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Pausados NO, Pausanias / 1

Oesido

“Viaje a ninguna parte, donde no espere nadie y nadie a quien esperar.


Pongámoslo sencillo, siempre hay más de un camino, para llegar si hay que llegar”

Revólver, Viaje a ninguna parte

Odiseo, viajero por antonomasia, el más listo de la clase, tú no querías ir a la guerra. Pero,
calamidad, ¿a quién sino a ti se debe el juramento entre los aqueos en defensa del honor de Helena si
alguna vez fuera ultrajado? Cuando te tocó dar la cara, artero, trataste de eludirlo fingiéndote loco
-muy bueno lo de la sal-, mas Palamedes te puso a prueba, descubriéndote, ¡menudos son los argivos!
Ay, Laértida, finalmente tuviste que abandonar tu isla para batirte el bronce a los pies de Ilión durante
toda una década. Caída la ciudad, gracias a tu añagaza del caballo, ¿querías volver en realidad o
ansiabas engrosar más el botín? Siendo sabedor de que los dioses castigan la soberbia humana, ¿por
qué, bocazas, te jactaste de haber cegado al cíclope? Poseidón, su padre, condenó tu hýbris haciéndote
vagar otros diez años, y tú, más que granuja, ¡te pasaste nueve en las voluptuosas mieles de Circe y
Calipso! Sólo cuando la ojizarca vio tus pucheros en Ogigia, los dioses se apiadaron de ti,
permitiéndote volver a Ítaca. Me encanta tú isla, por cierto, extraño reino tuyo aquel del Jónico, quiero
enseñársela a Teresa y Flor, a todos los viajeros de Pausanias, pero, ¿sabes?, ahora no puedo. Me
siento como tú, pero al revés.

© Ángel Carlos Pérez Aguayo


Homero se refiere a ti como polýtropon, el muy viajado, el que está de vuelta, y por ello te
envidio. ¡Quiero salir y ver mundo! -de hecho, justo hoy, debía estar en lo que dejasteis de Troya-,
tener peligrosas aventuras, seguir tu ejemplo, maestro, en saquear ciudades (¿valdrán hoteles?)…pero
se impone la reclusión por el coronavirus. Mientras te escribo, llega a mis oídos un tétrico megáfono
conminándome a no salir a la calle. Hablando en plata: los heraldos nos confinan porque Apolo nos
ha vuelto a enviar la peste; Podalirio y Macaón no dan abasto. Te diré, viejo amigo, que, sin abrir
tampoco nosotros el odre de los vientos, la tempestad casi nos ahoga, pero, en la peor de las
adversidades, a tu bregado ejemplo nos aferramos, cual tabla de salvación. Ya que a ratos atisbamos
algunos rayos de sol en la negrura del horizonte, creo que, al igual que tú, debemos serles caros a
Hermes -por aquello de recorrer caminos- y Atenea (¿si no de qué íbamos a desplegar tantos
conocimientos?).
En Madrid está lloviendo y nada sigue como siempre. Demódoco no tañe sus cuerdas
cantando batallas, pero tenemos Netflix. Una nueva serie ha vuelto a contar lo vuestro, Troya. La caída
de una ciudad; me encanta Joseph Mawle haciendo de ti, te pega. Durante estos días has estado muy
presente ya que tu país, una vez más, tiene problemas con el vecino. Gentes que huyen de la guerra,
fronteras, xenofobia… ¿te suena, verdad? La actual tragedia del río Evros es asombrosamente
parecida a la ya filmada por Angelopoulos en su estremecedora película El paso suspendido de la cigüeña,
nada ha cambiado desde 1991. Del mismo director también te recomiendo La mirada de Ulises, la tuya
propia, planteada como una suerte de katábasis balcánica en busca de inspiración artística; Sorrentino
y Almodóvar la replicaron con desiguales fortunas.
Varado, como la flota en Áulide, me consuelo con otras formas de viajar sin salir de casa. De
hecho, recibo tal bombardeo de tentaciones -mi canto de las sirenas-, que no me va a cundir la
cuarentena para terminar todo lo que tengo pendiente. ¡Y ojalá sea así!

© lonelyplanet_it
Me pillas reseñando Un verano con Homero de Sylvain Tesson. Aún no tengo claro si me encanta
o empalaga, pero, al menos, consigo evadirme, que ya es algo. Leyéndolo he regresado hasta aquel
día que llegamos en velero a la orilla de Paleokastritsa, allá donde los románticos ubican la Esqueria
de Alcinoo. Te confieso que me emocioné muchísimo al contemplar el mísero arroyo que desemboca
en su playa, ¿fue allí donde te encontraste con Nausícaa? Habida cuenta de la importancia que los
roles femeninos adquieren en tu Odisea, Robert Graves planteó la hipótesis de que una mujer, y no
un ciego, fuese su autora, ¡¿cómo te quedas?!

