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Macarena Gavotti

Género, salud y seguridad en el trabajo – Doris Marlene Acevedo Izaguirre

- El género en el trabajo

La representación social del trabajo es predominantemente androcéntrica, esto significa


que la seguridad y la salud en el trabajo han sido pensadas para un mundo laboral
masculino. Se consideraba a las mujeres con un carácter subsidiario del varón. El
reconocimiento institucional de la presencia de las mujeres como componente
protagónico de los procesos de trabajo es reciente.

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Género: construcción social de lo masculino y lo femenino. Una visión de género en salud
y seguridad en el trabajo contribuye a ampliar y profundizar la caracterización del factor
humano del trabajo, permite reconocer su carácter sexuado, sus diferencias y necesidades
psicobiológicas, sociales y culturales, y sus implicaciones en la organización del trabajo, las
relaciones sociales entre los sexos, las consecuencias en la salud de los trabajadores
(hombres y mujeres), y la gestión de la seguridad. La visión de género permite visibilizar la

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presencia y particularidades del trabajo de las mujeres.

- El trabajo productivo de las mujeres


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Las mujeres continuamente han aportado con su trabajo al desarrollo de la actividad
económica dependiendo de los modos en que se organiza la producción en las sociedades
cambiantes. En el proceso social de trabajo, las mujeres tienen una doble participación,
una doble presencia: por un lado en la producción de bienes y servicios, y por otro lado en
la reproducción biológica y social de la fuerza de trabajo. Esta participación está en
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constante interacción, influenciándose mutuamente.

Podemos rastrear el papel preponderante de las mujeres en las actividades económicas


desde las primeras constituciones de los grupos humanos: en las explotaciones coloniales
esclavistas de América las mujeres tenían un doble propósito: productoras en las
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plantaciones y minas, y reproductoras biológicas y sociales de la fuerza de trabajo. La


estratificación y el rango social determinaba el tipo de tareas: las blancas eran amas,
gobernantas; las aborígenes y mestizas libres, lavanderas, costureras, vendedoras,
cocineras; las esclavizadas afrodescendientes hacían trabajos agrícolas, nodrizas, y
servicios domésticos. En la América del siglo XVII, los colonialistas dictan medidas para


proteger el embarazo de las esclavas con el interés de salvaguardar el fruto de ese


embarazo, futuro esclavo. La trabajadora-esclavizada embarazada recibía los latigazos
acostada boca abajo para proteger la barriga mediante un hoyo en la tierra.

- Género y trabajo

La tasa de actividad económica expresa que la intensidad en la incorporación al trabajo de


la población mayor de quince años es mayor en los hombres que en las mujeres, debido a
que en éstas últimas recae la función reproductiva biológica y social.

Buena parte de las actividades económicas que efectúan las mujeres quedan ocultas, no

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se reflejan en las estadísticas porque son tareas insertas en unidades económicas


familiares, no remuneradas, que no derivan de un empleo fijo, o que las realizan en sus
casas. La trabajadora misma no reconoce la actividad económica que hace como trabajo,
que pasa a considerarse como tareas del hogar.

- División sexual del trabajo (DST)

Se refiere a la asignación diferencial de ocupaciones, responsabilidades y tareas según el


sexo de las personas; argumentando atributos y limitaciones naturales, pero que en

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realidad responden a estereotipos culturales. La incorporación de hombres y mujeres al
trabajo sigue los estereotipos de género que predominen en las sociedades.

Hay un patrón universal de segmentación y segregación de la fuerza de trabajo según el


sexo. Las mujeres se concentran en el sector servicios, con reducida participación en las
ramas de minería, agricultura, transporte, construcción, seguridad y defensa, en
actividades autoritarias o de dirección; mientras que los hombres están distribuidos más

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equilibradamente en todas las ramas de la actividad económica. Las mujeres tienen
mayores oportunidades de estudio, sin embargo el acceso al empleo en sectores
masculinizados permanece casi inamovible. La inserción laboral de hombres y mujeres
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difiere por sectores de ocupación, contratación, remuneración y asignación de funciones y
tareas.

Hay una resistencia al ingreso de las mujeres a los sectores de construcción, transporte,
minería, seguridad y defensa. Cuando ingresan, lo hacen en tareas subalternas o
relacionadas con estereotipos de género (cocineras, limpiadoras, trabajadoras sexuales).
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Las estrategias de flexibilidad productiva también han sido permeadas por la DST,
considerándose una flexibilidad sexuada: la flexibilidad interna –polivalencia, rotación,
integración de tareas y trabajo en equipo– concierne a la fuerza de trabajo masculina;
mientras que la flexibilidad externa –empleo precario, horarios flexibles, contratos
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eventuales, trabajo a domicilio– invade la fuerza de trabajo femenina.

