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¿HACEMOS TABLA RASA DEL PASADO?

A
propósito de la historia y de los historiadores.
JEAN CHESNEAUX
-Presentación
La historia es en efecto un saber intelectual que concierne a medios muy amplios. Espero
alentar a cuantos participan en todas las luchas sociales y políticas, obreros o ecólogos,
mujeres, etc a romper con estos automatismos del saber histórico dominante. A ellos
corresponde construir por si mismos su relación con el pasado, sobre la base naturalmente
de los conocimientos comunes; pero en igual medida apoyándose en su experiencia propia
y sus necesidades propias, y formando su pasado una de las amarras de su reflexión
fundamental. Invertir la relación jurídica entre pasado y presente, para saber de que
historia tiene hoy necesidad la lucha revolucionaria.
Si la historia es realmente una referencia activa y colectiva al pasado, la reflexión sobre
la historia no puede ser sino activa y colectiva también; las contribuciones individuales
solo cuentan en la medida en que se insertan en esta relación colectiva para darle mas
fuerza.

-La historia como relación activa con el pasado


El pasado, próximo o lejano, tiene siempre un sentido para nosotros. Nos ayuda a
comprender mejor la sociedad en que vivimos hoy, a saber que defender y que preservar, a
saber también que derribar y destruir. La historia es una relación activa con el pasado. El
pasado esta presente en todas las esferas de la vida social La relación colectiva con el
pasado, el conocimiento activo del pasado es a la vez coacción y necesidad. El pasado pesa
y se quiere romper con el.
Con todo, nuestro conocimiento del pasado es un factor activo de la sociedad. El pasado, el
conocimiento histórico pueden funcionar al servicio del conservatismo social o al servicio
de las luchas populares. La historia penetra en la lucha de clases; jamás es neutral.
Al situar la relación colectiva con el pasado como base del conocimiento histórico, se
invierte la relación presente-pasado. Ya no es el pasado el que esta en el puesto de mando,
el que da lecciones. Es el presente el que plantea las cuestiones y hace las exigencias. Pero
el presente no necesita del pasado sino en relación con el porvenir.
-Historia y practica social en el campo del poder
En las sociedades de clases, la historia forma parte de los instrumentos por medio de los
cuales la clase dirigente mantiene su poder. El estado, el poder, organizan el tiempo pasado
y conforman su imagen en función de sus intereses políticos e ideológicos.
Las clases dirigentes y el poder del estado suelen apelar al pasado de manera explicita: la
tradición, incluida en sus componentes culturales específicas, la historia, son invocadas
como fundamento de principio de su dominación. A veces la utilización es menos
explicita. Si se llama a la historia en defensa del orden establecido y de los intereses de las
clases dirigentes, es por el rodeo de la ideología difusa en manuales escolares, filmes y
televisión.
El poder controla todavía el pasado de manera mucho más activa y directa. Funda su
práctica política, su decisión, sus opciones, en el pasado reciente, tal como lo conoce por
medio de su policía, sus oficinas de investigación. Se trata de una “historia inmediata” de
estado. Funciona en provecho exclusivo del poder.
La ocultación es uno de los procedimientos más corrientes en este dispositivo de control
del pasado por el poder.
¿En que casos no es otra cosa que un discurso de manipulación? El control del pasado por
el poder es un fenómeno común a todas las sociedades de clase; pero se efectúa según
modalidades específicas, en función de las exigencias de cada modo de producción.
Extraer de cada etapa del pasado la relación especifica entre el saber histórico y el
modo de producción dominante, tal debería ser la verdadera función de la
historiografía.

-Historia y práctica social: en el campo de las luchas populares.


Para las fuerzas populares en lucha por la liberación nacional y social, el pasado es por lo
tanto un objetivo político, un tema de lucha. Pero es al mismo tiempo el lugar de una
ruptura, la ocasión de afirmar que debe comenzar un mundo que sea cualitativamente
nuevo. Para esto, esto preciso arrancarse del campo histórico clásico y por lo tanto de su
cronología. Lo cualitativo afirma así su primacía sobre lo cuantitativo, lo discontinuo sobre
continuo. Se siente que hay que empezar de cero.
-Invertir la relación pasado↔presente.
Según Bloch hay que comprender el pasado por el presente. ¡Comprender el pasado seria,
por lo tanto, el objetivo principal del historiador! El recurso al presente no pasaría de ser
un truco de trabajo, un artificio pedagógico o heurístico (de investigación), un medio hábil
de encontrar las buenas pistas, así como también de hacer el pasado interesante. Pero es
preciso ir mas lejos, es preciso afirmar en principio la primacía del presente sobre le
pasado.
Es preciso, y esto trastorna todavía mas nuestros hábitos, tomar en cuenta el hecho de que
la reflexión histórica es regresiva, de que funciona normalmente a partir del presente, en
sentido inverso del fluir del tiempo y que esta es su razón de ser fundamental.
Si el presente tiene primacía sobre el pasado, es porque únicamente el presente impone y
permite cambiar el mundo, Marx.
Mientras que la relación pasado↔presente esta fundada en el silencio, la ocultación, la
compartimentación, lo no dicho, la relación inversa, presente↔pasado, debe ser explicita
y por lo tanto politizada.

- Las falsas evidencias del discurso histórico.


