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Fernando González Ochoa

1895 - 1964
Fernando González Ochoa es considerado el más original de los filósofos colombianos y
uno de los más vitales, polémicos y controvertidos escritores de su época. Se enfrentó a la
mentira colombiana y sus contemporáneos no le perdonaron la franqueza con que habló.
Por eso fue rechazado y olvidado. Sin embargo su verdad, que golpea y azota en sus libros,
está aún tan viva que ha cobrado vigencia con los años.

Fue un espíritu rebelde y pugnaz, pero al mismo tiempo hondamente amador de la vida y de
la realidad colombiana que fustigó. Logró forjar un pensamiento filosófico a partir de
nuestra idiosincrasia, utilizando un lenguaje tan propio de nuestro pueblo que le valió ser
calificado de mal hablado. Fue un “maestro de escuela” (1) que escandalizó y al mismo
tiempo abrió derroteros hacia la autenticidad. Lo condenaron por ateo y, no obstante, fue un
místico. Escribió en una prosa limpia e innovadora, pero “para lectores lejanos”. Se
proclamó maestro pero, según sus mismas palabras, no buscaba crear discípulos, sino
solitarios. Su obra es siempre nueva, fresca y conturbadora. Y su vida fue un viaje de la
rebeldía al éxtasis.

Nació el 24 de abril de 1895 en Envigado, Antioquia, y vivió intensos 69 años. Desde niño
su espíritu original y rebelde se manifestó con ímpetu y le llevó a “vivir a la enemiga”.
Sobre su infancia, él mismo nos dice:

Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba


por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en
el caño cada vez que peleaba con los de mi casa (2).

Hizo sus estudios de primaria en una escuela religiosa, y luego estudió hasta quinto de
bachillerato como interno en el Colegio de San Ignacio de Loyola, dirigido por los padres
jesuitas, año del cual fue expulsado por sus precoces y excesivas lecturas, por transmitir sus
inquietudes filosóficas a sus compañeros y por su desatención a las estrictas normas
religiosas (como por ejemplo la inasistencia al tercer día de retiros espirituales, o por
abstenerse de comulgar el día de la Asunción), según se desprende del informe que enviara
el rector del colegio a don Daniel González, padre del muchacho.

La versión del protagonista de este acontecimiento es también sugestiva e interesante:


en Los negroides relata algo de su diálogo con el padre Quirós, profesor de filosofía:

Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Suramérica. Dios me salvó, pues
lo primero que hice fue negarlo, donde los Reverendos Padres. Tan bueno es Dios, que me
salvó, inspirándome que lo negara. Luego le negué todo al Padre Quirós. ¡El primer
principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre me dijo: “Niegue a Dios; pero el
primer principio (3) tiene que aceptarlo, o lo echamos del colegio...”. Yo negué a Dios y el
primer principio, y desde ese día siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los
hombres. Desde entonces me encontré a mí mismo, el método emotivo, la teoría de la
personalidad: cada uno viva su experiencia y consuma sus instintos. La verdadera obra está
en vivir nuestra vida, en manifestarnos, en auto-expresarnos.

Gracias a esta expulsión —su marginamiento del mundo académico duraría tres años—
surgió su primera obra: Pensamientos de un viejo, que saldría a la luz pública en 1916,
presagiando ya lo mucho que tendría por decir en años posteriores.

En 1917 se graduó como bachiller en filosofía y letras de la Universidad de Antioquia, y en


1919 la misma institución le otorgó el título de abogado. Allí validó un buen número de
materias gracias a sus excepcionales dotes. Su tesis de grado El derecho a no obedecer fue
censurada por las autoridades universitarias, que lo obligaron a realizarle algunos cambios,
y en consecuencia la tituló simplemente Una tesis. Su actividad como abogado la ejerció
esporádicamente como complemento a su intensa labor de escritor.

En 1922 contrajo matrimonio con Margarita Restrepo Gaviria, mencionada a menudo en


sus libros como Berenguela, en quien encontró no sólo una gran compañera sino una
lectora sensible e inteligente. Cuando salió la primera edición de Viaje a pie, escribió para
ella: “A veces creo que no eres mi cónyuge, sino mis alas”. Margarita era hija de Carlos E.
Restrepo, ex presidente de la República de Colombia, quien con el tiempo se convertiría en
buen amigo y confidente de Fernando González. De esta unión hubo cinco hijos, cuatro
hombres y una mujer: Álvaro, Ramiro, Pilar, Fernando y Simón.

Se desempeñó como magistrado del Tribunal Superior de Manizales, juez segundo del
Circuito de Medellín, asesor jurídico de la Junta de Valorización de Medellín y cónsul de
Colombia en las ciudades europeas de Génova, Marsella, Bilbao y Róterdam.

La producción literaria e intelectual de Fernando González fue abundante, particularmente


entre 1929 (Viaje a pie) y 1941 (El maestro de escuela). Durante estos años escribiría la
mayoría de sus obras: Mi Simón Bolívar (1930), Don Mirócletes (1932), El Hermafrodita
dormido (1933), Mi Compadre (1934), Salomé, concebida y registrada en sus apuntes de
esos años, aunque sólo vería la luz pública en 1984, contenía las ideas madre de una de sus
mejores obras: El remordimiento, publicada en 1935. Otras obras de esa época
fueron Cartas a Estanislao (1935), Los negroides (1936) y Santander (1940).

Desde mediados de la década del 40, la vida de Fernando González entra en una etapa de
receso como escritor y vive una mayor introspección, gracias a lo cual en los últimos años
de su vida sorprende con nuevas obras: Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La
tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). A todo esto se suma la
producción intelectual de su correspondencia, entre ella la sostenida con su suegro Carlos
E. Restrepo, el sacerdote catalán Andrés Ripol, el jesuita Antonio Restrepo y su
hijo Simón, así como la actividad en su revista  Antioquia, de la cual entre 1936 y 1945
editó 17 números.

Su obra es polémica, original, prolífera y multifacética. Recibió el elogio y la admiración


de importantes escritores como Gabriela Mistral, Azorín, Miguel de Unamuno y José María
Velasco Ibarra, entre otros. Se dice que en 1955 el filósofo francés Jean Paul Sartre y el
estadounidense Thornton Wilder incluyeron su nombre en una lista de candidatos al
premio Nobel de Literatura, pero esto no está comprobado. (Ver “El Nobel de Fernando
González”).

La escritora chilena Gabriela Mistral, primer premio Nobel de Literatura en Latinoamérica


(1945), con quien sostuvo correspondencia, dijo alguna vez:

Los libros de Fernando me sacuden hondamente. Hay en él una riqueza tan viva, un
fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus
negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!

Y Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, dice:

¿Quién es Fernando González? Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo,


poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente,
sensual y casto… ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América
Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa.

Como punto final a esta breve biografía, valga mencionar su célebre Otraparte, hoy
convertida en casa museo. Como hecho coincidencial, el tatarabuelo materno de Fernando
González, Lucas de Ochoa, había sido propietario de ese terreno, que tuvo distintos dueños
hasta 1937, cuando el escritor lo adquirió. Allí construyó una bella casa, de estilo colonial,
con la ayuda del arquitecto Carlos Obregón, el ingeniero Félix Mejía Arango (Pepe Mexía)
y el connotado pintor e ingeniero Pedro Nel Gómez. En el libro Fernando González,
filósofo de la autenticidad, Javier Henao Hidrón relata:

En los últimos años de la vida de Fernando González, Otraparte se convirtió en un lugar


casi mítico. El nombre se hizo popular, y solía ser pronunciado con admiración y respeto.
Al maestro empezaron a llamarlo, unos “El mago de Otraparte” y otros “El brujo de
Otraparte”. Con frecuencia era visitado por jóvenes e intelectuales ansiosos de conocerlo.

Entre estos personajes figuran autores como Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro


Saavedra y Gonzalo Arango.

Sin embargo, lo importante para encontrarse con Fernando González no es oír hablar de él,
sino hundirse en la lectura de sus obras. Para quien se acerque desprevenidamente, esa
lectura será un descubrimiento. Ahí, en sus libros, hay que abrevar para encontrar un
mensaje de salvadora rebeldía, de autenticidad, de vitalidad, de emoción ante la vida, de
búsqueda incansable de la verdad, de sinceramiento ante uno mismo, ante los demás, ante
Dios. Porque Fernando González, del que siempre se ha presentado un estereotipo de
irreligioso y ateo, de pensador asistemático y contradictorio, de iconoclasta empedernido,
fue un místico que viajó a la intimidad con fervor, que plasmó una filosofía con un hilo
conductor desde el principio hasta el fin, un forjador de idearios para nuevas juventudes,
más allá de su tiempo, más allá de él mismo. Esa fue su labor de “maestro de escuela” en
una Colombia que no lo comprendió pero que ahora empieza a redescubrirlo.

Murió a causa de un infarto el 16 de febrero de 1964.


Notas:

(1 Referencia a El maestro de escuela. Fernando González, Bogotá, Editorial ABC, abril de
) 1941.
(2 Citado por Félix Ángel Vallejo en Retrato vivo de Fernando González, Colina, Medellín,
) 1982, p.: 44.
(3 El primer principio al que se refiere es el de la contradicción: “Una cosa no puede ser y no ser
) al mismo tiempo”.

Fuentes:

Ochoa Moreno, Ernesto. “De la rebeldía al éxtasis”. Periódico El Colombiano, Medellín,


viernes 21 de abril de 1995, p.: 2D.

Yepes, Luis Eduardo (compilador). “Biografía”. En: Fernando González. Colina,


Colección Algunas Verdades, Medellín, 1996.

Henao Hidrón, Javier. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Marín Vieco Ltda.,


Medellín, 1994.

