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ACTIVIDAD EQUIPO 2

SEGUNDA SESION

¿Qué es el desarrollo socioemocional?


El rol de sus padres, las personas que los cuidan y sus maestros, es enseñar y promover estas
habilidades. El desarrollo socio-emocional provee al niño un sentido de quién es él en el
mundo, cómo aprende y le ayuda a establecer relaciones de calidad con los demás.

Qué es la educación socioemocional?


La educación socioemocional se define como un proceso educativo, continuo y permanente
que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento
esencial del desarrollo integral de la persona, con la finalidad de capacitarla para la vida y de
aumentar su bienestar individual y social.

Qué es el desarrollo socioemocional?


El concepto de habilidades hace referencia al talento o la aptitud para desarrollar una tarea. ...
Estas son las llamadas habilidades blandas o socioemocionales, que refieren, a grandes
rasgos, a un conjunto de conductas aprendidas de forma natural que se manifiestan en
situaciones interpersonales.

La inclusión de la educación socioemocional en el Nuevo Modelo Educativo (NME) responde a


problemáticas de índole social, a consideraciones de tipo filosófico y científico, a necesidades
pedagógicas y a las tendencias mundiales.
Respecto de las problemáticas sociales, existen fenómenos que resultan muy preocupantes
por su potencial amenaza de deshumanizar a las personas. México vive una situación de
violencia generalizada por la presencia del narcotráfico, los problemas de corrupción, la
impunidad y la continua violación a los derechos humanos, el desempleo, la injusta distribución
de la riqueza y la discriminación de los grupos vulnerables. Fenómenos como el consumo
excesivo, las adicciones de todo tipo, la falta de oportunidades para el desarrollo laboral y
profesional, y otros factores que caracterizan negativamente a la sociedad actual, aunados a
una falta de desarrollo emocional que impide la capacidad de resiliencia frente a las
adversidades, amenazan constantemente el bienestar de las personas.

En este sentido, la depresión y el suicidio son problemáticas que revelan un bajo nivel de
desarrollo socioemocional. De acuerdo con datos del inegi, en el 2013 se registraron en
México 5 mil 909 suicidios, lo que representa el 1% de las muertes registradas y coloca al
suicidio como la decimocuarta causa de muerte, presentando una tasa de cerca de 5 por cada
100 mil. Resulta preocupante constatar que 40.8% de los suicidios son cometidos por jóvenes
de entre 15 y 29 años. En dicho porcentaje la tasa alcanza 7.5 suicidios por cada 100 mil
jóvenes.1
El mal manejo de la ira es también un síntoma de un pobre desarrollo socioemocional. En una
encuesta realizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos
(OCDE) en el 2015, México obtuvo el primer lugar en bullying a escala internacional. Entre los
más de 26 millones de alumnos que hay en nivel básico, se reporta que entre 60 y 70% ha
sufrido de violencia.
Algunos otros datos muestran indicios de un bajo desarrollo socioemocional de la población
joven. Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Exclusión, Intolerancia y Violencia en la
Educación Media Superior (eneivems), realizada en el 2013 con una muestra de mil 500
estudiantes de 15 entidades federativas diferentes, señala que 56% dice estar triste, 44% se
siente solo y 26% considera que es un fracaso. Los “Cuestionarios de contexto”, que son parte
de la prueba Planea que diseñó el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación
(INEE),2 revelaron en el 2016 que solamente 25% de los alumnos de bachillerato muestra
actitudes empáticas, 18% se siente capaz de tomar decisiones y 26% muestra consistencia en
el interés, mientras que 76% no es perseverante y 74% no sabe manejar el estrés.
Estos datos revelan la necesidad de tomar en cuenta el desarrollo socioemocional en la
educación escolar.

Desde el punto de vista filosófico, la inclusión de la educación socioemocional en el NME tiene


que ver con su adhesión a los postulados de una filosofía humanista que promueve la
formación integral y armónica de las diversas dimensiones que conforman a la persona, desde
la biológica hasta la sociocultural. En este sentido, se abandona el enfoque positivista
conductual para tomar en cuenta la dimensión de la interioridad, aquélla donde continuamente
se procesan, interpretan y significan los estímulos que provienen del exterior para constituir el
sentido de identidad personal, el del yo biográfico y narrativo. Afirmar la interioridad no implica
en absoluto una postura dualista, pues ambas dimensiones, la externa e interna de la persona,
coexisten, se retroalimentan y no pueden ser ni entenderse la una sin la otra. Pero hay que
señalar que la vivencia de las emociones es fundamentalmente una experiencia subjetiva que
repercute en las actitudes y conductas observables: de ahí que una educación que se
preocupa por lo emocional amplíe su mirada más allá de las conductas para considerar aquello
que las explica. A esa vivencia subjetiva la llamamos aquí interioridad.

