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  “Cuentos para adultos…que quieren ser felices” 

La máscara
Autor: Javier Carril. 2013.

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Por cortesía del Autor, esta obra está disponible para descargar en
http://PortaldelCoaching.com/ 

Cuando se acostaba cada noche, Eva guardaba en un cajón las tres máscaras que
utilizaba para desenvolverse eficazmente en la vida. La primera máscara era la
cara de Catwoman, que usaba principalmente cuando se marchaba a trabajar,
para mostrar dureza y agresividad en un mundo lleno de hombres, y fingir que
era una superwoman. La segunda máscara era la de Marilyn Monroe, con el fin
de resultar sexy y seductora al mundo, y sentirse así valorada y admirada. Y la
tercera era la careta de Eeyore, el burro pesimista y victimista amigo de Winnie
the Pooh, con el fin de buscar la atención y el cariño de los demás.
No podía vivir sin esas máscaras, y se había fabricado réplicas exactas para
tenerlas a su disposición en todo momento, ya fuera en el lugar de trabajo, en el
coche o en casa. Según la necesidad de la situación o el problema ante el que se
encontraba, se ponía una máscara u otra.
Eva tenía 39 años, estaba casada con Raúl, y tenían dos hijos de 13 y 16 años,
Javier y Jose. Trabajaba en un puesto de directiva en un gran banco
internacional, y las exigencias eran máximas. La mayoría de los directivos eran
hombres y la competitividad era insana y extraordinariamente agresiva. Si
quería sobrevivir, necesitaba esas máscaras permanentemente. La clave era
saber usar cada una en el momento preciso. Eva en ese sentido era una experta
y extraía un gran rendimiento de sus tres caretas.
Pero Eva no era una persona extravagante ni mucho menos. No sólo ella cubría
su verdadero rostro permanentemente con diversas máscaras. Todo el mundo lo
hacía. Su marido Raúl tenía sus propias máscaras, la de un gorila con gesto
furioso, una careta de George Clooney para lograr atraer y seducir a los demás,
otra de payaso para ser el más gracioso de las fiestas, y una más del filósofo
Sócrates, cuando necesitaba demostrar que era el más sabio y experimentado,
con el fin de llevar razón en una discusión.

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Por supuesto sus hijos llevaban continuamente sus particulares caretas, y Eva ya
se había olvidado de cómo eran sus verdaderas caras. Pero esta costumbre no
era exclusiva de su familia, sino que era una conducta habitual en la sociedad en
la que vivían. Cuando Eva salía a la calle, jamás veía el auténtico rostro de las
personas, ya que todos usaban máscaras para ocultarse, como si detrás de
dichas máscaras se ocultara algo horrible, indigno de ver. Nadie sabía si eso
podía ser cierto, ya que ninguna persona se atrevía a mirarse al espejo sin tener
una careta puesta. Tenían miedo, miedo a descubrir algo terrible, como si todos
fueran una versión cotidiana y sin glamour del fantasma de la ópera, aquel
personaje teatral que bajo su máscara ocultaba un rostro desfigurado por el
fuego.
Eva solía ir a su oficina en su coche, siempre con su máscara de Catwoman para
sortear todos los obstáculos de la gran ciudad con la máxima agresividad y
velocidad. Lo cierto es que funcionaba bien, y conseguía su objetivo.
Exactamente igual que cuando utilizaba las otras dos máscaras. Siempre que se
ponía la careta de Marilyn, los hombres se derretían y babeaban. Sentía que
podía seducir a cualquier hombre y se sentía poderosa. Por último, la careta del
burrito pesimista le servía para no asumir su responsabilidad ante los demás
cuando se equivocaba, y encima lograba que las personas la consolaran e incluso
que se echaran las culpas de lo sucedido. En definitiva, Eva era una
manipuladora convencida y consciente. Lo cierto es que la vida le iba bien, y
conseguía lo que quería, así que ¿Por qué iba a cambiar?
Además, observaba cómo el resto de sus compañeros de trabajo, incluyendo su
jefe, ocultaban sus auténticos rostros bajo múltiples caras. Por ejemplo, su jefe
Tomás siempre llevaba una máscara de Freddy, el asesino de la película
“Pesadilla en Elm Street”, y la verdad es que daba mucho, mucho miedo. Todo
su equipo le obedecía sin rechistar, y los diferentes departamentos de la
empresa cedían a la primera ante sus reclamaciones y peticiones, ya que
generaba pavor en todo el Banco con esa máscara y con su conducta asociada,
agresiva y violenta. Aunque tenía competidores, ya que había altos directivos de
otras divisiones que portaban máscaras tan amenazantes o más, como una
mujer con la careta de la niña del exorcista, o un jefe de departamento que casi
siempre iba con el rostro de Darth Wader, el oscuro personaje de la Guerra de
las Galaxias.