Por el simbolismo que entraña, Otraparte fue considerada en su época


por los conciudadanos del maestro como una denominación novedosa y
tenida como signo de rebeldía. Efectivamente representa, ante todo, la
evocación del vivir a la enemiga («¿Por qué afirmo que vivo a la
enemiga? Porque he luchado contra todo lo existente»). Denota, por
tanto, una actitud de independencia, de distanciamiento social y de
búsqueda de sí mismo; e incluso, en lenguaje metafísico, el escenario
escogido para continuar la realización existencial de ese «irse yendo»,
que por lo demás define de modo tan preciso la vida del hombre.

Inicialmente creyó en los nadaístas, en quienes veía a una juventud


rebelde, con ansias de cambio y en proceso de liberación. «Aparecieron
las náuseas por ese mundo de la nada en que vivimos», llegó a decir,
entusiasmado (7).
Pero la disyuntiva era clara: «Suceso prometedor o desastroso». Había
llegado la hora de nacer o de ser nada. Sólo una actitud vital muy
definida podía legitimar la rebeldía. Por eso sus palabras tienen carácter
de premonición: «Si reniegan del mundo, de su mundo, sin que se
despeguen de él, entendiendo, enloquecerán o serán mera
vanidad» (8).

Comprender a Fernando González


Palabras pronunciadas en la Casa Museo Otraparte el 14 de febrero de 2019 con motivo
de la presentación de la séptima edición del libro «Fernando González, filósofo de la
autenticidad».

Por Javier Henao Hidrón

Con Fernando González me ocurrió lo que no me ha sucedido con ninguna otra persona.


Primero leí todos sus libros y esa revista personal, escrita íntegramente por él, que se
llamó Antioquia y de la cual publicó 17 números. Después lo conocí personalmente, aquí
en Otraparte, y me convertí en una especie de discípulo, conversando en su clásica banca
de iglesia que todavía se encuentra en el corredor de entrada, o caminando por los terrenos
que rodean su casa.

Cinco años duró esa fecunda experiencia, a partir de mediados de 1958. En febrero de
1964 asistí a sus exequias y veinte años después, un primero de enero y durante los quince
días siguientes, algo extraño me condujo a releer sus obras, e ir tomando notas… y allí
nació la biografía. Su primera edición fue publicada dos años después por la Universidad
de Antioquia. Una segunda edición es de la Biblioteca Pública Piloto. Hoy se presenta la
séptima, por Ediciones Otraparte.

En consecuencia, debo agradecer el interés demostrado por el director ejecutivo de


la Corporación Otraparte, por su junta directiva y el magnífico trabajo de imprenta que
realizó Invest Impresiones.

***

Destaco tres características en la obra literaria y filosófica de Fernando González: el


método de hacer literatura, el estilo literario y su interés por llevar un mensaje a la
juventud. Agrego una cuarta, el polemista.

1. Método
Fue un literato atisbador. Atisbar es mirar atentamente. Fernando González procedía así,
primero en relación con su mundo interior, después con el ambiente que lo rodeaba, y
extendía su análisis a Antioquia, Colombia y Suramérica, pensando hondo y con ideas
propias.

El literato observador se manifiesta en sus libros, especialmente en Viaje a pie, El


remordimiento, El Hermafrodita dormido, Los negroides, El maestro de escuela, en su
novela dedicada a la gata Salomé, y en esa filosofía mística que se refleja en Don
Benjamín, jesuita predicador y en «Poncio Pilatos envigadeño».

Nuestros escritores, por el contrario, han acudido a la imaginación, a la erudición, a la


retórica, y a modelos extranjeros. García Márquez, por ejemplo, dio forma al realismo
mágico, a donde recurren sus seguidores. Otros simplemente se inscriben en escuelas
literarias y se rigen por sus reglas.

2. Estilo literario

Cuando en 1929 escribió Viaje a pie, producto de un viaje real, en compañía de su amigo


íntimo don Benjamín Correa, por el territorio recorrido por los colonizadores antioqueños
del siglo XIX, su propósito fue el de reaccionar contra la literatura retórica y de palabras, a
la que llamaba «literatura meníngea». De esta surge ese «bello estilo» que ha predominado
en Colombia, el que caracteriza por «la gran longitud de los períodos, con cláusulas entre
comas, a veces más largas que la preposición principal», y «adjetivos antes y después de
cada sustantivo»; así que no hay ninguna idea, «sino un ruido como el de la música
africana». Fernando González señala a los campeones del «bello estilo»: Olaya Herrera, en
la oratoria, los magistrados, en el foro, y Luis Cano en el periodismo. De este último
presenta ejemplos tomados de sus editoriales, tras lo cual pregunta al lector: «¿Seremos
groseros al llamar a esto “bello estilo peído”?».

Enemigo de la retórica, de la hojarasca, de los refinamientos artificiales, detestaba aquella


prosa de la que se ha dicho que está muy bien escrita. Prefería, en cambio, la expresión de
sus ideas de manera espontánea, vivencial, concisa, con originalidad y ritmo, es decir, con
«el vestido y la música» del universo propio de cada fenómeno.

Críticos literarios lo consideraron el mejor prosista de su generación en Colombia. Un


coterráneo suyo, el escritor Eduardo Escobar, afirma: «La prosa de Fernando González es
una prosa sublime, tiene un equilibrio entre lo hablado y lo literario que ningún escritor en
América ha conseguido».

Conviene recordar que, en 1955, fue el primer colombiano en figurar en la lista de


candidatos al Premio Nobel de Literatura.

3. Mensaje a la juventud(revisar poema que le queda a los jóvenes)


Expresa o tácitamente, la mayoría de sus libros están dedicados o dirigidos a la juventud,
tanto colombiana como suramericana. Quiere liberarla de prejuicios, mostrarle un método
de conducta individual y hacer que en ella predomine la autoexpresión.

Por eso escribió con convicción: «A mis jóvenes les ofrezca la cultura. Los haré dueños de
los métodos, de sí mismos. Sus personalidades serán sus instrumentos. Los honores les
vendrán de dentro para afuera».

Para ellos es esta doctrina que, nacida en las quebradas de Sonsón, tiene el perfil de una
actitud plena ante la vida:

«Somos contenidos para ser potentes; castos, para poder amar; sobrios, para poder comer y
beber; reposados, para poder caminar; tranquilos para poder matar con un amago de acto».

También para los jóvenes es este mensaje de dureza y claridad, escrito con mayúsculas para
darle mayor énfasis:

«PROPOSICIONES CLARAS; SIN DISCURSOS; AGARRAR LOS PROBLEMAS; DAR LA MENTE A


UNA COSA, A TODA ELLA Y SOLO A ELLA. NO DISPERSARSE. IDEAS DURAS, CONCRETAS.
PROPÓSITOS Y AMORES DUROS».

El novelista Manuel Mejía Vallejo expresa este pensamiento: «Con él aprendimos a ver el


gallo, el gato, el perro, el árbol, un niño, un crepúsculo, con ojos recién inaugurados. Él nos
enseñó esta honrada tarea de mirar cómo el mundo se crea cada día y renace en la pupila
clara».

4. El polemista

No obstante lo expresado, algunos se han quedado únicamente con el Fernando González


polemista. Es faceta de su personalidad donde aparecen, de una parte, decididos
adversarios, y de la otra, entusiastas seguidores.

Ahí es donde acude, a veces, al empleo de esas palabras que llaman vulgares. Sobre ellas
llegó a decir con absoluta veracidad: «Cuando hablo nunca digo esas palabras. Cuando
escribo sí las necesito».

Las utilizaba como látigo para castigar fariseos, para despreciar la mentira o mostrar el
engaño, o para expresar una peculiar ironía cargada de humor. Por eso sus palabras: «…
quiero tener la inocencia de la vida griega y que en Colombia me llamen impuro. Prefiero
ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo de palo, como esos suramericanos
hijos del pecado y de la miseria».

Por ese camino, no es extraño que describa a Olaya Herrera como «mono yanqui» y a
López Pumarejo como «mono inglés».
«¿Cómo mueren los colombianos? Confesados. Le entregan al cura unos cuantos pesos, en
calidad de restitución de los millones robados, y el cura dice a las señoras de la casa: “No
se les de nada, mis señoras, que murió con todos los sacramentos”».

«¿De Laureano Gómez…? Ese es el representativo de los colombianos; así son y fueron,
menos Marañas y yo. De Laureano te diré en otra carta, apenas compre un condón».

«Libardo lee un libro y no lo orina; tiene uremia de lo que lee. Es enfermedad bogotana».

«El patriotismo —decía— es lo que nos obliga a tratar duramente a estos señores». Y
agregaba que para hablar bien de ellos, para apreciarlos, hay que tener «muy ancha la
conciencia».

Si fuera necesario presentar una visión resumida de esa polémica faceta de su pensamiento,
un símil podría servir de apoyo al esfuerzo de síntesis. Se atribuye a Oscar Wilde el haber
dicho, refiriéndose a Rudyard Kipling, que su obra está «iluminada por espléndidos
destellos de vulgaridad». Pues dicha frase es quizá la que mejor puede servir para calificar
la obra de Fernando González.

Esos «destellos de vulgaridad», tan inherentes a su modo de ser, le sirvieron para forjar un
estilo literario inconfundible. Sin ellos, sería más «pulido», más «elegante», o especial para
«señoritas distinguidas», pero nada radical y sincero. Cultura es autoexpresión, según sus
palabras. Con su estilo manifiesta su individualidad, sin adornos ni tapujos. Es el niño
grosero convertido en filósofo irreverente o, si se prefiere, a la manera de Nietzsche, es un
filósofo con martillo.

