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a gente no cambia. No pueden. Es algo sencillo de entender y,
sin embargo, todo lo que veo en el multimillonario Pete Ferro me
hace pensar que estoy equivocada. ¿Será este macho alfa capaz
de amar después de todo? Eso debería ser una buena cosa ya que estoy
comprometida con él y una boda se acerca rápidamente, pero quería al
caballero del caballo blanco digno de una historia de amor. En su lugar,
conseguí un romance oscuro que no puedo explicar.
Una vez que todas las peleas quedan atrás, hay otro hombre bajo la
superficie de ese exterior sensual buscando una segunda oportunidad en
la vida. Hay más en él que una sonrisa sexy y un cuerpo hermoso, pero
oculta esas partes de su alma lejos de todo el mundo; excepto de mí.
Me siento atraída por ese hombre; el mujeriego ardiente que es en
realidad un poeta, el rompecorazones con ojos azules profundos y sonrisa 3
torcida. No puedo enamorarme de él porque eso rompería mi corazón y ya
queda tan poco.

Life Before Damaged: The Ferro Family #8


19 DE OCTUBRE, 2:56 P.M.

—Voy a vomitar. —Intento tragar pero mi corazón está en el camino.


Está atrapado en mi garganta, y ha estado allí desde que despegamos.
—No vas a vomitar.
El tono de mi voz se eleva mientras divago:
—¿Estás seguro que esto es seguro? El avión es demasiado pequeño.
Quiero decir, míralo. Puedo alcanzar la punta del ala desde aquí. —No
puedo, no realmente, pero es tan pequeño—. No es posible que sea seguro
tener tanta gente apiñada en una caja de zapatos con alas. ¡Estamos 4
sentados en el suelo por amor de Dios! ¿Y si somos demasiado pesados? Vi
al tipo mirarnos antes de quitar algo del gas del avión. ¿Y si nos
estrellamos?
El avión se estremece y me tenso antes de inclinarme un poco más
hacia Philip. Está sentado detrás de mí con sus piernas a cada lado de las
mías, sus brazos envueltos alrededor de mi cintura. Siento que se ríe entre
dientes, antes de posar un beso en mi cabeza.
Mi estómago está cerca de saltar por mi boca. ¿Dónde están las
bolsas para vomitar?
—Relájate, Gina. El avión no se romperá. Confía en mí. Incluso
aunque lo hiciera, ya estamos usando paracaídas. No podríamos estar más
seguros.
Los dedos de Philip empujan suavemente mi coleta hacia un lado, y
me acaricia el cuello con su nariz. Está haciendo todo lo posible para
tranquilizarme, pero no está funcionando.
—Uh, no. Todos ustedes tienen paracaídas atados a sus espaldas. Yo
no. Solo tengo un arnés, ¿recuerdas? ¡Ningún paracaídas para Gina! Gina
solo obtiene este mono de color rosa neón. ¡Parezco una salchicha
radiactiva y todo el mundo sabe lo que les pasa a esas cosas!
En contraste, Philip parece un jodido modelo. Su elegante mono
negro se aferra a su cuerpo tonificado y acentúa lo bien que está en
realidad. Lazos rojos brillantes alineados en sus brazos sirven como asas
para que otros paracaidistas se agarren en ellos cuando hacen las
formaciones de grupo en caída libre. El pensamiento hace que mi
estómago de un vuelco. Así que descanso la parte posterior de mi cabeza
en su pecho duro y cierro mis ojos.
—Está bien.
Trago con fuerza y abro mis ojos lentamente.
—¿Por qué estuve de acuerdo en hacer esto?
—¿Porque te encanta la adrenalina tanto como a mí? ¿Porque tu
trabajo universitario está acabando contigo?
—Oh, sí, claro, la universidad.
Esa es la excusa lamentable que le di para explicar lo gallina que he
sido desde mi última reunión con Pete. Todavía no puedo obligarme a
decirle la verdad.
El mes pasado ha transcurrido tan rápido. He pasado la mayor parte 5
de mi tiempo estudiando y yendo a fiestas salvajes en el club de swing. Ha
sido increíble.
Como una ventaja adicional, o complicación, Philip y su grupo de
compañeros de paracaidismo comenzaron a pasar el rato en el club de
Ricky. Se ha convertido en su territorio. Trato de mantener mi distancia,
pero me gusta (mucho) y resistirse a él se está volviendo cada vez más
difícil.
Philip es un caballero, nunca presionando por más que besos
robados y toques suaves, pero puedo decir que quiere más. Una parte de
mí también quiere eso. Es halagador estar con alguien que me desea y solo
a mí, alguien cuyos ojos nunca vagan errantes. Pero una parte más grande
de mí sigue dudando.
Cada vez es más difícil encontrar excusas de por qué no puedo
invitarlo a mi apartamento o por qué no puedo volver a su casa. La verdad
es que necesito aclarar con él mi futuro compromiso con Pete antes de que
pueda ir a la cama con él.
Philip es un hombre bueno con valores honestos. Se merece una
novia dedicada, alguien disponible para compartir un día su apellido. Una
relación conmigo lo reduciría a ser el amante ilícito de la esposa de otro
hombre. Mi destino está fijado mientras que el suyo es fluido.
Philip debería ser el centro del universo de una mujer; no su plato de
acompañamiento.
Odio esconderle la verdad, pero Constance ya está enojada conmigo.
Mi nuevo look pinup de los años 40 no va con la imagen de chica santa y
buena que solía tener, y eso está cabreándola. Si descubre que le conté a
alguien fuera de nuestras familias acerca de su pequeño esquema de
chantaje, estoy bastante segura que me despellejaría y arrojaría mi piel en
el piso de su sala de juntas.
Luego está Pete.
Mi fracaso en controlar a su hijo la tiene aún más hirviente.
Peter Ferro.
Mi corazón se aprieta al pensar en él. Los tabloides afirman que ha
estado prostituyéndose otra vez, gastando cantidades insanas de dinero en
fiestas extravagantes, y entrando en peleas a cada paso. Estoy preocupada
por él. Busco cada foto de él y aún no logro ver la vida en sus ojos. Es 6
como si las putas vampiresas se la hubieran succionado, junto con otras
cosas. Pero sé que es más que eso.
Parte de mí sospecha que yo podría ser la razón de su
comportamiento; como si estuviera intentando demostrarme que estoy
equivocada.
—Oye, mírame. —Philip me agarra la barbilla con la mano y gira mi
cabeza hacia él, rompiendo mis ensueños—. Es normal estar nervioso la
primera vez que saltas. Te prometo que es seguro. En realidad, el
paracaidismo es más seguro que conducir un auto. Créeme, he hecho
cientos de saltos a estas alturas. Solo relájate, ¿de acuerdo?
Asiento, fingiendo una vez más que la causa de mi estado de ánimo
es algo más que la preocupación por mi futuro esposo.
Zeke, uno de los compañeros de paracaidismo de Philip, y uno de
mis menos favoritos, se sienta frente a nosotros y es rápido en captar mi
estado frágil.
—No te preocupes, nena. Los accidentes fatales solo ocurren cada
200 saltos o algo así, y no hemos tenido uno en, déjame pensar… 199
saltos. —Se encoge de hombros y chasquea la lengua—. ¡Aw, mierda! Lo
siento, nena. Supongo que tu tiempo ha terminado. Apesta ser tú.
Hablando de eso, ¿qué tal un rapidito antes de irte? —pregunta y
comienza a desabrochar su mono delante de todo el mundo.
—Idiota. —Lo fulmino con la mirada.
—Vete a la mierda, Zeke. —Philip patea a su amigo en las espinillas.
—¿Qué mierda, hombre? ¿Qué pasó con “compartir entre amigos”?
Oh, eso me recuerda, colega, no olvides que tenemos una reunión más
tarde. —Zeke me mira de arriba abajo con unos ojos espeluznantes—.
¿Vas a llevar a este lindo pedazo de culo contigo?
Philip aprieta su abrazo alrededor de mi cintura, acercándome a él.
Puedo sentir la tensión envolviéndolo.
—Te dije que te fueras a la mierda, Zeke.
Nunca he oído a Philip usar un tono tan amenazador antes, lo que
hace que la extraña vibra emitiendo su amigo sea aún peor. Me acurruco
aún más en los brazos de Philip, poniendo tanta distancia entre Zeke y yo
como sea posible. Él se pone de pie y se vuelve hacia la parte trasera del
avión, riendo entre dientes.
—No escuches a ese idiota —susurra Philip en mi oído—. Su madre 7
nunca lo amó cuando niño.
Intento olvidar a Zeke, pero el avión es pequeño y sus ojos se clavan
en los míos desde la parte trasera del avión. Por suerte, hemos alcanzado
nuestra altitud deseada y todo el mundo está distraído revisando el equipo
del otro.
Es la hora. Las mariposas en mi estómago se arremolinan y vuelan
fuera por mi nariz. No puedo respirar.
Un paracaidista abre la puerta del avión y grito, aunque sabía que
eso sucedería. Todos me miran.
Me llevo mi mano sobre mi boca y siento mi cara ardiendo. Clásico
de Gina.
Por encima de la risa de todo el mundo, oigo la voz de Zeke
murmurar:
—Novata.
No quiero ser un panqueque humano cuya vida termina en
Pinelawn.
Phillip se acerca a mí y agarra mi mano, dándole un apretón
tranquilizador antes de comprobar nuestros dispositivos de seguridad. Mi
instructor hace lo mismo con el equipo de Phillip. Cuando todo está
triplemente comprobado, Philip acuna mi cara en sus manos,
persuadiéndome a levantar la mirada hacia él.
—Te veo en el suelo. La primera vez es siempre la mejor, es así como
perder tu virginidad. Ojalá pudiera estar contigo cuando suceda. ¿Tal vez
más tarde tú y yo podamos compartir una primera vez propia? ¿Celebrar,
solo nosotros dos? —Sus pulgares rozan mis pómulos suavemente a
medida que busca en mis ojos una respuesta que no puedo darle. No
insiste. En su lugar, se inclina y me besa suavemente antes de dirigirse
hacia la puerta del avión.
Ya que estoy haciendo una caída en tándem, mi instructor y yo
somos los últimos en saltar, lo que significa que puedo ver a todos los
demás saltar del avión. Philip y sus amigos se dirigen lentamente hacia la
puerta, repasando las segundas instrucciones sobre las formaciones que
harán durante su caída libre. Uno por uno salen y son aspirados en una
ráfaga de aire.
Siento a mi instructor riendo detrás de mí, pero mi corazón no ríe. 8
Se encoge en algún lugar dentro de mi estómago, preparándose contra un
impacto letal.
Mi instructor personal tira de las correas en nuestros paracaídas,
asegurando mi espalda contra su frente. Caminamos torpemente hacia la
puerta del avión, donde miro hacia abajo.
Mierda. No debí haberlo hecho. Treinta mil pies de frígida nada
resoplan contra mi cara. Bajo mis gafas y permito que mi instructor me
guíe hacia la posición correcta de salida: brazos cruzados, manos
enguantadas agarrando los hombros opuestos, rodillas dobladas, pies
colgando. La única cosa que me mantiene en el avión es mi arnés sujeto al
suyo. Él se agarra al marco de la puerta y, con un empujón y un tirón,
saltamos al aire.
Todo gira rápidamente y, por una fracción de segundo, veo la parte
inferior de nuestro avión.
19 DE OCTUBRE, 3:17 P.M.

os lanzamos, giramos y nos desplomamos salvajemente en el


aire. No sé cuál es el camino hacia arriba o hacia abajo; todo
está pasando tan rápido. El ruido del aire en mis oídos es
ensordecedor. Un grito intenta escapar de mi garganta pero no puede.
Respirar es difícil en este viento, haciendo imposible gritar.
Después de lo que parece una eternidad, siento un golpecito en mi
hombro. Es la señal. Extiendo mis brazos a los lados, con los codos
doblados. Nos estabilizamos, y ya no se siente como si estuviéramos
cayendo. Es más como si estuviéramos suspendidos en el espacio, siendo 9
empujados por tremendas ráfagas de viento. El instructor me da un pulgar
en alto. Puesto que no podemos oírnos el uno al otro por encima del
viento, ésta es su manera de preguntar si estoy bien. Respondo
mostrándole un pulgar en alto, y continuamos nuestra caída.
Mis mejillas están sacudiéndose contra el viento y estoy agradecida
de no haber pedido el video de los cachetes de gelatina y el examen de
amígdalas de Gina.
Mi corazón todavía está en el avión, y estoy esperando a que nos
alcance. Una parte de mí empieza a enloquecer. Se supone que debemos
caer libremente por un minuto antes de que se abra el paracaídas. Se
sienten como cinco minutos, no uno.
¿Mi instructor se habrá desmayado?
¿Los dispositivos de seguridad no funcionarán?
¿Nuestro paracaídas principal estará roto?
¿Nuestro paracaídas de seguridad también estará defectuoso?
¡Oh, mierda! ¡Voy a morir! ¿Por qué hago cosas estúpidas como esta?
Soy sacudida de una posición horizontal a una posición vertical por
un tirón inclemente en cada correa de mi arnés y luego… silencio y calma.
El paracaídas se abre, el viento se desvanece, y es más fácil respirar.
Estamos flotando suavemente.
Sin aliento, miro fijamente hacia abajo al mundo por debajo.
Eso fue…
Eso fue…
¡Oh, Dios mío! ¡Estoy volando! Dejo escapar un chillido agudo y
balanceo mis pies de ida y vuelta.
Mi instructor navega a medida que descendemos lentamente bajo
nuestro dosel. Todo ralentiza, y puedo apreciar la vista. Long Island es
impresionante, sus matorrales de hojas verdes contrastando contra la
arena pálida y la vasta extensión de agua circundante. Es muy tranquilo
aquí arriba.
De repente, el dosel se sumerge y terminamos de nuestro costado,
girando en círculos. Estamos ganando velocidad.
Estoy a punto de agarrarme al brazo de mi instructor, algo que se 10
nos dijo específicamente no hacer, cuando el dosel se endereza de nuevo.
Estamos de vuelta en una posición vertical, flotando pacíficamente una vez
más. El instructor dispara otra señal de pulgares en altos desde atrás y me
echo a reír.
¡Oh, Dios mío! ¡Lo hizo a propósito!
El tipo menea sus pulgares en altos frente a mi cara otra vez
esperando mi respuesta. Aturdida, levanto mis dos pulgares y los hago
bailar delante de nosotros. Las vibraciones de su pecho contra mi espalda
me dicen que se está riendo de mi reacción. Apenas tengo tiempo para
recuperar el aliento cuando él nos inclina hacia el otro lado. Bajamos en
picada, girando salvajemente, por más tiempo y más rápido que la última
vez. Sonrío tan ampliamente que creo que mis mejillas se agrietarán. La
adrenalina es increíble. Es como si estuviera atrapada en un chirrido
interminable.
Después de otro par de minutos, los edificios de abajo entran en foco
poco a poco. Una extraña sensación de tristeza toma el relevo cuando me
doy cuenta que mi corto tiempo en el aire, mi tiempo lejos de todas mis
preocupaciones, ya casi ha terminado.
Cuanto más nos acercamos al suelo, soy capaz de identificar formas
más pequeñas. Veo los autos en el estacionamiento, la gente caminando
desde el campo de aterrizaje a la oficina de la zona de bajada cargando sus
paracaídas sin embalar entre sus brazos, personas disfrutando de bebidas
en la terraza exterior.
A lo largo del borde del campo de aterrizaje, alguien vestido en ropa
negra se inclina contra una motocicleta negra deportiva. Reconocería esa
silueta en cualquier parte.
Es Pete.

