Está en la página 1de 4

Trabajo final: La creación literaria, un movimiento de ida y vuelta.

Edison Andrey Rojas Olaya

La creación literaria es una actividad que el ser humano ha venido realizando desde el
inicio de su existencia. Desde los ancestros que alrededor del fuego compartían voz a
voz el saber de sus pueblos, pasando por la publicación de millares de historias
gracias a la imprenta, hasta la más reciente revolución del internet que nos permite
gozar -y sufrir- de múltiples textos. Aunque este fenómeno nos ha acompañado mucho
tiempo, no sabemos con certeza y claridad cómo responder cuando nos preguntan
¿Qué es la creación literaria? Se han aventurado diferentes formas de aproximación y
múltiples intentos de respuestas que pueden considerarse inacabadas, quizá, porque
la misma fuerza de la creación impide ser atrapada. No considero que esto sea un
problema, por ello, en este ensayo voy a argumentar lo que para mí ha venido siendo
este fenómeno, sin pretender encerrarlo o reducirlo, y sin pretender, tampoco,
generalizarlo. Más bien aventuraré una forma más de acercarme a la creación
literaria, que tendrá la condición de construirse desde mi experiencia como creador e
invito de una vez a los posibles lectores a que pongan en diálogo mis convicciones con
las suyas. Sin más misterios iniciaré diciendo que la creación literaria es un conjunto
de herramientas que nos ponen en contacto con nosotros mismos.

Algo me pasa. Me ha venido pasando. Siento que mi experiencia en el mundo a veces


me resulta fragmentada, inconexa. Voy en la mañana en el cotidiano trayecto de mi
bici a la U y en esos momentos, cuando no estoy ocupado me pregunto ¿Será
“sincero” esto que siento? ¿Qué quiero? ¿Cuál es la mejor manera de conseguir lo
que quiero? ¿Por qué siento y pienso eso? ¿Será “verdadero” eso que pienso, o
siento? ¿Será esta la mejor decisión? Pienso que se está desconectado de uno
mismo cuando persiste la dificultad para reconocer los propios pensamientos, deseos
y emociones. Esta desconexión proviene de muchos factores en relación: la falta de
incentivos a la autonomía en la cultura occidental y el bombardeo de información sobre
lo que “debemos ser, sentir y pensar” que nos impide hacernos dueños de nuestras
palabras y acciones; el ruido del pensamiento que se instala en los castillos de la
expectativa y como consecuencia lamentable nos desinstala del presente y la
experiencia concreta; también los centros como la escuela (incluso la Nacho) hacen su
parte al funcionar como herramientas de producción de unas personas prototipo.

Lo singular de cada uno es un asunto que me inquieta desde hace unos años. La
búsqueda de mí ha sido un viaje que he emprendido hace un tiempo. En el trayecto
me encontré realizando una deliciosa actividad: la creación literaria. Mis primeros
acercamientos a la escritura se dieron en los salones de un preuniversitario. Recuerdo
muy bien que ese día una sensación vaga e incómoda me habitaba. El profesor salió
del aula e intuitivamente decidí empezar a escribir. Una brisa ligera empezó a
reemplazar el pesado aire en mi pecho. Reconstruí en el papel lo que sentía sin
preocupación por la forma en la que lo decía e incluso sin temer de decirme algunas
verdades. Al hacerlo liberaba asuntos que me intranquilizaban, asuntos que solo al
expresarlos podía sentir calma. “La cura por la palabra” diría Freud. Escribir para lidiar
con la vida. Desde entonces en cada momento crítico acudo al esfero y al papel.
Actualmente la escritura no siempre me tranquiliza, en momentos ocurre lo contrario,
me agobia, y en otros excede los límites binarios de la incomodidad y el confort y me
permite explorar otras emociones. Lo que sí es común es que en esos momentos en
los que escribo puedo expresar un ahogo, un sufrimiento, una fascinación, o una idea,
o simplemente curiosidades que antes de arrojarme al ejercicio creador no podía
elaborar. A veces escribo y me sorprendo -grata e ingratamente- con lo que digo.
Tengo la convicción de que la creación literaria es una forma de pensar, de sentir y de
actuar lo que hay en mí, y que al hacerlo me apropio de mi experiencia. La conecto.
Luego, empecé a escribir con un grupo de amigos. Para entonces la creación literaria
era lo mismo que escribir. Escribíamos por el placer de escribir, de fantasear con los
ritmos de las palabras, con presencias desconocidas, de sentirse Dios y construir el
mundo de un esquizofrénico, o de una mujer ideal. En ese momento mi proceso
creativo dejaba algo más concreto, algo que tenía más el cuerpo de un relato corto, o
de un poema, ya se sentía una historia, una intención. Hace poco me puse a revisar
estos textos y algo me llamó la atención. Reconocí que aquello que vivía en una
extensión amplia de tiempo era concentrado en unas pocas páginas, y así,
condensado, latía con mucha fuerza. Una frase que oí en la calle y que me resonó,
una imagen que vi, una persona que conocí; una idea sobre la que estuve
reflexionando, o una metáfora. Estos elementos de mi experiencia personal que
superficialmente parecían inconexos eran tejidos por mí en la creación. ¿Por qué?
¿Para qué? Revisando mis antiguos relatos reconocí que desde entonces expresaba
(y a veces anticipaba) con estos fragmentos algunos asuntos que me cuestionaban (o
llegarían a cuestionarme tiempo después), pero ahora los “desplazaba” a mundos que
imaginaba, y guiado por el entusiasmo o la intuición los iba uniendo. En ese entonces
no me preocupaba por ser consciente de mi escritura, solo sabía que disfrutaba de
escribir. Hoy reflexiono y siento que algo necesitaba salir de mí. Una amiga cantante
dijo un día, “Cuando la olla express está con mucha presión, de mí no sale aire sino
canto”. Ese aire que se expulsa en mis historias está cargado de una fuerza magnética
que conecta elementos de mi experiencia y une partes de lo que soy.

