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Jean Baudrillard

La precesión de los simulacros


J E A N B A U D R I L L A R D*
El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad –es la verdad
que oculta que no hay tal.
El simulacro es verdad.

Eclesiastés
Si pudiéramos tomar como el ejemplo más claro de alegoría de la simulación el relato de Borges en
el que los cartógrafos del Imperio dibujan un mapa tan detallado que termina cubriendo
exactamente el territorio (pero donde la caída del Imperio ve cómo este mapa se va deshilachando y
finalmente arruinado, unas cuantas tiras aun discernibles en los desiertos –la belleza metafísica de
esta abstracción arruinada, siendo testigo de un orgullo imperial y pudriéndose como un cadáver,
regresando a la sustancia del suelo, de la manera como un doble envejecido termina siendo
confundido con la cosa real)—entonces esta fábula ha cerrado el círculo para nosotros, y ahora no
tiene nada más que el encanto discreto de los simulacros de segundo orden. [1]
La abstracción hoy en día ya no es la del mapa, el doble, el espejo o el concepto. La simulación ya
no es la del territorio, un ser referencial o una sustancia. Es la generación por vía de los modelos de
un real sin origen o realidad: un hiperreal. El territorio ya no precede al mapa, ni lo sobrevive. De
aquí en adelante, es el mapa el que precede al territorio –LA PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS
—es el mapa el que engendra el territorio y si pudiéramos revivir la fábula hoy en día, sería el
territorio cuyas tiras lentamente se pudren en las inmediaciones del mapa. Es lo real, y no el mapa,
cuyos vestigios subsisten aquí y allá, en los desiertos que ya no son los del Imperio, sino los
nuestros: El desierto de lo real.
De hecho, incluso invertida, la fábula es inútil. Quizás sólo la alegoría del Imperio permanece. Ya
que es con el mismo imperialismo que los simuladores actuales tratan de hacer lo real, todo lo real,
coincidir con sus modelos de simulación. Pero ya no es una cuestión ni de mapas ni de territorios.
Algo ha desaparecido: la diferencia soberana entre ellos que había sido el encanto de al abstracción.
Ya que es la diferencia la que forma la poesía del mapa y el encanto del territorio, la magia del
concepto y el encanto de lo real. Este imaginario representacional, que culmina en y a la vez es
engullido por el proyecto enloquecido del cartógrafo de una coextensión entre el mapa y el
territorio, desaparece con la simulación –cuya operación es nuclear y genética, y ya no especular y
discursiva. Con ella se va toda la metafísica. No más espejo de ser y de apariencias, de lo real y su
concepto. No más coextensión imaginaria: más bien, la miniaturización genética es la dimensión de
la simulación. Lo real es producido a partir de unidades miniaturizadas, de matrices, bancos de
memoria, y modelos de comandos –y con éstos puede reproducirse un número infinito de veces. Ya
no tiene que ser racional, ya que deja de medirse contra algún ideal o instancia negativa. Ya no es
más que operacional. De hecho, como ya no es envuelto por un imaginario, ya deja de ser real. Es
un hiperreal, el producto de una síntesis irradiante de modelos combinatorios en un hiperespacio sin
atmósfera.
En este paso hacia un espacio cuya curvatura ya no es la de lo real, ni de la verdad, comienza de
esta manera la era de la simulación con la liquidación de todo referente –lo que es peor: por su
resurrección artificial en sistemas de signos, un material más dúctil que el significado, en el sentido
de que se presta a todos los sistemas de equivalencia, todas las oposiciones binarias, y todas las
álgebras combinatorias. Ya no es cuestión de imitación, ni de reduplicación, ni tampoco de parodia.
Es más bien una cuestión de sustituir signos de lo real por lo real en sí mismo, esto es, una
operación para disuadir todo proceso real por vía de su doble operacional, una máquina descriptiva
inestable, programática, perfecta, que proporciona todos los signos de lo real y ejerce un corto
circuito en todas las vicisitudes. Nunca más lo real tendrá que ser producido –esta es la función vital
del modelo en un sistema de muerte, o mejor dicho, de resurrección anticipada que ya no da lugar a
ninguna oportunidad incluso en el evento de la muerte. Un hiperreal que de ahora en adelante se
refugia del imaginario, y de cualquier distinción entre lo real y lo imaginario, dejando lugar sólo
para la recurrencia orbital de modelos y la generación simulada de la diferencia.
La divina
irreferencia
de las imágenes

Disimular es fingir no tener lo que uno tiene. Simular es fingir tener lo que uno no tiene. El primero
implica una presencia, el segundo una ausencia. Pero la cuestión es más complicada, ya que simular
no es simplemente fingir: “Alguien que finge una enfermedad, simplemente se va a la cama y hacer
creer que está enfermo. Alguien que simula una enfermedad se produce a sí mismo algunos de los
síntomas.” (Littre) Por lo tanto, fingir o disimular deja intacto al principio de la realidad: la
diferencia entre lo “verdadero” y lo “falso”, entre lo “real” y lo “imaginario”. Dado que el
simulador se produce síntomas “verdaderos”, ¿está o no está enfermo? No puede ser tratado
objetivamente ni como enfermo, ni como no-enfermo. La psicología y la medicina se detienen en
este punto, antes de una verdad de la enfermedad a partir de entonces no descubierta. Ya que si
cualquier síntoma puede ser “producido”, y ya no puede aceptarse como un hecho natural, entonces
cualquier enfermedad puede considerarse como simulable o simulada, y la medicina pierde su
sentido, ya que sólo sabe cómo tratar enfermedades “verdaderas” a partir de sus causas objetivas.
La psicosomática evoluciona de manera sospechosa, en los límites del principio de la enfermedad.
En cuanto al psicoanálisis, transfiere el síntoma del orden orgánico al inconsciente: una vez más,
este último se sostiene como verdad, más verdadero que el anterior, pero, ¿por qué la simulación se
detendría en los portales del inconsciente? ¿Por qué no podría el “trabajo” del inconsciente ser
“producido” de la misma manera que cualquier otro síntoma en la medicina clásica? Los sueños ya
lo hacen.
El alienista, claro, dice que “para cada forma de la alienación mental hay un orden particular en la
sucesión de síntomas, de los cuales no está conciente el simulador, y en cuya ausencia el alienista
difícilmente puede ser engañado.” Esto (que data de 1865) para poder salvar a toda costa el
principio de la verdad, y para escapar el espectro que surge por medio de la simulación –
principalmente de que la verdad, la referencia y las causas objetivas han dejado de existir. ¿Qué
puede hacer la medicina con algo que flota en ambos lados de la enfermedad, en ambos lados de la
salud, o con la reduplicación de la enfermedad en un discurso que ya no es verdadero o falso? ¿Qué
puede hacer el psicoanálisis con la reduplicación del discurso del inconsciente en un discurso de
simulación que ya no puede ser desenmascarado, ya que tampoco es falso?[2]
¿Qué puede hacer el ejército con los simuladores? Tradicionalmente, siguiendo un principio directo
de identificación, los desenmascara y los castiga. Hoy día, puede reformar a un simulador excelente
como si fuera el equivalente de un homosexual “real”, caso cardíaco o lunático. Incluso la
psicología militar pone la retirada de las claridades cartesianas y duda en marcar la distinción entre
verdadero y falso, entre el síntoma “producido” y el síntoma auténtico. “Si actúa tan bien como un
loco, entonces debe ser un loco.” Ni tampoco se confunde: en el sentido de que todos los lunáticos
son simuladores, y esta falta de distinción es la peor forma de subversión. Contra ello, la razón
clásica se armó con todas sus categorías. Pero es esto, hoy en día, lo que nuevamente le saca la
vuelta, sumergiendo el principio de la verdad.
Fuera de la medicina y el ejército, terrenos favorecidos de simulación, el tema nos devuelve a la
religión y al simulacro de la divinidad: “Prohibí cualquier simulacro en los templos porque la
divinidad que respira vida a la naturaleza no puede ser representada.” De hecho, sí puede. ¿Pero qué
ocurre con la divinidad cuando se revela a sí misma en iconos, cuando es multiplicada en
simulacros? ¿Sigue siendo la autoridad suprema, simplemente encarnada en imágenes como una
teología visible? ¿O es volatizada en simulacros que por sí solos utilizan su pompa y poder de
fascinación –la maquinaria visible de los iconos siendo sustituida por la pura e inteligible Idea de
Dios? Esto es precisamente lo que temían los iconoclastas, cuya pelea milenaria sigue con nosotros
hasta la fecha. [3] Su furia por destrozar imágenes surgió precisamente porque sintieron esta
omnipotencia de los simulacros, esta facilidad que ellos tienen para borrar a Dios de la conciencia
de los hombres, y la verdad sobrecogedora y destructiva que sugieren: de que, finalmente, nunca ha
habido un Dios, que sólo existe el simulacro, y efectivamente, que Dios sólo ha sido siempre su
propio simulacro. De haber sido capaces de creer que las imágenes sólo ocultaban o enmascaraban
la idea platónica de Dios, nunca habría razón para destruirlos. Uno puede vivir con la idea de una
verdad distorsionada. Pero su desesperanza metafísica venía de la idea de que las imágenes no
escondían nada, y que de hecho no eran imágenes, tales como el modelo original las pudo haber
hecho, sino simulacros en verdad perfectos, por siempre radiante con su propia fascinación. Pero
esta muerte de la referencia divina tiene que ser exorcizada a toda costa.
Puede verse que los iconoclastas, muchas veces acusados de despreciar y negar las imágenes, eran
de hecho los que les otorgaban su valor real, a diferencia de los iconólatras, quienes veían en ellas
sólo reflejos y se contentaban con venerar a Dios por separado. Pero también puede decirse lo
contrario, principalmente, que los iconólatras eran las mentes más modernas y aventureras, ya que
debajo de la idea de la desaparición de Dios en el espejo de las imágenes, ya hacían una
representación de su muerte y su desaparición en la epifanía de sus representaciones (que ellos
quizás sabían que ya no representaban nada, y de que ellos eran puro juego, pero que este era
precisamente el juego más grandioso –sabiendo también que es peligroso desenmascarar las
imágenes, ya que disimulan el hecho de que no hay nada detrás de éstas).
Esta fue la aproximación de los jesuitas, quienes basaban su política en la desaparición virtual de
Dios y de la mundana y espectacular manipulación de las conciencias –la evanescencia de Dios en
la epifanía del poder—el fin de la trascendencia, que ya no sirve como coartada para una estrategia
completamente libre de influencia y de signos. Detrás del barroco de las imágenes se esconde la
eminencia gris de la política.
Por lo tanto, quizá siempre ha estado apostándose a la capacidad asesina, asesinas de lo real,
asesinas de su propio modelo, como los iconos bizantinos podrían asesinar la identidad divina. A
esta capacidad asesina se opone la capacidad dialéctica de las representaciones como una mediación
inteligible y visible de lo Real. Toda la fe de occidente y la buena fe se involucra en esta apuesta de
la representación: de que un signo pudiera referirse a la profundidad del significado, de que un
signo pudiera intercambiarse por significado, y de que algo pudiera garantizar dicho intercambio –
Dios, por supuesto. ¿Pero qué si Dios puede ser simulado, esto es decir, reducido a los signos que
dan cuenta de su existencia? Entonces, el sistema entero se vuelve ingrávido, ya no es nada más que
un gigantesco simulacro—no irreal, sino un simulacro, nunca jamás intercambiándose por lo real,
sino intercambiándose en sí mismo, en un circuito ininterrumpido sin referencia o circunferencia.
Y así es con la simulación, en tanto que se opone a la representación. La segunda comienza desde el
principio de que el signo y lo real son equivalentes (aun cuando dicha equivalencia es utópica, es un
axioma fundamental). Por el contrario, la simulación comienza desde la utopía de este principio de
equivalencia, de la negación radical del signo como valor, desde el signo como reverso y pena de
muerte de toda referencia. Mientras que la representación trata de absorber la simulación
interpretándola como representación falsa, la simulación envuelve a todo el edificio de la
representación como en sí mismo un simulacro.
Estas serían las fases sucesivas de la imagen:
- es el reflejo de una realidad básica
- enmascara y pervierte una realidad básica
- enmascara la ausencia de una realidad básica
- no tiene relación con ninguna realidad cualquiera: es su propio puro simulacro.

