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El Mundo Superpuesto entre Paciente Y Analista

Revisitado al cabo de los años

Janine Puget
Leonardo Wender

Origen del concepto - Definición

Desde hace ya varios años venimos investigando un estado mental en el cual se halla el analista cuando en el
material manifiesto su paciente menciona datos, eventos o situaciones de la vida cotidiana común a ambos y, para
más, del interés actual del analista. La referencia a dichos temas consigue producir en el analista una "distracción
de mayor o menor duración", que lo aleja momentáneamente del campo clásicamente llamado transferencial-
contratransferencial. Como consecuencia lo invade un impulso a ocuparse de sus propios intereses, anécdotas,
recuerdos, angustias y emociones. Algo así como un repliegue hacia su mundo interior. Si bien en algunas
circunstancias la distracción del analista ha sido conceptualizada como una de las modalidades de funcionamiento
de la cadena de la atención libremente dirigida o flotante, y en ese caso ser encuadrada teóricamente en el
terreno transferencial-contratransferencial, resulta enriquecedor discriminar distracciones de cualidades y
significaciones propias. Hemos observado que en ciertas circunstancias éstas parecen obedecer a una génesis y a
funciones de la mente del analista.

Cuando hablamos de este tema por primera vez (1982) propusimos el concepto de "Fenómeno del Mundo
Superpuesto" (FMS), overlapping word, (OWP, en inglés) para dar cuenta de un tipo de perturbación a la cual se
ve expuesto el analista cuando algo del material manifiesto lo aleja momentáneamente del paciente y ambos
parecen estar viviendo cada uno en su mundo. Ello nos llevó a pensar que la inclusión de la entidad del Fenómeno
de los Mundos Superpuestos dentro de la teoría clásica de la contratransferencia, tal como en su momento fuera
entendida, podría prestarse a confusiones conceptuales. Era necesario crear una nueva entidad psicoanalítica a fin
de dar cuenta del Fenómeno del Mundo Superpuesto.

Desde los comienzos fuimos notando que dicho Fenómeno se producía como reverberación en el consultorio
de tensiones en la vida institucional de los analistas: algo que iba más allá de las emociones provocadas por la
persona del paciente y sus conflictos transferenciales. Nuestro observable empírico fue justamente una fractura
política en la Asociación Psicoanalítica Argentina que concluyó en una escisión en dos asociaciones separadas.
Comprobamos que si bien tanto nosotros como nuestros colegas creíamos esperar a los pacientes con la
disposición ecuánime habitual, ello requería de nuestra parte un esfuerzo particular. Además, descubrimos cuantas
veces estábamos al acecho de que éstos nos trajeran noticias de las vicisitudes institucionales o, por lo menos,
cuando dichas noticias eran mencionadas les prestábamos particular interés. Se trataba de algo tan evidente que
sólo faltaba admitirlo. Al mismo tiempo registrábamos una tendencia contraria: en algunas ocasiones la escucha
de los datos del contenido manifiesto nos producía un cierto rechazo e incluso saturación.
Relacionamos este malestar con un temor inconsciente a los efectos del inevitable involucramiento político: por
ejemplo que las interpretaciones vehiculizaran algún aspecto de la lucha societaria. El encuadre analítico ya no nos
protegía del afuera.

Llegamos a la conclusión que tanto estar al acecho de la noticia como sorprendernos por su irrupción nos
ubica en un estado que momentáneamente nos aleja de la función analítica.

Cuando ello sucede nuestra mente se halla coartada por un dilema ético dado por la presencia en el campo
analítico de una auténtica preocupación personal e institucional, y simultáneamente la conciencia de saber que
este interés no está sostenido por hipótesis psicoanalíticas. La masividad de estos contenidos y nuestro particular
estado psicológico se tornan una amenaza para el buen funcionar de los análisis.

Pronto nos dimos cuenta que las luchas políticas institucionales no eran las únicas capaces de activar el
Fenómeno del Mundo Superpuesto. Entonces también prestamos atención a otros desencadenantes lo que nos
llevó a describir un amplio espectro de situaciones: una simple alusión que tocara intereses actuales de cualquier
tipo, hasta aquellos materiales portadores de una especial carga traumatógena como pudiera ser la reintroducción,
por boca del paciente, de datos o noticias de la vida privada del analista o de amigos cercanos conocidos por
filtraciones de cualquier índole. Señalamos que en esos casos, el analista no retornaba al campo analítico con una
escucha enriquecida como luego del insight frente a una recuperación de un involucramiento contratransferencial
convencional. Por el contrario el analista retornaba con defecto, o con algún tipo de mortificación, "un cierto
regreso sin gloria": subjetivamente abochornado, culposo y apresurado por reasumir funciones abandonadas.
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Retomaremos ahora un fragmento de aquel lejano trabajo inicial dónde señalábamos que: "..el material del mundo
superpuesto, si bien vehiculiza (para el paciente) el emergente del conflicto transferencial, poseería una cualidad
selectivamente activadora, que promueve en el analista una tendencia a participar, a "compartir". Un compartir de
facto, involuntario e inevitable que estimula o inhibe una curiosidad ambivalente que suele transformarse en
secreta, vicariante y vergonzante.

Esto activa en el analista dos perturbaciones fundamentales que luego revertirán sobre el proceso
psicoanalítico: un efecto traumático de mayor o menor cuantía y un trastorno narcisista.." (Puget J. Wender L.,
1982, Pág. 520).

Dichos elementos diversos y complementarios colisionan en el analista pues la aparición inesperada en el


material de un elemento que involucra su vida diaria, siempre sorprende y opera como factor traumático
inhibiendo temporariamente el eje de su curiosidad. Por otro lado, el mismo surgimiento fuera de control de algo
íntimo y reservado, estimula otro aspecto narcisista: una curiosidad que producirá la reversión de la epistemofilia
en escoptofilia.

