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Montserrat: la montaña del tercer milenio

Montserrat forma parte de la España Mágica.

Fue considerado un lugar sagrado por todas las culturas que vivieron en su entorno. En su ámbito natural se han
producido milagrosas curaciones y conversiones tan señaladas como la de Ignacio de Loyola. El profundo misterio
de su impacto espiritual, como los extraños fenómenos que registra su historia, son objeto de investigación para
los más variados campos del saber: desde la geobiología hasta la ufología. Como la vida misma, este macizo tiene
un lado luminoso y un lado oscuro, menos conocidos que su leyenda cristiana de la «Moreneta», y cuyos enigmas
hemos querido explorar.
Artículo del Dr. Octavi Piulats publicado en el núm. 119 de Año / Cero

La clave de la montaña es su naturaleza mistérica y el impacto que ésta produce espiritualmente en el hombre. Es
posible que la frase que mejor la define sea la del poeta alemán Schiller: «Montserrat absorbe a todo hombre
desde el mundo exterior hacia el mundo interior». Este paraje se presenta así para el genial autor romántico corno
una vía al «conócete a ti mismo» socrático y esa atracción que él detectó con su fina sensibilidad también
describe la vivencia de los ermitaños y anacoretas que han unido su búsqueda interior a esta montaña.

El nombre de Montserrat proviene del catalán. Su traducción exacta es «monte aserrado». Esta es la impresión que
produce contemplado desde la distancia; sus cumbres y desniveles le dan un aspecto de serrucho visto al revés.
Pero también el mismo monte se halla «aserrado» por el gran corte del «collado del mediodía» que divide la
montaña en dos grandes territorios. Como el Montseny o el Montsant, ésta forma parte del macizo pre-litoral
catalán y geológicamente sus orígenes se remontan al eoceno, es decir, al inicio de la era terciaria.

El Montserrat subterráneo
En las paredes exteriores de la montaña, cerca de las localidades de Colibató y Monistrol, existen dos grandes
fuentes («Las Mentirosas)» que suelen manar abundantemente durante los días posteriores a las lluvias, como si se
tratase de dos grandes desagües del agua acumulada en el interior del macizo. Este hecho ha llevado a algunos
geólogos a especular con la hipótesis de un gran lago interior. Durante algún tiempo los espeleólogos intentaron
localizarlo descendiendo a las dos grandes simas de la montaña: el abismo de Costadreta, de 125 m, y el de los
Pouetons, de 140 m. Sin embargo, estos esfuerzos no dieron resultado.

Otra posibilidad de penetración al interior son las «cuevas del Salnitre». Éstas tienen una longitud de casi 1 km y
en su interior se pueden admirar formaciones de estalagmitas y estalactitas; se internan en galería hacia el centro
del macizo y existe un manuscrito del año 1801, firmado por el padre Joana, un monje de Montserrat, en el cual
se indica que él y otras personas se internaron profundamente en esta galería hasta llegar a un acantilado por
donde corría un gran río subterráneo.

Lamentablemente, en la actualidad la galería termina de forma abrupta en un espacio bloqueado y no hay rastro
de río ni de lago, aunque es posible que hace dos siglos el acceso al centro del macizo no fuese una quimera y
sobre este eje puedan discurrir importantes corrientes fluviales subterráneas. La permeabilidad de la roca caliza
de¡ cárstico genera a menudo este tipo de dinámica en muchos casos.

La leyenda del Grial


En la rica tradición de las leyendas fantásticas e históricas de la montaña destaca la leyenda de Fray Garí, el
ermitaño que violó y mató a la hija del Conde Wilfredo el Velloso y luego se convirtió en un legendario «hombre
fiera» de la montaña, hasta su redención. Por cierto, todavía hoy 'es posible ver la cueva que Garí habitó. Pero,
sin duda, el aspecto del Montserrat mítico que ha alcanzado mayor categoría y universalidad es su relación con el
cielo artúrico y, especialmente, su conexión con el castillo del Santo Grial.
El escritor Chrétien de Troyes, famoso por haber reproducido en el siglo XII el ciclo de los caballeros del rey Arturo
y la Tabla Redonda, escribió un último relato que no se asemeja a los anteriores. En esta narración, un caballero
llamado Perceval se pierde mientras viaja de regreso a su hogar y va a parar a un extraño lugar montañoso donde
se encuentra un castillo (Carbonek). Allí vive unas sorprendentes experiencias paranormales que culminan con la
aparición de un cortejo que se centra en la veneración de un objeto con forma de cáliz: el Grial. A la mañana
siguiente, Perceval se despierta solo en la montaña, con el castillo desierto, y regresa frustrado a su hogar sin
haber desentrañado el misterio del Grial.

