Está en la página 1de 340

La última utopía.

Los derechos humanos


en la historia

Última utopía_03.indd 1 17/12/2015 17:02:56


Última utopía_03.indd 2 17/12/2015 17:02:56
La última utopía.
Los derechos humanos
en la historia

S a m u e l M oy n

Tr aducción de Jorge Gonz ále z Jácome

Última utopía_03.indd 3 17/12/2015 17:02:56


Facultad de Ciencias Jurídicas

Reservados todos los derechos Traducción:


©Pontificia Universidad Javeriana Jorge González Jácome
©Samuel Moyn Corrección de estilo:
©de la traducción Jorge González Jácome Carlos Alberto Morales Espinosa
Título original: The Last Utopia.
Diseño de colección:
Human Rights in History.
Boga Cortés y Triana | www.bogavisual.com
Harvard University Press, 2012.
Primera edición en español: Diagramación:
Bogotá, D. C., diciembre del 2015 Sonia Rodríguez
ISBN: 978-958-716-901-0 Montaje de cubierta:
Impreso y hecho en Colombia Boga Cortés y Triana
Printed and made in Colombia
Impresión:
Editorial Pontificia Universidad Javeriana
Javegraf
Carrera 7a, Núm. 37-25, oficina 13-01
Edificio Lutaima MIEMBRO DE LA

Teléfonos: 3208320 ext. 4752 RED DE


EDITORIALES
www.javeriana.edu.co/editorial UNIVERSITARIAS
Bogotá - Colombia DE AUSJAL
ASOCIACIÓN DE UNIVERSIDADES
CONFIADAS A LA COMPAÑIA DE JESÚS
EN AMÉRICA LATINA www.ausjal.org

Moyn, Samuel, 1972-, autor


La última utopía : los derechos humanos en la historia / Samuel Moyn ; Traducción de Jorge González
Jácome. -- Primera edición. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias
Jurídicas, 2015.

340 páginas ; 24 cm
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN: 978-958-716-901-0

1. DERECHOS HUMANOS – HISTORIA. 2. DERECHO INTERNACIONAL. 3. UTOPIAS. 4. INTER-


VENCIÓN HUMANITARIA - HISTORIA. I. González Jácome, Jorge, traductor. II. Pontificia Universidad
Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas

CDD 323.4 edición 21


Catalogación en la publicación - Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S.J.

___________________________________________________________________________________________
inp. Diciembre 11 / 2015

Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito
de la Pontificia Universidad Javeriana.

Última utopía_03.indd 4 17/12/2015 17:02:57


Contenido

P r e s e n ta c i ó n  7

Prólogo  11

La humanidad antes de los derechos humanos  21

Naciendo muertos  57

¿Por qué la lucha anticolonial no fue un


movimiento de derechos humanos? 101

La pureza de esta lucha  141

El derecho internacional
y los derechos humanos  203

Epílogo: La pesada carga de la moralidad 245

B i bl i o g r a f í a  263

Apéndices  315

Ensayo bibliográfico  323

Agradecimientos  335

Última utopía_03.indd 5 17/12/2015 17:02:57


Última utopía_03.indd 6 17/12/2015 17:02:57
Presentación

Cada investigación necesita guías que le permitan llegar a su fin. Para


una de mis investigaciones1, el libro de Samuel Moyn sobre la historia
de los derechos humanos, que traducimos en esta colección, fue funda-
mental. Me encontraba indagando por qué solamente hasta la década de
los ochenta el discurso de derechos humanos había entrado en la escena
político-constitucional. Tenía algunas intuiciones desde la perspectiva
regional —el marco de la oea— y de los Estados Unidos —la adopción
oficial de este lenguaje por Carter—, pero no tenía conciencia de que ello
fuera un fenómeno global y, por supuesto, no lo podía explicar. Por una
recomendación de Noah Feldman, mi profesor de Derecho Constitucional
en Harvard, leí The Last Utopia de pasta a pasta, casi sin parar, absorbido por
su prosa e hipótesis sugestivas. El libro no solo era una explicación teórica
que cerraba una parte de mi investigación sobre la historia constitucional
latinoamericana de los ochenta, sino que quedé con ese sentimiento de
que era un libro que me encantaría haber tenido la capacidad, el conoci-
miento, la intuición y la gracia para haberlo escrito. Así que un tiempo
después, con esta sensación que no se disipaba, propuse al autor, a Nicolás
Morales en la Editorial de la Pontificia Universidad Javeriana y a Roberto
Vidal en el Instituto Pensar traducir esta fascinante obra. Cada uno de
ellos se entusiasmó con el proyecto, y espero que el lector se contagie de la
emoción que ha producido la publicación de este libro en todos nosotros.
En esta presentación quiero invitar al lector a dos ejercicios mientras
lee: primero, reflexionar sobre algunas de las líneas teóricas que este
texto implícitamente desarrolla en materia de historia del derecho y, en

1
Jorge González, Estados de excepción y democracia liberal en América Latina (Bogotá: Editorial
Pontificia Universidad Javeriana, 2015).

Última utopía_03.indd 7 17/12/2015 17:02:57


8 p r e s e n ta c i ó n

particular, del derecho internacional de los derechos humanos. Segundo,


proponer una lectura “politizada” del texto particularmente para el Sur
global, la cual puede contribuir a problematizar lecturas tradicionales
sobre el viaje de instituciones jurídicas como un tráfico de una sola vía
del centro a la periferia.
Con respecto a la primera línea de reflexiones, el texto presenta una
narrativa histórica que parte de una pregunta sobre las discontinuidades
en el tiempo de un objeto de estudio: los derechos humanos. A través de
la historia Moyn distingue el movimiento de derechos humanos, el cual
hoy controla buena parte de nuestra imaginación política, de la temprana
formulación de los derechos individuales de las revoluciones liberales y
de la declaración de 1948. La pregunta que guía la pesquisa histórica es
sobre la diferencia entre los modos contemporáneos de pensar y los del
pasado. Se trata de una historia que justifica los derechos humanos actuales
no por su linaje y pasado inmemorial, sino por la relevancia política que
tuvieron al nacer y que conservan (o no) en el mundo contemporáneo2.
Esta posición de Moyn es revisionista en la medida en que enfatiza las rup-
turas y discontinuidades del proyecto de derechos humanos, cuestionando
las búsquedas de los orígenes y enfatizando los cambios ideológicos y la
forma como distintos paradigmas ideológicos del derecho internacional
han limitado o ampliado la imaginación de los seres humanos, constru-
yendo los espacios de lo posible o lo imposible3. Para quienes defienden
la inmanencia de los derechos humanos y celebran su llegada como un
ascenso continuo, la historia es incómoda; para quienes pensamos en cier-
tos problemas, sesgos y paradojas en los derechos humanos como lingua
franca del activismo social, esta historia es una bocanada de aire fresco.
La apuesta de Moyn es por una historia intelectual o de las ideas. No
quiero establecer una distinción entre estas y las planteo como equivalen-
tes. Me refiero a un tipo de historia que se concentra en la forma como se
construyen las doctrinas jurídicas a partir de categorías que la comunidad
que participa en la formación del campo considera pertinentes y váli-
das. Las propias comunidades de conocimiento terminan formando los
argumentos-tipo, los términos y las conexiones entre ellos que resultan
válidos4. Por supuesto, los contextos sociales y los actores son importantes

2
Una síntesis reciente que muestra lo polémico del campo de Moyn y de su tesis sobre el surgi-
miento del movimiento en 1977 puede verse en Bill Bowring, “Why We Should Worry about the
Theoretical Foundations of Human Rights Law and Practice”, Critical Legal Thinking. Law and
the Political, febrero 11, 2015, http://criticallegalthinking.com/2015/02/11/worry-theoretical-
foundations-human-rights-law-practice/.
3
En este contexto, este es un uso de la historia o del pasado similar a lo planteado por Michel
Foucault en Nietzsche, la genealogía y la historia (Valencia: Pre-textos, 1997).
4
Respecto a aspectos políticos de esta práctica puede verse P. G. Monateri, “Gayo el Negro: una
búsqueda de los orígenes multiculturales de la ‘tradición jurídica occidental’”, en La Invención del

Última utopía_03.indd 8 17/12/2015 17:02:57


jorge gonzález jácome 9

para entender donde se desarrollan las ideas, pero el enfoque acá se hace
en las reglas de un discurso que la comunidad determina como válidas en
un momento determinado5. Es en este contexto que la pregunta es rele-
vante para el gremio de los abogados internacionalistas (y quizá algunos
constitucionalistas), pues muestra lo contingentes que son algunas formas
de pensar sobre el derecho internacional y los derechos humanos y cómo
la disciplina presenta cambios no solamente con respecto a las fuentes
formales, sino en las maneras de pensar su estructura, su rol, sus fines y
sus relaciones con otras áreas. El texto presenta una interesante forma
para mostrar los debates políticos entre los abogados por determinar los
contenidos válidos de un campo.
Por último, quisiera plantearle al lector, a quien imagino en zonas peri-
féricas o semiperiféricas en materia de producción teórica y dogmática jurí-
dica —América Latina o España—, que cuestione el rol que se ha planteado
para estas zonas del mundo en la construcción del derecho occidental. La
visión clásica las veía como apéndices de las culturas o familias jurídicas
prestigiosas6; algunas visiones reivindicativas del derecho comparado
muestran que los países receptores de la periferia o la semiperiferia no son
apéndices pasivos, sino receptores activos que transforman el significado
inicial de la disposición normativa, institución o teoría transferida7. Pero
la visión que podemos intuir del texto de Moyn es que las construcciones
que se producen en “la periferia” no son solamente impulsadas por el
trasplante, sino por la manera como los actores de ella misma tratan de
impactar el discurso global. No se trata de adaptación de lo que viene del
centro: se trata de juristas yendo a un espacio de debate global disputando
el significado de los términos. Pueden verse al menos dos ejemplos en el
caso de Moyn: la estructuración del debate sobre el derecho a la autode-
terminación de los pueblos y la intervención de africanos y asiáticos, y la
revuelta de los derechos humanos en la que los latinoamericanos influ-
yeron en la activación de un discurso con nuevas categorías y en la puesta
en marcha de un sistema institucional hasta entonces dormido8. Así es
que en esta visión existe una discusión sobre la forma como se construye

Derecho Privado, ed. Carlos Morales et. al. (Bogotá: Siglo del Hombre, Instituto Pensar, Universidad
de los Andes, 2006), 95.
5
Es la idea de Michel Foucault, The Archaeology of Knowledge (New York: Vintage Books, 2011).
6
El ejemplo clásico de esto es René David, Los grandes sistemas jurídicos contemporáneos (Madrid:
Aguilar, 1968).

7
Se trata de la visión brillantemente difundida por Diego López Medina, Teoría impura del derecho.
La transformación de la cultura jurídica latinoamericana (Bogotá: Legis, 2004).
8
Contrástese este argumento con la reconstitución histórica sobre el juicio a las juntas militares
en Argentina el cual ocasionó un efecto de cascada en lo que se refiere a investigaciones judiciales
y juicios por violaciones a derechos humanos. Véase Kathryn Sikkink, The Justice Cascade. How
Human Rights Prosecutions are Changing World Politics (New York: W.W. Norton, 2011).

Última utopía_03.indd 9 17/12/2015 17:02:57


10 p r e s e n ta c i ó n

el vocabulario global en el que la “periferia” o “semiperiferia” impactan


no solamente por medio de recepciones creativas. Probablemente esto
puede ser más claro en el derecho internacional, pero esta vía ofrece una
alternativa para repensar el rol del Sur global en la producción de los modos
globales de pensar el derecho en occidente.
Invito entonces a lectores interesados en los derechos humanos a
abordar este texto. Para los no abogados, creería que solamente el capítulo
5 representa un interés disciplinar que quizá les puede ser ajeno porque
habla de la configuración del área del derecho internacional de los derechos
humanos como campo en la academia jurídica estadounidense. Incluso
para el abogado hispanoamericano este capítulo puede resultar ajeno, pero
en todo caso invitaría a su lectura por dos razones: en primer lugar porque
muestra la manera como se construye la politicidad de un campo jurídico
—el derecho internacional— que termina por enfrentar a los abogados. En
segundo lugar, la hipótesis de este último capítulo muestra cómo a veces
los desarrollos doctrinales en el derecho, los que tienen que ver con el
vocabulario y las ideas jurídicas como tales, tienen una íntima relación
con los movimientos sociales. El movimiento de los derechos humanos
impactó notablemente el campo del derecho internacional: antes de que
el movimiento naciera, creciera y se reprodujera rápidamente alrededor del
mundo, el derecho internacional no tenía como eje los derechos humanos.
Solamente después de los setenta se produjo este desarrollo. Así, los mapas
de ideas jurídicas y políticas que este libro invita a construir por vía de
ejemplo, cuenta rupturas y continuidades en diversos campos, realzando
sus politicidades y mostrando la conexión con las movilizaciones sociales.
Termino estas líneas agradeciendo a Sam Moyn por su entusiasmo
con el proyecto y confianza con el trabajo del traductor, al equipo de la
Editorial Pontificia Universidad Javeriana por su impecable trabajo y a
Julio Andrés Sampedro, decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de
la misma universidad, por su incondicional apoyo para esta publicación.
Feliz lectura para todos.

Jorge González Jácome

Barcelona, febrero 17 de 2015

Última utopía_03.indd 10 17/12/2015 17:02:57


Prólogo

Cuando las personas escuchan el término “derechos humanos” piensan


en los preceptos morales e ideales políticos más elevados. Y tienen razón
en hacerlo. Tienen en mente una serie de prerrogativas liberales indispen-
sables y algunas veces principios más amplios de protección social. Pero
también hacen referencia a algo más. Este término implica una agenda
para hacer del mundo un mejor lugar y ayudar incluso a crear uno nuevo
en el que la dignidad de cada individuo tenga protección internacional.
A todas luces este es un programa utópico: considerando los estándares
políticos que se aducen y las pasiones que despierta, este programa se
construye a partir de la imagen de un lugar que aún no ha sido posible
erigir; promete penetrar las inexpugnables fronteras estatales y reempla-
zarlas paulatinamente por la autoridad del derecho internacional. Los
“derechos humanos” se ufanan de realizar este programa trabajando de
la mano con los Estados cuando ello sea posible, pero también intentan
denunciarlos y avergonzarlos públicamente cuando violan las normas
más elementales. En este sentido, los derechos humanos han llegado a
definir las aspiraciones más elevadas de los movimientos sociales y las
entidades políticas —estatales e interestatales—, evocando esperanzas y
motivando a la acción.
Es sorprendente que este programa haya alcanzado una difusión con-
siderable alrededor del mundo hasta hace poco tiempo. Durante la década
de los setenta el espacio moral de Occidente se transformó abriendo una
zona que no existía con anterioridad para que se produjera la fusión entre
un cierto tipo de utopismo y el movimiento internacional por los derechos
humanos. Los derechos del hombre fueron proclamados en la era de la
Ilustración, pero eran tan profundamente diferentes a los de hoy sobre

Última utopía_03.indd 11 17/12/2015 17:02:57


12 La última utopía

todo en cuanto a sus consecuencias prácticas —a punto tal de incluir las


revoluciones violentas— que pueden considerarse como una concepción
completamente distinta. En 1948, con posterioridad a la Segunda Guerra
Mundial, se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Pero ello no era tanto el anuncio de una nueva era sino sobre todo una
corona funeraria puesta sobre la tumba de las esperanzas nacidas en el
tiempo de la guerra. El mundo miró hacia arriba por un instante. Luego
reanudó sus agendas de posguerra, las cuales se habían concretado por la
misma época del nacimiento de las Naciones Unidas —organización que
había patrocinado la Declaración—. La prioridad de estas agendas era la
victoria de alguna de las dos visiones de la Guerra Fría, bien para los Estados
Unidos o para la Unión Soviética, y la división del continente europeo que
estaban repartiéndose. De igual modo, la lucha por la descolonización de
los territorios imperiales hizo de la Guerra Fría una lucha global, incluso
a pesar de que algunos de los nuevos Estados intentaron marginarse de
la rivalidad para construir un camino propio. Los Estados Unidos, que
habían inflado las esperanzas globales durante la Segunda Guerra para la
construcción de un nuevo mundo cuando el conflicto terminara e introdu-
jeron tímidamente la idea de “derechos humanos”, pronto abandonaron
esta frase. De otro lado, la Unión Soviética y las fuerzas anticolonialistas
estaban más comprometidas con ideas colectivistas sobre la emancipa-
ción —comunismo y nacionalismo— como el camino para el futuro y
no se interesaban en el reclamo directo de derechos individuales ni en su
consagración en el derecho internacional.
Incluso en 1968, declarado por la onu como el Año Internacional de
los Derechos Humanos, estos derechos continuaron siendo marginales
como concepto articulador, y prácticamente inexistentes como movimien-
to social. La onu organizó el vigésimo aniversario de la conferencia en
Teherán, Irán, para recordar y revivir los malogrados principios. La escena
fue algo fuera de lo común. El dictador, el shah Mohammad Reza Pahlavi,
abrió la conferencia en la primavera atribuyendo el descubrimiento de los
derechos humanos a sus viejos compatriotas; la tradición milenaria del
emperador persa Ciro el Grande, afirmó el shah, había sido perpetuada e
implementada gracias al respeto de su dinastía por los principios morales.
Las reuniones que siguieron, lideradas por su hermana, la princesa Ashraf,
evidenciaron una interpretación de los derechos humanos que hoy no
es plausible: la liberación de las naciones anteriormente sometidas al go-
bierno imperial fue presentada como el avance más significativo hasta el
momento, el resultado de la larga marcha de los derechos humanos y el
modelo que debía ser plenamente realizado —sobre todo en Israel, del cual
se habló particularmente a la luz de sus adquisiciones luego de la Guerra
de los Seis Días contra sus vecinos árabes—. Pero aparte de la onu en 1968,

Última utopía_03.indd 12 17/12/2015 17:02:57


Samuel Moyn 13

los derechos humanos no se habían convertido aún en un poderoso con-


junto de ideales y este aspecto es más importante que todo lo que sucedió
en el evento montado por el shah1. A medida que la conferencia avanzaba
conforme a un libreto prestablecido, en el mundo real explotaban las
revueltas. Mayo del 68 llevó a París la mayor convulsión de la posguerra
con estudiantes y trabajadores paralizando el país y demandando la fina-
lización de los compromisos de clase media. En diversos lugares alrededor
del mundo, desde el este de Europa hasta China y a través de los Estados
Unidos desde Berkeley hasta Nueva York, la gente —especialmente la gente
joven— exigía un cambio. Aparte de quienes estaban en Teherán, en medio
de la convulsión global que reclamaba un mundo mejor, nadie consideraba
que ese mundo debía gobernarse por medio de los “derechos humanos”.
El drama de los derechos humanos, entonces, es que emergieron en
la década de los setenta aparentemente de la nada. Si la Unión Soviética
en general había perdido credibilidad (y la aventura vietnamita de Es-
tados Unidos generaba igualmente la indignación internacional), los
derechos humanos no eran los beneficiarios inmediatos de esta situación.
Otras utopías prosperaron durante la crisis del orden global construido
a partir de las superpotencias de los años sesenta. Esta últimas clamaban
por la construcción de comunidad, redimiendo así a los Estados Unidos
del vacío consumismo, por crear un “socialismo con un rostro humano”
en el imperio soviético, o por la ulterior liberación del llamado neocolo-
nialismo en el tercer mundo. Para ese entonces no había nada cercano a
organizaciones no gubernamentales que buscaran trabajar en pro de los
derechos humanos; Amnistía Internacional, una incipiente agrupación,
permaneció prácticamente desconocida. Desde los años cuarenta hasta
1968, las pocas ong que sí vieron los derechos como parte de su misión
lucharon por ellos dentro del marco de las Naciones Unidas, pero la confe-
rencia en Teherán confirmó el agónico sinsentido de este proyecto. Un jefe
de muchos años de una ong, Moses Moskowitz, observó amargamente
luego de la conferencia que la idea de los derechos humanos “aún tenía
que despertar la curiosidad del intelectual, revolver la imaginación del
reformista político y social y evocar la respuesta emocional del moralista”2.
Estaba en lo cierto.
No obstante, en la década siguiente los derechos humanos empezarían
a ser invocados a lo largo y ancho del mundo desarrollado y por muchas
más personas comunes y corrientes que en el pasado. En lugar de referirse

Véase onu, Documento A/Conf.32/SR.1–13 (1968). Compárese con Roland Burke, “From
1

Individual Rights to National Development: The First un International Conference on Human


Rights, Tehran, 1968”, Journal of World History, 19, n.° 3 (2008): 275-96.
2
Moses Moskowitz, “The Meaning of International Concern with Human Rights”, en René
Cassin: Amicorum Discipulorumque Liber, 4 vols. (Paris: A Perdone, 1969), 1:194.

Última utopía_03.indd 13 17/12/2015 17:02:57


14 La última utopía

a la liberación colonial y a la creación de naciones independientes, los


derechos humanos ahora significaban más frecuentemente la protección
individual frente al Estado. Amnistía Internacional se convirtió en una
entidad visible y, como antorcha de nuevos ideales, ganó el Premio Nobel
de la Paz en 1977 gracias a su trabajo. La popularidad de este nuevo modelo
de defensa y promoción de los derechos humanos transformó para siem-
pre lo que significaba movilizarse por causas humanas y dio origen a una
nueva marca para la promoción de estos derechos basada en la idea de un
ciudadano internacional. Los occidentales dejaron atrás el sueño de la revo-
lución —tanto para sí mismos como para el tercer mundo que alguna vez
habían gobernado— y adoptaron otras tácticas, imaginándose un derecho
internacional de los derechos humanos como el administrador de normas
utópicas y como el mecanismo para su satisfacción. Incluso los políticos,
notablemente el presidente estadounidense Jimmy Carter, empezaron a
invocar los derechos humanos como una razón fundamental para guiar la
política exterior de los Estados. Y aún más evidente, la relevancia pública
de los derechos humanos se disparó si se mide simplemente por el número
de veces en que el término apareció en los periódicos, desembocando en la
actual preponderancia de los derechos humanos. Casi sin uso antes de los
años cuarenta, década en la que experimentaron un modesto incremento,
las palabras “derechos humanos” se imprimieron en 1977 en el New York
Times cerca de cinco veces más a menudo de lo que se habían usado en
cualquier otro año anterior en la historia de esta publicación. El mundo
moral había cambiado. “La gente cree que la historia es algo que sucede a
la larga”, dice Philip Roth en una de sus novelas, “pero la verdad es que se
trata de algo muy repentino”3. Nunca esto ha sido tan cierto como en la
historia de los derechos humanos.
No es posible entender el surgimiento reciente y el poder contempo-
ráneo de los derechos humanos sin concentrarse en su aspecto utópico: la
imagen de otro mundo mejor con dignidad y respeto, valores que se en-
cuentran en la base de su atractivo, incluso cuando los derechos humanos
parecen ocuparse de reformas lentas y graduales. Sin embargo, lejos de ser
el único idealismo que ha despertado la fe y el activismo en el curso de los
acontecimientos humanos, los derechos humanos emergieron histórica-
mente como la última utopía —la cual adquirió su poder y preminencia
porque otras visiones colapsaron—. Los derechos humanos solo son una
versión moderna específica del viejo compromiso de Platón y el Deutero-
nomio —y Ciro el Grande— con la causa de la justicia. Incluso entre los

3
Phillip Roth, Pastoral americana (Barcelona: Random House Mondadori, 2010), 115. [N. del T.:
los libros citados por el autor en la edición original están escritos en inglés. He remplazado las
referencias originales por las ediciones en castellano en los casos en los que ello es posible]

Última utopía_03.indd 14 17/12/2015 17:02:57


Samuel Moyn 15

modelos modernos de libertad e igualdad, los derechos humanos son solo


uno entre muchos; están lejos de haber sido los primeros en hacer de las
aspiraciones globales de los seres humanos un asunto capital. Los derechos
humanos tampoco son el único grito de guerra imaginable alrededor del
cual los movimientos populares de base se pueden construir. Tal como lo
entendió adecuadamente Moses Moskowitz justo antes de que adquirieran
la prominencia que hoy tienen, los derechos humanos tendrían que ganar
o perder, en primer lugar, en el terreno de la imaginación. Y para que ellos
ganaran, otros tendrían que perder. En el campo del pensamiento, tal como
ocurre en el de la acción social, los derechos humanos son entendidos
de una mejor manera como sobrevivientes: el dios que no falló cuando
otras ideologías políticas lo hicieron. Si evitaron su fracaso ello se debió,
sobre todo, a que eran entendidos como una alternativa moral frente a la
bancarrota de las utopías políticas.
Los historiadores en los Estados Unidos empezaron a escribir la histo-
ria de los derechos humanos hace una década. Desde entonces un nuevo
campo se ha formado y florecido. Casi unánimemente, los historiadores
contemporáneos han celebrado la aparición y el progreso de los derechos
humanos acompañando los recientes entusiasmos de trasfondos históricos
edificantes y optimistas, difiriendo principalmente sobre la localización del
verdadero momento de ruptura en los griegos o judíos, los cristianos medie-
vales o los filósofos de la edad moderna, los revolucionarios democráticos
o los héroes abolicionistas, los internacionalistas estadounidenses o los
visionarios antirracistas. En la reconstrucción de la historia del mundo
como materia prima para el ascenso progresivo de los derechos humanos
internacionales, los historiadores raramente han aceptado que la historia
dejó abiertos diversos caminos para el futuro en lugar de allanar una sola
vía hacia los modos de pensamiento y acción contemporáneos. Adicional-
mente, en el estudio reciente de los derechos humanos, los historiadores,
al llegar a la escena, han sido reacios a verlos como solo una entre otras
ideologías atractivas. En su lugar, han usado la historia para confirmar su
ascenso inevitable sin registrar las decisiones que se tomaron y los acci-
dentes históricos que ocurrieron. Una aproximación diferente es necesaria
para revelar los verdaderos orígenes de este programa utópico tan reciente.
Los historiadores de los derechos humanos se aproximan a este tema,
a pesar de su novedad, de la misma forma en que los historiadores de la
Iglesia se aproximan al suyo. Consideran los fines fundamentales de los
derechos humanos —tal como el historiador de la Iglesia consideraba a
la religión cristiana— como una verdad salvadora, descubierta en con-
traposición a construida a través de la historia. Si un fenómeno histórico
puede mostrarse como un precursor de los derechos humanos, aquel es
interpretado como si llevara inevitablemente a ellos de forma similar a

Última utopía_03.indd 15 17/12/2015 17:02:57


16 La última utopía

como la historia de la Iglesia trató por mucho tiempo al judaísmo, como un


movimiento protocristiano simplemente confundido sobre su verdadero
destino. Mientras tanto, los héroes que son vistos como movilizadores de
la causa de los derechos humanos en el mundo —tal como los apóstoles y
santos del historiador de la Iglesia— son tratados con una admiración acríti-
ca. Con el propósito de propiciar la imitación moral de quienes persiguen la
llama, la hagiografía se convierte en el género principal. Y las organizaciones
que finalmente parecen institucionalizar los derechos humanos son trata-
das como la Iglesia temprana: una incipiente, y ojalá universal, comunidad
de creyentes luchando por el bien en un valle de lágrimas. Si se fracasa en
la causa es culpa del mal; si se tiene éxito no es por una coincidencia sino
porque la causa era justa. Estas aproximaciones proveen los mitos que
el nuevo movimiento quiere o necesita. Estos mitos coinciden con un
consenso público y políticamente consecuente sobre las fuentes de los
derechos humanos, los cuales aparecen frecuentemente en comentarios
periodísticos y en discursos políticos como una causa tanto antigua como
obvia. Tanto los historiadores como los expertos apuntan, a más tardar, a
la década de los cuarenta como la era crucial del surgimiento y victoria de
los derechos humanos. Observadores sofisticados —por ejemplo Michael
Ignatieff— ven los derechos humanos como un antiguo ideal que finalmen-
te se materializó como respuesta al Holocausto, lo cual puede ser el mito
más repetido universalmente sobre sus orígenes. En la década de los no-
venta, una era de limpieza étnica en el sureste de Europa y en otros lugares,
durante la cual los derechos humanos tuvieron un atractivo literalmente
milenario en el discurso público de Occidente, se convirtió en lugar común
asumir que, incluso desde su nacimiento en un momento de sabiduría
post-Holocausto, los derechos humanos se incrustaron lentamente pero
de manera firme en la conciencia de los seres humanos, ocasionando una
revolución con un tinte moral. En medio de la euforia muchas personas
creyeron que una orientación moral segura nacida de la conmoción que
siguió al Holocausto, y prácticamente irrefutable en sus premisas, estaba a
punto de desplazar el interés y la fuerza como fundamentos de la sociedad
internacional. Esta línea de argumentos hace perder de vista que, sin el
impacto transformador de los eventos ocurridos en la década de los setenta,
los derechos humanos no se hubieran convertido en la utopía del presente
y no habría movimiento alguno alrededor suyo.
Una historia alternativa de los derechos humanos como una cronología
mucho más reciente se ve muy diferente a estas aproximaciones conven-
cionales. En lugar de atribuir sus fuentes a la filosofía griega y a la religión
monoteísta, al derecho natural europeo y a las revoluciones de la temprana
Modernidad, al horror contra la esclavitud estadounidense y a la matanza
judía perpetrada por Hitler, esta historia muestra que los derechos humanos,

Última utopía_03.indd 16 17/12/2015 17:02:57


Samuel Moyn 17

como un ideal y movimiento internacional poderoso, tienen un origen


específico en una fecha mucho más reciente. Es cierto, los derechos han
existido desde hace mucho, pero desde el principio eran parte de la autori-
dad del Estado y no se invocaban para trascenderlo. A lo largo de la historia
moderna fueron más visibles en el nacionalismo revolucionario —hasta que
los “derechos humanos” desplazaron al nacionalismo revolucionario—. La
década de los cuarenta terminó siendo crucial, sobre todo por la Declaración
Universal que quedó atrás, pero es fundamental preguntarse por qué los
derechos humanos no lograron interesar a muchas personas —ni siquiera
a los abogados especializados en derecho internacional— en esa época e
incluso en las décadas siguientes. En realidad, los derechos humanos eran
marginales en la retórica del periodo de la guerra y en la reconstrucción de
posguerra, no eran centrales para los resultados que se buscaban. Contrario
a las suposiciones convencionales, en la posguerra no había una conciencia
mundial sobre el Holocausto y por ello los derechos humanos no podían
ser una respuesta a ella. Más aún, ningún movimiento internacional por los
derechos emergió en ese momento. Esta historia alternativa se ve obligada,
en consecuencia, a asumir como su principal reto entender por qué no fue a
mediados de los cuarenta sino a mediados de la década de los setenta que los
derechos humanos vinieron a definir las esperanzas futuras de las personas,
convirtiéndose en el fundamento de un movimiento internacional y una
utopía del derecho internacional.
El ascenso ideológico de los derechos humanos en la memoria viva
fue la consecuencia de una combinación de historias separadas que in-
teractuaron en una explosión impredecible. Las coincidencias tuvieron
un papel, tal como ocurre en todos los acontecimientos humanos, pero
lo que más importaba era el colapso de esquemas universales previos y la
construcción de los derechos humanos como una alternativa atractiva
a ellos. En el umbral están las Naciones Unidas, las cuales introdujeron
los derechos humanos, pero para que el concepto empezara a tener más
importancia la organización a su vez tenía que dejar de ser la institución
esencial en donde se iba a desarrollar este ideal. En la década de los cuarenta,
las Naciones Unidas se erigieron como un concierto de grandes potencias
que se rehusaban a romper tanto con la soberanía como con los imperios.
Desde el principio, ella fue tan responsable por la irrelevancia de los de-
rechos humanos como por su desglose en una lista de prerrogativas. Y el
surgimiento de nuevos Estados nacionales luego del proceso de descolo-
nización, desestabilizador para la organización en otros sentidos, cambió
el significado del propio concepto de los derechos humanos pero los dejó
en una posición periférica en el escenario internacional. En cambio, fue
solamente en la década de los setenta cuando un movimiento social ge-
nuino alrededor de los derechos humanos hizo su aparición, capturando

Última utopía_03.indd 17 17/12/2015 17:02:57


18 La última utopía

los espacios políticos de vanguardia y trascendiendo las instituciones


gubernamentales, especialmente las de carácter internacional.
Efectivamente, hubo una cantidad de catalizadores para esta explo-
sión: la búsqueda de una identidad europea por fuera de los términos de
la Guerra Fría; la recepción de disidentes, periodistas e intelectuales sovié-
ticos y unos años después también procedentes de otros países de Europa
Oriental; y el desplazamiento liberal de los Estados Unidos en materia de
política exterior al adoptar términos morales novedosos luego del desastre
en Vietnam. Igualmente significativo, pero menos reconocido, fue el final
del colonialismo formal y la crisis del Estado poscolonial, particularmente
a los ojos de Occidente. La mejor explicación general sobre los orígenes
de este movimiento social y el discurso común alrededor de los derechos
continúa siendo el colapso de otras utopías previas, tanto las que se basa-
ban en el Estado nación como aquellas fundadas en alguna versión u otra
del internacionalismo. Estos eran sistemas de creencias que prometían un
estilo de vida libre pero terminaron en ríos de sangre, u ofrecían emanci-
pación frente al imperio y al capital pero repentinamente se terminaron
convirtiendo en una suerte de tragedias oscuras en lugar de ser esperan-
zas luminosas. En medio de esta atmósfera surgió un internacionalismo
construido alrededor de los derechos individuales, y apareció porque fue
definido como una alternativa pura en una era de traiciones ideológicas
y colapso político. Fue entonces cuando el término “derechos humanos”
entró en el lenguaje común del idioma inglés. Y es desde este momento
reciente que los derechos humanos han definido el presente.
Renunciar a hacer la historia de la Iglesia no es celebrar en su lugar una
misa negra. Escribí este libro a partir de un profundo interés —incluso de
una admiración— por el actual movimiento por los derechos humanos, el
utopismo de masas más inspirador que los occidentales han tenido frente a
ellos en las décadas más recientes. Para los utopistas de hoy el movimiento
es sin duda un punto de partida. Pero especialmente para quienes sienten
su poderosa atracción, los derechos humanos tienen que ser abordados
como una causa humana y no como un proyecto inevitable a largo plazo
y con una autoevidencia moral presumida desde el sentido común. Un
mejor entendimiento de cómo fue que los derechos humanos llegaron
al mundo en medio de la crisis del utopismo revela no solamente sus
orígenes históricos sino su situación contemporánea de manera mucho
más exhaustiva que otras aproximaciones. El surgimiento de los derechos
humanos se dio, así, luego de pagar un precio muy alto en una era en la
que otras viejas y atractivas utopías murieron.
La verdadera historia de los derechos humanos es importante, sobre
todo, para valorar las perspectivas de hoy y del futuro. Si de hecho con-
densan una serie de valores que han existido desde hace mucho tiempo, es

Última utopía_03.indd 18 17/12/2015 17:02:57


Samuel Moyn 19

igualmente relevante entender de manera más honesta cómo y cuándo fue


que los derechos humanos tomaron forma y se convirtieron en un pode-
roso conjunto de aspiraciones aceptado por un gran número de personas
para lograr un mundo mejor y más humano. Después de todo, han hecho
mucho más para transformar el terreno de las ideas que para cambiar el
mundo como tal. A través de su surgimiento como la última utopía luego
de que los predecesores y rivales colapsaran, los dilemas más complejos
para el movimiento ya estaban presentes. Aunque nacieron como una
alternativa a los grandilocuentes proyectos políticos —o incluso como
un espacio de crítica moralista contra la política—, los derechos humanos
forzosamente tuvieron que asumir el gran proyecto político de proveer
un trasfondo global para el logro de la libertad, identidad y prosperidad.
Fueron forzados, lentamente pero de manera decidida, a asumir el propio
maximalismo que habían evitado para su propio ascenso.
Este dilema contemporáneo debe ser enfrentado directamente y una
historia celebratoria de sus orígenes es de poca ayuda. Pocos fenómenos po-
derosos en la actualidad, luego de ser investigados rigurosamente, pueden
considerarse eternos e inevitables y el movimiento por los derechos huma-
nos no es ciertamente uno de ellos. No obstante, esto también significa que
los derechos humanos no son tanto una herencia que debe ser preservada
sino una invención que debe rehacerse —o incluso dejarse atrás— si su pro-
grama aspira a ser relevante y vital en lo que ya es un mundo muy distinto
a aquel en el que recientemente surgieron. Nadie sabe a ciencia cierta, a la
luz de la inspiración que ellos proveen y los retos que deben enfrentar, qué
clase de mundo mejor pueden construir los derechos humanos. Y nadie
sabe si otra utopía puede aparecer en el futuro en caso de descubrir que
tienen graves fallas, tal como los derechos humanos alguna vez surgieron
a partir de las ruinas de sus predecesores. Los derechos humanos nacieron
como la última utopía —pero un día podría aparecer otra—.

Última utopía_03.indd 19 17/12/2015 17:02:57


Última utopía_03.indd 20 17/12/2015 17:02:57
La humanidad antes
de los derechos humanos

“Cada escritor crea a sus precursores”, escribe Jorge Luis Borges en una
extraordinaria reflexión sobre la relación de Franz Kafka con la historia de
la literatura. “Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha
de modificar el futuro”1. Desde el filósofo griego Zenón, a través de fuentes
oscuras y famosas a lo largo de los siglos, Borges presenta una colección
de los diversos dispositivos estilísticos de Kafka e incluso algunos de sus
aparentemente exclusivas obsesiones personales —todas existentes antes
de que Kafka naciera—. Borges explica: “Si no me equivoco, las heterogé-
neas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no
todas se parecen entre sí”. ¿Cómo, entonces, pueden interpretarse estos
textos tempranos? Los viejos escritores estaban tratando de no ser Kafka
sino ellos mismos. Y las “fuentes” no eran suficientes por sí mismas para
que Kafka existiera: nadie los hubiera considerado como precursores de
Kafka si este último no hubiera existido. El punto de Borges sobre “Kafka
y sus precursores”, entonces, es que no existen estos últimos. Si el pasado
se lee como una preparación para un sorprendente evento reciente ambos
terminan distorsionados. El pasado es tratado como si fuera simplemente
el futuro a la espera de realizarse. Así, el sorprendente evento reciente es
tratado como si fuera menos sorpresivo de lo que realmente es.

1
Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones (Buenos Aires: Emecé, 1966), 147-48.

Última utopía_03.indd 21 17/12/2015 17:02:58


22 La última utopía

Lo mismo puede decirse de los derechos humanos contemporáneos


considerados como un conjunto de normas políticas globales que forman
una especie de credo para el movimiento social transnacional. Desde que
el término fue acuñado en inglés en la década de los cuarenta, y de manera
más frecuente en las últimas décadas, ha habido muchos intentos de explicar
las raíces de los derechos humanos —pero sin la advertencia de Borges de
que la sorprendente discontinuidad no solo deja el pasado atrás sino que
además lo consuma—. Las exposiciones clásicas empiezan con los estoicos
de la filosofía griega y romana, y continúan a través del derecho natural
medieval y los derechos naturales de la modernidad, terminando en las
revoluciones atlánticas de Estados Unidos y Francia, con la Declaración
de Independencia de 1776 y la Declaración de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano de 1789. Para ese entonces, a más tardar, se asume que
la suerte ya estaba echada. Estos son pasados construidos para apoyar
la narrativa: se crean precursores luego de ocurrido el hecho. La peor
consecuencia de estas historias que sostienen el mito de las raíces es que
nos distraen de las condiciones reales de los desarrollos históricos que
intentan explicar. Si los derechos humanos son tratados como si siempre
hubieran estado allí, o como si se viniera trabajando en ellos desde hace
tiempo, las personas no se enfrentarán a las verdaderas justificaciones
que se han vuelto tan poderosas en la actualidad ni evaluarán si ellas son
aún convincentes.
De todas las confusiones más llamativas relacionadas con la búsqueda
de “precursores” de los derechos humanos, hay una que ocupa el palco de
honor. Lejos de ser argumentos para trascender al Estado y a la nación, los
derechos proclamados en las revoluciones políticas modernas y defendidos
desde entonces fueron esenciales para la construcción del Estado nación y
no llevaron a ningún lado hasta hace relativamente poco. Hannah Arendt
vio esto claramente, aunque no hizo explícitas las consecuencias para la
historia del derecho. En un famoso capítulo de Los orígenes del totalitarismo¸
Arendt sostuvo que el llamado “derecho a tener derechos” otorgado por la
membresía a una colectividad siguió siendo el aspecto clave de los nuevos
valores enumerados por la Declaración Universal de los Derechos Huma-
nos: sin la inclusión en una comunidad, la afirmación de los derechos,
por sí sola, no tenía sentido2. Los derechos habían nacido como las prerro-
gativas fundamentales de los ciudadanos; en el presente, de acuerdo con
Arendt, existía el riesgo de que se convirtieran en la última oportunidad de
los “seres humanos” que no eran miembros de una comunidad y por ende
carecían de protección. Estaba en lo cierto: hay una diferencia evidente y
fundamental entre los derechos de las revoluciones modernas, los cuales se

2
Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (Bogotá: Taurus, 1978).

Última utopía_03.indd 22 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 23

derivaban de pertenecer a una comunidad política, y lo que eventualmente


se denominó “derechos humanos”. En efecto, los droits de l’homme que
movilizaron las revoluciones modernas y la política del siglo xix deben
ser rigurosamente diferenciados de los “derechos humanos” acuñados en
los 1940 y tan atractivos en las últimas décadas. Los unos implicaban una
política sobre ciudadanía en casa; los otros, una política del sufrimiento
lejos de la nación de origen. Si el movimiento de una a otra concepción
envolvió una revolución en las prácticas y significados, entonces es errado
empezar presentando a los unos como la fuente de los otros3.
Es cierto que los fundamentos conceptuales de los derechos incluso
antes de la Declaración Universal podían ser naturales o incluso “humanos”
para algunos pensadores, en especial en el pico del racionalismo ilustrado.
Sin embargo,incluso en ese entonces había un acuerdo universal de que
esos derechos debían alcanzarse a través de la construcción de espacios
de ciudadanía en donde los derechos se concederían y protegerían. Estos
espacios no solamente proveían las maneras para desafiar la negación de
los derechos ya establecidos; no menos importante, también eran zonas
de lucha sobre el significado de la ciudadanía y el lugar para defender los
viejos derechos y promover los nuevos. En contraste, los derechos humanos
luego de 1945 no establecieron un espacio de ciudadanía comparable, al
menos no fue así al momento de su invención —y quizás no lo han he-
cho desde entonces—. Si ello es así, el evento central en la historia de los
derechos humanos es su reformulación como prerrogativas que pueden
contraponerse a la soberanía del Estado nación desde un lugar externo y
superior, en lugar de considerarse como figuras que sirven para sustentar
sus fundamentos.
Es importante establecer la conexión esencial entre los derechos y el
Estado porque también da nuevas luces a la asociación muy difundida que
se hace de los derechos con el universalismo humanista. Para muchos, los
derechos humanos de hoy son simplemente una versión moderna de una
fe universalista y cosmopolita de vieja data. Generalmente se piensa que si
los griegos o la Biblia anunciaron que la humanidad era solo una, entonces
ellos deben ocupar un lugar en la historia de los derechos humanos. Pero
el hecho es que han existido diversos y opuestos tipos de universalismos
en la historia, estando cada uno de ellos igualmente comprometidos con
la creencia de que los seres humanos son todos parte de un mismo grupo
moral o —tal como lo señala la Declaración de 1948— de una misma
“familia”. De allí en adelante no había acuerdos sobre las características
compartidas por los seres humanos, los bienes que debían reconocerse
como tales y cuáles reglas debían derivarse.

3
Cf. Lynn Hunt, Inventing Human Rights: A History (New York: W.W. Norton & Company, 2007).

Última utopía_03.indd 23 17/12/2015 17:02:58


24 La última utopía

A lo largo de la historia del mundo, un universalismo basado en de-


rechos internacionales, por lo tanto, puede considerarse como uno entre
muchos otros. Y de hecho, el enredo de vieja data entre derechos y Estados
ayuda a identificar el lenguaje de los derechos como un cosmopolitismo
muy precario que históricamente instigó la proliferación y competencia
de diferentes Estados y naciones y ayudó poco a imaginar un mundo sin
diferencias morales. Luego de la Ilustración, la búsqueda de los derechos
a través del Estado y la nación daba cuenta de la dificultad de sostener el
propio universalismo que los derechos algunas veces invocaban. Si el Estado
era necesario para crear la política de los derechos, muchos observadores
del siglo xix se preguntaban si los derechos podían tener cualquier otra
fuente real diferente a la propia autoridad estatal y otros fundamentos
distintos a sus significados locales.
Finalmente, la creación del concepto de derechos no significó la ter-
minación inmediata de la rivalidad entre universalismos. A lo largo de la
historia moderna existieron diversos globalismos e internacionalismos,
los cuales tenían que ser superados para que una utopía basada en los
derechos individuales se convirtiera en el lema de quienes esperaban un
mundo mejor. Tal como la doctrina de los derechos incluía un univer-
salismo tardío en la historia del mundo, su reinvención contemporánea
como “derechos humanos”, se entiende mejor como una consecuencia de
su supervivencia luego de una lucha difícil contra viejos y nuevos rivales
internacionalistas. Fue en aquellos desarrollos recientes que la fuente de las
creencias y prácticas contemporáneas puede en buena parte encontrarse;
el resto es historia antigua.
Con alguna regularidad desde que entraron a la arena política, los
derechos humanos han sido proclamados como el “patrimonio de la
humanidad”4. La simple suposición de que los humanos son parte del
mismo grupo puede haber existido desde que las personas se diferen-
ciaron de los dioses y los animales, mucho antes de que se empezara a
escribir la historia, aunque desde entonces los límites entre estos grupos
han sido permeables5. Sin embargo el universalismo humano por sí
solo —incluyendo las versiones del universalismo en la filosofía griega
y la religión monoteísta— no tiene relevancia alguna para la historia de
los derechos humanos por dos razones fundamentales. Una es que estas

4
Jeanne Hersch, ed., Birthright of Man, (Paris: Unesco, 1969), una expansiva publicación de la
Unesco para conmemorar el vigésimo aniversario de la Declaración Universal, sugiriendo la
universalidad temporal y espacial de los derechos humanos.
5
Véase, por ejemplo, Pierre Lévêque, Bêtes, dieux, et hommes: l’imaginaire des premières religions
(Paris: Messidor/Temps Actuels, 1985), y Richard Bulliet, Hunters, Herders, and Hamburgers: The
Past and Future of Human-Animal Relationships (New York: Columbia University Press, 2005),
caps. 2-3.

Última utopía_03.indd 24 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 25

fuentes ofrecieron la materia prima para una gran variedad de doctrinas


y movimientos a lo largo de los siglos; la otra es que esto lo hicieron en
conjunción con otros elementos que tendrían que ser eliminados para
llegar más tarde a los “derechos humanos”. Griegos y judíos demandaban
“justicia”, aunque fundamentándola en fuentes naturales y teológicas
muy diferentes. Desde entonces, muchos universalismos sucesores han
aparecido6. Pero sus extrañas concepciones, de la mano de la diversidad
de sus propios legados, hacen simplemente increíble darles crédito por
los orígenes de la moralidad contemporánea. Lo que importa no son los
múltiples avances hacia el universalismo en la historia del mundo, sino
lo que ocurrió para que los derechos humanos parecieran la única clase
de universalismo viable que actualmente existe7.
En las historias convencionales el “cosmopolitismo” de los estoicos
siempre se presenta como el mayor salto hacia las concepciones modernas8.
Para estos filósofos y poetas griegos y romanos, la razón gobierna al mundo;
como todos los seres humanos comparten la razón, entonces pertenecen
a la misma comunidad política. De hecho, fueron los romanos —cuyos
pensadores más importantes fueron profundamente influenciados por
nociones estoicas— quienes acuñaron el propio concepto de “humani-
dad” (humanitas)9. Sin embargo, ni las implicaciones del cosmopolitismo
de los estoicos ni del concepto original de humanidad eran remotamente
similares a las versiones contemporáneas. El tipo de prácticas sociales
excluyentes incentivadas y toleradas en la cultura romana, adoptadas por
los estoicos en principio, sustentan fácilmente este punto en virtud de
las actitudes y el tratamiento hacia los extranjeros, mujeres y esclavos. La
“cosmópolis” estoica unía a todos los hombres pero no lo hacía alrededor

6
Véase Elaine Pagels, “Human Rights: Legitimizing a Recent Concept”, en Annals of the American
Academy of Political and Social Sciences 442 (marzo, 1979): 57-62, también disponible como
“The Roots and Origins of Human Rights”, en Alice H. Henkin, ed., Human Dignity: The
Internationalization of Human Rights, (New York: Aspen Institute for Humanistic Studies/Oceana
Publications/Sijthoff & Noordhoff, 1978).

7
“En la historia han existido”, concluye Sheldon Pollock en su estudio comparado de universalismos
rivales de las zonas lingüísticas del sánscrito y latín, “no solamente uno sino varios cosmopolitis-
mos”. Sheldon Pollock, The Languages of the Gods in the World of Men: Sanskrit, Culture, and Power
in Premodern India (Berkeley: University of California Press, 2006), 280. Véase igualmente Carol A.
Breckinridge et al., eds., Cosmopolitanism (Raleigh: Duke University Press, 2002), 15-54.
8
La versión clásica de este argumento la brinda Ernst Troeltsch, “Das stoisch-christliche
Naturrecht und das moderne profane Naturrecht”, Verhandlungen des ersten deutschen
Soziologentages vom 19.-22. Oktober 1910 in Frankfurt a.-M. (Tübingen: J. C. B. Mohr/Paul
Siebeck, 1911), publicada en inglés como “Stoic-Christian Natural Law and Modern Profane
Natural Law”, en Christopher Adair-Toteff, ed., Sociological Beginnings: The First Conference of
the German Society for Sociology, (Liverpool: Liverpool University Press, 2006).

9
Cf. Richard Reitzenstein, Werden und Wesen der Humanität im Altertum: Rede zur Feier des
Geburtstages Sr. Majestät des Kaisers am 26. Januar 1907 (Strassburg: Kaiser Wilhelms-universität,
1907).

Última utopía_03.indd 25 17/12/2015 17:02:58


26 La última utopía

de un proyecto político reformista; por el contrario, los conducía a una


esfera trascendental de la razón divorciada del ascenso social. En cuanto
a la “humanidad”, el término típicamente implicaba un ideal de diferen-
ciación personal basada en la educación, no impulsaba una noción de
reforma moral, y fue solamente en tiempos modernos que términos como
“humano” y “humanitario” pudieron ser concebidos. Es más, de acuerdo
con Arendt, si la simple humanidad en Roma tenía asociaciones morales
más allá del campo de la formación educativa, ello era poco importante y
no era un valor último.
Un ser humano u homo en el sentido original del vocablo —señalaba
Arendt— designaba a alguien que estaba al margen del derecho y del
cuerpo político de los ciudadanos, por ejemplo un esclavo, pero en eso no
hay duda, un ser irrelevante desde el punto de vista político.10

Al igual que el estoicismo, el cristianismo es evidentemente univer-


salista. Pero si una cosa es estar a favor de algún tipo de cosmopolitismo
y otra cosa es defender específicamente el proyecto de los derechos hu-
manos, entonces el mero hecho de que exista un universalismo cristiano
no lleva a afirmar que la religión abre la posibilidad conceptual y política
de los derechos humanos. Sobre la base de universalismos anteriores,
particularmente aquel de los profetas hebreos, el cristianismo inspiró sus
propias ideas de este tipo a lo largo de los siglos. Sus fundadores, Jesús y
Pablo, elaboraron visiones apocalípticas del inminente reino de Dios en la
Tierra. Tempranamente, la religión ofreció un mensaje esperanzador para
los más humildes que habitaban alrededor del Mediterráneo y, luego de la
conversión del emperador Constantino, contribuyó a que los conceptos
romanos de pertenencia política viajaran de las ciudades a zonas rurales
más apartadas. Mil años más tarde la religión afianzó el derecho natural
medieval. Y a pesar de que su igualitarismo es famoso, las implicaciones
de la cristiandad variaron radicalmente en distintos lugares y momentos
históricos, requiriendo transformaciones muy drásticas para acercarse a
concepciones modernas propias.
La premisa de aquellas narraciones que pretenden defender el origen
religioso de los derechos humanos es que solamente hay que moverse de
las culturas particulares hacia la moralidad universal —y la cristiandad hace
esto posible—. Pero una vez se reconoce que existieron, existen y pueden
existir muchos universalismos, el hecho de que uno u otro movimiento o

10
Hannah Arendt, Sobre la revolución (Madrid: Alianza, 2006), 142. Cf. James Q. Whitman, “Western
Legal Imperialism: Thinking about the Deep Historical Roots”, Theoretical Inquiries in Law 10,
2 (julio, 2009): 313. La propia crítica de Whitman al supuesto origen romano de las fuentes
teóricas y legales aplica igualmente a su tesis de los orígenes cristianos en la medida en que el
imperialismo jurídico es solamente una faceta de los derechos humanos contemporáneos.

Última utopía_03.indd 26 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 27

cultura sea universalista —incluso tan llamativa como lo es la cristiandad—


hace que el papel que desempeñe no sea único y necesario en la prehistoria
de los derechos humanos. Del mismo modo, cuando los europeos deja-
ron atrás su propio territorio, y de manera especial en el encuentro con
la desconcertante novedad de las personas que habitaban el continente
americano, se vieron obligados a enfrentar los límites de sus supuestos.
No obstante, en la medida en que para interpretar la diferencia radical con
las culturas indígenas confiaban en las categorías de la filosofía clásica y
la religión medieval, no era tan simple acuñar el término “humanidad”.
Los derechos humanos contemporáneos todavía esperaban su propio
Cristóbal Colón11.
Otra aproximación más prometedora a los “precursores” de los dere-
chos humanos se concentra no en el logro de su alcance universalista sino
en el momento en que las sociedades empezaron a proteger los valores men-
cionados en los listados específicos de las declaraciones revolucionarias y
actuales. Pero esta historia, igualmente, obliga a enfatizar lo accidental y
lo discontinuo. En lugar de ubicar históricamente los universalismos, este
enfoque rastrea la preocupación social aislada por cada derecho, una a la
vez, incluso antes de que estas protecciones se integraran al lenguaje de
los derechos. Este es un ejercicio fascinante y se han propuesto múltiples
fuentes. Dada esta multiplicidad, la lección fundamental es que las preo-
cupaciones que ahora son abordadas a través de una unidad denominada
“derechos humanos” tienen sus propias historias, con diferentes cronolo-
gías y geografías, originadas en tradiciones separadas y por diversas razones.
Eventualmente ellas figuraron en la Declaración Universal y otros listados
canónicos. Sin embargo, tal como en retrospectiva Kafka podría aparecer
como el resultado de un pasado literario dispar una vez Kafka hizo sus
innovaciones, el surgimiento de los derechos específicos no explica en
modo alguno cómo fueron reinterpretados como parte de un listado único
y convertidos más tarde en “derechos humanos”. Nada de lo que resultó
en las declaraciones modernas fue originalmente buscado.
Algunos ejemplos muestran esto con claridad. No es sorprendente
que probablemente el derecho a poseer haya sido uno de los derechos más
frecuentemente afirmados y obstinadamente fortalecidos en la historia del
mundo, aunque típicamente dentro de sistemas jurídicos que no constru-
yeron la reivindicación de derechos basándose en una idea de humanidad.
Luego del derecho romano, los viejos pactos feudales, asegurando aquello
que indistintamente se denominaban libertades, fueros, inmunidades


11
Cf. J. H. Elliot, “The Discovery of America and the Discovery of Man”, Proceedings of the British
Academy n.° 48 (1972): 101-25, y John M. Headley, The Europeanization of the World: On the
Origins of Human Rights and Democracy (Princeton: Princeton University Press, 2008).

Última utopía_03.indd 27 17/12/2015 17:02:58


28 La última utopía

y privilegios, aseguraban la santidad de la posesión; y las protecciones


jurídicas más recientes del capitalismo temprano ponen un peso especial
en la definición y la defensa del derecho de propiedad12. Pero la propia
antigüedad de esta protección y los lenguajes sucesivos construidos para
desarrollarla son piezas de un trasfondo muy distante como para que sirvan
de fundamento para la historia de los derechos modernos.
Irónicamente, los valores incorporados en las que ocasionalmente
se consideran protecciones sociales novedosas son al menos tan antiguos
como la defensa de la propiedad; ambos son anteriores al acuerdo sobre el
alto valor de la inmunidad a las intromisiones sobre el cuerpo de la persona
o los ahora conocidos derechos del proceso penal (incluido el derecho a
no ser torturado). Cuando los derechos humanos explotaron en los años
setenta se enfocaron principalmente en derechos civiles y políticos, y ello
explica que sus parientes cercanos, los derechos económicos y sociales,
vinieron a ser reputados como principios de “segunda generación”. Sin
embargo, a diferencia de muchas protecciones civiles y políticas, la preo-
cupación por la desigualdad y los desequilibrios socioeconómicos aparece
en la Biblia y otras expresiones antiguas de la cultura humana alrededor del
mundo. En la Edad Media europea hubo incluso interesantes defensas de
los “derechos” —por supuesto, no como potestades ciudadanas personales
y garantizadas jurídicamente— que podían usarse en caso de necesitarlas13.
Adicionalmente, aunque la protección de la propiedad privada se convir-
tió en un tema central, la historia de los derechos durante y después de la
Revolución Francesa muestra que hubo un espacio para las preocupaciones
sociales desde un principio.
Si tomamos otro ítem de la lista, tal como la noción de libertad de
conciencia y su inviolabilidad por el Estado, ello implica girar hacia fuen-
tes diversas y más novedosas que también, por accidente, dejaron una
marca en el canon de los derechos humanos modernos. La conciencia
originalmente protestante abrió una brecha entre el aspecto material del
cuerpo humano y un foro interno “libre” desde donde se construía la fe.
La innovación, no exenta de controversia en la sangrienta secuela de la
Reforma, llevó a propuestas para unificar a los Estados bajo la religión de los
príncipes y no simplemente a la aceptación de la pluralidad religiosa dentro
del cristianismo. De manera reveladora, los pensadores que defendieron

12
En este punto hay una historia compleja; véase, por ejemplo, Robert von Keller, Freiheitsgarantien
für Person und Eigentum im Mittelalter: eine Studie zur Vorgeschichte moderner Verfassungsgrundrechte
(Heidelberg: C. Winter, 1933), y Kenneth Pennington, The Prince and the Law, 1200-1600:
Sovereignty and Rights in the Western Legal Tradition (Berkeley: University of California Press, 1993).
13
Véase Gilles Couvreur, Les pauvres ont-ils des droits? Recherches sur le vol en cas d’extrême nécessité
depuis la Concordia de Gratien (1140) jusqu’à Guillaume d’Auxerre (1231) (Rome: Presses de
l’Université Grégorienne, 1961).

