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¿Por qué cooperamos?

Michael Tomasello

El ser humano es una especie que desde tiempos remotos siempre ha


aprovechado la experiencia y la empeñosa labor de otros aprendiendo de ellos en
el intercambio social. En la actualidad, los biólogos utilizan el término cultura
cuando se produce un aprendizaje social tal que distintas poblaciones de una
misma especie desarrollan maneras también distintas de hacer las cosas.

Desde luego, los seres humanos son el paradigma de las especies


culturales, se han diseminado por todo el planeta. Dondequiera que van, inventan
artefactos y prácticas comportamentales nuevas para lidiar con las exigencias del
medio ambiente, ya que lo que inventan no son detalles interesantes sino
necesidades. Si tenemos en cuenta el número de cosas que el individuo humano
debe aprender en sociedad (entre ellas, las convenciones lingüísticas necesarias
para comunicarse), comprenderemos que la cultura de esta especie es
cuantitativamente única en comparación con las de otros animales.

Hay, sin embargo, dos características fácilmente observables de esa cultura


que indican que es única también cualitativamente.

1.- Evolución cultural acumulativa

En esta primera característica lo más importante que hay que señalar es el


“Efecto trinquete” en el cual consiste en aprender a partir de los conocimientos de
la generación anterior que se realiza mediante una transmisión de los individuos
que forman parte de la sociedad, donde la práctica social se mantiene estable
hasta que haya nuevas modificaciones.

En este caso, un individuo inventa un artefacto, los otros lo aprenden pronto


y cuando llega otro individuo e introduce otra mejora al procedimiento todos lo
aprenden en una nueva versión mejorada o perfeccionada. Hasta el presente, no
se sabe de ninguna otra especie animal que acumule las modificaciones com-
portamentales y garantice su complejidad con esta suerte de “trinquete cultural”.

2.- Creación de instituciones

Se trata de conjuntos de prácticas comportamentales guiadas por distintos


tipos de normas y reglas que los individuos reconocen mutuamente. Por ejemplo,
en todas las culturas los individuos se atienen a reglas culturales para aparearse y
casarse. Si alguien transgrede esas reglas, sufre una sanción, esto el filósofo John
Searle lo llama nuevas “funciones de estatus”, esto es que la sociedad se rige por
reglas y si alguien no lo cumple se le dará un castigo; al igual que cada quien tiene
que hacer de su parte para cooperar en lo que se necesite, todo esto es acordado
por el mismo grupo.

Tras estas dos características de la cultura humana hay todo un conjunto de


habilidades cooperativas y motivaciones para colaborar que son exclusivas de la
especie.

Para finalizar es verdad que el proceso más elemental involucrado en el


efecto del trinquete es el aprendizaje imitativo, pero sin embargo, hay otros
procesos cooperativos fundamentales para producir dicho efecto.
El año de la era ecológica

Los ciudadanos del mundo desarrollado contemplan la globalización con


una cierta perplejidad. Asisten a cambios tan rápidos, tanto en su vida cotidiana
como en su relación con el entorno, que cada vez resulta más difícil entender lo
que pasa a nuestro alrededor. Algunos de los viejos esquemas han quedado
obsoletos y se carece de herramientas interpretativas que ayuden a comprender.

Si algo caracteriza a la globalización es su complejidad. En este contexto, la


crisis ecológica mundial emerge como el anverso de un mundo en el que
prevalece el liberalismo económico, la sociedad de consumo y en el que no existe
una democracia global que resuelve los problemas planetarios.

El autor Edgar Morin al empezar su texto quiere que el lector tenga muy en
cuenta lo que es la palabra “Ecología” la cual hace referencia a la naturaleza, el
entorno y la relaciones de los seres vivos entre sí en el medio en el que habitan y
junto con dicha palabra viene muy ligada la “Conciencia ecológica o pensamiento
ecologizado” cualquiera de los dos términos es correcto, se refiere a cuando las
personas o de forma más concreta, los consumidores se preocupan por los
problemas ecológicos y se informan sobre ellos, lo que puede ser un paso para lo
que desean comprar y su cambio de actitud sobre los problemas ambientales que
hay en el mundo.

Mucha gente en el mundo se va uniendo más a esta causa como menciona


el autor, la mayoría de las personas no tiene conciencia hacia las catástrofes
naturales que pueden ocurrir por la actividad del ser humano y no hay que
lamentarse por ello y creer que las nuevas tecnologías que hoy tenemos a
disposición van a cambiar la situación en la que vive el planeta, sino que lo que
causará un gran impacto es el cambio en la mentalidad del hombre, esas
relaciones de transformación con la gente, los demás seres vivos y con la
naturaleza.

Morin cree que la tecno-ciencia solo podrá retrasar lo que se atisba ya


como una catástrofe. Una catástrofe porque lo que está en juego no es sólo el
destino de la naturaleza, en sentido romántico y casi arcádico, sino la propia
supervivencia del hombre como especie en la tierra y en su razón de ser.

La naturaleza desde muchos años atrás aclama su lugar en la tierra que ha


sido invadida por el pide del hombre. Durante los años 1969-1972, la conciencia
ecológica suscita una profecía que anuncia el crecimiento en las industrias lo cual
obviamente conduce a un desastre irreversible, no solamente para el conjunto del
medio natural sino también para la humanidad.

Es necesario considerar como histórico el año 1972, el del informe


Meadows encargado por el Club de Roma y que sitúa el problema en su
dimensión planetaria. Es verdad que sus métodos de cálculo fueron simplistas,
pero el objetivo del informe Meadows constituía un primer esfuerzo por considerar
en conjunto el devenir humano y el biológico a escala planetaria. Del mismo modo,
los primeros mapas establecidos en la Edad Media por los navegantes árabes
comportaban enormes errores en la situación y la dimensión de los continentes,
pero constituían el primer esfuerzo para concebir el mundo.

