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Julie

MaJo Villa rihano Annie D


Val_17 Kath1517 Jeyly Carstairs
Daniela Agafojo Clara Markov Vane Farrow
Julie Umiangel Anna Karol
Beatrix Vane Black Nickie
JANI Dannygonzal
Miry GPE Victoria.

Daliam Val_17 Julie


Ailed Naaati Dannygonzal
Beatrix Anakaren Laurita PI
Michelle♡ Miry GPE
Clara Markov Daniela Agrafojo

Julie Kacey
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Heart & Soul
Sobre el Autor
Si no conocemos la oscuridad, no podríamos apreciar plenamente la luz.
Garth Black está más familiarizado con este concepto que la mayoría de la
gente. Él no solo había vivido en la oscuridad durante la mayor parte de su vida,
sino que creció en ella. Con una madre que lo abandonó y un padre cuya
comprensión de cariño comenzaba y terminaba con una botella de whisky, Garth
nunca había esperado estar a la altura de cualquier tipo de circunstancia que no sea
seguir los mismos caminos sin salida.
Eso cambió cuando se enamoró de Josie Gibson. Después de años de
acercarse y luego apartarse el uno al otro, ellos finalmente dejaron de alejarse. El
amor de Josie no se parece a nada que Garth haya experimentado alguna vez. Se
aferra a él. Lo considera sagrado. Él haría cualquier cosa para conservarlo y evitar
que se contamine, incluso si eso significa eliminarse a sí mismo de la imagen.
Garth podría haberse permitido un permiso temporal para disfrutar de la
luz, pero ese pase ha sido revocado, y él ha sido tragado por la oscuridad de
nuevo. ¿Va a volver a sus viejas costumbres de hacerle daño a aquellos que más le
importa? ¿Va a regresar a los mismos patrones destructivos… o va a ser peor esta
vez?
No podemos conocer la luz sin antes haber conocido la oscuridad… y Garth
Black está a punto de familiarizarse con la oscuridad en una forma totalmente
nueva.
Lost and Found, #4
Traducido por Julie & Majo Villa
Corregido por Daliam

He estado en el lado de los perdedores de la vida durante tanto tiempo que


se había convertido en mi banda sonora. Me había vuelto tan bueno en perder que
eso era todo lo que creía que era capaz de hacer. Cosas como ganar, estar en lo alto,
y el éxito eran conceptos tan lejanos que casi los había perdido de vista.
Cuando la mayor parte de tu vida te han dicho que no eres nada, empiezas a
creértelo. Cuando te recuerdan que tienes un impresionante historial de cometer
errores y te dicen que el historial va a continuar así, cumples con esa expectativa.
Cuando te dicen que nunca llegarás a nada, eso es exactamente lo que haces.
Cuando tu madre te abandona de niño y la única cosa que tu padre mima es
una botella de whisky, te cuestionas cosas como el amor y la lealtad. Te das cuenta
de que la misma sangre que corre en sus venas también lo hace en las tuyas y cada
pieza de ti vino de ellos. Ni una pizca de tu ADN no está ligado al de ellos, y
preguntas como: “¿Voy a ser como él algún día?”, o “¿Voy a abandonar a mi
familia un día?”, o “¿Voy a terminar en un montón de cenizas dentro de la cáscara
carbonizada de un remolque después de beber hasta tal estado de estupor que el
fuego destrozando todo lo que quedaba de mi vida ni siquiera me despertará?”,
pasan de forma repetida por tu cabeza.
Esas son las preguntas que me han perseguido toda mi vida. Las respuestas
me han acechado aún más.
Lo que me llevó décadas para darme cuenta fue que en lugar de tratar de
convencerme de que podría nunca ser como ellos, hacía todo lo contrario. Esa era
la gran revelación. Llegar allí había sido otra opción elegida porque era la más fácil
en lugar de la correcta. Una vez más volviendo a la botella en lugar de enfrentar el
problema verdadero. Una vez más apartando a las pocas personas que se
preocupaban por mí en vez de corresponder el sentimiento.
La libertad llegó el día que acepté que ser una mejor persona era una batalla
diaria, luchada un momento a la vez, elegida por elecciones meticulosas. El perdón
vino cuando me di cuenta de que los dos probablemente comenzaron como yo, con
ganas de hacer lo correcto, pero habían perdido la batalla, una elección fácil tras
otra. Me encontraba más en peligro de llegar a ser como ellos que no serlo, y ese
conocimiento me mantuvo fuerte. Ese recordatorio diario moldeó y formó el
hombre que era hoy.
No me malinterpreten. No soy un tonto perfecto que sonreía demasiado y
llevaba el corazón en la mano como Walker, pero era un hombre diferente del que
había sido antes. Al menos en los lugares que importaban. Todavía maldecía como
si estuviera compitiendo por algún tipo de premio, aún prefería mis puños antes
que las medidas más diplomáticas y yo podría haber llevado el estar exaltado a
nuevos niveles, pero había cambiado en lo que contaba. Eso era lo importante. Al
menos, eso era lo que me había dicho la persona que más importaba.
Joze; o Josie cuando estábamos enredados entre las sábanas o en el calor de
una discusión. La mujer que me había puesto de rodillas o me cortó las rodillas o
tomó un martillo y me destrozó las rodillas. Algo que tenía que ver con el mal
funcionamiento de las rodillas.
Fue mi salvación en mi momento más oscuro, cuando casi me encontraba
más allá de la salvación. La había amado en secreto durante tanto tiempo que perdí
la esperanza de que el amor fuera correspondido. Por supuesto que ese fue el
momento en que llegó… y cuando lo hizo… mierda, no existía nada parecido en
todo el mundo. No tenía nada para comparar con la forma en que ella me amaba, y
eso es lo que lo hizo tan especial. Nadie más que ella nunca me amó así. Nadie
nunca creyó en mí como ella. Su amor era tan grande y abrumador que cada día a
su lado borraba otro día de dolor y el fracaso de mi pasado. Su amor era mágico,
sanándome mientras me levantaba, y aunque trató de convencerme de lo contrario,
sabía que podía pasar diez vidas intentando sin éxito de darle lo que ella me había
dado en solamente un año.
Si esta noche salía como estaba previsto, sin embargo, yo podría inclinar la
balanza a mi favor esta vez. Para algo que solo pesa unos pocos gramos, no debería
sentirse como si un maldito toro hubiese sido metido en el bolsillo trasero y
estuviera golpeando mi culo con sus cuernos.
El chico de la tienda de joyas me aseguró que hice una buena elección —que
si se lo hubiese propuesto a una estrella, incluso ella habría estado cautivada—,
pero todavía no estaba seguro. Josie no era una estrella vana y superficial a la que
le importaba una mierda el tamaño o el estado o las etiquetas; no era por eso que
compré este anillo. Lo escogí porque intenté con palabras y acciones, pero nada me
pareció suficiente para explicar lo que sentía por ella. Yo no era tan estúpido como
para creer que un anillo de fantasía sería lo indicado, pero era algo, y si alguna
mujer se merecía tener un diamante gigante en su dedo, era Joze.
Quería que hasta el último hombre que la mirara de una manera que me
hace querer meterle mi bota en su culo, tuviera un buen vistazo a su anillo y se
diera cuenta de que yo no era solo otro marido cualquiera, sino uno que quería lo
mejor para su esposa y no se detendría ante nada para dárselo. Quería que Joze
recordara eso cada vez que lo miraba. Quería que el mundo supiera que me había
costado gran parte de las ganancias, de ser resistido, magullado y golpeado
durante un año, para conseguir este anillo que actualmente hace un agujero en mi
bolsillo de atrás.
Quería que el mundo supiera que un hombre amaba a Josie más de lo que
ningún humano había amado a alguien más en la historia mundial. Eso era todo.
No mucho, ¿verdad?
Si me pasaba el resto de mi vida tratando de demostrarle a Joze lo mucho
que la amaba, y si ella por fin tenía cierta comprensión de ello para el momento
antes de que yo muriera, entonces logré mi objetivo.
Sí, pude haber sido duro con Jess por ser un dominado antes de que yo
hubiera sido víctima de la misma suerte, pero yo montaba toros. Podía vestirme de
mujer cada sábado por la noche y cantar Cher en un escenario, y aun así, sería más
hombre que cualquier otro dominado de por ahí.
Josie fue mi salvación —siempre lo había sido—, y montar toros fue mi
penitencia. Me mantuvo fuerte. Centrado. Conectado a la parte salvaje de mí que
nunca podría ser domesticado, ni nunca debe serlo, porque nos guste o no, tenía
que mirar el peligro y la muerte a la cara de vez en cuando o me arriesgaría a
perderme a mí mismo.
No necesitaba preguntárselo a ellos para saber que mis padres se habían
perdido a sí mismos hace años. El problema con perderse uno mismo era que
nunca se sabía dónde podrías tratar de encontrarte después. Para Clay, fue en el
fondo de una botella. Para mi madre, creo que fue la carretera abierta y viajar sin
equipaje. Para mí… No me quería ni imaginar. Así que seguí montando toros y
mantuve cerca a la gente que más me importaba.
Por suerte, Joze era una mujer comprensiva que no le interesaba “domarme”
ni convertirme en una copia exacta de todos los demás hombres que ya no están en
posesión de sus bolas. Así que la vida era buena. No, eso no era cierto… la vida era
jodidamente increíble.
—¡Oye, Black! Tu club de fans está esperando, con los sujetadores expuestos
y marcadores en mano.
Retrocedí del riel que recubre la arena y levanté una ceja. —¿Por qué no te
vas tú en mi lugar? Tienes mi permiso para “ser” yo y firmar sujetadores hasta que
tus ojos se crucen. Además, tienes un montón de experiencia haciéndote pasar por
mí, ¿no?
Justin ajustó la hebilla del cinturón, ya que podría haber estado unos dos
milímetros a un lado del centro, y mira por encima del hombro por el pasillo
donde supuse que esperaban las admiradoras. —No sé por qué tanto alboroto por
ti, Black. Soy más alto, más guapo, y me visto mucho mejor. Uno pensaría que las
chicas en todas las ciudades estarían haciendo cola por mí en lugar de por ti.
Acaricié mi bolsillo trasero de nuevo; seguía allí. —Puede que seas más alto
gracias a esos tacones que te gusta llamar botas, podrías ser más guapo para una
orangután hembra y podrías vestirte mejor para alguien que cree que la pedrería y
el púrpura le quedan bien a un hombre, pero la razón por la que tengo clubes de
fans en todas las ciudades es porque soy el mejor montador de toros en este
circuito. —Enganché mis pulgares en mi cinturón, enmarcando mi hebilla, que dice
“campeón”—. Soy mejor en las cosas más importantes, y yo gano. Si quieres ganar
el derecho a firmar sujetadores para chicas, ¿por qué no intentas quedarte en el
lomo del toro en lugar de centrarte en lo que vas a llevar puesto?
Justin negó con la cabeza, dándome una mirada. —Te odio.
Una media sonrisa se abrió camino en mi boca. Justin era una pantomima y
probablemente habría preferido una carrera como modelo de ropa interior de
hombres, pero él era un tipo bueno. Era un montador bastante decente, y lo hacía
porque su padre murió unos años atrás. Él simplemente hacía todo lo posible para
cuidar de su madre y hermanas menores. En lo que se refiere a seres humanos, era
uno de los buenos… pero eso no quiere decir que no lo molestaría por vestirse
como un idiota.
—Puedes odiarme, pero aun así vas a ir a hacerte pasar por mí unos
momentos, ¿no es así? —grité.
Ya se dirigía por el túnel hacia las chicas. —Maldición, claro que sí. Uno de
nosotros tiene que cosechar los beneficios de tu fama. —Se ajustó su sombrero
mientras seguía por el pasillo, en tanto sus botas hacían un sonido agudo para
llamar la atención.
—¡Feliz cosecha! —grité.
Respondió no con uno sino con los dos dedos del medio levantados.
Se acercaba mi turno para montar, pero me gustaba esperar hasta el último
momento posible para hacer mi camino a la rampa y el toro. Me gustaba tomarme
mi tiempo y pasar la tierra entre los dedos antes de aspirar el vórtice de adrenalina
que residía en un radio de cinco metros de las rampas.
Agachándome, agarré un puñado de tierra de la arena y sentí el peso de la
misma. Este año pasado, dediqué más tiempo montando en el interior que en el
exterior, lo que significaba que había “llegado” en el mundo de montar toros. Me
parecía un poco contradictorio que cuando uno se hacía importante, comenzaba a
pasar más de su tiempo en el interior que afuera, pero así es como funcionaba. Era
algo difícil acostumbrarse al suelo de los campos cubiertos. No me malinterpreten,
aun así era tierra, pero tenía una sensación diferente. Era más pesado, casi más
áspero. Como si cada grano de tierra tratara de competir para obtener su propia
atención. También era oscuro.
Después de pasar largos veranos montando al aire libre, donde la tierra se
ponía seca y dura en agosto, y pasar un montón de tiempo en la tierra roja del este
de Montana, los suelos del interior oscuros y ásperos habían sido tan extraño como
las luces brillantes y las multitudes gigantescas. Después de unos meses, me había
acostumbrado. A las luces brillantes y las multitudes enormes, por lo menos. El
suelo todavía se sentía mal, pero yo no podía dejar que los rituales murieran
simplemente porque la tierra se sentía extraña.
Estaba tamizando lo último a través de mis dedos cuando oí que alguien
venía detrás de mí. Sabía, sin mirar, quién era. Antes de darme cuenta, estaba
sonriendo… y se suponía que yo no era el maldito idiota sonriente.
—Hay un rumor de que Garth Black está firmando sujetadores de mujeres al
final del pasillo.
Lo último de la tierra se deslizó a través de mis dedos. —Sabes lo que es un
rumor, ¿verdad?
—Una verdad a medias.
Me levanté, luchando contra todos los instintos de darme la vuelta y atraerla
en mis brazos. La otra cosa que no había sabido de “cumplir” mis sueños en el
campo era que significaba pasar un montón de noches en hoteles de carretera y
despertar en una cama fría. Estar lejos de Joze era la peor parte, pero la carrera de
un montador de toro solo duraba unos pocos años. Mi plan era ganar la mayor
cantidad de competiciones y tanto efectivo y cheques como fuera posible antes de
tener que ser forzado a jubilarme. Entonces pasaría el resto de mi vida acurrucado
en la cama junto a la mujer que amaba. Si hacía la misma cantidad de dinero en los
próximos dos años que hice el año pasado, estaríamos listos para remodelar la
antigua casa de labranza que habíamos comprado el verano pasado y comprar las
mil hectáreas alrededor de la casa para criar ganado allí. Ese era nuestro objetivo.
El tipo que no había querido nada más que montar toros y ganar hebillas deseaba
retirarse como un ganadero. Vaya uno a saber.
—¿Me estás preguntando o me acusas? —Eché la cabeza hacia atrás solo lo
suficiente para ver su silueta detrás de mí.
La mano de Josie voló a su cadera, por lo que mi sonrisa se agrandó. Ella era
tan celosa como era formal y correcta, pero estaba tramando algo.
—Ninguno de los dos —respondió, acercándose—. Vine a buscar mi propio
autógrafo de Garth Black… aquí.
El acto de tímida terminó. Al darme la vuelta, hallé a Josie desabrochándose
el par de botones superiores de la camisa y tirándola hacia abajo para mostrar la
parte superior de su sujetador.
—Joze —advertí, mirando alrededor y listo para echar a cualquier mirada
inapropiada.
—Venga. Quiero un autógrafo. —Tocó el borde de su sujetador, jugando con
él. Mi garganta se secó—. Con la forma en que has estado montando el año pasado,
un sujetador con el autógrafo oficial de Garth Black debe darme por lo menos unos
pocos cientos de dólares en eBay.
Fingí una expresión de insulto. —¿Unos cientos? Trata con unos miles.
Sonrió, sin dejar de jugar con la copa de su sostén. —Eso es bueno… pero
firma mi sujetador ya. Antes de que me vea obligada a ponerme física contigo. —
Se humedeció los labios, lento y deliberadamente, mientras se acercaba.
Mierda. Se suponía que debía estar centrado en montar y hacer todo el
asunto de visualización, pero lo único que visualizaba era el sujetador de Josie y el
resto de su ropa cayendo en un montón a sus pies.
—Y, ¿por qué iba yo a darte un autógrafo con esa amenaza sobre la mesa?
—Mis botas no podían quedarse quieta más tiempo. Me encontré moviéndome
hacia ella sin tomar una decisión consciente.
Cuando mis brazos estaban a punto de rodear su cintura, sacó un bolígrafo
de su bolsillo y lo levantó en frente de mi cara. —Mi autógrafo —dijo con voz
firme, tocando el encaje de su sostén con el dedo—, ahora.
Tomé el bolígrafo y saqué la tapa con los dientes. —No puedo decirle que
no a mi mayor fan, ¿verdad?
Los ojos de Josie sostenían los míos mientras levantaba una ceja. —Decir no,
no es precisamente tu punto fuerte cuando se trata de mí.
Una sonrisa torcida se deslizó en el lugar al tiempo que dejaba caer la punta
del bolígrafo contra su pecho. —No, no lo es.
Firmar el sujetador de una chica es más difícil de lo que un hombre podría
creer. La irregularidad del encaje emparejado con el conocimiento de lo que está
cubriendo la tela o, dependiendo del estilo, apenas cubriendo, hacía que fuera casi
imposible concentrarse en firmar un nombre de forma legible y correcta.
—Vaya —dije mientras terminaba de firmar mi apellido en su piel. Puede o
no que haya sido hecho intencionadamente.
Josie me lanzó una mirada, sabiendo muy bien lo intencional que había sido.
—¿Entonces? ¿Cómo se compara?
Tapé el bolígrafo y se lo devolví, admirando mi autógrafo… o admirando el
lugar en donde se encontraba. Mi letra era muy descuidada y se parecía más a un
dibujo hecho por un estudiante de la escuela en lugar de la firma de un hombre
adulto. —¿Cómo comparo qué?
—¿Firmar el sostén de tu novia comparado con firmar el resto de esos —
Josie se aclaró la garganta para sustituir la palabra o cadena de palabras, que había
estado considerando—, sostenes?
Mis cejas se hallaban casi ocultas bajo el ala de mi sombrero, así que no
podía ver que estaba frunciendo el ceño. —No hay punto de comparación.
Sonrió hacia el lugar en donde había firmado mi nombre, tocando las letras
de mi apellido con su dedo. Me di cuenta de lo perfecto que era este momento para
sacar el anillo en mi bolsillo trasero. Había planeado esperar hasta después de la
competición, cuando me hubiera dado una ducha y me encontrara con ropa limpia,
y hacerlo en una cena lujosa con una botella del champán más caro, pero este era el
momento. Lo sabía. Ella estaba conmigo por primera vez en tres semanas, y le
sonreía a mi apellido garabateado en su cuerpo, el mismo apellido que esperaba
con todo lo que me quedaba de esperanza, que quisiera tener como propio algún
día.
Puede que hubiera tenido un plan de cómo quería proponérmele, pero la
vida estaba destinada a ser espontánea. Lo mismo sucedía con los compromisos.
—¿Has estado trabajando un tiempo en esa respuesta de “no hay punto de
comparación”, Black? —Terminó de tocar la K antes de levantar sus ojos hacia los
míos—. Porque fue una buena respuesta. Supongo que como casi no te vi por unas
buenas veinticuatro horas durante el mes que pasó, has tenido suficiente tiempo
para trabajar en ella.
Le di unas palmaditas a mi bolsillo trasero por centésima vez. Todavía se
encontraba allí. No sabía a dónde había pensado que iría, no era como si un objeto
inanimado simplemente pudiera salirse de mi bolsillo de un salto y rebotar en la
arena. —Joze, cuando dije que no había ni punto de comparación, quise decirlo
tanto en el sentido literal como en el figurado.
Levantó una ceja impresionada. Le gustaba cuando hablaba como si usara
mi cerebro para algo más que un cojín cuando aterrizaba de cabeza después de ser
lanzado desde la parte trasera de un animal de novecientos kilos.
—Tu sujetador-barra-pecho —mis ojos bajaron hacia mi nombre y todo a su
alrededor—, corrección, tu pecho perfecto, es el primero que he autografiado en mi
vida, así que ahí tienes, literalmente, no hay punto de comparación. —Cuando su
frente comenzó a arrugársele, continué—: Pero incluso si hubiera firmado todos
esos sostenes de los que has escuchado en rumores, incluso si hubiera firmado
millones, no habrían tenido, en sentido figurado, ni punto de comparación alguno.
Ninguno.
Ella luchaba por mantener esa expresión severa, pero ya casi se le caía. Joze
era una campeona en hacerme pasar un momento difícil y hacerme caminar por
una línea muy fina, pero nunca podía permanecer molesta conmigo, de verdad o
de mentira, cuando me encontraba tendido sobre las líneas buenas.
—Vamos a ponernos un poco más figurativos con todo esto entonces. —Su
mirada cayó sobre su pecho, enganchando el dedo debajo del broche en el centro
de su sujetador.
Mi mirada siguió la de ella.
—Vamos a avanzar rápido hacia unos treinta años o a grandes cantidades
de bronceado sin protector solar y, subir y bajar escaleras sin tener un sostén…
¿Puede que todavía digas que no hay comparación? —Abrí la boca para responder
cuando añadió—: Y mírame a los ojos cuando contestes.
Coloqué mi sombrero hacia atrás solamente lo suficiente para que pudiera
tener un buen vistazo de mis ojos. Desde que éramos niños, Josie había sido capaz
de reconocer mis mentiras solo por echarle una mirada a mis ojos, era por eso que
evité ese contacto por una buena parte de nuestras vidas, pero ya no los desviaba.
Ni siquiera cuando estaba haciendo una pregunta difícil, y con una historia como
la mía, no existía escasez de preguntas difíciles para hacer y responder.
Tuve que esforzarme en mantener mi cara seria antes de permitirme decir
una palabra. —Para eso sirven los montones de dinero y un cirujano experto, así
que sí, puedo responder que incluso en treinta años a partir de ahora, con todo ese
sol… el rebote por subir y bajar las escaleras… todas esas cosas, todavía no habría
ninguna comparación. —Metí la lengua en mi mejilla cuando ella se cruzó de
brazos—. Post operatorio, por supuesto.
Sus brazos se cruzaron con más fuerza. —Pediste a Vudú, ¿verdad? Voy a
tener una pequeña charla con él y a solicitarle que se meta uno o ambos de sus
cuernos en tu culo después de que des el paseo de tu vida de ocho segundos.
Josie se dirigió hacia donde los toros estaban siendo clasificados en las
rampas antes de que agarrara su mano. No podía dejarla dar un paso más sin
hacerle mi pregunta. No podía permitirme dar ni un paso más sin conocer su
respuesta.
Claro, compramos juntos la vieja granja y hablamos como si pensáramos
que viviríamos y moriríamos juntos, pero el tema real del matrimonio no había
sido discutido. Suponía que ella no se encontraba en contra del concepto, pero mis
manos aun así empezaron a sudar, y mi corazón latía con tanta fuerza que podía
prácticamente sentirlo vibrar contra la armadura de mi pecho.
—Joze, espera. —Tiré de su mano para traerla de vuelta—. Tengo que
preguntarte algo antes de que vayas a pedirle a Vudú que perfore mi trasero. —
Levanté una ceja hasta su punto máximo hacia ella mientras deslizaba la mano en
mi bolsillo trasero.
El anillo se hallaba enroscado alrededor de mi dedo meñique y mi rodilla
derecha había empezado a doblarse cuando oí mi nombre saliendo por el altavoz.
Me tomó un momento procesar por qué mi nombre era anunciado porque en algún
lugar en el medio de firmar el sujetador de Joze y prepararme para pedirle que
pasara el resto de su vida conmigo, me olvidé de la razón por la que estaba allí.
Para montar. Para montar bien. El rodeo que me calificaría para las
nacionales si me quedaba el tiempo suficiente y llegaba lo suficientemente alto.
—Garth. —La mano de Josie se envolvió alrededor de mi brazo y le dio una
pequeña sacudida—. Garth —dijo un poco más firme, al tiempo que todo acababa
de registrarse.
Murmuré una maldición antes de que mi mirada fuera hacia la rampa que
se suponía tenía que estar subiendo en ese preciso momento. Vudú se hallaba allí
listo. Tenía unos treinta segundos antes de que consiguiera que me echaran.
—Lo que sea que necesites preguntarme, puede esperar hasta después. —Se
colocó detrás de mí y empujó mi espalda en la dirección correcta—. Voy a estar
aquí esperándote cuando hayas terminado. Entonces puedes hacerme la pregunta.
No necesité más que un empujón antes de empezar a correr a toda
velocidad. Mirando hacia atrás, le guiñé un ojo.
—Oye, ¿Black? —gritó. Ella esperó a que mirara hacia atrás de nuevo—. Nos
vemos en ocho segundos.
Le sonreí. —Nos vemos en ocho segundos, Joze. —La observé para otro
momento. Entonces arrastré mi trasero hacia donde debería haber estado hace dos
minutos, si no me hubiera distraído por el sostén de mi novia y el anillo que podría
con suerte actualizar su estatus de novia a prometida.
—¡Qué lindo de tu parte que aparecieras, Black! —gritó uno de los tipos de
apoyo mientras yo volaba hacia mi rampa—. Parece que alguien se está haciendo
un poco presumido para su cheque de pago si cree que no tiene que aparecer hasta
después de que su nombre se haya oído alrededor de la arena.
Me limpié las manos en los vaqueros y le sonreí al tiempo que me arrastraba
hasta la barandilla para llegar a la posición. Las fosas nasales de Vudú se hallaban
en llamas, y ya estaba pisando fuerte con sus cascos gigantes. —Siento llegar tarde.
Trataba de proponerle casamiento a mi novia.
—¿Dijo que sí? —preguntó mientras que me sentaba a horcajadas sobre la
rampa, preparándome para bajarme sobre Vudú.
—Estuve unos cinco segundos demasiado tarde para preguntarle. —Poco a
poco, me bajé sobre el lomo del toro gigante.
Cuando mi peso cayó sobre él, lo sentí temblar. Los dos tuvimos nuestra
parte justa de adrenalina disparándose en nuestros sistemas. Este sería un rodeo
muy difícil. Solo por la energía del toro por sí solo, sabía que ganarme los puntos
no sería un problema, Vudú iba a intentar romperme la espalda en cada lugar que
pudiera agrietarse, así que el rodeo dependía de mí, al ser capaz de aguantar
durante ocho segundos.
Iba a irme a las nacionales, al gran espectáculo, si podía mantener mi culo
sobre la espalda de ese toro durante ocho diminutos segundos. Tanto pasó en esos
segundos que hubiera mentido si dijera que la presión no me afectaba.
—¿Crees que dirá que sí cuando tengas unos segundos después de tu rodeo
para preguntarle? —Thomas inspeccionó mi agarre en la correa de cuero,
asegurándose de que no estuviera demasiado apretada o demasiado floja, justo
como yo revisaba dos veces.
—Bastante seguro, pero me sentiré muchísimo mejor cuando lo sepa a
ciencia cierta. —Ajusté una cosa en mi agarre, hice rodar mis dedos unas cuantas
veces a lo largo de la trenza, luego cambié mi posición sobre el toro ante la
anticipación de que Vudú se girara hacia la izquierda de la puerta.
—¿Por qué no sales allí, das el rodeo de tu vida, y calificas para las
nacionales? Te puedo garantizar que la confianza de estar bastante seguro de que
dirá que sí se incrementará hasta la certeza. —La investigación de Thomas terminó
con una inclinación de cabeza antes de que saliera arrastrándose por un costado de
la rampa—. Escala hasta el cielo, Black.
—Es lo que planeo —me dije a mí mismo.
Ahora solamente éramos el toro y yo. Todos los demás habían desaparecido
y esperaban la señal. Tan pronto como se las diera, ocho segundos era todo lo que
me separaban de irme hacia la escena regional y darme a conocer a nivel nacional.
Ocho segundos. Veinte años de vida se sentían como si me hubieran llevado hasta
este mismo instante, el instante en el que me probaría a mí mismo para el país
antes de que le pidiera a la mujer que amaba que se casara conmigo. Esta noche se
sentía pesado por el destino, y tal vez es por eso que me sentía un poco distraído.
Normalmente, cuando me subía a la parte posterior de un toro, mi mente se
quedaba vacía y el instinto tomaba el control. Sin embargo, esta noche no era así.
Esta noche, muchas cosas daban vueltas en mis pensamientos y formaban un nudo
gigante. Cuando intenté despejar mi cabeza por tercera vez y no tuve éxito, di la
señal. Mientras más esperaba, peor se pondría.
En el momento en el que la puerta se abrió de golpe, Vudú salió con fuerza
de la tolva. Por el momento, más corto, oí el rugido de la multitud. Imaginé ser
capaz de distinguir los gritos y alaridos de Josie y de mis otros amigos que se
encontraban en las gradas, pero entonces los silencié a todos. Mi oído, junto con mi
visión y mi atención, se metieron en cada movimiento de Vudú y en los míos
moviéndose una milésima de segundo después.
El sonido de sus cascos golpeando el suelo hacía eco en mis oídos. El sonido
de mi respiración se convirtió en mi mundo. No hubo otros sonidos que registrar.
Éramos solamente Vudú y yo. Por esos ocho segundos, ese toro era mi mundo, y
yo era el suyo.
Salió por la izquierda de la puerta como si yo hubiera estado preparado, y
después de eso, pasó de girar en una dirección hacia la otra. En el intermedio, le
gustaba levantar las patas traseras en un esfuerzo por conseguir volcarme hacia
sus cuernos. Cuando eso no funcionó, volvió a dar vueltas. Me encontré con todo
lo que me Vudú me lanzó. Cada movimiento de mi cuerpo seguía el ejemplo del
toro como si se tratara de una danza cuidadosamente orquestada.
Ocho segundos no era un largo tramo de tiempo. Pregúntale a cualquiera, y
ellos te dirán lo mismo, pero ocho segundos en la parte superior de novecientos
kilos de músculo y rabia que estaban haciendo todo lo posible para lanzarte en el
aire mientras te esforzabas para permanecer en el lugar, se sentían infinitamente
más. Esos ocho segundos se movían como melaza por el reloj de arena, pareciendo
como que nunca pasarían.
Justo cuando sentí que el timbre jamás sonaría, lo oí. Lo logré. Me quedé en
uno de los toros más difíciles y más notorios del circuito. De las pocas veces que
estuve cerca de salir volando, sabía que el toro me había dado un buen rodeo.
Sabía que califiqué. Entré a las nacionales. Gané algo de efectivo serio esta noche, y
si la suerte se encontraba de mi lado, me colocaría lo suficientemente alto en las
nacionales para ganar algo de dinero muy, pero muy en serio también allí.
Contra toda predicción mala, mis sueños se hacían realidad. Veinte años de
una suerte de mierda estaban cambiando. El anillo en el bolsillo posterior y la chica
en el otro extremo de la valla me llamaron la atención y permaneció allí, cuando mi
atención debería haberse quedado en el monstruo todavía moviéndose debajo de
mí.
Mi mirada estaba fija en Josie, una sonrisa deslizándose sobre mi cara,
cuando lo sentí. Mi equilibrio en el toro cambió de sólido a ligero. Medio segundo
pudo haber pasado entre ese momento de reconocimiento y cuando mi cuerpo
salió disparado de la parte trasera de ese toro, volando como una flecha antes de
caer al suelo. La cabeza primero. Tuve un segundo para levantar los brazos en un
esfuerzo para protegerme la cabeza y el cuello del impacto, pero cuando caí, todo
lo que sentí fue el gran impacto después de que un crujido resonara en mis oídos.
Después de eso, no hubo más nada.
Traducido por Julie & Val_17
Corregido por Ailed

No iba a abrir los ojos. De ninguna manera. Si no los abría, entonces podría
seguir fingiendo antes de que todo se fuera a la mierda. Si no abría los ojos, no
tenía que preguntarme por qué no podía sentir mi cuerpo. Las luces brillantes e
insensibilidad del cuerpo… oh Dios mío, ¿qué ocurría?
Mi último recuerdo comenzó a repetirse. Escuchar la chicharra mientras que
continuaba en la espalda de Vudú. El regocijo invadía mis venas. Encontrando a
Josie en la multitud y compartiendo una mirada fugaz justo antes de que yo fuera
lanzado al aire… justo antes de que mi cabeza se estrellase en el mismo suelo por el
que había pasado mis dedos minutos antes. Sentí que mi cara se arrugaba cuando
recordé el impacto. Se arrugó aún más cuando recordé el golpe. Me pregunté si la
razón por la que no podía sentir mi cuerpo era debido…
—Mierda —murmuré, con una voz que sonaba harapienta y mal. Escuché
algo más… pasos cada vez más cerca.
—¿Ves? Te dije que iba a estar bien, Josie. Es su propio encanto habitual.
Si Rowen Sterling-Walker se encontraba allí, entonces estaba seguro que este
no era el cielo ni cualquier lugar cerca. Me obligué a abrir los ojos, pero al instante
los cerré de nuevo, gracias a la espantosa luz brillante. No era ese tipo de luz, sino
que una luz fluorescente de los paneles del techo. Aparte de la escuela y la cárcel,
solo otro lugar me era familiar usando esa clase de luz institucional.
Me encontraba en el hospital.
—¿Qué demonios está pasando? —le pregunté.
—Yo también me alegro de verte, melocotón. Es lindo ver a esta nueva
persona en que te has convertido que tiene a Josie tan efusiva desde el año pasado.
—Seguía hablando Rowen, aunque sabía que Josie estaba cerca.
Podía sentir su presencia… junto con escuchar sus lloriqueos… lo que
significaba que estaba o había estado llorando… lo que significaba… —Mierda. —
Mi garganta se sintió tan seca que un túnel hecho de papel de lija habría sido un
reemplazo bienvenido—. ¿Qué pasó?
Mis ojos seguían cerrados por la luz abrumadora, pero yo quería abrirlos.
Necesitaba ver dónde me encontraba, quien me acompañaba, y evaluar lo que
sucedía en base a sus expresiones. Necesitaba saber a lo que me enfrentaba antes
de que pudiera hallar la manera de resolverlo.
—Ya está. ¿Es mejor así? —La voz de Jesse llenó la habitación mientras las
luces se atenuaron lo suficiente para que yo abriera los ojos de nuevo.
Después de varios parpadeos, pude mantenerlos abiertos, y unos parpadeos
más después de eso, podía distinguir los objetos y las personas a mi alrededor. Lo
primero que noté fue la televisión colgando en una esquina justo debajo del techo.
Estaba apagada. Debajo de eso, había una silla de aspecto industrial con un par de
bolsas de lona. Al lado de la silla, una ventana larga. Por los rastros de luz que
venían de afuera, era o el amanecer o el atardecer; no lograba distinguirlo. En el
estante debajo de la ventana había un par de docenas de arreglos de flores con esas
tarjetitas que sobresalen de ellos. Ver tantos, me causó otra maldición entre dientes.
Sabía que no tenía muchos amigos “auténticos” que se tomarían el tiempo y el
dinero para enviarme flores a menos que algo anduviera muy mal.
—Bueno, tu capacidad de ser vulgar seguro que no está rota.
Mi mirada se deslizó hasta la otra esquina, donde estaba la ventana, para
encontrar a Rowen acomodada en una silla, con aspecto cansado. Por la expresión
plasmada en su rostro, trataba de hacer que esto parezca como un día cualquiera,
pero pude ver en sus ojos que se sentía preocupada. Triste. O alguna combinación
de los dos.
—¿Dónde está Joze? —le pregunté antes de tragar. Mi garganta me estaba
matando.
La frente de Rowen se arrugó, y su mirada se desvió a mi lado. —Justo a tu
lado.
Haciendo diez veces la cantidad de esfuerzo que la debida, me las arreglé
para girar la cabeza hacia el otro lado de mi almohada. Josie se encontraba allí, y
donde Rowen trataba de ocultar su preocupación, ella tomó la otra dirección. Tenía
los ojos inyectados en sangre, los bordes rojos e hinchados. Las lágrimas frescas o
viejas todavía manchaban sus mejillas, y una de las esquinas de su boca había sido
mordida hasta casi dejarla en carne viva. Su cabello era un desastre, una mitad aún
en su trenza, y la otra desparramado, y su ropa parecía tan arrugada que ella
podría haberla estado usando durante semanas.
Ella era la vista más hermosa y bienvenida.
—¿Qué pasó? —le pregunté cuando Jesse apareció a la vista, a los pies de la
cama. Su expresión caía justo entre las dos chicas, aunque cuando le eché un
vistazo más de cerca a sus ojos enrojecidos y me di cuenta de su incapacidad para
mirarme a los ojos, supe que estaba más en línea con Josie.
Josie olfateó y trató de enderezar los hombros antes de contestar. Cayeron
unos momentos después. —Fuiste lanzado del toro. —Miró a Jesse y Rowen como
si estuviera buscando orientación.
Jesse se volvió hacia la pared, rodeando su cabeza con los brazos. Rowen se
deslizó de la silla y se acercó a su marido. Ella le pasó un brazo por la espalda y le
susurró algo que no pude oír.
Después de unos pocos más momentos de verlos, Josie se aclaró la garganta.
—¿Recuerdas dónde estabas anoche? ¿Lo que hacías? ¿Te acuerdas de algo? —Su
voz se hizo más pequeña con cada pregunta—. Los médicos dijeron que quizá
no…
Me ponía cada vez más impaciente, esperando la explicación de por qué me
encontraba en una cama de hospital con las tres personas que más me importaban,
luciendo como si estuvieran asistiendo a mi funeral en lugar de esperar mi
recuperación. Sea lo que sea que había sucedido, la gente en la habitación parecía
verlo como algo a la par de estar en mi funeral. —Joze, recuerdo la noche de la
competencia. Me acuerdo de todo hasta ser lanzado por ese toro pedazo de mierda
cuya piel voy a convertir en una pieza de arte tan pronto como me vaya de aquí. —
Ni mis intentos de humor lograron aligerar el estado de ánimo de Josie—. Es solo
que no recuerdo nada después de eso. ¿Me puedes poner al día? ¿Antes de que
llegue a la peor conclusión posible de por qué la mujer que amo y dos de mis
mejores amigos me miran como si mi vida hubiese terminado?
Apenas terminé mi frase antes de que Josie empezara a llorar. Una vez más.
En realidad, era más como sollozos. Sollozos violentos, temblorosos y ruidosos que
sonaban como si estuvieran ahogándola. Rowen se movió de Jesse a Josie, le echó
los brazos alrededor, y frotó círculos en su espalda, intentando calmarla. Rowen no
era de dar abrazos. Que llegara al punto de dar abrazos significaba que los dos más
sensible del grupo estaban en mal estado.
—Oye, está bien, Joze. Está bien. —Quería arrastrarme fuera de la cama y
consolarla tal como lo hacía Rowen, pero mi cuerpo no parecía capaz de mucho,
por no hablar de salir de la cama y sostenerme yo mismo—. Toma mi mano, bebé.
Todo irá bien. Toma mi mano.
Los sollozos de Josie se calmaron lo suficiente como para que su espalda ya
no temblara más, pero cuando me miró con esa expresión ansiosa, casi deseé que
estuviera sollozando otra vez. Esto —los ojos grandes que no parecían parpadear—
era mucho peor. Al mismo tiempo, su mirada junto con la de Rowen, cayeron a un
sitio en mi cama. Josie tragó, acercándose más.
—Ya estoy sosteniendo tu mano —susurró, mirando al mismo sitio mientras
las lágrimas llenaban sus ojos de nuevo—. Estoy sosteniéndola.
Mis ojos cayeron al lugar en el que se centró. Efectivamente, la mano de
Josie estaba envuelta alrededor de la mía, sus dedos entrelazados entre cada uno
de los míos. Noté que su mano apretaba más. No era la forma en que mis dedos
parecían flojos unidos con los suyos lo que me desestabilizó tanto que empecé a
sudar, sino que no me era posible sentir su apretón. De hecho, ni siquiera podía
sentir su mano. No podía sentir el calor de la misma ni la suavidad de su palma, y
tampoco podía sentir el frío metal del anillo de plata que llevaba en el pulgar
derecho. No podía… sentir.
—¿Qué diablos me pasa? —Me las arreglé para decir, no muy seguro de
querer saberlo.
La respuesta de Josie fue otra ronda de sollozos. La de Jesse fue girarse de
nuevo hacia la pared, deslizando su sombrero de la cabeza, y colocándolo en la
silla. Fue Rowen —por supuesto— la que se acercó, me miró directamente a los
ojos, e inhaló. Si yo hubiese sido cualquier otra persona, probablemente habría
levantado la mano para interrumpirla. Mierda, eso era si, de hecho, podría haber
levantado mi mano, lo que no era posible. Ni siquiera podía sentir la mano de mi
novia en ella.
Si yo no estuviera hecho de momentos difíciles, le habría dicho a Rowen que
no dijera nada. Le habría suplicado que no dijera lo que ya sabía que iba a decir.
Habría preferido permanecer ignorante antes de que me digan lo que ya sabía que
nadie en la habitación lograba reunir las agallas para decirme.
Pasando un brazo alrededor de Josie y acercándola, Rowen no parpadeó
mientras sostenía mi mirada. —Cuando fuiste arrojado del toro, aterrizaste de
cabeza. Muy fuerte. —Cuando los sollozos de Josie aumentaron su ritmo, Rowen le
palmeó la espalda, casi como si estuviera consolando a un niño—. Tan fuerte que
quedaste inconsciente. Los paramédicos te trajeron aquí, a Casper Mercy, y has
estado inconsciente durante más de veinticuatro horas. —Intentó una media
sonrisa—. Tanto tiempo que estábamos a punto de decirles que tiren del enchufe.
Alcé mis cejas, para nada divertido. —Vaya, gracias. Me alegra que ustedes
estuvieran dispuestos a quedarse conmigo mediante un largo recorrido. Es bueno
saber que tengo amigos que me cubren la espalda en lugar de querer romperla
cuando estoy caído.
Toda la cara de Josie se congeló, luego se arrugó antes de que los lagrimones
inundaran todo de nuevo.
—Bonita analogía —murmuró Rowen, acariciando la espalda de Josie con
más fuerza para que coincida con sus sollozos—. Idiota —agregó cuando mi novia
comenzó a temblar.
—Oye, ¿yo soy el que está acostando en una cama de hospital tratando de
averiguar lo que pasó, y soy el idiota? —Intenté lanzar las manos en el aire, pero
quedé pegado a la cama. Fue entonces cuando todo cobró sentido. Como si todos
los caminos se hubiesen unido—. Mi espalda. —Me concentré en Rowen porque no
podía seguir mirando a Josie en su estado actual y sentirme completamente
impotente—. Está rota, ¿no es así?
Tomó una respiración mucho antes de responder—: No están seguros. —
Desvió los ojos el tiempo suficiente para que el pánico se asiente en mi estómago.
Si ni la fortaleza de hierro de Rowen Sterling-Walker podía mirarme a los
ojos, tenía que ser malo. Yo había sido testigo de su apenas parpadeo cuando tuve
que sacar de su miseria a un becerro la primavera pasada, cuando ella y Jesse
habían estado en la ciudad de visita. Un bebé ternero estuvo llorando de dolor en
un momento y muerto al siguiente, y la chica ni siquiera se había estremecido. Que
ella retrocediera y evitara el contacto visual conmigo ahora era uno de los signos
menos bienvenido que presencié.
—Querían hacer radiografías cuando llegaste, pero el médico tenía miedo
de moverte demasiado. Él dijo que lo intentaría si despertabas. —Se contuvo y dio
un solo movimiento de cabeza—. Cuando despertaras.
—Rowen… —Tragué saliva; mi garganta ya no se sentía seca. Se sentía
como si hubiera sido rellenada con cemento húmedo, y no podía tragar—. Dímelo.
Por favor.
Jesse seguía mirando a la pared, pero ahora tenía la frente apoyada en ella.
Josie había dejado de sollozar, y parecía como si estuviera congelada en alguna
cáscara de estado de shock. Rowen y yo fuimos los únicos en la habitación que
todavía poseíamos nuestro buen juicio, a pesar de que se hallaban a la vez un poco
deshechos. No estaba seguro de si el suyo o el mío se habría agotado primero.
—¿Estoy paralizado?
Dios bendiga a esa chica por no parpadear ni apartar la mirada ni tomar una
respiración pesada. Dios bendiga a Josie por darme un resoplido final, rodando sus
hombros hacia atrás, y poniéndose en cuclillas junto a la cama de modo que su cara
se hallaba al nivel de la mía. Tuve que revisar porque no podía sentirla, pero su
mano seguía bien sujeta a la mía. Dios bendiga a Jess por apartarse de su pared
favorita, girarse frente a mí, apoyar las manos en torno a la banda del pie de mi
cama, y mirarme fijo. Sabía que la gran ciudad todavía no lo había cambiado.
—No lo saben, cariño —susurró Josie, con su voz ronca como la mía—. El
doctor dijo que no se podía saber con certeza hasta que hicieran los rayos X.
Asentí y traté de sonreír. Sabía que ella lo necesitaba. Me di cuenta de que se
encontraba desesperada por ser consolada y escuchar que todo estaría bien. Esa
sonrisa tomó más esfuerzo de lo debido. —¿El doctor dijo algo en caso de que me
despertara sin sentir…? —Moví la cabeza; se sentía rígida y tierna, pero podía
moverla. Cuando traté de mover el brazo, la pierna, o incluso los dedos de mis
pies, no pasó nada—. ¿Si me despertaba sin sentir nada de mi cuello hacia abajo?
—Llené mis pulmones, en busca de algo de valor a lo que pudiera aferrarme en
tanto hablaba con mi novia sobre la posibilidad de estar paralizado del cuello para
abajo—. ¿Qué podría significar si me despertaba sin poder mover nada?
Josie miró a Rowen, arrugando la frente, como si no estuviera segura de
cómo responder.
Rowen dejó caer su mano sobre el hombro de Josie y se acercó más. —El
doctor dijo que no sabríamos nada con seguridad hasta que tuviera los rayos X.
Esa es la única manera de saber a ciencia cierta si te rompiste… algo.
—¿Te refieres a si me rompí la espalda?
Después de un momento, asintió. —Esa es una posibilidad, pero también
dijo que podrías haber sufrido algún trauma a la columna vertebral que puede
tomar algo de tiempo y terapia para sanar…
—Corta con la dulzura, Sterling-Walker. Dímelo de frente. Como siempre
haces. Puedo soportarlo. —Cuando mis ojos se cerraron, me forcé a reabrirlos. No
me escondería de esto. Lo agarraría por los cuernos y lucharía hasta que fuera
forzado a la sumisión—. ¿Qué más dijo el médico que eres demasiado cobarde para
decirme?
Ese comentario consiguió la reacción que esperaba. La piel entre las cejas de
Rowen se arrugó cuando me miró fijamente por unos dos segundos… entonces esa
mirada furiosa se transformó en algo que se parecía demasiado a la lástima. Ese
agujero en mi estómago se expandió.
—El doctor dijo que si te despertabas sin poder mover nada… ni sentir
nada… podría muy bien significar que se ha roto tu columna vertebral. —El pecho
de Rowen subía y bajaba más rápido de lo normal, y la cabeza de Josie cayó a la
cama. En realidad, cayó de manera que su frente descansaba en nuestras manos
entrelazadas, pero la única manera de saberlo fue por la vista, no por el tacto—.
Pero también dijo que si tu médula espinal sufrió un trauma bastante grave, podría
tomar unos días o incluso semanas para que la hinchazón baje lo suficiente como
para que te muevas de nuevo. Solo porque no puedes mover nada ahora no
significa que nunca lo harás de nuevo.
No me di cuenta de lo rápida que se volvió mi respiración hasta que empecé
a sentirme mareado. Me obligué a respirar más lentamente, pero solo funcionó un
poco. Al ser montador de toros, sabía más que cualquier persona sobre las lesiones
de la médula y lo que significaban. Había visto a bastantes personas abandonar el
campo en una camilla solo para pasar el resto de su vida en una silla de ruedas
eléctrica. En nuestro mundo, las lesiones de médula, junto con casi cualquier otro
tipo de lesión, no eran solo un riesgo del trabajo, sino una probabilidad. Sin
embargo, hasta que me desperté hace cinco minutos, estuve bajo la impresión de
que nunca me iba a pasar. Creí que era demasiado duro como para lesionarme así,
pero supongo que la verdad había ido más en el hecho de que fui simplemente un
tonto y dejé que mi ego infle demasiado mi confianza.
—Porcentajes —espeté, rechinando los dientes—. Sé que él se los dio, así
que vamos a ver. ¿Cuál era la probabilidad, el porcentaje, de que vuelva a caminar
si me despertaba sin sentir nada desde mi cuello hacia abajo?
—Un diez por ciento —dijo Josie en la voz más pequeña que nunca la oí
usar. Alzó la cabeza y me miró a los ojos—. Me dijo que tendrías la oportunidad de
caminar de un diez por ciento si te despertabas —su mirada se deslizó por mi
cuerpo, y sus párpados bajaron— así.
Mi respiración se me escapó de nuevo. —¿Lo dijo sin los rayos X?
Josie asintió, limpiando una solitaria lágrima por su mejilla. —Él dijo que no
sabríamos a ciencia cierta si te habías roto la espalda hasta que te despertaras e
hicieran una placa de rayos X, pero dada la forma en que golpeaste el suelo y lo
fuerte… dijo que era probable.
—Pero no sabrán nada hasta…
—Gracias, Jess, pero creo que he oído suficiente. —Traté de levantar mi
mano de nuevo, pero se mantuvo congelada a mi lado—. Si no les importa, estoy
cansado. ¿Podrían darme un poco de espacio? Voy a necesitar mi energía para
hacer frente a lo que tenga que pasar, supongo. Saben, se necesita una tonelada de
energía y resistencia para curvarse en una silla de ruedas las veinticuatro horas del
día. Mejor guardo mis reservas ahora ya que voy a pasar el resto de mi vida como
un lisiado. —Oí la urgencia deslizándose de nuevo en mi voz. Sentí el instinto de
alejar a la gente y hacerles daño antes de que pudieran herirme a mí. Sabía que
esos eran los vicios que no debería dejar entrar de nuevo en mi vida, pero yo no era
capaz de detenerlos. La realidad que había estado enfrentado me probaba que no
podía manejarlo como el nuevo, menos hosco y hastiado Garth Black. La única
manera de hacer frente a esto era como la versión más oscura de mí mismo que me
encontraba seguro que había dejado atrás para siempre.
Rowen se cruzó de brazos y se inclinó sobre mí así no tenía más opción que
mirarla. —Solo porque puedes haberte roto la columna no te da el derecho de
tratarnos a todos como si fuéramos una mierda, Black.
—Gracias por tu comprensión. ¿Ahora podrían irse y dejarme con mi futuro
brillante?
Sus ojos se estrecharon al tiempo que se acercaba más. —¿Quieres alejar a
alguien? Bien, aléjame a mí. ¿Quieres ser un hijo de puta con alguien? Aquí estoy.
—Dio golpecitos en su pecho, haciendo agujeros en mis ojos con los suyos—.
¿Quieres desquitar tu frustración, ira y culpa con alguien? Dámelo. Pero no se te
ocurra, ni por un momento, ni por una fracción de segundo, alejarla a ella. —No
necesitaba ver la dirección que señalaba Rowen—. Porque si lo intentas, que Dios
me ayude, voy a terminar el trabajo de romperte la espalda si ya no lo hiciste.
Bufé, apartando la mirada de Rowen. De Josie. Apartando la mirada de la
vida que tuve porque nunca volvería a ser lo mismo. —Y yo que pensaba que el
matrimonio domaba a una mujer, no que la hacía más agresiva.
Josie lloraba otra vez, pero en vez de sollozos ruidosos, lloraba en silencio
para sí misma. Eso era muchísimo peor.
—Black, es mi esposa con la que estás hablando. Ten cuidado. —El agarre
de Jesse se apretó alrededor de los pies de mi cama mientras me levantaba una
ceja, desafiándome.
—¿Qué, Jess? ¿Me vas a patear el culo si continúo? Podrías ser capaz de
superarme ahora que estoy paralizado. Adelante. ¿Qué esperas?
Su frente se arrugó como si acabara de apuñalarlo en el estómago dos veces.
Mirando alrededor de la habitación, vi que lastimé o molesté con éxito a todos los
que más me importaban en el mundo entero. Me sentía como una mierda por
dentro y por fuera.
—Si quieres ver agresividad, sigue ese ritmo, imbécil. —Rowen levantó la
ceja con desafío hasta un punto imposible antes de agarrar los hombros de Josie—.
Sin embargo, creo que tienes razón en algo. Necesitas un poco de privacidad para
poner en orden tu mierda de nuevo.
Rowen tuvo que ayudar a Josie a pararse, pero ella no soltó mi mano. A
pesar de que una parte de mí quería que se fuera, otra parte esperaba que nunca lo
hiciera.
—Está bien, Joze. Ve a comer algo. —Tragué, inseguro de cómo se suponía
que la mirara; no podía ser su marido y proveerla cuando ni siquiera podía orinar
sin ayuda—. Y también tienes que descansar. Sabes dónde encontrarme. No me
voy a ir a ninguna parte exactamente.
Jesse caminó hacia Rowen, le tomó la mano y la llevó fuera de la habitación.
Acercarse a ella y sacarla de la habitación fue natural, sin esfuerzo. Era algo que
tomé por sentado con Joze y algo que nunca haría de nuevo si los porcentajes no se
equivocaban. Rowen me lanzó una última mirada de advertencia antes de
desaparecer en el pasillo. Fingí no verla, pero no necesitaba sus miradas o
amenazas para saber que Rowen Sterling-Walker no dudaría en patearme el culo si
lastimaba a Joze como sabía que era capaz de hacerlo. A diferencia de su marido,
no permitiría que ninguna discapacidad, como mi imposibilidad de moverme, la
detuviera o incluso moderara sus golpes.
Cuando me atreví a mirar a Josie, vi una mirada de conflicto en su cara.
Sabía que quería quedarse. Sabía que se metería en la cama conmigo y no se iría si
se lo pedía. Ella no era el tipo de chica que huía cuando la vida se hacía difícil o,
específicamente, cuando el cuerpo de su novio dejaba de funcionar. Pero no le
desearía ese tipo de vida ni a mi peor enemigo. ¿Cómo podría dejar que la persona
que más amaba en el mundo viviera la vida de un cuidador cuyos días y noches
estarían cargados de responsabilidad y obligación?
Podría no saber con absoluta certeza si volvería a caminar alguna vez, pero
no necesitaba rayos X o un médico para confirmar mi pronóstico. Me permití creer
que mi vida no tenía por qué terminar como empezó, pero debí entenderlo antes.
A veces el destino le da a una persona una absolución temporal, pero nunca les da
un pase completo. Fui un tonto por creer lo contrario.
—Vamos, Joze. De verdad. Estaré bien. Ve a cuidar de ti, ¿de acuerdo? —
Asentí hacia la puerta, donde pude divisar a Jesse y Rowen esperándola. Incluso
ellos lo sabían… ella no podía quedarse conmigo—. Hablaremos más tarde. Lo
prometo.
Estudió mi rostro por un momento, una sonrisa deslizándose en su rostro.
Levantando mi mano, la besó. No sentí absolutamente nada. Ni la sensación de sus
labios ni el calor o la suavidad. Junto al resto de mi cuerpo, mi corazón también se
rompió en ese momento.
—Te amo, Black —susurró antes de bajar mi mano de regreso a mi costado.
Metió la manta alrededor de mi brazo, me dio una última sonrisa, luego retrocedió
hacia la puerta—. Volveré por la mañana, y vamos a resolver todo esto juntos, ¿de
acuerdo? Todo va a estar bien. Lo sé. Estaremos bien. —Esperó a que yo asintiera,
pero no pude. Un minuto más tarde, se fue con la cabeza gacha y la sonrisa fuera
de su rostro.
—También te amo, Joze —susurré en el cuarto oscuro poco después de que
se hubiera ido.
Traducido por Daniela Agrafojo & Julie
Corregido por Beatrix

