S a m u e l M oy n
340 páginas ; 24 cm
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN: 978-958-716-901-0
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inp. Diciembre 11 / 2015
Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito
de la Pontificia Universidad Javeriana.
P r e s e n ta c i ó n 7
Prólogo 11
Naciendo muertos 57
El derecho internacional
y los derechos humanos 203
B i bl i o g r a f í a 263
Apéndices 315
Agradecimientos 335
1
Jorge González, Estados de excepción y democracia liberal en América Latina (Bogotá: Editorial
Pontificia Universidad Javeriana, 2015).
2
Una síntesis reciente que muestra lo polémico del campo de Moyn y de su tesis sobre el surgi-
miento del movimiento en 1977 puede verse en Bill Bowring, “Why We Should Worry about the
Theoretical Foundations of Human Rights Law and Practice”, Critical Legal Thinking. Law and
the Political, febrero 11, 2015, http://criticallegalthinking.com/2015/02/11/worry-theoretical-
foundations-human-rights-law-practice/.
3
En este contexto, este es un uso de la historia o del pasado similar a lo planteado por Michel
Foucault en Nietzsche, la genealogía y la historia (Valencia: Pre-textos, 1997).
4
Respecto a aspectos políticos de esta práctica puede verse P. G. Monateri, “Gayo el Negro: una
búsqueda de los orígenes multiculturales de la ‘tradición jurídica occidental’”, en La Invención del
para entender donde se desarrollan las ideas, pero el enfoque acá se hace
en las reglas de un discurso que la comunidad determina como válidas en
un momento determinado5. Es en este contexto que la pregunta es rele-
vante para el gremio de los abogados internacionalistas (y quizá algunos
constitucionalistas), pues muestra lo contingentes que son algunas formas
de pensar sobre el derecho internacional y los derechos humanos y cómo
la disciplina presenta cambios no solamente con respecto a las fuentes
formales, sino en las maneras de pensar su estructura, su rol, sus fines y
sus relaciones con otras áreas. El texto presenta una interesante forma
para mostrar los debates políticos entre los abogados por determinar los
contenidos válidos de un campo.
Por último, quisiera plantearle al lector, a quien imagino en zonas peri-
féricas o semiperiféricas en materia de producción teórica y dogmática jurí-
dica —América Latina o España—, que cuestione el rol que se ha planteado
para estas zonas del mundo en la construcción del derecho occidental. La
visión clásica las veía como apéndices de las culturas o familias jurídicas
prestigiosas6; algunas visiones reivindicativas del derecho comparado
muestran que los países receptores de la periferia o la semiperiferia no son
apéndices pasivos, sino receptores activos que transforman el significado
inicial de la disposición normativa, institución o teoría transferida7. Pero
la visión que podemos intuir del texto de Moyn es que las construcciones
que se producen en “la periferia” no son solamente impulsadas por el
trasplante, sino por la manera como los actores de ella misma tratan de
impactar el discurso global. No se trata de adaptación de lo que viene del
centro: se trata de juristas yendo a un espacio de debate global disputando
el significado de los términos. Pueden verse al menos dos ejemplos en el
caso de Moyn: la estructuración del debate sobre el derecho a la autode-
terminación de los pueblos y la intervención de africanos y asiáticos, y la
revuelta de los derechos humanos en la que los latinoamericanos influ-
yeron en la activación de un discurso con nuevas categorías y en la puesta
en marcha de un sistema institucional hasta entonces dormido8. Así es
que en esta visión existe una discusión sobre la forma como se construye
Derecho Privado, ed. Carlos Morales et. al. (Bogotá: Siglo del Hombre, Instituto Pensar, Universidad
de los Andes, 2006), 95.
5
Es la idea de Michel Foucault, The Archaeology of Knowledge (New York: Vintage Books, 2011).
6
El ejemplo clásico de esto es René David, Los grandes sistemas jurídicos contemporáneos (Madrid:
Aguilar, 1968).
7
Se trata de la visión brillantemente difundida por Diego López Medina, Teoría impura del derecho.
La transformación de la cultura jurídica latinoamericana (Bogotá: Legis, 2004).
8
Contrástese este argumento con la reconstitución histórica sobre el juicio a las juntas militares
en Argentina el cual ocasionó un efecto de cascada en lo que se refiere a investigaciones judiciales
y juicios por violaciones a derechos humanos. Véase Kathryn Sikkink, The Justice Cascade. How
Human Rights Prosecutions are Changing World Politics (New York: W.W. Norton, 2011).
Véase onu, Documento A/Conf.32/SR.1–13 (1968). Compárese con Roland Burke, “From
1
3
Phillip Roth, Pastoral americana (Barcelona: Random House Mondadori, 2010), 115. [N. del T.:
los libros citados por el autor en la edición original están escritos en inglés. He remplazado las
referencias originales por las ediciones en castellano en los casos en los que ello es posible]
“Cada escritor crea a sus precursores”, escribe Jorge Luis Borges en una
extraordinaria reflexión sobre la relación de Franz Kafka con la historia de
la literatura. “Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha
de modificar el futuro”1. Desde el filósofo griego Zenón, a través de fuentes
oscuras y famosas a lo largo de los siglos, Borges presenta una colección
de los diversos dispositivos estilísticos de Kafka e incluso algunos de sus
aparentemente exclusivas obsesiones personales —todas existentes antes
de que Kafka naciera—. Borges explica: “Si no me equivoco, las heterogé-
neas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no
todas se parecen entre sí”. ¿Cómo, entonces, pueden interpretarse estos
textos tempranos? Los viejos escritores estaban tratando de no ser Kafka
sino ellos mismos. Y las “fuentes” no eran suficientes por sí mismas para
que Kafka existiera: nadie los hubiera considerado como precursores de
Kafka si este último no hubiera existido. El punto de Borges sobre “Kafka
y sus precursores”, entonces, es que no existen estos últimos. Si el pasado
se lee como una preparación para un sorprendente evento reciente ambos
terminan distorsionados. El pasado es tratado como si fuera simplemente
el futuro a la espera de realizarse. Así, el sorprendente evento reciente es
tratado como si fuera menos sorpresivo de lo que realmente es.
1
Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones (Buenos Aires: Emecé, 1966), 147-48.
2
Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (Bogotá: Taurus, 1978).
3
Cf. Lynn Hunt, Inventing Human Rights: A History (New York: W.W. Norton & Company, 2007).
4
Jeanne Hersch, ed., Birthright of Man, (Paris: Unesco, 1969), una expansiva publicación de la
Unesco para conmemorar el vigésimo aniversario de la Declaración Universal, sugiriendo la
universalidad temporal y espacial de los derechos humanos.
5
Véase, por ejemplo, Pierre Lévêque, Bêtes, dieux, et hommes: l’imaginaire des premières religions
(Paris: Messidor/Temps Actuels, 1985), y Richard Bulliet, Hunters, Herders, and Hamburgers: The
Past and Future of Human-Animal Relationships (New York: Columbia University Press, 2005),
caps. 2-3.
6
Véase Elaine Pagels, “Human Rights: Legitimizing a Recent Concept”, en Annals of the American
Academy of Political and Social Sciences 442 (marzo, 1979): 57-62, también disponible como
“The Roots and Origins of Human Rights”, en Alice H. Henkin, ed., Human Dignity: The
Internationalization of Human Rights, (New York: Aspen Institute for Humanistic Studies/Oceana
Publications/Sijthoff & Noordhoff, 1978).
7
“En la historia han existido”, concluye Sheldon Pollock en su estudio comparado de universalismos
rivales de las zonas lingüísticas del sánscrito y latín, “no solamente uno sino varios cosmopolitis-
mos”. Sheldon Pollock, The Languages of the Gods in the World of Men: Sanskrit, Culture, and Power
in Premodern India (Berkeley: University of California Press, 2006), 280. Véase igualmente Carol A.
Breckinridge et al., eds., Cosmopolitanism (Raleigh: Duke University Press, 2002), 15-54.
8
La versión clásica de este argumento la brinda Ernst Troeltsch, “Das stoisch-christliche
Naturrecht und das moderne profane Naturrecht”, Verhandlungen des ersten deutschen
Soziologentages vom 19.-22. Oktober 1910 in Frankfurt a.-M. (Tübingen: J. C. B. Mohr/Paul
Siebeck, 1911), publicada en inglés como “Stoic-Christian Natural Law and Modern Profane
Natural Law”, en Christopher Adair-Toteff, ed., Sociological Beginnings: The First Conference of
the German Society for Sociology, (Liverpool: Liverpool University Press, 2006).
9
Cf. Richard Reitzenstein, Werden und Wesen der Humanität im Altertum: Rede zur Feier des
Geburtstages Sr. Majestät des Kaisers am 26. Januar 1907 (Strassburg: Kaiser Wilhelms-universität,
1907).
10
Hannah Arendt, Sobre la revolución (Madrid: Alianza, 2006), 142. Cf. James Q. Whitman, “Western
Legal Imperialism: Thinking about the Deep Historical Roots”, Theoretical Inquiries in Law 10,
2 (julio, 2009): 313. La propia crítica de Whitman al supuesto origen romano de las fuentes
teóricas y legales aplica igualmente a su tesis de los orígenes cristianos en la medida en que el
imperialismo jurídico es solamente una faceta de los derechos humanos contemporáneos.
11
Cf. J. H. Elliot, “The Discovery of America and the Discovery of Man”, Proceedings of the British
Academy n.° 48 (1972): 101-25, y John M. Headley, The Europeanization of the World: On the
Origins of Human Rights and Democracy (Princeton: Princeton University Press, 2008).
12
En este punto hay una historia compleja; véase, por ejemplo, Robert von Keller, Freiheitsgarantien
für Person und Eigentum im Mittelalter: eine Studie zur Vorgeschichte moderner Verfassungsgrundrechte
(Heidelberg: C. Winter, 1933), y Kenneth Pennington, The Prince and the Law, 1200-1600:
Sovereignty and Rights in the Western Legal Tradition (Berkeley: University of California Press, 1993).
13
Véase Gilles Couvreur, Les pauvres ont-ils des droits? Recherches sur le vol en cas d’extrême nécessité
depuis la Concordia de Gratien (1140) jusqu’à Guillaume d’Auxerre (1231) (Rome: Presses de
l’Université Grégorienne, 1961).
14
Véase Richard Tuck, “Scepticism and Toleration in the Seventeenth Century”, en Susan
Mendus, ed., Justifying Toleration: Conceptual and Historical Perspectives (1987) 21-35, y Jeffrey
R. Collins, “Redeeming the Enlightenment: New Histories of Religious Toleration”, Journal
of Modern History 81, n.° 3 (septiembre, 2009): 607-36. Véase igualmente Patrick Collinson,
“Religion and Human Rights: The Case of and for Protestantism”, en Olwen Hufton, ed.,
Historical Change and Human Rights (New York: Basic Books, 1995), 210, y John Witte, Jr., The
Reformation of Rights: Law, Religion, and Human Rights in Early Modern Calvinism (2007).
15
Cf. Gerald Stourzh, “Liberal Democracy as a Culture of Rights: England, the United States,
and Continental Europe”, en From Vienna to Chicago and Back: Essays on Intellectual History
and Political Thought in Europe and America (Chicago: University of Chicago Press, 2007), 308,
el cual trata de forma muy ligera la distinción entre derechos naturales e ingleses.
16
El texto original de Burke habla de “rights of men”, cuya traducción precisa sería “derechos
del hombre”. Sin embargo el texto del libro traducido al castellano por Alianza usado en esta
traducción habla de “derechos humanos”, lo cual es impreciso a la luz del argumento del autor.
El texto en inglés se encuentra en Edmund Burke, Reflections on the Revolution in France, J. G. A.
Pocock, ed. (Indianapolis, 1987), 51. [N. del T.]
17
Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia (Madrid: Alianza, 2003), 102-103.
18
Cf. David Brion Davis, The Problem of Slavery in Western Culture (Ithaca: Cornell University
Press, 1966). Una historiadora, Lynn Hunt, recientemente ha sostenido que el sentimiento
de hermandad del humanitarismo secular fue la fuerza más importante en los orígenes tanto
del universalismo como de los “derechos del hombre” de las revoluciones de la temprana
Case of Stoicism and Natural Law”, ambos en Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II.36.7
(1994), 4812-4900. El significado del término ius en el derecho romano y su diferencia de la
noción de una demanda “subjetiva” en sistemas jurídicos posteriores es algo disputado, nota-
blemente, por Michel Villey. Véase Villey, “L’idée du droit subjectif et les systèmes juridiques
romains”, Revue historique de droit français et étranger 4, n.° 23 (1946): 201-27.
21
Jane Burbank y Frederick Cooper, “Empire, droits, et citoyenneté, de 212 à 1946”, Annales
E. S. C. 63, n.° 3 (mayo, 2008), 495-531.
22
Véase en especial Richard Tuck, The Rights of War and Peace: Political Thought and the International
Order from Grotius to Kant (Oxford: Oxford University Press, 1999).
23
Thomas Hobbes, Leviatán (México: fce, 1980), 106.
24
“No puede ser una coincidencia”, escribe Tuck, “que la idea moderna de los derechos naturales
surgió en el periodo en el que las naciones europeas estaban envueltas en una competencia
dramática por la dominación mundial”. Véase Tuck, The Rights of War and Peace, 14. Véase
igualmente Anthony Pagden, “Human Rights, Natural Rights and Europe’s Imperial Legacy”,
Political Theory 31, n.° 2 (2003): 171-99, y Duncan Ivison, “The Nature of Rights and the History
of Empire”, en David Armitage, ed., British Political Thought in History, Literature, and Theory
(2006), 191-212.
25
Cf. Knud Haakonssen, “Protestant Natural Law Theory, A General Interpretation”, en Natalie
Brender y Larry Krasnoff, eds., New Essays on the History of Autonomy: A Collection Honoring J. B.
Schneewind (Cambridge: Cambridge University Press, 2004), 95.
26
Véase Morton White, The Philosophy of the American Revolution (New York: Oxford University
Press, 1978), caps. 4-5.
27
Georg Jellinek, Die Erklärung der Menschen- und Bürgerrechte: ein Beitrag zur modernen
Verfassungsgeschichte (Leipzig: Duncker & Humblot, 1895); Émile Boutmy, “La Déclaration des
droits de l’homme et du citoyen et M. Jellinek”, Annales des sciences politiques 17 (1902): 415-43;
Jellinek, “La Déclaration des droits de l’homme et du citoyen et M. Boutmy”, en Ausgewählte
Schriften und Reden, 2 vols., ed. Walter Jellinek (Berlin: O. Häring, 1911). Véanse los comenta-
rios por Otto Vossler, “Studien zur Erklärung der Menschen- und Bürgerrechte”, Historische
Zeitschrift 142, n.° 3 (1930): 516-45; Wolfgang Schmale, “Georg Jellinek et la Déclaration des
Droits de l’Homme de 1789”, en Mélanges offerts à Claude Petitfrère: Regards sur les sociétés
modernes (xvie-xviie siècle), ed. Denise Turrel (Tours: cehvi, Publication de l’Université de
Tours, 1997), y Duncan Kelly, “Revisiting the Rights of Man: Georg Jellinek on Rights and the
State”, Law and History Review 22, n.° 3 (otoño, 2004): 493-530.
28
De la mano de Jellinek véase Gilbert Chinard, La déclaration des droits de l’homme et du citoyen
et ses antécédents américains (Washington: Inst. français, 1945).
29
A Hamilton, J. Madison & J. Jay, El Federalista, (México: fce, 1943), 367 (lxxxiv).
30
Lo autoevidente es una categoría intelectual en el pensamiento de la Ilustración; si ello es cierto,
la proclamación de derechos como algo autoevidente no significa de modo alguno que los
historiadores deban asumir que lo fueron. Cf. David A. Bell, “Un dret égal”, London Review of
Books, noviembre 15, 2007.
31
Cf. Dan Edelstein, The Terror of Natural Right: Republicanism, the Cult of Nature, and the French
Revolution (Chicago: University of Chicago Press, 2009).
32
Sobre los Estados Unidos véase, por ejemplo, Larry D. Kramer, The People Themselves: Popular
Constitutionalism and Judicial Review (New York: Oxford University Press, 2005). Sobre Francia
véase, por ejemplo, Philippe Raynaud, “Des droits de l’homme à l’État de Droit”, Droits 2
(1985), y Alec Stone Sweet, The Birth of Judicial Politics in France: The Constitutional Council in
Comparative Perspective (New York: Oxford University Press, 1992).
33
David Armitage, The Declaration of Independence: A Global History (Cambridge: Harvard
University Press, 2006), 17-18.
34
Cf. Istvan Hont, “The Permanent Crisis of a Divided Mankind: ‘Contemporary Crisis of the
Nation-State’ in Historical Perspective”, Political Studies 42 (1994): 166-231, 191-98, y J. K.
Wright, “National Sovereignty and the General Will: The Political Program of the Declaration
of Rights”, en Dale van Kley, ed., The French Idea of Freedom (Stanford: Stanford University Press,
1994), 199.
35
Alexander Bevilacqua, “Cloots, Rousseau and Peaceful World Order in the Age of the French
Revolution” (M.Phil. thesis, University of Cambridge, 2008), y Albert Mathiez, La Révolution
et les Étrangers: Cosmopolitisme et défense nationale (Paris: La Renaissance du livre, 1918); sobre
las teorías alemanas, véase Pauline Kleingeld, “Six Varieties of Cosmopolitanism in Late
Eighteenth-Century Germany”, Journal of the History of Ideas 60 (1999): 505-524, y Pauline
Kleingeld, “Defending the Plurality of States: Cloots, Kant, and Rawls”, Social Theory and
Practice 32 (2006): 559-578.
36
Véase Marc Bélissa, Fraternité universelle et intérêt national (1713-1795): les cosmopolitiques du
droit des gens (Paris: Kimé, 1996) y Repenser l’ordre européen, 1795-1802: de la société des rois aux
droits des nations (Paris: Kimé, 2006).
37
Cf. Martha Nussbaum, “Kant and Stoic Cosmopolitanism”, Journal of Political Philosophy 5, 1
(marzo, 1997): 1-25 (También disponible como “Kant and Cosmopolitanism”, en Perpetual
Peace: Essays on Kant’s Cosmopolitan Idea, ed. James Bohman and Mathias Lutz-Bachmann
(Cambridge: Harvard University Press, 1997).
38
Citado en Lloyd Kramer, Lafayette in Two Worlds: Public Cultures and Personal Identities in an
Age of Revolutions (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 1996), 255-56.
39
Tomado de Lewis B. Namier, “Nationality and Liberty”, en Eugene C. Black, European Political
History, 1815-1870: Aspects of Liberalism (New York: Harper & Rowm, 1967), 139-41, excepto la
última afirmación tomada de Yael Tamir, Liberal Nationalism (Princeton: Princeton University
Press, 1995), 124. Cf. Michael Walzer, “Nation and Universe”, en Thinking Politically: Essays
in Political Theory (New Haven: Yale University Press, 2007), y Giuseppe Mazzini and the
Globalization of Democratic Nationalism, 1830-1920, ed. C. A. Bayly y Eugene Biagini (Oxford:
Oxford University Press, 2008).