11
19 DE OCTUBRE, 3:25 P.M.

stoy acostumbrada a ser seguida por el personal Ferro


adondequiera que vaya. No es una sorpresa completa ver a
alguien de su clan esperando por mí, pero nunca es Pete. No lo
he visto desde su noche con la desnudista. Esa noche me entristece. No lo
entiendo. Creí que lo hacía, pero no lo hago.
A medida que el suelo se acerca cada vez más, doblo mis rodillas,
asegurándome que mis pies no estén en el camino del instructor mientras
aterrizamos. Con nuestros zapatos de forma segura en el suelo, desata mi
arnés del suyo y me envía a celebrar mientras recoge el paracaídas.
La adrenalina recorre mis venas vertiginosamente, haciendo que mi
cuerpo vibre deliciosamente. Camino hacia Pete con una gran sonrisa
comemierda plasmada en mi cara. Él avanza hacia mí, lejos de su moto.
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Tiene el ceño fruncido y los brazos tensamente cruzados contra su pecho.
Ignorando la sensación de hundimiento en mi estómago, troto hacia
él a medida que apunto mi dedo hacia el cielo, todavía totalmente
extasiada de adrenalina. Le grito dado que todavía está a unos pasos de
distancia:
—¡Oh, Dios mío! ¿Lo viste? —Giro alrededor riendo, levantando mi
cabeza hacia el cielo.
La postura de Pete se relaja cuando me acerco a él; deja caer sus
brazos a sus lados y sonríe. Esos ojos azules me están observando. Pasan
entre mis manos abiertas a la sonrisa en mis labios, antes de descansar en
mi cara. Probablemente parezco un Muppet en Pixie Sticks.
—¡Salté de un avión! ¡UN AVIÓN! —Empujo mi pulgar contra mi
pecho y sonrío tan grande que siento como si mi cara no fuera capaz de
manejar el voltaje masivo—. ¡GINA SALTÓ! —Riendo, giro con los brazos
abiertos, balanceándome libremente a través del aire.
Pete no se mueve hacia mí. Permanece donde está, y es como si
quisiera que yo sea feliz. En este momento, me ve y me acepta; idiota y
todo. Porque estoy segura que luzco un poco escalofriante con mi coleta
como si hubiera sido masticada por las ratas y luego electrocutada. Sigue
balanceándose incluso después de dejar de girar.
Nuestros ojos se encuentran y la vida se detiene por un segundo. Mi
corazón late feroz en mi pecho y me siento libre. Ojalá pudiera sentirme así
con él; con Pete. Deseo tantas cosas a la vez que no hay palabras para
acompañar los pensamientos. Son un torrente de emociones y sueños, y
Pete Ferro está en ellos, y no me importa.
La esquina de su boca se arrastra en una sonrisa torcida. Él toma
una respiración profunda, llenando su pecho y haciendo que la camiseta
oscura se aferre aún más a su cuerpo tonificado. El viento sopla su cabello
hacia delante, a través de su frente, haciéndolo parecer el peinado post
sexo; aquel que parece un lío total, y muy seductor.
Antes de que pueda impedírmelo, siento la esquina de mi boca
levantarse. Estoy imitando esa sonrisa torcida suya y sosteniendo su
mirada. La adrenalina corriendo a través de mí se enlaza con esperanza.
Debería estar asustada. Él no debería estar aquí, pero no voy a dejar
que la duda me gobierne, ya no. Estoy feliz, por una vez, estoy en el mejor
estado de ánimo de mi vida e hice esto. Salté.
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Dejo de pensar. Necesito ser quien quiero y esta chica quiere saltar
de arriba hacia abajo con su amigo. Mi mirada se desplaza a las manos de
Pete y echo a correr. Me lanzo hacia él, envolviendo mis brazos alrededor
de su cuello. Me gira una vez y pone mis pies suavemente hacia abajo en el
suelo. Sus ojos brillan con una alegría que no he visto en mucho tiempo.
Miro hacia el cielo y me rio antes de empezar a escupir palabras más
rápido de lo que puedo formar pensamientos.
—Eso fue, eso fue… santa mierda; ¡eso fue mejor que el sexo!
Pete sonríe, con los ojos muy abiertos, y frota su mano sobre su
mandíbula.
—¿Mejor que el sexo?
Cuando me doy cuenta de lo que dije, mis mejillas empiezan a arder.
Una sonrisa divertida se forma en mi cara y miro al suelo.
—Estoy de acuerdo con mi declaración. —Me encojo de hombros y
me rio para cubrir cuán revuelta me siento por dentro.
Pete todavía está sosteniéndome, sus brazos alrededor de mi cintura.
Se eleva sobre mí, con esos ojos ardientes y labios sensuales vueltos en
una sonrisa burlona.
—Entonces, lo estás haciendo mal, o tu pareja es completamente
patética. —Me golpetea la punta de la nariz con un dedo.
Mi pecho se expande a medida que intento recuperar el aliento, pero
es tan inútil como tratar de respirar durante la caída libre. Si el sexo con
Pete es mejor que el paracaidismo, no puedo sobrevivir a ese nivel de
intensidad. De ninguna manera.
Mis labios se elevan en una sonrisa tímida.
—No hay forma de que caer del cielo libere menos adrenalina que…
Se inclina tan cerca de mi oído que puedo sentir su cálido aliento en
mi cuello.
—¿Qué caer por mí? Adelante pregunta.
Tomo aire entrecortadamente y siento mi espalda ponerse recta.
Estoy demasiado consciente de mis tetas en mi mono rosa neón. Es como
si sus ojos fueran manos y me están trazando lentamente, burlonamente. 14
Esta es solo la manera en que le gusta jugar. Es puro flirteo y ficción.
Riendo, me inclino y presiono mis labios contra su oreja.
—Eres un poco demasiado creído, señor Ferro. Creo que alguien
tiene que bajarte un poco los humos y decirte no de vez en cuando, así que
déjame ayudarte: no hay forma de que el sexo contigo sea mejor que esto.
Mientras hablo, mis pestañas revolotean contra su mejilla. Pete está
muy quieto, apenas respirando, y cuando me alejo, sus ojos están
agudamente enfocados en mi boca. Su mandíbula está apretada como si
estuviera intentando no morder el cebo y refutarme. Es como si quisiera
decir algo pero no puede… o no quiere.
Mis cejas se fruncen a medida que mi mirada se estrecha.
—Bueno, esta sí es una sorpresa. El rey del sexo se muerde la
lengua y no responde. Solo recuerda que tuviste más de una ocasión para
apagar el incendio, y elegiste decir que no. Así que no recibirás nada de
esto. —Hago un gesto hacia mis curvas y arqueo mi espalda forzando mi
cuerpo en una S. Se suponía que era una tontería. Me veo como una
lunática, pero los labios de Pete se entreabren y me mira fijamente.
Esa mirada hace que mi corazón golpee por todas las razones
equivocadas. Las mariposas se están formando dentro de mí y no me gusta
esto. Es difícil porque esta versión de Pete es la que oculta de todo el
mundo, pero es la que yo veo. Es el Pete que rara vez muestra su cara. Es
sincero, divertido, cálido y preocupado; su mirada podría hacer que una
manada de chicas llegue al orgasmo simultáneamente. De repente, el calor
me envuelve y necesito poner espacio entre nosotros. Doy un paso atrás y
recupero el aliento.
Pete está muy quieto. Mi pulso martillea en mis oídos y esta
sensación de querer algo más que su amistad, querer que él acepte lo que
realmente es, querer que me quiera, me asusta. Se folla a todas, pero a mí
me rechaza. Debería odiarlo. Quiero hacerlo, pero entonces esto sucede y
me siento atraída por él. Hay más ahí, hay un hombre debajo de la
superficie y se está ahogando, tratando de escapar con tanta fuerza.
Lo entiendo. Conozco esa sensación muy bien.
Mierda. Miro de nuevo al cielo, hacia la multitud de paracaídas con
distintos colores flotando hacia el campo de aterrizaje abierto. Quiero
correr desesperadamente. No puedo soportar esto. No puedo tolerar sus
sentimientos porque me recuerdan a mí misma. Malgasté mi vida y me 15
perdí tantas cosas asombrosas porque estaba demasiado asustada.
A la mierda.
Pete todavía tiene una mirada serena y pensativa en su cara.
Sonriendo, me lanzo hacia él con la intención de presionar un rápido beso
en sus labios, pero se aleja. Mi cabeza se mueve hacia delante y mi boca
conecta con la nada. Las manos de Pete están en mis hombros
deteniéndome.
¿Otro rechazo? ¿De verdad? Tragando con fuerza, retrocedo y me
sacudo fuera de su agarre.
—Me alegra verte, Ferro. Si me disculpas, tengo que ir a firmar para
otro salto. —Me giro sobre mis talones y tengo la intención de salir
corriendo, pero él me alcanza.
Pete pone una mano firme en mi brazo justo encima de mi codo,
deteniéndome y empujándome hacia él.
—Gina, espera.
Me niego a encontrar su mirada. Miro a todas partes, excepto su
cara. Mi sonrisa es demasiado grande y mi voz es demasiado chillona.
Quiero que me suelte y deje de tocarme, pero no quiero arrancar mi brazo.
No quiero que sepa que me lastimó.
Riendo ligeramente, inclino mi cabeza hacia un lado.
—Es mejor que el sexo, ¿recuerdas? Voy por orgasmos múltiples con
esto. Después de todo, una chica tiene que cuidar de sus propias partes
femeninas de todos modos. No es algo cotidiano que pueda conseguir todo
ese “oh, cariño, por favor”. —Cuando digo esas palabras, estoy bromeando.
Cierro mis ojos, inclino mi cabeza hacia atrás y expongo mi cuello. Me llevo
mis dedos a mi garganta ligeramente y deslizo mi otra mano a lo largo de
mi pecho mientras hablo sin aliento. Audiblemente. Suplico y jadeo antes
de tomar una respiración irregular.
Cuando enderezo mi cabeza y echo un vistazo hacia el escritorio,
preguntándome si tengo tiempo para tomar otro salto, sucede que le echo
un vistazo a Pete en el proceso.
Sus ojos están completamente abiertos y las pupilas se han
convertido en piscinas profundas. El anhelo está grabado en su cara y sus
labios están como si algo les hubiera robado el aliento… y su corazón. La
tensión en sus brazos se ha ido y parece estar inclinándose hacia mí, como
16
si algo lo atrajera hacia mí.
—Oh, ¿qué diablos? Estaba bromeando, Ferro. ¡Supéralo! Ve a
buscar una manguera y enfríate —espeto, irritada.
Me largo de nuevo, y Pete se sacude de su estupor.
Su voz es extraña, débil.
—Gina, espera. —Camina hacia mí y me empuja hacia atrás.
Mis ojos caen a la mano que sostiene mi brazo, luego suben a su
cara.
—¿Qué?
Su expresión es vacilante, revoloteando entre tímido y serio.
—Aunque estoy siempre a favor de los orgasmos múltiples, eso no
está en las cartas para ti hoy… al menos no aquí. Mi madre me envió a
buscarte.
Mi barbilla se tensa a medida que mis ojos se ensanchan.
—¿Perdón?
—Te mudarás a la casa ahora mismo, y no tienes elección esta vez.
No aceptará un no como respuesta. Tus cosas ya han sido trasladadas.

17
19 DE OCTUBRE, 3:41 P.M.

UÉ!? ¿Cómo? ¿Por qué?


—¿No es obvio? Te has vuelto impredecible, y a ella
no le gusta lo impredecible. Te quiere cerca para
mantener un ojo en ti.
Haciendo un ruido agravado en la parte posterior de mi garganta,
tiro de mi cabello y resisto el impulso de gritarle en la cara. Mi voz va por
el otro lado, y se vuelve filosa y tranquila.
—Finalmente he descubierto cómo lidiar con esto, ¿y así es como ella 18
reacciona? Todavía tengo dos meses y medio antes de que las cosas se
vayan al infierno. ¡No puede quitármelos! ¡Maldita sea, Pete! ¡Esto no es
justo, y lo sabes!
Grito con frustración, sacando mi cabello de su coleta baja, y
pisoteando un pie.
—Así que, vivir conmigo es el infierno, ¿eh? Caramba, gracias —dice
Pete con una voz más triste que enfadada. Deja escapar un suspiro y
sacude su cabeza. Sus profundas orbes azules llenas de arrepentimiento
se clavan en mí—. Ojalá hubiera algo que pudiera hacer pero… —Pete mira
por encima de mi hombro, y su ceño se profundiza.
Sigo su mirada para ver a Philip corriendo por el campo cubierto de
hierba hacia nosotros. Arrojo mis brazos al aire.
—¿Cómo se supone que debo explicarle a Philip que me estoy
mudando contigo? Creí que tenía dos meses, Pete. Necesito más tiempo.
Pete no llega a contestar. Philip llega hasta nosotros y envuelve un
brazo alrededor de mis hombros, acercándome a su cuerpo y dejando caer
un beso en la parte superior de mi cabeza. Cada instinto que tengo grita
que me aleje de Philip, pero no lo hago.
No puedo.
—¡Hola, Gina! Te estaba buscando. ¿Está todo bien? ¿Cómo salió el
salto? —Él asiente hacia Pete—. Ferro. —Lo dice como un saludo cortés y
de hombre a hombre. Pete asiente en respuesta, sus ojos sin dejar los
míos—. ¿Estoy interrumpiendo algo? —pregunta Philip con cautela.
Pete retrocede un paso, sin romper el contacto visual conmigo ni una
vez.
—Les daré un par de minutos. Estaré en mi moto cuando estés lista
para irte.
Los ojos de Pete se balancean entre Philip y yo, deteniéndose en su
brazo sobre mis hombros. Me siento culpable por permitir que Philip me
toque en absoluto, y quiero desesperadamente que deje de hacerlo. Los
ojos de Pete se fijan en mí, con una mirada de disculpa en su rostro.
—En serio lamento todo esto, Gina —dice antes de volver para
caminar de regreso a su moto, con la cabeza caída y las manos en los
bolsillos.
El brazo de Philip se alza de mis hombros, y se detiene entre Pete y 19
yo.
—¿De qué iba eso? ¿Te vas? ¿Con Ferro? ¿Qué está pasando, Gina?
Mis piernas están demasiado cansadas para sostenerme. Con la
adrenalina del salto ya desapareciendo, la bomba de Pete y lo que tengo
que decirle a Philip, ya no puedo aguantar estar de pie. Me siento en el
campo cubierto de hierba, con las piernas cruzadas. Palmeo el lugar a mi
lado.
Philip se sienta, pero puedo decir que es cauteloso al hacerlo. Es un
hombre inteligente. Puede decir que algo está mal. Nunca pensé que
rompería un corazón. El sentimiento me repugna. Me quito los guantes y
paso mis dedos contra la parte superior de las frescas hojas de hierba.
Quiero empezar con “Realmente me gustas” o “No eres tú, soy yo”,
pero eso suena tan patético. Sin importar cómo intente empezar, lo que
tengo que decir suena como la cosa más tonta del mundo. Tengo que dar
el salto. No tengo otra opción. Philip se ha ganado la verdad.
—Esto va a sonar muy mal, pero prefiero que lo oigas de mí en lugar
de los tabloides. ¿Recuerdas que Textiles Granz se fusionó recientemente
con la Corporación Ferro? —Philip asiente, esperando—. Parte de esa
fusión nos involucra a Pete y a mí. Estaremos comprometidos este invierno
en algún momento. Acaba de venir a informarme que tengo que mudarme
a casa de su familia. Hoy.
Philip permanece en silencio durante un rato. Mis dedos juegan con
las hojas de hierba, rasgándolas longitudinalmente en tiras minúsculas.
Su silencio es largo y pesado. Si no fuera por el hecho de que todavía
puedo ver sus piernas por la esquina de mis ojos, creería que no estaba
aquí. Finalmente, responde en un tono controlado.
—Ya veo. ¿Y lo sabes desde hace cuánto?
Oh, Dios. Me va a odiar por esto.
—Pues justo antes de la fiesta de Ricky. —Trago fuerte y me preparo
para lo peor.
Philip se empuja del suelo y camina de un lado a otro delante de mí.
Cuando se detiene, se vuelve y mira hacia abajo para encontrarse con mi
mirada. Su expresión luce herida y enojada, su voz es fuerte y agitada
mientras habla.
—¿Qué soy yo para ti, Gina? ¿Un juego? ¿Una última aventura? Te
diré lo que eras para mí: una mujer con la que podría asentarme, una 20
mujer con la que podría construir una vida. ¡Ahora, me dices que te estás
casando con otra persona! ¿Y ese otro es un Ferro? No puedo competir con
eso.
Se frota una mano sobre su cara en frustración, luego continúa, su
voz más baja, más calma.
—Pensé que estabas vacilando en ir más lejos conmigo porque
todavía estabas superando al imbécil de tu ex novio. Demuestra lo idiota
que soy. Si me hubieras dicho antes que solo estabas en esto por una
follada sin sentido alguno, habría estado bien con todo eso. Pero ahora es
demasiado tarde. De ninguna jodida forma Ferro me dejará tocar a su
chica una vez que esté bajo su techo. Sea lo que sea esto… —gesticula
entre nosotros—, tiene que parar. Ha enviado gente a la sala de
emergencias por menos.
Me estremezco, recordando la noche en que Pete y yo nos conocimos,
la razón por la que estamos en esta situación imposible en primer lugar.
—Philip, por favor, he estado haciendo todo lo posible para no cruzar
las líneas, pero es complicado; en serio me gustas. Realmente quiero estar
contigo. Disfruto del tiempo que pasamos juntos. Si las cosas pudieran ser
diferentes…
—¿Diferentes? ¿Cómo? ¿Cómo yo convirtiéndome en tu amante? ¿Tu
aventura amorosa secreta? Lo siento, Gina, pero no hay forma de que
quiera compartirte, con ningún hombre, por ninguna razón. No estoy
hecho de esa manera. Es todo o nada. Dado que ya eres suya, eso nos
hace en nada. —Él se para frente a mí y sacude su cabeza, mirando más
allá de mí, hacia donde Pete me espera.
—¡Philip, por favor! No soy suya. Ya has visto cómo es con otras
mujeres. Nuestro matrimonio no va a basarse en el amor. Es solo una
estipulación desagradable por una fusión de negocios y, por razones que
no puedo explicar, no puedo salirme de esto. Ojalá pudiera elegirte, pero
no puedo.
Philip se queda callado por un momento. Mira hacia sus manos y
luego de nuevo a mi cara.
—Gina, veo la forma en que se miran el uno al otro. Hay más en esto
de lo que me estás diciendo, pero no estoy interesado en oírlo; no después
de que me trataras así. No quiero que seamos amigos. No quiero que
estemos en contacto. Ten una buena vida, futura señora Ferro.