El hecho histórico, que sería verdadero o falso de una vez para siempre, y que se debe
tener la ambición de establecer en su desnudez, en su objetividad absoluta. Este
positivismo del siglo XIX cientificista sigue siendo muy profundo entre los historiadores.
No tiene en cuenta ni los efectos de la observación humana sobre todo fenómeno real, ni
las contradicciones inherentes a cada uno de ellos.
Los hechos históricos son reconocibles científicamente. Por una parte, los hechos
históricos son contradictorios como el curso mismo de la historia; son percibidos
diferentemente, según el tiempo, el lugar de la clase, la ideología. Por otra parte, son
inasequibles a la experimentación directa, a causa de su naturaleza pasada; no son
susceptibles sino de enfoques progresivos, cada vez más próximos a lo real, jamás
acabados ni completos. La exigencia de rigor científico, indispensable para precaverse de
los mitos y las fabulas, debe tender a liberarlos de todo lo que los deforma y los oculta.
Todo esto, lejos de reclamar cualquier neutralidad política, cualquier objetividad de parte
del historiador, no puede realizarse sino a través de las exigencias de la lucha política. Hay
que denunciar en sus raíces políticas las interpretaciones erróneas y lagunas voluntarias,
que están ligadas a prácticas de opresión y de alienación en provecho del poder de las
clases dirigentes.

El criterio esencial del saber científico sigue siendo el vaivén entre teoría y práctica. Y la
historia, por definición, no puede realizar este vaivén sino al contacto del presente. Para
conocer el pasado, claro que no se puede obrar sobre el… Pero el conocimiento del pasado
debe ser una relación activa con aquello de lo que ese pasado es el resultado: el mundo en
que vivimos

-Tiempo corto y tiempo largo


Las guerras, los sistemas de fuerzas internacionales, las luchas por el poder político, las
revoluciones, apenas interesan. Excepto para castrarla, como se ha intentado con la
revolución francesa, que se reducirá a algunas crisis de mal humor de las multitudes y a
algunos despidos hábiles en el personal político. Más todavía, la dimensión política está
ausente incluso de los fenómenos de larga duración. Existe una larga duración pero es tan
política como esa historia de los acontecimientos tan criticada.
La larga duración es política, no es, pues, continua que en apariencia, puesto que va a dar
siempre a lo discontinuo, a las mutaciones profundas y las sacudidas brutales. La sustancia
misma de esas mutaciones está constituida por fenómenos de larga duración. La historia
está constituida por revoluciones, por momentos. Estos momentos son a la vez puntos en
el tiempo, y un complejo de procesos llegados a su ruptura. La amplitud y el alcance de
estos momentos sobrepasa, pues, el acontecimiento.

¿Hacemos tabla rasa del pasado? - Jean Chesneaux


Capítulo 1: la Historia como relación activa con el pasado

Muchos historiadores han hecho de la historia su oficio, su territorio. Son los especialistas. Sin
embargo, nos concierne a todos.

Es peligrosa la pretensión de los historiadores profesionales de acaparar el pasado. Y también


lo es es la idea de que la historia domina a los hombres desde el exterior, que ejerce sobre ellos
una autoridad suprema por estar inscrita en un pasado irreversible y que hay que inclinarse
dócilmente ante ella.Qué es el pasado el que manda el presente.

Dice Marx que la historia no realiza nada, es más bien el hombre quién realiza todo, quién
posee y quién lucha.

Si el pasado cuenta es por lo que significa para nosotros, es el producto de nuestra memoria
colectiva. Este pasado tiene siempre un sentido para nosotros. Nos ayuda a comprender mejor
la sociedad en que vivimos hoy, a saber que defender y preservar, qué derribar y destruir. La
historia es una relación activa con el pasado. El pasado está presente en todas las esferas de la
vida social. El trabajo profesional de los historiadores especializados forma parte de la relación
colectiva de nuestra sociedad con su pasado, jamás independiente del contexto social y de la
ideología dominante. La relación colectiva con el pasado es a la vez coacción y necesidad. El
pasado pesa.

Definición de historia de Febvre:

“Es la necesidad que siente cada grupo humano en cada momento de su evolución, de Buscar y
de poner de relieve, en el pasado, los hechos, los acontecimientos, las tendencias que preparan
el tiempo presente y que permiten comprenderlo, que ayudan a vivirlo.”

Los historiadores de la vieja generación aceptaban estar ante todo a la escucha de su tiempo y
de su pueblo, pero seguían siendo unos intelectuales. A sus ojos, el conocimiento intelectual
del pasado se bastaba a sí mismo, no tenía que ir a dar una práctica social, a un compromiso
activo y concreto.

Nuestro conocimiento del pasado es un factor activo del movimiento de la sociedad, es lo que
se ventila en las luchas políticas e ideológicas. El pasado, el conocimiento histórico, pueden
funcionar al servicio del conservatismo social o al servicio de las luchas populares. La historia
penetra en la lucha de clases, jamás es neutral.

La relación colectiva con el pasado implica que el pasado no está en el puesto de mando, no da
lecciones ni juzga, sino que es el presente el que plantea las cuestiones. El presente no necesita
del pasado sino en relación con el futuro. La relación entre pasado y futuro es la trama misma
de la historia.

Los temas usuales del discurso de la historia, las falsas evidencias que nadie se toma el trabajo
de demostrarlas, que pasan a segundo plano son:

El intelectualismo: el conocimiento intelectual del pasado constituye un objeto válido por sí


mismo. Los historiadores han inventado la distinción entre la historia que se hace y la historia
que se escribe. La primera sería asunto de los “políticos”. La segunda estaría a cargo de los
historiadores. Este intelectualismo está muy arraigado.

El objetivismo apolítico: muy pocos historiadores de profesión aceptan reflexionar seria y


rigurosamente sobre el papel de su actividad profesional en la vida política y social. Muy
pocos reflexionan sobre las relaciones que existen entre los temas de sus estudios, la forma
misma en que son llevados y el equilibrio de la sociedad burguesa. Viven confortablemente
sobre la idea de la separación entre “profesión” y sociedad.

