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1.

Vagabundo en Francia y Bélgica: enfoques hacia el Flâneur

El relato Vagabundo en Francia y Bélgica narra la experiencia del personaje B, por lo que
constantemente nos movemos entre su vida, la literatura que lo rodea y el redundante
vagabundeo al que recurre para achacar su soledad. Si bien este relato está precedido por
Últimos atardeceres en la Tierra y Días de 1978, la perspectiva del personaje B no refleja
más que un ir y venir en su misma soledad de errante, ya no está en compañía de su padre ni
emprende viajes que ni él mismo logra desear, lo importante aquí es cómo B se va dejando
llevar a través de sus travesías donde instintivamente recurre a las calles como método para
abrirse a la ciudad. En el cuento, damos aviso que B está indudablemente marcado por la
literatura y los círculos literarios, es así como estos le permiten acercarse a Francia, su interés
por una revista que contiene abundantes escritores, le remiten cumplir el gusto por comprarla,
así, B se pierde en las calles de París. Roberto Bolaño al elaborar su obra no procura aglutinar
la narraciones con muchas descripciones al inicio, ni mucho menos pretende ser excesivo en
el uso de lugares que el protagonista visita, más bien es amplio en explicar con detenimiento
el asunto de la revista y deja asimismo la imagen de B completamente inmerso en ella. pero
sí deja entrelíneas lo que podríamos llamar como un vagabundo errante, el intento por
perderse y alejarse del hotel lo van convirtiendo poco a poco en un transeúnte más en la urbe.
Roberto Bolaño recurre a una economía del lenguaje para simplificar las caminatas extensas
del personaje y nuevamente nos instaura a las paredes de su hotel, sin embargo, este sólo
sería un primer esbozo de un intento por llamarse Flâneur. Charles Baudelaire sería la fuente
primigenia que permita dilucidar de qué manera puede llegar a ser un Flâneur B. Si queremos
ir a los primeros apuntes de la construcción de este sujeto en Baudelaire, conoceríamos que el
Flâneur conoce las calles donde transita, Baudelaire deja que miremos más allá de su poesía
para poder enfatizar en la vida y la aglomeración que sólo resulta en la ciudad. El Flâneur que
conocemos comúnmente es el sujeto que camina, se pasea por las calles, las aglomeraciones
en la ciudad y así mismo en esta inmersión contempla los rostros andantes y los espacios de
conoce pero a cada paso los empieza a desautomatizar. Por lo tanto, nadie más que
Baudelaire es pertinente para esclarecer este arquetipo, el sujeto que se sumerge en lo infinito
de las calles donde agudiza sus sentidos y permite encontrarse con todo lo que le rodea. En
“Flores del mal” reconocemos que Baudelaire dirige su mirada por los mismos transeúntes
que se deslizan en las calles, es Baudelaire quien se pierde en las calles contemplando las
figuras de las personas y cómo a partir de ellas les dota de historias, pasados y vidas, y del
mismo modo través de los paseantes, Baudelaire se encuentra con la inmensidad de las calles.
“¡Ciudad hormigueante, ciudad llena de sueños,
donde el espectro en pleno día va entre la gente!
Los misterios, cual savia de las calles, circulan
en las estrechas venas del coloso potente”(162).