21
2 DE NOVIEMBRE, 2:43 A.M.

umo.
Mi nariz se arruga ante el olor acre. Intento respirar a través
de mi boca en su lugar, pero el olor de los vapores abrasadores
hace que mi garganta se cierre.
Fuego.
Abro los ojos, en pánico, sentándome en mi nueva cama, en mi
nueva habitación en la mansión Ferro, empapada en sudor frío. Las llamas
están por todas partes, rodeándome. Estoy atrapada. 22
Jadeo, intento gritar pero no puedo hablar. Estoy pidiendo ayuda,
pero no tengo voz. Estoy sola, y nadie puede salvarme. El terror desgarra
mi cuerpo a medida que me aprieto en un rincón de la habitación.
Lentamente, las llamas se transforman en formas humanas.
Personas ardiendo que se estiran con los brazos llameantes para atraerme
al infierno con ellos.
Retrocedo en mi cama frenéticamente hasta que estoy presionada
contra la intrincada cabecera de madera, y grito de nuevo. Manos
chisporroteante me agarran y tiran de mí, mi piel se ampolla debajo de su
toque. Escaneo la habitación con mis ojos, desesperada por una salida. Un
camino claro, estrecho, conduce desde mi cama hasta la puerta, pero la
suite es grande.
Tengo que correr. Es la única salida.
Salgo de la cama a toda prisa, unas manos ardientes agarrando mis
piernas desnudas mientras corro. Soy más rápida; puedo hacer esto. Ya no
soy débil, y me libero. Paso por la sala y llego al gran vestíbulo junto a la
puerta principal de madera. Pongo las manos en la manija y me doy
cuenta que el metal está congelado. Arranco mi mano llena de ampollas y
miro detrás de mí.
La ardiente multitud se está acercando a mí, sus rostros amorfos
entran en foco. Son Philip, Zeke, y sus compañeros de paracaidismo. Me
están llamando, atrayéndome y pidiéndome que me una a ellos. Los ojos
de Philip por lo general amables están llenos de venganza.
Envolviendo mi mano con el dobladillo de mi camisón de dormir,
pruebo la manija una vez más. La puerta se abre, y salgo corriendo,
esperando estar en el jardín delantero, pero no es así. Debo haber ido por
la puerta equivocada porque hay pasillos que se extienden sin fin en
cualquier dirección.
El hielo cubre las paredes. Está muy frío aquí. Mi aliento sale en
blancas bocanadas de vapor, y sostengo mis brazos fuertemente alrededor
de mí para mantenerme caliente. No sé adónde ir. Ya nada parece familiar.
Me doy vuelta a mi izquierda y corro, descalza. Con una puntada en
mi costado, corro por un interminable pasillo helado por lo que parecen
horas. El hielo impenetrable cubre todas las puertas. Sigo corriendo.
Finalmente veo el final del pasillo. Una sola puerta libre de hielo frente a
mí. Pruebo la manija. No está ni caliente ni fría al tacto, así que la giro.
De repente estoy fuera, en los vastos terrenos de la mansión Ferro,
23
de pie sobre la hierba verde suave. Estoy a salvo. Me doblo por la cintura,
mis manos descansando sobre mis rodillas, tratando de recuperar el
aliento. Oigo risas desde detrás de un arbusto de rosas cercano y avanzo
en puntillas hacia el sonido. Ojalá no lo hubiera hecho.
Del otro lado del arbusto, Pete se sienta sobre su moto, sin camisa.
La luz de la luna reluce del brillo sudoroso de su piel, definiendo cada
músculo tonificado. Él está sosteniendo una sola rosa en sus manos,
acariciando los pétalos suavemente con sus dedos como si fuera lo más
precioso que poseyera. Las mujeres lo rodean, docenas de mujeres
desnudas. Lo están agarrando, tratando de sacarlo de su moto. Él las mira
con lujuria, con hambre en sus ojos.
Cuando me ve, su expresión cambia. Parece triste, perdido. Camino
hacia él, pero las mujeres desnudas me empujan hacia atrás, siseando,
sus lenguas como serpientes lanzándose hacia fuera. Pete deja caer la rosa
al suelo, y se congela al contacto, haciéndose añicos. Pone en marcha el
motor de la moto y despega, rápido. Acelera sobre el suelo cubierto de
hielo y cuando gira en la esquina por la puerta delantera, veo la rueda
trasera perder la tracción.
El neumático de la motocicleta patina por debajo de él a medida que
la moto acelera hacia delante, y lo arroja contra el pavimento. Su cuerpo
golpeado se desliza hacia la puerta principal, sin frenar. Los rebordes de
metal de la ornamentada decoración al pie de la puerta tienen forma de
puntas de flecha. No lleva casco para proteger su rostro, ni chaqueta para
salvar su piel. Grito tan fuerte como puedo, horrorizada.
Mi voz inunda mi cabeza a medida que el grito de terror desgarra mi
cuerpo.
Levantándome de golpe en la cama, jadeo. Mi voz todavía resuena en
mis oídos. Debo haber gritado. Mi corazón sigue latiendo salvajemente y
mi cuerpo está cubierto de sudor. Parecía tan real. Aunque sé que no lo
era, aunque todo está bien, mis emociones no pueden reconocer la
diferencia. Mi cuerpo todavía está listo para correr o pelear.
Empujo atrás el cabello húmedo que se aferra a mi cara. No hay
fuego… nunca lo hubo. Considero mi entorno nuevo y ahora un poco
familiar, tomando profundas respiraciones calmantes. Estoy a salvo.
Recojo una de las almohadas afelpadas y la abrazo firmemente a mi pecho.
He estado viviendo en la mansión Ferro durante dos semanas. Mi
vida aquí no es tan mala si te gusta el aislamiento frío y sin amor. No he
hablado con Philip desde nuestra ruptura horrible en la zona de aterrizaje.
24
Erin intentó pasar varias veces, pero el mayordomo sigue echándola. Todo
lo que puedo recibir de ella son mensajes de texto. La extraño.
Pete es amable conmigo, pero casi nunca lo veo. Jonathan se la pasa
en la casa, pero es un coqueteo empedernido; y su semejanza con Pete me
hace sentir incómoda.
Evito la piscina cubierta y el spa porque parece ser donde el señor
Ferro mantiene a sus prostitutas plásticas. No tengo ninguna inclinación a
entablar conversaciones aburridas con ellas. Si tengo que escuchar de
nuevo las virtudes de las uñas de acrílico, gel y seda de nuevo, voy a saltar
por una ventana.
Me siento como si estuviera en prisión, lo cual es apropiado,
considerando que es donde pertenezco. Las únicas ubicaciones a dónde los
chóferes de la familia Ferro pueden conducirme son a la universidad y de
regreso. Estoy teniendo un caso serio de fiebre de encierro a pesar del
hecho de que este lugar es enorme y tiene todo lo que necesito; todo menos
lo que más cuenta en un hogar.
El reloj en mi mesita de noche muestra las 2:58 a.m., y no puedo
volver a dormir. Empujando las mantas lejos con mis pies, balanceo mis
piernas sobre un lado de la cama. Vago por la gran habitación y abro la
puerta del armario. Entro, agarro mi bolso de baile de la pequeña cajita de
oro, y empujo la correa a través de mi hombro.
Paso por los pasillos silenciosamente. Lo único que me trae un poco
de alegría es el inutilizado salón de baile que descubrí en mi segundo día
aquí. Es mi salvación. Cuando no estoy en la universidad o estudiando en
mi habitación, estoy bailando en el salón. Bailo hasta que ya no puedo
soportar estar de pie. Bailo hasta que no puedo sentir nada más que dolor
en las puntas de mis pies, o los músculos agarrotados gritando por
descanso.
Al menos puedo hacer frente a ese tipo de dolor. Puedo curarlo con
hielo y hacer que se vaya. Ojalá supiera curar las pesadillas.
Entro y enciendo una de las lámparas. Atenúo la luz para que brille
suavemente, solo iluminando el centro de la habitación tan ligeramente.
Espejos rodean las paredes en varios lugares así como múltiples molduras
de oro las adornan. La combinación de oro y luz pálida hace que sienta
como si velas brillaran alrededor de mí.
También hay cierto olor en esta sala, algo fresco y libre. Está entre
lilas y lluvia. Es un olor feliz, algo de la infancia que no puedo ubicar. El
25
techo es como un lienzo, pintado por un maestro. No es una copia de la
Capilla Sixtina o algo que existió hace mucho tiempo, sino que es algo
nuevo, pero atemporal. Los azules claros y blancos barren a través del
techo asemejándolo al cielo. Si lo miras por cualquier período de tiempo,
puedes ver ninfas y hermosos rostros mirando hacia abajo. La forma en
que se hizo la pintura los hace desaparecer, pero es como si estuvieran
allí, observándote, y sin importar si lo notas o no, ellos todavía están allí.
Ato mi cabello en un moño suelto en la parte superior de mi cabeza,
antes de agarrar mis zapatillas del bolso. Enlazo las cintas de mis
zapatillas alrededor de mis tobillos y estiro mis músculos, trayéndolos a la
vida.
Bailo ante la música silenciosa que suena en mi cabeza. Realizo
giros piqué una y otra vez a través de la habitación, el mundo tornándose
borroso a mi alrededor. Mis líneas son perfectas, y todas las posiciones
salen con pulcritud, como debería ser. Los grandes alegros son
compensados por adagios que fluyen lentamente; todo ejecutado mientras
mantengo el máximo control sobre cada músculo en mi cuerpo. Me estoy
manteniendo en una sola pieza en lugar de dejar que los fragmentos
caigan al suelo, encontrando fuerza interna y externa en mi baile.
El tiempo se vuelve obsoleto. Estoy respirando fuerte, cubierta de
sudor, mi camisón aferrándose a mi cuerpo como una segunda piel; se
siente maravilloso. Me siento viva y lista para acabar con el mundo.
Una corriente de vida fluye a través de mí a medida que bailo en el
centro del extenso salón. Las sombras me rodean, pero no hacen ninguna
diferencia. Si mantengo el foco, si controlo el baile, entonces nada me
puede alcanzar aquí. Ni Constance. Ni papá. Nadie.
Empujo mi cuerpo hasta el límite. Mis músculos gritan y mis pies
necesitan atención, pero el dolor me hace sentir viva. Conozco el ardor de
los músculos y la fuerte agonía de las puntas. Lo causo, lo controlo, y
puedo detenerlo.
Ahora estoy respirando con dificultad, y corro por la habitación con
mis brazos extendidos, inclinándome hacia delante, lista para entrar en
otra rutina cuando noto unos ojos de zafiro observándome desde las
sombras. Me detengo abruptamente y sofoco un grito presionando mis
dedos contra mis labios.

26
2 DE NOVIEMBRE, 3:44 A.M.

ete está sentado en un rincón oscuro del salón de baile, a


horcajadas de una silla, su frente presionada contra el
respaldo, una mano en su mejilla. No hace nada por
disculparse. Simplemente dice:
—Me encanta verte bailar. Casi puedo escuchar la música en mi
mente.
—¡Santa mierda, Pete! ¿Cuánto tiempo llevas sentado allí?
—El suficiente. —Está absolutamente tranquilo y es completamente 27
agravante.
—No estoy aquí para ser tu espectáculo privado. —Me vuelvo sin
decir una palabra y me siento en el suelo para quitarme las zapatillas. El
nudo en el tobillo está apretado, así que me toma un momento. Escucho a
Pete levantarse de su silla y dirigirse hacia mí.
Él recoge mi bolso y lo coloca junto a mí antes de sentarse en el
suelo a mi lado. El aire está cargado como si algo extraño fuera a suceder.
No puedo soportar nada más extraño.
Pete se pasa la mano por el cabello y mira fijamente hacia el suelo de
madera.
—Llevo aquí un tiempo. Lamento haberte asustado, pero no quería
interrumpirte y hacerte detener.
—Bueno, debiste haberlo hecho. Esto era para mí, no quería que
nadie lo viera. —Deshago el segundo nudo en mi otro tobillo y quito mi
segunda zapatilla. Mis ojos se centran en mis dedos, envolviendo y
desenvolviendo nerviosamente la cinta alrededor de ellos. Pete apoya su
mano en la mía, deteniendo suavemente mi inquietud.
—Lo sé. —Pete aprieta sus labios y dobla sus manos en su regazo
antes de mirarme por el rabillo del ojo—. Desearía poder decir que lo
siento, pero no puedo lamentar verte bailar. No habrías bailado así si
hubieras sabido que estaba aquí. Te habrías silenciado, incluso
censurado. La forma en que bailas cuando piensas que nadie está mirando
es pura. Es como ver un poema cobrando vida. Ese no era solo tu cuerpo
moviéndose al ritmo de la música. Estabas desnudando tu alma.
—Por lo cual es privado —lo interrumpo.
—Algunas confesiones no pueden permanecer en privado; son
demasiado puras, demasiado perfectas.
Quiero reír pero algo me dice que no lo haga.
—Eso estaba lejos de la perfección, y a menos que estés estudiando
para ser mi compañero, vas a decirme qué estás haciendo aquí. Y no te
burles de esto y no lo arruines. Al observar me robaste algo honrado. Me
debes el mismo nivel de intimidad a cambio.
Pete no se ríe ni lo arruina. En su lugar, permanece a mi lado y mira
sus manos. Después de un momento toma una respiración profunda,
asiente en acuerdo, y separa sus labios. 28
—Tienes razón. Te lo debo.
Observo su perfil por el rabillo de mi ojo. Mi estómago da volteretas
durante el momento de silencio mientras me pregunto lo que va a decir.
Podría acabar con esto con una mirada irónica o una broma, pero no lo
hace. El espacio está cargado como si hubiera un rayo en el aire, pero todo
viene de él.
Alcanzo una toalla pequeña en mi bolso y seco mi cara. Ahí es
cuando empieza a hablar de nuevo.
—Me recordó a mí. —Está tenso pero intenta esconderlo. Mantiene la
curva de su espina dorsal, pero sus ojos se disparan alrededor del salón
como si quisiera correr. Pete agita sus manos a medida que se explica—. Y
te debo más que una frase, ya que vi algo que realmente no querías
compartir.
Le echo un vistazo.
—No, no quería; pero estoy escuchando. Nivélanos, Ferro. Dime algo
que esté conectado a ti en un nivel tan profundo, algo que puedas
compartir o mostrarme, algo que escondes del mundo.
Asiente lentamente y puedo decir lo difícil que es para él hacer esto,
pero lo hace. No protesta ni se burla.
—No sé si esto es suficiente, pero no es algo de lo que hable. Jamás.
Los libros que encontraste en mi habitación… los poemas. No son solo
palabras rítmicas en un papel. La poesía es como desnudar el alma. Te
hace vulnerable al mundo con cada palabra, cada punzada de dolor, cada
lágrima de remordimiento. Veo lo que siento cuando bailas. He estado
buscando una conexión, preguntándome si son similares: el baile y la
poesía. Y no estoy seguro, pero ambos están bellamente encadenados;
forjados por el sentimiento, la emoción y la técnica, para formar el
equilibrio perfecto.
Sus palabras desmenuzan mi ira hasta que me siento desnuda junto
a él. La forma en que habla, con tal convicción templada, con
incertidumbre, pero un sincero deseo de saber, me asalta. Las palabras
trastabillan fuera de mi boca porque no puedo ocultar mi sorpresa.
—¿Hay más? ¿Cómo puede haber más?
¿Acabo de decir eso en voz alta? Con los ojos muy abiertos, aparto la
vista de él rápidamente sin querer sondear las expresiones en su rostro.
29
Estoy en mi camisón de dormir empapado y bragas, nada más. Meto mis
piernas debajo de mí, intentando esconderme de él. Pero aun así, me
siento desnuda y lo que acabo de decir lo empeoró.
Si añadimos el hecho de que me vio bailando y no una coreografía
preparada que estaba destinada a complacer a una audiencia. Me vio
verter cada emoción embotellada que tengo sobre el suelo. La
desesperación frenética, el tictac lento del tiempo, la tristeza melancólica,
la alegría esperanzadora de que algo mejor aún está por venir. Es como él
dijo, para el ojo inexperto, es solo movimiento, pero Pete lo entiende, de
alguna manera.
—¿Más? ¿Más, qué? —Su tono es tan suave, tan cuidadoso. Pete
estira su mano y la presiona ligeramente encima de la mía—. Gina, dímelo.
Mi estómago está girando demasiado rápido. No se supone que esto
suceda. No puedo pensar cuando me toca. Deslizo mi mano lejos de la
suya y levanto la mirada hacia sus intensos ojos zafiro.
—No puedo. No es nada. —Busco mi sonrisa falsa, la encuentro y la
plasmo en mi cara antes de mirarlo.
La mirada de Pete barre sobre mí antes de descansar sobre mis pies
descalzos. Están destrozados y menos que bonitos.
—Sabes, no hay ni rastro de algo así en mi vida. —Inclina su cabeza
hacia mis pies.
De repente quiero ocultarlos y mi cara se llena de vergüenza. Están
callosos, agrietados, sangrando y vendados. Se han rotos y reparados
tantas veces que ya no parecen femeninos. Intento reír.
—¿Quieres decir un desastre horrible? —Le sonrío.
Por primera vez en mucho tiempo, Pete encuentra mi mirada y
sacude su cabeza. Traga con dificultad y confiesa:
—No hay nada horrible en tus pies. Muestran pasión, dedicación,
resistencia, promesa y esperanza. Son un testimonio del tipo de persona
que eres; no te rindes y estás dispuesta a soportar lo que sea necesario
para conseguir lo que quieres, contra viento y marea. —Las esquinas de
sus labios se elevan por un momento y luego caen—. No tengo nada de
eso, y nunca lo tendré.