40
Tony Judt, “Rights in France: Reflections on the Etiolation of a Political Language”, Tocqueville
Review 14, n.° 1 (1993): 67-108. Véase también Norberto Bobbio, “Diritti dell’uomo e del
cittadino nel secolo XIX in Europa”, y otros ensayos en Gerhard Dilcher, et al., eds., Grundrechte
im 19. Jahrhundert (Frankfurt, 1982).
41
Véase Steven B. Smith, Hegel’s Critique of Liberalism: Rights in Context (Chicago: University of
Chicago Press, 1991).
42
Véase Herbert A. Strauss, Staat, Bürger, Mensch: die Debatten der deutschen Nationalversammlung
1848/1849 über Grundrechte (Aarau: Sauerländer, 1947); cf. Brian E. Vick, Debating Germany: The
1848 Frankfurt Parliamentarians and National Identity (Cambridge: Harvard University Press,
2002); algunos textos están disponibles en Heinrich Scholler, ed., Die Grundrechtsdiskussion in
der Paulskirsche: eine Dokumentation (Darmstadt: Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1973).
44
Un buen panorama angloamericano es “The Decline of Natural Right”, en Allen Wood y
Songsuk Susan Hahn, eds., The Cambridge History of Philosophy in the Nineteenth Century
(1790-1870) (2012).
45
Elie Halévy, The Growth of Philosophic Radicalism (Boston: Beacon Press, 1955), 155.
espacio para hablar de los derechos fue aún más relevante, tal como el po-
sitivista John Austin y más tarde el comunitarista y hegeliano T. H. Green
insistieron. El patrón moderno, por consiguiente, es claro: sin perjuicio
de la decadencia del naturalismo, el contexto colectivo —incluso nacio-
nalista— simplemente extendió, de muchas maneras, su alianza con las
políticas del Estado a las cuales desde un principio estaban íntimamente
atadas, incluso las afirmaciones más naturalistas sobre los derechos.
A pesar de la llamativa decadencia de invocar la naturaleza como
fundamento, los derechos —incluidos los derechos del hombre— fue-
ron la consigna de movimientos ciudadanos en la historia moderna.
Las mujeres los proclamaron inmediatamente, y poco tiempo después
los trabajadores hicieron lo propio. A los judíos se les concedieron en la
Revolución francesa, y los buscaron de manera más lenta en otros lugares
del continente europeo. Los negros esclavos los reclamaron, de manera
vívida en la alguna vez poco recordada Revolución haitiana. Dadas las
necesarias fronteras de los Estados, los inmigrantes elevaron preguntas
complejas todo el tiempo, y quienes abogaban por su inclusión y quienes
lo hacían por su exclusión de hecho tuvieron duras batallas. Incluso los
animales, se dijo por unos pocos, merecían tener derechos.
Aunque sea tentador interpretar que estas campañas son precurso-
ras de los derechos humanos en la medida en que ganaron sus batallas,
perfeccionaron los métodos y allanaron el camino para luchas que más
tarde trascenderían la nación, hacer ello deja muchas cosas por fuera y
reconstruye lo que queda dentro de una manera oscura que da pocas luces
sobre algunos aspectos. Después de todo, la principal consecuencia de la
disponibilidad de los derechos en la política nacional no era apuntar hacia
afuera de los Estados sino permitir a varios miembros de la comunidad
política dentro de ellos exigir la autoridad de los derechos. Las disputas
por la ciudadanía siempre tenían diferentes bandos, con interpretaciones
de cada uno de ellos sobre los límites y el significado de la ciudadanía. Este
papel estructural de los derechos —el cual principalmente incentivaba la
movilización ciudadana en lugar de actuaciones judiciales— había sido su
aspecto esencial46. Y comoquiera que se diferenciaran en sus fines progra-
máticos, los llamados a los derechos por parte de conservadores, liberales
y radicales estaban relacionados por ser luchas sobre la forma del Estado
nacional y la ciudadanía que se podía ejercer dentro de este. La revuelta
haitiana, para recordar solamente un ejemplo, buscaba tanto la inclusión
de los negros en la ciudadanía a través de la emancipación de los esclavos
como los derechos propiamente dichos, lo cual explica por qué hasta hace
46
Esta afirmación se le debe a Marcel Gauchet, “Les droits de l’homme ne sont pas une politique”,
Le Débat 3 (julio-agosto 1980), reimpreso en La condition politique (Paris: Gallimard, 2007).
47
Véase, por ejemplo, Adam Hochschild, Bury the Chains: Prophets and Rebels in the Fight to Free an
Empire’s Slaves (New York: Houghton Mifflin, 2005), Jenny S. Martinez, “Antislavery Courts and
the Dawn of International Human Rights Law”, Yale Law Journal 117, n.° 4 (enero, 2008): 550-641,
o Gary J. Bass, Freedom’s Battle: The Origins of Humanitarian Intervention (New York: Vintage, 2008).
48
Abigail Green, “The British Empire and the Jews: An Imperialism of Human Rights?”, Past and
Present 199 (mayo, 2008): 175-205; Lisa Moses Leff, The Sacred Bonds of Solidarity: The Rise of
Jewish Internationalism in Nineteenth-Century France (Stanford: Stanford University Press, 2006).
49
Cf. Carole Fink, Defending the Rights of Others: The Great Powers, the Jews, and International
Minority Protection, 1878-1938 (2004) y Mark Mazower, “Minorities and the League of Nations
in Interwar Europe”, Daedalus 26, n.° 2 (1997): 47-64.
50
Citado en David Donald, Charles Sumner and the Rights of Man (New York: Alfred A. Knopf,
1970), 423.
Una generación más tarde, cuando la idea del derecho al trabajo volvió,
lo hizo con un atuendo similar.
Haremos mucho más por la felicidad de las clases más bajas —escribía
el socialista utópico Victor Considérant— para su real emancipación y
verdadero progreso, garantizando a estas clases un trabajo bien remune-
rado en lugar de la consecución de derechos políticos y una soberanía
insignificante para ellos. El derecho más importante para la gente es el
derecho al trabajo.54
51
Sorprendentemente, en su discusión sobre la “invención de los derechos humanos”, Lynn Hunt
omite siquiera mencionar el derecho de propiedad o la articulación de los derechos sociales de
1793. Véase Jean-Pierre Gross, Fair Shares for All: Jacobin Egalitarianism in Practice (1997), 41-46,
64-72 y cap. 6. Sobre el derecho al trabajo, véase Pierre Rosanvallon, The New Social Question:
Rethinking the Welfare State (Princeton: Princeton University Press, 2008), cap. 5.
52
Gareth Stedman Jones, An End to Poverty? A Historical Debate (New York: Columbia University
Press, 2003), 13.
53
Charles Fourier, El extravío de la razón demostrado por las ridiculeces de las ciencias inciertas
(Barcelona: Grijalbo, 1974), 80-81. Sobre Thelwall, véase Gregory Claeys, The French Revolution
Debate in Britain: The Origins of Modern Politics (New York: Palgrave Macmillan, 2007).
54
Citado en Jonathan Beecher, Victor Considerant and the Rise and Fall of French Romantic Socialism
(Berkeley: University of California Press, 2001), 143. Véase igualmente para otras articulaciones
en Francia a Pierre Rosanvallon, The New Social Question: Rethinking the Welfare State (Princeton:
Princeton University Press, 2000).
55
T. H. Marshall, “Citizenship and Social Class”, en Citizenship and Social Class, and Other Essays
(1950).
56
Véase, por ejemplo, Edward S. Corwin, “The ‘Higher Law’ Background of American
Constitutionalism”, Harvard Law Review 42, n.° 2 (diciembre 1928): 149-85, y 42, n.° 3 (enero
1929): 365-409.
57
Véase Robert Green McCloskey, American Conservatism in the Age of Enterprise, 1865-1910
(Cambridge: Harvard University Press, 1951), cap. 5. Véase igualmente Richard A. Primus, The
American Language of Rights (1999), el cual aparentemente deja por fuera esta época.
58
Véase, de manera más accessible, Léon Duguit, “Law and the State”, Harvard Law Review 31, n.°
1 (noviembre, 1917): 1-185 y “Objective Law”, Columbia Law Review 20, n.° 8 (diciembre, 1920):
817-31. Compárese para ver la punta del iceberg de los regímenes antiliberales del siglo XX y los
derechos sociales con: Pedro Ramos Pino, “Housing and Citizenship: Building Social Rights in
Twentieth Century Portugal”, Contemporary European History 18, n.° 2 (mayo, 2009): 199-215.
59
Véase Joan Wallach Scott, Only Paradoxes to Offer: French Feminists and the Rights of Man
(Cambridge: Harvard University Press, 1996), cap. 4.
60
Véase, por ejemplo, William D. Irvine, Between Justice and Politics: The Ligue des Droits de
l’Homme, 1898-1945 (Stanford: Stanford University Press, 2007); Paul L. Murphy, World War I
and the Origins of Civil Liberties in the United States (New York: W.W. Norton & Company, 1978);
y K. D. Ewing y C. A. Gearty, The Struggle for Civil Liberties: Political Freedom and the Rule of Law
in Britain, 1914-1945 (Oxford: Oxford University Press, 2001).
61
Hidemi Suganami, “A Note on the Origin of the Word ‘International’”, British Journal of International
Studies 4 (1978): 226-32. Cf. Hannah Arendt, “The Seeds of a Fascist International”, en Essays in
Understanding, 1930-1954, ed. Jerome Kohn (New York: Houghton Mifflin Harcourt P., 1994).
62
Véase Annuaire des organisations internationales (Geneva, 1949), al igual que Martin H. Geyer y
Johannes Paulmann, eds., The Mechanics of Internationalism: Culture, Society and Politics from
the 1840s to World War I, (Oxford: Oxford University Press, 2001).
63
El colapso reciente de la frontera entre los derechos humanos y el humanitarismo ha llevado
a los argumentos en favor de la continuidad de los dos a girar alrededor de los eventos del
derecho de la guerra –el cual, comoquiera que se le considera, considera la “humanización”
de las acciones de guerra para los soldados involucrados sin ninguna base para apelar a los
“derechos del hombre”–.
64
Cf. Monique Canto-Sperber and Nadia Urbinati, eds., Le socialisme libéral: Une anthologie (Paris:
Esprit, 2003).
65
Véase Madeleine Rébérioux, “Jaurès et les droits de l’homme”, Bulletin de la Société d’Etudes
Jaurésiennes, nos. 102-103 (julio, 1986).
66
Tal como Leszek Kolakowski señala, la traducción alemana de la (originalmente francesa) letra
usaba la frase “die ‘Internationale’ erkämpft die Menschenrecht” para que rimara y no por
cuestiones ideológicas. Leszek Kolakowski, “Marxism and Human Rights”, Daedalus 112, n.° 4
(otoño, 1983): 81.
67
La completa omisión de este hecho básico sigue siendo quizá la característica más sorprendente
de las historias escritas recientemente que contextualizan el internacionalismo contemporáneo.
Véase especialmente Akira Iriye, Global Community: The Role of Inter-national Organizations in the
Making of the Modern World (Berkeley: University of California Press, 2002).
68
Martti Koskenniemi, The Gentle Civilizer of Nations: The Rise and Fall of International Law (2001),
67-76.
Aunque trataron más que otros, incluso los socialistas más interna-
cionalistas de finales del siglo XIX, a la larga, no pudieron escapar a la
fuerza gravitacional del Estado y la nación, tal como el camino hacia 1914
—cuando los partidos socialistas europeos se fueron a la guerra— haría tan
gráficamente evidente. No obstante, su ejemplo muestra que para que el
cosmopolitismo fuera definido como la supremacía e internacionaliza-
ción de los derechos, otras utopías tenían que ser dejadas atrás. Tal como
la diversidad premoderna de los universalismos, la historia de los años
siguientes mostraría que una amplia gama de internacionalismos estaba
disponible; sus crisis vinieron a crear las condiciones para los derechos hu-
manos internacionales. Si los derechos humanos ahora definen de manera
integral el cosmopolitismo a punto de que aparentan ser su única forma
posible, esto no se debe a su herencia antigua. Incluso durante el nacimiento
del internacionalismo en el siglo XIX los derechos humanos no estaban en
el horizonte. Esto no se derivaba de algún tipo de fracaso intelectual o de
inexplicable oposición —la cual claramente no iba a ocurrir en la larga era
de los derechos del hombre como criaturas del Estado, y continuaron sin
ser afectados por nuevos patrones de relaciones con otros Estados que la
internacionalización empezó a traer—. Las personas que vivían en el pasado
no estaban ciegas o confundidas simplemente por no tener las creencias que
más tarde aparecerían o por no haberse embarcado en los proyectos contem-
poráneos69. En su lugar, los derechos humanos fueron creados por eventos
no anticipados que sucedieron más adelante y socavaron los presupuestos
previos. Esos eventos ocurrieron hace solo una generación.
Al criticar lo que llamaba el “ídolo de los orígenes”, el famoso his-
toriador Marc Bloch planteó inmejorablemente el punto esencial70. Es
tentador asumir que el goteo de la nieve derretida de las montañas es la
fuente de toda el agua en una inundación que se produce río abajo, cuan-
do, de hecho, la inundación depende de los nuevos afluentes que hacen
crecer al río. Estos últimos pueden no verse por estar incluso bajo tierra,
y vienen de un lugar distinto a la montaña. Incluso la continuidad que
existe depende de algo innovador y la persistencia de los aspectos antiguos
69
Véase por ejemplo Lloyd Kramer, quien dice anacrónicamente que “la mayoría de los nacio-
nalistas liberales de principios del siglo XIX […] resaltaron la conexión entre los derechos
universales y la independencia nacional sin reconocer íntegramente cómo los reclamos
nacionales podían pasar por encima de otros reclamos por los derechos universales”. Kramer,
Lafayette, 255-56. El que esta intuición no estuviese disponible no es una falla de su parte
sino una pista sobre las condiciones bajo las cuales “los derechos humanos universales” se
volvieron relevantes más adelante. Con un anacronismo similar, Louis Henkin concluyó su
libro The Rights of Man Today (Boulder: Westview, 1978), 137, discutido más adelante en el
capítulo 5 de este libro, señalando: “Paine proclamó los derechos del hombre en la sociedad
nacional [pero] hubiera celebrado el advenimiento de los derechos humanos”.
70
Véase Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio del historiador (México: FCE, 1996), cap. 1.
Arendt, Orígenes, 249; cf. Giorgio Agamben, Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida (Valencia:
71
Latina y Australasia que estaban fuera del acuerdo, los derechos humanos
no germinaron. En un principio, como si fueran un vago sinónimo de
algún tipo de socialdemocracia, los derechos humanos no enfrentaron la
importante cuestión sobre qué tipo de socialdemocracia debía instaurarse:
una versión de un capitalismo de bienestar o un socialismo con todas sus
consecuencias. Luego, para 1947-1948 y en la cristalización de la Guerra
Fría, Occidente fue exitoso en capturar el lenguaje de los derechos huma-
nos para su cruzada contra la Unión Soviética; en el continente europeo
los principales promotores terminaron siendo conservadores. Luego de
fallar en construir una nueva opción a mediados de los años cuarenta, los
derechos humanos muy pronto probaron ser simplemente otra forma de
abogar por uno de los bandos en la disputa de la Guerra Fría. Nunca fueron
entendidos como una ruptura radical con la comunidad de Estados que
las Naciones Unidas habían reunido.
¿Cómo parecería la década del cuarenta si se la libera del difundido
mito de que la era representó una especie de ensayo de un mundo de pos
Guerra Fría en el que los derechos humanos sí empezaron a hacernos vis-
lumbrar un imperio del derecho por encima de los Estados nacionales?
¿Qué pasaría si la historia de los años cuarenta se escribiera reconociendo
adecuadamente la deuda que eventos posteriores tienen con esta década y,
así, resaltando una serie de causas radicalmente diferentes para entender el
significado actual y la centralidad de unos derechos humanos reconstrui-
dos? La conclusión principal tendría que ser que releer la Segunda Guerra
Mundial y sus secuelas como fuentes esenciales de los derechos humanos
tal como son entendidos hoy es engañoso, aunque tentador. Los derechos
humanos terminaron siendo un sustituto para lo que muchos alrededor
del mundo querían: la creación de una prerrogativa colectiva para la
autodeterminación. Los súbditos de los imperios no estaban en un error
al ver los derechos humanos como un tipo de premio de consolación. Pero
incluso para los angloamericanos, los europeos del continente y los Estados
de segundo nivel en donde tuvieron al menos una mínima publicidad, los
orígenes de los derechos humanos tendrían que ser vistos dentro de un
marco general que explicara no tanto su grandiosa anunciación sino sobre
todo su marginalidad general a lo largo de los cuarenta.
La formación de las Naciones Unidas debe ser central en esta narrativa
en la medida en que hasta la década de los setenta los derechos humanos
fueron un proyecto exclusivo de su maquinaria, de la mano de algunas
iniciativas regionales, y, por ende, no tenían un significado independiente.
Sin embargo, la fundación de las Naciones Unidas —la naciente institución
responsable de la originalmente periférica existencia de los derechos huma-
nos— de hecho muestra una cara muy diferente a la que algunos cronistas
recientes se han empeñado en exhibir. En los sorprendentes esbozos de los
1
Uno de los propósitos de este capítulo es enmendar la separación entre la historia de los derechos
humanos y la historia de la organización internacional en general, esta última como la que se
encuentra en John W. Wheeler-Bennett y Anthony Nicholls, The Semblance of Peace: The Political
Settlement after the Second World War (New York: Macmillan, 1972) y G. John Ikenberry, After
Victory: Institutions, Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order after Major Wars (Princeton:
Princeton University Press, 2001), cap. 6.
la Guerra Fría. Tal como lo señaló más tarde el director de una temprana
ONG, Moses Moskowitz, los derechos humanos “murieron en el proceso
de su nacimiento”2.
Si hay una razón de peso para concentrarse en los derechos humanos
durante los cuarenta, no es por su importancia en ese momento sino que
ello nos puede proveer una visión valiosa para entender por qué el concepto
no despegó hasta algunas décadas después. Es importante saber qué no eran
los derechos humanos para esa época. No eran una respuesta al Holocausto,
y de hecho no estaban interesados principalmente en la prevención de
matanzas catastróficas. Solo de manera muy esporádica implicaban un
disenso basado en los principios de la soberanía del Estado moderno y,
principalmente, no eran siquiera una idea especialmente prominente.