En el primer caso, la imagen es una buena apariencia –la representación es de la orden del
sacramento. En el segundo, es una apariencia maligna –de la orden del maleficio. En el tercero,
juega a ser una apariencia –es de la orden de la brujería. En el cuarto, ya deja de ser de la orden de
la apariencia, sino de la simulación.
La transición de signos que disimulan algo a los signos que disimulan que no hay nada señala el
punto decisivo. Los primeros implican una teología de la verdad y del secreto (para el cual la noción
de ideología sigue perteneciéndole). Los segundos inauguran una era de simulacros y de
simulación, en la cual ya no existe un Dios que reconozca a sus propios, ni tampoco un juicio final
para separar lo verdadero de lo falso, lo real de su resurrección artificial, ya que todo se ha muerto y
ha resucitado de antemano.
Cuando lo real ya no es lo que solía ser, la nostalgia asume su sentido completo. Hay una
proliferación de mitos de origen y signos de realidad; de verdades de segunda mano, de objetividad
y de autenticidad. Hay una escalamiento de lo que es verdad, de la experiencia vivida; una
resurrección de lo figurativo, donde el objeto y la sustancia han desaparecido. Y hay una producción
aterrada de lo real y lo referencial, por encima y paralelo al pánico de la producción material: así es
como la simulación aparece en la fase que nos concierne –una estrategia de lo real, lo neo-real, y lo
hiperreal, cuyo doble universal es una estrategia de la disuasión.

Ramseses, o
Resurrecciones
rosadas.

La etnología casi se encontró con una muerte paradójica aquel día en 1971 cuando el gobierno
filipino decidió devolver a su estado primitivo las pocas docenas de Tasadays encontrados en la
jungla, donde habían vivido durante ocho siglos, sin ser molestados por el resto de la humanidad,
lejos del alcance de colonizadores, de turistas y de etnólogos. Esto fue a partir de la iniciativa de los
mismos antropólogos, quienes vieron que los nativos se descomponían al contacto, como una
momia en el campo abierto.
Para que viva la etnología, su objeto debe morir. Pero este último toma venganza al morir por ser
“descubierto”, y desafía por medio de su muerte la ciencia que quiere tomarla.
¿No es acaso que toda la ciencia vive en esa cuesta paradójica, a la cual está condenada, por al
evanescencia de su objeto en el proceso mismo de su aprehensión, y por el reverso despiadado que
este objeto muerto ejerce en él? Como Orfeo, siempre se voltea demasiado rápido, y su objeto,
como Eurídice, cae nuevamente en Hades.
Fue en contra de este hades de paradoja que los etnólogos querían protegerse, acordonando a los
Tasaday con bosques vírgenes. Nadie los tocaría ahora: se cierra la vena, como una mina. La ciencia
pierde un capital preciado, pero el objeto se encontrará seguro –perdido para la ciencia, pero intacto
en su “virginidad”. No es una cuestión de sacrificio (la ciencia nunca se sacrifica a sí misma;
siempre es asesina), sino del sacrificio simulado de su objeto para poder salvar su principio de la
realidad. Los Tasaday, congelados en su elemento natural, proporcionan una coartada perfecta, una
garantía eterna. En este punto, comienza una antietnología persistente, a la cual pertenecen en
mayor o menor grado Jaulin, Castaneda y Clastres. En cualquier caso, la evolución lógica de una
ciencia es la de distanciarse cada vez más de su objeto, hasta que puede deshacerse de él por
completo: su autonomía cada vez más fantástica en el acto de alcanzar su forma pura.
Por lo tanto, ese indio conducido nuevamente al ghetto, dentro del ataúd de cristal del bosque
virgen, se convierte en el modelo de simulación para todos los indios concebibles antes de la
etnología. Este último se permite el lujo de estar encarnado más allá de sí mismo, en la realidad
“bruta” de estos indios que ha reinventado por completo –salvajes que tienen deuda con la etnología
por seguir siendo Salvajes: ¡qué giro de eventos, qué triunfo para esta ciencia que parecía dedicada
a su destrucción!
Claro, estos salvajes en particular son póstumos: congelados, criogenizados, esterilizados,
protegidos hasta la muerte, se han convertido en simulacros referenciales, y la ciencia misma una
simulación pura. Lo mismo en Creusot donde, bajo la forma de una exhibición “abierta” de museo,
han “museomizado” al instante, como testigos históricos de su periodo, quartiers completos de las
clases trabajadoras, zonas metalúrgicas vivas, una cultura completo incluyendo hombres, mujeres y
niños y sus gestos, lenguajes y hábitos –seres vivos fosilizados como si en una instantánea. El
museo, en vez de estar circunscrito a una locación geométrica, ahora está en todas partes, como la
dimensión misma de la vida. De esta manera, la etnología, ahora liberada de su objeto, ya no será
circunscrita como una ciencia objetiva, sino que es aplicada a todas las cosas vivas y se vuelve
invisible, como una cuarta dimensión omnipresente, el del simulacro. Todos somos Tasaday. O
indios que una vez más se han convertido “en lo que eran”, o por lo menos aquello en lo que los ha
convertido la etnología –indios de simulacro que proclaman por fin la verdad universal de la
etnología.
Todos nos convertimos en especimenes vivos bajo la luz espectral de la etnología, o de la
antietnología, que viene siendo sólo la forma pura de la etnología triunfante, bajo el signo de las
diferencias muertas, y de la resurrección de las diferencias. Es por lo tanto extremadamente ingenuo
buscar la etnología entre los salvajes o en algún Tercer Mundo –está aquí, en la metrópolis, entre los
blancos, en un mundo completamente catalogado y analizado y luego artificialmente revivido como
si fuera real, en un mundo de simulación: de la alucinación de la verdad, el chantaje por parte de lo
real, del asesinato de la retrospección histórica (histérica) de toda forma simbólica –un asesinato
cuyas primeras víctimas fueron, noblesse obligue, los salvajes, pero que por mucho tiempo ahora se
ha extendido a todas las sociedades de occidente.
Pero al mismo tiempo, la etnología otorga su única lección final, el secreto que la mata (y que los
salvajes entendieron mucho mejor): la venganza de los muertos.
El confinamiento del objeto científico es el mismo que el de los locos o los muertos. Y así como la
sociedad por entero desamparadamente se contamina por ese espejo de locura que ha sostenido
frente a sí mismo, del mismo modo la ciencia sólo puede morir contaminado por la muerte del
objeto con su espejo inverso. Es la ciencia la que ostensiblemente domina al objeto, pero es esta
última la que profundamente invierte en la anterior, siguiendo una reversión inconsciente, dando
sólo réplicas muertas y circulares a una interrogación muerta y circular.
Nada cambia cuando una sociedad rompe el espejo de la locura (aboliendo los asilos, devolviendo
el habla a los locos, etc.) ni cuando la ciencia parece romper el espejo de su objetividad
(eliminándose a sí mismo ante su objeto, como lo hace Castaneda, etc.) y de inclinarse ante las
“diferencias.” El confinamiento es sucedido por un aparato que asume una forma incontable,
interminablemente defractable, multiplegable. Tan rápido como la etnología en una institución
clásica se colapsa, sobrevive en una antietnología cuya tarea es la de reinyectar la diferencia ficticia
y el salvajismo en todas partes, para poder esconder el hecho de que es este mundo, el nuestro, que
a su manera se ha vuelto salvaje nuevamente, esto es decir, devastado por la diferencia y la muerte.
Es desde este modo, bajo el pretexto de salvar el original, que las cavernas de Lascaux han sido
prohibidas para los visitantes, y una réplica exacta, construida a unos 500 metros lejos de ahí, para
que todos puedan verlas (puedes ver a través de una mirilla la gruta original, y luego visitar todo lo
que fue reconstituido). Es posible que la memoria misma de las cavernas originales se desvanecerá
en la mente de las generaciones futuras, pero por ahora, ya no hay ninguna diferencia: la
duplicación es suficiente para hacer que ambas sean artificiales.

Del mismo modo, la totalidad de la ciencia y la tecnología fueron recientemente movilizadas para
salvar la momia de Ramsés II, después que se dejó deteriorándose en un museo. El occidente se
murió del pánico por la idea de no ser capaces de salvar lo que el orden simbólico había sido capaz
de preservar durante cuarenta siglos, pero lejos de la luz y la mirada de los espectadores. Ramsés no
significa nada para nosotros: sólo la momia es de valor inestimable, ya que es lo que garantiza que
la acumulación significa algo. Toda nuestra cultura lineal y acumulativa se colapsaría si no
pudiéramos almacenar el pasado a la vista de todos. Para este fin, los faraones deben ser extraídos
de sus tumbas, y las momias extraídas de su silencio. Para este fin, deben ser exhumadas y debe
otorgárseles honores militares. Son presa tanto de la ciencia como de las lombrices. Sólo un secreto
absoluto les asegura su potencia a través de los milenios –su dominio por encima de su
putrefacción, la cual significaba un dominio por encima del ciclo total de intercambio con la
muerte. Nosotros sabemos que conviene más usar nuestra ciencia para la reparación de la momia,
esto es, para restaurar un orden visible, mientras que el embalsamado era una labor mítica dirigida a
inmortalizar una dimensión escondida.
Necesitamos de un pasado visible, un continuo visible, un mito visible de origen, para
reasegurarnos en torno a nuestros fines, ya que finalmente, nunca hemos creído en ellos. De ahí que
la escena histórica de la recepción de la momia en el aeropuerto de Orly. ¿Todo porque Ramsés era
un gran déspota y figura militar? Ciertamente. Pero por encima de todo, porque el orden que nuestra
cultura sueña, detrás de ese poder difunto que busca anexar, pudo no tener nada que ver con él, y
por lo tanto, sueña porque ha exterminado este orden exhumándolo como si fuera nuestro propio
pasado.
Estamos fascinados por Ramsés del mismo modo que los cristianos del renacimiento lo estaban por
los indios americanos: aquellos seres (¿humanos?) que nunca habían conocido la palabra de Cristo.
De tal manera que al comienzo de la colonización, hubo un momento de estupor y de asombro ante
la mera posibilidad de escaparse de la ley universal de los Evangelios. Habían dos respuestas
posibles: ya fuera admitir que esta ley no era universal, o exterminar a los indios para poder
deshacerse de la evidencia. En general, fue suficiente como para convertirlos, o incluso
simplemente para descubrirlos, para asegurar su lento exterminio.