30
2 DE NOVIEMBRE, 3:59 A.M.

us ojos azules estudian mi rostro, y desearía que no se


convirtiese en la calabaza Pete a la luz del día. Me gusta este
lado suyo, la forma en que es seguro y vulnerable al mismo
tiempo. Es honesto conmigo y consigo mismo. Es raro y no tenía ni idea de
lo profundo que esas aguas corrían dentro de él. Es por eso que dejé
escapar que hay más. Pensé que sabía de sus profundidades, pero cada
vez que creo que he encontrado el fondo, él va más profundo.
—No estoy tan segura de eso.
Él me mira, esperanzado y vacilante.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Supongo que tienes libros llenos de poemas que escribiste.
31
Probablemente los escribes a todas horas, en cualquier lugar. Dudo que
las páginas estén prístinas y perfectamente blancas. Probablemente están
manchadas, escritas en un alboroto emocional, y tal vez algunas están
manchadas de lágrimas. Tal vez. —Le sonrío cuidadosa y rápidamente—.
Los escritores tienden a ocultar sus emociones, ¿no?
Asiente.
—Supongo que sí. —Las esquinas de mi boca se alzan—. Parece que
las bailarinas hacen lo mismo; esconden sus emociones.
—¿Me lo mostrarás algún día? ¿Uno de tus poemas? —Trato de
atrapar su mirada. Parte de mí piensa que no debería haber preguntado,
pero la otra parte está saltando de arriba abajo como una niña de 8 años
en un trampolín.
Pete sacude su cabeza y mira hacia el suelo, rompiendo todo
contacto visual conmigo. Sus dedos juegan con los extremos
deshilachados del raso en las puntas de mis zapatillas.
—Nunca dije que escribiera poesía.
—Sí, lo hiciste. Dijiste que…
—No. —Su refutación es corta y filosa, tan diferente de sus
confesiones anteriores. Debería detenerme. Estoy empujando sus botones,
pero estoy cansada de este abismo entre nosotros.
—¿Por qué? —exijo, molesta con él.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué pretendes ser alguien que no eres? ¿Por qué niegas que
escribes? ¿Y qué si la gente lo sabe?
—Tengo mis razones. —Sus paredes se levantan, y forman torrecillas
esta vez. Sé que he perdido al poeta sentimental. Por un breve momento,
tuve un amigo en esta casa vacía y hueca, pero vuelvo a estar sola.
Froto mis brazos sobre mi camisón, para evitar el frío repentino en el
aire.
—Perdón por preguntar. Compartiste un momento personal
conmigo, así que pensé…
Él sonríe.
—Sí, personal para ti tal vez. 32
—¿Sabes qué? No importa. —Herida, recojo mis zapatillas y las ato
entre sí cuidadosamente. Una vez un jodido Ferro, siempre un jodido
Ferro. Las reglas no se aplican a ellos, o más bien, viven por su propio
conjunto de reglas y, sin importar quién eres, no hay forma de evitarlas.
Es solo entonces que me doy cuenta que Pete todavía está completamente
vestido, a pesar de que es medianoche—. De todos modos, ¿por qué estás
levantado a esta hora? —Me arrepiento de preguntar inmediatamente. No
quiero saber lo que ha estado haciendo y, con su arrogante máscara
puesta, estará más que dispuesto a describir sus aventuras con gran
detalle explícito. Arrojo mis zapatillas en mi bolsa de baile y la cierro.
—¿Estás bromeando? —Pete me mira con escepticismo, entonces,
cuando ve mi expresión confundida, continúa en un tono suave—: Gina,
tu habitación está al otro lado del pasillo de la mía; no he dormido bien
desde que has llegado. ¿Gritas así todas las noches?
Oh. Dios. Mío. Mi corazón cae a mis pies y no puedo moverme. No
puedo respirar.
—No quiero hablar de esto.
—Entiendo. Está bien. —Pete se queda callado por un momento y
puede decir que estoy lista para salir disparada.
La cosa es que, no puedo compartir eso. Las pesadillas son tan
reales y tan aterradoras. Si se ríe y dice que no es nada, ya no podría
mantenerme en una pieza.
Como si escuchara mis pensamientos, Pete dice:
—No confías en mí. No te he dado razón para hacerlo, es solo que…
si puedo hacer algo… —Me observa parada ahí y se levanta para estar
delante de mí. Pete captura mi mirada—. Lo haría. Suenas aterrorizada y
no puedo evitar sentir que es culpa mía.
¡Maldición! Quiero llorar. Quiero gritar, lanzar mis brazos alrededor
de su cuello, y llorar; pero no hago nada. Solo me quedo allí y miro
fijamente en blanco. Me niego a hablar porque mi voz me traicionará. Es
muy tarde y estoy muy cansada. Ya no puedo hacer esto esta noche.
—Tengo que ir a la cama. —Ofrezco una sonrisa débil y comienzo a
apartarme.
Pete alcanza mi brazo, acaricia mi codo con sus dedos, pero no me
aferra. Su mano cae de nuevo a su lado, como si no debiese tocarme.
—No tienes clases de fin de semana, ¿verdad? 33
Miro hacia su mano y luego de nuevo a sus ojos.
—No, no tengo.
—Muy bien, entonces, tengo una idea. —Dándome una sonrisa
arrogante, se inclina y me levanta por la cintura como si no pesara más
que una pluma. Grito y me retuerzo. Su agarre en mi cintura me hace
cosquillas. Si rio, despertaré a toda la mansión.
Me pone de pie y me observa con la presumida mirada superior de
los Ferro.
—Vete a la cama, señorita Granz, e intenta dormir un poco. Ven a
buscarme por la mañana. Te voy a llevar a una cita.
—¿Yo? ¿En una cita con EL GRAN Pete Ferro? Eso es como bajar
mis estándares. Tengo una imagen elegante y sana que mantener, ya
sabes, y asociarme contigo podría dar a la gente la impresión equivocada.
—Puede que tenga que poner cinta adhesiva para cerrar esa boca
descarada tuya. De la forma en que lo veo, sabionda, tú eres la que está
bajando mis estándares. Soy ardiente, y tú eres… —Pongo un dedo en sus
labios, silenciándolo.
—Si valoras algo al sur de tu cinturón, te sugiero que no termines
esa oración. Puedo ser pequeña, pero tengo rodillas puntiagudas, y no
tengo miedo de usarlas.
Pete quita mi dedo de sus labios, besándolo ligeramente.
—Qué temperamento, señorita Granz, qué temperamento. No me
dejaste terminar. Iba a decir, una chica estupenda.
Estamos parados pie con pie, Pete observándome con malicia en los
ojos, una ceja levantada, esperando ver cómo voy a responder. Me está
dando un latigazo emocional, pero me gusta su lado juguetón.
—Escucha, aprecio tu generosidad, pero no tienes que hacer esto.
No quiero tu compasión, y tienes cosas mejores… o… chicas más ardientes
con las que salir. En realidad estoy cansada de sentirme como una espina
en tu lado sexy, así que a menos que esto sea parte del plan de tu madre
para darnos una exposición como pareja cariñosa ante el ojo público…
Él sonríe.
—¿Crees que tengo un lado sexy?
Sacudo mi cabeza, sonriendo y golpeándolo suavemente con mis 34
zapatos. Pete agarra mis muñecas en la segunda oscilación.
—Ella probablemente nos hará seguir por los medios de
comunicación, pero no, esto no es su idea, y no te compadezco. En
realidad, en cierto modo te tengo miedo a veces, especialmente cuando
sostienes zapatos.
—¿En serio? —Nos reímos por un momento y me olvido de todo lo
que me ha estado molestando. Pete está sonriendo cariñosamente,
revelando un hoyuelo en su mejilla. El rastrojo de barba es más denso que
de costumbre y tengo que resistir el impulso de tocar su rostro y sentirlo
bajo mis palmas.
—Ve a descansar un poco. Te veré por la mañana para nuestra
primera cita.
Pete avanza por el pasillo y dobla la esquina, dirigiéndose hacia su
ala y nuestras habitaciones. Robo una mirada en uno de los espejos
ornamentados de piso a techo. Por primera vez desde que me mudé, hay
una sonrisa en mi cara.
2 DE NOVIEMBRE, 12:02 P.M.

ete debe leer la revista Esquire, porque maldita sea; se ve


completamente comestible con su camiseta negra ajustada y
sus jeans perfectamente desgastados. Ese cabello oscuro suyo
está casualmente peinado, pidiendo ser tocado. La sombra de rastrojo en
su barbilla se ha ido lo que me hace querer tocar su cara y deslizar mis
dedos sobre su piel lisa. Cuando me acerco a él, su olor me golpea fuerte y
me siento intoxicada. Es el combo casual-sin-esfuerzo perfecto para un 35
polvo. Tal vez Pete escribe artículos para esa revista.
Si añadimos su elección de transporte y podría seriamente
desmayarme. Llegamos aquí en su motocicleta. Me encanta la adrenalina
que viene con la velocidad y el viento en mi cara. Pete tomó las esquinas
con fuerza, inclinando la moto más allá de lo que creía posible. Me aferré a
su cuerpo firme, aplastándome contra él y fui con ello. Mi corazón corrió
todo el tiempo y no pude evitar reír. Pete escuchó todo a través del
auricular en el casco y no me importa. No me avergüenzo de dejar que
otras personas vean mis emociones, ya no. Durante mucho tiempo pensé
que las personas las usarían contra mí. Ahora mi mantra ha cambiado y
se puede resumir en tres pequeñas palabras: A la mierda.
Pete agarra mi mano y me empuja a través de las aceras en el
centro, corriendo a lo largo de la calle antes de que otra ola de vehículos
nos aplaste. Las bocinas estallan alrededor de nosotros mientras la ciudad
se cuece al sol de la tarde. La luz se refleja en las ventanas de vidrio y
forma parches de sombra y luz sobre el hormigón. El vapor se alza desde
una ventilación del metro a medida que él nos apresura por la acera.
Mis defensas han caído. No ha hecho nada para que regresen
después de anoche. Es raro. Este es el Pete que pensé que existía, pero
nunca pensé que lo vería a la luz del día. Es como ver a Drácula bailando
al sol en Times Square, es extraño y totalmente inimaginable, ya sea al
verdadero vampiro o un actor dando vueltas en una capa. Es el tipo de
cosas que tienes que ver para entender totalmente. Y aquí estoy, viendo y
creyendo. Tenía razón. La otra versión de Pete es un eco en comparación
con el hombre de pie junto a mí.
Cuando mis pies están plantados firmemente en el bordillo opuesto,
me rio.
—Lunático.
Pete me da esa mirada patentada suya: esa sonrisa torcida y esos
ojos azules brillantes; y se burla:
—Pensé que te gustaría jugar al Frogger1 real.
Me atraganto con mi risa y sale como un resoplido.
—¡Frogger! ¿Qué edad tienes?
Pete tiene una mirada tímida en su rostro y me observa por el rabillo
del ojo. Me hace señas para que lo siga.
36
—Sean pasó por un tiempo por una faceta con lo vintage. Tuvimos
un Atari, Coleco, y la primera versión de Pong.
—¡Oh! ¡Pong! —Mi voz es ligera, burlona.
Pete asiente y sacude su cabeza.
—¿Puedes imaginar a Sean jugando Pong?
Lo pienso por un segundo y me rio.
—Sí, en realidad no. Esa es la mayor contradicción de todos los
tiempos. El Rudo Sean Ferro jugando con sus pelotas.
Pete se detiene en seco y levanta una sola ceja mientras me da una
mirada incrédula.
—Guau, así que tienes algo por las pelotas de mi hermano, ¿verdad?
—No sus pelotas. Son tan peludas. Háblame del resto de él y esta
conversación será un poco diferente. —Lo digo en serio, porque todo el
mundo sabe que su hermano es absolutamente ardiente… y loco.