Años más tarde, otro francés, Robert de Boron, en otra balada épica, volverá sobre el mismo tema, relacionando
el Grial claramente con el cáliz que recogió la sangre de Jesús en la cruz. Sin embargo, la fuente que tiene mayor
interés es la obra del alemán Wolfran von Eschenbach, quien a principios del siglo XIII retoma el tema y aporta
nuevos datos sobre la extraña historia. Eschenbach apunta que la peripecia en tomo al Grial fue cantada por un
trovador provenzal llamado Kyot que, a su vez, se había inspirado en un manuscrito árabe encontrado en Toledo.
Según este autor, el castillo del Grial se hallaba situado allende los Pirineos, en la frontera con el mundo árabe.
Además, rectifica a Chrétien de Troyes cuando afirma que el castillo no se denominaba «Carbonek» sino
«Montsaltvatge» y también sostiene que sus habitantes eran los templarios.

Esta aportación de Eschenbach es la que ha dado pie a situar la historia de la búsqueda del Grial en el escenario
de Montserrat de los siglos VII y VIII. Los filólogos nunca han podido probar que Kyot existiese históricamente, pero
el nombre sugiere con fuerza un origen catalán. Luego, la ubicación del castillo del Grial en un lugar montañoso
«más allá de los Pirineos» apunta de nuevo hacia Cataluña. Pero, sobre todo, pesa el nombre del castillo,
«Montsalvatge» («Monte salvaje» en catalán antiguo).

Otro respaldo documental importante atañe a la existencia de un castillo anterior al monasterio, que puede
probarse históricamente. En el entorno está documentada la existencia de uno de origen árabe, denominado
«castillo del Marro», que se levantaba cerca de Santa Cecilia hacia el año 871. También se ha especulado con la
existencia de un segundo castillo, cuyos cimientos se localizarían en lo que es hoy la ermita de San Dímes. Según
Carreras i Candi, que cita a Argaiz, parece ser que en la biblioteca de Montserrat hay rastros de un tercer castillo,
denominado Otger, situado en plena montaña, cerca de la ermita de San Miguel. El primer documento que hace
referencia a esta fortificación data de 1042 y es probable que Otger fuese el nombre de algún lugarteniente de
Carlomagno.

Más allá de los datos geográficos e históricos, lo cierto es que el relato del Grial contiene un modelo de búsqueda
iniciática y un simbolismo que puede trasponerse a la espiritualidad de Montserrat. La leyenda simboliza
esencialmente un viaje que lleva no a realizar hazañas externas de fama y gloria como ocurre en las otras
aventuras de caballería, sino a buscar interiormente un crecimiento personal que nos conduzca al descubrimiento
de que la superación de las contradicciones y desdichas se halla en gran parte en el conocimiento y la vivencia de
nosotros mismos.

Es desde esta perspectiva que podemos asociar mejor el Grial con Montserrat, que desde tiempos remotos ha sido
el lugar hacia el cual el hombre ha peregrinado más allá del mundo con la esperanza de encontrar la respuesta a
sus contradicciones y acceder a su centro espiritual. La identificación entre el gran mito griálico y la montaña
alcanzó artísticamente su cumbre de la mano del romanticismo alemán. Ricardo Wagner, que conocía a través de
Goethe y Schiller su espiritualidad, recreó en su ópera Parsifal la aventura del castillo de «Montsalvatge». Cuando
a finales del siglo pasado la obra se estrenó en Bayreuth, los decorados de la misma reproducían los monolitos y
las agujas de Montserrat.