Lo que verdaderamente eran en esta época ayuda a identificar cuáles de
los cambios que vinieron más tarde permitieron su amplio atractivo y
popularidad. A diferencia de lo ocurrido más tarde, los derechos estaban
atados con la organización internacional y no con un lenguaje popular
más amplio. Además, no inspiraron ningún movimiento. Una manera
más adecuada de pensar sobre los derechos humanos en los años cuarenta
tiene que entender por qué en ese tiempo no tenían función alguna para
desempeñar, comparado con las circunstancias ideológicas de tres décadas
después cuando irrumpieron decididamente en escena.
Si en los últimos años de la guerra y poco tiempo después los derechos
eran simplemente otra manera de expresar un consenso socialdemócrata
breve, cuando el tiempo pasó proveyeron nuevas herramientas a los con-
servadores de Europa occidental para mostrar su identidad particular. Los
Estados Unidos, que habían contribuido a llenar las esperanzas durante
la guerra, retrocedieron del lenguaje que habían ayudado a introducir,
dejando sola a Europa occidental para que lo cultivase. Incluso allí —es-
pecialmente allí— el verdadero debate en la política doméstica era sobre la
forma de crear la libertad social dentro del Estado. Sin embargo, fue el con-
servatismo europeo el que capturó el lenguaje de los derechos humanos,
mientras que otros pocos aprendieron a hablarlo. Luego de algunos años,
los significados que había acumulado la idea de los derechos humanos eran
tan geográficamente específicos e ideológicamente marcados —y, frecuen-
temente, conectados de manera tan inseparable a la identidad cristiana
y de la Guerra Fría— que es un enigma cómo es que más tarde pudieron
retornar con una vestimenta diferente. Adentrándose en el largo periodo
de la posguerra, por consiguiente, los derechos humanos no eran una pro-
mesa que esperase ser realizada, sino una utopía primero demasiado vaga
2
Moses Moskowitz, “Whither the United Nations Human Rights Program?”, Israel Year Book on
Human Rights 6 (1976): 82.
3
Véase el brillante argumento en Jill Lepore, The Name of War: King Philip’s War and the Making
of American Identity (New York: Vintage, 1998) y para afirmaciones principalmente británicas,
véase Phyllis Bottome, ed., Our New Order or Hitler’s? (London: Penguin, 1943).
4
Franklin D. Roosevelt, “Four Freedoms Speech”, Annual Message to Congress on the State of
the Union (01/06/1941), disponible en http://www.fdrlibrary.marist.edu/pdfs/fftext.pdf
causadas por las bombas japonesas, no las palabras con las que Roosevelt
esperaba animar a los Estados Unidos, lo que condujo al país a la batalla5.
Cuando Churchill navegó nuevamente al oeste para pasar las festivida-
des de fin de año en la Casa Blanca en la llamada Conferencia de Arcadia, los
derechos humanos hicieron la entrada que marcaría su futuro en la historia
mundial como un término políticamente inspirador. Tal como había ocu-
rrido anteriormente en el discurso de Roosevelt sobre las Cuatro Libertades,
la idea hizo su aparición no con bombos y platillos sino como si fuera algo
dicho de paso. Es sorprendente que no se haya descubierto evidencia alguna
para explicar por qué y cuándo apareció el término tal como lo hizo; pero
el problema es que esta búsqueda se ha hecho sobre la premisa errada de
que lo que ahora es tan significativo no pudo haber surgido por un simple
accidente. De un borrador a otro de la Declaración de las Naciones Unidas
proferida por la Casa Blanca el 1.o de enero de 1942, el término fue usado en
una más detallada interpretación de las promesas de la Carta del Atlántico.
En todo caso, la idea apareció subordinada a las Cuatro Libertades, en lugar
de estar por encima de ellas o incluirlas. La Declaración proclamó que los
Aliados estaban
convencidos de que una victoria total sobre sus enemigos es fundamental
para defender la vida, la libertad, la independencia y la libertad religiosa, y
para preservar los derechos humanos y la justicia en sus propios territorios
así como en otras tierras.
5
Theodore A. Wilson, The First Summit: Roosevelt and Churchill at Placentia Bay 1941 (Boston:
Houghton Mifflin, 1969).
6
Véase Foreign Relations of the United States: The Conferences at Washington, 1941-1942, and
Casablanca, 1943 (Washington, D.C., 1968), 370-71. Basado en los archivos británicos Brian
Simpson reclama: “No es claro cómo es que los derechos humanos encontraron su camino
para quedar en el texto”, y los académicos examinando las fuentes estadounidenses no lo han
hecho mejor. A. W. B. Simpson, Human Rights and the End of Empire: Britain and the Genesis of
the European Convention (Oxford: Oxford University Press, 2001), 184.
7
“Human Rights League”, New York Times, marzo 15, 1933, organizada por el rector del City
College con la participación de John Dewey y otros; “New Group Appears to ‘X-Ray’ New Deal”,
New York Times, septiembre 10, 1934, el cual menciona una “Liga de los Derechos Humanos
de Roosevelt” cuyas acciones “subversivas” necesitaban ser respondidas con una oposición.
“Hoover Denounces New Deal as Foe of Human Liberty”, New York Times, septiembre 4, 1934;
“Text of the Socialist Party Platform”, New York Times, mayo 27, 1936. De manera interesante,
pocos años después, luego de la revolución del New Deal, la Corte Suprema de los Estados Unidos
podía reputarse como una promotora de los “Derechos Humanos […] sobre los Derechos de
Propiedad”. Frederic Nelson, “Human Rights with Cream”, The New Republic, febrero 1, 1939.
8
Pío XI, Mit brennender Sorge (marzo 14 de 1937), sección 35, tal como aparece traducida en
www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_14031937_mit-
brennender-sorge_sp.html; Ingravescentibus Malis (septiembre 29, 1937), versión en inglés
disponible en http://w2.vatican.va/content/pius-xi/en/encyclicals/documents/hf_p-xi_
enc_29091937_ingravescentibus-malis.html y traducida al castellano en http://www.mercaba.
org/PIO%20XI/ingravescentibus_malis.htm.
9
“Pope Bids Church to Guard Man’s Rights”, New York Times, octubre 13, 1938.
10
Robert E. Lucey, “A Worldwide Attack on Man”, Voice for Human Rights 1, 2 (septiembre 1940): 7;
en el mismo número véase “Change of Name Shows Broader Application of Principles”, Voice for
Human Rights 1, 2 (septiembre 1940): 10, el cual explica el paso hacia el lenguaje de los derechos
humanos.
11
McCormick había informado frecuentemente acerca de la retórica papal y, a principios de 1942,
se unió a un comité secreto del Departamento de Estado para trabajar en asuntos de la posguerra.
Anne O’Hare McCormick, “The Reawakening that Hitler Failed to Mention”, New York Times,
octubre 4, 1941. Compárese esto con sus artículos en el New York Times, “For State or—Church”,
marzo 1, 1936; “The New Pope”, marzo 3, 1939 (“Pío XI se sintió obligado a lanzar su voz en
cada ocasión posible para defender la libertad de conciencia y el derecho inalienable del alma
individual”), y más adelante, “Papal Message a Momentous Pronouncement”, diciembre 25,
1944, todos reimpresos en Anne O’Hare McCormick, Vatican Journal 1921-1954, ed. Marion
Turner Sheehan, (New York: Farrar, Straus and Cudahly, 1957), 98.
12
Contrástese con el trabajo del Departamento de Estado en 1942 sobre la idea de una carta
de derechos dentro del marco de la reconstrucción económica y social: Ruth B. Russell ed.,
A History of the United Nations Charter: The Role of the United States, 1940-1945 (Washington:
Brookings Institute, 1958), cap. 12.
13
Construyo esto a partir de estudios existentes a la luz de este punto. Véase Elizabeth
Borgwardt, A New Deal for the World: America’s Vision for Human Rights (Cambridge: Harvard
University Press, 2006); Paul Gordon Lauren, The Evolution of Human Rights: Visions Seen,
2ª ed. (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2003), cap. 5; y especialmente Simpson,
Human Rights, cap. 4.
14
Para el tema de los orígenes, véase William Draper Lewis, “An International Bill of Rights”,
Proceedings of the American Philosophical Society 85, 5 (septiembre, 1942): 445-47.
15
Hersch Lauterpacht, “The Law of Nature, the Law of Nations, and the Rights of Man”, Transactions
of the Grotius Society 29 (1943): 1-33; Lauterpacht, An International Bill of Rights (New York, 1945);
para un estudio a mayor profundidad de Lauterpacht véase el capítulo 5 de este libro; Robert
P. Hillman, “Quincy Wright and the Commission to Study the Organization of Peace”, Global
Governance 4, 4 (octubre, 1998): 485-499; Glenn Tatsuya Mitoma, “Civil Society and International
Human Rights: The Commission to Study the Organization of Peace and the Origins of the UN
Human Rights Regime”, Human Rights Quarterly 30, 3 (agosto, 2008): 607-630.
16
Véase Robert A. Divine, Second Chance: The Rise of Internationalism in America during World War
II (New York: Atheneum, 1967), 22-23.
17
Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, A Righteous Faith (New York:
Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, 1942), 101, 103; y Six Pillars of Peace: A
Study Guide (New York: Commission to Study the Bases of a Just and Durable Peace, 1943), 72-81.
Cf. Heather A. Warren, Theologians of a New World Order: Reinhold Niebuhr and the Christian
Realists, 1920-1948 (New York: Oxford University Press, 1997), cap. 6.
18
Las publicaciones más tempranas de Maritain son: “The Natural Law and Human Rights”
(Windsor, Ontario, 1942), un discurso de aceptación del premio que data de enero 18 de 1942
y fue publicado como un panfleto; y “Natural Law and Human Rights”, Dublin Review 210
(abril, 1942): 116-24. Luego escribió Les droits de l’homme et la loi naturelle (New York: EMF,
1942), traducido a muchos idiomas. Maritain, “Christian Humanism”, Fortune, abril, 1942.
Perspectivas similares se extendieron alrededor del pensamiento católico con posterioridad.
Véase, por ejemplo, Joseph T. Delos, “The Rights of the Human Person Vis-à-Vis the State
and the Race”, en Race-Nation-Person: Social Aspects of the Race Problem, ed. J. W. Corrigan &
B. G. O’Toole. (New York: Barnes and Noble, 1944), o Tibor Payzs, “Human Rights in a World
Society”, Thought 22, 85 (junio, 1947): 245-68.
19
El American Jewish Committee hizo claro este cambio en la estrategia judía de los mecanis-
mos de la preguerra, tales como la intervención, tratados bilaterales o régimen de minorías a
una “maquinaria internacional”. Pero mientras después de la guerra consideró a los derechos
humanos como los sucesores de los derechos de las minorías, este no era el significado del
término en la opinión pública en general. American Jewish Committee, To the Counsellors
of Peace (New York, [marzo] 1945), 13-24; y “A Post-War Program for Jews”, The New Republic,
abril 30, 1945. Cf. Jacob Robinson, Human Rights and Fundamental Freedoms in the Charter of
the United Nations (New York: Institute of Jewish affairs of the American Jewish congress and
world Jewish congress, 1946); y “From Protection of Minorities to Promotion of Human Rights”,
Jewish Year Book of International Law 1 (1949): 115-51; también Mark Mazower, “The Strange
Triumph of Human Rights, 1930-1950”, Historical Journal 47, n.° 2 (2004): 379-98.
20
Wm. Roger Louis, Imperialism at Bay: The United States and the De-colonization of the British Empire
(Oxford: Oxford University Press, 1977); Warren F. Kimball, The Juggler: Franklin Roosevelt as
Wartime Statesman (Princeton: Princeton University Press, 1991), caps. 3 y 7.
21
Goebbels como aparece citado en Karl Dietrich Bracher, The Nazi Dictatorship: The Origins,
Structure, and Effects of National Socialism (New York: Praeger Publishers, 1970), 10. Sobre
el silencio británico, véase Simpson, Human Rights, 204-5, atribuyéndolo a la tradicional
alergia británica a las declaraciones formales. Respecto al papa y al catolicismo continental,
véase especialmente la encíclica Summi Pontificatus (octubre 20, 1939), que señala que “el
hombre y la familia son, por su propia naturaleza, anteriores al Estado, y que el Criador dio al
hombre y a la familia peculiares derechos y facultades y les señaló una misión, que responde
a inequívocas exigencias naturales”; La Résistance spirituelle 1941-1944: Les cahiers clandestins
du “Témoignage chrétien”, ed. François y Renée Bédarida (Paris: Albin Michel, 2001), 159-86;
y Paul A. Hanebrink, In Defense of Christian Hungary: Religion, Nationalism, and Antisemitism,
1890-1944 (Ithaca: Cornell University Press, 2006), 170-80.
22
Véase Dallek, Franklin Roosevelt, 419-20, 482; Kimball, The Juggler, cap. 6; Kimball, “The Sheriffs:
FDR’s Postwar World”, en David B. Woolner et al., eds., FDR’s World: War, Peace, and Legacies
(New York: Palgrave Macmillan, 2008); Robert C. Hilderbrand, Dumbarton Oaks: The Origins of
the United Nations and the Search for Postwar Security (Raleigh: UNC Press, 1990); y especialmente
Christopher D. O’Sullivan, Sumner Welles, Postwar Planning, and the Quest for a New World Order,
1937-1943 (New York: Columbia University Press, 2008). Véase también, para una discusión
general de la relación entre globalismo y regionalismo para los estadounidenses (el cual incluía
la expansión y algunas veces la protección de la seguridad hemisférica de la zona de la doctrina
Monroe), Neil Smith, American Empire: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization
(Berkeley: Universtity of California Press, 2003), cap. 14.
23
Hilderbrand, Dumbarton Oaks, 16.
24
Foreign Relations of the United States: Diplomatic Papers 1944 (General) (New York: Foreign
Relations of the United States, 1966), 791; Jebb citado en Hilderbrand, Dumbarton Oaks, 16.
25
Charles Webster, “The Making of the Charter of the United Nations” (basado en una clase de
1946), en The Art and Practice of Diplomacy (New York: Barnes and Noble, 1962), 79. Para una
visión de los eventos que siguieron a la “paz de los pueblos”, ver Lauren, Evolution, caps. 5-6.
Cf. Farrokh Jhabvala, “The Drafting of the Human Rights Provisions of the UN Charter”,
Netherlands International Law Review 44 (1997): 3-31.
26
Dorothy B. Robins, Experiment in Democracy: The Story of U. S. Citizen Organizations in Forging
the Charter of the United Nations (New York: Parkside, 1971), 157; Vera Micheles Dean, The Four
Cornerstones of Peace (New York: McGraw Hill, 1946), 9. El libro consta de panfletos original-
mente preparados para la Foreign Policy Association y publicados en 1944-1945.
27
Ralph Barton Perry, “Working Basis Seen”, New York Times, enero 7, 1945. Cf. Robins, Experiment,
74-75, citando una publicación periódica cristiana para afirmar que “la verdadera elección […]
no es entre una agencia de paz imperfecta y una agencia adecuada, sino entre una organización
imperfecta que puede mantener la paz para una generación y gradualmente evolucionar en
algo mayor, y una lucha abierta por el poder que no puede mantener la paz de modo alguno”.
28
Reinhold Niebuhr, “Is This ‘Peace in Our Time’?”, The Nation, abril 7, 1945. Brian Simpson está
claramente en un error al señalar que “en los propios Estados Unidos el fracaso de resaltar la
importancia de los derechos humanos se convirtió en la principal crítica”. Simpson, Human
Rights, 251.
29
Robins, Experiment, 151.
30
“This Is It”, Time, junio 18, 1945.
31
José Cabranes, “Human Rights and Non-Intervention in the Inter-American System”, Michigan
Law Review 65, n.° 6 (abril 1967): 1147-82, en donde se resaltan las razones para el compromiso a
la inviolabilidad de la soberanía. En especial véanse las páginas 1161 y 1162 sobre la Declaración
Sin embargo, toda la década del cuarenta tuvo una visión cortoplacis-
ta. En San Francisco, el principal logro en lo que se refiere a los derechos
humanos fue simbólico: estos y las libertades fundamentales fueron
mencionados como principios en el preámbulo. Irónicamente, fue el
primer ministro surafricano Marshal Jan Christian Smuts quien llegó a la
conferencia insistiendo en la necesidad de redactar una carta más esperan-
zadora (una que no consideraba incompatible con la continuación de los
imperios alrededor del mundo y con la jerarquía racial de su propio país)
y quien logró esta victoria que fue un simple adorno a la Carta de la ONU.
Aparte de este acontecimiento, la labor de los grupos y los Estados dejó a
los derechos humanos dentro del ámbito del Consejo Económico y Social,
esa bajísima posición a la que Dumbarton los había condenado desde un
de Bogotá. Cf. Lauren, Evolution, y Mary Ann Glendon, A World Made New: Eleanor Roosevelt
and the Universal Declaration of Human Rights (New York, 2001).
32
Herbert V. Evatt, “Risks of a Big Power Peace”, Foreign Affairs 24, n.° 2 (enero 1946): 195-209;
y The United Nations (Oliver Wendell Holmes lectures, 1947) (Cambridge: Harvard University
Press, 1948).
33
Webster, “The Making”, 86.
34
Vandenberg como aparece citado en Clark M. Eichelberger, Organizing for Peace: A Personal History
of the United Nations (New York: Harper and Row, 1977); Virginia Gildersleeve, Many a Good Crusade
(New York: Macmillan, 1954), 330-31. Sobre Smuts, véase Mark Mazower, No Enchanted Palace: The
End of Empire and the Ideological Origins of the United Nations (Princeton: Princeton University Press,
2009), cap. 1; véase igualmente Saul Dubow, “Smuts, the United Nations, and the Rhetoric of Race
and Rights”, Journal of Contemporary History 41, n.° 1 (2008): 45-74. En lo que se refiere a la adición
de la Comisión de Derechos Humanos a la carta gracias a los representantes cristianos y judíos,
al igual que la American Association para las Naciones Unidas, véase Eichelberger, Organizing for
Peace, 269-72; Robins, Experiment, 129-32; Benjamin V. Cohen, “Human Rights under the United
Nations Charter”, Law and Contemporary Problems 14, n.° 3 (verano 1949): 430-37 en 430-31; cf.
William Korey, NGOs and the Universal Declaration of Human Rights (New York: Palgrave, 1998),
cap. 1. Véanse igualmente las memorias de Frederick en Free and Equal: Human Rights in Ecumenical
Perspective (Geneva: World Council of Churches, 1968).
35
“Les droits fondamentaux de l’homme, base d’une restauration du droit international”,
Annuaire de l’Institut de Droit International 41 (1947): 153-54.
36
Cf. Albert Verdoodt, Naissance et signification de la Déclaration universelle des droits de l’homme
(Louvain: Editions Nauwelaerts, 1964); y de manera más completa, Johannes Morsink, The
Universal Declaration of Human Rights: Origins, Drafting, and Intent (Philadelphia: Universtiy of
Pennsylvania Press, 1999.
