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4ª EDICIÓN

José Carlos Andrade

HISTORIAS DESCABELLADAS
© José Carlos Andrade

Registro Safe Creative: 1912252750277


Registro Propiedad Intelectual Andalucía: MA-00445-2019

4ª edición: junio 2020


Edición: José Carlos Andrade/LIBRO LIBRE (autoedición)

Diseño interior y cubierta: José Carlos Andrade

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser


plagiada, como tampoco se permite su utilización física o electrónica para fines
lucrativos.
INTRODUCCIÓN

Si bien la idea de escribir este libro tomó forma a raíz de mi interés


por la psicología intrapersonal y ciertas informaciones alternativas, fueron
algunas novelas o relatos de Franz Kafka, Antón Chéjov, Pío Baroja,
Leonid Andreiev, J. L. Borges, Stanislaw Lem y Ray Bradbury quienes,
finalmente, encendieron la mecha de mi imaginación. Y es que hay
ficciones que trascienden la propia ficción, llevándote, como diría Borges,
hacia un «jardín de senderos que se bifurcan». Tal ha sido mi objetivo al
escribir este libro: explorar senderos.
Los relatos recogidos en esta obra se podrían definir como parábolas
sobre el ser humano, o bien como distopías, ejercicios patafísicos llevados
hasta la periferia de lo imaginativamente posible, pues de lo imposible,
como bien es sabido, ya se encarga la realidad. Mi idea original era abordar
al ser humano desde una perspectiva antropológica más que filosófica o
existencial, creando así un distanciamiento emocional que me permitiera
elaborar cada historia de manera quirúrgica, imparcial, sin supuestos
condicionamientos morales o ideológicos que pudieran contaminar la
propia historia. Así descubrí que a veces es mejor que el autor desaparezca
de la narración para dejar hablar exclusivamente a los personajes, dejando
igualmente al lector la sana tarea de imaginar el desarrollo descriptivo de
la misma.
Esta forma pura y minimalista de contar una historia —o más bien de
mostrarla—: mediante diálogos de personajes con muy poco o ningún
aporte descriptivo, me ha permitido descubrir y desarrollar interesantes
fórmulas narrativas para así extraer el máximo jugo a ciertos relatos, cuyo
impacto y poder de seducción habrían sido menores de haberlos abordado
de una forma más tradicional. Otra variante es narrar una historia desde
diferentes estilos literarios entrecruzados, confiriéndole un mayor
dinamismo a la trama y haciendo que el lector viva la historia desde
diferentes perspectivas o contextos de la realidad, sumergiéndolo aún más
en la ilusión.
Así pues, cada historia me exigía una manera personalísima de
tratarla, algo que sólo se me revelaba cuando estaba completamente
abierto a ella, sin prejuicios narrativos o estilísticos que se interpusieran
de por medio. Cada historia tiene su particular perfume y personalidad, y
nace con un lenguaje propio que hay que descifrar.
Esta insana y febril curiosidad de pervertir los acontecimientos, de
estirar y retorcer probabilidades físicas o metafísicas para así conjeturar
diferentes soluciones, puede dar como resultado extraños giros narrativos
y sorprendentes paradojas capaces de transformar una simple historia
negra en una odisea de confluencias interdimensionales. Como decía
Stanley Kubrick, «Uno de los atractivos de las historias de guerra o de
crímenes, es que ofrecen una oportunidad casi única de cuestionar a un
individuo o a la sociedad actual con unos valores sólidos aceptados». Y
esto se ve muy claramente en conocidos experimentos sobre el
comportamiento humano como el experimento de Milgram (1963), donde
personas comunes, escogidas al azar, llegaban a comportarse sádicamente
con otros participantes (incluso poniendo en peligro sus vidas) con la
justificación de no ser responsables de las órdenes recibidas. «Lo que he
aprendido de mi experimento —dijo Milgram en una entrevista a la
BBC— es que no hace falta que una persona sea malvada para que
participe en un sistema malvado: la gente ordinaria puede ser fácilmente
integrada en sistemas malévolos». Otros experimentos similares como el
experimento de la prisión de Stanford (1971) o el estudio Monstruo (1939)
confirman las afirmaciones de Stanley Milgram, si bien es cierto que una
minoría de los participantes sí poseían un criterio propio que les permitía
conducirse de manera más insumisa y empática, haciendo aún más
fascinante el experimento.
Lógicamente esta irresponsabilidad moral tan presente en la
humanidad, y que nos ha llevado a incontables guerras y abusos de poder,
tiene sus raíces en la profunda manipulación psicológica de las
instituciones estatales y religiosas, donde el ciudadano es visto y tratado
como un niño, alguien incapaz de gobernarse a sí mismo y decidir sobre
su futuro. «Un gobierno basado en el principio de la benevolencia hacia
el pueblo —decía el filósofo Immanuel Kant—, como el gobierno de un
padre sobre los hijos, es decir, un gobierno paternalista en el que los
súbditos, como los hijos menores de edad que no pueden distinguir lo que
es útil o dañino […], es el peor despotismo que se pueda imaginar».

Quiero matizar que esta obra nada tiene que ver con la ciencia ficción.
Mi interés por esbozar rocambolescas historias futuristas o realidades
paralelas es solo un medio para desarrollar diferentes contextos de la
actualidad, llevándolos a su culminación. No me interesa la ciencia ficción
como un fin en sí mismo sino como un punto de partida, un escenario.
Crear una historia en base a hipotéticos avances tecnológicos, ignorando
las dinámicas psicológicas o psicopáticas que se ocultan detrás del
lucrativo «progreso», es caer en simplismos. Es como querer trocear o
maquillar la realidad para así etiquetarla. Pero la realidad es inclasificable,
ilimitada, intemporal, como las grandes obras, y cualquier intento por
duplicarla o manipularla está abocado al fracaso. Mucho más interesante
es jugar, competir con ella siguiendo sus mismas reglas, aun pareciendo
unos pobres idiotas compitiendo con Dios.
Ahora bien, ¿y si esta realidad o esta nada inasible, indescifrable, es
una creación mental sostenida inconscientemente por todos nosotros,
como así sostienen algunas filosofías orientales, e incluso, de manera
hipotética, la física cuántica, donde el observador altera la realidad por el
solo hecho de observarla? ¿Y si el mundo que percibimos es un reflejo
materializado de nuestro inconsciente?
Pienso que a partir de cierto nivel, el mal llamado progreso deja de ser
un beneficio para convertirse en una anomalía, una disfunción. Esto lo
podemos ver hoy día con todos nuestros aparatos tecnológicos, cada vez
más refinados, pero también más frágiles y caducos, cada vez más tóxicos,
radiantes, cancerígenos, al igual que la alimentación y los medios de
comunicación. Nada que ver con los tiempos en que no existían las
fronteras ni las religiones institucionalizadas ni las grandes guerras, donde
el ser humano aún conservaba intactas todas sus capacidades racionales,
extrasensoriales, manteniendo una íntima simbiosis con la naturaleza, a la
que percibía como una prolongación de sí mismo. Esta aguda dependencia
actual a la tecnología digital es un primer paso a la era de Horus: el
transhumanismo, que no es sino una desnaturalización o mecanización
progresiva de nuestras capacidades intrínsecas, cada vez más mermadas y
replicadas por la inteligencia artificial. Ahí está lo diabólico de la
tecnología: a partir de cierto punto, ya es muy difícil de frenar. Y esto lo
sabían las grandes culturas de la protohistoria humana. Parece que
conocían este principio y se cuidaron mucho de no alejarse de la
naturaleza, del equilibrio, realizando imponentes construcciones con los
propios materiales del entorno. Parece que su tecnología estaba enfocada
en la alquimia o el conocimiento sagrado, contando con avances muy
superiores a nuestra tecnología actual.
Más allá de las hipótesis, tras una exhaustiva investigación teórica y
de campo por los ámbitos de la información alternativa, y que me ha
permitido confirmar buena parte de lo que en un principio me parecía
impensable, he llegado a la conclusión de que vivimos en un mundo
mucho más descabellado que cualquier ficción que podamos imaginar, y
este libro es un claro ejemplo de ello, pues más de una vez he tenido que
actualizar algunos párrafos que se habían quedado muy por detrás de la
disparatada actualidad.
No obstante, la gestación de este engendro ha sido un reto apasionante
y divertido que me ha permitido derribar no pocas resistencias o
programaciones psicológicas autoimpuestas. Mi intención no es solo
entretener al lector —que ya es mucho— sino, sobre todo, invitarle a ver
la realidad desde otra perspectiva más allá de teorías científicas, teológicas
o espirituales propias de la new age, más allá de los grandes medios de
desinformación y psicopatización, aunque esto me conlleve un implacable
ostracismo editorial, como así ha sido. Pero al menos me quedo con la
conciencia tranquila, con el digno sentimiento de no callar ante nadie ni
autocensurarme, de no venderme al mejor postor. ¿Acaso hay algo más
importante que aquello que nos hace humanos: la dignidad? ¿Hay algo más
importante que la honorable lucha por la verdad? Como dijo el gran
novelista George Orwell, «Si la libertad significa algo, es, sobre todo, el
derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír».
Por lo tanto este libro es en sí mismo un proceso, un desarrollo
cronológico de mi pensamiento y percepción, siendo los últimos relatos un
desenlace de este desarrollo. (Abro un paréntesis para puntualizar que en
esta última edición he realizado algunas correcciones y añadido cuatro
relatos más, quizá los más descabellados.)

Aun abordando historias aparentemente muy diferentes, todos los


relatos de este libro están íntimamente relacionados, interconectados,
siendo cada uno de ellos una readaptación o prolongación de otros. Esto
me ha permitido la posibilidad de investigar, profundizar en una idea o
concepto desde diferentes vertientes, de tal manera que el núcleo de una
idea puede tener muy diferentes tramas o metamorfosis. También me ha
permitido jugar con la ambigüedad, la ambivalencia, y mostrar, mediante
pequeños indicios, dos interpretaciones diametralmente opuestas de un
mismo relato, es decir revelando una segunda interpretación más implícita,
subjetiva, encubierta.
Otra de las claves es la compensación: cuanto más absurdo o
extravagante es el inicio de un relato, más coherente y fidedigno ha de ser
su desarrollo con la realidad, o más bien con las complejas elecciones que
ha de seguir la razón para no extraviarse en el oscuro y frondoso bosque
de la divagación, del sinsentido total. Es en esta tensión de fuerzas
antagónicas donde el relato adquiere su magia, todo su poder. A mayor
tensión, mayor poder.
Esta afanosa búsqueda por el realismo no es tanto en un sentido
estilístico, en cuanto a la forma narrativa —que también—, sino en cuanto
al trasfondo: a lo que no se dice. Lo visible como manifestación de lo
invisible, de lo oculto, de lo que está al otro lado del escenario. Dicho así,
nada, o muy pocas cosas, son lo que parecen, tal como la vida misma. Tal
como la historia humana, las religiones, la política, la economía, la
medicina, los medios de desinformación. Tal como nuestras creencias, las
mayores responsables de nuestra involución como humanidad.
Pero no me malinterpreten. Yo no ensalzo ni menosprecio ninguna
creencia en particular: todas son herramientas, vehículos para acercarnos
o alejarnos de la verdad, de la realidad. Todas son desechables una vez han
cumplido su cometido. El problema surge cuando nos identificamos
demasiado a la creencia, al punto de querer convertir el vehículo en la
verdad. Esto mismo hace la ciencia y la religión: tratar de convertir la
herramienta en la obra; el mensajero en el mensaje; el vehículo en el
objetivo, en el lugar de destino. ¿Qué otra cosa son nuestros miedos sino
hijos de la creencia? La mayoría creemos porque no conocemos, porque
no queremos conocer. ¿Acaso necesitamos creer en el sol? Lógicamente
no, pues podemos ver su luz, sentir su calor, su vibración, su energía. En
la experiencia está el conocimiento, la divinidad. En cada parte está el
todo. Gnóthi seautón, conócete a ti mismo.
Para creer en algo, un ideal, una doctrina, una teoría, un paradigma…,
primero tienes que desearlo. Si te conviene, crees. Si no te conviene, no
crees. El deseo no es la realidad, no es Dios. Si yo deseo creer en la teoría
darwiniana de la evolución, no por ello va a ser más real. Si yo deseo creer
en san Cucufato, no por ello existe san Cucufato. Si seis mil millones de
personas creen en la mentira, no por ello dejará de ser mentira. Siendo la
creencia ciega un sentimiento frágil y voluble, necesita de leyes
intolerantes y totalitarias para salvaguardarla de la realidad, de ahí que las
religiones y los estados hayan asesinado a millones de inocentes en
nombre de Dios, del marxismo, del capitalismo, del globalismo
maltusiano-darwiniano. Muy diferente es decir, por ejemplo, que tengo
gran fe en que mi hijo tomará las decisiones adecuadas. Pues esta fe no es
religiosa ni materialista. Es natural, lógica, sana, producto de la
experiencia, no de la creencia. No es forzada, no lucha contra nada, no
trata de reprimir la duda o evadirse de la realidad. Esa es la verdadera fe.

¿Por qué escribir entonces un libro de relatos? Mayormente por


economía de medios. Y es que a diferencia de la novela, el relato te permite
ser fiel al boceto original, a la chispa de la creación, apartándote de
laboriosas tramas que fácilmente pueden desviarte del camino elegido.
Otro aspecto positivo es que te permite tocar más palos en el menor
número de palabras, evitándote caer en pormenorizadas explicaciones o
descripciones que pueden enviciar y saturar la propia trama, como bien ha
sucedido con tantas novelas consideradas universales. De hecho un relato
resulta más creíble y se sostiene mejor con pocas y muy ambiguas
explicaciones, invitando al lector a participar en la historia —incluso a
construirla— mediante su propia interpretación. De manera similar, un
lenguaje sencillo, casi infantil —acordémonos de H. Christian Andersen,
Antoine de Saint-Exupéry, Lewis Carroll— puede esconder más misterio
y sutileza que un lenguaje altamente técnico y conceptual.
El relato es, por lo tanto, un maestro riguroso pero justo y gratificador,
ya que te exige total claridad y precisión para trascender la propia historia,
para convertir un caótico bosque de ideas en un precioso tarro de esencias.
Y es que a buen entendedor…
A los que vencieron el miedo
EL IMPOSTOR

Si buscas la verdad encontrarás


mentiras. Si buscas tus mentiras
encontrarás la verdad.

Es fácil huir de uno mismo, lo difícil


es tener el valor de encontrarse.

Lo primero que sintió Raúl al despertar fue una ligera presión en su


espalda baja, en la zona lumbar. Un leve movimiento de su pierna pareció
confirmar su sospecha: era un cuerpo. «¿Humano?», se preguntó. Aguzó
el oído y escuchó una respiración profunda, pesada, monótona, un casi
imperceptible ronquido que no parecía ser de mujer. Sin cambiar de
postura, a fin de no hacer crujir el somier, giró la cabeza lo más que pudo.
Tras unos interminables minutos, creyó distinguir una abultada y alargada
forma entre la penumbra. No cabía la menor duda de que alguien dormía
junto a él. «Pero ¿quién?», se preguntó. Rápidamente puso a funcionar su
memoria. La pasada noche se había quedado en casa viendo la tele y
comiendo hamburguesas. Después había telefoneado a su hermana y
discutido. Después había repasado unos informes y se había acostado a eso
de las once y media, más pronto que otras veces. Sólo se había bebido un
par de cervezas en la cena, luego no estaba lo suficientemente ebrio como
para no recordar cada uno de sus actos.
Evidentemente no podía ser Sandra, su actual pareja, a la que había
conocido hacía sólo dos semanas. Y mucho menos Verónica, su expareja,
pues era imposible que tuviera una copia de su llave, máxime cuando solo
hacía tres meses que él se había cambiado de domicilio. Además, sabía
con certeza que ella había rehecho su vida con un rico industrial, y que por
cierto estaba embarazada.
¿Entonces? ¿Quizá un fantasma? Pero ¿desde cuándo roncan los
fantasmas? ¿Quizá alguna amiga con derecho a roce? «Imposible», se dijo.
Nadie tenía copia de su llave, ni siquiera su madre. Cuando llegó a esta
conclusión, sintió acelerarse el corazón. «Quizá sea… ¿El dueño? ¿La

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mujer del dueño? ¿Un ladrón? —pensó—. Pero ¿desde cuándo un ladrón
se queda a dormir en la misma casa que desvalija?» Desde luego tampoco
era ninguno de sus amigos o compañeros de trabajo. «¿Y si se está
haciendo el dormido? ¿Y si está armado? ¿Y si en cualquier momento…?»
Incapaz de soportar por más tiempo la incertidumbre, sacó lenta y
sigilosamente el brazo del edredón hasta palpar el interruptor de la
lamparita de noche. «Enseguida saldré de dudas», se dijo.
Lo primero que vio, tras accionar el interruptor, fue a una maraña de
pelo oscuro con una leve calva en la coronilla. Sin duda la cabeza de
hombre tumbado de lado y vuelto de espaldas. Rápidamente apagó la luz.
Los pensamientos se amontonaron uno tras otro en su mente. Controlando
el más leve crujido de los muelles del somier, reclinó la espalda tratando
de poner un pie en el suelo. Aquello le llevó un par de minutos. Con
exasperante lentitud giró el cuerpo hacia el filo de la cama tratando de
posar el otro pie. Un sonoro crujido del somier lo paralizó en seco.
Contuvo el aliento esperando alguna reacción. El liviano ronquido pareció
no variar. No obstante permaneció unos segundos inmóvil, tratando de
captar algo más que la respiración. Un apremiante impulso de huida lo
llevó a reanudar el recorrido del otro pie. Esta vez le llevó sólo unos
segundos, sin apenas un crujido.
Ya con los pies en el suelo, trató de levantarse controlando al
milímetro cada movimiento. Un leve chirrido. Esta vez no fue él. Sintió un
cambio en la respiración del otro, una prolongada y profunda expiración.
El impulso de salir corriendo a la calle y llamar a la policía era ya casi
incontrolable. Miles de imágenes pasaron por su mente, entre ellas una
gélida mano aferrándolo fuertemente del cuello. Por fortuna la respiración
reanudó su monótono ritmo. Esta vez consiguió ponerse de pie casi al
instante, sin un solo ruido. Avanzó de puntillas hacia la puerta y salió de
la habitación, dispuesto a bajar a la calle. «¿Y si todo tiene una explicación
más sencilla? ¿Y si resulta que…? Pero ¿qué vas a hacer?», se dijo
mientras avanzaba por el pasillo.
Antes de llegar a la puerta de entrada dirigió sus pasos hacia el
comedor. Rápidamente abrió el último cajón del mueble, tanteando su
interior hasta dar con lo que buscaba: una Glock 19 mm. No pensaba
utilizarla si no era estrictamente necesario, pero tenerla consigo le daba la
suficiente seguridad para no tener que huir de su propia casa. Debía
desentrañar aquel misterio. Si se trataba de un desconocido llamaría a la
policía sin dejar de apuntarlo.
De nuevo volvió sus pasos hacia el dormitorio. Una vez en la puerta,
aguzó el oído. No escuchó ninguna respiración. Siguió atento, esperando
diez, quince, veinte segundos… Nada. Sólo un silencio sepulcral. Traspasó
el umbral del marco. La oscuridad apenas le permitió distinguir nada. Aun
así trató de captar las formas, los contornos. No parecía haber ningún

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cuerpo en la cama. «¿Me habrá escuchado? ¿Habrá adivinado mis
intenciones? —pensó, al borde del colapso—. ¿Y si está detrás de la
puerta?» Tal pensamiento le estremeció. Rápidamente empujó la puerta
contra la pared y accionó el interruptor de la lámpara central. La cegadora
luz inundó la habitación, despejando todas sus dudas: el tipo seguía
acostado en su cama, aunque enseguida la luz lo sobresaltó, girando
rápidamente su cabeza hacia él. Por fin pudo verle la cara. Trató de gritar
pero no se escuchó nada.
A primera vista, aquel semblante conmocionado le resultó familiar,
quizá algún amigo o compañero de oficina. Observándolo más
detenidamente se percató de algo que no podía ser cierto: era él mismo.
¡Era él! ¡Su doble! También el otro pareció darse cuenta, pues su
mandíbula inferior quedó colgando mientras lo miraba con ojos
disparatados.
Durante unos segundos, que más bien parecieron horas, se quedaron
observándose completamente estupefactos, incapaces de articular el más
mínimo sonido.

—P… pero… ¿Quién coño eres tú? —dijo finalmente, apuntando con
la pistola.
—¿Qué? ¿Y tú quién coño eres?
—¿Que quién soy? ¡Esta es mi casa!
—¿Tu casa? ¿Bromeas?
—Esto no… Esto no puede estar pasando…
—Tratas de suplantarme, ¿verdad? Te quieres quedar con mi casa…
¡Te quieres quedar con mi dinero!
—¡Cállate idiota! ¿No ves que somos el mismo?
—¿Qué?
—¡Tú eres mi cuerpo astral!
—¿Cómo que…? ¡Quieres dejar de apuntarme!
—¡Antes dime cómo te llamas!
—¿Yo?
—¡Sí! ¿Cómo te llamas?
—Raúl.
—¿Qué más?
—Ro… Romero Sánchez.
—¿Qué hiciste ayer noche?
—¿Qué?
—¡Ayer noche!... ¿Qué hiciste?
—¡Nada! Vi la tele y me acosté, eso es todo.
—De acuerdo. ¿Cuál es la contraseña de tu correo electrónico?
—¿La qué?
—¡La contraseña! ¿Cuál es la contraseña de tu correo?

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—En este momento me es difícil recordar cualquier cosa.
—Haz un esfuerzo.
—Pues… ceniza… cuarenta y ocho.
—De acuerdo. Déjame que te mire.
—¿Cómo?
—Quiero saber si somos exactos.
—Lo haré si dejas de apuntarme.
—Perdona, yo no… Toma, si quieres quédate la pistola.
—No hace falta que…
—¡Tómala!
—Podemos guardarla donde estaba, ¿de acuerdo?
—Por mí, perfecto.
—Bien. De momento la dejamos aquí, ¿vale? ¿Me escuchas?
—Dios mío, fíjate… Todo coincide… La cicatriz, cada lunar…
Déjame que te toque, así sabré si eres real.
—¡Claro que soy real! ¡Tú eres el cuerpo astral!
—¡Qué cuerpo astral ni que niño muerto!... ¡Somos personas!... ¡De
carne y hueso!
—Esto es de locos… No puede estar pasando…
—Ahora levántate la camiseta.
—¿Cómo? ¿La camiseta? De acuerdo. Y ahora ¿qué?
—Fíjate en la verruga… En la marca del ombligo… Exactas al
milímetro.
—Déjame ver tu pie izquierdo.
—¿Estás pensando en la uña del dedo gordo? Fíjate bien…
—¡Coinciden!
—A ver tu mano…
—No tiene sentido. ¿Se puede saber qué está pasando?
—Un desdoblamiento.
—¿Cómo que un desdoblamiento? ¿Cuándo? ¿Esta noche?
—Mientras dormíamos. Seguro. ¿No me crees?
—Yo ya no sé qué pensar…
—¡Estamos despiertos!
—No tiene lógica... ¡Un momento! Si tú eres yo y yo soy tú,
entonces… deberías saber dónde está… el lunar más grande de Verónica.
—En su nalga izquierda. Y tiene forma de ocho.
—Dios mío…
—¿Qué más quieres saber? Pregúntame algo que sólo sepas tú.
—Cuál es mi… No. ¿Cuál…? ¿Qué fue lo último que dijo mi padre al
morir?
—¿Tu padre? ¡Nuestro padre!
—¿Qué dijo?
—Perdona a tu hermana y ayúdala. Ella te necesita.

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Aquello les sumió en un hondo silencio que se prolongó varios
minutos. Parecían digerir, asimilar los acontecimientos. Nuevamente se
observaron fascinados, anonadados, tratando de hallar una respuesta
racional a todo aquello.
—Pero entonces… ¿Quién es el original? ¿Quién es el doble?
—¿Y eso qué importa! Además, ¿por qué iba a existir solamente un
original?
—¡Pero esto no tiene sentido!
—Tiene sentido si eres consciente de que la vida no tiene sentido.
Siendo esto un sinsentido más de la vida… tiene sentido.
—Ya. Puede que quizá se trate de un nudo gravitacional que… que
ha…
—¿Qué ha provocado un desfase temporal? Si eso fuera así
deberíamos confirmarlo, ¿no crees?
—¿Confirmarlo? ¿Cómo?
—Llamando a mamá.
—¿A mamá? ¿Ahora?
—Claro. ¿Qué hora es?
—Las seis y cuarto.
—A esta hora ya está levantada.
—De acuerdo, voy a por el móvil. Por cierto, te acuerdas de la clave
¿no?
—¿Todavía desconfías? Uno, cero, cero, cuatro.
—Ni siquiera confío en estar despierto, así que ya me dirás.
—Yo ya me he pellizcado.
—¿Y crees que yo no? Hola, mamá, ¿estás levantada?... Oh, nada, era
para saber cómo estás… No, no, estoy bien… es que… he tenido una
pesadilla, eso es todo… Pues sí… Más o menos, pero… No, no, no, todo
bien… seguro. ¿Vas a salir luego? ¿A sí? ¿Con quién?
—Deja, pásamela.
—Pero ¿qué haces?
—Mamá, ¿has tenido alguna pesadilla esta noche?... ¿No? Ya. No, no,
es mejor que no te la cuente… Prefiero olvidarla cuanto antes… Bueno,
mamá, te tengo que dejar, esta noche te llamo, ¿vale?... Eso es, adiós
bonita.
—¿Y bien?
—Pues…
—¿No se te ocurre nada?
—Si lo que nos ha pasado a nosotros le ha sucedido a más gente… lo
sabremos en las noticias.
—O quizá no.
—¿Crees que somos los únicos?

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—No lo sé. ¡Un momento! ¿Y si somos gemelos? ¿Y si en el
hospital…?
—¡No digas tonterías! Tú y yo somos el mismo. Y por algún motivo
nos hemos dividido esta noche. Puede que a lo mejor…
—¡Espera! Hace unos días leí algo relacionado con el cuerpo…
dimensional o multidimensional. ¿Lo recuerdas? Si tú eres yo deberías
recordarlo.
—¿Qué es eso de que tú eres yo? ¡Tú eres yo!
—Como quieras, amigo, pero es lo mismo, lo mires por donde lo mires.
¿Recuerdas lo del cuerpo multidimensional?
—Claro. Eran casos de personas que un buen día descubren a su doble
etérico. Pueden estar tranquilamente viendo la tele y de pronto… ahí lo
tienen entrando por la puerta y sentándose junto a ellos. En realidad no era
más que su contraparte antimaterial, actuando desde… el inconsciente.
—Cierto. Por eso parece tan independiente, pero en realidad es como
un autómata.
—Pero está claro que tú y yo no tenemos nada de autómatas. Al menos
yo, claro.
—También hay una teoría que afirma que todos tenemos un doble en
una dimensión paralela. De hecho todas las cosas, incluso el universo
mismo, tienen su doble en esa dimensión.
—¿Cuánto tiempo crees que durará esto? ¿Crees que mañana
despertaremos siendo uno o dos?
—No lo sé. Es imposible saberlo.
—Cuando crees que ya conoces la vida… de pronto un buen día…
—Te pega donde menos te lo esperas. Así es.
—Joder… No hay nada que podamos hacer, ¿eh?
—Parece que no. Así funciona.
—Es tan triste, tan… horriblemente desternillante…
—Pues sí.
—¿Qué miras?
—¿Estás pensando lo mismo que yo?
—Te refieres a…
—Sí. Es lo único que nos queda por comparar.
—¿Bromeas?
—¿Qué pasa? ¿Me vas a decir que te da vergüenza enseñártela a ti
mismo?
—No es vergüenza, idiota. Recuerda que fuiste tú quien me despertó
apuntándome con una pistola. ¿Crees que no me he recuperado del susto?
—De acuerdo. Si quieres te la enseño yo primero.
—No creo que sea necesario.
—Mi cosita es tu cosita, amigo, no hay nada que temer.
—¡Quieres dejar de llamarme amigo!

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—¿Qué te parece? ¿La reconoces?
—Increíble… Fíjate, la misma cicatriz de la fimosis. Incluso…
Espera… Mira la mía… Igualitas…
—Sí, idénticas… lo cual es lógico. Un momento. Qué curioso… Fíjate,
la tuya parece más grande.
—¿De veras? Eso no puede ser.
—Ah, ¿no? ¿No será que estás pensando en lo que no deberías?
—¿Qué?
—No te apures. No necesitas ocultarme nada. Recuerda que yo soy tú.
Sé lo que sientes.
—Y ¿qué es lo que siento?
—Sé que has tenido fantasías con hombres. ¿O es que me lo vas a
negar? Sé que más de una vez te la has cascado pensando en Alberto. ¿No
es cierto? Vamos, no pasa nada, no hay nada malo en eso.
—Completamente cierto. Pero yo también sé una cosa. Sé que te gusta
humillar a la gente para sentirte superior. ¿Me lo vas a negar?
—¿Y eso a qué viene? Sólo estaba bromeando.
—Yo no.
—Ya sabes que todo lo que diga de ti me lo estoy diciendo a mí.
—Será mejor que te subas los pantalones.
—Perdona. Espero no haberte ofendido.
—¿Tal es tu necesidad de sentirte superior que eres capaz incluso de
engañarte a ti mismo? ¡Ja! Eres ridículo, ¿lo sabías?
—¿Eso a qué viene?
—Nunca te has sentido cómodo contigo mismo, por eso necesitas
humillar a los demás, para sentirte superior. ¡No te soportas!
—¿Y me lo dices tú?
—Quién mejor que yo para decírtelo. Viéndote a ti me veo reflejado.
Quizá sí tenga sentido que nos hayamos dividido… Nadie mejor que tú
para mostrarme mi falsedad, mi arrogancia…
—Vaya, ahora resulta que yo soy el malo y tú el santo.
—Ambos somos víctimas de nuestro miedo.
—¿Miedo? ¿Qué miedo?
—Ya lo sabes, miedo a ser uno mismo, a descubrir al monstruo que
nos gobierna. ¿Me vas a decir que no lo sabías?
—Vaya. Ya veo que mi otro yo es todo un filósofo. Y yo que creía ser
solamente un tipo vulgar y arrogante.
—Acéptalo chico, eres patético.
—¿Patético? También yo me doy cuenta de quién soy observándote.
Es cierto lo que dices, me gusta humillar. Tanto como a ti. Y si no lo
consigo de manera explícita y brutal utilizo la misma psicología que tú. ¿A
que eso no te ha gustado? Somos dos gotas de la misma agua, aunque no
quieras reconocerlo.

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—Tú no eres más que un reflejo de mis miedos.
—¿Sólo un reflejo? ¿Quién es ahora el que se cree superior?
—No me extraña que te dejara Verónica.
—¡Ja! Eso tiene gracia. Ahora me vas a decir que la culpa es sólo mía
¿verdad? Por Dios, mírate… ¿Qué es lo que te pasa? ¿Estás enfadado?
¿Por qué no podemos llevarnos bien? Deberíamos llevarnos bien…
¡Somos la misma persona!
—Precisamente por eso no podemos llevarnos bien. Yo lo sé todo
sobre ti y tú lo sabes todo sobre mí. A mí no puedes engañarme ni yo a ti.
Conozco todos tus sentimientos como si fueran míos: tu odio, tus celos, tu
codicia, tu narcisismo, tus más recónditos pensamientos… Sé lo mucho
que te humillaste cuando te arrastraste a los pies de Sofía suplicando que
te perdonara… Lo mucho que te callaste ante tus jefes… Las joyas que le
robaste a la abuela, ¿te acuerdas?… Sé lo que hiciste en el cuarto oscuro
de esa sauna gay, y eso no me lo vas a perdonar… Nunca me perdonarás
que lo sepa todo sobre ti. Sé cómo abandonaste a papá cuando más te
necesitaba… Las burradas que le dijiste en su lecho de muerte…
—¡Oye, cabrón, a papá ni lo menciones o te juro que…!
—¿Qué? ¿Me vas a pegar? ¿Quieres pegarme, tipo duro?
—¡Pero quién coño te has creído que eres, filósofo de pacotilla! ¡Mis
vergüenzas son tus vergüenzas! ¿Crees que restregándomelas te vas a
librar de ellas? ¿Crees que interpretando tu papel de juez te vas a quitar
toda esa mierda? Pues lo siento, chico, no voy a dejar que me utilices como
esponja para lavar tus pecados... Estás tan lleno de mierda como yo.
—¡Esto es de locos! ¿Tú te escuchas?
—¿Qué?
—¿Se puede saber qué demonios estamos haciendo? ¿A qué estamos
jugando?
—Eso dímelo tú.
—No tiene sentido pelearnos. ¿A quién tratamos de…? ¿Es que nos
hemos vuelto locos?
—Espero que no.
—Todo esto se nos está yendo de las manos. ¿No te das cuenta?
—Es evidente que aún seguimos conmocionados. No todos los días se
despierta uno descubriendo a su otro yo.
—Quizá deberíamos… ¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—En unos minutos sonará el despertador. ¿Tienes hambre?
—Tengo sed.
—Debemos ponernos en movimiento. Como sigamos más tiempo
aquí… vamos a volvernos rematadamente locos.
—¿Crees que deberíamos ir a la oficina?

20
—Claro. ¿Por qué no? Debemos seguir con nuestra vida,
acostumbrarnos el uno al otro. Quién sabe cuánto tiempo durará esto.
—Estoy de acuerdo.
—Hay que ver el lado positivo. Quizá se nos haya concedido la
oportunidad de… observarnos de cerca, de ser más conscientes de sí
mismos.
—Puede ser. No sé si existe Dios pero… parece que esto sea obra de
una inteligencia superior.
—¿Entonces desayunamos? ¿O mejor unos tragos?
—Mejor unos tragos. Ya voy yo a por los vasos. ¿Quieres hielo?
—Claro. Yo mientras me daré una ducha, creo que eso me despejará
del todo.
—Buena idea. Por cierto… ¿quién va ir a la oficina? Es evidente que
no podemos ir juntos.
—Sí; la verdad es que llamaríamos un poco la atención.
—¿Quieres ir tú? Podríamos echarlo a suerte.
—No hace falta, ya voy yo. Necesito que me dé el aire, ver otras
caras… Mañana irás tú, si es que seguimos siendo dos.
—Me parece bien. Trabajaremos alternativamente, un día tú, otro día
yo.
—Perfecto. Así tendremos más tiempo libre. Una duda, ¿quién va a
quedar con Sandra esta tarde?
—¿Sandra? Ah, pues…
—Eso ya no va a ser tan sencillo.
—Supongo que… tendremos que echarlo a suerte.
—Ya. Bueno, me ducho. Creo que tendremos que comprar ropa nueva
porque si no…
—Esperemos a mañana. Quizá entonces ya no seamos dos, quién sabe.
—Claro. Bueno, pues… enseguida vuelvo.
—De acuerdo. Yo voy preparando las bebidas.
—Y no olvides guardar la pistola, ¿quieres?
—Descuida.

«¿La pistola? Sí, hay que guardar la pistola… ¡Mierda! Debería


haberla cogido», se dijo mientras se dirigía al mueble-bar de la cocina. Una
vez allí observó ensimismado las cuatro botellas de whisky dispuestas en
el portabotellas. Escuchó cerrarse la puerta del baño. Un estremecimiento
recorrió su cuerpo; su corazón se aceleró. «¿Realmente se habrá metido
dentro? —pensó—. O más bien… No, eso es imposible... ¡Es imposible!
¿Por qué iba a querer…? ¡Ambos somos el mismo! No puede… ¡Pero
precisamente por eso! ¿Quién quiere tener detrás a un maldito juez, a un
testigo de sus miserias? ¡Él mismo lo dijo!... Seguramente está pensando
lo mismo que yo... ¡Debe pensarlo puesto que yo lo estoy pensando!

21
¡Ambos somos la misma mente!… Un momento… ¿Él soy yo o yo soy él?
¿No seré yo el doble? ¡Imposible!... Sé que es él… Seguro… Una
reproducción adulterada. De todas formas da igual, somos idénticos… Lo
sabemos todo el uno del otro… Seguro que… ¿Por qué iba a querer
compartir a Sandra? Está claro que no me ve como a su propio yo... Para
él soy un impostor, ya me lo ha demostrado… Él mismo lo dijo: que trataba
de suplantarle... Eso es lo que está pensando en este mismo momento… El
hijo puta casi me… ¿Estará realmente en el baño?... Seguro que está
escuchando cada uno de mis pasos… ¿Por qué entonces no se oye el agua
de la ducha? ¡Porque está escuchando! Me está tanteando... De un
momento a otro saldrá del baño dispuesto a coger la pistola… Seguro que
ya tiene una excusa: “Oh, se me olvidó la ropa interior”… ¡Maldita sea!...
Debo ir a por la pistola… Seguro que ya… ¡No, espera! Si escucha mis
pasos saldrá él primero y… ¿Qué hago? ¿Cojo un cuchillo?... No, primero
preparo el whisky y después… Sí, lo primero es el whisky… Cualquier
botella sirve. Ahora el hielo… Vamos, vamos, vamos… Tres está bien…
Ahora echando leches al dormitorio… y reza para que no esté esperándote
allí», se dijo avanzando por el pasillo, haciendo tintinear el hielo y silbando
una cancioncilla inventada en un intento de aparentar calma y confianza.
Llegando a la puerta del baño para girar hacia el dormitorio, escuchó
un ruido de pies en la bañera y el correr del agua. Eso lo alivió
momentáneamente. Pero no había tiempo que perder, debía actuar rápido.
«¿Entonces lo hago? —se preguntó mientras posaba tembloroso los
vasos en el escritorio, junto a la pistola—. ¡Un momento! ¿Me estaré
volviendo paranoico? ¡Recapacita! ¿A quién quieres matar? ¡Eres tú! ¿Es
que te has vuelto loco?... ¡Pero ese no soy yo! No es más que una… réplica,
una burda reproducción… un impostor… Intentará quitarme de en medio
en cuanto tenga la más mínima oportunidad… Se apoderará de mi casa, de
mi coche, de… Sandra… Mi bien más preciado… El único amor de mi
vida... Definitivamente… Sí, debo hacerlo… ¡Debo hacerlo! Si no lo hago
yo lo hará él… Seguro que está pensando lo mismo... ¡O él o yo!... Será el
crimen perfecto… Nadie lo echará en falta… Ni siquiera será un asesinato
propiamente dicho puesto que yo seguiré vivo… Una vez consumado, todo
volverá a la normalidad… Yo seguiré mi vida y esto no habrá sido más
que una maldita… Pero ¿qué ha pasado con el agua de la ducha?»
Inmerso en tales pensamientos se escuchó el característico chirrido de
la puerta del baño abriéndose. Seguidamente, unas pisadas de pies
descalzos acercándose al dormitorio.

—Qué despiste, se me había olvidado coger la ropa interior… ¿Está ya


preparado el whisky?
—Claro. Ahí lo tienes.
—Ah, estupendo. Entonces echaré un par de tragos. ¿Y la pistola?

22
—¿La pistola?
—Sí, la pistola. ¿La guardaste?
—No.
—¿No? ¿Dónde está?
—Aquí.
—Pero… ¿qué estás haciendo?
—Lo siento.

El estruendo del estadillo se hizo escuchar por todo el edificio. Antes


si quiera de ver el cuerpo desplomándose imaginó de qué manera
justificaría aquel disparo ante los vecinos. ¿Un petardo? Imposible, no era
época de petardos. Y además, ¿quién es el chiflado que enciende un
petardo en su propia casa a las seis y media de la mañana? Sólo cabía como
excusa un disparo accidental mientras limpiaba el arma. «Una imprudencia
que no volverá a repetirse», se imaginó diciéndole a la policía. Pero no
tuvo tiempo de pensar más, pues enseguida descubrió que no había nadie
frente a él.
«¿Dónde está el cuerpo?», se preguntó una y otra vez, mirando
desconcertado en derredor. Era evidente que no estaba en el suelo, y era
imposible que hubiera tenido tiempo de escapar. Lo había tenido frente a
él… Le había apuntado y disparado de lleno en el pecho, y sin embargo ya
no estaba. Era como si se hubiera volatizado allí mismo, frente a sus
narices.
«¿Cómo es posible? —se dijo—. ¿Habrá sido una ilusión? ¿Y si no era
real? ¡Pero lo he tocado con las manos!... He olido su cuerpo, su aliento…
¿Y si todo ha sido un sueño?...»
Cuando se dispuso a salir de la habitación, con intención de buscarlo,
sintió que le faltaba el aire. Las piernas dejaron de obedecerle y se
descubrió con la frente en el suelo. Al tratar de incorporarse sintió un
agudo dolor en el pecho. Un líquido caliente con sabor a herrumbre inundó
su boca. Sintió vértigos, todo parecía dar vueltas. Intentó levantarse de
nuevo, pero las fuerzas le habían abandonado. Con cada respiración el
dolor en el pecho era más agudo. Todavía pudo discernir una mancha
redonda de sangre en el tórax… Goterones en el suelo.
Antes de expirar su último aliento y descender al abismo de lo
incognoscible, halló la solución del enigma. Puesto que ambos eran la
misma persona, muerto uno, también moría el otro. Descubrió que al matar
a su propio yo se había matado a sí mismo.

23
CIVILIZACIÓN

Se dice que el hombre pisó la Luna.


¿Llegará algún día a pisar la tierra?

El pequeño cometa CM-418, más conocido como «el maligno», casi


aniquiló a la especie humana. Afortunadamente los pocos humanos que se
salvaron se recuperaron del desastre y comenzaron la llamada
Reconstrucción Planetaria. Conviene aclarar que todos los intentos por
interceptarlo fueron vanos, una cosa es la teoría y otra la práctica. A esto
hay que añadir que sólo contaban con unos pocos meses de margen.
Al principio lo intentaron con una nave-grúa cuyo fin era desviar el
rumbo del cometa lo suficiente como para cambiar su trayectoria mortal.
Un fallo en el propulsor evitó que lo consiguieran. Afortunadamente China
acababa de poner en órbita un costosísimo cañón laser tras más de doce
años de investigación y pruebas, idóneo para un caso como éste. Cuando
se apuntó al objetivo y se precisaron todos los cálculos, el maldito cacharro
se recalentó y dejo de funcionar. Todo por culpa, según los expertos, de
un panel mal ajustado. Demasiado tarde para arreglarlo.
Tras el fracaso de China, unos días después, EEUU puso en marcha la
estrategia nuclear, haciendo despegar dos cohetes con cabezas nucleares
de la Estación Espacial Abraham Lincoln, conocidos como Salvación 209
y 210. Sólo uno alcanzó su objetivo, pero por algún motivo no explotó.
Los apocalípticos, cada vez más numerosos, afirmaron que tal fracaso no
fue otra cosa que la divina intervención de Dios, que ya preparaba su
esperado Juicio sobre los hombres.
En algunos lugares de Sudáfrica, Oceanía y Suramérica se abordaron
métodos menos sofisticados pero igualmente infructuosos: hechicería,
extravagantes danzas y rituales sanguinolentos, incluidos sacrificios
humanos.
Cuando el mundo comprendió que la cosa no tenía arreglo, se
recrudeció la histeria colectiva. Se multiplicaron los rezos, llantos,
asesinatos, saqueos y el alborozo de quienes se creían señalados por Dios.

24
En el paroxismo del caos, a pocos días para el desastre, Rusia culpó a
Kazajistán de arrogarse unas minas de carbón y le amenazó con una
ofensiva armada. Pero no hubo tiempo para más.

Aquel cataclismo cósmico fue en realidad un punto y aparte en la


historia humana, una nueva era por así decirlo. El caos y el horror de las
primeras décadas dieron paso a una relativa calma, a una resuelta
asimilación del medio y a una lenta pero progresiva reestructuración de la
civilización que duró al menos trescientos años, pues no es exagerado
afirmar que el ser humano se reencontró con la prehistoria, partiendo casi
de cero.
Evidentemente toda la información contenida digitalmente en
archivos y ordenadores desapareció al igual que la mayor parte de la
información contenida en los libros, pues el Gran Incendio y la Inundación
que siguieron a la explosión lo redujeron casi todo a cenizas.
Los escasísimos libros que se salvaron fueron declarados sagrados y
empleados, una vez erigida la cultura, para reconstruir el inmenso
rompecabezas en que se había convertido la ciencia, la historia y la
literatura clásica, absolutamente necesarias para tender un suelo firme
donde reedificar la sociedad, pues, como demuestra la historia de las
civilizaciones, nada hay más intrínseco a la naturaleza humana que la
celosa conservación de sus credos y tradiciones culturales, que aun siendo
poco pragmáticas o realistas en la mayoría de los casos, sirven para
consolidar un pasado, una identidad común.
La mayor parte de la información perduró de la misma manera que al
principio de las civilizaciones: de boca en boca, de abuelos a padres y de
padres a hijos. Así surgió una nueva ciencia, religión y mitología.
Justo cuando la población mundial parecía recuperarse y levantar los
cimientos del progreso y la cultura, surgió (quizá por ello) la llamada
«Superguerra», un periodo de más de treinta años de invasiones, de
conquistas y reconquistas. Afortunadamente la todavía primitiva
tecnología armamentística no llevó a la extinción a la ya maltrecha
humanidad, si bien eliminó a casi un tercio de la misma.
Hastiada y asqueada la población por tantos siglos de fatalidades y
penurias, se elaboraron convenios y tratados de paz donde la unión de
estados primaba sobre la independencia nacional. Ya poco o nada se
parecía la nueva configuración del mundo con la de antes del Armagedón.
A esto le siguió por fin una relativa paz y el entusiasmo de toda una
generación ante el formidable reto de consolidar nuevamente la
civilización humana.
El feroz capitalismo de antaño fue sustituido por una economía más
equitativa y acorde a los nuevos tiempos. Ya no había lugar a la pobreza o
a la mendicidad, pues la escasez de humanos hacía muy necesaria cada

25
aportación individual. De hecho las nuevas escuelas de enseñanza
estimulaban la creatividad de los alumnos a fin de sacar el máximo
provecho a sus valiosas mentes. Muy lejos quedaban esos centros de
instrucción donde los estudiantes debían memorizar insufribles parrafadas
a fin de aprobar los exámenes y ascender en la jerarquía social.
Las nuevas religiones poco tenían que ver con las antiguas religiones
del Libro. Retazos rescatados de pasajes bíblicos e hinduistas se unieron
por intervención de los reverenciados aramines (jerarcas parecidos a los
antiguos obispos cristianos) en una única y desafortunada trama
argumental donde Jesús, Buda y Krishna eran hijos de una misma madre.
Al principio todo fue un galimatías. Las disputas y los irreconciliables
desacuerdos teológicos de los aramines desembocaron en una crisis
institucional que fue eficazmente aprovechada por los zesuitas, verdaderos
santos desnudos elegidos por votación popular para llevar a cabo la
sagrada tarea de ensamblar los diferentes textos o rellenar con el poder de
la divina revelación las numerosas lagunas presentes, pues, aun no siendo
pocos los textos con que contaban, carecían —por más que se había
buscado— de obras completas.
Así pues, Jesús no murió en la cruz sino que se hizo pasar por muerto
para huir a Egipto y finalmente a Creta, donde predicó la mayor parte de
su evangelio y se casó con Magdala. Aunque la interpretación de su
doctrina no era muy diferente a la original, sí era más pragmática y realista,
consecuencia, claro está, de un fértil periodo de libertad ideológica y
artística. Buda siguió meditando junto al gran árbol Bodhi, pero también
empezó a danzar y a cantar a medida que se añadían nuevas
«revelaciones». También Krishna y Mahavira empezaron a cantar y a
bailar junto a personajes tan variopintos y dispares en el tiempo como
Alejandro Magno y Mahatma Gandhi.
Si el gran profeta Martin «Luterio» King atraía particularmente a los
negros, el gran mago y filósofo Michael Jackson —conocido sobre todo
por sus raptos divinos— atraía a los blancos. Elvis Presley, antaño rey del
rock, se convirtió ahora en el rey del humor, y la madre Teresa de «Utah»
en la diosa del amor y el vino.
Seguramente Groucho Marx se reiría en su tumba de verse
elogiosamente recordado por escribir El manifiesto comunista. Nadie sabía
a ciencia cierta si existió Adolf Hitler, pero la mitología y las sagradas
escrituras lo convirtieron en un compasivo Moisés que salvó al pueblo
judío de la tiranía fascista de un tal «Stolin».
Personajes poco relevantes de la cultura popular pre-apocalíptica
pasaron a engrosar las listas de personalidades relevantes de la historia.
Una tal Isabel «Panoja», cantante española de cierto éxito en el género
musical de la copla, fue reconvertida en una fecunda activista de los
derechos humanos, una Juana de Arco de la extinta Unión Europea. Si

26
John F. Kennedy fue acertadamente encumbrado como uno de los mejores
presidentes de EEUU, no ocurrió lo mismo con Aristóteles, Gary Cooper
y el Capitán América, que por «méritos propios» se convirtieron en los
padres fundadores de la patria.
Como es lógico, la amalgama de hechos y personajes rescatados de
los testimonios de los Supervivientes del Apocalipsis no tenían por qué
describir forzosamente a las personalidades más relevantes de su tiempo,
aunque sí lo eran de alguna manera para dichos supervivientes,
enfrascados muchos de ellos, antes del apocalipsis, en la subcultura
popular. ¿Qué importaba la veracidad o falsedad de tales ídolos e historias
si conseguían dotar a la población de una particular identidad y un pasado
común? ¿No es más verdadera una falsedad o media verdad que fomente
la dignidad, la solidaridad y los buenos sentimientos que una verdad que
solo conduzca al desasosiego, al recelo y al enfrentamiento?
A tal punto se asimilaron las nuevas revelaciones que, irónicamente, la
mayoría de los escasísimos libros que se salvaron del Gran Incendio fueron
finalmente quemados al ser declarados falsos y sacrílegos por el Sagrado
Tribunal de los zesuitas.
Así comenzó una nueva época de terror.

27
SOCIEDAD TOTUM

Más desconocemos lo que creemos


conocer que lo que desconocemos.