El profesionalismo:El conocimiento del pasado dependería de las calificaciones técnicas, de


la habilidad, del oficio. El saber histórico se elaboraría aislado, en las esferas eminentes de la
investigación especializada.

La producción histórica se halla hoy en expansión y dos corrientes históricas se encuentran en


ascenso: 

La “Nueva Historia”; ávida de influir sobre el gran público, pretende atractiva, abierta a todos
los problemas del hombre, mentalidades, técnicas.

La historia universitaria marxista; apoyada en el prestigio y los medios materiales de la historia


académica soviética, por las posiciones ganadas por el partido comunista en las universidades
y academias.

Estas dos corrientes se fundan en la acepción de las falsas evidencias del discurso histórico.
Propagan una concepción de los mecanismo históricos que reposan sobre la continuidad lenta,
sobre procesos externos al movimiento activo de las masas.

Adeptos de la Nueva Historia y marxistas académicos ignoran la relación fundamental entre


saber histórico y práctica social.

Capítulo 2: Historia y Práctica social en el campo del poder

En las sociedades de clases, la historia forma parte de los instrumentos por medio de los cuales
la clase dirigente mantiene su poder. El aparato del estado trata de controlar el pasado al nivel
de la política práctica y al nivel de la ideología.

El Estado, el poder, organizan el tiempo pasado y conforman su imagen en función de sus


intereses políticos e ideológicos. Si el discurso histórico de la burguesía ascendente es en
apariencia más liberla, si aspira a una reflexión más general sobre el curso de la historia, es
porque permiten comparar los tiempos antiguos con los “tiempos modernos” y hacerlos
resaltar, realizando la dominación de la burguesía y abriéndole el porvenir.

Las clases dirigentes y el poder del estado suelen apelar al pasado de manera explícita: la
tradición, la historia, son invocadas como fundamento de principio de su dominación (por ej:
en su discurso político e histórico).

A veces también la utilización del pasado es menos directa, menos explícita. Si se llama a la
historia en defensa del orden establecido y de los intereses de las clases dirigentes, es por el
rodeo de la ideología difusa: manuales escolares, filmes y televisión, etc.

Así, el estado llega a intervenir más concretamente, para ritualizar el pasado y atraerse a su
servicio la memoria popular. Son las fiestas nacionales, las conmemoraciones y aniversarios
solemnes. Todos estos aniversarios y todas estas conmemoraciones funcionan exactamente de
la misma manera: patronato oficial, estatal, de una celebración histórica, espectáculo de masas
con regocijos populares; esquematización de un acontecimiento pasado como fondeadero de la
ideología dominante, ocultación de los aspectos no oficiales del acontecimiento elegido,
especialmente de los infortunios y de las luchas de las masas populares.

El poder controla todavía el pasado de manera mucho más activa y directa. Funda su práctica
política, su decisión, en el pasado, sobre todo el más reciente, tal como lo conoce por medio de
su policía, sus oficinas de investigación y sus informes administrativos. Se trata de una
“Historia inmediata” de estado, que opera en secreto y funciona en provecho exclusivo del
poder.

El poder del estado vigila igualmente, en la fuente, el conocimiento del pasado. La gran
mayoría de los “documentos de primera mano” son de origen estatal o paraestatal. De lo real,
no conocemos sino aquello que podemos inferir de las series de indicios que el aparato de
poder ha registrado y nos ha transmitido.

El control del pasado y de la memoria colectiva por el aparato del estado actúa sobre las
“fuentes”. Muy a menudo, tiene el carácter de una retención en la fuente. Secreto de los
archivos y destrucción de los materiales embarazosos. Este control estatal da por resultado que
lienzos enteros de la historia del mundo no subsistan sino por lo que de ellos han dicho o
permitido decir los opresores. Unas veces se mutila y deforma, otras se hace el silencio
completo. La ocultación es uno de los procedimientos más corrientes en este dispositivo de
control del pasado por el poder. El pasado es un importuno del que hay que desembarazarse.

El control del pasado por el poder es un fenómeno común a todas las sociedades de clase; pero
se efectúa según modalidades específicas, en función de las existencias de cada modo de
producción dominante.

Los historiadores están convencidos de disponer de su “libertad científica”, pero reproducen en


su actividad profesional todas las conductas características de la sociedad capitalista en su
conjunto.

El saber histórico, atrincherado tras de su objetividad, finge ignorar que refuerza con toda la
autoridad del tiempo el poder de esta institución o de aquel aparato.

Extraer de cada etapa del pasado la relación específica entre el saber histórico y el odo de
producción dominante, tal debería ser la verdadera función de la historiografía.

Pero el saber histórico esta acaparado por una minoría que en convivencia con la clase
dirigente, acepta sus valores ideológicos y lleva en líneas generales la misma vida confortable.

Si el pasado cuenta para las masas populares, es sobre la otra vertiente de la vida social,
cuando se inserta directamente en sus luchas.

Capítulo 8: las trampas del cuadripartismo histórico

En Francia, el estudio y la enseñanza de la historia como disciplina integrada en la máquina


universitaria están organizados en cuatro grandes conjuntos:

Historia Antigua: historia de la Antigüedad grecorromana, el Egipto faraónico y los imperios


asirobabilónicos.

Historia de la Edad Media: de la Edad Media occidental, con un esfuerzo para extenderla a
Bizancio, Europa del Este y los países árabes del Mediterráneo.

Historia moderna: siempre de Europa, hasta la revolución francesa.

Historia contemporánea: la única que deja un lugar efectivo a los países de Asia, África y
América.
Este cuadripartismo cumple cierto número de funciones precisas, al nivel de las instituciones
universitarias y al nivel de la ideología. Desempeña el papel de un verdadero aparato
ideológico del Estado.