Última utopía_03.indd 28 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 29

los derechos naturales originarios durante el siglo xvii —como el ho-


landés Hugo Grocio y el inglés Thomas Hobbes— consideraron que la
protección de los individuos por parte del Estado era algo primordial y por
ende veían que la aceptación del pluralismo religioso era extremadamente
riesgosa. En su lugar, el valor de la tolerancia fue introducido dentro de
debates religiosos que inicialmente estaban completamente separados
de las elaboraciones teóricas sobre “los derechos”. De hecho, fue forjado
en nombre de la coexistencia de las facciones cristianas y no como una
propuesta secular para hacer de la religión un derecho de carácter privado.
Eventualmente, el aislamiento político de la conciencia como un fuero
interior objeto de protección se convirtió en la afirmación de derechos
relacionados con la libertad de creencias, opinión y quizá incluso con la
libre expresión y libertad de prensa. En su ropaje luterano y calvinista que
enfatizaba la libertad espiritual, el protestantismo había intentado retornar
a los fundamentos de la cristiandad y no quiso destruir el control religioso
sobre el Estado y la sociedad. El llamado a detener la competencia por el
gobierno del Estado entre los cristianos por encima de la conquista de las
almas, sin embargo, terminó formando un compromiso específicamente
moderno acerca de la existencia de una zona privada en la cual el Estado
no tiene justificación alguna para intervenir14.
Otra —y esencialmente distinta— fuente de valores específicos que los
derechos estaban llamados a proteger eran las antiguas y ateóricas tradi-
ciones del common law y el derecho continental, las cuales siglos antes de
la era revolucionaria proveían protecciones mundanas para las personas y
no solo para la propiedad. Los desarrollos del common law, más tarde de la
mano del reformismo de la Ilustración, fueron los principales responsables
de promover las garantías en el procedimiento penal: la protección de los
registros intrusivos, la prohibición de aplicación de penas ex post facto, la
disponibilidad del recurso de hábeas corpus, la posibilidad del acusado de
controvertir a quien lo acusa, el establecimiento de juicios por jurados, y
muchos más. Originalmente, sin embargo, todas estas garantías se aplica-
ban a los “hombres libres” y no a todos los ingleses (mucho menos en ca-
beza de todos los hombres en cuanto tales). Eran entonces completamente
independientes en sus orígenes y significado de los derechos naturales y
universales conceptualizados mucho después. En otras palabras, pudieron


14
Véase Richard Tuck, “Scepticism and Toleration in the Seventeenth Century”, en Susan
Mendus, ed., Justifying Toleration: Conceptual and Historical Perspectives (1987) 21-35, y Jeffrey
R. Collins, “Redeeming the Enlightenment: New Histories of Religious Toleration”, Journal
of Modern History 81, n.° 3 (septiembre, 2009): 607-36. Véase igualmente Patrick Collinson,
“Religion and Human Rights: The Case of and for Protestantism”, en Olwen Hufton, ed.,
Historical Change and Human Rights (New York: Basic Books, 1995), 210, y John Witte, Jr., The
Reformation of Rights: Law, Religion, and Human Rights in Early Modern Calvinism (2007).

Última utopía_03.indd 29 17/12/2015 17:02:58


30 La última utopía

ser conservados como simples derechos vigentes en cualquier momen-


to, incorporados en la llamada Constitución de los Antiguos (Ancient
Constitution) y famosamente mencionados en la Carta de Derechos In-
glesa (English Bill of Rights) de 1689, sin que se pasaran de ser parte de la
tradición inglesa a ser considerados como preceptos de carácter natural15.
John Wilkes, defensor de la “libertad” en contra de la Corona, los usó de
esta forma al igual que Edmund Burke cuando fundó la tradición intelec-
tual conservadora sobre la distinción entre los derechos heredados del
pasado y los nuevos derechos naturales. “Estoy lejos de negar en la teoría
los auténticos derechos humanos16 y lejos estoy también de impedir (si se
me diera el poder de conceder o impedir esto) que se practiquen”, Burke
entonaba en su crítica a las abstracciones francesas. “Al negar sus falsas
pretensiones [naturales], no trato de obstaculizar aquellos derechos que
son auténticos, los cuales quedarían destruidos si se realizaran lo que ellos
reclaman”17. Burke consideraba que era un error reinventarse la variada lista
de los derechos históricamente construidos bajo el término de “derechos
del hombre” —y el error no era solamente un asunto político, sino que su
universalización ocultaba sus verdaderos orígenes—.
La enredada historia de cómo surgieron los valores políticos protegi-
dos en la actualidad como “derechos humanos” muestra que no guardan
una relación esencial entre ellos, ni con la creencia universalista de que
todos los hombres (y, recientemente, las mujeres) son parte del mismo
grupo. Esto siguió siendo cierto incluso durante la Ilustración, cuando
una nueva versión secular del viejo imperativo cristiano de la piedad hizo
posible que se apelara de forma más familiar a la idea de “humanidad”,
primero cambiando el significado del término para que ahora implicara,
típicamente, sentir el dolor de los demás. Aunque esta nueva cultura de
comprensión y solidaridad tenía sus límites, claramente ayudó a construir
nuevas normas opuestas a las depredaciones contra el cuerpo, tales como
la esclavitud y la violencia en las penas18. A pesar de ello, la verdadera

15
Cf. Gerald Stourzh, “Liberal Democracy as a Culture of Rights: England, the United States,
and Continental Europe”, en From Vienna to Chicago and Back: Essays on Intellectual History
and Political Thought in Europe and America (Chicago: University of Chicago Press, 2007), 308,
el cual trata de forma muy ligera la distinción entre derechos naturales e ingleses.
16
El texto original de Burke habla de “rights of men”, cuya traducción precisa sería “derechos
del hombre”. Sin embargo el texto del libro traducido al castellano por Alianza usado en esta
traducción habla de “derechos humanos”, lo cual es impreciso a la luz del argumento del autor.
El texto en inglés se encuentra en Edmund Burke, Reflections on the Revolution in France, J. G. A.
Pocock, ed. (Indianapolis, 1987), 51. [N. del T.]
17
Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (Madrid: Alianza, 2003), 102-103.
18
Cf. David Brion Davis, The Problem of Slavery in Western Culture (Ithaca: Cornell University
Press, 1966). Una historiadora, Lynn Hunt, recientemente ha sostenido que el sentimiento
de hermandad del humanitarismo secular fue la fuerza más importante en los orígenes tanto
del universalismo como de los “derechos del hombre” de las revoluciones de la temprana

Última utopía_03.indd 30 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 31

historia de cómo los valores protegidos por los “derechos” se cristalizaron


es una narración sobre las tendencias guerreristas y los proyectos muer-
tos, cuyas contribuciones al conjunto de los derechos modernos fueron
incidentales y no intencionales. En lugar de originarse todos al tiempo
como un conjunto y luego simplemente esperar su internacionalización,
la historia de los valores esenciales objeto de la protección vía derechos es
una construcción en lugar de un descubrimiento y una contingencia en
lugar de una necesidad.
El universalismo de la Ilustración y las eras revolucionarias claramente
guardan alguna afinidad con las formas contemporáneas de cosmopoli-
tismo. No obstante lo que se ponía de manifiesto a través del término los
“derechos inmortales del hombre” era parte de un proyecto político radi-
calmente distinto de los derechos humanos contemporáneos (los cuales
nacieron, de hecho, a partir de una crítica a la revolución). Los derechos
del hombre eran utópicos y despertaban emociones: “Pues quién negará
que se elevó su corazón”, Johann Wolfgang von Goethe exclamaba en 1797,
“cuando se oyó hablar de los Derechos del Hombre comunes para todos,
de la libertad embriagadora y de la hermosa igualdad”19. A diferencia de
los derechos humanos que surgirían más adelante, los de la era revolucio-
naria estaban profundamente conectados con la construcción, a través de
la revolución si fuere necesario, del Estado y la nación. Actualmente está
en el orden del día trascender el foro del Estado para ejercer los derechos,
pero hasta hace muy poco el Estado era su crisol esencial.
Desde muy temprano, los sistemas jurídicos han conferido “derechos”,
notablemente el sistema jurídico de los romanos del cual la mayoría de las
ramas del derecho occidental han encontrado inspiración. El hecho de que
ocasionalmente los derechos del sistema jurídico romano pudieron ser con-
ceptualizados como si estuvieran enraizados parcialmente en la naturaleza
pudo ser consecuencia de la influencia de los estoicos20. Antes del ascenso

Modernidad. Pero esta postura es sorprendentemente débil en virtud de que el humanitarismo


–cuyas fuentes en un principio fueron primordialmente religiosas y no seculares– difícilmente
apuntaba solo en la dirección de los derechos individuales. Tal como lo ha mostrado Lynn
Festa en Sentimental Figures of Empire in Eighteenth-Century Britain and France (Baltimore: John
Hopkins University Press 2006), igualmente era una fuerza que impulsó el imperialismo en
el siglo xviii, y probablemente más decididamente que a otras causas. Pero la noción de que
la compasión por el dolor de los demás incentivó una ampliación de la lista de derechos aún
es una proposición dudosa. Al menos hasta hace muy poco, la historia del humanitarismo es
mejor entendida como un tema separado de la historia de los derechos. Para algunas fuentes
véase mi escrito “Empathy in History, Empathizing with Humanity”, History & Theory 45, n.° 3
(octubre, 2006), 397-415.

19
J. W. von Goethe, “Hermann y Dorotea”, en Obras, José María Valverde, ed. (Barcelona: Vergara,
1963), 916.
20
Philip Mitsis, “Natural Law and Natural Right in Post-Aristotelian Philosophy: The Stoics and
Their Critics”, y Paul Vander Waerdt, “Philosophical Influence on Roman Jurisprudence? The

Última utopía_03.indd 31 17/12/2015 17:02:58


32 La última utopía

del Estado moderno, los imperios desde Roma confirieron ciudadanía, o


formas más parciales de subjetividad, así como los derechos supuestos a
partir de esta inclusión; de hecho, así lo hicieron incluso entrado el siglo
xx21. Los derechos de estos espacios imperiales fueron en este sentido más
como los derechos a la inclusión estatal, los cuales descansaban sobre la
idea de prerrogativas por ser miembros del grupo, y menos como los de-
rechos humanos contemporáneos. Dejando a un lado parte del lenguaje
romano, sin embargo, enfoques concienzudos de derechos naturales no
aparecieron antes del siglo xvii y fueron un subproducto del ascenso
del Estado moderno. Las primeras doctrinas de derecho natural eran las
hijas del Estado absolutista y expansionista de la historia de la temprana
modernidad europea, no intentos de pararse fuera y más allá del Estado.
Su surgimiento fue un momento espectacularmente crucial, dado que por
mucho tiempo los derechos fueron identificados y asociados con el Esta-
do —hasta que recientemente esta alianza fue vista como insuficiente—.
El concepto de “derechos naturales” no se construyó de la nada.
Cuando Hobbes se refirió primero al derecho de la naturaleza usó la misma
palabra ius que alguna vez se usó para referirse a la ley natural. La doctrina
anterior, la cual surgió de una combinación del universalismo estoico y
valores cristianos, tuvo su apogeo durante el Medioevo; su versión más
famosa se encuentra en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Sin
embargo, si la idea de los derechos naturales emergió primero en el viejo
lenguaje del derecho natural, ello era tan diferente en sus intenciones e
implicaciones a punto que podía reputarse como otro concepto. En los
tiempos modernos la mayoría de quienes tratan de revivir el derecho
natural, generalmente los católicos, han señalado que para su credo es
desastroso el hecho de que la vieja noción haya cedido el paso a una ver-
sión apóstata sobre los derechos. Al menos puede ser cierto que el derecho
natural, derivado frecuentemente de la voluntad de Dios y pensado como si
estuviese incrustado en el tejido del cosmos, era la versión cristiana clásica
del universalismo. Para ser desplazada por los derechos naturales, dicha
visión debía volverse plural, subjetiva y dominante. El derecho natural
era originalmente una regla dictada desde arriba, en la cual los derechos
naturales terminaron siendo una lista de ítems separados. El derecho na-
tural era algo objetivo que los individuos debían obedecer porque Dios los

Case of Stoicism and Natural Law”, ambos en Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II.36.7
(1994), 4812-4900. El significado del término ius en el derecho romano y su diferencia de la
noción de una demanda “subjetiva” en sistemas jurídicos posteriores es algo disputado, nota-
blemente, por Michel Villey. Véase Villey, “L’idée du droit subjectif et les systèmes juridiques
romains”, Revue historique de droit français et étranger 4, n.° 23 (1946): 201-27.
21
Jane Burbank y Frederick Cooper, “Empire, droits, et citoyenneté, de 212 à 1946”, Annales
E. S. C. 63, n.° 3 (mayo, 2008), 495-531.

Última utopía_03.indd 32 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 33

hacía parte de un orden natural que él decretaba: las prácticas ilegítimas


se reputaban contra naturam. Pero los derechos naturales eran entidades
subjetivas “poseídas” por la humanidad como prerrogativas. El momento
y causas ideales para la transición entre derecho natural y derechos natu-
rales han recibido una creciente atención en décadas recientes, en parte
por una sobre estimación de su importancia para explicar los derechos
humanos contemporáneos. El establecimiento de las figuras propias de
los derechos naturales fue, sin embargo, todo menos humanitario; desde
una perspectiva teórica, en principio, avalaban una austera doctrina que
renunciaba a proclamar una lista expansiva de prerrogativas básicas. Si
la invención de los derechos naturales importaba por ser algún tipo de
precursor, ello es porque los derechos naturales estaban conectados con
un nuevo tipo de Estado poderoso que despuntaba en un momento deter-
minado. De diversas maneras, la historia de los derechos naturales, igual
que lo ocurrido con los derechos del hombre que vinieron después, es una
historia del propio Estado, el mismo que los “derechos humanos” trató de
trascender más adelante.
Los argumentos a favor de la conexión giran alrededor del hecho de que
el individuo libre y autárquico de los derechos naturales —la persona que
Grocio y Hobbes vieron como portadora de este nuevo concepto— estaba
moldeado explícitamente sobre la base de un nuevo Estado muy activo en
el manejo de los asuntos internacionales de la Modernidad temprana22. Ese
individuo, tal como el Estado, no toleraba una autoridad supraordinaria.
Por esta razón, tal como ocurría en la competencia entre los Estados, los
individuos como categoría emanada de la naturaleza eran imaginados
como si estuvieran envueltos o cercanos a una guerra a muerte, limitados
solamente por momentos de enfriamiento de las hostilidades, pero nunca
por normas universales. Con respecto a los preceptos morales, sostenían
Grocio y Hobbes, todo hombre reconocería que existía solamente uno: la
legitimidad de la autoconservación, la cual se declaraba como el primer
“derecho de la naturaleza”, y el único derecho de este tipo que podía
identificarse.
El derecho de naturaleza —escribía Hobbes— es la libertad que cada
hombre tiene de usar su propia naturaleza, es decir de su propia vida; y
por consiguiente, para hacer todo aquello que su propio juicio y razón
considere como medios más aptos para lograr ese fin.23


22
Véase en especial Richard Tuck, The Rights of War and Peace: Political Thought and the International
Order from Grotius to Kant (Oxford: Oxford University Press, 1999).

23
Thomas Hobbes, Leviatán (México: fce, 1980), 106.

Última utopía_03.indd 33 17/12/2015 17:02:58


34 La última utopía

Tal como el Estado moderno no respondía a una autoridad que es-


tuviese por encima de su necesidad básica de conservarse a sí mismo, los
individuos tenían un solo derecho a luchar emanado de la naturaleza
—con licencia para matar si fuera necesario—. Aunque los Estados en
competencia en la esfera internacional no podían hacer nada distinto a
aplazar sus disputas, Hobbes argumentó famosamente que la política do-
méstica solo podía lograr la paz si los individuos en disputa empoderaban
al Estado para gobernar. El fin argumentativo de ese primer derecho —la
motivación para introducirlo dentro del pensamiento político— era dotar
de poder al Estado, no limitarlo. Una motivación clara para este acto de
empoderamiento era que los Estados de la época, dejando a un lado su rol
de proveer una pacificación disciplinada en tiempos de guerra civil en su
territorio, perseguían un proyecto de colonización sin precedentes en otras
partes del mundo24.
El siglo que siguió fue testigo no solamente de una amplia gama de
visiones más generosas de derechos y deberes naturales que no iban a
estar tan estrictamente enfocadas en la autoconservación, sino también
a la construcción de un Estado que podría proveer más que la gracia de la
disciplina y la seguridad. Sin embargo, la apelación a la naturaleza se volvió
más expansiva frecuentemente porque se renunció a hacer reclamos basa-
dos en derechos aislados e individualizados25. La posibilidad de inventar
derechos más allá de la autoconservación dependía, de acuerdo con los
iusnaturalistas del siglo xviii como el pensador suizo J. J. Burlamaqui y
sus seguidores estadounidenses, en las más profundas bases de todas las
prerrogativas que se encontraban en una robusta doctrina de los deberes
impuestos por Dios26. Fue en parte a través de este proceso que algunos de
los valores incubados en diversas tradiciones se convirtieron en derechos
naturales —el derecho a la propiedad privada en la famosa doctrina de John
Locke, y más tarde muchos otros elementos—. Sin perjuicio de la creación
de estos cuerpos más completos que hacían una lista de los derechos natu-
rales, la era de la revolución democrática solamente empujó un poco más la

24
“No puede ser una coincidencia”, escribe Tuck, “que la idea moderna de los derechos naturales
surgió en el periodo en el que las naciones europeas estaban envueltas en una competencia
dramática por la dominación mundial”. Véase Tuck, The Rights of War and Peace, 14. Véase
igualmente Anthony Pagden, “Human Rights, Natural Rights and Europe’s Imperial Legacy”,
Political Theory 31, n.° 2 (2003): 171-99, y Duncan Ivison, “The Nature of Rights and the History
of Empire”, en David Armitage, ed., British Political Thought in History, Literature, and Theory
(2006), 191-212.
25
Cf. Knud Haakonssen, “Protestant Natural Law Theory, A General Interpretation”, en Natalie
Brender y Larry Krasnoff, eds., New Essays on the History of Autonomy: A Collection Honoring J. B.
Schneewind (Cambridge: Cambridge University Press, 2004), 95.
26
Véase Morton White, The Philosophy of the American Revolution (New York: Oxford University
Press, 1978), caps. 4-5.

Última utopía_03.indd 34 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 35

alianza entre derechos y Estado a través de la cual aparecieron los derechos


de dicha época. Ahora, incluso para el primer derecho de autopreservación
el príncipe necesitaba un consentimiento continuado —al menos para
Locke— y ello fue complementado por una serie de prerrogativas naturales.
Incluso estas significativas transformaciones no cambiaron el hecho de
que la respuesta a una visión reducida de los derechos era un movimiento
hacia un nuevo soberano o un nuevo Estado en lugar de una movida más
allá de la soberanía y del Estado. Más aún, en la era revolucionaria, no solo
los Estados sino también las naciones se convirtieron en el crisol formativo
de los derechos y en su aliado y foro indispensable —en otras palabras, esta
formación fue justamente a lo que los derechos humanos como noción y
práctica tuvieron que oponerse más adelante—.
El verdadero valor de la era de las revoluciones democráticas en Estados
Unidos y Francia, en otras palabras, recae tanto en negar la posibilidad
de que existieran unas doctrinas de derechos humanos al estilo de las
del siglo xx como en abrir el camino para que ellas fueran construidas
posteriormente. Contada adecuadamente, la historia del republicanismo
democrático, o la historia más estrecha del liberalismo, es más sobre cómo
los derechos humanos no surgieron y no sobre su nacimiento. Una prueba
sin intención de ello es la manera tan profunda como el nacionalismo ha
definido no simplemente los derechos del hombre sino sus interpreta-
ciones partisanas en la era de la revolución. Un siglo atrás, el académico
alemán Georg Jellinek causó un contratiempo intelectual sosteniendo la
prioridad del lenguaje de derechos estadounidense (que a su vez conside-
raba que estaba basado en las innovaciones de la era de la reforma luterana
en Alemania) como una fuente de la Declaración Francesa de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano de 1789; previsiblemente los franceses no
estaban muy felices con este intento de robarles su rol como parteros de
los derechos. Estas disputas banales han aparecido de vez en cuando desde
entonces: cuando los franceses conmemoraban sus logros en el bicente-
nario de la Revolución en 1989, la provocadora Margaret Thatcher causó
un revuelo diplomático cuando mordazmente señaló en la televisión
francesa que los franceses no habían inventado los derechos humanos
sino que los habían tomado de otro lugar (y luego habían arrojado por la
borda la deuda que habían contraído por este préstamo al descender en el
terror revolucionario)27.


27
Georg Jellinek, Die Erklärung der Menschen- und Bürgerrechte: ein Beitrag zur modernen
Verfassungsgeschichte (Leipzig: Duncker & Humblot, 1895); Émile Boutmy, “La Déclaration des
droits de l’homme et du citoyen et M. Jellinek”, Annales des sciences politiques 17 (1902): 415-43;
Jellinek, “La Déclaration des droits de l’homme et du citoyen et M. Boutmy”, en Ausgewählte
Schriften und Reden, 2 vols., ed. Walter Jellinek (Berlin: O. Häring, 1911). Véanse los comenta-
rios por Otto Vossler, “Studien zur Erklärung der Menschen- und Bürgerrechte”, Historische

Última utopía_03.indd 35 17/12/2015 17:02:58


36 La última utopía

De hecho, los estadounidenses —no tanto en la Declaración de Inde-


pendencia de julio de 1776 sino en la aún más temprana y robusta Declara-
ción de Derechos de Virginia del mes anterior y las que siguieron en otros
estados— sí dieron el paso adelante antes que los franceses al establecer sus
organizaciones políticas sobre la base de una lista de derechos, aun cuando
hubiesen declinado a hacerlo en su confederación nacional28. En 1789, es-
tando en París, Thomas Jefferson ayudó al marqués de Lafayette a redactar
una primera versión de la declaración francesa. Aun así, las fuentes que
inspiraron tanto los documentos revolucionarios estadounidenses como
los franceses han sido difíciles de aislar. Cualquiera que sea la respuesta,
podría decirse que la declaración francesa sí movió la política de los de-
rechos hacia una nueva dirección en el agitado verano de 1789. El abate
Emmanuel-Joseph Sieyès —cuya propuesta triunfó sobre la de Lafayette
en los debates parisinos y quien, con otros revolucionarios, se movió hacia
una defensa de la monarquía constitucional en 1789— sostuvo que el com-
promiso estadounidense con los derechos era demasiado dependiente de
una antigua tradición de derechos aristocráticos que podía trazarse hasta
la Carta Magna, la cual simplemente limitaba “negativamente” las prerro-
gativas del rey en lugar de fundar la organización política a partir de de-
claraciones “afirmativas” sobre los principios contenidos en los derechos.
En El Federalista, escrito hacia el mismo periodo —antes de que una carta
de derechos (el Bill of Rights) fuera introducida en la organización del go-
bierno estadounidense— Alexander Hamilton incluso tomaba este aspecto
anticuado sobre las cartas o declaraciones de derechos como una razón
para no incluirla en la Constitución estadounidense. “Se ha observado con
razón varias veces”, anotó Hamilton, “que las declaraciones de derechos
son originalmente pactos entre los reyes y sus súbditos, disminuciones de
la prerrogativa real en favor de los fueros, reservas de derechos que no se
abandonan al príncipe”29. En otras palabras, al no existir un monarca no
se requería un listado de derechos.
Así, por supuesto, los franceses decidieron que una lista de derechos
tenía que convertirse en los primeros principios de la Constitución y los
padres fundadores estadounidenses se vieron obligados a anexar una carta
de derechos a su obra para ganar el suficiente apoyo popular. Comoquiera

Zeitschrift 142, n.° 3 (1930): 516-45; Wolfgang Schmale, “Georg Jellinek et la Déclaration des
Droits de l’Homme de 1789”, en Mélanges offerts à Claude Petitfrère: Regards sur les sociétés
modernes (xvie-xviie siècle), ed. Denise Turrel (Tours: cehvi, Publication de l’Université de
Tours, 1997), y Duncan Kelly, “Revisiting the Rights of Man: Georg Jellinek on Rights and the
State”, Law and History Review 22, n.° 3 (otoño, 2004): 493-530.
28
De la mano de Jellinek véase Gilbert Chinard, La déclaration des droits de l’homme et du citoyen
et ses antécédents américains (Washington: Inst. français, 1945).
29
A Hamilton, J. Madison & J. Jay, El Federalista, (México: fce, 1943), 367 (lxxxiv).

Última utopía_03.indd 36 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 37

que se expliquen los acontecimientos de esta época, de seguro ellos docu-


mentaban el ascenso meteórico de la noción de “derechos del hombre” a
lo largo de la segunda mitad del siglo xviii, incluso si no hubiese sido algo
evidente para muchos en ese momento30. Los estadounidenses típicamente
habían invocado los derechos naturales en las etapas más tempranas de
su revolución, e incluso para 1789 el marco naturalista de su afirmación
se había desvanecido. Luego de la defensa que Thomas Paine hiciera de
la Revolución francesa para los republicanos angloamericanos en su libro
The Rights of Man (1791), los destinos de este nuevo término se fueron
concretando a los dos lados del mundo atlántico y más allá. La accidental
variación de Paine al traducir los droits de l’homme como “human rights”
en su libro no llevó a que este término se popularizara como sí ocurriría
un siglo y medio después.
La detallada historia de los derechos en este turbulento periodo es sin
duda fascinante, especialmente cuando el canon original francés cedió el
paso, durante el Terror de 1793, a una nueva declaración que, por primera
vez en la historia, le dio el carácter de derechos a ciertas preocupaciones
sociales. El punto abrumadoramente importante, sin embargo, es que los
derechos de la era revolucionaria estaban enquistados en la política estatal,
cristalizándose en un esquema que estaba a años luz del significado políti-
co que los derechos humanos tendrían más adelante. En un sentido, cada
declaración de derechos del momento (e incluso hasta hace muy poco) era
implícitamente lo que los franceses abiertamente señalaron al redactar
su carta: una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Los
derechos no eran argumentos independientes ni fuerzas que compensaran
el poder del Estado, sino que siempre fueron anunciados al momento de la
fundación de la organización política para justificar su establecimiento y
frecuentemente su violencia31. Los “derechos del hombre” se referían a un
pueblo entero incorporándose a un Estado, y no versaban sobre la posibili-
dad de que algunos pocos no nacionales de un Estado criticaran a cualquier
organización estatal por sus malas acciones. Después de ello, su principal
preocupación era el significado de la ciudadanía. Esta profunda relación
entre el anuncio de los derechos y el rápido “contagio de la soberanía” del
siglo que siguió no puede dejarse fuera de la historia de los derechos: de
hecho, esta es la característica central de esta historia incluso hasta hace
muy poco. En consecuencia, es mucho más promisorio examinar cómo

30
Lo autoevidente es una categoría intelectual en el pensamiento de la Ilustración; si ello es cierto,
la proclamación de derechos como algo autoevidente no significa de modo alguno que los
historiadores deban asumir que lo fueron. Cf. David A. Bell, “Un dret égal”, London Review of
Books, noviembre 15, 2007.

31
Cf. Dan Edelstein, The Terror of Natural Right: Republicanism, the Cult of Nature, and the French
Revolution (Chicago: University of Chicago Press, 2009).

Última utopía_03.indd 37 17/12/2015 17:02:58


38 La última utopía

los derechos humanos se erigieron principalmente en virtud del colapso


de un modelo de derechos revolucionarios en lugar de considerarlos como
una continuación o un renacer. Más aún, la Revolución con su radicalis-
mo no reformista y sus técnicas potencialmente violentas promulgó los
derechos del hombre cuando comenzó la era democrática. En términos
simplistas, los derechos de la era revolucionaria eran revolucionarios: eran
la justificación para la creación o renovación del espacio de la ciudadanía
y no para la protección de la “humanidad”.
Como principios a los que el derecho positivo tenía que ajustarse,
los derechos invocados por muchos pensadores de la Ilustración y luego
en el momento revolucionario estaban en alguna medida por encima del
Estado. Pero solo aparecían a través del Estado, y no había ningún foro
por encima de él, o incluso dentro de él, en donde se pudiera acusar al
propio Estado por sus trasgresiones. De hecho, luego de su declaración,
no era evidente que los derechos tuvieran propósitos independientes al
propio surgimiento del Estado. Por ejemplo, no dieron origen directo a
mecanismos de protección judicial contra la autoridad soberana —aunque
esta parece ser su función más obvia en el presente—. Cuando las primeras
diez enmiendas de la Constitución de Estados Unidos fueron redactadas
en 1789, el control constitucional de legislación de parte de los jueces en
nombre de los derechos fundamentales, la cual es hoy una práctica muy
común, no fue un desarrollo lógico y necesario. Incluso cuando apareció
el control constitucional de los jueces ello no inició una rica tradición liti-
giosa, dados los propósitos inicialmente restrictivos del gobierno nacional.
En Inglaterra se asumía que la opinión sabía y la tradición protegería los
derechos no escritos, haciendo innecesaria su consagración y por ende el
establecimiento de un alto tribunal que los defendiera. Francia, mientras
tanto, se tardó más de 150 años, hasta la Segunda Guerra Mundial, para que
los derechos constitucionales, en los cuales basaron su fundación inicial
las sucesivas repúblicas, se convirtieran en una base para que se llevaran a
cabo procesos judiciales contra el Estado32. Lo que ahora parece un presu-
puesto natural, es decir que el punto fundamental de afirmar derechos es
restringir las actividades del Estado al brindar la posibilidad de demandar
la protección de aquellos ante un tribunal, no era lo que buscaban los
derechos revolucionarios. En su lugar, la compensación principal por la
vulneración de derechos revolucionarios seguía siendo la acción revolu-
cionaria que podía llegar a, e incluía, otra revolución. Y mientras ninguna

32
Sobre los Estados Unidos véase, por ejemplo, Larry D. Kramer, The People Themselves: Popular
Constitutionalism and Judicial Review (New York: Oxford University Press, 2005). Sobre Francia
véase, por ejemplo, Philippe Raynaud, “Des droits de l’homme à l’État de Droit”, Droits 2
(1985), y Alec Stone Sweet, The Birth of Judicial Politics in France: The Constitutional Council in
Comparative Perspective (New York: Oxford University Press, 1992).

Última utopía_03.indd 38 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 39

organización no gubernamental contemplaría en el presente este recurso


extremo, esta era la única respuesta imaginable en esta época en nombre
de los derechos del hombre.
Si en esta era los principios abstractos eran invocados principalmente
como fundamento para la creación de nuevos Estados, eran igual de impor-
tantes para justificar la construcción de sus insuperables límites externos.
Mientras que los estados de América del Norte basados en los derechos
naturales entraron en una débil confederación reteniendo su autonomía
local, Francia construyó el modelo para el Estado nación moderno en
su logro de una independencia soberana centralizada para un pueblo
democrático. Lejos de proveer una racionalidad para reclamos externos
o “humanos” en contra de los Estados, las declaraciones de derechos
eran —y así lo fueron al menos durante un siglo— una justificación para
los Estados que nacerían. A diferencia de los documentos fundacionales
de los estados que luego formaron los Estados Unidos, la Declaración de
Independencia no tenía una lista real de prerrogativas, en la medida en que
se dirigía principalmente a afirmar la soberanía frente a las pretensiones
intrusivas europeas33. De hecho, los derechos eran rasgos subordinados a la
creación tanto del Estado como de la nación al inicio de esta era, al punto
que muy pocos se tomaron el trabajo de diferenciar estos dos conceptos34.
Tan solo una década después de que los estadounidenses declararan la in-
dependencia de su nuevo Estado ante el mundo, los franceses insistieron
en su propia revolucionaria declaración de derechos, señalando que “la
fuente de toda soberanía reside esencialmente en la Nación”, añadiendo
como consecuencia de ello que “ningún individuo ni ninguna corporación
pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de
ella” (artículo 3.o). En una era en la que la unidad popular estadounidense
fue posible gracias tanto a las sangrientas guerras contra los indígenas
como a la invocación de principios superiores, hubiera sido posible para los
franceses estereotipar la identificación de su propia identidad nacional con
la moralidad universal; no veían ningún conflicto en proclamar al mismo
tiempo el surgimiento de una nación soberana de franceses y anunciar
los derechos del hombre entendiendo el hombre como uno solo. Como
resultado, los derechos anunciados en la constitución del Estado nación

33
David Armitage, The Declaration of Independence: A Global History (Cambridge: Harvard
University Press, 2006), 17-18.

34
Cf. Istvan Hont, “The Permanent Crisis of a Divided Mankind: ‘Contemporary Crisis of the
Nation-State’ in Historical Perspective”, Political Studies 42 (1994): 166-231, 191-98, y J. K.
Wright, “National Sovereignty and the General Will: The Political Program of the Declaration
of Rights”, en Dale van Kley, ed., The French Idea of Freedom (Stanford: Stanford University Press,
1994), 199.

Última utopía_03.indd 39 17/12/2015 17:02:58


40 La última utopía

soberano —no los “derechos humanos” en el sentido contemporáneo—


eran el gran legado profético de la Revolución francesa a la política mundial.
Sin duda, la transición hacia Estados potencialmente republicanos
no reprodujo simplemente los asuntos internacionales de un mundo en
el que el imperio y la monarquía eran la norma. La Revolución francesa
sí tuvo profundas implicaciones para el orden global, haciendo que va-
rias visiones de la Ilustración sobre la “paz perpetua” inmediatamente
parecieran al alcance solo de unos pocos. Sin embargo, con excepción
del extravagante barón alemán Anacharsis Cloots —quien se unió a la
Asamblea Nacional revolucionaria como representante de la humanidad
no francesa y apoyó una guerra agresiva como un paso para lograr un
verdadero gobierno mundial—, las visiones utópicas tomaron una forma
completamente compatible con la difusión de la soberanía nacional, en
lugar de imaginar reglas o derechos que estuvieran por encima de ella35. En
la práctica, cuando el cerco al Estado revolucionario por parte de los ejérci-
tos de los enemigos europeos forzó a aquel a propagar su incendio fuera de
sus fronteras en la última década del siglo xviii, la república no se movió
hacia un derecho global sino que dio origen a unas naciones “hermanas”
(y así fueron llamadas) y manejó la idea de cierto tipo de comunidad de
nuevas repúblicas36. En la teoría, Emanuel Kant rechazó conscientemente el
radicalismo de Cloost, sosteniendo en su lugar un mínimo Weltbürgerrecht
o “derecho del ciudadano mundial” que contemplaba solamente un de-
recho de asilo para los individuos que estuviera en el lugar equivocado en
un mundo de Estados nacionales. Cierto, Kant, como los estoicos, era un
pensador cosmopolita. Pero no estaba a favor de unos derechos humanos
en el sentido contemporáneo, es decir como una promesa de protección
integral aunque se posicionaran tranquilamente dentro de un orden in-
ternacional compuesto de naciones37.
Como resultado, en el siglo XIX la apelación frecuente y sensible a
los derechos del hombre siempre iba de la mano con la propagación de

35
Alexander Bevilacqua, “Cloots, Rousseau and Peaceful World Order in the Age of the French
Revolution” (M.Phil. thesis, University of Cambridge, 2008), y Albert Mathiez, La Révolution
et les Étrangers: Cosmopolitisme et défense nationale (Paris: La Renaissance du livre, 1918); sobre
las teorías alemanas, véase Pauline Kleingeld, “Six Varieties of Cosmopolitanism in Late
Eighteenth-Century Germany”, Journal of the History of Ideas 60 (1999): 505-524, y Pauline
Kleingeld, “Defending the Plurality of States: Cloots, Kant, and Rawls”, Social Theory and
Practice 32 (2006): 559-578.
36
Véase Marc Bélissa, Fraternité universelle et intérêt national (1713-1795): les cosmopolitiques du
droit des gens (Paris: Kimé, 1996) y Repenser l’ordre européen, 1795-1802: de la société des rois aux
droits des nations (Paris: Kimé, 2006).
37
Cf. Martha Nussbaum, “Kant and Stoic Cosmopolitanism”, Journal of Political Philosophy 5, 1
(marzo, 1997): 1-25 (También disponible como “Kant and Cosmopolitanism”, en Perpetual
Peace: Essays on Kant’s Cosmopolitan Idea, ed. James Bohman and Mathias Lutz-Bachmann
(Cambridge: Harvard University Press, 1997).

Última utopía_03.indd 40 17/12/2015 17:02:58


Samuel Moyn 41

la soberanía nacional como su medio indispensable, precondición inhe-


rente y compañía permanente. Si hubo un movimiento por los derechos
del hombre en el siglo XIX, este fue el nacionalismo liberal que buscó
asegurar los derechos de los ciudadanos en el ámbito nacional. Al final
de su carrera, Lafayette se encontró a sí mismo llevando los derechos del
hombre a Polonia, en donde suponía, tal como muchos adherentes de
la revolución moderna, que “los derechos universales y particulares de
cualquier pueblo […] se protegerían de una mejor manera por los Estados
nación soberanos”38. Para tomar la figura más emblemática, el italiano
Giuseppe Mazzini afirmaba que los derechos del hombre de la época revo-
lucionaria eran altos ideales. “El individuo es sagrado”, sostenía Mazzini,
quien tenía escritas “Libertad, Igualdad, Humanidad” a un lado de la ban-
dera de su movimiento, “La joven Italia”. Pero por el otro se engalanaban
“Unidad, Independencia”, en perfecta armonía con las convicciones que
se difundían a través del continente en el sentido de que la libertad y la
nacionalidad estaban íntimamente relacionadas. De hecho, la completa
dependencia de los derechos frente a la autonomía nacional significaba que
“la época de la individualidad ha concluido”, tal como Mazzini anunciaba
firmemente. Ahora, “el hombre colectivo es omnipotente en la tierra que
pisa”. Si el Estado nación no era el principal objetivo a ser alcanzado por
cualquier medio, “no tendremos nombre, símbolo, voz o derechos”, tal
como se lo señalaba a sus compatriotas italianos, “no seremos admitidos
a la comunidad de los pueblos”39.
Mazzini capturó hábilmente el espíritu de los derechos heredados por
la revolución. Como resultado, era imposible que los derechos se liberaran
de la apoteosis estatal, incluso para quienes se preocupaban por el exceso
revolucionario. Pensadores liberales franceses como Benjamin Constant,
François Guizot y Alexis de Tocqueville, ansiosos por el despotismo po-
pular, trataron los derechos como solo un elemento en una larga lista de
herramientas que la civilización liberal había construido para asegurar
la libertad en el Estado. En otros lugares del espectro político francés,
alguna vez epicentro de los derechos del hombre, el lenguaje político fue
abandonado sorprendentemente en el siglo XIX y lo mismo ocurrió en


38
Citado en Lloyd Kramer, Lafayette in Two Worlds: Public Cultures and Personal Identities in an
Age of Revolutions (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 1996), 255-56.

39
Tomado de Lewis B. Namier, “Nationality and Liberty”, en Eugene C. Black, European Political
History, 1815-1870: Aspects of Liberalism (New York: Harper & Rowm, 1967), 139-41, excepto la
última afirmación tomada de Yael Tamir, Liberal Nationalism (Princeton: Princeton University
Press, 1995), 124. Cf. Michael Walzer, “Nation and Universe”, en Thinking Politically: Essays
in Political Theory (New Haven: Yale University Press, 2007), y Giuseppe Mazzini and the
Globalization of Democratic Nationalism, 1830-1920, ed. C. A. Bayly y Eugene Biagini (Oxford:
Oxford University Press, 2008).

Última utopía_03.indd 41 17/12/2015 17:02:58


42 La última utopía

todas partes40. Para el gran filósofo alemán G. W. F. Hegel, los derechos


eran valiosos solamente “en contexto”, en un Estado que reconciliara la
libertad individual y la existencia de la comunidad41. En tierras alemanas,
antes y después de su unificación, los partidarios del liberalismo eran
profundamente estatalistas y nacionalistas en su pensamiento y estrategia
usada para mover a las masas; incluso cuando los motivaban los principios
universales, se aliaron primeramente con el ideal propio del Rechtsstaat de
una burocracia monárquica, y más adelante compartieron la convicción
de que un cosmopolitismo moderado propio de la época de Kant había
cedido el paso a una supremacía absoluta del proyecto nacional. Por ello
mismo, los derechos que los alemanes discutieron en el revolucionario
año de 1848 fueron derechos civiles atados a los límites de la ciudadanía,
y sus cantos triunfales que anunciaban la llegada de la libertad estaban
atados con explosiones de un patrioterismo nacionalista42. En este aspec-
to, lo excepcional de los alemanes era solo en los detalles. Su “liberalismo
nacional” encajaba con aquello que pregonaban quienes invocaban los
derechos en diversos lugares del mundo.
La alianza con el Estado y la nación no fue una suerte de accidente
que trágicamente le ocurrió a los derechos del hombre: fue su esencia
misma durante gran parte de su historia. Luego de la era de la revolución,
el derecho colectivo a la autodeterminación, tal como vino a llamarse
en el siglo XX, ofrecería el marco más obvio para el reclamo de prerroga-
tivas ciudadanas. Y este marco habría de resonar hasta hace relativamente
poco, particularmente durante el proceso de descolonización posterior a la
Segunda Guerra Mundial. Si la promesa de autogobierno de las revolucio-
nes atlánticas inspiró a tantos durante y después del siglo XIX, ello no se
debió a que ellas mismas hubiesen asegurado directamente “los derechos
humanos universales”. Por el contrario, su atractivo descansaba sobre la
promesa de emancipación del despotismo monárquico y de una tradición
retrógrada, en el caso francés, y de una liberación poscolonial del imperio
y la creación de la independencia del Estado en el caso norteamericano.
Tal como lo entendió Arendt, la centralidad del Estado nacional como el

40
Tony Judt, “Rights in France: Reflections on the Etiolation of a Political Language”, Tocqueville
Review 14, n.° 1 (1993): 67-108. Véase también Norberto Bobbio, “Diritti dell’uomo e del
cittadino nel secolo XIX in Europa”, y otros ensayos en Gerhard Dilcher, et al., eds., Grundrechte
im 19. Jahrhundert (Frankfurt, 1982).
41
Véase Steven B. Smith, Hegel’s Critique of Liberalism: Rights in Context (Chicago: University of
Chicago Press, 1991).
42
Véase Herbert A. Strauss, Staat, Bürger, Mensch: die Debatten der deutschen Nationalversammlung
1848/1849 über Grundrechte (Aarau: Sauerländer, 1947); cf. Brian E. Vick, Debating Germany: The
1848 Frankfurt Parliamentarians and National Identity (Cambridge: Harvard University Press,
2002); algunos textos están disponibles en Heinrich Scholler, ed., Die Grundrechtsdiskussion in
der Paulskirsche: eine Dokumentation (Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1973).

Última utopía_03.indd 42 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 43

crisol para los derechos posee un atractivo entendible si la primera tarea


es construir espacios de una ciudadanía significativa, incluso si el precio
a pagar es que se erijan fronteras políticas.
De hecho, la subordinación de los derechos al Estado nación pudo
haber sido la principal razón histórica para que los derechos fueran cada
vez menos importantes a medida que avanzaba el siglo XIX. Dicho de
otro modo, el cambio en dirección del estatalismo y el nacionalismo en
el siglo XIX ocurrió sobre la base de características propias del discurso de
los derechos. A medida que el tiempo pasaba tuvo que ser cada vez más
claro que lo verdaderamente importante era el logro de una ciudadanía
específica y no la afirmación de principios abstractos. Una vez justificados
como si fueran dados por Dios o por la naturaleza, en todos los lugares
donde el discurso de los derechos había logrado filtrarse adquirió más
y más una fundamentación estatalista o “positivista”. Los derechos del
hombre, como Arendt señaló, fueron
tratados como una especie de hijastro por el pensamiento político del
siglo XIX y […] ningún partido liberal o radical del siglo XX […] conside-
ró conveniente incluirlos en su programa […]. Si las leyes de su país no
atendían a las exigencias de los derechos del hombre, se esperaban que
fueran cambiadas, por la legislación […] o por la acción revolucionaria.43

Aunque fueran humanos en su fundamentación, los derechos huma-


nos fueron, sobre todo, logros políticos nacionales.
Obviamente, hubo muchas otras fuentes y razones para una lenta pero
segura “decadencia de los derechos naturales” en el siglo XIX a medida
que los derechos gradualmente dejaban de ser vistos como una autoridad
natural para el Estado y cada vez más reconocidos como sus criaturas.
Hoy, las tempranas críticas utilitaristas de Jeremy Bentham a los derechos
señalando que eran un “sinsentido en zancos”, de la mano del ácido re-
chazo de Burke hacia su abstracción, son siempre muy fáciles de recordar
en círculos angloamericanos44. Y es claramente cierto que —tal como Elie
Halévy vívidamente observó— la fuerza de las críticas utilitarias significaba
que si los derechos del hombre permanecían circulando entre el público,
eran solamente “del mismo modo en que hacemos nuestros negocios bajo
un régimen republicano con monedas que tienen la imagen de monarcas
caídos, sin siquiera notarlo y sin pensar que ello es importante”45. Pero
incluso en el Reino Unido la centralidad del Estado como el principal

Arendt, Orígenes, 244-245.


43

44
Un buen panorama angloamericano es “The Decline of Natural Right”, en Allen Wood y
Songsuk Susan Hahn, eds., The Cambridge History of Philosophy in the Nineteenth Century
(1790-1870) (2012).

45
Elie Halévy, The Growth of Philosophic Radicalism (Boston: Beacon Press, 1955), 155.

Última utopía_03.indd 43 17/12/2015 17:02:59


44 La última utopía

espacio para hablar de los derechos fue aún más relevante, tal como el po-
sitivista John Austin y más tarde el comunitarista y hegeliano T. H. Green
insistieron. El patrón moderno, por consiguiente, es claro: sin perjuicio
de la decadencia del naturalismo, el contexto colectivo —incluso nacio-
nalista— simplemente extendió, de muchas maneras, su alianza con las
políticas del Estado a las cuales desde un principio estaban íntimamente
atadas, incluso las afirmaciones más naturalistas sobre los derechos.
A pesar de la llamativa decadencia de invocar la naturaleza como
fundamento, los derechos —incluidos los derechos del hombre— fue-
ron la consigna de movimientos ciudadanos en la historia moderna.
Las mujeres los proclamaron inmediatamente, y poco tiempo después
los trabajadores hicieron lo propio. A los judíos se les concedieron en la
Revolución francesa, y los buscaron de manera más lenta en otros lugares
del continente europeo. Los negros esclavos los reclamaron, de manera
vívida en la alguna vez poco recordada Revolución haitiana. Dadas las
necesarias fronteras de los Estados, los inmigrantes elevaron preguntas
complejas todo el tiempo, y quienes abogaban por su inclusión y quienes
lo hacían por su exclusión de hecho tuvieron duras batallas. Incluso los
animales, se dijo por unos pocos, merecían tener derechos.
Aunque sea tentador interpretar que estas campañas son precurso-
ras de los derechos humanos en la medida en que ganaron sus batallas,
perfeccionaron los métodos y allanaron el camino para luchas que más
tarde trascenderían la nación, hacer ello deja muchas cosas por fuera y
reconstruye lo que queda dentro de una manera oscura que da pocas luces
sobre algunos aspectos. Después de todo, la principal consecuencia de la
disponibilidad de los derechos en la política nacional no era apuntar hacia
afuera de los Estados sino permitir a varios miembros de la comunidad
política dentro de ellos exigir la autoridad de los derechos. Las disputas
por la ciudadanía siempre tenían diferentes bandos, con interpretaciones
de cada uno de ellos sobre los límites y el significado de la ciudadanía. Este
papel estructural de los derechos —el cual principalmente incentivaba la
movilización ciudadana en lugar de actuaciones judiciales— había sido su
aspecto esencial46. Y comoquiera que se diferenciaran en sus fines progra-
máticos, los llamados a los derechos por parte de conservadores, liberales
y radicales estaban relacionados por ser luchas sobre la forma del Estado
nacional y la ciudadanía que se podía ejercer dentro de este. La revuelta
haitiana, para recordar solamente un ejemplo, buscaba tanto la inclusión
de los negros en la ciudadanía a través de la emancipación de los esclavos
como los derechos propiamente dichos, lo cual explica por qué hasta hace

46
Esta afirmación se le debe a Marcel Gauchet, “Les droits de l’homme ne sont pas une politique”,
Le Débat 3 (julio-agosto 1980), reimpreso en La condition politique (Paris: Gallimard, 2007).

Última utopía_03.indd 44 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 45

muy poco se le consideraba precursora del nacionalismo revolucionario


de la descolonización, no la precursora del movimiento de los derechos
humanos universales del presente.
Aún es posible, por supuesto, revisar nuevamente la historia moderna
de manera selectiva para identificar algunas causas que se parecen más a los
derechos humanos contemporáneos —la campaña contra el comercio de
esclavos y la esclavitud en el mundo, o los llamados para la intervención
que aparecieron frecuentemente durante la caída del Imperio otomano
en oriente y del Imperio español en occidente, las cuales incentivaron
anexiones de territorio o apoyo a movimientos independentistas, algunas
veces en nombre de los oprimidos—47. Pero sorprendentemente, estas
causas casi nunca fueron formuladas en el lenguaje de los derechos. La
solidaridad transnacional de los cristianos con sus correligionarios y el
judaísmo organizado seguramente no ofrecían una retórica universalista48.
Sin embargo, un lenguaje humanitarista más jerárquico (y frecuentemente
religioso) fue más útil para justificar el despliegue de la ayuda misericordio-
sa sin socavar las actividades y proyectos imperialistas con los que estaba
normalmente atada. En lo que respecta a las primitivas pero interesantes
formas de proteger a minorías dispersas al interior de diversos Estados
nacionales mediante tratados internacionales, lo cual inició a finales del
siglo XIX, ellas fueron promovidas para dar protección a los judíos en Eu-
ropa del este, con las grandes potencias condicionando la soberanía de los
poderes más débiles, exigiéndoles un gobierno suficientemente ilustrado.
De manera reveladora, dicho fenómeno fue concebido como si se derivara
de la existencia de un grupo, incluso cuando se estableció con una desarti-
culada supervisión internacional. La búsqueda de garantías de ciudadanía
subnacional fue lo que aquí importó, en lugar de una consagración directa
a nivel internacional de los derechos individuales. Las garantías ciudadanas
se restringieron para los Estados que presuntamente fuesen poco fiables
al momento de proporcionar prerrogativas civiles. Un modelo similar se
convertiría en la principal forma de protección de derechos bajo la Liga de
las Naciones del periodo de entreguerras. Al ser un intento de proteger los
derechos de otros, también presuponía las naciones de otros49.


47
Véase, por ejemplo, Adam Hochschild, Bury the Chains: Prophets and Rebels in the Fight to Free an
Empire’s Slaves (New York: Houghton Mifflin, 2005), Jenny S. Martinez, “Antislavery Courts and
the Dawn of International Human Rights Law”, Yale Law Journal 117, n.° 4 (enero, 2008): 550-641,
o Gary J. Bass, Freedom’s Battle: The Origins of Humanitarian Intervention (New York: Vintage, 2008).
48
Abigail Green, “The British Empire and the Jews: An Imperialism of Human Rights?”, Past and
Present 199 (mayo, 2008): 175-205; Lisa Moses Leff, The Sacred Bonds of Solidarity: The Rise of
Jewish Internationalism in Nineteenth-Century France (Stanford: Stanford University Press, 2006).
49
Cf. Carole Fink, Defending the Rights of Others: The Great Powers, the Jews, and International
Minority Protection, 1878-1938 (2004) y Mark Mazower, “Minorities and the League of Nations
in Interwar Europe”, Daedalus 26, n.° 2 (1997): 47-64.

Última utopía_03.indd 45 17/12/2015 17:02:59


46 La última utopía

Al contrario de todos estos ejemplos, durante el periodo anterior a


la Segunda Guerra Mundial, las batallas en Estados Unidos tuvieron una
propensión notablemente mayor a invocar los derechos individuales,
precisamente porque —a diferencia de los llamados a la “humanidad” en
el extranjero y la protección de las minorías en Estados atrasados— aque-
llas pudieron dar por sentada la existencia de un espacio de ciudadanía
incluyente en el que reclamos como estos podían llenarse de significado.
El senador de Massachusetts y líder de los republicanos radicales Charles
Sumner afirmó poco después de la guerra civil estadounidense, en una de
las muy extrañas alusiones al término en inglés antes de la década de los
cuarenta, “nuestra guerra [significa] que las instituciones de nuestro país
están dedicadas para siempre a los derechos humanos, y la Declaración de
Independencia se convierte en letra viva y no una simple promesa”50. Las
luchas domésticas reforzaron, en lugar de romper, la conexión entre los
fundamentos de los derechos y los de la soberanía, y tal como ocurría en
la revolución ello podía tomar una forma violenta.
Todas las luchas por los derechos para nuevos grupos, o las luchas
por nuevos derechos, ilustran claramente el punto. Los reclamos de la era
revolucionaria por la inclusión de las mujeres en la humanidad —y en las
comunidades políticas— tal como la Declaración de los Derechos de la
Mujer y de la Ciudadana de Olympe de Gouge y la Vindicación de los derechos
de la mujer de Mary Wollstonecraft, son ejemplos clásicos. El movimiento
de las mujeres, que se tomó medio siglo más para surgir, realmente hizo de
los derechos algo central en su activismo. El primer derecho en la agenda
fue el derecho a ser ciudadanas y votar. Desde Wollstonecraft, el activismo
feminista tuvo de seguro fines más generosos; y luego de la adquisición del
voto en la esfera angloamericana con posterioridad a la Primera Guerra
Mundial, los derechos sociales y las condiciones más profundas de la ciu-
dadanía de las mujeres definieron el movimiento. Dado el rol único de la
mujer en la reproducción y en la crianza de los hijos, las primeras críticas
insistieron en que el Estado tenía que ir más allá de la inclusión en forma
de participación electoral para enfrentar las estructuras endémicas de la
dependencia. Esta profundización de las premisas de la ciudadanía, sin
embargo, no implicaba automáticamente la expansión de sus fronteras.
La misma conexión de los usos de los derechos con la definición de la
ciudadanía puede afirmarse con la misma intensidad para todas las campa-
ñas de todo tipo de “derechos sociales” desde que fueron articuladas como
derechos por primera vez en la Revolución francesa. Por un largo periodo
de tiempo, dichas protecciones fueron entendidas particularmente como

50
Citado en David Donald, Charles Sumner and the Rights of Man (New York: Alfred A. Knopf,
1970), 423.

Última utopía_03.indd 46 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 47

derechos de los trabajadores y fueron buscadas a través de luchas domés-


ticas. En la Revolución francesa, los derechos sociales —siguiendo varios
proyectos del Antiguo Régimen para dar trabajo a los más necesitados—
desde un principio fueron tenidos en cuenta y aparecieron de manera
prominente en la segunda Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano de 1793 (año I de la Revolución)51. Este radicalismo político
cambió el debate a punto tal de incorporar “los comienzos de un lenguaje
de seguridad social basado en la ciudadanía”, y por ende presuponiendo la
inclusión comunal al igual que los derechos universales desde un primer
momento52.
Después de la Revolución, Charles Fourier en Francia y John Thelwall
en el Reino Unido intentaron extender los derechos naturales al trabajo
y al salario.
¡Cuán grande es la impotencia de nuestros actos sociales —escribía Fourier
alrededor de 1806— que no pueden proveer al pobre de una subsistencia
decente y proporcionada a su educación, para garantizarle el primero de
los derechos naturales, el derecho al trabajo! Por estas palabras, derechos
naturales, no entiendo las quimeras conocidas bajo el nombre de libertad,
igualdad. […] ¿Por qué la política se burla de estos desgraciados dándoles
derechos de soberanía, cuando no piden más que derechos de servidum-
bre, el derecho a trabajar para el placer de los ociosos?53

Una generación más tarde, cuando la idea del derecho al trabajo volvió,
lo hizo con un atuendo similar.
Haremos mucho más por la felicidad de las clases más bajas —escribía
el socialista utópico Victor Considérant— para su real emancipación y
verdadero progreso, garantizando a estas clases un trabajo bien remune-
rado en lugar de la consecución de derechos políticos y una soberanía
insignificante para ellos. El derecho más importante para la gente es el
derecho al trabajo.54


51
Sorprendentemente, en su discusión sobre la “invención de los derechos humanos”, Lynn Hunt
omite siquiera mencionar el derecho de propiedad o la articulación de los derechos sociales de
1793. Véase Jean-Pierre Gross, Fair Shares for All: Jacobin Egalitarianism in Practice (1997), 41-46,
64-72 y cap. 6. Sobre el derecho al trabajo, véase Pierre Rosanvallon, The New Social Question:
Rethinking the Welfare State (Princeton: Princeton University Press, 2008), cap. 5.
52
Gareth Stedman Jones, An End to Poverty? A Historical Debate (New York: Columbia University
Press, 2003), 13.
53
Charles Fourier, El extravío de la razón demostrado por las ridiculeces de las ciencias inciertas
(Barcelona: Grijalbo, 1974), 80-81. Sobre Thelwall, véase Gregory Claeys, The French Revolution
Debate in Britain: The Origins of Modern Politics (New York: Palgrave Macmillan, 2007).
54
Citado en Jonathan Beecher, Victor Considerant and the Rise and Fall of French Romantic Socialism
(Berkeley: University of California Press, 2001), 143. Véase igualmente para otras articulaciones
en Francia a Pierre Rosanvallon, The New Social Question: Rethinking the Welfare State (Princeton:
Princeton University Press, 2000).

