y simple del que ella se enamoró ya hace tantos
años. ¿Qué habrá sido de la vida de Charles? Tiene que pre-
guntarle a Mariana si sabe algo de Mary su madrina, con la que
nunca más tuvo contacto, y puede que la sorprenda con una lla-
madita un día de estos.
—Ashley me dijo que a usted le gustaría conocer a mi padre.
—Bueno, si la relación de ustedes sigue tan bien como veo,
por qué no. Los invito a cenar una de estas noches y así podrá
traer también a su compañera.
—Oh no, bueno, creo que mi papá está solo por el momento.
Él dice que aún no encuentra quien le conquiste el corazón.
Además, no es necesario que cocine. No sé si Ashley le dijo, pe-
ro mi papá tiene un restaurante muy bonito con vista al mar en
Condado. No es muy lejos de la empresa, y creo que le sería
más factible si nos reunimos allí.

129
Ana Castellanos

—De acuerdo, muy considerado de tu parte, pero me avisas


con tiempo, ya sabes que a las mujeres nos gusta tener tiempo
para arreglarnos y a veces termino tarde en la oficina.
—Tendrá que ser a principio de semana, cuando está más
tranquilo, porque a pesar de que el restaurante no es muy gran-
de, a partir del jueves es con reservación, se llena por completo.
Por eso voy por las noches a ayudar en lo que se puede.
—El cocinero debe ser bueno.
—El chef es muy bueno, pero el plato más popular es el que
prepara mi papá. La especialidad de la casa.
—No digas más, que ya sé lo que pediré esa noche.
Cuando llega esa noche a su casa, Raúl habla con su padre
para ponerse de acuerdo en los detalles de la cita.
—Pero, mi’jo, ¿no crees que sea muy pronto? Solo hace unas
cuantas semanas que la conociste, tienes que estar seguro de lo
que quieres.
—Y lo estoy, papi. Desde que la vi por primera vez te lo dije.
Ashley es distinta a todas las mujeres que he conocido antes,
y no me la puedo sacar de la cabeza ni por un segundo. Cuando
mejor trabajo es al saber que ella está allí y la veré pronto. Vie-
jo, la adoro. Creo que estoy enamorado.
—Oh, esas son palabras muy fuertes. Nunca las digas si no
estás seguro al ciento por ciento.
—Lo sé, lo sé. Bueno, dime qué día te conviene. La vieja me
dijo que le avisara con tiempo.
—¡Ay, santa virgen! Que te coja llamándola vieja. Mi’jo,
aunque estén ya decrépitas, eso nunca se le dice a una mujer.
Esa es la regla número uno en una relación, o la pierdes por se-
guro.
—Solo bromeaba. Ella de vieja no tiene nada. La mamá de
Ashley es una mujer muy bonita, inteligente y muy elegante.
Ahí sí que hay clase. A lo mejor va y te interesa, es viuda.
—Bueno, pero ¿quién es la que te gusta, la madre o la hija?

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Verano de 2014

Los dos se echan a reír.


—Si supieras, a veces me imagino a Ashley envejecer como
su madre, y si es así, quisiera que sea a mi lado, creo que nunca
me cansaré de ella.
—Ay, Raúl, te ha dado fuerte. Yo también me enamoré así de
rápido y profundo una vez cuando era joven, antes de conocer
a tu madre, pero no terminó bien la cosa. Fue cuando tu tío mu-
rió y nosotros nos separamos.
—Y después, ¿qué pasó?
—Nada, la historia que ya tú conoces. De ella nunca más su-
pe. Creo que vive aún en los Estados Unidos.
—Papi, sentí mucho la manera en que te dejó mi mamá. Creo
que en realidad nunca te amó.
—Al principio sí, pero éramos muy jóvenes y yo traía el co-
razón roto. Creo que mi tristeza la amargó, y luego su insatis-
facción económica. Tu mamá siempre codició una vida de lujos
que yo no podía darle.
—Tú siempre trataste de complacerla. Trabajabas como un
mulo, hasta los fines de semana, pero ella siempre te trató mal
y te degradaba. Yo era un niño pero aún me acuerdo de las
peleas.
—Siempre me apenó que tú fueras testigo de aquellos mo-
mentos desagradables, pero así es la vida y te enseña a no forzar
los sentimientos y dejar que el destino te muestre el camino. Ya
ves, al final, ella encontró lo que buscaba y se fue con un tipo
rico. Espero que sea feliz.
—Sí, creo que lo es, vive en París, no trabaja y se la pasa de
compras con sus amigas.
—¡O la la! La belle vie. Dile a tu jefa que pueden venir el
martes a las seis, así podemos sentarnos en la terraza solos. Yo
prepararé algo especial.
—Ya me dijo que quería probar la especialidad de la casa,
y no sabe ni siquiera lo que es.

131
Ana Castellanos

—Okey, arroz con pollo a lo boricua será, pero quiero em-


pezar con entradas de mariscos que vienen muy bien con el vino
blanco que conseguí nuevo, está magnífico. Además, ensalada,
tostones de plátanos, y para terminar, casquitos de guayabas con
queso o flan de calabaza. Vamos a darle a la americana el gusto
criollo de nuestra Isla.
—Eres una bestia, ya lo tienes todo planeado.
—La experiencia del negocio.

La semana pasa bien ocupada. Ya Raúl le dijo a Jani que ce-


narán juntos el martes próximo. Ashley quiere salir a las tiendas
con su madre a comprarse algo nuevo para la ocasión. En rea-
lidad, a Jani también le hace falta actualizar su vestuario y com-
prar algunas piezas de verano, pues toda su ropa ya tiene varios
años, y lo más nuevo es su atuendo de trabajo. Pero entre reu-
niones y problemas de imprevistos, no es hasta el sábado que
pueden pasar el día juntas y se van para Plaza las Américas.
Hacía mucho tiempo que Jani no salía de compras con Ashley,
pues últimamente su hija prefería ir sola o con sus amigas, y es-
to Jani lo encontraba normal a su edad, pero esta vez, a pesar de
los desacuerdos en estilos, pasaron un día muy divertido. Al
final, decidieron ir a la peluquería, donde se arreglaron las uñas
y el pelo, ya que a Jani le hacía falta retocar el color. Pidió que
le pusieran un poco más de rojo en el caoba que llevaba desde
hacía años. Le iría mejor con el vestido nuevo en verde y blan-
co, que cruzaba en el escote y agarraba en la cintura, cayendo en
línea A hasta las rodillas. También se había comprado un par de
sandalias de tacón y un broche, que le daban el toque elegante
a la combinación.
Ashley se había cortado un poco el pelo en capas, pero aún lo
tenía bien largo y le quedaba divino. Ella se había comprado
varios vestidos, un juego de bermuda chulísimo y tres pares de

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Verano de 2014

sandalias. Por último, se enamoró de un bolso que parecía más


para ir de viajes que a un restaurante, pero era lo último de la
moda y un most have it. Al final, aún estaba indecisa qué se
pondría el martes por la tarde.
Jani se sentía rejuvenecida. Definitivamente comenzaba una
nueva etapa de su vida, diría adiós a todo su ayer y renacería en
la Jani que ella quería, a conquistar el mundo y ser feliz de estar
viva cada día.
El martes a las cinco y media ya Ashley y Jani estaban listas
esperando a Raúl. Habían acordado que él las recogería y des-
pués las traería de regreso a la casa, en caso que quisieran tomar
alguna bebida alcohólica. Jani no acostumbraba a beber, pero
había aceptado igual su galantería.
Al sonar la puerta Jani se da un último retoque de brillo en
los labios y un cepillazo en los cabellos que ahora los llevaba
con cerquillo y en capas por la espalda, mientras que Ashley
toma la cartera y va a encontrarse con su novio.
En el elevador, los jóvenes no se quitan la vista y Ashley va
agarrada del brazo de Raúl como si nunca quisiera separarse de
él. Jani los mira con alegría y pide a Dios con todo su corazón
ver así de feliz siempre a su hija.
El restaurante queda a unos diez minutos de las oficinas y está
situado encima de una colina con vista al mar, con una decora-
ción sencilla y tropical. La terraza construida en madera y tron-
cos de árboles da la impresión que cae encima de los arrecifes
y se pueden escuchar las olas romper en la costa. Raúl las ha
dejado contemplando el paisaje y va avisar a su padre que ya
han llegado. No pasaron tres minutos cuando Jani escucha su
voz.
—¡Buenas tardes!
A pesar de los años transcurridos, Jani nunca olvidaría esa
voz. Pero no, no podía ser. La respiración se le acelera y se vira
lentamente, con el temor de encontrarse con su pasado. Y allí se

133
Ana Castellanos

lo encuentra, saludando a su hija con un beso en la mejilla. Lue-


go, encadenando su mirada con la de Jani, se queda tan estático
y serio como ella. Ambos se observan de pies a cabeza, como
para estar seguros de que sus ojos no les juegan trucos.
Charles no ha cambiado mucho, y lo que ha cambiado es para
mejor. Continúa delgado, pero más fuerte. Los músculos de los
brazos y del pecho, definidos, se notan por encima de la camisa;
más precisados los huesos de la mandíbula, y la piel tersa; solo
unas cuantas canas en las sienes, denotan el prototipo sexual de
las novelas en la televisión. Jani se siente tan atraída como aquel
primer día hace veinticinco años, y mareada, tiene que apoyarse
detrás de la baranda.
—¡Jani…!
—Charles —Jani se esfuerza para regresar a la normalidad,
pero su voz ahogada la traiciona.
—¿Ustedes se conocen?
—Sí, mi hijo. Nosotros cuando jóvenes fuimos…
—Vecinos, fuimos vecinos antes de yo irme a estudiar a Nue-
va York. ¿Cómo están tus padres?
—Mi papá murió hace nueve años y mami está bien, ya sa-
bes, sigue con las cosas de la iglesia… Dios mío, nunca pensé
volver a verte un día, y mucho menos hoy. Las vueltas que da la
vida.
Charles le coge las manos y la mira de abajo hacia arriba
sonriendo.
—Estás igualita, si acaso… más linda. Ese color de pelo te
queda precioso. No puedo creer lo que ven mis ojos —se acerca
y le da un beso en la mejilla, posando una mano en su cintura—.
Ven, vamos a sentarnos.
Jani tiene un nudo en la garganta y ve que su hija la está
mirando con la expresión de su cara llena de preguntas. Tiene
que alejarse, hacer algo para tomar control de la situación o le
echará a perder la noche a su hija.

