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El «crimen» de los intelectuales

De todos los espectáculos que hemos descrito, los combates de


gladiadores no son los más crueles: las carnicerías organizadas de la
naumaquia, las torturas refinadas de los «dramas mitológicos» en los
que el disfraz llevaba la muerte del «héroe» al colmo de la soledad,
para no hablar de la ejecución en masa de los condenados a las
fieras, ofrecen a nuestra sensibilidad unas imágenes mucho más
intolerables. Pero las luchas de gladiadores es lo más conocido y, por
ende, aquello que primero se condena. Pero la posibilidad de
semejante reprobación era totalmente inconcebible para los romanos.
Si opinaban sobre los combates de gladiadores, era un poco como un
filósofo moderno juzgaría las carreras de coches: de paso, y porque
hallaría materia, en el comportamiento del corredor, para ilustrar tal
o cual teoría sobre los reflejos.
Existen, pues, si queremos, entre los autores latinos, unos «juicios»
formulados de manera más o menos explícita, pero generalmente
concordantes: no condenan, sino que aprueban. He aquí, por
ejemplo, lo que opinaba Cicerón: «Yo sé que a los ojos de algunas
personas los combates de gladiadores son un espectáculo cruel,
inhumano; y tal vez no se equivocan si tenemos en cuenta la manera
como dichos combates tienen lugar hoy en día. Pero en la época en
que eran unos condenados a muerte los que se mataban entre sí,
ninguna lección de energía contra el dolor y la muerte podía actuar
tan eficazmente, por lo menos entre las que se dirigen, no a los oídos
sino a los ojos.» Si lo interpretamos correctamente, su única reserva
va dirigida al hecho de que los gladiadores ya no sean reclutados
exclusivamente entre los condenados, como antes se hacía, y ello es
lo único que puede justificar el reproche de crueldad, no el
fundamento del combate.
Todo el pasaje, que se halla incluido en un razonamiento muy
característico según el cual un hombre de élite debe poder hacer lo
mismo que es capaz de llevar a cabo «un samnita, un bandido, el
último de los bribones», es un vigoroso elogio del oficio de gladiador:
«Pero los gladiadores, los infames, los bárbaros, ¿hasta dónde no
llega su constancia? A poco que conozcan bien su oficio, ¿no prefieren
recibir un golpe que esquivarlo en contra de las reglas? Vemos
claramente que lo que les interesa en primer lugar es complacer,
tanto a su amo como al espectador. Cubiertos de heridas, preguntan
a su amo si está contento con ellos: si les dice que no, están
dispuestos a ser degollados. ¿Ha gemido alguna vez uno de ellos, ha
cambiado de cara? ¡Qué arte en su misma caída para esconder la
vergüenza a los ojos del público! Derribados por fin a los pies del
adversario, si éste saca el puñal, ¿vuelven tal vez la cabeza?» El
coraje y, principalmente, el dominio sobre sí mismos de que hacen
gala son el fruto, añade Cicerón, del entrenamiento, de la reflexión y
de la costumbre.
En otros pasajes, es cierto, se muestra bastante duro con las
crueldades de la venatio: «¿Qué placer puede hallar un hombre
cultivado en la contemplación de un pobre diablo destrozado por una
fiera de fuerza gigantesca o de un soberbio animal atravesado por un
venablo?» Pero no debemos dejar de señalar, como se hace a
menudo al citar esta frase, que ha sido extraída de una carta en la
que Cicerón se propuso denigrar sistemáticamente los juegos de
Pompeya, lo cual reduce singularmente el alcance de la afirmación.
Destaquemos, por otra parte, que el reproche formulado aquí no se
refiere a la crueldad, sino a la frivolidad.
Plinio el Joven insiste también en los méritos incomparables de esos
espectáculos y de los individuos que participaban en ellos: «Pudimos
contemplar, después, un espectáculo que no enervaba, que no
ablandaba, incapaz de debilitar o de degradar a las almas viriles; al
contrario, las inflamaba por las bellas heridas y el desprecio por la
muerte al hacer aparecer incluso en cuerpos de esclavos y de
criminales el amor a la gloria y el deseo de vencer.» Si creemos a
Plinio, el munus sería, en realidad, casi lo contrario de un
espectáculo, puesto que la idea que la mentalidad tradicional romana
tenía de espectáculo se define precisamente como aquello que enerva
y que ablanda; el munus exalta, al contrario, las virtudes más
elevadas: el coraje y el deseo de gloria. Por lo menos, esto es lo que
parece desprenderse de dichos textos.