Observé el sol elevarse a través de mi ventana, sin haber dormido ni un


minuto en toda la noche. Estuve lo bastante cansado para haberme desmayado sin
ningún problema, pero sabía que tenía mejores formas de utilizar mi tiempo a
solas. Josie podría haber estado ansiosa anoche de irse para conseguir algo de
comer y una noche de sueño, pero la conocía demasiado bien… volvería a primera
hora de la mañana, y no dejaría mi lado hasta que le rogara mientras Rowen la
halaba.
Josie era persistente, y no vacilaba. Admiraba esas cualidades en ella, pero
tenía que descubrir una manera de rodearlas. Toda la razón por la que pasé la
noche como un insomne fue para poder pensar en un plan para dejarla irse. En el
caso de que nunca me recuperara, no le permitiría desperdiciar el resto de su vida
esperándome y limpiándome el trasero. Discutiría sobre cada punto que pudiera
darle así como el por qué no debería tener una vida cuidando de mí, pero tenía que
hacerle ver que no quería esa clase de vida para ella. Quería lo mejor para ella.
Lo sabía lo suficiente para aceptar que si era así como iba a estar atorado
hasta el día que muriera, el que se quedara a mi lado era lo contrario a lo mejor
para ella. Podría tratar de alejarla, pero algo me dijo que en ese caso, ella solo se
aferraría con más fuerza. Podría jugar la carta del desesperado y desamparado, lo
que no se encontraba muy lejos de la realidad, y esperar que eso la mandara a
correr. Quizás podría darle a la negación una oportunidad para intentar frustrarla
hasta que no pudiera esperar a deshacerse de mí. Pasé la noche sorteando entre
docenas de cosas diferentes, pero nada de lo que pensé sería suficiente para
asustarla. Josie no era la clase de persona que abandonaba el barco cuando la vida
se ponía difícil. Ella era quien sorteaba las escotillas y se aferraba por su vida hasta
que la tormenta pasaba.
Una parte de mí no quería dejarla ir. La parte egoísta. Quería pasar cada día
con Josie, justo como lo planeé, pero con mi estado actual, no podría mantenerla en
mi vida sin que se desplazara más en un papel de madre.
Tenía madre, y eso era más que suficiente. No sentenciaría a Josie a esa clase
de futuro. Por supuesto, sabía que planear mi futuro como un hombre paralizado
podría ser un poco prematuro, pero también sabía la manera en que me sentía y el
impacto que tomaría. El karma por fin me había encontrado y me pagaba por
veinte años de ser un pedazo de mierda con casi todos y casi todo. De todas las
personas que merecían caminar de nuevo después de esta clase de lesión, yo me
encontraba al final de la fila.
No iba a caminar otra vez. No necesitaba que un doctor me dijera eso.
Pero cuando un hombre mayor usando un uniforme azul se deslizó en mi
habitación unos minutos después de haber amanecido, supuse que uno iba a
intentarlo. Pensaba que tenía un trabajo duro, montando animales cabreados que
trataban de matar a la persona que colgaba de sus espaldas, pero este tipo tenía
que mirar a una persona a la cara y decirle que la vida como la conocía, y la que
planeó muchos años antes, había terminado. Los oncólogos tenían que decirle a sus
pacientes que solo tenían meses de vida, y los doctores de emergencias tenían que
decirle a las familias que sus seres amados no lo lograron, pero este doctor tenía
que mirar a los pacientes a los ojos y decirles que iban a vivir, pero que las vidas
que llevarían, los harían desear estar muertos.
Casi sentí un momento de lástima por el doctor tomando la silla desde el
otro lado de la habitación y empujándola hacia mí… luego noté que me miraba con
la misma expresión. Vi lástima y algo en sus ojos que me llevó a creer contaba sus
bendiciones ya que todavía podía moverse. Lástima y alivio. Esa sería la manera en
que las personas me mirarían desde ahora, supuse. Lástima por mí, alivio por ellos
mismos.
La comprensión me hizo cavar hoyos con la mirada en las láminas del techo.
—Soy el doctor Payton, el especialista en trauma espinal —dijo mientras se
ubicaba en la silla empujada junto a mí—. ¿Cómo le va esta mañana, señor Black?
Resoplé, aún mirando el techo. —Me siento en la maldita cima del mundo.
El doctor Payton olfateó, recostándose hacia atrás en su silla. —Estoy feliz
de saber que tienes buen ánimo. La mayoría de los pacientes en tu situación se
encuentran deprimidos y molestos con el mundo, así que tu perspectiva es un
cambio de ritmo agradable.
Le di una mirada de lado. —Lo estaba jodiendo, doctor.
Se desplazó a través de la tableta en su regazo. —Yo también.
Genial, tenía un doctor sabelotodo. —Entonces, ¿cuándo puedo largarme de
aquí? —pregunté, aunque seguí mirando el techo. Durante el transcurso de la
noche, mientras un puñado de enfermeras venían a revisarme, encontré que era
difícil mirar a las personas que todavía podían usas sus piernas y cuerpos, como si
ellos tuvieran la culpa de lo que me había pasado. La teoría de la amargura y el
resentimiento todavía se mantenía.
El doctor levantó la mirada de la tableta. —Sufriste una lesión seria en tu
médula espinal. Tendrás que quedarte por varios días más. Todavía tenemos que
hacer exámenes, programar una resonancia magnética, algunos rayos X más…
—Espere. —Mis ojos miraron en su dirección—. ¿Dijo más rayos X? ¿Cómo
si no hubiera tenido varios ya?
—Hicimos rayos X inmediatamente después de que fueras admitido. Es
estándar cuando lidiamos con cualquiera en tu tipo de situación.
—¿Mi tipo de situación? —Mis cejas se elevaron; al menos esas todavía
podían moverse. Me había vuelto muy bueno usándolas.
—Tu tipo de situación tiene el potencial de haber lesionado o agravado algo
en tu médula espinal. —La voz del doctor era tranquila, como si estuviera
acostumbrado a tener esta clase de conversación todos los días. Me sentía como si
mi vida se estuviera acabando, como si me estuviera despidiendo mientras flotaba
lejos, y él me hablaba como si estuviera discutiendo el clima con una taza de café.
Sentí la sangre calentarse en mis venas. Al menos en las venas de mi cuello
hacia arriba. —¿Por qué mis amigos me dicen que los rayos X aún no están listos?
—No dije “novia y amigos” porque entre más pronto dejara de pensar en Joze de
ese modo, más pronto podría abrazar mi brillante futuro estando paralizado.
—Tal vez porque los resultados fueron inconclusos y supusieron que yo
sería mejor explicándotelo. —El doctor Payton volvió a meterse con su tableta. Si
pudiera haber usado mis brazos, podría haberla agarrado y lanzado contra la
pared.
—¿Mi espalda está rota o no, doc? —pregunté un poco más agudamente de
lo que pretendía.
—En la forma en que estás preguntando, no, no lo está. —Estaba a punto de
exhalar con maldito alivio cuando continuó—: Pero hay algo de trauma serio, o
inflamación, en la parte media de tu médula, significando que podría haber un
grave nervio dañado.
Debería haberme sentido aliviado por no haberme roto la espalda, pero algo
acerca del nervio dañado y la nota insegura en la voz del doctor me hizo tomar una
pausa. —Bueno, ¿eso significa que volveré a caminar de nuevo? ¿Significa que me
recuperaré de esto?
Él tecleó unas cosas más en su tableta antes de mirarme de nuevo. —Es
demasiado pronto para decirlo.
Sacudí la cabeza, queriendo bajarme de la cama y golpear algo. Atravesar
con mi puño esa pared beige que había estado mirando toda la noche habría sido
un buen comienzo. —¿Caminaré de nuevo?
El doctor me miraba como si esperara a que le devolviera el favor, pero no
podía hacerlo. Escucharlo decirme que mi vida podría estar acabada sería lo
bastante malo sin ver el mismo mensaje en su rostro.
—Tal vez —dijo al final—. Tal vez no. Como dije, es demasiado pronto para
asegurarlo. Después de más pruebas y de que tu cuerpo tenga algo de tiempo para
sanar, seremos capaces de responder esa pregunta, pero por ahora, no quiero
ofrecer falsas esperanza. Al mismo tiempo, no quiero no ofrecer esperanza.
—No es simplemente un regular rayo de sol —murmuré.
—He sido acusado de cosas peores.
El sol se había elevado lo suficiente para calentar a través de la ventana,
bañando toda la habitación con luz. Desearía que las cortinas estuvieran corridas.
Desearía que no hubiera una ventana. No quería la luz, porque me recordaba a la
oscuridad… el lugar al que me retiraba.
—¿Cuándo es lo más pronto que puedo ser dado de alta? —pregunté—. No
es como si empacara algo y me pusiera cómodo, así que no debería tardarse
demasiado, ¿no? ¿Cree que pueda encontrar a alguien que me lleve a la acera?
Encontraré un aventón a casa desde aquí.
El doctor soltó un suspiro tan largo como ruidoso. —Si quieres garantizar
que nunca caminarás de nuevo, esa parece la manera de hacerlo.
Por fin me obligué a mirar al doctor. No era tan viejo como originalmente
pensé de solo ver sus ojos. Suponía que estar en esta línea de trabajo, ver vidas
arruinadas, debía tener una forma de envejecerlo de otras maneras. Agitó la mano
en el aire y la ondeó cuando se dio cuenta de que lo miraba.
—Ambos sabemos que no voy a volver a caminar, ¿o no, doctor? —dije,
endureciendo mi cara—. Usted conoce la posibilidad, probablemente el porcentaje
exacto, de que una persona camine de nuevo si se despierta paralizado del cuello
para abajo. ¿Así que, por qué no cortamos la mierda de la terapia y los exámenes y
me deja salir de este infierno?
Para crédito del doctor, no se encogió. Ni siquiera pestañó. —También sé
que el porcentaje decrece cada día que permaneces paralizado. ¿Por qué querrías
que te diera esos números también?
Dejé salir un agudo suspiro. —No tengo que saber los números para darme
cuenta de que estoy jodido.
El doctor Payton se acercó más a la cama y dejó la tableta en su regazo.
—¿Quieres saber cuántas personas he tratado como tú?
—Solo hay una “persona” como yo —dije en voz baja.
—Esa es la respuesta que recibo de todos. Creen que son invencibles justo
hasta que no lo son. Luego, cuando los fuerzan a enfrentar la mortalidad, arrojan la
toalla y se rinden por completo. —Su voz llenó la habitación de la misma manera
que lo hacía el sol, demasiado—. Cruzan los brazos, ondean la bandera blanca, y se
conforman con la idea de estar “jodidos”. —Resopló, sacudiendo la cabeza—. Si
piensas que tu actitud es única, te estás engañando.
Sacudí la cabeza cuando quise destrozar el cuarto, pedazo por pedazo. —De
acuerdo, entonces, doc. Si puede mirarme a los ojos y decirme que tengo buenas
posibilidades de caminar de nuevo, me quedaré y haré cualquier prueba o terapia
que tenga bajo la manga. Me dice eso, y me quedaré. Pero si no puede, entonces no
voy a mentirme a mí mismo y a las personas que me importan mientras sufro a
través de exámenes que me digan lo que ya sé y terapias que no harán nada salvo
evitar que mis músculos se atrofien.
Era una bendición y una maldición saber lo que las lesiones de espalda le
hacían a las personas. Había estado en el circuito de corridas de toros lo bastante
como para escuchar historias y observar a granjeros competidores convertirse en
vegetales, respirando en sillas de ruedas para hacerlos moverse. Como el doctor
dijo, nunca pensé que me sucedería a mí. Esperé a que el doctor me mirara a los
ojos, y cuando finalmente lo hizo, sabía lo que iba a decir.
—Mi trabajo no es mentirte, Garth. Mi trabajo es ser franco contigo y
trabajar en un plan de tratamiento para ayudar. Tienes razón… es más probable
que no vuelvas a caminar a que sí lo hagas, pero eso no significa que no volverás a
hacerlo. No es una garantía.
Mi mirada volvió a aterrizar en el techo antes de que mis ojos se cerraran.
¿Realidad? Vete al carajo. —Entonces, si no le importa mostrarme la puerta, estaré
en mi alegre cuadripléjico camino.
El doctor se levantó, sacudiendo la cabeza en su camino a la puerta. —Claro,
me pondré en ello. Déjame ver si puedo encontrar un taxi que te lleve hasta
Montana.
El doctor apenas había dejado el cuarto antes de que otro par de personas
surgieran en el mismo.
—¿En dónde está Joze? —pregunté antes de contenerme.
—Qué bueno verte, pastelito. Gracias por la cálida bienvenida. —Rowen
entró a la habitación viéndose preparada para luchar contra un oso. Se dejó caer en
la misma silla en la que estuvo el doctor, y Jesse entró detrás de ella, saludándome
mientras venía alrededor de mi cama.
—Mierda, Jess, y yo pensé que me encontraba en mala forma. —Miré a mi
amigo, tratando de no resentirlo por ser capaz de estar de pie y descansar sus
manos en los hombros de la mujer que amaba. No era con él con quien me sentía
molesto; era con mi columna y con el toro que debería haber sabido cuándo estaba
derrotado y la circunstancia en la que me encontraba hundido hasta el cuello.
Literalmente.
Jesse se frotó la cara, donde el rastrojo se hallaba lo bastante largo como
para ser notable. Pero no era solo la falta de afeitado lo que era notable. Tenía
anillos oscuros bajo sus ojos inyectados en sangre y, la ropa arrugada. Por su
aspecto, había dormido con esa ropa. Durante los diez minutos completos que
parecía haber dormido.
—No dormí bien anoche —dijo con un encogimiento de hombros, alejando
la vista—. La cama del hotel apesta.
Sabía cuál era la verdadera razón de que no hubiera dormido, y no fue
porque la cama en sea cual fuera el hotel que se quedaron hubiera sido demasiado
blanda o dura. Jess era como yo, podíamos dormir en cualquier parte, en cualquier
momento, incluso en una losa de granito si esa era la única superficie plana. Los
vaqueros dormían cuándo y dónde podían, y por supuesto que no se quejaban
sobre alguna afelpada cama de hotel.
—Sí, la cama de hospital también apesta —respondí, sin envidiar a mi
amigo por mentirme. Habiendo sido nuestros roles invertidos, yo tampoco podría
haber dormido—. Entonces, ¿dónde está Joze? —Al parecer no pude contenerme
tampoco la segunda vez.
Rowen se encontraba en medio de soplar una monstruosa taza de café, pero
se detuvo a medio trago para responder mi pregunta. —Josie está hablando con
alguien sobre sillas de ruedas…
Mi cabeza girada en su dirección emparejada con la mirada en mis ojos fue
de algún modo suficiente para hacer que se callara alguien que pensaba que era
incapaz de callarse. A mitad de oración. Por lo menos no subestimé mi habilidad
para ser intimidante.
—Y continuando con… —Miró a Jesse con una ceja elevada antes de volver
a mirarme—. ¿Cómo es la comida? ¿Merecedora de cinco estrellas?
Parpadeé. —Cielos, no lo sé. Ya que no puedo levantar un tenedor ni una
cuchara ni una maldita papa francesa, a menos que la coloquen a dos centímetros
frente a mi cara, no voy a comer. —Su expresión cayó, y me sentí como un idiota
por hacerla sentir mal, pero no podía cerrar la boca. Toda mi rabia y frustración
hervía en forma de palabras crueles—. Debe ser una gran manera de perder peso,
¿no crees? Pienso que la patentaré en el mercado como la dieta del “Paralizado del
cuello hacia abajo”.
—Garth —intervino Jesse, con cierta advertencia en su voz—, no somos tus
enemigos. Somos tus amigos. Sé que estás molesto con el mundo, lo que sucedió y
lo que podría significar, pero no te desquites con nosotros. —Se acercó, para
mirarme directamente. Siempre había sido un par de centímetros más alto que yo,
pero nunca se cernió sobre mí de la manera en que lo hacía ahora—. Al menos no
te desquites con todos nosotros.
Buscaba ya fuera una respuesta o una disculpa cuando oí pasos apurados
golpeando por el pasillo, cada uno haciéndose más ruidoso que el último. Alguien
venía a mi habitación… y no de buen humor.
—Garth Black, tú y yo tenemos que hablar. —La voz de Josie fluyó dentro
del cuarto antes de que entrara en él—. Ahora.
Cuando apareció en la puerta, su expresión era más angustiada de lo que
habían sonado sus pasos. Como Jesse y Rowen, se encontraba con la misma ropa
que tenía anoche, pero sus mangas estaban enrolladas hasta los codos, y su cabello
se hallaba peinado en un par de trenzas a los lados. Ella sabía que era mi manera
favorita de que usara su cabello porque el chico malo en mí no podía evitar tener
pensamientos sucios cuando veía esas trenzas rebotando sobre sus hombros. Me
gustaba agarrar una en cada mano y darles un jalón…
Me gustaba hacer eso. No sabía con seguridad si sería capaz de jalar esas
trenzas o pasar mis nudillos a través de su cabello o lavar el acondicionador de su
pelo cuando tomábamos una ducha juntos después de…
Mierda. Olvida jalar sus trenzas. Si los porcentajes del doctor no mentían, no
estaría haciéndole nada a ella de nuevo. Tuve que apretar los ojos para evitar que se
formaran lo que se sentían como lágrimas. No podía dejarla verme llorar. Si me
veía llorar, nunca me dejaría alejarla por su bien. En cambio, se pondría mártir
conmigo, y no podía dejarla hacer eso.
—Estoy aquí mismo. No voy a ninguna parte. —Mantuve los ojos cerrados,
tratando de apartar las imágenes de ella y yo en mi cama… o en su cama… o en la
cama de mi camioneta… o donde fuera que la oportunidad se presentara en mi
cabeza—. Así que habla. —Escuché sus pasos acercarse.
—¿Por qué el doctor Payton acaba de decirme que hoy estás saliendo del
hospital? ¿Hoy tan pronto como sea posible? —Añadió en una voz que implicaba
que estaría cometiendo la peor clase de crimen contra la humanidad.
—Porque voy a salir de aquí tan pronto como pueda.
Mi respuesta fue seguida de inmediato por tres suspiros de tres personas;
uno callado, uno molesto, y uno indignado.
—¿Y a dónde crees que vas a ir una vez que te hayas ido? —La voz de Josie
resonó con la fuerza suficiente como para despertar a cualquiera que estuviera
tratando de dormir en los cuartos cercanos.
—A casa. —Mantuve mi vista en el techo, así no tendría que ser testigo de
tres pares de ojos mirándome boquiabiertos como si se hubiera reventado algo en
mi cerebro.
—¿A casa? —Josie prácticamente escupió la palabra—. ¿Cómo piensas llegar
allí exactamente? Y una vez allí, ¿cómo vas a desplazarte, curarte y recibir la
atención médica que necesitas, Garth? ¿Te importaría decirme hasta donde llega tu
plan? Porque no logro darme cuenta. —Por el rabillo de mi ojo, la vi sacudir la
cabeza, haciendo que sus coletas giren de un lado a otro—. Estás herido. Mucho.
Esto no es una de esas veces que te puedes curar tú solo con una bolsa de guisantes
congelados y apretando la mandíbula. Sé que es tu forma favorita de hacer frente a
las lesiones, pero esto no es una costilla rota. Sino que ahora no vas a ser capaz de
moverte del cuello para abajo.
Ella no lloraba, todavía, pero yo sabía que estaba cerca. Josie lloraba cuando
se enfadaba con la frecuencia que lo hacía cuando estaba triste.
—Sí, estoy muy consciente del hecho de que no me puedo mover. Gracias
por el repaso.
—¿Ah sí?
La cabeza de Josie bajó más por lo que se encontraba por encima de la mía,
pero seguí centrándome en el techo. Tenía razón, hasta cierto punto, pero también
sabía que no podía permanecer en el hospital un día más sin perder la razón. Ya
era probable que haya perdido mi cuerpo, no podía perder también mi mente. Era
todo lo que me quedaba.
—Porque, ¿cómo salir de aquí va a ayudar a esta situación? —preguntó.
Olí su lápiz labial favorito de cereza en los labios. Quería darle un beso,
como siempre cuando sentía su olor, pero no pude. Claro, podría haber sido capaz
de levantar la cabeza de la almohada unos escasos centímetros, pero no podía
besarla y esperar que ella se alejara. Besarla mientras que yo quería que se fuera a
vivir su vida como que enviaba un mensaje confuso.
—No hay nada que vaya a ayudar, Joze. Alojarme en este hospital seguro
que no lo hará. Tengo que irme a casa. —Mi voz se mantuvo fuerte, pero parecía
ser la última parte de mí que poseía fuerza.
—Tienes que ponerte mejor —argumentó. Miró al otro lado de la cama a
Jesse y Rowen, probablemente en busca de que uno de ellos o ambos la respaldara.
Rowen abrió la boca primero, Jess seguía pareciendo estar sin palabras, pero
los corté a todos. Tuve que forzarme a aflojar mi mandíbula antes de que pudiera
decir las palabras que ellos seguían negando. —No voy a mejorar. —Cada palabra
salió más fuerte que la anterior hasta que la última parecía hacer eco a nuestro
alrededor—. No se me puede recetar un medicamento que vaya a curarme,
ninguna cantidad de descanso y rehabilitación puede sanarme, y es evidente que
ninguna prueba nos dirá algo diferente de lo que todos ya sabemos. —Había
pasado tanto tiempo mirando a la losa del techo que me preguntaba si al momento
en que me fuera de allí, se desmoronaría—. No voy a volver a moverme. Estoy…
—Tuve que tragar y probar la palabra en mi boca un par de veces antes de que
pudiera sacarla—… Paralizado. Cuanto antes todos lo aceptemos, mejor nos irá.
La habitación quedó en silencio. Muy tranquila. Aparte del sonido de la
segunda manecilla moviéndose en el reloj de pared frente a mi cama, el silencio
llenó la habitación. Sin embargo no duró. No era posible con lo que había dicho y a
quien se lo había dicho.
Inclinándose sobre mí, incluso más, Josie bajó la cara tan cerca de la mía que
pude ver a cada mota de bronce en sus ojos. Me hubiera contentado con pasar el
resto de mi vida contando cada una de ellas.
—Bien. ¿Quieres rendirte después de un día y medio? Esa es tu elección.
Ríndete. Acepta que estás condenado. Esa es tu prerrogativa. —Su voz no tembló
como antes; era tan fuerte y transparente como si hubiera estado ensayando su
discurso durante semanas—. Ve a hacerte la víctima y dite a ti mismo que nunca
vas a volver a caminar. Pero no te atrevas, Garth Black, durante ni un maldito
minuto, a intentar exigirnos a mí o a cualquiera de nosotros —señaló con su dedo
índice hacia Rowen y Jesse— que tenemos que aceptar lo mismo. Tú no quieres
aferrarte a la esperanza, gran sorpresa, pero no trates de desquitarte con todos
nosotros.
Después de eso, esperó. A que yo dijera algo o discuta o a que termine de
asimilar lo que me había dicho, no sé, pero yo sabía la forma en que me sentía.
Nada que ella pudiera decir y ninguna cantidad de tiempo que pudiera esperarme
me llevaría a cambiar de opinión.
Jesse se aclaró la garganta y acercó, probablemente para decir algo que
resolvería todos nuestros problemas junto con el hambre en el mundo, cuando oí
otro par de pasos que entraban en la habitación. No pasó mucho tiempo antes de
que el recién llegado se detuviera y se aclarara la garganta… salvado por el doc.
—La ambulancia estará aquí dentro de media hora para escoltarte a tu casa
si eso es todavía lo que deseas. —Escuché la molestia en su voz; él estaba casi tan
enojado como Josie por lo que lo único que quería hacer era largarme de allí—.
Como tu médico, es mi deber aconsejarte encarecidamente que no te vayas hasta
que hayamos tenido algo de tiempo para diagnosticarte con más precisión y darte
la oportunidad de recupera…
—Pero esto no es una cárcel, y usted no me puede mantener en contra de mi
voluntad, ¿verdad? —le dije, tratando de no reírme de la palabra. Por lo último que
supe, “recuperar” significaba que alguien iba a mejorar.
—No, no es una cárcel. Aunque en tu caso, me gustaría que lo fuera.
Josie miró boquiabierta al médico como si él estuviera tan loco como yo.
—Bueno, gracias por todo, doc. Me siento como un hombre nuevo —le dije
secamente. No me pasó desapercibido cuando Rowen se inclinó hacia Jesse y le
susurró algo al oído que no pude escuchar, aunque sí pesqué lo suficiente para
saber que ella pensaba que debería ser declarado demente o que debían patearme
el trasero.
—Voy a darte el alta con algunas recetas, y un par de referencias de médicos
en tu zona que se especializan en lesiones de espalda. Sé que pareces odiar el
aceptarlo, pero te sugiero que tomes mi consejo de hacer una cita para ir a ver a
uno de ellos inmediatamente.
Josie se acercó al doc y le quitó un puñado de papeles. Ella los apretó contra
su pecho como si temiera que alguien se los arrancara. —No puede dejar que se
vaya, doctor Payton —susurró en un tono que sugería que estaba rogando—. ¿No
puede hablar con él de nuevo? ¿Tratar de hacer que se quede?
Apenas escuché a Josie casi implorar un par de veces en mi vida —era
demasiado orgullosa para eso—, y escuchar que lo haga por mí me hizo sentir más
despreciable que nunca, y me he sentido así tantas veces que era un contendiente
para el récord.
—No puedo obligarlo a quedarse. Soy médico, ayudo a la persona que
quiere ser ayudada. —La mirada del médico se desvió hacia donde me encontraba
acostado, inmóvil y terco. Él era un buen hombre. Me di cuenta a partir de las
pocas palabras que habíamos compartido, pero sabía que ninguna cantidad de
charla o debate me haría ver su punto de vista—. Incluso si pudiera obligarlo a
quedarse, no se necesita una evaluación psiquiátrica para ver que él no quiere ser
ayudado. Buena suerte, señorita Gibson. —El buen doctor salió de la habitación,
pasando a quien supuse era el siguiente paciente en su lista, que en realidad quería
su ayuda.
Josie quedó paralizada por un minuto, sosteniendo el papeleo. Cada aliento
que tomaba parecía hacerse cada vez más largo y más fuerte hasta que sonaba
como si estuviera respirando con dificultad. —Necesito un poco de aire fresco. —
Corrió hacia la puerta como si no pudiera ir afuera con la suficiente rapidez.
—Voy a ir contigo. —Rowen la siguió, pero no antes de dispararme una
mirada potente.
Fingí que no la había notado.
Alrededor de dos segundos después de que las chicas se fueran, los pasos
de Jesse resonaron en la habitación. Se puso tan cerca de mí que se topó con las
barandillas. —¿Qué haces, Black? —Su voz dejó notar el agotamiento—. Pensé que
te deshiciste de tu hábito de auto-destrucción hace meses.
Un suspiro escapó de mis labios antes de que supiera que iba a venir. Oh
bien. Si podía suspirar delante de alguien sin que se me juzgara ni interpretara un
significado más profundo, era Jess. —Uno nunca puede deshacerse de un hábito
como ese —le dije, mirando el lugar donde Josie acababa de estar parada—. Solo se
puede luchar hasta tenerlo bajo control. Después de esto, sin embargo, me temo
que soy el que está bajo su control.
La mano herida de Jesse rodeó la baranda. —Entonces lucha.
Otro suspiro; este sonó un poco más definitivo. —Se necesita una columna
vertebral tanto literal como teórica para defenderse. Y no tengo ninguna.
Traducido por Julie
Corregido por Mich

¿Quieres saber cómo se siente el viaje en ambulancia más incómodo y más


largo del mundo? Después de que acabo de pasarlo, podría haberlo explicado con
todo detalle, dando un resumen de hasta el último momento incómodo.
Después de discutir conmigo por desear irme del hospital, habría supuesto
que Josie no querría nada que ver con mi plan de escape, pero ella saltó a mi lado
luego de que los paramédicos cargaron y bloquearon mi camilla en la ambulancia.
Ella le dio a los dos paramédicos una mirada impactante cuando le sugirieron que
se fuera con Jesse y Rowen, quienes regresaban en su camión. Sabía que habían
estado planeando regresar a Seattle después del rodeo, pero luego de que su amigo
se rompió la espalda, tal vez se sentían obligados a ayudarme con mi instalación. O
quizá la obligación recaía más en apoyar a Josie mientras que, como dijo Rowen,
me comportaba como un imbécil egoísta y frustrado.
Les agradecía que se quedaran unos días, por el bien de Joze. Necesitaría
alguien en quien apoyarse mientras navegaba este nuevo capítulo en la vida, y esa
persona no podía y no debería haber sido yo. Quería hacer mi retiro de su vida
lenta y gradual… pero eso era solo para mi beneficio. Lo mejor para ella habría
sido una ruptura brusca y repentina debido a que a pesar de que le dolería
muchísimo, esa herida al final no dejaría ningún rastro de una cicatriz. Si me
retiraba lentamente, causaría una cicatriz más profunda. Ya le dejé suficiente de
esas a Josie.
Cuando cruzamos la frontera del estado de Montana, el conductor pidió
instrucciones más específicas. Después de darle algunas, conseguí otra bronca de
Josie, y gracias al espacio confinado y el volumen que ella empleaba, también lo
recibieron los paramédicos. Uno de ellos se puso tapones en los oídos casi a los
cinco minutos de su arrebato.
Les había dado instrucciones de mi vieja granja en lugar de la hacienda de
su familia, y uno habría pensado que acababa de firmar la orden de ejecución de
una camada de cachorros. Ella me recordó que el único baño que funcionaba —
bien— en la casa de campo que estábamos remodelando era uno en el segundo
piso, y ya que no disponemos de un ascensor, no tendría ninguna manera de llegar
hasta allí sin la ayuda de polvo de hadas. Se me hizo un nudo en la garganta que
me impidió responder porque, obviamente, ella no se hizo a la idea de cómo la
rutina “llamada de la naturaleza” de un tetrapléjico era drásticamente diferente de
la de ella.
Después de eso, continuó argumentando que los pisos estaban en tan mal
estado que podría caerme a través de ellos con mi silla de ruedas, por no hablar de
que no había una rampa para que entre. Traté de recordarle que la casa de sus
padres tampoco tenía una rampa, pero no me dejó decir una palabra. No paraba de
decir que la granja se encontraba demasiado lejos de todo y cómo yo no podía estar
solo cuando ella tuviese que ir a hacer algo, y me advirtió que si no dejaba de
actuar como un loco, comenzaría el papeleo para declararme incompetente así ella
podía hacerse cargo de mis necesidades médicas.
Eso fue más que una amenaza suficiente para que me callara y no diga ni
una palabra de protesta cuando dio al conductor otras instrucciones. Sabía que no
lo entendía, pero quería estar solo. No quería que una corriente de personas
atraviese la cocina de los Gibson, dejando ollas de guisos y tarjetas de condolencia
mientras echaban un rápido vistazo al circo inmóvil. No quería la simpatía de las
personas ni su curiosidad morbosa ni su compasión. Quería estar solo, y la casa de
campo era el lugar perfecto para hacer precisamente eso. No estaba seguro de
cómo iba a cuidarme yo solo o qué dirección tomaría mi vida, pero sabía que
tendría mucho tiempo para pensar en eso durante mi aislamiento.
En el momento en que la ambulancia llegó a la calzada de los Gibson, había
tenido demasiado tiempo para reflexionar sobre mi futuro y el contraste a lo que
pensé que tendría. Así que me sentía particularmente molesto con el mundo
cuando las puertas de la ambulancia se abrieron y los paramédicos me bajaron.
Josie saltó detrás de mí, luciendo casi peor que yo, y lanzó un saludo con la
mano hacia la casa. No miré, principalmente porque me sentía como si al aparecer
en su puerta principal en una camilla, mientras que su hija seguía con los ojos
enrojecidos era como cumplir hasta la última premonición y complejo que había
tenido el señor Gibson cuando Josie y yo estuvimos juntos. Él me vio por el pedazo
de mierda que era, y estuvo dispuesto a pasarlo por alto cuando vio lo mucho que
me importaba su hija, y yo a ella. Pero meses más tarde, allí me hallaba: un pedazo
de mierda llevado hasta su casa en una camilla, sentenciando a su hija de veintidós
años a una vida como cuidadora.
Sin embargo, los señores Gibson no eran los únicos esperando en el pórtico
delantero. Jesse y Rowen también se encontraban allí, luciendo casi tan cansados
como sabía parecíamos Josie y yo.
—¿Buen viaje? —preguntó Rowen a Josie cuando se arrastró por las
escaleras del pórtico.
—No preguntes —contestó ella, sonando agotada.
Mientras los paramédicos me llevaban por las escaleras, todo el mundo
entró en acción, aunque ninguno parecía muy seguro de a dónde ir o qué hacer. El
señor Gibson y Jess abrieron la puerta. La señora Gibson se estiró hacia mi camilla
como si quisiera ayudar a los paramédicos. Joze y Rowen se deslizaron hacia la
puerta al mismo tiempo, haciendo espacio antes de que Josie guiara el camino a la
cocina.
Rowen se quedó atrás, frenando su ritmo para hacerlo coincidir con los
paramédicos. Cuando me guiaron a través de la cocina, me miró. Una expresión
demasiado familiar se hallaba plasmada en su rostro. Expresaba que se debatía la
posibilidad de arrancarme las bolas y empujarlas por mi garganta o patearlas tan
fuerte que terminarían en el mismo lugar. A diferencia de la mayoría de la gente,
yo no dudaba que Rowen llevaría a cabo cualquier decisión que tomara.
—Vamos a hablar —dijo, apenas elevando una ceja—. Y por hablar, quiero
decir que yo voy a hablar y tú vas a escuchar, y cuando hayamos terminado con
nuestra pequeña “charla”, vas a sacar la cabeza de tu culo.
—Ya sabes lo mucho que espero nuestras conversaciones, señora Sterling-
Walker —le contesté, haciendo una sonrisa exagerada—. Voy a marcarlo en mi
calendario.
Solo podía distinguir a Josie señalándole a los paramédicos por el pasillo
mientras abría la puerta de la habitación de invitados que utilicé durante algunos
meses el año pasado. Tenía algunos buenos recuerdos de ese cuarto —más de mis
buenos recuerdos se habían originado a partir de esa habitación que de cualquier
otra faceta de mi vida—, y quería que siga siendo así. No quería estar allí como un
lisiado para pasar mis horas de vigilia y de sueño atrapado en la misma cama en la
que había hecho el amor con la mujer que quería. Entrar ahí en mi estado actual,
condenado a ver el mundo y el tiempo pasarme día tras día, se sentía como
profanar un lugar sagrado.
Pero antes de que pudiera solicitar ser puesto en el establo en lugar de este
cuarto con todos sus recuerdos, pasaron la camilla a través de la puerta y me
guiaron hacia la cama. Cerré los ojos y tragué. Cuando no había estado flotando
desde motel a motel trabajando en el circuito de rodeo, había acampado fuera en
Willow Springs, de vez en cuando pasando una noche o dos en nuestra granja.
Casi me sentía como si toda una vida hubiera transcurrido desde la última vez que
apoyé la cabeza en esta cama.
Una vez que retiraron la camilla de debajo de mí, los paramédicos miraron
hacia la puerta. Querían salir de allí tanto como yo. Después del largo viaje que
acababan de tener, y después de haber tenido que desempeñar una tercera parte en
mi discusión con Josie, no podía culparlos.
—Gracias por el viaje, chicos. Solo manden la cuenta por correo, y voy a
vender un riñón o algo para pagarla. —Traté de saludar, pero mi mano se quedó
inerte en la cama. Claro, Vida, ¿por qué no sigues lanzando puñetazos mientras ya
estoy abajo?
Ellos murmuraron un par de despedidas antes de escaparse, corriendo por
el pasillo y saliendo por la puerta principal. Lo que no daría para poder hacer lo
mismo.
—¿Hay algo que podamos traerte, Garth? —La señora Gibson daba vueltas
por la habitación, abriendo las cortinas y encendiendo lámparas. Ella todavía no
fue capaz de mirarme.
—Por casualidad, no tendrá una nueva columna en ese delantal suyo,
¿verdad? —le pregunté, tratando de sonar igual a mi estado habitual… mi viejo
yo… el que nunca podría volver a ser.
Se detuvo en medio de doblar la manta sobre la parte posterior de la
mecedora. Acariciando los bolsillos del delantal que rara vez se quitaba cuando
ella estaba en la casa, forzó una sonrisa antes de por fin mirarme. —He encontrado
un poco de todo escondido en estos bolsillos, pero todavía ninguna columna. Sin
embargo, si eso cambia serás el primero al que le informe.
Ya que se esforzó mucho para formar la suya, le devolví el favor de sonreír.
—Gracias por dejar que me quede aquí por unos días, señora Gibson. No quiero
ser una molestia… —Aunque, ¿cómo podría no serlo cuando no me podía mover y
tenía que depender de la gente para todo, además de parpadear?
—No eres una molestia —dijo, casi sonando como su hija cuando le decía
algo que la enfadaba—. Y puedes quedarte todo el tiempo que desees. No hay
necesidad de que salgas corriendo antes de que estés de pie otra vez… —Toda su
expresión cayó al darse cuenta de lo que acababa de decir.
No estaba seguro exactamente qué le había dicho Josie a sus padres acerca
de lo que me pasó, pero incluso si no les hubiese dicho nada, no se necesita ser un
genio para verme y averiguar lo que andaba mal.
—Voy a empezar con la cena, creo. —La señora Gibson se dirigió hacia la
puerta, haciendo una pausa para apoyar la mano sobre el brazo de su hija—. Dime
si necesitas algo, ¿de acuerdo? Solo estoy a un grito de distancia.
Por el aspecto, le hablaba más a Josie que a mí, pero respondí cuando
pareció que su hija se hallaba demasiado atragantada para hacerlo. —Gracias de
nuevo. Se lo agradezco.
El señor Gibson se movía junto a la puerta, con la cabeza agachada y las
manos metidas en los bolsillos de su mono de mezclilla. Por lo que sabía de él, se
hallaba probablemente en guerra con los sentimientos de querer hacer lo correcto
para su hija y lo correcto para mí, sabiendo que esas dos motivaciones nunca
podrían alinearse. No envidiaba al señor Gibson, ni siquiera a pesar de que todavía
tenía el uso de su cuerpo.
—Lamento no ser capaz de ayudarle a reemplazar la puerta del ganado esta
semana, señor Gibson. Tuve que ir a romperme la espalda —le dije, levantando mi
barbilla a Jesse—. Pero este chico de aquí es un muchacho fornido siempre
dispuesto a demostrar que es un santo.
Jesse no me frunció el ceño como yo habría hecho si él me hubiese ofrecido
como voluntario para un par de horas de sustracción e instalación de puerta. En
cambio, miró al señor Gibson y asintió. —Rowen y yo estaremos en la ciudad esta
semana, así que puedo ayudarle con eso. No hay problema. Solo dígame cuándo.
Una ráfaga de aire se filtró de mi boca. —Pensé que se les aproximaba una
semana de mucho trabajo. Dijiste que solo podían quedarse unos días antes de que
Rowen tuviera que volver a acabar una obra para su exhibición de arte el próximo
mes.
Rowen cruzó un brazo sobre el otro mientras se acercaba a la cama. Cuando
todo el mundo me miraba con diversos grados de incertidumbre o compasión, al
menos ella aún me miraba como lo hacía pre-fractura en la espalda; con desprecio
puro y absoluto cuando la enojaba. —Sí, y surgió algo más importante, como estar
aquí por un buen amigo cuando lo necesita. Así que si podrías dejar de actuar
como un idiota más temprano que tarde, eso sería espectacular.
No puse los ojos en blanco, como siempre. —Escucha, este reencuentro ha
sido una bomba, pero acabo de viajar a través de unas cuantas líneas estatales en
un espacio reducido con un tipo que parecía creer que la flatulencia es algo que
debe ser compartido con otros, junto con sus opiniones sobre todo los problemas
de controles de lobos. Eso me reduce a tener un conjunto de dos minutos y medio
de sueño en las últimas veinticuatro horas. Estoy agotado. Así que si no hay otra
cosa que requiera mi atención inmediata, ¿creen que todos podrían pasar esta
reunión a otra habitación? Necesito mi sueño de belleza.
Cerré los ojos, como si lo que dije no fuera tanto una pregunta sino una
orden, y uno por uno, les oí salir de la habitación. Un minuto más tarde, solamente
una permanecía en la habitación. No tenía necesidad de abrir los ojos para saber
quién era.
—Joze, tienes tan mal estado como yo. Descansa un poco, ¿de acuerdo? No
hay nada que puedas hacer al pasar día tras día al lado de mi cama que vaya a
ayudarme a ponerme mejor o sentirme más cómodo, así que descansa un poco. Sal
y vive tu vida por unas horas. Solo uno de nosotros se rompió la espalda, así que
no hay necesidad de actuar como si nos hubiese pasado a los dos.
Por un momento, se quedó en silencio, tanto que casi abrí los ojos para ver si
me equivoqué acerca de su persistente vigilia. Por fin habló. —Comentarios como
esos me hacen preguntarme si siquiera conoces a la persona de la que estás
enamorado.
Mis cejas se juntaron, pero me quedé con los ojos cerrados. —¿Qué significa
eso?
La oí dar un paso más cerca. —Significa que tú te levantas, yo me levanto; tú
caes, yo caigo. Te duele algo, a mí me duele; tienes éxito, yo tengo éxito. Te rompes
la espalda… —Se calló por el segundo más corto—. Yo me rompo la espalda. Por
favor, deja de actuar como si fueras la única persona en el mundo que está afectado
por esto. Debido a que no es así. No estás solo, así que deja de actuar como si lo
estuvieras.
Sus palabras, junto con el tono en que las dijo, fueron suficientes para hacer
una bola del tamaño de mi puño en la garganta. En el momento justo, había dicho
exactamente las palabras adecuadas. En unas cuantas frases cortas, me consoló
más de lo que una persona en mi condición debería haber sido consolado. El
problema no era ella, sino yo. Ella sabía las palabras correctas, hacía las cosas bien,
creía en los ideales correctos… pero rondaba al lado del hombre equivocado.
Quería dejarla acampar a mi lado y que nunca se fuera, pero también sabía que no
existía manera más segura o más rápida para aplastar su espíritu que permitir que
se quede a mi lado.
—Estoy solo, Joze. Así que, ¿por qué no dejas de actuar como si no lo
estuviera?
Respondió tal como lo esperaba, y a la vez, temía: saliendo de la habitación
y cerrando la puerta.
Traducido por Vane Farrow & Beatrix
Corregido por Clara Markov