Por lo tanto, hubiera sido suficiente exhumar a Ramsés para asegurar su exterminio por vía de la
museoficación. Ya que las momias no se descomponen debido a las lombrices: mueren por ser
trasplantadas de un orden simbólico prolongado, mismo que es el amo por sobre la muerte y la
putrefacción, a un orden de la historia, la ciencia y los muesos –el nuestro, que ya no es el amo de
nada, ya que sólo sabe cómo condenar a sus predecesores a la muerte y la putrefacción y su
posterior resucitación por medio de la ciencia. Una violencia irreparable hacia todos los secretos, la
violencia de una civilización sin secretos. El odio de una civilización entera por sus propios
cimientos.
Y así como con la etnología que juega a rendir el objeto para mejor establecerse en su forma pura,
igualmente la museoficación es sólo un giro más en el espiral en la artificialidad. Seamos testigos
del claustro de San Miguel de Cuxa, que será repatriado con un gran costo por los Claustros de
Nueva York, para ser reinstalado en su “sitio original”. Y todos supuestamente deben aplaudir esta
restitución (¡como con la “campaña experimental para recobrar las banquetas” en los Campos
Elíseos!). Sin embargo, si la exportación de las cornisas fue en efecto un acto arbitrario, y si los
Claustros de Nueva York es en realidad un mosaico artificial de todas las culturas (de acuerdo con
una lógica de la centralización capitalista del valor), entonces la reimportación a la locación original
es incluso más artificial: es un simulacro total que se vincula con la “realidad” por medio de una
circunvolución completa.
El claustro debió quedarse en Nueva York en su entorno simulado, que por lo menos no engañaba a
nadie. La repatriación es sólo un subterfugio suplementario, para poder hacer como si nada hubiera
pasado y para satisfacer una alucinación retrospectiva.
Del mismo modo, los americanos se congratulan de que condujeron a los indios de vuelta a como
era antes de la conquista. Todo es destruido sólo para comenzar otra vez. Incluso se congratulan que
fueron un paso más, superando la figura original. Esto es presentado como prueba de la
superioridad de la civilización: produce más indios de lo que fueron capaces los mismos indios. Por
medio de una burla siniestra, esta sobreproducción es nuevamente una manera de destruirlos: ya que
la cultura india, como toda cultura tribal, descansa en la limitación del grupo, y prohibiendo
cualquier crecimiento “irrestringido”, como puede verse en el caso de los Ishi. La “promoción”
demográfica, por lo tanto, es sólo un paso más hacia el exterminio simbólico.
Nosotros también vivimos en un universo que en todos lados es extrañamente similar al original –
aquí, las cosas son duplicadas por su propio escenario. Pero este doble no significa, como en el
folclor, la inminencia de su muerte –ya se encuentran purgados de la muerte, e incluso son mejores
que la vida; más sonrientes, más auténticos, a la luz de su modelo, como los rostros en las
funerarias.

Lo Hiperreal
y
el Imaginario

Disneylandia es un modelo perfecto de todos los órdenes enredados de simulación. Para comenzar,
es un juego de ilusiones y fantasmas: Piratas, la Frontera, el Mundo Futuro, etc. Este mundo
imaginario se supone que es lo que hace exitosa la operación. Pero lo que convoca a las masas es
indudablemente mucho más que el microcosmo social, el deleite miniaturizado y religioso en la
América real, en sus goces y sus inconvenientes. Te estacionas afuera, haces fila adentro, y quedas
completamente abandonado a la salida. En este mundo imaginario, la única fantasmagoría está en la
calidez inherente y el afecto de las multitudes, y en ese suficientemente excesivo número de
artilugios usados ahí, específicamente para mantener la afectación multitudinaria. El contraste con
la soledad absoluta del estacionamiento –un verdadero campo de concentración—es total. O mejor
dicho: adentro, la soledad es dirigida en torno a un solo artilugio: el automóvil. Como una
extraordinaria coincidencia (misma que indudablemente pertenece al encantamiento peculiar de este
universo), este mundo congelado e infantil resulta haber sido concebido y realizado por un hombre
que hoy en día se encuentra criogenizado: Walt Disney, quien espera su resurrección a menos de
180 grados centígrados.
El perfil objetivo de América, entonces, puede rastrearse en todo alrededor de Disneylandia, incluso
hasta en la morfología de los individuos y las multitudes. Todos sus valores se exaltan aquí, bajo
una forma miniatura y de cómic. Embalsamada y pacificada. De ahí la posibilidad de un análisis
ideológico de Disneylandia (Louis Marin lo hace bien en Utopies, jeux d’espaces): compendio del
American way of life, panegírico de los valores americanos, transposición idealizada de una
realidad contradictoria. Seguramente. Pero esto esconde algo más, y ese manto “ideológico” sirve
exactamente para cubrir una simulación de tercer orden: Disneyland está ahí para ocultar el hecho
de que es el país “real”, toda la América “real”, la cual es Disneylandia (así como las prisiones están
ahí para ocultar el hecho de que es lo social en su totalidad, en su omnipresencia banal, la cual es
carcelaria). Disneylandia se presenta como imaginaria para poder hacernos creer que el resto es real,
cuando de hecho todo Los Ángeles y la América que la rodea ya no son reales, sino están en el
orden de lo hiperreal y de la simulación. Ya no es el caso de una representación falsa de la realidad
(ideología), sino de ocultar el hecho de que lo real ya no es real, y por lo tanto, de salvar el principio
de la realidad.
El imaginario de Disneylandia ya no es ni verdadero ni falso, es una máquina de disuasión
elaborada para rejuvenecer en reversa la ficción de lo real. De ahí la debilidad, la degeneración
infantil de este imaginario. Se supone que debe ser un mundo infantil, para poder hacernos creer
que los adultos están en otra parte, en el mundo “real”, y para ocultar el hecho de que el verdadero
infantilismo está en todas partes, particularmente, entre aquellos adultos que acuden ahí para actuar
al niño para poder fomentar las ilusiones a su verdadero infantilismo.
Además, Disneylandia no es el único. Enchanted Village, Magic Mountain, Marine World: Los
Ángeles está rodeado por estas “estaciones imaginarias” que nutren la realidad, energía de realidad,
a una ciudad cuyo misterio es precisamente de que no es nada más que una red de circulación
interminable, irreal –una ciudad de fabulosas proporciones, pero sin espacio ni dimensiones. Tanto
como las estaciones eléctricas y nucleares, tanto como los estudios de cine, esta ciudad, que no es
nada más que un guión inmenso y una película en perpetuo movimiento, necesita este viejo
imaginario, hecho de señales de la infancia y de fantasmas falsos, para su sistema nervioso
simpático.

Encantamiento
político

Watergate. Mismo escenario que Disneylandia (un efecto imaginario ocultando que la realidad no
existe más afuera que dentro de los límites del perímetro artificial): aunque aquí es un efecto de
escándalo que oculta que no hay diferencia entre los hechos y su denuncia (métodos idénticos se
emplean tanto por parte de la CIA como por parte de los periodistas del Washington Post). La
misma operación, aunque esta vez tendiendo hacia el escándalo como medio para regenerar un
principio moral y político, hacia el imaginario como un medio para regenerar un principio de la
realidad en apuros.
La denuncia de escándalo siempre rinde homenaje a la ley. Y Watergate, por encima de todo, logró
imponer la idea de que Wtaregate fue un escándalo –en este sentido, fue una extraordinaria
operación de intoxicación. La reinyección de una gran dosis de moralidad política a escala global.
Podría decirse junto con Bordieu que: “El carácter específico de toda relación de fuerza es la de
disimularse como tal, y de adquirir toda su fuerza sólo porque es tan disimulada,” entendida de la
siguiente manera: el capital, que es inmoral y sin escrúpulos, sólo puede funcionar detrás de una
superestructura moral, y quienquiera que regenere esta moralidad pública (por indignación, por
denunciación, etc.) espontáneamente adelanta el orden del capital, como lo hicieron los periodistas
del Washington Post.
Pero esta es sólo la fórmula de la ideología, y cuando Bordieu la enuncia, toma la “relación de
fuerza” para que signifique la verdad de la dominación capitalista, y él denuncia esta relación de
fuerza como un escándalo en sí misma –y por lo tanto, ocupa la misma posición determinista y
moralista que los periodistas del Washington Post. Hace la misma labor de purgar y revivir el orden
moral, un orden de verdad, en cuyo interior se engendra la violencia simbólica genuina del orden
social, mucho más allá de todas las relaciones de fuerza, que sólo son su configuración indiferente y
cambiante en la conciencia moral y política de los hombres.
Todo lo que pide el capital de nosotros es recibirlo como racional, o de combatirlo en nombre de la
racionalidad, de recibirlo como moral o combatirlo en el nombre de la moralidad. Ya que ellos son
idénticos, en el sentido de que pueden leerse de otra manera: anteriormente, la tarea era la de
disimular el escándalo; hoy en día, la tarea es la de ocultar el hecho de que no hay tal.
Watergate no es un escándalo: esto es lo que debe decirse, a toda costa, ya que esto es lo que a todos
preocupa ocultar, esta disimulación enmascarando un fortalecimiento de la moralidad, un pánico
moral mientras nos acercamos a la (puesta en) escena del capital: su crueldad instantánea, su
ferocidad incomprensible, su inmoralidad fundamental –esto es lo escandaloso, no responsable en
ese sistema de equivalencia moral y económica que sigue siendo el axioma del pensamiento de
izquierda, desde la teoría de la Ilustración al comunismo. Al capital le importa un demonio la idea
del contrato que se le imputa –es una tarea monstruosamente sin principios, y nada más que eso.
Más bien, es el pensamiento “ilustrado” el que busca controlar el capital imponiéndole reglas a éste.
Y toda esa recriminación que reemplazó al pensamiento revolucionario hoy en día, se resume a un
reproche al capital por no seguir las reglas del juego. “El poder es injusto, su justicia es una justicia
de clase, el capital nos explota, etc.” –como si el capital estuviera vinculado por un contrato a la
sociedad que rige. Es la izquierda la que sostiene el espejo de la equivalencia, esperando que el
capital caiga por esta fantasmagoría del contrato social y cumplir su obligación hacia el total de la
sociedad (al mismo tiempo, no hay necesidad de revolución: es suficiente que el capital acepte la
fórmula racional del intercambio).
El capital, de hecho, nunca ha estado ligado por un contrato a la sociedad que domina. Es una
brujería de la relación social, es un desafío a la sociedad y debería responderse como tal. No es un
escándalo ser denunciado de acuerdo con una racionalidad moral y económica, sino un desafío para
tomarse de acuerdo con la ley simbólica.

