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Unidad I.

“La causa de los adolescentes”. Francoise Doltó.


Cap I. El concepto de adolescencia: puntos de referencia, puntos de ruptura.
No se conoce tan bien al adolescente como al niño. Algunos prolongan la infancia
hasta los catorce años y sitúan la adolescencia entre los catorce y los dieciocho años,
como una simple transición hasta la edad adulta. Aquellos que la definen en términos de
crecimiento se sienten tentados de prolongarla hasta los veinte años. Los sociólogos
llaman “adolescentes retrasados”, estudiantes prolongados. Algunos psicólogos reducen
la adolescencia a un capítulo final de la infancia.

¿Es una edad cerrada, una edad marginal o una etapa original y capital de la
metamorfosis del niño en adulto?
Según Doltó es una fase de mutación. El nacimiento es una mutación que permite
dar el paso del feto al niño de pecho y si adaptación al aire y a la digestión. El adolescente,
por su parte, pasa por una muda respecto de la cual nada puede decir, y es, para los
adultos, objeto de un cuestionamiento que, según los padres, está cargado de angustia o
pleno de indulgencia. El estado de adolescencia se prolonga según las proyecciones que
los jóvenes reciben de los adultos y según lo que la sociedad les impone como límites de
exploración. Los adultos están ahí para ayudar a un joven a entrar en las
responsabilidades y a no ser lo que se llama un adolescente retrasado.
En las escuelas hay líderes de los grupos y siempre corretea un muchachito menos
afirmado, desarrollado que tiene problemas en hacerse aceptar. Se le rechaza. Esta
infantilización es peyorativa viniendo de un joven, afecta más al niño que si su madre le
dice no te hagas el pequeñín.
Las personas secundarias juegan un papel muy importante en la educación de los
jóvenes. Aunque no estén encargadas de dar dicha educación, todo lo que hacen puede
favorecer la expansión y la confianza en sí, al igual que el valor para superar sus
impotencias o al contrario, pueden estimular el desaliento y la depresión. Muchos jóvenes
de 11 años conocen estados depresivos y estados paranoicos. Y ejecutan actos de
agresión gratuitos. En estas crisis, el joven se opone a todas las leyes, porque la ha
parecido que a alguien que representa la ley no le permitía ser ni vivir.
En este momento de extrema fragilidad, se defienden contra los demás, bien
mediante la depresión o por medio de un estado de negativismo que agrava aún más su
debilidad.

La sexualidad podría ser un recurso para ellos.


No tienen aún vida sexual, si no es a través de la imaginación (masturbación). En e
momento difícil en que los jóvenes se sienten incómodos en la realidad de los adultos por
falta de confianza en sí mismos, su vida imaginaria les sostiene. Están casi decididos a
excitar en sí la zona que les dará fuerza y valor. Y de ese modo la masturbación, de
remedio de su depresión, se convierte en trampa; porque de este modo se descargan
nerviosamente y tienen mayor dificultad para afrontar la realidad.
Resulta espantoso para un joven ser descubierto y ver puesto de manifiesto el
sentimiento precoz que experimenta; ellos puede lanzarle verdaderamente a la
masturbación, porque ésta es un sostén a la excitación de las pulsiones que le permitirían
superar esta depresión. Como se satisface de una manera imaginaria, carece ya de la
fuerza para ir a buscar en la realidad, en otro ser humano el apoyo, la camaradería o el
amor que le sostenga y le ayude a salir de esta trampa en que le han encerrado algunos
adultos indiferentes o agresivos. O celosos, pues hay adultos que están celosos de esta
“edad ingrata”.

