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17/4/2020 María Luisa Maillard García / La literatura y el <i>vivir literario</i> en María Zambrano / 1996

  El Basilisco (Oviedo), nº 21, 1996, páginas 79-80


Revista de filosofía, ciencias humanas,
teoría de la ciencia y de la cultura
Actas de las II Jornadas de Hispanismo Filosófico (1995)

La literatura y el vivir literario


 
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María Luisa Maillard García
Madrid
 
l interés de María Zambrano por la Literatura va unido a la primera dificultad de su
pensamiento para un lector contemporáneo: su apuesta sin reservas por la
trascendencia y su intuición de que el trato del hombre con lo sagrado, una vez
desprendido éste del tronco de las grandes religiones, halló un refugio privilegiado en
los diversos géneros literarios{1}.

El estrecho maridaje entre literatura y trascendencia, señalado en fechas recientes por G. Steiner
(1989), implica en Zambrano la certeza de que ciertas realidades que ella considera básicas en la
estructura de la vida humana, no han encontrado acomodo en la conciencia sino en los sueños, las
fábulas y el mito{2}. Y es que la filosofía racionalista, al eliminar, desvirtuar o descalificar palabras
como alma y amor, privó a realidades como la esperanza y el anhelo de un espacio capaz de propiciar
su aparición.

La esperanza es para Zambrano el vacío activo de un ser indigente que aspira a una unidad posible y
es, además, la primera manifestación de la vida{3}. Por ello puede analizar desde su ausencia esa
asignatura pendiente de la cultura occidental que el crítico G. Steiner (1977) no deja de recordarnos:
cómo fue posible el surgimiento de lo inhumano en el corazón de la cultura humanista. El hombre
europeo se caracterizó en su historia por vivir en una esperanza de raíces cristianas que derivó en el
esfuerzo y la tensión hacia un horizonte siempre inalcanzado; pero en el último tramo del idealismo
esa esperanza se desplazó desde su arraigo en la vida a las alturas del ideal, lo que humilló la vida del
hombre al vedarle el camino de la experiencia que conduce a la total hombría. ésta se rebeló
entonces, desesperanzada y soberbia y en uno de sus extremos surgió el fascismo -desde la
perspectiva actual deberíamos hablar de ideologías totalitarias- como un estallido ciego de vitalidad
que pretendió fundar la realidad en un acto de violencia destructora{4}.

También G. Steiner (1977) buscó una posible respuesta al totalitarismo en aquellos resortes de la
modernidad que condujeron al intento de acabar con la conciencia moral heredada del
judeocristianismo, para edificar una historia a la medida de los instintos materiales del hombre de una
sola dirección: un hombre nuevo basado ya en la raza ya en la organización económica de la
sociedad.

El diagnóstico sobre el malestar profundo de la cultura europea en la primera mitad del siglo XX, nos
parece semejante en el caso de Steiner y de Zambrano: el olvido de aspectos básicos de la vida
humana macerados en la tradición y que van a arrastrar en su caída la pérdida de la palabra por su
incapacidad de hacerse carne y alimento del alma. Diagnóstico que cobra plena vigencia en este fin
de siglo en el que el hombre no se enfrenta ya al poderío del racionalismo y del idealismo sino a su
confusa dispersión en un relativismo cuya dirección es la opuesta a la demandada por Zambrano: la
retirada de la palabra humanista ante el avance de otros lenguajes como el de las matemáticas, la
lógica simbólica, la jerga informática y el argot banalizado de los medios de comunicación de masas,
donde la pregunta ética y metafísica cae en saco roto. «En tiempos –dice el escritor húngaro Peter
Esterhazy{5}– se discutía si se podía escribir poesía después de Auschwitz. Hoy no se lo pregunta
nadie, yo tampoco, si se pueden escribir novelas cuando pasa lo de Sarajevo. (Y dejemos el hecho de
que son dos cosas bien diferentes). Se puede, claro que sí. ¿Por qué no se va a poder? Ahora todo es
posible. ¿Díganme algo que no se pueda hacer!»