Última utopía_03.indd 47 17/12/2015 17:02:59


48 La última utopía

En la Revolución de 1848 en Francia, organizar el gobierno para que


crease actividades útiles, como en los talleres nacionales, era un fin altamente
relevante. En todos los casos, como T. H. Marshall clásicamente acuñó, los
logros de los derechos sociales fueron primeramente y sobre todo revisiones
de la ciudadanía en el Estado —no la trascendencia más allá del Estado—55.
En otros términos, la elección era entre el temprano ideal del Rechtsstaat
y el generalmente tardío Sozialstaat, como los llamaron los alemanes: un
movimiento del Estado basado en el imperio de la ley a un Estado basado
en el bienestar, cada uno compartiendo la premisa común de la inclusión.
A pesar de todas estas iniciativas, las protecciones de la propiedad
continuaron siendo, de lejos, el reclamo de derechos más persistente e
importante en teoría y en el derecho (incluyendo el derecho constitu-
cional) a lo largo del siglo XIX y de la historia moderna. En respuesta, los
movimientos sociales, en su búsqueda de nuevos términos de inclusión,
fueron frecuentemente forzados a posicionarse ellos mismos en contra de
los derechos en lugar de simplemente proponer nuevos. El conservatismo
del libre mercado, después de todo, pudo y de hecho hizo de los derechos
humanos su propio grito de guerra poderoso. El hecho de que conceptos
como “derechos naturales” y “derechos del hombre” se convirtieran en
los mejores argumentos que los conservadores podían encontrar durante
la crisis económica del periodo de entreguerras para apoyar la libertad
contractual y la inmunidad de la propiedad de cara a regulaciones sociales
—así como el hecho de que estos conceptos fueran asediados por más de
medio siglo antes de la invención de los derechos humanos— es un capítulo
fundamental de la historia moderna de las ideologías56. En Estados Unidos,
un jurista conservador como Stephen Fuel podía constantemente invocar
los derechos naturales y el dios de la naturaleza como una suerte de magia
talismánica, incluso cuando identificaba cada vez más la promoción de
estos derechos con la defensa del capitalismo frente a la intrusión del Esta-
do57. Esta severa interrupción en la trayectoria histórica de los derechos del
hombre entre la era de la revolución y la fundación de las Naciones Unidas
es siempre omitida en los intentos de reconstruir la historia de los derechos
humanos como una celebración porque es un episodio que simplemente no
encaja. Como el principal papel de los derechos era establecer un espacio

55
T. H. Marshall, “Citizenship and Social Class”, en Citizenship and Social Class, and Other Essays
(1950).
56
Véase, por ejemplo, Edward S. Corwin, “The ‘Higher Law’ Background of American
Constitutionalism”, Harvard Law Review 42, n.° 2 (diciembre 1928): 149-85, y 42, n.° 3 (enero
1929): 365-409.
57
Véase Robert Green McCloskey, American Conservatism in the Age of Enterprise, 1865-1910
(Cambridge: Harvard University Press, 1951), cap. 5. Véase igualmente Richard A. Primus, The
American Language of Rights (1999), el cual aparentemente deja por fuera esta época.

Última utopía_03.indd 48 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 49

de ciudadanía para diversos actores que se disputaban su significado, los


derechos eran una herramienta para la igualdad de oportunidades.
El éxito competitivo de los proponentes del laissez-faire al acudir a los
“derechos del hombre” significaba que sus críticos frecuentemente escogían
el camino de atacar los derechos por considerarlos abstracciones y no bienes
sociales concretos. El ataque progresista contra el laissez-faire estaba muy lejos
de ser siempre o solamente la proclamación de nuevos derechos que dejasen
intacto el propio concepto de derechos. En este sentido, sería difícil señalar
con seguridad si la larga lucha moderna por protecciones sociales se debía
contar como un avance o un retroceso desde el punto de vista del lenguaje de
los derechos. En efecto, ya Fourier y Considérant señalaban desde un principio
que la afirmación de un derecho al trabajo era un desafío significativo al for-
malismo de los derechos y no solamente un nuevo ítem en la lista. Filósofos
como Green complementaron la libertad negativa frente al Estado con la
libertad positiva de la inclusión estatal; un institucionalista como Robert Hale
desmistificó pioneramente los derechos naturales como productos sociales,
mientras que un realista como Wesley Hohfeld mostró que, en lugar de ser
entidades metafísicas sacrosantas, eran una construcción compleja y desorde-
nada que sistemáticamente concedían una serie de reclamos y determinaban
responsabilidades. A pesar de ser diferentes en sus particularidades, todas estas
visiones empezaban con un distanciamiento consciente de la autosuficiencia
o incluso de la creencia en los “derechos individuales”.
Estas variadas críticas, asociadas con el nuevo liberalismo británico
y seguidas por el pragmatismo y realismo estadounidenses, socavaban el
concepto de derechos individuales venerado por los defensores de la liber-
tad contractual en una perspectiva de lejos más progresista, desplazando
el análisis de las retrógradas abstracciones individualistas hacia los bienes
sociales concretos. Y ellas eran particularmente angloamericanas sola-
mente en la medida en que típicamente aparecían bajo un ropaje liberal.
Fuera de la esfera angloamericana, los ataques similares contra la metafísica
individualista fueron incluso más lejos. A medida que se desvanecía el
siglo XIX, y al tiempo que la soberanía del Estado abstracto apareció para
una nueva crítica, una nueva revuelta poderosa contra la “metafísica de
los derechos” se dirigió también contra el individuo abstracto en nombre
de la integración social y el bienestar. Los argumentos más interesantes a
este respecto vinieron del teórico solidarista francés León Duguit, quien
argumentó que las ideas de la personalidad del Estado y la personalidad
del individuo estaban atadas mutuamente y debían entonces caer juntas58.


58
Véase, de manera más accessible, Léon Duguit, “Law and the State”, Harvard Law Review 31, n.°
1 (noviembre, 1917): 1-185 y “Objective Law”, Columbia Law Review 20, n.° 8 (diciembre, 1920):
817-31. Compárese para ver la punta del iceberg de los regímenes antiliberales del siglo XX y los

Última utopía_03.indd 49 17/12/2015 17:02:59


50 La última utopía

Dada la relación de larga data entre los derechos individuales y el Estado


soberano, esta no era una conclusión irrazonable; todavía no se le ocurría
a nadie afirmar que uno de ellos estaba por encima o contra el otro. Incluso
los llamados por nuevos derechos para nuevos pueblos frecuentemente
cedían el paso a la tendencia de criticar el individualismo atomista en
nombre de la unidad social. Por ejemplo, al finalizar el siglo XIX, las fe-
ministas francesas articularon reclamos por la igualdad de las mujeres en
nombre del mejoramiento social colectivo, en lugar de hacerlo basado en
las prerrogativas otorgadas por los derechos59. De modo similar, la histo-
ria de los movimientos de los trabajadores muestra que no hay forma de
darle crédito a estos últimos por hacer avanzar los derechos, a menos de
que se omita mencionar que sus reclamos, tal como los de muchos otros,
frecuentemente requerían una crítica al propio concepto de los derechos.
Existía otra tradición de los derechos entre los derechos revoluciona-
rios y los derechos humanos, que era tan diferente de ellos como ellos entre
sí: el liberalismo libertario. El hecho de que fuera una ciudadanía limitada
la que daba sentido a los derechos políticos afectaba los orígenes de este
nuevo concepto. Mientras que figuras icónicas como John Wilkes, quien
se opuso a que el Estado pisoteara las preciadas libertades de expresión y
de imprenta, fueron activas en el siglo XVIII —y algunos de sus amigos
incluso fundaron la Sociedad de los Defensores de la Carta de Derechos
para pagar sus deudas— la institucionalización del activismo alrededor
de las libertades civiles ocurrió solo a finales del siglo XIX en Francia, y
luego en la época de la Primera Guerra en Gran Bretaña, Estados Unidos y
Alemania. Las organizaciones permanentes establecidas en ese entonces,
como la Ligue des Droits de l’Homme y la American Civil Liberties Union, en
efecto, invocaron principalmente las libertades de expresión, imprenta y
asociación contra el Estado que los había traicionado. Además ayudaron a
desarrollar nuevos mecanismos para restringir las acciones del Estado —en
Estados Unidos a través de jueces constitucionales— como alternativas a su
derrocamiento revolucionario o a renovaciones drásticas. Sin embargo, tal
como los derechos de la era revolucionaria, las libertades civiles derivaron
su autoridad ideológica y premisas culturales del Estado nación. Todos estos
grupos basaron sus reclamos no en un derecho universal sino en unas tra-
diciones nacionales de libertad presuntamente profundas. Los activistas de
las libertades civiles eran parte de un fenómeno común que se extendió por
diferentes lugares hacia la misma época, y eran frecuentemente internacio-
nalistas en sus sentimientos. Pero estaban lo suficientemente atados a los

derechos sociales con: Pedro Ramos Pino, “Housing and Citizenship: Building Social Rights in
Twentieth Century Portugal”, Contemporary European History 18, n.° 2 (mayo, 2009): 199-215.
59
Véase Joan Wallach Scott, Only Paradoxes to Offer: French Feminists and the Rights of Man
(Cambridge: Harvard University Press, 1996), cap. 4.

Última utopía_03.indd 50 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 51

derechos de la era revolucionaria como para restringir abrumadoramente


no solo sus apelaciones retóricas a los valores nacionales sino su activismo
en el ámbito doméstico (algunas veces incluyendo, en los casos europeos,
los espacios imperiales de sus Estados)60. Por muchos años, los partidarios
de las libertades civiles primordialmente miraron hacia adentro, en lugar
de hacerlo hacia afuera para registrar el sufrimiento de la gente alrededor
del mundo. Por ello no encendieron la llama que llevara a la creación de
los derechos humanos internacionales ni como idea ni como movimiento.
Si la conexión umbilical entre los derechos y la ciudadanía es la ca-
racterística central de la historia de los derechos, entonces la pregunta
natural es cuándo y por qué los derechos incorporaron cualquier tipo de
impulso más allá del Estado nacional como el espacio que alguna vez les
dio su sentido de manera tan exclusiva. Lo que es quizá más sorprendente
de registrar es que el ascenso del espacio internacional en la segunda mitad
del siglo XIX no tuvo efectos en el marco nacional en el que los derechos
eran valorados —cuando excepcionalmente eran invocados—. A pesar
de que Bentham había acuñado el término “internacional” desde 1780,
el ascenso de la internacionalización en la forma de una integración eco-
nómica y reglamentaria, de la mano de una variedad de otros proyectos
internacionalistas, en su mayoría tuvieron que esperar la revolución de las
comunicaciones y los medios de transporte después de 1850. Este proceso
cubrió lo divino y lo humano —desde sindicatos postales hasta métodos
policiales, desde famosas exhibiciones internacionales (que datan desde
1855) hasta los Juegos Olímpicos (que datan desde 1896)—. Casi nunca
implicando la abolición absoluta del Estado, la internacionalización pro-
veía con frecuencia únicamente un gran escenario para que ella misma se
mostrara. De hecho, a finales del siglo XIX, el auge de un nuevo espacio
internacional estaba unido al florecimiento de un tipo más chovinista del
nacionalismo que, luego de la era de Mazzini, predominó en todo el mundo
(más adelante, hubo incluso algo como el internacionalismo fascista)61.
La nueva esfera internacional del tardío siglo XIX hizo posible el ac-
tivismo internacionalista, impensable anteriormente. Desde esa era, este
“internacionalismo” ha sido el universalismo moderno dominante y presu-
pone la existencia de las naciones aunque buscando su interdependencia.

60
Véase, por ejemplo, William D. Irvine, Between Justice and Politics: The Ligue des Droits de
l’Homme, 1898-1945 (Stanford: Stanford University Press, 2007); Paul L. Murphy, World War I
and the Origins of Civil Liberties in the United States (New York: W.W. Norton & Company, 1978);
y K. D. Ewing y C. A. Gearty, The Struggle for Civil Liberties: Political Freedom and the Rule of Law
in Britain, 1914-1945 (Oxford: Oxford University Press, 2001).

61
Hidemi Suganami, “A Note on the Origin of the Word ‘International’”, British Journal of International
Studies 4 (1978): 226-32. Cf. Hannah Arendt, “The Seeds of a Fascist International”, en Essays in
Understanding, 1930-1954, ed. Jerome Kohn (New York: Houghton Mifflin Harcourt P., 1994).

Última utopía_03.indd 51 17/12/2015 17:02:59


52 La última utopía

Luego de 1870 aproximadamente, las organizaciones y ligas internacio-


nales empezaron a brotar, algunas de ellas priorizando la promoción de
una nueva conciencia global. Empezando en la década de 1870, una o dos
fueron fundadas cada año, y luego llegaron a ser cerca de cinco cada año
en las décadas anteriores a 1914 y cerca de diez al año entre las dos guerras
mundiales62. Algunas veces parece como si el internacionalismo serviría a
cualquiera —desde los aristócratas hasta los burócratas, desde trabajadores
hasta abogados— y sin embargo ninguno de ellos movió la noción de los
derechos al ámbito internacional y mucho menos buscó su legalización
por encima del Estado63. A pesar de que un movimiento como el de las
mujeres, basado genéricamente en los derechos, tomó una dimensión in-
ternacional, su internacionalismo era sobre compartir técnicas y construir
confianza para la agitación nacional y no trataba de convertir el propio
espacio global en un lugar para la invención y la reforma, a excepción de
la búsqueda de la paz internacional.
El socialismo internacional sigue siendo quizá el caso más impor-
tante para poder entender por qué la expansión del internacionalismo
y la explosión de los derechos no necesitaban estar conectados, lo cual
de hecho ocurrió. Mientras que desde hacía tiempo había sido posible
articular las preocupaciones sociales como reclamos de derechos, ello no
era inevitable y tampoco era común hacerlo. Empezando con los orígenes
del socialismo organizado como un proyecto político al principio del siglo
XIX, los diversos movimientos típicamente parecían dirigirse mucho más
hacia la transformación utópica. Y cualquiera que fuera la invocación de
los derechos por los movimientos marxistas que siguieron, el propio Karl
Marx fue el pionero en lo que se convirtió la manera prevalente y tradi-
cional para argumentar por un mundo mejor en el que los derechos del
hombre seguían siendo un problema y no la solución. Marx adoptó un
escepticismo general sobre los derechos en relación con el avance de las
preocupaciones de los trabajadores a punto de llegar a su absoluto repu-
dio. Su texto temprano, “Sobre la cuestión judía”, ofrecía una crítica del
Estado capitalista moderno como un espacio para la libertad, en el cual la
abstracción de los derechos era usada para evitar una libertad “real”. Como
otros críticos posteriores del formalismo, Marx atacó conjuntamente los

62
Véase Annuaire des organisations internationales (Geneva, 1949), al igual que Martin H. Geyer y
Johannes Paulmann, eds., The Mechanics of Internationalism: Culture, Society and Politics from
the 1840s to World War I, (Oxford: Oxford University Press, 2001).
63
El colapso reciente de la frontera entre los derechos humanos y el humanitarismo ha llevado
a los argumentos en favor de la continuidad de los dos a girar alrededor de los eventos del
derecho de la guerra –el cual, comoquiera que se le considera, considera la “humanización”
de las acciones de guerra para los soldados involucrados sin ninguna base para apelar a los
“derechos del hombre”–.

Última utopía_03.indd 52 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 53

Estados y los derechos reconociendo su atadura umbilical; y si él apelaba


más allá a un orden global, era en nombre del comunismo que requería
trascender los derechos individuales.
Aunque sería tentador reputar el ascenso del socialismo “científico” de
Marx como desastroso para la posibilidad de un socialismo liberal basado
en los derechos, un movimiento de este tipo terminó siendo un competidor
demasiado pequeño64. Incluso los socialismos reformistas de finales del
siglo XIX, que resolvieron jugar bajo las reglas de la democracia parlamen-
taria en lugar de buscar una revolución violenta, soñaban con otras utopías
más amplias que no apelaban a los derechos del hombre. Las carreras de
los “revisionistas” Eduard Bernstein en Alemania, los fabianos en Gran
Bretaña, e incluso Jean Jaurès en Francia —el socialista extraordinario
que veneraba la Revolución francesa y sostenía, como muchos otros, que
ella era premonitoria del utopismo socialista y no del internacionalismo
jurídico— ilustran este punto de manera clara65. Le droit du pauvre est un mot
creux, el himno de los trabajadores y, más tarde, de los comunistas signifi-
cativamente daba un título apropiado a los dictámenes de la Internacional.
“El derecho de los pobres es una frase vacía”66. Incluso cuando negaba darle
a los derechos un protagonismo, el socialismo sin embargo hizo más que
cualquier otro movimiento para promover el internacionalismo como una
causa política, empezando con la Asociación Internacional de Trabajadores
(1864-1876) y continuando con la Segunda Internacional (1889-1914)67.
Las historias contemporáneas del internacionalismo en las postrimerías
del siglo XIX están todavía radicalmente incompletas. Pero sí parece claro
que incluso la palabra internacionalismo (especialmente al escribirla en
mayúsculas) vino a ser asociada frecuentemente con el socialismo inter-
nacional, y que las formas liberales de internacionalismo —como el nuevo
derecho internacional, con sus actitudes comparativamente respetuosas
respecto de la soberanía estatal— se desarrollaron principalmente en una
abierta competencia ideológica con su aterrador rival socialista68.

64
Cf. Monique Canto-Sperber and Nadia Urbinati, eds., Le socialisme libéral: Une anthologie (Paris:
Esprit, 2003).
65
Véase Madeleine Rébérioux, “Jaurès et les droits de l’homme”, Bulletin de la Société d’Etudes
Jaurésiennes, nos. 102-103 (julio, 1986).
66
Tal como Leszek Kolakowski señala, la traducción alemana de la (originalmente francesa) letra
usaba la frase “die ‘Internationale’ erkämpft die Menschenrecht” para que rimara y no por
cuestiones ideológicas. Leszek Kolakowski, “Marxism and Human Rights”, Daedalus 112, n.° 4
(otoño, 1983): 81.

67
La completa omisión de este hecho básico sigue siendo quizá la característica más sorprendente
de las historias escritas recientemente que contextualizan el internacionalismo contemporáneo.
Véase especialmente Akira Iriye, Global Community: The Role of Inter-national Organizations in the
Making of the Modern World (Berkeley: University of California Press, 2002).
68
Martti Koskenniemi, The Gentle Civilizer of Nations: The Rise and Fall of International Law (2001),
67-76.

Última utopía_03.indd 53 17/12/2015 17:02:59


54 La última utopía

Aunque trataron más que otros, incluso los socialistas más interna-
cionalistas de finales del siglo XIX, a la larga, no pudieron escapar a la
fuerza gravitacional del Estado y la nación, tal como el camino hacia 1914
—cuando los partidos socialistas europeos se fueron a la guerra— haría tan
gráficamente evidente. No obstante, su ejemplo muestra que para que el
cosmopolitismo fuera definido como la supremacía e internacionaliza-
ción de los derechos, otras utopías tenían que ser dejadas atrás. Tal como
la diversidad premoderna de los universalismos, la historia de los años
siguientes mostraría que una amplia gama de internacionalismos estaba
disponible; sus crisis vinieron a crear las condiciones para los derechos hu-
manos internacionales. Si los derechos humanos ahora definen de manera
integral el cosmopolitismo a punto de que aparentan ser su única forma
posible, esto no se debe a su herencia antigua. Incluso durante el nacimiento
del internacionalismo en el siglo XIX los derechos humanos no estaban en
el horizonte. Esto no se derivaba de algún tipo de fracaso intelectual o de
inexplicable oposición —la cual claramente no iba a ocurrir en la larga era
de los derechos del hombre como criaturas del Estado, y continuaron sin
ser afectados por nuevos patrones de relaciones con otros Estados que la
internacionalización empezó a traer—. Las personas que vivían en el pasado
no estaban ciegas o confundidas simplemente por no tener las creencias que
más tarde aparecerían o por no haberse embarcado en los proyectos contem-
poráneos69. En su lugar, los derechos humanos fueron creados por eventos
no anticipados que sucedieron más adelante y socavaron los presupuestos
previos. Esos eventos ocurrieron hace solo una generación.
Al criticar lo que llamaba el “ídolo de los orígenes”, el famoso his-
toriador Marc Bloch planteó inmejorablemente el punto esencial70. Es
tentador asumir que el goteo de la nieve derretida de las montañas es la
fuente de toda el agua en una inundación que se produce río abajo, cuan-
do, de hecho, la inundación depende de los nuevos afluentes que hacen
crecer al río. Estos últimos pueden no verse por estar incluso bajo tierra,
y vienen de un lugar distinto a la montaña. Incluso la continuidad que
existe depende de algo innovador y la persistencia de los aspectos antiguos

69
Véase por ejemplo Lloyd Kramer, quien dice anacrónicamente que “la mayoría de los nacio-
nalistas liberales de principios del siglo XIX […] resaltaron la conexión entre los derechos
universales y la independencia nacional sin reconocer íntegramente cómo los reclamos
nacionales podían pasar por encima de otros reclamos por los derechos universales”. Kramer,
Lafayette, 255-56. El que esta intuición no estuviese disponible no es una falla de su parte
sino una pista sobre las condiciones bajo las cuales “los derechos humanos universales” se
volvieron relevantes más adelante. Con un anacronismo similar, Louis Henkin concluyó su
libro The Rights of Man Today (Boulder: Westview, 1978), 137, discutido más adelante en el
capítulo 5 de este libro, señalando: “Paine proclamó los derechos del hombre en la sociedad
nacional [pero] hubiera celebrado el advenimiento de los derechos humanos”.
70
Véase Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio del historiador (México: FCE, 1996), cap. 1.

Última utopía_03.indd 54 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 55

se debe a causas nuevas a medida que el tiempo pasa. En lo que respecta a


los derechos humanos, estos no son una corriente continua y persistente
sino una sorprendente marejada que debe ser explicada. Dejando a un lado
los posibles mitos, los derechos humanos son algo nuevo en un mundo
que transformó radicalmente las viejas corrientes —incluso la propia idea
de derechos existente hasta ese entonces—, a punto de volverlas irrecono-
cibles, gracias a circunstancias sin precedentes y como resultado de unas
causas insospechadas.
De hecho, ya entrado el siglo XX, el lazo general entre los derechos
y el Estado nación permaneció relativamente exento de problemas a
pesar de la existencia de unas voces tempranas en su contra. El Estado y
sus proyectos ahora son comprendidos con cierto grado de sospecha. Sin
embargo, en una mirada de largo alcance, la búsqueda de los derechos
más allá del Estado tuvo un precio considerable: la pérdida del espacio
incluyente derivado de la membresía que el Estado específicamente, e
incluso los imperios, habían proveído de alguna manera. Después de la
Segunda Guerra Mundial, Arendt fue una de las primeras en preocuparse
que el concepto de “derechos humanos” no presuponía algo compara-
ble, y por ende no proveía nada comparable, a la membresía al Estado o
al imperio —y que como había ocurrido en la historia del mundo hasta
allí, “el mundo no halló nada sagrado en la abstracta desnudez del ser
humano”71—. Si los derechos humanos no daban cuenta de su separación
de la vieja idea de los derechos, seguirían siendo insignificantes o incluso
contraproducentes.
El hecho de que Arendt escribiera muestra que realmente había al-
gunos que esperaban poner los derechos por encima del Estado nación al
finalizar la Segunda Guerra Mundial. El problema es que era un momen-
to poco propicio para hacerlo, sobre todo porque la mayoría del mundo
—especialmente el mundo colonial— todavía quería los propios Estados
naciones, cuyas desconsideradas pugnas habían llevado a la ruina a los
inventores europeos de esta forma política. Aunque en inglés el término
fue elevado a un nuevo significado potencial, la década de los cuarenta no
iba a ser todavía la hora de los “derechos humanos”. Y cuando entraron
en la conciencia popular décadas después, ello no fue a través del tipo de
utopismo político que desde hacía mucho había disparado la búsqueda
moderna del Estado nación, sino a través del desplazamiento moral de lo
político. La verdadera clave para la interrumpida historia de los derechos,
entonces, está en la movida de la política estatal a la moralidad global, la
cual hoy define las aspiraciones contemporáneas.

Arendt, Orígenes, 249; cf. Giorgio Agamben, Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida (Valencia:
71

Pretextos, 1998), 160-162.

Última utopía_03.indd 55 17/12/2015 17:02:59


Última utopía_03.indd 56 17/12/2015 17:02:59
Naciendo muertos

Cuando los “derechos humanos” entraron al idioma inglés en la década


del cuarenta, lo hicieron de manera poco ceremonial e incluso accidental.
Empezaron como una parte accesoria a la esperanzadora visión alternati-
va erigida contra el nuevo orden cruel y tiránico de Adolf Hitler. Al calor
de la batalla y poco tiempo después, esa visión de una vida colectiva de
posguerra —en la que las libertades personales encajarían con promesas
de social democracia más ampliamente difundidas— daba las principales
razones para luchar. Bien sea como una manera de expresar los principios
para todas las sociedades de posguerra, o incluso como una aspiración a
trascender al Estado, el concepto nunca se extendió —como sí ocurrió más
tarde— alrededor del mundo al público en general, ni siquiera cuando la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se estaba nego-
ciando. ¿Por qué no?
Desde una perspectiva global, el ascenso de los derechos humanos
desplazó una promesa anterior de autodeterminación de los pueblos
construida durante la Segunda Guerra Mundial en la Carta del Atlántico
de 1941. Pronto, sin embargo, se hizo evidente que los Aliados querían
que los principios básicos de las organizaciones internacionales de pos-
guerra fueran perfectamente compatibles con los imperios. Incluso en el
Atlántico norte donde nació y en los países de segundo nivel de América

Última utopía_03.indd 57 17/12/2015 17:02:59


58 La última utopía

Latina y Australasia que estaban fuera del acuerdo, los derechos humanos
no germinaron. En un principio, como si fueran un vago sinónimo de
algún tipo de socialdemocracia, los derechos humanos no enfrentaron la
importante cuestión sobre qué tipo de socialdemocracia debía instaurarse:
una versión de un capitalismo de bienestar o un socialismo con todas sus
consecuencias. Luego, para 1947-1948 y en la cristalización de la Guerra
Fría, Occidente fue exitoso en capturar el lenguaje de los derechos huma-
nos para su cruzada contra la Unión Soviética; en el continente europeo
los principales promotores terminaron siendo conservadores. Luego de
fallar en construir una nueva opción a mediados de los años cuarenta, los
derechos humanos muy pronto probaron ser simplemente otra forma de
abogar por uno de los bandos en la disputa de la Guerra Fría. Nunca fueron
entendidos como una ruptura radical con la comunidad de Estados que
las Naciones Unidas habían reunido.
¿Cómo parecería la década del cuarenta si se la libera del difundido
mito de que la era representó una especie de ensayo de un mundo de pos
Guerra Fría en el que los derechos humanos sí empezaron a hacernos vis-
lumbrar un imperio del derecho por encima de los Estados nacionales?
¿Qué pasaría si la historia de los años cuarenta se escribiera reconociendo
adecuadamente la deuda que eventos posteriores tienen con esta década y,
así, resaltando una serie de causas radicalmente diferentes para entender el
significado actual y la centralidad de unos derechos humanos reconstrui-
dos? La conclusión principal tendría que ser que releer la Segunda Guerra
Mundial y sus secuelas como fuentes esenciales de los derechos humanos
tal como son entendidos hoy es engañoso, aunque tentador. Los derechos
humanos terminaron siendo un sustituto para lo que muchos alrededor
del mundo querían: la creación de una prerrogativa colectiva para la
autodeterminación. Los súbditos de los imperios no estaban en un error
al ver los derechos humanos como un tipo de premio de consolación. Pero
incluso para los angloamericanos, los europeos del continente y los Estados
de segundo nivel en donde tuvieron al menos una mínima publicidad, los
orígenes de los derechos humanos tendrían que ser vistos dentro de un
marco general que explicara no tanto su grandiosa anunciación sino sobre
todo su marginalidad general a lo largo de los cuarenta.
La formación de las Naciones Unidas debe ser central en esta narrativa
en la medida en que hasta la década de los setenta los derechos humanos
fueron un proyecto exclusivo de su maquinaria, de la mano de algunas
iniciativas regionales, y, por ende, no tenían un significado independiente.
Sin embargo, la fundación de las Naciones Unidas —la naciente institución
responsable de la originalmente periférica existencia de los derechos huma-
nos— de hecho muestra una cara muy diferente a la que algunos cronistas
recientes se han empeñado en exhibir. En los sorprendentes esbozos de los

Última utopía_03.indd 58 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 59

Aliados en 1944 para la formación de la futura organización internacional


para la posguerra, lo que se conoce como los documentos de Dumbarton
Oaks, ya era claro que la retórica de la época de la guerra, que incluía un nuevo
concepto de derechos humanos, estaba ocultando otras agendas. Además,
la campaña de varios individuos y grupos para alterar este resultado, la cual
llegó a su clímax en la paradigmática conferencia de San Francisco a media-
dos de 1945, fracasó estruendosamente a pesar de la concesión simbólica de
la reintroducción de los derechos humanos en la Carta de Naciones Unidas
que se redactó en dicha ciudad. Dado el realismo de las grandes potencias en
las decisiones de los años de la guerra, la historia de los derechos humanos
en la posguerra, desde sus primeros días, tiene que ocuparse tanto de su
reanimación, como de la definición del término, y el fracaso catastrófico
de lo primero no puede dejarse a un lado para magnificar la importancia
de lo segundo1.
Si una visión diferente es más conocida, ello se debe a dos estrategias
entendibles pero inviables. La primera consiste en sobredimensionar
—frecuentemente de manera drástica— los efectos de la campaña en
contra de los acuerdos de Dumbarton Oaks. La segunda trata de aislar el
camino hacia la Declaración Universal como una senda que las personas
aún transitan, incluso cuando la Guerra Fría erigió temporalmente una
barrera para impedir el paso. Esta historia profundamente selectiva debe
ser reemplazada por una en la que esos eventos, los cuales también tienen
su lugar, son puestos en sus justas proporciones, mostrando que son fases
en un relato más largo, complicado y en muchos sentidos más deprimente.
La ahora bien entendida redacción de la Declaración Universal, el foco
común, no puede ser separada de fuerzas históricas mucho más intensas
que la condenaron a la irrelevancia en su tiempo. De hecho, un enfoque
retrospectivo de los derechos humanos durante este periodo es riesgoso,
pues puede ignorar el punto más importante, el cual es la marginalidad
y el fracaso del concepto en una era en la que se perfilaba el debate sobre
órdenes globales futuros. La difusión del término durante la guerra, la
Declaración Universal y los desarrollos relacionados, tales como la Conven-
ción Europea de Derechos Humanos (1950), fueron subproductos menores
de esta era y no sus principales características. Los derechos humanos ya
estaban a punto de caer del escenario en la posguerra, incluso antes de
que fueran completamente empujados fuera de escena por la política de

1
Uno de los propósitos de este capítulo es enmendar la separación entre la historia de los derechos
humanos y la historia de la organización internacional en general, esta última como la que se
encuentra en John W. Wheeler-Bennett y Anthony Nicholls, The Semblance of Peace: The Political
Settlement after the Second World War (New York: Macmillan, 1972) y G. John Ikenberry, After
Victory: Institutions, Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order after Major Wars (Princeton:
Princeton University Press, 2001), cap. 6.

Última utopía_03.indd 59 17/12/2015 17:02:59


60 La última utopía

la Guerra Fría. Tal como lo señaló más tarde el director de una temprana
ONG, Moses Moskowitz, los derechos humanos “murieron en el proceso
de su nacimiento”2.
Si hay una razón de peso para concentrarse en los derechos humanos
durante los cuarenta, no es por su importancia en ese momento sino que
ello nos puede proveer una visión valiosa para entender por qué el concepto
no despegó hasta algunas décadas después. Es importante saber qué no eran
los derechos humanos para esa época. No eran una respuesta al Holocausto,
y de hecho no estaban interesados principalmente en la prevención de
matanzas catastróficas. Solo de manera muy esporádica implicaban un
disenso basado en los principios de la soberanía del Estado moderno y,
principalmente, no eran siquiera una idea especialmente prominente.
Lo que verdaderamente eran en esta época ayuda a identificar cuáles de
los cambios que vinieron más tarde permitieron su amplio atractivo y
popularidad. A diferencia de lo ocurrido más tarde, los derechos estaban
atados con la organización internacional y no con un lenguaje popular
más amplio. Además, no inspiraron ningún movimiento. Una manera
más adecuada de pensar sobre los derechos humanos en los años cuarenta
tiene que entender por qué en ese tiempo no tenían función alguna para
desempeñar, comparado con las circunstancias ideológicas de tres décadas
después cuando irrumpieron decididamente en escena.
Si en los últimos años de la guerra y poco tiempo después los derechos
eran simplemente otra manera de expresar un consenso socialdemócrata
breve, cuando el tiempo pasó proveyeron nuevas herramientas a los con-
servadores de Europa occidental para mostrar su identidad particular. Los
Estados Unidos, que habían contribuido a llenar las esperanzas durante
la guerra, retrocedieron del lenguaje que habían ayudado a introducir,
dejando sola a Europa occidental para que lo cultivase. Incluso allí —es-
pecialmente allí— el verdadero debate en la política doméstica era sobre la
forma de crear la libertad social dentro del Estado. Sin embargo, fue el con-
servatismo europeo el que capturó el lenguaje de los derechos humanos,
mientras que otros pocos aprendieron a hablarlo. Luego de algunos años,
los significados que había acumulado la idea de los derechos humanos eran
tan geográficamente específicos e ideológicamente marcados —y, frecuen-
temente, conectados de manera tan inseparable a la identidad cristiana
y de la Guerra Fría— que es un enigma cómo es que más tarde pudieron
retornar con una vestimenta diferente. Adentrándose en el largo periodo
de la posguerra, por consiguiente, los derechos humanos no eran una pro-
mesa que esperase ser realizada, sino una utopía primero demasiado vaga

2
Moses Moskowitz, “Whither the United Nations Human Rights Program?”, Israel Year Book on
Human Rights 6 (1976): 82.

Última utopía_03.indd 60 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 61

y luego demasiado conservadora como para ser importante. Para capturar


la imaginación del mundo, tendrían que ser redefinidos profundamente
en medio de un nuevo clima ideológico.
La guerra es siempre una disputa de palabras y de heridas. Sin embar-
go, los derechos humanos no fueron las primeras palabras. Ascendieron
porque las primeras fueron inadecuadas; en cierto sentido no tenían la
especificidad suficiente y además eran demasiado específicas. Las Cuatro
Libertades, que eran el trasfondo original en el que surgieron los principios
de una posible intervención estadounidense con la visión alternativa de un
nuevo orden, datan del Discurso sobre el Estado de la Unión de Franklin
Delano Roosevelt en enero de 1941 y se unieron a numerosas declaracio-
nes británicas de la época de la guerra3. Las libertades de Roosevelt eran la
libertad de expresión, religión, libertad de vivir sin necesidades y libertad
de vivir sin miedo —esta última definida como una paz desarmada—. El
“tipo de mundo” en el que las libertades estarían garantizadas, Roosevelt
explicaba en su discurso,
es la propia antítesis del llamado “nuevo orden” de la tiranía que los
dictadores buscan crear con el impacto de las bombas. A ese nuevo orden
oponemos una concepción más grande —el orden moral. […] La libertad
significa la supremacía de los derechos humanos en todo el mundo.4

Cuando se encontró con Winston Churchill frente a Newfoundland


en agosto de ese año, con Pearl Harbor aún a meses de ocurrir y la en-
trada de los Estados Unidos en la guerra todavía políticamente inviable,
Roosevelt no tomó en serio la presión internacionalista que se posaba sobre
él al rechazar la propuesta de Churchill en el sentido de revivir una Liga
de las Naciones. Pero incorporó las libertades a vivir sin necesidad y sin
miedo a la Carta del Atlántico como los principios compartidos por todos
aquellos que resistían a Hitler. Lo que más interesaba eran los ámbitos del
armamento y la economía, perfilándose como aquello que requería más
atención. El aspecto más publicitado del encuentro en el barco fue la ce-
remonia religiosa que lo cerró. Los observadores pensaron que su himno
cantado por los soldados cristianos, no la alusión a los derechos humanos,
simbolizaban conmovedoramente la antítesis angloamericana a la tiranía
de Hitler. Como ejercicio de relaciones públicas, sin embargo, la Carta del
Atlántico fracasó en su principal propósito de mover a los estadounidenses
hacia una posición más comprometida con la guerra. Fueron las heridas


3
Véase el brillante argumento en Jill Lepore, The Name of War: King Philip’s War and the Making
of American Identity (New York: Vintage, 1998) y para afirmaciones principalmente británicas,
véase Phyllis Bottome, ed., Our New Order or Hitler’s? (London: Penguin, 1943).
4
Franklin D. Roosevelt, “Four Freedoms Speech”, Annual Message to Congress on the State of
the Union (01/06/1941), disponible en http://www.fdrlibrary.marist.edu/pdfs/fftext.pdf

Última utopía_03.indd 61 17/12/2015 17:02:59


62 La última utopía

causadas por las bombas japonesas, no las palabras con las que Roosevelt
esperaba animar a los Estados Unidos, lo que condujo al país a la batalla5.
Cuando Churchill navegó nuevamente al oeste para pasar las festivida-
des de fin de año en la Casa Blanca en la llamada Conferencia de Arcadia, los
derechos humanos hicieron la entrada que marcaría su futuro en la historia
mundial como un término políticamente inspirador. Tal como había ocu-
rrido anteriormente en el discurso de Roosevelt sobre las Cuatro Libertades,
la idea hizo su aparición no con bombos y platillos sino como si fuera algo
dicho de paso. Es sorprendente que no se haya descubierto evidencia alguna
para explicar por qué y cuándo apareció el término tal como lo hizo; pero
el problema es que esta búsqueda se ha hecho sobre la premisa errada de
que lo que ahora es tan significativo no pudo haber surgido por un simple
accidente. De un borrador a otro de la Declaración de las Naciones Unidas
proferida por la Casa Blanca el 1.o de enero de 1942, el término fue usado en
una más detallada interpretación de las promesas de la Carta del Atlántico.
En todo caso, la idea apareció subordinada a las Cuatro Libertades, en lugar
de estar por encima de ellas o incluirlas. La Declaración proclamó que los
Aliados estaban
convencidos de que una victoria total sobre sus enemigos es fundamental
para defender la vida, la libertad, la independencia y la libertad religiosa, y
para preservar los derechos humanos y la justicia en sus propios territorios
así como en otras tierras.

En un principio, los derechos humanos aparecieron como un eslogan


de guerra para justificar por qué los Aliados tenían que estar “ahora com-
prometidos en una lucha común en contra de las fuerzas salvajes y brutales
que buscan subyugar al mundo”6. Pero nadie hubiera podido decir qué
quería decir este eslogan.
Parece poco probable que Roosevelt —quien aparentemente insertó
la última frase en la última revisión de la Declaración— hubiera querido
introducir algo conceptualmente nuevo. ¿Cómo explicar, entonces, la
poco dramática e injustificada entrada de los derechos humanos al arsenal
ideológico y retórico de la política mundial? Es útil, primero que todo,
saber que el término no era completamente nuevo. Tempranamente,
dejando a un lado sus usos principalmente aleatorios, la información

5
Theodore A. Wilson, The First Summit: Roosevelt and Churchill at Placentia Bay 1941 (Boston:
Houghton Mifflin, 1969).
6
Véase Foreign Relations of the United States: The Conferences at Washington, 1941-1942, and
Casablanca, 1943 (Washington, D.C., 1968), 370-71. Basado en los archivos británicos Brian
Simpson reclama: “No es claro cómo es que los derechos humanos encontraron su camino
para quedar en el texto”, y los académicos examinando las fuentes estadounidenses no lo han
hecho mejor. A. W. B. Simpson, Human Rights and the End of Empire: Britain and the Genesis of
the European Convention (Oxford: Oxford University Press, 2001), 184.

Última utopía_03.indd 62 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 63

disponible deja claro que su primera circulación digna de consideración


en el idioma inglés se dio en 1933, no solamente en protesta cuando Hitler
accedió al poder sino en apoyo a la reforma del New Deal. No solo una
sino dos “ligas de derechos humanos” se formaron en los Estados Unidos
durante esos años, una para cada causa. Pero estos significados iniciales,
aunque motivaron las pocas invocaciones generales de la idea, tenían
competidores en los dos extremos del espectro político. Actualizando la
transformación de los “derechos del hombre” para que significaran la
defensa de un mercado sin regulación, Herbert Hoover denunció el New
Deal por su interferencia en los derechos humanos en 1934, mientras
que los socialistas, que criticaban a Roosevelt por tomar partido por el
capitalismo y salvarlo, señalaban que la nación había pisoteado los de-
rechos humanos de los trabajadores. Una conclusión honesta es que el
término significaba cosas diferentes para diferentes personas desde sus
inicios. En consecuencia, no significaba nada específico en la medida en
que varios actores políticos trataban de darles sentido7.
Para finales de la década del treinta, sin embargo, un entendimiento
dominante empezó a cristalizarse en esta lucha previa a la Segunda Guerra
por las implicaciones del término: se convirtió en una idea antitotalitaria,
un significado codificado de la manera más clara por Pío XI, la figura mun-
dial más importante que usó el término antes de Roosevelt, y respecto de
quien se encuentran referencias muchas veces ignoradas que datan desde
1937. “El hombre como persona”, declaró Pío en Mit brennender Sorge, su
famosa encíclica, denunciando el destino de la religión bajo los nazis, “tie-
ne derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier
atentado de la comunidad que pretendiese negarlos, abolirlos o impedir
su ejercicio”. El papa estaba en su propio tránsito, habiendo descubierto
solamente en estos años que los regímenes “totalitarios” eran hostiles al
cristianismo, luego de un periodo de juiciosa espera y búsqueda de alianzas.
En el mismo sentido, más tarde en 1937, en otra encíclica dirigida contra
los “rojos y paganos”, Pío denunció a quienes
se han levantado para renegar y vilipendiar al eterno Dios, para tender
insidias a la fe católica y a la libertad debida a la Iglesia, y para rebelarse


7
“Human Rights League”, New York Times, marzo 15, 1933, organizada por el rector del City
College con la participación de John Dewey y otros; “New Group Appears to ‘X-Ray’ New Deal”,
New York Times, septiembre 10, 1934, el cual menciona una “Liga de los Derechos Humanos
de Roosevelt” cuyas acciones “subversivas” necesitaban ser respondidas con una oposición.
“Hoover Denounces New Deal as Foe of Human Liberty”, New York Times, septiembre 4, 1934;
“Text of the Socialist Party Platform”, New York Times, mayo 27, 1936. De manera interesante,
pocos años después, luego de la revolución del New Deal, la Corte Suprema de los Estados Unidos
podía reputarse como una promotora de los “Derechos Humanos […] sobre los Derechos de
Propiedad”. Frederic Nelson, “Human Rights with Cream”, The New Republic, febrero 1, 1939.

Última utopía_03.indd 63 17/12/2015 17:02:59


64 La última utopía

finalmente con insanos esfuerzos contra los derechos divinos y humanos


para ruina y perdición de la sociedad humana.8

Un año después, poco tiempo antes de su muerte, Pío les escribió a


los estadounidenses que celebraban el centenario de la fundación de la
Catholic University of America, señalando que “solamente las enseñanzas
cristianas dan un completo significado a las exigencias de los derechos
humanos y a la libertad porque solamente ellas dan valor y dignidad a la
personalidad humana”9. Así, en 1939 el importante católico liberal John
A. Ryan, junto con el profesor de la Universidad de Notre Dame Charles
Miltner, fundaron el Committee of Catholics for Human Rights, que
tuvo una corta vida, y quienes a través de su publicación, The Voice of
Human Rights, se dedicaron sin cansancio a oponerse al sacerdote Charles
Coughlin, quien por la radio difundía un rampante racismo católico. En esa
publicación, la queja del obispo de Amarillo, Robert Lucey, resonó en 1940:
Millones de ciudadanos alrededor del mundo ya no son considerados seres
inviolables en su personalidad: son simplemente cosas con las que gobier-
nos matones juguetean a su voluntad. […] El derecho natural requiere que
todos los derechos humanos se les provean a todos los seres humanos.10

Para 1941, Anne O’Hare McCormick (una prominente corresponsal


católica de asuntos europeos para el New York Times) estaba describiendo
frecuentemente a Hitler y a los nazis como una amenaza para los derechos
humanos: “se están desarrollando nuevos conceptos políticos”, escribió
en su informe sobre el discurso de Hitler de 1941, abriendo la campaña
anual Winterhlife.
El sometimiento ha hecho a las víctimas no solamente ser más determina-
das para pedir una libertad como la que gozaban en los ingenuos días antes
de la guerra, sino más críticas tanto del liderazgo que pone los derechos
nacionales por encima de los derechos humanos como de la defensa de
unas fronteras artificiales por encima de la defensa de una seguridad real.11

8
Pío XI, Mit brennender Sorge (marzo 14 de 1937), sección 35, tal como aparece traducida en
www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_14031937_mit-
brennender-sorge_sp.html; Ingravescentibus Malis (septiembre 29, 1937), versión en inglés
disponible en http://w2.vatican.va/content/pius-xi/en/encyclicals/documents/hf_p-xi_
enc_29091937_ingravescentibus-malis.html y traducida al castellano en http://www.mercaba.
org/PIO%20XI/ingravescentibus_malis.htm.
9
“Pope Bids Church to Guard Man’s Rights”, New York Times, octubre 13, 1938.
10
Robert E. Lucey, “A Worldwide Attack on Man”, Voice for Human Rights 1, 2 (septiembre 1940): 7;
en el mismo número véase “Change of Name Shows Broader Application of Principles”, Voice for
Human Rights 1, 2 (septiembre 1940): 10, el cual explica el paso hacia el lenguaje de los derechos
humanos.
11
McCormick había informado frecuentemente acerca de la retórica papal y, a principios de 1942,
se unió a un comité secreto del Departamento de Estado para trabajar en asuntos de la posguerra.

Última utopía_03.indd 64 17/12/2015 17:02:59


Samuel Moyn 65

Dicho todo esto, en enero de 1942, el concepto de “derechos humanos”


aún no había sido claramente definido, especialmente no se sabía si iba
a tener un significado más allá de unos principios básicos que el Estado
no podía trasgredir. Franklin Delano Roosevelt los usó, claramente, para
referirse también a normas que el Estado protegería incluso al ir a la guerra;
pero en todas sus proclamas propagandísticas, Roosevelt no se movió ni
conceptual ni políticamente para tratar el problema sobre el papel de los
derechos humanos en la reconstrucción del orden internacional. En enero
de 1942 no hubo ninguna afirmación en el sentido de que el terreno para
la aplicación de esta futura idea era el de la gobernanza mundial, como sí
ocurrió con la decisión de interrumpir temporalmente las relaciones or-
dinarias entre los Estados con el fin de derrotar el totalitarismo extremo.
A largo plazo también resultaría importante que no hubiera pista alguna
de cómo los derechos humanos intervendrían en el ya viejo conflicto so-
bre las formas de socializar la libertad bajo las circunstancias económicas
modernas. Los derechos humanos entraron en la historia como una frase
atractiva y no como una idea lo suficientemente meditada. Por el contrario,
la importancia de la despreocupada elevación de este término por parte de
Roosevelt durante la era de la Segunda Guerra radica principalmente en
que, desarrollando tendencias anteriores, se convirtió en una embarcación
vacía que podía llenarse con una amplia variedad de concepciones diversas.
La competencia por el significado de los derechos humanos marcó su
itinerario durante la guerra más que ninguna otra cosa. La proliferación
de definiciones motivada por vagas invocaciones es la que ha recibido
la atención de historiadores que buscan la prehistoria del término en el
momento de posguerra. Sin negar el valor de rastrear dichos usos de la
época de la guerra —la mayoría de ellos encendidos por la descuidada
fraseología de Roosevelt— es crucial ante todo recordar que fue posible
escribir sobre la diplomacia estadounidense durante el conflicto sin men-
cionar los derechos humanos por varias décadas. Seguir la forma como
se filtraron los derechos humanos durante la Segunda Guerra Mundial es
algo que las personas han empezado a hacer con visión retrospectiva, pero
esta manera de enfocar el asunto hace borrosa la foto. En la primera mitad
de 1942, la mayoría de los altos oficiales, como el vicepresidente Henry
Wallace, enfatizaron la reconstrucción económica como la esencia de las

Anne O’Hare McCormick, “The Reawakening that Hitler Failed to Mention”, New York Times,
octubre 4, 1941. Compárese esto con sus artículos en el New York Times, “For State or—Church”,
marzo 1, 1936; “The New Pope”, marzo 3, 1939 (“Pío XI se sintió obligado a lanzar su voz en
cada ocasión posible para defender la libertad de conciencia y el derecho inalienable del alma
individual”), y más adelante, “Papal Message a Momentous Pronouncement”, diciembre 25,
1944, todos reimpresos en Anne O’Hare McCormick, Vatican Journal 1921-1954, ed. Marion
Turner Sheehan, (New York: Farrar, Straus and Cudahly, 1957), 98.

Última utopía_03.indd 65 17/12/2015 17:03:00


66 La última utopía

promesas de guerra e incluso el principal significado de la retórica de las


Cuatro Libertades12. En la visión internacional, y especialmente después del
informe de William Beveridge en el que clama por un mundo de posgue-
rra que garantizara el trabajo y estándares de vida más altos, los derechos
humanos eran simplemente sinónimos de la promesa básica de los líderes
aliados en la guerra de un cierto tipo de socialdemocracia. Incluso entonces
las definiciones retóricas de los derechos humanos en el gobierno y entre par-
ticulares y grupos no querían decir nada más que una cacofonía anárquica,
en la cual viejos ideales enfrentados se reformulaban en un lenguaje nuevo13.
Dos de los grupos más importantes —en todo caso persiguiendo
esencialmente los mismos objetivos— que dieron un papel a los derechos
humanos en 1942-1943 fueron los abogados, incluyendo los internacio-
nalistas, y aquellos miembros del movimiento pacifista que resaltaban
sobre todo la reconceptualización de un orden internacional para evitar
futuras guerras. En estos grupos se plantearon algunas definiciones, pero
se hizo fundamentalmente para establecer posibles listas de derechos y
no para desestabilizar la vieja conexión de los derechos y la soberanía del
Estado. El American Law Institute produjo un borrador de carta de derechos
entre la primavera de 1942, cuando inició este proyecto, y 1944, cuando
fue publicada14. Fuera de las discusiones dentro de los Estados Unidos
no hubo actividad comparable. Sin cansancio y en solitario, el abogado
internacionalista británico Hersch Lauterpacht también tuvo la idea de
desarrollar una carta internacional de derechos en 1942, y prosiguió con
esta idea a punto de convertirla en un libro publicado en 1945. Pero difícil-
mente puede decirse que estos porfiados esfuerzos eran prominentes entre
abogados o entre iniciativas privadas como la Comisión para el Estudio de
la Organización de la Paz15. La comisión, liderada por Clark Eichelberger

12
Contrástese con el trabajo del Departamento de Estado en 1942 sobre la idea de una carta
de derechos dentro del marco de la reconstrucción económica y social: Ruth B. Russell ed.,
A History of the United Nations Charter: The Role of the United States, 1940-1945 (Washington:
Brookings Institute, 1958), cap. 12.
13
Construyo esto a partir de estudios existentes a la luz de este punto. Véase Elizabeth
Borgwardt, A New Deal for the World: America’s Vision for Human Rights (Cambridge: Harvard
University Press, 2006); Paul Gordon Lauren, The Evolution of Human Rights: Visions Seen,
2ª ed. (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2003), cap. 5; y especialmente Simpson,
Human Rights, cap. 4.
14
Para el tema de los orígenes, véase William Draper Lewis, “An International Bill of Rights”,
Proceedings of the American Philosophical Society 85, 5 (septiembre, 1942): 445-47.
15
Hersch Lauterpacht, “The Law of Nature, the Law of Nations, and the Rights of Man”, Transactions
of the Grotius Society 29 (1943): 1-33; Lauterpacht, An International Bill of Rights (New York, 1945);
para un estudio a mayor profundidad de Lauterpacht véase el capítulo 5 de este libro; Robert
P. Hillman, “Quincy Wright and the Commission to Study the Organization of Peace”, Global
Governance 4, 4 (octubre, 1998): 485-499; Glenn Tatsuya Mitoma, “Civil Society and International
Human Rights: The Commission to Study the Organization of Peace and the Origins of the UN
Human Rights Regime”, Human Rights Quarterly 30, 3 (agosto, 2008): 607-630.

Última utopía_03.indd 66 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 67

y James T. Showell, se había derivado de la vieja Asociación de la Liga de


las Naciones y se dedicó durante la Segunda Guerra a elaborar propuestas
para una organización internacional y luego a conseguir pródigos apoyos
domésticos para llevar a cabo los propios planes del gobierno a una salida
negociada. La lucha por unos Estados Unidos con mirada internacional
durante la Segunda Guerra Mundial fue, en todo caso, muy lejana a ser lo
mismo que una búsqueda para definir los derechos humanos; esto último
era un subproducto menor y subsidiario de esa lucha y no su principal
motivación. De hecho, luego de que el gran bestseller de Wendell Willkie,
Un Mundo, apareciera en 1943 y prominentes republicanos como el senador
Arthur Vandenberg abrazaran la causa, el espíritu internacionalista generó
simpatías en los dos partidos políticos más importantes. Mientras el inter-
nacionalismo estadounidense, con su misión de vieja data de lograr la paz
y la estabilidad, disfrutó incuestionablemente de una inestable victoria,
los derechos humanos como futuro principio de gobierno se mantuvieron
todo el tiempo en los márgenes.
En los Estados Unidos, un grupo religioso fue probablemente el más
activo en la campaña de darle un perfil mayor a la idea en medio de la
anarquía de otras retóricas. El Federal Council of Churches of Christ in
America (FCC) —protestantes de vieja data que habían sido los absolutos
dominadores del internacionalismo estadounidense por regla general—
formaron la Comission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, la
cual intentó alejar al protestantismo de variadas denominaciones tanto del
aislacionismo como del pacifismo16. John Foster Dulles, por ese entonces
un prestigioso abogado y pensador republicano en asuntos de política
exterior que había tenido un duro despertar religioso y había trabajado
para una unidad cristiana ecuménica en nombre de un nuevo orden justo,
lideró esta “cruzada” durante la época de la guerra. En los principios guía
de su comisión proferidos en marzo de 1942, la principal preocupación
radicaba en un “orden moral”, respecto del cual los Estados Unidos tenían
una “gran responsabilidad” en asegurar. Los derechos, especialmente el
derecho a profesar cualquier religión, sí tuvieron un lugar; más adelante,
cuando el grupo sacó a la luz pública su ampliamente circulada Six Pillars
of Peace, el último de esos pilares hacía referencia a los diversos llamados
por una carta internacional de derechos, la cual —de acuerdo con este
grupo— debía dar prioridad a la libertad religiosa17. Aunque llegara más
tarde a la discusión sobre los derechos humanos, el gran propagandista


16
Véase Robert A. Divine, Second Chance: The Rise of Internationalism in America during World War
II (New York: Atheneum, 1967), 22-23.
17
Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, A Righteous Faith (New York:
Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, 1942), 101, 103; y Six Pillars of Peace: A
Study Guide (New York: Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, 1943), 72-81.

Última utopía_03.indd 67 17/12/2015 17:03:00


68 La última utopía

católico Jacques Maritain, quien residía en Estados Unidos durante la


guerra, los hizo incursionar teóricamente en el catolicismo frente a una
gran audiencia internacional. Al hacerlo, se enlistó para ser el principal
defensor filosófico de los derechos humanos en la década que siguió a la
guerra. Rompiendo ingeniosamente con el pensamiento político católico
de los tiempos modernos, incluyendo sus propias tradiciones neotomistas,
Maritain empezó señalando que el derecho natural católico era el trasfondo
apropiado para los derechos humanos tan solo dos semanas después de
la Declaración de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, y los pro-
movió sin cansancio a lo largo de la guerra, en especial patrocinando su
circulación clandestina en Francia. Para entender su destino en la Europa
de la posguerra, es importante anotar que Maritain apoyó los derechos en
términos comunitaristas, resaltando una “persona humana” moralista en
contra de una visión que ponía en el centro a un individuo atomizado como
el sujeto que ejercía los derechos. Escribiendo en la revista Fortune en abril
de 1942, Maritain celebraba “el concepto y la devoción hacia los derechos
de la persona humana” como “la mejora más significativa alcanzada du-
rante los tiempos modernos”, aunque advirtiera oscuramente la peligrosa
tentación de “acudir a los derechos humanos y a la dignidad sin Dios” (una
“ideología” secular fundada en una “infinita y cuasi-divina autonomía de
la voluntad humana”, advertía, solo podía llevar a una catástrofe)18. Para el
fin de la guerra, el American Jewish Committee también había incorporado
la idea de los derechos humanos, aunque entendiblemente mucho más
preocupado por su ignorada situación de ese entonces, y por los posibles
problemas que tendría el pueblo judío en el futuro19.

Cf. Heather A. Warren, Theologians of a New World Order: Reinhold Niebuhr and the Christian
Realists, 1920-1948 (New York: Oxford University Press, 1997), cap. 6.
18
Las publicaciones más tempranas de Maritain son: “The Natural Law and Human Rights”
(Windsor, Ontario, 1942), un discurso de aceptación del premio que data de enero 18 de 1942
y fue publicado como un panfleto; y “Natural Law and Human Rights”, Dublin Review 210
(abril, 1942): 116-24. Luego escribió Les droits de l’homme et la loi naturelle (New York: EMF,
1942), traducido a muchos idiomas. Maritain, “Christian Humanism”, Fortune, abril, 1942.
Perspectivas similares se extendieron alrededor del pensamiento católico con posterioridad.
Véase, por ejemplo, Joseph T. Delos, “The Rights of the Human Person Vis-à-Vis the State
and the Race”, en Race-Nation-Person: Social Aspects of the Race Problem, ed. J. W. Corrigan &
B. G. O’Toole. (New York: Barnes and Noble, 1944), o Tibor Payzs, “Human Rights in a World
Society”, Thought 22, 85 (junio, 1947): 245-68.
19
El American Jewish Committee hizo claro este cambio en la estrategia judía de los mecanis-
mos de la preguerra, tales como la intervención, tratados bilaterales o régimen de minorías a
una “maquinaria internacional”. Pero mientras después de la guerra consideró a los derechos
humanos como los sucesores de los derechos de las minorías, este no era el significado del
término en la opinión pública en general. American Jewish Committee, To the Counsellors
of Peace (New York, [marzo] 1945), 13-24; y “A Post-War Program for Jews”, The New Republic,
abril 30, 1945. Cf. Jacob Robinson, Human Rights and Fundamental Freedoms in the Charter of
the United Nations (New York: Institute of Jewish affairs of the American Jewish congress and

Última utopía_03.indd 68 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 69

¿Dónde estaban los derechos humanos fuera de estas discusiones en


Estados Unidos? La respuesta es: en ningún lugar por el momento. Este
hallazgo es sorprendente en la medida en que los derechos humanos iban
a encontrar su hogar duradero no en Estados Unidos sino en la política
europea de la posguerra. Los ojos del resto del mundo se mantenían fijos
en la Carta del Atlántico dada su promesa de autodeterminación, aunque
tras bambalinas Churchill lograra después de mucho trabajo convencer a
Roosevelt que su interpretación de esta promesa como aplicable solamente
al imperio de Hitler y no a los imperios en general era la correcta20. Fuera de
Europa, la recepción de la Carta del Atlántico y de las discusiones sobre el
lenguaje de derechos humanos son dos procesos que pueden diferenciarse
y que no están íntimamente relacionados, especialmente en la medida en
que cada vez fue más claro que los “derechos humanos” no implicarían
una autodeterminación colectiva. Pero en Europa, la historia de la época
de la guerra es sutilmente diferente. Podría parecer sorprendente, a la
luz de la eufórica proclamación de 1933 por parte del ideólogo nazi Josef
Goebbels en la que señalaba que “el año de 1789 es ahora erradicado de la
historia”, que la retórica de los derechos del hombre fuera tan marginal
durante la guerra. Sin embargo, no había en Gran Bretaña actividades al
estilo de las que se daban en Estados Unidos, a excepción de las propues-
tas de H. G. Wells por una carta de derechos como la alternativa esencial
al nazismo. Teniendo en cuenta la retórica del papa (continuada por su
sucesor, Pío XII), el lenguaje de los derechos parece haber sido domina-
do por los católicos, bien sea en círculos de resistencia o en las homilías
ocasionales de los sacerdotes. En la primavera de 1942, algunos católicos
en la Europa continental convergían en los derechos humanos como un
lenguaje de principios cristianos de resistencia: los obispos alemanes, en
una carta pastoral común en la pascua de 1942, se alzaron en protesta
contra la forma como el régimen pisoteaba no solamente los derechos de
la Iglesia (en desconocimiento del concordato) sino también los derechos
humanos —“los derechos generales garantizados divinamente a los hom-
bres”—. El extraordinario grupo clandestino de resistencia compuesta por
católicos franceses, Témoignage chrétien, reimprimió esta carta y extendió
el llamado en su panfleto del verano, “Derechos humanos y cristianos”.
Por supuesto, lo que estos llamados significaban difería dependiendo del
tiempo y el lugar; en Hungría, por ejemplo, lo que estaba en juego para

world Jewish congress, 1946); y “From Protection of Minorities to Promotion of Human Rights”,
Jewish Year Book of International Law 1 (1949): 115-51; también Mark Mazower, “The Strange
Triumph of Human Rights, 1930-1950”, Historical Journal 47, n.° 2 (2004): 379-98.