1 Frogger: es un videojuego publicado originalmente como arcade en 1981.


Pete observa mi cara por un segundo para ver si hay algo allí;
cualquier cosa que no le esté diciendo.
—Sean es… no lo sé. A veces quiero darle un puñetazo en la cara y
hacerle despertar. Las pesadillas no desaparecen por sí solas. Tienes que
perseguirlas y asegurarte que no vuelvan.
Se refiere al juicio de su hermano, pero hay algo en sus ojos, como si
esperase que le dijese por qué me despierto gritando cada noche. Un
escalofrío recorre mi espalda al pensar en los sueños, y la forma en que se
convierten de imágenes suaves a horrores ardientes. Mis labios se separan,
pero no puedo forzar las palabras por mis labios. Por alguna razón, decirlo
en voz alta hace que las pesadillas parezcan más reales. Me rio
nerviosamente y sonrío al dorso de mis manos.
Pete se estira y entrelaza nuestros dedos. Puede sentir mi angustia,
sé que puede, lo que me pone aún más asustadiza. Me pregunto qué haría
si simplemente huyera por la calle a toda velocidad. Esa es la vieja Gina.
Quiero ser valiente y hacer frente a lo que sea que siga, pero se siente
como si hubiese comido un cubo de babosas.
Pete inclina su cabeza ligeramente y atrapa mi mirada.
37
—¿Tienes hambre? Porque conozco un gran lugar; está justo por
aquí.
Asiento, agradecida de que no insista.
—Sí, suena bien.
Pete y yo caminamos hacia un restaurante. Cuando entramos, no
hay nadie allí. Paso por el umbral y me detengo, pero Pete sigue por
delante de mí, más allá del estrado y grita:
—¡Roberto! ¿Sei qui?
Santo cielo. Pete habla italiano. No sé por qué estoy sorprendida,
pero lo estoy. Sale de su lengua como si fuera su primera lengua. Parpadeo
en sorpresa y le sonrío cuando me mira por encima del hombro. Un
momento después, un hombre bajo y de piel oscura emerge desde atrás.
Lleva pantalones negros y una camisa blanca abotonada. Su cabeza está
brillando como si hubiese estado de pie sobre una olla hirviendo. Tan
pronto como ve a Pete, sonríe y abre sus brazos. El hombre fuerte le da a
Pete un abrazo de oso y le besa las mejillas. Pete sonríe y los dos
conversan en italiano por un momento con muchas sonrisas y golpes de
espalda.
Pete vuelve al inglés.
—¿Puedes hacerlo?
Roberto asiente.
—Sí, sí. —Levanta un solo dedo en el aire y se aleja.
Cruzo la distancia, moviéndome alrededor de las mesas vacías, y me
dirijo al lugar donde Pete está parado.
—¿Acabas de pedirle que abra antes por nosotros?
Pete luce como si quisiera reírse.
—¡No! Por supuesto que no.
—Entonces, ¿qué hiciste?
—¡Nada! —Ahora está a punto de reírse, pero no sé por qué.
Empujo mi dedo en su costado y lo meneo. Pete se ríe y agarra mis
manos girándome hacia él.
—Puede que le haya pedido a Rob que abra hoy solo por nosotros. El
hombre hace una pizza increíble. 38
Parpadeo hacia él. Entonces miro alrededor. Esta no es una pizzería
cualquiera; no el tipo de lugar de la grasienta rebanada a un dólar.
—¿Lo hiciste abrir por una pizza?
Pete presiona un dedo en la punta de mi nariz.
—Sí, y cuando esté lista, verás por qué.
—De acuerdo —contesto lentamente, arrastrando la segunda
palabra.
Roberto aparece un momento después con su chaqueta negra
complementada con un clavel rojo. Nos conduce a una habitación trasera
que está bañada con la luz de las velas. Las paredes son diferentes a las de
la parte delantera. En lugar de madera oscura, todo es de mármol blanco.
Las paredes se alzan hasta unos seis metros de alto, lo que es inusual
para un restaurante aquí. Un candelabro de oro pálido cuelga sobre una
pequeña mesa redonda para dos con mantel de lino blanco y sillas
mullidas.
Roberto retira mi asiento.
—Signorina.
Miro a Pete y luego a Roberto. Ambos sonríen, como si supieran algo
que yo no. Me deslizo en mi asiento, y veo algunas sonrisas más antes de
que el hombre se apresure y me deje sola con Pete.
Está sentado frente a mí, sus codos apoyados en la mesa, y
observándome con una sonrisa tonta en la cara.
—Esto te va a encantar.
Pongo mi servilleta en mi regazo.
—Ya me encanta. ¿Cómo encontraste este lugar?
—Suerte.
Conversamos por un rato mientras el vino y los antipasti son
colocados en la mesa. Picoteo la comida, probando cosas que parecen
familiares pero diferentes. Después de que el plato se vacía, Roberto
aparece con una bandeja de plata sostenida en alto sobre su cabeza. Él
está sonriendo tan ancho que sus oídos están sobresaliendo.
La expresión de Pete es similar. Parece que está a punto de saltar de 39
su silla.
—Per-te —dice Roberto cuando coloca la bandeja delante de
nosotros. Sonríe radiante a medida que retira la tapa lentamente para
revelar la pieza de comida más hermosa que he visto en mi vida.
Pete aplaude, dos veces audiblemente.
—¡Grazi! ¡Es hermosa! Gina, ¿has visto alguna vez una pizza mejor?
La miro fijamente. Esto es pornografía en vivo. Es toda una pizza con
cincuenta tonos de oro. La corteza dorada ha sido espolvoreada con ello,
los pepperoni han sido cubiertos en ello, y la salsa… es amarillo pálido.
Hay tomates dorados mezclados con los quesos de aspecto más ricos del
mundo.
—Guau. ¿Eso es? ¿Es oro?
Roberto está tan orgulloso que está listo para explotar. Con las
manos detrás de su espalda, se balancea sobre los dedos de sus pies y
explica.
—Hojas de 23 quilates de oro sobre la corteza, quesos parisinos y
pepperoni italiano. Es la especialidad Ferro. —Se retira, todavía sonriendo
mientras Pete agarra una rebanada y me la entrega en un plato blanco.
Empiezo a reír. Él levanta la vista, preocupado.
—¿Qué? ¿Es tan malo?
—No, es perfecto. Es Peter Ferro, tan maduro, pero no. Es perfecto,
Pete. En serio lo es. Y si me dices que no traes a ninguna de tus amigas
aquí, puede que me desmaye en el acto.
Me señala con un dedo y dice:
—No te burles de mí hasta que lo pruebes. No hago las cosas a
medias.
—En serio. —Sonriendo, me llevo la rebanada a mi boca y tomo un
bocado. Las esquinas de mi boca caen instantáneamente y gimo cuando la
salsa, el oro, el pan y el queso golpean mi lengua. Cierro los ojos por un
segundo, y degusto el sabor.
Cuando miro a Pete, está observándome, inclinado hacia delante al
punto que su camisa roza ligeramente contra su rebanada de pizza.
—Eso merecía la pena verlo. Debería haberlo grabado.
Me rio y apunto hacia su camisa. 40
—Tienes pizza en tus tetas.
—Y tú alcanzaste el orgasmo con una pizza. Valió la pena. —Mira
hacia abajo y se seca el queso y la salsa en su camisa.
—No es cierto. —Miro hacia la rebanada y quiero otro bocado, pero
ese queso es tan perfecto y la salsa hace que los sabores exploten en mi
boca. Añade el oro y es demasiado sorprendente para las palabras.
—Adelante. No juzgaré. —Pete agarra una rebanada y me guiña un
ojo mientras toma un bocado.
—A la mierda.
—Así se dice.
Pete me mira desde debajo de sus pestañas con esa sonrisa torcida
en sus labios. No puedo evitarlo, me rio. Hoy ha sido inesperadamente
maravilloso.
2 DE NOVIEMBRE, 3:28 P.M.

utos y taxis amarillos pasan, tocando sus bocinas


incesantemente. Los altos rascacielos nos rodean y millones de
personas pasan caminando como si todos llegasen tarde a
algo. Esta ciudad siempre está en movimiento. Nunca se detiene.
Si los paparazzi están siguiéndonos, son muy discretos al respecto,
lo cual está bien para mí. Pete me agarra de la mano, ocasionalmente,
entrelazando nuestros dedos. Intento ignorar la forma en que eso hace que
mi estómago de un vuelco. Estoy sola y desesperada por atención física;
incluso la atención en forma de tomarse de la mano con un mujeriego y 41
pícaro notorio, aunque solo sea para las fotos muy necesarias de los
reporteros. No puedo dejar de sentir comodidad con cada pequeña caricia
de su pulgar en el costado de mi mano.
Al pasar por una pequeña tienda de segunda mano, algo en la
vidriera llama mi atención. Me detengo para una mirada más de cerca.
Pete no se ha dado cuenta y sigue caminando. Está a dos tiendas de
distancia, así que troto hasta él y tiro de su mano, deteniéndolo.
—Oye, ¿Pete? ¿Recuerdas en la gala de fusión cuando me pediste
que te enseñara más pasos de swing? ¿Hablabas en serio?
No le des la sonrisa de dientes, Gina. Actúa casual. Entrelazo mis
dedos entre sí y los sostengo delante de mí, mientras me balanceo
ligeramente sobre mis talones. La ceja de Pete se levanta cuando camina
hacia mí. La boca de mi estómago entra en caída libre y los dientes
intentan aparecer. CARAMBA. Maldición. ¡Cierra la boca! El resultado es
horrendo. Las esquinas de mis labios se levantan y se contraen como si
tuviera un hámster golpeando mis dientes intentando escapar de mi boca.
¡Sexy!
Pete está a un paso de distancia, mirándome.
—Sí, estaba hablando en serio. ¿Por qué?
Hago un sonido que solo los perros pueden oír mientras empujo a
Pete hacia la tienda. Caminando hacia atrás y sosteniendo sus dos manos,
le doy una sonrisa de dientes. Él me sigue vacilante, sus cejas fruncidas.
Es el tipo de tienda en la que Pete no sería atrapado ni muerto si no fuera
por la bailarina muy insistente que lo mangonea.
—Entonces ven, señor despilfarrador. Te conseguiremos unos
zapatos de baile.
Lo atraigo en la tienda, donde entretejemos nuestro camino a través
de una mezcla de cosas de segunda mano y mercancía a estrenar. El aire
es denso con una mezcla de bolas de la naftalina y humedad mohosa. Se
tarda un poco acostumbrarse al olor. Llevo a Pete hacia la parte de atrás
de la tienda y lo empujo sobre un banco antes de empezar a hurgar entre
las cajas.
Un empleado nos ayuda y veinte minutos más tarde, salimos de la
tienda, con la bolsa de zapatos en mano y una mirada de presunción en mi
cara.
—Ahora, lección número uno; las botas de motorista no sirven como
zapatos de baile.
42
Pete se detiene junto a mí, envuelve un brazo alrededor de mis
hombros, y me jala hacia su costado.
—Sabes por qué acepté esto, ¿verdad?
Lo miro, sonriendo como una niña.
—¡Porque tengo un gusto impresionante, y te verás fabuloso en tus
nuevos zapatos de baile!
Pete sacude su cabeza.
—No exactamente. Accedí porque todo el tiempo que estuvimos allí,
tenías un zapato cargado en tu mano. Mi cara se sintió intimidada.
Suelto una gran carcajada, haciendo que la gente se detenga y mire.
Golpeo mis manos sobre mi boca. Estuvimos de acuerdo en un par de
zapatos de color negro sobre negro. Junto con un bonito par de pantalones
a medida y una camisa de botones, él estará aún más delicioso de lo que
está ahora. Me encanta su desaliñado y maltratado aspecto de chico malo,
pero verlo vestido en un esmoquin me quitó la respiración. Este hombre
sabe lucir el aspecto formal. Estuve tentada de conseguirle los zapatos de
dos tonos, negro sobre blanco, para emparejar con mis Oxfords, pero aún
no está listo para eso. Los hombres tienen que superar lentamente el
pavor. Tal vez le consiga polainas y suspensores después.
Pete sostiene la bolsa en alto y la mira antes de sacudir la cabeza.
—Zapatos de baile. Mis hermanos van a patearme el culo después de
que cada otro tipo lo haga.
—Los hombres son tan densos. Las mujeres aman los zapatos y un
hombre con un par de zapatos calientes es completamente viable. —Me
aparto, pero Pete me toma de la mano y me tira hacia él.
—¿De eso se trata? ¿Me hace más viable? Eso podría ser peligroso
para mi salud. —El pecho de Pete roza el mío cuando se ríe.
Me inclino más cerca, acercándome lo suficiente para besarlo, pero
no lo hago. Me burlo:
—Podría ser. El contoneo, las camisas ajustadas complementadas
con los bíceps hermosos, sin olvidar la colonia afrodisíaca, y ahora un par
de atractivos zapatos de baile. —Marco los artículos uno por uno con mis
dedos—. No lo sé… tal vez deberíamos conseguirte un corredor de seguros.
Podría ser grave, mujeres cayendo del cielo y aterrizando en tu pene podría 43
doler. Eso podría tener complicaciones imprevistas.
Pete se mueve rápidamente, me empuja contra él y me mira a los
ojos. Se queda allí por un momento, hasta que esos ojos de cristal se
traban en mi boca.
—Tienes una boca muy sucia, Gina Granz.
—Entonces, me alegra que tengas todo ese jabón personalizado. —La
atracción entre nosotros es asombrosa. Se extiende a cada parte de mí, y
es cada vez más difícil no tocarlo. A la mierda. Presiono un dedo en sus
labios y le sonrío antes de arrancar mi cuerpo fuera de su campo de fuerza
de vibras sexys.
Pete permanece perfectamente quieto. Es como si estuviera aturdido
en silencio. Cuando se recupera, agarra mi mano y seguimos por la calle.
2 DE NOVIEMBRE, 4:01 P.M.