- Interacciones trabajo-familia-salud

Se da una estrecha interrelación entre las condiciones de trabajo y de vida, las relaciones


familiares, la constitución de las familias y la salud de los trabajadores (hombres y


mujeres), mediada por las relaciones sociales de género que se expresan en los espacios
laborales y familiares. Las medidas de armonización entre las responsabilidades laborales
y familiares ayudan a prevenir los conflictos y a evitar consecuencias a la salud de los
trabajadores o a su exclusión laboral.

La cultura patriarcal predominante dispone que las responsabilidades familiares deben ser
desempeñadas en su gran mayoría por las mujeres, aun cuando tengan responsabilidades
laborales que les ocupen gran parte del día.

La corresponsabilidad social apela a los empleadores y a las instituciones para generar

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iniciativas y programas que cubran necesidades educativas, de salud, recreativas,


culturales y de servicios que demandan los trabajadores (hombres y mujeres) y sus
familias. Las trabajadoras no han sido eximidas de la responsabilidad del trabajo en el
hogar, de la crianza de los hijos. Las trabajadoras no sustituyen roles sino que los suman.

Es conveniente desarrollar mecanismos institucionales de corresponsabilidad social para


equilibrar los derechos y los deberes de hombres y mujeres en la producción y la
reproducción, hacia la igualdad y la equidad de género. La Organización Internacional del
Trabajo (OIT) formuló convenios para regular las relaciones entre trabajo y vida familiar:

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convenios de protección a la maternidad, de no discriminación, y de trabajadores con
responsabilidades familiares. También decretó el Convenio No. 3, que estipula los
descansos pre y posnatal de seis semanas cada uno, remunerados. La mujer no podrá ser
despedida en ese lapso y, al reincorporarse, tendrá dos descansos diarios de media hora
cada uno mientras esté amamantando a su criatura. Es preciso tener en cuenta los
factores específicos de género en el contexto de las normas, los instrumentos, los

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sistemas de gestión y la práctica en materia de SST.

- Sesgos de género en el trabajo


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Se refiere a desviaciones en la apreciación de una situación o fenómeno según las
atribuciones estereotipadas de género o la naturalización de las mismas por el hecho de
que los sujetos pertenezcan a determinado sexo o identificarse con determinado género.
Se produce un sesgo porque no se considera la potencialidad real de los seres humanos y
la variabilidad física y emocional intrasexo o intragénero. En el trabajo, los sesgos de
género más comunes se producen en:
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– La asignación de tareas: se asignan a determinado sexo al considerar aptitudes naturales


o adquiridas específicas para varones o para mujeres. Las mujeres son consideradas
débiles, concentradas, detallistas, organizadas, responsables, amables, sumisas, por lo que
se les asignan tareas que requieren concentración, trabajo con público, esfuerzo
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repetitivo. A los hombres se les considera fuertes, audaces, autoritarios, por lo que se les
asignan tareas que requieren esfuerzo físico, cargos de supervisión y dirección, manejo de
maquinarias.

– La percepción de riesgos de salud: la subestimación o sobreestimación del peligro para




las mujeres a causa de estereotipos de género hace que se les excluya de tareas
consideradas complejas o de alto riesgo; o se les asignen tareas consideradas fáciles y de
poco riesgo. Al evaluar las cargas de trabajo y los riesgos, estas tareas pueden resultar tan
peligrosas como aquellas de las cuales se les excluye.

– Virilización de los riesgos: el trabajo productivo es considerado un asunto de hombres


que conlleva esfuerzos, desafíos, valentía, agresividad, características identificadas
culturalmente con la masculinidad. En los hombres puede significar sobreexposición a las
situaciones de peligro. Para las mujeres, “ir a trabajar” significa un reacomodo en su estilo
de vida y representación de roles en ámbitos muy diferenciados (hogar y trabajo), con

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multiplicidad de exigencias físicas, emocionales y psicológicas.

– Las medidas de seguridad y de protección a la salud: en general, los equipos de trabajo y


medios de protección disponibles no se adaptan a las características físicas de las mujeres
y pueden ser contraproducentes al convertirse en factores de riesgo. Por ejemplo,
vestuario, botas y guantes muy grandes. Las mujeres embarazadas tienen más dificultad
para ajustarse a los medios de protección, debido a los cambios anatómicos durante el
embarazo.

– La gestión de los riesgos y las acciones en salud y seguridad: no se clasifica por sexo la

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composición de la fuerza de trabajo, lo que hace que se produce un sesgo de género hacia
el modelaje masculino. El diseño de planes y programas en salud y seguridad en el trabajo
que no considere la división sexual del trabajo y las diferencias en la exposición a los
factores de riesgo de hombres y mujeres y sus consecuencias a la salud, incurrirá en
descuido y desatención a las particularidades que estas generan.