Mi puerta se mantuvo cerrada por no sé cuánto tiempo. Podría haber sido


una media hora, o una década. No sería capaz de decirlo. Cuando por fin me
dormí, lo hice sólidamente y por mucho tiempo. Tuve el sueño de los muertos,
pero cuando me desperté con el sonido de mi puerta abriéndose, deseé permanecer
con ellos. Lo que quedaba para mí en vida no valía la pena vivirlo.
Jesse se acercó y movió un par de cosas en la esquina haciendo espacio para
lo que venía a través de la puerta. Lo que rodaba a través de la puerta. Un hombre
de mediana edad se encontraba sentado en una de esas enormes sillas de ruedas
eléctricas y entró a la habitación, dirigiéndose hacia el sitio que Jesse despejó. Las
habitaciones en la antigua granja de los Gibson eran pequeñas, pero esa máquina
gigante en su interior hacía que la de invitados pareciera un armario. Se hizo difícil
respirar, como si esa silla de ruedas hubiera sacado al oxígeno del lugar o hubiera
traído demasiado. No podía decirlo, pero sabía que se necesitaba ir.
—¿Quién es usted? —le pregunté al hombre de la silla. Supuse que Jess
sabía que no debía invitar a ninguna otra persona lisiada a venir a conmiserarse
conmigo como una especie de mini-grupo de apoyo, pero no podía encontrar otra
razón del por qué diablos un hombre en su silla de ruedas rodaría en mi habitación
justo después de que me consideraron paralizado.
El tipo no levantó la vista cuando terminó de manejar la silla a la esquina.
Por el aspecto del mismo, necesitaba tomar un poco más de cursos de conducción
con esa cosa antes de que se estrellara con una pared o persona. —Soy Steve.
Esperé algo más, pero no ofreció otra cosa. Estaba a punto de preguntarle a
Steve por qué “Steve” se encontraba en mi habitación cuando se puso de pie en sus
dos piernas fuertes y se me acercó con una mano extendida.
—Soy el gerente de la compañía de suministros médicos en la ciudad —dijo,
dejando que su mano colgara en el aire durante un momento antes de darse cuenta
de que a menos que tomara mi mano y la pusiera allí, no podía estrechársela. Dejó
caer su brazo a un lado, aclarándose la garganta—. No suelo hacer las entregas a
domicilio, pero cuando oí a quien iba esta silla, tenía que verlo personalmente. —
Una sonrisa se dibujó en su rostro al mirarme—. Solía seguirlo en el circuito local
cuando inició, por lo que era un fanático antes de que llegara a lo grande. Es un
montador con talento, señor Black. —Asintió en lo que supuse era su aprobación.
Aunque me felicitaron y elogiaron cientos de veces el año pasado, en vez de
sentirme halagado, me sentí incómodo y poco agradecido. Steve hizo que sintiera
que cada palabra era un cuchillo cortándome la garganta.
—Creo que quiere decir que fui un montador con talento —contesté; mi tono
tan amargo que en verdad podía saborearlo en la parte posterior de la lengua—. Es
un poco difícil ser cualquier tipo de jinete, bueno o malo, cuando ni siquiera puedo
limpiar la baba que me rueda por las mejillas.
Noté que Jesse se movió en el otro lado de la habitación. No acostumbraba
no saber qué decir o cómo solucionar algo. En todos los años que lo conocía, nunca
lo llegué a ver con tal pérdida absoluta.
Steve también se movió un par de veces. —Uno de mis mejores empleados,
el cual está más familiarizado con este tipo de silla, vendrá más tarde para repasar
la manera en que funciona y a programarlo. Este bebé tiene muchos timbres y
silbatos para mí, y con mi suerte, terminaría pasándole por encima.
Se me secó la garganta, cosa que hacía mucho últimamente. No sabía con
seguridad si era debido a la parálisis o por discutir temas difíciles, pero parecía
una suerte de mierda que una de las pocas piezas de mi anatomía que todavía era
capaz de sentir, estuviera incómoda. —Lo bueno de pasarme por encima, Steve, es
que no tendría que preocuparse por herirme más de lo que ya estoy. —Le guiñé un
ojo, pero tuvo el efecto contrario de lo que intentaba.
Su rostro se frunció antes de mirar a Jesse, como si le pidiera un bote
salvavidas.
—Gracias por entregarla personalmente, señor Winters. Se lo agradecemos.
—Jesse se acercó para estrechar la mano del hombre.
—Sin embargo, podría volvérsela a llevar. —Elevé la voz, intentando no
mirar la pieza de maquinaria metida en la esquina de mi habitación.
Jesse suspiró unos momentos después. Steve unió las cejas como si no me
hubiera entendido o escuchado bien.
—Necesitarás una silla, Garth —dijo—. No importa lo que ocurra o cambie,
vas a necesitar una silla durante un tiempo para moverte.
Resoplé. —Esa no es una silla, Jess. Es una nave espacial en posición vertical
con ruedas y una palanca de mando. —Negué con la cabeza y aparté la mirada de
donde se encontraba posicionada, observando una parte de mi habitación—.
Devuélvela.
—No la regresaremos —dijo Jesse en un tono lo suficientemente suave que
sabía que se dirigía a Steve, no a mí.
—Tal vez no lo haremos, pero yo sí. —Mis ojos destellaron para encontrar a
Jesse cerniéndose sobre mí a medida que Steve hacía lo mismo desde el otro lado.
Ahora todos se cernían sobre mí. Incluso si me hallara sentado en posición vertical,
seguirían cerniéndose. Lo odiaba. Quería ser capaz de mirar a una persona a los
ojos al hablar, pero no podía—. Digo, ¿viste cómo la manejó hasta aquí? Con la
mano. Resulta que no tengo el uso de las mías, así que incluso si quisiera atarme a
esa cosa, no sería capaz de ir a ninguna parte.
Jesse miró a Steve, que se aclaró la garganta. —La silla está diseñada tanto
para los parapléjicos y tetrapléjicos. Puedes operarla con la mano o boca.
No debería poder sentir mi corazón tronando en mi pecho, a punto de salir
a través de mi caja torácica, pero en ese momento, era como si pudiera. Tal vez
latía con tanta fuerza que retumbaba en mis oídos y vibraba en mi cerebro, pero
lograba sentir el corazón. —Llévesela. —Sonaba sin aliento—. No la manejaré con
la mano, boca, o cualquier otra cosa.
—Garth…
—No intento negar lo que me pasó o actuar ignorante a mi condición, Jess
—dije, sacudiendo la cabeza—. Sin embargo, no me siento listo para intercambiar
dos piernas por cuatro ruedas. Dale a la realidad algo de tiempo para asentarse
antes de rodar una máquina como esa en la habitación de una persona, ¿de
acuerdo? —Iba a abrir la boca para decir algo más, pero lo interrumpí de nuevo—.
Además, no necesito comprar algo así como para saber que cuesta mucho más que
mi salario.
—Garth…
—Sobre todo porque ya no tengo salario, probablemente nunca lo volveré a
tener, y soy tan afortunado en no contar con un seguro, gracias a la falta de visión
de un futuro y al circuito de montar toros profesionalmente bajo la impresión de
que los beneficios para la salud son para los mariquitas. —El aspecto positivo de la
noche de mi accidente fue que me quedé arriba el tiempo suficiente para obtener
una puntuación lo bastante alta para ganar una buena parte del dinero del premio.
Sin embargo, ya que era probable que fuera mi último rodeo, necesitaba estirar
esas ganancias el tiempo que pudiera. No botaría miles de dólares en algo de lo
que no quería formar parte.
Cuando por fin terminé, Jesse no comentó enseguida. Se quedó de pie junto
a la cama en silencio, mirándome con expectación. Dejó que pasara otro minuto.
—¿Ya terminaste? —dijo, arqueando una ceja—. ¿Puedo decir algunas
palabras antes de que me interrumpas de nuevo?
Habría hecho un movimiento arrogante si hubiera tenido el uso de la mano,
así que, en su lugar, respondí quedándome callado.
—Yo no fui él que la ordenó. Fui el que estaba más cerca de la puerta y la
abrió, por lo que deja de culparme de la silla. —A pesar de que noté que Jesse se
encontraba irritado, no levantó la voz. Era como el maestro zen de mantener la
calma—. Y no importa lo que pase, necesitarás la silla para moverte por un tiempo.
No deseas pasar todo el día en la cama, ¿cierto? —Hizo una pausa, esperando que
le contestara, pero no le daría a su pregunta retórica una respuesta retórica—. Ser
capaz de moverte por la casa y salir a la calle a tomar aire fresco parece mil veces
mejor que quedarte atrapado dentro de esta habitación de tres por tres metros.
—Habla por ti —murmuré—. No tendrás que aguantar como la gente te
observa boquiabierta mientras respiras en un tubo para hacer girar un par de
ruedas. No ha habido chismes valiosos desde que ese viejo loco Pete Whittaker
sostuvo una pistola de clavos en su sien y apretó el gatillo.
Exhalé bruscamente, imaginando cómo luciría arrastrándome en esa nave
espacial de silla de ruedas. Nunca había visto a nadie usar una silla como esa en
persona, pero cuando estaba en la sala de espera del mecánico, capté vistazos de
un documental sobre un científico que utilizaba una. Este tipo de silla podría
funcionar para genios científicos, pero ¿cómo se supone que un jinete de toros y
ranchero anduviera en algo por el estilo?
—Pero por el lado positivo, podría alquilar un espacio en la feria de todos
los años y encargarme de dar paseos y hace girar la silla en el espectáculo de los
fenómenos. A los niños debe encantarles eso, ¿verdad?
Jesse desde hace mucho tiempo logró acostumbrarse a mi actitud de listillo a
la vida y, cuando se me presentaban dos maneras de abordar un problema, por lo
general iba con la más controvertida, pero incluso su paciencia conmigo parecía
estar disminuyendo. Era eso o las sombras oscuras bajo sus ojos se debían a la falta
de sueño. —Es obvio que quieres pelear por el tema de la silla, así que traeré a la
persona que se tomó el tiempo y la energía para conseguírtela.
No dijo nada más antes de marcharse por la puerta y dirigirse al pasillo. A
mi lado, Steve se volvió a mover. Si era un fanático antes de llegar, no seguiría
siéndolo después de irse. Sin embargo, suponía que era la forma en que sucedería.
Uno por uno, mis seguidores disminuirían, ya sea olvidando mi nombre cuando ya
no se encontrara en las pantallas o en sus documentos, o siendo repelidos por mi
estado actual y la actitud extra ruda que la acompañaba.
Realidad tras realidad siguió asaltándome. Como si despertar paralizado no
fuera poco, averiguaba lo que significaba exactamente, una comprensión difícil a la
vez
Steve soltó un suspiro de alivio cuando escuchamos unos pasos agudos y
apresurados cada vez más cerca. No sabía cómo esos pasos eran un alivio para él,
porque cada vez que yo los oía sabía que me hallaba en problemas. Esos pasos, y la
forma en que el talón de la bota se hacía eco por el pasillo, significaba que se
disparaban hacia mí.
Cuando cruzó la puerta, sabía que era probable que estuviera ayudando a
su padre con el tractor que siempre funcionaba mal. La grasa le corría por las
mejillas y camisa a cuadros. Donde algunas chicas se alejaban de cualquier cosa
que pudiera dejarle mugre debajo de las uñas, Josie se sumergía directo. Era uno
de los muchos rasgos que encontraba tan condenadamente atractivo en ella.
—¿Cuál parece ser el problema? —Su voz atravesó el cuarto al tiempo que
cruzaba los brazos sobre el pecho.
—Um… no estoy muy seguro, señora —dijo Steve con una mirada de
disculpa.
—Gracias, señor Winter, pero no dirigí la pregunta a usted. Se lo pregunté a
él. —Los ojos de Josie se dispararon en mi dirección a medida que alzaba una ceja
y esperaba a que dijera algo. Cuando me quedé callado, sobre todo porque ella
todavía podía quitarme el aliento con solo entrar en una habitación como loca y
manchada por el aceite del tractor, también levantó la otra ceja—. ¿Cuál parece ser
el problema, Garth?
Sin embargo, vi a través de su acto rudo. Me di cuenta que se hallaba más
cerca de las lágrimas que de un arranque de cólera. Me rompió el corazón verla así.
Se rompió de nuevo cuando no pude acercármele, jalarla hacia mí, y susurrarle al
oído que todo estaría bien.
—Esa cosa, Joze. Ese es el problema. —Levanté la barbilla en la dirección
general de la silla, pero no la miraría otra vez. No podía.
—¿Cómo es un problema tener un medio para trasladarse? —Se acercó más.
Noté que quería tomarme de la mano o abrazarme, pero se contuvo, tal vez
porque las últimas conversaciones no fueron muy amables. Mi plan funcionaba, se
estaba alejando poco a poco. Entonces ¿por qué me sentía como si me muriera por
dentro en lugar de dar volteretas internas… el único tipo de volteretas que sería
capaz de dar de aquí en adelante?
—Debido a que una persona no debería tener que respirar en un tubo para
moverse, Joze. Debido a que no me puedo permitir esa cosa, y no quiero pedir un
préstamo de treinta años para hacerlo. Porque no quiero que me miren, señalen y
se burlen cuando ande rodando por ahí. No quiero ser una broma. No quiero ser
como mi… —La palabra subió por mi garganta y se congeló en mi boca. No había
pensado conscientemente en Clay desde que desperté en el hospital, pero basado
en ese casi desliz, supuse que mi subconsciente se centraba mucho en él. Tal vez
porque me encontraba lisiado, acostado, y en una situación mucho peor que en la
que estuvo después de llevarse la peor parte en la monta de toros.
El rostro de Josie se suavizó al instante antes de que se apresurara el resto
del camino hacia mí. —No eres una broma, bebé. Nunca lo has sido, y no importa
qué, nunca lo serás. —Su cabeza se sacudió febrilmente mientras se sentaba en el
borde de la cama y deslizaba su mano en la mía—. Y si alguien incluso pensara en
reírse de ti, le responderá rápido y agudamente mi puño en su mandíbula.
Por primera vez, una sonrisa natural tiró de mis labios. No podía forzarla o
fingirla, y se sintió tan malditamente bien que suspiré sin querer. —Casi valdría la
pena hacer reír a alguien solo para atestiguar eso.
Me sonrió y se acercó un poco más hasta que su espalda se posó contra mi
costado. No podía sentirla, pero saber que aún era capaz de darle apoyo de alguna
manera, por pequeño que fuera, era un consuelo. —Entonces, mejor empezaré a
practicar mi gancho de derecha.
—De lo que recuerdo, nunca ha estado fuera de práctica.
Se rió conmigo, siendo transportada a una época en nuestras vidas cuando
no era tan complicado. —Sí, eras la razón por la que ese gancho derecho nunca
estuvo fuera de práctica, ¿cierto?
—Ese es un crimen del que no me importa ser culpable. —Sentí una sonrisa
torcida deslizarse en su lugar, y al instante, ese pequeño destello en sus ojos se
encendió. Uno se hallaba atado al otro, y cuando se combinaban, mi sonrisa torcida
y su brillo, dirigían a lo mismo… excepto que ahora no se podía. O nunca, si mi
pene seguía sin cooperar como el resto de mi cuerpo.
Esa sonrisa cayó de mi cara tan repentinamente como apareció.
—¿Qué ocurre con la silla de ruedas, cariño? —preguntó en voz baja,
apartándome el cabello de la frente. Ese era un toque que podía sentir, y era tan
suave, cálido y reconfortante que mis párpados se cerraron—. Es una herramienta
para hacer la vida más fácil, no es una sentencia de por vida.
Mis ojos permanecieron cerrados cuando respondí—: Es una sentencia de
por vida.
La escuché exhalar, pero me siguió acariciando el cabello. —No lo sabemos
todavía. Solamente han pasado unos días. Tal vez si te llevara por otra radiografía
o una resonancia magnética, podríamos recibir una respuesta definitiva.
Negué con la cabeza. —No me puedo mover. No hay nada más definitivo
que eso.
Otra exhalación, ésta más larga. —¿Te importaría decirme a dónde fue el
Garth Black que no sabía cómo ni cuándo, o incluso el significado de la palabra
“renunciar”? ¿A dónde fue? Porque lo necesito para que atraviese esto conmigo.
No necesito a este sustituto que ya agita la bandera blanca antes de siquiera haber
comenzado.
Esperó mi respuesta. Esperó a que le asegurara que todavía se encontraba
allí y que esperaba a que me desafiara a dar la batalla, pero no podía responder a
su pregunta honesta con una mentira garantizada. No era capaz de prometerle que
el chico con el que creció y del que se enamoró era el mismo tendido a su lado. Ya
no era ese chico, por mucho que quisiera que volviera.
Después de dejar que pasara otro minuto, se aclaró la garganta. —Gracias,
señor Winters. ¿Creo que ya firmé todos los papeles?
—Todo está arreglado, señorita Gibson, y Tom vendrá en la tarde para
demostrarle cómo funciona. —Steve revolvió unos papeles y le entregó unas
cuantas copias antes de salir de la habitación—. Fue un placer conocerlos a ambos.
Si necesitan algo, llámenme. Escribí mi número personal en la documentación. —
Iba pasando por la puerta cuando se detuvo. Su mirada se desvió en mi dirección,
y una sonrisa con la que estaba demasiado familiarizado se deslizó sobre su boca;
la versión de disculpa—. Buena suerte, Garth.
Asentí. —Creo que tomará mucho más que suerte para atravesar esto, pero
gracias.
Sus ojos se dirigieron a Josie y se detuvieron en ella un momento antes de
regresar a los míos. —Parece que tiene mucho más que suerte de su lado. —Dejó
que eso colgara en el aire por un instante antes de que se despidiera con la mano y
desapareciera por el pasillo.
No quise pensar demasiado en lo que quiso decir, porque ya sabía que tenía
a la mejor mujer del mundo a mi lado, junto con más buenos amigos de los que
merecía. Pero incluso antes de que me rompiera la espalda, luché con la culpa de
aceptar que nunca les podría regresar lo que me dieron, aunque muriera en el
intento.
Ahora ni siquiera era capaz de cambiar el aceite de la camioneta del señor
Gibson o arreglar el grifo con fugas de la cocina de la señora Gibson. No podía
ayudar a que Jesse trabajara duro un largo día alejado en Willow Springs, y sabía
bastante bien que no podía arrastrarme a la parte trasera de otro toro para poner
más dinero en nombre de Josie y mi rancho de ensueño. No podía hacer nada para
ser digno de su amistad, ni cualquier cosa que valiera la pena para merecerlo.
Yo era un caso de caridad. Esa era una comprensión tan paralizante como la
condición de mi cuerpo.
—Por favor, dime que no vendiste un riñón, te inscribiste para extraer tus
óvulos o algo por el estilo, para pagar esa cosa, Joze. Por favor, dime que no
pagaste absolutamente nada, que es un gran error y que una vez que Steve se dé
cuenta, regresará sin tantas sonrisas y palabras agradables para sacar ese bebé de
mi habitación. —Me detuve para inhalar. No sabía por qué, pero hablar se había
convertido en una actividad rigurosa—. Por favor, no me digas que despilfarraste
ese montón de dinero en efectivo para que así también pudiera babear en posición
vertical.
Me dio una sonrisa de compasión, pero me di cuenta que no encontró nada
de humor en mis palabras. —Entonces, no lo discutiremos, ¿de acuerdo? Si no
quieres saber la verdad, no te la daré. Dejaré que te imagines lo que quieras.
—Joze… —Apreté la mandíbula cuando acepté lo que me decía. No era
necesario revisar la etiqueta del precio para adivinar que esa cosa costó más que mi
nueva camioneta.
—Necesitabas una silla de ruedas, tienes una. Podemos tacharlo de la lista
—dijo—. Lo siguiente que necesito discutir contigo es sobre la cita con el médico
local al que el doctor Payton nos envió. Dijo que este médico hace milagros con la
médula espinal o algo parecido. Llamé para pedir una cita, y me dijeron que no te
podían hacer espacio hasta la próxima semana. Cuando dije que no era suficiente,
me la cambiaron de la próxima semana a mañana a las dos de la tarde. Todavía no
sé con seguridad cómo llegaremos hasta allí, pero lo tendré solucionado para
entonces. Quería que lo supieras para que pudieras prepararte ya que sé que no
eres fanático de los médicos que en realidad tratan de ayudarte. —No parecía que
fuera a tomar aire, tal vez porque sabía que esperaba para meterme y discutir con
ella. Tenía razón.
—Bien podrías cancelarlo, Joze. —Me apresuré para sacar las palabras tan
rápido como ella—. Porque no iré. Deja que alguien más visite al “creador de
milagros”. Alguien que crea en los milagros.
Se encogió. Solo un poco, pero lo suficiente para notarlo. Sin embargo, se
recuperó con rapidez. —Ponte serio. Tienes que ver a un médico. Esconder tu
cabeza en la arena y fingir que no pasó nada no te ayudará a mejorar.
—No voy a mejorar. —Mi voz se elevaba, llenando la habitación.
Se levantó de la cama de mala gana. —¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no
me he dado cuenta, que no he sufrido por eso y aceptado que tal vez no mejorarás
como estás tan obsesionado ahora mismo? —Hablaba con las manos y los brazos,
agitándolos como si lanzara decenas de discos voladores invisibles—. Pero existe
más de una forma de conseguir que mejores, y hasta que te reúnas con uno o más
médicos, nunca sucederá.
No podía mirarla a los ojos por más tiempo, por lo que mi mirada se desvió
hacia el techo. —No hay médico o médicos que puedan lograr que mejore, a menos
que descubran una forma de arreglar mi espalda para que pueda volver a caminar.
Lo lamento, Joze. Sé que no es lo que tú o cualquiera en la sala de estar quiere oír,
pero no sonreiré y mentiré descaradamente diciendo que con un poco de terapia
ocupacional y un grupo de apoyo, podré “mejorar”. —Mi voz sonaba incluso más
fuerte. ¿Le gritaba? ¿Se alejaba de mí a causa de los gritos? ¿Por lo que decía? ¿O
ambos? Oh, Dios, ¿qué hacía?—. ¡No estoy mejorando así que ya acéptalo! ¡Yo lo
he hecho!
Cargó hacia adelante, abriendo la boca como si se hallara lista para gritarme
con la misma intensidad y con la misma convicción, pero un segundo después,
cerró la boca y ese brillo decidido en sus ojos se desvaneció. Lo vi desvanecerse por
completo hasta que todo lo que quedaba era una mirada vidriosa de finalidad.
Luego, retrocedió.
—Acepta esto —dijo en voz tan baja que tuve que esforzarme para
escucharla—, me puedes alejar todo lo que quieras, pero no iré a ninguna parte.
Traducido por Beatrix
Corregido por Val_17

El tipo que explicaba el manejo de la silla de ruedas llegó esa tarde. Se


marchó aproximadamente unos cinco minutos luego. Junto con él, se fue también
la silla de ruedas eléctrica. Le dije que se asegurara de que Josie consiguiera un
reembolso completo, y prometió que se encargaría de ello.
Después de que se fue con la silla, esperaba oír los mismos pasos de botas
apresurados irrumpiendo en mi habitación, pero en su lugar me encontré con una
calma extraña. Era como si la casa estuviera vacía, aunque sabía que alguien
permanecía cerca. Antes alcancé a ver un trozo doblado de papel colgando de la
parte posterior del bolsillo de Jesse. Era un horario de quién se encontraba al
servicio de “Garth”.
Era como un niño que necesitaba tanto una niñera como un cuidador. Como
alguien a quien le era tan incómodo depender de otras personas que me causaba
urticaria, no sabía qué hacer con tener niñera durante todo el día.
Por la luz que entraba en la habitación, sabía que se acercaba la hora de la
cena, pero el martilleo interminable que comenzó hace unas horas continuaba,
haciéndome desear tener un par de tapones para los oídos. No tenía necesidad de
preguntar lo que se construía fuera. A pesar de que regresé la silla de ruedas, sabía
en lo que trabajaban. Pobre señora Gibson. Probablemente se imaginó que un día
tendría que aceptar que coloquen una rampa hacia la puerta principal, ya que el
cuerpo de su marido tendría que quejarse con el tiempo después de los más de
sesenta años en la ganadería, pero dudaba que hubiera anticipado que la rampa
sería construida porque el novio de su hija se volvería paralítico después de ser
lanzado de un toro llamado Vudú.
Para ahogar el ruido de los martillazos, cerré los ojos y traté de conciliar el
sueño. De alguna manera, eso exacerbó el ruido, por lo que solo mantuve los ojos
abiertos y esperé a que cayera la noche, guardaran sus martillos y renunciaran a
eso por unas horas.
Pero cuando la noche finalmente llegó, los martillos seguían golpeando. Me
hallaba cerca de tirar la cabeza hacia atrás y gritarle a alguien cuando una figura
apareció mágicamente en la puerta. Pensé que ya había visto a Rowen enojada, y
unas pocas cientos de veces, pero esto era diferente. Basado en su expresión, había
enojo a la décima potencia.
Entró en la habitación, empujando la puerta. Y la cerró de golpe, haciendo
que vibre la ventana de la habitación. Llevaba el pelo recogido en algún moño
desordenado, y tenía puesto una mezcla de ropa de campo y lo que supuse era su
vestuario de Seattle, dándole un aspecto extraño, como si alguien con una doble
personalidad la hubiese vestido. La piel de Rowen era tan blanca que siempre le
tomaba el pelo de que la luz del sol en realidad rebotaba en su piel en lugar de
absorberla, pero esta noche, por lo menos su cara, se encontraba tan enrojecida que
parecía más roja que blanca.
Se quedó junto a la puerta, apoyando su hombro en ella y moviendo sus
ojos a mi dirección. —Vamos a tener nuestra charla ahora —declaró con una voz
relativamente en calma.
—He estado deseando que llegara.
Sus cejas alcanzaron su punto máximo. —¿Recuerdas cómo funciona esto?
Tal vez debería recapitularlo… con que tengamos una charla, quiero decir que voy
a hablar y tú vas a escuchar. —Me señaló antes de gesticular como que cerraba sus
labios con una cremallera—. ¿Entendido?
Rodé los ojos. Rowen y yo no éramos muy buenos con las conversaciones
unilaterales. —Sin promesas.
Apartándose de la puerta, metió la mano en su bolsillo trasero y sacó un
rollo de cinta adhesiva. Por el aspecto del mismo, el rollo era nuevo. Por su mirada,
planeaba usar hasta el último trozo conmigo.
Cuando dio su primer paso hacia mí, habría hecho un movimiento rápido
de cremallera sobre mis labios si pudiera. En su lugar, apreté mis labios y le di una
mirada como diciendo: “¿feliz?”. Se detuvo, probablemente a la espera de ver si
podía mantener la boca cerrada antes de acercarse más, y puso el rollo de cinta
adhesiva sobre su muñeca como si fuera una pulsera. No dudaba que llevara rollos
de cinta adhesiva como pulseras en cualquier momento, lo que significaba que
Jesse era tacaño cuando llegaba el momento de ir a comprar joyas.
—Te estás comportando como un idiota. Uno muy grande —dijo, situando
las manos a cada costado de sus caderas mientras me miraba fijamente—. Pero en
lugar de concentrar tus idioteces en ti mismo, como era típico, te estás enfocando
en todo el mundo que se preocupa por ti o quiere ayudarte. Eso no está bien. —Su
voz se mostraba en calma, a pesar de que era probablemente porque me mantenía
con los labios cerrados—. Sé por qué lo haces. Entiendo por qué nos estás alejando
cuando, en realidad, más nos necesitas.
Por supuesto, rodé los ojos otra vez, pero no me amenazó de nuevo con la
cinta adhesiva, por lo que supuse que era aceptable rodar los ojos.
—Entiendo lo que estás pensando, porque, Dios, en realidad me duele decir
esto, no es broma, me siento como si estuviera a punto de empujar una espada
samurai por mi estómago en este momento. —La cara de Rowen se arrugó en una
mueca de dolor antes de continuar—: Pero entiendo lo que piensas, porque tú y yo
somos más parecidos que diferentes. Y mierda, lo acabo de decir ¿no? —Sacudió la
cabeza, luciendo como si eso podría haber sido la realidad más horrible que había
tenido que albergar en su mente hasta la fecha—. Pero mi punto es que te entiendo,
Garth. Te rompes la espalda, y en vez de confiar en la gente para ayudarte, porque
eso es lo que uno hace cuando alguien que nos importa se hace daño, prefieres
alejarlos porque así, Garth Black, es como pensamos que estamos demostrando
nuestro amor por esas personas. Los amamos, por lo tanto, no podemos permitir
que pasen su tiempo cuidando de nosotros, asistiendo nuestras necesidades o
permaneciendo a nuestro lado, incluso cuando la vida nos lanza un cruel giro
inesperado. Tengo ese tipo de pensamientos tan a menudo que me asusta. —Miró
a su alrededor como si estuviera buscando una silla para sentarse, pero ya que no
había ninguna cerca, solo se sentó en el borde de la cama y puso una pierna por
debajo—. Los amamos tanto que no queremos enterrarlos con cargas. ¿Verdad?
Cuando parecía estar esperando algún tipo de respuesta, me ofreció un
movimiento de cabeza, mirando el rollo de cinta adhesiva todavía colgando de su
muñeca.
—Hubo un momento en el que hubiese preferido dejar que Jesse se fuera a
que tuviera que quedarse y sentirse obligado a darme mi medicación o limpiarme
el trasero.
Mis cejas golpearon el nacimiento del pelo en señal de advertencia. Todas
las cosas de naturaleza como baño eran un tema delicado, por razones obvias.
—Pensaba que esa era la forma más pura de amor que existía, dejar libre a
alguien cuando mi vida se transformó en un desastre, para evitarles que pasara lo
mismo con la suya, pero eso arruina la visión del amor, y por supuesto que no es
puro. —Sacudió la cabeza, tirando de un hilo que colgaba del borde de sus oscuros
vaqueros—. Eso es amor condicional. Ese que justificamos porque no decimos que
los amamos si hacen tal cosa o no, sino que solo dejamos que nos amen si nosotros
hacemos tal cosa o no. Pero, ¿cómo es el verdadero amor, Black? ¿Cómo podemos
sentirnos de esa manera y aun así, justificar el dejarlos ir?
Cuando se detuvo de nuevo, pude ver en sus ojos que quería que contestara
con palabras en lugar de expresiones faciales. —Nos justificamos porque queremos
lo mejor para ellos, y nos damos cuenta de que no lo somos. —Mi voz sonaba
preocupada. Lo asocié al silencio prolongado en lugar de la verdadera razón por la
que sabía que se oía así.
—¿Pero dejarlos ir sería lo mejor para ellos? —preguntó en lo que tal vez era
la voz más tranquila que poseía Rowen Sterling-Walker—. ¿Te gustaría que Josie te
hiciera lo mismo si ella estuviera en esta cama en lugar de ti? ¿Le creerías si te
alejara porque es lo “mejor para ti”?
Dejó que esas preguntas colgaran en el aire durante tanto tiempo que dudé
que alguna vez fuera capaz de olvidarme de ellas. De alguna manera, sabía que
esas preguntas siempre me perseguirían.
Sentí que mis cejas se unían mientras trataba de ordenar mis pensamientos;
aunque no parecían querer hacerlo. —Solo porque sé lo que haría si esta situación
estuviera revertida no significa que pueda suponer que es la misma elección que
haría ella. Solo porque tendría que luchar conmigo en una caja de hierro, candado,
y un barco en dirección a Tel Aviv para alejarme no significa que ella tendría que
hacer lo mismo.
Rowen me honró con una mirada que hizo que pareciera que conversaba
con un niño. —¿Has intentado pedirle a Josie su opinión? —Alzó una ceja y le dio a
mi brazo lo que pareció un fuerte empujón. No tuve que sentirlo para reconocer
que era su manera de tratar de empujarme y forzarme a entrar en razón—. ¿Has
intentado hablar con la mujer que amas, la única que te corresponde, para ver lo
que tiene que decir acerca de lo que sucede? ¿Ya sabes, escuchar su opinión sobre
lo que le gustaría para su futuro en lugar de elegir por ella?
Entrecerré los ojos. —Interpreto tu sarcasmo, y después de ponerme al día
con él durante tanto tiempo, ya no tiene efecto en mí.
—Vamos, Black. —Otro empujón a mi brazo—. Pregúntale. Eso es todo lo
que te pido. ¿Te imaginas si Josie comenzara a actuar de la manera en que lo has
hecho últimamente debido a que trataba de hacer lo que era mejor para ti sin ni
siquiera pedir tu opinión? —Arrugó la nariz—. Maldita sea, fue mucha palabrería,
¿pero entendiste lo que dije?
—Sí, entendí. Nunca has tenido un gran problema para dejar claro tu punto,
Sterling-Walker.
Elevó los ojos hacia el techo antes de volver a perforar los míos. —Sí, pero,
¿significa que vas a preguntarle lo que piensa y quiere? ¿O vas a seguir jugando al
mártir que está convencido de que engañó a la vida un tiempo, pero en el fondo
nunca ha merecido nada bueno porque no hay bondad dentro de él?
Cuando aparté la mirada, se inclinó sobre mí hasta que estaba en mi campo
de visión de nuevo. Cuando aparté la vista de nuevo, hizo lo mismo. Finalmente,
me di por vencido y me encontré con su mirada fija. —No proyectes tu perspectiva
en mí.
—No lo hago —dijo en esa voz calmada—, me estoy identificando.
Mi ritmo cardíaco comenzó a acelerarse, no por lo que decía Rowen, sino
porque tenía sentido. —Deja de identificarte entonces.
Ladeó la cabeza; apareció una sonrisa parcial. —Lo haré. Cuando dejes de
tratar de forzar a mi mejor amiga a una vida que no quiere.
Bufé bruscamente. —¿Esa vida que no quiere significa cuidar de un inválido
por los próximos cincuenta años?
Se inclinó más cerca y arqueó una ceja. —No, significa pasar el resto de su
vida sin la persona que ama.
Traducido por J A N I
Corregido por Clara Markov

Ayer me empeñé en saltarme la cita con el doctor que Josie hizo para mí.
¿Cómo terminé hoy en la camioneta del servicio médico, pegado a una de sus sillas
de ruedas prestadas, que era idéntica a la que devolví? Estaba más allá de mí, pero
suponía que tenía algo que ver con lo que Rowen me dijo. O más exactamente, con
lo que me hizo entender.
No me sentía convencido de lo que me decía ni prefería la forma en que veía
el amor a diferencia de la mía, pero me dio suficiente para pensar durante la noche
y mañana. Por lo que, cuando Josie se asomó temprano, preguntándome si todavía
quería cancelar la cita, le dije que iría, haciendo mi mejor esfuerzo para mantener
las dudas y el escepticismo para mí mismo. Si ella quería creer que existía una
oportunidad para que me recuperara, no se la quitaría. Daría mi bola izquierda
inútil para seguir sintiendo un poco de esperanza.
Se puso tan feliz porque acepté ir, que corrió y se lanzó sobre mi regazo, y
me besó tan intensamente que casi olvidé que no podía sentir nada del cuello para
abajo, porque todo al norte de esa zona se sentía impresionante. Solo cuando iba a
rodearle la espalda con el brazo para acercarla más, recordé bruscamente mi
situación. Si se puede considerar una “situación” a ser cuadripléjico.
Ese beso fue un escape, un barco capaz de transportarme a otro mundo, y
esa comprensión me llevó a preguntarme si simplemente podía pasar el resto de
mi vida besando a Joze. En ese caso, ser paralitico no sería algo tan difícil de
enfrentar. Si lograra sentir sus labios moldeándose alrededor de los míos, su suave
respiración calentándome el cuello. Si tan solo pudiera congelar ese instante de
perfección para los próximos, pero muchos más, años que quedaban, lo lograría.
Podría vivir como un hombre paralizado y dejar este mundo con una sonrisa en el
rostro. Si tan solo pudiera mantener a Josie así de cerca… si tan solo…
Tuve tantos “sin tan solo” en el pasado, que les permitía succionar la vida
de mi presente. Pero los “si tan solo” no nada más se aplicaban al pasado de una
persona, incluso podían dirigir el futuro. Si tan solo hubiera entrado en una
universidad de primera. Si tan solo hubiera conseguido ese ascenso. Si tan solo
hubiera logrado que esa chica se enamorara de mí. Si tan solo hubiera alcanzado,
ganado, o conseguido esto y aquello, mi vida sería perfecta. Pero era una mentira.
Una mentira envuelta en el barniz de lo que aparentaba ser verdad. Si tan solo
hubiera salvado el mundo diez veces, ganado fama, gloria, dinero, y a la chica; y
tuviera costillas todos los días para desayunar, almorzar y cenar, mi vida no sería
perfecta. Si tan solo pudiera besar a Josie por el resto de mi vida, mi vida no sería
perfecta. Debido a que la suya no lo sería.
Podría haber sido, y en cierta medida todavía lo era, un hijo de puta egoísta
y decidido, pero ni yo no lograba sentirme bien con permitir que mi búsqueda de
la vida terminara con la suya. Josie no podía pasar el resto de su vida besándome.
Tenía mucho más que dar, experimentar y ver. Tenía muchos más mundos que
iluminar como iluminó el mío. Tenía mucha más gente que hacer reír, sonreír y en
quien dejar su huella. Tenía toda una vida por vivir, y solo porque mi vida se
redujo a que todo lo que quería era besarla por los próximos cincuenta años, no
significaba que ella lo quisiera. O lo mereciera.
Mi vida se tornó pequeña. Microscópicamente pequeña. La suya seguía
inmensa, casi infinita. No permitiría que redujera su mundo con el fin de quedarse
en el mío. No lo haría. Habría sido lo más cruel y despreciable que hubiera hecho,
e hice un montón de cosas que encajaban en esas categorías.
Eso no quería decir que me encontrara determinado a continuar alejándola
lo más rápido posible; el mini sermón de Rowen seguía asentado con fuerza en mi
cabeza, y aún no era capaz de quitármelo del todo, pero tampoco significaba que la
dejaría pasar todo el día cuidándome. Si existiera una manera de permanecer en la
vida del otro, mientras ella viviera la suya al máximo como sabía que podía y
merecía, entonces consideraría, solo consideraría, quitar de mi agenda el alejarla.
Pero me daba cuenta que era más una esperanza infundada que una realidad
fundada.
Josie sabía que tenía algo en mente, y al momento en que nos detuvimos
frente al edificio del médico contiguo al hospital, ya me había preguntado tres
veces qué pensaba. No le comenté lo que en realidad pasaba por mi mente, pero
respondí con una verdad parcial sobre estar pensando en el futuro. Por la forma en
que apartó la mirada después de que le respondí de la misma manera por tercera
vez, sabía que notaba que escondía algo. Tenía razón, por supuesto, pero no podía
decirle que contemplaba el mejor futuro posible para ella y si eso me involucraba
una fracción.
El tipo que conducía la camioneta médica dio la vuelta para abrir las
grandes puertas traseras. No sé cuánto costó este viajecito, probablemente no tanto
como las quince horas de viaje en la ambulancia, pero no podía seguir acumulando
esta clase de cuentas. Sentía venir las facturas del hospital, y por lo que conocía de
las pruebas que me hicieron, junto a las quejas de la gente sobre los costos
astronómicos de las estancias y procedimientos de los hospitales, sabía que
necesitaría un poco de buen whisky para abrir el sobre. Lástima que dejé de beber
cosas fuertes desde hace meses. Probablemente nunca necesité un trago más que
ahora, así que, por supuesto, este era el punto de mi vida en que se me desarrolló
la conciencia.
—¿Tuviste un buen viaje? —preguntó el conductor, a quien la etiqueta con
su nombre lo identificaba como Lou. Le dio una mano a Josie para ayudarla a bajar
de la camioneta.
Traté de no mirar su mano alrededor de la de ella. Pero era un gesto por el
que habría vendido mi alma para poder hacerlo, y no logré evitar quedarme
viendo. Creo que se volvió más un ceño fruncido.
—Fue fantástico —respondí mientras se ocupaba de algunos indicadores y
botones para bajar la plataforma donde me hallaba—. Pero ya que no vi una tarjeta
de comentarios allá atrás, y no es que pudiera llenarlas en mi estado actual, así
que, aquí van algunas sugerencias: Consigue un desodorante para el ambiente
porque huele a que un centenar de personas se cagaron en la parte trasera de esta
cosa el mes pasado, nada menos. Ajusta lo que sea que se sacuda en la parte de
delante de la camioneta antes de que te tengas que responsabilizar de convertir a
una persona discapacitada físicamente también en un discapacitado mental. Y, por
favor, esta es la parte más importante…
Levanté la mirada a las calcomanías pegadas en el interior de la camioneta a
medida que la rampa me bajaba al suelo.
—Deshazte del montón de afirmaciones positivas que pegaste en cada
rincón de pared vacía allí dentro. “¿Confía en que puedes, y estarás a mitad del
camino?”, “¿cada día es una segunda oportunidad?”, ¿no tengas miedo al fracaso,
ten miedo a no intentar?”. —Una risa aguda salió de mis labios y negué con la
cabeza—. Sí te das cuenta del negocio en el que estás, transportando personas
discapacitadas que no pueden moverse solas, conceptos como que todos los días
son una segunda oportunidad y que solo des tu mejor esfuerzo, no son soluciones
realistas o incluso viables para nuestros problemas, ¿verdad? Que solo me imagine
feliz, inhalando amor y exhalando odio no me hará una persona completa.
Entonces, ¿por qué no te deshaces de esas malditas cosas y salvas al resto de tus
transportados de recordar lo pequeñas que son sus vidas y cómo han perdido la
mayor parte, sino es todo, el control de estas?
No pretendía acabar el discurso gritando y con el rostro rojo. Ni siquiera
tenía intención de explotar de tal forma, pero por el aspecto de las expresiones de
Lou y Joze, bien podría haber derramado mis órganos internos en el pavimento. La
sonrisa de Lou cayó a medida que se concentraba en bajar toda la plataforma al
suelo, y los ojos de Josie pasaron de estrecharse a lucir como si se hallara cerca de
derramar lágrimas. Me arrepentí de decir lo que dije. Pensarlo era una cosa, pero
arrojar toda mi ira y frustración cuando la gente se encontraba cerca, en especial la
persona que más me importaba, no era aceptable. Incluso si decidí que tenía que
alejarla.
—Lo siento —dije con un suspiro—. Solo ignoren al amargado y delirante
loco en la silla de ruedas. El mundo lo jodió, por lo que intenta joderlos a todos.
Voy a tratar de no desquitarme con las personas inocentes.
Cuando miré a Josie, claramente evitaba hacer contacto visual conmigo. Lou
parecía actuar de la misma forma. Ella se subió al bordillo y esperó que él moviera
la silla de ruedas desde la plataforma a la acera.
—Nada más llámame cuando la cita termine, y los recogeré aquí —le dijo a
Josie con voz formal.
Ella asintió, dándole una pequeña sonrisa mientras se detenía a mi lado una
vez que Lou me subió a la acera.
—¿Quieres que te vuelva a mostrar cómo funciona esto? —le preguntó.
—No, estoy bastante segura de que lo entendí —dijo—. Si necesito ayuda,
puedo interpretar muy convincentemente a una damisela en apuros.
Eso le sacó una risa a Lou y a mí me puso los pelos de punta. No me gustaba
la idea de que alguien aparte de mí corriera para salvar el día, el momento o lo que
se necesitaba en la vida de Josie. No me gustó escanear a las personas que entraban
y salían del hospital, y preguntarme cuál o cuáles correrían para ayudar a una
chica como Joze.
—Entonces, nos vemos más tarde —dijo Lou. Cerró la parte trasera de su
camioneta antes de meterse detrás del volante.
A mi espalda, escuché la exhalación de Josie. Fue un sonido leve, y podría
haberme imaginado la emoción en él, pero casi sonaba como si estuviera de pie en
la base de una montaña, levantando la mirada después de que le dijeron que tenía
una hora para subirla. Era el tipo de exhalación que da una persona cuando le
daban un reto imposible.
—Oye, ¿Joze? —Traté de mirarla por encima del hombro, pero la silla lo
dificultó—. Siento todo eso. En serio soy…
—Mierda —dijo en voz baja.
—Sí, sé que he estado actuando como un pedazo de mierda —dije—. Eso es
un eufemismo, pero…
—Tú no. —Su voz sonaba histérica—. Más como “Mierda, dejé mi bolso en
la camioneta que se aleja”. —Voló por el lado de mi silla de ruedas, levantando su
brazo para intentar detenerla.
—Joze, ¡espera! —Sabía que no le pasaría nada a su bolso durante un par de
horas, y la ventaja de dejarlo en la parte trasera de la camioneta era que cuando lo
encontrara, sería el bolso más informativo y profundo de la existencia, rebosante
de afirmaciones positivas y esas cosas.
Sin embargo, no me oyó. Tenía una idea fija en la mente. Estaba a punto de
bajarse a la calle cuando vi algo por el rabillo del ojo: una gran camioneta con
llantas enormes y demasiado ruidosa. ¿Cómo Josie era ajena a su tamaño y sonido?
No lo lograba comprender, pero supuse que lo que tenía en el bolso era más
importante.
—¡Josie, para! —grité mientras ella daba un paso dentro de la calle, con la
camioneta acercándose a toda velocidad.
Seguía sin oír nada, ni mi voz ni el rugido del motor aumentando al
acercarse. La calle que llevaba al hospital era circular y desnivelada, por lo que,
aunque podía ver a la camioneta aproximándose, el que conducía todavía no nos
podía vislumbrar. Incluso si hubiera logrado hacerlo, no habría podido, debido a
que el conductor agitaba un brazo mientras miraba frenéticamente los edificios en
lugar del camino. A su lado, una mujer joven respiraba con dificultad y parecía
agarrarse el estómago.
Mierda.
El conductor no vio a Josie. Ella no vio la camioneta. Una catástrofe se
hallaba a corta distancia, y aparte de levantar la voz, no tenía forma de detenerla.
—¡Josie! —grité; mi voz era más una súplica que una advertencia.
Justo cuando se encontraba a punto de dar otro paso dentro de la carretera,
alguien le atrapó la mano y la tiró de nuevo a la acera unos segundos antes de que
la camioneta pasara velozmente. Algo que no conseguí entender escapó de su boca
cuando al fin se dio cuenta del auto y lo cerca que estuvo de golpearla. Estaba a la
mitad de exhalar el suspiro más aliviado que podía recordar cuando giré la cabeza
para agradecer a quien sea que se abalanzó para salvarla. Solo cuando encontré
vacío el espacio detrás de nosotros, volteé para ver una mano aún agarrada con
firmeza a la de Josie. Como yo, ella la miraba. Bueno, mejor dicho, la miraba
boquiabierta.
—Oh, Dios mío, Garth —susurró con voz temblorosa, ya sea por lo que casi
ocurrió o lo que ocurría actualmente. Giró la mano, enredando sus dedos con los
que se hallaban asegurados a su alrededor—. Tu mano… se movió… se mueve… —
Sonrió a nuestras manos unidas, devolviendo el apretón que le acababa de dar—.
¿Qué acaba de suceder?
Reconocí mi mano en la suya. Para haber llegado hasta allí, tuvo que
haberse movido, lo cual debía significar algo bueno, pero eso no era por lo que me
sentía más preocupado en ese momento.
—Acabas de correr frente a una camioneta cuyo conductor parecía estar a
unos minutos de convertirse en padre y no prestaba atención a la calle o los
peatones.
La camioneta pasó hace rato, con suerte, ubicando la entrada de emergencia
antes de que su esposa o novia diera a luz al bebé en la cabina, pero de todos
modos levanté el dedo medio en dirección a donde desapareció. Nada más pensar
en ello me ponía como loco. Cuando mi otra mano empezó a moverse, la mirada
de Josie cayó allí, con los ojos abiertos.
—Mierda, Joze, ¿quieres terminar como yo? ¿Atascada en una silla de ruedas
por el resto de tu vida? ¿Quieres pasar el resto de tu vida muerta?
Se mordió el labio para contener una sonrisa, pero no funcionó.
—Por favor, Joze, colabora conmigo. No puedo moverme. Un poco de
ayuda cuidando tu vida sería bien apreciada.
Podría haber seguido y seguido, ya que me encontraba muy nervioso acerca
de lo que acababa de pasar y lo que podría haber ocurrido, pero cuando se agachó a
mi lado, presionando los labios demasiado suavemente, y luego no tanto, en mis
nudillos, mi mente cambió de rumbo. La otra cosa que acababa de ocurrir comenzó
a asentarse.
—Puedo sentir tu mano —dije, sonando sin aliento.
Josie sonrió en tanto continuaba deslizando la boca a lo largo de las crestas y
los valles de mis nudillos.
—Puedo sentir tus labios. —Mis ojos se cerraron por el puro e inigualable
placer de sentir sus labios moviéndose contra mi mano. Incluso en nuestra mayor
intimidad, no me encontraba seguro si alguna vez sentí algo tan intenso—. Me
moví.
Eso la hizo reír. Con la boca todavía presionada en mi mano, su risa vibró
por mi brazo y pareció profundizarse aún más. —Concuerdo con que te moviste —
dijo terminando de reír.
—Alguien tenía que hacerlo —gruñí. Incluso aunque me hallaba demasiado
molesto por lo que casi pasó, gracias a dos personas concentradas en todo menos el
camino, mi rabia no podía amortiguar la esperanza que goteaba a mis venas. Me
moví.
Sin querer levantar el brazo o decirle a mi mano que tomara la suya, algo se
disparó a la vida en mi interior, y un minuto después, no parecía tener prisa por
extinguirse.
—Justo cuando estoy segura de que no podrías ser más maravilloso… —
Alzó la boca de mi mano lo suficiente para sonreírme.
Le rocé la mejilla con el pulgar. Hasta ese momento, no me había dado
cuenta que la piel de Josie era lo más suave que llegué a sentir jamás. —¿Voy y
levanto el brazo? —Enarqué una ceja.
Su sonrisa se estrechó cuando vio mi otro brazo levantarse en el aire. Luego,
sus ojos regresaron a los míos. —Vas y me salvas la vida cuando se suponía que yo
te salvara.
Traducido por Julie
Corregido por Clara Markov

Llegué tarde a mi cita y le eché la culpa a Josie. Si no se hubiera metido en el


tráfico sin mirar, entonces no habría tenido que salvarla. Y no hubiéramos pasado
una buena media hora conmocionados y sorprendidos, tratando de averiguar lo
que acababa de suceder.
Cuando al fin llegamos a la oficina del doctor hacedor de milagros, a nadie
pareció importarle nuestro retraso. Seguramente porque el paciente que esperaban
ver paralizado del cuello para abajo solo se encontraba paralizado de la cintura
para abajo.
—¿Puedes sentir esto? —preguntó el doctor milagroso, cuyo nombre real
era doctor Murphy, cuando me tocó por encima de la rodilla con una herramienta
que parecía pertenecer a una sala de torturas en lugar de a una sala de examen.
Negué con la cabeza. —No.
Josie se hallaba de pie al lado de mi silla de ruedas y ni una sola vez soltó la
mano que me sostenía. Aun cuando tuvimos que llenar unos papeles, no la soltó.
Pensé que, como a mí, le asustaba que el hechizo desapareciera si la dejaba ir, así
que siguió sosteniéndola.
—¿Puedes sentir algo? —El doctor Murphy dio un golpecito en el mismo
lugar con lo que parecía un poco más de fuerza.
—Nada —respondí.
Asintió, entrecerrando los ojos como si estuviera perdido en algún tipo de
diálogo interno. —Y hasta ahora, eras incapaz de moverte o sentir algo de la
cintura hasta el cuello, ¿correcto?
Asentí.
Más diálogo interno. Desde mi estimación, el doctor Murphy se lo comentó
cinco veces más a sí mismo antes de decírnoslo a Josie y a mí.
—¿Qué cree usted que significa? —preguntó Josie, deslizándose más cerca
de mí—. ¿Quiere decir que está mejorando?
El doctor guardó el instrumento de tortura y se sentó en su banquillo. Cruzó
rodando la habitación, hacia el teléfono colgado en la pared. —La columna
vertebral no “mejora” de la manera tradicional como creemos que sanan algunas
partes de nuestro cuerpo. Si una vértebra está rota, no se “arregla” así como así, o
si hay un extenso daño a los nervios, estos no se curan por sí solos. Generalmente,
si una persona se encuentra paralizada por una lesión en la espalda, permanece de
esa manera. Hay muy pocos casos en los que un paciente que queda paralizado
recupera el movimiento después.
—Caramba, no suavice la verdad, doc. Háganos agacharnos antes de
golpear un poco más.
Josie me lanzó una mirada suave de desaprobación, pero su mano no aflojó
el agarre en la mía.
El médico levantó una ceja hacia mí. —No te tomé por el tipo de paciente
que prefiere la verdad en una versión suavizada. ¿Debo adaptar mi enfoque?
Tengo un montón de métodos para explicar esto.
Apenas hablé un puñado de palabras con él, y ya sabía que era el mejor
médico que había tenido. —No, me describió correctamente. No me gusta lo dulce
y lento. Me gusta mucho más fuerte y directo.
Cualquier otra chica habría sido un desastre ruborizado, pero en lugar de
moverse y ocultarse detrás de un mechón de cabello, Josie me lanzó un guiño y se
instaló en el borde de la parte trasera del brazo de mi silla de ruedas.
—Entonces, creo que es el momento de echar un vistazo a los rayos X y ver
lo que el futuro te tiene reservado. —Alzando el teléfono de su gancho, presionó
un botón—. Jody, ¿podrías traerme las radiografías del señor Black, por favor? —
Hizo una pausa por un instante, asintiendo antes de responder—: Sí, lo entiendo.
Gracias por echarle un vistazo para mí. —Después de eso, colgó.
Antes de tener un momento de preparación para lo que se avecinaba, entró
una mujer que supuse era Jody, llevando un archivo que contenía mis radiografías;
más como un archivo que contenía mi destino. La mano de Josie se apretó en la
mía. Hice lo mismo, y el sentir esa aparentemente pequeña medida de comodidad,
aunque no era para nada pequeña, me recordó que no importa lo que nos dijeran
los estudios, sostenía la mano de Joze, algo que nunca pensé volver a hacer. Lo que
viniera después, podía tomarlo con calma.
Jody abrió el archivo y deslizó unos rayos X sobre la pantalla oscura, nos
reconoció con una inclinación de cabeza y salió por la puerta. Tragué saliva. No
sonrió ni ofreció un saludo; me honró con la mirada más minúscula antes de
marcharse por esa puerta. Si las radiografías contaran la historia de un hombre
cuya espalda estuviera bien, dudaba que hubiera salido de la habitación como si
quisiera encontrarse al otro lado del edificio antes de que el doctor Murphy les
echara un vistazo.
—Veamos lo que ocurre aquí —se dijo a sí mismo dirigiéndose a los rayos X.
Desde el instante en que se puso de pie hasta el instante en que encendió las
luces de la pantalla e iluminó las diapositivas de mi columna vertebral en varios
ángulos, creo que ni Josie ni yo tomamos una sola respiración. Para el momento en
que el buen doctor alzó la mano a su barbilla, frotándosela como si buscara qué
decirme, me sentí como si estuviera cerca de desmayarme por falta de oxígeno.
—Esto es… —El doctor Murphy se movió, todavía frotándose la barbilla—.
Interesante. —Se inclinó más cerca de las diapositivas, entrecerrando los ojos.
Estiré el cuello, haciéndolo tronar. Josie prácticamente se estremeció al oír el
pequeño ruido.
—Ese es un diagnóstico con el no estoy seguro de qué hacer, doc —le dije,
asegurándome de despojar la ansiedad de mi voz, ya que Josie se sumergió tanto
en ella que se le notaba hasta en las orejas—. ¿Qué significa eso en términos para
un vaquero con un diploma de secundaria? ¿Seguiré teniendo movimiento de la
cintura para arriba? ¿Recuperaré la sensibilidad de la cintura para abajo?
El doctor Murphy se quedó callado, luego se inclinó hacia adelante antes de
echarse hacia atrás y repetir el ciclo. Cuando estudié las radiografías, lo único que
veía eran un montón de formas de color blanco grisáceo rodeadas de oscuridad,
pero al parecer él veía algo más en su totalidad. Yo notaba una palabra en donde él
percibía una novela de mil páginas.
—¿Doc?
—Bueno, ahora veo la razón por la cual el médico en Casper se sentía tan
confundido cuando hablé con él acerca de tu caso. —Inclinó la cabeza para un lado
y luego para el otro.
—Ha estado mirando esas cosas por lo que parece una hora, y yo aún no sé
lo que mis radiografías expresan, en términos simples, sobre lo que puedo esperar
en el futuro. —Josie se deslizó un poco más cerca, cuando mi voz se elevó—. Fuerte
y directo, doc, ¿lo recuerda? Puedo soportarlo. —Esperé a que apartara los ojos de
los rayos X el tiempo suficiente para encontrarse con mi mirada. Cuando lo hizo,
me incliné hacia adelante en mi silla de ruedas—. ¿Qué va a pasar conmigo?
—¿Quieres mi opinión profesional? —preguntó, metiendo las manos en los
bolsillos de su bata blanca.
Me encogí de hombros. —Para eso estamos aquí.
Echó otro vistazo a los rayos X antes de suspirar. —No sé.
Me quedé en silencio, esperando a que continuara explayándose. Sin duda,
un médico no diría “No sé” sin añadir algunos comentarios aclaratorios, ¿verdad?
Ningún médico miraría a un hombre a los ojos y le diría que no sabía con
seguridad si todo debajo de su cintura volvería a moverse sin agregar algún
comentario adicional.
—Con el debido respeto, no hemos venido aquí para un “No sé”, doctor
Murphy. —La voz de Josie sonaba mucho más controlada de lo que habría sido la
mía—. ¿Le importaría decirnos lo que sí sabe?
La mirada del señor Murphy abandonó la mía para aterrizar en Josie. Las
arrugas que cubrían su rostro se alisaron. —Les puedo decir que ninguna de las
vértebras de Garth se fracturó.
Josie y yo exhalamos al mismo tiempo.
—Pero su columna vertebral fue sometida a una seria cantidad de trauma, y
mi conjetura es que el nervio dañado extenso y la hinchazón son los causantes de
su parálisis.
—Así que, eso significa que con el tiempo se recuperará, ¿verdad? ¿Volverá
a caminar algún día?
No me había dado cuenta de cuán privada de esperanza se encontraba Josie
hasta que oí su voz en ese momento. Parecía llena de expectación, pero solo hizo
falta un ceño fruncido del doctor Murphy para que esta se despegara en capas. En
el instante en que un médico se hallaba a punto de decirme que nunca tendría una
recuperación completa, me sentía infinitamente más preocupado acerca de cómo la
noticia le afectaría a Josie en vez de a mí.
—Si solo es la hinchazón, entonces sí, tal vez Garth volverá a caminar —dijo
antes de aclararse la garganta—. Pero es imposible de decir si el nervio dañado
también juega un papel en su parálisis. A veces los nervios logran recuperarse por
sí solos, y a veces no. Depende del nivel de daño.
Josie me retorcía tanto la mano que comenzó a entumecerse. Cuando sentí
que la sensibilidad la abandonó, entré en pánico y la aparté de la suya. La sangre
regresó a ella, y empezó a picar, pero a mi corazón le tomó un poco más de tiempo
recuperarse.
—Si se trata de un nervio dañado, ¿mantendrá el movimiento de la cintura
para arriba? —Josie parecía asustada por la pregunta, pero yo sabía que era más
probable que temiera la respuesta
El doctor Murphy apagó la luz de la caja, enganchó la silla con un pie para
acercarla, y se dejó caer allí. —Si lo que buscan son probabilidades, puedo dárselas.
—Juntó las manos y se inclinó hacia adelante, mirándonos a los ojos—. Pero hasta
que pueda hacerle a Garth una resonancia magnética y algunas pruebas más, no
seré capaz de darles hechos concretos.
—¿Una resonancia magnética? —le dije—. Es una de esas máquinas donde
te meten, que es aproximadamente del tamaño de una ratonera y no te puedes
mover por toda la hora que estás ahí, ¿verdad?
Una sonrisa tiró de las comisuras de la boca del doctor. —Cierto, más o
menos así. ¿Eres claustrofóbico? Porque puedo ordenar un par de sedantes para
que se te sean administrados antes de meterte a la ratonera.
Le di un codazo a Josie cuando la vi pensando en sonreír. Negué con la
cabeza. —¿Claustrofóbico? No. El día que mi presión arterial comience a subir al
pensar en escalar dentro de espacios pequeños, será el día en que mande a alguien
a jubilarme y a sacarme de mi miseria. Pero suena costoso. —Cuando el doctor
Murphy se cruzó de brazos y asintió, sin ofrecer los precios reales, le pregunté—:
¿Qué tan costoso?
—No tienes seguro, ¿cierto?
Hice una mueca. —Por suerte para mí, estoy seguro.
El doctor estuvo a nada de hacer una mueca de dolor conmigo. —Estimaría
que, con los gastos extras, sería más de cuatro, tal vez cinco mil dólares. Cuenta
con otros mil para la inyección de colorante que usaremos primero. Y esa sería una
aproximación.
Casi se me salieron los ojos de las órbitas. —¿Quiere decir que esta cosa de
la resonancia magnética me costará un total de cinco a seis mil dólares?
No lograba comprenderlo. Una hora en una gran máquina me costaría más
de lo que hice montando toros hace cuatro años. Todo el sudor, la sangre y los
moretones que soporté ese año para conseguir ese tipo de dinero, ¿y tendría que
despedirme de él después de pasar una hora dentro de una ratonera glorificada? Si
Josie no se le hubiera quedado mirando boquiabierta al doctor Murphy, le habría
pedido que lo repitiera por si escuché mal.
—Es por eso que se les recomienda a las personas que lleven alguna clase de
seguro de salud. Este tipo de estudios no vienen con un tragamonedas en donde
puedas echar algunas para entrar y salir un minuto más tarde.
Me froté la frente, preguntándome cómo de la nada podía haber recuperado
la sensación de la cintura para arriba e incluso así sentir que mis sueños se me
escapaban. Todo lo que logré imaginar era una enorme pila de facturas de hospital
comiendo todas mis ganancias del año pasado y, junto con ello, mi plan con Josie
para iniciar nuestro propio rancho. —¿Qué pasaría si no me hago la resonancia
magnética?
—El mundo llegaría a un alto —respondió el doctor con prontitud. Antes de
que mi cabeza pudiera girarse en su dirección, él rodó más cerca y continuó—: La
resonancia magnética nos mostrará lo que ocurre en la columna vertebral. Hay un
daño en algún lugar, y podemos suponer lo que es hasta la saciedad, pero no lo
sabremos con seguridad hasta que consigamos los resultados de esa resonancia.
Josie seguía asintiendo mientras yo quería negar. —¿Puede cambiar algo si
lo hago? ¿O solo cambiará lo que sabemos?
El doctor Murphy me miró con curiosidad, como si no me entendiera. Eso
fue irónico ya que yo tampoco lo entendía a él.
—Cuando sabemos con lo que tratamos, podemos encontrar la mejor forma
de avanzar —dijo—. No puedo diagnosticar a ciegas, ni puedo crearte un plan de
rehabilitación hasta que sepamos a lo que nos estamos enfrentando para así saber
la mejor manera de atacarlo.
Josie seguía asintiendo junto a cada palabra del doctor Murphy, por lo que
me pregunté si yo era el loco por querer dar una pausa antes de soltar miles de
dólares. Como el siempre profundo Clay Black solía decirme cuando le pedía unos
pocos dólares al quedarnos sin leche: el dinero no crece en los árboles. Mierda, si lo
hiciera, Clay Black habría bebido un whisky más bueno.
—Pero, ¿cómo se puede “atacar” si descubrimos que un nervio dañado es
responsable de mi parálisis? ¿Cómo se puede “arreglar” si siempre estaré
paralizado hasta cierto punto? —Mi mano envolvió el brazo de la silla,
apretándolo. En los pocos días desde el accidente, mi fuerza parecía haber
disminuido—. ¿Es la cirugía una opción? ¿Podrían acostarme en mi estómago,
abrirme, y desenredar todos esos nervios antes de cerrarme de nuevo? ¿Es una
opción?
El doctor Murphy volvió a deslizar las manos en los bolsillos de la bata de
laboratorio y suspiró. —No, no es una opción muy viable, pero eso no quiere decir
que esté totalmente descartada. Una resonancia magnética nos podría mostrar algo
que se requeriría en la cirugía. No lo sabremos a ciencia cierta, hasta que se haga.
Cirugía. No lo dijo, pero supuse que para una persona en mi condición, eso
podría incluso significar muchas cirugías. Ni siquiera fui lo bastante valiente para
preguntar cuánto costarían esas cirugías, con todo el personal, equipo y tiempo
necesarios, si una resonancia magnética costaba cinco de los grandes. —¿Y cuál es
la probabilidad de que tenga una recuperación completa si se hiciera la cirugía?
¿Sea lo que sea en que podría basarse, cualquier cosa que pueda verse en esa
resonancia? —¿Podría hablar de alguna forma más hipotética antes de empezar a
sonar como un político?
Elevó uno de sus hombros. —No es prometedor. En términos de números,
alrededor de dos a cinco por ciento de los pacientes se recuperan por completo, en
función de cómo lo has definido, después de un traumatismo severo de la médula
como la tuya.
Mis ojos se abrieron. Incluso la parte más pesimista dentro de mí se imaginó
un número mayor que ese. —Y ¿por qué realizar una cirugía si las probabilidades
son tan malas? ¿Por qué no ahorrarle a un paciente el dolor, los gastos y la
esperanza si solo unos pocos de cada cien en realidad se mejoran?
Josie se quedó callada a mi lado, ya sin menear la cabeza en acuerdo. En
cambio, se retorcía las manos en el regazo y se mordía los labios como si se sintiera
nerviosa. No estaba acostumbrado a verla así, y ser testigo de eso provocó que un
hoyo se abriera en mi estómago.
El doctor Murphy rodó más cerca, al parecer sin parpadear a medida que
me miraba. —El hecho de que la probabilidad de un fracaso sea alta, no significa
que no lo intentarás. —Levantó una ceja, observándome con atención—. Pensé que
era un concepto con el que los montadores de toros se encontrarían bastante
familiarizados.
Traducido por Miry GPE & Rihano
Corregido por Naaati