20
Wm. Roger Louis, Imperialism at Bay: The United States and the De-colonization of the British Empire
(Oxford: Oxford University Press, 1977); Warren F. Kimball, The Juggler: Franklin Roosevelt as
Wartime Statesman (Princeton: Princeton University Press, 1991), caps. 3 y 7.

Última utopía_03.indd 69 17/12/2015 17:03:00


70 La última utopía

algunos miembros de la Iglesia y políticos cristianos era únicamente “los


derechos del hombre (cristiano)”, lo cual quería decir fundamentalmen-
te el derecho a la conversión en contra del esencialismo racista, aunque
siempre en nombre de una visión excluyente de nación cristianizada21. Pero
en el avatar de los acontecimientos, los intentos por definir la atractiva
declaración de Roosevelt fueron ahogados por la tormenta de la guerra.
La difusión del término no llegó a ningún lado antes de que el costo de
definirlo claramente fuera muy bajo y no demasiado alto. El propio proceso
de definición de los derechos humanos durante la guerra coincidió con la
realidad de su emasculación: nacimiento y muerte juntos. Las propias ideas
de Roosevelt durante la guerra, aunque se movieran constantemente en lo
que refiere a sus detalles más específicos, usualmente giraban alrededor de
la noción de parcelar el mundo de la posguerra en zonas de influencia que
los Aliados patrullarían como “cuatro policías”. Para Roosevelt, así como
para el prominente experto en política exterior Sumner Welles, la doctri-
na Monroe y su conservación aún tenía un significado de primer orden.
Solamente cuando fue convencido por su secretario de Estado Cordell
Hull para remplazar la Liga de las Naciones —y más tarde, gracias a que
vio necesario atraer a los votantes internacionalistas del Partido Republi-
cano en la elección presidencial—, Roosevelt posicionó sus planes para
fundar una organización internacional en los altos niveles diplomáticos.
No obstante, de la mano de otros líderes aliados, su objetivo continuaba
siendo un marco de seguridad que balanceara a las tres grandes potencias
(más adelante, las cuatro) en las circunstancias de las posguerra. Formal-
mente, los planes se alejaron tanto del regionalismo como de un sistema
fiduciario; informalmente, su meta continuó siendo, en efecto, incorporar
la “dictadura” de las grandes potencias (en términos de algunos críticos)
como la esencia de la gobernanza internacional22.

21
Goebbels como aparece citado en Karl Dietrich Bracher, The Nazi Dictatorship: The Origins,
Structure, and Effects of National Socialism (New York: Praeger Publishers, 1970), 10. Sobre
el silencio británico, véase Simpson, Human Rights, 204-5, atribuyéndolo a la tradicional
alergia británica a las declaraciones formales. Respecto al papa y al catolicismo continental,
véase especialmente la encíclica Summi Pontificatus (octubre 20, 1939), que señala que “el
hombre y la familia son, por su propia naturaleza, anteriores al Estado, y que el Criador dio al
hombre y a la familia peculiares derechos y facultades y les señaló una misión, que responde
a inequívocas exigencias naturales”; La Résistance spirituelle 1941-1944: Les cahiers clandestins
du “Témoignage chrétien”, ed. François y Renée Bédarida (Paris: Albin Michel, 2001), 159-86;
y Paul A. Hanebrink, In Defense of Christian Hungary: Religion, Nationalism, and Antisemitism,
1890-1944 (Ithaca: Cornell University Press, 2006), 170-80.
22
Véase Dallek, Franklin Roosevelt, 419-20, 482; Kimball, The Juggler, cap. 6; Kimball, “The Sheriffs:
FDR’s Postwar World”, en David B. Woolner et al., eds., FDR’s World: War, Peace, and Legacies
(New York: Palgrave Macmillan, 2008); Robert C. Hilderbrand, Dumbarton Oaks: The Origins of
the United Nations and the Search for Postwar Security (Raleigh: UNC Press, 1990); y especialmente
Christopher D. O’Sullivan, Sumner Welles, Postwar Planning, and the Quest for a New World Order,
1937-1943 (New York: Columbia University Press, 2008). Véase también, para una discusión

Última utopía_03.indd 70 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 71

La idea original de una especie de curaduría en cabeza de las grandes


potencias atrajo la atención de Roosevelt incluso antes del ataque a Pearl
Harbor. Más adelante esta idea iba a materializarse en la concentración
de una verdadera autoridad en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas23. Con esta propuesta aprobada por Josef Stalin en Teherán al final
de 1943, la verdadera acción en el desarrollo de este esquema ocurrió en
los primeros seis meses de 1944; desde entonces, estos acontecimientos no
han sido cuidadosamente revisados. Mientras las tres grandes potencias
desarrollaban sus propuestas, ningún diplomático siquiera mencionó los
derechos humanos en los momentos previos a las reuniones cruciales en
las que se planearon las Naciones Unidas a finales de agosto en Dumbarton
Oaks en Washington, D.C. Cuando los chinos (quienes estaban molestos
de haber sido invitados a las negociaciones solamente para ser excluidos de
las principales decisiones) filtraron documentos principales que contenían
las discusiones preparatorias a James Reston del New York Times, quienes
tenían ojos para ver inmediatamente entendieron que el verdadero fin de
las futuras Naciones Unidas era balancear los grandes poderes y no mora-
lizar al mundo (y mucho menos someterlo a reglas jurídicas).
En últimas, la idea de los derechos humanos entró en los planes fina-
les como una insignificante frase oculta en la propuesta por un Consejo
Económico y Social sin ningún significado serio. El borrador inicial de
los estadounidenses, de hecho, hacía un llamado para que “cada Estado
[…] respetase los derechos humanos y las libertades fundamentales de su
pueblo”, mientras que los textos finales asignaron a las Naciones Unidas
la tarea de promover el respeto por los derechos humanos en una de las
últimas secciones del documento. Su aprobación ocurrió a la luz de una
potencial reacción negativa del público: “sería una farsa darle al público la
impresión de que los delegados no pudieron ponerse de acuerdo sobre la
necesidad de defender los derechos humanos”, comentó el líder de la repre-
sentación británica, Gladwyn Jebb. Pero su aprobación simultáneamente
neutralizó el concepto en la organización internacional, aparentemente
para siempre24. Mientras su aprobación fuera algo necesario la organización
internacional tenía que ser vendida a la gente y no tanto negociada entre
la élite. Los derechos humanos eran solamente un elemento simbólico
para el público: aunque seguramente habían aumentado su importancia

general de la relación entre globalismo y regionalismo para los estadounidenses (el cual incluía
la expansión y algunas veces la protección de la seguridad hemisférica de la zona de la doctrina
Monroe), Neil Smith, American Empire: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization
(Berkeley: Universtity of California Press, 2003), cap. 14.
23
Hilderbrand, Dumbarton Oaks, 16.

24
Foreign Relations of the United States: Diplomatic Papers 1944 (General) (New York: Foreign
Relations of the United States, 1966), 791; Jebb citado en Hilderbrand, Dumbarton Oaks, 16.

Última utopía_03.indd 71 17/12/2015 17:03:00


72 La última utopía

durante la guerra, todavía no eran un lenguaje general para justificar la


organización internacional. Incluso ante la prensa popular era obvio que
la verdadera disputa en la conferencia, e incluso más adelante, giraba alre-
dedor del Consejo de Seguridad, sus reglas para votar y el veto, un asunto
inicialmente acordado en Yalta y confirmado en San Francisco con el fa-
moso requisito de la unanimidad. En este momento inicial, los cimientos
de la Organización de las Naciones Unidas habían sido construidos; tal
como lo señaló Charles Webster, un refinado diplomático británico, “los
adornos posteriores no tocaron sus puntos fundamentales”25.
En memoria viva del humillante fracaso de Woodrow Wilson para
convencer a su país de aceptar su grandiosa creación, para los activistas
estadounidenses trabajando en terreno todo giraba en torno a si el gobierno
de los Estados Unidos y su gente podían ser persuadidos de entrar a la esfera
internacional como participantes comprometidos. Fue esta pregunta la que
motivó a estos grupos a ser unos defensores apasionados de las Naciones
Unidas aunque ella se basara en cualquier modelo. “La membresía de los
Estados Unidos en las Naciones Unidos se convirtió en el símbolo de la
participación de los Estados Unidos en la sociedad internacional”, dijo
Dorothy Robins, una participante que más tarde escribió crónicas sobre
la promoción de las Naciones Unidas por parte de los particulares durante
estos años. Para el grupo más grande —los que anteriormente habían sido
aislacionistas que se convirtieron al internacionalismo porque se les pre-
sentó un modelo lejano al idealismo transformador— fue menos el New
Deal que las nuevas formas de cooperación internacional representadas
por las Naciones Unidas las que terminaron siendo responsables del fin
del aislacionismo estadounidense. Tal como lo afirmó en ese momento
una importante promotora de esta idea, Vera Micheles Dean, la ausencia
de “principios fundamentales” hizo que las líneas básicas de la nueva or-
ganización fueran de lejos superiores al modelo inflexible y moralista de
la Liga. “Las propuestas de Dumbarton Oaks no daban una esperanza del
nuevo milenio”, escribió. “Este no era el tipo de documento que podía mo-
tivar a oradores después de una cena a proferir discursos elocuentes sobre
la paz eterna. Y eso era bueno”26. Más importante, la memoria reciente de
la alarmante incursión japonesa, algo sin precedentes en la historia de los

25
Charles Webster, “The Making of the Charter of the United Nations” (basado en una clase de
1946), en The Art and Practice of Diplomacy (New York: Barnes and Noble, 1962), 79. Para una
visión de los eventos que siguieron a la “paz de los pueblos”, ver Lauren, Evolution, caps. 5-6.
Cf. Farrokh Jhabvala, “The Drafting of the Human Rights Provisions of the UN Charter”,
Netherlands International Law Review 44 (1997): 3-31.
26
Dorothy B. Robins, Experiment in Democracy: The Story of U. S. Citizen Organizations in Forging
the Charter of the United Nations (New York: Parkside, 1971), 157; Vera Micheles Dean, The Four
Cornerstones of Peace (New York: McGraw Hill, 1946), 9. El libro consta de panfletos original-
mente preparados para la Foreign Policy Association y publicados en 1944-1945.

Última utopía_03.indd 72 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 73

Estados Unidos, socavó la sensación del país de una especie de inmunidad,


haciendo poco plausible repetir su intento de la primera posguerra de
escapar de los embrollos mundiales.
Los desacuerdos de algunos pocos idealistas y pacifistas —Oswald
Garrison Villaerd, por ejemplo— no pudieron dominar la discusión en los
Estados Unidos, en claro contraste con la escena posterior a 1919 cuando
Wilson había enfrentado no solamente a los aislacionistas sino a interna-
cionalistas de más peso. En la medida en que había más reflexiones sobre la
aceptación del realismo de Dumbarton, la consideración más importante
siguió siendo la aparente falta de alternativas. Era este orden internacional
o ninguno. “Es muy cierto que en un orden jurídico internacional ideal
todas las naciones debían ser iguales ante el derecho”, explicó al New York
Times el profesor de filosofía de Harvard, Ralph Barton Perry, en una larga
carta al director en enero de 1945.
Las propuestas de Dumbarton Oaks no crean, y no están diseñadas para
crear, un orden político y jurídico ideal. Es correcto y apropiado juzgarlas
de acuerdo a ese estándar y señalar su imperfección juzgándolas de esta ma-
nera. Las propuestas contienen muchas de las características cuestionables
del viejo orden y encarnan accidentes históricos peculiares que reflejan
la actual crisis de la humanidad. De esto no se sigue, sin embargo, que
los acuerdos deben ser rechazados o despreciados. Deben ser celebrados
con entusiasmo por las cosas buenas que prometen y no condenarlos en
nombre de la perfección que no pueden alcanzar […] Quienes se niegan
a tomar un paso dirigido hacia el logro de su objetivo bajo el argumento
de que no alcanza de una vez su objetivo seguramente se mantendrán sin
avanzar o retrocederán.27

El temor de que el aislacionismo levantara la cabeza significó que


algunos pocos grupos de presión estadounidenses trataron las especifici-
dades organizacionales de las Naciones Unidas como un punto decisivo;
la revocación en los borradores de Dumbarton de la promesa de autode-
terminación contenida en la Carta del Atlántico no causó debate alguno
entre los internacionalistas estadounidenses, mientras que el fracaso para
avanzar las promesas de la guerra sobre los derechos humanos, a pesar de
ser una preocupación de algunos grupos de presión, no afectó seriamente
los términos de la discusión pública. Escribiendo en The Nation, el teólogo
protestante Reinhold Niebuhr alabó la aceptación estratégica de los acuer-
dos de Dumbarton en nombre de los internacionalistas estadounidenses,


27
Ralph Barton Perry, “Working Basis Seen”, New York Times, enero 7, 1945. Cf. Robins, Experiment,
74-75, citando una publicación periódica cristiana para afirmar que “la verdadera elección […]
no es entre una agencia de paz imperfecta y una agencia adecuada, sino entre una organización
imperfecta que puede mantener la paz para una generación y gradualmente evolucionar en
algo mayor, y una lucha abierta por el poder que no puede mantener la paz de modo alguno”.

Última utopía_03.indd 73 17/12/2015 17:03:00


74 La última utopía

yendo incluso tan lejos hasta criticar cualquier propuesta de inclusión de


los derechos humanos al argumentar que hacerlo simplemente confirma-
ría su insignificancia y no la reduciría: “Los acuerdos de Dumbarton Oaks
tampoco serían sustancialmente mejorados por la inserción de alguna carta
internacional de derechos que no tiene relevancia y no tendría eficacia
alguna en una alianza mundial de Estados”28.
Entendiblemente atrapados por el miedo de que el aislacionismo
riera de último, las prioridades eran el compromiso de los Estados Unidos
y la participación de los soviéticos, sin importar la forma específica de
lo uno y lo otro. Por supuesto, era de ayuda para los internacionalistas
estadounidenses que su propio país se uniera a una organización que le
diera un papel desproporcionadamente poderoso en su estructura. Hacia
mediados de la guerra, la vieja Liga de las Naciones se rebautizó como la
Asociación de las Naciones Unidas, pero su agenda se mantuvo igual; la
promoción de una carta más adornada como producto de la reunión en
San Francisco sigue siendo simplemente una nota al pie respecto del apoyo
más certero de los internacionalistas a la carta, de una forma muy cercana
a la diseñada en secreto en Dumbarton. Era —y todavía lo es— una carta
basada en la soberanía nacional y el balance de las grandes potencias.
De esta forma, los internacionalistas estadounidenses tuvieron un papel
apologético, apoyando una agenda que, en lugar de haber hecho central el
nuevo concepto de los derechos humanos lo había echado por tierra. En la
medida en que continuaban en las negociaciones, los derechos humanos y
otras formulaciones idealistas reflejaban la necesidad por una aceptación
y legitimidad pública como parte de la unidad retórica para distinguir la
nueva organización de instancias anteriores enfocadas en el balance entre
grandes potencias. Se trataba de un portón estrecho para ofrecerle al mundo
la entrada a la moralidad, y algo muy lejano a un multilateralismo utópico
basado en los derechos humanos.
La victoria del internacionalismo estadounidense entonces coincidió
con la marginalización práctica de cualquier lenguaje idealista alrededor
del cual los grupos activistas pudieran o hubieran podido movilizarse. De
hecho, tan solo una generación atrás, la historia del internacionalismo
estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, tal como la historia de la
diplomacia pacifista, podía contarse sin referencia alguna a los derechos
humanos, incluso cuando se resalta su “segunda oportunidad” exitosa
para mover al país hacia un compromiso internacional. Ninguna ONG
en el sentido contemporáneo del término o incluso alguna que tuviera

28
Reinhold Niebuhr, “Is This ‘Peace in Our Time’?”, The Nation, abril 7, 1945. Brian Simpson está
claramente en un error al señalar que “en los propios Estados Unidos el fracaso de resaltar la
importancia de los derechos humanos se convirtió en la principal crítica”. Simpson, Human
Rights, 251.

Última utopía_03.indd 74 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 75

un carácter más general, excepción hecha de la ineficaz Liga Internacional


por los Derechos del Hombre, surgió en esta era. El proyecto de forzar los
procesos de las Naciones Unidas en nuevas direcciones, tanto antes como
después de San Francisco, prevaleció entre grupos de cristianos, judíos y
mujeres, tal como cualquier modelo de activismo asociativo lo hizo. Todos
estos grupos empezaron a hacer referencia a los derechos humanos, pero
la absoluta prioridad de los internacionalistas estadounidenses era la rati-
ficación de la Carta en una forma que generalmente aceptaban.
Los adherentes de la organización internacional —planteaba Robins de
una manera inimitable— conquistaron los dragones de la indiferencia
pública y la resistencia del Senado solamente después de haber trabajado
intensamente, y aseguraron la mano de la princesa por la cual habían
estado luchando […] Es un romance de los tiempos modernos.29

En la revista Time, sin embargo, el reconocimiento de lo que se había


logrado en San Francisco era más sobrio. La “Carta [fue] escrita para un
mundo basado en la fuerza, atemperada por un poco de razón. Era un do-
cumento producido por y diseñado para grandes concentraciones de poder,
de alguna manera restringidas por una gran desconfianza en la fuerza”30.
Sin embargo, es cierto que, en contra de los consejos de Niebhur, algu-
nos grupos conservaron los derechos humanos en la agenda del invierno
de 1944-1945, un proyecto también adoptado por pequeños Estados que
no tenían poder para afectar las bases predeterminadas de la organización.
Sería un error subestimar los dos tipos de agitaciones, pero sería un error de
igual magnitud unificar esta oposición y exagerar sus logros antes y después
de la conferencia de San Francisco. W. E. B. Du Bois, el gran pensador y
agitador afroamericano pasó este periodo dirigiendo la fallida campaña de
la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP)
para forzar a las Naciones Unidas a embarcarse en las promesas de la Carta
del Atlántico sobre la autodeterminación (especialmente en las zonas colo-
niales), incluso mientras su grupo colaboraba con organizaciones judías y
cristianas como la AJC y la FCC para que la idea de los derechos humanos
volviera a tener una importancia en la futura carta. Mucho se ha dicho de
la diplomacia de los Estados latinoamericanos, pero sus miedos históricos a
la conquista y a la intervención hicieron que su principal asunto en el Acta
de Chapultepec de 1945 fuera consagrar el principio de la inexpugnabilidad
de la soberanía como una norma regional y universal31. De manera más

29
Robins, Experiment, 151.
30
“This Is It”, Time, junio 18, 1945.

31
José Cabranes, “Human Rights and Non-Intervention in the Inter-American System”, Michigan
Law Review 65, n.° 6 (abril 1967): 1147-82, en donde se resaltan las razones para el compromiso a
la inviolabilidad de la soberanía. En especial véanse las páginas 1161 y 1162 sobre la Declaración

Última utopía_03.indd 75 17/12/2015 17:03:00


76 La última utopía

general, cuando se trata de los Estados pequeños, las reflexiones contem-


poráneas de Herbert Evatt, un participante australiano e importante líder
en el intento de las potencias para revisar los acuerdos de Dumbarton en
San Francisco, muestra que el mejor argumento para ampliar lo que en
términos generales continuaba siendo una “paz de las grandes potencias”
podía incluir un número de asuntos, pero el papel amplio de los derechos
humanos difícilmente aparecía en esa lista32.
Después de todo, los principales acontecimientos de la conferencia
de San Francisco ocurrían en otro lugar. Para el fin de su vida, tan solo dos
semanas antes de que las reuniones iniciaran, Roosevelt ya visualizaba
las Naciones Unidas como una alta prioridad. La mayoría temía que los
soviéticos optaran por retirarse, especialmente por el hecho de que el
largo periodo que había pasado desde Yalta había sido testigo de disputas
sobre el preciso alcance del veto en el Consejo de Seguridad. Cuando en
la conferencia los soviéticos, a través de su ministro de relaciones exterio-
res, Vyacheslav Molotov, asintieron a la interpretación estadounidense
de la fórmula, el mundo respiró aliviadamente y otros asuntos fueron ya
secundarios. Webster, un diplomático británico no propiamente realista,
reconoció que
el fervor de los discursos sobre la justicia, los derechos humanos y las
libertades fundamentales […] representaban fuerzas que ninguno de los
hombres de Estado puede ignorar, en la medida en que a largo plazo el
poder es una entidad tanto física como moral.33

Sin embargo, toda la década del cuarenta tuvo una visión cortoplacis-
ta. En San Francisco, el principal logro en lo que se refiere a los derechos
humanos fue simbólico: estos y las libertades fundamentales fueron
mencionados como principios en el preámbulo. Irónicamente, fue el
primer ministro surafricano Marshal Jan Christian Smuts quien llegó a la
conferencia insistiendo en la necesidad de redactar una carta más esperan-
zadora (una que no consideraba incompatible con la continuación de los
imperios alrededor del mundo y con la jerarquía racial de su propio país)
y quien logró esta victoria que fue un simple adorno a la Carta de la ONU.
Aparte de este acontecimiento, la labor de los grupos y los Estados dejó a
los derechos humanos dentro del ámbito del Consejo Económico y Social,
esa bajísima posición a la que Dumbarton los había condenado desde un

de Bogotá. Cf. Lauren, Evolution, y Mary Ann Glendon, A World Made New: Eleanor Roosevelt
and the Universal Declaration of Human Rights (New York, 2001).
32
Herbert V. Evatt, “Risks of a Big Power Peace”, Foreign Affairs 24, n.° 2 (enero 1946): 195-209;
y The United Nations (Oliver Wendell Holmes lectures, 1947) (Cambridge: Harvard University
Press, 1948).
33
Webster, “The Making”, 86.

Última utopía_03.indd 76 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 77

principio. Principalmente gracias a la atención de Joseph Proskauer de la


AJC y de O. Frederick Nolde de la FCC, la Carta hacía un llamado para la
formación de una comisión de derechos humanos, aunque la misma tenía
deberes poco claros de cara a la protección de unos principios indefinidos.
Teniendo en cuenta el preámbulo, Arthur Vandenberg, un delegado de los
Estados Unidos a la conferencia en San Francisco, podía señalar que la Carta
representaba un distanciamiento radical: “Dumbarton Oaks ha sido dotada
de una nueva alma —la Carta nombra a la justicia como el principal criterio
de la paz—”. Pero de acuerdo con Virginia Gildersleeve, decana de Barnard
College y delegada estadounidense a quien se le había asignado manejar las
negociaciones del Consejo Económico y Social, Vandenberg le quitó valor
en privado a “los fantásticos objetivos que se están adscribiendo al Consejo
Económico y Social”. Como la mayoría de las naciones, los Estados Unidos
dejaron esa parte de la organización a cargo de delegadas como ella dando
fe de que ese era “un campo apropiadamente femenino”34.
La inclusión de referencias a los derechos humanos en la Carta esta-
ba destinada a marcar una diferencia al hacer evidente el problema de la
definición y al abrir una senda hacia la construcción de futuras agendas
impredecibles de Estados y particulares. Pero la verdad es que San Francisco
repitió ampliamente lo acordado en Dumbarton y no lo desestabilizó. “Ni
la Carta, ni las disputas diplomáticas son tranquilizadoras”, reclamaba
indignado el belga Charles de Visscher cuando dos veranos más tarde in-
tentaba motivar a sus colegas internacionalistas europeos a trabajar por los
derechos humanos. Sus colegas angloamericanos hacía ya mucho tiempo
habían renunciado a esta tarea. “La organización internacional se ve como
una simple burocracia sin derechos, dirección, ni alma, incapaz de abrirle
horizontes de una verdadera comunidad internacional a la humanidad”35.
Recientemente se han ofrecido “visitas guiadas” del camino desde las
primeras reuniones que llevaron a lo que se convertiría en la Comisión


34
Vandenberg como aparece citado en Clark M. Eichelberger, Organizing for Peace: A Personal History
of the United Nations (New York: Harper and Row, 1977); Virginia Gildersleeve, Many a Good Crusade
(New York: Macmillan, 1954), 330-31. Sobre Smuts, véase Mark Mazower, No Enchanted Palace: The
End of Empire and the Ideological Origins of the United Nations (Princeton: Princeton University Press,
2009), cap. 1; véase igualmente Saul Dubow, “Smuts, the United Nations, and the Rhetoric of Race
and Rights”, Journal of Contemporary History 41, n.° 1 (2008): 45-74. En lo que se refiere a la adición
de la Comisión de Derechos Humanos a la carta gracias a los representantes cristianos y judíos,
al igual que la American Association para las Naciones Unidas, véase Eichelberger, Organizing for
Peace, 269-72; Robins, Experiment, 129-32; Benjamin V. Cohen, “Human Rights under the United
Nations Charter”, Law and Contemporary Problems 14, n.° 3 (verano 1949): 430-37 en 430-31; cf.
William Korey, NGOs and the Universal Declaration of Human Rights (New York: Palgrave, 1998),
cap. 1. Véanse igualmente las memorias de Frederick en Free and Equal: Human Rights in Ecumenical
Perspective (Geneva: World Council of Churches, 1968).
35
“Les droits fondamentaux de l’homme, base d’une restauration du droit international”,
Annuaire de l’Institut de Droit International 41 (1947): 153-54.

Última utopía_03.indd 77 17/12/2015 17:03:00


78 La última utopía

de Derechos Humanos de la ONU en 1946 hasta la Declaración Universal


de diciembre de 1948, pero lo que es sorprendente es la poca evidencia
que existe para afirmar que estas negociaciones diplomáticas, o incluso
la aprobación final de la Declaración Universal, representaban el pensa-
miento y la imaginación de sus contemporáneos. Aunque los orígenes de
la Declaración Universal son dignos de alguna atención, lo que resulta
más importante es por qué tan pocas personas pudieron motivar un apoyo
masivo al documento. El espacio abierto por la Carta a la formación de un
movimiento de masas que se reuniera alrededor del nuevo concepto seguía
siendo algo meramente hipotético36.
Pospuesto durante la guerra y en San Francisco, el desglose de los
derechos humanos finalmente ocurrió, incluso mientras se decidía que
primero serían declarados, dejando para más tarde el problema más con-
flictivo de su exigibilidad jurídica a través de una supuesta “convención”.
La representante estadounidense en la Comisión de Derechos Humanos,
Eleanor Roosevelt, lideró esta campaña simbólica. Una figura ampliamen-
te admirada con una experiencia en el movimiento pacifista, Roosevelt
asumió el papel de “maestra de escuela” en la comisión, presidiendo las
sesiones y manteniendo a raya a los delegados díscolos, mientras actuaba
como representante de los Estados Unidos, y por lo general sometiéndose
a las directrices del Departamento de Estado37. El consenso general sobre
el desglose de los derechos sugiere que había muy poco en juego en las
sesiones, a pesar de la existencia de unos pocos debates interesantes so-
bre los detalles. En los derechos canonizados en la Declaración Universal
sobre los fundamentos de la dignidad humana, había un amplio rango
que iba desde las clásicas libertades políticas hasta promesas de trabajo,
seguridad social, descanso y vacaciones, educación y un adecuado nivel
de vida (las negociaciones sobre el texto de una “convención” solamente
terminaron dos décadas después cuando el tratado se partió en dos: el Pacto
Internacional de los Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional
de los Derechos Económicos Sociales y Culturales, los cuales entraron en
vigor en 1976).
El hecho de que los derechos sociales fueran incluidos es leído algu-
nas veces como si ello fuese sorprendente, lo cual sí puede ser llamativo
desde la perspectiva del presente. Pero el amplio consenso alrededor de su
presencia es más revelador para entender por qué la noción de derechos

36
Cf. Albert Verdoodt, Naissance et signification de la Déclaration universelle des droits de l’homme
(Louvain: Editions Nauwelaerts, 1964); y de manera más completa, Johannes Morsink, The
Universal Declaration of Human Rights: Origins, Drafting, and Intent (Philadelphia: Universtiy of
Pennsylvania Press, 1999.
37
Véase Jason Berger, A New Deal for the World: Eleanor Roosevelt and American Foreign Policy (New
York: Social Science Monographs, 1981).

Última utopía_03.indd 78 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 79

humanos como un todo era tan débilmente recibida en su momento.


Los derechos sociales ya habían figurado en la Revolución francesa, en
el periodo de entreguerras europeo, en la famosa propuesta de Roosevelt
de una “Segunda Carta de Derechos” en su Discurso sobre el Estado de la
Unión en enero de 1944. Había pocas cosas conceptualmente nuevas sobre
ellos, especialmente si se toma en cuenta su importancia en las constitu-
ciones europeas de entreguerras (primero en la Constitución de Weimar
de 1919, y de manera más amplia en la nueva Constitución soviética de
1936, el mismo año en el que los llamados de los franceses centristas a los
droits de l’homme también reincorporaron los derechos sociales)38. Luego
del Informe Beveridge las protecciones sociales estaban cerca del núcleo
de las promesas internacionales por un mundo mejor. Seguramente, el
que Roosevelt describiera esto como “derechos” sociales que podían po-
tencialmente tener un estatus constitucional era algo novedoso desde la
perspectiva estadounidense. Pero este era también un momento en el que
la transformación y la desradicalización del New Deal promovió un énfasis
en los derechos individuales y no en el bien común, habiendo sido este
último el trasfondo desde donde se había construido el papel del gobierno
en combatir la inestabilidad económica durante el auge del New Deal39.
El poderoso consenso bienestarista durante la guerra en Estados Unidos
y alrededor del mundo reflejaba sobre todo un breve momento sin prece-
dentes en donde había un acuerdo en que a un capitalismo sin regulación
no se le podía permitir que llevara nuevamente a un caos mundial. En la
medida en que cualquier disputa giraba alrededor la propia idea de los de-
rechos sociales, tanto en la avalancha de nuevas constituciones como en
las primeras reuniones de las Naciones Unidas, la principal preocupación
era qué tanto el derecho de propiedad privada tradicional tendría que
ser restringido. Después de la guerra, sin embargo, el consenso general
no ayudó del todo a una elección decisiva entre diversos modelos, bien
fuera de regulación gubernamental o de protección social. Los derechos
humanos eran las víctimas de su propia vaguedad.


38
La Ligue des Droits de l’Homme, en su conferencia de Dijon en 1936 anunció la necesidad de
una nueva serie de derechos sociales para que se añadieran a los civiles y politicos que había
defendido desde el Caso Dreyfuss; véase Ligue des Droits de l’Homme, Le Congrès national de
1936: Compte-rendu sténographique (Paris: Ligue des droits de l’homme, 1936), 219-305 y 415-23,
“Projet de complément à la Déclaration des Droits de l’Homme”. Para los derechos sociales de
posguerra, véase también Georges Gurvitch, The Bill of Social Rights (New York: International
Universities Press, 1946).

39
Véase la historia en Cass Sunstein, The Second Bill of Rights: FDR’s Unfinished Revolution and Why
We Need It More than Ever (New York: Basic Books, 2004). La naturaleza cambiante del New Deal
después de 1937 en dirección a los derechos individuales es la principal tesis de Alan Brinkley,
The End of Reform: New Deal Liberalism in Recession and War (New York: Alfred A. Knopf, 1995),
aunque Brinkley ni siquiera intenta conectar esta desradicalización basada en los derechos con
el internacionalismo de la guerra.

Última utopía_03.indd 79 17/12/2015 17:03:00


80 La última utopía

Dado el consenso general en el contenido de los derechos, incluyen-


do los derechos económicos y sociales, no habría razón para insistir en la
primacía de alguna ideología en la redacción original de la Declaración
Universal, si no fuera por la prominencia del pensamiento social cristiano
entre los autores de esta última e incluso en los debates más amplios de
las Naciones Unidas. Maritain, el principal representante del persona-
lismo cristiano, había sido el pionero en la introducción de una especie
de liberalismo comunitarista en las tradiciones católicas. Ahora se había
encargado del estudio de las bases filosóficas de los derechos y trabajó,
en líneas generales, con la Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) para promover acuerdos. De
diferentes modos, el cristianismo definió primordialmente las visiones
de mundo de los principales autores de la Declaración Universal: John
Humphrey (el abogado que dirigió la División de Derechos Humanos de
la ONU durante dos décadas y construyó el primer borrador de una lista
de derechos), Charles Malik y la propia Eleanor Roosevelt40.
Aunque ganó el Premio Nobel de la Paz veinte años después, ya es bien
sabido que el aporte del principal representante europeo involucrado en
la redacción, el abogado judío-francés René Cassin, fue menos importante
que el de otros41. Aunque era una eminencia, Cassin no era un pensador
profundo y había basado su trabajo en la promoción de un orden de pos-
guerra más humano sobre la base de una declaración de derechos, empe-
zando en la reunión entre los Aliados en el Palacio de St. James en Londres
durante el otoño de 1941, en donde representó a su país ocupado figurando
como un patriota y un humanista; para entonces, se adhirió a la denuncia
antitotalitaria del Estado hipertrófico popularizada en el lenguaje papal,
frente al cual los derechos de la persona humana eran la alternativa. En
los años inmediatamente posteriores a la guerra, Cassin lideró la Alliance
Israélite Universelle, la reputada organización franco-judía, y aceptó la
rápidamente establecida retórica sobre la victimización universal en ma-
nos de los nazis. En todo caso, en la tradición del republicanismo francés,

40
Para una mirada general, véase mi texto “Personalism, Community, and the Origins of Human
Rights”, en A History of Human Rights in the Twentieth Century, ed. Stefan-Ludwig Hoffmann
(Cambridge: Cambridge University Press, 2010). Sobre Roosevelt, véase Glendon, A World Made
New; sobre Humphrey, véase Clinton Timothy Curle, Humanité: John Humphrey’s Alternative
Account of Human Rights (Toronto: University of Toronto Press, 2007).
41
Véase especialmente; A. J. Hobbins, “René Cassin and the Daughter of Time: The First Draft of
the Universal Declaration of Human Rights”, Fontanus 2 (1989): 7-26, uno de los documentos
en una literatura subsidiaria y frecuentemente nacionalista que intenta darle crédito a un único
fundador.

Última utopía_03.indd 80 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 81

Cassin podía alinearse con el enfoque comunitarista de sus colegas del


comité redactor de la Declaración42.
Malik fue quizás la figura clave en las negociaciones. Un cristiano libanés
que había estudiado con Martin Heidegger en la era nazi, había escrito su
tesis en la Universidad de Harvard antes de convertirse en un preminente
diplomático. Luego de la guerra Malik acogió la ideología del personalismo
cristiano, el cual era fundamental en sus fuertes inclinaciones anticomunis-
tas y condujo sus esperanzas hacia un futuro cristiano en el Medio Oriente y
el resto del mundo. Fue gracias a él, de hecho, que la “persona humana” de
Maritain se convirtió en el protagonista central del texto de la Declaración
Universal. De acuerdo con su primo político, Edward Said, quien se sentaba a
sus pies durante esos años (tiempo antes de quejarse sobre las conclusiones a
las que había llegado su mentor gracias a su anticomunismo cristiano), Malik
pensaba que la devoción a la dignidad y a la individualidad no llevaba a la
incorporación de todas las visiones de mundo sino a un “choque de civili-
zaciones, la guerra entre Oriente y Occidente, el comunismo y la libertad,
la cristiandad y todas las demás e inferiores religiones”43.
Es fácil sobreestimar los orígenes globales y multiculturales de la De-
claración Universal a la luz de deseos y presiones más contemporáneas. Por
supuesto, es cierto que el catálogo desglosado de los derechos en la Declara-
ción se inspiró en constituciones domésticas de diversas partes del mundo,
especialmente de América Latina; pero estas constituciones reflejaban,
en primer lugar, prácticas europeas globalizadas de vieja data. El lenguaje
de los derechos usado en el constitucionalismo doméstico y que permitía
ciertas luchas por la ciudadanía ya era algo conocido en diversas partes del


42
René Cassin, “L’État-Léviathan contre l’homme et la communauté humaine”, Nouveaux cahiers,
abril 1940, reimpreso en Cassin, La pensée et l’action (Paris: Lalou, 1972), citando la encíclica
Summi Pontifcatus de Pío XII. Puede ser, solamente en su caso, que la retórica de la persona
humana retenía algún lazo con las más viejas y generalmente superadas ideas neokantianas del
cambio de siglo. Sobre Cassin, véase Marc Agi, René Cassin, fantassin des droits de l’homme (Paris:
Plon, 1979); Eric Pateyron, La contribution française à la rédaction de la Déclaration universelle
des droits de l’homme: René Cassin et la Commission consultative des droits de l’homme (Paris: La
documentation française, 1998); y J. M. Winter, Dreams of Peace and Freedom: Utopian Moments
in the Twentieth Century (New Haven: Yale University Press, 2006), cap. 2. Para un brochazo de
las perspectivas de Cassin, véase Cassin, “The United Nations and Human Rights”, Free World
12, n.° 2 (septiembre 1946): 16-19; “The UN Fights for Human Rights”, United World 1, n.° 4
(mayo 1947): 46-48; o “La Déclaration Universelle des Droits de l’Homme”, Évidences 1 (1949).
Para sus memorias, véanse varios textos en Cassin, La pensée et l’action. Para una bibliografía y
reminiscencias, véase el número especial de la Revue des droits de l’homme (diciembre, 1985).

43
Edward Said, Out of Place (New York: Vintage, 1999), 265. Un estudio serio de Malik es un
desideratum, pero véase el revelador texto de Raja Choueri, Charles Malek: Discours, droits de
l’homme, et ONU (Beirut: Beryte, 1998), el cual resalta la religiosidad y lealtad a la tradición mi-
sionera estadounidense que llevó a la fundación de la American University en Beirut en donde
estudió y más adelante enseñó. La aceptación pública más integral de Malik del personalismo
cristiano ocurre en E/CN.4/SR.14 (1947), 3-4.

Última utopía_03.indd 81 17/12/2015 17:03:00


82 La última utopía

mundo, especialmente en América Latina; pero hasta el momento, nadie


ha descubierto otro lenguaje popular sobre los derechos humanos interna-
cionales que se utilizara en la práctica en algún lugar del mundo durante
estos años. De manera similar, hubo participación de no cristianos en el
pequeño grupo que produjo un primer borrador de la Declaración (dentro
de los más notables, Cassin y P. C. Chang de la China del Kuomitang, quien
había obtenido su doctorado en Filosofía bajo la tutoría de John Dewey en
la Universidad de Columbia). Un debate más largo ocurrió más tarde en
la Asamblea General de la ONU que produjo unas pequeñas revisiones al
borrador. La agenda diplomática de los Estados latinoamericanos en estos
debates, especialmente la de Cuba, era la de acercar la nueva declaración a
la Declaración de los Derechos y Deberes del Hombre aprobada en Bogotá,
Colombia, en la primavera de 1948 —una campaña que llevó a Humphrey
a quejarse de que los “discursos estaban atados con la filosofía social del
catolicismo romano y en algunos momentos parecía que los principales
protagonistas en el salón de conferencias eran los católicos romanos y los
comunistas, aunque la importancia de los últimos palidecía a la luz de los
primeros—”44.
Lejos de demostrar los orígenes multiculturales del documento, sin
embargo, estos hechos muestran principalmente la existencia de una élite
diplomática global, frecuentemente educada en Occidente, la cual ayudó
a sacar adelante la declaración en un momento de unidad simbólica. En
la medida en que los actores principales venían de fuera de Occidente,
como Malik y el delegado filipino a las Naciones Unidas Carlos Rómulo,
la ideología más cercana a sus corazones era cristiana. ¿Eran occidentales
algunos de los valores desglosados en la Declaración? En realidad no, en
la medida en que solamente es en la era actual en la que algo llamado “de-
rechos humanos” puede tratarse como la herencia o el núcleo de alguna
civilización, en especial la Europa cristiana donde el concepto jugó un
papel importante, dejando atrás las tentaciones antiliberales del pasado
reciente. Era posible reconocer los derechos sociales desde tradiciones no
occidentales, como el islam, o por Estados influenciados significativamente
tanto por el pensamiento social cristiano como por las ideas bienestaristas
del periodo de entreguerras, lo cual era notablemente el caso de los países
latinoamericanos. La participación internacional de los Estados en las
negociaciones diplomáticas, en todo caso, no es un indicador útil para
medir la diversidad de la cultura humana en este momento o en cualquier
otro. Tanto la idea liberal de los derechos como la del derecho natural

44
John Humphrey, Human Rights and the United Nations: A Great Adventure (Dobbs Ferry:
Transitional Publishers, 1983), 65-66. La declaración de Bogotá, frecuentemente reputada
como la primera declaración internacional de derechos en la historia del mundo, había sido
precedida por la Declaración de Ginebra de los Derechos del Niño (1924).

Última utopía_03.indd 82 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 83

cristiano en sus formas más antiguas (al igual que versiones más recientes
que resaltaban la dignidad personal) ya eran poco plausibles desde hace
tiempo fuera de los Estados Unidos y la reafirmación del carácter de la
nación por parte de la Declaración Universal implicaba que estaba lejos
de ser obvio si el consenso en el documento significaba que había que
llevar los principios más allá de su fundamentación estatal que resultaba
relevante en la práctica45.
Cuando Julian Huxley, un famoso humanista y pensador evolucionista
y primer director de la Unesco, trabajó de la mano de Maritain para hacer
una encuesta a intelectuales sobre la justificación de los derechos humanos,
los resultados fueron decepcionantes. Entre los filósofos, la exclusión de
la escuela de pensamiento más prestigiosa del momento —obviamente, el
existencialismo— quiere decir que es difícil darle crédito a la conclusión de
Maritain, en el sentido de que todos estaban de acuerdo en la importancia
y substancia de los derechos humanos siempre y cuando no se preguntara
el porqué. “Estamos de acuerdo en los derechos pero bajo la condición
de que nadie pregunte por qué”, observaba Maritain; pero, de hecho, el
acuerdo es más interesante por la ausencia de algunas corrientes que por
la renuncia a buscar razones justificativas de los derechos. Por la misma
época, la American Anthropological Association famosamente rechazó
el concepto de los derechos humanos por considerarlo occidental y polí-
tico, y no porque resultara ser una formación políglota construida en la
intersección de todas las culturas o porque unificara todas las tradiciones
plurales de la humanidad. Era imposible afirmar “los derechos del hom-
bre en el siglo veinte”, insistían los antropólogos, y hacerlo de cara a la
diversidad cultural simplemente “conduciría a la frustración”. De hecho,
si estos estudiosos occidentales del mundo no occidental afirmaban una
especie de universalismo residual, lo hacían —más bien astutamente—
tomando nota claramente de una política que abandonaba el ideal de la
autodeterminación colectiva, respecto de la cual los derechos humanos
individuales habían nacido: “la aclamación mundial dada a la Carta del
Atlántico, antes de que se anunciara su aplicabilidad restringida”, recono-
cían, “es una evidencia del hecho de que la libertad es entendida y buscada


45
Para una visión mucho más celebratoria del papel de los Estados pequeños en este punto, véase
Glendon, “The Forgotten Crucible: The Latin American Influence on the Universal Human
Rights Idea”, Harvard Human Rights Journal 16 (2003): 27-40; y especialmente Susan Waltz,
“Reclaiming and Re-building the History of the Universal Declaration of Human Rights”, Third
World Quarterly 23, n.° 3 (2002): 437-48; y Waltz, “Universalizing Human Rights: The Role of
Small States in the Construction of the Universal Declaration of Human Rights”, Human Rights
Quarterly 23 (2001): 44-72. Sobre Latinoamérica cf. Paolo G. Wright-Carrozza, “From Conquest
to Constitutions: Retrieving a Latin American Tradition of the Idea of Human Rights”, Human
Rights Quarterly 25, n.° 2 (mayo 2003): 281-313.

Última utopía_03.indd 83 17/12/2015 17:03:00


84 La última utopía

por pueblos que tienen las más diversas culturas”46. La creencia reciente y
generalizada de que había un consenso y un acuerdo transcultural sobre
los derechos humanos hasta la crisis de la Guerra Fría es insostenible: los
principios universales que los antropólogos sentían que podían afirmar
sin caer en ideologías partidistas no habían sido proclamados al momento
de la invención de los derechos humanos sino abandonados al adoptarlos.
La aprobación de la Declaración Universal en diciembre 10 de 1948
fue indudablemente un logro heroico del consenso diplomático, el cual
pudo haberse frustrado por las tensiones globales del momento, como
los inicios de la Guerra Fría, la creación del Estado de Israel y la partición
del sur de Asia. Aunque la Declaración Universal resultó tan importante
en el largo plazo, la historia de sus orígenes diplomáticos e ideológicos no
puede negarse a incorporar lo que debe ser, de alguna manera, la pregunta
más importante e interesante: ¿por qué el lenguaje de los derechos era tan
marginal en ese momento, tanto en los Estados Unidos donde nacieron
como en Europa donde posteriormente encontrarían su hogar, al igual que
en el resto del mundo? Como un punto de la trama de la historia de los
derechos humanos, el misterio de los cuarenta no es por qué surgieron los
derechos humanos, sino —teniendo en cuenta los desarrollos futuros—
por qué no pudieron surgir.
Una primera pero menos importante razón es el inmediato destino
de los derechos humanos dentro de las negociaciones de la ONU, donde
iban a ser ampliamente restringidos durante varias décadas al considerar-
los como asuntos de la diplomacia estatal o de las asociaciones privadas.
Incluso, mientras la Comisión de Derechos Humanos caminó finalmente
al desglose de los derechos, dejó en claro que la lista solamente sería decla-
rativa en primer lugar; en cuanto a la función de la comisión, de otro lado,
el Consejo Económico y Social anunció en el verano de 1947 su decisión
non possumus de que la comisión no tenía la competencia para investigar,
ni mucho menos para actuar, con base en peticiones de parte. Como lo
señaló amargamente Humphrey en un comentario frecuentemente repe-
tido, esto hizo de la comisión “la papelera más elaborada del mundo”. La
restricción de los derechos humanos de la ONU al campo del simbolismo
es muchas veces tratada como decisiva en comparación con los caminos
que no se tomaron, pero de muchas maneras esto era un corolario natural
de la propia Carta, la cual había socavado tanto los derechos humanos so

46
Véase Unesco, Human Rights: Comments and Interpretations, intro. Maritain (New York, 1948), 9;
[Melville Herskovits et al.], “Statement on Human Rights”, American Anthropologist, n.s., 49
(1947): 539-43, y 50 (1948): 351-55, el cual incluye la crítica de Julian Steward al universalismo
residual del reclamo antropológico de la diferencia. Cf. Karen Engle, “From Skepticism to
Embrace: Human Rights and the American Anthropological Association from 1947-1999”,
Human Rights Quarterly 3 (2001): 536-59.

Última utopía_03.indd 84 17/12/2015 17:03:00


Samuel Moyn 85

pretexto de su consagración que su activación hubiera requerido revisar


las bases de la propia organización. El delegado que pudo haber entendido
esto de una mejor manera —el indio Hansa Mehta, una interesante figura
responsable igualmente de revisar el lenguaje de la Declaración para que
hubiera una neutralidad de género— promovió una propuesta fallida en
favor de considerar los derechos humanos como “una parte integral de la
Carta y […] como ley fundamental”, la cual solamente pudo revivir en sus
líneas conceptuales muchas décadas después47.
Es cierto que la prioridad que se le dio al aspecto declarativo y no al
jurídico, gracias a la determinación de estadounidenses y soviéticos, pro-
metía teóricamente un movimiento subsecuente hacia su juridización. Sin
embargo, el primer borrador de una convención posterior a la declaración
—el cual solo pudo terminarse veinte años después— únicamente pudo
concretarse cuando la delegación soviética dejó de asistir a las reuniones de
la Comisión de los Derechos Humanos a principios de 1950 porque la ma-
yoría de las Naciones Unidas se negó a quitarle su asiento al representante
del Kuomintang en favor de los revolucionarios chinos que exitosamente
se habían tomado el poder en su país. De hecho, este poco de malicia per-
mitió que el borrador de la convención se completara rápidamente, incluso
a pesar de identificar cada vez más los derechos humanos con nociones
occidentales. Inicialmente se restringió a derechos civiles y políticos (al
estilo de la actual Convención Europea de los Derechos Humanos). Este
momento de progreso en un aspecto, sin embargo, dio irrelevancia a otro
asunto, en la medida en que los derechos humanos se mostraban como
herramientas irrelevantes para acortar distancias entre las ideologías que
se enfrentaban irreconciliablemente en el mundo. Charles Malik informó
que la aparente “comodidad” de la ausencia soviética de hecho minó la
plausibilidad de una apuesta por los derechos humanos como “la causa más
alta en el mundo hoy”. En su lugar, la intransigente occidentalización de
los derechos humanos significaba no un avance inevitable sino un “penoso
retroceso” en su importancia48. Pospuesto gracias al enfoque en declarar
derechos, el prospecto de moverse hacia una exigibilidad jurídica de los
derechos humanos que cruzara las fronteras estatales, lo cual era conside-
rado aun por algunos observadores como una posibilidad real hasta 1949,


47
UN ESC Res. 75 (V), agosto 5, 1947; Humphrey, Human Rights and the United Nations, 28; Mehta
como aparece citado en Manu Bhagavan, “A New Hope: India, the United Nations and the
Making of the Universal Declaration of Human Rights”, Modern Asian Studies 44, n.° 2 (marzo
2010): 311-47.
48
Charles Malik, “How the Commission on Human Rights Forged Its Draft of the First Covenant”,
United Nations Weekly Bulletin, junio 1, 1950.

Última utopía_03.indd 85 17/12/2015 17:03:00


86 La última utopía

era ya una propuesta muerta para 195049. Solamente en Europa occidental


el proyecto pudo sobrevivir a los orígenes de la Guerra Fría, en parte por-
que la restricción geográfica de su alcance permitió que su juridización se
convirtiera precisamente en un proyecto de la Guerra Fría.
Para 1945 no podía decirse que la prevalencia de una concepción
occidental de los derechos humanos era una conclusión inevitable. Los
soviéticos, no obstante su ideología marxista, estaban satisfechos de haber
contribuido a definir los derechos humanos en las reuniones de las Naciones
Unidas a punto tal que no veían que el nuevo lenguaje ideológico represen-
tara un engaño o una amenaza; de hecho, podían argüir que al menos en el
papel tenían la declaración de derechos más completa que hasta el momento
había visto la historia del mundo. Esta declaración se encontraba en la cons-
titución de Stalin de 1936, la cual fue concebida en un momento en que para
la personalidad individual era importante la pertinencia del comunismo,
tanto para la autoconciencia de los ciudadanos como para hacer propaganda
hacia Occidente. Escribiendo en 1947, el principal experto en Occidente
sobre el derecho soviético, el profesor de la Universidad de Columbia John
N. Hazard, no veía razón para que la URSS tuviera que evitar su adherencia a
los derechos humanos. Los primeros observadores de estos acontecimientos
sentían que los soviéticos, a pesar de una obvia hipocresía, se identificaban
a sí mismos más consistentemente como un poder anticolonial. Los énfasis
de la Declaración Universal en la igualdad y la no discriminación eran en
gran medida sus contribuciones. La URSS también presionó a favor de la
reincorporación de la abandonada promesa de la autodeterminación de
la Carta del Atlántico, siguiendo supuestamente el ejemplo de las propias
políticas del país en esta materia. Sin embargo, las naciones occidentales,
incluyendo las potencias del Atlántico que alguna vez habían ofrecido dicha
promesa, hicieron valer su posición negativa50.
Al final, la URSS se abstuvo de votar en las reuniones que llevaron a
la Declaración Universal, pero por más de una década se mostró cómoda
en guardar lealtad a los preceptos de estos documentos. Su justificación
pública de la abstención era que la occidentalización había llevado al des-
glose de los derechos y a la atención especial de los Estados occidentales al

49
Véase Andrew Martin, “Human Rights and World Affairs”, Year Book of World Affairs 5 (1951):
44-80, 48.
50
George L. Kline, “Changing Attitudes toward the Individual”, en, The Transformation of Russian
Society, ed. Cyril Black (Cambridge: Cambridge University Press, 1960); John N. Hazard, “The
Soviet Union and a World Bill of Rights”, Columbia Law Review 47, n.° 7 (noviembre 1947):
1095-1117; Rupert Emerson e Inis L. Claude, Jr., “The Soviet Union and the United Nations: An
Essay in Interpretation”, International Organization 6, n.° 1 (febrero 1952): 20-21. Para la mejor
historia de los soviétivos y la Declaración Universal, véase Kamleshwar Das, “Some Observations
Relating to the International Bill of Human Rights”, Indian Yearbook of International Affairs 19
(1986): 12-15, citando la UN Doc. E/CN.4/SR.89, 12.

Última utopía_03.indd 86 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 87

derecho a la libertad de cultos, lo cual llevó a su turno a algunos Estados


musulmanes a plantear su desacuerdo durante la redacción y a abstener-
se de votar51. Más adelante, en debates públicos, los soviéticos pudieron
quejarse frecuentemente de que el mundo se había alejado inicialmente
del individualismo al acuñar la noción de “persona humana” pero no ha-
bía ido lo suficientemente lejos como hubiese podido; de acuerdo con el
delegado yugoslavo que intervino justo antes de abrir la votación del diez
de diciembre de 1948, la Declaración Universal simplemente “codificaba”
viejos derechos políticos y civiles sin incorporar efectivamente la interde-
pendencia colectiva de la humanidad que la economía moderna hacía tan
claramente necesaria52. En últimas, basados en un fundamento teórico, la
diplomacia soviética y sus concepciones de derecho internacional resalta-
ban la igualdad de los soberanos en los asuntos internacionales por encima
de los derechos humanos (en sintonía con su anticolonialismo oficial),
balanceada con la insistencia explícita de Stalin de que la unanimidad de
las grandes potencias seguía siendo el cimiento de la estructura de la ONU53.
Ahora bien, los derechos humanos también fueron asociados casi
que inmediatamente con el anticomunismo. Dejando a un lado una
controversia internacional acerca de la discriminación en contra de los
asiáticos del sur en Suráfrica, las dos grandes causes célèbres en las que los
derechos humanos fueron invocados en las Naciones Unidas y en foros
internacionales tenían por regla general un espíritu anticomunista. En
una de ellas, la Unión Soviética fue criticada con base en los derechos
humanos por prohibir la migración a ciudadanas de ese país para que se
unieran con sus esposos extranjeros en el exterior; la segunda y más visible
de todas giraba alrededor del arresto, detención y juicio del cardenal József
Mindszenty, el primado húngaro, en 1948-1949. A través de esta causa


51
Jennifer Amos, “Embracing and Contesting: The Soviet Union and the Universal Declaration
of Human Rights, 1948-1958”, en Hoffman, ed., A History of Human Rights, y Waltz, “Universal
Rights: The Contribution of Muslim States”, Human Rights Quarterly 26 (2004): 813-19.
52
“La declaración, en ciertos aspectos, no se basó en la realidad porque describía al hombre como
un individuo aislado y pasaba por alto el hecho de que también era miembro de una comu-
nidad”. ONU, Documento A/PV.183 (1948), 916. Incluso hasta 1965, el profesor de la Escuela
de Derecho de Harvard Harold Berman, experto entre otras cosas en teoría jurídica soviética,
podía escribir que la aproximación de la URSS a los derechos humanos, aunque defectuosa,
continuaba siendo “una respuesta genuina a la crisis del siglo XX, la cual había sido testigo de
la caída del individualismo —en el derecho al igual que en otras áreas de la vida espiritual—”.
Berman, “Human Rights in the Soviet Union”, Howard Law Journal 11 (primavera, 1965): 341.
53
Véase, por ejemplo, Ivo Lapenna, Conceptions soviétiques de droit international public (Paris:
Editions A. Pedone, 1954), 222-23, 293-99. Más tarde parecería que los intentos post-1948
de formular un “derecho internacional socialista” no priorizaba a los derechos humanos de
modo alguno. Lapena, Conceptions, 149-53. Sobre los soviéticos en la ONU véase de modo más
general Alexander Dallin, The Soviet Union at the United Nations: An Inquiry into Objectives and
Motives (New York: Praeger, 1962).

Última utopía_03.indd 87 17/12/2015 17:03:01


88 La última utopía

también se resaltaban los abusos contra cristianos en el este de Europa,


como el arresto domiciliario del cardenal Josef Beran en Checoslovaquia.
Ambas campañas ocurrieron tan poco tiempo después de la Declaración
Universal que ayudaron a definir su alcance54. Las causas motivaron reso-
luciones de la ONU y fueron, junto con la denuncia ocasional de Suráfrica,
los casos más importantes durante las décadas de estancamiento producto
de la Guerra Fría y mostraron lo que la “exigibilidad” de los derechos en la
ONU podría eventualmente ser 55. El caso Mindzsenty —aunque olvidado
y sin estudiar desde entonces— fue sin lugar a dudas el más prominente
y por consiguiente la causa de derechos humanos típica de la era en la
política internacional. En 1947-1948, Hungría, Bulgaria y Rumania fueron
excluidos de las Naciones Unidas sobre la base de que las tomas comunistas
en estos países habían burlado las disposiciones de los Acuerdos de Paz
de París, los cuales consagraban el respeto por “los derechos humanos y
las libertades fundamentales” como condición para ser miembros de la
ONU. De la mano de estos eventos, y enfocándose especialmente en un
privilegiado derecho a la libertad religiosa, las controversias sobre Minds-
zenty y otros clérigos fortalecieron la tendencia a identificar los derechos
humanos cada vez más con el destino de la cristiandad en un mundo en
que el comunismo encarnaba el secularismo56. En respuesta, y habiendo
inicialmente presionado para que la ONU atendiera la denuncia contra
Suráfrica, los soviéticos se pasaron a la defensa de la soberanía estatal: la
suerte estaba echada para los desarrollos futuros.
En su era inaugural, las Naciones Unidas continuaron las antiguas
causas humanitarias, extendiendo las campañas internacionales inau-
guradas por la Liga de las Naciones en contra de la esclavitud, el trabajo
forzado y la trata de mujeres y niños. Tal como lo había intentado la Liga
anteriormente, también trató de manejar el movimiento de los refugiados,
un asunto que había explotado en los años posteriores a la guerra. En la
era de la Liga, estas campañas, algunas veces impresionantes pero siempre

54
Para las resoluciones, todas de principios de 1949, véase UN G. A. Res. 265 (III) (Surasiáticos),
272 (III) (Hungría y Bulgaria), y 285 (III) (esposas soviéticas, iniciada por Chile, al verse afectado
el hijo del embajador). Véase también, más adelante: UN G. A. Res. 294 (IV) (1949) y 385 (V)
(de nuevo Hungría y Bulgaria).
55
Véase su rol, por ejemplo, en Louis Sohn y Thomas Buergenthal, International Protection of
Human Rights (Indianapolis: The Bobbs-Merrill Company, Inc., 1973). Sobre la actividad
temprana alrededor de Suráfrica, véase R. B. Ballinger, “UN Action on Human Rights in South
Africa”, en Evan Luard, ed., The International Protection of Human Rights (London: Thames
and Hudson, 1967).
56
Véase Martin, “Human Rights in the Paris Peace Treaties”, British Year-book of International Law
24 (1947) y Stephen D. Kertesz, “Human Rights in the Peace Treaties”, Law and Contemporary
Problems 14, n.° 4 (otoño 1949): 627-46; y para un sesudo análisis del alboroto internacional
(incluido el de la ONU) alrededor de Mindszenty, véase Gaetano Salvemini, “The Vatican and
Mindszenty”, The Nation, agosto 6, 1949.

Última utopía_03.indd 88 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 89

culturalmente específicas y políticamente selectivas, no habían sido con-


ceptualizadas alrededor de las nociones de derechos universales y eran
típicamente causas filantrópicas desplegadas en un mundo jerarquizado,
con el fin de responder a las prácticas ilícitas de los pueblos, religiones
e imperios que eran catalogados como brutales e incivilizados57. Tanto
en las Naciones Unidas como en la mentalidad popular, las actividades
humanitarias siguieron estando esencialmente separadas de los derechos
humanos hasta bien entrado el periodo de la posguerra. La idea de los
derechos humanos fue invocada ocasionalmente como parte de estas
empresas humanitarias, pero no tuvo éxito en superar esta separación y
en redefinir el significado de la acción humanitaria para las ONG, como
la recién creada Oxfam, o para los gobiernos nacionales o internacionales.
La principal excepción, la campaña de la Organización Internacional del
Trabajo contra el trabajo forzado, la cual databa de los años de entreguerras
pero que había absorbido los derechos humanos de la era de posguerra, no
definió el amplio significado público de ese lenguaje58.
Una segunda razón más importante para la irrelevancia de la idea de
los derechos humanos en el momento de la posguerra, sin embargo, es
que no resolvía problema alguno. Aunque por diferentes razones, en los
países occidentales sería difícil identificar un asunto en el que apelar a los
derechos como tal pudiera hacer, o de hecho hiciera, alguna diferencia,
pues no había un debate en los que pudieran intervenir decididamente.
Irónicamente, la incorporación de las ideas bienestaristas en el periodo
de entreguerras y durante la guerra significaron un consenso sin prece-
dentes alrededor de la viabilidad de prerrogativas sociales, aunque —por
supuesto— la política de cada país definió qué quería decir en la práctica
este nuevo sentido común. En el asunto más importante, es decir, el debate
sobre el modelo social más prometedor, el lenguaje de los derechos no
pudo determinar una elección entre un esquema comunista o bienestarista
—lo cual, más que ningún otro asunto, es responsable de que los derechos


57
Esta era aún debe estudiarse con más detalle, pero por ahora véase Barbara Metzger, “Towards
an International Human Rights Regime during the Inter-war Years: The League of Nations’
Combat of Traffic in Women and Children”, en Kevin Grant et al., eds., Beyond Sovereignty:
Britain, Empire, and Transnationalism (New York: Palgrave Macmillan, 2007); Keith David
Watenpaugh, “‘A Pious Wish Devoid of All Practicability’: The League of Nations’ Eastern
Mediterranean Rescue Movement and the Paradox of Interwar Humanitarianism”, American
Historical Review (en prensa); y Claudena M. Skran, Refugees in Inter-War Europe: The Emergence
of a Regime (Oxford: Oxford University Press, 1995). Sin embargo, es anacrónico fusionar los
derechos humanos y el humanitarismo, pues ello denota los supuestos contemporáneos.
58
Cf. Daniel Maul, Menschenrechte, Sozialpolitik und Dekolonisation: Die Internationale Arbeitsorgani-
sation (IAO) 1940-1970 (Essen: Klartext Verlag, 2007); en inglés, véase Maul, “The International
Labour Organization and the Struggle against Forced Labour”, Labor History 48, n.° 4 (2007):
477-500 y “The International Labour Organization and Human Rights”, en Hoffman, ed.,
A History of Human Rights.

Última utopía_03.indd 89 17/12/2015 17:03:01


90 La última utopía

humanos sean un nuevo paradigma ideológico durante nuestra época—.


Ya en 1945, el filósofo francés Raymond Aron sostenía que las declaracio-
nes de derechos estaban condenadas a la “insinceridad porque quienes se
suscriben a ellas no dudarán, a pesar de todo, en sacrificar el principio de
las libertades personales o el de la igualdad en la repartición de la riqueza”
en su elección entre los modelos sociales en competencia. Nada depende
de los derechos sociales, anotaba escépticamente E. H. Carr poco tiempo
después; todo “depende de la naturaleza del sistema social prescrito bajo
la categoría de los derechos sociales”59. El anuncio de la Doctrina Truman
en marzo de 1947 con su llamado por una elección decisiva entre “dos
formas de vida” significaba que la aprobación de la Declaración Universal
en diciembre de 1948 pudo haber parecido un forzado pretexto en pro de la
unidad sin verdadera importancia en un momento en que la humanidad
se enfrentaba a esta encrucijada.
Dicho esto, si el nuevo eslogan de los derechos humanos tenía alguna
visibilidad doméstica o regional, ella no era entre los liberales estadouni-
denses sino entre los conservadores europeos. Mirando hacia atrás con el
deseo comprensible de identificar el auge del internacionalismo estadou-
nidense con los derechos humanos, es fácil resaltar que los conservadores
aislacionistas de la era atacaban la idea. Igualmente, no hay duda de que
mientras pasaba el tiempo una corriente política estadounidense —li-
derada por Frank Holman de la American Bar Association y el senador
John W. Bricker— vilipendiaba el internacionalismo en todas sus formas
al considerarlo un disfraz del comunismo global. Estos líderes hicieron
campaña en contra del internacionalismo, sin embargo, no tanto porque
los modestos llamados que los liberales hacían a normas supraestatales
eran genuinamente amenazantes. Lo hicieron, en cambio, porque tal
agitación —identificando el internacionalismo con el socialismo redistri-
butivo— probó ser una efectiva retórica partidista a través de celebraciones
populistas de la vía americana60. No obstante, poner el énfasis en los con-
servadores estadounidenses distorsiona el panorama pues pierde de vista

59
Aron como aparece citado en Marco Duranti, “Conservatism, Christian Democracy, and
the European Human Rights Project, 1945-1950” (disertación doctoral disponible en Yale
University, 2009), 88; E. H. Carr, “The Rights of Man”, en Unesco, ed., Human Rights, 20. Com-
párese el argumento de Carr contra el aislamiento de las garantías formales con la importancia
de la protección social por medio de varios mecanismos. “Y los derechos y principios políticos
tampoco son la preocupación dominante del mundo contemporáneo. Frecuentemente, y de
manera justa, la afirmación hecha de que el futuro de la democracia dependiera de su habilidad
para resolver el problema del pleno empleo ilustra la subordinación de lo político a los fines
económicos y sociales en el mundo moderno. El internacionalismo, como el nacionales, tiene
que convertirse en algo social”. Carr, Nationalism and After (London: Macmillan, 1945), 63.
60
Cf. Mark Philip Bradley, “The Ambiguities of Sovereignty: The United States and the Global
Human Rights Cases of the 1940s and 1950s”, en Douglas Howland y Luise White, eds., The
Art of the State: Sovereignty Past and Present (Bloomington: Indiana University Press, 2008).

Última utopía_03.indd 90 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 91

que la historia de los derechos humanos que inicia al final de la Segunda


Guerra Mundial se caracterizó principalmente por su lenta asociación
con el conservatismo europeo de la Guerra Fría, a tal punto que perdieron
cualquier relevancia ulterior como una serie de ideales potencialmente
comunes. Teniendo en cuenta el telón de fondo de la prematura muerte
de los derechos humanos como una idea ampliamente inspiradora, el
principal sobreviviente en la pugna por el significado fue la interpretación
conservadora cristiana que había ayudado a definirlos desde un principio
y que más tarde los momificó cuando comenzó la Guerra Fría. Desde una
perspectiva más amplia, en otras palabras, el conservatismo definió y no
destruyó los derechos humanos.
Mientras que las interpretaciones cristianas de los derechos humanos
eran notablemente importantes a medida que circulaban tímidamente du-
rante la guerra, la creciente cristianización de los derechos humanos luego
de la propia guerra es quizá lo más relevante. Ello nos ayuda a responder
por qué, de todos los lugares del mundo, pudieron poner su pie de apoyo
solamente en el contexto de la reestabilización de Europa occidental. Esto
no se debe tanto, sin embargo, a que las definiciones e interpretaciones
cristianas lucharan arduamente para hacer retroceder las seculares, sino
porque habían sido desde hace mucho tiempo asediadas por aspiraciones
políticas cristianas alternativas. En síntesis, fue la desaparición de la reac-
ción cristiana y el fascismo lo que dejó listo el escenario para el preemi-
nente rol que la cristiandad iba a tener en el acotamiento de los derechos
humanos durante la posguerra; pero ese rol también afectó profundamente
el significado de los derechos como una alternativa de tercera vía, persona-
lista y comunitaria en contraste tanto con el atomismo liberal como con
el materialismo comunista. La conversión de intelectuales religiosos en el
trascurso y con posterioridad a la guerra en pro de la causa de los derechos
humanos, que interpretaron como principios nucleares de una agenda
antisecularista continua, merece por consiguiente una especial atención.
La mayoría de los personajes religiosos —especialmente los católicos
que serían tan significativos al finalizar la guerra— habían rechazado desde
hacía tiempo la idea de los derechos por ser secular y solipsista. El antiguo
descrédito de este lenguaje político por parte de la Iglesia católica es algo
clásico. En 1940, George Bell, el influyente obispo anglicano de Chichester
comentó sobre las propuestas de H. G. Wells:
Por supuesto que las ideas de 1789 pueden disfrazarse y adaptarse a las
condiciones de 1940. Pero la situación del presente es el resultado del
secularismo. Añadir una dosis mayor de secularismo a lo que el pacien-
te ya ha absorbido es como añadir veneno a un veneno […] Una gran
cantidad de declaraciones seculares o un número de demandas por los

Última utopía_03.indd 91 17/12/2015 17:03:01


92 La última utopía

derechos humanos sin sanciones espirituales no podrán salvarnos de la


destrucción.61

Sin embargo, para el periodo de la posguerra, muchos intelectuales


cristianos prestigiosos proclamaban la nueva versión de este vocabulario
—bajo la condición de que reflejase la comunidad moral cristiana tanto
a nivel nacional como internacional—. Estos años vieron a Bell insistien-
do en que los “derechos de los hombres se derivan directamente de su
condición de hijos de Dios y no del Estado”, en virtud de “lo sagrado de
la personalidad humana”. Para mencionar otro ejemplo, cuando el más
importante teólogo protestante suizo Emil Brunner trató el tema en 1947,
insistió que los “derechos humanos viven enteramente en virtud de su fun-
damento en la fe. O son jus divinum o son un fantasma”. Por contraste, hasta
muchas décadas después, pocos intelectuales no cristianos eran teóricos
o partidarios de la nueva idea de los derechos humanos —o incluso de los
derechos en general—62. No existe, quizá, mejor testamento al hecho de
que los derechos humanos murieron en su nacimiento que no pudieron
motivar una campaña más generalizada entre los intelectuales para que
los defendieran o definieran.
La pura autenticidad y pasión con la que se llevó a cabo la promoción
cristiana y conservadora de los “derechos humanos” necesariamente
significaba que otras visiones no podían ayudar a esta causa, sino que la
consideraban una idea profundamente partidista. El pensador cristiano
quien se convirtió en 1948 en el primer historiador de los derechos hu-
manos, el académico alemán Gerhard Ritter, provee una valiosa evidencia
de que el contexto cristiano de los derechos humanos en la posguerra eu-
ropea también podía incluir un Occidente más amplio que incluso podía
inspirarse y contener la cristiandad estadounidense. Ritter, un nacionalista
conservador arrestado en 1944-1945 por su participación en los círculos
aristocráticos y militares que diseñaron un plan para asesinar a Hitler, des-
pertó en el periodo de la posguerra a la realidad de que la unidad cristiana
tendría que lograrse para evitar el comunismo. En esta causa, los derechos

61
G. K. A. Bell, Christianity and World Order (Harmondsworth: Penguin, 1940), 104.
62
Bell, “The Church in Relation to International Affairs” (discurso pronunciado en Chatham
House), International Affairs 25, n.° 4 (octubre, 1949): 407, 409; Emil Brunner, “Das
Menschenbild und die Menschenrechte”, Universitas 2, n.° 3 (marzo, 1947): 269-74 y 2, n.°
4 (abril, 1947): 385-91 en 269; cf. R. M. MacIver, ed., Great Expressions of Human Rights (New
York, 1950), la cual contiene principalmente autores y contenidos religiosos incluyendo la
interpretación comunitarista y personalista del afamado teólogo católico estadounidense John
Courtney Murray. Cf. Richard McKeon, “The Philosophic Bases and Material Circumstances
of the Rights of Man”, en Unesco, ed., Human Rights y las reflexiones varias y autobiográficas
en Zahava McKeon, ed., Freedom and History and Other Essays (Chicago: University of Chicago
Press, 1990), y el epílogo a este libre acerca del renacer filosófico de los derechos individuales
en la década de los setenta.

Última utopía_03.indd 92 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 93

humanos eran cruciales como la “marca esencial de la civilización occi-


dental en contraste con la esclavitud del Estado ‘totalitario’”63. Después
de todo, Maritain había ayudado a recordarle a la cristiandad occidental
que los derechos humanos, lejos de ser una consecuencia peligrosa del li-
beralismo secular moderno, hacía un llamado a la comunidad moral del
cristianismo a través de su énfasis en la “persona humana”. Más aún, los
hombres de Estado cristianos —siendo John Foster Dulles el más notable
de ellos— habían ayudado a introducirlo como un concepto cristiano. De
hecho, Ritter insistía, la exitosa campaña de Dulles durante la guerra por
una interpretación moralista pero no pacifista del protestantismo mostraba
que los derechos humanos estaban llamados ahora a ser la última y mejor
defensa contra la amenaza comunista. De seguro, los derechos humanos
también eran peligrosos, especialmente en la medida en que la historia
estadounidense había sido el foro no solamente de una religión piadosa,
sino también del materialismo hedonista que buscaba la felicidad —una
promesa que se encaminó en la historia desde la Revolución francesa a
través del totalitarismo soviético ahora tan perjudicial para la identidad
tradicional del Occidente cristiano—. Pero eso solamente significaba que
los derechos humanos tenían que ser salvados para el espiritualismo en
la crisis presente.
Ritter se reunió con Dulles en 1948 cuando este último intervino en
la importante conferencia de Ámsterdam, donde desde hace tiempo la
buscada unidad ecuménica de la cristiandad finalmente se convirtió en
una realidad materializándose en el Consejo Mundial de Iglesias, el cual
apreciaba los derechos humanos en el contexto de su promoción de la
paz. Sin embargo, para ese entonces, Ritter reconocía, los Estados Unidos
de Dulles y la unidad occidental, siendo una formación ecuménica fiable,
representaba la verdadera esperanza del cristianismo. Para Maritain, Ritter
y muchos otros, los derechos humanos, lejos de haberse originado en 1789,
eran una herencia cristiana que debía ser defendida contra el legado de la
Revolución francesa —o incluso de la revolución como tal— que todavía
representaba una amenaza.
Geopolíticamente —concluía Ritter— no hay duda de que el futuro de
todo lo que estamos acostumbrados a considerar como la herencia de
la cultura cristiana occidental depende del celo casi religioso con el que
hoy los Estados Unidos defiende el principio de los derechos humanos
generales contra el sistema de Estado totalitario.64


63
Gerhard Ritter, “Ursprung und Wesen der Menschenrechte”, Historische Zeitschrift 169, n.° 2
(agosto, 1949): 234. Estos párrafos siguen mi texto, “The First Historian of Human Rights”,
American Historical Review, (en prensa).
64
Ritter, “Die englisch-amerikanischen Kirchen und die Friedensfrage”, Zeitwende 18 (1949):
459-70. Para el tema de Dulles y Nolde en Ámsterdam véase Dulles, “The Christian Citizen

Última utopía_03.indd 93 17/12/2015 17:03:01


94 La última utopía

El hecho de que unos pocos años después fuera Dulles quien como
secretario de Estado de Dwight Eisenhower fuera el encargado de anunciar
que los Estados Unidos no serían parte de un tratado de derechos humanos
no debería hacernos perder de vista su rol anterior en la materialización de
una interpretación cristiana del lenguaje de derechos humanos, en especial
fuera del país norteamericano. De hecho, la rápida retirada de los Estados
Unidos del lenguaje dejó incluso más claro el trasfondo cristiano europeo
y anticomunista de los derechos humanos. Luego de la flagrante ausencia
durante la guerra, los derechos humanos afectaron la europeización tem-
prana de la posguerra, especialmente los orígenes políticos y culturales de
la Convención Europea de 1950.
Esta agenda tenía unas profundas raíces en la historia europea del
periodo de entreguerras, y fue intensamente discutida durante la guerra
(a pesar de la alianza con los soviéticos), como cuando Churchill previó la
necesidad de “revivir la gloria de Europa, el continente que era el padre de
las naciones y la civilización moderna” para salvar “a la vieja Europa” del
“barbarismo ruso”65. En las negociaciones durante la guerra, las Naciones
Unidas y los acuerdos regionales surgieron simultáneamente luego de que
el espectro de su exclusión mutua se había exorcizado. La idea de asociar
la región de Europa occidental con los derechos se estableció casi desde
los primeros días en que se planeaba esta unión en los primeros años de
la posguerra. Ello fue así aunque no había sido un lenguaje político fun-
damental en anteriores tradiciones que ya habían imaginado e intentado
construir la unidad continental europea. Por supuesto, en la mayor parte
de países de Europa occidental los grupos liberales libertarios habían estado
marginalmente activos en los años entre guerras, pero no puede decirse que
estos actores ayudaran a redefinir los lenguajes dominantes de la política
incluso a nivel doméstico. La tradición francesa de los droits de l’homme,
tan fuertemente ligada históricamente al Partido Radical (de izquierda
liberal), entró en una profunda crisis en esta era, sobre todo cuando los

in a Changing World”, y Nolde, “Freedom of Religion and Related Human Rights”, en World
Council of Churches, Man’s Disorder and God’s Design, vol. 4 The Church and the International
Disorder (London: World Council of Churches, 1948), 73-189, esp. 107-8 sobre la Carta
Internacional de Derechos. Para una perspectiva diferente sobre la centralidad de los derechos
humanos para el Consejo Mundial de Iglesias, véase John Nurser, For All Peoples and All Nations:
The Ecumenical Church and Human Rights (Washington: Georgetown University Press, 2005).
El propio Malik dejó testimonio, en un prefacio a las memorias de Nolde, que “sentí que si
perdíamos el artículo sobre libertad de conciencia y religiosa, principalmente, si la libertad
absoluta del hombre fuese derogada de algún modo, incluso de la manera más sutilmente
indirecta, mi interés en el resto de la Declaración decrecería considerablemente”. Malik, “The
Universal Declaration of Human Rights”, en Nolde, Free and Equal, 10. De un modo similar,
véanse los ensayos de Malik y Nolde, We, the People, and Human Rights: A Guide to Study and
Action, ed. Marion V. Royce y Wesley F. Rennie (New York: Association Press, 1949).
65
Como aparece citado en: Simpson, Human Rights, 227.

Última utopía_03.indd 94 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 95

miembros prominentes se acercaron a posiciones moderadas lideradas por


Paul Faure del Partido Socialista, por entonces confabulados para derrocar
a la República en 194066. Mientras tanto, el control del discurso público por
parte de Estados policivos en Francia y en otros lugares con posterioridad a
1949 significó que fue solamente durante la guerra, cuando una resistencia
cristiana seria apareció, que el lenguaje de los derechos como una serie de
principios tuvo alguna circulación. Incluso entonces, el lenguaje no era
una herramienta común para la resistencia en país alguno, mucho menos
en la Francia donde dominó el patriotismo o la ocupación, o en la Francia
de Vichy donde la extrema izquierda era significativa gracias a su poder y
a la cantidad de sus miembros.
En cambio, fueron otras fuerzas las que reinventaron Europa como el
hogar de los derechos en la posguerra, siendo la Convención Europea la
más simbólica de dichas fuerzas. Después de la guerra había poca evidencia
de que las corrientes socialistas no comunistas en Gran Bretaña, Francia
y en la Alemania ocupada (que luego sería Alemania Occidental), donde
se formaron partidos poderosos, rehabilitaran el lenguaje de una manera
nueva y seria. En parte, esto se debió a que el contenido de los catálogos
de derechos no parecían controversiales desde la óptica doméstica, bien
fuera desde tiempos inmemoriales o en la historia reciente. En la creación
de cartas de derechos, por ejemplo, la novedad en los debates constitu-
cionales y parlamentarios fue el consenso sin precedentes logrado con
el conservatismo (siendo los puntos más sobresalientes el significado del
derecho de propiedad y cuestiones sobre educación). Ello explicaría el
otrora sorpresivo hecho de que no hubo un renacimiento socialista del
discurso de los derechos —en especial en lo que se refiere a los derechos
internacionales— en el momento de la posguerra67.
Por el contrario, la principal historia del lenguaje de los derechos en
Europa occidental, y especialmente en la Convención, es una especie de
pie de página a la reinvención del conservatismo por entonces en el poder,
de manera notoria después de que la toma comunista en Checoslovaquia
en febrero de 1947 hiciera que esta amenaza pareciera muy real en otros
lugares. En la medida en que este “re-renacimiento de la Europa burguesa”

66
William D. Irvine, Between Justice and Politics: The Ligue des Droits de l’Homme, 1898-1945
(Stanford: Stanford University Press, 2007).

67
Véase, sin embargo, Willy Strzelewicz, Der Kampf um Menschenrechte: Von der amerikanischen
Unabhängigkeitserklärung bis zur Gegenwart (Stockholm: Kooperativa förbundets bokförlag,
1943) para una historia socialdemócrata. El trabajo de Lora Wildenthal muestra que después
de la guerra el activismo por las libertades civiles podía incorporar algunas alusiones al nuevo
lenguaje internacional sin cambiar profundamente las formas de sus actividades. Wildenthal,
“Human Rights Activism in Occupied and Early West Germany: The Case of the German League
for Human Rights”, Journal of Modern History 80, n.° 3 (septiembre 2008): 515-56. El caso de la
liga de posguerra y de la ACLU sugieren conclusiones similares.

Última utopía_03.indd 95 17/12/2015 17:03:01


96 La última utopía

dependió por décadas de la hegemonía política de la democracia cristiana,


sería sorprendente que ello no tuviera efecto alguno en la europeización
de los derechos humanos de esta época, incluso en el hecho de que la
idea sobreviviera. Muchos de los principales fundadores del proyecto
europeo, tanto en lo que se refiere al aspecto político como en lo que espe-
cíficamente concierne a la tradición de los derechos humanos europeos,
eran reconocidos personalistas cristianos (por ejemplo, Robert Schuman,
Paul-Henri Spaak, Pierre-Henri Teitgen)68. Desde el principio la energía en el
movimiento para defender y definir los derechos humanos como la esencia
de la civilización europea en la Convención Europea vino de los conser-
vadores —Churchill y sus aliados que estaban fuera del poder y ansiosos
por el espectro del socialismo en su país, mientras que sus homólogos en el
Continente se preocupaban por el inminente triunfo del “materialismo”
sobre los valores espirituales—69. A la larga, los derechos civiles y políticos,
que habían sido priorizados como la esencia de la identidad europea occi-
dental, fueron protegidos mientras que los derechos económicos y sociales
fueron abandonados. El hecho de que la negociación de la convención se
aplazó para un tiempo futuro después de la Declaración Universal significó
que la ficción de un consenso sobre los valores fundamentales no podía
mantenerse más, y para 1950 los derechos humanos europeos consagraban
los principales valores del lado occidental de la política de la Guerra Fría.
En Gran Bretaña, el Partido Laborista, crecientemente conducido hacia las
negociaciones en razón a los imperativos propios de la Guerra Fría y con
el trasfondo de la ferviente insistencia de Churchill de que el federalismo
estuviera fuera del poder, accedió a los derechos humanos a pesar de su
confirmada sospecha de que frecuentemente no eran mucho más que
un ataque conservador a sus programas locales. Desde una perspectiva
regional más amplia, la base común cristiana para la unidad importaba
mucho —no simplemente para los “personalistas cristianos”, sino inclu-
so para un ateo como el secretario exterior de los laboristas Ernest Bevin,
quien citó la “unión espiritual” como la principal razón para proclamar
los derechos europeos occidentales—. Ahora eso significaba la oposición a
un estatalismo totalitario de parte de una civilización (y religión) regional.
Desde su vaga introducción como un tipo de democracia social, la idea de
los derechos humanos había sido redimida solamente como una posición
concreta en la Guerra Fría.
Mientras que estos factores políticos daban cuenta de la existencia
de una Convención Europea, así como de la Corte Europea de Derechos

68
Wolfram Kaiser, Christian Democracy and the Origins of the European Union (Cambridge:
Cambridge University Press, 2007). Cf. Michael Newman, Socialism and European Unity: The
Dilemma of the Left in Britain and France (London: Junction Books, 1983).
69
Duranti, “Conservatism”, el cual sigo de cerca en este punto.

Última utopía_03.indd 96 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 97

Humanos que se establecía, sería un error craso asumir que el lenguaje de


los derechos humanos y, por supuesto, el de un derecho de los derechos
humanos, eran importantes desde un principio. La identidad europea
occidental que se expresaba en la Convención Europea dependía más de
unas señales que indicaran los valores comunes antes que de garantías
judicialmente exigibles. Aunque el tratado se había originado como parte
del imperativo de darle dientes a los derechos humanos, incluso a riesgo
de que perdieran atractivo en otros lugares del mundo, los fundamentos
de la posguerra no convirtieron inmediatamente a Europa occidental en
el paraíso de los principios morales, pues también había una alta dosis de
autoridad. Lo más evidente es que aún existían imperios por preservar,
incluso para las naciones pequeñas —como Bélgica y Holanda— que más
tarde vendrían a asociarse con la promoción de los derechos humanos
en el panorama mundial. En reconocimiento de las implicaciones del
compromiso europeo por los derechos humanos, por ejemplo, el poeta
de Martinica Aimé Césaire podía decir rabiosamente en 1950 que el anti-
colonialismo no había sido aceptado por “ningún escritor, académico,
cruzado del derecho y la religión prestigioso, ni por defensor alguno de
la ‘persona humana’” —esto último en alusión al trasfondo dominante
de los derechos en el contexto europeo—. De hecho, no solo fue gracias a
los orígenes conservadores de la Convención sino también a su estrecho
potencial para intervenir en los imperios que la izquierda francesa —in-
cluyendo el líder de la Ligue des Droits de l’Homme— lo que no dejó que
el país firmara el documento durante treinta años. Aunque un pequeño
número de juristas trabajó con tenacidad a lo largo de las décadas para que
los derechos humanos significaran algo más dentro de Europa, sus victo-
rias aún tendrían que esperar a que ocurriera una transformación global
que hiciera posible el asentamiento de cierta asociación cercana entre la
identidad europea y los derechos humanos70.
Dentro del esencialmente malogrado “régimen” de derechos humanos
europeos, las señales de vida se producirían a finales de los cincuenta y los
sesenta, e incluso en ese entonces los resultados tenían poco significado
inmediato. El surgimiento de finales de los cincuenta de la Chipre británica
llevó al primer uso del sistema entre los Estados, haciendo que la visión
original del sistema como una serie de estándares mínimos dentro de las
relaciones diplomáticas de los Estados tuviera que esperar mucho tiempo


70
Aimé Césaire, Discourse on Colonialism, (New York: Monthly Review Press, 1972), 17. La historia
de la oposición francesa a la Convención Europea es contada en la conclusión de: Duranti,
“Conservatism”. Sobre los asuntos holandeses y belgas, aún hay trabajo por hacer, pero véase
Peter Malcontent, “Myth or Reality? The Dutch Crusade against the Human Rights Violations
in the Third World, 1973-1981”, en Antoine Fleury, et al., eds., Les droits de l’homme en Europe
depuis 1945 (Bern: Peter Lang 2003).

Última utopía_03.indd 97 17/12/2015 17:03:01


98 La última utopía

para ser usado por primera vez; nunca se convirtió en una característica
esencial de los asuntos intraeuropeos. El camino de las peticiones indivi-
duales abierto por el tratado fue seguido hasta sus últimas consecuencias
solamente en 1961 en la primera decisión de la Corte de Estrasburgo en
Lawless vs. Ireland. Pero incluso este derecho de petición probó general-
mente ser algo meramente teórico hasta mediados de los ochenta, cuando
tanto el número de peticiones recibidas y —de manera incluso más sorpren-
dente— el número de peticiones aprobadas para consideración de la Corte
se disparó (para mediados de los setenta, la Corte Europea de Derechos
Humanos solamente había decidido diecisiete casos)71. La “génesis” de la
Convención Europea no brinda muchas explicaciones sobre estos asuntos
incidentales. Lo que determinaría la disponibilidad y plausibilidad jurídica
de los derechos incluso en la zona europea sería más una victoria cultural
e ideológica de los derechos humanos en una era posterior. Los orígenes
conservadores y de Guerra Fría de la Convención fueron olvidados. Los
derechos humanos vinieron a significar algo diferente en unas circuns-
tancias radicalmente nuevas —ello ocurrió en tiempos muy recientes y
en virtud de eventos muy distintos a los que ocurrían en ese entonces
cuando un nuevo protagonismo de la conciencia del Holocausto para
las sociedades europeas hacía que fuera poderoso creer que el continente
se había limpiado las manos de la violencia y adoptado un nuevo credo
inmediatamente después de haber tocado fondo—.
Sin duda, las ideas conservadoras también pueden ser inspiradoras,
en este caso como una explicación idealista para la defensa de Occidente
en un momento de peligro sin precedentes. Para bien o para mal, esta era
la única versión en la que los derechos humanos realmente sobrevivieron
su agridulce destino de anunciación retórica durante la guerra. Este último
hecho confirma el nostálgico anacronismo de ver solamente el significado
preferido de los derechos humanos como el que vivió el tiempo suficiente
durante la posguerra para ser reactivado más tarde. La verdadera historia
de la idea es que más adelante tuvo que ser sacada de una ignorante oscu-
ridad y ambigüedad al momento de su introducción, así como despojada
de significados originalmente conservadores y frecuentemente religiosos
que se le adhirieron. El “congelamiento” de la Guerra Fría que afectó a los

71
Sobre Chipre, véase Simpson, Human Rights, caps. 17-19. Sobre el caso Lawless, véase Ian
Brownlie, “The Individual before Tribunals Exercising International Jurisdiction”, International
and Comparative Law Quarterly 11, n.° 3 (1962): 701-20; y Jack Greenberg y Anthony R. Shalit,
“New Horizons for Human Rights: The European Convention, Court, and Commission of
Human Rights”, Columbia Law Review 63 (1963): 1384-1412. Para más casos véase por ejemplo
Steven Greer, The European Convention on Human Rights: Achievements, Problems, and Prospects
(Cambridge: Cambridge University Press, 2006), cap. 1, esp. las tablas en 34-35.

Última utopía_03.indd 98 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 99

derechos humanos, lejos de ser su sentencia de muerte, solamente amplió


la humillación original de la que fueron víctimas durante su nacimiento.
A pesar de su nuevo rol a nivel internacional, el significado nuclear
de “derechos humanos” en los cuarenta siguió siendo compatible con el
Estado moderno —principio básico de las Naciones Unidas por ellos mis-
mos— tal como había sido la tradición más antigua de los derechos del
hombre a nivel doméstico. El desglose de los derechos humanos en estos
años, de hecho, fue mucho más allá del establecimiento de un entendi-
miento político fundamentalmente novedoso sobre su rol global potencial.
Aunque seguramente proclamados por una organización internacional,
la Declaración Universal retuvo, en lugar de trascender, la santidad del
nacionalismo, tal como es claro de la lectura de su texto. Es principalmente
en este sentido que la Declaración preservó la memoria de los derechos
del hombre y del ciudadano en lugar de apuntar hacia adelante en la di-
rección de una utopía de gobierno supranacional por medio del derecho.
Claro que importaba la inclusión de los derechos económicos y sociales a
mediados de los cuarenta, aunque eran productos anteriores de las luchas
ciudadanas y hasta hoy han afectado muy tenuemente el orden interna-
cional. Desde otro punto de vista, sin embargo, la posguerra dio a la vieja
idea de declarar derechos un nuevo molde: ni limitaciones genuinas a la
prerrogativa estatal, como en la tradición angloamericana, ni principios
primordiales, como en la francesa: la Declaración Universal surgió como
una reflexión accesoria a los principios para gobernar el mundo y no hizo
nada por afectarlos (nadie registró este hecho de manera más clara que el
solitario internacionalista angloamericano que aún impulsaba los dere-
chos humanos para 1948, Lauterpacht, quien denunció que la Declaración
Universal era una humillante derrota de los ideales que pronunciaba con
grandilocuencia). Más adelante, el momento de la posguerra iba a ser visto
con una lente retrospectiva diferente que lo falseó profundamente aunque
permitiera la reactivación de algunos de los contenidos de la Declaración.
En lugar de ser una historia de su muerte en el proceso de nacer, la pro-
clamación de los derechos humanos se convirtió en una del nacimiento
después de la muerte, especialmente de una muerte judía. En tiempo real,
a lo largo de semanas de debate alrededor de la Declaración Universal en
la Asamblea General de la ONU, el genocidio de los judíos no fue siquiera
mencionado, a pesar de la frecuente invocación de otros aspectos de la
barbarie nazi para justificar algunos asuntos específicos dignos de protec-
ción o para describir las consecuencias de dejar sin defensa la dignidad
humana. Fue la memoria del Holocausto construida más recientemente
la que motivó igualmente un entendimiento mistificador de los Juicios de
Nuremberg, lo cual ha contribuido a la ignorancia de la específica situa-
ción apremiante de los judíos en lugar de establecer la conocida tradición

Última utopía_03.indd 99 17/12/2015 17:03:01


100 La última utopía

moral de responder a atrocidades masivas. Más importante, no es del todo


obvio que, para ese entonces, Nuremberg y otras innovaciones jurídicas
relacionadas como la Convención contra el Genocidio fueran concebidas
como parte de la misma empresa a la que pertenecía el desglose de los
derechos humanos, y mucho menos que todos estuvieran bajo la misma
sombrilla —aunque ahora son frecuentemente tratados como si fueran
un solo, aunque multifacético, logro—. El motor más importante detrás
de la Convención contra el Genocidio, Raphael Lemkin, entendió que su
campaña estaba en oposición con el proyecto de los derechos humanos
de la ONU. En cualquier caso, su empresa era incluso más marginal y peri-
férica en la imaginación del público en general que la propia Declaración
Universal aprobada un día después de la Convención72.
Después de la década del setenta, y especialmente luego de la Guerra
Fría, sin embargo, se volvió común afirmar que la Segunda Guerra fue una
campaña por la justicia universal y que el impacto de descubrir los campos
de concentración motivó un compromiso sin precedentes por un orden
internacional más humano. Esta imprecisa y despolitizada perspectiva de
las repercusiones de la guerra, la cual permitió la consolidación del mito de
los derechos humanos como una respuesta directa a los peores crímenes del
siglo, muestra la importancia de enfocarse en las invenciones más recientes
de la imaginación utópica contemporánea. Es cierto que el compromiso
por los derechos humanos se cristalizó como un resultado de los recuerdos
del Holocausto, pero ello solo ocurrió décadas después, cuando los dere-
chos humanos fueron llamados a servir a nuevos propósitos. Lo que más
importó sobre el momento de gloria de los derechos humanos en la década
del cuarenta, en realidad, no es que haya ocurrido sino que, al igual que
su pasado más profundo, ese momento tuviera que ser reinventado y no
solo descubierto luego de que los derechos surgieran décadas más tarde.

72
Esta afirmación está basada en un completo análisis del registro taquigráfico. Sobre Nuremberg
y la Convención contra el Genocidio, véase Donald Bloxham, Genocide on Trial: War Crimes
Trials and the Formation of Holocaust History and Memory (Oxford: Oxford University Press,
2001); y Mira Siegelberg, “The Origins of the Genocide Convention”, Columbia Undergraduate
Journal of History 1, n.° 1 (2005): 34-57.

Última utopía_03.indd 100 17/12/2015 17:03:01


¿Por qué la lucha anticolonial
no fue un movimiento
de derechos humanos?

En mayo de 1945, el anticolonialista vietnamita Ho Chi Minh buscó algu-


nos de los principales fundamentos para su causa en la historia estadouni-
dense. En conversaciones con uno de los manipuladores encubiertos de la
American Office of Strategic Services, antes de que se disipara un interés
común en derrotar el imperialismo japonés, Ho “seguía preguntando […]
si podía recordar el lenguaje de nuestra Declaración [de Independencia].
Yo era un estadounidense común y corriente, y por supuesto que no podía
[…]. Entre más lo discutíamos, era evidente que él sabía mucho más que
yo al respecto”1. El 2 de septiembre de 1945, a escasas semanas de que los
japoneses fueran llevados a la rendición, y antes de la amarga reimposición
del régimen colonial francés con cooperación británica y aquiescencia de
los Estados Unidos, Ho promovió lo que ahora es la premisa más famosa
de la Declaración de 1776, sacándola de su posición originalmente acce-
soria para colocarla al principio de su propia Declaración Vietnamita de
Independencia: “todos los hombres son creados iguales; son dotados por


1
Citado en Dixee R. Bartholomew-Feis, The OSS and Ho Chi Minh: Unexpected Allies in the War
against Japan (Lawrence: University of Kansas Press, 2006), 243.

Última utopía_03.indd 101 17/12/2015 17:03:01


102 La última utopía

su Creador de ciertos derechos inalienables; entre estos están la vida, la


libertad y la búsqueda de la felicidad”2.
Este encuentro captura, en miniatura, la conexión histórica esencial
entre el anticolonialismo y los derechos —pero solamente si es entendido
correctamente—. Como quiera que sea interpretada con el paso del tiempo,
la Declaración estadounidense no era realmente sobre derechos; por encima
de todo, se trataba de anunciar el surgimiento de la soberanía poscolonial al
resto de las naciones del mundo. Si apelaba al derecho internacional, estos
llamados eran para el reconocimiento de los Estados y no para la protección
de los individuos. Como casi todos los demás anticolonialistas, Ho puso
primero que todo la liberación popular como un objetivo directo e inme-
diato y no los derechos humanos individuales. Luego de citar “el enunciado
inmortal” de la declaración, inmediatamente prosiguió diciendo: “En un
sentido más amplio, esto ahora significa: todos los pueblos tienen derecho a
vivir felices y libres”. No pudo haber sido más claro: la utopía que aún tenía
mayor significado era la liberación poscolonial colectiva del imperio y no
los derechos individuales canonizados en el derecho internacional3.
El hecho más sorprendente es que los anticolonialistas de posguerra
raramente invocaron la idea de “derechos humanos” y no apelaron parti-
cularmente a la Declaración Universal de 1948, a pesar de que la descoloni-
zación estaba explotando precisamente en el momento de su aprobación y
unos años más tarde. Aparentemente conscientes de que los derechos del
hombre y del Estado nación habían sido inseparables desde hacía mucho
tiempo, los anticolonialistas de la segunda posguerra mostraron mucho
más interés en esa conexión reformulada por V. I. Lenin y Woodrow Wilson
en el siglo XX bajo el término de “la autodeterminación de los pueblos”.
Siendo un hombre joven en París, Ho había buscado audazmente reunirse
con Wilson durante la Conferencia de Versalles para preguntarle por qué
su gran principio no se aplicaba al pueblo vietnamita. El momento para
su realización, sin embargo, aguardaba a que la Segunda Guerra Mundial
terminara, precisamente en aquella época que sería tentador considerar
como una “revolución de los derechos humanos”. Poderosamente reani-
mada y específicamente declarada en la Carta del Atlántico, la promesa
de la autodeterminación resonó alrededor del mundo, lo cual no ocurrió

2
Ho Chi Minh, “Declaration of Independence of the Democratic Republic of Viet-Nam”, en
On Revolution: Selected Writings 1920-66, ed. Bernard B. Fall (New York: Praeger, 1967), 143.
3
On revolutions, énfasis añadido. De acuerdo con Jack Rakove, ya “al escribir el preámbulo de la
Declaración, Jefferson no estaba buscando ni dar un golpe por la igualdad de los individuos,
ni borrar las incontables diferencias sociales que el derecho algunas veces creaba y frecuente-
mente sostenía. La principal forma de igualdad que el preámbulo afirma es la igualdad entre los
pueblos, definidos como comunidades de autogobierno”, en The Future of Liberal Democracy:
Thomas Jefferson and the Contemporary World, ed. Robert Fatton, Jr. y R. K. Ramazani (New York:
Palgrave Macmillan, 2004), 51.

Última utopía_03.indd 102 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 103

con ningún concepto sobreviniente de los derechos internacionales. La


Carta inspiró a los anticolonialistas, pero no puede decirse lo mismo de
las sucesivas promesas sobre “los derechos humanos”: este término sola-
mente iniciaría su carrera cuando los Aliados retrocedieron de su promesa
de autodeterminación.
Nada cambió luego de la guerra como para que el anticolonialismo
se plegara de manera más decidida a los derechos humanos en general o a
su elaboración dentro de las Naciones Unidas. Cuando la descolonización
desembocó en la creación de una cantidad de nuevos Estados que le podían
importar a la ONU, el término “derechos humanos” vino a ser incorporado
en el principio maestro de la autodeterminación colectiva. Si el anticolo-
nialismo generalmente despreciaba a los derechos humanos, podría decirse
que ello fue gracias al movimiento de los derechos del hombre y a su antigua
lealtad al Estado repetida a lo largo de la historia moderna. Además, en la
medida en que el anticolonialismo fijaba su mirada más allá del Estado,
el movimiento se hizo en nombre de internacionalismos alternativos, en
un espíritu muy diferente al de los derechos humanos contemporáneos.
Esos internacionalismos incorporaban la liberación nacional subalterna
y no se enfocaban en las libertades clásicas, y ni siquiera en los “derechos
sociales”, sino en el desarrollo económico colectivo. Pero tampoco es el caso
que el anticolonialismo traicionara o “capturara” a los derechos humanos
destruyendo su promesa original. Dada la incertidumbre en su significado
y el poder marginal en la idea de los derechos humanos en la década del
cuarenta, es mejor entender la futura fuerza del anticolonialismo en la
ONU como algo muy particular a este movimiento —una particularidad
que el ascenso de los derechos humanos en su sentido más contemporáneo
tendría que desplazar—.
Cuando pensamos en los contornos más amplios de la historia de
los derechos humanos, la razón más general para preocuparse sobre el
intermedio anticolonialista luego de la Segunda Guerra Mundial es que
esto nos obliga a tener una nueva perspectiva sobre la relación entre el
universalismo occidental y las luchas globales. Es tentador resaltar cómo
los grupos subalternos fuera de los Estados Unidos podían tener una
preocupación por convertir una retórica hipócrita en una realidad global.
Este argumento de una “realización desde abajo” muestra un punto fun-
damental sobre la forma como las promesas pueden moverse del papel a
la realidad política. No obstante, no existe tal cosa como una necesaria
“lógica de los derechos” que se seguiría como una especie de reacción
en cadena más allá de las intenciones de sus fundadores occidentales
cuando diferentes grupos alrededor del mundo intentaron hacer que el

Última utopía_03.indd 103 17/12/2015 17:03:01


104 La última utopía

universalismo de los derechos fuera algo más que simples palabras4. De


hecho, lo que es más extraordinario sobre el momento de la posguerra es
que los privilegios individuales que estaban potencialmente protegidos
por la organización internacional y el derecho no eran las promesas rotas
que grupos subalternos optaron por globalizar. Existía un principio trun-
cado que la descolonización universalizaba, pero este era el de liberación
colectiva, no el de los derechos humanos.
Parecería haber pocos ejemplos más claros que el de la era anticolonial
para entender el surgimiento de los derechos humanos como un programa
moral y principio maestro para un nuevo paradigma de aspiraciones globa-
les que debe ser escrito dentro de una historia más amplia en donde se dé
cuenta de ideologías compitiendo por el mejoramiento de la humanidad.
Siendo el colonialismo el agente de la diseminación más grande de la so-
beranía en la historia del mundo y no de su matización, sus lecciones para
la historia de los derechos humanos no son sobre la creciente relevancia
del concepto durante la posguerra. Se trata más bien de las condiciones
ideológicas en la que los derechos humanos, en sus contornos contempo-
ráneos, se convirtieron en una doctrina plausible en la segunda mitad de
los setenta: una era en la que la autodeterminación colectiva, habiendo
sido tan convincente anteriormente, entró en crisis.
Aunque alcanzó un éxito casi increíble entonces, el anticolonialismo
posterior a la Segunda Guerra Mundial no emergió de la nada. Sin embargo,
a diferencia de lo que ocurrió con movimientos del primer mundo que ape-
laron al lenguaje de los derechos —como los movimientos de las mujeres
y, menos frecuentemente, el movimiento de los trabajadores— los anti-
colonialistas rara vez expresaron su causa en el lenguaje de derechos antes
de 1945. Los sujetos coloniales eran dolorosamente conscientes de que el
“humanismo” no había sido muy bueno con ellos hasta el momento5. En
1931 la Ligue des Droits de l’Homme, el grupo francés para las libertades
civiles, puso en escena un debate sobre la relación entre la colonización y
los derechos del hombre. El impacto de la violencia en el mundo llevó a
sus miembros a hacer unas sentidas denuncias del colonialismo existente,
pero la tarea que sobre ellos pesaba era sobre todo la de reformar el colo-
nialismo en nombre de los derechos.

4
Laurent Dubois tiene esta hipótesis sobre la Revolución haitiana, y Lynn Hunt, escribiendo sobre
la misma época, lo sigue. Laurent Dubois, A Colony of Citizens: Revolution and Slave Emancipation
in the French Caribbean, 1787-1804 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2004). Lynn
Hunt, Inventing Human Rights: A History (New York: W.W. Norton, 2007), cap. 4.
5
Cf. Florence Bernault, “What Absence Is Made Of: Human Rights in Africa”, en Jeffrey N.
Wasserstrom et al., eds., Human Rights and Revolutions, (Lanham: Rowman and Littlefield,
2000), 128.

Última utopía_03.indd 104 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 105

Traerle ciencia a la gente que no la tiene, darles carreteras, canales, ferro-


carriles, carros, telégrafos, teléfonos, organizar los servicios públicos de
salud para ellos y, por último pero no menos importante, familiarizarlos
con los derechos del hombre —tal como lo dijo uno de los intervinien-
tes— es un cometido de la fraternidad.6

Es cierto, los activistas algunas veces apelaban a soluciones jurídicas


(incluso judiciales) proveídas por los sistemas jurídicos domésticos en los
que trabajaban; el derecho británico y francés, con su distinción jerárquica
entre las leyes gobernando la metrópolis y las que gobernaban la colonia,
dotaban de derechos, al menos en el papel, a todos los súbditos de sus
respectivos imperios. Las tradiciones locales de libertades civiles —una
cultura de libertades individuales enquistada de diferentes maneras en las
tradiciones nacionales de los poderes coloniales más importantes— tenían
el potencial de ser trasplantadas a las colonias y fueron frecuentemente
apropiadas y usadas de forma inesperada. Pero no había derechos huma-
nos internacionales antes de la Segunda Guerra Mundial, solamente los
derechos del hombre a ser parte de una comunidad nacional, y más ade-
lante las libertades civiles propias de las críticas patriotas. Las tempranas
campañas por la ciudadanía y las libertades civiles, de hecho, pudieron
haber ayudado más a extender la mirada hacia la posterior búsqueda por las
independencias nacionales y no a preparar el camino hacia una apelación
a los derechos internacionales7.
El hecho más crítico es que la construcción de los derechos en el
periodo de entreguerras dejó a los opositores de los imperios con un ran-
go de ideologías, de las cuales solamente unas pocas fueron receptivas
en el momento de los derechos humanos de mediados de los cuarenta.
Después de 1918, solamente, o principalmente, un derecho era el que
importaba. Fue Wilson, junto a Lenin, quien creó las condiciones para un
anticolonialismo en el que los derechos humanos internacionales —aún
no formulados como una idea— no eran el objetivo, sino que proponían
un derecho colectivo que se erigía por encima de los otros. El “momento
wilsoniano”, bloqueado en los años inmediatamente posteriores a la
Primera Guerra Mundial, tuvo una segunda y más exitosa oportunidad
luego de la Segunda Guerra Mundial. Esa perspectiva de Wilson no era ni
remotamente comparable al “momento de los derechos humanos” de ese

6
Citado en Raoul Girardet, L’idée coloniale en France (Paris: La Table Ronde, 1972), 183.
7
En este sentido, el título del libro de Bonny Ibhawoh, Imperialism and Human Rights: Colonial
Discourses of Rights and Liberties in African History (Albany: State University of New York Press,
2007), es notoriamente equívoco. Para el argumento de que hubo un interesante movimiento
autóctono de derechos en Ghana a finales del siglo XIX que anticipó desarrollos posteriores,
cf. S. K. B. Asante, “The Neglected Aspects of the Gold Coast Aborigines Rights Protection
Society”, Phylon 36, n.° 1 (1975): 32-45.

Última utopía_03.indd 105 17/12/2015 17:03:01


106 La última utopía

entonces8. El caso del mundo que se descolonizaba muestra claramente


que no todas las promesas universalistas propician convulsiones desde
abajo que intenten realizar sus promesas. Quizás más que cualquier lógica
aparentemente inherente, la historia global de las ideas depende de cómo
los actores humanos las utilizan para bien o para mal.
La historia detallada de las promesas hechas al mundo colonial duran-
te la guerra muestran, de hecho, que los derechos humanos entraron a la
retórica global en una especie de relación inversa con la autodetermina-
ción: en la medida en que una aparecía y progresaba, los otros declinaban
o incluso desaparecían. La Carta del Atlántico de 1941 había anunciado
la autodeterminación pero no los derechos humanos como parte de los
objetivos de la guerra para los Aliados, aunque Churchill y Roosevelt no
estuvieran de acuerdo en lo que significaba. Para Churchill, se refería a
la liberación del imperio de Hitler y no de los imperios en general, y por
supuesto no de su imperio. Se piensa que Roosevelt tenía una disposición
más generosa respecto al tema: “Hay muchas clases de estadounidenses,
por supuesto”, le dijo Roosevelt a Churchill en una cena en 1942, “pero
como un pueblo, como un país, estamos opuestos al imperialismo —no
podemos tragárnoslo—”. Sin embargo llegó a estar de acuerdo con su
aliado en el momento de su muerte9. Las formulaciones más tempranas
de los derechos humanos —incluyendo la Declaración Universal— no
contemplaron la autodeterminación.
Es claro que la Carta del Atlántico, especialmente, sí tuvo una reso-
nancia alrededor del mundo. La autodeterminación siguió aplicándose a
Europa, tal como mostraron la Declaración sobre la Europa Liberada de la
Conferencia de Yalta y más tarde las críticas a la toma comunista del este
europeo. En otros lugares, en la medida en que nadie estaba poniendo
atención en una era de lucha galopante, los derechos humanos pudieron
parecer sustitutos de la autodeterminación —sobre todo si se tiene en
cuenta que estaba notoriamente ausente en el texto de la Declaración
Universal—. Ho, quien en 1945 rogó inicialmente a sus interlocutores
estadounidenses para que cumplieran las promesas de autodeterminación
de la Carta del Atlántico (y las tradiciones americanas que celebraba) en
lugar de permitir a los franceses retornar, dejó de hacer solicitudes y nunca

8
Erez Manela, The Wilsonian Moment: Self-Determination and the International Origins of
Anticolonial Nationalism (Oxford: Oxford University Press, 2007).
9
Sobre la interpretación de la Carta Atlántica por los propios Aliados mientras la Guerra con-
tinuaba, véase W. Roger Louis, Imperialism at Bay: The United States and the Decolonization of
the British Empire, 1941-1945 (New York: Oxford University Press, 1978). Véase igualmente
Neil Smith, American Empire: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization (Berkeley:
University of California Press, 2003), cap. 13. Roosevelt es citado en Robert Dallek, Franklin
Roosevelt and American Foreign Policy 1932-1945 (Oxford: Oxford University Press, 1979), 324.

Última utopía_03.indd 106 17/12/2015 17:03:01


Samuel Moyn 107

más volvió a hacer siquiera de las declaraciones de derechos algo central


en sus fines10.
Aún más que el malogrado nacimiento de los derechos humanos en el
Occidente desarrollado, estos hechos básicos pero muchas veces desaten-
didos son imposibles de hacer coherentes con una perspectiva del periodo
posterior a 1941 como un momento en el que nuevas tradiciones inter-
nacionalistas fueron fundadas en un espíritu genuinamente universalista
—lo que un observador llama “un new deal para el mundo”—. Referirse a la
Carta del Atlántico como un “instrumento de los derechos humanos” y así
plantear los términos de los cuales se derivó toda generosidad, ignora que
ella no incluía el término “derechos humanos” —cuya consagración en
los cuarenta dejó a un lado el concepto de autodeterminación que carac-
terizaba a la Carta del Atlántico—. Desde la perspectiva de gran parte del
mundo, pudo haber parecido más revelador en el propio nacimiento de los
derechos humanos el hecho de que los Aliados no se sintieran obligados
a seguir sosteniendo la idea de la autodeterminación11. Si realmente los
derechos humanos eran sucesores y sustitutos de la autodeterminación,
hubiera sido sorprendente que los pueblos colonizados se motivaran
decididamente por los nuevos derechos humanos. Además, la recepción
global es coherente con esta hipótesis también. Es claro que la Carta del
Atlántico generó gran impacto alrededor del mundo, pero los derechos
humanos cayeron en oídos sordos. Es tentador asumir que la Declaración
Universal “disfrutó de una enorme atención global”12. Sin embargo, si tan
poca evidencia se ha podido encontrar para sustentar dicha posición, es
difícil entender esta hipótesis.
Decir que la autodeterminación importaba mucho más que los dere-
chos humanos en el momento de la posguerra e incluso después no es lo
mismo que afirmar que la búsqueda del Estado nación era el único futuro
posible y real en el imaginario anticolonial. Nada más lejos de la realidad.
Aparte del comunismo, internacionalismos subalternos como el panara-
bismo y el panafricanismo cobraban mucha importancia. Simplemente,

10
Los esfuerzos para sumar la autodeterminación a la Declaración Universal fueron, tal como
anotamos en los capítulos anteriores, una preocupación preponderante de los delegados de los
bloques soviético y oriental y a la postre fueron rechazados. Para el caso de Ho, véase William
J. Duiker, Ho Chi Minh: A Life (New York: Hyperion, 2000), 341.

11
Elizabeth Borgwardt, A New Deal for the World: America’s Vision for Human Rights (Cambridge:
Cambridge University, 2005); Borgwardt, “‘When You State a Moral Principle, You Are
Stuck With It’: The 1941 Atlantic Charter as a Human Rights Instrument”, Virginia Journal of
International Law 46, n.° 3 (primavera, 2006): 501-62.
12
Paul Kennedy, El parlamento de la humanidad: la historia de las Naciones Unidas (Barcelona:
Debate, 2007), 179. Entre los nigerianos examinados por Ibhawoh, “la introducción de la
Declaración Universal no estimuló el tipo de los debates apasionados acerca del derecho a la
autodeterminación que siguieron a la Carta del Atlántico” (160). Esto no es sorprendente en
la medida en que la declaración no mencionaba la autodeterminación.

Última utopía_03.indd 107 17/12/2015 17:03:02


108 La última utopía

la afirmación de la importancia de la autodeterminación implica que una


apelación específica a los valores supranacionales encapsulaban lo que los
derechos humanos fracasaron en impactar. Incluso los desarrollos cruciales
de corto plazo posteriores a la Carta del Atlántico deben ser contrastados
con el trasfondo de un anticolonialismo que tenía una historia de madu-
ración más larga; en otras palabras, para el momento en que los derechos
humanos llegaron a escena, el tren ya había salido de la estación.
De manera interesante, por ejemplo, Mohandas Ghandi no encontró
nada nuevo en esta nueva retórica. Desde hacía ya mucho tiempo podía
eventualmente interpretar la teoría y la práctica de la resistencia no violenta,
satyagraha, con el fin de extender los derechos de los ingleses para todos los
súbditos del Imperio británico (también insistió en complementarlos con
deberes). Sin embargo no hay ninguna evidencia de que Gandhi haya men-
cionado o celebrado la nueva idea de los derechos humanos en los años que
siguieron a la Carta del Atlántico; respondió con desconcierto a una petición
de la Unesco solicitándole su versión de la nueva idea —asumiendo que él
debía tener alguna noción—. Su asesinato al inicio del año cuyo final vería
la Declaración Universal deja sin contestar la pregunta sobre lo que Gandhi
hubiera visto y hecho con los derechos humanos. De modo similar, excepto
por su entusiasmo respecto de una petición de la ONU para proteger a los in-
dios que vivían en Suráfrica, Jawaharlal Nehru —quien promovía una visión
internacionalista saludable a través de un pragmatismo realista— no invocó
los derechos internacionales ni siquiera cuando se dirigió a la Asamblea
General en París un mes antes de la aprobación de la Declaración Universal13.
El anticolonialismo de muchos otros se formó completamente y de
una manera parecida antes de que la retórica de los derechos humanos
posterior a la Segunda Guerra Mundial tuviera la oportunidad de impac-
tarlo seriamente. Anticolonialistas prominentes como Ahmed Sukarno de
Indonesia y Gamal Abdel Nasser de Egipto tenían itinerarios que nunca
tocaron el terreno de los derechos humanos de posguerra, siendo Sukarno
un exalumno de la Liga contra el Imperialismo del periodo de entreguerras
y Nasser preocupado con otras cosas en el camino a su golpe de 1952 —so-
bre todo con pelear en Palestina buena parte del año en que la Declaración
Universal fue concluida—14.

13
Mohandas Gandhi, “A Letter Addressed to the Secretary-General of Unesco”, en Human Rights:
Comments and Interpretations, ed. Jacques Maritain (New York: Unesco, 1948); Jawaharlal Nehru,
“To the United Nations” (noviembre, 1948), en Independence and After (Delhi: Publications
Divisions, Ministry of Information and Broadcasting, Government of India, 1949). Cf. G. S.
Pathak, “India’s Contribution to the Human Rights Declaration and Covenants”, en Horizons
of Freedom, ed. L. M. Singhvi (Delhi: Pub. House, 1969).
14
Acerca de la Liga formada en Bruselas en 1927 con financiación y organización comunistas,
véase Vijay Prashad, The Darker Nations: A People’s History of the Third World (New York: The
New Press, 2007), 31-50.

Última utopía_03.indd 108 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 109

Frecuentemente, la ideología anticolonialista se originó en pequeños


grupos de extrema izquierda y en redes de estudiantes e inmigrantes en
las metrópolis, quienes construían diversos compromisos entre el nacio-
nalismo y el internacionalismo. Un resultado común era la trascendental
conexión entre el comunismo y el anticolonialismo que caracterizó al
siglo XX. El comunismo tenía su propia cultura respecto a la invocación
de los derechos, especialmente en 1934-1936 y de nuevo en la inmediata
segunda posguerra, quienes veían en el comunismo la mejor opción para
la liberación del imperio no estaban seriamente marcados por esa cultura
en ningún momento. El gobierno nacionalista de China participó hasta
cierto punto en las formulaciones tempranas de los derechos humanos
en la ONU, pero su derrocamiento marcó el final de cualquier asociación
ideológica entre China y los derechos humanos. Tal como lo ocurrido en el
Sudeste asiático, la Carta del Atlántico había erigido bases renovadas para
las esperanzas wilsonianas, pero estas fueron rápidamente diluidas cuando
los británicos se apuraron a restablecer su imperio alrededor de la región en
los caóticos meses que siguieron a la derrota japonesa. Los británicos ha-
bían sido un fracaso en muchos lugares, pero lograron restaurar el Imperio
francés indochino en passant y controlaron Malasia, llevando a cabo una
contrainsurgencia salvaje en el mismo momento en el que a medio mundo
de distancia se producía un movimiento hacia la Declaración Universal15.
El curso de las luchas anticoloniales confirmaba estas tendencias,
sobre todo gracias a la creciente fuerza del marxismo en el pensamiento
anticolonial. En la famosa Conferencia de Bandung de 1955 y en otros
lugares, los anticolonialistas anunciaron su propio internacionalismo pero
en una clave subalterna que incorporaba el nacionalismo y armaba lazos de
idealismo que cruzaban las fronteras sobre la base de identidades raciales
y subordinación africana o “africana-oriental”16. Kwame Nkrumah, quien
no había mencionado los derechos humanos en su celebrado discurso de
la “Declaración de los pueblos coloniales de la Tierra” dado en el V Con-
greso Panafricano que se llevó a cabo en Manchester (Reino Unido) en
1945, señaló solamente el “derecho de todos los pueblos a gobernarse a sí
mismos”17. El efecto de la temprana independencia de Ghana en las aspi-
raciones políticas de otros pueblos de África subsahariana fue espectacular,

15
Para una visión panorámica véase Christopher Bayly y Tim Harper, Forgotten Wars: Freedom
and Revolution in Southeast Asia (Cambridge: Harvard University Press, 2007), 127, 141 para un
impacto de las cartas de la ONU y del Atlántico.

16
Para el mejor estudio publicado hasta la fecha véase Kweku Ampiah, The Political and Moral
Imperatives of the Bandung Conference: The Reactions of the US, UK, and Japan (Kent: Global
Oriental, 2007).
17
“Declaration to the Colonial Peoples of the World”, en Kwame Nkrumah, Revolutionary Path
(New York: International Publishers, 1973).

Última utopía_03.indd 109 17/12/2015 17:03:02


110 La última utopía

sobre todo en lo que se refiere a la prioridad dada a la autodeterminación


sobre todos los otros objetivos: “Buscad primero el reino político”, en el
famoso eslogan de Nkrumah, “y todo los demás se os dará por añadidura”.
Cuando fue fundada en 1963, la carta de la Organización para la Unidad
Africana hizo referencia a los derechos humanos pero los subordinaba a la
necesidad de “salvaguardar y consolidar la independencia duramente obte-
nida, la soberanía y la integridad nacional de nuestros países y a combatir
el neocolonialismo en todas sus formas”18. Fue en medio de este ambiente
que el resurgimiento de C. L. R. James y su libro Black Jacobins tuvo tanto
poder. James no pensó en presentar a Toussaint L’Ouverture y sus confe-
derados como unos activistas de derechos humanos que se adelantaron a
su tiempo. Siendo un trotskista, la perspectiva de James sobre los droits de
l’homme, en cambio, parece haber sido la de considerarlos unas promesas
“prolijas” de unos “elocuentes charlatanes” quienes, llevados por el verda-
dero motor económico de la historia a tener que construir una “perorata”,
en últimas estaban dispuestos a ceder en la aristocracia del color de la piel
solamente bajo la amenaza del cañón del rebelde. Había excepciones, pero
generalmente los anticolonialistas lo siguieron en estas visiones así fue-
ran o no marxistas y prácticamente no existe evidencia alguna de figuras
relevantes que tomaran en serio el lenguaje de los derechos humanos de
las nuevas Naciones Unidas19.
El caso de las negritudes francesas es quizá sutilmente diferente en la
medida en que algunos de sus partidarios estuvieron dispuestos a sostener
alguna esperanza en la inmediata posguerra, luego de la Conferencia
de Brazzaville, de una Francia que finalmente pudiera incluirlos como
iguales. Por consiguiente, en ocasiones, la gran tradición francesa de los
droits de l’homme, incluso en los textos más viscerales, fue vista como si
se hubiera pervertido y no como una falacia. “Esta es la gran reserva que
tengo contra el seudohumanismo” escribió el poeta de Martinica Aimé
Césaire en su clásico Discurso contra el colonialismo de 1950: “durante
demasiado tiempo ha menospreciado a los derechos del hombre, a punto
que el concepto de esos derechos ha sido —y aún hoy lo es— limitado y
fragmentario, incompleto y sesgado, y aparte de todo eso, sórdidamen-
te racista”. El trasfondo importaba. Esta propuesta por un humanismo
alternativo se había originado en un diálogo con el proyecto de reforma
colonial de entreguerras y desde un principio, para Césaire tal como para
Léopold Sédar Senghor, no necesariamente llevaba a una autonomía so-
berana. El fundador de la negritud abogaba por una visión inspiradora en

18
El texto está publicado en Rachel Murray, Human Rights in Africa: From the OAU to the African
Union (Cambridge: Cambridge University Press, 2004), 271.
19
C. L. R. James, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution, (New
York: Vintage Books, 1963), 24, 116, 139.

Última utopía_03.indd 110 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 111

la que un regreso y un renacimiento de la particularidad colonial contri-


buirían, en lugar de interferir, con una civilización universal que merecía
ese nombre. A lo largo de los cincuenta, Senghor esperó que Francia lo
proveyera, sin embargo, ni Césaire ni Senghor siquiera se refirieron a los
derechos humanos de la escena internacional20. Más adelante, luego de
la independencia senegalesa, el punto más importante del pensamiento
de Senghor, tal como el de muchos otros, fue el desarrollo de un socia-
lismo africano no comunista21. La infiltración general del marxismo
en el anticolonialismo, el cual aumentó luego de mediados de los años
sesenta, no cambió esta dinámica excluyente y en cambio prevaleció
un autonombrado “humanismo” tolerante con la violencia. Para Frantz
Fanon era una “cuestión de empezar una historia del hombre que tome
en cuenta al mismo tiempo las tesis, algunas veces prodigiosas, sostenidas
por Europa”. Pero los derechos humanos no fueron invocados como parte
de esa historia —mucho menos como un principio central—22.
Había una razón igualmente importante para que el lenguaje de los
derechos humanos que había aparecido durante la guerra y la posguerra
fracasara en restructurar la imaginación anticolonial: las Naciones Unidas,
lejos de ser un lugar de discusión para una nueva y liberadora serie de princi-
pios, apareció como si se hubiera inicialmente formado uniendo esfuerzos
para el intento de reimponer el orden colonial después de la guerra. “Es
importante recordar que Dumbarton Oaks”, los primeros documentos
donde se planeó la organización, “deja a 750.000.000 de seres humanos
por fuera de la organización de la humanidad”, comentó amargamente el
anticolonialista afroamericano W. E. B. Du Bois en la primavera de 194523.
Como si la Carta del Atlántico no hubiera existido, esos documentos de he-
cho no mencionaban siquiera la autodeterminación. A pesar de intentarlo,

20
Aimé Césaire, Discourse on Colonialism (New York: Monthly Review Press, 1972), 15. Cf. Léopold
Sédar Senghor, “L’Unesco”, en Négritude et humanisme (Paris: Éditions du Seuil, 1964); o “La
Négritude est un humanisme du XXe siècle”, en Négritude et civilisation de l’universel (Paris: Seuil,
1977). Para un contexto, véase Gary Wilder, The French Imperial Nation-State: Negritude and Colonial
Humanism between the World Wars (Chicago: The University of Chicago Press, 2005).

21
Por ejemplo, el Senegal de Senghor fue anfitrión de una conferencia en Dakar en enero de 1976
sobre Namibia, donde su inspirador Kéba M’baye invocó la “civilización de lo universal” como
el fundamento para cuestionar el ilegal protectorado surafricano sobre la base del anticolo-
nialismo y los derechos humanos. Véanse las discusiones y la Declaración de Dakar en Revue
des droits de l’homme 9, n.° 2-3 (1976).
22
Frantz Fanon, Los condenados de la Tierra, (México: Fondo de Cultura Económica, 1965), 160.
23
W. E. B. Du Bois, “750,000,000 Clamoring for Human Rights”, New York Post, mayo 9, 1945,
disponible también en Writings by W. E. B. Du Bois in Periodicals Edited by Others, ed. Herbert
Aptheker, 4 vols. (Millwood: Kraus Thomson, 1982), 4: 2-3. Véase también Du Bois, “The Colonies
at San Francisco”, Trek (Johannesburgo), abril 5, 1946, en Writings by W. E. B. Du Bois in Periodicals
Edited by Others, ed. Herbert Aptheker, 4 vols. (Millwood: Kraus Thomson, 1982), 4:6-8.

Última utopía_03.indd 111 17/12/2015 17:03:02


112 La última utopía

los anticolonialistas no modificarían la complicidad de la organización con


el colonialismo, tal como ocurrió en las formulaciones iniciales.
Hubo agitación para hacerlo. Especialmente después de la época
de Yalta los Estados Unidos se adhirieron a la restrictiva interpretación
británica de la Carta del Atlántico. Sin embargo, las discusiones de alta
política no se enfocaron en terminar por completo con el colonialismo.
En su lugar, hubo debates sobre los términos exactos de la reinvención del
sistema de mandatos de la Liga de las Naciones, siendo la pregunta clave si
la supervisión internacional cubriría todas las áreas del mundo o si dicha
supervisión tendría dientes24. En términos generales estos intentos fallaron,
restringiendo drásticamente el cubrimiento del sistema fiduciario y, dentro
de ello, reinstalando, aunque no de manera absoluta, una débil autoridad
de supervisión típica de la comunidad internacional durante la época de
la Liga de las Naciones. Solamente la décima parte de los sujetos coloniales
al momento de la cumbre del imperialismo de posguerra estaban bajo una
autoridad derivada de una administración fiduciaria e incluso entonces,
tal como lo esquematizaban los capítulos XII y XIII de la Carta de la ONU,
el principal objetivo de la organización en el sentido de preservar la paz
estuvo por encima de la “confianza sagrada” que los países más avanzados
supuestamente tendrían en los intereses de las poblaciones coloniales, lo
cual no incluía ninguna obligación definitiva de ir hacia la independen-
cia25. Comparado con las propuestas de Dumbarton Oaks, el concepto de
autodeterminación sí entró en la Carta de la ONU un par de veces, pero
solamente en una forma retórica y subsidiaria (también fue en este punto
que los derechos humanos entraron, aunque como mero adorno). New
Africa, el boletín mensual del Consejo de Asuntos Africanos, liderado por
Paul Robeson, relató con resignación el final de la reunión de San Francisco
en la que se firmó la Carta de la ONU: “La esperanza y fe que los pueblos

24
Véase Louis, Imperialism at Bay, partes III-IV y Gordon W. Morrell, “A Higher Stage of
Imperialism? The Big Three, the UN Trusteeship Council, and the Early Cold War”, en R. M.
Douglas et al., eds., Imperialism on Trial: International Oversight of Colonial Rule in Historical
Perspective (Lanham: Lexington Books, 2006).
25
En todo caso, a diferencia del Capítulo XI, la “Declaración relativa a territorios no autónomos”,
el camino de la administración fiduciaria al menos abría un prospecto con su lenguaje del
artículo 76: “a la luz de su desarrollo progresivo hacia el gobierno propio o la independencia,
teniéndose en cuenta las circunstancias particulares de cada territorio y de sus pueblos”. Para
un análisis de la figura, véase Harold Karan Jacobson, “The United Nations and Colonialism:
A Tentative Appraisal”, International Organization 16, n.° 1 (invierno, 1962), 45. La literatura
sobre la administración fiduciaria es sorprendentemente escasa, pero véase William Bain,
Between Anarchy and Society: Trusteeship and the Obligations of Power (Oxford: Oxford University
Press, 2003), 108-14 sobre la Carta del Atlántico. Sobre los desarrollos procedimentales sobre
los territorios no autónomos, véase Yassin El-Ayouty, The United Nations and Decolonization:
The Role of Afro-Asia (The Hague: Martinus Nijhoff, 1971).

Última utopía_03.indd 112 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 113

de África tenían en los Estados Unidos cuando Roosevelt estaba vivo está
ahora en un punto bajo”26.
En consecuencia, si las Naciones Unidas tuvieron un impacto fuer-
te en la descolonización ello no fue gracias a su diseño. Sin embargo,
la descolonización afectó poderosamente a la organización cuando los
“años de dominación occidental” de la ONU dieron paso a la “era de la
descolonización”27. Sin lugar a dudas, el primer gran signo de las cosas que
vendrían fue la petición de India a la Asamblea General en 1946 en la que
se quejaba de la discriminación racial en Suráfrica contra ciudadanos de
origen indio28. Claramente construida como una apelación a los principios
contenidos en los derechos humanos de la ONU (incluso antes de que
fueran formulados de manera precisa), el debate en la Asamblea General
eventualmente giró en torno al principio más específico de antirracismo y
antidiscriminación —a punto de restringir el principio de no interferencia
con la soberanía estatal a crímenes que solamente podían ser cometidos
por naciones colonialistas—29. Tal como ocurrió en lo que más tarde fue
la Conferencia de Bandung, la versión dominante del anticolonialismo
contemplaba la interferencia con la soberanía solamente contra el impe-
rialismo de los hombres blancos30. Una resolución sometida por Francia y
México para mejorar la situación por poco no es aprobada. Fue aprobada
luego de las objeciones del primer ministro surafricano Jan Smuts, quien
estaba sorprendido de ver el internacionalismo liberal que había promo-
vido desde hace tiempo, en el preámbulo de la Carta de la ONU que había
escrito, era usado ahora en contra de su país. Este fue el primer paso en el
largo proceso que resultó en la marginalización y aislamiento de Suráfrica

26
Citado en Martin Duberman, Paul Robeson: A Biography (New York: Ballantine, 1989), 297.

27
Estos son los subtítulos de Evan Luard, A History of the United Nations, 2 vols. (New York: St.
Martin’s Press, 1982, 1989), cubriendo los periodos de 1945 a 1955 y de 1955 a 1965, respec-
tivamente. Cf. Jacobson, “The United Nations” y David W. Wainhouse, Remnants of Empire:
The United Nations and the End of Colonialism (New York: Harper & Row, 1964).
28
Estos eventos están bien explorados en un par de artículos de Lorna Lloyd: “‘A Family Quarrel’:
The Development of the Dispute over Indians in South Africa”, Historical Journal 34, n.° 3
(1991): 703-25 y “‘A Most Auspicious Beginning’: The 1946 United Nations General Assembly
and the Question of the Treatment of Indians in South Africa”, Review of International Studies
16, n.° 2 (abril, 1990): 131-53. Véase también Mark Mazower, No Enchanted Palace: The End of
Empire and the Ideological Origins of the United Nations, cap. 4 (Princeton: Princeton University
Press, 2009).
29
Compárese el primer debate en una sesión conjunta de los comités primero y sexto con el
debate en la plenaria: ONU, Documento A/C.1&6/SR.1-6 (1946) y A/ PV.50-52 (1946). Carlos
Rómulo, por ejemplo, hablo en los dos debates defendiendo las preocupaciones de India:
A/C.1&6/SR.3 (1946), 29-30, y A/PV.51 (1946), 1028-30.
30
Compárese con el excelente estudio, a pesar de su errado capítulo conclusivo, de Marilyn Lake
y Henry Reynolds, Drawing the Global Colour Line: White Men’s Countries and the International
Challenge of Racial Equality (Cambridge: Harvard University Press, 2008).

Última utopía_03.indd 113 17/12/2015 17:03:02


114 La última utopía

en virtud de su apartheid de la posguerra31. Estos acontecimientos que an-


ticipaban estos desarrollos eran menores antes de la debacle.
Si el anticolonialismo prevaleció de manera tan rápida y se convirtió
en algo sorpresivo, ello no fue gracias a los procesos de la ONU. Hubiera
sido imposible preverlo en 1945 o incluso en los brutales años de pos-
guerra cuando la redacción de la Declaración era un acontecimiento que
palidecía si se comparaba con la reimposición mundial de los imperios. La
represión británica de la insurrección en Malasia sería el modelo a seguir
por otros países, de hecho, por los Estados Unidos en Vietnam. Pero el
éxito británico no fue la regla. La regla fue la victoria anticolonial a través
de la fuerza de las armas o en independencias negociadas de los territorios
coloniales. La era de los “nuevos Estados” había empezado. Fue en la ONU,
y abrumadoramente allí, que ocurrió un cruce entre el anticolonialismo y
los derechos humanos. Sin embargo, en sus líneas más importantes, aquel
fue fiel a la prioridad occidental del Estado nación como el principal lugar
de disputa por los derechos.
En el momento de votar la Declaración Universal en 1948, cincuenta
y ocho Estados eran miembros de la ONU, un número que aumentaría en
unos pocos años hasta el punto que un bloque afroasiático en la Asamblea
General podía ganarle a los potencias del primer mundo con la ayuda de
los soviéticos. Luego de otros pocos años (de manera más notable después
de 1960, cuando dieciséis naciones africanas entraron a la organización) lo
podían hacer sin ayuda alguna. En veinte años, el número de seres huma-
nos bajo algún gobierno colonial declinó de 750 millones a menos de 40
millones. A pesar de que esta transición hubiera sido impredecible en 1945,
diez años más tarde los observadores en las grandes potencias entendieron
que el anticolonialismo tendría sin duda efectos. Luego de Bandung, en
donde los representantes de tantos pueblos excluidos estuvieron presentes,
las consecuencias ulteriores ya podían perfilarse. Un deprimido analista
británico predijo que las nuevas naciones independientes
usarían el éxito de la conferencia como un mecanismo para afirmar el
punto de vista árabe-asiático y reclamar que los países de Bandung tenían
el derecho a una participación mucho más grande en la autoridad del
mundo (representada en la ONU) que la que tenían cuando se fundaron
las Naciones Unidas.32

31
Asamblea General de la ONU, Resolución No. 44 (I), diciembre 8, 1946. El asunto de África
suroccidental también fue algo significativo. Véase por ejemplo R. B. Ballinger, “UN Action
on Human Rights in South Africa”, en Evan Luard, ed., The International Protection of Human
Rights (London: Thames and Hudson, 1967).
32
Citado en Ampiah, The Political and Moral Imperatives, 147. Para algunos análisis específicos
que he utilizado sobre la penetración de la autodeterminación en la política de la ONU, véase
Benjamin Rivlin, “Self-Determination and Colonial Areas”, International Conciliation, 501

Última utopía_03.indd 114 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 115

Si dicho derecho significaba el desarrollo de algo llamado derechos


humanos, estaba subordinado —o al menos era equivalente— a la auto-
determinación. Podría parecer significativo que en un principio no había
casi una conexión doctrinal u organizacional en la ONU entre derechos
humanos como proyecto y las áreas que soportaban la subordinación co-
lonial como problema. Sin embargo, la presión —y poco a poco la accesión
continuada— de nuevas naciones cambió por completo este panorama. En
un periodo de tiempo sorprendentemente corto, la ONU pudo moverse de
considerar seriamente que los territorios coloniales (tanto quienes estaban
bajo el sistema fiduciario como quienes no tenían gobiernos autónomos)
debían ser cobijados por el proyecto de las “convenciones de derechos
humanos” a considerar el derecho de autodeterminación de los pueblos
como el primer derecho humano en esos proyectos. Estos debates, que
fundamentalmente transformaron íntegramente el significado de los
derechos humanos en la ONU, deben examinarse con más detalle.
En octubre de 1950, el Comité para los Asuntos Sociales, Humanita-
rios y Culturales de la Asamblea General —el Tercer Comité— se reunió
para considerar si los poderes colonialistas podían comprometerse vo-
luntariamente a respetar los derechos humanos en un hipotético tratado
internacional, sin temor a que esto aumentara los fundamentos sobre los
cuales la ONU podría interferir en sus asuntos. Para el representante belga,
las normas de derechos humanos
presuponían un alto grado de civilización, [y] eran frecuentemente
incompatibles con las ideas de pueblos que aún no habían alcanzado
un alto grado de desarrollo. Al imponer esas reglas inmediatamente a
ellos, se corría el riesgo de destruir la propia base de su sociedad. Sería un
exabrupto llevarlos repentinamente al punto en el que se encuentran las
naciones civilizadas del presente, el cual ha sido alcanzado luego de un
largo periodo de desarrollo.33

René Cassin y Eleanor Roosevelt —íconos del momento de los dere-


chos humanos en los inicios de las Naciones Unidas— estaban de acuerdo
con esta postura, hablando como normalmente lo hacían a nombre de los
gobiernos franceses y estadounidenses. Pero esta propuesta de mantener

(enero, 1955): 193-271; Muhammad Aziz Shukri, The Concept of Self-Determination at the
United Nations (Damascus, 1965) y Rupert Emerson, “Self-Determination”, American Journal
of International Law 65, n.° 3 (julio 1971): 459-75. Para mayors efectos sobre la organización,
véase D. N. Sharma, The Afro-Asian Group in the United Nations (Allahabad: Chaitanya Pub,
1969); David A. Kay, “The Politics of Decolonization: The New Nations and the United Nations
Political Process”, International Organization 21, n.° 4 (otoño, 1967): 786-811; y Kay, The New
Nations in the United Nations, 1960-1967 (New York: Columbia University Press, 1970).

33
ONU, Documento A/C.3/SR.292 (1950), 133.

Última utopía_03.indd 115 17/12/2015 17:03:02


116 La última utopía

la aplicabilidad de un derecho de los derechos humanos fuera de los terri-


torios imperiales no vio la luz del día.
Mientras tanto, el mismo año, la Asamblea General aprobó una reso-
lución de Afganistán y Arabia Saudita en el sentido de que la Comisión de
Derechos Humanos explorara cómo podía tomarse más en serio la auto-
determinación luego de haberla rechazado en el periodo de posguerra34.
La idea de que el derecho a la autodeterminación de los pueblos debía
incluirse en los aspectos más sustanciales de la Convención, a pesar de no
haber figurado en la Declaración Universal, ocasionó un debate sensa-
cional, primero en el Tercer Comité a finales de 1951 y luego en la sesión
plenaria de la Asamblea a principios de 1952. El delegado belga, Fernand
Dehousse, manifestó su objeción y preocupación sobre la “multiplicación
de las fronteras y barreras entre las naciones”, siendo la autodeterminación
un artefacto del liberalismo económico del siglo XIX, que ahora debía ser
sobrepasada por “la idea de la solidaridad internacional”35. La inclusión de
la autodeterminación, sostenía, no podía usarse simplemente para anotar
puntos en contra de los poderes coloniales. Abdul Rahman Pazhwak de
Afganistán respondió molesto sobre este punto que él y otros que apoyaban
la autodeterminación como un derecho “no querían dar lecciones a nadie;
era la historia la principal maestra”, la que enseñaba sobre todo “que bajo
el gobierno de las potencias que se proclamaban como los maestros que
aleccionarían a todos los demás, el mundo había conocido la opresión,
agresión y el derramamiento de sangre”36. La autodeterminación, insistía
Kolli Tamba de Liberia, “era un derecho esencial y estaba por encima de
todos los demás derechos”37. En la sesión plenaria, justo antes de votar, el
representante saudí, Jamil Baroody, dio un largo y apasionado discurso
para que fuera el derecho primordial:
Mucha agua, por decirlo de algún modo, ha corrido debajo de este puente
desde que se solicitó la inserción de un artículo sobre la autodeterminación
en la Convención. El angustioso grito por la libertad y la liberación del
yugo extranjero en muchas partes del mundo se ha alzado a un tono muy
alto para que incluso quienes se han visto forzados a tapar sus oídos con
los copos de algodón de la conveniencia política no pueden negar que lo
oyen. Tampoco quienes hasta ahora han cubierto sus ojos del amanecer
de un nuevo día a favor de quienes claman la libertad pueden pretender
que la noche no ha terminado y que la oscuridad aún reina. […] La pre-
sión sobre las puertas de la libertad se ha incrementado y millones de
personas tratando de abrirlas han sido apartadas con bayonetas, tanques y

34
Asamblea General de la ONU, Resolución No. 421(V), diciembre 4, 1950.
35
ONU, Documento A/C.3/SR.361 (1951), 84.
36
ONU, Documento A/C.3/SR.362 (1951), 90.
37
ONU, Documento A/C.3/SR.366 (1951), 115.

Última utopía_03.indd 116 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 117

ametralladoras. Tan grande ha sido la presión que quienes están en primera


fila han caído como mártires de la libertad, mientras que miles han sido
arrestados y sufren en la profundidad de las prisiones y miles más viven
escondidos […]. Lo que pedimos es que la gente que vive en los territorios
que carecen de autogobierno sea libre. No pueden disfrutar ningún dere-
cho humano a menos de que sean libres y es en un documento como la
convención que se debe proclamar la autodeterminación.38

La Asamblea General aprobó la directiva para incluir en la formulación


de las convenciones de derechos humanos el artículo que señala que “todos
los pueblos tienen el derecho a la autodeterminación”. Una versión de esto
aún se encuentra hoy en el mismo sitio: es el primer derecho en los dos
documentos internacionales más importantes que protegen las libertades
civiles y políticas y aquel que ofrece protecciones sociales y económicas39.
Si uno decide celebrar o lamentar este importante día, la restauración
de los derechos humanos hacia el principio de la autodeterminación
resaltó el hecho de que era necesario fundamentarlos en primer lugar en
la colectividad y la soberanía. Mientras que tratar la autodeterminación
como una premisa para evadir el debate sobre otros derechos en la ONU
no era algo que se derivara necesariamente de su desarrollo teórico, ello
ocurrió en la práctica. Por encima de todo, integraba los derechos en un
compromiso con la soberanía colectiva que más tarde parecería ser la propia
barrera que el concepto de los derechos humanos intentaba trascender.
Así, en los sesenta, Louis Henkin, un profesor de la Escuela de Leyes de la
Universidad de Columbia que más tarde sería un promotor de los derechos
humanos, simplemente denunciaba su interpretación de la posguerra
como “un arma adicional en contra del colonialismo”40. Para ese momento,
sin embargo, tal como lo mencionaba otro crítico, la autodeterminación
se había convertido en “la palabra clave que todos debían pronunciar para


38
ONU, Documento A/PV.375 (1952), 517-18.

39
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 545(VI), febrero 5, 1952. La resolución también
hacía un llamado por una convención que dispusiera “que todos los Estados, incluso los que
tienen la responsabilidad de administrar territorios autónomos, deben fomentar el ejercicio de
ese derecho”, lo cual en efecto, aunque extraoficialmente, planteaba una revisión del Capítulo
XI de la Carta. Incluso hasta la década de los setenta, los principales abogados internaciona-
listas podían atacar este cambio retroactivo como una revisión ilegítima de la Carta por fuera
de sus propios procedimientos de reforma. Véase Leo Gross, “The Right of Self-Determination
in International Law”, en Martin Kilson, ed., New States in the Modern World (Cambridge:
Cambridge University Press, 1975). Para el aún vigente debate sobre la autodeterminación y
los derechos ante la ONU, véase Roger Normand y Sarah Zaidi, Human Rights at the UN: The
Political History of Universal Justice (Bloomington: Indiana University Press, 2008), 212-24.

40
Louis Henkin, “The United Nations and human rights”, International Organization 19, n.° 3,
504-517 (Cambridge: Harvard University Press, 1965).

Última utopía_03.indd 117 17/12/2015 17:03:02


118 La última utopía

identificarse a sí mismos con los virtuosos”41. En la medida en que nuevos


Estados se unieron, un observador de estos últimos acontecimientos se
quejó de que la preocupación de la ONU con los derechos humanos no
eran sino “otro vehículo para avanzar [el] ataque contra el colonialismo y
otras formas asociadas de discriminación racial”42.
De manera más obvia, la Declaración sobre la Concesión de Indepen-
dencia a los Pueblos de los Países Coloniales de 1960 confirmó la equiva-
lencia entre los derechos humanos y la autodeterminación. De acuerdo
con dicho texto, “la fe en los derechos humanos fundamentales” significa
el “derecho inalienable a una completa libertad” de “todos los pueblos”.
Su significado fundamental fue hacer de la ONU un novedoso y llamativo
espacio para la lucha contra el imperio. “El sistema colonial […] es ahora
un crimen internacional”, señalaba el gran opositor a la dominación por-
tuguesa en Guinea, Amílcar Cabral. “Nuestra lucha ha perdido su carácter
estrictamente nacional y se ha desplazado al ámbito internacional”. De
forma dramática, esta elevación del anticolonialismo al nivel de institucio-
nes internacionales coincidió con la masacre de Sharpeville en Suráfrica,
la cual elevó la estigmatización del país y llevó a un número significativo
de resoluciones de la ONU basadas en los derechos humanos43.
Estas resoluciones y otros eventos similares muestran que los derechos
humanos fueron definidos en el marco del antirracismo y, de manera más
general, por el anticolonialismo, marcando así un cambio de rumbo res-
pecto a los enredos que tenía el concepto de derechos humanos durante
el momento de posguerra. De hecho, incluso mientras la Angola portu-
guesa fue el foco de una atención inmediata, la India citó la declaración de
1960 explícitamente en su propia invasión de diciembre de 1961 a la Goa

41
Vernon Van Dyke, Human Rights, the United States, and the World Community (Oxford: Oxford
University Press, 1970), 77.
42
Kay, New Nations, 87; cf. Kay, “The Politics of Decolonization”, 802. Véanse también muchos
de los análisis en Hedley Bull y Adam Watson, eds., The Expansion of International Society
(Oxford: Oxford University Press, 1984), véase en especial “The Revolt against the West”, de
Bull y “Racial Equality”, de R. J. Vincent.
43
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1514 (XV), diciembre 14, 1960; Amílcar Cabral,
“Anonymous Soldiers for the United Nations” (diciembre, 1962), en Revolution in Guinea: Selected
Texts, Richard Handyside ed., (New York: Monthly Press, 1969), 50-51. Después de Sharpeville,
véase Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1598 (XV), abril 15, 1961, aprobada sola-
mente con el voto negativo de Portugal; y después la Resolución 1663 (XVI), noviembre 28,
1961; la 1881 (XVIII), octubre 11, 1963; y la 1978 (XVIII), diciembre 17, 1963. Para comentarios,
véase Ballinger, “UN Action”, en Moses E. Akpan, African Goals and Diplomatic Strategies in the
United Nations (North Quincy: The Christopher Publishing House, 1976) y Audie Klotz, Norms
in International Relations: The Struggle against Apartheid (Ithaca: Cornell University Press 1995),
44-55. Por los mismos años también hubo resoluciones sobre la ya larga disputa de África
suroccidental y la sorprendente decisión de la Corte Internacional de Justicia en el sentido
de que otros países africanos no tenían la capacidad legitimación para elevar una acción ante
la Corte en el asunto.

Última utopía_03.indd 118 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 119

portuguesa. En 1962, explicando cómo rendir un homenaje de la mejor


manera a los primeros quince años de la Declaración Universal, la Asam-
blea General aprobó una resolución atando explícitamente la celebración
del avance de los derechos humanos con el logro de la independencia
frente al gobierno colonial: definió la esperanza para la futura realiza-
ción de los derechos humanos como otro “decisivo paso adelante hacia
la liberación de todos los pueblos”. La Declaración sobre la Eliminación
de Toda Forma de Discriminación Racial fue proclamada bajo el mismo
espíritu al año siguiente, con una convención que le siguió dos años más
tarde —la convención se aprobó el mismo día que la Declaración sobre la
Inadmisibilidad de la Intervención en los Asuntos Internos de los Estados
y Protección de su Independencia y Soberanía con una notable referencia
a la autodeterminación—44.
Estas declaraciones se convirtieron en puntos focales e imaginarios
dominantes para las actividades de los derechos humanos en las Naciones
Unidas en una amplia alteración de los arreglos institucionales originales.
De esta aproximación también se derivaron discusiones sin fin, siendo
Suráfrica y (más adelante) Israel los frecuentes objetos de atención. Si típi-
camente esto no tuvo consecuencias obvias más allá del funcionamiento de
la organización, esta transformación sí rompió el punto muerto producto
de la Guerra Fría al permitir que los derechos humanos continuaran siendo
un proyecto de carácter jurídico con los auspicios de la ONU. Entre 1961
y 1966, el Consejo Económico y Social decidió prácticamente doblar el
tamaño de la Comisión de Derechos Humanos. La finalización de las con-
venciones de derechos humanos ocurrió en 1966 gracias al papel transfor-
mador de los nuevos Estados45. Algo más inmediatamente significativo, sin
embargo, fue la nueva maquinaria para considerar violaciones “groseras”
a los derechos humanos que se desarrollaron en esa misma era, al igual
que la derogación de la regla que no permitía a la Comisión de Derechos
Humanos escuchar peticiones individuales. Pero como el trabajo selectivo
de esta comisión iba a mostrar inmediatamente, el anticolonialismo en el
espacio de la ONU todavía daba prioridad a la soberanía —conectada con
el internacionalismo subalterno, y por ende, solamente posible de sostener

44
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1775 (XVII), diciembre 7, 1962; 1904 (XVIII),
noviembre 20, 1963; 2106A (XX), diciembre 21, 1965; y 2131 (XX), diciembre 21, 1965.

45
Los derechos fueron considerablemente socavados en el último momento al revisarse las dispo-
siciones sobre su implementación, aunque una coalición de países asiáticos y africanos también
introdujo el Protocolo Facultativo a la convención sobre derechos civiles y políticos que pretendía
permitir las peticiones individuales. Véase por ejemplo “Notes on the Early Legislative History
of the Measures of Implementation of the Human Rights Covenants”, en Mélangesofferts à Polys
Modinos: Problèmes des droits de l’homme et de l’unification européenne, ed. Egon Schwelb (Paris, 1968)
y Samuel Hoare “The United Nations and Human Rights: A Brief History of the Commission on
Human Rights”, Israel Year Book of Human Rights, 1 (1971): 29-30.

Última utopía_03.indd 119 17/12/2015 17:03:02


120 La última utopía

en causas antirracistas— a punto de que aún definía lo que podían ser los
alcances de los derechos humanos46. Si los derechos humanos tuvieron un
alcance más allá de la ONU en esta era, ello fue, sin embargo, solamente
en este sentido de la redefinición: Malcolm X, el activista afroamericano,
brinda un ejemplo excelente a este respecto.
Si la lucha afroamericana contra la subordinación se entiende mejor
en un trasfondo anticolonial e internacionalista, debemos reconocer lo
extraño y la complejidad de su relación con los derechos humanos. Aho-
ra se sabe que durante el periodo de entreguerras los afroamericanos de
izquierda, frecuentemente en redes con otros en el extranjero, conectaron
sus luchas con los marcos generales de la agenda anticolonialista, enten-
diendo que la lucha contra el régimen legal discriminatorio, denominado
Jim Crow, debía estar íntimamente relacionada con la emancipación de las
gentes negras alrededor del mundo. La generosa imaginación de W. E. B.
Du Bois acerca de la emancipación global databa de mucho tiempo atrás,
al menos desde principios del siglo XX, gracias a su visión genérica de que
la segregación racial que había sucedido a la abolición de la esclavitud en
los Estados Unidos —la famosa color line— era el problema fundamental
de la época. Tres años después de la publicación de su Souls of Black Folk
(1903), ya podía afirmar: “La color line rodea al mundo”47. A pesar de que
esa solidaridad extensiva creció lentamente en los años de entreguerras,
la Segunda Guerra Mundial le dio una mayor relevancia y popularidad. En
particular, los afroamericanos compartían el notable entusiasmo que la
Carta del Atlántico disparó alrededor del mundo; solo unos pocos de ellos
veían cómo la cruzada contra la tiranía de Hitler podía permitir la super-
vivencia del racismo institucionalizado en otros lugares del planeta48. En
su regreso a la NAACP (siglas en inglés para la Asociación Nacional para el
Avance de las Personas de Color) en 1944, luego de diez años de ausencia,

46
Sobre violaciones masivas y, unos años más tarde, sobre el procedimiento formal para solicitar
una investigación, véase ESC Res. 1235 (XLII) (1967) y Res. 1503 (XLVII) (1970); cf. Schwelb,
“Complaints by Individuals to the Commission on Human Rights: Twenty-Five Years of an
Uphill Struggle (1947-1971)”, International Problems n.° 13, 1-3 (enero 1974): 119-39; y para un
estudio de los resultados del llamado procedimiento 1503, véase Ton J. M. Zuijdwijk, Petitio-
ning the United Nations: A Study in Human Rights (New York: St. Martin’s Press, 1982). Para un
panorama más amplio, y especialmente sobre la Subcomisión para la prevención de la Discri-
minación de la Comisión de Derechos Humanos, véase Jean-Bernard Marie, La Commission
des droits de l’homme de l’ONU (Paris: Pedone, 1975), Moses Moskowitz, The Roots and Reaches
of United Nations Actions and Decisions (Alphen aan den Rijn: Sijthoff & Noordhoff, 1980) y
Howard Tolley, The United Nations Commission of Human Rights (Boulder: Westview Press, 1987).
47
Este es el título del artículo reimpreso en Bill V. Mullen y Cathryn Watson, eds., W. E. B. Du
Bois on Asia: Crossing the World Color Line (Jackson: University of Mississippi Press, 2005).
48
Véase el cuidadoso estudio de las respuestas a la Carta del Atlántico en Race against Empire:
African-Americans and Anticolonialism, ed. Penny M. von Eschen (Ithaca: Cornell University
Press, 1997), 25-28.

Última utopía_03.indd 120 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 121

Du Bois se comprometió a revivir el panafricanismo y lo puso como un


asunto prioritario en su agenda para coaccionar a los estadounidenses en-
cargados de dar forma a las Naciones Unidas para que revisaran el cinismo
de las grandes potencias (y su aparente neocolonialismo) que era notorio
en los documentos de Dumbarton a la luz de las promesas iniciales de la
Carta del Atlántico. La NAACP hizo de esto su preocupación más relevante.
Siendo un disidente dentro de la NAACP, chocando siempre con sus
líderes más moderados (especialmente con su enemigo más frecuente,
Walter White), Du Bois tuvo suerte en estos años de que los objetivos de la
organización que él había ayudado a fundar décadas antes coincidía con
su propio proyecto por un breve periodo de tiempo, antes de que la Guerra
Fría los separara nuevamente. Du Bois continuó sus actividades caracte-
rísticas: molesto por los acuerdos de Dumbarton y motivado a escribir un
libro sobre los problemas coloniales, redactó su extraordinario libro Color
and Democracy en unos pocos meses entre finales de 1944 y principios de
1945; también organizó la Conferencia Colonial de Harlem durante esa
primavera y asistió más tarde en el otoño siguiente al Congreso Panafricano
en Manchester como el miembro de su movimiento e historiador más
veterano49.
Por supuesto, la adhesión de la causa afroamericana a la liberación
anticolonial propuesta por Du Bois —al igual que su turbulenta relación
con los superiores de la NAACP— nunca fue obvia ni fácil. De hecho, los
derechos humanos emergieron en su pensamiento solamente cuando
este balance fue imposible de sostener. En un principio sostuvo objetivos
anticoloniales más amplios al participar unos años antes de San Francisco,
durante la propia reunión, en agitaciones que procuraban la revisión de
los documentos de Dumbarton. En un artículo de la primavera de 1945 en
el New York Post, Du Bois propuso una afirmación simple sobre la igualdad
de razas y el final del colonialismo. En Color and Democracy, sin embargo,
estratégicamente enmarcó sus argumentos no en términos de derechos
humanos (una frase que no había usado en su ya larga carrera para ese
entonces) sino como una obligación subordinada a la organización de la
paz y moderó su llamado a la liberación colonial para recomendar la fun-
dación de una comisión para las administraciones fiduciarias con el fin
de supervisar todas las posesiones coloniales, con el objetivo explícito de


49
Du Bois, ed., Color and Democracy: Colonies and Peace (New York: Harcourt 1945), así como “The
Negro and Imperialism” (1944) y “The Pan-African Movement” (su discurso en Manchester
comentando conferencias previas) ambos en Philip S. Foner, ed., W. E. B. Du Bois Speaks: Essays
and Addresses 1920-1963, (New York: Pathfinder, 1970). Al respecto de todo esto, véanse los
primeros capítulos de Gerald Homne, Black and Red: W. E. B. Du Bois and the Afro-American
Response to the Cold War, 1944-1963, (Albany: State University of New York Press, 1986).

Última utopía_03.indd 121 17/12/2015 17:03:02


122 La última utopía

preparar a “las razas atrasadas de la humanidad” para la posterior indepen-


dencia50. Mientras que la NAACP podía haberse reunido con algunos otros
grupos para incentivar la inclusión de los derechos humanos en la Carta
de la ONU, luego de su ausencia en los proyectos de Dumbarton parece
claro que el propio Du Bois estaba en una etapa en la que su preocupación
era la introducción del principio de la eventual soberanía para los sujetos
coloniales en el documento fundacional de la nueva organización mun-
dial —lo cual no se materializó—51.
Fue en una segunda etapa, dieciocho meses más tarde, que Du Bois
empezó a organizar y a construir una “Apelación al mundo”, presentando
la subordinación afroamericana como una violación a los derechos huma-
nos. La idea de hacerlo se había originado con Max Yergan, el presidente
comunista del National Negro Congress (NNC), quien estaba impactado
por las posibilidades abiertas gracias al ejemplo de la resolución de la ONU
de 1946 que se centraba en los indios de Suráfrica. Mientras que la NNC
colapsaba, Walter White, a pesar del sutil desacuerdo de Roy Wilkins,
consideró que elaborar una solicitud semejante para la NAACP podía ser
algo más que un “acto de publicidad”52. Con posterioridad, Du Bois, quien
ahora había empezado a entender los usos potenciales de la retórica de los
derechos humanos para la minorías negras dentro de los Estados (luego
de haber perdido anteriormente la batalla por el patrocinio de la ONU
para la liberación de los pueblos bajo dominación imperial), se lanzó a la
redacción de esta apelación escrita a muchas manos. Nunca fue publicada
y se entregó finalmente al funcionario de la ONU, John Humphrey durante
una reunión privada en octubre de 1947.
Para ese entonces, ya era claro que la Comisión de Derechos Humanos
—cuya primera y aún incompleta tarea era dar declaraciones ambiguas so-
bre los derechos humanos en el marco de la Carta y eventualmente a través
de una Declaración Universal— no podía actuar con base en peticiones.
Luego de que la solicitud fuera desestimada en la ONU, Du Bois, causan-
do una amarga decepción en White (quien además había confiado en el
apoyo de Eleanor Roosevelt, miembro de la Comisión), envió la petición
a algunos diarios para que la publicaran, lo cual da fe de la publicidad y

50
Du Bois, “750,000,000 Clamoring”, 3; Du Bois, Color and Democracy, 10-11, 43, 54, 73, 140-41.
51
Esta es una inferencia del material presentado en Carol Anderson, ed., Eyes Off the Prize:
The United Nations and the African American Struggle for Human Rights (Cambridge: Harvard
University Press, 2003), cap. 1. Aparte de von Eschen, Race, 74-85, véase también Daniel W.
Aldridge III, “Black Powerlessness in a Liberal Era: The NAACP, Anti-Colonialism, and the
United Nations Organization 1942-1945”, en Douglas et al., eds., Imperialism on Trial, y Marika
Sherwood, “‘There Is No New Deal for the Black Man in San Francisco’: African Attempts to
Influence the Founding Conference of the United Nations, April-July 1945”, International
Journal of African Historical Studies 29, n.° 1 (1996): 71-94.
52
Citado en Anderson, Eyes, 93.

Última utopía_03.indd 122 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 123

atención minúsculas que había recibido en ese entonces. La delegación


soviética en la Comisión de los Derechos Humanos hizo algún ruido sobre
el asunto (pero, una vez más, de manera privada) en una reunión de la Co-
misión en Ginebra. Al verano siguiente, Du Bois intentó generar atención
para la petición por segunda vez, ahora durante las reuniones de la ONU
en el otoño; pero Roosevelt respondió que los negros estadounidenses
podrían “salir más beneficiados si abandonaran en el largo plazo” una
campaña fracasada en lugar de darles a los soviéticos más material para su
propaganda de Guerra Fría. Mientras tanto, el apoyo de la NAACP a favor
de un Comité Presidencial para los Derechos Civiles formado al interior
de los Estados Unidos, de lejos más prominente, hizo que esta “Apelación
al mundo” pasara a un segundo plano incluso al interior de esta organi-
zación: gracias al más notable panfleto que produjo el comité, To Secure
these Rights, la campaña de Du Bois había llegado a parecer “groseramente
obsoleta” también en el exterior. White y otros concluyeron que la mejor
forma de promover los intereses de los afroamericanos era alinearlos con
los intereses estadounidenses en la Guerra Fría y la indignación de Du
Bois fruto de estos compromisos de la NAACP lo llevó a su expulsión de la
asociación. No hay evidencia de que haya hecho comentario alguno sobre
la Declaración Universal, aprobada un año después de que había salido de
la NAACP y había seguido su camino en solitario53.
Este episodio es considerado algunas veces como una oportunidad
perdida tanto para los afroamericanos como para los Estados Unidos, pero
dicha visión es difícil de sostener. Du Bois se convirtió al lenguaje de los
derechos humanos cuando aún era ambiguo y solo por un corto periodo de
tiempo: tal como no lo había usado con anterioridad, no volvió a utilizarlo.
De forma más importante, representaba meramente una herramienta, no la
esencia de su pensamiento o activismo, incluso cuando apeló a él. Es claro
que luego de la derrota de los esfuerzos para darle mayor cabida a la política
de la autodeterminación colectiva en la Carta de la ONU, Du Bois se plegó
a los derechos humanos como segunda mejor estrategia para asegurar los
“derechos humanos de las minorías” dentro de estructuras políticas más
amplias. El título del principal artículo que escribió invocando el concep-
to, Human Rights for All Minorities, ejemplifica esta estrategia, tal como lo
hace el subtítulo del mismo, “Una declaración sobre la negación de los
Derechos Humanos de las minorías en el caso de los ciudadanos de origen
negro en los Estados Unidos y un llamado a las Naciones Unidas para una
reparación”. Una vez entró a este mundo desconocido, Du Bois se devolvió
a sus creencias anteriores: autodeterminación nacional, panafricanismo


53
Citado en Anderson, Eyes, 140; y David Levering Lewis, W. E. B. Du Bois: The Fight for Equality
and the American Century, 1919-1963 (New York: Henry Holt, 2000), 529; cf. 521-22, 528-34.

Última utopía_03.indd 123 17/12/2015 17:03:02


124 La última utopía

y democracia económica dentro de una tradición comunista. La petición


solamente tuvo una efímera atención pública y el nuevo concepto de de-
rechos humanos no impactó seriamente entonces, ni en otro momento,
las aproximaciones dominantes a la subordinación afroamericana54.
Mientras la NAACP y otros aceptaban la estrategia de la Guerra Fría,
el espíritu anticolonial de la guerra y posguerra desapareció del activismo
afroamericano, permitiendo tanto la victoria de los derechos civiles como
una definición limitada de su alcance55. Dentro de las estrategias interna-
cionalistas que estaban disponibles, el moderado Ralph Bunche administró
el sistema fiduciario de la ONU por un tiempo, buscando conectar —con
poca suerte al final— una tutela de los africanos con la transición lenta y
ordenada hacia la autodeterminación, lo cual veía como un camino razo-
nable56. Sería errado y anacrónico aceptar los “derechos humanos” en el
sentido en que brevemente los promocionó Du Bois como una verdadera
alternativa histórica a estos resultados o incluso afirmar que su definición
era igual a la que es el fundamento de los usos contemporáneos. Más tarde,
en las raras ocasiones en que la frase fue usada durante la fase clásica del
movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, como en el Alabama
Christian Movement for Human Rights del reverendo Fred Shuttlesworth,
estaban restringidos a sus significados domésticos. Después de todo, estos
eran los años en que los derechos humanos jugaban un rol poco valioso
en la formación de la imaginación anticolonial, a pesar del apoyo privado
que manifestaron Jomo Kenyatta y Nkrumah a Du Bois en su momento57.
Finalmente, incluso más adelante, cuando la estigmatizada y periférica
tradición de insertar a los afroamericanos en la lucha global contra toda
forma de colonialismo hizo un espectacular regreso a la escena a mediados
de los años sesenta, los derechos humanos volvieron solo brevemente y de

54
Du Bois, “Human Rights for All Minorities”, reimpreso en Bois Speaks, fue una charla ante la
Pearl Buck’s East and West Association de noviembre de 1945. La introducción de Du Bois a
este llamado esta reimpresa en la misma colección. Acerca de denuncias menores, véase George
Streator “Negroes to Bring Cause before U.N.”, New York Times, octubre 12, 1947; y “U.N. Gets
Charges of Wide Bias in U. S.”, New York Times, octubre 24, 1947.
55
Véase Von Eschen, Race, cap. 5 y Nikhil Singh, Black Is a Country: Race and the Unfinished Struggle
for Democracy, cap. 4, (Cambridge: Harvard University Press, 2004), también Mary Dudziak,
Cold War Civil Rights: Race and the Image of American Democracy (Princeton: Princeton University
Press, 2000), sobre los orígenes de Guerra Fría de la estrategia jurídica de la NAACP y la decisión
de Brown v. Board of Education.
56
Véase Ralph Bunche, “The International Trusteeship System”, en Peace on Earth, ed. Trygve
Lie (New York: Hermitage House, 1949), para un convincente análisis, véase Lawrence S.
Finkelstein, “Bunche and the Colonial World: From Trusteeship to Decolonization”, en
Benjamin Rivlin, ed., Ralph Bunche: The Man and His Times (New York: Holmes & Meier, 1990).
57
Sobre Shuttlesworth, véase Marjorie L. White y Andrew M. Manis, eds., Birmingham
Revolutionaries: Fred Shuttlesworth and the Alabama Christian Movement for Human Rights (Macon:
Mercer University Press, 2000).

Última utopía_03.indd 124 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 125

una manera que no sobreviviría para influir en la definición construida en


sus gloriosos años setenta.
Una buena ilustración de estos hechos se puede ver en la carrera de
Malcolm X quien, luego de romper con la Nación del Islam, y especial-
mente durante su largo viaje fuera de los Estados Unidos en 1964, coqueteó
durante varios meses con los derechos humanos —pero en el sentido de
liberación colectiva de la subordinación imperial—. Ya en su histórico
discurso “The Ballot or the Bullet”, pronunciado en Cleveland en abril de
1964, opuso explícitamente los derechos civiles a los derechos humanos,
en la medida en que los primeros se restringían a luchas domésticas en el
marco de un Estado que no había querido cambiar.
En la medida en que se trate de derechos civiles— señaló— se refiere en-
tonces a la jurisdicción del Tío Sam. Pero las Naciones Unidas tienen lo
que se conoce como la carta de derechos humanos […] Los derechos civiles
quieren decir que le estamos pidiendo al Tío Sam que nos trate bien. Los
derechos humanos son algo con lo que nacimos.58

Luego de su emblemática peregrinación a La Meca, en una carta escrita


en mayo dio testimonio de que
el mundo musulmán se ve forzado a preocuparse por sí mismo, desde el
punto de vista moral de sus propios conceptos religiosos, con el hecho de
que nuestra lucha claramente envuelve la violación de nuestros derechos
humanos. El Corán obliga al mundo musulmán a fijar su posición del lado
de quienes sus derechos humanos están siendo violados.59

Pero fue sobre todo gracias a su encuentro con Nkrumah y otros líde-
res africanos, hablando en la segunda reunión de la Organización de la
Unidad Africana en nombre de su nuevo grupo, la Organización para la
Unidad Afroamericana, que los usos estratégicos de los derechos humanos


58
Malcolm X, “The Ballot or the Bullet”, en Malcolm X Speaks: Selected Speeches and Statements,
ed. George Breitman (New York: Grove Weidenfeld, 1965), 34-35; cf. “The Black Revolution”,
del mismo mes, 52.

59
Malcolm X, “Letters from Abroad”, en Speaks, 61. Es interesante que Malcolm X se quejara
de uno de los más tempranos desarrollos emotivos de lo que sería una causa central para los
derechos humanos en la década después de su muerte. “Ayer leí en los periódicos la preocu-
pación de uno de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, [Arthur] Goldberg, sobre la
violación de los derechos humanos a tres millones de judíos en la Unión Soviética. Imagínense.
No tengo nada en contra de los judíos, pero ese es su problema. ¿Cómo es posible quejarse
sobre los problemas al otro lado del mundo cuando no se han arreglado los problemas acá?
¿Cómo puede la queja de tres millones de judíos en Rusia tomarse para ser llevada a las Naciones
Unidas por un hombre que desempeña el rol de magistrado en la Suprema Corte y se supone
que es un liberal, un amigo de los negros pero no ha abierto su boca una sola vez para llevar a
las Naciones Unidas el reclamo de las personas negras en este país?” Malcolm X, “The Black
Revolution”, 55.

Última utopía_03.indd 125 17/12/2015 17:03:02


126 La última utopía

le impactaron por su poder60. Al igual que con la nueva declaración de la


ONU contra el colonialismo, Malcolm X estaba claramente impresionado
por la multiplicación de actividades que siguieron a Sharpeville. Incluso
fue tan lejos que empezó a preparar, al igual que alguna vez lo había hecho
Du Bois, una petición a las ONU en nombre de los afroamericanos antes
de su asesinato en febrero de 1965. Estaba basada en una asociación ima-
ginativa y retórica de la subordinación afroamericana con el imperialismo
y como parte del panafricanismo y la filosofía revolucionaria. De forma
semejante, Martin Luther King Jr. se dedicó a posicionar los derechos
civiles dentro de un marco global en el último año de su vida invocando
ocasionalmente los derechos humanos, pagando el precio de haber sido
duramente estigmatizado61.
Estas movidas tuvieron su impacto más adelante. En 1967, luego de
que se había vuelto más militante y asociado con el black power, el Student
Non-Violent Coordinating Committee se declaró a sí mismo como una
organización de derechos humanos. Un año después, algunos atletas
afroamericanos formaron el Olympic Project for Human Rights, el cual
llevó a una de las imágenes más perdurables de los Juegos Olímpicos de
Ciudad de México: el saludo de black power de Tommie Smith parado en
el podio de la premiación. Esta extraordinaria y controvertida expresión
de los “derechos humanos”, que ocurrió el mismo año que la Conferencia
de Teherán, canalizó un espíritu completamente diferente al que iba a
prevalecer tan solo una década después y en un contexto político muy
distinto. Si los derechos humanos tal como los abanderó Du Bois en los
años cuarenta perdieron su radicalismo —no simplemente en su alcance
internacional sino en su contenido— en el marco de su preferencia por
los derechos civiles promovidos en los cincuenta y sesenta, entonces otro
tipo de movimiento ocurrió a finales de los setenta cuando los derechos
humanos retornaron a la conciencia moral. Los derechos sí lograron en-
tonces una relevancia internacional sin precedentes, pero su explosión
por esos años no conducía, como Malcolm X y King esperaban, al final de
sus días, a una resurrección de un internacionalismo negro anteriormente
reprimido. En cambio, la preeminencia de los derechos internacionales
se disparó solamente después de que una posible trayectoria transforma-
dora se cercenó para el movimiento de derechos civiles estadounidense a

60
Véase “Appeal to the African Heads of State”, de julio de 1964, en Speaks, esp. 75; cf. Malcolm X,
The Last Speeches, ed. Bruce Perry (New York: Pathfinder Press, 1989) 89, 181 y The Autobiography
of Malcolm X (con Alex Haley) (New York: Penguin, 1964), 207.