37
Véase Jason Berger, A New Deal for the World: Eleanor Roosevelt and American Foreign Policy (New
York: Social Science Monographs, 1981).
38
La Ligue des Droits de l’Homme, en su conferencia de Dijon en 1936 anunció la necesidad de
una nueva serie de derechos sociales para que se añadieran a los civiles y politicos que había
defendido desde el Caso Dreyfuss; véase Ligue des Droits de l’Homme, Le Congrès national de
1936: Compte-rendu sténographique (Paris: Ligue des droits de l’homme, 1936), 219-305 y 415-23,
“Projet de complément à la Déclaration des Droits de l’Homme”. Para los derechos sociales de
posguerra, véase también Georges Gurvitch, The Bill of Social Rights (New York: International
Universities Press, 1946).
39
Véase la historia en Cass Sunstein, The Second Bill of Rights: FDR’s Unfinished Revolution and Why
We Need It More than Ever (New York: Basic Books, 2004). La naturaleza cambiante del New Deal
después de 1937 en dirección a los derechos individuales es la principal tesis de Alan Brinkley,
The End of Reform: New Deal Liberalism in Recession and War (New York: Alfred A. Knopf, 1995),
aunque Brinkley ni siquiera intenta conectar esta desradicalización basada en los derechos con
el internacionalismo de la guerra.
40
Para una mirada general, véase mi texto “Personalism, Community, and the Origins of Human
Rights”, en A History of Human Rights in the Twentieth Century, ed. Stefan-Ludwig Hoffmann
(Cambridge: Cambridge University Press, 2010). Sobre Roosevelt, véase Glendon, A World Made
New; sobre Humphrey, véase Clinton Timothy Curle, Humanité: John Humphrey’s Alternative
Account of Human Rights (Toronto: University of Toronto Press, 2007).
41
Véase especialmente; A. J. Hobbins, “René Cassin and the Daughter of Time: The First Draft of
the Universal Declaration of Human Rights”, Fontanus 2 (1989): 7-26, uno de los documentos
en una literatura subsidiaria y frecuentemente nacionalista que intenta darle crédito a un único
fundador.
42
René Cassin, “L’État-Léviathan contre l’homme et la communauté humaine”, Nouveaux cahiers,
abril 1940, reimpreso en Cassin, La pensée et l’action (Paris: Lalou, 1972), citando la encíclica
Summi Pontifcatus de Pío XII. Puede ser, solamente en su caso, que la retórica de la persona
humana retenía algún lazo con las más viejas y generalmente superadas ideas neokantianas del
cambio de siglo. Sobre Cassin, véase Marc Agi, René Cassin, fantassin des droits de l’homme (Paris:
Plon, 1979); Eric Pateyron, La contribution française à la rédaction de la Déclaration universelle
des droits de l’homme: René Cassin et la Commission consultative des droits de l’homme (Paris: La
documentation française, 1998); y J. M. Winter, Dreams of Peace and Freedom: Utopian Moments
in the Twentieth Century (New Haven: Yale University Press, 2006), cap. 2. Para un brochazo de
las perspectivas de Cassin, véase Cassin, “The United Nations and Human Rights”, Free World
12, n.° 2 (septiembre 1946): 16-19; “The UN Fights for Human Rights”, United World 1, n.° 4
(mayo 1947): 46-48; o “La Déclaration Universelle des Droits de l’Homme”, Évidences 1 (1949).
Para sus memorias, véanse varios textos en Cassin, La pensée et l’action. Para una bibliografía y
reminiscencias, véase el número especial de la Revue des droits de l’homme (diciembre, 1985).
43
Edward Said, Out of Place (New York: Vintage, 1999), 265. Un estudio serio de Malik es un
desideratum, pero véase el revelador texto de Raja Choueri, Charles Malek: Discours, droits de
l’homme, et ONU (Beirut: Beryte, 1998), el cual resalta la religiosidad y lealtad a la tradición mi-
sionera estadounidense que llevó a la fundación de la American University en Beirut en donde
estudió y más adelante enseñó. La aceptación pública más integral de Malik del personalismo
cristiano ocurre en E/CN.4/SR.14 (1947), 3-4.
44
John Humphrey, Human Rights and the United Nations: A Great Adventure (Dobbs Ferry:
Transitional Publishers, 1983), 65-66. La declaración de Bogotá, frecuentemente reputada
como la primera declaración internacional de derechos en la historia del mundo, había sido
precedida por la Declaración de Ginebra de los Derechos del Niño (1924).
cristiano en sus formas más antiguas (al igual que versiones más recientes
que resaltaban la dignidad personal) ya eran poco plausibles desde hace
tiempo fuera de los Estados Unidos y la reafirmación del carácter de la
nación por parte de la Declaración Universal implicaba que estaba lejos
de ser obvio si el consenso en el documento significaba que había que
llevar los principios más allá de su fundamentación estatal que resultaba
relevante en la práctica45.
Cuando Julian Huxley, un famoso humanista y pensador evolucionista
y primer director de la Unesco, trabajó de la mano de Maritain para hacer
una encuesta a intelectuales sobre la justificación de los derechos humanos,
los resultados fueron decepcionantes. Entre los filósofos, la exclusión de
la escuela de pensamiento más prestigiosa del momento —obviamente, el
existencialismo— quiere decir que es difícil darle crédito a la conclusión de
Maritain, en el sentido de que todos estaban de acuerdo en la importancia
y substancia de los derechos humanos siempre y cuando no se preguntara
el porqué. “Estamos de acuerdo en los derechos pero bajo la condición
de que nadie pregunte por qué”, observaba Maritain; pero, de hecho, el
acuerdo es más interesante por la ausencia de algunas corrientes que por
la renuncia a buscar razones justificativas de los derechos. Por la misma
época, la American Anthropological Association famosamente rechazó
el concepto de los derechos humanos por considerarlo occidental y polí-
tico, y no porque resultara ser una formación políglota construida en la
intersección de todas las culturas o porque unificara todas las tradiciones
plurales de la humanidad. Era imposible afirmar “los derechos del hom-
bre en el siglo veinte”, insistían los antropólogos, y hacerlo de cara a la
diversidad cultural simplemente “conduciría a la frustración”. De hecho,
si estos estudiosos occidentales del mundo no occidental afirmaban una
especie de universalismo residual, lo hacían —más bien astutamente—
tomando nota claramente de una política que abandonaba el ideal de la
autodeterminación colectiva, respecto de la cual los derechos humanos
individuales habían nacido: “la aclamación mundial dada a la Carta del
Atlántico, antes de que se anunciara su aplicabilidad restringida”, recono-
cían, “es una evidencia del hecho de que la libertad es entendida y buscada
45
Para una visión mucho más celebratoria del papel de los Estados pequeños en este punto, véase
Glendon, “The Forgotten Crucible: The Latin American Influence on the Universal Human
Rights Idea”, Harvard Human Rights Journal 16 (2003): 27-40; y especialmente Susan Waltz,
“Reclaiming and Re-building the History of the Universal Declaration of Human Rights”, Third
World Quarterly 23, n.° 3 (2002): 437-48; y Waltz, “Universalizing Human Rights: The Role of
Small States in the Construction of the Universal Declaration of Human Rights”, Human Rights
Quarterly 23 (2001): 44-72. Sobre Latinoamérica cf. Paolo G. Wright-Carrozza, “From Conquest
to Constitutions: Retrieving a Latin American Tradition of the Idea of Human Rights”, Human
Rights Quarterly 25, n.° 2 (mayo 2003): 281-313.
por pueblos que tienen las más diversas culturas”46. La creencia reciente y
generalizada de que había un consenso y un acuerdo transcultural sobre
los derechos humanos hasta la crisis de la Guerra Fría es insostenible: los
principios universales que los antropólogos sentían que podían afirmar
sin caer en ideologías partidistas no habían sido proclamados al momento
de la invención de los derechos humanos sino abandonados al adoptarlos.
La aprobación de la Declaración Universal en diciembre 10 de 1948
fue indudablemente un logro heroico del consenso diplomático, el cual
pudo haberse frustrado por las tensiones globales del momento, como
los inicios de la Guerra Fría, la creación del Estado de Israel y la partición
del sur de Asia. Aunque la Declaración Universal resultó tan importante
en el largo plazo, la historia de sus orígenes diplomáticos e ideológicos no
puede negarse a incorporar lo que debe ser, de alguna manera, la pregunta
más importante e interesante: ¿por qué el lenguaje de los derechos era tan
marginal en ese momento, tanto en los Estados Unidos donde nacieron
como en Europa donde posteriormente encontrarían su hogar, al igual que
en el resto del mundo? Como un punto de la trama de la historia de los
derechos humanos, el misterio de los cuarenta no es por qué surgieron los
derechos humanos, sino —teniendo en cuenta los desarrollos futuros—
por qué no pudieron surgir.
Una primera pero menos importante razón es el inmediato destino
de los derechos humanos dentro de las negociaciones de la ONU, donde
iban a ser ampliamente restringidos durante varias décadas al considerar-
los como asuntos de la diplomacia estatal o de las asociaciones privadas.
Incluso, mientras la Comisión de Derechos Humanos caminó finalmente
al desglose de los derechos, dejó en claro que la lista solamente sería decla-
rativa en primer lugar; en cuanto a la función de la comisión, de otro lado,
el Consejo Económico y Social anunció en el verano de 1947 su decisión
non possumus de que la comisión no tenía la competencia para investigar,
ni mucho menos para actuar, con base en peticiones de parte. Como lo
señaló amargamente Humphrey en un comentario frecuentemente repe-
tido, esto hizo de la comisión “la papelera más elaborada del mundo”. La
restricción de los derechos humanos de la ONU al campo del simbolismo
es muchas veces tratada como decisiva en comparación con los caminos
que no se tomaron, pero de muchas maneras esto era un corolario natural
de la propia Carta, la cual había socavado tanto los derechos humanos so
46
Véase Unesco, Human Rights: Comments and Interpretations, intro. Maritain (New York, 1948), 9;
[Melville Herskovits et al.], “Statement on Human Rights”, American Anthropologist, n.s., 49
(1947): 539-43, y 50 (1948): 351-55, el cual incluye la crítica de Julian Steward al universalismo
residual del reclamo antropológico de la diferencia. Cf. Karen Engle, “From Skepticism to
Embrace: Human Rights and the American Anthropological Association from 1947-1999”,
Human Rights Quarterly 3 (2001): 536-59.
47
UN ESC Res. 75 (V), agosto 5, 1947; Humphrey, Human Rights and the United Nations, 28; Mehta
como aparece citado en Manu Bhagavan, “A New Hope: India, the United Nations and the
Making of the Universal Declaration of Human Rights”, Modern Asian Studies 44, n.° 2 (marzo
2010): 311-47.
48
Charles Malik, “How the Commission on Human Rights Forged Its Draft of the First Covenant”,
United Nations Weekly Bulletin, junio 1, 1950.
49
Véase Andrew Martin, “Human Rights and World Affairs”, Year Book of World Affairs 5 (1951):
44-80, 48.
50
George L. Kline, “Changing Attitudes toward the Individual”, en, The Transformation of Russian
Society, ed. Cyril Black (Cambridge: Cambridge University Press, 1960); John N. Hazard, “The
Soviet Union and a World Bill of Rights”, Columbia Law Review 47, n.° 7 (noviembre 1947):
1095-1117; Rupert Emerson e Inis L. Claude, Jr., “The Soviet Union and the United Nations: An
Essay in Interpretation”, International Organization 6, n.° 1 (febrero 1952): 20-21. Para la mejor
historia de los soviétivos y la Declaración Universal, véase Kamleshwar Das, “Some Observations
Relating to the International Bill of Human Rights”, Indian Yearbook of International Affairs 19
(1986): 12-15, citando la UN Doc. E/CN.4/SR.89, 12.
51
Jennifer Amos, “Embracing and Contesting: The Soviet Union and the Universal Declaration
of Human Rights, 1948-1958”, en Hoffman, ed., A History of Human Rights, y Waltz, “Universal
Rights: The Contribution of Muslim States”, Human Rights Quarterly 26 (2004): 813-19.
52
“La declaración, en ciertos aspectos, no se basó en la realidad porque describía al hombre como
un individuo aislado y pasaba por alto el hecho de que también era miembro de una comu-
nidad”. ONU, Documento A/PV.183 (1948), 916. Incluso hasta 1965, el profesor de la Escuela
de Derecho de Harvard Harold Berman, experto entre otras cosas en teoría jurídica soviética,
podía escribir que la aproximación de la URSS a los derechos humanos, aunque defectuosa,
continuaba siendo “una respuesta genuina a la crisis del siglo XX, la cual había sido testigo de
la caída del individualismo —en el derecho al igual que en otras áreas de la vida espiritual—”.
Berman, “Human Rights in the Soviet Union”, Howard Law Journal 11 (primavera, 1965): 341.
53
Véase, por ejemplo, Ivo Lapenna, Conceptions soviétiques de droit international public (Paris:
Editions A. Pedone, 1954), 222-23, 293-99. Más tarde parecería que los intentos post-1948
de formular un “derecho internacional socialista” no priorizaba a los derechos humanos de
modo alguno. Lapena, Conceptions, 149-53. Sobre los soviéticos en la ONU véase de modo más
general Alexander Dallin, The Soviet Union at the United Nations: An Inquiry into Objectives and
Motives (New York: Praeger, 1962).
54
Para las resoluciones, todas de principios de 1949, véase UN G. A. Res. 265 (III) (Surasiáticos),
272 (III) (Hungría y Bulgaria), y 285 (III) (esposas soviéticas, iniciada por Chile, al verse afectado
el hijo del embajador). Véase también, más adelante: UN G. A. Res. 294 (IV) (1949) y 385 (V)
(de nuevo Hungría y Bulgaria).
55
Véase su rol, por ejemplo, en Louis Sohn y Thomas Buergenthal, International Protection of
Human Rights (Indianapolis: The Bobbs-Merrill Company, Inc., 1973). Sobre la actividad
temprana alrededor de Suráfrica, véase R. B. Ballinger, “UN Action on Human Rights in South
Africa”, en Evan Luard, ed., The International Protection of Human Rights (London: Thames
and Hudson, 1967).
56
Véase Martin, “Human Rights in the Paris Peace Treaties”, British Year-book of International Law
24 (1947) y Stephen D. Kertesz, “Human Rights in the Peace Treaties”, Law and Contemporary
Problems 14, n.° 4 (otoño 1949): 627-46; y para un sesudo análisis del alboroto internacional
(incluido el de la ONU) alrededor de Mindszenty, véase Gaetano Salvemini, “The Vatican and
Mindszenty”, The Nation, agosto 6, 1949.
57
Esta era aún debe estudiarse con más detalle, pero por ahora véase Barbara Metzger, “Towards
an International Human Rights Regime during the Inter-war Years: The League of Nations’
Combat of Traffic in Women and Children”, en Kevin Grant et al., eds., Beyond Sovereignty:
Britain, Empire, and Transnationalism (New York: Palgrave Macmillan, 2007); Keith David
Watenpaugh, “‘A Pious Wish Devoid of All Practicability’: The League of Nations’ Eastern
Mediterranean Rescue Movement and the Paradox of Interwar Humanitarianism”, American
Historical Review (en prensa); y Claudena M. Skran, Refugees in Inter-War Europe: The Emergence
of a Regime (Oxford: Oxford University Press, 1995). Sin embargo, es anacrónico fusionar los
derechos humanos y el humanitarismo, pues ello denota los supuestos contemporáneos.
58
Cf. Daniel Maul, Menschenrechte, Sozialpolitik und Dekolonisation: Die Internationale Arbeitsorgani-
sation (IAO) 1940-1970 (Essen: Klartext Verlag, 2007); en inglés, véase Maul, “The International
Labour Organization and the Struggle against Forced Labour”, Labor History 48, n.° 4 (2007):
477-500 y “The International Labour Organization and Human Rights”, en Hoffman, ed.,
A History of Human Rights.
59
Aron como aparece citado en Marco Duranti, “Conservatism, Christian Democracy, and
the European Human Rights Project, 1945-1950” (disertación doctoral disponible en Yale
University, 2009), 88; E. H. Carr, “The Rights of Man”, en Unesco, ed., Human Rights, 20. Com-
párese el argumento de Carr contra el aislamiento de las garantías formales con la importancia
de la protección social por medio de varios mecanismos. “Y los derechos y principios políticos
tampoco son la preocupación dominante del mundo contemporáneo. Frecuentemente, y de
manera justa, la afirmación hecha de que el futuro de la democracia dependiera de su habilidad
para resolver el problema del pleno empleo ilustra la subordinación de lo político a los fines
económicos y sociales en el mundo moderno. El internacionalismo, como el nacionales, tiene
que convertirse en algo social”. Carr, Nationalism and After (London: Macmillan, 1945), 63.
60
Cf. Mark Philip Bradley, “The Ambiguities of Sovereignty: The United States and the Global
Human Rights Cases of the 1940s and 1950s”, en Douglas Howland y Luise White, eds., The
Art of the State: Sovereignty Past and Present (Bloomington: Indiana University Press, 2008).
61
G. K. A. Bell, Christianity and World Order (Harmondsworth: Penguin, 1940), 104.
62
Bell, “The Church in Relation to International Affairs” (discurso pronunciado en Chatham
House), International Affairs 25, n.° 4 (octubre, 1949): 407, 409; Emil Brunner, “Das
Menschenbild und die Menschenrechte”, Universitas 2, n.° 3 (marzo, 1947): 269-74 y 2, n.°
4 (abril, 1947): 385-91 en 269; cf. R. M. MacIver, ed., Great Expressions of Human Rights (New
York, 1950), la cual contiene principalmente autores y contenidos religiosos incluyendo la
interpretación comunitarista y personalista del afamado teólogo católico estadounidense John
Courtney Murray. Cf. Richard McKeon, “The Philosophic Bases and Material Circumstances
of the Rights of Man”, en Unesco, ed., Human Rights y las reflexiones varias y autobiográficas
en Zahava McKeon, ed., Freedom and History and Other Essays (Chicago: University of Chicago
Press, 1990), y el epílogo a este libre acerca del renacer filosófico de los derechos individuales
en la década de los setenta.
63
Gerhard Ritter, “Ursprung und Wesen der Menschenrechte”, Historische Zeitschrift 169, n.° 2
(agosto, 1949): 234. Estos párrafos siguen mi texto, “The First Historian of Human Rights”,
American Historical Review, (en prensa).