ete está en una panadería cercana consiguiéndonos galletas


recién horneadas y café. Está satisfaciendo todos mis
caprichos, y me siento como una princesa. Mientras espero a
que vuelva, me siento en la hierba, en medio del Central Park, observando
a la gente. Estamos a principios de noviembre. El aire es frío pero todavía
no el frío que entumece los dedos que recibimos con el mortal invierno. Es
más el clima para un suéter mullido. Afortunadamente, me vestí lo
suficientemente abrigada para disfrutar del aire fresco.
Una ráfaga de viento sopla, levantando mi cabello por todas partes. 44
Las hojas caídas se abren camino por el césped, girando como un
torbellino de tierra. Una hoja cae sobre mi regazo, y la recojo. Mi mano
arruga el follaje muerto, esparciendo motas secas de marrón en mis
zapatos. La melancolía se apodera de mí y aprieta fuertemente alrededor
de mi pecho, haciendo que sea difícil respirar. Mis ojos pican y escuecen,
pero retengo las lágrimas. Llevo mis rodillas a mi pecho, envolviendo mis
brazos alrededor de mis piernas firmemente.
Dentro de los próximos dos días, los árboles estarán completamente
desnudos, y la primera nevada cubrirá el suelo, haciendo que todo se vea
puro y blanco. Se supone que la nieve debe traer la promesa de tiempos
felices por venir. Luces de Navidad, regalos, y reuniones familiares.
Pero no este año, no para mí.
Mi padre todavía me trata como si no existiera. Mi madre y yo
apenas nos vemos y salir con mis amigos es casi imposible.
Mis pensamientos se interrumpen cuando Pete aparece, con una
bandeja de café en una mano y una bolsa de papel en la otra.
—Sé que insististe, pero solo les quedaba una galleta de nuez de
macadamia. Espero que esté bien. También tengo un montón de otros
bocadillos, ya que tienes el apetito aleatorio de un hombre de las cavernas.
Golpeo mis puños contra mi pecho y hago un gruñido.
Pete ríe.
—¿Y qué fue eso? —Pete se lleva su taza de café a sus labios y me
observa por encima del borde.
—Mi imitación de un homo sapiens.
Pete escupe y empieza a reír ahogadamente. Se limpia el rostro con
el dorso de la mano y se sienta con fuerza junto a mí, todavía sonriendo.
—¡Eres un homo sapiens! Creo que te refieres a Neanderthal.
Me encojo de hombros y sorbo mi café.
—La misma cosa. —Intento no sonreír y hago una voz de hombre de
las cavernas—. Gina podría necesitar más clases de ciencias.
Pete ríe de nuevo, haciendo temblar su pecho.
—No puedo decir si estás hablando en serio o si solo estás jodiendo
conmigo.
Respondo con voz sedosa y sexy: 45
—Un poco de ambas. —Sus ojos barren por mi cara, como si
acabara de darse cuenta que hay más por saber de mí y quiere
profundizar. No estoy segura de lo que va a encontrar porque todavía no
he descubierto lo que hay en el sótano de mi alma. Por lo que sé, hay una
excéntrica viviendo allí abajo. Podría tener que mantenerla encadenada,
así que desvío su atención con un tema mortalmente serio—. Pete, tengo
que decirte algo. Hay mucho sobre mí que no conoces, pero esta parte es
muy importante: no te comas mi galleta de nuez de macadamia.
La esquina de su boca se alza.
—Ni lo soñaría. Ya cometí ese error una vez. Nunca más.
Levanto mi taza de café y Pete hace lo mismo. Las chocamos juntas.
—Salud. Por la felicidad, la pizza de oro y un montón de galletas.
Nos sentamos en un silencio cómodo durante un rato, bebiendo
nuestros cafés, hombro con hombro. Después de unos minutos, descanso
mi cabeza en su hombro y suspiro.
—¿Qué pasa, G? —La voz de Pete es suave, amable.
No quiero estropear el día con mi estado de ánimo bipolar.
—Nada.
—Sé que es algo. Te desinflaste cuando fui a buscar café, y esa
galleta debería haberte animado. Pero no lo hizo, entonces, ¿qué está
pasando? —Pete no me mira mientras habla de modo que no siento que
tengo que responder, pero quiero hacerlo.
—En serio, no es nada. Estaba pensando en las fiestas y cómo
extraño la forma en que mi familia solía ser; este año será difícil. Tu
familia no parece un grupo festivo. De algún modo, no puedo imaginar a tu
madre cantando villancicos o besando a nadie bajo el muérdago.
Levanto mi barbilla para capturar la reacción de Pete. Su boca se
inclina hacia un lado.
—Sí, no mucho. Son más sobre grandes ceremonias para hacer
alarde de la riqueza de la familia. Tiene poco que ver con el regocijo o la
alegría.
Tal vez la Navidad no será tan difícil si Pete pudiese aferrarse a esta
versión más bonita de sí mismo y pudiese quedarse el tiempo suficiente
para pasar algún rato conmigo. Me trago mi dolor y fuerzo una sonrisa.
46
—¿Tienes buenos recuerdos navideños, Pete?
—Unos pocos. Sobre todo de cuando éramos niños… antes de que
supiéramos que nuestra familia era un desastre. Luego se convirtió en un
tedioso evento social. ¿Y tú?
—Solía ser mi época favorita del año. Mi padre y yo hacíamos esta
cosa cada año, donde me llevaba a una cita especial padre-hija, un par de
días antes de Navidad. Íbamos a presentaciones, visitas, cenas, fotos con
Santa, el árbol en el Rockefeller Center. Cuando era niña, papá me dijo
que los Ángeles del Jardín del Canal vuelan alrededor del árbol mientras
dormimos, decorándolo con copos de nieve mágicos soplados desde sus
trompetas de cobre amarillo. Es la forma más eficiente de conseguir luces
en la parte superior del árbol. —El recuerdo es agridulce, pero me encojo
de hombros. Pete no necesita oír todo eso.
Saco una sonrisa falsa y la plasmo en mi cara.
—Pero bueno, las cosas podrían ser peores. Podría estar en una
celda de la cárcel, bebiendo ponche del ombligo de mi compañera de celda
y tratando de no comentar sobre su tatuaje de Amo los Ponies.
Pete se atraganta con su café. Levanto la vista para ver que tiene
una expresión de shock en su rostro.
—A veces eres perturbante.
—Es un talento. —Le sonrío y luego empiezo a pensar—. No hay
forma de que me hubiera imaginado en esta posición. Jamás. Cuando era
niña, hice básicamente lo que todas las niñas hacen. Deseé el cuento de
hadas; el cortejo romántico, los ramos de rosas, el compromiso sorpresa en
el que el hombre cae de rodillas con un diamante y una sonrisa. En su
lugar, recibí un cronograma, citas organizadas frente a periodistas, y un
prometido cuyo pequeño libro negro es más grande que la Biblia. No es un
cuento de hadas, pero sí que es toda una historia que contar
independientemente.
Pete coloca su taza de café en el suelo y se levanta. Por lo que
parece, está enojado. Sus hombros están cuadrados, sus manos cerradas
en puños, su mandíbula apretada.
¿Qué diablos? ¿Desnudo mi alma y él se enoja?
—¿Pete?
—No te entiendo… a veces pareces tan frágil, pero siempre me
sorprendes levantándote cada vez que la vida te golpea. Tienes un
temperamento que podría fácilmente rivalizar con el de mi madre, pero 47
perdonas a todos los que te rodean. Después de todo lo que has pasado,
después de todo lo que te han quitado, incluso después de la forma en que
las personas que amas te trataron, todavía no te rindes. ¿Por qué? ¿Cuál
es el jodido punto?
Me levanto y agarro su codo, girándolo. Él me mira con esos ojos
suyos y en ese momento juro que puedo ver cada pensamiento, cada
emoción, y la rabia batallando en su interior.
—¿Qué se supone que debo hacer? ¿Enroscarme en una bola y
morir? A la mierda eso. Conseguí una segunda oportunidad, y voy a
asegurarme de no desperdiciarla, pase lo que pase. La noche de esa rave,
creí que estaba muerta. Terminada. ¡Caput! No había manera de
sobrevivir. Mis últimos pensamientos antes de desmayarme fueron acerca
de cómo desperdicié mi vida. Tenía tantos arrepentimientos, entonces tú,
de toda las personas, me salvaste.
—Por favor, no glorifiques mis acciones de esa noche. Sabes por qué
lo hice.
—Sí, sí, sé que solo querías follarte a una chica buena. Deja de
interrumpirme, Ferro, esto es algo profundo y no lo comparto con
demasiada frecuencia.
Pete me mira desde debajo de sus pestañas. Hay una suavidad en él
que suele ocultar.
—Ya no sé qué pensar… sobre nada.
—¿Estás seguro? —Doy un paso hacia él, cerrando el espacio entre
nosotros. Alejo un mechón de cabello que le cuelga en los ojos y lo peino
suavemente hacia atrás. Inclinando mi cabeza hacia un lado, descanso mi
mano en su mejilla—. Me niego a tener más arrepentimientos. Si hoy cruzo
una calle y me golpea un autobús, quiero poder decir que hice todo lo que
estaba a mi alcance para hacer mi vida asombrosa. No puedo hacer eso si
me rindo. No es por nada, Pete. La vida no es una broma enfermiza sin
ningún punto.
—No puedes hacer que los arrepentimientos del pasado
desaparezcan. Lo que está hecho está hecho y nos perseguirá a nuestras
tumbas sin importar lo que hagamos.
Mi mano cae a mi lado a medida que una sombría ola de
arrepentimiento barre sobre mí.
—Ambos estamos cambiando, puedo sentirlo. Es aterrador porque
no sabemos en dónde vamos a terminar, y no me refiero a una celda de 48
prisión versus una mansión; es más que eso. No puedo cambiar lo que
pasó, no puedo borrar los errores que he cometido. No puedo hacer que mi
padre me perdone, y no conseguí el cuento de hadas con el caballero
blanco. En cambio, me han dado otras cosas. Un amigo surgió de ese
incendio. No sé tú, pero yo en realidad necesitaba uno entonces; alguien
que entendiera lo que es tener un padre tiránico y ser una decepción total.
Por alguna razón, ambos, aún con nuestras fallas me da fuerza. Encontré
la esperanza otra vez y no estoy viviendo mi vida mirando hacia atrás.
Estoy agradecida por lo que tengo ahora, justo en este segundo.
Presiono la yema de un dedo en su nariz. Pete no se mueve. Su
mirada permanece fija en la hierba amarillenta. Él inhala lentamente antes
de hablar.
—¿Yo? ¿Estás agradecida por mí? —Él hace la pregunta como si
fuera una broma cruel.
Mis ojos escuecen y es todo lo que puedo hacer para ocultarlo.
Arrojo mi brazo alrededor de su hombro y lo atraigo contra mí. Como soy
baja, no funciona muy bien. De hecho, es tonto; lo cual es lo que esperaba.
—Así es. Esta bailarina baila perfectamente con tu poeta interior.
Deberías dejarlo salir más a menudo.
Pete se ríe inesperadamente y se vuelve hacia mí.
—Quizás lo haga.

49
2 DE NOVIEMBRE, 4:28 P.M.

ete se deja caer sobre la hierba, tumbado sobre su espalda, y


mira al cielo. Parece perdido en sus pensamientos. Nos
quedamos en silencio por un largo tiempo. Después de un rato,
me empuja hacia él, y uso su pecho como una almohada. Estoy aturdida,
en ese lugar cómodo entre dormida y despierta. El latido constante de su
corazón me calma en un relajado contentamiento.
Se mueve ligeramente debajo de mí y distingo vagamente el sonido
de una bolsa de papel arrugada. Él gime una vez, de la forma en que lo
hice comiendo la pizza de oro antes. Gime de nuevo, pero esta vez casi
suena erótico. Mi mente divaga dentro y fuera, y no estoy muy segura si
estoy soñando o si Pete Ferro está realmente gimiendo debajo de mí.
—Esto, es increíble —dice, su voz ronca y densa.
50
—Ujum —suspiro.
—No, en serio, Gina, esta galleta es increíble. Estoy tan contento que
estuvieras dispuesta a compartirla conmigo. No es de extrañar que te
encanten; son orgásmicas.
Uh… abro mis ojos y me levanto. Se está comiendo mi galleta de
nuez de macadamia. Es la única en la bolsa, y ahora está atrapada entre
los labios perfectos de Pete. Su sonrisa torcida está de vuelta, junto con
ese condenado hoyuelo, y el brillo en sus hermosos ojos.
Me estiro para tomarla de su boca, pero una de sus manos agarra mi
muñeca, firmemente.
—No. Te. Atrevas.
Él menea sus cejas.
Me estiro de nuevo con mi otra mano, pero atrapa mi muñeca. Mi
cuerpo gira a un lado, ambas muñecas apretadas en su agarre, y trato de
retorcerme para liberarme, pero es inútil. No tengo elección. Si quiero esa
galleta, tengo que hacerlo de la manera sexy.
Bajo mi cabeza, y mis dientes agarran la galleta. Empujo, pero la
galleta no se moverá. No la soltará. Muerdo un trozo y me siento erguida.
Hago un sonido erótico en la parte posterior de mi garganta mientras trago
el mordisco.
Le devuelvo la mirada con una sonrisa victoriosa pero vacilo. Todavía
hay demasiada de esa galleta deliciosa atrapada entre sus labios, y quiero
más, mucho más. Cambio de posición, subiendo a horcajadas en sus
caderas, y me siento justo debajo de su estómago. Los ojos de Pete se
ensanchan de sorpresa, pero no dice nada porque su boca está ocupada
con el resto de mi galleta.
—Sabes, creo que me gusta que no puedas hablar ahora mismo,
Ferro. Te hace mucho más atractivo. Creo que voy a conseguirte una
mordaza para Navidad o tal vez como regalo de boda. Me pregunto si
venden mordazas con galletas.
Sus labios se levantan y de alguna manera, logra hacer que la
galleta caiga más en su boca, desapareciendo poco a poco un trozo a la
vez.
—¡Oh, no, no lo hiciste!
51
Su única respuesta es menear sus cejas arrogantemente. Voy a tener
que depilarlas con cera a esas idiotas una noche mientras duerme. Ahora
puedo verlo: la Jenny encubierta avanzando de puntillas a través de la
mansión Ferro, con cera caliente en mano. Llegando a la habitación de
Pete y encontrándolo durmiendo en la cama.
De regreso a lo que nos ocupa; quiero esa galleta.
El siguiente movimiento será complicado. No hay manera de que
pueda recuperar el mordisco restante sin tocar sus labios al menos un
poco, como en un beso. Como en un beso falso sin sentido, solo que no es
un beso. No. No es un beso. Es un astuto movimiento ninja para salvar mi
diosa de nuez de macadamia de las mandíbulas malvadas de la sexy
muerte.
Es una misión de rescate. ¡Salven las galletas!
Sí, ¡puedo hacer esto!
Miro a los ojos de Pete y pierdo por completo mi coraje cuando
nudos enormes comienzan a formarse en la boca de mi estómago. No
puedo besarlo, ni siquiera un poquito. Estoy pensándolo demasiado y
siento como si estuviera de pie en el borde de una piscina fría, temiendo
meter mi dedo gordo, temiendo el frío aguijón. Cuanto más tiempo espero,
más pierdo mi valor.
Pete toma la decisión por mí. Tira de mis muñecas y me jala hacia
abajo contra él. Se trata de la galleta, Gina. No de sus labios. Solo tomaré
ese último bocadito y me largaré tan rápido como pueda. Separo mis labios
y los envuelvo alrededor de la galleta. Tocan los de él suavemente en un
movimiento de barrido. Él empuja el último pedazo de galleta en mi boca
con su lengua, acariciando mi labio inferior suavemente en el proceso. El
calor se dispara a través de cada célula en mi cuerpo, y jadeo. Intento
alejarme, pero Pete me mantiene cerca. Sus párpados caen, y comienza a
besarme ligeramente.
Su beso es tierno y perfecto, y me cuesta recordar que este es su
modus operandi, su especialidad. Él es el jugador maestro, haciendo que
las mujeres se desmayen con una sonrisa y un beso meticulosamente
perfeccionado. Intento no devolverle el beso, pero, con el masticar y tragar,
piensa que estoy devolviéndoselo. Deja escapar un suspiro, y su lengua
golpea mi labio inferior una vez más.
Eso me rompe. No puedo aguantar más.
52
Con la galleta desaparecida hace mucho tiempo, lo beso en
respuesta, abriéndome a él, y dándole la bienvenida a su beso. Olvido todo
menos la sensación de sus suaves labios y el sabor de su lengua a medida
que baila con la mía. Me derrito en él, y coloca mis manos sobre sus
hombros antes de soltar mis muñecas. Con una mano, acuna mi cabeza,
retorciendo mi cabello entre sus dedos, mientras su otra mano va a mi
espalda, presionándome firmemente en su contra.
Dios, he extrañado esto. Lo extrañé a él. La primera vez que Pete me
besó, se sintió como mi primera vez, como si nunca antes me hubieran
besado. Esto, aquí mismo, se siente como volver a casa. Las manos de Pete
viajan por todas partes a la vez, por mis hombros, a lo largo de mi espalda.
Me siento segura una vez más en su abrazo, lo cual es exactamente la
razón por la que tengo alarmas y campanas sonando fuerte en mi cabeza,
diciéndome que detenga esto. Las ignoro. Es como estar en el ojo de una
tormenta. Completa calma en medio del caos destructivo que me rodea. Sé
que esto me destruirá, pero dejo que suceda porque soy demasiado débil
para detenerlo. Lo necesito. Lo anhelo.
Estoy perdida en sus labios, y no quiero que termine. Su boca se
aparta de la mía a medida que esparce besos sobre mis pómulos
ligeramente, por mi mandíbula, acariciando cada parte de mi cara
delicadamente. Nuestros ojos se encuentran brevemente y algo encaja.
Toda la ternura ha desaparecido y ha sido reemplazada por otra cosa, algo
devastador. Nuestros labios se encuentran nuevamente en una conexión
más profunda, más apasionada donde cada barrido de su lengua contra la
mía me envía en un torbellino de esperanza sensual. Mi cuerpo arde por él.
Sus manos me mantienen cerca todo el tiempo, como si temiese que
pudiese huir. Mis dedos juegan con su cabello, tirando de vez en cuando,
ganando un par de los gemidos más sexy que he escuchado reverberar en
mi boca. Agarra mis caderas y me aprieta, presionándome hacia abajo al
mismo tiempo que empuja sus caderas hacia arriba. Jadeo. La presión se
siente tan bien. Golpea ese punto dulce de abajo, y me froto en él una vez
más.
—¡Oh, Dios! Más —gimo sin vergüenza alguna en su boca, y él me da
más.
Presiona sus caderas a las mías otra vez, gruñendo mi nombre en el
beso.
Sus manos recorren mi cuerpo hasta que acunan mi cara,
permitiéndole a Pete cortar nuestra conexión suavemente. No solo estamos
sin aliento; sino que ambos estamos jadeando. Presiono mi frente contra la 53
suya y trato de recuperar el aliento. La cara de Pete se rompe en una
sonrisa perezosa, sus ojos todavía cerrados. Sus pestañas revolotean como
si estuviera despertando lentamente de un sueño profundo. Es realmente
hermoso más allá de comparación, como un ángel sexy que cayó del cielo.
Pete luce pacífico, y trazo cada rasgo perfecto con las yemas de mis
dedos. Vuelve la cabeza hacia un lado y abre los ojos.
—Listo, eso debería funcionar, ¿verdad?
—¿Qué?
—Por allí. —Apunta con su barbilla—. Paparazzis. Espero que esto
tranquilice a mi madre, y pueda dejarte en paz por un tiempo. —Pete
señala hacia un arbusto donde los fotógrafos disparan en nuestra
dirección.
Mi corazón late una vez y luego se desploma tan lejos, tan rápido
que me hace jadear por aire. ¿Fue todo un acto? ¡Maldición! Por supuesto,
¿por qué otra razón me besaría así?
Constance nos hizo seguir; Pete vio a los fotógrafos ocultos, y les dio
lo que querían. Es tan simple como eso, igual que cuando él estaba
sosteniendo mi mano antes. Sabía que esto no era real, no para él. No es
que fuera real para mí, tampoco. Somos amigos. Eso es todo lo que somos,
y todo lo que seremos alguna vez.
—Buen plan. —Fuerzo una sonrisa plástica en mis labios y escondo
todo lo demás—. Gracias. —Me alzo, queriendo poner cierta distancia, pero
Pete me retiene allí, agarrando mis caderas y empujándome hacia abajo
sobre su… ¡Santa vara!
—¡Espera, no te muevas! —dice. Intento retorcerme para liberarme,
pero, está sujetándome con demasiada fuerza.
—Relájate, Pete. Puedes soltarme. Llevas jeans. Nadie verá tu
erección descomunal.
Los ojos llenos de alegría de Pete conectan con los míos.
—Descomunal, ¿eh? Es bueno que lo notes, pero eso no es lo que
quise decir. —Él agarra la bolsa de papel que hay junto a nosotros, saca
otra galleta y, antes de colocarla entre sus labios una vez más, dice—:
¿Estás lista para la segunda ronda?
Mis cejas se fruncen ligeramente a medida que mis labios se
separan. ¿Qué? ¿Quiero hacer esto otra vez? El beso fue perfecto, pero 54
siento que estoy ahogándome en lujuria y cosas que nunca serán. Pero
esos labios, y esos profundos ojos azules.
Inhalo aire de repente, sin darme cuenta que dejé de respirar.
Mis ojos se disparan hacia un lado. No, no estoy lista para la
segunda ronda. Cada vez que nos besamos, termina con él arrancándome
un pedazo de mi corazón. No sé cuántas veces más puedo hacer eso antes
de que no quede nada. Tengo que mantenerlo en la zona de amigos. No
puedo hacer lo de los besos casuales y el coqueteo sin verdaderos
sentimientos detrás de ellos, no con Pete. Sin embargo, no quiero que él
sepa lo que me hace.
Con mi máscara en su sitio, y mis paredes levantadas, le sonrío y me
empujo fuera de su regazo de una manera juguetona que casi roza un
pezón en su mejilla. Soy burlona en ese momento, soy otra persona;
alguien a quien no le importa nada.
—Lo siento, Pete. No me van las chispas de chocolate. No soy ese
tipo de chica. Te dije que era de clase.
Estoy agachada frente a la cara de Pete, lista para enderezarme
cuando un par de cuervos negros azotan por encima de mí. Uno me pega
en la cabeza. Me asusto y caigo sobre el regazo de Pete. Quedo atrapada
por los muslos de Pete que sobresalen detrás de mí.
Al mismo tiempo, Pete comienza a retroceder. Los cuervos se agolpan
y picotean hacia su rostro. Dejo escapar un grito.
—¡OhDiosmío, OhDiosmío, OhDiosmío! —Agito mis manos como si
fuera uno de los pájaros. Los cuervos siguen picoteando hacia el rostro de
Pete y sus brazos se sacuden como locos, tratando de alejar a los pájaros.
Pete está murmurando algo. No puede hablar porque su boca está
llena de galletas y cuervos. Suena como “¡Bjte! ¡Bjte!” Tardo un minuto,
pero luego lo entiendo.
¡Oh, mierda! Está diciendo, ¡bájate!
Logro rodar sobre la hierba, y Pete se levanta, espantando a los
pájaros. Pero los cuervos no se van. Se quedan, picoteando los restos de la
galleta de chocolate que Pete escupió en el suelo. La mirada en su cara no
tiene precio. He visto a Pete pelear. Incluso lo he visto de cerca cuando
tiene esa mirada de enojo en sus ojos, pero nada se acerca al veneno que
está dirigiéndole a esos cuervos.
55
Me arrastro hasta los pájaros, espantándolos antes de que él pueda
cometer pájarocidio. Toman vuelo y Pete salta, cubriéndose la cabeza con
los brazos. Es demasiado. Ruedo en el suelo, carcajeándome a todo
pulmón.
—Oh, ¡Dios mío! ¡Pete Ferro! ¡Asustado de pequeños pájaros! ¡Pío,
pío! —aúllo entre risas.
Pete no piensa que sea gracioso. Recoge nuestras cosas, me ayuda a
levantarme bruscamente y se aleja enfurecido, haciendo pucheros.
—¡Aw, Pete! ¡Vuelve! ¡Solo querían también algo de tu amor! ¡Ven!
¡Dale al pájaro una galleta! —Pete me muestra el dedo del medio,
alejándose tempestuosamente. Tengo que correr para alcanzarlo.
Cada vez que un pájaro pasa volando, Pete salta y cubre su cabeza,
haciéndome reír aún más.
16 DE NOVIEMBRE, 9:19 A.M.