La aceptación que tuvo el concepto de FMS en diversos ámbitos y su mención en trabajos científicos de otros
autores, nos ayudó a ratificarnos en que habíamos puesto el nombre a un trastorno de observación frecuente. Que
el mismo acontecía con mayor o menor asiduidad en todo tratamiento y en cualquier analista, por mejor analizado
que estuviera y no sólo en los casos de involucramiento institucional.

La literatura analítica más reciente (Schwaber E. A., 1992, Goldberg A. 1994) nos hace ver que otros autores
desde distintos abordajes, aún sin necesidad de utilizar el concepto del FMS, se preocupan por este tipo de
problemas. Tal como O. Renik (1993) quien habla de la "irreductible subjetividad del analista" a la cual postula
también como un hecho inevitable desde lo que él entiende como la "interacción analítica". Estas observaciones lo
llevan incluso a proponer un replanteo de la teoría de la técnica.

Muchos de los conceptos actualmente propuestos por algunos autores, en cuanto a diferenciar modalidades de
funcionamiento del aparato psíquico según se trate de definir la relación del Yo con su mundo pulsional, con uno o
varios otros o con el mundo circundante probablemente abran el camino para dar significado al mundo común a
analista y paciente. Conceptos tales como transubjetividad, intersubjetividad, intrasubjetividad (Puget J., 1988)
aluden a este tipo de discriminación. Los entendemos en su conjunto como nuevas formas de pensar en lo que
desde S. Freud (1912), P. Heimann (1950), H. Racker (1960) y otros, se pudo desarrollar en torno a aspectos de la
transferencia-contratransferencia en los cuales se toma en cuenta la persona real del analista. Otros autores
actuales se ocupan detenidamente de la influencia del género, de la edad, del estado civil, de la personalidad del
analista introduciendo así un grado más de complejidad para el estudio de la relación analista-paciente. (Eissler
K.R. 1993; Fibel Marcus B. 1993; Friedman M. 1993; Kaplan D.M. 1988; Lasky R. 1988; Lester E. 1989, 1993)
La entidad por nosotros descrita no participa de aquellas creaciones entre analista y paciente, como por ejemplo
las del tipo del "objeto analítico común" que H. T. Ogden (1993) denomina con acierto "el tercero analítico."
Elementos que desde el analista se resistirían dinámicamente, tanto contra estas formaciones vinculares, como al
mismo proceder analítico.

A lo largo de estos años todas las circunstancias ya mencionadas y algunas nuevas nos estimularon a seguir
pensando y reformular los fundamentos del FMS. Intervinieron situaciones de tensión y violencia social que al
invadir nuestros consultorios y reflejarse en la clínica diaria nos aportaron nuevos elementos.

El presente trabajo pone el énfasis en reconocer cómo el FMS remite en último análisis a segmentos de
material analítico no-transformable en interpretación. Estos sin embargo quedan en la mente del
analista como algún tipo de conocimiento y terminan perteneciéndole, a veces a su privacidad y
otras incluidos en su vida cotidiana y por lo tanto seguramente a su identidad. El FMS se genera en la
intersubjetividad pero los comentarios que dan lugar a la emergencia del fenómeno corresponden a aquel
componente inherente a todo vínculo que nunca podrá ser hablado por condición de posibilidad del vínculo. Ello
implica que en cualquier vínculo existe una zona que si bien genera significados también quedan excluidos del
mismo aquellos investidos de un prohibido para ése vínculo específico. Algo así como una negatividad propia a
cada zona de encuentro. Por ejemplo hay temas que no pueden ser hablados entre padres e hijos porque
remitirían a incesto y sin embargo pueden ser hablado en otros vínculos. En síntesis este sector de lo no
transformable psicoanalíticamente concerniente a las zona que acabamos de enunciar tiene repercusión en dos
direcciones: en el sector que nosotros denominamos el mundo común (el que en parte sostiene la
intersubjetividad analítica) y en el mundo de la privacidad del analista, el mundo que en algunas ocasiones se
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superpone y se instala paralelamente (mundo superpuesto). En este último se aloja con un destino particular,
aquello que no será transformable en interpretación.

Es a este sector de la mente que deseamos lograr dar legalidad conceptual así como evaluar sus implicancias
teóricas y técnicas.

Transformación del lenguaje cotidiano en material

Uno de nosotros (Puget J. 1987) y tal vez como ampliación del concepto del FMS, se viene planteando si todo
aquello entendido como material analítico es transformable en interpretación y más aún si todo lo dicho en una
sesión puede ser considerado material. Al cuestionamiento acerca de la factibilidad de transformación de lo dicho,
que aquí no podemos retomar in extenso, se agrega ahora un interrogante: será posible pensar los trastornos
funcionales que puede sufrir el analista como una falla que deba serle atribuida o cabe dudar acerca de la
capacidad de estar permanentemente disponible o apto para vincularse analíticamente y semantizar el contenido
manifiesto? Se presentan dos limitaciones, una propia del método, y otra dependiente de la labilidad funcional.

En condiciones habituales de trabajo analítico, el discurso inaugural del paciente, su palabra, es escuchada
literalmente y configura un primer contacto cotidiano o "natural" encaminado hacia el establecimiento de un
lenguaje en común. Sólo en un segundo momento, o casi simultáneamente el analista evoca sus propios sentidos
y significados acerca de lo escuchado, y entonces encuentra significaciones inconscientes.