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Verano de 2014

—Me disculpan, quisiera pasar al baño antes para lavarme las


manos.
—Oh, ven conmigo. Los baños están al final, un poco es-
condidos.
Charles se levanta detrás de ella y pasando una mano por la
espalda de Jani la guía a través del restaurante que está medio
vacío. Ya cerca de los baños, Jani no puede aguantarse más
y quitándole la mano de su espalda se vira y lo mira a los ojos.
—Por Dios, ¿por qué tendrás que cruzarte de nuevo en mi
camino?
—Oh… Espera, Jani, no me trates como si hubiera sido yo
quien te hizo daño. Tú te fuiste cuando más yo te necesitaba.
—Tú me culpaste de todo, quisiste que te dejara y negaste
nuestro amor.
—No, Jani, yo estaba sumergido en mi dolor, pero te amaba
y quería irme contigo.
—Ah, sí. ¿Y por qué no lo hiciste?
—Y qué hubiera hecho allí, esperar que te hicieras de tu ca-
rrera, tus relaciones, tu nombre en sociedad, mientras yo seguía
siendo un Don nadie, un simple mecánico. No creas que fui aje-
no a los comentarios.
—Sabes bien que a mí nunca me importó cómo te ganabas la
vida. Hubiéramos crecido juntos, amándonos, y todo hubiera si-
do más fácil.
—¿Para quién, para ti?
—Charles… me hiciste mucha falta esos primeros años. Sa-
bes que fue mi madre quien me obligó a irme tan pronto. Y tú
me heriste, tus palabras me hicieron mucho daño.
—Sabes bien que estaba lleno de dolor, de luto. En ese mo-
mento no era buena compañía.
—¿Y después? Nunca me llamaste, ni me escribiste. Yo hu-
biera comprendido, si por lo menos hubieras tenido la decencia
de explicarte.

135
Ana Castellanos

—Tú tampoco hiciste nada para comunicarte conmigo.


—Yo sí te escribí, Charles, aquel septiembre. Esperé que tu
dolor se aliviara y reflexionaras sobre nosotros, pero tú nunca
respondiste. No tienes idea cómo me dolió tu despecho.
—Yo no sé de qué carta tú estás hablando, hace tanto tiempo,
que a lo mejor te confundes y estás hablando de cartas que le
mandaste a otros. Por favor, no inventes.
—¿Qué?... ¿Ahora soy yo la que invento?
Jani siente otra puñalada directa al corazón. Después de tanto
tiempo y aún tenía la habilidad de hacerle daño. Cuánto ha
tenido que pagar por una noche al descuido de pasión. Pero no,
ya no podía continuar de esta manera, esto tenía que acabar aho-
ra y para siempre.
—Mira, Charles, yo ya te había olvidado. Dejemos el pasado
en el pasado; lo que importa ahora es la felicidad de nuestros
hijos. Por hoy, controlemos nuestras emociones y déjalos que
disfruten su noche. Ya veremos si es que podemos tratarnos ci-
vilizadamente, aunque sea delante de ellos.
—Depende de lo que tú llames civilizado. Nunca pensé que
fueras tan hipócrita.
Charles vira la espalda y se va a la terraza. Esta no era la Jani
que él conocía. ¿Cómo podía ser tan fría? ¿Y de qué diablos de
carta ella estaba hablando? Está seguro que él nunca recibió
ninguna o no lo hubiera olvidado. Sin embargo, contrario a lo
que ella dice, Charles sabe que ella no lo había olvidado. Lo vio
en sus ojos demasiado brillosos de emoción cuando se miraron,
después de tanto tiempo separados; la vio temblar, y sabe que al
igual que él, hizo un esfuerzo para esconder sus emociones.
Jani regresa a la mesa poco después más compuesta, y trata
de sonreír como si nada hubiera pasado. El camarero viene
a servir el vino seguido de entradas de canapés y mariscos.
Charles no deja de mirarla directo a los ojos, queriendo des-
cubrir qué más escondía detrás de ese velo frío.

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Verano de 2014

—Mami te extrañó mucho, Jani. ¿Es que a ella también le


escribiste? Ella nunca me comentó nada.
—No, y lo lamento. Yo la quiero mucho, Charles.
—Si es así podrías visitarla y decírselo, ella sí se alegrará de
verte.
Los muchachos notan la tensión entre ellos y toman las rien-
das de la conversación.
—¿Así que ya conoce a mi abuela?
—Más que conocerla, fuimos muy buenas amigas a pesar de
la diferencia de edades y es mi madrina. Fue con Mary que
estudié el catecismo y luego me bautizó.
—¡Wao! Esto sí que es noticia, casi somos familia y no lo
sabíamos.
—Sí, casi —interviene Charles con sarcasmo, sin importarle
qué puedan pensar los jóvenes. Ashley, un poco nerviosa, se
ocupa de distraer su atención.
El camarero se acerca nuevamente a servir más vino y luego
trae las ensaladas y después el plato principal. Jani no puede
esconder su agradable sorpresa y recuerda como si fuera hoy
aquel día de lluvia en la cocina de Charles.
—Tu plato preferido. Espero que aún te guste.
—Pero… tú no sabías que era yo.
—Al parecer, al destino le gusta jugarnos una partida.
Jani se queda mirando un poco perdida en esos ojos entre
miel y olivas, con los que tanto había soñado. El sol bajaba en el
horizonte, y se reflejaba en el mar, y el cielo se llenó de colores
que cambiaban de minuto a minuto, de amarillos y naranjas a ro-
sados y violetas.
—Oh, Raúl, qué atardecer más bello.
—Sí, baby, aquí siempre es espectacular. Ven, vamos a la
baranda.
Raúl y Ashley contemplan el atardecer. Ashley se recuesta en
el pecho del joven, y él la rodea entre sus brazos y comienza
a acariciarle el pelo con su cara y besarla en las sienes.

137
Ana Castellanos

Jani mira emocionada a los enamorados que forman un pai-


saje aún más bello que el del atardecer del fondo, y sonríe feliz
de presenciar algo tan puro y hermoso con un poco de melan-
colía. Charles la mira y cubre su mano con la de él, sintiendo en
su pecho algo que hacía tiempo no sentía.
—Así me gusta verte, sin escudos de hielo, con el alma
desnuda.
Su última palabra la hace recordar la última vez que estuvo
en sus brazos, desnuda, y los colores le suben a la cara.
Charles nota que sus pupilas están dilatadas y sonríe, adivi-
nando a dónde han ido sus pensamientos. Jani trata de escon-
derse detrás del vino.
—Creo que he tomado mucho esta noche y no estoy acos-
tumbrada. Menos mal que Raúl fue tan galante de ofrecerse y yo
acepté que nos llevara de regreso.
—Sí, el vino. Jani, mi Jani, no cambias.
Charles se le queda mirando a la boca y con una mano aca-
ricia su mejilla acercando su cara lentamente. Jani cierra los ojos
por un segundo, luego recobra el aliento en un suspiro, y los
abre súbitamente, consciente de lo que tanto Charles como ella,
en secreto y por un instante, desean hacer, pero toma distancia.
—Charles, los niños.
—Ya no son unos niños, Jani.
—Lo que sea, estamos muy viejos para este juego.
—Yo nunca he jugado contigo, pero entiendo.
Ashley y Raúl regresan a la mesa y continúan la comida más
bien en silencio, a no ser por comentarios de cortesía. La noche
caía y los farolitos solares de alrededor de la baranda se ilumi-
naron poco a poco hasta envolver el lugar en un ambiente aún
más familiar y acogedor.
Jani estaba repleta, hacía tiempo que no comía tanto y con
tanto gusto.
—Yo ya no puedo comer más, si no reviento.

138
Verano de 2014

—Si no has cambiado de hábitos, creo que para el dulce


siempre haces un huequito.
Jani mira a Charles, sorprendida que aún se acuerde, y cuan-
do ve que es su dulce preferido, casi limpia el plato.
—Qué casualidad, este es el dulce preferido de mami, y es
primera vez que lo veo en un restaurante.
—Lo sé —Charles mira deleitado a Jani saborear como si
fuera un arte su postre favorito. Siempre disfrutó verla comer.
Ya se van y Charles los acompaña a la puerta. Raúl y Ashley
se despiden primero dándole las gracias a Charles por una tarde
tan maravillosa y deliciosa, y salen rápido a esperar en el par-
queo. Jani se siente nerviosa que la hayan dejado sola con Char-
les, pero no quiere que la noche termine y no sabe qué decir.
—Sabes, con ese dulce me hiciste recordar mucho a tu ma-
má. ¿Aún hace casquitos de guayabas?
—Sí, y los sirve con queso crema. Le diré que te haga si vas
a visitarla.
—Sí, creo que iré la semana que viene. ¿Sigue viviendo en
Guaynabo?
—No, cuando yo me casé me fui a vivir a Caparra cerca de la
2, y cuando papi murió la casa le quedaba muy grande para ella
sola, así que la vendió y se compró un apartamento a dos cua-
dras de mí. Dame tu celular y te apunto su dirección y teléfono.
Jani se lo da y Charles se acerca a mostrarle lo que estaba
haciendo, y llenándose el sentido de su perfume tan suave y sen-
sual se olvida de todo y la mira a la cara.
—Oh, disculpa. Este modelo es el último que sacaron y es un
poco complicado. Mira, deja que te muestre, es aquí. Jani se
acerca aún más, pues no ve bien y olvidó en la casa los espe-
juelos para leer, y al levantar la vista se encuentran nariz con
nariz. Charles no lo piensa y le roba un beso, suave y tentativo,
solo para recordar, como se prueba un buen vino, pero la res-
puesta de Jani es casi instantánea. Charles rodea su espalda con
una mano para pegarla a su cuerpo, pasando su lengua en la

139
Ana Castellanos

boca de ella, como el peor de los intrusos, y prueba su sabor


a vino, a sazón, a gloria. Jani levanta la cabeza aturdida y con-
fundida con su propia reacción.
—Discúlpame, no debimos… Adiós —y sale casi corriendo
al parqueo.
—¿Jani?... —Charles sale detrás de ella, pero ya Jani llegaba
al carro y los vio partir.
Charles se ha quedado en la terraza del restaurante termi-
nando la última botella de vino. La brisa del mar refresca la no-
che tropical y su pensamiento se pierde en la distancia. El mes
próximo hará veinticinco años de aquella noche llena de amor
y tragedia que cambió su vida para siempre. Nunca pensó que
un día volvería a verla, la había extrañado tanto. No solo el calor
de su cuerpo, también su compañía, su risa, su inocencia, su no-
ble carácter y hasta esa pequeña tristeza enigmática en sus ojos,
que él siempre había notado por mucho que ella quisiera es-
conder. Cuánta falta le había hecho aquellos primeros años,
cuando la muerte de su hermano se había llevado la mitad de su
alma.
Se sintió muy mal y culpable con su partida por mucho
tiempo. Reconocía que había sido injusto con ella aquel día en
el funeral, pero luego cuando ella se fue tan pronto, sin decir
adiós, sin darle tiempo a excusarse, a explicar su dolor… Pensó
que con el tiempo ella comprendería, pero Jani nunca llamó ni
regresó. Y ahora decía que le había enviado una carta. Si eso era
verdad, tuvo que haberse perdido. ¿Y qué habría escrito en esa
carta?
Charles cierra los ojos llevándose los dedos a los labios.
Dios, después de tanto tiempo y aún siente que siempre ha vi-
vido incompleto sin ella. Después de haberla besado, la desea
más que nunca. La linda muchacha inocente que él conoció aho-
ra era una hermosa mujer que desprendía inteligencia y confían-
za donde solo él sabía se escondía un volcán de pasión.

