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Ser Padres nos cambió la vida

Relato de la saga

Dulces Mentiras, Amargas Verdades

LILY PEROZO©

2015
Ser padres nos cambió la vida

Afuera solo se escuchaba el viento colándose entre los árboles, que murmuraban la perdida de sus
hojas. Mientras en la habitación completamente a oscuras el corazón de Samuel le retumbaba dentro
del pecho, se sentía en un bucle de emociones que no lo dejaban dormir.
La luz roja del reloj digital, sobre la mesa de noche, marcaba las 12:33 am, mientras Rachell
dormía plácidamente a su lado, ni siquiera se atrevía a tocarla para no despertarla, porque temía que
mal interpretada su angustia.
No estaba preparado, realmente no lo estaba. Le mintió cuando le dijo que sí, era una extraña
mezcla de temor y felicidad. Eran dos emociones completamente distintas que se equilibraban en su
interior y no sabía cómo luchar con ellas.
—Necesito prepararme —murmuró haciendo a un lado la sábana y salió de la cama, llevando
puesto únicamente un bóxer negro. Dejándose guiar por la débil luz roja del reloj, caminó hasta
donde se encontraba su computadora portátil sobre el escritorio de cristal, la agarró y salió.
Bajó las escaleras, sin saber si dirigirse a la cocina o a la sala. Tal vez su lugar de trabajo, o
saldría al área de la piscina.
Ver a Snow durmiendo sobre uno de los sofás de la sala, se decidió por hacerle compañía al
perro, o tal vez sería la bola de pelos quien le haría compañía a él.
—Hazte a un lado —le pidió al gran canino que apenas elevó la cabeza y volvió a dormir—.
Aunque no quieras, aquí me voy a sentar.
Se ubicó a un lado del animal y se colocó la portátil sobre el regazo, mientras el programa
iniciaba, Snow se rodó y le apoyó el hocico encima de unos de los muslos, en busca del calor que el
cuerpo de Samuel podría brindarle.
Por instinto empezó a acariciar el pelaje gris y blanco del perro, brindándole un poco de cariño,
compartiendo uno de esos momentos de ternura que secretamente le prodigaba a la mascota, no sabía
por qué delante de Rachell no lograba demostrar ese afecto que le tenía a Snow. Tal vez porque
cuando estaba con ella se colmaba de celos, al ver como la mujer que amaba se desvivía por alguien
más que no fuese él
—No sé qué vamos a hacer Snow… verdaderamente no lo sé —murmuró sin dejar de acariciarlo
y el perro gimió bajito, como si estuviese en la misma situación que él—. ¿Estás preparado para un
niño? —preguntó mirando al animal a los ojos y sonriéndole—. No te preocupes, igual seguiré
queriéndote —le palmeó la cabeza.
En internet tecleó en uno de los principales buscadores de la red lo primero que sus inquietudes le
gritaban.
“Síntomas de mujeres embarazadas” aparecieron cerca de 393,000 resultados en 0,24 segundos.
Entró a uno que anunciaba los principales síntomas del embarazo, convirtiéndose en ese momento
en una esponja que adsorbía toda la información. Buscó y buscó, visitó incontables sitios web y al
parecer todas las mujeres en estado de gestación sufrían los mismos síntomas. Vómitos, desmayos,
mareos, extraños antojo, acidez. Nada que no hubiese visto anteriormente en una que otra película.
A las tres de la madrugada, tanto Snow como él estaban al tanto de casi todo lo que se debía
saber hasta el sexto mes de embarazo, incluyendo la vida sexual durante ese periodo, también hizo el
pedido de algunos libros referentes al tema, nunca se había imaginado en esa situación. Se podría
decir que teóricamente había aprendido sobre todo lo que significaba ser el marido de una mujer
embarazada, incluyendo todas las sensaciones que Rachell debía sentir.
Pero saber todo eso no menguaba esa sensación que embargaba su pecho. Se sentía preocupado
realmente preocupado. Necesitaba desesperadamente que alguien le ayudara, que le aconsejara.
Siendo consciente de que no le había comunicado a nadie que en menos de ochos meses se
convertiría en padre, y que en máximo tres, tenía que estar dando el sí frente a un altar. De lo último
no tenía dudas, ya había vivido con Rachell el tiempo suficiente como para tener la certeza de que
definitivamente quería convertirla en su esposa y que ningún papel, ni ninguna bendición haría
cambiar lo que sentía por esa mujer.
Agarró el teléfono inalámbrico que estaba en la mesa de al lado y marcó al número de Thor, pero
la llamada se fue directamente al buzón de voz, sabía que su primo siempre apagaba el celular,
porque odiaba que lo despertaran. Finalizó la llamada y se alentó a esperar que fuese una hora
aceptable para poder sacarse eso que llevaba en el pecho.
—¿Quieres galletas?—le preguntó al perro que fielmente lo acompañaba. Antes de colocar el
teléfono sobre la mesa e ir en busca de las galletas para Snow, se encontró marcando al número de su
tío. Suponiendo que ya estaría despierto para ir al grupo.
—Buenos días —saludó dejando de abotonarse la camisa, sin poder evitar sentirse algo nervioso,
ante la llamada de la casa de Samuel, cuando en Nueva York, apenas eran un poco más de las tres de
la madrugada.
—Buenos días, tío —saludó y el corazón se le desbocaba, siendo consciente en ese momento del
miedo que lo embargaba.
—¿Pasó algo, Sam? ¿Estás bien? —inquirió con preocupación, mientras observaba a Sophia
parada frente a él que también se encontraba nerviosa por la llamada.
—Estoy bien, no pasa nada malo… no es malo lo que me pasa tío. No sé lo que me pasa.
—Sam, me estás preocupando. ¿Dime qué pasa?
—Voy a ser padre y estoy aterrado, tengo miedo tío… estoy muy nervioso. No sé nada, no me sé
ni siquiera una puta canción de cuna… —se detuvo ante un sollozo y se sorprendió al verse llorando
como un marica.
—Hijo —Reinhard soltó una corta carcajada—. Eso es una excelente noticia, debes estar
tranquilo.
—No puedo estar tranquilo, no sé ser padre, no sé qué es lo que debe hacer un padre.
—Sam, no te presiones, sólo debes seguir siendo tú, no te apresures es una experiencia que
vivirás poco a poco y a la que te irás acostumbrando. ¿No lo habías planeado?
—Yo no, pero Rachell sí… sí quiero al niño, desde hace mucho quería a un niño, pero ahora que
llegó no sé qué hacer.
—Es normal que estés nervioso, y tengas muchas emociones encontradas, pero es completamente
normal, tienes nueve meses para acostumbrarte, poco a poco te irás acostumbrando para ese momento
en que tengas en tus manos a tu niño. Por las canciones de cunas no te preocupes, yo nunca me
aprendí ninguna.
Samuel rió entre lágrimas al recordar que su tío, cuando sus primos y él estaban pequeños, solo
les cantaba antes de dormir, canciones de AC/DC y eso les divertía más que cualquier cosa.
—¿Estará bien que arrulle a mi hijo con rock? —preguntó limpiándose las lágrimas, sin embargo
aún sentía la garganta inundada.
—Si lo haces con verdadero amor, puedes arrullarlo con metal si lo prefieres. —aseguró
sonriendo con dulzura y le hacía señas a su esposa para que se enterara que Rachell estaba
embarazada.
Sophia al comprender lo que su esposo intentaba de explicarle a través de mímicas, soltó un grito
y empezó a brincar emocionada, porque por primera vez Rachell no le contaba y la había tomado por
sorpresa esa noticia.
—¿Qué pasó? —preguntó al escuchar el grito de Sophia al otro lado.
—Es Sophia, está feliz con la noticia. ¿Cuándo te enteraste? —indagó sonriente.
—Ayer por la tarde y no he podido dormir. Son tantas cosas en mi cabeza y pecho, que no me
dejan dormir.
—¿Rachell está contigo?
—No, ella está dormida. Temo que piense que no estoy feliz con la noticia.
—¿Estás feliz?
—Nunca en mi vida lo he estado más, es tanta la felicidad que me da miedo, es una inexplicable
preocupación que se apoderó de mí desde que supe que iba a ser padre.
—Hijo, esa inexplicable preocupación ya no te abandonara. Eso es lo que se siente ser padre.
—Tío, quiero ser tan buen padre como usted, no quiero ser como…
—Serás el mejor padre de todos —interrumpió Reinhard, antes de que Samuel se martirizara—.
De eso estoy seguro. Debes confiar un poco más en ti, tienes tiempo para asimilar todo lo que se
viene, no hay nada en la vida para lo que no estemos preparados. Ahora quiero que regreses a la
cama e intentes dormir un poco.
—No podré dormir, lo intentaré, pero sé que no lo lograré.
—Supongo que no estás al lado de Rachell, entonces ve con ella, algunas mujeres se vuelven más
vulnerables con el embarazo, y no se sentirá bien si despierta y no te encuentra a su lado. Debes tener
mucha paciencia, amor y dedicación. Vive cada momento porque será único e irrepetible, aunque
tengas más hijos a futuro, cada uno será distinto.
—Gracias, tío.
—No me lo agradezcas, me hace feliz saber que seré abuelo por tercera vez. Pensé que solo me
quedaría con Liam y Renato.
—Le ha tocado el turno conmigo… —dejó libre un suspiro y volvía a acariciar a Snow—. Tío
voy a casarme.
Reinhard sonrió ampliamente, sintiéndose aún más orgulloso de Samuel.
—Haces lo correcto, no es que casarse haga gran diferencia en lo que sientes por Rachell, pero
eso afianzara la relación. ¿Cuándo piensas hacerlo?
—En tres meses, no más.
—¿No quieres que se enteren del embarazo? ¿Pretendes ocultarlo? —miraba a su esposa a los
ojos mientras le ajustaba la corbata y le sonreía con esa picardía que le aceleraba los latidos.
—No es por eso, podremos gritar a los cuatro vientos que seremos padres, es por el vestido de
novia y porque quiero hacerlo.
—Son decisiones en la que no voy a interferir, pero si te sirve mi opinión, te aseguro que estás en
lo correcto.
—Su opinión para mí siempre es la más importante.
—Ahora ve con tu futura esposa. —le pidió, y le agradeció a Sophia con un beso en la frente.
—Gracias tío. Salude a Sophia de mi parte.
—Eso haré.
Ambos finalizaron la llamada al mismo tiempo y Reinhard le regaló un par de besos a su esposa
en los labios.
—¿Cómo está? —curioseó calentándose las palmas de las manos con el pecho de su marido.
—Nervioso, es normal. Eso no quiere decir que no esté feliz.
—¡Mami! ¡Mami! —los gritos de una de las gemelas irrumpieron en el lugar y casi
automáticamente entraba corriendo Helena a la habitación.
—No sabe lo que le espera —suspiró Sophia algo divertida—. ¿Qué pasa? —inquirió al ver que
Hera corría detrás de Helena.
—Hera me quiere quitar la muñeca.
—¿Qué hacen despiertas tan temprano? —inquirió llevándose las manos a la cintura.
—Mami es mi muñeca, tiene el pelo bonito, recuerdas que era la mía —interrumpió Hera,
recordando que su madre le había dado la de cabello rosado.
—Qué importa de quién sea, deben compartir, si Helena usa tu muñeca, puedes usar la de ella.
—Te he dicho que mejor será comprar los juguetes iguales, así evitamos estas discusiones entre
ambas —intervino Reinhard cargando a Helena.
—Amor, deben aprender a compartir, tienen que jugar juntas. No pueden estar discutiendo por los
juegos.
—Pero a mí me gusta más el cabello rosado —refunfuñó la niña de cinco años.
—Hera puedes jugar unos minutos con otra muñeca, tienen docenas… no te encapriches con lo
que tiene tu hermana, ven —dijo cargándola—. Vamos a que desayunen, ya después resolveremos el
problema.
—Ya no me da tiempo de desayunar… —acotó Reinhard colocando a la niña sobre la cama.
—Beso a papi que se va al trabajo —pidió Sophia a las niñas al tiempo que bajaba a Hera.
Las gemelas corrieron hacia su padre dejándole caer una lluvia de besos en ambas mejillas y
Reinhard reía divertido con el corazón hinchado de amor y orgullo.
—Desayunas algo en el grupo, no quiero que dejes de comer —pidió Sophia acariciándole la
espalda.
—Te prometo que comeré, apenas llegue —se alejó de sus hijas y le dio un beso en los labios a
su esposa.
—Vamos, acompañemos a papi a la salida —les pidió a sus hijas agarrándola por las manos y
guiándolas.
Samuel regresó a la habitación escoltado por Snow, estaba a punto de cerrar la puerta y dejarlo
fuera cuando la mirada del perro le tocó el corazón.
—Está bien, pasa, pero nada de subirse a la cama.
El gran perro que le llegaba casi a la altura de los muslos, entró y se acostó en la alfombra frente
a la cama.
Aún le quedaba alrededor de una hora para levantarse e irse al trabajo y verdaderamente no
quería hacerlo, quería pasar todo el día con Rachell y con su hijo. Se abrazó a su mujer que estaba de
espaldas a él y con cuidado posó su mano sobre el plano y tibio vientre. Tratando de hacerse a la
idea de que justamente en ese lugar se estaba formando la más grande muestra del amor de ambos.
—¿Por qué no has dormido? —lo sorprendió la voz soñolienta de Rachell que se pegaba más a
él.
—Claro que he dormido, justo me acabas de despertar.
—No seas mentiroso, no has dormido.
—No puedes asegurarlo —murmuró acercándose y dándole un beso en la mejilla.
—Sí que puedo, no siento tu erección matutina.
—¡Hey! No despierto todos los días con una erección —reprendió divertido y ella rió bajito—.
¿Tienes ganas de vomitar? ¿Te sientes mareada? Si es así no te levantes hasta que se te pase. Espera
un minuto y te traigo unas galletas saladas, para la fatiga.
—Sam, Samuel Garnett… me impresionas, sabes más de síntomas de embarazo que yo —se
carcajeó fuertemente—. No tengo nada, me siento perfectamente, sólo sé que estoy embarazada
porque tengo un retraso y porque el papel de la prueba lo dice.
—Por cierto no me has mostrado ese papel, espero y no estés jugando con mis emociones —acotó
Samuel sin atreverse a liberarla de su abrazo.
—Déjame buscarlo, jamás jugaría con nuestros hijos. —se liberó de la mano de Samuel, encendió
las luz del velador y fue hasta su cartera, donde buscó los resultados médicos, le entregó la prueba
percatándose en ese momento de que Samuel había llorado. No pudo controlar que un nudo se le
formara en la garganta.
—Estás embarazadísima, soy un macho realmente fértil —dijo feliz sentado en la cama; Rachell
bufó y se sentó a su lado—. Aquí no dice si es niña o niño.
—Eso aún no lo podemos saber, es muy pronto y verdaderamente quiero que sea una sorpresa.
—¿No quieres saber qué tendremos?
—No, quiero que nos sorprenda.
—Entonces dejemos que nos sorprenda —ronroneó y la hizo acostar en la cama.
—¿Realmente estás bien? ¿Estás feliz con la noticia? ¿Si quieres ser el padre de mis hijos?
—No tienes ni que hacer esas preguntas —le aseguró posando medio cuerpo encima del de
Rachell y besándole el pecho… No voy a permitir que otro fecunde a mi mujer, claro que quiero ser
el padre de tus hijos, de nuestros hijos.
—¿Entonces por qué no has dormido y has estado llorando? Sam no puedes ocultarlo —murmuró
mirándolo a los ojos.
—Porque estoy preocupado, pero mi tío dice que es normal. Es que lo que se siente ser padre, no
quiero que pienses que no quiero a este bebé —murmuró acariciándole el vientre—. Porque lo
deseaba desde hace mucho y lo sabes.
—¿Has llamado a tu tío?
—Necesitaba consejos, y sólo por si tienes dudas, solo he llorado de felicidad, contigo he
aprendido a hacerlo, jamás pensé que se puede ser dichoso y llorar al mismo tiempo, que es la misma
sensación de sentirse completo.
Rachell lo miró a los ojos, atenta a cada una de las palabras de Samuel, que la hacían sentirse
plena, sin previo aviso, le acunó el rostro y los besó, lo hizo con dedicación y arrebato.
—¿Quieres hacerme el amor? —preguntó dejando su aliento sobre los labios de Samuel.
—Yo quiero, claro que quiero —le sonrió en una mezcla de desenfrenada locura e infinita
ternura.
—Espero y no me digas que temes hacerle daño al bebé.
—Sé que no le haré daño, ya me he informado sobre eso.
Rachell se carcajeó una vez más y negó con la cabeza, sin querer saber de dónde Samuel había
sacado toda esa información, realmente no podía con la curiosidad de su futuro esposo.
—Y después de hacerte el amor, voy a llamar a Vivian y le diré que no voy a trabajar, también le
escribiré al Fiscal General. Hoy el mundo puede joderse, yo solo quiero quedarme en esta cama con
mi familia —le dio otro beso en los labios y bajó hasta el vientre, dejándole caer una lluvia de
besos, mientras ella le respondía con carcajadas ante las cosquillas—. ¿Me das permiso para hacerle
el amor a tu mami? —preguntó hablándole al pequeño ser que ya estaba ahí, cambiándoles la vida.
Ser padres nos cambió la vida
II Parte

LILY PEROZO.
The Boy From Ipanema.

Rachell se había quitado los zapatos negros de tacón moderado, porque los pies empezaban a
hinchárseles, se sentó en la verde y húmeda grama, frente a la lápida de mármol oscuro, mientras la
brisa fresca de la primavera le acariciaba el rostro, y le inundaba las fosas nasales con el aroma de
la variedad de las flores que habían en el lugar. Sentía el corazón brincando en la garganta, no
importaba que tanto se ejercitara, la realidad era que estaba en el séptimo mes de embarazo, y la
respiración se le agitaba ante el mínimo esfuerzo; haber caminado desde la tumba de su suegra hasta
la de Oscar habían descontrolado su presión.
—Hola —dijo casi sin aliento y sonriendo, mientras observaba atentamente la fotografía de un
Oscar sonriente, así como ella lo había inmortalizado en su memoria y corazón—. Hoy traje en
colores variados —informó mientras retiraba las margaritas marchitas y las reemplazaba por quince
flores de la misma especie, en varios colores.
Siempre le dejaba margaritas, porque esa era la flor con la que se identificaba con su adorado
Oscar, al que extrañaba a cada momento, anhelaba poder ver su sonrisa, porque imaginársela no
bastaba.
—Solo haces falta para que todo pueda ser completamente perfecto, pero sé que estás bien, sabes
que soy un poco egoísta y te quiero conmigo. Pienso que tal vez puedes verme desde cualquier lugar
en el que estés —suspiró mientras se acariciaba el abultado vientre, y aunque evidentemente se
mostraba embarazada, seguía manteniéndose estilizada y elegante con ese vestido turquesa que hacia
resaltar el color de sus ojos.
—No quiero que estés triste, porque no podré visitarte en algunos meses, pero quiero que sepas
que siempre te llevo conmigo, a donde vaya, estás aquí —murmuró sintiendo que las lágrimas le
subían a la garganta mientras se tocaba el pecho—. Apenas tenga la oportunidad te traeré a mi niño o
niña. Quisiera quedarme más tiempo, pero tengo que hacer otra parada antes de llegar a casa. Por eso
solo trabajé medio día —se besó las yemas de los dedos y estiró la mano, llevándola al retrato de
Oscar.
Se puso de pie y con los zapatos en la mano caminó por la fría grama, dejándose llevar por la
maravillosa sensación que le causaba el rocío, mojarle los pies, amparada por los frondosos árboles,
una ráfaga de viento le brindó una lluvia de flores de cerezo que parecían hermosas y rosadas
mariposas cayendo desfallecidas.

*****
Samuel había hecho un espacio de tres horas en su apretadísima agenda, para compartir con su
amigo Julian, que con quince años, apenas quedaban rastros de ese accidente que le había marcado la
vida, sin embargo se sentía orgulloso del hombre que estaba educando Logan. Era un chico alto y
delgado, de cabello oscuro y unos atrayentes ojos grises, que ya no pasaban desapercibidos para las
chicas de la secundaria donde estudiaba.
—Quiero irme a estudiar a Londres —dijo sentado de manera despreocupada frente a Samuel, en
la cafetería La Calombe, donde disfrutaban de unos cappuccinos, acompañados por unos croissants
de almendras—. Pero no sé cómo decirle a mi mamá, creo que se opondrá.
—No puedes saberlo sino se lo dices, aún te faltan tres años, creo que tendrás tiempo para
meditarlo —aconsejó Samuel mientras revolvía su café.
—Realmente no tengo tiempo, quiero terminar este año y continuar la secundaria en Londres —
comentó haciendo a un lado el capuccino frappe.
Esa noticia sorprendió a Samuel, no quería que Julian se fuese tan lejos, más que amigos, lo
quería como a un hijo, fijó su mirada en la del chico, mientras intentaba pasar el nudo que se le había
formado en la garganta.
—¿Puedo preguntar por qué has tomado la decisión y si tu padre lo sabe?
—Papá no quiere que me vaya, dice que puedo terminar mis estudios aquí, que hay buenas
universidades y lo sé.
—Debes tener claro qué es lo que deseas hacer en Londres, no será fácil. No quiero decir que no
seas lo suficientemente capaz para afrontar la independencia, es más que eso. Es estar lejos de la
familia, te hablo por experiencia. Estudié mi carrera de derecho en Alemania y siempre fue muy
difícil, realmente difícil estar lejos de mi tío y primos.
Julian frunció la boca, como si estuviese meditando su decisión, mientras miraba a Samuel a los
ojos.
—Aún eres joven —continuó Samuel, al ver que Julian dudaba—. Te aconsejó que termines la
secundaria y si después quieres hacer tus estudios universitarios en Londres, yo mismo hablaría con
tus padres para convencerlos de que es lo mejor para ti, también puedes contar con mi ayuda para
que te radiques allá, me comprometo a llevarte.
Julian sonrió mostrando su trabajo de ortodoncia invisible, sintiéndose feliz y satisfecho al contar
con la ayuda de más que su amigo, su ángel salvador, ese porque el que estaba vivo. Estaba seguro
que si Samuel no lo hubiese ayudado, no habría superado las quemaduras que le devoraron gran parte
del cuerpo y del que apenas tenía huellas.
—Gracias.
—No agradezcas, ahora sí debo regresar a casa porque tengo a una esposa embarazada —hizo un
ademán para que le hicieran llegar la cuenta—. Que debe estar extrañándome, o al menos es lo que
quiero pensar —sonrió entregándole la tarjeta de crédito a la señorita que tendía el recibo.
—Seguro te extraña —dijo poniéndose de pie y agarrando la chaqueta de cuero, que había dejado
en el respaldo de la silla.
De camino a la salida, Samuel retiró la tarjeta —. Supongo que aún no tienes a alguien especial
—comentó interesándose un poco más en la vida del chico.
Julian se mantuvo en silencio, pero no pudo ocultar el rubor que se le apoderó de las orejas y los
pómulos. Mientras se colocaba la chaqueta.
—No, no tengo a ninguna chica —murmuró con la mirada al frente, intentando con eso no
mostrarse vulnerable delante de Samuel, al tiempo que se llevaba las manos a los bolsillos del jean.
—Pero sí hay alguna que te guste.
—Sí, pero no se fijará en mí, no soy el típico deportista con más masa muscular que cerebro —
masculló siendo torturado por las inseguridades de la adolescencia.
—¿Puedo saber quién es? —preguntó mientras caminaban por la acera, en medio del mar de
personas que abarrotaban las calles.
—Es mayor que yo, tiene diecisiete y es la capitana de las cheerleaders de la escuela, ella ya
tiene a un chico rubio.
—Tonterías, no te dejes amedrentar por esa mierda. Eres un chico con gran personalidad.
—A ella solo le interesan los músculos y los tipos con más ego que calificaciones. Intentar
acercarme a ella es una pérdida de tiempo y de emociones. Primero debería dejarle saber que existo,
porque nunca me ha tomado en cuenta.
En ese momento Samuel lo sorprendió pasándole un brazo por encima de los hombros y lo pegó a
su costado, él sonrió y no se alejó, siguieron caminando como si nada.
—Julian, empieza a hacerle saber que existes, no necesitas músculos, necesitas seguridad, a las
mujeres, todas, absolutamente todas les gusta un hombre que se interese por ellas. Sé que no será
fácil porque los nervios siempre son el peor enemigo que podemos tener, pero tienes que crear un
equilibrio perfecto entre interés y desinterés. Es decir le haces saber que te interesan sus cosas, pero
no tanto como para que ella piense que no puedes respirar si no está a tu lado. Cuando le hables
mírala a los ojos y a la boca, ningún otro lugar.
—Cómo si fuera tan fácil.
—No es fácil, claro que no es fácil, pero debes dar el primer paso, uno siempre da el primer
paso. La buscas, puedes hacerla caer en una sutil trampa, si es preciso encuentra la manera para que
se moleste y quiera discutir, porque a las mujeres les encanta disentir, y te encargarás de llevarle la
contraria, eso asegura que no se irá porque en el juego de palabras, nunca dan el brazos a torcer. Si
te encuentra un excelente contendor tienes el éxito asegurado. Eso sí, sin pasarte de listo porque
entonces te verá como un fanfarrón y no como un tipo interesante. Cuando ella tenga más ganas de
llevarte la contraría, sencillamente te vas, eso la dejará con ganas de buscarte para reclamarte una
vez más y así se dará más de un encuentro —aconsejó Samuel, como si le estuviese contando el
mayor y más valioso de los secretos.
—Trataré de ponerlo en práctica, ¿qué debo hacer con el capitán del equipo de soccer con el que
sale?
—Tú no harás nada, ella misma lo alejara, cuando se dé cuenta de que eres mejor que ese chico
esteroides —le guiñó un ojo con complicidad.
—Bien, voy a confiar en tu palabra —dijo sonriente y mandó a parar un taxi.
—No, yo te llevaré —le hizo saber Samuel.
—No es necesario, me iré en el taxi, mejor ve con tu esposa, porque si tardas más de la cuenta la
encontrarás llorando en un rincón. Por cierto, ya decidí que me disfrazaré de Flash para la fiesta de
la fundación —informó abriendo la puerta trasera del auto amarillo.
—Me alegra saber que nos acompañarás —dijo Samuel con una sonrisa, mientras sacaba la
billetera de su bolsillo.
—No puedo faltar, me gusta ir —dijo sonriente.
Samuel asintió en silencio, le entregó un par de billetes al taxista y le indicó la dirección a la que
llevaría al chico. Una vez que el auto se puso en marcha se despidió con un ademán. Siguió con su
camino hasta el estacionamiento donde había dejado su camioneta.
Al llegar a la casa, sus oídos fueron acariciados por las altísimas notas de la bossa nova, que a
través de los altavoces estratégicamente dispuestos por toda la casa, inundaban el ambiente.
Ni siquiera Snow lo había escuchado llegar porque no había ido a su encuentro, dejó las llaves
sobre la mesa junto a la entrada y se encontró unos tiernos y pequeños escarpines tejidos en color
blanco.
Irremediablemente el corazón se le instaló en la garganta y una sonrisa reflejaba esa felicidad que
le causaba el pequeño detalle, era la primera prenda para su hijo, porque hasta el momento Rachell
no había querido comprar nada. Por instinto se llevó los escarpines a la nariz disfrutando del suave
aroma con que su esposa los había perfumado.
En ese momento otra prenda en color blanco captó su atención, era un gorro igualmente tejido y en
el mismo color, que estaba como a diez pasos de distancia, caminó mientras se quitaba la corbata y
desabotonaba la camisa.
Se apoderó de la pequeña prenda e inevitablemente un nudo se le hizo en la garganta al ver en uno
de los escalones de la escalera de cristal, un biberón, mientras la bossa nova seguía inundando el
lugar. Sin duda Rachell le había creado un camino que debía seguir, y como si fuese una hormiga
recogió una a una las tiernas migajas que su esposa le había dejado, y que lo condujeron a lo que
sería la habitación de su primogénito.
La puerta estaba abierta y ella de espaldas, con un ligero vestido blanco, descalza y un moño de
tomate. Pensó que encontraría algo más, tal vez, lo sorprendería con la habitación ya decorada, pero
no, estaba completamente vacía.
—Alto y bronceado, joven y guapo —canturreó Rachell consciente de que Samuel estaba parado
en el umbral de la puerta no podía evitar sonreír—. El chico de Ipanema va caminado, y cuando se
dirige cada chica que pasa va, aahh. Cuando camina es como una samba —movía su cuerpo
lentamente de un lado a otro mientras seguía cantando la bossa nova.
Samuel se mordió el labio y dejó en el piso de madera que relucía, las cosas con las que Rachell
lo había invitado; se quitó los zapatos dejándose los calcetines, caminó despacio hasta su sensual y
embarazada esposa, abrazándola por la espalda, se le pegó al cuerpo y siguió las suaves nota del
tema, al tiempo que le daba un beso en la majilla.
—Ah, pero lo veo tan triste, ¿cómo puede saber que lo quiero? Me gustaría darle mi corazón con
mucho gusto. Pero cada día que camina hacia el mar, él mira hacia delante y no a mí… —siguió
Rachell acariciándole los brazos a Samuel mientras disfrutaba de las tiernas caricias que le regalaba
a la barriga.
—¿A qué se debe, esto tan especial? —le preguntó al oído, sin dejar de bailar con ella.
Rachell se alejó un poco del abrazo y se dio media vuelta, él quiso besarla, pero no lo permitió,
al menos no por el momento.
—Quítame el vestido —le pidió mientras le sonreía y lo miraba a los ojos.
Samuel titubeó, no sabía a qué se debía la petición de su esposa, al parecer Rachell pensaba
matarlo antes de que naciera su hijo, ese apetito sexual en ella era extremadamente peligroso, más de
una vez había tenido que corresponderle a su mujer, estando casi dormido y buscar apoyo en algunos
juguetes eróticos, porque no estaba dentro de las posibilidades humanas lo que ella pedía por las
madrugadas.
Sin embargo verla mover las caderas de esa manera tan sensual, esa sonrisa perversamente
sugestiva y la incitante melodía habían arrasado con todo el cansancio y dejando a su paso una
evidente erección que debería atender en minutos.
Rachell con el corazón brincándole en el pecho esperaba que Samuel por fin se decidiera a
desvestirla y descubriera lo que tenía para él, mientras se relamía los labios para calmar un poco la
ansiedad.
Samuel llevó su mano izquierda al pecho de Rachell y se apoderó de la cinta de seda, jalándola
sutilmente, manteniendo muy poca distancia entre ambos, sintiendo la tibia y pesada respiración de su
mujer.
El lazo que formada la cinta desapareció, en medio de unas de sus mejores sonrisas cargada de
deseo, los turgentes y llenos senos mantuvieron la prenda casi en el mismo lugar, por lo que llevó sus
manos a los hombros femeninos, sintiendo como poco a poco, casi de la nada, Rachell volvía a
enloquecerlo, era casi increíble cómo podía hacerlo temblar como al primera vez. Sólo ella lograba
calmar esas ansias que lo incineraban.
Deslizó la prenda lentamente por los brazos, dejando que el peso de la tela hiciera el resto del
trabajo, ella seguía inmóvil y él estaba a un latido de morir, ante la sorpresa que Rachell acababa de
ofrecerle.
Súbitamente las lágrimas le bailaron al filo de los párpados, al tiempo retrocedía un paso,
admirando la hermosa barriga de su esposa, que le mostraba un maravilloso paisaje que encerraba
algunos lugares de Brasil. Todo estaba ahí, La bahía de Guanabara, y al fondo el morro el Pão de
Açúcar, el Cristo Redentor, también estaba La Catedral de Salvador de Bahía, teniendo en frente a
una Roda de Capoeira, El puente Octávio Frias de Oliveira de São Paulo, un pedacito de selva
Amazónica en el que se asomaba una pantera con una mariposa revoloteándole en la nariz. Todo eso
sobre el Lençóis Maranhenses, ese mismo lugar donde le pidió que viviera con él.
—Quiero que nazca en Brasil —dijo sonriente.
Se tragó las lágrimas, tuvo que hacerlo un par de veces y se aclaró la garganta para decirle que sí,
que estaba de acuerdo, que podrían irse cuando ella lo deseara, pero nada de eso salió de su boca,
sólo asintió al tiempo que las lágrimas se le derramaron. Rachell lograba desenterrar sin ningún
esfuerzo al hombre vulnerable que había en él.
Acortó la distancia entre ambos y la besó, lo hizo con todo el amor que sentía por esa mujer,
manteniendo el cuidado y la distancia que la barriga le exigía.
Ser padres nos cambió la vida
III Parte

LILY PEROZO
Me amarás unas vez más del mismo modo.