Curaciones milagrosas
A partir del siglo XII existe ya copiosa documentación sobre los milagros que han tenido lugar en la basílica.
Muchos siguen un mismo patrón y se hallan testificados notarialmente. Enfermos desahuciados llegan a ella tras
una penosa ascensión y, tras realizar ofrendas a la Virgen, empiezan a experimentar una transformación y, a
menudo, la curación de sus enfermedades, a veces sólo minutos después. Es obvio que, independientemente de la
posibilidad de intervención divina, muchas curaciones aparecen como intervenciones terapéuticas del inconsciente
sobre el cuerpo físico, en un proceso que hoy consideramos científicamente plausible y, probablemente, también
haya un factor añadido relacionado con las energías geobiológicas del macizo.

Otro aspecto fantástico de Montserrat es el fenómeno de la aparición de extrañas luces, que tiene continuidad a
través de los siglos. Ya en el hallazgo de la Virgen, hace 1.000 años, los pastores vieron estas intensas luminarias.
En 1345, estando la Iglesia del Carmen de Manresa repleta y en pleno día, unas insólitas «bolas de fuego»
procedentes de Montserrat iluminaron la Iglesia y parte de Manresa. El fenómeno fue testificado por miles de
personas y por las autoridades y no tenemos motivos para dudar de ello. Hasta nuestros días, Manresa ha
celebrado siempre ese acontecimiento con las «festes de la Llum», que tienen lugar en febrero. Por supuesto,
estas luces fueron interpretadas en aquella época como un signo divino. Hoy, sin embargo, es posible que la
interpretación fuese otra y pudiese relacionarse con el fenómeno OVNI. También a finales del siglo X, encontramos
alusiones al avistamiento de estas extrañas luces antes de una batalla contra los musulmanes.

Conversiones y Ovnis
En el siglo XVI Negó a Montserrat un guerrero vasco que se hacía llamar Íñigo y que, en el momento de entrar en la
basílica y ver a la Virgen, experimentó una fuerte conmoción espiritual que acabaría por generar un cambio
radical en su vida.

Aquel guerrero supo que había de quedarse un tiempo viviendo cerca de la montaña y, tras algunos días de
oración, dio sus pertenencias a los pobres y se instaló como anacoreta en una cueva de Manresa mirando hacia la
montaña. Allí vivió unos meses, entre alucinaciones y tentaciones; se nos habla de una fantástica serpiente de luz
y de estados místicos de éxtasis junto al río, de arrebatos y de otros estados alterados de conciencia. Lo cierto es
que a partir de la energía que obtuvo en Montserrat, este Iñigo se convirtió en san Ignacio de Loyola, escribió sus
Ejercicios Espirituales al lado de la montaña de su conversión e inició la gigantesca tarea de fundar la Compañía
de Jesús.

A finales de los años 70, un hombre que se dedicaba a la informática, Luis José Grifol, que asegura tener contacto
psíquico con los extraterrestres, hizo balance de todas las leyendas relacionadas con la aparición de luces en
Montserrat y se dedicó a estudiar dicho fenómeno in situ. Desde principios de los 80, Grifol ha ascendido a la
montaña por la noche el día 11 de cada mes para observar a simple vista y a través de instrumentos astronómicos
los fenómenos lumínicos que hemos comentado, reuniendo en torno a él a grupos muy numerosos. De estas
sesiones nocturnas, de las cuales han sido testigos de las extrañas luces prestigiosos investigadores, se han
realizado fotografías y diseños. Todavía no se ha podido dibujar una cadencia de apariciones, aunque sí parece
que Montserrat constituye una de las coordenadas clásicas del fenómeno ovni.

La naturaleza en estado puro


Quien desee descubrir la espiritualidad de este lugar deberá alejarse del conjunto arquitectónico y ascender hacia
las cumbres. Repentinamente, cuando el monasterio y su abadía desaparecen de nuestra vista, penetramos
realmente en la Arcadia que experimentó el viajero alemán Humboldt y ascendemos por sinuosos canales
esculpidos en la roca, atravesando robles y pinos solitarios, hacia el paisaje imperturbable del valle interior de la
montaña. No se trata sólo de belleza, sino que ante las enormes moles de piedra y su magnetismo nos sentimos
finitos y caducos. Frente a la energía de la naturaleza, nosotros somos hojas de otoño.