64
Ritter, “Die englisch-amerikanischen Kirchen und die Friedensfrage”, Zeitwende 18 (1949):
459-70. Para el tema de Dulles y Nolde en Ámsterdam véase Dulles, “The Christian Citizen
El hecho de que unos pocos años después fuera Dulles quien como
secretario de Estado de Dwight Eisenhower fuera el encargado de anunciar
que los Estados Unidos no serían parte de un tratado de derechos humanos
no debería hacernos perder de vista su rol anterior en la materialización de
una interpretación cristiana del lenguaje de derechos humanos, en especial
fuera del país norteamericano. De hecho, la rápida retirada de los Estados
Unidos del lenguaje dejó incluso más claro el trasfondo cristiano europeo
y anticomunista de los derechos humanos. Luego de la flagrante ausencia
durante la guerra, los derechos humanos afectaron la europeización tem-
prana de la posguerra, especialmente los orígenes políticos y culturales de
la Convención Europea de 1950.
Esta agenda tenía unas profundas raíces en la historia europea del
periodo de entreguerras, y fue intensamente discutida durante la guerra
(a pesar de la alianza con los soviéticos), como cuando Churchill previó la
necesidad de “revivir la gloria de Europa, el continente que era el padre de
las naciones y la civilización moderna” para salvar “a la vieja Europa” del
“barbarismo ruso”65. En las negociaciones durante la guerra, las Naciones
Unidas y los acuerdos regionales surgieron simultáneamente luego de que
el espectro de su exclusión mutua se había exorcizado. La idea de asociar
la región de Europa occidental con los derechos se estableció casi desde
los primeros días en que se planeaba esta unión en los primeros años de
la posguerra. Ello fue así aunque no había sido un lenguaje político fun-
damental en anteriores tradiciones que ya habían imaginado e intentado
construir la unidad continental europea. Por supuesto, en la mayor parte
de países de Europa occidental los grupos liberales libertarios habían estado
marginalmente activos en los años entre guerras, pero no puede decirse que
estos actores ayudaran a redefinir los lenguajes dominantes de la política
incluso a nivel doméstico. La tradición francesa de los droits de l’homme,
tan fuertemente ligada históricamente al Partido Radical (de izquierda
liberal), entró en una profunda crisis en esta era, sobre todo cuando los
in a Changing World”, y Nolde, “Freedom of Religion and Related Human Rights”, en World
Council of Churches, Man’s Disorder and God’s Design, vol. 4 The Church and the International
Disorder (London: World Council of Churches, 1948), 73-189, esp. 107-8 sobre la Carta
Internacional de Derechos. Para una perspectiva diferente sobre la centralidad de los derechos
humanos para el Consejo Mundial de Iglesias, véase John Nurser, For All Peoples and All Nations:
The Ecumenical Church and Human Rights (Washington: Georgetown University Press, 2005).
El propio Malik dejó testimonio, en un prefacio a las memorias de Nolde, que “sentí que si
perdíamos el artículo sobre libertad de conciencia y religiosa, principalmente, si la libertad
absoluta del hombre fuese derogada de algún modo, incluso de la manera más sutilmente
indirecta, mi interés en el resto de la Declaración decrecería considerablemente”. Malik, “The
Universal Declaration of Human Rights”, en Nolde, Free and Equal, 10. De un modo similar,
véanse los ensayos de Malik y Nolde, We, the People, and Human Rights: A Guide to Study and
Action, ed. Marion V. Royce y Wesley F. Rennie (New York: Association Press, 1949).
65
Como aparece citado en: Simpson, Human Rights, 227.
66
William D. Irvine, Between Justice and Politics: The Ligue des Droits de l’Homme, 1898-1945
(Stanford: Stanford University Press, 2007).
67
Véase, sin embargo, Willy Strzelewicz, Der Kampf um Menschenrechte: Von der amerikanischen
Unabhängigkeitserklärung bis zur Gegenwart (Stockholm: Kooperativa förbundets bokförlag,
1943) para una historia socialdemócrata. El trabajo de Lora Wildenthal muestra que después
de la guerra el activismo por las libertades civiles podía incorporar algunas alusiones al nuevo
lenguaje internacional sin cambiar profundamente las formas de sus actividades. Wildenthal,
“Human Rights Activism in Occupied and Early West Germany: The Case of the German League
for Human Rights”, Journal of Modern History 80, n.° 3 (septiembre 2008): 515-56. El caso de la
liga de posguerra y de la ACLU sugieren conclusiones similares.
68
Wolfram Kaiser, Christian Democracy and the Origins of the European Union (Cambridge:
Cambridge University Press, 2007). Cf. Michael Newman, Socialism and European Unity: The
Dilemma of the Left in Britain and France (London: Junction Books, 1983).
69
Duranti, “Conservatism”, el cual sigo de cerca en este punto.
70
Aimé Césaire, Discourse on Colonialism, (New York: Monthly Review Press, 1972), 17. La historia
de la oposición francesa a la Convención Europea es contada en la conclusión de: Duranti,
“Conservatism”. Sobre los asuntos holandeses y belgas, aún hay trabajo por hacer, pero véase
Peter Malcontent, “Myth or Reality? The Dutch Crusade against the Human Rights Violations
in the Third World, 1973-1981”, en Antoine Fleury, et al., eds., Les droits de l’homme en Europe
depuis 1945 (Bern: Peter Lang 2003).
para ser usado por primera vez; nunca se convirtió en una característica
esencial de los asuntos intraeuropeos. El camino de las peticiones indivi-
duales abierto por el tratado fue seguido hasta sus últimas consecuencias
solamente en 1961 en la primera decisión de la Corte de Estrasburgo en
Lawless vs. Ireland. Pero incluso este derecho de petición probó general-
mente ser algo meramente teórico hasta mediados de los ochenta, cuando
tanto el número de peticiones recibidas y —de manera incluso más sorpren-
dente— el número de peticiones aprobadas para consideración de la Corte
se disparó (para mediados de los setenta, la Corte Europea de Derechos
Humanos solamente había decidido diecisiete casos)71. La “génesis” de la
Convención Europea no brinda muchas explicaciones sobre estos asuntos
incidentales. Lo que determinaría la disponibilidad y plausibilidad jurídica
de los derechos incluso en la zona europea sería más una victoria cultural
e ideológica de los derechos humanos en una era posterior. Los orígenes
conservadores y de Guerra Fría de la Convención fueron olvidados. Los
derechos humanos vinieron a significar algo diferente en unas circuns-
tancias radicalmente nuevas —ello ocurrió en tiempos muy recientes y
en virtud de eventos muy distintos a los que ocurrían en ese entonces
cuando un nuevo protagonismo de la conciencia del Holocausto para
las sociedades europeas hacía que fuera poderoso creer que el continente
se había limpiado las manos de la violencia y adoptado un nuevo credo
inmediatamente después de haber tocado fondo—.
Sin duda, las ideas conservadoras también pueden ser inspiradoras,
en este caso como una explicación idealista para la defensa de Occidente
en un momento de peligro sin precedentes. Para bien o para mal, esta era
la única versión en la que los derechos humanos realmente sobrevivieron
su agridulce destino de anunciación retórica durante la guerra. Este último
hecho confirma el nostálgico anacronismo de ver solamente el significado
preferido de los derechos humanos como el que vivió el tiempo suficiente
durante la posguerra para ser reactivado más tarde. La verdadera historia
de la idea es que más adelante tuvo que ser sacada de una ignorante oscu-
ridad y ambigüedad al momento de su introducción, así como despojada
de significados originalmente conservadores y frecuentemente religiosos
que se le adhirieron. El “congelamiento” de la Guerra Fría que afectó a los
71
Sobre Chipre, véase Simpson, Human Rights, caps. 17-19. Sobre el caso Lawless, véase Ian
Brownlie, “The Individual before Tribunals Exercising International Jurisdiction”, International
and Comparative Law Quarterly 11, n.° 3 (1962): 701-20; y Jack Greenberg y Anthony R. Shalit,
“New Horizons for Human Rights: The European Convention, Court, and Commission of
Human Rights”, Columbia Law Review 63 (1963): 1384-1412. Para más casos véase por ejemplo
Steven Greer, The European Convention on Human Rights: Achievements, Problems, and Prospects
(Cambridge: Cambridge University Press, 2006), cap. 1, esp. las tablas en 34-35.
72
Esta afirmación está basada en un completo análisis del registro taquigráfico. Sobre Nuremberg
y la Convención contra el Genocidio, véase Donald Bloxham, Genocide on Trial: War Crimes
Trials and the Formation of Holocaust History and Memory (Oxford: Oxford University Press,
2001); y Mira Siegelberg, “The Origins of the Genocide Convention”, Columbia Undergraduate
Journal of History 1, n.° 1 (2005): 34-57.
1
Citado en Dixee R. Bartholomew-Feis, The OSS and Ho Chi Minh: Unexpected Allies in the War
against Japan (Lawrence: University of Kansas Press, 2006), 243.
2
Ho Chi Minh, “Declaration of Independence of the Democratic Republic of Viet-Nam”, en
On Revolution: Selected Writings 1920-66, ed. Bernard B. Fall (New York: Praeger, 1967), 143.
3
On revolutions, énfasis añadido. De acuerdo con Jack Rakove, ya “al escribir el preámbulo de la
Declaración, Jefferson no estaba buscando ni dar un golpe por la igualdad de los individuos,
ni borrar las incontables diferencias sociales que el derecho algunas veces creaba y frecuente-
mente sostenía. La principal forma de igualdad que el preámbulo afirma es la igualdad entre los
pueblos, definidos como comunidades de autogobierno”, en The Future of Liberal Democracy:
Thomas Jefferson and the Contemporary World, ed. Robert Fatton, Jr. y R. K. Ramazani (New York:
Palgrave Macmillan, 2004), 51.
4
Laurent Dubois tiene esta hipótesis sobre la Revolución haitiana, y Lynn Hunt, escribiendo sobre
la misma época, lo sigue. Laurent Dubois, A Colony of Citizens: Revolution and Slave Emancipation
in the French Caribbean, 1787-1804 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2004). Lynn
Hunt, Inventing Human Rights: A History (New York: W.W. Norton, 2007), cap. 4.
5
Cf. Florence Bernault, “What Absence Is Made Of: Human Rights in Africa”, en Jeffrey N.
Wasserstrom et al., eds., Human Rights and Revolutions, (Lanham: Rowman and Littlefield,
2000), 128.
6
Citado en Raoul Girardet, L’idée coloniale en France (Paris: La Table Ronde, 1972), 183.
7
En este sentido, el título del libro de Bonny Ibhawoh, Imperialism and Human Rights: Colonial
Discourses of Rights and Liberties in African History (Albany: State University of New York Press,
2007), es notoriamente equívoco. Para el argumento de que hubo un interesante movimiento
autóctono de derechos en Ghana a finales del siglo XIX que anticipó desarrollos posteriores,
cf. S. K. B. Asante, “The Neglected Aspects of the Gold Coast Aborigines Rights Protection
Society”, Phylon 36, n.° 1 (1975): 32-45.
8
Erez Manela, The Wilsonian Moment: Self-Determination and the International Origins of
Anticolonial Nationalism (Oxford: Oxford University Press, 2007).
9
Sobre la interpretación de la Carta Atlántica por los propios Aliados mientras la Guerra con-
tinuaba, véase W. Roger Louis, Imperialism at Bay: The United States and the Decolonization of
the British Empire, 1941-1945 (New York: Oxford University Press, 1978). Véase igualmente
Neil Smith, American Empire: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization (Berkeley:
University of California Press, 2003), cap. 13. Roosevelt es citado en Robert Dallek, Franklin
Roosevelt and American Foreign Policy 1932-1945 (Oxford: Oxford University Press, 1979), 324.
10
Los esfuerzos para sumar la autodeterminación a la Declaración Universal fueron, tal como
anotamos en los capítulos anteriores, una preocupación preponderante de los delegados de los
bloques soviético y oriental y a la postre fueron rechazados. Para el caso de Ho, véase William
J. Duiker, Ho Chi Minh: A Life (New York: Hyperion, 2000), 341.
11
Elizabeth Borgwardt, A New Deal for the World: America’s Vision for Human Rights (Cambridge:
Cambridge University, 2005); Borgwardt, “‘When You State a Moral Principle, You Are
Stuck With It’: The 1941 Atlantic Charter as a Human Rights Instrument”, Virginia Journal of
International Law 46, n.° 3 (primavera, 2006): 501-62.
12
Paul Kennedy, El parlamento de la humanidad: la historia de las Naciones Unidas (Barcelona:
Debate, 2007), 179. Entre los nigerianos examinados por Ibhawoh, “la introducción de la
Declaración Universal no estimuló el tipo de los debates apasionados acerca del derecho a la
autodeterminación que siguieron a la Carta del Atlántico” (160). Esto no es sorprendente en
la medida en que la declaración no mencionaba la autodeterminación.
13
Mohandas Gandhi, “A Letter Addressed to the Secretary-General of Unesco”, en Human Rights:
Comments and Interpretations, ed. Jacques Maritain (New York: Unesco, 1948); Jawaharlal Nehru,
“To the United Nations” (noviembre, 1948), en Independence and After (Delhi: Publications
Divisions, Ministry of Information and Broadcasting, Government of India, 1949). Cf. G. S.
Pathak, “India’s Contribution to the Human Rights Declaration and Covenants”, en Horizons
of Freedom, ed. L. M. Singhvi (Delhi: Pub. House, 1969).
14
Acerca de la Liga formada en Bruselas en 1927 con financiación y organización comunistas,
véase Vijay Prashad, The Darker Nations: A People’s History of the Third World (New York: The
New Press, 2007), 31-50.
15
Para una visión panorámica véase Christopher Bayly y Tim Harper, Forgotten Wars: Freedom
and Revolution in Southeast Asia (Cambridge: Harvard University Press, 2007), 127, 141 para un
impacto de las cartas de la ONU y del Atlántico.
16
Para el mejor estudio publicado hasta la fecha véase Kweku Ampiah, The Political and Moral
Imperatives of the Bandung Conference: The Reactions of the US, UK, and Japan (Kent: Global
Oriental, 2007).
17
“Declaration to the Colonial Peoples of the World”, en Kwame Nkrumah, Revolutionary Path
(New York: International Publishers, 1973).
18
El texto está publicado en Rachel Murray, Human Rights in Africa: From the OAU to the African
Union (Cambridge: Cambridge University Press, 2004), 271.
19
C. L. R. James, The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution, (New
York: Vintage Books, 1963), 24, 116, 139.
20
Aimé Césaire, Discourse on Colonialism (New York: Monthly Review Press, 1972), 15. Cf. Léopold
Sédar Senghor, “L’Unesco”, en Négritude et humanisme (Paris: Éditions du Seuil, 1964); o “La
Négritude est un humanisme du XXe siècle”, en Négritude et civilisation de l’universel (Paris: Seuil,
1977). Para un contexto, véase Gary Wilder, The French Imperial Nation-State: Negritude and Colonial
Humanism between the World Wars (Chicago: The University of Chicago Press, 2005).
21
Por ejemplo, el Senegal de Senghor fue anfitrión de una conferencia en Dakar en enero de 1976
sobre Namibia, donde su inspirador Kéba M’baye invocó la “civilización de lo universal” como
el fundamento para cuestionar el ilegal protectorado surafricano sobre la base del anticolo-
nialismo y los derechos humanos. Véanse las discusiones y la Declaración de Dakar en Revue
des droits de l’homme 9, n.° 2-3 (1976).
22
Frantz Fanon, Los condenados de la Tierra, (México: Fondo de Cultura Económica, 1965), 160.
23
W. E. B. Du Bois, “750,000,000 Clamoring for Human Rights”, New York Post, mayo 9, 1945,
disponible también en Writings by W. E. B. Du Bois in Periodicals Edited by Others, ed. Herbert
Aptheker, 4 vols. (Millwood: Kraus Thomson, 1982), 4: 2-3. Véase también Du Bois, “The Colonies
at San Francisco”, Trek (Johannesburgo), abril 5, 1946, en Writings by W. E. B. Du Bois in Periodicals
Edited by Others, ed. Herbert Aptheker, 4 vols. (Millwood: Kraus Thomson, 1982), 4:6-8.
24
Véase Louis, Imperialism at Bay, partes III-IV y Gordon W. Morrell, “A Higher Stage of
Imperialism? The Big Three, the UN Trusteeship Council, and the Early Cold War”, en R. M.
Douglas et al., eds., Imperialism on Trial: International Oversight of Colonial Rule in Historical
Perspective (Lanham: Lexington Books, 2006).
25
En todo caso, a diferencia del Capítulo XI, la “Declaración relativa a territorios no autónomos”,
el camino de la administración fiduciaria al menos abría un prospecto con su lenguaje del
artículo 76: “a la luz de su desarrollo progresivo hacia el gobierno propio o la independencia,
teniéndose en cuenta las circunstancias particulares de cada territorio y de sus pueblos”. Para
un análisis de la figura, véase Harold Karan Jacobson, “The United Nations and Colonialism:
A Tentative Appraisal”, International Organization 16, n.° 1 (invierno, 1962), 45. La literatura
sobre la administración fiduciaria es sorprendentemente escasa, pero véase William Bain,
Between Anarchy and Society: Trusteeship and the Obligations of Power (Oxford: Oxford University
Press, 2003), 108-14 sobre la Carta del Atlántico. Sobre los desarrollos procedimentales sobre
los territorios no autónomos, véase Yassin El-Ayouty, The United Nations and Decolonization:
The Role of Afro-Asia (The Hague: Martinus Nijhoff, 1971).
de África tenían en los Estados Unidos cuando Roosevelt estaba vivo está
ahora en un punto bajo”26.
En consecuencia, si las Naciones Unidas tuvieron un impacto fuer-
te en la descolonización ello no fue gracias a su diseño. Sin embargo,
la descolonización afectó poderosamente a la organización cuando los
“años de dominación occidental” de la ONU dieron paso a la “era de la
descolonización”27. Sin lugar a dudas, el primer gran signo de las cosas que
vendrían fue la petición de India a la Asamblea General en 1946 en la que
se quejaba de la discriminación racial en Suráfrica contra ciudadanos de
origen indio28. Claramente construida como una apelación a los principios
contenidos en los derechos humanos de la ONU (incluso antes de que
fueran formulados de manera precisa), el debate en la Asamblea General
eventualmente giró en torno al principio más específico de antirracismo y
antidiscriminación —a punto de restringir el principio de no interferencia
con la soberanía estatal a crímenes que solamente podían ser cometidos
por naciones colonialistas—29. Tal como ocurrió en lo que más tarde fue
la Conferencia de Bandung, la versión dominante del anticolonialismo
contemplaba la interferencia con la soberanía solamente contra el impe-
rialismo de los hombres blancos30. Una resolución sometida por Francia y
México para mejorar la situación por poco no es aprobada. Fue aprobada
luego de las objeciones del primer ministro surafricano Jan Smuts, quien
estaba sorprendido de ver el internacionalismo liberal que había promo-
vido desde hace tiempo, en el preámbulo de la Carta de la ONU que había
escrito, era usado ahora en contra de su país. Este fue el primer paso en el
largo proceso que resultó en la marginalización y aislamiento de Suráfrica
26
Citado en Martin Duberman, Paul Robeson: A Biography (New York: Ballantine, 1989), 297.