Negatividad
Moebius
en espiral

Por lo tanto, Watergate fue sólo una trampa hecha por el sistema para atrapar a sus adversarios –una
simulación del escándalo para fines regenerativos. Esto es representado por el personaje llamado
“Deep Throat” (“garganta profunda”. N. del Trad.) de quien se dice era una eminencia gris
republicana manipulando a los periodistas de izquierda para poder deshacerse de Nixon –y ¿por qué
no? Todas las hipótesis son posibles, aunque esta es superflua: el trabajo de la derecha se hace muy
bien, y espontáneamente, por la izquierda por cuenta propia. Además, sería ingenuo ver en acción a
una buena conciencia resentida en todo esto. Porque la misma derecha también hace
espontáneamente el trabajo de la izquierda. Todas las hipótesis de manipulación son reversibles en
un interminable molinete. Ya que la manipulación es una causalidad flotante donde la positividad y
la negatividad se engendran y coinciden una con la otra, en donde ya no hay ni un activo ni un
pasivo. Es por medio de la colocación de una detención arbitraria a esta causalidad giratoria que
puede salvarse un principio de realidad política. Es por vía de la simulación de un campo de
perspectiva convencional y restringido, donde las premisas y las consecuencias de un evento son
calculables, que puede mantenerse una credibilidad política (incluyendo, claro está, el análisis
“objetivo”, la lucha, etc.). Pero si el ciclo entero de cualquier acto o evento se imagina en un
sistema donde la continuidad lineal y la polaridad dialéctica ya no existen, en un campo desquiciado
por la simulación, entonces toda determinación se evapora, todo acto termina al final del ciclo
habiendo beneficiado a todos y disperso en todas direcciones.
¿Acaso cualquier bombardeo en Italia es obra de extremistas de izquierda, o una provocación de la
ultraderecha, o acaso fue escenificada por centristas para llevar a todo extremo terrorista a caer en el
descrédito para apuntalar su propio poder en decadencia, o nuevamente, acaso es un escenario
inspirado por la policía para poder apelar a la seguridad pública? Todo esto es igualmente
verdadero, y la búsqueda de pruebas, en sí la objetividad del hecho, no toma en cuenta este vértigo
de interpretación. Estamos en una lógica de simulación que nada tiene que ver con una lógica de
hechos y un orden de razones. La simulación se caracteriza por una precesión del modelo, de todos
los modelos que rodean al hecho más simple –todos los modelos vienen primero, y su circulación
orbital (como el de una bomba) constituye el genuino campo magnético de los eventos. Los hechos
ya no tienen una trayectoria propia, surgen en la intersección de los modelos; un solo hecho incluso
puede ser engendrado por todos los modelos al unísono. Esta anticipación, esta precesión, este corto
circuito, esta confusión del hecho con su modelo (ya no más divergencia de significado, no más
polaridad dialéctica, no más electricidad negativa o implosión de los polos) es lo que cada vez
permite todas las interpretaciones posibles, incluso las más contradictorias –todas son verdad, en el
sentido de que su verdad es intercambiable, en la imagen de los modelos desde los cuales proceden,
en un ciclo generalizado.
Los comunistas atacan un partido socialista como si quisieran destrozar la unión de la izquierda.
Sancionan la idea de que su reticencia proviene de una exigencia política más radical. De hecho, se
debe a que no quieren poder. ¿Pero acaso es que no lo quieren en esta coyuntura porque no es
favorable para la izquierda en general, o porque no es favorable para ellos dentro de la unión de la
izquierda –o es que no lo quieren por definición? Cuando Berlinguer declara: “No debemos tener
miedo de ver a los comunistas tomar el poder en Italia,” esto significa simultáneamente:
--que no hay nada qué temer, ya que los comunistas, si llegan al poder, no cambiarán nada en su
mecanismo capitalista fundamental,
--que no hay riesgo alguno de que lleguen al poder (a razón de que no quieren) –e incluso si
llegaran a tomarlo, sólo lo detentarían por delegación,
--que de hecho el poder, el poder genuino, ya no existe, y por lo tanto no hay riesgo de que alguien
lo tome o lo rebate,
--pero más: Yo, Berlinguer, no tengo miedo de ver a los comunistas tomar el poder en Italia –lo cual
puede parecer evidente, pero no mucho, ya que
--esto puede significar también lo contrario (no hay necesidad del psicoanálisis aquí): Yo tengo
miedo de ver a los comunistas tomar el poder (y con justa razón, incluso para un comunista).
Todo lo mencionado arriba es simultáneamente cierto. Este es el secreto de un discurso que ya no
sólo es ambiguo, como pueden ser los discursos políticos, sino que transmite la imposibilidad de
una posición determinada de poder, la imposibilidad de una posición determinada de discurso. Y
esta lógica no pertenece a ningún partido. Atraviesa todos los discursos sin que ellos lo quieran.
¿Quién desenmarañará este embrollo? El nudo gordiano por lo menos puede ser cortado. Así como
con la franja de Moebius, si se parte en dos, resulta un espiral adicional sin que exista la posibilidad
de resolver sus superficies (de aquí la continuidad reversible de las hipótesis). Hades de la
simulación, el cual ya no es de tortura, sino del giro sutil, maléfico y elusivo del significado [4] --
donde incluso aquellos condenados en Burgos siguen siendo un obsequio de Franco a la democracia
de occidente. , que encuentra en ellos la ocasión para regenerar su propio débil humanismo, y ¿qué
protesta indigna consolida de vuelta el régimen de Franco, al unir a las masas españolas en contra
de la intervención extranjera? ¿Dónde está la verdad en todo esto, cuando tales colusiones se tejen
admirablemente sin que sus autores lo sepan?
La conjunción del sistema y su alternativa extrema como las dos puntas de un espejo curvo, la
curvatura “viciosa” de un espacio político que de ahora en adelante está magnetizado, circularizado,
reversibilizado de la derecha a la izquierda, una torsión que es como el demonio maligno de la
conmutación, el sistema en su totalidad, la infinitud del capital doblado sobre su propia superficie:
¿transfinito? ¿Y no es acaso lo mismo con el deseo y el espacio libidinoso? La conjunción del deseo
y el valor, del deseo y del capital. La conjunción del deseo y la ley –el goce final y la metamorfosis
de la ley (es por ello que es tan bien recibido en su momento): ¿sólo el capital obtiene placer, dijo
Lyotard, antes de llegar a pensar que nosotros obtenemos placer del capital. La sobrecogedora
versatilidad del deseo en Deleuze, un reverso enigmático que trae este deseo que es “revolucionario
en sí mismo, como si involuntariamente, al querer lo que quiere,” de querer su propia represión y de
invertir en sistemas paranoicos y fascistas? Una torsión maligna que reduce esta revolución del
deseo a la misma ambigüedad fundamental como la otra revolución histórica.
Todos los referentes entremezclan sus discursos en una compulsión circular, Moebiuseana. No hace
mucho, el sexo y el trabajo eran términos salvajemente opuestos: hoy día, ambos se disuelven en el
mismo tipo de demanda. Anteriormente, el discurso de la historia tomaba su fuerza oponiéndose a la
de la naturaleza, el discurso del deseo al del poder –hoy día, intercambian sus significantes y sus
escenarios.
Tomaría demasiado atravesar todo el rango de negatividad operacional, de todos aquellos escenarios
de disuasión que, como Watergate, tratan de regenerar un principio moribundo por vía del escándalo
simulado, de fantasma, de asesinato –una suerte de tratamiento hormonal por vía de la negatividad y
la crisis. Siempre es una cuestión de comprobar lo real por medio de lo imaginario, comprobar la
verdad por medio del escándalo, comprobar la ley por medio de la trasgresión, comprobar el trabajo
por medio de la huelga, comprobar el sistema por medio de la crisis, y el capital por medio de la
revolución, así como en tal caso comprobar la etnología por medio de la desposesión de su objeto
(los Tasaday) –sin contar:

-comprobar el teatro por medio del antiteatro


-comprobar el arte por medio del ansiarte
-comprobar la pedagogía por medio de la antipedagogía
-comprobar la psiquiatría por medio de la antipsiquiatría

Todo se metamorfosea en su inverso para poder perpetuarse en su forma purgada. Toda forma de
poder, toda situación habla por sí misma por medio de la negación, para poder intentar escapar, por
medio de la simulación de la muerte, su agonía real. El poder puede escenificar su propio asesinato
para redescubrir un resquicio de existencia y legitimación. De tal modo es con los presidentes
estadounidenses: los Kennedy son asesinados porque siguen teniendo una dimensión política, Otros
–Johnson, Nixon y Ford, sólo tenían el derecho a intentos titiriteros, a asesinatos simulados. Pero no
obstante necesitaban esa aura de una amenaza artificial para ocultar que no eran nada más que
maniquíes de poder. En los tiempos antiguos, el rey (también el dios) tenía que morir –esa era su
fortaleza. Hoy en día, hace su miserable mayor esfuerzo por pretender morir, para poder preservar
la bendición del poder. Pero incluso esto se va.
Para buscar sangre nueva en su propia muerte, para renovar el ciclo por medio del espejo de la
crisis, la negatividad y el antipoder: esa es la única coartada de todo poder, de toda institución que
intenta romper el círculo vicioso de su irresponsabilidad y su no existencia fundamental, de su déjà
vu y de su déjà mort.