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Verano de 2014

Jani no había cambiado mucho físicamente, la misma figura,


más o menos el mismo peso. El vestido que llevaba esta noche,
aunque discreto y elegante, enfatizaba sus senos y su aún pe-
queña cintura. Jani era como un botón de rosa que abrió en flor,
aún más bella con el tiempo, con nuevos matices y colores a des-
cubrir. Charles se siente más atraído que antes hacia ella, quiere
sentir su piel y redescubrir su cuerpo, su alma. Pero había pa-
sado tanto tiempo, tanta historia en los años perdidos.
Al llegar a la casa, Jani se despide de Raúl y se va a preparar
para dormir, dejando a los novios solos, para así evitar, al menos
por esta noche, las preguntas indiscretas de su hija. Pero cuando
sale del baño se encuentra a Ashley sentada en el medio de su
cama y lista para indagar.
—Mami, estoy tan intrigada. Ven, tienes que contarme. Nun-
ca me has dicho nada de tus amores de juventud. Siempre pensé
que papi había sido el primero.
Jani sonríe cansada. Ha sido una noche de tensión emocional,
y su hija, tan inocente, lo toma casi como un juego.
—Ashley, por favor, hoy no, estoy muy cansada, sabes que
no acostumbro a tomar y los ojos se me cierran del sueño.
—Okey, pero mañana te estaré esperando. Quiero saber todo
sobre la historia tuya y de Charles.
—No hay historia que contar, bebé. Concéntrate en tu novio
y deja a los viejos tranquilos.
Ashley le toma las manos a su madre mirándola directo a los
ojos.
—Mami, no creas que somos ciegos, yo por lo menos nunca
te había visto mirar a un hombre de esa manera, ni a mi papá. Se
nota que ustedes se quisieron mucho y aún existen sentimientos
entre los dos, a pesar de los años sin verse.
—Entre Charles y yo no hay, ni puede haber nada, Ashley.
Y ahora déjame descansar, otro día hablamos.

141
Ana Castellanos

—Mami, yo ya no soy una niña, no trates de protegerme.


A mí puedes contarme cualquier cosa, por duro que pienses que
sea. Yo podré comprenderte mejor que nadie.
—Lo sé, bebé. Buenas noches.
Ashley suspira dándose por vencida, pero solo por esta noche.
—Hasta mañana, mami.
Lejos de dormir, Jani no puede pegar un ojo y en todo lo que
piensa es en Charles y sus acusaciones: «Hipócrita, mentirosa»,
y luego, en su dulce mirada, sus labios.
Uno de sus consuelos durante todos estos años se basaba en
decirse a sí misma que no podía ser acusada por sus errores de
adolescencia y su pasión devoradora por Charles con su desas-
troso final. En aquellos años había ido a la iglesia cada domingo
a confesar su dolor y arrepentimiento por haberse metido en me-
dio de dos hermanos. Dios podía haberla absuelto, pero a ella
siempre le quedó en la conciencia las palabras de Charles, y nun-
ca se perdonó, nunca pensó que debería volver a amar, y se
impuso su propio castigo. Sin embargo, ahora después de tanto
tiempo no tenía excusas para explicar cómo un calculado beso
podía encender su cuerpo en llamas y consumirla.
Su atracción por Charles era una locura muy difícil de con-
trolar, y ella tenía que hacer algo para no caer de nuevo en sus
brazos, sobre todo ahora cuando finalmente pensaba haber en-
contrado la paz y comenzaba a aceptar la realidad de su destino.

Al otro día Raúl llega del trabajo a su casa y se dispone a ba-


ñarse y prepararse para ir a visitar a Ashley, cuando oye un
ruido en el patio y va a ver qué es.
—Ey, papi. ¿Y eso tan temprano en casa?
—Nada, estaba un poco estresado y vine a soltar los nervios.
El boxeo me relaja los músculos.

142
Verano de 2014

Charles está sin camisa, mojado en sudor, pegándole puñe-


tazos y patadas, con fuerza, al saco de boxeo donde acostumbra
a practicar kickboxing, uno de los pocos buenos consejos que su
padre le había dado después de la muerte de su hermano, que lo
ayudaban a sacarse las frustraciones del pecho.
Raúl le aguanta el saco para ayudarlo y sonríe.
—¿Qué es esto, el estrés de anoche?
Charles continúa pegándole al saco con furia, sin contestar.
—Vamos, viejo, tienes que contarme.
Charles después de un rato termina, se seca el sudor con una
toalla y se sienta en un banco a quitarse las vendas de las manos.
—Bueno, no tengo todo el día.
—¿Qué quieres que te cuente? —Charles mira evasivo al ár-
bol de guayabas, estaba lleno y algunas ya maduras habían caído
al suelo.
—Hay que recoger las guayabas y llevarle un saco a tu
abuela para que haga dulce.
—¡Oooh! Así que hay más historia de lo que yo sospechaba.
Vamos, deja las guayabas y suelta. ¿Qué fue lo que hubo entre
ustedes?
Charles mira a su hijo resignado. Siempre le había contado
sus historias de mujeres. Desde su divorcio, su hijo era también
su mejor amigo y confidente, pero esto era distinto.
—Raúl, yo no quiero que mi pasado con Jani afecte tu re-
lación con su hija, esto es un poco delicado.
—Y por qué tendría que afectarla, al contrario. Yo sé que
todavía ella te gusta, no creas que no notamos cómo la mirabas.
—La vida nos sorprende con las vueltas del destino. He es-
tado pensando en ella toda una vida y arrepintiéndome de ha-
berla dejado ir; sin embargo, ahora que la encuentro, no sé qué
hacer.
—Reconquistarla, que para eso eres un experto. No será la
primera ni la última vez.

143
Ana Castellanos

—Te equivocas. Jani fue la primera, la única en mi corazón,


y lo que más deseo es que sea la última.
—Perdona, papi. ¡Wao! Eso sí es amor. No puedes dejarla ir
de nuevo, tienes que lucharla. Yo solo puedo imaginar. A Ash-
ley y a mí nos va muy bien, pero sin ella estaría perdido, desde
que llegó a mi vida, y sin darme ni cuenta, se me coló por dentro
y me llena de una felicidad que no puedo descifrar.
—Ustedes son jóvenes y ahora que comienzan lo único que
puedes hacer es respetarla y amarla hasta que Dios quiera. Pero
Jani y yo… es difícil de explicar. Yo le hice daño con palabras
estúpidas. Tu tío Robert murió la misma noche que nosotros
compartimos nuestro amor por primera vez y luego yo… Tienes
que comprender, el dolor de perder un hermano es muy grande,
yo estaba como loco, no creía merecer ni sentir amor en aquel
momento.
—Papi, no es a mí a quien tienes que hacer comprender,
o pedirle disculpas, es a ella. Sea lo que sea el pasado, tú aún la
amas, y no creo que debas cruzarte de brazos. La vida los ha
enfrentado de nuevo cara a cara, y quiera ella o no, ahora a tra-
vés de nosotros tendrán que verse, relacionarse. Será difícil, pe-
ro creo que vale la pena intentarlo. ¿Además, no viste cómo te
miraba? A ella todavía le hace tilín el corazón por ti.
A Charles se le ilumina la cara con una sonrisa y mira a su
hijo.
—¿Entonces tú crees que me dé otra oportunidad?
—Claro, viejo, un tipo como tú, eso no abunda.
Charles ríe y abraza a su hijo.
—Ni hijos como tú tampoco. Dale, dúchate tú primero para
que te vayas a ver a la novia, y de paso me traes noticias de la
madre.
—No faltaba más… Ey, papi, yo iba a pasar por la florería
y comprarle un ramo de flores a Ashley. ¿Qué tú crees si…?

144
Verano de 2014

—¿…Si yo le mando contigo uno a Jani? Lo que creo es que


me has salido más romántico que tu padre. Cómprale veinte-
cinco rosas rojas y te voy a dar una notica para que se la pongas
en el ramo.
Raúl llega a casa de Ashley con dos ramos de rosas, uno bien
grande, todo rojo, y el otro con rosas de todos los colores, que
pudo encontrar en la florería.
—¡Ay, Raúl, qué bonito gesto! ¿Los dos para mí?
—No, baby, este es el tuyo —le da un beso en la boca, y se
abrazan como si hiciera una eternidad desde su anterior en-
cuentro.
—Qué original. Gracias, me encanta.
—Los colores representan todo lo que eres para mí: amiga,
paz, compañera, ternura, amor. Sin ti, mi vida sería en blanco
y negro.
—Oh, sweety, tú también lo eres todo para mí.
Ashley lo abraza emocionada. Nunca pensó que amaría de
esta manera, con tantas fuerzas que la deja llena y con hambre
de más al mismo tiempo, y siente casi desesperación por tenerlo.
Levantando la cabeza comienza a besar su cuello, su mandíbula,
su cara y por último su boca, con un hambre sexual que la arre-
bata. Raúl le responde con la misma intensidad y está tan ex-
citado que piensa explotar, y tiene que hacer un gran esfuerzo
para separarse de ella y mirarla a los ojos.
—Baby, aquí no, que me vuelves loco. Aún tengo las flores
de tu mamá en las manos y mira cómo me tienes.
Ashley lo mira de arriba abajo, notando el bulto de su erec-
ción y se sonroja, pero luego Raúl la abraza y ríen pícaramente.
—¿Por qué no vas a poner tus flores en agua y llamas a tu
madre en lo que yo me acomodo? ¿Te contó algo de mi padre?
—No, anoche estaba cansada y muy evasiva.
—No importa, yo sí tengo para contarte.
Ashley entra a la cocina buscando un búcaro, y cuando lo
encuentra lo llena de agua y acomoda sus flores.

145
Ana Castellanos

—¡Qué flores más lindas! ¿Ya llegó Raúl?