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Había otros compañeros que eran más amables con sus elecciones. En su
edificio Eva podía cruzarse con máscaras de personajes famosos como la madre
Teresa de Calcuta, Einstein o Charlot, y también con Heidi, Woody Allen o
James Bond. También abundaban las máscaras de animales. El delfín
contribuía al buen ambiente con su alegría, aunque el trabajo se quedaba sin
hacer. Por otro lado estaba el grupo de las hienas, de distinta fisonomía pero la
misma intencionalidad, ya que siempre estaban al acecho de errores o fracasos
de otras personas para lanzarse a la yugular y provocar el despido o la
marginación de sus propios colegas. Y por supuesto, muchos ejecutivos de la
empresa llevaban la máscara de tiburón, con sus afilados dientes y su mirada
amenazante. Normalmente las máscaras agresivas como éstas solían imponerse
a otras más suaves o conciliadoras, pero lo cierto es que cada persona decidía y
elegía sus propias caretas de forma consciente, asumiendo así las consecuencias
de dicha elección. En el fondo cada uno pensaba que su careta le ayudaba de
alguna forma en sus objetivos, y por eso la usaba, pero en su elección muchas
veces pesaban más los miedos e inseguridades. Había empleados que
cambiaban frecuentemente de careta, incluso el mismo día, mientras que otros,
como el jefe de Eva, siempre llevaban la misma, día tras día.
En definitiva, nadie mostraba su auténtica cara, su verdadero rostro. Todo el
mundo representaba un personaje en función de los intereses del momento, o
bien para posicionarse adecuadamente en el ambiente competitivo y agresivo
del Banco. Pero como ya se ha dicho no sólo en el Banco las personas usaban
caretas. Todo el mundo salía a la calle con la máscara elegida, por lo que las
calles de la ciudad se convertían en una estrambótica fauna de personajes
famosos, actores, animales o personajes de dibujos animados.
A Eva le había ido razonablemente bien con sus caretas. En su trabajo su
personaje de Catwoman le ayudaba a lidiar con los tiburones y las hienas, y
conseguía dominar a los que se ponían la cara de payaso, avestruz o
Blancanieves. También su careta de Marilyn Monroe era muy efectiva para
despistar y envolver a los hombres con su encanto, y lograr de ellos lo que
quería, entre ellos a su marido. Y su rol del burrito victimista le hacía que los
demás la animaran y la mimaran, algo que necesitaba en ocasiones de sus hijos
y también de su marido. Por supuesto, con sus hijos adolescentes también se
ponía la máscara de Catwoman para dominarlos y lograr que la obedecieran,