La estrategia
de lo Real

Del mismo orden que la posibilidad de redescubrir un nivel absoluto de lo real es la imposibilidad
de escenificar una ilusión. La ilusión ya no es posible, porque lo real ya no es posible. Es el
problema político total de la parodia, de la hipersimulación o de la simulación ofensiva, lo que
estamos postulando.
Por ejemplo: sería interesante ver si el aparato represivo no reaccionaría más violentamente a un
atraco simulado que a uno verdadero. Ya que el segundo sólo afecta el orden de las cosas, el
derecho a la propiedad, mientras que el otro interfiere con el principio mismo de la realidad. La
trasgresión y la violencia son menos serios, ya que sólo ponen en disputa la distribución de lo real.
Sin embargo, la simulación es infinitamente más peligrosa, ya que siempre sugiere, sobre y por
encima de su objeto, que la ley y el orden mismos no pudieran ser más que una simulación.
Pero la dificultad es en proporción al riesgo. ¿Cómo fingir una violación y ponerla a prueba? Sal y
trata de simular un robo en una gran tienda departamental: ¿cómo convences a los guardias de
seguridad que se trata de un robo simulado? No hay diferencia “objetiva”: los mismos gestos y los
mismos signos existen, como en un robo real; de hecho, los signos no se inclinan a ningún lado. En
lo que concierne al orden establecido, siempre son del orden de lo real.
Sal y organiza un atraco falso. Asegúrate que tus armas sean inofensivas, y toma al rehén más
confiable, de manera que ninguna vida esté en peligro (de lo contrario te arriesgas a cometer una
ofensa). Exige una recompensa, y haz lo posible para que la operación pueda crear la mayor
conmoción posible –en pocas palabras, mantente cercano a la “verdad”, para poder probar la
reacción del aparato a una simulación perfecta. Pero no tendrás éxito: la red de signos artificiales se
mezclará inextricablemente con los elementos reales (un oficial de la policía en verdad dispararía al
primer vistazo; un cliente de banco se desmayaría y moriría de un infarto; en realidad te pasarán a ti
la recompensa falsa, etc.) –en pocas palabras, sin querer queriendo, te encontrarás inmediatamente
en lo real, una de cuyas funciones es precisamente la de devorar cualquier intento de simulación, de
reducir todo a alguna realidad –eso es exactamente cómo es el orden establecido, mucho antes de
que las instituciones y la justicia entren en juego.
En esta imposibilidad de aislar el proceso de simulación debe verse todo el impulso de un orden que
sólo puede verse y entenderse en términos de alguna realidad, porque no puede funcionar en
ninguna otra parte. La simulación de una ofensa, si es patente será, o castigada más ligeramente
(porque no tiene “consecuencias”) o será castigada como una ofensa al oficio público (por ejemplo,
si provocara una operación policíaca “por nada”) –pero nunca como una simulación, ya que es
precisamente como tal que no es posible una equivalencia con lo real, y por lo tanto, no hay
represión tampoco. El desafío de la simulación no puede ser recibido por el poder. ¿Cómo podrías
castigar la simulación de la virtud? No obstante, como tal, es tan seria como la simulación de un
crimen. La parodia hace equivalentes a la obediencia y a la trasgresión, y ese es el crimen más serio,
ya que cancela la diferencia sobre la cual se basa la ley. El orden establecido no puede hacer nada
contra ella, ya que la ley es un simulacro de segundo orden, mientras que la simulación es de tercer
orden, más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de las equivalencias, más allá de las distinciones
racionales sobre las cuales funciona todo el poder y lo social por entero. Por lo tanto, fallando en lo
real, es aquí a donde debemos apuntar al orden.
Es por ello que el orden siempre opta por lo real. En un estado de incertidumbre, siempre prefiere
esta suposición (de tal modo que en el ejército preferirían tomar al simulador como el verdadero
loco). Pero eso se vuelve más y más difícil, ya que es prácticamente imposible aislar el proceso de
simulación, aunque en la fuerza de la inercia de lo real que nos rodea, también es verdad lo inverso
(y esta misma reversibilidad forma parte del aparato de simulación y de la impotencia del poder):
principalmente, es ahora imposible aislar el proceso de lo real, o de comprobar lo real.
De modo que todos los atracos, secuestros y demás son, como tales, atracos de simulación, en el
sentido de que se inscriben por adelantado en los rituales de decodificación y orquestación de los
medios, anticipados en su modo de presentación y posibles consecuencias. En pocas palabras,
donde funcionan como un conjunto de signos dedicados exclusivamente a su recurrencia como
signos, y ya no a sus metas “reales.” Pero esto no las hace inofensivas. Por el contrario, son como
eventos hiperreales, que ya no tienen ningún contenido o meta en particular, sino indefinidamente
refractados el uno con el otro (en este caso, como los llamados eventos históricos: las huelgas, las
demostraciones, las crisis, etc.[5]) son precisamente inverificables por un orden que sólo puede
ejercerse en lo real y lo racional, en fines y en medios: un orden referencial que sólo puede dominar
referencias, un poder determinado que sólo puede dominar un mundo determinado, pero que no
puede hacer nada acerca de esa recurrencia indefinida de simulación, acerca de esa ingrávida
nebulosidad que ya no obedece a la ley de gravedad de lo real –el poder mismo eventualmente
rompiéndose en este espacio y convirtiéndose en una simulación de poder (desconectada de sus
metas y objetivos, y dedicada a efectos de poder y simulación masiva).
La única arma de poder, su única estrategia contra esta deserción, es la de reinyectar realismo y
referencialidad en todas partes, para poder convencernos de la realidad de lo social, la gravedad de
la economía, y las finalidades de la producción. Para tal propósito, prefiere el discurso de la crisis,
pero también –¿por qué no?—el discurso del deseo. “¡Toma tus deseos como realidad!” puede
entenderse como el gran eslogan del poder, ya que en un mundo sin referentes, hasta la confusión
del principio de la realidad por el principio del deseo es menor peligroso que una hiperrealidad
contagiosa. Uno permanece entre los principios, y ahí, el poder siempre tiene la razón.
La hiperrealidad y la simulación son disuasivos de todo principio y de todo objetivo; tornan esta
disuasión contra el poder tan bien utilizado durante mucho tiempo en sí mismo. Ya que, finalmente,
fue el capital el primero en alimentarse a través de la historia en la destrucción de todo referente, de
toda meta humana, la cual quebrantó toda distinción ideal entre lo verdadero y lo falso, el bien y el
mal, para poder establecer una ley radical de equivalencia e intercambio, la ley de hierro de su
poder. Fue la primera en practicar la disuasión, la abstracción, la desconexión, la
desterritorialización, etc.; y si fue el capital el que fomentaba la realidad, el principio de la realidad,
también fue el primero en liquidarla, en la exterminación de todo valor de uso, de toda equivalencia
real, de la producción y la riqueza, en la sensación misma que tenemos de la irrealidad de las
apuestas y la omnipotencia de la manipulación. Ahora bien, es esta misma lógica que hoy día se
endurece aun más en su contra. Y cuando quiere luchar con esta espiral catastrófica, secretando un
último destello de realidad, en el cual fundar un último destello de poder, sólo multiplica los signos
y acelera el juego de la simulación.
Mientras que fuera históricamente amenazado por lo real, el poder corría el riesgo de disuasión y
simulación, desintegrando cada contradicción por medio de la producción de signos equivalentes.
Cuando es amenazado hoy en día por la simulación (la amenaza de la desaparición en el juego de
los signos), el poder arriesga lo real, arriesga la crisis, juega a remanufacturar las apuestas
artificiales, sociales y económicas. Esta es una cuestión de vida o muerte para ello. Pero es
demasiado tarde.
De ahí la histeria característica de nuestro tiempo: la histeria de producción y reproducción de lo
real. La otra producción, la de los bienes y las mercancías, la de la belle époque de la economía
política, ya no tiene sentido por sí sola, y no lo ha hecho por un buen tiempo. Lo que la sociedad
busca a través de la producción, y la sobreproducción, es la restauración de lo real que se le escapa.
Es por ello que la producción “material” contemporánea es en sí misma hiperreal. Retiene todos los
rasgos, el discurso entero de la producción tradicional, pero no es nada más que su refracción
reducida de escala (de ahí que los hiperrealistas sujetan en un parecido asombroso un real desde el
cual se ha esparcido todo significado y encanto, toda la profundidad y energía de la representación).
De modo que el hiperrealismo de la simulación se expresa en todas partes por el asombroso
parecido que lo real tiene consigo mismo.
El poder, también, no produce ahora más que signos de su parecido. Y al mismo tiempo, entra en
juego otra figura de poder: la de la exigencia colectiva de signos de poder –una unión sagrada que
se forma alrededor de la desaparición del poder. Todos pertenecen a ella más o menos con el temor
del colapso de lo político. Y al final, el juego de poder se reduce nada más que a la obsesión crítica
con el poder –una obsesión con su muerte, una obsesión con su supervivencia, mucho más mientras
más desaparece. Cuando ha desaparecido totalmente, lógicamente estaremos ante el hechizo total
del poder –una memoria inolvidable ya presagiada en todas partes, manifestándose igualmente y al
mismo tiempo la compulsión por deshacerse de ella (nadie la quiere ya, todos la descargan hacia los
demás) y la añoranza aprehensiva en torno a su pérdida. Melancolía para sociedades sin poder: esto
ya ha dado nacimiento al fascismo, esa sobredosis de un referente poderoso que ya no puede
terminar con su luto.
Pero seguimos en el mismo barco: ninguna de nuestras sociedades sabe cómo manejar su luto por lo
real, por el poder, por lo social en sí mismo, que está implicado en esta misma crisis. Y es por medio
de una revitalización de todo esto que tratamos de escapar de ello. Indudablemente, esto incluso
terminará en socialismo. Por un giro imprevisto de eventos y una ironía que ya no pertenece a la
historia, es por medio de la muerte de lo social que surgirá el socialismo –como lo es por medio de
la muerte de Dios que surgen las religiones. Una llegada torcida, un evento perverso, una reversión
ininteligible a la lógica de la razón. Como lo es el hecho de que el poder ya no está presente más
que para ocultar que no existe. Una simulación que puede seguir indefinidamente, ya que –a
diferencia del poder “verdadero”, que es o fue una estructura, una estrategia, una relación de fuerza,
una apuesta—esto no es nada sino el objeto de una demanda social, y por lo tanto, sujeta a la ley de
oferta y demanda, más que a la de la violencia y la muerte. Completamente expurgada de la
dimensión política, es dependiente, como cualquier otro bien, de la producción y el consumo
masivo. Su chispa ha desaparecido –sólo se salva la ficción de un universo político.
De la misma manera con el trabajo. La chispa de la producción, la violencia de su apuesta ya no
existe. Todos siguen produciendo, y más y más, pero el trabajo sutilmente se ha convertido en otra
cosa: una necesidad (como Marx idealmente la visualizó, pero para nada en el mismo sentido), el
objeto de una “demanda” social, como el tiempo libre, para el cual es equivalente en el rumbo
general de las opciones de vida. Una demanda exactamente proporcional a la pérdida de las
apuestas en el proceso de trabajo. [6] El mismo cambio de fortuna como del poder: el escenario del
trabajo está ahí para ocultar el hecho de que lo real-trabajo, lo real-producción, ha desaparecido. Y
por tal motivo también lo real-huelga, el cual ya no es un paro de labores, sino su polo alternativo
en la versificación ritual del calendario social. Es como si todos hubieran “ocupado” su sitio o
puesto de trabajo, después de declarar la huelga, y continuaran con la producción, como se
acostumbra en un trabajo “automanejado”, exactamente en los mismos términos que antes, al
declararse a sí mismos (y virtualmente estando) en un estado de huelga permanente.
Esto no es un sueño de ciencia ficción: en todas partes, es cuestión de un redoblamiento del proceso
de trabajo. Y de un doble o locum para el proceso de huelga –huelgas que son incorporadas como
obsolescencia en los objetos, como crisis en la producción. Entonces, ya no hay ni huelgas ni
trabajo, sino que hay ambas simultáneamente, esto es decir, algo completamente distinto: una magia
del trabajo, un trompe l’oeil, una escenodrama (a no decir que melodrama) de producción,
dramaturgia colectiva en el escenario vacío de lo social.
Ya no es cuestión de la ideología del trabajo –de la ética tradicional que oscurece el proceso “real”
de labor y el proceso “objetivo” de explotación—sino del escenario del trabajo. Del mismo modo,
ya no es cuestión de la ideología del poder, sino de un escenario del poder. La ideología sólo
corresponde a una traición de la realidad por medio de los signos; la simulación corresponde a un
corto circuito de la realidad y a su reduplicación por medio de los signos. Siempre es la meta del
análisis ideológico el restaurar el proceso objetivo; siempre es un problema falso el querer restaurar
la verdad detrás del simulacro.
Esto finalmente explica porqué se encuentra tan de acuerdo con los discursos ideológicos y los
discursos de la ideología, ya que todos estos son discursos de verdad –siempre buenos, incluso y
especialmente si son revolucionarios, para contrarrestar los golpes mortales de la simulación.

El Fin
del
Panóptico

Es nuevamente a esta ideología de la experiencia vivida, de la exhumación, de lo real en su