Últimamente he extendido mi idea de la creación literaria. Crear no es solo escribir y


escribir no es sólo redactar. Me proscribo para crear una vida con experiencias de
múltiples tonos y volúmenes, de diversos significados: apasionantes, extraños,
desagradables... Vida como esas que valen la pena vivir. Tengo la convicción de que
la creación literaria es el ejercicio constante de ir leyendo y escribiendo esa vida,
dialogando con ella, para así, desde el diálogo con las experiencias, con otros autores,
con los parceros, e incluso con la naturaleza y los espacios irnos construyendo a
nosotros mismos. Ir construyendo nuestra propia voz. No todas las cosas que vivimos
nos marcan. Los elementos que dejaron huella y que luego se cuelan en mis
creaciones, son absorbidos porque se vinculan con unos problemas que necesito
elaborar. Estas frases o sensaciones fortuitas que registro, me permiten decir algo que
no puedo decir del todo. Abordar algo que en su momento es inabordable. ¡Claro, eso
es! a veces pienso. En este diálogo con la vida, una zona de mí se hace visible y
audible, y por ello puedo lanzarme preguntas al respecto, tomar una posición, o una
decisión. La creación es un medio para poder oírse en una frecuencia que antes no
era posible. Las frases que se nos quedan de un libro que estamos leyendo, se
quedan sumergidas en nuestra conciencia - o inconsciencia- por algo. Y es la escritura
esa fase de la creación que nos permite preparar algo concreto. Es como el proceso
de cocinar, a veces muy largo, en el que los ingredientes los vamos juntando en el
horno que es nuestra consciencia y allí van fusionándose con otros hasta que en el
momento preciso estará listo un pan, una torta de auyama, unos pepinos con arroz o a
veces algo indescifrable que tendremos que volver a cocinar.  Lo interesante es ver
que ese producto que son las obras habla de lo que estamos siendo, y más
interesante aún, es percatarse que en el proceso de creación estuvimos relacionando
elementos de nuestra experiencia para crear desde ella. Pero es desde esta
experiencia que también nos salimos de lo únicamente nuestro al juntarla con la
imaginación y entonces los personajes, las situaciones, no se agotan en lo que yo he
vivido sino que empiezan a configurarse otros mundos, otros personajes y otras
circunstancias.

Desde que empecé a tomarme con más rigor la creación literaria (y ahora podemos
empezar a hablar de la creación artística) comprendí la importancia de la disciplina.
Una disciplina que me llevó a reconocer que existen diferentes metodologías para
crear historias. Esta nueva etapa me permitió ser consciente de que escribir no es solo
un proceso en el que uno se sienta a fantasear. Mi actividad como narrador oral y
actor me ayudó a advertir que soy una caja de resonancias y que construyo mundos
poéticos con más potencia cuando estoy dispuesto a dejarme afectar por otros
estímulos. En los últimos años reconocí la utilidad de trabajar (jugar) con objetos
concretos para así transformarlos y llenarlos de significado; comprendí la potencia que
tiene el cuerpo en movimiento, el cuerpo en conexión con otros cuerpos vivos que
movilizan una energía inspiradora que también se anima con la fuerza de la música.
Soy un artista, es decir, soy un cuerpo disponible que ampliando su sensibilidad se
vincula con otros seres vivos para crear y comunicarse. La danza, el teatro, la música
y la narración oral, son rituales milenarios que ponen en movimiento la energía de los
creadores, da una forma de expresión a ese impulso que quiere y necesita salir.