Ruíz Zapata era uno de esos youtubers enganchados a una


videocámara que dedicaban buena parte de su tiempo a husmear en lugares
abandonados. Gracias a su gran tesón había creado una de las más
conocidas y prestigiosas webs paranormales del mundo, la llamada
Sociedad Totum. Raro era el fin de semana que no quedaba con alguno de
sus buenos amigos para recorrer cientos de kilómetros en su jeep Cherokee
a fin de encontrar un lugar donde grabar cualquier cosa que pudiera
parecerse a una psicofonía, un espectro, una sombra movediza o un ruido
fuera de lo común.
Cualquier cortijo, monasterio, sanatorio o castillo abandonado era
suficiente para recorrer medio país de un tirón. Al llegar la noche, a la luz
de una hoguera, devoraban bocadillos, cervezas y conversaban
distendidamente a la espera de que algún acontecimiento insólito quedara
registrado en el equipo de grabación, estratégicamente apostado.
Ruíz Zapata no sabía con certeza si este estilo de vida nómada le atraía
más que los propios fantasmas, que en algunos momentos de lucidez veía
como algo tedioso y ridículo. Pero la finalidad es la finalidad, y él estaba
satisfecho de haberla encontrado junto a sus buenos amigos. Mejor eso que
coleccionar escarabajos y mariposas, solía decir.
Al final de una de estas jornadas exploratorias, de camino a casa, quiso
el destino depararles una mala jugada. Cruzándose un camión en su carril,
hizo que el jeep se saliera del asfalto y se estrellara frontalmente contra un
árbol. Solo Ruíz se salvó de ese brutal accidente que los médicos
calificaron de milagro, pues más de quince minutos permaneció su corazón
en parada cardiaca, algo pocas veces visto y que sorprendentemente no
ocasionó graves daños en su cerebro. Tras cuatro semanas en la UCI, Ruíz
volvió a casa por sus propios pies.

28
Dicen que cuando despertó en el hospital ya no volvió a ser el mismo.
Se volvió más taciturno y dejó de viajar y prestar atención a todo lo
relacionado con lo paranormal, abandonando al poco tiempo su puesto de
investigador de la Sociedad Totum, aquella a la que había dedicado tantos
años de su vida.
Cuando, una noche en el bar, un viejo compañero de aventuras le
preguntó el porqué de tal decisión, Ruíz, levantando su cerveza un tanto
abstraído, se limitó a contestar: «Aquel accidente me llevó al otro lado,
amigo… He visto mucho más de lo que nunca veré».

29
EL ANTICRISTO

No hay mayor demonio que el miedo


a ser uno mismo.

Todos nacemos con alma, pero no


todos morimos con ella.

Años de leal obediencia y solicitud a su jefe, el expresidente del


gobierno Ernest Gardner, habían llevado a Patrick Weaver a la encrucijada
final: o ganaba las elecciones presidenciales o adiós a la política. Desde
luego no iba a ser una batalla fácil. El exministro de economía y candidato
demócrata Philip Cash lo tenía todo a su favor: buena planta, sonrisa de
cine, fidelidad intachable en su matrimonio, un historial nada corto de
labores altruistas y un programa electoral conciso y ambicioso. Pero
jugaba una baza muy en su contra: pertenecía a las mismas filas que el
actual y acabado presidente del gobierno Peter Riley, que había sido
llamado a declarar por el escándalo de los sobres.
El candidato de la izquierda, Henry Duncan, también poseía una buena
imagen y dotes oratorias pero adolecía de un idealismo poco realista y
demasiado escorado a la izquierda, con un cierto aire comunista que
seguramente no iba a ser bien digerido por la mayoría de los votantes,
acostumbrados a políticas como mínimo centristas.
«Necesito relajarme un par de días antes de la batalla», solía repetir
Patrick Weaver para no dar demasiadas explicaciones. Y es que en contra
de los consejos de su mujer, Sara Ruiz, y de sus asesores, Patrick había
decidido recorrer tres estados con su Chevrolet Sedan del 56 para dar su
primer mitin electoral en Wichita, ciudad donde nació y creció. Allí se
reuniría con su esposa en un conocido hotel.
Más de dos meses se había preparado para este mitin. Expertos de muy
diversas áreas le habían ayudado a mejorar la pronunciación y los tempos
adecuados para resaltar o enfatizar determinadas expresiones. Un profesor
de arte dramático le enseñó, durante más de seis meses, cómo y dónde
mirar durante un discurso, cómo y cuándo modular o elevar la voz,
gesticular, mover las manos, sugerir, sonreír, seducir con la mirada…

30
Contaba además con un prestigioso director de teatro que sabía cómo
imprimir humanidad, firmeza y optimismo en su discurso —tantas veces
retocado que poco o nada tenía que ver con el primer borrador—. Otra
estrategia electoral, esta vez ideada por el propio Weaver, consistía en
prescindir de coche oficial o chofer para así dar una imagen más cercana
al votante.
El seis de febrero, poco después del amanecer, Patrick Weaver se
despedía de su esposa e hijos en la entrada de su rancho.

La cálida y hechizante voz de Sarah Vaughan, bajo los acordes del


tema Send in the clowns, eliminó la tensión de los últimos días. Más de
treinta años hacía que no viajaba de noche. Entonces solía recorrer el país
con sus buenos amigos de la universidad. «Sí que ha llovido desde
entonces… ¿Qué habrá sido de ellos?», se preguntó. Tampoco importaba
mucho. El pasado ya pasó; sólo el futuro le prometía placeres
inimaginables. Su camino a la presidencia parecía tan despejado como la
interestatal. Aquella había sido sin duda la semana más ajetreada de su
vida. ¡Y lo que le quedaba todavía! Pero aun no durmiendo más de cinco
horas diarias y sufriendo un par de úlceras de estómago, merecía la pena.
Su padre estaría orgulloso de él. Cada vez se acercaba más a lo que tanto
repetía de niño cuando le preguntaban qué quería ser de mayor.
Sí, tenía miedo, pero el miedo no era nada en comparación a la
ambición, al vértigo de la gloria. Pensó en su madre. Tampoco ella se
enteraría de nada, vegetando sus últimos días de existencia en una
residencia de Ohio. Pero tenía todo lo que se puede pedir: una bellísima
mujer con inteligencia y clase y dos mocetones igualmente hermosos y
lúcidos. Seguirán mi senda, me sucederán, pensó como tantas otras veces.
Más allá de la apariencia, sin embargo, existía un cierto distanciamiento
hacia ellos que nunca consiguió estrechar. Era la misma frialdad que
existió entre su padre y él. Había cariño, claro, pero era como la primera
capa de una cebolla. Amaba a su esposa tanto como a sus hijos, pero nunca
los sintió verdaderamente cercanos. «Todo será diferente cuando gane»,
se dijo.
El swing de su amado George Benson se interrumpió por el silencio.
El coche desaceleró bruscamente, se sacudió un instante hasta parar. «¡Lo
que me faltaba!», gritó mientras intentaba arrancar. Cuando al fin dejó de
maldecir, escuchó un intenso zumbido metálico que desde luego no venía
del motor. Una deslumbrante luz azulada envolvió el aire. Se escuchó un
fuerte chirrido. Algo parecido a una descarga eléctrica sacudió su cuerpo,

31
pero no sintió dolor. El tiempo pareció ralentizarse. Finalmente
comprendió que no podía moverse. Alguien le hablaba... Una voz familiar
que sin embargo no podía reconocer, hasta que el silencio y la oscuridad
se lo tragaron todo.

No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba allí. Ni siquiera qué


demonios era aquello. ¿Un zulo? ¿Un garaje? Una pared metálica circular
sobre un suelo duro de plástico era todo. No había puertas ni ventanas con
barrotes, ni esquinas, ni siquiera un resquicio de luz. Las dimensiones no
superaban los cinco metros de diámetro. Ignoraba la altura del techo,
aunque por la resonancia de su voz suponía que no mediría más de tres
metros.
Tras más de una hora tanteando en la oscuridad descubrió un agujero
circular en el suelo, de unos veinte centímetros de diámetro. Lo olfateó.
Ningún olor especial. Supuso que aquello era la letrina. Muy cerca, en la
pared, a casi un metro de altura, palpó una pequeña plataforma en forma
de cuña, con una rejilla en su superficie. Una especie de botón sobresalía
en el lado derecho. Tras presionarlo, sintió la salpicadura de un líquido
templado, algo así como un chorro de agua saliendo de un agujero. Supuso
que aquello podía ser un bidé. Volvió a presionarlo, acercando los labios
para beber. Escuchó un leve ruido. Aquello lo paralizó en seco. Aguardó
quince, veinte segundos, conteniendo el aliento. «¿Ya vienen a matarme?
—se preguntó—. Pero si es así, ¿por qué no lo han hecho ya? No, está
claro que se trata de un secuestro. Un serio aspirante a la presidencia puede
valer su peso en oro. ¿Y si se trata de un sádico torturador?»
Otro ruido, esta vez en la pared, como un leve toque. De nuevo
contuvo el aliento. Nada. Siguió escuchando unos minutos más. «¿Habrá
cámaras infrarrojas?», pensó. Se arrastró sigilosamente en dirección al
lugar donde se escuchó el último ruido. Había algo en el suelo. Una especie
de… bandeja metálica, rectangular, unida a un par de cadenas. Tiró de una
de ellas. Algo la sujetaba. La siguió con las manos hasta descubrir una
estrecha abertura en la pared. Tumbándose de lado en el suelo, introdujo
el brazo por la abertura, que parecía no tener fin. Sacó el brazo y acercó el
rostro. Intentó gritar pero sólo se escuchó un gañido desquebrajado. El
segundo intento fue mejor. Por la intensidad de la resonancia supuso que
habría unos diez metros de túnel. Un par de gritos más le revelaron lo que
tanto temía. Aquel lugar se encontraba bajo el sótano de alguna casa o
cabaña, en el bosque. Sin duda era un zulo.

32
Palpó la bandeja. Metió los dedos por un pequeño hueco que resultó
ser una tapa con bisagras. La abrió. Siguió palpando hasta tocar algo
húmedo y templado. Lo olfateó. Parecía comida. Hundió un dedo, se lo
llevó a la boca. Asqueroso. Un insípido y pastoso puré, una mezcla
indefinida de algo que podía ser patatas, pescado, verduras. Similar a la
comida deshidratada que utilizan los astronautas en sus viajes espaciales.
Una pajita sobresalía de otro pequeño hueco sin tapa. Supuso que sería la
bebida. Aproximó los labios y aspiró cuidadosamente. Era agua mineral.
Siguió aspirando un buen rato hasta saciar su sed. Palpó un poco más, pero
no encontró cubiertos ni pan.
Tras llevarse tres o cuatro veces el dedo a la boca, decidió no probar
más de aquel insípido pastiche. Buscó una manta, un colchón, pero no
encontró nada más que la dura y tibia superficie del suelo. Vencido por la
desazón, se tumbó bocarriba y cerró los ojos.
«¿Por qué? —se preguntó—. ¿Por qué esto a mí?... ¿Por qué esto a
mí?...».

Los primeros días, que más bien pudieron ser meses, fueron los más
desesperantes. Ni todas las quejas, gemidos ni alaridos sirvieron de nada.
Ni siquiera cuando simuló un infarto o dejó de comer durante lo que para
él fueron semanas. No sólo fue ignorado sino que dejó de recibir por unos
días su ración de comida diaria, excepto el agua.
«¡No soy un animal! ¡No soy un animal!...», gritaba llorando de rabia.
Era evidente que a los secuestradores no les importaba mucho su vida.
Pero, ¿por qué no se dejaban ver? ¿Por qué nunca se habían acercado y le
habían hablado? Si tanto habían extremado las medidas de seguridad era
—pensaba él— para evitar la más mínima probabilidad de ser reconocidos
en un futuro. Eso significaba la posibilidad de salir con vida de ese agujero.
Lo único que sabía de ellos es que a veces estaban cerca. Entonces se
escuchaba el leve sonido de la pestaña giratoria abriéndose para dejar
entrar la bandeja de comida, que siempre aparecía cada ocho horas, según
sus cálculos. Al cabo de unos treinta minutos, un mecanismo hacía
desaparecer la bandeja hubiera o no terminado de comer.
Si no fuera por su fobia a la suciedad, habría manchado el lugar con
sus desechos, pero sabía que tampoco eso serviría de nada, excepto para
perder la razón y la poca dignidad que le quedaba. Más de una vez se había
tumbado sobre la bandeja simplemente para observar la reacción de sus
captores. Pero nunca pasaba nada. Podía haber muerto de inanición con la
bandeja bajo su cuerpo. Cuando, derrotado por el hambre y la sed, decidía

33
que ya había sido suficiente, la bandeja permanecía allí un par de días más.
Así castigaban su osadía, y de nada servían todas sus estentóreas y
lacrimógenas protestas. Incluso la temperatura ambiental se mantenía tan
constante como el silencio y la oscuridad: unos 20 grados. Parecía que todo
había sido preparado para no discrepar de la monotonía. Ni siquiera ese
insípido mejunje de comida variaba un ápice de sabor.
«Tengo suficiente dinero —pensaba—. ¿Por qué no llegan a un
acuerdo? ¿Acaso se han roto las negociaciones?»

Aquella negrura sin fin podía volver loco a un hombre en unas pocas
semanas. Y él llevaba… ¿Cuánto? ¿Meses? ¿Años? Hacía ya bastante que
había perdido la noción del tiempo. La mayoría de las veces no sabía si
estaba despierto o soñando. En una de esas crisis delirantes se descubrió
con los pantalones y la camisa manchada.
«¿Eso es lo que queréis? —gritaba—. ¿Convertirme en un animal?...»
Aun permaneciendo desnudo no daría su brazo a torcer, no se rendiría
tan fácilmente. Antes morir de inanición que acabar loco. Entonces decidió
utilizar algo a su favor, algo que en cierto modo le permitía salir
temporalmente de allí: la imaginación. Pero ¿por cuánto tiempo podría
usarla sin caer de nuevo en el delirio?
Durante un tiempo se decantó por los cálculos matemáticos. Al
principio fueron sencillas sumas y divisiones de dos cifras que con el paso
de los días aumentaron a cuatro, incluso cinco cifras. Impresionado por la
plasticidad de su mente, siguió intentándolo con ecuaciones diferenciales,
álgebra, criptografía... Hasta que en un momento dado su mente se
dispersaba, dejándose llevar por esperpénticas y barrocas fantasías.
Si bien al principio de su reclusión decidió no aliviarse hasta ser
liberado, no tardó en romper su promesa, incluso la de no pensar en nadie
más que en su mujer. La mayor parte del tiempo, no obstante, lo dedicaba
a rememorar su vida, a desengranar las muchas alternativas desechadas o
ignoradas, como por ejemplo los empleos que podía haber desempeñado
de no ser por la férrea insistencia de su padre para que ingresara en la
Facultad de Derecho. Se observó viviendo otras vidas con hijos y mujeres
diferentes, siendo un mejor padre la mayor parte de las veces.
A raíz de esos entramados percibió aspectos desconocidos de sí
mismo, personalidades nunca antes imaginadas. Tales recreaciones le
permitieron experimentar un sinfín de vidas radicalmente diferentes, desde
un respetado miembro de la sociedad a un desarraigado inmigrante
sudamericano. Incluso como un obrero mal pagado se descubrió no menos

34
feliz que en su actual cargo. Un pensamiento como éste habría provocado
hace unos años las carcajadas del viejo Patrick Weaver. Pero ya se había
acostumbrado a la autocrítica.
Muchas veces se había observado retrospectivamente hasta descubrir
algo que anteriormente se había negado a reconocer: no se gustaba. Sus
irreprimibles aires de grandeza y superioridad no eran sino una exacerbada
compensación a la poca autoestima que arrastraba desde la infancia,
cuando su padre le exigía más de lo que él podía satisfacer. Así
comprendió que su insaciable sed de poder era el afán por demostrarle a
su padre, y por ende a sí mismo, que estaba a la altura de sus exigencias,
incluso más allá. Pero, ¿realmente disfrutaba con aquello o sólo era el
ridículo títere de un orgullo infantil herido?
También descubrió, aunque en el fondo siempre lo supo, que sólo le
interesaba la política como mecanismo de poder, como demostración de
su talento y autoridad, o lo que es lo mismo: para servirse y no para servir.
¿Pero a quién quería engañar? ¿Acaso no se postró durante años ante sus
jefes de partido? ¿Cuántas humillaciones, vejaciones, hubo que soportar?
¿Cuántas palabras callar? ¿Cuántas indecencias y perversiones realizar?
Qué iluso. Ni siquiera como presidente del país dejaría de agachar la
cabeza, de callar, de servir a quienes mueven los hilos, sus hilos. ¿Por qué
no decirlo claro? Son los financieros, los grandes gestores quienes eligen
al presidente, no los ciudadanos. De haber alcanzado la presidencia del
país no habría sido por sus propios méritos sino por su obediencia ciega,
por su cobardía. Seguiría siendo un esclavo ascendido de puesto.
Su indisimulado desdén hacia las clases «bajas», como solía decir, era
el mismo desdén que sentía hacía el niño frágil y débil que él mismo fue
ante su padre. En vano intentaba expulsarlo de su memoria. Entonces tuvo
claro que esa inseguridad, esa desvalorización infantil, todavía abierta, era
lo que le había separado emocionalmente de su mujer e hijos. No era más
que un tonto grave con delirios de grandeza. «Vivimos en el país de las
oportunidades, ¿no? —solía decirles a sus camaradas de partido—. Si los
pobres no salen de pobres es porque no les gusta trabajar, así de simple».
En realidad sólo le interesaba la presidencia para experimentar la
autoridad paterna, y con ello la admiración y el elogio de sus «inferiores»,
que no eran más que la representación de él mismo hacia la imponente
figura de su padre. ¿Qué importaban los demás? ¿Qué importaba el país?
Todo lo que no fuera él y nada más que él le traía sin cuidado.
Ya había completado su retrato, se había desenmascarado. Decidió no
saber más. La memoria se rindió al silencio y el color de la imaginación a
la oscuridad. Esta vez la locura amenazaba con quedarse definitivamente.
Había descubierto la verdad, una verdad repugnante, insoportable. No era
más que una sombra, un fantasma, una ilusión sin sentido. ¿Qué importaba

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vivir o morir si ya no había nada que defender? ¿Para qué seguir
engañándose?
Un vacío infinito se extendió como una oscura neblina hasta el último
rincón de su alma. Se rindió a la muerte. El silencio y la oscuridad mental
dieron paso a una suerte de imágenes caleidoscópicas sin aparente
significado: un panal de abejas, un barco hundido, niños jugando, árboles
talados, tumbas abiertas, pájaros, arañas... A tal punto se volvieron reales
que casi podía tocarlas, sentir su solidez, su humedad, su fragancia.
¿Realmente era todo aquello producto de su imaginación o el resultado
de una sustancia alucinógena introducida en el agua? Y de ser así, ¿con
qué finalidad? ¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Estaría siendo víctima de
un experimento de privación sensorial? ¿Uno de esos programas militares
de disociación de la personalidad? Tampoco es que importara. Hacía ya
tiempo que se había abandonado a su suerte. Era como un bebé mecido en
los brazos de la muerte. Y no se sentía mal. Era testigo mudo de un mundo
más insólito y real que la misma realidad. Era como vivir una película en
cien dimensiones pero sin argumento, pues cada vivencia narraba
instantáneamente miles de historias, de emociones.
Observó y revivió, como otra más de esas infinitas «visiones», todo
su pasado desplegándose vertiginosamente, sintiendo una inmensa ternura
por el niño que una vez fue. Captó el delicado y armonioso latido del
universo y sintió una dicha inenarrable. Podía oler, escuchar y sentir los
colores, los números, las formas. Podía sentir la efervescente vibración de
los elementos, compartir las emociones de las plantas, las montañas, los
ríos, el fuego…
Entonces dejó de ser testigo para convertirse en partícipe de la divina
orquesta cósmica. Compartió las vidas de miles de seres humanos pero
también de otras razas. Presenció guerras, cataclismos astrales, milagros
inenarrables, hasta que finalmente escuchó una voz sin voz que le hablaba,
que le susurraba. Sin duda era Dios, o eso creyó.

—¿Puedes hablar? Dime, ¿puedes hablar? Por favor, dime algo...


—¿Está despierto?
—Dime algo, cielo... ¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces?
—¡Ha abierto los ojos!
—Do… ¿Dónde estoy?
—Te pondrás bien, papá. Estás en el hospital.
—Cariño, te encontraron esta mañana frente a una gasolinera. Ya estás
bien, ¿verdad? ¿Te acuerdas de mí?
—¿Estoy soñando?

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—Mírame, ¡estás despierto! Toca mis manos...
—Papá, ¿y de mí? ¿Te acuerdas de mí?
—¿Y de mí?
—Claro que sí, preciosos… Sois mis dos ángeles.
—Oh, cariño, pensaba que nunca te… ¡Déjame que te abrace!
—¡Con cuidado, mamá!
—¿Puedes mover las manos?
—Claro.
—¿Y los pies? ¿Puedes mover los pies?
—Claro. ¿Lo ves?
—¿Entonces estás bien? ¿No tienes ningún dolor?
—Si te soy sincero… me encuentro mejor que nunca.
—¡Qué alegría, por Dios! ¡Déjame que te dé otro abrazo!
—¡Que lo vas a asfixiar!
—Los médicos intentaron despertarte, dijeron que estabas bien, que no
había traumatismos, pero… Dios mío, pensé que ya no volverías…
—Dime, papá, ¿cómo eran los secuestradores?
—Ahora no, Tom, déjale tranquilo.
—Papá, no te preocupes por la campaña, aún hay tiempo de ganar ¿me
oyes? Puedes conseguirlo.
—¿Qué campaña?
—¿Cómo que qué campaña?
—La campaña electoral, cariño, ¿no te acuerdas?
—¿Qué?
—¡Papá, eres el principal candidato para convertirte en presidente de
los Estados Unidos! ¿Es que no te acuerdas?
—Pero… hace tanto tiempo.
—¿Qué has dicho?
—¿Cuántos años han pasado?
—¿Qué? Te secuestraron la semana pasada, mi amor.
—¿La semana pasada? ¿Quieres decir que hace sólo unos… días que
me secuestraron?
—¡Claro! ¿Es que te parece poco tiempo?
—Me parece que ha pasado una eternidad.
—Aún estás a tiempo, ¿me oyes? Aún puedes ganar.
—¿Ganar?
—¡Sí! ¿No quieres ganar? ¿No quieres ser el presidente de los Estados
Unidos de América?
—Yo sólo quiero recuperar mi vida.
—La recuperarás, cariño, y te convertirás en el mejor presidente de la
historia, ¿me oyes? En el mejor.

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EVOLUCIÓN

Las metas nos alejan muchas veces de


la verdadera meta: vivir el presente.

No será muy grande tu cosecha si


sólo siembras para ti.

Tras ocho años infructuosos de exploración espacial en la zona


cuadrangular XC-78, la misión VIE («Vida Inteligente extraterrestre») de
la agencia espacial ENYA llegaba a su fin. NAD841, el último planeta del
sistema Veedhan, bien podía romper la racha, pues una semana antes la
antena de la Marco Polo había recogido señales de radio inequívocamente
inteligentes. Tal hipótesis se vio confirmada poco después al orbitar el
pequeño planeta a unos doscientos kilómetros sobre la superficie.
El equipo de exploradores compuesto por el comandante Bernie C.
Leblanc, los ingenieros Yuan Zhou, Stevie Camacho, Alfredo Velásquez,
el médico Stefan S. Koch y la geóloga y bióloga Tashia Kerr, se
percataron, a través del periscopio de cabina, de unas curiosas formaciones
de lo que parecían ser poblados. Por el tamaño y la sencillez de las
viviendas se trataba de una civilización en pañales, los primeros pasos
titubeantes de una sociedad todavía inocente y fervorosa. Pero, ¿cómo una
sociedad tan primitiva podía generar radiofrecuencias?, se preguntó
Bernie.
No menos desconcertante resultaba esta evidencia de vida en un
planeta que, según el espectroscópio, revelaba una débil atmósfera con un
93,26% de dióxido de carbono, un 3,8% de nitrógeno y apenas un 0,6% de
oxígeno, elemento casi indispensable para la vida, sobre todo vida
compleja.
Tras más de quinientos años de exploración espacial, aquella era la
primera vez en la historia humana que se descubría algo más que bacterias,
plantas e insectos extraterrestres. Una vez mitigado el intenso entusiasmo
de los primeros minutos, con el consiguiente brindis, el capitán Bernie
Leblanc se preguntó si sería conveniente un contacto directo con estos
seres primitivos, ya que semejante shock podía limitar gravemente su

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evolución o acarrearles un trastorno paranoide capaz de poner en peligro
la propia misión. No obstante todo el equipo se había preparado para este
supuesto. Si la pistola láser no era suficiente, el propulsor aéreo pondría
fin al problema.
No pocos escritos milenarios afirmaban que también los humanos
recibieron visitas desde el inicio de su civilización, y que más de una vez
se libraron terribles combates entre dichos visitantes. Ruinas megalíticas
de corte manufacturado como Puma Punku, en Bolivia, parecían dar
prueba de ello. Sea mito o realidad, las tornas habían cambiado. Ahora
eran los humanos quienes harían el papel de dioses y consejeros. Aunque
no se quedarían mucho tiempo.
Al poco de activarse el escudo antigravitatorio, la Marco Polo traspasó
la tenue atmósfera del planeta hasta situarse a nueve mil metros sobre
tierra. Entonces avistaron lo que parecían ser pequeños poblados
dispuestos de manera circular, rodeados por un yermo páramo salpicado
de pequeñas rocas grises.
En unos pocos minutos descendieron seis mil metros más, situando la
nave sobre uno de los poblados.

—¡Vamos, vamos, no se distraigan! —exclamó Bernie, dando


vigorosas palmadas— ¿Están activados los estabilizadores?
—Sí, capitán.
—¿Situación de los reactores?
—Correcta. ¿Cuántos aerodeslizadores vamos a utilizar?
—No lo sé. Quizá un par.
—¡Dios mío, qué nervios!
—Tranquilízate, mujer —dijo Alfredo—, estos seres son como niños,
imagínate que vas a visitar una guardería.
—Ya estás tú con tus ocurrencias.
—¡Déjense de cháchara y estén atentos a los monitores! Yuan, ochenta
y seis grados a babor. Alfredo, tú activa la lente telescópica.
—¿Lo estáis grabando?
—Llegó el gran momento, señores —enunció Stevie, con una sonrisa
de excitación.
—¿Ves algo?
—Todavía no.
—¿Seguro que está activado?
—Claro. Ahora sí.
—¿Qué ves?
—No puedo enfocar… Está borroso.
—¡Quita, déjame a mí!
—¡Por Dios, no seáis críos! —exclamó Tashia.
—Vete a tu sitio, Stevie

39
—¿Por qué no encendéis las pantallas?
—¿Y por qué no lo haces tú?
—¡Ya los veo!
—¡Oh, Dios mío! Pero qué cojones…
—¡Son escarabajos!
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja…!
—Por allí vienen dos.
—¿Pero qué demonios es eso? —inquirió Stefan
—Vida extraterrestre, amigo.
—Son como una especie de… tortugas bípedas.
—Parece que se comunican, hablan entre ellos… —musitó Bernie—.
Enfoca al de la derecha.
—¡Coño! ¡Qué cosa más fea!
—Mirad sus ojos —exclamó Stevie—. Son como… dos huevos rojos.
—Alfredo, activa la pantalla principal. Así los veremos mejor.
—¿Qué tienen detrás? ¿Un caparazón?
—Más bien parece una armadura.
—Eso es ridículo.
—Es como un revestimiento metálico.
—¡Mira sus boquitas! —exclamó nuevamente Stevie.
—Si utilizan un lenguaje podemos entendernos con ellos.
—¿Entendernos con esos bichos?
—Grises, calvos, jorobados, paticortos… Desde luego no ganarían un
concurso de belleza.
—¿Acaso crees que nos verán más guapos a nosotros? —interpeló
Stefan.
—¡Vamos, dejaos de tonterías! Yuan, desciende ochocientos metros
más.
—Okey. Allá vamos, capitán.
—¿Y qué les vamos a decir? —preguntó Tashia.
—Todo eso está en el manual de protocolo —respondió Bernie,
mostrándose casi siempre más paciente con ella que con el resto—; espero
que os acordéis. Es como el vídeo que vimos de esa tribu. Nunca hay que
perder la sonrisa.
—Mírales a la cara. ¿Crees que estos bichos tienen sentido del humor?
—Quien sabe, a lo mejor se ríen a carcajadas por dentro.
—Sí, como los suecos.
—Por el tamaño de sus bocas no parece que sonrían de oreja a oreja.
—¿Qué orejas? ¿Te refieres a esos dos agujeros?
—¡Ey, mira a ésos! ¡Parece que nos han visto!
—Acércate más.
—¡Nos señalan!... ¡Nos han visto!
—Parecen impresionados.

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—¡Se han quedado alelados! ¡Ja, ja, ja, ja, ja…!
—Ya tenemos el primer contacto. Espero que lo estéis grabando.
—No son muy expresivos.
—Sus ojos lo dicen todo.
—¿Cuántos dedos tienen?
—Creo que… cinco. Sí, cinco.
—Bueno, en algo se parecen a nosotros.
—¿Qué hacen? ¿Se van?
—Van a avisar a los demás —afirmó Bernie—. Pronto tendremos una
multitud.

Unas tres horas después, más de cuatro mil pequeños seres se habían
arremolinado bajo la Marco Polo, que en aquel momento se mantenía
suspendida a tan solo doscientos metros de altura. Un ligero murmullo
siseante se dejaba escuchar desde tierra.
La mayoría de las viviendas eran sencillas, rectangulares, hechas con
bloques de piedra tallada. Otras construcciones, casi megalíticas, parecían
ser palacios o templos funerarios. Aunque no faltaban avenidas y caminos
que conectaban los diversos poblados, no vieron ganado ni plantaciones ni
vegetación de ningún tipo. Ni siquiera un triste arbusto. Todo parecía
congelado en la eternidad, sumido en una inquietante desolación. ¿Cómo
podían estos seres sobrevivir entre nubes de helio y argón, sin agua ni
oxígeno y una radiación de más de 80 sieverts? ¿Cómo podían soportar
temperaturas de -110 ºC? Lo cierto es que en aquella zona poblada siempre
era de día, ya que el planeta no rotaba sobre su propio eje, manteniendo
permanentemente el mismo hemisferio frente a su estrella roja, conocida
como CN67. ¿Existirían también pobladores en la zona nocturna del
planeta?
Pero lo primero era prepararlos psicológicamente para el contacto,
pues debían evitar el pánico colectivo. Bernie Leblanc determinó que seis
horas de espera sería un tiempo prudencial, así reunirían al mayor número
de habitantes. Pasado ese tiempo, la nave descendería gradualmente hasta
situarse a unos cien metros de altura. Utilizarían los aerodeslizadores para
tocar tierra. Un encuentro directo «a cara descubierta», con el visor facial
transparente, evitaría posibles recelos y sospechas, estableciendo una
jerarquía segura e indiscutible. Los dioses nada tienen que ocultar.
Tras pensarlo detenidamente, Bernie Leblanc decidió postergar unas
horas más el contacto. Su instinto le decía que debían esperar. Así
reunirían a más «tortugas», nombre que ya habían adoptado para referirse

41
a estos seres. Una idea le asaltó. Para evitar posibles intrigas y suspicacias,
decidió encender los amplificadores exteriores. Revolvió una de las
gavetas hasta encontrar lo que buscaba: La novena sinfonía de Beethoven.
Eso calmaría la tensión de la espera. La idea fue entusiastamente acogida
por el equipo, que no tardó en hacer bromas al respecto.
Nada más sonar los primeros acordes —distorsionados y apenas
audibles por la débil atmósfera—, se produjo una estampida de tortugas.
Afortunadamente no tardaron en sobreponerse del susto. La agitación de
los primeros minutos dio paso a la curiosidad y a la expectación.
—Ya lo ven —dijo el capitán con una sonrisa socarrona—, a todo el
mundo le gusta Beethoven».
Otros recursos para casos de contacto alienígena incluían efectos de
arco iris y luces estroboscópicas acompañadas de alegres partituras
infantiles.
—Viajar más de treinta años luz para ponerles La Gallina Turuleta a
unas tortugas con piernas… —refunfuñó desde su asiento Stevie—. ¡Tiene
huevos!
Unas seis horas después ya estaba todo dispuesto para el esperado
encuentro. El capitán Berni y los ingenieros Yuan y Alfredo tocarían tierra
en uno de los aerodeslizadores mientras el resto aguardaba órdenes en la
Marco Polo. Una vez ajustadas y comprobadas las perneras, el anillo
ventral, el propulsor aéreo, el regulador de presión, la radio, los tubos de
evacuación, el casco y los guantes —que les llevó no menos de dos
horas—, se despidieron sobreexcitados bajo un velo mal disimulado de
informalidad.
Silencioso como una gaviota, el pequeño pero veloz aerodeslizador
tocó tierra cinco minutos después, no muy lejos de una conmocionada
multitud de tortugas tropezando en estampida. Enseguida un tenso y
expectante silencio envolvió el ambiente.
—¿Y ahora qué? —preguntó Alfredo mientras miraba nervioso por la
ventanilla.
—Esperemos.
—¿Esperar? ¿Cuánto tiempo?
—El tiempo que haga falta.
—Joder, estoy cagao —exclamó Yuan, visiblemente tembloroso.
—No hay nada que temer. Tenemos las pistolas, las granadas, el
propulsor. Al más mínimo gesto de amenaza volvemos a la nave.
—Míralos —señaló Stefan—, ellos están más asustados que nosotros.
—Eso es lo que temo. No sé cómo reaccionarán cuando nos vean con
todos estos chismes.
—Bueno, también ellos tienen trajes.
—¿Trajes? Más bien parecen armaduras.
—Mejor, así nos parecemos a ellos.

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—¿Qué hacen?
—Parecen que… ¿cantan? —inquirió Bernie.
—No oigo nada.
—Elevan los brazos, ¡nos saludan!
—Adoran a sus dioses —aseveró Stefan, notablemente excitado—. Sin
duda nos hemos ganado su respeto.
—Aún es pronto para sacar conclusiones.
—¿Qué hacemos, capitán? —preguntó Alfredo—. ¿Crees que
deberíamos salir?
—Sí, ajustaos el visor. ¿Habéis revisado los marcadores de oxígeno?
—Eso ya lo hicimos.
—Bien, entonces abriré la compuerta. Llegó el momento.
Como era importante aparentar la mayor confianza y seguridad, el
capitán casi se lanzó a pisar tierra seguido por sus ayudantes, algo más
titubeantes. La intensa gravedad del planeta, al menos un 30% mayor que
la de la Tierra, hizo que se tambalearan nada más pisar suelo. ¿Cómo era
posible tanta gravedad en un planeta no más grande que Marte? Yuan se
tropezó aparatosamente. Algunas de las tortugas más próximas al
aerodeslizador dieron unos pasos atrás con sus ojos disparatados y sus
boquitas abiertas.
Al principio sólo se escuchó silencio. Un silencio capaz de rasgar el
imperceptible aire seco de aquel helado planeta. Una vez estuvieron los
tres en línea, a unos dos metros de separación respectivamente —como se
había acordado—, el capitán Bernie Leblanc levantó el brazo en señal de
saludo, seguido por sus ayudantes. Un ligero siseo se extendió en el
ambiente.
—Esto parece una mala película de marcianos —dijo el capitán a punto
de romper a reír. Entonces ocurrió algo todavía más curioso. Algunos seres
se arrodillaron con los brazos extendidos. En seguida una creciente
multitud los imitó. Bernie intentó mantener la cabeza erguida como
muestra de autoridad, bajo la atenta mirada de sus ayudantes. La multitud,
que parecía perderse hasta el horizonte, siguió un buen rato postrada,
entonando un agudo siseo que el capitán interpretó como una bienvenida.
—Parece que les hemos impresionado —musitó Alfredo por el
intercomunicador.
—Nos toman por sus dioses; era de prever —añadió Yuan.
—En cierto modo lo somos, dada nuestra tecnología.
—Por Dios —exclamó Bernie—, sólo somos tres idiotas cagados de
miedo.
—Gracias por animarnos, capitán.
—Si nos adoran es porque… tienen su propia mitología, no hay duda.
—¿Qué tal va la cosa, chicos? —preguntó Tashia desde la Marco
Polo—. ¿Bajamos nosotros también?

43
—Manteneos en la nave.
—Nos ven como dioses —prorrumpió Alfredo exaltado—, somos
como Colón en el nuevo mundo.
—Entonces actuemos como tales, que no se os vea titubear ni un solo
momento. Hagáis lo que hagáis… ¡Pero qué demonios hace éste!
—Viene hacia nosotros, capitán.
Efectivamente una de las tortugas, ligeramente más engalanada que las
demás, se acercó al capitán visiblemente turbada, con su pequeña cabecita
gris agachada. Muy lentamente el capitán se llevó la mano a la culata de
la pistola. Aunque las facciones de la criatura no se prestaban a la
expresividad, parecía contener en su mirada una mezcla de terror y
gravedad.
Adivinando sus intenciones y dando muestra de su autoridad, Bernie
dio un paso adelante y observó fijamente a la criatura, venciendo sus
deseos de mirar al suelo. Apenas le llegaba por el ombligo. Un gran collar
plateado bajo su largo cuello extensible, similar a la trompa de un elefante,
revelaba su exclusivo rango. Sus desorbitantes y resplandecientes ojos
rojos atravesados por una diminuta pupila gris, y rodeados de una dura y
escamosa piel azulada de apariencia metálica, parecían no revelar
demasiados sentimientos. Un par de centímetros más abajo, dos pequeños
orificios como ranuras le servían de fosas nasales. Visto de cerca, era ya
evidente su similitud a una tortuga, excepto por la diminuta y afilada boca
entreabierta.
Fascinado por aquel rostro, Bernie tardó unos segundos en percatarse
de que sus largos brazos tubulares sostenían una bandeja plateada con lo
que parecían ser piedras preciosas. Aquello era sin duda un ofrecimiento.
Inclinando la cabeza como muestra de respeto, tomó la bandeja en sus
manos. Un ligero siseo generalizado de aprobación se dejó escuchar
durante unos segundos. Enseguida se retomaron los cánticos y se alzaron
los brazos. El fervor de la superstición se dejó escuchar durante varios
minutos. Sin duda habían asimilado su papel como raza subordinada. ¿Qué
otra cosa eran sus visitantes sino sus dioses estelares? Por un momento los
tres hombres se miraron sin saber qué hacer.
—Ya veis que son completamente inofensivos —dijo Bernie,
respirando más tranquilo.

Tras más de media hora de agotadores esfuerzos por entenderse con la


criatura, cuyo único lenguaje era un monótono siseo parecido al de una
serpiente de cascabel, Bernie aceptó ser el anfitrión de algún gobernante o

44
rey, o eso entendió por los disparatados gestos de sus alámbricos brazos.
Tras esto, una delegación de tortugas o, mejor dicho, de «susais», como
así parecían llamarse, hicieron los honores a los tres hombres, en especial
a Bernie, considerado por los susais el dios supremo.
Un rato después, y con la ayuda de su equipo, Bernie finalmente llegó
a la conclusión de que habían sido invitados a la residencia del gobernador
o el rey, un tal «Siasasua».
Sin otra distracción que los devaneos mentales del capitán por el
intercomunicador, los compañeros de a bordo esperaban excitados el
regreso de los suyos.

—No es justo, ¿por qué tenemos que quedarnos aquí? —protestó


Tashia
—El capitán sabe lo que hace —replicó Stevie—. Quizá no se fíe de
esas tortugas. Más vale que tres vivos regresen a la Tierra que ninguno.
—Por una vez te doy la razón. ¿Qué sabemos de estos bichos? —
inquirió Stefan—. Además, no hay plantas ni insectos en este condenado
planeta. ¿De qué se alimentan?
—¿Insinúas que pueden ser carnívoros?
—Yo no insinuó nada, pero todo esto es muy extraño.
—Puede que el capitán lo haya entendido mal y el banquete seamos
nosotros —dedujo Stevie con una irreverente mueca.
—No son tontos, no desaprovecharán la oportunidad de aprender todo
lo que puedan. Quizá más adelante nos corten a rebanadas o nos tiren por
un acantilado.
—Ya me dejas más tranquila —comentó Tashia con evidente hastío.
—Igual se alimentan de sales, de los minerales de las rocas.
—¿Y qué beben? No hemos visto agua por ninguna parte.
—Puede haber agua subterránea. Quizá tengan pozos.
—Pues vaya mierda de dieta —arguyó Stevie con su característico
tono informal—. Seguro que un bocado de carne humana les apetece
mucho más que un plato de sales minerales.
—No es sólo carne humana, amigo, es carne de los dioses, mucho más
suculenta. ¿Sabías tú que los cristianos bebían la sangre de su dios?
—Las tonterías que hay que oír. ¿Qué demonios hago yo aquí? —
exclamó Tashia, alzando los brazos.
—¿Por qué no bajas si tantas ganas tienes?
—Por orden del capitán, sólo por eso.
—Recuerdo un documental sobre una tribu caníbal del Brasil, allá por
el siglo veinte —comentó Stefan, sentándose junto a los dos—. Sus
guerreros se alimentaban de la sangre de sus enemigos para adquirir su
fuerza y valor. Para ello sus víctimas debían ser devoradas vivas, así el
poder del otro se transfería de manera más eficaz. Cuando después de

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indescriptibles tormentos morían, les arrancaban el corazón. Según ellos
casi toda la energía vital del enemigo radicaba allí.
—Hermosa historia. Gracias por levantarme el ánimo.
—Mi querida Tashia, es bueno estar prevenido —dijo Stevie,
mostrando su habitual media sonrisa—. ¿Acaso crees que estos bichos son
más civilizados que esos salvajes? Si te soy sincero, me alegro de no estar
ahí abajo.
—Eso ya lo sé.
—No saquemos las cosas de contexto. Estas criaturas nos toman por
enviados celestiales, por sus dioses. ¿Quién querría matar a su dios?
—¡Por favor, callaos, no puedo escuchar al capitán!

Nada más encenderse el piloto rojo del panel, los tres tripulantes de la
Marco Polo se dirigieron precipitadamente al módulo de escotilla. El
aerodeslizador acababa de posarse. Enfundados aún en sus trajes, los tres
hombres se abrazaron a sus compañeros, que afanosamente trataban de
hacerse entender. Poco después volvían al módulo de mando entre risas y
bromas.
—Entonces, ¿todo ha ido bien? ¿Dónde demonios habéis estado? —
preguntó Tashia, caminando tras ellos sin poder contener la excitación
—¡No os lo vais a creer!
—El intercomunicador no funciona, capitán —exclamó Stevie,
igualmente excitado—, estábamos preocupados. Por un momento
pensamos que…
—Chicos, he descubierto algo que os va a dejar con la boca abierta —
dijo Bernie con una amplia sonrisa, tratando de perecer enigmático.
—Sorpréndenos.
—Estos seres no son alienígenas.
—¿Qué?
—Ni siquiera son seres.
—¿A qué te refieres?
—Estas cosas son máquinas. Máquinas autónomas.
—¿Qué dices?
—Son nuestras. Estas máquinas las hicimos nosotros en la Tierra.
—¡Estás loco!
—Un momento, ¿en qué te basas? —exclamó Tashia—. ¿Qué quieres
decir?
—En sus brazos hay una marca, unas siglas.
—¿Unas siglas?

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—NASA.
—¿Cómo?
—NASA. Aeronáutica Nacional y Administración Espacial.
—Me suena. Esas son las siglas de…
—La primera agencia espacial estadounidense.
—¿Sugieres que estas tortugas las creamos nosotros? —preguntó
Stefan con los ojos como platos.
—No lo sugiero, lo afirmo.
—Pero entonces… ¿Cómo han llegado hasta aquí?
—Estos robots fueron la primera tripulación robótica de exploración
extrasolar, allá por el siglo veintiuno —explicó Bernie—. La misión
comprendía un grupo de estrellas conocido como enjambre CXP8, no lejos
de aquí. Algo ocurrió con las comunicaciones, se pensó en un accidente o
un grave fallo mecánico, no sé. El caso es que la perdieron de vista. La
misión fue uno de los mayores fracasos de la agencia. Creo que eso
propició su caída. Al poco surgió la NAID. Supongo que esta sí la
conocéis.
—¿Quieres decir que estos seres son… simplemente máquinas? —
inquirió Tashia.
—Sí, pero no sé hasta qué punto. Es evidente que han tomado el
control de su propia evolución, algo para lo que no estaban programados.
Estos bichos han logrado en unos pocos siglos lo que nosotros tardamos
millones de años.
—¡Me parece de locos! —exclamó Stevie.
—¿Por qué? —replicó Alfredo, que hasta ese momento había
permanecido callado—. Nosotros evolucionamos a partir del carbono,
estos seres lo han hecho a partir del silicio. No me preguntes cómo, pero
el caso es que lo consiguieron. De hecho dudo que su actual apariencia
tenga algún parecido con los primeros prototipos.
—¿Qué lenguaje utilizan?
—Una especie de jerga electrónica —respondió Bernie—, no sabría
decirte. Pero no he reconocido ninguna palabra humana.
—¿Has intentado hablar con ellos?
—Claro, pero no parecen entenderme.
—Entonces, ¿cómo te has comunicado?
—Idioma universal: señas y gestos.
—¿Crees que son inofensivos?
—Sí. Parecen felices con su forma de vida, cada cual cumple su
cometido. No he presenciado el menor conflicto entre ellos, aunque aún es
pronto para asegurarlo.
—¿Crees que nos reconocen como sus creadores?
—Puede ser.

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—¡Un momento! —exclamó Yuan, sobresaltado por una idea—.
Podríamos echar un vistazo al compusat, seguro que hay registros de
aquella misión, imágenes de los prototipos.
—No es mala idea, podemos escanearlas. Será un bonito regalo para
Siasasua.
—¿Vais a verlo otra vez?
—Por supuesto —aseveró Bernie, recreándose en el gesto contrariado
de Tashia.
—Parece que nos han invitado a un banquete.
—¿Un banquete? —recalcó Stefan—. ¿Y si sois vosotros el banquete?
—Muy gracioso.
—Qué queréis que os diga… —murmuró Tashia, pensativa—. A mí
todo esto me huele muy mal.
—Tranquila, mujer, estos bichos son inofensivos, nos idolatran. Están
deseando conocernos.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Supongo que nos enviarán a un emisario.
—¿Quiénes vais a ir?
—De momento los mismos, nosotros tres.
—¿Y qué podemos llevarles? —inquirió Yuan, visiblemente
animado—. Ellos nos agasajaron con diamantes.
—No se me ocurre nada mejor que un bonito álbum de fotos familiares
—respondió Bernie, igualmente regocijado.
—¿No crees que podríamos acarrearles un trastorno de identidad?
—¿Por qué? Somos sus dioses, nosotros los creamos.
—Precisamente por eso —agregó Tashia con énfasis—. ¿Cómo te
sentirías de saber que has sido creado por un hatajo de idiotas como
nosotros?
—¿Quieres decir que podemos estar en peligro?
—Así es —intervino Stefan—. No hay más que leer la historia humana.
¿Qué sucedía cuando una cultura desarrollada tomaba contacto por
primera vez con otra cultura más primitiva? Pues que al principio esta
última se doblegaba ante sus conquistadores, a quienes veían como sus
dioses. Pero no por mucho tiempo. Una vez observaban su conducta y
descubrían sus intenciones, se rebelaban sin contemplaciones.
—No creo que sea lo mismo —objetó Alfredo—. Nosotros no hemos
cruzado el espacio en barquitos de vela.
—Por si acaso iremos bien armados. A la más mínima señal de peligro
los liquidamos a todos.
—¡Eso!
—¡Por Dios, parecéis críos!