27
Estos son los subtítulos de Evan Luard, A History of the United Nations, 2 vols. (New York: St.
Martin’s Press, 1982, 1989), cubriendo los periodos de 1945 a 1955 y de 1955 a 1965, respec-
tivamente. Cf. Jacobson, “The United Nations” y David W. Wainhouse, Remnants of Empire:
The United Nations and the End of Colonialism (New York: Harper & Row, 1964).
28
Estos eventos están bien explorados en un par de artículos de Lorna Lloyd: “‘A Family Quarrel’:
The Development of the Dispute over Indians in South Africa”, Historical Journal 34, n.° 3
(1991): 703-25 y “‘A Most Auspicious Beginning’: The 1946 United Nations General Assembly
and the Question of the Treatment of Indians in South Africa”, Review of International Studies
16, n.° 2 (abril, 1990): 131-53. Véase también Mark Mazower, No Enchanted Palace: The End of
Empire and the Ideological Origins of the United Nations, cap. 4 (Princeton: Princeton University
Press, 2009).
29
Compárese el primer debate en una sesión conjunta de los comités primero y sexto con el
debate en la plenaria: ONU, Documento A/C.1&6/SR.1-6 (1946) y A/ PV.50-52 (1946). Carlos
Rómulo, por ejemplo, hablo en los dos debates defendiendo las preocupaciones de India:
A/C.1&6/SR.3 (1946), 29-30, y A/PV.51 (1946), 1028-30.
30
Compárese con el excelente estudio, a pesar de su errado capítulo conclusivo, de Marilyn Lake
y Henry Reynolds, Drawing the Global Colour Line: White Men’s Countries and the International
Challenge of Racial Equality (Cambridge: Harvard University Press, 2008).
31
Asamblea General de la ONU, Resolución No. 44 (I), diciembre 8, 1946. El asunto de África
suroccidental también fue algo significativo. Véase por ejemplo R. B. Ballinger, “UN Action
on Human Rights in South Africa”, en Evan Luard, ed., The International Protection of Human
Rights (London: Thames and Hudson, 1967).
32
Citado en Ampiah, The Political and Moral Imperatives, 147. Para algunos análisis específicos
que he utilizado sobre la penetración de la autodeterminación en la política de la ONU, véase
Benjamin Rivlin, “Self-Determination and Colonial Areas”, International Conciliation, 501
(enero, 1955): 193-271; Muhammad Aziz Shukri, The Concept of Self-Determination at the
United Nations (Damascus, 1965) y Rupert Emerson, “Self-Determination”, American Journal
of International Law 65, n.° 3 (julio 1971): 459-75. Para mayors efectos sobre la organización,
véase D. N. Sharma, The Afro-Asian Group in the United Nations (Allahabad: Chaitanya Pub,
1969); David A. Kay, “The Politics of Decolonization: The New Nations and the United Nations
Political Process”, International Organization 21, n.° 4 (otoño, 1967): 786-811; y Kay, The New
Nations in the United Nations, 1960-1967 (New York: Columbia University Press, 1970).
33
ONU, Documento A/C.3/SR.292 (1950), 133.
34
Asamblea General de la ONU, Resolución No. 421(V), diciembre 4, 1950.
35
ONU, Documento A/C.3/SR.361 (1951), 84.
36
ONU, Documento A/C.3/SR.362 (1951), 90.
37
ONU, Documento A/C.3/SR.366 (1951), 115.
38
ONU, Documento A/PV.375 (1952), 517-18.
39
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 545(VI), febrero 5, 1952. La resolución también
hacía un llamado por una convención que dispusiera “que todos los Estados, incluso los que
tienen la responsabilidad de administrar territorios autónomos, deben fomentar el ejercicio de
ese derecho”, lo cual en efecto, aunque extraoficialmente, planteaba una revisión del Capítulo
XI de la Carta. Incluso hasta la década de los setenta, los principales abogados internaciona-
listas podían atacar este cambio retroactivo como una revisión ilegítima de la Carta por fuera
de sus propios procedimientos de reforma. Véase Leo Gross, “The Right of Self-Determination
in International Law”, en Martin Kilson, ed., New States in the Modern World (Cambridge:
Cambridge University Press, 1975). Para el aún vigente debate sobre la autodeterminación y
los derechos ante la ONU, véase Roger Normand y Sarah Zaidi, Human Rights at the UN: The
Political History of Universal Justice (Bloomington: Indiana University Press, 2008), 212-24.
40
Louis Henkin, “The United Nations and human rights”, International Organization 19, n.° 3,
504-517 (Cambridge: Harvard University Press, 1965).
41
Vernon Van Dyke, Human Rights, the United States, and the World Community (Oxford: Oxford
University Press, 1970), 77.
42
Kay, New Nations, 87; cf. Kay, “The Politics of Decolonization”, 802. Véanse también muchos
de los análisis en Hedley Bull y Adam Watson, eds., The Expansion of International Society
(Oxford: Oxford University Press, 1984), véase en especial “The Revolt against the West”, de
Bull y “Racial Equality”, de R. J. Vincent.
43
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1514 (XV), diciembre 14, 1960; Amílcar Cabral,
“Anonymous Soldiers for the United Nations” (diciembre, 1962), en Revolution in Guinea: Selected
Texts, Richard Handyside ed., (New York: Monthly Press, 1969), 50-51. Después de Sharpeville,
véase Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1598 (XV), abril 15, 1961, aprobada sola-
mente con el voto negativo de Portugal; y después la Resolución 1663 (XVI), noviembre 28,
1961; la 1881 (XVIII), octubre 11, 1963; y la 1978 (XVIII), diciembre 17, 1963. Para comentarios,
véase Ballinger, “UN Action”, en Moses E. Akpan, African Goals and Diplomatic Strategies in the
United Nations (North Quincy: The Christopher Publishing House, 1976) y Audie Klotz, Norms
in International Relations: The Struggle against Apartheid (Ithaca: Cornell University Press 1995),
44-55. Por los mismos años también hubo resoluciones sobre la ya larga disputa de África
suroccidental y la sorprendente decisión de la Corte Internacional de Justicia en el sentido
de que otros países africanos no tenían la capacidad legitimación para elevar una acción ante
la Corte en el asunto.
44
Asamblea General de la ONU, Resolución n.° 1775 (XVII), diciembre 7, 1962; 1904 (XVIII),
noviembre 20, 1963; 2106A (XX), diciembre 21, 1965; y 2131 (XX), diciembre 21, 1965.
45
Los derechos fueron considerablemente socavados en el último momento al revisarse las dispo-
siciones sobre su implementación, aunque una coalición de países asiáticos y africanos también
introdujo el Protocolo Facultativo a la convención sobre derechos civiles y políticos que pretendía
permitir las peticiones individuales. Véase por ejemplo “Notes on the Early Legislative History
of the Measures of Implementation of the Human Rights Covenants”, en Mélangesofferts à Polys
Modinos: Problèmes des droits de l’homme et de l’unification européenne, ed. Egon Schwelb (Paris, 1968)
y Samuel Hoare “The United Nations and Human Rights: A Brief History of the Commission on
Human Rights”, Israel Year Book of Human Rights, 1 (1971): 29-30.
en causas antirracistas— a punto de que aún definía lo que podían ser los
alcances de los derechos humanos46. Si los derechos humanos tuvieron un
alcance más allá de la ONU en esta era, ello fue, sin embargo, solamente
en este sentido de la redefinición: Malcolm X, el activista afroamericano,
brinda un ejemplo excelente a este respecto.
Si la lucha afroamericana contra la subordinación se entiende mejor
en un trasfondo anticolonial e internacionalista, debemos reconocer lo
extraño y la complejidad de su relación con los derechos humanos. Aho-
ra se sabe que durante el periodo de entreguerras los afroamericanos de
izquierda, frecuentemente en redes con otros en el extranjero, conectaron
sus luchas con los marcos generales de la agenda anticolonialista, enten-
diendo que la lucha contra el régimen legal discriminatorio, denominado
Jim Crow, debía estar íntimamente relacionada con la emancipación de las
gentes negras alrededor del mundo. La generosa imaginación de W. E. B.
Du Bois acerca de la emancipación global databa de mucho tiempo atrás,
al menos desde principios del siglo XX, gracias a su visión genérica de que
la segregación racial que había sucedido a la abolición de la esclavitud en
los Estados Unidos —la famosa color line— era el problema fundamental
de la época. Tres años después de la publicación de su Souls of Black Folk
(1903), ya podía afirmar: “La color line rodea al mundo”47. A pesar de que
esa solidaridad extensiva creció lentamente en los años de entreguerras,
la Segunda Guerra Mundial le dio una mayor relevancia y popularidad. En
particular, los afroamericanos compartían el notable entusiasmo que la
Carta del Atlántico disparó alrededor del mundo; solo unos pocos de ellos
veían cómo la cruzada contra la tiranía de Hitler podía permitir la super-
vivencia del racismo institucionalizado en otros lugares del planeta48. En
su regreso a la NAACP (siglas en inglés para la Asociación Nacional para el
Avance de las Personas de Color) en 1944, luego de diez años de ausencia,
46
Sobre violaciones masivas y, unos años más tarde, sobre el procedimiento formal para solicitar
una investigación, véase ESC Res. 1235 (XLII) (1967) y Res. 1503 (XLVII) (1970); cf. Schwelb,
“Complaints by Individuals to the Commission on Human Rights: Twenty-Five Years of an
Uphill Struggle (1947-1971)”, International Problems n.° 13, 1-3 (enero 1974): 119-39; y para un
estudio de los resultados del llamado procedimiento 1503, véase Ton J. M. Zuijdwijk, Petitio-
ning the United Nations: A Study in Human Rights (New York: St. Martin’s Press, 1982). Para un
panorama más amplio, y especialmente sobre la Subcomisión para la prevención de la Discri-
minación de la Comisión de Derechos Humanos, véase Jean-Bernard Marie, La Commission
des droits de l’homme de l’ONU (Paris: Pedone, 1975), Moses Moskowitz, The Roots and Reaches
of United Nations Actions and Decisions (Alphen aan den Rijn: Sijthoff & Noordhoff, 1980) y
Howard Tolley, The United Nations Commission of Human Rights (Boulder: Westview Press, 1987).
47
Este es el título del artículo reimpreso en Bill V. Mullen y Cathryn Watson, eds., W. E. B. Du
Bois on Asia: Crossing the World Color Line (Jackson: University of Mississippi Press, 2005).
48
Véase el cuidadoso estudio de las respuestas a la Carta del Atlántico en Race against Empire:
African-Americans and Anticolonialism, ed. Penny M. von Eschen (Ithaca: Cornell University
Press, 1997), 25-28.
49
Du Bois, ed., Color and Democracy: Colonies and Peace (New York: Harcourt 1945), así como “The
Negro and Imperialism” (1944) y “The Pan-African Movement” (su discurso en Manchester
comentando conferencias previas) ambos en Philip S. Foner, ed., W. E. B. Du Bois Speaks: Essays
and Addresses 1920-1963, (New York: Pathfinder, 1970). Al respecto de todo esto, véanse los
primeros capítulos de Gerald Homne, Black and Red: W. E. B. Du Bois and the Afro-American
Response to the Cold War, 1944-1963, (Albany: State University of New York Press, 1986).
50
Du Bois, “750,000,000 Clamoring”, 3; Du Bois, Color and Democracy, 10-11, 43, 54, 73, 140-41.
51
Esta es una inferencia del material presentado en Carol Anderson, ed., Eyes Off the Prize:
The United Nations and the African American Struggle for Human Rights (Cambridge: Harvard
University Press, 2003), cap. 1. Aparte de von Eschen, Race, 74-85, véase también Daniel W.
Aldridge III, “Black Powerlessness in a Liberal Era: The NAACP, Anti-Colonialism, and the
United Nations Organization 1942-1945”, en Douglas et al., eds., Imperialism on Trial, y Marika
Sherwood, “‘There Is No New Deal for the Black Man in San Francisco’: African Attempts to
Influence the Founding Conference of the United Nations, April-July 1945”, International
Journal of African Historical Studies 29, n.° 1 (1996): 71-94.
52
Citado en Anderson, Eyes, 93.
53
Citado en Anderson, Eyes, 140; y David Levering Lewis, W. E. B. Du Bois: The Fight for Equality
and the American Century, 1919-1963 (New York: Henry Holt, 2000), 529; cf. 521-22, 528-34.
54
Du Bois, “Human Rights for All Minorities”, reimpreso en Bois Speaks, fue una charla ante la
Pearl Buck’s East and West Association de noviembre de 1945. La introducción de Du Bois a
este llamado esta reimpresa en la misma colección. Acerca de denuncias menores, véase George
Streator “Negroes to Bring Cause before U.N.”, New York Times, octubre 12, 1947; y “U.N. Gets
Charges of Wide Bias in U. S.”, New York Times, octubre 24, 1947.
55
Véase Von Eschen, Race, cap. 5 y Nikhil Singh, Black Is a Country: Race and the Unfinished Struggle
for Democracy, cap. 4, (Cambridge: Harvard University Press, 2004), también Mary Dudziak,
Cold War Civil Rights: Race and the Image of American Democracy (Princeton: Princeton University
Press, 2000), sobre los orígenes de Guerra Fría de la estrategia jurídica de la NAACP y la decisión
de Brown v. Board of Education.
56
Véase Ralph Bunche, “The International Trusteeship System”, en Peace on Earth, ed. Trygve
Lie (New York: Hermitage House, 1949), para un convincente análisis, véase Lawrence S.
Finkelstein, “Bunche and the Colonial World: From Trusteeship to Decolonization”, en
Benjamin Rivlin, ed., Ralph Bunche: The Man and His Times (New York: Holmes & Meier, 1990).
57
Sobre Shuttlesworth, véase Marjorie L. White y Andrew M. Manis, eds., Birmingham
Revolutionaries: Fred Shuttlesworth and the Alabama Christian Movement for Human Rights (Macon:
Mercer University Press, 2000).
Pero fue sobre todo gracias a su encuentro con Nkrumah y otros líde-
res africanos, hablando en la segunda reunión de la Organización de la
Unidad Africana en nombre de su nuevo grupo, la Organización para la
Unidad Afroamericana, que los usos estratégicos de los derechos humanos
58
Malcolm X, “The Ballot or the Bullet”, en Malcolm X Speaks: Selected Speeches and Statements,
ed. George Breitman (New York: Grove Weidenfeld, 1965), 34-35; cf. “The Black Revolution”,
del mismo mes, 52.
59
Malcolm X, “Letters from Abroad”, en Speaks, 61. Es interesante que Malcolm X se quejara
de uno de los más tempranos desarrollos emotivos de lo que sería una causa central para los
derechos humanos en la década después de su muerte. “Ayer leí en los periódicos la preocu-
pación de uno de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, [Arthur] Goldberg, sobre la
violación de los derechos humanos a tres millones de judíos en la Unión Soviética. Imagínense.
No tengo nada en contra de los judíos, pero ese es su problema. ¿Cómo es posible quejarse
sobre los problemas al otro lado del mundo cuando no se han arreglado los problemas acá?
¿Cómo puede la queja de tres millones de judíos en Rusia tomarse para ser llevada a las Naciones
Unidas por un hombre que desempeña el rol de magistrado en la Suprema Corte y se supone
que es un liberal, un amigo de los negros pero no ha abierto su boca una sola vez para llevar a
las Naciones Unidas el reclamo de las personas negras en este país?” Malcolm X, “The Black
Revolution”, 55.
60
Véase “Appeal to the African Heads of State”, de julio de 1964, en Speaks, esp. 75; cf. Malcolm X,
The Last Speeches, ed. Bruce Perry (New York: Pathfinder Press, 1989) 89, 181 y The Autobiography
of Malcolm X (con Alex Haley) (New York: Penguin, 1964), 207.
61
Véase Robert L. Harris, “Malcolm X: Human Rights and the United Nations”, en James L. Conyers,
Jr. y Andrew P. Smallwood, eds., Malcolm X: A Historical Reader (Durham: Carolina Academic
Press 2008) y Thomas F. Jackson, From Civil Rights to Human Rights: Martin Luther King, Jr., and
the Struggle for Economic Justice, (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2007).
62
Cf. Roland J. Burke, “The Compelling Dialogue of Freedom’: Human Rights and the Bandung
Conference”, Human Rights Quarterly 28 (2006): 947-65.
63
“Final Communiqué of the Asian-African Conference”, en George M. Kahin, ed., The Asian
African Conference: Bandung, Indonesia, April 1955 (Ithaca: Cornell University Press 1956), 80.
64
Malik, “The Spiritual Significance of the United Nations”, Christian Scholar 38, n.° 1 (marzo,
1955), 30; reimpreso en Walter Leibrecht, ed., Religion and Culture: Essays in Honor of Paul
Tillich (New York: Harper & Row 1959), 353. Cf. Charles Malik, “Appeal to Asia”, Thought 26,
100 (primavera, 1951): 9-24 y Cary Fraser, “An American Dilemma: Race and Realpolitik in
the American Response to the Bandung Conference, 1955”, en Brenda Gayle Plummer, ed.,
Window on Freedom: Race, Civil Rights, and Foreign Affairs, 1945-1988 (Chapel Hill: University
of North Carolina Press, 2003), 129-31.
65
Véase Carlos P. Romulo, The Meaning of Bandung, (Chapel Hill: University of North Carolina
Press, 1956), junto con su Crusade in Asia (John Day Co. New York, 1955) sobre las incursiones
comunistas, y Contemporary Nationalism and the World Order (Asia Publishing House: New Delhi,
1964), para un nacionalismo liberal y pro-occidental.
66
“En la cristiandad, la persona humana individual posee un valor absoluto”, explicaba Malik
en 1951. “El ultimo fundamento de todas nuestras libertades es la doctrina cristiana sobre la
inviolabilidad absoluta de la persona humana”. Charles Malik, “The Prospect for Freedom”
(discurso en una invitación honorífica de la rectoría, University of Dubuque, febrero 19, 1951),
sin paginar. Véase también Carlos Romulo, “Natural Law and International Law”, University
of Notre Dame Natural Law Institute Proceedings, 3 (1949): 121, 126.
“La historia de nuestra lucha por los derechos humanos básicos —autogo-
bierno con el fin de llegar a la independencia nacional y a la autodetermi-
nación— no ha sido muy diferente a muchas otras luchas”, dijo Kenneth
Kaunda, el primer presidente de Zambia, en una reflexión en 1963 acerca
de la forma como el trasfondo de las Naciones Unidas podía difundirse67.
Los derechos humanos fueron simplemente la lucha por el autogobierno
colectivo.