La relación analista-paciente se efectúa, por lo tanto, sobre la base de una escucha atenta a lo literal pero ya
encaminada a efectuar la confrontación imaginaria. Para ello el posicionamiento inicial permite la captación y
comprensión adecuada de los significantes que denoten significaciones manifiestas comunes.

El lenguaje común a ambos pero no necesariamente compartido en sus múltiples significaciones es entonces
una de las bases del posible entendimiento así como de la instalación de una comprensión analítica. Este
entendimiento nunca será unívoco e incluye siempre una multiplicidad de significados a los que habrá que
despejar y en base a los cuales el intercambio se enriquece.

Pero de este mundo común inicial pueden surgir dos derroteros opuestos: uno clásico, en donde el material
sugiere la interpretación, otro, en donde el paciente mencione algo relevante para la actualidad de su analista
convirtiéndose en punto de partida del alejamiento de éste hacia un trastorno específico: la marcha hacia su
Mundo Superpuesto.

En la actualidad asimilamos entonces la idea de literalidad de idioma y experiencia común al


mundo ilusoriamente compartido y despegamos de este concepto la idea de Mundo Superpuesto en
tanto dos mundos paralelos.

Si bien en el estado de Mundo Superpuesto todavía el habla se mediatiza a través de los mismos significantes
y el contenido manifiesto es objetivamente idéntico, la comunicación analítica ya habrá cesado sutilmente entre
ambos partícipes; permanecen juntos, pero ahora temporariamente "superpuestos" y sin lograr reencontrarse. El
lenguaje común del cual proviene la construcción de un código es precondición de diálogo. Pero el paciente sabe
de alguna manera que el analista oye lo dicho con dos escuchas: una, donde se alojan sus significantes y sus
teorías (las herramientas que le permiten comprender y compartir), la otra, correspondiente a su persona real, el
de un área privada y tendenciosa que inevitablemente se ha de traicionar. Pero, sin embargo, la vida privada del
analista nunca será totalmente conocida por el analizando pues éste, pasando por alto las limitaciones de su
intuición, recortará con una certeza delirante sólo aquello que le resulte transferencialmente significativo como
para dibujarse y posicionarse ante y dentro de su analista. Es así cómo él siempre "sabrá la realidad" de su
terapeuta. Esta modalidad corresponde a aquellas frases dichas por el analista: mi paciente no vió ... (algo en mi)

Pero a su vez al analista, si bien normalmente se oculta por autoprotección y por oficio, también le ocurre que
no sólo se complace sino que le es narcisísticamente necesario ilusionar que el paciente lo conoce por lo menos en
algo, como persona real. La expectativa de ser reconocido es válida tanto para aquellos rasgos egosintónicos como
para los desfavorables: lo importante es ser nombrado. (Puget J. 1993). La búsqueda de reconocimiento es
prioritaria con respecto a cualquier otra vanidad narcisística: el exhibicionismo hace juego con la curiosidad del
paciente y crea una zona de frecuente erotización vincular.

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Aparte de estos interjuegos vinculares, donde lo que tiende a ser exhibido se corresponde con un curiosear,
habría un impedimento estructural para el analista por el cual le es materialmente imposible exhibir o expresar
más que una cierta porción de sí mismo. Su ilusoria totalidad, por definición, comporta elementos intransmisibles
por lo tanto imposibles de ser "oídos" por el paciente aunque ellos les fueran confesados. A ello nos referimos
cuando mencionamos que cada vínculo se construye incluyendo en él una zona donde se alojan los imposibles,
algo así como el tabú del incesto en sus diferentes formulaciones.1

Para entender esta condición surgen diferentes modelos. Uno de ellos es el que considera al vínculo sostenido
por un tipo de fantasías cuyo modelo sería el de las fantasías originarias. Tiene especial valor para describir un
aspecto de la modalidad vincular, tomar en cuenta la dinámica que surge a partir de la fantasía de escena primitiva
para la cual recalcamos el lugar de excluido. Este sería paradigmáticamente aquel investido del deseo de conocer
lo que incluye un imposible-un secreto eterno: la escena primaria forma parte de los no cognoscibles. En esta
dramática la persona real del analista despierta un inagotable interés para el paciente y un renovado deseo por
conocer un más allá del cual siempre quedará excluido. Pero como ello involucra también al analista, éste
fácilmente caerá en la trampa de la ilusión de conocer lo imposible: o sea no sólo lo que su formación le permite
descubrir sino aquello que le llega al consultorio y tiene que ver con su mundo cotidiano.

Esta apetencia por infringir el secreto eterno, se manifiesta desde el paciente como para que en alguna
ocasión, presione con un: .."ahora hábleme y no me interprete”..

El impulso por conocer se corresponde con una tendencia simétrica por "darse a conocer" de parte del
analista. Este en algunos momentos puede no soportar vivir en secreto y necesita que lo descubran, algo así como
en el juego de escondidas en el transcurso del cual es necesario sentirse buscado. Si el analista se ve impedido por
alguna razón circunstancial para la elaboración de esta estado, puede llegar a pasar al acto: intentará salir de su
escondite y arrogarse algunos roles como por ejemplo el ser dador de consejos o hacer comentarios que
provengan de su vida cotidiana. Trataría con ello de decir lo indecible por definición, dado que su escena primaria
también es inasible para sí mismo. Si lo intentara sólo ingresaría al campo psicoanalítico un elemento neurótico
propio, acuñado bajo los pliegues narcisísticos de las producciones del mundo superpuesto. Un polizonte
disfrazado de interpretación, conocida como una clásica actuación contratransferencial. Sin embargo es importante
diferenciar cuando esta actuación responde a una contratransferencia complementaria o concordante (Racker
1968) o cuando corresponde a la reverberación de un comentario del paciente en la mente del analista. No cabe
duda que en la raíz de las limitaciones del vínculo analítico también se acantonan importantes aspectos
resistenciales a conocer tanto el inconsciente propio como el ajeno.

