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Indice
Staff Capítulo 15
Sinopsis Capítulo 16
Prólogo Capítulo 17
Capítulo 1 Capítulo 18
Capítulo 2 Capítulo 19
Capítulo 3 Capítulo 20
Capítulo 4 Capítulo 21
Capítulo 5 Capítulo 22
Capítulo 6 Capítulo 23
Capítulo 7 Capítulo 24
Capítulo 8 Capítulo 25
Capítulo 9 Capítulo 26
Capítulo 10 Capítulo 27
Capítulo 11 Capítulo 28
Capítulo 12 Epílogo
Capítulo 13 Sobre la Autora
Capítulo 14 Créditos
Staff
Moderadora de Traducción

Malu_12

Traductoras

Malu_12 marijf22 Nelshia

Aletti M M placeres Lady Gwen PrisAlvS

electra Viqijb

Moderadoras de Corrección

*elis* Celemg

Correctoras

mayelie marta_rg24 Lis

Liraz GrizeldaDC zuliwy

*elis* Malu_12 Pily

PrisAlvS

Revisión Final

PrisAlvS

Diseño

PrisAlvS
Sinopsis
*Nota de la autora: Esta no es una historia común de
romance. Algunas personas matarían por amor.*

Él ha venido a matarme.

Usó y abusó de mi propio cuerpo. En mi hora más oscura vendí mi alma


al diablo y ahora debo pagar el precio. Con su pistola en mi cabeza no
tengo más remedio que escuchar y obedecer, pero me niego a rendirme
fácilmente. Nada es más fuerte que la voluntad de sobrevivir. Mis instintos
se pusieron a plena marcha en el segundo en que entró en mi habitación
de motel.

Excepto que cuando lo miro, veo a mi propio corazón mirando hacia


mí. Una historia manchada por la sangre.

No sé su nombre, pero sé que él me quiere. Para salvarme a mí misma


voy a sacrificar mi cordura. Mi cuerpo. Mi alma. Algo me dice que la
cicatriz en forma de X que marca su ojo es la única salida que tengo. Él es
el señor X: el hombre que viene a reclamar mi vida. ¿Podré salvarme a mí
misma antes de que exija mi corazón?
"El castigo es la justicia de los
injustos."
—San Agustín

Prologo
Jay

Jueves, 15 de agosto, 2013. 22:30

La vida no es continua. Cada camino que tomamos la termina o la


prolonga. Millones y millones de caminos se encuentran frente a nosotros
y elegimos solo uno. Cada paso que damos significa cortar un camino
posible. Uno por uno, todos desaparecen. Lo elegido no se puede cambiar.
La aceptación de las consecuencias es una necesidad, pero es imposible
para la mayoría, incluyéndome.

La vida es una serie de eventos, cada uno lleva a otro. Un hombre. Una
elección. Un arma mortal. Todo ello se suma a este momento. La pistola de
este hombre que está apuntando a mi cabeza. El arma que podría acabar
con mi vida en un instante.

Este hombre quiere matarme, y yo no sé por qué.

Para sobrevivir tengo que pasar esta prueba. Tengo que averiguar qué
historia esconde detrás de su cicatriz. Creo que es mi única salida. Mi vida
podría terminar en cualquier momento, pero no voy a permitirlo. Voy a
luchar hasta el final. Sea cual sea el camino que elija, voy a sobrevivir.
X

Martes, 13 de agosto, 2013. 02:00.

Él era inocente. O al menos eso dijo.

Las marcas de arañazos en su cara cuentan una historia completamente


diferente. No solo es mentira, además es enorme. Por suerte sé
exactamente lo que hay que hacer con los mentirosos.

Girando el cuchillo en mi mano, doy un paso hacia adelante. Gotas caen


por su frente hacia su cara, haciendo que su cabello se le quede adherido.
Gime contra el paño mojado en su boca, ahogándose en sus palabras. Mi
ojo lo recorre lentamente de arriba abajo mientras toco la punta afilada del
cuchillo suavemente contra mi dedo, creando una capa de sangre. Su
manzana de Adán se mueve hacia arriba y hacia abajo en su garganta
mientras traga visiblemente ante la vista de mi juguete.

Sí, juguete.

Tengo muchos, no todos ellos igualmente dolorosos, pero algunos un


poco más divertidos que otros. Especialmente el destornillador, que es uno
de mis favoritos.

Pero, por desgracia, este es un trabajo urgente y esta navaja suiza es la


única cosa que tengo conmigo.

Mi víctima toma una respiración profunda mientras mi ojo lo examina,


el miedo instalándose en sus ojos. Es impresionante. Me encanta esa
mirada, esos labios rogando, esas palmas sudorosas crispándose y
teniendo espasmos en su intento de liberarse. Me emociona verlos
impotentes, saber que puedo hacer cualquier cosa que desee. Saber que
pueden verlo venir, todas las cosas que voy a hacer con ellos.

El horror que llena sus venas cuando se dan cuenta de que su muerte
no será rápida sino una dolorosa agonía.

Se forma una sonrisa en mi cara mientras mi ojo se estrecha y saborea


el momento. Cada paso que doy le hace retorcerse más, pero él y yo
sabemos que no va a ninguna parte. El nudo que até es irrompible. La
sangre tiñe las fibras de la cuerda mientras se retuerce en su asiento
tratando de escapar de su destino inminente. Me hace reír.

Inocente. Claro. No hay tal cosa como la inocencia. No en este mundo.

Bajo el cuchillo y dibujo una línea desde su mano hasta su brazo. Gime
contra la tela, moviendo la cabeza, pronunciando palabras de nuevo.

—Ahora, sabes que no te lo pondré más fácil si sigues retorciéndote así


—le digo.

Presiono sobre el cuchillo, deslizándolo hasta su hombro, extrayendo


sangre. Grita, sacudiéndose efusivamente mientras creo unas líneas
agradables a través de su hombro. Cada golpe crea un poco más, hasta
que su carne está rasgada y la sangre se derrama. Sus gritos se vuelven
más y más fuertes, lo que solo me da ganas de continuar. Me encanta
escuchar ese sonido. Me encantan los gritos de agonía mientras los corto.

—¡Pawa! ¡Pawa! ¡Pow fawor! —Oigo rogar a través de la tela.

—Sabes que no puedo hacer eso —murmuro.

—¡Pawaré la deuda! ¡Lo juro!

¿Pagar? ¿Quiere pagar?


Levanto una ceja y me inclino sobre él para mirarlo a los ojos.

—¿Pagar? ¿Crees que esto es cuestión de dinero?

—¡Te dawé lo que swea!

Me río.

—¿Así que realmente no sabes de qué se trata? Y yo que pensaba que


estabas mintiendo.

—Pow fawow, dime, puewo awegawlo.

—Nop. Demasiado tarde para eso. —Corto otra línea desde su hombro
hasta el otro lado y sonrío cuando veo la mancha en sus pantalones. Pobre
hombre, se orinó en los pantalones. No le puedo culpar. En realidad, sí
puedo. Gotea en la silla y ensucia mi lugar favorito para matar.

—Triste. Muy triste, ¿sabes? —le digo—. Te cabreaste a ti mismo.

Gime de nuevo.

Con el ceño fruncido, doy la vuelta al cuchillo y lo limpio en sus


pantalones.

—Oh, ¿qué voy a hacer contigo?

—Déjame ir, pow fawor, te lo juwo, no se lo diwé a nadie.

—Hmm… pareces estar bajo la impresión de que esto es algo que se


pueda resolver. —Me inclino hacia delante y agarro su brazo derecho,
donde está la herida. Se mueve en la silla por el dolor—. Lamentablemente
para ti, ese no es el caso. —Entorno el ojo—. Es muy lamentable que no
puedas recordar, porque eso me obliga a decirlo. Mira, no me gusta
cuando mis víctimas no saben lo que hicieron antes de que les corte la
cara. Necesitan saber lo que hicieron mal para que lo vean venir. Es
necesario que haya algún tipo de moralidad, ¿sabes? Algún tipo de
retribución.

Sonrío y luego presiono mi dedo en la herida, hundiéndolo en su carne.

Chilla y se muerde la lengua, la sangre mana de su boca.

—Ahora escucha, jodido pedazo de mierda, ¿te acuerdas de aquella


noche hace unos meses, cuando fuiste a un parque infantil? ¿Recuerdas a
la niña con el vestido azul? ¿Recuerdas el cloroformo en tu bolsillo?

Sus ojos se amplían. Mierda. Es tan jodidamente impresionante cuando


se dan cuenta de por qué están aquí. Es como un pequeño trozo de Dios
cayendo en mis manos. Me impulsa, me pone en marcha, alimenta mi
alma.

Si tuviera una.

Me rio, sacudiendo la cabeza al mirar hacia abajo a su entrepierna.


Gotas atraen mi atención. Este maldito tarado se meó encima otra vez.

Así que decido darle una patada en los huevos.

Hace un sonido de oompf y se pone completamente rojo mientras


gorgotea a través de la tela.

Se lo merece. Aunque solo sea por hacer un desastre en mi propiedad.

No, borra eso, por poner sus manos sobre esa niña. Pendejos como él no
merecen existir.

—Sí, lo sé todo acerca de lo que hiciste, lo cual es lamentable para ti. Lo


sé todo. Ese es mi trabajo. Es una lástima para ti que su familia fuera rica.
Y una suerte para mí porque me pagan bien.
Levanto el cuchillo de nuevo, justo en frente de su cara, mostrándole lo
que le está reservado. Se sacude en su lugar con los ojos llenos de
lágrimas.

—Aww… ¿vas a llorar ahora? ¿Y qué con esa pobre niña? ¿Escuchabas
sus gritos también mientras la sodomizabas? —Aunque no la conocía, el
solo pensamiento de que cualquier persona le hiciera esa mierda a una
niña me enoja. Puede ser que sea un hijo de puta, pero no soy un
bastardo. Nadie puede usar a los niños. Sé de primera mano lo que puede
hacerles eso a ellos.

Furia me asedia, y la dejo guiarme. Con pasión ardiente levanto el


cuchillo y lo clavo directo en su otra mano.

Grita tan fuerte que mis oídos se tapan. El ruido hace eco en esta
enorme sala, pero nadie le escuchará aquí excepto yo.

Sus dedos tienen espasmos, pero no le doy tiempo para descansar.


Quitándole el cuchillo, me lleva dos golpes crear mi firma en su ojo.

Marcado de por vida.

No es que vaya a durar mucho tiempo.

Mientras mi víctima chilla y tironea en su silla, desesperado por


soltarse, me alejo y admiro mi obra de arte antes de que agarrar el bidón y
mojarlo en gasolina. Lanzo la lata lejos y agarro un cigarrillo. No hay nada
como un cigarrillo después de una buena mutilación.

Lo veo retorcerse mientras pesco el encendedor de mi bolsillo y enciendo


el cigarrillo. Ni un segundo después de mi primera calada lanzo el
encendedor y le prendo fuego.

La X que marca su rostro quema más brillante que cualquiera de las


anteriores que he hecho.
Es una bonita pieza de trabajo.
“Soy buena, pero no un ángel. Hago
el pecado, pero no soy el diablo.”
—Marilyn Monroe

Capitulo 1
Jay

Jueves, 15 de agosto, 2013 22:00

Muéstrame el dinero, cariño. Es todo por lo que vivo. Todo por lo que
moriría.

Bueno, quizás no moriría, pero seguro que haría cualquier cosa por él.

Mi cuerpo se mueve junto con la música mientras lamo mis labios como
la puta que pretendo ser. El hombre detrás de mí está mirando mi culo y le
doy otra razón para seguir haciendo precisamente eso. Inclinándome, le
guiño un ojo mientras le doy un verdadero espectáculo. Su mandíbula
caída dice que le gusta lo que ve. Como a la mayoría de los hombres. Sé
exactamente cómo dárselos, cómo empujar sus botones y cómo hacer que
gasten más dinero en mí. Por supuesto, de eso es de lo que trata todo esto.

Me pueden llamar lo que quieran: puta, zorra, estríper, rubia tonta,


perra. Me importa una mierda. Sus opiniones no dicen ni mierda acerca de
mí y estoy ganando todo el dinero que necesito para mantenerme. Creo
que lo estoy haciendo bien para una joven de veintitrés años. Gano más
dinero que cualquier otra chica de mi edad. Además, me encanta la
atención. Están sobre mí como abejas sobre la miel, y me encanta la
emoción de ello.

Las luces intermitentes de la sala de terciopelo rojo me dejan en trance


mientras bailo la sensual música. Muevo mis caderas hacia atrás y hacia
adelante, mostrando al público mis mejores movimientos. Estoy drogada
como la mierda, lo cual solo suma a la sensación de no dar una mierda y
simplemente disfrutar del viaje. Sinceramente, no me importa una mierda,
que es exactamente lo que me hacen las drogas. No hay ni una
preocupación en el mundo y puedo solo seguir haciendo lo que estoy
haciendo.

Me muerdo el labio y empujo mis pechos hacia adelante. Abrazando el


caño, lamo y arrastro mi lengua arriba y abajo. Sé que están imaginando
que es su polla, puedo verlo en sus ojos. Todo. El. Tiempo. Hay un bulto
en sus pantalones y está volviéndose más y más grande. Si sigo haciendo
esto podría incluso ser capaz de llevarlo de vuelta a mi habitación de hotel.
Dos pájaros de un tiro.

Gruñendo, se empuja fuera de su silla y se lanza hacia delante al


escenario, envolviendo sus manos alrededor de mi cintura. Un grito escapa
de mi boca, pero es más de sorpresa que de miedo. El director sale de la
parte posterior con el ceño fruncido, apuntando con su dedo al tipo que
me agarra.

—Quítale las manos de encima.

—Está bien, Don, me lo llevaré.

Me mira de reojo.

—¿Estás segura de eso, Jay? No ha sido nada más que problemas.

—Puedo manejarlo.
El tipo me pone en el suelo y me giro en sus brazos.

—Te deseo.

—Bueno, puedes tenerme, nene, siempre y cuando sigas pagando.

—Oh, voy a pagar bien —gime. Mordiéndose los labios, sus manos se
derivan a mi culo y aprietan.

Arranco sus dedos uno por uno y guiño.

—Ahora, ahora, lleguemos a la habitación primero.

—Te he esperado varios minutos.

—Puedes esperar otros cinco minutos —le digo, y me doy la vuelta—.


Don, volveré en treinta, ¿de acuerdo?

—Que sea un rapidito.

Levanto mi pulgar y agarro la mano de mi cliente.

—Vamos, vaquero.

Camino a la salida y me pongo uno de los abrigos largos que cuelgan en


el perchero para ocasiones como estas, en las que nosotras, las chicas,
tenemos que salir a la calle todavía en nuestros trajes.

—Así que, ¿cuál es tu nombre? —pregunto.

—Billy.

Entorno los ojos y le doy mi sonrisa descarada.

—¡Demonios, Billy! Supongo que lo entonces haré con un vaquero de


verdad hoy.

—Puedes hacerlo conmigo todo el día si quieres —dice en voz baja.

—Apuesto a que te gustaría. Hmm… pero ya sabes lo que ofrezco.


Me guiña un ojo.

—Sí, lo sé, señora.

—Una chupada o una sacudida, eso es todo lo que recibirás, ¿de


acuerdo?

—Bien por mí.

Sonríe y me permite sacarlo del club. Mi habitación de motel está a solo


unas pocas cuadras de distancia, lo cual no es una coincidencia en
absoluto. Sabía cuando empecé a trabajar para Don que sería más
complicado que simplemente bailar desnuda. Simplemente porque es ilegal
aquí en Waco, no significa que no suceda. Y no es como si me entregara a
cualquier tipo al azar o algo así; solo se las chupo, nada más. Es una
forma barata de ganar algo de dinero extra. Si tengo suerte, él se viene a la
primera. Y yo sé cómo chuparlos hasta dejarlos secos, financieramente y
de sus jugos.

Detengo un taxi en la calle y nos subo dentro. Billy intenta acariciarme


en el coche, pero yo empujo lejos su mano cada vez que lo intenta. El
hecho de que me podía tocar en el club no significa que puede hacerlo en
cualquier lugar que quiera. Quiero ver un poco de dinero en primer lugar.

Cuando finalmente llegamos a The Town House Motel voy a mi


habitación número siete por costumbre y me aseguro de que nadie nos vea
antes de cerrar la puerta. El propietario sabe que hacemos esto, pero hace
la vista gorda a todo. Ignora los ruidos extraños. Mientras paguemos por la
habitación y la limpiemos antes de irnos, todo está bien. Supongo que es
una especie de acuerdo beneficioso que ha de haber hecho con Two
Minnies, el club donde trabajo. Sea lo que sea, estoy bien y definitivamente
no pasaré de una oferta de ganar algo de dinero extra.
Es la única forma de alimentar mi adicción y dejar todas las riendas
sueltas.

Cierro la puerta desde el interior y meto la llave entre mis pechos. Billy
está respirando en mi cuello, sus manos en mi cintura, moviéndose
lentamente hacia mi culo. Frunzo el ceño y me doy vuelta, tirando de mi
ropa.

—No toques.

—¿Qué? —dice, levantando una de sus cejas.

—Primero paga. Cincuenta por solo una sacudida, cien por una
mamada.

Se ríe y me empuja más cerca, sus manos ásperas y fuertes, sujetando


alrededor de mi espalda. Inquebrantable. Aterrador.

—No, cariño, quiero follarte —dice, sonriendo. Sus manos se derivan a


mi culo y aprietan un poco. Se inclina y trata de darme un beso, pero lo
empujo hacia atrás.

—No, solo hago mamadas y pajas, eso es todo. Te lo dije y estuviste de


acuerdo. Ahora paga o vete.

Gruñe, su sonrisa me asusta demasiado. Esto no es bueno. Totalmente


no es bueno.

Normalmente soy muy capaz de leer a los clientes, así que no entiendo
por qué metí tanto la pata con este. Hay algo en él que me hizo pensar que
podía hacer esto y confiar en él, pero ahora… no… esto está mal.

—Vamos, muñeca. —Empuja su polla contra mis muslos, apretándome


cerca, pero lo empujo. La expresión de su cara cambia de calentura
extrema a ira.
—Ve. Te. —Entorno los ojos y saco la llave de nuevo. Mientras trato de
abrir la puerta viene como una tormenta hacia mí.

—Jódete. Pagué antes, ¡ahora dame lo que quiero! —Agarra mi brazo y


me tironea lejos de la puerta. La llave cae al suelo. Y grito mientras me
agarra los brazos y me gira hacia la cama. Pateando hacia atrás, peleo por
salir, pero es demasiado fuerte para mí. Echo la cabeza hacia atrás, dando
un cabezazo contra su frente. Gruñe y da un paso atrás, lo que me da
espacio para escapar. Lanzo mi peso sobre él, empujándolo a un lado para
poder correr hacia la puerta. Mierda. Mierda. ¡Mierda! Tengo que salir de
aquí.

Pesco la llave del piso y voy a tientas con ella, mis manos temblando
mientras trato de atascarla en el interior.

—Vamos, vamos, ¡vamos pedazo de mierda!

—¡Eres una puta! —grita, y le oigo pisotear hacia mí. Oh, mierda.

Tiene las manos alrededor de mi cintura, tirándome hacia la cama


mientras rasguño y clavo las uñas tan fuerte como puedo. Su sangre está
en mis uñas, pero sigue adelante. Nos gira a ambos, torciendo mi tobillo
mientras me lanza sobre la cama. Se arroja sobre mí, sujetándome ambos
brazos contra la cama mientras se baja sus pantalones.

—¡Suéltame! —grito, pateando por debajo de él.

Presiona su brazo contra mi garganta, ahogándome.

—Cierra la boca, puta.

Empuja con tanta fuerza que apenas puedo respirar. Con náuseas,
vuelvo la cabeza y lo muerdo tan duro como puedo. Eso solo lo hace más
decidido a tomarme en contra de mi voluntad. Una mano rasga mi ropa
interior. Extiende mis piernas con su cuerpo pesado y siento su polla
contra mis muslos. No, no, no, esto no está sucediendo. ¡No lo permitiré!

Reúno todas mis fuerzas y golpeo sus pelotas con mi rodilla. Toma una
respiración fuerte y se tambalea, dándome tiempo suficiente para empujar
su brazo fuera de mi garganta para poder respirar. Lo pateo de nuevo, y
cae hacia un lado, agarrando sus bolas con las dos manos mientras da
vueltas en mi cama.

—¡Maldito bastardo! —Le doy un puñetazo en el vientre.

El sonido que sale de su boca es solo un pequeño consuelo para lo que


trató de hacerme.

Me vuelvo rápidamente y de un tirón abro el cajón de la mesita de


noche, pescando la pistola que guardo para momentos como estos. Un clic
y está cargada, lista para disparar.

—¡Lárgate de aquí! —le digo, tropezando con la cama, señalando la


puerta. Con un rápido movimiento subo mi ropa interior de nuevo, porque
no quiero a ese maldito bastardo mirándome. Le apunto con la pistola,
pero mis manos están temblando. Soy débil. Lo odio.

Terminemos con esto. Ese pedazo de mierda merece morir.

En el momento en que ve la pistola sus ojos se amplían y sus


movimientos se detienen.

—¡Fuera! —grito, agitando la pistola entre él y la puerta.

Él se apresura a levantarse de la cama y tira de sus pantalones,


haciéndome dolorosamente conscientes del hecho de que me ha tocado. De
que arrancó mi ropa, y de que estuvo a punto de meter su basura en mí.

Joder, esto es una mierda.


—No lo diré otra vez. ¡Sal o te mataré ahora mismo! —le grito.

—Está bien, está bien, me voy —dice, caminando alrededor de la cama.


Sigo cada paso suyo, vigilante, porque sé que con los cerdos como él no se
puede confiar. Todavía podría cambiar de opinión y tratar de forzarme otra
vez. Lo he visto antes con otra chica en el club. Una vez estaba
coqueteando con un cliente y sabía que él estaba llegando al límite con su
baile erótico. El límite significa que ya no son capaces de alejarse. Los
hombres quieren más, y no van a parar hasta que lo consigan. No todas
estamos dispuestas a dárselos, pero ella sí. Sin embargo, a lo que no
estaba dispuesta era a renunciar a su coño. Como yo. Les damos placer,
pero el coño está fuera de sus límites. Demasiado malo para ella que no
llevara un arma de fuego encima, a diferencia de mí. Fue el último día que
la vi.

Mi ira saca lo mejor de mí, porque la cara de Billy mientras trataba de


empujarse dentro de mí todavía está impresa en mis retinas. Así que me
agacho y me quito mis zapatos de tacón alto, tirándolos en la parte
posterior de su cabeza.

—¡Apúrate, pedazo de mierda!

Se da la vuelta y se frota la cabeza.

—¿Qué diablos? Me voy, ¿no?

—¡Debería matarte por lo que hiciste!

Cuando Billy gira la llave en la cerradura, se escucha un golpe y se


congela. Me quedo con el arma apuntando a su cabeza, dejando que el aire
salga de mis pulmones en respiraciones rápidas mientras Billy se aleja de
la puerta. La puerta cruje. Nunca la he oído crujir antes.

De repente, la puerta se abre de golpe, un zapato negro brillante


rompiendo la cerradura. Me pongo rígida, escalofríos corriendo por mi
espina dorsal. Mis piernas retirándose. Una pistola aparece de la nada.
Una mano enguantada en terciopelo negro la sostiene. Los dedos se
mueven al gatillo.

Bang.

No es alto, como en las películas. Es un ruido sordo, como si alguien


hubiera golpeado una almohada. El tiro es suave, pero sin lugar a dudas
un disparo.

Al principio no pasa nada. Segundos parecen minutos, mientras estoy


aquí temblando con una pistola en la mano, observando todo el
desarrollo. Sus dedos tiemblan y sus respiraciones vacilan. Sangre se
vierte de su cabeza. Billy cae al suelo.

Mi mandíbula cae porque no puedo creer lo que veo. Billy está muerto,
pero yo no fui quien lo mató.

El arma dispara una y otra vez, dos disparos, uno entre los ojos y uno
en el corazón. Cada uno lo lleva más lejos de este mundo. Todo se siente
como un sueño, pero sé que no lo es. Solo deseo que lo sea, así podría
obligarme a despertar de esta pesadilla.

Quiero gritar, pero no puedo. El aire queda atrapado en mi garganta y


no puede escapar. Ni siquiera sé si debo correr. Estoy congelada en mi
lugar mientras el misterioso asesino entra en mi habitación y se revela
ante mí. Un extraño calvo vestido con un traje negro y equipado, un cuello
blanco contrastando con el incoloro conjunto. Líneas de tinta sobresalen
del traje, tatuajes en su piel a ambos lados de su garganta. Sin embargo,
lo más llamativo de todo es la cicatriz en forma de X que marca su ojo
derecho. Una herida grabada a fuego en su piel hace tiempo, dejando su
rostro en la ruina y el caos. Su ojo ha sido reemplazado con uno falso y
metálico; una advertencia escalofriante de los horribles acontecimientos en
los que ha estado. Eventos que también podrían involucrarme ahora.
¿Quién es este hombre que entró en mi habitación?

¿Por qué está aquí?

¿Puedo confiar en él?

Su rostro se gira de Billy hacia mí. Un ojo tan negro como la noche me
devuelve la mirada, perturbando mi centro. Al principio sus dos ojos se
amplían, pero luego se estrechan, como si estuviera sorprendido. Me
estremezco, tratando de mantener el arma firme, pero fallo en mi intento
de no perder la cabeza. La mirada en sus ojos me recuerda las historias
que mi niñera solía leerme, historias sobre el diablo.

Sus pasos son rápidos y grandes cuando viene hacia mí, indiferente
acerca de la pistola en mi mano.

—¡No te acerques! Voy a disparar —le advierto, pero su mano ya está


asegurada firmemente alrededor de mi muñeca. La empuja a un lado,
obligándome a soltar el arma. Grito cuando su mano se mueve de mi
muñeca a mi cuello, ahogándome. Envuelvo mis dedos alrededor de él,
tratando desesperadamente de abrirme camino, pero es inútil. Es dos
veces más fuerte que yo y su voluntad parece inflexible.

Terror me llena mientras el arma en su mano se eleva al nivel de mis


ojos. El metal frío se siente como una quemadura contra mi piel. Me mira
fijamente a los ojos, su ojo negro como el carbón lleno de determinación
escalofriante.

Pero entonces espera.

Segundos pasan. Tick. Tock. Tick. Tock. El reloj colgado en la pared me


vuelve loca. La muerte está en mi puerta, pero no vendrá por mí. En su
lugar, me quedo esperando con miedo angustioso. Odio esto.

—Por favor, no hagas esto —le digo, mis labios temblorosos.


No responde; su agarre en mi garganta se aprieta. Trato de tragar, pero
gorgoteo en su lugar. Mis dedos todavía están tratando de hacer palanca
para que me suelte, pero no me deja ir. Tengo miedo y sin embargo no
puedo dejar de luchar.

¿Por qué quiere matarme? ¿Qué hice? ¿Quién es él? ¿Por qué no me ha
matado todavía?

Preguntas y pensamientos de ira pasan por mi mente. Tengo que


escapar. No sé por qué. Nunca me importó mi vida excepto ahora, cuando
la siente amenazada. Mis instintos están en plena marcha.

Sus ojos se estrechan y sus labios se vuelven líneas finas mientras


empuja la pistola contra mi frente. Lo miro, lágrimas en mis ojos. Parece
como si estuviera apretando los dientes, su ojo desplazándose de ida y de
vuelta entre mis ojos y mis labios.

—Por favor… no me quiero morir —me las arreglo para susurrar.

Sus orificios nasales se abren y suelta un largo suspiro interminable


que proviene de su nariz. Su ojo está sobre mí como el de un halcón,
nunca desviando su atención, pero algo me dice que esto no es normal. No
es así como debe terminar con mi vida. Ya estaría acabada si lo fuera.

Frunce los labios, dedos desenredándose poco a poco de mi


garganta. Toso cuando quita la presión y soy capaz de respirar de
nuevo. Mis pulmones se expanden rápidamente a medida que me lleno con
oxígeno, aguantando un reflejo de náuseas. Pero me tengo que quedar
quieta. Su arma todavía está firmemente apretada contra mi cabeza
mientras su mano cae a su lado. Sus ojos aún tienen esa mirada asesina
en ellos, como si estuviera poseído. O tal vez enojado. ¿Enojado
conmigo? No, eso no puede ser. Ni siquiera lo conozco.
—No me mates —le digo con calma. Lo miro, tratando de hacerle ver mi
inocencia, aunque sé que apenas existe. Sin embargo, incluso después de
todas las cosas que he hecho, no soy digna de morir.

Su rostro está inmóvil, pero me permite saber que hay algo que no está
bien. Así no es como se supone que debe ir. Algo está mal, porque me
habría matado para ahora y no lo ha hecho. Tengo que hacer uso de eso.

Mi mano, aunque temblorosa, llega a la pistola. Antes de que mis dedos


puedan tocarla, abre la boca.

—Siéntate. —Su voz es oscura y llena de palabras no dichas. No oscura


como el chocolate líquido, sino oscura como la muerte.

Su ojo lanza dardos brevemente a la cama junto a mí mientras balancea


el arma a la izquierda, solo un poco pero no lo suficiente como para hacer
que se vaya de mi frente. No es suficiente para que no muera si aprieta el
gatillo.

Muevo mis pies lo suficiente para estar con las piernas contra la cama,
pero no lo suficiente como para hacerle pensar que estoy tratando de
escapar. No quiero que me dispare por ninguna razón. Así que hago lo que
dice y me siento suavemente sobre la cama, con cuidado de no agitarlo.

Mi corazón se acelera, prácticamente latiendo fuera de mi pecho por lo


que puedo decir, pero no voy a demostrárselo. Tengo que estar tranquila y
ver lo que hace. Necesito ver todos los pequeños detalles, recordar todo lo
que pasa, y encontrar una manera de escapar. Este hombre no es normal;
es un asesino. No es un asesino que mata a extraños al azar, sino alguien
que traza y calcula sus movimientos. Alguien que es peligroso, porque no
le importa. Puedo decirlo por la forma en que mató a Billy sin una pizca de
remordimiento.

Me pregunto por qué me ha elegido como blanco.


—¿Por qué?

No responde. Todo lo que hace es mantener el arma apuntando a mi


rostro. Aunque está un poco más lejos de mí de lo que estaba antes,
todavía no me hace sentir que pueda manejar esto. Es diferente a todo lo
que he tenido que enfrentar, y eso que he tratado con algo de mierda
jodida.

—¿Qué es lo qui…?

—Cállate. —Su orden es corta y rápida, como si estuviera enojado


conmigo.

Tomo en una bocanada de aire y miro la alfombra, sintiéndome tan


completamente fuera de control. Mi arma está justo al lado de sus pies. Si
tan solo pudiera agarrarla, podría abrirme camino. Si le puedo disparar en
cualquier lugar —en la pierna, en los pies, en las bolas para lo que me
importa—, podría distraerlo el tiempo suficiente para escapar.

Si tan solo pudiera llegar a la pistola sin arriesgarme a que explote mis
sesos.

En completo silencio me siento en la cama, esperando a que mi agresor


me diga lo que quiere. No entiendo por qué está aquí. Mató a Billy y luego
vino por mí, pero ¿por qué? ¿Por qué mató a Billy y no a mí? ¿Qué es
diferente acerca de mí? ¿Qué es lo que quiere? ¿Está aquí por mí?

Cuanto más lo pienso, más me siento impotente. Solía creer en vivir


hasta estar cansada de ello. Bailaba toda la noche, bebía todo tipo de licor
que había, aspiraba y fumaba tanto como podía, usándome y dejando que
los hombres me usaran, e hice todas las cosas que Dios ha
prohibido. Pensé que no tenía importancia porque mi vida era mía y si iba
a vivir, viviría a mi manera.
Ahora, ya no estoy tan segura de eso. Mi vida está en línea y de repente
se ha vuelto claro que lo que he hecho podría ser exactamente la razón por
la que me encuentro aquí en primer lugar. Que mis decisiones y malas
acciones me han llevado a este momento, en el que un desconocido
desfigurado quiere matarme.

Probablemente incluso me lo merezco.

Resoplo y me trago las lágrimas que asoman a mis ojos. Soy


patética. Un saco quejoso de mierda. No debería estar llorando, y estoy
tratando de mantener las lágrimas a raya, pero es difícil. Por mucho que
no quiera admitirlo porque me hace ver débil, y no me gusta ser débil… no
quiero morir.

Quiero vivir.

Todo lo que siempre he querido es vivir y sentirme viva.

Ahora más que nunca, me doy cuenta de que no estoy dispuesta a


renunciar. Que no estoy lista para dejar que otra persona decida lo que me
pasa. Haré lo que sea para mantener lo que es mío. Mi inicio. Mi mitad. Mi
final. Voy a luchar por ello con todo lo que tengo.

El hombre misterioso toma otra respiración profunda. Su mano se


mueve hacia arriba y soy consciente al instante de su movimiento. Se frota
la cabeza descubierta, evitando las cicatrices por completo, lo que me
sorprende, porque su cabeza está llena de ellas. Es algo que me obligo a
recordar. Puede parecer algo sin importancia, imperceptible, pero no lo es.
Cada pequeño detalle es una pieza del rompecabezas y una vez que las
ponga juntas van a ayudarme a poner una razón a esta locura. Para
salvarme tengo que desentrañar los secretos que esconde. Con el fin de
escapar tengo que usar todos sus puntos débiles a mi favor. Él no es del
tipo que deja que sus víctimas se escapen después de que las ha
atrapado. Puedo decirlo por la forma en que mató a Billy, con tres tiros
limpios. Insensible, sin desorden, precisamente como quería que fuera. Es
un planificador. Alguien que sabe lo que hace y mantiene el control en
todo momento. Alguien que tiene que creer que está a cargo. Alguien que
necesita que todo esté bajo su control antes de relajarse.

Por eso me sorprende que se haya desviado tan claramente de su plan.


Su plan era matarme. No lo hizo. Todavía no lo ha hecho. Esa es mi forma
de entrar.

Va a dejarme ir por propia voluntad. Solo tengo que convencerlo


primero.

Sigo mirando el arma en el suelo, el metal que podría salvar mi vida o


acabar con ella. El tic-tac del reloj me pone inquieta, porque sé que cada
segundo que pasa sin actuar pierdo la oportunidad de salvarme. Han
pasado solo unos minutos, pero se siente como toda una vida.

—Detente. Sé lo que estás haciendo. No va a funcionar —dice, y luego se


agacha, manteniendo el arma apuntada a mi cara. Coge el arma del suelo
y vuelve a levantarse. La lleva a su boca y la descarga con los dientes.
Luego la lanza a un par de metros de distancia.

De repente, su propia arma se aleja de mi cabeza un instante. Es rápido


como rayo. Un disparo suena. La pistola en el suelo se rompe en mil
pedazos, trozos arrojados a través de la habitación por la explosión. Justo
cuando está distraído, me lanzo hacia adelante y trato de agarrar su
pistola. Un codazo rápido y estoy de vuelta en la cama.

—¡Te dije que te sentaras! —gruñe—. O pondré una bala en ti también.

La pistola está inmediatamente en mi cara. Chillo, cubriéndome con mis


brazos, protegiéndome, aunque sé que no va a ayudar. Estoy aterrorizada.
—Por favor, déjame ir. No hice nada. —Toma unos segundos para que
siquiera me deje saber que todavía está en esta sala, porque mis ojos están
cerrados. No quiero mirar a la muerte a la cara.

Resopla.

—Eso es ridículo.

Bajo mis manos y lo miro.

—Por favor, haré lo que sea. Deja que me vaya.

—Dudo que haya algo que puedas hacer para salvarte. Ya estás perdida.

No sé qué quiere decir con eso, pero sé que siempre hay una salida.

—¿Qué quieres? ¿Quieres dinero? ¿Me quieres a mí?

—No necesito tu dinero.

—Entonces, ¿qué quieres? Te puedo dar lo que sea si me dejas ir. Me


puedes tener si eso es lo que estás buscando. —Abro los brazos y los
coloco a mi lado en la cama, haciendo alarde de mis pechos.

—¿Crees que es lo que busco? —Se ríe. Suena maníaco—. Eres patética.

Sus palabras duelen, pero no voy a dejar que me lleguen. No me importa


acabar de ofrecerme voluntariamente; quiero vivir. Haré cualquier cosa por
ello.

Me agarro y envuelvo mis brazos alrededor de mi cintura, sintiéndome


muy expuesta de repente. Su ceño fruncido es condescendiente, pero la
forma en que sostiene el arma es mucho más aterradora. Sus dientes
rechinan, casi respirando fuego. Sus dedos se aprietan alrededor del
metal, como si estuviera forzándose a apretar el gatillo.

Pero no lo hace. ¿Por qué? ¿Qué lo detiene?


—Si no me vas a matar, por favor… solo déjame ir.

Una risa retumbante viene de lo profundo de su pecho.

—¿Quién dijo que no te voy a matar?

—Porque si ese fuera el caso lo habrías hecho para ahora.

Me mira de reojo.

—O tal vez estoy saboreando el momento.

Trago. La advertencia misteriosa detrás de su mensaje envía escalofríos


por mi espina dorsal.

—¿Por qué lo mataste entonces? —pregunto.

—Negocios.

—¿Qué tipo de negocio? ¿Quién mata a la gente de esa manera?

—Mi negocio. Ahora deja de hablar.

—No.

Levanta una ceja.

—¿Crees que esto es un juego?

—No.

—¿Quieres morir?

—No.

—Entonces deja de hacer preguntas.

—No solo voy a sentarme aquí contigo apuntándome con un arma a la


cabeza. Si crees que soy el tipo de chica que se sienta quieta y en silencio
mientras espera a que su captor la mate, estás equivocado.
Resopla y sacude la cabeza.

—Oh, sé qué clase de chica eres. Eres una puta que hace cualquier cosa
por dinero.

Aunque no lo conozco, sus palabras todavía me llegan. Tiene razón, pero


nadie tiene derecho a llamarme así.

—Yo no soy una puta.

—¿No? —Da un paso más cerca. El sudor rueda por mi espalda cuando
se detiene frente a mí y se inclina—. Acabas de rogarme que te suelte. Tú
misma te ofreciste a un extraño, a un asesino, como salida. —Una sonrisa
diabólica aparece en su rostro—. Por mucho que me gustaría aceptar esa
oferta, tengo otras cosas en mi mente ahora mismo.

—¿Te refieres a decidir si vas o no a matarme?

—Exactamente. —La sonrisa en su rostro es mórbidamente


encantadora. Solo que ahora realmente tengo la oportunidad de mirarlo
correctamente. La cicatriz en su cara es horrible, pero es vieja. La piel
alrededor de su ojo derecho se ha formado en cicatrices trenzadas en una
X gigante que va de su mejilla a su ceja, como si algo hubiera sido grabado
a fuego en su piel. El vello de la parte trasera de mi cuello se levanta.

Su mano se eleva y yo instintivamente retrocedo. Sus dedos se enroscan


alrededor de mi barbilla mientras me obliga a mirarlo. El olor a cuero
aumenta mi ritmo cardíaco, y siento como si mi piel estuviera en llamas
donde me toca. Sus dedos se mueven suavemente a mi mejilla, casi como
si me estuviera acariciando. Su ojo mira fijamente a los míos, como si
estuviera viendo algo que no está ahí.

Muevo la cabeza hacia el otro lado.

—No me toques.
Una sonrisa aparece en su rostro.

—Eso es divertido. Debo ser la única persona a la que le has dicho eso.

Quiero morder sus dedos después de que dice eso, pero sé que me va a
meter en problemas, así que me callo y rechino los dientes en su lugar.

Aclarándose la garganta, da un paso atrás de nuevo, todavía apuntando


la pistola a mi cara. Mira su reloj y se frota la sien. Es casi como si
estuviera esperando algo. Su expresión es oscura y se ve frustrado. El reloj
debe tener algo que ver con esto, porque no puede dejar de mirarlo para
comprobar si todavía estoy allí. Su lengua sale rápidamente para mojar
sus labios, y de alguna manera me llama la atención. Si quiero escapar,
será mejor que lo haga antes de que el tiempo que está esperando se agote.

Poco a poco me levanto de la cama de la manera más sensual que


puedo, poniendo el foco en el hecho de que solo llevo bragas y un sensual
top rojo del club. Él está completamente rígido, pero su ojo sigue cada
movimiento mío mientras entro en su sombra. Trato de seducirlo con mis
ojos, lamiendo mis labios, mientras toco su brazo y froto mis pechos
contra él. Su rostro está inmóvil, sin mostrar el más mínimo interés.

Hasta que parpadea una vez.

Ahí está mi oportunidad. No necesito seducirlo para escapar. Todo lo


que necesitaba era una pequeña distracción.

Inmediatamente corro, alcanzando la puerta. Justo antes de que pueda


tocar el pomo de la puerta, me agarra del brazo y me sacude lejos de mi
libertad.

—Oh, no, no lo harás —dice, tirándome de mí hacia atrás por mis


brazos. Los mantiene cerrados herméticamente detrás de mi espalda
mientras me arrastra lejos de la puerta y me tira sobre la cama. Un grito
escapa de mi boca cuando aterrizo en el colchón, mis ojos sobre la pistola
que apunta a mi cabeza de nuevo—. Dile adiós a tu miserable vida, Jay.
"Solo hay un bien: el conocimiento; y
solo un mal: la ignorancia."
—Sócrates.

Capitulo 2
X

Jueves, 15 de agosto, 2013. 21:00.

Compruebo mi reloj. Solo treinta minutos hasta que tenga mi próximo


trabajo. Otra limpia muerte aburrida para un cliente reservado. No me
gusta ese tipo de muertes en las que no consigo hacer nada emocionante,
pero al menos pagan buen dinero. Es cerca, lo cual es una suerte ya que
significa que también tengo tiempo para venir aquí por una pequeña
actualización. Debo prepararme para el trabajo, sin embargo, pero esta
perra que estoy esperando llega tarde. Suspiro.

Desde el banquillo la veo bailar alrededor del tubo. Ha pasado algún


tiempo desde la última vez que la vi en carne, y tengo que decir que
todavía me detiene en seco. Ella sigue siendo tan flexible como siempre,
sus largas piernas abrazan elegantemente el caño mientras cuelga de
él. Su cabello castaño oscuro sigue las curvas de sus hombros, lo cual
acentúa su hermoso cuerpo. La forma en que mira a los clientes con sus
seductores y mortales ojos chocolates… los cautiva. Lo sé porque he
estado en esa posición exacta antes. En momentos como estos es difícil
olvidar por qué la odio tanto.
No puedo esperar a salir de aquí.

La música es ruidosa y molesta, así que me alegro cuando Hannah


finalmente llega.

—Hey —dice, lanzando sus largos mechones rubios hacia atrás—.


Guau, ¡no te había visto aquí en mucho tiempo! ¿Pensé que solo querías
usar el teléfono a partir de ahora?

Le doy a Hannah un asentimiento y luego señalo hacia la puerta en la


parte posterior. No quiero quedarme aquí y seguir hablando. Estar aquí
hace que la bilis se levante en mi garganta. Verla me pone confuso. No me
gusta la confusión.

—Bien… está en la parte posterior —dice Hannah mientras la sigo a la


parte posterior.

Cuando estamos fuera de la vista de los clientes y Don, pregunto:

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Sí, me tomó un tiempo encontrar uno que se interesara en la idea,


pero una vez que le hablé de lo feliz que los clientes anteriores fueron, él
estuvo totalmente dentro.

—Bien —le digo, sonriendo. Muy bien—. Asegúrate de que sea duro y
áspero.

—Lo será, sin lugar a dudas. —Ella levanta su mano, dando golpecitos
con el pie como el lobo hambriento de dinero despreciable que es. Solo otra
de esas putas.

Me inclino y agarro su mano, empujándola hasta el fondo de la pared,


curvándome contra ella. Su respiración es entrecortada y sus ojos se
amplían cuando la clavo contra la pared. Con mi arma contra su vientre
ella no tiene a dónde ir. Tiene hambre de sangre, pero no quiero darle de
comer con la sangre de personas que todavía podría necesitar usar.

—Deberías estar feliz de todavía estar viva —le susurro al oído.

Hannah se estremece, sus labios dejan escapar pequeñas bocanadas de


aire mientras me retiro de nuevo.

—Vas a informarme mañana —le digo, y luego tiro de la pistola y la


pongo de nuevo en la funda—. Entonces recibirás tu dinero, ni un día
antes.

—¡Pero te di exactamente lo que querías! Me he ganado…

—Tú no me diste nada —siseo, apretando su barbilla entre mi dedo


índice y el pulgar—. Yo te he dado tus drogas. Tu dinero. Tu vida. Tú me
debes. Me lo debes todo. Yo no te debo nada. —Las lágrimas están en sus
ojos, pero no me importa una mierda. Es patética, de verdad. Como si el
llanto fuera a resolver su problema. Ella se metió en este lío y es su propia
culpa por involucrarse conmigo.

Dejo ir su barbilla y entrecierro los ojos mientras abraza la pared para


obtener la mayor cantidad de espacio entre nosotros como le sea
posible. Se frota la barbilla y gime.

—Pensé que estaba haciendo lo que querías.

—No quiero nada de ti que no sea lo que yo te diga. Conseguirás lo que


te dé. Fin de la historia. Ahora vuelve al trabajo.

Sus ojos azules bajan, con la mano izquierda rascándose tentativamente


la parte superior de su mano derecha. Tan debilucha.

—Está bien… —Ella se da la vuelta y trata de alejarse, pero le agarro la


mano y la detengo en seco.
—No le hables de esto a nadie, ¿entiendes?

—No lo haré, señor. Nunca.

Con los ojos entrecerrados veo su rostro mientras dice las palabras. Me
doy cuenta cuando estas perras están mintiendo. Por suerte para ella, no
lo está. Esta vez.

Le muestro una breve media sonrisa.

—Buena chica.

Jueves, 15 de agosto, 2013. 23:00.

Mirar a Jay atarse a la cama está jodidamente despertándome. Por


mucho que me cueste admitirlo, ese cuerpo suyo se las arregla para
despertarme. Esto en cuanto a tener el control. Podría tenerla bajo mi
pulgar, pero mi polla… ella tiene mente propia. Mi arma no es lo único que
apunta en su dirección.

Cuando ha terminado con sus pies, me mira con esos ojos suplicantes
que gritan miedo. Es excitante y al mismo tiempo odio verla mirándome de
esa manera. Odio que me mire, y punto. Odio todo de ella.

No hay mucha gente que no odie, pero la odio a ella especialmente.

—Ata tu mano izquierda a la pata de la cama. —Muevo mi arma y ella


toma una breve bocanada de aire en el momento en que la agito. Me da
risa cuando actúan de esa manera, todos asustados de esta cosa metálica
endeble. Deberían tener más miedo de lo que podría hacer con ellos si
tuviera mis herramientas conmigo. Por desgracia, no siempre es un buen
día.

Agarro la botella de whisky del armario y me sirvo una copa mientras


mantengo un ojo en ella, asegurándome de que no hace nada estúpido
como tratar de escapar. Como si pudiera alguna vez escapar de mi
alcance. No me hagas reír.

Lo admito, soy un hijo de puta. ¿Si me importa? Ni en un millón de


años. Hago lo que hago porque me encanta ver el miedo en sus ojos antes
de que los mate. Me encanta la emoción de la preparación de la matanza,
pensar en todas las maneras en que puedo hacerlos gritar de agonía. Por
supuesto, su muerte no es la única cosa que me gusta. Mi profesión viene
con grandes recompensas de las que con mucho gusto hago uso. Nadar en
oro significa matar a algunas personas aquí y allá. No todo el mundo vive
así. Se podría decir que soy muy afortunado. O simplemente muy
inteligente. Es probable que sea una combinación de ambos desde que
elegí este camino, pero nunca habría llegado a ser de esta manera si no
fuera por… ella.

Solloza cuando la correa final se envuelve alrededor de su muñeca. Me


mira, la expresión de su rostro fría y sin corazón. Cerrada a todo a su
alrededor, como si estuviera pensando en matarme. Me encanta. Me
recuerda a mí mismo.

Pongo mi whisky sobre la mesa y cojo mi arma. Caminando hacia ella,


señalo hacia abajo, dándole instrucciones para que se acueste en la cama.

—Por favor… —ruega.

—Shhh. —Pongo mi dedo en sus labios—. No quieres decir algo de lo


que te arrepentirás. —Me inclino hacia delante e inspecciono la cuerda
alrededor de su muñeca para ver si está atada correctamente. Es una
cuerda de mala calidad, una que llevo en todo momento, pero no una a la
que sea demasiado aficionado. Es una especie de cuerda de emergencia, y
me entristece usarla porque no me gusta. Hubiera preferido usar algo
mucho más agradable en ella. No es que se lo merece, pero aun así me
gusta que mi trabajo sea hermoso. Al igual que una obra de arte.

Sus labios se separan.

—Déjame…

Tiro de la cuerda. Un pequeño chillido escapa de su boca. Debería


cuidar su boca. Las cosas malas vienen de allí.

—Como he dicho… cállate.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué yo? Y ¿cómo sabes mi nombre? —El terror
repentino en sus ojos capta mi atención. Sensación de frío en sus cuerpos,
respiración alternada, corazones que laten con fuerza. Me encanta ver
cómo eso se desarrolla. Excepto ahora.

Con ella, es diferente.

Ella me detiene en seco y me hace recordar por qué la odio tanto. Por
qué soy el que soy. Por qué ella no me recuerda.

No me gusta esa parte tampoco.

Tiro de la cuerda más apretadamente hasta que ella no puede mover su


muñeca. Su mandíbula se tensa y sus labios se ven como los de un perro
famélico que está a punto de morder la cabeza de su víctima. Magnífico.

Sonriéndole, camino a donde están sus pies y hago lo mismo


manteniendo el contacto visual con ella en todo momento. Quiero que vea
cómo me encanta verla retorcerse en las amarras que no pueden ser
quitadas por nadie más que yo; alguien a quien ella desprecia y teme. Es
muy lamentable que no tenga ningún recuerdo de lo mucho más que yo
puedo despreciarla al lado de lo que puede ella.
La cual es una razón más para mantenerla atada aquí. Debo hacerla
sufrir; se lo merece. Aunque nunca imaginé que iría sobre ella de esta
manera, seguro que supera como el infierno a solo mirar. Ahora tengo la
oportunidad de participar.

—¿Estás cómoda, pajarita? —pregunto, caminando al otro lado de la


cama.

—Que te den.

—Ahora, ahora, pensé que ya habíamos establecido que ese no es el


propósito de esta intrusión.

—Bueno, entonces ¿qué coño quieres de mí? ¿Has venido a verme


hacérmelo a mí misma? ¿Has venido a matarme? ¿Vas a sentarte allí y
esperar hasta que confiese mis más oscuros secretos? ¿O es que quieres
que haga un pequeño baile para ti, eh? —reflexiona—. Porque te aseguro
que no tengo idea de por qué carajo estás en mi habitación ¡tratando de
volarme los sesos!

Me rio y niego con la cabeza ante su arrebato. Agarrando su mano, la


aseguro a la pata de la cama y ato su última extremidad libre. Apretando
hasta que silba de dolor, digo:

—Nada de eso. —Le guiño un ojo—. O tal vez todos ellos.

—¡Oh, jódete! No merezco nada de esto. ¿Qué te he hecho?

Frunzo el ceño, mirando hacia ella. Sus ojos dicen la verdad.

—No lo recuerdas, ¿verdad?

Sus ojos se amplían y se muerde los labios. Se toma unos segundos


para responder.

—¿Recordar qué?
—Todo.

Agarrando su pelo, la obligo a inclinarse hacia atrás y


mirarme. Contemplar la fealdad que marca mi cara. Aceptar el destino que
se le ha dado de la misma manera en que me fue dado a mí.

El tiempo no ha tenido ningún efecto en ella. Sigue siendo una belleza,


una seductora, una bailarina del pecado, una chica salvaje, y yo sigo
siendo el monstruo feo en el que me convirtió. Nada ha cambiado. Ella
solía ser la única cosa en mi mente, y ahora lo sigue siendo. Todo lo que
quería era que ella fuera mía; ahora quiero que ella esté muerta.

Incluso después de todos estos años, todo este tormento, todo el odio,
toda la envidia almacenada dentro de mí no ha desaparecido. Solo se ha
vuelto más fuerte.

Pero también lo ha hecho mi deseo de darle una lección. De mostrarle lo


que podría haber tenido.

Así que sostengo su pelo apretado, tirando de ella hacia atrás hasta que
le duele, y luego presiono mis labios firmemente sobre los suyos. Son
dulces, deliciosas y todo lo que recuerdo que eran.

Hasta que ella saca sus colmillos.

Una sacudida de dolor atraviesa mis labios. Un sabor metálico entra en


mi boca. Me retiro.

La perra me mordió.

Mis ojos se estrechan mientras agarro su barbilla.

—Chica mala.

Ella escupe en mi cara.


Lo limpio con mi mano y lo unto en sus labios y mejillas, asegurándome
de limpiar mi mano en su cara.

—Eres una asquerosa, ¿lo sabías? Si quisiera tu saliva hubiera metido


mi polla en tu boca.

Sonrío. Ella tiene labios chupadores, dignos de ser follados. Por un


momento considero la opción.

—¡Jódete! —dice ella, sacándome de mis pensamientos deliciosos.

Tal boca sucia. Es muy molesto.

Tomo una respiración profunda y la miro. Sus mejillas están de color


rojo y su pecho está de color de rosa. Un signo de sufrimiento. O un signo
de excitación. No puedo decir que no me sienta de la misma manera. Ese
beso me recordó todo lo que echo de menos, y lo mucho que envidio que
ella se haya llevado todo eso lejos de mí.

Agarro la cortina y arranco un pedazo, girándola hacia arriba. Entonces


lo meto en su boca y lo ato detrás de su cabeza. Sus colmillos no
penetrarán este material. Me pongo de pie y camino de regreso a mi
asiento junto a la mesa. Dándome la vuelta, admiro mi trabajo. Bueno,
algo así. Es parcialmente su trabajo, pero aun así fue instruido por mí, por
lo que es mi trabajo.

Ella muele sus dientes, tirando de las cuerdas en sus muñecas como si
así pudiera quitarlas. Nada va a liberarla. Nada puede salvarla. No ahora
que he entrado en su vida de nuevo.

Joder, todavía no puedo creer que ella estuviera en esta habitación. Yo


esperaba una chica al azar, y la encontré a ella en su lugar. El destino
tiene una manera humorística de jugar con la vida de las personas. Es casi
lamentable. Sin embargo, no voy a dejar que interfiera. No esta vez. No voy
a dejar que esto tome lo mejor de mí.
El arma está en mis manos una vez más. Sus gemidos llenan mis oídos
pero no ahogan sus gritos silenciosos. Sus ojos se desplazan entre la
pistola y yo, mientras mi ojo está fijo en los suyos. Quiero que me vea en el
momento en que borre su existencia y se desvanezca de esta vida a la
próxima. Levanto la pistola al nivel de sus ojos y apunto a su cabeza. Mi
dedo está en el gatillo, listo para dar el golpe final. Ella tiene que
morir. Esto no es lo que yo quería, pero hay que hacerlo. Supongo que
nuestro tiempo de juego ha llegado a su fin. Sabía que tenía que terminar
en algún momento, pero no que sería tan rápido. Mirarla allí tendida me
hace recordar todas las cosas que me gustaría haber olvidado, al igual que
ella.

Apretando los dientes, tomo otra respiración profunda y me concentro


en su rostro. Ella no me recuerda. La odio por eso, porque no se suponía
que olvidaría. Todo es culpa suya.

Sin embargo, cuando la miro a los ojos, no veo lo que yo pensaba que
iba a ver. Ella no es inocente, pero lo sabe. Sus ojos están llenos de
pesar. Pensaba que iba a ver miedo, ira o dolor, pero en su lugar la veo
deseando que termine pronto. Podría terminar ahora mismo. Podría
apretar el gatillo y ponerle fin a todo. Todo. Hasta a mí.

Podría, pero no puedo.

De alguna manera, esta es la única cosa que no puedo hacer. Después


de todas las cosas que ha causado, no quiero que termine así. Quiero
hacerla sufrir un poco más. Ella no se merece mi misericordia, pero tengo
que pensar en esto. ¿Realmente quiero verla muerta? ¿O simplemente
castigada severamente?

Todavía no puedo creer que esta sea mi misión.


Viendo las lágrimas rodar por sus mejillas, me aclaro la garganta y bajo
el arma. Su pecho se eleva, el aire sale entrecortadamente mientras
parpadea la humedad en sus ojos.

—¿No vas a matarme? —murmura a través de la tela.

—Supongo que vas a tener que esperar un poco más —le digo,
caminando de vuelta a mi silla. Desplomándome, agarro el vaso de whisky
y engullo todo a la vez. Maldita sea. Me he convertido en un
marica. Debería hacer algo al respecto, pero primero tengo que decidir qué
hacer.

Froto mi frente y miró mi reloj. Solo quedan seis horas hasta que
Antonio esté aquí. Mierda. Solo seis horas para decidir lo que voy a
hacer. Seis horas para decidir su destino. Sea cual sea la elección que
tome, esto no va a terminar bien. Nuestras vidas han estado en juego
desde el momento en que entré en esta habitación.

La única pregunta que queda es ¿quién se rendirá primero?


"El primer paso hacia el éxito se toma
cuando te niegas a ser un cautivo del
entorno en el que te encuentras."
—Mark Caine.

Capitulo 3
Jay

Jueves, 15 de agosto, 2013. 23:30.

Algo lo está reteniendo. No sé qué, no sé por qué, pero lo averiguaré.

Él sigue mirando el reloj, retorciéndose en su asiento mientras me


observa aquí acostada, poniéndome somnolienta y otras mierdas. Es
jodidamente molesto no poder moverme en absoluto. Él me ató muy
bien. Supongo que no quiere que corra de nuevo, lo que significa que una
simple táctica de correr ya no funcionará con él. Es demasiado listo. Si
quiero escapar de sus garras, tengo que escuchar y escurrirme en su favor
para que no pueda hacer otra cosa que no sea liberarme. Tiene que
quererlo por sí mismo, y estoy pensando que ya está sucediendo. No me
mató. Me dio un beso.

Debe ser el beso.

Sabe mi nombre, pero yo no sé el suyo. Me dijo que no lo recuerdo, pero


¿por qué habría de hacerlo? ¿Qué sabe él que yo no sé?
Si voy a sobrevivir a esto necesito jugar con sus sentimientos. Jugar con
su corazón, si es que tiene uno. Hay algo que no me está diciendo, y al
parecer es lo único que le está deteniendo de matarme. Tengo que hacer lo
que me diga; tal vez eso me conseguirá la libertad. Ese beso significó algo
para él. Incluso significa algo para mí, aunque no tengo ni idea de por
qué. Se siente como si ya debería saber lo que significa el beso. Como si
estuviera escondido profundo en mi cerebro y estuviera tratando de
escapar. Falta algo.

De repente, mi visión se vuelve borrosa. El dolor de cabeza enorme que


he estado experimentando el último par de minutos no ayuda a conseguir
que mis ojos se enfoquen de nuevo. Me siento como si estuviera a punto de
explotar. Todo en lo que puedo pensar es en conseguir mi dosis. Sé cuál es
la causa. Abstinencia.

Mierda, ¿por qué tuve que tomar mi última dosis siglos atrás?

Gotas de sudor ruedan por mi pecho y piernas. Está haciendo mucho


calor, me siento como si un volcán hubiera entrado en erupción justo a mi
lado. Maldita sea, no me gusta esta sensación. Y lo peor es que no puedo
hacer nada al respecto. Mi escondite está en el baño, pero no puedo
levantarme.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Dejo de retorcerme.

—Nada. —No quiero decirle, porque él podría utilizarlo en mi contra.

Entrecierra los ojos, mirándome con esos ojos oscuros suyos. Está
esperando que le diga. Tal vez pueda hacer uso de esto.

—Tengo que hacer pis —digo.


Su ceja se levanta de manera arrogante que me da ganas de darle una
bofetada.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No. ¿Quieres que me mee en la cama?

Parpadea un par de veces, juzgándome en silencio. Luego suspira y se


levanta de la silla, agarrando su arma de la mesa mientras camina hacia
mí. Una a una desata mis amarras, tomando lentamente de la cuerda,
manteniendo su ojo únicamente en mí. Su mirada me persigue, pero al
mismo tiempo me impide moverme. Creo que él lo sabe.

La mirada en su ojo es tan… exigente. Me controla con ella.

Sus guantes permanecen en mi piel mientras libera mis pies. Su mano


se mueve hacia arriba todo el camino a lo largo de mi pierna. Es suave y
gentil, como si estuviera apreciando las curvas de mi cuerpo. De alguna
manera me estremece cuando me toca. Tomo aire cuando pasa a mis
pechos.

—No.

—¿Por qué no habría de hacerlo? Sé que te gusta.

Muerdo mis labios, sintiéndome traicionada por mi propio cuerpo. No


quiero que me guste todo lo que hace, pero mi cuerpo reacciona a sus
caricias sin mi consentimiento. Piel de gallina aparece en los lugares que él
toca y mi piel se siente como si estuviera en llamas.

Se inclina hacia adelante y desata mi mano.

—No importa lo mucho que no quieras admitirlo, sabes que hay algo
entre nosotros. Algo que sientes, pero no puedes recordar.
—No hay nada entre nosotros —digo bruscamente. No quiero darle la
impresión de que soy fácil.

Sus labios se curvan en una sonrisa, igual que antes. Entonces saca su
pistola.

—Levántate.

—Pero no desataste mi otra mano.

—Puedes hacerlo tú misma. —Él chasquea el arma como si estuviera en


un apuro.

Yo trabajo para que mi mano quede libre de la cuerda. Es difícil con una
mano, pero me las arreglo. Hay marcas de quemaduras rojas en mis
muñecas y tobillos, y pican. Mi corazón late mientras muevo mis pies fuera
de la cama. Temo que si hago cualquier movimiento brusco me vaya a
disparar. Si no muero, dolerá como una perra. Preferiría evitarlo.

Él está en la puerta, sosteniendo la pistola constantemente mientras


camino hacia el cuarto de baño. Sé que no puedo hacer ningún
movimiento ahora. Además, estoy jodidamente débil con estos síntomas de
abstinencia apelmazándome. No se puede ser débil en presencia de un
hombre con una pistola.

Poco a poco abro la puerta y entro. Dándome la vuelta, lo miro,


esperando el visto bueno para cerrar la puerta. En su lugar, él camina en
mi dirección y se detiene rápidamente justo en el marco de la puerta.

—¿Puedo hacer pis ahora?

—Sí, puedes.

—Entonces me gustaría cerrar la puerta, por favor.

—Puedes orinar sin que la puerta esté cerrada.


Frunzo el ceño.

—No puedo hacerlo contigo viendo.

—Entonces no orinarás en absoluto.

Suspiro y aprieto los puños. Su media sonrisa arrogante me da ganas de


darle un puñetazo.

—No me digas que tienes miedo de que un extraño vea tu coño. Has
estado poniéndolo en pantalla con esos bailes tuyos en el club.

—¿Qué? No, no lo he hecho. Puedo ser una bailarina, una bailarina de


estriptís, y de vez en cuando una prostituta, pero no tengo sexo y no
muestro mi coño. El coño está fuera de los límites.

Él sonríe.

—Ya veremos eso.

Mi mandíbula cae, y tengo que pararme para no darle un puñetazo en la


cara. Dios, mis nudillos pican.

—¿Vas a hacer pis o no? —dice.

Me doy la vuelta.

—Está bien. —Me bajo los pantalones y me siento rápidamente antes de


que pueda ver nada, aunque la mirada fresca en su cara me hace pensar
que ya es demasiado tarde. Mierda.

Vuelvo la cabeza lejos de él y miro la pared en su lugar. No voy a


sentirme humillada a causa de él. No lo voy a permitir. Cuando voy a
agarrar un poco de papel, me doy cuenta de que se ha dado la vuelta
también. Me sorprende, porque me lo imaginaba observando todo el
tiempo, siendo el idiota que es. Tal vez tiene un poco de dignidad después
de todo.
Mientras agarro el rollo, descubro los elementos que utilizo para
esnifar. Todo se desvanece. Mi mente se pone completamente en blanco
porque lo único en lo que puedo pensar es en conseguir otra dosis. Mi
cuerpo pide la adicción, y tengo que ceder a ella.

Así que agarro las cosas, creando una línea ordenada en mi pierna y
esnifándola.

En el momento en que él lo sabe, sus pasos resuenan en el interior.

—Maldita mentirosa. —Él agarra todo de mi mano y apunta con el arma.

—¡No! —grito, luchando contra él por los medicamentos.

—Eres patética —dice.

No me importa lo que diga. Me lanzo por su arma, pero él la saca de mi


alcance. Me caigo al suelo, mis bragas todavía alrededor de mis tobillos.

Se ríe.

—¿Quieres esto? —Cuelga el paquete delante de mí—. Es una lástima,


pajarita. Ahora es mío. —Chasquea la pistola y dice—: Levántate.

Busco a tientas mi ropa interior y tiro de ella hacia arriba sobre mi culo
antes de arrastrarme del suelo. El espejo de mi izquierda me muestra que
soy un completo desastre, que es algo a lo que estoy acostumbrada. Sin
embargo, cuando él lo dice, duele. No sé por qué. Tal vez sea porque dice
que me conoce. Es como si hubiera un yo de antes de todo esto que no
estaba tan jodida como lo estoy ahora.

Sea lo que sea, no importa. Estoy atrapada aquí con este hombre que
aún está decidiendo qué va a hacer conmigo. Si voy a morir o no está fuera
de mi control, pero sé que tengo efecto sobre él en algún grado. No es que
sea de alguna utilidad en estos momentos. Ya estoy drogada y no podría
importarme menos lo que me pase. Mientras pueda quedarme en este
trance, aunque muera, estaré bien.

Él tira de la cuerda, fijándola firmemente a la pata de la cama. Mi mente


ya ha quedado dormida en el país de las maravillas donde todo es ponis
lindos y mágicos arcoíris yendo a través de las nubes. Hay una sonrisa
ridícula en mi cara. Tal vez sea por las cosas divertidas que estoy
pensando o tal vez porque él me está tocando de nuevo.

La cuerda no está tan firmemente envuelta alrededor de mis tobillos y


muñecas como antes. Se sienta a mi lado y toma mi cara, obligándome a
mirarlo.

—Has sido mala.

Me rio.

—Sé que esto te debe parecer muy gracioso, pero no cumpliste. Se


suponía que irías a orinar, y eso es todo. Tomar drogas no era parte del
trato.

—¿Qué trato? —le digo, resoplando.

—En el que me obedeces y a cambio te doy lo que necesitas.

Me echo a reír.

—Yo no necesito nada de ti.

Su apretón de repente se tensa y sus labios se convierten en líneas finas


de nuevo.
—Tu vida. La quieres. Es mía. Puedo quitártela cuando quiera. —Él me
libera de nuevo—. Y no lo olvides.

—Y sin embargo no lo has hecho —le digo.

A punto de levantarse, hace una pausa. Su ojo se desplaza de nuevo a


los míos, en un intento de ver a través del velo en el que me escondo. Su
mano se desliza por mi pierna. Mi respiración se tambalea. Él levanta una
ceja.

—El hecho de que todavía no lo haya hecho, no significa que no lo haré.


—Su mano se mueve hacia arriba por mi muslo, deteniéndose justo antes
de llegar a mi coño. Trato de juntar mis piernas, pero las atasca con la otra
mano, obligándolas a abrirse—. Estaba pensando en tener un poco de
tiempo de diversión en primer lugar. Me lo merezco.

Mis ojos se amplían.

—No lo harías.

Sus labios se estiran en una sonrisa.

—Oh, ya he empezado.

El dolor agudo muerde mi piel antes de que tenga tiempo de registrar lo


que pasó.

Su mano baja en mi cara interna del muslo, rápido y duro. Yo chillo,


pero él pone su mano sobre mi boca, evitando que el sonido se escape.

—Este es tu castigo por tratar de desafiarme.

