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El lazarillo de Tormes: análisis temático

Hugo Colmenero Estrada

Esta obra, de autor anónimo, correspondiente al Siglo de Oro Español y por su


género a la llamada literatura Picaresca, aborda algunos tema que vale la pena
analizar.

Antes de comenzar este breve estudio temático, cabe mencionar que El Lazarillo de
Tormes está conformada por siete capítulos, de no muy larga extensión, por lo que
se presenta como una lectura fácil y amena, en cuanto a la forma se refiere, aunque
tal vez no lo mismo podría decirse de la complejidad de los temas que aborda.

En el primer capítulo se presenta al Lazarillo, el entorno y la familia de donde


proviene, así como la alcurnia y condición social a la que pertenece. En realidad,
esta presentación es una analogía a manera de sátira de la novela caballeresca,
predominante en la literatura de la Edad Media.

En las estructuras o cánones de la novela de caballería anterior al Siglo de Oro, se


pretende exaltar algunos valores preeminentemente marcados por una moral
religiosa y aristocrática. Es de cierto modo una forma de adoctrinamiento moral. Las
características del héroe son arquetípicas, desde su nombre, que debe incluir el
nombre de la provincia o lugar de origen, para dar a entender que hay que servir y
honrar a la patria: Amadís de Gaula, Belianís de Grecia, etc.; hasta sus más
portentosas hazañas y peripecias.

El Lazarillo, por el contrario, desvirtúa los valores que los caballeros tienen como
máximas morales; imitando la misma estructura, pero revirtiendo el contenido, da
como resultado una parodia, una sátira de la solemnidad caballeresca. Por supuesto
que no es la burla por la burla misma, sino que es la vía por la cual el autor realiza
su crítica al modelo del caballero, tan alejado de la realidad. De allí la parodia:
Lazarillo de Tormes, de familia pobre y linaje desconocido.

Recordemos que durante el Renacimiento las tendencias estéticas se situaban en lo


sublime, la idealización de las cosas: el héroe es incorruptible, la sociedad debe ser
educada en base a un sistema moral determinado sobre todo por la moral religiosa,
el honor, la gloria y otros valores se vuelven primordiales, guía del caballero modelo.

Sin embargo, en el Lazarillo vemos que la realidad, (generalmente desfavorable


para la mayoría de la gente de la época, por el hambre y la miseria) no se puede
afrontar bajo el mando de esos valores, idílicos y poco prácticos para los problemas
cotidianos. En cambio, se sugieren otras actitudes, no como modelos a seguir, sino
como muestra de que ante circunstancias adversas en la vida el hombre fácilmente
trastorna sus ideales, sus costumbres y su nobleza, no siendo necesariamente
siempre que ello signifique deshonra, indignidad o maldad. Por eso, cuando nos
refiere sus aventuras al lado del ciego mendigante, vemos que procede algunas
veces el Lazarillo de manera cruel y ruin, pero no menos por la necesidad de pan
que por maldad.

En el segundo capítulo, referente al clérigo y el Lazarillo como su sirviente, vemos


que incluso la figura del cura, de la que se esperaría cierto virtuosismo y
honorabilidad, está en contradicción con los cánones morales que lo revisten
generalmente de generosidad, bondad, misericordia. Es en este punto quizá donde
se realiza la crítica más directa hacia una realidad tajante: la iglesia como órgano
opresor y controlador. Con el humor que merece siempre una crítica, se ridiculiza la
figura del clérigo al describirlo como gordo, holgazán y avaro, además de hacer ver
una inminente hipocresía entre lo que predica y lo que obra.

En pasajes como cuando el Lazarillo se las ingenia para robar pan, haciendo un
agujero al fondo del morral y tomar pequeños trozos de panes diferentes cada día
para hacer creer que es algún roedor el causante de tal hurto, muestra que el
ingenio para cubrir una necesidad humana básica, poco puede ser juzgado en
términos de bien o mal, y que difícilmente pueda haber justicia recta en ley divina
aplicable a casos como éste, pues al contrario de la novela caballeresca, en la que
los principios no se ponen en duda, y la virtud del caballero consiste en el cabal
cumplimiento de la ley y principios establecidos, el Lazarillo no repara en cuestiones
morales, pues su hambre exime de toda ley.