En cualquier caso sería mera idealización imaginar al analista capaz de despojarse de su ser cotidiano y suponer
que todo aquello que le sucede en sesión, se corresponde sólo con la dialéctica de la transferencia-
contratransferencia. Resulta mas útil pensar que, conciente de esta dificultad, Freud creó el concepto de la
disociación útil siendo un término teórico de gran utilidad, si bien tal vez ubicable dentro de un modelo ideal.
Luego a lo largo de los años se le fue dando diversos significados. Por ejemplo, el tomar en cuenta el analista
como persona real, o dar lugar en el campo analítico a un espacio donde se despliegue simultáneamente la
intrasubjetividad y la intersubjetividad.

El FMS nos llevó a volver a pensar críticamente en el concepto de la escucha analítica óptima, en sus clásicas
concepciones de atención flotante, o incluso en el de la atención libremente dirigida de P. Aulagnier, por ejemplo.
Como consecuencia proponemos agregar un nuevo concepto que de cuenta de la existencia de una "atención
interesada y autorreferencial" inevitable.

Esta atención autorreferencial será aprovechada por el paciente para justificar también su tendencia
resistencial que se expresa mediante ciertas producciones en la transferencia que lo llevan a "remodelarse" y
proveer un material que se adecue a los intereses de su analista. De esta manera busca recuperarlo
suministrándole materiales resistenciales, pero narcisísticamente interesantes. Al mismo tiempo, desde su propia
estructura, deja al analista siempre excluido y curioso. Se conjugan el reforzamiento de la autoestima del otro
mediante el uso del halago junto con el retraimiento propio. Dos narcisismos que se retribuyen uno al otro.

1 Hoy agregaría que como toda relación entre dos sujetos hay que considerar que un componente al cual
llamamos ajenidad es por siempre desconocido y que la alteridad de cada uno propone una escucha sostenida
por un malentendido esencial (Puget J., 2000)
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El estudio de este tipo de organización narcisista nos llevó a comprender más y dar un status teórico a la
prolongación de algunos análisis. En su momento acuñamos el concepto de "Eternización de los
tratamientos" (1991). Así comprobamos que la producción de estados transferenciales-contratransferenciales
donde estos materiales sostienen un vínculo narcisísticamente erotizado están al servicio de organizar una
condición analítica interminable en la cual existe la convicción que lo incognoscible puede tornarse cognoscible.
Analista y paciente sostienen su pertenencia a una estructura vincular que ilusoriamente aparece como inagotable.

El Mundo Superpuesto como Resistencia

Desde este ángulo vemos cómo el método analítico por su propia índole, activa y favorece la resistencia ante
el surgimiento del inconsciente, no sólo en el analizando, sino en quien lo practica. La escucha
autoreferenciada no desaparece pese a la protección del aprendizaje psicoanalítico y al análisis del analista.

El FMS se presta de manera óptima para cumplir también funciones resistenciales y defensivas, sirviendo así
económicamente a varios patrones. En su accionar, opera diacrónicamente como síntoma-indicador y como
defensa. Esta aptitud resistencial del FMS da cuenta de su presencia tenaz como fenómeno mental en el trabajo
analítico.

Trataremos de sistematizar ahora algunas funciones defensivas y resistenciales:

1) Ante la emergencia del inconsciente: desinterés, deslibidinización o hiperinterés-escoptofilia.


2) Ante la sumatoria de desorganizaciones producidas por el ejercicio de la función de analizar mediante:
a. Búsqueda de nuevos reaseguros.
b. Anhelo de reconocimiento.
c. Reforzamiento del sentimiento de pertenencia.
d. Distancia Analítica Reactiva.

1. Ante la emergencia del inconsciente: desinterés, deslibidinización o hiperinterés-escoptofilia.

La curiosidad en el analista remite a un deseo ligado sublimatoriamente al funcionar analítico: descubrir y


conocer el inconsciente. Tendencia vocacional que se recuesta en la serie epistemofílica personal.

Sin embargo, como ya lo señaló Freud y autores siguientes, despertar el inconsciente del otro, despertar el
averno, incursionar en él, suscita un universo plagado de otros conflictos y nuevos deseos con el consiguiente
temor a que, de ajenos puedan transmutarse en propios. El manejo reiterado del inconsciente produce por
momentos una inevitable angustia que estimula tendencias antagónicas y resistenciales.

Además la curiosidad del analista tiene otras características referidas a la ecuación personal. Una, relacionada
con su personalidad y su caracteropatía por lo cual no hay dos analistas iguales. Por tanto tampoco existirán dos
curiosidades idénticas ni ante un mismo paciente. Otra, concerniente al momento vital condicionador del círculo de
intereses tanto científicos como generales de su actualidad.

Estos dos condicionamientos contribuyen inconscientemente a dirigir preguntas-actos interpretativos para


elucidar incógnitas e interrogantes que reconducen a la esfera personal.

Evocando cualquier experiencia de supervisión, sin pensar siquiera en conflictos ni defensas, ni en esquemas
referenciales, ni en niveles de conocimiento, encontraremos siempre a dos analistas que opinan y sugieren
diferentes comprensiones.

Otro elemento que cabalga entre lo natural y lo resistencial es la inevitable curiosidad del analista por datos
que lo reconecten con el mundo del afuera: mundo del cual transcurre afectivamente excluido durante tantas
horas.