¿Sigue siendo válida en este contexto la temprana intuición de Zambrano de que uno de los reductos
de resistencia frente a los intentos de mutilación de la vida plena del hombre, ha sido desde la época
lejana de la tragedia griega, la palabra creadora? ¿Sigue siendo válida esta apuesta para el último de
los géneros definido por Zambrano por su ambigüedad, la novela, y que se da ya «en la fría claridad
de la conciencia»? Una respuesta afirmativa se alza hoy a contracorriente de la mentalidad
contemporánea reflejada en la actual crítica literaria que tiende a olvidar el sentido de los textos para
buscar fórmulas próximas al lenguaje científico y psicológico que le procuren un pasaporte de
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modernidad y que refleja de forma muy gráfica el escritor polaco Kazimiers Brandys{6} al contar una
anécdota que le sucedió con un crítico francés. Al leer éste una novela corta de un narrador polaco se
partía de risa ante el personaje de un insurrecto polaco que, herido, vuelve al campo de la batalla
perdida, ¿para morir con honor! «-¿Con qué? ¿con honor? Pero si esto es contrario a la psicología,
¿nadie actuaría así en la vida real!-» El escritor finaliza reclamando la extensión de la «justicia
poética», que Joseph Conrad reivindicaba para el mundo visible, al mundo de lo invisible.

Creo que esta anécdota de Kazimiers Brandis ilustra con bastante facilidad la mentalidad actual de los
críticos respecto a estos asuntos no comprensibles desde la lógica o la psicología. No es posible
pensar que halla algún valor superior a la vida, superior a nuestra existencia corporal, una vez
reducida el alma a «hecho psíquico» y el amor a «higiénica función orgánica». Nada que nos levante
por encima de nosotros mismos: «sólo lo humano nos mide, sólo lo humano», dirá con pesadumbre
Zambrano (1965:19).

Este reduccionismo del hombre a «lo humano» que se profundizó andando el siglo por el camino del
relativismo al derrumbarse la centralidad de la razón, rechaza como arcaico el término de jerarquía a
la hora del análisis estético, ya que ni la razón ni la subjetividad pueden proporcionar universales
válidos, y de ahí el eco suscitado por el apasionado libro de H. Bloom, El canon occidental (1994), una
de cuyas muestras la encontramos en España en el debate propiciado por la Revista El Urogallo en el
que la idea de valor estético es subliminalmente ligada a inconfesables tendencias antimodernas y
reaccionarias{7}. Las más recientes escuelas literarias derivadas del estructuralismo, descartan de raíz
el recurso al mito y los universales estéticos en aras de un modelo muy cercano al lenguaje lógico y
concretamente a la idea de sistemas complejos no lineales, en el que el estudio del «hecho literario»
se basaría en el análisis de las determinaciones históricas dentro de la variabilidad de los factores
integrados en el sistema: el producto, el consumidor, el mercado, la institución, &c.

Lo que hemos intentado mostrar hasta aquí es cómo la voz de Zambrano se adelanta a esta
problemática de fin de siglo reivindicando la jerarquía en su sentido más fuerte por el camino de unir
estética y conocimiento. Sólo la palabra creadora es capaz de ofrecer un cauce a aquellos sueños de
la persona en los que aparece una realidad que no ha sido asumida por la conciencia, pero sin la cual
tenemos que hablar de mutilación de la vida humana. Los famosos «universales estéticos» no estarían
basados en el gusto ni en la tradición, sino en la posibilidad de transmitir una verdad válida para la
vida, idea que comparte el crítico García Berrio (1989) para quien las obras literarias que perduran
«son ante todo testigos del hallazgo estético de alguna verdad esencial, honda e interesante para el
hombre» (G. Berrio 1989:46-47).

No por tanto toda la literatura entraría dentro de los análisis de Zambrano, sino sólo aquella capaz de
revelar alguna forma de verdad y que ella llama poesía para diferenciarla de literatura como ficción o
creación de universos imaginarios. Vamos a poner un ejemplo refiriéndonos a su expresión «el vivir
literario» que ella usa para hablarnos de la evolución de la vida de las entrañas en los autores
contemporáneos y que tal vez sirva para ilustrar, no sólo el problema que nos ocupa, sino la evolución
de ese hombre que ha renunciado a la esperanza.

El sueño de la razón con el que se abre el período moderno, nos dice Zambrano, halla su reflejo en el
sueño de la libertad con el que se inicia la novela. El personaje de novela, a diferencia del trágico que
no puede salir del círculo mágico de su vida sino en el acto del reconocimiento, es un personaje con
un sueño propio que se inscribe en el más amplio de la libertad: la elección de un proyecto de ser.