En la medida en que ocurrieron las conversaciones de los derechos
humanos, ello presupuso el trasfondo de la ONU en el continente afri-
cano donde vivía Kaunda. La Carta para la Libertad Surafricana de 1955
menciona el término “derechos humanos” de pasada como el principio
moral que merecen los africanos, lo cual sin lugar a dudas muestra que la
frase tenía su propia atractivo. El que los derechos humanos recorrieran
un camino en África como un lenguaje estratégico de una manera más
clara que en otros lugares se debe a que el sistema de administración fidu-
ciaria de la ONU se concentraba precisamente en ese territorio (siete de
los once territorios originalmente supervisados estaban ubicados allá).
Aunque estaban separados institucionalmente en la ONU, el Consejo de
la Administración Fiduciaria había sido encargado explícitamente en la
carta para que “promoviera el respeto por los derechos humanos y por las
libertades fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, idioma
o religión” (artículo 76). Esto significaba que entre las actividades del pro-
tectorado de la ONU en los cincuenta y sesenta, tanto las peticiones como
las investigaciones sobre la base de los derechos humanos eran posibles
y un excelente método para promover el anticolonialismo en un espacio
político mucho más concreto y formalizado que los demás lugares ofreci-
dos por el sistema internacional. Se sabe poco sobre las actividades reales
del sistema de administración fiduciaria, pero es claro que el derecho de
petición incentivó la presentación de decenas de miles de documentos.
Evidencias de Tanganyika, bajo supervisión británica, sugieren que mu-
chas de estas peticiones eran reclamos para conseguir inmediatamente
una independencia y otras pocas fueron formuladas explícitamente en
términos de derechos humanos. Pero es posible que la administración
fiduciaria —irónicamente, el lugar más formalizado e institucionalizado
que encontraron los derechos humanos durante décadas dentro de la ar-
quitectura de la ONU— permitiera la difusión de la idea en varios lugares
del mundo68.
67
Kenneth Kaunda, Speech by the Honorable Kenneth Kaunda, Fordham University (Duquesne, 1963), 3.
68
Ullrich Lohrmann, Voices from Tanganyika: Great Britain, the United Nations, and the
Decolonization of a Trust Territory (Berlin: Lit, 2008), 28-38 y caps. 4-6.
69
Andreas Eckert identifica a Nyerere como parte de la primera generación de hombres de
Estado africanos que “más frecuentemente mencionaba” los derechos humanos, sin notar el
trasfondo del sistema de administración fiduciaria. Andreas Eckert, “African Nationalists and
Human Rights, 1940s to 1970s”, en Stefan-Ludwig Hoffmann, ed., A History of Human Rights
in the Twentieth Century (Cambridge: Cambridge University Press, 2010).
70
Julius Nyerere, “Individual Human Rights” (septiembre, 1959), ed. Julius Nyerere, Freedom and
Unity: Uhuru na Umoja (Oxford: Oxford University Press 1967), 70. Sin embargo, el resto del
discurso deja en claro que pretendía que este discurso anterior a la independencia respondiera
a los grupos que creía que equivocadamente apuntaban a la autonomía regional en lugar de
enfatizar los derechos individuales que su partido de Unidad Nacional Africana de Tanganyika
prometía.
71
Nyerere, “Independence Address to the United Nations” (diciembre, 1961), en Freedom and
Unity, 145-46. Véase también su Dag Hammerskjöld Memorial Lecture de enero de 1964, “The
Courage of Reconciliation”, en Freedom and Unity,, 282-83.
72
Véase Nyerere, “The Arusha Declaration: Socialism and Self-Reliance”, en Freedom and Socialism:
Uhuru na Ujamaa (New York: Oxford University Press, 1968), 132-33.
73
Véase Boris Mirkine-Guetzévitch, Les constitutions de l’Europe nouvelle, (Paris: Delagrave, 1928),
35-40 y Mirkine-Guetzévitch, Les constitutions européennes, (Paris: Delagrave, 1951), cap. 8.
Cf. Mirkine-Guetzévitch, Les nouvelles tendances des Déclarations des Droits de l’homme (Paris:
L.G.D.V., 1930, 1936).
74
Véase el resumen en M. G. Gupta, “Fundamental Rights and Directive Principles of State
Policy”, en Aspects of the Indian Constitution, ed. Gupta (Allahabad: Central Book Depot, 1964),
114-21. Para un análisis temprano de la gran ola de litigio alrededor que se abrió gracias a la
carta de derechos, véase Alan Gledhill, Fundamental Rights in India (London: Stevens & Sons,
1955). B. R. Ambedkar, States and Minorities: What Are Their Rights and How to Secure Them in
the Constitution of Free India (Bombay: Thacker and Co. Ltd., 1947).
75
Charles O. H. Parkinson, Bills of Rights and Decolonization: The Emergence of Domestic Human
Rights Instruments in Britain’s Overseas Territories, (Oxford: Oxford University Press, 2007); Ivor
Jennings, The Approach to Self-Government (Cambridge: Cambridge University Press 1956), 103.
Gran Bretaña extendió formalmente la protección de la Convención Europea de Derechos
Humanos a sus territorios coloniales. Esto no produjo ninguna diferencia en la gobernanza
colonial posterior (bajo la teoría de que la convención era redundante, y en todo caso derogable
en casos de emergencia) y el texto de la Convención Europea normalmente no influyó en las
cartas de derechos adoptadas en los procesos constituyentes de las antiguas colonias británicas.
76
Véase Parkinson, Bills of Rights, 228-33, Ivo Ducachek, Rights and Liberties in the World Today:
Constitutional Promise and Reality (Santa Barbara, 1973), cap. 1 y Dudziak, Exporting American
Dreams: Thurgood Marshall’s African Journey (Oxford: Oxford University Press, 2008), Apéndice.
77
Kim Lane Scheppele, “The Migration of Anti-Constitutional Ideas: The Post-9/11 Globalization
of Public Law and the International State of Emergency”, en The Migration of Constitutional
Ideas, ed. Sujit Choudry (Cambridge: Harvard University Press, 2006), 350. Cf. Richard P.
Claude, Comparative Human Rights (Baltimore: Johns Hopkins, 1976).
78
Véase Stephen Howe, Anticolonialism in British Politics: The Left and the End of Empire, 1918-1964
(Oxford: Oxford University Press, 1993), caps. 5-7. Vidal-Naquet, gracias a sus contactos con
Peter Benenson publicó el recuento clásico Torture, Cancer of Democracy: Algeria, 1954-1962
(London: Penguin, 1963) en inglés primero.
79
Jean Paul Sartre, “Prefacio”, en Frantz Fanon, Los condenados de la Tierra, 11.
80
Véase, por ejemplo, Eqbal Ahmad, “Revolutionary Warfare and Counterinsurgency”, en National
Liberation: Revolution in the Third World, ed. Norman Miller y Roderick Aya (New York: The Free
Press, 1971); Régis Debray, A Revolution in the Revolution? Armed Struggle and Revolutionary Struggle
in Latin America, trad. Bobby Oritz (New York: Monthly Review Press, 1967) y Che’s Guerilla War,
trad. Rosemary Sheed (Baltimore: Penguin, 1975); luego también Gérard Chaliand, Revolution in
the Third World: Myths and Prospects (New York: Viking Press, 1977) y Pascal Bruckner, The Tears
of the White Man: Compassion as Contempt, trad. William R. Beer (1983; New York: The Free Press,
1986). Véase también Rony Brauman, ed., Le Tiers-mondisme en question (Paris: Fondation Liberté
sans frontièrs, 1986).
81
Emerson, From Empire to Nation: The Rise to Self-Assertion of Asian and African Peoples (Cambridge:
Harvard University Press, 1960) y Gilbert Rist, The History of Development: From Western Origins
to Global Faith (London: Zed Books, 2002), cap. 9.
82
David H. Bayley, Public Liberties in the New States (Chicago: Rand McNally, 1964); S. Prakash
Sinha, “Is Self-Determination Passé?”, Columbia Journal of Transnational Law, 12 (1973): 260-73.
83
Emerson, “The Fate of Human Rights in the Third World,” World Politics 27, n.° 2 (enero 1975): 223.
84
Arthur Schlesinger, Jr., “Human Rights:How Far, How Fast?”, Wall Street Journal, marzo 4, 1977.
85
Louis Henkin, The Rights of Man Today (Boulder: Westview, 1978), 136.
86
Daniel Patrick Moynihan, “The Politics of Human Rights,” Commentary 64, n.° 2 (agosto, 1977):
22; cf. Elizabeth Peterson Spiro, “From Self-Determination to Human Rights: A Paradigm Shift
in American Foreign Policy”, Worldview, enero-febrero, 1977; y Sidney Liskofsky, “Human
Rights Minus Liberty?”, Worldview, julio, 1978.
“Uno podría pensar que un siglo, y no una década, nos separaban del fi-
nal de los años sesenta”, afirmaba a finales de los años setenta Bronislaw
Baczko, un exdisidente polaco. Baczko había emigrado de Varsovia a Occi-
dente en 1968, cuando los radicales alrededor del mundo turbulentamente
reclamaban transformaciones extraordinarias. Especialmente para la gente
joven, fue una bocanada de aire fresco: en lugar de reproducir la vieja y
fracasada sociedad, creían que tenían la tarea de inventar una nueva. “El
grafiti en los muros de París”, Baczko recordaba a propósito de esa explosión
reciente, “clamaba por el ‘poder de la imaginación’ y exaltaba un ‘realismo
que pide lo imposible’”. Sin embargo, en la década siguiente, el utopismo
transformativo parecía haber colapsado en Occidente y la esperanza de
traer un reino de libertad y justicia se había debilitado. Habiendo sido
proclamado, sus propios partidarios fueron los que frecuentemente lo
desdeñaron de modo implacable. “Es como si la utopía fuera el chivo ex-
piatorio en un exorcismo colectivo de los mal nombrados y mal definidos
demonios que obsesionan nuestra época”, concluía Baczko. De hecho, para
finales de los setenta, algún tipo de expiación respecto del estallido utópico
anterior parecía estar en camino. Perspicazmente, sin embargo, Baczko
no se dejó engañar por las apariencias. En lugar de un “marchitamiento”
o “fragmentación” de la utopía que otros veían, encontró más plausible
1
Bronislaw Baczko, “The Shifting Frontiers of Utopia”, Journal of Modern History 53, n.° 3
(septiembre, 1981) 468, 475.
los derechos humanos. Una de las lecciones más fascinantes del periodo
es lo poco conocida que eran la Declaración Universal y el proyecto de
los derechos humanos internacionales cuando este empezó y cómo estas
“fuentes” tempranas fueron descubiertas solamente después de que se
activaran los movimientos que hacían sus reclamos con base en los dere-
chos individuales. Así, los derechos humanos permitían a diversos actores
crear causas comunes mientras otras alternativas eran consideradas invia-
bles —una convergencia que frecuentemente empezó como un retroceso
estratégico de aquellas grandiosas utopías previas—.
La construcción de un trasfondo general para la explosión del activis-
mo de derechos humanos hasta y alrededor del importante año de 1977
depende de captar esta dinámica del colapso de las utopías previas y la
búsqueda de un refugio en otro lugar. Una cosa es rastrear la historia de la
defensa de los ciudadanos en la esfera internacional, pero otra es dar cuenta
del éxito de los derechos humanos en dicho ámbito y, en el contexto de
muchos nuevos y emocionantes movimientos sociales, su prominencia
y supervivencia en el difícil clima ideológico de los setenta. Una cosa es
revisar la evolución de los mecanismos supranacionales de derechos huma-
nos, por ejemplo las Naciones Unidas y los aparatos europeos, pero otra es
explicar el sorprendente ascenso en el prestigio cultural que empezaron a
disfrutar luego de décadas de irrelevancia. Finalmente, una cosa es exami-
nar a los Estados que decían promover la causa de los derechos humanos
a mediados de los años setenta en una nueva moda sin precedentes, de
manera especialmente notoria en los Estados Unidos de Jimmy Carter, y
cuestionar aquellos regímenes que fueron estigmatizados de una forma
nueva e incómoda —aunque raramente de modos que los descalificaran
radicalmente—. Pero otra cosa es explicar por qué, en este momento, los
derechos humanos aparecieron cargados de contenido en el terreno del
idealismo, para gente común y corriente y en la vida pública. La muerte de
otras visiones utópicas y su transfiguración en la agenda de los derechos
humanos provee la manera más poderosa de analizar estos cambios.
Moses Moskowitz, uno de los muy pocos representantes del viejo estilo
del activismo por los derechos humanos desde las ONG, fue un fracaso.
Nacido en Stryj, Ucrania, en 1910, Moskowtiz emigró con su familia du-
rante su adolescencia hacia los Estados Unidos, donde estudió en el City
College de la Universidad de Columbia. Aparte de ser un analista para
el American Jewish Committee (AJC) antes del estallido de la Segunda
Guerra Mundial, Moskowitz prestó el servicio militar para el Ejército de
los Estados Unidos en Europa, jugando un papel especial en la Alemania
ocupada luego de la guerra como jefe de la inteligencia política en el
estado de Württemberg-Baden. A su regreso en 1946, Moskowtiz tenía
la idea de representar a los judíos ante la organización mundial cuando
las Naciones Unidas vieron la luz del día. Con el apoyo de figuras como
René Cassin, Moskowitz formó el Consejo Consultivo de Organizaciones
Judías (CCOJ), en el que participaron la AJC, la Asociación Anglo-Judía, y
la Alianza Israelita Universal. Explicando por qué trabajó tan obstinada y
anónimamente por los derechos humanos, incluso después de que fraca-
saran en la posguerra, Moskowitz fue elocuente: “Quería trabajar para algo
que fuera permanente, de importancia universal e indestructible”, explicó.
“No creía que fuera a traer la redención, pero creía que no podíamos seguir
adelante a menos de que este principio se estableciera sólidamente en un
tratado internacional”2.
Para cumplir esta tarea, Moskowitz sintió que su principal estrategia
era trabajar solo y en la escena diplomática. De hecho, al cabo del tiempo
rompió con la Asociación Anglo-Judía, la cual en la posguerra, según él, se
movía de su ethos de los años previos a la guerra hacia una “llamada orga-
nización de masas […] un mecanismo de presión, publicando panfletos y
folletos”. “No a las utopías, etc.”, añadió. “Quiero decir, esa era mi gracia
salvadora”. Incluso criticó a Amnistía Internacional por “inventar[se] todo
tipo de procedimiento, todo tipo de aproximaciones” y “construir una
Torre de Babel que en últimas destruiría el proyecto”. A pesar de que en los
cincuenta y sesenta era conocido en los círculos neoyorquinos, tanto en los
judíos como en los de Naciones Unidas, como el “Sr. Derechos Humanos”,
Moses Moskowitz y su organización permanecieron generalmente en la
oscuridad, incluso cuando durante las décadas de su trabajo en el CCOJ
Moskowitz escribió los mejores estudios —cierto, eran esencialmente los
únicos— sobre la suerte de los derechos humanos en los procedimientos
de las Naciones Unidas. Mientras pasaban los años, persiguió infatigable-
mente la juridización de los derechos humanos y propuso la creación de
un “fiscal general” para los derechos humanos (solo fue mucho tiempo
después de Moskowitz, en 1993, cuando esta oficina del alto comisionado
de la ONU finalmente se creó)3.
2
Entrevista con Moses Moskowitz, grabada el 7 de noviembre de 1979, AJC William E. Wiener
Oral History Collection, New York Public Library, Dorot Jewish Division, 22.
3
AJC William E. Wiener Oral History Collection, 25, 33, 35. También construyo este argumento
con base en el documento mecanografiado “Curriculum Vitae”, y otros documentos de Moses
Moskowitz, White Plains, Nueva York. Moskowitz, Human Rights and World Order: The Struggle
for Human Rights in the United Nations (New York: Oceana Publications, 1958), The Politics and
Dynamics of Human Rights (New York: Oceana Publications, 1968), International Concern with
Human Rights (Leiden: Sitjhoff, 1972), The Roots and Reaches of United Nations Decisions (Aalphen
an den Rijn: Sijthoff & Noordhoff, 1980). Para el alto comisionado, véase especialmente la
propuesta original de 1963 de: Jacob Blaustein, “Human Rights: A Challenge to the United
Nations and to Our Generation”, en Andrew W. Cordier y Wilder Foote, eds., The Quest for
Peace: The Dag Hammerskjöld Memorial Lectures (New York: Columbia University Press, 1965).
4
Lyman Cromwell White, International Non-Governmental Organizations: Their Purposes, Methods,
and Accomplishments (New Brunswick: Rutgers University Press, 1951), vii, 261-66.
5
Véase Sandi E. Cooper, “Peace as a Human Right: The Invasion of Women into the World of
High International Politics”, Journal of Women’s History 14, n.° 2 (mayo, 2002): 9-25 y para un
emblemático estudio organizacional, Catherine Foster, Women for All Seasons: The Story of the
Women’s International League for Peace and Freedom (Atenas: University of Georgia Press, 1989).
6
Tal como Moskowitz lo plantea en un memorando interno, “Todo el programa de comité está
basado en una concepción estratégica en el sentido de que la mejor defensa de los derechos de
los judíos es un ataque a las fuentes del sesgo y prejuicio y al prejuicio y la promoción de los
ideales e instituciones democráticas. Si este programa tiene validez, la ONU, tanto en el largo
como en el corto plazo, es la mejor esperanza”. “Evaluation of the United Nations Program
of the American Jewish Committee” (febrero, 1951), AJC RG 347.17.10, YIVO Archives, Center
for Jewish History, New York, Gen-10, Caja 173).
7
Citado en Jan Eckel, “‘To Make the World a Slightly Less Wicked Place’: The International
League of the Rights of Man, Amnesty International USA and the Transformation of Human
Rights Activism from the 1940s through the 1970s”, manuscrito no publicado cuyo sutil análisis
coincide con el mío.
8
El interés de Baldwin en las libertades civiles internacionales, aunque no convenció a la ACLU
para seguirlo desde entonces, data desde la década de los veinte y su entusiasmo por la inde-
pendencia de la India junto con la causa de los prisioneros políticos. Véase Robert C. Cottrell,
Roger Nash Baldwin and the American Civil Liberties Union (New York: Columbia University Press,
2000), cap. 13. Para la perspectiva de Baldwin, véase Baldwin, “Some Techniques for Human
Rights”, International Associations 8 (1958): 466-69. Véase Roger S. Clark, “The International
League of the Rights of Man”, manuscrito no publicado, y Clark, “The International League
for Human Rights and South West Africa 1947-1957: The Human Rights NGO as Catalyst in the
International Legal Process”, Human Rights Quarterly 3, n.° 4 (1981): 101-36. Para un evaluación
a mediados de la década de los setenta, poco tiempo después de su cambio de nombre, véase
Harry Scoble y Laurie Wiseberg, “The International League for Human Rights: The Strategy
of a Human Rights NGO”, Georgia Journal of International and Comparative Law 7, Supp. (1977):
289-314, 292-95, reimpreso en: “Human Rights as an International League”, Society 15, n.° 1
(noviembre/diciembre, 1977): 71-75.