La categoría de "afuera de la sesión" inevitable también, pero catectizada desde la persona real de analista
y no desde su función analítica es la más propicia a la producción del FMS. Incluye un afuera "ajeno" si cabe a la
triangularidad transferencial, pero propio y omnipresente tanto desde la transferencia en lo que hace al paciente
como desde la realidad fáctica que hace al narcisismo del analista. ("yo quiero de eso que tú me muestras, no sólo
porque te lo disputo, sino sencillamente por verlo y recordar que existe").

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Por cierto el analista tiene el mandato de transformar estas curiosidades en algún tipo de insight si bien no
destinado a desembocar en interpretación: un insight perteneciente a su privacidad.

Los parámetros falsasionistas de los que dispone el analista para preveer o certificar los efectos de sus
intervenciones no sólo son escasos como en cualquier ciencia sino que incluyen siempre un factor de
incertidumbre. Este factor es un compañero infaltable y tenebroso y le impone tener ojo alerta. Así, por momentos
buscará elementos fácticos como intento de salvaguarda ante un sector tan plagado por las acechanzas de la
subjetividad. La necesidad de obtener alguna realimentación cognitiva alejada de las vicisitudes del azar se origina
muchas veces en esta búsqueda por recomponer una autoestima siempre en vilo. La curiosidad científica nunca
se manifiesta en forma "pura" sino dialécticamente acoplada a alguna necesidad de certeza.

En cualquier caso, ciertos datos proporcionados por el paciente, actúan como cable a tierra y como frontera
demarcatoria. Ofician de contrapeso frente a las angustias relacionadas con el transitar por el terreno resbaladizo
de las hipótesis tan sólo verosímiles. No hay analista que no dé pues algún crédito al relato manifiesto de su
paciente. En cierto lugar, algo de lo manifiesto, se conservará intacto y ocupa el lugar de conocimiento verdadero.
Podemos comprobar este hecho cuando un analista dice “me lo contó un paciente”oen forma menos manifiesta
muestra saber lo que no es de su incumbencia.

El conjunto de las acechanzas propias del analizar sobreexigen a veces tanto como para impulsar desinterés y
apartamiento de la temática argumental propia de cada analizando, promoviéndose entonces un viraje de los
intereses supuestamente acordados. Como consecuencia el analista es llevado a desinvestir al paciente como
objeto del análisis y pasar a erotizar su anecdótica, es decir materiales que en particular pertenecen a un orden
libidinal o erótico y que lo acerquen a su propia y personal actualidad: he aquí nuevamente el Mundo Superpuesto.

2. Ante la sumatoria de desorganizaciones producidas por el ejercicio de la función de analizar


mediante:

a. Búsqueda de nuevos reaseguros.

El analista se halla en "oferta-disponibilidad objetal" apto para ser tomado por "un otro" o muchos otros
durante cada jornada. Queda así sujeto a la variada apetencia emocional del aparato psíquico de sus pacientes.
Una superposición de estructura intrasubjetiva en la cual se ubica como un objeto interno de su paciente y una
estructura intersubjetiva en la cual es otro, pero otro específico. El analista aprendió más a manejarse dentro de la
estructura intrasubjetiva de su analizado que en ubicarse en una estructura analítica intersubjetiva. Por ese motivo
cuando en tanto otro se siente estimulado a curiosear, lo experimenta desde la culpa.

La condición contratransferencial estimula y motiva el deseo de comprender y de conocer al otro. Pero en su


costado patógeno, crea también un efecto perturbador para la identidad y la autoestima. El analista resulta de esta
manera un actor pasivo de muy diversos libretos sin tener la opción de elegirlos.

El abandono de los propios referentes identificatorios llega a hacer perder vinculación temporaria con
aspectos primarios ligados a los valores que constituyen tanto el yo ideal, (narcisismo primario) como los que
configuran su ideal del yo (narcisismo secundario). El yo del analista queda trastrocado por identificaciones
proyectivas múltiples originadas en los ideales narcisistas de sus pacientes. Y no tiene otros parámetros para
manejarse fuera de la red identificatoria. El vapuleo identificatorio que comporta la sucesión de
contratransferencias concordantes y complementarias, hace surgir la tentación de dejarse deslizar dentro del FMS
como defensa ante esta imposición inconsciente de identificaciones múltiples.

Dichos fenómenos defensivos pueden aparecer engañosamente como algo similar a "compartir" una
transferencia, dado que al analista ni siquiera se le haría necesario hacerla callar "interpretándola"... le bastaría
escuchar el contenido manifiesto con el otro oído: el de su persona cotidiana. Por este camino se ubica fácilmente
en el universo literal y fáctico de su propia singularidad, es decir, la de su yo cotidiano.

A la larga la defensa resulta un falaz espejismo, pues el refugiarse en su propio imaginario durante la sesión
reactiva sus conflictos personales en un tiempo y lugar en que no podrá ni dar cuenta de ellos, ni resolverlos.
Volveremos a mencionar este aspecto al tratar la condición traumática del FMS.

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b. Anhelo de reconocimiento.

La búsqueda de reconocimiento es eterna, insaciable e imposible de satisfacer (Puget J. 1993.) dado que no
existe condición vincular en la cual la identidad de un sujeto le sea reconocida in toto; siempre quedará fuera de
ese vínculo algún aspecto de la misma y ello es otro de los conocimientos imposibles. Ya lo mencionamos cuando
modelizamos esta situación en torno a la fantasía originaria de escena primaria. Por lo mismo subsiste siempre un
anhelo de lograrlo y esta pretensión muchas veces surge fuera de toda posibilidad contextual de ser satisfecha.
Dar un status a ese reclamo, a esa ilusión abre el camino a la comprensión de diversos sufrimientos (Puget J.,
1993). La idea de un sufrimiento proveniente del no ser reconocido en su identidad puede tener su origen solo en
parte y en algunas circunstancias en un componente melancólico de la personalidad, el que se activa en múltiples
circunstancias. En otro orden cabe considerarlo como un anhelo siempre presente, motor de la dinámica vincular.
Proviene de una condición inherente al deseo según el cual el sentirse reconocido se agota rápidamente y debe ser
reconfirmado al infinito. Por lo tanto el analista no escapa a dicho anhelo que puede experimentar como carencia.
Demanda el mismo sostén de la autoestima en cada uno de sus vínculos si bien el método analítico debiera
habilitarlo para paliar este tipo de requerimiento.