—Sí, ve a saludarlo, que te trajo algo y está en la sala es-
perándote.
—¿A mí? ¿Qué será?
—¡Hola! Buenas noches, Raúl.
Raúl tiene el ramo de flores detrás de la espalda, tratando de
esconderlo, pero Jani puede ver que son rosas por un costado.
Aun así, se queda sorprendida cuando Raúl se las ofrece. Era un
ramo más grande que el de su hija, y hacía muchos años que ella
no recibía flores, mucho menos rosas rojas.
—¡Hola! De parte de mi papá, tiene una nota adentro.
Jani encuentra el pequeño sobre, lo abre y lee la tarjeta:

Una por cada año que te he extrañado. Tenemos que hablar.


Llámame. Siempre tuyo, Charles.

Jani cuenta las rosas en silencio, veinticinco. Con los ojos llenos
de lágrimas y sin mirarlo le da las gracias a Raúl y se retira rá-
pidamente a esconder sus sentimientos. Charles nunca lo sabrá,
pero ella también había vivido veinticinco años pensando en él.
El resto de la semana Jani lo pasa distraída en la oficina, y las
noches en vela, envuelta en el perfume de las rosas que Charles
le había enviado, y que ella había puesto encima de su cómoda.
Cada noche arrancaba un pétalo antes de irse a la cama y se lo
pasaba por los labios para recordar aquella noche de hace ya
tantos años, muriendo y viviendo un poco más de los recuerdos.
Pero cuando llega el fin de semana, Jani no sabe qué hacer para
sacarse esa tortura de adentro. Él le pidió en su nota que lo lla-
mara para hablar, pero ella no se siente con valor para ello. Jani
podía chequear su agenda y organizar trabajos o la próxima reu-
nión de la empresa. O leer o ponerse a hornear el cake favorito
de su hija, cualquier cosa era mejor que continuar con la cons-
tante retrospectiva de lo que hubiera sido. Pero dudaba de su

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Verano de 2014

habilidad de concentrarse en algo ajeno al recuerdo del rostro de


Charles, grabado en su mente, un rostro lleno de rencor y dolor.
El domingo temprano ya Jani no puede más y llama a su ma-
drina. Mary se puso muy contenta; al parecer, ya le habían con-
tado que ella estaba de regreso en Puerto Rico y le pidió que
fuera a visitarla esa misma tarde, si podía.
Mary vivía en un pequeño apartamento de dos cuartos, bien
decorado y moderno, en una zona residencial. Al abrir la puerta,
Jani casi no la reconoce. Con los años había ganado algunas
libras y su pelo, que antes era negro y largo hasta la espalda,
ahora lo llevaba corto y canoso.
—Mi niña, cuánto tiempo sin verte.
Mary la abraza y una gran ternura y desolación le aprieta el
pecho; nunca se habían comunicado durante todos estos años,
y ahora le pesaba a Jani en la conciencia. Su amistad le había
hecho mucha falta, pero encerrada en su dolor se había alejado
de todos. Ahora en sus brazos se daba cuenta que posiblemente
era a Mary a quien le hubiese hecho más falta la suya, una ma-
dre que venía de perder un hijo tan trágicamente y que quedaba
sin consuelo. Jani la abraza fuerte y se pone a llorar, arrepentida
de su conducta egoísta.
—¡Ay, Mary, perdóname!
—Pero, ¿por qué lloras, nena? ¿Qué tengo que perdonarte?
—He sido una falsa amiga, quise llamarte muchas veces, pe-
ro nunca lo hice.
—No seas tontica, lo importante es que ahora estás aquí.
Ven, siéntate, tendrás mucho que contarme.
—Y tú a mí.
—Charles vino el otro día a traerme guayabas, te hice dulce.
Me dijo que estabas lindísima y pensé que era cosa de hombres,
pero en realidad creo que se quedó corto, los años te asientan.
¿Y esa carita, la metiste en formol? Estás bella, Jani. Ya veo por
qué has vuelto a alborotar a Charles.

147
Ana Castellanos

—No me hagas reír. Tu hijo se alborota solo. Ahora hay que


abrirles el paso a los jóvenes, y rezar para que sean siempre
felices.
—Qué casualidad, mira que enamorarse mi nieto de tu hija.
Y tú, Jani, ¿has sido feliz?
Jani le cuenta de su carrera y de su matrimonio con Eddy que
terminó trágicamente demasiado pronto, y de su preciosa hija
que adora y la ha hecho muy feliz.
—Disculpa, Jani, pero me hablas de tu esposo como se habla
de un hermano. ¿Es que hubo amor?
Jani suspira y vacila en contarle la verdad, pero recuerda que
Mary fue la única amiga que realmente siempre la escuchó sin
juzgarla, y le ha dado los mejores consejos que alguien pueda
recibir en la vida.
—Mary, Eddy fue un hombre magnífico y me adoraba, me
amaba profundamente y me hizo feliz, pero yo nunca logré
amarlo de la misma manera. Cuando me fui de Puerto Rico me
llevé el corazón destrozado y nunca más me volví a enamorar.
—Jani, yo tengo algo que confesarte, y ahora me doy cuenta
que cometí un grave error al ocultarlo.
—¿Tú? ¿Por qué?
—Cuando tú te fuiste a Nueva York, Charles estaba perdido
en su dolor, y cayó en una depresión muy grande, al igual que
yo, pero yo temía por su salud. Luego me di cuenta que también
estaba herido por haberte perdido y hasta me preguntó varias ve-
ces si tú habías llamado. En septiembre lo embullé para que em-
pezara la escuela de cocina por las noches. Le haría bien dis-
traerse en algo que le gustaba, y así llenaba su tiempo libre
después del trabajo. Creo que la idea vino más bien de ti. Y fun-
cionó, enseguida yo vi los cambios. Aún estaba triste, pero tenía
otra energía, una determinación de seguir hacia el futuro. Fue
entonces que llegó tu carta, y sin pensarlo mucho la guardé
y nunca se la di ni le hablé de ella.

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Verano de 2014

Una gran tristeza se apodera de Jani, al conocer con detalles


todo el sufrimiento por el que pasó Charles, sin que ella pudiera
haber hecho nada para ayudarlo, y por los años perdidos pen-
sando que él no la quería, y en realidad habían sido traicionados
por el destino.
—¡Oh, Mary! ¿Por qué?
—Perdóname, mi niña, yo pensé en ese momento que para
Charles lo mejor sería olvidarte, y tú a él. Eran tan jóvenes, con
una vida por delante, y estaban separados por tanto mar. La
relación hubiera sido tediosa y dolorosa con la distancia. Char-
les se casó un año después, antes de terminar la escuela, y me
sentí feliz de mi decisión por un tiempo, pero cuando llegó Rau-
lito y empezaron las peleas en ese matrimonio, me di cuenta que
tal vez había cometido un error, pero ya era demasiado tarde,
y guardé mi secreto. Ahora me doy cuenta que a ti también te
hice daño y lo siento. Aún guardo la carta sin abrir.
Jani se le queda mirando con lágrimas en los ojos. Todos es-
tos años pensando que Charles no la amaba, que no le había
contestado porque quería olvidarla y nunca más saber de ella,
y en realidad él pensaría lo mismo de ella porque nunca recibió
su carta. Sin embargo, ya era demasiado tarde, muchos sufri-
mientos habían regado los caminos hasta el hoy, y no se podía
volver atrás. El daño que Mary había causado al esconder su
carta era irremediable.
—Jani, lo siento mucho.
—Yo también lo siento mucho, no sabes cuánto.
—Si quieres te doy la carta.
—No. ¿Para qué? Puedes botarla o hacer lo que quieras con
ella.
—Si pudiera hacer algo por ti, dímelo. Lo que sea, Jani.
Quiero que comprendas que estaba confundida y actué pensando
que era lo mejor para los dos. Por favor, perdona mi estupidez.

149
Ana Castellanos

—No te preocupes, Mary, actuaste como cualquier madre


que protege a su hijo. Tú no tenías idea de lo profundo de nues-
tro amor. Yo estaba dispuesta a dejarlo todo para regresar a su
lado.
—¿Y ahora, Jani? Yo sé que él aún te quiere. Raulito me lo
dijo, ellos tienen una linda relación.
—Mary, ya es demasiado tarde, ambos hicimos nuestras vi-
das por caminos diferentes. Yo estoy segura que él tendrá sus
amores de turno que lo completan, y yo me siento muy bien so-
la, sobre todo ahora con nuevas responsabilidades con la em-
presa y mi hija enamorada por primera vez.
—Jani, eres una buena mujer y mereces ser feliz.
—Y lo soy con lo que tengo. Para qué arriesgarlo todo que-
riendo más.
El teléfono suena y Mary va a responder a la cocina, pero
Jani puede escuchar desde la sala, y sale al balcón para ser más
discreta.
—¡Oigo!
—Mami, soy yo. ¿Jani no te ha llamado?
—En estos momentos tengo visita, Rosa…
—¿Está allí, en tu casa?
—Sí, sí, imagínate, mi ahijada que hacía tantos años no veía.
—Okey, mami, no dejes que se vaya. Voy para allá, y no se
lo digas.
—Sí, Rosa, no hay problema, hablamos otro día. Chao.
Mary le sirve casquitos de guayabas con queso en un platico
a Jani y se lo lleva al balcón donde tiene una mesita redonda
y dos sillas de metal rodeadas de macetas con flores y plantas de
enredadera.
—Ay, Mary, gracias. Nunca me olvidé de tus casquitos. Aun-
que compraba en Nueva York, eran enlatados, y ya sabes, nunca
es lo mismo.

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Verano de 2014

—Estos son frescos, los hice anoche, especialmente para ti.


Come con ganas lo que quieras, que tengo el refrigerador lleno.
A ver si te llevas un par de pomos.
—Sí, están riquísimos, y a Ashley también le gustan. Y eso
que no ha probado todavía los que tú haces.
—Cuando los pruebe ya verás, va a venir a pedirme que le
haga más. Así se pone Raulito cuando le gusta algo, y yo me
deshago por él. Imagínate, el único nieto y tan noble y cariñoso
como su padre.
Charles parquea su Bronco y las ve sentadas en el balcón,
conversando amenamente, como en los viejos tiempos. Entre su
mamá y Jani fue como con él, amor a primera vista. Se enten-
dían tan bien como si hubieran sido amigas toda la vida. Jani
hubiera sido la nuera perfecta, como la hija que siempre deseó.
Charles se apresura y sube de dos en dos los escalones de la
escalera que conduce al segundo piso.
Al mismo momento que tocan a la puerta, Mary recoge el
platico vacío y se dispone a llevarlo a la cocina.
—Jani, ¿puedes abrir la puerta? Debe ser la vecina que viene
a buscar su pomo de dulce.
—Okey, ya voy.
Charles está con una mano recostada al marco de la puerta
y la otra en la cintura esperando a que sea Jani quien abra la
puerta.
—¡Hola!
—¡Charles! ¿Qué haces aquí?
—Discúlpame, pero es la casa de mi madre, y puedo venir
cuando quiera; además, sabes que quería verte y tú no me has
llamado.
Jani se vira y encuentra a Mary a la entrada de la cocina que
los observa riendo.
—¿Mary…?
Mary levanta los hombros y ríe pícaramente como una niña,
haciendo que luzca unos años más joven.

