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Explica las causas de la Guerra de Sucesión y la composición de los bandos en conflicto.

La falta de un heredero y la débil salud del rey Carlos II de Habsburgo hace que a finales del
siglo XVII empiece una lucha en Europa por la sucesión española entre los Borbones
(franceses) y los Habsburgo (austríacos). Otras potencias como Holanda o Inglaterra quieren
un reparto que evite que una de las dos naciones se convierta en una gran potencia.

Luis XIV y los demás reyes europeos ya habían pactado mediante el Primer Tratado de
Partición de España, firmado en La Haya en 1698 que el heredero del trono de España sería
José Fernando de Baviera II. Este, adjudicaba a José Fernando todos los reinos peninsulares —
salvo Guipúzcoa—, así como Cerdeña, los Países Bajos españoles y todos los territorios
americanos. Por su parte Francia se quedaría con Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, mientras que
Austria se quedaría con el Milanesado. La muerte de José Fernando (1699) obligó a negociar,
sin contar con España, el Segundo Tratado de Partición en 1700, que reconocía como heredero
al archiduque Carlos (biznieto de Felipe III de España), asignándole todos los reinos
peninsulares, los Países Bajos españoles y las Indias; por contra Nápoles, Sicilia y Toscana
serían para Francia, mientras Austria recibiría el Milanesado.

En España la opinión también estaba dividida: algunos apoyan a los Borbones porque
pensaban que traerían una política más centralista y equilibrada en el reparto de las cargas
(Castilla). Otros apoyaban a los Habsburgo porque querían que se mantuviera el respeto a los
fueros particulares de los reinos (Aragón).

Dentro de la corte también se produce una encarnizada lucha entre ambos partidos.
Finalmente Carlos II nombra heredero al francés Felipe de Anjou, (nieto de Luis XIV y de la
española Mª Teresa de Austria, que era hija de Felipe IV), con la esperanza de que Luis XIV
defienda la integridad de la herencia de su nieto. En un primer momento las potencias
europeas aceptaron el testamento, pero la injerencia de Luis XIV en la política española
terminó desencadenando la guerra que va a extenderse a buena parte de Europa (1702-1714),
aunque en España no se inicia hasta 1705, cuando toda la corona de Aragón se levanta contra
Felipe V y nombra rey al archiduque Carlos (en 1704 Inglaterra toma Gibraltar, y ya no lo
devolverá, al igual que Menorca, llaves del Mediterráneo). La guerra acaba con la victoria de
Felipe V, tras una dura resistencia de Cataluña.

Para conseguir la paz, firmada en Utrech (entre 1712 y 1714), con el resto de las naciones,
Felipe debe hacer amplias concesiones: renuncia a todo derecho a la sucesión francesa, cede
sus territorios europeos a Austria (Países Bajos e Italia) y algunos enclaves vitales para el
control del mar a Inglaterra (además de Gibraltar y Menorca) además de algunos derechos
comerciales que van a romper el monopolio comercial en América (desastroso para la industria
Española). La pérdida de los territorios europeos permite a España centrarse en los problemas
internos y abandonar una política imperialista que había agotado sus recursos humanos y
económicos. Tras la firma de la paz de Utrech se establece en Europa un equilibrio de poder
entre las diferentes potencias de Europa, que se mantendrá vigente hasta fin de siglo cuando
las guerras napoleónicas alteren dicho equilibrio.

Como consecuencia del cambio de dinastía, la política exterior española da un giro total. La
pérdida de los territorios europeos hace que España centre su interés en el Atlántico y se
acerque a Francia, la eterna enemiga, tanto porque en ambos países reinaba la misma dinastía
como por el hecho de que tenían como rival a la pujante Gran Bretaña que buscaba su
expansión colonial a costa de Francia y España, poniendo en peligro el monopolio comercial
con las colonias, gracias a su superioridad marítima.
En los primeros años del siglo la política exterior española tuvo como objetivo la recuperación
de los territorios italianos perdidos en Utrech. Para ello se firmaron los Pactos de Familia (el
primero en 1733 y el segundo en 1743), por los cuales España apoyaba a Francia (en la guerra
con Polonia y en la Guerra de Sucesión austriaca). A cambio de este apoyo Carlos y Felipe (hijos
de Felipe V e Isabel de Farnesio) obtuvieron Nápoles y Parma respectivamente.

Tras unos años de neutralidad con Fernando VI, España volvió a la alianza francesa con Carlos
III en el tercer Pacto de Familia (1761), lo que llevó a España a la guerra con GB y la derrota,
firmándose el Tratado de París (1763) por el que se cedió Florida a Inglaterra y Sacramento a
Portugal. Para compensar esas pérdidas Francia cedió Luisiana a España.

España junto a Francia apoyó a los rebeldes norteamericanos contra Inglaterra. La derrota
británica llevó a la firma del Tratado de Versalles (1783) lo que permitió la recuperación de
Menorca, Florida y Sacramento.

El estallido de la Rev. Francesa supone un paréntesis en la alianza con Francia pues España
participa en las Guerras de Coalición 1793-95 (coalición de diferentes países de Europa para
acabar con la Francia Revolucionaria y devolver el trono a los Borbones). Tras la paz de Basilea
España vuelve a su antigua política de alianza con Francia, ahora bajo el control de Napoleón
Bonaparte (1º-1796- y 2º-1800- Tratado de San Ildefonso) y en contra de Gran Bretaña. La
consecuencia fue el desastre de Trafalgar (1805) y la destrucción de la flota franco-española a
manos británicas, lo que puso fin al resto del poderío marítimo español y tuvo dos importantes
consecuencias: por un lado España no puede controlar el monopolio comercial americano,
iniciando GB el contrabando a gran escala; por otro, Napoleón, sin flota, no puede aspirar a
derrotar a GB en el mar y emprende el Bloqueo Continental. Para llevar a cabo esa política
decide intervenir en España y firma en 1807 el tratado de Fontainebleau por el cual España se
adhiere al bloqueo y permite la entrada de las tropas francesas en España para la ocupación de
Portugal (aliada de GB).