Pero el problema es además que el proceso analítico impide alguna de las soluciones corrientes y
convencionales de reconfirmación ya no sólo de la autoestima sino también de la identidad in toto. Por lo tanto
una de las acechanzas inveteradas es que esta necesidad inconsciente trascienda durante el desarrollo de la tarea
analítica. En una palabra el desdibujamiento estimula otra fuente de resistencia ante un método que traba el ser
reconocido.

El reconocimiento que su ecuación narcisista le reclama, lo sensibiliza frente a aquellos materiales que lo
aluden: en consecuencia puede sucumbir bajo el encantamiento de la ilusión del reconocimiento. Entonces se
deslizan dentro de la interpretación interrogaciones que aluden a su persona. También en ciertas circunstancias el
Fenómeno de los Mundos Superpuestos con su característica habilitación hacia lo narcisístico y lo personal, induce
al analista a remediar el malestar desidentificatorio como si tuviera un especial derecho a hacerlo. Y cuando dicho
anhelo es potenciado por una sumatoria de desdenes, seducciones y melancolizaciones contratransferenciales, se
abre una vía de facilitación para los acting-out del analista.

Tal vez puedan explicarse así ciertos acting sexuales o sus equivalentes, en donde se intentaría recuperar una
autoestima perdida mediante el recurso del espejismo edípico que propone el vínculo transferencial. Intento de
recreación delirante por medio de una unión sexual ideal, donde un yo aceptaría totalmente al otro tras la ilusión
de reconocimiento en cuanto objeto único y pleno. El encuentro mítico durará sólo lo que pueda sostener la
combinatoria precaria entre los partícipes de esta fusión.

Los acting del analista modelizados con el acting a forma sexual responden muchas otras veces a búsquedas
de reconocimiento de roles más específicos y primitivos de la mente. Pueden remontarse a infinidad de demandas
ligadas a la historia neurótica del analista, como un ejemplo: demandas relacionadas con identificaciones
maternas desde una madre sacrificada que reclamaría un reconocimiento de sus hijos-pacientes al precio de
abandonar todo sentimiento negativo o ambivalente.

Ciertas búsquedas de reconocimiento tienen el valor de una exigencia testimonial ligada a la ratificación de
aspectos de la identidad profesional: se trataría de un reconocimiento específico de la tarea analítica en cuanto
"oficio". Algo parecido a demandar: "éste es mi Analista”.

Todas estas expectativas llevan a establecer pactos con el narcisismo del paciente, quien pugnará a su vez
por ubicar aspectos idealizados en su analista y crea un diálogo proyectivo con un objeto interno. Mediante dichos
acuerdos se renegociarían seducciones, engaños, hostilidades, etc., en una palabra, todo tipo de intereses del
vínculo. Zona esta de alianzas muy complejas y sutiles entre la suma, resta o potenciación de los compromisos
inconfesables de ambos partícipes.

Dentro de estos cuadros de desborde analítico, desde ya que aquí recortados y magnificados a los fines de su
mostración y estudio, cabe agregar momentos en que el analista puede llegar a arrogarse derechos fantaseosos
que recaen no ya sobre los pacientes, sino que se extienden a sus propios familiares y allegados y aún a su
institución analítica. Entendemos estas conductas como actings a distancia. Reverberaciones de una incompleta
elaboración de la excedida demanda de reconocimiento.

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c. Reforzamiento del sentimiento de pertenencia.

La permanente exposición a los interjuegos contra-transferenciales más arriba descritos, opera también en el
analista como alienante funcional de su sentimiento de pertenencia a un grupo familiar u otro, a su contexto
social, por lo tanto a su vida profesional como a la institución psicoanalítica.

Entendemos por pertenencia un concepto desarrollado por uno de nosotros, (Puget J., 1991) donde se agrega
a la constitución de los componentes identificatorios un paso más, en el cual para ser es necesario pertenecer.
Para ello el conjunto atribuye un lugar y una forma de pertenecer y cada sujeto debe hacer suyo el lugar
atribuyéndose lo que le fue dado. Solo así podrá ocupar un lugar en la estructura familiar y la estructura social e ir
constituyendo su sentimiento de pertenencia. Para ello dispone de los mecanismos que hemos llamado de
atribución de valores. Mediante ellos podrá apropiarse en forma activa el lugar que le ha sido asignado con sus
valores y simultáneamente imprimir a dichos valores sus propias significaciones. Por ejemplo debe hacer suyo
-atribuirse- el lenguaje, las costumbres, las normas, la cultura como para dar significación a su pertenencia. En lo
que hace a su propio nombre que ha sido pensado por su grupo familiar deberá poder apropiárselo para ocupar el
lugar de hijo. Lo mismo sucede en lo que concierne a imprimir su propio sello al lugar que habita. Este paso se
diferencia, sin excluirlo, del recorrido identificatorio según el cual el sujeto construye su identidad sexual dentro del
Edipo.