Consecuentemente, el Flâneur en Roberto Bolaño se evidencia de este modo: ya conocemos
que B ante todo, inicia sus paseos debido a la revisa, B camina y camina sin rumbo, sin
pensar mucho, pero secuencialmente intuimos que estos paseos conllevan a la inspiración del
personaje, esta inspiración linda con sus pasiones literarias, imagina mundos y realidad que
sólo convergen a partir de los espacios de las caminatas. El Flâneur es constante en
Vagabundo en Francia y Bélgica, reiteradas veces nos topamos con las salidas de B a la calle,
inclusive, este accionar en las calle lo agota tanto que no es capaz de dormir por lo que se
remite nuevamente a las calles para buscar qué comer o qué hacer, es así que en el choque
con las calles, la trama empieza a cobrar forma. B conoce una mujer a la que después invitará
a salir. Más adelante, B vuelve a habitar en la revista, el narrador detalla el Luna Park donde
es la historia de Henri Lefebvre contada, sin siquiera dudarlo tanto, el protagonista empieza a
tener un importante interés en la vida de este filósofo ya que, es lo único que ahora se nos
muestra de la revista, este interés de B lo dirigen otra vez al vagar en sí mismo y en la
espacialidad de París, observa a través de las ventanas las calles, que en consideración
exploraré luego detalladamente cómo el Flâneur también contempla desde su ventana. Lo
más relevante empieza a tornarse cuando en convivencia con esta mujer y los mismos
intereses de B le llevan a dedicar su tiempo a las calles y a errar sin destino, nunca llega a
nada, camina y creer arrimarse a algo pero se detiene absorto por la complejidad de la urbe,
es un transcurrir entre el ir y volver, es decir, podríamos pensar que lo más aproximado a
definir este asunto es a partir de la poesía de errancia, Baudelaire lo describiría como el alma
que necesita un cuerpo y ese cuerpo se lo adquiere la ciudad, de este modo, “en torno a un
sujeto deambulante que percibe la ciudad y, en esa percepción, se percibe a sí mismo”
(Molloy). B se enfrenta con la ciudad y se enfrenta con sí mismo en el deambular. Renglones
más tarde, B decide emprender un viaje hacia Bélgica, cuando llega instantáneamente
retomamos la figura del paseante, el personaje llega al centro y comienza a andar entre los
barrios en búsqueda de un hotel. Hay una fijación por la arquitectura, las casas, los terrenos, y
en medio de las descripciones es como si brotaran de ellas nuevos relatos, camina detalla a
los caminantes, él nunca deja de caminar. Sin embargo, concluyendo el cuento se revela una
ausencia, “Al cuarto día ya no sale a la calle” (92). La inspiración en la urbe se ve ahora
obnubilada, no hay motivación, pero esta pérdida de interés sólo recobra con el final feliz que
Roberto Bolaño permite.
Ahora bien, reflexionando en torno al Flâneur, la perspectiva de Walter Benjamin enfoca
mucho más la noción de Baudelaire para iluminar este asunto. Supongamos que Bolaño leía a
Baudelaire, B se pasea por Francia y Bélgica, curiosamente en las mismas ciudades donde
Baudelaire dejaría parte de sí como Flaneur, encontramos entonces que existe una relación
espacial en los dos personajes, el poeta y el extranjero, aún más podríamos inquirir en la
afectación de cada uno, cómo les afecta, cómo reaccionan, cómo se sienten Flâneur.
Baudelaire a través de Benjamin y su obra “Iluminaciones II: Baudelaire: un poeta en el
esplendor del capitalismo”, nos deja entender lo mucho que percibía estando en la multitud y
las ansias de salir, de contemplar las personas, la urbe, la arquitectura, las calles, la
monotonía que para él no era más que nuevas experiencias. “Baudelaire amaba la soledad;
pero la quería en la multitud” (65). Esto es un reflejo de B, un hombre que divaga en las
calles de París y Bruselas, que le gusta su soledad pero quiere acompañar esa soledad con la
multitud y con la experiencia en las calles. Benjamin además no sólo deja entrever lo errante
del Flâneur en la urbe, así mismo, Benjamin aclararía que no hay un tipo de Flâneur que se
pasea, otros tipos que encontramos son el rentista, que se sienta en el mirador como si
estuviera en una platea; también desciframos el Flâneur consumidor, el que entra en los cafés
y observa desde la ventana sus calles, pero es el Flâneur que se ve tan enceguecido por la
multitud que pasa sin titubear al encuentro con esta. Igualmente, cómo creer que el mismo
Flâneur puede observar desde su balcón, inquietantemente Baudelaire no deja a la oscuridad
esta realidad, en su poema “El balcón” en conjunción con la obra completa comprendemos el
horizonte ampliado del Flâneur, Yves Bonnefoy aclara que Baudelaire casi no tenía la
oportunidad de ver el paisaje ya que no salía de París, de este modo, el balcón es “La
aproximación que efectúa, desde el comienzo de este poema hasta su fin [..] entre el sol
poniente, que colma el cielo, y el fuego que arde en el hogar, iluminando una habitación
destinada si no a permanecer en la sombra” (69). En Vagabundo en Francia y Bélgica, B no
se limita únicamente a los espacios de las calles, también las observa a través de la ventana:
“B se levanta de la cama, abre la ventana y contempla la calle” (82). Baudelaire en sus
poemas en prosa no deja diluir esta perspectiva, “Más allá del oleaje de tejados, diviso
una mujer madura, arrugada ya, pobre, siempre inclinada sobre algo, sin salir nunca.