iro fijamente hacia la pantalla de mi teléfono, sentada con las


piernas cruzadas en mi cama, rodeada de cuadernos abiertos.
¿Cómo se complicó tanto mi vida amorosa?
Leo el mensaje de texto de Philip una y otra vez, como si pudiera ver
las respuestas si tan solo lo leo una vez más.
Lamento haberme enojado. Te extraño. Por favor, ¿te reúnes
conmigo en el club esta noche? Quiero que resolvamos esto, de alguna
manera. Necesito verte.
Han pasado dos semanas desde mi cita con Pete. No he visto ni oído
de él desde entonces, excepto el portazo que da cuando viene a casa en
medio de la noche y cuando sale temprano por la mañana. No tengo ni 56
idea de adónde va o qué hace, y no tengo ninguna prisa en averiguarlo.
Incluso las revistas de chismes y los periódicos no han mencionado nada
sobre él últimamente.
Aparte de nuestro beso caliente en el Central Park, siento que estoy
encerrada en un convento cada día un poco más. Pienso de nuevo en mi
conversación con Pete, aquella de no tener arrepentimientos. No quiero
vivir sin amor y estar intacta para siempre. La invitación de Philip es
tentadora. Odio que nos separásemos en términos tan malos, y eso que
teníamos una conexión. Ahora sabe de Pete, y aun así quiere verme y
arreglar las cosas. Quizás debería intentarlo.
El intercomunicador zumba y la voz del mayordomo resuena por
toda mi habitación.
—Señorita Granz, hay un señor Anthony Cleary en la puerta para
usted. Parece estar ebrio. ¿Debo dejarlo entrar o escoltarlo fuera de las
instalaciones?
¿Anthony? ¿Qué es esto, la venganza de los ex? ¿Qué demonios? No
he oído hablar de él desde mi compromiso con Pete, y no tengo nada que
decirle. Sin embargo, tengo curiosidad de saber por qué está aquí y ebrio
tan temprano en la mañana; eso es tan diferente a él.
Me levanto, camino hacia el intercomunicador en la pared y presiono
el botón.
—Voy a verlo en el gran vestíbulo, pero quédese cerca, por si acaso.
Gracias.
—Muy bien, señora —responde, y oigo el intercomunicador
apagarse.
Introduzco una respuesta al mensaje de Philip rápidamente, dejo
caer el teléfono en la cama y me dirijo hacia el espejo. Mi cabello es un
desastre porque eso es lo que estudiar para finales me hace. Aseguro mi
cabello en la parte superior de mi cabeza con un pañuelo y agarro un
suéter antes de salir de mi habitación. Los tacones de mi Oxfords
resuenan sobre los azulejos de mármol frío.
Aunque mi entorno se ha vuelto familiar, este lugar todavía se siente
frío y muy poco acogedor. Mis pesadillas no ayudan a aliviar esa
sensación. Todavía sigo despertando, sin aliento, después de haber corrido
por las heladas habitaciones de la mansión Ferro todas las noches.
Llego a la cima de las escaleras y veo a Anthony paseándose junto a
la gran puerta de madera del gran vestíbulo. El mayordomo está cerca, 57
manteniendo una distancia no amenazante, con las manos juntas detrás
de la espalda.
Me aclaro la garganta y bajo por los escalones en espiral. Anthony
me ve y corre hacia el pie de la escalera. El mayordomo se contrae, pero le
hago un gesto con la cabeza para que se quede dónde está. Anthony no es
una amenaza. Nunca es apasionado o impetuoso sobre nada. Es el
equivalente humano de la papilla. Papilla de oso bebé. No demasiado fría,
no demasiado caliente, solo simple, aburrida y tibia papilla, con un
poquito de catnip. ¿Qué vi en él?
Luce horrible. Su cabello está sucio y demasiado largo, su cara sin
afeitar, sus ojos están inyectados en sangre, y su ropa parece como si
hubiese estado durmiendo en un contenedor durante la semana pasada. ¡Y
el olor! Ahoga una rata muerta en cerveza, y déjala guisar al sol por un
día, y todavía no se acercaría al hedor que sale de Anthony.
—¿Anthony? —Llego al final de los escalones y cruzo el vestíbulo
hacia él. Esto no se parece a él en absoluto. Siempre fue excepcionalmente
limpio, formal, y recatado. El hombre que me precede no coincide con la
persona que conocía, para nada.
—¡Regina, eres tú! —exhala mi nombre como si fuera un espejismo.
Tengo que poner mis manos sobre mi boca y nariz para bloquear el hedor.
Anthony sostiene una mano sucia hacia mí, pero doy un pequeño paso
atrás. El mayordomo se mueve un poco más cerca, pero no lo suficiente
para ser intimidante. Anthony ve que cada uno de sus movimientos está
siendo observado y baja su mano, retrocediendo lejos de mí.
—¿Qué estás haciendo aquí y qué te pasó? —Fue un imbécil, pero no
puedo dejar de sentir empatía por el hombre destruido frente a mí.
—Me dijeron que ahora vives aquí. Necesitaba hablar contigo. No
entiendo lo que pasó, nena. Esperaba que me lo dijeras. En un momento
estamos comprometidos, y estoy de camino a convertirme en médico,
trabajando para tu papá y siendo la mierda más afortunada del planeta. Al
momento siguiente, me están dando documentos legales explicando el final
de nuestro compromiso y cómo tengo que mantenerme lejos de ti. Me
dijeron que si intentaba contactar contigo, conseguiría una orden de
restricción. Tu padre me despidió, y la universidad me quitó mi beca
Granz. No puedo pagar la escuela de medicina, Regina. ¡Estaba tan cerca!
Mi trabajo está hecho, pero no me darán mi diploma porque todavía les
debo dinero.
58
Cuanto más habla Anthony, más desenmarañada me siento, la
culpa derribándome de nuevo. Pensé que había arreglado todo al aceptar
la oferta de Constance, pero al resolver mi problema, le causé uno a
Anthony. Le he hecho esto.
No, él se hizo esto a sí mismo, Gina. Deja de asumir la culpa de todo.
La nueva yo intenta tomar una posición, decidida a abrirse camino y
luchar por sí misma, en lugar de ser pisoteada y utilizada. La dejo hacerse
cargo.
—Anthony, nunca estuvimos comprometidos. Nunca te propusiste.
Me engañaste el día antes de que mi padre me ordenara casarme contigo y
no tuviste escrúpulos de vivir con una mentira o de casarte conmigo bajo
falsos pretextos. Solo querías fingir que estábamos bien porque era para tu
ventaja. Me usaste y me engañaste. Lamento tu situación financiera, pero
no te ayudaría ni aunque pudiera.
—¿De eso se trata, Regina? ¡Maldita sea, solo fue sexo! No significó
nada. ¡Te amo, y eso significa todo! Lamento haberte engañado, ¿de
acuerdo? Estaba confundido y bajo mucho estrés. Fue estúpido, y no
volveré a hacerte eso nunca más. ¿Es eso lo que quieres que diga? ¿Cómo
puedo compensártelo? ¡Por favor, acéptame de nuevo! ¡Tienes que
aceptarme de nuevo! —Él está suplicando, desesperado por recuperar su
vida anterior.
Mi mano agarra el barandal de hierro con la fuerza suficiente para
lastimarme, pero mis palabras son suaves y controladas.
—Nunca me amaste. Ni siquiera te importaba. Ni siquiera querías
tocarme, Anthony. ¿Sabes cuánto me dolió eso? ¿Cuánto todavía duele?
Querías mi dinero y mis conexiones tanto que te obligaste a compartir una
cama conmigo. No estabas enamorado de mí, te repulsaba, y ahora tú me
repulsas. No te aceptaré de nuevo, ni ahora ni nunca. Adiós, Anthony.
Le hago un gesto con la cabeza al mayordomo de los Ferro,
pidiéndole silenciosamente que escolte a Anthony. Me doy la vuelta para
subir las escaleras hacia mi habitación. No quiero que vea mis lágrimas
sin derramar; no quiero que piense que son por él. No lo son. Meses de
rechazo han tomado su peaje, y anhelo tener a alguien que me quiera para
variar.
De repente, siento una mano firme en mi hombro, empujándome
hacia atrás.
—¡No! Tienes que aceptarme de nuevo. —La voz de Anthony es 59
desesperada. El dolor en su voz es demasiado. No puedo aplastar el
espíritu de otro ser humano.
Quiero responderle amablemente, decirle que no es demasiado tarde
para que enderece su vida, pero su mano es arrancada de mi hombro
antes de que tenga la oportunidad de hablar.
—¡Quita tus malditas manos de ella, jodido pedazo de mierda!
Esa voz. Esa enojada voz llena de odio retumba ferozmente, rugiendo
alrededor del gran vestíbulo, prometiendo nada más que dolor y un baño
de sangre.
16 DE NOVIEMBRE, 9:40 A.M.