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– La valoración de los daños a la salud ocasionados por el trabajo: las estadísticas de
accidentes laborales revelan que las mujeres se accidentan menos que los hombres y los
accidentes que les ocurren son menos graves. Existe una subvaloración del daño a la salud
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de las mujeres ocasionado por el trabajo, que en parte puede explicarse por un
subregistro de accidentes y enfermedades laborales en sectores de trabajo donde se
concentran las trabajadoras. En otros casos ciertos daños no se reportan por considerarlos
insignificantes a pesar del riesgo que puede implicar.

- Igualdad de género en el trabajo. Nuevos perfiles en el enfoque de riesgos


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- Mujeres en empleos no tradicionales

Las políticas de igualdad de género en el trabajo y de defensa de derechos económicos de


las mujeres han promovido el acceso de las mujeres a cargos de dirección en las empresas
y a ocupaciones donde habían predominado los hombres.
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Se produce una virilización de los riesgos al entrar en espacios donde predomina la cultura
machista, con un costo importante para la salud mental de las trabajadoras. Dejours
plantea que ser admitidas en un colectivo de trabajo viril supone que esas mujeres se ven
desgarradas entre su identidad sexual de mujer y la virilidad a la que deben atenerse para


no ser excluidas.

Las mujeres ingresan en sectores masculinizados por escasez de fuerza de trabajo


masculina, por promoción de políticas de igualdad de género en el trabajo, o como
estrategia empresarial para bajar costos de producción.

Las trabajadoras que logran acceder a estos puestos quedan expuestas a situaciones
generadoras de fuerte estrés, trabajan para que las reconozcan y muchas veces deben
sufrir maltratos, acoso. Hay una mayor aceptación del personal femenino y colaboración
de sus pares masculinos: las mujeres deben desarrollar mecanismos para adaptarse a un

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entorno altamente masculinizado, tener mucha resistencia emocional y física.

- Hombres en sectores laborales feminizados

Se observa exclusión o poca aceptación de los hombres en espacios laborales fuertemente


feminizados (docentes, enfermería, cuidados a las personas, confección, tareas manuales,
servicios de limpieza). Los hombres que ingresan en estas ocupaciones pueden ser
rechazados por los usuarios de servicios o ser víctimas de hostigamiento laboral.

- Políticas de equidad de género en el trabajo

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Para corregir los desequilibrios de género en el trabajo, los organismos internacionales (la
OMS, la OIT y la Unión Europea) han dictado normas, convenios y resoluciones que deben
ser adoptados por los países miembros. La OIT y la OMS han desarrollado y promovido
investigaciones para análisis de situación, planes y programas a favor de la igualdad de
género en el trabajo, en el mundo. La Encuesta Europea de Condiciones de Trabajo

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presenta un análisis con enfoque de género y concluye que en 2010 más mujeres se
incorporaron a puestos directivos y dirigen de manera creciente a otras mujeres.

- Por la igualdad de género en la gestión de la seguridad integral en el trabajo


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La tendencia es a una mayor integración de las mujeres y los hombres en las diferentes
ramas y sectores de la actividad económica, pero sin abandonar los patrones de la división
sexual del trabajo que es lo que recomienda la gestión de la seguridad en el trabajo con
perspectiva de género.
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Las siguientes son las orientaciones para empleadores, representantes, sindicatos y


funcionarios institucionales de salud y seguridad laboral:
– Clasificar de la población trabajadora según el sexo para identificar las particularidades y
diferencias en la exposición a los factores de riesgo.
– Dar igual oportunidad a hombres y mujeres para el entrenamiento, la capacitación, el
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desarrollo de habilidades y capacidades técnicas, la formación en higiene y seguridad, y la


promoción en el trabajo.
– Dotar al personal femenino de implementos de protección adecuados a sus
características físicas.
– Conceder igual importancia a los reclamos de hombres y mujeres, a fin de evaluar sus


condiciones de trabajo, identificar sus necesidades y requerimientos.


– Promover la participación de las mujeres, al igual que de los hombres, en los comités de
salud y seguridad en el trabajo.
– Promover investigaciones cuanti-cualitativas con participación de hombres y mujeres
para identificar y explorar los problemas de salud y seguridad laboral.
– Desarrollar una cultura de igualdad de género en las políticas, programas y actividades
que se impulsen en el trabajo, erradicando los estereotipos de género y el lenguaje
sexista.
– Dar especial atención a los trabajadores con responsabilidades familiares, y facilitarles

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acciones que permitan compatibilizar las exigencias laborales y familiares.

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