Al cabo de unas horas de estancia en la naturaleza, la sensación es de paz, tranquilidad y sosiego interno, y otras
veces de euforia. No son sólo estados subjetivos, ni simples efectos de la ausencia de ruido o de¡ perfume de
plantas relajantes. Más allá de lo psíquico existe lo que se ha denominado «el magnetismos de la montaña. Así, se
ha señalado que las agujas y monolitos de formación calcárea actúan en Montserrat como poderosas antenas que
emiten frecuencias de magnetismo geobiológico: fuerzas telúricas positivas que el excursionista acaba por percibir
consciente o inconscientemente. La habitual frase de «voy a Montserrat para cargar mis baterías» habría de ser
entendida en su sentido más literal. Pero este magnetismo positivo no sólo procedería de redes telúricas clásicas.
Al parecer, el almacenamiento de agua en el Montserrat interior podría con- tribuir al fenómeno con una fuerte
ionización ambiental. Los iones del agua se orientarían en el mismo sentido que los vectores de las energías
telúricas y reforzarían la carga energética de las cumbres.

Explorando el lado oscuro


A veces, sin embargo, y si conectamos con el lado oscuro de la montaña, lo benéfico se transforma en lo
inquietante, e incluso en lo pavoroso. No todo en la montaña es energía benéfica, aunque ésta sea la que
predomine; su naturaleza muestra también en algunos momentos fuerzas de las cuales el hombre tiene que
protegerse. Para empezar, es muy fácil perderse en la montaña, por la semejanza de sus rocas y la profusión de
males de caminos. Incluso excursionistas muy experimentados pueden ser víctimas en algún momento de
desorientación. Además, algunos de los caminos conducen muy cerca de despeñaderos y caídas verticales. A veces
estas veredas están cubiertas de vegetación y cuando se descubre la sima puede ser demasiado tarde. Quien se
adentre en las sendas de la montaña debe saber que, más allá del pico de San Jerónimo hacia el Tabor, penetra en
el territorio menos conocido del macizo y pasará por lugares inhóspitos y de difícil recorrido.

Pero donde el lado oscuro se expresa con su máxima fuerza es en las extrañas y persistentes desapariciones, que
datan de antiguo. En todos los pueblos del en- torno de la montaña, como Collbató, Marganell, el Bruc y Monistrol,
hay personas que han desaparecido. En Manresa, la capital de la zona, una ciudad de 80.000 h, cada dos o tres
años alguien se pierde para siempre.

Armengou i Marsans, en su libro sobre Montserrat, nos refiere a una joven barcelonesa, Amparo Vielda, que
desapareció durante una excursión en 1985. Se trata de un caso muy interesante porque Amparo le habla contado
a una amiga que durante anteriores excursiones, en, algunos lugares donde había grietas, había sufrido profundos
mareos y en una ocasión se sintió atraída irresistiblemente hacia el desconocido reino subterráneo de la montaña.
De esa mujer sólo se encontró su coche.

El más reciente caso fue el de un ejecutivo de 38 años, Ricardo Flavia, que desapareció en agosto de 1998 cuando
realizaba una excursión en solitario. Su coche permaneció semanas en el parking del monasterio, hasta que la
policía lo identificó.

¿Accidentes clásicos de montaña? Esta teoría presenta un serio inconveniente: aunque en algunos casos se han
encontrado los cadáveres de algunas personas extraviadas, lo normal ha sido no encontrar el menor rastro de los
desaparecidos. Para algunos geobiólogos, la poderosa energía de ciertos parajes podría producir pérdidas
temporales de conciencia, lo que acarrearía accidentes repentinos. Pero esta hipótesis también debe matizarse,
porque la ausencia de los cuerpos accidentados sólo se explica si durante estos estados alterados de conciencia
estas personas penetran en alguna cueva de la, montaña, lo que de nuevo nos lleva a la hipótesis de la existencia
de un inquietante Montserrat subterráneo.

Este doble aspecto -lo luminoso y lo oscuro- constituye el signo bifronte característico de los grandes, símbolos.
Seña de identidad del catalanismo, ámbito mágico-religioso que une a su condición de santuario el de lugar
cargado de poder, la montaña atesora este carácter universal que, a lo largo de los siglos, atrae como un imán a
los espíritus más sensibles y les cita secretamente para abrirles la puerta de una iniciación personal e
intransferible. Esta es su grandeza y su misterio. Desde la noche de los tiempos hasta nuestros días.
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