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Manifiesto de un marginal

Preludio
La violencia y el conflicto humano jamás
serán desterrados de un todo y los
intereses particulares que los robustecen
siempre van a sobrar. Por lo tanto la
crueldad y el daño son irrevocablemente
nuestros, tanto como el amor y la belleza.
No decimos que la esperanza sea inútil, no lo creemos porque
siempre estamos a la espera de algo mejor, quizá por ser
sufrientes del tiempo que con sus años son el progreso de la
muerte y la nada.

Tampoco consensuamos con eso de que la indignación no se


deba hacer sentir. Somos seres atacados por el dolor, incluso
por el ajeno ―sentimos al otro cuando rabia de agonía―.
Aunque existen seres que no parecen estar relacionados con
ninguna especie que respire y sienta amor. Nada les ofende,
nada les incomoda, todo les da igual, solo temen a lo que pueda
convertirse en alguna ventisca que erosione sus castillos de
arena.

La guerra no nos roba la esperanza y no dejaremos de


indignarnos con todo el daño que hacen, que nos han procurado
los amigos de la devastación del mundo mejor que nos
merecemos.

Manifiesto de un marginal
Desde los remotos orígenes de las sociedades que el hombre ha
levantado a lo largo de su exangüe historia; desde ese mismo
momento de aparente pre-claridad reveladora, de incontenible
exaltación, de abstracto raciocinio y bella ―y sospechosa
también― contemplación al otro como su semejante y
concomitante, han aparecido y habitado entre las fugaces
espigas humanas que brotan en los valles del tiempo, seres
sensitivos y de ideas adversamente disimiles de las que con su
dulce cianuro, cautivan y desbaratan al resto de la horda.

Hombres y mujeres de actitud crítica, auténticamente salvajes y


radicales con todo lo falso y doble fondo. Conciencias que
cuestionaron sus sociedades del cansancio y oropel con cada
una de sus irreverentes palabras. Pero más que nada, se
encargaron de minarlas con gesto y movimientos paridos de la
propia voluntad creadora, siempre siendo fieles solo a ellos
mismos.

Renegados y bohemios que mostraron las fisuras y lo más


disfuncional de estas sociedades que se yerguen prepotentes,
con ínfulas de perfección en voz de su pleonástica rezandera;
avasalladoras, dominantes y reguladoras de las conductas del
individuo que, en su más profunda y oscura naturaleza, se
retuerce de deseo por llegar a ser un animal enteramente libre
porque intuye que al sujetarse a la cadena de anquilosadas y
recalcitrantes leyes se enferma, se debilita y se auto masacra en
sus ideales, sueños y más desinteresadas ilusiones.

Así es como lo desplazan de toda fortuna y de cualquier forma


de mayoría de edad y madurez creativa. Se le aparta
diametralmente de la más patética tentativa de verdad,
revolución y evolución.

Han sido filósofos, poetas y artistas marginados que rugen como


leones solitarios, que sobreviven en lo oscuro y más desvirtual
de las selvas de cemento. Son habitantes de las laderas
discontinuas de la sociedad del lujoso relumbrón que sataniza la
fuerza del fracaso. Son ellos o ellas a los que los pulcros
protectores de las revejecidas aristocracias y pútridas
burguesías del clero suelen llamar escoria, desperdicio humano,
herejes, anarquistas, viciosos, malvivientes de modos vulgares y
desmedidos, los sin Dios ni ley. Los bastardos sin gloria.

Los caudillos de la fe y pastores policiacos ―quienes son los


únicos proxenetas de la libertad y la moral del hombre― son las
hienas que los enjuician ante las muchedumbres embrutecidas y
los conducen ―famélicos y beligerantes― frente al pelotón de
fusilamiento acusados de sabotear y hostigar con los horrores
alucinados de sus ideas y conductas desenfrenadas, el bien y el
sacro orden que el supremo oficio ha impuesto sobre toda
libertad animal, vegetal, mineral y enrevesadamente humana.

Los acusan ―entre mil risotadas más― de atentar contra un


concepto de familia venido a menos, de marchar contra los
resbaladeros de babillas que se esconden detrás de la fachada
de plenipotenciarias instituciones del buen gobierno.

Los eminentes cancilleres del desastre sangriento de todo un


mundo historial enardecen primero a la turba y luego los arrojan
a las hogueras del odio y desprecio televisado y radial, para que
cualquier otro y otra, que se levante en el futuro presente o
imaginado, tema ser desmembrado por la jauría caníbal que los
legisladores han adiestrado con miedo y odio a través de años y
años bajo los zarpazos de la muerte y la ignorancia que sin
asomo de piedad desgarran a las naciones de esta esquina del
universo.