Función pedagógica: dividir la historia en cuatro secciones permite que los programas de


enseñanza, los cursos y los programas universitarios, así como los manuales escolares o las
colecciones de obras históricas se estructuren y organicen en torno a esa armazón.

Función institucional: las cátedras de enseñanza en las universidades, los organismos que


controlan los créditos de investigación y los nombramientos en las universidades también se
organizan sobre esta base cuadripartita.

Función intelectual: el cuadripartismo forma la base de la división del trabajo de


investigación entre los historiadores. Las subespecializaciones no se consideran legítimas y
respetables más que si se efectúan en el interior de uno de los cuatro grandes sectores de base.

Función ideológica y política: el cuadripartismo privilegia el papel de Occidente en la historia


del mundo y reduce la importancia y el lugar de los pueblos no europeos en la evolución
universal. Forma parte del aparato intelectual del imperialismo, enraizan en el pasado cierto
número de valores culturales esenciales para la burguesía dirigente.

Con el estudio de la Antigüedad grecorromana hasta el Renacimiento se establece la base de la


cultura burguesa en Francia. Con la Edad Media se perpetúa el prestigio y el ascendente de los
medios del catolicismo conservador y de la Iglesia. La Historia Moderna se presenta como la
edad de oro de los antiguos regímenes, siendo evacuada de su dimensión política.

La Edad Contemporánea entraña una afirmación: la aptitud de Occidente para dominar el


mundo entero, política y económicamente.

Chesneaux plantea que el cuadripartismo es ya inadecuado en el plano intelectual, pues corta


en trozos arbitrarios ciertas zonas hist´ricas homogéneas y originales. El cuadripartismo relega
a segundo plano los fenómenos más interesantes, las mutaciones profundas, los ejes históricos.

El cuadripartismo pone además un onstáculo al estudio de los fenómenos específicos en el


tiempo largo. Y, finalmente, se llega a un verdadero adoctrinamiento, pues el historiador
termina persuadido de que se tiene que atener al interior de las categorías, toda reflexión
general y comparada será vedada.

Pero el cuadripartismo fracasa sobre todo por el movimiento mismo de la historia. Resulta
incompatible con la evolución del mundo de nuestro tiempo, con los requerimientos del
presente. El europeocentrismo es cada vez más irrisorio. La historia como conocimiento de un
pasado externo a nosotros se encuentra hoy obligada a definirse como referencia activa al
pasado. La práctica social unifica el campo histórico en función de sus propias prioridades.

Capítulo 14: tiempo corto y tiempo largo, continuidad y discontinuidad

La “larga duración” está de moda entre los historiadores. Desde Annales, cierta escuela de
historiadores franceses se burla de la “historia-batalla”, y rebajarse al estudio del
“acontecimiento”, lo juzga, la última degradación lo que habría de contar es el “tejido
profundo de la historia”. Desde el advenimiento del estructuralismo a las ciencias humanas, la
“larga duración” les ha parecido a los historiadores que ofrecía una salida, pero les hacía falta
al mismo tiempo responder a las nuevas exigencias de la “estructura”.

Chesneaux afirma que la historia masiva, la de la larga duración, es una historia pasiva, pues es
una historia despolitizada. A la Nueva Historia no le interesan las guerras, los sistemas de
fuerzas internacionales, las luchas por el poder político, las revoluciones. La dimensión política
está ausente incluso de los fenómenos de larga duración. Existe realmente una larga duración,
pero es tan política como esa historia de los acontecimientos tan criticada. Es precisamente la
unidad del tiempo largo y el tiempo corto la que defne el verdadero campo político.

La larga duración es política y no es continua más que en apariencia. La política son las masas
populares las que la hacen y un cambio político no es completo ni real a menos que atraviese la
vida personal de todos.

La historia son sacudidas y rupturas. La historia está constituida por “momentos”, puntos en el
tiempo, complejo de procesos llegados a su ruptura. La amplitud y el alcance de estos
momentos sobrepasa el “acontecimiento”, que es su expresión puntual.

Un ejemplo que da Chesneaux es el momento de 1789, en el cual se produce una ruptura


debido a la crisis interna de la clase dirigente, la crisis del aparato monárquico y sus finanzas,
el ascenso exigente de la burguesía en la producción y el comercio, el receso económico a
corto plazo, la impaciencia secular del campesinado, la crisis ideológica.

El momento, a diferencia del acontecimiento puntual, es la cuestión de lo posible, es el


momento en que todo se vuelve posible.

La coyuntura dialéctica de lo continuo y lo discontinuo es un hilo conductor a lo largo de toda


la historia. La historia es una sucesión de lo continuo y lo discontinuo, los movimientos lentos
y los ataudes esporádicos. La acumulación de lo continuo se concreta de repente en
expresiones violentas: rebeliones y guerras. Lo continuo sucede cuando la sociedad cree en
apariencia que todo es lo mismo, pero subyace el cambio.

Las guerras no son fases temporales de violencia militar que alternan con fases de paz, sino
que son la continuación de la política por otros medios, la expresión de las mismas exigencias
históricas que los períodos de “paz”. Las elecciones tampoco tienen sentido más que si se
precisa su inserción en el tiempo (relativamente) largo. No son otra cosa que el reflejo
discontinuo y más o menos fiel de una relación de fuerzas políticas que se decide en otra parte.
No hay que creer que en las elecciones se decide lo que se decide ni que la sociedad es la que
decide.

La dialéctica del tiempo corto y el tiempo largo se inserta en la conciencia social porque la
gente comprende bien “que ocurre algo”, que se cambia de época. O, por el contrario, que las
cosas no avanzan por lo menos en apariencia. Pero el sentido y la conciencia de las mutaciones
históricas se hacen cada vez más claros, a medida que la historia avanza.