151
Ana Castellanos

—Creo que la visita se acortó con la llegada de otra persona.


—Como tú quieras, nena, pero deja que te ponga un par de
pomos de casquitos en una bolsa para que te los lleves.
Jani recoge su bolso del sofá y Charles la agarra por el brazo.
—No te vayas, tenemos que hablar.
—Yo no tengo mucho que decirte, y muchas cosas que hacer
en casa. Por favor, suéltame.
—No seas terca, mujer.
—Eres un buen maestro.
—Jani, perdóname, déjame explicarte.
—No te preocupes, yo ya comprendí hace años.
—Entiéndeme, Jani, te dejé ir una vez y fui miserable por
mucho tiempo. No te dejaré escapar tan fácilmente esta vez.
—¿Y ahora quién es el terco? No trates de aferrarte a lo im-
posible, Charles. Lo que hubo entre nosotros es parte del pasa-
do; olvídalo.
Mary sale de la cocina con una bolsa y se la da a Jani.
—Bueno, espero que ahora vengas a verme seguido, así recu-
peramos el tiempo perdido.
—Claro que sí, vendré cada vez que pueda. También pode-
mos llamarnos, déjame dejarte mi número de teléfono. Mira, es-
ta es la tarjeta del trabajo y por atrás te apunto mi número del
celular. Dile a tu nieto que te traiga un día a Ashley para que la
conozcas, te va a gustar.
—Hija tuya seguro que es un encanto.
—Gracias por el dulce.
—Cuando quieras te hago más, solo tienes que pedirme.
Charles tiene un árbol en su patio, que se llena; él mismo lo
sembró cuando compró la casa.
Se despiden con un beso y cuando Jani sale del apartamento,
Charles la sigue y Jani lo mira intrigada.
—Te acompaño.
—Creo que debo darte las gracias por las rosas, no debiste
molestarte.

152
Verano de 2014

—¿Te gustaron?
—Sabes que sí, gracias.
—Entonces fue un placer.
Jani piensa que Charles la va acompañar hasta el automóvil
y a unos pasos de llegar abre las puertas con el control de las
llaves y se vira para despedirse, pero ve con asombro que Char-
les cruza hacia el lado del pasajero y se monta.
—Discúlpeme, pero ¿a dónde piensa usted que va?
—Ya te lo dije, te acompaño.
—Por supuesto que no, sal de mi auto.
—Nop. Y no trates de convencerme, soy un terco sin re-
medio.
Jani está a punto de la desesperación. No sabe si reír o gritar,
y se sienta al timón.
—Charles… ¿Qué voy hacer contigo?
—Más fácil sería decir qué no harías, la selección es infinita.
Jani lo mira a los ojos, esos ojos que la hechizaron desde el
primer día que cometió el error de perderse en ellos. Era como si
le acariciaran el alma cada vez que la miraba y pudiera leer sus
pensamientos, controlarla.
—De acuerdo. ¿A dónde quieres ir?
—Adonde me lleves…
—¿Tú no trabajas hoy?
—Recuerda que soy el dueño. Ya llamé para que no me es-
peren en un par de horas.
Jani se queda pensando, no conoce bien su propio país y no
tiene idea de dónde pueden ir.
—Dijiste que vivías cerca de tu madre.
—Sí, a dos cuadras. ¿Quieres ver mi casa?
—Me gustaría. ¿Por qué no?
—De acuerdo. Te advierto que es el hogar de hombres sol-
teros, pero lo mantenemos limpio, o eso creo.
Charles siempre había sido un hombre limpio y de gustos
sencillos. Su casa de una sola planta y cocoteros a cada lado lo

153
Ana Castellanos

representaba. Tenía tres cuartos, uno de estos convertido en ofi-


cina, dos baños, y una sala-comedor confortable y muy bien
pensada, que abría en una cocina recién renovada, moderna
y práctica, digna de un chef. Atrás estaba un patio con árboles
frutales y un jardincito al final, con hierbas finas. A un costado,
con puertas de rejas eléctricas, se hallaba una marquesina que
abarcaba todo el largo de la casa, y al fondo de esta un gran
cuarto multiusos, que le llamó mucho la atención a Jani. La par-
te del frente la había convertido en un pequeño gimnasio con un
gran saco de boxeo colgado del techo cerca de la entrada, y un
banco para la musculatura, con distintos tipos de pesas. En la
otra mitad y abajo de la ventana, se hallaba una mesa de dibujo
rodeada de gabinetes de oficinas y tubos de planos recostados en
una esquina, y al otro lado un banco de trabajo con cajas de he-
rramientas en hierro a cada lado de este, algunas piezas de au-
tomóvil y un tornillo de banco. En esa esquina, al fondo, Jani
encuentra, con sorpresa, colgado a la pared, el collage que ella
le había regalado a Charles por sus diecinueve años. Lo había
cubierto con plástico y por eso se conservaba muy bien, a pesar
de tener algunas marcas de huellas de dedos engrasados.
Jani se acerca sin poder creer que pueda ser el mismo, y con
un nudo en la garganta, por la emoción, lo toca para estar segura
que no sueña. Era la única decoración de aquel cuarto. Nada
había cambiado.
Charles se le acerca por la espalda y le acaricia los hombros
hablándole al oído.
—Fue lo único que me dejaste. Cada vez que lo tocaba, era
como si estuvieras presente; podía verte, sentirte.
Jani tiembla de emoción y las lágrimas brotan de sus ojos sin
poder contenerlas.
—Oh, Charles… te extrañé tanto.
—Extrañar es confirmar lo importante que esa persona es en tu
vida —Charles la vira hacia él y toma su cara entre sus manos,

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Verano de 2014

limpiándole las lágrimas con el pulgar.— No llores, ya estoy


aquí.
—Mi sucito —Jani susurra, transportada por los recuerdos de
aquel gesto.
Charles sonríe y la besa. Un beso suave y tierno que la hace
sentir plácida y ligera como si flotara en sus brazos.
Charles le levanta la cabeza para mirarla a los ojos, y asegu-
rarse que es ella, y descubre en su mirada la pasión de hace años
y unos labios rojos y mojados que piden más, hasta ser devo-
rados.
Dos décadas y media de deseos censurados salen a flote,
y Charles vuelve a sentirse como el muchacho impulsivo y apa-
sionado de diecinueve años, hambriento por su cuerpo, por su
amor. Charles le cumple a esos labios con los deseos acumu-
lados de tantos años, pasando su lengua entre sus labios para ex-
plorar su boca, pegándola aún más a su cuerpo, acariciando su
espalda, sus nalgas y por último sus senos, hasta dejarlos sensi-
bles, con los pezones notándose por encima de la ropa, duros
y erectos.
Jani tiembla en sus brazos respondiendo como el espejo de su
pasión, y se olvida de todo y es solo Charles que existe, y se
abraza a él como a la vida misma.
Charles la pega a la pared y desciende su boca al cuello be-
sando, haciendo pequeños círculos con la lengua, que hacen ge-
mir a Jani de deseos. La muerde suavemente, pero hay dema-
siado obstáculo por el medio, y sin dejar de besarla abre los
botones de su vestido. Sus senos, aún más llenos que aquellos
que él recuerda, ya casi salen de sus ajustadores, y no puede
contener las ganas de hundir su cara entre ellos, inhalando su
olor neto, el mismo que él recuerda, a bebé y a lavanda, y que lo
arrebata, y los chupa, los besa, los muerde. Desabrochando sus
ajustadores, los deja libre.

155
Ana Castellanos

Jani se separa de la pared, arqueando la espalda, para darle


a Charles mejor acceso, y aprieta su pelvis contra su erección.
Sus cuerpos están moldeados en uno a la perfección.
Charles le agarra las nalgas y rotando las caderas restriega su
pene duro como roca contra su sexo, con unas ganas increíbles
de estar dentro de ella, y la mira a los ojos descubriendo que el
deseo es mutuo, que la pasión no ha menguado con los años.
Jani no se reconoce, pero se deja llevar por la bestia que lleva
por dentro y la devora, y agarrando la camisa de Charles le des-
nuda el torso casi con desesperación y… Oh, Dios la ayude.
Charles había desarrollado con el tiempo el cuerpo de un atleta,
era puro músculos definidos, y su pecho ahora estaba cubierto
de una fina alfombra de vellos tan suaves entre sus dedos. Jani
siente delirio al descubrirlo de nuevo, pulgada a pulgada de su
cuerpo, con sus manos, con su boca; comienza a besar su cuello,
su pecho, sus hombros, y luego se agacha a besar su abdomen,
y aguantándose de las caderas muerde por encima del pantalón
su sexo.
Después del divorcio, Charles había tenido muchas mujeres,
pero el efecto de Jani sobre su cuerpo es incontrolable; su juego
erótico, tan bello y primitivo, le hacen perder la razón. Desabro-
chándose el pantalón deja que Jani se deleite acariciándolo, be-
sándolo, chupando allí donde sabe que lo reducirá a nada. Los
ojos de Jani brillan peligrosamente y abre sus labios besando de
principio a fin el sexo de Charles que tiembla y palpita. Jani lo
agarra y lo pasa alrededor de sus labios y lo acaricia con su len-
gua, y de pronto Charles siente el calor de su boca chupando
solo lo suficientemente fuerte, y luego apretando su miembro
contra el cielo de la boca, hasta volverlo a sacar para besarlo.
Charles quiere aguantarse, ir despacio y hacerla sentir el clí-
max con la misma pasión que ella muestra, y tomándola por los
brazos la sube para besarla en lo que termina de abrir su vestido
y hacerlo caer a sus pies. Se separa un instante a contemplar su

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Verano de 2014

cuerpo, solo en tacones y un minúsculo blúmer color piel, tem-


blando de deseos por él, sus curvas aún más acentuadas, sus se-
nos más grandes y redondos, su abdomen plano, sin marcas, y lo
toca, lo acaricia, lo besa, y desciende su mano entre el elástico
del blúmer hasta encontrar los labios de su sexo caliente y mo-
jado, y desliza un dedo entre ellos acariciando hasta llegar a su
vagina. A este solo contacto, Jani respira profundo y su gemido
de placer arrebata a Charles; entonces introduce otro dedo y des-
pués otro, moviéndolos y girándolos, y la mira deleitado cómo
la hace gozar de placer hasta el punto de no volver. Girando su
cuerpo contra la pared termina de bajar su blúmer, ayudado por
Jani, y lo lanza con el pie al otro lado del cuarto, saca de su
billetera el condón de la suerte que siempre lleva con él y co-
locándoselo rápidamente, contempla el cuerpo de Jani de espal-
da; sus nalgas perfectas lo provocan y no puede contener el de-
seo de darle una nalgada y pasar su pene entre ellas hasta llegar
más abajo, al túnel de su sexo. Tomándola por la cintura co-
mienza su camino dentro de su cuerpo, despacio, acomodándose
en su estrechez, luego rotando, contoneando rítmicamente, co-
mo en un baile. Agarrándole los senos y besando su cuello, Jani
vira la cabeza tratando de alcanzar sus labios, y se besan. Char-
les aguanta su cabeza hacia atrás por los cabellos y Jani lo
aprieta con su vagina en un movimiento espasmódico, y un gru-
ñido casi animal sale de su pecho. La respiración se agita, los
gemidos, las palabras monosílabas de pasión se tornan casi inau-
dibles a sus propios oídos; calor, piel contra piel...
—Charles…
—Oh… Sí, quiero oírte.
—Mi amor.
—Jani… Te amo.
Los movimientos se aceleran, el corazón se agita y la pasión
explota, desbordándolos en éxtasis.