Posterior a ellos surgió otra profecía ecológica en los años 70. La profecía
ecologista de los años 70 se ha autodestruido parcialmente: la difusión bastante
rápida de la conciencia de las contaminaciones, degradaciones locales o
provinciales desencadenó la puesta en práctica de dispositivos jurídicos y técnicos
que, de algún modo, han atenuado y ralentizado el proceso cataclísmico. Pero una
buena profecía suscita, justamente, las reacciones y las luchas que evitan la
catástrofe que predice.

Sin embargo, quince años más tarde, podemos ver como esas profecías se
van cumpliendo poniendo como ejemplo un caso muy conocido que es el
accidente de la planta nuclear en Chernobyl el 26 de abril de 1989, el incendio
industrial de Seveso el 10 de julio de 1910, todas esos incidentes son un llamado
de la naturaleza al hombre para dejar de destruirla, dejar que descanse unos años
sin la intervención de fábricas industriales, consumismo innecesario,
contaminación de ríos, aire, lagos y mares etc.

Todo esto ha lanzado la alertar máxima sobre la biosfera. Desde ahora, con
la distancia, podemos ver mejor lo que había de secundario y de esencial en la
toma de conciencia ecológica. Lo que era secundario, y que algunos tomaron por
lo principal, era la alerta energética. Muchos espíritus de la primera ola ecológica
creyeron que los recursos energéticos del globo se iban a dilapidar muy
rápidamente. De hecho, las potencialidades ilimitadas de energía nuclear y de
energía solar indican que la amenaza fundamental no es la penuria energética. El
segundo error fue creer que la naturaleza requería una especie de equilibrio ideal
estático que era necesario respetar o restablecer. Se ignoraba que los
ecosistemas y la biosfera tienen una historia, hecha de rupturas de equilibrios y de
reequilibraciones, de desorganizaciones y de reorganizaciones.

El ser humano, ha demostrado ser egoísta ante las situaciones actuales,


son competitivos, depredadores, devoradores conflictivos etc pero ante un hecho
que implique pensamiento ecológico hay que aprender a sacar ese lado humano
de solidaridad, interdependencia y de complementariedad que hay unos con otros.

Hablando un poco más a fondo del pensamiento ecologizado tiene un un


paradigma complejo en el que la autonomía de lo viviente, concebido como ser
auto-eco-organizador, es inseparable de su dependencia.

El organismo de un ser viviente (auto-eco-organizador) trabaja sin cesar,


pues degrada su energía para automantenerse; tiene necesidad de renovar ésta
alimentándose en su medio ambiente de energía fresca y, de este modo, depende
de su medio ambiente. Así, tenemos necesidad de la dependencia ecológica para
poder asegurar nuestra independencia. La relación ecológica nos conduce muy
rápidamente a una idea aparentemente paradójica: la de que, para ser
independiente, es necesario ser dependiente; cuanto más se quiere ganar
independencia, más es necesario pagarla mediante la dependencia. Así, nuestra
autonomía material y espiritual de seres humanos depende, no sólamente de
alimentos materiales, sino también de alimentos culturales, de un lenguaje, de un
saber, de mil cosas técnicas y sociales. Cuanto más sea capaz nuestra cultura de
permitirnos el conocimiento de culturas extranjeras y de culturas pasadas, más
posibilidades tendrá nuestro espíritu de desarrollar su autonomía.

Para concluir hay que entender que la naturaleza pide a gritos un


“descanso”, lo cual nos ha demostrado a través de catástrofes naturales como
terremotos, inundaciones, incendios etc que debemos de parar de hacerle daño y
a la vez nos da conciencia de lo que pasa en el mundo es culpa del hombre.
Existen en la TV series y documentales que hablan y hacen que pensemos sobre
toda esta situación natural, he ahí nosotros prestar atención y cambiar nuestra
actitud egoísta para con el planeta.

El ser humano no es extra-viviente, no tiene extra-poderes, ni es extra-


primate. No estamos separados de los primates, nos hemos convertido en super-
primates. Hemos llegado al momento histórico en que el problema ecológico nos
demanda tomar conciencia a la vez de nuestra relación fundamental con el
cosmos y de nuestra extrañeza. Toda la historia de la humanidad es una historia
de interacción entre la biosfera y el hombre. No sólamente la organización
biológica, animal, mamífera, etc., se encuentra en la naturaleza en el exterior de
nosotros, sino que también se encuentra en nuestra naturaleza, en nuestro
interior.
El hombre debe dejar de actuar como un Gengis Kan (hombre supremo en
la tierra) debe considerarse, no como el pastor de la vida, sino como el copiloto de
la naturaleza. Desde ahora, la conciencia ecológica requiere un doble pilotaje:
uno, profundo, que viene de todas las fuentes inconscientes de la vida y del
hombre, y otro, que es el de nuestra inteligencia consciente.

Sabemos desde ahora que el pequeño planeta perdido es más que un


hábitat: es nuestra casa, nuestra tierra patria. Hemos aprendido que llegaremos a
ser humo en los soles y en el hielo en los espacios. Desde luego, podremos irnos,
viajar, colonizar otros mundos. Pero es aquí, en nuestra casa, donde están
nuestras plantas, nuestros animales, nuestras muertes, nuestras vidas.
Necesitamos conservar, necesitamos salvar la tierra patria.

Referencias bibliográficas:

 E. Morin, G. Bocchi y M. Ceruti, Un nouveau commencement, París,


Seuil, 1991: 179- 193.

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