El flujo histórico es discontinuo, heterogéneo. El tiempo histórico puede dilatarse y contraerse,


se moldea sobre las pruebas y las luchas de los hombres. El problema del tiempo corto y del
tiempo largo, de lo discontinuo y de lo continuo, es ante todo político.
Chesneaux ve que se unen los diversos tiempos largos en la época actual debido al capitalismo,
en el que la pluralidad de tiempos largos se suelda en un presente común. En el presente se
unen, se produce una conjunción que es el desenlace particular de cada uno de ellos y que, sin
embargo, los engloba a todos.

¿Hacemos tabla rasa del pasado? - Jean


Chesneaux
Capítulo1

1-¿Cómo y por qué reformula el autor la idea de que “el pasado manda al presente”?

Chesneaux reformula la idea de que el pasado manda al presente explicando que el pasado es el
producto y tejido fundamental de la memoria colectiva, y que tiene sentido en relación con lo que
significa para nosotros, porque hay una relación activa de carácter colectivo con el pasado. En esta
relación se prioriza el presente, y el conocimiento del pasado es necesario en función del porvenir,
puesto que a partir de él se puede comprender mejor la sociedad presente y en base a ello cambiarla.
(Por eso, el pasado es el punto de referencia que permitiría criticar el presente y definir para el porvenir
la exigencia de una sociedad cualitativamente distinta.)
De esta manera, Chesneaux se opone a la pretensión de los historiadores profesionales, que pretenden
acaparar el pasado en el marco del profesionalismo, cuando en realidad para el autor su trabajo forma
parte de la relación colectiva con el pasado tan sólo como un aspecto particular, dependiente de su
contexto social y la ideología dominante. De manera que ante la coacción y la necesidad que encarna
este conocimiento activo, Chesneaux propone hacer tabla rasa y dar a la historia y al conocimiento
histórico una definición más colectiva y menos especializada y técnica, en la que el pasado acaparado
por los historiadores especializados ya no esté en el puesto de mando dando lecciones y juzgando,
encarnado por la versión oficial del pasado, conforme con los intereses del poder.

2-¿Cuál es la postura de Chesneaux frente a la objetividad histórica? ¿En qué campo se sitúa el
saber histórico?

Chesneaux considera que no es posible la objetividad histórica, puesto que el conocimiento del pasado
es un factor activo del movimiento de la sociedad con un compromiso concreto y que tiene que ir a dar
una práctica social. De manera que no es neutral, puesto que penetra y se ventila en las luchas políticas e
ideológicas: es una zona de disputa que interviene en la lucha de clases, al servicio del conservadorismo
social o al servicio de las luchas sociales.
El saber histórico se sitúa sobre la base de la relación colectiva y activa con el pasado, con lo cual se
invierte radicalmente la relación presente-pasado, puesto que de esta manera, no es el pasado el que
manda ni el que da lecciones, sino que se produce la primacía del presente, que plantea los problemas y
las amenazas. Sin embargo, el presente requiere al pasado en relación con el futuro, para no sólo poder
“vivir el presente”, como afirmaba Lucien Febvre, sino también cambiarlo en el marco de as luchas
establecidas. De esta manera, la relación activa con el pasado tiene un carácter operatorio, y la memoria
colectiva, la apelación a la historia, actúan en última instancia con respecto al futuro.

3-¿Cuál es para Chesneaux la trama de la historia?

La trama de la historia es, según Chesneaux, la relación dialéctica entre el pasado y futuro, hecha a la
vez de continuidad y de ruptura, de cohesión y de lucha.
Para sostener esto Chesneaux alude a Mao quien sostiene que “la historia de la humanidad es un
movimiento constante del reino de la necesidad hacia el reino de la libertad. En una sociedad donde
subsisten las clases, la lucha de clases no puede tener fin. Y la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre lo
verdadero y lo falso, se proseguirá indefinidamente en la sociedad sin clases [… La función última del
saber histórico es pues] hacer un balance de las experiencias de la humanidad, en materia de
descubrimientos, en materia de invención, en materia de creación, en materia de progreso”.

4-¿Cuáles son para el autor las “falsas evidencias del discurso histórico”?

Para el autor las falsas evidencias del discurso histórico son:

-El intelectualismo: Corresponde a la consideración del conocimiento intelectual del pasado como un
objeto válido por sí mismo, independientemente de la vida social concreta. Para sostener esto los
historiadores construyeron una distinción entre la historia que se hace, que correspondería a las
cuestiones de los “políticos” (la que se escribe con la intervención, en algunas ocasiones, de las masas
populares), y entre la historia que se escribe, que estaría bajo el mando de los historiadores. Estos
tomaron al intelectualismo como algo natural, a tal punto que se arraigó entre ellos, y asimismo, las
masas se han acostumbraron a él.

-El objetivismo apolítico: Chesneaux considera la historia tiene un papel en la vida política y social, y
que no se puede realizar una división entre “profesión” (los temas de estudio de los historiadores y la
forma en que son llevados) y sociedad.
Por esto critica a la frase que Fénelon escribió en el siglo XVIII en su Leerte à l´ Académie, “ el buen
historiador no es de ninguna época ni de ningún país”, y la frase de Paul Veyne escrita en 1968 en la
Enciclopedia Universales, que pretende construir la base de los intelectuales franceses del siglo XX: “
Un historiador serio, es decir, desinteresado, no se interesa en la historia de Francia por ser francés, se
interesa por amor a la historia”.