El sentimiento de pertenencia desde el punto de vista de su construcción en el vínculo analítico tiene, lo


mismo que para el eje del reconocimiento, una cualidad efímera y amenazada de disolución: es imposible ocupar
un lugar fijo definitivamente ya que además éste siempre se construye dentro de un vínculo, dentro de la
intersubjetividad y surge de la alquimia propia a la misma estructura vincular.

El analista se defiende del riesgo de la inestabilidad reforzando con diversos métodos su pertenencia
profesional tanto a su consultorio, es decir a su oficio, como a su estructura socio-institucional.

Si bien es cierto que estas necesidades son propias de toda profesión, las angustias derivadas de lo efímero
así como los métodos para reforzar la pertenencia difieren y son específicas para cada una de ellas.

El accionar analítico promueve una permanentemente contradicción: faculta el ser nombrado como objeto
transferencial y al mismo tiempo prohíbe o dificulta el ser nombrado como personaje real (o cotidiana). Entonces
el ser reforzado en su posición profesional desde los colegas, y muchas veces por el paciente que se transforma
en porta-voz de los colegas, lo confirma como miembro de una dada pertenencia institucional y de su propio
consultorio.

La confirmación de la pertenencia se logra por vías defensivas. Una de ellas lleva a sucumbir a la tentación de
privilegiar la escucha literalizada del vínculo cuando incluye su posicionamiento como profesional. Ello va
acompañado de la proclividad a retornar a la instalación del mundo superpuesto.

d. La Distancia Analítica Reactiva (La ética del desprenderse y del apropiarse de algo)

Se han descrito diferentes técnicas acerca de cómo el analista debe posicionarse frente al paciente,
despojándose de algún tipo de prejuicio o conocimiento previo. Así surgió la figura del analista-espejo, la atención
flotante de Freud, la atención libremente dirigida de Piera Aulagnier, el "sin memoria y sin deseo" de Bion, la
disociación útil, etc.. Todos estos términos dan cuenta de la lucha contra la pérdida de la función analítica y buscan
las mejores medidas de "objetividad" ante el contenido manifiesto.

En general se ha logrado con mayor fortuna fundamentar lo que el analista no debe ser o hacer, más que
lograr precisar cómo debe ser. Un imperativo común a estos variados abordajes es que todos estipularían cómo
desprenderse de alguna porción funcionante de la mente que aparece perturbadora para la tarea. Esta renuncia es
una precondición para soslayar el contenido manifiesto, peldaño obligado para acceder a lo que constituye "el
verdadero" material analítico, es decir el inconsciente en su contenido latente.

Sin embargo este desideratum en los hechos no es tan simple; observamos a diario cómo todo analista, antes
durante y después de las sesiones, continúa con la cabeza llena de relatos, frases y datos proporcionados por sus
pacientes. También comprobamos cómo inadvertidamente, en circunstancias sociales por ejemplo, dichos
materiales resurgen como "primicias" especiales, a veces rodeadas de un hálito de misterio cuya fuente no es
posible mencionar. A su vez la audiencia en un pacto tácito, ni necesita indagar sobre las fuentes de tales datos. Es
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que la contundencia de estas recomendaciones colisionan contra la inescapabilidad del fenómeno de la pervivencia
del material. El aislarlo en nuestras mentes mediante una cargazón superyoica parece no bastar para hacerlo
desaparecer.

Cuando escribimos por primera vez acerca de este tema habíamos aludido a este tipo de comentarios como
acting-out residual del analista del fin de semana, entendiéndolos como efecto de aspectos enquistados de las
sesiones que luego invaden la mente.

Pero dado que en tantos años y desde distintos marcos referenciales y latitudes constatamos la permanencia
en la mente del analista de la anecdótica del paciente, porqué no aceptar que nos hallamos ante fenómenos
inevitables? Porqué catalogar el hecho sólo por sus cualidades supuestamente negativas?... ya es hora de darle un
status teórico.

Todo lo dicho aquí nos lleva a reconocer en lo inevitable un aspecto "natural" y legalizar la presencia de
aquellos elementos del contenido manifiesto que quedan alojados en la mente del analista. En tal sentido
mediante procesos de elaboración adecuada, los conocimientos, datos y sentimientos proporcionados por el
paciente han de transformarse en una fuente adicional de enriquecimiento cognitivo para el analista. Una
"plusvalía" cualitativamente distinta de la que de por sí proporciona el enriquecimiento científico y humanístico del
ejercicio mental del psicoanalizar.

Entendemos por elaboración adecuada, la posibilidad de lograr que dichos elementos, en tanto
provenientes del Fenómeno del Mundo Superpuesto, no pasen a incorporarse directamente a la realidad
psíquica del analista como producciones del inconsciente, ni a la realidad fáctica y directa del material analítico. En
cada sesión el analista verá cómo oír y cómo posicionarse técnicamente frente a lo manifiesto del paciente y a su
respuesta emocional.

El destino ulterior y privado de todo lo oído y entendido durante la sesión de alguna manera debiera poder
pasar a alojarse en un área cognitiva de la mente no sólo susceptible de los pasos de falsificación/verificación de
todo conocimiento intelectual y/o emocional sino también de su apropiado manejo ético ulterior. Por cognitivo
entendemos aquí que el analista tiene acceso a un espectro amplio de situaciones de la vida diaria a través de esta
ventana al mundo. Pero desde ya sólo se trata de un conocimiento limitado que no lo hace experto, sino tan sólo
“enterado”.

El considerar positivamente lo que hemos llamado inevitable comporta otra forma de entender y aceptar el
Fenómeno del Mundo Superpuesto: ya no se trata sólo de un trastorno funcional propio del narcisismo, sino de
una fuente también inevitable de un tipo de información. En una palabra se trata de dar un marco teórico dentro
del cual entender qué hacer con el "residuo" del material. Tratarlo como escoria o como metal?..