Cinco días pasaron desde mi cita con el doctor Murphy, pero se sentía como
si fuera el doble. Estar en una silla de ruedas, sin poder ir a donde quisiera o hacer
las cosas por mí mismo, hacía la vida lenta hasta ser angustioso. Acostumbrado a
pasar mis días trabajando duro de algún modo, y de hecho me pude haber quejado
sobre eso en aquellos días, tener que buscar un ternero perdido en una tormenta de
nieve y sentir los dedos de mis manos y pies ponerse tan fríos como si los pudiera
arrancar como si nada, el trabajo hacía que el tiempo pasara rápidamente. Era útil,
acabando mis días con trabajos duros y ganando una noche de sueño reparador.
¿Pero ahora? Hacía casi nada durante el día, y era lo mismo en la noche. Nunca me
costó tanto dormir.
Joze sugirió que llamara al doctor para que me prescribiera pastillas para
dormir, pero no lo hice. Sabía cuál era mi problema, y no parecía uno que pudiera
arreglar. ¿Cómo puede una persona que se ha pasado toda una vida trabajando
duro cambiar instantáneamente a trabajar casi nada y esperar dormir por la noche?
Si no había hecho nada durante el día para cansarme, no merecía dormir. Esa era la
única razón por la que los seres humanos dormían: recuperarse.
Pero no hacía nada por recuperarme, así que eso se tradujo a que no dormía,
y por lo tanto me pasaba las noches con los ojos abiertos pensando en nada más
que en lo que sucedió y lo que debería ocurrir en el futuro.
Me podía mover de la cintura para arriba, lo que era un milagro por el que
agradecía a mi buena estrella. Pero luego que me acostumbré a haber recuperado
la fuerza en mi mitad superior, me encontré perdiendo la paciencia para que
ocurriera lo mismo en mi mitad inferior. Era un hijo de puta codicioso, reconocía
eso, pero, ¿cómo no serlo? Recuperé los brazos, también quería mis piernas. Quería
todo lo que residía al sur de la cintura de regreso.
Preguntándome si Josie y yo alguna vez seríamos capaces de estar tan cerca
como lo estuvimos antes, también me mantenía despierto durante la noche. Podía
envolver los brazos a su alrededor y tomarla de la mano, pero ahí no era donde
quería que nuestra relación física iniciara y finalizara. Sobre todo después de
experimentar cuán jodidamente increíble había sido el resto y podría serlo de
nuevo.
Si solamente...
Los “si solamente” me perseguían en cada momento. Me invadían toda la
noche. Se convirtieron en veneno, ahogando partes de mí.
Tas ingrato como parecía, me encontraba agradecido por el incremento de
movilidad de mi mitad superior. En lugar de esa nave espacial de silla de ruedas
que costó más que mi camioneta, podía moverme en una vieja silla de ruedas
regular, usando mis propios brazos para impulsarla. Rose Walker tuvo una cirugía
de rodilla el año pasado y compró una silla para desplazarse durante las primeras
semanas después de la operación. Cuando Rose y Neil escucharon que recuperé el
movimiento en mis brazos, se aparecieron con la silla de ruedas y dijeron que
podía usarla si quería. ¿Una de las mejores cosas al respecto? De forma totalmente
gratuita. No venía con una etiqueta de precio que cavaría un poco más en mi
cuenta de ahorros cada vez menor.
Sin embargo suponía que la silla de ruedas no era totalmente gratis, porque
cuando pudiera, hallaría algún modo de pagarles a los Walker por su generosidad.
Podía andar bastante bien, aunque la granja de los Gibson no era exactamente apta.
Esas viejas casas se construyeron con habitaciones, puertas y espacios pequeños.
Me quedé atorado más veces de las que podía contar, y dejé más raspones en las
paredes de la señora Gibson. Sin embargo, con la rampa en la puerta principal,
salía cada vez que quería, y con el verano a todo lo que daba, no pudo ser un mejor
momento para estar fuera.
Así que estuve mucho tiempo al aire libre. Pasé algún tiempo en el interior.
Repetí. Intenté enfocarme en ser agradecido por seguir vivo y capaz de mover
parte de mi cuerpo, pero no podía apaciguarme con eso. No podía decir que tenía
suerte cuando me sentía inútil.
No obstante, algo importante sucedía durante la noche. Al menos algo más
memorable que Joze trepando a mi cama y acurrucándose cerca de una hora antes
de irse, así sus padres no nos encontrarían en la cama juntos, porque Dios no
quiera que eso sucediera. En mi estado actual, no podría esquivar la ráfaga de la
escopeta del señor Gibson tan ágilmente como lo podría haber hecho antes.
Sin embargo vivía por esa hora en que podíamos estar uno junto al otro, si
intentaba con fuerza fingir que todo era igual a antes, como cuando sus besos
suaves en la base de mi cuello se volvían más intensos, podía rodar suavemente y
devolver la intensidad hasta que saciábamos las exigencias. Podía fingir, que
cuando despertáramos a la mañana siguiente, saldría de la cama para ponerme
algo de ropa y las botas, beber unas cuantas tazas de café antes de realizar trabajos
muy temprano. Durante esa hora sagrada cada noche, era más fácil pretender que
la vida era de la forma en que fue, y sabía que era eso lo que principalmente me
ayudaba a sobrellevar las otras veintitrés.
Esta noche conseguí unas cuantas horas más de pretender que la vida volvió
a la normalidad. Jesse y Rowen regresaron a la ciudad para pasar el fin de semana
y le preguntaron a Josie si todos podríamos tener a una cita doble. Claro que
aceptó gustosa la invitación, ya que además de trabajar en el rancho y ayudarme,
no creía que hubiera dejado la propiedad de los Gibson desde la cita del doctor.
Lucía cansada y hastiada. Casi tan mal como supuse me veía. Podía poner su cara
valiente y actuar bastante bien, pero sabía que mi accidente la afectó más de lo que
me dijo. ¿Cómo no podría?
—¿Me puedes repetir a qué hora nos reuniremos, Joze? —grité hacia el
pasillo antes de entrar al cuarto de baño. Las duchas ya no eran una rápida lavada
y vámonos. Necesitaba casi una hora para hacer lo que antes me llevaba menos de
dos minutos.
—¡A las ocho! —gritó en respuesta.
Oí las ollas burbujeantes y el tintineo de vidrio desde donde se encontraba
en la cocina. Joze y su mamá despojaron sus cerezos antes y pasaron el resto del
día haciendo conservas de mermelada de cereza. Me mantuve fuera de la cocina
porque el día cálido solo se agravaba por la falta de aire acondicionado y la estufa
que no había dejado de hervir agua durante las últimas seis horas.
—Me daré una ducha y me arreglaré. —La última parte de la frase fue
interrumpida por el sonido de algo cayendo. No se rompió, así que al menos no
fue uno de los frascos de vidrio de conservas. Por el sonido metálico, supuse que
fue una olla de metal—. ¿Necesitas un poco de ayuda ahí? —Me detuve fuera del
baño y empecé a ir por el pasillo.
—¡No! —gritó Josie. Asomó la cabeza desde la cocina y me dio un guiño.
Sus ojos se dirigieron hacia el baño, y su voz bajó así esperanzadoramente la señora
Gibson no la escucharía—. ¿Necesitas algo de ayuda ahí dentro?
Mi corazón latió con fuerza y mi estómago se tensó cuando lo que sugería se
registró, pero no duró mucho tiempo. Podía sugerir todo lo que quisiera, pero no le
seguiría la corriente. Podía guiñarme, darme miradas y chuparse el labio inferior
como lo hacía ahora hasta que el mundo se volviera del revés, pero eso no
cambiaba lo que funcionaba en mi cuerpo y lo que no.
Conjuré una sonrisa antes de ir rodando hacia el baño. —Creo que puedo
manejarlo.
Cerrar la puerta mientras entraba con una silla de ruedas era difícil, así que
me tomó un tiempo conseguir cerrar la puerta del baño. Una vez que me hallaba
encerrado dentro, me llevó mucho más tiempo recuperar la compostura. Si así era
incluso como podía llamarlo.
Esa no fue la primera vez que vi esa expresión de Josie o el brillo de malicia
en su mirada, pero en lugar de que fuera más fácil lidiar con eso, cada vez se volvía
más difícil. ¿Cómo podía mirar a la mujer que amaba a la cara, y básicamente
admitir que tal vez nunca volveré a satisfacer sus necesidades? ¿Cómo me
acostumbraría a entender que no era capaz de cumplir ese deseo primordial dentro
de cada ser humano? En cambio, cada vez que tenía que rechazar su oferta, me
arrancaba otra pieza de mi corazón, cada una más grande que la anterior.
Después de darme un momento para lamentarme de lo que perdí y regresar
vacío, empecé el tedioso proceso de quitarme la ropa. Antes de que me lesionara,
me encontraba bastante seguro de que había roto alguna marca mundial de
quitarse la ropa cuando saltaba a la cama con Joze, ¿pero ahora? Rompía un tipo
diferente de marca.
Arreé un gran rebaño de ganado más rápido que el tiempo que me llevó
quitarme la camisa y excepto por el sombrero, la camisa era la parte más fácil del
proceso de desvestirme. Los pantalones siempre son lo peor porque era un hijo de
puta terco y no me rendí a usar pantalones de chándal de banda elástica que me
sugirieron. Puede que fuera capaz de permanecer en una silla de montar o ayudar
a sacar un tractor de casi un metro de lodo, pero todavía era un vaquero en mi
corazón. Sin embargo, esa era la única parte de mí que aún podía reclamar el título.
La hebilla del cinturón era bastante fácil de desabrochar y la bragueta igual
de fácil, pero el deslizar y quitar un par de pantalones cuando no podía mover
nada al sur del ombligo, era muy difícil. Solo me apoyaba en un codo para levantar
la parte trasera lo suficiente como para comenzar el largo proceso de deslizar los
pantalones por mi trasero, cuando un suave golpe sonó en la puerta antes de que
alguien entrara.
—¿Seguro que no necesitas algo de ayuda? —Josie apoyó la espalda contra
la puerta para cerrarla, sonriéndome cuando vio lo que comenzaba a quitar.
Moví mi codo y caí de nuevo en la silla de ruedas, pero retuve un suspiro.
No tenía seguridad de por qué Josie actuaba como si nada hubiera cambiado entre
nosotros sobre esa parte de nuestra relación, pero no necesitaba entenderlo. Si eso
era lo que ella necesitaba creer o quería aferrarse a eso, o si simplemente prefería
mantener su cabeza enterrada en la arena sobre todo el asunto, si eso la ayudaba a
hacer frente a todo esto, no tenía que entenderlo.
—¿Qué haces, Joze? —Reajusté los pantalones para que no estuvieran a
punto de caer de mis caderas—. Tu mamá se encuentra en la habitación siguiente,
y sabes cómo se siente acerca de que estemos en la misma habitación detrás de una
puerta cerrada.
Josie giró la cerradura de la puerta, algo que debí hacer en el instante en que
entré, así no tendría que decirle que era incapaz de darle lo que quería. —Mamá
acaba de ir arriba para tomar una siesta. Después de las diez horas que pasamos
recogiendo, limpiando y enlatado cerezas, la siesta se convertirá en un sueño de
toda la noche.
Se apartó de la puerta y liberó su cabello del moño desordenado. Ríos de
largo cabello castaño se derramó sobre sus hombros y espalda. Su piel se hallaba
húmeda por el sudor, su ropa manchada de jugo de cereza, y bajo sus uñas, se
tiñeron con lo mismo. Trabajó duro, y se notaba. Nunca hallé a Josie más atractiva
que cuando la veía después de un duro día de trabajo, cuando no dejaba que cosas
triviales como manicura, callos o sudor le impidiera dar todo de sí. Era el tipo de
mujer que tenía cien veces más de valía, y eso, junto con la forma en que podía
hacerme sentir con incluso la más breve de las miradas desde el otro lado de una
habitación llena de gente, era lo que siempre hizo a Josie Gibson irresistible para
mí.
—Mi padre, por si te lo preguntas, fue a la cena mensual de ganaderos en el
centro comunitario de la ciudad y no volverá hasta que las costillas y el pan de
maíz se acaben, por lo que sí es como las cenas de meses pasados, no será hasta
cerca de las diez. —Su sonrisa se elevó más alto en un lado mientras se sacaba la
blusa de sus pantalones cortos—. Eso nos da todo el tiempo del mundo para hacer
lo que queramos, y como queramos —Con un movimiento suave, su blusa se salió
sobre su cabeza y cayó al suelo—. Tan seguido como deseemos.
Vestía su bonito sujetador blanco de encaje, el que tenía tan poquito encaje
que más de su pecho salía por el borde. Debí apartar la vista, cerrar los ojos o algo
así, pero la única manera de que hubiera sido capaz de no mirar a Josie era si
alguien sacaba mis globos oculares directamente de las cuencas.
—Jesse y Rowen. Nos encontraremos con ellos a las ocho. —Mi voz era poco
profunda, mi respiración se aceleró—. Tengo que ducharme.
—También tengo que ducharme. —Elevó los brazos y giró—. Obviamente.
—¿Quieres ser la primera? Puedo esperar.
Josie se acercó tan cerca que sus piernas toparon con el borde del asiento de
la silla. Empujó mis piernas para acomodar las suyas y apoyó sus manos en los
apoyabrazos. Su rostro bajó hacia el mío. —Pensé que podríamos ser ecológicos y
ducharnos juntos.
Su mirada bajó a mi pecho, luego más abajo, deteniéndose en el lugar en el
que debería sentirme a punto de explotar si no me enterraba dentro de Josie, lo que
ya haría si mi espalda no estuviera rota, o si no hubiera dejado que mi enfoque
cambiara de Vudú por medio segundo, o si hubiera montado otro toro, o si de niño
nunca hubiera subido a un toro por primera vez. Podía haberme encontrado sobre
Josie en el piso del baño, haciéndole el amor de la manera que más le gustaba, la
forma en que requería que le cubriera la boca cuando se venía, así no asustaría a
los vecinos a un kilómetro de distancia. Podía haber sentido sus piernas apretarse a
mi alrededor mientras me movía dentro. Podía haberla sentido pulsando mientras
se corría, llevándome a esa última parte del borde de mi propia liberación, si solo...
Si solo nada. Las cosas eran así. Era lo que era. Ninguna cantidad de deseos,
sueños o “si solo” podría cambiar eso.
Mis manos bajaron a las ruedas, y rodé hacia atrás unos centímetros. —No
creo que sea una buena idea.
Cuando intentaba coquetear mientras se acurrucaba a mi lado en la cama,
mi rechazo le hizo daño. Fue algo instantáneo e inconfundible en su rostro. Pero
ahora, en lugar de dar marcha atrás, se movió a una velocidad mayor y aceleró.
—Bien. No tienes que ducharte conmigo si no quieres. —Llevó sus manos
hacia la espalda, se desabrochó su sujetador y deslizó las correas por los hombros,
uno a la vez, antes de dejarlo caer al suelo a sus pies.
—Mierda, Joze —jadeé, haciéndome retroceder unos centímetros más. El
aumento de la distancia física entre nosotros no hizo nada para que dejara de mirar
fijamente sus senos. Imágenes de la forma en que se sentían en mis manos, en la
forma en que se movían cuando ella estaba encima de mí o cómo sabían a fuego de
vida.
—Mis pensamientos exactamente. —Sus dedos trabajaron en desabrochar el
botón superior de sus pantalones cortos—. Sin embargo, al revés.
—¿Qué quieres decir? —Seguí retrocediendo hasta que llegué a la pared.
—Lo que quiero decir es: mierda, Garth. Me encuentro desnuda frente a ti,
prácticamente rogándote que entres a la ducha conmigo y me enjabones después
de que termines de hacerme cosas sucias, y tu respuesta es retroceder hacia una
esquina y empezar a sudar frío. —Agitó los brazos hacia mí antes de sacarse los
pantalones cortos y sus bragas por las caderas. Cuando aterrizaron en el piso, los
colgó alrededor de su pie y lo aventó hacia mí. Los pantalones cortos cayeron en
uno de mis pies, pero las bragas aterrizaron justo en mi regazo. Eran sedosas y
blancas, familiares a este momento—. ¿Recuerdas esas? Dios sabe que te has
familiarizado con cada par de bragas en mi cajón superior, pero esas simplemente
no las deslizaste, las rasgaste o las hiciste a un lado como al resto.
Levanté mi mirada. Se encontraba desnuda, enojada, lista y lo más hermoso
que vi nunca. Quería estrecharla cerca y darle lo que deseaba, pero era imposible.
¿Cómo podría hacer que viera eso? ¿Y luego aceptarlo?
—Lo recuerdo —dije lentamente, tratando de no dejar que mi mente se
fuera demasiado lejos o por demasiado tiempo hacia ese recuerdo porque era uno
muy bueno. En un punto, los recuerdos eran el mayor consuelo de un hombre,
pero más allá de ese límite, se convertían en el mayor tormento.
—Entonces, ¿qué sucedió con el chico que se encontraba a mi lado y solo
sonrió cuando me quité esas bragas, las coloqué a su alrededor un instante después
de que lo liberaba de su bragueta, y lo acaricié debajo de la mesa en ese bar de
vaqueros en Jackson, el invierno pasado después de que ganó la puntuación más
alta de su carrera? ¿Qué pasó con el chico que me llevó a su camioneta cinco
minutos más tarde, me acostó y me dedicó otra sonrisa antes de poner la cabeza
entre mis piernas para poder devolverme el favor? ¿Qué le ha pasado? —Sus
brazos se agitaban de nuevo, su voz hacía eco en las paredes de azulejos del cuarto
de baño.
En lugar de esperar mi respuesta, se dirigió a la ducha, abriendo el agua, y
saltando al interior antes de que hubiera tenido la oportunidad de calentarse. Por
fortuna la ducha aquí era amplia, así que después de la adición de una silla de
ducha y un cabezal de ducha de mano, funcionó idealmente para mí. Pero en ese
momento, me habría gustado que no fuera tan accesible. Me hubiera gustado no
saber que simplemente podía entrar a esa ducha y deslizar mis manos por todo el
cuerpo mojado de Josie. Porque lo deseaba. Luché con todo lo que tenía para no
hacerlo, pero realmente quería, lo pude saborear en la sangre gracias a lo mucho
que me mordí la lengua.
—No te puedo dar eso, Joze —dije, deseando que cerrara la cortina de la
ducha y me sacara de mi miseria, cada instante deseando que no lo hiciera—. Lo
siento. Pasaría una vida en el infierno para conseguir que otros quince centímetros
por debajo de la cintura funcionara, pero hasta que el diablo aparezca en mi puerta
con un bolígrafo y un contrato, no puedo hacer nada al respecto. —Tragué contra
la bola tratando de bloquear cada palabra—. Lo siento tanto.
Se giró hacia mí. Un momento después, me encontré acercándome. Tan
pronto como me di cuenta, me detuve. Dejó claro que notó mi acercamiento a la
ducha y levantó una ceja. —Hay más formas de ser íntimo que el uso de lo que
reside al sur de la hebilla del cinturón, y lo sabes. Un montón de formas.
Me sentí arrugando la frente.
Sacudió la cabeza ante mi aparente confusión. —Formas que sé con las que
te encuentras familiarizado en base a la experiencia. —Su tono sonaba como si
estuviera señalando un punto o una pista—. Antes no tuviste ningún problema
para ser creativo, así que, ¿qué pasó con tu creatividad? ¿Tu imaginación también
se paralizó?
Mi cuerpo se estremeció como si lo hubiera golpeado. —Josie…
—¿Qué? No lo entiendo. Necesito estar cerca de ti. Siempre lo he necesitado
y siempre lo necesitaré.
No distinguía si lloraba o si los riachuelos de agua bajando por sus mejillas
eran de la ducha, pero de cualquier manera, parecía como si estuviera llorando.
Llevé mi silla más cerca hasta que pude sentir el vapor en mi cara.
—¿No necesitas sentirte cerca de mí? —Su voz sonaba pequeña cuando sus
ojos cayeron al suelo de la ducha.
La opresión en mi garganta volvió con toda su fuerza. —Por supuesto que
sí, Joze.
Sus ojos se levantaron lentamente pero no lo suficiente como para mirarme.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Suspirando, hice un gesto hacia mi regazo. Josie se encontraba desnuda, el
agua corriendo por su cuerpo, e invitándome a acercarme, pero absolutamente
nada pasaba ahí abajo. Nada. Si no estuviera tan molesto y frustrado, podría haber
gritado. —¿Aparte del mal funcionamiento de mi pene?
No había querido que fuera divertido, pero me di cuenta de que una sonrisa
jalaba de las comisuras de su boca, mientras alcanzaba una botella de gel de baño y
apretaba un poco en su palma. —Aparte de eso.
Cuando se alejó de mí mientras empezaba a enjabonar su piel, encontré que
era más fácil ser vulnerable. Por alguna razón, cuando sus ojos prácticamente
perforaban agujeros a través de mí, encontré más natural decirle lo que supuse que
quería escuchar en lugar de toda la verdad. —¿No es obvio?
—No —gritó—. Hagas lo que hagas por ahí, mientras estoy enjabonando mi
pecho aquí, no hay nada obvio en eso.
Basado en su experiencia conmigo antes del accidente, entendí su confusión.
Si esperaba que fuera el Garth de antes en lugar del actual, no había nada obvio en
esto. Una parte de mí amaba que todavía me viera como el mismo hombre del que
se había enamorado, pero la otra parte de mí, sabía que eso haría todo mucho más
difícil, porque no era ese hombre. Darse cuenta de eso, trajo una oleada de ira.
—Estoy en una silla de ruedas, carajo. —Hice un gesto a mi silla, en la cual
muy probablemente pasaría el resto de mi vida. Más rabia me recorrió—. Soy un
discapacitado. No puedo mover mis piernas. No puedo levantarlas. No puedo
hacer nada de lo que un hombre de mi edad debería ser capaz de hacer. —La
señora Gibson se hallaba a solo unas pocas habitaciones, debería haber mantenido
mi voz baja, pero era imposible hacerlo mientras decía esto—. Cómo enfrentar a un
hombre que está faltándole el respeto a una mujer. O subir a la parte posterior de
un caballo. O conducir un camión. O mear en un puto árbol, sin tener que ponerme
un catéter primero e ir rodando hacia este. Soy la mitad de un hombre, Joze. —Mi
voz se quebró, así que me controlé antes de decir el resto—. Deberías encontrarte
asqueada de mí, no doblando tu dedo e invitándome a acercarme. Así que no, no
entiendo por qué querrías estar cerca de mí después de esto.
Durante un largo minuto, nada más que silencio y miradas transcurrieron
entre nosotros. En ese minuto, debí haber sido testigo de una docena de emociones
diferentes filtrándose a través de sus ojos, con su expresión manteniendo el ritmo.
Cuando salió de la ducha, verla me acercaba al punto de volverse demasiado
doloroso de soportar. El agua corría por su cuerpo, recogiéndose en charcos a sus
pies. Las gotas de agua en sus pestañas fueron abanicadas, y cuando parpadeaba,
caían por su rostro.
—¿En serio no puedes entender por qué aún quiero hacer el amor contigo en
cualquier forma imaginable simplemente porque te encuentras herido? —Sus ojos
se estrecharon cuando buscaron una respuesta—. Por favor, dime que bromeas.
Di la vuelta con mi dedo alrededor de mi cara. —No es mi cara de broma.
Sus manos se cerraron en puños antes de que cruzara los brazos. No podía
saber qué sentía más; dolor o furia, pero supuse que era un poco de ambos.
—Quería estar contigo antes, te quiero ahora, y voy a quererte por siempre
porque te amo. —Expresó cada palabra lentamente a propósito, que era como si no
hubiera nada en lo que creyera más, como si no hubiera nada en lo que fuera más
apasionada. No pareció parpadear cuando continuó—: Te amo. ¿En serio piensas
que venía con la condición de que te amaría mientras estuvieras caminando? ¿O
con la condición de que si te convertías en un loco mojigato que se escondía en las
esquinas, mientras prácticamente te entregaba un manual de cómo quería que me
lo hicieras, dejaría de amarte? ¿De verdad crees que algo que podría pasarte o
cambiarte, que podría averiguar sobre ti haría que deje de amarte? ¿Es eso lo que
piensas?
Me quedé en silencio, sin saber qué responder. Antes de que me hubiera
recordado en palabras que su amor venía sin condiciones, sí, puse en duda por qué
quería seguir conmigo, si yo iba a pasar los próximos cincuenta años mayormente
como un inútil inválido, pero ahora no sabía qué pensar.
Aún trataba de alguna forma entender todo cuando volvió a hablar. —Que
te jodan, Garth Black. Que te jodan por confundir mi amor con el del tipo barato y
poco profundo, que podías encontrar con casi cualquier vagabunda rogándote que
firmes su sujetador.
Ahora sabía con certeza que la humedad corriendo por sus mejillas no era
producto de la ducha. ¿Cómo podría priorizar la felicidad de Josie, y a la vez, ser
responsable por tantas de sus lágrimas?
—Podrías haber elegido a una de ellas, porque entonces tendrías razón, se
habrían salido de apuros a la primera mención de la parálisis. Te habrían dejado
antes de saber que tu pene nunca podría funcionar de nuevo, ya que te encuentras
obsesionado con eso, o antes de tener que bañar, alimentar y ponerle pañales por el
resto de su vida al hombre que aman. Habrían huido tan rápido que no hubieras
sabido lo que pasó. Sin embargo, aquí me he quedado, a tu lado, contigo en cada
paso del camino. Tal vez soy una tonta, si soy la única de nosotros que esperaba
que estuviera hecha de algo mejor y más fuerte. Tal vez debería haber corrido,
sobre todo si ese es todo el crédito que me has dado todo este tiempo. Pero no huí.
No huí porque no podría. —Sollozaba a cada tercera o cuarta palabra, quebrándose
mientras las lágrimas corrían por su rostro—. No voy a alejarme de ti porque te
amo tanto que está enterrado muy profundo dentro de mí, que nunca podría cavar
lo suficientemente profundo para sacarlo. Te amo tanto que cuando te miro, no veo
a un hombre en una silla de ruedas. —Sacudió la cabeza, mordiéndose el labio con
tanta fuerza que se hizo una hendidura profunda—. Todo lo que veo es al hombre
con el que quiero pasar el resto de mi vida. Todo lo que veo es al hombre que amo.
Su confesión terminó en un susurro tan débil que no oí la palabra “amo”. En
cambio, la vi tambalearse de sus labios.
Frotando mi cara, suspiré. ¿A dónde diablos iba desde aquí? ¿Cómo diablos
respondía a eso? Sabía que me quería, además entendía que era un imbécil que no
merecía ese tipo de amor, y también la amaba de la misma manera, poniéndome en
segundo lugar y sin condiciones. Entonces, ¿cómo iba a dejarla malgastar su vida
confinado a mi pequeña y solitaria existencia, cuando se merecía mucho más?
Todas las respuestas se me escapaban. Gran y jodida sorpresa.
—Joze…
—¡No me vengas con “Joze”! —espetó, y su tono alcanzó todo su anterior
esplendor enojado—. No me llames así ni des a entender todo lo que haces en ese
tono si has estado pensando que cortaría por lo sano y me iría si las cosas se ponían
difíciles. —Dejó escapar un profundo suspiro y lanzó su brazo hacia la puerta—.
Puedes irte ahora. Creo que tienes razón. No es una buena idea que tomemos una
ducha juntos.
Dándome la espalda, entró en la ducha y cerró la cortina. Incluso se aseguró
de sellar las rendijas en los extremos. Un dolor en mi pecho apareció tan repentina
y bruscamente que me incliné hacia delante. Me sentía como si estuviera teniendo
un ataque al corazón pero uno que no terminaría.
—Además, puedo ocuparme mí misma si no deseas utilizar tu imaginación
y hacerlo tú —añadió mientras el vapor se elevaba hacia fuera desde la parte
superior de la ducha.
Quería que me fuera. Debería haber querido irme, pero algo acerca de Joze
dándome la espalda y dejándome fuera porque la lastimé me hizo moverme más
cerca. Estuve probando sin éxito en apartarla durante días, y por fin había parecido
funcionar, así que, ¿por qué mis dedos se curvaron alrededor del borde de la
cortina de la ducha, a punto de abrirla? ¿Por qué la idea de no tocar de nuevo su
mano, verla, o estar cerca se sentía infinitamente más paralizante que mi columna
vertebral dañada?
¿Cómo entender la guerra furiosa dentro de mí: un lado me empujaba lejos,
mientras que el otro me acercaba más, y no encontrarme a instantes de dividirme
por la mitad o, explotar por todas las paredes del cuarto de baño? ¿Cómo podía
sentir tanto conflicto, cuando sabía cómo me sentía acerca de nosotros?
Supuse que la respuesta fue que el amor no era sencillo. Era complejo,
intrincado y confuso, y hacía que un hombre se cuestionara todo lo que siempre
sostuvo como verdad. Cambiaba la moral de una persona donde era reexaminada
desde una perspectiva diferente. El amor no era sencillo. No venía fácilmente de
forma natural o por instinto. Tenía que ser ganado, luchado, y conducía a la locura
a una persona, muy rápidamente como podía conducirlos a la grandeza, pero en el
medio de toda esa confusión, sabía una cosa: nos amábamos.
Sin importar lo que viniera mañana, o al día siguiente, y el día después de
ese, no iba a perder eso en este momento.
—Aún no he terminado contigo, Joze —dije, mientras empujaba para abrir
la cortina de la ducha.
Su cara mostró la sorpresa, pero se recuperó rápidamente. No se colocaba
champú en su cabello, tampoco se afeitaba las piernas, solo dejaba pasar el agua
por su cuerpo. —Es una pena porque sin duda he terminado de hablar contigo. —
Empujó la cortina, cerrándola en mi cara.
Elevé las cejas mientras inspeccionaba la cortina de la ducha, contemplando
mi próximo movimiento. Acabé con las manos vacías, sin embargo, de algún modo
cuando me tomaba el tiempo para pensar en qué decir o hacer a continuación,
parecía que últimamente me encontraba terminando así. Entonces la comprensión
me golpeó en la cabeza y se dio la vuelta para golpearme una vez más. No era el
tipo de persona que pensaba en cada movimiento o trazaba cada paso. Era el tipo
de persona que se basaba en el instinto y las sensaciones. El que saltaba primero y
preguntaba más tarde. No era el que elaboraba un detallado esquema de elecciones
y consecuencias, antes de tomar una decisión una semana y media más tarde. No,
era el otro tipo. El que saltaba en la maldita ducha antes de que su chica incluso
comenzara a doblar su dedo para invitarlo.
Esta vez no me molesté con la cortina. Solo le di un duro empujón a mi silla
de ruedas para conseguir que pasara sobre el pequeño reborde de la ducha y
rodara dentro. —Yo también he acabado de hablar, Joze. Terminé completamente
con la conversación.
Traté de no sonreír ante su reacción de meterme en la ducha con mi silla y
los pantalones y las botas todavía puestos. Por su expresión, habría estado menos
sorprendida si un gorila hubiera saltado dentro.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó un momento después.
Sentí mi sonrisa. No la que otros se acostumbraron a ver, sino la única que
Josie había visto. La que precedía o seguía a un cierto algo. —Te quiero. —Sacudí
la cabeza para apartar el agua corriendo por mi rostro desde mi pelo—. Solo a ti.
Tuvo que morderse la mejilla para mantener su sonrisa bajo control, pero
agarró la cabeza de ducha y la colocó en ángulo, así que estuvo rociando mi cara
durante unos segundos. Cuando farfullé y maldije, se rió. —Sí, pero tuviste tu
oportunidad, elegiste un rincón frío y solitario del baño.
No la dejé de mirar, incluso con el agua cayendo en mi cara. Me moví más
cerca así que la tenía casi al alcance de mi brazo. —¿Me ves en esa esquina en este
momento?
Regresó la cabeza de la ducha a su posición original. —No, pero algo acerca
de ti acusándome de amarte condicionalmente, junto con tu repentina falta de
imaginación en un determinado departamento, de algún modo arruinó todo el
estado de ánimo para mí. Se acabó. —Dando la vuelta, alcanzó el champú. Antes
de que sus dedos tuvieran la oportunidad de curvarse alrededor de la botella, mis
brazos se hallaban alrededor de su cintura, tirándola a mi regazo. Chocó contra mí
con un pequeño jadeo—. ¿Qué haces? —Inclinó la cabeza, parpadeando para
alejarse las gotas de agua mientras la lluvia caía sobre nosotros.
Uno de mis brazos se encontraba firmemente enrollado alrededor de su
torso, extendiendo mi mano en la suave curva entre su hueso de la cadera y la caja
torácica. Mi otro brazo se deslizó más abajo, la mano aún más. Cuando apenas la
había rozado, se quedó sin aliento de nuevo.
—Me pongo creativo. —Bajé mi boca a su oído y besé en el punto justo
debajo de este hasta que su respiración se aceleró. Cuando su respiración llegó al
campo de lo entrecortado, el toque se volvió un poco más intencional—. ¿Qué tal
esto para lo imaginativo?
Lo que supuse que era destinado a ser una sonrisa se formó en su rostro,
aunque parecía más como una mezcla entre dolor y placer. Lo que apareció en mi
cara fue sin lugar a dudas una sonrisa.
Joze tenía razón. Podíamos tener intimidad en más formas que el acto con el
que estaba familiarizado y del que era un gran fanático. Habría preferido perder
mi audición o la vista, incluso habría abandonado una extremidad o dos, antes que
renunciar a un pene en funcionamiento, pero no tuve esa elección. La vida tomó
esa decisión por mí. Así que, aunque quizás nunca seré capaz de experimentar
caerme a pedazos dentro de Josie, al menos podría darle la experiencia. Un dedo
en la ducha, mientras ella se reclinaba en el regazo de un hombre en una silla de
ruedas podría haber sido un pobre sustituto de la forma en que las cosas habían
sido, pero era algo.
Aunque ese algo, dado el aspecto y el sonido que emitía, no parecía verse
registrado en el departamento de la mediocridad.
Cuando su brazo se envolvió detrás de mi cuello, apretándose fuertemente
mientras se acercaba, mi cabeza terminó más cerca de la base de su cuello, por lo
que fue donde enfoqué mi boca. Chupé su piel más fuerte de lo que tal vez debería
haberlo hecho, pero cada vez que me movía a una nueva sección de piel, Joze
susurraba cosas que hacían que suave y lento fuera imposible.
Incluso a través del agua salpicando, su piel sabía igual, como una noche de
verano después de una tormenta. Cuando echó su cabeza hacia atrás sobre mi
hombro, arqueando el cuello hacia el techo, sabía que se hallaba a pocos minutos
de desmoronarse en mis brazos. Sin embargo, esto era lo mejor que me pasó desde
el accidente, y no tenía prisa por terminarlo. Podría haberme quedado en la ducha
mucho más allá del final del agua caliente, tocándola, besándola, haciendo el amor.
Cuando mi ritmo fue más lento, cada golpe y beso se volvió más suave y un
gemido escapó de sus labios.
—Sé agradable —dijo en voz baja, inclinando su rostro para que nuestras
bocas estuvieran tan cerca que podía sentir sus pesadas respiraciones contra mis
labios.
—No te enamoraste de mí porque era agradable, Joze. —Moví mi cara más
cerca, así nuestras bocas se hallaban separadas por solo una delgada lámina de
aire. Tracé la costura de sus labios con mi lengua, y cuando sus labios se separaron,
la besé como si fuera la última vez. La besé como si hubiéramos estado separados
por el tiempo y las circunstancias durante años, y lo estaríamos de nuevo en unos
pocos momentos. La besé como la amaba, con abandono.
—Tienes razón —susurró, cuando tuvo que separarse para recuperar el
aliento.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, pidiendo prácticamente ser tocado. Mi
mano se deslizó por su costado subiendo por su cuerpo mojado hasta palmear uno
de sus pechos. Cuando apreté, más que un gemido, un jadeo escapó de sus labios.
—No me enamoré de ti porque fueras agradable. —Su voz era baja por el
deseo, tan entrecortada que apenas sonaba como la suya—. Así que, ¿dónde se
encuentra el hombre no agradable del que me enamoré? ¿Dónde está el chico que
es tan malo que hubiera estado lanzándome desde mi espalda hacia mi frente para
la segunda ronda? ¿Dónde se encuentra el tipo que gruñe algunas cosas sucias en
mi oído mientras se comienza a venir con tanta fuerza dentro de mí que termino
adolorida al día siguiente? —Un suspiro burbujeó de sus labios cuando mi dedo se
movió en su contra otra vez. Más rápido y más firme—. Lo quiero.
Pude no haber sido capaz de alcanzar un punto culminante en mi condición
actual, pero maldición, me sentía como si estuviera justo en el borde. Mi gruñido
vibró contra su mejilla cuando frotó sus caderas en mi mano. —Puedo garantizar
que no lo quieres tanto como él te quiere.
Un escalofrío rasgó su cuerpo. Uno de sus brazos cayó de mi cuello, a mi
brazo trabajándola antes de girarlo. Bajándolo hasta el final. —Quiero sentirte
dentro de mí cuando me venga.
Cuando sus caderas bajaron otra vez, apretó su culo en mi regazo, rotándolo
de una manera que hizo que mis ojos rodaran hacia atrás en mi cabeza. Puede que
no haya tenido ninguna sensación en el área que frotaba su trasero mojado, pero
mierda, no importaba. Sentía algo, y no era solo el recuerdo de lo que había sentido
cuando hice eso antes, o la acumulación de todo lo demás que podía sentir, como
la plenitud de su pecho escapando de mi mano, o el calor que residía entre sus
piernas tan mojado que podía sentirlo corriendo por el interior de sus muslos, o su
bello rostro inclinado sobre mí, mirándome como si nada hubiera cambiado entre
nosotros, o su respiración tan trabajosa que sabía que podría darle lo que deseaba
con unos cuantos empujones más; también podría haber tenido mi pene enterrado
profundamente dentro por la forma en que me sentía en este momento.
—Quiero sentirte dentro —dijo, sus palabras rotas por los quejidos. Hizo
círculos en mi regazo, aludiendo a lo que quería.
—Nena, no puedo. Lo sabes. —Si pudiera haberle dado eso, lo habría hecho.
Incluso si hubiera tenido que hacer otro trato con el diablo y entregarle mi alma en
mi próxima vida también.
Sacudió la cabeza contra mí. Otro gemido rodó de su boca cuando mi dedo
hizo círculos en cierta parte. Enrollando su dedo alrededor de un par de los míos,
los deslizó hacia abajo, deteniéndose justo fuera.
—Quiero sentirte dentro de mí. —Su voz era la más firme que le había oído
desde que entró en la ducha. Levantando sus caderas de nuevo, deslizó mis dedos
dentro, moviéndolos dentro y fuera hasta que levanté los míos.
—Maldita sea, Joze —dije, moviéndome dentro en la manera que sabía que
le gustaba cuando estaba a punto de llegar. Se encontraba muy húmeda, caliente y
tan ardiente que mi respiración alcanzó un punto en el que me preguntaba si la
hiperventilación llegaría pronto, pero eso no detuvo mi marcha. En su lugar, me
animó.
—No te enamoraste de mí porque fuera agradable, tampoco. —Otra sonrisa
apenas detectable tiró de su boca, pero cayó en algo más dramático cuando mi
ritmo aumentó.
—Joze, cariño, vente. —Mis dedos se curvaron más profundamente en su
pecho—. Vente para mí. Quiero sentirte venirte a mi alrededor.
Puede haber sido una persona fuerte, la mujer más dura que había conocido,
pero ni siquiera Josie podría haberse contenido por otro segundo. Su cuerpo se
puso rígido contra el mío, un grito empezando poco a poco y volviéndose cada vez
más fuerte hasta que hizo eco a nuestro alrededor, y sentí sus músculos contraerse
en torno a mí en latidos rápidos y tensos.
Su orgasmo pareció rasgarla dos veces más que antes, y después colapsó de
nuevo en mi regazo con un suspiro de satisfacción, e inclinó su cabeza hacia atrás
para mirarme. La sonrisa en su cara, incluso tocó sus ojos. Acarició mi mejilla con
su pulgar, entrelazando sus dedos con los míos, una vez que estuvieron libres.
La besé de nuevo, esta vez un poco más suave, casi dulcemente. Cuando
terminé, parecía tan sorprendida como yo de que fuera capaz de un beso así. —Te
amo, Josie Gibson.
Su sonrisa se estiró. —Te garantizo que no tanto como te amo.
Traducido por Kath1517, Anna Karol, Clara Markov, Umiangel & Vane Black
Corregido por Anakaren