Él agarra mis muslos otra vez, obligándolos a apartarse, y me golpea de


nuevo. Pica y trae lágrimas a mis ojos, pero lo que más me gusta es que el
golpe retumba en mis partes más sensibles. Que mi piel se siente toda
quemante y hormigueando, y que mi cuerpo responde a ello.
Lo odio.

Sus ojos se estrechan y él comienza a frotar el punto que acaba de


golpear. Inclinándose hacia adelante, su cabeza se sitúa justo en frente de
la mía.

—Creo que te gusta esto.

—¡Jódete! —Me retuerzo contra mis ataduras, pero él me estabiliza con


sus manos fuertes.

—Puedes decir eso, pero tu cuerpo piensa lo contrario, Jay. —Su mano
se desliza contra mi muslo un poco más hasta que llega a un punto que
consideré no disponible para todos excepto yo. Suspiro mientras presiona
con el pulgar mi ropa interior, justo encima de mi clítoris.

—Ahí. —Él lame sus labios—. No importa si te acuerdas o no. No


importa si te mataré o no. No importa si te gusta o no. Tu cuerpo lo
quiere. No tienes más remedio que obedecer, porque estoy en control
ahora. Yo soy el único que puede salvarte.

—¿Salvarme? ¡No has hecho nada más que amenazar con matarme! —
Muevo mis caderas hacia los lados para escapar de sus dedos, pero es
inútil.

—Correcto. Todavía no he decidido lo que voy a hacer contigo.

¿Qué? Lo sabía. Él está inseguro de su elección, aunque no tengo ni


idea de por qué. Sus dedos dejan mi cuerpo y yo tomo un respiro. No estoy
segura de si es de alivio o porque mi cuerpo está excitado. No quiero
admitirlo, pero es la verdad. Sus manos… se sienten tan familiares.

O tal vez es la coca hablando.

Cierro los ojos y respiro profundamente, tratando de calmarme. Me


recuerdo a mí misma que estoy atada a esta cama, vulnerable a todos sus
caprichos, y que tengo que hacer lo que pida si quiero sobrevivir. Sé que
este hombre es capaz de dispararme en cualquier momento que quiera.
Tengo que tener cuidado. Tengo que darle lo que quiere con el fin de
escapar.

Pero, ¿qué es lo que quiere?

Oigo el ruido del arma contra la cama y eso me hace dolorosamente


consciente del hecho de que estoy vulnerable y asustada. La muerte
acecha mi mente, mis recuerdos, y pronto soy llevada de vuelta a mi
infancia. Un breve vistazo de algo intocable, algo surrealista. Una mujer en
un vestido negro. Su ondulado y largo cabello castaño, ojos color chocolate
llenos de temor. Una escalera.

Me obligo a abrir mis ojos.

Mi corazón late con rapidez, aunque no tengo ni idea de por


qué. Parpadeo un par de veces para asegurarme de que todavía estoy en
esta habitación, en cautiverio, y que esta imagen que acabo de ver era un
producto de mi imaginación.

El hombre de la cicatriz está sentado a mi lado. Está acariciando su


pistola, con la cara en blanco mientras mira fijamente hacia
delante. Supongo que no soy la única que piensa en otras cosas. La
realidad apesta y ambos estamos evitándola.

Me pregunto si es que tiene conciencia. Si su alma aún puede ser


salvada. Si puedo salvarme a mí misma antes de que él firme mi
sentencia. Me pregunto hasta dónde tengo que ir para conseguir mi
libertad.

Si aún quiero tener éxito, debo saber su nombre. Aunque solo sea por el
bien de saber el nombre de la persona que quiere matarme. Como
recuerdo para la próxima vida. Merezco saber.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto.

Su ojo lanza dardos hacia mí como si hubiera sido sacado de sus


pensamientos. Me mira como si yo fuera un fantasma que ha llegado a
perseguirlo. Su hueco, el ojo falso, también me mira, la expresión de su
cara insulsa y sin emociones. Luego sus labios se abren lentamente,
separándose de forma extrañamente sensual.

—Puedes llamarme señor X.

—¿X?

—Señor.

—Señor X… —repito.

Él asiente. Yo frunzo el ceño. Miro su ojo desfigurado, el falso, y las


heridas y cicatrices que lo cubren. Es la única razón por la que podría
llamarse X. Por supuesto. Rápidamente aparto la mirada, con miedo de
que si me quedo mirando demasiado me vaya a castigar por ello.

Se aclara la garganta y empieza a quitarse los guantes, dedo a dedo,


como si fuera una tarea tediosa que rara vez realiza. Puedo ver cómo lo
hace, ya que no tengo nada más que hacer de todos modos. Cuando el
cuero negro es removido, los tatuajes se hacen visibles. El negro que tiñe
su piel envía escalofríos por mi espina dorsal. Cráneos y tatuajes
tribales. Pero lo más espantoso de todo son las letras en sus nudillos. En
silencio miro sus dedos, tratando de ver lo que dice. Sin embargo, la otra
mano cubre parcialmente el texto.

Él se vuelve hacia mí y trato de alejarme, pero no puedo. Agarra la


manta al final de la cama y tira de ella sobre mis piernas.

—Pensé que podrías tener frío —reflexiona, y luego se ríe como si fuera
divertido como el infierno.
No me importa. Todo lo que puedo mirar son sus nudillos que llevan las
palabras "VETE AL" y por otro lado, “INFIERNO” 1.

Trago el nudo en mi garganta. Cuando su ojo me pilla mirando sus


tatuajes, quiero correr lejos de él. Pero, por supuesto, estoy atada, y no
puedo ir a ninguna parte.

—Este es un mensaje —dice, señalando a sus nudillos.

—¿Un mensaje para quién? —pregunto.

Una sonrisa taimada aparece en su rostro.

—Para quien vaya a matar luego.

Mis ojos se amplían cuando él dice eso, y una oleada de adrenalina pasa
a través de mi cuerpo. Tenía razón. Está acostumbrado a matar a la
gente. Sé en este momento que solo tengo una oportunidad de hacer esta
pregunta. Para conectar los puntos que podrían hacer que sea más fácil
para mí entender mi situación y encontrar una salida. Su cicatriz. Todo
debe estar conectado.

—¿De dónde sacaste eso? —pregunto, mirándolo a los ojos.

Sus ojos se estrechan y gruñe. Es bajo, ronco y me angustia, porque sé


que él me podría castigar. Estoy dispuesta a correr el riesgo. Sea lo que me
cueste, voy a averiguar sus secretos y a utilizarlos en su contra.

1 En inglés Go to hell que calzan exactamente en los ocho dedos (sin incluir los

pulgares) de las manos.


"Porque la muerte comienza con la
primera respiración de la vida y la
vida comienza con el toque de la
muerte."
—John Oxenham

Capitulo 4
X

Levanto la mano y la miro. Mis músculos son estrechos, mis dedos como
espadas porque podría cortarla ahora mismo. Si yo quisiera. Todavía no
estoy seguro, pero el que haga esa pregunta hace que mi sangre
hierva. ¿Ella se atreve a preguntarme eso? ¿Se atreve a mirarme de esa
manera? Señalar mi único defecto visible no es algo que la mayoría de la
gente pueda permitirse sin perder algunos dedos o sus ojos en el proceso.

Sin embargo, ella es diferente. Sé quién es y en lo que se ha


convertido. Sé lo que ha hecho por mí, pero me acuerdo de todo. Ella no lo
hace.

Quiero que recuerde. Quiero ver la expresión de su cara en el momento


en que todo vuelva. No voy a matarla antes de que pueda hacerla ver
nuestro pasado, presente y futuro. Quiero ver el horror en sus ojos cuando
ella se dé cuenta de que no hay nada. Solo la muerte. Nos sigue como un
parásito, aferrándose a nuestros cuerpos, haciéndonos enfermar hasta que
nos marchitamos y morimos.
La vida no vale nada. Mejor pasarla en toda la gloria a desperdiciarla
lamentando todo. Yo soy la gloria, ella es el desperdicio. Cegada por la
amnesia. Qué increíblemente irónico que ella, la chica que fue la causa de
mi desgracia, me pregunte por la cicatriz que ella causó.

Me encojo de hombros y los sacudo, riendo un poco.

—¿No vas a decirme? —pregunta después de un tiempo.

—No.

Solo pensar en ello trae recuerdos horribles que prefiero olvidar. Cuenta
con un retorcido sentido del humor, este cerebro mío. No importa lo
mucho que lo intente, parece que no puede raspar los últimos centímetros
de mi alma; que un trozo se mantiene persistentemente y sigue
poniéndome furioso. El control es una ilusión. No tenemos ninguna
influencia sobre nuestra historia ni nuestro futuro. Solo sobre nuestro
presente, el cual es abismalmente pequeño. Darme cuenta de esto me
tomó un par de años. Nunca dejo que la oportunidad de manipular mi
presente pase.

Como ahora.

Las pesadillas me persiguen. No importa si tengo los ojos cerrados o


abiertos. El odio me sigue a donde quiera que vaya. Esta habitación…
siempre esta habitación. El fuego crepita en la distancia. La piel de gallina
se dispersa por mi piel cuando la veo caminar hacia mí. Conozco el dolor
que viene. Tengo que escapar de ella, pero no puedo. Atado a una silla, no
tengo a dónde ir. Mis captores son personas que conozco, gente en la que
solía confiar.
Ya no.

Hablan, pero no escucho. Ellos son la encarnación del mal y yo participé


en todos sus pecados. Ahora me traicionan. No puedo creer que los haya
dejado ganar.

Vacío eterno me rodea mientras me castigan de la manera más severa


posible. No estoy muerto, a pesar de que cada día que pasa me siento
menos vivo que antes. Mi cara está en ruinas. Mi vista se ha ido.

Todavía puedo sentirlo quemar.

Viernes, 16 de agosto, 2013. 05:00 a.m.

Un par de golpes en la puerta me sacan de mi pesadilla. Salto en la silla


de golpe y me doy cuenta de que me quedé dormido. Maldita sea.

Jay todavía está tumbada en la cama, observándome con cuidado desde


la distancia. Probablemente trazó su escape, lo que no me sorprendería en
absoluto. Es ella, después de todo. Nunca fuimos realmente tan diferentes.

Los golpes no se detienen, así que me levanto de la silla y camino hasta


la puerta con el arma en la mano. Reconozco los golpes. Es un ritmo
familiar. Con el ceño fruncido, abro la puerta, pero no hay nadie allí, así
que saco mi cabeza.

—¿Nadie te enseñó a no mirar? —dice Antonio.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le digo cuando lo veo apoyado
en la pared del edificio con las manos en los bolsillos.

—Hola a ti también.
Compruebo mi reloj.

—Es demasiado pronto. Se suponía que vendrías a las 6 am.

Se encoge de hombros.

—Iba temprano.

—Lo que sea.

—¿No la has matado todavía?

—No.

Sus cejas se levantan y sus ojos se entrecierran. Mierda.

—¿Alguna razón para eso?

Sonrío.

—Quería tener un poco de tiempo “personal” con ella.

—Personal… —Antonio ladea la cabeza.

Repetir lo que dije significa que él no me cree. Y tiene razón, porque


nunca tengo tiempo personal con mis víctimas. No me podrían importar
menos, y por lo general quiero matarlos lo más rápido posible. Sin
embargo, ese no es el caso con ella. Tengo que hacer algo rápido, antes de
que él sospeche.

—Ya sabes. Diversión. ¿Has oído hablar de eso? —Por supuesto que lo
ha hecho. Torturamos gente todos los días.

Sus labios se abren, pero no sale nada. Él solo asiente.

—Ahora, si me disculpas, tengo un rehén al cual volver.

—Detente.
Lo escucho alejarse de la pared y acercarse a mí. Esto no va bien. Si aún
cree que hay algo sucediendo, tendré que tomar medidas, no hay duda. Me
gustaría evitar eso.

Con mi espalda hacia él, dejo de moverme.

—Vas a matarla —dice con calma. Demasiado tranquilo.

—Sí.

—Ahora.

Respiro hondo y suspiro.

—Por lo que recuerdo, tú no eres mi superior.

—No lo soy, pero esto es solo una advertencia amistosa. Conoces el


código.

—Oh, no te preocupes. Lo hago. —Me doy la vuelta y lo enfrento. Él se


pasa los dedos por el cabello como el imbécil impaciente que es—. Vuelve
en treinta. Puedes ayudarme a limpiar después. —Le muestro una sonrisa,
que disfruta como ninguna otra. Su cara se ilumina como un árbol de
Navidad. A este hijo de puta siempre le encanta el lío que dejo. Tiene una
cosa con la sangre.

—Te veré en unos minutos —dice Antonio. Le guiño un ojo y entro en la


habitación de nuevo, cerrando la puerta en silencio detrás de mí. Con mi
espalda contra la madera, tomo una respiración profunda y rechino los
dientes. Mierda. Supongo que no tengo más remedio que matarla.

Caminando hacia la cama, trato de no prestarle atención a ella. Trato de


no notar sus ojos temerosos y manos temblorosas mientras le quito la
manta. Sostengo el arma y apunto hacia ella.

—¿Vas a matarme ahora?


—Sí.

Ella traga, las lágrimas inundando sus ojos. Me niego a dejar que me
afecte.

—Entiendo… —murmura—. Por favor, déjame ver el amanecer.

—¿Qué?

—La salida del sol. Quiero verla una última vez.

Mi mente de repente deja de funcionar. Desconcertado. Así es como


estoy. Una sola cosa que me pide pela las capas de protección que construí
a mí alrededor mucho tiempo atrás. La petición es una que no me
esperaba de ella, a pesar de que la conozco tan bien. Nunca me imaginé
que todavía querría ver el amanecer. Sus recuerdos están olvidados, pero
el deseo de repetir las experiencias del pasado aún persiste. Ella sigue
siendo la misma persona.

Solo que de una manera mucho más jodida.

Niego con la cabeza y suspiro de nuevo. Tiro de las cuerdas,


deshaciéndolas rápidamente, ya que no quiero perder el tiempo. Me niego
a dejar que esto me afecte. Tengo un trabajo que hacer. Esto se tiene que
hacer, fin de la historia. Ella tiene que morir. Yo seré el único en apretar el
gatillo.
“El tiempo no existe, solo la idea de
que lo hace nos hace creer que
tenemos control sobre él.”
—Clarissa Wild.

Capitulo 5
Jay

Un escalofrío corre arriba y abajo por mi espina dorsal mientras él


deshace los nudos en mis muñecas y tobillos. Su arma sigue
apuntándome a la cabeza, con los dedos listos para apretar el gatillo. Sé lo
que viene. La determinación en su voz me dice lo suficiente. Él finalmente
decidió. Me va a matar. No hay nada que pueda hacer. No puedo escapar.
Sé que me mataría en un parpadeo. No puedo correr, no puedo
ocultarme. Todo lo que puedo hacer es esperar. La esperanza es lo único
que me queda.

El sol me está llamando. Luz naranja brillante resplandece a través de


los huecos en las cortinas, un espectáculo que me angustia, así como me
calma. Saber que aquí es donde todo termina es aterrador, pero
pacífico. Nunca he conocido lo que sería saber cuándo vas a morir, pero
ahora que lo hago me resulta extrañamente reconfortante. Saber que
puedo contar los segundos y esperar hasta que apriete el gatillo.

No voy a dejar que se salga con la suya con facilidad, sin embargo. Lo
voy a mirar directamente a los ojos y obligarlo a mirarme. Deberá ver el
mal reflejándose en mis ojos.
—Quita tu culo de la cama —dice, agitando su pistola.

Me empujo fuera de la cama, con las manos doloridas por las cuerdas
que quemaron mi piel. Mis piernas tiemblan mientras camino a la
ventana. X posa una silla detrás de mí. Tiene las manos en mis hombros,
empujándome hacia abajo. Es extraño sentir sus manos sobre mí, extraño
porque me recuerdan algo… o alguien… pero no tengo ni idea de por
qué. Él es terriblemente suave conmigo, su mano flotando en la curva de
mi cuello. No tengo ni idea de por qué se pega tanto a mí, pero lo hace. Se
siente familiar y seguro. Algo que no había sentido en mucho tiempo.

Con la otra mano abre de pronto la cortina y en un instante estoy siendo


cegada por la luz.

—Tienes suerte —dice—. Normalmente no cumplo últimos deseos, pero


voy a hacer una excepción en tu caso.

—¿Y por qué es eso? —pregunto, mirando a lo lejos. Ni siquiera puedo


ver el horizonte desde aquí, pero al menos puedo ver los colores en el cielo,
y la forma en que el sol lo pinta como un lienzo.

Él no responde. En lugar de ello, su arma hace un sonido de clic y luego


siento el frío metal contra la parte posterior de mi cabeza.

—¿Puedo preguntarte algo? —le digo, tragándome el miedo y las


lágrimas.

—Hazlo, aunque no puedo prometer que vaya a responder.

—Lo sé. Solo quiero saber… ¿por qué?

Se toma un tiempo para contestar.

—Porque tú eres tú.

—Eso no explica nada.


—Estás aquí porque estás destinada a estar aquí. Las decisiones que
tomaste te llevaron a este punto en el tiempo. No puedes negar que esto
también es culpa tuya.

—¿También? ¿Así que estás admitiendo esto no es todo sobre mí?

Una vez más, él no responde, lo que me dice suficiente.

—Tienes quince minutos —murmura.

Esta vez soy yo la que no dice una palabra. En su lugar, veo el sol
elevarse por el horizonte, bañando nuestro mundo con su luz. Es casi
increíblemente sereno, de una manera morbosa. Aun así, me alegro de
llegar a ver esto una vez más antes de haberme ido. El sol siempre
significó mucho para mí.

—Sabes, cuando era joven solía ver salir el sol todos los días.

—Hmm…

—Había un chico que venía a verlo conmigo.

Los dedos de X se crispan y por un segundo creo que en realidad me


escucha.

No es que importe. Todo lo que quiero es volver a esos días en que todo
era mucho más fácil y menos jodido. Solo pensar en ello me lleva de vuelta
a la época en que todavía estaba ajena a todo el mal en este mundo.
Viernes, 22 de junio, 2005.

La gente está festejando con tanto ímpetu que la planta baja de toda la
casa se sacude. Cuando cierro la puerta, la música es de repente mucho
menos ensordecedora. Honestamente, no puedo entender por qué coño
vine a esta fiesta en primer lugar. Está llena de gente estúpida.

Compruebo la sala y veo una ventana en la parte


posterior. Perfecto. Siempre trato de encontrar los puntos más escondidos
en una casa porque me encanta estar a solas con mis pensamientos. Me
encanta simplemente pasear y explorar cosas. Además, esta fiesta es tan
malditamente aburrida, nadie se dio cuenta de que me fui. Eso no es,
obviamente, lo correcto, ya que normalmente soy el alma de la fiesta. Por
lo menos en las fiestas donde realmente tocan buena música y llevan
alcohol, por el amor de Dios.

Abro la ventana y me aseguro de que haya suficiente espacio para


colocar mis pies antes de hacer la subida. No me toma mucho tiempo
establecerme en la azotea y sentarme sobre mi culo. Esta casa tiene una
vista perfecta de la línea del horizonte, la cual está llena de estrellas. Me
maravilla verlas, apreciar su brillo. Casi me olvido de la música horrible y
las riñas de la gente abajo.

Casi me olvido de mi propia vida.

El mundo es el infierno y las estrellas son el cuento de hadas al que


aferrarse.

Sentada aquí, mirando a las estrellas, recuerdo todas las veces que solía
mirar al cielo, durante los tiempos en que mi padre estaba de viaje por
trabajo y me dejaba con la niñera que se preocupaba más por el maldito
vecino sexy en el dormitorio principal de lo que se preocupaba por cuidar
de mí; o después de las veces en que mi padre me gritó por escoger mi
propio armario, escuchar música diferente, o avergonzarlo, como él lo
llamaba. Sí, sucedía mucho. Cuando nunca te abrazan, te olvidas de lo
que es sentirse amado. Cuando no te acuerdas de lo que se siente el amor,
tiendes a querer escapar. Escapar se convirtió en una forma de vida para
mí. Fiestas. Drogas. Alcohol. No me importa. A nadie le importa, ¿por qué
habría de importarme a mí?

Miro las estrellas en los momentos que me siento sola y siempre que
tengo que consolarme con la idea de que hay alguien mirándome. En algún
lugar hay alguien que está mirando las estrellas justo cuando yo lo estoy,
alguien que las ama tanto como yo lo hago. Alguien como mi madre. Me
gustaría saber qué pasó con ella.

Todo lo que sé es que ella estaba allí… y luego ya no lo estaba. Yo era


demasiado joven para recordar algo de eso, pero sé que tenía madre antes
de que tuviera seis años… en algún lugar después de eso ella desapareció.

Suspiro, mirando al cielo, preguntándome dónde se fue. Me pregunto


cómo es ella y si se hubiera quedado a mi lado. Si me amaría, porque mi
padre no puede.

Soy sorprendida por el ruido que viene de la ventana. Un pie aparece y


pronto un hombre sale a la azotea. Ahí va mi pequeño retiro en silencio.

Se vuelve a mirarme, desconcertándome con sus ojos exigentes de


atención. No en el mal sentido, sino de una forma sorprendente. Pasa los
dedos por su pelo negro alborotado mientras viene hacia mí. De alguna
manera parece un poco familiar.

—¿Hay lugar para uno más? —pregunta.

—Claro.

Me muevo un poco, dándole espacio para sentarse. Él lleva un par de


latas de cerveza y las pone a su lado. Cuando me ve a mirarlas, dice:
—¿Quieres una?

Yo suspiro.

—¿De dónde las has sacado?

—Las encontré en la nevera cuando nadie estaba mirando. —Su


respuesta es directa, no miento, no jodo. Una sonrisa peculiar aparece en
su rostro, y cuando mi mandíbula cae, sonríe ampliamente.

Ya me gusta este tipo.

—Yo no soy del tipo de intercambiar, pero haré una excepción contigo —
dice, lanzando una de las latas a mis manos.

Resoplo.

—¿Y por qué es eso?

—Oh, solo quería un lugar tranquilo en el techo y aquí te encuentro


haciendo la misma cosa. Encontrar extraños al azar es una manera
divertida de pasar el tiempo.

Niego con la cabeza, riendo para mis adentros mientras abro la lata.

—¿Aparte de pasarlo de locos en una fiesta al azar?

—Nunca fui realmente de ir a fiestas.

Tomo un sorbo.

—Lo mismo digo. —Lo miro, y él sonríe. No puedo dejar de pensar que
conozco esa sonrisa de alguna parte—. ¿Te conozco de alguna parte? —
pregunto tentativamente.

Se ríe.

—No lo sé. Dímelo tú.


Me encojo de hombros y tomo otro sorbo.

—Olvídalo.

—¿Entonces por qué estás aquí? —pregunta.

—Oh, por nada. Simplemente me gusta mirar las estrellas.

—¿En serio? A mí también. Me recuerdan que el mundo es tan


insignificante en comparación con lo que hay.

—Hmm… —Tomo otro sorbo y me recuesto—. Tienes razón. Y pone todo


en perspectiva.

—Cierto. —Él guiña y levanta su lata—. Por las estrellas.

Brindamos y bebemos un poco más, en silencio mirando al cielo.

—¿Así que por qué no estás ahí abajo con el resto? —pregunto un poco
después.

—Te lo dije, no soy fiestero.

—Sí, pero ¿por qué estás aquí?

—Oh… una que otra razón. Prefiero simplemente disfrutar de la vista


aquí.

—¿Otra razón? —pregunto.

Él levanta una ceja y ladea la cabeza.

—¿Siempre haces muchas preguntas a extraños al azar?

Un rubor se propaga a través de mis mejillas.

—Hey, solo estoy tratando de llegar a conocer a este extraño al azar.

Él sonríe.
—No hay necesidad. Es probable que nunca me veas de nuevo.

Frunzo el ceño.

De repente, un grito alerta todos mis sentidos. Me siento con la espalda


recta mientras una afluencia de gritos llena los pasillos de la casa. Mis
ojos se amplían y me levanto de inmediato. El hombre a mi lado se ve
confundido, pero estoy demasiado curiosa por descubrir lo que
pasó. Pongo mis pies en la ventana antes de verlo.

—Oh, Dios… —tartamudeo. La cama de la habitación está teñida de


color rojo y la almohada despedaza, plumas esparcidas por la
habitación. En el suelo hay un rastro de sangre.

Mis ojos se amplían. Siento la necesidad de vomitar, pero logró


mantenerla controlada cerrando mis ojos de inmediato. Me doy la vuelta,
volviendo a la ventana, y disfruto de una gran bocanada de aire. Se siente
como si mis pulmones se contrajeran. Por el rabillo del ojo, veo a la gente
corriendo fuera de la casa, gritando:

—¡Hay un cadáver!

Cuando miro hacia la izquierda, hacia el techo, el extraño se ha ido.

Viernes, 16 de agosto, 2013. 5:30 am.

—¿Ya terminaste? —pregunta X, poniéndose sus guantes.

Asiento, tomando una respiración profunda. Las lágrimas brotan de mis


ojos porque no puedo creer que este sea el fin. Es demasiado pronto. Me
arrepiento de no haber hecho todas las cosas que quería hacer antes de
morir. Viajar por el mundo, escalar una montaña, hacer un trabajo de
caridad, navegar por los océanos. Quería hacerlo todo.

Y ahora es demasiado tarde.

Fui débil. Años perdidos en drogas y sexo. Follando con extraños con los
que nunca llegué a ninguna parte. A cambio, terminé aquí, siendo una
maldita bailarina de tubo, una puta, una persona que vive del dinero que
se pierde todo en los placeres simples. Qué fracaso.

Bajo mi cabeza y contemplo mis pecados. X coloca la pistola contra la


parte posterior de mi cabeza, el metal frío haciendo que los latidos de mi
corazón suban a mi garganta. Está sucediendo. Está realmente
sucediendo. En unos momentos estaré muerta. ¿Dolerá? ¿O va a ser
rápido y misericordioso? ¿A dónde iré?

Le oigo tomar una respiración fuerte, su mano firme en mi hombro.

—Si te mueves, te haré daño. Si te quedas quieta, esto será rápido y sin
dolor.

Asiento, cerrando los ojos. Una lágrima resbala por mi mejilla. Esto es
todo. Este es el final. Tic, tac, tic, tac. El reloj me recuerda que todavía
estoy aquí, en esta misma tierra. Cada segundo que pasa es otro
concedido. Si pudiera hacerlo todo de nuevo; no, no sería la misma. He
aprendido de mis errores. Agradecería la vida efímera que recibí.

Y entonces oigo el ruido de la pistola y siento la forma en que se mueve


contra mi cráneo, sus dedos se ponen tensos, apretando mi hombro. Me
despido de la breve vida que me fue dada.

Pero entonces el arma desaparece de la parte posterior de mi cabeza y el


hombre que estaba de pie detrás de mí se ha ido.
"La bondad es subjetiva."
—Notas de X.

Capitulo 6
X

El control es una ilusión. Incluso en las situaciones más terribles somos


incapaces de influir en lo que no se puede influir. Mi consciencia es una de
esas cosas.

Miro mi reloj y compruebo la hora. Cinco minutos después de la hora


límite. La elección ha sido hecha. Una elección que no quedará
impune. Sin embargo, seré maldito si hago lo que me piden. Matarla no
era parte del plan, nunca lo fue. Se suponía que tenía que sufrir, pero no
hasta el punto de la aniquilación. Quería que ella viviera con el dolor, el
pesar, la ira, el sufrimiento, pero lo que encontré fue peor. Alguien que
había perdido toda voluntad de vivir. Alguien como yo.

Excepto que cuando entré a su habitación, de repente recuperó la fuerza


para luchar.

No puedo perder esto. Es la mejor cosa que he visto en mi vida. Esa


maldad en sus ojos cuando le quité lo que ella consideraba suyo: su
libertad. No quiero perderlo. Lo atesoro. Quiero quedármela y reclamarla
como mía.

Voy a tomarla y hacerla mía. Su sufrimiento debe durar más que solo
estos pocos años. Si quieren verla muerta, deberán quitarla de mis manos
frías. No voy a dejar que se lleven lo que es mío. Su vida es mía para dar y
tomar. Yo decido cuándo se acaba este juego.

Al abrir la puerta, me asomo y descubro los dos autos de color negro en


el estacionamiento. Hay uno más en el camino. Tres chicos. Uno de ellos
está en el interior, los demás están desaparecidos. Basado en experiencias
previas, uno espera en la sala de recepción, mientras que el otro está justo
al lado del edificio, esperando a que yo salga.

Me vuelvo alrededor y cierro la puerta. Jay se levanta de su asiento con


el rostro pálido como si hubiera visto un fantasma. Sus ojos se lanzan
desde la ventana cerrada hacia la puerta delante de la cual estoy de pie, y
luego a mi pistola. Sé lo que está pensando.

—No vas a escapar. La ventana está bloqueada.

—¿Por qué no me has matado? —pregunta, su rostro se afloja. Está


cayéndose a pedazos. Estar al borde de la muerte la ha arruinado. Soy un
monstruo porque me deleito con la vista. Vivo para ver esta angustia en su
rostro.

Con determinación, camino hacia ella y agarro su brazo con firmeza. De


repente ella recupera su voluntad de luchar y está tratando de sacudirse
para liberarse. Empujo la pistola en su estómago.

—Deja de resistirte.

—¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!

La ignoro y voy directamente a la puerta, arrastrándola conmigo. Si esto


va a suceder, va a suceder ahora. Tengo la ventaja. Ellos no están
esperando que salga todavía. La pelota está en mi cancha ahora, y he
tomado mi decisión.
Antes de abrir la puerta, la dirijo hacia mí, obligándola a mirarme a los
ojos.

—No hagas un sonido. No te muevas a menos que yo te lo diga. Ven


conmigo y haz lo que diga, ¿entendido?

Asiente rápidamente, respirando entrecortadamente. No está


convencida.

—¡Dilo! —Empujo el arma más contra su vientre—. No voy a dudar en


poner fin a tu vida de todos modos.

—Lo sé. No lo haré.

—Buena chica. Estás empezando a aprender. —Abro la puerta y la llevo


conmigo, mi arma contra su cintura para que pueda disparar si ella
intenta alguna locura. En primer lugar, tengo que encontrar a esos
bastardos y matarlos. Voy contra todo lo que me enseñaron, pero no tengo
otra opción. Van tras lo que es mío, y no voy a permitirlo. Incluso si ellos
me pusieron en el trabajo, no voy a terminarlo. Y que me torturen si dejo
que ellos lo terminen por mí. La mantendré jodidamente para mí mismo si
quiero. A la mierda la organización. A la mierda el código. Voy a matarlos a
todos si tengo que hacerlo. Me importan una mierda ellos o cualquier otra
persona. Recuperaré mi dinero en otra parte.

Mientras caminamos por la entrada, uno de los chicos gira en la


esquina. El sonido de mi pistola disparando sorprende tanto a Jay que
grita.

—¡Silencio! —siseo, moviéndome hacia adelante.

Uno muerto, quedan dos.


No puedo ver a Antonio en ningún lugar, y algo me dice que se cansó de
esperar y dejó a sus amigos para resolver este problema. Idiota. Voy a
tratar con él más tarde. Pero primero tengo que salir de aquí.

El que está en el auto viene entonces. La hamburguesa que estaba en


sus manos cae al suelo cuando mi arma lo derriba. Sangre se vierte en su
camisa como una mancha de vino. Jay lloriquea con miedo. No me puedo
imaginar lo que debe estar sintiendo. No, en serio, no puedo. No siento
nada. ¿Eso es malo? Quizás. ¿Me importa? No. Yo vivo para mí, y joder,
viviré.

Estoy teniendo problemas al aferrar a Jay porque ella sigue


demorándose con los cadáveres, sigue mirando hacia atrás. Tiro de su
brazo.

—¡Deja de perder el tiempo! —digo, empujando hacia adelante. Tenemos


que ser rápidos o vamos a morir. Sé rápido o te matan, esa es la única
regla en la vida.

Sus ojos de repente se ensanchan.

—Detrás tu…

Antes de que pueda decir las palabras, la bala ya ha salido de mi


arma. Ni siquiera tengo que mirar para saber dónde está; sus ojos dicen lo
suficiente. El golpe que se produce cuando su cuerpo toca el suelo me
hace sonreír. Me reiría si no fuera por el hecho de que no me complace
matar gente al azar sin haber tenido la oportunidad de jugar con ellos un
poco. Me gusta que mis víctimas griten y pidan la muerte antes de que se
las dé, no en silencio y fácilmente.

Oh, bueno, supongo que eso está obligado a pasar cuando desafías las
órdenes que te dieron.
Jay me mira fijamente, con los ojos grandes, la cara blanca y sus labios
abiertos ligeramente de una manera que es bastante atractiva. Debo decir
que me gusta que ella luzca toda perpleja. No puedo esperar a ver cómo
luce una vez que le ponga las manos encima. Oh, el castigo va a
perdurar… ya estoy teniendo una erección solo de pensarlo.

—¿Quiénes eran? —pregunta.

—Gente de negocios.

—¿Qué tipo de negocio? —chilla, horrorizada.

Ruedo mis ojos.

—No de nuevo. Vamos. —La arrastro conmigo a mi Bentley Onyx negro,


abro la puerta y la meto. Cierro y subo rápidamente en mi lado. Ella se
atasca a sí misma contra la ventana, jugueteando con la manija para
abrirla de nuevo. Pulso el botón de bloqueo y ella grita de frustración,
golpeando la ventana con ira.

—¡Déjame salir de aquí! ¡No puedes hacer esto!

—Oh, pero sí puedo, pajarita.

—¿Vas a mantenerme prisionera para siempre? —grita—. ¡Déjame ir!

Lucha con la puerta de nuevo, golpeándola sin cesar, destrozando mi


auto. En medio de la ira apunto con el arma a su cabeza y grito:

—¡Quédate quieta o pondré una bala en tu cabeza!

Ella se detiene inmediatamente, sus ojos ampliándose de nuevo al estar


el arma contra su frente. Sus labios se abren y ella toma un respiro.

—Si fueras a matarme, lo habrías hecho para ahora. No te creo.


Muevo el arma y disparo en el asiento a su lado. Ella se sacude con
sobresalto.

—¡Jesús!

Qué desperdicio de mi auto, pero tenía que callarla.

—El hecho de que no lo hice no quiere decir que no puedo y no lo


haré. Esta arma está cargada y la usaré si tengo que hacerlo. Vas a
escucharme. No me tomes por tonto. He matado a más hombres que con
los que tú tuviste relaciones sexuales, y eso dice mucho. Asesiné al
primero cuando tenía solo nueve años. No creas que voy a dudar en poner
una bala a través de ti. No soy alguien con quien meterse.

Ella niega con la cabeza, sus mejillas rojas y los ojos llorosos. Ese
pequeño discurso la hizo callar muy bien.

—Tu vida está en mis manos ahora, y vas a hacer lo que te digo. —Le
agarro la barbilla. Ella gime—. ¿Lo entiendes?

—Sí —tartamudea.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señor.

Suena bien oírle decir eso. Durante años he esperado su respeto. No es


que ella me lo dé libremente, pero aun así lo disfruto. Necesita saber quién
está a cargo y a quién le debe su vida. No voy a dejarla morir sin tenerla
entera primero. No voy a dejarla ir hasta que me harte. Necesito mi ración
de venganza.

Y tengo la intención de tomarla en su totalidad pronto.


Justo antes de marcharnos, diviso a Antonio a lo lejos, volviendo con un
café de Starbucks. Cuando nos ve a mí y a mi pasajera pasar por delante
de él en un auto, lo deja caer.

Viernes, 16 de agosto, 2013. 7:30 am.

Cuando llegamos a mi habitación privada del hotel en Austin lo primero


que hace es gritar e ir hacia las ventanas. Admira la vista con las manos
en el cristal, mientras yo dejo caer mis bolsas de equipo en el suelo y cierro
la puerta detrás de mí. Me aseguro de que está cerrada antes de dirigir mi
atención a ella. Me pregunto si debo atarla de nuevo o si va a permanecer
tranquila y obediente esta vez. Sería más fácil. Por otra parte, me gusta la
visión de una mujer atada. Oh, las cosas que podría hacerle…

Pero primero, tengo que averiguar qué voy a hacer con ella. Qué voy a
hacer con el trabajo ahora que lo arruiné todo. Los dos estamos en
peligro. Vendrán detrás de mí en algún momento. Si conozco bien a la
organización, ya saben sobre mi escapada. Antonio debe habérselos dicho,
es su trabajo. No lo culpo, yo haría lo mismo si estuviera en su
posición. Sin embargo, voy a tener que poner fin a sus relaciones con Jay
rápidamente. Supongo que mi mejor opción es pagar a la organización con
dinero de mi propio bolsillo para callarlos sobre el trabajo perdido. Y
supongo que voy a tener que matar al contratista para que deje de
perseguir su deseo de matarla. Sea quien sea que quiera verla muerta.

Me aclaro la garganta y me doy la vuelta. Mordiéndose el labio, ella


envuelve su brazo alrededor de su cintura y se aferra a la ventana como si
fuera su única protección contra de mí. Que tonto. Está enjaulada con una
bestia. No puede escapar de mí. Nunca podría.
—Vas a permanecer aquí.

—¿Cuánto tiempo?

—Cuanto yo lo desee.

—¿Por qué? —Su ceño me pone incómodo. No porque me importe, sino


porque demuestra su intención de pelear conmigo otra vez.

Juego con la pistola en mis pantalones. Sus ojos se mueven hacia ella,
lo cual es exactamente por qué lo hice. Quiero que sepa mis
intenciones. Quiero quemarlas en su mente para que nunca olvide quién
es su dueño ahora.

—He decidido perdonarte la vida, por ahora. —Entrelazo los dedos


detrás de mi espalda y me posiciono rígidamente frente a la puerta para
mostrarle que no hay manera de salir.

—¿Y por qué es eso?

—Porque eres mía ahora.

Ella resopla.

—Absurdo.

—Ya lo veremos.

—Tengo un trabajo al que debo volver —dice, suspirando.

Rio entre dientes.

—Puedes olvidarte de eso.

Ella rueda los ojos.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Pasar mis días aquí revolcándome en tu
habitación? ¿Rogarte por mi libertad? ¿Ser tu esclava?
No puedo evitar la sonrisa taimada que aparece en mi cara. No me gusta
la palabra “esclava”, pero me gusta la idea detrás de esto. Y oh… las
maravillosas ideas que surgen en mi cabeza cuando dice la palabra
“rogar”… todas las formas en que podría hacerla rogar.

—Tal vez.

Ella aprieta los dientes.

—No me puedes mantener aquí…

—Mírame hacerlo. —Me apoyo en la pared, recogiendo un encendedor y


un paquete de cigarrillos. He estado muriendo por fumar desde que la
encontré en esa habitación.

—¿Y luego qué? ¿Se supone que me asuste? —dice, su mano en puño
como si estuviera tratando de resistir, a pesar de que no hay manera de
salir de esto.

Sonrío y dejó el encendedor.

—Si piensas que estoy haciendo todo esto solo para asustarte, estás
equivocada.

—Entonces ¿cuál es la razón, eh? ¿Por qué me mantienes prisionera? —


Ella lucha contra las lágrimas en sus ojos. No puedo evitar sentirme un
poco agobiado por las ganas de agarrarla y besarla para quitarle todo el
dolor. Sin embargo, no puedo. El pasado no puede ser borrado. Lo que
somos está escrito en piedra y nada puede sacarlo de la superficie rugosa
de nuestras almas. Sería un mentiroso si dijera que no me duele ver su
dolor, pero me gusta el dolor. Vivo por este. Volví a nacer en este. No le
tengo miedo. Por el contrario, voy a sobrevivir en este. El dolor es un medio
para un fin, y su dolor es mi fin. Si deja de sentir dolor, entonces yo
también, y eso significaría el final.
Es demasiado pronto.

Necesito su dolor para sentirme vivo. Y así seguiré haciéndola responder


por sus pecados.

—Un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer —le digo.

—¿Un hombre? ¿Cómo puedes decir que eres un hombre? Eres un


monstruo. —La mirada en sus ojos, el temor a mi maldad, es estimulante.

Sonrío.

—Gracias.

Su mandíbula cae, levanta una ceja y gruñe. Es divertido ver las


emociones encontradas dispersarse en su rostro.

—¿Estás loco? ¿Por qué me agradeces?

—Porque prefiero ser un monstruo que un hombre a tus ojos. Ser un


monstruo contra ser un humano miserable. Tú me has liberado de la carga
de tener que actuar como alguien sano. Así que sí, se podría decir que
estoy loco.

Ella solo me mira fijamente, con la boca abierta pero en completo


silencio, como si le faltaran las palabras.

—Créeme cuando digo que es mejor conmigo que por ahí —le digo.

—¡Estás loco! Querías matarme, ¿y ahora dices que estaré a salvo


contigo? —se burla.

—Nunca dije que estarás a salvo conmigo. Puedo llegar a ser muy
peligroso… —Una sonrisa peculiar aparece en mi cara.

Ella tiembla. Agarrando su cuerpo, corre hacia mí.

—Déjame salir.
Agarro ambos brazos, apretándolos fuerte cuando la detengo y la miro.

—No quieres hacer eso.

—Quiero cualquier otra cosa que estar aquí contigo. —Ella trata de
sacudirse para liberarse, pero me mantengo cerca, obligándola a
escuchar. No puede dejarme porque no voy a permitirlo, pero voy a darle
una buena razón para no hacerlo.

—¿Crees que soy la peor cosa que podría ir por ti? —Me inclino hacia
delante y susurro en su oído—. Hay más mal por ahí de lo que crees.

Su aliento sale en cortos jadeos, sus tetas empujándose contra mí


cuando su pecho se eleva. El coraje está siendo reemplazando por el miedo
de nuevo, puedo sentirlo en su piel. Es genial. Ella pelea contra mí, sus
brazos bloqueando los míos en su intento por liberarse de mi agarre, pero
yo la retuerzo en mis brazos y pongo sus manos detrás de su espalda. Su
culo está chocando contra mi polla, esforzándose al límite. Dios, me
encanta cuando ella pelea. Nunca dejó de encantarme.

—¿Crees que soy el único que fue tras de ti, eh? —le susurro al oído—.
¿Que yo soy el único que te quiere muerta?

Ella niega con la cabeza, y puedo sentir su corazón zumbando a través


de su pecho.

—¿Viste a esos hombres que estaban siguiéndonos? ¿Puedes adivinar lo


que querían?

—¿A mí?

Sonrío.

—Gran deducción. Ahora, hay una diferencia entre ellos y yo; ¿me
puedes decir cuál es?
Se queda en silencio durante unos segundos. Supongo que en realidad
no lo ha descubierto todavía.

—Ellos quieren tu cabeza. Yo quiero tu cuerpo.

Ella traga y me excita tanto que quiero arrancarle la ropa en este


momento y hacérselo contra la puerta. Pero no lo hago. Tenerla sería tan
fácil que le quitaría toda la diversión. Quiero que se ofrezca a mí de buena
gana. Quiero ver el arrepentimiento en sus ojos después, cuando se dé
cuenta de que ella le dio su cuerpo al diablo.

—Pero… no entiendo. ¿Pensé que querías verme muerta?

—Lo quería. Ahora quiero más.

Ella corta su respiración.

—¿Por qué? ¿Qué ha cambiado?

—Yo lo he hecho.

La empujo hacia adelante. Se detiene y mira hacia atrás con miedo de lo


que va a pasar. La insto a que se siente en la cama, pero ella parece
renuente. Aún al borde. Amo eso.

—Hay una recompensa sobre tu cabeza —le digo.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué he hecho? —dice ella, sorprendida—. Bueno, sé


que he estado usando drogas… y… bueno, no soy exactamente una buena
chica. —Resopla, y luego de inmediato su rostro se vuelve serio otra vez—.
Pero esas son todas cosas pequeñas que no garantizan que te maten. No
he hecho nada escandaloso y no tengo deudas.

—Hay gente poderosa por ahí que quiere tu corazón en una bandeja. No
creo que eso se pueda tomar a la ligera. No puedes volver a ser como eras.

Ella envuelve su mano alrededor de la pata de la cama.


—¿Y tú? ¿Fuiste contratado por ellos?

Asiento.

—Así que tenía razón, eres un asesino.

—Y todavía podría fácilmente matarte y reclamar mi recompensa.

Ella inclina la cabeza y me mira de reojo, casi parece ver algo en esa
declaración. Como si estuviera confeccionando un plan.

—¿Por qué me dices esto ahora?

—Porque estoy cansado de tener que evitar que escapes. Y atarte es un


trabajo tedioso, aunque muy gratificante. —Detecto un dejo de disgusto en
sus ojos, pero al mismo tiempo parece incapaz de replicar. Es como si su
demonio interior le estuviera diciendo que acepte todo lo que
viene. Fascinante. Le muestro una sonrisa y trazo su barbilla—. He
decidido mantenerte como mía.

Ella resopla.

—Cierto. Como si fuera a permitirte hacer eso. No eres mi dueño.

—Oh, pero lo soy. Ya ves, yo sostengo el arma. —Agarro el metal en mi


funda—. Esto determina si vives o mueres. Yo determino si vives o
mueres. Si vas por ahí… —Apunto a la puerta—, te darán un balazo en un
segundo. ¿Y sabes qué es lo peor? —Me inclino hacia delante, mi pulgar
trazando sus labios regordetes hasta que se apartan—. Ellos también te
quieren muerta. No tienes ninguna oportunidad por ahí. Conmigo, podría
ser. Ahora elige. La certeza o la incertidumbre. ¿Qué escoges? —Presiono
mi pulgar dentro de su boca y levanto una ceja cuando trata de cerrarla—.
Me muerdes, y mueres. Así que mantén esos dientes para ti misma,
pajarita. Disfruto repartiendo dolor, pero no me gusta recibirlo.
Extraigo mi dedo y limpio la saliva en su mejilla. Entonces camino por la
habitación.

Ella mira la pintura color roja en todas las paredes de la habitación. Sus
ojos parecen aburridos y vacíos, como si todavía estuviera procesando la
inmensa experiencia que tuvo. Hace solo un día ella todavía estaba
colgando de un palo, y ahora está aquí, conmigo, como una prisionera
obligada a cumplir mis órdenes.

La comprensión de que está sometida a mi voluntad finalmente la golpea


y es maravilloso verlo.

Me aclaro la garganta.

—Ahora, te quedarás aquí y te comportarás. Hay comida y bebida en la


pequeña nevera. Puedes usar el baño si quieres. Encontrarás ropa limpia
en el armario. Límpiate y deshazte de ese desagradable olor del gilipollas
de Daryl.

—Billy… —Suspira.

—Cierto. —Me encojo de hombros—. De todos modos, hay cerraduras en


todas las ventanas y la puerta también está cerrada; tengo clave para
todas ellas. No hay teléfono y no hay salida. No puedes escapar. Grita todo
lo que quieras, a nadie le importa. Le he dicho al personal que tendré sexo
delirante con una prostituta. Ellos saben que yo juego duro y con juguetes.
—La mirada en sus ojos cambia un par de veces cuando digo eso, del
pánico a la curiosidad y a la pura vergüenza—. Además, los soborné. Así
que ni siquiera pienses en escapar. No va a funcionar, y lo averiguaré si te
portas mal. Quédate aquí y espera hasta que regrese.

—¿A dónde vas? —pregunta mientras se levanta de la cama.

—A encargarme de unos asuntos pendientes —le digo mientras camino


hacia la puerta. Antes de abrirla, miro por encima de mi hombro y la veo
cubrir su cuerpo cuando deslizo mis ojos sobre ella—. Mejor que estés
vestida adecuadamente antes de que regrese o podría reclamar lo que es
mío antes de lo esperado.

Entonces salgo por la puerta y cierro detrás de mí.


“Toda crueldad viene de la
debilidad.”
—Séneca

Capitulo 7
Jay

Viernes, 16 de agosto, 2013. 11:07 am.

Carbón y carmesí. Sus ojos son las cenizas después de una guerra, la
sangre en sus manos mancha su alma. Los recuerdos se desvanecen
dentro y fuera de mi cabeza. Motean mi mente. Él siempre me está
viendo. En la oscuridad, él me acecha. Siempre vigilante. Alguna vez me
rodea. Siempre está ahí, moldeándome a su forma deseada; un ser
miserable, capaz de destruir todo lo que ama.

Él me quiere. Un igual. Alguien con quien detestar este mundo.

Él me arruina. Es mi aflicción. Mi droga. El que me salvó de la agonía


eterna. El que ahora se quema por mis errores.

Soy una pecadora.

No lo conozco, y sin embargo, él cree que sí. Con cada minuto que pasa
me convierto en su verdad. Recuerdos de un pasado olvidado barren a lo
largo de mi mente, nublando mi juicio. Días pasados con el diablo. Un
muchacho con el pelo oscuro como el de un cuervo y ojos que
coinciden. Riendo. Bebiendo. Bailando.
Y más…

Eventos infortunados. Descubrimiento y vergüenza inevitable. Dolor


como castigo. Lamento por no elegir bien. Angustia por decepcionar y
abandonarlos a todos. Traición. Dejarlo todo ir.

Estos ojos… me persiguen. Los conozco. Los he conocido desde hace


mucho tiempo. Y ahora han venido a reclamarme y llevarme de vuelta al
infierno.

Mis ojos se abren de golpe, y soy cegada por la luz de la lámpara. Me


duelen, sal ardiendo en los bordes. Frotándolos para limpiarlos, parpadeo
un par de veces. Todavía es de mañana, pero me sorprende encontrarme a
mí misma en esta habitación de hotel. Esta cama. Ni siquiera estoy bajo
las sábanas, pero al parecer me quedé dormida aquí. La almohada está
mojada por mis lágrimas. Debo haber llorado hasta quedarme
dormida. Estaba tan cansada. Ni siquiera recuerdo haberlo hecho. Ni
siquiera sé qué hora es o incluso cómo llegué aquí. Infiernos, incluso he
olvidado el sueño que acabo de tener.

Cuando me siento y miro hacia adelante, veo el mismo cuadro extraño y


enmarcado que noté antes. Un campo con un par de caballos y una mujer
sentada en el medio. La mujer está cortando algo, aunque no puedo
descubrir qué es desde tan lejos. Sin embargo, las manchas rojas llaman
mi atención. Me dan ganas de acercarme y mirar de nuevo. No puedo
recordar qué era y por qué he mirado esa pintura antes.

Dejando de lado la almohada, me deslizo fuera de la cama y dejo que


mis pies se deslicen sobre la alfombra suave y caliente. No es una
habitación grande, pero sí una cara por lo que puedo decir. Con grandes
ventanales y sofisticados muebles de madera, solo puedo imaginar lo que
debe de costar quedarse aquí cada noche. La cámara huele a sándalo y
amoníaco, una combinación extraña que me marea un poco. Cuanto más
cerca voy de la pintura, más curiosa estoy por saber lo que vi. No sé por
qué. Solo tengo que verlo.

El rojo se convierte en pequeños puntos y entonces descubro qué


son. Humanos. Cuerpos. Extremidades troceadas. Una mujer los corta con
un cuchillo de carnicero.

Un pequeño grito escapa de mi boca mientras jadeo en busca de aire. Mi


mano se mueve a mi cara intentando retener el sonido. El horror que esta
pintura muestra no es lo que me ha asustado. Todo vuelve a mí en un
instante. Billy. Su muerte. El hombre de la cicatriz que me mantiene
cautiva. La ola de asesinatos. Sangre. Muerte.

Estoy rodeada por ella.

Con pánico me doy vuelta y miro a la cama, la ventana, las


puertas. Todo está bloqueado, y de repente siento que me estoy volviendo
loca. Es cierto. Eso realmente sucedió.

Mi cuerpo se sacude vigorosamente y me aferro a la pared al mismo


tiempo. Soy un pájaro enjaulado por una bestia, y no hay manera de salir
de esta. Él es mi dueño ahora. ¿Qué debo hacer? Me siento tan impotente.

Sintiendo el repentino impulso de vomitar, corro al baño y suelto


todo. Mi cuerpo renuncia a la lucha. He sido fuerte por mucho tiempo, y
ahora el entendimiento me golpea como un ladrillo en la cara. Soy una
prisionera y he perdido el control sobre mi vida. ¿Cuánto peor puede
ponerse esto?

Limpiando mi cara y boca con un pedazo de papel, tiro de la cadena y


deshecho el papel, entonces me pongo de pie. Me vendría bien un trago
para deshacerme del sabor en mi garganta. Cuando me doy la vuelta, me
detengo. Hay cinta negra en todo el espejo. De izquierda a derecha, ni una
sola pieza de reflejo está disponible. ¿Qué demonios?

Me acerco y pelo una de las cintas. Mi cabello castaño se asoma cuando


me descubro a mí misma en el espejo. Un frenesí de librar a este espejo de
su cubierta me supera. Tengo que verme. Necesito saber si estoy
herida. Tengo que mirarme a los ojos mientras me digo que todo va a estar
bien. Una a una, las quito, cada una más rápido que la anterior, tirándolas
a la papelera mientras lo hago.

A medida que el espejo se hace visible por fin tengo la oportunidad de


verme a mí misma de nuevo. Reviso mi cara, mi cuerpo, mi pelo, lo que sea
que pueda ver, todo lo que es visible para mí. Nada parece mal, nada está
fuera de lugar. Por un momento casi pensé que podría haberme marcado
como él mismo está marcado.

Es una idea ridícula porque me he sentido como si lo hubiera hecho. Es


solo el miedo tomando el control sobre mi racionalidad. Por suerte luzco
bien. Bueno, tan bien como se puede. Me veo como la mierda. Tengo
anillos oscuros alrededor de los ojos, manchas en las mejillas, mi cuerpo
está cubierto de moretones y no tengo maquillaje para cubrirlo
todo. Mirarme en un espejo como este realmente pone mella en mi
confianza. Con mis manos en el lavabo me veo a mí misma a los ojos y
siento que las lágrimas los llenan de nuevo. Estar aquí en esta habitación
me da miedo, porque estoy sola, y nada se siente peor para mí que estar
sola. No solamente solo en el sentido físico, sino en todos sus
sentidos. Porque en el fondo de mi mente sé que no hay nadie a quién le
importe el que yo esté aquí. Nadie va a pensar en mí y preguntarse dónde
estoy. Nadie va a incluso notar que me he ido. Nadie va a venir a
buscarme. No hay nadie que me rescate.

Soy solo yo. Él y yo.


Vuelvo la cabeza y miro el reloj que cuelga de la pared. Han pasado un
par de horas desde que se fue, por lo que probablemente va a volver
pronto. No puedo darme el lujo de parecer débil cuando regrese. Va a ser
mi perdición. Así que me seco la lágrima que rueda por mi mejilla y lavo mi
cara con un poco de agua fría. Sentirme triste por mí no va a ayudar en
nada. Tengo que tomar el control de mis sentimientos, mi entorno, mi
situación, y hacer todo lo que esté a mi mano para salir. Incluso si a nadie
más le importa, a mí sí me importa. Yo me debo rescatar. Quiero
sobrevivir, salir y ser libre de nuevo.

Y a la mierda, cuando salga voy a comprar un condominio en Hawái y


vivir mi vida en paz. Sin hombres. Sin drogas. Sin bailar. Tal vez solo el
alcohol. Sí, voy a poner una barra a lo largo de la playa y a pasar mis días
bronceándome bajo el sol. Eso es lo que voy a hacer.

De repente hay un golpe en la puerta.

Un escalofrío corre por mi cuerpo mientras camino fuera del cuarto de


baño y me quedo mirando la puerta. Hay otro golpe.

—Servicio de limpieza.

Con el ceño fruncido me acerco. ¿Por qué hay servicio de limpieza? Y


¿por qué no solo entra?

El bloqueo suena. Una de las claves es ingresada. Alguna más traquetea


y luego el ruido se detiene.

Ella abre.

Un solo pensamiento cruza mi mente en ese momento.

¿Debería tratar de escapar?


Con dedos temblorosos abro la puerta unos centímetros. Me asomo a las
sombras. Una mujer con el pelo oscuro se da la vuelta después de hacer
equilibro con una bandeja detrás de ella.

—Ah, perdón. Estoy aquí para limpiar la habitación.

Por un momento, escapar se me cruza por la mente. Podría empujarla a


un lado, pasar sobre ella y huir. Podría. Pero por alguna razón la
advertencia de X resuena en mi cabeza. Si me voy, moriré. No sé si puedo
confiar en él, probablemente no, pero ¿qué otra opción tengo? Los hombres
que estaban allí cuando nos fuimos de mi motel iban a matarnos a los
dos. No estoy segura de cuántos más hay. ¿Y si me disparan en el
momento de dejar este cuarto? Entonces todo habría sido en vano. No
quiero morir.

Incluso si es un asesino, un monstruo, todavía puedo creerle.

Abro la boca, pero no sale nada. No sé qué decir. Por alguna razón lo
primero que pienso es que todavía estoy en este traje de prostituta y sus
ojos confirman ese pensamiento. Al mirar hacia abajo, mis mejillas se
calientan.

Ella sonríe y parpadea un par de veces. Luego abre más la puerta,


empujándose más allá de mí, y entra, cerrándola detrás de ella de
inmediato. La bloquea de nuevo.

—Uh… —tartamudeo mientras me doy la vuelta para mirarla


escabullirse en la habitación.

—Oh, no hace falta que me diga nada, señorita. Lo sé. —Su voz es
extraña. Oscura. Pone mi piel de gallina.

—¿Ya sabes…?
—Sí —dice ella, mirando hacia mí antes de apresurar su carro hacia la
cama. Comienza a despegar todas las sábanas y poner otras nuevas
mientras la miro fijamente, sin saber qué hacer. No estoy segura de si
debería tratar de quitarle la llave de las manos y correr, o tomar algo
afilado con lo que apuñalarla.

No sé por qué estoy teniendo esta repentina urgencia de atacar a una


mujer a la que ni siquiera conozco. Tal vez sea por esta habitación. Tal vez
sea porque no confío en ella. O tal vez es porque X me dijo que todo el
mundo sabe y a nadie le importa. Tal vez él le pagó para callarla. Tal vez
sea parte de esto. Ella lo sabe todo.

Agarro la pata de la cama, poco firme como estoy en mis pies. Mi vida se
siente como un hilo fino que puede ser cortado en cualquier momento por
cualquier persona. Todo el mundo es mi enemigo. Nadie está a salvo. X
está siempre un paso por delante de mí.

Excepto que cuando la señora de la limpieza lleva su carro al baño, se


olvida de una cosa. Su teléfono.

Está en el carro con todos los demás elementos, pero ella misma ha
desaparecido en el cuarto de baño con un montón de toallas limpias. Una
idea brota en mi cabeza, creciendo en mi cerebro cuando me doy cuenta de
que es mi única oportunidad de libertad. Llegar a alguien del mundo
exterior, fuera del alcance de X, es la única solución.

Deslizándome por la habitación tan silenciosamente como puedo, me


muevo más cerca del cuarto de baño. La oigo fregando algo, y cuando
asomo la cabeza por la esquina la descubro limpiado el inodoro. Le da la
espalda al carro. Una oportunidad perfecta. Una oportunidad que no
puedo dejar pasar.
Alcanzo el teléfono y lo engancho tan rápido como puedo, metiéndolo
hasta el fondo en mi culo. Sí, ese es el único escondite que tengo, por
desgracia.

Ella se levanta, y yo reboto, fingiendo mirar la pintura. Me mira con los


ojos entrecerrados, esperando. Rompo a sudar. Es como si ella lo supiera.

Entonces toma el carro y lo empuja lejos de mí, yendo directamente a la


puerta. Ni siquiera se ha dado cuenta de que su teléfono ha
desaparecido. Todo lo que hace es buscar la llave, abrir la puerta, salir y
cerrar de nuevo después de mirarme por última vez.

Cuando está tranquilo, tengo la tentación de enloquecer.

Pero no lo hago. Tengo que calmarme. Mantén la calma. Toma una


respiración. El teléfono está en mi poder, y es mi única salida.

Lo saco de mi ropa interior y lo limpio con una toalla antes de intentar


marcar los números. Mis dedos tiemblan mientras vuelvo a escribir los
números después de pulsar el equivocado por todo el estrés. Es el primer y
único número que memoricé, porque es lo único que me importaba antes
de… esto.

Cuando termino, tengo el teléfono al oído. Las lágrimas brotan de mis


ojos cuando escucho su voz.

—¿Hola?

—¿Hannah? —Mi voz es ronca y quebrada.

—¿Jay? ¡Oh, mi Dios, Jay! ¿Dónde estás? ¿Por qué no has llamado?
¡Hemos estado muy preocupados por ti! Bueno… yo lo he estado, por lo
menos. Ya sabes cómo es Don.

—Yo… yo… —Corro a la ventana.


Tomo una respiración profunda y empiezo mi oración.

—Necesito tu ayuda. Estoy en un hotel. Está cerca de alguna calle


llamada… uhm… ¡no lo sé! No puedo decirlo, pero reconozco la Interestatal
treinta y cinco. Hay una estación de servicio Shell junto a nosotros. Por el
aspecto estoy en Austin… tal vez el Sheraton.

Pero antes de que pueda soltar mi aliento, la puerta se abre. El sonido


de sus zapatos es suficiente para hacer que mi corazón lata como un
trueno que ruge en los cielos.
“Sus alas son de color gris y con
estela, Azrael, ángel de la muerte, y
sin embargo las almas que Azrael
hace cruzar al otro lado de la
oscuridad y el frío miran por debajo
de esas alas plegadas y las
encuentran llenas de oro.”
—Robert Gilbert Welsh

Capitulo 8
X

Viernes, 16 de agosto, 2013. 9:30 am.

Mi teléfono celular vibra, y puedo comprobar el mensaje enviado por


Antonio.

Maldito idiota, ¿qué coño te crees que estás haciendo? ¿Dónde


mierda estás?

No respondo, sino que me centro en la conducción en su lugar. Ese


jodido tarado también tiene que dar algunas explicaciones. Me importa
una mierda si me lleva todo el día, voy a averiguar quién dio esa
orden. Antonio podría haber desaparecido de la escena ahora, pero yo sé
dónde está. Su escondite esta semana no está demasiado lejos del mío, lo
cual es desafortunado para él, pero afortunado para mí. Sobre todo porque
no le dije dónde me estoy quedándome. Él no estará siguiéndome, pero yo
voy detrás de su culo. Ese hijo de puta mejor que tenga una buena
explicación para esto o también volaré su cabeza.

Cuando finalmente llego a su cabaña de madera, aparco mi coche justo


al lado de su casa y saco mi arma antes de salir. Compruebo la zona por
espías escondidos, pero no descubro nada fuera de lo común. Parece que
él cree que puede manejarlo.

Oh, sí, ya sé que me está esperando.

Él y yo sabíamos que esto vendría por nosotros.

Moviéndome con cuidado hacia su cabaña, mantengo mi dedo en el


gatillo. El sudor resbala por mi frente mientras llamo a la puerta y
rápidamente me muevo hacia un lado. Esta se abre, pero nadie sale. Me
sorprende. No el hecho de que nadie salga, sino que en realidad se
abriera. Normalmente nos quedamos fuera de los espacios de objetivo en la
puerta, así que esto es un comportamiento inusual, incluso para él.

Tomo una respiración profunda antes de entrar, mi pistola apuntando a


todos los ángulos de la habitación, tratando de encontrarlo. Cuando él
aparece detrás de la puerta, disparo a la madera en la pared.

—Jesucristo, ¿estás loco? —Antonio baja su arma y la coloca en el


suelo.

Agarrando su cuello, bajo mi pistola y lo empujo contra la pared.

—¿Tú arreglaste esto?

—¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—¡Ella! ¡La chica! —Empujo mi codo contra su garganta—. ¿Fuiste o no


fuiste quien me mandó?
—No, no tengo idea de qué coño quieres decir. Esa chica era una
misión. Nada más. Lo arruinaste, ¿lo sabías? Jodidamente lo arruinaste —
se burla.

—Como si no lo supiera. —Lo dejo ir y él inmediatamente frota su


garganta, masajeándola como si estuviera ahogado.

—¿En qué diablos estabas pensando, eh? —dice después de recuperar el


aliento—. ¿Esperar mientras tienes trabajo que hacer? ¿Llevarte a la
chica? ¿Matar a nuestros propios jodidos agentes? —Su voz se vuelve más
y más fuerte—. Estás en mierda profunda.

—No me importa un carajo; ella no era parte del plan.

—¿Qué plan? ¡Se suponía que la mataras y lo arruinaste!

—¡Mi plan! —gruño, dando un paso hacia él de nuevo—. Es mía. No te


atrevas a poner una mano sobre ella.

—¿Y nuestros agentes? Tú te atreviste a ponerles la mano encima a ellos


—escupe—. Lo sabes jodidamente mejor que eso. No sabes en lo que te has
metido. Irán tras de ti ahora. Desafiaste las reglas y asesinaste a algunos
de los nuestros.

—¡Me importan un carajo ellos o cualquier persona! —Apunto mi arma


hacia él de nuevo, y él se congela—. ¿Quién dio la orden?

—¿Qué te pasa, hombre? ¿Por qué te importa? Solo tenías que matarla.
Has hecho todos tus trabajos magníficamente hasta ahora. ¿Qué salió
mal?

—Lo que salió es que fuiste tras ella.

—Yo. No. Lo. Hice. —Él pone su mano en la pistola—. No fui yo quien
dio la orden.
—Entonces, ¿quién lo hizo? —Chasqueo la lengua.

—Los de arriba.

—¿Y?

—Yo… no sé quién es el cliente. Es un trabajo clase nueve. Nadie puede


poner los ojos en los detalles. Se suponía que tomáramos su vida y eso es
todo.

—¡No me mientas! —digo con los dientes apretados—. Sabes quién era.
—Puedo decir por el sudor que cae rodando por su frente y el nerviosismo
en sus ojos que él me está mintiendo en la mi cara.

—¿Por qué es tan importante para ti? Es solo una chica. ¿Qué
importa? Si solo hubieras hecho el trabajo no estarías en este lío. No
entiendo por qué te metes en este lío y por qué estás pasando por todo este
problema de averiguar quién lo hizo.

—Eso no me importa. Te lo dije, ella es mía. No es solo una chica.

—Sí, pero estás arruinándolo todo… por ella.

—Me importa una mierda todo eso. Quiero saber quién es el


cliente. ¡Ahora dime quién es!

—No puedo.

—¡DIME! —Clavo la pistola en su piel tan duramente que está


empezando a resquebrajarse—. O te juro por Dios que te pondré una bala
en la cabeza.

Casi no puedo pararme de apretar el gatillo. Este hijo de puta me


mintió. Sabe quién está detrás de esto y me lo está ocultando. Él solía ser
mi amigo. Ahora lo sé mejor.
—Está bien, está bien… voy a… solo… cálmate, ¿de acuerdo? —Levanta
sus manos, tratando de hacerme sentir mejor acerca de la situación,
tratando de darme la ilusión de que estoy en control. No hay tal cosa como
el control. Solo aquellos que son asesinados y los que matan.

Apartando el arma de su frente, lo dejo moverse. Es lento y cuidadoso


mientras lo veo como un halcón, caminando hacia la caja de seguridad en
la parte posterior de su dormitorio. El desbloqueo es tedioso y pasa factura
a mi paciencia.

—¡Date prisa!

—Estoy tratando de… —murmura. Cuando un clic suena, lo empujo a


un lado, manteniendo la pistola en su garganta. Mis ojos van entre él y el
teléfono móvil en la parte inferior del acero frío de la caja fuerte.

—¿Eso es todo?

—Sí, me temo que sí. —Suspira—. ¿Estás seguro? Si haces esto, no


habrá vuelta atrás.

—Ya es demasiado tarde —digo bruscamente.

Él se calla mientras yo levanto el teléfono y empiezo a desplazarme por


los contactos. En algún lugar en la parte inferior hay un nombre asociado
con la organización. Hago clic en su perfil y un puñado de sus mensajes
aparece. Uno de los más recientes es un mensaje de texto del miércoles 14
de agosto de 2013 a las 24:00. Unos minutos después de eso yo recibí un
mensaje para matarla. Este es.

Mientras mi ojo analiza el mensaje, mis pulmones dejan de


expandirse. Mis dientes se aprietan. Agarro el teléfono con tanta fuerza,
que se rompe en mis manos.
Paso a Antonio, listo para empezar esta guerra, pero me agarra del
brazo.

—Espera. Detente y piensa en esto por un segundo.

—¿Que piense en qué? Sé quién está detrás de esto.

—¿Y? ¿Importa eso? No resuelve tus problemas.

—Matarlo lo hace.

—Y entonces, ¿qué? —Frunce el ceño—. ¿Vas a matar a todo el que se


interponga en tu camino?

—Si tengo que hacerlo —le digo, metiendo mi pistola en su funda.

Antonio me aprieta el brazo, tratando de detenerme.

—¿Estás seguro? Si haces esto… podría significar el final. Para todos


nosotros. Para ti.

Echo un vistazo por encima de mi hombro.

—Fueron tras ella. Ese fue su primer error. Involucrarme fue su


segundo error. No voy a dejar que esto quede impune. —Me lo sacudo.

—Espero que sepas que no podemos dejar que hagas eso —dice Antonio.

—Oh, lo sé —reflexiono, alejándome.

—Yo soy tu amigo… no quiero tener que matarte.

—Lo hecho, hecho está, Antonio. Seguiré mi propio camino ahora.

Se queda en silencio por un momento, pero cuando abro la puerta, dice:

—Te costará tu vida.

—Que así sea.


Viernes, 16 de agosto, 2013. 11:17 am.

Mi mente está llena de pensamientos acerca de matar gente. Asesinar a


sangre fría. Salpicar sangre por todas las paredes y pisos. Quiero que la
gente sepa que yo lo hice y quiero que sepan por qué. Sé exactamente a
quién voy a matar, y ya estoy pensando cómo voy a hacerlo y qué
herramientas voy a utilizar.

Sin embargo, cuando me encuentro con Jay en mi habitación con un


teléfono en la mano, me congelo y todos los pensamientos dejan de existir.

El teléfono cae al suelo mientras se da la vuelta y me mira fijamente en


shock. En un segundo saco mi arma, apunto al teléfono y disparo.

Ella grita mientras piezas metálicas se disparan a través de la


habitación, golpeando los muebles. Ella corre lejos de mí mientras camino
hacia ella, entra en el baño y cierra la puerta. Como si eso fuera a
detenerme. Ella estaba tratando de llamar a alguien.

Disparo a la cerradura, destruyéndola en el proceso, y arranco la


puerta. Ella está en la parte de atrás, cerca de la cabeza de la ducha. La
recoge, y trata de utilizarla como arma.

—¡No te acerques más!

Me rio, marchando hacia ella y sacando la ducha de sus manos,


tirándola a la basura. Agarrando su muñeca, la arrastro fuera del baño y
la tiro sobre la cama. Ella pelea, pero la sigo bajando con mi cuerpo. Hay
esposas de metal unidas a mi cama que están ahí por una razón muy
específica, y tengo la intención de utilizarlas en estos momentos.
Meto forzadamente sus muñecas y las cierro, sacando la llave, luego doy
la vuelta alrededor de su cuerpo.

—¿Qué estás haciendo?

—Me has desobedecido —gruño.

Ella gime mientras me muevo hacia sus piernas, separándolas


ampliamente y conteniendo sus tobillos.

—Llamaste a alguien. ¿Te di permiso para hacer eso? —Arranco sus


bragas, haciéndola chillar—. ¡Respóndeme!

—No.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Te gusta desafiar mis órdenes?

Golpeo su culo con una mano plana. Su grito es fuerte. Es como la miel
para mí.

—Te dije que no me hicieras enojar.

—Lo siento —gime—. No voy a hacerlo de nuevo.

—Malditamente cierto que no lo harás. —Golpeo su otro glúteo. Su grito


es un poco menos alto esta vez, pero sigue siendo muy apetecible de
escuchar.

—También te dije que te sacaras esta ropa. No lo hiciste. Tienes que ser
castigada.

—¿Qué? —jadea, levantando la cabeza.

Me muevo a su lado y empujo su cabeza en la almohada.

—No… mírame.
La ira corre por mis venas, pero no es solo que esté enojado. Me desafió,
sí, pero lo que encontré en esa cabaña fue mucho, mucho peor de lo que
podría haber imaginado. Ella es la única que pagará por ello ahora.

Conozco el camino. No tengo intención de tomar su cuerpo a menos que


ella de buena gana me lo ofrezca. De lo contrario no es una victoria. No,
voy a hacerle ver lo que ha hecho. Hacerle ver los errores en sus formas.

Me deslizo fuera de la cama y me quito la chaqueta, dejándola sobre la


silla cerca de la puerta. Ella vuelve la cabeza y me mira.

—¿Qué estás haciendo?

—Esperando.

—¿Qué cosa?

—A quien acabas de llamar.

Sus ojos se amplían, y eso me hace sonreír. Oh, cómo me encanta ver el
miedo en sus ojos. Ella sabe lo que viene.

Me quito la funda y la coloco en la silla. Luego, lentamente, me


desabrocho el cinturón, deslizándolo fuera de sus lazos mientras ella
parpadea. Esto va a ser divertido.

Jay

Viernes, 16 de agosto, 2013. 11:25 am.


—Veinte.

Él me hace contar cada vez que su mano baja. Cuando no cuento


correctamente, tengo que empezar de nuevo. Dijo que no se detendrá hasta
que llegue a su número. Cualquiera que sea ese número. Perdí la cuenta
muchas veces. A veces pienso que es por el hecho de que estoy prisionera
en esta cama. A veces pienso que es porque en realidad está empezando a
gustarme.

Lo estoy perdiendo. Estoy perdiéndome a mí misma. Mi libertad. Mi


cuerpo.

Él lo ha reclamado.

Incluso cuando digo que no, sé que lo he hecho. Me estoy mintiendo a


mí misma cuando digo que odio esto. Mi cuerpo ha comenzado a ajustarse
a su toque. Cuando sus golpes bajan, ya no siento dolor. Todo lo que
siento es liberación. Sueltan el miedo, la ansiedad, el
remordimiento. Puedo dejarlo ir y entregarme al momento. No sé por qué
tiene ese efecto sobre mí.

Él agarra el cinturón que está sobre la silla y lo dobla. Mi latido del


corazón se eleva mientras se acerca. Ya puedo sentir el cuero antes de que
llegue a mi culo. Quema y pica, pero al mismo tiempo pone todos mis
nervios en llamas. Corren a través de mi cuerpo como un rayo, zumbando
en mi piel. Incluso mi coño parece cobrar vida a causa de ello.

No lo quiero, pero no tengo control. Ya no.

Sus ataques son rápidos y perversos como la forma en que sonríe. Me


tomo el tiempo para mirarlo a los ojos mientras lo hace, mostrándole que
no tengo intención de renunciar, incluso si mi cuerpo sí. Sé que me ha
traicionado, porque puedo sentir mi clítoris responder a sus golpes. No es
una paliza sino un castigo, y me doy cuenta de que esto es lo que él
quería. Quería que me sintiera de esta manera. Esta es su manera de
hacerme sentir mal, porque sabe que me sentiré avergonzada de mi
cuerpo. No dañará su propiedad; solo quiere hacerme sentir.

Y en este momento me doy cuenta de que me hace sentir porque él no


quería sentir. Él escapaba de sus propias emociones, metiéndolas en mí.

No voy a renunciar. Me niego a ser su marioneta. Él puede tener mi


cuerpo. Tengo la idea de que eso siempre lo conseguiré de vuelta. Sin
embargo, no va a tener mi corazón y mente. No lo voy a permitir.

—Hmmm… —gime mientras su mano se desliza sobre mi culo—. Rojo…


es un color agradable… te queda bien.

Su mano se mueve de mi culo a mi espalda, deslizándose todo el camino


hasta mi hombro mientras se pone delante de mí.

—¿Puedes ver cuánto amo verte de esta manera?

Él mueve sus caderas, mostrándome el bulto en sus pantalones. Trato


de volver la cabeza, pero me agarra la barbilla y me obliga a mirarlo.

—No vas a darle la espalda.

Él se inclina y presiona sus labios húmedos sobre los míos. No me


resisto. No tengo energía y sé que es inútil. Estoy a sus órdenes, y lo único
que puedo hacer es hacer lo que dice. Si le dejo pensar que me tiene bajo
su pulgar, será más suave conmigo, y tal vez conseguiré una oportunidad
de escapar entonces. Ganar su confianza antes de traicionarla. Pero para
hacer eso, tengo que darle lo que quiere, y lo que quiere soy yo.

Así que le doy mis labios y dejo que me bese. Al principio me da miedo,
repulsión, pero a medida que pasan los segundos noto un cambio. Es más
suave y gentil, sus labios lentamente me persuaden a que abra la boca. Él
es mucho más agradable conmigo ahora que estoy más dispuesta, y es un
alivio. Eso, y que reconozco algo.

Este beso se siente tan familiar, y sin embargo, no sé por qué.

¿Cómo puedes reconocer algo que nunca has sentido antes? ¿Estaba
diciendo la verdad cuando dijo que me conocía? ¿Realmente he olvidado
todo?

Pero este beso es tan… relajante… y eso es tan malo. ¿Por qué me siento
así? ¿Cómo si estuviera aliviada por su beso? No tiene sentido, y eso me
cabrea.

Se retira y se lame los labios con una mirada en sus ojos que grita
“quiero follarte”. Pero entonces él sonríe y pasa su pulgar por mis labios.

—¿Enojada, pajarita?

—Casi —le digo, tan suavemente como puedo. Enojo es lo que él está
buscando. No le voy a dar esa satisfacción.

—Dices eso, pero no es en serio. De hecho, odias que a tu cuerpo le


guste esto.

—No lo hago.

—No estoy de acuerdo. —Él desliza su mano por mi columna vertebral,


siguiendo las curvas de mi cuerpo hasta que llega a mi culo, y luego se
desliza por mis muslos. Su mano está entre mis piernas, sintiendo el calor.

Una sonrisa taimada aparece en su rostro.

—Me doy cuenta cuando a una mujer le gusta el dolor.

Aprieto los dientes, porque quiero decir "vete a la mierda" pero sé que
eso solo le dará más fuerza. Si dejo de pelear con él, puedo darle la ilusión
de que ha ganado.
Me empieza a azotar de nuevo. Siseo de dolor. Después de que paso de
treinta, se detiene. Siento como si mi cuerpo estuviera en estado de shock,
entumecido por el dolor. Entumecido por el delirio. El colchón se hunde
bajo su peso cuando pasa a la cama. Sus manos se deslizan por las
mejillas de mi culo de nuevo, pero esta vez es suave. X me acaricia,
deslizándolas hacia mi espalda. Pero luego se envuelven alrededor de mi
cuello.

Me ahogo mientras él tira de mi cabeza hacia atrás y se arrodilla encima


de mí, casi sentado en mi espalda.

—¿Has aprendido la lección, pajarita?

—Sí… —gorgoteo.

—No te oigo.

—¡Sí! —silbo.

—Bueno. —Su voz grave zumba en mi oído mientras se acerca—. No


olvides que te poseo ahora. Cada pulgada de ti es mía. Poseo tu cuerpo, tu
mente y tu alma.

Ata el cinturón por encima de mi cabeza, liberándome de la restricción


alrededor de mi cuello. Toso y tomo aire como si fuera una droga que
necesito. Soy una adicta. No solo a la coca, sino también a mi vida. Y
ahora todo está en sus manos.

X abre las esposas alrededor de mis muñecas mientras todavía se sienta


encima de mí. No me puedo mover, incluso si lo intentara. Sus manos se
deslizan por mis brazos hacia mi cuerpo, tan suave que me sorprende. Sus
dedos se enroscan alrededor de mi estómago, y me da la vuelta por debajo
de él. Lo primero que veo es su cicatriz. La piel quemada alrededor de su
ojo falso. Las marcas horribles que dejaron en su rostro.
No me gusta la forma en que me mira fijamente, así en blanco, sin
emociones. Su rostro se cierne justo en frente del mío, tan cerca que puedo
sentir su aliento en mi piel.

Luego atrapa mis manos en sus puños de nuevo. La adrenalina se


dispara a través de mi cuerpo, calentándome, preparándome para el
dolor. Con las manos todavía en mis muñecas, se acerca más y más, sus
labios justo encima de los míos. Cierro los ojos, esperando que él haga lo
que quiera.

—Abre los ojos, Jay. Mírame como yo te he mirado todos estos años.

Mis ojos se abren de golpe.

—Sí, Jay… ódiame. Detéstame. Despréciame. —Se muerde el labio—.


¿Puedes sentir la quemadura de mi mano y cinturón en tu culo? ¿Puedes?
—Su mandato es duro y fuerte.

Asiento rápidamente, parpadeando las lágrimas mientras él se acerca


todavía más.

—Vive el dolor igual que yo lo he hecho. Aprende a amarlo, como yo me


vi obligado a hacer. —Su lengua se dispara para lamer mi labio superior
como una serpiente olfateando el aire—. Hmmm… —Su ojo gira en su
cabeza—. Hueles a miedo. —Cuando su cabeza se vuelve hacia mí, piel de
gallina acribilla mi cuerpo—. Quiérelo.

De repente suena el teléfono. Me sacudo del susto. Una sonrisa peculiar


aparece en el rostro de X, como si acabaran de entregarle un dulce.

Él se empuja lejos de mí y hurga en la chaqueta que cuelga de la


silla. Pesca un teléfono celular y toma la llamada.

—¿Sí? Oh, ¿la chica está aquí? —X me mira, sonríe cuando mis ojos se
amplían—. Bueno. Dile que suba. He estado esperando por ella. —Pone el
teléfono en el bolsillo de su chaqueta, todo ello mientras mantiene su ojo
en mí.

—¿Qué vas a hacer con ella? —pregunto.

Él ladea la cabeza y hace una pausa.

—No lo sé. Todavía no lo he decidido. —Sus labios se curvan en una


sonrisa malvada—. Ya sabes, tengo este increíble juguete nuevo, lo llamo
la mini-motosierra.

La bilis se eleva en mi garganta, pero la trago.

—¿Estás jodidamente loco?

—Sí, ¿no habíamos establecido eso ya? —reflexiona mientras camina


hacia la ventana.

—¡No puedes hacer eso! Ella es mi amiga —le digo.

Pesca una llave de su bolsillo y desbloquea la puerta, abriéndola. La


brisa fría me hace temblar. La abre de par en par.

—¿Qué estás haciendo?

—Te ves un poco enferma, Jay. Podrías querer un poco de aire.

Cuando alguien llama a la puerta, su rostro se oscurece. Su ojo arde


con un fuego diabólico. Marcha hacia la puerta mientras yo lucho contra
mis restricciones, tratando de liberarme. Al abrir la puerta, el horror se
instala en mis ojos, y también en los de ella.

—¿Tú? —balbucea Hannah.

—Sí, yo. —X le agarra ambos brazos y tira de ella dentro, cerrando la


puerta detrás de él.
—¡Por favor, X, no! —grito cuando él la arrastra a través de la
habitación.

—¡Déjame ir! —grita Hannah—. ¿Qué estás haciendo? ¡No hice nada
malo! Teníamos un trato.

Las cejas de X bajan.

—El trato está cancelado.

¿Trato? ¿Qué trato?

—¿Qué? ¡No puedes hacer eso! —grita Hannah.

—Oh, pero sí puedo.

La empuja hacia el otro extremo de la habitación. Ella no es lo


suficientemente fuerte como para defenderse. Al igual que yo, está a su
merced.

—¡No! No lo hagas, por favor. No le hagas daño —ruego, tratando de


hacer el golpe más suave.

Sin embargo, nada, nada me prepara para lo que sucede.

Él la saca por la ventana y la hace a un lado, cerrándola antes de que


pueda oír su cuerpo golpear el suelo.
“Seduce mi mente para poder tener
mi cuerpo, encuentra mi alma y seré
tuyo por siempre.”
—Anónimo.

Capitulo 9
X

Esa podrida perra consiguió lo que se merecía.

Jay está gritando y llorando al mismo tiempo, tirando de las cadenas


que le mantienen a donde pertenece. Ella está fuera de sí. No entiendo por
qué está tan colgada con esa chica. No era su amiga. Si ella supiera.

—¿Por qué? ¿Por qué? —grita.

—Porque puedo.

—¡La mataste!

—Sí. —Cierro la ventana y me vuelvo—. Ella tenía que morir.

—¡Mierda! —Sacude las ataduras de nuevo en un ataque de ira,


escupiendo maldiciones.

—Lo entenderás.

—¡Vete a la mierda! ¡Infiernos que lo haré!

Aprieto los dientes.


—Lo harás.

—¿Por qué habrías de hacerlo? ¡Ella era mi amiga! Y tú… la echaste por
la ventana.

—Alégrate de que eso fuera todo lo que hice —me burlo—. Se merecía
ser cortada, al igual que todos los otros hijos de puta.

Su mandíbula cae y frunce el ceño.

—¿De qué demonios estás hablando?

No puedo creer lo que estoy oyendo. Jesús, pensé que había oído lo que
estábamos hablando, pero ella realmente no tiene ni idea. Me molesta que
no lo vea.

—¿No lo has entendido? —le digo, sacudiendo la cabeza—. Fui


jodidamente misericordioso comparado con lo que habría hecho con
cualquier otra perra ¡si ella hubiera hecho las cosas que hizo tu amiga!

—¿Misericordioso? ¿Así le llamas a asesinar personas? —escupo.

Mi autocontrol se evapora por su ignorancia.

—Le di una muerte rápida. Una forma de salir. Ni siquiera sabes lo que
hizo. ¿Crees que puedes llamarla amiga? ¡Incorrecto!

—¿Qué? —jadea—. ¿De qué estás hablando?

—Ella. Era. Una. Espía —le digo con los dientes apretados—. Mía.

Sus labios se separan y sus ojos se abren, pero ella no responde. Todo lo
que hace es mirarme fijamente, con los ojos llorosos. El tiempo se ha
detenido momentáneamente para ella. El entendimiento de todo la golpea
como un ladrillo en la cara. Casi puedo ver los engranajes dentro de su
cabeza girar y girar con este descubrimiento. Es un maravilloso
espectáculo digno de ver.
—Ella fue quien te metió en esa casa de putas. Fue la que te hizo
adicta. Fue la que constantemente te mandaba con clientes difíciles. Ella
fue quien te llevó a Billy.

Apenas puedo mencionar su nombre sin querer arrancarle la garganta a


alguien. Hannah no me escuchaba cuando le decía lo que quería y cómo lo
quería. Ella la jodía cada puta vez. Y ahora esto. Por supuesto que me
cansé de ella.

Los labios de Jay tiemblan y una lágrima corre por su mejilla.

—El mundo no es agradable, Jay. No hay tal cosa como la gente


inocente. Solo los malos y los que los castigan.

—¿Y en qué categoría caes tú?

Su pregunta es maravillosa. Sonrío.

—En las dos.

Las lágrimas corren libremente por su rostro ahora, sus ojos brillando
como dagas relucientes. Por su gran suspiro puedo decir que se debe
sentir como si acabara de recibir un puñal en el corazón. Me identifico con
eso.

—Pero… ella era mi amiga.

—Y una mentirosa —agrego.

Sus ojos se estrechan.

—¿Qué quería de ti? ¿Por qué iba a recurrir a este tipo de cosas?

—Digamos que puedo ser muy persuasivo… —Tomo la funda en la silla


y se la muestro a Jay—. Su vida era mía, como lo es la tuya ahora. Ella
estaba en deuda conmigo. Acaba de pagarla.
—¿Muriendo?

—Sí, bueno, eso es lo que sucede cuando desafías las órdenes que te
dieron. —Sonrío.

—No me importa. Ella era mi amiga…

—No digas eso —le digo—. Ella no era tu amiga.

—Oh, ¿y tú sí? —grita—. ¡Todo lo que has hecho es encadenarme y


lastimarme!

—No tienes ni puta idea de la cantidad de dolor que he sufrido solo por
ti. —Respiro en voz alta, tomando una enorme bocanada de aire para
mantener la calma—. Todo por tu culpa.

No puedo mirarla más. No puedo presenciar el disgusto en su rostro. No


quiero ver la mirada de injusticia en sus ojos. Yo no soy injusto. Hago lo
que debe hacerse. La forma en que me mira me enfurece. Cómo ha
olvidado todo me arruina. La odio. Joder, la odio.

Y quiero que sea mía para siempre. Incluso si me cuesta todo.

Voy a follarla hasta dejarla sin sentido y conseguir lo que quiero, y la


haré pagar por todo lo que hizo. No va a salir de esta con su alma
intacta. Voy a reclamarlo todo. Su cuerpo. Su mente. Su corazón. Su
alma. Ella es mía.

Había pensado que era suficiente verla sufrir desde la distancia.

Me equivoqué.

Sábado, 12 de julio, 2008. 15:00.


El sol es caliente y no perdona. Estoy horneando un pastel en este
momento, pero supongo que eso es un precio a pagar por tomar un trabajo
con una familia rica. Al menos no tengo que preocuparme por no ser
pagado, pero joder, estos políticos son desagradables. Nunca hubiera
esperado que ella me convirtiera en el blanco de sus juegos sucios.

Algo me bloquea el sol, así que miro hacia arriba y me quito la gorra.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, suspirando—. Vuelve a entrar


en el agua.

—Estás de mal humor —dice ella, y de inmediato se sienta en mi


reposadera de madera.

—¿Dónde está tu guardia?

Ella se encoge de hombros, sumerge sus pies en la arena y mira hacia el


cielo, haciendo alarde de su pecho. Por supuesto, no puedo detenerme de
disfrutar de una mirada. Han crecido. También lo ha hecho otra cosa.

—Ve a hacer lo que quieras y déjame tranquilo —le digo, tratando de


ignorar el bikini rojo endeble que lleva puesto.

—¿Por qué? Quiero quedarme aquí contigo —dice, con una sonrisa tan
descarada que me dan ganas de agarrarla y demostrarle por qué eso sería
un error.

—Querías ir a la playa. Ahora ve. Yo me quedaré aquí.

—Hmmm… ya sabes, no voy a hacer eso. Tú también deberías estar


disfrutando del agua.

—No, sabes las reglas. Tienes un guardia.

—¡A la mierda las reglas! Olvídate del guardia. Vamos a divertirnos. Ven
a nadar conmigo. —Agarra mi mano y trata de arrastrarme hacia
arriba. Por supuesto que no funciona. Ella no es rival para mi fuerza. En
su lugar, tiro hacia atrás con tanta fuerza que se tropieza y cae encima de
mí. Sus tetas están justo en mi cara.

Por un momento contemplo frotar mi rostro contra ellas, besarlas, pero


entonces lo recuerdo. Esto no va a terminar bien.

Ella se empuja sobre sus codos, color apareciendo en sus mejillas.

—Mierda.

—Es mi culpa. —Me aclaro la garganta—. Mejor quítate de encima de


mí, ahora. —Y por ahora, quiero decir jodidamente ahora porque mi polla
está pulsando y no me gusta tener que hacer algo al respecto cuando ella
está cerca.

—¿Por qué? —responde, con el ceño fruncido—. ¿No te gusto?

Al escuchar esas palabras, cierro los ojos y contengo la respiración. No


es cuestión de que me guste. Ella no me puede gustar. Nací de monstruos,
así que en un monstruo me convertiré. Además, ya estoy de camino a eso.

De repente siento algo flotar por encima de mis labios y luego


derrumbarse encima de mí. Es cálido y exquisito y tan jodidamente
bueno. Mi boca se abre cuando no debería, mi mente pecaminosa tomando
el control de la situación. Siempre he anhelado esto. Quiero más, más. No
es suficiente. Tengo que probarla, pero cuando mi lengua sale y abro los
ojos, veo que es ella.

No puedo. Esto nos arruinará.

La empujo a un lado y me levanto de la reposadera. Mi polla está


totalmente erecta y en exhibición para todo el que me mire. No es que me
importe una mierda, pero no puedo permitir que nadie nos vea juntos así.

—¿Qué pasa, qué está mal? Pensé que querías esto.


—No tienes ni idea de lo que quiero.

—Si esto es sobre…

Con enojo me doy la vuelta para mirarla.

—Deja de hacer esto tan jodidamente difícil. Mi vida está en línea, y no


voy a correr el riesgo.

Ella solo me observa fijamente con una mirada en blanco en su cara,


sus ojos poniéndose llorosos.

—Esto no pasará —le digo con los dientes apretados—. ¿No lo


entiendes? Yo no soy tu guardia. Un guardia protege a las personas. A mí
me contrataron para matar.

Ella traga.

—Lo sé.

—Entonces deja de empujar mis botones.

Lágrimas corren por sus mejillas. Sus lágrimas son la última cosa que
quiero, así que ahueco su cara y la obligan a mirarme.

—No importa lo que tú o yo queramos. Nosotros no estamos a


cargo. Ellos lo están.

—¿Así que les dejarás controlar tu vida? ¿Quieres que deje que alguien
decida lo que quiero hacer con mi vida? —dice.

—No tienes elección.

—A la mierda con eso, ¡siempre hay opción!

—No hay otra opción cuando tú y yo sabemos qué está en juego.

—¿Pero por qué? —dice—. No lo entiendo. ¿Por qué todos te odian


tanto?
—Porque soy un monstruo.

Ella niega con la cabeza.

—Eso no es cierto.

—Lo es. Ni siquiera sabes la mitad de ello.

Sus labios tiemblan mientras el aire se desliza en su interior.

—Me gustaría hacerlo.

—No desees el mal. Te arrepentirás de por vida. —Me apoyo en ella y


planto un beso en la parte superior de su frente, susurrando—: Olvídalo.
Olvídate de mí. Olvida todo. Vive tu vida. Te observaré desde las sombras y
te mantendré a salvo.

Viernes, 16 de agosto, 2013. 13:00.

Nunca pensé que olvidaría literalmente. La observé, sí, pero no para


mantenerla a salvo. Ya no.

Decir que me siento traicionado cuando la miro es quedarse corto. Pero


al mismo tiempo todavía siento la necesidad de quedarme con ella. Para
hacerle todas las cosas sucias que mi mente pensaba cuando estaba ante
mi cara. Todos esos años. Va a pagar por lo que me hizo pasar. La tomaré
en formas que ni siquiera conocía posibles. El dolor es solo el primer
paso; el placer es el siguiente. Voy a tomar lo que quiero y más, la haré
rogar por mí, rogar por la liberación. Voy a arrastrarla a través del infierno
ida y vuelta. Y tal vez… solo tal vez… me la quedaré como un recordatorio
para mí mismo de no caer de nuevo.
Tomo mi teléfono de mi bolsillo y llamo a la recepcionista.

—Número de pedido especial cincuenta y seis. Sí. Sí, quiero que se


encarguen de eso. El costo no importa, simplemente logren que se
haga. Bien. —Cuando ellos cuelgan de nuevo un sabor amargo perduraba
en mi boca. Apesta tener que recurrir al hotel para limpiar el desorden que
Hannah dejó afuera, pero estoy demasiado ocupado con mi cautiva como
para hacerlo yo mismo.

Pongo mi teléfono en mi bolsillo de nuevo y levanto mi cabeza para mirar


a Jay. Su pecho sube y baja rápidamente. Estar encadenada a la cama la
asusta. Podría hacerle lo que quiera y ella lo sabe. El miedo que rezuma es
tan excitante. Tengo un deseo ardiente de probar algo más. Lo admito,
podría convertirme en un adicto. Ya no me importa. Mi vida ha sido
solamente acerca de las consecuencias, pero ahora voy a decirles “jódanse”
a esas consecuencias. Voy a tomar lo que quiero y poseo. No voy a matarla
todavía. No, ese es un escape demasiado fácil. Ella será mi seductora, mi
pajarita, y yo seré el monstruo de la oscuridad reclamándola.

Después de cerrar la puerta de nuevo, camino hacia ella. Está


temblando, tratando de alejarse de mí cuando me acerco. Me siento en la
cama junto a ella y acaricio su mejilla. Se queda quieta y me deja hacerlo.
Bien. Finalmente se está ajustando.

—Si haces lo que te digo, no te haré daño. —Mi pulgar se desplaza hacia
abajo a sus suaves labios de nuevo. No puedo detenerme. Tengo que
tocarla. Tengo la necesidad de corromperla. Necesidad de controlar todos
sus movimientos. Es la única manera.

La convenzo de abrir la boca y hablo:

—Dime, Jay. ¿Qué vas a hacer? ¿Te comportarás?


—No voy a pelear. Te lo prometo —susurra mientras cepillo brevemente
a lo largo de su lengua.

Una sonrisa maliciosa se propaga a través de mi cara.

—Bien.

Abro las esposas en sus muñecas, pero ella mantiene sus manos allí,
probablemente con miedo de moverse. Adoro que no trate nada contra
mí. Que por fin se dé cuenta de que es inútil. Aunque tengo que
permanecer vigilante. Su estado de ánimo aún podría cambiar en
cualquier momento.

También abro las esposas alrededor de sus tobillos. Ella se desliza hacia
atrás y se sienta con la espalda recta, frotando su piel enrojecida. Le
extiendo mi mano.

—Ven conmigo.

Al principio echa un vistazo a mi mano, luego a mí, con una mirada


desconfiada en su rostro.

—¿Quieres vivir?

Ella frunce el ceño, confundida, y luego asiente.

—Entonces harás lo que yo diga. —Ella toma mi mano y yo la levanto de


la cama. Su traje está sucio y rasgado, y en necesidad de ser cambiado.
Aunque, debo decir, me gusta el aspecto rudo y tenso del encaje rojo y el
traje de bailarina rasgado. Es muy excitante, y estuve a punto de estallar
después de lo que le hice a su culo. Hmm… no puedo esperar hasta que se
duche. Me pregunto si ella se verá exactamente como recuerdo: como una
fruta madura lista para agarrar.

La llevo al baño, pero cuando veo el espejo me congelo. La cinta se ha


ido.
Al principio me disgusto. Luego viene la ira. Y luego nada. Estoy cegado.

Mis puños se entierran en el cristal antes de que me dé cuenta, y este


rompe, creando un patrón de zig-zag a través del espejo. Sangre gotea por
mis nudillos, pero no me importa. Estoy echando humo.

—Tú… —Me doy la vuelta, en plena ebullición.

—Solo quería mirarme a mí misma —balbucea.

—No vuelvas a hacerlo —gruño.

—Lo siento.

Con los ojos entrecerrados la miro, luego abro el grifo y meto mi mano
bajo el agua. Me lavo las manchas de sangre y pienso en una forma de
castigarla por sus acciones. Creo que ya he tenido suficiente de esperar
con ella. Tomaré lo que es mío.

Enciendo la ducha mientras ella se pone de pie en un rincón, con los


brazos cruzados, como si estuviera evaluando la situación. Cuando doy un
paso atrás, me mira con ojos interrogantes.

—Quítate la ropa.

—¿Qué? —Su ceja se levanta.

—¿Hay algo malo en tu audición?

—No.

—Entonces quítate la ropa.

Ella aprieta los dientes, y puedo verla molerlos. Al final cede y comienza
a quitarse la parte superior. Lanza la endeble cosa al suelo y luego se
desabrocha el sujetador. Se desliza por sus brazos como la seda,
burlándose de mí, cayendo más y más, y cuando está fuera, estoy
acabado. He olvidado el espejo. Sus llenos y redondos pechos y turgentes
pezones son un espectáculo digno de admirar. Siempre lo fueron.

—Ropa interior también.

—¿Por qué?

—Ya lo verás.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunta, su rostro impasible, como si


se tratara de una prueba y ella no estuviera cayendo. Qué encantador.

Mis labios se curvan hacia arriba en una media sonrisa mientras


levanto una ceja.

—Nada. Tú lo harás.

Ella toma una respiración profunda y luego engancha sus dedos


alrededor de la tela de sus bragas. Las desliza hacia abajo poco a poco, de
manera sensual, pareciera que está tratando de seducirme. Tal vez lo está,
tal vez no. Está funcionando, está bien. Podría estar engañándome, pero
no importa. Su seducción es exactamente lo que quiero, lo que necesito
ahora.

A medida que sale de la tela, su coño afeitado es finalmente


revelado. Ella es un maldito diamante. Ese cuerpo suyo puede sacar de
quicio a cualquier tipo, no importa lo que lleve puesto. Y ahora está
completamente desnuda, lista para ser tomada, y yo me estoy conteniendo
a mí mismo. Es difícil, pero sé que la recompensa será mucho, mucho
mejor. Ella me ofrecerá su cuerpo como última opción porque nadie puede
resistirse a sentirse amado, incluso si es retorcidamente. Y oh, cuánto amo
su cuerpo. Nunca dejé de amarlo. Sin embargo, solo quiero que se someta
a mí libremente. Por su propia voluntad. Verla inclinarse y agacharse,
poner todo en exhibición para mí y solo para mí… valdrá la pena la espera.
"Una vez que la sangre ha sido
derramada, la cosecha puede
comenzar."
—Notas de X.

Capitulo 10
Jay

Doy un paso dentro de la bañera y me pongo debajo de la ducha. El


agua caliente se siente bien en mi piel fría. La piel de gallina se levanta por
mi cuerpo mientras me envuelvo con mis brazos, tratando de impedirle ver
todas mis partes íntimas. No es que sirva de algo. Él todavía está de pie
allí, mirándome. Su ojo oscuro devora mi cuerpo como un pastel, su
lengua sale para lamer su labio superior. Puedo ver el bulto en sus
pantalones crecer rápidamente.

Genial. Esto significa que está en un buen estado de ánimo.

Quedarme quieta fue una idea brillante. Debe pensar que todavía estoy
en shock por la traición de Hannah. Por supuesto que no. La hubiera
tirado por la ventana yo misma primero de haber descubierto que me
espiaba. Aunque tengo que admitir que me da miedo ser tan
indiferente. Estoy en modo de supervivencia constante, pero me niego a
ser una víctima. Me niego a ceder a cualquier trauma. Voy a salir de esto
sana. Necesito hacerlo.
Para X puedo parecer un cordero débil en este momento, pero en mi
interior todavía estoy hirviendo de rabia. Sin embargo, sé que mi furia no
me va a sacar de aquí. En primer lugar, está el cinturón colgando del
lavabo a la vista como un recordatorio. Luego está el hecho de que él me
mataría antes de que tuviera la oportunidad de llegar a la puerta.

No, la manera de hacerlo es estando en calma, firme y, sobre todo,


obediente. No está en mi naturaleza ser obediente, pero si eso es lo que
quiere, eso es lo que obtendrá. No porque se lo merezca, sino porque es mi
única oportunidad de libertad. Darle todo lo que quiere lo hará pensar que
soy fácil. Hará que parezca que me conquistó. Eso hará que sea mucho
más fácil traicionarlo una vez que su guardia esté abajo.

No soy una maldita idiota. Sé cómo jugar este juego. Fingir es lo que se
me da bien. Los hombres siempre quieren mi cuerpo, así que se los doy y
pretendo que me gusta. Ahora voy a hacer lo mismo con X. Voy a hacer
todo lo que pida hasta que haya ido tan lejos en su fantasía de
controlarme que lo pierda, y entonces voy a aprovechar el momento. Voy a
estar esperando como una cautiva silenciosa… él nunca lo verá venir.

Me doy la vuelta y lo miro.

—¿Y ahora qué?

—Lávate. —Señala la barra de jabón en la estantería junto a mí.

La agarro y me vuelvo de nuevo, mirando a la pared mientras empiezo a


lavarme a mí misma con la barra. Mi culo duele y pica bajo el agua
caliente, pero no quiero dejar de limpiarlo. Me siento sucia de arriba a
abajo. Como si tuviera que limpiarme con papel de lija. No quiero sentirme
disgustada conmigo mismo, así que meto mi cabeza bajo la ducha y me
refresco. Cuando abro los ojos lo sorprendo mirándome fijamente. No creía
que todavía estuviera aquí, aunque tiene sentido. Lo sigo olvidando. Me
siento violada por su ojo real y por el falso. Apoyado contra la pared, él
está siempre atento, mordiéndose el labio cuando me agacho para
enjabonar mis piernas. Hay una sonrisa sucia de chico en su rostro que
me gustaría poder abofetear.

Por alguna razón quiero frotar en su cara que no puede tenerme. El que
esté aquí para ser tomada y que él esté manteniendo sus manos fuera de
mí me dice que está esperando a que yo vaya a él. Bueno, tengo noticias
para él. No soy tan fácil. Va a tener que venir a buscarlo, pero para que eso
suceda, uno de nosotros tiene que ceder primero. Y usaré mi cuerpo como
una herramienta para mostrarle de lo que se pierde. Él me desea, y luego
ya no lo hace. Está tratando de resistir. Así que eso significa que lo estoy
torturando cuando hago alarde de mi cuerpo.

Una sonrisa maliciosa se propaga a través de mi cara. Poder. Tengo


poder sobre él. Tengo que usar esto.

Con trazos sensuales empiezo a enjabonar mi cuerpo. Mis dedos son


lentos cuando los paso por mis piernas, empujando mi culo hacia
él. Cuando me enderezo de nuevo, me doy la vuelta para enfrentarme a él
con mis pechos hacia adelante. Manteniendo los ojos fijos en él, extiendo el
jabón por mis pechos y me quedo en mis pezones, juguetonamente
pellizcándolos con mi dedo índice. Deslizo mis manos por mi cuerpo y me
quedo sin aliento cuando llego a mi coño. X lo nota. Sus labios se abren y
su ojo negro se estrecha. Él ladea la cabeza y se rasca el cuello, sus dedos
más y más lentos con cada movimiento.

—Te gusta tocarte, ¿verdad? —pregunta.

Muerdo mi labio y levanto una ceja, encogiéndome de hombros. ¿Qué


puedo decir? Soy una bromista. Sobre todo con los hombres que quiero
engañar.

Una media sonrisa aparece en su rostro.


—Ve más bajo.

Mi mano se extiende hacia abajo en mi hendidura pero la mantengo allí


sin moverme. El agua corre sobre mi cuerpo, calentándome mientras mi
mano se apoya en mi parte más sensible. Enjuaga el jabón mientras
mantengo mis ojos desafiantes en los suyos.

—Adelante.

—¿Con qué? —pregunto.

—Pregunta eso otra vez y recibirás más azotes.

—Uhm… —medito—. ¿Y quién dice que no quiero eso en su lugar?

Se ríe.

—Podemos jugar de la manera difícil, ya que pareces tan decidida a


ponerme duro. —Señala sus pantalones, los cuales están completamente
abultados ahora. Sonrío y me encojo de hombros otra vez.

—Juega contigo misma —exige.

—¿O si no?

—No me tientes a doblarte, Jay. Porque quiero hacerlo, y cuando


suceda, voy a hacerte rogar por misericordia. —Él se desabrocha los
pantalones y tira de la cremallera de una sola vez, dejando que sus
pantalones caigan al piso. Soy sorprendida por sus musculosas piernas,
por el grosor de ellas, pero cuando mis ojos llegan a sus bóxers estoy
muda de asombro. Está jodidamente suspendido.

Casi olvido que este hombre me secuestró. Por alguna razón su pene es
más apetecible de lo que es aterrador, considerando que es una de las
malditas razones por las que me quiere, para poder embestir eso dentro de
mí.
Trago y me obligo a desviar mis ojos, solo para descubrir que me vio
mirando su basura.

—Va a ser todo tuyo pronto —dice con una voz llena de fuego—. Pero
primero debes aprender a obedecer.

Entorno los ojos mientras espero su orden. Mi mano todavía está


ahuecando mi coño, pero puedo sentir que ya está poniéndose caliente
solo de verlo. Mi cuerpo está lujurioso por él. Lo odio. ¿Por qué algunos
hombres tienen ese efecto en mí? Nunca lo entendí. Tal vez sea porque me
ofrecen algo más que un polvo rápido. Algo permanente. Libertad.

—Juega contigo misma o te castigaré —gruñe, poniendo su mano en


puño.

Me trago mis nervios y empiezo a deslizar mi dedo hacia arriba y hacia


abajo. Al principio soy lenta y vacilante, pero me estoy poniendo más
húmeda, y eso me está ayudando a moverme más rápido. No puedo dejar
de acariciar mi protuberancia, que ya está hinchada y palpitante. Su mano
está en su enorme polla y se frota a través de la tela de sus bóxers. Verlo
tocarse a sí mismo me hace olvidar cada vez más quiénes somos y dónde
estamos. Estoy en el momento, sintiéndome, amándome a mí misma,
olvidándome de todo y de todos. Mi mano libre instintivamente se mueve a
mis pezones, porque siempre me gusta tirar de ellos cada vez que estoy
manoseándome. Diablos, me gusta hacerlo cada vez que alguno de mis
amantes los maneja ásperamente.

Cierro los ojos y respiro profundamente mientras deslizo mi dedo a


través de mi hendidura y trato de divertirme mientras lo hago. Sé lo que
está esperando que suceda, y no puedo hacerlo si no lo disfruto. Así que
cierro mis ojos y finjo que no está allí.

—Abre los ojos. —Su voz es exigente. Dura.


Mis ojos se abren como si hubiera sido sacada de una fantasía
secreta. Me siento como si acabara de ser atrapada, lo cual es ridículo ya
que ha estado observándome todo este tiempo.

Con el ceño fruncido, me detengo por un segundo. Mi dedo sigue


estando resbaladizo y mojado, y me hace consciente de lo que estaba
haciendo. No quiero pensar en ello. Solo quiero hacerlo y no
recordarlo. Pero por supuesto, eso no lo vamos a hacer porque no le gusta
lo fácil. A él le gusta duro.

—No los cierres de nuevo —dice—. Quiero que me mires mientras te


follas a ti misma.

—No puedo hacerlo entonces —le digo.

—Lo harás.

—No puedo.

Él se empuja lejos de la pared y alcanza el cinturón. Mi respiración se


vuelve entrecortada. Se acerca mientras lo dobla. Es rápido y despiadado
al azotar la cara interna de mi muslo. Me estremezco y lucho por no bailar
como si hubiera brasas debajo de mis pies. La marca de quemadura que
deja el cinturón en mi muslo despierta todos mis nervios. Entonces cae un
golpe en el otro igual de doloroso, sino peor. Chisporrotea y se vuelve
insensible mientras él lo aleja de nuevo.

—Escúchame —sisea—. Usa tus dedos para follarte. Sé que lo has


hecho antes. Ahora muéstrame lo mojada que estás por mí.

Él golpea mis muslos exteriores esta vez, y pica tanto que tengo la
tentación de cerrar mis piernas de nuevo. Lástima que no va a dejar que
eso suceda. Otro doloroso latigazo cae y me voy al País de Las
Maravillas. Mi mente no puede manejar esta mierda. Nunca he sido
golpeada. Al menos no de esta forma. Claro, he recibido una bofetada o
dos en la cara, pero eso fue diferente. Esto se entiende como una forma de
corregirme. De entrenarme. De hacerme obediente. De hacerme suya. De
alguna manera, creo que esto está destinado a ser erótico. Y joder, a mi
coño incluso le gusta. Mi clítoris sigue latiendo después de cada
chisporroteo y estoy empezando a preguntarme si me he vuelto loca ahora.

—Sigue masajeándote —dice.

—Estoy tratando —le digo.

—No. Es. Lo. Suficientemente. Bueno. —Me golpea después de cada


palabra, por lo que me estremezco y contengo las lágrimas. El cinturón
deja rayas rojas sobre mis muslos. Sigue mirándolos y luego sonríe, como
si estuviera orgulloso de que mi piel se vea como la sangre. Retorcido ni
siquiera describe esto.

—Por favor… —murmuro después del décimo golpe.

—Dime que separarás las piernas.

—Lo haré.

Él me golpea de nuevo, esta vez dejando que el cinturón se dé vuelta y


se acurruque alrededor de mi culo.

—¿Qué fue eso?

—Lo haré, señor.

—Buena chica. —Sonríe—. Vas a llamarme adecuadamente a partir de


ahora.

—Vete a la mierda.

Otro golpe a mi mejilla del culo sigue. Chillo y cojo una lágrima con mi
lengua, tratando de esconderla de él. Al mismo tiempo abro mis piernas,
porque sé que tengo que hacer lo que dice. Sin embargo, una parte de mí
no quiere parar. Siempre quiere rebelarse, incluso cuando no es bueno
para mi salud.

—Ahora complácete a ti misma y déjame ver —dice, moviendo el


cinturón de nuevo. Lo chasquea un par de veces mientras se muerde el
labio, mirándome con una ceja levantada. Es como si él esperara a que me
rebelara de nuevo. Me conoce demasiado bien.

Así que decido seguirle el juego y hacer lo que dice.

Comienzo a frotar mi coño de nuevo, dolorosamente consciente del


hecho de que la zona en los alrededores está palpitando, pongo aún más
presión sobre mi clítoris ya lleno de sangre. No importa lo mucho que
luche contra ello ni cuántas veces me diga que no me gusta nada de esto,
me gusta la sensación. Está mal. Está tan jodidamente mal. Pero es cierto.

Tomando una respiración profunda, sigo acariciando mis pliegues y


protuberancia, tratando de mantener mis piernas abiertas al mismo
tiempo. Se está volviendo difícil, porque tengo la necesidad de cerrarlas
cuando me pongo caliente y mojada, pero no puedo. Cada vez que vacilo,
me azota otra vez, recordándome seguir intentándolo. No puedo
renunciar. Es o bien ceder a sus deseos o ceder a su disgusto. Y lo sé
mejor que hacer enojar a este hombre. No quiero ser arrojada por una
ventana. No, en comparación con eso, tener un dedo en mí misma es
estúpidamente fácil.

Me concentro en mí y lo bloqueo de mi mente, pero luego abre la boca de


nuevo.

—Dos dedos, no uno. Folla duro ese coño.

Suspiro.

—Sí, señor.
Con manos firmes, fuertes, permite que el cinturón caiga en mí otra
vez. Esta vez en mi pezón. Chillo, luchando por mantener las piernas
abiertas.

—No te hagas la lista conmigo, pajarita. Dilo como debe ser.

—Sí, señor —balbuceo.

—Ahora sé una buena chica y muéstrame cuántas folladas puede


aguantar ese coño. Quiero ver de lo que eres capaz antes de tomarte,
porque cuando lo haga, va a ser tan jodidamente lento y agónicamente
delicioso que me pedirás correrte rápidamente. —Él sonríe—. No soy un
velocista, soy un corredor de maratón.

Suena como si yo fuera un objeto, algo que comprar en una subasta y


comprobar para ver si es realmente digno de su dinero. Es despreciable,
pero al mismo tiempo es extrañamente excitante tener a alguien dándome
órdenes como esta. No es frecuente que los hombres sean tan claros en lo
que quieren. Y Jesús, X habla sucio.

No sé por qué me gusta, pero lo hace.

Ahora realmente me he vuelto loca.

—Que sea bonito y rápido —gruñe mientras golpea mi pezón de


nuevo. Ambos se arrugan y levantan ante su flagelación, dolorosamente
hormigueando. Meto dos dedos en mi vagina y los giro. Entonces me
muevo de nuevo a mi pequeña protuberancia y empujo, sigo pretendiendo
que él no está allí. Si voy a hacer esto, tengo que olvidarme de todo.

—Mantén. Tus. Ojos. En. Mí. —Su voz es baja y suena enojado, así que
me aseguro de mirarlo antes de continuar. No quiero enojarlo más de lo
que ya lo he hecho, aunque odio mirarlo sabiendo lo que estoy
haciendo. No puedo sacar la pistola de mi mente, ni el cinturón, pero
joder, lo estoy perdiendo. Mi cuerpo tiembla, construyendo su explosión, y
no quiero que suceda. Yo sé que eso es lo que él quiere.

—Déjame verte correrte —dice, frotando su pene a través de la tela. Hay


una mancha de humedad en sus bóxers. Mirarlo hace que sea más fácil de
manejar. Infiernos, hace que sea más fácil tocarme a mí misma porque su
polla es agradable; no lo puedo negar.

—¿Te gusta esto? —dice con una voz petulante.

Trato de ignorar lo que dice, pero de inmediato alcanza el cinturón de


nuevo, así que me doy prisa en armar una respuesta.

—Cualquier cosa menos tu cara.

Oh, Dios.

Él deja de moverse. Solo un gruñido escapa de su boca.

Ahora sí que lo he hecho. Oh, no.

Da un paso hacia adelante y me agarra por el pelo, obligándome a


mirarlo a los ojos.

—¿No soy lo suficientemente bueno, Jay? ¿Soy un hijo de puta feo? ¿Es
eso lo que estás tratando de decir?

—No, no, eso no es lo que quise decir.

Un ruido sordo emana de su pecho.

—A la mierda que no lo hiciste. Mírame, Jay. ¡Mira! —grita, empujando


su frente contra la mía mientras empuña la mano con la que yo estaba
tocándome a mí misma—. ¿Ves esta maldita cicatriz en mi cara? ¿Sabes
qué clase de hijo de puta tienes que ser para conseguir ese tipo de
tratamiento? Es mi nombre, pajarita. Recuérdalo, porque habrá una marca
como esta en tu culo una vez que acabe contigo. Y entonces serás como yo.
—Él empuja mis dedos abajo en mi coño tan duro que es doloroso—.
Cualquier cosa menos mi cara, ¿eh?

—¡No es tu cicatriz! —suelto—. Es solo que no quiero tener miedo.

Frunce el ceño, me mira de reojo y tira más duro de mi pelo.

—¿Miedo de qué? ¿De mí? —Se ríe un poco—. ¿Mi cara hace que tengas
miedo?

No respondo, lo que le hace reír.

—Bueno. —Él sonríe y empieza a mover los dedos por mí—. ¿Dije que
pudieras parar?

Trato de negar con la cabeza, pero él aprieta mi pelo más duro, por lo
que es imposible.

—Sí, mantén esos bonitos ojos en mí. Disfruta de la quemadura en tu


culo y piensa de dónde vino. Mírame mientras te follas a ti misma y te
haces venir.

Él deja ir mi mano, pero aprieta mi pelo un poco más, presionándolo en


una cola de caballo que puede usar para mantenerme a raya.

—Vamos, Jay, no voy a esperar todo el día.

Masajeo mi clítoris tan rápido como puedo, tratando de escapar a un


mundo de fantasía, incluso con los ojos abiertos. Pero no sirve de nada. Es
imposible. Y mientras mi clímax se acerca me doy cuenta de que no hay
escapatoria, no hay manera de alejarme. Tendré que mirar a su ojo color
carbón y al mecánico chupar mi alma mientras me vengo.

—Vente. Ahora —exige, manteniendo sus ojos fijos en los míos y sus
dedos enredados en mi pelo. Él tira de mí mientras llego al borde del
éxtasis. En este momento final de dicha, en el borde de la locura,
encuentro la paz. Incluso en su único ojo real, veo con claridad algo más
que odio. Dolor. El odio inconcebible surge del amor.

Una erupción pasa a través de mi cuerpo, derivada de mi coño, y yo


convulsiono con el orgasmo. ¡Whack! Una bofetada cae duro en mi culo y
me saca de mi euforia temporal. El dolor arde a través de mi cuerpo, de
hecho intensificando las explosiones que siento.

—Tan hermosa… y tan malvada… —murmura con voz ronca—. Te


corriste duro, ¿no?

Asiento con cuidado.

Una corta y animada sonrisa es casi visible en su rostro.

—Uhm…

A él le gusta eso. Dios, en serio le gusta. He visto esa mirada en los


rostros de hombres antes y no hay duda de ello: esto es lo que quiere. Esta
es su debilidad. Yo.

Lo tengo.

Cuanto más empuje, más prolongue, más me haga sufrir, entonces más
deseará y más fácil será para mí meterme en sus huesos como el veneno y
arruinarlo. Y luego voy a ser libre como un pájaro.

Cuando quita la mano de mi culo, me doy cuenta de que seguía


allí. Inclinando la cabeza hacia atrás y hacia los lados, levanta la mano y
la lleva a mi cara, acariciando suavemente mis mejillas. No confío en él.

—Como una buena chica —dice—. Si escuchas, te recompensaré.

—¿Cómo? —Mi voz es ronca todavía.

—Ya verás… —X extiende su mano y espera a que la tome. Él me ayuda


a salir de la bañera, pero todavía logro deslizarme sobre el suelo de
piedra. Él me pilla con la mano libre y me aprieta contra su pecho. Yo grito
porque me sorprende que le importase no dejarme caer. Eso, y el hecho de
que su polla se me está clavando. Sus manos están bien envueltas
alrededor de mi cuerpo, y entierra su cabeza en el rincón de mi cuello. Me
huele y luego gime.

—Me acuerdo de esto…

Sus palabras me sacan de zona.

De repente sus labios están en mi cuello. Es suave y cálido, y no a lo


que estoy acostumbrada. Deja besos al azar por toda mi piel, arrastrando
sus labios a mi oreja. Escalofríos corren por mi cuerpo. Luego se detiene,
flotando cerca de mi oído.

—Tan ansiosa. Tan luchadora. Tan anhelante del dolor… eres una
masoquista, Jay.

—¿Una qué?

—Disfrutas de mi mano dándole a tu culo una verdadera paliza.

—¿Qué? —gruño, congelada, porque puedo sentir sus manos sobre mi


piel, levantándome.

—Puedes negarlo, pero no va a cambiar nada. Tú y yo sabemos lo que


eres. —Sus susurros hacen que los pelos de mi nuca se paren—. Te
castigas a ti misma cuando no hay nadie más alrededor que lo haga por ti.

Estoy sorprendida. No sé qué decir. Ni siquiera puedo sacar unas


cuantas palabras. Estoy total y absolutamente pasmada.

Y tal vez también un poco avergonzada.

Él gime de nuevo, jugando con mi oído, mordiéndolo.


—Voy a ser tu proveedor. Te voy a dar el dolor todo el tiempo que me des
tus lágrimas. Sé malvada conmigo, Jay. Aprende a amar al monstruo que
se esconde dentro de ti también. Sé que lo has visto. Puedo decirlo por tus
temblorosos labios y el ruego en tus ojos. Necesitas un hombre que te
controle, que atempere tu llama y con el que te sientas viva. —Se chupa el
labio y suena como un silbido, poniéndome la piel de gallina. Por extraño
que parezca, mi clítoris está todavía palpitando—. Sangre, Jay. Quiero tu
sangre. Voy a golpearte tan largo y tan duro como sea necesario para que
tu piel se ponga de color rubí y estés tan mojada que separarás tus
piernas voluntariamente. Mi cinturón nos da a ambos satisfacción. Tú
consigues la sensación de ardor en tu piel, y yo llamo a tu sangre. Pero
tienes que saber esto, pajarita: nunca serás libre de mí. No creo que fueras
libre para empezar, yo siempre he estado ahí, en las sombras, acechando,
esperando para tomar mi oportunidad. Permíteme recordártelo una vez
más: deseo tu sangre, tus lágrimas y tu miedo. Lo quiero todo. Puedes
elegir la forma. Te daré esa opción. Mi cinturón o tu cabeza. Así que
decides, ¿cuál quieres?

Mi cuerpo renuncia a la lucha mientras me sacudo profusamente en sus


brazos. Es demasiado. No quiero morir, pero si esa es la única opción que
tengo… ¿elegiré una vida de dolor?

Pero luego me doy cuenta de que ya hice esa elección hace mucho
tiempo. He estado sola desde que salí del hospital ese día. El primer día
que recuerdo después de una enorme bruma. Estuve vagando por las
calles como un cordero perdido. Decidí confiar en la gente, Hannah y Don,
que me traicionaron al final. La gente siempre me ha usado. Siempre he
abusado de mí misma. El dolor está grabado en mi alma. Tiene razón:
nunca he sido libre. No de él, ni de mí misma. Soy mi propio monstruo, y
ahora he encontrado a un igual.

—Quiero vivir —le susurro al vacío.


Puedo sentir su sonrisa contra mi piel.

—Vas a ser una mascota perfecta.


"La envidia y el odio perverso son su
manera de admirar."
—Victor Hugo.

Capitulo 11
Jay

La calidez que recorre mi cuerpo no dura mucho. Una vez que la ducha
se apaga, X me lleva de vuelta directo a la cama y ata mis pies y manos
otra vez. Estoy desnuda, extendida para su disfrute. Él esta admirando mi
cuerpo desde lejos, rascándose la barbilla mientras observa mi reacción.
Apago todas mis emociones porque sé que me consumirán si permito que
me alcancen.

El cinturón en sus manos me hace saltar en la cama cada vez que él lo


agita.

—¿Estas cómoda, pajarita?

—Sí —murmuro.

El cinturón baja sobre mi coño y siento como si estuviera prendida en


fuego. Él gime ante mi chillido.

—Respuesta equivocada.

—Por favor… —Sollozo, lágrimas brotando de mis ojos.

—¿Por favor qué?


—Por favor, señor…

Una media sonrisa se construye en su cara.

—Entonces dime, Jay. ¿Qué quieres?

—Todo. Solo haz que pare.

—Hmmm… sabes que nunca parará. Eres mía ahora, y tengo la


intención de usarte como me plazca. —Una lágrima resbala por mi mejilla.
Él lame sus labios cuando la ve—. Más lágrimas, pajarita. Dame más
lágrimas y podría liberarte.

—¿Qué? —jadeo, mis ojos ampliándose.

Se ríe.

—Por supuesto, quiero decir liberarte de tu carga de tener que sentirte


tan vacía. Ese coño tuyo está rogando ser llenado. —Muerde su labio—. Sé
que quieres mi polla. La tendrás muy pronto.

Mi corazón se hunde cuando la promesa de libertad es rápidamente


alejada de mí. Lo único que él hacía era agitar un pedazo de carne frente a
un león enjaulado. Que se joda. Lo odio por meterse con mi mente. Lo haré
pagar algún día.

—Ahora, quédate justo ahí.

—¿A dónde vas? —digo mientras deja caer el cinturón encima de la


cama y se da vuelta.

—He matado a más de cinco personas en estas últimas horas. No eres la


única que está un poco sucia —reflexiona.

Camina hacia el baño, se voltea para colgar su corbata en la manija, y


mantiene la puerta abierta para darme la vista completa de lo que está
haciendo. Levanto mi cabeza, manteniendo un ojo en él, porque necesito
ver, necesito recordarlo todo. Sigo diciéndome a mí misma que debo mirar.

Como sea, no es tan difícil cuando comienza a quitarse la ropa. Cada


botón es desabrochado cuidadosamente sin que aleje sus ojos de mí. Su
mirada penetrante hace imposible que aparte mis ojos de él mientras se
quita la camisa. Un cuerpo rasgado y musculoso aparece, su marcado
estómago ondulándose mientras cuelga su camisa en el gancho. En su
pezón derecho hay una barra metálica recta y el destello llama mi
atención. Su cuerpo está lleno de tatuajes; un cráneo en su abdomen y
una maliciosa guadaña más arriba. En sus brazos y cuello hay tatuajes
triviales. Todo junto es casi una pintura, una advertencia de la corrupción
que se esconde debajo de su piel.

Aun así, luce tan sexy. Está tan malditamente mal, pero no puedo dejar
de mirarlo. Él rezuma masculinidad. Dominación. Sexo. Cosas que no he
experimentado antes. O tal vez sí.

Odio esta confusión así que volteo mi cabeza y miro a la pared en su


lugar, tratando de moderar mi excitación.

—Mírame, Jay. ¿Te dije que podías apartar la vista?

Vuelvo a mirarlo porque no quiero otro golpe. Ni siquiera sé porque creo


que hay otra opción, como si pudiera evitar ser herida si hago lo que dice.
Como si complacerlo fuera a mantenerme a salvo. Mi mente está girando
dentro de una oscuridad de la que no puedo escapar. Su oscuridad.

Él abre la ducha y continúa bajando sus bóxers, dándome una vista


completa de su culo. Incluso desde lejos puedo decir que sus partes están
bien entrenadas, firmes y sin defectos. Su trasero es un ejemplo de algo
que podría felizmente apretar. Tengo que recordarme a mí misma que
aunque tenga un cuerpo delicioso, su mente y su alma son repugnantes.
No puedo pensar así de él.
Por supuesto, no sirve de nada. Cuando abre la ducha, entra a la
bañera y se voltea para enfrentarme, mis ojos se fijan en su erección. Tiene
un Príncipe Albert: una barra circular justo en la punta de su polla. Al
lado de la cabeza hay otra barra, perforado a través de la parte superior:
un Dydoe. Maldición.

X parece deleitarse con el hecho de que mis ojos son atraídos por eso
inmediatamente; comienza a frotarlo con sus manos, acariciando la
longitud de su polla lentamente. Con su otra mano acaricia su cuerpo y
cabeza calva, dejando al agua correr a lo largo de sus abdominales y
musculosas piernas. Me imagino a mí misma ahí solo un minuto atrás y
por alguna razón me pongo increíblemente excitada por verlo ahora
mismo. Me siento tan pervertida, tan disgustada conmigo misma porque
esto esté pasando, pero no puedo evitarlo.

La manera en que me sonríe, con su ojo negro brillando como una


canica, y la forma en que desliza su mano sobre su eje hace que mis jugos
fluyan.

Maldita sea. Me tiene justo donde quiere.

—¿Disfrutándote? —pregunta, ensanchando su postura en la bañera


mientras aumenta la velocidad.

Dejo salir algo de aire a través de mi nariz, el cual aparentemente había


estado conteniendo. Mi clítoris está palpitando por verlo, pero trato de
ignorarlo.

—Si ese coño no está mojado para cuando vuelva, estarás en muchos
problemas, pajarita —dice con una voz quejosa que hace que escalofríos se
arrastren por mi cuerpo—. Así que festeja con tus ojos.

Molesta, tiro de las esposas que me retienen, pero siguen estando


demasiado apretadas alrededor de mis muñecas como para poder
liberarme. Si tan solo pudiera conseguir más tiempo para encontrar una
manera de deslizar mis dedos, uno por uno, podría agarrar la llave y
correr. Sé exactamente dónde la mantiene: en el cajón junto a la cama. El
problema es que él está constantemente mirándome, siempre vigilante, lo
que significa que no voy a tener una oportunidad. Él tendría que haberse
ido o bien estar lejos para que yo tenga tiempo de liberarme. Voy a tener
que ser paciente y soportar esto.

Después de enjabonarse, él recorre su pene por segunda vez y se


asegura de frotarlo un poco más antes de enjuagarlo. Cada vez que fuerzo
mis cadenas, su polla rebota arriba y abajo. Él realmente disfruta verme
pelear contra mi cautiverio. Es exactamente como dijo, ama mi fuego y
quiere templarlo. Lo que no tiene en cuenta es que sus palabras y su toque
son como gasolina para mí.

Apaga la ducha y sale, secándose rápidamente con una toalla antes de


tirarla sobre su hombro. Con paso seguro vuelve hacia mí, todavía
completamente desnudo, y se posiciona en la parte posterior de la cama,
justo en frente de mí. Pongo mis rodillas juntas para denegarle el acceso,
pero golpea mi coño con la toalla en un movimiento rápido. Gruño
mientras él juguetonamente levanta una ceja hacia mí. Idiota de mierda.

Él desliza la toalla a través de mi coño todo el camino hasta mi ombligo


y luego a mis pechos mientras se mueve hacia el lado izquierdo de la
cama. Cuando llega a mi cabeza, él se inclina y aprieta mi pezón con los
dedos índice y pulgar. Un medio chillido, medio gemido escapa de mi boca
mientras tira con fuerza. A continuación, la toalla de repente es metida en
mi boca y atada por ambos lados. Trato de chillar, pero hacer un sonido es
imposible con esta toalla en la boca. X levanta mi cabeza y hace un nudo
detrás. Luego toma un pedazo de la toalla y cubre mi nariz con ella.

—Hmmm… —murmura mientras escucha mi voz apagada—. Adelante.


Haz un poco de ruido. Me gusta escuchar tus gritos desvaneciéndose.
Él tira de mis pezones otra vez, uno tras otro, hasta que están tensos e
hinchados, luego se inclina y los chupa. Sus dientes rozan mi carne,
sensaciones disparándose a través de mi cuerpo, alcanzando hasta el
fondo de mis resbaladizos pliegues. Cuando él muerde yo grito, pero el
sonido es bloqueado por la toalla. Sus dientes tiran de mi pezón y luego lo
liberan de nuevo, dejando una marca de mordedura en mi piel mientras se
retira. Miro hacia abajo y descubro una marca roja alrededor de mi pecho.
Una pequeña gota de sangre escapa de ella.

—Hmmm… delicioso —susurra X y lame sus labios. Se inclina otra vez,


cerrando su boca sobre mi pezón, y succiona la sangre. Gime y se levanta.
Su dura polla está tan cerca de mi cara que puedo ver sus pulsantes
venas. Me trago el dolor y las lágrimas cuando comienza a frotarla otra vez.

—Quieres mi polla, ¿verdad? —dice.

Niego con la cabeza. Él se ríe.

—Tu coño piensa de otra manera, Jay. Pero he decidido que no te


concederé mi polla a menos que ruegues por ella. —Se aleja y camina atrás
de la cama. Escalofríos corren por mi espina cuando su gran mano sujeta
mis piernas, justo sobre mis grilletes—. Tu coño está goteando, Jay. Estás
mojando mi cama.

Frunzo el ceño, sintiéndome insultada por su comentario. Como si


tuviera opción. Como si él no quisiera esto.

—Eres una chica tan sucia, Jay —dice roncamente y se frota su polla
otra vez—. Incluso después de limpiarte sigues inmunda.

—Jódete… —murmuro contra la toalla.

—¿Hmm? ¿Qué fue eso? No puedo oírte. —X se ríe, enfadándome aún


más. Recoge el cinturón que dejó sobre la cama entre mis pies y lo dobla
otra vez, mostrándome los agujeros—. Estos pequeños círculos se
marcaran en tu carne cuando termine contigo.

—No… —murmuro suavemente. Mi aliento es vacilante. La toalla


atascada contra mi lengua y bloqueando mi nariz está haciendo que
respirar sea difícil.

Y entonces golpea mi hueso púbico.

—Eso es por tratar de apartar la mirada.

Las lágrimas brotan en mis ojos cuando comienza el segundo azote. Mi


carne está en llamas, mis piernas tiemblan mientras azota mis muslos y
pubis una y otra vez. Él gruñe:

—Grita, pajarita, grita. Quiero oírte. —El cuero muerde mis muslos
internos—. Mantén tus ojos aquí, pajarita. Mírame. —Obligo a mis ojos a
abrirse mientras me azota de nuevo—. Si escuchas, seré un poco más
gentil —dice.

Es una promesa que sé que no va a mantener, y aun así obedezco.


Todavía mantengo mis ojos en él, en su mano, mientras él chasquea sus
dedos a lo largo de la cabeza de su pene. La punta está cubierta con
líquido preseminal. Se frota con tanta fuerza que su piel se pone roja como
la mía.

Una sobrecarga de sensaciones me golpea cuando de repente deja de


azotarme y mi piel queda zumbando. Mi cuerpo se vuelve insensible y me
estoy moviendo más lejos de este mundo. El oxígeno es limitado y cada vez
que tomo una respiración muy necesaria, duele. Me estremezco.

—Sí, Jay. Estoy ahí, en cada uno de tus poros. Saboréame. Siénteme,
huéleme. Permítete ser tomada, porque no serás capaz de resistirte una
vez te des cuenta que eres completamente mía.
No puedo respirar… no puedo respirar…

Mi mente va a la deriva cuando él de repente me golpea con el cinturón.


Es un balance delicado entre una caricia gentil y el ardor de mi piel roja.
Tomo una respiración rápida, esperando lo peor. No puedo soportar no
saber si va a golpearme otra vez. Odio no ser capaz de hacer nada y
quedarme a su misericordia. Y lo peor de todo, eso es exactamente lo que
él quiere.

De la nada para y su cinturón deja mi piel. Me quedo confundida. Vacía.


Retirada.

El colchón se hunde cuando se sube a la cama, imponiéndose sobre mí.


Sus pies están a mis lados, su polla en plena exhibición. Con una sonrisa
satisfecha en su cara empieza a masturbarse otra vez. Levanta el cinturón,
así que cierro mis ojos, esperando otro golpe.

Por el contrario, la punta cae sobre mi pezón y se desliza alrededor,


haciéndome cosquillas.

—Ojos en mí, Jay —dice ásperamente.

Su mano va más cada vez más rápido, deslizándose sobre su polla con
avidez cada vez que el cinturón se desliza a través de mis pechos. Mis
pezones se ponen terriblemente tensos y sensibles por sus caricias. Es
confuso porque se siente bien y sin embargo yo sé que está mal. Tal vez
por eso lo está haciendo. En su cara hay una sonrisa maliciosa que me
dice que puede ver mi confusión. Parece que le encanta. En este momento
me doy cuenta de que él quiere esto. Quiere que me sienta agonizante por
el hecho de que no tengo control. Que no sé cuándo va a herirme de
nuevo. Que estoy indefensa a todos sus caprichos. Él todavía no está
saciado, aún no está satisfecho.
Mi respiración es irregular e incontrolable mientras se burla de mí con
el cinturón. Sigo esperando que me golpee. El estrés me hace toser a
través de la toalla mientras trato de recuperar el aliento, pero no puedo.

Sonríe.

—¿Problemas para respirar?

—No p-puedo… —susurro.

—Bien. —Se ríe.

Mis ojos se amplían.

—No…

—Sí, Jay. Pierde el aliento. Date cuenta de que no hay escape. Siente el
aire dejando tu cuerpo. Estaré aquí viéndote cuando tus ojos se agiten con
desesperación.

—No… —murmuro otra vez, asfixiándome cuando el aire que respiro se


vuelve menos oxigenado.

Él se masturba, líquido preseminal goteando sobre mí. Es un calor no


bienvenido. Gime mientras yo lucho por mantener mis ojos abiertos. Tengo
que mantenerlos abiertos porque quiero saber lo que hace. No quiero ir a
la deriva. Tengo que estar aquí. No puedo perder el conocimiento. Pero es
demasiado tarde, puedo sentir cómo me desvanezco. Ni siquiera el
cinturón y su polla me pueden mantener aquí.

—No —repito en voz baja.

—Suplícame, puta —gruñe, masturbando su polla como un loco—.


Suplícame que continúe y puede que sea misericordioso.

—Por favor… —murmuro. Apenas puedo sacar las palabras de mi boca.


Él se ríe mientras sigue frotando su polla.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor… continúe… señor… —Necesito toda mi fuerza de voluntad


para sacar las palabras de mis labios, pero lo hago.

—¿Continuar con qué?

Con dolor abro los ojos, observando la marca de mordedura en mi


pecho. Una lágrima corre por mi mejilla mientras lo miro masturbarse
encima de mí. El metal en su polla me llama la atención, pues su brillo me
recuerda a las estrellas y la forma en que me hacen conciliar el sueño. Ni
siquiera sé lo que quiere de mí. No puedo hacerlo. No puedo permanecer
despierta. Se siente horrible. Es como si estuviera muriendo lentamente.

—Suplícame que me venga encima de ti —dice—. Ruégame que termine,


porque eres una chica inmunda. Eres una puta, y deseas mi semen… ¿no
es así?

Odio la palabra puta, pero no puedo decir nada sobre eso. No tengo la
energía para hacerlo.

—Sí… señor… —Toso, desvaneciéndome de este mundo.

—¡Dilo!

—Quiero su semen, señor —digo con mi último aliento—. Por favor,


vente encima de mí.

X gime cada vez más fuerte, y luego un enorme rugido se escapa de su


boca. Él dispara su carga en mi estómago y pechos. Sale y sale hasta que
estoy cubierta de ello. Pero mi cuerpo ya no siente nada. Ni el semen que
gotea por mis costados. Ni el escozor de las marcas de cinturón en mis
pechos o muslos. Ni las lágrimas fluyendo abundantemente por mis
mejillas. Estoy entumecida y cansada. Puedo dormir ahora. Ya está hecho.
Soy libre.

A lo lejos oigo su jadeo pesado y sus gemidos mientras se establece


sobre la cama y se inclina para besar mi mejilla. Cuando tira de la toalla,
alejándola de mi boca y nariz, jadeo en busca de aire. Mis pulmones se
expanden rápidamente y toso mientras tomo mi muy necesario oxígeno.

—¿Tuviste un buen viaje al subespacio? —pregunta.

Me ahogo con mi propia respiración y gimo de frustración. Con el ceño


fruncido le digo:

—Jóde… te… —Es la única palabra que me las arreglo para escupir
antes de dejar caer mi cabeza sobre la almohada, pero es importante y
tenía que sacarla.

Él sonríe.

—Todavía no, pajarita. Todavía no.

Él nos torturó y nos complació a ambos. Estoy confundida por todo esto.
Confundida por la reacción de mi cuerpo a su despiadado asalto. Estoy
consumada. Estoy adolorida por todas partes, y eso me da alivio. Mi culo
late y mis pezones pulsan con el dolor y la satisfacción. Ha tomado y
usado mi cuerpo, pero sin embargo no voy a renunciar a la lucha.
Joder, de seguro le gusta la mierda rara.

—¿Eres algún tipo de maestro BDSM o algo así? —pregunto insultante.

Se ríe.

—¿Yo? ¿Un maestro? No. Lo que pasa es que amo los culos rojos y los
gritos de placer. Yo no sigo reglas. No existen palabras de seguridad
conmigo. Te dije lo que soy. Cordura no es parte del paquete. Lo retorcido
está en mi sangre.
Como un loco feliz, se levanta y salta lejos de mí, caminando hacia el
baño desnudo. Pesca su teléfono de sus pantalones tirados en el suelo y
luego marca un número.

—Trae algunos panqueques y fresas. Separados. Sí. No, sin crema


batida. Súbelos en diez.

Colocando el teléfono en el mostrador del baño, vuelve su cabeza lo


suficiente como para ser capaz de mirarme por encima del hombro.

—No te muevas, pajarita.

—¿Por qué? —digo, todavía respirando con dificultad.

—No quiero que se derrame el semen.

Suspiro. Mierda. Esta es otra amenaza. No quiero más dolor. Haré


cualquier cosa para evitarlo de nuevo.

—Mantén ese cuerpo resbaladizo y húmedo hasta que yo lo diga. No


dejes que mi semen gotee sobre la cama o te castigaré por ello.

Mierda. ¿Va a obligarme a hacer eso otra vez? ¡Mierda! Maldición, lo


odio. No quiero otra paliza. Mierda. Prefiero mantenerme quieta para evitar
que el semen ruede por mis pechos y a los lados que conseguir otra
golpiza. Su charco caliente y pegajoso está en mi vientre, llenando mi
ombligo. Se siente desagradable, pero en este momento esa es la menor de
mis preocupaciones. Con sus incesantes juegos perversos, X está poniendo
a prueba mi cordura. Pronto, no me quedará nada de eso.
Después de diez minutos, alguien llama a la puerta, y X orgullosamente la
abre. Sin nada de ropa.

Yo me quedo en estado de shock cuando la misma mujer de antes entra


en la habitación con una bandeja llena de panqueques y fresas.

—Puedes dejarlo sobre la mesa por allá —dice X.


La mujer simplemente hace caso omiso de mí aquí tendida con grilletes,
desnuda. Es como si fuera ajena a todo a su alrededor. Me pregunto
cuánto le paga X para mantener su boca cerrada. Me pregunto cuánto le
costó la limpieza del cuerpo de Hannah.

Con la cara rígida, X observa a la mujer dejar el plato, una pizca de


molestia cruzando su rostro. Sus ojos se estrechan mientras ella se da la
vuelta. Por un momento me pregunto si él va a matarla, también. Con X, la
vida es siempre incierta. Pero el momento pasa y X la deja salir por la
puerta. Sus puños se aprietan, sin embargo.

—¿Por qué no la matas también? —pregunto con coraje que aparece de


la nada.

—Es útil, hasta cierto punto. —Se aclara la garganta—. Por supuesto,
todavía voy a tener que castigarla algún día por dejarte agarrar su celular.
—Él hace ruidos con su lengua—. Has sido una niña muy traviesa.

—No me castigues más, por favor —gimo. Un bostezo se escapa de mi


boca. Estoy tan jodidamente cansada que apenas puedo mantenerme
despierta. No puedo soportar otra paliza.

Él sonríe y levanta la bandeja de la mesa, trayéndola a la cama. Trato de


alejarme, pero luego me doy cuenta de que tengo que mantener el semen
sobre mi cuerpo, así que me detengo inmediatamente. Hay una malvada
sonrisa en su rostro mientras se sienta en la cama a mi lado y coloca la
bandeja en su regazo.

—No dejes que gotee… —murmura mientras arranca una de las fresas.
Solo mirarlas hace que mi estómago gruña. No he comido desde ayer, y
aunque estoy disgustada con la idea de que me alimente, es mejor que
nada. No es como si me fuera a dejar salir de estas restricciones después
de llamar a Hannah.
—Debes tener hambre —murmura X mientras observa mi rostro muerto
de hambre—. Come una fresa.

Me sorprende cuando no la lleva a mi boca, a pesar de que no debería


esperar menos de él. En cambio, la hace flotar cerca de mi estómago.
Luego la deja caer. Mi vientre se retrae cuando la fresa cae en mi ombligo.
En un charco de su semen.

Él recoge la fresa y la sumerge en su propio semen, arrastrándola hacia


arriba a lo largo de mi cuerpo y pechos. Luego la levanta y la sostiene
delante de mi boca. Tengo la urgencia de vomitar.

—Abre, pajarita.

—¡No!

—Cuida tu lengua. No quiere ser castigada otra vez. —Su dedo pulgar
presiona sobre mi labio, persuadiéndome a que abra.

—¿Realmente crees que voy a comer eso? ¿Estás loco?

—Sí y sí. —Él levanta una ceja—. O podría comérmelas todas, si


prefiere.

—Oh, vete a la mierda…

—Esa boca tan sucia. —Él cuelga la fresa frente a mí, empujándola
contra mi labio—. ¿Quieres comer? Comerás mi semen o nada. Tú decides.

Pienso en ello durante unos segundos. Saborear su semen es la última


cosa en la tierra que quiero, pero estoy tan hambrienta y esas fresas me
están pidiendo que las coma. No puedo resistirme.

—Está bien.

—Hmm… —Él gruñe mientras coloca la fresa en mi lengua y cierra mi


boca con la punta de su dedo. Parece disfrutar que esté asqueada con la
idea. Masticando solo un poco antes de tragar, me obligo a pensar en algo
que no sea su semen deslizándose por mi garganta. X lame sus labios
mientras yo termino de tragar.

—Tan buena chica, comiendo mi semen. —Da palmaditas a mi mejilla


como si fuera una especie de mascota—. Sigue así y podría permitirte un
bocado de esos panqueques también. Pero primero, otra fresa cubierta con
mi semen. Vas a comerlo todo hasta que estés limpia.

Después de diez fresas gano la suficiente fuerza como para iniciar una
conversación de nuevo. Cada vez que me mira, más preguntas surgen en
mi mente. ¿Por qué me conoce? ¿Quién es él? ¿Y por qué soy yo el
objetivo?

No entiendo nada de esto, y mi corazón necesita las respuestas para


poder hacerle frente a todo. Así que pregunto.

—¿Por qué?

Se detiene de cortar los panqueques y me mira.

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué yo?

Frunce el ceño.

—Creí que ya habíamos pasado por esto. Hay gente que quiere tu
cabeza. Yo corto cabezas para ganarme la vida. Eso es todo.

—¿Quién me quiere muerta y por qué?

Él pone el cuchillo en el plato y suspira.

—¿Crees que después de toda la mierda que has hecho en tu vida, yo


soy el único que tiene resentimientos contra ti?
Frunzo el ceño y miro hacia las sábanas, sintiéndome culpable de
repente, aunque no tengo ni idea de por qué. No es mi jodida culpa estar
en este lío. Él no puede hacerme pensar eso. No voy a permitirlo.

—Tú fuiste el que vino a matarme. Tú eres quien más me quiere muerta.

—Correcto. Todavía podría matarte en cualquier momento que quiera, si


es eso lo que quieres oír.

—¿Entonces por qué no me has matado aún? ¿Por qué sigo viva? —digo,
rechinando los dientes.

Una sonrisa se arrastra lentamente por su rostro.

—Porque no he terminado de verte sufrir.


“No existe la inocencia ya que
nacemos en un mundo de injusticia.”
—Notas de X

Capitulo 12
X

Jueves, 17 de mayo de 2007. 13:00.

—Gobernador, ¿cómo se sientes acerca de la participación de su hija en


el reciente escándalo de drogas?

Por supuesto que lo traerían a colación. Ella no había estado haciendo


nada más que ir de fiesta y juntarse con gente con la que no debería estar
a esa edad. Rebelarse contra la opresión. Debió haber sido duro crecer con
tal gilipollas de padre. Suspiro y sacudo la cabeza. Esa chica…

Desde la distancia, veo la cara del gobernador ponerse apretada y


blanca cuando abre la boca. Antes de que algo salga, su asistente lo
interrumpe.

—Eso es todo. Las preguntas adicionales pueden ser enviadas a la


agencia de relaciones públicas. Por favor, no más preguntas. —Coge el
micrófono mientras todos los periodistas gritan a través de la
multitud. Quieren jugosas novedades que puedan llenar sus patéticas
revistas. Mis padres están a su lado mientras el gobernador es escoltado
fuera del escenario al estacionamiento. Son rodeados y seguidos por los
fotógrafos y periodistas que siguen haciendo preguntas. Manteniendo la
boca cerrada, el gobernador navega a través de ellos. Me hace reír un poco
saber que él está cabreado con todas estas personas. Es gracioso porque
se lo buscó. Es el gobernador; los gobernadores no tienen
contratiempos. Ellos no cometen errores. Ciertamente sus hijas deben ser
agradable, bien vestidas y siempre ocupadas con la caridad y ayudar a los
demás. Por supuesto, esa no es la realidad. El gobernador solo quiere que
lo sea.

Es un hipócrita. Como si fuera un gran hombre él mismo. Quiero decir,


nuestra familia está velando por los “intereses superiores” por el amor de
Dios. No puede haber nada más equivocado que eso.

Suelto el humo de mi cigarrillo y lo tiro sobre el asfalto. De repente, un


grito se levanta entre la multitud y mi atención se dirige a ella de
inmediato. Mi mano se extiende a mi pistola mientras corro hacia
ella. Cuando me acerco, veo al gobernador corriendo lejos, fuertemente
custodiado. Su rostro está cubierto del lodo amarillo de un huevo; en su
cabeza se encuentra la cáscara.

Con mi mano retengo la risa que se quiere derramar mientras mi familia


recorre la zona. El gobernador le grita algo a mi madre con el rostro rojo de
ira. Ella asiente mientras el gobernador es llevado a su coche. Su hija está
detrás de él. Me quedo cerca del coche y observo. Mis oídos no pueden
dejar de captar las conversaciones que se dan adentro. La puerta del coche
no está cerrada todavía, y el pie de su hija todavía está colgando fuera.

—Sal —le grita el gobernador.

—¿Qué? —dice ella.

—Ya me has oído. Sal jodidamente de mi coche.

—Pero…
—Sin peros. ¡Eres una vergüenza! ¡Cómo te atreves a humillarme de esa
manera!

—Puedo explicar… —dice ella.

—¡Eres una excusa inútil de hija! Solo estás parada en mi camino. He


tenido suficiente. Limpia tus acciones o vete.

Ella se arrastra lentamente fuera del coche y cierra la puerta,


esnifando. Puedo oír las órdenes apagadas del gobernador cuando él da
instrucciones al conductor. Entonces el coche sale disparado, dejándola
sola en el estacionamiento. Ella vuelve la cabeza y mira a la multitud
dispersa. Ellos solo vinieron a fotografiar y entrevistar a su padre, y ahora
que él se ha ido, a nadie le importa ya. Pasa su mano por su mejilla y
suspira. Luego se vuelve hacia mí.

Un rubor se extiende por mis mejillas mientras ella me mira. Realmente


me mira. Sus ojos siguen siendo los mismos que recuerdo, y todavía tienen
un efecto de magnetización en mí. Antes, todo era diversión y
juegos. Ahora, es en serio. No puedo dejar que esto me afecte.

Cierro los ojos, me doy la vuelta y llamo a mi padre.

—¿Dónde estás?

—Lo tenemos. En el callejón, a la vuelta de la esquina.

—Ya voy —le digo, y pongo el teléfono en mi bolsillo.

De repente hay una mano en mi brazo. Me detengo y me vuelvo a verla


mirándome.

—Por favor, no te vayas.

—Tengo que hacerlo.

—Pero, ¿por qué? Nos divertimos antes. ¿Por qué me estás ignorando?
Es como una puñalada en mi corazón cuando dice eso. No estoy
ignorándola. Por el contrario, me veo obligado a estar cerca de ella y su
padre en contra de mi voluntad, todo por culpa de mi familia. No quiero
verla perder su vida. No quiero verla salir lastimada por los comentarios de
su padre. No quiero verla besar otros chicos.

—No es así —gruño—. Sí, nos divertimos antes. —Diversión… lo que sea
que eso signifique. Pasar el rato con ella fue muy divertido por un tiempo,
hasta que no fue suficiente. Nunca era suficiente. Debería haber sabido
eso desde el principio. Nuestro tiempo juntos nunca había sido otra cosa
que una amenaza para los dos.

—Ven a pasar el rato conmigo entonces. Me vendría bien una


distracción —dice ella, colocando una sonrisa. Está haciendo su mejor
esfuerzo por convencerme, pero no estoy convencido de que ella realmente
quiera eso. No quiere divertirse. Quiere olvidar. Eso es lo que siempre
quiere y el porqué hace todas esas cosas. Y se supone que yo debo ser el
que la recoja cuando caiga.

Me niego. No puedo hacerlo. Ya no. Esto ha ido demasiado lejos. Debería


haberlo cortado cuando tuve oportunidad.

—No. No puedo —digo.

Ella frunce el ceño, por lo que me doy la vuelta y empiezo a caminar de


nuevo. En lugar de aceptar su derrota, pisa fuerte en frente de mí y planta
su pie en el suelo.

—No te irás. Trabajas para nosotros. Si te digo que te quedes y pases el


rato conmigo, tienes que hacer exactamente eso.

Me rio y niego con la cabeza.

—Tú no lo entiendes, ¿verdad? —Me inclino hacia delante y agarro su


hombro—. No. Me. Enrollaré. Contigo. —Toco su pecho—. Tú no eres quien
me paga. Tu padre lo hace, y no por las razones que crees. Así que puedes
exigir todo lo que quieras, pero eso no va a suceder.

—¿Por qué no? ¿Qué ha cambiado? ¡Deja de ser un imbécil! Sabes que
necesito alguien con quien hablar en este momento.

—Lo sé, pero no seré yo en quien te apoyes. No debes, nunca, apoyarte


en mí. Yo no soy esa clase de persona. —Agarro ambos hombros y la
empujo hacia delante.

—Entonces, ¿qué clase de persona eres? —Ella se cruza de brazos.

—Mi familia y yo… no somos tus protectores. Yo no soy un buen tipo.

Ella levanta una ceja y baja la otra mientras camina más cerca de
mí. Demasiado cerca. Sus manos están en mis caderas y la forma en que
hace malas caras al mirarme me hace querer tomar su rostro y besarla.

Pero no puedo. La heriría tanto a ella como a mí. La vida es cruel. Yo soy
aún más cruel. Tengo a mi familia para agradecerle por ello.

—Pero lo eres. Solíamos pasar el rato todo el tiempo… no te recuerdo


como cualquier otra cosa excepto bueno y divertido.

—¡Deja de vivir en el pasado! —grito—. Ya no puedo hacerlo. Tú no me


conoces ni mierda, en absoluto.

Lágrimas brotan en sus ojos.

—No digas eso…

—¿Crees que estoy aquí para protegerte? ¿Para ser tu amigo? Error. Ni
siquiera sabes qué hace mi familia para ganarse la vida. Ni siquiera sabes
por qué estamos aquí en el primer lugar.

—¿Entonces por qué están aquí?


Me apoyo aún más cerca.

—¿Has visto al hombre que lanzó el huevo?

Ella asiente, conteniendo la respiración mientras me cierno junto a su


oído.

—Mis padres están con él. ¿Sabes lo que eso significa?

Ella niega con la cabeza.

—Probablemente perdió todos sus dedos para ahora.

Su tragar me dice que ella finalmente entiende.

Me inclino hacia atrás y miro fijamente a sus ojos.

—Corre. Ve con tus amigos. Ve al club. Haz lo que quieras. Vive tu vida.
Pero ni se te ocurra recurrir a mí por comodidad.

Temblando, ella se aleja de mí y, a continuación, se vuelve y corre lejos.

Si tan solo ella pudiera permanecer lejos…

Viernes, 16 de agosto de 2013. 17:00

Jadeando fuertemente, me levanto de golpe de la cama con los ojos bien


abiertos. Debo haberme quedado dormido después de nuestro pequeño
descanso para comer. He estado sintiendo nada más que furia estos dos
últimos días. No es de extrañar que mi cuerpo decidiera que era hora de
dormir. No creía que una siesta corta hiciera daño, pero eso se convirtió en
horas.
Cuando muevo la cabeza hacia un lado, mi cautiva ya no está allí.

Por un segundo, dejo de respirar.

La cama está vacía. Jay se ha ido. Cada rastro de ella desaparecido. Ni


siquiera su olor está allí.

Joder. ¡Mierda!

Miro los grilletes y noto que todavía están ahí, firmemente unidos a la
cama. Ella debe haber deslizado sus puños fuera de alguna manera. No es
tan flaca, ¿o sí? ¿Estuvo trabajando en eso mientras yo estaba durmiendo?
Revuelvo en mi bolsillo y, nada sorprendente, la llave para abrir la puerta
se ha ido. De ninguna jodida manera.

Saltando de la cama, agarro un poco de ropa y salto en ella antes de


correr fuera de la puerta con mi pistola metida en su funda. La señora de
la limpieza se encuentra frente a una puerta diferente, jugueteando con su
llave. Me acerco a ella.

—¿Has visto a mi chica pasar? Largo pelo castaño oscuro, ojos color
chocolate, sabes bien cómo luce.

Ella asiente.

—Vi a una chica corriendo por el pasillo hace un minuto, pero no me di


cuenta de quién era. ¿Tu chica escapó?

No contesto y la paso con prisa, saltándome escalones mientras voy


como una tormenta por las escaleras. Voy a coger a esa pajarita. No puede
haber ido muy lejos.

Al abrir la puerta de emergencia, miro alrededor de las instalaciones del


hotel. El estacionamiento está vacío, pero solo hay una cosa fuera de lo
común. Una chica vestida con nada más que una bata de baño,
frenéticamente abriendo todas las puertas de coches que pueda
encontrar. Mi pajarita.

—Ahí estás —le digo.

Sorprendida, se da la vuelta y chilla.

—¡Aléjate de mí!

Ella corre de un coche a otro, escondiéndose detrás de ellos mientras yo


me acerco.

—Vuela todo lo que quieras, pajarita. No puedes escapar de esta jaula.

—¡Vete a la mierda! —grita desde detrás del coche, y luego me arroja


algo. Esquivándolo, miro hacia atrás y descubro que es una zapatilla de
hotel que probablemente encontró en algún lugar y puso en sus pies. Cojo
la segunda que lanza—. ¡Aléjate de mí, hijo de puta! —grita.

Tengo suerte de que el estacionamiento esté vacío en este momento, de


lo contrario esta sería una gran escena. Podría haber tenido que matar a
todos los testigos en realidad. Incluso a ella, si no se callaba.

—Ahora, ¿cómo te liberaste, pajarita?

—Como si fuera a decírtelo —se burla.

Sonrío.

—Parece que las esposas no estaban lo suficientemente apretadas


después de todo. —Lanzo un vistazo a sus muñecas y manos. Hay marcas,
magulladuras por toda su muñeca izquierda y dedos. Supongo que ella
logró zafarse y tomar la llave de mi bolsillo mientras estaba durmiendo
para desbloquear el resto. Chica inteligente. Debió haber dolido mucho.

—No puedes mantenerme aquí —dice ella.


Quito el arma de su funda y sacudo mi brazo, envolviendo mis dedos
con fuerza alrededor del gatillo.

—Sí que puedo. Puedes correr, pero no puedes escapar de mí —le digo
en voz baja. Tratar de mantener la calma es duro, pero no quiero dañar
innecesariamente mi propiedad o mi coche—. Ven aquí ahora mismo o te
pegaré un tiro —le digo.

—¡No lo harás! —grita, huyendo entre los coches.

Mi disparo va directo al asfalto delante de sus pies. Ella grita y salta


hacia arriba y hacia abajo, entonces se mueve en otra dirección. Disparo
allí también. Cada vez que se vuelve, disparo en esa dirección, lo que la
hace sentirse desorientada. Desde la distancia puedo ver el pánico que
fluye a través de ella, el sudor que gotea en su frente, y sus largas piernas
bailando al ritmo de mis disparos.

—Eso es todo, pajarita, acude a mí y se detendrá. —Cada paso que doy


la asusta más, le da más ganas de correr. Ella está atrapada, y lo sabe. No
importa dónde corra, voy a encontrarla—. Ven a mí y estarás a salvo.

Ella niega con la cabeza, las lágrimas formándose en sus ojos.

—¿A salvo? Contigo nunca estaré a salvo.

—No te haré daño siempre y cuando me obedezcas —reflexiono,


agitando la pistola para que ella venga a mí. Sin embargo, permanece
inmóvil.

—Tú quieres hacerme daño —dice con la voz ronca.

—Daño. Tal palabra extraña. Yo lo veo como un castigo. Y otra parte de


la paliza es la lujuria. —Tomo otro paso. Ella se aleja. Apunto el arma a su
abdomen y veo sus ojos clavarse en el metal. Camina hacia atrás.

Estoy empezando a perder la paciencia.


—Vas a volver a la habitación conmigo. Ahora.

—No. Eres un monstruo.

No tengo tiempo para estas tonterías. Apretando los dientes, voy como
una tormenta hacia ella. Lanza su puño hacia mí, pero lo evado y, a
continuación, golpeo su estómago con mi arma.

—No hay otra opción.

Ella grita.

—¡Detente! ¿Qué estás haciendo? —Le agarro el brazo con la mano


libre—. ¡Aléjate de mí!

Tirándola de vuelta hacia el hotel, verifico mi entorno cuidadosamente,


siempre en estado de alerta. Podrían estar en cualquier lugar, en cualquier
momento, mirándonos, listos para disparar. Ellos no se preocupan por su
vida o por la mía. Estaríamos muertos en un segundo si nos
vieran. Maldita sea, ¿por qué la dejé escapar? ¡Esto es jodidamente
peligroso!

—¡Quítame tus putas manos de encima! —grita.

La arrastro a un rincón cubierto y la empujo contra la pared del edificio.

—¿Estás malditamente loca? —le digo—. Te lo dije, morirás si te vas.

—Me fui. No morí.

—No te burles de mí —gruño—. ¿Ya has olvidado lo que te dije? ¿Que no


soy el único que quiere tu cabeza?

—Sí, bueno, ¡tal vez prefiero ser llevada por ellos que gastar un segundo
más contigo! —Escupe en mi cara, así que empujo el arma más profundo
en su estómago mientras me limpio la cara con la manga.
—Vas a pagar por esa mierda —le digo con los dientes apretados—. No
tienes ni puta idea de lo mucho que me necesitas.

—Debes estar bromeando —se burla.

—Hay hombres detrás de ti. Hombres que son exactamente como


yo; asesinos hijos de puta. Nada se interpondrá en su camino para
matarte. ¿Me oyes? Nada. Ni tú, ni yo. Nos matarán a ambos en un abrir y
cerrar de ojos. —Levanto mi dedo para que ella lo vea, lo presiono en su
frente y luego hago un sonido de disparo. Sus ojos parpadean rápidamente
y sus labios se separan, pero nada sale—. Yo soy el único que puede
salvarte de ellos. El único que sabe cómo protegerte.

—No quiero tu protección… —murmura.

Mi dedo se desplaza hacia abajo por su nariz a sus labios, arrastrándose


hacia abajo hasta que me detengo en su barbilla y la empujo hasta que
finalmente me mira. Realmente me mira. Así ella verá que soy el único que
la mantendrá con vida.

—Tu vida está en mis manos. No importa si escapas, todavía te


encontrarían y te matarían. Es su trabajo y harán cualquier cosa para
lograr que esté hecho. ¿No lo entiendes? No hay vuelta atrás. Estás en la
lista de buscados. No va a terminar. No cuando escapes. No cuando yo
muera. Nunca va a terminar.

Sus ojos están aguados cuando por fin se da cuenta de que ha perdido
su libertad. No por mí, sino por el mundo.

—Pero no puedo… —susurra—. No quiero más dolor.

—El dolor es lo que consigues cuando no escuchas. El dolor puede ser


evitado si lo haces. Lo quieras o no, eres mía ahora. Yo salvé tu vida. Voy a
mantenerte a salvo, siempre y cuando hagas lo que yo digo —me quejo—.
Cualquier cosa. Todo.
La pistola se encuentra todavía en su costado, y cuando muevo mi mano
un poco, ella jadea. El aire sale de su boca en respiraciones cortas. Casi
puedo saborear su pánico. Su miedo. Su rendición.

Un suspiro se escapa de su boca. Sus hombros se caen y su postura


defensiva desaparece. Ella afloja los músculos y abre los ojos de
nuevo. Está derrotada.

—No quiero morir. Haré lo que sea.

Tomo una respiración profunda.

—Yo soy el que te mantiene viva. Nadie más. Vivirás por mí. Puedo
matarte con la misma rapidez.

—Lo sé.

—Podría matarte ahora mismo si quisiera. A nadie le importaría. Nadie


siquiera lo sabría. Tú desaparecerías.

Ella sorbe.

—Por favor, no lo hagas.

Mi mano se desliza hacia arriba por su cara a su mejilla, acariciándola.

—¿Qué vas a hacer? ¿Correr y morir o quedarte conmigo y vivir?

—No quiero morir. Haré cualquier cosa. Por favor… haré lo que sea.

Una lenta sonrisa se arrastra por mi cara.

—Bueno.

Una lágrima rueda por su mejilla mientras me apoyo contra ella, a la


espera de su reacción. Mi enfoque es lento, pero ella no se opone. Sus
labios están listos para ser tomados, así que los saqueo con
codicia. Finalmente están abriéndose para mí, lo que me permite tomar lo
que es mío. Su boca, su lengua, todo. Pruebo su boca con hambre, porque
la quiero más que a nada. Siempre la he querido.

Pero también quiero que pague. Esta es la forma en que voy a tener mi
venganza.
“La tortura de una conciencia mala es
el infierno de un alma viviente.”
—John Calvin.

Capitulo 13
X

Viernes, 16 de agosto de 2013. 17:30.

Ella se sienta en la cama, con las piernas cruzadas y las manos en su


regazo, esperando por mí. Esperando mis órdenes. Finalmente es
obediente. Es lo que siempre quise. Lo que siempre merecí.

Excepto que ahora que lo tengo, todavía no es suficiente. La quiero a


ella, tanto física como mentalmente. Voy a hacer cualquier cosa para
tenerla completamente.

Me siento a su lado en la cama. Ella se pone rígida y sus ojos parpadean


hacia mí con miedo. Levanto la mano y retiro un mechón de cabello que
bloquea su cara de mi vista. Mi dedo se desliza a través de su mejilla
mientras lo meto detrás de su oreja. Me inclino hacia un lado y susurro:

—¿Tienes hambre?

Ella chupa su labio.

—N-no.
Tal vez ha tenido suficientes fresas por hoy. Mientras acaricio su mejilla,
mi otra mano se arrastra bajo su bata, deslizándose sobre su pierna. Ella
tiene espasmos.

—Por favor, no lo hagas.

—¿Por qué todavía te resistes? —me quejo, mordisqueando su oreja,


mordiendo un poco. Ella silba cuando muerdo un poco más duro. Una
gota de sangre rezuma de su herida punzante. La lamo y trago su
sabor. Ella sabe como una puta. Mi puta.

Esa pajarita que bailaba y acudía a los hombres como si fueran sus
únicos alimentadores ahora me pertenece a mí, y solo a mí. Voy a ser el
que la alimente ahora.

—Cualquier cosa, Jay.

Ella se estremece.

—Cualquier cosa.

—Pero vas a ofrecerte a mí libremente.

Ella cierra la boca mientras su cuerpo empieza a temblar. Agarro una


manta de la parte posterior de una silla y la envuelvo alrededor de su
cuerpo.

—Yo no soy solo un monstruo, soy tu monstruo. Cuidaré bien de lo que


es mío; puedes confiar en mí con eso.

Sujetando la manta, se envuelve más en ella y se aleja de mí. Supongo


que no va a entregarse libremente a mí por el momento. Pero lo hará, con
el tiempo. No estoy de humor para follar de todos modos. Ahora que he
liberado mi semilla sobre ella, tengo la mente más clara sobre qué hacer a
continuación. La haré mi mascota y tendré mi venganza. Ambos no son
mutuamente excluyentes. Al contrario; tenerla en mi posesión tendrá
consecuencias en ella. Puedo tomar placer y dolor de ella, y voy a
destruirla, como había planeado.

No puedo evitar reír un poco.

—¿Por qué te ríes? —pregunta.

—Es gracioso, porque siempre quise que fueras mía, pero solo en mis
términos. Y ahora por fin te tengo. —Agarro su barbilla y me inclino,
presionando un beso en sus labios—. No tengo intención de que te vayas
alguna vez, ¿sabías?

Ella frunce el ceño, pero me deja besarla de todos modos. Sus suaves
labios suculentos ponen mi polla dura de nuevo. Me encanta la forma en
que ella desprecia mi gusto y aun así me permite besarla. Mi lengua traza
la línea de su boca y luego se sumerge en el interior para tomarla,
haciéndola jadear en busca de aire.

Su mano se dispara de repente por debajo de la tela, lejos de la manta, y


ella se lanza encima de mí. Estoy tirado sobre la cama mientras tenemos
una lucha por el poder. Su mano está casi en mi arma y ella grita de
rabia. Con una mano la sostengo abajo en mi pecho, y con la otra agarro
su muñeca. Ella trata de sacudirse para liberarse, golpeando mi pecho con
su puño.

—¡Déjame ir, gilipollas!

Me rio viendo su lucha.

—Jay, ¿cuántas veces más vas a tratar eso?

Ella ruge como una loca mientras yo sujeto sus dedos en la pistola y los
fuerzo a alejarse. Está encima de mí ahora, con las manos detrás de su
espalda, sus ojos en mí como un halcón.

—¿Por qué sigues insistiendo en pelear contra mí?


—Porque puedo —dice bruscamente.

—Y entonces, ¿qué? Si te las arreglaras para tomar mi arma, lo cual no


sucederá, entonces ¿qué? Matarme no te ayudará, ya te dije eso y sé muy
bien que estoy en lo cierto. Has visto a los otros. Ellos vendrán después.

—No me importa.

—¿Incluso si sabes que no vas a sobrevivir?

Ella cierra la boca y frunce el ceño pesadamente, casi haciéndome reír.

—Te lo dije, tu única posibilidad de supervivencia es conmigo.

—Sí, bueno, si tengo la pistola puedo protegerme a mí misma muy bien.

Niego con la cabeza.

—No puedes incluso protegerte de tus propias desgracias, por no hablar


de mí.

—¿Qué se supone que significa eso? —Comienza a retorcerse en mi


pecho de nuevo—. ¡Déjame ir!

—Solo si me dices que no vas a intentarlo de nuevo.

—Está bien. No lo haré. ¿Feliz ahora?

—No. Por el contrario, raramente soy feliz.

—Ah, y ¿por qué es eso? —bromea—. Siempre pareces tan jodidamente


feliz.

Ella sigue siendo una niña a veces. Me recuerda a hace mucho, cuando
yo todavía podría haber sido un poco más feliz y ella también. Cuando no
estaba tan jodido como lo estoy ahora. Claro, siempre he estado bastante
jodido, pero eso es normal, teniendo en cuenta mi familia. Pero ahora…
después de lo que me pasó… sí, se podría decir que estoy jodido como
ningún otro.

La empujo lejos de mí y la ayudo a sentarse. Mantengo una estrecha


vigilancia sobre ella mientras la libero de mi agarre. Se frota las muñecas;
parpadea mirándome como si me estuviera advirtiendo. Es lindo.

—Lo que sea que estés planeando, espero que te des cuenta de que no
va a funcionar —le digo.

Haciendo puños con sus manos, ella vuelve la cabeza lejos de mí.

—Nunca serás capaz de quitarme esta pistola. Demonios, incluso si


pudieras, nunca serías capaz de pegarme un tiro.

Ella resopla.

—Sí, claro.

—Es cierto. No porque no puedas disparar. Oh, no dudo de eso. —Sus


ojos se desvían de nuevo hacia mí, curiosos en cuanto a lo que tengo que
decir—. Sé que puedes apuntar a la gente. Pero no me puedes
disparar. Sigues siendo una novata.

—¿Novata? —se burla.

—Jay, no tienes ni idea de lo que se necesita para usar un arma de


fuego.

—Oh, vete a la mierda… he usado un montón de veces la pistola.

Oh, la he visto usar esa pistola suya. Como una niña temblando.

—Como medio para amenazar a alguien, sí, pero ¿alguna vez has
matado a alguien?

Su silencio me dice lo suficiente.


—No lo has hecho, por lo que te lo digo ahora, no tienes ni
idea. Sostener un arma de fuego es una cosa. Usarla es otra. A menos que
lo hayas experimentado por ti misma, no sabrás cómo protegerte, ni
utilizarla en contra de otros.

—Lo que sea… no lo creo.

—Confía en mí, lo sé. He matado a un montón de gente en mi vida.

—¿Cuántos?

—Demasiados como para llevar la cuenta, pero si tuviera que adivinar,


diría que más de mil, más o menos.

Sus ojos se amplían mientras toma una respiración fuerte y parpadea


rápidamente un par de veces.

—He estado matando gente durante toda mi vida, pajarita. Es lo que


hago.

—No puedes estar hablando en serio. ¿Has estado matando gente


durante toda tu vida? Eso es mentira. Claro, los adultos matan, pero los
niños no lo hacen. Todo el mundo comienza inocentemente.

—Ser un niño no significa que eres inocente. No hay tal cosa. No en este
mundo. No cuando naces en mi familia. —Familia. Lo que eso signifique.
No me gusta hablar de ellos. Como cuestión de hechos, ni siquiera sé por
qué estoy hablando con ella sobre esto. Me aclaro la garganta.

Se sienta con la espalda recta, envuelve sus manos alrededor de sus


piernas y apoya la barbilla en sus rodillas.

—¿Así que tenías familia? ¿Cómo eran? ¿Eran tan monstruosos como
tú?
—Peor —digo mientras también me siento. Trato de hacerlo corto, pero
por alguna razón, parece que ella no puede dejar esto ir.

—Hmm… me identifico con eso.

Me rio entre dientes ante ese comentario. Ella no tiene ni puta idea de lo
que está hablando.

—No, no realmente.

Ella vuelve la cabeza hacia mí y espera. El silencio habla donde las


palabras faltan. Después de un tiempo, sus labios se separan de nuevo.

—Hay más de un tipo de mal en este mundo. —Ella suspira—. Mi padre


es uno de ellos.

—Ahora, puedo identificarme con eso —bromeo.

Es bastante divertido, sin embargo. Ella piensa que está a salvo. Piensa
que puede hablar de él conmigo. Piensa que solo contando un poco, pero
no toda la historia, guardará sus secretos. Ella está equivocada. Yo ya lo
sé todo.

—Hmm… supongo. —Suspira de nuevo—. Por lo menos tenías una


familia.

Sí, claro.

—Si llamas a eso una familia.

—¿Tuviste una madre?

—Sí, y lo puta que era.

Jay se encoge de hombros.

—Pero al menos estaba allí. —Vuelve la cabeza de nuevo—. Yo nunca


tuve una madre. Ella debería haber estado ahí para protegerme.
Las palabras me atraviesan como una cuchilla.

Ella nunca tuvo una madre. Eso es lo que dice. Es todo lo que recuerda.

Yo lo recuerdo de otra manera.

Martes, 17 de octubre de 1995.

Es como si tuviera supervelocidad. Corre tan rápido que apenas puedo


seguirle el ritmo. Corre como un pájaro en el cielo, salta hacia arriba y
hacia abajo y extiende sus brazos como un avión mientras pasa a través
de la casa. A pesar de que soy mayor, ella sigue siendo más rápida que yo.

A veces la odio por eso.

Nunca puedo ganar este juego de persecución. De alguna manera, ella


siempre se las arregla para evadirme. Es por eso que no me gusta jugar a
la mancha. No es que tenga opción. Me obliga a jugar con ella, ¿y quién
soy yo para decir que no? Además, mi padre siempre me dice lo mismo. Lo
que ellos quieran, sucede.

La gente en la habitación de al lado de las escaleras está hablando en


voz alta. No puedo evitar escuchar algunas palabras a pesar de que me
dijeron específicamente que permaneciera lejos. No es para los oídos de los
niños, o eso dicen. Bueno, lo que sea. Ni siquiera quiero ser parte de ello.

La voz de su madre se alza sobre todas los demás mientras ella maldice
a través de la casa. Nunca la he oído maldecir antes. Me encojo de
hombros y sigo corriendo a través de las habitaciones. No me importa. No
estoy escuchando de todos modos. No se me permite.
Tengo mis ojos únicamente en ella porque me prometí a mí mismo que
iba a atraparla hoy. Voy a ganar este juego, y cuando lo haga, ella rogará
por misericordia porque entonces será mi turno de ser el jefe.

Cuando salgo de la habitación, me olvido de mirar alrededor, y corro


directamente a las piernas de una dama. Ella grita. Me caigo al suelo,
tratando de agarrar su pierna. Es demasiado tarde; sus pies ya se están
deslizando hacia abajo por la escalera. Y entonces comienza el ruido.

Cada golpe es otro hueso roto. Thud. Thud. Thud. Thud. Va hacia abajo
por las escaleras.

El tiempo se detiene. Mis ojos se abren en estado de shock, las lágrimas


formándose en mis ojos mientras gateo por el piso. Me asomo por el borde
de los escalones. Un cuerpo yace en el piso de abajo, con su cabello
marrón oscuro fluyendo abundantemente sobre la madera. Sus ojos están
sobre mí, pero están vacíos. La sangre se acumula debajo de ella.

La chica viene a mi lado, su boca abierta, sus ojos desgarrados. Y


entonces comienza el griterío.

Jay

Viernes, 16 de agosto de 2013. 18:00.

Toso y siento mi cuerpo calentarse de nuevo. Conozco este sentimiento


demasiado bien. Mi cuerpo necesita drogas, y no me gusta el hecho de que
mi escondite se haya ido. La necesidad de encontrar un poco de droga,
cualquier cosa, es fuerte.

—No lo hagas —dice X mientras me mira desde el otro lado de la


habitación.

—¿Qué?

—Sé lo que quieres.

—¿Y qué es eso, exactamente? —le digo con el ceño fruncido.

—Drogas.

Mierda. ¿Es tan obvio? El síndrome de abstinencia debe ser claramente


visible en esta ocasión. Maldita sea.

—No voy a dejar que tomes eso.

Suspiro.

—¿Qué? Pero no puedes. ¡Lo necesito! —le grito, yendo en estampida


hacia él.

Se pone de pie alto y orgulloso delante de mí con esa sonrisa


exasperante de mierda en su cara.

—Vas a pasar por esta abstinencia y luego ya no las vas a necesitar.

En mi enojo trato de hacerlo a un lado, pero él agarra mis muñecas.

—Mira lo que te hace. —Él se inclina hacia adelante—. Te conviertes en


una mujer furiosa solo porque necesitas tu inhalación. No tienes el
control. Las drogas lo tienen. Es hora de cambiar eso.

—Vete a la mierda… —siseo. No quiero admitirlo, pero él tiene


razón. Necesito esto, y lo odio. Pero esta abstinencia es peor que cualquier
otra cosa que pueda imaginar.
—Los primeros días son los peores, pero te acostumbrarás a ello.

—No puedo —digo con desesperación.

—Shhh… —X coloca un dedo sobre mis labios—. Vas a aprender a lidiar


con ello. Me iré ahora, y te dejaré descansar un poco. Duerme un
rato. Estás cansada, me doy cuenta, y la abstinencia te está pasando
factura.

—Yo no… —le digo, suprimiendo un bostezo. A la mierda con eso.

Él se ríe.

—Ser testaruda no te conseguirá nada, Jay. No vas a conseguir drogas


de mí y no dejarás esta habitación de hotel. Ahora, puedes elegir
comportarte… y puedes moverte libremente a través de la habitación, o
sufrir las consecuencias de tus travesuras. Es tu elección, pero como
puede ser que hayas visto, mi disciplina no es para tomarse a la ligera —
aconseja con su cabeza hacia abajo—. Duerme. Come. Límpiate y vístete
bien. Podría recompensarte si lo haces. —Él libera mi muñeca y yo
inmediatamente doy un paso atrás. No me gusta que me quiera controlar,
pero al mismo tiempo comer y dormir parecen muy tentadores. Tiene razón
cuando se trata de mi cuerpo… sería mejor si me lo tomara con calma
para sacar todo esto de mi sistema. Aun así mi cerebro me dice que vaya a
buscar las drogas. Así de conflictivo es.

Me doy la vuelta y camino hacia la ventana, mordiendo mi mejilla. Me


pregunto si lo que dice es cierto. Si él va a ser más suave conmigo como
dice. Voy a estar pisando en terreno peligroso si obedezco. Significa la
posibilidad de perder mi propia voz. Perder mi fuerza y voluntad para
luchar contra él. ¿Soy lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a una
cosa así? Si mi supervivencia depende de él y de sus deseos, debería
encontrar una manera de utilizarlos en mi ventaja.
Me asomo por la ventana, buscando el cuerpo de Hannah, pero no hay
nada allí. Ningún cuerpo. Ni sangre. No hay ni un rastro. Me asusta
porque significa que X podría descartarme así de fácilmente.

Cierro la cortina. No voy a dejar que eso suceda. Voy a hacerlo amarme,
para que incluso si no obedezco, no vaya a ser capaz de matarme. Y
entonces habré ganado.

X ata sus zapatos y se abotona la camisa. En el suelo justo debajo de él


hay una maleta llena de Dios sabe qué. No creo que ni siquiera quiera
saber. Todo lo que quiero saber es cuánto tiempo se irá, así sabré cuánto
tiempo tengo para prepararme para cuando regrese.

—¿Cuánto tiempo hasta que vuelvas? —pregunto.

—El que sea necesario.

—¿Cuánto es eso?

Se ríe.

—Suenas como una esposa. —Él me mira por encima de su hombro—.


No tengo que explicarme contigo.

—Lo sé. Tenía curiosidad. —Me aclaro la garganta y camino hacia él. Si
voy a empezar este juego, va a ser ahora—. Me pregunto qué haces con esa
arma tuya cada vez que te vas.

En silencio, se da la vuelta hacia mí y mira hacia abajo mientras yo


levanto un dedo. Él mantiene un ojo en mí mientras enderezo su
corbata. Me observa meticulosamente, como si todavía no confiara en
mí. Por supuesto, eso no sería lo más inteligente que hacer, pero ganar su
confianza es para mi beneficio.

—Una pistola solo tiene un propósito, Jay.


—Tiene dos. Uno de ellos es matar a la gente. La segunda es tener poder
sobre ellos. ¿Cuál ejercerás esta noche?

Él pone su mano sobre la mía y la aparta de su corbata.

—La que sea necesario para hacer entender el punto.

—¿Y qué punto es ese?

Él sonríe.

—Buen intento. Ahora, vas a esperar aquí como una buena chica hasta
que yo vuelva.

—¿Y por qué iba a hacerlo exactamente? —me burlo, levantando una
ceja—. Convénceme de por qué es en mi mejor interés permanecer contigo.

Sus ojos se estrechan.

—¿Crees que tienes otra opción?

—La tengo en lo que se refiere a pelear contra ti.

Me lanza una mirada molesta.

—Muy divertido, pajarita.

—No, lo digo en serio. Quiero saber por qué están detrás de mí. Por qué
tú fuiste tras de mí pero no me mataste.

—Aún.

Ruedo los ojos.

—Aún.

—Sigue con eso, es posible que me hagas hacerlo de todos modos.

Lo ignoro.
—¿Por qué son ellos diferentes? ¿Por qué no me dejan vivir si tú lo
hiciste?

Él camina hacia mí, haciéndome retroceder. Cada vez que doy un paso
atrás, él se acerca de nuevo.

—Alguien te quiere muerta, Jay. No solo yo, sino la persona que nos ha
enviado.

—¿Es eso lo que haces cada vez que sales por la puerta? No me mataste,
¿por lo que ahora están detrás de ti? Eso es, ¿verdad?

Una queja viene de lo profundo de su pecho.

—No tienes ni puta idea. Voy detrás de los que pusieron esa marca en tu
cabeza.

Parpadeo un par de veces. No esperaba que dijera eso. ¿Es realmente


cierto?

—¿Por qué?

—Porque eres mía y están tratando de tomar lo que es mío. No voy a


permitirlo.

Trago cuando se acerca más.

—¿Y quién es, entonces? Debo conocerlos, ¿no? Quiero decir, ¿qué he
hecho que podría hacer que alguien quisiera matarme? —pregunto, dando
un paso atrás.

Cuando llego a la pared, estoy atrapada. X planta su puño en la pared y


se eleva por encima de mí, sus fosas nasales dilatadas. Claramente lo he
cabreado con todas mis preguntas, pero no voy a parar. Necesito
saber. Voy a averiguar por qué está sucediéndome esto y voy a hacer que
se detenga.
—No quieres esto, pajarita. Confía en mí en eso.

—Quiero saber —le digo con una voz suave.

Un resoplido escapa de su boca. Sacude la cabeza y mira hacia abajo.

—¿Qué?¿Quién es entonces? ¿Es uno de los traficantes de


drogas? ¿Alguien del club? ¿Qué no estoy viendo aquí?

—Todo —murmura.

—¿Todo?

La mirada en sus ojos cuando levanta la cabeza de nuevo, tan volátil,


perfora mi alma.

—Dime, ¿qué es exactamente lo que recuerdas, Jay?

Yo frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir exactamente lo que digo. ¿Qué recuerdas?

Levanto una ceja, todavía confundida.

—¿Quieres decir sobre el club?

—Antes de eso —gruñe, impaciente.

—¿Antes del club? Bueno… creo que estaba en la calle… estaba


constantemente drogada, por lo que no recuerdo mucho de ello.

—¿Te acuerdas de cualquier cosa antes de eso?

Su pregunta me confunde. No porque no la entienda, sino porque


realmente no recuerdo. Me siento perdida por un segundo. Mi cerebro está
trabajando horas extras, tratando de averiguar qué está pasando, pero
nada llega. Todo lo que sé es que estaba en las calles, perdida, vendiendo
mi cuerpo, y luego llegué al club gracias a Hannah. Centrándome en su
cicatriz, voy a la deriva en mis recuerdos y encuentro poco y nada. Excepto
una cama… un pitido… luces cegadoras… alguien con un equipo médico.

—Estaba en un hospital.

—¿Y?

—¿Y qué? —No sé qué más hay que añadir.

Él se ríe.

—Mira, esto es lo que no entiendo. Pareces estar bajo la impresión de


que tu vida comenzó hace unos siete años.

—No, ¡no lo estoy! Sé que tuve una infancia… en alguna parte. —Me
aclaro la garganta, haciendo retroceder las inminentes lágrimas. No quiero
pensar en ello. No quiero sentirlo. No quiero saber que no me
acuerdo. Esto significa que he sido una tonta.

—¿Qué acaso no te acuerdas? —pregunta. Me estremezco cuando su


mano se extiende por mi cara, pero cuando de repente comienza a
acariciarme estoy aún más confundida. No entiendo por qué. Nada de esto
tiene sentido.

—Recuerdo una casa grande… coches, un montón de coches… gente


haciendo preguntas… y mi padre, sí, él estaba de mal humor todo el
tiempo.

—Te acuerdas de partes y piezas. No toda la historia.

Lo miro a los ojos, el terror acrecentándose en mi pecho, corriendo


profundamente en todos los poros de mi cuerpo. Me quedo congelada, mis
dedos de repente fríos hasta los huesos.
—No recuerdo —murmuro. Está en silencio durante unos segundos.
Entonces pregunto—: Pero, ¿cómo sabes eso?

Se encoge de hombros.

—Hay cosas que es mejor dejar en el olvido.

Viernes, 16 de agosto de 2013. 20:10.

Jay está en la habitación del hotel, sola. Ella no quería que me fuera,
pero tenía que hacerlo. No podía seguir contándole cosas que debería
saber por sí misma. Además, que no sepa nada hace que sea más fácil
para mí. Le dije que necesitaba comer y dormir un poco antes de que yo
volviera. Ella necesitará energía para soportar lo que voy a hacerle.

Además, no es como si fuera a tratar de escapar de nuevo. Sé que ha


visto lo que puedo hacer, y la aterra. Sabe que la encontraré, donde quiera
que vaya. La muerte acecha en cada esquina. Para que esté segura, ella
debe permanecer en mi habitación, donde va a estar esperando mi
regreso. Mi llave está a buen recaudo en mi bolsillo mientras conduzco
hacia la casa en la que estoy destinado a estar esta noche. Sí, esta noche
será en la que ponga una bala en la cabeza de la persona que me dio la
asignación de matarla.

Hace mucho tiempo que sé que este gilipollas trabaja para la misma
gente para la que yo solía estar de servicio. El mismo hijo de puta que nos
dio la misión de matar a Jay. Por desgracia para él, ya no estoy a su
servicio. Probablemente él todavía lo está. Ese hijo de puta va a pagar por
su insolencia con la última gota de su sangre.

Conduzco hacia la dirección que había en el mensaje de texto que


Antonio me mostró. Mis neumáticos chillan mientras se deslizan a través
de las calles y hacen un giro. Mordiendo mi labio, contemplo el juguete que
voy a utilizar esta vez. He traído toda mi caja de golosinas conmigo
pensando usarlas con él. Este hijo de puta merece cada una de esas cosas
de mierda en su interior.

El hombre vive en alguna casa de mala calidad en el centro de San


Antonio. Si se le puede llamar casa. Para mí parece un contenedor de
basura más que una casa. Es de mala calidad, está mal cuidada, tiene una
valla de hierro torcido que es fácilmente deformable y es apenas más que
una choza. No es en absoluto el tipo de chico que esperaría que estuviera a
servicio de ellos.

Supongo que las prioridades han cambiado con los años. El lujo ha sido
hecho a un lado por cosas simples que pueden ser descartadas
fácilmente. Todo un movimiento inteligente, en realidad. Es imposible de
rastrear. Bueno, la mayoría del tiempo. A veces hay gente que pone sus
manos en documentos secretos que no pueden sobrevivir a la luz del día.
Gente como yo que va detrás de estos secretos y los graba en el suelo.

Aparco mi coche a pocas cuadras de distancia y salto con mi maleta en


la mano. Con una cara rígida ante el barrio, compruebo cada casa por
posibles testigos. Si alguien aquí está viendo ahora, va a estar muerto por
la mañana. Por su bien, espero que no vean.

Cuando llego a la casa, me ajusto la corbata y llamo a la puerta. Toma


un tiempo que se abra. Cruje mientras un barbudo hombre desaliñado
lentamente la abre un poco, mirando a través de la ranura con los ojos
entrecerrados.

Cuando levanta la vista hacia mi único ojo funcional, sus propios ojos se
amplían.

Él trata de cerrar la puerta, pero pongo mi pie en el interior, haciendo


que se atasque. Saco mi pistola y la sostengo contra su abdomen.

—Desbloquéala ahora o te volaré en pedazos.

—Qué mier…

Empujo más el arma contra su estómago.

—Ahora.

Sus labios tiemblan mientras quita el seguro de la puerta y yo estallo en


el interior. En silencio, cierro la puerta detrás de mí, apuntándole con mi
arma en todo momento. Está caminando hacia atrás, tropezando con una
pila de revistas porno que están al lado de su silla. Le cuesta levantarse,
así que me acerco a sus pies, la pistola empujándose en su carne.

—Al John… ha pasado un largo tiempo —reflexiono—. Escucha, gordito,


te daré una oportunidad de responder a mis preguntas. Falla o miente y te
vuelo los dedos. Si no escuchas, podría recurrir a cortarte. ¿Queda claro?

Él asiente frenéticamente, gritando como una niña cuando lo empujo


hacia la mesa en medio de su torcida casa.

—Siéntate —le digo mientras señalo una de las sillas de plástico. Con
un chillido se escabulle hacia atrás y cae sobre ella, casi rompiendo las
patas.

—¿Q-qué q-quieres d-de m-mí? —tartamudea.


Sonrío y froto mi mano sobre mi pistola mientras él se sienta allí,
mirándolo.

—No he hecho n-nada.

Palabras. Incorrectas.

Disparo a su dedo.

Él grita, sosteniendo sus manos con pánico total cuando su dedo es


volado en pedazos.

—No me mientas.

Trata de levantarse de la silla para correr, pero sacudo mi arma, por lo


que se detiene.

—No, no. Si te levantas, pierdes el pie —le digo con calma.

Él golpea su culo de vuelta en su silla, con los ojos frenéticamente


buscando una manera de salir de esta casa. Su mano está temblando y su
rostro está tan rojo que parece un rábano; frente roja, boca pálida. Como
si estuviera a punto de vomitar. Patético.

El hombre se inclina hacia atrás en su silla, sujetando su mano cerca de


su pecho mientras respira pesadamente. Gemidos de dolor diminutos
escapan de su boca. Con una mano agarro la silla frente a mí y me deslizo
más cerca. Traga de nuevo, su regordeta garganta temblando. Aborrecible.

—Dime otra mentira y voy a hacer más que volar un dedo o dos.

—¿Qué q-quieres? —dice Al.

—Sabes muy bien lo que quiero —le digo, ladeando la cabeza.

Él se sacude vigorosamente.

—N-no. Por favor…


Lanzándome hacia adelante, le agarro la cabeza y la golpeo contra la
mesa.

—Cabeza, te presento a Mesa. Mesa, esta es Cabeza. —Él cruje mientras


yo golpeo su cara un poco más. Rodando los ojos, lo libero de mi agarre y
me siento de nuevo.

Levanto mi arma y lo apunto.

—Ahora, ¿listo para explotar?

Él chilla.

—¡N-no, no, por favor! ¿Quieres dinero? Te puedo dar dinero. Cualquier
cosa que quieras.

Inclinándome hacia adelante, saco un cuchillo de mi bolsillo trasero y lo


sostengo cerca de su garganta.

—No quiero tu maldito dinero, pedazo de mierda. ¿Ordenaste o no que


matáramos a una chica llamada Jay?

Sus ojos se amplían mientras él gime y me mira.

Mi sonrisa se ha ido.

—Respóndeme.

—Yo no…

Agarrando su brazo, lo atraigo hacia adelante y pongo su mano todavía


indemne sobre la mesa, atravesándola con mi cuchillo.

Él grita de dolor y escupe baba. Su cabeza parece estar a punto de


explotar. Este hombre ni siquiera puede soportar un rasguño. Patético.
Hipócrita también porque estaba tan ansioso por hacerle daño a otro ser
humano.
—Cállate —le digo mientras él sigue gritando—. A menos que quieras
más dolor.

Con lágrimas en los ojos, responde:

—Yo no q-quería hacerlo —murmura—. Fui obligado.

—¿Por quién?

—No lo sé…

Él sorbe y me mira con ojos grandes como si fuera jodidamente


inocente. Por supuesto que lo es. Los hombres como él son
despreciables. Hacen algo horrible, sabiendo muy bien cuáles son las
consecuencias, y todavía tratan de salirse con la suya una vez que alguien
se entera. Escoria, viven ocultándose.

Independientemente del hecho de que él es un cliente de la organización


y de que es el que está detrás de la incorporación de Jay a la lista de
resultados, tiene que ser castigado.

Así que cojo mi maletín del suelo y lo coloco sobre la mesa. Las
cerraduras hacen clic, haciéndolo erguirse con fuerza en su asiento
mientras abro la tapa. Una variedad de juguetes se encuentran en el
interior: un destornillador a pilas, clavos y un martillo, unas tijeras, una
botella de ácido, un frasco de veneno no letal, una cuerda corta, un bote
de gasolina y algunos fósforos, algunos de mis cuchillos favoritos, un
picahielo, un gancho y un par de alicates.

Saco el ácido y abro la tapa. El hombre comienza a llorar. Presto


atención a eso. Antes de que él tenga la oportunidad de levantarse, coloco
un poco en su ojo. Él grita y llora, la sangre brotando de sus ojos y se
disuelve.

—¡Mi ojo! —grita.


—Ah, ¿qué importa? No necesitas los ojos. Tienes la boca para decir
todas esas mentiras de todos modos.

—¡Joder! Vas a pagar por esto. —Él golpea su puño sobre la mesa. Nada
divertido por su amenaza, tomo el picahielo y un martillo y lo clavo en su
mano, fijándola a la mesa. Grita un poco más.

—Puedes gritar todo lo que quieras, pero no ayudará.

—¡Vete a la mierda! —Él arremete contra mí desde debajo de la mesa,


dando patadas con todas sus fuerzas. Así que pongo una bala en su dedo
del pie.

—¡Deja de moverte!

Él grita un poco más, lo que hace que ruede mi ojo y suspire.

—¿Has terminado ya? —pregunto después de un tiempo—. Me estoy


aburriendo de ti rápidamente. —Bostezo—. Y no quieres que eso suceda,
confía en mí.

—P-por favor… —balbucea.

—Dime quién te dio la misión.

—N-no sé su n-nombre.

—¡Puta mentira! —Cojo un cuchillo y lo clavo en la mesa al lado de sus


dedos. Gemidos escapan de su boca.

—Es l-la verdad.

Entrecierro mis ojos y aprieto mis labios.

—¿Estás seguro de eso?

—¡Sí! Lo j-juro. N-no sé su n-nombre.

—¿Cómo se puso en contacto contigo?


—Está en el archivo. —Sus ojos se mueven hacia el armario en la
habitación—. En el c-cajón s-superior.

Empujando mi silla hacia atrás, le doy un golpecito rápido en la mano,


lo que le causa un dolor intenso. Una sonrisa aparece en mi cara.

—No muevas un músculo —le digo, riéndome de mi propia broma


mórbida.

Camino al armario y abro el cajón. En el interior hay un sobre con una


nota dentro.

Lo tomo y lo abro, y escalofríos corren por mi espina dorsal. Lo


sabía. Malditamente lo sabía. Fue él, todo el tiempo.

Arrugando el papel en mi mano, lo meto en mi bolsillo y saco un


paquete de cigarrillos y mi encendedor.

—Tenemos una larga noche por delante de nosotros, Al…


“La pasión nos lleva tan cerca de la
locura como el asesinato lo hace.”
—Notas de X.

Capitulo 14
Jay

Viernes, 16 de agosto de 2013. 22:12.

Por primera vez en muchos días dormí como un tronco. Mi cuerpo y mi


mente estaban tan cansados que no necesitaron más de unos pocos
segundos para apagarse. Debo decir que esta cama es bastante
cómoda. Esta habitación debe ser cara para tener todos estos lujos. X
probablemente consigue todo lo que el dinero de las personas que
mata. Me pregunto si se queda aquí con frecuencia o si se mueve
constantemente; si tiene una vivienda.

Cualquiera que sea el caso, no voy a perder el tiempo averiguándolo. Si


quiero saber más sobre él, debo cavar mi camino en su corazón, tengo que
complacerlo. Por mucho que todavía me dé asco, sé que cuento con él para
mantenerme a salvo. Vi a los tipos que trataron de matarnos… a mí… me
matarían en un latido del corazón. X vaciló, lo que significa que tiene
dobles intenciones. Él me quiere, y tengo que usarlo en su contra. Hacer
que me desee es el primer paso; traicionarlo es el paso final.

Además, X va a matar a los que estén detrás de mí. Podría parecer una
perra sin corazón, pero realmente voy a arraigarme en él. Sus muertes
significan que X ya no tiene excusa para mantenerme prisionera. Mi jaula
es mi seguridad. Cuando el enemigo exterior haya sido vencido, la jaula ya
no será necesaria y voy a buscar mi libertad. Creo que X lo sabe, así que él
quiere que yo me quiebre y sea sumisa antes de que haya terminado el
trabajo, solo para que me quede.

Oh, voy a ser lo que desea… pero solo hasta que ya no sea necesario, y
luego voy a escapar.

Me levanto de la cama y abro el armario. La señora de la limpieza colocó


una pila de ropa limpia allí esta noche cuando todavía estaba
dormida. Cojo un aterciopelado babydoll transparente y medias. Hay un
par de zapatos de tacón a juego en la parte inferior. Rodando mis ojos, me
los pongo y me miro en el espejo roto del baño. Sin maquillaje me veo
horrible, pero no hay nada aquí que pueda ponerme salvo algún lápiz
labial rojo que está en el estante. Así que lo recojo y lo unto en mis
labios. Es de un color feo, pero va a tener que servir. Voy a tener que
trabajar mi magia para seducirlo. Oh, lo tendré alrededor de mi dedo. Solo
espera… ¿quiere una chica retorcida? Él va a tener una chica retorcida.

Tomo unos sorbos de agua para asegurarme de que estoy lo


suficientemente hidratada como para poder aguantar un rato. Tengo el
presentimiento de que no voy a ser capaz de beber por un tiempo cuando
llegue a casa. Casa. Tal palabra divertida. Esto no es casa. Ni siquiera
debería permitirme que esa palabra entre en mi cabeza.

Doy un paso de vuelta en la habitación del hotel y tomo una respiración


profunda. En el centro del suelo, me siento en la parte de atrás de mis
tacones, mis manos en mi regazo. Esta es una postura con la que estoy
familiarizada, pero no uso a menudo. Es una señal de sumisión; algo que
no una gran cantidad de hombres anhelan, pero X es una excepción.
Esperarlo así lo hará débil para mí. Al menos eso espero.
Pacientemente espero hasta que el bloqueo gira y la puerta se
abre. Conteniendo mi aliento, miro hacia él. Por un momento se queda en
el marco de la puerta, observándome. Hay un toque de destellos de
sorpresa en su ojo, pero es rápidamente reemplazado por cautela. Con
pasos suaves entra y cierra la puerta detrás de él, sus ojos aún fijos en los
míos. Sus manos caen a sus lados. Solo entonces veo las manchas rojas
en su camisa y manos. Sus uñas están de color negro y carmesí y sus
nudillos están magullados. Oh, Dios. Me pregunto a quién torturó ahora y
por qué.

Me trago el miedo cuando él da unos pasos hacia


adelante. Anticipándome a su enfoque, cierro los ojos. Pero su mano
nunca aterriza en mi piel. Mi respiración se tambalea mientras abro los
ojos otra vez solo para verlo caminar hacia el baño. Giro la cabeza y veo
que se lava las manos, el agua fría enjuagando la suciedad. Agarra un
cepillo y restriega sus uñas y manos con jabón. Sus dientes se aprietan,
gemidos de molestia escapan de su boca mientras lanza el cepillo en el
fregadero. Puedo oírlo tomando respiraciones largas y profundas por la
nariz. Sus orificios nasales se abren mientras se enrolla las mangas y se
mira en el espejo. Y luego simplemente se queda ahí, viéndose a sí mismo
mientras su mano se desplaza a su ojo y toca su piel quemada. Por una
fracción de segundo, siento remordimiento. Lástima. Pero cuando desplaza
su ojo a mí, eso se ha ido tan rápido como llegó.

Sus pesados pasos hacen que mi corazón lata en mi pecho. Él me mira,


sus ojos corriendo sobre mis curvas. A medida que se pone delante de mí,
mirando hacia abajo sobre mí como el rey del Universo, me calmo
recordándome por qué estoy haciendo esto. Es la única manera de escapar
de su alcance. Hacer que él me necesite, que caiga por mí, e incluso me
ame. Y entonces él no será capaz de negarme mi libertad.
Moviéndose en el suelo, sus pies están a mi lado, por lo que me pongo
nerviosa.

—¿Qué es esto? —dice con una voz baja que retumba en mis oídos.

—Dijiste que estaría a salvo si era obediente.

Él ladea la cabeza y aparece en su rostro lo que parece una media


sonrisa.

—Eso dije.

—Y que no me harías daño —agrego en voz baja, pellizcando mis propios


dedos, esperando que esté bien.

Empieza a quitarse la corbata, cada resbalón meticuloso de sus dedos


me pone más incómoda.

—¿Quieres ser castigada? —pregunta.

—No.

De repente, su mano se envuelve alrededor de mi pelo, tirando mi


cabeza hacia arriba. Las raíces tiran tan duro que duele.

—Dilo de nuevo.

—No, señor —le digo.

Él me libera.

—Yo creo que sí.

—No, señor, ¿por qué habría de hacerlo? —le pregunto, mordiéndome el


labio con ansiedad.

—Te encanta el dolor —dice él, agitando la corbata en su mano—. A tu


coño le encanta que mi mano golpee tu carne. No lo niegues, puta.
Me estremezco ante esa palabra.

Se inclina, acunando mi cara y frunciendo sus labios.

—No te gusta esa palabra, ¿eh?

—Yo no soy una puta —murmuro.

—Sí, lo eres. No follas por amor. Follas por dinero. Por drogas. Por
libertad. Eres una pequeña puta sucia. —Su dedo traza el borde de mi
labio, empujándose aún más adentro con cada golpe hasta que lo está
completamente—. Chupa.

Una mirada a la reluciente pistola en su funda es todo lo que toma para


que haga lo que él dice. Chupo su dedo con tanta fuerza que su ojo rueda
en su cabeza. Puedo ver su pene cada vez más grande en sus pantalones.
Cuando quita el dedo de mi boca, me agarra la cara con las dos manos y
empuja sus labios contra los míos. Es duro y áspero mientras me lame
como si no hubiera un mañana. Sus lamidas son furiosas, rápidas e
incontrolables. Como una bestia salvaje que toma mi boca. Apenas puedo
respirar.

Él saquea mi boca con sus besos violentos, y yo lo dejo. Sus labios están
ansiosos y saben como a alcohol fuerte. Ellos me seducen. Incluso si no
quiero sentir nada, lo sigo haciendo. Estos labios, los recuerdo.

Se detiene mientras yo tomo aire. Una sonrisa maliciosa aparece en su


rostro mientras se limpia los labios con la mano y embadurna la barra de
labios en mi cara.

—Eres mi pequeña puta.

Después de lo que ha hecho se pone de pie de nuevo, sus pantalones


como una tienda de campaña. Camina alrededor de mí en círculos,
envolviendo su corbata alrededor de su mano como un guante de
boxeo. Duele solo mirarlo.

—Boca abajo en el suelo —demanda.

Bajo mi cabeza y manos, pero parece que no puedo llegar a él.

—En. El. Suelo.

Llevo mis manos a los costados de mi cuerpo y pongo mi cabeza hacia


un lado en el suelo. Odio esta posición, ya que le da una vista completa de
mí. Eso, y estar boca abajo en el suelo es una mierda. De alguna manera
la madera huele a semen. Me estremezco.

—Así que aquí estás, esperando a ser domada. Ofreciéndote libremente


a mí. Rogando por mi polla. —Hace una pausa—. Eres una chica tan
traviesa, pensando que me puedes seducir así. Lo único que quieres es
hacerme darte nalgadas de nuevo. Te gusta tener la piel de color rojo,
¿no? ¿Has visto las marcas en tu carne cuando te vestías para
mí? ¿Verdad?

La mano de X baja sobre mi culo de manera rápida, en un flash de


calor. Chillo tanto de dolor como de deseo. Su mano cae no solo en mi culo
en llamas, sino en mi coño también. Después del primer golpe, acaricia
suavemente mi mejilla antes de abofetear de nuevo, esta vez un poco más
cerca de mi coño. Cuando su dedo roza mis pliegues, un corto gemido
profundo resuena desde dentro de mí.

—Respóndeme.

—No, señor. —Debo admitir que no me he mirado en el espejo. Lo evité a


propósito. Mirarlo lo hace real, y cuando es real duele, por lo que me niego.

Él hace sonidos de chasqueo con la lengua.

—Definitivamente vamos a tener que hacer algo al respecto.


¡Whack! Me sacudo por el calor repentino en mi culo. Me golpeó, pero no
fue con la mano. Al mirar hacia arriba, su corbata cuelga entre sus
dedos. Él la utilizó como un látigo.

—Culo hacia arriba, pajarita.

Empujo mis rodillas hacia mi pecho, apuntando mi culo tan alto como
puedo. Me digo a mí misma que puedo hacer esto. Puedo dejar que tome
mi cuerpo sin entregar mi alma. Cuando la corbata golpea mi coño,
sospecho que no seré capaz de hacerlo. Siseo por la picadura y la corbata
se desliza hacia arriba y hacia abajo por mis partes sensibles. Él está
jugando conmigo, y sabe que no me gusta la idea de rendirme. Estoy
luchando contra él, su mente contra la mía. Esta no es una lucha de
poder; esta es una lucha de voluntades. Él no me va a romper. No voy a
permitirlo.

—Un coño tan húmedo —reflexiona. Puedo oírle bajar hasta sus
rodillas—. Pide ser llenado. ¿Te gustaría eso, Jay? ¿Quieres que llene ese
coño?

No respondo porque a él no le gustaría mi respuesta.

El golpe que le sigue tiene hace que mi culo tiemble.

—Di que eres una puta sucia, Jay. Dilo.

—Soy una puta sucia —murmuro.

—Más fuerte. —Desliza la corbata por mi hendidura y golpea mi culo—.


No lo diré de nuevo.

—¡Soy una puta sucia!

—Sé que lo eres. Tu agujero resbaladizo está esperando a ser


bombeado. Dime cuánto lo quieres. Dime cuánto deseas mi polla.
—Quiero tu polla, señor.

—Hmmm… —gime. Siento sus piernas empujarse hacia arriba contra


las mías, y luego siento sus pantalones abultados. Su polla empuja contra
mi coño mientras desliza la corbata a través de mi hendidura ida y vuelta.
Es una sensación extraña pero gratificante—. ¿Este cuerpo es mío? —dice.

—Este cuerpo es tuyo, señor —gimo, tratando de mantener mi voz


sarcástica.

Extendiendo sus dedos en la parte superior de mi culo, se mueve a mis


mejillas.

—¿A quién le pertenece este culo?

—A ti.

La bofetada que sigue pica tanto que chillo y me muerdo la lengua.

—Dilo de nuevo.

—A ti, señor. Es tuyo.

—Así es, y este coño es mío también, y ¿sabes qué voy a hacer con lo
que es mío? —dice. Sus dedos se enganchan alrededor de mi tanga,
tirándola lejos de mi culo, exponiendo mi carne. Él gime en aprobación—.
Lo tomaré y usaré para mi placer.

Sin previo aviso, su dedo se sumerge dentro de mi coño, tomándome por


sorpresa. Dibuja círculos dentro, empuja dentro y fuera, calentándome
hasta mi núcleo.

—Tan mojada para mí… —murmura, empujando otro dedo dentro. Yo lo


siento dentro de mí, lo siento reclamándome con sus dedos. Su otra mano
agarra firmemente mi culo mientras conduce sus dedos dentro de mí una
y otra vez. Sus golpes son cada vez más rápidos, por lo que me estremezco
de necesidad. Yo misma he dicho que acepto el hecho de que esto está
sucediendo; ya hice las paces con eso. Solo tengo que hacer las paces con
el hecho de que en realidad está empezando a gustarme. Cuando no lucho,
X es mucho más indulgente, y es mucho menos doloroso para mí al
soportarlo. No debería luchar contra ello. Estoy en esto ahora… bien
podría disfrutar de ello.

Retrae sus dedos en un instante. Por un momento estoy realmente


decepcionada, a pesar de que odio sentirme de esta manera. Pero luego
desliza los dedos por mis pliegues y encuentra mi clítoris. Yo suspiro. Creo
que acabo de morir.

—Este pequeño clítoris tuyo ha estado palpitando tanto, ¿verdad? —


dice—. Es hinchado y húmedo por mi tacto. Deseas tanto esto. Tu cuerpo
traicionero me desea más de lo que puede manejar.

Él chasquea mi nudo con fervor. Su dedo está áspero y grande mientras


ejerce presión, justo del tipo que me gusta. Sabe exactamente cómo hacer
que me retuerza. Especialmente cuando levanta la otra mano y golpea mi
culo de nuevo. Con cada golpe vacilo, tratando de mantener mis piernas en
posición vertical, pero su mano todavía está en mis partes íntimas,
apoyándome, levantándome de nuevo. Con su ágil dedo, X me sigue
acariciando y golpeando mi culo hasta que está insensible y lágrimas pican
en mis ojos. Él gime por mis chillidos.

—No te vengas, pajarita. Si te vienes, te castigaré. Eso no es una


amenaza, es una promesa.

Estoy teniendo problemas para mantenerme en el momento. Es una


mezcla de sensaciones; mi clítoris está siendo molestado hasta el borde del
éxtasis, mientras que mi culo está soportando un asalto implacable.

Entonces, de repente, él se ha ido. Me quedo con el desenfreno y la


creciente necesidad.
Oigo sus pasos mientras viene a mi cara y se pone de
rodillas. Agarrando mi pelo, sujeta mi cabeza y dice:

—Abre tu boca.

Cuando lo hago, mete la corbata dentro.

—Saboréate a ti misma, Jay —dice él, lamiéndose los labios—. Sostén


esto allí o vas a estar en problemas. —Me quejo a través de la tela, pero
suena más como hacer gárgaras. Probarme es extraño, sin embargo,
excitante. Él se aleja de nuevo, volviendo a mi trasero, y yo me quedo
nerviosa, preguntándome qué va a hacer ahora.

Cuando siento su dedo golpeando mis pliegues de nuevo, me


quejo. Gime conmigo mientras se sumerge dentro y fuera de mí,
manchando mi humedad sobre mi piel. Luego desaparece de nuevo.

Una cremallera baja. Un paquete es arrancado y arrojado a un


lado. Algo es puesto. Un condón.

—¿Tienes hambre de más, pajarita?

—Sí… oh, Dios, sí —gimo febrilmente alrededor de la corbata. Estoy


perdida. Más allá de este mundo. Mi cuerpo ha sido tomado y ha
experimentado placer como nunca antes. Cuando la punta de su polla se
burla de mi entrada estoy acabada.

—Ruega por mi polla… —dice con una voz baja y oscura—. Ruega por
ella como si tu vida dependiera de ello.

Lo hace. Mi vida depende de su satisfacción. Escupo la corbata. Las


palabras ruedan sobre mi lengua como el azúcar:

—Por favor… dame tu polla.

—¿Cuánto la quieres?
El calor de su punta empujando contra mi coño me envía por encima del
borde.

—Muchísimo —gimo. He traicionado mi propia moral. No estoy de


acuerdo con él, pero es ineludible. Él me tiene a mí, a mi cuerpo, a mi
libertad, pero nunca tendrá mi corazón. Esto es solo lujuria.

Él deja escapar una breve carcajada.

—Buena chica, finalmente admitiendo tus deseos. Te recompensaré por


ello. Voy a joder tus entrañas. —Él golpea mi culo de nuevo—. Has sido
tan jodidamente traviesa, follando todos estos clientes tuyos durante tu
tiempo en el club. No voy a correr ningún riesgo contigo. La protección
tendrá que funcionar por ahora, pero vas a visitar a un médico pronto y
te harás pruebas. Y entonces las verdaderas folladas comenzarán. —Una
risa-gemido se escapa de su boca—. Pero primero voy a llenar este coño
codicioso mío.

Cuando él empuja su polla dentro gimo en voz alta. Su polla es gruesa y


palpitante mientras me penetra, empujándose aún más, dolorosamente
lento. Puedo sentir las crestas de sus piercings frotando mis paredes
internas, una sensación tan deliciosa que me quejo. Él está dentro de mí
por completo, y me encanta la sensación que eso me da. Tan llena. Tan
saciada. Justo lo que necesitaba en este momento, pero totalmente no
quería. Al menos no así. Eso es lo que estoy diciéndome a mí misma.

Él es lento y constante, como prometió. Cada vez que la mete los


piercings añaden una capa extra de sensibilidad, que me manda al
delirio. Quiero pedir que empuje más rápido, bombeándome con todo lo
que tenga, y que dispare su carga rápidamente, pero sé que solo voy a
complacerlo si empiezo a rogar. Él me dijo desde el principio que me
tomaría con calma. Dijo que me haría rogar; él tenía razón. Esto es tan
desesperadamente lento, como si estuviera saboreando el momento. Como
si quisiera que esté a punto de estallar. Mi orgasmo está bajo su control, y
le encanta esto.

De repente, él agarra mis manos y las mueve hacia arriba. Su empuje se


vuelve más duro a medida que utiliza mis brazos como palancas. Yo ya
estoy en el borde cuando él se conduce profundo y duro. Un fuerte gemido
escapa de mi boca mientras su polla palpita contra mis paredes. Y luego se
retrae de nuevo, poco a poco, hasta llegar a la punta antes de golpearse en
mí una vez más. Él repite esto una y otra vez, empujándome hacia la
felicidad.

—No te vengas hasta que te diga que puedes —gruñe, metiendo de golpe
su polla de nuevo—. Este gatito es mío y va a venirse cuando yo lo diga.

—Por favor… —le digo, gimiendo mientras se conduce dentro de mí.

Él deja ir de mis manos otra vez, que caen al piso. En cambio, agarra mi
culo, usándolo como una agarradera mientras me folla. Un golpe rápido,
pero duro, y estoy fuera. No puedo detenerme. La ola viene y viene y me
destroza por completo. No puedo retenerlo, es así de poderoso. Mis piernas
tiemblan mientras caigo lejos de su empuje.

De repente, él sale de mí y abofetea mi culo tan duro que mis piernas


colapsan debajo de mí.

—Te dije que no te vinieras.

—Lo siento, señor —le digo.

Él agarra mi pelo y tira de mi cabeza.

—Tendrás que pagar por ello. Tienes que ser disciplinada.

—Por favor, no —gimo.


De repente, una bofetada a mi coño me arranca de mi orgasmo aún
persistente.

—¿De quién es este coño? —gruñe.

—Tuyo, señor.

—Entonces será mejor que hagas lo que yo digo o esta será una lección
difícil de aprender.

Mis ojos se amplían. Mierda. Esto es malo. ¿Por qué no pude


detenerlo? Maldita sea, nunca tuve que hacerlo antes.

Lo oigo quitarse el condón. Da un paso frente a mi cara, me agarra el


pelo de nuevo y dice:

—Abre tu boca.

Cuanto más mis labios se separan, más cerca viene él. Su pene está
justo en mi cara, empujando contra mis labios, codicioso por entrar. Estoy
indecisa, pero sé que si me niego, solo voy a estar en peor situación. Así
que lo dejo entrar en mi boca.

Sin embargo, no es lento esta vez. Mete la polla dentro, por lo que me
ahogo al instante.

—Tómalo —dice con voz ronca—. Chupa mi polla como la putita que
eres.

Él sale, dándome solo un segundo para respirar antes de sumergirse de


nuevo. Se mete a la fuerza una y otra vez. Sus piercings se sienten como
acero frío y duro cuando chocan contra la parte posterior de mi
garganta. A veces X mantiene su posición en el interior de mi garganta,
haciendo que me ahogue. Justo antes de que lo haga, sale. Él golpea su
polla contra mi cara y se mete de nuevo en mi boca.
—Las chicas malas no reciben pollas en sus coños. Las chicas malas
consiguen que les follen la cara —gruñe.

Mis ojos se llenan de lágrimas mientras él agarra mi cabeza y empuja su


polla en mi boca de nuevo. Manchas de lápiz labial rojo crean anillos
alrededor de su polla. Su pre-semen se filtra en mi boca, el sabor salado
despertándome en contra de mi voluntad.

—Lámela —exige.

Arremolino mi lengua tanto como puedo, a pesar de que su polla me


impide moverme. Las he tenido profundamente antes, pero no por alguien
como él. Esto se siente como si estuviera disfrutando el hecho de que me
está usando para su propio placer. Es por eso que no entiendo por qué mi
coño está aún latiendo.

—Voy a llenar esa boca sucia que tienes con mi semen.

Sus palabras sucias causan una extraña mezcla de emociones en


mí. Esta dura follada es tan intensa, tan surrealista, que me aleja de la
realidad. El olor de sus pantalones mientras mi cara es atascada contra
ellos mientras él bombea su polla en mi boca, sus ojos oscuros mirando
hacia abajo a mi cara, la piel zumbando en mi culo rojo, el salado líquido
preseminal que gotea en mi garganta mientras folla mi boca; todo lo
consume.

Él sostiene mi cabeza en su lugar mientras folla mi boca, empujándome


hasta el límite. Mi punto de ruptura está cerca, pero él no se
detiene. Empuja y empuja y me toma como ningún otro. Toma de mí lo
que desea sin tabúes. Estoy a su merced completamente. Su polla palpita
en mi lengua mientras fuerza en mí todo el camino hasta su base.

—¡Joder! —gruñe, y luego comienza a palpitar. Gime cuando la mete en


mi boca una vez más, soltando su carga. Puedo sentir el chorro de semen
de su polla en la parte posterior de mi garganta. Con sus manos en la
parte posterior de mi cabeza, no me puedo mover hacia atrás y no puedo
respirar bien.

—Un momento. Sostenlo —dice, llenándome con su semen—. Trágalo.

Hago lo que puedo, pero con su polla en mi boca es difícil. Con el


tiempo, me las arreglo para tragarlo todo. Después de dejar escapar un
gran aliento, él saca su polla de mi boca. Yo suspiro por aire. X me da una
palmada con su polla y limpia el exceso de semen en mis mejillas.

—Cómelo todo, pajarita. —Solo me permite recuperar el aliento por un


segundo o dos antes de empujar su polla de nuevo dentro de mi boca—.
Límpialo.

Lamo su polla hasta que está satisfecho. Me siento usada, y al mismo


tiempo hay una llama encendida en el interior de mi núcleo desde el
momento en que sentí su orgasmo. Es como si yo hubiera hecho mi
trabajo, como si fuera exactamente lo que se suponía que iba a suceder. Lo
sé a ciencia cierta cuando dice:

—Buena chica.

X da un paso atrás y mira hacia abajo a mí. Su mano se extiende por mi


cara. Lucho contra el instinto de inclinarme lejos porque sé que no es en
mi mejor interés. Su dedo se posa debajo de mi barbilla, dirigiéndome a
ponerme de pie.

—Ven conmigo.

Y entonces él hace algo que me asombra. Sus dedos se arrastran por mi


brazo y alcanza mi mano. Con sus ardientes ojos centrados en mí la
sujeta, entrelazando sus dedos con los míos. Este momento es íntimo de
una manera que no he probado en mucho tiempo. Me quita el aliento
mientras él se inclina y presiona un beso en mi cuello. Sus labios se
arrastran hasta mi oído, y luego susurra:

—Tú eres posesión, mi obsesión, mi esclava. Estás unida a mí para


siempre.
"El dolor y el sufrimiento nos otorga
un poder inimaginable."
—Notas de X.

Capitulo 15
X

Martes, 20 de agosto, 2013. 09:18 am.

La hoja de afeitar está desafilada, pero va a tener que servir. Ordené una
nueva a la asistente que tengo aquí en el hotel, pero ella es más bien lenta
en conseguir terminar la lista de compras. Mientras me afeito, contemplo
si voy a darle otra oportunidad o a matarla y conseguir una nueva. Por
supuesto, ella no puede irse; eso significaría que podría hablar. Nadie
habla de mí. Yo no existo. Por lo tanto, ellos no existen tampoco.

Cuando termino de enjuagar la hoja de afeitar, la dejo abajo. El ruido en


el dormitorio me alerta. Doy un paso a un lado y miro hacia allá. Jay sigue
atada a la cama, y cuando me ve mirando, levanta una ceja
arrogante. Esta vez usé una cuerda, pero parece que funciona. Ella no ha
tratado de escapar por un tiempo, pero sigo esperando que suceda.
Tenerla atada me relaja porque sé que no puede escapar y morir. Por
alguna razón, ese pensamiento me enoja. Yo quería más que nada verla
muerta, pero ahora que la tengo, no quiero que nadie más la mate. Ese
derecho es solo mío.
Excepto que ya no solo quiero eso. La quiero por completo. Su
cuerpo. Su alma. Su mente. Quiero hacer con ella lo que quiera. Hacer las
cosas que nunca pude cuando…

Suspiro. Fue hace mucho tiempo. Ni siquiera recuerdo cómo era


reclamarla sin tener que encadenarla. Por supuesto, yo siempre he sido
material retorcido. Ella solía serlo también. Si me esforzara lo suficiente,
podría recordar y aprender a apreciarlo.

Pero la forma en que me está mirando ahora, con fastidio y


aburrimiento, me hace sentir abominable. No soy solo este
monstruo. También soy un hombre que sabe que alguien como ella
necesita placer y diversión para sentirse apreciada. Y cuando se sienta
apreciada, podría estar más dispuesta a someterse a mí, lo cual es todo lo
que deseo. Quiero verla ofrecerme su corazón de buen grado, y para que
eso suceda, ella debe ansiar todo de mí, incluso los pozos negros de mi
alma.

Sonrío y sacudo la cabeza, dando un paso atrás en el grifo para lavarme


la cara. Alma. Qué montón de tonterías. Como si siquiera tuviera una.

Todo lo que anhelo es ella. Todo lo que quiero es a ella,


completamente. Sé que solo está entregándose a mí porque su vida está en
línea, pero yo quiero que sea por más que eso. Voy a hacerlo de modo que
ella me quiera, incluso cuando pueda elegir no hacerlo. Para que, incluso
si la liberara, ella volviese a mí sin importar qué. Devoción absoluta.

Cuando levanto mi cabeza, el espejo es mi súbito oponente. Observo las


gotas de agua extenderse por mi cara a través de la marca horrible que
cubre el lugar en el que estaba mi ojo verdadero. Estoy sorprendido por la
confrontación. El espejo me muestra el hombre roto que no quiero ver. El
hombre que lo perdió todo por culpa de la chica en la habitación de al
lado.
Ese día fue determinante. Una decisión que nunca debería haber
tomado. Frutos prohibidos que no deberían haber sido arrancados. Ese día
me vi obligado a convertirme en el monstruo que soy hoy.

Lunes, 23 de enero, 2009.

Durante un mes he escuchado el pitido de la máquina que me mantiene


vivo. El sonido constante es un doloroso recordatorio de que todavía estoy
aquí en este mundo. Que todo lo que me han hecho fue real. Que
realmente estoy en un hospital, acostado en una cama de piedra fría,
viendo el mundo pasar junto a mí. Estoy constantemente dolorido. Mis
quemaduras faciales pican, pero no puedo rascarlas. Una venda lo cubre
todo. Nunca me acostumbraré a esto.

Preferiría la muerte sobre este lugar, porque si hay un infierno en la


tierra, está justo aquí.

Sábado, 28 de marzo, 2009.

Los médicos dicen que podría tomarme años recuperarme, pero no voy a
permitirme a mí mismo todo ese tiempo. Incluso con un solo ojo haré que
funcione, de alguna manera. Voy a recuperarme rápidamente y recuperar
lo me ha sido quitado: mi dignidad.

Hoy es el día en que me quitarán la venda. Que la quiten tan


cuidadosamente me da rabia porque me gustaría mucho más arrancarla y
acabar de una vez. Quiero ver lo que ha pasado. Quiero ver lo que esos
cabrones le hicieron a mi cara. Cuando él termina, cojo el espejo en mi
gabinete y lo sostengo frente a mí. El terror fluye a través de mí, un
infierno de rabia haciendo que mis venas ardan. Mi ojo se ha ido, mi cara
está destruida. Lo que queda es un remanente vicioso de su ataque. Piel
suelta y cicatrices horribles corren por todo el camino hasta mi cráneo. Mi
cabello se divide por la mitad porque ya no crece en la piel quemada. Todo
lo que queda es ruina y miseria.

Me he convertido en un monstruo.

Fui quemado hasta las cenizas, junto con mi alma, pero me levantaré y
los haré pagar.

Viernes, 19 de junio, 2009.

Va a tomar algún tiempo acostumbrarme al ojo falso que acaban de


ponerme. Sigo mirándolo en el espejo. De alguna manera parece que estoy
mirando a una persona completamente diferente. No solo físicamente, sino
también mentalmente. He cambiado. No para mejor.

Entré en contacto con un antiguo compañero mío que conozco por mi


familia: Antonio. Me dijo que me podría presentar a la organización para la
que trabaja. Voy a ser un asesino a sueldo para ellos. Ya he dicho que lo
haré. Quiero que me entrenen, que me enseñen cómo matar a un asesino
como yo. Me van a entrenar en los próximos años y voy a ganar un buen
dinero trabajando para ellos. Pero no voy a parar hasta que sea el asesino
más hábil y más rápido del mundo. Y entonces los mataré a todos.
Martes, 20 de agosto, 2013. 09:25 am.

Hago el espejo pedazos.

Una y otra vez hasta que no queda nada y la sangre se filtra por mis
poros. No siento ningún dolor, solo ira. Estoy perdiendo tiempo valioso
aquí. Después de que interrogué a Al, pensé en matar a la persona que
está detrás de todo esto. Sin embargo, decidí no hacerlo. En su lugar,
quiero hacer su vida miserable. Y acabo de tener la idea perfecta…

—¿Qué está pasando ahí? —grita Jay.

Agarro el basurero y meto las piezas del espejo. Entonces salgo por la
puerta y le muestro mis manos ensangrentadas. Sus ojos se amplían.

—¿Ves esto? Es porque tú quitaste la cinta en el espejo —le digo.

Ella hace una mueca, plagada de culpa. Bien. La culpa es el primer paso
para complacer a alguien, y yo quiero estar satisfecho.

—Es bastante despreciable hacer que un hombre vea sus propias


cicatrices.

—También es bastante despreciable que me mantengas atada.

Sonrío.

—Touché.

—A pesar de que dijiste que iba a ganar más libertad si hacía lo que me
decías.
Camino de vuelta al baño y lavo mis manos con agua. Pienso en eso por
un segundo. Si le doy una razón para estar más agradecida y contenta,
ella podría ser más fácil de manejar, lo cual es una ventaja teniendo en
cuenta lo que voy a hacer cuando tenga mi plan listo.

Salgo del baño y me paro frente a la cama.

—Bien. Si te comportas te llevaré a almorzar.

Ella me tienta con esos ojos audaces suyos. Arrastrándome sobre la


cama, me muevo encima de ella. Su respiración se tambalea cuando mis
labios tocan su vientre. Mi lengua traza una línea todo el camino hasta su
pecho. Su pecho se levanta, pero no cae cuando llego a sus tetas. Ella lleva
nada más que las bragas, y aunque me encantaría arrancárselas ahora
mismo, una promesa es una promesa. Además, también estoy bastante
hambriento.

Levanto la cabeza a la altura de sus ojos y me inclino, lamiendo mi


labio. Sus ojos siguen mi lengua desesperadamente. Espero, moviéndome
más y más tentativamente, hasta que mis labios están encima de los
suyos. Mi beso es codicioso porque tengo que probarla. Tiene la boca
abierta, lista para recibirme. No hace mucho tiempo se negó a darme lo
que era mío, pero ahora… ahora está lista. Ella deja que mi lengua pruebe
su boca con avidez. Lamo el techo de su boca y la beso más duro, mi polla
poniéndose igual de dura.

Un estómago gruñendo nos interrumpe. Quito mis labios de los de ella y


la miro a los ojos, que se llenan de confusión. Sus deseos se muestran, y lo
odia. Se forma una sonrisa arrogante en mi cara. Me encanta verlo
todo. Pero luego otro gruñido sigue. No estoy seguro de cuál de los dos es,
pero definitivamente es momento de buscar algo de comer.

Oh, bueno, llenaré su coño en otro momento.


Jay

Martes, 20 de agosto, 2013. 10:14 am.

Me meto la comida en la boca como un cerdo voraz. Estoy tan loca por el
hambre y este emparedado no es suficiente para acabar con mi necesidad
de alimento. Son quizá los efectos secundarios de la abstinencia, pero no
me importa. Cualquier cosa para dejar de pensar en las drogas es buena
para mí.

X sonríe mientras me mira comer, él todavía está cortando su bocadillo


como si esa fuera la cosa más normal del mundo. ¿Quién coño corta un
sándwich en trozos del tamaño de un bocado de todos modos?

No es que me importe. Ya estoy contenta de tener un poco de comida en


la boca y por fin estoy fuera de esa habitación de hotel. Me estaba
muriendo por un poco de aire fresco. Cuando vi por primera vez el sol y el
cielo azul de nuevo sentí el impulso de correr y nunca mirar hacia atrás,
pero sabía que X me pegaría un tiro en un instante. Él no siente nada por
mí todavía, y sé que él haría cualquier cosa para mantenerme exactamente
donde quiere que esté, cerca de él.

Puedo decirlo por el arma que lleva consigo a donde quiera que vaya. Es
una amenaza silenciosa, incluso debajo de la mesa. Apretaría el gatillo en
cualquier momento, incluso si tratara de hacer un movimiento. Gritar
tampoco sería útil; X los mataría a todos. No quiero eso en mi consciencia.
Oh, bueno, supongo que debería estar feliz de siquiera haber salido del
hotel. Es un buen primer paso.

Estoy a mitad de comer mi sándwich cuando un hombre entra en el


restaurante. Su pelo y barba desaliñados y salvajes atraen
inmediatamente mi atención. Él lanza un objeto contundente a un
cenicero en una mesa y se acerca al cajero para realizar un pedido. Huele
a marihuana y alcohol, así que aguanto la respiración. Cuando él ha hecho
su pedido, se da la vuelta y espera. Sus ojos caen sobre mí. Dejo de
comer. El sándwich cae sobre mi plato. El hombre me mira, pero mis
piernas tiemblan, mis ojos se amplían y mi corazón palpita de manera
irregular.

—¿Qué pasa? —dice X.

Mi nariz se contrae y me tiembla el labio. Las lágrimas llenan mis


ojos. Las cejas de X bajan mientras sigue mis ojos y mira al hombre que
llena mi cabeza con gritos.

Tantos gritos. Nadie podía oír.

Trato de sacarlo, pero no sirve de nada; los recuerdos empiezan a fluir


de nuevo por este hombre y sus drogas; él fue el que me llevó a
utilizarlas. El que me volvió adicta. Siguió tomando mi dinero,
manteniendo mis manos llenas con drogas, haciéndome necesitar más,
teniéndome con ganas de más. Hasta que no me quedó nada para dar,
excepto mi cuerpo. Necesitaba tanto las drogas… pero no estaba dispuesta
a sacrificar mi cuerpo. No en ese momento. Fue hace mucho tiempo, antes
de que me uniera al club… cuando todavía estaba en mis años de
adolescencia, vagando por las calles. No recuerdo mucho de mi vida antes
de las calles y la prostitución. Sin embargo, sí recuerdo que este tipo me
agarró cuando estaba caída. Este hombre… el hombre que abusó de mí y
me usó para su propio placer a cambio de drogas.
Me entra el pánico y me disparo de mi silla.

—Siéntate —ordena X.

Me estremezco mientras una lágrima corre por mis mejillas. Este


hombre… su cara está impresa en mis retinas. El impulso de correr es
demasiado fuerte. Empujo mi silla hacia atrás y doy un paso,
retrocediendo lentamente. X se levanta de su silla, la confusión
impidiéndole actuar. Él no lo entiende. Ni siquiera yo lo entiendo. Todo lo
que sé es que tengo que escapar del hombre en el mostrador.

—Vuelve aquí —dice X entre dientes.

—No puedo —le digo.

Él viene hacia mí mientras yo retrocedo, tendiéndome la mano mientras


la otra está firmemente apretada alrededor de su arma.

—No puedo estar aquí —le digo—. Por favor. No hagas que me quede
aquí con él.

Los ojos de X se ensanchan y luego se vuelve a mirar al hombre frente al


mostrador, quien nos está mirando sospechosamente. X mira de ida y
vuelta entre él y yo, entonces agarra mis brazos y me empuja fuera.

—¿Lo conoces? —susurra mientras salimos por la puerta. X me lleva a


un callejón detrás del comensal.

—Sí —le digo—. Pero no quiero hablar de ello.

Giro la cabeza, pero X agarra mi barbilla y me obliga a mirarlo.

—Dime lo que hizo.

Trago, mi voz suave y ronca cuando digo:

—Él abusó de mí… me tomó en contra de mi voluntad.


X frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Cuándo?

Echo un vistazo a la tierra, sintiéndome escrutada.

—Hace mucho tiempo. Él fue quien me metió en las drogas. Después de


un tiempo ya no podía pagar…

La cara de X se oscurece, entrecerrando los ojos mientras dice:

—Entonces vamos a hacerlo devolver lo que te quitó.

Martes, 20 de agosto, 2013. 12:00 a.m.

Estoy mirando a la peor escoria en esta tierra. Este pedazo de mierda


profanó mi cuerpo. Él está atado a una silla en un almacén al otro lado de
la ciudad. X logró poner algo en su bebida que lo hizo dormir. Antes de
perder el conocimiento, le dijo al gerente del restaurante que conocía al
tipo y que lo llevaba a una parada de autobús. Por supuesto que no. Él
está aquí ahora, y será castigado por lo que me hizo.

X se mueve a un lado cuando termina de atarlo. El hombre grita a todo


pulmón, pero el sonido no penetra la tela de peluche en su boca. Verlo de
esta manera me hace hervir la sangre. Locos pensamientos pasan por mi
cabeza ahora que es incapaz de moverse. Pensamientos sobre cortarlo y
quitarle lo que él me quitó a mí. Pensamientos asesinos y viciosos.

Está mal. Yo no soy así. No quiero ser así.


X camina hacia mí, sus ojos brillando con alegría. Una sonrisa
gratificante descansa sobre sus labios. Hurga en su bolsillo y saca un
cuchillo, abriéndolo.

—Llevo esto todo el tiempo, solo para ocasiones como esta.

Lo sostiene hacia mí. Me quedo mirándolo, preguntándome qué


hacer. Una parte de mí quiere tomar el cuchillo y cortar al hombre que se
sienta delante de mí. La otra parte quiere utilizarlo para amenazar a X y
huir. Gotas de sudor ruedan por mi frente. ¿Qué es lo que realmente
quiero?

Tomando mi mano, X pone el cuchillo en su interior y la cierra. Es


pesado y lleno de implicaciones. No me muevo. No puedo. X camina
alrededor de mí y coloca sus manos sobre mis hombros. Su cálido aliento
me hace cosquillas en la oreja.

—Míralo.

Mis ojos se mueven desde el cuchillo hacia el hombre que grita en la


silla. El hombre desaliñado, con los ojos rojos y dientes rotos sentado
frente a mí. Veo las cosas que me hizo, una y otra vez.

—Tú lo odias tanto, ¿no?

Asiento.

—El odio nos da poder, ya sabes —continúa X—. El odio nos hace
fuertes e invulnerables. El odio nos da una meta. El odio es lo que
utilizamos para conseguir lo que queremos —balbucea—. Y tú quieres
castigarlo.

Los dedos de X se clavan en mis hombros. Sus palabras son como el


veneno filtrándose en mi cerebro, consumiéndome. Miro hacia la
cuchilla. Está temblando en mi mano.
—Quieres cortarlo, y hacerle pagar por lo que te ha hecho. El hijo de
puta se lo merece, ¿no?

—Sí… pero no puedo —murmuro. Las palabras se atascan en mi


garganta.

—No dejes que el miedo tome el control —susurra—. Toma las riendas.

El cuchillo cae de mi mano. La bilis se eleva en mi garganta.

—No puedo cortarlo.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres, eh? —pregunta, mirando por encima


de mi hombro—. ¿Quieres que pague o no?

—Sí… —La palabra sale como un aliento. El hombre grita palabras


inaudibles, pero sé que es porque él me escuchó decir que sí. La mirada en
sus ojos me dice que se acuerda de lo que me hizo hace tantos años. Él
sabe lo que viene.

X quita sus manos de mis hombros. El sonido de metal deslizándose


fuera de anillos de cuero pasa a través de mis oídos. Cuando la mano de X
se estira adelante para mostrarme la pistola, contengo la
respiración. Toma mi mano y coloca el arma en ella. Moviendo mi mano a
un lado para que el arma esté dirigida al hombre frente a mí, levanta el
brazo e inclina su cabeza en mi hombro.

—¿Quieres esto, pajarita?

Jadeo sin saber qué decir. Una parte de mí quiere desesperadamente


que esto termine. Otra parte grita que apriete el gatillo.

—Hay una bala ahí que irá directamente a su corazón si me lo


permites. Él desaparecerá de este planeta.

—Pero… no lo sé.
—Sí lo haces. —X pone mis dedos en el gatillo—. Sabes cómo usar un
arma.

Él me ayuda a apuntar. Gotas de sudor ruedan por mi cara mientras me


enfrento al hombre que me usó. Me está pidiendo con sus ojos que no lo
haga, sacudiendo la cabeza. Él gime, pero no siento ninguna lástima. No
por él. Los recuerdos de lo que él me hizo me inundan de nuevo con toda
su fuerza. El dolor, tanto dolor. No solo físico, sino también mental. Yo
estaba en pedazos. Una chica usada y abusada en las calles. Se aprovechó
de mí. Me hizo sentir como una mierda, y me acuerdo de todo. Duele. Se
merece nada menos que lo mismo. Quiero que él lo sienta.

X empuja mi dedo.

—Mátalo. Termina su sufrimiento.

Mis dedos hacen el resto.

Bam. El arma llamea. Un disparo, justo en la cabeza. Sus ojos quedan


en blanco, su cabeza cae hacia un lado. La sangre se filtra de la herida
entre sus ojos. Y luego sucede. Se acabó. Se ha ido. Mi mente y cuerpo son
liberados de esta pesadilla colocada sobre mí.

Me tiemblan las manos mientras X suelta mis dedos y me quita la


pistola. Todavía estoy hecha polvo por lo que acaba de suceder. No solo por
encontrarme con este hombre de nuevo. No por todas las cosas que me
hizo. Sino porque ahora está muerto, y yo fui la causa de eso.

—Nunca he matado a nadie —murmuro.

X sonríe, ahogando una risa.

—Ahora lo has hecho.


"No temas a nada. Espera lo peor."
—Notas de X.

Capitulo 16
X

Miércoles 18 de abril de 2007. 10 a.m.

—¿Qué está haciendo él aquí? —grita el cliente desde detrás de su


escritorio cuando se da cuenta de que yo estoy entrando.

—Lo siento, señor, pero con el fin de protegerlo, tenemos que usar todas
nuestras fuerzas disponibles. Incluso si es en contra de sus deseos —dice
mi padre—. Estos últimos ataques han estado poniendo tensión en
nuestra capacidad para proteger su legado.

—Yo no lo necesito a él. Te lo dije antes. Mantenlo lejos de mí y de mi


hija.

—Podemos servir mucho mejor a su causa si nos deja elegir a quién


usamos para protegerlo. Nos volvió a contratar para ese fin, por supuesto
—dice mi madre.

—Los volví a contratar para hacer lo que les dijera —dice bruscamente—
. No hagan que me arrepienta de esa decisión una vez más.

—Como desee, señor —dice mi madre—. No lo decepcionaremos.


Trato de no tomarlo como algo personal, pero sé que está destinado a
ser eso. Sé lo que hice. Recuerdo lo que pasó hace años, lo que él aún
mantiene en mi contra. No puedo culparlo. También me gustaría mucho
estar lejos de esta casa, pero por desgracia mis padres decidieron que me
necesitaban para este trabajo. Al parecer este cliente les pagará el doble de
lo que habrían ganado con otro cliente. Multiplica eso por la cantidad de
años que hemos trabajado para él en el pasado y los años que vamos a
trabajar para él ahora… y es un montón de dinero. Siempre y cuando no
metamos la pata.

Que es donde entré yo la última vez.

Suspiro mientras nos damos la vuelta y salimos por la puerta. Cuando


estamos en el pasillo, mi padre me lleva a un lado.

—¿Lo oíste? Él no te quiere cerca de él o de su hija, ¿entiendes?

—Sí, padre —le digo, rodando mis ojos.

Él me da una palmada en la parte posterior de la cabeza. No me


importa. Ya no duele.

—La jodiste la última vez, así que no te atrevas a hacer lo mismo


ahora. Vas a obedecer las órdenes que te den, ¿entendido?

Asiento, pero mantengo la boca bien cerrada.

De repente, él me empuja contra la pared, agarrando mi camisa con los


puños.

—No hables con ellos. No hagas nada. Solo dispara cuando sea
necesario. Eso es todo.

—¿Qué pasa si me hablan?


—¡Entonces, termínalo y sal! —dice bruscamente—. Tu único trabajo es
disparar el arma cada vez que sean amenazados. Sangrar por ellos. Morir
por ellos si es necesario. Pero no dejes que nada ni nadie les haga
daño. ¿Entendido?

—Sí…

Su mano está de repente alrededor de mi garganta mientras me empuja


contra la pared. Me cuesta respirar. Soy más fuerte que él, pero si lo
desafío, me matarán.

—¡No es lo suficientemente bueno!

—Sí. No voy a desafiar tus órdenes —le digo.

—Bien. —Él me suelta, dejándome recuperar el aliento.

—Este trabajo es muy importante para nosotros. Tenemos que


agradecerle a tu tía por las buenas cosas que le dijo a este hombre acerca
de nuestra familia para que nos contrataran de nuevo. —Él agarra mi
barbilla, sus dedos clavándose en mi piel—. Lo hemos perdido una vez
debido a tus acciones insensatas; no nos haga perderlo dos veces. Si jodes
esto, juro por Dios que te cortaré.

—Sé que lo harás —siseo, frunciendo el ceño, advirtiéndole que no lo


lleve demasiado lejos.

—No hables con ellos. Ni siquiera pienses en ellos. Sé invisible.

Mi padre me mira a los ojos por un momento, una amenaza silenciosa


de lo que vendrá si alguna vez lo desobedezco. Luego se empuja lejos de mí
y se aleja.
Martes, 20 de agosto, 2013. 13:00.

Ahora me encuentro a su lado, a pesar de lo que me dijo mi


padre. Supongo que lo desobedecía de todos modos.

Llevo a Jay de vuelta a la cafetería, donde intentamos terminar nuestra


comida en paz. Todavía tengo hambre y voy a terminar mi puta comida
antes de ir a cualquier otro lugar. A veces me gusta ir a algún otro sitio en
vez de comer en el hotel todo el tiempo. Eso y que quiero que Jay se
acostumbre a estar fuera conmigo. Ella tiene que acostumbrarse al hecho
de que incluso si está lejos de su entorno habitual, yo todavía estoy allí
para vigilarla. No voy a dejar que se escape fácilmente, de lo cual debe
haberse dado cuenta para ahora. No hay escape de mí.

Una campana suena cuando alguien entra en el restaurante. Oigo el


ruido antes de escuchar sus voces. No necesito mirar para saber que
necesito ponerme a cubierto.

Las balas se disparan mientras yo meto a Jay debajo de la mesa y me


deslizo abajo con ella. Al principio ella se sacude y balbucea, pero cuando
sus ojos detectan a los hombres con traje de pie en la puerta se
detiene. Sus labios tiemblan, sus ojos se amplían. Y entonces ella grita.

Pongo mi mano sobre su boca mientras saco mi pistola, tirando del


seguro.

Los disparos llenan el ambiente con ruido. Primero disparan a las


cámaras, entonces a la gente. Los clientes gritan y corren por sus vidas,
llorando. La sangre salpica en la pared al lado de nosotros. Tengo que
guiar a Jay firmemente hacia abajo, porque lo único que quiere es huir. No
hay huir o luchar aquí. Huye y muere. Lucha y vive. La elección es simple.
—Sabemos que estás aquí. No te escondas —grita uno de ellos—. ¿Se
siente bien saber que estas personas están a punto de morir a causa de
ustedes?

No esperaba que la organización me encontrara tan rápidamente. Debo


haber sido visto por algún soplón aquí en el restaurante. Están en cada
maldito lugar justo cuando menos los necesito.

Disparan al azar, haciendo agujeros en el lugar como si fuera algún tipo


de jodido queso suizo. Cuando mi emparedado cae al piso, perforado por
una bala, yo gruño.

—Oh, joder. No toquen mi maldito emparedado. —Ahora me han hecho


enojar.

Levantando mi cabeza, puedo comprobar dónde se encuentran y poso


mi arma en el asiento, con el objetivo en sus piernas. Disparo una vez,
golpeando al primero de la rótula. Gime y se hunde en el suelo como un
saco de papas. Un tiro más a la cabeza y se ha ido.

Hay uno detrás de él que es mucho más grande y cuando se da cuenta


de dónde vienen los tiros, carga hacia mí enfurecido.

—Quédate aquí —le digo a Jay.

El hombre se acerca a nosotros, así que pongo todo mi peso en tirarme


en su camino. Mientras me deslizo por el pasillo, hago otro disparo directo
a través de su espinilla, pero el gigante sigue adelante, a pesar de que la
sangre está brotando de la herida. Disparo unas cuantas veces más
mientras me arrastro por debajo de una mesa diferente. Él cae al suelo
después de que seis balas entran en su pecho. Un charco de sangre se
escapa de él. Jay lo mira con pánico en sus ojos. Con mi mano le hago una
seña para que se quede abajo.
—Maldito maricón —grita uno de los hombres. Quedan dos
dentro. Quién mierda sabe cuántos estarán esperando afuera. Miro a la
parte posterior, donde el dueño se ha arrastrado bajo su mostrador, y
encuentro una puerta detrás de él. Una salida perfecta. Aunque voy a
tener que disparar a los otros dos hijos de puta primero.

—¿Ocultarte debajo de una mesa? Patético hijo de puta. No habría


pensado que te inclinaras a ese nivel, sabes.

—¿Tienes miedo? —le grito—. Tres contra uno. Joder, debes estar tan
orgulloso de ti mismo por estar allí viendo a tus amigos morir.

Dispara a mi mesa.

—Cállate la boca. —Se ríe—. Como si tú pudieras hablar. Nos


traicionaste, hombre. Todos estos años que te conozco, y ahora tiras esta
mierda.

Sus pasos alertan todos mis sentidos. Él viene, pero no sé por cuál
lado. Compruebo ambos pasillos, pero tan pronto como pego mi cabeza,
una bala pasa zumbando.

Está corriendo ahora. Temiendo por su vida, Jay se arrastra cerca de la


ventana, tratando de ocultarse, pero no sirve de nada. Él la alcanzará en
poco tiempo, así que apunto mi arma y disparo. Excepto que no sale nada,
solo hace clic. Mierda. Ahora no es el maldito momento para recargar.

Corro a poner las balas de nuevo a tiempo, pero cuando oigo sus gritos
sé que llego demasiado tarde. La saca por su pelo de debajo de la mesa, un
arma apuntando a su costado.

—¡Déjame ir! —grita, luchando contra su agresor.

—Una luchadora —dice el hombre.


Cuando termino de recargar apunto mi arma hacia él, pero usa a Jay
como escudo. Cabrón.

—Muévete y ella muere —dice el tipo y mi dedo se detiene en el gatillo.

—Quítale tus putas manos de encima.

Su mano se envuelve alrededor de su boca, impidiéndole


gritar. Apuntando su arma en su muslo, me hace hervir la sangre. Él
sonríe y ladea la cabeza.

—¿Oh, te gusta esto?

Su mano se desliza de su boca a su garganta, agarrándola con tanta


fuerza que lucha por respirar. Cuando empieza a oler su cabello estoy listo
para hacer estallar toda mi mierda.

—También huele bien —dice.

—¡Quítame tus malditas manos de encima! —grita Jay, su voz ronca.

El tipo se ríe y luego la ahorca un poco más. Ese hijo de puta. Soy el
único que puede hacerle eso a ella. No tiene derecho a jugar con su
cuerpo.

—¿Quieres ver quién es más rápido? —dice.

Por el rabillo del ojo la veo llegar a su bolsillo. Ella es lenta con sus
movimientos y él no parece darse cuenta, así que lo distraigo.

—No podrías darme ni aunque tuvieras tres tiros limpios.

Frunce el ceño y hace una mueca.

—Deja tus putos chistes y vamos a los negocios.

—Dime, ¿qué negocio tiene la Organización conmigo?

—Sabes muy jodidademente bien lo que hiciste. ¡Deja de jugar!


—Ah, y yo que pensaba que querías jugar a Dispárale Hasta que Caiga.
—Aprieto los labios—. Una decepción.

—Lo perdiste todo. ¿Y lo hiciste por esta chica? —dice, empujando el


arma más contra el estómago de Jay. Un cuchillo aparece desde el fondo
de su bolsillo y ella lo saca con cuidado, tratando de no llamar la
atención. Mi cuchillo. Debió haberlo recogido del suelo mientras yo estaba
desatando a nuestra víctima antes.

—¿Esto es lo que te hizo volverte contra nosotros? ¡Es una puta de


mierda! —grita.

Jay agarra con un firme control el cuchillo, rechinando los dientes.

—¡Yo no soy una puta! —dice con los dientes apretados. Un golpe rápido
hacia atrás es todo lo que necesita para meter el cuchillo en su
abdomen. Él gime y sujeta su estómago, liberándola de su agarre. Al
mismo tiempo, ella salta lejos y yo tiro del gatillo y disparo a ese hijo de
puta directamente en el corazón. Sus ojos ruedan a la parte posterior de
su cabeza mientras cae de espaldas sobre la mesa y se desliza hacia abajo,
al suelo.

Ella se da la vuelta, dudando por un momento, contemplando el cadáver


delante de ella. Me arrastro por debajo de la mesa y la veo ponerse de
rodillas antes de sacar el cuchillo de su vientre. Haciendo una mueca, ella
echa un vistazo a la sangre antes de limpiarlo rápidamente en su ropa.

—Vamos —le digo—. La puerta trasera.

Ella asiente, metiendo el cuchillo en su bolsillo y siguiéndome desde


atrás. Mantengo mi arma apuntando, listo para apretar el gatillo si
muestran sus rostros. Probablemente haya al menos otros dos esperando
para emboscarnos en el exterior. Tenemos que estar preparados. Al abrir
la puerta, miro alrededor y despejo el área antes de salir con ella. Ella está
justo detrás de mí, caminando de puntillas mientras andamos junto al
edificio. Mi cuchillo todavía está en su bolsillo y sé que ella puede sacarlo y
golpearme con él en cualquier momento. Excepto que no lo hace. Tal vez
sea el miedo a estar en medio de un tiroteo, pero por ahora no creo que
vaya a atacarme. Ella sabe que soy su única manera de salir de este lío.

Miro alrededor a la tierra estéril. El área está abierta y no hay nadie


ocultándose, lo que significa que todos están en su coche o me esperan en
el mío.

—¿Qué hacemos? —susurra.

—Largarnos de aquí, ¿qué más?

—No, quiero decir, todas tus cosas están en la habitación del hotel, ¿no
es así?

—¿Y? —La miro sobre mi hombro.

—Bueno, si vamos a volver allí, ¿no nos seguirán?

Suspiro. Ella tiene un punto allí. No había pensado en


eso. Pero tengo que volver allí. No he traído mis juguetes conmigo; todos
están todavía en mi habitación. No hay manera de que vaya a dejarlos
atrás.

—Volveremos allí. Ya se me ocurrirá una manera de sacarnos de aquí…


mientras consiga matarlos a todos, no van a saber dónde hemos ido —le
digo mientras nos acercamos al estacionamiento. El coche de Antonio está
justo al lado del mío. Genial. Jodidamente fantástico.

—¡Si sales ahora, no voy a hacerte daño! —grita Antonio.

—Sí, claro. ¿Ahora tratas de insultar mi inteligencia? —me burlo.

—Muestra tu cara y verás lo que quiero decir.


Apoyándome contra la pared, tomo un pequeño espejo de mi bolsillo y lo
utilizo para determinar dónde está y qué está haciendo. Él me mira y
sonríe cuando sabe que me tiene. Ese hijo de puta. Sé que él puede ver lo
que estoy haciendo, pero ese es exactamente el punto. No voy a asomar la
cabeza y lograr que me la arranquen.

Antonio deja caer su arma al suelo y la patea lejos.

—¿Ves? Todo bien —grita—. Solo quiero hablar contigo, eso es todo.

Suspiro mientras guardo el espejo.

—¿Estás considerando seriamente la posibilidad de ir por ahí? —dice


Jay.

—No hay otra opción. Mi coche es nuestra única manera de salir de


aquí. —Froto mi cabeza calva, pensando en eso por un segundo. Sé que
tiene más mierda bajo la manga. La Organización nunca aceptaría que él
volviera con las manos vacías. Todo esto es un truco—. Tiene que haber
una manera de llegar a ese coche sin que el arranque nuestras jodidas
cabezas.

—Entonces utilízame como rehén. Finge que vas a matarme —dice ella.

—Ellos te quieren muerta. Estaría arrojándolo directo a su regazo si


hiciera eso —le digo.

—Entonces, ¿por qué no sales con tu arma apuntándole? Quiero decir,


tenemos la ventaja ahora. Él no tiene nada.

—¿Nosotros? —le digo, riendo—. Tú no eres mi cómplice, Jay.

Ella se ríe.

—Lo sé, pero como dices, tú eres la única razón por la que estoy
viva. Prefiero salir de aquí sin perder la cabeza.
—Suenas como yo.

—Aprendo —reflexiona.

Pienso en eso por un segundo. Si él nos ha emboscado, no hay manera


de que vaya solo con esta arma. Necesito respaldo, porque va a exigir que
lance mi arma lejos también. Voy a necesitar algo para protegerme a mí y a
ella cuando la mierda golpee el ventilador.

—Hmm… ¿todavía tienes ese cuchillo en tu poder?

—Sí.

—Bien. —Tomo una respiración profunda—. Quédate detrás de mí, pero


mantente atenta.

Salimos del callejón, dando un paso hacia la luz. Una sonrisa aparece
en el rostro de Antonio mientras hacemos nuestro camino hacia el
coche. Guardo una estrecha vigilancia sobre él mientras Jay comprueba
nuestro entorno para asegurarse de que no hay nadie más que pueda
dispararnos.

—Finalmente… los dos tortolitos llegaron.

—Cállate —le digo, manteniendo mi arma apuntando a su cara.

—Ahora, ahora… ¿un poco tenso? —bromea—. No hay necesidad. Estoy


desarmado, ¿ves? —Él levanta sus manos—. Estoy aquí para hablar
contigo.

—Déjate de gilipolleces, Antonio. Sé por qué estás aquí.

Él rueda los ojos.

—¿Qué importa? Todos vamos a morir de todos modos; bien podría


terminar aquí.
—No de acuerdo a mi agenda. ¿Quieres hablar? Habla o me voy —le digo
a medida que avanzamos hacia el vehículo.

La mirada en sus ojos cambia inmediatamente.

—Sabes tan bien como yo que esto no va a terminar bien. No puedes


escapar de esto. ¿Por qué insistes en mantenerla con vida?

—Porque ella es mía —le digo, agarrando la muñeca de Jay—. Puedes


decirle a la Organización que retroceda. La tomaré y me iré. Ya no trabajo
para ustedes.

Se ríe.

—Sí, eso ya lo estableciste. Pero, ¿de verdad crees que eso nos detendrá
de reclamar sus cabezas? Hay una recompensa considerable por ella, y no
tienes intención de dejarla ir. —Él comienza a hurgar en sus bolsillos. No
me gusta ni un poco, así que mantengo mi arma apuntando
constantemente hacia a él. No quiero matarlo, pero si tengo que hacerlo, lo
haré. Sé que es exactamente lo mismo para él. Código antes que nada.

Si están pensando en reclamar el dinero, entonces mierda, me aseguraré


de que el dinero no llegue a estar disponible para ellos.

—No vas a conseguir ese dinero —le digo—. Voy a matar al cliente.

Antonio frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco?

—No, es la única manera de parar todo esto. Si lo mato, todo habrá


terminado. Él no será capaz de pagar, por lo que no tendrán que matarla,
y yo estaré fuera ya que me habré ido para siempre. Todo el mundo feliz.
—Nos acercamos a la puerta de mi coche mientras los ojos de Antonio se
estrechaban, mirándonos desde su propio coche.
—No lo permitiré. —Él saca una segunda pistola de su bolsillo.

Muevo a Jay a un lado mientras me dejo caer al suelo. El disparo golpea


mi hombro con tanta fuerza que arroja el arma de mi mano. Mierda.

—Fue un placer trabajar contigo —dice Antonio—. Pero tú sabes que el


dinero siempre es lo primero. —Apunta a mi cabeza.

Por el rabillo de mi ojo veo a Jay tirando del cuchillo en su bolsillo y


lanzarlo hacia Antonio como una daga. Lo golpea en el muslo. Él grita
mientras cae al suelo en agonía. Su arma todavía está en sus manos, pero
está demasiado centrado en el dolor para disparar. Me apresuro a mi
pistola y la recojo. Un disparo es todo lo que toma.

Y entonces él se ha ido. Su llama se ha extinguido. Su cuerpo sin vida


yace en el asfalto como un muñeco de trapo, con los ojos vacíos, sus
músculos aún retorciéndose. Por primera vez en mucho tiempo, no me
siento victorioso. Este no era el resultado que hubiera preferido, pero tenía
que suceder. Aun así es difícil de digerir. Antonio me metió en la
Organización. Él fue el que me hizo pasar, el que me entrenó en sus
maneras, el que me hizo incluso mejor que antes… el que me ayudó con
mi discapacidad. Él era mi amigo asesino; siempre acostumbrábamos a
tomar las asignaciones juntos. Solo nosotros dos, disparando a algunas
personas al azar y regresando con un montón de dinero en efectivo.
Vivíamos como reyes. Ahora moríamos como ratas callejeras.

Es una pena.

Me levanto del suelo y miro a Jay levantarse también. Se sacude la ropa


y comprueba lo que la rodea.

—¿Se han ido todos?

—Lo dudo, pero tampoco tengo curiosidad. Vámonos antes de que la


mierda realmente golpee el ventilador.
—Cierto… —Ella se mete en el asiento de pasajero del coche y me
espera. Pero yo no puedo entrar todavía. Mi precioso cuchillo sigue
atascado en su muslo, así que camino a su cuerpo y lo saco, limpiándolo
en su ropa. Antes de que le dé la espalda, quito la pistola entre sus dedos
y la meto dentro de mi bolsillo trasero. Nunca dejes un botín en el campo
de batalla. Entonces cierro los ojos y camino hasta el coche.
“La vida es sufrir, sobrevivir es
encontrar algún sentido en el
sufrimiento.”
—Friedrich Nietzche

Capitulo 17
Jay

Martes, 20 de agosto de 2013, 2:00 p.m.

Ojos, siempre sus ojos. Siempre están mirándome. Ellos me encuentran


en la oscuridad como las velas en el fuego. Me tientan a correr un camino
desconocido y tentador. Su toque perdura en mi piel, incluso después de
solo un breve momento de contacto. Dedos rugosos ansiando sentirme.

Su arma brilla en la luz de la luna, mientras vela por mí, día y noche. Él
siempre está ahí. Los gritos y la sangre le siguen allá donde va. No me
asusta más. Eso es lo que hace, pero no es lo que desea. En las sombras
tiene hambre de mí.

Y a su vez yo lo anhelo.

Tomando aire, siento mi pecho en llamas. Lo que acabo de ver era tan
real y, sin embargo, todo estaba en mi mente. Destellos de una vida que
era la mía surgen en mi cabeza. No puedo recordar, pero trozos y partes
llegan en mi mente como las gotas de agua que caen en un estanque.

Y luego se van de nuevo y yo ni siquiera recuerdo lo que vi.

X se sienta a mi lado con las manos en el volante, a veces lanza su


mirada hacia mí para comprobarme. Mi corazón late con fuerza, pero trato
de no dejar que se note. No voy a mostrar ninguna debilidad. He visto
morir a tanta gente en estos últimos días, todo está empezando a sentirse
tan irreal. Caen como moscas. Todos los días amanezco pensando que esto
solo fue un mal sueño. Excepto que no lo es. Todavía estoy en el coche de
X, aún soy su prisionera, todavía huyendo de las personas que quieren
matarme por la razón que sea.

Estoy tiritando de arriba abajo, tratando de no enfocarme mucho en el


hecho de que estoy cubierta de sangre. Sangre de alguien más. Alguien
quien está muerto ahora. Hay tantos cuerpos. Tantas heridas. Tanto dolor.
Desearía poder pararlo todo. Desearía poder controlarlo. Pero sé que X
nunca dejaría que me vaya, ni siquiera salvar a estas personas. Podría ser
una perra ensimismada, pero esa gente no debería haber muerto por que
yo estaba allí. Ellos me estaban buscando, y ahora todas esas personas en
esa cafetería están muertas.

Tomo una respiración profunda y alejo mis preocupaciones por un


momento mientras miro por la ventana. Ya casi estamos de vuelta en el
hotel, y me pregunto lo que X está planeando hacer. ¿Planea permanecer
allí? ¿O vamos a movernos de nuevo? Y si es así, ¿voy a tener oportunidad
de escapar entonces?

Tantas preguntas, tan pocas respuestas. En momentos como estos lo


primero que pienso es en la droga. Sip, soy una jodida adicta, no es ni de
cerca divertido. No quiero sentir este deseo. Es solo otra capa de debilidad
que no puedo sobrellevar más. Tengo que despojarme de mis
vulnerabilidades y cerrarlas. Ser fuerte es mi única opción para sobrevivir
a esto.

Cuando por fin estamos en la habitación del hotel y X cierra la puerta,


bloqueándola de nuevo, yo solo estoy en medio de la habitación, poniendo
todo lo que acaba de suceder en su lugar. X está detrás de mí, puedo
escuchar que tira algunos botones. El sonido del algodón que cae de sus
hombros es alarmante. Me asusta porque sé lo que viene a continuación.
La bestia en él debe ser liberada. Siempre que ha matado a alguien viene a
mí y…

Me trago el miedo. No puedo pensar así. No puedo dejarle ver que tiene
este efecto en mí. No quiero ni pensar en ello porque me está destrozando
y no voy a permitir que el me haga eso.

Lo oigo colocar su camisa en su sitio y la pistola en la silla. Sus pasos


son pesados mientras camina pasándome y yendo hacia el baño. Mientras
enciende la ducha, miro detrás de mí. Su arma es la primera cosa que me
llama la atención. Está ahí para tomarla. De repente, estoy abrumada por
el deseo sobrecogedor de usarla.

Un vistazo a X y sé que no está mirando, así que tengo la oportunidad y


camino hacia ella. La recojo. Se siente pesada, y mis manos comienzan a
temblar de nuevo. Es porque sé lo que se siente matar a alguien ahora. Sé
lo que hice y esto me aterra completamente. Podría matar a alguien. Lo
podría matar…

Mientras doy vuelta el arma en mi mano, X de repente está frente a mí.

Grito y lo apunto.

Todo lo que él hace es levantar la ceja.

La pistola esta temblando vigorosamente. Él sacude su cabeza y una


sonrisa se escapa de su boca.
—Tú no quieres porque sabes que soy el único que puede mantenerte
viva.

—No te creo —le digo, mi voz ronca—. ¿Qué quieres decir con viva de
todos modos, cuando tengo que pasar mi tiempo así?

—Tú los has visto. Tomarían tu cabeza en un instante. ¿Crees que esos
hombres son los únicos? Incorrecto. La organización es más grande de lo
que te imaginas. Están por todas partes, y ahora que saben exactamente
como luces. No pasara mucho tiempo antes de que se corra la voz. Tú
estarías muerta ahora si no fuera por mí.

Levanta las manos hacia la pistola, pero me tiro hacia atrás y hago lo
impensable. Pongo el arma contra mi sien.

—Prefiero estar muerta que continuar —le digo, mi voz vacilante.

—Jay —suspira—. Tú no quieres hacer esto. Tú no quieres rendirte


todavía, ¿verdad?

—Quiero vivir mi vida como yo la imaginaba. —Las lágrimas se forman


en mis ojos—. La manera que yo me imaginé está muy, muy lejos de la
realidad. Los arcos iris y el sol no existen aquí.

—Una pistola apuntando a tu cabeza no ayuda con eso —Se aclara la


garganta y respira profundamente—. Jay no hagas eso. Tú no quieres
hacerte daño a ti misma.

—¿Y qué si lo hago? ¡Maté gente X, maldición! Yo los mate… tomé sus
vidas… ¿y para qué? ¿Para salvar la mía? ¿Vale la pena? Mi patética vida
es inútil y la cambio por la de ellos. Soy un monstruo.

Él se frota sus labios.

—Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir. Es un mundo de


matar o morir. Los cuentos de hadas no existen. No te digas a ti misma
que existen. Toma la vida por lo que es y sé feliz con lo que tienes todavía.
Otros no han sido tan suertudos. —Él levanta la mano, mirando la
pistola—. Tú tienes otra oportunidad en la vida cada vez que salvas tu
vida. No la desperdicies quitándotela.

Mis dedos tiemblan mientras una lágrima resbala por mi mejilla. El


tiempo es lento e irrevocablemente perdido cada vez que intento
comprender esto. Todo es una ilusión. Mi vida, mi felicidad, mi libertad. Ni
siquiera puedo controlar mi propio destino.

Su mano esta tan cerca ahora que lo dejo tomarla. No puedo hacerlo.
Por mucho que quiera poner fin a esto, no puedo. No puedo apretar el
gatillo sin saber lo que pasara. Supongo que nunca perdí el control
después de todo.

Él toma el arma de mi mano y la pone sobre la mesa junto a él. Todavía


está justo en frente de mí, mirándome con una sonrisa apenas visible en
su rostro.

—Ahora eres mía —dice ahuecando mi cara—. No voy a dejar que nadie
te mate. Ni siquiera tú misma. —Se ríe—. Seamos monstruos juntos.

Tomo una profunda respiración y deseo que las lágrimas dejen de


correr. Las odio. Odio la debilidad, pero no puedo evitar que se desborden
fuera de mí.

—Yo te protegeré —murmura X, limpiando las lágrimas con su pulgar—.


Yo protejo lo que es mío, no voy a permitir a nadie te lleve lejos de mí. Soy
un poco egoísta, ya ves. Tiendo a querer más de la gente de lo que pueden
ofrecer. Por suerte para mí, puedo manejar todo lo que te doy. —Se inclina
tan cerca que puedo oler su colonia. Su lengua sale como dardo en un
parpadeo y chupa mis lágrimas. Luego lame la comisura de mi boca y
sonríe—. Incluso tus lagrimas son deliciosas… mmm.
Aprieta sus labios sobre los míos y me besa, duro. Sus labios son
ásperos, pero adormecen el dolor dentro de mí. Por un momento, voy a la
deriva en el olvido y me olvido de todo. Su boca caliente tiene un efecto
seductor en mí, algo que no he experimentado con ninguno de los hombres
con los que he estado. Esto se siente tan cómodo y seguro. Al mismo
tiempo ese sentimiento me asusta. No debería ser así, y aun así lo es.
Quiero que él me bese.

Y luego para. Su único ojo brilla con el deseo mientras me agarra del
brazo y me arrastra hacia el cuarto de baño. No, espera. Lentamente me
empieza a desvestir. Una a una las capas desaparecen hasta que todo se
ha ido y estoy completamente desnuda. Lo dejo ver todo de mí. A pesar de
que había estado desnuda antes, nunca lo había estado así. Vulnerable.
En un punto de absoluta vulnerabilidad lo dejo que me alcance y me
reconforte cuando más lo necesito. Este hombre, un asesino, me
reconforta justo ahora. El hombre quien me secuestró. Es demasiado
estúpido y loco para ponerlo en palabras, pero es la verdad.

Él tira a la basura mis bragas y empieza a besarme las piernas,


comenzando con las puntas de mis pies. Se siente bien, pero cuando miro
hacia abajo me da miedo. Todavía temo que se vuelva contra mí en
cualquier momento y darme un dolor severo. No quiero tener que pasar
por eso otra vez. Molestarlo significa recibir un castigo, por lo que
mantengo la calma y lo dejo hacer lo que quiera. Me entrego en cuerpo a
él, así voy a estar a salvo. Sin embargo, por extraño que suene es la única
manera de sobrevivir.

Su lengua se arrastra todo en el camino hasta mis caderas, dando


pequeños picotazos mientras llega a mi coño. Tengo la tentación de cerrar
las piernas y alejarme, pero él me da una bofetada en la cara interna de mi
muslo con la palma de su mano.
—Sepáralas. —Su voz es gutural y envía escalofríos a mi espina dorsal.
Se pone de pie de nuevo y se quita el cinturón, manteniendo la mirada fija
en mí. No me atrevo a mirar hacia otro lado mientras me desnuda otra vez.
Mis ojos derivan hacia las crestas entintadas de sus músculos
abdominales y me concentro en su erección que se menea en sus bóxers.
Cuidadosamente toma mi mano y me guía dentro a la bañera, bajo la
ducha. El calor del agua limpia mi tristeza, mis miedos, mis pecados. Se
siente bien.

Mientras X se para en la bañera, miro hacia abajo. El agua se vuelve


carmesí por la mezcla de la sangre de nuestras víctimas. Mi cuerpo tiembla
cuando veo las gotas correr por mis manos y cara.

X toma mi barbilla.

—No las mires. Mírame en su lugar.

Él se acerca y ahueca mi cara con ambas manos antes de besarme. Sus


labios son suaves y lisos, no son ásperos como antes. Cada vez que me
toca se siente diferente. Me siento diferente. Siento que los dos estamos
cambiando, vamos hacia un lugar del que ya no podemos volver. No estoy
segura de si debo luchar contra eso.

Mientras más me besa, más me pierdo. El mundo que me rodea deja de


existir. Su boca en la mía es todo lo que me importa. Los besos me alejan
del dolor, me besa hasta que ya no puedo pensar por mí misma.

Su lengua se clava danzando alrededor de la mía. Explora cada grieta en


mi boca, lamiendo con deliciosos lamidos que calman mi dolor. Mis
lágrimas se mezclan con el agua de la ducha, y yo ya no siento la
diferencia. Su polla empuja en mi muslo y me enciende. Ya ha sucedido
tantas veces ahora, ya no me siento avergonzada de ello. No sé lo que es
esto, no sirve de nada. Ya estoy enganchada.
Cuando el separa sus labios de los míos ya me estoy inclinando para
recibir más. Él entrecierra sus ojos, una sonrisa diabólica en su rostro.
Mientras se lame los labios y me muerde un poco, dice:

—Tú me tientas, pajarita.

Chupo mis labios. Pequeñas cosas peligrosas, quiero más.

—¿Tentarte? —le disparo una pregunta.

El planta un solo beso en mi mandíbula.

—Hay tantas cosas más importantes que hacer en este momento —


susurra a mi oído—. Pero no puedo parar de hacer estragos primero. —Él
muerde el lóbulo de mi oreja, mordiendo hasta que siseo. La piel de gallina
acribilla mi cuerpo mientras se mueve por mi cuello y chupa mi piel.
Hunde sus dientes en mí, dejando marcas de mordidas por todas partes.
Viaja a mi esternón, dejando besos ásperos en todas partes, hasta que
llega a mis pezones. Con el dedo índice y el pulgar los endurece.

—Llegas a ser una buena putita después de todo —dice—. No me


arrepiento de reclamarte como mi mascota. —Él tira y tira de mis pezones
hasta que un gemido desesperado escapa de mi boca—. Suena como si
estuvieras disfrutando de esto un poco.

Un gemido-risa retumba en su pecho mientras coloca sus labios sobre


mi pezón y empieza a chupar con fuerza. Me retuerzo por la atención que
les está dando, succionando hasta que el dolor se instala. Buen dolor. El
dolor que hace que mi clítoris palpite.

—Hmmmm… te gusta mucho esto —murmura X contra mi tenso pico.


Su lengua como dardos en círculo alrededor de la corona, jugueteando,
despertando mis deseos. No me estoy resistiendo más. Tengo las manos a
la espalda mientras lo dejo jugar conmigo. Él parece disfrutar el hecho de
que lo deje hacer lo que quiera. Hay una gran sonrisa en su rostro, y sigue
mirándome como si estuviera preguntándose cómo me siento acerca de
todo esto. No importa nada más, solo el placer que se filtra.

—Un poco demasiado… —murmura.

Bam.

De repente una palmada en mi culo me devuelve a la realidad, vuelvo al


lugar, de espaldas a él. Él pone sus dientes en mi piel y muerde. Yo grito
cuando sus dientes se hunden en mi pezón mientras él juega con el otro.
Cuando lo toma de nuevo en su boca, un anillo rojo aparece alrededor de
mi pezón.

—Hermoso —dice. Con su lengua lame una gota de sangre y lame sus
labios cuando lo hace—. ¿Qué piensas?

—Duele… —digo, frunciendo el ceño, mirando a otro lado.

—Bien. —Él agarra mi barbilla, obligándome a mirarlo—. No quites la


vista de mí. —Sus ojos se estrechan—. No me vas a negar tus ojos. Vas a
ver cuánto me llevo de ti porque todo de ti me pertenece ahora. Tú me
perteneces ahora. Y aceptarás todo lo que te doy y darás las gracias por
ello.

Él me da una palmada en el culo de nuevo, haciéndome saltar.

—¿Entiendes?

—Sí, señor —digo.

—Bien. Ahora no lo olvides, o voy a castigarte por ello.

Me estremezco a medida que se pone de rodillas y golpea ligeramente las


mías.

—Sepáralas.
Separo mis piernas, sintiéndome vulnerable y abierta mientras el mira
desde arriba mi coño.

—Vamos a ver si este coño se merece un poco de atención.

Mis labios tiemblan mientras los de él están en mi muslo. Deja cortos y


sensuales besos en mi piel, haciendo su camino hasta mi coño. Él se
detiene ahí, pero su mano no lo hace. Solo el pulgar presiona sobre mi
nudo, enviando choques a través de mi cuerpo.

—Oh… ¿te gusta esto? —pregunta. No sé cómo responder porque hay


dos respuestas posibles y ninguna es buena para mí.

Con la yema de su pulgar empieza a rodear mi protuberancia, dejando


besos en todas partes excepto en el lugar donde mi cuerpo más lo anhela.
Nunca ha estado tan suave, sin embargo, y me sorprende. Me pregunto si
puede ser así más a menudo. Preguntar eso está mal y sé que lo es porque
no debería siquiera pensar en eso. Pero soy así.

—Creo que este coñito quiere más… —Él sonríe mientras para de
besarme y toca mi entrada con otro dedo. Yo suspiro mientras se sumerge
dentro y me siente. Gimo mientras se desliza dentro de mí sintiéndome.
Conduciendo sus dedos dentro mientras pone una amplia presión sobre
mi clítoris creando una sobrecarga de sensaciones. Me esfuerzo por
mantener las piernas abiertas mientras me folla con su dedo—. ¿Te gusta
esto? —pregunta.

Asiento con la cabeza rápidamente, mordiéndome el labio.

De repente, él aleja sus manos y estoy colgando a la izquierda. Mi coño


esta palpitando de deseo y él lo sabe. Malvadas sonrisas curvan sus labios.

—Dime.

—Por favor… lo quiero, señor.


Él sonríe y se inclina, sopla aire caliente sobre mi clítoris.

—Hmm… lo has hecho bien hoy pajarita —tararea contra mi piel—. Esta
es tu recompensa.

Cuando su lengua toca mi protuberancia estoy lista. El calor va en


aumento, y no es debido a la ducha. Sus besos son calientes y me hacen
gemir de placer pecaminoso. Me da vuelta con alegría, me lame con la
cantidad justa de presión. Debajo de sus pestañas oscuras, sus ojos me
observan parpadeando; su toque es dolorosamente placentero. Sus manos
se mueven desde las piernas hacia mi culo, agarrándome fuerte contra él,
y entierra su cara en mi coño. Con sus labios frota mi clítoris y luego mete
la lengua en mi entrada. Estoy delirando con lujuria. Ha sido un largo
tiempo desde que un hombre estuvo debajo de mí y, a la mierda, él sabe
hacerlo funcionar.

—Hmmm… estoy contento de que estés limpia, ahora puedo hacer todas
las cosas que estaba pensando hacer.

Me hice pruebas hace unos días porque X quería follar sin condón.
Supongo que consiguió su deseo, después de todo. No puedo quejarme.

Retuerce su lengua en vueltas y vueltas, rodando sobre mí como si no


hubiera un mañana. Gimo cuando lo hace, sus dedos clavándose en mi
piel. Sus dientes aparecen y se hunden en mi carne. Una oleada de miedo
barre a través de mi, podría morderme otras partes más sensibles. Excepto
que no lo hace. En cambio, mordisquea suavemente mis pezones,
empujando mis límites.

Pam.

Un golpe en mi culo me aleja de mi felicidad pura.

—No te vienes a menos que yo diga que puedes, pajarita.


—Sí, señor —gimo mientras me golpea de nuevo.

—No voy a permitir que me desobedezcas de nuevo.

—Lo sé, señor.

—Recuérdalo.

—Lo haré, señor.

—Bien, mantén esas piernas separadas. Coloca tu mano en la pared y la


otra en la mampara de la ducha.

Hago lo que dice y me pongo en la posición que le permitirá entrar más.


Eso es lo que quiere, creo. Sigo mirando hacia abajo a él porque es lo que
quiere que haga. Sigo haciendo todo lo que desea. Me estoy convirtiendo
en una niña obediente, más y más… su chica obediente.

—Te gusta complacerme, ¿verdad? —murmura lamiéndome—. Mi


pequeña zorra está toda mojada para mí.

—Gracias, señor —gimo. Sé que es lo que quiere oír.

—De nada. —Él golpea mi culo de nuevo, una mezcla de placer y dolor.
Cada vez que estoy a punto de venirme, termina rápidamente. Sigo
subiendo y bajando, y es exactamente lo que él quiere—. Tan jodidamente
mojada… —susurra, empujando su lengua más y más hasta que mi coño
empieza a palpitar tan fuerte que apenas puedo mantenerlo junto—. Este
coñito es mío y quiere venirse malamente. —Se ríe, jugando con mi clítoris
mientas me mira—. ¿Estás dispuesta a venirte para mí, puta?

—Sí.

Él golpea mi culo de nuevo y grito.

—Sí, ¿qué?
—Sí, señor.

—¿Quiere esta putita complacerme? ¿Qué vas hacer por mí?

—Deseo venirme para ti, señor.

Él sonríe, y chupa mi protuberancia de nuevo, casi empujándome al


borde.

—Ruégame que te folle —murmura contra mi carne—. Ruega.

—Por favor… fóllame, señor. —Las palabras salen como un insulto ya


que siento el inminente orgasmo—. ¿Puedo venirme? ¿Por favor?

Toma con sus labios mis pliegues completamente. Un golpe plano de su


mano lo sigue. Yo gimo y grito.

—No tienes permiso.

—Oh, vete a la mierda —gruño.

Se ríe.

—Pídemelo bien y yo podría.

Frunzo el ceño y giro la cabeza mientras apaga la ducha. De repente, me


agarra del brazo y me arrastra fuera de la bañera. Me tropiezo siguiéndolo,
todavía un poco sacudida por lo que acaba de suceder. Todo mi cuerpo
todavía esta zumbando cuando me lanza a la cama y amarra mis manos a
los pasadores que están en los postes de la cama. Me esfuerzo para luchar
contra él, pero la ansiedad toma el control de nuevo. Agarrando los puños,
encadenando las muñecas hacia abajo, mi peor temor volviendo a la vida.
Soy prisionera de nuevo. Un juguete para jugar como mejor le parezca. Y lo
peor de todo es que sé que esto tiene que suceder. Con el fin de ganar su
confianza, debo aceptar cualquier cosa y todo lo que él quiera tomar de mí,
incluyendo mi libertad. ¿Va a ser siempre así?
—¿Que vas a hacer? —pregunto tirando de las esposas. Se siente mucho
más restringido ahora. Supongo que aprendió de mi escapada pasada.

Sus manos se deslizan hacia arriba a la curva de mi cuerpo.

—Simple. Eres mía y tengo la intención de usarte como yo lo vea


conveniente. Voy a tomar tu cuerpo una y otra vez hasta que ya no puedas
estar parada. Voy a exigir tu humedad y hacerte palpitar hasta que me
supliques por venirte. Y tal vez… tal vez… te conceda un orgasmo. Y me
darás las gracias por ello, putita. —El deseo y el destello de diversión
aparecen en su ojo—. A partir de este momento.
"Toma lo que esté a tu alcance."
—Notas de X

Capitulo 18
X

Sábado, 24 de noviembre de 2007. 23:30.

Se está volviendo cada vez más difícil mantenerse alejado de ella. No


porque no tenga la disciplina, sino porque sigo siendo enviado a matar a
alguien que está relacionado con ella. Por alguna razón ella sigue
atrayendo todo tipo de mala atención. Diablos, eso podría incluirme a mí.
Ella sigue pasando el tiempo con la gente equivocada, fumando marihuana
y probando otras drogas, metiéndose en problemas con sus supuestos
amigos, haciendo quién mierda sabe qué con quién sabe dónde. Se ofrece
a sí misma a cada tonto que quiere meter su polla en su coño. Solo la idea
de eso me enfurece tanto que podría romper en pedazos el vaso que estoy
sosteniendo.

La veo bailar con otro hombre en la pista de baile. Es bajo y está


cubierto de tatuajes y piercings. La forma en que la toca me da ganas de
darle un puñetazo en la garganta.

Tiene sus manos sobre ella y no me gusta ni un poco.

Ves, ya es demasiado tarde para mí. No he dejado de pensar en ella, a


pesar de que me he prometido a mí mismo que lo haría. No he dejado de
estar cerca de ella, a pesar de que me dije que podría aceptar otros
trabajos y decirle a mi familia que se vaya a la mierda. Por supuesto, ellos
insistieron y yo prefiero que no me corten un dedo. Cuando mi familia
quiere a alguien muerto, seguro como el demonio que va a pasar, ya sea
que lo haga yo o no. Ellos no se detendrán hasta que reciban el pago de
sus clientes, que es todo lo que les importa. Si me niego, voy a tener que
aceptar un destino peor que observarla a ella ser manoseada por un tipo al
azar.

La vida es tan perra a veces.

Sus ojos me encuentran, y un indicio de sorpresa destella a través de


ellos antes de que la retorcida zorra sexual salga a jugar de nuevo. Sabe
que la estoy viendo y se deleita en ello. Apretando el agarre que tiene sobre
su cita, apoya la cabeza en su hombro mientras me observa. Sus ojos me
ruegan que intervenga y tome el control. Ella es una condenada
provocadora; siempre presionando los límites de todo el mundo. Sé que
pasa un momento difícil con su padre siempre fuera, siempre
decepcionado con lo que hace, la cual es una razón más que suficiente
para que ella continúe con lo que está haciendo. Es un círculo vicioso del
que no puede escapar. Está tratando de introducirme en ese también.

He estado en las proximidades desde hace meses, siempre matando a


esos con los que ella se involucra.

O es que sus novios anteriores hablan mierda sobre ella y su padre en el


periódico, o algún narcotraficante alega que era una clienta. Por supuesto,
todo sucedió. No hay duda al respecto. Estoy ahí cuando sucede todo el
tiempo. Excepto que cuando eres rico consigues borrar tu historial y los
errores del pasado con el chasquido de un dedo. Su padre es así. Él y
todos sus amigos políticos se preocupan más por su reputación que la
felicidad de su familia y niños. Sé que ella se toma esto como algo
personal. Él le echa la culpa de todo… incluso por su madre.
Y por eso es que ella sigue buscando una forma de escapar. Sigue
terminando en los brazos de alguien que no va a protegerla, sino que la
lastimará en su lugar. No se puede encontrar consuelo en los brazos de un
desconocido. Sin embargo, tampoco yo voy a ser capaz de ofrecérselo. No
importa cuánto desee ella que lo haga. Y no es la única que ha estado
pensando en ello.

Respiro hondo y exhalo, mientras dejo el vaso sobre la barra detrás de


mí.

Mejor dejarlo a un lado antes de que se lo arroje a la cabeza del tipo. En


serio, si no saca sus malditas manos de su culo voy a volarle los sesos.

Mis padres entran en el club y sus ojos escanean la habitación. Cuando


me encuentran, asienten con la cabeza. Inclino mi cabeza rápidamente,
alertándolos de su presencia y ellos toman nota.

La comunicación durante un trabajo sensible se suele hacer con


nuestros ojos, no con nuestras bocas.

Entran en el club y se mezclan con la multitud, dirigiéndose a la parte


trasera.

Están persiguiendo al distribuidor local de drogas que le vendió una


historia al periódico. Por supuesto, la implica a ella. Ahora él tiene que
morir. Nada de mala reputación para su padre, jamás.

Yo me quedo aquí para observarla y asegurarme de que nadie entra en


la habitación de la parte trasera. Los observo desaparecer por la puerta.
Reviso mi reloj. Quince minutos es todo lo que obtendrán o iré tras ellos.

Cuando levanto la mirada, ella está frente a mi cara. Me siento


desconcertado por un momento, frunzo el ceño con ganas de gritarle, pero
al mismo tiempo no tengo ni puta idea de qué decirle. Yo sé lo que quiere.
No sucederá.
—No —le digo, alto y claro.

—Oh, vamos. No seas tan aguafiestas. Ni siquiera sabes lo que vine a


pedir.

—Oh, lo sé bien. ¿No tienes una cita o algo? —le digo, levantando una
ceja mientras miro al hombre en el medio de la pista de baile que está
esperando impacientemente por ella.

—Él es tan aburrido. No puede mantener la boca cerrada acerca de los


tatuajes y piercings, y sigue con ganas de mostrarme cada uno de ellos.
¡Ya los he visto veinte malditas veces! Como que he terminado con él. —
Coloca una mano en su costado y golpea rítmicamente con su pie.

La miro con una leve irritación.

—¿Y? Vamos, encuentra algún otro chico entonces —digo.

Ella pone mala cara.

—Quiero bailar contigo.

Da un paso más cerca. Me recuesto.

—Estoy trabajando —gruño.

—No has hecho nada en los últimos diez minutos. No creo que vayan a
filetearte si te diviertes un poco.

Trata de agarrar mi mano, pero aferro su muñeca en su lugar. La acerco


más, así sabrá que hablo en serio cuando la mire a los ojos.

—Tu padre te mataría si supiera que siquiera sugeriste tal cosa —


gruño—. No deberías querer pasar tiempo conmigo.

Ella libera bruscamente su mano.


—Me importa una mierda lo que quiera mi padre. A él tampoco le
importa nada sobre mí, así que voy a hacer lo que quiera hacer, que es
bailar contigo. Ambos sabemos que quieres hacerlo.

—Eso no cambia nada.

—Sí, lo hace. No puedes negar que hay algo entre nosotros. No me


puedes quitar los ojos de encima. —Empuja sus tetas contra mí,
haciéndome estremecer. Nunca me estremezco. Por el jodido amor de Dios,
realmente ha crecido—. Sí, te he visto observándome. Y también me
gustas. Así que, ¿por qué no bailar por un rato?

—No te gusto. Deja esta mierda. No sabes en lo que te estás metiendo.


Te dije lo que somos. Matamos para ganarnos la vida.

Agarra mi mano y la coloca en su cintura. Su cuerpo está redondeado y


está bien formado y puedo sentir su tanga a través de su pequeño vestido
negro. Soy muy consciente de ese hecho.

—Vamos, solo te estoy pidiendo que bailes conmigo. Nada más. No vas a
morir.

Resoplo.

—Podría. Me das un ataque al corazón cada jodida vez que te veo.

Entrecierra los ojos.

—Estás simplemente celoso.

—¿Celoso? Haces acrobacias locas y pones tu vida en peligro, lo que


significa que tenemos más personas para matar, ¿y piensas que estoy
celoso?
—Lo estás. —Me hace un guiño y luego agarra mi otra mano,
colocándola en el otro hueso de su cadera—. Y me gusta. Me gusta cuando
te pongo celoso.

—Detén esto.

—Es solo un baile… —Se inclina y envuelve sus manos alrededor de mi


cuello, tirando de mí junto con ella—. Solo quiero un baile. Eso es todo.
Entonces podrás olvidarte de mí otra vez.

Pongo los ojos en blanco y me quejo.

—Oh, no me jodas…

El deseo pecaminoso es lo que me convence. Con sus brazos alrededor


de mi cuello y su dulce y tímida sonrisa seduciéndome, dejo de decir que
no. Por una vez cedo a lo que ambos queremos, pero me prometo a mí
mismo en el momento en que subo a esa pista de baile que esta es la única
y última vez que la tocaré.

Me atrae al medio de la multitud, lejos de donde se supone que debo


estar, y comienza a menear las caderas. Sus dedos juegan con mi pelo
cuando realiza su más sensual acto de baile justo en mis brazos. Mis
manos se están calentando, del buen tipo de calentamiento, del tipo en
que anhelan sentir más piel. Tengo la tentación de deslizarlas hacia abajo,
en dirección a su culo. Pero mi instinto me dice que mantenga la calma y
me concentre en otra cosa. Echo un vistazo a la puerta para asegurarme
de que mis padres todavía están allí y que no nos están mirando. Quien
jodidamente sabe lo que me harían si se enteraran.

—Estoy aquí —dice ella, codeándome con un dedo mi barbilla para que
la mire de nuevo. Entonces noto a la belleza frente a mí. El dolor, la
herida, la rabia, la pena, la tristeza, la felicidad, todo envuelto en un divino
paquete. A una edad tan joven ella ya es propensa a las sombras,
propensa a tener una vida de miseria y no quiero hacerla pasar por eso.
Por una vez en mi vida realmente siento la necesidad de proteger a
alguien, de que se sienta a salvo. Una llama baila en sus ojos,
hipnotizándome. Es como una vela, ardiendo brillantemente en la
oscuridad de la noche y yo ambiciono esa luz que me guía a través de la
misma. Pero soy el tsunami destruyendo todo a su paso, extinguiendo su
llama.

—¿Me ves? —pregunta.

—Nunca dejé de verte.

Sus dedos retuercen el cabello negro cayendo por mi frente. La forma en


que separa los labios me hace concentrarme en ellos. Un hambre
desesperante de degustarlos cruza a través de mis venas. No debo hacerlo.

—¿Te acuerdas de esa noche en el techo? —pregunta—. En la que te


robaste la cerveza.

Resoplo.

—Sí… un trabajo.

—Ahora sé eso. Me estaba preguntando acerca de…

—¿Acerca de qué?

—Bueno, tus ojos. Simplemente me deslumbraron. Es como si te


conociera desde siempre.

Sonrío. Todavía me sorprende que a veces recuerde retazos. Éramos tan


jóvenes. Yo casi no recuerdo nada, a excepción de aquella vez con… su
madre.

Trago saliva y me aclaro la garganta.

—Eso fue hace mucho tiempo.


—Sí, lo fue. Pero no puedo dejar de pensar en ello. No puedo evitar tener
la sensación de que tú y yo hemos bailado así antes. Que éramos amigos.
Que había algo… algo acerca de nosotros.

—Detente… por favor —le digo—. Ya no quiero hablar de eso.

Sus cejas bajan por un segundo en un instante de confusión. Luego se


inclina y me observa de cerca. Sus labios se separan de nuevo, pero sigue
mirándome, sigue pidiendo permiso antes de continuar. Ya puedo sentir
su aliento en mi piel. Ya no puedo decir que no.

Cuando su boca se pega a la mía es mi fin. Su beso es suave y sutil y


todo lo que esperaba que fuera. Me seduce, me hace pensar en llevarla de
nuevo a mi apartamento y follarla en mi cama. Su sabor es increíble, tan
delicioso y sus labios me prenden en llamas. No puedo evitar desear más,
así que envuelvo mis brazos alrededor de ella y la atraigo más cerca de mí,
apretándola contra mi pecho.

Pero cuando abro los ojos en un arrebato de éxtasis, distingo a mis


padres saliendo de la habitación.

Afortunadamente, no me vieron todavía, o sería hombre muerto.

Aparto mis labios, respirando con dificultad de su voraz incendio. La


sonrisa en su rostro me dice que piensa que ganó. Como una artista
astuta ella juega con mi corazón.

Ella será mi fin. No hay duda sobre ello.


Martes, 20 de agosto de 2013. 14:00.

Ella no solo será mi fin. Me he lanzado a su abismo. Siento placer


pecaminoso por el hecho de que la he encadenado ahora. He tomado una
decisión y vivo con las consecuencias. Ella será mi muerte. Pero no antes
de que la folle hasta la inconsciencia.

Sé exactamente lo que voy a hacer para cambiarlo todo.

Voy a arruinar a la persona que está detrás de todo esto. Sufrimiento.


Pesar. Dolor. Vergüenza. No le mostraré misericordia. Una vez que
termine, va a estar rogando por su vida y no le concederé nada.

Abro una caja que está debajo de la cama y saco la cámara que hay
dentro. La compré hace unos días y esta es la primera vez que Jay la
verá. Ella no sabe lo que estoy planeando hacer, pero por la expresión de
su rostro puedo decir que no le gusta. Bien.

—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunta.

Ignorándola, pongo el trípode y la perca de la cámara en la parte


superior. Una vez que estoy seguro de que está enfocando la cama y a ella,
la enciendo.

—¿Vas a filmarme? ¿Por qué? —pregunta, con la voz ronca del miedo.

—Después de que termine contigo me gustaría ser capaz de verlo y


disfrutarlo de nuevo… y de nuevo… y de nuevo. —Sonrío cuando la piel de
gallina aparece en su piel. No entiendo por qué está tan asustada. Después
de todo, esto es muy familiar para ella.

De mi maleta pesco un montón de cuerdas y de la silla agarro mi


cinturón. Sus grandes ojos marrones me están atrayendo. Me subo a la
cama, pongo el cinturón y la cuerda a mi lado y me arrastro encima de
ella. Su piel está húmeda por la ducha y cuando sumerjo mi mano entre
sus piernas, está aún más húmeda. Sonrío mientras lucha contra las
cadenas.

—Deja de pelear conmigo, pajarita. Obedece y podría darte lo que


quieres. —Mi dedo hace círculos sobre su clítoris y luego se desliza hacia
abajo a su coño, extendiendo su humedad a través de sus pliegues—.
Quieres venirte, pero no está permitido hasta que yo lo diga, ¿entendido?

Ella sostiene su respiración mientras yo meto un dedo. Entonces


abofeteo el interior de su muslo. Su chillido hace que mi polla rebote con
ganas de arrojar cargas de chorros sobre su cuerpo aterciopelado.

—No te vengas. ¿Lo entiendes?

—Sí, señor.

—Buena chica. —Saco el dedo y ella suelta el aliento que estaba


conteniendo. Me muevo más arriba, plantando las rodillas a cada lado de
su cabeza. Mi polla está apuntando directamente hacia ella mientras le
agarro la cara y la atraigo hacia la punta—. Vas a chupar hasta que yo
diga que puedes parar.

Empujando hacia adelante, froto la punta contra sus labios. Mi


presemen sirve como un buen lubricante cuando ella abre la boca y me
permite deslizarme. Voy profundamente y la amordazo conmigo, lo que me
pone aún más duro. Me muevo dentro y fuera de su boca a un ritmo
constante. Ella sacude las cadenas por el reclamo que hago de su boca
mientras la follo.

—Envuelve tus labios alrededor de mi polla, pajarita —ordeno mientras


me entierro profundo en su garganta. En sus ojos veo el miedo y la
emoción y eso me excita aún más. Su boca está en la base de mi polla, su
saliva fluyendo ricamente. Agarro un puñado de su pelo y la aleja,
entonces fuerzo su boca a mi polla. Su lengua se arremolina alrededor de
mi polla mientras la saco y la meto de nuevo. Ella solo tiene unos
segundos para respirar. Me gusta ver su pánico, verla al borde de la
asfixia. No hasta el punto de la muerte, por supuesto, pero lo suficiente
como para hacer que se encoja y ruegue.

Jadea cuando quito mi polla de su boca y me muevo hacia atrás en la


cama. Inclinándome, lamo su cuello y meto mi lengua en su boca. Ella
todavía está respirando con dificultad cuando tomo su boca y la beso
duro. Sus manos y pies siguen combatiendo contra las cadenas mientras
agarro su mandíbula y lamo su lengua con la mía. Un chillido estridente
escapa de su boca cuando muerdo su labio. Una gota de sangre fluye y yo
la lamo, besándola de nuevo.

—¿Por qué…? —murmura. Su voz es débil y suena como si estuviera


suplicando. Ella está a punto de darse por vencida.

—Sangra por mí. Llora por mí. Ruega por mí —susurro contra su piel,
dejando picotazos ásperos en su cuello—. Tu sangre me atrae, Jay.

Ella suelta un gemido cuando cubro su pezón con la boca y chupo con
tanta fuerza que se arruga al instante. Tiro del otro mientras voy aún más
abajo. Cuando llego a su coño, lamo justo encima de él. Ella gime en
contra de su voluntad, y eso me hace sonreír. Me levanto, dejándola
privada del placer. Su delicada carne está cruda y de color rojo, su nudo
hinchado y probablemente también palpitando. Ella me mira con los ojos
entrecerrados, ávidos de más, pero vergonzosamente consciente de ello
también.

—¿Quieres venirte, pajarita? —pregunto.

Sus labios tiemblan cuando toma aire.

Entrecierro mis ojos hacia ella, lo que inmediatamente la hace abrir la


boca.
—Sí, señor.

—¿Y cuánto quieres venirte?

—Mucho, señor.

—¿Lo suficiente como para hacer lo que sea por ello?

Ella traga.

—Sí, señor.

Una malvada sonrisa curva mis labios.

—No vas a moverte a menos que te haga hacerlo, ¿me entiendes?

—Sí, señor.

Una a una, quito las esposas en sus tobillos. Recogiendo la cuerda a mi


lado, agarro sus piernas y las empujo hacia arriba en posición de rana. Ato
la cuerda alrededor de su pierna izquierda, y lo mismo para el lado
derecho con otra cuerda. Ella lucha por mantenerse en esta posición más
incómoda. Lamo mis labios ante la vista.

Su cabeza se vuelve para mirar a la cámara y luego de vuelta hacia mí.

—No me gusta esto, señor —murmura.

—A mí sí —digo, y luego arrastro mis dedos a través de sus pliegues—. Y


eso es todo lo que importa. Sabes que soy egoísta.

Sonrío cuando una expresión de satisfacción cruza su cara mientras


froto su coño afeitado. Ella está húmeda y abierta para mí, así que mojo
dos dedos dentro y presiono su nudo con mi pulgar. Ella grita en agonía
dichosa mientras yo lo giro dentro y la lleva al borde de nuevo.

—Este coño quiere tanto ser llenado… ¿no es así?

—Sí, señor —gime mientras masajeo su clítoris.


—¿Qué es lo que más quiere este coño mío?

—Quiero venirme, señor.

Me detengo y golpeo la parte superior de su coño con una mano


plana. Un bonito grito pesado escapa de su boca. Sus piernas flaquean,
tratando de cerrarse, pero las sostengo abiertas.

—¿Te he dicho que podías cerrar las piernas?

—No, señor —gime.

—Inténtalo de nuevo. ¿Qué necesita este coño?

—Tu polla, señor. —Su cuerpo se estremece con el toque de mis


dedos. Los muevo a través de su vientre y me acerco, posándome justo en
frente de ella. La punta de mi pene toca su entrada, su humedad goteando
por que se desliza arriba y abajo. Joder, no puedo esperar a estar dentro
de ella—. Por favor… quiero tu polla dentro de mí —susurra y gime.

Sonrío.

—Pequeña puta. Supongo que debería ser agradable y darte lo que


anhelas tanto. —Empujo dentro de ella, lentamente. El aire escapa de su
boca en forma de un profundo gemido, casi haciéndome explotar en ese
instante. Me sostengo y me sumerjo más en su coño hasta mi base. Mi
polla palpita contra su carne; sentir su calidez envolviéndome me está
volviendo loco de lujuria. Pero todavía no estoy contento con mi
trabajo. Quiero escuchar sus gritos antes de que esté dispuesto a permitir
que se venga y tome mi carga.

Así que cojo el cinturón y lo doblo. Sus ojos parpadean abriéndose y


ensanchándose ante la vista y el sonido. Ella niega con la cabeza,
preocupación estableciéndose en sus ojos.
—Vas a aprender a amar el dolor —le digo. Entonces golpeo su teta con
la punta más suave. Su grito se acompaña de un gemido cuando me meto
y salgo de ella otra vez. El cinturón deja una agradable marca roja en su
piel. Tengo la intención de hacer que dure. Quiero que ella se mire a sí
misma y vea a quién pertenece. A quién ella siempre perteneció. A quién se
entregó en el momento en que decidió seducirme. Mi error fue amarla. Su
error fue evitarme. Los dos deberíamos haberlo sabido mejor que jugar con
fuego. Y ahora la quemadura nunca se detiene.

La azoto de nuevo, dejando una marca abrasadoramente caliente en su


otro pezón. Sus gritos llenan la habitación mientras arremeto, bombeando
mi polla dentro de ella cada vez que grita. Me encanta el sonido que hace,
me encanta cómo se contraen los músculos alrededor de mi polla cuando
ella lo hace.

—Deberías saber que disfruto a fondo golpeando tu mojado y sucio coño


—gruño.

Estoy llegando al borde del éxtasis y quiero ser capaz de disfrutar de ella
en su totalidad. Así es que dejo el cinturón lejos y me aferro a sus piernas
mientras la follo enloquecidamente. Su cuerpo se mueve al ritmo de mis
golpes, sus tetas rojas e hinchadas saltando arriba y abajo. Su rostro
muestra una mezcla de satisfacción e inquietud y es una hermosa
disparidad. Quiero ver más de ella.

Colocando una mano en la cama al lado de su cabeza, envuelvo la otra


alrededor de su garganta. Tose mientras me sumerjo en ella. Me inclino
para besarla y robar su aliento. La quiero a punto de llegar a un orgasmo
antes de su liberación. El dolor y el placer no son mutuamente
excluyentes; están íntimamente entretejidos y, cuando se liberan, causan
una euforia poderosa.
Mientras aprieto mis manos en su cuello, me apoyo en ella y lamo su
labio.

—Vente para mí, pequeña puta.

La follo tan fuerte y rápido que ella jadea por aire.

—Vente —ordeno—. Ahora.

Sus ojos me observan mientras se abren ampliamente. Su boca se abre


en una “O” perfecta, y sus cejas se arrugan. El aire deja de fluir a través de
ella, un gemido silencioso en sus labios. Y entonces las convulsiones
comienzan.

Su cuerpo golpea contra mí, su coño revoloteando por el deseo. Sus


músculos se sujetan alrededor de mi polla y pulsan. Puedo sentirla venirse
con todos los poros de su cuerpo, lo veo en sus ojos seductores.

—Sí, mójame —le digo mientras bombeo en su interior. El gemido que


escapa de su boca cuando la libero de mi agarre me envía sobre el borde.
Agarrando sus piernas, arqueo mi espalda y disparo mi carga en su
interior. Mi semen la llena hasta el borde mientras la embisto dos veces
más, dejando salir la necesidad primaria que me ha estado rondando
durante días y días.

Acostándome sobre ella, jadeo como un animal que acaba de terminar


una matanza. Su pecho es cálido y suave como una almohada. Podría
descansar mi cabeza y quedarme dormido si fuera seguro. Pero sé que no
tenemos mucho tiempo. Tenemos que salir de aquí lo antes posible. Nos
encontraron en el restaurante, así que no se sabe cuándo van a encontrar
información sobre este lugar también. No voy a correr riesgos. Uno de los
otros hoteles tendrá que funcionar. Además, si voy a seguir con mi plan,
debería estar más cerca de su ubicación. Está a unos cuantos estados de
distancia. Bien podría hacer el viaje ahora en lugar de más tarde.
Quito las esposas de sus muñecas y la miro. Sus ojos brillan y su
belleza me desarma. Es una diosa y yo soy el ser miserable que toma todo
de ella. Por un momento me pregunto si ella recibe algo de placer de esto
en absoluto. Ni siquiera sé por qué me importa, pero lo hace. Tal vez aún
queda un atisbo de mi alma dentro de este cuerpo corrompido.

Sus manos se encuentran extendidas sobre la cama, sin moverse a


pesar de que está libre. Ella podría luchar contra mí. Sin embargo, no lo
hace, lo cual me sorprende. Me inclino para robarle un beso. Mis labios
permanecen en los suyos. No puedo quitárselos. Soy adicto a su sabor.

—Dime… —gimo, quitando mis labios por un segundo—. ¿Te gustó eso?

—Sí, señor —responde ella como una marioneta bien entrenada.

—No… ¿realmente lo disfrutaste? —pregunto—. Tienes que decirme la


verdad.

Su labio tiembla contra el mío mientras doy a mis labios rienda suelta
sobre los de ella otra vez. La envuelvo en diminutos picotazos, mordiendo
su labio inferior, dejando marcas de succión en su piel. Ella se estremece.

—Respóndeme —digo, no exigente, sino suave.

—Tal vez. —Su respuesta sale vacilante.

—¿Por qué?

Ella suspira.

—Esto es… oscuro. Duro. Doloroso. —Sus labios dejan de moverse, pero
puedo decir que hay más que ella quiere decir.

—¿Y?

—Alucinante… aliviador.
Sonrío.

—Así que encuentras esto liberador.

Ella frunce el ceño y aparta sus ojos de los míos.

—Admitir que deseas ser castigada es duro, pero lo hiciste antes. Lo


harás de nuevo. Esto es lo que eres. Una luchadora a la que le encanta ser
tomada y sometida.

Aprieto los labios sobre los de ella, buscando su atención con mi


ojo. Ella me mira y me empieza a devolver el beso. Es la primera vez que se
permite a sí misma sentirme. Dejarme conquistar su boca con la mía.

Devoro su boca, tomando más y más. No puedo parar. Mi mente es


consumida por la lujuria, mis labios anhelando más y más de ella. Pero
luego sus manos se deslizan lentamente por mi columna, envolviéndome
en su calidez cuando entrelaza sus brazos alrededor de mí y me devuelve
el beso. Ella me desea tanto como yo la deseo. Su cuerpo actúa por cuenta
propia, exigiendo más de mí mientras sus dedos me agarran la cabeza. La
siento. Su piel desnuda contra la mía. Sus dedos abiertos en la parte
superior de mi cráneo, tocando las cicatrices en mi cabeza. La ira no se
precipita a través de mis venas. En cambio, me siento con el poder. Su
abrazo cura las cicatrices dejadas en mi alma.

Ahora me doy cuenta de que no es la única presa en esta


habitación. Ella ha robado lo que queda de mí.

No puedo perderla. No voy a aceptarlo. Después de todos estos años de


tortura, finalmente es mía para tomarla, para tenerla y no pienso dejarla ir
nunca. Nadie más, que la persona que la quiere muerta, se interpone en
mi camino ahora. Voy a ponerle fin a todo. Lo destruiré si debo
hacerlo. Entonces ella será mía por completo.
“Buscamos la verdad y soportaremos
las consecuencias.”
—Charles Seymour

Capitulo 19
Jay

Martes, 06 de septiembre de 2013. 07:55 am.

La nueva habitación del hotel es incluso más grande que la


anterior. Una cama de tamaño king con sábanas de color rojo, mesas de
roble y sillas de cuero. Desayuno en la cama y un horizonte lleno de
torres. Soy una reina encarcelada en una torre.

Cada noche sueño con X. Tengo visiones del pasado, pero no recuerdo
nada cuando me despierto. Todo lo que sé es que lo he visto antes. Este
hombre me conoce por alguna razón. Estuvo en mi vida por Dios sabe
cuánto tiempo y parece que no puedo recordarlo. Me pregunto por qué.

Cada mañana me despierto y llegó a la conclusión de que todavía estoy


aquí, que nunca se va, al menos no mentalmente. Lo quiera o no, estoy
unida a él. No he intentado escapar desde… siempre. Ni siquiera puedo
recordar la última vez. Ni siquiera sé ya si todavía quiero salir o no. Mi
cuerpo ha sido encadenado y tomado una y otra vez. Mi mente ha estado a
la deriva. Cuanto más tiempo paso con él menos puedo verme a mí misma
sola. Al poco tiempo siento ansiedad cuando se ha ido.
Pensé que podía luchar contra él, que podía evitar que sucediera, pero
ya es demasiado tarde. Siempre fue demasiado tarde. Como él dice,
siempre fui suya.

No hay diferencia entre ahora y entonces. El tiempo ya no existe. Solo él,


yo, esta habitación, mi cuerpo, sus antojos y agradarle. Cada recompensa
es menos dolor recibido, por lo que me esfuerzo por ser lo que desea. Una
buena chica. Su pequeña zorra. Cada vez me convierto más en lo que soy
en su mente. Ya ni siquiera puedo recordar quién era antes de él.

Los cincos no se han convertido en síes y ya no conozco la diferencia. Su


regla es la ley. No voy afuera. La muerte es lo que sigue cuando no
obedezco, lo sé. Lo he visto muchas veces. Y yo quiero vivir.

Sin embargo, no estoy tan segura de que pueda vivir sin él.

X mira la televisión con anticipación, sus dedos apretando la


silla. Mientras estoy sentada en su regazo y pongo mi cabeza en el rincón
de su cuello, oliéndolo, me siento vacía. Dominada por la culpa. Ni siquiera
en este mundo. Con su mano alrededor de mi cintura y mi cuerpo desnudo
unido al suyo, no siento nada. Solo existo.

Pero cuando la televisión cambia a un canal diferente, la visión de un


hombre es todo lo que se necesita para incinerar la melancolía en mi
corazón. Un hombre grande con barba y ojos inyectados en sangre entra
en escena, alguien llamado Al John. El presentador de noticias dice que
este hombre recibió un disparo en el pie, fue asaltado con un cuchillo y
rociado con algún tipo de ácido. Pero el hecho de que este hombre haya
sido torturado no me sorprende. O el hecho de que la noche en que fue
asesinado fue la misma noche que X salió y regresó cubierto de sangre.

Es el hecho de que me siento como si conociera a este hombre.


Su rostro trae recuerdos de mi padre hablando con alguien justo como
él, dándole instrucciones para hacer un trabajo. Son meros destellos, pero
es suficiente para saber que yo tenía razón. Recuerdo a este hombre. Y
ahora está muerto.

Esto tiene que ser obra de X.

Viernes, 20 de octubre de 1995.

Su padre le echa la culpa de todo. Todo lo que oigo es que le grita que
por qué tenía que hacer eso, por qué tenía que ser mi amiga, por qué yo
estaba a su alrededor. Mis padres me han mantenido lejos de ella y su
padre desde el accidente con su madre. Incluso durante el funeral, ellos no
me dejaron hablar con nadie. He estado de pie en las sombras,
observándola, esperando una oportunidad para hablar finalmente con ella
de nuevo. Nadie lo permitirá, pero debo intentarlo. Ella es mi amiga.

Miércoles, 25 de octubre de 1995.

Estoy en la sala esperando a que padre salga y hable conmigo. Mi madre


me dijo que me quedara aquí hasta que terminaran de discutir. Están
hablando de mí, por supuesto. Hice algo malo; fui a comprobarla a ella.
Cuando mi padre sale de la habitación, mi corazón palpita en mi
garganta.

—No vuelvas a hablar con ella de nuevo, ¿me oyes? —dice mi padre,
agarrando mi barbilla tan fuerte que duele.

—Sí.

—No vas a hablarle, ni siquiera a mirarla, ¿entiendes?

—Sí, padre.

Él me empuja lejos y arregla su ropa.

—Eres una desgracia para esta familia. ¿Tienes idea de lo que hiciste?

—Fue un accidente.

Su mano encuentra mi rostro antes de que me dé cuenta de ello.

Mis mejillas pican y se calientan. Pongo mi mano encima, como si eso


fuera a protegerme.

—Es hora de que aprendas por qué estás aquí, quién eres y qué es lo
que harás.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Aprenderás a controlarte a ti mismo y a los demás. Hay vidas en las


palmas de nuestras manos y tenemos que decidir quién merece vivir y
quién merece morir. —Él se pone de rodillas y agarra mis brazos tan fuerte
que me asusta. Entrecerrando los ojos, dice—: No existen los
accidentes. Los errores deben tener respuesta. Ven conmigo. —Toma mi
mano y me arrastra por el pasillo hasta una habitación en la que nunca he
estado antes. Abre la puerta, la oscuridad detrás de ella llenándome de
terror. Una larga escalera es todo lo que es visible. No tengo idea de lo que
hay ahí abajo, excepto que he visto a mis padres ir allí a menudo. Ellos
nunca me invitaron a unírmeles, hasta ahora.

Mi padre me empuja hacia abajo.

—Vas a ver lo que hace nuestra familia para ganarse la vida y


aprenderás a hacer lo mismo.

Viernes, 11 de abril de 1997.

Mi padre presiona la pistola en mi mano. Estoy temblando de arriba


abajo mientras él apunta al hombre de rodillas en frente de mí. Está
clavado en la pared con clavos en sus manos. Vi cómo los hicieron
atravesarlo y oí sus gritos mientras rogaba por misericordia. Él no va a
encontrar ninguna aquí.

—Adelante… —Mi padre me empuja hacia adelante.

Mi corazón late en mi garganta mientras empujo el arma contra su


cabeza. Mi dedo se detiene en el frío gatillo de metal. He visto a mis padres
hacer esto en innumerables ocasiones. Sin embargo, esta es mi primera
vez. ¿Puedo tomar una vida? ¿Soy capaz de eso? Tengo solo nueve
años. Sabía que llegaría el día en que tendría que matar a alguien, pero no
pensé que sería tan rápido.

—Mátalo —susurra mi padre a mis espaldas—. Sabes cómo hacerlo.

Trago, mirando al hombre con lágrimas en los ojos.

—No puedo.
Mi padre se inclina detrás de mí.

—¿Sabes lo que hizo este hombre?

Niego con la cabeza.

—Él golpeó a su esposa hasta la muerte y luego le disparó a su único


hijo, porque no podía vivir con ninguno de los dos.

Santa mierda.

He oído mierda antes, pero nunca realmente lo que habían


hecho. Quiero decir, mi padre siempre dijo que eran castigados por una
razón, pero por lo general era algo estúpido, como robar dinero o pagos
pendientes. No esto. No, la mayoría de la gente para la que mis padres
trabajan son aún peores que los que ellos torturan. Pero este tipo… guau.

—¿Crees que merece vivir? —pregunta mi padre.

—No —murmuro.

Mi padre pone su mano en la pistola y envuelve sus dedos alrededor de


los míos, justo encima del gatillo. Cierro los ojos.

—No nos ocupamos de la misericordia, muchacho, solo de la muerte —


dice mi padre. Y luego empuja con tanta fuerza que no puedo detener el
gatillo de ser presionado.

Jueves, 26 de noviembre de 1998.

No puedo dejar de ir a su casa y verla desde lejos. A pesar de que no se


me permite, quiero verla. Echo de menos jugar con ella. Parece tan feliz,
incluso después de lo que pasó. Siempre lanzándose al jardín, jugando con
amigos imaginarios. A veces me gustaría ser invisible para poder jugar con
ella de nuevo. Extraño los tiempos en que todo seguía siendo simple. Aún
inocente.

Ella es más joven que yo, tan joven que probablemente no recordará
nada de aquel día en que todo cambió.

Nosotros ya no trabajamos para su padre. Después del funeral, nunca


regresamos a su casa. Me pregunto si es por lo que le sucedió a su madre.

De repente me agarran por el cuello y me arrojan hacia atrás. Grito y


gimo cuando la tierra golpea mi cabeza. Antes de que tenga oportunidad
de ver a mi atacante, una bolsa es puesta encima de mi cabeza. Grito, pero
mi boca está atascada con una mano mientras alguien me arrastra lejos.

—Cierra la boca —dice. La voz es vagamente familiar.

Soy tirado sobre algo suave, pero no alivia mi dolor. Un golpe a mi cara
sigue. Un diente cuelga de mi boca, el sabor de la sangre persistente en mi
lengua. No puedo luchar contra mis agresores ya que me ahogan y me
abofetean. Son mucho más fuertes que yo. Las lágrimas fluyen de mis ojos
cuando golpean mi estómago dos veces. Me siento como si estuviera a
punto de vomitar, pero luego el golpe lo quita de mi cabeza.

El brillo de una lámpara por encima de mí me enceguece. Unos


parpadeos y reconozco el coche en el que estoy, alejándome de su casa.

—Tenías que ir a visitarla de nuevo, ¿eh? Te dije lo que pasaría. La


próxima vez no seré tan misericordioso —dice mi padre.
Miércoles, 16 de abril de 2003.

Los gritos llenan el pasillo, exaltando hasta mi núcleo. No puedo contar


las veces que he torturado a alguien. Ayer un desollamiento, el día antes
un brutal acuchillamiento. Lo que pasó antes de eso es todo un
borrón. Como si yo no quisiera recordar las cosas que le hago a la
gente. Me he vuelto inmune a los sonidos. Infiernos, incluso ha empezado
a gustarme. Cada vez que le doy a alguien una buena paliza, mis padres
me dan más privilegios y dinero, lo que siempre es una ventaja. Eso y que
no me castigan por cometer errores.

Me he acostumbrado a jugar con la gente. No son más que juguetes


para jugar y utilizar hasta que terminemos con ellos. Mis padres me dejan
hacer el trabajo sucio mientras ellos regresan de vez en cuando para
interrogar a mis víctimas. Me encanta ver la expresión de sus caras
cuando no dan las respuestas que mi familia está buscando y saben lo que
vendrá después. Yo.

Potente, eso es lo que soy. Controlo su dolor. Incluso puedo controlar su


libertad. Podría dejarlos sueltos, dejarlos ir, si eligiera hacerlo. Excepto que
no lo haré, porque nuestra familia vive de estas cosas. Yo vivo porque hago
estas cosas y valoro mi propia vida. Es matar o que me maten.

Mientras la sangre de mi víctima salpica en las paredes, veo a la señora


con pelo castaño oscuro cayendo por las escaleras de nuevo. Pasa una y
otra vez por mi mente. Y siempre la veo a ella también. La chica que uso
para definir la inocencia. La chica a la que nunca puedo ver otra vez,
porque si lo hago, voy a experimentar un destino peor que la muerte.

Cuando era joven solía creer en el amor y los finales felices. Qué montón
de mierda. Eso no existe.
Martes, 06 de septiembre de 2013. 21:25.

Todos ellos tendrán que pagar por lo que hicieron. Solo pensar en ello
hace que los pelos de mi nuca se levanten. Mirando el USB con el video, sé
que esta es la única manera. La vida no será más que un infierno para él
después de esto. Voy a permanecer bombardeándolo con mierda para la
que no está preparado hasta que me pida que tome su vida.

Pongo el USB en un sobre y lo envuelvo con firmeza antes de


enviarlo. Una vez que sale de mis manos, estoy lleno de emoción. Ya me
puedo imaginar la expresión de su cara cuando vea lo que he hecho con
ella.

Respiro profundo mientras camino fuera de la oficina de correos. Es un


hermoso día. Perfecto para arruinar más vidas.

He traído a Jay a la ciudad que una vez amó tanto pero que se borró de
su memoria. Ha pasado un largo tiempo desde que vi Atlanta, pero todavía
recuerdo cada esquina de cada calle. Aquí es donde sucedieron tantas de
nuestras historias. Si solo se diera cuenta de lo peligroso que es estar
aquí.

Solo tengo unos pocos amigos aquí en los que puedo confiar
verdaderamente. Voy a tener que confiar en ellos para hacer el trabajo
sucio por mí y vigilar a Jay durante las veces que yo salga, como ahora. No
es que sea necesario. Ella se ha acostumbrado a seguirme y obedecerme, y
parece menos fijada en escapar de mí cada vez que puede. Ha cambiado
para mejor. Al menos para mí. De vez en cuando una pequeña voz dentro
de mi cabeza se pregunta cómo se siente acerca de esto. Pero se disipa
rápidamente.

Entro en mi coche y conduzco hacia la parte de la ciudad con


prostitutas. Yo sé dónde encontrarla; he estado aquí muchas veces antes,
ya sea para matar a sus proxenetas o para matarlas a ellas. O las dos
cosas. No importaba, siempre y cuando me pagaran.

Cuando encuentro una adecuada, abro la ventana y le hago señas para


que venga.

—Hola, niño bonito —dice una mujer con el pelo largo y rubio,
caminando en tacones de aguja y pantalones cortos. Cuando me ve como
lo que realmente soy, un feo monstruo lleno de cicatrices, se estremece—.
Así que, uhm… ¿qué estás buscando? —pregunta.

—No estoy interesado.

Ella rueda los ojos y suspira.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí entonces?

—Voy a pagarte diez veces más de lo que te ofrecen aquí.

Sus ojos se amplían y cierra la boca. Bien. Estuve a punto de estallar su


mandíbula solo por hablarme de la manera en que lo hizo.

—Te escucho —dice ella.

—Bien. Entra. Hablaremos en detalle mientras conduzco.

Mientras ella entra, me enciendo un cigarrillo.

—Nombre.

—Natasha. Podrías preguntarlo, ya sabes. —Sacude la cabeza con


fastidio—. Así que, ¿cuál es tu nombre? —pregunta.
—X.

—¿Qué? ¿Solo X? —se burla.

Levanto mi arma y apunto hacia ella en un destello de segundo. Ella


chilla, pero pongo mi mano sobre su boca.

—Escucha y vivirás. No lo hagas y estás muerta. Sencillo. ¿Entiendes?

Ella asiente frenéticamente mientras quito mi mano de su boca,


inmediatamente cerrando el coche después, así ella no podría salir.

—Ahora, tendrás que trabajar para mí, pero tienes que hacer
exactamente lo que yo digo.

—¿Por qué diablos trabajaría para ti? —grita.

—Porque valoras tu vida y el dinero, y quieres mantenerlos a los dos.

Ella frunce el ceño, suspirando.

—Lo que sea. Solo sigue.

—Hay un tipo; quiero que lo folles.

Ella comienza a tirar de unas cuerdas que cuelgan de sus pantalones


cortos.

—¿Eso es todo?

—No. —Espero hasta que me mira. Cuando lo hace, saco una nota con
su dirección exacta y dónde estará en qué momento—. Vas a estar allí
para seducirlo en este momento y lugar exactos. Él estará allí y no lo
dejarás ir hasta que lo hayas follado.

—Ajá… —dice ella, frunciendo el ceño de nuevo.

—Asegúrate de que alguien te vea.


—Bien… ¿es esto una especie de orgía secreta? Yo no…

—Vas a hacer esto si valoras tu vida. —Tengo el arma arriba de nuevo—.


Ahora escucha. Una vez que hayas terminado con él, me lo informarás
inmediatamente. —Pesco un teléfono celular imposible de rastrear de mi
bolsillo y lo tiro en su regazo—. Me llamarás y nos encontraremos.

—¿Y luego qué? ¿Me darás mi pago o querrás que haga más
mierda? ¿Me veo como un puto negocio para ti?

—¡Cállate! —le digo, empujando la pistola en su cabeza.

—¡Está bien, está bien! —gime.

—Vas a hacer esto, ¿entiendes?

—Sí, lo haré —dice ella.

—Ahora esto es muy importante, así que recuérdalo. Si alguien te


pregunta, dile que fuiste sometida y golpeada.

Su mandíbula cae.

—¿Qué?

—No me tientes a apretar el gatillo.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No, y si quieres tu pago y tu vida, vas a hacer lo que te digo.

—Bien. Lo que sea. Pero será diez veces el precio.

—Hecho. Fóllalo. Dile a la gente que aprovechó de ti. Llámame. Nos


vemos. ¿Lo entiendes?

—Sí, señor —dice ella, saludándome con una sonrisa.


Odio, jodidamente odio, oír esa palabra salir de su boca. Es como si
estuviera pisoteando todo el respeto que exijo de ella. El respeto que Jay
de buena gana me da porque sabe que tengo razón. Ella sabe que yo
tomaré lo que necesito y le daré lo que ella desea. Sabe que me lo debe.

Pero esta mujer… está jugando con fuego. Casi estoy tentado a volar sus
sesos aquí y ahora, excepto que realmente necesito una mujer
reemplazable y sin importancia, que sea complaciente en este
momento. Ella encaja a la perfección.
"Dejar ir no significa darse por
vencido, sino aceptar que hay cosas
que no pueden ser."
—Anónimo

Capitulo 20
Jay

Sábado, 14 de septiembre de 2013. 22:52

Sus dedos se curvan en torno a la parte superior de mi pierna,


clavándose en mi muslo mientras comprueba el combustible. Justo ahí,
debajo de su mano, hay una marca roja de los azotes de un cinturón de la
noche anterior. No fue duro o doloroso. No fue un castigo. Fue el placer
pecaminoso lo que lo condujo a hacerme esto. Antes de follarme necesita
ver que soy suya, necesita ver sus marcas por todo mi cuerpo. Mi piel
enrojecida lo deleita. Su sonrisa significa que obtendré satisfacción. Hoy
en día, correrme es la única libertad que tengo. Me concede este regalo
como recompensa por complacerle. Esta liberación es todo lo que tengo…
voy a hacer lo que sea por ella. Lo admito, me he convertido en una puta a
sus órdenes. No me importa.

Como ahora, cuando estoy en su coche, dejando que me manosee. No sé


a dónde vamos, y no me importa. Todo lo que importa es que mi vida y mi
cuerpo están en sus manos, y que la única manera de escapar de todo esto
es retrayéndome a mí misma.
Ya puedo sentir mi corazón cayendo más y más en su trampa. Añoro
caricias amorosas, anhelo tener su atención porque él es el único que
puede dármela. Me ha domesticado. Va en contra de todo lo que siempre
defendí y, sin embargo, permito que suceda. Mi cuerpo es suyo. Mi alma es
suya. Mi mente y mi corazón… pronto los seguirán. Nadie sobrevive sin
amor, y él es el único que se ofrece voluntariamente a dármelo. Toma y
besa mi miedo para alejarlo, me envuelve en sus brazos y me dice que soy
suya, otorgándome certeza. ¿Cómo podría no decir que sí?

Me estremezco cuando sus dedos dejan mi regazo y mi piel se queda fría


y deseosa de su tacto. El coche desacelera y X se detiene en un
estacionamiento desierto, cerca de una cadena de noticias. Apaga el coche
y espera. Echando un vistazo hacia él, me doy cuenta de que está jugando
con su corbata mientras hace rechinar los dientes. Está esperando que
algo suceda.

Las puertas del edificio se abren y sale una mujer en tacones altos y
unos pantaloncillos demasiado cortos. Su larga cola de caballo se balancea
de un lado a otro mientras camina por las escaleras y mira alrededor del
estacionamiento. Las cejas de X se fruncen mientras se aclara la garganta
y abre las cerraduras de la puerta. Mi ritmo cardíaco se dispara mientras
la libertad inminente espera. Está desbloqueada. Podría abrir la puerta,
saltar y correr por mi vida. Podría hacerlo ahora mismo, cuando todavía
está distraído por la mujer que camina hacia un callejón al lado del
edificio.

Mis piernas tiemblan y mis pies se sienten entumecidos. De alguna


manera sé que no voy a ser capaz de huir. No importa cuántas veces lo
intente, X siempre me atrapa. O me mataría antes de que me las arreglara
para escapar. E incluso si por alguna razón milagrosa me escapara, la
organización que está detrás de mi cabeza no me dejaría vivir en paz.
Estoy condenada a pasar el resto de mi vida con X. Mi cerebro
simplemente me sigue jugando estos trucos maliciosos que me ponen al
borde de los nervios, que me hacen odiar el hecho de que no puedo hacer
nada al respecto. Siguen recordándome que he sido despojada de mi
libertad, y no quiero que me lo recuerden en absoluto. Solo quiero vivir el
momento y aceptarlo como viene. Eso es todo lo que voy a hacer. Sí. No
más pensar. No más creer. No más dolor. Simplemente existir.

Por un breve momento los ojos de X se lanzan en mi dirección, haciendo


hincapié en el hecho de que estoy con él ahora. Abre la puerta y sale,
camina alrededor del coche para abrir la mía. Tendiendo su mano, me
mira con una sonrisa satisfecha en su rostro. Es casi como si pudiera ver
lo que pasa por mi mente.

Tomo su mano suave y sedosa. Los guantes que usa se sienten


extrañamente cómodos cuando salgo del coche y enderezo mi vestido negro
ajustado. A veces todavía me sorprendo cuando miro hacia abajo y me veo
a mí misma en este vestido. Luzco infernalmente con clase, aunque no soy
dama alguna. X compra toda mi ropa y decide lo que me pongo y cuándo.
Me sorprende que me quiera ver con esto. En el dormitorio soy su puta en
un vestido bastante cutre, pero cuando me saca me veo como una especie
de chica glamurosa.

X incluso me dice qué maquillaje ponerme y cómo desea que luzca.


Hago todo lo posible para hacerlo feliz porque significa menos problemas
para mí. Excepto que, cuando me miro en el espejo no puedo evitar buscar
las marcas que dejó en mí. Verlas me recuerda mi fortaleza y voluntad por
sobrevivir. Sentirlas me recuerda que el maquillaje no ocultará la suciedad
de abajo.

A medida que envuelve un brazo alrededor de mi cintura y me insta a


caminar con él a través del estacionamiento, me arrastro de vuelta en el
papel que ha elegido para mí. Bajo la mirada mientras me guía, su cálida
mano provocando emociones extrañas. No voy a permitirme sentirlas, así
que observo su arma en su lugar, el metal que decide el curso de mi vida.

—Eres mi putita preciosa, ¿lo sabías? —murmura X mientras


caminamos hacia el callejón.

—Sí, señor, sé que lo soy.

Su mano se desplaza hasta mi culo y lo aprieta suavemente.

—Bien. Recuérdalo. Voy a hacer algo esta noche que no vas a entender,
pero quiero que observes, y quiero que recuerdes todo lo que ves.

Mis pulmones se sienten oprimidos. Este vestido es de repente


demasiado apretado para poder respirar.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto.

—Algo necesario.

Levanto la mirada para ver que el monstruo está regresando. En su ojo


reside una punzada de angustia, esa mirada exacta que desprecio. La
mirada que he llegado a adorar. Dos emociones contrapuestas, dos seres
en uno, en conflicto. Es la misma mirada que utiliza cuando me inclina y
me da nalgadas hasta que su mano queda marcada en mi piel. Es la
misma mirada que me dice que me posee. Es una mirada que me aterra y
me disgusta. La mirada no es por mí.

Es por ella.

Mi respiración se vuelve rápida a medida que nos acercamos a la mujer


en el callejón. Ella tiembla de frío y me mira de arriba abajo.

—¿Quién es? —pregunta ella, señalándome.

—No es asunto tuyo. ¿Hiciste lo que te dije que hicieras? —dice X, su


voz áspera y exigente.
—Oh, lo follé muy bien. Y fui directamente a nuestro contacto para darle
las noticias.

—Bien. —X se vuelve hacia mí y me encojo bajo su mirada asesina—.


Párate allí. No hagas nada a menos que te lo diga —me ordena.

Luego se vuelve de nuevo hacia la mujer… y le da un puñetazo en la


cara.

Mi mandíbula cae en estado de shock y me cubro la boca con la mano


para evitar un grito que quiere salir. La mujer se estremece y trata de darle
un puñetazo, pero él agarra sus muñecas y las clava contra la pared.

—¿Qué demonios fue eso? —grita ella.

—Te dije que se viera brusco. No te veías lo suficientemente maltratada.

—Vete a la mierda. Fui a los periódicos y les dije que fui abusada. Dijiste
que eso era suficiente.

—No lo suficientemente bueno. Tu historia podría ser convincente, pero


tu apariencia no lo es. Unos pocos moretones podrán servir.

—¿X? ¿Qué estás haciendo? —le grito.

Se aleja de la mujer y toma una respiración profunda. Luego saca su


arma y le apunta a la cara. Ella grita y trata de luchar contra él, pero
antes de que tenga la oportunidad de escapar, una bala ya ha penetrado
en su cráneo. Cae al suelo, muerta.

Impactada, miro la escena frente a mí. Una lágrima resbala por mi cara.
Acaba de matar a una mujer al azar justo en frente de mí. Su vida terminó
así como así. Como si fuera su objetivo todo el tiempo. Como si pudiera
jugar con cualquier persona que quiera.

—Yo-yo… —tartamudeo. No sé qué decir. No puedo creer lo que vi.


X se vuelve hacia mí de nuevo. Me entra el pánico, retrocedo en el
callejón, lejos de él, pero me sigue acechando. En la oscuridad su cicatriz
se vuelve aún más clara a la luz de la luna brillando sobre nosotros.
Realmente es un monstruo.

—¿Por qué? —murmuro—. ¿Por qué sigues matándolos?

—Ella tenía que morir.

—Pero hizo algo por ti. Le prometiste algo, ¿no? Ella nunca lo habría
hecho si este fuera el resultado.

—Lo hice, excepto que no tengo la intención de pagar a prostitutas


cuando no hacen su trabajo. Su trabajo consistía en hacer que pareciera
que fue violada. Ella no lo hizo, así que yo me encargué de esa parte.

—¿Y tú la mataste por eso?

—Ella tenía que morir. —Su voz es inquietantemente oscura mientras se


me acerca. Cuando mi espalda choca contra una pared, me entra el
pánico. Estoy atrapada.

Grito mientras se acerca y agarra mi brazo, colocando su mano sobre mi


boca. Peleo con todo lo que tengo, pero no sirve de nada, es mucho más
fuerte que yo. Las lágrimas corren libremente por mis mejillas mientras me
doy cuenta de que solo me trajo aquí para presenciar su muerte. Para ver
el poder que tiene sobre las personas y para amenazarme con ello.

—Cálmate —ordena.

Mientras me sostiene en sus brazos, me giro y doy la vuelta hasta que


mi espalda está contra él y estoy mirando a la pared. Tira mis brazos
detrás de mi espalda y aprieta sus manos en mis muñecas, inclinándose
para susurrar en mi oído.
—Tenía que suceder. Estoy tratando de protegerte. —Me sostiene tan
apretadamente que apenas puedo respirar. Por eso o por la adrenalina que
corre por mis venas—. Te quiero, solo a ti, y haré lo que sea para
protegerte de ellos, las personas que quieren tu cabeza. Ahora... ¿vas a
estar tranquila o tengo que hacerte callar yo mismo?

Trago y asiento, obligándome a sacar las imágenes de la mujer siendo


asesinada en mi mente.

Cuando X quita su mano de mi boca, murmuro:

—Tú la mataste… los matas a todos.

—Ella era un cabo suelto.

—A la mierda con los cabos sueltos; ¡podrías haber cumplido tu


promesa! ¡No lo hiciste! —Me tiro hacia atrás, tratando de liberarme de su
agarre, pero él no va a dejar que me vaya.

—Escúchame, pajarita. Le dije que follara al que está detrás de ti, para
poder incriminarlo. Voy a hacerle la vida imposible, de modo que cuando
haya terminado con él me ruegue por poner fin a su vida rápidamente. No
voy a dejar que nadie se interponga en mi camino de tenerte toda para mí
o mi venganza. —Me empuja contra la pared, manteniéndome allí con una
sola mano—. No soy un buen tipo. Creo que te dije eso muchas veces
antes. Uso a la gente a mi favor hasta que ya no son útiles para mí, y luego
me deshago de ellos. Ella ya no era útil. —Su mano libre se desplaza a la
parte delantera de mi cuerpo, deslizándose debajo de mi vestido.

—Útiles… como marionetas bajo tu mando —murmuro mientras en los


pantalones de X comienza a formarse una tienda de campaña y su
erección pincha mi espalda.

—Exactamente. Haz lo que yo digo y vives. Sé útil y vives.


—¿Sigo siendo útil? —pregunto en una neblina.

Los dedos de X deslizan hacia arriba mi vestido, dejando al descubierto


mi culo desnudo a su gruesa protuberancia.

—Siempre y cuando me des lo que quiero… —murmura, mordisqueando


mi oído—. Eres mía, pajarita, para usar como me parezca, y quiero que me
lo des todo. Voy a mantener tu vida segura, siempre y cuando estés
dispuesta a hacer lo que sea necesario para complacerme. —Cuando la
mano llega a mi muslo, junto mis piernas, pero no sirve de nada para
mantenerlo fuera. Ya estoy derritiéndome por su toque. Se apodera de mi
coño desnudo, recordándome por qué exactamente me dijo que no usara
ropa interior. Extiende mis piernas con fuerza, deslizando el dedo por mis
pliegues.

—¿Es mío este coño? —pregunta, lamiendo mi cuello.

Asiento.

—Sí, señor.

Los dedos de X se sumergen dentro de mi coño, haciéndome jadear. Me


masajea, poniéndome húmeda hasta la médula. Puedo decir que sabe que
tiene este efecto sobre mí. Se ríe y sonríe contra mi piel.

—Ya mojada y abierta para recibir mi polla. Tan dispuesta…

Sus dedos son diestros y hábiles mientras frota mi nudo, sus otros
dedos juegan cerca de mi entrada. Me estremezco en sus brazos cuando
me frota rápidamente. Su agarre en mis muñecas es duro y doloroso, y ya
puedo sentirlo dejando una marca roja. El dolor se suma al placer
mientras continúa jugando conmigo. Tiene razón. Soy una puta. Me digo a
mí misma que no necesito esto, pero lo hago. Lo necesito para poder vivir.
Lo necesito para sentirme viva. Él me hace sentir todo.
—¿Ves que pequeña puta eres? —dice—. No lo niegues. Quiérelo. Te voy
a mostrar lo que significa pertenecer. Ahora vente.

El orgasmo viene de la nada, en respuesta a su tacto y voz. Fluye a


través de mí, poniendo mi cuerpo en llamas. Su orden fue suficiente para
doblarme. Sigue jugando con mi nudo, chasqueando, incluso mientras me
corro. Mi cuerpo vibra con su toque. No puedo tener suficiente. Todavía
quiero más, todavía anhelo su atención. Él sigue ofreciéndomela. Con la
mano en mi coño y sus dedos rozándome ásperamente, siento un placer
alucinante.

Estoy a punto de correrme de nuevo cuando rompe el contacto y me


deja colgada, jadeando. Echo un vistazo por encima de mi hombro. El
sonido que la corbata hace a medida que se desliza fuera de su cuello
envía escalofríos por mi espina dorsal.

Se lame los labios.

—Brazos detrás de la espalda, pajarita. No me desobedezcas.

Mantengo mis brazos entrelazados mientras envuelve la corbata


alrededor de mis muñecas y la ata.

—Las chicas buenas no pelean. Las chicas malas son atadas —dice,
besando mi omóplato. Su beso se convierte en un mordisco, y grito de
dolor. Pone un dedo en mi boca y dice—: Chupa, puta. Muéstrame cuánto
estás dispuesta a dármelo todo. —Duele cuando toma mi boca por encima
de mi hombro. Mi mente está jugando conmigo, diciéndome que muerda
su dedo, pero sé que puedo morir si lo hago. La voluntad de vivir es más
fuerte que la voluntad de luchar.

Puedo saborearme a mí misma cuando arremolino su dedo en mi boca.


Gime mientras sus manos bajan a mi culo y tiran de lo que queda de mi
vestido. Estoy completamente expuesta ahora, y cuando oigo su cremallera
ser bajada, sé lo que va a pasar.

—¿Esta pequeña puta quiere una polla? Ella conseguirá una polla —
dice. La punta de su eje empuja contra mi entrada mientras va de un lado
al otro por encima de mi coño y culo. Me quejo por su burla, sintiéndome
atormentada sexualmente, así como mentalmente. Agarrando la corbata,
entra y me llena completamente. El aire escapa de mi boca mientras lo
siento empujar dentro y fuera de mí, embistiéndome contra la pared.

—¿Te gusta esta polla? —gruñe, su aliento volviéndose más rápido y


fuerte como un toro desahogándose.

Asentir no es suficiente. Él agarra mi pelo y empuja mi cabeza


firmemente contra la pared.

—¡Dilo! —gruñe.

—Me gusta tu polla, señor.

—No. Es. Suficiente —dice, sosteniendo más fuerte mi pelo mientras me


folla duro.

—Quiero tu polla, señor. Me encanta —digo, abriendo mis piernas para


concederle más espacio, así estará mejor.

—Sí, sé que te encanta, puta sucia. —Él saca su polla. Perturbada, oigo
el sonido de su cinturón moviéndose por los ojales de un tirón. Oh, no—.
Oh, sí —susurra medio riendo.

¿He dicho eso en voz alta?

Antes de que tenga la oportunidad de responder, envuelve el cinturón


alrededor de mi cuello y lo ajusta. Con sus dedos me empuja hacia abajo
hasta que apenas puedo estar de pie.
—Mantén esa posición.

Girando el cinturón hasta que el extremo suelto está en sus manos, tira
con fuerza, y luego se empuja en mí otra vez. Puedo sentir cada pequeña
protuberancia de los piercings en su polla mientras me la mete. Apenas
puedo respirar mientras me folla por detrás, con el cinturón como una
especie de correa. Me siento como un animal, y sin embargo, me está
volviendo jodidamente loca. Locamente dichosa. Apaga cada asomo de
vergüenza, emoción, remordimiento, dolor en mi cuerpo solo
permitiéndome experimentar lo que está sucediéndome ahora mismo. Él,
reclamando mi cuerpo, una y otra vez.

Su pene es rígido y se empuja dentro de mí mientras tira con fuerza del


cinturón. Es lo único que evita que caiga hacia adelante, y confío en que
no me deje caer. Me quiere en esta posición para ser la puta que quiere
que sea. Y poco a poco me estoy convirtiendo en eso.

Mi coño está palpitando alrededor de su eje, ansiando más de sus golpes


hasta que estoy al borde del éxtasis. Quiero tanto venirme, pero sé que si
lo hago, podría ser castigada. Pero no puedo negar que su polla me pone
loca de lujuria, que estoy perdiendo el control sobre mi orgasmo. No tengo
nada que decir sobre venirme o no, solo lo hago.

—Quieres venirte otra vez, ¿eh? —Su voz está cargada de ronquedad y
oscuridad—. ¿Quiere esta pequeña zorra ordeñarme?

—Sí, señor, por favor… ¿puedo correrme? —le digo. Él tira con tanta
fuerza del cinturón hasta que casi me ahogo.

—No.

Gruño y gimo de frustración mientras empuja en mí una vez más. Es


difícil no perder la cabeza cuando su pene comienza a pulsar dentro de mí.
Puedo sentir todo: su cálido aliento persistente en mi piel cuando deja
pequeñas marcas de mordeduras en todo mi hombro, la forma en que me
embiste, cómo gime y respira como un loco superado por la pura lujuria.

—¿Quieres mi semen, sucia puta?

—Sí, por favor —le digo, tomando una respiración profunda para
conservar la calma.

Tira del cinturón y golpea mi culo con una mano, haciéndome gritar.

—Más fuerte.

—Quiero tu leche, señor.

—Ruega por ella.

—Por favor, dame tu leche.

Mientras gimo y gimo por sus embestidas, explota dentro de mí. Sus
disparos salen con gruñidos fuertes cuando me llena con su calor.

—Ahora córrete —dice.

La orden me lleva al límite. La explosión pasa a través de mi cuerpo, el


cual late con necesidad mientras me vengo con él. Mi coño se siente
caliente y saciado. Cuando ha terminado, le da una bofetada a mi culo de
nuevo, dejando un chisporroteo doloroso.

De repente, saca su polla de mi coño y me hace girar.

—Abajo. De rodillas.

Un empuje es todo lo que necesita para ponerme de rodillas. Estoy débil.


Dispuesta. Tan diferente a mí.

Con el cinturón aún en sus manos, comienza a frotarse a sí mismo. Se


masturba delante de mí, mirando hacia abajo con sus dientes apretándose
como si no hubiera decidido si quiere follarme de nuevo o follarme aún
más.

Él mueve la mano sobre su cabeza y pasa la mano a lo largo del eje,


luego me da un golpecito con él.

—Chúpala toda —dice, tirando del cinturón para acercar más mi


cabeza—. Chupa hasta que esté limpia.

Me inclino hacia delante, pero me empuja con fuerza contra su polla.


Incluso estando medio-dura, todavía me hace ahogar con ella. Lamo,
chupo y ruego con mis ojos hasta que está saciado. Apretando los labios,
gime mientras quita su polla de mi boca y la inspecciona.

—Buena chica. La has limpiado toda. —X agarra mi barbilla y me


empuja a ponerme de pie. Mi aliento sale entrecortado mientras quita el
cinturón. De repente se inclina para plantar un beso en mis labios. Me
toma por sorpresa la manera en la que reclama mi boca, su lengua
sondeando los bordes. Está ansioso y puedo sentir su deseo de tenerme en
todas las formas posibles solo con este beso. Es casi como si… no, él no es
así. Nunca podría querer mi corazón.

Con sus labios masajeando los míos, desata mis muñecas. Estira su
mano a mi coño y se sumerge en él para mi sorpresa. Grito en su boca
mientras dice:

—Quiero que gotees en el camino de vuelta al auto. Deja que mi semen


baje por tus piernas y muéstrale al mundo que me perteneces.
“Olvida el pasado. Solo el futuro
puede ser alterado.”
—Notas de X

Capitulo 21
Jay

Sábado, 14 de septiembre de 2013. 10:32 am.

Perder el alma tiene un precio. Un alto precio. La cordura.

Dos palas, un agujero. Un cuerpo en la parte inferior.

Las nubes se han reunido, gotas de agua caen de ellas. Estamos


empapados y fríos, pero seguimos adelante. Paleando la tierra, trato de no
mirarla a los ojos mientras la lanzo sobre ella. X está a la izquierda
mientras que yo estoy a la derecha, trabajando hasta el cansancio para
enterrar este cuerpo. Mis talones se hunden en la tierra y mi vestido está
manchado. Me siento como una criminal. No, sé que lo soy. Esto está tan
jodidamente mal que no puedo ni siquiera empezar a describirlo, pero ¿qué
otra cosa se supone que debo hacer? X me entregó la pala y me dijo que lo
ayudara. Ya no puedo decir que no. Perdí esa palabra hace mucho tiempo,
cuando traté de luchar contra él. No sirve de nada. Él me quiere, y X
siempre consigue lo que quiere. No importa lo que haga, él ganará. Él me
da vueltas alrededor de su dedo ahora, teniéndome como una muñeca que
habla, charla y camina como él manda. La peor parte es que ya no me
importa. He dejado de preocuparme. No va a ser mejor si me importa. No
hay nadie que me necesite o me busque, o se pregunte dónde he ido. Solo
él. Él es el único que realmente me necesita… que se preocupa por mí en
su propia manera perversa.

A veces pienso que estoy empezando a necesitarlo tanto como él me


necesita.

Pero es extraño. Estar cerca de él me ha hecho darme cuenta de que el


mundo es mucho más complicado de lo que pensaba. Que soy más
complicada de lo que pensaba. Estoy haciendo cosas que nunca imaginé
que haría. Estoy ayudándolo a ocultar un cadáver, por el amor de Dios. No
se puede estar más jodido que eso.

Me pregunto por qué pasa por todo este problema solo para atrapar al
que está detrás de todo. Si todo esto es realmente sobre mí teniendo un
objetivo en mi cabeza. Él quiere que ellos sientan la miseria y el
dolor. Humillarlo es su objetivo, sobre todo ahora con la prostituta. Pero
tiene que haber algo más. No haría eso solamente por mí.

—¿Por qué haces esto? —pregunto en medio palear.

Con el ceño fruncido, mira brevemente hacia arriba desde debajo de sus
cejas, una mirada oscura en su ojo. Luego suspira en voz alta y continúa.

—¿La vida de quién quieres arruinar? —le pregunto de nuevo.

Él pone la pala en el suelo y se limpia las manos.

—Alguien que destruyó no solo tu vida, sino también la mía. —Coge la


pala de nuevo y acomoda la tierra en la parte superior de la tumba—. Y
ahora voy a hacer lo mismo con ellos.

¿Alguien destruyó su vida? ¿Está hablando de después de que él me


encontró? ¿O se refiere a antes de eso?
Una mirada a él es todo lo que necesito para saber de qué se trata. Él
está ocultando su rostro de mí otra vez.

—¿Es esto sobre tu cicatriz? —pregunto con una voz suave, tratando de
no enfurecerlo.

Él lanza la pala lejos y se queda allí, jadeando.

—Eso también.

Lamo mis labios, dándole vueltas a las palabras que voy a decir a
continuación.

—¿Qué te hicieron?

Su ojo se desvía hacia el suelo mientras sella la tumba con sus pies.

—No quieres saber.

—Sí quiero —le digo, pisoteando mi parte de tierra.

Me mira, un breve momento de silencio sucede entre nosotros.

—¿Tú? ¿Quieres saber de mí? —se burla.

—¿Es eso tan extraño, que quiera saber quién es mi captor en


realidad? ¿Lo que ha pasado? Lo menos que me dará es el conocimiento de
que yo no soy la única dañada aquí.

—Sí, yo creo que deseas utilizar eso en mi contra. Porque el


conocimiento es poder.

Intento tragar los nervios construyéndose en mi garganta y


estómago. Dios, ¿por qué está siempre un paso por delante de mí? Aprieto
los labios.

—Bien. Si no me quieres decir, entonces no lo hagas. —Golpeo la tumba


con mi pala mientras X lanza hojas.
Se queda en silencio por un tiempo hasta que abre la boca de nuevo.

—Bien. He decidido que voy a decirte. Después de todo, una mascota


como tú debe sentir la necesidad de complacerme. Tal vez sea más fácil
para ti cuando lo sepas.

—¿Saber qué?

—Que lo he sacrificado todo por ti.

X
Martes, 09 de diciembre de 2008.

Las gotas de sudor ruedan por mi cara mientras enfrento lo que nadie
debería tener que enfrentar.

—Sabes por qué tenemos que hacer esto —dice mi madre.

Giro y me muevo en la silla de madera, tratando de liberarme. Las


cuerdas están cortando mi carne, pero no me importa. Solo la visión de
esa cosa me dan ganas de levantarme y correr, no importa que esté atado.

—Por favor, mamá, ¿no hay otra manera? —pregunto. Yo nunca uso la
palabra por favor. Ahora con mucho gusto la uso.

—No —gruñe mi padre—. Te dijimos lo que sucedería si desafiabas


nuestras órdenes.

La oscuridad me rodea, clavada en mi corazón. La habitación está


iluminada solo por el crepitar del fuego justo en frente de mí. Mis ojos se
mueven de nuevo a mi madre y lo que está haciendo. Un escalofrío recorre
mi espalda cuando la veo jugar con el fuego como si todo fuera diversión y
juegos para ella. La diversión terminó hace mucho tiempo.

Trago.

—No me lo merezco. No por lo que hice.

—¡Eso es exactamente por qué te lo mereces! —grita mi padre—. ¿No lo


ves? —Él agarra mi barbilla y me obliga a mirarlo. La vergüenza y la
humillación que siento se reflejan en sus ojos. Comprendo que esto
realmente va a suceder.

El impulso de huir se hace cargo.

Me levanto, con silla y todo, y trato de correr pasándolo, pero mi padre


me captura y me sienta de nuevo.

—¡No! ¡No pueden hacer esto! —grito.

Él me sostiene, agarrando mis brazos y manteniendo mis pies juntos


con sus zapatos. La mirada severa en su rostro es diferente a cualquier
otra que haya visto en mi vida.

—Conocías los riesgos. Te dije lo que pasaría si seguías.

—¡No fui yo! —le grito—. Yo no fui el que lo empezó todo.

Mi padre se pone de rodillas frente a mí, con los ojos entrecerrados. Veo
a mi madre empujar el fuego, la vista poniéndome mal del estómago.

—No podías dejar de usar esos ojos tuyos por todas las razones
equivocadas.

—¿A quién le importa? ¡Eres un monstruo! ¡Todos ustedes son


monstruos! —grito—. ¿Cómo pueden hacer esto? ¿Están locos?
Hago la pregunta, pero ya sé la respuesta. La sabía desde que nací en
este mundo jodido. Mi familia nunca fue y nunca será normal. Alimañas.
Escoria de la tierra. Protectores oscuros de lo vil y asesinos de los
inocentes. Estamos en todas partes y en ninguna. No somos nadie.
Nuestras vidas no importan.

Mi vida no importa. Ni siquiera para ellos.

—Detente. Esto pasará. Fin de la historia. Tenías varias opciones y las


desperdiciaste —dice mi padre.

—¿Opciones? ¡Mi culo! ¡No hay opción entre morir y esto! —Rechino los
dientes.

Mi padre sonríe. Es repugnante.

—Siempre hay una opción.

Se levanta de nuevo y da unos pasos hacia atrás. Mi madre vuelve la


cabeza y eleva el hierro ardiente. La luz roja desata un completo ataque de
pánico.

Me remuevo y lucho por liberarme, pero no sirve de nada. Chasqueando


los dedos, mi padre llama a algunos hombres para dejarme en el suelo.

Mi padre me da la espalda, aclarándose la garganta.

—Nos arruinaste. Por ti hemos perdido al mismo cliente una vez


más. No puedes deshacerlo. Este es tu castigo. Acéptalo con dignidad y
gracia.

Mi madre inspecciona el hierro ardiente y luego me sonríe. Me


horroriza. Cuando ella comienza a caminar hacia mí, me empujo hacia
atrás lo más que puedo. No sirve de nada. En cuestión de segundos está
frente a mí.
—Te amo, mi querido muchacho, pero tengo que hacer esto. Ya conoces
las reglas.

—¡A la mierda las reglas! —grito, luchando contra los que me están
deteniendo.

—Incluso en nuestra profesión hay reglas. Deberías haberte dado


cuenta de eso antes de intentar romperlas. —Ella levanta su mano, y me
inclino hacia atrás, pero no es suficiente. Todavía puede tocarme. Su mano
acuna mi cara suavemente y acaricia mi mejilla, como si fuera de repente
la madre amorosa que nunca pudo ser para mí.

Yo rechino los dientes, tratando de morderla. Ella se retira y se ríe.

—Era esto o matarte. Sabes por qué no podemos dejar pasar esto. —Ella
levanta el hierro ardiente—. Ojo por ojo.

Y con esas últimas palabras atiza mi ojo derecho. Mis pulmones no


pueden manejar los gritos que vienen de mi cuerpo, el aire que expande mi
pecho tan rápido que se siente como si estuviera reventándome en
partes. Mi piel está en llamas. Ser apuñalado no se compara con
esto. Puedo sentir mi sangre caliente fluyendo por mi cara. Cerrar mis ojos
no sirve de nada. El rojo se convierte en negro y pronto todo se ha ido. Mis
gritos son ignorados mientras ella sigue tallándome. Duele tanto que me
dan ganas de llorar con el ojo que ya no tengo.

Me desvanezco dentro y fuera de la conciencia, y en ese momento de


repente soy consciente del silencio que me rodea, llenando mi cabeza. Me
preparo para la carga que tengo que llevar, el odio que ha sido quemado en
mi piel. Voy a hacerles pagar.

Cuando ella ha terminado con su salvaje ataque, da un paso atrás y


echa un vistazo. Admira su trabajo. Miro hacia ella con mi ojo funcional,
una pequeña hendidura que apenas puedo mantener abierta, pero me
niego a renunciar. Rechazo la debilidad. Voy a sobrevivir a esto, incluso si
me cuesta todo.

Frunciendo el ceño y apretando los dientes, miro hacia ella, en plena


ebullición. El dolor corre por mis venas, pero lo ignoro por completo. La
furia se ha apoderado de mi alma.

—¿Qué has hecho? —siseo.

—Lo que tú nos hiciste a nosotros. Nos has marcado de por vida. Te
devolví el favor.

Mi padre les hace señas a los hombres. Ni siquiera me mira.

—Llévenselo.

—¡Voy a matarlos por esto! —grito. Tiro, pero mi fuerza está


disminuyendo. No puedo luchar contra las cuerdas. La sangre y el dolor
han hecho mella en mí.

—Nunca nos verás de nuevo, nunca sabrás de nosotros otra vez, nunca
serás bienvenido aquí de nuevo —dice mi padre.

—Adiós —dice mi madre mientras limpia el hierro en un paño blanco.

Mantengo mi ojo únicamente en ellos mientras soy arrastrado fuera de


la mansión. Cuando las puertas se cierran pierdo mi voluntad de
luchar. El dolor ha hecho mella en mí. Por un momento todo se desvanece
y se convierte en negro. Mientras me deslizo dentro y fuera de la
conciencia siento que han pasado minutos. Sigo siendo transportado,
aunque no tengo ni idea de a dónde. Me llevan a un bosque, lejos, muy
lejos de cualquier lugar, donde me arrojan en la nieve, con silla y todo.

Sus pasos son lo último que oigo antes de que haya solo la nada. Copos
de nieve caen sobre mi rostro, y doy la bienvenida a la frescura que
aportan a mi piel seca. Este lugar, en toda su serenidad, es un lugar de
descanso perfecto para una persona jodida como yo.

Sin embargo, no voy a renunciar a este frío, a este dolor, a la muerte


inminente. Sobreviviré. Voy a conquistarla y matarlos. La promesa que me
hago a mí mismo alimenta la chispa de vida restante dentro de mí. Un día
vendré a tomar sus vidas. Seré el diablo que los guíe al infierno.

Jay

Sábado, 14 de septiembre de 2013. 10:40 am.

Congelada, estoy allí, tiritando bajo la lluvia. La piel de gallina se


dispersa por mi cuerpo mientras mis labios y boca se congelan. La pala
cae de mi mano; el sonido de metal cayendo al suelo es fuerte en el silencio
de la noche. Estoy sin palabras.

La lluvia gotea por su cara, corriendo a través de los surcos en su piel,


las líneas de sus cicatrices aún más visibles que antes. La luz de la luna
echa una oscuridad misteriosa en un lado de su cara, así como ilumina el
otro.

Dos emociones conflictivas tejen su camino en mi corazón: asco y


lástima. Los dedos de X forman puños mientras mantiene la boca
cerrada. Los dos estamos sin palabras. El silencio me está matando. No
puedo creer lo que acabo de oír. Ni siquiera sé qué decir.

—¿Tus padres? —murmuro.


Él asiente y frunce el ceño, haciendo crujir los nudillos.

—Mierda santa…

—Puedes decir eso de nuevo —se burla.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué hiciste?

Él frunce los labios y luego marcha hacia mí. Presa del pánico, retrocedo
hacia un árbol, pero no puedo moverme más allá de él. Está justo en frente
de mí, en plena ebullición, sus fosas nasales dilatadas. Su mirada se
siente como si penetrara en mi cráneo.

—Tú.

Tomo un corto aliento.

—¿Qué quieres decir?

Apretando sus labios, él mira hacia el suelo y suspira, cerrando los ojos.

—No lo recuerdas. —Cuando él me mira, estoy perturbada hasta mi


núcleo. La forma en que me mira, como si yo fuera su debilidad, es
inquietante. No porque me dé miedo, sino porque nunca he visto algo así
antes.

O tal vez sí lo he hecho.

Sin pensarlo, mi mano se levanta para encontrarse con su cara. Él


tentativamente mueve su cabeza, pero no lo suficiente para evitar que mi
mano lo toque. Mientras paso mi mano por su cara, él se estremece; su
pecho se detiene de repente por la agitación de la ira. Siento sus cicatrices,
las crestas y abolladuras en su ojo. Mis dedos se mueven para tocar cada
grieta, cada recuerdo doloroso, todo el dolor y la agonía grabados a fuego
en su piel. Esto es lo que hicieron con él. Le hicieron el monstruo que es
hoy.
Sus manos se extienden hacia arriba y agarran mi cabeza. Se inclina,
colocando su frente contra la mía mientras me mira fijamente a los ojos.

—Recuerda —dice, su voz llena de emociones persistentes—. Recuerda,


pajarita, ¡recuerda!

Su voz. Este toque. Lo rasga todo, dejando las piezas del rompecabezas
en el tablero de juego. Y ahora las ensamblo una por una. Los recuerdos
del pasado y del presente se mezclan juntos hasta que ya no puedo formar
un pensamiento coherente. Fotos e imágenes de un pasado giran a través
de mi cabeza. Un pasado con él.

Yo lo conozco. Siempre lo hice.


“El corazón que ama de verdad
nunca olvida.”
—Thomas Moore

Capitulo 22
Jay

3 de noviembre de 2006.

Estoy en la parte posterior de la oficina, fingiendo no estar aquí así no


llamaré su atención. Mi padre me ordenó estar en esta sala porque quiere
que conozca a las nuevas personas que nos mantendrán a salvo. No es
necesariamente porque piense que mi vida está en peligro; más porque
quiere mantener un ojo en mí. No me podría importar menos. Si no fuera
por el hecho de que él me retiró mi mesada yo ni siquiera estaría aquí en
primer lugar. Estaría fuera de fiesta con mis amigos, bebiendo alcohol
hasta que nos pusiéramos borrachos. Es seguro decir que no me gusta
usar vestidos y pretender ser una buena chica. Sobre todo cuando mi
padre está ordenándome. Tengo dieciséis años; puedo decidir por mí
misma quién quiero ser y cómo quiero ser.

—Jay. —La forma en que él dice mi nombre lo hace sonar como un


insulto. Yo sé que él me odia. No solo mi nombre, sino también a mí. Hay
una razón por la que me pusieron el nombre Jay2; mi padre hubiera

2Jay: puede traducirse como urraca, un ave de la familia de los cuervos con plumaje
audazmente modelado que típicamente tiene plumas azules en las alas o la cola. También
puede referirse a una persona que parlotea con impertinencia.
preferido un niño. Los niños son mucho mejor para la política. Las
mujeres solo son buenas para mantener a los hombres acompañados. No
estoy exagerando; él es realmente una cáscara de nuez.

—Mete ese mechón detrás de tu oreja. Y baja tu vestido, te ves como un


desastre —dice con voz ronca.

—Sí, padre —suspiro.

—Y haz algo con esa actitud. No puedes tenerla.

—Son solo guardias.

—No son solo guardias. —Tose y se aclara la garganta—. Estas personas


han trabajado para mí antes y exijo su máximo respeto. Necesitas verte y
actuar lo mejor posible. No voy a hacer que te vean y pierdan el respeto por
mí. Vas a comportarte como una dama.

—Quieres decir como un robot.

Él me lanza una mirada brevemente y luego continúa dando vueltas por


la habitación.

—Debes escuchar con atención y presentarte correctamente. —Él


camina hacia su escritorio y se sienta en su sillón de cuero negro—. Y si
no lo haces, juro por Dios que te quitaré todo por un mes, y por todo me
refiero a todo.

Trago, dejando que la amenaza caiga. No quiero perder mi internet, mi


acceso al mundo exterior, mis amigos, todas mis conexiones y
diversiones. Todo significa estar encerrada en una torre fría aquí... bueno,
no literalmente, pero aun así es aburrido como el infierno y no es divertido
en absoluto. Por supuesto, esto viene de experiencias pasadas. Nunca he
estado en buenos términos con mi padre. De alguna manera siempre hago
lo que no quiere. Tal vez es porque nunca me dio una buena razón para
hacer lo que quiere. No hay nada en él para mí. Ni siquiera una pizca de
amor.

Hay un golpe en la puerta, y nuestro mayordomo entra en la habitación.

—Señor, su coche acaba de llegar. ¿Los acompaño dentro?

—Sí, sí, y tráelos a mi oficina de inmediato.

—Bien, señor.

El mayordomo sale de nuevo, mientras mi padre pasa su tiempo


revisando su traje y peinando lo que queda de su cabello. Parece
cansado. Sus pómulos parecen aún más huecos que antes de que me
atrapara besando a un chico en una fiesta. Es como si cada vez que me
pillara haciendo algo que no debo, envejeciera unos pocos años.

Mis juegos, las burlas y la diversión temeraria le traen vergüenza. Su


vergüenza me da ganas de correr, bromear con la gente y divertirme con
espíritu libre. Es un círculo interminable de decepción. Mi padre siempre
ha tratado de moldearme en una de sus formas perfectas, y nunca fui lo
que él quería que fuera. Yo no soy una líder, no soy tranquila y
asertiva. No soy amable y dulce. Soy todo lo que nunca quiso, y debido a
eso me rebelo.

Suspiro ante el revoltijo de pensamientos, pero los huéspedes de mi


padre entran en la habitación y me endurezco. Unos pocos hombres y una
mujer entran a la sala. Están todos en trajes, a excepción de ella. En sus
tacones altos y vestido largo de color rojo parece a una súper estrella en la
alfombra roja. Su cabello está escondido en un moño y tiene un hermoso
lunar en el labio superior. Mira brevemente hacia mí, haciéndome encoger
con solo una mirada. Es como un trueno, tan audaz, tan veloz y mortal.

Los hombres son igual de aterradores. Con sus brillantes zapatos negros
y esmóquines de limpio talle parecen caballeros, pero apestan a maldad.
Poder. Miedo. Es su marca. Una mirada es todo lo que se necesita para
saber que significan problemas.

Mi padre se aleja de su escritorio y les tiende la mano, agitando la suya.

—Nos encontramos de nuevo... —dice mi padre.

—Estamos encantados de contar con usted como nuestro cliente. Ha


hecho una buena decisión en contratarnos de nuevo.

—No hagan que me arrepienta esta vez —dice mi padre, mirándome


cuando lo hace. Me siento descolocada por todo esto.

—Nos aseguraremos de ello.

—Mientras mantengan a ese chico fuera y lejos de nosotros.

—Lo haremos, se lo prometo.

—Genial —dice mi padre.

Hablan un poco más, pero no presto atención porque soy dominada por
el temor. Estas personas ponen mi piel de gallina y los pelos de mi espalda
se paran. Sobre todo por la forma en que parecen moverse por la
habitación, con cautela, con tanto esfuerzo conscientes de todo lo que les
rodea. Son como halcones dando vueltas por encima de la tierra,
enfocando su presa antes de lanzar un ataque feroz y calculado.

¿Son estas las personas que mi padre contrató para protegernos? Él


debe estar loco. No hay manera de que puedan proteger a nadie. Apuesto a
que los matarían primero.

Cuando noto otra persona de pie en el pasillo, escondido en las


sombras, mi respiración se detiene, y creo que mi corazón también lo hace,
aunque sea solo por un segundo. Un chico con el pelo tan negro como la
noche está esperando afuera. Alguien que recuerdo.
Sábado, 14 de septiembre de 2013. 10:40 a.m.

Ese alguien era él.

Los recuerdos empiezan a fluir de nuevo como una ola interminable.

El chico en la fiesta con su pelo negro azabache que vino a trabajar para
mi padre. Los asesinatos hechos por su familia. El chico que no podía
sacar de mi mente.

Él me conocía todo ese tiempo.

Sábado, 06 de diciembre de 2008. 22:13.

No puedo quitar mis labios de los de él. Es tan condenadamente


delicioso. Nunca he besado a alguien así antes. Claro, he tenido un
montón de chicos y tipos, pero no a alguien como él. Él es un
hombre. Alguien que sabe cómo manejar a una chica. Sus besos son
ásperos y sus pequeños mordiscos me hacen gemir. Me encanta la forma
en que me roe, tomando más y más de mí, como si tampoco pudiera tener
suficiente.

Las luces en el pasillo arrojan una luz sombría sobre él. Su piel húmeda
brilla, las gotas de sudor bajan por su hermoso cuerpo. Está afeitado y
cubierto de tatuajes, y me encanta correr mis manos por su pecho. Él se
queja en mi boca mientras le desabrocho la camisa y deslizo mis manos
por su fornido pecho.

—Mierda... —susurra contra mi boca. Con ganas de más, excava mi


boca con su lengua, reclamándome por completo. Me encanta la forma en
que solo toma lo que quiere y lo posee, sin hacer preguntas. Después de
años de burlas y coqueteo de ida y vuelta, por fin lo tengo. Él es todo mío.

—Eres una chica tan jodidamente mala, Jay —gruñe, mordiéndome el


labio.

Voy a gemir cuando arrastra sus labios por mi cuello y chupa mi piel,
dejando una marca roja. El chisporroteo que acompaña al dolor hace que
mi clítoris lata con el deseo. Dios, soy una puta. Me encanta.

Él vuelve a subir y planta sus labios sobre los míos de nuevo,


besándome duro y áspero. Mis labios están rojos e hinchados cuando de
repente se detiene y me mira desde debajo de sus pestañas oscuras.

—Sí... creo que has tenido suficiente —dice, con una sonrisa diabólica
apareciendo en su rostro.

—No, dame más —le digo, acercándolo de nuevo. Él se inclina hacia


atrás, impidiéndome besarlo.

—No.

—Oh, vamos, deja de luchar contra ello.

—Estas aventuras nocturnas deben parar aquí.

—No. ¿Por qué habrían de hacerlo?

Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello, pero él agarra mis muñecas


y las suelta de nuevo. Un fuerte gemido se desliza a través de su lengua
cuando le robo otro beso. Sonrío.
—Porque seremos atrapados. Me has estado seduciendo en tu casa, por
el amor de Dios. No se puede ser más peligroso que eso.

—¿A quién le importa...?

—Me gustaría mantener mis bolas intacta, gracias.

Me río, picoteando en su mandíbula, arrastrando mis labios hacia los


lados.

—Pero te deseo —murmuro cerca de su oído—. Tómame.

Su agarre en mis muñecas se tensa y él me empuja contra la pared.

—Eres una puta. Te dejas follar por cualquier hombre y no te importa.


Entonces, ¿por qué yo?

—No son nada —le digo—. No los quiero. Yo solo quería tu atención.

—¿Y por qué habría de ser diferente conmigo? —Él frunce los labios—.
Eres una seductora, Jay, pero me ves por todas las razones equivocadas.

Empujo mi pecho hacia delante, mostrándole cómo de tensos están ya


mis pezones contra mi ropa, desesperada porque acepte. Necesito amor.
Necesito su amor. Es mi droga.

—Te miro a ti porque eres el único que me puede dar lo que quiero.

Él me mira de reojo.

—Puedes conseguir eso en cualquier lugar. No seré tu juguete y


arriesgarlo todo. —Él sonríe—. Me he ganado un par de besos de ti, pero
eso es lo más lejos que irá.

—Lo que haces... lo quiero. Puedes darme algo que nadie más puede. Lo
necesito. —Lamo mis labios, pensando en todas las cosas sucias que he
visto. Cosas que no debería haber visto, pero que no puedo olvidar. Quién
habría pensado que ir a escondidas me dejaría ser testigo de una escena
tan caliente.

—No lo haces, confía en mí —dice.

—Hazme lo que le haces a ellas —le digo, ladeando la cabeza.

Sus ojos se amplían.

—Sí, he visto lo que le hiciste a esas chicas. No te preocupes, no se los


diré.

—¿Me has estado espiando?

Sonrío con descaro.

—Podría haber tropezado con una agradable sesión de sexo en la playa


mientras estaba dando un paseo... no pude detenerme a mí misma.

—¿Un paseo? ¿Tú? No. Me has seguido. —Se ríe sacudiendo la cabeza—.
Eres una chica sucia, ¿lo sabías, Jay?

Mordiéndome el labio, le digo:

—Quiero ser tuya. Quiero saber lo que se siente ser reclamada.

Con los ojos entrecerrados me mira, su mirada a la deriva por mi pecho.

—Ese cuerpo tuyo no puede manejarme. No está capacitado para el


dolor.

—Pruébame —replico—. Creo que encontrarás que soy muy flexible.

Se inclina, sus manos firmemente plantadas sobre las mías. Su olor es


embriagador mientras planta un beso en mi cuello, justo debajo de mi
oreja.

—Me gusta tu coraje, Jay, pero cuando lo hago con una chica quiero
saber que soy el único.
Temblando por su voz oscura, me acerco a su oído y le susurro:

—Lo eres. Cada vez que los follo, pienso en ti. Solo tú. No los quiero a
ellos. —Su cabeza se inclina hacia atrás para mirarme directamente a los
ojos. Se lame los labios y los chupa. Está tan cerca de mí que podría
inclinarme y besarlo, pero sé que eso no es lo que quiere. Todavía no—. He
estado soñando que eres tú todo el tiempo. Los follo y me imagino que eres
tú. Cada. Vez. —Lo reto con mis ojos. Lo reto a dar el salto y jodidamente
ir a por ello. He estado esperando durante tanto tiempo. Ahora que soy lo
suficientemente mayor como para decidir por mí misma, nada se interpone
en nuestro camino.

Él libera mis muñecas, sus manos a la deriva por mis brazos hasta mi
culo. Mis pantalones vaqueros no pueden competir contra sus manos
duras. Él me agarra tan fuerte que chillo.

—Shhh... —susurra, sus ojos juguetones. Dios, es tan sexy.

Él planta un beso en mi cuello, haciéndome gemir, pero luego se


convierte en un mordisco, y me sorprendo. Cierro la boca para evitar que
otro chillido se escape. También estoy excitándome. Él solo me mordió, y
me encanta.

Su mano sale de mi culo y luego, de repente baja rápido y duro. Su otra


mano se mueve rápidamente sobre mi boca, absorbiendo los sonidos que
hago.

—¿Quieres esto? —dice con voz ronca, frotando mi culo. Su mano sale
de mi boca y se desliza por mi pecho, agarrando mi seno con
firmeza. Gimo mientras él lo masajea y luego se sumerge en mi camisa. Mi
ropa interior está completamente empapada cuando comienza a jugar con
mi pezón y tirar de él. Pero luego tira con tanta fuerza que me hace jadear.
—No soy agradable, Jay. Esto es solo el juego previo. El verdadero
asunto comienza cuando te tengo en la cama. Duro.
Doloroso. Crudo. Joder. —Su lengua se sumerge para lamer el borde de mi
boca. Una sobrecarga de sensaciones me golpean cuando un estruendo
viene de lo profundo de su pecho. Tan primal. Lleno de lujuria.

Estoy ansiosa por más.

Él se queja.

—Voy a hacer que hagas cosas que no esperas. Vas a hacer lo que me
plazca y solo a mí, y no aceptaré un no por respuesta. ¿Sabes lo que esto
significa?

Asiento, temblando mientras extiende mis piernas con solo sus pies.

—No lo haces —murmura—. Pero te diré. Las chicas a las que ato no
tienen palabra de seguridad. Ellas no pueden escapar. No soy
malditamente bueno con ellas. Por el contrario, las utilizo para mi propio
placer. Tomo y tomo hasta que estoy satisfecho. Las follo tan duro que no
pueden caminar durante días. Les quito la respiración, literalmente. Las
cubro con mi semen hasta que puedan degustarlo en sus
gargantas. Después de que he terminado, me dan las gracias por todo. ¿Y
sabes qué más?

Impresionada, niego con la cabeza mientras agarra mi barbilla y me


obliga a mirarlo.

—Tengo que hacer una confesión. Cuando las follo... pienso en hacer las
mismas cosas contigo.

Sus palabras me despiertan hasta mi núcleo. Soy arrasada por su loca


confesión. Solo me hace quererlo aún más.
Con una sonrisa retorcida en su rostro, él desliza su mano fuera de mi
camisa y abajo por mi vientre, deshaciendo el botón de mis jeans. Desliza
su mano en mi ropa interior. Aguanto la respiración mientras sus dedos se
zambullen en mi coño.

—Hmm... ¿tan mojada ya? Vaya, vaya, eres una sucia zorra.

—Sí... —gimo, cerrando los ojos.

—¿Hmm? ¿Qué es eso? ¿Segura de que quieres más? No hay vuelta


atrás, pajarita.

—Más... —Abro los ojos de nuevo—. Espera, ¿qué? ¿Cómo me has


llamado?

Él sonríe, quita su mano de mi pantalón y me deja sin aliento.

—Demasiado tarde, pajarita. Eres mía.

Levantándome en sus brazos, me pone por encima de su hombro. Yo


grito mientras él me lleva hacia mi habitación y abre la puerta.

—Te burlaste de mí el tiempo suficiente —dice—. Es hora de que pagues


por toda esa ostentación.

Sábado, 06 de diciembre de 2008. 23:43.

Mierda. Aprendí lo que realmente quería decir con sexo duro ese
día. Empujó mis límites como ningún otro. Masturbándose sobre mis
pezones mientras yo estaba atada a la cama. Utilizó su cinturón y corbata
para eso. Tan encendido, la forma en que ha estado despertando mi
cuerpo con bofetadas y cosquilleos. Sus dedos son delicados y ásperos al
mismo tiempo, una deliciosa combinación.

Él ha estado follándome y haciéndome rogar por misericordia el último


par de minutos. Sigo con ganas de venirme, pero no lo va a permitir. Todo
el tiempo, él sale y golpea mis tetas con la mano desnuda. Estoy roja por
todas partes. Es tan intenso, pero me encanta. He estado anhelando que
llegara este día.

Él me hace girar, mi culo hacia arriba, y luego se sube a la cama y


separa mis mejillas. Empujando su polla dentro, empieza a follarme por
detrás. Voy a gemir cuando tira de mi pelo y me miro en el espejo frente a
mí. Él lo colocó allí. Me dijo que quería que mirase a la pequeña zorra en la
que me he convertido. Joder, me encanta su hablar sucio. Estoy loca de
necesidad. Cuando me folla me lleva a planos más allá de mi
imaginación. Esta vez nunca será suficiente para mí.

Pero entonces la puerta se abre de golpe y mi corazón se hunde hasta


mis pies.

Él se apresura a salir y agarrar sus pantalones en un desesperado


intento de ocultar su polla goteando. Luego desata rápidamente mis
manos. Por desgracia, es tarde. Sorprendida, grito mientras vuelvo la
cabeza y veo a mi padre entrando en la habitación.

—¿Qué mierda...? —murmura mi padre, su boca abierta. La sorpresa


hace lugar a la furia. Oh, mierda. Busco a tientas una manta y me cubro
con ella.

—Tú... —dice mi padre cuando dirige su mirada hacia él—. Debería


haberlo sabido.

—¿Cómo diablos sabías que estábamos aquí? —le grito.

Mi padre frunce el ceño.


—Jay, por favor, sé que has estado trayendo chicos a tu habitación. Te
niegas a comportarte como una dama a pesar de mis advertencias. Te dije
lo que pasaría. He instalado una cámara. —Señala a mi estantería sobre la
cama—. He estado observando todo este tiempo. Repugnante. Asquerosa
puta. Tú no eres mi hija.

Mi padre chasquea los dedos y llegan dos hombres, probablemente


pertenecientes a su misma familia. Lo agarran por los brazos.

—¡No! —grita—. ¡Quítenme sus putas manos de encima!

—¡Profanaste a mi hija! —grita mi padre—. ¡Mira lo que le has hecho!

—¡Ella quería esto! Me rogó por ello.

Los hombres lo arrastran lejos de la cama. Él lucha, pero no sirve de


nada. Le dan un puñetazo en el estómago, haciéndolo doblarse. Dos contra
uno... no es justo.

—Para, por favor —le ruego, llorando—. Él no ha hecho nada malo.

Envolviendo la manta alrededor de mi cuerpo, me levanto de la cama y


agarro la chaqueta de mi padre.

—No me quites esto, por favor. Lo necesito.

Y entonces mi padre hace lo impensable. Me empuja lejos de él. Su


empuje es tan duro que me tropiezo con la manta y me deslizo. Mi cabeza
golpea el poste. Dolor punzante se dispara a través de mi cuerpo, y luego
todo se vuelve negro.
"El fénix tiene la esperanza,
puede volar a través de los
desérticos cielos, y aún desafiando
el rencor de la fortuna, revive
de las cenizas y se levanta."
—Miguel de Cervantes Saavedra

Capitulo 23
Jay

Sábado, 14 de septiembre de 2013. 10:40 a.m.

Todo lo que recuerdo es infinita pasión entre nosotros dos. Adoración y


excitación que ha sobrevivido a través del tiempo y el sufrimiento.
Comenzó más pronto de lo que puedo recordar, pero esa noche… esa
noche pecaminosa es uno de los pocos pedazos de mi pasado que vi. Que
recuerdo. Recuerdo que él una vez me anheló más que a nada y recuerdo
que yo lo deseaba en la misma medida. Él estuvo en lo cierto todo el
tiempo. Ambos negábamos amarnos el uno al otro. Yo necesitaba sus
revolcones para compensar el amor que mi padre no me dio. Él me
necesitaba a mí para compensar el amor que su familia no le ofreció. Los
dos somos víctimas de un mundo cruel.

—Recuerdo… —susurro.

—¿Qué? —dice él.


—Yo… —Mis ojos se llenan de lágrimas—. Nosotros… la noche en mi
habitación.

Su pupila se dilata.

—¿Cuánto?

—Todo.

X agarra mis brazos y tira de mí más cerca. No me resisto. Caigo en sus


brazos y le permito abrazarme por primera vez en lo que parece toda una
vida. Sus brazos son cálidos y un alivio bienvenido mientras me sostiene
contra su pecho. Se siente como si siempre hubiera pertenecido aquí.

—Mi padre… él…

—Lo sé. Lo vi todo, pero no pude hacer nada. Créeme, los habría cortado
en pedazos.

—Él quería que yo desapareciera, ¿no? —Aspiro—. Él me odiaba. Yo


ponía en peligro sus estúpidas campañas. Todo lo que le importaba era su
imagen en los medios de comunicación.

Su pecho sube y baja cuando toma una profunda respiración.

—Sí. Hiciste algunas cosas con las que él no estaba de acuerdo.


Supongo que vernos fue la gota que llenó el vaso. Después de que perdiste
el conocimiento, él hizo que te llevaran. Algunos estados más allá, fuiste
dejada en un hospital sin nada contigo. Te seguí todo el camino. Te
comprobé una vez, pero no podías recordar lo que pasó. No podías
recordarme a mí. —Está en silencio durante unos segundos.

—Me acuerdo de partes y piezas ahora… pero espera un minuto, ¿me


seguiste? Pensé que ellos te habían llevado.

Él suspira.
—Nunca dije cuándo.

Oh…

—Te refieres a después de lo que te hicieron.

Él gruñe y lo suelta en un suspiro.

—Sí.

—Oh, mi Dios. —Pongo mi mano sobre mi boca—. ¿Ellos te hicieron eso


por culpa mía?

Alzo la mirada y contemplo sus ojos, los cuales están llenos de pesar.
Levanto la mano y la coloco en su cara otra vez, realmente sintiéndolo por
primera vez. Las lágrimas corren por mis mejillas mientras miro la X. La
lluvia corre por sus cicatrices debajo de mi mano. No las recuerdo allí
cuando tuvimos sexo por primera vez. Ellos lo quemaron porque él arruinó
su oportunidad de conseguir el dinero de mi padre.

Oh Dios… ¿son los que están tras mi cabeza? Deben serlo. Por
supuesto, mi padre dejó de trabajar con ellos después de que todos se
enteraron de nuestra aventura. Deben haber estado cabreados. Y si
muero… entonces tal vez todos sus problemas desaparezcan y ellos podrán
trabajar para mi padre otra vez.

Oh, mierda no. No es de extrañar que X esté tan concentrado en


humillarlos y presionar sus límites hasta que rueguen por la muerte. No es
de extrañar que pasara por todo este problema para descubrir quién lo
hizo. Probablemente lo sabía pero no quería decirme. Y todo debido al
hecho de que nos dimos un revolcón. Mi padre me grababa. ¿Por qué no vi
esa cámara? Debía haber estado observándome durante meses. Por
supuesto, esa era justo su forma de ser.

Me estremezco.
—Esa cámara. Debería haberme dado cuenta. Es por eso… que tú me
culpas. La culpa es mía. —Me aparto de sus brazos y dejo que la lluvia
caiga sobre mí una vez más. Me siento miserable. No solo por todo lo que
él me hizo pasar o por lo que he olvidado debido a esa lesión en la cabeza,
sino también porque soy la razón por la que él fue marcado de por vida.

Mis lágrimas se mezclan con la lluvia mientras estoy allí, sintiéndome


más muerta que viva.

—Sí. Deberías haberlo sabido —dice.

Cada palabra que pronuncia es otra daga en mi corazón.

—Ellos me mataron.

Eso me rompe.

—Yací en la fría nieve, muriendo una y otra vez hasta que logré
levantarme y juré que haría que todos pagaran.

—¿Y lo hiciste? —le digo, haciendo una mueca—. ¿Hiciste que todo el
mundo sufriera tanto como tú?

Sus labios tiemblan, pero él no responde.

—¿Has tenido suficiente venganza?

—Todavía no.

Eso me destroza. Él aún no ha terminado. Lo que sea que esté haciendo,


tiene que terminar. En algún momento, ninguno de nosotros tendrá un
corazón por el que sangrar.

Sus labios se separan.

—Te odio.
Sus palabras me cortan como un cuchillo. No sé por qué me disgusta
tanto escucharlas. ¿Realmente he llegado a querer alguna cosa más que
odio de él?

Da un paso hacia mí. Levanto mi puño enfurecida y trato de darle un


puñetazo en la cara. Antes de que aterrice, agarra mi mano, la empuja de
nuevo contra el tronco del árbol y estampa sus labios en los míos.

Estoy sorprendida. Me está besando con toda su fuerza, derramando


cada pedacito de arrepentimiento, remordimiento, dolor, agonía y… amor
en esto. No, no puede ser. Ni siquiera puedo apartarme para pensar. Mi
mente no me lo permite. Este beso, un beso que lo abarca todo, me dice
más que cualquier palabra que él pueda emitir. Su odio es fuerte, pero no
tan fuerte como su desenfreno. Sus labios destrozan los míos con codicia,
ni siquiera se toma el tiempo para respirar. Él me desea tanto que no
puede ni siquiera parar un momento para tomar aire. Esto es lo que
somos. Dos almas rotas que se unen como una. Me siento fuerte y débil al
mismo tiempo. Sé lo que me pasó ahora, pero también sé que X nunca me
abandonó. Ni física, ni mentalmente. Siempre estuvimos conectados.

Siento su deseo de estar conmigo, a pesar de lo sucedido. A pesar de


toda la mierda que le hice pasar. A pesar de toda la mierda que él me hizo
pasar. Ya puedo decir que no. Pero no quiero hacerlo. Lo que quiero es
amor, y aún después de todo lo que hemos pasado, sigue ofreciéndomelo.

En sus brazos soy aceptada. En sus brazos renazco. Todo lo que yo era
se desvanece. Él me destroza y me arma de nuevo, pieza por pieza, justo
en la manera que quiere que yo sea. Él me salva de la gente que quiere
matarme. Él me mantiene viva.

Estas palabras llenan mi mente como si me poseyeran. Han estado


flotando allí por un tiempo, arrastrándose lentamente, tomando el control.
Poco a poco, pero sin pausa, se vuelven verdad. Hasta que no queda nada
excepto el vínculo inquebrantable que comparto con él.

Cuando retira sus labios de los míos, los sigo sintiendo mientras jadeo
por aire, recuperando el aliento. Miro hacia él, a las cicatrices dejadas
atrás, al chico que recuerdo que solía ser. Son uno y el mismo. Lo que
antes era perfecto ahora está en ruinas. No puedo vivir con eso. Tengo que
arreglar esto. Todo.

He estado cegada por la amnesia, pero ahora lo sé. No voy a dejar de


revivir el dolor hasta que lo recuerde todo. Se lo debo a X y a mí misma.

Sus labios se separan. Una gota de lluvia rueda dentro de su boca. Y


entonces él dice dos palabras que dividen mi alma en dos:

—Te amo.
“El amor, en todas sus formas, es
inmortal. Nadie nunca está listo para
cuando llega.”
—Clarissa Wild

Capitulo 24
X

Sábado, 14 de septiembre de 2013. 1:00 a.m.

Verdad. Que palabra tan extraña. No existe tal cosa. Todo el mundo
tiene una idea diferente de qué es correcto y qué es incorrecto, así que la
verdad es una opinión emocional difusa. Por su parte, ella piensa que
ahora sabe la verdad. Por mi parte, es completamente diferente. Ella
recuerda solo unas pocas partes, solo nuestro coqueteo y folladas, pero
todavía no se acuerda de mi nombre. No sabe nada acerca de las cosas
horribles que mi familia solía hacerle a la gente que su padre consideraba
una amenaza. No conoce el alcance de mi obsesión con ella. Que la
primera cosa que hice cuando salí del hospital fue encontrarla. Que la
seguí día y noche, planeando mi venganza.

No tiene ni idea de eso. No tiene idea acerca de las cosas horribles que
he hecho. Como matar a su madre.

Yo camino por el pasillo y agarro unas cuantas botellas de licor.


Mientras me aproximo al final de la tienda, noto que un empleado me
espía desde detrás del mostrador.
Estrechando mis ojos, contemplo si voy a comportarme o a volarle los
sesos.

Tomando una respiración profunda, elijo el camino más rápido y coloco


el whisky y el vino en el mostrador. Me mira con una mirada perpleja en
su rostro, sus dedos tiemblan cuando toma las botellas y los contabiliza.
Pesco unos billetes de un dólar del bolsillo y los deposito con un golpe
sobre el mostrador.

—Quédese con el cambio.

Arranco las botellas de sus manos y me salgo de la tienda. El empleado


distraído me sigue con sus ojos. ¿Es tan malditamente extraño pagar por
algo de vez en cuando? Podría haberlo matado. Debería estar feliz porque
consiguió vivir un día más. Lo que sea. Puede observarme todo lo que
quiera, no me importa. Le dispararía a cualquier otro tipo que hiciera eso,
pero estoy en un buen estado de ánimo.

Regreso al auto y entro. Jay todavía está aquí. Las puertas no estaban
siquiera con cerrojo.

Ya no importa; ella no escapará. No hay vuelta atrás al lugar de donde


vino.

Ahora sabe por qué.

—Ten —digo, entregándole una botella de vino. Saco mis llaves y


desenrosco el tapón.

Colocando la punta en su boca, ella bebe con avidez, su sed insaciable.


Maldita sea, esa mujer puede beber. Con una cara de suficiencia abro la
botella de whisky y la sostengo en alto.

—Brindemos.

—Por este mundo jodido.


Bebemos por el dolor hasta que estamos deshechos y borrachos de
reírnos. Siento que cada vez me importa menos lo que nos sucede. Esta
noche se trata de olvidar, y rápidamente estoy olvidando todo lo que me
prometí a mí mismo hacerle, así como al que está detrás de todo esto. Todo
parece tan inútil. Ahora que la tengo… ahora que se acuerda de toda
nuestra historia… ¿por qué pasar por la molestia de hacerle daño a la
persona que me arrebató todo? Ya tengo lo que quiero.

Volviendo la cabeza, bajo la botella, entre nosotros, y la miro. Es


hermosa. La amo y la odio tanto. No sé por qué, pero por alguna razón
tampoco puedo dejar ir ambos sentimientos. Esto es tan jodidamente
atípico de mí. Yo no me apego a nadie. Ella es una excepción. Una chica
que se mantuvo escapándose de mí, que siguió provocándome para que la
tomara, a pesar de que las consecuencias fueron graves. Tan graves que
llegué a odiarla por ello. Sí, la culpaba por todo. Tal vez sea injusto.
Demasiado jodidamente mal. La vida no es justa. El momento en que se
llevaron mi cordura fue el mismo día en que el odio fue marcado en mi
propio ser. Ni siquiera creo que sea capaz de sobrevivir sin este.

Lanza la botella vacía detrás de ella. Supongo que reemplazar una


adicción con otra no es tan malo. Consigue disfrutar de la sensación de
adormecimiento y no sentir el ansia por las drogas. Yo consigo la
oportunidad de olvidar mi necesidad de castigar. Sin embargo, parece que
no puedo dejar de lado la idea de arruinarla.

Joder, esto es realmente jodido. Yo solía cuidar de ella, pero en alguna


parte a lo largo de la línea, la protección se convirtió en desprecio. Ella
debería haber sabido que la cámara estaba allí, y que su padre estaba
observando cada movimiento. Me engañó para que la follara. Me tentó
como la pajarita seductora que es. Es mi enemigo, y sin embargo, todavía
no puedo evitar desearla.
Suspirando, levanto mi mano y le meto un mechón de pelo detrás de su
oreja. Ya no es un caso de solo desear tener su cuerpo y follarla de
cualquier forma en que desee hacerlo. Es más que eso. Necesito poseerla.
Voy a tenerla hasta que me muera.

Todavía quiero castigarla. Nunca voy a perder esa sed de sangre.


Siempre voy a querer ver el miedo y el dolor. Nací en ello. Me crié con ello.
Es todo lo que conozco. En todo en lo que me he convertido. Un monstruo
enamorado del dolor y la muerte. Qué patético.

—¿Qué estás pensando? —me pregunta en una neblina.

Yo resoplo.

—Debería preguntarte a ti ya que acabas de recordar casi todo.

—Lo sé… —Parpadea un par de veces y frunce el ceño—. No estoy


segura de cómo me siento. Apenas puedo creer que todo sea verdad, pero
está en mi mente, así que debe serlo.

—¿Es difícil de creer que una vez me deseaste?

Ella ladea la cabeza.

—No, pero…

—¿Más de lo que te deseé yo a ti?

Ella jadea.

—Cerdo.

Sonrío.

—Es señor cerdo para ti.

Ella resopla tan fuerte que tiene que toser.

Me río.
—Sabes, los ruidos que hiciste cuando cogí ese coño tuyo por primera
vez fueron bastante excitantes.

—Vete a la mierda… eso no es justo.

—Ahora es que recuerdas.

—Solo recuerdo destellos, no la historia completa. —Traga saliva—. Hay


muchas cosas que no recuerdo en absoluto. Como a mi madre, por
ejemplo.

Cierro mi boca de golpe. Durante unos segundos contemplo olvidar que


ella mencionó a su madre. Sin embargo, algo en el fondo de mi mente me
dice que tiene que saberlo. Si voy a hacer que se quede, tiene que creer
que estoy diciendo la verdad. Tengo que ser honesto con ella. Es lo
correcto que hay que hacer, incluso si es solo una vez.

Mi respiración se ralentiza.

—Tu madre está muerta.

Su mandíbula cae, sus ojos parpadean en mi dirección como si acabara


de ver a un hombre muerto caminando.

—Ella se cayó por las escaleras.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? —pregunta.

—Porque tenías razón. Nosotros tenemos una historia, juntos, tú y yo


solíamos jugar juntos en la casa de tu padre. Cuando estaban ocupados
hablando solíamos correr mucho detrás del otro, jugando a la pelota. Una
vez tu madre salió justo por la puerta cuando yo hice un giro. No la vi y
entonces… —Suspiro—. Yo la maté.
Su rostro cambia de estar completamente en shock a la repulsión.
Espero que intente golpearme. En su lugar, recoge la botella de whisky y la
bebe hasta que casi se ahoga.

—Oye, toma las cosas con calma —le digo, arrancando la botella de su
mano antes de que se ahogue en ella.

—Como si te importara una mierda —escupe.

Me río. Suena como ella de nuevo. Estaba preocupado de que pudiera


haber perdido la chispa después de todo lo que le hice, pero lo veo ahora.
Todavía está allí. Todo lo que era, todo lo que es. Está justo aquí,
directamente frente a mí, lista para ser tomada. Lo que yo quería hace
tanto tiempo es ahora mi realidad. La tengo completamente para mí
mismo, y ya no estará huyendo de mí nunca más. Esto es jodidamente
perfecto. Especialmente teniendo en cuenta el hecho de que acabo de
decirle que jodidamente maté a su madre.

—Me importa, en realidad —digo, alejando la botella—. No voy a perder


mi propiedad por el alcohol.

Ella resopla y junta con fuerza los labios, asintiendo con la cabeza.

—Propiedad. Cierto.

Le agarro la barbilla, empujándola suavemente.

—Eres mía, Jay. Siempre lo fuiste. Nunca fuiste de nadie más. Ni


siquiera te permitiste a ti misma pensar en nadie más que en mí, a pesar
de ser una ramera.

—Oh, vete a la mierda. Es posible que tengas mi cuerpo, pero no


tendrás mi corazón.

Inclino mi cabeza.
—¿De verdad crees eso?

Me mira en completo silencio durante unos segundos antes de girar su


cabeza lejos de mí otra vez. Sabe lo que quiero decir. Lo que dije era cierto.
La amo. Ella lo sabe. Sabe que arriesgaría cualquier cosa para quedarme
con ella. También sabe que ya no puede resistir los sentimientos
escondidos en su interior. Eso también lo he visto. Sus ojos no pueden
dejar de rogarme que la abrace, que la bese, que la folle. Ella siempre
luchó con la idea de rendirse ante mí, porque siente que está mal; se le ha
enseñado a luchar y defenderse por sí misma. Cuando esa decisión fue
alejada de ella, se dio cuenta de que ya no lo necesitaba. Todo lo que
necesitaba era amor. Le da miedo que se lo ofrezca. Eso, y el hecho de que
probablemente nunca esperó que le gustara toda la follada pervertida.

Ahora que estamos más allá de eso, me pregunto si puedo realmente


hacerla mía. Hacerle ver que ella me quiere tanto como yo la quiero.

Me aclaro la garganta.

—Ya sabes, fue un accidente. Nunca lo recordaste. Yo nunca lo olvidé.


Tu padre te culpó por ello.

—No es de extrañar que le guste tanto. —Pone los ojos en blanco con
disgusto.

—A mí me gustas.

Ella se ríe.

—¿A ti? ¿Te gusto?

—Ajá… al contrario de lo que puedas creer, creo que hacemos una gran
pareja.
—Me acabas de decir que mataste a mi madre. Es tu culpa. ¿Y ahora me
estás diciendo que te gusto? Lo siento, no sé ni cómo mierda responder a
eso.

—En realidad estábamos jugando y me topé con ella. No fue intencional.

—¿Y se supone que eso haga que todo esté bien? —Niega con la
cabeza—. No importa, no sé ni por qué me importa tanto. Nunca la conocí
de todos modos. No es como si sintiera algo.

—No es así. Hice muchas cosas que te enojaron.

—Las hiciste.

Me inclino más cerca, poniendo mi mano sobre su pierna.

—Las hice. Te castigué. Te azoté hasta que estuviste roja y dolorida.


Probé tu sangre. Sabías condenadamente deliciosa. —Sonrío.

Trata de inclinarse para apartarse, pero no puede porque este es un


coche después de todo, y no hay mucho espacio.

—Dime, en honor a la verdad, que no te gustó algo de eso.

Cerrando su boca con fuerza, desvía los ojos y convierte sus manos en
puños.

—Sé que no lo harás, porque no es cierto. Te gusta. Hace años incluso


me rogaste que te lo hiciera. Anhelas la perversidad. Está en tus venas.
Esperaste y esperaste por algo que ni siquiera sabías que necesitabas: a
mí.

Deposito un beso sobre su mejilla, deslizando su pelo hasta su espalda.


Temblando, su respiración se acelera y sus labios tiemblan.

—Todo lo que alguna vez quise fue a ti. Todo lo que conseguí siempre
fue dolor. Ahora ya sabes lo que se siente —le susurro al oído.
Mi mano se desplaza más cerca del interior de sus muslos, moviéndose
hacia arriba al calor entre sus piernas. Ella se estremece mientras coloco
un beso en su mandíbula, arrastrándolo hasta sus labios. Con la otra
mano doy un empujoncito a su barbilla hacia mí.

—Deja de combatirlo, pajarita. Ignora tu conciencia. Te hace infeliz.


Permíteme hacerte volar.

Cuando fijo mis labios sobre los de ella, cierra los ojos y me deja entrar.
La beso suave y lentamente, añadiendo más presión a su muslo mientras
nuestro beso se profundiza. Ella se tensa cuando deslizo mi mano más
cerca de su coño, pero se relaja cuando la beso ligeramente en la comisura
de su labio.

—Sé mía, pajarita. Entrégate a mí. Déjate llevar —le susurro contra su
piel suave.

Sus labios se estremecen mientras contiene la respiración.

—Necesito… amor. —Las palabras salen en un murmullo.

Acaricio su mejilla con el dedo índice.

—Lo sé, pajarita. Mi amor es lo que tienes, así como mi furia. Pero
puedes manejarlo. Eres una chica fuerte. —Presiono mis labios a los de
ella mientras se separan, permitiéndome entrar. Acuno su cara y aparto
los temores que le quedan con besos. Ahora no es el momento de pensar.
Ahora no es el momento de estar enojado o arrepentido. Ahora es el
momento de dejarse llevar y disfrutar de nuestra mutua compañía. Es todo
lo que tenemos.

Envolviendo sus brazos alrededor de mi cuello, me devuelve el beso,


lamiendo mi lengua. Se siente fascinante. Mi polla brinca en mis
pantalones, deseosa de sentir su suave piel de nuevo. Conectando con su
mirada, veo sus ojos castaños convertirse en una llama.
Inclinándose, ella lanza sus piernas alrededor de las mías y se acerca
aun más. Mis manos se deslizan hacia sus tetas mientras perezosamente
las saco de sus fundas y juego con sus pezones. Tiro y jalo, alternando
duro con suave mientras ella gime en mi boca. Me encantan los sonidos
que hace cuando soy un poco demasiado duro con ella. Su dolor me trae
placer y su placer me trae dolor. Necesito ambos en este momento.

Mi boca está desesperada por sentirla de nuevo. Me recuerdo por qué la


amaba hace tantos años, lo mucho que me dolía tocarla, pero no pude. A
la mierda las jodidas reglas. Estoy tirando todo por la ventana ahora.

La lujuria se apodera de mí mientras hundo mis dedos bajo sus


pliegues. Silenciando un chillido con mi boca, la fuerzo, acariciando su
coño hasta que ella esta hinchada y húmeda. Mi polla se engruesa,
forzando mis pantalones. Joder, estoy tan duro por ella. Mis labios se
desplazan desde su boca hacia su cuello y hasta sus pezones, donde los
cubro con mi boca. Haciendo remolinos con mi lengua, hundo mis dientes
en su piel y jalo hasta que ella grita de placer.

Ella no lucha contra mí. Sus manos están todavía alrededor de mi


cuello, sus dedos se clavan en mi piel. Mi espalda quema por las marcas
de sus arañazos, pero solo me pone más caliente. Así que juego con su
nudo y la empujo hasta sus límites antes de jalarla por completo a mi
regazo. Sondeando con mi dedo dentro de su estrechez es lo que me vuelve
loco con desenfreno.

—Oh… joder… —Ella gime mientras trazo círculos dentro de ella,


mordisqueando sus tetas al mismo tiempo. Hay marcas de mordidas a
través de toda el área de su pecho y su cuello, como un hermoso collar
para acompañar ese hermoso cuerpo suyo. Quiero hacerla mía tan
desesperadamente que no puedo dejar de pensar en marcarla por todas
partes. El saber que ella es mía y solo mía es lo que me motiva a hacer las
cosas que hago.
Desgarro mi cremallera y saco mi polla. Pero antes de que tenga la
oportunidad de levantarla, ella agarra mi cara y me besa por completo en
los labios. Me sorprende. Nunca esperé que ella sucumbiera ante mí con
tanta rapidez. Su necesidad me toma por sorpresa, y por un momento me
quedo pensando en si ella está simplemente en el momento, si en verdad
me desea o si está demasiado borracha para importarle. De cualquier
manera, estoy siguiendo con ello.

Su mano se desplaza por su cuerpo hacia abajo mientras cede al


momento que estamos teniendo. Sus dedos encuentran su camino a su
clítoris, frotándolo con fervor. Lamiendo mis labios, deslizo mi mano de
sus tetas y la agarro por su garganta.

—Sí, pajarita. Pon ese coño aún más húmedo para mí. Continua. —
Sujeto su garganta con fuerza, y ella me mira con el mismo anhelo. Está
hambrienta de mi poder, deseosa de ganar mi aprobación. Sus jadeos
vienen en respiraciones cortas mientras aprieto mi agarre en su cuello,
mirando fijamente sus ojos mientras ella chasquea su nudo.

—Hazlo —susurro—. Hazte venir. Quiero que lo derrames todo sobre mí.
Muéstrame cuánto quieres esto.

Ella frota y frota sus dedos locos de emoción. Sus ojos ruedan en la
parte posterior de su cabeza, con sus labios separados para hacer una O;
su voz se convierte en un ruido agudo. Un gemido se desliza hacia fuera y
entonces corcovea sus caderas, su cuerpo estremeciéndose al tacto de sus
dedos. Gruño y rechino los dientes como un animal. Estoy tan
jodidamente listo para estallar dentro de ella.

—Bien hecho, pajarita.

Ella se estremece, inhalando una respiración entrecortada.

—Gracias, señor.
Sonrío.

—Ahora toma mi polla como una buena chica.

Los músculos de sus piernas se contraen alrededor de las mías, y por


eso tomo la oportunidad de levantarla y bajarla sobre mi polla palpitante.
La anticipación es visible en su rostro mientras arruga sus cejas y frunce
sus labios rojos, haciéndome querer besarla. Puedo sentir los latidos de su
corazón a través de su piel, aumentando su ritmo mientras su cuerpo se
estremece por encima de mi polla. Ansiosa y al borde. Exactamente como
me gusta y como ella lo necesita.