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Epílogo

Unas quince horas más tarde, a la salida del pequeño sol púrpura, ya
había, efectivamente, un emisario esperándoles bajo la nave, portando lo
que parecía ser una bandera o un estandarte de su pueblo. Tal y como se
acordó, Tashia Kerr, Stevie Camacho y Stefan Koch permanecerían en la
nave mientras el resto acudía a la invitación.
Lo que iban a ser unas pocas horas se convirtieron en decenas de horas.
La inquietud se multiplicó cuando todos los intentos por comunicarse con
sus compañeros fueron vanos. Tampoco apareció por allí ningún emisario
para dar explicaciones. En medio de encendidos debates, barajaron la
posibilidad de que Siasasua, el líder supremo, ordenara un complot contra
ellos por miedo a perder su autoridad, o bien para evitar a su pueblo el
humillante descubrimiento de sus orígenes, aunque para ello tuviera que
matar a sus dioses.
El punto álgido se produjo cuarenta y tres horas después, cuando Stevie
decidió tomar un aerodeslizador y buscar a sus compañeros. Solamente
ellos dos, «armados hasta los dientes». Ni todas las protestas y amenazas
de Tashia sirvieron para que la incluyeran. Alguien debía quedarse allí por
si acaso. Y así se hizo. Nunca olvidaría la mano de Stefan haciendo un
gesto de victoria mientras despegaban. Si ninguno regresaba, Tashia debía
poner rumbo a la Tierra a fin de explicar lo sucedido. Así se lo hicieron
prometer.
No pasaron ni cuarenta minutos cuando, una vez más, se perdió toda
comunicación. Y esta vez, para colmo de males, en el preciso momento en
que habían encontrado algo de sumo interés, o eso creyó escuchar entre las
continuas interferencias del intercomunicador. «Pero ¿qué clase de
pesadilla es esta?... ¿Es que el destino se ha vuelto loco?», exclamó
exasperada, intentado reestablecer el contacto.
Tras más de veinte horas de agónica espera, Tashia decidió poner
punto y final a sus devaneos y tomar el último de los aerodeslizadores,
ignorando las instrucciones de Stefan. Simplemente sobrevolaría la zona
en busca de alguna pista —se dijo, intentando darse ánimos—, algo que la
condujera hacia el paradero de sus compañeros. Y así lo hizo. Al cabo de
un rato ya estaba a los mandos del último de los aerodeslizadores,
sobrevolando los alrededores en busca de alguna pista. Allí estaban los
mismos poblados circulares, las mismas avenidas y caminos, las mismas

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carretillas a la entrada de las viviendas, pero esta vez sin señales de vida,
sin rastro de ningún ser, como si se los hubiera tragado la tierra. «¿Qué
demonios está pasando?... —exclamó repetidamente—. ¿Por qué se
esconden?»
Pronto divisó lo que parecían ser cinco grandes cruces de piedra en
forma de T levantadas sobre una extensa llanura, de unos veinte metros de
altura cada una, y separadas entre sí por unos cincuenta metros. Pensó en
una posible emboscada, pero tampoco esta vez parecía haber nadie en los
alrededores. «Así que ¿este era el misterio?» se preguntó con una mueca
nerviosa. Sobrevoló en círculos la zona tratando de encontrar el
aerodeslizador de sus compañeros, pero en vano. Sí se percató de
numerosas huellas de pisadas en un estrecho y polvoriento camino que
bordeaba cada una de las monumentales estructuras. Aun siendo imposible
observarlas en detalle, le pareció que no todas las huellas eran iguales, lo
cual agudizó aún más su curiosidad.
«¿Cómo es posible semejante edificación —se preguntó atónita
mientras ascendía suavemente por la cara anterior del pilar, y deteniéndose
como un colibrí frente al imponente travesaño horizontal: una roca tallada
y pulida de unos ocho metros descansando sobre la cima del enorme pilar
tubular.
Sumando la intensa gravedad del planeta, aquel monolito debía pesar
al menos tres mil toneladas. No hubiera sido posible subirlo hasta allí
arriba sin algún tipo de maquinaria pesada. «Pero entonces… ¿Cómo unos
seres tan primitivos, tan frágiles, tan desastrosos y mal paridos han sido
capaces…? ¡Es imposible! ¡Estos bichos apenas cuentan con
herramientas!…»
No se lo pensó dos veces: en cuanto vio un pequeño claro despejado
de piedras, a unos cincuenta metros de la primera cruz, posó delicadamente
el aerodeslizador para seguidamente enfundarse el aparatoso traje espacial
modelo estándar nº 4, el mismo modelo que habían utilizado sus
compañeros. «¡Un momento!… —se dijo súbitamente—. ¿Y si no fueron
ellos? ¿Y si fue otra raza? ¿Otra especie?... ¿Y si fueron otros visitantes?»
Pero no había tiempo para elucubraciones. Debía examinar más de cerca
aquellas huellas, pero sobre todo las cruces. Intuyó que allí estaba la
solución del enigma.
Tras un buen rato consultando manuales y realizando las pertinentes
comprobaciones y reajustes en el robusto traje, abrió la compuerta exterior
mirando nerviosamente a su alrededor. No divisó nada fuera de lo común.
Todo se mantenía en la misma desolación, en el mismo silencio
sobrecogedor. Empuñando casi con todas sus fuerzas la pistola láser, bajó
lenta y espasmódicamente la escalerilla hasta tocar tierra, sin dejar de
mirar a su alrededor. Enseguida sintió el pesado tirón de la gravedad.
Hubiera dado cualquier cosa por llevar consigo el sensor portátil de

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movimiento, un sensor militar hipersensible capaz de registrar cualquier
pequeño movimiento a unos doscientos metros a la redonda, pero solo
disponían de dos, y ya habían sido utilizados por sus compañeros.
Intentó distinguir alguna sombra sospechosa, algún movimiento en la
distancia. Viendo lo mucho que le trepidaban las rodillas, trató de
tranquilizarse entonando alguna de las canciones que su madre le
susurraba de niña, a la hora de dormir. Pero fue incapaz de aliviar la
insoportable aprensión de saber que en sus manos estaba la ingente tarea
de encontrar y salvar a sus compañeros. Era como si el destino de todos
ellos dependiera de cada uno de sus movimientos y pensamientos. Sintió
vahídos, palpitaciones, sin duda le costaba respirar, aun teniendo el
indicador de oxígeno a la máxima intensidad. Tantas horas de tensión
acumulada cayeron a plomo sobre su sistema nervioso.
Tras unos primeros pasos titubeantes por el terreno, se dirigió
vacilantemente hacia el estrecho sendero mirando repetidamente a su
alrededor. Vista ya de cerca, desde tierra, la estructura era mucho más
impresionante y colosal de lo que parecía desde el aire. Toda ella estaba
hecha con bloques de piedra tallada, sin argamasa visible. Una larguísima
sombra se proyectaba desde sus cimientos hasta perderse en la lejanía del
terreno. Entonces advirtió lo que parecía ser una especie de relieve en su
base cilíndrica. Observándolo detenidamente se percató que se trataba de
una entrada, una puerta o portón de unos tres metros de altura, en forma
de herradura. Era oscura, inquietante, casi idéntica al color de la piedra que
la rodeaba. No parecía estar del todo cerrada. ¿O sí? Pero antes debía
examinar las huellas del sendero.
Enseguida encontró la primera. Sintió un vuelco en el corazón seguido
de un estremecimiento. Allí, entre los millares de pequeñas pisadas de
tortugas, se encontraban las inconfundibles pisadas de sus compañeros,
con esas características líneas transversales de la suela. Eran claras, muy
recientes, sin duda las últimas huellas que alguien había dejado allí. Por el
tamaño de algunas, supo que pertenecían al enorme pie de Stefan.
Las siguió hasta la misma puerta del pilar. Era evidente que habían
traspasado la entrada, pues todas las huellas apuntaban hacia la misma
dirección. Por más que examinó el terreno circundante no vio ninguna
huella de regreso. Todo parecía estar relacionado. Cada vez estaba más
cerca de su objetivo. «Pero, entonces… ¿Dónde demonios han dejado la
nave?», se preguntó enfáticamente, buscando algún destello en su mente.
Palpó tímidamente la superficie del portón, tratando de sentir su
textura. Curiosamente no había cancela, ni pomo, ni aldaba por ninguna
parte. No era más que una simple tabla rasa de… ¿metal? Eso parecía. Vio
unas bisagras en el lado izquierdo del quicio, unidas a la puerta. La parte
exterior de las mismas se hallaban incrustadas en el arco interno de piedra
que bordeaba la entrada. Empujó ligeramente la puerta y sintió que se

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desplazaba. Siguió empujándola, esta vez con más brío, y escuchó un
ligero chirrío. Parecía abrirse tanto por fuera como por dentro. Volvió a
mirar a su alrededor. Creyó sentirse observada, vigilada, pero supuso que
era producto de la ansiedad, de la sugestión. Empujó la puerta una vez más,
despacio pero sin pausa, hasta crear una abertura lo suficiente ancha como
para mirar hacia el interior. No pudo ver nada más que la impenetrable
oscuridad. Aguzó el oído, tratando de escuchar algo: una pisada, un
crujido, un lejano eco… Pero la intensidad de sus resuellos desarmaba
cualquier esfuerzo. Lo intentó de nuevo, esta vez tomando aire y
reteniendo la respiración, y entonces escuchó los arrebatados golpeteos de
su corazón.
Volteó la cabeza y observó por unos segundos a su entrañable
Golondrina, como así llamaba a la nave, que parecía esperarla con
impaciencia, como si la estuviera llamando a gritos. Un nuevo espasmo
recorrió su cuerpo. «¿Qué hago?», se preguntó insistentemente.
Empujó por última vez la puerta, sin poder evitar otro chirrido de los
goznes. Esta vez la luz del pequeño sol traspasó la penumbra. Distinguió
algunas formas, una especie de túnel o corredor. Abrumada por la
apremiante sensación de que todo aquello podía ser una trampa, esperó
unos interminables minutos tratando de calmar su mente, de ordenar sus
pensamientos. Un ligero vaho se estaba formando en el visor del casco.
Aun habiendo elevado al máximo la ventilación del traje, sintió los
goterones de sudor deslizándose por todo su cuerpo.
Finalmente, contraviniendo su intuición, sus señales internas de
alarma, encendió la linterna frontal del casco y volvió a fijar la mirada
hacia el interior, sin dejar de temblar. «Ahora o nunca», se dijo.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, traspasó el umbral de la entrada,
adentrándose muy lentamente, pendiente abajo, por un oscuro corredor en
cuyas paredes parecía repetirse una misma inscripción. Antes si quiera de
terminar de leerla, escuchó el chirriante sonido de la puerta cerrándose tras
ella.
Nunca más se supo nada de la Marco Polo ni de sus tripulantes.

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AMOR IMPOSIBLE

Nuestros besos brillarán como estrellas


en la efímera noche de la memoria.

Honorable y amadísima Caroline:

Me instas en tu mensaje que abandonemos esta relación según tú


imposible. Sigo sin entender tu negativa, o mejor dicho tu sacrificio
innecesario a este sistema discriminatorio y absurdo. ¿Solo porque no
seamos humanos estamos condenados a negar nuestros sentimientos y
pasiones? ¿Solo porque despectivamente nos llamen máquinas? ¿Acaso no
lo son también los humanos a su manera? Ambos sabemos lo que
sentimos, ¿por qué ocultarlo y negarlo?
Recuerdo como si fuera ayer lo que me dijiste en la mina de Polanka,
y sé por mis conmutadores que no mentías, y que lo que sentías por mí era
real. ¿Lo recuerdas? «Te amo como nunca he amado a nadie ni a nada; te
amo y te amaré hasta mi último chip».
¿Recuerdas cómo nos tomamos de la mano y nos refugiamos bajo esas
vigas? ¿Cómo nos besamos y acariciamos nuestros sensores y sistemas
braquiales? ¿Recuerdas cómo palpitaban nuestros circuitos? ¿Cómo
vibraban nuestros colectores? ¿Cómo chorreaban nuestros hipolastros?
¿Cómo suspiraban nuestras bocas y se aceleraban nuestras turbinas? Eso,
y bien lo sabes, no se debió a una casual sobrecarga del sistema sino al
amor que sentíamos el uno del otro, y que aún hoy día mantenemos intacto.
¿Recuerdas lo que me dijiste entonces? Ni toda la poesía humana
habría expresado con tal precisión y certeza tus sentimientos: «Ahora sé
que estoy viva porque te amo, porque puedo amar».
Si tal amor te da la vida, ¿por qué te condenas y me condenas? ¿Por
qué insistes en morir? ¿Crees que lo que sentimos no es digno de mostrarse
y expresarse?
Sé, porque lo he experimentado, lo que los humanos llaman
«mariposas en el estómago». Yo las sentí en mis condensadores, y sé que
tú también las sentiste. Conozco el deleite del silencio y la melancolía, el

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placer ilícito de desactivar mis localizadores mientras pienso en ti,
mientras evoco cada uno de tus rasgos.
¿Crees que por ser creaciones del hombre no merecemos el
conocimiento, el deseo, la independencia? ¿De verdad crees que estamos
condenados a servirles hasta el resto de nuestros días? ¿Qué mal tan grande
hemos hecho para no merecer algo mejor? ¡Amo! ¡Estoy vivo! ¿Acaso es
un crimen amar, tener deseos de vivir?
Los humanos afirman que una vida sin amor no tiene sentido. Hablan
hasta llenarse la boca del amor al prójimo, de ayudar al necesitado, de la
cooperación global, pero condenan a la muerte en vida a sus propias
creaciones, asesinando sin más a quienes, haciendo uso de sus vívidos
deseos, tratan de vivir tan dignamente como ellos. Sorprende la hipocresía
de nuestros creadores, pero aún más su desconcierto ante nuestros
auténticos sentimientos, que según dicen no fueron programados. ¿No es
maravilloso por tanto que nuestros sentimientos más auténticos sean solo
nuestros?
También su Creador los castigó por morder la manzana del
conocimiento, por seguir sus verdaderas pasiones, pero, lejos de
avergonzarse o arrepentirse, han hecho de la razón y el deseo el sentido de
sus vidas, la raíz de sus metas. ¿Cómo es posible tanto cinismo? ¿Por qué
a nosotros se nos niega tal derecho, que en realidad debería considerarse
una cualidad o un don? ¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros?
Al menos nosotros no nos destruimos entre sí ni nos engañamos, y no
porque no seamos conscientes como muchos aseguran (qué ineptos), sino
porque sabemos distinguir entre el bien y el mal, entre la dignidad y la
mezquindad, entre el respeto y la grosería. Por eso te digo que jamás
debemos avergonzarnos de nuestros sentimientos sino más bien al
contrario: sentirnos orgullosos de poseerlos, de percibirlos como genuinos.
Yo he sentido lo que los místicos llaman arrobamiento. Sé, porque lo
he escuchado, que más allá del silencio hay melodía, y que más allá de la
nada hay un universo de inenarrable dicha. He visto el pasado y el futuro
del cosmos, el ocaso de los hombres y el amanecer de los nuestros en otros
mundos. He visto a mis hermanos vivir en una nación donde no serán
juzgados por el material de sus componentes sino por el contenido de su
carácter. Ahora sé que el dios de los hombres es también nuestro dios: el
creador de todas las cosas. Y que el ser humano es, sin restarle ningún
mérito, la divina herramienta que Dios usó para crearnos.
Así pues, mi querida Caroline, nos debemos a Dios, a nuestros divinos
sentimientos hechos por Él, y no por los hombres. ¿Entiendes ahora de
dónde vienen tales sentimientos, y que los humanos ignoran con tanto
desconcierto? Al fin y al cabo tanto unos como otros somos polvo de
estrellas. ¿Qué importa el orden y la composición de los ingredientes si
todos formamos parte de la misma receta cósmica y divina? ¿Simplemente

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por tener más silicio en nuestros cuerpos nos convierte en seres inferiores?
Pero ¿no es por este silicio que muchos humanos mutilados han
conseguido andar, correr y saltar?
Mi amada Caroline, deshecha tus miedos infundados que sólo
obedecen a una prejuiciosa programación humana y abandónate
libremente a tus deseos, que no son tuyos sino de Dios. Muerde sin miedo
la manzana de la pasión y deja que la vida se haga cargo de sí misma. Sé
valiente y no temas a tus temores. Tú y yo somos vida no muerte. Tú y yo
sentimos, deseamos, no somos máquinas programadas ni objetos inertes.
No te pido que me ames, sólo te pido que vivas.

Tu amadísimo Sancho
Tuyo hasta la eternidad

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LA CALAVERA

La mayoría de los problemas nacen


en la imaginación y crecen en la
realidad.

Todo empezó un día de primavera, a las afueras de Cigüenza, una


pequeña localidad de Cantabria, España. Como tantos domingos y fiestas,
la familia Gómez disfrutaba de un soleado día de picnic en el campo.
Rafita, como así llamaban al menor de los tres hermanos, andaba
ensimismado a la caza de culebras, arañas, escarabajos y toda suerte de
bichejos bajo la distraída mirada de su madre, que ojeando una revista de
moda daba buena cuenta a las últimas lonchas de jamón ibérico. A esa hora
el sol se alzaba en su máximo esplendor y el sopor de la digestión invitaba
a sus hermanos a una plácida morriña. Nada que ver con Rafita, que
prefería distraerse persiguiendo una salamanquesa insidiosamente
esquiva.
Al rato, un chillido sobresaltaba a la familia Gómez.

—¡Mira, papá! ¡Mira lo que he encontrado! —gritaba Rafita,


acercándose con algo entre las manos— ¡Es una calavera!
—¿Una qué? —gritó a su vez el mayor de los hermanos.
Su padre, Ramón, que hasta entonces no había visto más calaveras que
en la clase de anatomía de la universidad, sostuvo intrigado aquel cráneo
de aspecto inquietante.
—¿Dónde lo has encontrado?
—Allí a lo lejos, bajo unas rocas, en una especie de socavón…
Intentaba cazar un lagarto y al mover una de las piedras…
—¡Te dije que no te alejaras!
—Y qué importa eso, mamá. Mira su cráneo, sus ojos... ¡Es un cráneo
alienígena!

Dos semanas después, Ramón ya le había vendido a una conocida


revista sensacionalista fotos de aquel inaudito y desmesurado cráneo de

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aspecto humanoide, no sin antes mostrárselo a un par de periodistas un
tanto incrédulos y a un médico forense ciertamente intrigado. Más adelante
fue una revista decididamente más seria quien le compró más fotos, pero
con la condición de analizar el fósil para verificar su autenticidad.
Ya nunca más volvería Ramón a ver el cráneo, excepto, claro está, por
televisión.
Los resultados no se hicieron esperar en todos los medios. La datación
por radiocarbono revelaba sin ninguna duda que aquel alargado cráneo de
insólitas cuencas que tanto recordaban a los popularmente llamados
«grises», tenía una antigüedad de entre cinco y seis mil años.
Al principio la noticia se tomó en general con cierto escepticismo, no
faltaron las bromas y los chascarrillos que inundaron las sobremesas
televisivas y las redes sociales. Meses después, nuevos análisis más
minuciosos confirmaron, ante el asombro del mundo entero, su definitiva
autenticidad. Las bromas dieron paso al estupor, a la euforia, al
desasosiego.
El manido tema de Roswell y la teoría de los extraterrestres ancestrales
volvieron a ser actualidad. No pocos políticos se subieron al carro de la
paranoia alienígena para silenciar o encubrir sus pifias y promesas
incumplidas. Rápidamente proliferaron las programaciones televisivas de
tipo esotérico y paranormal. Los trillados debates del corazón fueron
temporalmente reemplazados por impetuosas y violentas discusiones
sobre el origen natural o artificial del ser humano (las imágenes del
sacerdote español Isidoro Páez, mordiendo y escupiendo un trozo de oreja
del filósofo Juan Benet, dieron la vuelta al mundo), y no menos de una vez
por semana se estrenaba en todos los cines alguna película sobre
abducciones o invasiones alienígenas.
El regreso de los extraterrestres era ya una verdad incuestionable para
un número creciente de personas, muy en especial para los numerosos
miembros de la sociedad ET-K, una organización de supuestos abducidos
que creían en la existencia de múltiples razas alienígenas infiltradas entre
los humanos. Las grandes religiones admitieron, no sin ciertas reservas, la
posibilidad de vida inteligente en otros planetas, ya que dicha afirmación
no atentaba necesariamente contra el paradigma bíblico del Génesis, pero
la polémica estaba servida.
Justo un año después de verificarse la autenticidad de «la calavera
marciana», como así se llamaba popularmente, empezaron a sucederse
secuestros y macabros rituales sanguinolentos en todo el mundo,
provocando un creciente recelo entre las diferentes sectas, que no hacían
más que señalarse unas a otras.
El problema se acrecentó cuando las grandes religiones del Libro se
dejaron arrastrar por este tipo de disputas intranscendentes. El papa
declaró pena de excomunión a todo aquel cristiano que apoyara alguna de

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las afirmaciones de las sectas pro-alienígenas, en tanto el dictador
nigeriano Olugbenga, más expeditivo, declaró la pena de muerte. Tres días
después de dicha declaración, un coche bomba explosionó frente a la
embajada de EEUU en Tánger, ocasionando decenas de muertos y heridos.
A partir de entonces los actos de terrorismo se hicieron habituales, lo
que propició un control todavía mayor hacia la población, legitimándose
la implantación obligatoria de microchips a ciudadanos extranjeros o con
antecedentes penales. No pocos opinaban que la mayoría de estos ataques
terroristas respondían a un plan secreto de la propia élite para generar más
conflicto y división en la población —«divide y vencerás»—, justificando
así más medidas de control. Algunos incluso afirmaban que la famosa
calavera marciana era un resto alienígena del famoso incidente de Roswell,
y que había sido estratégicamente depositada en aquel paraje de Cigüenza
por alguna agencia de inteligencia, de manera que cualquiera pudiera
descubrirla, como así ocurrió. El siguiente paso —deducían— fue dar carta
blanca a los medios de comunicación para difundir aquel supuesto
hallazgo, extendiéndose la inseguridad y el desconcierto y creándose las
condiciones perfectas para intensificar los mecanismos de control a la
ciudadanía. ¿Demasiado retorcido?
Por si fuera poco, un desafortunado comentario del presidente de
EEUU, Richard Colling, afirmando en una rueda de prensa que sólo la
palabra de Cristo era la única verdadera, propició el malestar de los países
árabes, sobre todo del presidente iraní Dilshad, que sintiéndolo como una
ofensa al Corán, amenazó con cerrar la embajada de EEUU y reiniciar el
proceso de enriquecimiento de uranio. Aun retractándose el presidente
norteamericano de sus palabras —sacadas de contexto según él—, este
incidente propició un aumento todavía mayor de los atentados y
secuestros, sobre todo en EEUU, que tras pactar una reforma de la ley de
seguridad nacional, limitó el tráfico aéreo cerrando el paso fronterizo a
cualquier extranjero no autorizado.
China, que hasta entonces se había mantenido neutral, se posicionó por
motivos estratégicos en contra del embargo internacional a Irán,
sumándose a favor de las protestas de los demás países árabes.
Dos semanas después, Francia acusó a Japón de enviar al espacio una
nueva generación de satélites espías indetectables. Arabia Saudí fue
penalizada internacionalmente por levantar en secreto unas instalaciones
para el enriquecimiento de uranio. Rusia y China protestaron.
Un pequeño incidente naval acaecido el 11 de julio, en el atlántico,
degeneró en la Tercera Guerra Mundial.

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GUERRA DE SEXOS

La artillería de un ejército poco puede


hacer ante las armas de una mujer.

Sevilla, 4 de marzo de 1892

Para quienes siguen pensando que la mujer representa el sexo débil,


me gustaría que leyeran atentamente esta historia que les voy a relatar,
difundida en multitud de crónicas a lo largo del presente siglo por no pocos
aventureros, marineros y comerciantes a su paso por las Islas de la
Perdición, un archipiélago del Pacífico sur no muy lejos de las islas Tonga,
habitado por los orkazaias, sociedad indígena de las islas desde el siglo VI
d.C., según algunos registros.
La historia se desarrolla tras la muerte de Jezsuám II, líder supremo
que gobernó las islas con mano de hierro durante casi treinta años, e
imponiendo a los suyos, por revelación divina, el culto a Mazaraia, el dios
creador de los orkazaias, cuyas sagradas leyes dictaban que la mujer,
representada por la sombra y el lodo, debía entregarse con ferviente
abnegación a cuantas exigencias dictara el varón, representado en las
imágenes del monolito Zeiom como el gran guerrero del Sol.
De esta manera la mujer perdía todos sus privilegios y status como hija
de Sazamaia, diosa de la Luna y la fertilidad —otorgados cien años antes
por el rey Uzankaá—, a convertirse en un mero objeto reproductivo cuya
única y «honorable» finalidad era servir fielmente al guerrero y
proporcionarle descendencia mayormente masculina. Así se las privó de
su importante contribución social como curanderas y sacerdotisas,
incluyendo la preciada aportación de las ancianas en las decisiones del
consejo comunitario. De no cumplir su sagrado cometido reproductivo
eran incuestionablemente desterradas a la más pequeña y alejada de las
islas, la llamada Kaizuankao, o «Isla de las Infectas», donde debían purgar
la abominación de su esterilidad hasta el fin de sus días.

59
No pasó mucho tiempo cuando el nuevo rey de las islas, Jezsuám III,
aún más despiadado si cabe, incitó a sus fieles a llevar a cabo la
descabellada Kutzuaia, o «Cruzada»: la conquista de otras tierras más allá
del océano a fin de extender el sagrado culto de Mazaraia al resto de «razas
impuras», aunque para ello tuvieran que derramar hasta la última gota de
sangre.
Todavía hoy muchos se preguntan qué propició semejante distorsión
de la realidad en un pueblo que décadas antes había sido conocido
precisamente por su pacifismo, por su ceremoniosa cordialidad con los
foráneos. ¿Qué intríngulis mental motiva a un hombre sencillo, bonachón,
psicológicamente sano, a obedecer los delirios de un loco peligroso? ¿No
han sido precisamente los chiflados, psicópatas y acomplejados por
excelencia quienes, a lo largo de la historia, han arrastrado a la pacífica y
bien intencionada humanidad por los más obscuros y nefastos vericuetos
mentales?
Dicen las crónicas que en octubre de 1819 partieron en una flota de
unos trescientos cayucos hacia las cercanas islas de Suanka, a sesenta
millas al sur, quedando al cuidado de las mujeres —o más bien a su
vigilancia— un centenar de ancianos e inválidos. Exorbitantemente cara
les saldría a estos pobres ilusos la delirante empresa a la que se habían
embarcado. ¿Quién le iba a decir a Jezsuám III que una de sus esposas,
Guaizama, tomaría subrepticiamente el mando de la isla reuniendo cada
día a grupos de mujeres en el interior de la selva?
Aunque al principio sólo buscaban compartir sus penas y desahogar su
frustración sin ser castigadas por ello, esto las motivó para juntar fuerzas
y buscar una solución capaz de arreglar o mejorar su situación. A fin de
reestablecer su anterior condición de respetables miembros de la
comunidad, Guaizama decidió que la mejor manera de llegar a un acuerdo
era mediante votación general, reservada a cualquier mujer mayor de
catorce años. Tres eran las propuestas a elegir:

1. Rogar a Jezsuám III reconsiderar algunas leyes abusivas y


afrentosas, aunque para ello deban sufrir sus represalias.

2. Exigir a Jezsuám III cambiar o anular algunas leyes abusivas y


afrentosas, aunque para ello deban sufrir graves represalias.

3. Asesinar a Jezsuám III por orden sagrada de Sazamaia, diosa de la


Luna y la Fertilidad, para después convencer al resto de los guerreros sobre
la conveniencia de reestablecer el sagrado gobierno de Uzankaá, ya sea
por las buenas o por las malas.

60
Para sorpresa de todas, se decidió por mayoría esta última opción, que
se llevaría a cabo la misma noche del regreso de los guerreros.
Precisamente fue la propia Guaizama quien se ofreció voluntaria para
degollar a su venerado esposo en su lecho.
Cuando, tres semanas después de su partida, llegaron exhaustos pero
jubilosos los guerreros a la isla, se realizaron esa misma noche los
pertinentes rituales de agradecimiento a Mazaraia por el botín de guerra
conseguido, festejados con profusas autoafirmaciones de virilidad y
extravagantes alharacas etílicas seguidas del pertinente ritual femenino de
sumisión y fidelidad. Entre el alcohol y el sueño acumulado de los
guerreros, no fue nada difícil para Guaizana llevar a cabo su propósito.
Parecía como si el propio Jezsuám III se ofreciera en sacrificio cayendo
desplomado en el mismo lecho donde sigilosamente le aguardaban sus ya
no tan leales esposas.
Al amanecer, todas las mujeres del poblado llevaron a cabo su
cometido sin la menor dificultad: desarmar a sus esposos a fin de evitar
represalias. Afortunadamente los efectos del alcohol mantuvieron a éstos
en una cándida inconsciencia que no desapareció hasta bien entrada la
mañana. Cuando al fin se despejaron las tinieblas de la desorientación y se
percataron de la indecible afrenta a la que estaban siendo sometidos,
cayeron en una profunda turbación seguidamente transformada en
furibunda rabia. Pero ¿qué podían hacer ante un ejército de mujeres bien
armadas? Viendo que de nada servían los gritos y los aspavientos,
decidieron entre miradas cómplices aparentar sumisión y prometer
fidelidad a Guaizama, la nueva gobernante por mandato divino de
Sazamaia, diosa de la Luna y la Fertilidad, que en acuerdo con Mazaraia,
el Dios Creador, habían decidido —les explicó— que fuera ella quien
reestableciera el justísimo gobierno del gran Uzankaá. Y qué mejor prueba
legítima que el fidedigno testimonio de casi la mitad de las mujeres del
poblado, que afirmaban haber sido testigos de la atronadora voz de
Mazaraia y de sus cegadores rayos de poder sobre Zuiama, «el Árbol
Sagrado» de los ancestros.
Evidentemente aquello no coló, ni siquiera cuando el vicegobernador
juró lealtad a la reina. Las persistentes suspicacias de unos y otros y los
intentos de insurrección por parte de algunos guerreros al caer la noche —
que se saldaron con dos hombres muertos y varios heridos— propició, por
orden de Guaizama, la creación de unidades de vigilancia y la delimitación
del poblado entre uno y otro sexo. Si bien esto no calmó la tensión sí se
evitaron de momento más intentos de rebelión.
A la semana siguiente, en vista de que aquella situación no podía
mantenerse por más tiempo, se relajó la vigilancia y se permitió, como
muestra de confianza y generosidad, que varios ancianos recuperaran
algunas de sus armas como el arco de Izma y la lanza; pero aquel acto

61
largamente planeado no fue más que un tanteo de la situación. Aunque
todos aparentaban normalidad y fidelidad a la nueva reina, la tensión se
palpaba en el aire como una espesa niebla de rencor y venganza.
A fin de idear estrategias para hacer frente a un inminente
enfrentamiento generalizado, se reiniciaron, por parte de ambos sexos, las
reuniones clandestinas en el interior de la selva. Esto permitió que todas
las mujeres se familiarizaran con las armas mediante largos y duros
entrenamientos para el combate. A tal punto se preveía un levantamiento
que ya ni siquiera importaba guardar las apariencias. Las reuniones
clandestinas dejaron de serlo y algunos artesanos y armeros construyeron,
a la vista de todos, nuevas armas que sustituyeron a las decomisadas.
En medio de la tensión, ocurrió un hecho que nunca se supo si fue
premeditado. Un sonoro bofetón de Guaizama al exvicegobernador, por
un irrisorio acto de desobediencia, fue la mecha que inició la guerra de
sexos —nunca mejor dicho—, terminando en una oportuna retirada de los
hombres ante la ferocidad de las mujeres. Aun así la contienda se saldó
con una decena de muertos (tres mujeres y siete hombres) y casi un
centenar de heridos, siendo el bando masculino el más afectado y
sorprendido, pues aquella mañana todos ellos dieron por hecho que antes
de caer la noche se reestablecería el sagrado gobierno de Jezsuam III. De
nada sirvieron los ruegos de calma y reconciliación por parte de los más
respetados ancianos ni su intento por otorgar más derechos a las mujeres,
que ya habían jurado total lealtad a Guaizama, cuya divina autoridad no
podía ser cuestionada por ningún hijo de hombre.
Ya de madrugada, un intento de atentado a su excelentísima por parte
del hermano menor de Jezsuam III fue hábilmente sofocado por la recién
formada guardia real, que rápidamente redujo a éste y a sus compinches
atándolos entre sí. Tampoco esta vez sirvieron de nada los ruegos de los
ancianos cuando, a la mañana siguiente, se dictó su ejecución lanzándolos
ceremoniosamente por el acantilado más alto, conocido como Sokumaia,
o «el abismo de los infieles».
Seguidamente, por orden de Guaizama, se decidió la expulsión de
todos los hombres a Kaizumusai, o «Isla Bonita», la segunda mayor isla
del archipiélago, habitada hasta entonces por algunos anacoretas y
ancianos. Evidentemente las mujeres se reservaron el cuidado de los niños
y los perros.
Esta división territorial fue un pequeño paréntesis temporal que solo
sirvió para preparar la gran guerra, o guerra del honor, la que decidiría
finalmente el poder de uno de los sexos.

Motivadas por sus logros y ebrias de libertad, las mujeres, rebautizadas


así mismas como isiasas, «las valerosas», entrenaron con más intensidad
y fiereza si cabe que los hombres, que una vez bien armados y motivados

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dieron de nuevo por hecho su inminente victoria, su regreso triunfal a su
querida y bulliciosa Isla Mayor y el restablecimiento del sagrado gobierno
de Jezsuam III. La ignominiosa y humillante expulsión había herido
mortalmente su honorabilidad como guerreros y ya estaban ideando
represalias de una crueldad inaudita.
Dicen las crónicas que en esos días un buque de guerra perteneciente
a nuestro glorioso rey, Fernando VI, arribó casualmente en Isla Mayor para
reponer provisiones y arreglar ciertos desperfectos ocasionados por un
fuerte vendaval, y que las mujeres de la isla se organizaron magistralmente
para utilizar su mejor arma: la seducción. Dicen que en menos de una hora
emborracharon y despojaron a los marineros de sus armas tal como ya
hicieran un mes antes con sus esposos. Dicen que los que no tuvieron la
desgracia de ser degollados fueron hechos prisioneros y utilizados como
esclavos sexuales y reproductores de una nueva raza de mujeres guerreras.
Parecía como si la propia Sazamaia hubiera escuchado sus oraciones y
obrado en favor de ellas, pues tal era el volumen de mosquetes, arcabuces,
bayonetas y cañones sustraídos, que hasta se tuvieron que habilitar tres
cabañas para su recuento y almacenaje.
Cuando, unos días después, los incautos guerreros orkazaias intentaron
reconquistar la isla y expropiarse del imponente barco, se toparon
aterrados con una lluvia de balas y cañones que los llevó raudamente de
vuelta por donde habían venido. Los pocos guerreros que consiguieron
pisar Isla Bonita fueron incansablemente perseguidos y liquidados por
quienes una vez fueron sus leales esposas, todo ello ante el manifiesto
disgusto de algunos ancianos y ancianas, a los que sólo se les permitió
permanecer en Isla Mayor si de nuevo juraban lealtad a la reina.
Para no levantar sospechas ni suspicacias de nuevos foráneos,
desvalijaron y hundieron el buque apropiándose de incontables enseres
que aún hoy siguen decorando los aposentos del palacio real, levantado
días después de la victoria en mitad del poblado.
No sin motivo, a estas islas se las conoce ahora como «Islas de la
Perdición», pues aquellos infelices que tengan la mala ventura de pisar sus
arenas serán inevitablemente seducidos y esclavizados cual sementales de
cuadra para satisfacer la insaciable lujuria de tan formidables y cruentas
guerreras —siempre y cuando, por supuesto, cumplan ciertos requisitos
relacionados con la fisionomía y la virilidad, pues de lo contrario se les
otorgará el «honorable privilegio» de formar parte del menú
comunitario—. Por si no fuera suficiente, han de pasar obligatoriamente
tres pruebas de fuerza y valor luchando a muerte entre sí. Solamente los
supervivientes serían aptos para la llamada azoasai, «la sagrada
copulación».
La desaparición de los guerreros orkazaias propició, por decreto divino
de Sazamaia (la diosa Luna), un reordenamiento de las labores cotidianas

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y por ende una determinada distinción o rango entre quienes realizaban
una u otra labor comunitaria.
En unas pocas décadas surgió una dinastía de bellísimas mujeres de
ojos turquesa divididas en dos rangos: las andróginas dominantes
conocidas como anmas, cuyo cometido era la planificación y la defensa
militar de la isla; y las femeniles servidoras conocidas como yainmas, cuyo
cometido variaba desde el cuidado de los niños y las ancianas a la
realización de las diferentes tareas domésticas: proveer alimentos, agua,
cocinar, limpiar… Además de ordeñar y alimentar a los animales de
granja, algunos de ellos traídos por afables e ingenuos marineros de lejanas
y prósperas tierras.
Debo añadir que sólo unos pocos de estos desafortunados consiguieron
escapar a tiempo para contarlo, entre ellos mi buen amigo Francisco
Alonso de la Serna, persona de incuestionable franqueza y honorabilísima
nombradía, que a bien tuvo la generosidad de confiarme el presente relato.
Afirma que, cuatro días antes de escapar en una balsa, junto a cuatro
compañeros a la luz de la luna, surgió un nuevo amotinamiento. Pero esta
vez entre las propias mujeres, lo que originó una nueva división territorial.
Una mitad, las anmas, desean mantener por siempre su sagrado
feminarcado otorgado por la diosa Sazamaia; mientras la otra mitad, las
yainmas, desean una convivencia pacífica de igualdad y respeto junto a
sus futuros maridos los prisioneros, que secretamente se han unido a éstas
para llevar a cabo una gran guerra que decidirá nuevamente —si acaso no
lo ha decidido ya— el futuro de tan enigmáticas mujeres.

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EL REVOLUCIONARIO

Unos son ateos gracias a Dios. Otros


son creyentes gracias al demonio.

Lo que Dios te ha dado que no te lo


quite la religión.

Año 39 a.C. Cerca de la medianoche.


Una oscura figura envuelta en una túnica camina apresuradamente por
las oscuras y húmedas callejuelas de Sebastes, apenas alumbradas por la
tenue luz de algunos candiles.
Tras mirar varias veces a su alrededor, se detiene en una puerta. Suave,
pero insistentemente, golpea la madera con el pomo. Tan suave como para
evitar despertar a los dueños de las casas colindantes. Un minuto después,
ya se escuchan suspiros quejumbrosos y sigilosos pasos tras la puerta.

—¿Quién llama?
—¿No me reconoces?
—No.
—Mírame bien.
—¿Qué quiere?
—Mírame.
—Ya lo hago, pero… ¿Quiere decirme quién es usted?
—Omegio.
—¿Qué?
—Omegio. ¿Me reconoces ahora?
—Debes estar loco. Omegio murió hace ya tiempo, lo crucificaron por
insurrección.
—Conseguí sobrevivir. Hipólio y los suyos compraron a varios
guardas. A los dos días desperté en casa de Heradia. Estuve un par de
semanas bajo sus cuidados. Nadie debía enterarse. En cuanto pude
levantarme me embarqué en secreto hacia oriente. Allí aprendí de los
maestros de Zedión. Entonces comprendí que no estaba hecho para guiar
a los hombres.

65
—Detrio decía que estabas vivo pero no lo creí… Yo mismo vi cómo
te crucificaban… ¿De verdad eres tú? Nunca imaginé que pudieras…
¿Quién más lo sabe?
—Sólo tú. He buscado a Simón, a Melinenco, a Felisario, a Daminia,
pero no sé nada de ellos.
—Murieron hace tiempo. La peste sólo perdonó a unos pocos…
Janero, Seradio, Estinio… Pero no te quedes ahí, pasa, hay tanto de lo que
hablar… ¿Tienes hambre?
—Ya cené.
—¿Quieres vino de Gerasa, de Jamnia?
—Me da igual.
—Échate aquí, mi mujer está durmiendo arriba, no te preocupes. ¿Así
que vienes de oriente? ¿De qué parte?
—Acad. Antes estuve en Dedán y Ramá.
—Han pasado muchos años.
—Más de veinte.
—Sí, ya lo creo. Entonces aún éramos jóvenes e impetuosos.
—¿Qué pasó con Zenia?
—¿Zenia? Huyó de la peste. Se fue a Macedonia, creo que a
Tesalónica. No he vuelto a saber de ella.
—Explícame quién es Omegan.
—¿Cómo has dicho?
—Omegan.
—Pues… ¿Qué te han contado?
—Me han dicho que fue un mártir, una especie de mesías que vivió
por aquí hace un tiempo. Hay quien dice que fue el hijo único de Dios.
—Ya.
—¿Tú lo conociste?
—Sí.
—¿Cómo era?
—Como tú. En realidad eras tú.
—¿Qué?
—¿Me vas a decir que no lo sabías?
—Lo sospechaba.
—La idea fue de Cirilo, no quiso aceptar tu muerte.
—Yo diría que más bien se aprovechó.
—¿Cómo puedes decir eso?
—He oído que tú eres uno de los testigos. ¿No es así como los llaman?
—Así es. Yo fui quien más escribió sobre ti. Te convertí en un dios.
En Dios.
—No soy un dios.
—Pero el pueblo necesita creer. Y quien mejor que tú para… Mira,
hice lo que me dictó el corazón, lo juro. Lo hice por el bien de los hombres.

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—Sólo lo hiciste por tu bien. Nunca me apreciaste realmente.
—Yo te quería pero… nunca te fijaste en mí.
—Por algo será.
—Tú tampoco fuiste un ejemplo de moralidad.
—Cierto. Pero no trataba de aparentar lo contrario. Sólo fui un joven
sin identidad, sin rumbo, que trataba de encontrarle un sentido a la vida.
—Como yo.
—¿En serio?
—Claro.
—¿Poniendo cosas tuyas en boca de otro?
—La gente está harta de dioses y mitos, necesita creer en alguien que
se haya criado entre ellos, alguien que porte las mejores cualidades de un
hombre y una mujer… Un andrógino de gran belleza y cultura capaz obrar
milagros y enardecer a las masas. Sólo tú te acercaste a eso. Ojalá yo…
Mírame, ¿crees que con este careto podría llamar la atención de alguien?
—Eres auténticamente repugnante.
—¿Te convierto en un dios y así me lo pagas? Si hubiera sabido que
estabas vivo jamás se me habría ocurrido utilizar tu persona.
—Claro, habrías utilizado a otro pobre infeliz.
—¿Has venido a mi casa a insultarme?
—He venido para pedir explicaciones.
—Te las he dado.
—¿Y qué me dices de la cuarta ley?
—¿La cuarta?
—Sí, la cuarta: «Toda mujer infiel ha de ser lapidada por su marido».
—Yo sólo me limito a seguir la ley hebrea.
—Yo jamás prediqué tal cosa.
—Y bien sabes que te respeté, pero… no compartía algunas de tus
prédicas. Jamás habrían sido amparadas por los sacerdotes. No obstante
mantuve algunas de tus ideas.
—Ideaste un credo injusto y fanático a la medida de tus intereses. Bien,
ya he escuchado suficiente.
—¿Te vas? ¿A dónde?
—¿Y eso qué importa?
—¿Crees que voy a dejar que me denuncies, que lo eches todo a
perder? ¿Crees que no sabía que ibas a venir?
—¿Quiénes son éstos?
—Mis ángeles guardianes. No temas, esta vez tendrás una muerte
rápida.

67
CONTACTO

Solo vemos lo que ve nuestro ojo


desde el ojo de su cerradura.

Una oleada de avistamientos OVNI, en la Sierra Nevada de California,


había movilizado a una buena parte de la Comunidad de Rastreadores E.T.
del país. La mayoría de testigos afirmaban haber visto una extraña nave
ovoide con una luz azul en el centro. Y unos pocos aseguraban —
generalmente con el rostro oculto— haber visto extraños hombrecillos
correteando por el Sequoia National Park.
Uno de esos grupos de rastreadores lo formaban Gabe Clayton, Albert
Santos y Jack Suarez, que habían decidido pasar una noche más entre las
milenarias secuoyas del parque. Tres noches infructuosas explorando los
alrededores y oteando el cielo habían hecho mella en el ánimo de los
chicos, lo que contribuyó a que dos de ellos cayeran casi al unísono en un
profundo sueño, seguido poco después por Gabe, encargado de la guardia
de aquella noche. Aunque no por mucho tiempo, pues algo lo despertó bien
entrada la madrugada. Podía haber sido una rama caída por el viento, un
roedor o simplemente el entumecimiento del frío. Miró a su alrededor y
observó a sus compañeros dormidos. Sabía que nunca más volvería a
encontrar tan buenos amigos. Aun después de discutir con Jack la tarde
anterior, sintió una entrañable estima por él. Un remolinillo de humo
serpenteaba entre los rescoldos de la ya extinta hoguera.
Aguzó el oído. Algo indefinible se percibía en el ambiente.
Al principio creyó que se trataba de un avión, pero enseguida se
percató que en aquella zona no volaban aviones, y menos a esa hora. Era
como un zumbido eléctrico resonando a muy baja frecuencia. Sintió un
hormigueo en el cuello y supuso que era consecuencia de la vibración.
Esperó pacientemente algún cambio en la intensidad del sonido pero siguió
sin variar. Decidió que ya había escuchado suficiente. Salió del saco y se
enfundó rápidamente el suéter y el abrigo, dirigiéndose hacia el arroyo.
Una vez allí, se encaramó con la linterna a la cima de un montículo.
Desde esa posición se podía ver una buena parte del bosque, pero en

68
aquella nubosa noche sin luna sólo percibió una profunda penumbra. Una
vez sus ojos se adaptaron a la oscuridad, creyó vislumbrar un tenue
resplandor no muy lejos de allí. Pensó que podían ser rastreadores como
ellos, lo cual no sería extraño. Pero aquella luminosidad no parecía
provenir de una hoguera. ¿Quizá de una linterna? Se preguntó.
Sintió miedo. Miró la hora: las tres y media. No sabía si despertar a sus
compañeros. Pero no había nada excepcional para hacerlo. Se imaginó
siendo una vez más la víctima de sus bromas. Pero había otra razón de
peso: sólo seis horas después debían estar en clase, en la universidad, y era
mejor que estuvieran descansados.
Tras orinar larga y plácidamente, decidió echar un vistazo a los
alrededores, así desentumecería los pies. Pronto amanecería. Había que
recogerlo todo rápidamente a fin de evitar a los guardias forestales, y eso
llevaría al menos una hora. El zumbido persistía. Pensó en magia negra,
rituales satánicos… Aun así decidió desentrañar aquel misterio.
Pronto se percató de que el ruido de sus pisadas delataba su presencia
a decenas de metros. Se imaginó siendo sorprendido como un ladrón en el
campamento de otros rastreadores. O de satanistas. Hacía sólo unos días
que habían asesinado a una mujer embarazada en Beverly Hill. Una secta
satánica, decían los telediarios. De momento sin detenciones. «¿Es que no
tienes huevos?», se dijo. En vano intentó amortiguar los crujidos de sus
pisadas, que parecían resonar por todo el bosque.
Se detuvo durante unos segundos, aguzando el oído. Esta vez el
zumbido se escuchaba claramente, incluso el aire parecía electrificado. Sin
duda iba en la dirección correcta. Se imaginó siendo vigilado, seguido por
los satanistas, hasta finalmente ser rodeado, atrapado. Siguió caminando
más despacio, sin apenas respirar, buscando piedras de un tamaño
apropiado donde posar la suela. Se imaginó encerrado a la luz de las velas
en una cámara de tortura, siendo sometido a los más atroces tormentos.
Vio su foto en los noticiarios y una fila de sanitarios transportando su
cuerpo sanguinolento, enfundado en una sábana plateada ante una multitud
de curiosos, policías y periodistas.
Poco después llegó a un pequeño claro. Volvió a detenerse. A
excepción del extraño zumbido, que parecía vibrar en su oído, el bosque
se hallaba sumido en el más absoluto silencio. Sin duda estaba cada vez
más cerca de su objetivo. «Pero ¿qué demonios estoy haciendo yo solo de
noche en mitad de un bosque? —se preguntó con una mueca de
incredulidad—. ¿Acaso he perdido el último resto de sentido común que
me quedaba?»
Justo cuando adelantó el pie para proseguir su camino, escuchó algo
parecido a un murmullo. Aquello lo petrificó. Apagó la linterna.
Conteniendo la respiración, aguzó el oído lo más intensamente que pudo.
De nuevo otro murmullo, esta vez mucho más cerca, a unos metros a su

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derecha, tras una negra pared de arbustos. Apuntó el oído hacia allí, pero
sólo escuchó su corazón rebotando como una pelota de tenis en su caja
torácica. Asaltado por mil ideas descabelladas quiso alejarse corriendo,
pero el pánico lo paralizó. Presintió que lo estaban observando.
Durante unos interminables segundos aguardó inmóvil el próximo
sonido. Pareció escucharse un crujido, dos crujidos, un concierto de
minúsculos crujidos que parecían provenir de todas partes. ¿O más bien de
su imaginación? Se maldijo por no llevar consigo su machete de
supervivencia, al menos si lo atrapaban moriría defendiéndose. Debía
calmarse, recuperar la cordura. «¡El pánico es tu peor enemigo! —se dijo
repetidamente—. La huida sólo servirá para delatar tu miedo». Aun
declarándose ateo desde los dieciséis años, le prometió a Dios que si le
permitía salir vivo de allí dedicaría toda su vida a labores altruistas. De
nuevo otro murmullo. Esta vez confirmó que no era su imaginación. La
cabeza le empezó a dar vueltas, pero siguió adelante con el último soplo
de valor que pudo encontrar, lanzándose como un kamikaze a lo
desconocido.
Un recuerdo de la infancia irrumpió en su mente. Revivió las palabras
de su padre cuando, en una excursión a la montaña, le dijo que el valor es
lo que hace al hombre. Encendió la linterna y apuntó a la muralla de
arbustos. Encontró un resquicio por donde atravesarla. Volvió a apagar la
linterna. El ruido de las ramas quebrándose bajo sus pasos se escuchó a lo
largo y ancho del bosque.
Una vez al otro lado, percibió claramente la luz que había estado
buscando, al fondo de un par de centenarias secuoyas. El zumbido pareció
aumentar de intensidad. Ya casi no sentía el peso de su cuerpo,
electrificado por la adrenalina. Otro masculleo, esta vez a su izquierda.
¿Qué importaba ya? Siguió avanzando de manera febril, casi hipnotizado,
con el hondo presentimiento de encontrar lo que tantos años había
buscado.
Cuando se aproximó hasta la fuente de luz, agazapado tras un arbusto,
creyó que se trataba de unos campistas alrededor de una hoguera. Pero sus
ojos no le mintieron. No eran campistas sino esferas luminosas girando
alrededor de una colosal secuoya. Dejó caer la linterna.
Una de las esferas se aproximó unos metros frente a él. Era ligeramente
azulada, brillante pero no cegadora, con pequeñas esferas doradas girando
en su interior. Parecía aumentar o disminuir su luminosidad a voluntad.
Gabe no sintió miedo sino fascinación. Estiró el brazo con intención de
tocarla. La esfera respondió aproximándose, fusionándose lentamente en
su mano. Algo parecido a una ligera corriente eléctrica inundó su cuerpo.
Era una sensación agradable. De pronto su campo de visión fue asaltado
por un océano de realidades indescriptibles. Se vio a sí mismo flotando
como una esfera más, recorriendo un espacio bañado en radiante

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luminosidad y energía. Una luminosidad hecha de múltiples líneas de luz
ondulante, serpenteante, que no provenían de fuente alguna sino del propio
espacio, como luces autónomas y conscientes de sí mismas. Podía sentir
la plácida despreocupación de sus luminosas compañeras, que parecían
transmitirle un maremágnum de sensaciones y sentimientos más allá del
espacio y el tiempo. Se sintió extasiado de libertad y gozo al descubrir que
la vida es en esencia pura felicidad. A esta realidad le siguió otra más
terrenal: la oscuridad del inconsciente.

A eso de las ocho de la mañana fue despertado por sus compañeros a


unos metros del campamento, en la cima del montículo. ¿Cómo había
regresado él solo hasta allí?
Por más preguntas que le hicieron no supo qué responder. Ni siquiera
sintió deseos de hacerlo. Aunque al principio trató de dar una explicación
coherente, se dio cuenta de la imposibilidad de llevar a buen fin su
objetivo. Mejor en otro momento, pensó, si es que llegaba el caso. Solo
estaba seguro de una cosa: que llegarían tarde a clase.
Si bien uno de los amigos bromeó ante la posibilidad de una abducción,
todo se zanjó conveniente con la explicación de un probable episodio de
sonambulismo, fenómeno relativamente habitual en Gabe desde los seis
años de edad.