Esta perspectiva filosófica se ve además enriquecida por los recientes descubrimientos


neurocientíficos3 sobre las emociones, su conexión con los procesos cognitivos, su influencia
en el aprendizaje y la posibilidad de modular los estados emocionales de manera voluntaria.
Por ello, desde el punto de vista pedagógico, la propuesta surge del convencimiento de que la
regulación de las emociones resulta clave para que una persona se desempeñe de forma
productiva y exitosa en la convivencia cotidiana con sus semejantes. Y, en sentido contrario,
un inadecuado desarrollo emocional se convierte en un obstáculo para la vida que amenaza
también al aprendizaje. El miedo a las matemáticas, por ejemplo, puede bloquear los procesos
cognitivos para comprenderlas. Por otro lado, el mal común del aburrimiento está revelando la
urgencia de hacer cambios drásticos a los métodos y estrategias didácticas para sustituir el
hastío por emociones como la curiosidad y el asombro.
Finalmente, la inclusión de la educación socioemocional en el NME responde también a las
tendencias mundiales. Desde la década de los noventa existen en todo el mundo programas
de educación socioemocional,4 pero la mayor parte está planteada como programas
extracurriculares, lo que significa que no tienen un espacio específico para ser desarrollados
en el salón de clases, sino que se proponen como acciones transversales a trabajar en el
ambiente escolar y en el mejoramiento de las relaciones interpersonales a través de ciertas
actividades colectivas y de ciertos agentes específicos: maestros o tutores designados para
implementar estos programas. Tal es el caso en México del Programa Nacional para la
Convivencia Escolar (pnce), que funciona en el nivel básico desde el 2014, y del Programa
Construye T en la educación media superior.
En el nuevo modelo, la innovación consiste en que la educación socioemocional se llevará al
salón de clase con una racionalidad pedagógica enfocada en la dosificación del desarrollo
paulatino de las habilidades socioemocionales a lo largo de nueve ciclos escolares, con unas
actividades especialmente diseñadas para tal efecto y con estrategias para la evaluación
formativa.

Así, las escuelas reconocen hoy la importancia de contribuir a educar los factores emocionales
de manera deliberada y de que los padres y maestros sean formados para enfrentar y, sobre
todo, prevenir problemáticas tanto a nivel individual como social relacionadas con fenómenos
que minan el tejido social y obstaculizan el bienestar de las personas. 5
 

II. Fundamentos de la educación socioemocional 


¿Qué es una emoción?
Etimológicamente el término “emoción” proviene del latín emotio, que significa ‘movimiento’ o
‘impulso’. Las emociones se definen como reacciones que se producen en el organismo como
respuestas adaptativas al medio ambiente.
Aunque no hay un consenso, los especialistas generalmente hablan de seis emociones
básicas externamente visibles: alegría, tristeza, ira, miedo, asco y sorpresa, que están
asociadas con mecanismos de supervivencia en el cerebro límbico y tienen poca relación con
los procesos neocorticales, de modo que el individuo no puede hacer mucho para impedir
sentirlas, aunque sí puede aprender a controlar la manera en que las externaliza
conductualmente.

Además de las emociones básicas existen las llamadas emociones secundarias o


sentimientos, que se forman por una combinación de las básicas y por la influencia del medio
sociocultural en el que una persona se desarrolla. Estas emociones están mucho más
relacionadas con la corteza cerebral y no siempre se manifiestan en el rostro; son estados de
ánimo más duraderos y trazan las características de la personalidad. Entre los que podríamos
llamar negativos están los celos, la envidia, el deseo de venganza y el resentimiento, y del lado
positivo están la solidaridad, el cuidado, el respeto, la experiencia estética, el altruismo, el
amor y todas las emociones que lleven a estados de vida más plenos y felices.

Las emociones tanto básicas como complejas pueden ser experimentadas agradablemente,
causando estados de tranquilidad y alegría, o bien de una manera desagradable, provocando
malestar o dolor. Al primer tipo se les llama emociones positivas o no aflictivas, y al segundo,
negativas o aflictivas.6 Tanto unas como otras tienen una función muy importante para nuestra
sobrevivencia como especie y para la construcción de nuestra identidad personal. Sin las
emociones negativas no sería posible defendernos (miedo), poner límites (enojo), entrar en
contacto con nosotros mismos (tristeza) o evitar alimentos en mal estado (asco).
Ambos tipos de emociones pueden tener un buen manejo que favorezca una vida más plena, o
pueden tener uno inadecuado que propicie estados de sufrimiento emocional. El amor, por
ejemplo, que es uno de los mejores sentimientos que experimenta el ser humano, puede
generar dependencia, sobreprotección y autodestrucción si se le maneja mal. De ahí la
importancia de contar con una educación que promueva la modulación adecuada de las
emociones.