61
Véase Robert L. Harris, “Malcolm X: Human Rights and the United Nations”, en James L. Conyers,
Jr. y Andrew P. Smallwood, eds., Malcolm X: A Historical Reader (Durham: Carolina Academic
Press 2008) y Thomas F. Jackson, From Civil Rights to Human Rights: Martin Luther King, Jr., and
the Struggle for Economic Justice, (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2007).

Última utopía_03.indd 126 17/12/2015 17:03:02


Samuel Moyn 127

principios de los años setenta (derivada especialmente de la elección de


Richard Nixon y sus subsecuentes nominados a la Corte Suprema), y luego
después de un crucial intervalo de varios años.
Cuando los derechos humanos explotaron en la escena mundial en la
era de su verdadera importancia, a mediados de los setenta, lo hicieron de
una forma antitotalitaria y parcial que Du Bois y sus herederos difícilmente
hubieran reconocido. En el ascenso de los derechos humanos en los setenta,
estos no significaban la campaña para una liberación colectiva contra la
desigualdad racial o los legados coloniales a nivel doméstico o internacional
(excepto por el creciente énfasis en Suráfrica, especialmente después de la
revuelta de Soweto, en 1976). La gran ironía del compromiso afroamericano
de la posguerra con los derechos humanos es, entonces, que se trató de un
rasgo particular de un anticolonialismo más amplio que tenía que ser dejado
atrás para que ocurriera el ascenso más general de los derechos humanos.
Du Bois había izado la bandera de los derechos humanos brevemente como
parte de un anticolonialismo más amplio, aunque como una segunda mejor
estrategia, pero los derechos humanos se concretarían como un idealismo
influyente solamente a condición de la decadencia del anticolonialismo y
el olvido general de sus preocupaciones. La autodeterminación tendría que
ceder su paso a los derechos humanos.
Por consiguiente, cualquier intento de posicionar el anticolonialismo
en la historia de los derechos humanos tiene que dar cuenta de una era
cuando la idea de los derechos humanos no tenía su propio movimiento y
el anticolonialismo, este sí un poderoso movimiento, típicamente tomó los
“derechos humanos” en la dirección original y colectivista de la temprana
discusión sobre los derechos. Es cierto que en un fenómeno tan masivo
y complejo como la descolonización la noción de los derechos humanos
no estaba completamente ausente. Incluso si la fundación de las Naciones
Unidas significó una reducción palpable de las expectativas que se habían
disparado producto de la propaganda propia de la era de la guerra, los
residuos ornamentales de las visiones originales de la guerra seguían allí
para que todos las leyeran —e invocaran—. Junto con la importancia que
asumió la escena internacional —incluidas las Naciones Unidas— como
plataforma para la victoria anticolonial, dichas invocaciones tienen que
ser tomadas en serio.
En un periodo temprano, sin embargo, la relevancia de la nueva idea de
los derechos humanos impactó principalmente a aquellos pocos anticolo-
nialistas que tomaron el lado de los estadounidenses en la naciente Guerra
Fría. Ellos esperaron construir una versión más liberal del anticolonialismo
que —a diferencia de muchas otras— rechazaba claramente cualquier
alianza con el comunismo y se alejaba del neutralismo al considerarle

Última utopía_03.indd 127 17/12/2015 17:03:03


128 La última utopía

como una opción inviable en el conflicto bipolar62. Bajo cualquier punto


de vista, los dos ejemplos de esto eran Charles Malik en el Líbano y Carlos
Rómulo de las Filipinas, ambos profundamente involucrados en los dere-
chos humanos ante las Naciones Unidas y frecuentemente proponiendo
los derechos humanos como un potencial lenguaje político para el tercer
mundo. Sus casos sugieren la tenue y liviana importancia del concepto
para esa época, como excepciones que prueban la regla.
Tanto Malik como Rómulo estuvieron en la Conferencia de Bandung,
aunque fueron personajes secundarios comparados con Nasser, Nehru,
Sukarno y Zhou En-lai, buscando juntos —bien fuera de manera inspi-
radora o quijotesca— las nociones ideológicas de la unidad afroasiática y
anticolonial. En los discursos principales de estos íconos en Bandung, los
derechos humanos no tenían una figuración significativa. En todo caso,
gracias a la propuesta de Malik, las naciones afroasiáticas formalmente
“tomaron nota” de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Incluso esta importancia sobre el papel en Bandung no debe sobrestimarse,
y las causas que llevaron a Malik y Rómulo a sus posiciones los aislaron
claramente de la dirección prevalente de la conferencia al igual que del
anticolonialismo en general. Ya para 1955, el llamado a los principios de
la ONU significaba una apelación al concepto de los derechos humanos,
los cuales habían atravesado una revolución conceptual en la que la auto-
determinación era el principal y primer derecho —un “prerrequisito”, tal
como el Comunicado Final de Bandung lo señaló, “para el completo goce
de los derechos humanos fundamentales”—63. Obviamente ello no era in-
consistente para quienes en Bandung hicieron un llamado por los derechos
humanos, incluso aunque le diesen prioridad a la soberanía anticolonial
acordando los miembros de la conferencia contemplar la interferencia con
naciones solo en casos de una causa antirracista —como en la naciente
atención de la ONU a Suráfrica durante la misma era—.
Malik y Rómulo eran entonces dos figuras poco comunes. Desde hace
tiempo Malik se había preocupado por el separatismo y el comunismo en
las excolonias mientras que emergía la Guerra Fría. John Foster Dulles le
insistió que asistiera a Bandung para aislar a China o al menos asegurar la
representación de visiones occidentales en una era en la que Medio Oriente
y Asia se habían convertido en unos lugares críticos de la lucha bipolar.
De modo más general, Malik se entendía a sí mismo como el defensor de
los principios occidentales encarnados por los derechos humanos, tal
como lo ilustró gráficamente en un testamento contemporáneo. Dichas

62
Cf. Roland J. Burke, “The Compelling Dialogue of Freedom’: Human Rights and the Bandung
Conference”, Human Rights Quarterly 28 (2006): 947-65.
63
“Final Communiqué of the Asian-African Conference”, en George M. Kahin, ed., The Asian
African Conference: Bandung, Indonesia, April 1955 (Ithaca: Cornell University Press 1956), 80.

Última utopía_03.indd 128 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 129

reuniones internacionales, escribió, forzaban “al mundo occidental […],


constantemente enfrentado al reto del comunismo y de oriente, a acudir
a sus propios recursos espirituales”64. En cuanto a Rómulo, por su parte, es
de anotar que Filipinas se había unido recientemente a la versión asiática
del bloque occidental en la Organización del Tratado del Sudeste Asiático
y entonces trató de caminar una delgada línea entre exigirle a los Estados
Unidos cambiar su política para que fuera más atractiva respecto a los
pueblos coloniales y poscoloniales, pero al mismo tiempo subrayando la
amenaza de la competencia comunista por los corazones y las mentes (esto
incluía una crítica vehemente al neutralismo de Nehru). Así, la posición
básica de Rómulo era a favor de un nacionalismo liberal y pro-occidental de
la mano de alguna esperanza de que los Estados Unidos cumplieran de una
mejor manera con sus compromisos antirracistas en su esfera doméstica
y en la práctica diplomática65. Como Malik, el trasfondo moral que le im-
portaba a Rómulo era la cristiandad, apropiadamente modernizada luego
de la Segunda Guerra Mundial a la luz del nuevo énfasis en la centralidad
de la “persona humana”66.
En todo caso, en Bandung nadie —ni siquiera estos personajes— enten-
día que los derechos humanos significaban una trayectoria potencialmente
impulsada por los individuos. Luego de Bandung, el Movimiento de los
No Alineados restringió aún más el concepto, especialmente después de
los años sesenta, cuando la Asamblea General de la ONU aclaró el papel
que los derechos humanos podían tener en la lucha contra el racismo y el
colonialismo. En la medida en que fueron mencionados, fueron tratados
como una herramienta más entre otras en el marco de un arsenal retórico
de las campañas en pro de la autodeterminación —y en buena medida
simplemente como otra forma de expresar el camino hacia la soberanía—.

64
Malik, “The Spiritual Significance of the United Nations”, Christian Scholar 38, n.° 1 (marzo,
1955), 30; reimpreso en Walter Leibrecht, ed., Religion and Culture: Essays in Honor of Paul
Tillich (New York: Harper & Row 1959), 353. Cf. Charles Malik, “Appeal to Asia”, Thought 26,
100 (primavera, 1951): 9-24 y Cary Fraser, “An American Dilemma: Race and Realpolitik in
the American Response to the Bandung Conference, 1955”, en Brenda Gayle Plummer, ed.,
Window on Freedom: Race, Civil Rights, and Foreign Affairs, 1945-1988 (Chapel Hill: University
of North Carolina Press, 2003), 129-31.

65
Véase Carlos P. Romulo, The Meaning of Bandung, (Chapel Hill: University of North Carolina
Press, 1956), junto con su Crusade in Asia (John Day Co. New York, 1955) sobre las incursiones
comunistas, y Contemporary Nationalism and the World Order (Asia Publishing House: New Delhi,
1964), para un nacionalismo liberal y pro-occidental.

66
“En la cristiandad, la persona humana individual posee un valor absoluto”, explicaba Malik
en 1951. “El ultimo fundamento de todas nuestras libertades es la doctrina cristiana sobre la
inviolabilidad absoluta de la persona humana”. Charles Malik, “The Prospect for Freedom”
(discurso en una invitación honorífica de la rectoría, University of Dubuque, febrero 19, 1951),
sin paginar. Véase también Carlos Romulo, “Natural Law and International Law”, University
of Notre Dame Natural Law Institute Proceedings, 3 (1949): 121, 126.

Última utopía_03.indd 129 17/12/2015 17:03:03


130 La última utopía

“La historia de nuestra lucha por los derechos humanos básicos —autogo-
bierno con el fin de llegar a la independencia nacional y a la autodetermi-
nación— no ha sido muy diferente a muchas otras luchas”, dijo Kenneth
Kaunda, el primer presidente de Zambia, en una reflexión en 1963 acerca
de la forma como el trasfondo de las Naciones Unidas podía difundirse67.
Los derechos humanos fueron simplemente la lucha por el autogobierno
colectivo.
En la medida en que ocurrieron las conversaciones de los derechos
humanos, ello presupuso el trasfondo de la ONU en el continente afri-
cano donde vivía Kaunda. La Carta para la Libertad Surafricana de 1955
menciona el término “derechos humanos” de pasada como el principio
moral que merecen los africanos, lo cual sin lugar a dudas muestra que la
frase tenía su propia atractivo. El que los derechos humanos recorrieran
un camino en África como un lenguaje estratégico de una manera más
clara que en otros lugares se debe a que el sistema de administración fidu-
ciaria de la ONU se concentraba precisamente en ese territorio (siete de
los once territorios originalmente supervisados estaban ubicados allá).
Aunque estaban separados institucionalmente en la ONU, el Consejo de
la Administración Fiduciaria había sido encargado explícitamente en la
carta para que “promoviera el respeto por los derechos humanos y por las
libertades fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, idioma
o religión” (artículo 76). Esto significaba que entre las actividades del pro-
tectorado de la ONU en los cincuenta y sesenta, tanto las peticiones como
las investigaciones sobre la base de los derechos humanos eran posibles
y un excelente método para promover el anticolonialismo en un espacio
político mucho más concreto y formalizado que los demás lugares ofreci-
dos por el sistema internacional. Se sabe poco sobre las actividades reales
del sistema de administración fiduciaria, pero es claro que el derecho de
petición incentivó la presentación de decenas de miles de documentos.
Evidencias de Tanganyika, bajo supervisión británica, sugieren que mu-
chas de estas peticiones eran reclamos para conseguir inmediatamente
una independencia y otras pocas fueron formuladas explícitamente en
términos de derechos humanos. Pero es posible que la administración
fiduciaria —irónicamente, el lugar más formalizado e institucionalizado
que encontraron los derechos humanos durante décadas dentro de la ar-
quitectura de la ONU— permitiera la difusión de la idea en varios lugares
del mundo68.


67
Kenneth Kaunda, Speech by the Honorable Kenneth Kaunda, Fordham University (Duquesne, 1963), 3.
68
Ullrich Lohrmann, Voices from Tanganyika: Great Britain, the United Nations, and the
Decolonization of a Trust Territory (Berlin: Lit, 2008), 28-38 y caps. 4-6.

Última utopía_03.indd 130 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 131

Dado este contexto, no parecería accidental que fuera Julius Nyerere,


más tarde presidente de Tanganyika y Tanzania, quien entre todos los anti-
colonialistas aludió más frecuentemente al concepto de derechos humanos
ante la ONU, y lo incorporó inmediatamente en algunos de sus discursos y
escritos de la época69. Aunque en sintonía con Nkrumah dio prioridad a la
autodeterminación como el primer derecho, Nyerere podía advertir a los
periodistas en 1959 que no debían trivializar la capacidad de los africanos
para asegurar simultáneamente la soberanía y los derechos humanos:
Aquí estamos, construyendo la empatía del mundo exterior con el tema
de los derechos humanos. Estamos diciéndole al mundo que estamos pe-
leando por nuestros derechos como seres humanos. Ganamos la simpatía
de amigos alrededor del mundo —en Asia, Europa, en América—, gente
que reconoce la justicia en nuestra demanda por los derechos humanos.
¿Alguien cree realmente que nosotros mismos impediremos el desarro-
llo de los derechos humanos? ¿Por qué sentimos tanta molestia cuando
escuchamos sobre los acontecimientos de Little Rock en Estados Unidos?
Porque reconocemos que el negro estadounidense es humano. No impor-
ta si es negro —nos enfurece cuando vemos que no es tratado como un
verdadero ciudadano estadounidense bajo criterios de igualdad—. ¿Luego
de lograr la independencia daremos entonces la espalda y diremos “al
diablo con todo este sin sentido de los derechos humanos que estábamos
usando como una táctica para ganar el apoyo de los ingenuos”? La natu-
raleza humana es algunas veces depravada, lo sé; pero no creo que sea tan
depravada hasta llegar al extremo de que los líderes de un pueblo se van a
comportar como hipócritas para conseguir sus fines y luego cambiarán de
opinión y harán las mismas cosas contra las que han estado luchando.70

Más adelante —y de nuevo tal como en su discurso ante la ONU que


marcó la entrada de su país a la organización— podía hacer afirmaciones
semejantes71. De hecho, incluso cuando anunció la necesidad de que su
país se moviera rápidamente hacia el socialismo en la muy importante

69
Andreas Eckert identifica a Nyerere como parte de la primera generación de hombres de
Estado africanos que “más frecuentemente mencionaba” los derechos humanos, sin notar el
trasfondo del sistema de administración fiduciaria. Andreas Eckert, “African Nationalists and
Human Rights, 1940s to 1970s”, en Stefan-Ludwig Hoffmann, ed., A History of Human Rights
in the Twentieth Century (Cambridge: Cambridge University Press, 2010).
70
Julius Nyerere, “Individual Human Rights” (septiembre, 1959), ed. Julius Nyerere, Freedom and
Unity: Uhuru na Umoja (Oxford: Oxford University Press 1967), 70. Sin embargo, el resto del
discurso deja en claro que pretendía que este discurso anterior a la independencia respondiera
a los grupos que creía que equivocadamente apuntaban a la autonomía regional en lugar de
enfatizar los derechos individuales que su partido de Unidad Nacional Africana de Tanganyika
prometía.

71
Nyerere, “Independence Address to the United Nations” (diciembre, 1961), en Freedom and
Unity, 145-46. Véase también su Dag Hammerskjöld Memorial Lecture de enero de 1964, “The
Courage of Reconciliation”, en Freedom and Unity,, 282-83.

Última utopía_03.indd 131 17/12/2015 17:03:03


132 La última utopía

Declaración de Arusha de 1967, lo justificó como un proyecto para que se


cumplieran las promesas de la Declaración Universal —aunque como un
principio de segunda categoría en la mitad de un emparedado entre la au-
todeterminación y los auténticos fines programáticos de la modernización
socialista—72. Si estos ejemplos dan fe de una resonancia minúscula del
término, es claro que Nyerere la invocó haciendo referencia a principios
morales que los Estados debían incorporar y no a reglas supraestatales
respecto de las cuales tenían que moldear su actuación.
Podría plantearse la hipótesis de que si la ola de derechos constitucio-
nales en los nuevos Estados —algunas veces influenciada directamente por
el catálogo de la Declaración Universal— explica gran parte de las razones
para matizar estas conclusiones. De seguro es un ejemplo de una tendencia
de la moda constitucional en el sentido de que los nuevos Estados frecuen-
temente querían asegurar, al menos en sus documentos fundacionales, el
poder retórico y la real protección de los derechos. Sin embargo, no hubo
ninguna revolución de los derechos en la inmediata posguerra en la cual
la historia de las constituciones y la historia de los derechos humanos in-
ternacionales estuviesen profundamente entrelazadas a punto que cada
una encontrara la autoridad en la otra.
Las cartas de derechos (las cuales frecuentemente incluían proteccio-
nes sociales) ya habían estado de moda en el nuevo constitucionalismo
del periodo de entreguerras en la escena europea, el hecho de que esto
continuara siendo así alrededor del mundo en las décadas de la posguerra
es en realidad una continuidad de la tendencia estatalista anterior73. En
el caso de India, el Congress Party había declarado los derechos funda-
mentales en 1933, aunque no hubo lugar alguno para esta exigencia en
el Government of India Act de 1935. Luego de revueltas y represiones al
inicio de la Segunda Guerra Mundial, hubo nuevas presiones en favor de
los derechos fundamentales bajo el argumento de que las circunstancias
de India eran tan particulares que hacían necesaria una enumeración de
los derechos a pesar de que el genio de la Constitución británica no los
había requerido anteriormente. El resultado fue una de las cartas de dere-
chos más amplias en la historia de la humanidad. Era posible ver que ella
coincidía no solamente cronológicamente con la Declaración Universal,
aunque era más típico que se concentrara en protecciones domésticas de
los derechos de conformidad con las tradiciones de la ciudadanía estatal

72
Véase Nyerere, “The Arusha Declaration: Socialism and Self-Reliance”, en Freedom and Socialism:
Uhuru na Ujamaa (New York: Oxford University Press, 1968), 132-33.
73
Véase Boris Mirkine-Guetzévitch, Les constitutions de l’Europe nouvelle, (Paris: Delagrave, 1928),
35-40 y Mirkine-Guetzévitch, Les constitutions européennes, (Paris: Delagrave, 1951), cap. 8.
Cf. Mirkine-Guetzévitch, Les nouvelles tendances des Déclarations des Droits de l’homme (Paris:
L.G.D.V., 1930, 1936).

Última utopía_03.indd 132 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 133

—como lo consideraba una figura tan importante como B. R. Ambedkar,


quien defendió la causa de Dalit o de la igualdad de los “intocables”—74.
Cuando el gobierno británico tenía una oportunidad para controlar
o influir en el proceso constituyente, este argumentó que las cartas de de-
rechos eran superfluas, inútiles y peligrosas, hasta que un cambio político
en 1962 lo llevó a apoyar esta práctica. De hecho, durante décadas, los
juristas británicos que sucedieron a A. V. Dicey asumieron casi todos que
una comunidad política civilizada no tenía necesidad de declarar derechos.
Ivor Jennings, un prominente jurista que también estuvo presente en la
redacción de las constituciones de las excolonias, solo estaba de acuerdo
con incluir cartas de derechos porque “no podemos garantizar que las co-
lonias […] necesariamente adquirirán el tipo de intuición que a nosotros
nos permite reaccionar casi que por instinto ante cualquier interferencia
que afecte las libertades fundamentales”. En todo caso, debían evitarse
las cartas de derechos a menos de que el sentimiento popular apuntara
decididamente hacia dicha solución. En cambio, su aceptación en la esfera
británica ocurrió en un principio gracias a factores políticos locales: en la
Ghana de Nkrumah, por ejemplo, surgió una propuesta fallida para diseñar
una carta de derechos con el fin de satisfacer a una minoría Ashanti que
temía no ser representada bajo los nuevos arreglos75.
Por regla general, las principales fuerzas que impulsaban la lenta
transformación hacia declaraciones explícitas en nuevas constituciones
eran preocupaciones sobre la forma de compartir el poder entre diferentes
etnias y dar seguridad sobre los derechos de propiedad de los colonos. Pero
no existía un camino directo hacia ellos. Nyerere, sorprendentemente,
rechazó la propuesta británica de una carta de derechos en 1961 —siendo
entonces la Colonial Office la que estaba en camino a su cambio explícito
de política— y estuvo de acuerdo con su inclusión en la nueva Constitu-
ción para Tanganyika pero solamente como principios del preámbulo.
Mientras que las cartas de derechos proliferaban en otros lugares, los


74
Véase el resumen en M. G. Gupta, “Fundamental Rights and Directive Principles of State
Policy”, en Aspects of the Indian Constitution, ed. Gupta (Allahabad: Central Book Depot, 1964),
114-21. Para un análisis temprano de la gran ola de litigio alrededor que se abrió gracias a la
carta de derechos, véase Alan Gledhill, Fundamental Rights in India (London: Stevens & Sons,
1955). B. R. Ambedkar, States and Minorities: What Are Their Rights and How to Secure Them in
the Constitution of Free India (Bombay: Thacker and Co. Ltd., 1947).
75
Charles O. H. Parkinson, Bills of Rights and Decolonization: The Emergence of Domestic Human
Rights Instruments in Britain’s Overseas Territories, (Oxford: Oxford University Press, 2007); Ivor
Jennings, The Approach to Self-Government (Cambridge: Cambridge University Press 1956), 103.
Gran Bretaña extendió formalmente la protección de la Convención Europea de Derechos
Humanos a sus territorios coloniales. Esto no produjo ninguna diferencia en la gobernanza
colonial posterior (bajo la teoría de que la convención era redundante, y en todo caso derogable
en casos de emergencia) y el texto de la Convención Europea normalmente no influyó en las
cartas de derechos adoptadas en los procesos constituyentes de las antiguas colonias británicas.

Última utopía_03.indd 133 17/12/2015 17:03:03


134 La última utopía

modelos frecuentemente continuaban siendo las constituciones francesa,


estadounidense y algunas veces soviética, aunque un número importan-
te de otros Estados africanos hizo referencia a la Declaración Universal
—principalmente como estado del arte— como inspiración parcial o
general (Chad, Dahomey, Gabón, Costa de Marfil, Mauritania, Níger,
Senegal y el Alto Volta mencionaron la Declaración Universal junto con la
francesa, mientras que Argelia, Camerún, Congo-Brazzaville, Madagascar,
Malí, Somalia y Togo siguieron solamente la Universal). El magistrado de la
Corte Suprema de los Estados Unidos Thurgood Marshall, cuando aceptó
la invitación de su amigo Tom Mboya para que presentara un proyecto
de carta de derechos para Kenia en febrero de 1960, usó principalmente
la Declaración Universal así como otras fuentes aunque su propuesta no
fue adoptada76.
Años más tarde, la irrupción novedosa de los derechos humanos inter-
nacionales podría parecer que se derivara de la proliferación de derechos
establecidos formalmente en las constituciones, pero esto no significa que
el camino para aquello fue preparado por estas últimas, ni siquiera cuando
se usó la Declaración Universal como catálogo útil a la hora de redactar
listados domésticos. El principal fin de estas constituciones, después de
todo, fue la construcción de la soberanía. Sería un error ver que en esta era
existía “un movimiento internacional de derechos humanos con muchos
adherentes domésticos en lugares específicos trabajando para elaborar un
sistema internacional y para traer las normas internacionales al derecho
constitucional local” —ni siquiera entre los juristas—. La confluencia entre
una tradición más temprana de declarar derechos y los procesos consti-
tuyentes poscoloniales ilustra de manera más persuasiva el persistente
trasfondo nacional para los derechos que definió la historia moderna del
concepto y que contribuyó a ahuyentar y preparar la juridización de los
derechos en la escena internacional. En particular, en ningún sentido estos
derechos constitucionales poscoloniales interfirieron con la duramente
ganada soberanía externa. En el mejor de los casos, en la tradición de la
conexión entre los derechos y la soberanía en la historia moderna, abrieron
un espacio para discusiones democráticas al interior del Estado nación;
en el peor de los casos, fueron anulados en nombre de la construcción del
Estado nacional77.

76
Véase Parkinson, Bills of Rights, 228-33, Ivo Ducachek, Rights and Liberties in the World Today:
Constitutional Promise and Reality (Santa Barbara, 1973), cap. 1 y Dudziak, Exporting American
Dreams: Thurgood Marshall’s African Journey (Oxford: Oxford University Press, 2008), Apéndice.
77
Kim Lane Scheppele, “The Migration of Anti-Constitutional Ideas: The Post-9/11 Globalization
of Public Law and the International State of Emergency”, en The Migration of Constitutional
Ideas, ed. Sujit Choudry (Cambridge: Harvard University Press, 2006), 350. Cf. Richard P.
Claude, Comparative Human Rights (Baltimore: Johns Hopkins, 1976).

Última utopía_03.indd 134 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 135

Teniendo en cuenta la organización geográfica del primer mundo


durante el nacimiento de los derechos humanos en los años setenta, los
cambiantes patrones de lealtades políticas que ocurrieron fuera de las zo-
nas de lucha directa —siendo prioritaria en estas últimas la construcción
del Estado y la nación— podrían ser la verdadera clave de la historia de los
derechos humanos. En los años tempranos, si las solicitudes y apelaciones a
normas internacionales en instituciones internacionales importaban, ellas
fracasaron en definir el anticolonialismo para sus simpatizantes, incluso
para aquellos que más tarde vinieron a definir su idealismo en términos
de derechos humanos. Después de todo, la naturaleza sistemática y totali-
zante de la agitación típica contra los imperios en la posguerra significaba
—incluso cuando los derechos humanos eran prometidos como parte del
nuevo Estado— que las prácticas organizacionales como las de “nombrar
y avergonzar” a los estados por violar derechos ocuparon su lugar en estra-
tegias multifacéticas de agitación más extremista. El ejemplo de Ghandi
ilustraba una resistencia pacífica pero totalizante, mientras que revueltas y
revoluciones similarmente totalizantes a través de medios violentos capta-
ban la atención del mundo —algo muy lejano a las prácticas asociadas hoy
en día con los derechos humanos—. Sería difícil concluir que las alusiones
menores y ocasionales de los derechos humanos por íconos anticoloniales
hicieron que el movimiento ganara la simpatía y apoyo del primer mundo
o que incluso el marco institucional de los derechos humanos se activara
para apoyarlos. Lo que es sorprendente, de hecho, es que esto ocurrió muy
pocas veces —aparentemente, los derechos humanos importaban menos
en el primer mundo que para los propios anticolonialistas—.
Si los hombres de Estado estadounidenses cultivaron, por ejemplo, a
figuras como Malik y Rómulo para defender sus intereses en las políticas
anticoloniales, la opinión pública no reparó en que ello se hizo en términos
de “derechos humanos”. Hasta donde se sabe, en el Reino Unido, la mul-
tiplicidad de movimientos a la izquierda que ahora criticaban al imperio,
bien fueran los asociados con el comunismo (incluido el trotskismo) o los
del Partido Laborista Independiente, no invocaron los nuevos derechos
humanos en sus actividades y una vez que se cristalizó el Movement for
Colonial Freedom en 1954 este tampoco utilizó dicho lenguaje. Había
una crítica a la contrainsurgencia francesa, especialmente en Argelia, que
apelaba al lenguaje de los derechos: Pierre Vidal-Naquet, incansable críti-
co de la tortura a mano de agentes del Estado, cuya valiente agitación en
favor del matemático Maurice Audin fue promocionada en la temprana
publicidad de Amnistía Internacional, es un excelente ejemplo en este
punto. Pero incluso en este caso, la referencia era casi exclusivamente a

Última utopía_03.indd 135 17/12/2015 17:03:03


136 La última utopía

las tradiciones locales francesas y al espíritu del republicanismo y esto no


fue el tipo dominante de identificación anticolonial78.
Entre tanto, el romance de la revolución del tercer mundo con la
actividad guerrillera donde ello fuera necesaria brinda el contrapunto
más claro al activismo de derechos humanos que vino más adelante —en
especial a partir de la revolución de los derechos humanos de finales de los
años setenta que no solo desplazó sino que también atacó esta posición
a la luz de sus apasionadas críticas—. En la era del colonialismo tardío,
en el tercer mundo no faltaban los propios teóricos de la lucha armada
como la única vía de combatir al imperio e incluso algunas de las figuras
más moderadas no estaban por encima de usar la amenaza de la violencia
en respuesta a posiciones que trataban de menguar las posiciones más
radicales (por ejemplo, en el estallido de indignación de Senghor cuando
se abandonaron las promesas de creciente igualdad para la comunidad
imperial presentes en la primera Constitución francesa propuesta). Es-
cribiendo el prefacio de Fanon, quien veía la violencia como una “fuerza
purificadora”, Jean Paul Sartre explicaba que esta “violencia irreprimible
lo demuestra plenamente, no es una absurda tempestad ni la resurrección
de instintos salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hombre
mismo reintegrándose”. Sartre nombraba los derechos, pero solamente
para argumentar que su aplazamiento perpetuo no dejaba a los nativos
otra alternativa que la sangre:
Los “liberales” se quedan confusos —escribió Sartre— reconocen que no
éramos lo bastante corteses con los indígenas, que habría sido más justo
y más prudente otorgarles ciertos derechos en la medida de lo posible; no
pedían otra cosa sino que se les admitiera por hornadas y sin padrinos en
ese club tan cerrado, nuestra especie: y he aquí que ese desencadenamiento
bárbaro y loco no los respeta en mayor medida que a los malos colonos.79

A la fecha, en contraste, ninguna ONG organiza a la insurgencia


revolucionaria.
Desde todos los lugares del mundo, los panfletos del tercer mundo que
recomendaban la lucha revolucionaria fueron importados, como es el caso
de los de Ho Chi Minh o Mao Zedong, o desarrollados por intelectuales
como Eqbal Ahmad, quien recorrió varios países justificando la liberación
violenta y teorizando la resistencia frente a una asimétrica y desproporcio-
nada contrainsurgencia. Estas figuras fueron entendidas como si ofrecieran

78
Véase Stephen Howe, Anticolonialism in British Politics: The Left and the End of Empire, 1918-1964
(Oxford: Oxford University Press, 1993), caps. 5-7. Vidal-Naquet, gracias a sus contactos con
Peter Benenson publicó el recuento clásico Torture, Cancer of Democracy: Algeria, 1954-1962
(London: Penguin, 1963) en inglés primero.
79
Jean Paul Sartre, “Prefacio”, en Frantz Fanon, Los condenados de la Tierra, 11.

Última utopía_03.indd 136 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 137

una alternativa refrescante al comunismo soviético que podía escapar a


las componendas y los errores del primer intento de revolución mundial.
El principal lugar para la lucha armada —después del deslumbrante éxito
de Fidel Castro y el ascenso icónico del Che Guevara difundiendo el fuego
cubano por la región— fue América Latina y el principal simpatizante en
el primer mundo de esta estrategia fue Régis Debray, quien famosamente
viajó a entrenarse como soldado y a luchar en las selvas al lado del Che.
Para los teóricos tanto de la insurgencia como de la contrainsurgencia, lo
que más importaba era el carácter popular y con aspiraciones de la lucha
armada, en la cual las guerrillas eran a la población que la apoyaba (en el
difundido dicho de Mao) lo que el agua al pez. En una era en la que no
existía un movimiento de derechos humanos del cual se tuviera noticia, los
adolescentes del primer mundo y la gente joven siguieron intensamente
el activismo de Débray, digirieron sus manuales teóricos y se preocuparon
por su suerte cuando fue arrestado y muy cerca de ser ejecutado por los
enemigos “contrarrevolucionarios”. Lo que principalmente capturó la
imaginación de muchos jóvenes occidentales en esta era no fueron los
derechos humanos sino la moda radical. No fue sino hasta mediados de los
años setenta que el romance de la lucha armada de izquierda —tan influen-
ciada por la crítica marxista a los derechos por considerarlos hipocresías
burguesas— empezó a ser sometida a un amplio replanteamiento, primero
por críticos que simpatizaban con la izquierda como Gérard Chaliand y
más adelante por quienes se autoproclamaban abanderados del renaci-
miento de la confianza occidental, como Pascal Bruckner (sin mencionar
al propio Débray)80. Los derechos humanos entonces emergieron sobre
las ruinas de un tipo de esperanza para los antiguos territorios coloniales
y en la búsqueda de alguna alternativa.
Es relevante mantener la claridad acerca de las diferencias entre las
formas anticoloniales de idealismo y activismo y otras formas posteriores
y muy diferentes de idealismo y activismo —los derechos humanos de
épocas recientes—. Su relación se puede describir como de desplazamiento
y no como una de sucesión o satisfacción. La visión de los derechos del
anticolonialismo permaneció, tanto en la teoría como en la práctica in-
ternacional, tan selectivamente concentrada en el umbral del derecho a la


80
Véase, por ejemplo, Eqbal Ahmad, “Revolutionary Warfare and Counterinsurgency”, en National
Liberation: Revolution in the Third World, ed. Norman Miller y Roderick Aya (New York: The Free
Press, 1971); Régis Debray, A Revolution in the Revolution? Armed Struggle and Revolutionary Struggle
in Latin America, trad. Bobby Oritz (New York: Monthly Review Press, 1967) y Che’s Guerilla War,
trad. Rosemary Sheed (Baltimore: Penguin, 1975); luego también Gérard Chaliand, Revolution in
the Third World: Myths and Prospects (New York: Viking Press, 1977) y Pascal Bruckner, The Tears
of the White Man: Compassion as Contempt, trad. William R. Beer (1983; New York: The Free Press,
1986). Véase también Rony Brauman, ed., Le Tiers-mondisme en question (Paris: Fondation Liberté
sans frontièrs, 1986).

Última utopía_03.indd 137 17/12/2015 17:03:03


138 La última utopía

autodeterminación, matizado únicamente por el racismo subalterno, que


es imposible considerarlo como una concepción radicalmente distinta.
Siendo fiel a concepciones de derechos euroamericanas más tempranas,
el anticolonialismo priorizó la independencia y autonomía de la nueva
nación como el lugar en el que los derechos debían discutirse. El impulso
dominante resaltaba la soberanía colectiva a nivel internacional y no las
prerrogativas individuales, la supremacía del Estado nación en lugar de su
subordinación al derecho global.
Así, si la descolonización promovió la causa de los derechos humanos,
lo hizo de una manera muy particular y regresiva para algunos. Se resal-
taba, entonces, la difusión de la idea de soberanía estatal alrededor del
mundo, en un periodo en donde ocurrió un triunfo sin paralelos para este
concepto y su práctica. Abrumadoramente, la posguerra parecía la escena
de un tránsito “del imperio a la nación”. Incluso en la ONU, el principal
foro en el que el anticolonialismo y los derechos humanos coincidían, el
“derecho” primario a la autodeterminación tomó un lugar preponderante,
unido a visiones de un desarrollo justo y —en el punto más alto del poder
de países del tercer mundo en la organización— a llamados por un “nuevo
orden económico internacional”. Esta agenda afectó profundamente las
actividades de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, tanto desde
el punto de vista de los derechos a los que se les dio prioridad, como desde
la óptica de las causas que se defendían y perseguían81. Pero incluso la alta
marea del anticolonialismo de la ONU durante la década de los setenta
ilustra que el ascenso de los derechos humanos en Occidente, en su sen-
tido contemporáneo y fuera de la estructura de Naciones Unidas, tiene
que ser atribuido a haber sido recuperados y sacados del anticolonialismo.
Como resultaría más adelante, los derechos humanos se imprimieron en la
conciencia del primer mundo solamente, y quizá de manera conveniente,
una vez ocurrieron dos eventos íntimamente ligados.
En primer lugar, la sórdida naturaleza del régimen colonial tenía que
ser revelada para que que dicha estructura de gobierno terminara de una
vez por todas. La dura realidad que debe ser contemplada es que los dere-
chos humanos triunfaron como un extendido lenguaje moral luego de la
descolonización y no durante ella —y quizá gracias a ello, solamente en el
sentido de que la caída de los imperios permitió el resurgimiento del libera-
lismo, incluido un vocabulario de los derechos cortado de sus deprimentes
enredos anteriores con la opresión y la violencia—. Los últimos vestigios
de un régimen de colonialismo formal, en las posesiones portuguesas,

81
Emerson, From Empire to Nation: The Rise to Self-Assertion of Asian and African Peoples (Cambridge:
Harvard University Press, 1960) y Gilbert Rist, The History of Development: From Western Origins
to Global Faith (London: Zed Books, 2002), cap. 9.

Última utopía_03.indd 138 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 139

fueron finalmente abandonados a mediados de los setenta. El fracaso,


alrededor de la misma época, del sangriento y desesperado intento de los
Estados Unidos por mantener a Vietnam del sur alejado del comunismo
—y no simplemente, como Jimmy Carter lo iba a sostener, la bajeza moral
o desvío de las tradiciones nacionales de dicho fracaso— construyeron el
escenario para que este país se plegara a los derechos humanos como un
ideal de la política exterior. El surgimiento de un internacionalismo basado
en los derechos solamente fue posible cuando el imperialismo formal y la
intervención directa en desarrollo de la Guerra Fría cayeron en desgracia.
En segundo lugar, el extendido auge de la creencia de que el anticolo-
nialismo en sus formas clásicas había naufragado como un proyecto moral
y político también tenía una gran importancia —sobre todo por el tipo de
preocupaciones que alguna vez se consideraba que debían ser legítimamen-
te aplazadas mientras los líderes del tercer mundo consolidaban su poder
y, en el caso de que el poder no estuviera en manos de unas nuevas elites
plutocráticas a las que no les importara cumplir sus promesas en estos nue-
vos Estados, intentaban el tipo de reconstrucciones sociales y económicas
que podrían importar—. Incluso un partidario de la difusión alrededor del
mundo de las libertades que debían reconocerse por el Estado aceptaría
a mediados de los sesenta que la “autocracia, selectivamente aplicada,
podría ser necesaria con el fin de crear los requisitos sociales para el man-
tenimiento de los derechos humanos”. Una década más tarde, no parecía
que fuera importante hacer una apuesta en ese sentido. “¿Ha pasado de
moda la autodeterminación?”, preguntaría un internacionalista en 197382.
La respuesta empezó a ser afirmativa, al menos en el Occidente desa-
rrollado. El politólogo de Harvard, Rupert Emerson —por mucho tiempo
el más visible defensor de la autodeterminación en círculos académicos—
desacreditaba en 1975 el surgimiento de una
doble moral que ha funcionado para quitarle fundamentos a las preten-
siones morales de los países del tercer mundo y para quitarle atractivo a
las causas que defienden […] El impulso totalmente legítimo contra el
colonialismo y el apartheid fue algunas veces cuestionado cuando los nue-
vos países frecuentemente hicieron caso omiso a cualquier preocupación
respecto de violaciones masivas de derechos humanos y de la dignidad
en su propia jurisdicción.83

Como lo señaló Arthur Schlesinger Jr. en 1977, el año de irrupción


decisiva de los derechos humanos, “los Estados pueden cumplir con todos
los criterios propios de la autodeterminación y seguir siendo manchas en

82
David H. Bayley, Public Liberties in the New States (Chicago: Rand McNally, 1964); S. Prakash
Sinha, “Is Self-Determination Passé?”, Columbia Journal of Transnational Law, 12 (1973): 260-73.

83
Emerson, “The Fate of Human Rights in the Third World,” World Politics 27, n.° 2 (enero 1975): 223.

Última utopía_03.indd 139 17/12/2015 17:03:03


140 La última utopía

el planeta. Los derechos humanos son el camino para alcanzar un prin-


cipio más profundo que es la autodeterminación individual”84. En su ya
clásico Rights of Man Today, Louis Henkin, el internacionalista, sostuvo
que Thomas Paine
daría la bienvenida a muchos nuevos Estados —producto de la revolución
y la autodeterminación— [pero] se irritaría ante la propuesta de que el
bienestar y la igualdad solamente pueden alcanzarse bajo un régimen
autocrático pagando el precio de la libertad, sacrificando el presente por
un futuro incierto.85

En la posguerra, el senador de Nueva York Patrick Moynihan, ex-


plicó que la política occidental había fracasado al no tomar la causa de
los derechos humanos mientras eran sacrificados en el sombrío altar de
la autodeterminación. La “tremenda inversión de esperanza en lo que
veíamos como los vástagos de nuestros grandes robles” había estimulado
“una correspondiente renuencia a pensar, mucho menos a hablar, mal
de ellos”, continuaba. “Luego vino el trauma de Vietnam, que quizá hizo
aún más necesario que fuéramos aceptados por naciones tales como la
que estábamos destruyendo”. Pero ya en este punto había pasado mucho
tiempo como para abstenerse de criticar los abusos del tercer mundo —y
la Guerra de Vietnam había terminado—86. Solamente cuando la autode-
terminación entró en crisis, al menos para los ojos de Occidente, podía
haber una movida desde el duradero sueño de la liberación poscolonial
hacia una utopía mucho más reciente: la esperanza de un mundo de los
derechos humanos.

84
Arthur Schlesinger, Jr., “Human Rights:How Far, How Fast?”, Wall Street Journal, marzo 4, 1977.
85
Louis Henkin, The Rights of Man Today (Boulder: Westview, 1978), 136.
86
Daniel Patrick Moynihan, “The Politics of Human Rights,” Commentary 64, n.° 2 (agosto, 1977):
22; cf. Elizabeth Peterson Spiro, “From Self-Determination to Human Rights: A Paradigm Shift
in American Foreign Policy”, Worldview, enero-febrero, 1977; y Sidney Liskofsky, “Human
Rights Minus Liberty?”, Worldview, julio, 1978.

Última utopía_03.indd 140 17/12/2015 17:03:03


La pureza de esta lucha

“Uno podría pensar que un siglo, y no una década, nos separaban del fi-
nal de los años sesenta”, afirmaba a finales de los años setenta Bronislaw
Baczko, un exdisidente polaco. Baczko había emigrado de Varsovia a Occi-
dente en 1968, cuando los radicales alrededor del mundo turbulentamente
reclamaban transformaciones extraordinarias. Especialmente para la gente
joven, fue una bocanada de aire fresco: en lugar de reproducir la vieja y
fracasada sociedad, creían que tenían la tarea de inventar una nueva. “El
grafiti en los muros de París”, Baczko recordaba a propósito de esa explosión
reciente, “clamaba por el ‘poder de la imaginación’ y exaltaba un ‘realismo
que pide lo imposible’”. Sin embargo, en la década siguiente, el utopismo
transformativo parecía haber colapsado en Occidente y la esperanza de
traer un reino de libertad y justicia se había debilitado. Habiendo sido
proclamado, sus propios partidarios fueron los que frecuentemente lo
desdeñaron de modo implacable. “Es como si la utopía fuera el chivo ex-
piatorio en un exorcismo colectivo de los mal nombrados y mal definidos
demonios que obsesionan nuestra época”, concluía Baczko. De hecho, para
finales de los setenta, algún tipo de expiación respecto del estallido utópico
anterior parecía estar en camino. Perspicazmente, sin embargo, Baczko
no se dejó engañar por las apariencias. En lugar de un “marchitamiento”
o “fragmentación” de la utopía que otros veían, encontró más plausible

Última utopía_03.indd 141 17/12/2015 17:03:03


142 La última utopía

ver los acontecimientos como un “cambio en las fronteras”, en el cual la


utopía sobrevivía en una nueva forma.
¿No es posible —concluía Baczko— que el desencantamiento con los “sis-
temas” utópicos vaya de la mano de la persistencia de esperanzas y formas
de pensamiento utópicas que podrían revelar la continuada existencia
de dos actitudes contradictorias en nuestros tiempos: la desconfianza a la
utopía junto con el deseo de tener una en todo caso?1

Los argumentos punzantes de Baczko sugieren un enfoque de cómo


surgieron los derechos humanos en el contexto de un idealismo colapsa-
do y transformado. Los derechos humanos surgieron como una utopía
minimalista y resistente que podía sobrevivir en un clima inhóspito.
Estos fueron años de “pesadillas” y “crisis nerviosas”, notablemente con
posterioridad a las crisis del petróleo y la económica mundial de 1973.
Sin embargo, ese invierno de descontento que se extendió por Occidente
también desembocó en una falta de confianza en los planes maximalistas
de transformación —especialmente las revoluciones, pero también los es-
fuerzos programáticos de cualquier tipo—. La pregunta crucial es por qué
los derechos humanos, los cuales no habían podido ser el eje del idealismo
global antes de los cuarenta y no pudieron consolidarse en esa década o
en las luchas anticoloniales o en el activismo juvenil que siguió en las
décadas de los cincuenta y sesenta, sí lo lograron en los años setenta. Por
primera vez, un gran número de personas empezaron a usar el lenguaje
de derechos humanos para expresar y actuar de acuerdo con sus expecta-
tivas de un mundo mejor. Pero no lo hicieron en el vacío. Los derechos
humanos fueron descubiertos solamente en su competencia contra y en
su comparación con otros esquemas. Los derechos humanos eran un rea-
lismo que pedía lo posible. Siendo así, solamente fueron inteligibles tras
las amplias secuelas de otros sueños más grandiosos que desplazaron pero
que igualmente utilizaron para su construcción.
Los movimientos sociales adoptaron los derechos humanos como
un eslogan por primera vez en su historia. A medida que pasaban los años
setenta, la identificación de dichas causas como asuntos de derechos hu-
manos creció vertiginosamente, continuando dicha dinámica alrededor
del mundo durante esa década (y de hecho hasta el presente). Esta ampli-
ficación en serie ocurrió incluso mientras los Estados negociaban el Acta
Final de Helsinki firmada en 1975, la cual inconscientemente construyó
un nuevo foro para los activistas del Atlántico Norte. Y luego vino 1977,
un año de una sorprendente y a todas luces impredecible importancia de

1
Bronislaw Baczko, “The Shifting Frontiers of Utopia”, Journal of Modern History 53, n.° 3
(septiembre, 1981) 468, 475.

Última utopía_03.indd 142 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 143

los derechos humanos. Una de las lecciones más fascinantes del periodo
es lo poco conocida que eran la Declaración Universal y el proyecto de
los derechos humanos internacionales cuando este empezó y cómo estas
“fuentes” tempranas fueron descubiertas solamente después de que se
activaran los movimientos que hacían sus reclamos con base en los dere-
chos individuales. Así, los derechos humanos permitían a diversos actores
crear causas comunes mientras otras alternativas eran consideradas invia-
bles —una convergencia que frecuentemente empezó como un retroceso
estratégico de aquellas grandiosas utopías previas—.
La construcción de un trasfondo general para la explosión del activis-
mo de derechos humanos hasta y alrededor del importante año de 1977
depende de captar esta dinámica del colapso de las utopías previas y la
búsqueda de un refugio en otro lugar. Una cosa es rastrear la historia de la
defensa de los ciudadanos en la esfera internacional, pero otra es dar cuenta
del éxito de los derechos humanos en dicho ámbito y, en el contexto de
muchos nuevos y emocionantes movimientos sociales, su prominencia
y supervivencia en el difícil clima ideológico de los setenta. Una cosa es
revisar la evolución de los mecanismos supranacionales de derechos huma-
nos, por ejemplo las Naciones Unidas y los aparatos europeos, pero otra es
explicar el sorprendente ascenso en el prestigio cultural que empezaron a
disfrutar luego de décadas de irrelevancia. Finalmente, una cosa es exami-
nar a los Estados que decían promover la causa de los derechos humanos
a mediados de los años setenta en una nueva moda sin precedentes, de
manera especialmente notoria en los Estados Unidos de Jimmy Carter, y
cuestionar aquellos regímenes que fueron estigmatizados de una forma
nueva e incómoda —aunque raramente de modos que los descalificaran
radicalmente—. Pero otra cosa es explicar por qué, en este momento, los
derechos humanos aparecieron cargados de contenido en el terreno del
idealismo, para gente común y corriente y en la vida pública. La muerte de
otras visiones utópicas y su transfiguración en la agenda de los derechos
humanos provee la manera más poderosa de analizar estos cambios.
Moses Moskowitz, uno de los muy pocos representantes del viejo estilo
del activismo por los derechos humanos desde las ONG, fue un fracaso.
Nacido en Stryj, Ucrania, en 1910, Moskowtiz emigró con su familia du-
rante su adolescencia hacia los Estados Unidos, donde estudió en el City
College de la Universidad de Columbia. Aparte de ser un analista para
el American Jewish Committee (AJC) antes del estallido de la Segunda
Guerra Mundial, Moskowitz prestó el servicio militar para el Ejército de
los Estados Unidos en Europa, jugando un papel especial en la Alemania
ocupada luego de la guerra como jefe de la inteligencia política en el
estado de Württemberg-Baden. A su regreso en 1946, Moskowtiz tenía
la idea de representar a los judíos ante la organización mundial cuando

Última utopía_03.indd 143 17/12/2015 17:03:03


144 La última utopía

las Naciones Unidas vieron la luz del día. Con el apoyo de figuras como
René Cassin, Moskowitz formó el Consejo Consultivo de Organizaciones
Judías (CCOJ), en el que participaron la AJC, la Asociación Anglo-Judía, y
la Alianza Israelita Universal. Explicando por qué trabajó tan obstinada y
anónimamente por los derechos humanos, incluso después de que fraca-
saran en la posguerra, Moskowitz fue elocuente: “Quería trabajar para algo
que fuera permanente, de importancia universal e indestructible”, explicó.
“No creía que fuera a traer la redención, pero creía que no podíamos seguir
adelante a menos de que este principio se estableciera sólidamente en un
tratado internacional”2.
Para cumplir esta tarea, Moskowitz sintió que su principal estrategia
era trabajar solo y en la escena diplomática. De hecho, al cabo del tiempo
rompió con la Asociación Anglo-Judía, la cual en la posguerra, según él, se
movía de su ethos de los años previos a la guerra hacia una “llamada orga-
nización de masas […] un mecanismo de presión, publicando panfletos y
folletos”. “No a las utopías, etc.”, añadió. “Quiero decir, esa era mi gracia
salvadora”. Incluso criticó a Amnistía Internacional por “inventar[se] todo
tipo de procedimiento, todo tipo de aproximaciones” y “construir una
Torre de Babel que en últimas destruiría el proyecto”. A pesar de que en los
cincuenta y sesenta era conocido en los círculos neoyorquinos, tanto en los
judíos como en los de Naciones Unidas, como el “Sr. Derechos Humanos”,
Moses Moskowitz y su organización permanecieron generalmente en la
oscuridad, incluso cuando durante las décadas de su trabajo en el CCOJ
Moskowitz escribió los mejores estudios —cierto, eran esencialmente los
únicos— sobre la suerte de los derechos humanos en los procedimientos
de las Naciones Unidas. Mientras pasaban los años, persiguió infatigable-
mente la juridización de los derechos humanos y propuso la creación de
un “fiscal general” para los derechos humanos (solo fue mucho tiempo
después de Moskowitz, en 1993, cuando esta oficina del alto comisionado
de la ONU finalmente se creó)3.

2
Entrevista con Moses Moskowitz, grabada el 7 de noviembre de 1979, AJC William E. Wiener
Oral History Collection, New York Public Library, Dorot Jewish Division, 22.
3
AJC William E. Wiener Oral History Collection, 25, 33, 35. También construyo este argumento
con base en el documento mecanografiado “Curriculum Vitae”, y otros documentos de Moses
Moskowitz, White Plains, Nueva York. Moskowitz, Human Rights and World Order: The Struggle
for Human Rights in the United Nations (New York: Oceana Publications, 1958), The Politics and
Dynamics of Human Rights (New York: Oceana Publications, 1968), International Concern with
Human Rights (Leiden: Sitjhoff, 1972), The Roots and Reaches of United Nations Decisions (Aalphen
an den Rijn: Sijthoff & Noordhoff, 1980). Para el alto comisionado, véase especialmente la
propuesta original de 1963 de: Jacob Blaustein, “Human Rights: A Challenge to the United
Nations and to Our Generation”, en Andrew W. Cordier y Wilder Foote, eds., The Quest for
Peace: The Dag Hammerskjöld Memorial Lectures (New York: Columbia University Press, 1965).

Última utopía_03.indd 144 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 145

Siendo esencialmente un proyecto llevado a cabo en solitario y enfo-


cado en los procesos de la ONU, el CCOJ fue representativo de lo que el
activismo temprano en derechos humanos era. Las primeras organizacio-
nes que utilizaron el estatus consultivo consagrado en el artículo 71 de la
Carta de la ONU se basaron en identidades de grupo. En el momento de
posguerra, numerosas ONG reformularon los términos más antiguos de
sus causas —tal como Moskowitz hizo con el activismo judío— alrededor
de la naciente burocracia y lenguaje de la ONU. Luego de su nacimiento,
a finales del siglo XIX, y su expansión galopante en el periodo de entre-
guerras, las ONG eran cerca de mil en los inmediatos años que siguieron
a la Segunda Guerra Mundial, con cerca de cien de ellas adquiriendo
prontamente estatus consultivo frente a la ONU (incluyendo las pocas
que se preocupaban por los derechos humanos). Sin embargo, ninguna,
así estuviera comprometida con el comercio, la estandarización, el tra-
bajo, la agricultura, el bienestar social o la paz, tuvo éxito en hacer de la
idea de una ONG algo importante para ese entonces. Lyman Cromwell
White, el primer y por mucho tiempo único estudioso de ellas, reclamaba
en 1951 que “siguen siendo el gran continente inexplorado en el mundo
de los asuntos internacionales”. Organizaciones como la de Moskowitz,
que incorporaban cualquier referencia a los nuevos derechos humanos,
ocupaban solamente un pequeño sector de ese territorio e incluso estas
últimas no usaban la terminología para referirse a un programa general.
En contraste, equilibraron sus propósitos preexistentes (típicamente, en
la búsqueda de la paz o en defensa de grupos específicos) con el avance
estratégico del nuevo lenguaje de los derechos humanos. En el autorizado
recuento de White, realizado cinco años después de la fundación de la
ONU, aún no podía establecer una categoría general de organizaciones
de derechos humanos4.
Incluso dentro del subconjunto de los grupos dedicados a los derechos
humanos en las Naciones Unidas, el grupo de Moskowitz era convencional.
Sus causas eran definidas por las fronteras de la religión, etnicidad o género,
a nombre de las cuales hacían el correspondiente lobby. Incluso cuando
seguían una agenda más general como la paz, su liderazgo y afiliación se
definía de acuerdo con la identidad de grupo. Por ejemplo, el internacio-
nalismo de las mujeres perseguía sus propias causas: sufragio, prevención
de la trata y la prostitución, salarios más altos y algunas veces una agenda
más amplia de traer una paz feminista a una geopolítica machista5. A lo
sumo, en el momento de la posguerra, había grupos que se dedicaron a


4
Lyman Cromwell White, International Non-Governmental Organizations: Their Purposes, Methods,
and Accomplishments (New Brunswick: Rutgers University Press, 1951), vii, 261-66.

5
Véase Sandi E. Cooper, “Peace as a Human Right: The Invasion of Women into the World of
High International Politics”, Journal of Women’s History 14, n.° 2 (mayo, 2002): 9-25 y para un

Última utopía_03.indd 145 17/12/2015 17:03:03


146 La última utopía

atender una “clientela” específica definida por la religión, etnicidad o el


género que universalizaba su retórica sin cambiar el fundamento de sus
afiliaciones. Para la American Jewish Committee, la verdad de la escena
de posguerra era que la causa de los derechos de los judíos sería llevada a
cabo de una mejor manera a través de la causa más amplia de los derechos
humanos6. Incluso entonces, los grupos —incluyendo grupos judíos— se
concentraron en las causas que más les importaban a sus miembros in-
dividuales. “Solamente en los asuntos procedimentales es que las ONG
están organizadas de acuerdo a sus relaciones con la ONU”, resaltó Roger
Baldwin, cofundador de la American Civil Liberties Union y, durante la
Segunda Guerra Mundial, de la Liga Internacional por los Derechos del
Hombre. “En asuntos sustanciales, cada uno trabaja individualmente”7.
Las causas humanitarias continuaron siendo trabajadas sobre una diversa
gama de fundamentos. Había grupos locales, nacionales e internacionales
y trabajaban a través de los Estados, las organizaciones internacionales y
por su propia cuenta. En contraste, el activismo de derechos humanos
hizo de las Naciones Unidas el lugar privilegiado, e incluso exclusivo, de
interés, acción y reforma.
Algunos trataron de subir el perfil de la idea de los derechos humanos
para que tuviera impacto en un público más amplio. Aunque muchas de
estas primeras ONG coincidían en la búsqueda de la juridización y “exigi-
bilidad”, también intentaron hacer publicidad —especialmente después
de 1953, cuando John Foster Dulles anunció la preferencia del gobierno de
los Estados Unidos por la educación en lugar de la juridización en el campo
de los derechos humanos—. La conocida escritora para niños Dorothy
Canfield Fisher redactó un panfleto educativo, A Fair World for All: The
Meaning of the Universal Declaration, el cual varios grupos distribuyeron a
principios de la década de los cincuenta. De manera semejante, siendo la
punta de lanza de los esfuerzos por una coalición de los grupos de muje-
res y la Iglesia, la American Association for the United Nations patrocinó
anuncios radiales alrededor de los Estados Unidos para celebrar el décimo

emblemático estudio organizacional, Catherine Foster, Women for All Seasons: The Story of the
Women’s International League for Peace and Freedom (Atenas: University of Georgia Press, 1989).
6
Tal como Moskowitz lo plantea en un memorando interno, “Todo el programa de comité está
basado en una concepción estratégica en el sentido de que la mejor defensa de los derechos de
los judíos es un ataque a las fuentes del sesgo y prejuicio y al prejuicio y la promoción de los
ideales e instituciones democráticas. Si este programa tiene validez, la ONU, tanto en el largo
como en el corto plazo, es la mejor esperanza”. “Evaluation of the United Nations Program
of the American Jewish Committee” (febrero, 1951), AJC RG 347.17.10, YIVO Archives, Center
for Jewish History, New York, Gen-10, Caja 173).
7
Citado en Jan Eckel, “‘To Make the World a Slightly Less Wicked Place’: The International
League of the Rights of Man, Amnesty International USA and the Transformation of Human
Rights Activism from the 1940s through the 1970s”, manuscrito no publicado cuyo sutil análisis
coincide con el mío.