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aunque si era sincera cada vez le funcionaban menos las tres máscaras. Es más,
en ocasiones tenía la sensación de que estaban comenzando a perjudicarla más
que a beneficiarla. De hecho, sus hijos estaban empezando a rebelarse y la
relación era cada vez más difícil, mientras que en su trabajo cada vez tenía más
conflictos.
Por su parte, su marido Raúl también tenía problemas con las máscaras que
había seleccionado para su vida. El gorila agresivo y machista no asimilaba el
ascenso profesional de Eva, mientras que en la familia todos estaban hartos de
su máscara del filósofo sabio, que utilizaba cada vez más frecuentemente para
enmascarar su inseguridad.
Un día, Eva comenzó a sentir algo en su interior que le decía que aquello no era
natural. Pero no sabía cual era la solución. La ansiedad e insatisfacción personal
fue aumentando hasta que comenzó a buscar opciones para calmar su ruido
mental y emocional. Probó masajes relajantes de todo tipo, terapias energéticas
como el reiki, acudió a un psicoterapeuta durante meses, fue a diversas charlas
motivacionales en las cuales se hablaba de éxito y de “ser tú mismo”. Pero nada
la convenció ni logró proporcionarle la paz mental que necesitaba. Ella seguía
pensando que no era ella misma.
También, en su búsqueda de herramientas para conseguir calmar su ansiedad,
aprendió a practicar meditación en un centro budista que había en la ciudad y
logró incorporarlo como un hábito diario. Todos los días se sentaba a meditar
media hora. Tal y como la habían enseñado, concentraba su atención en su
respiración abdominal, una y otra vez, contando dichas respiraciones hasta que
sonaba la alarma de su teléfono móvil. Siempre lo hacía nada más levantarse,
con una de sus caretas, porque le daba terror quitársela, no fuera que su marido
o sus hijos entraran en la habitación y vieran su rostro original, que ni siquiera
ella conocía. Así estuvo muchos meses, meditando todos los días con sus
caretas. Sin embargo, sin darse cuenta, Eva se iba sintiendo más tranquila,
menos angustiada. Lentamente, pero sin retorno. A medida que iba avanzando
el tiempo, iba sintiéndose con más valor, con más autoconfianza y seguridad
respecto a sí misma. Y cada vez encontraba más artificiales sus máscaras. Es
más, comenzó a notar incomodidad mientras las llevaba, algo que nunca le
había sucedido.

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También percibía de una forma distinta a los demás. Observaba con más
detenimiento y objetividad las máscaras de cada persona, en la calle, en su casa,
en el trabajo, y paulatinamente iba entendiendo las motivaciones y necesidades
que ocultaban las personas detrás de sus máscaras. Alguna vez incluso se le pasó
por la cabeza que quizá se podría vivir sin máscaras, pero rápidamente su
cerebro borró tal estupidez.
Hasta que un día, Eva decidió quitarse la máscara. Era un día caluroso del mes
de junio. Se había levantado y como cada mañana, se había puesto su máscara,
en esta ocasión la del personaje del burrito de Winnie The Pooh. En su media
hora de meditación matutina, comenzó a maquinar su idea. A su mente en
calma llegaron muchas preguntas incómodas: “¿Y si me quitara la máscara?”
“¿Qué sucedería…?” “¿Cómo será mi verdadero rostro?” “¿Sentiré pavor y
volveré a ponerme la máscara inmediatamente?” “¿Y si no hay vuelta atrás?”.
Todas estas preguntas estuvieron torturándola durante su ejercicio de
meditación, por lo que no se pudo concentrar en absoluto en su respiración
abdominal, ni en contar sus respiraciones, ni en nada de nada. Cuando sonó la
alarma del móvil, su mente era un estanque revuelto, lleno de caos y ruido. Sus
emociones se desbordaban, su corazón estallaba de palpitaciones ante la
decisión inminente. Se levantó, se dirigió al baño más cercano, se cerró con llave
y se miró al espejo. Su máscara de Eeyore le resultaba patética, artificial,
absurda. Acercó sus manos y se quitó la máscara entre un manojo de nervios.
Entonces lo vio.
Ante su sorpresa, detrás de la máscara no había un rostro deformado ni
monstruoso, como se había figurado durante los últimos años. No era el
fantasma de la ópera ni la mujer elefante. Al contrario, su rostro era limpio y
bello, su piel suave, y sus ojos proyectaban paz y felicidad. Y de la figura ovalada
de su cabeza salía una especie de luz blanca y brillante. Era como si proyectara
calor y luz, como si iluminara todo a su alrededor. Era mágico y se emocionó.
Sonrió ligeramente porque había dado un paso enorme en su vida. Poco a poco
fue sonriendo más abiertamente. Y al mismo tiempo, observó cómo de sus ojos
de color miel caían lágrimas de felicidad.
Después de diez minutos contemplando su auténtico rostro, extasiada, volvió a
ponerse la máscara y continuó su vida normal, como si nada hubiera sucedido.