—Llegamos tarde. —Josie revisó la hora en el tablero por centésima vez y


aceleró un poco más su camioneta. El motor de gasolina gruñó con más fuerza
mientras iba por la carretera—. Llegamos muy tarde.
Me retorcí en mi asiento para quedar de lado hacia ella; nuestros cabellos
seguían húmedos así que fui incapaz de mirarla sin imágenes de la ducha. —¿Es
por eso que no dejas de sonreír?
Me miró de reojo, advirtiéndome, pero incluso así, su sonrisa no menguó ni
un poco. —Estoy sonriendo porque estamos saliendo de casa y vamos a ir a una
cita con dos de nuestros mejores amigos. —Su frente se frunció cuando revisó la
hora una vez más—. Dos mejores amigos que con suerte serán muy indulgentes
cuando lleguemos tarde.
—Fuiste tú quien se metió a la ducha, así que solo te puedes culpar a ti
misma.
Soltó un molesto suspiro. —Bueno, eres tú quien no tenía mucha prisa por
salir de la ducha, así que también puedo culparte a ti.
—Oye, hicimos un trato. Acepté enjabonarte después de las cosas sucias. —
Me encogí de hombros, solo sonriendo cuando me hizo una mueca.
—Si hubiera sabido el montón de cosas sucias que habías planeado, habría
puesto un tiempo límite con ese trato que hicimos. —Se movió en su asiento,
haciendo que el dobladillo de su vestido de verano se levantara un poco más.
Después de mirar la parte expuesta de su piel por unos segundos, bajé mi
mano y pasé mis dedos a lo largo de su piel. —Tendré eso en mente la próxima vez
que esté pensando en hacerte venir de tres maneras diferentes. —Cuando me miró
de nuevo, humedecí mis labios y le lancé una sonrisa malvada—. Tres maneras
diferentes.
Con eso, todo su rostro cambió. —¿Eso sonó como una queja? —Sacudió la
cabeza—. Porque no lo era. Definitivamente no lo fue —añadió cuando mi pulgar
subió un poco más por el interior de su muslo.
—Me alegra que aclaráramos eso porque si mi pene desaparece en acción,
tendrás que enfrentarte al deber de los orgasmos por los dos. Esa es una gran
responsabilidad.
—Déjame asegurarte que estoy más que preparada para el desafío de esa
gran responsabilidad. De hecho, no veo nada como una prioridad más grande que
dedicarme a este desafío inconmensurable. —Cuando me miró de nuevo, ambos
nos reímos.
Ese momento debió haber sido congelado en el tiempo, encapsulado en las
tumbas de los recuerdos más perfectos del mundo; hacer el amor con Joze y luego
reírme con ella. Algunos podían haber discutido que esa perfección era una falacia,
pero eso era solo porque ellos no habían experimentado momentos en sus vidas
como los que tuve con Joze. Fueron fugaces y pasaban demasiado rápidos, pero
eso no cambiaba el hecho de que experimenté más momentos de perfección de los
que un hombre como yo debía.
—Puedes calmarte con el acelerador, Joze. Está bien. —Deslicé mi mano por
su pierna para tomar su rodilla. Si iba más arriba que el borde de ese dobladillo,
acabaríamos bocabajo en una zanja—. Le envié un mensaje a Jess cuando salimos
de la ducha, haciéndole saber que llegaríamos tarde. Él dijo que también se les hizo
tarde, así que no hay necesidad de preocuparse de que nuestros mejores amigos se
conviertan en enemigos si llegamos treinta minutos tarde.
Josie se adentró en la ciudad, disparándose a ochenta por un camino con un
límite de velocidad de cuarenta kilómetros por hora. —Bueno, gracias a Dios,
porque estamos a punto de llegar treinta y cinco minutos tarde.
Por el aspecto del estacionamiento en frente del restaurante de parilla donde
nos encontraríamos con Jesse y Rowen, el lugar estaba lleno. No era una sorpresa
ya que era noche de sábado y Boundary Steackhouse quizá era el mejor lugar en el
que una persona podía hincarle el diente a un buen bistec en este lado de Chicago.
Habíamos estado allí tantas veces desde que comencé a hacer buen dinero —ya
que ningún salario de peón alcanzaría para Boundary más que una o dos veces al
año—, que Josie pasó por el callejón y se dirigió al estacionalmente de atrás solo
conocido por el personal y los regulares.
Encontrar un sitio para su camioneta monstruosa era un desafío a donde sea
que fuéramos, y hoy no fue la excepción. Cuando sugirió aplicar para un pase de
estacionamiento para discapacitados, básicamente le pedí que no lo mencionara de
nuevo porque no necesitaba ni quería otro recordatorio de mi lesión, incluido una
etiqueta especial colgada del espejo retrovisor de la camioneta de mi novia.
Josie gruñó cuando encontró este estacionamiento casi tan lleno como el del
frente. Cuando vio un espacio en el que podría haber encajado un Prius, le dio un
giro al volante.
—¡Yuju! —celebró mientras acomodaba el ángulo del camión en el espacio.
—Eh, Joze, puede que el camión entre, ¿pero cómo van a salir las personas?
—pregunté, preparándome para el sonido de un espejo lateral siendo arrancado.
—Saldremos por tu lado —respondió, mirando a su ventana antes de echar
un vistazo por la mía—. Dejé bastante espacio de tu lado.
De hecho, así era. Había suficiente espacio para que una persona entrara o
saliera, lo que podría haber significado…
—¿Y cómo se supone que entre en su auto la persona de tu lado? —inquirí,
viendo los escasos diez centímetros de espacio que separaban al camión de Josie
del Sedan estacionado al lado.
—Ese es el auto de Joe —dijo mientras apagaba el motor y le mandaba un
mensaje de texto a Jesse y a Rowen, haciéndoles saber que estábamos aquí
—¿Quién es Joe? —Noté el indicio de molestia en mi voz.
También ella. Josie estaba acostumbrada a que fuera celoso, un hijo de puta
posesivo la mayor parte del tiempo, y también se aseguraba de decírmelo. Alzando
una ceja, pasó un dedo por el centro de mi pecho.
—Mi amante.
—Qué graciosa. —Le lancé una mirada, y se rió.
—Joe es el asistente del supervisor, Garth. Lo has conocido, por el amor de
Dios. Saldremos antes de que tenga tiempo de rascarse la cabeza y pensar en cómo
subirse al auto. —Me dio un codazo cuando esa mirada se quedó en mi rostro por
otro momento.
—No lo sé. La última vez que salimos los cuatro, creo que tuvieron que
pedirnos que cerráramos cuando finalmente nos fuéramos. —Solté mi cinturón en
tanto que ella gateaba sobre el asiento.
Cuando llegó a la manija de la puerta, en lugar de empujar para abrirla de
inmediato, se subió sobre mi regazo antes de deslizar una rodilla entre mis piernas.
Pasándola gentilmente alrededor de mi cierre, me guiñó un ojo.
—¿Puedo regresar el favor? Ya llegamos treinta y cinco minutos tarde. ¿Qué
son cinco más?
Debí haber sentido algo disparándose ahí abajo. Debí haber sentido mi pene
hinchándose por los pensamientos de lo que sugería. Si hubiera podido ponerme
más duro, solo me habría estirado cuando ella se humedeció los labios, y hubiera
bajado mi cierre. Si fuera el hombre completo que fui hace dos semanas, habría
contestado su pregunta guiando su cabeza más abajo y enredando mis dedos en su
cabello mientras ella…
Sacudí la cabeza para aclararla y bajé mi mano hacia donde me bajaba el
cierre. —Joze… —Tragué—. Ambos sabemos que tal vez mi pene no sea capaz de
apreciar ese gesto como antes, pero mierda, mis ojos lo disfrutarían. —Su sonrisa
se extendió antes de bajar la cabeza, pero mis manos la acunaron, levantándola. Su
expresión de confusión me podría haber hecho reír si esto no hubiera sido tan
trágico y patético—. Pero antes de darle un intento a eso, voy a necesitar algo de
tiempo para hacerme a la idea. Más de cinco minutos, si sabes lo que quiero decir.
—Me moví, preguntándome si podría estar más incómodo hablando de esto—. Va
a necesitarse algo de tiempo acostumbrarse a que él no funcione… ni coopere…
cuando, ya sabes, cuando estás ahí abajo. Estoy bastante seguro de que el primer
intento o el quinto será bastante incomodo, y preferiría no hacerlo más incómodo
teniendo un límite temporal de unos pocos minutos en la parte de atrás de un
parqueadero.
Las manos de Josie se movieron de mi cierre a mi cara, acunando cada
costado antes de apoyar su frente en la mía. —Puede que sea incómodo para ti,
¿pero me ves estremecerme? —Sus ojos marrones observaron los míos con tanta
intensidad que el aire se quedó atascado en mi garganta—. Aún te amo. Todavía te
deseo. De todas las formas en que te deseaba antes. —Besó la punta de mi nariz—.
Así que si necesitas tener tus momentos incómodos, puedes tenerlos, pero no trates
de atribuirme algo a mí, porque incomodidad es lo que menos siento cuando estoy
contigo, Garth.
La presión en mi pecho se alivió, y pude respirar de nuevo. La besé, pero en
los labios. —Por Dios, Joze. Eres la mejor mujer que Dios tuvo la audacia de crear,
carajo. ¿Cómo terminé contigo? —No tenía la intención de decir esa pregunta. Sí,
reflexioné sobre eso más veces que no durante el día, pero era algo que prefería
guardarme para mí mismo.
—Me hago esa misma pregunta sobre ti todos los días. Entonces cuándo
sepas la respuesta, si la sabes, ¿me avisarías para poder encontrarla a la mía?
Me reí y pasé mis pulgares por la línea de su mandíbula. —La cabina de esta
camioneta está llenándose de tanta felicidad que creo que va a comenzar a romper
las ventanas.
Josie empujó mi pecho y se rio. —Tienes razón. Hemos alcanzado niveles
alarmantes de sensiblería. Necesitamos aire fresco. —Tirando de la manija, abrió la
puerta y comenzó a salir, pero mientras pasaba su pierna sobre mi regazo, su bota
se enredó en la parte de atrás de mi rodilla.
—Oh, mierda —chilló mientras tropezaba al salir por la puerta.
—¡Joze! —Traté de agarrar su brazo, su mano o algo para evitar que se
cayera en el concreto, pero no me moví lo suficientemente rápido. No pude mover
suficiente de mi cuerpo para salvarla.
Extendida en el concreto, se quedó ahí, mirándome con una expresión de
sorpresa antes de que se dibujara una sonrisa, rápidamente reemplazada por una
carcajada que no terminó. Estaba riéndose tan fuerte que le temblaba el estómago y
lágrimas comenzaron a salir de sus ojos.
—¿Por qué te ríes, loquilla? —pregunté al tiempo que trataba de sacar mis
piernas para ayudarla a levantarse. Su camión estaba tan elevado que incluso si
hubiera podido inclinarme del todo y extender el brazo en toda su longitud, aún
no habría podido alcanzarla. Si hubiera intentado salir del camión, habría acabado
en el mismo desastre que ella, así que me quedé ahí y observé a Josie tirada en el
suelo por la caída de la que no pude salvarla o ni siquiera ayudarla a pararse,
riéndose como si hubiera perdido la cabeza.
—Auch —dijo entre risas, frotándose uno de sus codos.
—¿Estás bien? —Me incliné un poco más, pero no fue suficiente—. ¿Por qué
te quedas ahí riéndote?
Eso la hizo reír con más fuerza. —Creo que me diste un orgasmo de más.
Estoy oficialmente ebria de clímax. Será mejor que me quites las llaves y llames un
taxi. —Levantando el brazo, las llaves colgaban de sus dedos.
—Estás loca de remate, Josie Gibson. —Sacudí la cabeza, pero incluso en
toda mi gloria indefensa, no pude evitar reírme con ella.
—¿Josie? —Una voz llegó desde la parte trasera del restaurante antes de
escuchar pasos corriendo en nuestra dirección—. Mierda, Josie. ¿Qué pasó? ¿Estás
bien?
Reconocí la voz antes de que su dueño se detuviera frente a nosotros. De
todas las personas en el mundo que me hubiera gustado que viniera en nuestro
rescate, Colt Mason estaba al final de la lista. Bajó las manos para ayudar a Josie a
pararse, y frunció las cejas cuando ella solo se quedó ahí, riéndose.
—¿Estás ebria? —preguntó.
Por supuesto, eso solo la hizo estallar en más risas, así que Colt me miró
buscando una respuesta.
—No preguntes —dije, sin estar seguro de como cruzar ese puente. Colt y
yo descubrimos como coexistir en la misma pequeña ciudad después de pelear por
la chica con la que terminé, pero eso fue solo porque él vivía en una parte diferente
de la ciudad durante medio año, empapándose en el sol de California, y la otra
mitad, yo la pasé en la carretera, viajando de rodeo a rodeo. No habíamos estado al
alcance del otro desde la boda de Jesse y Rowen. La noche en que básicamente le
confesé mi amor a su cita.
—Josie, vamos, déjame ayudarte. —Colt parecía casi nervioso conmigo,
como si estuviera buscando una distracción y, levantar a Josie del suelo lo era.
Cuando fue a levantarla de nuevo, ella rechazó su ayuda y se puso de pie
por su cuenta. Mientras se limpiaba el polvo, por fin pude alcanzarla. La acerqué y
le di vuelta para inspeccionar su daño. Tenía un par de raspones en la parte trasera
de sus codos y el trasero con polvo, pero sobreviviría.
—Qué buenos movimientos, gracia —murmuré, dándole la vuelta para
limpiarle el polvo del trasero y… bueno, porque Josie Gibson tenía el mejor culo de
este país y del siguiente. Pregúntenle a cualquier tipo que la haya visto en un par
de vaqueros ajustados, y lo confirmaría.
—Buena salvada, superhéroe —respondió, dejándome atraerla a mis brazos
cuando terminamos de limpiarla.
Le pellizqué el costado mientras Colt se movía en su sitio, luciendo como si
no supiera que decir o hacer luego. Para un presumido como Colt Mason, no saber
que decir o hacer puede que solo sucediera una vez cada eclipse solar o dos.
—Oye, Black. ¿Cómo estás? —Pasándose una mano por el cabello, extendió
su otra mano en mi dirección.
Por la manera en que Josie me miró, le sorprendió tanto como a mí ese
acercamiento pacifico.
—Estoy… bien, Colt. —Estreché su mano, sintiéndome tan incómodo como
probablemente me hubiese sentido si Josie se hubiera salido con la suya en la
camioneta y tuviera su cabeza enterrada en mi regazo—. ¿Tú?
Josie se mordió el interior de su mejilla, probablemente porque sabía cómo
me sentía con respecto a Colt y, porque esta conversación era tan forzada como
parecía.
—Me encuentro bien —dijo con un asentimiento, metiéndose las manos en
los bolsillos—. Gracias por preguntar.
Josie pareció haber ahogado una risa. Me retorcí a su lado para que supiera
que noté su diversión y que yo no opinaba lo mismo.
—También estoy bien. En caso de que alguien quiera saberlo —dijo,
empujando mi mano, que seguía pellizcándola.
Cuando la mirada de Colt fue a mis piernas y trató de apartarla igual de
rápido, me di cuenta de porqué el nerviosismo tan extraño y la conversación tensa
que tenía lugar aquí. —Sí, me provoqué una parálisis —dije, cortando el hielo con
un machete. Apunté a mis piernas—. Ya sabes, en caso de que no te hayas dado
cuenta o todavía no lo hayas escuchado.
Josie se inclinó contra mí, deslizándose entre mis piernas y pasando un
brazo entre cada una de ellas. Me encantaba que se comportara como si yo fuera
exactamente el mismo hombre que había sido cuando podía pararme cara a cara
con Colton Mason. Me encantaba como se envolvía alrededor de mí como si nunca
hubiera estado más orgullosa de mí. Me encantaba que nunca me hubiera tratado
como un discapacitado como todo el mundo parecía verme.
—Oh sí… me enteré de eso. —Colt siguió frotándose la parte de atrás de la
cabeza. Si no tenía cuidado, se quedaría calvo, ¿y entonces que magia podría hacer
el peluquero con él?—. Lo siento, hombre. Maldición, eso apesta.
—Sí, Colt, sí, apesta no poder mover nada de mis caderas hacia abajo —dije
secamente.
Tragó, sin duda poniéndose en mis zapatos. Por primera vez en su vida,
Colt Mason se veía casi pálido. —Parece que no saben si será algo permanente,
¿verdad?
En voz baja, murmuré una maldición por los chismes del pueblo y lo
implacables que eran. —Tampoco saben si la paz mundial alguna vez será una
realidad. Pero no es algo por lo que debamos contener el aliento.
Colt levantó sus cejas y miró alrededor. Lo había dejado sin palabras en
menos de dos minutos. ¡Viva yo!
—¿Puedo ayudarte a salir o algo? —Apuntó hacia Josie y yo, mirando hacia
la parte de atrás de la camioneta donde mi silla de ruedas estaba doblada—. Estaba
preparándome para enfrentar una cena con mi familia, así que me encantaría una
razón para llegar tarde.
Josie se me adelantó en sacudir la cabeza. —No, gracias. Estamos bien. —Se
inclinó más contra mí, acomodándose.
La cabeza de Colt se inclinó. —Vamos, Josie. Puede que seas una chica ruda,
¿pero cómo vas a levantar a un tipo que pesa unos veinte kilos más que tú de ese
camión gigante? —Comenzó a ir hacia la parte de atrás de la camioneta—. Estoy
aquí. Al menos dame algo que hacer.
—¿Podrías no estar aquí por favor? —dije lo suficientemente fuerte para que
Josie oyera. Con eso, me gané otro codazo en mi estómago.
—Voy a obviar el hecho de que acabas de tratarme de débil y solo te daré las
gracias, pero no. —Cruzó los brazos, haciendo que Colt diera un paso hacia atrás.
Obviamente no era ajeno al cruce de brazos de Josie y había aprendido a tomar el
mismo enfoque de retiro que yo—. Jesse viene a ayudar, así que estaremos bien.
Pero gracias.
Colt miró al restaurante. Justo cuando pensé que iba a despedirse de forma
forzada, se inclinó contra la camioneta y se puso cómodo. —Esperaré hasta que
llegue entonces.
Mi frente se hallaba fruncida mientras trataba de averiguar cuáles eran sus
motivos, porque era Colt Mason; siempre tenía un motivo. —¿Crees que vamos a
charlar y ponernos al día mientras esperas? ¿Que tal vez planeemos una noche de
chicos o algo así? —Mantuve mi voz civilizada y terminé con un encogimiento de
hombros, pero me sentía confundido. Había cumplido con su deber de asegurarse
que una vieja amiga estuviera bien después de sufrir una caída de su camioneta,
por lo que ahora solo podía seguir por su camino de paz. ¿Por qué esperaba hasta
que Jesse apareciera? Eran casi tan buenos amigos como Colt y yo.
Cuando sus ojos recorrieron el estacionamiento oscuro y se estrecharon en
un lugar donde pareció que una botella acababa de quebrarse, lo entendí.
—Solamente quiero asegurarme de que no haya líos con Josie, ¿sabes? Es un
estacionamiento grande y oscuro, y sé que es un hecho que unos cuantos coches
han sido atacados. —Sus ojos se detuvieron en ese lugar un momento más antes de
volver a nosotros—. Nunca se sabe lo que puede pasar, ¿verdad? No me gustaría
ver a Josie lastimada más de lo que se las ha arreglado para hacerlo por sí misma.
Mi pecho empezó a subir y bajar con fuerza. Colt se quedó para protegerla.
Para asegurarse de que estuviera a salvo hasta que otro hombre sano llegara a
escena y pudiera protegerla de cualquier horror y amenazas que trajeran consigo la
noche. Colt Mason se quedaba para proteger a Josie... porque sabía que yo no
podía.
Tenía razón.
—Colt —el tono de Josie pisaba la irritación—, vamos a estar bien. Ve a
sacar la tarjeta caballeresca con otra persona.
Apreté suavemente su brazo. —No, Joze, tiene razón. Es de noche, tarde, y
hay un par de bares cerca que son frecuentados por inservibles. —Mi garganta
ardió por las palabras, pero mi orgullo no valía más que la seguridad de Josie—.
Gracias por quedarte, Colt. Lo apreciamos. —Cuando ella se quejó y apartó la vista
como si estuviera ahora enojada con los dos, añadí—: Bueno, lo aprecio.
No podrían haber sido más de un minuto o dos, pero sentado en el borde
del asiento de esa camioneta, sintiéndome un nivel por encima de indefenso
mientras que el vapor salía de las orejas de Josie y, Colt continuaba escaneando el
estacionamiento como si el peligro se escondiera en cada sombra, sentí como si ese
minuto hubiera tomado un año de mi vida. Probablemente porque en ausencia de
conversación, solo pude pensar en cómo era mi trabajo protegerla, y no podía
hacer eso.
No podía protegerla. No podía hacer el amor con ella. No podía llevarla a
una cita en mi propia camioneta. No podía dejar de ser una carga para ella. Esos
recordatorios hicieron un buen trabajo amortiguando mi estado de ánimo para el
momento en que Jesse llegó corriendo a través del estacionamiento.
—Lo siento, chicos —dijo deteniéndose frente a nosotros—. Llegamos más
tarde de lo que pensábamos.
—Déjame adivinar, ¿mal día con el cabello? —Levanté la barbilla a su
sombrero.
Se dispuso a contestar cuando se dio cuenta de la tercera persona en nuestro
pequeño grupo. Jesse se puso rígido, frunciendo el ceño. —Mason. —Hubo tan
poca calidez en eso que no podía haber sido considerado como un saludo.
—Walker. —Colt asintió, mirando en todas direcciones, excepto a Jesse.
Mis cejas se unieron mientras los observaba. Jess y Colt nunca habían sido
amigos, pero tampoco enemigos. Así que, algo pasó entre ellos para cambiar eso.
Sentí que mi boca se encrespaba hacia arriba en las esquinas. Sí, yo era malvado.
—Jesse está aquí. Puedes irte. Disfruta de tu cena. —Josie hizo un gesto
hacia nuestro amigo, que parecía tratar de no mirar a Colt.
Colt miraba entre los tres, como si estuviera tratando de decidir su siguiente
movimiento, luego suspiró y empezó a alejarse. Ese hombre podría haber sido la
pesadilla de mi existencia en mi vida anterior, pero no podía pasar por alto lo que
había hecho, incluso ante la cara de una oposición seria, sino agresión, de Josie.
—¡Oye, Colt! —No esperé que se detuviera o mirara hacia atrás—. Gracias
por cuidar de Joze.
Reconociéndome con una sacudida de mano, continuó hacia el restaurante.
Josie se dio la vuelta y me niveló con una mirada que me excitaba y me daba
ganas de retroceder a partes iguales. —Puedo cuidarme sola. Tú puedes cuidarme.
—Su dedo índice se clavó en mi esternón—. Pero Colt Mason, no. —Sus ojos se
estrecharon más antes de que se apartara de la camioneta y caminara a través del
estacionamiento.
—Maldita sea —murmuré, observándola todo el camino por si acaso las
premoniciones de Colt se hicieran realidad. Solo cuando había abierto la puerta del
restaurante y estuvo a salvo dentro, dejé de mirarla—. Está molesta.
Jesse ya tenía la silla de ruedas fuera de la cajuela de la camioneta y la estaba
abriendo. —Diría que sobrepasó eso, en realidad.
Incliné la cabeza hacia él. —Oye, gracias por el optimismo, señor rayo de
sol. ¿Dónde está la positividad y la alegría molesta que estoy acostumbrado a
recibir cuando me quejo contigo?
Luchó con la silla de ruedas durante algunos instantes antes de que apoyara
las manos en la parte posterior del asiento y exhalara. —Lo siento. He estado un
poco preocupado últimamente. Mi “alegría molesta” se ha empolvado un poco,
supongo.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Jesse mantuvo la cabeza baja mientras se acercaba a mí. —Hablémoslo más
tarde, ¿de acuerdo? Antes de que las chicas se impacienten e inviten a un par de
vaqueros a tomar nuestros lugares.
Gruñí. —Cualquier otro vaquero sería un pobre sustituto de nosotros.
Eso me ganó una sonrisa de su parte. —¿Listo? —preguntó mientras sus
brazos se deslizaban alrededor de mí.
—Llévame en tus brazos y hazme el amor tórridamente, grandote —dije
mientras colocaba un brazo alrededor de su cuello. Me levantaron un puñado de
veces diferentes personas, y nunca se hizo más fácil. Ser recogido como un niño
por tu mejor amigo, el padre de tu novia, o quien fuera, era una experiencia
humillante que ni siquiera le desearía a Colt Mason.
—No estoy seguro de poder hacerlo tórrido esta noche, pero podría lograr
un marginalmente apasionado. —Seguía sonriendo mientras me llevaba a la silla
de ruedas. No se tambaleó como la primera vez que me cargó, pero estuvo cerca—.
¿Estás perdiendo peso, Black? —Me bajó a la silla de ruedas.
—Sí. Los músculos de la parte inferior del cuerpo, junto con mis bolas, se
están encogiendo. —Levanté una ceja—. Sin embargo es una gran forma de perder
peso rápidamente. La dieta de la paralisis. La recomiendo.
Jesse se puso en cuclillas para deslizar mis botas en los puntos de apoyo de
la silla de ruedas. —Bueno, tienes que estar muy muy feliz de poder mover los
brazos y el pecho, ¿verdad? ¿Cómo si fuera un avance?
Lo vi enfocado en colocar mis piernas y pies correctamente y me pregunté si
la gente de verdad pensaba en eso como un progreso. —Supongo. Aunque si te
dijera cuánto tiempo tengo que pasar haciendo pis, no sé si eso podría aplicarse a
un verdadero progreso.
Levantó las cejas hacia mí.
—Es un asco, Jess. Solía ser capaz de hacer pis en el lapso de un largo
bostezo. Ahora tengo suerte si puedo responder a la llamada de la naturaleza en
menos de media hora.
Luego de cerrar la camioneta, se ubicó detrás de la silla de ruedas. —Aparte
de que hacer pis ocupa la mitad de tu día, ¿cómo va tu vida?
—Estelar —dije mientras la silla de ruedas crujía sobre la grava.
Suspiró. —¿Cómo va tu vida realmente?
Mi instinto fue responder con otro comentario listillo, pero si podía ser
honesto con alguien además de Josie, era Jess. —Todo al revés. Ese prácticamente
ha sido el tema de mi vida durante el último par de semanas. ¿Tú?
Me llevó por el estacionamiento a un ritmo más lento y controlado. —Al
revés se aplica a mí también.
Ajusté mi sombrero cuando nos acercamos a la entrada del restaurante.
Luego me centré en mi hebilla del cinturón, porque de alguna manera, alguien la
torció. —¿Seattle ya te reventó las pelotas? Te dije que los chicos como nosotros,
que solo conocemos los espacios abiertos y el aire fresco, nos marchitaríamos en
una gran ciudad. Me sorprende que te haya tomado todo este tiempo para llegar a
esa conclusión.
Jesse me llevó hasta la rampa, mientras que un puñado de otros iban por las
escaleras. —No, no es Seattle.
—Entonces, ¿qué diablos tiene tu vida al revés, Jess? —Me volteé en mi silla
tanto como pude para mirarlo. Toda nuestra vida, él nunca había sido de los que se
preocupaba o se ponía cabizbajo. Ese era yo. Al escuchar ese tono de vacilación o
ansiedad o algo similar en su voz, me detuve.
A medida que subíamos hacia la entrada, un par de personas esperando por
una mesa mantuvieron las puertas abiertas para nosotros y se hicieron a un lado.
Jesse les dio las gracias con una sonrisa y un movimiento de cabeza mientras yo
trataba de no contar cada par de ojos llenos de compasión y alivio que aterrizaron
en mí por más de un persistente momento.
—Más tarde —respondió con firmeza en su voz, y fue entonces cuando lo
entendí.
¿Qué podría causar que el mundo entero de Jesse se volteara al revés? ¿Qué
podría hacer que su felicidad y despreocupación tomaran un descanso temporal?
¿Cuál podía ser la razón por la que se cayera de rodillas?
La respuesta no debería haberme sorprendido, y sin duda no debería haber
tardado tanto tiempo en adivinarlo.
—¿Rowen? —Lo miré—. Esto tiene algo que ver con Rowen, ¿no es así?
Jesse tenía una cara de póquer tan mala que habría sido mejor que no tratara
de engañar a nadie. La mirada que me dio ahora lo puso en un nivel diferente.
—Hablaremos de esto más tarde, Black. —Su voz era firme en tanto que me
llevó a la recepción—. Cuando no estemos rodeados de una veintena de personas
que prestan atención a cada palabra que está diciendo Garth Black.
Eché un vistazo a la multitud que esperaba mesas. —Entre tú y yo, Jess, no
creo que sean exactamente mis palabras a las que prestan atención ahora mismo.
—Cuando cruzamos a una pareja mayor mirándome, saludé, pero no se dieron
cuenta. Estaban demasiado ocupados viendo mis piernas como para ver mi mano.
Nunca entré a este restaurante, o a cualquier otro lugar en la ciudad, sin
mantener la cabeza en alto, a pesar de los rumores arraigados al fantasma del
apellido Black. Esta podría ser mi primera experiencia en asistir en silla de ruedas
al mejor restaurante de la ciudad, pero no empezaría a bajar la mirada y encorvar
los hombros. Sin embargo, sería un mentiroso si dijera que no fue difícil. En mi
primera salida oficial como Garth Black paralítico, nadie me lo hizo fácil. Todos los
ojos se volvieron hacia mí y se sentía como si estuvieran haciendo agujeros en mi
nuca, profundizándose más y más hasta que salían por el otro lado.
—Sigo desde aquí, Jess. Gracias por la ayuda. —Bajé las manos a las ruedas.
Jesse, captando mi señal al instante, quitó sus manos de las empuñaduras de
la silla de ruedas y caminó por el restaurante a mi lado. —Nuestra mesa reservada
se encuentra por ahí junto a la ventana. —Levantó la barbilla hacia la parte trasera
del restaurante donde solo podía distinguir la cabeza de Rowen.
Miré alrededor de la gran sala llena de mesas y sillas. Se sentía más como
una carrera de obstáculos o un laberinto. Jesse debe haber inspeccionado el
restaurante con mis ojos, porque después de un momento, exhaló.
—Garth, lo siento. Ni siquiera pensé en ello cuando la anfitriona nos sentó
allí. —Negó con la cabeza—. Trataré de conseguir una mesa cerca.
Le agarré la muñeca antes de que pudiera irse. —Está bien. —Me moví hacia
lo que parecía ser el camino más ancho—. Solo quería darle a las chicas un minuto
más para ponerse al día con sus chismes antes de que llegáramos. Además, se
supone que estos lugares son accesibles para las personas discapacitadas. —Me
encontré con el respaldo de una silla. Por fortuna, estaba vacía—. Solo ayúdame en
caso de que vaya a atropellar a un niño pequeño o algo así.
Jesse me siguió, tomando claramente su tarea con seriedad. Cuando vio un
trozo de pan en mi camino, se colocó delante de mí y lo pateó a un lado. Hizo lo
mismo cuando notó el cubo blando de un bebé. A pesar de que en vez de patearlo,
lo recogió, lo limpió en su camisa, y lo colocó en los bracitos regordetes del bebé
con una sonrisa. El niño agitaba sus brazos y piernas, engatusándolo mientras que
la madre le daba las gracias. Rowen se habría puesto territorial si hubiera notado la
forma en la que la mirada de la mujer se desvió hacia la parte trasera de Jesse y se
demoró demasiado tiempo para alguien en una mesa con, quien supuse, era su
familia.
—Tuviste suerte de que ese anillo no se cayera de tu bolsillo cuando estabas
cabalgando a ese toro... —Me miró por el rabillo del ojo.
Después de haber sido desnudado en el hospital antes de ponerme una bata
clínica, Jesse fue el encargado de recoger mi ropa y mis cosas personales. Supuse
que era mejor que fuera él a Josie, pero sabía que no debía esperar que no trajera el
tema. Había esperado que lo abordara desde que deslizó esos pantalones vaqueros
doblados en el cajón de la cómoda del hospital con una ceja levantada dirigida en
mi dirección.
—¿Cuánto tiempo más esperas guardar ese anillo en tu bolsillo?
Seguí avanzando con los ojos hacia adelante. —Tanto mientras esté en esta
maldita cosa.
—¿Por qué lo compraste si no planeabas hacer algo con él? —me preguntó.
—Porque estaba planeando pedirle a Josie que se casara conmigo.
—¿Y eso ha cambiado?
Negué con la cabeza y apreté la mandíbula. —No, eso no ha cambiado, pero
yo sí.
La cara de Jesse se arrugó un momento antes de que negara con la cabeza.
—Sí, no entiendo esa manera de pensar, pero tú sabrás.
Mi mandíbula se mantuvo apretada. —Nadie te pidió que lo entendieras,
grandote, así que ¿por qué no acabamos con este tema del anillo antes de que a
Josie le zumben los oídos?
Se encogió de hombros, a lo que supuse que estaba de acuerdo, y desde el
otro lado del restaurante, un grupo de chicos lo saludó con la mano, indicándole
que se acerque. Cuando respondió con un gesto de disculpa, señalando a Rowen a
solo unas pocas mesas, los chicos ondearon algunos látigos imaginarios antes de
volver a sus cervezas. Conocía a algunos de ellos, pero ninguno me saludó ni hizo
contacto visual conmigo. Supuse que tenía más que ver con que estuviera más a la
altura de un niño que de un adulto.
—Adoración. —Levanté una ceja—. ¿Cómo se siente?
Jesse soltó una carcajada, empujando una silla vacía a un lado para dejarme
espacio extra. —Tú lo sabes mejor que yo, supongo, Garth Black, jinete profesional
de toros.
Me aseguré de que se diera cuenta de cómo actuaba la habitación. Las mesas
de gente me miraba de una manera similar a como se mira a las personas en la sala
de espera. —Esto no es adoración, Jess. Sino un choque de trenes personificado
rodando justo delante de sus ojos.
Negó con la cabeza hacia mí mientras pasábamos las últimas mesas antes de
llegar a la nuestra. Me sentía como si hubiera soportado algún tipo de angustioso
viaje de vida, y todo lo que había hecho era atravesar un restaurante concurrido.
Fue entonces cuando noté a Colt. Estaba a un par de mesas, sentado con su
familia. Toda su familia. Un par de sus hermanos me miró fijamente con sonrisas,
empujándose unos a otros y susurrando algo que tenía que haber sido bastante
gracioso por la forma en que sus risas hicieron eco por todo el restaurante. Colt los
empujó, tratando de callarlos, pero solo los hizo reír más. Me hallaba tan ocupado
mirándolos que choqué de golpe con el respaldo de una silla. Una silla ocupada
por alguien. La mujer dejó escapar un ¡ahhhh! fuerte antes de levantar de golpe la
cabeza para ver lo que había sucedido.
—Lo siento, señora —dije al instante, rodando lejos de su silla. Cuando se
dio la vuelta en su asiento, me di cuenta de la mancha de color púrpura oscura
fresca en la blusa y la copa de vino volcada delante de ella—. Ah, mierda. Dios, lo
siento.
Cuando los labios fruncidos se veían en peligro de quedarse de esa manera,
noté la gran cantidad de niños escalonados alrededor de la mesa, mirándome como
si fuera el diablo por maldecir el nombre del Señor en vano.
Desde la mesa de los Mason, más risas recorrieron el restaurante. Sentí mi
cara queriendo enrojecerse, mi cuerpo con ganas de desaparecer bajo las tablas del
piso, mientras la mujer y, lo que se sentía como todo el restaurante, me miraban,
señalaban o se reían de mí. Fue entonces cuando apareció Josie, en cuclillas a mi
lado y enfrentó a la mujer.
Le cubrió la mano con una de las suyas y puso una sonrisa. —Lo siento,
señora Grueller. Voy a dejarle mi número, y quiero que me llame una vez que sepa
cuánto va a costar la tintorería o el reemplazo de su blusa. Estaremos más que
encantados de ocuparnos. Tengo una chaqueta en mi camioneta que traeré y puede
usarla si gusta. Somos casi de la misma talla, estoy segura.
La expresión de la mujer se suavizó en el espacio de unas pocas palabras,
acabando casi pacífica para el final de su disculpa. Josie se puso de pie cuando la
señora Grueller sacudió la cabeza. —No te preocupes, querida. Tengo seis niños
menores de diez años. No sabría qué hacer si no hubiera ya pasado por una
mancha de comida o dos durante una merienda. —Le sonrió, dándole golpecitos
en la mano—. Saluda a tu madre por mí, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Y asegúrese de pasar pronto antes de que se terminen todas
las frambuesas. Solo Dios sabe cuántos sándwiches de PB & J necesitará con esta
camada. —Señaló a algunos de los niños.
—Lo haré. La mermelada de frambuesa, después de todo, deja una mancha
impresionante. —Después de compartir una risa, se despidieron. Incluso a mí me
despidió amablemente cuando pasé a su lado.
—¿Ves los beneficios de tener más amigos que enemigos? —susurró Josie en
mi oído, con lo que parecía, una sonrisa victoriosa.
—¿Personas que aprovechan tus arbustos de frambuesa para alimentar a su
manada de descendencia?
Estaba a medio suspiro cuando lancé mi brazo alrededor de su cuello y
acerqué su cara a la mía. La ira que surgió en el estacionamiento ya desapareció, y
regresó a su habitual humor divertido. Una de las mejores cosas de Joze era su
capacidad de pasar y superar emociones como un niño la mañana de Navidad. Se
permitía sentir lo necesario, y luego avanzaba.
—Lamento lo que pasó en el estacionamiento —dije cuando nos dirigimos a
nuestra mesa. Solo me había tomado veinte minutos—. ¿Me perdonas?
—¿Es una pregunta retórica? —Sonriéndome, un brillo de picardía iluminó
sus ojos justo antes de que saltara a mi regazo.
Una ráfaga de aire se me escapó de los pulmones por el impacto, pero me
recuperé rápidamente. Ella echó los brazos alrededor de mi cuello y se acomodó en
mi regazo para poder estar perpendicularmente frente a mí. Envolví un brazo en
su cintura y usé la otra para llevarnos a la mesa.
En el restaurante podrían haber estado mirándome antes, pero ahora me
veían realmente. Como si el encontrarme paralizado no fuera lo suficientemente
malo, era inequívocamente peor que una mujer hermosa, sana y completa quisiera
sentarse en mi regazo para verme con unos ojos casi de adoración. De la manera en
que medía las miradas de la gente, la fidelidad de Josie era la parte más trágica de
todo el asunto.
Me daban ganas de levantar ambos dedos medios a todo el restaurante, pero
ya les había dado a los espectadores suficiente atención. No la merecían, Josie sí. Se
la daría el resto de la noche.
—Chicos, ¿se excitan al hacer una gran escena en público o algo parecido?
—La nariz de Rowen se arrugó a medida que rodábamos hacia la mesa.
Quitaron una silla de uno de los lugares, el cual supuse que era para mí.
Josie parpadeó, mirándola a través de la mesa. —¿Ustedes no? —Entonces,
sin previo aviso o indicación, se giró en mi regazo, como lo hizo en la camioneta, y
dejó caer su boca a la mía mientras me quitaba el gorro y curvaba sus dedos en mi
cabello.
—Mierda, Joze —suspiré, mordiéndole el labio inferior en tanto continuaba
besándome de una forma que no era exactamente clasificación para toda la familia.
Cuando su lengua se deslizó más allá de mis dientes, atándose con la mía,
un coro de quejidos y comentarios circularon por la mesa... y, por los sonidos de
los mismos, también por el restaurante. En la mesa de Mason alguien gritó que nos
buscáramos un cuarto, seguido de un comentario diciendo que la embarazaría si la
besaba de esa manera. Del otro lado de la habitación, en lo que suponía era la mesa
de los amigos de Jesse, estallaron gritos y aplausos, intercalados con el tintineo de
las botellas de cerveza.
Del otro lado de la mesa, otra distintiva señal de disgusto vino de Rowen.
—Ya basta con sus libidos hiperactivos. No me pongan más nauseabunda
de lo que estoy.
Cuando nuestras bocas se mantuvieron conectadas, con su lengua todavía
haciéndole cosas a la mía que me hicieron desear haber aceptado su oferta afuera
en la camioneta, algo me golpeó al lado de la frente.
—Basta, chicos —dijo Rowen, agarrando otra trozo de pan para lanzarme en
caso de que Josie y yo no podamos o queramos separarnos. A su lado, Jesse se
removió en su asiento como si acabara de ver a su abuela desnuda en un día frío—.
Vine aquí para comer y ponerme al día con ustedes, no para que me expongan
peligrosamente a vaciar el contenido de mi estómago en mi regazo.
Josie puso un último beso en mi boca antes de volverme a poner el gorro y
salirse de mi regazo. —No niegues que eso te puso toda caliente y prácticamente
jadeosa por llevar a Jesse a la cama esta noche. —Mientras se sentaba en la silla
junto a mí, le guiñó a él—. Me lo puedes agradecer después.
Jesse se sonrojó de un tono impresionantemente profundo y se enterró más
en su menú.
—Tienes razón. No puedo esperar para meterme en la cama esta noche —
respondió Rowen—. Para así dormir, hibernar, caer en coma o lo que sea necesario
para que pueda terminar el día sin sentir que me contagié de mono. —Con un
bostezo, acomodó su cabeza en el hombro de Jesse, y él envolvió un brazo a su
alrededor.
Josie movió las cejas hacia ellos. —Deja de mantenerla despierta toda la
noche, Jesse. Las mujeres pueden parecer invencibles, pero todavía tenemos el
aplazamiento de sueño de vez en cuando.
La señaló a Rowen medio dormida sobre él, sus ojos más cerrados que
abiertos. —Esto no es mi culpa. Ni siquiera hemos...
—Oh, sí, es tu culpa —lo interrumpió, dándole una mirada mordaz, pero
manteniendo la cabeza en su hombro—. Buen intento, vaquero.
El rostro de Jesse todavía seguía rojo, pero se volvió más rojo después de
eso. Me incliné hacia adelante, inspeccionándolos con cuidado. Josie hizo lo
mismo.
—¿Qué diablos ocurre con ustedes dos? —pregunté, resumiendo todas las
preguntas dando vueltas en mi cabeza.
Rowen sacudió la cabeza y trató de reprimir el siguiente bostezo. —Uh-uh.
Estamos aquí para hablar sobre cómo estás y cómo va tu vida, no sobre nosotros.
Jesse le lanzó a su esposa una mirada. Un mensaje secreto pasó entre ellos, y
justo cuando me hallaba a punto de golpear las palmas en la mesa y demandar lo
que ocurría, nuestro mesero llegó para tomar las órdenes de bebidas. Jesse ordenó
un refresco de cola junto conmigo, como siempre lo hacía ahora que prácticamente
dejé de beber. Las chicas por lo general seguirían ordenando un trago, pero Rowen
pidió un refresco de lima limón. Josie se quejó de no querer ser la única borracha
del grupo y terminó ordenando un refresco de cereza.
Ondeé mi dedo alrededor de la mesa. —¿Los cuatro estamos juntos y
ninguno va a tomar? Señal del fin del mundo.
Jesse se aclaró la garganta intencionalmente.
Rodando los ojos, modifiqué mi comentario inicial. —Bien, los tres estamos
juntos y ninguno va a tomar. —En esta ocasión, mi dedo se limitó a señalar a Josie,
Rowen y a mí.
—Así que, en serio, ¿cómo la llevas, Black? —Rowen cavó por un pan en la
cesta antes de pasarla por la mesa. Abría la boca para responder cuando añadió—:
Sin ser sarcástico y sabelotodo en la versión, por favor.
Josie se rio entre dientes al tiempo que colocaba un trozo de pan en mi plato
y enganchando uno en el suyo.
—Estoy bien, supongo —dije, sintiendo que sería menos tortuoso si me
engraparan los ojos abiertos que hablar sobre cómo estaba y mis... sentimientos.
—¿Supones que estás bien? —repitió Rowen al tiempo que extendía la
mantequilla en el pan. Cuando terminó, lo partió a la mitad y le dio un pedazo a
Jesse. Él se la volvió a poner en el plato—. ¿Qué significa eso en términos “no
vagos”?
Corté un pedazo de pan y lo mastiqué más tiempo del necesario. —Significa
que tengo días buenos y malos como antes. Solo que ahora vivo esos días en una
silla de ruedas. —Mis palabras salieron más afiladas de lo que intenté, pero si
molesté a alguien en la mesa, no lo demostraron.
—¿Cuáles son las últimas noticias sobre tu columna vertebral? ¿Cuánto
tiempo más piensan que estarás en esa silla de ruedas? —Rowen tomó un sorbo de
su agua después de darle un pequeño bocado a su pan. Hizo una mueca y tomó
otro sorbo. Jesse parecía estar mirándola sin pestañear.
—¿Por qué todo el mundo sigue preguntándome eso? —dije, agarrando los
brazos de la silla de ruedas—. ¿Por qué todos se preocupan tanto de que me
levante cuando no son los que están atados a ella? ¿Por qué se preocupan tanto por
lo que pasa con mi columna?
La mano de Josie cayó a mi pierna y le dio un apretón que me advirtió que
me enfriara. Mis ojos se cerraron y respiré profundo. Me hallaba a punto de pedirle
perdón a Rowen cuando habló otra vez.
—Todos nos preocupamos por ti, tu columna y tu disposición defensiva
porque nos importas. También estuvimos cerca para verte paralizado del cuello
para abajo a solamente la cintura para abajo, y esperamos que la tendencia de
movilidad continúe. —Rowen tomó otro sorbo de agua.
Jesse escaneó el restaurante, el alivio inundando su expresión cuando vio
que el camarero se acercaba con nuestras bebidas.
—Si no nos importara lo que te ocurrió, no te preguntaríamos, así que no te
enojes con nosotros por preocuparnos. Sería mucho más sencillo el no hacerlo. —
Sus palabras eran punzantes, pero con tono tranquilo, como si estuviera cuidando
un dolor de cabeza—. Así que, ¿por qué no dejas el acto del imbécil por un par de
horas de modo que podamos disfrutar del resto de la noche? Puedes volver a él
mañana, si quieres.
Josie apretó los labios para evitar sonreír mientras miraba fijamente a su
regazo, y Jesse lucía como si se encontrara a punto de parar al mesero antes de que
entráramos a una de nuestras acaloradas discusiones. Cuando el mesero colocó
nuestras bebidas en frente de nosotros, Rowen bebió la mitad de su refresco antes
de que acabáramos de ordenar. Todos pedimos la fajita Nueva York, pero cuando
Rowen pidió la suya término medio como el resto de nosotros, la frente de Jesse se
arrugó.
Ella levantó los ojos al techo. —Haz ese medio cocido.
—Si alguien se entera que la esposa de uno de los nombres más grandes de
cría de ganado en la zona ordena un bistec un pelo por debajo de bien cocido, el
nombre Walker se manchará seriamente —dije en voz baja.
Esta vez fue Jesse quien levantó los ojos al techo.
—Josie mencionó algo sobre una resonancia magnética —dijo Rowen con
una pajita entre los dientes—. Que más que nada te niegas a que te hagan una
porque eres un tacaño. ¿Es verdad?
Envolví mi brazo alrededor del cuello de Josie, la atraje cerca, y desordené
su cabello con la otra mano. —Traidora. —Le di a su cabello otra sacudida antes de
dejarla ir—. En pocas palabras, sí, es verdad. El doctor Murphy recomendó una
resonancia magnética, y sí, costaría más que el pequeño y acogedor remolque en el
que crecí cuando estaba en su mejor momento, además el tema es que la resonancia
no me mejorará. No puede diagnosticar algo que no se puede arreglar con cirugía
o terapia. Todo lo que haría es decirnos qué pasó, así que pienso que me ahorraré
los cinco grandes, pero gracias por preguntar.
—¿Están seguros de que la caída no te rompió también algo dentro de la
cabeza? ¿La parte que regula el pensamiento lógico?
Puse mi más impresionante sonrisa, pero si se inmutó Rowen, no lo
demostró. —Esa parte fue bloqueada cuando era un bebé y Clay me dejó caer de su
mano antes que a una botella de aguardiente.
—Hazte la resonancia —dijo Rowen, seguido de un suspiro—. Aunque sea
solo por tu paz mental.
—Oye, Sterling-Walker, no necesito paz mental para aceptar lo que me
ocurre, no necesito paz mental para aceptar lo que me ocurrirá en el futuro. Sin
embargo, lo que sí necesito son los cinco grandes ya que sería afortunado de que
me contrataran a medio tiempo en la tienda de segunda mano en Main, el sueldo
de la gente suele ser mierda y gana el salario mínimo.
—Garth... —comenzó Rowen, sacudiendo la cabeza.
—Estoy paralizado. Cada día que sigo de esta manera añade unos puntos
porcentuales a las probabilidades de que siga así para siempre. La máquina de lujo
no me va a decir algo que no sepa ya. —Tomé un largo trago de mi refresco de
cola, deseando haber pedido un whisky doble. No me enojaba con Rowen por
hacer preguntas, sino con las preguntas por existir en sí. Me enojé con la situación
que me había puesto en la posición para que ese tipo de preguntas existieran. Me
sentía furioso conmigo por no ser capaz de arreglar esto, hallar todas las respuestas
ni hacer las paces con mis malditas ideas sobre lo que debería hacer al avanzar.
Rowen llevó su asiento hacia adelante, estrechando los ojos hacia mí de una
forma que me tenía preparándome para recibirlo, cuando Jesse habló: —Entonces,
vamos a mudarnos de regreso a Willow Springs. —Miró a su mujer, pareciendo
medir sus emociones—. Al menos durante una parte del año.
Eso cambió el tema de conversación muy rápido. Las cabezas de Josie y mía
se giraron hacia él, con nuestras mandíbulas prácticamente abiertas.
—¿Qué dijiste? —comentó Josie, inclinándose hacia adelante—. Pensé que
acababan de comprar un apartamento en Seattle, se instalaban en toda la escena
grunge, acostumbraban a llevar paraguas a todos lados y reemplazaban los colores
en su armario con gris y negro.
Rowen arqueó una ceja en su dirección. —Nuestro apartamento es una
palabra elegante para un armario de abrigos, y mi armario ya estaba lleno de negro
y gris, muchas gracias.
Josie y yo vemos entre ellos dos, esperando el remate. Sé que Jesse no era un
gran fanático de la vida en la ciudad, pero él se habría mudado al centro de Nueva
York si eso significaba estar con Rowen, y la carrera de ésta como artista estaba
despegando en la Costa Oeste. Por qué de repente decidieron vivir entre Montana
y Seattle, no podía entenderlo.
—¿Qué pasa? —preguntó Josie en lugar de como yo lo había expresado
antes: ¿Qué diablos ocurre?
Jesse se removió en su asiento mientras tomaba un sorbo de refresco. —Se le
dificulta cada vez más a papá administrar el rancho, así que pensamos en pasar
tres o cuatro meses durante el verano ayudando.
—Además, la idea de pasar el resto de mi vida atrapada entre rascacielos,
personas y el clima nublado es suficiente para volverme loca —agregó Rowen,
terminando su refresco. Cuando nos encontró a Josie y a mí mirándola, añadió—:
Más loca de lo que ya estoy, al menos.
—Pero te encanta la ciudad —dijo Josie.
Rowen levantó un hombro. —No es nada.
La frente de Josie se arrugó. —Y con los trabajos de ambos, ¿no va a causarle
problemas que simplemente se vayan por unos meses cada año?
—La mayoría de las grandes exposiciones de arte se llevan a cabo durante el
otoño y la primavera, y puedo pintar, esculpir y dibujar en Montana tan fácilmente
como puedo hacerlo en Seattle. —Rowen regresó su cabeza al hombro de Jesse y
alcanzó su mano—. Él ha sido muy trabajador todo este tiempo, y ni siquiera una
vez se ha quejado, pero no extrañará trabajar en construcción. Nació en un rancho.
Se crió en un rancho. Es ahí donde pertenece.
—Es ahí donde él pertenece... —dio a entender Josie.
La barbilla de Jesse se enroscó en la cabeza de Rowen, su expresión casi con
problemas.
—Y yo pertenezco con él —respondió firmemente—. No es justo esperar
que se mude lejos de las personas y lugares que conoce cuando podemos hacer que
esto funcione. Además, extraño Montana.
Josie sonrió. —Es la mierda de vaca molida en los pisos, ¿verdad? Atractivo
en tantos niveles.
—No —respondió, guiñándonos—. Es más la gente llena de mierda de vaca
lo que extraño.
—Santa mierda de vaca. Qué bien por ustedes, chicos. —Me recosté en mi
silla y sonreí a mis amigos, que estaría viendo más seguido que solo los fines de
semana ocasionales—. ¿Esto va a ocurrir este verano o el siguiente?
—Va a pasar tan pronto como sea posible —respondió Rowen, seguido por
Jesse sacudiendo la cabeza.
—Aún no hemos decidido nada —dijo—. Primero tenemos que encontrar
una casa cerca del rancho, o construir una, y hay un montón de otras cosas por
resolver.
—¿Qué más se tiene que resolver, Jess? Además de en qué lado de la cama
dormirás... —pregunté a medida que el mesero llegó con una gran bandeja a punto
de desbordarse con filetes y complementos.
Levantó sus ojos a los míos. Vi algo en ellos que no pude traducir. —Muchas
cosas.
El mesero ya ponía el plato de Josie frente a ella cuando Rowen empujó
hacia atrás su silla, se tapó la boca y corrió por el restaurante antes de que Josie se
diera cuenta que se había ido.
—Mierda, Garth —gruñó Jesse, tirando la servilleta sobre la mesa mientras
se levantaba—. Pensé que te dije que no ordenaras la crema de espinacas.
Mi ceño se frunció. —¿Cuándo diablos me dijiste eso? —Agité el tenedor
hacia la bandeja—. ¿Y por qué diablos me dirías eso?
Todo lo que hizo fue negar con la cabeza en mi dirección antes de seguir a
su esposa, que supuse había desaparecido en el baño de mujeres. No sabía con
seguridad qué era lo que haría cuando llegara ahí, pero obviamente no estaba
contento conmigo.
—¿Qué lo tiene tan raro? —murmuré hacia Jesse al tiempo que el mesero
terminaba de colocar los platos frente a las illas, lanzando una preocupada mirada
en la dirección de los baños—. ¿Y cuál es el problema con la crema de espinacas?
Siempre ordeno crema de espinacas. Nunca lo había molestado antes. Algo ocurre
con esos dos.
Josie se le quedó mirando a los asientos vacíos de Rowen y Jesse, arrugando
la frente. —¿Qué crees que sea?
Miré a los baños. —No sé, pero no es nada bueno. Jesse ha estado nervioso
toda la noche, y Rowen ha sido especialmente irritable. Siempre me preocupó eso,
que fueran tan diferentes, su periodo de luna de miel va a terminar más rápido, y
cuando ocurra, esas diferencias los distanciarán.
Josie cortó su carne. —No creo que se enamoraran a causa de sus
diferencias.
Todavía trataba de analizar lo que ocurrió y lo que ocurría. Raramente había
visto a Rowen y Jesse tan abatidos como pareja, y me estaba afectando. Si ellos no
podían lograrlo, ¿qué esperanza quedaba para el resto de nosotros? —Entonces,
¿por qué?
Josie me dio un codazo y terminó de masticar. —Cielos, no lo sé... tal vez
porque se amaban. —Otro codazo—. No es como si tú y yo seamos exactamente
iguales, así que mejor ten cuidado con lo que dices.
Vi como los dos cortábamos nuestra carne desde el mismo ángulo, en el
mismo lugar, y apuñalábamos el trozo con la punta de los cuchillos en lugar de
nuestros tenedores para llevarlo a la boca. —Joze, tú y yo somos tan parecidos que
tanto tu madre como tu padre rezan todas las noches para que no lo seamos.
Terminó de masticar, luego me besó en la mejilla. —Ah, eso es lo más dulce
que me has dicho. Nada expresa el romance como que impliquen que tu mujer es
tu equivalente idiota con tetas.
—Me gusta pensar que somos tenaces.
—Puedes considerarnos así o que tú mismo tienes la tenacidad que quieras,
pero eso no significa que esa sea la palabra que las personas susurran detrás de tu
espalda. —Levantó la vista, ya que algo capturó su atención.
Cuando seguí su mirada, me di cuenta que dos chicos se dirigían vacilantes
a nuestra mesa. —¿Más admiradores tuyos? —le murmuré.
Levantó la barbilla hacia ellos. —Diría que por las servilletas y bolígrafos en
sus manos, son admiradores tuyos.
Tenía razón. Cada uno de ellos llevaba una servilleta de papel en una mano
y un bolígrafo en la otra. Parecía que pasó tanto tiempo que no me habían pedido
un autógrafo, y ocurrieron tantas cosas desde eso, que se sentía como otra vida.
—Disculpe, señor Black, sentimos mucho interrumpir su cena… —empezó
el niño mayor, que parecía tener alrededor de unos doce años.
—Pero, ¿podemos tener su autógrafo por favor? —El más joven de los dos
niños elevó la voz, tendiendo la servilleta y un bolígrafo.
Josie bajó su cubierto de plata, sonriendo entre los chicos y yo. Ella deslizó
mi plato un poco a un lado para darme espacio para que firme las servilletas.
—Por supuesto que pueden tener mi autógrafo. —Agarré el bolígrafo y la
servilleta del niño más joven primero—. Son solo cien dólares por firma. ¿Cuántas
les gustaría? —Cuando alcé la vista para encontrar dos caras cambiando rápido a
un estado de shock, seguido por el codo de Josie chocando con el mío, sonreí—. Es
una broma. No tiene costo.
Las caras de los chicos no podrían haber recibido nada más tranquilizante.
El mayor deslizó la servilleta delante de mí. —Estoy aprendiendo a montar
toros. Mi papá me está enseñando.
Me concentré en mi firma. —Sí, también mi padre me enseñó. —Me guardé
para mí todas las otras lecciones que él trató de enseñarme con el ejemplo.
—Él dice que si sigo practicando, voy a ser capaz de empezar a competir el
próximo verano. —El chico se irguió un poco más alto, casi capaz de mirarme a los
ojos, a diferencia del pequeño que solo sonreía y rebotaba en el lugar.
—Parece que estás trabajando duro. Bien por ti. —Empecé a firmar en la
segunda servilleta—. No dejes que nadie te diga que tienes que pasar un montón
de tiempo trabajando con las pesas o una bola de equilibrio o que algo más. La
única manera de convertirse en un mejor jinete de toros es, en realidad, montando
toros.
Una mirada seria descendió sobre la cara del niño mientras asentía, como si
estuviera archivando con cuidado cada palabra. —Sí, señor.
El más joven, ya que no quería quedarse atrás, sacó el pecho y enganchó sus
pulgares en las trabillas de sus vaqueros. —Yo también monto.
—¿Sí? Pues bien por ti. Empecé cuando tenía tu edad.
El mayor rodó los ojos. —Tú montas ovejas, Colby. No toros como yo.
El niño le dio, a quien supuse que era su hermano, un empujón. —Tú
tampoco montas toros. Montas novillos.
Las mejillas de ambos se enrojecieron de ser desafiado por el otro, por lo que
me incliné hacia delante. —Uno tiene que empezar en alguna parte, ¿verdad? ¿Qué
crees que pasaría si montas en un monstruoso brahman1 la primera vez?
—Probablemente te harías daño —dijo el más grande.
—O te mueres —agregó el pequeño.
—Empieza de a poco. Practica mucho. Monta a lo grande. —Cuando les di
sus servilletas, el más grande sacó un teléfono de su bolsillo trasero.