Una de las primeras revelaciones que alumbra esta libertad recién descubierta, es la existencia del
horizonte que en su primer alborear se presenta como una apertura y un ensanchamiento, tal como
acontece en El Quijote; pero lo suyo del horizonte es el ser inalcanzable, el desplazarse conforme se
avanza en el camino. Y eso es lo que no acabó de aceptar el hombre europeo, que el horizonte fuera
inalcanzable.

La originalidad de la conciencia propia que dio nacimiento al hombre nuevo, no sólo abrió el camino de
la libertad, sino también el del inmanentismo y la soledad de un hombre que ya no se considerará hijo
de nadie. El idealismo tendrá pronto su contrapartida. La originalidad del corazón reclamará su
independencia y su lugar propio aquí y ahora. El hombre ya no tendrá que transformarse a la
búsqueda de su unidad posible, sólo tendrá que expresarse. Es la apuesta de J.J. Rousseau y la que
abre según Zambrano el camino del «vivir literario» en el sentido de invención de una vida imaginaria
acorde con el propio movimiento del deseo y desligada de la realidad, incluso de su propio objeto,
pues su única realidad y su único objeto serán su expresión.

Herederos de este corazón natural serán los creadores del alborear del siglo, esos hombres geniales -
Lautreaumont, Baudelaire, Rimbaud, Nieztsche, Kierkegaard, Dostoyewsky-, que ella en su libro la
Confesión: género literario (1980), llama «hombres subterráneos», hombres cuya única dote era la
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originalidad de su «yo» y que descienden a sus abismos alucinatorios en una soledad axfisiante
porque las creencias de su mundo habían eliminado ese espacio de apertura que antes se llamaba
alma y que ahora ha quedado reducido a «hechos psíquicos» o «hechos de conciencia». Dicho
espacio no es, según Zambrano, propiamente conocimiento, pues no tiene que ver con seres ni con
cosas, aunque lo antecede. Es una especie de instinto que nos permite orientarnos en el mundo y
tratar con regiones de lo real no desveladas por el pensamiento propiciando la entrada en espacios
antes cerrados: «esos nudos que se desatan, y esos muros que sin ruido se derrumban y esa
anchurosidad que sobreviene.» (Zambrano 1988:69).

La originalidad del yo en soledad, desconfiado ante cualquier manifestación de la vida no asumible por
la conciencia, continuará su marcha ascendente, en la narrativa y la poesía, hacia la creación de
universos personales y muchas veces incomunicables encontrando su contestación, ya en estas
postrimerías del siglo en las que la relativización de todo valor es un pasaporte de modernidad, en una
progresiva reducción del lenguaje literario a las simplicidad de los media.

Zambrano deja sobre el tapete una pregunta fundamental que Steiner posteriormente subrayará: ¿Es
posible el mantenimiento de la palabra creadora una vez que ésta se desprenda de la memoria, de la
tradición, en cuanto suelo de significación vivida y de la trascendencia, abandonando su aspiración a
la unidad y con ella hacia un horizonte siempre inalcanzado, para limitarse a reflejar el «vivir literario»
del hombre contemporáneo, necesariamente disperso y escindido en múltiples «yoes»?

Zambrano contesta lógicamente que no y en su esfuerzo por recuperar la palabra en su especifidad


propia y en toda su potencia creativa, señala dos caminos que aún considera transitables:

1) La comprensión del símbolo como lugar de mostración de ciertas realidades no asequibles


conceptualmente, unida a su opción por una forma específica de percepción de lo real. Para
Zambrano la inmersión en la particularidad del sentir es la única que nos puede hacer alcanzar esa
forma de universalidad que es el encuentro con aquello que nos unifica, lo que para el hombre se
convierte en irrenunciable y la vía de expresión del sentir es el símbolo. Los mecanismos del símbolo
no se agotan en un análisis lingüístico porque están relacionados con la recuperación de la memoria
como potencia creativa, memoria no circunscrita al recuerdo ni al individuo, aunque se dé en él; sino
vertida a la recuperación de todo aquello que a lo largo de la historia no logró alcanzar el ser. El
símbolo y la memoria restituyen, son capaces de «presentizar» el pasado, de abrir el tiempo a su
multiplicidad y de abolir la distancia entre sujeto/ objeto porque la inmersión en esa zona de
profundidad de la psique que se manifiesta en sueños y se muestra en símbolos es sentida por el
hombre como una exterioridad absoluta.