Majestuoso, misterioso y poderoso, como una esmeralda en bruto, en medio del Océano
Atlántico, resaltaba Fernando de Noronha, franqueado por las enigmáticas aguas azules de la
profundidad, que vacilaban con el inigualable color turquesa, ese tono increíble que se degradaba
justo al llegar a la costa, donde las olas besaban la arena. El archipiélago volcánico se dejaba ver a
través de las casi inexistentes nubes que intermitentemente vetaban el paradisíaco lugar.
Rachell se encontraba realmente ensimismada admirando a través de la ventanilla del avión, ese
lugar donde se convertiría en madre, donde le daría la bienvenida a ese maravilloso ser al que le
estaba dando vida. Los latidos del corazón se le aceleraban ante la felicidad, al saber que su esposo
había elegido lo más cercano al paraíso para mirarse por primera vez en los ojos de su hijo o hija,
sin saber qué sería, ya lo amaba como a nada en el mundo.
Recordó ese momento en que colmada de dudas y miedos, decidió suspender todos los métodos
anticonceptivos, así mismo rechazó a Samuel en varias oportunidades, tal vez porque no estaba
completamente segura de dar ese paso, y él sin saberlo, aprovechó una mañana de un sábado de
septiembre, pronto a su cumpleaños número veintinueve, y arruinó a punta de besos y caricias, todas
sus murallas, como siempre lo había hecho. Entre los brazos de ese hombre, olvidó por completo el
temor de formar una familia y se entregó plenamente al disfrute que él prometía.
No podía controlar la sonrisa nerviosa que bailaba en sus labios, siendo apenas consciente de la
calidez de la mano de Samuel prodigándole caricias a su abultado vientre, viajando en perezosos
círculos, aseguraba que esos mimos los brindaba con todo el amor que su alma guardaba.
—¿Te sientes mareada? —preguntó en un susurró y le dejaba caer un suave beso sobre el
hombro.
Desvió la vista del increíble lugar que esperaba por ellos, y atendió a la pegunta de su esposo.
—Un poco —contestó buscando con su mirada las pupilas de Samuel para ser completamente
sincera—. También tengo náuseas, pero se me pasará —aseguró regalándole una sonrisa
tranquilizadora, y posó una de sus manos sobre la de Samuel. Él intentó detener las caricias, pero
ella lo instó a seguir.
Estaba en el último trimestre del embarazo y empezaba a sufrir de síntomas que no se hicieron
presente antes, sin embargo eran realmente leves, con los cuales lidiaba perfectamente.
—Si quieres te acompaño al baño.
—No, no es necesario. Creo que Snow está más mareado que yo —sonrió desviando la mirada a
su enorme mascota que iba en la jaula. Ella no quería exponerlo a ese viaje, pero no tenía el corazón
para dejarlo por tanto tiempo al cuidado de otra persona. Estaba segura de que Sophia lo cuidaría
muy bien en Río, sin embargo prefería tenerlo en todo momento—. Ya falta poco mi pequeño —captó
la atención del perro.
Snow estaba acostado, con el hocico apoyado sobre sus patas delanteras, le dedicó una mirada
de súplica y gimió, como si entendiera lo que Rachell acababa de decirle.
—Pasajeros, nos encontramos próximos a aterrizar en el Aeropuerto Fernando de Noronha, por
favor, hacer uso del cinturón de seguridad y dejar los actos lascivos para otro momento, ya tendrán
tiempo para coger como si el mundo estuviese a punto de irse a la mierda —se dejó escuchar la voz
de Ian a través de los altavoces—. Porque después de que se agrande la familia deberán suspender
todo tipo de actividad sexual por cuarenta días, y eso sí es fin de mundo —siguió en medio de
carcajadas que inundaban la aeronave, mientras sobrevolaba el archipiélago.
—No te preocupes Sam, después recuperarás el tiempo perdido —interrumpió la voz de Thais,
que fungía como copiloto. Tratando de animar al que consideraba su cuñado, mientras sonreía y le
guiñaba un ojo a su esposo, que ocupaba el asiento de al lado, comandando el avión privado de la
familia Garnett Winstead, y que fue el regalo de bodas por parte de ellos para la pareja.
Samuel hizo un divertido mohín, mientras le ajustaba el cinturón de seguridad a Rachell y
mentalmente intentaba hacerse a la idea de lo que Ian acababa de decir; resopló cuando sintió
algunos latidos en sus testículos como si protestaran ante ese mandamiento de resignación que su
cerebro enviaba a su cuerpo.
—Tranquilo —sonrió Rachell acunándole una mejilla—. Puedo ser muy creativa —de manera
provocativa, se relamió los labios con la punta de la lengua, haciéndolo con una lentitud que provocó
un roncó jadeo en su esposo. Entonces quiso jugar un poco con las emociones de Samuel, y con toda
la alevosía que poseía, llevó su lengua contra la parte interna de su mejilla izquierda, empujando
descaradamente en un claro gesto sexual.
—Deberás ser muy creativa —carraspeó removiéndose en el asiento, mientras nerviosamente se
ajustaba el cinturón de seguridad.
—¿Estás dudando de mis habilidades? Podría dejarte loco con una felación —aseguró
entornando los párpados.
Samuel echó la cabeza hacia atrás en el asiento y soltó una sonora carcajada.
—¿Te estás burlando? —inquirió golpeándole el hombro y ella misma reía, sin embargo sus
pupilas se anclaban en el mágico y excitante movimiento de la nuez de Adán de su marido, subiendo
y bajando ante la carcajada.
—No dudo de tus habilidades, me sorprende tu expresión tan “científica” ¿en qué momento mi
mujer se ha vuelto tan recatada? —se preguntó sin dejar de reír.
—Es una manera de prometerte una mamada —explicó sintiendo que el sonrojo se le apoderaba
de las mejillas.
—¿Y por qué no me lo prometiste de esa manera? Me gusta cada vez que me dices palabras
obscenas, sabes que me excita —susurró acercándose a ella, tanto como para dejar su cálido aliento
sobre los labios femeninos.
—Tal vez porque en este momento no estamos cogiendo y no es lo mismo —sus pupilas bailaban
en los labios de su esposo, esos labios que le arrebataban la cordura.
—Las promesas también deben ser impúdicas. ¿En serio vas a volverme loco con una mamada?
—De remate —sonrió con seguridad y sus ojos brillaban con intensidad a causa del deseo que
ardía en su ser.
—No creo que puedas volverme más loco de lo que ya estoy, dependo absolutamente de ti —la
tomó por la barbilla, mirándola a los ojos y en ese momento no necesitaba mirar el paisaje en el que
estaban aterrizando, porque el color de los ojos de su mujer era mucho más hermoso que el de las
cristalinas aguas de las costas Noronhenses.
—¿Entonces las mamadas durante la cuarentena se suspenden? —murmuró con las ganas de
besarlo latiendo desesperadamente en sus labios.
—¡No! —soltó casi enseguida.
—Es que si ya estás loco, temo asesinarte —sonrió como una niña en medio de una travesura.
—Puede que eso pase, pero seguro moriré feliz y con una expresión de placer inigualable —
aseguró enarcando las cejas en un gesto divertido.
—No quiero quedar viuda tan pronto —confesó aferrándose a las mejillas de Samuel y lo besó,
lo hizo sin recato y sin prisas. Le permitió a su lengua deslizarse con lentitud en esa boca, robándose
sabores que no encontraba en ninguna otra parte, aceptando gustosa la sensual danza que la lengua de
él sugería. Hicieron menguar el beso en medio de sugerentes succiones y toques de labios, alargando
quedamente el contacto entre sus bocas.
El avión tocó tierra y Snow volvió a gemir, aunque la jaula estaba asegurada con cinturones,
sentía la vibración de la aeronave, mientras se desplazaba por la pista, aumentando la angustia en el
animal.
Justo en el momento en que el jet se detuvo, la tripulación compuesta por dos aeromozas se
presentaron, interrumpiendo la soledad en la que habían viajado Rachell y Samuel. Las mujeres de
piel color canela y unos ojos tan oscuros que parecían malignos, aún sonreían por haber escuchado
las indicaciones del piloto, que era nada más y nada menos que el mismísimo dueño de EMBRAER.
Al asomarse en las escaleras, la brisa tropical acarició el rostro de Rachell, agitándole los
cabellos, mientras Samuel la tomaba por la mano para ayudarla a bajar. Admiró la pista franqueada
por el verdor que reinaba en el archipiélago, al tiempo que inhalaba profundamente, llenándose los
pulmones con el aire puro de la naturaleza.
Un Jeep negro con franjas verdes, los esperaba, para llevarlos a su destino final. Ian y Thais en
muy pocos minutos se les unieron junto al automóvil, mientras Rachell esperaba a que Samuel le
colocara la correa a Snow.
—Tranquilo bola de pelos, que ya casi llegamos —lo animaba mientras le acariciaba los
costados. Le entregó la correa a Rachell para que ella lo guiara, y caminó hasta donde estaba un
hombre moreno, que vestía una bermuda y una camiseta sin mangas, dejando a la vista algunos
tatuajes en sus brazos.
—Bienvenido señor Garnett, aquí tiene las llaves, el tanque está lleno —informó con una amable
sonrisa, mientras el viento movía los rulos de su cabello.
—Gracias —Samuel recibió las llaves y le palmeó el hombro, mostrándose familiar con él y
desviando la mirada hacia los otros dos que lo acompañaban.
—Yo conduzco —lo abordó Ian.
—No, ya has piloteado y aún te queda el viaje de regreso.
—Pantera, ve con Rachell que yo conduzco —repitió la decisión que ya había tomado y
prácticamente le arrebató las llaves—. Cómo si no estuviese acostumbrado a este tipo de rutinas —
masculló, sin dejarle opciones a su primo.
Thais con una caída de párpados y unas de esas sonrisas conciliadoras que siempre regalaba, le
dejaba saber a Samuel que no lograría nada con llevarle la contraria a Ian.
—Snow, sube —le pidió Rachell a su mascota palmeándole un costado para que brincara dentro
del vehículo, no tuvo que repetir la orden. El gran canino de un extraordinario brinco, se ubicó en el
asiento trasero del Jeep.
Con la ayuda de Samuel, ella subió al lado de Snow, mientras observaba como el equipaje era
colocado en la parte de atrás del Jeep y la otra parte la llevarían los hombres en los boogie en los
que andaban.
Cuando todo estuvo listo, subió a la parte trasera del Jeep junto a su esposa y su mascota,
mientras que Ian y Thais ocupaban los asientos delanteros, sin más demoras el auto todoterreno se
puso en marcha, saliendo de la pista y tomando la carretera, para animar lo que restaba de viaje,
Thais encendió la radio, paseándose por varias emisoras musicales, hasta dar con algún tema que
fuese de su agrado.
—Baby did a bad bad thing, baby did a bad bad thing —al encontrar el apropiado empezó a
cantar y a mover los hombros con gran entusiasmo, al ritmo del clásico entonado por el sex simbol de
los años noventa, Chris Isaak—. You ever love someone so much you thought your little heart was
gonna break in two? I didn't think so —pilló a su esposo sonriendo y mirándola de soslayo, por lo
que le llevó una de sus mano a la nuca y empezó a acariciársela con las yemas de los dedos—. You
ever tried with all your heart and soul to get you lover back to you?
Rachell y Samuel se miraron, ante las muestras de afecto que Ian y Thais, siempre se prodigaban
sin importar los presentes. Anhelaban poder seguir el ejemplo de ellos, que con un segundo hijo de
cinco meses, seguían amándose con locura y se divertían juntos, como si llevasen apenas una semana
de novios.
Samuel le agarró la mano a Rachell y le besó el dorso en varias oportunidades, ella aprovechó la
muestra de cariño de su esposo, para acariciarle con el pulgar los labios, mientras le sonreía,
sintiendo el corazón brincándole sin control, así como el viento silbándole en los oídos, también le
agitaba fuertemente los cabellos.
Con la mano libre se llevó los lentes de sol a la cabeza para admirar sin ningún tipo de filtro la
belleza que la rodeaba.
Se desplazaban por una carretera doble vía, pero era como si estuviesen prácticamente solos en
el lugar, hasta el momento, solo había visto dos vehículos pasar. Algunos árboles y la grama
enmarcaban el camino de asfalto, en el horizonte se apreciaban algunas montañas, y sobresaliente e
imponente el Morro de Pico, formado de piedra volcánica millones de años atrás, mucho antes que la
misma humanidad. Desde ese punto robándole protagonismo a todo. Sobre ellos una gran nube gris
entristecía ese espacio que transitaban, pero encima de esa Torre de Babel, creada por la naturaleza,
brillaba intensamente el sol. Posándose con sus rayos y creando un efecto casi increíble. Iluminando
como la esperanza hacía con las almas.
Un agradable aroma a lluvia, mezclado con el salitre del mar, inundaba sus fosas nasales,
haciéndola sentir completamente en paz.
Snow observaba atento todo lo que lo rodeaba, una vez más se le notaba lleno de entusiasmo, ya
el mareo de vuelo se le había pasado.
—Rachell, vas a quedar enamorada de Noronha —dijo Thais, bajándole un poco al volumen de
la radio, donde los locutores hablaban de los eventos sociales de la élite brasileña—. Es un lugar
paradisíaco, he viajado por todo el mundo y sin temor a equivocarme puedo decir que no hay playas
que se le comparen.
—Estoy segura de que así será, desde que Samuel me dijo que vendríamos, no paré de buscar
información sobre el lugar —le dedicó una fugaz mirada al hombre a su lado, que le pasó el brazo
por encima de los hombros.
—Supongo que han asimilado que estarán prácticamente incomunicados. El internet es pésimo y
la señal telefónica falla en muchos puntos del archipiélago —intervino Ian, sin desviar la mirada del
camino.
—Decidimos que así fuera —respondió Samuel frotándole cariñosamente el hombro a su mujer.
—Estaremos aquí para la semana programada de parto, necesitaran ayuda —comentó Thais, lo
que ya habían pautado en Río, de que toda la familia estuviese presente para el tan esperado
momento.
El jeep se detuvo a la espera de que uno de los hombres que lo habían seguido en los boogies,
bajara y les abriera la verja. Su destino se encontraba ubicado en el sector, Floresta Velha, después
de tragar algo de polvo por las calles del pueblo que aún no eran asfaltadas, así mismo como las
sencillas edificaciones que caracterizaban al lugar, donde aún y con gran esfuerzo se mantenía la
preservación ambiental.
El lugar dónde se quedarían Samuel y Rachell, era un bungalow de dos pisos, propiedad de los
Garnett; estaba cercado por media pared de piedras volcánicas, con dos verjas de madera, una para
vehículos y otra más angosta para el paso peatonal.
El jardín frontal estaba hermosamente cuidado, con grama natural y prolijamente recortada, solo
dos caminos de piedra por donde debían seguir las llantas de los vehículos.
Rachell sentía mariposas en el estómago, al ver lo hermoso que era el lugar, la fachada con
grandes ventanales, el porche servía de terraza a la parte superior, el techo triangular de paja y sus
paredes de madera. Había dos árboles de mango a cada extremo frontal, que estaban completamente
cargados del exquisito fruto, por lo que la boca se le aguó y tragó en seco. Estaba segura de que la
sombra que ofrecían los árboles sería realmente placentera.
Con la ayuda de su esposo descendió del vehículo, y bajaron a Snow que alegremente empezó a
correr por todo el lugar, como si al igual que ella se sintiera en el paraíso, empezó a reír al ver a su
mascota rodar de un lado a otro sobre el césped, como si le picara el lomo.
Una de las paredes laterales por la parte interna estaba totalmente forrada por hermosas cayenas
rojas, sin si quiera ser consciente sus pasos la llevaron a admirar ese maravilloso espectáculo.
—Estas cayenas, mis abuelos las trajeron desde Venezuela, y las plantaron en este lugar —le
informó Samuel llegando hasta ella y sorprendiéndola—. Al fondo de la casa hay rosadas y blancas
—arrancó una de esas flores tropicales y se la colocó entre el cabello y la oreja—. Ahora se ve más
hermosa —confesó sonriente, sintiéndose completamente hechizado por la belleza de su mujer, ese
enigmático brillo que el sol le sacaba a sus ojos.
—Estoy segura de eso —alardeó guiñándole un ojo y se mordió el labio, sin tener ninguna
intención de provocar a su hombre, lo hizo solo por instinto.
—Vamos adentro —pidió tomándola de la mano.
Subieron la escalinata de tres escalones y los recibió el porche con un reluciente piso de madera,
había un recibo de sofá de ratán con cojines blancos de tela de lino, en uno de los ángulos colgaba de
una de las vigas del techo una especie de huevo gigante, igualmente de ratán, y cómodamente
acolchado, que se balanceaba suavemente con la brisa. Los cuatro pilares de madera que sostenían la
estructura, eran adornados por macetas de donde se desbordaba un sinfín de petunias fucsia, que
llenaban de alegría y colorido el lugar, ofreciendo a los presentes su agradable aroma cada vez que
la brisa balanceaba el macetero.
Ian, abrió la puerta doble que era de cristal tallado con marco de madera, concediéndole el paso
a todos, incluyendo a los hombres que se encargaban del equipaje.
La mirada violeta de Rachell, recorrió el lugar que inmediatamente empezó a amar. Una
espaciosa sala adornada por dos sofás de cuero blanco, varias mesas, algunas de cristales y otras de
madera pulida, alfombras blancas y beige con algunos detalles en negro.
—Es hermosa —expresó sonriente, mientras el viento que se colaba en el lugar y agitaba
suavemente las cortinas de telas ligeras, casi todo era de un blanco impoluto que contrastaba
perfectamente con el marrón de la madera.
La cocina se encontraba al extremo derecho, solo dividida por un desnivel en el piso de parqué,
con los muebles y gabinetes en un regio y elegante negro, asimismo el cromado de los
electrodomésticos como un brillante espejo le devolvían su imagen sonriente. A ella que odiaba la
cocina, le dieron ganas de pasar el día en ese rincón del bungalow.
Siguieron por un pasillo completamente de cristal que los hacía sentir como si estuviesen a la
intemperie, Rachell pudo ver en los jardines laterales, las cayenas rosadas y blancas, que Samuel le
había mencionado, pero no se limitaban exclusivamente a ese tipo de flor, había una gran variedad
que sin duda alguna, requeriría de gran atención y cuidado para mantener cada especie; el aroma de
las flores danzaba en el ambiente, colándose por los ventanales abiertos, el corredor los condujo a
otro salón, donde habían unos sofás y una biblioteca de piso a techo, repleta de libros que estaba
segura no le alcanzarían cinco años para leerlos todos.
—Ahora vamos al mejor lugar de la casa —informó guiándola hacia las escaleras de madera, que
estaban al final de ese salón, que parecía ser una biblioteca en medio del mismísimo jardín secreto.
—¿Cuál es el mejor lugar? —preguntó con la curiosidad latiendo en ella.
—Ya lo verás.
—Pueden ir tranquilos, nosotros los esperamos aquí —intervino Ian dejándose caer sentado en el
sofá color crema que había en la biblioteca, y agarró el control de la tv, su esposa se sentó a su lado,
mientras él no hacía nada más que pulsar sin cesar los botones del mando, saltando de un canal a
otro, mientras quedamente le acariciaba uno de los muslos a su mujer.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Thais a su esposo, mientras le acariciaba el pecho.
—Agua —le dijo mirándola a los ojos con esa intensidad en su mirada que despertaba
nerviosismo en cualquiera, pero que ella tanto adoraba.
Thais sonrió y se puso de pie para ir en busca de un poco de agua para los dos, cuando la
sorprendió una sonora nalgada que le dejó la piel ardiendo. Así era Ian Garnett, impulsivo,
dominante y juguetón.
—Me la cobraré —aseguró mirándolo por encima del hombro.
—De regreso ponemos el piloto automático, para que te cobres lo que quieras.
Ella sonrió y siguió su camino, mientras que la mirada de Ian fue captada por Snow que corría de
un lado a otro en el jardín.
—El puto perro está loco —soltó una corta carcajada siguiendo las ocurrencias de Snow.

La boca de Rachell, inevitablemente se abrió cuando Samuel le abrió la puerta de la habitación, y


su atención fue captada en su totalidad por el paisaje que se exponía ante sus ojos.
A través de la puerta de cristal corrediza que daba a la terraza de la parte trasera de la casa,
pudo ver el majestuoso Océano Atlántico con su turquesa hechizante, solo para ella, sin poder ser
consciente de nada más adentro de la estancia.
—¡Esto es increíble! —casi corrió a la terraza, que sobresalía en medio de la vegetación que los
rodeaba, y a lo lejos se dejaba ver la playa, con sus arenas doradas que brillaban ante los rayos del
sol, esos que a ella también le calentaban la piel.
Se carcajeó de la felicidad, de ver ante ella la inmensidad de la naturaleza, en un lado del
magnífico horizonte, estaba el Morro de Pico, y desde ahí parecía una torre de grafito, resaltando
oscura entre la exótica vegetación, a diferencia de la otra cara salpicada de verde que les había
mostrado cuando venían por la carretera.
Una y otra vez se llenaba los pulmones del aire más puro, mientras la cálida brisa le acariciaba
la piel y le mecía los cabellos.
—¿Crees que es el lugar adecuado? —preguntó Samuel acariciándole la espalda, haciéndole
saber que no estaba sola en el paraíso.
—Es el mejor lugar del mundo —aseguró volviéndose, cerró con sus brazos el cuello de su
esposo, y recibió gustosa el par de besos que él le dejó caer en los labios.
Al soltarse del abrazo siguió explorando el lugar, y descubrió que la terraza formaba una U
alrededor de la habitación, en la parte trasera, la única donde había una pared de madera que le
impedía la visibilidad al recinto de paz. Estaba techada igualmente de paja con vigas de madera, del
que colgaba una hamaca blanca, con vuelos hermosamente tejidos, como si fuera una atractiva
mariposa, en el suelo había unos cojines en diferentes tonos y un mueble con algunas toallas
dobladas.
Bordeó la habitación y llegó al otro extremo de la terraza, donde había una piscina rectangular
con la parte frontal en cristal, exponiéndolos aún más a la naturaleza. Desde cualquier punto del
inmenso balcón se podía ver la playa y el Morro de Pico.
Samuel se mantenía en silencio, estaba seguro de que Rachell no había visto lo más importante,
porque el paisaje la había abducido, pero no quería apresurar el momento, porque disfrutaba de la
curiosidad con la que ella se paseaba por el lugar.
—Sam, esto es maravilloso —suspiró y le tendió la mano para que se acercara.
Él mansamente caminó hasta ella, mientras sonreía y la abrazó por detrás, dejándole caer lentos
besos en el cuello, arrastrado por esa adicción que había creado en él la piel de su mujer.
—Vamos a pasarla muy bien, ya verás —prometió, y ella le regaló un suspiro.
—Gracias por traerme a este lugar. Ya tendré tiempo para pasar mis días en esta terraza.
—No quiero que límites tus días a pasarlos en esta terraza, hay mucho que ver por fuera.
—Estoy segura de eso. Podemos proponerle a Ian y Thais que se queden, así descansan un poco
del viaje.
—No pueden quedarse, deben regresar, Renatinho debe estar extrañando a la madre.
—Entonces no los hagamos esperar tanto, vamos a despedirlos.
Se dejó guiar por su esposo y con la emoción en niveles aceptables, entró a la habitación, y pudo
darse cuenta de la hermosa cuna de madera que estaba a un lado de la cama matrimonial.
Miles de emociones estallaron en ella, y caminó hasta lo más tierno que hubiese visto en su vida,
con extrema delicadeza acarició la suave tela del dosel blanco que cubría el mueble. Separó la gasa
y repasó con las yemas de sus dedos el colchón cubierto por sábanas, cobijas y almohadas, todo
enfundado en blanco, lo único que le daba color era un oso de peluche en color marrón, con un lazo
rojo en el cuello. Sentía que la garganta se le inundaba, y la ansiedad en ella aumentaba.
Habían dejado la habitación preparada en la casa de Nueva York, pero para el primer mes de
vida de su hijo o hija, solo tenían un moisés. No esperaba que Samuel tomara en cuenta hacerle un
espacio en ese lugar.
—Es hermosa —murmuró y un sollozo se le escapó de la garganta, se dio media vuelta y enterró
la cara en el pecho de Samuel, echándose a llorar como una tonta—. Es la cuna de nuestro bebé.
—Sí, es la cuna de nuestro bebé —reafirmó acariciándole los cabellos—. Mi tío dijo que no era
conveniente que durmiera con nosotros —hablaba con voz conciliadora, ya había tenido siete meses
para acostumbrarse a los extremos cambios hormonales de su mujer—. ¿Acaso no te gusta? —
preguntó sonriente.
—Me encanta, ya quiero tenerlo en mis brazos, quiero conocerlo, quiero verle la cara —dijo
elevando la cabeza y dejando que su esposo le enjugara las lágrimas con los pulgares.
—Falta muy poco, también estoy ansioso, pero sé que cuando llegue el momento, extrañaré esta
panzona —sonrió acariciando la dura barriga.
—Eso lo dices para no hacerme sentir mal —sorbió las lágrimas y correspondió a la sonrisa que
él le regalaba.
—No, lo digo porque es la verdad, eres la embarazada más sensual que he conocido en mi vida,
y quiero que al igual que en la casa de Nueva York te pasees desnuda sin ningún tipo de limitaciones.
—¿Acaso has tenido a otras embarazadas? —interrogó cerrándole el cuello con las manos,
amenazando con ahorcarlo.
—Si me lo preguntas de esa manera, me toca decir que no.
Rachell apretó sus manos alrededor del cuello, haciéndolo con fuerza, y Samuel se carcajeó, sin
embargo se ahogó con la tos.
—Has tenido a otras —dijo con dientes apretados, torturándolo aún más, pero por más que
intentara no podía ocultar la alegría en sus gestos.
—Te juro que no —llevó sus manos a las caderas de su mujer que aflojó el agarre—. En mi vida
solo tú has hecho la diferencia, por eso te embaracé.
—Me embarazaste sin saberlo —se alejó y caminó a la salida de la habitación.
Samuel intentó decir algo pero sabía que no tenía argumentos, no obstante él no podía perder.
—Eras tú la que me limitaba, te recuerdo que dejé de usar condón desde la segunda vez que te
cogí, siendo más específico, en el vestidor de tu apartamento.
—Samuel Garnett, no intentes aclarar nada porque la estás cagando —advirtió llevándole varios
pasos adelantados.
—En realidad, si contamos por asaltos sexuales, podría decir que fue exactamente la cuarta vez
—aligeró el paso, hasta apostarse a su lado—. Las cosas que he vivido contigo las tengo muy
presente, gracias por elegir al océano incierto del que no sabías nada, gracias por haberte dejado
arrastrar por mis corrientes —le dijo tomándole la mano, llenando perfectamente los espacios entre
los dedos de ella.
Rachell apenas sonrió y bajó la mirada, aferrándose a ese agarre que Samuel le ofrecía, a esa
seguridad en la que se había convertido para ella.
Recordó ese momento en que tuvieron la discusión en el polígono, donde lo comparó
metafóricamente con el océano y a Brockman con Richard Parker. En ese entonces no podía saber
que su océano incierto, solo intentaba protegerla, no de un simple tigre, se estaba dejando la piel por
protegerla del mismísimo Diablo.
Al bajar despidieron a Ian y Thais, que prometieron mantenerse en contacto con ellos y regresar
en unas semanas junto a todos, para estar presentes en el momento en que Rachell diera a luz y así
conocer al nuevo integrante de la familia Garnett.