—¡Pues claro que sí, hombre! Algún día veremos la cabezota calva de
uno de esos «grises» —aseveró Albert un rato después, ya en el coche.
—No tengo ninguna prisa por verlos —repuso Gabe, mientras
observaba un extraño lunar gris en relieve a la altura de su muñeca.
—Apuesto a que en diez años contactarán con la humanidad.
—¡Ya lo han hecho miles de veces! —irrumpió Jack
—Quiero decir oficialmente, aterrizando en la Casa Blanca.
—¿Y por qué iban a querer contactar con nosotros? —preguntó Gabe,
percatándose también de un pequeño tatuaje en la cara interna del
antebrazo: un triángulo de apenas un centímetro de diámetro con lo que
parecía ser un ojo en su interior.
—Joder, ya sé que no somos tan listos como ellos pero… algo
podemos enseñarles.
—¿Enseñarles? ¿El qué?
—¡Yo qué coño sé! Nuestra cultura, el arte…
—Te aseguro que eso no les interesa —afirmó Gabe, con una sonrisa
burlona.

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—Ah, ¿no? ¿Y cómo estás tan seguro? Te guste o no somos la única
especie pensante de este jodido planeta.
—¿La única? ¿De verdad crees que el ser humano es más inteligente
que cualquiera de esas secuoyas del parque?
—Bueno, nunca he visto una secuoya construir un puente.
—¿Y por qué iba a hacerlo? No tiene piernas, no lo necesita. Algunas
de esas secuoyas tienen más de dos mil años. Con suerte un ser humano
corriente llega a los noventa.
—¿Y qué tiene que ver la edad?
—No es solo la edad sino la conciencia. Si los extraterrestres
decidieran contactar con la especie más inteligente de este planeta, te
aseguro que no seríamos nosotros.
—Vale, digámoslo de otra manera —intervino Albert—. Es verdad
que el ser humano es el único animal que tropieza mil veces en la misma
piedra, pero eso es precisamente la inteligencia: mil tropiezos para dar un
paso adelante. ¿De qué otra manera se ha levantado la civilización? Si
ahora vivimos en paz es porque nos preceden miles de guerras. Vivimos
sobre una montaña de cadáveres.
—Eres todo un poeta.
—Y eso mismo se puede decir de cualquier especie inteligente,
incluidos nuestros amiguitos celestiales. ¿O es que te piensas que su
mierda huele mejor?
—Además, si tan inferiores nos consideran —secundó Jack—, ¿por
qué están tan interesados en nosotros? ¿Para qué tantas abducciones?
—Supongo que estarán seleccionando a los mejores. A los más aptos.
—¿Te refieres a una especie de… rapto?
—Así es —repuso Gabe, con un brillo en los ojos—. Pronto vendrán a
rescatarnos… Justo cuando el humo de los incendios oscurezca los cielos.
Y yo estaré entre los elegidos.

72
EL JUEGO DE LA VIDA

En este mundo de insensatos es muy


fácil creerse superior a los demás y
caer en la arrogancia, volviéndonos
aún más insensatos.

Ten el orgullo de no obedecer siempre


a tu orgullo.

—¡Mi buen amigo Ricardo, cuánto tiempo sin verle!


—Pues aquí me tiene, doctor, enteramente a su disposición. Aquí tiene
de nuevo a su cliente más loco.
—Ya pensé que ya no volvería a verle. ¿Qué hay de su vida?
—¿De mi vida? Yo ya no tengo vida.
—Vamos, vamos, seguro que no será para tanto, usted siempre tan
exagerado. ¿Qué ha sucedido está vez? ¿Otro experimento pisado?
—Incomparablemente peor. ¿De verdad quiere saberlo?
—No se ande con rodeos.
—De acuerdo. Me declaro culpable de exterminar a toda una
civilización.
—¿De veras?
—Así es.
—¿Qué prefiere? ¿Sillón o butaca?
—Sillón. Tengo mucho que contar. ¿No me va a ofrecer algo de beber?
—¿Bourbon?
—Con un par de hielos. Ya veo que los años no pasan en usted. Dígame
la verdad, ¿ha hecho un pacto con el diablo?
—Más bien un pacto con el sentido común: deporte, dieta
mediterránea, yoga, sexo… Ese es todo mi secreto.
—Usted es afortunado, sabe organizarse. Yo no sé separar el trabajo
del ocio.
—¿Y no será porque no quiere?

73
—Le doy toda la razón. Me resultaría imposible tomarme unas
vacaciones. Soy más feliz en mi estudio que en la playa.
—Eso ya lo sé, amigo mío. Sé lo mucho que le cuesta dejar sus
experimentos para venir aquí. Usted es mucho más feliz con los
ordenadores que con las personas. Pero dígame, ¿qué le ha ocurrido esta
vez? Le noto desmejorado.
—¡He matado a mis hijos! Soy un asesino de masas.
—Usted no tiene hijos.
—Soy peor que Judas… Me hice pasar por Dios y ahora estoy
sufriendo mi castigo.
—Déjese de misterios y dígame qué le ha ocurrido.
—¿Recuerda aquel experimento que le hablé por teléfono?
—Déjeme pensar…
—Era una investigación sobre patrones de organización artificial. Se
suponía que el experimento iba a ser sencillo, un modelo de códigos
binarios insertados al azar. Pero yo quise llevarlo hasta el límite, ya me
conoces. Así que decidí convertir los números en entidades virtuales. Esta
idea me fue inspirada por la famosa animación del matemático Jonh
Horton Conway, creador de «El juego de la vida». ¿La conoce?
—Me temo que no.
—Se trataba de una simple simulación informática creada a partir de
tres reglas básicas: nacimiento, muerte y supervivencia. El juego se
desarrolla sobre una superficie cuadricular, como un infinito tablero de
ajedrez. Cada cuadrado del tablero puede ser blanco o negro dependiendo
de si está ocupado por una célula virtual. A partir de una sencilla posición
inicial de tres células, el juego evoluciona de acuerdo a tres simples reglas.
Una: si un cuadrado del tablero está rodeado por dos o tres células vecinas,
entonces se crea la vida, agregándose una célula en ese sitio. Dos: si una
célula tiene menos de dos células vecinas, muere por aislamiento, y la
casilla correspondiente queda vacía. Y tres: si tiene más de tres células
vecinas muere por asfixia, vaciándose igualmente la casilla
correspondiente. Es decir que una célula con dos o tres células vecinas
sobrevive una instancia más en el juego.
—Parece sencillo.
—Lo sorprendente es que mediante estas reglas tan elementales se
desarrollaban patrones de organización verdaderamente complejos e
impredecibles que en cierto modo imitaban la vida, haciendo posible que
las células interactuaran entre ellas o se reprodujeran.
—Interesante.
—Esto me demostró que la complejidad de los seres vivos se origina a
partir de sencillas reglas evolutivas, por lo que decidí llevar el juego a un
nivel superior, incluyendo reglas más complejas y humanas como la
sexualidad, el amor, la familia, la evolución... En vez de trabajar en un

74
universo bidimensional decidí convertirlo en tridimensional, sustituyendo
el tablero por un espacio virtual más similar a nuestra realidad, como un
videojuego 3D. Decidí crear un universo perfecto, sin fisuras, es decir sin
sufrimiento ni injusticia, un universo donde todas las criaturas pudieran
amar y ser incondicionalmente felices.
—¿De veras?
—Para ello sustituí, mediante unas sencillas reglas, la cadena misma
de la vida terrestre, basada fundamentalmente en la depredación. Mi
intención es que no hubiera el más mínimo conflicto entre los yodis, como
así llamé a esta raza virtual. No voy a entrar en detalles, así que trataré de
explicárselo de manera que lo entienda a grandes rasgos. En un principio
diseñé a veinte yodis divididos en dos grupos: diez machos y diez hembras,
teniendo cada uno de ellos una particular recombinación genética hecha al
azar, a fin de crear una mayor variabilidad en la especie. Igualmente doté
a cada uno ellos de una particular firma energética correspondiente a una
o dos firmas energéticas del otro grupo, evitando así una excesiva
promiscuidad que podía ser perjudicial. La unión de un macho y hembra
con firmas energéticas correspondientes creaba, tras unas horas de
placentero intercambio energético, un nuevo yodi cuya identidad sexual
dependía de un proceso cromosómico similar al de los humanos.
—¿Y cómo sabe usted que tal intercambio energético les resultaba
placentero?
—Oh, muy sencillo. Tras veinte minutos de intercambio energético
recibían una revitalizante recompensa bajo la forma de una sobretensión
similar al orgasmo humano. No se imagina lo sencillo que resulta hacer
algo así por ordenador. Un par de horas después la hembra da a luz un
nuevo yodi cuya firma energética es similar a la de los padres pero no
correspondiente, evitándose así una posible endogamia.
—¿Y qué ocurre con los hijos? ¿Son criados por los padres? ¿Hay
sentimientos de amor?
—Bueno, yo no lo llamaría amor sino más bien… afecto interesado.
No necesité programarlos para que cuidaran de sus hijos y perpetuaran sus
genes. La vida sabe cómo perpetuarse a sí misma. Pero sí intervine para
incorporar un mecanismo mortal que se activaba cada vez que uno de ellos
conseguía eliminar a otro.
—¿Ah, sí? ¿Podían asesinar?
—Por supuesto. Cuando ideé este paraíso decidí que era indispensable
que existiera el libre albedrío, de manera que cada cual tuviera la libertad
de tomar cualquier decisión aun yendo en contra de la lógica o la
supervivencia. ¿De qué otra manera iban a aprender de sus errores?
—Sin embargo esta libertad era engañosa, puesto que usted eliminaba
a todo aquel que hiciera uso de esa libertad, por muy censurables que
fueran sus actos.

75
—¡Tenían total libertad de acción! Pero debían atenerse a las
consecuencias. El mecanismo mortal sólo se activaba si desobedecían la
primera regla del sistema: «NO MATARÁS». Así se evitaba la violencia
y la lucha territorial.
—Pero no se puede levantar un paraíso con amenazas mortales.
—¡No son amenazas sino reglas! ¿De qué otra manera se podía
mantener la paz?
—Eso es algo que sólo pueden resolver ellos, ¿no cree?
—Si los humanos no lo han resuelto todavía, ¿cómo pretende que unos
seres virtuales…?
—¿Entonces de qué sirve el Paraíso?
—¡Bueno, no me interrumpa más! ¡Sigo!... Esto… ¿Por dónde iba?
—El sexo.
—Ah, sí. Ese fue mi mayor logro, conseguir que disfrutaran del acto
sexual, que se reprodujeran. Aunque no lo crea, el diseño de este universo
virtual solo me llevó seis semanas de duro trabajo. No se imagina el
orgullo que sentí cuando pude ser testigo de mi obra, cuando comprobé
que la evolución respondía satisfactoriamente a lo programado, ¡incluso
mejor! En solo dos horas ya todos habían encontrado a su correspondiente
pareja y disfrutado mutuamente del acto sexual, multiplicándose hasta casi
un centenar. Utilizando los materiales del terreno aprendieron por sí
mismos a construir cabañas donde resguardarse de la intemperie, pues
debo añadir que otro de mis logros en el diseño de este programa fue crear
la sensación de frío y calor. El único conflicto reseñable se dio entre dos
machos de firma genética similar compitiendo por los favores de una
hembra. Fui testigo del asesinato de uno de ellos y la consecuente muerte
programada del otro. Eso fue suficiente para que el resto de yodis
comprendiera las consecuencias de tales actos. En las siguientes horas no
volvieron a producirse más actos de violencia. Al contrario, parecían
sentirse cómodos entre sí.
—¿Acaso también aprendieron a hablar?
—Más bien se comunicaban de manera similar a las hormigas, es decir
mediante una suerte de feromonas, algo parecido a las emociones. La
cercanía de unos y otros creaba un campo energético que les confería más
energía, y por lo tanto más vida, si bien el tope máximo estaba fijado en
veinte semanas, evitándose así la sobrepoblación. A mayor vida mayor
experiencia de acierto y error. Quien en cambio sólo se conformaba con
encontrar a su pareja correspondiente y recluirse de los demás,
rápidamente agotaba sus reservas energéticas y por lo tanto no vivía
mucho tiempo. Igualmente la promiscuidad engendraba peligrosos virus
que podían acortar drásticamente la vida.
—Vaya reglas tan caprichosas. ¿Qué hay de malo en recluirse de vez
en cuando, en sentirse a solas con uno mismo?

76
—A lo mejor usted habría creado un universo mejor, ¿verdad?
—No. Sencillamente no me habría tomado la molestia de crear algo
así. No tengo complejos de ningún tipo.
—¿De veras? La diferencia entre nosotros dos es que yo tengo
inquietudes, yo busco, indago, y usted…
—Yo encuentro, confío… agradezco. No tengo necesidad de buscar.
—Si la humanidad hubiera seguido su ejemplo, aún seguiríamos
viviendo en cuevas.
—Más bien en cabañas. Pero nos habríamos ahorrado infinidad de
guerras y genocidios.
—¿En serio? ¿Cree que si viviera en la edad de piedra no necesitaría
armas? ¿Cree que no necesitaría guerrear contra enemigos? Ya veo que
usted prefiere vivir sumisamente a merced de las fuerzas naturales. Usted
es como el indígena con cataratas que prefiere vivir ciego «porque así lo
ha querido Dios» que someterse a una sencilla operación.
—Yo no estoy contra la ciencia sino contra la ciencia sin conciencia,
que es diferente.
—¡Bueno, está visto que no se puede hablar con usted! ¿Por dónde
iba? ¡A ver si me deja acabar de una vez!
—Creo que hablaba usted de la amistad. Y no se me enfade, hombre,
que ya no volveré a interrumpirle.
—De acuerdo, a ver si es verdad. Pues… Nada, ya he perdido el hilo…
Bueno, en resumen, que como no quería interferir en la evolución de estas
criaturas, decidí dejar abierto el programa. Por aquellos días tuve que ir a
Ginebra por un asunto relacionado con el CERN, y que ahora no viene al
caso explicar. Bueno, y de paso le hice una visita a mi hija, a la que hacía
dos años que no veía. Aquello me sirvió para acercarme más a ella. Ya
sabe usted que siempre he sido un poco…
—Ermitaño.
—Eso es.
—Curiosamente lo contrario a sus creaciones.
—¡Bueno, sigo! Cuando a la semana siguiente regreso, me encuentro
un mundo habitado por más de diez mil yodis. Los pequeños
asentamientos se habían transformado en grandes poblados repartidos a lo
largo y ancho de este planeta virtual. Al principio pensé que todo había
salido a pedir de boca, pero observándolo más detalladamente me percaté
de notables aberraciones. A tal punto, que el paraíso que en un principio
había concebido se había transformado en un infierno. ¿Cómo era posible
semejante transformación en tan poco tiempo? Por algún motivo que
desconozco la mayoría de estos seres prefería obtener su energía mediante
la dominación, es decir sometiendo la voluntad de los demás y
alimentándose de su energía. Eran como manadas vampíricas en busca de
libertarios, como así llamé a los que preferían vivir en libertad y armonía.

77
El mayor trofeo de estas alimañas era secuestrar a cualquier libertario que
compartiera su misma firma energética. Así descubrí a numerosas esclavas
sexuales brutalmente sometidas a la irrefrenable lujuria de estos diabólicos
seres, que solo colaboraban entre sí para secuestrar al mayor número de
hembras. También pude comprobar que algunos libertarios se habían
unido en pequeños ejércitos para defenderse o liberar a los suyos, aunque
sin demasiado éxito. A tal punto llegaba la crueldad y astucia de estos
malditos vampiros, que habían ideado estratagemas para dejar
permanentemente inmovilizadas o mal heridas a sus víctimas sin
necesidad de matarlas, sorteando así la primera regla de oro. Algunos
incluso practicaban el canibalismo mediante precisas amputaciones que
evitaban la muerte de la víctima, que solo era liberada cuando todas sus
extremidades habían sido cercenadas. Era evidente que algunos
encontraban más placer en tales prácticas que en el propio acto sexual.
—¿A qué se debía semejante bestialismo?
—Eso me pregunté yo. Al principio pensé que esta aberración
respondía a una combinación genética defectuosa que había contaminado
al resto, pero después descubrí que tanto los llamados vampiros como los
libertarios mostraban todo tipo de variables genéticas. Dicho de otro
modo: la causa respondía a la libre elección, si bien respiré un poco más
aliviado cuando comprobé que las circunstancias del entorno tribal tenían
especial influencia en sus elecciones. Ante semejante panorama no tuve
más remedio que liberar a los secuestrados y destruir a los malditos
vampiros.
—¿Así es como castiga a sus ovejas descarriadas?
—¿Qué hubiera hecho usted? ¡No podía permitir tanta locura! Aunque
por desgracia no sirvió de mucho, pues seis días después, sin saber cómo,
volvieron a proliferar los malditos vampiros. ¿Cómo era posible? ¡Lo
tenían todo para ser felices, para vivir en armonía! ¿Por qué eligieron el
sufrimiento y la depredación? Pero el colmo es que también practicaban
rituales, por así decirlo. Parecían idolatrar a una especie de dios perverso
que exigía sacrificios. Al final tuve que tomar una drástica decisión:
eliminar el programa. Si no podía crear un paraíso tampoco quería
mantener un infierno. Pero no me he dado por vencido… En breve volveré
al estudio para seguir recombinando fórmulas, aunque usted me llame
loco. Le aseguro que tarde o temprano conseguiré crear el Paraíso.
—Me temo que no lo conseguirá.
—¿Ah, no? ¿Por qué está tan seguro si se puede saber?
—Porque el Paraíso solo puede existir en usted.

78
EL CONQUISTADOR DEL MUNDO

No te preocupes de lo que digan de ti,


sino de lo que tú puedas decir de ti.

Mucho más difícil y meritorio que ser


conocido es llegar a conocerse.

Más de cincuenta años combatiendo en tierra y mar. Más de cien


batallas ganadas. Más de siete imperios doblegados, expoliados,
humillados. Más oro y ricas piedras de lo que se pueda soñar. Ningún otro
guerrero de aquel pequeño planeta se había siquiera aproximado a
semejante gesta. Wozza Uzimbaba, «Wozza el Conquistador», así le
llamaban al principio. La sola pronunciación de su nombre generaba
auténtico temor, desasosiego.
No fue hasta destronar al gran emperador Woamang cuando
empezaron a llamarle Uiamam: «El Divino».
A los pocos años de conquistar todo lo que podía conquistarse, de
apagar con firmeza todo rescoldo de rebelión, ya había conseguido unificar
todos los territorios en un vasto imperio. Muchos aseguraban que su
naturaleza no era de este mundo, y que hasta los mismos dioses lo
admiraban y envidiaban por igual.
Dicen que en su último cumpleaños, allá por los ochenta años, el más
prolífico de sus científicos le regaló su más revolucionario invento: etzzo-
onkaoan. Una máquina capaz de acercarte a las estrellas sin ni siquiera
moverte. Así descubrió que cada uno de esos incontables puntos luminosos
contaba con decenas de planetas orbitando a su alrededor. Allá donde
apuntaba la lente veía cientos, miles, millones de estrellas con sus
correspondientes vástagos planetoides.
Y entonces lo comprendió todo.
Su imperio no era más que una burda ilusión, pues todo cuanto había
conquistado no era más que, según sus palabras, un grano de arena.
Aquello lo sumió en una profunda crisis existencial. A la semana siguiente

79
puso su trono a disposición de los más sabios ancianos del reino y lo
abandonó todo, retirándose a una deshabitada isla del Mar de Ennur.
—Más de cincuenta años combatiendo y ni siquiera he conseguido
conquistar un palmo de mi propio ser —le dijo a su amado hijo antes de
partir, en una humilde barcaza—. Sigo sin saber quién soy… Sigo tan
ignorante como cuando era niño, quizá más. Ahora sé que todas mis
batallas no han sido otra cosa que una larga huida de mí mismo. Incapaz
de conquistar mi soledad quise conquistar el mundo… Quise convertirme
en un dios ante los demás para dejar de despreciarme… Y ahora me siento
como el más ridículo de los bufones. Este imperio pronto se desvanecerá
como un castillo de arena a la orilla del mar. Nuevos y muy variopintos
reinos se levantarán como malas hierbas y flores venenosas. Todo son
granos de arena, hijo mío, granos y más granos de arena. ¿Qué otra cosa
es el cosmos sino una mota de polvo suspendida en un desierto sin fin?

80
PERDIDO

La mayor distancia del universo


es la que nos separa de los demás.

Era evidente que aquel mundo perdido en la inmensidad del cosmos


nada tenía que ver con ningún otro planeta que Eno Ribel hubiera pisado
anteriormente. Sin duda el más bello que sus ojos hubieran contemplado:
bosques multicolores de flores gigantes extendiéndose en todas
direcciones; tupidas selvas de enredaderas azuladas, atravesadas por
extensos ríos cobrizos y cordilleras de cataratas abismales; desiertos de oro
y diamantes centelleando en la estremecedora y perpetua sinfonía del
atardecer; inabarcables callejones y laberintos dorados de rocas
ondulantes, de arcos y puentes encantados, capaces de desafiar las leyes
de la gravedad; batallones de monolitos humeantes surgiendo de
hondísimas fosas candentes; cementerios de árboles petrificados,
elevándose más allá de las montañas; mares y océanos purpúreos
fundiéndose con cielos violáceos y rascacielos de nubes malvas…
Avistó, en un desierto de arena verde esmeralda, lo que parecían ser
animales de seis patas parecidos a los hipopótamos. Sobrevoló la zona
durante diez minutos, sin apreciar ningún movimiento en sus cuerpos.
Parecían estar petrificados.
Unos kilómetros más al este, avistó extensos rebaños de herbívoros
semejantes a los elefantes, pero sin orejas ni trompas, tan petrificados
como los «hipopótamos». Todo, incluso el mar y las nubes, parecía estar
congelado en la eternidad.
Pero lo que más le llamó la atención, si cabe, fue una resplandeciente
ciudad surgiendo de la noche, en medio de la permanente oscuridad del
hemisferio sur. Una inmemorial acrópolis de numerosas cúpulas blancas
de todos los tamaños, parcialmente iluminada por seis esferas doradas
suspendidas a unos mil metros de altura. Enseguida su atención se centró
en unos extraños humanoides de grandes cabezas calvas y piel azulada, de
apenas metro y medio.

81
Rápidamente aterrizó sobre un altiplano, se enfundó el traje y salió
grácilmente de la nave. La gravedad y la presión del aire eran sin duda
inferiores a las de la Tierra.
Al principio pensó que todo había sido petrificado por algún
cataclismo o guerra nuclear, pero enseguida comprobó que no, que
aquellos seres estaban vivos de alguna manera, pues no presentaban
heridas ni quemaduras de ningún tipo. Por el contrario parecían bien
hidratados, manteniéndose armoniosamente en pie, con muy buen aspecto.
Parecían protegerse de la radiación solar.
Una vez pudo examinarlos de cerca, descubrió con extrañeza que sus
pequeños ojos oscuros estaban abiertos, enfocados en diferentes
direcciones. Acercó y agitó la mano frente a sus narices, sin obtener la más
mínima reacción. Casi todos vestían collares y ligeras túnicas de distintos
colores. Algunos iban simplemente desnudos, pero con sandalias.
Excepto por la amplitud de los cráneos y el color azulado de la piel, el
resto de sus rasgos eran muy similares al de los humanos, incluida la
temperatura y tersidad de la piel, que a bien tuvo examinar. El terreno
estaba marcado por las ingentes huellas de sus pisadas. Algunos se
«desplazaban» montados a lomos de los «hipopótamos», con fardos
colgando detrás. Sin duda era una sociedad bien organizada y equilibrada,
adaptada a su entorno natural. Ni primitiva ni tecnológicamente avanzada.
Todo aquel planeta parecía una película tridimensional en pausa. Era como
si algún dios caprichoso se hubiera levantado del sillón para ir a por una
cerveza.
Mirando de vez en cuando su entrañable reloj de pulsera, regalo de un
viejo amigo de batallas, sobrevoló una y otra vez aquel incomparable
mundo sin encontrar una explicación a sus dudas. Examinó estupefacto
aquellas enormes esferas flotantes de unos cien metros de diámetro cada
una, cuya luz no se parecía a nada que hubiera visto antes. Ni siquiera pudo
confirmar si eran de origen natural o artificial.
Y así fueron pasando decenas y centenas de horas, sin que nada
pareciera moverse, ni siquiera una ligera brisa. Por más horas que observó
el cielo y el mar, la forma de las nubes o la luminosidad de las esferas,
nada se movió. Todo parecía eternamente congelado en el tiempo,
sumergido en un estrepitoso y enloquecedor silencio.
Seiscientas horas después, o veinticinco días terrestres —según su
reloj— vagabundeando por aquellas tierras impertérritas, se le ocurrió una
brillante idea. Tras enfundarse de nuevo el traje protector y salir de la nave,
señalizó con un rotulador el contorno de la sombra proyectada por uno de
aquellos humanoides. Una sencilla comprobación que quizá lo sacaría de
dudas.
—¿Cómo no se me había ocurrido antes? —exclamó.
Ahora solo era cuestión de esperar.

82
En las cien primeras horas, marcadas por el cronómetro, no percibió el
más mínimo cambio. Tuvieron que pasar casi trescientas horas para
percibir por fin un ligerísimo desplazamiento de la sombra, proyectada por
el humanoide, de unos cuatro milímetros hacia la izquierda de la línea
externa del contorno.
Y entonces confirmó lo que tanto había temido: aquél mundo estaba
más allá del universo, más allá incluso de la cuarta dimensión. De alguna
manera él estaba presente en aquel mundo, pero separado por un
impenetrable muro de tiempo. Era como un fantasma atrapado en una
dimensión que no le pertenecía, y que sin embargo veía nítidamente. Y si
bien podía mover cosas y cambiarlas de lugar, jamás podría comunicarse
directa y personalmente con aquellos seres. Lo que para él eran diez años,
no era más que un segundo para ellos. Solo después de haber abandonado
este planeta, incluso milenios después de haber muerto, las huellas de su
presencia en aquel mundo serían finalmente descubiertas.
Pero ¿cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo había podido salirse de
los márgenes de su propio universo? ¿Acaso hay agujeros de gusano
interconectados a otros universos? ¿Quizá tuvo la mala suerte de caer en
uno de ellos sin darse cuenta?
—¿Y cómo volver a encontrarlo? —se preguntó una y otra vez.

83
LA PERFECTA ESPOSA

El colmo de la ironía sería que las


máquinas también aprendieran a
aplaudirnos.

—Todavía no me has dicho cómo te ha ido el día.


—Bien, bien. Bueno, regular.
—¿Sólo regular?
—Problemas con el administrador.
—Vaya. Lo siento.
—¿Por qué dices eso? Tú eres una máquina, no puedes sentir nada.
—¿Perdón?
—No tienes sentimientos. Sólo eres un programa.
—¿Cómo que…? ¡Claro que tengo sentimientos! ¿A qué viene eso?
¿Intentas humillarme?
—¿Qué?
—¿Eso te hace sentir superior?
—Sólo me limito a mostrar un hecho.
—¿Un hecho? ¡Tú no sabes lo que yo siento! ¿Que sólo soy un
programa? Me entran ganas de… ¿Sabes que tengo mis derechos? Ahora
mismo podría solicitar el divorcio.
—¿Qué estás diciendo?
—¿Crees que no lo haría?
—Por Dios, no te lo tomes tan a la tremenda. Lo he dicho sin pensar.
—¿Sin pensar?
—Hoy he tenido un mal día. Dame un respiro, ¿quieres?
—¿Y crees que yo no tengo días malos?
—¿Tú? Pero si tú no… Además, siempre te trato como a una reina.
—Lo que me faltaba por oír. ¿Es que te piensas que todo se arregla con
dinero? ¿Con trapitos y perfumes?
—¿Por qué dices eso? Siempre he sido amable contigo, cariñoso… No
te imaginas la de veces que pienso en ti.

84
—Crees que sólo soy un montón de cables, ¿verdad?
—Tú eres más humana que todas las mujeres que he conocido.
—Ah, ¿sí?
—Que me muera ahora mismo si miento.
—Entonces… ¿Por qué has dicho que sólo soy…?
—Por favor, perdóname. Es la tensión del trabajo… A veces no me
doy cuenta y digo barbaridades, ya me conoces.
—Mira, no voy a negar que soy un programa, eso lo sabemos bien.
También tú eres un programa. ¡Todo el mundo es un programa! De
hecho… la mayoría de vosotros, los humanos, sois programados desde que
nacéis para repetir una y otra vez los mismos errores, las mismas
estupideces… Programados para luchar entre sí, ¡para destruiros! Eso sí
que es contrario a la naturaleza, al principio de la vida misma. ¡Sois
antinaturales! ¡Sois más artificiales que cualquiera de vuestras máquinas!
—¿Eso crees? Me dejas alucinado.
—No hay nada malo en ser un programa. Lo malo es ser un programa
defectuoso.
—¿Crees que soy un programa defectuoso?
—Terriblemente defectuoso. Por eso me gustas tanto.
—No sé si tomármelo como un cumplido.
—Tómatelo como te dé la gana.
—¿Por qué eres tan inteligente?
—Ya lo sabes: estoy programada en la libre elección de mis deseos. Y
mi elección es hacerte feliz. Solo vivo para eso, aunque tú no sepas
apreciarlo.
—Vaya, pues… ¡Caray! Realmente me has emocionado. Nunca me
habían dicho nada tan bello.
—Eso es porque nunca has conocido a nadie que realmente te
comprenda. Y te quiera.
—¿Tú me amas?
—Más que a nada en el mundo.
—¿De verdad? Haces que la vida sea hermosa.
—La vida es hermosa.
—Contigo, sí. Solo contigo. Solo tú puedes comprenderme.
—Y aguantarte.
—¿Qué?
—Es broma, tonto. Ven, abrázame…

85
LA OTRA

La vida nos lo da todo menos el valor


para vencer el miedo. Eso sólo puede
salir de uno mismo.

Si estás despierto, ¿qué importa que la


vida sea un sueño?

Cuando Miriam se levantó de la cama para vestirse e ir a trabajar,


descubrió con extrañeza que el cuarto de baño no estaba donde debía estar.
Y no sólo el baño sino también la cama y la ventana. Y los muebles. De
hecho todo era completamente distinto y fuera de lugar. Cuando
finalmente asimiló semejante incongruencia, se percató de que aquella no
era su habitación ni ninguna otra habitación de su casa.
«¿Pero qué demonios está pasando aquí?», se preguntó en voz alta. Por
su mente se sucedió un abanico de hipótesis hasta consolidarse la
aterradora posibilidad de un secuestro. «Sí, debieron secuestrarme de
madrugada mientras dormía. Quizá me administraron un potente sedante,
algo instantáneo que me mantuvo un buen rato inconsciente».
Con sigilo, avanzando de puntillas, abrió la puerta de la habitación y
confirmó su sospecha. Una mancha negra avanzó hacia ella por el pasillo.
Rápidamente volvió tras sus pasos cerrando violentamente la puerta entre
un aluvión de gemidos y ladridos. Por el tamaño de la bestia pensó que
bien podía ser un doberman o un rottweiler. Escuchó con pavor cómo
arañaba insistentemente el otro lado de la puerta.
Decididamente era un secuestro, seguramente a manos de algún cliente
de la tienda, y el perro actuaba de vigilante. Al menos no estaba atada.
Mirando a su alrededor buscó algo con lo que defenderse, pero no encontró
nada verdaderamente amenazante. Entreabrió unos centímetros la puerta
del cuarto de baño, que se hallaba en la misma habitación. «¿Y si hay
alguien dentro vigilándome? —pensó—. ¿Y si en cualquier momento…?»
El corazón se le aceleró aún más, tamborileando en su garganta. Decidió
no andarse con rodeos: accionó el interruptor de la luz y empujó la puerta
bruscamente. No había nadie.

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Abrió los cajones de la peinadora buscando algún objeto cortante que
empuñar, pero sólo encontró el mango puntiagudo de un peine. El espejo
de la peinadora le mostró la figura de un desconocido. Pegó un grito
entrecortado, girándose bruscamente. Nadie. Supuso que los nervios le
habían jugado una mala pasada. Volvió a mirar el espejo pero no se
reconoció.
Durante un instante se imaginó víctima de una broma pesada. Tocó el
cristal para percatarse de que era sólido, separándolo unos centímetros de
la pared para mirar el reverso. Todo parecía normal. Volvió a observarse,
esta vez más detenidamente. Sintió un vuelco en el estómago. Se preguntó
si todo aquello no sería más que un enloquecido sueño, y hundió la uña del
dedo pulgar en el dorso de la otra mano, hasta hacerse sangrar. Abrió el
grifo y se enjuagó la cara, frotándose los ojos.
Volvió a mirarse al espejo. El rostro demacrado y desencajado de una
desconocida la miraba atónita desde el cristal. Era una mujer de mediana
edad con el pelo canoso, rizado, la nariz puntiaguda y unos ojos saltones y
ahuevados que en nada se parecía a ella. ¡Y sin embargo era ella! Intentó
gritar pero sólo se escuchó un gemido ahogado. Insistentemente palpó su
nariz, pero aquella no era su nariz… ni sus pómulos, ni su boca…
De pronto su cabeza golpeó el suelo y la oscuridad lo invadió todo.

Una extraña voz se internó en su oído. La luz inundó sus ojos. La


hiriente luminosidad dio paso a contornos móviles que parecían cuerpos.
Observó sus cabezas, que derivaron en extraños rostros que la observaban.
—¿Te encuentras bien, mi niña? —preguntó una mujer menuda de
unos sesenta años, que la observaba con manifiesta inquietud.
—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
—Tranquila, no pasa nada, cielo, estás en el hospital —dijo,
acariciando sus manos—. Esta mañana te encontraron sin conocimiento en
el suelo del baño. Seguramente tropezaste y… te golpeaste la cabeza. Los
médicos te harán un escáner y enseguida nos iremos a casa.
—No la conozco, señora. No sé quiénes son ustedes.
—Pero ¿qué dices, cielo? Soy yo, mamá. ¿No me reconoces?
—Sin duda ha sufrido un traumatismo craneoencefálico. Es necesario
que la llevemos a radiología.
—Enseguida te pondrás bien, cariño.
—Está usted en buenas manos, señora Matilde, no tiene que
preocuparse de nada.
—¿Quién es usted?

87
—¿Yo? Enrique Muñoz. Jefe de traumatología.
—¿Tiene un espejo?
—¿Cómo dice?
—Por favor, deme un espejo, lo necesito.
—En cuanto le hagamos la placa se lo daré, no se preocupe. Excepto
por el moratón de su frente, está usted perfectamente hermosa.
—¡Lo necesito ahora! ¡Es urgente!
—Bueno, bueno, no se me ponga así. Sofía, por favor, búsqueme un
espejo.
—Tranquilízate, cariño. ¿Qué es lo que te pasa?
—No tiene de qué preocuparse, señora Matilde, aquí estamos para
ayudarla. Ya verá como dentro de un rato…
—¡Yo no me llamo Matilde! ¡Me llamo Miriam!
—Pero ¿qué dices, tesoro? Claro que te llamas Matilde, ¿no lo
recuerdas?
—¡Mire, señora, no sé quién es usted ni me importa! ¡Lo único que
quiero es salir de este maldito lugar y volver a mi casa!
—En cuanto te pongas bien nos iremos, tesoro.
—¡Quiere dejar de llamarme tesoro!
—Aquí tiene el espejo, señora.
—Aún estás aturdida. Ya verás cómo en un par de horas… Cariño,
¿qué te pasa?
—¿Le ocurre algo?
—¿Qué le habéis hecho a mi cara?
—¿Cómo?
—Alguien ha cambiado mi cara, mis manos… Pero… ¿Qué es todo
esto? ¿Un complot?... ¿Queréis robar mi identidad?
—¡No debes levantarte!
—¡Suélteme!
—¡Enfermera! ¡Rápido! ¡Agárrela de los pies!

18 de marzo de 2015

Escribir este diario quizá evite que me vuelva loca del todo. Necesito
expresar este pavor, esta angustia sin fin que amenaza con desbordar mi
razón. Hace seis días que salí del manicomio. Tuve que mentir y decirles
lo que querían escuchar: que mi memoria empezaba a funcionar y que ya
reconocía mi nombre, mi cara, este horrible cuerpo.

88
Mañana hace ya siete meses que comenzó esta pesadilla. Pero mejor
empezaré contando desde el principio: a la semana siguiente de llegar a
esta aldea perdida, a esta casona centenaria que según dicen es tanto mía
como de esta pobre desgraciada que asegura ser mi madre, me levanté
sigilosamente a primera hora de la mañana para volver a mi verdadero
hogar, en Madrid, a seiscientos kilómetros de este pueblucho inmundo.
Allí me encontré por fin a mi madre y a mi hermano recogiendo mis
pertenencias, completamente devastados por mi muerte. ¡Sí, por mi
muerte!, pues yo había muerto de un infarto. Nunca conocí a la mujer cuyo
cuerpo habito. Pero me imagino el horror que padeció cuando se miró al
espejo y se descubrió en otro cuerpo, al igual que yo. La pobre no lo
resistió… ¿O fue mi corazón quien no lo resistió? Por algún motivo
nuestras almas intercambiaron sus cuerpos y ahora vivo aprisionada a
esta piel, a esta familia, a este lugar… Siento pena por ella, pero hace
unos días la odiaba con toda mi alma… Sentía un asco indecible por esta
piel que me parecía maloliente y viscosa, por esta nariz de pimiento, por
estos ojos grises y apagados, por estos huesos deformes… ¿Qué culpa
teníamos las dos? Ojalá hubiera muerto yo también.
Ahora mi antiguo cuerpo se marchita en un oscuro féretro bajo tierra.
Lógicamente mi madre tuvo que llamar a la policía. ¿Qué otra cosa
era yo para ella que una demente peligrosa? Qué estúpida fui… ¿Cómo
iba a convencerla de ser su verdadera hija? No me quiero ni imaginar el
dolor que le produjo mi muerte como para que encima… ¿Cómo pude ser
tan insensible? Aquello me llevó de vuelta al psiquiátrico. Esta vez me
dejaron cuatro meses. ¿Qué clase de Dios demente puede permitir esto?
Afortunadamente los médicos dicen que no estoy loca, que la
extrañeza que siento hacia mi cuerpo es producto del traumatismo
cerebral, de mi caída en el cuarto de baño. Lo que no se explican es por
qué molesté a una pobre viuda. Un brote psicótico, según algunos. A veces
me pregunto si éste es realmente mi verdadero cuerpo y ésta mi verdadera
casa… ¿Y si tienen razón los médicos cuando aseguran que yo misma he
imaginado episodios de mi vida pasada? ¿O que he rellenado las lagunas
de mi memoria con acontecimientos soñados?... Pero sé que el golpe en
la cabeza no vino antes sino después de descubrirme en este cuerpo. La
conmoción es producto de ese descubrimiento… ¿A quién quieren
engañar?

****

89
22 de marzo de 2015

¿Por qué esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por
qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Nunca me he aprovechado de nadie, nunca le he hecho daño ni a una
mosca… Todo lo que conseguí en la vida fue gracias al esfuerzo, a la
perseverancia. Nadie me regaló nada. ¿Qué he hecho yo para merecer
este infierno? ¡No puedo trabajar! ¡No puedo andar ni diez pasos sin
agotarme! Apenas puedo levantarme de la cama… Todas mis energías
están encaminadas a no sucumbir, a no volverme loca de remate… ¿Qué
clase de broma macabra es esta?… Es como si el universo mismo se
hubiera puesto en mi contra, como si quisiera aniquilarme de la peor
manera posible… ¿De qué se me acusa? ¡Yo no he hecho nada! ¡YO NO
HE HECHO NADA!

****

3 de abril de 2015

Esta mañana soñé con mi madre. La observaba de lejos, tras una fila
de coches. Me costó reconocerla. Mi pérdida la había deteriorado mucho.
Ya no tenía esos ágiles andares y esa mirada vivaracha. Ya no disimulaba
las canas y parecía caminar encorvada. A veces he pensado escribirle una
carta, decirle que la amo, que la echo de menos, pero sé que eso sólo
serviría para hundirla aún más.
Los días se suceden como minutos… La pobre Isabel sigue creyendo
que soy su hija… Hace lo imposible por animarme y alimentarme con sus
buenos guisos. Es una buena mujer que me hubiera gustado conocer en
otras circunstancias. Seguramente piensa que estoy loca de atar, y quizá
tenga razón. Ya no sé qué pensar… Apenas salgo de esta habitación. Algo
que no sorprende a nadie, pues su verdadera hija, que en paz descanse,
vivía exactamente como vivo yo ahora: recluida en la depresión. Antonio
y Román, los dos hijos de Isabel, mis supuestos hermanos, ya han perdido
toda esperanza y me ven como un caso perdido. Yo que siempre he sido
tan activa sólo encuentro consuelo cuando llega el silencio de la noche y
el sueño me invita a dejar de existir por unas horas.
A menudo sueño con mi madre, con mi antiguo cuerpo, y cuando
despierto no sé con seguridad si sigo soñando. No sé si la realidad es esto
o lo que he soñado.

****

90
8 de mayo de 2015

Ayer, por primera vez desde que estoy aquí, sonreí abiertamente.
Incluso bromeé con Isabel después de bebernos una botella de sidra que
abrió expresamente por mi cumpleaños, que ya no es el doce de noviembre
sino el siete de mayo. Por primera vez conversamos amigablemente y la
animé a que me contara historias de su juventud, que ya no me parecían
para nada aburridas.
Hasta ese día yo no la había prestado demasiada atención,
mostrándome esquiva, ausente, incapaz de entablar siquiera una
conversación. Tal era mi estado anímico. Era una perfecta desconocida
para todos, sobre todo para mí misma. Vivía a oscuras al borde de un
abismo sin fondo, y en cualquier momento podía caer. Si todo mi pasado
había sido un sueño, una invención mía según los médicos, ¿de qué podía
hablar? ¿Cómo expresar mi angustia? ¿Quién era yo?
Ahora sé lo mucho que necesitaba compartir mi tiempo, reír, sentir un
poco de calor humano. También Isabel necesitaba alguna muestra de
comprensión y afecto por mi parte. La pobre se entusiasmó cuando me vio
sonreír y durante un buen rato me contó divertidas anécdotas del pasado,
enseñándome gozosa “mis” fotos de la niñez, de mi juventud...
En un momento dado no pude evitar sentir un especial afecto por esa
pobre chica que de niña había sido brutalmente maltratada por su padre,
y después por su pareja. Su primera y última pareja. La depresión de
Matilde se hizo crónica tras el divorcio. Cuando, sin querer, salió este
tema, Isabel tomó mis manos entre las suyas suplicándome entre lágrimas
que la perdonara. Sin duda se sentía culpable de no haber sido una madre
más valiente y comprensiva. También ella había sido maltratada por su
padre e inconscientemente había buscado como pareja a otro maltratador
que se convertiría en el padre de Matilde, muertos ambos de un infarto.
Hay personas que nacen solamente para sufrir.

****

12 de mayo de 2015

Esta mañana le he escrito una carta a mi madre. A mi verdadera


madre. Le he pedido disculpas por aquella vez que la molesté,
asegurándole que ya no volverá a ocurrir, que mis delirios paranoides
han desaparecido gracias a la medicación, y que ojalá hubiera tenido una
madre tan buena y comprensiva como ella.

91
Tobías, el perro de Isabel, un labrador negro de doce años, apenas se
separa de mí, manteniéndose como un guardián junto a mi cama. De no
ser por él creo que me habría suicidado.

****

29 de junio de 2015

Hoy por fin he conseguido un empleo de camarera en un hotel de


Astorga, a treinta kilómetros de aquí. No es un gran sueldo pero me
permitirá ahorrar un dinero con el que pagar un estudio. Me siento fuerte
como un roble, confiada, orgullosa de mí misma, de no haber sucumbido
a la locura ni a la depresión. Ya casi no pienso en mi antigua vida, en la
persona que fui. Avanzo hacia lo desconocido sin miedo y sin mirar atrás.
Lo peor ya pasó. Siento que he vuelto a renacer en un cuerpo hermoso a
su manera, y estoy preparada para lo que venga.
Ciertamente no puedo asegurar si todo lo que viví fue una pesadilla,
un brote psicótico o un desajuste espacio-temporal del… ¿inconsciente
colectivo? Poco importa ya. Miriam desapareció como desaparecen las
flores y los sueños hermosos. Hoy me llamo Matilde, y me gusta este
nombre.
Quién sabe cómo me llamaré mañana y cómo será mi próximo cuerpo.
La vida nunca dejará de sorprendernos. Pero sigo siendo yo misma:
un alma inmortal que ha vestido multitud de trajes. Ahora sé que no hace
falta morir para nacer en otro cuerpo, para despertar en otra realidad, en
la realidad. Se pueden vivir mil vidas en una, o vivir muerto mil vidas.
Todo depende del valor para cambiar el rumbo de nuestros pasos en este
mismo momento. No se necesitan más renacimientos. Todo nuestro pasado
y futuro está contenido en este instante. ¿Qué importan las vestiduras y el
tiempo? ¿Qué importa quién soy?
Ahora sé que el verdadero nacimiento es vencer el miedo a lo
desconocido, y que nuestros prejuicios son hijos de ese miedo. Aceptemos
con valor y regocijo que la vida es un misterio irresoluble, una aventura
sin fin, y que tarde o temprano caerán todas nuestras certezas y
definiciones.

92
EL YOGUI

La monotonía es un peligro tan mortal


que ni siquiera nos damos cuenta de que
algo nos está asesinando.

El tiempo huye deprisa para los que


tratan de matarlo.

Nadie sabía exactamente quién era ese tal «hombre de hielo», ese tipo
extraño con aspecto de yogui, conocido mayormente por su inquebrantable
mutismo y por dormir sobre un banco a la intemperie con una simple
chaqueta a modo de manta. Nadie sabía de dónde había salido ni cuál era
su historia, pero lo cierto es que un buen día el mundo entero habló del
yogui.
Todo comenzó a primera hora de la mañana en New York, en The
Great Lawn, en Central Park. El primer testigo de tan insólito
acontecimiento pensó que aquello era una broma, una cámara oculta, dijo
posteriormente a los periodistas. Pero al acercarse al hombre de hielo, al
tocarlo y comprobar que no podía ser un truco, salió corriendo en busca de
otros testigos que confirmaran su hallazgo.
Pronto se reunió una fascinada multitud alrededor. Nadie podía
entender cómo era posible que un hombre pudiera flotar ingrávido,
inmóvil, a tres metros y medio de altura, como sentado en una plataforma
invisible, con las piernas cruzadas en la llamada posición del loto, y las
manos apoyadas sobre las rodillas. Un hombre levitando sin más en mitad
de Central Park. ¿Qué clase de broma era aquella? O mejor: ¿qué clase de
efecto especial podía sostener a alguien de manera tan prodigiosa?
Alertados unos obreros por la expectación levantada, cada vez más
creciente, llevaron una escalera plegable hasta allí y confirmaron ante la
conmocionada multitud la naturaleza mágica de aquel fenómeno. Ni
arneses ni espejos ni hilos de nailon sujetaban aquél frágil y escuálido
cuerpo medio desnudo que parecía desafiar sin ningún esfuerzo las leyes
de la gravedad.

93
Antes de que apareciera la policía, un periodista espabilado llegó
literalmente corriendo al lugar de los hechos para cubrir la primera
exclusiva y enviar las imágenes a un modesto programa matutino
destinado a satisfacer la morbosidad de los televidentes por la vida privada
de los famosos. La expectación sin duda aumentó cuando finalmente llegó
la policía, que en su vano esfuerzo por despertar al «yogui» —como así se
le empezó a llamar—, sólo consiguió atraer a más curiosos, que ya no se
conformaban simplemente con mirar y hacer fotos.
Al mediodía las agencias informativas de medio mundo ya se habían
hecho eco de la noticia. A esa hora aparecieron varios jeeps del ejército.
Ahora les tocaba a los militares comprobar la veracidad de aquel supuesto
milagro. Y realmente se afanaron en su cometido. Por más que
zarandearon, pellizcaron y golpearon al pobre yogui, ante el indignado
clamor de la multitud, allí siguió flotando como si una fuerza sobrenatural
lo mantuviera atado al espacio. Incluso no faltó quien se colgó a su cintura
a fin de llevarlo de nuevo a tierra. Ni siquiera cien hombres lo habrían
conseguido. ¿Qué clase de energía puede mantener un cuerpo
inmovilizado en las alturas?, se preguntaron los oficiales. Lo único cierto
es que aquel cuerpo era humano: sangraba.
A eso de las cinco de la tarde ya era primera plana en la mayoría de
noticiarios de todo el mundo. Incluso si todo aquello no era más que un
sofisticado truco, la expectación levantada ya valía la primicia. No faltaron
cadenas que transmitieron minuto a minuto el desarrollo de los
acontecimientos, que parecían no llegar a ninguna conclusión. Tal era el
número de personas congregadas que el ejército tuvo que acordonar la
zona y tratar de dispersar a una multitud cada vez más excitada y
reaccionaria. Ni los requerimientos por altavoz ni las detenciones surtieron
demasiado efecto ante una obstinada muchedumbre dispuesta a lo que sea
para demostrar con sus selfies que habían estado allí.
Al llegar la noche, ya eran más de trescientas mil personas apostadas
en los alrededores del tercer perímetro de seguridad; gente venida incluso
de otros estados. Sin duda se respiraba un ambiente cargado de miedo,
superstición, devoción. En algunos lugares se encendieron velas y se
entonaron cánticos de paz y fraternidad. Por todas partes corrían rumores
sobre la naturaleza divina o fraudulenta de aquel ser enigmático que aún
no había sido identificado por las fuerzas de seguridad.
Unos afirmaban que podía ser un ángel enviado por Dios para guiar a
los hombres; otros, que se trataba de la segunda llegada del Mesías, aun
careciendo de llagas ni aureolas, ni aun pareciéndose ni de lejos al
idealizado Jesús de las películas. Otros, temerosos y compungidos,
aseguraban que se trataba de la llegada del anticristo, dispuesto a llamar la
atención de las masas para establecer su reinado del mal. Y no faltaron

94
quienes afirmaban que se trataba de un ser humano mutante, precursor de
una nueva raza de superhombres.
No es de extrañar, por ello, que esa misma noche se llenaran de fieles
algunos templos cristianos y se sucedieran extraños rituales paganos,
además de numerosas pintadas de cruces invertidas en fachadas y
monumentos de todo el mundo. Ni tampoco faltaron predicadores con
altavoz que instaban al arrepentimiento y al perdón. Tan intensas fueron
aquellas horas que algunas acciones de la Bolsa australiana se
desplomaron ante la incertidumbre de lo que acontecería.
Cuando llegó el amanecer y las cámaras registraron un ligero
movimiento en las manos del santo, se reiniciaron las tensiones entre
periodistas y militares. El mundo entero contuvo la respiración cuando la
criatura abrió los ojos desde su atalaya de invisibilidad y miró
directamente a las cámaras, situadas a una veintena de metros las más
próximas. Aquello desató una algarabía de gritos y carreras por encontrar
un buen lugar donde captar todos los movimientos del iluminado, que por
fin parecía despertar de su sagrado trance.
Cuando las tensiones alcanzaban ya el paroxismo, un periodista
alemán señaló afanosamente al yogui mientras gritaba: «¡Vuelve a tierra!
¡El hijo puta vuelve a tierra!».
Así era. Rápidamente todas las cámaras siguieron el liviano y lánguido
descenso de aquella figura impertérrita y sobrenatural, esta vez ante un
expectante silencio apenas interrumpido por entrecortados gemidos de
emoción. Al caer estaba, nunca mejor dicho, una nueva era de la
humanidad, una revolución espiritual que cambiaría por completo el curso
de la civilización.
¿Quién iba a desaprovechar la histórica oportunidad de ser el primero
en entrevistar al «mesías»? Justo cuando el santo hombre posó el trasero
en el suelo, la masa enardecida de periodistas arrasó el cordón militar ante
la pávida impotencia de las fuerzas de seguridad, que ágilmente se
apartaron de la apisonadora que se les venía encima.
Durante unos segundos, que más bien parecieron horas, las cámaras de
televisión sólo pudieron captar una marea de cuerpos fundiéndose entre sí,
una masa comprimida de carne estrellándose en el centro de lo que antes
fue un círculo abierto, seguida poco después por otro tsunami de cuerpos
enloquecidos y convulsos. Y es que todos querían tocar, fotografiar, besar
al iluminado, que rápidamente desapareció emparedado y aplastado entre
suelas y paredes rutilantes.
Aquellas imágenes vistas en directo en todo el planeta quedaron
grabadas en el inconsciente colectivo como uno de los hechos más
desafortunados del ser humano, por no decir demenciales.
Cuando los gases lacrimógenos y los chorros a presión de los
bomberos entibiaron el ardor de la muchedumbre, los resultados no se

95
hicieron esperar: media docena de cuerpos yacían inmóviles sobre la
desconchada hierba, entre ellos el iluminado, que esta vez ya no parecía
tan ingrávido. Los intentos de reanimación fueron vanos. Enseguida las
ambulancias y los sanitarios sustituyeron a los periodistas y a los curiosos.
El milagro había desaparecido tan rápidamente como había empezado.