banalidad fundamental, en su autenticidad radical, al que se refiere el experimento de TV vérité
estadounidense sobre la familia Loud en 1971: siete meses de grabación sin interrupciones, 300
horas de transmisión directa constante, sin guión o escenario, la odisea de una familia, sus dramas,
sus felicidades, sus altas y bajas –en resumen, un documento histórico “crudo”, y lo “mejor jamás
visto en televisión, comparable, en el nivel de nuestra existencia diaria, al cine o al aterrizaje lunar.”
Las cosas se complican por el hecho de que esta familia se desintegró durante el rodaje: surgió una
crisis, los Louds se separaron, etc. De ahí la indisoluble controversia: ¿Fue responsable la TV?
¿Qué hubiera sucedido si la TV no hubiese estado ahí?
Más interesante es la fantasmagoría de filmar a los Louds como si la TV no estuviese ahí. La carta
bajo la manga del productor era la de decir: “Ellos lo vivieron como si nosotros no estuviésemos
ahí.” Una fórmula absurda y paradójica –ni verdadera, ni falsa, sino utópica. El “como si nosotros
no estuviésemos ahí” es equivalente a “como si tú estuvieses ahí.” Es esta utopía, esta paradoja la
que fascinó a 20 millones de espectadores, mucho más que el “perverso” placer de fisgonear. En
este experimento de la “verdad”, no se trata de una cuestión de secreto ni de perversión, sino de un
tipo de emoción en torno a lo real, o de una estética de lo hiperreal, una emoción de exactitud
vertiginosa y falsa, una emoción de alienación y de magnificación, de distorsión en escala, de
excesiva transparencia todo al mismo tiempo. El goce en un exceso de significado, cuando la barra
del signo se desliza por debajo del nivel del agua del significado: el no-significante es elevado por
el ángulo de la cámara. Aquí lo real puede verse como si jamás hubiera existido (pero “como si tú
estuvieses ahí”), sin la distancia que produce el espacio de perspectiva y nuestra visión de
profundidad (pero “más verdadero que la naturaleza”). Goce en la simulación microscópica que
transforma lo real en hiperreal. (Esto también es un poco como lo que sucede con la pornografía,
donde la fascinación es más metafísica que sexual.)
Esta familia era de cualquier manera hiperreal, por su mera selección: con casa en California, de
tres cocheras, cinco hijos, de bien haber, profesional, de clase media alta, una familia americana
ideal, con una ama de casa ornamental. En cierta manera, es esta perfección estadística la que la
condena a la muerte. Esta heroína ideal del American way of life se escoge, como en los rituales de
sacrificio, para ser glorificada y para morir bajo el encendido resplandor de las luces del estudio, un
fatum moderno. Ya que el fuego celestial deja de atisbar en las ciudades depravadas, es más bien el
lente que corta a través de la realidad ordinaria como un láser, llevándolo a la muerte. “Los Loud:
simplemente una familia que accedió a entregarse a las manos de la televisión, y a morir por ello,”
dijo el productor. De modo que es en realidad una cuestión de proceso de sacrificio, un espectáculo
de sacrificio ofrecido a 20 millones de estadounidenses. El drama litúrgico de una sociedad de
masas.
TV vérité. Un término ambivalente admirable: ¿se refiere a la verdad de esta familia o a la verdad
de la TV? De hecho, es la TV la verdad de los Loud, es lo que es verdadero, es lo que los vuelve
verdad. Una verdad que ya no es la verdad reflexiva del espejo, ni la verdad perspectiva del sistema
panóptico y de la mirada, sino la verdad manipuladora de la prueba que indaga e interroga, del láser
que toca y luego penetra, de tarjetas de computadora que retienen tus secuencias agujereadas, del
código genético que regula tus combinaciones, de células que informan tu universo sensorial. Es a
este tipo de verdad a la que se sujeta la familia Loud por el medio de la TV, y en este sentido,
termina realmente en una sentencia de muerte (¿pero acaso sigue siendo una cuestión de verdad?).
El fin del sistema panóptico. El ojo de la TV ya no es la fuente de una mirada absoluta, y el ideal de
control ya no es el de la transparencia. El último sigue presuponiendo un espacio objetivo (el del
Renacimiento) y la omnipotencia de una mirada despótica. Esto sigue siendo, si no un sistema de
confinamiento, por lo menos un sistema de escrutinio. Ya no es sutil, sino siempre en una posición
de exterioridad, jugando con la oposición entre ver y ser visto, aun si el punto focal del panóptico
pueda estar ciego.
Es completamente distinto cuando con los Louds. “Ya no estás viendo TV, la TV te está viendo a ti
(vivir),” o nuevamente: “Ya no estás escuchando a Pas de Panique, Pas de Panique te está
escuchando a ti” –cambiando del aparato panóptico de la vigilancia (de Disciplina y Castigo) a un
sistema de disuasión, donde la distinción entre activo y pasivo es abolido. Ya no existe el imperativo
de someterse al modelo, o a la mirada. “¡TÚ eres el modelo!” “¡TÚ eres la mayoría!” Tal es la
cuesta de una socializad hiperrealista, donde lo real se confunde con el modelo, como en la
operación estadística, o con el medio, como en la operación de los Loud. Tal es el estadio posterior
del desarrollo de la relación social, la nuestra, que ya no es de persuasión (la era clásica de la
propaganda, la ideología, la publicidad, etc.) sino una de disuasión: “TÚ eres noticia, tú eres lo
social, el evento eres tú, tú estás involucrado, tú puedes usar tu propia voz, etc.” Se da la vuelta al
asunto, por lo cual se hace imposible localizar una instancia del modelo, del poder, de la mirada, del
medio en sí, pues tú ya estás siempre del otro lado. No más sujeto, punto focal, centro o periferia:
sólo pura flexión o inflexión circular. No más violencia o vigilancia: sólo “información”, virulencia
secreta, reacción en cadena, lenta implosión, y simulacros de espacios donde el efecto de lo real
nuevamente entra en juego.
Estamos siendo testigos del final de la perspectiva y del espacio panóptico (que sigue siendo una
hipótesis moral vinculada a todos los análisis clásicos de la esencia “objetiva” del poder), y por lo
tanto la abolición misma de lo espectacular. La televisión, en el caso de los Loud por ejemplo, ya no
es un medio espectacular. Ya no estamos en la sociedad del espectáculo del que hablaban los
situacionistas, ni en los tipos específicos de alienación y represión que esto implicaba. El medio
mismo ya no es identificable como tal, y la fusión del medio y del mensaje (McLuhan [7]) es la
primer gran fórmula de esta nueva era. Ya no existe un medio en el sentido literal: es ahora
intangible, difuso y difractado en lo real, e incluso ya ni siquiera puede decirse que este último es
distorsionado por esto.
Tal mezcla interna, tal presencia viral, endémica, crónica y alarmante del medio, sin nosotros ser
capaces de aislar sus efectos –espectralizado, como esos hologramas publicitarios esculpidos en el
espacio vacío con rayos láser, el evento filtrado por el medio—la disolución de la TV en la vida, la
disolución de la vida en la TV –una solución química indiscernible: todos somos Louds,
condenados no a la invasión, a la presión, a la violencia, y al chantaje por los medios y los modelos,
sino a su inducción, a su infiltración, a su violencia ilegible.
Pero debemos tener cuidado con el giro negativo que el discurso le otorga a esto: no es una cuestión
ni de una enfermedad ni de una queja viral. Más bien, debemos pensar de los medios como si
fueran, en la órbita exterior, una suerte de código genético que controla la mutación de lo real en lo
hiperreal, así como el otro código micromolecular controla el paso de la señal, de una esfera
representativa de sentido a la esfera genética de la señal programada.
Todo el modo tradicional de la causalidad se pone en cuestión: el modo de perspectiva,
determinista, el modo “activo”, crítico, el modo analítico –la distinción entre causa y efecto, entre
activo y pasivo, entre sujeto y objeto, entre fines y medios. Es en este modo que puede decirse: la
TV nos ve a nosotros, la TV nos aliena, la TV nos manipula, la TV nos informa…A través de todo
esto, uno depende de la concepción analítica cuyo punto de fuga es el horizonte entre realidad y
sentido.
Por el contrario, debemos imaginar a la TV en el modelo del ADN, como un efecto en el cual los
polos opuestos de la determinación se desvanecen de acuerdo a una contracción nuclear o retracción
del viejo esquema polar que siempre ha mantenido una distancia mínima entre una causa y un
efecto, entre un sujeto y un objeto: precisamente, la brecha del sentido, la discrepancia, la
diferencia, el más pequeño margen de error, irreducible bajo pena de reabsorción en un proceso
aleatorio e indeterminable al que ya no se puede referir el discurso, ya que es en sí mismo un orden
determinable.
Es esta brecha que se desvanece en el proceso genético de codificación, donde la indeterminación es
menos un producto de aleatoriedad molecular que producto de la abolición, simple y pura, de la
relación. En el proceso de control molecular, que “va” de núcleo de ADN a la “sustancia” que
“informa”, ya no se atraviesa un efecto, de una energía, de una determinación, de cualquier
mensaje. “Orden, señal, impulso, mensaje”: todos estos intentos por hacer ininteligible la materia a
nosotros, pero por analogía, retranscribiendo en términos de inscripción, de vector, de
decodificación, una dimensión de la cual no sabemos nada –ya ni siquiera es una “dimensión”, o
quizás es la cuarta (aquello que es definido, no obstante, en la relatividad einsteineana, por la
absorción de los polos distintos de espacio y tiempo). De hecho, todo este proceso sólo tiene sentido
para nosotros en su forma negativa. Pero nada separa a un polo del otro, el inicial del terminal: hay
sólo una especie de contracción de uno con el otro, una telescopía fantástica, un colapso de los dos
polos tradicionales uno con el otro: una IMPLOSIÓN –una absorción del modelo radiante de la
causalidad, del modo diferencial de la determinación, misma que es electricidad positiva y negativa
–una implosión de sentido. Es aquí donde comienza la simulación.
En todas partes, en cualquier dominio político, biológico, psicológico y de medios, donde la
distinción entre polos ya no puede mantenerse, uno entra a la simulación, y de ahí a una
manipulación absoluta –no a la pasividad, sino a no distinción entre pasivo y activo. El ADN se da
cuenta de esta reducción aleatoria en el nivel de la sustancia viva. La televisión en sí, en el ejemplo
de los Loud, también adquiere este límite indefinido donde la familia vis-á-vis la TV no es ni más ni
menos activa o pasiva que lo que sería una sustancia viva vis-á-vis su código molecular. En ambos
sólo hay una nebulosa indescifrable en sus elementos más simples, indescifrable en tanto que su
verdad.

Orbital y
Nuclear

Lo nuclear es la apoteosis de la simulación. No obstante, el balance de terror no es nada más que la


