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Editorial

Desde nuestra aventura por conquistar la naturaleza, y nuestra partida del África, prácticamente
incrementamos nuestras necesidades y destruimos nuestro entorno a título de “dominar” las
fuerzas naturales. Evidentemente, somos capaces de construir laboratorios en el espacio, o
podemos ver en tiempo real lo que pasa en marte, la comunicación es inmediata, y nuestra
capacidad para producir los medios más básicos de subsistencia se han incrementado a niveles
inimaginables, pero ojo, solo producirlos.

Desde que a alguien se le ocurrió almacenar un excedente de lo cosechado, e intercambiarlo, un


grupo reducido de personas de las sucesivas sociedades que se han organizado a lo largo de la
historia se han distinguido por la capacidad de generar esta riqueza, han gozado de estos
beneficios, conforme hemos incrementado nuestra capacidad de generar riquezas se ha reducido
la cantidad de seres humanos que gozan de esta.

La crisis generada por el COVID-19 ha desnudado al sistema social en el que vivimos, hasta antes
de esta tan infranqueable para muchos o el estadio más alto de civilización que podríamos a ver
llegado, quizá la anécdota de la profesora Margaret Mead nos sirva para explicar:
“Una estudiante preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál era el primer signo de civilización
en una cultura. Creyó que diría que fueron las herramientas o el lenguaje.

Pero Mead opinó que el primer signo de civilización hallado por arqueólogos fue un fémur humano
(hueso del muslo) roto y curado. Mead explicó que cualquier animal salvaje muere si se rompe una
pierna. No puede huir del peligro, ir al río a beber agua ni buscar comida. Se convierte en cena de
depredadores.

Ningún animal sobrevive suficiente tiempo para que un hueso quebrado sane. Una pierna rota
curada significa que otra persona trató la herida, alimentó y cuidó al accidentado hasta que se
recuperó. Mead señaló que “ayudar a otro a superar una dificultad es el inicio de la civilización”.

Obvio la modernidad capitalista es capaz de dividir un átomo y generar energía que se ha


empleado en contra de nuestra propia especie, pero los laboratorios espaciales, las navegaciones
submarinas, la extracción de cantidades de energía, están estáticas ante una fiebre. Pero no acaba
ahí, la compleja organización social capitalista es incapaz de cuidar, alimentar y tratar
humanamente a los enfermos del coronavirus, de la manera más vergonzosa desahucia a niños y
abuelos.

Estamos frente a una situación decisiva, no se trata más de mejorar nuestras condiciones de vida
sino de la superviviencia misma de nuestra especie. El ruedo de acumulación privada de las
riquezas que producimos socialmente nos está llevando al abismo, la tarea fundamental es
trastocar esta inútil realidad.

Esta tarea obliga un compromiso para todos, artistas incluidos, la alta función del arte es expresar
las más limpias aspiraciones humanas, por eso siempre late la aspiración de un mundo nuevo en
los nervios y sentidos de los artistas, esta tarea que es revolucionaria, no puede ser simplemente
artística, precisa un arte soldado a la lucha de la clase obrera.

Desde Agitprop hacemos el llamado.