En estas actividades rituales me pongo en contacto con mi cuerpo y recuerdo que


desde él también puedo crear y aprender. Sostengo que en parte, la falta de conexión
propia proviene de nuestra herencia moderna que nos inculcó el descreimiento de la
sensación, la intuición, la imaginación y las emociones, en nombre de la lógica rectora
de la razón. La creación literaria (y artística) permite restablecer los vínculos entre las
facultades humanas antes mencionadas. Repito, restablecer los vínculos lo cual no
significa mandar a la razón a pasear, sino más bien, bajarla del trono y ponerla a jugar
en una deliciosa sinergia con los sentidos que nos permiten conectarnos de manera
concreta al mundo; y con esos impulsos incomprensibles que nos llevan a hacer algo
que prevemos será interesante y debemos hacer; y con el despliegue de imágenes
que trastocan lo concreto y lo vuelven simbólico; y con las descargas en nuestro
cuerpo que nos afectan y nos mueven a diversos estados anímicos.

La razón es una fabulosa herramienta humana. Nos permite reflexionar, problematizar


la realidad, pensar el mundo y al hacerlo ser conscientes de que podemos construir
otras alternativas. Sin embargo, cuando nos quedamos en los límites de la razón la
creatividad se debilita. A veces mi escritura se trunca porque me quedo estancado en
lo que ya sé, en las ideas o conceptos sobre lo que quiero crear. Entonces nada de lo
que hago me gusta, no me puedo conectar ni con la situación ni con los personajes y
mucho menos desarrollar una acción. Siento también que estos límites de la razón se
endurecen por mi ego, por las pretensiones que tengo sobre mi creación. Hace poco
llegué a una conclusión: el azar rompe mi ego y en la caída recupero mi
espontaneidad y acudo a mis otras facultades. Pienso, sí, pero el acto de pensar entra
a jugar en un nivel diferente. Esta reflexión llevada al campo de la creación literaria
(con un empujoncito de De la Parra) me impulsó a concebir situaciones desafiantes, a
darle espacio al azar, para así al no saber qué hacer, conectarme con mi potencial
creativo, y por ende poner en contacto todas mis facultades. Así, al crear, me es
posible hacer una integración de mi ser y sus múltiples dimensiones.

Considero que esta integración es sobretodo posible cuando entró en una especie de
trance. La escritura automática, los ensayos de teatro al son de la música y el
movimiento de las otras personas me llevan a un estado alterno de consciencia. Me
siento diferente, en conexión con una energía extracotidiana que me lleva a crear.
Para que estos estados de trance sean posibles la actitud en el momento de la
creación debe ser flexible, debe ser la actitud propia del juego. Lo que interesa es que
en esos momentos de trance todo lo que suceda es absolutamente verdad, está
absolutamente vivo. Así me permito jugar a estar en otros planos de la realidad, como
la ensoñación, o la imaginación. Así siento que una fuerza/impulso/energía me habita.
Cuando empecé a usar la escritura como herramienta de expresión, esas ganas de
seguir escribiendo estaban orientadas también por un impulso vital.
El estado de trance que produce el juego, la ensoñación, y el ritual, hacen parte de las
actividades que datan de milenios en la humanidad. En algunas aproximaciones a la
creación artística en general y la creación literaria en particular ha estado vinculada
con la dimensión espiritual del ser humano. Me adscribo a esta tendencia, sin
embargo, no creo que el artista sea un recipiente pasivo, o un instrumento sin voz
propia. Es un canal que permite el flujo de energías que no solo le pertenecen a él,
pero esas energías también son de él. No quiero que se me malinterprete y se piense
que cuando enuncio que la expresión de los asuntos que me inquietan son orientados
por una fuerza, se entienda que esa fuerza es completamente ajena a mí y que es ella
la que los deja en el papel y ya, o que solo se trata de acumular información y
experiencias y que en un afortunado momento todo aparecerá armado. No. En la
creación está el creador y él es un sujeto activo. Él prepara el momento ritual, él se
entrena para ser capaz de ingresar al trance, él posee un dominio de unas técnicas
que le permiten canalizar su energía vital para así decir algo que no se agota en sus
argumentos sólidos y verificables.

Soy yo cuando creo, pero no mi idea de yo achicada por mi dimensión racional.


Consciente. Soy un yo amplificado que desde la intuición y la imaginación se conecta
con sus fuerzas y las conjura con el poder del ritual poético. Recientemente soy
consciente de la tradición que precede prácticas como la escritura, el teatro o la danza.
Esto me entusiasma porque me ratifica que lo que estoy haciendo no es un oficio
solitario. Para mí, la creación literaria es un movimiento de ida en el que me busco, en
el que reconozco qué es eso que me aqueja, qué me fascina, o qué me genera
misterio. Pero también es un movimiento de vuelta, en la medida en que eso que a mí
me afecta, no me toca solo a mí. Mi experiencia individual, en tanto está entretejida en
la red de la experiencia social, atañe a muchas personas como yo. Que a mí me afecte
el miedo a la locura, o que este plagado de expectativas, es consecuencia de unas
formas de ser y estar que se han configurado en la época a la que asisto. Lo singular
que hay en mí, es común a otros. Por eso confío plenamente que si me conecto
honestamente con lo que ha dejado huella en mí podré conectarme desde esa huella
con la huella de los demás.

También podría gustarte