En este momento es cuando tendría necesidad de ser fortalecido. Los educadores parecen
muy indicados aquí para tomar el relevo.
A los adultos les corresponde dale la voz al niño, pidiéndole su opinión, su juicio
sobre un combate, su parecer sobre una exposición. Se trata de animarles. El joven
interpelado reconoce entonces que, aunque no se ha mostrado entre los activos, cuenta
en el juicio de aquel profesor que conoce bien el paño, y eso puede salvar a un muchacho
que en casa es abrumado por sus padres.
Se trata de una edad frágil pero asimismo maravillosa, porque reacciona también a
todo lo positivo que se hace por él.
Los 11 a 13 años son realmente un punto de máxima fragilidad.
La época difícil es el momento de la preparación de la primera experiencia
amorosa. El joven siente que hay en ello un riesgo, lo desea y lo teme al mismo tiempo. El
riesgo del primer amor es experimentado como la muerte de la infancia. La muerte de una
época. Y este final que os arrastra y aniquila como cuando das en el amor, constituye el
verdadero peligro de dicha cresta, punto de paso obligado para inaugurar su dimensión de
ciudadano responsable y acto irreversible.
El hecho trascendental que marca la ruptura con el estado de la infancia es la
posibilidad de disociar la vida imaginaria de la realidad; el sueño, de las relaciones reales.
Tras la crisis llamada edipiana que opone al muchacho perdidamente enamorado
de su madre a su rival, el padre, en quien ve, en el mejor de los casos, un motivo de
admiración, los fuegos se apagan, y el niño llega a la edad que nosotros llamamos
“latencia”. El niño comprende que no podrá encontrar su objeto de amor en la familia. El
niño del final de Edipo, hacia los ocho-nueve años, conserva una gran ternura idealizada
por su madre. Ve en el padre al garante de la ley y al mismo tiempo al testigo ejemplar
dueño de sus pulsiones.
A los 11 años se manifiestan los primero indicios de una sexualidad; en el
muchacho a las primeras emisiones involuntarias de esperma y, en las muchachas a las
primeras reglas. Pero antes de que el cuerpo siga, se diría que el joven y la muchacha
preparan este acontecimiento fisiológico con una especie de fiebre psíquica de amor
imaginario por modelos que actualmente se conocen como ídolos de masa, y que han
sucedido a los héroes de ayer.

¿Comienza una segunda vida imaginaria, en el umbral de la adolescencia?


La primera vida imaginaria se inicia a los tres o cuatro años. Los niños son
enteramente de la misma opinión que el padre, incluyendo sus opciones políticas. Cuando
los padres discrepan, el niño presenta dificultades para pensar por su cuenta, dificultades
que se mantendrán más o menos en silencio hasta los 11 años. Pero a esa edad, estallará
el problema latente: en su segunda vida imaginaria, los temas de interés que encuentra
fuera del campo familiar y que deberían prepararle para la vida real siguen teniendo a los
padres como referencia; conflictos de relación que trastornan la vida imaginaria de un
niño entre los 9 y 11 años. En lo sucesivo sigue contando con la familia como un valor-
refugio pero pone su empeño en triunfar socialmente. Es atraído por pequeñas bandas de
jóvenes mayores que él y en las que pretende integrarse.
No puede abandonar completamente los modelos del medio familiar sin antes
disponer de modelos de relevo. No son sustitutos, sino relevos para su toma de
autonomía de adolescente confirmada, que se hará merced a las heridas en el amor
propio y en las alegrías, a las dificultades y a los éxitos que serán los acontecimientos de
su vida entre los 11 y 14 años.

¿Qué representa el final de la adolescencia?


Un individuo joven sale de la adolescencia cuando la angustia de sus padres no le
produce ningún efecto inhibidor. Sus hijos han alcanzado el estado adulto cuando son
capaces de liberarse de la influencia paterna tras alcanzar este nivel de juicio.
Este final no puede ser vivido antes de los 16 años porque la sociedad no lo
permite (trabajo).

Hoy en día el paso a la edad adulta se traduce muy concretamente en términos de


independencia económica.
En términos de independencia económica, de potencialidad creadora y de
aprendizaje que permitan adaptarse, insertarse en un grupo social. Pero la protección y la
ayuda material de una tercera persona culpabilizan mucho más. La influencia de esos
protectores puede alienar la vida de libertad de sus protegidos, incluso más allá de la
muerte de esos tutores.
Un joven tiene necesidad de amar a las personas de su edad y de formarse a través
de los de su generación, y no de seguir dependiendo de alguien de una generación
anterior que en un momento dado ha sido un modelo. Si la influencia se prolonga, es un
modelo desestructurador.