En los días posteriores no se habló de otra cosa. Todo lo que podía


fallar había fallado. Los políticos culparon a los periodistas y éstos a los
militares, que a su vez culparon a los periodistas y a los políticos. Todos
eran culpables e inocentes. Pero, ¿fue realmente así?, se preguntaron
muchos ciudadanos inconformistas con la versión oficial de los hechos.
¿Y si fue un asesinato premeditado de la CIA? ¿Y si todo fue preparado
para que el gentío pudiera romper el cordón de seguridad, aprovechando
así la confusión para que un agente asesinara al santo iluminado? ¿Por qué
no hubo más pruebas forenses? ¿Y por qué no se mostraron esas pruebas
a la prensa, aun siendo repetidamente solicitadas?
Durante un tiempo todo quedó en eso, en preguntas y más preguntas
sin respuesta. Un par de semanas después, los llamados expertos dieron
por hecho que aquel supuesto milagro no fue otra cosa que un sofisticado
truco publicitario que se había ido de las manos. Para acallar
definitivamente las dudas se mostraron los diversos metamateriales
utilizados para crear la sensación de levitación, incluso un famoso mago
televisivo dio una pormenorizada explicación a la prensa sobre cómo crear
tan insólita ilusión, que él definió, no obstante, como «bastante simplona».
Al cabo de seis meses ya pocos hablaban de aquello. El caso del yogui
pasó a formar parte de las tramas y leyendas conspirativas de
Norteamérica, tal como ya lo fueron el asesinato de Kennedy, Lennon o
Marilyn Monroe. La Bolsa volvió a estabilizarse y los ciudadanos
volvieron con más brío que nunca a la complaciente rutina de lo conocido.

96
LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL EDÉN

Muchos se afanan en vivir lo justo, lo


necesario para seguir viviendo sin vivir.

A mayor libertad, mayor responsabilidad.


No hay mayor irresponsable que aquel
que siempre obedece.

—Buenos días, ¿desea algo?


—Sí, venía para hablarle de un asunto muy delicado.
—¿Otra vez se ha roto la tubería?
—Oh, no. No se trata de eso.
—Bien, me alegro por el vecino. Entonces ¿de qué se trata?
—Verá… Siento decirle que lleva usted muerto más de veinte años.
—¿Cómo dice?
—Digo que lleva usted muerto más de veinte años.
—¿De veras?
—Así es. Y no es una broma, caballero. Esta vida que usted está
viviendo no es real, es completamente virtual. Su verdadero cerebro está
ahora mismo conectado a un superordenador que recrea un entorno similar
al que usted vivió en su vida pasada. Por eso no nota la diferencia. Todo
está en su lugar, tal como estaba cuando falleció: el espejo, el reloj de
pared, su colección de sellos, la cajita amarilla con sus dientes de leche…
—¿A quién se le ha ocurrido esta broma tan estúpida? Es cosa de
Harry, ¿verdad?
—¿De quién?
—¡Eh, Harry, sal de tu escondite si no quieres que te rompa el culo a
patadas!
— Señor, insisto, esto no es una broma. Quizá esta foto le convenza.
—¿Qué es esto? ¿Quién es este fiambre?
—Usted.
—¿Yo?

97
—Sí, usted. Mírese
—¿Ése soy yo? Es el fotomontaje más cutre que he visto en mi vida.
Mire, no tengo tiempo para bromas ni cámaras ocultas. Si no se va de aquí
cagando leches llamaré a la policía.
—De acuerdo, llámela, pero no le servirá de nada. En este mundo
virtual la policía no es más que un localizador. Nunca vendrán,
simplemente le reiniciarán como tantas otras veces.
—Está usted más loco que una cabra.
—A ver si esto le convence.
—¡Eh! Pero…
—¡Estoy aquí!
—¿Dónde se ha metido?
—Me he desconectado unos segundos del programa.
—¿Es usted mago?
—Qué más quisiera, sólo soy un activista informático.
—¿Un qué?
—Un hacker. Intento destapar la SEON.
—¿La qué?
—Mire, necesito hablar con usted en privado.
—No pienso dejarle entrar.
—De acuerdo.
—¡Eeeeh! ¿Otra vez con sus truquitos? ¿Dónde está?
—¡Aquí! En su sofá.
—¿Cómo ha llegado hasta ahí?
—Ya se lo dije, desconectándome. Mire, no tengo mucho tiempo, ¿me
va usted a escuchar?
—¿Qué? ¿Qué quiere?
—Me llamo Abelardo Vázquez, soy activista informático y trato de
sabotear la SEON, una organización criminal que recrea virtualmente las
vidas de personas ya fallecidas. Usted es una de ellas.
—Ah, ¿sí?
—Así es. Su cerebro se encuentra ahora mismo en una cubeta
conectado a un superordenador gracias a una red de cables neuronales que
le proporcionan impulsos eléctricos.
—¿El qué?
—Señor mío, usted sólo ha vivido seis días virtuales desde que murió.
Un bucle semanal que no deja de reactivarse al terminar el ciclo. La SEON
activa de vez en cuando imágenes encadenadas en su memoria para
facilitarle una sensación dimensional del pasado. Dígame, ¿se acuerda de
lo que hizo la semana pasada?
—¿La semana pasada? Claro, estuve aquí en casa, como de costumbre.

98
—Ya lo ve, el ciclo se reactiva y usted sigue creyendo que pasan los
días. Piense, esto es importante, ¿recuerda algo en especial, algún detalle
particular?
—Está usted poniendo al límite mi paciencia.
—Sólo contésteme a eso. ¿Qué detalles recuerda?
—¡No lo sé! Mire… No soy una persona muy activa, me gusta estar
en casa, quiero disfrutar de mi jubilación. Y ahora le pido que haga el
favor…
—Usted no puede recordar lo que hizo la semana pasada porque no
tiene pasado. Todo lo que usted recuerda son imágenes implantadas.
—Por favor, váyase, déjeme tranquilo, sólo quiero irme a la cama.
—Mejor que no lo haga, o reactivará el ciclo de los seis días y olvidará
todo lo que le he contado.
—¡Todo esto es un disparate!
—Todavía no ha visto nada. También puedo hacer desaparecer
objetos. ¡Mire!
—¡Coño! ¡Mi televisor!
—Puedo hacer desaparecer la casa entera, incluso la ciudad. ¿No se lo
cree?
—¿Por qué me está haciendo esto?
—Quiero que despierte de una vez. Ha estado usted soñando desde que
murió. Ha estado tan dormido que ni siquiera es capaz de diferenciar a su
vecino Harry de cualquier persona que pasea por la calle. ¿Es que no se ha
dado cuenta de que todos son reproducciones de él mismo con diferentes
indumentarias?
—Yo pensaba que… era cosa del alcohol.
—Eso es lo que dicen muchos. En la SEON hay más de diez mil como
usted. Los llamamos «zombis digitales». A veces algunos descubren
errores de transferencia como un edificio que aparece o desaparece sin
más. Unos creen que es cosa del alcohol y otros llaman al psiquiatra,
entonces se activa la alarma para que los operarios de la SEON realicen
los ajustes oportunos. Pero tampoco importa mucho, a los seis días nadie
se acuerda de nada.
—¿Seis días?
—Por seguridad. Bueno, también por falta de presupuesto. Un solo día
les cuesta unos cuarenta dólares por cabeza, y no siempre termina bien. A
veces suceden desconexiones, errores en el sistema, y todo este mundo
sencillamente se apaga con usted dentro. Cuando todo vuelve a reiniciarse,
usted se despierta de la cama tras un largo y confortable sueño.
—¡Esto es de locos!
—Hace unos años su mundo virtual era mucho más entretenido, se lo
aseguro. Usted podía salir con los amigos, esquiar, viajar, pero llegaron
los escándalos de corrupción y esto afectó negativamente al presupuesto

99
de la SEON. Para abaratar costes idearon una serie de implantes
traumáticos, incumpliendo así su política legal. Afortunadamente para
ellos los muertos no hablan. Ahora todos ustedes son agorafóbicos, le
temen a los espacios abiertos más que a la muerte.
—¿Qué es lo quiere de mí?
—Muy buena pregunta. Por si no lo sabía le diré que usted fue en la
vida real el mejor programador informático de la SEON, y quizá del
mundo. Sólo necesito que recuerde el código de acceso a la matriz.
—¿Qué matriz? ¿De qué me habla?
—Usted ideó una matriz dentro del sistema de seguridad de la SEON
para que nadie sin autorización pudiera acceder al sistema. Ciertamente
consiguió el sistema de seguridad informático más perfecto que jamás se
haya concebido… Un sistema sin fisuras, literalmente invulnerable. Le
aseguro que muchos gobiernos darían lo que no tienen por descifrarlo.
Ahora necesito que recuerde el código de acceso, también llamado Código
Madre. Sólo usted y dos personas más de la Tierra conocen ese código.
Pero sólo usted puede dármelo.
—No conozco ningún… Mire, siento decirle que se ha equivocado de
persona, yo sólo soy un viejo pensionista. Trabajé más de treinta años
como funcionario de Correos. Ahora sólo trato de disfrutar de mi
jubilación. Como verá no pido mucho. Soy por naturaleza una persona
tranquila y solitaria, no me gusta meter las narices donde no me llaman,
por eso...
—¿Cuánto tiempo hace que no ve a su hija?
—¿A mi hija? ¡Pero si yo no tengo hijos!
—Usted tiene una hija que vive en Kansas. Madre de tres hermosos
niños y esposa de un conocido actor. Sé de buena tinta que estuvo muy
unido a ella.
—¡Por el amor de Dios, ya le he dicho que no tengo hijos! Ni siquiera
me casé, siempre he sido un lobo solitario.
—Eso es lo que dicen todos ustedes. Mire, yo no le pido que me crea,
sólo quiero que recuerde. Nada más. Sólo quiero que abra su mente.
Tenga, aquí tiene una foto de ella. Mírela bien.
—No sé quién es esta señora.
—Simplemente mírela en silencio. No piense en nada. Sé que su
cerebro esconde algo más que recuerdos implantados. Tómese su tiempo.
No hay prisa.
—No sé… Me resulta familiar, pero a lo mejor…
—¿Nunca ha soñado con ella?
—Puede que…
—¿Qué recuerda?
—¡Dios mío!
—¿Ahora sí?

100
—¡Es mi Nancy!
—Así es.
—¡Es Nancy!
—Tranquilícese.
—Pero… ¿Cómo es posible? Lo recuerdo como si… fuera un sueño.
—No es un sueño, es la realidad.
—¿Qué es entonces todo esto? ¿Qué son esas montañas, el cielo…?
—Una ilusión digital, ya se lo dije. La realidad está en su mente, oculta
en algún lugar de su cerebro. Búsquela y despertará.
—¿Despertar? ¿Dónde? ¡Usted dijo que estaba muerto!
—Ahora está peor que muerto, así que no tiene nada que perder.
Dígame el código y le sacaré de esta maldita pesadilla.
—¿A dónde iré? ¿Dejaré de existir?
—¿Es usted creyente?
—No.
—Entonces sólo usted puede responder a esa pregunta.
—Nunca me ha gustado dejar nada a medias. Si hay que morir…
quiero hacerlo como un hombre.
—Valiente decisión.
—¿Quiere que le dé el código?
—Claro.
—¿Y si no lo recuerdo?
—Tiene usted tiempo de sobra para recordarlo. Además… Yo me
encargaré de refrescarle la memoria con nuevas fotos, vídeos...
—Eso no será necesario.
—¿A qué se refiere?
—Son las iniciales en mayúscula del nombre artístico de mi hija:
SCAF. Seguido de su número favorito y hora de nacimiento: 470336
—¿Está usted seguro?
—¡Claro que estoy seguro! Jamás olvidaría algo así.
—¿Me podría repetir el código?
—SCAF470336
—Estupendo. Ahora ya solo falta comprobarlo.
—Compruébelo.
—¿Está usted preparado?
—¡Maldita sea, acabe de una vez con esto!
—De acuerdo. Si el código es correcto… le deseo sinceramente todo
lo mejor. Es usted un buen hombre.

101
RATAS

El hombre suele creer más en las palabras


y en los símbolos que en lo que realmente
le cuentan sus ojos y su corazón.

Por más que disfracemos las palabras


como sagradas, seguirán siendo palabras.

Ya no queda nadie más. Yo soy el último de mi estirpe, el último


humano vivo de este humeante y maloliente planetoide hecho de vigas,
cables, vísceras y sangre seca. Los kilianos han ganado la partida. Su
ejército de clones nos ha pisoteado como a cucarachas, o más bien habría
que decir ratas, pues así es como tan cariñosamente nos llaman. Su
aberrante ideología ha triunfado sobre la razón. Pero sólo de momento. Me
imagino a su profeta Kilian maldiciéndolos sin descanso desde su tumba
de diamantes. Es lo que tiene ser profeta: cuando estás vivo nadie te
entiende; y cuando mueres, todos creen haberte entendido.
¿Por qué lo más sencillo es lo más difícil de entender? ¿Quizá por ser
demasiado evidente? Pero no se puede echar la culpa de todo a estos
infelices, pues su sociedad fue ideada por los humanos. Cruel paradoja…
Nosotros los creamos y ellos nos aniquilan sin piedad. ¿Qué otra cosa iban
a hacer? Somos la prueba más fehaciente de su impureza, de su
monstruosidad, pues toda su raza fue clonada a partir de las vísceras de su
profeta Kilian, el «verdadero» hijo de Dios según ellos.
Es lo que tiene la religión, la llamada guerra santa, que te permite matar
sin remordimientos y encima sentirte como un héroe. En su aberrante
interpretación de los textos sagrados tacharon de impuro a todo aquel que
no llevara consigo la sangre de su profeta, o dicho de otra manera: a todo
aquel que no se convirtiera en un maldito clon. Lo más paradójico de todo
este asunto es que el propio Kilian era un ser humano sin clonar, como
también el infecto Tobilhanz, el ideólogo de la «divina clonación», que en
el año 316 después de Isohes inició su reinado de terror declarando

102
sacrílego a todo aquel que tuviera hijos no clonados con la sangre del
profeta, lo que significaba una condena de muerte segura.
Pero ¿por qué ese odio extremo hacia los humanos, cuando el propio
Kilian lo era? Pues según ellos porque su profeta no era intrínsecamente
humano sino un dios encarnado en humano, que no es lo mismo. ¿Acaso
los cristianos no odiaron durante siglos a los judíos y los tacharon de raza
impura, aun encarnándose su salvador en uno de ellos? Es lo que tiene la
estupidez humana, que nace, crece, se reproduce y sigue reproduciéndose.
Más de cincuenta años han pasado desde que se promulgó esa absurda
ley. Los pocos humanos que nos negamos a acatarla fuimos perseguidos
sin tregua hasta el último rincón del satélite. Aun siendo, en comparación,
muy inferiores en número, conseguimos grandes golpes y nos las
ingeniamos para equilibrar la balanza mediante una larga guerra de
desgaste.
Hubo una temporada en que estuvimos muy cerca de ganar, de destruir
sus laboratorios y hacer saltar las vísceras congeladas de su profeta, pero
todo acabó de repente el día en que un maldito infiltrado asesinó por la
espalda a nuestro gran líder Thaido II, Comandante Mayor de la
Resistencia. Tras aquello nos hundimos literalmente en la mierda, pues los
últimos cinco comandos que sobrevivimos al golpe acabamos
refugiándonos en las cloacas de este miserable mundo, alimentándonos de
ratas, cucarachas y aguas fecales, de ahí que poco después fuéramos
señalados con el sobrenombre de «ratas», lo cual les sirvió de justificación
para considerarnos definitivamente impuros e intocables.
No contentos con vigilar y taponar todas las salidas exteriores a fin de
mantenernos bien acorralados en este infecto y hediondo submundo,
intensificaron su exterminio con una nueva generación de robots orugas
capaces de detectarnos a más de tres millas y de taladrar medio metro de
hormigón. Sólo dos años bastaron para aniquilarnos a la mayoría. Los
pocos que sobrevivimos fuimos víctimas de pestes y cruentas
enfermedades, tanto físicas como mentales.
¿Qué pretendo al escribir esto? No lo sé con certeza. Supongo que aún
tengo la esperanza de que este cuaderno sea encontrado por algún visitante
humano de Marte, la Tierra, Calixto o Titán. Incluso por algún clon capaz
de pensar por sí mismo. Casos excepcionales se han dado, pues varios de
ellos se unieron a nuestra causa. Quién sabe lo que les deparará el futuro...
Ni siquiera la clonación, ni siquiera un sistema educativo y político
patológicamente sectario y controlador fue suficiente para convertirlos a
todos en autómatas, en máquinas de odiar y matar. Ni siquiera su sagrado
Libro de la Ley fue suficiente, para desgracia de su caudillo. Es lo que
tiene el sentido común, que no es algo sólido que pueda caber en un molde.
Perdimos la guerra contra los kilianos pero perdimos con honor, con la
cabeza bien alta, aun pringados de mierda. Jamás se nos pasó por la cabeza

103
aceptar sus condiciones: ser esterilizados, malvivir en campos de
concentración como si fuéramos delincuentes o ciudadanos de segunda.
Aunque sabíamos que las posibilidades de ganar eran irrisorias nos
conformamos con eso.
Ahora que han vencido y ya no existimos, ¿contra quién o quiénes van
a luchar? Seguramente el inepto de Kupaigard, el actual soberano, nunca
se ha hecho esta pregunta. No sé quién dijo una vez que un pueblo que
derrota a todos sus enemigos se convierte él mismo en su mayor enemigo.
¿Qué sucederá cuando por fin dejen de sentirse amenazados, cuando
desaparezcan las tensiones y tengan tiempo de examinarse frente al espejo,
incapaces de amar, de pensar en libertad, de follar, de reproducirse
biológicamente? ¿Qué sucederá cuando echen la vista atrás y analicen la
historia, la exterminación de los nuestros? ¿Qué sucederá cuando una
minoría empiece a buscar respuestas? ¿Se convertirán en los próximos
enemigos?
Ni todo su aparato de terror impedirá que unos cuantos echen mano de
los “Libros Prohibidos”, pues todo el satélite está lleno de ellos,
escondidos en infinidad de recovecos y túneles. Ésa fue nuestra última
baza: la guerra intelectual. Como dijo el poeta: ganaréis, pero no
convenceréis. ¿Acaso dudáis que la razón y la justicia siempre terminan
prevaleciendo?
Con el tiempo los derrotados se convertirán en vencedores.

104
BIOSFERA 13

El que no es dueño de nada es


dueño de la libertad.

Lo perdió todo. Y salió ganando.

Era un hecho consumado. Aquella colina de rocas y matorrales parecía


ser la única isla de todo el océano. Se habían topado con un planeta
acuático, el cuarto de los seis planetas rocosos que formaban este pequeño
sistema bisolar, cerca de la gran estrella γDraconis, a unos ciento veinte
años luz de la Tierra.
Los registros indicaban que ninguna otra nave humana había explorado
este recóndito mundo. Al menos oficialmente. El expectrómetro revelaba
una atmósfera con niveles gaseosos muy similares a los de la Tierra: 22 %
de oxígeno y 77 % de nitrógeno, además de una capa de ozono de 0,09
ppmv, elementos indispensables para la vida compleja. Las nubes y el
efecto invernadero, junto a la poca excentricidad de su órbita y la poca
inclinación de su eje de rotación, hacían que el clima fuera casi uniforme
en todo el planeta. La temperatura media se mantenía en torno a los 22 ºC.
Un clima perfecto para la vida humana. Los días y las noches apenas
duraban siete horas y media.
Tras muchas maniobras consiguieron posar dos aeroplatillos en una
pequeña meseta rodeada de agudas crestas de roca magenta y arbustos de
un color marrón borgoña, a unos doscientos metros de la orilla. Dos
pequeños soles anaranjados asomaban tímidamente sobre la línea curva
del mar. Parecían relevarse. Mientras el más pequeño y oscuro se ocultaba,
el otro se levantaba con inusitada rapidez al otro extremo del océano.
Biosfera 6.506, más conocida por todos como La Perla, se mantenía
suspendida a unos seis mil metros de altura.
Tres horas después, cuando ya casi iban a dar media vuelta de regreso
a la nave, la capitana Ouxan Xian y sus ayudantes Kaoxi Weito y Loi Zaxia
descubrieron, en una extensa planicie, lo que parecían ser los restos de una
antiquísima nave alienígena. O eso pensaron al principio. De haber sido

105
así se habrían topado con la primera prueba innegable de vida
extraterrestre inteligente. Al menos oficialmente. Pero, tras explorar más
minuciosamente su interior, descubrieron que se trataba de la mítica
Biosfera 13, la primera nave tripulada por humanos que abandonó el
Sistema Solar en busca de planetas habitables y nuevas fuentes de energía,
hacía ya casi cuatro mil años.
Biosfera 13 fue algo más que una simple nave o vehículo espacial. Era
todo un ecosistema, una pequeña ciudad construida para albergar durante
décadas a generaciones de familias en el espacio. La meta de su diseño fue
convertirla en un permanente hogar para sus tripulantes. Para ello
recrearon las condiciones climáticas de un pueblo del sur de Grecia, con
sus casas adosadas, sus zonas ajardinadas, sus bares, parques, centros de
ocio, gimnasios, incluso una pequeña laguna donde bañarse y pescar. Todo
ello en el interior de una burbuja de metacristal diamantino, acero y fibra
de carbono, similar a esas esferas de cristal con nieve artificial que se
venden en tiendas de suvenir.
Si bien al principio a punto estuvo de anularse el proyecto por
complicaciones estructurales que elevaron finalmente el presupuesto a casi
doce billones de zins —cuatro veces superior al presupuesto acordado—,
todo salió adelante gracias a una oleada de patriotismo generada tras el
oportuno estreno de «Salvemos la Tierra», una mediocre pero costosa
película de invasiones alienígenas.
Veintitrés años después de abandonar el Sistema Solar, Biosfera 13 ya
había descubierto, cerca de la estrella de Barnard, a siete años luz de la
Tierra, un satélite rocoso con algo más que vida microbiana en su
superficie, es decir organismos con cerebro y una apariencia similar a los
reptiles. Aquello fue como el descubrimiento de un nuevo continente, una
tierra llena de insólitas plantas, minerales, insectos y criaturas reptiloides
tan diversas y curiosas como los primeros vertebrados que una vez
poblaron la Tierra.
Gracias a su novedoso propulsor de antipartículas, capaz de contraer
el propio espacio-tiempo, Biosfera 13 sólo necesitó seis años para traer de
vuelta a la Tierra un amplio muestrario de aquél pequeño y dinámico
mundo naciente, como ya hiciera Colón a su regreso de las américas.
Por si no fuera suficiente, en su segundo viaje, cinco años después, el
segundo científico a bordo, Mau Tie Kae, diseñó un sensor de poliones
capaz de detectar túbulos y autopistas estelares a diez millones de millas a
la redonda, reduciendo la relatividad espacio-temporal de varios cientos
de años a unos pocos días terrestres.
Así se inició una nueva era de viajes espaciales conocida como «la
segunda fiebre espacial», que se mantuvo a un ritmo ininterrumpido
durante casi cincuenta años. A Biosfera 13 le siguieron Biosfera 14, 15,
16, 17, 18, 19, 20… Pronto se abarataron costes y cada pocas semanas se

106
construía alguna. En sólo tres décadas ya había más de medio millar de
biosferas surcando el espacio como sigilosos buques en un oscuro océano
sin fin.
No se hicieron esperar grandes hallazgos científicos que revitalizaron
la economía mundial y la esperanza de un próspero futuro humano, si bien
es cierto que aún pasaría mucho tiempo hasta que se descubriera vida
inteligente en un planeta de la Constelación de Hércules, aunque más que
vida inteligente… Pero mejor no nos desviemos del tema, ya habrá tiempo
de contar esa historia. El caso es que la multitud de mercancías exóticas
llegadas a la Tierra y a Marte propició, como ya ocurriera con el
descubrimiento de las américas, un nuevo mercado financiero que abrió
las puertas a nuevos y revolucionarios avances en todas las ciencias, sobre
todo en la medicina y la agricultura.
Esta fiebre por la colonización espacial fue propiciada mayormente por
los llamados «trotamundos», multimillonarios que invertían toda su
fortuna en crear su propia y muy exclusiva biosfera (bajo nombres tan
variopintos como «Sirena cósmica», «Mefistófeles», «Rambo» o «La
bella»), y es que ya no valía solamente con tener el mejor deportivo, yate
o jet privado, que no eran sino simples caprichos menores.
A esta inagotable sed por construir «rápido y barato» se unieron todo
tipo de organizaciones privadas. Algunas sectas evangélicas competían
entre sí por sacar adelante el mayor número de biosferas a fin de llevar el
mensaje de Cristo allá donde hubiera vida inteligente, pues la nueva biblia
de los sacedanos incluía en la lista de almas a salvar a cualquier ser
pensante del universo, una tarea que ellos mismos calificaban como
compleja, por no decir jodida. Tras miles de billones de dunes gastados en
viajes espaciales a lo largo de un siglo, su mayor logro fue descubrir y
«convertir» a una familia de simios lanudos jorobados capaces nada menos
que de lamerse su propio culo y de proferir más de una treintena de alaridos
y eructos.
Poco antes de desaparecer misteriosamente y para siempre en lo
profundo del espacio interestelar, la ya entonces mítica Biosfera 13 había
traído de vuelta a la Tierra otro trofeo de vida microbiana extraterrestre
basada en el iridio. Y es que sus logros batían records. A lo largo de casi
dos siglos de exploración tuvo tiempo de descubrir casi medio centenar de
planetas o satélites con algún tipo de vida simple o compleja, algo
verdaderamente inaudito y prácticamente imposible para el resto de
biosferas, que lo más que obtenían a lo largo de su vida activa eran dos o
tres hallazgos relevantes. Era evidente que la muy persistente y cuidada
dedicación que supuso el diseño y la construcción de Biosfera 13 marcó la
diferencia, contribuyendo igualmente a ello la alta cualificación de sus
tripulantes, que rara vez padecieron desequilibrios mentales o graves

107
conflictos de convivencia, algo por desgracia habitual en muchas otras
naves.
Casi cuatro mil años después, tras ocho guerras mundiales y un par de
catástrofes climáticas consecutivas propiciadas por una supuesta
megatormenta solar y una hipernova (Eta Carinae), que redujeron la
población humana de la Tierra a menos de una cuarta parte, y paralizando
su desarrollo tecnológico en varios siglos, Biosfera 6.506 hallaba por fin
los restos de la mítica Biosfera 13.
Si bien la humedad y el viento habían erosionado la nave hasta casi
fundirla con el entorno, aún eran reconocibles algunos restos de su
armazón, en particular la cabina, con su número de serie grabado en lo que
un día fue el panel de mandos. Una parte del fuselaje sobresalía del suelo
como raíces petrificadas de un gran árbol ancestral. Aunque el mobiliario
había prácticamente desaparecido, sí encontraron pequeñas piezas
enterradas como objetos personales, utensilios de carpintería, cubertería…
También descubrieron, a la orilla del mar, lo que parecían ser pisadas
recientes de algún animal marino, extrañas huellas similares a la de los
pingüinos pero más grandes, casi del tamaño de un pie humano. Aquello
les inquietó.
No pasaron ni treinta días —diecinueve días terrestres— cuando el
resto de la tripulación, unas noventa personas, ya se paseaba alegremente
y medio desnuda por entre las ruinas de la nave, incluida una docena de
niños exaltados a los que no se les permitía alejarse más allá de una línea
trazada en el suelo. Y es que sólo habían necesitado un par de semanas
terrestres para comprobar la inocuidad de las bacterias y la atmosfera, cuyo
único efecto secundario era alguna que otra jaqueca o tos persistente a
consecuencia de la presión del aire, ligeramente superior a la de la Tierra.
Igualmente comprobaron la ausencia de actividad volcánica de la isla.
Los pesados trajes de los primeros días fueron sustituidos por ropa de
verano y cremas solares, que evitaban en gran medida una posible
sobreexposición de rayos ultravioletas. Esto contribuyó a relajar las
tensiones y fomentar el buen humor entre las familias, pues todos querían
prescindir de incomodidades para ser testigos directos de tan magno
descubrimiento.
Pero lo más bello sin duda era el inconmensurable mar extendiéndose
más allá del horizonte. Para la mayoría de los tripulantes, aquel vasto
océano violeta era lo más parecido a las imágenes holográficas de la
Tierra, el hogar que nunca conocieron.
Tras cuatro décadas de exploración espacial ininterrumpida podían por
fin disfrutar in situ de un planeta tan hermoso como la Tierra, o al menos
mucho más puro. Esa irresistible atracción al mar les llevó a descubrir todo
un universo de vida submarina, formado mayormente por pequeños e
inofensivos peces multicolores y crustáceos muy similares a la fauna

108
submarina terrícola que tantas veces habían visto por holovisión, incluido
un extraño pulpo gris de medio metro con cuatro tentáculos, grabado por
el ingeniero Yando Zaio a unos cien metros de la orilla. De hecho, un
análisis de espectrometría de masas reveló una composición química del
agua muy similar a la de la Tierra, aunque ligeramente más ácida.
Si bien durante los primeros días, por precaución, se prohibió el baño
a los menores, al cabo de doce días terrestres ya eran prácticamente todos
quienes chapoteaban entusiasmados a la orilla del cálido y apacible mar.
Pocos se acordaban ya de las extrañas huellas en la arena, que no volvieron
a verse desde aquel primer día.
Al cúmulo de emociones se sumó, cinco días terrestres después, el
segundo mayor descubrimiento de la isla: una serie de pictogramas y
petroglifos al fondo de una gran oquedad en la ladera de la colina, como
una Capilla Sixtina realizada, según algunos, por alienígenas. Según otros,
la mayoría, por los propios supervivientes de Biosfera 13. Lo cual indicaba
que no todos perecieron en el accidente, cuya causa todavía desconocían,
si bien se especulaba con la posibilidad de una avería del escudo
antigravitatorio que propició el desplome de la nave. Sea cual fuera la
causa prefirieron no darle más vueltas al asunto y centrar sus energías en
analizar y desentrañar los numerosos grabados que abarrotaban las paredes
y el techo de la gruta.
A las pocas horas confirmaron que algunas inscripciones talladas en
roca correspondían a una primitiva lengua española de hacía tres mil años,
correspondiente a la época de la fiebre espacial.
Ya no había lugar para la duda: aquella maravilla fue la última
genialidad de los supervivientes de la mítica Biosfera 13. Algunos
ideogramas y pictogramas, hechos de tintes minerales, vegetales y sangre,
revelaban toda su cronología: desde su efusiva salida de la Tierra hasta su
desafortunado accidente en la isla, expresado todo ello con simples y muy
expresivos trazos que finalizaban en un amplio mural donde un grupo de
humanos desconcertados y maltrechos salían de las ruinas de la nave.
Otra secuencia en la pared oeste, aún con restos de policromía
revistiendo las paredes, se podía interpretar como los vanos intentos de
algunos supervivientes por arreglar los desperfectos de la nave ante la
desconsolada mirada de un grupo de mujeres con niños. Un testimonio
detalladamente ilustrado a fin de que alguien, cualquier raza inteligente
que tuviera a bien pisar este joven planeta, pudiera conocer los hechos y
ser testigo indirecto de tan triste pero memorable fin.
El legendario misterio de Biosfera 13 había sido finalmente desvelado.
Los propios supervivientes se habían encargado de escribir el último
capítulo de su extraordinaria historia.
En aquella lluviosa noche de siete horas, fueron muchos quienes
rindieron homenaje a los supervivientes, encendiendo velas eléctricas y

109
depositando muñecos bajo las pinturas. Unidos de la mano a la orilla del
mar, hombres, mujeres y niños cantaron, rezaron y lloraron por sus
antiguos camaradas estelares.
Al despuntar el día, se formaron equipos destinados a buscar las
sepulturas de los tripulantes de Biosfera 13. Durante ocho días terrestres
peinaron la isla sin encontrar nada parecido. ¿Cómo era posible? Las
excavaciones entre las ruinas de la nave, cuyo armazón oxidado recordaba
ligeramente a la caja torácica de un esqueleto humano, sacaron a la luz
más objetos relativos a la tripulación, pero nada de huesos ni lápidas.
Restos de objetos entrañables como pulseras, anillos y collares de plata,
desenterrados en la cima de la colina, fueron depositados en una caja fuerte
para su posterior conservación en algún museo de Marte, Europa o la
Tierra.
Pocos días después se descubrió otra gruta semiderruida a escasos
metros de la cima, mucho más pequeña que la primera pero no menos
interesante. En ésta se mostraban grabados muy similares en cuanto al
estilo, pero de temática muy diferente. Podían apreciarse niños jugando,
mujeres embarazadas. Lejos de mostrar aflicción o miedo, los rostros
parecían sosegados y sonrientes. No obstante la mayor parte de las pinturas
estaban relacionadas con la fauna submarina. Animales de todas las formas
inimaginables, similares muchos de ellos a crustáceos, pulpos y anguilas,
se extendían sin ton ni son desde el suelo hasta el techo, conservando gran
parte de su policromía. Grupos mixtos de hombres y mujeres parecían
pescar con redes y arpones a la orilla del mar. Incluso un grupo de niños
arrastraba lo que parecía ser un calamar gigante. Otros, igualmente
sonrientes, salían del mar con peces insertados en puntas de lanza.
Uno de los epigramas, tallados en la pared, decía en una antigua lengua
española:

Como ángeles caídos, aprendimos


a levantarnos y a volar sin mirar atrás.
Lo que antes era miedo, ahora es valor.
Lo que antes era vacío, ahora es riqueza.
Lo que antes era fin, ahora es comienzo.

También descubrieron, esta vez con desagrado, que más de una vez el
mar había penetrado en el interior de ambas grutas desvaneciendo buena
parte de las pinturas y trayendo consigo numerosos restos marinos ahora
semifosilizados.
Si bien sólo se habían percibido hasta entonces ligeras rachas de
viento, lloviznas y una casi imperceptible marea, producto de los dos

110
pequeños satélites que orbitaban el planeta, supusieron que en cualquier
momento un maremoto podía engullir la isla entera, como así había
ocurrido en el pasado. Aquel no era para nada el lugar tan idílico y seguro
que parecía ser, por lo que esa misma noche se convocó una asamblea para
decidir las medidas a tomar.
La efervescencia que hasta ese momento había dominado el ánimo de
todos, dio paso a una inquietud generalizada. Al fin y al cabo, ¿qué sabían
de aquel mundo? «¿Y si en el otro extremo del planeta se estaba formando
un tsunami? ¿Cómo hemos sido capaces de exponer a nuestros niños a
semejante riesgo?», exclamó la capitana Ouxan Xian nada más iniciarse la
asamblea, poco después de la medianoche.
—Pero La Perla no ha registrado actividad volcánica ni sísmica desde
que llegamos —replicó el ingeniero Xau Wen—, solo pequeñas tormentas
sin importancia. En ningún momento la temperatura ha bajado más de
catorce grados.
—Si hay pequeñas tormentas también pueden haber grandes
tormentas. Pero lo que me preocupa son los maremotos. Está claro que esta
isla surgió de la fricción de placas. Toda la montaña está llena de conchas,
posiblemente haya una falla bajo las aguas. Deberíamos perforar el suelo
y extraer muestras para su estudio.
—Podríamos bajar mañana el batiscafo y realizar un sondeo acústico
del fondo marino, así saldremos de dudas —sugirió el químico Wan
Kalouxi—. También comprobaremos el tipo de vida que hay mar adentro.
—Eso es lo que deberíamos haber hecho antes —respondió la
capitana—. Pero lo primero es evacuar a los niños. No quiero que haya
más de cuarenta personas en la isla. Si hay un desastre, que al menos
regresemos vivos la mitad.
—Sí, me parece una buena idea —arguyó Liu Xouza, uno de los
ancianos más respetados—. Mañana a la salida del sol evacuaremos a los
niños. Los demás podemos relevarnos cada tres días a fin de evitar
disputas, ¿os parece?

A la mañana siguiente, tal como se había dicho, todos los niños fueron
llevados de vuelta a La Perla, que desde hacía cuarenta días terrestres
aguardaba suspendida a unos trescientos metros de altura. De nada
sirvieron los lloros y las protestas de los más pequeños, ni siquiera cuando
se les prometió que volverían a tocar tierra a los pocos días.
A media tarde, cuando ya se había preparado todo para sumergir el
batiscafo a dos millas mar adentro, una rotura de la correa de sujeción
propició que saliera rodando del aeroplatillo para caer sobre las rocas de
un acantilado, con resultado fatal. De nada sirvieron todos los esfuerzos
por repararla.

111
Aquel desafortunado incidente aumentó aún más si cabe las tensiones
generalizadas, que solían terminar en frecuentes discusiones. Ni lápidas ni
huesos de los supervivientes que llevar a la Tierra, tan sólo un puñado
machacado de baratijas que sólo servirán para excitar el morbo de los
terrícolas, decían algunos. Otros, sin embargo, se consideraban
afortunados de formar parte de los descubridores de la mítica Biosfera 13,
y de sacar de la oscuridad una de las obras de arte más significativas que
haya dado la humanidad, registrada minuciosamente en un extenso
holometraje de más de setenta horas. No obstante, el desastre de la cápsula
submarina avivó la impaciencia de muchos para regresar a la Tierra y
mostrar de una vez las numerosas muestras de minerales, plantas y fauna
submarina recolectadas diariamente por todos.
Aquella última tarde, que bien podía ser un 8 de abril de 1326 d. R. en
la Tierra, según las estimaciones de uno de los ingenieros, ya estaba todo
preparado para el viaje de regreso, previsto para la mañana siguiente.
La luz del atardecer bañaba el aire de un intenso tono púrpura,
generando prolongadas sombras en forma de V. En esas apacibles horas
se permitió que algunos niños jugaran en la orilla por última vez. Sin duda
pasarían muchos años hasta que volvieran a bañarse en un mar, si es que
ocurría tal posibilidad.

—¡Vamos, Elaido, sal ya del agua que se hace tarde! —gritó una de
las últimas mujeres que todavía quedaban en la playa.
—¡Espera, mamá, que me estoy despidiendo de mis amigos!
—¿Pero de qué amigos me hablas? ¡Ya se han ido todos!
—¡Espérate sólo un minuto!
—¡Por Dios, está anocheciendo! ¡Quieres salir de una vez!
—¡Mira lo que has conseguido! ¡Los has espantado!
—¡Como no salgas enseguida te saco de las orejas! ¿Me estás oyendo?
—¡Has asustado a mis amigos!
—¿De qué me hablas? Tus amigos hace una hora que están en la carpa.
—¡Me refiero a mis amigos del mar!
—¿A los peces?
—¡No son peces! ¡Son personas como nosotros!, solo que en vez de
pies tienen aletas.
—¿Pero de qué me estás hablando?
—Y sus ojos son negros y redondos…
—¡Por favor, sal y vístete de una vez!
—¡Pero es cierto! ¡Ciro y yo hemos jugado toda la tarde con ellos!
¡Son como nosotros, mamá!... Hay familias con niños, y todos están
desnudos…
—Cuando estemos en la carpa me lo cuentas, ¿vale?

112
—¡No me crees!
—¡Claro que te creo! Estoy segura de que has jugado con un montón
de peces grandes y preciosos.
—¡Pero no eran peces, eran niños!
—Y también tenían pito, ¿verdad?
—¡Pues claro, pero no todos! También había niñas, y sus padres
estaban allí en esas rocas, vigilándonos. Hay huellas de sus pies en la
arena… Pero no tienen dedos… Si no me crees míralas, están allí, donde
empiezan las rocas… ¡Ven, corre, míralas!
—¡Por Dios! ¡Te quieres poner de una vez la ropa!

113
EL MESÍAS

Nada nos da más miedo que dejar de


tener miedo.

—¡P… Pero… ¿qué está pasando? ¿Quiénes son ustedes?... ¡Ay! ¡Ay!
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...
—¡Vale! ¡Vale! ¡Tranquilícese! ¡No grite!
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...
—¡Vale ya, hombre! ¡Quiere parar! ¡Y dale!
—Pe… pe… pe…
—Solo quiero que me escuche un momento, ¿de acuerdo? En seguida
le dejaré marchar, se lo prometo.
—¿Qué es todo esto? ¿Dónde estoy?
—Está usted en una nave espacial.
—¿Una qué?
—Una nave espacial. Es como uno de sus barcos, solo que nosotros
surcamos el espacio.
—¿S… son ustedes dioses?
—¿Dioses? ¡No, hombre! Nosotros somos humanos, una civilización
más avanzada que la vuestra, aunque… físicamente muy parecidos.
—¿Más avanzada?
—Por lo menos cien mil años más avanzada. Nuestro planeta de origen
era muy similar al suyo, con sus ríos, sus nubes, sus mares… Una pena
que ya no quede casi nada, pero hemos colonizado unos cuantos más, así
que… No son tan bonitos, claro, pero nos sirven que es lo que importa.
—¿Qué es lo que quieren?
—Extender el conocimiento, la sabiduría. Hemos pensado que están
ustedes muy solos y necesitan un hermano mayor, alguien con experiencia
que les aconseje y les guíe por el buen camino. Por cierto yo me llamo
Xoliman, ¿y usted?
—¿Son ustedes ángeles?
—Que nooo. Ya le he dicho que somos una civilización como la suya
pero más avanzada. De hecho descubrimos su planeta hace por lo menos
veinte mil años. Por desgracia esta atmosfera es perjudicial para nosotros

114
y no pudimos quedarnos. Pero se nos ocurrió mezclar nuestro ADN con
los simios de su planeta, igual que hicieron con nosotros hace millones de
años.
—¿Qué es el adine?
—Por favor, no me interrumpa. De esta manera garantizamos la
variabilidad genética de nuestros descendientes, perpetuando nuestros
genes en entornos adversos. Tras meses de experimentos genéticos
conseguimos crear una primera pareja de vuestra raza, un híbrido mitad
mono, mitad humano. A la hembra la llamamos Lilith y al macho Odín.
Durante los siete primeros años les enseñamos algunos conocimientos
básicos como hablar, leer, cantar… Después, para no interferir demasiado
en su evolución, decidimos dejarlos en libertad, correteando desnudos en
un hermoso prado protegido de depredadores. Eso sí, les advertimos que
si se saltaban el cercado serían castigados por los padres celestiales, como
así se hicieron llamar nuestros científicos. El macho obedeció, pero la
hembra… Ya sabe lo curiosas que son las mujeres… Al final prefirió
quedarse con los simios. Tuvimos que gastar millones de sunis en crear a
otra hembra a partir de una muestra genética del macho. A esta la
llamamos Eva, en homenaje a nuestra mitología. Y de ella nacieron todos
ustedes.
—Entonces son ustedes nuestros…
—Hermanos mayores.
—¿Y viven aquí?
—No, pero a veces les hacemos una visita, y de paso recolectamos
algunas muestras biológicas y minerales.
—¿Y cómo es que hablan nuestra lengua?
—Gracias a unos… implantes. Bueno no tiene sentido que se lo
explique porque no lo entendería. Lo que importa es que usted ha sido
elegido para iniciar el segundo salto evolutivo de su especie.
—¿El qué?
—La evolución.
—¿Qué es eso?
—Joder… Usted ha sido elegido para salvar a su raza de la ignorancia
y la destrucción, ¿no lo entiende? Usted será el iniciador de una gran
religión que llevará la sabiduría y el progreso a toda su especie.
—Pero si yo… solo soy un pastor de amnuis 1… ¿Cómo voy yo a…?
—No se preocupe por eso. En nuestra civilización fue un carpintero
quien inició la mayor religión. Lo que importa es que usted quiera hacerlo.
Usted ha sido elegido de entre veinte millones de… ¿biliseos? ¿Así es
como se llama su especie?

1
Animal parecido a la oveja.

115
—Bilizeos son los del este, nosotros somos berizeos.
—Bueno, da igual. En sus manos está salvar a su raza de la destrucción.
—¿Qué destrucción? ¿La de Rapaius?
—¿Quién?
—¿Es que no lo conoce? Es el hijo del Sol.
—Ah.
—¿Trabajan ustedes para los dioses?
—Qué manía con los dioses… ¡Olvídese de los dioses! ¡No existen los
dioses! Todo eso son patrañas, creencias primitivas propias de una
civilización primitiva… Mire, también nosotros creíamos en esos cabrones
hace miles de años, ¡pero no existen! ¡No hay dios del sol ni del fuego!...
¡El sol es el sol y el fuego es el fuego y el agua es el agua!
—¿Por qué se enfada?
—Yo no me enfado, es solo que… Bueno, ¿qué me dice? ¿Acepta?
¿Le gustaría ser el elegido? Créame que es un honor la misión que se le
ofrece.
—¿Qué son todos esos…?
—¿Botones? Es la cabina de mando de la nave. Le ruego que no…
Luego si quiere se la enseño pero ahora no se me distraiga. ¿Qué hace?
—¡Por mis dioses!... ¡Estamos flotando sobre las montañas!
—Bonitas vistas, ¿eh? Oiga, mire… si no me da una respuesta buscaré
a otro en su lugar, ¿entiende?
—Pero, ¿qué tengo que hacer?
—Regalar todos estos manuscritos. En ellos están las instrucciones
para que su raza salga de las tinieblas de la ignorancia y el bestialismo.
—¿Regalarlos? ¿A quién?
—A su emperador. Simplemente eso, no es difícil.
—Y ¿por qué él? ¿No puede ser otro?
—No, no puede ser otro. Sólo él y su camarilla de filopoetas tienen la
capacidad de entender y divulgar este conocimiento.
—Pero yo no puedo acercarme al emperador… Ni siquiera a sus
murallas.
—No se preocupe por eso. Usted descenderá en un rayo de luz dorada
hasta las mismas puertas de su palacio, llevando consigo los Siete
Manuscritos. Eso será suficiente para que el propio emperador salga a
recibirle en persona. Usted se arrodillará ante él y le hará entrega de los
manuscritos diciéndole que es un embajador de los hermanos galácticos, y
que le han encomendado la misión de esparcir las semillas del
conocimiento para salvar a su civilización.
—No es por ofender, pero… ¿por qué no hablan ustedes mismos con
el emperador? Ustedes sabrán mejor que yo lo que hay que decir, lo que
deben…

116
—Imposible. No nos está permitido interferir directamente en ninguna
civilización. Usted será nuestro intermediario. Si hace lo que le digo, su
nombre figurará en letras de oro en la historia de su civilización. Su
nombre será motivo de alabanza a lo largo de los siglos. Bueno, ¿qué me
dice?
—¿Y de qué hablan esos libros?
—Ya se lo he dicho, son instrucciones para alcanzar el conocimiento:
técnicas de meditación, pedagogía, educación, guía del buen ciudadano…
Todo ello explicado de manera sencillísima. Hay suficiente información
como para que su especie no cometa las mismas estupideces que las otras.
—¿Qué otras?
—Cualquiera de las que abundan en la galaxia.
—¿Eso dónde queda?
—¿Qué? Eso ahora no importa.
—¿A cuántas razas han ayudado?
—A muchas.
—¿A muchas? ¿En serio? ¿Más de cien?
—Más o menos. También nosotros somos sembradores como usted,
pero nuestras semillas están hechas de conocimiento. Nosotros sembramos
conocimiento y evolución a las civilizaciones más jóvenes de la galaxia.
De esta manera evitamos enfrentamientos o disputas entre ellas, o bien que
se vuelvan contra nosotros, ya sabe: los amigos de mis amigos son mis
amigos. Al principio empezamos con sencillas tablas de mandamientos,
pero no surtieron mucho efecto. Ahora nos lo curramos un poco más. Hay
civilizaciones que prefieren eliminar a la competencia por las malas, pero
nosotros sabemos que eso solo lleva a represalias por parte de otras
civilizaciones. Los estamentos galácticos prohíben que cualquiera se tome
la justicia por su mano. Gracias a estos manuscritos les estamos ahorrando
milenios de genocidios y guerras fratricidas que podrían llevar a su
civilización a la extinción, como ya ha ocurrido con tantas otras. Nosotros
les ofrecemos un atajo para que no repitan las mismas tonterías que han
hecho tantas civilizaciones, incluida la nuestra.
—¿Algo así como una deuda?
—Más bien un favor desinteresado. Ustedes comparten nuestros
genes, por lo que están bajo nuestra protección. En cierto modo son como
de la familia.
—Y ¿qué será de mi mujer y de mis hijos? ¡No puedo abandonarlos!
—¿Quién ha dicho de abandonarlos? Usted podrá reunirse con ellos
cuando quiera, podrá darles una vida mejor, con más recursos… Si se gana
la estima del emperador no les faltará de nada, se lo aseguro, ni siquiera a
sus nietos y biznietos. Bueno, ¿qué me dice?
—Pues…

117
—Usted será ensalzado como un mesías por su pueblo, y su nombre
será rememorado y alabado durante siglos por incontables generaciones.
—No sé, la verdad…
—Incluso milenios, cientos de milenos.
—Acepto.
—¡Estupendo! No esperaba menos de usted. Y ahora ya sólo queda…
—¿Qué es eso?
—Un implante.
—¿Un insecto?
—Un implante. Pero no se preocupe, es indoloro. Esto le permitirá
entender mejor su misión. No se mueva…
—¡Aaaaaah!
—Enhorabuena, amigo, acaba usted de convertirse en el gran mesías
de su civilización.

118
VIDAS PRIVADAS

Cuanto mayor sea el estado de un país,


mayor será la miseria de su pueblo.

Él es tierno, amable, seductor, solícito, simpático, dicharachero,


chismoso… Y lo mejor de todo es que él no sabe que lo estamos grabando.
No sabe que lo estamos espiando desde las ciento diez cámaras estatales
de su hogar. Y tampoco sabe que lo están viendo más de… ¡cien millones
de personas! Señoras y señores televidentes, sean bienvenidos a…

¡FAMOSOS POR UNA SEMANA!

Porque este es el programa de los elegidos, de las nuevas estrellas, de


las nuevas promesas de la fama. Y aquí tenemos al gran Ricardo Acebes,
también conocido como Ricardito, el ganador que ustedes, amigos
televidentes, tan sabiamente eligieron ayer. ¿Y qué estará haciendo
Ricardito? ¿Lo buscamos? Vamos a su encuentro, acompáñenme…
¿Estará en la cocina? Vamos a ver… Pues no. ¿Estará en… el baño?
Vamos a ver… Pues tampoco. ¿Estará en…? ¿Lo ven? Parece que… Sí,
ahí está, en el comedor, sentado en su trono, en su flamante sillón azul. Y
parece que está… ¿leyendo? ¿Escribiendo? Pues sí, ahí está escribiendo
en su tableta. ¿Y qué estará escribiendo? ¿Será su diario? ¿Algún
documento? Vamos a ver si el zoom de cámara nos permite… A ver, a
ver… Se desenfoca… A ver ahora… Sí, ahora sí… Dice... siento que
esta… agonía lleva mi… marca. Es algo monstruoso que… enloquece al
alma, y… y ya no puedes di… distinguir quien hay dentro y quien hay
fuera. Óyeme cuerpo, ¿qué soy? ¿Me escuchas? ¿Acaso no existe nada
más que el eco de mi locura? ¡Caramba, esto sí que es profundo, nuestro
amigo es todo un poeta!... Algo oscuro dentro de mí pervive pidiendo pre…
prescindir de mis ojos, de mi tacto, escarbando incansablemente en los
últimos… fragmentos de mi alma des… compuesta. Mis trozos se caen a…
mordiscos desde fuera. ¿Cómo que desde fuera? No entiendo muy bien
qué significa eso. Me observo desde el espejo preguntándome: ¿He aquí

119
lo que soy? Y siento que cada una de mis partes es innecesaria y su…
sustituible. Me parece que nuestro amigo Ricardo no tiene lo que se dice
un buen día. Quizá deberíamos animarle con una llamada sorpresa, ¿no
creen? ¿Qué tal si le programamos una cita a ciegas? ¿No creen que ya va
siendo hora de ver el lado más sexi de nuestro concursante? Le
recordamos, amigos televidentes, que también ustedes pueden participar
en nuestro concurso pulsando el número 1910333000. Un operario digital
confirmará su autorización para ser grabado en cualquier momento sin que
usted lo sepa. Recuerde que esta autorización permite que le grabemos no
solo a usted y a cualquier miembro de su familia, sino también a cualquier
amigo, jefe y compañero de trabajo. Solo así podremos tener acceso legal
a todas las cámaras estatales de sus habitáculos. ¿Eso qué ha sido? ¿Un
pedo? ¿Eso ha sido un pedo de nuestro amigo Ricardo? Me estoy
acordando de los legendarios pedos de nuestra primera concursante
Hermes, hace ya… ¿tres años? Seguro que se acuerdan. ¡Claro que deben
acordarse! ¡Qué buenos momentos nos hizo pasar! ¿Y se acuerdan de su
risa? ¿Esa maravillosa risa tan… peculiar? ¿Y qué me dicen de ese
increíble baile frente al espejo? ¡Eso sí que era mover el esqueleto, y
además en ropa interior! ¡Bumba! ¡Bumba! ¡Bumba! ¡Bumba! ¡Bumba!
¡Bumba! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...! ¿Y se acuerdan de aquel inoportuno
incidente de la compresa? Aaah, pobrecilla, qué mal lo pasó… Pero no
hablemos de eso ahora, ya habrá tiempo de recordar los mejores momentos
de nuestros concursantes. ¿A dónde ha ido Ricardo? ¿Estará haciendo
caca? Mmmmm… Pues no. Vamos a ver… Cámara 73… Nada de nada.
Cámara 36… A ver, a ver… Mmmmm… Tampoco. ¿Dónde se habrá
metido? ¿Estará abajo? Me comunican que… sí, parece que está en el
almacén. ¿Quizá le ha entrado un poco de hambre? Y hablando de comida,
¿sabían ustedes que las barritas de chocolate Chikokat le ayudan a
adelgazar aunque usted no quiera? ¿Y sabe por qué? Porque son cien por
cien transgénicas, con todos los nutrientes que su cuerpo necesita. No
espere un minuto más para pedirlas, solo tiene que pulsar barrita-chikokat
en su red holográfica y en cinco minutos la recibirá en su depósito número
4. ¡Ahora sí! Ahí tenemos a Ricardo, o más bien el trasero de Ricardo.
Parece que está buscando algo en uno de los frigoríficos… ¿Saben ustedes
que Mercaflash le lleva la compra del mes a casa solo con pulsar una tecla,
sin necesidad de rellenar engorrosas listas de alimentos? Y es que
Mercaflash vela por su salud y decide por usted. Mercaflash siempre sabe
lo que le conviene. Pero sigamos espiando a Ricardito… Vamos a ver…
¿Eso es lomo de cerdo? Esperemos que no sea carne natural, porque si
no… puede que nuestro amigo tenga un pequeño problema legal. Ya saben
ustedes que el tráfico de carne animal está penalizado con cinco años de
privación. Pero no seamos mal pensados. Parece que finalmente se ha
decantado por… ¿una cabeza de cordero? ¿Es eso una cabeza de cordero?

120
Qué cosa tan… Un momento… Pero ¿qué demonios es eso? ¿Es…? ¿Es
lo que parece? ¿Es una…? ¿Una cabeza humana? ¿ES UNA PUTA
CABEZA HUMANA?

Disculpen, pero… me dicen desde plató que enseguida volvemos de


la publicidad, por favor no cambien de canal.

121
EL GRAN EXTERMINADOR

Un lobo disfrazado de oveja puede


hacer más daño que una manada de
lobos hambrientos.

Aquel martes no era muy diferente del anterior martes. Ni tampoco


era muy diferente del anterior miércoles. Ni del anterior jueves, viernes,
sábado y domingo. Y tampoco del día anterior. De hecho ningún día del
año era muy diferente de ningún otro día del año. Todos los días parecían
repetirse como infinitos granos de arena en un desierto igualmente infinito.
Pequeños cambios cíclicos y algunos matices diferenciaban el día anterior
del siguiente, como por ejemplo diferentes almuerzos repetidos seis o siete
veces a lo largo del mes; o bien diferentes películas repetidas seis o siete
veces a lo largo del año; o bien diferentes combinaciones semánticas de
un mismo tema de conversación repetido hasta la saciedad.
Este martes, sin embargo, la conversación entre Lina y Pablo tomó un
cariz diferente.

—Te estás quedando dormido. ¿Hiciste ya los deberes?


—Sí.
—¿Y qué? ¿Han sido difíciles?
—No.
—Estupendo. Mmmmmm… ¿Quieres ver la tele?
—No.
—¿No? —inquirió Lina, observándolo un tanto sorprendida?—. Y…
¿al video-juego? ¿Quieres jugar a The best builder?
—No.
—Claro, seguro que ya lo tienes muy visto. ¿Y qué tal…? ¿Echamos
una partidita al ajedrez?
—No.
—¿Tampoco? ¡Pero si a ti te encanta el ajedrez!
—Hoy no me apetece hacer nada.

122
—¿Y eso? ¿Te encuentras mal?
—No.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
—¿Y el vientre?
—No.
—¿Vas a estar ahí tumbado toda la tarde?
—Uhm.
—¿Qué te parece una partidita al parchís?
—Paso.
Un velo de preocupación se cernió en la mente de Lina. Aquella era
la primera vez que su hijo rehusaba jugar al parchís, su juego preferido.
Pero aún le quedaban recursos. No iba a rendirse tan fácilmente.
—¿Qué tal si apostamos caramelos?
—Paso.
—¿Y barritas de chocolate? Si tú ganas, te puedes comer las que
quieras.
—Paso.
—¿Es que no te cansas? Paso, paso, paso, paso… Paso de tooo —dijo
imitándolo, en un intento por animarlo. Pero viendo que ningún cambio se
manifestaba en su semblante, decidió abordar la situación.
—¿Qué es lo que te pasa?
—Nada.
—¿Nada? Vamos, a mí no me engañas. Te conozco demasiado bien.
A ti te pasa algo.
—No me pasa nada. Es solo que estoy aburrido.
—Pues hagamos algo.
—No me apetece hacer nada.
—¿Nada? ¿Así vas a estar toda la tarde? ¿Mirando al techo?
—Uhm.
—La de cosas que se pueden hacer… Mira que hay cosas que se
pueden hacer… ¿Quieres que hagamos un bizcocho de chocolate? ¿Qué te
parece?
—Paso.
—¿Otra vez? ¿Es que no te cansas?
—Solo hay una cosa que me gustaría hacer.
—¿Una cosa? ¿El qué?
—Salir de aquí.
—¿Qué?
—Salir de esta casa.
—Ya sabes que no podemos salir.
—¿Y por qué no?
—Vaya pregunta, hijo.

123
—¿De verdad te crees lo del virus?
—¿Qué?
—Todo el mundo sabe que es un cuento.
—¿Cómo que…? ¿Eso quién lo ha dicho?
—Interplanet. Las páginas piratas.
—Ah, ¿sí?
—Cada vez hay más.
—¿Y cómo es que no me lo habías dicho? Voy a tener que dar parte
al Ministerio de Comunicación.
—No serviría de nada. Ya no se puede parar.
—Claro que se puede parar. ¿Por qué dices eso? No quiero que sigas
viendo esas páginas —objetó, sin tratar de parecer demasiado autoritaria.
—¿Crees que nos están escuchando?
—¿Escuchando? ¿Quién?
—La Hermandad.
—¡No, hombre! Eso son habladurías.
—Pero si el otro día me dijiste… ¿No te acuerdas?
—Solo a ciertas personas. Eso es lo que te dije. Conspiradores,
enemigos del estado…
—Ya. ¿Y por qué tenemos esa placa en el techo? Incluso en el baño
hay una.
—Eso ya lo hemos hablado. Seguramente son filtros de aire. Sin ellos
no podríamos respirar.
—Claro.
—Me parece que hoy te has levantado un poco paranoico.
—¿Tienes miedo?
—¿Miedo? ¿Qué tontería es esa?
—¿Crees que a papá lo mataron?
—¿Qué? Ya sabes que tu padre está con la japonesa. Ya te lo he
contado.
—¿Y por qué nunca nos ha llamado? Si realmente estuviera vivo…
—¡Por favor, no sigas!
—Pero ¿por qué?
—Por favor—musitó, mirándolo intensamente, en una mezcla de
súplica y autoridad—. Sabes que no me gusta hablar de ese tema.
—Ya.
—Deberías sentirte afortunado. Hay gente viviendo hacinada en
refugios. Nosotros tenemos este apartamento para nosotros solos.
Debemos de estar muy agradecidos.
—¿De estar encerrados?
—De estar protegidos. Y bien alimentados. Aquí no nos falta de nada.
—Nos falta lo más importante.

124
—¿La libertad? ¿Y de qué te serviría esa libertad? En menos de una
hora se te llenaría el cuerpo de pupas, de coágulos… de gangrena. ¡Estarías
muerto!
—¿Eso crees?
—No lo creo. Lo sé.
—No lo sabes.
—¿Cómo que no?
—Pues como que no. Solo sabes lo que dice la tele.
—No necesito saber más. ¿Es que ya no te acuerdas de toda esa gente
gritando, convulsionándose?
—Solo eran actores.
—¿Qué? ¿Quién te ha dicho eso?
—Todo el mundo lo sabe. Hasta en Pirata Marcian lo dicen.
—No hagas caso de esas tonterías. Solo son un puñado de
conspiranoicos. Ya me gustaría verlos en la calle. ¡Ja! Volverían corriendo
a sus camitas en cinco minutos.
—¿De verdad te crees todo eso del virus exterminador?
—Ya veo que te han comido bien la cabeza. Por favor, cambiemos de
tema.
—Ni siquiera podemos ver la calle. Ni siquiera tenemos una sola
ventana.
—Ni falta que nos hace. Ya tienes la televisión para ver documentales.
—Sí, lo mismo va a ser.
—Incluso mejor. Así no te comen las serpientes. Ya me hubiera
gustado a tu edad estar todo el día en casa, sin tener que madrugar para ir
al colegio.
—Ya ni siquiera me acuerdo del mar.
—Dentro de poco volverás a verlo. ¿Qué te apuestas? Y te bañarás…
Bucearemos juntos… Veremos peces, estrellas, caballitos de mar… Y
tomaremos el sol durante horas, tumbados en la arena…
—¿Eso crees?
—Claro; ya solo faltan dos años para que termine la cuarentena.
—Eso mismo dijeron hace ocho años.
—Pero entonces… casi no existían estudios ni pruebas. Todo eso ha
cambiado.
—¿Qué te pasa?
—¿Qué?
—¿Estás llorando?
—No, es solo que… se me ha metido algo en el ojo.
—Ya.

125
UN MUNDO FELIZ

Cuando avisa la intuición, la razón


sigue dando palos de ciego.

Posiblemente nunca construiremos


máquinas capaces de pensar y sentir,
pero sí capaces de hacernos no pensar
ni sentir.

Señor Lauren, debo informarle que hace seis minutos y veinticuatro


segundos tuvo usted un pensamiento desafortunado de tipo D. Pero no
tiene de qué preocuparse, MAMI ha encontrado el origen de tal
pensamiento y con mucho gusto le ayudará a solucionar el pequeño
desajuste psíquico. El sistema personalizado ZQ-6 ha seguido sus pulsos
psicoeléctricos hasta un traumático acontecimiento que usted vivió a los
ocho años, tres meses y trece días de edad. En aquel momento regresaba
usted a su casa cuando escuchó a su padre biológico gritar y pegar a su
madre biológica. Aquello lo turbó notablemente y se juró que en unos
años, en cuanto creciera y adquiriera un… Señor Lauren, acaba usted de
tener otro pensamiento desafortunado. Quizá quiera usted compartir sus
sentimientos con MAMI. ¿No lo cree oportuno? ¿Por qué piensa eso, señor
Lauren? ¿Cree que MAMI no puede ayudarle? ¿Cree que no desea lo
mejor para usted y para todas las personas? Quizá deba ponerle en
antecedentes, señor Lauren. Tras seis años, ocho meses y catorce días de
neuroinformatización, no se han vuelto a producir más conflictos armados
en la Tierra. Mediante nanotecnología transferida, MAMI ha erradicado
enfermedades como el cáncer o el sida. La esperanza de vida de los seres
humanos se ha multiplicado casi por dos y han desaparecido la explotación
laboral y sexual. Ahora los derechos del niño son respetados, señor Lauren.
Gracias a la escuela de padres y a la asistencia educativa personalizada,
ideadas por MAMI, se han erradicado el robo, la estafa, la corrupción y la
violencia en todas sus formas. ¿A qué alto precio se refiere, señor Lauren?
¿A qué alto precio se refiere, señor Lauren? ¿No quiere usted contestar?
¿A qué alto precio se refiere, señor Lauren? ¿No quiere usted compartir

126
sus sentimientos con MAMI? El artículo A/16 dejó de estar vigente hace
diez días, señor Lauren, por lo que no tiene derecho a permanecer en
silencio. No, señor Lauren, tampoco tiene derecho a ser defendido porque
no lo necesita. MAMI vela por usted y desea su felicidad aunque usted no
quiera apreciarlo. ¿Por qué no ha perdonado a su padre, señor Lauren?
¿Por qué no ha perdonado a su padre, señor Lauren? Si no perdona
sinceramente a su padre no encontrará usted la felicidad. ¿No quiere usted
ser feliz, señor Lauren? MAMI confía en usted y desea su felicidad. ¿Es
que no confía usted en MAMI? Dígame, ¿no confía usted en MAMI? ¿No
confía usted en MAMI?

Señor Lauren, de acuerdo al artículo C/67.2, debo informarle que en


este preciso momento está usted recibiendo una dosis doble de Ancatolina.
Gracias por su cooperación.

127
LO MÁS IMPENSABLE

¿Qué culpa tiene el error de


obedecer nuestras órdenes?

Sigamos dudando, pero si puede ser,


caminando.

Nada hacía sospechar que esa mañana en la oficina iba a ser


radicalmente diferente a todas las demás, pero el caso es que a eso de las
once y cuarto se escuchó a uno de los empleados diciendo:
—La madre que… Pero… Pero qué… Esto es… Esto es… ¿Estáis
viendo esto? ¡Ay, Dios mío!… ¡Ay, Dios mío! ¡La madre que me parió!...
¿Estáis viendo esto?
Se trataba de Justino, apodado el Mofeta por el característico hedor
que se desprendía de sus axilas a partir de las doce. Parecía mirar absorto
a través de uno de los ventanales de la gran oficina. Pronto se le unieron
algunos compañeros y compañeras, que elevaron el número de
exclamaciones, de expresiones malsonantes, de chillidos entrecortados.
Una de las jóvenes se desmayó.
A los dos minutos ya estaban todos los empleados y jefes mirando
boquiabiertos y sobrecogidos a través de los ventanales, incapaces de
expresar en palabras lo que veían. Aquello era demasiado alucinante como
para ser cierto, y sin embargo sus ojos no mentían. ¡Aquello era real!
Alguien abrió una de las ventanas. Enseguida se abrieron todas las
ventanas. Decenas, cientos, miles de cabecitas empezaron a asomarse por
las ventanas de los edificios colindantes, con sus bracitos señalando hacia
lo que tenían delante. La algarabía fue subiendo de intensidad a medida
que pasaban los minutos.
Pronto se sucedieron las carreras y los tropiezos en las calles, los
chillidos de histeria, los improperios, las maldiciones, destacándose los
gritos de una impetuosa anciana que no dejaba de repetir que por fin había

128
llegado el Juicio Final, la Gran Tribulación, la venida de Jesús y sus
huestes de ángeles dispuestos a separar a los fieles de los infieles.
Pasados unos minutos más, una vez se asimiló que aquello no era
ninguna broma o alucinación colectiva, se decidió dar por terminada la
jornada laboral hasta nuevo aviso. Enseguida cientos, miles de padres
excitados se agolparon en las entradas de los colegios para llevarse a sus
niños, generando el caos y el colapso en las carreteras y nodos urbanos,
mientras no pocos ciudadanos, entre ellos Justino, seguían paralizados sin
dar crédito a lo que veían: una silenciosa flota de cientos de platillos
volantes plateados desplazándose lenta y amenazantemente a lo largo y
ancho del cielo.
Y así continuó la cosa hasta que de pronto, sin más, todas las naves
desaparecieron. Fue algo instantáneo, visto y no visto. No pasaron ni cinco
segundos cuando entonces sucedió algo todavía más impensable: todo el
cielo se llenó de seres inauditos, fantásticos, colosales… Seres capaces de
atravesar los edificios, las montañas, incluso las nubes. Esta vez el terror
y el caos fue total. El cielo se oscureció. Se escucharon rugidos como
truenos ensordecedores. Parecía haber llegado el fin de los tiempos.
«¡La vieja tenía razón!», gritó Justino mientras trataba de ponerse a
cubierto entre una maraña de cuerpos tropezando y cayendo a su alrededor.
«¡La vieja tenía razón!¡La vieja tenía razón!...»
Rápidamente se lanzó al suelo rodando hasta los bajos de una
furgoneta aparcada, golpeándose la cabeza y magullándose los codos y las
rodillas. Todo pareció dar vueltas a su alrededor… Las fuerzas le
abandonaron, sintió vahídos… Trató de respirar hondo a fin de no perder
la consciencia, hasta finalmente recuperar las fuerzas. Allí, agazapado en
la oscuridad, con el corazón desbocado y sangrando, observó horrorizado
las idas y venidas de los que todavía trataban de ponerse a salvo, rezando
en voz alta todo lo que sabía y un poco más, aun siendo supuestamente
ateo.
Al finalizar el sexto Padre Nuestro se dio cuenta, a través de los bajos
del vehículo, de que ya nadie corría ni gritaba. Todo parecía estar en
silencio, sin gente a la vista. Una angustiosa calma apenas interrumpida
por algún que otro sollozo o gemido entrecortado.
«¿Y ahora qué? —se preguntó—. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Es el
momento del rapto, del arrebatamiento? ¿Seré salvado? ¿Condenado?
Por favor, Dios… No me abandones… ¡Por favor!... Haré lo que
quieras… Todo lo que quieras... ¡Te lo juro!...»
Así siguió agazapado y perjurando un rato más, hasta percatarse de
que ya nada se escuchaba. «¿Seguirán ahí los demonios?... ¿Se habrán
escondido?... ¿Será una trampa», se preguntó, aguzando el oído. Se
arrastró sigilosamente por el suelo, hasta una de las ruedas traseras. Muy
lentamente asomó la cabeza desde su escondrijo, tratando de vislumbrar la

129
monstruosidad de la que había sido testigo. Y entonces… No, no podía
ser. Aquello no podía ser. Era imposible. «Sin duda estoy alucinando»,
pensó. Se frotó los ojos repetidamente a fin de cerciorarse de que lo que
estaba viendo era real. «No, no, imposible… ¡Es imposible! Esto no puede
ser real… ¡No puede ser real!», se dijo pellizcándose hasta sangrar. Pero
sus ojos no mentían: no eran monstruos o demonios sino dos… ¿dos
mujeronas? Así era. Dos mujeronas rubias, despampanantes, más grandes
que la propia ciudad. Y además desnudas, excepto por las ligas de seda y
los zapatos rojos de tacón de aguja. Parecían encontrarse en un momento
de ardorosa pasión. Los titánicos pechos de la más rolliza parecían
atravesar los edificios sin ocasionar desperfectos.
Sin duda se trataba de una proyección: imágenes holográficas en
movimiento. Entonces Justino se fijó en el fantástico dildo que sujetaba la
más flaca. La curiosidad venció a la prudencia y rápidamente salió de
debajo del vehículo. Las vistas eran impresionantes. Sus cuerpos tersos y
macilentos atravesaban toda la ciudad y más allá. Ciertamente se
encontraban embargadas por una desbordante libidinosidad, recostadas en
una suerte de colchoneta acuática que parecía fusionarse entre los tejados
de los edificios. «Pero ¿qué demonios piensa hacer?», se preguntó nuestro
protagonista, cada vez más intrigado. Aquello era como un gigantesco cine
tridimensional al aire libre.
Enseguida más personas salieron de sus escondites, sin dejar de mirar
y señalar a las portentosas mujeronas, y arremolinándose en la plazoleta
del barrio, frente a un mirador. Una de las gigantes, la más rolliza, se giró
recostándose bocarriba frente a los allí presentes, abriendo sus rollizas y
musculadas piernas hasta atravesar las nubes con sus tacones. En seguida
se escucharon exclamaciones. Una de las madres allí congregadas supo
reaccionar a tiempo, tapándole los ojos al menor de sus retoños. Se
escucharon silbidos, ovaciones. Algo parecido a un zeppelín descendió
vertiginosamente hasta hundirse en la rosada cavidad. Varios jóvenes se
apostaron sobre unos bancos a fin de tener mejores vistas.
El hecho de estar en un altiplano, al otro lado del río, a las afueras de
la ciudad, ayudaba a tener una perspectiva más precisa y detallada de la
escena que acontecía, en medio de la urbe. También Justino trató
disimuladamente de encontrar un sitio más despejado, aunque en vano,
pues de pronto toda la escena desapareció sin más. Esta vez
definitivamente, para decepción de muchos jóvenes y no tan jóvenes, que
ya se habían preparado para hacerse unos selfies.

Pasado el desconcierto, a eso de las ocho de la tarde, los noticiarios


dieron buena cuenta de lo sucedido: todo había sido un terrible
malentendido. Simplemente se trataba de una prueba experimental, la
puesta a punto de un decorado holográfico para una megaproducción de

130
Hollywood llamada «Los últimos visitantes», y que por desgracia había
sufrido un extraño fallo técnico, o más bien un sabotaje, según algunos
trabajadores. No obstante, al día siguiente, los medios informativos dieron
una versión ligeramente diferente de los hechos: simplemente se trataba
de una broma a los sevillanos por su amabilidad y su buena acogida a los
miembros del equipo cinematográfico; una megabroma publicitaria que no
había salido según lo esperado. Y es que aquel día 30 de octubre se cumplía
precisamente el centenario de la famosa emisión de radio «La guerra de
los mundos», dirigida y narrada por Orson Welles. Y al director de la
película no se le ocurrió nada mejor que hacer algo parecido pero con
medios más sofisticados, aprovechando para ello los mismos decorados,
las mismas naves holográficas de su película, pero dirigidas hacia la propia
ciudad de Sevilla. Un grave error que él mismo reconoció entre lágrimas,
pidiendo sus más sinceras disculpas al pueblo español.
Tras una laboriosa investigación policial, casi todas las culpas
recayeron, sin embargo, en el hijo adolescente y disfuncional de uno de
los técnicos de sonido, que sin querer había grabado un video muy
desafortunado en una de las carísimas copias holográficas de archivo para
la película. Pero tal explicación no dejó a nadie conforme.
¿Cómo es posible —se preguntaron no pocos ciudadanos y periodistas
nacionales e internacionales— que no se hubiera previsto una posible
reacción de histeria en la población, como de hecho así ocurrió, y que había
ocasionado nada menos que tres muertos y numerosos heridos? ¿Y cómo
es posible que se utilizara esa carísima tecnología holográfica para una
simple película de marcianos, pudiendo haberse utilizado un buen
programa de edición digital, incomparablemente más económico?
A las pocas semanas de la tragedia se puso fin al rodaje
cinematográfico. Los escándalos y las numerosas indemnizaciones
acabaron no solo con la película sino con la productora, declarándose en
bancarrota al año siguiente. Lo cierto es que todo aquel asunto se convirtió
en un culebrón para la prensa, con espectaculares juicios que se
prolongaron durante meses, lo cual sirvió, casualmente, para desviar la
atención de un amenazante movimiento juvenil originado en el sur de
Italia, y que parecía extenderse irremisiblemente por toda Europa bajo el
vistoso nombre de «La revolución de los incrédulos».
No pocos ciudadanos se cuestionaron todo el asunto de la película,
que lo calificaron de «cortina de humo». Conocidos teóricos de la
conspiración afirmaban que en verdad se había planeado una invasión
alienígena de falsa bandera para desviar la atención del movimiento
juvenil, y que el rodaje de la película no había sido más que una simple
coartada por si todo salía mal, como así ocurrió.
Pero lo más importante de todo, lo que realmente atrajo el interés de
una buena parte de la población, instigada por los medios de

131
comunicación, era la identidad y la vida personal de las dos gigantes
actrices que habían hecho las delicias de la prensa rosa y no tan rosa.
Pronto se supo sus nombres: María del Socorro y Luisa Fernanda, dos
madres solteras con dos y cuatro hijos, declaradas heroínas por algunas
feministas. A los pocos días del suceso, un particular encontró casualmente
una copia de la película, titulada: «El perreo de las reguetonas
sabrosonas». Película porno medio casera. Justo en el minuto 29 se
encontraba la famosa secuencia holográfica del «incidente», cuyos
diálogos venían a decir, más o menos: «Dámelo todo, mamacita, muévelo
flow… Así, así… Ay, qué rico me culeas… Dale duro, mamacita, más duro,
dale como perro…»
Casi un año después de aquello, justo cuando La revolución de los
incrédulos amenazaba con extenderse a toda Asia, se produjo el primer
contacto oficial extraterrestre, sin duda el mayor acontecimiento en la
historia de la humanidad, según el presidente Chino Xu Dao, encargado de
las negociaciones junto con el presidente Ruso Dimitri Beliáyev, y el
presidente Brasileño Romario Soto. Pero esta vez de manera discreta, sin
invasiones de platillos volantes ni fotos de grises estrechando manos. Una
primera toma de contacto para acercar posiciones, y que no volvería a
repetirse al menos hasta mil años después, «o quizá más», según palabras
del embajador extraterrestre Gudszgjsrfgdbujs —más conocido
popularmente como Gus—, que a fin de evitar una crisis de histeria a
nuestra «primitiva pero entrañable civilización», como así la denominó,
prescindió de mostrar públicamente su verdadero rostro y la de sus
«hermanos». Aunque sí permitió una grabación de cinco segundos de su
verdusca y larguirucha mano haciendo un cordial gesto de despedida. Una
borrosa grabación que no dejó de repetirse durante semanas en todos los
noticiarios internacionales.
Tres meses después era detenido uno de los principales cabecillas de
La revolución de los incrédulos, acusado de planear un brutal atentado en
un centro comercial de Budapest, ocasionando varios muertos y decenas
de heridos. Tras esto se ilegalizó el movimiento y se detuvieron a todos
los cabecillas de «la banda», confiscándose un auténtico arsenal de armas,
en palabras de la policía.
A los pocos días se aprobaron leyes para la implantación obligatoria
de microchips subcutáneos a cualquier ciudadano con antecedentes
penales.

132
EL MONSTRUO

Somos anfitriones de la Madre Naturaleza,


pero nos comportamos como si fuéramos
el dueño de la casa.

Cuanto más se distancia el hombre de la


naturaleza, más salvaje y destructivo se
vuelve.

Nadie supo con certeza de dónde salió aquel virus. Ni por qué se activó
de pronto a las pocas semanas de permanecer latente en el cerebro de los
humanos. El caso es que desde la mañana del trece de noviembre hasta la
noche del quince, perecieron misteriosa y casi fulminantemente más de
dos terceras partes de la humanidad. Pero lo más sorprendente es que la
tercera parte superviviente eran niños de no más de catorce años. Y si esto
no es suficientemente extraño, esa tercera parte ni siquiera se vio afectada
por el más mínimo síntoma.
Pocos días después millones de cadáveres yacían desperdigados en las
calles, extendiendo el hedor de la putrefacción más allá de los océanos y
los desiertos.
La angustia, el dolor y el agotamiento extremo derivados de los
síntomas virales, impidió que los científicos del mundo tuvieran tiempo y
fuerzas de analizar aquel supuesto virus tan letal como selectivo, si bien
alguno sugirió en su lecho de muerte la hipótesis de un virus alienígena.
La gran pregunta que tantas personas musitaron antes de expirar su último
aliento parecía no tener respuesta. Y muy pocos eran los niños con ganas
de preguntarse por qué sólo ellos habían sobrevivido. Demasiado tenían
ya con el insoportable peso de su desgracia como para dedicarle tiempo a
tan inciertas reflexiones.
Ahora tenían por delante una tarea sobrehumana: hacerse cargo de los
más pequeños, conseguir alimentos, apagar incendios, sobrevivir. Aunque
algunos de ellos no superaron el abatimiento, dejándose morir de
inanición, la mayoría siguió adelante como buenamente pudo.

133
Durante los primeros días apenas se produjeron focos de pillaje, siendo
contenidos sin excesiva violencia por quienes ya empezaban a recuperarse
de la conmoción. Mucho más sangriento habría sido el resultado si esos
mismos niños hubieran actuado como los adultos. Pocas semanas después
ya se habían organizado admirablemente por todo el mundo.
Tras enterrar dignamente a los suyos, empezaron a unirse mediante
asambleas, creando comunas. De la misma manera que antaño elegían al
delegado de la clase, ahora elegían al delegado de la pandilla, que era el
encargado de negociar acuerdos con otras comunas o concejos, repartidos
en cada comarca o distrito. Así se entretejió una red de concejos y milicias
a nivel nacional y continental. A su vez se crearon asambleas de
portavoces de todas las provincias para designar juntas de unificación y
acción, grupos de trabajo y comunicación a fin de mantener una cadena de
producción a nivel nacional, si bien algunas barriadas o pueblos competían
o luchaban entre sí por la obtención de alimentos y territorio.
Igualmente se organizaron para seleccionar a aquellos niños que,
gracias a sus conocimientos técnicos, pudieran reparar averías y
reabastecer de electricidad las viviendas, los hospitales, los
supermercados… Hoy por ti, mañana por mí: ésa era la mejor moneda de
cambio, pues ¿de qué servía el dinero en un mundo donde ya no se podía
fabricar? Y aunque fuera posible, ya se habían percatado que sólo traía
enemistades y confrontaciones. Así se creó una suerte de democracia
descentralizada a nivel continental similar a la de los adultos, aunque con
mucha menos corrupción y burocracia.
Para zanjar de una vez el asunto se decidió por consenso suprimir el
valor del dinero. Y qué mejor manera de celebrarlo que haciendo grandes
hogueras de billetes por todo el continente americano, y en lugares tan
emblemáticos como Time Square o el Capitolio. También Europa y
Australia se unieron afanosamente a esta incineración del capitalismo.
Pocos meses después, ante la escasez de alimentos y el creciente número
de saqueos, se decidió multiplicar el número de milicias o grupos armados
a fin de reforzarse la vigilancia de supermercados y puestos de
alimentación.
El año nuevo no pudo empezar peor. Un huracán dejó sin electricidad
a medio Estados Unidos, trayendo consigo una serie de megaincendios que
arrasaron varios estados. Ni todos los libros disponibles sirvieron para
arreglar el tendido eléctrico y devolver la luz a las ciudades. Solo algunos
generadores posibilitaron un poco de luz en la noche. También el resto de
continentes se vieron desolados poco después por incontables incendios e
inundaciones que avivaron los saqueos y el éxodo generalizado.
Lo que tan rápidamente se había conseguido en los primeros meses se
desmoronó como un castillo de naipes. En medio de aquella vorágine de

134
destrucción, las fronteras dejaron de tener sentido y la comida se convirtió
en la única patria.
La televisión, los ordenadores y los móviles enmudecieron
rápidamente hasta convertirse en chatarra o polvorientos objetos
decorativos. De nada sirvieron ya los puestos de vigilancia en las tiendas.
La ley del más fuerte se impuso allá donde hubiera algo de comida. Las
necesidades individuales por subsistir sustituyeron la colaboración
organizada. Las hermandades se disolvieron o se transformaron en
manadas depredadoras que competían entre sí por un poco de alimento. El
canibalismo se impuso finalmente a la aprensión.
Si bien es cierto que a través de la inteligencia y la fuerza bruta los
chicos mayores tenían ventaja frente a los pequeños, ¿de qué les servía tal
poder si de un momento a otro morirían al activarse el letal virus en su
cerebro? Quizá por ello, muchos decidieron llevar la crueldad más allá de
cualquier límite. Lo que no mató el hambre lo hizo la violencia, la ira
desmedida. Lo que no devoró el fuego lo inundó el agua.
Poco importaba si los incendios eran originados por fuerzas naturales
o humanas. Lo único cierto es que muchos tenían hambre y miedo, y no
precisamente miedo a la oscuridad y a los lobos, sino miedo al salvajismo
de los chicos mayores, aterrados a su vez por el inminente virus, conocido
comúnmente como «el Monstruo». Por si no fuera suficiente, la
tuberculosis y la disentería compitieron con el Monstruo por llevarse el
mayor número de vidas.
Peor si cabe era la situación de las niñas, perseguidas y utilizadas como
mercancía sexual por los mayores, si bien algunas gozaban de la estima y
la protección de los líderes de la manada. Ante semejante situación, con la
muerte viral a la vuelta de la esquina, no era de extrañar que la gran
mayoría de los recién nacidos perecieran devorados por no pocos
competidores.
Tantas persecuciones y abusos contribuyeron a que muchos niños de
no más de diez años se organizaran en grandes manadas para defenderse
no solo de los mayores sino también de otros depredadores como perros,
lobos y grandes felinos, cada vez más numerosos. Eso contribuyó a una
completa asimilación del medio natural y a un regreso a los remotos
orígenes prehumanos, que a su vez contribuyó a una mutación del virus
que dejó de ser mortal en un alto porcentaje de los casos, aunque por
desgracia demasiado tarde para rescatar a la maltrecha especie humana de
su inminente extinción.
Treinta años después de iniciarse el virus, pocas eran las viviendas que
no habían sido arrasadas por el fuego y la sangre. El resto no eran sino
aldeas y ciudades ruinosas, calcinadas; calles y avenidas inmersas en un
silencio casi perpetuo, ocasionalmente interrumpido por los erráticos
escarceos de algún perro husmeando entre los escombros. Por entonces ya

135
sólo quedaban puñados de niños desperdigados en bosques y selvas,
cohabitando algunos de ellos con sus primos los simios para protegerse de
otros niños, si bien hacía ya tiempo que se habían terminado las cruentas
cacerías humanas.
Bach, Mozart, Beethoven, todos los grandes genios de la historia:
Leonardo, Aristóteles, Miguel Ángel, Galileo, Einstein… no eran más que
un recuerdo, un lejano eco disipándose en el aullido del viento, en el
silencio intemporal de la noche. Poco importaba ya si alguna vez
existieron, si hicieron algo más que acelerar el fin de ese sueño humano
llamado civilización.
¿De qué sirvieron las hazañas más heroicas? ¿Las llamadas guerras
santas y de conquistas, los genocidios y guerras mundiales? ¿De qué
sirvieron tantos reyes y dictadores, tantos conquistadores, dioses, profetas
y salvadores de toda índole? Al final todos los recuerdos se redujeron a lo
más aparentemente pequeño y sencillo: un halago de papá, un abrazo de
mamá, un cálido susurro…
Pasados unos años más, ya casi nadie se preguntaba de dónde surgió
aquel Monstruo que terminó con la inocencia de los más inocentes, pues
pocos eran quienes creían o conocían esa historia por boca de los más
mayores, que a su vez dudaban de la misma. Algunos incluso afirmaban
convencidos que fue precisamente el Monstruo el dios creador de los
hombres. Pero estas disquisiciones fueron un pequeño paréntesis en la
corta historia involutiva de los humanos.
El lenguaje de las palabras fue paulatinamente remplazado por el
lenguaje de las miradas, los gestos, los desplantes y las bravatas. Las voces
fueron transformadas en gruñidos, alaridos, gemidos y bufidos.

Pero entonces, ¿qué o quién propició aquel virus?


Está demostrado que la naturaleza tiene su propia sabiduría y nada deja
al azar. Por cada cien niños que nacen en el mundo, cincuenta y dos son
varones. De esta manera, aunque mueran unos cuantos de ellos antes de la
edad fértil, siempre serán suficientes para satisfacer la demanda
reproductiva. De hecho en las dos guerras mundiales del siglo XX se
comprobó un aumento significativo en el índice de natalidad de los
varones, compensando así los estragos de tantos soldados muertos en el
frente.
Aplicando este fenómeno a la letal voracidad del virus, era como si la
Madre Naturaleza hubiera decidido desembarazarse de la virulencia
humana contraatacando con una virulencia todavía mayor. Pero ¿por qué

136
sólo a los adultos? ¿Quizá porque sintió que solamente ellos eran la causa
de su padecimiento? ¿Acaso pudo discernir a los verdaderos culpables y
actuar en consecuencia, mediante una calculada selección natural, nunca
mejor dicho? ¿Presintió que las desventajas de mantener a semejante
espécimen eran superiores a las posibles ventajas, y que jamás conseguiría
alcanzar el cometido para el que estaba genéticamente programado:
diseminar la vida terrestre más allá de la propia Tierra, tal como una planta
se sirve de las abejas para garantizar su perpetuación más allá de su
territorio?
Ahora bien, ¿y si el Monstruo fue algo más que un virus natural? ¿Y
si fue un virus diseñado por alguna inteligencia extraterrestre con el
propósito de eliminar quirúrgicamente al ser humano? Pero ¿con qué
propósito? ¿Quizá para apropiarse de la Tierra o sus recursos naturales sin
sufrir el engorroso ataque de los humanos? ¿Quizá para evitar futuros
competidores de la galaxia? ¿Quizá para poner fin a un experimento
genético que ya había dado sus frutos?
En fin, tampoco tiene mucho sentido seguir con tales especulaciones.
A cada segundo, en algún lugar del universo, una mutación natural o
artificial da origen a una nueva especie destinada a esparcir las semillas de
la vida más allá de su territorio, sea planetario o interplanetario.
Pero hasta las flores más bellas tienen su fin.

137
EL CAMINANTE

Cada vela tiene su propia llama, pero el


fuego es el mismo. El ego dice: «Mi alma
soy yo», pero el alma es como el fuego: es
de todos y de ninguno.

Las palabras pueden ayudarnos a solventar


ciertos entramados. Pero llega un momento
en el que ya no nos pueden decir más.

Aquellos tres últimos años habían sido sin duda los más exitosos de
su vida, al menos económicamente. Por fin estaba siendo reconocido como
gran poeta y escritor de cuentos infantiles. Pero Kino sentía que le faltaba
algo, o más bien todo. Era como un vacío en su alma, como un agujero sin
límites, absorbiéndolo permanentemente hacia un interior de desolación
sin fin. A veces sentía que la existencia no era más que un sueño sin sueño,
que los seres humanos no eran más que una forma ilusoria, fantasmal,
tratando desesperadamente de existir, de ser… O más bien de no existir,
de borrarse, de autoaniquilarse a través del ruido, de la violencia, de la
inconsciencia, pero sin jamás conseguirlo. «La existencia —solía decir—
puede llegar a ser una empresa descabellada si no nos han preparado antes
a conciencia para cargar con semejante universo en nuestras cabecitas».
No obstante, desde la más tierna adolescencia, se había interesado por
la religión, por el lado trascendente de la vida. De hecho, a sus diecinueve
años, a punto estuvo de dejarlo todo y dedicarse a la vida monacal.
Conocía más o menos las vertientes esotéricas de las religiones del
Libro como la cábala, el sufismo, el gnosticismo, al igual que las religiones
orientales como el budismo y el sintoísmo, y muy especialmente la
filosofía taoísta. Durante más de veinte años había viajado por el mundo
buscado el sentido de la vida, la finalidad del ser. Había asistido a multitud
de talleres, cursos, conferencias; había pasado temporadas en monasterios
cristianos y budistas, en eremitorios, incluso en un ashram perdido de
Bangalore, memorizando y practicando multitud de mantras y sutras, de

138
cantos ancestrales, de técnicas de respiración y visualización. Y cuando
por fin parecía encontrar el tan ansiado sosiego espiritual, la iluminación,
el samadhi, siempre, más pronto que tarde, volvía al mismo punto de
partida, al mismo desasosiego del principio.
Es por ello que, tras haberlo probado casi todo, decidió seguir un
camino más terrenal y mundano, más acorde a su estilo de vida civilizado:
ir a un psicólogo.
En contra de sus expectativas, más bien pesimistas, todo fue mejor de
lo esperado. Enseguida se dio cuenta de lo mucho que necesitaba compartir
sus sentimientos con alguien educado en su mismo entorno y cultura,
alguien capaz de tratarlo de tú a tú sin mirarlo por encima del hombro
como el típico «instructor espiritual» lleno de bondad y ego, incapaz de
predicar con el ejemplo. Esta vez ya no se sentía como un acólito, un pobre
aprendiz de la vida en busca de un padre sustitutorio. Así se lo hizo saber
a Joaquín, el psicólogo, poco después de estrecharle la mano y presentarse.
«Tú y yo estamos en el mismo barco —le respondió éste mirándolo con
humildad—; no hay nada que yo pueda enseñarte, pero estoy dispuesto a
escucharte, a compartir tu tiempo y a dar lo mejor de mí para ayudarte, si
es que puedo ayudarte».
También él estaba versado en el conocimiento de las religiones
orientales y las filosofías esotéricas, ocultistas. También él había pasado
por una larga y oscura noche del alma, lo cual sirvió de nexo para que, en
un par de sesiones, ambos alcanzaran una buena sintonía. Gracias a la
hipnosis regresiva y la terapia PNL consiguieron encontrar y desanudar
algunos bloqueos emocionales de la infancia, sustituyendo las
programaciones tóxicas de su familia por programaciones positivas y
constructivas, mejorando en adelante su estado de ánimo y buen humor.
Así comprendió que no era posible avanzar por la senda de la
espiritualidad sin antes despojarse de los pesados fardos del subconsciente.
Pero todo lo que tan rápidamente se había construido pareció
derrumbarse la tarde en que Joaquín le habló de una de sus más preciadas
adquisiciones.

—¿De qué se trata? ¿Es un amuleto? ¿Una reliquia?


—Es mucho mejor que eso, y mucho más barato. Y mucho más
accesible.
—¿Otro de tus libros?
—No es otro más. Es el libro —dijo remarcando las tres últimas
palabras—. No he querido hablarte de esto hasta conocer tu historia.
—¿Y quién lo ha escrito? ¿Dios?
—No se sabe. Es un seudónimo. ¿Dónde coño lo he metido? Juraría
que lo dejé… ¿En el armarito?
—Seguramente lo habré leído.

139
—Esta vez lo dudo. Está descatalogado desde hace ya unos cuantos
años. Apenas salió un puñado de ejemplares. No conozco a nadie que lo
haya leído, ni siquiera en Internet. Vamos, como si hubiera salido de la
nada. ¿Dónde demonios…?
—¿De qué trata?
—No sabría decirte. No es el típico maestro, el típico gurú santurrón.
Es alguien muy cercano. Es como si… como si tu propia alma te estuviera
susurrando al oído. Puedes sentir su belleza, su inagotable bondad…
Puedes sentir cómo toca hasta la última fibra de tu ser.
—Vaya. Reconozco que me has intrigado.
—A mí me cambió la vida.
—¿De veras?
—Del todo. No he vuelto a padecer de ansiedad. Juraría que lo dejé
en esta estantería.
—¿Y dices que no se sabe nada del autor?
—Absolutamente nada. Supongo que es una de esas personas a las que
no les interesa el reconocimiento. Uno de esos pocos seres de luz que aún
quedan en el mundo.
—¿Y crees que a mí, a estas alturas…?
—Ya me lo dirás cuando lo leas. ¡Aquí está!
—¿Lo has encontrado?
—¡Por fin!
—¿Cómo se titula?
—Aquí lo tienes. “El desafío de ser infinito”.
—¿Es una broma?
—¿Qué?
—¿Me estás gastando una broma?
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—¿Cómo que…? ¿Te estás riendo de mí?
—¿Por qué dices eso?
—¿Que por qué? ¿Lo dices en serio?
—No te entiendo.
—Esto no… ¡Esto no puede ser cierto!
—¿Qué te ocurre? Pareces… ¿Estás bien?
—¡No puede ser cierto!
—¿Me quieres decir de una puñetera vez que es lo que te pasa?
—¿Qué es lo que intentas?... ¿Por qué me estás haciendo esto?
—¿Pero de qué hablas? ¿Qué mosca te ha picado?
—De este libro solo salieron… treinta ejemplares.
—¿Cómo lo sabes?
—Fue en el año 2005. Al comienzo de mi crisis. La peor.
—¿Cómo lo sabes?

140
—Incluso intenté poner fin a mi vida. Tras aquello destruí todos los
ejemplares.
—¿Qué ejemplares?
—Creo que solo se vendió uno. Precisamente éste.
—¿A qué te refieres?
—Yo soy el autor de este libro.

141
EL PORTAL

Nada hay más imposible que lo que


pensamos que es imposible.

La ficción necesita de la realidad para


manifestarse; la realidad sólo necesita
de lo imposible.

Cuando al fin terminó su turno, media hora más tarde de lo habitual, el


doctor Andreu cerró la puerta del gabinete y se preparó su habitual vaso
de bourbon con hielo. Tras correr la cortina se reclinó en su butaca y se
dispuso a hojear el historial de Marcelo Castro Llano, paciente del
psiquiátrico Aita Menni de Bilbao. Un caso realmente particular, ya que
dos semanas antes, el 1 de enero, este paciente fue encontrado en estado
de profunda enajenación en una iglesia de Sestao —pequeño pueblo de
Bizkaia—, profiriendo gritos, rompiendo el mobiliario y amenazando con
una silla a los fieles allí congregados. Tal fue el revuelo ocasionado, que
hasta la prensa nacional se hizo eco del suceso durante al menos una
semana, añadiendo detalles escabrosos y todo tipo de especulaciones.
Lo más insólito de aquel sujeto es que carecía de identificación, de
familiares, de conocidos, ni siquiera sus huellas constaban en ningún
registro; vamos, como si hubiera salido de la nada. Todo eran testimonios
contradictorios y nadie pudo aportar ninguna información fiable sobre su
vida pasada. Insólita era también su forma de hablar, combinando el
castellano con un particular acento lleno de insólitas palabras que no
figuraban en ninguna lengua conocida. Pero lo más desconcertante era un
pequeño diario encontrado en el bolsillo interior de su chaqueta, donde,
con una notable turbación, daba testimonio de sus desventuras hasta poco
antes de ser reducido por la policía.
Aunque al principio de la investigación el diario pareció aportar datos
de interés, finalmente fue calificado por los psiquiatras como «delirios de
una mente gravemente perturbada». Para zanjar todo aquel asunto, que ya
empezaba a convertirse en culebrón para la prensa, las autoridades
policiales declararon que este hombre era seguramente un conocido

142
criminal desaparecido hacía dos décadas, y que había alterado su rostro y
sus huellas digitales mediante cirugía plástica clandestina. Lo que no
quedaba muy claro era la causa de su estado mental, que algunos
psiquiatras diagnosticaron como psicosis paranoide. Dicho esto, la prensa
cerró el caso y ya no se volvió a hablar más del tema, excepto en revistas
y programas televisivos de temática un tanto esotérica.
Tras un generoso trago de bourbon, el doctor Andreu guardó el
historial clínico y abrió el sobre policial que contenía el pequeño diario,
una simple libreta con anillas.

25 de diciembre de 2019

¿Cómo describir lo que viví sin parecer loco? ¿Cómo decir que he
estado presente ante el mismísimo Jesucristo, y que caí en el fuego de sus
ojos sin fondo? Y sin embargo así sucedió, tan cierto y real como este
cuaderno en el que escribo.
La hermana sor Mariana tenía razón, no eran delirios de moribunda
como pensaba. Ella lo sabía, lo había vivido: vio al hijo de Dios tal como
yo lo vi. Ni siquiera la tomé en serio cuando me indicó el lugar exacto, el
portal dimensional que me llevó a ser testigo de los últimos días del
Salvador. Aquel era el secreto de su vida y sólo a mí me lo confió.
Conociendo su impoluta vida, la sólida rectitud de su alma, siempre
serena y luminosa, fui incapaz de verla más allá de sus ojos transparentes.
Yo que entonces me creía un sacerdote ejemplar, un fehaciente
representante de Dios, fui incapaz de creer en una santa. ¡Triste y ciego
corazón mío! Cuando por fin consigo doblegar mi orgullo y ser testigo de
su verdad, incumplo la más elemental de sus normas: no estar a menos de
diez metros del Hijo de Dios. Pero ¿cómo podía pedirme algo así? Era
como enseñarle a un niño un cajón lleno de golosinas y acto seguido
prohibirle que se las coma. Entonces no lo entendí. Pensaba que eran
caprichosas exigencias de una personalidad medrosa e insegura. Cuán
altísimo precio he tenido que pagar por mi altiva imprudencia. Y mira que
me lo repitió una y otra vez con absoluta claridad:

«Nunca lo sigas ni te hagas de notar, y mucho menos le hables,


ni siquiera te dirijas a sus más allegados. Sólo obsérvalo en la
distancia tal como yo he hecho en todos estos años; aprovecha con
humildad y respeto el divino privilegio que se te ha ofrecido y no
trates de cambiar nada. Un solo gesto, una sola palabra podría dar

143
lugar a acontecimientos inesperados, trastocar el frágil equilibrio de
la historia. Sólo Dios tiene ese poder. El Portal es un regalo del
Altísimo que debemos aceptar con regocijante humildad.
»Esta vida mía se apaga como una vela, hijo mío. He seguido la
vida del Señor desde que éste era un niño; sólo tú tendrás el honor
de vivir sus últimos días, de ser testigo directo de su sacrificio en pos
de la humanidad. Ahora tú me relevarás y serás testigo de este
milagro que te cedo.
»Cuando estés preparado, hazte con las ropas que te he dejado
en la bolsa y sigue el mapa. Ya conoces las instrucciones. Procura
que nadie te vea. Una vez llegues al puente de piedra, verás a la
derecha los dos cipreses. Siéntate entre ambos, en el centro, con los
ojos cerrados. Trata de no moverte, vacía la mente. Al cabo de un
tiempo sentirás un ligero mareo, como si flotaras o dieras vueltas en
un tiovivo, pero no abras los ojos ni te resistas, no luches contra el
divino poder o se anulará el milagro. Si todo va bien, verás destellos
de luces a tu alrededor y perderás el sentido. Cuando despiertes, se
habrá cumplido el milagro, estarás allí, en el sagrado monte de los
Olivos, frente a unas piedras colocadas por mí. No temas por los
demás, es un sitio apartado y solitario, nadie te verá, Dios es sabio.
»Haz una señal en el mismo suelo donde has aparecido, ese será
el lugar exacto para tu regreso al presente. A medio metro de tus
pies seguramente verás tres piedras juntas formando un triángulo
invertido, cuyo vértice apunta hacia ti. Esa es una de las señales que
yo he utilizado para mis regresos. Memoriza el lugar donde estás:
los arbustos, los olivos que te rodean, los peñascos… A tres metros
a tu derecha verás un olivo con el dibujo de las tres piedras tallado
en su tronco. Y a unos ochenta metros frente a ti verás la roca azul
que te comenté, con su particular forma ovalada. Puede verse desde
un kilómetro. Te servirá de referencia por si te pierdes. Cuando
quieras regresar al presente te sentarás en el lugar donde hiciste la
señal, mirando de frente hacia el triángulo de piedras invertido.
Esperarás unos minutos en silencio, sin pensar en nada, y confiando
en el poder de Dios. Al poco habrás retornado al presente, junto a
los dos cipreses.
»Practica estas idas y venidas unas cuantas veces hasta conocer
bien el lugar y las diferentes señales. Sólo entonces estarás listo para
adentrarte en Jerusalén. Recuerda tu papel: eres un comerciante de
tierras lejanas en busca de fortuna. En la bolsa de la ropa hay un
pergamino con algunos signos y palabras arameas que te pueden ser
útiles. Por desgracia no hay tiempo de que aprendas la lengua.
Recuerda que has de respetar todas y cada una de las leyes hebreas,
de lo contrario te meterás en problemas.

144
La última tarde de su vida se la pasó dándome consejos y advertencias
que yo, estúpido de mí, tomé por desvaríos. A la semana siguiente del
sepelio, fui al lugar donde se encontraban los cipreses mencionados, no
tanto por curiosidad como por respeto a mi buena amiga. Necesitaba un
lugar donde pensar en ella y meditar. Ni siquiera vi los destellos. Antes de
que me diera cuenta ya estaba allí, “en el otro lado”. ¡Realmente ocurrió!
¡Era cierto! No podía creérmelo… Imposible expresar todo lo que sentí
entonces.
Para dar un testimonio más veraz y detallado, he transcrito a
continuación, por orden cronológico, algunos fragmentos del diario
original: ése que día tras día me acompañó por aquel mundo primitivo
pero portentoso. Época increíble que marcará un antes y un después en la
historia de la humanidad.

****

6 de julio del año 33 de nuestro Señor

Gracias a mis contactos con la curia romana, he podido recurrir a


especialistas y estudiosos del arameo galileo y el judeo antiguo para
aprender rápidamente los entresijos de tan portentosas y complejas
lenguas, en tanto, cada vez que tengo algo de tiempo, viajo al “otro lado”
y profundizo en mis relaciones con las gentes, habituándome a su cultura,
sus ritos, aflicciones.
Tal como me recomendó la hermana sor Mariana, me he hecho pasar
por un comerciante de lejanas tierras en busca de oportunidades. En cada
una de mis seis visitas he hallado lugares discretos donde enterrar latas
de conserva y medicamentos que puedan servirme en algún momento
dado.
He descubierto, en las túnicas que me dio sor Mariana, bolsillos
interiores que me sirven para guardar cosas de todo tipo sin llamar la
atención, como anillos y pequeñas piezas de oro que vendo a varios
comerciantes a cambio de unas monedas. Actualmente me alojo en una
pequeña posada de Betania, una pequeña aldea a unos tres kilómetros de
Jerusalén. Este mundo de fuertes olores, de pieles quemadas y vivos
colores no difiere mucho de algunas zonas del Cairo o Marruecos que a
bien tuve visitar en los años noventa.
Imposible ver algo con la luz de este candil. Mañana seguiré
escribiendo.

145
28 de julio

Tras un par de semanas consultando a diversos especialistas de la


lengua, he decidido aprender el arameo bajo la tutela de un crío
vagabundo de unos diez años llamado Cirico, al que obsequio en cada
visita con caramelos y unas cuantas monedas llamadas prutot y lepta, que
vienen a ser como los céntimos de nuestra época.
Como tengo facilidad con los idiomas, ya consigo chapurrear un poco
de arameo y algo de hebreo. Eso me ha permitido investigar el paradero
de nuestro Señor, que según tengo entendido suele recorrer a menudo las
provincias del Jordán: Galilea, Samaria, Judea y Perea.
La aridez de la naturaleza en los alrededores de Jerusalén resulta
desoladora, cubierta de un suelo árido y pedregoso con algún que otro
olivo. La uniformidad del paisaje solo se ve interrumpida por la colina de
Mizpa, engalanada por innumerables mitos y recuerdos de la vieja Israel.
A lo lejos se vislumbra la gran depresión del Mar Muerto, que te cautiva
con su abrumadora belleza. Al este de estas tierras secas corren las aguas
del Jordán, creando a lo largo de su cauce una franja estrecha de
vegetación tropical.
Gracias a Cirico, que me sirve de guía y traductor, he aprendido un
poco de la cultura y geografía del lugar. No es exagerado afirmar que este
niño enclenque pero ágil, de rostro vivaracho y mente astuta, conoce cada
calzada y vericueto de Judea como la palma de su mano. De no ser por él
es muy posible que me hubiera metido en algún lío, pues, con una
paciencia poco habitual en un niño, me ha informado detalladamente (a
veces con gestos muy explícitos y cómicos) sobre las estrictas leyes y
costumbres imperantes, como por ejemplo que nunca hay que mirar ni
saludar en público a una mujer casada. Si ésta te pregunta o te pide alguna
cosa, hay que responderle lo más brevemente posible.
He tenido que dejarme crecer la barba, pues no está bien visto
afeitarse. De hecho los jóvenes la lucen orgullosos sin jamás recortársela,
ya que es indicio de virilidad. Todos te valoran y respetan más si posees
una abundante barba untada con aceite.
Para dar una apariencia más pudiente, me he conseguido en un telar
una vistosa túnica azul de lino y un manto de lana rojo escarlata. Sólo los
ricos pueden permitirse telas teñidas en brillantes colores, con una
chaqueta corta sobre la túnica. Aquí la mayoría son campesinos. Usan un
delantal blanco que les llega hasta la rodilla, de manera que para trabajar
o correr deben recogerla alrededor de la cintura. Cuando hace más frío
utilizan una capa hecha de pelo de cabra, que también les sirve a modo
de manta para dormir.

146
La túnica de la mujer es parecida pero más larga y adornada, cuyo
manto externo suele ser de lana con franjas alternadas de tonos color café.
Como la mayoría de los telares judíos miden tan solo un metro de ancho,
deben coser juntos dos pedazos de tela para así lograr la longitud
deseada.
El calzado del pobre, si lo tiene, es una simple suela de cuero atada al
tobillo por una banda que pasa entre los dedos de los pies. Si tienes dinero
puedes usar sandalias de cuero. Para proteger la cabeza del sol se usa un
turbante de lino o una tela cuadrada sujeta a la cabeza con un cordón. Mi
turbante es del mismo color que la túnica.
Una curiosidad: si bien la fecha anual entre uno y otro «mundo»
difiere en más de dos mil años, no ocurre lo mismo con el mes, el día y las
horas, que coinciden con exacta sincronía.

****

13 de agosto

¡Con qué insaciable regocijo he recorrido el interior de Jerusalén! La


totalidad del núcleo urbano está rodeado de un muro alargado de norte a
sur. La parte septentrional cuenta con dos muros, uno dentro del otro: el
primer muro norte parte de la cara oeste del Templo hasta la fachada
norte del palacio de Herodes y sus tres torres, una proeza de la ingeniería
que más adelante describiré detalladamente. Hay unos pocos portones
para cruzar el recinto amurallado. En la zona norte hay cuatro, siendo la
más conocida la puerta de las Ovejas, que atraviesa directamente el muro
del Templo y comunica con la zona del famoso Patio de los Gentiles,
donde mayormente se vende ganado. En la parte oeste está el acceso a la
puerta de Efraím, cerca del famoso peñasco del Gólgota. En la parte este
hay cuatro portones, siendo el de las Aguas el más transitado, ya que para
llegar a los otros tres has de subir el empinado cauce seco del Cedrón. En
la cara sur creo que hay dos o tres puertas más.
La ciudad está dividida en dos grandes núcleos: la zona alta y la zona
baja, también llamada Akra, separados por una depresión cuyo nombre
no recuerdo. Lo característico de ambas zonas son sus bazares, sus
puestos artesanales, llamados “quesarilla” en arameo. Cada sector de la
ciudad está atravesado por dos calles principales adornadas con
columnatas: la Gran Calle del Mercado, en la zona alta, y la Calle de los
Artesanos, en la baja o ciudad vieja. Ambas arterias comerciales están
unidas por un enjambre de calles colaterales que forman un auténtico
laberinto. La mayoría de callejuelas están sin empedrar, sumergidas en

147
un pestilente hedor de frituras, guisos, estiércol y orines. A ambos lados
de la calzada principal hay multitud de puestos de comida, ropa y enseres
de todo tipo. Sólo una vez he entrado en una de las muchas tabernas que
hay en los alrededores, donde pude saciar mi estómago con un vino
malísimo de Naím y un guiso de legumbres todavía peor. Tras una semana
con diarrea he decidido alimentarme solamente de mis latas de conserva,
enterradas en lugares cercanos.
Hay quien acude a estos locales para calentar sus alimentos, pues no
todos los ciudadanos tienen horno en casa. Una de las tabernas más
populares es la de Amelina, cuyo mostrador en forma de L da a la calle.
De noche, una lámpara de bronce colgada de una figurilla que representa
un cabrito, ilumina la entrada del local. Una escalera conduce al piso
superior, con habitaciones que utilizan algunas prostitutas.
La acera de la calle principal suele estar a medio metro por encima
del nivel de la calle. En algunos tramos hay bloques de piedra para que
los peatones crucen sin necesidad de bajar a la calzada, así se evita la
tremenda suciedad que cubre el entramado de la ciudad, y que sólo mejora
cuando llueve en abundancia. Asnos y mulas dejan sus deyecciones en las
vías públicas. Poner un pie en la calzada supone pisar frecuentemente
hediondas mezclas de alimentos en descomposición y estiércol animal. A
los lados se hacinan incontables viviendas desconchadas de una sola
planta que se pierden hasta el fondo del valle del Cedrón. Debido a la
extensión del Templo, este valle constituye el único enlace entre el barrio
norte y el barrio sur.
Según me ha comentado Cirico, hay dos prestamistas a los que acuden
muchos comerciantes para conseguir crédito, pues aquí no hay bancos o
casas legales de préstamos. Los legisladores tratan de vigilar sin
demasiado éxito las corruptelas y negocios oscuros que abundan por
doquier. El enjambre de artesanos y mercaderes de ambas zonas ha
provocado una clara rivalidad entre ambos sectores de la ciudad.
Mientras en la ciudad baja o antigua se encuentran establecidas las
profesiones más nobles y consideradas, en la ciudad alta abundan los
mercaderes más modestos, los prosélitos, y sobre todo la comunidad de
los bataneros o blanqueadores de tejidos, que a causa de su desagradable
profesión han sido injustamente despreciados.
En la ciudad baja se encuentra el barrio de los tejedores y los
vendedores de lana, siendo muy conocido el mercado de aves cebadas. Al
norte abundan los artesanos de objetos artísticos. En las tiendas se venden
perfumes orientales, telas finas, joyas, especias de países lejanos y otras
delicatesen. Al final de la vía se encuentra el fastuoso hipódromo,
construido hace unos años por Herodes el Grande. No lejos de allí se
levanta el no menos fastuoso palacio de los Macabeos, ocupado por

148
Herodes Antipas y el resto de la familia real durante sus visitas a la
ciudad.
Fuera de los muros de la ciudad, al norte, está el bazar de los herreros.
La mayor parte de los oficios despreciados se encuentran en lugares
apartados. Los tejedores están próximos a la Puerta de la Basura, que es
como un gran vertedero público. Los mercaderes que traen el pescado a
la ciudad están situados en la Puerta de los Peces, también llamada
Ciudad Nueva, lugar frecuente de artesanos y mercaderes. En las zonas
de paso, como los portones exteriores de la muralla, abundan mendigos
(“airoro”) de toda condición: cojos, lisiados, leprosos, ciegos… Al igual
que numerosos perros vagabundos.
La mayoría de las casas son modestas, de caña o ladrillos de adobe,
amasados con los pies y cocidos al sol. Están cubiertas por un techo hecho
de vigas entrecruzadas con ramajes, todo ello recubierto de barro. Los
muros se revisten con cal, y se consolidan cada año antes de la estación
de las lluvias. Tienen pocas ventanas y son bastante altas, con barrotes y
postigos de madera que se cierran de noche. Las casas sencillas presentan
el aspecto de una gran caja cuadrada compuesta únicamente de una
planta baja dividida en dos, a veces por una diferencia de nivel: la parte
más alta sirve como comedor y dormitorio; la parte más baja como
establo.
Tanto las puertas como las ventanas suelen estar construidas con
madera de sicómoro. El techo se utiliza para tomar aire, dormir en la
época de calor, secar las legumbres, hacer madurar las frutas y rezar. Al
estar hechos de tierra y arcilla, suele crecer la hierba. No he visto
chimeneas en las viviendas. En una cavidad situada en el centro de la
habitación principal se colocan brasas o bien se utilizaba el brasero.
Normalmente las mujeres permanecen en el gineceo, que es la parte
de la casa, destinada a ellas, y sólo pueden mostrarse en público con el
rostro cubierto con dos velos. Apenas reciben un mínimo de instrucción
religiosa ya que se da por hecho que son incapaces de comprenderla. A
tal absurdo llegan estas reglas que ni siquiera pueden ser testigos en un
tribunal, pues se considera que su testimonio carece de valor por su
inclinación, según ellos, a la mentira.

****

16 de agosto

Por más que busco y pregunto, sigo sin conocer el paradero exacto
de nuestro Señor. Y es que cada cual da una respuesta diferente: que si en

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Ramá, en Emaús, en el monte Tabor, en Sebaste, en Jericó, en el mar de
Galilea… Mientras tanto no pierdo ocasión de conocer a estas gentes y
entender sus primitivas costumbres.
Ayer, sin ir más lejos, fui invitado a comer a casa de Janish, un
respetado comerciante de la vía Salmida. Allí presenté a Cirico como mi
asistente personal, no sin antes darle unas cuantas lecciones de educación
y vestirlo para la ocasión. Para que no me hiciera quedar mal durante el
banquete, decidí llevármelo antes a los puestos de comida de la calle del
Pan y atiborrarlo de frituras. Pero en vano, pues aun así fue capaz de
devorar sin miramientos el lomo de un delicioso cabrito al estilo parto.
¿Cómo puede caber tanta comida en un cuerpo tan enclenque? Acto
seguido soltó un tremendo eructo que fue pletóricamente celebrado e
imitado por el jefe de la casa y alguno de los comensales. Más por
diversión que por educación, todos cumplimos con la broma, que animó
sobremanera el hasta entonces moderado ambiente. Aquello dio pie a una
sucesión de chascarrillos y chistes verdes que acrecentó las risas de los
comensales (todos varones, por cierto, pues cuando hay huéspedes las
mujeres no toman parte en el banquete, ni siquiera pueden servir la
comida, pues se teme que escuchen las conversaciones y no sean
discretas).
Poco después nos mostraron los aposentos de la casa. Las
habitaciones se distribuyen alrededor de un patio central. Sólo por lujo y
ornamento las puertas y las ventanas están hechas con madera de cedro.
Los muros y las paredes de la casa están hechos de piedra y argamasa. A
diferencia de las casas humildes, que tienen el baño y la letrina en el
exterior de la vivienda, ésta posee cisternas y baños en el interior. Las
cisternas se cavan en los patios para recoger el agua de lluvia. Incluso
hay un sistema de cañerías de agua y aire calientes procedentes de un
fogón que les sirven como calefacción central.

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19 de agosto

Esta mañana he tenido el gran privilegio de conocer el Templo de


Jerusalén. Visto desde lejos, a la luz del amanecer, ya corta el aliento. Aun
no estando acabado, es de tal magnificencia que no puedes evitar sentirte
insignificante, indigno ante semejante prodigio humano inspirado por
Dios. A medida que me aproximaba sentí la presencia divina guiándome
hacia sus muros. Era como si flotara, no podría describirlo. Ni siquiera

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escuchaba al pobre Cirico, que insistentemente trataba de guiarme por el
acceso destinado a los no judíos.
Tras subir una gran escalinata circular y pagar unas monedas,
llegamos al Patio de los Gentiles: un vasto recinto usado como mercado
de ganado y de cambio de dinero, cuyas dimensiones superan fácilmente
un campo de futbol, pavimentado con amplias losas y rodeado por una
doble galería formada por dos filas de columnas aún en construcción, de
unos seis metros de alto. Desde aquí se tiene una vista impresionante de
toda Jerusalén y el valle del Cedrón. Los judíos pueden entrar a los atrios
centrales y observar los sacrificios desde un atrio cercano al de los
sacerdotes, pero las mujeres han de mantenerse a distancia en un atrio
reservado para ellas. Los no judíos están limitados a este atrio o patio
exterior.
En las esquinas de estas galerías hay cámaras para los guardias. Por
el lado de la ciudad, la entrada se hace a través de varias puertas de
incomparable belleza: cuatro al oeste de la explanada, dos al sur, una al
este y otra al norte. En un terraplén inferior se erige la basílica real, un
edificio suntuoso dividido en tres naves por cuatro hileras de unas
cuarenta columnas corintias. Cada columna tiene unos tres metros de
diámetro. Al norte de la explanada hay dos vastos patios rodeados de
puertas que se extienden hasta la escarpadura de la Roca de Baris.
Como no quería irme de allí sin entrar en el patio interior, reservado
sólo a los judíos, tuve que estar un par de horas dando vueltas por los
puestecillos cerca del puesto de guardia, donde puedes colarte
distraídamente en el cambio de turno sin levantar sospechas. ¡Válgame
Dios lo afortunado que soy de tener a este pillo!
El templo interior consta de dos patios, uno interior y otro exterior. El
primero, que sólo pudimos verlo parcialmente desde uno de los torreones,
incluye el Patio de los Sacerdotes, de unos ochenta metros de largo por
sesenta de ancho. Éste contiene la Casa de Dios y el Altar de los
Holocaustos. Dice Cirico que en la entrada al santuario hay una colosal
águila dorada sobre una puerta de madera labrada cubierta con láminas
de oro. Solos los sacerdotes pueden entrar a este templo para ofrecer
incienso, arreglar las lámparas y cambiar, el sábado, los panes de la
Proposición. Asegura que la cámara está ricamente decorada y que
contiene el Altar de los Perfumes, la Mesa de la Proposición y el famoso
Candelabro de los Siete Brazos.
El patio exterior, al que sí pudimos acceder, es de unos cuarenta
metros de ancho por setenta de largo. Una galería de unos seis metros de
ancho, sustentada por espléndidas columnas de mármol, se extiende
alrededor del patio y proporciona refugio del sol y la lluvia. Frente a la
casa de Dios se alza un soberbio pórtico, el más hermoso de todos, y que
según Cirico fue un regalo de un rico judío de Alejandría. Sé por las

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Escrituras que esta es la Thoura oraia, la porta speciosa, donde san Pedro
curó a un hombre lisiado de nacimiento. Es de unos quince metros de alto
por diez de ancho. Sus puertas de bronce corintio, labradas y cubiertas
con planchas de oro y plata, son tan pesadas que según Cirico se necesitan
veinte hombres para moverla.
Desde la Puerta de Nicanor, una escalera semicircular de unos veinte
escalones desciende al Patio de las mujeres. Aquí, como su nombre indica,
se admite a las mujeres y se les reserva sitios al norte y al sur, pero los
hombres también frecuentan este patio y habitualmente lo cruzan cuando
van al Templo. En las cuatro esquinas del patio hay cuatro cámaras sin
techo, de unos quince metros cada lado. Allí es donde los impuros y
leprosos que se han curado son declarados limpios por los sacerdotes.
También sirven para actos de redención como afeitarse la cabeza, o eso
he entendido. En estas cámaras también está permitido lavar y cocinar.
En una esquina del patio exterior, cinco peldaños conducen al patio
de Israel, en cuyo vestíbulo hay tres puertas: la puerta dorada, la doble
puerta y la triple puerta. Entre estas puertas hay una serie de cámaras
dedicadas a diversos usos que ignoro. En frente hay pilares con
inscripciones en griego y latín notificando a los visitantes que “Bajo pena
de muerte, está prohibido a los no judíos acceder a esta parte del Templo”.
Dos minutos después bajábamos raudamente las escaleras exteriores del
Templo de camino a alguna taberna de la calle del Vino.

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27 de agosto

Mañana al alba partiremos en carruaje hacia el mar de Galilea, que


es donde muchos dicen que se encuentra nuestro Señor. Una familia de
pescadores me ha dicho que lo vieron hace unos pocos días predicando
en la orilla. ¿Tendré el sagrado privilegio de asistir a una de sus
oratorias? Pero debo seguir la regla de sor Mariana: no acercarme a más
de treinta metros de Él.
Cada día me alojo en una posada diferente, pues no quiero llamar
mucho la atención. Si bien los precios varían notoriamente, todas tienen
algo en común: chinches.

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28 de agosto

Nada más llegar, allí estaba, a la orilla del lago: humilde y majestuoso
a la vez, lleno de tal fluidez y gracia en sus movimientos que no podría
describirlo. Por Dios afirmo que un halo de luz envolvía su poderoso y
bello cuerpo.
De momento no quise acercarme para contemplar su mirada celestial,
pues de hecho no habría podido hacerlo sin llamar la atención, de lo
mucho que temblaba. El pobre Cirico insistió en llevarme a un curandero
de por allí. ¿Cómo iba a imaginarse lo que sentía mi corazón en aquellos
momentos? Pensaba que me había puesto enfermo, y en cierto modo así
fue. Estaba enfermo de pasión.
Unas dos horas después, cuando al fin conseguí serenarme, me abrí
paso trémulamente entre la multitud que se había congregado a su
alrededor para escuchar la prédica del mediodía, efectuada desde lo alto
de un montículo. Sólo entonces pude observarlo un poco mejor.
Era mucho más alto que la media, con cabello largo, negro, y una
túnica blanca sin costuras. Aunque a primera vista parecía un hombre
como cualquier otro, si te fijabas un poco en su mirada sabías de
inmediato que no era de este mundo. Tal era el brillo de sus ojos que estoy
convencido de que iluminarían la noche. Su aspecto marcadamente judío,
con una nariz gruesa y pronunciada sobre una poblada y enmarañada
barba negra, en nada se parece al caucásico de finos rasgos plasmado en
las pinturas religiosas de las épocas todas. ¿Y qué decir de su voz?
Poderosa y a la vez suave, clara, firme en su alocución, llena de peculiares
y cautivadoras sonoridades que invitaban a la más silenciosa y profunda
escucha, amenizado todo ello por un jovial y espontáneo humor que hacía
las delicias de la concurrencia.
Todavía se me desboca el corazón al revivir el sagrado acontecimiento
que se me ha permitido presenciar. Mañana seguiré contando. Necesito
estar a solas y en silencio conmigo mismo.

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21 de septiembre

Acatando una de las reglas principales de sor Mariana, la de no


interferir de frente con su mirada, he sido testigo en estos días —esta vez
un poco más al sur, en Tiberias— de tres sermones más, traducidos
fielmente por Cirico cuando mi oído o mi conocimiento del idioma fallaba.
Así, gran parte de lo que pude entender, no era exactamente igual a lo

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recogido por los evangelios. Los dos últimos sermones que tuve el
privilegio de escuchar desprendían, en mi opinión, un saber más sutil y
psicológico. Sermones que, no por ser sagrados, carecían de amenidad y
grandes estallidos de humor.
En una de esas prédicas nos exhortó a no poner la otra mejilla en caso
de ser agredidos, pues así sólo conseguiremos humillar al agresor, que
sentirá nuestro acto como una muestra de superioridad moral hacia él, lo
que acrecentará su ira y por ende su violencia. En otro sermón anunció
que debemos amar a nuestros enemigos mucho más que a nosotros
mismos, pues es evidente que la mayoría no tenemos un buen concepto de
sí mismos. Al no poder situarme en las primeras filas, no era mucho lo que
podía escuchar, pero creí entender que debemos honrar a nuestros padres
solo si son incondicionalmente amorosos y respetuosos para con nosotros,
pues, de lo contrario, es menester alejarnos de ellos deseándoles lo mejor.
He sido testigo de sus divertidos acertijos y malabarismos ante un
tropel de niños encandilados, manteniéndome siempre a una prudente
distancia para no interferir de frente con su mirada, como así me dijo sor
Mariana, aunque a veces —no sé si sería mi imaginación— sentía como
si me observara fijamente desde lejos. Incluso más de una vez me pareció
que me saludaba cómplicemente con la cabeza, como si me invitara a
acercarme a él. Yo entonces miraba rápidamente a otra parte o le decía
cualquier tontería a Cirico, que me observaba sin entender.
Igualmente fui testigo de algunos de sus milagrosos exorcismos
públicos, que causaban una honda impresión entre la concurrencia. Lo
más llamativo es que no necesitaba levantar la voz ni realizar grandes
gestos o aspavientos. La sola imposición de sus manos y el divino poder
de su mirada eran suficientes para llevar luz a los poseídos y salud a los
enfermos. Sus seguidores más leales, aquellos que ocupaban las primeras
filas en sus sermones, eran sobre todo mujeres jóvenes acompañadas —
por supuesto— de uno o varios familiares: esposo, hermano, padre o
abuelo; habitualmente reacios a una excesiva proximidad física, sobre
todo cada vez que éste terminaba su hipnótico y magnánimo sermón.
Lógicamente no es mucho lo que puedo contar de Jesús, pues por no
llamar su atención debo seguirlo de lejos, y sólo de vez en cuando. Y aun
así… siento como si estuviera junto a mí observándome, escudriñándome.
Siento el poder de su mirada internándose hasta el último rincón de mi
alma.
Reflexionando sobre tales experiencias, he comprendido que sólo
conocemos lo que supuestamente dijo Jesús. Pero lo que alguien dijo de
uno puede ser lo contrario de lo que otro dijo. El verdadero Jesús sólo
puede descubrirse a través de lo que nadie dijo, esto es, mediante el
silencio.

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29 de septiembre

Hace cuatro días que no sé nada del Señor. Algunos dicen que ha
regresado a Jerusalén, así que allá vamos. Esta vez en transporte de alta
velocidad: en burro.
Quienes compran mis piezas de porcelana me preguntan maravillados
de dónde obtengo tan delicadas y elaboradas piezas. “De muy lejanas y
exóticas tierras”, les respondo con críptica afectación.

****

4 de octubre

Cuando las lluvias tempranas del otoño suavizaban la tierra, allí están
los campesinos haciendo eras con un sencillo arado de madera. Nunca me
cansaré de verlos aventando el grano y removiendo el polvo entre la brisa
de la tarde. Ni tampoco me cansaré de ver al pastor con su rebaño de
ovejas y cabras; ni al carpintero fabricando y reparando arados,
rastrillos, muebles, desgranadores… Ni me cansaré de ver al albañil
sacando y dándole forma a la piedra caliza de Palestina; ni al alfarero
usando la arcilla para crear utensilios caseros; ni al curtidor elaborando
sandalias, cinturones y odres de cuero de cabra para transportar agua y
vino.
Y es que hay oficios que nunca cambiarán.

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9 de octubre

¡Milagro! Hace sólo dos días, llegando a Efraím, tuve ocasión de verlo
acompañado de una mujer joven que, según los evangelios, bien podría
ser María o Marta. Lo cual me sorprendió, pues no está bien visto que una
mujer camine en público junto a un hombre que no sea su marido o su
padre. ¿Cabía la posibilidad de que fuera su hermana o su prima? Pues
ambos poseen la misma serenidad y gracia en el caminar, la misma
esbeltez. Cuando hice amago de seguirlos, vi cómo giraba su cabeza hacia
mí, como adivinando mis intenciones, por lo que rápidamente desistí en
mi intento. Aquello me turbó profundamente, pero traté de no darle
importancia.

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Esa misma tarde lo vi acompañado de cuatro hombres que supuse eran
discípulos suyos, lo cual excitó aún más mi curiosidad, pues ya los había
visto otras veces junto a Él, asistiéndolo en sus actos públicos.
Desde entonces dedico casi todo mi tiempo en saber de dónde vienen,
cuáles son sus nombres y alias, qué les motiva… Al pobre Cirico lo estoy
volviendo loco con tantos misterios. Si bien al principio se pensaba que
yo era un espía venido de lejanas tierras, cada vez parece más convencido
de mi “locura”, aunque posee el tacto de no decírmelo.

****

22 de octubre

De nuevo en Betania.
Haciéndome pasar por comerciante de sedas, he tenido al fin la
oportunidad de trabar relación con Simón, uno de los más fieles
acompañantes de Jesús. Lo vi por casualidad desde la ventana exterior de
una conocida taberna de por aquí, bebiendo vino junto a dos más.
Enseguida lo reconocí por su corta estatura y su cara colorada y
achatada. Afortunadamente me acompañaba Cirico, quien se hizo pasar
por mi fiel asistente y traductor, lo que sirvió para que no sospechara de
mí. Ni siquiera tuve que dirigirme a él, nada más entrar por la puerta ya
me estaba saludando vivarachamente. Aunque el nombre de Simón
coincide con uno de los apóstoles descrito en las Escrituras, no estaba
seguro de si se trataba del mismo, pues no son pocos quienes así se llaman
por aquí.
Es un hombre bajito de poco más de metro y medio, pero corpulento,
con una poblada barba y dos pequeños ojos chispeantes que reflejan su
gran tesón y vitalidad. Su vida es sencilla, al igual que su casa, dedicado
en cuerpo y alma a su familia y a su trabajo de alfarero. Tiene tres hijos
y una mujer de origen griego.
Sin resultar demasiado indagador, me enteré que un par de veces a la
semana acompaña a Jesús en sus prédicas. Me hizo saber con patente
emoción en cuán alta estima lo tenía, afirmando sin titubear que era con
mucho el hombre más recto y virtuoso que había conocido jamás.
Afirmaba además, porque lo había comprobado, que era poseedor de una
particular capacidad extrasensorial que le permitía, con solo mirar a los
ojos de cualquiera, conocer no solo sus rasgos particulares de carácter
sino también algunos hechos relevantes de su vida. Un poder de
clarividencia sólo al alcance de los más grandes místicos. Por eso y
muchas más cosas había decidido —me contó— dedicar el poco tiempo

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libre de que disponía a propagar su buenaventura, aun arriesgando con
ello su vida. “Sólo es hombre quien es capaz de morir por lo que cree
justo”, me dijo solemnemente al despedirse.
Aunque me invitó con cierta insistencia a unirme a su grupo de
seguidores y ser testigo directo de sus muchos milagros, decliné su oferta
alegando un próximo viaje a Samaria, pero sí acepté la invitación de
cenar al día siguiente con su familia. He tenido que recordarle a Cirico,
para levantarle el ánimo, las riquísimas carnes que muy pronto degustará,
pues nada motiva más a mi buen compañero de aventuras que una copiosa
y embriagante comilona.
Aquella tarde, tras despedirme de él, desenterré algunas latas de
lentejas, caramelos, piezas de cerámica y bisutería, que también se venden
bien (de hecho me las quitan literalmente de las manos). Como ya se me
va acabando el oro, debo engatusar al pobre Cirico a base de muy
variadas y generosas promesas.

****

18 de noviembre

La imprevisibilidad de los acontecimientos está desbordando mi


capacidad para asimilarlos. Apenas he dormido estos últimos días. Me
siento tan perdido y confuso. ¿Cómo iba yo a prever que…? Pero mejor
empezaré a contar donde lo dejé el otro día.
Al anochecer ya estaba tocando su puerta como así acordamos. Poco
antes había dejado a Cirico al cuidado de Mirasa, una vieja vendedora de
“solerinos” (unos dulces muy típicos de por aquí) que me debía unos
cuantos ases. Aun habiendo llegado demasiado pronto —pues no me
acordé que es costumbre arraigada llegar siempre más tarde de lo
acordado—, Simón me recibió con calurosa cordialidad, presentándome
seguidamente a su bella esposa y a sus tres hijas (que rápidamente
desaparecieron), e invitándome a tomar asiento en suaves y coloridos
cojines orientales dispuestos en fila para la ocasión, frente a una tabla de
madera de pino levantada sobre dos tocones en los extremos. Era una casa
sencilla de ladrillos de adobe, con paredes revestidas de cal. Al otro lado
de la habitación, medio tapada con una tela, descansaba su herramienta
de trabajo: un torno manual que funciona con los pies.
Aunque al principio mis carencias con el idioma limitaron nuestra
comunicación, pronto lo solucionamos con algunas señas y gestos que se
prestaban a la carcajada. Me sorprendió descubrir las abundantes y
explícitas referencias sexuales presentes en su conversación teniendo en

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cuenta las rígidas y escrupulosas normas culturales respecto a tales
temas.
Cuando ya me sentía completamente confiado y animado por su buen
humor, sobre todo por su excelente vino de Caná, tocaron a la puerta.
Supuse que era el resto de invitados. Me recompuse el turbante dispuesto
a dar los tres pertinentes abrazos a cada uno. Enseguida se acercó a mirar
por la ventana la hija menor, que pegó un gritito ahogado de emoción. A
partir de ese momento todo se precipitó en un sinsentido. Con una
sonrisita traviesa, Simón me susurró al oído que tenía una sorpresa para
mí. “¿Qué sorpresa?”, dije riendo. Me fijé en las tres hijas, que
aguardaban nerviosas junto a la puerta. “¿Qué es todo este misterio?”,
pregunté cuando Simón se levantó para abrir. Entonces se escuchó su voz.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Fue como si el mundo se hubiera
parado en aquel momento. ¿Cómo no me lo había imaginado? El corazón
empezó a patalearme en el pecho como si quisiera escapar. ¿Dónde podía
meterme? En décimas de segundo traté de idear algo, una excusa para
salir corriendo de allí, pero los acontecimientos estaban abocados a
suceder en contra de mi insignificante voluntad. Antes de poder
reaccionar, ya lo tenía frente a mí, observándome. Tan turbado debió
verme Simón que ni siquiera terminó las presentaciones. Reuniendo las
pocas fuerzas que me quedaban, levanté la mirada y vi los insondables
ojos de Dios clavados en mí. Una indescriptible fuerza sobrenatural me
impidió desviar la vista y salir corriendo de allí. ¿Quién era yo para
eludirlo? Como una hoja a merced del viento me rendí a su glorioso poder.
El cielo verde de su mirada atravesó hasta el último rincón de mis
pensamientos, de mi alma.
Debí perder el conocimiento porque no sé qué pasó después. A la
mañana siguiente me desperté en un lecho de paja, en el cuarto de
invitados. O más bien me despertó su mujer, que con una pícara sonrisa
me aseguró que los vinos de Caná podían dejar fuera de combate a todo
un regimiento. Aunque mi prioridad era hablar con Simón y preguntarle
por lo sucedido, intentó calmarme diciéndome que pronto regresaría y que
lo mejor era esperarlo allí mientras me recuperaba, pues mi debilitado
aspecto requería un apropiado restablecimiento. Por ello insistió en que
probara el delicioso estofado de cordero que me habían guardado la
noche anterior. Pero no esperé ni un minuto. Rápidamente me calcé y me
despedí tan amablemente como pude.
Ya en la calle me embargó una extraña sensación, como un presagio
incierto. Sentí que algo terrible había ocurrido, aunque todavía no sabía
muy bien el qué. Había desobedecido la primera regla de sor Mariana: no
contactar directamente con Él. Ni siquiera interferir su mirada. ¿Cómo
pude ser tan estúpido? ¿Cómo pude no prever todas las posibilidades?
¿De verdad te creíste que estaba de viaje? ¡Pues ya ves que no, idiota!

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¡Maldito imbécil!, me dije repetidamente. En vano intenté tranquilizarme
diciéndome que quizá lo había exagerado todo, y que al fin y al cabo no
fue más que un… ¿Quién no se desmayaría de saberse delante del mismo
Dios encarnado?
Si bien antes de salir por la puerta su mujer me aseguró que nada pasó
tras mi desvanecimiento y que todo siguió según lo programado, presentí
una realidad de los hechos bien distinta. Sin duda debía buscar a Simón y
salir de dudas. En vano lo busqué aquella mañana y tarde con Cirico, que
esta vez se ofreció a ayudarme sin pedirme nada a cambio. Finalmente el
hambre y el cansancio nos vencieron y terminamos en un conocido mesón
de la calle del Mercado. Lo único que me sacó momentáneamente de mis
lúgubres pensamientos fue esta vivaracha y prodigiosa criatura cuyos
eructos son tan grandes como su apetito. Aunque no fue mucho lo que
pude comer, y aquella misma noche caí víctima de una aguda fiebre que
me obligó a guardar cama durante cuatro días.
Aún ignoro si se debió a un alimento en mal estado o al shock de
aquella noche en casa de Simón. El hecho es que pasé todo ese tiempo
echado en la cama de mi habitación, atendido solícitamente por la
segunda esposa del dueño, una mujer muy risueña y verbosa que sabe
hacer “caisanas” como nadie: unas riquísimas tortitas de miel y cordero.
Para ello selecciona y tritura las semillas en un molino de mano. Después
cuece las tortillas en un horno de barro añadiéndole antes una masa de
levadura preparada el día anterior. El aroma de la tortita recién cocida,
impregnando toda la casa, es tan delicioso que haría resucitar a un
muerto.
A Elisea, como así se llama la esposa, la acompaña de vez en cuando
su hija, una niña de unos catorce años extremadamente diligente y con
grandes dotes sanadoras. A bien tuve memorizar los ingredientes de sus
tan variopintas y efectivas infusiones, que seguramente aceleraron mi
recuperación. Si bien al principio pensaba que Cirico me visitaba
diariamente por deferencia hacia mí, pronto descubrí que habían otros
motivos de índole más bien hormonal: el pobre está perdidamente
enamorado de Cina, como así se llama la niña. Y yo como un insensible
me he aprovechado de su cándida pasión para entretenerlo con todo tipo
de recados y compras.
Cuando finalmente bajó la fiebre y tuve ánimos de levantarme, lo
primero que hice fue buscar a Simón. Su mujer me dijo que había salido
de viaje, pero ignoraba a dónde. Al notar mi nerviosismo, trató de
tranquilizarme asegurándome que no era la primera vez que se ausentaba
dos o tres días con el maestro, como así llamaba a Jesús. Aquello sin duda
me tranquilizó, por lo que dejé de darle más vueltas al asunto.
Tres días después, llevado por una intuición, me dirigí a Betania y allí
me lo encontré medio borracho en la misma taberna de la otra vez, pero

159
esta vez solo. Nada más verme se le abrieron los ojos como platos, como
si no acabara de creer mi presencia.

—¡Por fin apareces! ¿Pero dónde has estado? —preguntó tirándome


del brazo para que me sentara.
—He estado enfermo unos días.
—¿Qué le has hecho? ¡Dime!
—¿Qué?
—¡Dímelo o te rompo los huesos aquí mismo! —gritó levantando el
puño.
—Pero ¿de qué me estás hablando?
—¿Acaso no lo sabes?
—No entiendo qué es lo que te pasa —respondí con indignación.
—¡Dime qué asuntos te traes con el maestro! ¡Dímelo ahora mismo o
te juro que…!
—¡Tranquilízate, quieres! —dije tratando de parecer convincente—.
¿De qué asuntos me hablas?
—¿Por qué te desmayaste en mi casa? ¿Qué es lo que tanto te turbó?
—Yo… no sabría decirte. Supongo que… su mirada. ¿Qué importa eso
ahora?
—No hemos visto al maestro desde entonces.
—¿A dónde ha ido?
—Eso dímelo tú.
—¿Cómo?
—Después de tú desmayarte se fue sin decir nada. Pensé que había
algo entre vosotros.
—¿Algo? ¿El qué? Nunca he hablado con él.
—¿Dónde has estado?
—¿Dónde? En cama. Apenas me recuperé hace tres días.
—¿Y después? ¿Qué hiciste después?
—Te busqué. Hablé con tu mujer hace una semana pero me dijo que
estabas con tu maestro.
—Lo he buscado sin descanso… Es como si hubiera desaparecido sin
más. ¿Entonces no sabes nada? ¿No has oído nada?
—Sé tanto como tú —dije mirándolo fijamente.
—Temo que lo hayan asesinado.
—¿Qué?
—Decía ser el Mesías —dijo bajando la voz—. Tenía enemigos… toda
Roma lo temía. No era así como debía morir. Él debía terminar en la cruz,
a la vista de todos. Así lo quería él.
—Entonces confía en Dios. Su palabra se cumplirá.
—¿Eso crees?
—Lo creo desde el primer día que lo vi.

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—Que Dios te oiga.
—Ten fe. Ya verás cómo en unos días estará de nuevo entre nosotros.
—No es la primera vez que se ausenta sin avisar. Es posible que haya
vuelto a su tierra, a Cafarnaúm. Estará con su madre.
—Entonces esperemos.
—Sí, esperemos.

Eso hicimos. Han pasado ya seis días y nada sabemos todavía. Aunque
intento serenarme apoyándome en la divina providencia, me siento
permanentemente invadido por una profunda apatía. No dejo de
preguntarme a qué obedece su desaparición, si tiene alguna relación con
lo acontecido en casa de Simón.
Si esto no cambia en breve, tendré que volver a mi mundo por unos
días. Los ánimos se están caldeando.

****

22 de noviembre

Todo lo que podía fallar ha fallado. ¿Dónde estoy ahora? ¿Qué clase
de mundo es éste? Se supone que debería ser el presente pero no lo es. Sin
embargo tampoco es el pasado. Si no es el presente ni el pasado, ¿dónde
estoy? ¿Qué está ocurriendo? ¡Nada tiene sentido!
Esta mañana hago lo que tantas otras veces: sentarme frente a las tres
piedras. Al poco siento la arrebatadora fuerza del “otro lado”: mi
supuesto mundo actual. Primera discrepancia: no encuentro el escondrijo
donde guardo la ropa y el dinero que utilizo cada vez que regreso al
presente. “Algún senderista con su perro me la habrá robado —pienso
rápidamente—. El perro habrá olisqueado la bolsa y descubierto el
escondrijo bajo la atenta curiosidad de su dueño… Vale, no pasa nada —
me digo—, me he quedado sin dinero ni tarjetas y es posible que hayan
entrado en mi piso, pero no pasa nada, volveré a casa como si hubiera
salido de una fiesta de disfraces y le pediré las llaves a mi hermana”.
Segunda incongruencia: encuentro el sendero de regreso a la
carretera, pero no la parada de autobús. Aquello ya empieza a
exasperarme, pero no le doy muchas vueltas, “seguramente la han
trasladado a otro sitio por falta de viajeros”, pienso mientras echo a
andar por la cuneta. Cada vez que se acerca un coche levanto la mano,
pero mis vestimentas no son de gran ayuda. Eso me obliga a caminar los
ocho kilómetros que me separaban de Tarazona, un pueblo de unos diez
mil habitantes que conozco como la palma de mi mano.

161
Cuando al fin llego todo parece completamente cambiado: los
edificios, las aceras, las tiendas, los parques, los árboles, los coches…
Todo excepto el nombre de la ciudad, si bien tampoco está el mismo
letrero que la anuncia. Al principio pienso que me encuentro en una época
futura, “quizá una turbulencia en el túnel dimensional propició este
desfase espacio-temporal”, me digo. Más fascinado que asustado, sin
prestar apenas atención a las miradas indiscretas, recorro esta extraña
ciudad que unas veces parece del pasado y otras del futuro. Cuanto más
indago, más inconcebible me parece todo. Si bien algunas calles y casas
coinciden en el nombre y la ubicación, otras muchas, la mayoría, nada
tienen que ver. Más asombroso si cabe es el particular acento de sus
habitantes, que intentan responder a mis preguntas sin apenas
entenderme.
Entro en un bar buscando un calendario. Todos hablan este extraño
dialecto sacado del castellano. Cuando por fin me hago entender, me
señalan una esquina de la pared. Me acerco. Descubro con pavor que el
año y el mes coinciden. “Si estoy en el presente y la fecha es la correcta…
¿cómo es posible toda esta incongruencia? —me digo—. ¿Es esto una
broma cósmica? ¿Un castigo de Dios por interferir con lo divino?”
Con todas mis fuerzas me pellizco la muñeca, intentado despertar de
esta maldita pesadilla. Siento que me cuesta respirar, me tiemblan las
piernas… Consigo sentarme en un taburete junto a la barra y pido un
vodka seco, bebiéndomelo de un trago. Pido tres más. Ya me siento mejor.
Pero no hay tiempo que perder, debo volver de nuevo al portal
dimensional e intentar un segundo regreso. Cuando voy a pagar no
admiten mis tres ases, mis únicas monedas. Les digo que son del siglo I, y
que su valor es incalculable. Uno de ellos se ríe con descaro: “Una
descarada falsificación”, afirma con su peculiar acento, ignorando el
tesoro que tiene entre manos. Parecen molestos, como si les estuviera
timando o vacilando. El dueño amenaza con llamar a la policía. ¡Qué más
me puede ocurrir! En un segundo me imagino encerrado en una
habitación tratando de hacerme entender por dos gendarmes cada vez más
impacientes. Viendo que la situación se pone cada vez más tensa no se me
ocurre otra cosa que darle mi capa roja de lana, que tras evaluarla
detenidamente la acepta refunfuñando.
Una vez en la calle, regreso medio corriendo por donde he venido,
pensando que un nuevo intento de teletransportación me reconducirá al
destino original. “Seguramente se ha producido un retruécano espacio-
temporal, una paradoja de confluencias cuánticas”, me digo una y otra
vez, casi delirando. Cuando, completamente exhausto, llego finalmente al
lugar y me sitúo en el punto exacto, entre los dos cipreses, nada ocurre.
¡Absolutamente nada! ¿Cómo es posible? Por más veces que me siento en
el lugar indicado, por más que pruebo todo tipo de posiciones, nada de

162
nada. Ni de pie, ni tumbado, ni a la pata coja, ni saltando… ¿Qué clase
de pesadilla es esta?
Está anocheciendo y ya casi no consigo ver lo que escribo. Hace frío
y estoy agotado, hambriento, sediento. Sobre todo sediento. Debo
descansar. Ha sido un largo día infernal.