****

Quedarse dormida arrullada por el sonido de las olas, y despertar con la misma cacofonía
susurrándole en los oídos, era una experiencia que la llevaba al más placentero de los estados.
La barriga impidiéndole rodar en la cama y estirarse como si fuese una gata, le recordaba que
estaba embarazadísima, le había tocado acostumbrarse a dormir exclusivamente de lado y no
desperezarse en la cama, sino en el baño, porque las ganas de orinar la atormentaban. Miró el reloj
digital sobre la mesa de noche y marcaba las cinco y veinte minutos de la mañana.
—Parece que hubiese dormido sobre nubes —se dijo al tiempo que buscaba el interruptor de la
luz del velador, y aguantaba las ganas de ir al baño.
La débil luz iluminó la estancia y le extrañó no ver a Samuel a su lado, suponiendo que estaría en
el baño o en la planta baja, se levantó, llevándose las manos a la parte baja del vientre, al sentir esa
presión que ejercía su hijo o hija, sobre la vejiga y aumentaba las ganas de orinar. Desnuda como se
encontraba caminó hasta el baño y casi corrió hasta el inodoro, donde se sentó y era como si liberara
litros de orina.
—¿Dónde se habrá metido? —sin levantarse del inodoro, se armó un moño de tomate en lo alto
de la cabeza.
Al terminar la primitiva necesidad, se levantó y entonces sí le dio tiempo de encender la luz
blanca que inundó el lugar, se miró al espejo y se dio a la tarea de lavarse la cara y los dientes. Era
realmente temprano, pero ya no tenía sueño, y esperaría a Samuel para bañarse juntos, como habían
hecho la noche anterior, todo por no gastar agua de más, y seguir el ejemplo de concientización de
los habitantes de Noronha, aunque eso muy poco lo respetaban los turistas.
Salió del baño, apagó el aire acondicionado y se colocó un kimono de satén, rosado con
estampados florales. Mientras sentía la mullida alfombra de pelo largo, mimarle las plantas de los
pies, al tiempo que acomodaba la cama. Al estar completamente satisfecha con el resultado, caminó
hasta las cortinas de chifón y las corrió a los extremos, despejando las puertas de cristales que
formaban una L y que daban a la terraza.
Afuera todavía estaba oscuro, pero en el horizonte, justo donde el cielo se juntaba con el océano,
una delgada línea color naranja, anunciaba la aurora de un nuevo día, era su primer amanecer en
Noronha y la dejaba sin aliento.
Deslizó la puerta frontal y el viento frío le rozó las mejillas, la naturaleza la envolvía con sus
sonidos y aromas. A cada paso que daba hacia la terraza, disfrutaba de la sensación tan deliciosa que
provocaba el piso de madera a sus pies descalzos.
Poco a poco el sol como una naranja inmensa, empezaba a asomarse, tiñendo con una variedad
de colores que iban desde el naranjado hasta el dorado, filtrándose entre las espesas nubes.
Y en la orilla de la playa a esa hora, un solo ser, se llenaba de la infinita energía de la naturaleza,
mientras practicaba capoeira.
—Debí suponerlo —murmuró sonriente, y sus pupilas habían olvidado al astro rey, por anclarse
en su marido, que practicaba su religiosa rutina de todas las mañanas.
Nunca se cansaría de admirarlo, le fascinaba ver a Samuel viviendo su pasión, haciendo sus
espectaculares acrobacias y que los años no le restaban agilidad. Suspiró complacida, y en ese
momento el pequeño ser en su vientre pataleó, tensándole la piel, y una vez más volvió a sentir ese
maravilloso movimiento.
Rachell se carcajeó y se llevó las manos a la barriga, regalándole caricias.
—¿Quieres practicar capoeira? ¿Acaso vas a ser capoeirista igual que tu padre? —le preguntó
tiernamente sin dejar de acariciarlo.
Le extrañaba que se moviera a esa hora, normalmente se antojaba a hacerlo por las noches
cuando ella tenía más ganas de dormir, manteniéndola despierta por más tiempo del que deseaba.
El sol empezaba a iluminar por completo la playa y pintaba de naranja a su esposo, que se
apoyaba sobre sus manos, con los pies perfectamente elevados, poniendo a prueba su resistencia
corporal.
Parecía no cansarse, se movía al ritmo de la capoeira sin cesar, con esos movimientos felinos,
ágiles, sensuales, y en algunos momentos agresivos, que rozaban los límites del deseo en ella.
Lo vio terminar la rutina de Capoeira, se acercó a la playa, para lavarse las manos y la cara,
luego emprendió el camino a casa, antes de que pudiese llegar, logró verla en la terraza y ambos se
saludaron agitando alegremente las manos.
Rachell, aprovechó y bajó a la cocina para preparar el desayuno. Esperando adelantar un poco,
mientras Samuel llegaba. Buscó en el refrigerador, algunas frutas. Las que sacó y colocó sobre la
isla.
Cuando Samuel entró al bungalow, ella apenas picaba la piña, observándolo con su perfecto
torso desnudo, que seguramente en pocos días se pintaría de bronce por el incesante sol de Noronha.
—¿Te has caído de la cama? —preguntó quitándose el calça de capoeira[1], que aún tenía arena
de playa, y lo lanzó sobre uno de los sofá, quedándose únicamente con el sunga[2] en color blanco.
—No, simplemente dormí toda la noche —respondió mientras fileteaba unas fresas, y podía
sentir esa energía que Samuel desprendía, cerca, muy cerca de ella.
Se paró detrás de su mujer, regalándole caricias a la a barriga, le dejó caer un lluvia de besos en
las mejillas, mientras ella sonreía y seguía con su labor.
—¿Cómo se porta? —preguntó frotándole el abultado vientre, sintiendo como las manos se le
deslizaban con ligereza a causa del satén.
—Muy bien, aunque pareció enloquecer hace un momento, cuando te estaba viendo practicar.
Creo que también le va a gustar la capoeira.
—¿En serio? —preguntó incrédulo, dando un paso hacia atrás y la tomó por una mano para que
girara de frente a él.
—Sí, no tengo porqué mentirte —aseguró con la mirada brillante por la felicidad, y dejaba el
cuchillo sobre la tabla de picar.
—Me encantaría que le gustase la capoeira, debe llevarla en la sangre —se acuclilló frente a su
esposa y con dedos rápido deshizo el nudo de la cinta del kimono y lo abrió, para sentir más cerca a
su hijo, dejándola desnuda, deleitándose con la nívea piel de Rachell.
Sin perder tiempo, empezó a tocar palmas y a chasquear la lengua al ritmo de la capoeira,
algunas veces creaba una percusión realmente sincronizaba al palmearse las piernas, mientras el
corazón le brincaba descontrolado ante la emoción.
—A E I O U
UOIE A
AEIOU
Vem criança vem jogar

Eu aprendi a ler
Aprendi a cantar
E foi na capoeira
Que eu aprendi a jogar…

Empezó a cantar, mientras tocaba palmas, y las lágrimas se le anidaban en los ojos, otras tantas
hacían remolinos en su garganta, haciéndole entonar el tema roncamente.
Rachell admiraba la dicha en Samuel, y el corazón le latía presuroso, sin poder controlar la
sonrisa, empezó a tocar palmas al ritmo que su marido imponía. Soltó una carcajada y las lágrimas se
le derramaron cuando sintió a su bebé moverse una vez más.
Samuel pausó por segundos las palmadas para poder limpiarse las lágrimas y continuó:
— AEIOU
UOIE A
AEIOU
Eu estudo na escola
E treino na academia
Eu respeito a minha mãe
O meu pai e a minha tia…

AEIOU
UOIE A
AEIOU
Sou criança sou pequeno
Mas um dia vou crescer
Vou treinando capoeira
Pra poder me defender…

Samuel lograba ver a través de su mirada empañada por las lágrimas, los movimientos en la
barriga de Rachell, mientras no dejaba de tocar palmas y entonaba esa primera canción que le
enseñaron en la academia de Capoeira, donde su tío lo inscribió cuando tenía nueve años.
Para él la capoeira lo era todo, en ese entonces fue su salvación, era eso que lo hacía sentir tan
cerca de su madre, eso que lo enseñó a ser fuerte y llenarse de toda esa AXÉ[3], que silenciosamente
pedía a gritos.
—Creo que no te han quedado dudas —dijo Rachell acunando el rostro de su esposo, que se
encontraba bañado en lágrimas.
Automáticamente negó con la cabeza, y empezó a repartir sonoros besos por toda la barriga,
susurrando mil y un cariños para su bebé.
—Estoy seguro que con diez años ya será un Bamba[4].
—O una Bamba —dijo Rachell soltando risitas por las cosquillas que los besos de Samuel le
provocaban. Ya ella conocía en su totalidad los términos. Él esperaba que su hijo o hija a los diez
años dominara a la perfección la capoeira—. Vamos a desayunar, porque este pequeñín me tiene
hambrienta con tanta voltereta.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó poniéndose de pie, miró de soslayo el recipiente de cristal y le
dio un beso en los labios a su esposa.
—Hay papaya, patilla, fresa, mango. Me puedes ayudar con los kiwis, mientras pongo a tostar
unos panes —pidió caminado hacia el gabinete donde estaban los panes.
Samuel se lavó las manos, y le ayudó con las frutas restantes; también exprimió naranjas para
sacar suficiente zumo para los dos.
Después de haber digerido el desayuno y descansar lo suficiente, se bañaron juntos para ahorrar
agua.

*****

Rachell agitó el palito de madera en su mano, para captar la atención de Snow, mientras el viento
agitaba fuertemente sus cabellos que empezaban a secarse y las olas morían en sus pies, mientras
Samuel, estaba tirado sobre su canga[5] de la bandera de Brasil, observando como ella se divertía
con su mascota.
Lanzó con fuerza el palito y Snow se echó a correr.
—Tráelo, ven… debes ser un buen chico —pidió Rachell riendo emocionada al ver como Snow
le regresaba el palito.
—Préstamelo —le pidió Samuel desde donde se encontraba sentado. Mientras Snow vigilaba
hacia donde se llevaban lo que consideraba su juguete.
Samuel lo lanzó con fuerza hacia el agua, y el perro sin esperar un segundo más, corrió.
—No Sam, al agua no, puede ahogarse —protestó Rachell.
—No va a ahogarse, sabe nadar, lo hace por instinto.
—Nunca antes lo ha hecho —le hizo saber metiéndose al agua donde las suaves olas golpeaban
sus piernas.
Fue en busca de su perro, necesitaba salvarlo, pero se detuvo cuando lo vio regresar con el palo
en la boca, mientras tranquilamente chapoteaba en el agua.
Snow salió y trotó hasta Samuel, dejando caer el palo en la arena y se sacudió con energía,
bañando por completo a su dueño.
Rachell empezó a carcajearse al ver como Samuel brincó para no ser blanco del agua que
salpicaba Snow, pero no le dio tiempo.
—También se sacude por instinto —le dijo Rachell entre carcajadas.
Samuel en medio de risas corrió al agua para alcanzarla, y ella no pudo alejarse mucho.
Ambos se sumergieron en las cristalinas aguas, dejando al tiempo pasar, en medio de besos,
mimos y abrazos. Ella se preparaba para ese parto que había elegido, y al que en muy poco tiempo le
tocaría enfrentarse.
—¿Qué haremos mañana? —preguntó Rachell abrazaba a él y dejándose mecer por la suave
corriente.
—No sé, tal vez iremos a la cascada o a ver los tiburones, también si quieres podremos bucear.
—Prefiero ir por la mañana a ver lo tiburones y por la tarde a la cascada, así me refresco la piel.
—Entonces eso haremos —estuvo de acuerdo y le dejó caer varios besos en los hombros,
saboreando las gotas saladas que vibraban en la piel bronceada de su esposa, mientras le acariciaba
la espalda—. ¿Quieres flotar?
—Me encantaría.
Samuel la cargó, sosteniéndola entre sus brazos, acostada boca arriba y la gran barriga sobresalía
del agua, meciéndola suavemente, Rachell pesaba lo mismo que una pluma, mientras ella sonría con
los ojos cerrados, él no pudo contener sus impulsos por besarle la barriga y también por robarle de
las pestañas las gotas de agua, a punta de besos.
Rachell aún con los párpados caídos, era consciente de los destellos que los rayos del sol le
sacaban al agua, sintiéndose completamente en paz.
Ese instante de tranquilidad fue interrumpido por un sonido proveniente de la barriga de Rachell,
y ambos soltaron la carcajada.
—Tengo hambre —confesó entre risas y furiosamente sonrojada, más que por el bronceado, era
por la vergüenza.
—Creo que si sigues comiendo al mismo ritmo vas a acabar con las reservas de Noronha —se
burló poniéndola de pie dentro del agua, que le llegaba a la altura del pecho—. Vamos a comer.
Salieron y caminaron hasta donde estaban sus cosas, Rachell llevaba puesto un traje de baño de
dos piezas en color fucsia y negro.
Samuel la sorprendió parándose detrás de ella, y le sacó de en medio de las nalgas la tanga que
se la había metido.
Ella sonrió al ver que eso había sido una acción a causa de los celos, cuando por encima del
hombro vio a dos hombres que pasaban caminando por la orilla de la playa.
Él nunca expresaba abiertamente sentir celos, pero siempre sus acciones gritaban que era
sumamente celoso.
—Estoy con la barriga a la boca, no creo que le parezca atractiva —Dijo agarrando el faralao y
se lo amarraba cruzado al cuello.
—No pienso lo mismo, luces realmente atractiva, muy, pero muy provocativa —le murmuró al
oído y no se reprimió a morderle el lóbulo de la oreja.
Caminaron agarrados de la mano, siendo seguidos por Snow, hasta un sencillo puesto de comida.
Samuel no tenía en sus planes regresar por el momento a la casa.
Se sentaron en una mesa de madera rustica, con bancos del mismo material, bajo una enramada de
paja. Era un lugar realmente sencillo, atendido por una pareja de esposos que llevaban treinta años
en Noronha. La mujer era afrobrasileña de contextura bastante robusta, mientras que el esposo era
italiano, realmente delgado, alto, de ojos azules y la piel extremadamente bronceada por los años en
el lugar.
—¿Qué deseas comer? —preguntó Samuel, después de ver a Rachell estudiar por varios minutos
la carta, que era una hoja plastificada.
—Quiero, pescado asado en hoja de plátano, pero no sé si es bueno.
—Es muy bueno, pídelo y si no te gusta intercambiamos.
—¿Qué vas a pedir tú?
—Voy a pedir una moqueca de peixe —explicó y sonrió al ver que Rachell puso la cara como si
le hubiese hablado en ruso—. Es un cocido de pescado y camarones, con aceite de dendê[6] y leche
de coco. Es muy bueno y dicen que es bastante afrodisiaco —le guiñó un ojo, y ella negó con la
cabeza mientras sonreía.
—Entonces pedimos eso, yo quiero zumo de maracuyá con banana.
—Yo tomaré zumo de açaí [7], pide para postre bolo de rolo[8], es buenísimo, realmente muy
bueno —aseguró señalando el lugar donde se nombraban los dulces, en la carta.
Samuel le hizo un ademán al hombre para que se acercara a la mesa, mientras la mujer intentaba
sintonizar una emisora en el viejo radio que parecía tener grillos adentro.
Una vez que hicieron el pedido, Rachell suspiró como si se quitara un peso de encima, escuchaba
el tintineo que creaban los móviles de metal que colgaban de las vigas del techo, al ser balanceados
por la brisa; los delfines, caracoles y estrellas de mar, se chocaban entre sí, enredándose y
volviéndose a desenredar.
Mientras preparaban los alimentos, la mujer logró sintonizar una emisora, y un clásico brasileño
empezó a confundirse con el sonido relajante del mar.

O amor não tem tom


Nem nacionalidade
Dispensa palavras
Basta um olhar
O amor não tem hora
Nem fórmula certa
Não manda recado
Chega prá ficar...

O amor entrou na minha vida


Quando te encontrei
Olhei no teu olhar
E me apaixonei
Foi tanta emoção
Não deu prá segurar
¡Não deu!
Ninguno de los dos se sabía la letra, tan solo con las miradas acordaron un pacto de silencio,
para estar atento a lo que la canción decía, mientras sonreían. Samuel apoyó el codo sobre la mesa, e
instó a que Rachell hiciera lo mismo, ambos elevaron las manos, uniendo palma con palma, dedo a
dedo, hasta que después de varios segundos entrelazaron los dedos, él se levantó, dejando la mesa
por medio y le dio un beso a su esposa en la boca, apenas un contacto de labios, para una vez más
dejarse caer sentado.
El hombre les trajo las comidas y las bebidas, Rachell sonrió como muestra de agradecimiento.
—Gracias —dijo Samuel con total sinceridad.
—Es un placer —respondió el hombre siguiendo con la mirada a Rachell, que observaba las
aves que volaban muy bajo, y que Snow intentaba atrapar.
—¿Le gustan las fragatas? —preguntó el hombre al ver a Rachell con las pupilas fijas en las aves
negras y de pecho blanco.
—Son hermosas, espero que Snow no les haga daño.
—No lo hará, son muy rápidas, solo están jugando con él, pueden alimentarlas, aquí tenemos
sardinas.
—¿Cómo se alimentan? —curioseó mientras descubría de la hoja de plátano, a su pargo rosado
de un tamaño exagerado, y el aroma que liberó le aguó la boca.
—Con la mano, podría explicarle, pero debe colocarse lentes de sol, porque podría terminar
tuerta —soltó una carcajada corta, que resonó ronca por la edad del hombre, que alguna vez tuvo
cabello rubio y ahora era totalmente blanco.
—Entonces prefiero no hacerlo —dijo Rachell sin dejar de lado su comida, mientras Samuel
miraba atento y probaba de sus alimentos.
—Es una experiencia inolvidable, debe dejar el miedo de lado —aconsejó el hombre que se
presentó como Lucca, y se sentó en la mesa de al lado.
—Lo haremos —intervino Samuel—. Si quieres lo hago primero.
—Si tú lo haces, yo lo hago —aseguró Rachell sonriente, y gimió bajito al probar la delicia que
era el pescado asado en hoja de plátano.
—¿Cuánto tiempo llevan en Noronha? —averiguó Lucca y sus ojos azules brillaban.
—Un par de días, pero vamos a quedarnos por dos meses. Queremos que nuestro niño nazca aquí
—respondió Samuel.
—Han elegido el paraíso, fue lo que dijo Américo Vespuscio, cuando llegó. “El paraíso es aquí”
—parafraseó con el pecho hinchado de orgullo y algo que hacía una y otra vez con cada turista—.
Dos meses serán suficientes para conocer el lugar, deben ir a cada rincón, están las fortificaciones
que fueron creadas para evitar las invasiones extranjeras. En este lugar hay muchas historias, era un
destino fijo para los piratas, algunas leyendas dicen que aún hay tesoros enterrados, también fue una
prisión donde traían a los que practicaban capoeira.
Samuel y Rachell, escuchan atentos todo lo que el hombre decía, sin dejar de lado sus comidas.
También les explicó cómo llegar a las playas, y los mejores lugares, desde dónde se podían ver los
tiburones casi en la orilla, las piscinas naturales y los mejores puntos para hacer snorkel.
Repentinamente un ladrido resonó en el lugar y Rachell volteó a mirar a Snow, pero no había
sido su mascota.
—¡Cachorrão! —saludó Lucca a un hombre delgado de piel quemada por el sol, con un extraño
corte de cabello, rapado la base y arriba los llevaba realmente alborotados, teñido de un rojo casi
anaranjado. Vestía una bermuda verde y una camisa playera con estampados florales, pero lo más
singular era el collar canino que llevaba en el cuello.
Samuel sonrió y Rachell también lo hizo, al ver al extraño hombre, que los saludaba y empezaba
a parlotear chistes que le arrancaron más de una carcajada a la pareja, hasta aseguró en medio de
bromas y ladridos, que Rachell estaba esperando a una niña por la forma de su barriga.
Samuel sabía que solo habían dos posibilidades, niño o niña, cualquiera sería bienvenida, sin
embargo el corazón se le instaló en la garganta, al suponer que las responsabilidades para criar una
niña serían el doble de lo que podía ser con un niño. Sus preocupaciones y pretensiones por
resguardarla serían aún mayores.
Cuando el hombre se fue, Lucca les comentó que Cachorrão era una gran personalidad en
Noronha, y que muchos turistas habían conseguido hacerlo reconocido internacionalmente.
Cada vez que llegaba a un grupo de personas saludaba con un ladrido, como si realmente fuese un
cachorro.
Después de la comida, Samuel intentó comprar unas sardinas para alimentar a las fragatas, pero
Lucca no lo permitió, se las regaló, en un recipiente de plástico, con un agua, para que el olor no
alertara tan rápido a las aves.
Tanto Rachell como Samuel se colocaron los lentes, a la espera de que Lucca les explicara cómo
hacer.
El hombre agarró una sardina por la cabeza, y apenas la sostuvo con las yemas de los dedos,
elevó el brazo y en menos de un minuto una fragata lo sobrevoló y se lanzó en picada hacia la presa,
arrebatándosela a Lucca de la mano en un abrir y cerrar de ojos.
Rachell aplaudió emocionada y Samuel que había entendido cómo hacer, agarró una sardina, de
la misma manera en que lo había hecho Lucca, segundos después la presa había desparecido de sus
dedos.
Era el turno de Rachell y Samuel se paró detrás de ella, acoplándose al cuerpo de su mujer y le
cerró el brazo a la altura del codo para ayudarle a que lo mantuviese elevado y firme.
Ella soltó un grito de emoción cuando sintió que el ave le robaba la sardina de la mano, era algo
maravilloso, podía parecer algo simple, pero era algo cargado de adrenalina.
Cuando gastaron todas las sardinas, regresaron al pequeño puesto de comida, donde se lavaron
las manos
Caminaron por varios minutos hasta llegar a otra playa, donde Samuel alquiló una tabla y un traje
para surfear, cubriendo su dorado cuerpo que hasta el momento solo adornaba por un sunga verde
selva, que se amoldaba a la perfección a sus caderas, trasero y miembro, que aunque ajustado dejaba
a la imaginación lo poderosa que era esa magnum.
Rachell se ubicó bajo una palmera, mientras disfrutaba al ver a Samuel desafiar a las olas que
alcanzaban los cuatro metros, aunque él se mostraba seguro, no podía evitar esa zozobra que se le
instalaba en el pecho, intentaba calmarse mientras acariciaba al perro echado a su lado.
Después de aproximadamente una hora, la presión en el pecho la abandonaba al ver que su
esposo salía del agua y caminaba hacia ella, mientras traía la tabla, debajo del brazo.
—¿Quieres regresar a casa? —preguntó con la voz agitada por el esfuerzo y dejaba caer la tabla
sobre la arena.
—Solo si tú quieres, podría pasarme toda la noche aquí.
—Si quieres ser la cena para los mosquitos, podemos quedarnos aquí —dijo sonriente y
empezaba a quitarse el traje de surf—. Mejor te llevaré a otro lugar —propuso, y se acuclilló para
buscar algo de ropa en el bolso.
El destino al que Samuel llevó a Rachell, fue al mirador de la playa del Boldró, desde donde
observarían al sol una vez más ahogarse en el horizonte, dónde parecía que el océano lo apagaba
poco a poco.
Habían varias mesas bajas, como si de alguna cultural Oriental se tratase, no habían sillas, solo
almohadones en los que se sentaron a esperar el tan anhelado momento en que la noche sorprendería
a Noronha.
Del bar Portinho do Boldró, que estaba justo al lado de ese mágico lugar, les ofrecieron
aperitivos y bebidas. Ambos rechazaron los aperitivos y prefirieron pedir solo para tomar.
Samuel pidió para Rachell una piña colada sin alcohol, y para él una caipirinha, era su preferida,
porque jamás reemplazaría la tradicional cachaça por el vodka, por lo que la caipiroska podía
quedarse para los turistas. Mientras sus oídos eran acariciados los sonidos silvestres y del mar, que
se mezclaban con el bolero entonado por Silvinho, que escuchaban en el bar.
Junto a Samuel y Rachell, estaban otras personas, que también ansiaban unos de los momentos en
que la naturaleza les reafirmaba que Dios definitivamente existía.
Rachell recibió su piña colada, que estaba servida en la misma fruta y hermosamente decorada,
con sombrilla, cereza y rodajas de lima. La caipirinha de Samuel igualmente se encontraba en una
presentación muy brasileña, incluyendo una pajilla con la bandera del país.
Maravilloso, único e irrepetible, segundo a segundo el sol descendía, con un anaranjado intenso,
casi de un color cobre, dejando una estela en el cielo que se degradaba hasta llegar al celeste, en lo
más alto de ese cielo que los amparaba, justo en el momento en que el Astro rey desapareció, las
personas empezaron a aplaudir y algunos hasta a silbar, agradeciendo a ese día que había sido
magnifico. A las seis de la tarde ya la oscuridad se cernía sobre ellos, por lo que decidieron regresar
a la casa.

******

Al día siguiente decidieron no salir, Samuel no quería agotar a su esposa, por lo que lo pasaron
en la casa, gran parte en el jardín frontal, donde jugaron con Snow, y Rachell pretendía acabar con la
cosecha de mangos y todo lo que estuviera a su alcance.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Samuel, al ver a través de sus lentes de sol, a Rachell acercarse
con un recipiente entre las manos.
Él solo vestía una bermuda celeste, exponiendo su perfecto torso bronceado al sol, y disfrutaba
de la relajante sensación de la grama en las plantas de sus pies.
—Algo que me provocó —dijo ella llevándose a la boca una cuchara, y gimió gustosa mientras
saboreaba lo que al olfato de Samuel era maracuyá.
—Casi has acabado con los mangos, ahora piensas dejarme sin ningún tipo de fruta.
—Está bien, come un poco, para que no pienses que quiero acabar con todo —le extendió la
cuchara y Samuel gustosamente abrió la boca, pero no retuvo por mucho tiempo la pulpa con
semillas, porque la escupió.
—¿Qué es eso? —inquirió limpiándose los labios con el dorso de la mano y con cara de asco.
—Maracuyá con sal. Es divino —se alzó de hombros y se llevó nuevamente la cuchara a la boca
—. No sé por qué no te gusta —exageró su gemido al disfrutar de la extraña combinación que había
hecho.
—No me gusta, para nada me gusta —expresó agarrando la pelotita de goma que Snow le
acercaba.
—Mucho mejor, no tendré que ir a preparar más —se encaminó al porche y se sentó en el huevo
de ratán que colgaba del techo, donde empezó a balancearse, mientras observaba a Samuel jugar con
Snow, a ninguno de los dos parecía agotárseles las energías—. Quiero salir por la tarde.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó lanzando la pelota.
—A conocer gente, ver más personas, qué hacen por las noches, ver la vida nocturna en Noronha.
—Si no hay una fiesta exclusiva de algún evento, no hay mucho que ver, realmente no hay nada
que ver. A menos que quieras ir a la Iglesia Nuestra Señora de Dos Remédios, los habitantes se
reúnen en la plaza y hacen presentaciones de maracatú.
—¿Qué es maracatú?
—Estás muy curiosa últimamente —dejó que Snow jugara solo y caminó hasta donde se
encontraba su esposa, sin pedir permiso le abrió las piernas y se acuclilló ante ella, acunándole la
barriga—. Es una fiesta de nuestras raíces africanas.
—¿Pero no son descendientes de irlandeses ustedes? —jugueteó elevando una ceja, solo por
molestar a Samuel.
Él se carcajeó ruidosamente y le dejó caer un par de besos en la barriga.
—Qué mierda importa de dónde somos, lo que verdaderamente importa es de dónde nos
sentimos, fronteras y razas son estupideces creadas por el hombre y somos más que eso, somos
esencia. Cuando estaba en el colegio en Río, apenas hablaba a medias el portugués, y algunos
compañeros de clases se burlaban porque decían que no era brasileño, me hacían sentir mal, porque
yo quería ser brasileño, era lo que mi madre me había inculcado desde que tenía uso de razón —
explicaba mirando a su esposa a los ojos.
Los de él brillaban a causa de la luz del sol, haciéndolos lucir más claros.
Ella lo escuchaba atentamente mientras le sonreía con dulzura, sintiéndose fascinada como lo
hacía siempre que él hablaba de su madre.
Samuel comprendiendo que tenía toda la atención de Rachell, y continuó:
—Llegaba molesto a la casa, porque sabía que no importaba cuánto me esforzara por aprender
todo lo de Brasil, jamás sería brasileño, era un yankee y eso nada ni nadie podría cambiarlo, hasta
que el gran Reinhard Garnett, preocupado por mis molestias me preguntó, y aunque no quería
contarle, él siempre lograba sacarme confesiones. Escuchó atentamente cada una de mis
preocupaciones y al final me dijo. “Eres brasileño, eres un carioca, porque no importa dónde
nacemos sino a dónde pertenecemos, y cuánto amor puedas sentir por una tierra, eso es suficiente,
Sam. Amas a este país porque mi hermana te inculcó ese amor, lo amas más que muchos que han
nacido aquí, a tu edad, con tan solo doce años, conoces más cultura brasileña que esos chicos y eso
te hace más brasileño que ellos”. No dejó de darme explicaciones hasta que hizo que me sintiera
completamente seguro de que era brasileño, y siento en mi sangre vibrar la cultura afrobrasileña,
siento la capoeira como si fuese un negro más en un quilombo, que lanza un grito en exigencia de
libertad, verdaderamente la siento, no solo la practico por tontería o moda, la siento correr por mis
venas, siento cada una de sus danzas, más allá de una simple diversión.
—Eres un brasileño al que no le gusta la maracuyá con sal —sonrió probando un poco más de su
fruta—. Tu tío tiene toda la razón, de hecho creo que en ti reencarnó uno de esos capoeiristas que
exigían libertad, porque era lo justo y es por eso que buscas la justica en todos los aspectos de tu
vida. Tal vez no te hayas dado cuenta, pero cuando prácticas capoeira algo en ti cambia —aseguró
apretándole la punta de la nariz—. No físicamente, es algo en tu esencia, algo que aún no logro
explicarme, más allá de lo malditamente sensual que te ves —puso los ojos en blanco y negó
ligeramente con la cabeza, como si intentara sacudir los deseos impuros que se le arremolinaban, con
tan solo pensar en su esposo contorsionándose y haciendo volteretas.
—¿Te excita verme practicando capoeira? —preguntó con la mirada aún más brillante, cargada
de picardía.
—Ya puedo lidiar con eso —aseguró en medio de un suspiro—. ¿Entonces me llevarás a conocer
la vida nocturna de Noronha? —preguntó desviando el tema, queriendo alejarse de a dónde la
estaban arrastrando sus bajas pasiones.
—Gracias por dejarme saber que te excito mientras práctico capoeira, la próxima vez se te dé
por discutir por cualquier cosa, ya no me limitaré a quedarme callado y ser blanco de lo primero que
tengas a mano. Ahora sé exactamente qué es lo que tengo que hacer —le guiñó un ojo, mientras
Rachell boqueaba al no tener argumentos—. Te llevaré a conocer la vida nocturna de Noronha —
prometió incorporándose un poco y la besó en los labios.

*****

A las cinco de la tarde, después de haberse bañado juntos, estaban listos para ir a recorrer las
empedradas calles de Noronha. Vestían los colores típicos de la zona, Rachell llevaba puesta una
falda larga y una camiseta sin mangas de lycra que se le adhería al cuerpo, ambas prendas de un
virtuoso blanco, y en la cadera una pañoleta en color amarillo.
Samuel vistió una bermuda blanca y una camiseta sin mangas, en el mismo color, usando como
cinturón un cordón trenzado amarrillo, dejando los extremos largos al lado derecho.
Decidieron no llevar a Snow con ellos y salieron tomados de la mano, respondiendo a más de un
saludo que le hacían los habitantes de Noronha, todo lo que les rodeaba era precario, las calles y las
casas, no había ningún tipo de lujo, ciertamente lo más ostentoso era el bungalow donde se estaban
hospedando, además de algunas posadas, pero era decisión de los mismos Noronhenses conservarlo
intacto, como Patrimonio de la Humanidad que era. No era necesario recurrir a cosas materiales,
porque el verdadero lujo se lo brindaba la naturaleza que los rodeaba.
Llegaron a la Iglesia Nuestra Señora de Dos Remédios y se hicieron algunas fotografías,
volvieron a encontrarse con Cachorrão, que los invitó al Bar do Cachorro, ellos no se negaron y se
dejaron guiar, mientras el hombre parloteaba, contándole muchas anécdotas de otros turistas, como
uno, que meses atrás intentó imitar a un habitante de la zona, al lanzarse de los altos a una de las
piscinas naturales, calculando mal la caída y terminó muerto en una piedra.
Era su manera de pedirle que tuviesen cuidado. Rachell pensó que sería más lejos a donde los
llevaría, pero a muy pocos pasos había una bajada a la playa que llevaba el mismo nombre del bar, y
el viento les anunció que la fiesta estaba muy cerca.
Cuando llegaron al lugar, estaba lleno de turistas que aplaudían entusiasmados, con grandes
sonrisas y miradas brillantes, observaban una presentación de hombres y mujeres que con sombrillas
en manos bailaban, cada uno pasaba y hacía una corta presentación al ritmo de los instrumentos de
percusión y vientos.
—Esto es frevo pernambucano —le dijo Samuel al oído a Rachell para que escuchara, mientras
ella observaba encantada, como movían con gran destreza las sombrillas de llamativos colores—. Al
igual que la capoeira, es un patrimonio inmaterial de la humanidad.
—Es maravilloso, me encanta —expuso entusiasmada, como estaban todos los turistas, y una vez
más sentía los movimientos de ese pequeño ser que llevaba en su vientre. Por instinto le agarró una
mano a Samuel y se la llevó a la barriga para que apreciara, porque era consciente de cuánto a él le
emocionaba sentir los movimientos de su hijo o hija.
Samuel se quedó muy tranquilo, sólo para poder vivir ese momento a plenitud, sonriendo y con el
corazón a punto de reventarle el pecho ante la felicidad.
Cuando la presentación terminó, el público estalló en vítores, agradeciendo la muestra de esas
raíces que tanto les enorgullecía. Rápidamente se armó una rueda, Samuel y Rachell tuvieron que
moverse varios pasos, para acoplarse a todos los demás.
En ese momento, en medio de palmadas y percusiones los que habían hecho la presentación del
frevo empezaron a corear.

Quem não aguentar


que corra, corra, corra
Corra, corra do meu paredão

Una de las mujeres salió y se paseó por la rueda, eligiendo a un compañero de baile, e iniciaron
una demostración de movimientos rápidos, sincronizados, llenos de energía y alegría, incluyendo
algunos pasos realmente sugerentes.
Soltó al compañero, que regresó a la rueda y ella eligió a otro, esta vez a un turista que no se
animaba, y en su natal alemán decía que no sabía bailar, sin embargo lo animaron, y terminó
cediendo algunos pasos, suponiendo que lo que pasaba en Noronha, se quedaba en Noronha.

Quem não aguentar


que corra, corra, corra
nessa zorra só toca o Avião

—Este no es el mismo ritmo —le comentó Rachell a Samuel.