1 Raza bovina.
—Podríamos, ya sabe, ¿sacarnos una foto con usted? —Tragó saliva.
Josie sonreía junto a mí, obviamente, mucho más contenta con este tipo de
seguidores que los despreciables.
—Eso, van a ser otros cien —dije antes de acercarme más—. Por supuesto
que pueden. Solo asegúrense de devolver el favor cuando los dos sean famosos
jinetes de toros.
—Lo haremos, señor —dijeron al unísono.
—Dame, yo la tomaré. —Josie se paró de su asiento y rodeó a los chicos—.
Pónganse de pie a los lados de Garth.
Empecé a alejar la silla de ruedas de la mesa, así en su foto no contaría con
la presencia de un filete de lomo de medio kilo, pero con eso ellos se detuvieron y
sus ojos viajaron adonde me encontraba sentado. Las cejas de ambos se fruncieron,
lo que fue casi divertido… hasta que me di cuenta de la razón de su confusión.
—¿Qué pasó? —preguntó el más joven, mirando boquiabierto.
Incliné la cabeza, ya que no anticipé tener que explicar lo que sucedió a la
gente en mi ciudad natal desde que asumí que todos conocían todos los asuntos de
los demás dos minutos después de que dicho asunto ocurriera. Que dos chicos que
todavía eran admiradores tuvieran que escuchar lo que me había pasado, no era lo
que esperaba encontrar en la cena. Sí esperaba las miradas y susurros; la sorpresa y
la consternación de averiguar lo que había pasado, no lo tenía en los planes.
—Quité mi atención del toro durante una fracción de segundo, y me tiró con
fuerza. Aterricé de cabeza, y tengo mucha suerte de no haberme lastimado allí. —
Mantuve la voz en calma, tratando de explicar de la manera más lógica que pude.
Los chicos me miraron como si hubiese atestiguado que su héroe fue
derrotado por el villano.
—¿Se rompió las piernas? —preguntó uno de ellos—. ¿Cuánto tiempo va a
estar en la silla de ruedas?
Si tan solo me hubiera roto las piernas. Al menos tendría la seguridad de
que los huesos se curarían, mientras que el daño del nervio espinal puede que
no. —No, estoy paralizado. —Cuando la mano de Josie fue a su cadera, añadí—. Al
menos por ahora. Cuánto tiempo esté en la silla de ruedas depende de si me quedo
de esta manera durante un tiempo o para siempre.
La boca del más joven se abrió. —¿Podría estar en una silla de ruedas para
siempre? ¿Nunca podrá montar de nuevo?
Josie se aclaró la garganta y dio a los chicos una mirada que habría hecho
que me congele. —¿Quieren su foto o no?
El mayor tomó el teléfono y comenzó a retroceder. Su hermano más joven lo
siguió.
—Está bien. —La mirada del mayor se centró en mi silla de ruedas, como si
eso fuera lo único que podía ver. El hombre al que tanto idolatraba antes, ahora se
encontraba definido por la silla—. Gracias. Perdone las molestias. —Agarrando el
brazo de su hermano, lo apartó de la mesa y se dirigió de nuevo por donde habían
venido.
Josie los observó, con las manos en las caderas.
Cuando empezó a caminar tras ellos, hablé: —No vale la pena, Joze.
—Sí que vale la pena. —Apuntó en su dirección—. Su mamá claramente no
les enseñó modales, así que creo que lo haré yo. Mientras les doy un golpe en la
parte posterior de sus cabezas.
—Joze —dije cuando empezó a marcharse.
Algo en mi voz debió llamarle la atención, porque se detuvo y me miró. Lo
que vio en mi cara debe haber sido suficiente para hacer que se olvide de los niños
por un momento, porque se dio la vuelta y se agachó a mi lado.
—Ya he tenido una noche lo bastante dura sin que vayas como una novia
loca a atacar a un par de niños por no querer una foto conmigo después de verme
en esta cosa.
Se mordió el interior de la mejilla, conteniendo todas las cosas que quería
decir.
—Entre la sugerencia de Colt Mason de que no podría protegerte más, luego
todos los ojos en mí mientras atravesaba este lugar, y derramar el vino en la blusa
de la amiga de tu madre… —Negué con la cabeza, con la esperanza de que futuras
salidas fueran más tranquilas—. Por favor, no vayas y traigas aún más la atención
en nosotros por darle una golpiza a un par de chicos.
Dejó escapar un suspiro. —Se lo merecen.
—Tal vez, pero no estoy seguro de que pueda soportar más esta noche. —
Me acerqué y apoyé la mano sobre la suya, que agarraba la mesa como si fuera a
romperla.
—Bien. Por ti, no voy a ir a hacer una escena. Pero no por esos pequeños
idiotas. —Miró por donde los niños habían desaparecido un momento más antes
de regresar a su silla.
Pude ver su molestia por lo que había sucedido, y la verdad es que yo me
sentía probablemente igual de molesto, pero tenía que mantener la calma para
evitar un enfrentamiento. Si se enteraba que lo que ocurrió me afectó tanto como a
ella, sería imposible impedir que los siga y les dé su merecido.
Después de una inspección informal al restaurante, me encontré con que un
buen cuarto de las mesas variaba entre vistazos ocasionales en mi dirección y
miradas sin arrepentimientos con una mezcla de lástima y repulsión en sus ojos. La
carne que lucía y olía increíble ahora parecía insípida cuando levanté el tenedor y
el cuchillo.
—Aquí vienen. —Josie levantó la cabeza hacia Jesse y Rowen dirigiéndose
de vuelta a la mesa.
—Rowen luce muy mal —dije en voz baja. Su cara se veía más pálida y
como si le doliera todo—. Jesse se ve peor —añadí—. Es suficiente. Le preguntaré a
los dos, sin rodeos, qué diablos ocurre. No puedo aguantarlo más. Son nuestros
mejores amigos, y lo que les preocupa, también me preocupa a mí. No me puedo
sentar aquí y seguir fingiendo que todo está bien. —Tomé un sorbo de mi refresco
y me acomodé en mi silla de ruedas para lo que ciertamente sería una conversación
incómoda—. ¿Qué crees que sucede?
Josie no me miraba boquiabierta, pero casi. —Ya sé lo que está pasando con
ellos. Es bastante obvio. Lo que no es obvio es por qué aún no lo has descubierto.
—¿Lo sabes? —Me giré hacia ella y susurré—: Dime.
—¿Que te diga qué? —preguntó Rowen con un brazo envuelto alrededor de
su estómago mientras Jesse le ayudaba con su silla.
Josie levantó una ceja en mi dirección, manteniendo los labios sellados.
Le lancé una sonrisa antes de enfrentarme a nuestros amigos. Tomando aire,
miré a Rowen, ya que Jesse se hallaba demasiado ocupado mirándola como si ella
estuviera a punto de explotar. —Dígannos lo que les está pasando. ¿Por qué los
dos están actuando así… no tan ustedes?
Rowen suspiró por mi impresionante prosa.
—Sí, vamos —dijo Josie, empujando su plato—. ¿Cuánto tiempo más van a
tenernos en suspenso?
Rowen y Jesse intercambiaron una mirada. Ella se encogió de hombros, él
suspiró.
—No me di cuenta que pedir una Sprite, el mal humor, el cansancio, y la
huida al baño los mantuvo en suspenso —dijo, indicando el vaso de gaseosa vacío
delante de ella.
Parpadeé a todos alrededor de la mesa. —¿De qué hablan, por el amor de
Cristo?
Josie sacudió la cabeza y gimió como si estuviera desesperada.
Rowen puso el dorso de la mano en el pecho de mi amigo. —Jesse me dejó
embarazada. —Él hizo una mueca—. Así que ahí lo tienen. Se acabó el suspenso.
Me quedé congelado por un minuto, repitiendo lo que acababa de decir.
¿Jesse hizo qué? ¿Eso significaba que Rowen estaba qué? ¿Quería decir que pronto
serían qué? De todas las cosas que consideré que ocurría entre ellos, que Rowen
tenga un bollo en el horno no fue una de ellas.
—¿Qué? —le dije, aunque salió más como un susurro y fue cubierto por los
chillidos de Josie al mismo tiempo que, con su excitación, golpeó la mesa en varias
ocasiones.
—¡Lo sabía! —chilló, alertando a la mitad del restaurante —. Lo sabía. Me di
cuenta en el momento en que los vi, chicos.
—Fue este tono de verde pútrido con el que brillo, ¿verdad? —Rowen giró
el dedo alrededor de su cara—. ¿O fueron los círculos oscuros bajo los ojos de no
poder dormir, a pesar de pasar todo el día agotada? ¿O fue la panza que ya está
empezando a notarse de mis vaqueros no-tan-ajustados? —Se acarició la barriga,
haciendo que mi mirada se moviera allí.
Había un bebé dentro de su estómago. Creciendo. Un mini Jesse o Rowen
nacería en el mundo en cuánto… ¿seis meses? ¿Doce? ¿Cuánto tiempo pasa hasta
que nace un bebé? Sabía que oscilaba en algún lugar entre seis a doce meses, pero
por la forma en que todo vino de golpe, un pequeño Sterling-Walker bien podría
nacer mañana.
Josie se movió. —Como sea. Te ves increíble. No sé, era algo en tus ojos.
Algo en Jesse. Esa mezcla de “estoy aterrada y emocionada al mismo tiempo”. Es
como si estuvieras llevando un cartel que anunciara que estaban embarazados.
Rowen olió, arrugando la nariz justo antes de que su mirada se posara en la
crema de espinacas en frente de mí. Antes de que pudiera hacer algo, Jesse la robó
y se la llevó de nuevo a la cocina. Refunfuñé, robando algunas de sus patatas.
—Bueno, tal vez no te hemos engañado, pero yo diría que le dimos a Garth
el susto de su vida. —Rowen me sonrió a mi aspecto todavía aturdido mientras
cortaba su carne.
—Para ser alguien tan mundano y espabilado, se podría pensar que no sería
tan inconsciente sobre este tipo de cosas, ¿no? —Josie no paraba de rebotar en su
asiento—. Dios, estoy tan emocionada por ustedes. ¿Un bebé? En serio, creo que
me podría hacer pis en los pantalones en este momento.
—Si lo haces, asegúrate de no cambiarte en el último cubículo, porque he
vomitado en ese un par de veces y el olor del vómito es, sin duda, persistente. —
Como si no hubiera estado hablando de vomitar, se metió un bocado de carne en la
boca y tragó con un pequeño gemido. Nunca había sido muy carnívora, era más
como vegetariana que comía pollo o pescado en ocasiones, pero en este momento,
actuaba como si quisiera hacer el amor con ese pedazo de carne. Supuse que era la
parte de Jesse en el bebé dentro de ella; hijo de un ranchero que ansiaba una buena
carne roja incluso en el útero.
—Qué asco, pero gracias por el consejo. —Josie agarró mi mano y le dio un
apretón impresionante.
Al verla tan feliz no pude evitar contagiarme. Era contagiosa. En realidad, la
mayor parte de sus emociones lo eran. Lo que ella sentía, de alguna manera, se
convertía en lo que yo sentía.
—¿Cuántos meses llevas? ¿Qué tal ha sido hasta ahora? ¿Cuándo es la fecha
del nacimiento? ¿Ya sabes el sexo? ¿Has pensado en nombres? ¿Has elaborado un
registro? ¿Puedo organizar el baby shower? ¿Puedo ser niñera? ¿Puedo ponerme a
disposición para cuando y donde necesites una mano con el bebé?
Rowen tuvo que interrumpirla. —Oye, tranquila, curiosa. Ve despacio.
Junto con mi energía y la resistencia del estómago, este pequeño gremlin está
chupando mi capacidad intelectual. Una pregunta a la vez, por favor. Dos como
máximo.
La mano de Josie no dejó de apretarme la mía. Iba a cortarme la circulación
pronto si no cedía. —¿Cuándo es la fecha de nacimiento?
—El treinta de noviembre —respondió al instante, como si la fecha estuviera
en la punta de la lengua en todo momento.
—Así que te estarías… —Movió la cabeza de lado a lado—. ¿De tres meses?
—Casi doce semanas hasta la fecha.
—Supongo que es algo sin sentido preguntar cómo estás, ya que acabas de
admitir que te sientes horrible, ¿cierto? —Frunció el ceño mientras acariciaba una
de las manos de Rowen—. Pero se supone que será así hasta después del primer
trimestre, ¿verdad? Debes comenzar a sentirte mejor pronto.
Ella apartó la mirada, centrándose en cortar otro pedazo de su carne. —Sí,
debería. Con suerte. —Se movió en su asiento.
Justo mientras Josie parecía a punto de hacer su próxima pregunta, Jesse
regresó, habiéndome privado con éxito de mi crema de espinacas. —La mayoría de
las mujeres se sienten mejor después del primer trimestre —dijo mientras tomaba
asiento y miró a Rowen, de nuevo con nervios en su expresión. Siempre había sido
atento con ella, casi rayando la protección, pero esto era otra cosa. Esto fue casi
como si estuviera tratando de asegurarse de que ella no había desaparecido. Como
si le preocupara que la aparten de él en cualquier momento.
—¿Qué quieres decir con “la mayoría de las mujeres”, Jess? —Mis primeras
palabras probablemente deberían haber sido algo relacionado con felicidades, pero
sabía que ocurría algo. Algo además del embarazo de Rowen.
Si Josie se dio cuenta de cómo se comportaba Jesse o lo que yo acababa de
preguntar, no le estaba afectando de la misma forma que a mí. —Embarazada a los
veinte. —Se rió, sacudiendo la cabeza—. Y tú me acusaste de ser pueblerina.
Rowen hizo girar el tenedor en el aire. —Sí, sí, lo que sea. Usábamos casi
todos los anticonceptivos que tuve en mis manos, pero parece que tenemos una
máquina sexual —colocó su dedo pulgar en el pecho de Jesse— que los atravesó a
cada uno de ellos.
Josie le dio una mirada que le hizo acomodarse en su asiento. —Jesse, qué
tigre eres.
Le articulé “lo siento”, pero seguía demasiado ocupado empezando a sudar
de ver a Rowen.
—Entonces, ¿te encuentras más emocionada o cagándote en los pantalones?
—preguntó Josie, llamando al camarero y haciendo señas al vaso vacío de Rowen.
Él lo tomó para volver a llenarlo, y Rowen les sonrió en agradecimiento a los
dos.
—Cuando no estoy vomitando, empiezo a emocionarme —le respondió,
cubriéndose el estómago con una de sus manos. Jesse deslizó la suya por encima,
entrelazando sus dedos con los de ella—. Él se está haciendo en los pantalones.
Josie miró boquiabierta a Jesse. —¿Por qué? —Sacudió la cabeza, claramente
perpleja—. Serás uno de los mejores papás del mundo. Detrás de ti, mi amor. —Se
inclinó para besar la comisura de mis labios.
Mi estómago se retorció en varias docenas de nudos a la mención de Josie de
convertirme en padre, y no como antes cuando pensaba en qué tipo de padre tuve
y el ejemplo opuesto que me había dejado. No, esto lo causó la comprensión de
que nunca podría engendrar un hijo en mi condición actual. Comencé a sentir un
sudor frío.
O sea, me di cuenta de que con todo inmóvil al sur de mi cintura, no podía
despertarlo, pero solo estuve centrado en un aspecto de ese gran inconveniente.
Había estado demasiado ocupado luchando con la triste realidad para pasar a la
siguiente conclusión lógica: la parte de los hijos. Puede faltarme mucho para que
piense en renacuajos, pero sabía que en algún lugar dentro de mí estaba enterrado
el deseo de tener hijos. Para demostrar que el apellido Black no era sinónimo de
padres de mierda y bebedores campeones. Quería hijos algún día… pero ahora ese
día podría llegar nunca.
La habitación empezó a cerrarse a mi alrededor, el aire se hizo cada vez más
escaso hasta que me sentí a punto de jadear.
Al otro lado de la mesa, Jesse se aclaró la garganta y finalmente arrancó su
mirada de Rowen. Se frotó la cara con una mano, manteniendo la otra firmemente
plantada en el estómago de su mujer. No sabía a quien trataba de proteger más: a
ella o al bebé. —Había una razón por la que usábamos tantas formas diferentes de
anticonceptivos. —Miró entre nosotros como si esperara que lo entendiéramos.
Josie se encogió de hombros. —¿Debido a que no querías embarazar a tu
novia joven y fértil tan pronto?
Jesse exhaló y con un movimiento de cabeza, lo entendí. Entendí de donde
venían el miedo, la duda y la vena protectora bordeando lo insalubre. Sus palabras
casi reflejaron mis pensamientos.
—Debido a que no es seguro para Rowen tener hijos.
Ella suspiró pero no ofreció ningún argumento. Josie adoptó mi postura
anterior de quedarme congelado.
—¿A qué te refieres? —Tragué—. Porque hacer crecer una personita en su
estómago, luego intentar sacarlo por algo aparentemente demasiado pequeño no
parece muy seguro para ninguna mujer.
Falló mi intento de aligerar el ambiente. En su lugar, la mesa pareció hacerse
más silenciosa.
—No, me refiero a que no es seguro porque es posible que su corazón no sea
capaz de soportar la tensión del embarazo y el parto. —Cuando acabó, su rostro
parecía a punto de desfigurarse, pero se mantuvo tranquilo. Siempre fue tan fuerte,
un pilar entre los trabajadores rudos, pero tener que hacerle frente a esto debía ser
demasiado. Todo hombre tenía un punto de ruptura, y la idea de perder a su
esposa e hijo por nacer era el de Jesse Walker.
—¿Qué quieres decir con que su corazón tal vez no lo soporte? —preguntó
Josie, comprendiendo la pesadez de la situación.
Jesse contuvo el aliento, pero Rowen lo salvó de la explicación. —Quiere
decir que hace aproximadamente un año, fui a mi médico porque me sentía débil y
sin aliento cada vez que intentaba hacer ejercicio. Sí, lo sé. El ejercicio y yo; nunca
lo vieron venir, ¿verdad? La manía por la salud en Seattle se te contagia. —Ese
intento de aligerar la situación tampoco funcionó. Cuando el camarero le puso un
vaso fresco de Sprite delante, tomó un sorbo como si estuviera ahogándose—. En
fin, me diagnosticaron algo llamado estenosis aórtica. Es una afección cardíaca que
básicamente significa que no tolero el estrés físico en mi cuerpo tan bien como otra
persona. Probablemente lo he tenido toda mi vida, pero no me di cuenta hasta que
empecé a llevar mi cuerpo a sus límites más altos.
Jesse todavía no había tocado su comida. De hecho, ni siquiera creía que
haya notado que llegó.
—No es que se le recomienda encarecidamente no embarazarse a alguien
con este tipo de cosas, pero me pone en una categoría de mayor riesgo —dijo.
Jesse se tronó el cuello y rodó los hombros. —No, pero el médico le aconsejó
someterse a una cirugía para corregir el problema antes de quedar embarazada.
Por eso estábamos cuadruplicando los anticonceptivos, pero ahora… —Le falló la
voz por un momento, luego continuó—: No pueden operarla durante el embarazo.
No pueden garantizar que Rowen y el bebé sobrevivirán a esto... No pueden hacer
nada. Parece que todo lo que estamos haciendo es esperar a ver qué pasa, yendo y
viniendo entre celebraciones sobre el milagro y mordiéndonos las uñas ante una
posible tragedia.
Exhalé y sacudí la cabeza. Sostenerse precariamente desde la cornisa de la
esperanza y el miedo era un concepto con el que estaba muy familiarizado después
de la semana pasada.
Rowen se giró en su asiento para mirar a Jesse. Esperó a que la mire, y
cuando finalmente lo hizo, presionó la mano en su pecho y se acercó más. —Voy a
estar bien. El bebé va a estar bien. —Asintió como si estuviera esperando a que él
asienta junto con ella.
No pudo. Él sabía que ninguna cantidad de asentimientos le garantizaría la
seguridad de su esposa y del niño. Jesse podría haber sido un optimista hasta un
grado incomprensible, pero no sesgaba la realidad con las falsas esperanzas. Los
números, las estadísticas no mienten; lo sabía.
Rowen se quedó volteada en su asiento, pero se giró hacia nosotros. —Todo
va a estar bien.
No era mi hermana ni mi novia ni siquiera una amiga de toda la vida, pero
la oleada de pánico que sentí al comprender que su vida estaba en peligro indicó lo
contrario. ¿Cómo sería el mundo sin Rowen Sterling-Walker agitando sus plumas?
Tedioso. Aburrido. Y monocromático en el mejor de los casos.
—¿Nos dices que Rowen podría morir? ¿Que el bebé podría morir? —Señalé
a su estómago mientras dirigía las preguntas a Jesse.
—¡Garth! —espetó Josie.
—¿Qué? Por el aspecto de él, Jesse está organizando un par de funerales al
mismo tiempo que tiene que enfrentarse a ser papá. No esperes que ofrezca unas
simples felicitaciones y pase a discutir lo que todos tenemos planeado para el fin
de semana del Cuatro de Julio, porque no puedo hacer eso, Joze. No puedo fingir
que algo no sucede cuando claramente es así. No puedo barrer algo debajo de la
alfombra…
Fue su ceño cada vez más pronunciado con cada frase lo que finalmente me
llamó la atención. Ese ceño me lanzó mis palabras a la cara, acusándome de ser un
hipócrita. Sabía que tenía razón. Conmigo mismo, me sentía feliz de barrer lo que
ocurría debajo de la alfombra junto con el resto de las motas de polvo, pero cuando
se trataba de las personas que me importaban, quería respuestas. Quería sopesar
las opciones.
Me incliné sobre la mesa hacia él, haciendo caso omiso de la mirada de
advertencia de Josie. —¿De qué estamos hablando aquí, Jess? ¿Qué estadística les
dio el médico, chicos?
Los ojos de Jesse se cerraron, arrugando tanto su frente que desplazó su
sombrero hacia abajo sobre su cabeza. —Él nos dio una estadística mucho más alta
de la que me habría gustado escuchar.
Maldije en voz baja, incapaz de evitar mirar a Rowen como si se estuviera
alejando de nosotros, y lo único que podía hacer era observar mientras tanto. Josie
dejó de rebotar en el asiento del nerviosismo. Toda la mesa quedó sin emoción y
colmada con la pesadez de la incertidumbre. Rowen se encorvó en su asiento,
cubriendo con las manos su estómago, y luciendo un poco asustada por sí misma.
El temor y el pánico en la cara de Jesse solamente aumentó con seriedad, y Josie
parecía que estaba a dos segundos de llorar a gritos.
—Rowen tiene razón —dije, señalándola—. Todo va a estar bien, así que
podemos pasar los próximos seis meses volviéndonos locos y partiéndonos la
cabeza con algo que no va a pasar, o podemos levantar nuestros vasos llenos de
soda, hacer un brindis y celebrar por el pequeño Sterling-Walker. —Elevé la Coca-
Cola, devolviéndole la sonrisa cuando ésta se formó.
Su Sprite se unió a la mía en el aire unos momentos después. El vaso de
Josie vino después, y finalmente, después de bajar con fuerza su brazo sobre la
mesa, Jesse se unió a nuestro trío de copas.
—Salud —dije mientras entrechocamos los vasos—, y felicidades. Ese feto es
un chiquillo con suerte por terminar con ustedes dos como padres. —Una risa se
escapó de la boca de Rowen y se extendió lentamente alrededor de la mesa—. Si
hay algo que podemos hacer por ustedes, háganoslo saber. Sin embargo, no seré su
instructor de respaldo en el parto, Jess, así que mejor asegúrate de permanecer
cerca cuando tu esposa dé a luz. Me dejaría cicatrices permanentes, y ya estoy lo
suficientemente dañado.
Josie se secó los ojos, pero una lágrima aún corrió por sus mejillas y rodeó su
sonrisa. —Felicitaciones. Estoy muy emocionada por los dos. Garth tiene razón,
vamos a mantener la esperanza en lugar de dejar que el miedo nos controle, ¿de
acuerdo? Además, tenemos cosas importantes que discutir. Como los colores del
tema del baby shower que voy a dar este otoño. —Le hizo un guiño a Rowen antes
de arrojar fechas y algo acerca de juegos.
Fue entonces cuando me desconecté. —Quién iba a decir que yo sería el que
arroje luz en esta situación cuando tú te encontrabas presente.
Jesse abrió los ojos, mirando a su plato sin verlo realmente. Mis palabras no
le habían apaciguado tanto como a las chicas.
—Rowen va a estar bien, Jess. Vamos. Tienes que saber eso. —Bajé la voz y
me incliné sobre la mesa—. Es imposible que tú o yo dejemos que algo las aleje a
ella o a su bebé de este mundo, ¿me oyes? Eso no va a suceder, por lo que deja de
pensar eso en este momento.
Se quedó mirando su plato durante un minuto antes de alzar la vista. —No
puedo perderla. Ella es mi mundo entero. No puedo perderla.
Podía identificarme tanto con la expresión de su cara en ese momento. Era la
misma mirada que llevaría por todas partes si Josie estuviera en la posición de
Rowen. —No la vas a perder.
Esperé esa luz en sus ojos que me diga que estaba de acuerdo, ese parpadeo
de desafío que siga mi ejemplo, pero nunca llegó. Jesse se preocuparía hasta que
sostuviera a su bebé y besara a su esposa en la frente. No iba a encontrar un lugar
apacible hasta que tuviera a su familia en los brazos al final de todo esto.
La mano de Josie se entrelazó con la mía otra vez. Seguía ocupada hablando
con Rowen, y nadie en la mesa parecía interesado en los caros filetes. Excepto por
la mujer embarazada. Ella mordisqueaba delicadamente el suyo, probablemente
debido a que su estómago estuvo revuelto durante los últimos tres meses.
—No puedo creer esto. Estoy tan, tan emocionada que no sé cómo voy a
aguantar hasta noviembre —dijo Josie.
—El final de noviembre —agregó Rowen, lo que la hizo gemir.
—¿Cuándo sabrás lo que es?
Terminó de masticar y tragar. —Es un bebé, Josie. Ya sabemos lo que es.
Al otro lado de la mesa, detecté un indicio de una sonrisa amenazando con
arruinar la expresión sombría de Jesse.
—Tu estado de ánimo ha empeorado desde que te embarazaste, ¿sabes? —
Josie le lanzó un paquete de azúcar, riendo.
Más rápido que una bala (no es broma) la mano de Jesse se lanzó al frente y
agarró el paquete de azúcar en el aire.
Rowen le dio las gracias con una palmadita en la mejilla. —Mi héroe.
—Oh, vamos. ¿Cuándo vas a averiguar el sexo del bebé? ¿En cinco meses?
¿Seis? No puedo recordar cuando pueden saberlo con seguridad. —Descansó los
codos encima de la mesa y se apoyó en ellos como si estuviera embelesada.
Puede que no me sienta como ella acerca de todos los temas de la naturaleza
del bebé, pero era agradable tener la conversación —dicha o no— alejada de mí, de
lo que pasó y lo que sucedería.
—Lo sabremos en el momento en que lo hayan arrancado de mi estómago
como un extraterrestre, rezumando en mugre y hedor de placenta. —Rowen me
sonrió cuando solté un gruñido en voz alta.
—Lo bueno es que no estoy tratando de comer aquí —dije, empujando mi
carne aún más lejos—. Porque lo habría lanzado como un proyectil por todo el
lugar.
—¿En serio no van a saber hasta que lo tengas? —preguntó Josie.
Se encogió de hombros. —En serio. Nos gustan las sorpresas.
—Algunas sorpresas —dijo Jesse, tomando un bocado de carne del tenedor
de Rowen cuando ella lo levantó a su boca.
—¿Por qué lo sacarían de tu estómago? ¿No lo hacen solo después de probar
—Me miró y vio la expresión contraída en mi cara—, después de probar la forma
más natural?
Solté el aliento que estuve conteniendo, agradecido de que la palabra con v
no fue dicha en la mesa. No sabía qué sucedía con el embarazo o el proceso de
parto que me ponía tan receloso, pero no era capaz de escuchar información sobre
el tema sin estremecerme. Quizá era porque nunca podría entenderlo ya que mi
cuerpo no llevaba el mismo tipo de equipamiento, o tal vez era porque todo el
proceso escapaba de mi control, salvo por el inicio, y yo prosperaba gracias a éste.
O tal vez el motivo era otro que aún tenía que identificar, pero de cualquier forma,
quería hundir los dedos en mis oídos y ahogar los detalles.
—Con el tema de mi corazón —dijo Rowen, apuñalando su ensalada con el
tenedor—, no quieren agregar el estrés del parto natural. Van a programar una
cesárea para salvarme del estrés.
La nariz de Josie se arrugó. —¿Y abrirte y dejar una cicatriz de por vida en el
área del bikini es cómo piensan disminuir tu estrés?
Rowen sonrió. —Lo sé, ¿verdad? Idiotas.
Jesse se acercó más a su esposa, bajando las manos y sujetando los lados de
su pequeño estómago, lo que silenció a la mesa. —La audición del bebé se está
desarrollando ahora. Puede escuchar. Este es un recordatorio amistoso para que
contengan sus maldiciones cuando nuestro bebé esté dentro del rango de audición.
No quiero que la primera palabra de mi hija o hijo sea mierda.
—¿Por qué me miras? Fue tu esposa la que soltó la repugnante palabra. —
Estuve cuidando mi comportamiento. En su mayor parte.
—Debido a que tú, viejo amigo, eres el peor infractor en ese aspecto. —
Las manos de Jesse se quedaron alrededor del estómago de Rowen unos segundos
más antes de alejarlas.
Supuse que pensó que los oídos vírgenes de su bebé estaban a salvo de
nuevo, al menos por los próximos minutos, después de transmitir su advertencia.
Sin embargo tenía razón. Con un bebé en camino, que se convertiría en un niño
pequeño, lugo en un niño más grande… tendría que empezar a ver lo que decía en
torno a quién. Tendría que instalar un filtro, así no arruinaría al pequeño Sterling-
Walker antes de que él o ella pudiera gatear.
—Bueno, parece que han pensado en todo y hacen todo lo posible para
asegurarse de que tengas un embarazo y parto seguro, ¿verdad? —Josie retomó la
conversación desde donde la dejaron—. Parece que estás en buenas manos.
Rowen dejó caer su mano sobre el hombro de Jesse y lo apretó. —Estoy en
buenas manos.
Josie tomó un largo trago de su refresco y lo vació. Probablemente porque
estaba reseca de hablar cien palabras por minuto desde que escuchó la palabra
“bebé”. —Entonces, ¿cuántas de estas cosas quieren tener?
—Depende de cómo va este —respondió Rowen.
—Uno —dijo Jesse al mismo tiempo.
Josie rodó los ojos. —¿Uno? Es cruel. Necesitan tener por lo menos, como,
cuatro, o podrían ser como yo y querer tener una docena. —Sus ojos se iluminaron
mientras continuaba. Conociéndola, se imaginaba cada una de las caritas de sus
hijos imaginarios y los nombraba en el acto—. Quiero, literalmente, que los niños
me arrastren hasta el horno para hacer la cena cada noche. Quiero encontrarme
ronca, exhausta y agotada todas las noches cuando me meta en la cama. Quiero
estar a punto de reventar con ropa, los platos sucios y pisos de cerámica. —Sonrió
tanto como jamás la había visto, y sonreía mucho en su vida—. Sí, definitivamente
tendré una docena.
Rowen sacudió la cabeza. —No voy a envidiar la condición de tus partes
femeninas después del enésimo niño que prácticamente salga de tu vientre. Y no
voy a envidiar las cajas de pañuelos que rompas cuando tengas que limpiar narices
mocosas.
Josie solo hizo un ademán con la mano, girándose hacia mí y rebotando con
entusiasmo otra vez. —¿Podemos tener una docena, Garth? ¿Podemos literalmente
tener tantos niños que tendré que llevarlos al Club 4-H2 y la práctica de fútbol en
un autobús? ¿Podemos por favor tener tantos hijos que la gente va a comenzar a
dejar píldoras anticonceptivas en mis bebidas donde quiera que vaya para alejar la
amenaza de que un ejército Black tome el mundo? —Sus manos se envolvieron
alrededor de mi brazo mientras me miraba con algo en sus ojos que se registró aún
más alto en la escala de la felicidad y alegría.
Para Josie, la familia —tanto de sangre como de otro tipo— era de suma
importancia en su vida. Supongo que la ampliación de la misma también lo sería.
Si ella quería una docena de niños, se lo merecía. Tenía más que suficiente amor,
bondad y esa vena de aventura para repartir. Tenía tanto de sí misma para dar que
podría haber tenido un centenar de niños y todavía tendría un superávit.
Sin embargo había un problema con lo que estaba pidiendo. O, al menos, un
problema de a quien lo pedía. No podía darle esa docena de bebés. Por lo menos no
en la forma en que un hombre y una mujer estaban destinados a crear un bebé, y

2Es una organización juvenil de Estados Unidos. Las cuatro H se refieren a Head, Heart, Hands,
and Health (Cabeza, Corazón, Manos y Salud).
aunque pudiera estar convencido de trasplantar médicamente mis pequeños Garth
en su interior para que pudiéramos “concebir” juntos, ¿cómo podría mantenerme
al día con un niño mientras estuviera confinado a una silla de ruedas, y mucho
menos una docena? ¿Cómo podría mantener a una familia cuando apenas podía
pensar en formas de mantenerme a mí mismo?
Podría haber sido capaz de engendrar un hijo con la ayuda de un montón de
avances médicos, pero esa era la parte fácil. La parte difícil, la parte siguiente a la
concepción y parto, era incapaz de hacerlo en la forma en que merecerían nuestros
hijos. No quería que pasaran a través de la escuela como yo lo pasé, con comida
gratis y ropa anticuada. No quería que se avergonzaran cada vez que fuéramos
juntos a cualquier lugar, con todos señalando y mirando que venía de tener un
padre en una silla de ruedas con las piernas encogidas e inútiles. No quería
sentirme impotente cuando no pudiera subir a la casa del árbol para ayudar a mi
hijo a bajar si estuviera llorando y asustado de hacerlo solo. No quería enseñarle a
mi hijo a montar un caballo desde fuera del corral. No quería ser una molestia, un
inconveniente o una fuente de vergüenza.
Así que aunque podría haber sido capaz de engendrar a un niño, no podría
criar a uno de la manera que más importaba.
Levantando la mano, ahuequé la mejilla de Josie. No parpadeé ni una sola
vez mientras la miraba, admirándola como si fuera todo lo que podría desear pero
no podía tener si mi destino no cambiaba.
—Puedes tener lo que quieras, Joze —dije. Lo que no dije fue que podría no
ser yo quien le daría todo eso—. Si quieres una docena de niños, entonces puedes
tener una docena de niños. —No le dije que podría compartir esa docena de niños
con un hombre diferente—. Serás una madre increíble, ¿lo sabes?
Sus ojos no se pusieron vidriosos, y no esnifó ante mis palabras. En lugar de
eso, su sonrisa se hizo más grande mientras asentía. —Serás sorprendente también,
¿lo sabes?
Solo podía responderle con un asentimiento, porque si esta silla de ruedas
era una cosa permanente, la única manera para mí de ser un padre increíble sería
no convertirme en uno.
Traducido por Dannygonzal
Corregido por Miry GPE

Dos semanas. Catorce días, trescientas treinta y seis horas. Veinte mil ciento
sesenta minutos. Un millón doscientos nueve mil seiscientos segundos.
Sentí cada uno de esos segundos, todo el millón doscientos de ellos. Antes,
las dos semanas del verano pasaban tan rápidamente que tenía miedo de cerrar los
ojos por temor a despertar y encontrar que las hojas cambiaron de color, pero
ahora, atrapado en esta silla de ruedas, esos minutos y segundos jugaban conmigo,
distorsionando mi sentido del tiempo y su paso.
Nuestros amigos volvieron a Seattle para ocuparse de sus cosas, empacarlas
y traerlas de regreso a Montana por el resto del verano y el otoño hasta que el
pequeño Sterling-Walker viniera al mundo. Jesse quería que diera a luz en Seattle,
donde podrían estar rodeados de hospitales, pero Rowen quería tener a su bebé en
Montana. Ella le aseguró que un hospital en Missoula era tan capaz de traer a su
bebé como cualquiera de Seattle. No sabía si Jesse compró los pensamientos de su
esposa, pero de cualquier forma, estuvo de acuerdo con el plan.
Josie estuvo ocupada ayudando a sus padres en el rancho. Con los dos
envejeciendo, los quehaceres se volvían más difíciles y tomaban más tiempo. El
señor Gibson tenía algunos trabajadores en el rancho que le ayudaban, pero
ninguno de ellos era tan bueno en el trabajo o sabía tanto de este como Josie, así
que ella pasaba bastantes días, desde el amanecer hasta el anochecer, con los
chicos, trabajando con el ganado.
Lo que me dejaba solo con la señora Gibson o en una casa vacía. Al
principio, Josie estuvo tentada a quedarse para hacerme compañía, sin embargo
intentó que no pareciera obvio, lo que solo lo evidenció más, pero después de
recibir algunos largos sermones de mi parte acerca de que llevara su vida como lo
hacía antes o si no me mudaría, ella levantó las manos en rendición.
La mayoría de los días, al menos unas pocas veces durante cada uno, me
arrepentía de esas palabras cuando rodaba por el mismo pasillo en silencio o
miraba la misma sala vacía.
En cierto momento de mi vida, prosperé en la soledad y en su manto de
comodidad. Lo preferiría por encima del compañerismo porque, desde que eso fue
lo que aprendí de mis padres, las compañías al final se evaporaban. La soledad era
mi protección. Claro, mi amistad con Josie y Jesse de algún modo modificaron ese
punto de vista, cambiándolo de nuevo cuando se emparejaron en la preparatoria, y
cambiando básicamente para bien en el último par de años. No buscaba la soledad
como una vez lo hice. No la prefería como compañía.
Sin embargo estar en una silla de ruedas no me dio mucha opción.
La mayoría de mis amigos tenían mi edad, lo que significaba que trabajaban
duro durante los días y jugaban duro después. Hacer algo “duro” estaba más allá
de mi nivel de funcionamiento, así que aunque fui invitado a la mayoría de las
reuniones y fogatas o a salir a los bares un viernes en la noche, yo pasaba. En su
mayoría porque no quería enfriar la noche de nadie más haciéndolos sentir
obligados a quedarse a mi lado, pero también porque la idea de estar alrededor de
una banda de chicos rudos y alborotadores de Montana, cuando yo había sido el
más rudo y el más alborotador no hace mucho tiempo, era demasiado depresivo
para incluso pensarlo, por no mencionar experimentarlo.
Al principio, Josie me alentaba a unirme, pero después de un puñado de “de
ninguna manera” de mi parte y de ella trabajando duro cuidando del rancho y de
mí, frecuentemente caía en la cama a las nueve. Ella tampoco tenía la energía de
ver a nadie más.
Transcurrió un mes desde el accidente y casi tres semanas desde que tomé
residencia en la silla de ruedas. Un mes desde que estuve inicialmente paralizado
desde el cuello hacia abajo y tres semanas desde que mis piernas se quedaron de
esa manera. No intentaba pensarlo, y estaba muy seguro de que no lo decía, pero
sabía con cada día que pasaba siendo prisionero de esta silla, que la probabilidad
de que se volviera permanente se hacía más grande. Cada día que pasaba, solo
aseguraba mi futuro de pasar mi vida paralizado.
Cuando Josie adivinaba que tenía un mal caso de autocompasión, que era
más frecuente que las veces de las que se percataba, me recordaba lo afortunado
que era de estar vivo y de haber recuperado el movimiento en mis brazos y pecho.
Sabía que tenía razón. Al menos, parte de mí lo sabía, pero la otra, la más oscura
no podía creérselo. Seguro, podía ser capaz de rasurarme, lavarme los dientes y
colocarme el sombrero, pero en términos de definición de un hombre, resultaba tan
vacío en ese departamento como si aún estuviera paralizado desde el cuello… o
incluso muerto.
Ya no era bueno para nadie. Al menos no de verdad. Nadie lo diría, pero eso
no cambiaba la verdad de que me convertí en un inconveniente para los más
cercanos a mí. Personas por las que me preocupaba y que quería que fueran
capaces de expresar que el cariño y la preocupación estaban plagados con la
responsabilidad de atenderme.
La señora Gibson me hacía y me traía las comidas a diario, nunca se quejaba
y siempre con una sonrisa amable. Con alguna flor arrancada de sus jardines en un
vaso pequeño en cada una de mis bandejas. Traté de hacer mi propio desayuno de
huevos y tocino hace unas mañanas pero resultó en que no debí comenzar con algo
tan ambicioso y en cambio haber ido por cereal. El experimento terminó conmigo
salpicado de la grasa caliente del tocino y un montón de huevos rotos goteando en
el piso de la cocina. Ni siquiera podía hacerme una maldita comida.
El señor Gibson y Jesse se las arreglaron para traer mi camioneta desde
Casper, y aunque estuve aliviado de tenerla de regreso, verlo estacionado en la
entrada y recolectando polvo, se volvió más un tormento diario que el orgullo y la
alegría que fue mi camioneta antes. Ayer cuando vi maleza enredándose dentro de
las ruedas, bajé por la rampa, la arranqué, y la rompí en una docena de pedazos
pequeños como si fuera el enemigo número uno.
Al finalizar mi pequeña diatriba, encontré a la señora Gibson observándome
desde la ventana de la cocina con una expresión de preocupación. Supuse que era
más por su hija que por mí, pero al menos, no escuché a ningunos de los padres de
Josie susurrar al otro lado del comedor acerca de mí siendo un parásito bueno para
nada viviendo de la benevolencia de ella.
Pero supongo que el día llegaría, y no quería estar cerca cuando sucediera.
Los Gibson eran personas buenas, trabajaban duro, quienes se tomaron su tiempo
para recibirme pero que finalmente cambiaron de opinión sobre mí. Sin embargo,
cuales quiera que sean sus sentimientos por mí, su hija venía primero. Cuando por
fin se admitieran el uno al otro y a Josie que yo solo sería un bloque de cemento
atado a su tobillo y que la arruinaría toda su vida, quería estar preparado para
estar de acuerdo de buena gana y retroceder.
Josie parecía feliz con flotar con su cabeza en las nubes durante el último par
de semanas cuando se trataba de mis limitaciones físicas, pero yo no tenía ese lujo.
En cambio, confrontaba los peores escenarios y pesadillas. Ni siquiera tenía opción.
La amaba. Y por eso, tenía que hacer lo mejor para ella.
Cada día que pasaba, se volvía más y más evidente que yo ya no era lo
mejor para ella.
Eso se volvió abrumadoramente obvio cuando estuve rodando cerca del
granero en un intento de conseguir algo de aire fresco y vi cómo la silla de ruedas
se levantaba en terreno desigual. Tal vez si tuviera una silla de ruedas en forma de
un auto monstruosamente modificado, estaría bien, pero una silla de ruedas como
Cadillac no era exactamente deportivo. El primer pequeño terreno de lodo aspiró
las ruedas y me llevó a una parada chirriante.
Hubiera podido llamar a la señora Gibson; la casa no se encontraba lejos del
granero, y ella siempre parecía mantener sus ojos y oídos entrenados para mí, pero
no iba a arrastrar a nadie más en este lío. Yo lo haría. Incluso si me tomaba hasta la
medianoche.
Solo trabajé en liberar la silla durante unos minutos, y ya sudaba, cuando oí
una voz familiar viniendo desde el interior del granero. Josie salió más temprano
con su papá y los otros trabajadores y dijo que no regresaría hasta el almuerzo. Sin
embargo debían ser pasadas las diez. Ella hablaba con alguien, aunque no podía
percibir la voz de del otro. Dejé de luchar con mi silla de ruedas así podía enfocar
toda mi atención en escuchar.
—Garth no me dice nada. Ni siquiera sé si habla con usted desde que
dejamos su oficina hace unas semanas. —La voz de Josie era más alta de lo normal
y con un sonido más susurrado. Casi sonaba como si estuviera al borde de un
ataque de pánico. Sin embargo aún no podía percibir la otra voz—. Necesito saber,
doctor Murphy. Necesito saber qué está pasando y qué va a pasar.
Mi corazón se detuvo de repente. Y también se quedó de esa forma durante
unos latidos, lo suficientemente largos para que el dolor comenzara a manifestarse
en mi pecho. Ella se hallaba en el teléfono con mi doctor, prácticamente rogándole
información sobre mí. Era muy fresca y compuesta cuando me encontraba con ella,
pero cuando estaba sola, cuando podía ser auténtica, se rompía tanto como yo.
Debería saberlo, incluso mi valiente e intrépida Josie tenía puntos débiles en esa
armadura al parecer impenetrable.
Una persona podía ser más fuerte que la otra, pero eso venía con la carga de
sus puntos débiles, haciéndolos débiles también. Yo era uno de los de Josie, así
como al revés… pero también era el faro de mi fuerza. No necesitaba confirmación
para aceptar que había dejado de ser eso para ella.
—A la mierda la confidencialidad. Me harté de no saber nada y de que me
alimenten con un montón de mierda como si fuera un hongo. —Respiró tan
profundo que pude oírlo a través de la pared del granero—. Necesito saber qué va
a pasar —terminó con una voz tan pequeña que casi no pude percibirla.
Tenía razón; no había hablado con el doctor Murphy ni una vez desde que
dejamos su oficina. Borré muchos de los mensajes de voz de su oficina solicitando
que devolviera las llamadas y que verificara si me gustaría programar una
resonancia magnética u conseguir una referencia para la terapia. Algunas veces
enfrentar la realidad era lo suficientemente difícil sin tener que descubrir una
forma de atravesarla.
—Bien. Entonces vamos a hablar en términos hipotéticos. —Su voz regresó a
su típico volumen de molestia. Ese era un tono con el que estaba familiarizado—.
Vamos a decir que el ficticio señor Smith tiene un accidente ficticio y se lastima la
columna. Ha estado paralizado hipotéticamente de la cintura para abajo ya cerca
de un mes, después de recuperar el movimiento en sus brazos y pecho unos días
después del trauma inicial. —Tanto desdén irradiaba su tono que me impresionó
que el doctor aún no hubiera colgado. O quizá ya lo había hecho y ella todavía no
se dio cuenta—. ¿Cuál es la probabilidad, si existe alguna, de que el “señor Smith”
recupere el resto de su movilidad?
Después de eso, se quedó callada un minuto. O quizá fueron dos. Cuando oí
de nuevo a Josie, lo primero que escuché fue un largo suspiro.
—Así que en realidad dice que no hay muchas probabilidades. —Otro
suspiro lo siguió, seguido por lo que sonó como un quejido que contuvo antes de
que pudiera escapar—. Me está diciendo que el señor Smith no caminará de nuevo.
Mi pecho latió de nuevo con dolor, doblándome sobre mi silla. Lo que le
acabó de decir el doctor Murphy era algo que acepté en su mayoría hace días, pero
tener que ser testigo de su aceptación mientras yo pude confirmarlo de una manera
muy tangible aceleró mi viaje hacia el punto de quiebre que, incluso hace unas
pocas semanas, parecía tener una salida en el horizonte, ¿sin embargo ahora?,
parecía como si al extender mi brazo, mis dedos solo pudiera arañar la superficie
afilada.
—No, entiendo —dijo. Su voz parecía moverse alrededor del granero, pero
supuse que era porque estaba caminando—. Si la ciencia ficción se vuelve realidad
o un avance médico es sensacional o si los milagros de repente comienzan a salir
de la nada, el señor Smith podría caminar de nuevo. ¿Lo entiendo correctamente?
—Hizo una pausa durante unos segundos—. Eso es lo que pensé. Gracias por jugar
hipotéticamente conmigo. Odio no saber qué está pasando. Odio no ser capaz de
prepararme para lo que viene.
El camión del correo se detuvo en la entrada, haciendo el ruido suficiente
para no poder oír lo que sea que estaba o no diciendo a continuación. El buzón de
los Gibson, como el resto de los de sus vecinos, se hallaba al final del camino de
entrada, al lado de la carretera principal, pero el mensajero entregaba en mano el
correo hace años. Pensaba que tenía que ver con que la señora Gibson siempre le
ofrecía algo cuando aparecía, como un vaso de limonada fresca, té dulce, una taza
de café caliente o un té en el invierno. Hoy parecía como si acabara de preparar
algo de té y estuviera llevándole un vaso. Él apagó el camión de correos y le
agradeció con una sonrisa, acabándose el vaso en dos tragos.
Con el camión apagado, pude oír de nuevo la voz de Josie.
—¿Entonces ahora qué podemos hacer? ¿Por el señor Smith? —preguntó,
con la voz de vuelta su tono y volumen normal. La sorpresa había pasado, y ella se
remangaba las mangas—. ¿Cree que una resonancia magnética aún sería de ayuda?
¿Qué tal la terapia física? —Se quedó en silencio otro minuto—. Sí, de acuerdo. Eso
tiene sentido. Hablaré con él. No prometo que escuche, pero se lo diré.
Después de eso, tuvieron un minuto convencional de un lado para el otro
antes de que la llamada se terminara. Josie debió salir por las puertas traseras del
granero porque nunca la vi deslizarse por el frente, en donde yo estaba más cerca,
aún pegado en el lodo y sintiendo como mi pecho se convirtió en un trampolín
para una familia de elefantes.
No iba a volver a caminar. Así era. Sabía que debía estar agradecido por la
movilidad de mis brazos, pero conjurar un agradecimiento era difícil cuando mi
médico acababa de confirmarme que no caminaría. También lo oí en la voz de
Josie. La rotundidad. La aceptación. Mantuvo la esperanza por tanto tiempo que
debí haber extendido mi meñique y doblarlo alrededor de esa cuerda de esperanza
sin ni siquiera darme cuenta. Ahora que su esperanza se fue, sean cuales sean esas
pequeñas cantidades que dejé que habitaran dentro de mí, fueron asesinadas.
Pudo haber sido ese abrumador arrebato de ira que pareció crecer desde mis
pies y erosionar a través del resto de mi cuerpo lo que me sacó de ese fango. O
quizá el lodo, como todos los demás, se dio por vencido conmigo.
Mientras regresaba a la casa de los Gibson, sin saber realmente hacia donde
iba, me detuve en el camino de entrada y miré alrededor. A mi camioneta iba a
crecerle maleza en la entrada, nunca la conduciría de nuevo. Mi caballo se pondría
gordo y perezoso en el granero, nunca lo montaría otra vez. Mi novia trabajaba en
el rancho de sus padres cuando un día habíamos soñado con trabajar en el nuestro,
nunca volvería a ser un ranchero.
Toda mi vida, todo lo que había sido y todo en lo que me quería convertir,
se alejaba de mí en espiral. Los fragmentos del hombre que fui y del hombre que
quería ser se iban de mi alcance. Mi vida como la conocía estaba terminada. Mi
vida como esperaba que fuera nunca se realizaría.
El hombre que era ahora, paralizado en más formas que solo físicamente,
eran ambos, mi presente y mi futuro. Pude haber tratado de negarlo, pero no podía
mantener la fachada durante más tiempo. Tan descontrolado como se sentía todo a
mi alrededor, todavía tenía el control de una cosa. Un aspecto de mi vida que era
vitalmente importante. Josie.
Mi vida pudo ser enviada a un callejón sin salida, pero eso no significaba
que la suya también. Mi vida pudo haber terminado para todos los intentos y
propósitos, pero la suya recién empezaba. Tan simple como cerrar este capítulo de
su vida y comenzar uno nuevo, ella podría salir adelante en vez de estancarse en
este infierno, cautiva en medio de la vida y la muerte.
No supe cuánto tiempo estuve allí sentado, básicamente despidiéndome de
la vida que conocí, cuando la señora Gibson salió al pórtico, la puerta de vidrio
cerrándose detrás de ella.
—¿Garth? —llamó, limpiando sus manos en el delantal. Por la visión de la
harina empolvando su cara y manos, estuvo haciendo galletas para la cena—.
Tienes un correo. ¿Quieres que te lo deje en tu habitación, o te lo doy ahora? —
Sacó un sobre del bolsillo de su delantal y lo sostuvo en el aire.
No podía ver de quien era, pero no lo necesitaba. Esperé por semanas esa
carta. —La revisaré en este momento, señora Gibson. —Levanté mis hombros y me
abracé. Supuse que era el mejor momento para recibir la carta. Toda mi esperanza
desapareció, así que no me quedaba nada a qué aferrarme.
Cuando bajó las escalas y caminó hacia mí, puso la carta en mis manos.
—¿Necesitas algo?
Casi me reí ante la ironía de su pregunta. Necesitaba tantas cosas que podía
seguir enlistándolas hasta que la cosecha final hubiera llegado para la temporada.
De todas formas, ni siquiera la señora Gibson, con todas sus buenas intenciones,
podía ayudarme con algunas de las cosas que necesitaba.
Sacudí la cabeza. —Gracias, señora Gibson. Por todo.
Me sonrió. —Gracias por hacer siempre feliz a mi hija.
Fue difícil, pero me las arreglé para devolverle la sonrisa. Era casi como si
pudiera leer lo que sentía, casi como si supiera, como yo, que ya no podía hacer
feliz a su hija. Sostuvo mi mirada por otro momento antes de subir las escaleras y
desaparecer de nuevo dentro de la casa, dejándome solo con mi carta y mi futuro
desalentador.
No esperé para abrir la carta. La saqué y la desdoblé. Era la cuenta del
hospital, y fue tan catastrófica como anticipé. El número, literalmente, me dejó sin
aliento y terminaría acabando con la mayoría de mis ahorros. Los mismos que
estuve fundando para la compra de un gran trozo de tierra y un gran rebaño de
reses. En cambio, fui al hospital y pasé dos días allí. ¿Cómo podían un accidente y
las cuarenta y ocho horas siguientes ser los completos responsables de rehacer el
mapa de todo mi futuro?
¿Cómo un momento, un destello en el tiempo, podía ser el responsable de
cambiar toda mi existencia?
Traducido por Val_17
Corregido por Daniela Agrafojo