157
Ana Castellanos

Jani siente que sus piernas la abandonan, y Charles la sujeta


por la cintura y la abraza contra su cuerpo bañado de sudor.
Charles se sienta en una banqueta alta con Jani aún entre sus
brazos, y le acaricia su pelo con amor, recuperando fuerzas.
—Creo que merecemos una ducha. ¿Estás bien?
Charles la mira y Jani comienza a regresar a la realidad sin
decir palabra. Charles se sube el pantalón y recoge el vestido del
piso, para ayudarla a vestirse; le abrocha solo algunos botones,
la carga y la lleva en sus brazos hasta el baño, donde la deja
parada delante de él, y luego de besarla suavemente en los
labios se agacha a descalzarle las sandalias.
—Charles, espera, tenemos que hablar.
—¿Qué pasa, Jani?... ¿Por qué estás tan seria?
—Charles, no quiero herirte, esto fue… muy bello e intenso,
pero un error, no menos.
—¿Qué dices, Jani? ¿Por qué?
—Discúlpame, pero esto no puede ser. Yo no estoy prepara-
da, no puedo tener una relación de esta manera contigo.
—Jani… ¿Acaso tú piensas que es solo sexo? Porque no es
así. Yo te quiero, Jani, siempre te he querido.
—Charles, yo he sufrido mucho a causa de esta relación.
Pensé que podía ser fuerte, pero… tú me haces perder la cabeza,
y no podría resistir volver a perderte.
Charles sonríe.
—De qué hablas, mi amor, te contradices. Nosotros aún nos
queremos, la atracción es demasiado fuerte, y si te hice perder la
cabeza hoy, quién dice que no lo haré por el resto de tu vida.
—Precisamente, quiero estar cuerda, necesito tener la cabeza
sobre mis hombros, sentirme segura, y para eso tengo que estar
sola, lejos de ti.
—Entonces, ¿qué significa esto para ti? ¿Un desahogo sexual?
¿Qué, llevabas mucho tiempo que no lo hacías? Jani, yo no soy

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Verano de 2014

hombre que deja que jueguen con sus sentimientos. Yo te amo,


coño, y lo que más quiero es estar contigo.
—Charles, me duele tener que hablarte así, después de haber
compartido… el calor y el deseo de nuestros cuerpos. Pero no se
trata solamente de lo que tú quieras. Yo tomé una decisión hace
mucho tiempo y estoy cansada. En mi vida amor y sufrimiento
han significado la misma cosa, y me niego a regresar al pasado.
Quiero estar sola.
—¿Y dónde está la pasión que vi en ti hace un momento,
Jani? Discúlpame, pero no puedo creer que una mujer como tú
le dé la espalda a un amor tan grande, un amor que nos con-
sume.
—Exacto, consumió toda mi vida. Por culpa de ese amor
nunca pude dar mi corazón al hombre que fue mi esposo, el pa-
dre de mi hija, el que lo dio todo por hacerme feliz y murió a mi
lado, mirándome a los ojos, sabiendo que yo no lo amaba. ¿Te
das cuenta?
Lágrimas de dolor y culpabilidad corren por su cara. Charles
le enjuga las lágrimas y la besa en la frente, tratando de com-
prender su confusión.
—Jani, siempre perdonaste a los demás y guardaste secretos
dolorosos para no hacer daño a los otros. Es hora de que apren-
das a perdonarte a ti misma. Además, creo que si aún guardas
esos sentimientos de pérdida por tu esposo es porque de una ma-
nera u otra sí lo amaste. Todos cometemos errores, pero debe-
mos aprender de ellos y dejarlos ir. La vida es demasiado injusta
para que tú misma te cierres las puertas del amor. Date una opor-
tunidad de ser feliz, dame la posibilidad de enseñarte a amarme
nuevamente, de la misma manera que yo te amo.
—Ya casi lo había logrado, Charles, con la empresa, Ashley
y todos mis planes futuros que no te incluían, y ahora que te en-
cuentro todo es más difícil, y temo que mi vida vuelva a des-
truirse. Por favor, Charles, si algo me quieres, déjame sola, olví-
dame.

159
Ana Castellanos

—Si en veinticinco años no pude olvidarte, quieras o no, per-


teneces a mi mente para siempre.
Jani se seca las lágrimas cogiendo un gran suspiro, y cambia
la vista mirando a la nada por encima de su hombro, y prepa-
rando su escudo de hielo al que ya estaba acostumbrada.
—Tú me habías prometido regresar para Navidades, y yo se-
cretamente siempre te esperé.
—Perdona, pero no pudo ser.
—Jani, no tienes idea cuánto sufrí sin ti.
—Puedo imaginar.
—Cojones, no seas tan cínica, no me contestes tan fríamente.
—Y que quieres que te diga. ¿No lo ves, Charles? Cada vez
que estamos juntos, hablamos del pasado, y yo no quiero, Char-
les, no quiero revivir dolores y tristezas. Ya estoy harta de su-
frimientos.
—Tú eres la que estás encerrada en el pasado, no yo. Y me
frustras, Jani. Carajo, no tienes idea cuánto. Estoy como todo un
pendejo tratando de entenderte y… Mira, báñate y vete, que yo
tengo que irme a trabajar.
Jani se siente mal por haber herido a Charles, pero sabe que
pasará, y es mejor así, que la desprecie. Él seguirá su camino,
y ella está segura que encontrará la felicidad en los brazos de
otra mujer que pueda darle lo que él merece, un amor nuevo, sin
complicaciones, sin historia, sin rencores del pasado.
Charles se da una ducha fría en el otro baño y espera por Jani
en la sala, que en poco tiempo viene con el pelo mojado y su
bolso que ya había recogido en el cuarto del fondo. Con la cara
limpia, sin maquillaje, parecía aún más joven, y Charles re-
cuerda la Jani de antes.
—Ya estoy lista.
—Entonces ¿eso es todo?
—Sí, Charles, hasta la próxima.

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Verano de 2014

—No, Jani, hasta nunca. Yo también estoy cansado de tus lá-


grimas de pacotilla. Yo también sufrí mucho, pero contrario a ti,
quiero ser feliz y levantarme cada día con la mujer que amo a mi
lado, y cada noche hacerla mía. Yo no quiero estar solo, porque
solo he estado toda mi vida. Y si tú no quieres ser esa mujer, Ja-
ni, si tú no me amas o no quieres andar esa extra milla para
unirte a mi amor, entonces adiós y que seas muy feliz con tu
negocio y tu cama vacía.
Jani lo mira con los ojos bien abiertos por un momento, emo-
cionada, con los sentimientos de dolor tan profundos en Charles
y sin nada que poder agregar. Ya todo había acabado, como ella
quería; sin embargo, no se sentía liberada, una tristeza profunda
llenaba su alma al comprender que ya nunca sería lo mismo,
y que no lo vería en largo tiempo.
—Adiós, Charles.

Jani pasa la semana melancólica, sin ganas de hacer nada. Se


siente extenuada sin motivos, y cualquier cosa la hace llorar. El
miércoles canceló una reunión y el jueves dejó que Fernando, el
ingeniero jefe de departamento, se ocupara del resto, y se fue
a la casa después de almuerzo, tomó un largo baño y se acostó.
El viernes no se molestó en levantarse cuando sonó la alarma,
y llamó a Carmen para avisarle que tomaría el día libre; cerró
bien las cortinas y pasó gran parte del día durmiendo.
Ya eran las tres y media de la tarde cuando Ashley entra a su
cuarto y le abre las cortinas, haciendo que el sol bañe cada rin-
cón de su habitación, y Jani se cubre la cara con la almohada.
—Oh, ¡Ashley! Yo estaba durmiendo.
—Pues ya es hora de levantarte, y que comas algo, o me di-
gas qué diablos te pasa.
—Oh, bebé, ahora no.

161
Ana Castellanos

—OH, SÍ. Ahora mismo. No creas que no lo sé, pero quiero


enterarme de tu boca y no esperar que sea Raúl quien me cuente
la otra parte de la historia.
—Ashley, no me hables así, que soy tu madre.
—Precisamente, mami, no me ignores, soy tu hija y estoy
aquí para escucharte y ayudarte en todo lo que pueda. No te veía
así desde que papi murió, y que yo sepa nadie se ha muerto.
—Y cómo me vas a ayudar, hija, si ni yo misma me entiendo.
Ashley le coge las manos a su madre y la mira a los ojos,
queriéndole transmitir todas las fuerzas y el coraje de su amor.
—Porque soy tu hija y te conozco mejor que tú misma. Eres
demasiado sensible, mami, y piensas que puedes ser fuerte, es-
condiendo tu corazón en una nevera, pero Charles le derritió el
hielo con su amor y ahora tu corazón se sofoca.
—Oh, bebé —Jani la abraza—. Pensé que lo mejor era ale-
jarlo, y ahora el mundo se derrumba bajo mis pies. Lo amo tan-
to; y al mismo tiempo agonizo con su amor.
—Mami, si lo amas tanto, por qué no lo dejas entrar en tu
vida, por qué no aceptas su amor. Él también está sufriendo por
no tenerte. Lo vi con mis propios ojos.
—No, Ashley. Charles está dolido por mi despecho, herí su
orgullo de hombre y nunca más me mirará de la misma manera.
Eso fue lo que hice, dejarlo libre para que fuera feliz con quien
él quisiera.
—Pero Charles con quien quiere ser feliz es contigo.
—Bebé, tú no entiendes. Lo nuestro no fue un amor como
otro cualquiera. Siempre tuvimos a su hermano por el medio,
y luego Robert muere por culpa nuestra, y eso solo hizo sepa-
rarnos. Créeme, daría con gusto la mitad de mi vida si pudiera
borrar el pasado.
—No tienes que borrarlo, pero sí puedes dejarlo atrás. Sé que
hay cosas y experiencias difíciles que no puedes olvidar, pero no

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Verano de 2014

tienes que recordarlas a cada minuto. Eso es lo que no te deja


ser feliz y aceptar el momento que vives, ahora.
—Ay, Ashley, no sé qué voy hacer.
—No importa lo que hagas, no alejes más a Charles. Todos
merecemos amar y ser amados. Eres una mujer inteligente, sé
que encontrarás la solución, pero en este caso trata de pensar
con el corazón y no con la cabeza.
—Gracias, bebé, me hizo mucho bien hablar contigo.
—Mami, no olvides nunca lo mucho que te quiero.
—Lo sé. I love you more.