© Ángel Carlos Pérez Aguayo

Aquello de que la esperanza es lo último que se pierde proviene de vuestra mitología. En la


creencia de que todo esto acabará, tarde o temprano, voy organizando un viaje por Anatolia.
¿Corresponde vuestra Ilión a la Wilusa de las tablillas hititas?, ¿cómo ves la identificación de su rey
Tarkasnawa con el príncipe Alejandro-Paris? Quiero volver a Hattusas, la capital -entre tú y yo,
Micenas, a su lado, es un vulgar aprisco- y, ya que estamos por allí, ligar el póker con Çatalhöyük,
Nemrut Dağ y Göbleki Tepe. Sí, lo sé, lo sé… ¡pero tengo tiempo para dar coherencia a la macedonia!
También he de redactar otros itinerarios, ayúdame, por favor. Sobre Acarniana y el Épiro -los predios
de tu abuelo, Autólico-, ¿el oráculo de Éfira es o no el nekromanteion del Aqueronte?; Tracia, tu
episodio de los Cicones, ¿por dónde cae?; Karjedón, ¿puedes confirmarme si en la isla de Djerba,
como se ha escrito, habitaban los lotófagos? Quedo al tanto.
¿Recuerdas a Eneas? Logró escapar de Troya con el Paladio. Al igual que tú, vagó lo suyo
por el Mediterráneo y le dedicaron un poema. Por si te interesa, al final arribó a Ausonia y, ayudado
por Evandro, un arcadio, sentó sus reales en la región del Lacio. De él provine la estirpe del imperio
más grande de la antigüedad, Roma. Pero hoy, sus descendientes están todavía peor que nosotros.
Desde allí me envían esta frase: “A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra, a nosotros sólo nos piden
que nos quedemos en casa”. No te lo querrás creer pero, el mero hecho de salir a la calle para tirar la
basura se convierte en todo un acontecimiento literaturizable; recuérdame que otro día te escriba
sobre James Joyce. De regreso a mi encierro, desbordo el cenicero a la espera de que Ártemis levante
los vientos que nos lleven al este. Llegarán, todo esto pasará y, de nuevo, embarcaremos para nuevas
aventuras.
Quiero sucumbir a la molicie lotófaga con Fernando bebiendo el raki de la sobremesa al sol.
Quiero volver en barco al brumoso cabo Circeo y escalar hasta su cumbre -también valen los
lugares altos de Petra, créeme-, inmunizándome de la maga con el moly y no este pringue de alcohol
gel; puesto a convertirme en cerdo, prefiero las tascucias griegas de casquería que aberran a Jesús.

© Ángel Carlos Pérez Aguayo

Quiero volver a ser herido por Escila frente a las corrientes de Caribdis; la marca que me
dejó la medusa en aquel baño en el estrecho de Mesina con Matteo se me ha ido.
Quiero volver a descender hasta el inframundo en cualquiera de nuestras visitas a Hierápolis,
la Pergusa o el Averno, y escuchar a la sombra de aquel que fui ratificarme que es preferible ser un
simple guía al más estresado de los doctores.
Tengo el firme convencimiento de que saldremos de esta. Ya escapamos de la cueva de
Polifemo en Sperlonga sin ser Nadie, de las latomías siracusanas, de la cárcel de Sócrates en el ágora
y del Tullianum de Roma. Como dice Víctor, esto está chupao.
Y, sobre todo, quiero el mar. Permíteme contarte algo como despedida. Mucho tiempo
después de ti, algunos griegos vendieron su lanza en pos de gloria y botín en otras guerras orientales.
La cosa se torció y tuvieron que salir pitando, comandados por un tal Jenofonte. Pues bien, tras meses
huyendo por desiertos y montañas de Asia, hostigados de continuo por el enemigo, cierto día
alcanzaron una cumbre. Sobre ésta, el ejército de menesterosos en que habían devenido rompió a
llorar.
¿Sabes por qué?, ¡vieron el mar!, -Thálassa, thálassa!- gritaron mirando al Ponto, al camino que,
por fin, los llevaría hasta su hogar. Yo también quiero admirar el azul mediterráneo desde la ventanilla
del avión, rumbo a Italia, Grecia, Turquía o Chipre. Yo también quiero, Odiseo, volver a casa.

© Ángel Carlos Pérez Aguayo

Ángel Carlos Pérez Aguayo


15 de marzo de 2020