Última utopía_03.indd 146 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 147

aniversario de la Declaración Universal, teniendo como protagonistas a


Marian Anderson y Danny Kaye. En la tarde del 7 de diciembre de 1958,
en una estrategia similar, los televidentes estadounidenses vieron una
obra titulada In Your Hands, escrita con la idea de concientizar al público
de los derechos humanos. No obstante, estos optimistas pero rudimenta-
rios esfuerzos no tuvieron éxito en poner el concepto en una más amplia
circulación.
Solamente la Liga Internacional por los Derechos del Hombre de
Baldwin surgió como una ONG dedicada a la causa de los derechos huma-
nos como tal. Fundada presuntamente a finales de 1941 por emigrantes
europeos que querían revivir la Ligue des Droits de l’Homme francesa, fue
entonces liderada por Baldwin empezando en 1942, y con una especial
energía después de su retiro de la ACLU en enero de 1950. Sus creencias en
las libertades civiles en el ámbito internacional era algo redundante pero al
mismo tiempo único, en virtud del anticolonialismo de Barldwin. Luego de
algunas vacilaciones de juventud, Baldwin había visto desde hacía tiempo el
combate contra el comunismo como una prioridad. No obstante, de modo
inusual, su liga entendió la búsqueda de los derechos del hombre como un
compromiso con la descolonización. Sus modos de activismo, sin embar-
go, no pudieron subirle el perfil a la idea, como si sus actividades hubieran
nacido demasiado pronto. Restringida a un pequeño número de personas
antes de una era de nuevos movimientos sociales y sin éxito para formar unas
élites profesionalizadas para liderarla, la Liga Internacional no estableció un
modelo exitoso que pudiera ser seguido por otros y permaneció dedicada
al activismo basado en la ONU. Aunque, después de 1947, la Comisión de
Derechos Humanos de la ONU se inhabilitaba a sí misma decidiendo que
no podía considerar peticiones individuales, Baldwin y John Humphrey,
primer director de la División de los Derechos Humanos de la ONU, estaban
en contacto frecuentemente8.

8
El interés de Baldwin en las libertades civiles internacionales, aunque no convenció a la ACLU
para seguirlo desde entonces, data desde la década de los veinte y su entusiasmo por la inde-
pendencia de la India junto con la causa de los prisioneros políticos. Véase Robert C. Cottrell,
Roger Nash Baldwin and the American Civil Liberties Union (New York: Columbia University Press,
2000), cap. 13. Para la perspectiva de Baldwin, véase Baldwin, “Some Techniques for Human
Rights”, International Associations 8 (1958): 466-69. Véase Roger S. Clark, “The International
League of the Rights of Man”, manuscrito no publicado, y Clark, “The International League
for Human Rights and South West Africa 1947-1957: The Human Rights NGO as Catalyst in the
International Legal Process”, Human Rights Quarterly 3, n.° 4 (1981): 101-36. Para un evaluación
a mediados de la década de los setenta, poco tiempo después de su cambio de nombre, véase
Harry Scoble y Laurie Wiseberg, “The International League for Human Rights: The Strategy
of a Human Rights NGO”, Georgia Journal of International and Comparative Law 7, Supp. (1977):
289-314, 292-95, reimpreso en: “Human Rights as an International League”, Society 15, n.° 1
(noviembre/diciembre, 1977): 71-75.

Última utopía_03.indd 147 17/12/2015 17:03:03


148 La última utopía

Hacia finales de los sesenta, y especialmente después de la fundación de


Amnistía Internacional, era claro que la estrategia temprana de esas ONG
que hacían algunas referencias a los derechos humanos —e incluso de la
Liga Internacional— había producido muy pocos frutos. Ningún momen-
to cristalizó esta convicción de manera más clara que la Conferencia de
Teherán que marcaba el vigésimo aniversario de la Declaración Universal.
Aunque los documentos de la organización canonizaron los valores básicos
que debían ser perseguidos, incluso los líderes de las ONG se dieron cuenta
entonces del fracaso de la ONU como el principal foro para el activismo de
los derechos humanos. Luego de la desastrosa reunión de abril-mayo y sus
odas al anticolonialismo (y las denuncias de la ocupación de Israel), Seán
MacBride, el secretario general de una de estas agrupaciones, la Comisión
Internacional de Juristas, lamentó que el evento “dedicó gran parte de su
tiempo a la repetición emotiva de actitudes políticas contemporáneas”9.
En cumplimiento del Año de los Derechos Humanos, los grupos privados
intentaron nuevamente ganar audiencia, y el gobierno estadounidense
incluso creó una comisión presidencial liderada por Averell Harriman10. Los
resultados, sin embargo, fueron una desilusión dada la embarazosa “falta
de postura crítica” de Teherán. Moskowitz, también, informó que “ningún
evento” había sembrado una duda más severa sobre la capacidad del pro-
grama de los derechos humanos “para soportar el peso que supuestamente
debía cargar” como lo hizo Teherán, el cual “nunca estuvo siquiera cerca
de las expectativas sobre él, ni en su forma ni en su contenido”. Moskowitz
lamentaba el hecho de que el Acta Final de Teherán no evocaba
sentimiento alguno de misión, búsqueda o descubrimiento. Miramos en
vano a los procedimientos y decisiones hacia un lugar central para el gran
tema político y social que dispara la esperanza y el entusiasmo y arroja
unos augurios felices para el futuro […] La Conferencia de los Derechos
Humanos no generó una marea para que se dejaran de lado los obstáculos

9
No hubo mayor cubrimiento de Teherán. Véase Drew Middleton, “Israel Is Accused at Rights
Parley”, New York Times, abril 24, 1968. Seán MacBride, “The Promise of Human Rights Year”,
Journal of the International Commission of Jurists 9, n.° 1 (junio, 1968): ii. La CIJ había sido fun-
dada en 1952, y trabajó con la financiación de la CIA para promover el imperio del derecho.
Lentamente incorporó el marco de los derechos humanos. Véase Howard B. Tolley, Jr., The
International Commission of Jurists: Global Advocates for Human Rights (Philadelphia: University
of Pennsylvania Press, 1994).
10
Véase Ethel C. Phillips, You in Human Rights: A Community Action Guide for International Human
Rights Year, (New York: Unesco, 1968) y Stanley I. Stuber, Human Rights and Fundamental
Freedoms in Your Community (New York: National Board of Young Men’s Christian Associations,
1968), este último copatrocinado por la American Association for the United Nations. Para la
comisión, véase su informe/panfleto final, To Continue Action for Human Rights (Washington:
Government Printing Office, 1969). A un nivel más relacionado con el tema político John
Carey, The International Protection of Human Rights (New York: Oceana Publications, 1968).

Última utopía_03.indd 148 17/12/2015 17:03:03


Samuel Moyn 149

que existen en el camino hacia la realización de las preocupaciones inter-


nacionales sobre los derechos humanos.11

Pero fue en una sesión conjunta en septiembre de 1968 donde quizá


las lecciones más relevantes y reveladoras fueron aprendidas por las pro-
pias ONG a partir de la catástrofe que significó Teherán para la estrategia
de derechos humanos. Comparada con Teherán, la Conferencia de ONG,
celebrada en París en la Unesco, fue un asunto radicalmente diferente. En
su composición, las ONG convocaron casi exclusivamente a residentes
del primer mundo. La mayoría de ellos eran miembros de organizaciones
religiosas de distintas clases, aunque algunos de los principales exposito-
res —prominentemente el presidente de Zambia, Kenneth Kaunda— re-
presentaban una nueva sangre. Algunos de los padres fundadores de los
cuarenta también estuvieron allí. René Cassin, cuyo Premio Nobel de la Paz
fue anunciado algunas pocas semanas después, sostuvo que las ONG “mi-
litantes” debían proseguir con su lucha por reformar la ONU y en especial
con la idea de aprobar convenciones vinculantes de derechos humanos12.
En vista de lo ocurrido en Teherán, la insistencia de Charles Malik sobre el
trasfondo cristiano de los derechos humanos que fue tan importante en
los años cuarenta no tuvo sino una resonancia en su momento:
No hay nada de lo que se ha proclamado sobre los derechos humanos en
nuestra era, nada, por ejemplo, en nuestra Declaración Universal de los
Derechos Humanos, que no pueda rastrearse a la gran matriz religiosa
cristiana —resaltó—. Incluso quienes hoy en día llevan a cabo una fun-
damentación no religiosa y antirreligiosa de los derechos humanos con
evidente pasión y sinceridad […] deben su impulso, consciente o incons-
cientemente, a la inspiración original de esta tradición.13

En sus formas actuales, por contraste, el islam había virado de su po-


tencial contribución a los derechos humanos, con su “resaltable tradición
humana que debía ser revivida para nuestros tiempos independientemente
de lo efímero de la política”. En las secuelas de Teherán y en vista de las
convulsiones globales, Malik guardó su principal queja contra el activismo
juvenil, el cual no era útil para los derechos humanos porque se extraviaba
en una excesiva y adornada oposición a la sociedad existente, en lugar de
moderar sus críticas contra la injusticia a la luz de los logros sustanciales
de la civilización hasta ahora.


11
Morris B. Abram, “The UN and Human Rights”, Foreign Affairs 47, n.° 2 (enero, 1969): 363-74;
Moskowitz, International Concern, cap. 2, “Disappointment at Tehran”, 13, 23.
12
René Cassin, “Twenty Years of NGO Effort on Behalf of Human Rights”, en Conference of NGOs
in Consultative Status, Toward an NGO the Advancement of Human Rights (New York, 1968), 22.
13
Charles Malik, “An Ethical Perspective”, en Conference of NGOs in Consultative Status, Toward
an NGO, 99-100.

Última utopía_03.indd 149 17/12/2015 17:03:03


150 La última utopía

Desearía que alguien, preferiblemente un joven, se atreviera a pararse


frente a la juventud e inculcara en ella que hay muchas cosas que también
están bien y que es su deber amarlas —señaló Malik—. Las organizaciones
no gubernamentales no pueden darse el lujo de ver cómo la juventud cae
presa del nihilismo.14

Otros, sin embargo, reconocían que a diferencia de otras aspiraciones,


los derechos humanos habían fracasado en convertirse en un programa
convincente para la gente joven. Frederick Nolde, quien también había
estado presente en el momento de la creación, y sin poner en cuestión
las ya viejas actividades de las ONG como su propio grupo ecuménico
protestante, miró alrededor de la sala donde estaban reunidos y señaló
irónicamente: “uno tiene que estirar la imaginación y la memoria para
catalogar a la mayoría de los participantes como jóvenes. Esta situación
puede y debe ser cambiada”15.
El evento de París, para quienes pensaban por qué los derechos huma-
nos habían fallado hasta el momento, reflejaba sobre todo la inviabilidad de
la aproximación de ubicar a la ONU en el centro del activismo de derechos
humanos y su pobre desempeño en comparación con otras estrategias
para promover causas sociales y políticas que habían sacudido al mundo
occidental. Egerton Richardson, quien como embajador jamaiquino a las
Naciones Unidas había propuesto en 1963 tener un Año de los Derechos
Humanos, fue incluso más directo.
Teherán fue nuestro momento de verdad —exclamó— cuando nos enfren-
tamos cara a cara con la naturaleza de nuestra bestia (cuando vimos qué
significa estar promoviendo los derechos humanos trabajando principal-
mente a través de los gobiernos). Los vacíos de Teherán fueron muchos y
sus logros pocos; por ello ahora parece necesario confiar más en la gente
que en los gobiernos para la búsqueda, con algún entusiasmo, de la pro-
moción de los derechos humanos y la dignidad humana.16

14
Malik, “An Ethical Perspective”, 99-100.
15
O. Frederick Nolde, “The Work of the NGO’s: Problems and Opportunities”, en Conference
of NGOs in Consultative Status, Toward an NGO the Advancement of Human Rights, (New
York, 1968), 111. Igualmente, el filósofo suizo Jeanne Hersch, quien había coordinado la
publicación de Unesco, Birthright of Man (Paris: Unesco, 1969), lamentaba el hecho de que
“algunos pueblos, en especial los nuestros, están invadidos con una fiebre de destrucción, o
pregonando la destrucción para que la justicia emerja del vacío. Esta indignación está muy
de moda”. Hersch, “Man’s Estate and His Rights”, en Toward an NGO, 102. Cf. W. J. Ganshof
van der Meersch, “Droits de l’homme 1968”, Droits de l’homme 1, n.° 4 (1968): 483-90 y Gerd
Kaminski, “La jeunesse, facteur de la promotion et de la réalisation du respect universel des
droits de l’homme”, Droits de l’homme 4, n.° 1 (1971): 153-90.

16
Sir Egerton Richardson, “The Perspective of the Tehran Conference”, en Toward an NGO Strategy,
25; Germaine Cyfer-Diderich, “Report of the General Rapporteur”, en Toward an NGO Strategy, 1.

Última utopía_03.indd 150 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 151

Frente a otras utopías rivales que no apelaban a los derechos humanos,


estos tenían que encontrar un camino para competir.
En la construcción de una historia sobre el triunfo del concepto de los
derechos humanos, sería un error desechar completamente los procesos
de la ONU, que durante estos años la organización introdujo y obstaculi-
zó. Ella sufrió su propia evolución muy lentamente. Sin embargo, en un
importante estudio, el politólogo británico H. G. Nicholas podía seguir
siendo sarcástico a mediados de los setenta sobre los alcances prácticos
de los derechos:
Nada le ha hecho más daño a la Organización en general, y en especial a
la Unesco, que la búsqueda inútil de los derechos humanos. Ningún país
es inocente en este asunto, ni siquiera los Estados Unidos, quienes presio-
naron en San Francisco para que se adoptaran disposiciones de derechos
humanos en la Carta, ni el bloque soviético, que los explotó con una
indiferencia sorprendente respecto a los abusos que ellos mismos patro-
cinaban, ni los latinoamericanos, que encontraron en ellos una forma de
saciar sus apetitos retóricos, ni los anglosajones, que actuando en contra
de su tradición realista en materias liberales y humanitarias se unieron
al resto en una admiración colectiva del traje nuevo del emperador. Así,
una cobarde conspiración se desarrolló para pasar por alto la inherente
irracionalidad de una organización de Estados dedicada a proteger los de-
rechos humanos cuando, a lo largo de la historia, son los propios Estados
quienes han sido sus principales violadores.17

A pesar de la labor de pequeños grupos y de un reducido número de


burócratas en los cincuenta y sesenta, los derechos humanos explotaron
en la década de los setenta en una relación directa a la asombrosa margina-
lización de la ONU como el foro central para la discusión y como el único
guardián imaginativo de las normas. Respecto de esta pérdida de prestigio
de la ONU, el internacionalismo estadounidense de la Segunda Guerra, y
sus residuos de posguerra, no eran precedente para esta nueva situación18.
Fue Amnistía Internacional, por encima de todo, quien hizo esta movida
decididamente. Teherán ya había confirmado la necesidad de un nuevo
tipo de movilización de alguna especie, para lo cual AI iba a proveer cada
vez más el modelo.
De hecho, casi que en solitario, Amnistía Internacional inventó el ac-
tivismo de base y a través de él condujo la sensibilización pública respecto


17
H. G. Nicholas, The United Nations as a Political Institution (Oxford: Oxford University Press,
1975), 148-49.
18
Para un barómetro interesante del estado del internacionalismo estadounidense de vieja guar-
dia a mediados de los sesenta, véase Richard N. Gardner, Blueprint for Peace: Being the Proposals
of Prominent Americans to the White House Conference on International Cooperation (New York:
McGraw-Hill, 1966), 84-102 en lo que se refiere a los derechos humanos.

Última utopía_03.indd 151 17/12/2015 17:03:04


152 La última utopía

de los derechos humanos. Su contribución llegaría a tener el mayor punto


de visibilidad cuando recibió el Premio Nobel de la Paz en 1977, el año de la
irrupción de los derechos humanos, aunque su trabajo había iniciado años
antes. A diferencia de las ONG que vinieron antes y habían invocado los
derechos humanos ocasional o frecuentemente, AI se abrió a la participación
masiva a través del marco institucional de los capítulos locales, cada uno de
ellos actuando en apoyo de víctimas de persecución específicas y personali-
zadas. A diferencia de los grupos de derechos humanos anteriores, no tomó
a la ONU como el principal lugar para el activismo. Evadiendo el tema de la
reforma al tema de la gobernanza internacional, buscó una conexión pública
y directa con el sufrimiento, encendiendo velas en una muestra de solidari-
dad y escribiendo cartas a los gobiernos pidiendo clemencia y la liberación
de detenidos. Estas innovaciones prácticas dependían en el mismo grado
de una lectura brillante de la clase de idealismo en el mundo de posguerra
y en un entendimiento profundo de la importancia de gestos simbólicos.
No obstante, los orígenes de Amnistía Internacional en las respuestas
cristianas a la Guerra Fría no habían sido promisorios y su lenta transfor-
mación hacia una celebrada organización de derechos humanos vuelve
clara la necesidad de distinguir entre la creación, evolución y recepción de
dichos grupos. Gracias a su fundador, Peter Benenson, AI emergió a través
de una improvisación interesante y productiva a partir de los movimientos
de paz cristianos anteriores. Junto con el cuáquero Eric Baker, Benenson
trató de construir un nuevo desahogo para los idealistas desilusionados
por el estancamiento producto de la Guerra Fría, especialmente después
de que el socialismo había revelado ser un experimento fracasado. Luego
de la columna propagandística inaugural de Amnistía, “The Forgotten
Prisoners”, publicada en la edición de mayo 28 de 1961 en el Observer,
Benenson señaló que
el propósito subyacente a esta campaña —la cual espero que sea recordada
pero no hecha pública por quienes están conectados con ella— es encon-
trar una base común a partir de la cual los idealistas del mundo puedan
cooperar. Está diseñada en particular para absorber el entusiasmo latente
de un gran número de idealistas quienes, desde el eclipse del socialismo,
se han visto crecientemente frustrados; de modo semejante, está diseñada
para que sea atractiva a los jóvenes que buscan un ideal.

Sorprendentemente, en privado, Berenson iba tan lejos hasta concluir


que el desahogo que AI proveía a los idealistas hacía que los efectos en las
víctimas fuera menos importante: “Es más relevante usar energéticamente
el entusiasmo de los colaboradores […] Los verdaderos mártires prefieren

Última utopía_03.indd 152 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 153

sufrir, y, añadiría, los verdaderos santos no están peor en prisión que en


cualquier otro lugar de la tierra”19.
Así las cosas, lo que importa es sobre todo el entendimiento personal
que tiene el activista de sus acciones, y no simplemente la situación de
la víctima que atraía su mirada. La búsqueda de un nuevo espacio para el
idealismo presuponía el colapso del dominio que la Guerra Fría ejercía so-
bre la imaginación. Los orígenes de Amnistía Internacional contienen una
valiosa clave para entender la explosión tardía de los derechos humanos a
mediados de los años setenta, cuando tantos iban a buscar una utopía sus-
tituta. El contexto en el que se formó la empresa de Benenson pudo haber
estado en una constelación mucho más amplia de movimientos pacifistas
religiosos, como la Pax Christi entre los católicos (en el que Benenson, hijo
de padres judíos, también participó luego de su conversión en 1958), o el
Consejo Mundial de Iglesias para los protestantes ecuménicos. Es muy
importante que, a pesar de Frederick Nolde, ningún grupo había hecho
de los derechos humanos su idea central20. Por esta razón, el lazo entre las
causas propias de AI y los derechos humanos no era central ni necesario
en un principio; parece haberse debido no a Benenson sino a su colega
abogado, Peter Archer, quien sugirió aludir al concepto por primera vez
en la campaña a favor de los “presos de conciencia”21. Aunque ello fuera
incidental, la alusión, la cual se volvería crecientemente central en la
historia de la organización, dio a AI el rol de vanguardia en la historia del
activismo de derechos humanos.
El propio Benenson en un principio volvió fundamentales a los clérigos
católicos como Josef Beran y József Mindszenty en su artículo original del
Observer, pues su sufrimiento bajo el comunismo había definido el signifi-
cado de los derechos humanos internacionales de diciembre de 1948. Esto
era una conexión umbilical a la formación de la inmediata posguerra de
los derechos humanos. De modo similar, Benenson también insistió en
la preminencia de la libertad de cultos de la mano de la libertad de con-
ciencia; Amnistía Internacional, escribió en su famoso Persecution 1961,


19
Citado en Tom Buchanan, “‘The Truth Will Set You Free’: The Making of Amnesty
International”, Journal of Contemporary History 37, n.° 4 (2002): 591.
20
Sobre Pax Christi, véase François Mabille, Les catholiques et la paix au temps de la guerre froide
(Paris: Harmattan, 2004). Sobre el Congreso Mundial de Iglesias, véase Edward Duff, The Social
Thought of the World Council of Churches (London, Longmans, Green, 1956).

21
Archer, quien supuestamente iba a escribir un volumen sobre los derechos humanos para
acompañar el trabajo de Berenson sobre prisioneros, no lo entregó a tiempo. Cf. años después
Archer, “Action by Unofficial Organizations of Human Rights”, en The International Protection
of Human Rights, ed. Evan Luard (London: Thames and Hudson, 1967); y Archer, Human Rights,
Fabian Research Series, 274 (London, 1969). Pero fue gracias a su sugerencia que Benenson decidió
terminar la campaña el 10 de diciembre, en el aniversario de la aprobación de la Declaración
Universal.

Última utopía_03.indd 153 17/12/2015 17:03:04


154 La última utopía

iba a ser “un movimiento no político, no sectorial e internacional para


garantizar el libre intercambio de ideas y la práctica libre de la religión”.
Seán MacBride, también una de las figuras iniciales de AI, lideró su primera
misión a Checoslovaquia para investigar la detención de Beran22. Inmedia-
tamente Amnistía Internacional trascendió las causas pasadas, cortando
las conexiones obvias al marco institucional de la inmediata posguerra.
Comparando sus actividades con la agitación anterior y la contemporánea
alrededor de prisioneros políticos —una causa que tenía ya casi un siglo
y que había engendrado una liga de entreguerras, igualmente— AI proce-
dió de una manera “no -política”. Se traslapaba en sus orígenes culturales
con la Campaña para el Desarme Nuclear, pero AI se definió a sí misma
de una manera más clara en contra de la izquierda, incluso aunque se
concentrara primordialmente en víctimas de regímenes de derecha y de
las democracias liberales. En esta decisión, y en su famosa práctica tem-
prana de que los capítulos locales o “grupos de adopción” escogieran de
a tres prisioneros (cada uno seleccionaría uno del primero, del segundo y
del tercer mundo) radicaba su poderosa afirmación de estar por encima y
más allá de la política. Esta afirmación a la trascendencia era, de hecho, la
principal innovación de Benenson.
Cuando el profesor de la Universidad de Columbia, Ivan Morris, fundó
Amnistía Internacional Estados Unidos, unos años después, y el capítulo
de Riverside inició sus reuniones en la sala de la casa del filósofo de Colum-
bia Arthur Danto en el Upper West Side de Nueva York, el impulso siguió
siendo el mismo: “salvar el mundo, un individuo a la vez”23. Esta sería una
fórmula con tremendo poder: de cara a otras utopías ya manoseadas en el
campo político, una moralidad no partidista existía por fuera y por encima
de aquellas. Por un tiempo, y a pesar de la impresionante incursión de AI
en el Reino Unido, dicha aproximación tendría solamente un atractivo
restringido. Los eventos que llevaron y luego se alejaron de 1968, y sola-
mente ellos, harían crecientemente relevante el activismo que Amnistía
Internacional promovía —no solamente al redefinir el tipo de activida-
des de las ONG, sino también allanando el camino para el triunfo de los
derechos humanos como la utopía eficaz que nunca antes había sido—.
Lo que más importaba, en suma, era el espacio competitivo en el que
los derechos humanos tenían que derrotar a otros proyectos alrededor de
1968. Los derechos humanos solamente eran una de muchas ideologías

22
Peter Benenson, Persecution 1961 (Harmondsworth: Penguin Books Ltd, 1961), 152. Uno de los
primeros “padrinos” de Amnistía, Andrew Martin, había estado particularmente preocupado
con los clérigos del este europeo en los años 1940. Para la mejor visión general sobre las acti-
vidades de MacBride en temas de derechos humanos durante los años, véase MacBride (con
Éric Laurent), L’exigence de la liberté (Paris: Stock, 1980), 163-70.
23
Arthur Danto, comunicación personal.

Última utopía_03.indd 154 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 155

que habían prosperado, y de hecho lo hizo, luego de que la disputa por


modelos sociales propios de la Guerra Fría entrara en declive en los años
sesenta. La desintegración de las condiciones ideológicas que habían de-
jado de lado la propuesta de los derechos humanos en los años cuarenta
no significaba por sí sola que ahora todos apuntaran a los derechos como
un nuevo entusiasmo. Benenson y sus pocos seguidores tempranos eran
una pequeña minoría. Durante esa década, muchos apuntaban a diferentes
tipos de oposición a la Guerra Fría. De hecho, el inminente colapso de los
términos de la Guerra Fría, respecto de lo cual Benenson había tenido una
precoz intuición, en el corto plazo favorecieron otros esquemas. El estanca-
miento nuclear, por encima de todo, fue el que socavó las condiciones para
la estabilidad que los políticos de la Guerra Fría habían buscado asegurar
a través de la escalada nuclear junto con el temor y lealtades que ella ins-
piraba. El punto muerto de las dos visiones, cada una insistiendo en que
tenía que ganar a cualquier precio, también significó en Occidente, como
en el Este, que cada vez menos personas se involucraran en el conflicto,
haciendo que fuera más fácil quejarse mostrando decepción por lo que
ocurría adentro de sus fronteras y acusando de inmoralidad a los rivales24.
En los años sesenta, nuevas visiones de cambio social que buscaban
una salida a la contención de la Guerra Fría florecieron en varios lugares
del mundo. El movimiento de derechos humanos, Amnistía Internacional
incluida, era algo demasiado periférico a esta nueva sensibilidad. Mientras
que los derechos humanos deben sus orígenes a los “nuevos movimien-
tos sociales”, por un largo periodo de tiempo eran simplemente uno
entre muchos otros más prominentes. Así, fue tanto parte de la explosión
“contracultural”, entendida como conjunto de causas idealistas, como
beneficiario de su colapso. Por ello, el análisis debe concentrarse en por qué
los derechos humanos sobrevivieron y aumentaron su participación entre
utopías muy diferentes que se construían a partir de la masiva inyección
de energía a la movilización social. Los participantes de la conferencia de
ONG en París, en el verano después de que Mayo del 68 hubiera sacudido
la ciudad, simplemente estaban descubriendo lo obvio cuando concluye-
ron que el espíritu de la época estaba en poder de la juventud y que, hasta
el momento, otras ideologías diferentes a los derechos humanos estaban
ganando la partida.
En la medida en que otras causas fracasaron durante la década siguien-
te, los derechos humanos se convirtieron en un marco novedoso para una
serie de movimientos honestos. En el bloque comunista, el fenómeno de
la “disidencia” era fruto de un largo aunque lento desarrollo. Cualesquiera


24
Jeremi Suri, Power and Protest: Global Revolution and the Rise of Détente (Cambridge: Harvard
University Press, 2003).

Última utopía_03.indd 155 17/12/2015 17:03:04


156 La última utopía

que fueran sus raíces profundas, la disidencia emergió solo después de


la política de desestalinización de Nikita Khrushchev, marcada por su
espectacular discurso “secreto” de 1956 que motivó e inspiró un sinnú-
mero de críticas adicionales al régimen (“Puede decirse”, señaló en alguna
oportunidad el defensor de derechos humanos Valery Chalidze, “que el
movimiento comunista por los derechos humanos fue iniciado por Nikita
Khrushchev”25). Entre las oscuras redes o por intermedio de la literatura
samizdat —y en especial la famosa Chronicle of Current Events, publicada
inicialmente en la primavera de 1968— la información sobre amigos y pa-
rejas internadas en lejanos campos o instituciones psiquiátricas represivas
se fue acumulando. Los desgarradores testimonios de Anatoly Marchenko
y, más adelante, Vladimir Bukovsky fueron especialmente influyentes.
Lo que más se temía de estos informes en un principio, al menos para las
redes soviéticas domésticas, era un recrudecimiento del “estalinismo”
luego de unos años en que se había diluido. Sin embargo, marcó una épo-
ca el hecho de que estas minúsculas filtraciones de disenso soviético, las
cuales aumentaban entre escritores y científicos luego del juicio en 1966
contra Yuli Daniel y Andrei Siniavsky, fueran reformuladas como causas
de derechos humanos a través de la formación del Grupo de Acción para
la Defensa de los Derechos Humanos en 1969 (al año siguiente apareció
un Comité de Derechos Humanos incluso más significativo).
¿Cómo ocurrió esto? La estrategia de los derechos humanos se derivaba
en parte del principio de que los disidentes argumentaban en términos de
derecho socialista, resaltando el fracaso del régimen para someterse a las
propias reglas que había proferido. Esta estrategia “legalista” —creación
autóctona de Aleksander Esenin-Vopin— inició aludiendo a los derechos
domésticos que supuestamente estaban garantizados por la constitución,
no a los “derechos humanos” del sistema internacional. En efecto, los
orígenes de la disidencia son convencionalmente puestos en la manifesta-
ción en pro del glasnost del 5 de diciembre de 1965, programada para que
ocurriera en la festividad que celebraba la llamada Constitución de “Stalin”
de 1936 (en lugar de acordar que se llevara a cabo el Día Internacional de
los Derechos Humanos, cinco días más tarde). El Grupo de Acción de 1969
debía su nombre al término usado por la Constitución de “Stalin” para des-
cribir las organizaciones ciudadanas voluntarias para la construcción del
socialismo. El legalismo de Volpin distinguía los movimientos disidentes
incluso antes de que lo hiciera el concepto de derechos humanos26. Además

25
Valery Chalidze, To Defend these Rights: Human Rights in the Soviet Union (New York: W.W.
Norton, 1974), 51.
26
Sobre Volpin, véase el brillante texto de Benjamin Nathans, “The Dictatorship of Reason:
Aleksandr Volpin and the Idea of Rights under ‘Developed Socialism’”, Slavic Review 66, n.° 4
(invierno, 2007): 630-63.

Última utopía_03.indd 156 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 157

desde un principio, la disidencia se asemejaba al abandono de la política


de Benenson en Occidente, entendiblemente en virtud de la inviabilidad
de conseguir reformar el régimen soviético.
Confusamente, sin embargo, no hay una respuesta clara a por qué
los fundadores del Grupo de Acción escogieron, en 1969, referirse a los
derechos humanos en lugar de remitirse principalmente a protecciones
domésticas, tal como lo habían hecho los disidentes anteriores. El hecho
de que 1968 fuera el Año Internacional de los Derechos Humanos, y que
en la Unión Soviética hubiera propuestas para que se celebrara firmando
las convenciones de derechos humanos, pudo haber sido un catalizador.
Cuando el Chronicle of Current Events inició en abril 30 de 1968 (en lugar de
hacerlo el primero de mayo), hizo referencia a los abusos que el gobierno
soviético estaba cometiendo contra su propia población en este año que
pretendía ser una celebración de los derechos humanos27. Pero el hecho a
resaltar —particularmente si se tienen en cuenta las fuentes domésticas y
autóctonas de la estrategia disidente— es que fácilmente el movimiento
bien pudo no haber sido jamás de derechos humanos. Cuando el Grupo
de Acción se formó en mayo de 1969, luego del arresto del exgeneral Piotr
Grigorenko, y redactó su petición a las Naciones Unidas y no a los líderes
soviéticos, dicha movida resultó marcando sin querer el destino de la
historia mundial28.
No hay forma de aislar el ascenso de las protestas de derechos humanos
contra el régimen soviético de la más amplia transformación de las espe-
ranzas para la salvación y redención del socialismo. Desde un principio,
el minúsculo grupo de disidentes estaba profundamente dividido entre
ellos y concluyeron que el régimen había fracasado tan catastróficamente
por diferentes razones. El grupo incluía algunos herederos de los “viejos
bolcheviques” (los hermanos Roy y Zhorees Medvedev, entre los más nota-
bles) quienes creían que el régimen simplemente se había desviado y tenía
que retornar a sus principios fundamentales. Es notable la diferencia entre
las posiciones liberal secular y nacionalista religiosa de los dos disidentes
que se convirtieron de lejos en los más famosos alrededor del mundo, el
médico Andrei Sakharov y el escritor Aleksander Solzhenitsyn, pero su
distancia no impidió en un principio su cooperación. Esta naturaleza


27
Véase una traducción parcial en Peter Reddaway, ed., Uncensored Russia: Protest and Dissent in
the Soviet Union (New York: American Heritage Press, 1972), 53-54; cf. Mark Hopkins, Russia’s
Underground Press: The Chronicle of Current Events (New York: Praeger, 1983), 1, 26-27.
28
El texto de la petición está en Samizdat: Voices of the Soviet Opposition, ed. George Saunders, (New
York: Monad Press, 1974), Chalidze también empezó a investigar el derecho de las Naciones
Unidas como parte de su compromiso más amplio que tenía este momento de aprender sobre los
aspectos jurídicos. Joshua Rubenstein, Soviet Dissidents: Their Struggle for Human Rights (Boston:
Beacon Press, 1980), 128-29. Cf. Chalidze, The Soviet Human Rights Movement: A Memoir (New
York: American Jewish Committee, 1984).

Última utopía_03.indd 157 17/12/2015 17:03:04


158 La última utopía

coalicionista de la disidencia, que reaparecería en todo el bloque orien-


tal, permitió la coexistencia de diferentes elementos. De manera más
evidente, diversas formas de resistencia nacionalista podían encontrar
una identificación entre ellas de manera más fácil gracias al minimalismo
de los derechos humanos, en especial si se compara con la adhesión a un
comunismo revisionista que tenía muy poco para ofrecer29. Sin embargo,
cualesquiera que fuesen las fuentes para la unidad interna del movimiento,
las condiciones para su crecimiento en casa y la celebración fuera de ella
se encuentran con seguridad en el colapso del romance socialista después
de 1968: la disidencia de cualquier tipo solo hizo incursiones significativas
en el mundo comunista y se convirtió en algo visible para Occidente por
la implausibilidad de reformar el comunismo tal como se vio con claridad
luego de los eventos del verano de 1968.
Aun cuando Mayo del 68 en París simbolizaba el ascenso de una utopía
juvenil alrededor del mundo, la invasión soviética a Checoslovaquia en
verano de 1968 puso fin a la Primavera de Praga, la cual representaba un
tiempo de reforma del comunismo bajo el líder popular Alexander Dubïek.
Este acontecimiento aterrador estableció los parámetros para la búsqueda
de una utopía más allá del comunismo viciado de un régimen totalitario
que no admitía oposición alguna. Cuando los tanques soviéticos entraron
a Praga, los movimientos que alguna vez habían favorecido la “democra-
tización” fueron neutralizados silenciándolos y conduciéndolos a abrazar
una estrategia alternativa. El espectacular colapso de las esperanzas por
un “humanismo marxista” alrededor de la región dejó un nuevo espacio
ideológico para que la estrategia de derechos humanos de la disidencia
ahora fuera esencial en la Unión Soviética de principios de los setenta y en
muchos otros lugares en los años posteriores. Si la poderosa aproximación
legalista de Volpin se concretó poco tiempo antes, fue solamente después
de Praga que partes de la disidencia vinieron a verse a sí mismas como un
“movimiento de derechos humanos”, sobre todo en virtud de la fundación
de los grupos en Moscú. Llenando el espacio dejado libre por la implosión
de un comunismo reformista, la disidencia desempeñó sus actividades
dejando atrás las alternativas políticas en nombre de una crítica moral.
Aunque fue el dramaturgo y disidente checo Václav Havel quien
formuló de manera más prominente el asunto, el disenso soviético había
empezado ya en 1972 a oponerle la moralidad a una política que había
fracasado. Para un disidente, Anatoly Yakobson, el disenso no podía ofrecer
una “lucha política (para la cual, hay que decirlo, las condiciones nece-
sarias están ausentes)”. En cambio, explicó, solo puede adoptar la forma

29
Véase David Kowalewksi, “The Multinationalization of Soviet Dissent”, Nationalities Papers
11, n.° 2 (otoño, 1983): 207.

Última utopía_03.indd 158 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 159

de una “lucha moral […]. Uno debe empezar por formular que la verdad se
necesita por su propio bien y por ninguna otra razón”. Otro portavoz de
alto perfil, el médico Yuri Orlov, se refirió en 1973 al fundamento del mo-
vimiento como una “ética común a toda la humanidad”. Al año siguiente
Pavel Litinov explicó que lo importante era su carácter “no político”. En
realidad, por supuesto, el movimiento “era político en el sentido de que
amenazaba los fundamentos del poder soviético”30. Pero estaba basado
en una política que precisamente funcionaba gracias a su pretensión de
trascender la política —muy al estilo de lo que anteriormente planteaba
Benenson—.
La singular trayectoria de Sakharov ilustra vívidamente la centralidad
de 1968 y las notables contingencias de los años que siguieron. Sakharov
había iniciado sus acciones antes de ese día, tal como cuando asistió a una
pequeña manifestación del Día de la Constitución en 1966 para pedir la
democratización. Sin embargo, no se involucró con los juicios de disidentes
literatos. Su breve pero crucial amistad con Roy Medvedev, cuya historia
leninista sobre el estalinismo lo afectó poderosamente, era lo más impor-
tante en este punto, más que sus otros pocos contactos con disidentes. Un
acto lleno de coraje lo convirtió en una celebridad mundial de la noche a
la mañana. Sakharov, un científico nuclear que mantuvo acceso durante
mucho tiempo a los más altos rangos del gobierno soviético, redactó una
petición por la coexistencia y logró hacerla llegar al New York Times, donde
fue publicada el 22 de julio de 1968.
Su contexto original —incluso para el lector occidental— se inscribía
en la causa de la détente entre las potencias de la Guerra Fría. Sakharov
presentó un esperanzador modelo en el que el comunismo y el capitalis-
mo serían reformados, dejando atrás el bloqueo nuclear y quizá llegando
a un modelo de convergencia algún día. Dado el momento en el que fue
publicado, el significado del texto de Sakharov, titulado “Reflexiones so-
bre el progreso, la coexistencia y la paz”, fue imposible de interpretar sin
hacer referencia al experimento checoslovaco (el Times informaba directa-
mente sobre el asunto debajo de una fotografía de un convoy del Pacto de
Varsovia entrando al país). Por su posible contribución a la democratización


30
Yakobson, citado en Natalia Gorbanevskaya, Red Square at Noon (New York: Holt, Rinehart
and Winston, 1972), 284; Orlov y Litvinov, citado en Philip Boobbyer, Conscience, Dissent, and
Reform in Soviet Russia (New York: Routledge, 2005), 88, 75, 89. Más tarde, Litvinov reflexiona-
ba, “El movimiento de derechos humanos se ha concentrado por completo en la defensa del
individuo contra el comportamiento arbitrario del gobierno, no en cuestiones de estructura
social o estatal. Dedicándose a esta misión aparentemente simple y práctica, la revitalizada
intelectualidad está superando el vicio de la vieja intelectualidad de tener una ciega fe en los
esquemas utópicos”. Litvinov, “The Human-Rights Movement in the Soviet Union”, en David
Sidorsky, ed., Essays on Human Rights: Contemporary Issues and Jewish Perspectives (Philadelphia:
Jewish Publication Society, 1979), 124.

Última utopía_03.indd 159 17/12/2015 17:03:04


160 La última utopía

comunista, la Primavera de Praga fue un experimento que Sakharov apoyó


con entusiasmo.
En este punto, los derechos humanos como un lenguaje de los disidentes
aún no estaban en el horizonte de Sakharov. De manera notable, la Decla-
ración Universal merecía ser mencionada en su texto de 1968, pero gracias
a sus valores que rechazaban con la misma intensidad el imperialismo occi-
dental y la “contrarrevolución”: “La política internacional no busca explotar
las condiciones locales y específicas para ampliar las zonas de influencia y
crear dificultades para otro país”, escribió invocando el internacionalmente
protegido derecho a la autodeterminación colectiva, en lugar de aludir a los
derechos individuales de libertad de expresión y cultos.
El objetivo de la política internacional es asegurar el cumplimiento
universal de la Declaración de los Derechos del Hombre y prevenir la
agudización de las tensiones internacionales y el fortalecimiento de las
tendencias militaristas y nacionalistas. Un conjunto de principios de este
tipo no sería, en ningún caso, una traición a la lucha revolucionaria por la
liberación nacional, a la lucha contra la reacción y la contrarrevolución.31

No obstante, el colapso de la Primavera de Praga abrió el camino para


un cambio.
Solo pasaron dos años, sin embargo, antes de que Sakharov conociera
a Chalidze, quien le propuso unirse al Comité de Derechos Humanos, el
cual, después de 1970, se convirtió en el grupo disidente más importante.
Incluso entonces, Sakharov se mantuvo alejado. Cuando decidió unirse,
rápidamente dio a los derechos humanos una singular importancia, en
primer lugar en su “Memorando a Leonid Brezhnev” de 1970, en el cual
valientemente se aprovechó de su alto perfil para invocar los compromisos
jurídicos internacionales del régimen para criticarlo. La atención inicial
del comité se concentró en la psiquiatría soviética y luego, con mayor
controversia, en la libertad religiosa. Casi inmediatamente, Sakharov
enarboló la libertad de locomoción que demandaban algunos judíos y
también individuos de origen alemán. Fue después de este cambio que
Solzhenitsyn, preocupado de que Sakharov estaba atrapado por la causa
judía en lugar de la redención de Rusia, empezó a tratarlo como un simplón
que podía ser zarandeado por cualquier viento de consideración. Sakharov
le devolvió el favor señalando que a Solzhenitsyn le importaban menos

31
Cito acá la versión del libro rápidamente publicado Progress, Coexistence, and Intellectual Freedom
(New York: Norton, 1968), 42. Mientras Sakharov ciertamente defendía la libertad de pensa-
miento, e incluso se refirió al valor de la personalidad humana (n.° 48), es anacrónico pensar
que se basaba en un marco de derechos humanos para esta época. Cf. Joshua Rubenstein,
“Andrei Sakharov, the KGB, and the Legacy of Soviet Dissent”, en Rubenstein y Alexander
Gribanov, eds., The KGB File of Andrei Sakharov (New Haven: Yale University Press, 2005), 20.

Última utopía_03.indd 160 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 161

los derechos humanos como tales que su uso para otros fines asociados
con la restauración del régimen. En Occidente, sin embargo, la imagen
pública de Solzhenitsyn, como la de Sakharov, se consolidó alrededor de
la idea de que una moralidad internacionalmente definida era relevante
sobre todo cuando los esquemas revolucionarios fracasaban. Aplaudido
alrededor del mundo ya en los años sesenta, Solzhenitsyn, también, se
unió al movimiento de derechos humanos cuando este ya había iniciado
su curso sobre la base de su discurso “de contrabando” por medio del cual
aceptó el Premio Nobel en 1970, en el que señaló: “¡Es que ya no quedan
cuestiones internas sobre nuestro hacinado mundo!”32.
El hecho de que Sakharov pudiera llegar a ser conocido fuera de su
país como un ícono de los derechos humanos se debió esencialmente a la
destrucción del experimento checoslovaco y a la rápida evolución de su
carrera a principios de los años setenta. Incluso en un perfil de noviembre
de 1973 publicado en el New York Times Magazine, fue posible presentar
a Sakharov como un activista de los derechos civiles bajo el modelo del
movimiento estadounidense33. Pero en su trabajo con el Comité y para sí
mismo, Sakharov llevaba a cuestas el manto de los derechos humanos cada
vez más. Su discurso de aceptación del Premio Nobel, que su esposa Elena
Bonner leyó en su nombre en Estocolmo en diciembre de 1975, fue titulado
“Paz, progreso y derechos humanos”. En él se documentaba su aprendizaje
desde 1968, cuando paz y progreso habían implicado democratización y
convergencia. Ahora significaban algo nuevo34. Todo ello era impulsado
por un lento desvío de la esperanza por una versión más humana de la

32
Véase Sakharov, Memoirs, 319, donde recordó: “sabía muy poco de la historia del movimiento;
no estaba cómodo con el enfoque legalista [de Chalidze]”, y también dirigió su atención a la
eliminación a largo plazo de la religión, algo que había ignorado durante el juicio de Anatoly
Krasnov-Levitin; cf. Sakharov, Sakharov Speaks, 160-63 (New York: A.A. Knopf, 1974), donde se
reimprime su carta a Brezhnev. Aleksandr Solzhenitsyn, The Nobel Lecture on Literature, trad.
F. D. Reeve (New York: Harper and Row, 1972), 30.
33
En la era en la que el anticolonialismo había definido de otro modo la idea, en la década de los
sesenta, algunos estadounidenses se referían a los derechos civiles nacionales como “derechos
humanos”, sin entender, como Malcolm X, que este nexo implicaba la internacionalización
de los derechos civiles. Por ejemplo, la oficina para los derechos civiles del estado de Nueva
York, fundada con el propósito de combatir la discriminación en material de vivienda y em-
pleo, se rebautizó con el nombre de División de Derechos Humanos, en 1968 y los estudiantes
de derecho de la Universidad de Columbia fundaron Columbia Survey of Human Rights (fue
rebautizada como Columbia Human Rights Law Review tres años más tarde). En estos desarro-
llos, la completa ausencia a referencias fuera del ámbito nacional, y la percepción de que no
era necesario hacer dichas referencias, dan testimonio del pequeño impacto que los derechos
humanos internacionales tenían en la escena estadounidense hasta ese momento. He decidido
no mencionar la agencia estatal de Nueva York en el apéndice del libro.

34
Hedrick Smith, “The Intolerable Andrei Sakharov”, New York Times Magazine, noviembre 4,
1973, en donde la única alusión a los derechos humanos es la afirmación (equivocada) de que
el primer acto de disenso de Sakharov en 1966 fue en el Día Internacional de los Derechos
Humanos, cuando en realidad fue en el aniversario de la Constitución de Stalin. Sakharov,

Última utopía_03.indd 161 17/12/2015 17:03:04


162 La última utopía

détente a una menos transformadora pero al menos impoluta forma de


compromiso personal. Sakharov expresó brillantemente este desvío de la
política a la moralidad:
Estoy convencido de que bajo las condiciones que se presentan en nuestro
país, una postura basada en la moralidad y el derecho es la más correcta si
se tienen en cuenta los requerimientos y las posibilidades presentes en la
sociedad. Lo que necesitamos es una defensa sistemática de los ideales y
los derechos humanos y no una disputa política, la cual inevitablemente
incitará a la gente a la violencia, al sectarismo y al delirio. Estoy convencido
de que solamente de esta manera, siempre que haya la más amplia divul-
gación pública posible, Occidente será capaz de reconocer la naturaleza
de la sociedad; y entonces esta lucha se volverá parte de un movimiento
a escala mundial para la salvación del género humano. Esto constituye
una respuesta parcial a la pregunta de por qué he girado (naturalmente)
de problemas mundiales a la defensa de personas individuales.35

Para Sakharov, también, los derechos humanos nacieron de un cambio,


cuando una utopía política fallida le dio paso a la moralidad por sí sola.
En un principio, el primer “movimiento de derechos humanos” que
se vio a sí mismo como tal en la historia mundial tenía poca resonancia
internacional. La irrupción de la disidencia alrededor de los derechos hu-
manos siguió siendo el terreno de grupos pequeños y dispersos: algunos
observadores de los asuntos soviéticos que trabajaban en Radio Libertad
de Munich, los participantes británicos de Amnistía Internacional quienes
compilaban versiones en inglés del Chronicle of Current Events o el Comité
Pour la Defense des Droits de l´Homme en URSS con base en Bruselas36.
En Nueva York, un mes después del artículo de Hedrick Smith, la Liga
Internacional de los Derechos Humanos dio su premio anual a Sakharov.
Junto con el nuevo Instituto Jacob Blaustein de la AJC, hicieron unas pri-
meras traducciones de los textos de los disidentes, mientras que el abogado

“Peace, Progress and Human Rights”, en Alarm and Hope, ed. Efrem Yankelevich y Alfred Friendly,
Jr (New York: A. A. Knopf, 1978).
35
Sakharov, “How I Came to Dissent”, trad. Guy Daniels, New York Review of Books, marzo 21,
1974.
36
Radio Liberty, Register of Samizdat (Munich, 1971). Véase también Felix Corley, “Obituary: Peter
Dornan”, The Independent, noviembre 17, 1999. Para el Comité, un descendiente de la más
antigua Union Internationale de la Résistance et de la Déportation, véase su boletín, Droits de
l’homme in U.R.S.S, la cual funcionó entre 1972 y 1976, y el reporte de su fascinante simposio
Human Rights in the U.S.S.R.: Proceedings and Papers of the International Symposium on the 50th
Anniversary of the U.S.S.R. (Bruselas: International Committee for the Defense of Human
Rights in the USSR, 1972), llevado a cabo en diciembre de 1972 con la participación de Cassin,
Reddaway y otros. Para otras publicaciones representativas de AI, véase Christopher R. Hill,
Rights and Wrongs: Some Essays on Human Rights (London: Penguin Books, 1969), en donde se
incluye la contribución de Peter Reddaway sobre el disenso soviético o Prisoners of Conscience
in the USSR: Their Treatment and Conditions (London: Amnesty International, 1975).

Última utopía_03.indd 162 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 163

Edward Kline se convirtió en una fuente unipersonal de intercambio de in-


formación sobre la materia37. El valor de la libertad de opinión en el bloque
oriental y en otros lugares del mundo llevó a otras iniciativas como la de
Writers and Scholars International, la cual inició la publicación de su Índice
sobre censura en 1972. En su calidad de editor, Michael Scammell señaló en
su primer editorial que la causa de la libertad de expresión estaba más allá
de las disputas políticas: “Lo que todas las ideologías tienen en común, […]
en mayor o menor grado, es la intolerancia al disenso o a la oposición”.
Pero incluso cuando el comunismo revisionista empezaba a morir en el
Este y solo unos pocos en otros lugares se daban cuenta del nuevo disenso
que allí surgía, el marxismo experimentó un pico en sus simpatizantes en
Occidente en los cinco años posteriores a 1968, mientras que no ocurrió
lo mismo con los derechos humanos (tal como lo notaba Sakharov, el
Pequeño Libro Rojo de Mao circulaba más ampliamente alrededor del mundo
que su ensayo sobre paz y coexistencia)38. Sin embargo, tan pronto como
el movimiento de derechos humanos soviético se formó, ocurrieron otros
eventos inconexos entre sí, los cuales impulsaron una suerte de sinergia
accidental que era evidente en la era de los derechos humanos.
Si el socialismo con un rostro humano murió en Europa en 1968, en
otros lugares recibió su golpe de gracia con el asesinato del presidente
chileno Salvador Allende, en septiembre de 1973. “Los derechos huma-
nos entraron en mi vocabulario el 11 de septiembre de 1973”, tal como
lo señalaba un activista chileno refiriéndose al día del golpe. Habiendo
ocurrido poco después de la toma del poder por parte de los militares en
Uruguay, los espectaculares acontecimientos ocurridos en Chile —junto
con el régimen de la Junta Militar Argentina y su guerra sucia después de
1976— provocaron que los derechos humanos se cristalizaran como un
marco institucional y discursivo. Pero, ¿por qué los derechos humanos y
no algo distinto? Y, ¿de dónde entraron al vocabulario los derechos hu-
manos si no habían estado antes allí? Había habido episodios similares de
represión, incluyendo algunos que hicieron un uso amplio de la violencia,
como en el Paraguay de Alfredo Stroessner después de 1954 y en Brasil luego
del golpe militar de 1964. Además, el gobierno estadounidense había dado
su aceptación tácita y el apoyo financiero anteriormente, como lo hizo


37
Kathleen Teltsch, “Human Rights Association Says Soviet Group Becomes Affiliate”, New York
Times, junio 30, 1971. Véase, por ejemplo, V. N. Chalidze, “Important Aspects of Human Rights
in the Soviet Union”, (una trad. Social Problems) (AJC pamphlet, 1972).
38
Michael Scammell, “Notebook”, Index of Censorship 1, (primavera 1972): 7; Sakharov, Memoirs,
288. Writers and Scholars International nació luego de que Stephen Spender publicara “With
Concern for Those Not Free”, Times Literary Supplement, octubre 1971, reimpreso en Index
of Censorship 1, (primavera 1972): 11-16; y en W. L. Webb y Rose Bell, An Embarrassment of
Tyrannies: Twenty-Five Years of the Index of Censorship, (Nueva York: George Braziller, 1998).

Última utopía_03.indd 163 17/12/2015 17:03:04


164 La última utopía

de manera tan notoria en el caso de Augusto Pinochet antes y después del


golpe en su país39.
Es cierto que el efecto dominó de las dictaduras en América Latina en
este momento parecía asombroso, especialmente en el Cono Sur (visto
anteriormente como una zona más estable). Pero incluso mientras una
alianza internacional de derecha se formaba en 1975 para destruir a la
izquierda revolucionaria, la infame Operación Cóndor, los crímenes en el
mundo por sí solos no derivaban en un interés por los derechos humanos.
Su nuevo atractivo dependía acá, también, del poco éxito de las visiones
más maximalistas sobre la transformación política y la apertura del camino
a las críticas morales en momentos de cierre político. Los golpes anteriores
no solamente habían fracasado al no producir el colapso de visiones maxi-
malistas, sino que por el contrario las habían llenado de nueva energía a
tal punto que los regímenes del terror fueron importantes tanto por su
impacto sobre las esperanzas de la izquierda como en sus sorprendentes
coincidencias. Mientras que Praga en 1968 mostró que ningún socialismo
revisionista sería tolerado en la esfera soviética, Santiago en 1973 trajo
al hemisferio occidental la idea de que ningún socialismo revisionista
sería tolerado en la esfera estadounidense. Tal como en la escalada de la
disidencia soviética, la mejor explicación para el auge de los derechos
humanos en América Latina es que muchos en la izquierda aprendieron
la lección —en un principio de manera estratégica— de que debía ocurrir
una alteración en las esperanzas efectivamente realizables. Ello es cierto
a pesar de que América Latina probó ser más hospitalaria a la persistencia
del utopismo revolucionario y guerrillero, incluso mientras los derechos
humanos echaban sus raíces en la región. Aunque los derechos humanos
probaron ser más duraderos, la utopía permanecería “armada” en la región
hasta finales de la Guerra Fría, e incluso tiempo después40.
El giro hacia los derechos humanos como un marco de respuesta no
ocurrió rápida sino lentamente, tal como lo muestra el caso de Uruguay,
que ha sido el que mejor se ha estudiado. Inicialmente, la izquierda que
operaba en el exilio dentro del territorio argentino antes del golpe de 1976
buscó salidas ideológicas afines para denunciar el control del régimen por
parte del represivo aparato militar. En estos años, la campaña internacional

39
Citado en Kathryn Sikkink, “The Emergence, Evolution, and Effectiveness of the Latin Ameri-
can Human Rights Network”, en Elizabeth Jelin and Eric Hershberg, ed., Constructing Democracy:
Human Rights, Citizenship, and Society in Latin America (Boulder: Westvier Press, 1996), 63. Véase
por ejemplo, David F. Schmitz, Thank God They’re on Our Side: The United States and Right-Wing
Dictatorships, 1921-1965 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999).
40
Como parte de la abundante literatura, véase J. Patrice McSherry, Predatory States: Operation
Condor and Covert War in Latin America (Lanham: Rowman and Littlefield Publishers, 2005)
y Jorge G. Castañeda, Utopia Unarmed: The Latin American Left after the Cold War (New York:
Knopf, 1993).

Última utopía_03.indd 164 17/12/2015 17:03:04


Samuel Moyn 165

liderada por los soviéticos en contra de lo que denominaba la contrarrevo-


lución burguesa, concentrada en la detención de líder comunista chileno
Luis Corvalán, pero que apuntaba a las dictaduras militares en el resto
del mundo, fue uno de los espacios de denuncia. Junto con los brasileños
y los chilenos, Zelmar Michelini, un importante militante de izquierda
uruguayo, viajó a Roma, donde el viejo tribunal izquierdista de Bertrand
Russell —establecido para cuestionar la conducta estadounidense en
Vietnam a finales de los sesenta— había renacido para juzgar los nuevos
crímenes que se presentaban en el Cono Sur41. Estas versiones de interna-
cionalismo estaban a un mundo de distancia del movimiento de derechos
humanos que pronto se formaría. De hecho, en un primer momento, los
uruguayos que criticaban las detenciones políticas del régimen se rehusa-
ron a hacer “lamentos humanitarios” o adoptar “actividades puramente
informativas” pero insistieron en que
los prisioneros serían liberados el día en que la lucha revolucionaria […]
obligue a la burguesía y a su aparato armado a hacerlo, o cuando después
eliminarlos a ellos y a su sistema de explotación abran las puertas de las
prisiones.42

Sin embargo, muy pronto esas figuras estaban haciendo alianzas con
Amnistía Internacional, la cual empezó en estos mismos años a organizar
investigaciones y a publicitar torturas en países latinoamericanos específicos.
Estas investigaciones contribuyeron a los cuestionamientos del Congreso
estadounidense respecto de la participación de ese país en los gobiernos
dictatoriales de derecha. En cuanto a estos esfuerzos, los actores locales
sabían que el éxito de sus denuncias dependía de que mantuvieran se-
parados sus reclamos radicales por el cambio social de su activismo de
derechos humanos. […] Reconociendo que el espacio para el activismo
radical se estaba cerrando en la región en medio de una ola de represión
sin precedentes, buscaron nuevas formas de perseverar en su acción po-
lítica. Prácticamente sin capacidad alguna para desempeñar su actividad
en el espacio doméstico, buscaron interlocutores que pudiesen presionar
al gobierno uruguayo para que cesara la represión contra sus compañeros
activistas de izquierda.43


41
John Duffett, ed., Against the Crime of Silence: Proceedings of the Russell International War Crimes
Tribunal (New York: Simon and Schuster, 1970), William Jerman, ed., Repression in Latin America:
Report on the First Session of the Second Russell Tribunal (Nottingham: Bertrand Russell Peace
Foundation for Spokesman Books, 1975); cf. Arthur Jay y Judith Apter Klinghoffer, International
Citizens’ Tribunals: Mobilizing Public Opinion to Advance Human Rights (New York: Palgrave,
2002).
42
Citado en Vania Markarian, Left in Transformation: Uruguayan Exiles and the Latin American
Human Rights Networks, 1967-1984 (New York: Routledge, 2005), 99.
43
Markarian, Left in Transformation, 141.

Última utopía_03.indd 165 17/12/2015 17:03:04


166 La última utopía

A medida que pasó el tiempo, lo que en un principio era una estrategia


se convirtió en una filosofía con “muchos moviéndose de un extremo en
donde abrazaban la visión socialista de los derechos donde solo serían
alcanzados en un horizonte de revolución socioeconómica, hacia la acep-
tación del concepto de derechos universales”44. Como había ocurrid