Con su rostro, con su vestido, con su gesto, con casi nada, he rehecho la historia de
una mujer…” (371).
Eso refiere a una serie de nuevas concepciones al momento de nombrar la postura del
Flâneur, sería posible ahora repensar cómo el Flâneur en su condición es tanto errante como
expectante, cómo las circunstancias tanto sociales, temporales y arquitectónicas hay
construido nuevas formas de pensar Flâneur ya no sólo como el paseante por los pasajes sino
como aquel sujeto que desde el encierro de sus paredes y la vista por su ventana no es
limitada la inmersión en las calles, en los paseantes, en la urbe, el flujo, el tráfico. La obra de
Baudelaire sigue dejándonos flexionar sobre las formas en las que el Flâneur se puede
manifestar, y de qué manera a través del tiempo estas nuevas visiones del paseante se forjan a
partir de la tecnología y las actuales arquitecturas. No obstante, todas estas manifestaciones
no se pueden explicar a partir de badaud, B nunca pierde su individualidad, no se siente como
la multitud, él está ensimismado, así, “El Flâneur no debe confundirse con el badaud; aquí
debe observarse un matiz. [...] El Flâneur simple [...] siempre está en plena posesión de su
individualidad. Por el contrario, la individualidad del badaud desaparece, absorbida por el
exterior mundo, que lo viola, lo lleva a la embriaguez y al éxtasis. Bajo la influencia del
espectáculo que se le presenta, el badaud se convierte en una criatura impersonal; ya no es un
hombre, es el público, es la multitud”(Fournel).Es aquí cuando damos cuenta que B
reflexiona, a lo largo de su prolongado acercamiento con París, hay introspecciones sucintas
sobre sí mismo y sobre las personas que le rodean, B no habla pero su narrador es quien le da
la voz a sus pensamientos, en el fragmento cuando B se dirige al centro de Bruselas y
empieza a sonsacar suposiciones del vulgo, de los empleados, de las personas, se coloca en la
ventana y observa a una mujer con el carro de compras que está vacío y a un perro con ojos
de alcancía que cree mirarlo directamente. B es un detective, es el centro de lo que le rodea
pero buscar ser el centro a través de sus desapercibidos pasos y su anonimato. El vaguear por
las calles no son sólo actos simples puestos como indicios, los pasos errantes por la ciudad
vienen de unos mismos precedentes autobiográficos de Bolaño, esas caminatas incesantes en
distintos lugares al de él son reminiscencias transcritas en las hojas, tanto el vaguear de
Roberto Bolaño como el de B son una complementariedad entre lo dicho por el uno y lo
hecho por el otro ¿Será posible pensar que B es esa semblanza biográfica de Bolaño? La vida
del escritor ha estado en constantes migraciones, si bien no entraré todavía al terreno del
exilio donde él fue partícipe, estas migraciones regulares no han quedado en el olvido y son
abundantemente colocadas en sus obras, los destierros, los desplazamientos, los viajes que
conectan con la construcción de un sujeto que se vio a la espera de un nuevo comienzo que a
la luz de la verdad tuvo que conocer para apropiarse de él. Estos desplazamientos son un
reflejo del vaguear y ser próximamente un Flâneur en el encuentro con las calles. Es este
encuentro con las calles le llevan a ser un detective, inquirir en cómo se vive allí, cómo el
paseante observa a los ciudadanos y cómo a partir de ellos deduce acciones, conductas y
metahistorias. Ahora pensemos ¿Qué propicia el Flâneur en Vagabundo en Francia y
Bélgica?