ete está de pie amenazadoramente detrás de Anthony,


sosteniéndolo por el hombro. Está sin camisa, y el botón
superior de sus jeans está desabrochado. El lenguaje corporal
de Pete grita solo una palabra: pelea. Sus músculos rígidos fuertemente,
cada tendón tensándose mientras aprieta y afloja su puño.
Mis manos se levantan, como si pudiera detenerlo. Tengo que
detenerlo.
—Pete, no. Suéltalo.
Pete no me reconoce. Los dos hombres se enfrentan, compitiendo en
un concurso instintivo de miradas fijas y enojadas. Anthony no tiene
ninguna oportunidad en esta pelea, y eso me asusta. Tiene problemas para 60
enfocar sus ojos en cualquier cosa tal cual está, y apenas puede pararse
sin bambolearse. No es físicamente fuerte estando sobrio, y mucho menos
ebrio.
Anthony parpadea un par de veces y clava un dedo en el pecho de
Pete.
—Oye. ¿No eres ese tipo Ferro que se folló a todas esas chicas en la
casa de Regina? ¡Hombre, tienes que dejarme saber cuál es tu secreto!
Definitivamente podría necesitar esa clase de truco con los coños…
El puño de Pete conecta con la mandíbula de Anthony antes de que
pueda terminar su frase. Anthony pierde el equilibrio y tropieza hacia
atrás pero no cae. Suelto un grito y me agarro a la baranda fría con ambas
manos.
—Basta, Pete. ¡Por favor! —Pete continúa ignorándome. El
mayordomo solo se queda parado inmóvil, dejando que la pelea tenga
lugar. El futuro amo de la casa no corre peligro, así que no hay necesidad
de intervenir.
Anthony sacude su cabeza confundido y se frota la mandíbula.
—¿Qué demonios, hombre? —Anthony me mira, aturdido, y luego a
Pete y de vuelta a mí.
Levanta un solo dedo en un borracho momento de Eureka.
—Espera un minuto. Lo entiendo. Regina, ahora eres una de las
fulanas de Ferro, ¿verdad? —Se gira hacia Pete y levanta ambas manos en
el aire—. Oye, hombre. No te impediré follártela, si ese es el problema. —Se
lleva ambas manos a los lados de su boca como si estuviera manteniendo
la conversación en secreto, pero está hablando lo suficientemente fuerte
como para que el personal de la casa observando desde el rellano principal
arriba todavía pueda oírlo—. Aunque, ¿estás seguro que la quieres? Quiero
decir, es solo Regina. No es como si fuera un buen polvo o algo así. Confía
en mí.
Esas palabras me atraviesan hasta el fondo. Tener al personal de la
mansión Ferro de testigo es algo vergonzoso, pero tener a Pete
escuchándolo, es insoportable. Mis labios se separan y no puedo ocultar la
forma en que mi labio inferior tiembla. Lo cierro, intentando ocultar mi
dolor, pero es demasiado tarde.
Pete agarra a Anthony por el hombro y le da un puñetazo en el
61
estómago, haciéndome saltar.
—Cierra la boca sobre Gina.
—Anthony, por favor, vete. —Mi voz es temblorosa y débil. Mis
manos se aferran a la barandilla con tanta fuerza que están empezando a
doler. Quiero que se vaya antes de que se produzcan más daños, pero Pete
no detiene su asalto. No deja que Anthony responda ni le da la
oportunidad de irse. Ha perdido todo el autocontrol. Empuja a Anthony
contra una pared y lo golpea una y otra vez, sosteniéndolo con su otra
mano.
Su puño conecta con la cara de Anthony. Un crujido repugnante
hace que mi estómago se revuelva. Es el sonido de huesos rompiéndose, y
grito, pero nadie escucha. Pete deja que Anthony caiga al suelo sobre sus
rodillas, la sangre escurriendo de su nariz muy torcida. Sus movimientos
son lentos y torpes. Él se lleva sus manos a su cara, sin siquiera tratar de
protegerse. Pete se acerca y lo patea en el estómago. Anthony se dobla y
cae al suelo.
¡Oh, Dios mío! Lo va a matar si no se detiene. Corro por las escaleras
y me lanzo entre ellos.
—¡DETENTE!
Estoy atrapada entre la furia de Pete y su objetivo, y una sensación
de déjà vu se hace cargo. Pongo mis manos sobre su puño y lo miro
directamente a los ojos.
—Por favor. Detente.
La mirada de Pete se dispara de mí a Anthony.
Con el pecho agitado y su piel cubierta con un brillo fino de sudor,
Pete deja caer su puño.
—Muévete, Gina, y déjame ocuparme de este hijo de puta. Vi lo que
te hizo. Estaba allí esa noche.
—No, no me moveré. Y también estaba allí, ¿recuerdas?
—¿Por qué estás protegiéndolo? —Pete está gritando, señalando a
Anthony que está inclinado contra la pared detrás de mí.
—No lo hago. —Parpadeo las lágrimas y trato de mantener mi voz
baja y tranquila—. No lo estoy protegiendo a él. No podría importarme
menos. Estoy protegiéndote a ti. —Intento tragar pero mi garganta tiene un
bulto en el medio que no se moverá.
62
La cara de Pete se contorsiona. Es como si lo insultara.
—Eso es ridículo. Puedo enfrentarme a cinco tipos como él, a la vez.
Inhalando lentamente, dejo que el aire me llene y me calme. Este no
es momento de ser prudente, pero no puedo evitarlo. Siento que mi
corazón ha sido pisoteado. Quiero meter los restos en una caja y retirarme
a mi habitación, pero no puedo. No puedo dejar que Pete se haga esto. Ni
siquiera lo ve.
Presiono mis labios entre sí por un momento y busco las palabras
correctas.
—Sé que puedes, Peter. Eres un luchador increíble, pero eso no es lo
que quería decir.
Unos aplausos y aullidos resuenan en el gran vestíbulo. Me doy la
vuelta para ver al joven Jonathan balanceándose sobre la barandilla de las
escaleras y aterrizando a un par de pies de nosotros, con la camisa
desabrochada y volando detrás de él como una capa de superhéroe.
—¡Demonios, sí! Por fin, algo de acción en esta casa.
—Vete, Johnny. —Pete regaña a su hermano menor, advirtiéndole—.
Esto no es de tu incumbencia.
La expresión de Jonathan cae solo una fracción de segundo. No lo
habría reconocido si no fuera por el hecho de que me he acostumbrado a
ese sentimiento. Estuvo allí por el más breve de los momentos: dolor,
rechazo, soledad. En Jonathan, la mirada es rápidamente reemplazada por
la diversión ante la perspectiva de meterse en algún tipo de problema.
El mayordomo se interpone y se apodera de Anthony, conteniendo
sus brazos fuertemente detrás de su espalda. Anthony no lucha.
—¿Qué debo hacer con nuestro invitado, señorita Granz?
Miro de Pete hirviendo, a Anthony golpeado, a Jonathan
esperanzado.
—Jonathan, ¿podrías acompañar a Anthony fuera de las
instalaciones?
—Seguro —dice, con su rostro iluminado—. Cualquier cosa por ti,
preciosa. —Jon me guiña un ojo y agarra el codo de Anthony, llevándolo
hacia la puerta principal—. ¡Vamos! Es día de la basura —dice un poco
demasiado feliz—. No quieres perderte el viaje, ¿verdad, amigo?
Agarro la mano de Pete y tiro suavemente. No necesito decir nada 63
más, él simplemente me sigue.
—¡Regina! Por favor, no hagas esto —protesta Anthony al salir por la
puerta—. ¡No fue mi intención! ¡Te amo, Regina! Estás cometiendo un gran
error. —La voz de Anthony se convierte en un eco a medida que nos
alejamos del vestíbulo. Conduzco a Pete hacia el salón de baile y cierro las
enormes puertas dobles detrás de nosotros, silenciando todo lo demás.
Pete se pasea por el suelo. Resoplando vaporosamente, sus manos
ocupadas revolviendo su cabello y las fosas nasales ardiendo mientras
trata de controlar su respiración.
Me aparto de la puerta y me detengo justo delante de él,
interrumpiendo su paseo. Pongo una mano en su mejilla, y él cierra los
ojos, apoyándose en mi toque. Sus hombros caen eventualmente, y su
espalda no está tan rígida.
—¿Peter? —Sus ojos se abren y están notablemente más tranquilos
que incluso hace unos momentos—. Esto tiene que parar. Luchar así; te
está destruyendo. Veo a un hombre bueno delante de mí, alguien que me
importa, y alguien que es ferozmente apasionado y dispuesto a ir a través
de grandes esfuerzos para protegerme. Como tu amiga, te estoy suplicando
que te detengas. Si no es por ti, entonces hazlo por mí.
—Gina, yo…
Tomo sus dos labios entre mis dedos y los pellizco para silenciarlo.
Probablemente me morderá, pero no me importa, no lo dejo hablar. Si lo
hago, saldrá con las excusas más tontas del mundo.
—No, déjame hablar. ¿Recuerdas cuando te dije sobre ir por la vida
sin arrepentimientos y hacer que cada momento cuente? —Pete aparta la
mirada, evitando mis ojos, pero tiro de sus labios, forzándolo a mirarme—.
Es hora de que hagas algunos cambios. Pasas todo tu tiempo follando,
entrando en peleas desagradables y gastando tu dinero en mierdas
estúpidas. Eso no es vivir. Tus palabras son tan poderosas, y pueden
construir más rápido de lo que tus puños pueden destruir. Hay mundos
dentro de ti, ansiando por salir. Hay cosas que puedes hacer, por lo que
eres y no me refiero a tu nombre. Ser un Ferro solo te trajo hasta acá. Hay
algo más que es aún más poderoso por debajo de la superficie y casi nunca
das con ello. Ese hombre es increíble.
Pete quita mis dedos de su boca suavemente y me mira con
incertidumbre.
—No es tan simple.
64
—Nunca dije que fuera fácil —respondo, cruzando mis brazos sobre
mi pecho e inclinando mi cabeza hacia un lado—. De hecho, es más difícil
canalizar toda esa rabia hacia algo más, pero tienes que hacerlo. Este
camino en el que estás no terminará bien, Peter. Y tienes mucho más que
ofrecer. Todo lo que estoy diciendo es que tienes que encontrar una salida
para toda esa rabia reprimida y esa pasión que has encerrado aquí. —
Coloco una mano en su pecho desnudo. Su piel es tan cálida y suave; sus
latidos firmes y fuertes.
Pete pone una mano sobre la mía, sobre su corazón y se acerca. Solo
hay escasos centímetros entre nosotros. Me mira y levanta mi barbilla con
su otra mano.
—¿Qué sugieres?
—Has algo que valga la pena con esa emoción tan cruda. Se está
muriendo por salir, así que canalízala. Agarra el asimiento y date cuenta
que estás intentando agarrar el relámpago. Va a ser difícil y puede doler,
pero por Dios, Peter… podrías hacer mucho más que romper cosas.
—Parece que ves algo que no está ahí.
—Mentira. Veo exactamente lo que hay ahí. Un potencial que ha sido
encerrado y desterrado de la vista. Tal vez ese tipo te asusta, pero a mí no
me aterra. Muy pocas personas han recibido tales dones, y los medios para
usarlos. Utiliza esa pasión que está encerrada dentro de ti y has algo
hermoso con ella. —Miro hacia el suelo y luego de vuelta a él, sonriendo
tímidamente—. Algo como esto…

65
16 DE NOVIEMBRE, 10:06 A.M.

ongo mis manos en la cintura de Pete y me muevo lentamente.


Mis manos se deslizan contra la piel resbaladiza, desde su
cintura a su espalda, viajando lentamente hacia los bolsillos
traseros de sus jeans. Los ojos de Pete se ensanchan con confusión. Es
una lucha no enfocarse en lo firme y perfecto que es su culo bajo mis
dedos, o lo cerca que está su pecho desnudo de mi cara, o el aroma
seductor que es único en él. La respiración de Pete se acelera, y lo siento
tensarse, anticipando mi siguiente movimiento, pero no se trata de eso;
esto es acerca de un amigo ayudando a otro.
Intento reprimir los sentimientos mezclados provocados por mis
dedos distinguiendo la forma característica de un paquete de condones en
uno de sus bolsillos, empujando ese pensamiento a un lado para 66
reflexionarlo más tarde. Envuelvo mis dedos alrededor del premio y doy un
paso atrás, entregándole su teléfono.
—¿Música, maestro?
La expresión de Pete se suaviza con la comprensión y, después de
unos toquecitos y barridos de sus dedos a través de la pantalla, la música
de Duke Ellington suena con claridad pura en el costoso sistema de sonido
envolvente del salón de baile. Se siente como si hubiera una banda de
música tocando alrededor nuestro. Luego, mete el teléfono de nuevo en su
bolsillo trasero, sonríe y toma mis manos, plantando un beso en cada
palma.
—Gracias, Gina, por todo. —Su sonrisa es suave y genuina, no
queda rastro de arrogancia o ira.
—De nada, Peter. Ahora, quiero que me hagas volar. Hay un par de
lanzamientos peligrosos que muero por mostrarte.
Entramos en calor con los pasos básicos de rock, pasos de lindy
hop, y giros simples, sonriendo y riendo mientras lo hacemos. Lo dejo
conducir por ahora porque, seamos realistas, es un excelente compañero
de baile, y ser guiada por Peter Ferro es bastante emocionante. Sus
movimientos son seguros, confiados y juguetones, sus manos son
posesivas y, por un breve instante, siento que soy verdaderamente suya.
Me suelto de sus manos y dejo de bailar, un poco sin aliento.
—De acuerdo, bueno quiero probar un nuevo movimiento contigo. Lo
que vas a hacer es…
Mi explicación queda interrumpida cuando una baja y pequeña
mujer de cabello castaño largo entra disparada en el salón de baile, sus
hombros desnudos, cubierta solamente por una sábana envuelta alrededor
de su cuerpo. Pete no se da cuenta de ella al principio. Su espalda está
hacia la puerta, pero yo tengo una vista completa de la mujer bonita de pie
delante de mí. Tiene esa belleza natural que hace que la mayoría de las
mujeres griten. Para mayor razón, solo está usando una sábana y se ve
fabulosa.
—¡Aquí estás! —dice en una voz aireada—. Te he estado buscando
por todas partes. ¿Cuándo vas a volver a la cama? Me siento sola.
Las piezas encajan juntas. Su pecho desnudo, el botón superior de
su jean desabrochado, el condón en su bolsillo trasero, la chica desnuda
llamándolo de regreso a la cama. 67
Trajo una mujer a casa anoche.
Peter nunca trae mujeres a casa. Yo había sido la excepción, hasta
ahora.
Rompió su única regla.
Esta mujer no es un polvo al azar. Es alguien especial. Es por eso
que ha estado desaparecido durante las últimas dos semanas y no ha
aparecido en las noticias ni una vez. Pensé que estaba respetando mis
límites y manteniendo sus conquistas fuera de vista por respeto hacia mí.
Pero eso no es todo. Estaba alejado, siendo feliz con ella. Mis ojos
escuecen, no del todo segura si es de tristeza o enojo. El último pedacito de
autoestima que me quedaba se rompe.
Los ojos de Pete se mueven entre la mujer y yo, luciendo atónito. Él
abre su boca para hablar, pero no tiene la oportunidad de hacerlo. Mi
mano vuela y le da una bofetada dura en la cara. Me estremezco y agarro
mi mano. Mierda. Eso. ¡Duele!
Mi corazón se rompe cuando me doy cuenta que Pete en realidad
podría preocuparse por otra persona.
Tengo que salir de aquí. Mi corazón y mi cabeza me están gritando
cosas, cosas que no quiero oír. Cosas que no quiero reconocer. Porque si lo
hago, todo cambia. No le doy tiempo a Pete para reaccionar, antes de
correr, mi mano palpitando, empujando mi camino más allá de la mujer y
hacia el pasillo. El último pensamiento que registro, antes de dejarlos
atrás, es que ella huele a sexo.
—¡Gina! —Pete me llama, pero no me detengo.
No tengo ni idea de a dónde estoy corriendo, pero corto por esquinas
para tratar de perderlo. Es más rápido que yo y me alcanzará en poco
tiempo. Tengo que alejarme de aquí.
—¡Gina, déjame explicarte! —Su voz se está acercando.
Tengo que esconderme en alguna parte. No quiero escuchar sus
explicaciones. No puedo soportar más latigazos, y mi corazón está
completamente roto. Ser marginada porque el hombre es incapaz de
cualquier cosa, excepto follar sin sentido duele; ser marginada porque el
hombre que amo se ha enamorado de alguien más es insoportable. Jadeo,
incapaz de respirar cuando la realización finalmente me llega.
En pánico, abro la primera puerta que veo y entro en la habitación 68
silenciosamente, cerrando la puerta detrás de mí. Colapso en el suelo, con
la espalda presionada contra la puerta de madera. Esto no puede estar
sucediendo.
Amo a Peter Ferro.
El multimillonario Pete Ferro es un
mujeriego y siempre lo será. No hay
cincuenta tonos de gris cuando se trata del
amor. A veces todo lo que tenemos es el
aquí y ahora, y no hay segundas
oportunidades; entonces, ¿por qué fingir?
Esa es la parte que no entiendo. ¿Por qué
en un momento actúa como si me quisiera
y al siguiente como si me odiara?
El hombre es sexy, con su cabello
oscuro y un hoyuelo en la esquina de su 69
sonrisa torcida. Siempre está enredado con
mujeres, sin querer nada más. No desea
amor. No me desea a mí.
Pero esos poemas que escribe, y los
versos que corren más profundo que su
exterior de macho alfa van más allá, y me
dejan preguntándome si he caído por un
hombre o un mito.

Life Before Damaged: The Ferro


Family #9
H.M. Ward nació en
Nueva York, y vive en Texas.
Estudió teología, ciencia que le
fascina. Le encantan las
historias que combinan la
teología, la cultura y la vida.
Siempre le ha gustado
crear. Desde pequeña ama
escribir y pintar. Opina que
ambas se complementan entre sí
en su mente. Dice: ¨Mis 70
palabras se extienden como la
pintura sobre el papel, y me
gusta recrear un encuentro
emocional entre el lector y la
experiencia¨.
Es una romántica empedernida. Cree en el amor verdadero, y tuvo la
suerte de encontrarlo y mantenerlo. Le encantan las historias sombrías y
melancólicas y la música. Toca el violonchelo, y competía cuando era más
joven.
Traducción
Pau Belikov

Corrección, recopilación y revisión


LizC

71
Diseño
Cecilia.
72

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