-El profesionalismo: Implica considerar de manera elitista que la historia, el conocimiento del pasado,
depende de las calificaciones técnicas, la habilidad y el oficio, con lo cual el saber histórico se
elaboraría aislado, en los círculos de la investigación especializada, para luego ir descendiendo de a
poco de nivel en nivel y de este modo degradándose.
El autor sostiene que los historiadores discuten los problemas que surgen del profesionalismo, como si
es necesaria la división del trabajo para conocer el pasado o si es posible cuestionar el profesionalismo
del historiador y simultáneamente poder conservar la exigencia de rigor científico, en el interior de su
mundo corporativo y privilegiado, considerando como naturales a los privilegios corporativos.
Chesneaux considera que, al contrario, es necesario partir del lugar global y del papel del pasado en las
sociedades divididas y desgarradas por contradicciones sociales, y solo en ese momento pueden
abordarse los problemas técnicos propios del saber histórico.

5- ¿Qué críticas hace el autor a las dos corrientes históricas contemporáneas más ascendentes en
Francia? 

Chesneaux sostiene que la producción histórica se halla en expansión. Sin embargo, la misma oculta un
debate político que consiste en cuál es el sentido de dicha expansión y a quiénes beneficia la misma.
Mientras la vieja historia de lo hechos se conservaba aún presente, se iban desarrollando
progresivamente en Francia dos corrientes que aunque se diferenciaban entre sí, cooperaban y estaban
fundadas en una misma acepción de las falsas evidencias del discurso histórico y de las reglas sociales
de funcionamiento de la instalación de la historia. Ambas reproducían una concepción de los
mecanismos históricos que descansaba sobre la continuidad lenta y sobre procesos externos al
movimiento activo de las masas.
- La “Nueva Historia”, de la cual sirvieron de manifiesto los volúmenes de Pierre Nora y de Jacques Le
Goff, que intenta ser atractiva y plantea una apertura a todos los problemas del hombre, mentalidades,
técnicas, vida y muerte. El tejido de la historia estaría conformado, en este caso, por la “larga duración”.
- La Historia universitaria marxista, que se sustenta en el prestigio y en los medios materiales de la
historia académica soviética, así como en las posiciones ganadas desde 1968 por el partido comunista en
las estructuras universitarias y académicas del saber histórico en Francia. El tejido de la historia estaría
conformado por el lento empuje de las fuerzas productivas entrando con contradicción con las
relaciones de producción.
Chesneaux critica ambas concepciones de los mecanismos históricos, pues dan como resultado
desposeer a las masas populares de su historia, debido a que se reserva su estudio para especialistas y
porque se introduce la duda respecto de su capacidad para “hacer la historia”. En consecuencia, tantos
los integrantes de la “Nueva Historia”, lo de la vieja historia como los marxistas académicos ignoran la
relación primordial entre saber histórico y práctica social.

Capítulo 2

1-¿Puede la historia ser un instrumento de poder de la clase dirigente? ¿Cómo?

Chesneaux considera que la historia indudablemente puede ser utilizada como un instrumento de poder
de las clases dirigentes y hegemónicas, que controlan el pasado al nivel de la política práctica y de la
ideología, organizándolo y conformando su imagen en función de sus intereses políticos e ideológicos a
fin de conservar su poder.
En consecuencia, las clases dirigentes suelen aludir al pasado de una forma explícita: la tradición,
incluidas en sus componentes culturales específicas la continuidad, la historia, son tomadas como
fundamento de su principio de dominación, con la intención de reforzar el prestigio o la autoridad de la
figura o la institución dominante.
Asimismo, en algunas ocasiones, se utiliza al pasado de una forma implícita. De esta manera, se emplea
a la historia para legitimar y justificar el orden establecido por la clase dirigente y sus intereses por el
rodeo de la ideología difusa: manuales escolares, filmes y televisión.
No obstante, el estado interviene más directa y concretamente con el objetivo de mitificar el pasado y
poner a su disposición la memoria popular a través de los aniversarios de estado, las fiestas nacionales y
las conmemoraciones.
Tanto los aniversarios como las conmemoraciones funcionan siempre de la misma forma: patronato
oficial, estatal, de una celebración histórica; espectáculos de masas con regocijos populares;
estructuración de un hecho pasado en función de la ideología hegemónica; ocultación de los aspectos no
oficiales del hecho escogido, fundamentalmente, de los infortunios y de las luchas de las masas
populares.

2-¿Cuál es para Chesneaux uno de los procedimientos más efectivos por parte del poder para
controlar el pasado?

Chesneaux sostiene que el poder funda su práctica política, su decisión, sus opciones, en el pasado,
principalmente sobre un pasado inmediato, mediante la policía, sus oficinas de investigación y sus
informes administrativos, con el objetivo de poder controlar el pasado de una forma directa, activa y
eficaz. En consecuencia, se trata de una “Historia inmediata” de estado, que actúa en secreto, tanto para
recolectar sus materiales como para emplearlos. Esta historia activa, que funciona a servicio puramente
exclusivo del poder, está fundada sobre la relación presente-pasado.
Asimismo, el poder del estado controla también el conocimiento del pasado en la fuente, los
documentos que son en su mayoría de origen estatal o paraestatal, con lo cual el territorio del historiador
se encuentra sumamente limitado y censurado. Este control del pasado y de la memoria colectiva,
realizado por el aparato del estado sobre las fuentes, en muchas ocasiones tiene el carácter de una
retención en las fuentes tales como archivos guardados en secreto o la destrucción de algunos materiales
que pueden comprometer y perjudicar a la clases dirigentes. En efecto, la ocultación es uno de los
mecanismos más utilizados por el poder para controlar el pasado debido que este molesta a quienes se
preocupan por conservar su poder particular.
Chesneaux afirma que el deseo por controlar el pasado es un fenómeno común que está presente en
todas las sociedades de clases. Sin embargo, el mismo es empleado y aplicado de forma diferente en
función del modo de producción dominante de cada sociedad.

Capítulo 5

1-A partir de la definición de la historia como activa con el pasado, ¿qué significa “desenrollar la
bobina al revés”?