9
No hubo mayor cubrimiento de Teherán. Véase Drew Middleton, “Israel Is Accused at Rights
Parley”, New York Times, abril 24, 1968. Seán MacBride, “The Promise of Human Rights Year”,
Journal of the International Commission of Jurists 9, n.° 1 (junio, 1968): ii. La CIJ había sido fun-
dada en 1952, y trabajó con la financiación de la CIA para promover el imperio del derecho.
Lentamente incorporó el marco de los derechos humanos. Véase Howard B. Tolley, Jr., The
International Commission of Jurists: Global Advocates for Human Rights (Philadelphia: University
of Pennsylvania Press, 1994).
10
Véase Ethel C. Phillips, You in Human Rights: A Community Action Guide for International Human
Rights Year, (New York: Unesco, 1968) y Stanley I. Stuber, Human Rights and Fundamental
Freedoms in Your Community (New York: National Board of Young Men’s Christian Associations,
1968), este último copatrocinado por la American Association for the United Nations. Para la
comisión, véase su informe/panfleto final, To Continue Action for Human Rights (Washington:
Government Printing Office, 1969). A un nivel más relacionado con el tema político John
Carey, The International Protection of Human Rights (New York: Oceana Publications, 1968).
11
Morris B. Abram, “The UN and Human Rights”, Foreign Affairs 47, n.° 2 (enero, 1969): 363-74;
Moskowitz, International Concern, cap. 2, “Disappointment at Tehran”, 13, 23.
12
René Cassin, “Twenty Years of NGO Effort on Behalf of Human Rights”, en Conference of NGOs
in Consultative Status, Toward an NGO the Advancement of Human Rights (New York, 1968), 22.
13
Charles Malik, “An Ethical Perspective”, en Conference of NGOs in Consultative Status, Toward
an NGO, 99-100.
14
Malik, “An Ethical Perspective”, 99-100.
15
O. Frederick Nolde, “The Work of the NGO’s: Problems and Opportunities”, en Conference
of NGOs in Consultative Status, Toward an NGO the Advancement of Human Rights, (New
York, 1968), 111. Igualmente, el filósofo suizo Jeanne Hersch, quien había coordinado la
publicación de Unesco, Birthright of Man (Paris: Unesco, 1969), lamentaba el hecho de que
“algunos pueblos, en especial los nuestros, están invadidos con una fiebre de destrucción, o
pregonando la destrucción para que la justicia emerja del vacío. Esta indignación está muy
de moda”. Hersch, “Man’s Estate and His Rights”, en Toward an NGO, 102. Cf. W. J. Ganshof
van der Meersch, “Droits de l’homme 1968”, Droits de l’homme 1, n.° 4 (1968): 483-90 y Gerd
Kaminski, “La jeunesse, facteur de la promotion et de la réalisation du respect universel des
droits de l’homme”, Droits de l’homme 4, n.° 1 (1971): 153-90.
16
Sir Egerton Richardson, “The Perspective of the Tehran Conference”, en Toward an NGO Strategy,
25; Germaine Cyfer-Diderich, “Report of the General Rapporteur”, en Toward an NGO Strategy, 1.
17
H. G. Nicholas, The United Nations as a Political Institution (Oxford: Oxford University Press,
1975), 148-49.
18
Para un barómetro interesante del estado del internacionalismo estadounidense de vieja guar-
dia a mediados de los sesenta, véase Richard N. Gardner, Blueprint for Peace: Being the Proposals
of Prominent Americans to the White House Conference on International Cooperation (New York:
McGraw-Hill, 1966), 84-102 en lo que se refiere a los derechos humanos.
19
Citado en Tom Buchanan, “‘The Truth Will Set You Free’: The Making of Amnesty
International”, Journal of Contemporary History 37, n.° 4 (2002): 591.
20
Sobre Pax Christi, véase François Mabille, Les catholiques et la paix au temps de la guerre froide
(Paris: Harmattan, 2004). Sobre el Congreso Mundial de Iglesias, véase Edward Duff, The Social
Thought of the World Council of Churches (London, Longmans, Green, 1956).
21
Archer, quien supuestamente iba a escribir un volumen sobre los derechos humanos para
acompañar el trabajo de Berenson sobre prisioneros, no lo entregó a tiempo. Cf. años después
Archer, “Action by Unofficial Organizations of Human Rights”, en The International Protection
of Human Rights, ed. Evan Luard (London: Thames and Hudson, 1967); y Archer, Human Rights,
Fabian Research Series, 274 (London, 1969). Pero fue gracias a su sugerencia que Benenson decidió
terminar la campaña el 10 de diciembre, en el aniversario de la aprobación de la Declaración
Universal.
22
Peter Benenson, Persecution 1961 (Harmondsworth: Penguin Books Ltd, 1961), 152. Uno de los
primeros “padrinos” de Amnistía, Andrew Martin, había estado particularmente preocupado
con los clérigos del este europeo en los años 1940. Para la mejor visión general sobre las acti-
vidades de MacBride en temas de derechos humanos durante los años, véase MacBride (con
Éric Laurent), L’exigence de la liberté (Paris: Stock, 1980), 163-70.
23
Arthur Danto, comunicación personal.
24
Jeremi Suri, Power and Protest: Global Revolution and the Rise of Détente (Cambridge: Harvard
University Press, 2003).
25
Valery Chalidze, To Defend these Rights: Human Rights in the Soviet Union (New York: W.W.
Norton, 1974), 51.
26
Sobre Volpin, véase el brillante texto de Benjamin Nathans, “The Dictatorship of Reason:
Aleksandr Volpin and the Idea of Rights under ‘Developed Socialism’”, Slavic Review 66, n.° 4
(invierno, 2007): 630-63.
27
Véase una traducción parcial en Peter Reddaway, ed., Uncensored Russia: Protest and Dissent in
the Soviet Union (New York: American Heritage Press, 1972), 53-54; cf. Mark Hopkins, Russia’s
Underground Press: The Chronicle of Current Events (New York: Praeger, 1983), 1, 26-27.
28
El texto de la petición está en Samizdat: Voices of the Soviet Opposition, ed. George Saunders, (New
York: Monad Press, 1974), Chalidze también empezó a investigar el derecho de las Naciones
Unidas como parte de su compromiso más amplio que tenía este momento de aprender sobre los
aspectos jurídicos. Joshua Rubenstein, Soviet Dissidents: Their Struggle for Human Rights (Boston:
Beacon Press, 1980), 128-29. Cf. Chalidze, The Soviet Human Rights Movement: A Memoir (New
York: American Jewish Committee, 1984).
29
Véase David Kowalewksi, “The Multinationalization of Soviet Dissent”, Nationalities Papers
11, n.° 2 (otoño, 1983): 207.
de una “lucha moral […]. Uno debe empezar por formular que la verdad se
necesita por su propio bien y por ninguna otra razón”. Otro portavoz de
alto perfil, el médico Yuri Orlov, se refirió en 1973 al fundamento del mo-
vimiento como una “ética común a toda la humanidad”. Al año siguiente
Pavel Litinov explicó que lo importante era su carácter “no político”. En
realidad, por supuesto, el movimiento “era político en el sentido de que
amenazaba los fundamentos del poder soviético”30. Pero estaba basado
en una política que precisamente funcionaba gracias a su pretensión de
trascender la política —muy al estilo de lo que anteriormente planteaba
Benenson—.
La singular trayectoria de Sakharov ilustra vívidamente la centralidad
de 1968 y las notables contingencias de los años que siguieron. Sakharov
había iniciado sus acciones antes de ese día, tal como cuando asistió a una
pequeña manifestación del Día de la Constitución en 1966 para pedir la
democratización. Sin embargo, no se involucró con los juicios de disidentes
literatos. Su breve pero crucial amistad con Roy Medvedev, cuya historia
leninista sobre el estalinismo lo afectó poderosamente, era lo más impor-
tante en este punto, más que sus otros pocos contactos con disidentes. Un
acto lleno de coraje lo convirtió en una celebridad mundial de la noche a
la mañana. Sakharov, un científico nuclear que mantuvo acceso durante
mucho tiempo a los más altos rangos del gobierno soviético, redactó una
petición por la coexistencia y logró hacerla llegar al New York Times, donde
fue publicada el 22 de julio de 1968.
Su contexto original —incluso para el lector occidental— se inscribía
en la causa de la détente entre las potencias de la Guerra Fría. Sakharov
presentó un esperanzador modelo en el que el comunismo y el capitalis-
mo serían reformados, dejando atrás el bloqueo nuclear y quizá llegando
a un modelo de convergencia algún día. Dado el momento en el que fue
publicado, el significado del texto de Sakharov, titulado “Reflexiones so-
bre el progreso, la coexistencia y la paz”, fue imposible de interpretar sin
hacer referencia al experimento checoslovaco (el Times informaba directa-
mente sobre el asunto debajo de una fotografía de un convoy del Pacto de
Varsovia entrando al país). Por su posible contribución a la democratización
30
Yakobson, citado en Natalia Gorbanevskaya, Red Square at Noon (New York: Holt, Rinehart
and Winston, 1972), 284; Orlov y Litvinov, citado en Philip Boobbyer, Conscience, Dissent, and
Reform in Soviet Russia (New York: Routledge, 2005), 88, 75, 89. Más tarde, Litvinov reflexiona-
ba, “El movimiento de derechos humanos se ha concentrado por completo en la defensa del
individuo contra el comportamiento arbitrario del gobierno, no en cuestiones de estructura
social o estatal. Dedicándose a esta misión aparentemente simple y práctica, la revitalizada
intelectualidad está superando el vicio de la vieja intelectualidad de tener una ciega fe en los
esquemas utópicos”. Litvinov, “The Human-Rights Movement in the Soviet Union”, en David
Sidorsky, ed., Essays on Human Rights: Contemporary Issues and Jewish Perspectives (Philadelphia:
Jewish Publication Society, 1979), 124.
31
Cito acá la versión del libro rápidamente publicado Progress, Coexistence, and Intellectual Freedom
(New York: Norton, 1968), 42. Mientras Sakharov ciertamente defendía la libertad de pensa-
miento, e incluso se refirió al valor de la personalidad humana (n.° 48), es anacrónico pensar
que se basaba en un marco de derechos humanos para esta época. Cf. Joshua Rubenstein,
“Andrei Sakharov, the KGB, and the Legacy of Soviet Dissent”, en Rubenstein y Alexander
Gribanov, eds., The KGB File of Andrei Sakharov (New Haven: Yale University Press, 2005), 20.
los derechos humanos como tales que su uso para otros fines asociados
con la restauración del régimen. En Occidente, sin embargo, la imagen
pública de Solzhenitsyn, como la de Sakharov, se consolidó alrededor de
la idea de que una moralidad internacionalmente definida era relevante
sobre todo cuando los esquemas revolucionarios fracasaban. Aplaudido
alrededor del mundo ya en los años sesenta, Solzhenitsyn, también, se
unió al movimiento de derechos humanos cuando este ya había iniciado
su curso sobre la base de su discurso “de contrabando” por medio del cual
aceptó el Premio Nobel en 1970, en el que señaló: “¡Es que ya no quedan
cuestiones internas sobre nuestro hacinado mundo!”32.
El hecho de que Sakharov pudiera llegar a ser conocido fuera de su
país como un ícono de los derechos humanos se debió esencialmente a la
destrucción del experimento checoslovaco y a la rápida evolución de su
carrera a principios de los años setenta. Incluso en un perfil de noviembre
de 1973 publicado en el New York Times Magazine, fue posible presentar
a Sakharov como un activista de los derechos civiles bajo el modelo del
movimiento estadounidense33. Pero en su trabajo con el Comité y para sí
mismo, Sakharov llevaba a cuestas el manto de los derechos humanos cada
vez más. Su discurso de aceptación del Premio Nobel, que su esposa Elena
Bonner leyó en su nombre en Estocolmo en diciembre de 1975, fue titulado
“Paz, progreso y derechos humanos”. En él se documentaba su aprendizaje
desde 1968, cuando paz y progreso habían implicado democratización y
convergencia. Ahora significaban algo nuevo34. Todo ello era impulsado
por un lento desvío de la esperanza por una versión más humana de la
32
Véase Sakharov, Memoirs, 319, donde recordó: “sabía muy poco de la historia del movimiento;
no estaba cómodo con el enfoque legalista [de Chalidze]”, y también dirigió su atención a la
eliminación a largo plazo de la religión, algo que había ignorado durante el juicio de Anatoly
Krasnov-Levitin; cf. Sakharov, Sakharov Speaks, 160-63 (New York: A.A. Knopf, 1974), donde se
reimprime su carta a Brezhnev. Aleksandr Solzhenitsyn, The Nobel Lecture on Literature, trad.
F. D. Reeve (New York: Harper and Row, 1972), 30.
33
En la era en la que el anticolonialismo había definido de otro modo la idea, en la década de los
sesenta, algunos estadounidenses se referían a los derechos civiles nacionales como “derechos
humanos”, sin entender, como Malcolm X, que este nexo implicaba la internacionalización
de los derechos civiles. Por ejemplo, la oficina para los derechos civiles del estado de Nueva
York, fundada con el propósito de combatir la discriminación en material de vivienda y em-
pleo, se rebautizó con el nombre de División de Derechos Humanos, en 1968 y los estudiantes
de derecho de la Universidad de Columbia fundaron Columbia Survey of Human Rights (fue
rebautizada como Columbia Human Rights Law Review tres años más tarde). En estos desarro-
llos, la completa ausencia a referencias fuera del ámbito nacional, y la percepción de que no
era necesario hacer dichas referencias, dan testimonio del pequeño impacto que los derechos
humanos internacionales tenían en la escena estadounidense hasta ese momento. He decidido
no mencionar la agencia estatal de Nueva York en el apéndice del libro.
34
Hedrick Smith, “The Intolerable Andrei Sakharov”, New York Times Magazine, noviembre 4,
1973, en donde la única alusión a los derechos humanos es la afirmación (equivocada) de que
el primer acto de disenso de Sakharov en 1966 fue en el Día Internacional de los Derechos
Humanos, cuando en realidad fue en el aniversario de la Constitución de Stalin. Sakharov,
“Peace, Progress and Human Rights”, en Alarm and Hope, ed. Efrem Yankelevich y Alfred Friendly,
Jr (New York: A. A. Knopf, 1978).
35
Sakharov, “How I Came to Dissent”, trad. Guy Daniels, New York Review of Books, marzo 21,
1974.
36
Radio Liberty, Register of Samizdat (Munich, 1971). Véase también Felix Corley, “Obituary: Peter
Dornan”, The Independent, noviembre 17, 1999. Para el Comité, un descendiente de la más
antigua Union Internationale de la Résistance et de la Déportation, véase su boletín, Droits de
l’homme in U.R.S.S, la cual funcionó entre 1972 y 1976, y el reporte de su fascinante simposio
Human Rights in the U.S.S.R.: Proceedings and Papers of the International Symposium on the 50th
Anniversary of the U.S.S.R. (Bruselas: International Committee for the Defense of Human
Rights in the USSR, 1972), llevado a cabo en diciembre de 1972 con la participación de Cassin,
Reddaway y otros. Para otras publicaciones representativas de AI, véase Christopher R. Hill,
Rights and Wrongs: Some Essays on Human Rights (London: Penguin Books, 1969), en donde se
incluye la contribución de Peter Reddaway sobre el disenso soviético o Prisoners of Conscience
in the USSR: Their Treatment and Conditions (London: Amnesty International, 1975).
37
Kathleen Teltsch, “Human Rights Association Says Soviet Group Becomes Affiliate”, New York
Times, junio 30, 1971. Véase, por ejemplo, V. N. Chalidze, “Important Aspects of Human Rights
in the Soviet Union”, (una trad. Social Problems) (AJC pamphlet, 1972).
38
Michael Scammell, “Notebook”, Index of Censorship 1, (primavera 1972): 7; Sakharov, Memoirs,
288. Writers and Scholars International nació luego de que Stephen Spender publicara “With
Concern for Those Not Free”, Times Literary Supplement, octubre 1971, reimpreso en Index
of Censorship 1, (primavera 1972): 11-16; y en W. L. Webb y Rose Bell, An Embarrassment of
Tyrannies: Twenty-Five Years of the Index of Censorship, (Nueva York: George Braziller, 1998).
39
Citado en Kathryn Sikkink, “The Emergence, Evolution, and Effectiveness of the Latin Ameri-
can Human Rights Network”, en Elizabeth Jelin and Eric Hershberg, ed., Constructing Democracy:
Human Rights, Citizenship, and Society in Latin America (Boulder: Westvier Press, 1996), 63. Véase
por ejemplo, David F. Schmitz, Thank God They’re on Our Side: The United States and Right-Wing
Dictatorships, 1921-1965 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999).
40
Como parte de la abundante literatura, véase J. Patrice McSherry, Predatory States: Operation
Condor and Covert War in Latin America (Lanham: Rowman and Littlefield Publishers, 2005)
y Jorge G. Castañeda, Utopia Unarmed: The Latin American Left after the Cold War (New York:
Knopf, 1993).
Sin embargo, muy pronto esas figuras estaban haciendo alianzas con
Amnistía Internacional, la cual empezó en estos mismos años a organizar
investigaciones y a publicitar torturas en países latinoamericanos específicos.
Estas investigaciones contribuyeron a los cuestionamientos del Congreso
estadounidense respecto de la participación de ese país en los gobiernos
dictatoriales de derecha. En cuanto a estos esfuerzos, los actores locales
sabían que el éxito de sus denuncias dependía de que mantuvieran se-
parados sus reclamos radicales por el cambio social de su activismo de
derechos humanos. […] Reconociendo que el espacio para el activismo
radical se estaba cerrando en la región en medio de una ola de represión
sin precedentes, buscaron nuevas formas de perseverar en su acción po-
lítica. Prácticamente sin capacidad alguna para desempeñar su actividad
en el espacio doméstico, buscaron interlocutores que pudiesen presionar
al gobierno uruguayo para que cesara la represión contra sus compañeros
activistas de izquierda.43
41
John Duffett, ed., Against the Crime of Silence: Proceedings of the Russell International War Crimes
Tribunal (New York: Simon and Schuster, 1970), William Jerman, ed., Repression in Latin America:
Report on the First Session of the Second Russell Tribunal (Nottingham: Bertrand Russell Peace
Foundation for Spokesman Books, 1975); cf. Arthur Jay y Judith Apter Klinghoffer, International
Citizens’ Tribunals: Mobilizing Public Opinion to Advance Human Rights (New York: Palgrave,
2002).
42
Citado en Vania Markarian, Left in Transformation: Uruguayan Exiles and the Latin American
Human Rights Networks, 1967-1984 (New York: Routledge, 2005), 99.
43
Markarian, Left in Transformation, 141.