Son muertos vivientes que han alimentado y mantenido a estas


aplastantes sociedades con el veneno de la homogeneidad
mientras imparten destierros y ejecuciones a los que recitan su
derecho a la diferencia. A éstos viven tachándolos de
desadaptados porque buscan su propio camino o defienden el
derecho de otros y entonces por eso se los cargan de terroristas
porque dejaron de tener miedo; enfilan ejércitos contra las putas
porque son mujeres que se cansaron de permanecer a media
luz; van por los poetas porque los consideran maricas que dicen
las más innombrables verdades y lo mismo con los filósofos,
porque de ellos presienten toda claudicación frente a sus
intereses; a los jóvenes los desaparecen porque son rebeldes
que nunca han dejado de ser los primeros marginados de
verdaderas oportunidades como la posibilidad de un futuro sano
y en paz, convertirse en quienes quieran ser; porque no está
bien el camino de las drogas ni los excesos que estos escogen
como vías de exploración, ya están hartos de escuchar; porque
no está bien que consagren una vida sexual plena y abierta;
porque desde hace siglos dejaron de creerle a los evangelistas y
políticos; porque no callan cuando no se les ha autorizado a
hablar y porque no son patrioteros amantes de la consigna
militar que siembra las minas Antipersonas.
El gobierno de la homogeneidad y el Sí a la muerte teme que
con el tiempo, los jóvenes de su parroquia se cambien de piel y
se vuelvan contra sí mismos como los nuevos poetas, filósofos y
artistas que acuchillan con sus obras e invenciones a todos los
regímenes de izquierda y de derecha y a todos aquellos que
entorpezcan la realización del individuo.

Eso temen y han temido siempre los ministros de las aguas


muertas. El enemigo de la libertad de pensamiento duerme en
los escaños del Congreso y el Senado mientras sus juanetes
roncan sobre las espaldas de un fusil y una granada.

Dominar y manipular el deseo por medio de la religión y la


autoridad es asegurarse el beneplácito y la venia del cautivo
olvidadizo, es tener a gratuidad defensores y esbirros de las
viejas normas que empequeñecen al ser humano, poniéndolos
unos contra otros en guerras sin sentidos que devastan  nuestro
único hogar.

Hemos estado sufriendo por largo tiempo y  nos rehusamos a


ser aquel animal que se alejó de los instintos y la plenitud de sus
fuerzas para entregarse al falso destello de una razón
subordinada a la utilidad que odia cualquier forma de
espiritualidad y belleza. No seremos la conciencia que dejó de
mirar el firmamento para venerar un madero que esconde los
dientes de una motosierra. Por nuestras madres que no vamos a
ser la sombra vacilante que aprendió a autocastrar su vitalidad
para vivir entre jerarquías sociales.
Somos un magnifico mamífero dotado con habilidades y
destreza, con hambre de descubrir, pero que abandonó todo
aquello que lo esperaba al final de sus posibilidades infinitas y
pasó a ser ganado de corral, esclavo en una graja económica en
donde se le tiene como bollo cárnico de la máquina de cortar
tontos.

Listo para amar y matar a sueldo, para sonreír con la ilusoria


paga a cambio de su fuerza. Educado para callar y pegar su
mentón al pecho, el ser humano que se atreva a pensar per se,
es calificado primeramente de antipático, luego se le sindica de
rebelde y finalmente se le margina y desprecia. Se le aparta por
cuestionarlo todo y a todos, por no adoptar una moral gazmoña,
timorata y pusilánime, porque la cambia por el placer de lo
profano y va por la vida experimentando los estados de la
ataraxia en todas sus formas; buscándose así mismo en el ocio y
en los placeres del espíritu y de la carne mientras va
aprendiendo lo epicúreo y lo estoico a la vez.
He aquí los derechos de los marginados, consagrados en el libre
albedrío y en lo infinito de su voluntad cuya condena es tener
que decidir dónde dirigirse. Es en este fuego de la incertidumbre
donde se forman los más audaces hombres y mujeres que
defienden el derecho a disentir, pero también los seres más
compasivos, amorosos y conocedores de la naturaleza humana;
artistas que ven cosas humanas y preciosas donde el resto solo
discierne miedo, misterio y prohibición.
Hágase cumplir de inmediato nuestro derecho y libre escogencia
haciéndonos marginales en cuanto somos rechazados por los
falto de ciencia y apertura mental.

Marginales por seguir el deseo de nuestro espíritu, por


acercarnos cada vez, un poco más, a nosotros mismos.

Desvergonzadamente:
Talisayo Caribalí