EL SUEÑO DE LA ETERNA JUVENTUD. MITOS Y ARQUETIPOS.


El poderío adulto, tanto masculino como femenino, no tolera la ascensión en gracia
y en genio de la juventud. En la historia de Niobe se presenta el genocidio inconsciente de
los jóvenes. Hay que matar a los adolescentes.
La muerte de Adonis celebra lo efímero de la juventud y de la belleza adolescente.
No son los padres quienes matan, sino terceros que quieren conservar el monopolio de la
seducción y del amor.

¿El narcisismo no es precisamente uno de los riesgos o una de las tentaciones de la


adolescencia?
Seguramente. Con el amor, uno arriesga demasiado la muerte de todo un pasado,
sin esperanza de un futuro. Si se comprometen totalmente en un amor, aceptan su riesgo,
no saben en absoluto a dónde van, porque no tienen posibilidades de ganarse la vida y de
asumir las consecuencias de un amor. Es propio del ser humano proyectar el futuro.
La sociedad no avala las consecuencias de un amor de jóvenes, lo que hace que los
jóvenes no tengan derecho a llevar su propia vida en la época en que aman con más ardor.
Es trágico. La tentación de Narciso viene de que ya no hay rito de paso. Hay narcisismo en
la medida en que hay un egoísmo en el amor: se ama sólo a uno mismo en la ilusión de
otro, porque no hay salida a otra cosa.
En las relaciones sexuales llamadas libres, los seres no se encuentran. Los cuerpos
como tales no son nada si no hay proyectos y si el amor no trasciende aquello que pasa en
los cuerpos y que se reduce, en resumidas cuentas, a meras descargas nerviosas.
Actualmente, los jóvenes que no tienen posibilidad de proyectarse en el futuro se ven
obligados a limitarse a roces de unos con otros.
Se dice que hay cada vez más homosexuales, pero no es cierto. Se creen
homosexuales y viven como tales después de haberse escaldado con un primer amor. Es
una conducta de búsqueda de lo fácil. Una liberación de compromiso. Se han quedado en
ese terreno puesto que nadie les alentó a correr de nuevo un riesgo valorizante. Un
primer fracaso sentimental provoca una especie de recaída de una homosexualidad
prepúber ocasional, y que es inducida por una sociedad que no alienta a los jóvenes a
hacerse adultos. Y es haciéndose responsables como se convertirían en adultos, en lugar
de regresar a una preadolescencia narcisista.

LA IMAGEN DEL CUERPO.


En el siglo V aC, la era clásica griega, lo masculino y lo femenino se diferencian
claramente. El arquetipo del cuerpo adolescente es el efebo. Es gracioso, pero no
afeminado, como lo será en la época del quattrocento florentino. Tiene actitudes
dinámicas, mientras que la joven es por el contrario, reservada, secreta frágil.
Hasta el Renacimiento no aparecen las primeras representaciones de la
adolescencia como tal. Hay aún ambigüedad, como en los ángeles y los santos.

RITOS DE PASO Y PROYECTOS ADOLESCENTES.


Ejemplo de niños y el proyecto a Paris; el hombre tiene necesidad de proyectos. Una
nación vieja sufre de la falta de grandes proyectos. La utopía es la realidad de mañana. Los
políticos hacen promesas, no tienen programas ambiciosos. Una gran reforma nace en
una mente innovadora. Quizá no se la pueda rematar, pero se intentará. Ello desembocará
al menos en una experiencia instructiva y contribuirá a hacer avanzar una idea nueva, a
hacer evolucionar las mentalidades.
La población adulta aplasta en los adolescentes su deseo de evasión diciéndoles:
“imposible”.

Muerte iniciática y evasión.