¿En qué consiste la educación socioemocional?


Se ha preferido el término “educación socioemocional” para indicar que las emociones y su
manifestación tienen siempre un componente social, lo que implica, a su vez, que el manejo de
las emociones puede enseñarse y aprenderse.

Autores como Daniel Goleman han difundido el concepto de inteligencia emocional, que es la
capacidad de vivenciar nuestras emociones sin reprimirlas, pero dándoles una canalización
adecuada. Manejar las emociones implica que la persona tiene que hacer una labor
introspectiva de autoconocimiento y además desarrollar su habilidad para relacionarse
positivamente con los demás.

La psicología positiva, por otra parte, es un movimiento que surgió en Estados Unidos
encabezado por Martin Seligman, cuyo propósito es enfatizar las fortalezas que una persona
tiene para alcanzar el bienestar o felicidad. Este psicólogo propone un modelo de la “vida feliz”
llamado PERMA (por sus siglas en inglés):

• P (Positive Emotion): Consiste en cultivar deliberadamente el surgimiento de emociones


positivas a través de ejecutar acciones específicas.
• E (Engagement): El compromiso es la capacidad de permanecer atento, consciente y
compenetrado con la actividad que se ejecuta en un momento determinado.
• R (Relationships): La cantidad y calidad de las relaciones que establezcamos con los
demás son clave para nuestro bienestar.
• M (Meaning): Significado. Más que hallar una actividad que nos lleve a la autorrealización,
se trata de descubrir las condiciones para que lo que hagamos nos parezca significativo.
• A (Accomplishments): Logros. Significa repasar cada detalle de lo alcanzado, visualizando
con nitidez qué lo hizo posible y sintiéndose agradecido con quienes ayudaron a lograrlo.
 

Para Seligman, la felicidad puede entenderse como una experiencia puntual o también como
una sensación permanente de fondo que impregna nuestra existencia. De ahí que distinga tres
niveles de vida feliz:

• La vida placentera: Basada en la consecución y gozo de experiencias gratificantes a partir


de sensaciones y emociones positivas provenientes del mundo exterior que son efímeras,
como saborear una comida deliciosa o escuchar la música favorita.
• La vida comprometida: Que se alcanza cuando se logra un equilibrio interior basado en el
cultivo de las propias fortalezas para no depender tanto de las circunstancias externas.
Ejemplo de este tipo de vida incluye actividades que proporcionan una sensación más o
menos permanente de bienestar, como tocar un instrumento musical o hacer una excursión en
la montaña.
• La vida significativa: Consiste en emplear las fortalezas y virtudes para encontrarle sentido
a la vida a través de valores trascendentes (la justicia, el bien, el amor, etcétera). Se trata de
disponer de una motivación profunda para hacer proyectos vitales y sentirse realizado al
ponerlos en acción, lo que proporciona una “felicidad de fondo”. Por ejemplo, ejercer una
profesión de ayuda a los demás…
 

Una de las más destacadas estudiosas del bienestar subjetivo, Sonja Lyubomirsky, 7 se ha
dado a la tarea de reunir los resultados de las investigaciones sobre el tema. En un trabajo
realizado con sus colaboradores sintetiza los tres factores más importantes que determinan la
felicidad: (1) el 50% son los aspectos hereditarios que determinan el temperamento; (2) el 10%
son las circunstancias, y (3) el 40% son acciones voluntarias (lo educable).
A pesar de que se reconoce la gran influencia de lo hereditario para determinar el
temperamento de una persona, lo interesante es que 40% del bienestar es producto de las
acciones voluntarias, por un lado, y contrariamente a lo que podría pensarse, las
circunstancias juegan un papel muy reducido. En otras palabras, lo que tiene mayor influencia
en el bienestar de las personas no es lo que les sucede, sino la manera en que interpretan lo
que les sucede, y la interpretación es un factor educable. Lyubomirsky define la felicidad como
“la experiencia de alegría, satisfacción o bienestar positivo, combinada con la sensación de
que nuestra vida es buena, tiene sentido y vale la pena”.

Las ideas de Seligman han inspirado en España el programa de educación socioemocional


“Aulas felices”, que tiene como propósito cultivar en los niños las fortalezas personales que los
hagan personas positivas y más felices.

Otro autor que es necesario mencionar por su influencia en la fundamentación de la educación


socioemocional en el NME es Rafael Bisquerra, quien ha sido pionero en el tema y ha
trabajado un modelo de ésta basado en cinco competencias emocionales: