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Había una vez una niña llamada Doroty, que vivía en una granja en

Kansas, al cuidado de sus tíos.

Doroty tenía un perro llamado Totó al que adoraba y con el que

jugaba siempre cerca de la casa de su familia.

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Un día se desató una gran tormenta mientras ella correteaba

alegremente con Totó. Nadie se imaginaba que el peligro de un

tornado era inminente, así que cuando la niña lo vio, huyó

despavorida hacia la granja. Sin embargo, sus esfuerzos no

sirvieron de mucho, ya que la niña en su desesperado intento por

ponerse a salvo, tropezó y finalmente fue arrastrada junto a su

perrito por el tornado. Sus tíos impotentes, vieron como su sobrina

desaparecía en la tormenta, sin que ellos pudieran evitarlo.

Cuando Doroty recuperó el conocimiento, se encontró en un lugar

desconocido para ella, en el que habitaban extraños personajes.

Entonces un hada apareció ante ella, respondiendo al deseo de la

niña de poder regresar a su casa, y le aconsejó ir en busca del Mago

de Oz. Para ello, debía seguir un camino de baldosas amarillas.

Se despidió y partió por el camino de baldosas amarillos hasta que

se encontró con un espantapájaros, y observó que su cabeza era un


saco pequeño relleno de paja, con ojos, nariz y boca pintados para

representar la cara.

Mientras Dorothy miraba con gran interés la extraña cara pintada

del espantapájaros, se sorprendió al ver que uno de los ojos le hacía

un lento guiño. Al principio creyó haberse equivocado, pues ningún

espantapájaros de Kansas puede hacer guiños, pero poco a poco el

muñeco la saludó amistosamente con un movimiento de cabeza. La

niña se acercó, mientras que Toto daba vueltas alrededor de un

poste ladrando sin cesar.

—Buenos días —dijo el Espantapájaros con voz algo ronca.

—¿Hablaste? —preguntó la niña, muy extrañada.

—Claro. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias —repuso cortésmente Dorothy—. ¿Y cómo estás

tú?

—No muy bien —sonrió el Espantapájaros—; es muy aburrido estar

colgado aquí noche y día para espantar a los pájaros.

—¿No puedes bajar?


—No, porque tengo el poste metido en la espalda. Si me hicieras el

favor de sacar esta madera, te lo agradeceré muchísimo.

Dorothy levantó los brazos y retiró el muñeco del poste, pues, como

estaba relleno de paja, no pesaba casi nada.

—Muchísimas gracias —le agradeció el Espantapájaros cuando ella

lo hubo colocado sobre el suelo—. Me siento como un hombre nuevo.

La niña estaba intrigada; le parecía muy raro oír hablar a un muñeco

de paja y verlo moverse y caminar a su lado.

—¿Quién eres? —preguntó el Espantapájaros una vez que se hubo

desperezado a gusto—. ¿Y hacia dónde vas?

—Me llamo Dorothy y voy a la Ciudad Esmeralda para pedir al Gran

Oz que me mande de regreso a Kansas.

—¿Dónde está la Ciudad Esmeralda? —inquirió él—. ¿Y quién es Oz?

—¿Cómo? ¿No lo sabes?

—De veras que no. No sé nada. Como ves, estoy relleno de paja, de

modo que no tengo neuronas —manifestó él en tono apenado.

—¡Oh! Lo siento por ti.


Ey, ¿si voy contigo a la Ciudad Esmeralda, ese Oz me dará un

cerebro? — preguntó él.

—No lo sé, pero puedes venir conmigo si quieres. Si Oz no te da un

cerebro, no estarás peor de lo que estás ahora.

—Eso es verdad —asintió el muñeco, y en tono confidencial continuó

—: Te diré, no me molesta tener el cuerpo relleno de paja, porque

así no me hago daño con nada. Si alguien me pisa los pies o me clava

un alfiler en el pecho, no tiene importancia porque no lo siento; pero

no quiero que la gente me tome por tonto, y si mi cabeza sigue

rellena de paja en lugar de tener un cerebro, como los tienes tú,

¿cómo voy a aprender?