Los ritos de iniciación más antiguos, tienen como denominador común una
dramaturgia de la muerte iniciática.
Los ritos de iniciación favorecían probablemente la sublimación de la castración
simbólica. Es el papel esencial que hoy debemos deducir de esos datos de la etnología.
Estas pruebas colectivas ayudaban a los jóvenes a librarse del sentimiento de
culpabilidad transgresiva que se apodera de ellos, ya que el paso realizado en solitario, sin
sostén, es vivido como una transgresión.
Las realizaciones individualizadas no son iniciáticas a la vida social, a la vida del
grupo, como lo eran las iniciaciones de las sociedades tribales.
El proyecto no puede reemplazar el rito de paso. Pero permite quizá prescindir de
él.
El rito de paso servía a una comunidad que tenía necesidad de conservar a todos
sus miembros, y encontraba así el medio de sujetar al clan a todos los jóvenes,
haciéndoles afrontar riesgos en el interior de la tribu; los riesgos de iniciación. Pruebas
terribles. Los que salían vivos de ellas eran individuos formidables. Eso implica que la
sociedad proporciona el modelo.
Hoy en día, cuando ya no existe modelo familiar o social, cuando el hijo sucede
cada vez menos al padre, el rito de paso ya no tiene justificación, pero quizá el proyecto
que responde a la tentación del peligro con cierta prudencia puede ayudar a morir a la
infancia para alcanzar otro nivel de dominio de la vida colectiva.
La primera etapa consiste en poder ganar algo de dinero. Es el escollo, en la hora
actual para los jóvenes. Tener vivienda propia, pareja, hijos. Un ideal que no pertenece a
ninguna época, que es eterno.
Lo que caracteriza al adolescente es que dirige su mirada a un proyecto lejano, que
él imagina un tempo y un espacio diferentes de aquellos en que ha vivido hasta entonces.
Eso nos devuelve a la fuga, aunque a una fuga que no es delictiva, si los padres no
la convierten en “transgresiva de prohibiciones” con su angustia.
Es la verdadera evasión. La fuga es la escapatoria en negativo, un signo de que el
niño ha llegado a su fase adolescente y que no ve salida a sus impulsos de apertura al
mundo. Huye encerrándose en sí mismo, o se escapa del domicilio familiar. La buena
solución es alimentar un sueño que se realiza al día.
La adolescencia es un período muy rico si se deja asumir al joven muy pronto todas
sus responsabilidades, sin coartarle. No coartarle no quiere decir dar la aprobación. En
una relación de confianza recíproca, el rechazo global sigue siendo un derecho recíproco.
No el rechazo global de la persona, sino el rechazo de la vida en común, acordando juntos
un desacuerdo perfecto, puertas abiertas.

Los jóvenes y el futuro. Sergio Rascovan.


Introducción.
Concluir la escuela es algo más que el fin de una etapa educativa. Implica un
proceso de cambio que requiere adaptación, reacomodamiento personal y también
familiar. Los cambios son situaciones de crisis en muchos casos ayudan al crecimiento. Son
constitutivas del sujeto humano. Crecemos, nos desarrollamos, trabajamos, amamos,
atravesando distintos procesos de crisis a los que se pueden denominar vitales,
esperables.
Una situación de cambio suele enfrentar a las personas con sentimientos y
pensamientos contradictorios.
La escuela es una institución cuya principal función es promover la enseñanza y el
aprendizaje. Pero es también un espacio social en el que se tejen relaciones afectivas que
en ocasiones perduran toda la vida. La escuela regula la vida de los niños y de los
adolescentes, más allá de la modalidad personal con la que se encare.
Finalizar la escuela es comenzar a transitar un camino que está marcado por el
pasaje de la adolescencia a la adultez. El pasaje no tiene fecha determinada. Uno no se
hace adulto en un instante, tampoco deja de ser adolescente por decreto. Por eso, el
pasaje de la adolescencia a la adultez es, ante todo, proceso. Personal y colectivo.
Elegir quién ser, qué hacer, es jugarse por algo y en esa jugada se aprende a vivir
con las dudas e incertidumbres. Elegir es también aprender a comprometerse con lo que
se toma y a tolerar la pérdida de lo que se deja. Es cambiar y el cambio supone transición.
Pasaje de un estado a otro.
Cambio, pasaje, transición de ser un adolescente escolarizado hacia la inclusión en
el mercado laborar o el amplio circuito de la educación. No hay una única manera de ser
adolescente como tampoco una única forma de transitar los caminos hacia la adultez.