Su expresión es una mezcla de agonía y éxtasis mientras me entierro en


su coño apretado, cubriendo mi polla con su humedad. Ella nunca se ha
sentido tan bien antes, tan dispuesta, tan abierta a tomarme. Su piel está
cubierta de una fina capa de sudor, las gotas rodando por sus grandes
tetas. Las chupo y trazo círculo con mi lengua alrededor de la corona. Ella
gime, tomando mi polla aún más profundo. Estamos cabalgando sobre las
olas del éxtasis, follando por el amor de las folladas, pero me está
encantando hasta ahora. Apuesto a que no le importa una mierda,
cualquiera que sea el caso en este momento.

El sudor se abre paso en mi frente mientras me sumerjo profundamente


en ella. Ella mueve sus caderas, encerrándome a su alrededor mientras
descansa su cabeza en mi hombro. Agarro su culo con las dos manos y
bombeo en ella una y otra vez. Golpeando su culo, la obligo a cabalgarme
como una buena zorra. Finalmente ella me da lo que he estado anhelando
desde el principio. Su voluntad. Obediencia. Deseo. Todo.

Ambos estamos en el lugar en el que queremos estar. Nuestras


necesidades satisfechas. Mi dominación y su libertad. Todo está en este
momento de sexo sin sentido.
Sus gritos llenan el coche, empañando el parabrisas como la poseo de
forma rápida y sucia. No se necesitan palabras. Ella sabe que yo soy su
único placer, su única salida de este mundo corrompido. Ella sabe que le
doy un escape cuando ella más lo necesita. Huir no es lo que quiere, ella
quiere mi polla para hacerla olvidar todo lo que la rodea. Ambos somos
usuarios. Dos caras de una moneda.

—Eso es. Fóllame, pajarita. Úsame para tu placer como yo te usé —le
susurro al oído, mordisqueándolo, mordiendo con fuerza.

Su dedo traza una línea en mi tatuaje, obsesionándose en la perforación


de mi pezón cuando lo alcanza.

—Sí… —murmura ella.

—Hmm… sé que quieres. Monta mi polla, Jay. Móntala porque es tuya,


como ese coño tuyo es mío. —Mi lengua se mueve de nuevo a su otra teta
para que pueda darle una buena lamida. Ruedo su pezón entre mis dedos,
tirando y apretando hasta que ella gime en mi oído. Luego lo chupo y lo
muerdo de nuevo, creando dos marcas rojas idénticas.

Muevo mis manos de nuevo a su culo, dándole nalgadas con la palma de


mi mano. Ella rebota hacia arriba y hacia abajo cada vez, la fricción
adicional una delicia para mi polla. Su piel se calienta por debajo de mi
mano mientras sigo golpeándola. Sus cejas se acercan y ella muerde en mi
hombro por el dolor. A mí jodidamente me encanta.

—Fóllame… —murmura ella.

—Sí, Jay, déjame follar ese hermoso coño tuyo. Sigue montando esa
polla. Hazme sentir orgulloso y te permitiré venirte otra vez.

Ella se inclina hacia atrás, plantando sus manos en el salpicadero. Ella


desliza su pequeño coño mojado sobre mi polla con facilidad. Tan ansiosa.
No puedo siquiera creerlo.
—Lastímame entonces —dice ella.

No puedo jodidamente creer a mis oídos tampoco.

—Dame el dolor. Puedo manejarte —dice ella.

Estoy hecho para eso.

Arranco mi corbata floja y la coloco alrededor de su cuello, sosteniendo


ambos extremos. La ato de nuevo y tiro de ella, apretando su garganta.
Ella jadea, su respiración volviéndose entrecortada por la creciente presión
en su cuello.

—Sí, Jay, siente el aire que sale de su cuerpo mientras te follo duro.
Quiero ver la sangre dejar tu cara mientras te vienes.

Le acaricio con el dolor que tanto desea. Ella lucha por seguir adelante
mientras jalo de la correa alrededor de su cuello, pero ella todavía
continúa. El deseo innato de complacerme es demasiado fuerte para ella.

Doy un golpe a su teta y tiro de su pezón, sus gritos desaparecen en la


nada mientras el aire deja de empujar a través de sus pulmones. La reboto
en mi regazo, empujándola a sus límites, sus ojos se desenfocan del todo,
delirantes por lo extremo.

Ella está resbaladiza y caliente mientras cruzamos la línea entre este


mundo y el siguiente. La sensación de estar dentro de ella, sintiendo su
cuerpo contra el mío mientras me permite hacerle daño es fascinante.

—Vente para mí, pajarita. Muéstrame lo mucho que quieres


complacerme. Muéstrame lo mucho que amas esta polla enterrada
profundamente dentro de ti mientras te quito el aliento.

Los músculos de su coño comienzan a ondularse, excitándome hasta mi


núcleo. Sus ojos ruedan en la parte posterior de su cabeza. Y justo en ese
momento, en el pico de su placer, libero el lazo alrededor de su cuello y
tiro de ella hacia mí, estrellando mis labios en los de ella. Mi lengua
explora su boca mientras ella se cae a pedazos en mis brazos,
convulsionando pesadamente. Su intenso orgasmo me empuja al borde del
éxtasis. Gimiendo, me deshago. Un chorro caliente de semen brota dentro
de su coño. Mi liberación es tensa y satisfactoria. Mientras suelto mi carga
en ella, me quejo en su boca, y ella responde con un suspiro pesado, lleno
de emociones. Mi liberación parece venir en oleadas, mientras se derrama
fuera de su coño y en mi pantalón.

—Gracias… —gime ella.

Eso me prende en fuego.

Jadeante, envuelvo mis brazos alrededor de su cuerpo cálido y presiono


sus tetas contra mi pecho. Ella se acomoda contra mí con la cabeza
apoyada en el rincón de mi cuello mientras mi usada polla se desliza fuera
de ella. Su piel está cubierta de marcas; rojo, azul y púrpura. Colores que
yo he creado. Mía. Toda mía.

No sé por qué me importa tanto. Nunca me importó ninguna de las


chicas, excepto ella. Supongo que, incluso después de todos estos años,
ella nunca me dejó. No en mi corazón.

Me doy cuenta de que esto podría ser mi perdición. Estoy enamorado de


ella. Siempre lo estuve. Es exactamente por eso que la desprecio tanto.
Ella me hizo débil, y en aquel momento de debilidad, vacilé y fui castigado
por ello. Morí ese día que mi madre quemó mi ojo. Y Jay es la que causó
todo.

Sin embargo, tenerla en mis brazos de esta manera, como una niña
pequeña, queriendo ser amada… ella puede deshacerme.
Incluso después de todo lo que he pasado por ella, no importa cuántas
veces me ha hecho daño, yo todavía la necesito. Negarlo es inútil. Ya he
caído en sus garras.

La odio. La amo. Esas emociones no pueden coexistir. Lo que sigue


ahora será el final para los dos.
"Para que exista la traición, primero
tendría que haber existido confianza."
—Anónimo.

Capitulo 25
X

Miércoles, 18 de septiembre de 2013. 9:35 a.m.

Hablar en voz alta perturba mi sesión de afeitado. Se me cae la hoja de


afeitar en el lavabo y salgo para ver a Jay viendo las noticias. Una chica
muerta está en todas las noticias: la mujer que enterramos juntos. Están
hablando sobre descubrir quién es el asesino gracias a una denuncia
anónima. Por supuesto que lo saben, yo fui quien hizo la denuncia.

—Apágalo —le digo con voz ronca.

—¿Puedo ver esto, por favor? —pregunta amablemente. Ha sido bien


entrenada, pero sé que está tratando de empujar mis límites.

Echo un vistazo a la televisión de nuevo y cuando el reportero comienza


a pasar un video sexual enviado a la estación local de noticias mis ojos se
abren ampliamente.

—No.

Marcho hacia ella y aparto con brusquedad el control remoto de su


mano. Ella pone mala cara.
—Oh, vamos.

—Haz lo que te digo, pajarita —digo—. ¿O tengo que recordarte quién


manda aquí?

Con el ceño fruncido, traga saliva.

—Está bien.

Enmarco su rostro con mi dedo índice y pulgar, levantando su barbilla.

—Vístete.

Sonrío, lo que aligera un poco su estado de ánimo. Trato de hacerle


olvidar las cosas difíciles de la vida. Todo por lo que tiene que preocuparse
es por complacerme. Está haciendo un trabajo maravilloso. Me sorprende
que me haya aceptado tan abiertamente. Me pregunto si esto durará.

Una vez que haya terminado con mi trabajo y tenido mi venganza, ella
se quedará. Me aseguraré de ello.

Jay

Miércoles, 18 de septiembre de 2013. 9:43 a.m.

He ganado.

Su corazón es mío. Me dijo que me ama. A pesar de que también me dijo


que me odia, puedo asegurar que me quiere más que a nada. El odio y el
amor no están tan lejanos el uno del otro. Él simplemente no puede
soportar desearme tanto. Lo que significa que lo tengo. Él es mío. Me
necesita. Estoy allí, en sus manos, lista para ser poseída, como quería que
estuviera. Soy una sucia, obediente y lujuriosa ramera. Él controla todos
mis pensamientos durante su vigilia. Para él, eso significa poder. Para mí
eso significa que él es débil. Todos los días me despierto dándome cuenta
cada vez más de que este hombre ya no puede renunciar a mí. El deseo de
X de tenerme es más fuerte que su necesidad de venganza, incluso contra
mí. No me puede matar. Lo sé en mi corazón.

Cada paso que doy hacia el coche significa un paso más hacia la
libertad. Mi corazón se acelera, mis pensamientos son un revoltijo. Mi
cerebro me está diciendo que corra, que siga caminando y nunca mire
hacia atrás. No me va a disparar. Sigo diciéndome eso.

Pero mi cuerpo no va a escuchar. No puedo conseguir que mis piernas


se muevan lejos de él. Ellas lo siguen como corderos mansos, escuchando
cada una de sus órdenes. A veces me siento estúpida. A veces siento que
aquí es donde pertenezco.

De alguna manera, no puedo liberarme de esto. No importa lo mucho


que desee mi libertad, hay algo aquí, con él, que me atrae. Los recuerdos
que han estado arrastrándose de vuelta a mi mente me han cambiado.
Todo este tiempo he tenido esta sensación de que lo conocía, y ahora sé
por qué. Sus besos eran magnéticos para mí. Quería su toque más que
nada. Incluso entonces sabía qué le complacía y que obtenía satisfacción
de azotarme hasta extraerme sangre. Lo deseaba. Lo necesitaba.
Necesitaba sentir su amor prepotente porque eso era todo lo que tenía. Mi
padre nunca me lo dio. Mi madre nunca estuvo allí.

O al menos no me acuerdo de ella. Todo lo que recuerdo es a él.

En el pasado.

En el presente.
¿En el futuro? No lo sé. No puedo decidirlo. Mi corazón se ha
derrumbado. Someterme a él fue la terrible experiencia que me llevó de la
locura a la libertad. Con él me siento segura, a pesar de que todavía me
hace sangrar. Ya no sufro. El dolor se ha convertido en lujuria, y la lujuria
en sentimientos.

Estos últimos días solo se han ido sumando a eso.

Si alguna vez hubiera sabido lo que quería, la respuesta me habría


aterrorizado, así que decidí no pensar en ello.

En el coche, me mantiene en el lugar. Sus dedos se cierran firmemente


alrededor de mi pierna mientras conducimos hacia cualquier destino que
tenga en mente. Su forma de poseerme me permite escapar de la realidad.
Su inevitable deseo le hace querer cuidar de mí. Me tranquiliza y me da la
ilusión de que soy apreciada. Tal vez lo soy. Las líneas entre la realidad y
la fantasía se han difuminado rápidamente.

¿Es la libertad lo que todavía estoy buscando? ¿O es más que eso?


Cuántos más días paso junto a él, menos deseos tengo de escapar.
Después de todo lo que ha sucedido, él es la única persona en mi vida que
aún está ahí. Ya no sé si puedo sobrevivir sin él.

Su mano cálida envía una corriente eléctrica a través de mi cuerpo que


no puedo ignorar. Mi piel hormiguea debido a su toque, desesperada por
más. Una noche atrás me azotó con tanta fuerza que me hizo rogar por su
semen. La forma en que me azotó con su cinturón y envolvió su corbata
roja alrededor de mis muñecas me hizo delirar. Sobre todo cuando me llevó
a un orgasmo explosivo con sus dedos. Dios, todavía puedo sentirlo arder.
El dolor grabado a fuego en mi culo me deleita. ¿Es tan malo que me
guste?

Vuelvo la mirada hacia X. En su ojo veo tristeza y pesar, cosas que no


debería ver, pero lo hago. No puedo escapar de su mirada penetrante. No
puedo escapar de los recuerdos que comparto con él. Todos esos
momentos en el tiempo en que realmente me preocupé por él y quise que
estuviera cerca de mí. Incluso ahora, todavía me aferro a él. Nunca perdí
esa atracción. Estas últimas noches apasionadas solo han hecho que sea
peor. Podré haber ganado su corazón, pero también perdí la guerra. Él
también ha reclamado el mío.

Miércoles, 18 de septiembre de 2013. 10:11 a.m.

Entramos en un edificio oscuro en el centro de la ciudad. La pintura


está descascarada en las paredes del interior, las luces parpadean y se
apagan, y las barandillas casi se caen a medida que caminamos subiendo
las escaleras.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunto cuando llegamos a una puerta


vieja.

—Para reunirnos con alguien —dice.

—Sí, pero ¿por qué tuve que venir?

Él sonríe.

—Porque quiero a mi pajarita dondequiera que vaya. Susurrando cosas


dulces en mi oído, Jay, donde quiera que estemos. —Lame sus labios—. Te
recompensaré inmensamente.

Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras acaricia con su dedo arriba y


abajo por mi brazo. Sonríe y se vuelve hacia la puerta.
X toca el timbre y extrae su arma de su funda. El metal ya no me
asusta. Mi mente sabe que no va a ser utilizado en mi contra. Él solo va a
usarlo en contra de otros para protegerme. El porqué eso sigue sin
molestarme todavía me elude.

Un tipo rubio y flaco con gorra abre la puerta. Entrecierra los ojos
cuando nos ve.

—Pensé que ibas a venir solo.

—El plan ha cambiado.

X da un paso adentro, asintiendo hacia mí por encima del hombro. Es


una demanda silenciosa para que lo siga, y hago lo que desea. X toma
nuestros abrigos y los coloca en una mesa junto a la puerta. Miro
alrededor y jadeo. El apartamento está lleno de computadoras y aparatos y
todo tipo de cosas sobre las que no tengo ni idea. Hay montones y
montones de equipos y botones en el escritorio frente a la puerta,
incluyendo docenas de pantallas. Me pregunto por qué estamos aquí.

—Mi nombre es Dale —dice el chico mientras agarra mi mano y la


agita—. Encantado de conocerte.

X gruñe, lo que hace poner nervioso a Dale. De inmediato suelta mi


mano y se aclara la garganta.

—¿Ya entraste? —pregunta X mientras caminamos más adentro.

El hombre se sienta en una silla de cuero frente a las computadoras.

—Sí, de hecho ya casi termino con la transferencia. Todo lo que necesito


es la firma correcta.

—¿Transferencia? —pregunto.

—Sí, estamos transfiriendo toda el dinero de…


—Suficiente, Dale —dice X con aspereza—. No te pago por tu boca.
Ahora, ponte manos a la obra. Lo quiero terminado ahora.

Frunzo el ceño, observando a los dos mirar fijamente la pantalla. Están


haciendo algo que no se supone que deba saber según X. ¿Por qué si no
haría callar al otro con tanta rapidez?

Doy un paso más cerca, tratando de no hacer ruido, y espío sobre el


hombro de Dale. Lo que descubro me deshace y me une de nuevo como si
una cadena desenredada se tejiera en su lugar en un solo segundo.

El nombre de mi padre.

Su cuenta bancaria.

Dinero.

Todas las piezas encajan en su lugar.

Jadeante, levanto de golpe mi mano a mi boca y retrocedo lentamente,


tropezando con una caja. Me las arreglo para agarrarme de un estante,
pero no antes de que la mirada de X me encuentre.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta.

Por un momento estoy desconcertada, pero luego me doy cuenta de que


tengo que fingir que no vi nada.

—Me tropecé. No estaba viendo —tartamudeo.

—¿Estás segura de que estás bien? —pregunta levantando una ceja.

—Sí, sí… continúa —digo, riendo un poco. Es totalmente falso, pero él


vuelve la cabeza de todos modos. Supongo que nunca olvidé cómo fingir lo
que quisiera para salir de problemas.
Tragando, miro alrededor de la habitación. Me siento desnuda.
Vulnerable. No aquí. Lo que vi era real, y lucho por hacerme creerlo. No
puedo dejar que esto pase. Vive, Jay, vive. Ve con tus ojos, no con el
corazón. X te ha cegado todo este tiempo.

Me apresuro a su abrigo, cuidándome de no hacer ruido, y busco en sus


bolsillos. Mis dedos tiemblan cuando tomo su celular. Mi primer instinto
es pedir ayuda, pero no puedo dejar de querer espiar sus mensajes. No
confío en él.

Cada vez que presiono un botón, chequeo para asegurarme de que X no


está mirando y luego vuelvo a desplazarme. Los nombres se acumulan,
pero los que reconozco los presiono. Encuentro a un hombre llamado
Antonio y su trabajo para X: matarme. Fotos de mí saltan bajo un contrato
que se firmó a nombre de Al John. El mismo nombre que vi en la
televisión. Ese hombre que reconocí. Los canales de noticias dijeron que
fue asesinado la noche que X volvió sangriento. Joder, tenía razón.

Desplazándome aún más, encuentro el nombre del hombre que me


vendió las drogas. Mis manos tiemblan violentamente mientras leo los
textos. Había muchos, incluso de hace unos años. X le dio el trabajo de
meterme en las drogas. Está ahí, una y otra vez. Él seguía preguntando
por ello, continuó pagándole a este hombre. Estos textos dicen la verdad.

Y mientras más me desplazo, más horribles verdades encuentro en sus


mentiras. Hannah. Él hizo que me presentara al traficante de drogas. Él
hizo que me llevara al club. Él le dijo que me hiciera una puta.

Entonces encuentro un mensaje de texto entre ellos que fue enviado la


noche en que X vino a matarme, y dice:

Dile que se la folle duro hasta que ella grite pidiendo misericordia.

Están hablando de Billy. Hannah me dijo que él quería follarme.


Pero no fue su idea. Fue de X.

Las lágrimas gotean por mis mejillas. Los últimos mensajes enviados
entre X y toda esta gente… fueron justo antes de que él irrumpiera en mi
habitación de motel y matara a Billy.

Él me tendió una trampa.

No estaba mintiendo cuando dijo que me había seguido. Él puso en


movimiento todo lo que me tragó al abismo. X me enganchó en las drogas
con mi distribuidor, me metió en la prostitución y hasta consiguió que
Billy me violentara.

El entendimiento me golpea como un maldito ladrillo en la cara.

—No… —tartamudeo.

No quiero creerlo, pero es cierto. Todo está aquí. Estas no son mentiras.
Esta es la realidad. Estos textos dicen la verdad.

Él lo planeó todo.

—Tú… —digo.

Por el rabillo del ojo, veo a X girarse hacia mí, sus cejas juntándose.

—Me mentiste —pronuncio, levantando su teléfono móvil para


mostrárselo.

Sus ojos se amplían.

—Me arruinaste. ¡Tú arruinaste todo! —le grito. Entonces me doy la


vuelta y corro hacia la puerta tan rápido como puedo.

Le toma un tiempo venir tras de mí. Supongo que no esperaba que me


echara a correr. Como si fuera a quedarme después de leer todo eso. Como
si fuera a perdonarlo por traicionarme. Como si pudiera salirse con la suya
después de hacerme sufrir todos estos años.

Cuando le pregunté si él ya había conseguido su ración de venganza,


debería haber sabido que nunca terminará. Debería haber sabido que
comenzó hace mucho tiempo. Esto fue para nada. Era lo que él quería. Yo
era su juguete y aun así llegué a necesitarlo. Qué estúpido de mi parte
caer en su trampa. Debería haber sabido que todo era parte de su plan.

—¡Jay, espera! —digo, corriendo tras ella—. Detente.

—¡De ninguna jodida manera!

—Déjame explicarte.

—¿Explicar qué? ¿Qué me enganchaste en las drogas? ¿Que fuiste el


que envió a ese distribuidor a mí, el mismo al que le disparamos en el
restaurante? ¿Que conseguiste que Hannah me empujara a prostituirme
en el club y que ella me espiaba? ¿Que incluso la hiciste elegir a Billy para
violarme? —Las lágrimas manchan sus mejillas cuando ella mira
brevemente hacia atrás mientras corre—. Sí, vi todos los mensajes, X. No
puedes ocultármelo por más tiempo.

Mierda.
Haré lo que deba para evitar que se vaya. Ella no puede dejarme. No lo
voy a permitir. Así que saco mi arma y apunto a su espalda. Ella se
congela. Entonces se da la vuelta.

—No quería que él te hiciera lo que iba a hacer —le digo—. Sí, quería
que Hannah te consiguiera un jodido tipo rudo, que se forzara profundo en
tu garganta. Pero no quería uno que te tomara en contra de tu voluntad.
¿Por qué crees que lo maté cuando te vi con esa pistola y a él corriendo
como el imbécil que era?

—Es el pensamiento detrás de eso lo que importa. Querías que fuera


castigada.

—Sí, hice todo eso. Quería venganza por lo que hiciste —digo—. Quería
que pagaras por todo el dolor que me causaste.

—Me culpas por algo de lo que no tuve parte.

—Tú me sedujiste. Deberías haberlo sabido.

—¿Y qué mierda? Sí, te deseaba, estaba desesperada. No hay nada malo
en querer sexo. Tú me odias por algo que ni siquiera fue mi culpa;
simplemente no me di cuenta y me culpas por ello. Estás cegado por el
odio —escupe.

Mis ojos se vuelven rendijas porque estoy echando humo. No me gusta


que ella esté haciendo esto. Quería explicárselo yo mismo, pero ahora es
demasiado tarde. Ella ya ha concluido lo que cree saber.

—Sí, lo estoy. —Tomo una respiración larga y profunda para


calmarme—. Pero también jodidamente te amo.

Ella resopla, para colmo de males.


—Dame un puto descanso. Todo era una mentira para conseguir que
estuviera contigo. Para hacerme débil y vulnerable, de manera que
confiara en ti y me quedara contigo.

—No. Fue. Una. Mentira —siseo.

¿Realmente no lo ve? ¿En serio cree que no tengo sentimientos por ella?

—Te deseo —le digo—. Siempre te he deseado. Te odiaba por lo que me


causaste, pero nunca dejé de quererte. Eso es lo que me conducía a hacer
todas esas cosas. Castigándote me di la oportunidad de odiarte y me hice
creer que nunca querrías a un tipo como yo de vuelta. Me dio una salida.

—¿Y qué me has traído? Miseria —dice ella, sus manos volviéndose
puños.

—Ahora me doy cuenta de que lo que quería no era hacerte daño, sino
controlarte. Hacerte todo lo que quisiera, pero nunca pude debido a
nuestra historia juntos. —Esa es la puta verdad. Me hace débil, pero aun
así es la verdad, y ya no puedo ignorarla. La necesito.

Doy un paso más cerca. Luego otro.

—Ya no soy ese tipo que quiere verte en la miseria. Soy el tipo que
quiere que nada te lastime y protegerte. El único tipo que sabe cómo
empujar tus botones y hacerte volar, pajarita. —Le extiendo la mano—. No
te vayas. Te daré lo que necesitas. Amor. Pasión. Cualquier cosa que
desees.

Ella frunce el ceño y cierra sus labios de golpe. Un gran suspiro sale.
Luego dice:

—Mi libertad. Quiero mi libertad.

—Sabes que n…
—Si me amas, dame mi libertad. Eso es lo que más quiero. —Traga—.
Amar a alguien significa dejarlos ser quienes quieren ser porque eso es lo
que amas de ellos. Yo quiero ser libre.

Me ha atrapado allí.

Estoy sorprendido.

Mi pecho se siente constreñido, el sudor estalla en cada poro. Nunca me


he sentido así antes.

Ella me dejará. Sus ojos dicen lo suficiente. No puede ver más allá de
esto, no importa lo mucho que lo intente.

No voy a perderla.

Así que jalo el seguro de mi arma y apunto.

—No —le digo con los dientes apretados. Me duele hacer esto, pero debo
hacerlo.

—Sí. No voy a volver contigo, X.

—Te mataré si te alejas más caminas.

Su rostro se queda en blanco. Total y completamente en blanco. Sin


emociones en absoluto. Me asusta. Yo no me asusto. Nunca.

—No, no lo harás.

Poco a poco, se da la vuelta. Llenó mis pulmones de aire y apunto la


pistola a la parte posterior de su cabeza. Me tiemblan las manos. Ellas
nunca tiemblan.

Sus pies se mueven. Un paso. Luego otro. Ella no se detiene.

—Detente. Lo haré. No des un paso más o lo haré —le digo.

Se vuelve hacia mí.


—No lo harás porque no quieres que tu propiedad esté dañada. Oh, pero
espera, ya no soy tuya. —Levanta una ceja—. Me amas. No puedes
hacerme daño. Ya no tienes poder sobre mí.

Mi mandíbula cae. La miro en estado de shock.

—Me hiciste creer que también me querías.

Una sonrisa curva sus labios.

—Tú me hiciste parte de tu juego, así que no estés tan jodidamente


sorprendido si me decidí a jugar.

Y luego se da la vuelta y sigue caminando.

Mi dedo se detiene en el gatillo, desesperado por tirar. Excepto que no


puedo. No puedo hacer esto. Jugué con fuego y ahora tengo que sentir la
quemadura, una vez más. El juego fue ganado, pero no por mí. Mi pajarita
inteligente me venció en mi propio juego.

No dejaré esto pasar.


“Aquellos que odian más
fervientemente deben haber amado
una vez profundamente; aquellos que
quieren negar al mundo deben haber
abrazado una vez lo que ahora está
en fuego.”
—Kurt Tucholsky

Capitulo 26
Jay

Miércoles, 18 de setiembre de 2013. 1:45 p.m.

Estoy temblando de pies a cabeza, pero no dejaré mi búsqueda. Tengo


que pensar en una forma para contactar a mi padre y esperar que me
perdone por todo antes de que sea demasiado tarde. X tomará su dinero;
tengo que advertirle. Tal vez me acepte de vuelta.

Ahora que recuerdo todo, noto que mi padre es la única persona que me
queda. Aunque me hizo algunas cosas bastante asquerosas, recuerdo que
una vez me amó. Es por mi rebeldía que me rechazó. Ahora soy diferente.
Tal vez aún puedo arreglar las cosas.

Después de todo, he atravesado el infierno y regresado. Creo que puedo


manejar a mi padre.
En un momento de increíble valentía, algo que no creí tener en mí,
aparté a X y corrí. Lo hice. Tuve éxito. Desaparecí de su vida. Estoy libre
de las cadenas que me puso. Las cadenas que apresaban mi cuerpo,
mente, alma… e incluso mi corazón.

Ahora soy libre, completamente libre de hacer lo que desee. Sin


escuchar. Sin hacer lo que él quiera. Sin X. Sin… nada.

Solo nada…

Nada es terrorífico.

No importa a dónde vaya, no puedo escapar de esta ansiedad, esta


sensación de desesperación. Es como si mi corazón hubiese sido
arrancado de mi pecho y destrozado en la calle. Podría llorar, pero no lo
haré. No por él. No importa cuánto quiera mi corazón. Aunque sé que
nuestro vínculo ha crecido estas últimas semanas y que no hay nadie que
siente tanto por mí como él, no me permitiré pensar en eso. No ahora.
Nunca. No puedo.

Abrazándome, camino por las calles de Atlanta, no tengo idea de a


dónde voy. No tuve el coraje de preguntarle a alguien en dónde necesito
estar, aunque he vagado por horas. Estoy demasiado asustada de sus
posibles reacciones por lo que tengo que decir. ¿Quién me creería de todas
formas? Vestida tan elegante como ando, nadie creería que estuve cautiva.
Oh no, se reirían y me harían regresar, o peor, me llevarían a la policía.
No, definitivamente no debía ir ahí. He matado a alguien por el amor de
Dios. No tomarán eso a la ligera. Soy una criminal tanto como X lo es.

Reviso el teléfono de nuevo. Solo quedan unos puntos de la batería. Si


tuviera el número de teléfono de mi papá ya lo habría llamado, pero
tristemente no está aquí. Suspirando, lucho por mi camino, intentando
descubrir qué hacer luego.
Repentinamente, el teléfono vibra, y doy un salto por el sonido y la
sensación. Es una sensación extraña cuando no has usado un teléfono en
semanas. Cuando lo miro y veo un mensaje de texto, mi corazón se
detiene.

Jay. Ahora eres libre. Su dinero pagará por el golpe en la cabeza,


pero necesita ser más, por lo que he tomado a tu padre como rehén.
Sé que no te importa, pero de todas formas quería que lo supieras.
Descansa sabiendo que lo castigaré por hacerte olvidar todo lo que
una vez fue importante para ti. Deja ir tu miedo; ya nadie te seguirá.
Los mataré a todos.

Miércoles, 18 de setiembre de 2013. 1:19 p.m.

Un agujero permanece donde mi corazón solía estar. La última pieza de


mi alma fue fragmentada. No queda nada. Ella se llevó lo que quedaba de
mí.

Después de todos estos años de tortura aprendí que la verdadera tortura


es no tenerla.

Y ahora el volcán de ira en mi interior está haciendo erupción.


La ira me controla mientras camino hacia el escenario, mirando a su
padre a través de la multitud. ¿Ella quiere que me vaya? ¿Ella quiere ser
libre? Bien, pero no me iré sin una explosión.

Su padre está siendo bombardeado por preguntas de los periodistas,


ansiosos por saber qué pasó con su reciente campaña. Sé lo que pasó. Yo.
Él sacó a su hija esperando salvar su carrera política. En su lugar, lo que
recibió fue más humillación que lo que había esperado. Todos sus miedos
se hicieron realidad.

Y ahora otro se desataría.

Camino hacia el callejón al lado del edificio y entro por una puerta que
dice: NO ENTRAR. Hay una chica al teléfono detrás del escritorio, y cuando
me ve levanta una mano para detenerme. Levanto mi arma y disparo,
matándole inmediatamente.

La sangre mancha su silla mientras camino más allá de ella y entro al


baño más cercano a la puerta delantera. Ahí, me posiciono detrás de la
puerta y espero. Unos minutos atrás, antes de la junta de prensa, metí un
laxante en su bebida. Reviso mi reloj. No deberían ser más de cinco
minutos para que venga. La conferencia ya terminó y deberá estar
saltando por cinco minutos para controlar su mierda. Literalmente.

Mientras la puerta se abre, levanto mi arma y la apunto a la parte de


atrás de su cabeza. Cuando escucha el sonido del seguro se detiene de
golpe.

—Vendrá conmigo ahora —digo.

—Por favor, realmente necesito ir al baño, ¿no puede esperar? —dice.

Río, tomo su ropa y lo arrastro por la puerta. Oh, él podrá cagar. Sobre
sí.
Miércoles, 18 de setiembre de 2013. 2:17 p.m.

Lo tengo atado a la cerca, su rostro marcado con mi cuchillo. Los cortes


son hermosos, al igual que sus gritos. Joder, no puedo creer que olvidé
cuánto amaba escuchar estos sonidos. Matar es lo opuesto al sueño, pero
ambos son muy, muy gratificante. Solo verlo retorcerse contra el metal
envía escalofríos por mi espalda. Sus pantalones están oscuros por
haberse cagado sobre sí después de cortar un trozo de su oreja.

Saco mi nuevo teléfono de mi bolsillo y empiezo a escribir un mensaje.

—¿Qué haces? —balbucea el hombre frente a mí.

—Le hago saber a tu hija dónde estás. —Frunce el ceño, confundido—.


He decidido que voy a jugar al Buen Samaritano aquí y te daré una
oportunidad de reconciliarte con tu hija antes de morir.

Su labio tiembla.

—Estás enfermo.

Rio.

—Dice el hombre al que le importó más su carrera que su propia hija.

Escupe en mi cara. Gruñendo, me limpió antes de hacer crujir mis


nudillos. Luego lo golpeo en la nariz, rompiéndola.

Gruñe, la sangre cae de su nariz.

—Por favor, no más —ruega.

—Oh, pero solo he empezado. —Me rio. Hace una mueca.


—Pagarás por esto. Tú y toda la maldita escoria de este mundo.

—Creo que tienes eso mal —digo, dibujando otra línea en su rostro con
mi cuchillo. Sus gritos me hacen sonreír—. La escoria son los que
corrompen a los jóvenes con su mal. Personas asquerosas como tú. —
Vuelvo a reír—. ¿Sabes lo que le hago a las personas como tú? —Levanto
mis manos y le muestro mis nudillos, enviando un mensaje—. Perteneces
ahí, junto a los otros malditos. —Lo golpeo directo en la cara.

—Jódete. Morirás por esto —escupe.

—¿Cómo, exactamente? Ya tengo todo lo que quiero y nadie sabe que


estamos aquí.

—No te librarás con esto —bufa.

Lo golpeo en el rostro, y gruñe por el dolor. Su sangre se siente sucia en


mis manos, por lo que la limpio en mi ropa.

—Ya lo hice.

Sonriendo, camino a mi computadora portátil, la cual está en una vieja


silla. La tortura no solo es divertida, sino también un medio para un fin.
Fue fácil conseguir lo que quería de él. Unos pocos minutos atrás me dio
su contraseña a su cuenta bancaria en Suiza.

Este maldito perderá todo lo que una vez amó.

Solo hay una cosa de la que me arrepiento, y eso es dejarla ir.


Jay

Miércoles, 18 de setiembre de 2013. 2:51 p.m.

Es de día, pero me encuentro forzando a mis ojos a mantenerse abiertos.


Mis piernas están cansadas de correr, pero rendirse no es una opción. El
almacén en el que X tiene a mi padre está ahora a una cuadra. Siempre
lleva a sus víctimas ahí.

Corro tan rápido como mis piernas me permiten hasta llegar al edificio
de ladrillo rojo con varios muelles de carga, pero ningún auto a la vista. En
el punto más lejano de las premisas veo a mi padre atado a una cerca. Su
traje está empapado en sangre y mientras me acerco noto que su rostro
está igualmente destrozado. Cortes llenan su cara, la sangre corre espesa.

Sorprendida, jadeo al acercarme a la escena. X está inclinado sobre una


silla, escribiendo en una computadora, muy ocupado para notar que
alguien se acerca. Intento hacer tan poco sonido como sea posible
mientras me aproximo a la cerca. Cuando mi padre gira la cabeza, tengo
que advertirle que no hable. Se queda en silencio inmediatamente,
gruñendo fuertemente para que X no me escuche. Estoy aterrada por lo
que X ha hecho, pero no puedo dejar que las emociones me controlen.
Tengo que liberar a mi padre.

Pero primero, un arma. Necesito ser capaz de defenderme.

Miro alrededor y encuentro una pistola en una saliente cercana,


acompañada por una serie de instrumentos cubiertos de sangre. Estos
deben ser sus “juguetes”. Con suaves pasos camino hacia ellos y tomo el
arma antes de rápidamente correr hacia mi padre.

—Jay —susurra en cuanto me acerco.


—Shh —murmuro mientras lucho contra las cuerdas en sus muñecas.
Se ve horrible, pero no estoy segura cómo se supone que me sienta por
eso. Estoy enfadada con él al igual que con X, pero ninguno merece ser
tratado como un animal. Como ambos me trataron.

Mis dedos trabajan meticulosamente para desatar las cuerdas alrededor


de sus muñecas. En cuanto están libres, me inclino y empiezo en sus
tobillos. Mi padre me ayuda, pero apenas puede mantenerse de pie.

—No haría eso si fuera tú.

Tomo una fuerte respiración, me levanto, giro y observo los ojos de X.

En un instante el arma en mis manos lo apunta.

—Mantente lejos.

Inclina la cabeza.

—Jay… ¿es esa la forma de saludarme?

—¡Cállate! —Muevo la pistola como amenaza.

X levanta sus manos.

—Hablemos acerca de esto, ¿de acuerdo?

—Me mentiste —siseo—. Me usaste. Todo lo que querías era el dinero de


mi padre, ¿y ahora lo estás torturando?

—No, no te usé. Aunque suena como si te importara bastante. —


Sonríe—. ¿Aún puedes decir honestamente que nunca me amaste?

Trago mi duda.

—No lo hice.

Hace una mueca.


—Mentirosa. No me odias. No huiste por lo que viste en esos mensajes.
Profundamente ya lo sabías todo. Huiste porque no podías aceptar el
hecho de que ya te habías enamorado de mí.

—¡Corta la basura! —escupo. No tengo interés en los juegos mentales.


No cuando tengo un arma.

—No es basura —dice calmadamente—. Sí, quería verte sufrir. Eso


ahora está en el pasado. Te amo y lo sabes. Y también sé que te sientes
igual. —Presiona los labios—. Tienes que creerme, hago esto por ti.

—¿Por qué debería creerte? —digo—. Eres un manipulador. Matas


personas para vivir. ¿Cómo puedo creer en lo que dices?

Él traga.

—Puedes no creerme, pero me creerás. —Señala a mi padre. Frunzo el


ceño.

—¿De qué hablas? —Me giro hacia mi padre, quien empieza a temblar
con fuerza.

—Pregúntale sobre el video sexual que él y los medios de comunicación


recibieron. El video que hice de nosotros. —Sonríe.

Estoy mortificada.

—¡Me arruinaste! —grita mi padre.

—¿Qué más hiciste? —pregunto sorprendida.

—Oh, pude haber matado a una prostituta, luego le dije a los policías
dónde estaba el cuerpo y señalé a tu padre como el asesino. Por suerte
para mí, la chica también se acostó con él. —Ríe.

Los ojos de mi padre se abren.


—Hijo de puta… —suelta.

—¿Hiciste todo eso a mi padre? —digo—. ¿Solo por su dinero?

—No, Jay. El dinero va para la organización así están felices. Quitarán


la recompensa por tu cabeza y entonces serás finalmente libre. Justo como
deseabas.

Mis dedos tiemblan. No lo puedo creer. ¿Incriminó a mi padre para


poder poner sus manos en su dinero para salvarme? Esto es…
monstruoso.

—¿Por qué?

Él frunce el ceño, confundido.

—¿Aún no lo ves, Jay? Cuando mi cliente se va, la organización no tiene


un trabajo que cumplir, lo cual no les gusta porque no les pagan. Y
entonces es que yo entro.

—¿Qué cliente?

—El que está detrás de tu cabeza.

—Quieres decir mi familia —replico.

Sus ojos se entrecierran e inclina la cabeza ligeramente.

—No.

—Tus padres me querían muerta. Tú y yo por causar que perdieran el


trabajo dos veces. Por supuesto que me odiaban.

—Estás equivocada —dice roncamente.

—Me estás mintiendo. De nuevo.

Ríe.
—No, Jay. Maté a mis padres hace tres años.

Jadeo, tomo mi abrigo, porque es lo único que tengo para agarrarme en


este momento.

—No lo creo.

—Saca mi teléfono de tu bolsillo y revisa los mensajes. Ya que


obviamente hiciste un trabajo fantástico al revisar mi historia, creí que ya
lo sabías. Esto me sorprende, Jay.

—¿Qué? —Saco el teléfono de mi bolsillo, y casi caigo al suelo por mi


carrera.

Mientras pasaba por los mensajes, mi padre se desató el último tobillo.


Intento mantener un ojo en él y en X mientras también uso el teléfono.
Maldito infierno, esto es difícil. No puedo confiar en que nadie me apuñale
por la espalda. Especialmente ahora que X está girando casualmente su
arma en su mano como un tipo de amenaza silenciosa.

—¿Quieres saber quién es la persona que te quería muerta? —pregunta


X mientras lucho por encontrar el mensaje lo suficientemente rápido—.
Mira detrás de ti.

Y luego veo un mensaje que contiene una imagen del contrato que X
robó de Al John. El nombre de mi padre en este.

No. No. ¡No!

Mis ojos se llenan de lágrimas al mirar sobre mi hombro a mi padre. Su


expresión cambia de la agonía al temor y luego a algo que se parecía a una
intensa locura. En un instante me agarra de los brazos y me presiona
contra su pecho, sacando el aire de mí. En un movimiento rápido, toma mi
arma y la arranca de mi mano. Antes de poder respirar mi padre tiene el
arma apuntada a mi cabeza.
"La gente dice que no sabes lo que
tienes hasta que lo pierdes. La
verdad es que sabías lo que tenías,
solo que nunca pensaste que lo
perderías.”
—Anónimo

Capitulo 27
X

—¿Qué estás haciendo? —grita Jay—. ¡Déjame ir!

Levanto mi pistola, apuntando a su padre. Voces en mi cabeza me dicen


que dispare y le vuele los sesos. Debo, pero no puedo. No con ella en
peligro. No puedo ponerla en riesgo. No lo haré.

—No lo hagas —silba su padre—. O ella muere.

Mis orificios nasales se abren mientras niego con la cabeza.

—Bastardo.

—Papá… —gime, las lágrimas manchando sus mejillas—. ¿Por qué?

—Eres una puta vergüenza, por eso —dice—. Tú y tu prostitución


constante; arruinaste mis campañas con tus aventuras.

—No hagas esto, mierda —dice Jay.


—Cállate —dice su padre—. Y tú. —Chasquea la cabeza hacia mí—.
Tenías que entrometerte cada maldita vez. Contraté a tu familia para
matar, no para rellenar tu pene donde no debería estar.

—¡Cierra la puta boca! —le grito, las venas sobresalen de mi piel


mientras lucho para no apretar el gatillo. Mi mente se está librando con
pensamientos sobre asesinarlo. El hijo de puta merece morir, pero si
disparo ahora, ella podría quedarse atrapada en el fuego cruzado.

—Me jodiste una vez, no me jodas dos veces, chico. Te puedo decir que
tienes lo que te mereces.

Que se joda. Estoy echando humo, muriendo por apretar el gatillo.


Cómo se atreve ese hijo de puta a referirse a mi cicatriz.

—Por favor… —murmura Jay, suplicándome con sus ojos para detener
esto. Deseo… poder hacerlo sin lastimarle.

—Y tú… —Su padre dirige su atención a Jay—. Cuando te golpeaste la


cabeza, finalmente tuve una manera de librarme de ti, pero no podías dejar
de follar donde quieras que ibas. Incluso a malditos estados de distancia la
gente todavía se entera de "esa chica", y es obvio que lo conectan a mí.
¿Sabes la maldita mancha que eres en mi reputación? Repugnante. —
Escupe en el suelo—. Tú no eres mi maldita hija.

—¡Suficiente! —grito. Ya he tenido suficiente de sus putos insultos.

Su padre se tensa. Su brazo aprieta la cintura de Jay y el arma es


empujada en su carne. Ella se estremece. La muerte se cierne sobre su
hombro. No puedo permitir que esto suceda. Debo interferir.

—No hagas un puto movimiento —dice su padre para mí—, o ella


muere. —Se ríe cuando ve mi mirada enfurecida—. Oh, sí, ya sé que no
quieres que se lastime. Malditos tortolitos. Asqueroso.
Por supuesto que no nos quiere cerca uno del otro. Después del
accidente con su madre no ha sido más que un dolor en el culo para los
dos. Debí haberlo matado cuando tuve la oportunidad.

Agarra la barbilla de Jay y le da una bofetada en la mejilla. Mi sangre


comienza a hervir.

—Espero que esta zorra te haya dado suficiente placer, porque será el
último —dice su padre—. Nunca quise a una chica sucia de todos modos.
Por qué su madre no podía darme un niño apropiado, está más allá de mí.

—¡Te mataré, mierda! —bramo.

Su padre se ríe.

—No lo intentaría. Si lo haces, me la llevaré conmigo. No quieres eso,


ahora, ¿verdad? —Aprieta la pistola aún más en la cabeza.

Lo hará. Puedo verlo en sus ojos. Nunca se preocupaba por ella. Para él,
siempre fue una molestia. Una niña en lugar de un niño. Alguien que le
trajo vergüenza. Siempre la ha odiado, incluso más de lo que yo jamás lo
he hecho. Dudar no es algo que sepa. Si aprieto el gatillo, también lo hará
él. Ella no va a sobrevivir.

Solo hay tres opciones aquí. Lo mato, él la mata, me quedo en ruinas. Si


me rindo, la matará y luego a mí también. Él la quería muerta desde el
principio, por lo que no dudará en apretar el gatillo. Si le disparo a ella
primero, para distraerlo, la voy a herir. Ninguno de esos es un resultado
deseado. Sin embargo, hay una última opción que, ahora sé, debo hacer.
Cuando él esté distraído, ella puede tomar su oportunidad y salvarse a sí
misma. La retribución estará en sus manos. Es todo lo que tengo para dar.

La miro a los ojos y los veo vidriosos por las lágrimas. Por primera vez,
realmente la veo. Soy testigo de lo más profundo de su corazón.
Destrozado. Aplastado. Causado por mí. Soy el mal que debe ser
extinguido. La ecuación es clara.

—No… —murmura Jay, sus labios temblorosos.

Aprieto el arma en mi mano, la única forma que conozco en la que


puedo arreglar esto.

—Adiós, Jay.

Pongo la pistola en mi propio pecho y aprieto el gatillo.

Jay

Los gritos me envuelven, emanan de las profundidades de mi alma.


Irreal.

Todo lo que X hizo, todos los recuerdos se unen en un torbellino de


emociones. Devoción. Necesidad. La lucha por el poder. X lo quería todo.
Era demasiado para él. Su deseo de venganza y su anhelo de reclamarme
se enfrentaron, y ahora ha pagado el precio.

Una explosión de emociones se arremolina a través de mí, llenándome


de adrenalina y energía. Mi padre está momentáneamente distraído por lo
que ha hecho X, así que tomo la oportunidad para liberarme. Separo lo
dientes y muerdo en el brazo de mi padre. Ruge de dolor mientras me
empujo fuera de sus brazos y agarro su muñeca. Se la tuerzo, hago caer el
arma. Luego lo pateo en las bolas. A medida que cae al suelo, levanto el
arma, remuevo el seguro y apunto.
—Espera —dice mi padre.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Fue un juego. —Levanta sus manos—. No iba a matarte realmente.


Solo lo hacía para ser capaz de escapar.

Resoplo.

—Sí, claro.

—Soy tu padre. Nunca le haría eso a mi propia hija. Sé que él lo haría.


Tú lo odias, ¿no? Está derribado ahora, así que corramos.

Cuando trata de levantarse, le disparo en la pierna. Sus chillidos de


dolor me seducen. Es la primera vez que disfruto de escuchar a alguien
rogar por su vida. No será la última vez. Una vez que se sabe lo que se
siente hacer que una persona sangre, ese amor permanece para siempre.
La sed no se acaba nunca.

—Por favor, no —dice.

—Yo. No. Lo. Odio —digo entre dientes—. Te odio a ti.

Y luego tiro del gatillo. Una de las balas va limpia a través de la cabeza.
Sus ojos ruedan en la parte posterior de su cabeza, sus extremidades se
extienden por el asfalto. Corrientes de sangre dibujan líneas en el suelo
como un lienzo mojado en pintura de color marrón.

La idea de que la vida de mi padre ha terminado se queda conmigo no


más de un segundo. Me apresuro a X. Metiendo la pistola en el bolsillo,
caigo de rodillas a su lado. Está gorgoteando; la bala penetró en sus
pulmones. Su traje negro se tiñe con su propia sangre. Sus dedos se
contraen bajo el peso de la pistola.
La tiro lejos y arranco un pedazo de la tela de mi vestido, tapando el
agujero en su pecho con ella. Por supuesto que no sirve de nada. En la
confusión me siento a su lado, llorando a moco tendido. Ni en un millón de
años se me ocurrió que esto pasaría, y ahora está pasando. X se está
muriendo y no hay nada que pueda hacer al respecto a pesar de que mi
corazón grita por él. Pide que se quede conmigo. Lo necesito. Sin él este
mundo es demasiado oscuro para manejarlo.

—No mueras —le digo en voz alta. No puedo retenerlo más. Sé en mi


corazón que lo que decía era cierto. Estaba en lo cierto todo el tiempo, pero
no quería admitirlo. Los dos ya habíamos perdido el juego. No hay ganador
aquí.

Su mirada se fija en mí solo mientras él levanta sus manos y acuna mi


cara. Me inclino hacia él, sintiendo su toque de amor. Colocando mi mano
en la parte superior, entrelazo mis dedos con los suyos.

—No me dejes, X. No puedes hacer esto. ¿Por qué tuviste que


dispararte?

Tose más sangre.

—Era la única manera.

—¡Esta no era la única manera! ¡No tienes que morir!

Sonríe.

—Ahora eres libre de hacer lo que quieras, pajarita.

—¿Cómo puedes sonreír en este momento? —le grito. Me arrepiento de


inmediato.

—Porque tú todavía estás aquí, sentada a mi lado, tomando mi mano.


Sus palabras traen más lágrimas a mis ojos. A lo lejos puedo oír a la
gente gritando. No es una sorpresa que nos encontraran, considerando
que es pleno día. Miro hacia atrás y veo a una mujer que sostiene un
teléfono a la oreja. Bueno. Espero que esté llamando al 911.

—Jay —croa.

—Shh… no hables. Solo lo empeorarás. Vamos a esperar a la


ambulancia. Alguien está llamándola en este momento.

—No. Tengo que decirte esto. Hiciera lo que hiciera, olvida todo. Por
favor, solo mantén los buenos recuerdos de cuando tú y yo éramos niños…
—Se queja—. Olvídate de X.

—¡No! —Agarro su mano y la llevo a mi boca, besándola—. Tenías razón.


Corrí porque tenía miedo. Quería la libertad… pero también te quería a ti,
lo cual me asustaba mucho más. Cuando vi esos mensajes de texto, los
usé como una herramienta para liberarme. —Suspiro—. Las cosas que
una chica hace cuando está acorralada.

Sonríe, la mirada en sus ojos ablandándose por momentos.

—Quería que fueras mía. He sacrificado todo por tenerte. Todo fue en
vano. Debí dejar que vivieras tu vida.

—¡No, no fue en vano! —Me inclino sobre él y agarro su rostro—.


Mírame. —Sus ojos se cierran lentamente—. Me tienes. Estoy aquí. No voy
a ninguna parte.

—Mis cicatrices… —Se queja—. Ese día que tu padre nos encontró se
repitió en mi cabeza una y otra vez. Te culpé por todo. Quería que sintieras
el mismo dolor que yo. Pero ahora… solo te quiero a ti, una y otra vez.

Tose, y más sangre sale hacia arriba. Me esfuerzo por mantener la


herida cerrada.
—No hables —le digo—. Sé lo que quieres decir.

Él inclina la cabeza, tratando de mantener su ojo en mí todo el tiempo.


Sus dedos se crispan, haciéndome señas para que me acerque. Me inclino
y presiono mis labios a los suyos. En la oscuridad, su gusto es lo único a
lo que aferrarse. Sus labios resistentes son el único consuelo que tengo
ahora que todo se desvanece. No lo voy a dejar ir. No lo voy a dejar. Hemos
pasado por muchas cosas juntos. Porque él me amó tanto que me odiaba.
Los sentimientos más profundos pueden cambiar de un eje a otro en un
abrir y cerrar de ojos. Él siempre estaba cambiando, siempre en busca de
un cierre. Su venganza le dio una meta. Pero enamorándose de mí, su
objetivo fue arrebatado. Y entonces su nueva meta se convirtió en la
reivindicación y poseerme.

Sus besos me muestran lo mismo. Su lengua todavía se sumerge al


encuentro de la mía, a pesar de tener poca energía para hacerlo. Está
poniendo todo lo que tiene en besarme. Dándome todo lo que tiene. Todo el
sufrimiento que estuve pasando fue un error. Sé que lo fue. Su
arrepentimiento se cuela por todos los poros, su desenfreno por mí
esclarecido por el día. Siempre ha estado enamorado de mí.

Al igual que yo estoy enamorada de él.

A pesar de lo que mi cerebro me dice, mi corazón ya ha cedido. No fui


sorprendida por el amor, siempre lo he tenido en mí. Siempre estaba ahí,
mirando sobre mí, cuidando de mí, deseándome. Me sentí necesitada,
querida, sexy y fuerte. En sus brazos me sentí como si pudiera manejar el
mundo.

Nadie me ha hecho sentir nunca de esa manera.

Esto nunca se trató de un juego. Fue una batalla ya perdida. Éramos


solo dos personas heridas tratando de reencontrarnos.
Lo beso para expulsar mis preocupaciones solo por un rato. La sal de
mis lágrimas se filtra en nuestras bocas, ya que no puedo dejar de anhelar
sus labios. Tengo que sentirlo, incluso si es solo temporal. Añoro su
adoración. Soy una esclava de sus mandatos. Sus deseos son mis deseos.
Su dolor infligido es mi regalo de liberación. Con él soy capaz de dejar ir y
ser libre. Libre como un pájaro. Su pequeño pájaro.

—Quiero volar contigo —le digo—. Por favor. —Sostengo su mano y la


aprieto con fuerza.

No quiero caer. Ya no.

Pero cuando empieza a jadear, sé que el final está cerca.

Esto no tenía que suceder.

Él no puede morir.

Lo necesito.

El tiempo se detiene y la comprensión me golpea, nunca fui libre. Mi


corazón no era libre para empezar. Era devoto suyo desde el momento en
que puse mis ojos en él hace mucho tiempo. Incluso después de toda la
miseria a la que me llevó, todavía lo necesito. Lo quiero más que a nada.

Y ahora se está yendo.

—Te amo —le susurro, y luego le doy otro suave beso.

Mientras aparto mis labios de él, mi mente entra en modo de


supervivencia. Me siento como si hubiera sobrevivido a bajar por el Gran
Cañón, y me encuentro teniendo que volver a subir un muro cubierto de
agujas. X está inmóvil, con los ojos cerrados. Mi corazón se detiene.

A partir de ese momento todo lo que sucede en un borrón. Las sirenas


de las ambulancias y la policía rugen cuando se acercan al edificio. X
apenas respira mientras lo levantan en la camilla. Los policías corren
hacia mí y agarran mis brazos, fijándolos a mis espaldas. Sacan la pistola
de mi bolsillo y la aseguran antes de arrastrarme. Los ignoro y sigo con
mis ojos únicamente en X. Tengo que verlo por última vez. No ha abierto
los ojos desde que dije la última de las palabras que significaban todo,
pero llegaron demasiado tarde.

Siempre era demasiado tarde.


"El verdadero amor nunca termina
porque es inmortal."
—Clarissa Wild.

Capitulo 28
Jay

Jueves, 26 de septiembre de 2013. 04:48 p.m.

Sobreviví.

Tomé la decisión de vivir en libertad y ahora debo aceptar las


consecuencias.

No fue sin un costo.

La gente me conoce ahora. Ellos saben que soy la hija del político que
fue asesinado por su propia sangre. Oigo sus susurros en todas partes. El
hombre cuya hija hizo un video sexual y lo envió a los medios de
comunicación sin vergüenza alguna. El hombre que violó a una prostituta
y la mató a golpes. Por supuesto que no era culpable. Fue el plan de X
todo el tiempo para arruinarlo sin remedio.

Saber que tuvo éxito me hace sonreír, aunque me costara mi privacidad.


Valió la pena. Mi padre nunca será capaz de hacerme sufrir de nuevo.

X fue llevado al hospital, y esa fue la última vez que lo vi. Ellos no me
dejan visitarlo. No me dan noticias. Por todo lo que sé, él podría estar
muerto y bajo tierra a estas alturas. No hay nadie al que le importe
excepto a mí. Duele. Trato de no pensar en ello, pero aun así se me cruza
por la mente todos los días.

Junto un montón de hojas y me concentro en la tarea en cuestión. He


sido condenada a hacer servicio comunitario durante unos meses como
castigo por matar a mi padre. Al principio pensaron que yo lo maté, pero
cuando les dije que él casi me mata y les mostré los moretones, los cuales
X convenientemente dejó, creyeron que fue en defensa propia. Por
supuesto, las marcas de mordidas en el cuerpo de mi padre ayudaron con
eso, y el hecho de que X se disparó a sí mismo. Todo fue para protegerme.
Un escape brillante. Hubiera querido que X estuviera allí para verme
decirles que los dos éramos inocentes.

Sacudo mi cabeza y suspiro. Es extraño pensar en todas las cosas que


hicimos. Todas las personas que matamos. Nadie sabe que fuimos
nosotros. Conseguí salir de esta con bastante facilidad. Lástima que no
terminó tan bien para X.

A veces me pregunto cómo le va. Si todavía está vivo. Ahora, más que
nunca, desearía que eso fuera cierto. Puede sonar egoísta, pero no quiero
su muerte en mi conciencia. El pensamiento de que él dio su vida por mí
es demasiado duro de soportar. No importa lo que me haya hecho, robó un
pedazo de mi corazón y se lo llevó. Dondequiera que esté, espero que lo
atesore.

Me siento en un banco cercano y seco el sudor en mi frente. La mitad


del trabajo de hoy ya está hecho, pero no estoy deseando que llegue el
resto. Dios, no puedo esperar hasta haber terminado con esto, así seré
finalmente libre de verdad. Entonces podré hacer la mierda que quiera.
Abrir ese bar en Hawái y pasar el resto de mi vida en las playas. Eso sería
agradable.
Resoplo. Como si alguna vez fuera a tener el dinero. Después de que
todo esto termine, ni siquiera tendré un currículum para conseguir
trabajo. Nop, probablemente vaya a terminar en una tienda de venta de
ropa de segunda mano para abuelitas. Bueno, al menos es un trabajo
decente en comparación con lo que solía hacer. Si X no hubiera irrumpido
en mi vida, yo todavía estaría en el negocio de la prostitución, trabajando
para Don en el Two Minnies. Estoy agradecida de haber logrado salir de
allí. Puedo empezar de nuevo aquí.

Una suave brisa arrastra mi cabello a mi cara, y cuando lo aparto, algo


es empujado contra la palma de mi mano. Me levanto bruscamente,
verificando inmediatamente quién es el responsable. Volviendo mi cabeza,
miro detrás de mí, pero no hay nadie a la vista. En la distancia veo a una
mujer corriendo.

―¡Oye! ―grito, pero ella me ignora. Ni siquiera voltea, pero tiene que
haber sido ella; está caminando demasiado rápido. Sospechosa. Me
pregunto qué hizo.

Abro mi mano y levanto el pequeño sobre que puso allí. El número de


una casilla de correos está garabateado en el frente, pero no hay nada en
la parte posterior. Ninguna mención de quién era ella. Miro alrededor,
comprobando que no hay nadie mirando antes de abrirlo. Hay algo pesado
en el interior, así que lo volteo y dejo que caiga. Es una llave.

¿Para qué diablos es esto?

Cuando sacudo el sobre, una nota pequeña cae en mi mano. Las


palabras escritas me llenan de esperanza y dejan a mi corazón en paz.

Voy a morir, pero no hoy.

Mi respiración se detiene. X está vivo.


"Un nuevo comienzo es el primer
paso, y cada elección es la siguiente
hacia la libertad."
—Clarissa Wild

Epilogo
Jay

Jueves, 26 de septiembre de 2013. 05:26 p.m.

Mis dedos tiemblan cuando pongo la llave en la cacilla postal y aguanto


la respiración mientras abro la cerradura. Miro en el interior. Hay algunos
artículos en la parte de atrás. Una postal, una nota en papel doblado, una
tarjeta bancaria y un pasaporte. Trago saliva antes de recoger el pasaporte
primero. Parece la opción menos estresante. Lo abro y encuentro mi propia
fotografía en el interior, pero no mi nombre. Es un documento de identidad
falso, adaptado específicamente para que coincida con mis descripciones.
Parpadeo, trato de mantener mi ritmo cardíaco estable cuando saco la
tarjeta bancaria. Esa también tiene el nombre falso. Hay una nota
pequeña unida a la tarjeta con un código: uno nueve uno cuatro.

Todo mi cuerpo empieza a temblar cuando estiro la mano para agarrar


la postal y la saco. Es una foto de una playa y un barco, pero no parece ser
una foto profesional. Por el contrario, parece que se tomó con un teléfono
normal. En el frente dice: "Nos vemos en Galveston, Texas".

Frunciendo el ceño, le doy la vuelta.


Encuéntrame aquí.

Las lágrimas se derraman de mis ojos, pero me obligo a hacerlas a un


lado mientras meto las cosas en mi bolsillo y paso al siguiente objeto. La
nota. Creo que mi corazón se hunde hasta mis pies.

En la parte superior lee:

No abrir hasta después de usar la cuenta bancaria.

Estoy tentada a hacerlo de todos modos, pero luego me doy cuenta de


que podría haber algo importante que me pierda, lo cual está conectado a
la cuenta bancaria. Mierda. Asegurándome que no queda nada en la
casilla, cierro la puerta y la bloqueo de nuevo antes de echarme a correr al
cajero automático más cercano. Inserto la tarjeta y me apresuro a escribir
el código. Estoy sorprendida de que funciona. Lo que aparece en la
pantalla me desconcierta.

Millones y millones de dólares registrados bajo este nombre falso del


cual tengo la identificación.

Congelada, miro fijamente la pantalla en silencio total. Esto… ¿tengo


acceso a todo esto? Este nuevo nombre… una nueva identidad… una
cuenta bancaria llena de dinero en efectivo. Podría empezar mi negocio en
Hawái y realizar mi sueño.

Se siente irreal. Tragando, compruebo de nuevo la pantalla. Las últimas


transacciones registradas a esta cuenta eran de una cuenta bancaria de
alguien llamado Azazel3.

3 Azazel: nombre del ángel caído que, según el libro de Enoch (libro intertestamentario
rechazado por las iglesias cristianas), lideraba a los grigori (grupo de ángeles que
mantuvieron relaciones sexuales con mujeres mortales y crearon a los nefilim); fue quien
enseñó a los humanos el arte de la guerra, la brujería y a hacer cosméticos. El nombre
significa “la cabra de emisario” o “chivo expiatorio”. Algunos mitos ponen a Azazel como
arcángel negro, líder de los ángeles caídos y mano derecha de Lucifer.
Con el ceño fruncido, aspiro algo de aire. ¿Quién es este? Qué nombre
tan extraño. ¿Es esto real? Todo este dinero… ¿es mío?

Miro hacia la nota en mis manos sudorosas. Si la abro podría


averiguarlo. Mi corazón se está volviendo loco, sin embargo. Solo la idea de
encontrar un mensaje de X dentro me pone nerviosa. Supongo que incluso
después de todo lo que sucedió aún tengo sentimientos por él.

Retiro la tarjeta del cajero automático y la meto en mi bolsillo trasero.


Después de exhalar un largo suspiro interminable, abro la nota y empiezo
a leer.

Jay,

Tomé un montón de cosas de ti. Lo hice porque pensé que quería


venganza. Como has dicho, estaba cegado por el odio. Pero después
de estar contigo durante mucho tiempo, recuerdo lo que era sentir
algo más que pesar. Recuerdo por qué te deseaba en primer lugar.
Tus anhelos, tu temeridad, tu confianza, tu devoción, tu lujuria, tu
amor. Te has convertido en mi querida, luego en mi amante y luego
en mi socia del crimen. En algún momento de todo me olvidé de
darte la cosa más importante en la vida. Una elección.

No vine a ti porque quiero que seas capaz de elegir sin más


influencia de mi parte. Quiero que tu decisión sea honesta y precisa.
A pesar de que me gustaría verte de nuevo, lo que más quiero es que
seas feliz, sin importar si yo también lo soy.

No puedo reclamar tu amor. Puedo reclamar tu cuerpo, tu mente,


tu alma, pero nunca podría reclamar tu amor. La única cosa que
más necesitaba de ti, pero nunca podría exigirlo a menos que sea
dado libremente.
Es por eso que te librero de la carga de perdonarme.

En esta casilla encontrarás todo lo que necesitas para empezar de


nuevo. Olvidar quién eras, comenzar de nuevo. Usa el dinero como
mejor te parezca. Es todo tuyo. Supongo que eso es una cosa por la
que puedes agradecerle a tu padre. Te di más de la mitad de lo que
él tenía y envié el resto a la organización como un medio para
compensar su trabajo. No vendrán más tras de ti. Tu vida está a
salvo ahora.

¿Yo? Hoy me encuentro en paz conmigo mismo, escuchando el


sonido del agua ondeando cerca de mí. Por la noche sueño con tu
rosada carne enrojecida, sepultada debajo de mí. Si tan solo pudiera
azotar ese lindo culo tuyo una vez más.

Por desgracia, los sueños son solo sueños. Estoy disfrutando de mi


tiempo navegando por el océano con mi barco. Las enfermeras del
hospital fueron bastante buenas para mí. Me remendaron y me
escabullí sin ser visto. Fue una tarea fácil, teniendo en cuenta que
nadie sabía quién soy.

Perdí una de mis siete vidas con esa bala. No tengo la intención de
perder el resto. Así que he decidido disfrutar del tiempo que me
queda. Me dije que esto era lo que haría cuando me retirara, así que
pensé, ¿por qué no comenzar antes?

Eres bienvenida a unirte a mí, por supuesto. Tengo que advertirte,


sin embargo, estoy igualmente impulsado a darte placer como a
darte dolor. La sed de sangre no desaparecerá nunca, pero sé que me
puedes manejar ahora. El monstruo dentro de mí no va a
desaparecer, pero sabes que, no obstante, adoro a mi pajarita.

Lo que sea que desees es tuyo. Quiero hacerte feliz y te daré todo
lo que tengo. Si regresas a mí, todo lo que tengo para darte es mi
corazón. Y unas cadenas y correas con las cuales ser travieso. Pero
ahora eres libre de hacer lo que quieras. No voy a perseguirte. No voy
a contenerte. No voy a decirte qué hacer. Haz tu propia elección, al
igual que yo hice la mía. Te esperaré. Siempre he esperado por ti.

La nota tiembla en mi mano mientras miro alrededor por un segundo,


tratando de recuperar el aliento. El cielo está despejado y lleno de
oportunidades. El "qué pasaría si" llena mi cabeza con la esperanza.

Me animo a leer antes de decidir, pero luego me doy cuenta de que una
línea es todo lo que se necesita. Todo está claro ahora.

Ahora, pajarita, haz tu elección.

La vida siempre se ha tratado sobre las elecciones. El sendero que


tomamos no puede ser deshecho. Las consecuencias son un hecho. La
personalidad nace.

Sé quién soy. Lo recuerdo todo.

Y entonces la elección es simple. Lo supe todo el tiempo.

Me quito el traje de trabajo y lo tiro en los arbustos, meto la nota en mi


bolsillo trasero, y empiezo a caminar. El pasado está detrás de mí, borrado
de mi memoria, volando con el viento. Mi padre y todo lo malo ya no
pueden hacerme daño. Este es mi momento. Este es mi futuro. Lo que
quiero finalmente está en mis manos.

Las últimas palabras en la nota se pegan conmigo, porque son


preciosas. Es un secreto que llevaré conmigo a la tumba y más allá. Soy
libre.
Olvídate de X. Él ya no existe. Soy el hombre que espera para
comenzar de nuevo, espero que contigo. Y ahora sabes mi nombre.

Firma, Azazel.

PD: Es la verdad. Te juro que no soy el diablo, aunque me


considero malvado… en un buen sentido. Ahora sabes por qué nunca
te lo dije. Mis padres tenían un cruel sentido del humor.

Fin
Sobre la Autora
Clarissa Wild es la autora con record de ventas en EEUU de FIERCE,
una serie de romance de universidad, pero es más conocida por la oscura
novela de romance Mr. X. También escribe romance erótico como la serie
Blissful, la serie The Billionaire’s Bet, la serie Doing It y la serie Enflamed.
Es una lectora ávida y una escritora de historias sexis sobre hombres
calientes y mujeres luchadoras. Sus otros amores incluyen su amigable
gato peludo y aprender sobre diferentes culturas. En su tiempo libre
disfruta mirando todo tipo de películas, leer toneladas de libro y cocinar
sus comidas favoritas.

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