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Pero esa experiencia iba a resultar un “antes” y un “después” en su vida y en la
de sus amigos, familiares y compañeros de trabajo.
Durante meses continuó utilizando sus máscaras, pero visitaba cada vez más a
menudo los espejos de su casa para, a hurtadillas, quitarse la máscara que
llevara y contemplar de nuevo las preciosas facciones de su rostro. Y un día,
cuando sus hijos se habían acostado, se acercó a su marido, que tenía puesta su
careta de George Clooney. Le dijo “mírame y no te preocupes” y se quitó,
delante de él, la máscara de Marylin Monroe. Raúl se quedó boquiabierto
durante un minuto, sin palabras, porque estaba fascinado por ese rostro, lleno
de luz, que iluminaba toda la habitación. No entendía qué estaba sucediendo
porque no conocía ese rostro. O sí. Quizá sí lo conocía. Tal vez lo había visto
hacía muchos años atrás, cuando había conocido a una chica preciosa de
dieciocho años en un concierto de Sabina. Era ella, Eva, la auténtica, la genuina.
No podía creerlo. Ya no quería que volviera a ponerse esas caretas, ni siquiera la
de Marilyn, porque no era verdadera. Entonces, Eva le dijo que si le permitía
quitarle la careta de George Clooney, pero Raúl se asustó y no cedió. Tenía
miedo de que debajo se ocultara un monstruo que ahuyentara a esa maravillosa
mujer. Por más que Eva le insistió, Raúl no se quitó su máscara. Pero Eva lo
entendió, porque ella también había estado muy asustada, y había necesitado
mucho tiempo para ir quitándose todas las capas de cebolla que había ido
acumulando durante tantos años. Así que respetó el temor de su marido.
Eva fue enseñando su verdadero rostro cada vez más, no sin temor.
Especialmente con su esposo e hijos tenía miedo de que la rechazaran, de que
no la reconocieran como esposa y madre. Pero sus hijos reaccionaron con tanto
entusiasmo como Raúl. Y lo que más le sorprendió a Eva fue que sin máscaras la
vida era más fácil que antes. Sus hijos se comportaban de forma más relajada,
eran más cariñosos con ella, contaban de forma más abierta sus problemas.
También con Raúl mejoró considerablemente la relación, conectando con la
pasión perdida hacía ya años. Y llegó un día en que su familia se atrevió a
quitarse sus máscaras y mirarse al espejo, tal y como eran. También ellos
desprendían luz, y sus rostros eran muy normales, nada estrambóticos como sí
lo eran sus máscaras. Pero precisamente esa normalidad, esa sencillez, era lo
que les hacía especialmente bellos y maravillosos. Eva había logrado influenciar
positivamente en ellos, con su valentía y paciencia, a través de su ejemplo diario

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de mostrarse tal y como era, ella misma, sin máscaras, durante meses y meses.
Para ella era sorprendente que cuanto más mostraba su vulnerabilidad y evitaba
protegerse, más influencia ejercía sobre sus seres queridos. Cuanto más sincera
y humilde era sobre sí misma y sobre sus puntos débiles, más fuerte se sentía, y
más fuerza proyectaba hacia ellos. Qué gran descubrimiento darse cuenta del
enorme poder de la vulnerabilidad y la fragilidad.
Durante todos estos meses, tanto Eva como su familia seguían usando sus
máscaras para ir a trabajar, al colegio o al centro comercial. Habrían llamado
demasiado la atención con la luz que proyectaban, por lo que decidieron avanzar
paso a paso, sin revoluciones ni grandes escándalos. Así que Eva seguía
poniéndose alguna de sus máscaras cuando salía por la puerta de su casa, para
afrontar los desafíos del día protegida por ellas. Sin embargo, había logrado
distanciarse progresivamente de dichas caretas, ya no se las tomaba en serio,
incluso le parecía que tenían un punto patético y triste, todo ello teñido con un
sentimiento profundo de compasión hacia ella y hacia los demás. En el fondo,
pensaba Eva, todos tenemos mucho miedo de enseñarnos al mundo como
somos. Tenemos miedo de que nos hagan daño, de que nos hieran, y de que eso
nos haga sufrir. Por eso nos ocultamos. El problema, reflexionaba Eva, era que
ocultamos no sólo nuestras partes oscuras, sino sobre todo nuestra grandeza
como seres humanos, nuestro amor, nuestro sentido del humor, nuestras
cualidades. En definitiva, el oro que todos llevamos dentro. Recordó entonces
una historia que leyó sobre un Buda de oro que preside un templo budista en
Bangkok, Tailandia, llamado el Templo del Buda de oro. Este Buda era famoso
porque es el Buda de oro macizo más grande del mundo, con más de cuatro
metros de altura y cinco toneladas de peso. Dicho Buda era muy valioso desde
hacía siglos y los monjes que lo custodiaban en el siglo XIII decidieron ocultarlo
cubriéndolo de una gruesa capa de arcilla, para que los pueblos invasores y
ladrones no repararan en una pieza de tanto valor y la robaran. Y consiguieron
su propósito, ya que todos pasaron de largo sin fijarse en ese Buda enorme de
arcilla. Lo mejor de todo es que los monjes decidieron mantener al Buda de oro
oculto durante años, ya que su idea les había funcionado espléndidamente. Y las
siguientes generaciones comenzaron a olvidarlo, hasta el punto de que siglos
después nadie sabía que hubiera existido jamás un Buda de oro macizo de más
de cuatro metros de altura. Nada menos que siete siglos pasaron hasta que en

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1955 se decidió trasladar el Buda de arcilla a otro templo de Bangkok. En dicho
traslado la enorme figura, debido a su gran peso y tamaño, cayó al suelo y se
agrietó por varios lugares, provocado también por las intensas lluvias que
cayeron en esa época. El monje encargado del transporte, consternado, no sabía
qué hacer, hasta que de pronto se fijó que detrás de las grietas percibía unos
extraños destellos de luz. Entonces tomó una difícil decisión y se atrevió a
romper la arcilla para descubrir qué se ocultaba detrás. Y así fue cómo
encontraron el Buda de Oro, fascinados y maravillados ante tal descubrimiento.
Eva, al recordar esta historia real, pensó que eso era lo que hacían las personas:
ocultar su oro bajo sus máscaras a causa de las presiones y normas sociales,
materiales y familiares. Y de tantos años escondiendo su verdadera esencia, se
habían olvidado de que existía algo valioso y único detrás de esas máscaras. Ella
misma al principio no se reconocía a sí misma ante el espejo, y tardó en
reconectar con el bello y limpio rostro de Raúl y de sus hijos Javier y Jose.
Cuando hubo logrado que su familia se liberara de las máscaras, Eva emprendió
el siguiente objetivo: su entorno de trabajo. El primer día pidió una reunión
urgente con su jefe. Como de costumbre, su jefe Tomás, o mejor dicho “Freddy”
de Pesadilla en Elm Street, le soltó una especie de ladrido y le dijo que no podía
hasta el día siguiente. Pero Eva insistió firme y finalmente logró que la recibiera
por la tarde.
Allí estaba “Freddy” en su despacho, con su rostro agresivo de psicópata
asesino, de pie, nervioso, moviéndose de un lado a otro de su despacho. Eva
llegó con su careta de Marilyn con el fin de ablandarle a través de sus dotes
seductoras. Eva comprobó que seguía funcionando estupendamente la máscara,
así que se dijo que no tenía por qué dejar de utilizarla. Pero eso sí, sabiendo que
esa no era ella, que era una pose, un rol que adoptaba conscientemente, con un
objetivo, y no motivada por sus miedos y deseos caprichosos. Ahora se trataba
de ayudar a los demás a autoconocerse, a dejar caer sus máscaras, a conectar
con su verdadero oro. Era un maravilloso propósito.
Tomás/Freddy suavizó sus ladridos ante el encanto de Eva/Marilyn. Entonces
Eva le explicó poco a poco su evolución personal durante los últimos meses,
aunque Tomás parecía confuso y no comprendía. Entonces, al ver que de nuevo
se iba poniendo nervioso, Eva decidió quitarse su máscara y mostrar su
verdadera cara. Tomás se quedó petrificado, sin palabras, incluso retrocedió

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como si estuviera viendo el demonio o un rostro más horrendo que su máscara.
Fue tan radical su reacción que incluso Eva dudó y se acercó a un pequeño
espejo que había en el despacho para ver qué es lo que asustaba tanto a su jefe.
Pero vio de nuevo su bello rostro emanando luz en todas direcciones, y se calmó.
Entonces comenzó a explicar a Tomás qué significaba aquello, pero su jefe tenía
pavor, seguía apartándose de ella. Era realmente ridículo ver a un monstruo
como “Freddy” asustarse como un niño, arrodillarse en el suelo y meterse
debajo de la mesa. La luz de Eva lo perturbaba completamente, era mucho más
fuerte que él. Incluso comenzó a llorar angustiado. Eva entonces le animó a que
se quitara la máscara, le aseguró que ella le aceptaría tal y como es, y que
seguiría respetándolo como jefe igual que el primer día. Pero Tomás no quería
desenmascararse, estaba aterrado, y desde el suelo rogaba a Eva que se pusiera
su máscara y que se fuera de su despacho. Eva no quiso forzar más la situación y
decidió obedecerle.
Cuando salió de su despacho, Tomás consiguió reunir fuerzas para levantarse
del suelo. Estaba totalmente perplejo, y tocaba con las manos su máscara. Se
miró en el espejo y vio a un ser mezquino y violento, lleno de odio. Entonces,
temblando, decidió quitarse su máscara. Una vez más, como había sucedido con
Eva, Raúl y sus hijos, se sorprendió positivamente ante lo que había detrás de la
máscara. También él desprendía luz, y su rostro era amable, su mirada incluso
proyectaba un haz de ternura. No podía creerlo. ¿Quién era ese que estaba en el
espejo? ¿Quién era él, esa imagen o la imagen de Freddy?
Al día siguiente Eva recibió una llamada en su puesto de trabajo. Era su jefe, que
quería verla inmediatamente. Eva se apresuró y llegó a los treinta segundos al
despacho de Tomás, que llevaba puesta su máscara de Freddy. Sentado
tranquilamente miró fijamente a Eva, que en ese momento portaba la máscara
de Catwoman. Tras un minuto de tenso silencio, Tomás le preguntó por su
experiencia personal al quitarse sus máscaras. Quería todo tipo de detalles sobre
dificultades, emociones, consecuencias y proceso de desenmascaramiento. Eva
relató con placer su experiencia. Le contó cómo a través de la meditación había
ido removiéndose su interior lentamente hasta que un día, sin saber por qué,
tuvo la claridad para distanciarse y quitarse la máscara. También le contó cómo
había cambiado su vida desde entonces, las mejoras en las relaciones con sus

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hijos, con su marido, y sobre todo, cómo había mejorado la relación consigo
misma.
Después de casi cuarenta y cinco minutos de monólogo de Eva, Tomás suspiró
profundamente y dio las gracias. Eva estaba segura de que jamás había
escuchado esas palabras de la boca de su jefe, jamás. Algo estaba cambiando
dentro de él. Sin embargo, aquel día no se quitó su máscara.
Durante varios meses se repitieron este tipo de reuniones entre Tomás y Eva.
Ella siempre hablaba y él preguntaba y escuchaba. La careta de Freddy ya no
parecía tan inhumana y agresiva. Hasta que un día, en una de sus reuniones,
Tomás se levantó y se dirigió hacia los grandes ventanales de su despacho, en la
planta cincuenta y cinco de la enorme torre donde estaba la oficina. Las vistas a
la gran ciudad eran espectaculares. Entonces, lentamente, Tomás se quitó la
máscara ante la intensa emoción de Eva, que se quedó inmóvil en su sitio. Eva
no veía el rostro de su jefe ya que se encontraba frente al ventanal, dándole la
espalda. Tomás miró la máscara ya en sus manos, y tras un minuto en silencio,
dijo:
- Ahora recuerdo cuando decidí ponerme esta máscara. Fue cuando tenía
dieciocho años. Iba a sacarme el carné de conducir, y empecé mis clases
en la autoescuela. Y el profesor que me tocó era un capullo que me
gritaba y me insultaba. Me decía que era un inútil, un gilipollas, y muchas
cosas horribles. Me humillaba día tras día, y yo no sabía cómo reaccionar.
De hecho, suspendí el examen práctico varias veces por su culpa. Aquella
experiencia amarga me marcó, ahora lo sé, y fue entonces cuando decidí
protegerme con esta máscara. Decidí que a partir de entonces iba a ser yo
el que gritara y humillara a los demás, y jamás iba a permitir que nadie
me tratara como aquel maldito profesor de autoescuela. Como en el
fantasma de la ópera, una horrible experiencia hace que ocultes tu cara
para protegerte del dolor. Pero el hecho de protegerte no te garantiza la
felicidad ni te evita el dolor. Ahora lo sé, ahora lo entiendo. Esta máscara
no me ha hecho más feliz, más bien me ha hecho más desgraciado,
porque me he convertido de víctima en verdugo de los demás.
Eva se quedó impresionada por la reflexión de Tomás. Se levantó y se acercó
a él. Se atrevió a tocarle el hombro izquierdo con su mano, tratando de
transmitirle apoyo y comprensión. Su jefe se dio la vuelta y mostró su