A Fernando González hay que entenderlo en su multifacética personalidad, para llegar a la


conclusión de que el conjunto de su obra contiene un admirable mensaje de autenticidad.

Fuente:

Henao Hidrón, Javier. «Comprender a Fernando González». Suplemento Generación de El


Colombiano, domingo 31 de marzo de 2019, pp: 12-13.

El reportaje que
no se corrigió:
Cuatro preguntas a
Fernando González
Por Jaime Mercado Jr.
“Hace tiempo que estoy en silencio...”. Cuando he escrito libros, estos han sido mi tiempo-
espacio, así como la respiración es uno mismo”. “Amistad es absoluta sociedad en la
presencia”.

Sentado en un escaño, al amparo de umbrosos árboles, divisamos en lontananza a un


hombre añoso y enjuto, de cabeza blonda y arrugas faciales, como herencia del tiempo, que
resultó ser el maestro Fernando González. El chasquido de nuestros pasos por sobre la
gramilla que hace antesala a la residencia del prosista, interrumpió el silencio, que en ese
momento servía de aliciente para que el personaje “engullera” el contenido de un ejemplar
de la última edición de la revista “Eco”. Como sus fuerzas se lo permiten, el autor de Viaje
a pie limpia una banca y nos brinda asiento.

Al enterarse de nuestro objetivo el autor de Los negroides, nos saluda con solvente cortesía,
aunque a renglón seguido, renuncia en primera instancia a concedernos un reportaje y
alude, sin resentimiento a épocas ya idas, para concluir: “Yo me dejé de eso amigo
periodista”; “dejémosle ese campo a la juventud”. Mas por insistencia nuestra, no
sustentada por evidentes razones, el sociólogo accedió, más por generosidad que por
convicción, a dialogar con nosotros.

Los juicios de Fernando González exhalan con la espontaneidad con que nacen las plantas
silvestres un sabor filosófico y una fina dicción dimana de sus cuerdas vocales. Unas veces
habla en tono parabólico y otras, enjuicia sentenciosamente, con opiniones salpicadas de
pesimismo, las flaquezas que aquejan al mundo contemporáneo. Acude a citas de autores,
en su mayoría franceses, para apuntalar las ideas que le bullen, y remata con ideas propias.

Conocíamos la concepción ideológica, y la temática que más obsede al doctor Fernando


González, a través de las obras y ensayos que han emergido de la fecunda mente creadora
de este mecenas de las letras colombianas. Ello ha valido para que sus semejantes lo hayan
ubicado con voluntaria unanimidad en elevado sitial en lo que atañe a los menesteres del
entendimiento. Pero, no hay en los haberes intelectuales del maestro, un talento “situado en
un mar de superficie sin una pulgada de profundidad”. No. Lo que él alberga en su caletre,
tiene la hondura que suele ser propia de los grandes océanos.

Polifacético ha sido el escritor antioqueño en su feliz ingreso al torrente de la cultura


nacional, si se tiene en cuenta que de su “cosecha” han salido obras cuya heterogeneidad en
los temas, nos llevan a aseverar que tenemos en él a un hombre de una polivalencia mental
auténtica. El rigor de los años, con su séquito de adversidades para la especie biológica, lo
tienen silenciado, por lo que las páginas de nuestros periódicos, y las prensas de nuestras
casas editoriales, ya no llevan hasta las pupilas del mundo lector las útiles emanaciones
literarias, de este exégeta de las letras colombianas.

¿A qué obedece su silencio literario?

¿Por qué buscar causas finales? Cuando estoy en silencio, soy silencio. Si guardo silencio
para manifestar disgusto, soy disgusto, pero no silencio.
Hace tiempo que estoy en silencio y que vivo en el silencio, pues él es categoría de la
Eternidad.

Realmente, no tengo profesión, ni opiniones, ni apreciaciones; no soy bueno para


reportajes, porque no hay en mí apreciador, punto de vista... Uno muy bueno para
reportajes es, por ejemplo, Luis López de Mesa... Él le dice a usted en un tris cómo debía
ser La Vida, mismamente el retrato de él.

No soy escritor, ni filósofo, ni colombiano, ni viejo, ni joven... Cuando joven, estudié


derecho para colocarme, pues todos decían que el hombre nacía y estudiaba para colocarse;
cinco años de primaria, seis de secundaria y siete de abogacía, son diez y ocho años... y
seguían como diez años para colocarse, y después uno se casaba, y luego se moría... A este
animal colocado y muerto, tiene reducido al hombre las causas finales.

Cuando he escrito libros, estos han sido mi tiempo-espacio. Así como la respiración es uno
mismo.

Hoy converso a ratos. No guardo silencio, pues. Converso, converso con amigos que vienen
y que soy yo mismo a quienes amo como a mí mismo.

¿A quiénes admira más en Colombia?

Responde: A Regina Mejía de Gaviria. También admiro y amo a María Elena Uribe,
a Olga Mattei, a Rocío Vélez. Entre los hombres, Manuel Mejía Vallejo, el poeta Castro
Saavedra es como estrella en la nublada noche y a Óscar Hernández, Óscar paladea La
Vida; no la profana con causas finales, con eso tan colombiano que llaman “valores”.

También admiro mucho a Gonzalo Arango, a Amílkar U y al diosecito desterrado que se


llama Eduardo Escobar... ¿Dónde andará Eduardito? ¿En la Patagonia? ¿Cómo podía vivir
Eduardito en esta patria de los pajes, de los reportajes, de los empréstitos, de los cursillos,
de los López de Mesa?

Uno de los visitantes del silencio, un sol silencioso, es Alberto Aguirre. Estar en su
corazón es como estar en un trono. Hay uno, don Andrés María Ripol, de quien no me
separa absolutamente nada; lo suyo es mío y lo mío es suyo. Ahora se va para
Centroamérica y es como si no se fuera, y si uno de los dos muere, es como si no muriera.
Amistad es absoluta sociedad en la Presencia.

Parece que vinimos al espacio-tiempo a conversar de eternidad. Pero le repito: No soy


nada; no soy colombiano, ni viejo ni joven. Soy de ninguna parte; soy nada. No opino ni
aprecio, sino que soy vivir en la vida cagajón aguas abajo.

¿Sus libros han sido filosóficos?

No. Filosofía es una profesión, el cultivo del yo. Ocuparse de catalogar como bueno nuestro
punto de vista. Es la sintomatología de la enfermedad llamada yo. Mis libros han sido mi
espacio-tiempo, un viviendo espacio temporalizado: como los trinos del pájaro en la
mañana, en el medio y al atardecer, o como griticos en la noche llena. Manifestaciones del
viviendo que soy siendo. No los escribí para... ni para enseñar, ni para ganar, ni para nada...
Cuando insulto, soy insulto; cuando amo, soy amor; cuando odio, soy odio... Tengo
conciencia o vivencia de vivir, moverme y morir en Dios o la Vida. No tengo orgullo. Sé
que yo no soy.

¿Qué más admira?

Queda dicho lo que admiro. Voy a decirle lo que me asombra. La piedra del Peñol me
asombra. Le da uno la vuelta palpándola y mirándola, y vive las nociones de aspereza,
dureza, peso, incomprensión, dificultad, cansancio, muerte, miedo, oscuridad... Pues
cuando el interlocutor dice Colombia, me asombro, me canso, siento necesidad de que se
vaya el interlocutor... Lo mismo es cuando dicen López de Mesa o Lleras Camargo, o
economistas jóvenes, o la palabra OEA, o Leche Cáritas, o limosna, o beca, o cursillo, o
cultura, hombre público, mujer pública.

Y esto sí deseo recalcarlo. Colombia, esto que hoy le dan el nombre de Colombia, es como
infinita piedra del Peñol, a cuya sombra están naciendo los niños en absoluto asombro. En
momentos de suprema angustia, cuando vienen gentes que citan las palabras horribles que
enumeré, vivo el infierno, el lago del fuego inextinguible.

Oiga: qué bueno para Félix Ángel Vallejo, que ya se fue para el Mediterráneo y que no
revivirá ya las horribles voces colombianas, el rebuzno del último hombre, el colombiano
de los cursillos, y de las becas y de los informes. ¡Lebret!

(¿Quién es ese Lebret o Lebrete de ese informe? ¿Vive acaso en los barrios de Jesús?).

¡Ahí va pues, el reportaje! Si lo publicare, hágame el favor de darme pruebas de imprenta,


pues tengo un idioma endiablado para los lectores usuales. Y conste que a todos, a todos, a
todos, incluso al Sanz de Santamaría, los miro con asombro, con temor, con cansancio de
viejo. Nota: No expresé claramente mi amor y mi asombro. Veamos:

Asombrador es todo yo que hace “círculos concéntricos” alrededor de él, así: yo, luego
Dios, luego mi padre, luego mis hijos y cariños y después el no-yo. Hay varios libros
colombianos así. En Europa también. Alguien me dijo el otro día que el yo es el diablo.

Respecto de admiración, conversando con el padre Andrés Ripol o con Regina de


Gaviria no siento mi yo; todo es liviano.

Fuente:

“El Colombiano Literario”, 1964. Escuchar las respuestas de Fernando González en la voz


de Jaime Mercado Jr.
El cinismo jovial
de Fernando González
Sus ideas, sus desplantes.
Su bondad.
Por Adel López Gómez

Fernando González dictó en el Teatro Municipal su última conferencia ante un público de


cuarenta varones y tres damas. Estas cuarenta y tres personas oyeron con el mayor interés la
escabrosa, la incisiva, la penetrante e inquietante exposición del autor de Viaje a pie, sobre
la pubertad de Bolívar.