—Te comprendo perfectamente —asintió la niña, que realmente lo

compadecía—. Si me acompañas, pediré a Oz que haga lo que pueda

por ti.

—Gracias.

En ese momento oyeron un gemido, procedente de algún lugar a sus

espaldas. Girando sobre sus talones, se internaron unos pasos en el

bosque y Dorothy descubrió entonces algo que brillaba a los rayos


del sol. Corrió en seguida hacia el lugar y se detuvo de pronto

lanzando un grito de sorpresa.

Uno de los árboles tenía el tronco casi enteramente cortado a

hachazos, y de pie a su lado, con un hacha en sus manos levantadas,

se hallaba un hombre hecho por completo de hojalata. La cabeza,

los brazos y las piernas se unían al cuerpo por medio de juntas

articuladas, pero la figura estaba perfectamente quieta, como si no

pudiera moverse en absoluto.

Dorothy lo contempló asombrada, lo mismo que el Espantapájaros,

mientras que Toto lanzaba un ladrido y mordía una de las piernas

de hojalata sin causar el menor efecto en ella.

—¿Gemiste tú? —preguntó la niña.

—Sí —repuso el hombre de hojalata—. He estado gimiendo por más

de un año, y hasta ahora no me había oído nadie.

—¿Qué puedo hacer por ti? —murmuró Dorothy, muy conmovida

ante el tono dolorido con que hablaba el hombre.

—Ve a buscar una lata de aceite y lubrícame las coyunturas —pidió

él—. Están tan oxidadas que no puedo moverlas. Si me las aceitan,


en seguida mejorarán. Hallarás la aceitera en un estante de mi

casita.

Dorothy corrió en seguida hacia la casita, halló la lata de aceite y

volvió con ella a toda prisa.

—¿Dónde tienes las coyunturas? —preguntó.

—Acéitame primero el cuello —respondió el

Leñador de Hojalata.

Así lo hizo la niña, y como estaba muy oxidado, el Espantapájaros

asió la cabeza de hojalata y la movió de un lado a otro hasta que la

hubo aflojado y su dueño pudo hacerla girar.

—Ahora acéitame las articulaciones de los brazos— pidió el

Leñador.

Así lo hizo Dorothy, y el Espantapájaros se los dobló con gran

cuidado hasta que quedaron libres del óxido y tan buenos como

nuevos.

El Leñador lanzó un suspiro de satisfacción mientras bajaba su

hacha y la apoyaba contra el árbol.


—¡Qué bien me siento! —dijo—. He estado sosteniendo el hacha

desde que me oxidé y en verdad que me alegro de poder dejarla.

Ahora, si me aceitan las articulaciones de las piernas, estaré

completamente bien.

Le aceitaron las piernas hasta que pudo moverlas con entera

libertad sin dejar de darles las gracias una y otra vez por su

liberación, pues parecía ser un personaje muy cortés y agradecido.

—Me hubiera quedado allí para siempre si no hubiesen venido

ustedes —expresó—, así que en realidad me han salvado la vida.

¿Cómo es que pasaron por aquí?

—Vamos de camino hacia la Ciudad Esmeralda para ver al Gran Oz—

contestó la niña—, y nos detuvimos en tu casita a pasar la noche.

—¿Para qué quieren ver a Oz?

—Yo deseo que me envíe de regreso a Kansas, y el Espantapájaros

va a pedirle que le dé un cerebro.

El Leñador pareció meditar un momento. Luego dijo: —¿Te parece

que Oz podría darme un corazón?

—Supongo que sí —contestó Dorothy—. Sería tan fácil como darle

un cerebro al Espantapájaros.
—Es cierto —concordó el Leñador de Hojalata—. Entonces, si me

permiten unirme a ustedes, yo también iré a la Ciudad Esmeralda

para pedir a Oz que me ayude.