La opinión de Séneca, que a primera vista se opone claramente a las
que acabamos de citar, es muy matizada. En primer lugar, tuvo
mucho cuidado en distinguir entre los combates de gladiadores en el
sentido propio del término y las matanzas sumarias cuyo teatro era la
arena durante la pausa de mediodía. Hemos visto que, en realidad, se
trataba de ejecuciones disfrazadas, llevadas a cabo a toda prisa.
Humanamente hablando, no hay nada en común entre estas
carnicerías y los combates fundados en unas reglas muy estrictas, en
los cuales el peligro de muerte era tanto menos elevado cuanto que
los protagonistas llevaban a cabo el juego con más convicción, puesto
que el vencido valeroso era generalmente perdonado. La indignación
que manifiesta Séneca en la carta que hemos resumido en el capítulo
segundo no se refiere, pues, a los combates de gladiadores. Y
estamos mucho menos autorizados a invocarla a este respecto cuanto
que él mismo estableció una clara distinción entre ambas
manifestaciones sangrientas: «Enseñar (al hombre) a infligir y a
recibir heridas era ya impío», dice, refiriéndose con toda evidencia al
entrenamiento perfeccionado que recibían los gladiadores en casa
del lanista, «y he aquí que es llevado ante el público, desnudo,
desarmado, y todo el espectáculo (que nosotros esperamos) de una
criatura humana es su agonía».
No hay nada, pues, más falso que las generalizaciones a partir de los
juegos de mediodía: particularmente, la imagen de gladiadores
llevados a la lucha a fuerza de azotes y quemaduras de hierros al rojo
vivo es de hecho una excepción; estas violencias extremas, que se
imponían para enviar a unos desgraciados al matadero, en
los munera tenían un carácter muy excepcional, pues el código moral
de la profesión, el gusto por las armas, el caldeamiento de un
combate auténtico bastaban generalmente para asegurar el celo de
los protagonistas.
Una vez dicho esto, hemos de hacer constar que Séneca también
condenó, en diversas ocasiones, los combates de gladiadores. Aquel
estoico de corte odiaba a la masa: ¿cómo podía aprobar lo que la
masa admiraba? Según él, sus aplausos eran el signo infalible del
error; su contacto, la seguridad de mancharse. La masa no tenía para
él aspecto ni voz humanos: «El gruñido confuso de la muchedumbre
es para mí como la marea, como el viento que choca con el bosque,
como todo lo que no ofrece más que sonidos ininteligibles.» Incluso le
inventa defectos: dice que prefiere los combates de mediodía a los
más refinados de los profesionales. Y sabemos, por las exigencias que
manifestaba sobre la calidad técnica de los combates y por el
entusiasmo que suscitaba en las graderías la aparición de
los postulaticii, que ello no es cierto. Lo que Séneca reprocha
principalmente al espectáculo, como a la gente que halla placer en él,
es el hecho de ser ineptos y frívolos: la promiscuidad moral que
supone es exactamente lo contrario del ascetismo sin el cual no
puede haber sabiduría.
Hay que reconocer, no obstante, que, tras esta condena de
aristócrata que se nutre del desprecio por la masa, transparenta
también a veces un sentimiento de humanidad, que denuncia en
el munus el gusto por la sangre humana y la crueldad de un pueblo
envilecido. Desde este punto de vista, la acusación formulada por
Séneca, que se basa en la idea del respeto al ser humano, queda
muy próxima a la requisitoria de los cristianos. No debe, pues,
sorprendernos que no haya encontrado otro eco entre los
intelectuales que el que obtuvo en una manifestación de Tertuliano:
«Séneca está a menudo con nosotros.»