—No, esto es forró, todos son ritmos pernambucanos —explicó, con gran entusiasmo, sonriendo
al ver a más de un europeo haciendo el intento por llevarle el ritmo a la bailarina de piel canela y un
cuerpo con curvas que le quitaban el aliento cualquier hombre.
A la vista de la mujer no se le escapó Samuel, pero antes de arrastrarlo al centro de la rueda, le
pidió permiso a Rachell. Si por ella fuese hubiese dicho que no, pero no quería demostrar delante de
todas las personas que se moría de celos, envidia, e impotencia, porque definitivamente su condición
no le permitía bailar, algo que a Samuel le encantaba. No le quedó más que obligarse a sonreír y
asentir, concediendo el permiso, él antes de alejarse un paso, le dio un beso en los labios, un rápido
contacto, pero eso fue suficiente para hacerla sentir segura.
Al primer paso Samuel demostró que dominaba el baile y sus pies se movían con ligereza sobre
el piso de concreto, guiando a la mujer con una destreza impresionante. Cómo si anteriormente
hubiesen tenido tiempo para practicar los rápidos y sincronizados movimientos, aunque era la mujer
la que debía destacar, no sería lo mismo sino contaba con un hábil bailarín que la guiara.
Rachell vivía un Déjà vu, era como rememorar una vez más, ese momento hace años atrás cuando
en Ipanema, él bailó con otra mujer Kizomba, esa sensación de ardor en su estómago y sentirse
impotente, por no contar con la habilidad para el baile latino, al menos no como lo hacían las
brasileñas, había puesto todo su empeño por aprender Kizomba y había logrado defenderse, al menos
para no tener que cederle su hombre a otra mujer, pero era consciente de que le faltaba mayor
naturalidad.
Se prometía a sí misma, que apenas saliera el embarazo practicaría forró y todos esos bailes que
él conocía, no se lo propondría esa misma noche para no demostrarle sus estúpidas inseguridades,
pero no esperaría una semana para hacerle la propuesta.
Trató de disimular como empuñaba la tela de su falda, cada vez que la pelvis de Samuel chocaba
contra la de esa mujer, contrariamente a separarlos cómo le pedían a gritos sus instintos, solo le
limitaba a corresponder con falsas sonrisas a las que él le dedicaba, mientras le llevaba
perfectamente el ritmo a la bailarina.
Sintió que todo el oxígeno atascado en sus pulmones se liberaba a través de un imperceptible
suspiro, cuando los hombres dejaron de corear y cesaron las percusiones, mientras todos los
presentes aplaudían la presentación de cada uno de los valientes que le llevaron el ritmo a la mujer.
Y empezaban a contar brevemente la historia del forró, al igual que hicieron con el frevo.
Samuel regresó a su lado, sonriente, algo sonrojado y con la respiración agitada, escudriñando en
las pupilas de ella algo que no pudo definir.
Ella, por celos, lo besó con arrebato. Sabía que era una tonta al hacer eso, pero no podía
evitarlo, sintiendo que toda su tácita molestia se esfumaba a medida que su esposo correspondía con
gran exaltación a ese íntimo encuentro.
Apenas se separaron, y antes de que ella pudiera decir algo, la tomó por la mano y se la llevó a un
lugar apartado, debajo de un árbol del que colgaban farolas de varios colores, por lo que
proyectaban la débil iluminación en los mismos tonos. Sin previo aviso, la besó, lo hizo con pasión
desmedida, con sus manos viajó por cada sendero de su cuerpo, se le aferró a la nalgas, intentando
pegarla más a su cuerpo, pero un gran obstáculo de ocho meses se lo impedía. En medio de toques de
labios, sonrió ante sus acciones truncadas, pero regresó a la boca de su mujer a robarle el aliento,
imponiendo el ritmo al movimiento de sus lenguas, le acunó el rostro a Rachell para dominar la
situación.
—¿Todo bien? —preguntó contra los labios de ella, al tiempo que elevaba los párpados y se
fundía en ese violeta oscuro.
Rachell asintió, al tiempo que llenaba sus pulmones, en medio de una larga inhalación.
—Me he puesto celosa —confesó sintiendo que las mejillas y orejas empezaban a arderle—. Soy
una estúpida, pero no pude evitarlo. Te mueves tan malditamente bien Samuel Garnett, que
seguramente esa mujer se excitó mientras bailaban —resopló como si se quitara un peso de encima.
—No debes sentir celos, porque estoy seguro de que ella habrá tenido mejores compañeros de
baile, sólo que tú me ves como el ser supremo en todo, no te culpo, estás jodidamente enamorada de
mí —rió bajito y se quejó cuando Rachell le pellizcó una tetilla.
—En mi defensa admito que en comparación con el alemán…
—No te burles —advirtió con tono divertido.
En ese momento, una vez más el sonido de las percusiones a otro ritmo, retumbó en el lugar, y él
la tomó por la mano, para regresar al lugar.
—Este es el maracatú —le informó con una gran sonrisa.
Ella observó tanto a hombres como mujeres, tocando las percusiones, mientras formaban tres filas
y emprendían un camino, que todos los turistas empezaron a seguir, mientras aplaudían, tomaban
fotografías o grababan la presentación.
Cantaban, sin dejar el incesante y lleno de vida ritmo. Hipnotizando a los turistas, que aunque no
supieran bailar, el alegre son los invitaba a moverse por el regodeo que se les metía en el cuerpo.
Con grandes sonrisas y sin vergüenza danzaban de un lado a otro, moviendo los hombros y riendo
abiertamente. Era una fiesta que se estaban gozando a lo grande.
Los maracatus se detuvieron sin dejar de bailar, ni de tocar, demostrando que contaban con gran
resistencia, mostrándose felices, mientras una de las mujeres, movía a una muñeca vestida de blanco.
Al igual que ellos, con alguna prenda amarilla.
—No es una simple muñeca —le hizo saber Samuel al ver que Rachell miraba atentamente a la
mujer que en ese momento era la principal figura—. Le llaman Calunga, representa el poder de los
dioses.
Mientras Samuel le explicaba, Rachell observaba a un hombre de piel oscura y cabello rapado,
vestido con un pantalón blanco y una camiseta sin mangas en color amarillo, acercársele y la tomó de
la mano. Ella buscó rápidamente la mirada de Samuel sin saber qué hacer, pero él asintió,
concediéndole el permiso, entonces se dejó guiar. La pusieron en medio y alguien tocó un pito, e
iniciaron nuevamente el ensordecedor, pero contagiante ritmo, al tiempo que le entregaban un ramo
de diez gardenias atadas por una cinta amarilla.
No sabía qué hacer, sólo miraba a Samuel y en algunas ocasiones a todos los presentes, sonriendo
al sentirse algo desorientada. La mujer que había tenido la muñeca se la cedió a otra, y se arrodilló
frente a Rachell, acunándole la barriga y pegándole la frente, mientras cantaba con los ojos cerrados.
Al terminar le dio un beso en la barriga y con agilidad se puso de pie, como si su robusta contextura
no le pesara en lo más mínimo.
Rachell agradeció con una gran sonrisa y un asentimiento, y siguió el camino que la mujer le
indicaba. El destino no era otro que su esposo. Él la recibió con un suave beso en los labios.
Minutos después, la presentación de los maracatus terminó. Samuel y Rachell, regresaron al bar
donde pidieron dos aguas de coco, y mientras la bebían emprendieron el camino a su hogar.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella, sin soltar el ramo de gardenias que le habían obsequiado.
—Estaban bendiciendo a nuestro bebé, el maracatú es un cortejo semi religioso, normalmente
salen de la iglesia después de rendir homenaje a Nuestra señora del Rosario, aunque no siempre fue
así, se han ido derivando sus creencias, como pasa con todo.
—Me gustó mucho toda esa energía que tienen. Estos días aquí han sido realmente maravillosos,
descubrir tantas cosas.
—Aún queda mucho por descubrir.
Al llegar a la casa, Rachell puso en agua el ramo de flores que le habían regalado, inhaló
profundamente para disfrutar del intenso y agradable aroma de las gardenias, mientras Samuel
intentaba mantenerse en pie ante el arrebato de alegría que Snow mostraba, y le llevaba las patas al
pecho.
—Tranquilo, tranquilo. Ya llegamos, ve a dormir, ve a dormir —le pedía al canino que daba
vueltas a su alrededor. Notó las intenciones de hacer lo mismo con Rachell—. Hey no, no. Recuerda
el bebé —lo reprendió—. Sentado.
Snow acató la orden de su dueño y se sentó, mientras movía enérgicamente el rabo a la espera de
los mismos de Rachell. Ella empezó a acariciarlo y a hablarle como si de un niño se tratara, como
siempre lo hacía.
—Voy a darme un baño antes de dormir. ¿Quieres acompañarme?
—Buff, que aburrido, aún no quiero dormir, es muy temprano Sam, si quiero bañarme porque
siento la piel llena de polvo, pero me gustaría hacer otra cosa.
—¿Ver TV? —preguntó mientras se deshacía del cordón trenzado que había usado como cinturón.
—Me pegunto ¿dónde habrán metido a mi fiscal? —buscó con su mirada por varios rincones del
lugar.
—Bueno vamos a bañarnos, y me dices qué quieres hacer.
—Cualquier cosa menos ver TV.
Samuel la agarró por la mano y se la llevó al baño, la desnudó en medio de besos y caricias,
mientras ella le regalaba suspiros y algunos estremecimientos.
—¿Crees que dolerá mucho? —preguntó en un susurró mientras su esposo le acariciaba entre los
muslos, ayudándole a lavar entre sus pliegues, y ella le acariciaba el pecho.
—¿Tienes miedo? —susurró mirándola a los ojos.
—Un poco, temo que mis fuerzas no sean suficientes. Temo no poder traer al mundo a nuestro
bebé.
—Lo harás, eres una mujer muy fuerte, luchas por lo que quieres, y estoy seguro de que quieres a
este bebé —sacó su mano de entre los muslos de su mujer, las deslizó por las caderas y le acarició la
barriga con infinita ternura. Mientras con su mirada le pedía a gritos un beso. Por primera vez,
Rachell pareció no interpretar su petición, lo dejó esperando, pero él necesitaba que ella calmara ese
miedo que también se apoderaba de su alma, por lo que se decidió a besarla.
Rachell se apoderó de las mejillas de Samuel y le regalaba constante toques de labios, mientras
sentía el agua tibia de la regadera mojarle la espalda. Sentía ganas de llorar, las lágrimas empezaban
a formarle remolinos en la garganta y el corazón le martillaba fuertemente contra el pecho.
—Todo va a salir bien, todo saldrá bien, menina —murmuró él entre beso y beso—. No tengas
miedo porque estaré a tu lado, en todo momento, para brindarte valor, te recordaré lo fuerte que eres
—la abrazó, frotándole la espalda.
—Gracias —murmuró.
—Por nada, ahora debemos darnos prisa porque estamos gastando mucha agua. Ya sé que vamos
a hacer.
—¿Qué? —preguntó alejándose un poco de él y con un ademán le pedía que se diera la vuelta.
—Vamos a ver las estrellas, mientras cantamos un poco, tú eliges la primera canción.
—Me gusta la idea, es mucho mejor que ver TV —sonrió con alevosía mientras le apretaba las
nalgas y él sonreía, porque sabía que no podía hacer nada contra esa manía de ella por agarrarle el
culo.
Terminaron de bañarse. Samuel, se colocó un bóxer de algodón y ella un albornoz de seda en
color champagne.
—Vamos a la terraza —le dijo tomándola de la mano.
—Yo te alcanzó, voy por un poco de agua de coco.
—¿Otra vez?
—Solo un poco, ya te alcanzo —dijo y salió de la habitación.
Samuel buscó la guitarra acústica que había llevado y se fue a la terraza, estudiando el lugar
desde donde mirarían las estrellas y cantarían. Rachell salió a la terraza y buscó con su mirada a
Samuel, los acordes de la guitarra la guiaron al lugar donde estaba la hamaca.
Él detuvo sus dedos abruptamente al ver que Rachell traía en sus manos una jarra de dos litros,
llena de agua de coco y con pulpa entera.
—No tomarás todo eso, no voy a llevarte al baño a media noche.
—Seguramente no la tomaré toda, pero es para no tener que estar bajando —dijo colocándola en
el suelo, al lado de dónde Samuel se encontraba sentado sobre los cojines. Ella se ubicó en la
hamaca.
—¿Tienes algún tema pensado? —preguntó él jugando con algunos acordes, mientras afinaba la
guitarra.
—No, déjame pensar.
—Maroon 5, no —limitó inmediatamente.
Rachell bufó y agarró un pedazo de pulpa tierna de coco, que se llevó a la boca.
—Tiene las mejores canciones, pero ya que no quieres tú te los pierdes, entonces tampoco
cantaremos nada de Muse.
—Golpe bajo —sonrió negando con la cabeza.
—OneRepublic —pidió Rachell.
—No me sé ninguno de sus acordes.
Rachell ancló la mirada en el impactante cielo, que parecía que estaba a punto de caérseles
encima, millones de estrellas destellaban sobre ellos. Mientras pensaba en un tema, escuchaba las
olas del mar y algunos grillos, que Samuel opacó con armónicas notas que no decían nada, al menos
no para ella.
—¡Imagine Dragons! —soltó de pronto como si hubiese descubierto un nuevo continente.
—Quieres que haga el ridículo, solo tengo una guitarra —alzó el instrumento, consciente de la
insuperable composición de sonido con la que contaba la banda.
—Bueno —masculló como una niña malcriada—. ¿Te sabes, Can't take my eyes off you de Lady
Antebellum? —preguntó mientras se balanceaba suavemente en la hamaca y agarraba otro pedazo de
coco, que goteó sobre su regazo, pero sin importarle, igualmente se lo llevó a la boca.
—Supongo que hemos encontrado una canción antes de que acabes con el coco. Déjame
intentarlo.
—Pero me acompañas en el coro.
—Está bien, te acompañaré.
Samuel inició los acordes, que acompañaban al tema, mientras Rachell asentía y esperaba la nota
exacta para iniciar.
—know that the bridges that I’ve burned, along the way —empezó a cantar, con la mirada
brillante en la de Samuel, mientras sonreía e intentaba entonar armónicamente la letra—. Have left
me with these walls and these scars, that won’t go away, and opening up has always been the hardest
thing, until you came.
Samuel asintió, indicándole que venía el coro y entre ambos empezaron a entonarlo.

—So lay here beside me just hold me and don’t let go


This feelin’ I’m feelin’ is somethin’ I’ve never known
And I just can’t take my eyes off you
And I just can’t take my eyes off you.

En medio de sonrisas y tiernas miradas siguieron con el tema, logrando con éxito terminarlo; ella
aplaudió emocionada, viendo una vez en ese hombre que tenía en frente a su complemento perfecto,
ese con el que nunca se aburría, con Samuel cada momento era entretenido y único.
Al terminarlo Samuel dejó a un lado la guitarra, y se refrescaron la garganta con un poco de agua
de coco, para después admirar la noche que los acompañaba, ese lugar mágico en que la luna se
mecía sobre el Océano Atlántico, pintándolo de plateado.
—¡Mira, Sam! Los delfines —dijo Rachell emocionada, al ver que un par de delfines brincaban
en el mar, mostrándose plateados por la luz nocturna—. Son hermosos.
—Mañana podremos ir a verlos, pero debemos levantarnos temprano para estar en el puerto.
Los delfines desaparecieron de sus vistas, mientras seguían a la espera de que aparecieran una
vez más, Rachell admiraba atenta al mar, y algunas veces la mirada se le escapaba a ese manto de
terciopelo adornado por diamantes, pasó tanto tiempo que no pudo contar, simplemente sintiéndose
hipnotizada por esa noche irrepetible. Sin ser consciente que era en pleno, el objeto de afecto de su
esposo, que no podía fijar su atención en nada más que no fuese ella.
A medianoche Rachell se vio sorprendida por las notas de las guitarra, y rápidamente desvió la
mirada hacía Samuel, que empezaba a entonar.

When I look into your Cuando miro tus ojos,


eyes Es como ver el cielo nocturno
It's like watching the O un hermoso amanecer
night sky Hay tanto en ellos,
Or a beautiful sunrise Justo como las más antiguas
There's so much they estrellas.
hold Veo que has venido desde tan
And just like them old lejos.
stars Para estar justo donde estás.
I see that you've come so ¿Cuán vieja es tu alma?
far
To be right where you
are
How old is your soul?

Rachell lo miraba sonriente y con el corazón brincándole en la garganta, él siempre lograba


impresionarla con gestos tan simples, pero tan cargados de sentimientos. Le gustaba, le gustaba
muchísimo, ese Samuel Garnett que en algunas ocasiones era tan tierno, y que estaba segura solo se
mostraba de esa manera en esa soledad que compartían.
Ese hombre al que provocaba comérselo a besos, ese por el que sería capaz de sacarse el
corazón, y mostrarle que cada uno de sus latidos llevaba su nombre, ese hombre ojos de sol, ojos del
más dulce fuego.

I won't give up on us No renunciaré a nosotros,


Even if the skies get rough Incluso si los cielos se hacen
I'm giving you all my love ásperos
I'm still looking up Te daré todo mi amor
Sigo mirando hacia arriba.
And when you're needing
your space Y cuando necesites de tu
To do some navigating espacio,
I'll be here patiently waiting Para navegar un poco,
To see what you find Estaré aquí esperando
pacientemente
Para ver lo que encuentras.

Rachell no lo interrumpía, por nada del mundo lo haría, solo se miraba en esos ojos que brillaban
más que las mismas estrellas, él se encontraba totalmente inspirado, demostrándole a través de ese
tema, cuanto la amaba.
Sin duda alguna los mejores momentos de su vida los había vivido junto a Samuel, y aun así él
prometía muchos, muchos más.
Cause even the stars they Porque incluso las estrellas
burn arden
Some even fall to the earth Algunas incluso caen a tierra
We've got a lot to learn Tenemos mucho que aprender
God knows we're worth it Dios sabe que valemos la pena
No, I won't give up. No, no me daré por vencido.

I don't wanna be someone No quiero ser alguien que se va


who walks away so easily tan fácilmente
I'm here to stay and make the Estoy aquí para quedarme y
difference that I can make… hacer la diferencia que puedo
hacer…

Al terminar, no dijo una sola palabra, solo dejó a un lado la guitarra y se arrodilló acercándose a
su mujer, sin pedirle permiso jaló lentamente la cinta que amarraba el albornoz y separó la tela, los
pezones sonrojado y erectos, le gritaban que Rachell lo deseaba tanto como él lo hacía con ella en
ese momento.
Llevó sus labios al medio de los senos y empezó a besar lentamente, repartiendo cortos besos por
el pecho, sintiendo el palpitar enloquecido de ese corazón que le pertenecía, así como el de él le
pertenecía a ella.
Rachell lo despeinaba a caricias, mientras se estremecía entre los brazos de su esposo,
suspirando gustosa ante cada caricia y beso.
—¿No habrá algún curioso por la playa a esta hora? —preguntó con la voz ronca cargada de
deseo, y con la punta de los pies se fijaba en el piso de madera para que el balanceo de la hamaca no
la alejara de la boca de Samuel.
—Podría haber una multitud, eso no me desviará de mi objetivo de cogerte en este lugar. Con la
estrellas como testigo.
Rachell gimió bajito cuando Samuel rozó con sus dientes uno de sus pezones, y no podía negarle a
ese hombre que le hiciera lo que le diera la gana, justo en ese lugar.
Le regaló enérgicas caricias a la espalda, donde cada músculo marcado, hacía estallar en ella el
más crudo deseo.
Los labios de él empezaron a vagar por la barriga, era una arrebatadora mezcla de lujuria y
ternura, que provocaba en ella húmedas reacciones.
La brisa fría y el sonido de las olas muriendo en la orilla, le amenizaban la velada, que
acompañaba a los susurros de ambos.
—¿Quieres subir a la hamaca? —preguntó aferrándose a los brazos de Samuel, que le acariciaban
los muslos.
—No será fácil hacerlo en la hamaca.
—Pero tampoco imposible —dijo poniéndose de pie y quitándose el albornoz que cayó como una
cascada dorada y se arremolinó tras sus pies.
Samuel siguió sentado sobre sus talones y empezó a besarle los muslos, con una de sus manos
liberó su pene del bóxer que lo estaba torturando, y en medio de caricias empezó a calmar un poco su
necesidad, así como a darle vida a la erección que prometía llevar una vez más a su mujer a las
puertas del cielo.
Sacó la punta de la lengua y empezó a recorrer en una húmeda y suave caricia, desde el monte de
venus, sombreado por la gran barriga, subió lentamente, siguiendo la curva del vientre, mientras poco
a poco se ponía de pie, hasta meter la lengua en la boca de su mujer, que gustosamente se la chupó.
Uniendo sus bocas en un beso voraz, la giró de espaldas a la hamaca, mientras Rachell le bajaba
el bóxer y reemplazaba su mano por la de ella, en una ágil caricia que le arrancaba temblores y
roncos jadeos.
Con el embarazo se había vuelto bastante sensible y era poco lo que podía esperar, prácticamente
desesperaba porque Samuel le regalara toda su locura en contados segundos.
Él había logrado interpretar la petición, por lo que se metió en la hamaca, buscando la manera de
poder hacer el momento lo más cómodo posible para ella.
Se sentó a ahorcajadas y tomándole una mano la guió, ella se sentó de igual manera de espaldas a
él, aferrándose a los bordes de la hamaca, se balanceó un par de veces, hasta que encontró el premio
entre los muslos de su esposo, ahogando un largo jadeó mientras era llenada completamente.
—Sam —masculló en medio de un jadeó, sintiendo arder las piel de las caderas cuando él se la
apretó con brío—. Así, así —pidió ante las lentas acometidas.
—Rach, mi Rach, mi menina —murmuró pegándosele a la espalda y con una mano se le aferraba
al moño de tomate, jalando de ahí, la hizo volver un poco, solo lo suficiente para poder mirarla a los
ojos, mientras se movía muy lentamente dentro de su mujer, conquistando una y otra vez cada pliegue,
mojándose en ella—. Mi mujer, te amo Rachell.
—Mi pantera arrebatada, así me gustas, implacable… te amo Sam, más que nada en el mundo.
Él volvió a tironear sensualmente del moño de tomate y ella se vio obligada a echar la cabeza
hacia atrás, disfrutando del instinto libidinoso de su esposo, que empezaba a mordisquearle hombros
y cuello, mientras ella amenazaba con desintegrar los bordes de la hamaca.
Trataba de mantenerse fija, al apoyar la punta de los dedos de sus pies sobre los de Samuel, que
esteban en el piso de madera, donde encontraba el apoyo para impulsarse y hacerle ver las estrellas
más de cerca.
Arqueó la espalda y apretó los dientes fuertemente al sentir como su espalda era lentamente
bañada, y Samuel se bebía lo que suponía era el agua de coco. No le quedaron dudas cuando la pulpa
empezó a tantear sus labios y la mordió, casi tragándola entera.
El agua empezó a escurrir por su espalda e inundar la unión de sus cuerpos, mientras su esposo
famélicamente lengüeteaba el líquido que corría cuesta abajo, haciendo un charco a los pies ambos.
Samuel dejó nuevamente la jarra sobre el suelo, y volvió a abrazar a Rachell justo por debajo de
los senos, donde se aferró con delicadeza, porque sabía que los tenía algo sensible. Mientras con su
lengua surcaba cada espacio que le era posible en la espalda de su mujer, bañada por la refrescante
bebida natural.
Rachell empezó a necesitarlo más y ella misma buscó acercarse cada vez más a las puertas del
placer, siendo casi inmediatamente atendida por su hombre.
En medio del frenesí alcanzaron un solo latido, desbocado, frenético, en medio de jadeos y
palabras cargadas de amor y lujuria, una combinación que solo los amantes lograban entender.
Rachell con el cuerpo tembloroso, se dejó caer sobre Samuel que con una carcajada cansada se
quejó.
—Vas a matarme, no puedo con este dos contra uno —le dijo sofocando la risa en la oreja.
—Te toca soportarme hasta que recupere la fuerzas —entrelazó sus dedos en los de Samuel, que
descansaba las manos sobre la barriga y ahí estaba una vez más moviéndose ese pequeño ser, cómo
siempre lo hacía después de que tenían sexo, era como si fuese participe de ese momento, en que sus
padres se entregaban físicamente a ese amor que los unía.

******

El sol apenas despuntaba imponente en el horizonte, pintado de un magnifico dorado el paisaje,


siendo la atracción para todas las personas en el puerto que aprovechaban para tomarse algunas
fotografías. Samuel y Rachell no perdieron la oportunidad de hacerlo.
Después de varias sesiones fotográficas. Estaban listos para abordar el bote navi, y conocer a
través de su piso de cristal la maravillosa vida marina que yacían bajos las aguas noronhenses.
Tomaron asiento en el sofá redondo en color blanco que bordeaba la gran cúpula de cristal, y
desde ese instante se convertían en testigos de las más hermosas especies marinas.
Los guías especializados explicaban cada una de las especies, además del delicado ecosistema de
las costas y por qué la infinita preservación del mismo.
Rachell miraba atenta y se maravillaba con lo grandiosa que era la naturaleza. Una hora y media
por las costas le llevó a descubrir especies marinas que no conocía, peces con brillantes y llamativos
colores, tortugas inmensas que parecían estar ahí desde la época de la prehistoria, otras más
pequeñas y menos extrañas. El corazón se le instaló en la garganta cuando un tiburón les mostró muy
de cerca sus dos hileras de dientes. Sabiendo que no podía hacerles daño, el solo hecho de verlo tan
de cerca le heló la sangre.
De regresó al puerto, subieron a otra embarcación, un bote que lo llevaría a recorrer algunas de
las islas que formaban parte del archipiélago, y que estaban completamente deshabitadas, por
exigencias gubernamentales.
Rachell admiraba los destellos que el sol le sacaba al agua, mientras le calentaba la piel y la
brisa se estrellaba contra su rostro, mientras Samuel hacía fotografías.
A medio camino, la embarcación se detuvo, concediéndoles la oportunidad para que se
refrescaran un poco.
—Vamos al agua —le dijo Samuel quitándose del cuello el cordón de la cámara fotografía y la
dejó encima del bolso que Rachell había llevado.
—No, aquí estoy bien.
—No me digas que tienes miedo de bañarte en pleno océano —se burló, mientras se quitaba la
bermuda y se quedaba con el sunga en color azul marino, que se le ajustaba perfectamente al cuerpo,
mostrándolo realmente provocativo para cualquier ojo femenino.
—No, realmente no tengo miedo, es que no quiero broncearme más de la cuenta.
—Vamos Rachell, no sabes de lo que te pierdes. Ven mi amor —le pidió tomándola por una mano
y con la otra le soltaba el nudo al canga que llevaba amarrado y cruzado al cuello, dejándola con el
traje de baño de dos piezas, la parte de abajo era blanca y los triángulos en sus senos tenían la
bandera de Brasil.
Rachell observó cómo algunos niños sin el mínimo temor, se lanzaron al agua, suponía que no
debía temer, si se habían detenido en ese lugar, era porque no había ningún tipo de peligro.
—Está bien, pero solo uno minutos.
Como respuesta recibió un sonoro beso en la mejilla, y él la guió hasta donde estaban las
escaleras, se lanzó al agua y a los segundos emergió, nadando hasta las escaleras, para desde ahí
ayudarla, también recibió la colaboración de un hombre que aparentaba tener unos cincuenta años.
—Gracias —le dijo aferrándose a la mano de él, mientras bajaba con total cautela las escaleras,
donde Samuel la recibió.
El agua estaba fría y eso hizo que los labios empezaran a tiritarle, siendo el blanco de burla de su
esposo, que soltó una carcajada.
—En segundos te acostumbrarás —aseguró mientras la ayudaba a mantener a flote—. Vamos
abajo.
—Ok, dame tiempo para llenarme de valor.
—Todo el que desees, mi vida.
—Estás muy adulador, como se nota que quieres convencerme de que esté aquí contigo —con un
manotazo le lanzó agua en la cara, mientras reía, y se sumergió nadando un par de metros, temía
alejarse más de la cuenta.
Samuel la alcanzó abrazándola por la espalda, mientras le acomodaba los cabellos, le dio varios
besos en el hombro y mejilla.
A muy pocos metros de ellos, vieron un par de aletas acercarse, y Rachell no pudo evitar llenarse
de pánico, aún tenía muy viva la imagen de las dos hileras de dientes del tiburón, por lo que
rápidamente se volvió.
—Tranquila, son delfines y no se acercaran —intentó tranquilizarla Samuel.
—Como sea, prefiero regresar al barco —pidió llena de miedo, y sin esperar a Samuel nadó de
regreso a la embarcación.
Él sin pensarlo siguió a Rachell que se aferraba a las escaleras, a la espera de que su esposo la
ayudara a subir, cuando vio bajo sus pies a uno de los delfines, atacada por el miedo se aferró a la
baranda de acero inoxidable.
—No se mueva, quédese tranquila, que no le harán daño —le informó el hombre que la había
ayudado a bajar las escaleras.
Ella quería creerle, pero sintió la piel suave del delfín rozarle la parte baja del vientre, y temió
que la golpeara.
Samuel llegó hasta ella, y el animal se alejó, pero no por mucho tiempo, volvió a rozarle con el
hocico la barriga.
—Sácame de aquí —le suplicó a Samuel con la voz ronca por el miedo, sentía que el corazón iba
a ahogarla con sus latidos desbocados.
—Tranquila, no hagas movimientos bruscos —intentó asegurar Samuel pero él también temía,
porque eran delfines que no estaban domesticados.
—No le hará daño, déjelos tranquilo —le pidió nuevamente el hombre—. Déjela dentro del agua,
se han acercado por los latidos de la criatura, están creando conexión con el bebé a través de las
ondas sonoras, es muy bueno para su hijo.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Rachell apenas posando su mirada en el hombre.
—Tiene que tranquilizarse, porque está alterando los latidos del bebé y es por eso que los
mantiene cerca, los delfines están intentando calmarlo. Siéntese en las escaleras.
El hombre le explicaba, mientras todos en el barco admiraban maravillados lo que para ellos era
un tierno espectáculo.
—Usted siéntese en las escaleras y sostenga a su esposa —le pidió sonriente a Samuel.
A él no le quedó más opción que acatar la petición del hombre. Se sentó un escalón más arriba
que Rachell y ella de espaldas a él se sentó un poco más abajo, mientras sentía que todo el cuerpo le
temblaba.
—Shhh, tranquila, tranquila —le pidió Samuel al oído al sentir lo temblorosa que estaba.
Los delfines pegaron los hocicos en la barriga de Rachell y la acariciaban, mientras emitían
sonidos como si los dientes les castañearan.
Samuel más aventurero, extendió la mano y empezó a acariciarle con cuidado el melón, el cetáceo
no se alejó. Era como un intercambio, él dejaba que Samuel lo tocara, mientras él se deleitaba
acariciándole la barriga a Rachell.
—No te hará daño, tócalo —le pidió Samuel, con una gran sonrisa, el animal se había ganado su
confianza.
Rachell temerosa empezó a tocarlo, solo con las yemas de sus dedos, sintiendo como la piel
suave y babosa del animal, que empezaba a tranquilizarla.
Alrededor de quince minutos estuvieron permitiéndole a los delfines que se comunicaran con su
bebé, según lo que les dijo el hombre. Rachell sonreía con las lágrimas arremolinadas en la garganta,
pero ya no de miedo, sino de ternura, de lo increíble que podía ser la naturaleza y cómo esos delfines
atendieron a los latidos de su niño o niña.
Cuando ayudaron a Rachell a subir, los tiernos animales solo nadaron hacia atrás, permitiéndole
la retirada a ella, mientras movían sus cabezas alegremente y castañeaban los dientes con más fuerza,
haciendo el sonido más audible, cómo si con eso estuviesen agradeciendo.
Siguieron con su recorrido, conociendo más del paraíso, cada islote tenía su historia y mito, en
uno en particular, decían que la forma de su roca era de un dragón que se había convertido en piedra
volcánica. No pudieron llegar porque estaba completamente prohibido el paso, a menos que fuese
con fines científicos y para los cuales se requería una gran cantidad de permisos.
De regreso al puerto, decidieron ir hasta la playa y pasar el resto de la tarde, en ese lugar,
almorzaron en el puesto del italiano Lucca. Casi con el ocaso sobre ellos, Rachell vio un par de
Delfines y estaba segura de que eran los mismos con lo que había tenido contacto.
Esa madrugada y antes de tiempo, llegó al mundo la hermosa
Elizabeth, con un llanto que retumbaba en el lugar, mientras era arrullada por la canción interpretada
por Lana Del Rey, Once Upon A Dream.
Samuel lloró por lo menos dos horas, sin poder creer que esa niña tan hermosa, vestida de un
blanco virtuoso era de él, carne de su carne, sangre de su carne. Quería mirarla a los ojos y tener la
certeza de que estaba ahí con él, pero era una dormilona que no se dejaba descubrir el color de la
mirada.
Sonrosada, con unos labios rojos como una fresa y una boca pequeña, toda ella era tan diminuta,
que solo se atrevía a acariciarla con las yemas de los dedos, mientras luchaba con sus ganas por
despertarla, pero debía dejarla dormir.
Rachell ya estaba en la habitación y al igual que él admiraba a su niña. Ambos sonreían,
incrédulos y al mismo tiempo fascinado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en un murmullo, sentado en una silla de ratán, no se atrevía a
sentarse en la cama para no maltratar a su esposa.
—Cansada y un poco adolorida, pero eso no se compara con la felicidad que siento. Es
demasiado hermosa nuestra Elizabeth, siempre me la imaginaba, pero nada se compara con la
realidad.
—Parece una muñeca, es una hermosa muñeca —se puso de pie y caminó hasta la mesa donde
estaba la cámara fotográfica.
—¿No crees que ya tienes suficientes fotografías? —preguntó sonriente, ya Samuel debía haberle
tomado unas doscientas fotografías a su niña.
—Nunca serán suficientes —dijo y caminó de regreso a la cuna, hizo a un lado el dosel y la
fotografío muy de cerca, le hizo al menos unas diez.
—¿Ya le avisaste a tu tío y a Sophie? —preguntó acomodándose un poco los cabellos, al ser ella
el blanco del lente fotográfico de Samuel.
—¡No! Mierda, lo olvidé por completo —dejó la cámara sobre la mesa y salió corriendo a la
planta baja a buscar el teléfono, sin saber dónde estaba.
Rachell contuvo la carcajada para no lastimar los vestigios del parto, se tanteó el vientre,
mientras respiraba profundo para no reír, y volvió la mirada una vez más hacía su nena, que la tenía
muy cerca.
Nunca pensó sentir esa sensación que le invadía el pecho, era algo que abarcaba todo, Elizabeth,
era el resultado de su más grande amor, ¿cómo no amarla más que a ella misma?
Samuel regresó y caminó por toda la habitación en busca del teléfono móvil.
—Está en la terraza —le dijo ella al recordar que lo había dejado ahí la noche anterior.
—Gracias —casi corrió a la terraza y agarró su móvil, que aún tenía pila para al menos una
llamada.
Marcó al número móvil de su tío, para no perder tiempo en que se lo pusieran al teléfono.
Después del segundo repique se dejó escuchar la voz de Reinhard Garnett.
—Samuel, ¿pasó algo? —preguntó el hombre al otro lado de la línea.
—Ya soy padre, soy padre, tío —dijo ahogando una carcajada de felicidad y también reteniendo
las lágrimas que se le anidaban en la garganta.
—¿No era para la próxima semana? Ya mismo salimos para allá.
—Se adelantó. Tío, tengo a una niña hermosa, parece una muñeca. No puedo creer que haya hecho
algo tan bonito.
—Que no la hiciste solo, si es hermosa es porque se parece a la madre —dijo sonriendo,
sintiéndose realmente feliz, por ese que era más que sobrino su hijo, y volvía a convertirse en abuelo,
por tercera vez y de su primera nieta.
—Se llama Elizabeth —la voz se le quebró y no pudo retener el sollozo—. Rachell, quiere que la
llamemos como mi mamá —mientras se limpiaba las lágrimas.
—Es un nombre hermoso, seguro será igual a la abuela —aseguró con voz ronca—. Estoy seguro
de que mi hermana estaría muy feliz, por ver a su niño convertirse en padre. ¿Estás feliz?
—Nunca en mi vida lo había estado tanto. No sé qué hacer con esta felicidad que se me desborda.
—Solo debes vivirla. Quien te viera ahora, cinco años atrás rechazabas la idea de ser padre.
—Creo es que mi momento perfecto para ser padre —dijo riendo y escuchó el característico
sonido del teléfono a punto de apagarse por lo que se apresuró—. Tío, estoy sin batería.
—Nosotros salimos esta misma tarde para allá.
—Lo espero —finalizó la llamada y caminó de regreso a la habitación en busca del adaptador de
electricidad, para poner a cargar el teléfono, ya que Noronha solo contaba con voltaje 220.
—Vienen esta tarde —le comunicó a Rachell, mientras conectaba el teléfono.
—Que bien, así Sophia podrá ayudarme un poco —expresó y se notaba agotada.
—Será mejor que duermas —aconsejó acariciándole la frente con ternura.
—Tú también deberías hacerlo. Ven aquí —pidió palmeando a un lado de la cama.
—No quiero lastimarte.
—No lo harás.
Se acercó a la cama y con mucho cuidado se acostó al lado de su esposa, temiendo hasta respirar
para no hacer ningún movimiento. Ella le agarró la mano y se la llevó a los labios, regalándole un
beso en el dorso.
—Gracias por brindarme tanta fuerza, si no hubieses estado alentándome, seguramente no lo
hubiese conseguido.
—Estoy seguro que lo hubieses conseguido, eres realmente fuerte, estoy muy orgulloso de ti,
realmente estoy orgulloso —aseguró y esta vez era él quien se llevaba la mano de su mujer a los
labios.
No necesitaban prender el aire acondicionado, tenía un ventilador que colgaba del techo y la brisa
marina se colaba en la habitación a través de las puertas abiertas.
Rachell se quedó dormida a los pocos minutos, pero a él, por más que le pasaran los párpados y
se sintiera cansado, la adrenalina que hormigueaba en su cuerpo no le permitía dormir, tampoco
quería a hacerlo, porque su mirada de soslayo, no podía apartarla de ese pedacito de cielo que
estaba a muy pocos pasos de él.
Y cómo si fuese un tonto pedazo de metal y ella un gran imán, no pudo mantenerse acostado por
mucho tiempo, se levantó y caminó hasta la cuna, volvió a ubicarse en la silla de ratán y miraba
atentamente, si estaba respirando o no, una extraña preocupación lo invadía, y quería supervisar cada
signo vital de su pequeño tesoro. Por más que la mirara, le costaba creer que pudiera existir algo tan
hermoso.
Estaba acostada de medio lado y él debía agazaparse en la silla para poder mirarle la cara, eso no
era suficiente con cautela introdujo una mano a través del dosel, y la acercó a la nariz de la niña para
sentir su respiración. No le bastaba solo verle el influjo en la espalda.
Esa pequeña bolita blanca empezó a moverse, captando por completo la atención de su padre, que
rió divertido al verla bostezar y abrir los ojos, pero por muy poco tiempo, era como si la luz le
molestara.
¿Quién podía controlar al padre orgulloso y deseoso que era? Nadie, absolutamente nadie podía
detener sus impulsos por querer cargar a su niña, unos pocos minutos después del nacimiento no
habían sido suficientes, y en ese preciso momento no anhelaba nada más que acercarla a su pecho,
cada segundo que se mantuvo dormida suplicó porque despertara, solo para vivir ese instante en que
se ponía de pie y con mucho cuidado la cargaba.
Ella, gimió bajito al sentir las manos de su padre elevándola y se removió gustosa. Justo como
una de las señoras que había atendido el parto de Rachell le había explicado, le sostuvo con mucho
cuidado la cabeza y el cuerpo. Era tan pequeña que perfectamente cabía en sus manos.
No quería despertar a Rachell, por lo que se escaparía con su niña, con una frazada se la llevó a
la terraza y se sentó en la hamada, no le hacía falta mirar al paisaje, eso no era más hermoso que su
pequeña.
—Mi mariposita —sonrió enternecido mientras le acariciaba la sonrojada mejilla con la yema de
sus dedos. Ella apenas espabilaba queriendo mirarlo, pero aún no se acostumbraba—. Que hermosa
eres, desde este instante mi vida te pertenece, juro que te cuidaré con mi alma, nunca nada malo te
pasará, velaré cada segundo de tu tiempo, cada latido —susurraba y en el momento en que ella se le
aferró a uno de los dedos, era como si acordara ese pacto, provocando que la garganta de Samuel se
inundara—. Eres perfecta, mi Elizabeth… Me robaron la oportunidad de presentarte con tu abuela,
pero sé que está aquí admirando lo hermosa que eres.
Se la acostó sobre el pecho y se mecía suavemente en la hamaca, mientras le acariciaba la
espalda, viviendo a plenitud el momento, mientras dejaba que sus pensamientos volaran.
—Creo que tengo la canción para ti, pero no se lo digas a tu madre, porque seguro que no le
gustará, será un secreto entre los dos, no soy bueno para las canciones de cuna, pero no creo que
justamente una nana tenga que expresar el amor que siento por ti.
Mientras la suave brisa se arremolinaba en el lugar y el sonido del mar los arrullaba, empezó a
entonar.