inclinación espectacular de un sistema de disuasión que ha reptado sigilosamente desde el interior
en todas las ranuras de la vida diaria. El momento de tensión nuclear solamente sella el sistema
trivializado de la disuasión en el corazón de todos los medios, de la violencia inconsecuente que
reina en todo el mundo, del efecto aleatorio de todas las opciones que se hacen por nosotros. Los
detalles más nimios de nuestro comportamiento son regidos por signos neutralizados, indiferentes,
equivalentes, por signos de suma cero como aquellos que regulan la “estrategia de juego” (pero la
ecuación genuina está en otra parte, y lo desconocido es precisamente esa variable de simulación
que convierte al mismo arsenal atómico en una forma hiperreal, un simulacro que nos domina a
todos y reduce a todos los eventos “de base” a simples escenarios efímeros, transformando la única
vida que nos queda en supervivencia, en una apuesta sin apostadores –ni siquiera en una póliza de
muerte: sino en una póliza devaluada por adelantado).
No es que la amenaza directa de la destrucción atómica paraliza nuestras vidas. Es más bien que la
disuasión nos leucemiza. Y esta disuasión viene de la misma situación que excluye al choque
atómico real –lo excluye de antemano como la eventualidad de lo real en un sistema de signos.
Todo mundo pretende creer en la realidad de esta amenaza (uno la entiende desde el punto de vista
militar, toda la seriedad de su ejercicio, y el discurso de su “estrategia”, es una apuesta): pero
precisamente no hay apuestas estratégicas en este nivel, y toda la originalidad de la situación
descansa en la improbabilidad de la destrucción.
La disuasión excluye a la guerra –la violencia anticuada de los sistemas en expansión. La disuasión
es la violencia neutral, implosiva de los sistemas metastatizables o envolventes. Ya no hay sujeto de
disuasión, ni adversario, ni estrategia –es una estructura planetaria del aniquilamiento de las
apuestas. La guerra atómica, como la de Troya, no tendrá lugar. El riesgo de la atomización nuclear
sólo sirve como pretexto, a través de la sofisticación de las armas –pero esta sofisticación se excede
a cualquier objetivo posible a tal grado que es en sí mismo un síntoma de no-existencia –a la
instalación de un sistema universal de seguridad, de vinculación, y de control, cuyo efecto disuasivo
no apunta de ninguna manera a un choque atómico (este último nunca ha sido una posibilidad real,
excepto sin duda justo al principio de la guerra fría, cuando la postura nuclear se confundía con una
guerra convencional) pero en realidad, la mucho mayor posibilidad de cualquier evento real, de
cualquier cosa que pudiera interrumpir al sistema general y afectar el balance. El balance del terror
es el terror del balance.
La disuasión no es una estrategia. Circula y es intercambiado entre los protagonistas nucleares
exactamente como el capital internacional, en esa zona orbital de la especulación monetaria, cuyo
flujo es suficiente como para controlar toda finanza global. De tal modo que el dinero para matar
(no nos referimos a un asesinato real, de igual modo que el capital flotante se refiere a la producción
real) que circula en la órbita nuclear es suficiente para controlar toda violencia o conflicto potencial
en el mundo.
Lo que se bate a la sombra de esta postura, bajo el pretexto de una amenaza “objetiva” máxima y
gracias a esa espada nuclear de Damocles, es la perfección del mejor sistema de control que nunca
ha existido. Y la satelización progresiva de todo el planeta por medio de ese hipermodelo de
seguridad.
Lo mismo va para las instalaciones nucleares pacíficas. La pacificación no distingue entre lo civil y
lo militar: dondequiera que se elaboren aparatos irreversibles de control, dondequiera que la noción
de seguridad se vuelve absoluta, dondequiera que la norma reemplaza al anterior arsenal de leyes y
violencia (incluyendo la guerra), el sistema de disuasión crece, y alrededor de éste crece un desierto
histórico, social y político. Una gran involución hace que todo conflicto, que toda oposición, que
todo acto de desafío se contraiga en proporción a este chantaje que los interrumpe, los neutraliza,
los congela. No hay motín, no hay historia que pudiera desplegarse más de acuerdo a su propia
lógica, ya que corre el riesgo del aniquilamiento. Ni siquiera es posible una estrategia, y la escalada
es sólo un juego pueril que se deja a los militares. La apuesta política está muerta. Sólo permanecen
los simulacros de conflicto y las apuestas cuidadosamente circunscritas.
La “carrera del espacio” jugó exactamente el mismo rol que la carrera nuclear. Es por ello que fue
tan fácilmente capaz de ser tomada de ella en los sesenta (Kennedy/Khruschev), o para desarrollarse
concurrentemente en un modo de “coexistencia pacífica”. Ya que, ¿Cuál es la función última de la
carrera del espacio, de la conquista lunar, de los lanzamientos de satélites, si no la institución de un
modelo de gravitación universal, de la satelización, cuyo embrión perfecto es el módulo lunar: un
microcosmo programado, donde nada puede dejarse al azar? Trayectoria, energía, computación,
fisiología, psicología, el medio ambiente –nada puede dejarse a la contingencia, este es el universo
total de la norma—la Ley ya no existe, es la inmanencia operacional de todo detalle que es ley. Un
universo purgado de toda amenaza a los sentidos, en un estado de asepsia y de ingravidez –es esta
misma perfección la que nos fascina. Ya que la exaltación de las masas no fue en respuesta al
aterrizaje lunar o al viaje del hombre en el espacio (esto es mejor dicho el cumplimiento de un
sueño anterior) –no, estamos estupefactos con la perfección de su planeación y manipulación
técnica, por el asombro inmanente del desarrollo programado. Fascinados por la maximización de
normas y por el dominio de la probabilidad. Desequilibrado por el modelo, como lo estamos por la
muerte, pero sin miedo ni impulso. Ya que si la ley, con su aura de trasgresión, si el orden, con su
aura de violencia, sigue trastocando a un imaginario perverso, entonces la norma fija, hipnotiza,
enmudece, causando que todos los imaginarios se envuelvan. Ya no fantaseamos sobre cada minucia
de un programa. Su observancia en sí nos desequilibra. El vértigo de un mundo perfecto.
El mismo modelo de infalibilidad planeada, de seguridad máxima y de disuasión, gobierna ahora la
extensión de lo social. Esa es la verdadera caída radiactiva: la operación meticulosa de lo social.
Aquí también, nada se dejará al azar; además, esta es la esencia de la socialización, misma que ha
estado ocurriendo desde hace algunos siglos pero ha entrado ahora a su fase acelerada, hacia un
límite que la gente imaginó sería explosivo (revolución), pero que actualmente resulta en un
proceso inverso, irreversible, implosivo: una disuasión generalizada de todo azar, de todo accidente,
de toda transversalidad, de toda finalidad, de toda contradicción, ruptura o complejidad en una
socialidad iluminada por la norma y condenada a la transparencia del detalla radiado por
mecanismos de recolección de datos. De hecho, los modelos espaciales y nucleares ni siquiera
tienen sus propios fines: tampoco lo tienen las exploraciones lunares, ni la superioridad estratégica
o militar. Su verdad descansa en que son modelos de simulación, modelos vectores en un sistema de
control planetario (donde hasta los superpoderes de este escenario no son libres –el mundo entero es
satelizado). [8]
Rechaza la evidencia: con la satelización, aquel que es satelizado no es quien piensas que es. Por
medio de la inscripción orbital de un objeto del espacio, el planeta tierra se convierte en un satélite,
el principio terrestre de la realidad se vuelve excéntrico, hiperreal e insignificante. Por medio del
establecimiento orbital de un sistema de control como una coexistencia pacífica, todos los
microsistemas terrestres son satelizados y pierden su autonomía. Toda la energía, todos los eventos
son absorbidos por esta gravitación excéntrica, todo se condensa e implota en el mismo micro
modelo de control (el satélite orbital), como por el contrario, en la otra dimensión biológica, todo
converge e implota en el micro modelo molecular del código genético. Entre los dos, atrapados en
medio de lo nuclear y lo genético, en el supuesto simultáneo de los dos códigos fundamentales de la
disuasión, todo principio de significado es absorbido, todo despliegue de lo real es imposible.
La simultaneidad de dos eventos en 1975 ilustra esto de manera asombrosa: el enlace en el espacio
de dos supersatélites estadounidenses y soviéticos, apoteosis de la existencia pacífica –y la
supresión por parte de los chinos de la escritura de caracteres y la conversión al alfabeto romano.
Este último significa el establecimiento “orbital” de un sistema abstracto y modelo de signos, en
cuya órbita se reabsorberán todos aquellos que alguna vez fueron formas de estilo de escritura
notables y singulares. La satelización de su lengua: este es el modo como los chinos entran al
sistema de la coexistencia pacífica, la cual es inscrita en su cielo justo al mismo tiempo por el
acoplamiento de los dos satélites. El vuelo orbital de los Dos Grandes, la neutralización y
homogenización de todos los demás en la tierra.

No obstante, a pesar de esta disuasión por parte de la autoridad orbital –el código nuclear o
molecular—los eventos continúan sobre tierra, los percances son cada vez más numerosos, a pesar
del proceso global de la contigüidad y la simultaneidad de los datos. Pero, sutilmente, estos eventos
ya no tienen sentido; no son nada más que un efecto dúplex de simulación en la cumbre. El mejor
ejemplo debe ser la guerra de Vietnam, ya que estaba en la encrucijada de una apuesta máxima
histórica o “revolucionaria” y la instalación de esta autoridad disuasiva. ¿Qué sentido tuvo esa
guerra, sino que su despliegue selló el fin de la historia en el evento culminante y decisivo de
nuestra era?
¿Por qué una guerra tan difícil, larga y ardua se desvaneció de la noche a la mañana como por arte
de magia?
¿Por qué no la derrota estadounidense (el más grande reverso en la historia) no tuvo repercusiones
internas? Si realmente hubiera significado un retroceso en la estrategia planetaria de los Estados
Unidos, necesariamente debió haber perturbado el balance interno del sistema político
estadounidense. Pero eso no ocurrió.
De ahí que algo más sucedió. Finalmente, esta guerra fue sólo un episodio crucial en una
coexistencia pacífica. Marcó el advenimiento de China hacia una coexistencia pacífica. El
aseguramiento y concretización –buscado desde hace mucho—de la no intervención de China. El
aprendizaje de China en un modus vivendi global, el paso de una estrategia de revolución mundial a
una de compartir fuerzas e imperios, la transición de una alternativa radical a la alternancia política
en un sistema ahora casi establecido (la normalización de las relaciones entre Pekín y Washington):
todo esto fue la apuesta de la guerra de Vietnam, y en ese sentido, los Estados Unidos se retiraron de
Vietnam, pero ellos ganaron la guerra.
Y la guerra “espontáneamente” llegó a su fin cuando el objetivo se logró. Es por ello que fue
desescalada y desmovilizada tan fácilmente.
Los efectos de este mismo remoldeo son legibles en el campo. La guerra duró hasta que quedaran
elementos no liquidados irreducibles a una saludable política y una disciplina de poder, aunque
fuera comunista. Cuando finalmente la guerra pasó de la resistencia a las manos de las tropas del
Norte regulares, pudo detenerse: había logrado su objetivo. De modo que la apuesta fue por un
relevo político. Cuando los vietnamitas probaron que ya no eran los representantes de una
subversión impredecible, pudo habérseles entregado. Que este fuera un orden comunista no era
fundamentalmente serio: se probó a sí mismo, podía confiarse en él. Incluso son más efectivos que
los capitalistas en liquidar estructuras precapitalistas “primitivas” y anticuadas.
El mismo escenario que en la guerra de Argelia.
El otro aspecto de esta guerra y de todas las guerras desde entonces: detrás de la violencia armada,
el antagonismo asesino entre los adversarios –lo cual parece una cuestión de vida o muerte, y lo
cual se juega como tal (de otro modo, no podrías mandar a la gente a ser mallugada en este tipo de
problemas), detrás de este simulacro de una lucha a muerte y de apuestas globales implacables, los
dos adversarios son fundamentalmente como uno en contra de aquella otra cosa, innombrable,
nunca mencionada, cuyo resultado objetivo, con igual complicidad entre los dos adversarios, es la
liquidación total. Son las estructuras tribales, comunales, todo tipo de intercambio, lenguaje, y
organización simbólica la que debe ser abolida. Sus asesinatos son el objeto de la guerra –y en su
inmenso espectacular efecto de muerte, la guerra es el único medio de este proceso de
racionalización terrorista por medio de lo social—el asesinato a través del cual puede fundarse la
sociabilidad, sin importar el tipo de alianza, comunista o capitalista. La complicidad total o la
división del trabajo entre dos adversarios (quién podría hacer tales sacrificios para lograr eso) para
el propósito mismo de remoldear y domesticar las relaciones sociales.
“Los vietnamitas del norte fueron aconsejados a tolerar un escenario de la liquidación de la
presencia estadounidense a través de la cual, claro está, debe preservarse el honor.”
El escenario: el bombardeo extremadamente pesado de Hanoi. La naturaleza intolerante de este
bombardeo no debe ocultar el hecho de que fue sólo un simulacro para permitir que los vietnamitas
parecieran tolerar un compromiso, y para que Nixon pudiera hacer que los estadounidenses se lo
tragaran para retirar sus fuerzas. El juego ya se había ganado, nada estaba apostándose
objetivamente sino la credibilidad del montaje final.
Los moralistas de la guerra, campeones de los valores exaltados de la guerra, no deberían estar
mayormente molestos: una guerra no es mucho menos atroz por ser un simple simulacro –la carne
sufre igualmente, y los muertos ex combatientes cuentan igual que en otras guerras. Ese objetivo
siempre se logra ampliamente, como el de la repartición de territorios y la sociabilidad disciplinaria.
Lo que ya no existe es la adversidad de los adversarios, la realidad de las causas antagonistas, la
seriedad ideológica de la guerra –también la realidad de la victoria o la derrota, la guerra siendo un
proceso cuyo triunfo descansa mucho más allá de estas apariencias.