Como la mayoría de los planes malos, el mío comenzó de forma parecida a


una buena idea. Por lo menos lo fue hasta que llegué al segundo kilómetro. Un
kilómetro en un camión pasaba en un parpadeo. Un kilómetro a caballo pasaba
teniendo una conversación con otro peón. Un kilómetro a pie podría no pasar tan
rápido como las otras opciones, pero incluso eso era mejor que la opción en la que
quedé atrapado: andando en una silla de ruedas que fue una compra consciente en
el precio en lugar de la comodidad por parte de Rose Walker.
Había logrado bajar la larga calzada de los Gibson, la cual, gracias a Dios,
era un descenso ligero, y el primer kilómetro fue sobre una carretera pavimentada.
El segundo fue lo mismo. ¿El tercer, cuarto y quinto kilómetro? No eran nada más
que grava, caminos irregulares que hicieron que mis dientes castañearan y mis
huesos temblaran hasta el punto de ruptura.
Por fortuna estuve en las carreteras pavimentadas durante el mediodía, por
lo que la mayoría de las personas ya se encontraban en el trabajo o en la escuela. A
pesar de que era pasada la hora de almorzar para el momento en que empecé mi
último kilómetro por otro camino de tierra lleno de baches, me hallaba tan lejos
que ni un solo camión había pasado en más de una hora. Eso fue bueno, dado que
cada conductor que pasaba se detenía, asomando la cabeza por la ventanilla y
preguntando si necesitaba un aventón. Los rechacé a todos —era demasiado
orgulloso para pedir un aventón— pero si otro camión hubiera aparecido durante
el último kilómetro, podría haber levantado los brazos en señal de rendición y
rogado por un viaje a mi destino.
Mi teléfono todavía no sonaba, lo que significaba que Josie seguía afuera
haciendo el trabajo duro con el que yo debería ayudarla. Cuando se diera cuenta
de que desaparecí sin ningún aviso y comenzara a explotar mi teléfono con sus
llamadas, ya tenía un plan sobre cómo manejar la situación. Tuve ocho kilómetros
y nueve largas horas para armar ese plan, y era lo más cercano a irrefutable que
podría haber sido cualquier plan concebido en mi depravada mente.
Su primera llamada llegó un poco antes de las ocho, justo cuando rodaba los
últimos metros hacia mi destino. Las luces del pórtico no se hallaban encendidas,
tampoco las otras luces en el interior, y la pintura del exterior hacía tiempo que se
había descascarado… pero me encontraba en casa. Era mi casa. Nuestra casa. La
que compramos y planeamos arreglar juntos, y la que deseábamos convertir en un
rancho. Se veía como un pedazo de mierda, más cerca de necesitar ser demolida
que arreglada, pero era nuestro pedazo de mierda. Era nuestro sueño. Desde hace
mucho tiempo.
Rodé mientras la miraba. —Eres un pedazo de mierda, ¿lo sabes?
No respondió.
—No sé por qué demonios pensé que podría arreglarte, pero creo que por
fin he entrado en razón y te he visto por lo que eres: Un pedazo de mierda. —Me
hallaba empapado en sudor por el viaje, jadeando por el agotamiento, pero sentía
que podría maldecir hacia la casa toda la maldita noche—. Creo que realmente nos
merecemos el uno al otro. Los dos estamos desmoronándonos, más maldito trabajo
de lo que valemos, y deberíamos ser demolidos. ¿Quieres apostar cual de nosotros
no resistirá y se vendrá abajo primero?
Esta vez, la casa respondió en forma de un par de tejas deslizándose desde
el techo hasta el suelo.
—Soy un competidor serio, así que si piensas que dejar caer unas cuantas
tejas me hará temblar en mis botas, te equivocas. Ahora, si el techo se derrumbara,
eso sería otra cosa, pero en este momento, apuesto a que sobrevivirás más que yo.
—La cuenta del hospital enterrada en mi bolsillo trasero empezó a arder—. El
dinero que me queda, por lo menos.
Al terminar de lanzar insultos y blasfemias a la decrépita reliquia frente a
mí, me impulsé hacia adelante a través de la maleza y hojas marrones que crujían
bajo mis ruedas. La maleza era los restos de un patio que una vez rebosó de hierba
verde y flores que prosperaban en cada estación del año, excepto en el invierno.
Gracias a Dios había una pequeña rampa hacia el pórtico en lugar de una
larga escalera, porque entonces habría tenido que arrastrarme hasta la puerta de
entrada en vez de rodar. De alguna manera, la última opción parecía más digna.
Me tomó un par de intentos lograr que las ruedas delanteras subieran al pórtico y
un par más para lograr que el resto lo hiciera, pero una vez que lo conseguí, lo
demás fue fácil. Había sacado la puerta hacía meses ya que colgaba de una astilla,
y no manteníamos la puerta principal bloqueada ya que si alguien quisiera entrar,
todo lo que tenía que hacer era arrastrarse a través de una de las muchas ventanas
rotas alineadas en el primer piso.
Tan pronto como entré, encendí la luz del pasillo. Por suerte funcionó. Una
de mis primeras tareas cuando adquirí el título de la casa fue cambiar todas las
bombillas malas —que eran la mayoría— y reemplazarlas por unas de larga
duración y bajo consumo. No sé por qué gasté dinero extra en bombillas cuando
las regulares siempre habían funcionado bien, pero supuse que era una señal de lo
orgulloso que me sentía por ser dueño de ese pedazo de mierda. Qué ironía.
La segunda llamada de Josie llegó al tiempo que rodaba hacia el cuarto que
planeábamos hacer nuestra habitación. Era una oficina, pero ya que ninguno de los
dos podía quedarse encerrado entre cuatro paredes durante las horas del día, una
oficina sería un espacio desperdiciado. En su lugar, decidimos hacerla nuestra
habitación ya que era enorme y tenía las ventanas más grandes de la casa. Arriba,
había un puñado de habitaciones más pequeñas, pero imaginamos que esas
terminarían siendo para nuestros…
Hubo un tiempo en que imaginamos eso. Antes de que me convirtiera en un
inválido impotente y paralizado que era más problemas de lo que valía.
Ese alegre pensamiento fue el responsable de que mi puño se estrellara
contra la pared del pasillo, haciendo que saltara polvo suficiente para hacerme
toser. Esa era la otra cosa sobre este lugar… bueno, una de las muchas otras cosas
sobre este lugar, estaba cubierto con no menos de un centímetro de polvo y olía
como un popurrí de moho y suciedad. No era exactamente pan recién horneado ni
el limpiador de limón al que me acostumbré después de pasar tanto tiempo en casa
de los Gibson estos últimos dos años.
Después de ignorar su segundo intento de contactarme, mi teléfono empezó
a vibrar con mensajes de texto. Sin embargo, no los miré. Todavía no. No hasta que
estuviera dentro de nuestra habitación y en el colchón inflable que dejamos allí
para cuando necesitáramos un “descanso del trabajo”, lo que había sido por lo
menos una vez cada tarde o noche que pasamos trabajando en este lugar.
Necesitaba acostarme, recobrar el aliento, y recuperar mi ingenio antes de
contestar los mensajes de Josie, que continuaban llegando cada pocos segundos.
Necesitaba recuperar mi fortaleza agotada para que mi debilidad no hiciera algo
estúpido. Como decirle dónde me encontraba o lo que trataba de hacer o que la
amaba y siempre lo haría, y le rogara que viniera a buscarme.
Tomó un poco de trabajo descubrir la manera de salir de la silla de ruedas y
subir al colchón de aire que había sido desplazado a la esquina de la habitación.
Josie y yo normalmente lo manteníamos en el centro, pero supuse que el viento
que soplaba a través de las ventanas rotas lo movió hasta una esquina. Había unas
cuantas hojas marrones y verdes en la parte superior, pero no me molesté en
quitarlas. Solo descendí sobre él tan cuidadosamente como pude y me recosté al
momento en que mi culo golpeó el colchón.
No sé cuánto tiempo me quedé allí, mirando fijamente la pintura desgastada
del techo alto y aceptando que nunca sería capaz de subir por las escaleras para
despegar la pintura vieja antes de pintar una nueva capa del alegre color que Josie
escogió. Ella quería que el resto de las paredes se volvieran a pintar de blanco, pero
el techo lo quería azul. Parecía una elección extraña, pero cuando le pregunté, me
explicó que sería como mirar un cielo azul brillante, y que sin importar cuán gris
fuera el día o el ambiente, podíamos quedarnos dormidos recordando que un cielo
azul siempre se encontraba cerca.
Pero no alcancé a pintar el techo. No tenía un color azul-cielo por encima de
mí para levantar mi ánimo y reforzar mi determinación, así que me quedé allí,
mirando el techo gris, mohoso y agrietado, dejando que afectara mi estado de
ánimo.
Fue entonces cuando saqué el teléfono de mi bolsillo y revisé sus mensajes.
Dejé de leer después de los primeros. Cada uno se volvía más desesperado, más
suplicante, alejando mi resolución como supuse que Josie sabía que pasaría cuando
los leyera. Por lo que dejé de leer sus docenas de textos y empecé a escribir el mío.
Incluyendo una hora y un lugar, le pregunté si se reuniría conmigo mañana por la
noche para discutir el futuro. Mantuve mi mensaje corto y directo, sabiendo que la
alertaría de que algo pasaba, pero también sabiendo que estaría allí, incluso si le
pedía una reunión en la cima del edificio Empire State.
Su respuesta llegó un instante después de que envié la mía. ¿Qué ocurre?
¿En dónde te encuentras? Me estás asustando. Se supone que no debes asustarme,
Garth.
Tragué, resistiendo el impulso de hacerle saber que me encontraba bien o mi
paradero o que todo iba a estar bien y tranquilizarla como sabía que necesitaba. Si
continuaba dándole lo que necesitaba cada vez que ella lo quería, solo haría que la
ruptura fuera más dura y terrible. En su lugar, apagué mi teléfono, cerré los ojos y
traté de conciliar el sueño.
Todavía intentaba dormir cuando el sol salió horas después.
Traducido por Victoria.
Corregido por Julie

Llegué temprano, en parte porque no había estado seguro de cuánto tiempo


me tomaría “rodar” hasta allí, en parte porque sabía que Josie llegaría temprano, y
en parte porque no podría haber durado un minuto más sentado dentro de esa
gran casa sin volverme loco. Había un montón de motivos de por qué llegué a la
cima de esa colina temprano y me detuve junto al arce grande, planeando usarlo
tanto para refugio como para apoyo.
Debajo de mí estaba un pequeño manantial, tal vez solo un poco más grande
que la piscina en el centro comunitario de la ciudad. Se encontraba ubicado en la
propiedad que Josie y yo habíamos estado esperando comprar y habría sido lindo
para que el ganado bebiera en ocasiones. También servía como un lugar perfecto
para refrescarse en un día caluroso y hacer el amor bajo uno de los árboles. El pozo
se hallaba un poco lejos de la casa, pero por suerte no demasiado. Dado el terreno
irregular y la falta de carreteras o incluso de una pista rudimentaria, no habría sido
capaz de recorrer otros ocho kilómetros después del viaje de ayer.
Mis manos se hallaban cubiertas de ampollas, unas a punto de estallar y
otras que ya tenía, y mis brazos, espalda y pecho nunca se habían sentido tan
adoloridos como esta tarde, cuando me desperté después de finalmente quedarme
dormido en torno a las seis de la mañana.
Le envié un mensaje a Josie para encontrarnos en el manantial esta noche
alrededor de las nueve... pero no era conmigo con quien se reuniría. No, yo me
quedaría acampando aquí por encima del agua, sabiendo que nunca me vería
desde donde llegaría, sobre todo con el manto de la oscuridad.
Hice una llamada ayer, en algún lugar entre el cuarto y quinto kilómetro,
después de que mi plan llegara a un punto crítico de éxito, y todo lo que restaba
era llevarlo a cabo. La ejecución comenzó con una llamada a Colt Mason. En
realidad, había empezado con una llamada a los servicios de directorio, quienes
me pusieron en contacto con el mayordomo de la familia Mason, que por fin cedió
y me dio el número de Colt después de que lograra convencerlo de que éramos
viejos amigos.
Colt se sorprendió por mi llamada. Tampoco ocultó su sorpresa. Cuando le
pregunté si él se reuniría conmigo aquí esta noche, intentó de todas las maneras
decir que no, sin llegar a decirlo realmente. Cuando mencioné el nombre de Josie y
la forma en que me preocupaba y le dije que quería hablar con él sobre ella, por fin
accedió a encontrarse conmigo. Tuve que darle instrucciones hacia el manantial,
pero incluso Colt Mason debía encontrarse a la altura de navegar unos pocos
trayectos para hallar un pozo de agua en el medio de la nada. Lo esperaba. De lo
contrario, todo esto había sido en vano.
Observé el atardecer y la noche desde lo alto de mi colina, sintiendo como si
fuera la última puesta de sol de mi vida porque, en cierto modo, lo era. Mi vida con
Josie, como siempre lo había querido, llegaba a su fin esta noche. Mi vida por mi
cuenta empezaba mañana, y no necesitaba que una bola de cristal cayera del cielo
hasta mi regazo para saber que los atardeceres nunca tendrían el mismo aspecto
sin Josie en mi vida.
Las últimas cintas de color naranja y rosa desaparecían del cielo cuando
noté un conjunto familiar de faros rebotando por el camino de tierra hacia el pozo
de agua. Ese “camino” se hallaba en la frontera conmigo, probablemente a un buen
medio kilómetro, pero juré que pude ver la expresión en el rostro de Josie mientras
paró de repente donde siempre estacionábamos y miró alrededor, buscándome. De
la confusión pasó a la ira, luego a la tristeza y así sucesivamente; era como si no
pudiera decidir qué pensar sobre llegar hasta el pozo de agua solo para encontrar
que no la esperaba.
Tragué saliva y me obligué a permanecer quieto. No me rendiría después de
poner tanto esfuerzo en darle un nuevo comienzo. Uno que no incluyera cuidarme
día a día o dar vueltas sin descanso por la noche, preguntándose cómo pagaría las
facturas o alejándose tanto de sus sueños que un día se despertó sin tener ningún
recuerdo de ellos en absoluto.
Con el tiempo salió del camión. A pesar de que era casi de noche, la luna
estaba casi llena y lo suficientemente alta en el cielo para poder distinguir sus
movimientos. Su brazo se envolvió alrededor de su oído... sosteniendo algo... un
instante después, sonó mi teléfono.
—Mierda —susurré, buscándolo para silenciarlo. Debería haber imaginado
que me llamaría tan pronto como llegara y encontrara el lugar vacío. Silenciar o
apagar la cosa debería haber sido parte del plan, pero no... Al parecer no había
pensado en todo.
Después de que apagara el timbre, la miré, seguro de que había oído el eco
del timbre a través del valle y de que comenzaría a marchar en mi dirección, pero
algo más le llamó la atención. Otro conjunto de faros llegaba provisionalmente por
el mismo camino y se detuvo al lado del camión de Josie. Así que el chico de la
ciudad había conseguido llegar. Bien. Supuse que eso mejoraba todo, que Colt se
estuviera volviendo más de Montana que de California.
Bajó la ventanilla, sacó la cabeza y el brazo, y le dijo algo a Josie. No podía
oír una palabra de lo que dijo. No esperaba hacerlo. Era mejor que no pudiera oír
lo que se decían el uno al otro, pero el hecho de que mi imaginación agregara las
palabras, no facilitaba esto más que escuchar la conversación real.
Un momento más tarde, Colt se bajó de su camioneta y cerró la puerta con
fuerza. Tenía puesto uno de sus muchos sombreros de fantasía y usaba un par de
botas pulcras, pero en realidad, ni siquiera yo podría haberlo criticado demasiado
por eso. Su familia había estado aquí desde hace un tiempo, habían hecho todo lo
posible para insertarse en la comunidad, y Colt demostró ser un tipo decente…
para alguien que nació y se crió en parte en California.
Él no podría haber sido digno de Josie antes, cuando habían estado juntos, e
infiernos, tampoco lo era ahora, pero ningún hombre sería digno de Josie Gibson.
Ni siquiera si hallara una manera de aliviar el hambre del mundo en su tiempo
libre. Pero Colt Mason tenía varias cosas a su favor. Era un tipo decente que podría
mirar a un hombre a los ojos mientras le estrechaba la mano, sabía cómo respetar a
una mujer, tenía un montón de dinero, tenía un futuro prometedor, y lo mejor de
todo, no se limitaba a una silla de ruedas para el resto de su vida. Podía bailar con
Josie siempre que se le antojara, lo que ocurría a menudo. Podía hacer el amor con
ella cuando tuviera esa mirada salvaje en sus ojos… podría darle hijos.
El dolor en el pecho que me había estado rondando por semanas me golpeó
en el esternón como si algo dentro estuviera tratando de abrirse paso. La imagen
de Colt con Josie, moviéndose por encima de ella mientras susurraba su nombre,
me hizo doblarme y alcanzar el gran árbol de arce en un esfuerzo para evitar
caerme.
De lo que veía que ocurría cerca del pozo, se notaba que Josie se hallaba
molesta. Agitaba los brazos tan rápido que sus movimientos eran prácticamente
borrosos. Todas las pocas palabras que soltó hicieron eco a través del agua hacia
mí, pero eran demasiado confusas para distinguirlas. Daba vueltas a su alrededor
cada minuto o algo así, pareciendo buscar por la zona a quien supuse que era yo,
como si no hubiera renunciado a que apareciera en cualquier momento. Todavía se
aferraba a la esperanza de que saliera. De que yo no había renunciado y me alejé,
como ella siempre temió que hiciera cuando nos encontrábamos haciendo nuestro
camino hacia el otro.
Colt permaneció frío y sereno, soltando unas pocas palabras cada vez que
podía y frotándole el brazo de vez en cuando para tratar de calmarla. Ella se apartó
de él más de lo que le permitió tratar de consolarla. Eso me hizo sonreír junto con
un suspiro de alivio… entonces me recordé que el que ella lo alejara ya no era una
victoria; era un fracaso. Eso significaba que estaba pendiente de mí, y todo lo que
produciría que permaneciera conmigo era que terminara rota y destrozada cuando
mi cuerda se rompiera, como sabía que sucedería.
Después de unos diez minutos, sus brazos dejaron de moverse como un
tornado. Ella cayó en un montón al lado Colt, enterrando la cabeza en sus manos.
Por la forma en que sus hombros se movían, sabía que estaba llorando. Por la
forma en que ese movimiento se extendió al resto de su cuerpo, sabía que estaba
sollozando. Eso, más que la ira, la traición y la indignación que acababa de
presenciar, era desgarrador. Encontré mis manos cayendo a las ruedas de mi silla y
empecé a moverla hacia adelante antes de saber siquiera lo que me encontraba
haciendo.
No podía dejar de avanzar, a pesar de que sabía que no debía. No podía
dejar de moverme hacia ella, porque me necesitaba, y en el fondo de todo, sabía
que yo la necesitaba.
Ganaba impulso, la pendiente cuesta abajo empujándome hacia adelante,
cuando me di cuenta de algo que hizo que me detuviera de repente. Colt se había
agachado a su lado y le pasó un brazo por los hombros. Su cabeza estaba junto a la
de ella, y con eso, la calmó. Su cuerpo sollozante se volvió a llantos que, después
de un minuto, se convirtieron en nada.
Colt la consoló. Encontró una forma de aliviar su tristeza. No busqué otra
justificación para lo que hice, pero allí estaba. Admitiendo que en mi otra vida esto
me hubiera matado, pero en ésta, sabía que Colt era el mejor hombre.
Me quedé por unos minutos más, cerniéndome sobre esa ladera tranquila, y
sintiéndome como si estuviera atravesando la prueba más difícil de mi vida. Justo
cuando pensaba que no podía hacerlo, justo cuando había estado seguro de que no
podía dejarla ir, me di la vuelta lentamente y en voz baja susurré—: Adiós, Josie.
Traducido por Annie D & Victoria.
Corregido por Julie

Esta era la segunda vez que pasaba por la puerta de esta casa sin la euforia
manifestándose en forma de una sonrisa. Esta era la segunda vez que me movía
por el interior sabiendo que la familia con la que planeé vivir y hacer crecer dentro
de sus muros nunca se convertiría en una realidad. Esta era la segunda vez que
daba la vuelta por este pasillo tarde por la noche sintiéndome más como un
fantasma que un hombre.
Mi agarre sobre este mundo se me escapaba, y lo que sea que me esperaba
más allá de éste me jalaba más cerca. No luchaba contra eso tampoco. La idea de la
vida sin Josie era tan atractiva como pasar el resto de mi vida en una prisión de
Corea del Norte.
Me tomó una media hora llegar a casa después de abandonar mi puesto de
observación por encima del pozo de agua. Solía llevarme menos de diez minutos a
pie. De alguna manera me sentía más cansado esta noche que otra anterior, así que
me dirigí directamente hacia el dormitorio después de agarrar algo de la cocina.
Una de las cosas buenas de la vida en una pequeña comunidad era que aún
teníamos tiendas de comestibles con repartidores que entregaban huevos, leche, y
cualquier otra cosa a los ancianos de la ciudad. O a los discapacitados atrapados en
el medio de la nada con ningún medio de transporte. La nevera era vieja, pero aún
funcionaba, y Josie y yo la abastecimos con agua y refrescos, pero eso era todo.
Hallé unos productos secos en los armarios, pero si tuviera que comer otra galleta
de soda, me iba a convertir en una.
Llamé para hacer mi pedido cuando me desperté, y llegó a las pocas horas.
Al menos descubrí una manera de buscar comida: marcar al supermercado local y
esperar a que el repartidor apareciera... Mi vida apestaba.
Aparte de eso, ahora tenía algo para elegir además de galletas y barras de
granola. Pan, mortadela, mostaza, queso, patatas fritas, plátanos… lo esencial
llegó, y cuando el repartidor me vio en la silla de ruedas, hasta intentó desempacar
los víveres por mí. Lo aparté antes de que pudiera abrir la nevera, le entregué algo
de dinero y una buena propina, y dije adiós. Todavía no tenía la disposición de
aceptar lastima. Dudaba que alguna vez lo estuviera.
Después de guardar todo, mis dedos se deslizaron alrededor de una de las
principales razones por las que llamé por una entrega. Nada más que lo esencial…
Después de hacer mi pedido de comestibles, hice una llamada directa al
repartidor y le dije que le daría un extra de veinte dólares si se detenía en una
tienda diferente en su salida. Le pedí la botella más grande que podía encontrar
porque sabía que esta noche la requeriría, y tenía razón. Antes de que llegara al
dormitorio, ya tenía la tapa abierta y levantaba la botella a mis labios.
El whisky me quemó la garganta, pegándome más al momento en que
golpeó mi estómago. Dejé de beber cosas pesadas hace meses por un montón de
razones que ya no importaban. Lo dejé porque el whisky me convertía en un
imbécil, y eso usualmente iba dirigido a quien estuviera más cerca, que por lo
general resultaba ser Josie. Me encontraba solo ahora; estaría solo para siempre si
me salía con la mía; así que ya no existía razón para mantener confinada la rutina
de idiota que me venía tan naturalmente.
Deje de beber whisky, porque me hacía menos que el hombre que sabía que
podía ser… pero ya no había nadie cerca para tratar de ser un hombre mejor. No
iba a esforzarme en convertirme en un hombre mejor por mí, porque yo no era así.
No hacía cosas para ser lo mejor por mí mismo, lo hacía por las personas en mi
vida, y ese número disminuía.
Ese primer largo trago sabía tan bien y con tanto éxito me adormeció del
dolor en el pecho que bebí un segundo. Y un tercero.
Bebía el quinto y acercándome a la mitad de la gran botella cuando oí el
rugido familiar de un motor justo fuera y el sonido de la grava soltándose cuando
los neumáticos chirriaron a una parada. El motor se apagó, la puerta del conductor
se cerró, y la puerta principal de la casa se abrió de golpe en el lapso de unos diez
segundos. Oí sus pasos retumbando por el pasillo. No tuve tiempo para tapar el
whisky o encontrar un sitio para ocultarlo. No tuve tiempo para componerme o
recordarme por qué organicé todo lo que hice en las últimas veinticuatro horas. No
pensé en nada más que ella y la forma en que me hizo sentir, y la forma en que
sabía que la hice sentir cuando irrumpió en el pasillo, muy enojada a punto de
estallar por el sonido de sus pasos.
—Será mejor que estés muerto, que Dios me ayude, Garth Black, porque si
no es así, te voy a matar. —Cuando entró a la habitación, Josie se detuvo. Al
principio, algo que parecía estar cerca del alivio le cubrió la cara, pero eso fue
desechado por la ira que estaba a punto de llegar a su punto de inflexión.
—Todavía no he muerto, nena. —Mi voz sonaba mal, demasiado perezosa y
baja, pero era probablemente culpa del whisky—. Solo estoy borracho.
Sacudió la cabeza, asimilando la escena que nos rodeaba. Sus ojos se fijaron
en la botella medio vacía de líquido dorado entre mis piernas. —Estás muerto. —
Se cruzó de brazos y me niveló con una mirada—. ¿Colt Mason? ¿Ese era tu plan?
¿Reavivar la llama con Colt?
No debería haber bebido tanto tan rápidamente. Me pegó fuerte y bajó casi
todas las inhibiciones que poseía… que no eran muchas. Pero Josie era una de esas
inhibiciones, y si no tenía cuidado, sabía que cedería demasiado. Tenía que seguir
tratando de recordarme a mí mismo por qué tenía que mantenerla a un kilómetro
de distancia.
—¿Qué? Colt es un buen tipo. Pensabas eso —dije—. ¿Es tan descabellado
creer que podías sentirte así de nuevo?
No dejó de mirarme desde que entró en la habitación. No creía que incluso
hubiera tomado un descanso para parpadear. —Él es un buen tipo, uno mejor que
tú en algunos aspectos, sobre todo después de lo que hiciste esta noche, pero no es
mi chico. —Se mordió el labio por un momento—. ¿Qué creías que iba a hacer, eh?
Darle sexo por despecho junto a nuestro pozo de agua y ¿luego qué? ¿Simplemente
íbamos a pasar a vivir felices para siempre?
Tenía que tomar un descanso de su mirada, así que me di la vuelta a una de
las ventanas abiertas y miré fijo a la noche. La observé durante tanto tiempo que
podía sentir que empezaba a mirarme. —Eso no parece tan descabellado tampoco.
—Mi voz sonaba tan vacía como me sentía. Excavando a un lugar oscuro, encontré
lo que tenía que decir y me preparé para su reacción—: Y con tu apetito sexual,
además del mes en el que no has obtenido nada, pensé que prácticamente saltarías
sobre él si yo estuviera fuera de la imagen.
No la escuché acercarse, pero definitivamente escuché el chasquido de su
palma golpeando mi mejilla. Sentí la punzada también.
—Me gustaría poder odiarte en este momento, Garth Black, porque te
odiaría tanto, tanto que ni siquiera sería gracioso. Demasiado. —Su labio inferior
tembló un par de veces, pero su mirada no se vio afectada.
—Acabas de golpear a un chico en una silla de ruedas, Josie. Eso es un poco
bajo, ¿no te parece? —Me froté el lugar que me abofeteó, no porque dolía, sino
porque me recordaba que no me sentía tan entumecido como pensé. La sensación
de picazón y hormigueo que golpeó mi mandíbula contaban una historia diferente.
—No golpeé a un chico en una silla de ruedas. Te golpeé a ti. —Extendió los
brazos hacia mí—. ¿Cuándo vas a dejar de definirte por esa cosa y seguir adelante?
Mis manos bajaron a cada rueda mientras levantaba las cejas. —Un poco
difícil el seguir adelante cuando estoy paralizado.
—Todo lo que ves cuando te miras, piensas o hablas de ti mismo es la puta
silla de ruedas. No es nada más que un poco de metal, nylon y goma, pero estás
actuando como si fuera este némesis, un poder mayor o algo sobre el que no tienes
control. —Sus ojos no se movieron de los míos, ni una sola vez—. Si todo lo que
quieres ver cuando te miras a ti mismo es esa silla, es tu problema, pero no hagas
que el resto seamos tan cortos de vista.
Bajé más el sombrero en mi frente. Para Josie, eso podría haber sido cierto.
Casi no parecía darse cuenta de mi silla de ruedas a menos que lo mencionara,
pero todo el mundo era diferente. En vez de mirarme a los ojos, sus miradas se
desplazaban de la silla a mis piernas.
Una brisa entró por la ventana, alcanzando mi cara. Era lo suficientemente
fría para calmar la neblina del whisky, aunque solo parcialmente, ya que fue
temporal. —¿Cómo me encontraste?
Oí sus pasos más cerca y su sorbo de nariz. —Todo lo que tenía que hacer
era seguir el olor del cobarde —dijo, seguida de otro sorbo. No discutí o traté de
negarlo, porque tenía razón, yo era un cobarde, pero mis motivos eran nobles, por
lo que, al menos, era un cobarde honorable—. No puedo creer que no lo descifré
antes, pero supongo que estaba un poco ocupada entrando en pánico sobre donde
te encontrabas y conducía por la ciudad, revisando hasta el último de tus viejos
refugios y preguntando si alguien te vio, mientras llamaba hasta el último amigo y
enemigo tuyo de los que tenía el número.
Mi teléfono seguía apagado, probablemente a punto de morir, y ya que no
tenía una manera de cargarlo, se quedaría de esa manera. Sin embargo, eso estaba
bien. Un celular era una conveniencia moderna sin la que podría vivir, sobre todo
cuando me imaginaba los sermones que recibiría de Rowen y Jesse cuando se
enteraran de lo que hice. —Supongo que eso explica por qué tengo unas pocas
docenas de mensajes de voz y textos de los Sterling-Walker.
Un bufido vino de Josie, que todavía se encontraba fuera de vista detrás de
mí. Eso era bueno también. Era más fácil hablar con ella cuando no la miraba. O
por lo menos era más fácil hablar y enmascarar lo que sentía cuando no la miraba.
—Ellos estaban tan preocupados que se encontraban a punto de saltar al
camión y transportarse hasta aquí para ayudarme a buscarte, pero ahí me llegó tu
mensaje para reunirnos. —Una nota amarga se enterró profundamente en la voz
de Josie—. No fue genial de tu parte estresar a una mujer embarazada; una mujer
embarazada de alto riesgo, Garth. Como si necesitaras más mal karma apilado
contra ti.
Otra ráfaga de aire fresco sopló más allá de mí. —No fui el que los llamó y
les dijo que desaparecí.
Dio dos sólidos pasos más cerca, por lo que probablemente estaría dentro
del alcance de mi brazo. —¿Por qué no puedo odiarte?
—¿Debido a que sientes algo por los chicos en cuatro ruedas?
—Debería ser más fácil —se dijo a sí misma, como si no hubiera oído mi
respuesta—. Debería ser más fácil de apagar estos sentimientos que tengo por ti, al
menos lo suficiente para que pueda alcanzar el nivel en que no me gustes
demasiado.
Tenerla tan cerca jugaba conmigo. Sobre todo porque podía oler su champú
a este rango. Cuanto más tiempo se quedaba, más me desgastaba, y ya me sentía
tan desgastado que no era nada más que una pieza. —¿Qué haces aquí, Josie?
—Me prometiste una reunión esta noche. Una reunión contigo. Solo estoy
asegurándome de que mantengas tu parte de esa promesa.
La suave brisa que seguía entrando por la ventana jugó con su cabello,
girándolo alrededor de su espalda y tirando unas hebras a la cara. Solo la veía
desde el rabillo del ojo, pero ella era tan hermosa, que se me difícultó respirar.
¿Cómo podría dejar ir a esta mujer?
—Nunca voy a caminar de nuevo. —Allí… esa era la forma. Debido a que
era un gruñón rudo.
Hizo un solo movimiento de cabeza. —Sé eso.
—Saberlo y aceptarlo son dos cosas diferentes.
Sus ojos pasaron de mirar por la ventana a mí. Una ceja subió más en la
frente. —Eres el único atascado en esa distinción. Estoy bien con lo que es y lo que
puede ser, y ya estoy lista para seguir adelante con nuestras vidas, lo cual es difícil
de hacer, por cierto, cuando intentas emparejarme con otros chicos. —Ella esperaba
que la mirara.
Tendría que esperar mucho tiempo porque no podía mirarla y mantener
este acto mucho más tiempo. —¿Cómo dejaron las cosas Colt y tú?
Se acercó a la ventana a mi lado. —La próxima vez que tengas la brillante
idea de emparejarme con otro chico, es posible que desees hacer tu tarea para ver si
dicho chico se encuentra disponible. Gracias, por cierto también, por ese momento
incómodo. Im-bécil.
Mi mandíbula se tensó. —No sabía que Colt iba en serio con alguien.
—Sí, eso es obvio —murmuró.
—¿Alguien que conozca? —pregunté, no porque me importaba sino porque
cuanto más tiempo habláramos de Colt, menos hablaríamos de mí.
—Un poco. Solo una de las hermanas pequeñas de tu mejor amigo. —La vi
mirándome, esperando a que algo se apareciera, pero lo único que se registraba era
más confusión—. Jesse es el mejor amigo al que me refería. En caso de que repases
alguna larga lista de los mejores amigos de los que no estoy al tanto.
Mis ojos se estrecharon en la noche. —¿Cuál?
—La única lo suficientemente mayor para tener citas. —La voz de Josie se
revistió en sarcasmo mientras se acercaba. Pero no era hacia mí que se acercaba;
sino hacia la ventana—. ¿Por qué crees que Jesse exudaba sentimientos cálidos
cuando todos nos encontramos en la cena esa noche?
Debería haber captado la aspereza poco característica de Jesse con Colt y lo
que podría haber significado, pero estuve demasiado preocupado aquella noche.
—Lily es dolorosamente dulce y tranquila. Colt es… dolorosamente no esas cosas.
—Negué con la cabeza, preguntándome si Josie se equivocaba—. Hasta ahora no
percibo la conexión de amor allí.
—No estoy segura de que estás capacitado para juzgar cualquier conexión
de amor después de lo que hiciste esta noche. —El filo de su voz se apaciguó, pero
su postura no indicaba a una mujer soltando su ira.
—Tal vez —contesté en voz baja.
El silencio vino después, pero durante no más de un minuto. Josie suspiró.
—Entonces, ¿cuál es tu plan a partir de aquí, Garth? ¿Tienes uno? ¿Es práctico? —
agregó cuando levanté una ceja en su dirección—. Debido a que estoy empezando
a cuestionar tu capacidad para formar una cadena de pensamientos lógico.
La brisa jugó con el dobladillo de su vestido de verano, a la vez que seguía
tirando de su cabello. Hubiera preferido mirarla de frente y pasar el resto de
nuestra última noche juntos viendo el movimiento del viento sobre ella, pero
conocía a Josie lo suficientemente bien como para saber que no estaría a favor de
eso. Probablemente tenía otras cinco docenas de preguntas, comentarios e insultos
para dispararme. —Mi plan para ti es que me dejes ir y que sigas adelante con tu
vida mientras yo sigo con la mía. Ese es mi plan. —Tuve que cerrar los ojos para
sacar el resto—: Estoy listo para ponerlo en práctica cuando tú quieras.
Si mis palabras le dolieron tanto escucharlas como me dolieron decirlas, no
lo demostró. —¿Contigo y tu amiguita de allí? —Levantó su barbilla, indicando la
botella metida entre mis piernas.
Sentí como si casi hubiera comenzado a quemarme, a pesar de la falta de
sensación que tenía en esa región. —Me gusta considerarme de mente abierta
cuando se trata de mis amistades.
Josie miró a la botella por otro momento antes de extender los brazos y girar
lentamente en su lugar. —Y, ¿aquí es donde planeas seguir adelante con tu vida?
—Su mirada se detuvo en las ventanas rotas, los paneles de yeso que faltaban, y los
cables eléctricos colgando—. ¿Encerrado aquí, permitiendo pudrirte en el exterior,
mientras que tu interior se pudre por beber esa cosa? ¿Quejándote de tus días de
gloria y del accidente que los terminó a quien quiera escucharlo? ¿Apartándote del
mundo que conociste, viviendo tu vida pasando de una botella a la siguiente? —
Hizo una pausa, esperando a que hiciera contacto visual.
Aunque lo hubiera intentado, no podría hacerlo. Me sentía tan terriblemente
avergonzado de mi comportamiento, desde el día en que desperté en el hospital
hasta ahora, con énfasis en el pasado día y medio.
Con el tiempo continuó, aceptando que ya no era capaz de mirarla a los ojos.
—Ahora, ¿a que suena eso?
Por un momento, sentí una ola de rabia por su insinuación, pero no duró.
Mis hombros se hundieron mientras me daba un buen vistazo. Mi ropa sucia y
arrugada, el olor saliendo de mí era una mezcla de sudor y mal olor corporal, una
botella de whisky cerca de mi corazón y, más importante, de mis labios. No me di
cuenta hasta justo en ese momento en que ella me lo arrojó a la cara, pero podría
haber sido una copia al carbón de Clay. Hasta la lesión por montar toros que no
solo arruinó mi carrera; le permití que arruinara también las otras partes de mi
vida.
Me hundí aún más en la silla y mis dedos se cerraron con fuerza alrededor
del cuello de la botella. Necesitaba otra bebida para calmar lo que sentía. Precisaba
el resto de esa botella para lavar la idea de mi mente de que me convertía en mi
padre hasta que me despertara mañana en una pila de mi propio vómito y odio a
mí mismo.
—Deberías irte, Josie. —Mi voz sonaba como la suya también. Si arrojar a
Clay a mi cara no era suficiente para recordarme por qué tenía que salvarla de mí
mismo, como él no fue lo suficientemente hombre para hacer con mi mamá, no
sabía que podría haber sido más motivador.
—Este lugar es tan mío como tuyo. Mi dinero también se invirtió aquí. Mi
nombre está en la escritura al igual que el tuyo. —Sus brazos se hallaban cruzados
sobre su estómago mientras se alejaba de la ventana—. Así que, si quieres pudrirte
por tu cuenta, ve a comprar tu propio remolque de mierda y sigue adelante con él.
Voy a ir a la cama. En mi casa. —Al salir de la habitación, se volvió hacia el pasillo.
La seguí, pero se movía rápidamente, y me encontraba demasiado borracho
como para moverme tan rápido. O para mantenerme en línea recta.
—Oye, insensata —grité cuando la oí subir las escaleras hasta el segundo
piso. Ella no podía pasar la noche allí. No había nada en esas habitaciones, solo
telarañas y polvo—. Busca tu tornillo suelto y ponlo nuevamente en su lugar, ¿de
acuerdo? No vas a quedarte.
Se detuvo en la escalera, volviéndose para mirarme a los pies de ellas. —¿Y
qué vas a hacer? —Alzó una ceja—. ¿Echarme?
Me encogí de hombros. —Tal vez.
Dio un paso más arriba, prácticamente sonriéndome. —Entonces hazlo.
Se hallaba en la mitad de la escalera y se movía más arriba, desafiándome
con su mirada. Vine hasta aquí para alejarme de ella, y allí estaba, poniéndose
cómoda, y no había absolutamente nada que pudiera hacer para detenerla. Estar
confinado a la silla me hizo sentir un nuevo nivel de impotencia.
—Quieres que pare de definirme por esta silla de ruedas, pero, ¿cómo
puedo no hacerlo cuando haces algo como esto? —Tiré mi brazo hacia el suyo.
Bastante cerca, pero bien podría haberse encontrado en otra galaxia porque no la
alcanzaría.
—El hombre del que me enamoré no habría dejado que unas míseras
escaleras o esa maldita silla se interpusiera en lo que quería —gritó, con lágrimas
en los ojos.
Bajé la mirada a todo lo que quedaba en mi vida: la botella entre las piernas.
—Ese hombre se ha ido.
Esas palabras colgaron en el aire durante un minuto. Justo cuando pensaba
que ya había subido las escaleras en silencio, se aclaró la garganta. —¿Puedes
traerlo de vuelta? ¿Por favor? —Se metió la mano en el bolsillo de la diminuta
chaqueta de cárdigan, pero no pude vislumbrar qué sacó. Tuvo que haber sido
algo pequeño—. Quiero al que escogió este anillo con la intención de dármelo.
Quiero a ese hombre de vuelta, el que quería pasar el resto de su vida conmigo.
Todavía no podía ver lo que sostenía entre sus dedos, la combinación de la
oscuridad y de mi visión deteriorada hacían hasta difícil que colocara mi mano
delante de mi cara sin que luciera borrosa; pero aun así sabía qué fue lo que sacó
de su bolsillo.
—Quiero que él me mire a los ojos y me pregunte algo específico, y quiero
darle mi respuesta. Quiero eso de vuelta. —Su voz era fuerte, su postura igual,
pero la primera lágrima cayó finalmente de sus ojos.
No quería ser responsable de más de sus lágrimas, pero no podía alimentar
una mentira solo para ahorrar un par de lágrimas. Sabía que, a la larga, le ahorraba
muchas más de ellas dejándola libre. —Ese hombre se ha ido —repetí, más para mí
que para ella.
—No, sigue allí —dijo con un movimiento de cabeza—. Solo que está siendo
estrangulado por este impostor derrotista. —Dejó que eso colgara en el aire por un
minuto antes de continuar subiendo las escaleras—. Si me necesitas, estaré arriba.
La vi irse, aunque sabía que no debería haberlo hecho. —No te necesito. —
Una vez más, lo decía más para mí que para ella, como si estuviera tratando de
convencerme de que era verdad.
—Si eso fuera cierto, no seguirías hablándome y mirándome desde el fondo
de las escaleras como si tu corazón acabara de ser arrancado del pecho. —Hizo una
pausa en una de los escalones, pero siguió de espaldas a mí—. Puedes mantener
este acto todo el tiempo que desees, Garth, pero no hay nada que puedas decir o
hacer para hacerme creer que no tenemos un futuro juntos porque estás en una
puta silla de ruedas. Tenemos una de las más grandes historias de amor de todos
los tiempos, ¿y qué? ¿Crees que algo tan pequeño y estúpido como una silla de
ruedas nos podría separar? —Chasqueó los dedos, apenas mirando sobre su
hombro—. No alejas el amor de tu vida porque salió herido; ahí es cuando
demuestras de qué está hecho tu amor.
Tragué saliva, pero mi garganta se balanceó por la bola atrapada en su
interior. —Josie…
Se giró en los escalones, con los puños formados a sus costados. —Deja de
llamarme Josie. —Su mandíbula se tensó—. No me gusta.
Mis propios puños se apretaron, pero era por la frustración en vez de por la
ira. —Deja de actuar como si todo estuviera bien —dije en un tono tan pequeño
que ni siquiera sonaba como yo—. No me gusta.
Subió otro paso. —Te veré mañana por la mañana. Y la mañana después de
esa. —Su voz sonaba tan firme que le creí—. Oh sí, y la mañana después de esa y
todas las malditas mañanas después de esa.
Mis puños se cerraron con tanta fuerza que sentí que mis uñas estaban a
punto de extraer la sangre de mis manos. —No voy a dejar que te pudras conmigo.
Debes irte. Ahora.
Su cabeza se sacudió, moviendo su pelo hacia atrás y hacia adelante sobre
su espalda en una larga sacudida. —Debería ser tan fácil en este momento mirarte
y procesar todo lo que acabas de decir y hacer, y sentir cierto nivel de odio —Me
miró por encima del hombro en la cima de la escalera—, pero no, nada. Hijo de
puta.
—Josie…
—Buenas noches. Dulces sueños. Te amo —dijo, ondeando su mano.
El fuego surgió en mi torrente sanguíneo mientras me sentía como si no
pudiera controlar una sola parte de mi vida. —¡Maldita sea, Josie!
Ella levantó su dedo como si de repente hubiera recordado algo. —Ah, y
aquí está el anillo de vuelta ya que como que lo robé de tu cajón cuando revisé tu
habitación anoche, en busca de alguna pista acerca de dónde podrías haber ido. —
Me tiró el anillo como si no fuera mucho menos que veinticinco centavos.
Aterrizó en mi regazo, cayendo entre la costura de mis piernas, donde aún
descansaba la botella de whisky. Esa no podría haber sido una simple coincidencia.
Esa fue la manera del destino de jugar con su peón favorito y ponerlo en su lugar.
—Cuando el hombre que eligió ese anillo esté de vuelta, puede hacerme su
pregunta.
Traducido por Jeyly Carstairs & Julie
Corregido por Dannygonzal

Tampoco pude dormir esa noche. Gran sorpresa.