Esta frase de Bloch implica la definición de la historia como una relación activa con el pasado, en la que
partiendo de lo conocido -el presente, la experiencia cotidiana vivida que tiene un valor irremplazable-
se puede comprender el pasado, que es tributario del mundo en que vivimos. Así, el presente tiene un
papel fecundante y estimulante que permite agudizar la sensibilidad histórica, y la reflexión histórica
tiene un carácter regresivo: parte de lo mejor conocido a lo más oscuro, en el sentido inverso del fluir
del tiempo, puesto que funciona a partir del presente.

2-¿Por qué para Chesneaux no basta decir que el presente ayuda a comprender el pasado? ¿Qué
quiere significar el autor cuando expresa “invertir la relación pasado-presente es también, con
bastante frecuencia, invertir los signos, trastocar los convenios corrientes sobre la significación y
el alcance de tal hecho”?

Porque según Chesneaux, que el objetivo de la historia sea sólo comprender el pasado por el presente
implica que el recurso al presente no sea más que un artificio pedagógico, un truco de trabajo que no
resulta suficiente para invertir la relación pasado→presente. Para lograr esto es necesario que el
presente tenga una primacía sobre el pasado, y el autor afirma esto porque considera que la
preponderancia está fundada sobre la capacidad del presente de imponer y cambiar el mundo, y la
finalidad del saber histórico es precisamente la práctica activa y la lucha (es decir, la función de la
historia es aumentar el dominio sobre la sociedad del presente, lo cual da sentido su otra función,
permitir comprender la sociedad del pasado). Así, el pasado deja de mandar al presente y pasa a estar al
servicio de este en una relación con carácter operatorio: importa la aptitud que tenga para responder a
las exigencias actuales en la lucha, a la que refuerza y clarifica; el vínculo con le pasado permite vivir
más intensamente el presente.
De manera que el paso de una relación pasado→presente (relación fundada en el ocultamiento y la
compartimentación) a una relación presente→pasado (relación explícita y politizada) puede significar
una inversión en los signos y los convenios corrientes sobre la significación y el alcance de un hecho,
pues mediante el rewriting se presentan hechos bajo una nueva perspectiva, hecho nuevos que habían
estado ocultos hasta entonces por la historia oficial.

Ahora señalemos aquellos puntos en los que los postulados de Chesneaux contrastan con los
elaborados por Bloch en su estudio de Apología para la Historia.

1)
Según Chesneaux el conocimiento histórico es activo: en la priorización del presente el pasado resulta
importante en función del futuro; la relación activa con el pasado tiene un carácter operatorio. El
conocimiento intelectual no es independiente de la vida social; afirmarlo es intelectualismo.

Bloch plantea dos dimensiones separadas de la historia: utilidad (hay un sentido pragmático) y la
legitimidad (sentido intelectual). La historia se legitima más allá de su utilidad, y el valor de una
investigación no puede medirse según su aptitud para servir a la acción.

2)
Para Chesneaux hay una relación fundamental entre el saber histórico y la práctica social, lo que
significa que la historia no es neutral; no hay objetividad. Asimismo, este conocimiento activo
vinculado a las luchas implica que no haya un rechazo hacia la actitud que juzga en relación con la
historia.

De acuerdo a Bloch, ante la pregunta de si se debe juzgar o comprender, la respuesta es comprender


abandonando la postura que juzga, la cual «no tiene razón de ser sino como preparación de un acto»

3)
Chesneaux plantea la prioridad del presente, que es el que plantea las cuestiones y hace las
conmitaciones, y es el que permite cambiar el mundo.

Bloch plantea la importancia del presente para comprender al pasado, con lo cual el objeto de la historia
sigue siendo el conocimiento del pasado.
¿Hacemos tabla rasa del
pasado? A propósito de la
historia y de los
historiadores [1977]
por  Teoría de la historia