2. Entre viajar y vaguear: el viaje como sucesor del errante

Como de antemano se ha mencionado, el viaje es casi indubitable en las experiencias


suscitadas en “Putas Asesinas”, el viaje demarca el inicio trascendental, es el motivo que
permite que se den a conocer nuevas historias, nuevos desarrollos en los personajes, quizá
hasta podría pensarse que el motivo del viaje en Bolaño es una transfiguración de lo que se
acontece en la literatura griega en cuanto al viaje, en Vagabundo en Francia y Bélgica, el
viaje significa esa búsqueda por encontrar un sentido, una nueva razón para la vida, aunque
en este relato no hay un retorno del viaje, no regresa ni vuelva a su lugar inicial porque
constantemente volvemos en la certidumbre que este viaje es un vagar y discurrir por lo que
surja a medida que se desenvuelve el personaje. El viaje es ese modelo existencial que
emerge para darle paso al vagabundeo, este vagabundeo surge de ese viaje improductivo pero
sustancial, el vaguear es ese acto caprichoso para huir del encierro, “Vaguear con la certeza
de la perpetua distracción para los ojos, con la certeza de objetivar siempre, de no caer en
poder de los objetivos, [...], vaguear basculado por la gente, [...], mirando al interior de las
casas, husmeando en los almacenes, anclando en las tiendas, embobándose delante de los
edificios [..]” (Sierra). El viaje tiene la intención de salvar a los personajes de una crisis
existencial, el viaje permite que el deambular no se vuelva lo primordial y lo inacabado. Es
probable que nuevamente Roberto Bolaño esté tratando de hacer uso del viaje para crear una
identidad en los personajes tal y como se observa en “Los detectives salvajes”, es la temática
del viaje se usa como motivo de salir por nuevas experiencias, así mismo, Baudelaire también
invita al viaje a través de “Pintor de la vida moderna”, Baudelaire vio a través de Constantin
Guys esa tentativa de escapar de lo estático de su entorno y observar nuevos horizontes de la
ciudad, es así como Baudelaire invita al viaje como escape, muchos de sus poemas en “Flores
del mal” como El viaje, Invitación al viaje, Un viaje a Citerea, hacen un llamamiento al viaje
como encuentro, como introspección al alma, como deseo de huir de lo industrial, de lo
monótono. Toda esta construcción del viaje la encontramos en los precedentes de Vagabundo
en Francia y Bélgica, en Últimos atardeceres en la Tierra, el viaje que Roberto Bolaño
escribe termina dando respuesta a una serie de esquemas familiares que vislumbran una
decadencia entre padre e hijo. En Días de 1978 encontramos igualmente un viaje, este viaje
está premeditado por un encuentro que se da en Europa con varios chilenos exiliados, aquí el
viaje es motivo para dar hallazgo de lo referente al exilio, Chile y la rivalidad entre B y U, el
viaje desencadena el relato, lo acontece y lo edifica, y a medida que va progresando el relato,
ya el viaje no es lo relevante sino lo que ocurre en él, no obstante el final concluye con un
viaje que deja en suspenso el cuento, U se dirige a París, recorre el pueblo pero no tiene real
conciencia de su caminar, es como si estuviera dormido tratando de regresar a Barcelona,
pero llega a un bosque donde finalmente se le encuentra colgado de un árbol, es el viaje una
revelación del destino si se piensa a partir de la historia de U. Adicionalmente, es evidente la
manera en la que el viaje está predeterminado en otros relatos como El Ojo Silva, donde el
viaje se debe a una suerte de ventura por el exilio, la violencia, en este caso, delimita la
fortuna del Ojo Silva, sin embargo, en este relato el viaje no es un acontecimiento inmediato
sino que a lo largo de los hechos, el viaje vuelve a tomar estimación y el escritor lo retoma
para llevar el clímax de la narración, así, el viaje queda constatado como un referente que