A lo largo de las tres charlas, González ha desplegado, quizá mejor que en sus dos libros
admirables, las formas diversas de una personalidad desenfadada y agreste. Ha hecho sus
afirmaciones estupendas y dicho sus sentencias rudas para un público que no sabe bien a
qué atenerse y que nunca termina de formarse un concepto definitivo sobre él. Fernando
dice, por ejemplo, apenas expuesta su abstrusa teoría sobre la manera de morir bien:

Veamos cómo murió Bolívar: pesaba dos arrobas. Allí ya no había materia. Era puro
espíritu. El doctor Réverend lo decía: “No pesa nada, yo lo alzo sin dificultad entre mis
brazos”. Decía: “Suban esas maletas, vámonos pronto que aquí hay muchos canallas”...
Qué diferencia con los últimos momentos del mayor Santander...

En seguida lee los boletines del médico de cabecera del hombre de las leyes, subraya
expresiones, apunta la significación de ellas, pone toda su energía deductiva en cada uno de
los angustiosos momentos del grande hombre, termina la lectura y torna a pasearse a lo
ancho del escenario.

Os quedáis esperando con la mayor inquietud el paralelo terrible entre el Libertador


agonizante “seco como un sarmiento” y Santander desasosegado, durante su penosa agonía.
Comprendéis que de todos esos elementos, valerosamente presentados, el conferencista va
a sacar conclusiones mortales. Y en este estado de ánimo os pasma de desconcierto la frase
de síntesis con que cierra el tema:

Ya hemos visto, pues, cómo el mayor Santander apenas si había llegado al plano mental,
sin haber salido aún del plano fisiológico.

El humorismo, la buida ironía, el claro y alegre cinismo de Fernando González emergen,


paradójicamente, de una naturaleza tímidamente jovial, de una cristiana bohemia
verdaderamente cautivante.

Él no tiene amargura, ni pesimismo, ni escepticismo. Habla sencillamente de cosas


sencillas y nunca está en vena trascendental. Su extraordinaria espiritualidad reacciona —
para emplear una de sus palabras habituales— en una forma llana y cordial, sin graves
vestiduras lexicográficas.

Esta mañana lo visitó el fotógrafo de Cromos en las oficinas de “Cervantes”. González se


prestaba dócilmente a las indicaciones de Montoya y apenas si se atrevió a preguntar:

—¿Cómo le parece a usted que quedará mejor?

Se sentó ante el escritorio y preguntó de nuevo con una sonrisa de niño:

—¿Leyendo o escribiendo?

Sobre este punto el fotógrafo meditó un instante. Luego conceptuó:

—Escribiendo.

El autor de Mi Simón Bolívar puso papel, sacó el estilógrafo e hizo el ademán de escribir.
Obraba en todo con el temor de que Montoya tuviera alguna tacha que hacer a la
naturalidad de su actitud.

El deporte favorito de Fernando González sigue siendo el de caminar a pie. Su secretario y


su escribiente, cuando fue juez del circuito en Medellín, eran también valientes peatones, en
honor y para gloria del filósofo y del jefe.

Mientras marchábamos hacia el Bosque de la Independencia por entre el hormiguero de la


carrera séptima, se me ocurrió preguntarle:

—Y en síntesis, ¿qué deducciones has hecho del caminado bogotano?

—No me gusta; es exterior; no es centrífugo; mejor es el del Nuncio.

Supuse que la calma del bosque y el estímulo de los árboles le harían charlar mejor. Y en
cuanto estuvimos sentados y tranquilos, volví a interrogarlo:

—¿Cuál es ahora tu concepto de Bogotá?

—Bogotá es buena tierra; conversan corto, como bailando. En las demás partes conversan
muy largo y hacen dormir. Las mujeres tienen una voz que es una caricia material. Mucha
alegría. Durante mi estada aquí se resolvió quién es el que manda, si Olaya o El Tiempo.
Manda aquél. Esto me encanta. En Bogotá no hay santos sino de bigotico y caen a la
primera tentación. Bogotá será Santafé el día en que Olaya “haga hombres” y ponga a
Camilo Torres en donde está el mayor Santander.

González se acuerda de que hay personas que le hacen el cargo de estar vendido al gobierno
de Venezuela. Y eso es una inepcia infeliz. Por este camino se le ocurren muchas otras
cosas y al fin dice, refiriéndose a las relaciones entre aquel país y Colombia:
—Hay incomprensión entre Colombia y Venezuela; pero Colombia es la que no quiere
comprender. Aquí pretenden que la realidad se amolde a sus conceptos subjetivos;
pretenden que una ceiba o un samán sea como un siete cueros. Y por eso, porque aquí
reciben y miman a los desterrados venezolanos, es por lo que hay la libre navegación del
Orinoco, y sin eso no valen los llanos de Colombia. Decir que Juan Vicente Gómez no es
un hombre grande, una fuerza de la naturaleza, es ser muy bruto, y perdonen la indirecta.
En 1906 Venezuela no era nada y hoy se guarda allí a Bolívar vivo, con su espíritu
continental. Venezuela es ya una nación, con sus modos propios, su orgullo propio y sus
sistemas propios. Allí el míster se siente achicado y humilde y el sacerdote extranjero no
deja que su capa la infle mucho el viento de los llanos. Para mí Venezuela es la tierra de los
Bolívares y Colombia será la de los Camilos Torres o no será.

—¿Cómo ves el momento actual colombiano en lo moral, en lo intelectual y en lo artístico?

—Colombia de hoy no tiene “moral ni luces” (Bolívar). No hay nada, porque nadie se
fecunda; nadie tiene vida interior y los que la tienen viven en la soledad, apagados por la
seudodemocracia.

Hay muchos que leen francés, inglés, alemán y que leen todos los libros y diarios. Pero,
¿quién se fecunda y quién produce? Como híbridos no se fecundan ni paren. Espero que el
doctor Olaya se preocupe por “hacer hombres” apenas arregle esto de la pobreza. Ese
hombre alto, de ojos enigmáticos y de mirar de arriba para abajo y que conversa tan sui
géneris con el Nuncio, tiene que saber cómo se “hacen hombres”.

A todo hombre de letras es preciso pedirle su opinión sobre las nuevas generaciones. Es una
pregunta de rigor y González se apresura a contestarla:

—Las nuevas generaciones son mejores que las del año 10. En el año 10 no hubo sino
periodistas y esa es labor de obreros ciudadanos. No me gusta el periodismo sino como
propaganda. Veo alma en Eduardo Londoño Villegas, León de Greiff, Ciro Mendía y
Adel López Gómez. Hay muchos otros, quizá, pero yo no leo hace tres años. (Pienso
tristemente que mis cositas más legibles han sido escritas justamente de tres años para acá).
Es que nadie lleva bulto, nadie está lleno más que de cambios de ministerio. En Bogotá no
podrá nacer nada grande por los cafés y los diarios. Eso muele. La gran tentativa de
espiritualidad la hizo Arturo Zapata con su revista Cervantes. En esta capital sólo compran
retratos de ministros y congresistas, así: “Méndez Méndez abrazando a León y B”.

Aquí es el lugar donde más me han retratado.

Fernando González se da cuenta repentinamente de que ha dicho muchas cosas y, como


temeroso, empieza a dar respuestas sintéticas:

—¿Cuál es tu ideal de lector?

—El que se lee a sí mismo.


—¿Y de espectador?

—El que no se deja dominar sino el momento necesario para penetrar en lo que ve, y luego
se controla. La contraloría es la gran institución anímica.

—¿Qué propósitos llevas a París en cuanto se refiere a tu futura producción?

—Yo no sé lo que haré. Eso depende de muchos factores.

—¿Cuáles son tus métodos de lectura?

—Consultar; sólo leo cuando consulto. Los ojos se hicieron para ver y no para leer. Leo el
original, o sea, la vida. Los libros son malas copias.

—¿Cuál es el libro colombiano que más te gusta?

—María. Ese judío Isaacs tenía herencia del pueblo más grande de la tierra.

Volvemos a pasear por todas las veredas del bosque. Luego salimos por la puerta que da al
Paseo Bolívar. Caminamos bajo el solecito de las cinco y yo siento cierto vago temor de
que a Fernando se le ocurra, por ejemplo, decir alguna barbaridad contra el general
Santander con una tarde tan bella y por un camino como éste.

Pasamos frente a un alto montículo de arena rubia en cuyos declives juegan entre risas,
cuatro chiquillos desnudos.

Y pregunto a mi ilustre amigo, mientras miro el retozo de las criaturas:

—¿Qué opinas del nudismo como tendencia de perfeccionamiento humano?

—Adán y la joven Eva se vistieron al perder la inocencia. Sus hijos no podrán desnudarse
sino al recuperarla. La palabra es la forma del pensamiento y lo es también la mímica. El
espíritu se manifiesta en formas; de suerte que el vestido es consecuencia; el hombre no se
perfecciona porque se desnuda, sino que se desnuda porque se perfecciona. Adquirir la
perfecta inocencia es el fin de la escuela cínica a que pertenezco, y una vez que se consiga,
el hombre arrojará el vestido. Pero eso no pasará en Bogotá, porque aquí hace mucho frío.
Esta será eternamente la ciudad bien vestida; por eso mismo, aquí será siempre en donde la
mujer sea más atrayente y deseada, pues el amor fisiológico es una tendencia irresistible al
descubrimiento, una grande ansia de investigar lo oculto.

¿Qué otras cosas pensará Fernando González del amor? Seguramente muchas y muy
importantes.

Pero yo amo esta empírica idea mía del amor, así como la siento ahora, bajo el místico
rumor de campanas del anochecer.
Cromos. N° 774. Bogotá, agosto 8 de 1931. Inversiones Cromos S. A.