Jean Chesneaux cuestiona a la historia como “oficio” y a los historiadores como


mandarines, “con sus satisfacciones de prestigio, de poder y de dinero”. Su planteamiento es
revolucionario, en el sentido que todo su esfuerzo está concentrado en demostrar que la historia tiene
como finalidad el cambio social, la lucha política. Para ello, hace un análisis desmitificador de los
“componentes sagrados” del saber histórico. Y allí es donde entran a cobrar importancia sus
preguntas: ¿Qué es la historia dentro de la vida social? ¿Cuál es su función? ¿Se puede hablar de
“hecho histórico” objetivo, de una vez y para siempre? ¿Puede estar el historiador “distanciado” de
su época? ¿Cuál es la resultante de la “difusión masiva de la historia”, tal como se la practica hoy?
¿Se puede ser “historiador marxista” de la Edad Media? ¿Ayuda el presente a “comprender” el
pasado o debe el pasado ayudar a comprender el presente? Y su pregunta final: “¿qué es historia para
revolución?” El modo de responder a estas preguntas es declarado y militantemente político: se
reconoce como un profesional “(in) confortablemente instalado” en ese “territorio” y en ese “oficio”
ambiguamente llamado HISTORIA. Partiendo de su rechazo del capitalismo, de su práctica social
efectiva, de una posición marxista y comunista y de su condición de profesor universitario, reflexiona
sobre los problemas del saber histórico. Su reflexión es desacralizadora, en el sentido de que a nada da
por sentado: todo puede ser una “falsa evidencia”: el hecho histórico inmutable, la periodización, la
intelectualización del pasado que lo convierte así en un conocimiento de élite, alejando a las masas
populares de sus marcos de referencias “naturales”. Chesneaux explicita las formas en que el saber
histórico es utilizado por las clases dominantes para ejercer el poder, para mantener el poder, para
desposeer también en este campo a la clase trabajadora. ¿Cuáles son los métodos que utiliza para
lograrlo? Controlar al pasado tanto a nivel de la política práctica como a nivel de la ideología, ocultar
determinados hechos históricos, manejar las “fuentes”, apelar al pasado en cuanto a la tradición
prolongando así, por la continuidad y por la “naturalidad”, el modo actual de dominación. La
contrapartida se da en el campo de las luchas populares: a esa versión oficial del pasado, las masas
oponen “una imagen más sólida, una imagen conforme con sus aspiraciones y que refleja la riqueza
real de su pasado”. Por eso, también es el pasado un objetivo político y un tema de lucha para las
fuerzas populares, ya que colabora alimentándolas. Liberar, reivindicar y reconquistar el pasado,
apoyándose en él para afirmarse, es uno de los objetivos de los movimientos de liberación del Tercer
Mundo en nuestro siglo.  El autor nos previene sobre el papel que cumplen los historiadores para
mantener este estado de cosas: amparados en su apoliticidad, en la objetividad del oficio, en el manejo
de las técnicas científicas, son muy susceptibles de aceptar y hasta reivindicar el vivir “desdoblados”:
como personas “privadas” tienen derecho a optar políticamente, pero como historiadores, son
“neutros, objetivos, científicos”. Sobre esta base el historiador crea su “discurso histórico” y por ello,
éste es tecnicista, profesionalista, con un lenguaje cifrado, intelectualista y por último productivista, ya
que se toma al crecimiento de la producción histórica como un objetivo en sí, encerrado en sí mismo,
acumulativo. Así “funciona al servicio del orden establecido, de los valores de base de la sociedad
capitalista y de toda la ideología dominante”.  Chesneaux utiliza como método para clarificar
políticamente la problemática histórica, la teoría revolucionaria elaborada por Marx y Engels,
entendida como creación continua, enriquecida por los aportes de cada etapa importante de la lucha
por el socialismo, sistematizados por Lenin, Rosa de Luxemburg, Gramsci, Mao. En muchas partes del
libro hay advertencias y juicios dirigidos a sus colegas “marxistas-académicos” quienes caen en vicios
dogmáticos y quienes a partir de las posiciones ganadas en los sucesos de mayo del 68 en Francia,
cuando el Partido Comunista logra entrar oficialmente a la Universidad, optan por negarse a criticar
la ideología dominante, aceptando los “juegos y las seducciones del sistema universitario”. Las
categorías del cuadripartidismo histórico -historia antigua, medieval, moderna y contemporánea- son
reemplazadas por las trampas de la sistematización de la historia mundial de los modos de producción
principales -teoría estalinista de los cinco estadios-. Así junto a la tradicional corriente histórica de los
hechos, se dan en la Francia actual dos nuevas corrientes, la de la “Nueva Historia” -Pierre Nora,
Jacques Le Goff, Braudel- y la historia universitaria marxista, pero todas tienen en común “una

concepción de los  mecanismos históricos que reposan sobre la continuidad lenta,


sobre procesos externos al movimiento activo de las masas” desposeyéndolas de su historia, ignorando
la relación fundamental entre saber histórico y práctica social. Pero el marxismo, dice Chesneaux
“teoría de la lucha revolucionaria y no teoría destinada al análisis intelectual del pasado, nació de las
exigencias de la práctica social”. “Marx no era un ‘historiador marxista’, pero sí ciertamente un
intelectual revolucionario”. Por eso, el fin del conocimiento histórico es poner el pasado al servicio del
presente y el gran reto de los historiadores es el de operacionalizar esa relación con el pasado, para
responder a las exigencias que hoy tienen las masas populares. Esto no lo puede hacer el historiador si
pretende distanciarse de los sucesos y de las fuerzas de su época. Chesneaux enfoca a la historia como
“relación activa con el pasado” en el campo del poder y en el campo de las luchas populares. Su
interés apunta a sus “colegas”, llamándolos a la reflexión para posibilitar el cambio cualitativo que
significa romper los automatismos del saber histórico dominante, porque las luchas por la liberación
nacional y social que llevan a cabo las fuerzas populares, marcan la ocasión de “arrancarse del campo
histórico clásico y por lo tanto de su cronología. Lo cualitativo afirma así su primacía sobre lo
cuantitativo, lo discontinuo sobre lo continuo”. Pero su interés también apunta a sectores más amplios,
aunque sabe las dificultades que tiene el intelectual para superar el aislamiento que lo separa de las
clases populares. Su crítica al lenguaje cifrado es coherente con el lenguaje asequible en que redacta
su libro. Pero esta simplicidad en las palabras que utiliza no significa que los temas sean tratados
superficialmente; por el contrario, el autor se esfuerza en hacer un examen exhaustivo, retomando los
temas en los diversos capítulos, aclarando y profundizando su análisis desde distintos ángulos. Plantea
así temas de reconocida importancia: la geopolítica, la continuidad y la discontinuidad en los procesos
históricos, la pluridisciplinaridad, la “historia universal” y la interioridad nacional de la historia, la
“historia por arriba e historia por abajo. Las masas populares en la historia”. “¿Hacemos tabla rasa
del pesado?”, pregunta con que Chesneaux titula su libro, plantea toda una labor que no sólo deberá
ser hecha por los historiadores. Si se está ubicado en el campo de los que luchan por su liberación, se
desea acabar la historia como saber elitista, como recurso ideológico que coloca al pasado sobre el
presente, resguardando a las clases dirigentes. Pero como “una sociedad tendrá siempre necesidad de
definir su pasado, tendrá siempre necesidad de su pasado para definir su futuro”, entonces, la historia
no se acabará y por ello es vitalmente necesario enfrentarnos con su problemática.

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