Por el contrario, el menosprecio hacia los espectáculos, y
particularmente hacia los munera como manifestaciones de una
estupidez y de una grosería patrimonio exclusivo de la masa, era, sin
duda, en Roma, una actitud más extendida de lo que se ha dicho. En
todo caso, no podríamos atribuirla únicamente a Séneca. Marco
Aurelio, por ejemplo, opinaba que los munera eran vanos y
fastidiosos; y su ostensible falta de asistencia al espectáculo los días
en que la ciudad entera se amontonaba en las graderías del anfiteatro
o del circo era algo muy corriente. Aquel día, el romano cultivado se
encerraba en su casa o se refugiaba en el campo y, en el silencio, se
dedicaba a la meditación o al estudio; ¿cómo no iba a felicitarse de
dedicar a unos pasatiempos tan fructíferos las horas que otros
perdían contemplando evoluciones fastidiosas de dos espadachines o
entusiasmándose con un guiñapo?
Y, cosa curiosa, los hombres que expresan estos sentimientos son los
mismos que, como Plinio o Cicerón, elogian abiertamente
los munera en otros pasajes. A decir verdad, seguramente no hay
una auténtica contradicción. Aquellas reservas, en efecto, no parecen
ser la expresión de una convicción profunda. Se trata, más bien, de
un tópico filosófico: como buen lector de los estoicos, se siente
repugnancia en lugar de la irreflexión imbécil y de la vana agitación
propia de aquel siglo; y también de un tópico literario, puesto que
dichas consideraciones se inserían siempre en el género particular
que es la «carta»; refinamiento epistolar y, lo que es más,
confidencia que un aristócrata hace en privado a un igual; por tanto,
aquel menosprecio no era una condena.
En fin de cuentas, los historiadores modernos tal vez tienen razón
cuando se desentienden de esa tradición de denigración y consideran
que, dejando aparte a Séneca, la élite romana aprobó los combates
de gladiadores. Esta actitud les ha parecido inexplicable: pase que
una masa inculta y políticamente embrutecida hallara gusto en
aquellas matanzas, pero ¡una élite imbuida de filosofía griega! Para
intentar comprenderlo, se acude a las justificaciones que dieron de
ello Plinio o Cicerón, y ¿qué se halla? Los combates de gladiadores
son una escuela de virtudes: exaltan los sentimientos más elevados,
el amor a la gloria y el desprecio por la muerte. Ante esto,
generalmente, nos sonreímos o nos indignamos. Es fácil demostrar lo
absurdo de semejante justificación. ¿Quién no se da cuenta de que la
pasión por dichos combates constituía, al contrario, un envilecimiento
político y moral? Un pueblo, que había perdido la costumbre de forjar
su propia historia, se contentaba con asistir, endomingado, a una
parodia; ya lo hemos visto: las armas de los gladiadores y las
técnicas de combate, tomadas sucesivamente de los pueblos
vencidos, eran como la imagen fosilizada de la conquista romana. A
este respecto, el anfiteatro reemplazaba el folletín histórico. En los
combates de tropas, en las naumaquias, en determinadas
representaciones como la que dio Claudio de la toma y saqueo de una
ciudad, la intención evidente era hacer revivir las «grandes horas de
la historia», de la misma manera como se hacían revivir las de la
leyenda en los «dramas mitológicos».
A buen seguro, en ambos espectáculos el pueblo buscaba lo
pintoresco, no una elevación moral favorecida por el contacto con un
universo de heroísmo y la exaltación del ejemplo. Era llevado, como
un niño, a ver «representaciones históricas». Vivía allí una caricatura
de su propio pasado, o satisfacía su inclinación a la crueldad. Pues es
una incitación extraña al valor la de contemplar, sentado y sin correr
riesgo alguno, la lucha a muerte entre dos hombres; y mucho más,
provocar uno mismo dicha muerte mediante un ademán distraído. El
sofisma es grande: moralmente hablando, la costumbre de jugar
impunemente con la vida de los demás, lo único que podía hacer era
excitar la abulia, y es de todos conocida la célebre frase mediante la
cual se ha caracterizado el anfiteatro desde este punto de vista:
«Muchos espectadores y pocos hombres.» Al no poder explicarse que
hombres como Plinio o Cicerón defendieran una tesis tan poco
consistente, el historiador se ve tentado a transformarse brutalmente
en moralizador: lo más corriente es que se impaciente, se indigne,
condene. Es una manera como otra cualquiera de enterrar el
problema.