———
Adel López Gómez nació en Armenia, Quindío, en 1900. Fue periodista, académico,
escritor y guionista de radioteatro. Colaboró como cronista y articulista en los periódicos El
Tiempo, El Espectador, El Colombiano y El Correo Liberal, y en las revistas El
Gráfico, Cromos, Sábado, Horas, Revista de América, Magazín Dominical y Revista de las
Indias. Sus novelas más conocidas son El niño que vivió su vida y La noche de Satanás.
También publicó los libros de cuentos El fugitivo, El hombre, la mujer y la noche, Cuentos
del lugar y la manigua y Cuentos selectos. Murió en 1989.

Fuente:

Hoyos Naranjo, Juan José (compilador). La pasión de contar: El periodismo narrativo en


Colombia, 1638 - 2000. Editorial Universidad de Antioquia / Hombre Nuevo Editores,
Colección Periodismo, Medellín, diciembre de 2009, p.p.: 529 - 532. Texto publicado
originalmente en revista Cromos n.º 774 de agosto 8 de 1934.

El brujo Fernando González


Por Alberto Aguirre

Si uno lee el Santander de Fernando González, y en plena república liberal —que no cesa,
aunque cambie el signo—, padece un sacudimiento. En medio de tanto paramento y de
tanta hipocresía, y de tal unanimismo, uno se da cuenta de dos cosas: que es posible pensar
y que, por fuerza, aquí, pensar es pensar en contra. No es sólo lo que se aprende sobre la
raposería jurídica con la que ese hombre (de las leyes) estigmatizó a este país, sino que sabe
de súbito que la palabra puede ser subversiva. Era ese magma que se venía agitando en la
intimidad, y que este libro descubre. O sea, que González te destapa, te impulsa a la
desnudez. No es maestro, ni cartabón, ni guía de perplejos: no te suministra un dechado de
principios morales o filosóficos o ceremoniales, para vivir la vida. No es pauta, ni plantilla.
Si se sabe leerlo, te da una patada-de-mula. Tampoco es un camino, pues no se puede andar
el camino trepado en los hombros de otro. Ni el camino de otro me sirve. Dice (1): “¡Pero
¡qué difícil, Maestro, comunicar, ¡enseñar estas cosas! Tan difícil, que es imposible. El
Maestro es apenas guía, estímulo, inductor. Sócrates se llamaba a sí mismo, irónicamente,
partero, y la ironía estaba en que su madre lo fue”.

Sucede que la gente, despistada, anda buscando su maestro que los lleve de la mano, y eso,
desde la más tierna infancia. Primero, el papito, luego, el tutor, y por último, el profesor. Y
ya acartonados, se pegan de un HerrDoktor, sobre cuyas huellas transitan. Tanto el párvulo
como el Ph.D. necesitan un lazarillo. Siempre, el alma enajenada. Dice González (2):
“¿Comprenderéis por qué es un error imitar, por qué vosotros no debéis hacer este viaje
nuestro, usar nuestros bordones y ser castos como nosotros, jesuitas mundanos? Porque lo
único hermoso es la manifestación que brota de la esencia vital de cada uno”.
No se puede ir tras las huellas de otro... Ni se puede transitar el camino que otro ha
transitado, aunque lo haya conducido a las estrellas. Mi camino es el mío, el que yo pueda
construir. Aunque me lleve al agujero. Y si no puedo construir ninguno, quedaré perdido
como un ciego en un bosque. La torpeza es pensar que hay un maestro o un guía o un gran
hombre o un pensador que te puede llevar, con su doctrina, a buen término. Vale decir, a la
salvación. La gente vive descentrada, como veleta que rompen todos los vientos. Muchos se
contentan con la vida inane, y algunos creen orientarse trepándose en los hombros de otro,
sea Heidegger o el Bolillo: siguen la pauta que les traza su director técnico o espiritual, sea
profesor de filosofía o maestro de futbolistas. Así creen andar un camino. Pisando paso a
paso la huella que otro implantó, en realidad agonizan, estériles como estacones de finca
con vacas. Ni siquiera perdidos: estancados.

No hay tabla de salvación sino en la intimidad. Y la intimidad es esa cosa que no se puede
compartir con nadie (ni siquiera en el amor), y que nadie conoce. Y que a uno mismo le
cuesta inmenso trabajo asomarse a ella. Conocerse a sí mismo es tarea más difícil que
conocer a otro. Y son muy poquitos los que se han asomado a su propia intimidad.
González fue uno de ellos. Ese es su misterio.

Entonces, ¿qué objeto tiene “estudiar” a Fernando González?

Dice, en Viaje a pie, que “la humanidad se agarra desesperadamente a sus grandes
hombres, les compone sus vidas con leyendas, corrige sus actos, pues los grandes hombres
fueron vulgares el noventa y ocho por ciento de sus vidas; apenas muere uno que haya
logrado pensar, sentir y obrar, lo coge la humanidad desesperadamente y perfecciona su
imagen”.Eso es lo que da pavor. Que se esté perfeccionando la imagen de Fernando
González, pues fue uno que pensó, sintió y obró. En Libro de los viajes o de las presencias:
“Cuando triunfe la síntesis nos llamarán ‘precursores’ y nos harán bustos”. Lo grave es que
el busto paraliza y pone distancia. ¿Cómo se hace para hablar de Fernando González sin
alzarle busto y sin dar pulimento a su imagen? Tal vez negándolo.

Después de haber hablado mucho, en cualquier sitio o circunstancia, se sentía como con
bascas. Desasosegado. “Soy un publicista, como cualquier suramericano”, decía, y se le
veía la angustia en la opacidad de sus ojos, de ordinario tan dulces. Su amor y su mundo
eran el silencio. Cuando se habla tanto de Fernando González se empiezan a sentir bascas.
Me estoy publicando —es frase suya—, me estoy volviendo hombre público o mujer
pública. Qué asco. “Ayer me preguntaba Félix: ‘¿Qué te gusta para trabajar?’ Examiné
despacio, y no me gusta ser abogado, ni gobernador, ni periodista, ni comerciante o
industrial. Unicamente me gusta pensar, estar pensando por ahí, de pies bajo los árboles,
sentado en el excusado o paseando despacio por lugares desiertos” (3). En otro texto:
“Filosofemos aquí, en donde hay yarumos blancos” (4).

No es en los libros, o con los libros, dónde, o cómo, se puede filosofar. ¿Toda esta
palabrería para qué sirve? Pasear despacio por los lugares desiertos o encontrar, allá
en Islitas, el espacio umbroso debajo del yarumo, esperando su blancura. Quedarse como
pasmado, y sentir que la intimidad te empieza a hacer brujitos, como el niño tras el tronco
de la palma jugando escondidijos. ¿Será eso filosofar?
Dice Rafael Gutiérrez Girardot que la cuestión de si Fernando González fue filósofo o
ensayista, “no es una pregunta por si él dejó un ‘sistema’ o una ‘doctrina’, sino por el rigor,
la coherencia, la cualidad y la adecuada fundamentación crítica de su pensamiento, y nada
de eso se encuentra en su obra” (5). O sea, que no es ni filósofo, ni ensayista. ¿Y eso qué
importa? Resérvese el título de Filósofo (avec son grand “F”) para el susodicho profesor
emérito de la universidad de Bonn. Escribe Fernando González en Los negroides (6):
“Colombia produce hombres estudiosos, lectores, muchachos juiciosos. Ningún país más
inducido. Toda teoría es recibida, toda ley y todo libro es plagiado”. De veras que no tiene
ninguna importancia ganar esta fofa pelea (no propuesta) y obtener para González el carné
de filósofo.

“¡Oh, mi vida interrumpida de brujo! Porque yo propiamente no soy novelista, ni ensayista,


ni filósofo (¡qué asco la filosofía conceptual!), ni letrado, sino brujo: brujería, el Dios, el
hijo de Dios. ¡Oh felicidad!” (Libro de los viajes o de las presencias).

¡Ay, qué felicidad no ser filósofo, ni profesor de filosofía! Andar por ahí, como alelado,
buscando yarumos blancos. Ahí tienen un título, para ellos que no entienden si no clasifican
(parecen entomólogos): era brujo. No se sigan preocupando por negarle a González el título
o la condición o la fama de filósofo. Que él no lo quiso nunca. Ni lo pretendió. Y a los que
aún le tenemos amor, los que aún sentimos esa patada-de-mula que fue su presencia, nos
importa un pepino que lo borren del panteón de los filósofos. O que no lo admitan.

Sí, noten que no se habla de su “rigor y coherencia”, ni de su “doctrina”, ni de su


“fundamentación crítica”, sino de su presencia. Que se sintió en vida, estando a su lado, y
que se sigue palpando (cualquiera puede hacerlo) en sus palabras y memorias. Como era
brujo, es su presencia lo que importa.

¿Y qué es la presencia? Ahí sí nos metimos en un lío. Que definan ellos, los profesores de
filosofía.

“¡Pero más cómica es esta catedral de cemento, y mucho más aún un sistema filosófico
tomado en serio y con arreos militares de conquista, tal como el sistema escolástico! ¿A
quién se parecen los filósofos sistemáticos? A rumiantes de cuernos temporales que se
resistieran a abandonarlos en primavera. Pues los sistemas filosóficos son también
excreciones del compuesto sicofísico. Hay que abandonarlos como excreciones. Los
hombres somos agentes del devenir y como tales debemos ser dóciles” (Viaje a pie).

Debemos ser dóciles, pero el susodicho profesor echa de menos el rigor y la


fundamentación. Parece construyendo la catedral de Manizales.