Mary llama por segunda vez esta semana a su hijo sin tener res-
puestas. Hubiera ido a su casa pero sabe que Charles no tiene
hora fija para llegar, y a veces trabaja hasta muy tarde. Esta vez
deja un mensaje.
—Charles, es mami. Por favor, llámame, es urgente.
No había pasado un minuto cuando el teléfono suena.
—Mami, soy yo. ¿Qué pasa?
—Nada, no te asustes, es que como no respondes y hace una
semana que no te veo…
—Sabes que estoy ocupado.
—Charles, también quiero que pases por la casa en cuanto
puedas, tengo que darte algo importante.
—¿Qué cosa es?
—Ya te explicaré cuando vengas.
—Okey, entonces estoy allí en media hora, antes que empiece
el turno de la tarde.
—De acuerdo. Te espero.
Charles queda intrigado y preguntándose qué será eso tan ur-
gente que no puede esperar y que su madre no quiso decir por
teléfono.
Mary abre la puerta y se asombra al ver el estado de su hijo.
Sabe que algo ha pasado.

163
Ana Castellanos

—Charles, ¿qué te pasa? ¿Estás enfermo?


—No, mami, preocupaciones del trabajo y cansancio.
Cansancio sí. Charles hace días que ni se afeita y se ha de-
dicado al trabajo más que nunca, tratando de ocupar su mente en
otra cosa que no sea Jani, y desde el sábado casi no duerme.
Ayer, dándose por vencido a las tres de la mañana, había ido al
nuevo local en construcción y terminó de pintar la cocina del
restaurante que inaugurará. Saliendo de allí fue directo a abrir
«Raúl Bar and Grill», en Condado, pero sabía que no podía con-
tinuar así por mucho tiempo. Estaba agotado y todos los múscu-
los le dolían. Después de hablar con su madre iría a darse un
baño caliente y afeitarse, y tal vez acostarse un rato antes de
empezar con el servicio de la tarde. Hoy le esperaba una noche
bien ocupada en el trabajo.
—Bueno, déjame ver lo que me ibas a dar tan importante.
—Hijo, me preocupas. Si de veras es el trabajo lo que te tiene
así, deberías tomar unas vacaciones, porque te está matando.
Mary sabe bien que su hijo le esconde algo que ella solo sos-
pecha.
—Mami, no empieces, y acaba de darme lo que me ibas
a dar, que estoy apurado.
—De acuerdo. Es una carta. Aquí está.
Charles se sorprende ante el hecho de que le llegue una carta
a la dirección de su madre, pero al leer el remitente ve que se
trata de Jani.
—No entiendo por qué Jani te deja esta carta a ti. Podía
habérmela dado personalmente el sábado.
—Mira la dirección, Charles. Ella la envió hace veinticinco
años desde Nueva York.
Charles, que transpiraba con el calor del mediodía, siente las
gotas de sudor congelarse sobre su piel y no puede despegar los
ojos del sobre de papel que tiembla en sus manos. No puede
pensar cuando tiene dos martillos golpeándole en las sienes.

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Verano de 2014

—¿Qué significa esto?


—Charles, perdóname, ni siquiera la abrí. Yo no sabía cuánto
ustedes se amaban y pensé que era mejor que tú no supieras de
ella.
Charles tira la carta al piso poniendo su cara entre sus manos.
—Mi hijo, si la lees creo que aún puedan tener otra oportu-
nidad, o por lo menos comprenderse mejor. Algo ella te dice en
esa carta, y aunque tarde, sería mejor que lo sepas.
—¿Y tú crees que una carta de veinticinco años pueda cam-
biar las cosas? No, mami. ¿Y ya para qué?
Mary recoge la carta del suelo y se la pone en el bolsillo de la
camisa a su hijo.
—Prométeme que la vas a leer, hazlo por mí, libérame de
esta culpa.
Charles se va sin contestar. Al llegar a casa pone a llenar la
bañadera con agua caliente y un poco de sales, y se prepara para
afeitarse. Al quitarse las ropas ve la carta de Jani y la saca del
bolsillo, se sienta en el borde de la bañadera y comienza a leerla:

20 de septiembre de 1989
Mi amor, mi vida. Te he extrañado cada segundo que he
pasado sin verte y lo que más deseo es estar a tu lado para
ayudarte a pasar por estos momentos tan difíciles y sujetar tu
mano, ir contigo por todos los caminos buenos y malos de la
vida.
Sé que te sientes muy confundido y nos culpas, pero no
debe ser así. Tienes que aceptar que los accidentes son cosas
del destino, y no tenemos ningún poder sobre ellos, aun
cuando los veamos venir…
Por favor, no me cierres las puertas de tu corazón…
Si aún me amas, no encontraré otra manera mejor de vivir
que contigo…
Rezo cada minuto que pasa esperando tu respuesta, por-
que si no me respondes sabré que tu amor no fue verdadero

165
Ana Castellanos

y trataré de olvidarte, si es posible, y continuar viviendo,


aunque con el alma vacía.
Tuya siempre,
Jani.

Charles se siente como si le hubieran entrado a golpes, como un


soldado derrotado en una gran batalla. «¿Cómo pude ser tan es-
túpido?». Jani le había dejado el número de teléfono de su fa-
milia, la dirección, y él, de muy necio, nunca la llamó, nunca se
comunicó pensando siempre lo peor, cuando ella lo amaba tanto
y estaba dispuesta a dejarlo todo por estar con él.
Se sentía lleno de rabia e impotente ante tanta estupidez. Él
mismo había dado la espalda a su amor y por eso había mere-
cido la vida de perros que llevó en su matrimonio. ¡Por imbécil!
Ahora comprendía, era lógico que Jani se sienta insegura de sus
palabras de amor y lo acuse de estar jugando con ella. Por su-
puesto, eso era lo que él le dio a entender la primera vez. La
utilizó cuando más vulnerable ella se encontraba y luego la acu-
só, la sacó de su vida y nunca más mostró interés en ella hasta
ahora.
Aunque ella tuviera aún sentimientos por él, ninguna mujer
que se respete aceptaría una relación basada en mentiras o solo
deseos. Y él, con su estupidez y orgullo machista, había perdido
la oportunidad de tenerla para siempre, el único amor verdadero
de su vida.
Charles pone el papel de la carta en su cara y le da un beso
y se pone a llorar allí donde nadie puede verlo, sabiendo que ya
no hay nada que pueda hacer.
El restaurante está lleno a tope y necesita camareros, pero
a Charles, que siempre le place ser sociable y de costumbre atien-
de al público, se ha puesto el delantal y se ha retirado a la coci-
na, no tiene ganas de lidiar con nadie. Manda a Raúl al frente a re-
cibir y acomodar al público y luego a tomar órdenes, mientras él

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Verano de 2014

se sincroniza con su chef y otros dos cocineros preparando


deliciosos platos uno detrás del otro.
Ya son las diez y algunas mesas han comenzado a liberarse,
aunque los que han llegado más tarde aún disfrutan de sus co-
midas y bebidas entre conversaciones amenas. Charles sale por
la puerta de atrás a coger fresco y se sienta en una caja de ma-
dera, estirando las piernas frente a él y con la espalda apoyada
en la pared. Desde allí puede ver las luces de los fuegos artifi-
ciales en la distancia, y recuerda que hoy hace exactamente
veinticinco años que Jani fue suya por primera vez. El can-
sancio, los recuerdos y tal vez la agonía de saber que todo estaba
perdido entre él y Jani hace que su garganta se apriete, con un
gusto amargo de tristeza. Levantándose de pronto y mirando al
cielo pega un grito a la noche, para tratar de liberarse de esa
angustia.
Raúl lo escucha desde la terraza y corre afuera a ver qué
pasa.
—Papi, ¿qué te pasa?
—Nada, no es nada —Charles se pasa las manos por la
cabeza, suspirando.
—Ven, viejo, vamos a sentarnos adentro para hablar —pa-
sándole un brazo por los hombros, Raúl acompaña a su padre
hasta una mesa al fondo, lejos de las miradas curiosas, y le trae
una cerveza fría.
—Papi, ya sé que tú y Jani decidieron no verse, pero los dos
se sienten miserables con esa decisión. Tú, que siempre has sido
fuerte, mírate ahora, apenas te reconozco. Y Jani... Bueno, Ash-
ley me llamó hace un rato para contarme que su madre no fue
a trabajar y se la pasó encerrada en su cuarto, está muy con-
fundida.
—Oh, mi hijo, la culpa es toda mía. Ella me amaba y yo le
viré la espalda. Tu abuela también; escondió su carta, y yo nun-
ca supe que ella esperaba una respuesta, dispuesta a dejarlo todo
para estar juntos.

167
Ana Castellanos

—Coño, viejo. ¿Y lo vas a dejar todo así? ¿La vas a perder de


nuevo, sin hacer nada?
Charles reflexiona. Él siempre ha luchado en la vida para se-
guir adelante y ha tirado a un lado los sufrimientos, con la se-
guridad de que le esperaba un mañana mejor. Sin embargo…
—No, supongo que no.
—Entonces, ¿qué haces aquí? Donde tienes que estar es en
Isla Verde con ella, rogándole y convenciéndola de que vuelva
contigo.
—Lo sé, pero yo la conozco, ella está decidida a continuar
sola.
—Papi, a veces no necesitamos a alguien que te levante del
suelo cuando caes, sino alguien que se acueste a tu lado hasta
que tengas las fuerzas de levantarte. Sé paciente y demuéstrale
que tú le darás esas fuerzas para ser felices juntos.
—Oh, Raúl, a veces me pregunto qué he hecho de bueno en
este mundo para merecer un hijo como tú.
—Soy solo el fruto de tu cosecha. Pero no pierdas más tiem-
po, quítate ese delantal y vete a verla.
—Gracias, Raúl. Te quiero, mi’jo —Charles lo abraza y lo
besa.
—Aaaah, deja el baboseo y arranca —Raúl lo empuja riendo.