2.SER ADOLESCENTE. SER JOVEN.


¿Qué es ser adolescente?
La palabra adolescente proviene del latín adolescer y significa “ir creciendo”,
“desarrollarse hacia la madurez”, “hacerse adulto”.
Algunos autores conciben la adolescencia como un “segundo nacimiento”, en
tanto entienden que en este período se reavivan ciertos conflictos relacionados con el
estado de indefensión del bebé, que se enfrenta a un mundo que le es caótico y
desconocido.
La adolescencia marca un nuevo rumbo en la vida. Supone una ruptura con el
pasado pero sin perder la idea de continuidad. Así como el adulto fue antes adolescente,
éste tiene sus raíces en la infancia.
Cada sociedad, cada cultura va construyendo, de modos más o menos conscientes
“su” adolescencia. La existencia de la adolescencia es indudable a pesar de las diferencias
producto de factores culturales, sociales, económicos. Estas diferencias son las que hacen
que sea difícil hablar en términos generales. No hay una adolescencia, sino adolescentes,
con todos los aspectos comunes que se puedan encontrar, pero también con todas sus
particularidades.

La pubertad: dimensión biológica.


En principio, resulta conveniente diferenciar los conceptos de adolescencia y
pubertad. Este es un proceso biológico caracterizado por el desarrollo corporal-sexual. Se
define por transformaciones fisiológicas que influyen fuertemente en los aspectos
psicosociales.
Las transformaciones de la pubertad conducirán la vida sexual infantil a su forma
adulta. Sin embargo, el sexo no hace al ser hombre o mujer. El cambio físico que la
pubertad revela, conduce al sujeto hacia un trabajo de construcción de su propia
identidad, siendo la sexual uno de los aspectos sobresalientes.
Lo biológico, “abre” lo social. De la mano de los cambios fisiológicos, el púber,
inicia su ingreso al mundo de la adolescencia.
El cuerpo confiere derechos que la sociedad en muchas ocasiones traduce en
deberes. El pasaje al estado físico adulto, marcado por la primera menstruación en las
mujeres y la primera eyaculación en el hombre se efectúa a través de ritos de iniciación.
Estos son prácticas muy comunes en ciertas culturas que necesitan establecer una marca
muy notoria en el pasaje de una infancia a la adultez. Son ceremonias cuyo sentido es
determinar que a partir de ese momento los niños han ingresado a otro grupo o condición
de vida. Se han hecho adultos, por lo menos biológicamente.
Los tiros de iniciación fueron muy cambiantes a lo largo de la historia. Pertenecen a
la esfera de lo social, de lo cultural, es decir, no son un hecho biológico.
En la actualidad, en las sociedades occidentales, el pasaje no es de la niñez a la
adultez, sino de aquélla a este período llamado adolescencia. Esto supone un compás de
espera otorgado por la sociedad, para que el sujeto humano vaya creciendo y de a poco
vaya asumiendo las responsabilidades del ser adulto.
La adolescencia entendida como un período de acompañamiento de los cambios
corporales, sociales y afectivos, produjo que los ritos de iniciación fueran cambiando al
punto que, en algunas culturas, comenzaron a desaparecer o a perder su sentido. Es decir,
el pasaje dejó de ser abrupto, de la niñez a la adultez, surgiendo la adolescencia como un
puente entre ambos.

La adolescencia: dimensión psicológica.