envuelve el cimiento del cuento en la mayoría de los momentos. En Vagabundo en Francia y
Bélgica, B viaja primero a Francia, aun sin saber el idioma, el mismo se afirma en su posición
de aburrido, donde se pasa cinco meses gastando su tiempo, sin embargo, no hay una razón
en particular por la que B decide viajar ahí, sencillamente lo hace porque le gusta aquel país y
piensa que Francia es menos peligrosa que España. El motivo del viaje es un impulso del
obstinado tedio que como se ha dicho antes, se reverberan en la economía del lenguaje a la
que aplica el autor ya que, no es explícito ni usa abundantes recursos para explicar los
sucesos, B llega a Perpignan, come en un restaurante y toma un tren hasta París. B comienza
como un turista que se dispone a vaguear por la ciudad, este turista tiene que conocer de un
poco los lugares que visita porque nunca se pierde, si bien se pierde en sí mismo, no pierde su
sentido de orientación en el paisaje. El motivo del viaje lo deriva inclusive la revista que
compra, B se sumerge tanto en ella, que su accionar cambia gradualmente por los escritores
mencionados en el Luna Park, cuando B elige ir a Bélgica esto no ocurre de la misma manera
en la que B va a Francia, gracias al escritor Henri Lefebvre, B decide viajar.
Cuando B llega a Bélgica, parece como si él conociera las calles, es como si supiera cada
paso que da, sabe a dónde se dirige, llega al centro, a los barrios y finalmente a un hotel. B no
deja en ningún momento la revista, de hecho, podríamos pensar que hasta la experiencia con
la revista es un viaje que lo lleva a través del pasado de otras vidas.
Posteriormente, B decide en un acto impulsivo ir a Masnuy Saint-Jean no conoce dónde
queda pero sólo quiere ir porque Henri estuvo ahí ibibio esa forma la que encontramos que B
está obsesionado y que esta obsesión le lleva el viaje erróneamente creen llegar a la casa
donde vivía él pero al parecer nunca ha vivido y recorren el pueblo de norte a sur y sur a
norte, encuentran una biblioteca donde parece ser que Henri leía ahí aunque esto está
reformada sin embargo hay una frase que nos permite delimitar la relación irónica entre
Henry y B, “Yo ni siquiera había nacido cuando murió tu amigo, dice M con un tono
nostálgico. no fue mi amigo, dice B. pero habías nacido, dice M con una suave sonrisa
burlona. cuando él murió y estaba viajando, dice B” (90) Es quizá la manera en la que
Roberto bolaño nos deja creer que hubo un B donde no tenía intenciones de conocer la vida
de Henry, y que el viaje todavía seguía siendo un motivo de seducción para su vida.
B Ahora decide ir con M a Bruselas en un acto de casualidad en este caso, “Sin embargo, el
deambular de B no corresponde verdaderamente a la manifestación de una curiosidad
insaciable por conocer otras realidades, sino al contrario expresan el profundo aburrimiento
que experimenta el personaje”(Rocco), pero el momento en el que dice que quiere viajar este
acto no lo hace por mera curiosidad simplemente B está aburrido, no tiene nada más qué
hacer y este pensamiento lo trastorna a lo largo de todo el viaje de regreso, pero no está
satisfecho esa satisfacción del viaje no se ve nunca en B, podemos pensar que el viaje y el
aburrimiento en Vagabundo en Francia y Bélgica es una total correspondencia, porque B
ese mismo día que llega a Bruselas quiere irse a París. el viaje por Europa es un retorno que
parece no tener salida, ya que vuelve a París inicia nuevamente a la rutina de salir a las calles
y encontrar algo que hacer pero no hay una motivación, nunca encuentra nada, pero a medida
que pasa sus días en París damos cuenta de que este itinerario ya es un complejo establecido
por el mismo autor donde encontramos una fórmula en la que B sale a pasear, de vez en
cuando compran y muchas veces comer restaurantes. De B no se sabe qué le acomete su