Dice D’Hondt, de Hegel: “Protesta incansablemente contra los pensamientos fijos,


cristalizados, rígidos, endurecidos. ¡Y no sólo contra estos pensamientos! La estabilización,
la osificación, la petrificación y la esclerosis no son más convenientes para los individuos
que para las naciones o las doctrinas” (7).

Ahora, el problema de las definiciones preocupa es a los profesores de filosofía. Que se


amarguen ellos. “Padezco pero medito. Los filósofos que pretenden dar a sus discípulos los
frutos cosechados por ellos, conceptualmente, ¿no cometen el pecado de formar códigos,
joyas muertas con que se adornan en las bibliotecas los estudiantes?” (Libro de los viajes o
de las presencias).

Buscaba, por el contrario, la “obra agradable y efímera” (Viaje a pie), pues se definía como
“un hervidero de contradicciones”. “¡No me hablen de contradicciones! Al segundo, ya era
diferente del que parió mi madre, quien me hizo cabezón e infiel como la vida. ¿Soy acaso
estacón de comino de alambrada de púas? ¿Soy acaso habitación de ideólogos o de espíritus
ciegos? Soy de carne y hueso; sufro pasiones; padezco y reacciono; hoy río y mañana lloro.
Estacón, no, cagajón río abajo, sí” (8).

¡Qué pereza ser estacón! Puede que sea más seguro, pero es aburrido. Todo esto quiere
decir que uno no se puede sentar a estudiar los libros de Fernando González. Mejor dicho,
no es posible dedicar vida o minutos a aprenderse los libros suyos. No se lo imagina uno —
y a Dios gracias, pues ahí sí lo volverían estacón— como materia de currículo en el octavo
semestre de la Facultad de Filosofía. Un pensamiento vivo no se puede cuadricular.

Es ese prurito de estar en contra de lo que se esconde en la palabra suya. Y el prurito de ser
y de ser vivo. Y que el pensamiento no brota de los libros sino de la vida (aunque vuelva a
los libros). Y que, en este país arrebañado, es una delicia pensar. Porque pensar es siempre
pensar en contra. Pero eso no se puede enseñar. Ni esto te sirve para conseguirte un
sabático en una universidad alemana. A González no lo pueden clasificar, ni encajonar, ni
estancar. Por eso los desazona.

“Gris, amigo mío, es la teoría, pero eternamente verde el árbol de la vida”, decía Goethe. El
pensamiento de González es, primero, en su raíz, una vivencia: su idea brota de la vida y no
de los libros, ni de otras ideas. Palpitante, por eso, su presencia, la presencia de su idea.
“Recuerdo muy bien que fue al pasar una vaca cuando comprendí a Manjarrés “. La vida le
hace brujitos, y le enseña: le dispara el pensamiento.

“Había un escriba en el Tribunal, treinta pesos de sueldo, casado hacía quince años y su
mujer dizque era horra. Al fin aprendió y se dedicó a lambón: le ascendieron a sueldo de
ochenta pesos y al año parió la vieja. Y así, una vez que vino una señora de Bogotá, horra
también, dizque a beber agua de La Ayurá, que dicen que hace empreñar a las más duras, y
a hacerle novena al Señor Caído de La Candelaria, que también dicen que preña, el escriba
del Tribunal dijo: ¡La novena que se la hagan al Señor Parado! Quiere decir que todo lo que
llaman milagros proviene de la energía vital, y que ésta es la adaptabilidad: salud, dinero y
poder” (El maestro de escuela).

Y en Viaje a pie: “Estaban secos nuestros espíritus como cañas de azúcar exprimidas entre
los cilindros. Esperemos que el espíritu recoja, como las glándulas mamarias. Nuestras
ideas son de la tierra, así como la miel de los panales es elaborada de sus frutos. Nihil in
intellectuquodpriusfuerit in sensu”.

Son palabras, ideas, pensamientos, que tiemblan: se ve la palpitación de la vida que los
hace brotar. El estacón es seco. Las ideas que repite, como puestas allí con grapas, son
mustias y son ajenas, y no tienen virtud palpitante. Para nada me sirven, sino para aumentar
la cantidad de mis informaciones. Son como monedas atesoradas en las cavas de un banco.
Me vuelvo erudito, estéril.

Por eso, para González, “vivir es ir desnudándose, digiriendo la nada de uno; un viaje, un
desnudar indefinido” (Libro de los viajes o de las presencias). Pues sólo la desnudez te
permite palpar la vida, para encontrar entonces una visión que la haga transparente.

Fernando González no es para aprendérselo de memoria, a fin de rendir examen y obtener


cuatro créditos como peldaños hacia el grado de doctor en filosofía. Es acicate, una
presencia que te ayuda a la desnudez, a encontrar tu propio camino de la intimidad (que es
la desnudez).Porque sólo allí, en la desnudez, brotará la idea, viva y rozagante.

“Para los colombianos —dice en El remordimiento—, yo soy pornográfico. Pueblo mísero,
envilecido por centurias de dominio español, convento de clérigos vestidos hasta las orejas,
pueblo cuya capital es Bogotá, ciudad habitada por hombres que piensan, escriben y viven
para ‘cubrirse’, porque son pecados andantes. Miguelángel, Goethe, el Libertador y yo no
nos tapamos”.

“Por eso me llaman impuro”, agrega. Y por eso lo han ignorado o lo han menospreciado.
Ese que está desnudo en medio de clérigos y doctores tapados hasta las orejas, es un
réprobo. Y un escándalo. “Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y no un santo
de palo, como estos suramericanos hijos del pecado y de la miseria”. Es difícil vivir en un
país de hopalandas cuando uno quiere —necesita— estar desnudo.

Como brota de la vida su palabra, como es sacudido por la vida —que es cambiante—, no
es coherente, y no tiene el rigor de los estacones: aquel rigor mortis del concepto. Vibra y
cambia y se contradice y se niega. Y también es víctima del remordimiento.

Vibró en muchas vidas y en muchos espacios. Destapó a Santander, para mostrarlo como
“falso héroe nacional”, y señaló el camino para entender a Bolívar, única presencia
continental que ha dado Suramérica. En la historia de este país nadie ha sido tan penetrante.

En Los negroides desnudó el alma de Suramérica: “¿No observan todos que a pesar de leer
tanto y saber tanto, el suramericano nada crea? Pues muy fácil explicarlo: tienen vergüenza,
simulan, leen, etc., porque están obligados por el coloniaje político, racial y literario, a
considerarse como hijos de puta. Me enorgullezco de ser el primero que ha estudiado el
complejo que he llamado hijo de puta. Aquí han dicho que uso palabras inmundas; lo que
sucede es que estudio problemas nuevos, suramericanos”.

El fracaso vital, la tenaza del deseo y del remordimiento, el boato y la farsa políticas, ese
hundirse en los abismos de donde apenas logra sacarlo a uno Zaqueo, la indagación por el
sueño, el desnudarse en busca de la idea, la torpeza e hipocresía nacionales, la pompa de
sus dirigentes y sus artimañas, la falacia democrática. Desnudó el mundo.

Y vivió siempre a la enemiga. En Los negroides: “De ahí que el antioqueño no sirva sino
para abrir fincas, para conseguir dinero, y que no se pueda confiar en sus ideas políticas,
religiosas, etc.”. Un texto vivo. Parece escrito para los de hoy. “El medellinense tiene su
lindero en sus calzones; el medellinense tiene los mojones de su conciencia en su almacén
de la calle Colombia, en su mangada de El Poblado, en su cónyuge encerrada en la casa,
como vaca lechera”. Sigue vivo. Habla hoy.

Es, de nuevo, acicate: en un mundo pútrido, la desnudez —la pureza— ha de vivirse como
negación.

Y ese viaje a la intimidad, en el desnudarse. Que se inicia con Viaje a pie: un pensamiento


que va surgiendo del camino y de las excitaciones del camino. Como en las medidas que se
hacían en las viejas minas antioqueñas, el pensamiento de González va brotando de las
sinuosidades del suelo (de la vida), como quien dice, se va formando a cabuya pisada.

Viaje a pie limpio hacia la intimidad, que culmina en Libro de los viajes o de las
presencias. Qué mundo tan íntimo y tan intenso y tan complejo y tan alucinante el que
brota de este texto. Es un mareo penetrar en ese mundo, como si fuéramos impotentes para
tanta desnudez. Tal vez estamos aún biches para “entender” a Fernando González: para
entender que no es concepto sino presencia. Y que, por tanto, no lo podemos leer como
concepto, sino vivirlo a través de las palabras. Faena tenaz. Y no estamos entrenados para
ello, pues toda nuestra sabiduría se concentra en el concepto. Aprehendemos por la lógica,
y en todo tejido de palabras vemos una coherencia conceptual, buscamos una nitidez dicha
por la palabra. ¿Cómo percibir, detrás, en el subtexto, la vida, la presencia? Habría que
abrirse con la pureza de un niño. Pero entonces, quizá, sería mayor el pavor.

No hay otra receta que leer a Fernando González: no tolera exegetas ni evangelistas. No se
puede explicar su pensamiento. Hay que vivirlo, porque es pensamiento vivo, es presencia.
Se trata de ponerse en presencia de ese ser vivo que fue Fernando González: sí, vivo,
porque nunca fue estacón, porque vivió siempre alerta, sacudido por la desnudez suya y del
mundo. Ponerse en presencia de sus palabras, que son trasunto de vida. Es otro el tipo de
lectura que exige, o tolera. No la mayestática requerida por el texto conceptual, riguroso y
sistemático, sino ésta que señala en el preludio a Libro de los viajes o de las presencias:
“Todo libro debería caber en el bolsillo; hay que llevarlo, tiene que ser manual, para leerlo
al pie de los árboles, al lado de las fuentes, en donde nos coja el deseo. Un libro bueno tiene
que ser manoseado, vivir con uno, pasear con uno”.

