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RECUERDOS SOBRE TERESA DE JESUS DE LOS

ANDES
Escritos por su hermano Lucho

“Acercarse a ella era como sentir una realidad superior. Cuando nos
hablaba daba la impresión de que estaba escuchando lo que los
otros no oían, y oírla después era sentir más cerca a Cristo.
“Muchas veces me dijo: ‘¿Por qué dudas de Dios? ¿Es que no lo
sientes cuando estás conmigo? Nunca estoy sola, y es cuando se
retira la gente, cuando escucho más cerca y clara su voz’.
“Amaba el mundo en Dios, y para ella era, sin duda, el mundo la
casa de Dios.
“Con nuestra hermana menor, y también posteriormente carmelita,
formábamos en el círculo familiar un trío permanente e
indestructible. Las mismas aficiones, iguales anhelos, y de mi parte
una voraz angustia filosófica.
“A menudo en el campo, nos íbamos en las noches a las parvas de
paja de alguna era cercana, y allí, de cara al cielo inmenso, con su
voz suave y profunda, entonaba sus canciones favoritas. Fueron
diálogos inolvidables. Una vez le pregunté si no sentía, como Pascal
‘pavor ante los espacios infinitos´, pero ella respondió: ‘Lejos de
asustarme, me acompañan y conmueven porque vuela por ellos mi
alma con la confianza de una criatura de Dios’.
“Estaba tan profundamente penetrada en Él, que entre otros,
recuerdo un hecho que aún me estremece. En la vieja iglesia de la
Hacienda de Chacabuco, patrimonio de nuestra familia materna,
durante varias generaciones, había un armónium donde ella desde
pequeña solía tocar y cantar preces religiosas. Cuando se vendió la
hacienda con dolor de todos nosotros, el nuevo dueño envió de
regalo el armónium, y Juanita lo puso en su dormitorio, vecino al
mío. En la mañana, cuando todos aún dormían, ella lo tocaba
bajito, en sordina, y sus notas apagadas todavía llegan hasta mí…
Después de cincuenta años me conmueve oírlas. La interrogué por
qué lo hacía, y ella respondió son sencillez luminosa: ‘Es que gozo,
cundo amanece, saludarlo (a Dios) cantando…’
“Así era, y todo en la casa, a pesar suyo, resplandecía con su
presencia. Yo la sentía y me penetraba entero, pero ciego para las
supremas certidumbres, ignoraba su causa… Postergó cuanto pudo
revelarme su resolución de ser carmelita. Como lo afirma en una de
sus cartas, sabía lo que había de ser para mí su partida, pero
también me dice en ella, refiriéndose a Cristo: ´ ¿Qué quieres? Ese
loco de amor, me ha vuelto loca’. Nunca, ni aún en el convento,
trato de refutar o discutir mis zozobras religiosas. Sólo procuraba
acercarme más a ella, como para que ella viera más patente la
presencia de Dios…
“Alguien que la conoció mucho –un científico destacado- (se refiere
a su primo hermano Francisco Javier Domínguez Solar) le oyó decir
en Buenos Aires a uno de los mayores teólogos actuales de la
Compañía de Jesús de paso por esta ciudad, textualmente: ´Para mí
es un misterio, después de tantos años de estudiar y de enseñar
teología, cómo esa niña puede decir, según lo revelan sus escritos,
verdades místicas que hacen recordar a Santa Teresa. Me lo explico
teológicamente sólo por causa no naturales’. Juicio que confirma
Omer Emeth, en El Mercurio de 1929, donde anuncia
asombradamente la magnitud futura de su huella.
“Imperaba y trascendía en cuantos la rodeaban, y hubo muchas que
siguiendo su ejemplos, amigas entrañables de su generación,
abrazaron la vida religiosa. Fue un imán irresistible.
“Muchas veces la oí, comentando juntos el pasaje de María y
Marta, que ella veneraba a María porque para ésta sólo existía Él, y
según el propio Jesús, ‘había tomado la mejor parte’.
“Así es el amor, y como dijo alguien, es lo único que en la vida da la
sensación de que tenemos todo, aunque no lo tengamos sino a Él.
“Quiso ser carmelita, sólo carmelita. Un día me escribió: ‘Santa
Teresa ha redimido y liberado más almas que San Francisco Javier’.
¿Por qué lo dijo? Es que, según el Evangelio, se redime sufriendo. El
sacrificio del inocente rescata y redime al malvado y la sangre se
lava y limpia con sangre. La carmelita es ciertamente una
misionera, que no sale, sin embargo, jamás de su celda. Quizás no
ve ni escucha a los que salva, pero ‘sabe’, aunque estén distantes,
cuántos salva. Como en la conservación de la energía del mundo
físico, nada se destruye y pierde, en el mundo de las almas, y según
la fe en Cristo, el mérito de unos es solidario de la maldad de los
otros, y todo circula, se compensa y reparte por la acción amorosa
de Dios, aunque invisiblemente…
“También Alberto Hurtado cuyo amor encendido por el hombre
hace recordar a San Vicente de Paúl, realizó, aunque de otra
manera, y por vías diferentes, a Cristo. También sintió el tremendo
llamado de Dios que a ciertas almas privilegiadas les exige ser
santas.
“Resulta asombroso, entonces, aun objetivamente y cualesquiera
que sean las ideas o principios religiosos profesados, que una
criatura como ella, muerta antes de los veinte años, sin haber
dejado nada concreto, nada de lo que cotiza el mundo, pueda
alcanzar, por la calidad y potencia de su alma, acaso la
consagración de un homenaje universal.
“¿Será posible que una vida principalmente interior, donde no
ocurren grandes sucesos o aventuras, pueda conquistar el mundo?
“Es que no todo lo grande que ha producido el hombre se revela
siempre en actos externos o sucesos o cosas tangibles. A menudo
éstas fueron fruto del espíritu, que es, según los místicos, el fuego
interior secreto que mantiene vivo al mundo.
“En el santo, él alcanza su dimensión máxima y es también el
máximo triunfo de lo invisible de que proviene la eficacia mayor del
hombre: sus ideas, sus sueños, su congoja. Lo que no se ve y palpa
es lo que profundamente mueve su alma; ¡cuánto mide el alcance
de su vuelo! Extraña paradoja de un tiempo que procura la ‘muerte
de Dios’ y en que, según Marx, son las formas del trabajo humano
el factor decisivo de la historia.
“Es difícil para un hermano juzgar lo que ella fue. Sólo la puede
recordar venerándola. Me invade, sin embargo, un humilde orgullo,
saber que su sangre es también mi sangre”.