En cualquier caso, la pacificación (o disuasión) que nos domina hoy en día está más allá de la
guerra y la paz, la equivalencia simultánea de la paz y la guerra. “La guerra es la paz,” dijo Orwell.
Aquí también, los dos polos diferenciales implotan uno en el otro, o se reciclan el uno con el otro –
una simultaneidad de contradicciones que es tanto la parodia y el fin de toda dialéctica. De modo
que es posible perder la verdad de una guerra: principalmente, que todo ya se había terminado
mucho antes de llegar a una conclusión, de que en su mero centro, la guerra se llevó a su fin, y de
que quizás nunca comenzó realmente. Muchos otros eventos similares (la crisis petrolera, etc.)
nunca comenzaron, nunca existieron, excepto esos percances artificiales –abstractos, imitaciones de
problemas, catástrofes, y crisis intencionadas para mantener una inversión histórica y psicológica
bajo hipnosis. Todos los medios y los servicios de noticias oficiales sólo existen para mantener la
ilusión de actualidad –de la realidad de las apuestas, de la objetividad de los hechos. Todos los
eventos deben leerse al reverso, donde uno percibe (como con los comunistas “en el poder” en
Italia, el redescubrimiento póstumo, “nostálgico” de los gulags y de los disidentes soviéticos como
el redescubrimiento casi contemporáneo, por una etnología moribunda, de la “diferencia” perdida
de los salvajes) que todas estas cosas llegan demasiado tarde, con una historia en vencimiento, un
espiral demorado, de que han agotado su significado muy por adelantado, y que sólo sobreviven en
una efervescencia artificial de signos, de que todos estos eventos se siguen ilógicamente uno del
otro, con una ecuanimidad total hacia las más grandes inconsistencias, con una indiferencia
profunda en torno a sus consecuencias (pero esto es porque ya no hay más: se consumen en su
promoción espectacular) –de ahí todo el noticiario de “actualidad” nos da la impresión siniestra del
kitsch, de lo retro y de lo porno, todo al mismo tiempo –indudablemente todo mundo sabe esto, y
nadie lo acepta realmente. La realidad de la simulación es inaguantable –más cruel que el Teatro de
la Crueldad de Antonin Artaud, el cual seguía siendo un intento de dramaturgia de la vida, el último
destello para un ideal del cuerpo, la sangre y la violencia en un sistema que ya se iba en torno a una
reabsorción de todas las apuestas sin un solo rastro de sangre. Para nosotros, el truco ya estaba
gastado. Toda dramaturgia, e incluso toda la escritura real de crueldad ha desaparecido. La
simulación es la maestra, y la nostalgia, la rehabilitación fantasmal paródica de todos los referentes
perdidos, permanece sola. Todo sigue desdoblándose ante nosotros, en la luz fría de la disuasión
(incluyendo Artaud, quien tiene el derecho, como todos nosotros, a su propio revival, a una segunda
existencia como el referente de la crueldad).
Es por ello que la proliferación nuclear no incrementa ni la oportunidad de un choque atómico ni
del accidente –salvo en el intervalo donde los poderes “jóvenes” podrían ser tentados a usarlos para
propósitos no disuasivos o “reales” (como lo hicieron los estadounidenses en Hiroshima –pero
precisamente sólo ellos tenían derecho a este “valor de uso” de la bomba, mientras todos aquellos
otros que la han adquirido han sido disuadidos a usarla por el mismo hecho de su posesión). La
entrada al club atómico, tan curiosamente llamado, muy rápidamente quita (como la sindicalización
para el mundo laboral) cualquier inclinación hacia una intervención violenta. La responsabilidad, el
control, la censura, la autodisuasión, siempre se incrementan más rápido que las fuerzas o las armas
a nuestra disposición: este es el secreto del orden social. De ahí que la mera posibilidad de paralizar
un país entero con el simple movimiento de un switch hace imposible que los ingenieros eléctricos
lleguen a utilizar jamás esta arma: todo el mito de la huelga revolucionaria y total se colapsa en el
momento mismo en que los medios para lograrlo están disponibles –pero desgraciadamente,
exactamente porque los medios para lograrlo están disponibles. Esta es la disuasión en resumidas
cuentas.
Por lo tanto, es enteramente posible que un día podamos ver a los poderes nucleares exportando
reactores atómicos, armas y bombas en todas las latitudes. Después del control por vía de la
amenaza logrará la mucho más efectiva estrategia de la pacificación por medio de la bomba y de su
posesión. Los poderes “pequeños”, esperando comprar su fuerza de golpe independiente, solamente
comprarán el virus de la disuasión, de su propia disuasión. Lo mismo va para los reactores atómicos
que ya les hemos enviado: tantas bombas de neutrones quitando toda virulencia histórica, todo
riesgo de explosión. En este sentido, el sistema nuclear instituye un proceso universalmente
acelerado de implosión, oculta todo a su alrededor, absorbe toda energía viva.
El sistema nuclear es tanto el punto culminante de la energía disponible y la maximización de los
sistemas que controlan toda la energía. El cierre y el control crecen tan rápido como (e
indudablemente, incluso hasta más rápido que) las potencialidades de liberación. Esto ya era la
aporía de las revoluciones modernas. Sigue siendo la paradoja absoluta del sistema nuclear. Las
energías se congelan por su propio poder de fuego, se disuaden a sí mismas. Uno no puede ver
realmente qué proyecto, qué poder, qué estrategia, qué sujeto pudiera estar posiblemente detrás de
este recinto, de esta vasta saturación de un sistema por su propias fuerzas, de aquí en adelante
neutralizadas, inútiles, ininteligibles, no explosivas –excepto la posibilidad de una explosión hacia
el centro, o una implosión, donde todas estas energías son abolidas en un proceso catastrófico (en el
sentido literal, esto es decir, en el sentido de una reversión del ciclo entero hacia un punto mínimo,
de una reversión de energías hacia un umbral mínimo).

(De la traducción de Paul Foss y Paul Patton.


Extraído del libro “Art After Modernism: Rethinking Representation”
Editado por Brian Wallis y Marcia Tucker).

* Reimpresión de Art & Text, no. 11 (Septiembre, 1983): 3-47; también disponible en Simulaciones
de Jean Baudrillard, de la trad. de Paul Foss y Paul Patton (Nueva York: Semiotext(e), 1983).
[1] Cf., Jean Baudrillard, L’échange symbolique et la mort (“L’ordre des simulacres”), (París:
Gallimard, 1975).
[2] Y que no es susceptible a la resolución por transferencia. Es el enredo de estos dos discursos los
que hacen interminable al psicoanálisis.
[3] Mario Perinola, “Icones, Visions, Simulacres,” Traversas, no. 10 (febrero 1978): 39-49. De la
traducción de Michael Makarius.
[4] Esto no necesariamente resulta en una desesperanza del significado, pero del mismo modo en
una improvisación de significado, del sinsentido, o de varios sentidos simultáneos que se cancelan
el uno al otro.
[5] La crisis energética, el montaje ecológico, por mucho, son en sí mismos una película de
desastres, en el mismo estilo (y con el mismo valor) como aquellos que actualmente tienen tanto
éxito para Hollywood. No tiene sentido interpretar estas películas laboriosamente, por su relación
con una crisis social “objetiva”, o incluso con un fantasma de desastre “objetivo”. Es en la otra
dirección que debemos decir que es lo social en sí que, en el discurso contemporáneo, se organiza
de acuerdo a un guión para película de desastres. (Cf., Michel Makarius, “La stratégie de la
catastrophe,” Traverses, no. 10 (febrero 1978): 115-124.
[6] A esta inversión decaída del trabajo le corresponde una inversión en decadencia paralela, en el
consumo. Adiós al valor de uso o el prestigio del automóvil, adiós al amoroso discurso que hacía
una clara distinción entre el objeto de disfrute y el objeto del trabajo. Otro discurso toma lugar, el
cual es un discurso del trabajo sobre el objeto de consumo, que apunta a una reinversión activa,
puritana, de peso (usa menos gasolina, cuida de tu seguridad, la velocidad es obsoleta, etc.), para la
cual las especificaciones automovilísticas pretenden ser adaptadas: redescubrir una apuesta por la
transposición de los polos. De esta manera, el trabajo se convierte en el objeto de una necesidad, el
carro se convierte en el objeto del trabajo –no hay mejor prueba sobre la inhabilidad para distinguir
las apuestas. Es a través del mismo giro que pasa de los “derechos” a votar a los “deberes”
electorales que se señala la desinversión de la esfera política.
[7] La confusión medio/mensaje, es un correlativo de la confusión entre emisor y receptor, sellando
de esta manera la desaparición de todas las estructuras duales, polares, que forman la organización
discursiva del lenguaje, refiriendo a la rejilla celebrada de funciones de Jakobson, la organización
de toda articulación determinada de sentido. El discurso “circular” debe tomarse literalmente: esto
es, ya no va de un punto a otro sino que describe un círculo que incorpora indistintamente las
posiciones de transmisor y receptor, que de ahí en adelante es inlocalizable como tal. Por lo tanto,
ya no es cualquier instancia de poder, o cualquier autoridad transmisora –el poder es algo que
circula y cuya fuente ya no puede localizarse, un ciclo en el cual las posiciones del dominador y del
dominado se intercambian en una interminable reversión que también es el fin del poder en su
definición clásica. La circularización del poder, del conocimiento y del discurso, lleva a toda
localización de instancias y de polos a su fin. Incluso en la interpretación psicoanalítica, el “poder”
del intérprete no viene de ninguna autoridad externa, sino de los interpretados mismos. Esto cambia
todo, ya que nosotros siempre podemos preguntar a los poseedores tradicionales de poder de dónde
es que obtienen su poder. ¿Quién te hizo Duque? El Rey. ¿Quién hizo al Rey? Dios. Dios por sí solo
no responde. Pero a la pregunta: ¿Quién hizo al psicoanalista? el analista rápidamente responde: Tú.
Es así como se expresa, por medio de una simulación inversa, el paso del “analizado” al
“analizando”, de activo a pasivo, lo cual sólo lleva a describir el efecto giratorio y móvil de los
polos, su efecto de circularidad en el cual se pierde el poder, se disuelve, se resuelve en una
manipulación completa (esto ya no es del orden de la autoridad directiva y de la mirada, sino del
orden de contacto personal y de conmutación). Ver, también, la circularidad de Estado/familia
asegurada por la regulación flotante metastásica de las imágenes de lo social y lo privado. (Jacques
Donzelot, The Policing of Families, de la trad. de Robert Hurley [Nueva York: Panteón Books,
1979].)
De aquí en adelante, es imposible preguntarse la pregunta famosa:
“¿Desde qué posición estás hablando?” –
“¿Cómo lo sabes?” –
“¿De dónde sacas el poder?”, sin obtener inmediatamente la respuesta: “Pero es de (desde) ti de
quien estoy hablando” –queriendo decir, eres tú quien habla, eres tú quien sabe, el poder eres tú.
Una gigantesca circunvolución, una circunlocución de la palabra hablada, lo cual se reduce a un
chantaje y a una disuasión inamovible del sujeto que supuestamente hablaría, pero que se deja sin
poder decir palabra, sin respuesta, ya que a las preguntas preguntadas puede venir la inevitable
respuesta: pero tú eres la respuesta, o: tu pregunta ya es una respuesta, etc. –todo el dominio sofista
de la explotación de las palabras, confesión forzada disfrazada como libre expresión, atrapando al
sujeto en su propio cuestionamiento, la precesión de la réplica en torno a la pregunta (toda la
violencia de la interpretación está ahí, y la violencia del automanejo conciente o inconciente del
“habla”).
El simulacro de la inversión o de la involución de polos, este astuto subterfugio que es el secreto de
todo el discurso de la manipulación y, por lo tanto, hoy en día, en todo dominio, el secreto de todos
estos nuevos poderes limpiando el escenario del poder, forjando el supuesto de todo el habla desde
el cual viene esa fantástica mayoría silenciosa característica de nuestros tiempos –todo esto
indudablemente comenzó en la esfera política con el simulacro democrático, esto es decir, con la
sustitución de la instancia del pueblo por la instancia de Dios como fuente de poder, y la sustitución
de la instancia del poder como representación por el poder como emanación. Una revolución
anticopérnica: ya no hay ninguna instancia trascendente ni un sol ni una fuente luminosa de poder y
conocimiento –todo viene de y regresa al pueblo. Es a través de este magnífico reciclaje que
comienza a instalarse el simulacro universal, desde la manipulación del escenario del sufragio
masivo a las actuales e ilusorias encuestas de opinión.
[8] Paradoja: todas las bombas son limpias –su única contaminación es el sistema de control y la
seguridad que irradian cuando no son detonadas.