Es difícil hacer esos viajes y ser admitido a tales presencias. Tal vez nuestro espíritu sigue
preso en el cepo del concepto. En ese libro (y de ese libro):

“¡Pero qué bueno publicar un librito duro, límpido, vivido! Un librito que fuera como
después de que pase el jaleo, para los que vendrán; que no se venda hoy; que no sea de
ayer, ni de hoy, sino de un lejano mañana, y que lo encuentren de pronto los semejantes al
ser oculto que lo escribió, y vayan a buscarlo y a buscar su tumba, y no hallen nada, porque
está ‘allá’, más lejos de donde habitó antes de nacer en Envigado... De 160 a 200 páginas,
en octavo, forma francesa de bolsillo, de pasta roja oscura, que si lo abren los de hoy, crean
que se les olvidó leer, que eso no dice nada”.

Notas:
(1
Libro de los viajes o de las presencias, Aguirre Editor. Medellín, 1959.
)

(2
Viaje a pie. 2a ed., Ediciones Tercer Mundo. Bogotá, 1967.
)

(3
El remordimiento. 3a ed. Bedout, Medellín, 1972.
)

(4
Viaje a pie.
)

(5 Rafael Gutiérrez Girardot. Devoto filósofo de Envigado, reseña del libro Fernando González, filósofo
) de la autenticidad, de Javier Henao Hidrón, en Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis
Ángel Arango, vol. 27. Bogotá, 1990.

(6
Los negroides, 3a ed. Bedout. Medellín, 1972.
)

(7
Jacques D’Hondt. Hegel, filósofo de la historia viviente. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1971.
)

(8
El maestro de escuela. Editorial ABC, 1941.
)

Fuente:

Aguirre, Alberto. “El brujo Fernando González”. Bogotá, Magazín Dominical de El


Espectador, nº 565, febrero 27 de 1994.

El pensamiento de
Fernando González Ochoa
El lema de su escuela era: «El que no
está consigo mismo, no está conmigo».

Gonzalo Arango

Por Édgar A. Ramírez

Este ensayo obedece al esfuerzo por comprender la concepción de FERNANDO GONZÁLEZ


OCHOA (FGO) sobre el ser humano: su vida, su pensamiento, la pedagogía.
Fernando González es, sin duda, nuestro pensador más original. No tanto por la novedad de
sus propuestas como por su libertad de espíritu. Su pensamiento no pretende ser una
filosofía sistemática, sino un canto a la vida nuestra, a la vida colombiana.

FGO se deja impresionar por la forma como se manifiesta la vida en nuestra tierra: en
aquellas alturas de Antioquia «la vida era una atracción universal de mundos y seres
impulsados por el ansia del devenir».

Entonces, hacer filosofía es ir de viaje: «Somos aficionados a la filosofía y a los viajes»,


pues «caminar es el gran placer para el cuerpo».

Por esto, opta a favor de la vida y, desde la misma, lucha contra todo lo que impide vivir y
autoexpresarse al hombre latinoamericano: «Quiero tener la inocencia de la vida griega y
que en Colombia me llamen impuro. Prefiero ser hijo de la vida, palpitante, armonioso, y
no un santo de palo, como esos suramericanos hijos del pecado y de la miseria».

La intensidad del viaje depende del ritmo. Dejemos, pues, que la vida se nos revele durante
el viaje como una intuición.

La filosofía

FGO ejerció la filosofía, antes que nada, como crítica desideologizadora o «desnudadora»
de todos aquellos fanatismos que se oponen a la libre expresión de la vida.

Pensar, en Fernando González, es un vicio: una pasión. Pensar es expresión de la energía


vital.

En sus críticas a la Colombia tradicional, FGO se inspira en Nietzsche. Nietzsche, en


cuanto predicador del goce dionisíaco y de la energía vital. De aquí su concepción del
pensamiento como un arma afirmadora de la vida.

Colombia es el «comunismo ideológico» porque aquí no hay ideas propias. Hay que
desnudar el catolicismo mojigato y los sistemas filosóficos, en particular la escolástica, para
abandonarlos como excreciones: «¿A qué se parecen los filósofos sistemáticos? A
rumiantes de cuernos temporales que se resistieran a abandonarlos en la primavera». La
explicación mata aquello que quiere explicar.

Acordándose de su expulsión del colegio de los jesuitas de Medellín por criticar la


silogística escolástica, cree que estamos perdidos desde que no se pudo probar el primer
principio. Pero esta falta de seguridad (abandono) «aumentó la cantidad de suerte y azar en
nuestro pobre vivir». Por lo que, perdidos, «nos guía por la vida […] la huella que dejaron
en nuestra alma de niño tres mujeres: la madre, la Hermana Belén, y tú, Margarita».

De aquí su particular concepción del objeto de la metafísica y de la lógica: «Para nuestras


encantadoras lectoras queremos anticipar que nuestra metafísica es efímera, agradable y
esferoide como los encantos de sus cuerpos». «La lógica […] es el orden en el espíritu.
[C]onsiste en obrar de modo que cada acto encierre en sí el efecto apetecido», es decir, que
cada acto sea una manifestación coherente de la vida. «¡Cuán bella es la vida para el
metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo
madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir. ¡Y generalmente se percibe a sí
mismo como esencia!».

FGO se considera a sí mismo un amante aficionado y casto de la filosofía. El filósofo es un


aficionado porque es un amante: un buscador de la verdad y es casto en el sentido de que
para el filósofo está reservada una mirada inocente sobre la vida. «Somos en un noventa y
nueve por ciento amantes, y el resto filósofos, pero filósofos del amor».

Pero «las filosofías forman parte del fenómeno vital y son variables también: son
manifestaciones del hombre por la variación relativa de su forma». «[S]i el sujeto es
efímero, todo predicado de él lo será igualmente o más». No hay que esperar de FGO un
sistema de pensamiento como el que está criticando: la escolástica, ni «definiciones de la
vida, resoluciones de problemas». «[L]a ciencia de nuestro siglo es descriptiva, impersonal;
debía ser humana, relacionarse con el poder del hombre».

A pesar de todo lo anterior, FGO mantuvo su fe cristiana, pero criticó como ninguno el
fanatismo religioso del pueblo colombiano. Se apropió de una manera muy particular su fe
en Jesús: para él fue el SUPERADOR. Por esto, fue el primero que venció la muerte. El
diablo, por su parte, fue nuestro maestro de filosofía: «[C]on su cola prensil hurgaba y
revolvía nuestras almas». De aquí que Colombia es el país del diablo.

La vida

En FGO encontramos un pensamiento así como es la vida: contradictorio. De lo que se trata


es de vivir plenamente la vida: «El objeto de la vida es que el individuo se auto-exprese» y
que su expresión sea reflejo de su armonía con la energía vital del universo.

El universo es un canto armonioso a la suprema energía. «La armonía suprema nos llama
más allá de la tierra». La causa de la tristeza del hombre es que por la irregularidad de su
vida no armoniza con este canto.

Marquínez anota que «desde esta visión de la vida, como derecho y deber de autoexpresión
de los individuos y de los pueblos, (FGO) critica lo que considera pseudovalores morales,
religiosos, pedagógicos y políticos en la sociedad colombiana de su tiempo. Sus prédicas en
contra de una tradición anquilosada y maniquea escandalizaron a los guardianes del
inmovilismo: “Los códigos morales, las virtudes aceptadas, petrificadas, las catalogaron
hombres debilitados ya. […] A medida que crece nuestra pobreza vital, aumenta nuestra
moralidad y nuestro apego a los prejuicios”».

La vida, en FGO, es la manifestación de la suprema energía de la tierra, del universo. Es


una abundancia que «se afirma indefectiblemente» y que no puede ser definida, limitada.
De la tierra nos viene la energía: sus «jugos deben nutrirnos». La tierra es nuestra madre. Al
final del viaje «[…] percibimos más claramente que la tierra es nuestra madre. [T]todo
nuestro vivir era el palpitar de la energía en nuestra madre».

Es por lo que FGO ubica la «esencia de la vida» en el «poder curativo del alma, el poder
cicatricial, la divina facultad del olvido». La fuerza vital es un poder regenerador que
incluso nos permite enfrentar la muerte: «Es propio del que está lleno de vida olvidar la
muerte». El olvido hace al hombre más o menos poderoso. «Los superhombres cicatrizan
pronto sus heridas».

La vida es un movimiento que rompe la individualidad y toda lógica. Es la fuerza vital la


que domina: el ánimo que nos hacer amar, crecer y desear. Somos «depósitos» de energía y,
por lo tanto, de poder. Es lo que llama FGO la sinergia. Tener sinergia es estar lleno de
vida; tanto para recibir como para dar.

Pero, aquí está también su dimensión trágica: «La vida del hombre sobre la tierra es brega y
tristeza. Vivir es luchar con el tiempo, el cual nos arrastra, a pesar de resistirlo. ¡Qué
horrible es, durante algunos días, vivir…!». (contradicción)

«¡Cuán propia es esta vida moderna, rápida, difícil y varia, para perder toda fe, para ir por
la vida como madero agua abajo!». Se nos gasta la fuerza vital en perseguir a seres que no
van a ser nuestros. Por ejemplo, para qué correr tras las mujeres: si han de ser nuestras
vendrán donde estemos.

«El único método para vivir que conserva la alegría, es vivir resistiendo al deseo que nos
urge por el goce; vivir despacio, inervados»: la búsqueda casta del goce: la contención. Lo
contrario es «la esclavitud del alma por los deseos».

El hombre

«Lo único nuestro es el instante que pasa».