—When darkness falls


And surrounds you.
When you fall down,
When you’re scared
And you’re lost. Be brave,
I’m coming to hold you now.
When all your strength has gone
And you feel wrong,
Like your life has slipped away.

Cantó en un suave murmullo todo el tema y de vez en cuando la sentía removerse, sobre su pecho,
estaba seguro que ella podía sentir los latidos embravecidos de su corazón, ese que estaba tan
hinchado de orgullo que casi no le cabía en el pecho.
—Te mantendré segura, mi pequeña y tierna mariposa, mi Elizabeth.
Escuchó que llamaban a la puerta y con mucho cuidado se levantó, caminó a la habitación y dejó a
la niña en la cuna, para poder ir más rápido a atender a quien llamaba y no despertaran a Rachell.
Snow esperaba sentado frente a la puerta mientras movía el rabo, por instinto Samuel le acarició
la cabeza y abrió.
—¿Cómo está? —preguntó una de las parteras a la que tenía como cuatro horas sin ver.
Ella después de dejar a Rachell en la habitación y a la niña dormida, decidieron retornar a sus
casas para descansar y dejar que la pareja lo hiciera.
—Bien, muy bien. La niña está despierta, pero mi esposa hace poco que se quedó dormida.
—Deberá despertar, tiene que amamantar a la pequeña, si ya nos falló el primer intento,
seguramente ahora sí estará hambrienta.
—Sí, acompáñeme —pidió Samuel haciendo un ademán hacia el pasillo que conducía a las
escaleras. Al llegar a la habitación, vio a la niña chupándose el puño, pero prefirió despertar a
Rachell antes de cargarla—. Amor —susurró, mientras le acariciaba los cabellos.
La señora Cecilia, cargó a la niña, para hacerla sentir segura.
Rachell despertó ante las caricias y los susurros de Samuel, la molestia en su cuerpo, le
recordaron que había dado a luz y que apenas había dormido menos de una hora. Se sentía cansada
pero feliz, por lo que correspondió a la sonrisa que su Pantera le regalaba.
La señora Cecilia, le pidió al señor Garnett que se lavara las manos y le explicó cómo debía
estimular el pezón de su esposa, para que fuese más fácil para la niña atraparlo.
Le hizo saber a Rachell, todos los procedimientos para evitar que se le agrietaran los pezones, y
que lo mejor era, no solo ofrecerle el pezón sino también parte de la aréola, y que al momento de
retirarla, metiera un dedo de por medio y así la niña no iba a tironear.
Samuel se quedó sentado al borde de la cama, atento a ese pequeño momento en que Elizabeth, se
le aferró al pecho de su madre, no pudo evitar sonreír al escuchar cómo se alimentaba.

*****

Elizabeth llevaba nueve horas con ellos, y era momento de presentársela a Snow, que hasta el
momento se había mantenido inocente de la llegada del nuevo miembro a la familia.
Rachell no podía bajar las escaleras por lo que Samuel, subió a Snow al segundo piso, ella
esperaba sentada en el sofá de la sala de recibo, con la niña acostada sobre sus muslos.
Samuel sabía que Snow era realmente manso, sobre todo demasiado mimado por Rachell y que no
se mostraría agresivo con Elizabeth, no obstante su instinto protector lo obligó a que le colocara la
correa.
Desde la distancia Snow, miró extrañado a ese nuevo ser que reposaba sobre el regazo de su
dueña y que como de costumbre le sonreía, alentándolo a que se acercara. Dudoso acortó el trayecto.
Samuel retenía por la correa a Snow, que empezó a olfatear la cabeza de Elizabeth.
—¿Te gusta? Es hermosa, verdad —le dijo Rachell acariciándole la cabeza, mientras el animal
seguía olisqueando a la niña y gimió como una expresión de aceptación.
Rachell y Samuel sonrieron, al ver que Snow se echó en el suelo, sin dejar de rozarle con la nariz
la cabeza a Elizabeth, atento a cada movimiento que la niña hacía.
El mágico momento fue interrumpido por una bocina de auto.
—Llegaron —dijo Samuel sonriente—. ¿Lo dejo o me lo llevo?
—Déjalo, está más encantado con Elizabeth que nosotros.
Samuel le dio un beso en los labios a su esposa, y salió trotando, lo menos que quería era hacer
esperar a su familia.
Al abrir la puerta, se encontró con su tío bajando del jeep, pero más que alegrarse por ver a
Reinhard Garnett, lo hizo cuando vio a Thor. Su primo que había estado de viaje con Megan, habían
regresado sin avisarle, suponía que iban a retornar a América en un mes.
Ambos se fundieron en un abrazo, mientras se palmeaban afectuosamente la espalda.
—Felicidades papá, desde ya entras al reglón de viejo verde.
—Cabrón —le dijo entre risas—. ¿Cuándo regresaste? —preguntó alejándose un poco y recibió
el abrazo de su hermana a la que besó en los cabellos.
—Regresamos ayer, no llegamos a Nueva York, decidimos llegar a Río primero —explicó Thor,
buscando la mirada gris de Megan.
—¿Por qué adelantaron el viaje? —preguntó realmente extrañado.
—No íbamos a perdernos este momento —contestó Megan aferrada a la cintura de su hermano.
Samuel alargó la mirada hacia Ian que se acercaba con Renatinho en brazos.
—¿Dónde está Liam y las gemelas? —preguntó al ver que faltaban los demás niños.
—Lo hemos dejado en la posada en compañía de Diogo y Gina —acotó Sophia acercándose a
Samuel y dándole un abrazo.
—Van a volverlos locos —se carcajeó Samuel—. Al parecer hicimos viajar a todos.
—Casi todos, ¿cómo se portó Rachell? ¿Qué tan hermosa es mi sobrina? —preguntó Sophia.
—Rachell es una guerrera, se quejó menos que tú. Y Elizabeth es lo más lindo que he visto en mi
vida —explicó con el orgullo a punto de explotar.
—Te recuerdo fiscal, que yo luché con dos. Estoy segura que debe ser hermosa, seguro que del
padre no tiene nada —en medio de su burla arrugó la nariz y eso hizo que las pecas se le acentuaran.
—Para tu mala suerte es idéntica a mí.
—Entonces no es tan linda como dices —le palmeó el hombro y caminó hacia el interior del
bungalow, ella no podía esperar para ver a su mejor amiga, en plan de madre.
Samuel en un gesto pícaro le guiñó un ojo a tu tío y se encogió de hombros, a la espera de ese
abrazo.
—Muchas felicidades, hijo —declaró refugiándolo en sus brazos—. Estoy seguro que serás un
buen padre.
—Voy a serlo, porque mi Elizabeth se lo merece —aseguró elevando un poco la barbilla en un
gesto de valentía—. Todos los días me replantearé lo hermosa que es y que es mi deber protegerla.
—Hasta que se enamoré y ya no vea más por ti —azuzó Ian, queriendo molestarlo.
A Samuel una extraña sensación de pérdida devastadora lo azotó, y unos celos incontrolables se
despertaron, rechazando la remota idea de que le quitaran a su niña. Pero no iba a caer en el juego de
su primo.
—Igual seguiré siendo su padre, y ningún otro hombre será más importante que yo en su vida —
condicionó levantando el dedo índice—. Y estaré a su lado siempre, aún para sanar las heridas de
su corazón si algún cabrón intenta lastimarla, no sin antes partirle el alma al hijo de puta.
—Le partirás el alma con el bastón —Ian siguió con su burla.
—No jodas, Ian —bufó, recibiendo a Renatinho que extendía los brazos hacia su tío, mostrándose
feliz de verlo y sus hermoso ojos azules brillaban—. Crees que estás a salvo porque tienes dos
varones, te recuerdo que a los hombres también nos rompen el corazón.
Ian soltó una carcajada, satisfecho por haber obtenido el resultado esperado. Thor lo acompañó
en esa broma hacia Samuel.
Sophia subió las escaleras casi corriendo, encontrándose a Rachell sentada en el sofá, mientras
cargaba a la niña y hablaba con Snow como si el animal pudiese entenderle.
—¡Fea! —chilló emocionada corriendo hacia su amiga.
—Sophie —se alegró, pero sabía que no podía levantarse y correr.
En muy pocos pasos Sophia la alcanzó y se sentó a su lado, fijando su mirada en la hermosa
criaturita rendida en los brazos de Rachell.
—Es hermosa, parece una muñequita —le dio un beso a su amiga en la mejilla y en respuesta
también recibió uno—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal fue el parto?
—Estoy agotada, tengo sueño, pero no puedo dormir, la adrenalina no me deja, solo he logrado
descansar una hora. El parto fue horrible, no creo que tenga otro hijo, pensé que sería menos
doloroso. Intentaba hacerme la valiente delante de Samuel, pero era caso perdido. Sin embargo creo
que el premio a mi esfuerzo ha valido la pena.
—No te preocupes por otro niño por ahora, creo que por un tiempo, al menos el primer año, la
vida rondara en torno a la niña y hasta los encuentros sexuales, serán esporádicos.
—Eso verdaderamente lo dudo, lo de los encuentros sexuales —aclaró con una sonrisa y con la
yema de su dedo le acariciaba el mentón a su pequeña—. ¿Quieres cargarla?
—¡Claro! Está gordita.
—Comí sin remordimientos las últimas semanas —le confesó mientras le bajaba la camiseta a su
niña.
—Por cierto te hemos traído cositas femeninas, porque necesita un poco de color.
—Gracias, loca —le frotó el hombro en señal de cariño—. ¿Y las niñas? Diles que suban que
quiero verlas.
—La he dejado en la posada con Diogo y Gina, ellos vendrán mañana comprenden que debes
estar cansada.
—Hubiese traído a las niñas.
—Después, creo que terminaran por volverme loca, son tan tremendas, me agotan, ya los días no
me rinden —torció la boca en un gesto divertido al ver la cara de Rachell—. Supongo que no es
mucho lo que te estoy alentando.
—No mucho —se rió.
—Tal vez estoy exagerando —le guiñó un ojo y le sonrió con total sinceridad—. Son mayores los
hermosos momentos que nos regalan. Si me dieran la oportunidad para cambiar algo en mi vida,
definitivamente la rechazaría, porque todo es perfecto, creo que hasta de los malos momentos he
aprendido cosas buenas.
—Tienes razón, aunque muchas veces extraño a Oscar, no puedo olvidarlo, está mañana anhelé
poder ver su rostro, intenté imaginar qué cara pondría al ver a Elizabeth.
—Estoy totalmente segura de que estaría muy feliz —suspiró, para no llorar.
El melancólico momento fue interrumpido por Samuel en compañía de los visitantes.
Rachell recibió, felicitaciones, besos y abrazos de todos. Además de varias bolsas de regalos en
los que reinaban ropas, mantas, biberones y muchas cosas más, en colores muy femeninos.
Megan se apoderó de la niña, sintiéndose muy feliz, pero al mismo tiempo la golpeaba la triste
realidad, ya llevaba más de un año intentando salir embarazada y sus esperanzas se habían hecho
polvo varias veces, algunas cuando los retrasos menstruales llegaban a su fin, y otras tantas cuando
los test le gritaban a la cara que no estaba embarazada. Sin embargo intentaba mantenerse fuerte por
Thor, porque él se mostraba incondicional con ella.
Se dio cuenta de que a dónde caminara, Snow la seguía y no pudo evitar reír, era como si la
estuviese vigilando. Lo confirmó cuando tuvo que dejar a la niña en la cuna, y entonces el canino se
echó a un lado, vigilando el sueño de Elizabeth.
Miró a la niña por largo rato y después decidió salir, quería estar sola y liberar a través del llanto
la impotencia que sentía, suponía que no debía sentirse de esa manera porque era la felicidad
merecida de su hermano, pero no podía evitarlo, ya se había sentido así cuando nació Renatinho.
Todas las nueras de Reinhard podían darle nietos, menos ella, y estaba segura de que tarde o
temprano, le reprocharían por negarle a Thor el derecho de convertirse en padre.
Aprovechó, que todo estaban entretenidos conversando, acerca de la experiencia que tuvo Rachell
con los delfines, para no ser vista en su huida.
Se fue al porche y se sentó en el huevo de ratán que colgaba del techo, donde sin poder soportar
más sus pena, se echó a llorar, porque deseaba ser madre.
—Meg, esposa mía —Thor la sorprendió y ella empezó a limpiarse las lágrimas. No quería que
la viera llorando.
Megan no sabía que su esposo estaba atento a cada uno de sus pasos, porque era consciente del
sufrimiento que la embargaba. Por lo que apenas la vio salir, esperó un par de minutos para no ser
tan imprudente, y la siguió.
—Es hermosa Elizabeth —dijo con la voz quebrada, pero sonreía intentando ocultar su
conmoción.
—Sí, es hermosa, se parece a Rachell —dijo sentándose en una de las sillas de ratán y
acercándose a ella, le agarró las manos, mientras observaba como le temblaba la barbilla—. Todo
estará bien, ya verás —intentó colocarle un mechón de cabello detrás de la oreja, pero Megan no se
dejó.
—Sabes que no va a estar bien, que nunca estará bien —una vez más el muro de contención se
hizo polvo y las lágrimas salieron al ruedo—. No intentes tapar el sol con un dedo. Thor te
entusiasmas con los niños y…
—Y nada —la detuvo—. Nada Megan, sí me entusiasmo, porque son mis sobrinos, pero eso no
quiere decir que esté desesperado por tener un hijo.
—¿Por qué me mientes? —reprochó ahogada por un sollozo—. No lo hagas por hacerme sentir
bien, porque solo empeoras las cosas, no te muestres pasivo ante tus deseos, exígeme que te dé un
hijo. ¿Por qué no te molestas cuando derrumbó tus esperanzas, cada vez que los test dan negativo?
—Porque soy paciente, porque los dos estamos luchando con esto, y no te voy a dejar sola, para
eso somos una pareja. Estoy seguro de que vamos a tener un bebé, pero solo cuando sea el momento
justo.
Antes de que Megan pudiera rebatir la respuesta de su esposo, escuchó unos pasos provenientes
del interior del bungalow, por lo que se puso de pie y casi corrió a la salida. Thor inmediatamente se
puso de pie.
—¿Pasa algo? —preguntó Samuel asomándose al porche.
—No, nada. Todo está bien —aseguró Thor, fingiendo una sonrisa.
—¿Seguro? —inquirió en alerta al ver a Megan alejarse.
—Sí, es que vamos a la playa, regresamos en un rato —se encaminó para seguir a su esposa.
—Tengan cuidado —pidió, tratando de parecer normal, sin embargo era plenamente consciente de
que las cosas entre Thor y Megan no estaban bien.
Ya tendría tiempo para hablar con su primo y pedirle que le fuese completamente sincero.
Ser padres nos cambió la vida
IV Parte

LILY PEROZO
My Little Girl
Antes de que Elizabeth naciera, Samuel Garnett, nunca, bajo ningún concepto pasaría más de
quince minutos en una cocina y mucho menos, preparar por él mismo, algo más allá de un par de
emparedados o un poco de cereal con leche.
Con su niña no sólo había aprendido a preparar biberones y cambiar pañales malolientes, por
primera vez estaba preparando una crema de calabaza. En la cocina todo era un completo desastre,
pero nadie podía privarle el placer de alimentar a su hija, sin importar los errores de ensayo.
Rachell se estaba bañando, y la señora Consuelo se encontraba organizando la habitación de la
niña, mientras que Snow cuidaba de Elizabeth, y suponía que conversaban, ella balbuceaba sin parar,
a esa lengua le temía porque estaba seguro que la había heredado de la madre, que no dejaba de
hablar ni dormida. Snow de vez en cuando gemía o ladraba, tal vez mostrándose de acuerdo, porque
no tenía más opciones.
Siempre miraba de soslayo, atento a lo que hacía ese par, y reía bajito, porque al parecer, la
mariposita exigente lo que le pedía a Snow era que la meciera.
La crema de calabaza estaba casi lista, a su gusto le parecía que estaba bien, pero la única
persona encargada de dar un veredicto final, era Elizabeth.
La dejó reposar para que tomara la temperatura adecuada para el paladar de su hija. Poco a
poco había aprendido a ser padre, a estar atento a las más exigentes necesidades de su niña.
—¿Cómo va todo? —preguntó Rachell entrando en la cocina.
—Todo bajo control —dijo limpiándose las manos con un paño.
—Para ti, pero no para la pobre de Consuelo. ¡Esto parece campo de batalla! —abrió los ojos
desmesuradamente al ver el reguero de leche en polvo, crema de calabaza, agua y un poco de todos
los ingredientes que usó para preparar el alimento de Elizabeth—. ¡Hasta en la pared!
Samuel le acunó el rostro y la besó para que no siguiera protestando.
—No fue mi culpa, fue del procesador. Ya no mires —le dijo contra los labios—. Lo importante
es que lo he logrado.
—Espero y no termines por envenenar a nuestra niña.
—¡Jamás! Me he cerciorado de la fecha de caducidad de cada ingrediente y que los vegetales
estuviesen frescos.
—Estás aprendiendo —le dio un beso de apenas contacto de labios y se fue a buscar a Elizabeth,
para lavarle las manos y sentarla en la silla—. Ya veremos si has pasado la prueba.
Samuel sirvió en la tacita de la niña un poco de la anaranjada crema, en su camino hacia el
comedor siguió moviendo la vitamínica comida con la cuchara.
—Eli, estoy en tus manos —dijo Samuel acercándose a la niña y ofreciéndole la cuchara,
mientras sonría ante ese gesto de su hija al levantar la ceja izquierda, derrochando picardía a
raudales.
—Papá, papá —balbuceaba con sus once meses, mientras movía sus bracitos con energía.
Aún no se acostumbraba a las emociones que provocaba en su ser cada vez que su pequeña lo
llamaba “papá”. No importaba cuántas veces al día lo repitiera, él se animaba de la misma manera en
que lo hizo cuando lo escuchó por primera vez.
—Come un poco, prueba —le pedía, mientras suplicaba internamente que a Elizabeth le
agradara esa crema que con tanto amor y dedicación le había preparado.
Ella primero sacó la lengua al tiempo que levantaban ambas cejas, y los ojos azules le brillaban
por la luz de la mañana que se colaba por los ventanales.
Rachell estaba atenta a los intentos de Samuel, para que la niña comiera y ver si lograba pasar la
prueba de fuego.
Elizabeth abrió la boca y recibió lo que su padre le ofrecía, al probar se saboreó, tragó, y con un
movimiento de sus manos pidió más.
—¡Lo he conseguido! —dijo emocionado entregándole la tacita a Rachell para que alimentara a
Elizabeth, mientras él celebraba su gran triunfo—. No lo puedo creer —bordeó la silla, elevando las
manos en señal de victoria y la niña lo seguía con la mirada, con la curiosidad haciendo mella en su
pequeño ser.
Cuando su padre se le perdió de vista, elevó la cabeza, encontrándoselo, detrás de ella, por lo
que sonrió pensando que estaba jugando y recibió un beso en la boca que él le diera.
Rachell sonreía, sintiéndose plenamente feliz. Su esposo e hija le hacían los días perfectos,
aunque siempre viviera agotada, experimentar momentos como ese, hacían que todo valiera la pena.
Sus noches empezaban a normalizarse, así mismo su vida sexual volvía a ser realmente activa,
tanto como lo fue cuando apenas empezaba su relación con Samuel Garnett, cuando las ganas
parecían no cesar nunca y aprovechaban cualquier instante y lugar para darle rienda a sus pasiones.
Elizabeth ya dormía casi toda la noche, por lo que ellos podían disponer de al menos una hora los
días de semana, y amanecer los fines de semana.
Sus días seguían siendo realmente agitados, porque Elizabeth con casi un año aún no se decidía
a dejar completamente la leche materna, y tenía que amamantarla tres veces al día, por lo que se la
llevaba a la boutique, sin seguir los consejos de algunas allegadas que le sugerían suspendiera
definitivamente la manera en que alimentaba a su hija. Lo había intentado, pero cuando su pequeña en
medio de lágrimas le suplicaba por un poco de leche materna, su corazón no lo soportaba y cedía a la
más tierna petición.
Samuel intentaba ayudarla y no dejar sobre sus hombros la total responsabilidad, por lo que a la
hora del almuerzo pasaba por la boutique y comían juntos, y si ella tenía un compromiso importante
que atender, él se la llevaba a la torre Garnett. Estaba completamente segura que quién se hacía cargo
de Elizabeth, era Vivian.
Si necesitaban perderse para vivir momentos de intimidad, contaban con el apoyo de Thor y
Megan que encantados cuidaban de Elizabeth. Como una vez se lo había dicho Sophia, su vida giraba
en torno a su niña, y ella estaba encantada de que así fuera.

*****

Una gran carpa, franqueada por cuatro torres inflables en color rosado y morado, simulaban un
gran castillo como si hubiese sido extraído de algún cuento de hadas. Cientos de globos en los
mismos tonos, formaban flores y mariposas adornando varios puntos del lugar. Mimos, payasos,
magos, música infantil animaban la fiesta de cumpleaños del primer año de vida de Elizabeth, que se
celebraba en el jardín del hospital Children Dreamings.
Samuel y Rachell, disponían de dos opciones para realizar la celebración. Regresar al lugar
dónde había nacido su niña o hacerla en ese lugar y llevarles un poco de distracción a los niños que
se recuperaban en el hospital.
Para Samuel y Rachell, regalarles un poco de felicidad a los pequeños, era más importante que
cualquier cosa, siendo padres comprendían que no había nada más hermoso que las sonrisas y el
bienestar de los niños, permitiéndoles, que al menos por unas horas olvidaran del porqué se
encontraban en la institución.
La que una vez fue la casa de Samuel Garnett y en la que su vida quedó marcada dolorosamente,
ahora era un gran hospital que brindaba la oportunidad de vida a miles de niños al año, con un recién
inaugurado edificio dedicado a especialidades oncológicas, del que era especial benefactor Reinhard
Garnett, así mismo, tanto tío como sobrino se habían unido para crear una fundación igual en Río de
Janeiro, que llevaba por nombre: Crianças de sonhadores.
Elizabeth se veía hermosa, vestida con su traje rosado, sus alas de mariposas y una tiara que no
lograba mantener por más de cinco minutos, por lo que en todas las fotografías salía cargada por su
padre, mientras la madre le sostenía la corona.
Toda la familia Garnett se encontraba reunida en el jardín, no solo brindándoles atención a los
niños de la familia, sino también a los que estaban prestando su provisional hogar para la
celebración.
Julian, guió a los mimos y payasos a las habitaciones, para llevarles un poco de distracción a
esos pequeños pacientes que por estrictas órdenes médicas no podían abandonar sus camas.
Él se había entregado a la causa de la institución y al menos un día a la semana la dedicaba a
hacer labor social en el lugar, donde había hecho grandes amistades con los niños que llevaban más
tiempo hospitalizados.
Samuel Garnett, con el más invaluable gesto de salvarle la vida, de invertir millones en su
recuperación, no solo le había dado una oportunidad para vivir, sino para formar a un ser humano
agradecido, con un corazón que latía incansablemente por brindar ayuda a quién la necesitaba.
Hera y Helena corrían de un lado a otro, cometiendo una travesura tras otra, brincando sin parar
en los inflables, mientras Sophia intentaba inútilmente mantenerlas a raya. En cinco años habían
conseguido que a Reinhard Garnett se le triplicaran las canas, ya no solo tenía en las sienes, ahora
cubrían toda su cabellera. Apenas dejando ver que alguna vez tuvo un atractivo cabello castaño
claro.
Habían heredado el carácter chispeante de la madre y hablaban sin parar, parecía que cada una
tuviera dos lenguas.
Bajo la mirada vigilante de Samuel, las gemelas guiaban a Elizabeth, que justamente esa mañana
había empezado a dar sus primeros pasos, le gustaba ver lo protectoras que eran las tías con su hija,
y como le arrancaban esas chillonas y tiernas carcajadas que a él sencillamente le alegraban la vida,
contagiándolo y sin poder evitarlo también reía.
Ian y Liam, jugaban con los niños del hospital, el hombre de los tatuajes servía como traductor
para los niños que no entendían el portugués de su hijo.
Thais y Rachell conversaban, mientras que Megan vivía eternamente enamorada de los ojos de
Renatinho, por lo que cada vez que tenía la oportunidad de tenerlo en brazos, no lo soltaba.
Algunos niños reventaron varios globos cerca de donde estaban Elizabeth y las gemelas,
asustando a la cumpleañera que rompió en llanto. Samuel corrió a calmarla. La cargó y la niña se le
aferró al cuello, abrazándola, intentaba consolarla, mientras se alejaba con ella; le tarareaba ese
tema en el que una y otra vez le reafirmaba que siempre la protegería.
Intentando pasar ese angustiante nudo que se le formaba en la garganta cada vez que su pequeña
mariposa lloraba, no lograba acostumbrarse a escuchar el llanto de su hija sin que le doliera el alma.
La única vez que había sido distinto, fue ese momento en que la escuchó por primera vez, fue su
manera de decirle “papá ya estoy aquí” inevitablemente sus recuerdos viajaron exactamente a un año
atrás.