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verdadero rostro a Eva. Tenía una mirada dulce, que transmitía verdad y
humildad. También él proyectaba una luz brillante que iluminaba todo lo
que tenía a su alrededor. Se miraron intensamente, y Tomás dijo:
- Gracias, Eva.
Cuando terminó la jornada, Eva caminaba por la calle sin ninguna máscara.
La gente con la que se cruzaba la miraba sorprendida, fascinada. Se volvían
para contemplarla al pasar, incluso comenzó a sentir que varias personas
desconocidas la seguían. Poco a poco se sumaron otras personas. Era el
encanto embriagador que tenía la autenticidad, se decía Eva. Ahora sabía
por qué las personas auténticas se convierten en líderes, por qué tienen tanto
poder de atracción las personas verdaderas, por qué la gente desea seguirles
sin ninguna razón aparente. Sencillamente, porque detrás de esa
autenticidad y de esa verdad, existe un gran coraje, un enorme valor para
mostrarse al mundo sin caretas, tal y como uno es.
Eva se imaginó un mundo sin máscaras, un mundo en el que sólo veía
rostros de seres humanos llenos de luz, sencillos y auténticos. Entonces en
un momento de lucidez, decidió cual iba a ser su misión el resto de su vida:
ayudar a las personas a quitarse sus máscaras para vivir una vida auténtica y
más plena, venciendo los miedos. Se sintió emocionada ante esa perspectiva,
porque ella sabía que era capaz, porque había logrado ayudar a su familia y
también a su jefe. Por otro lado, ahora tenía aliados que le ayudarían como
Tomás o Raúl. Mientras observaba con curiosidad a las personas
enmascaradas con las que se cruzaba por la calle mientras caminaba, no
había reparado que detrás suyo caminaba ya una multitud de personas,
fascinadas por el haz de luz que proyectaba. Su destino de ayudar a los
demás a encontrar el oro que llevan dentro estaba ahí delante de sus ojos, y
decidió agarrarlo con la máxima determinación.

MENSAJES DEL CUENTO


▪ Todos llevamos máscaras en nuestra vida que esconden lo que
verdaderamente somos.
▪ El motivo principal es el miedo a sufrir, el miedo a que nos hagan daño,
y las máscaras nos sirven para protegernos.

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▪ El usar diferentes máscaras implica interpretar distintos papeles en


nuestra vida, y eso no es necesariamente malo, siempre que no nos
olvidemos de quiénes somos.
▪ Cuanto más nos distanciemos de nuestras máscaras, más sanas serán
nuestras relaciones, más plena y feliz será nuestra vida, y más en paz
nos sentiremos con nosotros mismos.
▪ Somos nosotros los que creemos que nuestro verdadero rostro será
monstruoso. Pero la realidad es que los demás quieren ver nuestra
verdadera cara, nuestra esencia, nuestra fragilidad. Y cuando la
empezamos a mostrar, ganamos una enorme capacidad de influencia y
liderazgo.
▪ Muestra tu vulnerabilidad y los demás te verán más cercano y
confiarán más en ti.

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Javier Carril es socio director de la empresa Execoach, www.execoach.es


• Profesor del IE Business School.
• Miembro de Top Ten Management Spain
http://www.toptenms.com/expertos/javier‐carril/  y experto de la red
Enevolucion www.enevolucion.com/ y del canal web MotivaciónyMas.
http://www.motivacionymas.com/expertos/
• Autor de los libros “Zen Coaching”, Ed. Díaz de Santos 2008 y
“Desestrésate” Alienta 2010; y coautor de “Profesionales en
evolución” LID, 2010.
• Ha realizado coaching o formación para directivos de Telefónica, Banco
Santander, Repsol, Philips, Kyocera, Grupo Volkswagen, Abbott y Cepsa.

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