Los padres sirven como modelos de identificación, es decir, con figuras a imitar,
total o parcialmente. Como espejo donde poder mirarse y reconocerse y, de ese modo, ir
avanzando en la constitución de su identidad como personas independientes.
El adolescente va utilizando diversos recursos que le sirven para moldear su nueva
forma de ser y estar en el mundo. Va en busca de figuras que sustituyan o reemplacen a
los padres y que puedan ir ocupando el espacio vacío.
El adolescente ha perdido su condición infantil y busca averiguar quién es. En ese
proceso de búsqueda se entrega con fervor a amigos, novios, grupo. Las amistades son las
que ocupan en la actualidad el lugar central de identificación por fuera del medio familiar.
Los grupos en general y los de pares en particular, constituyen una “zona
intermedia” entre la persona y el resto de la sociedad. Sirven, frecuentemente, como
espacios de ensayos de conductas y prácticas sociales, sin la exigencia del mundo adulto.
Grupos con fuerte contenido opositor al mundo adulto.
Arminda Aberastury enumeró tres situaciones por las que todo sujeto humano
atraviesa en el pasaje de la infancia a la adolescencia y los denominó “duelos”. Llevan este
nombre ya que se trata del trabajo psíquico que un sujeto realiza al perder un objeto
amado y que consiste en efectuar un desprendimiento paulatino.
Los duelos que define son:
-Duelo por el cuerpo infantil: El adolescente sufre modificaciones que, por su rapidez o
intensidad, provocan que viva su cuerpo como ajeno o externo, lo que le produce
sensaciones extrañas y de falta de autocontrol.
-Duelo por los padres de la infancia: Los padres dejan de ser esas figuras idealizadas, que
todo lo saben y lo pueden. Los adolescentes comienzan a advertir sus debilidades y su
envejecimiento.
-Duelo por el rol de niño: Las conductas adquiridas durante todo el proceso de la infancia
ya no le sirven al adolescente para desenvolverse en el mundo de relación con los otros.
Esto hace que deba renunciar a su identidad de niño y la búsqueda de otra forma de ser
que no es la del adulto, sino la propia del adolescente.
Muchos autores coinciden que ser adolescente no constituye en nuestra cultura un
período de pasaje, sino un punto de llegada a una etapa en la que habrá de desenvolverse
durante varios años.
La adolescencia es idealizada y considerada como el mejor estado del ser humano.
Todos quieren ser adolescentes. La sociedad se adolescentizó al compás de los valores de
la frivolidad, del cuerpo bello y joven eterno; de la informalidad, de la inmediatez, lo
efímero, rápido, liviano y despreocupado.
En este contexto cultural ser adolescente es tener lo más atractivo de la adultez, en
tanto desarrollo físico-sexual, y lo mejor de la infancia en cuanto a la supuesta ausencia de
responsabilidades.

La adolescencia: dimensión sociológica.