Todo el trabajo de FGO va dirigido a hacer que aparezca el «hombre echado para delante».

Sólo hay progreso por la autoexpresión, la afirmación y la liberación de la persona:


«Personalidad es la manera como cada individuo se auto-expresa. Es la forma de la
individualidad. Todo ser es individuo, pero pocos son personas. Casi todos los individuos
están latentes, esclavizados por las maneras de la especie (formas sociales). Tales formas
fueron impuestas por inducción (contagio, sugestión, imitación) de personalidades
poderosas».

Pero, al hombre de hoy se le va la vida en buscar dinero. Este es el «siglo del hombre que
hace fortuna». «El crédito ha reemplazado al diablo en su papel moralizador». Por esto, el
hombre es un «animal triste» en la medida que entrega y pierde su energía vital.
El hombre se hace esclavo cuando no puede prescindir de algo. Es preciso que el hombre
sólo se posea a sí mismo. RECOGERSE significa retraer todos los deseos: unificarse
alrededor de sí. El hombre se supera a sí mismo cuando absorbe energía vital, como cuando
«se chupa una naranja». «Vivimos buscando el goce», pues la esencia de la vida es la
búsqueda del placer.

«Somos sensibilidad que se perfecciona». En su Viaje a pie describe FGO de una manera


muy bella la manera cómo podemos engrandecer nuestra capacidad vital: «En esta mañana
de sol nuestra piel abre los poros a la caricia del padre de la vida y tiembla de sensualidad.
Sí; es completamente mujer esta sensibilidad de la piel. Bajo el sol hemos sido hembras
poseídas. Los poros abiertos, bocas suplicantes, reciben la caricia, se mueren de placer
como las mujeres».

De lo que se trata es de conservar nuestro calor vital: de aumentar la sinergia que expresa la
alegría esencial de vivir. Pero la humanidad vuelve a los grandes hombres santos o héroes.
Los coloca como ejemplo de los que más supieron inhibir sus pasiones: «[S]on el resultado
del asco que tiene el hombre por sí mismo». Un ejemplo paradójico de esta situación es el
jesuita. Este «es el hombre de la regla; el hombre que disciplina su inteligencia y sus
pasiones; el hombre interesante; en algún sentido es el hombre superador que buscamos».
El jesuita sólo goza con tres cosas: «[…] las tres proposiciones del silogismo; la mayor, la
menor y la consecuencia. El que conozca las leyes de estos tres elementos es más poderoso
que un ejército de alemanes».(nuevamente contradicción)

Al jesuita le hace falta la unidad de la vida que cesa la antítesis entre el bien y el mal. La
vida es una unidad y los jesuitas la han vuelto fragmentaria. El hombre superador que
buscamos es «[m]ás hermoso que la montaña alta; más conmovedor que la mañana
pletórica de tibieza, es el espectáculo del hombre grande».

Egoencia y vanidad

La distinción entre egoencia y vanidad le permite criticar la apariencia en la que viven los
latinoamericanos y la poca energía vital que tiene nuestro pueblo que ya ni siquiera produce
revolucionarios.

[La vanidad] es vacío; aquella, realidad. El vanidoso simula y sus manifestaciones o formas
carecen de la gracia vital. El egoente, haga lo que hiciere, tiene la gracia de la lógica; haga
lo que hiciere, ya vaya roto o sucio, nos enamora, porque la vida es lo que nos subyuga.

La hermenéutica histórica, que Fernando González practica, trata de comprender la realidad


actual de los pueblos latinoamericanos, desde tres categorías: dependencia, complejo y
mestizaje.

En Los negroides (1936), FGO muestra cómo hemos sido unos «copietas» y denuncia este
vicio nacional: «Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y
programas, copiados; copiadas todas las formas. […] ¿Qué hay original? ¿Qué
manifestación brota, así como el agua de la peña?». «¿Imaginación creadora? Ninguna. No
tenemos arquitectura, pintura, escultura, novela, drama, leyes, costumbres. Imitamos. […]
Ningún invento».

El vanidoso «es quien obra, no por íntima determinación, sino atendiendo a la


consideración social». Es el suramericano desordenado, ratero, indefinido, inmoral, que se
avergüenza de su mamá: que tiene «complejo hijo de puta, a saber: todo ser híbrido es
promesa y pésima realidad». La vanidad es vergüenza: del indio y del negro, de sus
instintos y de sus padres.

La vanidad es propia de la mediocridad del rebaño donde tienen «la individualidad tan
apachurrada». Es vivir esa sensación de ilegitimidad del espíritu gregario. El vanidoso es el
«genio de las nalgas» en cuanto que lo único que sabe es copiar; carecen de pudor, son
puras «ventosidades de marrano».

La crítica de la vanidad suramericana lleva a FGO a tal pesimismo que incluso afirma que
«no está aún en las posibilidades mentales de nuestro pueblo el comprender los fines
interiores».

Por el contrario, el egoente, el hombre superador al que aspiramos, se caracteriza por el


orgullo de sí, la originalidad y la desvergüenza. La egoencia es la afirmación de la libertad
y de la vida del hombre «embadurnado de goce».

Bolívar era libertad, ascenso, afirmación de sí; ejemplo del egoente suramericano. Por esto,
«el día en que seamos naturalmente desvergonzados, tendremos originalidad». Es volver al
desnudarse de la autoexpresión inocente y original.

Se trata de que «[n]o aspiremos a ser otros; seamos lo que somos, enérgicamente. Somos
tan importantes como cualquiera en la armonía del universo».

El egoente sólo acepta como imperativo categórico el «alegrarnos y alegrar a quienes nos
rodean. Generalmente nos entristecemos unos a otros; nos amargamos este relámpago, este
epifenómeno que es la vida humana. […] En eso consiste el ser buenos, en alegrarnos». El
egoente obra por la «satisfacción del triunfo sobre el obstáculo, por el sentimiento de
plenitud de vida y de dominio». En esto consiste la manifestación de la alegría de vivir y la
estética de la vida cotidiana. Hay que volver a la vitalidad como lugar de sentido.

En esta perspectiva, es que hay que volver a la belleza como expresión de la vitalidad del
ser humano latinoamericano. A la belleza de la vida que «promete y asciende». La belleza
es peligrosa para el vanidoso que la contempla; para el egoente, «sabio de la contención»,
es causa de emociones ricas en perfeccionamiento, a los demás los deja vacíos y les roba su
energía vital. Sólo emana vida y es bello el acto que es fruto de nuestro ser y de nuestra
verdad: para el egoente, de nuestra condición latinoamericana. En el acto bello se expresa la
energía interna.

Y lo que es lógico es bello. La belleza se manifiesta como armonía. Vitalmente, nuestros


feos latinoamericanos son hermosos cuando en su fealdad habita cómodamente el espíritu,
cuando sus desproporciones son fruto del borbotar de la energía. Por esto, hay feos que
tienen una personalidad magnética: porque son naturales. «[…] lo único hermoso es la
manifestación que brota de la esencia vital de cada uno». La alegría que produce la belleza
es la tendencia de la energía a actualizarse.

«La mujer es más bella cuando su cuerpo es más prometedor […]. Bello es todo lo que nos
incita a poseerlo. […] Deseable es lo que emerge, lo activo en potencia que nos invita a
fecundarlo. Por eso las grandes obras de arte son, por decirlo así, esbozos que excitan la
imaginación para completarlos; hay una fecundación». La mujer tentadora es conductora de
las corrientes de la energía vital y todo lo vital es antecedente del amor.

En este mismo sentido es que hay que recuperar el amor, en cuanto que es la motivación
por el viaje de la vida. «El amor es para nosotros lo que está detrás de las formas, la médula
de lo fenoménico o, para decirlo en forma bárbara, el nóumeno». «[…] sobre la esencia,
amor, se representa el fenómeno vida».

Pero el latinoamericano es un ser egoísta. El amor propio ocupa igual espacio que la vida.
«[…] en estos pueblos aislados, en donde vive el diablo, tiene el amor ese interés
misterioso que le dan el pecado, el diablo y el infierno; únicamente aquí tiene el amor la
atracción del delito». Por esto, es que «el pecado es lo que hace interesante al hombre» y
«los actos son agradables cuando son pecado».

La delicia del pecado consiste en pecar «contra la voluntad, o sea cuando el Mundo, el
Demonio y la Carne, que son uno, la Mujer, tientan al espíritu, que se resiste, pero que va
cediendo». Por el pecado, entonces, es que somos desadaptados y aguzamos la inteligencia.

Pero el amor de FGO es un amor casto. Condición del amor sincero es la castidad: «Los
únicos amores castos son los que van acompañados de la sinceridad». «La vida es deseo» y
«la castidad hace crecer el deseo». Hay que buscar la castidad amando la sensualidad (no
como los monjes). Nuestra castidad es el arte del goce con contención.

La pedagogía

El camino para formar el hombre nuevo: el egoente pletórico de sinergia, es la educación de


desvergonzados: latinoamericanos orgullosos de sí.

La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el


pedagogo es partero. No lo es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros
por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes. Nadie puede enseñar; el hombre
llega a la sabiduría por el sendero de su propio dolor, o sea, consumiéndose.

El papel de la educación consiste en que cada uno haga su método: «Aquí se trata de
cultivar la individualidad, de crear las personalidades individuales y raciales». La escuela,
como proponen las más actuales tendencias pedagógicas, antes que enseñar ha de ser un
espacio para aprender: «Es preciso que la escuela sea creadora en vez de enseñadora».
Fuente:

Ramírez, Édgar A. “El pensamiento de Fernando González Ochoa”. En: Cuadernos de


Filosofía Latinoamericana, n° 70 - 71, 1997.