Después de sentarme en la parte inferior de las escaleras por Dios sabe
cuánto tiempo, en parte queriendo que volviera y discutiera conmigo, y en otra,
preguntándome si lo hice todo en mi estupor inducido por el alcohol; finalmente
regresé a la habitación. Me moví hasta la misma ventana rota y miré hacia afuera
hasta que mis ojos se humedecieron.
Mantuve la botella y el anillo entre mis piernas, demasiado asustado para
soltar la botella por una razón y demasiado asustado para soltar el anillo por otra
razón. Podía tener uno pero no ambos. No podían coexistir. Por supuesto sabía lo
que quería, eso era obvio, pero sabía con certeza que no podía tenerla. Así que en
realidad la elección sobre cuál soltar y cuál rodear con mis dedos era simple, pero
todavía no me encontraba dispuesto a dejar de lado este anillo y todo lo que
simbolizaba. En la mañana, cuando estuviera despejado después de unas pocas
horas de descanso y se hubiera disipado el whisky… entonces tal vez sí, pero esta
noche no.
Tenía un par de horas para fingir que la chica para la que compré el anillo
seguía siendo mía.
Ese pensamiento debió haberme calmado para por fin dormirme porque no
me di cuenta hasta que me despertó de golpe el sonido de algo siendo destrozado.
Continuaba en mi silla y tenía un fuerte dolor de cabeza a cambio de la bebida,
pero al menos podía ver bien de nuevo y no sentía como si la habitación girara
lentamente a mi alrededor.
—¿Josie? —llamé, con mi voz ronca por el sueño y el whisky.
No llegó respuesta.
Contuve la respiración y escuché. La vieja casa podía rechinar, chirriar y
gemir como ninguna otra cosa, pero no hacia ruidos de destrucción. No, las
personas hacían ese tipo de ruidos.
—¿Josie? —Esta vez mi voz fue más fuerte. Me di la vuelta en la silla y me
impulsé hacia la puerta antes de detenerme cuando escuché ruidos procedentes de
la cocina. No era solo los ruidos de los zumbidos de la nevera, las tablas del suelo
gimiendo o las paredes chirriando… eran sonidos de alguien abriendo los cajones
y armarios, en busca de algo—. ¿Josie? ¿Eres tú?
Los sonidos en la cocina de repente se detuvieron. Tragué al no recibir
respuesta. No era Josie. Me quedé en silencio durante un minuto, a la espera de los
próximos ruidos, pero no llegó nada. Casi me había convencido de que lo soñé
cuando un sonido diferente llenó la casa. Este lo conocía, y a pesar de que eran solo
los viejos suelos antiguos, crujieron de la forma en que lo hacían cuando alguien
caminaba sobre ellos.
Los sonidos se acercaron, lo que significaba que quienquiera que fuese,
caminaba por el pasillo… más allá de la escalera… deteniéndose justo afuera de la
puerta.
Mi garganta se había secado y mi corazón acelerado un poco, pero aun así,
me moví más cerca. —Sal de ahí, hijo de puta. Deja de esconderte como un
cobarde.
Se quedó allí durante un minuto, pero escuché su respiración, pesada y
agitada. Mierda, podía olerlo, y no era como si estuviera rodeado de una mezcla de
aromas agradables.
—¿Voy a tener que salir o vas a venir aquí? —dije, y fue entonces cuando se
arrastró a través de la puerta y se mostró.
Era un vagabundo, uno malo, probablemente uno de los saltadores de tren
que se queda en Missoula para pasar una noche o dos en su viaje al oeste. Aunque
no era solo un vago, era un adicto también. Por la forma en que temblaba y por
cómo sus pupilas parecían a punto de estallar de sus ojos, se encontraba en un
viaje frenético.
Parecía estar cerca de los cuarenta años, lo que probablemente significaba
que estaba cerca de mi edad, y por la forma en que colgaban su abrigo y ropa, era
imposible medir su tamaño. Se notaba que era más alto que él… aunque con la silla
de ruedas, me ganaba en altura. Tenía la cara de un zorro astuto, ojos separados y
un rostro largo y estrecho. Cuando sonreía, parecía más un demonio que cualquier
tipo de mamífero o ser de este mundo. Su sonrisa, como el resto de él, contaba la
historia de una vida larga y difícil por el consumo. Los dientes que le quedaban
estaban descomponiéndose hasta el punto en que prácticamente se caían, y sus
encías no se encontraban en mejores condiciones.
—Creo que está perdido, señor —dije en una voz calmada y suave. Calmada
con la esperanza de influenciarlo y suave con la esperanza de evitar que Josie
escuchara algo y bajara corriendo las escaleras para ver qué pasaba.
—Pensé lo mismo. —Su voz sonaba tan nerviosa como su aspecto, y sus
palabras fueron más confusas que claras, tal vez porque tenía cinco dientes que
estaban a una mordedura de una manzana de caerse. Esa sonrisa espeluznante
regresó mientras me estudiaba con los ojos dilatados—. Pero luego me encontré
contigo.
—Qué suerte tengo. —Miré la habitación casualmente, buscando cualquier
cosa que pudiera funcionar como un arma cuando por fin hiciera su movimiento.
Estando en contra de un inválido en una silla de ruedas, era probable que no
esperara mucho—. ¿Cuál es su nombre?
—No tengo. —Dio un paso dentro de la habitación, mirando alrededor de la
misma manera en que yo lo hice. Aunque probablemente buscaba un alijo de
drogas o dinero.
—¿Entonces cómo debería llamarlo? —Rodé más cerca cuando se adentró
un paso más en la habitación, sin otra razón que demostrarle que no me asustaba.
No era el tipo de hombre que se echaba atrás, sin importar que tan altas estuvieran
en mi contra las probabilidades.
—Como quieras. No me importa —dijo mientras una contracción violenta
recorría su cuerpo.
—Fabuloso. ¿Qué tal Imbécil? —sugerí —. Ese parece apropiado.
—Mi padrastro solía llamarme así. —Sus ojos se estrecharon un momento
antes de abrirse de nuevo mientras buscaba en la habitación.
—Bueno, entonces estás acostumbrado a oírlo. Eso facilitará más las cosas.
—Me impulsé hacia adelante un poco antes de envolver los dedos alrededor del
cuello de la botella. Usar un buen whisky en una escoria como esta parecía una
maldita pérdida, pero no podía derribarlo con un par de movimientos como
hubiera podido antes. El whisky tendría que ser una víctima de la guerra—. ¿Qué
quieres, Imbécil?
Sus ojos se posaron en mi mano agarrando la botella, otro estremecimiento
lo atravesó. Su mirada se desplazó con la misma rapidez; no buscaba licor. Eso
habría sido demasiado fácil ¿Qué pasó con los días cuando un vagabundo habría
estado encantado con media botella de un whisky decente?
Su mano se movió temblorosa al bolsillo del abrigo. Luego otra vez cuando
la sacó. Lo que apretaba en su mano era un cuchillo. Una antigua navaja oxidada, y
ni siquiera sabía cómo sostener la maldita cosa, pero con la fuerza suficiente, podía
romper la piel, y un cuchillo oxidado por lo general viene con una desagradable
inyección que requiere antibióticos y cambio de apósitos diarios. No es que hubiera
tenido alguna experiencia personal…
—¿Dónde está tu billetera? —Extendió el cuchillo como si fuera un lápiz. Lo
bueno era que si me atacaba, probablemente también terminaría cortándose en el
proceso.
—Allí. —Incline la cabeza hacia el colchón de aire ubicado en la esquina—.
Debajo de la cama.
Se movió hacia allí al instante con pasos cortos y agitados.
—Tengo que advertirte que si esperas sacarte la lotería, vas a estar de alguna
forma, decepcionado, Imbécil. Si haces un esfuerzo extra, podrías lograr sacar un
par de dólares. ¿Lo suficiente para comprar qué? ¿Una crema dental del tamaño de
un tubo de ensayo y un cepillo de dientes para que tratar de salvar los dientes que
te quedan?
No respondió a mi burla. En cambio, escudriñó debajo del colchón de aire
hasta que sacó la billetera. Sus dedos se movieron a través de ella, sacando tarjetas,
recibos y lo que quedaba. Finalmente, logró encontrar un billete de un dólar y un
par de tarjetas de crédito. Las metió en los bolsillos de su abrigo.
—Sí, Imbécil, esas van a ser rechazadas si intentas utilizarlas. Sin embargo
date el gusto si quieres. No son de ninguna utilidad para mí.
Me moví detrás de él, con la esperanza de que se mantuviera distraído por
otro momento para poder sacar mi mejor movimiento con la botella de whisky. Mi
alcance no iría por encima de su pecho, así que mi plan era golpearlo primero entre
las piernas, lo cual esperaba resultara en él cayendo de rodillas, siempre y cuando
no tuviera podrida esa parte de sí mismo como tenía los dientes. Luego, una vez
estuviera a mi nivel, lanzaría un firme golpe a su cabeza para noquearlo hasta que
pudiera alcanzar mi teléfono y llamar a la policía.
Tenía la esperanza de conseguir toda su atención sin alertar a Josie. El
pánico se instaló profundamente en mi estómago cuando me imaginé lo que
pasaría si el idiota descubría que había una chica en la casa, en el piso de arriba a
donde yo no podría llegar.
El pánico también se filtró en mi torrente sanguíneo.
—¿Dónde están las drogas? —Lanzó la billetera sobre su hombro y le dio
una patada a la esquina del colchón—. ¿Dónde las guardas?
—A diferencia de un tipo con las tripas quemadas por ácido de batería y
productos de limpieza, no consumo. Si estás buscando quemar lo que queda de tu
garganta, ¿podría sugerirte el puente de la calle Carson en la ciudad? Allí hallarás
justo lo que estás buscando.
Siguió pateando el colchón, levantándolo y moviéndolo hasta que estuvo
convencido de que no almacenaba mi alijo debajo de donde dormía como era
probable que él lo hiciera. —Sí, pero eres lisiado. Eso significa que los médicos te
dan buenas drogas. —Se humedeció los labios, frotándose la nariz como si tuviera
una picazón que no pudiera ser aliviada—. ¿Dónde las tienes?
Con su concentración en mí otra vez, había perdido mi oportunidad para un
ataque sorpresa. Oh bueno, aún podía golpearlo. O al menos eso pensaba, gracias a
la botella de whisky en mi mano. —No me crees. ¿Por qué no vienes a buscarlas?
—Levanté una ceja y esperé por su reacción.
Sin embargo no cayó en la trampa. Mantuvo la distancia sin dejar de frotar
con furia su nariz. —¿Dónde están? No quiero tener que hacerte daño, pero lo haré
si no me dices dónde las guardas.
—¿No quieres tener que hacerme daño? —repetí, buscando una evasiva. Se
ponía nervioso; todo su cuerpo rebotaba, y agitó ese cuchillito patético dirigido
hacia mí de nuevo—. Si ese no es el lenguaje de una víctima, no sé qué lo es. Toma
el control de tu vida, Imbécil. Asume la responsabilidad de tus propias acciones. Si
me haces daño, me lo haces. No tienes que hacer nada. Solamente tuviste que dar el
primer paso a cualquiera que sea el camino que te llevó a este gran momento de tu
vida.
Fue entonces cuando escuché más pasos en la casa, pero estos eran más
fuertes y se movían con más propósito. Si la llamaba, él sabría que se encontraba
allí y podría atraparla en el pasillo o en la escalera. Si no la llamaba para advertirle,
entraría directamente en medio de este enfrentamiento de mierda.
Mientras deliberaba una decisión imposible, Josie la tomó por mí —¿Garth?
—Acababa de irrumpir en la habitación cuando repitió mi nombre, seguido de—:
¿Con quién estás hablando?
—Mierda, Joze —dije en voz baja, sacudiendo la cabeza.
Era evidente que estaba dormida y que se dejó lo que normalmente usaba en
la cama por la noche —cuando vestía algo—, una diminuta camiseta sin mangas y
su ropa interior. No era la forma en que esperaba que llegara vestida con un jodido
drogadicto en nuestra casa.
En un primer momento, su atención solo se encontraba dirigida a mí, pero
cuando el imbécil comenzó otra ronda de espasmos, su mirada fue a la esquina de
la habitación. Sus ojos se ensancharon mientras daba un paso hacia mí. —¿Qué
pasa, Garth? —Su voz era un poco más alta por la preocupación, pero no parpadeó
mientras el imbécil la miraba, acosándola con esos ojos sucios, moviendo la lengua
sobre sus labios como la serpiente que era.
—Está bien, Josie. Todo está bien. —Mi voz podría haberla engañado, pero
me encontraba de todo menos tranquilo—. Solo párate detrás de mí, ¿de acuerdo?
Se deslizó en mi dirección, con su mirada a la deriva entre el hombre, que se
había salido de su esquina para moverse hacia nosotros, y yo. El pánico que había
sentido anteriormente se convirtió en otra cosa cuando vi sus ojos moverse sobre
Josie. Transformándose en un fuego que quemaba a través de mis venas, haciendo
que mis brazos tiemblen de rabia.
—No tienes dinero. No quieres compartir tus drogas. —El imbécil se pasó la
lengua sobre sus labios agrietados unas cuantas veces más, inclinando el rostro
mientras se acercaba, sin apartar la mirada de Josie—. ¿Entonces tal vez no te
importaría compartirla?
Su mano bajó a mi hombro cuando se detuvo detrás de mí, curvándose de
una manera que me dijo que se encontraba tan asustada como yo. La sangre
hirviendo en mi interior se sentía a punto de desbordarse.
—Será mejor que dejes de acercarte, y si no quieres perder los ojos, más te
vale que dejes de mirarla en este momento, Imbécil.
No respondió. No miró en mi dirección. Era como si no hubiera escuchado
lo que dije. Sus ojos se quedaron fijos en Josie mientras se acercaba cada pocos
segundos.
Manteniendo mis ojos en él, recliné la cabeza hacia ella un poco. —Quiero
que corras, Josie. —Señalé la puerta—. No quiero que dejes de correr hasta que
llegues a una de las casas de los vecinos. ¿Entendido? —Me di cuenta de que
sacudió la cabeza, lo que me hizo hacer lo mismo—. Corre —le siseé.
—No te dejaré —respondió, y su voz volvió a su tono normal mientras sus
dedos aflojaron su agarre alrededor de mi hombro.
El imbécil siguió con su frenético y nervioso camino, acercándose.
El pánico apretó mis vías respiratorias. —Quiero que me dejes.
—No has tenido mucho éxito con ese intento en el pasado, ¿lo entiendes,
Black? —Salió detrás de mí para estar a mi lado. Una expresión pacífica se instaló
en su rostro—. Tampoco tendrás éxito esta vez.
Mi mano se curvó con tanta fuerza alrededor del cuello de la botella que
empezó a temblar. —Esto no se trata de nosotros, Josie. Es sobre ti. Tu bienestar y
mantenerte a salvo. —Mis ojos se estrecharon mientras él seguía acercándose, su
sonrisa elevándose hacia un lado—. Estoy tratando de mantenerte viva, Joze. Un
poco de ayuda en ese aspecto sería muy apreciado.
—Puedes seguir diciéndome que me vaya todo lo que quieras si eso te hace
sentir mejor, pero no te dejaré. —Me miró con miedo parpadeando en sus ojos,
pero esa expresión pacifica aún no se había derrumbado—. Estoy justo donde
pertenezco.
—¿Puedes alguna vez hacer caso a algo de lo que te pido?
Levantó una ceja, aún siendo capaz de reunir una sonrisa en sus ojos —Sí.
Cuando dejes de pedirme que haga cosas estúpidas.
—Vete —siseé de nuevo.
—Nunca.
Imbécil resopló, deteniéndose a unos metros. —Ella no se va.
Su cabeza se balanceó con violencia y sus ojos parecieron girar en su cabeza
un par de veces antes de que el temblor se calmara. El hombre mostraba algunos
signos extremos de abstinencia, y sabía lo suficiente al crecer en el lado agresivo de
las vías que la gente como él, los que no tienen nada que perder, harían cualquier
cosa para conseguir su próxima dosis. De donde sea que ésta pudiera venir.
Que sus ojos no se hubieran movido de Josie desde que ella irrumpió en la
habitación, me hizo saber lo que tenía en mente para usar como sustituto temporal
del coctel de ácidos y drogas que realmente deseaba.
Elevó la navaja de nuevo, apuntando a Josie con su brazo tembloroso. —No
quiero tener que hacerte daño. —Formó una sonrisa torcida justo antes de lanzarse
hacia ella, atacando con esa hoja oxidada.
—¡No! —grité; mi voz llenó la habitación e hizo eco por el pasillo. Me las
arreglé para empujar a Josie detrás de mí, y justo cuando él se encontraba a unos
pasos de ella, me incliné en su dirección y lancé mi hombro contra su pecho.
Caímos al suelo. Aterricé encima. No sabía dónde estaba la botella, pero sin
duda ya no se encontraba atascada entre mis piernas. Pero no la necesitaba. Tenía
la ventaja de estar encima de él, y también tenía tanta adrenalina y rabia contra él
por haber amenazado a Josie que podía sentirla derramarse por mis oídos. Además
no quería golpear al hijo de puta con una botella. Quería golpearlo hasta la muerte
con mis propios puños. Quería romper algo, varias cosas, así cada vez que él diera
un paso en su triste y lamentable camino, moviera la mandíbula o tomara una
bocanada de aire jadeante, le dolería y recordaría lo que pasaba cuando amenazaba
a una mujer.
Sin embargo no quería solamente lastimarlo. No… mientras lo golpeaba una
y otra vez, sintiendo que mis nudillos conectaban con su carne y hueso, mirando
esos mismos ojos que habían profanado a Josie justo en frente de mí, quería hacer
más. No quería dejar de golpearlo hasta que la luz hubiera desaparecido de esos
ojos sucios. No quería parar hasta que su cuerpo quedara flojo bajo el mío.
Escuché los gritos de Josie detrás de mí, pero era como si estuviera atrapado
en un sueño. La escuchaba, pero no podía distinguir las palabras o el mensaje que
trataba de hacer llegar al otro lado. Me encontraba perdido en mi propio mundo de
rabia y destrucción.
Sus ojos se cerraron, pero no me detuve. Simplemente seguí golpeándolo,
una y otra vez, mientras su cabeza balanceaba de un lado al otro, como un péndulo
moviéndose dentro de un reloj de pared. La había amenazado. Quiso hacerle daño.
Esos eran los recordatorios que mi mente lanzaba mientras continuaba, sabiendo
que casi extinguía la vida del saco sin valor debajo de mí.
—Basta, Garth. —La voz de Josie atravesó mi bruma cuando sentí su mano
apretar mi hombro—. Vamos, cariño. Detente. Él ya no puede hacerme daño.
Oírla decir eso solo me hizo seguir lanzando puñetazos. Un montón de
lugares en su rostro se abrieron, un montón de lugares en mis nudillos también se
partieron, pero no podía parar. Josie. Él iba a lastimarla. Si yo no lo hubiera
alcanzando primero, lo habría hecho.
Grité de nuevo, seguido por otro golpe que se sintió como si hubiese roto
algunos huesos en mi mano.
—¡Basta! —Josie tiró de mis hombros, tratando de sacarme de encima del
pedazo de mierda—. Si sigues golpeándolo, vas a ir a la cárcel en lugar de él. No
voy a dejar que me alejes de esa manera. —Envolviendo sus brazos alrededor de
mi pecho, dio un fuerte tirón y logró alejarme lo suficiente como para que mis
puños no pudieran alcanzarlo. Sin embargo no dejaron de lanzar puñetazos por un
momento—. De todos modos, buen intento.
Josie no me soltó, incluso después de que me arrastrara lo más lejos posible.
Fue solo entonces, una vez que cayó una capa de adrenalina, que pude reconocer
lo que sobresalía de mi muslo. La hoja estaba casi completamente enterrada en mi
pierna, y cuando la adrenalina se drenó de mi sistema, el dolor de la puñalada
comenzó a arder en mi pierna.
—Hijo de puta. —Gemí, cogiendo el cuchillo para sacarlo. Malditas navajas
oxidadas. Esa era la segunda vez que había sido apuñalado por una.
—¡No la saques! —Josie apretó su mano sobre la mía antes de que pudiera
arrancar la hoja de mi muslo—. Nunca debes quitarte un cuchillo de tu cuerpo.
Deberías saberlo. —Ella golpeó mi otra mano cuando la moví hacia delante.
—Esto no es un cuchillo, Joze. —Dejé de tratar de quitarlo y me giré para
inspeccionarla—. Decir que esto es un cuchillo es un insulto a uno auténtico.
Incluso para uno de mantequilla.
—Acabas de ser apuñalado por un hombre que irrumpió en nuestra casa y
sigues con el sarcasmo. —Una sonrisa apareció en su rostro—. ¿Hay algo que te
tomes en serio?
Mis ojos le hicieron otra inspección. En el exterior, parecía ilesa. —A ti. Tu
seguridad. Tu bienestar. Eso me lo tomo muy en serio, y te doy las gracias, por
cierto, por respetar y escucharme cuando te dije que corrieras.
Josie rodeó mi mano con la suya, dándole la vuelta y haciendo una mueca
cuando vio mis nudillos. —No corro cuando las cosas dan miedo, Garth. Pensé que
ya lo sabrías.
Miré alrededor de la habitación. El hombre inconsciente al lado, la silla de
ruedas volcada detrás de nosotros… ella había probado eso durante el tiempo que
la conocía. Solo fui incapaz o no estaba dispuesto a aceptarlo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Asintió. —Se necesitaría mucho más que las amenazas de un drogadicto
para hacerme daño.
Una mueca de dolor se extendió por mi rostro cuando otra punzada de
dolor se disparó a mi pierna. Casi podía sentir el óxido dentro de la herida, a la
espera de propagar la infección. —Joze, ¿te importaría agarrar mi teléfono de la
silla de ruedas y llamar a emergencias? Este chico va a requerir hospitalización, y
yo voy a necesitar algunos antibióticos y mierda… —Otra oleada de dolor, gracias
a ese patético cuchillo—. También algunos analgésicos.
Josie estaba en medio de revisar los bolsillos de mi silla de ruedas cuando se
congeló. Volteando la cabeza lentamente, sus ojos se abrieron cuando bajaron a mis
piernas. —¿Te duele? —Se quedó mirando el cuchillo sobresaliendo de mi muslo.
—Muchísimo —le contesté, tentado de nuevo a arrancar la hoja. Contuve las
ganas, sabiendo que Josie se habría enojado. Cuando ella se quedó en silencio,
todavía congelada al lado de mi silla de ruedas, levanté la vista. Me sonreía.
—No estás entendiendo, ¿verdad? —dijo.
—¿Si no entiendo por qué estás sonriendo de oreja a oreja después de todo
lo que acaba de pasar? No, la verdad es que no.
Ella se arrastró, haciendo una pausa en mis pies antes de bajar sus manos
justo por encima de mis tobillos. Su sonrisa continuó intacta mientras apretaba
suavemente mis piernas.
—¿Qué haces, loquilla? —Traté de no devolverle la sonrisa, pero me fue
imposible. Nunca había sido capaz de evitar sonreírle cuando ella me sonreía como
ahora—. Se supone que debes estar llamando a emergencias. Se supone que debes
estar volviéndote loca y haciendo una nota mental para llamar a un loquero en la
mañana para hablar de lo que pasaste esta noche. —Sus manos se deslizaron más
arriba en mis piernas, deteniéndose justo por encima de mis rodillas—. No se
supone que debes estar sonriéndome y arrastrándote por mis piernas con ese brillo
en tus ojos.
Sus manos subieron más, y esa chispa en sus ojos era cada vez mayor.
Fruncí el ceño mientras trataba de averiguar lo que trataba de decirme. Sus dedos
se deslizaron un poco más arriba, deteniéndose al llegar cerca de la navaja.
—¿Cuánto más lejos voy a tener que ir antes de que lo notes? —Sus ojos se
posaron en sus manos sobre mis piernas antes de que su mirada se deslizara más
arriba. No se detuvo hasta que se encontró con mis ojos.
Solo después de que ella sostuvo mi mirada por unos momentos, seguido de
una ceja arqueada lentamente, lo entendí.
Podía sentir sus manos sobre mis piernas. Podía sentir el dolor del cuchillo
enterrado en mi muslo. Podía sentir mis pies y dedos, y cómo mi calcetín había
quedado molestamente amontonado en mi bota. Podía sentir mis piernas…
—Joze… —Respiré, ya que ninguna otra palabra parecía apropiada.
—Lo sé, bebé. Lo sé. —Las lágrimas corrían por su cara, y ella se lanzó hacia
mí.
Sus brazos rodearon mi cuello, y los míos se deslizaron alrededor de su
cintura, con nuestros torsos juntos mientras dejaba que se asimilara lo que estaba
pasando. Continuamos sentados así durante unos minutos; yo en un silencio de
asombro mientras Josie seguía sonriendo y llorando. Justo cuando pareciera estar
comprendiendo lo que había ocurrido, eso me sería arrebatado, y tendría que
empezar todo de nuevo.
Olvidé todo sobre el cuchillo sobresaliendo de mi pierna. Me olvidé del
hombre que yacía desmayado a unos metros. Incluso me olvidé de la llamada
telefónica a emergencias y la silla de ruedas al lado de nosotros, donde mi teléfono
seguía guardado. Todo lo que podía pensar era en el milagro que, por alguna
razón, cayó en mi regazo.
El milagro no fue recuperar la sensación en mis piernas; era ella. Josie fue el
milagro. Allí estaba, sentada en mi regazo y envuelta a mi alrededor, susurrando
“te amo” una y otra vez mientras seguía llorando lágrimas de felicidad, aferrada a
mí en la forma en que lo hizo siempre, sin importar por lo que estuviera pasando,
como si nada de lo que yo pudiera hacer o tuviéramos que enfrentar, fuera capaz
de hacer que ella me dejara ir.
Su amor era para siempre.
Me lo demostró en innumerables ocasiones; esa no fue la razón por la que
no lo noté antes. No lo había visto, porque no estaba listo para verlo. Tuve que
perder mis piernas, enfrentar la realidad de perderla, y ver al diablo en la cara con
los dos ojos abiertos antes de poder aceptar que me amaría para siempre, de la
misma forma que yo la amaría. Ese hecho no cambiaría, ya sea que estuviéramos
juntos o separados, así que ¿por qué hacer la vida más difícil de lo que ya era al
vivir separados? Ni el espacio, ni el tiempo, ni la situación cambiarían el hecho de
que había una sola persona para mí en este mundo olvidado por Dios. Podría
apartarla en mis mejores intentos para salvarla de mí, pero nada podía cambiar
que Josie y yo estábamos unidos de tal manera que nada podía romper el vínculo.
—Josie… —Tragué saliva y apreté mis brazos a su alrededor—. Lo siento.
Con su cabeza apoyada en mi hombro, asintió. —Lo sé.
—Solo hice lo que hice porque pensé que era lo mejor para ti. Todo lo que
quiero es lo mejor para ti.
Otro asentimiento. —Lo sé.
Ella había estado sentada en mi regazo, con las piernas envueltas alrededor
de mi espalda durante tanto tiempo, que podía sentir que mis piernas empezaban
a entumecerse. Las punzadas y hormigueos de la mitad inferior de mi cuerpo
adormeciéndose nunca se habían sentido tan condenadamente bien.
—Te amo —le susurré.
Su cabeza se balanceó en mi hombro mientras repetía—: Lo sé.
—Quiero pasar el resto de mi vida contigo, y te juro por Dios, Joze, te lo juro
por todos los dioses que quieras, que ya no voy a tratar de hacer lo que es noble y
apartarte para mantenerte a salvo de mí. Ya no voy a pensar que serás más feliz
con otra persona. Ya no voy a pensar que algún día podríamos olvidarnos si lo
intentamos. Ya no voy a ser un idiota. —Me detuve—. Bueno, ya no voy a ser un
idiota en ese aspecto por lo menos.
La risita de Josie retumbó en mi cuello. Sus brazos se apretaron alrededor de
mi cuello. —Lo sé.
—Ah, ¿y Joze? La próxima vez que me oigas hablar con alguien en una
habitación oscura a altas horas de la noche, cuando ninguno de los dos esperaba
exactamente compañía, por favor no te acerques vestida con nada más que tu ropa
interior, ¿de acuerdo? Por el amor de Cristo. —Dejé escapar un largo suspiro en
tanto sacudía la cabeza.
Otra carcajada se le escapó, pero justo cuando estaba a punto de repetir su
mantra de dos palabras, mi boca encontró la suya y la silenció.
Traducido por Julie & Nickie
Corregido por Laurita PI

Todo el mundo quería darle un nombre a lo que me sucedió. El pastor de la


iglesia de la comunidad en la ciudad predicó a la congregación que era un milagro.
El doctor Murphy le dio un nombre muy largo que no podría haber repetido ni si
alguien se ofrecía a pagarme mil dólares. La señora hippie que era dueña de una
tienda de velas y cáñamo en la ciudad explicó que era algo relacionado con el
trascendentalismo… o algo por el estilo. Todo el mundo tenía un nombre.
Yo también. Pero no era milagro ni un largo término médico. Era su
nombre. Josie. Ella era la respuesta y la explicación de por qué yo caminaba de
nuevo. Un fenómeno fisiológico podría haber jugado un papel en la curación del
nervio dañado, pero caminaba de nuevo porque Josie nunca perdió la esperanza en
mí. Esa esperanza no vino con la condición de si alguna vez andaba de nuevo, ni
tampoco provino porque ella mantuvo los dedos cruzados para que mi columna
vertebral sane un día. Esa esperanza vino simplemente de su fe en mí y nunca
darse por vencida conmigo, a pesar de todas las razones que le di.
Si ese tipo de cosas no podía hacer que un hombre caminara de nuevo,
entonces nada más podía.
Los últimos tres meses pasaron en un borrón de terapia física, citas con el
médico, y un re-mapeo de mi futuro. Mis piernas habían estado débiles después de
permanecer inmóvil durante más de un mes, pero pasar un par de horas a la
semana con entrenamiento físico y otras horas en el gimnasio fortaleciéndolas por
mi cuenta logró que vuelvan a sentirse normales después de un mes. El doctor
Murphy por fin me convenció de conseguir esa maldita resonancia magnética.
Parecía un poco contradictorio que no la costeara cuando estaba lesionado y tenía
que mejorar, pero sí después de sanar. Podría haber sido porque después de pagar
esa escandalosa factura de hospital que todavía rondaba mis sueños, cinco de los
grandes parecía una tontería.
El doctor Murphy tenía otra explicación interminable en cuanto a lo que
reveló la resonancia magnética, pero todo se reducía a que mi espalda se veía bien,
mi columna vertebral se veía bien, y yo me encontraba bien. Esa podría haber sido
la primera vez que esa descripción se aplicaba a mí, pero la tomaría después de
pasar un mes sintiendo todo lo contrario.
Mucho más había pasado desde la noche en que vencí a ese vago y recuperé
mis piernas, pero lo más destacado fue aceptar que si todo lo que la vida nos arrojó
no lograba romper a Josie y apartarme, lo que teníamos era algo que una persona
no soltaba así como así. No podría decir adiós incluso si eso era lo que pensaba que
era lo correcto para Josie, porque a menos que estuviera en su vida, nada podría
estar bien en su mundo.
Lo había sabido durante mucho tiempo, pero me negaba a creer que Josie
era prisionera del mismo sentimiento. Ahora, sin embargo, lo sabía bien. Ella lo
expresó mejor cuando dijo que amar a alguien era como darle permiso para
destruirte pero aun así confiando en que no lo harían. No traicionaría su confianza
al destruirla.
Después de tocar lo más hondo al tratar de arreglar a mi novia con su
antiguo flechazo, me hice una promesa a mí mismo; ya no dudaría sobre qué hice
para merecerla o que jamás podría hacer para ser merecedor de su devoción, y
opté por aceptarlo como lo que era, y hacer todo lo posible para honrar esa clase de
amor.
No necesitaba entender el por qué y el cómo del amor de Josie para
aceptarlo y devolverlo.
Cuatro meses atrás, estuve en una silla de ruedas. Mi carrera de montar
toros se había acabado. Un tercio de un año después, ahí estaba yo, sin la silla de
ruedas y a punto de competir en mi primer rodeo desde el que sacudió toda mi
existencia. Me perdí los nacionales, lo cual fue un desafortunado efecto secundario
de haber estado paralizado, pero a pesar de que me perdí ese, no significaba que
tenía que perderme todos los futuros. El hecho de que hubiera estado a un rodeo
de un campeonato nacional no significaba que no podía empezar de nuevo y
trabajar en mi regreso.
Cuando la gente se enteró de la vuelta, recibí un amplio matiz de respuestas.
Algunos, los verdaderos vaqueros que habrían apretado los dientes y acabado su
día, incluso si se hubieran roto una pierna, me dieron unas palmaditas en la
espalda y gruñeron: “¡Bien hecho!”. Los médicos y terapeutas, a regañadientes
quizá, confirmaron que en cuanto a la espalda y la salud se refería, no me hallaba
en riesgo… Quiero decir, además de los riesgos obvios asociados con el montar
toros. Mi espalda estaría bien. Hasta que no, como me recordaba continuamente el
doctor Murphy, tuviera otra mala caída y me encontrara de nuevo en una silla de
ruedas. O peor. La mayoría de la gente tenía una opinión parecida a la del buen
doctor, desconcertada de por qué me gustaría volver al deporte que casi me había
matado. Pensaban que escupía al regalo de recuperar mi movilidad al saltar a otro
toro después de la curación. Me acusaron de ser descuidado y estúpido, y de tener
un complejo de Dios que venía con la invencibilidad asumida.
Sin embargo podían pensar lo que quisieran. Solo me importaba lo que
pensaba una persona, y en pocas palabras, Josie me había ordenado volver a
montar. No existió duda en su voz ni sus ojos mostraron ansiedad, pero conseguí
la confirmación de que estaba a favor de mi regreso a la arena cuando me mostró
mi registro, que lo llenó ella misma, en mi cara. Donde me inscribió para que
montara esta noche. Mi primera vez de vuelta.
Josie no fue capaz de ocultar su nerviosismo tan bien esta noche, y para el
momento en que entramos a la arena, sus uñas se encontraban mordidas hasta lo
último. Le dije que estaba dispuesto y listo para irme si eso era lo que quería. Si no
tener que contener la respiración mientras me aferraba al lomo de un toro la hacía
feliz, eso era lo bastante bueno para mí… pero en cambio, me dio un beso y me dijo
que montara duro. Tras otro beso, se volvió y se alejó hacia donde supuse que iba a
terminar de morder lo que quedaba de sus uñas hasta que hubiese terminado de
montar.
Sin embargo, pensé que ella se sentía como yo, y por eso no me pediría que
lo abandonara. Sabía que una persona no podía retroceder e irse por otro camino
cada vez que la vida les ponía un reto que les aterrorizaba. Uno no podía alejarse
de las cosas y las personas que amaba, por causa del riesgo inherente. Este año lo
aprendí de la forma difícil, y lo mismo pasó con Josie.
Permanecí encerrado en una pequeña habitación desde que llegué, estirando
y preparándome. Nunca fui uno de esos tipos que tenía que encontrar un lugar
tranquilo para “meter la cabeza en el juego”; en general solo pasaba el rato con el
resto de los chicos escalonados alrededor de las rampas. Pero esta noche, algo era
diferente. Necesitaba un lugar tranquilo. No solo para mentalizarme, sino porque
no quería parecer una bailarina, estirando y realizando ejercicios de calentamiento.
Un montón de chicos tenían sus rutinas que incluían estiramientos, pero después
de lo que superé, quería sentirme tan suelto y ágil en ese toro como era posible
para una persona. Quería ser capaz de doblarme hacia delante y hacia atrás sin
romperme ni dañar nada.
No me encontraba seguro de llegar allí, alguna vez, pero no quería que mis
competidores y los espectadores presencien mis intentos de alcanzarlo. Algunos de
los ejercicios que me hacía realizar mi terapeuta me hacían ver más como una niña
con la esperanza de ser una diva en lugar de un jinete de toro áspero y duro.
Un golpe rápido sonó en la puerta justo antes de que un par de cuerpos
entraran a la habitación. Uno parecía arrepentido por la interrupción abrupta. El
otro no parecía para nada preocupado.
—¿Estás rezando? —preguntó Jesse mientras junto con Rowen examinaban
mis rodillas con los codos apoyados en el asiento de una silla.
Rowen soltó un bufido agudo. —¿A qué? El único Dios en el que cree Garth
es en sí mismo.
Sonreí sin humor antes de ponerme de pie. —Para tu información, señora
Sterling-Walker, visualizaba.
Las cejas de Jesse se arquearon. Las de Rowen se unieron.
—¿Tú? ¿Visualizando? —Ella se acercó más, dándome una mirada de
escepticismo puro y absoluto—. ¿Qué sigue? ¿Desarrollar un mantra y leer libros
de autoayuda?
Cogí mi sombrero colgando de la silla y lo puse de nuevo en su lugar. Me
sentía desnudo delante de las personas sin él. —Mi terapeuta me recomendó
visualizarlo antes de salir y montar. Dijo que es, como ha sido demostrado, para
mejorar el rendimiento de los atletas.
El escepticismo de Rowen se transfería a Jesse.
—¿Qué? Debes darle una oportunidad antes de pintar un cuadro o escultura
o lo que sea que hagas. Podría ayudarte. —Terminé de acomodar el protector de
mi pecho en su lugar. Luego lo revisé una vez más. Esta noche no dejaría mi suerte
al destino.
—Sí, voy a probarlo, Black. —Rowen me disparó un guiño cuando se
detuvo a unos metros delante de mí—. Lo bueno de mi profesión es que no tengo
que preocuparme de que mi pincel me aplaste y me rompa por la mitad, ni
preguntarme si un tubo de pintura me va a apuñalar en el culo con sus cuernos.
—Si no estás esquivando un conjunto de cuernos o pezuñas cada pocas
semanas, no vives la vida al máximo. —Moví la silla junto a mí detrás de Rowen.
Eso fue casi al mismo tiempo que Jesse apareció con la otra silla de la esquina.
—¿De qué hablas? —dijo ella, agradeciéndonos a los dos con una sonrisa
cansada mientras intentaba sentarse en la silla que Jesse acercó para ella. Por
supuesto—. Estoy viviendo la vida con tanta intensidad que me siento a punto de
estallar. —Sus manos cubrieron su vientre, que ya era muy pronunciado. Supuse
que al ser Rowen tan pequeña, cuando un bebé creciera en su vientre, se notaría
mucho. Parecía como si hubiera puesto una pelota de baloncesto bajo su camisa.
—¿Cómo te sientes, mamá osa? —le pregunté, empujando la silla vacía en
dirección de Jesse. Él no llevaba el bebé, pero parecía más cansado y destartalado
que Rowen.
—Si el embarazo pudiera mágicamente pasar de tener una duración de
nueve meses y medio a seis, sería la persona más feliz del mundo. —Sus manos
siguieron deslizándose hacia arriba y abajo de su estómago—. Aparte de eso y no
poder dormir por la noche sin despertarme cada dos horas para orinar y sentir que
podría comer demasiada comida, y que mi pecho arde de la acidez estomacal que
tengo después de comer dicho buffet y tener que asegurar y reasegurar a este chico
cada vez que hago una cara que incluso podría hacer alusión a la incomodidad…
—Me lanzó una sonrisa—. Me encuentro fabulosa.
Jesse se sentó en la silla al lado de ella, rondando a su alrededor, como lo
hacía desde que quedó embarazada.
—¿Cómo está el viejo corazón? —le pregunté, levantando mi barbilla.
Rowen se rio entre dientes mientras que Jesse me lanzó una sonrisa burlona.
—Todavía en funcionamiento. Gracias por preguntar. ¿Cómo está el tuyo?
—Bien. Pero yo no soy el embarazado con una disfunción cardíaca.
—Garth —advirtió Jesse, pero su irritación se atenuó cuando continuó la
risa de Rowen.
No trataba de restar importancia a la amenaza representada para Rowen y
su bebé, pero a veces en la vida era necesario reírse en lugar de tener miedo. Al
menos una parte del tiempo.
Cuando terminó de reír, ella me miró. —No, pero eres el que se encuentra a
punto de subirse a un toro después de que el último te dejó paralizado del cuello
para abajo. —Me dio una pequeña sonrisa malévola—. En términos de quién tiene
el mayor deseo de muerte, me has vencido, Black. Felicitaciones.
Hice una reverencia mientras Jesse suspiró.
—¿Cómo va el ganado? —preguntó él, obviamente queriendo alejar el tema
de deseos de muerte—. ¿Necesitas una mano esta semana con algo?
—Si conoces una manera de convertir mágicamente cincuenta cabezas en
quinientas, me encantaría una mano con eso. —Me arrodillé junto a ellos porque
me sentía raro de mirar hacia abajo al hablar. Supuse que aprendí algunas cosas de
pasearme en esa silla de ruedas por un mes—. Aparte de eso, sí, me encantaría una
mano. Con lo que sea.
—No puedo creerlo. —Rowen negó con la cabeza—. Te estás convirtiendo
en Ranchero Black. Bien por ti.
—No estoy seguro de que puedas llamar “ranchero” al hombre que está
añadiendo a su rebaño, literalmente, una vaca a la vez, pero espero llegar a eso un
día.
Si no hubiera estado mirándola, no habría creído que el motivo de la
vidriosidad en sus ojos era porque se estaba poniendo… ¿emocional? Esa era una
condición que no se veía en Rowen, al menos no de una forma que no sea ira o
irritación.
—Qué bien. —Me acarició la mano—. Estoy orgullosa de ti.
Cuando sorbió por la nariz y miró hacia otro lado, supuse que escondía las
lágrimas que se formaron, miré a Jesse con una expresión atónita. Todo lo que hizo
fue encogerse de hombros y mantener sus labios cerrados.
Después de pagar todas las facturas del hospital, contra toda lógica, todavía
me quedaba suficiente guardado en mi cuenta bancaria para comprar una parte de
la tierra que planeamos y añadir un puñado de ganado para poder empezar. Fue
una décima parte de lo que Josie y yo proyectamos tener a estas alturas, pero en
lugar de ser una derrota, se sentía como una victoria. Después de enfrentarme a la
posibilidad muy real de no caminar de nuevo, ser capaz de montar un caballo y
navegar por nuestra tierra y nuestro ganado fue como hallar un rincón inesperado
de cielo en la tierra.
—Bueno, es muy lejos de donde esperamos terminar, pero cincuenta vacas
son mejores que ninguna —le dije, hablando con Jesse ya que Rowen seguía
mirando a otro lado, tratando de ocultar sus emociones—. Después de este año,
con el dinero que tengo la intención de ganar con los toros, debemos ser capaces de
comprar el resto de lo que planificamos.
Jesse asintió, y la misma mirada que había visto en Josie últimamente, cruzó
su cara. Le preocupaba. No quería verme salir lastimado, pero supuse que, al igual
que Josie, él reconocía que montar toros era tan parte de mí como Montana y la
ganadería. Simplemente dejarlo y marcharme habría sido como traicionarme a mí
mismo.
—¿Y el drogadicto? ¿Todavía nada? —Jesse envolvió su brazo alrededor de
la parte posterior de la silla de Rowen, dándole a su hombro un suave masaje.
Mi labio superior se curvó a la mención de ese pedazo de mierda. Después
de que Josie y yo llamamos a emergencias, enviaron tanto un coche de la policía
como una ambulancia. Sin embargo, él se fue en la ambulancia. Tenía una cara
bastante golpeada y un par de costillas rotas que podrían haber sido causadas por
mí o por vivir la clase de vida dura que tenía la gente como él, pero solo estuvo en
el hospital por un día. Se había quedado en la cárcel por unos días, y después de
eso…
—Más le vale mantener su lamentable culo en Nuevo México porque si
alguna vez percibo apenas un olorcillo de él por estas partes de nuevo, voy a hacer
lo que debería haber hecho en vez de llamar a emergencias; enterrarlo vivo en una
tumba sin nombre.
Jesse hizo un gesto como si lo aprobara. Podríamos haber sido totalmente
diferentes, pero en una forma éramos idénticos; haríamos cualquier cosa para
proteger a nuestras familias. Incluso si eso incluía cometer asesinato.
Después de estar al tanto de que la cárcel y el hospital le habían apodado
“John Smith” cuando él se negó a darles un nombre y yo ofrecí el de Imbécil,
estuve esperándolo en las escaleras de la prisión el día que fue liberado. Le di un
billete de tren solo de ida y una amenaza que le hizo alejarse de mí como si yo
fuera más temido que el mismo diablo.
—Creo que será mejor que vaya al baño una vez más antes de que ocupes el
centro del escenario, Black. No me gustaría perdérmelo. Vas a tener una gran
noche, lo sé. —Rowen empezó a levantarse de la silla como si fuera tan complicado
y desalentador como una carrera de obstáculos.
Jesse y yo nos pusimos de pie con rapidez, y cada uno le tendimos una
mano para ayudarla. Me quedé callado cuando ella se paró frente a mí, esperando.
—¿Qué te pasa, Black? —preguntó en torno a un bostezo.
—Nada, solo estoy esperando el remate del chiste —le contesté.
—¿Qué remate? —preguntó, inclinando la cabeza hacia mí.
—Ya sabes, el sarcástico condimentado con un poquito de arrogancia que
me acostumbré a esperar de ti después de dirigirme unas palabras amables. —Le
di a Jesse otra mirada, como si me estuviera preguntando donde se escondió la
verdadera Rowen Sterling—. Ese remate.
Ella se inclinó hacia Jesse como si necesitara el apoyo para ayudar a su
equilibrio. —No hay un remate.
Sentí que mi boca comenzaba a abrirse, y fue entonces cuando ella tendió los
brazos y se acercó a mí.
—Ven. Necesito un abrazo, Black —dijo, volviendo a sorber por la nariz—.
Quiero un buen abrazo de tu parte en caso de que decidas darnos una repetición
de la última vez que te vimos montar un toro.
Cuando sus brazos se envolvieron alrededor de mí, me quedé helado por un
momento. No estaba acostumbrado a ser abrazado por Rowen. No sabía que fuera
capaz de ese tipo de expresiones de afecto cuando se trataba de mí. Sin embargo,
esa no era la única razón por la que se sentía extraño; su barriga de pelota de
baloncesto empujaba a la mía, y eso se sentía muy extraño.
—Abrazas como una niña pequeña —murmuró mientras la sostenía con
delicadeza, y mis manos acariciaban con cuidado su espalda.
Detrás de ella, Jesse intentaba no sonreír, pero falló a lo grande.
—Ah, ahí está, la Rowen que conozco y amo. —Apreté mis brazos alrededor
de ella y le devolví su fuerte abrazo.
—Eso está mejor —dijo antes de salirse de nuestro abrazo y dirigirse a la
puerta. Levantó la mano a Jesse cuando empezó a seguirla—. No puedo soportar
que me sigas al baño de mujeres una vez más por hoy. Lo siento. Una chica tiene
que ser capaz de hacer algunas cosas por su cuenta, e ir al baño entra en esa lista.
—Avanzó hasta la puerta cuando vio que él se quedaba. Soplando un beso rápido
en su dirección, ella se dirigió hacia los baños.
Me acerqué a Jesse y le di un codazo. —Rowen me acaba de abrazar.
¿También lo viste? ¿O solo fue mi imaginación?
—No, definitivamente lo hizo. —Continuaba mirando la puerta por donde
ella había desaparecido.
—El embarazo se mete con una mujer a lo grande —reflexioné, sacudiendo
la cabeza.
—El embarazo se mete con un hombre a lo grande —dijo, haciendo señas
arriba y abajo hacia sí mismo como si él fuera toda la prueba necesaria para
respaldar su declaración.
—¿Aún aguantas? —Enganché mi bota detrás de la pata de una de las sillas
y la moví hacia mí antes de dejarme caer en ella.
—Hago lo mejor posible —contestó, sentándose en la otra silla.
—¿Cómo está funcionando todo el regreso en Willow Springs? ¿Todavía va
bien?
Su rostro se tranquilizó un poco por el cambio en la conversación. Siempre
le hacía un rápido chequeo de salud mental para ver cómo se las estaba arreglando
con todo el asunto del embarazo, pero no insistía. El cuerpo de Rowen se hallaba
en su mente todo el día y la noche, así que cuando nos encontrábamos juntos,
trataba de llevar su cabeza a algún otro lugar por unos minutos.
—Sigue estando bien. Pronto nos iremos de nuevo a Seattle durante un par
de semanas. Luego volveremos aquí hasta que dé a luz. No quiero ir de un lado
para otro cuando transite el tercer trimestre. —Se miraba las manos, observándolas
como si viera algo ahí que yo no podía.
—¿Aún van a construir una casita para ustedes aquí?
Una sonrisa se dibujó en su rostro. —Sí, ya la empezamos. Nuestro bebé
podría celebrar su tercer cumpleaños antes de que tengamos suficiente tiempo y
dinero ahorrado para terminarla, pero sí, ese sigue siendo el plan.
—Estoy seguro de que tu mamá odia totalmente que se queden en Montana
parte del año.
Jesse rio. —Sí, las abuelas cariñosas de verdad odian tener a sus familias a
mil kilómetros.
—Bueno, diablos, con tu ayuda en mi casa, sería un amigo mezquino si no te
devuelvo el favor. —Asentí al chico que acababa de asomar la cabeza para darme
la advertencia de cinco minutos. El primer impulso de adrenalina bombeó en mi
sistema—. La próxima vez que vayas a utilizar un martillo en Casa de Sterling-
Walker, llámame. Te daré una mano.
—Gracias. —Me dio un empujoncito—. Aceptaré esa oferta. Tal vez más
veces de las que te gustaría.
Resoplé y me levanté de la silla para agarrar lo demás que necesitaba. —Sí,
porque de los dos, tú siempre has sido el que toma ventaja de nuestra amistad.
Cuando me acerqué a mi bolsa de lona para sacar mis guantes y las otras
cosas, Jesse se dirigió a la puerta. Cuando llegó ahí, se detuvo. —¿Qué pasó con ese
anillo que solías llevar en el bolsillo trasero?
Le di unas palmaditas al bolsillo izquierdo de mi culo. —Sigue allí.
Sus cejas se fruncieron, y la frente se arrugó. —¿Qué hace ahí? ¿A esta altura
no debería estar en el dedo de la mujer que amas?
Recogí lo que necesitaba y luego fui hacia la puerta, donde me esperaba.
—Un hombre no desliza a la ligera un anillo en el dedo de una mujer luego
de todo lo que Josie y yo hemos pasado. Después de toda la basura que tuvo que
aguantar al estar conmigo, tengo que hacerlo bien, Jess. No puedo simplemente
llevarla a cenar y proponérselo dejando su anillo en el postre. Tengo que al menos
reservar un vuelo a la luna o algo parecido, así logramos ser la primera pareja en
comprometerse en el espacio. O llevarla a ver todas las siete maravillas del mundo
antes de ponerme de rodillas en frente del Taj Mahal y rogarle que sea mi esposa.
No puedo proponerle matrimonio tal como todos los demás se comprometen. No
cuando ella supera con creces el promedio… Se merece lo mejor. —Palmeé mi
bolsillo trasero una vez más—. Por eso este anillo aún se encuentra en mi bolsillo.
—Por la expresión en su rostro, era como si estuviera diciendo tonterías. Agité mi
dedo enfrente de su cara—. O tienes algo que decir o estás gravemente estreñido.
¿Cuál es?
—Solo… no lo sé… —Se encogió de hombros—. Supongo que simplemente
pensé que luego de lo que han pasado, después de lo que soportaste, te darías
cuenta de que no puedes dar por sentado el futuro. Ni siquiera la próxima hora. En
especial teniendo en cuenta que montarás el lomo de uno de los toros más difíciles
de este circuito en un par de minutos —murmuró.
—¿Crees que no lo sé?
—No, realmente no. Has tenido un anillo en tu bolsillo por meses, Garth.
Eso significa que has estado pensando en pedirle matrimonio a Josie durante al
menos ese tiempo, pero aún no se lo preguntas.
Dejé caer la mandíbula. —Estoy esperando el momento adecuado.
Me miró. Por primera vez en mucho tiempo, se veía como el mejor amigo
con el que recordaba haber crecido en vez del “enloquecido futuro padre”. —El
momento adecuado es ahora mismo. —Luego de darme unas palmaditas mordaces
en la mejilla, atravesó la puerta hacia el baño de mujeres, donde su “ahora mismo”
lo esperaba.
Pasó algún tiempo desde que Jesse desapareció por el pasillo antes de que
pudiera salir del shock en el que me dejó luego de decirme eso. ¿“El momento
adecuado es ahora mismo”? ¿Quién decía algo tan grande como eso y simplemente
se iba para dejar a una persona con su confusión?
Todavía me encontraba allí de pie, negando con la cabeza cuando alguien
gritó desde el pasillo que me convenía mover mi trasero a menos que quisiera ser
descalificado. Eso fue suficiente para llamar mi atención y ponerme en movimiento
otra vez. Mientras trotaba por el pasillo hacia el estadio, el sonido de los pasos de
mis botas hacía eco a mi alrededor, las palabras de Jesse eran todo en lo que podía
pensar. Cuando debería estar concentrándome en nada más que en el rodeo, pensé
en esas seis palabras que acababan de salir de la boca de mi mejor amigo. No era la
forma en que quería entrar a mi primer rodeo en meses…
Cuando irrumpí en el ruedo, el sonido de la multitud me atacó. Los olores
del estadio, una mezcla de tierra y animal, y comida frita, casi me abrumaron. Era
una gran conmoción pasar de la soledad de esa habitación a este alboroto. ¿O tenía
más que ver con lo que Jesse dijo recién?
—¡Black! —me gritó uno de los jinetes desde el cepo para animales—.
¡Sigues tú!
Contuve el aliento, alejé el rugido de la multitud y todo lo demás que asaltó
mis sentidos, y avancé. Luego de un par de pasos, encontré mi ritmo. Comencé a
correr ya que me decían que volara o perdería mi turno. En medio de mi carrera,
me agaché lo suficiente para recoger un puñado de tierra del borde del estadio y la
dejé filtrarse entre mis dedos el resto del camino. Esta noche no era la indicada para
renunciar a las consagradas tradiciones y supersticiones.
Salté la cerca y comenzaba a subir cuando avisté a alguien apoyado sobre la
valla en el otro extremo. Su rostro se encontraba metido entre las aberturas de la
barandilla, e incluso desde aquí, podía divisar con cuanta fuerza se mordía el labio.
Josie me dijo que no sería capaz de mirar este rodeo. Se disculpó y prometió que
vería la próxima y el resto que le siguieran, pero que hoy simplemente no podía
observar. No le pregunté por qué, ni siquiera sentí una punzada de decepción
porque no pudiera ver mi reaparición. Solo la había abrazado y besado su frente.
Pero ahí se encontraba. Mirándome con esos grandes ojos verdes, luciendo
como si su corazón estuviera listo para salir por su garganta. Estaba ahí, en ese
momento, observándome… esperándome… apoyándome.
¿Qué demonios hacía escalando una valla hacia un toro cuando tenía que
hacerle la pregunta más importante de nuestras vidas? Bueno, al parecer, en este
momento. En mi bolsillo trasero, ese anillo quemaba otro agujero en mi trasero.
—Oye, Black. Sé que ha pasado un tiempo desde que has subido a uno de
estos, pero aquí va un pequeño recordatorio. —Uno de los chicos encargándose de
los cepos levantó la barbilla—: No tienes que esperar una invitación. Puedes subir
a bordo e ir por ello.
Al otro lado del campo, Josie me vio observándola. Dejó de mordisquearse
el labio el tiempo suficiente como para sonreír. Solo pudo hacerlo por un momento
antes de volver a morderse el labio.
Le devolví la sonrisa. Luego salté la cerca. —Llama al próximo jinete. Tengo
algo más importante que hacer. —Palmeando el brazo del chico, corrí hacia el
extremo del campo.
—¿Adónde diablos vas, Black?
—¡A hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo! —respondí a
los gritos, aunque no estaba seguro de si podía oírme por encima de la multitud.
—¿Y eso es algo que no puede esperar treinta segundos? —contestó.
Negué con la cabeza y seguí trotando. —No puede esperar ni un segundo
más —me dije a mí mismo.
La gente en las gradas me miraba, seguramente pensando que me acobardé
luego de lo que pasó la última vez o suponiendo que me volví loco. Algunos
comenzaron a corear mi nombre, pero aunque cada persona de la tierra lo hiciera
en ese preciso momento, no me habría impedido llevar a cabo lo que estaba a
punto de hacer.
Me acercaba hacia donde la vi, y mientras más avanzaba, más rápido me
movía. No estaba seguro de si ella veía qué pasaba, pero cuando por fin apareció
ante mi vista, y abrió sus ojos sorprendida, supuse que no tenía idea de que había
renunciado a mi primer rodeo de la temporada.
—¿Garth? —Se apartó de la valla, arrugando la frente, confusa.
—Hola, Joze. —Sonreía tanto que me sorprendía que no pudiera tocar mis
orejas con las esquinas de mi boca.
—¿Qué sucede? ¿Qué haces? Acaban de llamarte. —Su rostro fue del centro
del estadio, hacia donde me encontraba cuando inicié mi camino hasta ella.
—Habrá otros.
—Pero este. El primero luego de tu accidente… —Su frente se arrugó aún
más—. Esto era importante para ti.
Negué con la cabeza y me detuve frente a ella. —No tan importante como tú
lo eres para mí. —Observando a nuestro alrededor, noté un montón de ojos sobre
nosotros, a pesar de que el siguiente jinete estaba a punto de empezar. Amaba a
mis seguidores, estaba agradecido por cada uno, pero no quería una audiencia
para esto.
Esta parte de mi vida quería mantenerla sagrada.
Tomando sus manos, la llevé al túnel y fuera de la vista del estadio. Cuánto
más nos alejábamos, más confusión se veía en sus ojos.
—¿Qué pasa, Garth? Me estás preocupando. —Miró sobre su hombro como
si esperara que alguien viniera a arrastrarme de vuelta al ruedo.
Una vez que estuvimos bien adentro del túnel y supe que nadie podría
vernos, busqué dentro de mi bolsillo, enrollé mi dedo meñique alrededor del anillo
que había tenido por más de la mitad de un año, y lo saqué.
—Algo surgió. Eso es lo que pasa. Algo que necesito decirte. —Incliné una
rodilla y luego la otra. No estaba preparado para pedir la mano de esta mujer en
matrimonio; me encontraba listo para rogar.
—Oh, Dios mío. —Sus ojos se abrieron como platos, la preocupación se
mostraba en su expresión—. ¿Estás bien? Tus piernas… —Su mirada se desvió a
donde yo estaba arrodillado, como si mis piernas acabaran de ser cortadas hasta
las rodillas—. Llamaré al doctor Murphy. No te muevas. Trata de quedarte quieto.
—Escarbó en su bolso frenéticamente, buscando el teléfono.
Que acabara de arrodillarme en frente de mi novia y ella asumiera que era
porque mi columna no estaba bien en vez de darse cuenta de la verdadera razón,
me hizo notar que ella se esperaba esto tanto como yo cuando despertamos esta
mañana.
—Mis piernas están bien, Joze —le aseguré, enroscando mi mano alrededor
de la de ella que seguía buscando su teléfono—. Mi columna también.
—¿Entonces cuál es el problema?
Inhalé y sostuve el anillo entre los dos. —El problema es que tengo miedo
de que si no te pido que te cases conmigo en este mismo momento, nada volverá a
estar bien de nuevo.
—Oh por Dios, Garth —dijo de nuevo, aunque esta vez, sonaba totalmente
diferente—. ¿Es lo que creo? ¿Me estás preguntando lo que creo? —Su rostro se
iluminó cuando pasó de mirarme a mí al anillo. Toda la preocupación y ansiedad
se desvaneció de su rostro, y en ese momento, lucía como si nunca hubiera sido tan
feliz como ahora, atrapada en este túnel conmigo mientras sostenía su mano.
—Aún no te he preguntado nada. —Levanté una ceja y giré el anillo para
que el diamante estuviera de cara a ella—. Pero me encuentro a punto de hacerlo.
Inclinó la cabeza, las primeras lágrimas se derramaban por sus mejillas en
tanto su sonrisa se ensanchaba.
Contuve el aliento y traté de centrarme al recordarme que este sería uno de
los más importantes y más cruciales momentos de mi vida. Ese recordatorio no
hizo mucho para tranquilizarme o concentrarme. Así que simplemente fui por ello.
Apreté su mano y observé el punto en su dedo donde rezaba que cierto anillo
estuviera luego de que hiciera mi solicitud.
—Supe desde el momento en que te conocí que nada estaría bien a menos
que tú estuvieras de alguna forma, por alguna razón, en mi vida —comencé,
mirándola a los ojos. Me devolvía la mirada, a través de las lágrimas y todo—.
Supe desde el momento en que me enamoré de ti que nada estaría bien a menos
que encontrara alguna manera, algún motivo para estar siempre contigo. Y supe
desde que elegí este anillo y lo metí en mi bolsillo trasero que nada estaría bien a
menos que de algún modo, en alguna medida descubriera una forma de hacer que
aceptes casarte conmigo. —Tuve que detenerme y tragar. Esto no era fácil; pedirle
a la mujer que amaba que sea mi esposa, pedirle a esta extraordinaria mujer que
pasara el resto de su vida con alguien que nunca podría estar a la altura de lo que
se merecía—. Nada se siente bien sin ti, Joze. ¿Pero contigo? Todo es perfecto.
Continuó escuchando, rebotando mientras permanecía allí de pie, sin dejar
de sonreír entre lágrimas.
—Y sé que estoy tan lejos de ser perfecto o hacer las cosas perfectas para ti
que ni siquiera tengo derecho a decirlo, pero te amo, Josie Gibson. —Me detuve
para tomar aire. Me hallaba de rodillas y haciendo nada más que decir palabras,
pero apenas podía respirar. Era el momento más excitante de mi vida; por fin hallé
el valor para pedirle a Josie Gibson que se casara conmigo—. Te amo tanto que es
lo que me define. Tú lo haces, Joze. Haces que mi existencia tenga importancia. —
Otra pausa para recuperar el aliento—. Hago más cosas mal que bien, pero hay
una en la que soy muy bueno, y esa es amarte. Te he amado la mayor parte de mi
vida. —Sosteniendo el anillo sobre su dedo, la miré. Su respuesta estaba escrita en
su rostro. En cierto modo, creo que siempre fue así, pero había estado demasiado
ciego para verlo—. ¿Me darías permiso para amarte el resto de esta?
Dejó caer su bolso al suelo y puso su otra mano en mi rostro. —¿Me estás
pidiendo que me case contigo, Garth Black?
Me quité el sombrero y asentí. —Te estoy pidiendo que te cases conmigo,
Joze.
Sus saltitos en el lugar se detuvieron cuando me puso de pie. —Entonces
aquí está mi respuesta.
Lazando su cuerpo contra el mío, su boca encontró la mía y sus brazos se
enroscaron alrededor de mi cuello. Se rio mientras nos besábamos. Lloró. No
parecía querer detener el beso.
Tuve que apartarme, aún sosteniendo el anillo, y confirmar—: ¿Eso fue un
sí?
Alargó una mano, con los dedos extendidos, y arqueó una ceja. —Eso no fue
un simple sí. Fue un “ya era hora”.
Mi mano tembló mientras deslizaba el anillo en su dedo. El resto de su
cuerpo podría haber estado rebotando de nuevo, pero su mano no tembló ni una
vez hasta que entró en su lugar.
—Dijiste que el hombre que escogió ese anillo podría hacerte su pregunta
cuando apareciera otra vez. Estoy bastante seguro de que ya ha vuelto. —Sonreí a
su mano. El anillo lucía incluso mejor ahí de lo que imaginé que haría. Como si
perteneciera a ese lugar.
—No —contestó, sacudiendo la cabeza—, pero este es aún mejor.
Pasé mis dedos por una de las trenzas que colgaban sobre su hombro. El
rugido de la multitud se filtraba por el túnel. Parecía que el siguiente jinete hubiera
hecho una tremenda monta. Él encontró su gloria en el campo esa noche, yo había
encontrado la mía en este túnel. —¿Cómo lo sabes?
Observó el anillo brillando en su dedo antes de que su mirada se reuniera
con la mía. Inclinándose, colocó la otra mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros,
el mismo donde guardé el anillo durante meses, pero finalmente había decidido
ponerlo donde pertenecía, en el dedo anular de la mujer con la que quería casarme.
Justo antes de que juntara sus labios con los míos, susurró—: Porque este es mi
prometido.
El amor es lo que nos fortalece. Y también lo que nos
destroza.
Si esto es cierto, Rowen se convirtió en la proverbial bola
de demolición para la vida de Jesse.
Al descubrir que Rowen está embarazada después de
tomar todas las precauciones para asegurarse de lo
contrario debido a una condición cardiaca potencialmente
mortal, Jesse se ve obligado a enfrentar demasiadas
realidades duras que lo envían a un lugar desesperado y
oscuro. Considerar la posibilidad de que él pierda a su
esposa y a su hijo no nato es demasiado para que pueda soportarlo.
La situación está fuera de su control, por lo que se centra en las pocas cosas que
puede controlar. Como anotar todos los movimientos de Rowen, o llamar al
médico cada vez que el rostro de ella se pone pálido o incluso reconocer el hecho
de que estaría dispuesto a hacer un trato con el diablo a cambio de la vida de su
esposa e hijo. No hay nada que él no haría, ni daría ni sacrificaría para evitar el
daño.
Pero, ¿qué sucede cuando el diablo acepta ese trato y se invierten los papeles? Una
vida por otra. Un alma por otra. Un corazón por otro. Su vida por la de ellos.
El amor es lo que nos fortalece. Y también lo que nos destroza.
El amor fortaleció a Jesse y a Rowen. Y está a punto de destrozarlos también.
Es esposa, madre, escritora. Comenzó a escribir porque le
encantaba y aún escribe porque le encanta.
Escribe romance porque aún cree en el amor verdadero, en
las almas gemelas y en los finales felices.
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