Para distinguir en la adolescencia lo social de lo singular. El brote individual se
diferencia del resto, pero pertenece a la raíz común, comparte sus nutrientes e interactúa
con ellas.
Los aspectos colectivos y sociales del sujeto humano, son estudiados por la
sociología.
Los adolescentes y jóvenes además de compartir la transición hacia la adultez,
tienen una forma de vivir con características propias y diferentes a las de otros grupos.
Podría afirmarse que la adolescencia es un fenómeno sociocultural que posee un
conjunto de actitudes y patrones de comportamientos aceptados para todos los sujetos
de una determinada edad.
Los jóvenes menores o adolescentes son sujetos en crecimiento y formación que
requieren de un tiempo de exploración, de prueba, consolidación de su identidad. Este
proceso tiene, en los sectores medios y altos de las sociedades urbanas, una particularidad
que se viene acentuando llamativamente; la dilatación del pasaje a la vida adulta o lo que
es similar, la prolongación de la adolescencia.
Se posterga la incorporación al mercado de trabajo, lo cual repercute en la falta de
independencia económica y por consiguiente, en la ausencia de proyectos más adultos.
Este estiramiento de la adolescencia, desde una perspectiva social, se relaciona
con el concepto de moratoria psicosocial, que tuvo su origen en la psicología.
Erik Erikson, sostiene que esta moratoria psicosocial es un tiempo que el
adolescente necesita para “hacer las paces” con su cuerpo, para terminar de conformarse
y para sentirse conforme con él. Durante ese tiempo el adolescente se enfrenta a una
lucha entre los objetos viejos que debe abandonar y los nuevos que va a tomar. Es un
período de espera otorgada a los adolescentes, desde el mundo de los adultos. A través
de la construcción de espacios y tiempos propios se les permite ser adolescentes.
Desde otra perspectiva, la moratoria psicosocial corresponde a la necesidad que
tiene la sociedad para organizar su producción económica, pero también cultural. Se
alarga cada vez más el proceso de capacitación y adquisición de saberes y competencias
para la incorporación al mercado de trabajo.
¿Cuál es el imaginario social que existe sobre la adolescencia? En principio, es
posible partir de la idea de que en torno de la adolescencia o a la juventud se ha
construido un imaginario cuyo principal eje es la noción de homogeneización. Esto es, la
existencia de un conjunto de ideas, creencias, opiniones que puedan servir de explicación
a variados aspectos de los adolescentes, como si fueran un todo compactado, como si
todos los adolescentes fueran iguales, por el hecho de ser adolescentes.
Tres formas diferentes de ver o pensar a los adolescentes. Estas formas no son
excluyentes sino que coexisten.
-Juventud dorada: identifica a todos los jóvenes con los privilegiados, despreocupados.
Son individuos que poseen tiempo libre, que disfrutan del ocio y que debido a su
condición de moratoria social pueden vivir sin angustias ni responsabilidades.
-Juventud blanca: ve en ella al Mesías, a los personajes maravillosos y puros que salvarían
a la humanidad, que podrían hacer todo lo que no hicieron sus padres.
-Juventud gris: aquella depositaria de todos los males, de la delincuencia, violencia,
vagancia, drogadicción. Jóvenes confusos, desorientados que se caracterizan por una
identidad negativa, y viven con angustias y frustraciones.
Es indudable que la sociedad necesita de la juventud para perpetuarse. Los jóvenes
son una suerte de relevo generacional, que permite llevar a cabo la transmisión y
apropiación cultural. Los adultos son los responsables de esta misión de integración de las
generaciones jóvenes a la sociedad.
Al mismo tiempo que se busca la adaptación, los jóvenes con toda su capacidad y
potencialidad, procuran generar procesos de cambio.

¿Qué es ser joven?


La juventud podría considerarse como el período de transición entre la
adolescencia (propiamente dicha) y la adultez. Dicha transición estaría marcada por
acontecimientos vitales clave, tales como dejar o finalizar la escuela, comenzar a trabajar,
abandonar el hogar de origen y formar uno nuevo.
El pasaje estará fuertemente condicionado por la posibilidad o imposibilidad de
gozar de la denominada moratoria social.
Ser joven no es, entonces, sólo una cuestión de edad. Tampoco puede reducirse a
tener moratoria, ya que, hay jóvenes que no la tienen, pero igual siguen siendo jóvenes.
Tampoco es un tema de estética ya que hay muchas personas que no son jóvenes y
adoptan sus formas, vestimenta, música.
Ser joven es tener una posición con relación al tiempo pasado y futuro.
En relación con el pasado, cada generación se presenta nueva al campo de lo
vivido. Esto quiere decir que los jóvenes podrán estudiar, sensibilizarse y comprometerse
con lo ocurrido en otras etapas, pero no están impregnados del mismo modo que aquellos
que la vivieron.
En relación con el futuro, los jóvenes se sienten lejos de la muerte y de la vejez. Ser
joven significa que hay otros que se morirán y envejecerán primero.
La edad importa en la medida en que se articula, se entrelaza con el momento
histórico en que se vive. No es una circunstancia cronológica sino eminentemente social y
cultural.
La juventud puede pensarse como el período de la vida en que se está en posesión
de un “excedente temporal”, de un “crédito” o de un “plus”. Una verdadera moratoria
vital. De este modo, tendrá más probabilidades de ser joven todo aquel que posea ese
capital temporal como condición general, dejando de lado consideraciones de clase o
género. La clase social a la que cada uno pertenece es por demás definitoria. También la
condición de género, es decir, ser joven varón o ser joven mujer no es lo mismo.