aburrición, no obstante, es posible concluir que aunque el cuento termine de modo
suspensivo, la forma en la que Bolaño posiciona el final permite designar que esta
desesperanza de B puede obnubilarse ante el descubrimiento de un interés hacia M, a través
de su soledad y la lejanía se da cuenta de que M ha despertado un nuevo interés en él. “
Para ampliar el espectro del viaje, si fijamos la mirada en el primer relato de “Putas
Asesinas”, es decir, El Ojo Silva, hay que admitir que la experiencia del Flâneur no es
totalmente esclarecedora, el intento por resplandecer a través de la errancia, el exilio y el
viaje no se queda ajena. Observemos cómo se dan las circunstancias: el cuento es narrado por
un personaje que cuenta su vida pero más en relación a la vida de su compañero, esta relación
viene forjada en un principio por su común denominador, la dictadura chilena y como
consecuencia el exilio, que como se ha reiterado anteriormente, es un aspecto biográfico-
histórico que Roberto Bolaño usa como rasgo en sus numerosas obras. El encuentro con el
exilio y el viaje marca un devenir en la psicología de los personajes, es así como vemos que
El Ojo Silva es una construcción basal de la experiencia en el exilio, el viaje como manifiesto
hierático del autor-creador y el personaje creado. De este modo, entendemos que Roberto
Bolaño pretende que realicemos un enfoque inquisidor en un viaje trial entre los personajes,
el autor y la ciudad, cuando tenemos la experiencia con el relato nos damos cuenta que
nosotros mismos hacemos un viaje gracias a Bolaño porque permite rescatar a través de las
obras cícadas y los autores comentados, una tradición un conjunto de saberes que nos
permiten ir hacia un pasado que forman a los personajes y edifican la narración, damos
cuenta de esto en Vagabundo en Francia y Bélgica, la referencia de Henri Lefebvre y los
demás escritores Dan cuenta de una relevancia geográfica que conglomeran los lugares que B
visita, “El lector de Bolaño es invitado a hacer un doble viaje: por el universo de los
protagonistas de sus historias y por la literatura misma, cuando lee las partes relacionadas con
otros autores y tradiciones” (Bolognese). En Bolaño hallamos la figura del extranjero, es B y
El Ojo Silva personajes que habitan en un lugar que no es de ellos, son constantemente
turistas errantes que viajan sin destino final, nunca estos vuelven a Chile y son efímeros en su
quietud, es aquí también cuando nos damos cuenta que tanto los lectores de Bolaño como los
personajes mismos son una suerte de nómadas, los espacios no son estáticos, todo el tiempo
se reemplazan y se sobrepone uno encima del otro, el viaje demarca el nomadismo como esa
consideración ponderante que deviene del exilio y el aburrimiento. Tanto El Ojo Silva como
en Vagabundo en Francia y Bélgica, “La vaguedad de la dirección de los desplazamientos
responde a una desubicación de los personajes. La situación de pérdida personal que éstos
sufren se traduce en un errar geográfico, cuyo movimiento se proyecta en la búsqueda –
interior y exterior– de un lugar en el que sentirse bien” (Bolognese). Ninguno está conforme
con las estaciones que toman, de hecho, podemos interpretar que los viajes errantes de B son
un reflejo de su posición como Flâneur.

Referencias
Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Editado por Andreu Jaume, Traducido por
Lluís Guarner, Penguin Clásicos, 2017
Benjamin, Walter. Iluminaciones II: Baudelaire: un poeta en el esplendor del
capitalismo. Taurus, 1972
Bolaño, Roberto. Putas Asesinas. Penguin Random House. 2017
Bonnefoy, Yves. El siglo de Baudelaire. Traducido por Carlos Riccardo, Fondo de
cultura económica, 2017
Molloy, Sylvia. «Flâneries textuales: Borges, Benjamin y Baudelaire». Variaciones
Borges, vol. N° 8, 1999, pp. 16-29. Digital.
Fournel, Victor. Ce qu’on voit dans les rues de Paris. Paris: E. Dentu, 1867.