No sabía a quién, ni en dónde había escuchado que las cayenas tenían efecto relajante, por lo que
en medio de los nervios y querer redimir el sufrimiento de Rachell, arrancó más de una docena de
flores, ya después soportaría el reproche de su abuela por haberle maltratado una de sus más
preciadas especies.
Era difícil, realmente difícil fingir calma para darle fuerza a Rachell, cuando él mismo no podía
controlar los temblores de su cuerpo, ni los latidos enloquecidos de su corazón.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Rachell con voz estrangulada y el ceño fruncido, al
verlo llegar.
—Ya estoy aquí —aseguró lo que era evidente, arrodillándose frente a ella que la tenían a gatas,
mientras le frotaban las caderas. Le mostró las flores que traía en su camiseta, la que se había
quitado para usar de cesta—. Dicen que tiene efecto sedante —le explicó en un susurró tembloroso,
mientras la miraba a los ojos.
—No me digas que debo masticarlas —sonrió intentando olvidar el dolor que la torturaba, pero
sin poder ocultar el sufrimiento que se apreciaba en sus facciones.
El rostro de Samuel evidenció que no tenía la remota idea de qué hacer con las flores, solo en
ese momento fue consciente de que estaba actuando por impulso, no pudo evitar sentirse estúpido.
Nervioso y estúpido, así se sentía.
—No —intervino una de las mujeres que ayudarían en el parto de Rachell—. Échelas al agua —
pidió mientras constataba la temperatura del agua en la bañera redonda.
Samuel se levantó y estaba por depositar las flores en el agua, cuando una vez más el quejido de
Rachell atentaban contra sus nervios, por lo que le entregó la camiseta a la mujer y regresó al lado de
su esposa.
—Respira, respira —le pidió dejándole caer varios besos en la frente.
—No, no me toques, no me toques —gimoteó sintiendo que le dolía hasta el mínimo vello, pero
con una de sus manos se aferraba al antebrazo de Samuel, mientras contenía todo el oxígeno temiendo
liberarlo durante la contracción, para no sentir más dolor del que ya sentía.
A Samuel el corazón iba ahogarlo, se limitó a mirar y que ella se aferrara a él, aunque quisiera
llevar el dolor de ella no podía.
—Ya no puedo estar así, me duelen muchos las rodillas —confesó una vez que la contracción
pasó y soltó todo el oxígeno acumulado.
—Vamos a ponerla de pie —pidió la mujer que le había estado frotando las caderas.
Con la ayuda de Samuel la pusieron de pie y entonces él se atrevía una vez más a tocarla.
—Abrácese a su esposo —sugirió—. Deben mecerse en el abrazo, mientras el señor le acaricia
la zona lumbar.
Así lo hicieron, Rachell sentía la presión en la parte baja de su vientre, mientras se dejaba
mecer lentamente y cerraba con sus brazos la cintura de Samuel, regocijándose en el calor que le
brindaba, mientras escuchaba los latidos apresurados del corazón de su amado.
Su tortura cada vez reducía menos el tiempo de descanso y ya presentía, que otra contracción se
avecinaba, por lo que valientemente se preparaba. Samuel supo que su esposa se preparaba cuando
le cerró con más fuerza la cintura y entonces él siguió con más ahínco acariciándole la zona lumbar,
intentando relajarla.
Ella empezó a quejarse, sin decir una palabra, solo gemía ruidosamente exponiendo su dolor, era
casi insoportable como todo su cuerpo se tensaba al ser sometido al proceso natural más doloroso
que podía soportar el ser humano.
—Sshhh —intentaba Samuel calmarla, mientras le regalaba un beso eterno en los cabellos y se
tragaba las lágrimas—. I know you're scared, I can feel it —empezó a cantarle bajito, el tema que en
ese momento se reproducía en la lista que Rachell había elegido para ese momento tan esperado—.
It's in the air; I know you feel that too. But take a chance on me, you won't regret it, no…
Ella se quedó muy tranquila y dejó poco a poco de quejarse, dejándole saber que la contracción
había pasado.
—Me estás cantando un tema de Maroon 5 —aseguró casi sin voz.
—Supongo que sí —ahogó su voz en las hebras sedosas del cabello de ella.
—Pensé que lo odiabas.
—Lo odio —afirmó acariciándole la espalda y balaceándose de un lado a otro—. Pero eso no
quiere decir que no me aprenda sus canciones solo por complacerte.
—¿Qué estarías dispuesto a hacer por complacerme? —preguntó queriendo distraerse un poco, y
olvidarse del tiempo.
—Sería más fácil preguntar qué es lo que estoy dispuesto a no hacer para complacerte, pero solo
por darte una pequeña muestra, te diría que estoy dispuesto a parir por complacerte.
—Me gustaría que pudieras hacer eso —sonrió pero casi al instante volvió a enterrar sus uñas
en la espalda de Samuel a la espera de ese dolor que le anunciaba que estaba muy pronto de
convertirse en madre. Él valientemente soportaba ser el blanco donde Rachell encontraba fuerzas.
Después de esa contracción, la partera volvió a revisarla y al comprobar que estaba mucho más
dilatada, pidió que se metiera a la bañera.
Con la ayuda de Samuel, Rachell entró en la bañera y el agua tibia le relajó un poco las piernas
temblorosas, aprovechando el momento en que no era azotada por ninguna contracción. Pero apenas
le dio tiempo de acuclillarse, de frente a él y de espaldas a la partera que estaba fuera de la bañera.
Mientras las cayenas que adornaban el agua se mecían suavemente.
Con fuerza se aferraba a los brazos de su esposo, resoplaba y apretaba con fuerza los dientes
hasta hacerlos rechinar, intentando llenarse de valentía y no quebrarse.
— Minha menina eu estou aqui com você. Tudo vai ficar bem, muito bem. Falta muito pouco
para ter a nosso bebê —murmuró en portugués para hacer partícipes de su conversación a las
parteras, que estaba seguro no sabían inglés.
—Muito pouco, muito pouco —aseguró Rachell, mientras asentía y contenía las lágrimas de
dolor.
Samuel la imitaba cada vez que resoplaba y le suplicaba que respirara, después de unos veinte
minutos, la partera le pidió que se volviera de espaldas a su esposo, ya estaba preparada, y ella
quería salir cuanto antes de eso. Las horas parecían años y el dolor no le daba tregua. En medio de
lágrimas, jadeos y algunos gritos desgarradores, logró exitosamente agrandar la familia, en medio del
llanto de los tres.
En el preciso instante en que vio la cara de su niña sonrojada y mojada, aún unida a su madre
por el cordón umbilical, en medio del llanto. Comprendió que lo de su madre no había sido un
sacrificio, que no había sacrificado su vida por salvarlo, porque él sin pensarlo y con el mayor de
los placeres, entregaría su vida por proteger ese pequeño ser al que le acariciaba los cabellos.

Samuel, regresó de sus pensamientos mientras seguía quedamente meciendo a su niña, que
refugiaba el hermoso rostro en su cuello, regalándole el apaciguado respirar que alejaba de momento
todas las preocupaciones.
Su mirada casi dorada, fue captada en ese momento por Megan y Thor, que estaban sentados en
los columpios que colgaban de una de las ramas de unos de los frondosos arces que colindaban el
jardín.
No quería ser testigo de la intimidad entre su primo y hermana, por lo que decidió regresar con
su hija a la fiesta, no obstante antes de dar la vuelta, presenció cómo Megan se soltaba violentamente
del agarre de Thor y salió corriendo hacia el edificio del ala norte.
Definitivamente algo no estaba bien entre ellos, y no quería pensar que Thor se estaba
comportando como un imbécil con su hermana. Había prometido ser completamente incondicional
con ella.
Cientos de veces, Rachell le había pedido que no se metiera en la relación entre ellos, pero no
podía seguir como si nada. No era la primera vez que notaba diferencia entre la pareja, realmente el
último año los notaba más distanciados.
—Será mejor que Thor me aclare lo que está pasando —murmuró emprendiendo su camino
hacia su primo, dejando de lado las peticiones de Rachell porque no interviniera.
Elizabeth estaba casi dormida sobre su hombro, y eso la hacía más pesada, pero él adoraba
cargar con ese tierno peso.
—¿Cómo estás? —preguntó sorprendiendo a Thor que seguía sentado de espaldas a él.
Pensó que no iría directamente al grano, y estaba usando todo su autocontrol para no reprochar,
sin antes escuchar.
—Bien —murmuró Thor con la voz ronca y su mirada enrojecida, no podía ocultar que estaba
reteniendo las ganas de llorar.
—¿Bien? No lo parece —dijo tomando asiento en el columpio que minutos antes ocupaba
Megan.
—Estoy bien, un poco agotado, pero bien.
—Primo —carraspeó sin saber cómo abordar el tema y no ser agresivo, no pretendía discutir
con Thor, aunque su única intención en el lugar era recordarle que debía cuidar de Megan.
—¿Está dormida? —preguntó desviando la mirada hacia Elizabeth, queriendo desviar el tema, y
ponerse a salvo de cualquier explicación.
Samuel miró el rostro adormitado de su hija y sonrió con dulzura.
—Casi, casi, al parecer el susto le dio sueño —volvió a clavar la mirada en la celeste de su
primo—. ¿Qué pasa con Megan?
—No lo sé —confesó con la voz extremadamente ronca.
—¿No lo sabes? —inquirió con tranquilidad, rogando para que la impulsividad no lo asaltara.
Thor guardó silencio, con la mirada perdida en el horizonte y se mecía suavemente, queriendo
con ese movimiento llenarse de serenidad. Intentó hablar, de por fin comentarle a Samuel lo que
estaba pasando, pero las lágrimas en la garganta no se lo permitían, sólo se empeñaban en ahogarlo,
y por más fuerte que quisiera parecer, ya no tenía fuerzas, ya hasta se había planteado dar a Megan
como una causa perdida. Pasaron varios minutos y se aclaró la garganta un par de veces.
—Creo que he faltado al juramento que te hice —murmuró y sus ojos se anegaron, sin embargo
no dejó que las lágrimas se derramaran porque se frotó los ojos con los nudillos—. No puedo hacer
feliz a Megan.
—¿Qué pasa Thor? —preguntó al ver que su primo verdaderamente se estaba ahogando en
sufrimiento y no lo dejaba salir—. Si la quieres, puedes hacerla feliz.
—La quiero, pero no puedo hacerla feliz. No puedo, intento hacerlo, día y noche, cada maldito
momento del día, pero no puedo darle lo que quiere, lo que ella anhela —liberó un suspiro,
intentando no echarse a llorar como un marica.
—No logro entender, puedes ser más específico. ¿Qué es lo que Megan quiere? Si tienes todo a
tu alcance, ¿qué es eso que no puedes darle?
—Un hijo, no puedo darle un hijo.
—No entiendo, no puedes darle un hijo, ¿acaso no eres fértil? Hay muchos métodos. ¿Has ido
con algún especialista? —Samuel hablaba casi sin agarrar aire, estaba totalmente sorprendido ante la
confesión de su primo—. No sabía que querían hijos, pensé que aún no estaban preparados, no que
estaban pasando por una situación como esta.
—No soy yo, es Megan… —musitó
—¿Megan? —interrumpió todavía más contrariado y el corazón aumentó drásticamente los
latidos.
—Supongo que no lo sabes.
—Sea lo que sea, no lo sé.
—Megan no puede tener hijos, lo hemos intentado, llevamos tres años intentándolo. Ella lo
sabía, de hecho yo solo sabía, intentó que nuestra relación se acabara mucho antes de casarnos,
cuando me lo confesó intentó dejarme, a cambio le propuse matrimonio —estaba contando sin ningún
orden cómo se habían dado las cosas entre él y la mujer que amaba.
En ese instante Samuel comprendía el porqué de la decisión tan arrebatada de Megan y Thor por
casarse, cuando apenas llevaban un año de noviazgo, entonces sostuvo a su hija con un solo brazo y
le pasó el libre por encima de los hombros a su primo, tratando de confortarlo y agradeciendo
infinitamente el gesto que tuvo con su hermana. Mientras las lágrimas se le arremolinaban en la
garganta y Thor se engrandecía ante él, se volvía casi un dios al que admiraba.
—Gracias —murmuró sintiendo que estaba a punto de llorar.
—La quiero, de verdad la quiero y no me importa que no pueda tener hijos, la acepté así —acotó
Thor dejando que por fin las lágrimas salieran al ruedo—. La acepté con todos sus miedos, con sus
inseguridades, con los vestigios de su desorden alimenticio y toda la mierda que traía encima, con las
consecuencias irreparables de una niñez jodida, pero al parecer ella ya no puede convivir con eso.
No puede vivir con las consecuencias de sus actos pasados y quiere un hijo, lo quiere más que a nada
en el mundo, y yo no puedo dárselo —sollozó y se cubrió el rostro—. Me siento tan impotente,
porque no puedo hacer nada, ella sufre y no puedo hacer nada para que deje de hacerlo. Es jodido
cuando no puedes hacer nada para salvar a quien más quieres.
—No todo puede estar perdido. ¿Por qué no me lo has dicho antes? —reprochó con la garganta
inundada, sintiendo que también se llenaba de impotencia, ante la noticia, pero haría todo lo que
estuviese a su alcance para que su hermana pudiese convertirse en madre como tanto anhelaba.
—Megan no quiere que nadie se entere —musitó con la mirada en algún punto imaginario en el
horizonte.
—Hay maneras, hay tratamientos. Deben intentarlo —Samuel no iba a darse por vencido, su
primo y hermana no debían agotar las fuerzas, no podían dejarse vencer.
—Lo hemos intentado todo, algunos doctores dicen que solo es cuestión de paciencia, pero
Megan no la tiene, y todo se está derrumbando.
—¿Por qué no adoptan?
—Le he propuesto muchas cosas, hasta encontré un vientre en alquiler, pero ella no quiere, dice
que quiere sentirse madre y si no lleva a un niño en su vientre, no lo será. Aunque estoy cansado, no
quiero alejarme de Megan, sé que sin ella todo se irá a la mierda.
—Los doctores deben tener razón, tal vez es cuestión de paciencia, déjame hablar con Megan —
solicitó palmeándole la espalda.
—No lo hagas, eso empeoraría las cosas —alertó con la voz ronca por las lágrimas.
—Está bien, no voy a interferir, solo si me prometes que me mantendrás informado, yo intentaré
ser cauteloso, pero por favor Thor, no la dejes.
—No voy a dejarla, le he dicho incansablemente que la quiero a ella, con o sin hijos, la quiero.
Samuel intentaba mantenerse impasible, pero por dentro estaba destrozado, no lloraba, se
tragaba las lágrimas porque no quería empeorar la situación, suponía que debía ser el soporte para su
primo en ese momento.
Quería correr con su hermana y abrazarla, asegurarle que todo estaría bien, decirle cualquier
cosa para hacerla sentir mejor, y no pudo evitar sentirse culpable por esa felicidad que lo había
embargado durante el último año, sin saber por el infierno que estaban pasando dos de las personas
que más quería.
Se recriminó todas las veces que rebosó de dicha delante de ellos, tal vez haciendo sangrar esa
herida entre Thor y Megan.
De regreso a la celebración se obligó a parecer normal, y su primo también lo hizo, sin embargo
se acercó hasta su hermana y tácitamente le regaló todo el apoyo posible.
Al finalizar la fiesta, les concedió a la niña para que pasara el fin de semana con ellos, sabía que
extrañaría a su pequeña, pero no más de lo que Thor y Megan, anhelaban la compañía de un niño que
los uniera, al menos por ese fin de semana.

******

—Tío, tío —la vocecita de Elizabeth lo despertaba antes de tiempo.


—Pequeña mariposa —dijo con la voz ronca aún por el sueño que pululaba en él, al tiempo que
levantaba el torso, encontrándose a la niña parada en el umbral, mientras sostenía con una de sus
manos el pomo.
—Ven a la cama, Eli —pidió Megan, siendo consciente de la presencia de la niña, pero aún
mantenía los ojos cerrados.
Ella sonrió, al escuchar la corta y alegre carcajada de su sobrina, además de los piececitos
resonando en el parqué que le anunciaban que se acercaba corriendo a la cama.
Abrió los ojos y la recibió con un abrazo, giró con la niña colocándola en medio de la cama,
entre Thor y ella.
—¿Tienes hambre? —preguntó apartándole el flequillo de la frente y alargó la mirada hacía su
esposo, que observaba sonriente.
—Sí —dijo moviendo la cabecita en una continua afirmación.
—¿Mucha, mucha? —cuestionó sonriente, y adoraba cada vez que Thor empezaba a hacerle
cosquillas a Elizabeth, con ese gesto de niño travieso.
Inmediatamente empezó a resonar en la habitación las carcajadas de la niña, acompañadas por
divertidas suplicas y gritos, mientras se retorcía en la cama.
Ese momento para Megan, era completamente perfecto, olvidaba que era un ser incapaz, un ser
vacío que no podía brindarle a su esposo esa felicidad todos los días y no solo los fines de semana
cuando Samuel y Rachell le permitían a la niña.
Estaba segura de que su hermano lo hacía por lástima hacia ella, aunque no se le hubiese
confiado que era una mujer estéril y que Thor le asegurara que no se lo había dicho. Samuel no
podía ocultar su congoja cada vez que la miraba, sin saber que con eso la hacía sentir más culpable
de lo que ya se sentía.
Muchas veces no quería aceptar que su sobrina pasara los fines de semana con ella, porque
acrecentaba sus ansias por ser madre, y cuando llegaban los lunes, se quedaba una vez más
completamente vacía, porque sabía que no importaba cuánto la quisiera, no era de su propiedad.
Llevaba tres años intentando confesarle a Samuel que no dejara a Elizabeth a su cuidado porque la
hería profundamente, sin embargo, cuando veía a la niña, terminaba completamente rendida a la
voluntad de esos ojitos azules.
Por más que Thor intentara ocultar que no quería niños, no lograba hacerlo, en momentos como
ese dejaba ver cuánto anhelaba a un pequeño ser llenando sus vidas, demostrando que sería el mejor
padre del mundo.
—¡Vamos a comer cereales! —comentó Thor poniéndose de pie y colocándose a la niña sobre
el hombro.
—No, cereales no —pidió Elizabeth en medio de risas, con el cabello completamente
desordenado.
Thor y Megan habían aprendido a interpretar las palabras de la niña, algunas mal pronunciadas y
otras con una divertida connotación.
—Entonces vegetales.
—No, tío… no —hablaba con su alegre vocecita.
Megan se levantó y agarró una liga para recogerse el cabello, sintiendo la suavidad de la
alfombra de pelo largo en la planta de sus pies.
—¿Quieres que te prepare unos crepes? —preguntó tendiéndole los brazos a la niña, que
alegremente corrió con ella.
—¡Sí! Me gusta —se dejó cargar por su tía que le regaló un par de besos en la mejilla.
Salieron de la habitación a disfrutar del último día que pasarían con Elizabeth, el fin de semana
terminaba y con eso a Megan llegaba la certeza de que no era más que la tía de esa tierna belleza de
ojos azules y cabellos castaños.
Le tocaba llevarla el lunes por la mañana a la boutique de Rachell, y se quedaría conversando
cualquier cosa con ella, solo por pasar más tiempo con la niña. Ya se había convertido en una rutina
que había repetido por tres años y que estaba segura no la llevaba a ningún lado.

******

Después de haberse recibido como relacionista pública, había decidió no ejercer, no quería
quedarse a cargo de Elitte, porque no le gustaba nada que tuviese que ver con el medio publicitario,
en cambio, había puesto toda su confianza en Ciryl, para el momento en que su padre no pudiera
seguir llevando la presidencia, lo hiciera ella, que seguía siendo su mejor amiga, y madre divorciada
de un niño de cinco años.
No tenía ningún estudio médico veterinario, pero eso no fue impedimento para que abriera una
clínica, con la ayuda de su esposo. Donde pasaba sus días entre animales que requerían ayuda,
siendo atendidos por profesionales, que poco a poco y con la practica le habían enseñado como
atender algunos casos.
Mientras que Thor seguía llevando las riendas de las sucursal del grupo EMX, en Nueva York.
Llevaba varios días de retraso menstrual y aunque la incertidumbre se la estuviese consumiendo,
no se había hecho ningún test, tampoco le había dicho nada a Thor. Siguió los consejos de su médico
de no dejarse llevar por la ansiedad, y hacerse prueba alguna al primer día de no menstruar, por lo
que había soportado sus ganas por cinco días, más tiempo del que nunca había esperado.
Llegó al departamento y lanzó su cartera sobre el sofá, en su carrera hacia el baño. Que cada vez
le parecía más lejano, mientras llevaba en sus manos la caja que contenía la prueba de embarazo,
quería sorprender a su esposo, con la mejor de las noticias, esta vez los latidos de su corazón le
aseguraban que por fin estaba embarazada.
Ya contaba con la experiencia suficiente en hacerse pruebas de embarazos, después de seis
años, había perdido la cuenta de las veces que había recurrido a ese método.
Mientras abría el paquete, las manos no dejaban de temblarle, sentía náuseas y el corazón le
retumbaba en la garganta, era esa mezcla de agonía–felicidad que la embargaba. Cuando por fin logró
sacar la prueba, remojó la punta indicada en el recipiente con orina, esperó los diez segundos, para
que se empapara y no hubiera errores, la tapó y colocó sobre el lavabo, debía esperar por lo menos
cinco minutos, consideraba que no era mucho tiempo, si ya llevaba esperando seis años. No pudo
desviar la mirada de la pantallita, no quería ni parpadear para no perderse el momento exacto en que
diera el resultado.
“No embarazada” parpadeó un par de veces, y enfocó una vez más la mirada gris en la pantallita
que le restregaba en la cara que no estaba esperando nada, ya nada esperaba.
Toda la frustración y dolor le subió de golpe reverberando en un sollozo que sofocó al cubrirse
la boca con las manos, sin embargo las lágrimas se le derramaron sin control alguno, dejando que sus
fuerzas se desintegraran se dejó caer de rodillas sobre sobre el suelo del baño, echándose a llorar
ruidosamente.
No importaba cuanto llorara, ni cuanto se odiara, no podía cambiar las consecuencias de un
pasado que traía a cuesta, era infeliz. Era consciente de que Thor se desvivía por hacerla feliz,
siempre hacía todo cuanto podía, pero eso para ella no era suficiente, no lo era, dándole con eso la
certeza de que era una mujer completamente egoísta y con eso también hacía infeliz a su esposo.
Thor no lo merecía, él era demasiado bueno con ella, y necesitaba a su lado a una mujer que
pudiese brindarle la dicha de ser padre, la relación se había centrado tanto en la búsqueda de un hijo,
que estaba completamente desgastada, él ni siquiera era la sombra de ese chico radiante que le robó
un beso en el Central Park.
Era evidente que no lo estaba haciendo feliz, y con la desdicha de ella sola era suficiente.
—No voy a obligarte —murmuró con el mentón tembloroso por el llanto, mientras se limpiaba
las lágrimas en un inútil intento por dejar de llorar, y se levantó.
Caminó hasta el cuarto de clóset y buscó entre los armarios un bolso y algunas prendas de vestir,
mientras no paraba de llorar, ni de desistir de esa decisión que la estaba destrozando, pero que sabía
era completamente justa para el hombre que amaba.
Guardó justamente lo necesario dentro del bolso dejándolo sobre la cama, fue al baño por la
prueba de embarazo, al regresar a la habitación, arrancó sin ningún cuidado una hoja de la agenda
que estaba sobre la mesa de noche.
Empezó a escribir una nota, en la que tuvo que hacer pausa en varias oportunidades, porque las
lágrimas no le dejaban ver, ni sus manos temblorosas le permitían plasmar las ideas.
Al terminar, la dejó sobre la cama y encima de ese papel, que era una despedida definitiva, lo
adornó con la prueba de embarazo que una vez más, había dado negativo. Sin mirar atrás, se marchó.

*******

Thor al llegar al departamento, lanzó las llaves del auto sobre la mesa de cristal que estaba junto
a la entrada, recorrió con su mirada el lugar y le extrañó encontrar las luces de la cocina apagada,
cuando la manía de Megan al llegar, era encenderlas.
—Esposa mía, he llegado —dijo al tiempo que se quitaba el saco y lo dejaba sobre el sofá—.
Megan —llamó una vez más al no recibir respuesta, y su mirada celeste buscaba a la chica en la
segunda planta.
Era realmente raro que no lo recibiera, por lo que frunció el ceño ante el desconcierto y subió
las escaleras, casi trotando.
—Megan, he llegado. ¿Vamos a comer al Boulud? —preguntó entrando a la habitación, y de
golpe todo su buen ánimo se fue al suelo, al encontrarse el lugar vacío.
Pasó de largo hasta el baño, esperando que su esposa se estuviese duchando, pero su suerte
parecía no cambiar, de regreso a la habitación y estaba totalmente resuelto a ubicarla a través del
teléfono. Cuando su mirada captó la nota pisada por la prueba de embarazo.
Casi en un respiró, el corazón se le instaló en la garganta, no sabía a ciencia cierta si era por
miedo, o tal vez por felicidad, porque una pequeña parte en su interior, insistentemente le gritaba que
esa prueba había dado positivo y que su esposa lo esperaba con una gran sorpresa.
De dos largas zancadas llegó a la cama y sin siquiera darse tiempo a respirar, agarró la prueba,
dejándose llevar por esa ansiedad que tácitamente hacía mella en él.
“No embarazada” todas sus esperanzas irremediablemente se desplomaron, una vez más, como
un castillo de naipes. Respiró profundo y soltó de golpe todo el oxígeno.
Sin aún agarrar la nota, en él empezó a latir un mal presentimiento, algo que tenía la certeza
tarde o temprano llegaría, pero no había querido afrontarlo.
Con la nota en la mano se dejó caer en la cama, mientras los latidos desbocados iban a ahogarlo,
y los oídos le zumbaban, se sentía encerrado en una especie de cápsula donde una extraña presión le
hacía doler no solo la cabeza, sino todo el cuerpo.

Thor.

Ya no quiero seguir a tu lado, no puedo seguir contigo. Lo siento, verdaderamente lo siento,


desde hace mucho he querido hacer esto, pero no me dejas opciones. Siempre te empeñas en pensar
por los dos, e intentas hacerme creer que entre nosotros todo está bien, cuando bien sabes que no es
así.
Por favor, quiero que rehagas tu vida, te prometo que estaré bien. No me busques, porque no vas
a encontrarme, entiende que esto tiene que terminar, me hago daño y te lo hago a ti.
No puedo ser madre, no puedo serlo, debes entenderlo de una vez por todas.
Te haré llegar con mi abogado los documentos del divorcio. Sé que en algún momento
agradecerás esta decisión que estoy tomando por los dos.

Megan.

—No puedes hacer esto, Megan —murmuró con las lágrimas subiéndole por la garganta, al
tiempo que arrugaba con fuerza la hoja de papel en sus manos—. No puedes hacerlo, maldita sea.
Se puso de pie, sin saber qué hacer, solo caminaba de un lado a otro como león enjaulado, con el
pecho a punto de reventar. Tal vez era el punto definitivo de quiebre de la relación.
Estaba cansado, realmente estaba cansado de la obsesión de su esposa por tener un hijo, de las
discusiones que no paraban, estaba hasta la cabeza de las putas cuentas, no quería saber nada de días
de ovulación, ni de métodos fertilizantes, habían llegado a dejar de disfrutar del sexo, y solo se
sentía como una maldita maquina intentando procrear un imposible.
Odiaba la sola idea de un hijo, ella lo quería tanto, lo anhelaba con tanta fuerza, que a él había
llegado a hartarlo. Sentía que sobraba, que solo servía para eyacular y nada más.
Pero a pesar de todo eso, quería a esa mujer, esa chica hermosa, de sonrisa espontánea y que con
los años se habían convertido en contadas, adoraba la mirada gris y su cuerpo pequeño. ¿Dónde se
había perdido su adorada Megan, su novia? Quería regresar en el tiempo y hacer las cosas mejor, aún
sin saber en qué había fallado, haría todo mejor.
Inevitablemente se echó a llorar, y sin dejar de hacerlo marcó al número del teléfono móvil, pero
ese intento fue en vano, porque inmediatamente se fue al buzón de voz, aún así, sin darse por vencido,
marcó una vez más, otra y otra, siempre obteniendo el mismo resultado, hasta que en un ataque de
impotencia estrelló su celular contra la pared.
Sabía que Megan no tenía muchos lugres a dónde ir, estaba seguro que con Samuel no iría,
entonces las posibilidades se reducían a dos: Su madre o Ciryl.
Tuvo que recurrir al teléfono fijo, porque en el golpe se había roto la pantalla de su celular.
Al escuchar la voz de Ciryl al otro lado de la línea, respiró profundo intentando parecer calmado,
cuando realmente ni siquiera podía controlar el temblor en su cuerpo.
—Hola Ciryl, ¿por casualidad Megan está contigo? —preguntó directamente olvidándose por
completo de preguntar cómo estaba ella.
—No, aquí no está. ¿Pasó algo? —curioseó al percibir cierto nerviosismo en la voz de Thor.
—No, no pasó nada. Pero si se comunica contigo, por favor me llamas.
—Otra vez, Thor, dale un poco de tiempo, no la presiones —pidió la chica que estaba
completamente al tanto de la situación por la que estaba atravesando la pareja.
—Lo que menos hago es presionarla —murmuró apretando los ojos para no derramar más
lágrimas—. Supongo que debe estar con su madre.
—Cualquier cosa me avisas, por favor, mantenme informada.
—Eso haré, muchas gracias —finalizó la llamada e inmediatamente se comunicó con su suegra.
Para su mala suerte Megan había evitado sus dos opciones, no sabía qué hacer, no estaba con
Ciryl, ni con Morgana. Tal vez debía darle tiempo, pero mientras tanto, qué haría él con la angustia
que lo agobiaba.

******

Un solo llamado a la puerta fue suficiente para que su padre la recibiera.