2) La superación del «vivir literario» mediante la inclusión de la narración en su anclaje mítico,


recuperando la noción de mito como fábula en cuanto construcción de la trama -que tan brillantemente
realiza Ricoeur- y deslindando este término de la estrecha definición de «historia de dioses» con la
que se ha venido considerando en los últimos siglos. La desvaloración del mito en la
contemporaneidad corre paralela a la sufrida por el símbolo. La inicial separación llevada a cabo por
Aristóteles entre mito/logos se consolida en Occidente hasta el siglo XVIII en una comprensión del
mito como infancia del conocimiento o esbozo de pensamiento racional, es completada a partir de esta
fecha con la separación mito/fábula llevada a cabo por la mitología comparada, el funcionalismo y el
estructuralismo que reduciría el mito a su dimensión religiosa y fundante cortando el cortón umbilical
que une la palabra creadora contemporánea con sus orígenes.

La narración es heredera del mito, nos dice Zambrano, en la misma medida que todos los géneros
literarios son herederos de ese trato con lo sagrado que se encontraba depositado en las grandes
religiones. Y si se le aparece capaz de esclarecer la vida del hombre -algo que había dicho Ortega
(1981) y desarrolla Ricoeur (1987) para quien el tiempo sólo se hace tiempo humano en el relato-, es
porque es el lugar en el que se puede producir esa apertura del tiempo que hace anidar los sueños de
la persona en forma de revelación, abriendo la vida humana a la posibilidad de un tiempo múltiple. La
fidelidad al sueño es lo único que puede deshacer la congénita novelería{8} de la vida humana y la de
los personajes de novela{9} y vencerla por la vocación de «un más que se esconde tras la libertad y
desde ella llama» (Zambrano 1986:114).

Referencias bibliográficas:

Bloom, H. (1994) El canon occidental. Barcelona: Anagrama.

García Berrio, A. (1989) Teoría de la Literatura. Madrid: Cátedra.

Ortega y Gasset, J. (1981) Meditaciones del Quijote. Madrid: Alianza.

www.filosofia.org/rev/bas/bas22131.htm 3/4
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Pozuelo Yvancos, J.M. (1989) Teoría del lenguaje literario. Madrid: Cátedra.

Revista El Urogallo, nº 82, marzo de 1993; nº 118, marzo de 1996.

Ricoeur, P. (1969) Finitud y culpabilidad. Madrid: Taurus. (1987) Tiempo y narración II, Madrid:
Ediciones Cristiandad.

Steiner, G. (1976) En el castillo de Barbazul. Barcelona: Labor. (1982) Lenguaje y silencio. Barcelona:
Gedisa. (1989) Presencias reales. Madrid: Destino.

Zambrano, M. (1965) España sueño y verdad. Barcelona: Edhasa. (1986) El sueño creador. Madrid:
Turner. (1986) Senderos. Barcelona: Anthropos. (1987) Pensamiento y poesía en la vida española.
Madrid: Endymion. (1988) La confesión: género literario. Madrid: Mondadori.

{1} «Desprendidos de las grandes religiones, con existencia ya autónoma aparecen los grandes
géneros de creación por la palabra que vienen a ser como pasos de esta procesión de ensueños, de
este irreprimible trascender del ser humano.» (Zambrano 1986:77).

{2} El crítico Paul Ricoeur también reconoció los límites de la conciencia para acoger ciertas realidades
cuando se enfrentó al problema del mal en Finitud y culpabilidad (1960).

{3} «La vida es este haber de trascender que se revela como esperanza, cuya primera manifestación,
fenómeno es la esperanza. La esperanza y no el instinto, y no la inteligencia.» (Zambrano 1992:10).

{4} «Del alma estrangulada de Europa, de su incapacidad de vivir a fondo íntegramente una
experiencia, de su angustia, de su fluctuar sobre la vida sin lograr arraigarse en ella, sale el fascismo
como un estallido ciego de vitalidad que brota de la desesperación profunda, irremediable, de la total y
absoluta desconfianza con que el hombre mira el universo.» (Zambrano 1986:37).

{5} Declaraciones en El Urogallo, Marzo de 1993, 54-57.

{6} Declaraciones en El Urogallo, Marzo de 1993, 26-31.

{7} El Urogallo, marzo de 1996, 34-56.

{8} El término novelería es entendido por Zambrano como el encadenamiento a un proyecto de ser
nacido de forma exclusiva de la conciencia.

{9} «Ya que sin ellos (sueños remotos) el personaje literario flota privado de ese oscuro peso que al
par sustancia y carga dramática.» (Zambrano 1965:59).
 

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