Lo Traumático del Mundo Superpuesto

En el comienzo de este trabajo hemos aludido a otro componente paradigmático del FMS: su condición
traumática. Para emplear este concepto nos apoyamos básicamente en la conceptualización freudiana (Freud S.,
1920) en donde la situación traumática es entendida como un trastorno narcisístico de la economía mental ligado a
la compulsión a la repetición. Insistiremos en el aspecto cualitativo dejando de lado el aspecto cuantitativo allí
mencionado. La condición traumática opera en el aparato mental cuando la sorpresa con que sobreviene un
estímulo exógeno hace imposible gobernar funcionalmente el acontecimiento psíquico y produce un tipo de
desorganización azarosa. De alguna manera situación traumática y acontecimiento se oponen. La situación
traumática altera empobreciendo momentáneamente, el acontecimiento altera e introduce lo novedoso.

Tal el caso del analista que recibe en el consultorio datos o elementos que lo impactan en su privacidad
promoviéndole la inversión involuntaria de la dirección libidinal del polo de su atención. Ello da origen a una micro
desorganización brusca y eventualmente sostenida del orden vincular terapéutico, amén de un instantáneo
conflicto ético de lealtades. A su vez la brusca pérdida es promotora de ansiedades catastróficas prototípicas, al
estilo de lo que uno de nosotros llamó "sufrimiento analítico". (Wender L., 1988)

Dichas ansiedades surgen al perder temporariamente el gobierno de la situación o al no estar preparados


para las angustias propias de la intersubjetividad. Ya no se pueden tomar aquellas decisiones psicoanalíticas que
en condiciones regulares transforman la comprensión en interpretación. El analista olvida a su paciente y con ello,

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al mismo tiempo, "olvida" su compromiso vocacional: aquello que lo lleva a brindar comprensión, cuidado. Son
pues momentos de pérdida de la identidad analítica.

La pérdida de memoria funcional es sustituida por una suerte de hipermemoria de lo personal. Decimos
eufemísticamente hipermemoria, para aludir a los momentos inescapables de inversión de las prioridades
acordadas en el vínculo analítico en donde lo personal y privado impone ser recordado como un presente.

El trastorno finalmente termina despertando culpa y ansiedades de diverso orden y calidad. Estas distonías
afectivas actúan como primeros indicadores de disfuncionalidad. Es entonces donde comienza, para el analista su
chance de procesar de nuevo la situación creada y de remontar el camino inverso.

A manera de recapitulación:

La producción del fenómeno y el recuperarse elaborativamente del mismo son del resorte exclusivo del
analista quien se encuentra psicológicamente sólo frente a su trastorno. El paciente, como hemos señalado,
ubicará la percepción de lo que ocurre en su analista dentro del registro transferencial, tendiendo a interpretarlo
como una supuesta reacción contratransferencial: una trampa narcisista que se duplicará simétricamente. El
analizando siempre preferirá ser parte de la disfunción del analista que encontrarse excluido de su mente. Ello se
constituye en un entrampamiento que por momentos impide a ambos toda posibilidad de alianza de trabajo, dado
que por definición, la situación terapéutica vincular se halla suspendida.

Cuando la experiencia queda temporariamente sellada el analista proporciona una seudo-interpretación


tendiente a ubicar lo que le acontece como una expresión más del conflicto transferencial-contratransferencial.

La recuperación de la función comienza cuando el analista logra discriminarse de las dos historias que se le
habían sumado superponiéndose.

Será necesario hacer consciente qué elementos traumáticos de su actualidad lo remitieron a su propia historia
neurótica. Esta es la que le impide disponer de su identidad específica para producir la historización del contexto
del aquí ahora de la situación analítica en función de poder crear o resignificar una nueva historia compartida con
un nuevo otro. (Baranger, M., Baranger W., Mom J., 1987)

Quizá el eterno problema de la distancia analítica óptima pueda ser entendido ahora como la permanente
búsqueda del reposicionamiento del analista, quien desde un lugar defensivo del narcificado Mundo Superpuesto,
debe hallar su camino de reingreso al Mundo Común/compartido, en otras palabras, vincular.

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Resumen

La observación de un estado mental particular y frecuente producido en el analista cuando ciertos comentarios del
paciente lo remiten a su anecdotario diario nos llevó a crear el concepto de Fenómeno del Mundo Superpuesto
como entidad teórica psicoanalítica. Con ello nos ocupamos de diversas dificultades para la comprensión del
material que pueden llevar tanto a un retraimiento narcisista ligado a una microsituación traumática como a
diversos tipos de actuación. Postulamos que ello es inherente a todo análisis y que forma parte de la conflictiva de
la intersubjetividad. El deseo de ser reconocido, la necesidad de pertenecer, la imposibilidad de implementar la
llamada disociación útil en todo su alcance son algunos de los parámetros analizados en este trabajo.

Resumé

L’observation d’un état mental particulier de l’analyste qui se produit avec une certaine fréquence quand quelques
commentaires de son analysand le renvoient à sa vie de tous les jours nous a amené à créer le concept du
Phénomène du Monde Superposé en tant qu’entité psychoanalytique. C’est ainsi que nous nous occupons de
diverses difficultés dans la compréhension du matériel qui sont de l’ordre du retrait narcissique en relation à une
microsituation traumatique ainsi qu’à divers agis. Nous soutenons l’idée que ceci est inhérent à toute analyse et
forma partie des conflits de l’intersubjectivité. Le désir d’être reconnu, le besoin d’appartenir, l’impossible
dissociation utile dans toute son ampleur sont quelques paramètres que nous avons analysé.
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