—Pasa —le pidió haciendo un ademán hacía el interior del apartamento y le quitaba el bolso que
su hija traía en las manos, siendo testigo de las huellas del llanto en el rostro de su hija.
—Gracias por recibirme, papá. Sólo serán un par de días —comunicó con la voz ronca por todas
las lágrimas derramadas.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. ¿Qué pasó? ¿Te hizo daño? —preguntó dejando
sobre el sofá el bolso.
—No, pero ya no quiero seguir viviendo con él —una vez más la voz se le quebró.
—¿Estás segura de eso? Siéntate, por favor —pidió señalando el sofá, en cuero marrón.
—Completamente —sin poder contener más las emociones una vez más rompió a llorar al tiempo
que se dejaba caer sentada en el sofá.
—Parece que no —se sentó al lado de su hija—. Megan, si no me cuentas no podré ayudarte,
¿acaso te ha sido infiel?
—Si tus intenciones de ayudarme es para que vuelva con Thor, será mejor que no lo intentes.
—Sabes que nunca fue de mi agrado, te lo advertí cientos de veces. No veo por qué ahora tenga
que agradarme, así que si lo dejas para mí sería la mejor noticia en muchos años. Pero solo para mí,
porque evidentemente para ti no lo es. ¿Lo quieres? —preguntó acariciándole la espalda.
—Más que a nada, pero no puedo estar con él, ya no más. Soy yo quien le hace daño, Thor es muy
bueno conmigo.
—¿Entonces cuál es el inconveniente? —las cejas de Henry Brockman se movieron
displicentemente en un gesto de incomprensión.
Intentaba comprender, que su hija le fuese más específica, porque no comprendía una actitud que
hasta el momento parecía ser realmente infantil. Y suponía que Megan con veintisiete años hubiese
madurado lo suficiente.
Sorpresivamente su hija se abrazó a él con fuerza, dudó por varios segundos en corresponder al
abrazo, a ese gesto tan cariñoso o tal vez desesperado por parte de ella.
—No puedo tener hijos, papá. No puedo, he intentado ocultárselo a todo el mundo, son muy pocas
las personas que lo saben —lloraba desconsoladamente abrazada a Henry—. Pero ya no puedo más,
quiero un hijo, más allá de mi deseo, está quien me tortura a diario preguntándome cuando voy a
tener niños, me armo de valor e intento decir que no lo quiero por el momento, traicionando a mis
propios anhelos.
—Megan —jadeó Henry, haciendo más fuerte el abrazo, sintiendo que en ese momento a su
corazón realmente mal herido se le abría otra brecha, que no tendría cura—. Megan, lo siento tanto…
Por favor, dime que hay una solución, dime que al menos intentaras ponerte en tratamiento.
—Llevo casi siete años en tratamiento, mamá lo sabe. He vivido arrepentida de lo que hice por
perder peso, las consecuencias han sido devastadoras.
Henry soltó el abrazo y se alejó, cubriéndose el rostro se echó a llorar, queriendo en ese instante
que Megan no le hubiese confesado por lo que estaba pasando, prefería saberla con el hijo de
Reinhard Garnett, prefería que estuviese al lado de ese hombre al que odiaba, pero que fuese feliz,
porque la felicidad de ella, era el único consuelo que tenía, era lo que al menos lo mantenía alejado
de sus demonios. Pero si Megan era infeliz, ya nada tenía caso. La había cagado, había arruinado no
solo su vida, sino la de todas las personas que lo rodeaban.
—En mi culpa —sofocó en medio del llanto.
—No, no lo es papá. No es tu culpa —repetía al ver que su padre negaba con la cabeza.
—Fui quien te orilló a que perdieras peso.
—Sí, pero nunca me pediste llegar a los extremos, me obsesioné, no supe cómo hacerlo de forma
saludable.
—No ganas nada con intentar quitar la culpa que cae sobre mis hombros, soy culpable, no supe
ser un buen padre, no lo fui para Sébastien y tampoco lo supe ser contigo.
Megan prefirió no haberle contado nada a su padre, ya con lo que estaban sufriendo ella y Thor
era suficiente, pero no pudo quedarse callada.
—Papá —musitó acariciándole la espalda—. No todo está perdido, sé que la ansiedad me gana y
digo cosas sin pensar —intentaba enmendar un poco su garrafal error, y una vez más recurrió a esa
esperanza que ya ella había perdido—. No es definitivo que no pueda tener hijos, es decir, solo debo
seguir con el tratamiento y tener paciencia, pero estoy desesperada, solo eso, ya no sé esperar, y
estoy arruinando todo.
—Te llevaré con los mejores doctores del país, para que puedas tener a tus hijos, buscaremos el
mejor de los tratamientos, el más efectivo de todos —aseguró limpiándose las lágrimas.
—Gracias, pero prefiero esperar, quiero darme un tiempo. Lejos de todos.
—Como prefieras, no voy a presionarte. Aceptaré y amaré a mis nietos, no importa que sean hijos
del Garnett, lo importante es que serán tus hijos.
Megan a través de las lágrimas le regaló una sonrisa a su padre, y le palmeó la mano que
reposaba sobre la rodilla.
—Eso es suficiente —mintió, porque lo que más deseaba era que Thor y su padre llegaran al
menos a tolerarse. Estaba segura que forjar una amistad entre ambos sería un milagro y en eso ella,
ya no creía—. ¿Has cenado? —preguntó queriendo desviar el tema y redimir un poco la culpa en su
progenitor.
—No, pero realmente no tengo apetito. Si quieres puedo acompañarte a cenar.
—No voy a cenar sola, prepararé algo rápido y sano. Te notó más delgado, seguro que no estás
comiendo bien.
—Estoy comiendo muy bien. ¿Qué has sabido de tu madre? —preguntó poniéndose de pie.
—Ayer hablé con ella, está muy bien —se limitó solo a decir eso, no iba a confesarle a su padre
que su madre se mostraba más feliz de lo que nunca lo había sido mientras estuvo casada con él.
Siguió a su padre a la cocina y se dispuso a preparar la cena para los dos, lo vio en varias
oportunidades llevarse las manos a la parte baja de la espalda.
—¿Estás cansado? —preguntó, tratando de mantener un tema de conversación con él, porque
ciertamente no tenían mucho de qué hablar.
—Un poco, supongo que los años empiezan a pasar factura.
—Ya casi termino, puedes sentarte —pidió dirigiendo la mirada hacia la mesa del comedor que
estaba a poca distancia.
—Realmente no tengo hambre.
—Debes cenar, papá. Además, solo es una ensalada.
Henry no dijo nada, solo acató el mandato de su hija. Ambos cenaron en completo silencio, él
haciendo un esfuerzo sobre humano por alimentarse, llevaba un par de meses en esa situación y
suponía que la falta de apetito se debía a toda la presión del trabajo.
—Puedes quedarte en la cama, yo dormiré en el sofá —acordó levantándose y llevando el plato a
la cocina.
—No papá, en el sofá podré dormir cómodamente —aseguró poniéndose de pie y siguiendo a su
padre a la sala.
—He dicho que te quedarás en la cama, ¿por qué no puedes hacer caso? Señorita —refunfuñó con
exigencia, volviéndose y mirándola a la cara.
Megan guardó silencio por varios segundos, anclando la vista en el suelo.
Henry sabía que una vez más había cometido el error exigirle de mala manera a su hija, y que
seguramente se marcharía. Intentó un par de veces esbozar una disculpa, pero no logró hacerlo,
contrariamente a que su hija se marchara, solo elevó la cabeza y empezó a reír, cortando el
angustioso silencio por su risa cantarina, esa que al igual que en Morgana parecía nunca haber
madurado. Su tono de voz seguía siendo la de una niña que no contrastaba en nada con la mujer
diminuta que tenía en frente.
—Ya no soy una señorita —elevó la mano izquierda, mostrándole los anillo de boda y
compromiso que adornaban su dedo anular—. Soy la señora Garnett —aseguró sintiéndose orgullosa
del apellido de su esposo.
—Tampoco es la gran cosa, mejor es Brockman —masculló alzándose de hombros, y sintiéndose
aliviado al saber que Megan no había tomado a mal su exigencia—. Ve a la cama, ya es tarde.
Seguramente debes levantarte temprano.
—No iré a la clínica, porque estoy segura que Thor irá a buscarme, mejor me quedaré aquí y
organizaré un poco este lugar.
—Tengo quien organice el lugar, no te molestes en hacerlo. Y en cuanto a tu relación con el
hombre que te casaste, lo mejor sería que hables con él y afrontes la situación, si ya no quieres vivir
más a su lado, díselo a la cara, no a través de papelitos que ya no estás en la secundaria.
—No es fácil decirle a la cara a la persona que quieres, que ya no deseas estar a su lado, voy a
echarme a llorar, no soy tan fuerte. Los golpes de la vida no me han hecho tan fuerte como lo han
hecho contigo.
—No soy tan fuerte, Megan. Por el contrario, he sido el más grande de los cobardes, por cobardía
es que estoy aquí, solo en este departamento, dejando que el tiempo pase —caminó a la habitación y
buscó en el cuarto de clóset, una almohada y un juego de sábanas.
Ella se quedó parada en el mismo lugar, sin saber qué hacer o decir, aún su padre seguía
reprochándose todo lo sucedido con Samuel y Elizabeth.
—¿Cómo era ella? —preguntó en un murmullo—. ¿Cómo era Elizabeth Garnett?
Su padre siguió de largo al sofá, haciendo oídos sordos a lo que acababa de decirle, con
movimientos torpes dejó caer sobre el sofá las sábanas y la almohada.
—¿Nunca vas a hablarme de ella?
—No me hace bien hablar de ella.
—¿La querías?
—No me hace bien hablar de ella —repitió dejándose caer en el sofá.
Se quitó los zapatos y se arropó, anhelando que la sábana tuviese el poder para hacerlo
desaparecer y no enfrentarse al interrogatorio que su hija le hacía.
Megan sabía que estaba poniendo contra la pared a su padre, porque ni siquiera había optado por
pasar al baño a lavarse los dientes.
—Que tengas buenas noches, papá.
Entró a la habitación sin esperar respuesta alguna de su padre, porque sabía que no la tendría, lo
conocía muy bien, como para saber que su orgullo no le permitiría sensibilizarse ante ella.
Se dio un baño y se metió a la cama, extrañando sentir a su lado el cuerpo de su esposo, sin él ahí,
hacía tanto frío, no pudo evitar llorar, porque sabía que no sería para nada fácil deshacerse de esa
necesidad que Thor significaba para ella, pero no podía ser egoísta, no podía arrastrarlo a él al
mismo barranco en el que se encontraba ella.
Sin darse cuenta y en medio de lágrimas, se quedó dormida llorando, hasta que unos ruidos
provenientes del baño la despertaron. Sabía que era su padre y prefirió hacerse la dormida, porque
no quería incomodarlo.
Henry, pulsó el botón para que el agua en el inodoro se llevara los alimentos mal digeridos. Una
vez más volvía a vomitar, y aun así no decidía ir al médico, porque era demasiado orgulloso para
aceptar que estaba padeciendo de alguna enfermedad, prefería pensar que, los dolores en la espalda,
la falta de apetito y vómitos se debían al estrés producido por tanto trabajo.
Con mucho cuidado salió del baño intentando hacer el menor ruido posible. Vio a su hija en la
cama, sin siquiera ser consciente, sus pasos lo guiaron hasta el lecho y se dejó caer sentado en la
alfombra, con sus dedos retiró algunos mechones del sedoso cabello que le cubrían el rostro a su
niña.
Megan dejó de fingir estar dormida, y abrió sus ojos, encontrándose con la mirada gris de su
padre. Le regaló una débil sonrisa.
—Era hermosa, la mujer más bella que alguna vez hubiese visto —empezó a contar en voz baja y
se aferró a la mano de Megan—. El color de sus ojos era realmente fascinante, parecían un diamante
amarillo, porque eran casi transparentes, eran muy, muy extraños —sonrió con añoranza—. Lo
primero que me pregunté, era si eran reales o algún tipo de lentes de contactos… pensé que no me
entendería y que solo sería una broma hecha para mí mismo.
Megan observaba a su padre y aunque la habitación estaba en penumbras, podía apreciar sus ojos
brillantes por las lágrimas, mientras seguía atenta a cada palabra que él expresaba.
—Cuando ella me sonrió, el Sambódromo desapareció, nunca me sentí tan estúpido, ni nunca el
corazón me latió con tanta intensidad, nunca más volvió a latirme así —musitó bajando la mirada—.
Realmente la quise.
—Sé que era hermosa, hay muchas fotografías de ella en la casa del señor Garnett, supongo que
fue como la conociste. Podría robarme alguna para ti, por si quieres conservar su recuerdo.
—Preferiría que no lo hicieras.
—¿Por qué?
—Porque volvería a sangrar la herida. Fui realmente estúpido, muy estúpido Megan. No fui justo
con Elizabeth, ni con tu madre, fui un cobarde y dejé que el orgullo me venciera. Creo que al fin y al
cabo terminé imitando lo que tanto odié, tu abuelo no fue el mejor padre.
—Me gustaría, saber cómo era Elizabeth, su forma de ser.
—Era única, era alegré, muy alegré, siempre lograba hacerme sonreír a pesar de que siempre fui
algo obstinado, ella era correcta, inteligente… astuta, eso último lo heredó Sébastien, verlo me hace
mucho daño, verdaderamente me duele.
—Papá… ¿fuiste feliz? —preguntó apretándole la mano.
—Mucho, muy feliz, pero me cegué. Quería restregarle a mi padre que yo podía ser capaz de
muchas cosas, aún cuando él no me tomara en cuenta, me puso a escoger entre Elizabeth, mi hijo y él.
No dudé, me llevé a la mujer que quería y decidí formar mi familia.
—¿Y mi abuela?
—Mi madre nunca tuvo voluntad, ella aprovechaba que mi padre estaba en el trabajo e iba a
visitar a Eli y a Sébastien, les llevaba un poco de comida, siempre nos ayudó, pero sin que mi padre
se enterara —dejó libre un pesado suspiro y se removió un poco en la alfombra—. No quiero decir
con esto que todo lo que pasó fue culpa de él, todo fue mi culpa, no supe tener paciencia,
ambicionaba un poco más, siempre quería un poco más, porque tal vez eso haría sentir mal a George
Brockman.
—No quiero saber de los malos momentos, solo de los buenos. ¿Qué pasó después de que la viste
por primera vez? ¿Fue amor a primera vista?
—No lo sé, supongo que sí, al menos por mi parte lo fue. Elizabeth se significó todo un mundo
nuevo para mí, un mundo exótico al que me adentré sin mirar atrás. Con ella no me importaba hacer
el ridículo, cuando intentaba que bailáramos lambada.
—¡Papá! —casi gritó emocionada poniéndose de rodillas sobre la cama—. ¡Bailaste lambada! La
de Kamoa.
—No, eso vino después —sonrió, dejándose llevar por los recuerdos—. Había un cantante, no sé
si aún vive, se hacía llamar Pinduca, hizo muchas presentaciones durante esos carnavales. Yo era
todo un preppy y ella era vida, era alegría, a la que intentaba capturar con el lente de mi cámara.
Henry siguió contando por dos horas todo lo vivido con Elizabeth, hasta que nació Sébastien,
afirmando una y otra vez que había sido realmente feliz al lado de esa mujer.
—Es hermosa, papá. Es la historia de amor más bonita que he escuchado —confesó extasiada—.
Nunca antes me habías ni siquiera leído un cuento, pero saber esto vale por todas las demás.
—No, no es la más bonita, porque tú y yo sabemos el final.
—No todas las historias de amor, tienen un final feliz —aseguró bajando la mirada y sintiendo
que las lágrimas volvían a subirle a la garganta.
—Solo los estúpidos arruinan los finales de sus historias de amor, no seas estúpida Megan.
Ella se echó a llorar y él se levantó, caminó a la salida y se paró en el umbral de la puerta.
—Los hijos son importantes, hasta cierto punto son indispensables, pero no lo son más que la
persona que amas, los hijos algún día crecen y nos abandonan, la persona que te ama jamás lo hará.
Estoy seguro que si no hubiese sido estúpido, no estuviese solo en este lugar.
Salió de la habitación y caminó hasta donde se encontraba su teléfono móvil, buscó en sus
contactos y marcó al número fijo.
—Ven a buscar a tu mujer —dijo, apenas escuchó la voz de Thor Garnett al otro lado de la línea.
No esperó ninguna respuesta, simplemente colgó.
No tenía nada de qué hablar con él, lo único que le interesaba de ese hombre, era que hiciese feliz
a su hija, de resto podría irse al mismísimo infierno.
Thor, se encontraba acostado en el sofá de su departamento con la mirada fija al techo, e intentaba
menguar la angustia, que las ideas en su cabeza dejaran de girar de una vez por todas, se alentaba a
cada minuto a dejar de pensar en Megan, sobre su paradero y qué estaría haciendo. Necesitaba darle
un poco de tiempo, darle un respiro, consideraba que él mismo necesitaba un tiempo a solas para
poner en orden todas las emociones que estaban alterando su vida marital.
Pero no lograba estar tranquilo, no podía, era entrada la madrugada y en su pecho el corazón le
martillaba constantemente, no le daba tregua, cuando el teléfono fijo resonó en el lugar, casi
violentamente lo agarró.
Nunca en su puta vida se había emocionado al escucharle la voz a Brockman, en ese momento su
odiado suegro le daba un poco de tranquilidad a su alma. Y aunque ni siquiera le dejó hablar, para
informarle que enseguida iría por su mujer.
Corrió a la habitación y se puso lo primero que encontró, un jean y se dejó la camiseta que
llevaba puesta, unos zapatos deportivos y salió del apartamento. Justo al salir al estacionamiento se
dio cuenta de que estaba lloviendo.
—Mierda —murmuró mientras la puerta del vehículo se elevaba. Sin demoras subió al auto y lo
puso en marcha, sabía que el clima, no significaba ningún tipo de obstáculo para él.
Megan había elegido el mejor lugar del mundo para esconderse, porque estaba segura de que el
apartamento de Henry Brockman sería en lo último que pensaría.
Llegó en muy poco tiempo, no podía precisar si fue porque condujo muy rápido, o porque las
calles en su mayoría se encontraban bastante descongestionadas.
Se estacionó frente al edificio, irrespetando las leyes, poco importaba si se ganaba una multa.
Tan solo fueron unos tres pasos para resguardarse del torrencial aguacero, que prácticamente lo
empapó. No recordaba en qué piso vivía Brockman, y despertó a tres habitantes antes de dar con el
indicado.
—He venido por mi mujer —dijo con los labios tiritando de frío.
No recibió respuesta, la comunicación finalizó.
—Imbécil —refunfuñó decidido a molestarlo una vez más—. Va a dejar que se me congelen las
pelotas —elevó la mirada al techo—. Pudiste enviarme otro suegro, no sé, la reencarnación de Hitler
te lo hubiese aceptado —rogó como si hablase con Dios.
Presionaba el botón con insistencia, cuando escuchó que el precinto de seguridad de la puerta
principal se abría, de manera inmediata dejó de fastidiar a su suegro, y corrió para aprovechar que le
concedían el paso. Con decisión caminó hacía el ascensor, mientras se calentaba las manos con el
aliento.
Justamente en el momento en que las puertas del ascensor se abrieron, pudo ver a Henry
Brockman esperándolo con la puerta abierta, por lo que aligeró el paso, sin importarle la tensión que
había en el ambiente
—Bueno días —saludó por simple protocolo, tal vez por un poco de agradecimiento.
—Está en la habitación, llévatela —dijo sin responder al saludo de Thor—. Encuentra los
motivos para hacerla feliz.
—Intento hacerlo —aseguró con dientes apretados.
—Mi hija no es el ensayo en el que basas tus intentos. Debes brindarle seguridad y felicidad.
—Wooo, habló Ronald McDonald, el experto en brindar felicidad —ironizó, al no tener la
paciencia suficiente para caer es estúpidas discusiones con quien estaba sepultado en errores. No
sería Henry Brockman quién lo intimidaría con sus desubicados reproches.
—Puedes burlarte todo lo que te dé la gana, inmaduro de mierda, pero no habrá próxima vez,
porque si mi hija vuelve a huir de tu lado, me aseguraré que no la veas nunca más —siseó y se
encaminó a la cocina.
Thor resopló con gran molestia, y caminó por el pasillo suponiendo que lo llevaría a la
habitación. Sin llamar abrió la primera puerta que se encontró, pero solo era un armario, abrió la
siguiente y ahí estaba Megan. En medio de la cama, envuelta en sábanas y en posición fetal.
Era como si el corazón en ese momento reanudara los latidos, como si la sangre en sus venas
volviera a circular, al sentir ese alivio que verla le causaba a su alma, sabía que su vida no era suya,
sino de su hermosa chica.
—Thor —pronunció Megan sorprendiéndose al verlo entrar, y violentamente se incorporaba—.
¿Qué haces aquí?
—Vine por ti, vine por mi chica —aseguró caminando con decisión hacia su esposa.
—No te quiero aquí, Thor debes entender que ya no quiero seguir a tu lado —mintió con la voz
ronca por todo lo que había llorado e inevitablemente las lágrimas volvían a subir a su garganta.
—No logro entender, no puedo hacerlo —llegó hasta ella y se arrodilló sobre la cama en medio
del mar de sábanas, y la tomó por la cintura cuando intentó alejarse—. No quiero entender Megan.
Solo te quiero a mi lado, te quiero conmigo.
—Vamos a terminar lastimándonos, es mejor que nos separemos y solo vivamos de los lindos
recuerdos, es mejor eso a que algún día termines odiándome por haberte limitado.
—Maldita sea Megan, en este preciso momento no me estás limitando, me estás mutilando,
entiende de una vez por todas que no me importan los niños, que me importas tú.
—Thor —chilló sorbiendo las lágrimas—. Si no te dejó voy a hacerte daño, me he convertido en
una persona insoportable.
—Si me dejas me matarás, yo te quiero con todas tus facetas, siempre te lo he demostrado, ¿acaso
me alejé de ti cuando me dijiste padecías de desorden alimenticio? ¿Te dejé porque fueses hija de
Brockman? ¿Renuncié a ti porque fueses una chica virgen e inexperta? ¿Acepté alguna vez todas las
exigencias y amenazas de Samuel porque me alejara de ti? —hacía las preguntas y a cada una de
ellas, Megan movía la cabeza en negación.
—No, no… no —sollozó con el corazón brincándole en la garganta.
—¿Me quieres? ¿Aún me amas? Porque si es que ya no me amas, juro que podría volver a
enamorarte, lo haré todos los días de mi vida, te conquistaré de nuevo. ¿Quieres que hagamos todo
igual? ¿Quieres que volvamos a vernos por primera vez en el Central Park? Te robaré todos los
besos que sean necesarios con tal de que te enamores una vez más de mí.
Megan sollozaba sin poder hablar, y solo negaba con la cabeza. No quería que las cosas fuesen
tan difíciles, anhelaba que Thor no luchara tanto, que no la torturada de esa manera.
—Hey, little girl —Thor empezó a canturrear con las voz ronca por las lágrimas que anegaban su
garganta, y ella se tensó aún más, llorando ruidosamente—. Look what you've done, you've gonna
stole my heart and made it your own. Stole my heart and made it your own.
—Thor —chilló casi sin poder respirar ante el llanto.
—Te la cantaré, a cada instante, para recordarte que eres mi pequeña chica. Minha menininha,
você foi e roubou meu coração e fez dele seu —no esperó que ella diera una respuesta y rápidamente
le llevó las manos al rostro, jalándola hacia él y la besó, lo hizo con todo el miedo de saberla
perdida, la besó con intensidad y pasión desmedida.
En medio del vórtice que sus lenguas creaban, en medio de jadeos y respiración agitada. Thor, la
agarró por las caderas, pegándola más a su cuerpo, e instándola a que le rodeara la cintura con las
piernas.
Megan en medio de la densa nube de deseo, un deseo que estalló de la nada, un deseo
desesperado que hacía mucho tiempo no sentía por su esposo, algo casi animal, que la llevaban a los
extremos de lo desconocido, cerró con sus piernas la cintura de Thor, mientras su pelvis se
balanceaba rítmicamente, sintiendo bajo esa tela rasposa de jean, la erección de su chico, que
provocaba la tela de encaje de sus pantaletas se humedecieran profundamente, tanto o más que
cuando tenía tan solo diecinueve años y él empezaba a tocarla.
Tal vez cada promesa que Thor le había hecho de volver a enamorar a esa niña, la había
despertado, había despertado a esa Megan que no lograba comprender como un hombre tan apuesto y
tan varonil como él se había fijado en ella, ese hombre que con solo una sonrisa hacía estallar sus
más escandalosos y pecaminosos pensamientos.
Thor le regalaba roncos jadeos, cada vez que Megan le enterraba los dedos en la espalda y se
balanceaba sobre él, la sentía deseosa, como hacía mucho tiempo no pasaba y eso le calentaba la
sangre, suponía que debía detenerse porque estaban en la cama de Henry Brockman, pero sus manos
no sabían de razones, se escabulleron por debajo de la fina tela de seda del camisón que ella llevaba
puesto y empuñaron los costados de la prenda de encaje. Un gruñido reverberó en su garganta y jaló
con fuerza ambos extremos de la diminuta panti, un par de veces fueron suficiente para que el sonido
de la tela al rasgarse inundara en el ambiente, acompañado por un sonoro de jadeo de ella.
Thor estaba completamente seguro que haría que Megan olvidará su propio nombre y gritara el de
él, que le haría el amor con total descontrol, que se entregaría de forma desmedida en medio de
insolentes promesas. No quería llevarla al cielo una sola vez, quería que fuesen muchas, todas las
que el cuerpo aguantara, y definitivamente eso no podría hacerlo en la cama de su suegro.
Sin dejar de besarla, jaló la desgarrada panti y se le metió en el bolsillo trasero de su jean. Pasó
un brazo por la altura de la espalda de Megan, pegándola más a su cuerpo y con la mano libre le
sujetó uno de los muslos. No quería soltarla, no iba a soltarla. Con cuidado salió de la cama, y ella
se aferró aún más al cuello de él.
—¿A dónde vamos? —sofocó su aliento en el de él.
—A casa, vamos a nuestro hogar. Te haré el amor lo que resta de madrugada y todo el día, todo el
puto día. Cómo nunca te lo he hecho, te deseo tanto, Meg —aseguró apretándole con fuerza el culo,
sin importar que algunos de sus caprichosos dedos se adentraran por la separación de las nalgas,
arrancándole a su esposa la más divina exclamación de placer.
Thor la sacó de la habitación, llevándola cargada, sin importarle que Brockman los viera en un
abrazo tan íntimo y sexual, así no le quedarían dudas de que él era el hombre que su hija anhelaba.
—Mi papá —dijo sonrojada por los besos de su esposo y sonriente, sintiéndose realmente feliz y
plena en ese pequeño momento. Se sentía nuevamente una niña traviesa.
—¿A quién le importa, tu padre? —inquirió tomándola por la barbilla y volvió a besarla.
—Un poco de respeto —exigió Henry poniéndose de pie, que había esperado sentado en una de
las sillas del comedor.
—Después hablamos, papá —dijo con una sonrisa, reforzando su agarre en el cuello de Thor—.
Prometo nunca más volveré a comportarme estúpidamente.
Salieron del apartamento, sin que Thor la bajara en ningún momento, porque ella no significaba
ningún tipo de peso para él. Al entrar al ascensor, su esposo la pegó contra una de las paredes
metálicas y empezó a devorarle los senos que empezaban a transparentarse a través de la tela a
consecuencia de la saliva y de lo empapado que se encontraba por la lluvia.
—Thor —jadeó sofocada el nombre de su esposo, que a través de la tela tironeaba de uno de sus
pezones—. Aquí hay cámaras, y no quiero que mi padre sea el blanco de algunas burlas, y después
ande como Laurence Fishburne, recopilando nuestro vídeo candente para que nadie más lo vea —
sonrió extasiada refiriéndose al polémico caso del famoso actor que interpreto a Morfeo en la
película The Matrix.
Thor razonó un poco y aunque la excitación galopaba ardiente en él, dejó de besarla, pero no la
bajó, no iba a permitir que Megan se sintiera desamparada nunca más.
Cuando por fin salieron del edificio aún llovía y Megan gritó divertida ante la fría lluvia, se
sentía cada vez más como esa chica que apenas conocía a Thor Garnett.
—No voy a poder llegar al departamento —confesó Thor en un gruñido, sin importarle el
torrencial aguacero, agradeció que la calle se encontrase solitaria, y en medio de su urgencia sexual,
dejó a Megan sobre el capó del auto, y ante el brusco movimiento la alarma de activó, con manos
temblorosas por el deseo que lo recorría enteramente, buscó las llaves en uno de los bolsillos y
silenció al vehículo.
Casi de inmediato empezó a desabrocharse el jean que no poseía zíper, sino tres botones.
—Aquí no —dijo acomodándose la tela mojada de su camisón sin poder controlar los temblores
de su cuerpo por la lluvia que los bañaba a ambos.
—Aquí sí, ahora —manifestó ubicándose en medio de las piernas de su esposa y con únicamente
su pene liberado, entró en ella de una contundente estocada, dejando su aliento en la boca
entreabierta por el deseo de ella, empezó a beberse el agua que a chorros bajaba por el rostro de
ella, mientras que sentía como las fuertes gotas golpeaban su espalda.
Retumbando con certeza dentro de Megan, sin detenerse ni siquiera a respirar, gruñendo y
liberando todo su ardor.
Megan se le aferraba con una mano al cuello y la otra a una de las nalgas, ayudándole en cada
empuje, donde sus cuerpos estaban mojados y calientes. En la unión donde el agua bajaba y
chapoteaba ante cada choque.
—Meg, mi Meg, extrañé sentirse así, así. Con estas verdaderas ganas de coger, siento que me
deseas, que estás disfrutando este momento —confesó mirándola a los ojos, sin importar la cortina
de lluvia que se interponía entre ambos, sin preocuparse ni siquiera porque estuvieran en plena vía
pública. Y agradecía que Brockman hubiese elegido un lugar tranquilo para vivir.
Megan jadeó audiblemente y se aferró con más fuerza al cuerpo de Thor, enterrando sus dedos,
sintiendo la piel caliente aún a través de la ropa mojada, mientras se contraía convulsa, con todo su
sexo tembloroso y latente, succionando con fuerza, cerrando sus pliegues en torno a ese pilar
vigoroso y ardiente, que se detuvo de un solo golpe dentro de ella, dándole los contados segundos,
para que recuperara el aliento y una vez más se echó a galopar, creando un suave balanceo de la
carrocería, ante los movimientos convulsos de él.
Thor se derramó enteramente dentro de ella, tres propulsiones calientes y viscosas, se quedó ahí
jadeante y sonriente hasta que logró respirar y el pecho dejó de dolerle.
Fue una entrega rápida y contundente, que se disfrutó al máximo, sin que el aguacero que se
precipitaba sobre Nueva York, apagara el fuego que los consumía.
Megan bajó del capó, mientras Thor intentaba resguardar su casi desfallecida erección. Ella se
mostraba prácticamente desnuda, tras la fina tela que se le pegaba al cuerpo, transparentada por el
agua.
Con el comando, Thor mandó a elevar las puertas, pero antes de que pudiesen subir al vehículo,
ella sin importarle estar descalza corrió hacia él y lo abrazó.
Thor sin ninguna pretensión le dio un arrebatador beso, recorriendo con sus manos cada curva de
ese delgado cuerpo.
—Será mejor que entremos —solicitó calentando con su aliento los labios de Megan—. Sube por
aquí —pidió al ver que se encontraban del lado del conductor.
—Me dejas conducir —imploró como una niña que quería un dulce.
—Sabes que en este momento puedes pedirme cualquier, cosa que no te negaré nada.
—Te amo, esposo mío —chilló emocionada, arrebatándole las llaves que él balanceaba ante ella.
Thor bordeó el auto y subió al lado del copiloto, justo cuando Megan se ajustaba el cinturón y las
puertas empezaron a descender.
El motor del auto cobró vida, rompiendo el silencio de la noche con un sonoro rugido.
Alumbrando con los faros el camino que les esperaba, antes de que pudiera poder en marcha el auto,
que empezaba a brindarles calidez, Megan se vio sorprendida por Thor que le tomaba la cara.
—Nunca más vuelvas a hacerme esto, no quiero que ni siquiera se te pase por la mente
abandonarme.
—No lo haré —aseguró en un murmulló bajando la mirada.
—Eres lo más importante que tengo en la vida, Megan.
—¿Más que tus cinco vehículos? —preguntó elevando la ceja izquierda con vacilación.
—Más que cualquier carrocería, porque sencillamente un vehículo puedo adquirirlo en cualquier
lugar, todos los años los empresarios tratan de sorprendernos con sus mejores invenciones, pero no
hay otra Megan, no voy a encontrarte en ningún otro lugar, ni en otro año, ni siquiera en otra vida,
porque la vida es ahora y tenemos que vivirla juntos, ser felices con nuestro amor, con lo que
tenemos. ¿Crees que puedo ser suficiente para ti?
—Eres más de lo que merezco, si algunas veces soy irritable es porque creo que no soy la mujer
que verdaderamente mereces.
Thor sonrió y le puso un dedo sobre la nariz.
—Dejemos que sea yo quien decida a la mujer que merezco —se acercó y le dio un par se suaves
besos—. Ahora vamos a la casa, porque necesitamos cambiarnos de ropa o terminaremos resfriados,
y quiero merecer a una mujer con la que pueda coger todo el día. Hoy no habrá grupo EMX, ni
clínica veterinaria, quiero que este día sea solo de los dos, bien rico, en la cama y pasearnos
desnudos por cada rincón de nuestro hogar.
—Bien, pero no vayas a pedirme tregua, que no aceptaré ningún tratado de paz —advirtió
moviendo la palanca de cambios, para poner en marcha el auto.
—Prometo resistir la batalla —dijo haciendo un saludo militar.
Megan aprovechó las calles más despejadas para conducir a la velocidad que a Thor le gustaba,
así como a ella le encantaba que él posara su grande y caliente mano en su pierna y con sus dedos
traviesos jugueteara con la parte interna de sus muslos, disparando una vez más los niveles de
excitación.
Apenas alcanzó a estacionar en el aparcamiento subterráneo del edificio donde vivían, y se le fue
encima a su esposo, donde una vez más tuvieron sexo, solo por placer, por deseo carnal y no por
deseos de concebir a ningún hijo. En ese momento, ella no pensaba en un niño que llegara a
alegrarles la vida, solo pensaba en que estuvo a punto de perder al hombre que amaba, que había
actuado estúpidamente y quería demostrarle a Thor que lo amaba más que nada en el mundo.
Subieron al apartamento y se ducharon juntos, dejando que el agua tibia relajara sus cuerpos. Se
prometieron una noche y un día, exclusivamente para ellos, sin nadie que los interrumpiera y así lo
pasaron.
Thor rindió las veces que ella se sintió deseosa, estaban seguro que al día siguiente sus cuerpos
estarían resentidos por el maratón sexual al que fueron sometidos, pero sabían que bien valdría la
pena.
Estaban a punto de dormir, Thor la abrazaba por la espalda, sabían que debían levantarse
temprano, porque su día de entrega había llegado a su fin.
—Thor —murmuró para cerciorarse si aún estaba despierto.
Él gimió y se pegó más a su cuerpo, dejándole saber que estaba completamente atento.
—Gracias por el día que me has regalado, estoy exhausta —soltó una risita que demostraba su
plenitud—. Verdaderamente estoy exhausta, pero feliz, tú me haces muy feliz.
—Quiero hacerlo durante toda mi vida, quiero hacerte feliz siempre —confesó dándole un beso
en los cabellos.
—Ya no quiero que discutamos más, no importa si no puedo tener un bebé. Sin embargo quiero
aceptar tu propuesta, adoptaremos uno, supongo que puedo buscarlo parecido a ti.
Thor la instó a que se diera la vuelta, le besó la frente y la miró a los ojos.
—Estoy seguro que encontraremos a un niño tan guapo como yo —le guiñó un ojo y le regaló una
gran sonrisa. Tratando de esconder sus emociones y que Megan no escuchara los latidos desbocados
de su corazón, que emocionado retumbaba ante la propuesta de Megan, por fin había cedido.
—Supongo que mi dios del trueno es irremplazable y que si no colaboras con los genes, no será
tan guapo, pero intentaremos encontrarlo lo más parecido posible.
—Ya verás, mañana mismo empezaremos a buscar a nuestro hijo —la refugió entre sus brazos
con gran pertenencia, sintiéndola pequeña y delicada contra su cuerpo—. Lo vamos a amar como si
fuese nuestro, como si tú lo hubiese llevado en el vientre. Creo que ser madre es más que parir, es
amar, es entregarlo todo y estoy seguro que mi esposa puede hacerlo.
—Prometo que lo amaré.
—No tienes que prometerlo, porque seguramente ese pequeñín nos robará el corazón.
Así, abrazados se quedaron dormidos, sintiendo que estaban más unidos que nunca, no solo física
sino sentimentalmente.