Tribus juveniles.
Tiempo libre en el que se exhiben estilos, estéticas y formas de relación
divergentes. Diferencia de grupos de jóvenes los cuales se denominan tribus.
Las diferentes tribus juveniles tienen sus propias actividades, sus rituales, sus
ceremonias. Para la inmensa mayoría de los grupos juveniles existen diversos elementos
de identificación, que las distinguen de otros grupos, y que por lo mismo, son indicadores
de exclusión.
Es bueno remarcar que no todos los jóvenes integran estos grupos llamados tribus.
En algunos casos comparten algunos de sus atributos, pero no todos. Entre los códigos
que comparten las tribus está su territorio. La música es hoy uno de los referentes más
claros de identificación de los grupos o tribus juveniles.

3. LA ESCUELA Y LOS ADOLESCENTES.


Una polémica necesaria.
La escuela en general y la secundaria en particular, dejó de ser, luego de la
segunda guerra mundial, una estructura pedagógica de minorías, adquiriendo su carácter
masivo, incluyendo a los sectores de las clases populares. La democratización consistió en
la mayor incorporación de alumnos pero no en la transformación de su concepción
pedagógica-ideológica.
El proceso de masificación de la educación produjo que lo que hasta principios y
mediados de siglo XX era función de la escuela primaria, pasó a ser de la escuela media.
Funciones que se establecen para el actual nivel polimodal.
-Función ética y ciudadana: para brindar a los estudiantes una formación que profundice y
desarrolle valores y competencias vinculados con la elaboración de proyectos personales
de vida y la integración a la sociedad como personas responsables, críticas y solidarias.
-Función propedéutica: para garantizar a los estudiantes una sólida formación que les
permita continuar cualquier tipo de estudios superiores desarrollando capacidades
permanentes de aprendizaje.
-Función de preparación para la vida productiva: para posibilitar a los estudiantes una
orientación hacia amplios campos del mundo del trabajo, fortaleciendo las competencias
que le permitan adaptarse flexiblemente a sus cambios y aprovechar sus posibilidades.

Los adolescentes que no van a la escuela.


Ser adolescente está estrechamente relacionado con ser alumno. La escuela es el
espacio social que con mayor claridad institucionaliza la adolescencia. Es el reflejo más
cabal de la condición de moratoria social que gozan los adolescentes. La escuela produce
o genera adolescencia.
La escuela fue perdiendo paulatinamente el carácter de privilegio que tuvo en sus
orígenes, en la medida en que el sistema educativo se expandió y se masificó.
Actualmente es el mercado de trabajo el que desempeña una función selectiva y
clasificatoria de la distribución jerárquica, lo cual afecta sobremanera a los jóvenes ya que
son quienes poseen menos saberes y competencias para la producción de bienes y
servicios.
El mercado de trabajo funciona hoy como una especie de “ritual de iniciación” en
el mundo de los adultos, aunque no el único. Ser adulto no significa sólo tener trabajo.
Pero tener trabajo o ser un trabajador implica asumir una posición adulta de la sociedad.

Drogas y juventud.
En el proceso de adaptación social surgen aspectos de confrontación que
estimulan, en ciertas ocasiones, la fuerza o el motor para el cambio social.
A través de la adicción a una sustancia química, el sujeto vive la fantasía de un
protagonismo inexistente. Muchos jóvenes, animados en su afán por sobresalir o
destacarse, optan por una propuesta que los conduce a la autodestrucción aunque,
imaginariamente, crean que asumen una posición de enfrentamiento frente a una
realidad cada vez más dura y difícil.
Junto al pensamiento de las drogas como forma de evasión de la realidad, ahora
hay quienes suponen que la búsqueda de sustancias químicas es para entrar al sistema,
antes que para huir de él. Es, en una sociedad que aumenta la exclusión, una forma fallida
de inclusión social.
Se distinguen tres tipos de vínculos que se pueden tener con la droga, seas éstas
de carácter legal y/o ilegal. Uso, abuso y dependencia.