En el siguiente capítulo, que trata de la allegada del Lazarillo con el escudero,


vemos que la actitud se torna completamente distinta, acaso por las circunstancias
en que vivía el infame escudero en quiebra y sin gloria.
Llega pues Lazarillo a un camino donde se cruza con un caballero andante, y éste
con una soberbia dignidad y presunción, propone que el lazarillo le sirva. Ante tanta
elegancia, no podía el de Tormes menos que aceptar, pensando ya que dicho
caballero le pagaría como se debe a vasallo de próspero amo. El desengaño viene
pronto, cuando se da cuenta que el escudero no tiene más que su galana apariencia
y nada de oro con que pagarle.

La decadencia de los mitos caballerescos se intuye o al menos se sugiere en este


capítulo, pues el escudero representa anuncia la ausencia de caballeros, tanto que
él no tiene a quien seguir. El escudero, durante la edad media, era un aspirante a
caballero asignado a uno consagrado para que, obteniendo los méritos suficientes,
pudiera luego tomar los votos de caballero. Su figura, y al parecer, es el cascarón de
lo que fue la más grande gloria y honor, pero que ahora no tiene cabida en el mundo
y tampoco con que llenar su vacía figura.

En cuanto a la actitud del lazarillo, decía, se torna distinta: compadece, auxilia y


hasta supera al escudero en su capacidad para sobrellevar la vida. Quizá ésta
actitud sea mas sincera, moralizante y noble que las artificiales costumbres y
valores impuestos por la tradición caballeresca.

Después del escudero, viene de nuevo la figura religiosa: un fraile de poca


devoción, del que simplemente se nos refiere que era más afecto a los negocios
seculares y la vida pública que a al coro y al recato de la vida monástica.

Ya en el capítulo sexto, nos habla de su arrimo a un buldero, de quien nos da


cuenta de sus mañas y sus más pícaras estrategias de las cuales sacar provecho.
Esta actitud del buldero es típica de la novela picaresca, pone de relieve toda la
inmundicia moral que caracteriza a los personajes de este rubro. De ellos, Lazarillo
ha aprendido sus mañas, sus valores, a distinguir la tenue línea que separa lo
moralmente correcto de lo que no.

Termina esta novela con un sosegado desenlace, en el que Lazarillo encuentra por
fin la estabilidad económica, se casa con una mujer y parece que su vida de miseria
termina. Es curioso que al final no haya un hecho portentoso, sino que sea todo
calma y con feliz arreglo. Pero aun así, nos pone el lazarillo una última prueba, que
es lo que podamos reflexionar sobre las condiciones de su actual estabilidad: tiene
dinero, y a su esposa, a quien consiguió por negoció y grato acuerdo con su
vendedor, y aun más, es deshonrada mujer, pues tiene tres hijos, y no es de un sólo
hombre. A nuestro caballero lazarillo eso no le importa y antes bien jura dar muerte
a quien se atreva ofender a su mujer y a criticarlo por el indecoroso matrimonio en el
que se encuentra.

Las últimas palabras que recita el Lazarillo: “Mira: si sois amigo, no me digáis cosa
con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar; mayormente si
me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo mas quiero, y
la amo más que a mí. Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo
merezco; que yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como
vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con
él.” Están, a mi juicio en un tono de gran valor moralizante, pues quien ha sufrido y
padecido tanto, al final se ve dignificado, y su riqueza y su esposa son tan
honorables y dignos, honra y dignidad no obtenida por los medios utópicos y
artificiales del caballero, sino por una voluntad humana sincera y concreta, que
rescata lo loable de un personaje forjado desde lo más bajo de la sociedad,
identificable con el hombre común.