******
Tres semanas habían transcurrido desde que Megan y Thor decidieran adoptar un niño. Estaban
completamente decididos a brindarle un hogar y mucho amor, pero eso no era suficiente; después de
ponerse e n contacto con la oficina local de la agencia pública de bienestar infantil del condado de
Nueva York, en donde le informaron sobre las políticas de adopción del Estado, y que los
especialistas de adopción los remitieran a dos agencias de la zona.
Los habían invitado a un par de reuniones de orientación acerca de la adopción, y salían más
decididos que nunca a adoptar al que sería su hijo.
Le habían dado dos opciones, y debían elegir si estaban seguros de adoptar o preferían la
crianza temporal. Megan decidió la adopción, porque temía que al criar temporalmente a un niño,
terminara encariñándose y que después de lo quitaran; no iba a correr ese riego.
—Megan, se nos hace tarde —dijo Thor mientras se ajustaba la corbata, frente al espejo.
—Casi estoy lista —aseguró sin dejar de aplicarse la máscara en las pestañas—. Siento
haberme despertado tarde.
—Anoche no podías dormir, te sentí dando vueltas en la cama. ¿Te preocupa algo? ¿Aún estás
segura de adoptar?
—Completamente segura —terminó de aplicarse el rímel y corrió al baño—. Realmente estoy
muy entusiasmada, ni siquiera los molestos requisitos, ni todo el papeleo logra desilusionarme.
Al bajarse la panti se percató de que estaba manchando, una vez más se había descontrolado su
proceso menstrual, y por primera vez no se echaba a llorar al ver esa leve mancha en su ropa
interior.
—Meg, por favor. Tenemos que darnos prisa, perderemos la cita y aún tenemos que pasar por
las cartas de recomendaciones personales.
—Sí ya voy —se apresuró a quitarse la prenda manchada, usar un tampón y colocarse una panti
limpia.
Salieron del apartamento con destino a la clínica donde se harían unos exámenes médicos, que
demostraran el perfecto estado de salud en el que se encontraban, que no era más que otro requisito
para presentar la solicitud de adopción.
Thor era el más valiente, por lo que decidió ser el primero en que le sacaran la sangre.
Megan, en cambió le tenía temor a las agujas. Su esposo estaba acuclillado frente a ella,
mientras intentaba perderse en la mirada de él y olvidar que estaban a punto de pincharla.
Esa sonrisa en Thor, la conocía y sabía perfectamente que se estaba burlando de ella, por lo que
le golpeó de forma juguetona el hombro.
—Listo, no tiene por qué temer señora Garnett —dijo la enfermera soltando el compresor o
torniquete.
Justo en el momento en que la enfermera retiró la aguja, a Megan se le nubló la vista, y su esposo
parecía como si le alejara.
—¿Te sientes bien? —preguntó Thor al ver que su esposa perdía color en el rostro.
—Estoy mareada —chilló echando la cabeza hacia atrás.
—Es normal —aseguró la mujer vestida de blanco y amable sonrisa—. En unos segundos se le
pasará, los resultados estarán listos a las tres de la tarde. Les recomiendo que desayunen muy bien,
algo bastante nutritivo.
—Bien, muchas gracias. Pasaremos a esa hora por los resultados —acotó Thor tendiéndole las
manos a Megan y posando su mirada en ella—. ¿Te sientes mejor?
—Sí, mucho mejor —afirmó sonriente y se puso de pie.
Al salir de la clínica, fueron a un restaurante cercano donde desayunaron como la enfermera les
había recomendado. Y fueron por la parte faltante de los requisitos para la solicitud de adopción.
Todo el día lo pasaron fuera de su hogar y de sus trabajos, necesitaban tener todo cuanto antes
porque Megan se moría porque le mostraran los catálogos de niños, era el primer paso antes de que
se los presentaran, habían elegido con edades comprendida entre 0 y 5 años.
De regreso a la clínica por los resultados, les tocó esperar al doctor que quería atenderlos. Se
encontraban sentados, tomados de la mano con los dedos entrelazados, mientras conversaban sobre
las expectativas que tenían sobre ser padres.
—Señor Garnett —se anunció una enfermera—. El doctor necesita hablar con usted.
—Sí, enseguida voy —dijo poniéndose de pie y desvió la mirada hacia su esposa, que esperó
sentada—. Regreso en un minuto. Seguro después te tocará pasar a ti.
Thor, siguió a la enfermera que lo guió a la puerta del consultorio.
—Buenas tardes, señor Garnett —saludó el hombre haciendo un ademán para que pasara y se
sentara.
—Buenas tardes, doctor Rogers —de manera instintiva giró la cabeza cuando escuchó que la
puerta se cerraba, para después sentarse.
—Señor Garnett, sé que estos resultados —dijo posando las manos sobre el par de informes
sobre el escritorio—. Son parte fundamental para la solicitud de adopción como previamente me
había comentado.
—Sí, doctor. Una cantidad interminables de requisitos, pero estamos verdaderamente
ilusionados con la idea de la adopción. ¿Existe algún inconveniente? —preguntó al notar una actitud
taciturna en el hombre.
—No, no lo hay, están ambos muy sanos. Sé que es su vida personal y no debería inmiscuirme.
—Usted dirá —lo instó Thor, sintiendo que el corazón se le instalaba en la garganta y un nudo de
nervios se le aferraba a la boca del estómago.
—Aún son una pareja joven y no tienen experiencias con niños, sé que lo que le diga no lo hará
desistir de la adopción —acotó el hombre, pensando muy bien las palabras antes de pronunciarlas,
porque no quería parecer impertinente—. Pero verdaderamente no será fácil criar a dos al mismo
tiempo.
—¿Dos? —Thor sonrió aliviado—. No, solo queremos adoptar uno, nunca hemos pensado en
dos niños.
—Entonces, supongo que no estaba al tanto del embarazo de su esposa.
El nudo de nervios que había aflojado, se hizo más intensó y el corazón se le iba a reventar,
increíblemente todo su cuerpo empezó a temblar y las lágrimas se le derramaron sin ningún control,
mientras procesaba muy lentamente cada una de las palabras del doctor.
—¿Megan está embarazada? —preguntó removiéndose en la silla con la voz turbada por la
tormenta de emociones que lo azotaba, y se limpió las lágrimas que no dejaban de salir.
—Sí señor, su esposa está embarazada.
—No puede ser, usted no está al tanto, pero lo hemos intentado todo, el especialista que trata a
mi esposa… ¡Sí! —casi brincó de la silla y sin escuchar ningún llamado corrió fuera del consultorio.
Megan al ver que Thor salía corriendo del consultorio se puso de pie inmediatamente, atacada
de miedo, el que empeoró al percatarse de que estaba llorando. Definitivamente alguno de los dos
estaba muy enfermo: fue su primera conclusión antes de que su esposo la sorprendiera cargándola en
un abrazo.
—¡Te amo! ¡Te amo! —aseguró dejándole caer una lluvia de besos en la mejilla, que siguió
hasta la boca, sin importar mojarla con sus lágrimas.
—Thor, Thor… ¿qué pasa? Me estás asustando —confesó entre los besos que su esposo no
dejaba de darle—. Yo también te amo.
—Serás la madre más hermosa, la más linda.
—Thor bájame, que todos nos están mirando —pidió en un murmulló, al ver que todas las
miradas de las personas que se encontraban en la sala de espera estaban alegremente desconcertados
—. ¿Eso quiere decir que al menos clínicamente estamos aptos para poder adoptar? —preguntó
realmente sorprendida ante la extrema felicidad de su esposo.
—Más que eso, más que eso. Estamos aptos para ser padres, estás… ¡Estás embarazada, esposa
mía! —dijo con júbilo.
Megan boqueó varias veces sin encontrar la fuerza para pronunciar palabra alguna.
—Thor no juegues con eso —reprochó con las lágrimas inundando sus ojos—. No puedo estar
embarazada.
—No estoy jugando, sí lo estás —sin dejar de cargarla regresó al consultorio médico. Pero tuvo
que recobrar la compostura y minimizar su felicidad al ver la cara del doctor Rogers.
Con cuidado la colocó de pie en el suelo y Megan estaba temblorosa, sentía que las piernas no la
soportarían por mucho tiempo, por lo que tácitamente agradeció a su esposo que la ayudara a tomar
asiento y él se sentó a su lado.
—Doctor, no sabíamos que mi esposa estaba embarazada —agarró una bocanada de aire y
volvía a limpiarse las lágrimas—. Llevamos seis años intentándolo, Megan ha seguido al pie de la
letra todos los tratamientos —explicaba Thor porque su esposa estaba enmudecida.
—Yo no puedo estar embarazada… no puedo, doctor —balbuceó sintiendo que le estaban
rompiendo una vez más el corazón, que se estaban burlando de su inutilidad.
—¿Por qué no podría estarlo? Si ya han estado en tratamiento, algunas veces cuesta más de la
cuenta, pero en muchos casos no es imposible concebir.
—Estoy menstruando —dijo ahogada por un sollozo.
—No, no lo está, muchas mujeres lo confunden. No soy un experto en la materia, pero voy a
remitirla con un profesional que pueda sacarla de dudas. Sé que hay un promedio de una mujer por
cada doscientas aproximadamente, que continúan sangrando durante los primero meses del embarazo,
y es completamente normal. El sangrado que está presentando nada tiene que ver con el ciclo
menstrual, aunque la causa también podría ser a consecuencia de un embarazo ectópico, es por eso
que necesito que fije una consulta cuanto antes con el ginecólogo.
—¿Está seguro que estoy embarazada?
—Sí, es lo que dice el resultado de su muestra de sangre.
—Podría hacerme otra prueba.
—Solo si usted lo desea, pero le digo que es completamente innecesario.
—¿Doctor qué es un embarazo ectópico? —intervino Thor, con la curiosidad bullendo en él.
La mirada que le dedico el doctor Rogers, le hizo saber que no era nada bueno. Y se arrepintió
de haber hecho la pregunta.
—No vamos a adelantarnos, solo son suposiciones, ante el sangrado —evadió el tema, porque
fue testigo de la felicidad que embargó al señor Garnett—. Es preferible que se ponga en control con
el ginecólogo, si es preciso esta misma tarde para salir de dudas, voy a remitirla con carácter de
urgencia.

******
Habían sido los meses más lentos que pudieron vivir, llenos de cuidados y temores, con un
embarazo de alto riesgo, pero con todas las esperanzas puestas en tener por fin a su niño.
Toda la familia de Thor había viajado desde Brasil para el gran momento, y los padres de Megan
esperaban ansiosos y temerosos a que el esposo saliera de quirófano y les informara que su única
hija se encontraba totalmente fuera de peligro.
Henry Brockman, estaba apartado de todas las demás personas, sentado en un rincón de la sala,
con la mirada fija en sus dedos cruzados. Muchas veces se veía tentado a ver a su hijo, junto a su
esposa, pensaba que esa sería la oportunidad para conocer a su nieta, pero no la habían llevado y él
que se conformaba con verla así fuese de lejos.
—Tengo miedo.
La voz inconfundible de su ex mujer lo sacaba de sus cavilaciones, sorprendiéndolo ante tal
cercanía, y cortesía de su parte. Se habían separados en muy malos y forzosos términos, por lo que no
habían vuelto a hablar.
—Sé que también estás angustiado, reconozco cuando lo estás porque no puedes descruzar los
dedos.
—Es mi hija —murmuró con el pecho aprisionado por la angustia.
—Lo sé. A pesar de todo siempre la has querido —confesó, percatándose de lo realmente
deteriorado que se encontraba su ex esposo. Estaba mucho más delgado y la piel tenía un ligero tono
amarillento—. ¿Cómo has estado?
—Acaso te importa.
—Eres el padre de mi hija, y a quien quise por mucho tiempo.
—No me tengas lástima, porque lo único que me preocupa es Megan, por lo demás todo está
completamente perfecto.
—Eso espero, debo regresar con mi esposo —dijo poniéndose de pie.
—¡Ja! —se burló con el orgullo herido—. Será con el niño que estás criando.
—No vas a hacerme sentir mal —se alejó dejándolo solo una vez más.
Todos los demás lo ignoraban totalmente, era como un fantasma al que nadie podía ver, estaba ahí
solo por Megan, porque la amaba más que a nada y le brindaría su apoyo hasta el último momento.

En el quirófano y a través de una cesárea acababa de nacer Matthew Garnett, con tan solo siete
meses.
Megan observó cómo se lo llevaron, para brindarle todos los cuidados que requería, ella quería
levantarse para poder mirarlo bien, para ver a su niño, a ese gran milagro. Thor estaba grabando el
momento, cada detalle y estaba segura que por andar sorbiendo las lágrimas había arruinado el audio
del vídeo. Sólo lo escucharían llorar a él.
—Thor ¿cómo está? —preguntó porque las enfermeras estaban bloqueándole la visibilidad.
—Está muy bien, es hermoso… —caminó hasta ella y le dio un beso en la frente, y se acercó al
oído—Es igualito a mí, ha heredado el martillo como su padre. Tendrá mujeres suplicando por él.
Megan quiso carcajearse pero sabía que no podría. Solo sonrió y le dio un beso en la mejilla a su
esposo.
Desde el instante en que se lo sacaron, hasta el momento en que por fin se lo acercaron, parecía
que había transcurrido una eternidad.
—Parece un ratoncito —dijo Megan sonriente, en medio de las lágrimas, mirándolo en las manos
de la enfermera que se lo acercaba—. Es lo más bonito que he visto en mi vida, eres tan pequeñito
Matt —dijo tramándole una de las manos y dándole un beso.
—Tenemos que llevárnoslos, hay que ponerle oxígeno —informó la enfermera.
Cuando se llevaron al niño, también sacaron al padre del quirófano, entonces Thor no dudó en ir a
la informarle a su familia que todo había salido bien, que se había convertido en padre, no de un
niño, sino de un macho. Tenía el pecho a punto de reventar, sintiéndose el hombre más orgulloso del
planeta.
Abrazado a su padre, hermano y primo. Lloró, como una medida para drenar esa felicidad que lo
estaba consumiendo, esa felicidad que podría matarlo. Después de casi siete años por fin tenía la
dicha de ser padre, era su turno en la familia Garnett, y lo estaba viviendo al máximo.

********

—Papi, papi —un suave murmullo despertaba a Samuel. Encontrándose con unos maravillosos
ojos gris azulados muy cerca de él.
—¿Qué haces despierta a esta hora? —preguntó aún adormilado al ver a Elizabeth hincada junto a
la cama y frente a él—. ¿Tienes miedo? —inquirió con la pereza abrazada a cada átomo de su ser.
—No sé —dijo con su vocecita estrangulada—. Papi no puedo dormir.
—Ven, duerme aquí, sube —le pidió palmeando el centro de la cama y al otro lado estaba
Rachell totalmente dormida.
—No puedo dormir —repitió en voz bajita.
—¿Quieres que vaya a revisar debajo de la cama? —miró a su niña con el cabello revuelto, si
pijama rosada con ositos marrones, y abrazaba a su muñeca de trapo preferida. Esa que le había
regalado su tío abuelo y que llevaba con ella ocho años, se podía decir que ambas tenían la misma
edad.
—No —negó con la cabeza—. Debajo de mi cama no hay nada. Siempre me lo dices.
—Entonces —dijo incorporándose en la cama y haciendo a un lado la sábana.
—Es que… tú dijiste que falta muy poco, que mañana nos vamos a Brasil, para que me baticen.
—Bauticen —corrigió a su hermosa mariposa de ocho años—. En realidad, en unas horas nos
vamos a Brasil.
La niña tragó en seco y retrocedió un paso.
—¿No quieres ir? —se preocupó ante la actitud de su hija y se levantó.
Ella negó con la cabeza y se dejó cargar por su padre, que prefirió llevarla fuera de la habitación
para no despertar a Rachell, mientras empezaba a ser embargado por la angustia.
Se la llevó a la cocina y la sentó sobre la mesa, atacado por el amor paternal le dio un beso en los
cabellos, y empezó a acomodárselos un poco, armándole una trenza. Con Elizabeth había aprendido a
hacer de todo, además que la casa ya no era de él, sus autos mucho menos, porque por todos lados
abundaban las cosas de ella y de Oscar, ya no veía otra cosa que no fueran dibujos animados, y hasta
la comida era en base a lo que a ellos les gustaba, su vida se había centrado en sus hijos. Y nunca
había sido tan feliz.
—¿Por qué no quieres ir a Brasil? —preguntó contándole los deditos de los pies, sin contarlos en
verdad, sólo porque le encantaba hacerlo—. ¿No quieres ver a tu tío abuelo, ni a Hera y Helena?
—Sí quiero.
—¿Entonces?
—No quiero que me baticen —dijo bajando la mirada.
Samuel sonrió resignado, por el momento a su niña no se le fijaría la palabra “bautizo”. Algo que
verdaderamente le extrañaba, porque cada día lo impresionaba con su astucia e inteligencia.
—¿Ya no te gusta la capoeira? —la miraba a los ojos, sonriéndole con dulzura.
—Sí, sí me gusta, pero… papi, no puedo dormir, cierro mis ojitos y no me duermo. No sé, si lo
haré bien —resopló y se cruzó de brazos.
—Pero si ya lo haces todos los días, no debes temer. Yo estoy seguro que lo harás muy bien.
¿Quieres practicar para llenarte de seguridad?
—Sí —estuvo de acuerdo mostrando total entusiasmo.
—Bueno, entonces practiquemos.
Samuel se dio media vuelta, y su hija como ya era costumbre se le subió a la espalda. Había
trabajado todo el día, y cuando por fin cayó en la cama, pensó que dormiría hasta el otro día, justo
cuando el reloj lo despertara para abordar el avión con destino a Brasil. Pero contrariamente a sus
anhelos, solo había descansado cuatro horas, cuando su hermosa mariposa le robó el sueño,
cambiando completamente sus horarios, rompiendo con sus esquemas, como lo había hecho desde el
día en que se enteró que estaba en el vientre de su madre.
Llegaron al salón que ya no era exclusivamente de Samuel para las prácticas de capoeira, desde
hacía aproximadamente tres años, también le tocaba compartirlo con su hija.
—Vamos a poner los corridos, muy bajito para no despertar a tu mami.
—Está bien —estuvo de acuerdo, reafirmando con un asentimiento.
Samuel la puso de pie sobre el parqué y caminó hasta el amplificador para poner los corridos o
mejor conocidos como música de capoeira.
—Mientras estamos calentando los músculos te haré algunas preguntas. Porque seguramente te las
harán, ¿recuerdas todo lo que te ha enseñado el mestre? —inquirió refiriéndose a esas clases a las
que Elizabeth había asistido en Río de manera trimestral, sin embargo era él quien tenía licencia para
enseñarle todo, o al menos lo básico para que se iniciara.
—Casi todo —se carcajeó, iniciando el movimiento ginga para calentar, imitando a su padre que
marcaba el ritmo.
—Bueno, estoy seguro que sabes lo suficiente —le sonrió con esas sonrisas de las que solo su
hija era dueña—. ¿Quién era el mestre Bimba?
—El mejor mestre de todos, por él es que se nombró a la capoeira como deporte nacional
brasileño.
—Bien, muy bien. Con el paso de los años te contaré un poco más de él, porque ahora hay cosas
que no podrás entender —confesó con una amplia sonrisa y el pecho hinchado de orgullo, como
siempre se le ponía cuando escuchaba a su niña hablar de capoeira—. ¿Cuáles son los principales
movimientos de la capoeira? Y mientras me los nombras, me das una demostración.
—Ginga —dijo sonriendo, haciendo el movimiento—. Au, la estrellita —sonrió antes de dar una
voltereta.
—Delante del mestre no podrás decirle la estrellita, solo movimiento Au.
—Está bien, papi —asintió con contundencia, mostrándose completamente de acuerdo con su
padre, que la admiraba de pie con las manos en las caderas.
Samuel había evitado cualquier movimiento para ver si su hija, conocía los movimientos, aunque
él estaba completamente seguro de que sí.
Elizabeth, le nombró y demostró los ocho movimientos básicos de la capoeira y los necesarios
para ser bautizada.
—En una roda, cuando quieres entrar al combate, ¿hacía dónde te debes dirigir?
—Siempre, siempre debo caminar al borde de la roda, hasta el berimbau.
—Muy bien, ves que sabes todo. Entonces no debes tener miedo, lo harás muy bien. ¿Ahora te
preguntó qué pasará en el bautizo? ¿Qué es lo que pasará por primera vez?
—Por primera vez voy a estar en una roda y con el berimbau de verdad, ya no será el
amplificador —dejó libre una risita, mientras se mostraba aún agitada y despeinada, ante los
esfuerzos de las practicas.
—Bonito, ahora se escabullen en la madrugada a practicar —interrumpió Rachell en el lugar.
Traía a Oscar cargado y el niño de ojos color miel y cabello oscuro como el del padre, sostenía él
solo su biberón.
—Tenía dudas —dijo Samuel acercándose a su esposa y cargó a Oscar, dejándole caer un beso
en la mejilla a su hombrecito, para después besar a Rachell en los labios.
—Mariposa, pero si eres la mejor capoeirista —dijo Rachell acercándose a ella en medio del
movimiento ginga, mientras le sonreía.
—Se lo he dicho, me extraña que tenga dudas, así no parece hija mía —acotó Samuel riendo.
—Estoy segura —confesó parándose derecha, pero al segundo empezó a dar una demostración de
lo que sabía, siendo acompañada por la madre, que al menos dominaba los movimientos básicos de
la capoeria.
En medio de risas empezaron a combatir, mientras Samuel las observaba sonriente,
completamente enamorado de esas mujeres, mientras le ayudaba a sostener el biberón a Oscar.

*******

Era una roda de tres metros de diámetro, para que los que iban a ser bautizados pudiesen
demostrar sus habilidades, detrás del circulo observaban los familiares, no solo de niños, también
habían hombres y mujeres que tardíamente se habían dado cuenta que les apasionaba la capoeira.
Samuel observaba atentamente a Elizabeth, cada vez estaba más cerca del berimbau, y con eso era
menos lo que faltaba para su turno, su hermosa niña se notaba nerviosa, pero muy atenta. Y estaba
seguro que él estaba más nervioso que ella, con el pecho a punto de reventar y las lágrimas haciendo
estrados en su garganta.
Miró a su alrededor, a su lado estaba Rachell con Oscar en los brazos, junto a ella, Thor con Matt
sobre los hombros que al igual que todos vestía la camiseta de la selección de futbol brasileña y
pantalón blanco, desde esa altura en que lo tenía el padre podía ver perfectamente lo que pasaba en
la roda, también estaba Megan y el resto de su familia. Las gemelas que nunca habían mostrado
intereses por la capoeria movían sus pequeños cuerpos al ritmo de corridos y palmadas,
demostrando que contaban con grandes dotes de bailarinas, ganándose más de una mirada ante la
desenvoltura con que movían los hombros.
Su tío, al igual que él estaba atento a Elizabeth y pudo ver como los ojos se le cristalizaban, podía
jurar que en ese momento no veía a su nieta, sino a su hermana.
Elizabeth entró al jogo saludó a la otra niña con que le tocaba jugar y en un movimiento Au,
ambas entraron al círculo, y demostraron sus habilidades, sin duda alguna la hija de Samuel Garnett
poseía más destreza en la lucha, sus técnicas eran más seguras y desenvueltas.
La contrincante de Elizabeth, fue reemplazada por el mestre, sin duda alguna se atemorizó, no
quería competir con alguien a quien tanto respetaba, pero recordó que su padre le había dicho que
para ser una capoeirista debía demostrar valentía y nunca acobardarse ante ningún contrincante,
estaba segura que no lograría sacar de la roda al mestre, solo seguir el jogo, porque era él quien
debía sacarla, pero no sin que antes ella demostrara que estaba hecha para eso.
Trató de olvidar que era el mestre e imaginar que era su padre con el que tantas veces había
practicado, y así todo fue más fácil, en el jogo, ante el mestre y al ritmo en vivo del berimbau hizo
despliegue de sus movimientos, hasta que el hombre la sacó del círculo.
El mestre le dio la mano, mostrándose sonriente y orgulloso, ella retrocedió varios pasos, jamás
debía dar la espalda al círculo, y se incorporó de nuevo en la roda.
Con el pecho agitado por la felicidad y el esfuerzo. Recibió del mestre su pañuelo cielo. Le quitó
la cuerda cruda (blanca) y con la ayuda de otro mestre le trenzó la cuerda celeste, que significaba el
cielo para los principiantes.
—Ahora tu mote será… —mantuvo silencio, mirando a los ojos de la pequeña Elizabeth, que en
ese momento se mostraban brillantes y grises, la cara sonrojada, y no obstante sonreía con
nerviosismo, mientras le colocaban la cuerda trenzada, ajustando su calça de capoeira—. Barboleta
(Mariposa) —la bautizó con una gran sonrisa, consciente de que a la niña le gustaba todo lo referente
a las mariposas, además que sorprendentemente con ocho años ya dominaba el movimiento, siendo
para un profesional, por el esfuerzo que requería.
La sonrisa en ella se amplió y los ojos le brillaron aún más, mientras la roda cantaba a viva voz.
Bamba Na Capoeira. El mestre asintió, concediéndole el permiso para que fuese a recibir la
bendición de sus familiares.
La roda le hizo el espació y ella corrió agitando el pañuelo cielo en lo alto. Su padre la esperaba
acuclillado y con los brazos abiertos.
Samuel, la recibió con un fuerte abrazo, y no pudo contenerse más, abrazado a su hija se echó a
llorar, dejando que toda su emoción se liberara.
—Estoy orgulloso, muy orgulloso de ti, mi Barboleta, mi Mariposa capoeirista —dijo en medio
de sollozos, mientras le dejaba caer un millón de besos en la mejilla.
—Voy a ser la mejor papi —dijo llorando también, contagiándose con las emociones de su padre.
—Ya eres la mejor. Te amo.
—Yo te amo más, papi.

Fin.
PlayList

The Boy From Ipanema: Diana Krall.

Baby did a bad bad thing: Chris Isaak.

AEIOU Capoeira: Pretinho.

Pra poder te amar: Martinho da Vila

Tu és o maior amor da minha vida: Silvinho.

Corra, Corra: Aviões do Forró.

Can't take my eyes off you: Lady Antebellum.

I won't give up: Jason Mraz.

Once Upon A Dream: Lana Del Rey.

Follow me: Muse.

My Heart Is Open: Maroon 5 feat Gwen Stefani.

My little girl: Jack Johnson.

Bamba Na Capoeira.
AGRADECIMIENTOS

Gracias a todas las personas que disfrutaron de este relato, dónde no solo vimos la evolución de
algunos de los personajes como padres, siguiendo con el ciclo de la vida, sino que también
aprendimos un poquito más de la maravillosa cultura brasileña y conocimos algunos de sus
fantásticos lugares.

Este relato finaliza con el bautizo de Elizabeth Garnett como capoeirista, porque a finales de este
año, será ella nuestra protagonista, la que nos lleve a adentrarnos mucho más en las costumbres
brasileñas, y no solo eso, también sabremos de otras costumbres latinas.

Una historia que girará en torno a los corridos, a la capoeira, haciéndole honor por haber sido
nombrada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Pero no todo será cultura, también vivirán momento de excesiva pasión, cariño, amor, intriga,
maldad y avaricia.

Mariposa Capoeirista, nos mostrará hasta dónde puede ser capaz de llegar el ser humano, cuando
ambiciona algo, cuando sus propios intereses están en riesgo.
Segunda mitad del 2015

[1] Calça de capoeira:Pantalón para la práctica de capoeira, que permite los movimientos exigidos
por el deporte.
[2] Sunga o Zunga: es un bañador o traje de baño masculino apegado al cuerpo. Muy resistente al
calor y al agua, normalmente tiene un cordón para afirmar a la cintura
[3] AXÉ: En Capoeira hace referencia a la buena energía.
[4] Bamba:Es como se le define a los expertos en capoeira.
[5] Canga o Faralao: reemplazo de toallas para los brasileños, cuando van a la playa.
[6] Aceite de dendê: Aceite de Palma.
[7] Açaí: Es el fruto de una palmera que crece únicamente en estado silvestre, en la selva Amazónica
en Brasil.
[8] Bolo de rolo: Postre hecho con harina de trigo y relleno de dulce de guayaba,originario de
Pernambuco.

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