Ashley mira la televisión mientras Jani, después de bañarse, se


prepara para acostarse, pero ya ha dormido tanto hoy que no tie-
ne sueño, y al abrir las cortinas ve que ya comenzaron los fue-
gos artificiales. Se pone su camisa preferida encima de la bata
de casa de seda, como cada año en esta fecha, y sale a la terraza.
Los fuegos artificiales se reflejan en el agua de la piscina de su
penthouse. Era la primera vez en veinticinco años que miraba
nuevamente los fuegos de los carnavales de San Juan, y los re-
cuerdos de aquel día traen lágrimas de tristeza a sus ojos, por

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Verano de 2014

haber perdido para siempre algo tan profundo y hermoso. Sin-


tiendo de pronto una brisa fría, se abraza frotándose los brazos
para entrar en calor. Jani siente unas manos grandes posarse en-
cima de las de ella y una voz que le susurra al oído: «Te amo».
Jani pega un grito y se separa asustada, pensando que sintió
un espíritu o que finalmente se está volviendo loca, pero al vi-
rarse se encuentra con Charles de carne y hueso.
—¡Charles!... ¿Qué haces aquí?
—Vine a verte. Tengo que hablar contigo. Ashley me invitó
a pasar; dice que bajará a la playa con unos amigos.
—Yo no tengo nada que decir. Ya te dije que lo nuestro per-
teneció al pasado y es allí donde debe quedar.
—Sin embargo, yo creo que tú vives de los recuerdos del
pasado.
—No sé de qué hablas, y no me interesa.
—Por favor, solo escucha. No te das cuenta que nos sentimos
miserables cuando no estamos juntos.
—Yo ya no sé cuándo sufro más, si queriéndote o tratando de
olvidarte.
Charles vuelve a acercarse a ella y la coge por los hombros.
Jani tiembla y no reconoce su propia voz en un murmullo sen-
sual.
—Por favor, déjame, o te prometo que…
—Oh, Jani. No me prometas nada, Sé muy bien que eres mu-
jer de palabra y aunque pasen muchos años cumplirás lo pro-
metido… Te queda muy bien mi camisa.
Jani lo mira a los ojos, nunca pensó que se acordaría, y sabe
que no podrá resistirlo, cuando Charles baja la cabeza y la besa.
Un beso que la quema por dentro, pero quiere morir en su fuego.
Charles era como el vino, mejor con el pasar del tiempo, y ella
no puede controlar su aclamada respuesta. Una explosión de
fuegos de luces cubre el cielo y ambos levantan la cabeza mi-
rando hacia arriba, y Jani no puede más aguantar sus senti-
mientos.

169
Ana Castellanos

—Charles, yo no puedo seguir viviendo así, yo…


—Jani, escúchame. Si estoy aquí es para hacerte entender que
siempre te he amado y que lo seguiré haciendo. Mi madre me
enseñó tu carta esta tarde, la había guardado todos estos años sin
decirme nada, y yo pensaba que tú me habías olvidado. Ella
quería protegerme de más sufrimientos, y lo que hizo fue sepa-
rarnos. Pero ahora comprendo que me amaste tanto o más de lo
que yo te amé, y si esa camisa y ese beso tienen alguna co-
nexión con tu corazón, creo que nada entre nosotros ha cam-
biado en todos estos años.
Lágrimas de felicidad, confusión y amor brotan de sus ojos.
—Charles, yo…
—Shsss… Nuestro amor fue lo más lindo y lo más cruel,
pero no puede terminar así. Olvidarte fue una hazaña que nunca
logré, y ninguna mujer en mi vida ha podido ocupar tu lugar en
mi corazón.
—Fuiste cruel conmigo, Charles.
—Lo sé, y no sabes cuánto estoy arrepentido. Tú me ofreciste
tu amor puro y tuviste el valor de lanzarte a iniciar este dulce
delirio, y yo lo tiré todo en tu cara, traicioné tu amor y me
traicioné a mí mismo.
—Tus palabras aquel día me hicieron mucho daño, pero tam-
bién me hicieron crecer y ver la vida y la muerte de manera
diferente. Nunca más fui la misma, nunca más confié en el amor
ni volví a dar rienda suelta a mis sentimientos. Me sentía per-
dida.
Charles la abraza, se siente aún más culpable de todo el dolor
causado durante todos estos años.
—¡Oh, Jani! Perdóname por hacerte pensar así, por tanta an-
gustia. Yo estaba tan perdido en mi propio dolor que no veía
razón para la existencia del amor, y en aquel momento pensaba
no merecerlo. Me sentía tan culpable, que en mi egoísmo quería
que todos sintieran mi dolor, y tiré mi furia contra ti. Por años
me pregunté por qué tuve que darle mis llaves a mi hermano.

170
Verano de 2014

—Porque la vida es así, un pequeño gesto o una palabra pue-


de cambiar la historia, y no hay nada que podamos hacer para
volver atrás y tratar de reparar los errores del pasado.
—Sí, Jani, pero a nosotros el destino nos ha dado otra opor-
tunidad de ser felices juntos. Sé que cometí muchos errores y sé
que es demasiado tarde para remediarlos, pero te pido perdón
desde el fondo de mi corazón por todo lo que mis acciones y pa-
labras te hicieron sufrir. Te juro que si me perdonas, si me das la
posibilidad, te pagaré con amor por el resto de mi vida. Yo no
quiero volver atrás, ni recordar los errores del pasado, yo lo que
quiero con toda mi alma es amarte hoy, y todos los mañanas.
—No me jures, Charles. El mañana es incierto.
—Jani, mi amor, te encuentras como un pájaro herido que
tiene miedo a que la rama en que se posa se rompa y caiga. No
tengas miedo, yo seré tus alas, tu árbol, tu nido. Sé mía, ámame
como yo te amo, como si fuera el último día, y si sobrevivimos
al mañana, ámame de nuevo y de nuevo...
—Charles, yo quisiera, pero…
—Hemos perdido tanto tiempo en la duda, y sin razón hemos
olvidado respetar nuestros propios sentimientos. Déjate llevar,
Jani, inténtalo.
Jani se queda pensativa, observándolo. Sus ojos brillan en la
noche y sus palabras casi tiemblan. El idilio de amor entre ellos
había sido tan corto, cuando eran demasiado jóvenes para com-
prender los misterios de la vida, que jamás se había percatado de
lo romántico y profundo de sus sentimientos. Charles era un
hombre sensible y bueno, pero también muy fuerte, con el que
ella siempre se había sentido segura. Era su convicción y segu-
ridad en sus sentimientos las que lo hacían luchar por su amor,
y Jani comprende en ese momento que Charles ganaría esta ba-
talla, porque en definitiva ella también lo amaba. Jani deja caer
la cabeza en su hombro, pasando las manos alrededor de su cin-
tura.

171
Ana Castellanos

—Charles, tengo miedo.


—Lo sé, mi amor, a mí también me da miedo, pero he es-
perado por ti toda mi vida y no será más fácil virar la espalda
y continuar sin ti, ahora que te reencontré. Te necesito, te amo,
te deseo más de lo que nunca he deseado nada en esta vida,
y por eso te pido que confíes en mí. Te prometo que haré lo
imposible para que me ames nuevamente y hacerte feliz.
—No seas tonto. Tú no tendrás que hacer nada. Yo nunca he
dejado de amarte. Siempre he sido tuya, Charles, solo tuya.
Charles la separa de él, la agarra por los hombros y la mira
a los ojos. Quiere estar seguro de que escuchó bien.
—¿Qué?... ¡Oh, Jani!... ¿De veras? ¿Aún me amas?
—Sí, Charles, yo también te amo, te necesito y te deseo más
que nunca, y siempre he sabido que te amaría hasta el fin de mis
días. Abrázame, Charles, y nunca más me dejes ir.
—Nunca.
Charles la abraza y la besa desesperadamente, su boca, su ca-
ra, sus ojos, y la incrusta en su agitado pecho, con emoción.
—Oh, Jani, gracias. No creo que hubiera resistido otro se-
gundo sin ti. Veinticinco años es demasiado tiempo.
—Gracias a ti por ser más fuerte e insistir. Te amo tanto.
—Y yo a ti, por la eternidad.
Su boca buscó la suya con tanto delirio como si comiera del
paraíso, y Jani al fin contestó con abandono total y frenesí, sa-
biendo que en los brazos de Charles siempre sería el paraíso te-
rrenal. Después de un tiempo y con el corazón galopando de
pasión, Charles la mira a los ojos.
—Dímelo de nuevo, cuánto me amas.
—Te amo tanto, que no podría decirlo con palabras.
A Charles le brillan los ojos y sonríe.
—¿Uh?... Entonces sería mejor si me lo mostraras con ac-
ciones.

172
Verano de 2014

Jani ríe y lo toma de la mano, lo lleva a su cuarto donde


debió estar siempre, bajo sus sábanas, y le muestra cuánto lo
ama, con toda la pasión y el ardor que había escondido su alma
por tanto tiempo. Al final, y aún entrelazados sus cuerpos des-
nudos en la embriaguez del acto del amor, Jani le pregunta:
—¿Convencido ahora?
—¡Oooh, sí!, pero me gustaría estar garantizado legalmente,
y hasta que no seas mi esposa no dormiré tranquilo.
—Entonces, que sea lo antes posible. No me gustaría robarte
el sueño.

173
ÍNDICE

Sobre una novela escrita con fuerza y con amor / 5


Primavera de 1989 / 11
Verano de 2014 / 111
Algunos libros publicados
por la Editorial Voces de Hoy

Neofilosofía de la droga, de Dr. Rodrigo Leal Becker.


Cuentos cortos con finales largos, de Miguel Angulo.
¿A qué hora es tu vuelo?, de Jesús Boza.
Cómo aprende el cerebro de los estudiantes, de Dr. Enrique Uguet.
Desprendimientos, de Yanarys Valdivia Melo.
La casimba de Mabuya y otros cuentos de indios cubanos, de
Marlene García y José Ramón Alonso.
Engendros de manipulación, altanería y perversión, de Arthur
Bleck (Enrique Curet).
El velar de las estrellas, de E.J Castillo-Victores.
La última semana del dictador, de Mauro Gómez Betancourt.
La Edad de Oro / The Golden Age – No. 2, de José Martí. Tra-
ducción de Elinor Randall.
Rosita Fornés: mi monólogo interior, de José Antonio Jiménez.
Memorias del abuelo, de Nicasio Silverio Saínz, 2da. edición.
Grandfather’s Memories, de Nicasio Silverio Saínz, 2da. edición.
El crimen de los nonatos, de Shona González, 2da. edición.
Kenatt. Furia en 90 minutos, de Julio Zambrano, 2da. edición.
Apuntes sobre apreciación literaria: una experiencia, de Elena
Sánchez Alonso.

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