—Acompáñanos —le invitó cordialmente el Espantapájaros, y

Dorothy agregó que le encantaría tenerlo por compañero.

Así, pues, el Leñador se echó al hombro su hacha y los tres

marcharon por el bosque hasta llegar al camino pavimentado con

ladrillos amarillos.

Poco tiempo después apareció un león que parecía bastante

asustado, debido a los gruñidos del pequeño Toto. El pobre león,

aterrorizado, contaba entre sollozos como deseaba poder ser

valiente. Así que, finalmente, decidieron avanzar todos juntos al

encuentro del Mago de Oz, para que éste pudiera resolver todos

sus problemas.

En el momento en el que alcanzaron finalmente su destino, fueron

recibidos por un guardián que les condujo ante el famoso mago. Pero

su recibimiento no fue el esperado. El Mago de Oz les pidió, a

cambio de resolver sus dificultades, que vencieran a una de las

brujas más temidas del reino. La desesperación hizo a los nuevos


amigos aceptar el reto, dejando atrás nuevamente el castillo donde

habían sido recibidos.

Poco tiempo después de abandonar la ciudad de Oz, el grupo

atravesó un gran campo de amapolas, pero algo era inusual en el

aroma de las flores. Tan intenso era el olor, que todos cayeron

dormidos en un profundo letargo. Una vez rendidos al sueño, un

grupo de monos voladores, enviados por la malvada bruja, los

capturó. Cuando por fin, Dorita y sus amigos despertaron, se

encontraron de frente con la temida hechicera. La niña reaccionó

valientemente arrojando un cubo de agua sobre la bruja, sin saber

lo que pasaría a continuación. De inmediato, la bruja pareció

derretirse, dando paso a un enorme charco de agua hasta

desaparecer. Con la malvada hechicera derrotada, su maldición se

anuló, y entonces, los deseos de todos se hicieron realidad. Bueno,

todos a excepción de la niña Dorita, que aún no había regresado a su

casa.

Entre la alegría de los desdichados que finalmente veían como sus

viejos temores desaparecían, Toto se alejó. Comenzó a curiosear

por el palacio hasta dar con el Mago de Oz. Pero cuando lo encontró,

para sorpresa de los presentes, descubrió que el gran mago se

trataba de un simple anciano disfrazado. El hombre confesó su


secreto, había quedado atrapado previamente en el mundo de Oz, al

igual que le había ocurrido a Dorita. Con el transcurso de los

acontecimientos, el anciano confesó que había llegado el momento

de que él también regresará a su hogar. Por ello, para poder estar

de vuelta lo antes posible, había fabricado durante el transcurso de

los años un globo mágico que lo llevaría de vuelta a su hogar.

Tras los preparativos, el viejo y la niña se marcharon de Oz, una vez

pudieron despedirse de sus amigos. El trayecto resultó más

peligroso de los esperado. Con las turbulencias, Toto cayó al vacío, y

Dorita, sin pensarlo, se tiró tras él para intentar salvarlo. Durante

el salto en el aire, la niña vio de nuevo a todos los amigos y seres

que conoció en Oz, en una especia de sueño. Entonces, escuchó de

nuevo la voz de la primera bruja, la que le guío hasta el mago, que

susurraba: “Lo que debes hacer si deseas regresar a tu granja es

admitir que no estarás mejor en ningún sitio que no sea tu casa”. Y

Dorita, que extrañaba terriblemente a su familia, no dejó de

repetir esta idea en su cabeza. Cuando finalmente despertó,

percibió la voz de sus tíos que la llamaban. Emocionada, avanzó hacia

ellos para reunirse en un tierno abrazo. Descubrió entonces que

todo había sido un sueño, que nunca olvidaría. Al igual que a todos

los amigos que había descubierto en el país imaginario del Mago de

Oz.