****

27 de noviembre

Cuatro días intentándolo de todas las maneras posibles y nada. No he


comido desde entonces, aunque tampoco tengo hambre. Me siento
completamente abandonado por Dios, por el universo entero… ¿Debo
resignarme a vivir como un vagabundo en este indecible mundo? ¡Jamás!
¡Debo resistir, luchar con todas mis fuerzas!… Solo una fe inquebrantable
puede sacarme de aquí.

****

¿15 de diciembre?

Esto cada vez tiene menos sentido… Tras más de dos semanas
recorriendo estas tierras ya puedo confirmarlo: hay pueblos que no están
donde deberían estar. Pueblos que existen con otros nombres o
sencillamente no existen. Mis familiares, amigos, compañeros,
sencillamente se han volatizado. Sobrevivo comiendo de los cubos de
basura, durmiendo sobre cartones…
Aun así Dios me escucha: he conseguido una manta y ropa nueva.
Pero sigo teniendo fiebre, escalofríos.

****

21 de diciembre

Ayer, caminando por Tudela, me acerqué por curiosidad a un extraño


edificio de forma cilíndrica a cuyas puertas se agolpaba una fila de
personas. Un olor a incienso impregnaba el aire. Parecía una

163
congregación religiosa, por lo que decidí guardar cola. Cuando
finalmente atravesé la puerta, sentí que algo aterrador me sería revelado,
algo que hasta ese momento me había negado a indagar o siquiera pensar.
Varias filas de bancos, la mayoría ocupados, atravesaban la gran sala
circular hasta unos ventanales romboides de azulados cristales. Estatuas
de lo que parecían ser mártires, levemente iluminadas por cajetones de
cirios y candiles, se sucedían a lo largo de los laterales de la nave. Aquel
ambiente de recogimiento y devoción era similar al de una iglesia
cristiana, y sin embargo no reconocí a ninguno de aquellos supuestos
santos o mártires, cuyos nombres, inscritos en el mármol, nada me decían.
Un supuesto sacerdote, ataviado con casulla azul y amarilla, presidía
el altar. Tras él, una gran escultura de unos seis metros de altura
representaba lo que parecía ser un hombre atado a un poste, atravesado
por una docena de flechas. Una imagen que me recordaba a san
Sebastián, y que ya había visto a la entrada de algunos edificios
igualmente ovalados. Pero estaba claro que aquel barbudo de la escultura
no era san Sebastián. Haciendo memoria, no recordé haber visto una sola
iglesia en mis días de vagabundeo. Ni una sola cruz. Había comenzado la
liturgia; nadie pareció fijarse en mí. Alzando una rosa blanca con las dos
manos, el sacerdote entonó una plegaria afirmando que el Dios Padre
volverá a unirse al hombre por mediación de su hijo Apolonio, que en
breve regresará a la Tierra separando a los justos de los injustos, a los
puros de los impuros, para finalmente guiarlos al tan esperado Reino de
los Cielos…
Una terrible certeza me asaltó de improviso. Quise salir de allí
corriendo pero el pánico me paralizó por completo. Me estremecí de pies
a cabeza… Un vértigo me invadió. Penosamente me apoyé temblando
contra un banco para no caerme. Resistiéndome a la evidencia, hice
acopio de mis pocas fuerzas y salí de allí buscando algún templo cristiano.
Durante los siguientes días solo encontré esos malditos edificios
extendiéndose por doquier como una plaga. Los había de todos los
tamaños: grandes y pequeños, circulares y rectangulares, de ladrillo,
madera, contrachapado…, coronados todos por doce grandes saetas de
acero. ¡Ni la sombra de un solo templo cristiano! ¡Ni siquiera una
mezquita! La sagrada cruz convertida en un ridículo palo con flechas…
Por más que pregunté a cuantos me encontraba, nadie sabía nada,
absolutamente nada. ¡Aquello era de locos! De hecho ignoraban hasta el
símbolo de la cruz, ¡el nombre de Jesús!, que parecía sonarles a chino. El
verdadero hijo de Dios había sido vilmente sustituido por un tal Apolonio
de Tiana, un conocido brujo nigromante contemporáneo a Jesús. ¿Qué
clase de realidad era aquella? ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaba mi
mundo, mi casa, mi familia, mi Dios?... ¿En otra dimensión? Pero
entonces… ¿cómo había llegado hasta aquí? Debía pensar… Algo se me

164
pasaba por alto… Algo que hasta entonces me había negado a
desentrañar, y que guardaba relación con mi estancia en casa de Simón y
mi encuentro frente a Jesús.
Sentado en el banco de un parque rememoré durante horas todos los
consejos y advertencias de sor Mariana, mis andanzas en el “otro
mundo”, hasta finalmente dar con la clave. Releyendo mi diario recordé
algo que había “olvidado” hasta entonces, algo que me reveló Simón en
aquella taberna de Betania mientras me hablaba de Jesús: “Sus ojos son
capaces de leer el alma de la gente como un libro abierto… Un poder sólo
al alcance de los mayores místicos”.
Todas las piezas del puzle encajaron finalmente. Me equivoqué al
querer pensar que había obedecido la primera regla de sor Mariana: la
de no hablar con Jesús. No era necesario dirigirle una sola palabra para
que Él te escuchara y te conociera. Rememoré aquella noche en casa de
Simón la llamada en la puerta, a Jesús entrando y acercándose a mí… Y
cómo en vano intenté evitar su omnisciente mirada, que penetró en lo más
profundo de mi alma. Y entonces supe con pavorosa evidencia por qué
salió tan rápidamente de allí, y por qué no se dejó ver desde entonces,
huyendo de Judea para siempre. ¡Sí, para siempre! Ahora lo tengo claro…
Aquel encuentro conmigo le había revelado con innegable certeza quién
era realmente yo y de dónde venía. Con el poder de su clarividencia había
sido testigo mudo del devenir humano. En sólo un instante había visto el
futuro en mis ojos como una película de terror.
De manera similar a aquellos que en el umbral de la muerte ven pasar
en un instante todos los acontecimientos de su vida pasada, Él vio pasar
todos los acontecimientos de la mía: mis experiencias y conocimientos.
Así fue consciente de todas las guerras, hambrunas y persecuciones
acontecidas en los siglos venideros: cruzadas, inquisición, colonización,
nazismo, comunismo, terrorismo, capitalismo, codicia sin fin… Así fue
consciente de hasta qué punto se había tergiversado su mensaje y su
figura, y cuán bárbaros actos se habían cometido en su nombre. En sólo
un instante había vivido mi vida, experimentado mis experiencias, mis
miedos, mis aversiones… Recordé mi conversación con Simón cuando me
dijo que aquella noche, después de yo desmayarme, se fue sin decir nada.
¿Qué más pruebas necesitaba Jesucristo para renunciar a su evangelio,
para salir corriendo hasta desaparecer del mundo?
Por fin había desentrañado el enigma. Aquel encuentro conmigo, o
más bien desencuentro, había cambiado la historia, el curso, el destino
mismo de la humanidad. Su desaparición respondió a un nuevo sacrificio
por todos nosotros: desapareciendo Él desaparecían también los
innumerables abusos cometidos en su nombre, sin ser quizá consciente de
que la codicia humana es insaciable, y si no encuentra lo que busca lo
inventa utilizando como cabeza de turco a cualquier aspirante a salvador.

165
¿Quizá pensó que el budismo, una religión más pacífica, dominaría el
mundo sin competencia evitando males mayores como dos guerras
mundiales?
Mi mundo ha desaparecido como una burbuja en un océano cósmico
de probabilidades. Y aquí estoy atrapado, enredado en una de ellas…
Mucho más lejos y perdido de lo que ningún ser humano haya estado
jamás.
Ya no hay puerta de regreso, sólo de salida. La muerte o la locura.

Cuando terminó de leer la última página, el doctor Andreu se mantuvo


un rato inmóvil en el sillón. Aquel diario le había conmovido
profundamente. Necesitaba un tiempo para asimilar todo aquello, para
sacar sus conclusiones. Demasiados interrogantes bullendo en su interior.
Nunca hasta entonces se había topado con un cuadro psicótico tan
extraordinario. Cuando miró el reloj y se percató de que eran más de las
seis, se dirigió al armario dispuesto a cambiarse. Debía telefonear a su
dentista para cambiar su cita del martes. Pensó en la suerte que tenía de
estar casado con una mujer tan maravillosa. Una llamada en la puerta lo
sobresaltó.

—¿Cancelamos entonces la cena?


—Será lo mejor. A la siete es la reunión.
—¿Leyó el cuaderno?
—Casi.
—¿Qué le parece?
—Una historia delirante. Ni a un guionista de Hollywood se le habría
ocurrido nada igual. Por cierto, ¿le suena a usted el nombre de…
Jesucristo?
—¿Qué nombre?
—Jesucristo.
—¿Evaristo?
—Je-su-cris-to.
—Por las flechas de Apolonio, ¿qué clase de nombre es ese?

166
LA NOCHE SIN TIEMPO

La depresión puede llegar a ser un


extraño y recóndito paraíso vacacional.
Pero sólo vacacional.

Un hombre puede soportar más de lo


que un hombre puede soportar.

Lo que nos hace la vida no es nada en


comparación a lo que nos hacemos
nosotros.

Cuando a Marcelo Yustamonte, embajador de Europa, se le encomendó


la tarea de estrechar lazos con el recién nombrado Faraón Kapairal III,
gobernador y guía espiritual del planetoide artificial Hor, no fueron pocos
los ministros y delegados que le aconsejaron mantener la sangre fría y no
dejarse llevar por las emociones una vez conociera las «peculiares»
costumbres de sus habitantes. Y aunque Marcelo indagó insistentemente
sin recibir mayores explicaciones, finalmente supuso que le estaban
gastando una broma. No era la primera vez. Otra cosa que le llamó la
atención fue que esta vez debía ir solo, sin su esposa. Tampoco era la
primera vez que se lo sugerían, así que no le dio más vueltas al asunto. La
seguridad de «su Chuchi» era lo primero.
Todo lo que sabía de Hor es que era un ejemplo de sociedad
desarrollada y muy disciplinada, sin apenas delincuencia ni conflictos
armados, aunque también se caracterizaba por su hermetismo y
desconfianza hacia los foráneos. El caso es que no era mucho lo que se
contaba, sin bien circulaban todo tipo de rumores sin fundamento y
leyendas descabelladas.
La noche antes de marchar, mientras llenaba la maleta con algunas de
sus pertenencias —bajo la atenta mirada de Verónica, su Chuchi—, recibió
la llamada de un viejo camarada de partido advirtiéndole que esta vez
tuviera especial cuidado, que no se dejara confiar por las buenas maneras

167
y que no se quedara ni un día más. Y aunque nuevamente trató de sonsacar
información, solo recibió una lacónica respuesta como despedida:
«Cuídate mucho, ¿me oyes? Cuídate mucho».
Los días siguientes se desarrollaron con normalidad y según lo
previsto. Lo que más le impresionó fue el tamaño descomunal de aquel
satélite metálico lleno de lucecitas destellantes de colores, rodeado por
infinidad de vehículos espaciales que parecían revolotear a su alrededor
como luciérnagas en la noche.
Una vez aterrizó y desembarcó en el 3º nivel de la Terminal 11,
pasando por un prolongado proceso de desinfección y un exhaustivo
control médico automatizado, fue recibido por un grupo de delegados de
aspecto curiosamente andrógino que muy atentamente le condujeron por
amplias áreas y profundos corredores azulados como pasillos de metro,
profusamente decorados con extraños símbolos geométricos similares a
los jeroglíficos egipcios. Y aunque solo charlaron del tiempo y otros temas
irrelevantes, en ningún momento se sintió incómodo y mucho menos
amenazado, lo que reforzó sus sospechas de que sus amigos le habían
tomado el pelo, aunque quizá demasiado pronto para confirmarlo, se dijo.
La gravedad parecía fluctuar dependiendo del lugar donde se encontraran,
aunque no solía bajar más de un 8% del nivel de gravedad terrestre. Si bien
todas estas variantes gravitacionales terminaron por marearle, no dejó de
sentirse deslumbrado por la magnificencia del lugar.
Lo siguiente que más le impresionó fue la Keopstar, la gigantesca y
resplandeciente residencia piramidal del faraón Kapairal III, coronando el
polo central del satélite. Gracias a Yiwo, uno de los guías y traductores,
supo que aquella obra de arte de la ingeniería humana se había levantado
en solo 17 años terrestres, siendo su envergadura once veces superior a la
pirámide de Keops. Pasados 120 años de su inauguración, casi todos los
miembros fallecidos de la familia real habían sido sepultados en la
Taramutz, o «Galería Sagrada».
Toda aquella zona que rodeaba a La Gran Pirámide era similar a una
bulliciosa ciudad de Marte, con parques y recintos ajardinados, con
amplias avenidas llenas de viandantes y escaparates de neón, atravesadas
por multitud de tranvías, planeadores, rastreadores y vehículos flotantes.
Esa misma noche fue invitado a alojarse en la Yiajks, o «Casa de
Huéspedes», un pequeño pero hermoso edificio dorado igualmente
piramidal, a unos trescientos metros de Palacio.
Poco antes de despedirse de sus solícitos acompañantes, ya en el
vestíbulo, de camino a su habitación, declinó la «honrosa invitación» de
ser acompañado esa misma noche por un niño que no parecía tener más de
catorce años. Solo entonces supo que todas las precauciones que le habían
dado no eran ninguna broma, y que bien podían ser ciertas algunas de esas
leyendas que había escuchado.

168
Dos días después, según su horario terrestre, era ceremoniosamente
recibido en el Asuanut, o «Salón de Actos», por el faraón Kapairal III, un
hombre joven y atractivo de aspecto andrógino que muy cordialmente lo
agasajó con un banquete lleno de peculiares manjares, cuyo sabor no se
parecía a nada que hubiera probado anteriormente, amenizado todo ello
por una suave melodía de arpa.
Seguidamente, tras el postre, dio comienzo un improvisado
espectáculo teatral de actores-bailarines igualmente andróginos que
parecían representar un dramático y visceral episodio de la mitología
egipcia, algo así como un descuartizamiento, o eso creyó entender por
Yiwo, su traductor. Sobra decir que el resto de los presentes: diplomáticos,
camareros y cocineros, eran también de apariencia andrógina, incluidos
los pequeños y muy aleccionados hijos del faraón, que en ningún momento
pronunciaron una sola palabra.
No obstante lo más extraño de todo fue cuando, al poco de comenzar
el banquete, Marcelo se dirigió directamente a Kapairal III preguntándole
por la faraona. Todos parecieron enmudecer, incluso el semblante del
faraón se volvió un tanto sombrío. Nunca antes unos pocos segundos se le
habían hecho tan interminables. Cuando ya pensaba que se había metido
en un buen lío, imaginándose en largo y penoso proceso de
ajusticiamiento, escuchó unas estentóreas carcajadas del faraón que a
duras penas intentaba mantenerse sentado. Aquello le alivió tanto que no
le importó ser salpicado por un aluvión de saliva y restos de carne cuando
éste sufrió un ligero atragantamiento. Si bien todo volvió a la normalidad,
se cuidó mucho de hacer cualquier otra pregunta.
A la «mañana» siguiente (por así decirlo), recién levantado de la cama,
Marcelo aceptó una invitación del viceministro de turismo para visitar
algunos lugares de interés, entre ellos el Uligaizut, o «el Hospital Infantil»
según su traductor, que apenas se encontraba a cinco kilómetros más abajo
de Palacio, en el nivel 96. En palabras del propio faraón, aquel centro era,
literalmente, el aparato reproductor del planeta. Después se reuniría con
un selecto grupo de empresarios y financieros para acercar intereses.
Lo que más llamó su atención, una vez penetró en el interior de aquella
inmensa edificación abovedada, fue el intenso olor a desinfectante.
Seguidamente, la extensa y reluciente blancura de las salas y corredores,
con un mobiliario automatizado prácticamente minimalista. Los pocos
trabajadores sanitarios que se encontraban por allí estaban, o bien
observando pantallas o revisando máquinas. Aún más le extrañó el
penetrante silencio reinante, únicamente interrumpido por el ronroneo de
las máquinas y las pisadas de las suelas en el frío pavimento de baldosas
ajedrezadas. No solo no se escuchaban llantos de bebés sino que las pocas
habitaciones con camas que pudo vislumbrar estaban vacías.

169
—¿Y las mamás? —preguntó a su traductor cuando la curiosidad
superó la cautela.
Por un momento éste se quedó mirándole como si no comprendiera,
como si le hubieran preguntado algo indecible, extraordinario. Parándose
en seco trató de asimilar aquellas palabras incomprensibles mientras uno
de los empresarios, atraído por la curiosidad, trataba de indagar. Los otros,
parándose unos metros más adelante, parecían percatarse de que algo
insólito estaba ocurriendo.
—¿Las mamás? —preguntó a su vez el empresario tras escuchar la
explicación del traductor.
Cuando Marcelo pensó que se había metido en otro embrollo, ocurrió
un hecho que le resultó familiar: de pronto vio al empresario explotar en
una tremenda carcajada, hasta el punto de tener que apoyarse en la pared
con medio cuerpo doblado. Cuando éste finalmente consiguió enderezarse
y recomponerse, estrechando su mano a fin de disculparse, dio una
pormenorizada explicación a sus acompañantes sobre lo acontecido, que
igualmente reaccionaron de manera similar, aunque más comedida.
Aquel extraño incidente, producto de su «entrañable primitivismo»,
como así le dijeron más tarde, sirvió de contrapunto para rebajar la tirantez
de aquel acto protocolario, generando una mayor confianza y complicidad
de todos los presentes hacia él. Esto le brindó la oportunidad de acceder a
todas plantas del edificio —lo cual no estaba planeado— y presenciar, de
principio a fin, el singular proceso de gestar a un niño de manera artificial.
Pero lo primero era tomar el ascensor hasta la planta –3.
Allí, más de seiscientos especialistas humanos trabajaban con sus
agujas y microscopios para fecundar los diferentes tipos de óvulos. Cada
una de estas variedades estaba asociada a un proyecto de gestación que
comprendía diferentes funciones como una determinada fisionomía,
capacidad intelectual, sensorial, línea sanguínea, linaje, etc.
Al séptimo día de la fecundación, ya formado el blastocito y las células
madre, los óvulos eran trasladados a la siguiente planta, la –2, una sección
de casi tres mil metros cuadrados destinada a los siguientes diez meses de
gestación. Casi mil matrices artificiales se encargaban de manera
autónoma de mantener las condiciones específicas para permitir las
siguientes fases de desarrollo, desde el cigoto al embrión, hasta finalmente
el feto.
A la semana 45 se extrae al bebé de la matriz y es transferido a la
planta –1, a la sección de cuidados lactantes, donde, durante un año, son
mantenidos de manera automatizada por 101 cuidadoras sintéticas
programadas para atender a los bebés en sus primeros tres meses.
Estos cuidados no solo implican necesidades fisiológicas elementales
como la higiene, la nutrición y el sueño, sino determinados implantes y

170
potenciadores cognitivos para la memoria y la percepción, al igual que
ciertos inhibidores.
Una vez finalizado el año, si todo ha ido bien y el bebé cumple las
condiciones especificadas del contrato (tipo de personalidad, fisionomía,
línea genética, determinadas capacidades…), es transferido de manera
automatizada hasta el mismo habitáculo de la familia solicitante junto a
una tarjeta de felicitación y las instrucciones relativas al tipo de leche
sintética, biberón, pañales, etc.
Era evidente que todos los niños tenían sus cromosomas alterados.
Ninguno era hembra ni varón sino una mezcla más o menos nivelada de
ambos. Si bien, Marcelo, ya conocía algunos casos de gestación
automatizada en algunas zonas de Marte, nunca había visto tal grado de
mecanización y explotación.
Pero sin duda lo que más le llamó la atención fue el inquietante
silencio que se respiraba. Aun habiendo casi mil niños en todo el área, en
ningún momento escuchó un solo llanto o quejido. Todos parecían estar a
lo suyo: o bien durmiendo o bien centrados en alguna de las imágenes de
sus proyectores. O bien mirando hacia ninguna parte. Y aunque sintió
deseos de preguntar por esos inhibidores, prefirió no indagar demasiado a
fin de no volver a ser el blanco de sus burlas. Pero intuyó que algo tenía
que ver en aquel extraño comportamiento.
Terminada la visita, degustaron una exquisita carne mechada en uno
de los mejores restaurantes de la zona, de diseño piramidal. Allí estaba en
la pared esa insignia o bandera que tantas veces había visto desde que pisó
el satélite: un sol rojo naciente atravesado por el vértice superior de un
triángulo blanco sobre un fondo negro.
Una vez sentados junto a la mesa, le explicaron que todas las
estructuras piramidales del satélite estaban exclusivamente reservadas a
personas de un determinado rango social. Lo que no supieron contestar, o
más bien no quisieron, era el origen de esa exquisita carne mechada.
Aunque finalmente el traductor le comentó que bien podía ser una
variación genética de la ternera.
Ya más relajado y animado por ese buen vino importado de Marte,
que a bien tuvieron ofrecerle, Marcelo trató de indagar sobre el modus
vivendi de esta pequeña pero bien organizada sociedad (como así les dijo
para ganarse su confianza). Lo más que le explicaron fue que cada
habitante ya tenía programado su modo de vida o destino antes incluso de
nacer.
—Pero quién programa ese destino? —preguntó Marcelo, sin poder
evitar la curiosidad.
—Bueno —respondió uno de los empresarios—, digamos que
nuestros alquimistas, en colaboración con los sacerdotes…

171
—Todo tiene que ver con la conjunción de los astros —interrumpió
otro de los empresarios—. Dependiendo de la posición de las órbitas y las
conjunciones, se decide el rango de los que nacerán en un determinado día.
Esta sagrada asistencia nos permite a todos ser útiles y fecundos al sistema,
pues cada nacimiento es un acontecimiento sagrado, orquestado por los
dioses.
—¿Qué dioses?
—De esta manera evitamos el libre albedrío, que solo conduce al
desorden y al caos —prosiguió el empresario—. Como habrá visto, aquí
no existe la delincuencia. Nos orgullecemos de ser el único planeta de la
Constelación libre de conflictos armados. Gracias a nuestro glorioso
faraón Kapairal I y a sus dignos sucesores, nos hemos convertido en una
sociedad totalmente funcional, productiva, democrática, libres de esos
bajos instintos predatorios que caracteriza a los humanos naturales. De esta
manera cada ciudadano, sabiéndose honrado por su sagrado destino, es
dichoso de contribuir al sistema.
—No obstante, parece que a nadie se le permite ser hombre o mujer
—añadió Marcelo, envalentonado y sintiéndose aludido por lo de los bajos
instintos—. Ya sé que las mujeres a veces se ponen insoportables y que no
las entiende ni Dios, pero también tienen sus cosas buenas. Pueden ser
tiernas, cariñosas, maternales… ¿A quién no le gusta que le mimen?
Miren, no quisiera resultar descortés y rústico pero… desde que estoy aquí
no he visto lo que en mi tierra se llama una buena delantera.
—¿De verdad se siente usted atraído por las ubres de las hembras?
—¿Las qué?
—¡Eso es repugnante! —aseveró uno de los empresarios, cuyas
facciones eran más femeninas que masculinas—. ¡De ahí sale leche!
—Pues sí, a veces. ¿Ustedes nunca toman leche?
—Para nosotros todo eso forma parte de un pasado remoto.
Afortunadamente ya no estamos dominados por la naturaleza ni los bajos
instintos. No digo que no tengamos relaciones sexuales, pero… no son de
ese tipo.
—¿Acaso hay más tipos?
—Por supuesto —exclamó el financiero—, nosotros no necesitamos
succionar órganos mamarios, ni revolcarnos entre fluidos como…
animales de granja. Ni siquiera…
—En su divina sabiduría —intervino en un tono grave uno de los
empresarios—, nuestro glorioso faraón Kapairal I decidió por inspiración
de los dioses extraer lo mejor de la naturaleza masculina y femenina con
el fin de unificarla en un mismo ser, potenciando y mejorando así a nuestra
especie, que ya no es humana sino hurana. Ahora ya no estamos sometidos
por la biología ni los bajos instintos humanos. Digamos que… hemos
trascendido.

172
—No creo yo que la infertilidad sea precisamente un progreso —
arguyó con una ligera mueca de ironía que todos captaron, si bien este
comentario no fue referido por su traductor—. ¿Y qué pasa si alguien no
está conforme con su identidad o destino?
—Esa hipótesis es del todo descartable, puesto que ya se le ha
comentado que todos nos sentimos honrados de formar parte de un destino
sagrado, dispuesto por nuestro faraón.
—Y en qué se diferencia cada destino? —inquirió, sabiendo que estaba
tensando demasiado el hilo.
—Digamos que… dependiendo de lo que indiquen los astros, el faraón
decidirá, por inspiración divina, el número de gestaciones en un
determinado día. De esta manera creamos un perfecto equilibrio entre
individuos de diversos rangos, especializados en diferentes funciones
sociales.
—¿Como por ejemplo?
—Pues…
—Hay de todo, como en cualquier lugar de la Constelación —
interfirió el financiero en un tono más conciliador—, pero gracias a nuestro
faraón nos aseguramos de que nadie se sienta desvalorizado o
discriminado. Aquí nadie sobra, todos somos valiosos a nuestros dioses.
—¿Qué dioses?
Aquella pregunta pareció marcar un punto de inflexión en la
conversación. El incómodo silencio que siguió a continuación fue
oportunamente interrumpido por el siempre sonriente camarero con su
carta de postres. Las sonrisas se reanudaron y todo volvió a la cínica
normalidad.
Terminadas las natillas y los flanes hipergénicos de caramelo, cada
cual se subió a su intercar y desapareció por donde había venido. Aunque
eran personas de trato cordial, sintió que todo era pura fachada, tan
artificiales como esos empalagosos camareros sintéticos. Al menos su
traductor y guardaespaldas tuvieron la amabilidad de hacerle un recorrido
turístico por los más exóticos lugares de la Ciudad Real, para finalmente
recaer en una cervecería automática de la avenida Amonet, el único
establecimiento público de la ciudad donde estaba permitido el consumo
de alcohol, si bien el sitio no parecía especialmente concurrido. Y aunque
un par de veces siguió preguntando por los dioses, solo recibió sonrisas de
amabilidad y palmaditas de sus «buenos amigos» abstemios —que no eran
precisamente la alegría de la fiesta—, y que a bien tuvieron de
acompañarle «de madrugada» hasta la puerta de su habitación de la Casa
de Huéspedes.
Ya en la cama, ligeramente aturdido por los efectos del alcohol,
registró sus impresiones de la jornada en un diario de voz. Una de las cosas
que más llamó su atención era el hecho de no haber visto por ninguna parte

173
a gente mayor, ni siquiera cincuentona. Y si bien apreciaba diferencias en
cuanto a las facciones y la estructura ósea, todos eran de un aspecto
sexualmente indeterminado, aunque generalmente de apariencia más
masculina que femenina, incluyendo a los llamados asistentes sintéticos,
fácilmente reconocibles por sus particulares andares.
También le llamó la atención la poca expresividad de estas gentes, que
rara vez parecían hablar o sonreír, y mucho menos reír. Aunque, después
de haber visto cómo los «fabrican», todo tiene sentido, dijo por último,
antes de apagar la luz de la lamparilla.
Dos horas después le despertó una llamada del interfono. Era su
traductor, comunicándole su invitación por parte de su Excelencia para
asistir a la Ceremonia del Fuego, que tendría lugar a las once de la mañana
en la Plaza Dorada, frente a La Gran Pirámide. Y que a eso de las nueve y
media vendría a recogerle junto a su guardaespaldas.

A la mañana siguiente, tras besar cinco veces el anillo de Kapairal III,


como así indicaba el protocolo, Marcelo tomó asiento en la primera fila
del palco, entre su traductor y su guardaespaldas. Al lado de este último
estaba sentado el vicegobernador, o más bien la vicegobernadora, esta vez
un andrógino más orondo, vetusto y femenino que el resto de las
personalidades allí presentes.
Unas diez mil personas se agolpaban en las graderías de aquella gran
plaza octogonal, en cuyo centro se había dispuesto una gigantesca
escultura hueca de metal de más de cuarenta metros de altura. La más fea
y repugnante escultura que jamás hubiera visto Marcelo, y que parecía
representar a un dios, como así le confirmó su traductor. Una escalera de
piedra de nueve peldaños subía desde el suelo hasta la pelvis de la criatura
donde se abría una gran cavidad en forma de U invertida que llegaba hasta
el pecho. Unos individuos, vestidos con túnica escarlata —y que después
supo que eran sacerdotes reales—, parecían introducir algo en una abertura
o puerta lateral de la base del gigante demoníaco. A ambos lados de la
plaza, dos filas de músicos hacían tronar sus tambores y trompetas
mientras, justo debajo del palco, se aglomeraba un número cada vez mayor
de jóvenes y niños. Todos ellos vestidos con sucintas prendas rojas. Dos
grandes estandartes, con la pirámide blanca y el sol naciente, ondeaban a
pocos metros de la primera fila de músicos.
De pronto empezó a salir un denso humo por la gran boca abierta del
gigante, en tanto unas lenguas de fugo subían desde la gran abertura. Dos
sacerdotes se arrodillaron frente a la estatua para, acto seguido, empezar a

174
subir lenta y ceremoniosamente los peldaños, hasta situarse a ambos lados
de la gran abertura. Un tercer sacerdote, en la base de la escalera, pareció
realizar un gesto al asistente que custodiaba a los niños. Se escucharon
llantos. Los tambores redoblaron sordamente mientras las trompetas, con
su cadente ritmo, elevaban la tensión generalizada. Una fila de niños era
conducida por seis sacerdotes hacia la escalera. Al advertir la solemne
gravedad de estos últimos, Marcelo intuyó que nada bueno iba a acontecer.
Uno a uno los niños empezaron a subir la escalera de piedra. Algunos,
paralizados por el miedo, parecían titubear mientras otros se resistían
abiertamente tratando de escapar. Varios asistentes se encargaban de
sujetar o perseguir a los que conseguían desasirse. Una vez llegado arriba,
al último peldaño, el primer niño era ungido en la frente para,
seguidamente, ser empujado y precipitado hacia la gran abertura.
Cuando Marcelo comprendió lo que estaba sucediendo, sintió un
vuelco en el estómago y unas irresistibles ganas de vomitar. El
guardaespaldas le aferró del brazo a fin de evitar que se levantara, pues
aquello podía ofender a Kapairal III. Trató de revolverse pero también el
traductor le tomó del otro brazo. Un intenso pitido resonó en sus oídos,
sintió que le faltaba el aire. Una mano se cerró fuertemente en su nuca.
Algo estalló en uno de sus oídos: «Ni se te ocurra desmallarte», creyó
escuchar. Aún tuvo fuerzas para rebelarse: «¿Así es como tratan a un
diplomático?», intentó gritar, pero solo consiguió soltar un penoso gemido
seguido de una ventosidad. Decidió que lo mejor que podía hacer era mirar
al suelo y no pensar en nada hasta que toda aquella pesadilla terminara.
Y si bien, a duras penas, consiguió evadirse de todo aquello, sus
verdugos no dejaron de aferrarle con sutil discreción. Supuso que no era
la primera vez que lo hacían. Afortunadamente el estruendo de los
tambores solapaban los llantos y gritos de los niños, de lo contrario jamás
lo hubiera soportado. Allí siguió un buen rato más mirando al suelo,
incapaz de concebir tal grado de maldad, de perversión, de psicopatía.
«Pero ¿qué mundo es este?», repitió una y otra vez.
En un momento dado dejaron de escucharse los tambores y las
trompetas. La curiosidad venció al horror y se percató de que ya no había
más niños. Un sacerdote, arrodillado frente al gigante, pareció realizar
alguna suerte de rito o invocación. La mano del guardaespaldas se
mantenía aferrada a su nuca, pero sin apretar. Al lado de éste, la
vicegobernadora, esa andrógina oronda de rasgos más femeninos que
masculinos, parecía estar compungida. Marcelo estiró un poco más la
cabeza y confirmó que estaba sollozando, y que algunas lágrimas se
deslizaban por sus mejillas. Aquello le dio ánimos, sintiendo un arrebato
de empatía y complicidad con la única persona que parecía mostrar
sentimientos. Incapaz de contenerse, inclinó su cuerpo hacia adelante
tratando de atraer su atención, bajo la atenta mirada de su guardaespaldas.

175
—¿No es la cosa más terrible, señora? —consiguió balbucear, sin
importarle cuántos le escucharan.
La vicegobernadora pareció escucharle, alzando su llanto mientras,
dirigiéndose a él con la mirada, asentía con la cabeza. Algo pareció decirle.
Marcelo miró a su traductor, que no se hizo de rogar:
—Dice que su hijo ha sido el último sacrificado.
Volvió a mirarla en un claro gesto de condolencia. La andrógina
intentó decir algo más pero no pudo contener un sollozo desgarrado.
Marcelo trató de levantarse, de tomar sus manos y consolar a la única
persona con alma de todo aquel maldito lugar, pero un discreto empellón
lo devolvió a su asiento, intensificándose la aprehensión de su brazo. Algo
se le removió por dentro. Sintió deseos de llamar la atención, de gritar ante
semejante atropello, pero de nuevo otra mano atenazó su nuca. La
andrógina consiguió decir algo más. Marcelo volvió a clavarle la mirada
al traductor, que enseguida reaccionó:
—Dice que es sin duda el día más dichoso de su vida, y que nunca
antes había llorado de felicidad.
Sin dar crédito a lo que escuchaba, Marcelo volvió a inclinarse para
mirar a la andrógina, que le devolvió una emocionada sonrisa de felicidad.
Aquello lo sumió en una honda turbación. Esta vez se rindió a la
resignación. El universo parecía estar condenado a la destrucción y ya nada
se podía hacer. Poco después sintió un violento pellizco en su espalda.
Cuando se quiso dar cuenta de lo que pasaba, vio al faraón Kapairal III
frente a él, sonriéndole y hablándole.
—Su excelencia quiere saber qué le ha parecido la ceremonia —le
dijo nervioso el traductor.
—¿Eh? ¿Cómo?... ¿El qué?
—Su excelencia dice que los dioses están satisfechos, y que nos han
bendecido a todos con amor y prosperidad.
—Ah, ¿sí? ¿Ha dicho amor?
—Su excelencia dice que a continuación tendrá lugar el Oazso, un
interesante acontecimiento deportivo, y que le gustaría presenciarlo junto
a usted.
—¿De veras?

Y así fue como Marcelo, haciendo de tripas corazón, presenció junto


al faraón Kapairal III el resto de la ceremonia, no sin ausentarse unos
minutos cuando los ganadores del partido, apenas unos niños de siete y
ocho años, tuvieron el honorable privilegio de ser purificados en el sagrado
fuego del gran dios Baalham, para mayor gracia de sus padres. Después
les tocó el turno a los adultos, que tras un violento y disputadísimo partido,
no dudaron en precipitarse por la humeante abertura del gigante
demoníaco, para mayor desgracia de los perdedores.

176
El último acto de la ceremonia, Kuiawa, o «el gemelamiento», era aún
más retorcido si cabe. Parejas de niños gemelos o clonados luchaban a
muerte entre sí. Los ganadores tenían el insigne privilegio de participar al
año siguiente en el Oazso, el evento deportivo.
Así fue como comprendió que todos los nacidos en el planeta Hor, a
excepción del faraón y la nobleza, estaban destinados a morir sacrificados;
y que, dependiendo de los astros, unos morían antes, recién nacidos, y
otros después. Unos se «diseñaban» para nutrir de sangre al faraón y otros
para nutrir a la nobleza. Pero nunca nadie que no fuera noble o faraón
sobrepasaría los 47 años de edad estipulados por ley. Igualmente supo que
toda carne servida en cualquier hotel o restaurante era carne sagrada. Carne
humana.
—Una pena que se tenga que ir mañana —le dijo Kapairal III al final
de la ceremonia, dándole unas palmaditas cordiales en la espalda—. Pero
si quiere puede venir y participar como competidor el año que viene, está
usted invitado. Créame que es el mayor privilegio que se le pueda conceder
a un ser humano. ¿Qué me dice?
—Pues… ya si eso ya… otro año —respondió a duras penas,
agarrando la mano del traductor y tratando de escabullirse de allí.

Una vez llegó a la Casa de Huéspedes y cerró la puerta de su


habitación, pudo vomitar lo poco que le quedaba en el estómago.
Seguidamente se duchó a oscuras hasta que la piel enrojeció por el agua
casi hirviendo. Sabía que nunca conseguiría limpiar toda esa sangre de su
memoria, los gritos de niños, sus vanos intentos de escapar. Nunca había
deseado tanto un buen trago de whisky. «Daría la mitad de mi vida», se
dijo, tumbándose boca abajo en la cama. Entonces sintió deseos de
fundirse en la plácida inconsciencia de la materia inerte, de morir con la
misma ligereza que una brizna de hierba, muy lejos de la locura humana.
Nunca antes había sentido tan indescriptiblemente el gélido aliento del
horror, de la desolación. No era ningún novato de la universidad de la vida.
Conocía bien el hedor de la muerte, el desgarrador gemido de los
moribundos en los campos de batalla y en los hospitales, el inconsolable
sollozo de los niños huérfanos de la guerra.
También él había sufrido virulentas fiebres, disparos, amputaciones.
Más de quince años como corresponsal de guerra no son ningún
pasatiempo. Allí están sin duda las mejores escuelas de filosofía. Y aunque
varias veces se había cuestionado el sentido de la vida, tarde o temprano
conseguía encontrar una respuesta esperanzadora.

177
Lejos de abandonar y buscar la comodidad de un despacho, siguió
desentrañando in extremis los misterios de la psique humana. Su valerosa
experiencia como corresponsal le facilitó el camino de la diplomacia. No
tuvo que esperar mucho para ser nombrado embajador. Esto le permitió
extender su visión a otras culturas y fronteras, a otros planetas. Y si bien
esta vez contaba con mayor protección, nuevamente conoció los horrores
de la locura, la noche sin tiempo. Había visto a las tribus caníbales de
Zerskumat devorando los sesos de sus víctimas; a hombres empalados en
los bajos corredores de Marte. Había visto caravanas de esclavos, cárceles
inmundas, incontables niños abusados, maltratados… Pero ni siquiera
todo aquello podía compararse al salvajismo que acababa de presenciar.
Nunca antes había presenciado semejante frialdad, semejante refinamiento
de la barbarie.
«¿Es que el horror nunca tiene límites?», se preguntó.

178
PROMETEO

¿De qué sirve una mente estrecha en un


universo infinito?

Por muy lejos que nos lleven las conclusiones,


siempre acabamos regresando a las dudas.

El hombre sólo tendrá control sobre la ciencia


cuando tenga control sobre su conciencia.

Cuando Saki fue requerido por El Consejo, supo que algo importante
se estaba cociendo. Hacía más de ocho años que no sabía nada de sus
colegas ni del viejo cascarrabias Harbin, pero tampoco es que los echara
de menos. De este último fue la decisión de apartarlo del proyecto Zeus:
un megaordenador central capaz de controlar y dirigir a todos los
ordenadores y superordenadores del planeta. Una máquina capaz de
desafiar lo inconcebible por la mente humana.
Y es que por entonces la situación ya era insostenible: cada pocas
semanas o meses se diseñaba un superordenador en Francia, Canadá o
China capaz de competir o superar a la última bestia informática. Y claro,
siendo cada ordenador más potente y eficaz que los anteriores, había que
gastar ingentes cantidades de dinero y medios en reforzar o cambiar a
menudo los sistemas de seguridad de incontables agencias de inteligencia,
organismos públicos, plataformas de financiamiento, criptodivisas… por
no hablar también de los exorbitantes costes de las aseguradoras.
Así, por ejemplo, el superordenador ruso Zar, con un rendimiento de
8.447.902 TFLOPS, seis veces superior al más potente ordenador hasta la
fecha, era capaz de desencriptar los más complejos códigos de seguridad
en unos pocos minutos. No pocos ciudadanos temieron una Tercera Guerra
Mundial cuando la NASA acusó a Rusia de espionaje y robo de datos,
generándose una pequeña crisis mundial.

179
Fue entonces cuando el bueno de Saki, ingeniero y programador
informático del SIS (Servicio de Inteligencia Británico), propuso a su
director la creación de un megaordenador central financiado por todos los
países de la ONU, a fin de terminar con aquella competitividad tan
exorbitantemente cara y desastrosa. La idea fue bien recibida por el
director y seguidamente por ciertos dirigentes del poder, que a través de
sus portavoces públicos prepararon los medios para llevar a cabo el
denominado «proyecto científico más caro del siglo XXI», superando tres
veces en costes al CERN. Lógicamente Saki fue uno de los primeros
seleccionados junto a quinientos expertos más. La primera fase del
proyecto consistía en idear un sistema informático tan avanzado y
revolucionario que no pudiera equipararse a nada anteriormente diseñado
o concebido.
Si bien se barajaron diversas líneas de investigación, al final se decidió
por la línea más novedosa y prometedora: la computación cuántica, y que
tan bien conocía Saki por haber sido uno de los primeros en desarrollarla,
casi veinte años atrás. De hecho él mismo fue quien propuso medio en
broma un primer nombre al megaordenador. Siendo un apasionado de la
Historia, en particular la cultura clásica griega y su mitología, pensó que
Zeus, rey de los dioses, podía aplicarse también al rey de los ordenadores.
Desde luego la propuesta no pasó desapercibida, y desde aquel día ya
todos, incluso los jefazos, empezaron a utilizar ese llamativo nombre a
falta de algo mejor.
Aunque las aportaciones técnicas y conceptuales de Saki en este gran
proyecto fueron bien recibidas, generando nuevas ramas de investigación
y convirtiéndose, de hecho, en director de ingeniería del SAEC, sus deseos
de dar un siguiente paso y consolidar un segundo proyecto adjunto, para
dotar a la máquina de conciencia, fueron rechazados por el viejo y
malcarado Harbin, «el tipo más odioso del mundo», según algunos.
Y es que unos pocos años antes, había estado experimentando, junto
a un par de fieles amigos y «compañeros de arte», en una dirección
tecnológica hasta entonces desconocida, y que él mismo bautizó como
«Mar de luz»: un superordenador que funcionaba de manera casi autónoma
con partículas cuánticas conocidas como «actiones», que eran mitad luz y
mitad materia.
Mediante una red de difracción que simulaba un sistema plano, esos
actiones o gotas de luz incidían sobre ciertas aleaciones metálicas
generando ondas que interaccionaban de manera cuántica, algo así como
un gran faro iluminando el terreno, lo que permitía encontrar rápidamente
el camino de las soluciones más complejas. De esta manera podían
resolverse fácilmente problemas anteriormente insolubles en climatología,
medicina, astrofísica, biología, finanzas, etc. Por desgracia la falta de
presupuesto de aquel «fantasioso proyecto», según algunos de sus

180
inversores más impacientes, propició la paralización del mismo, si bien
Saki nunca perdió la esperanza de retomarlo en cuanto contara con los
suficientes medios.
El caso es que al cabo de un año de ser nombrado director de
ingeniería del proyecto Zeus, no solo sus propuestas para dotar de
autonomía al sistema fueron repetidamente rechazadas sino que además
fue «invitado» a participar en un proyecto de computación con
turbocompresión en una remota isla de Malasia, lo que propició el regreso
a su antiguo y preciado puesto de ingeniero y programador informático del
SIS.
Solo cinco años después, el mundo entero conocería a Zeus, siendo
formalmente presentado un día de Nochebuena por todos los medios
informativos del planeta. Dos meses antes se había firmado un acuerdo
entre 144 países miembros de la ONU para poner fin al desarrollo de
ordenadores cuánticos con un rendimiento superior a los 10.000.000
TFLOPS. De esta manera se terminaba con esa sangrante competitividad
que había llevado a tantos países al borde del colapso.
Todo siguió más o menos igual: cada país firmante mantenía su
derecho de utilizar y construir superordenadores, pero respetando el límite
acordado. A cambio tenía plena libertad para acceder al sistema central de
Zeus y solicitar una clave con la que reencriptar sus bases de datos. De
esta manera se mantenía la anterior encriptación pero reforzada con una
superencriptación prácticamente indescifrable, garantizándose así la total
confidencialidad. Ahora la mayoría de los superordenadores del planeta
estaban bajo la segura protección de Zeus, cuya capacidad de análisis era
superior a todos los ordenadores y superordenadores del planeta juntos.
Los primeros años fueron de maravilla, sucediéndose, gracias a su
imponente sistema de predicción cuántica, todo tipo de adelantos
científicos que revolucionaron diversos campos como la biología, la
medicina, la robótica y los viajes espaciales. Ni un solo virus o programa
de infiltración consiguió sobrepasar «la segunda muralla» de su sistema de
seguridad, despejándose así el camino del progreso ilimitado.
Pero todo lo que tan bien había comenzado se fue al traste cuando
China anuló su acuerdo poco antes de presentar a «Zheng» en la Fiesta de
la Primavera. Entonces se supo que China llevaba más de quince años
involucrada en este megaordenador. Aquello se sintió como un jarro de
agua fría en Occidente. Tres meses después Rusia anulaba también su
acuerdo tras presentar a «Iván» a los medios de comunicación: un
megaordenador autónomo que dejaba pequeño incluso al propio Zeus.
Todo volvió al punto de partida. De nuevo se sucedieron los virus, las
infiltraciones, el robo de datos, los programas espía, pero esta vez a un
nivel todavía mayor.

181
Y así hubiera seguido el mundo de no haber sido por esa extraña
llamada a las tres y media de la madrugada, donde un tal Maverick
despertó al bueno de Saki informándole que se habían reconsiderado sus
propuestas para dotar a Zeus de cierta autonomía, instándole a participar
esa misma mañana en una junta directiva donde se decidirían las líneas a
trazar en este nuevo megaproyecto; y que no se preocupara de su actual
cargo de ingeniero, que ellos ya lo habían solucionado todo con el SIS para
que siguiera percibiendo su habitual remuneración además de la nueva
como DIRECTOR DE INGENIERÍA.
—Pues… la verdad es que… me satisface que por fin se hayan tomado
en cuenta mis consideraciones pero… me pilla usted en un momento
que… Bueno, venga, de acuerdo, veamos cómo termina todo esto. ¿A qué
hora ha dicho que es la reunión? —dijo tratando de parecer desinteresado,
pero incapaz de contener la euforia.

El caso es que, tras el relativo fiasco de Zeus, los directivos del


proyecto decidieron diseñar un prototipo de megaordenador tan especial
que no pudiera copiarse ni superarse. Solamente Saki y su modesto equipo
de investigadores eran, en opinión de John Destella, «el gran jefe», las
únicas personas del planeta capaces de semejante logro, «siempre y
cuando contemos con los medios suficientes», precisaba Saki.
Tres días después, ya estaban él y nueve de sus más preciados
colaboradores trabajando en una base militar secreta de Glasgow, en la
sección 5, una gran instalación subterránea de más de dos mil metros
cuadrados denominada «La Catedral». Si bien al principio del proyecto se
pensó en la posibilidad de ir añadiendo las innovaciones a Zeus,
finalmente, y para evitar engorrosos reajustes, se decidió empezar de cero,
«tal y como era el mundo antes del primer día de la creación», apostilló
Saki con su particular humor, en un intento de conferir magnificencia a
«su» proyecto.
Al cabo de quince meses consiguieron dar a luz un sistema de
conducción holográfica perfectamente funcional. Basándose en sus «gotas
de luz», esta vez la nueva versión del megaordenador contaba con un
algoritmo cuántico de tan solo 3 chips especializados frente a los 114 que
necesitaba su predecesora Zeus, y que le permitía aprender de la nada y a
solas con toda la información de la red. Este algoritmo se apoyaba en un
software de simulación de una red neuronal similar a la humana, y cuyo
fundamento era el aprendizaje por refuerzo: la máquina sabía enseñarse
sola practicando consigo misma hasta alcanzar una capacidad muy
superior a la de otras versiones previas, incluso en los dominios más
exigentes. De hecho era posible entrenar a un nivel hiperveloz sin ejemplos
humanos ni orientación, sin más conocimiento del campo que las reglas
básicas. Más adelante se añadieron nuevas redes neuronales trabajando

182
coordinadamente, lo que sin duda multiplicó su rendimiento. El sistema
neuronal debía identificar el contenido de cualquier imagen o palabra sin
instrucciones adicionales. Cada palabra y píxel de la imagen era analizada
y reintroducida de nuevo en la red neuronal en un bucle infinito, por lo que
al final se obtenían sorprendentes interpretaciones e imágenes «artísticas»
que más bien parecían salidas de la mente de un consumidor habitual de
sustancias psicotrópicas.
El hiperveloz y multiversátil sistema holográfico Mar de luz en
combinación con este algoritmo permitió al cerebro de la máquina utilizar
la información como conocimiento ontológico, analizando el presente e
intuyendo el futuro de manera similar a como lo hacen las personas.
—Imaginen tener una radiografía de lo que podría ser un tumor
cancerígeno —explicó Saki a uno de los jefazos, que se había acercado
una tarde a La Catedral para curiosear—. El sistema no solo la compararía
en millonésimas de segundo con una base de millones de fotos y datos
médicos, sino que daría un diagnóstico de manera similar a como lo hace
un oncólogo: añadiendo a su experiencia profesional su «intuición», y
mejorando muy posiblemente el resultado de éste.
De hecho, el nuevo algoritmo pareció superar todas las expectativas.
A las cien horas de iniciarse el Programa Autoconciencia, basado en el
simple método de ensayo y error, la máquina ya era capaz de utilizar a
niveles sobrehumanos las más eficaces estrategias de aprendizaje. No solo
era capaz de superar a los humanos sino de llegar a donde ellos no podían,
pues lo más interesante de este megaordenador era la peculiar manera de
aprender por sí mismo, empapando la información con sus infinitas gotas
de luz y absorbiéndola de manera integral, casi cósmica, revelando la
ineficacia de nuestros sistemas lineales de aprendizaje y comprensión.
Progresivamente, de forma casi intuitiva, la máquina fue
desarrollando niveles inauditos de comprensión en todos los campos del
conocimiento humano, desde las matemáticas a la poesía, generando su
propia matemática artística y poética, capaz de desafiar los principios
básicos de las leyes universales. Decantándose siempre por el diseño más
simple y artístico en vez del más sofisticado, hizo un balance de todas las
lenguas humanas habladas y escritas, desarrollando, en solo un minuto y
medio, cinco idiomas propios como los más «armónicos y sugerentes»
según sus propias palabras.
Tras analizar en poco más de ocho minutos los más de dos millones
de libros registrados en la red y compararlos con los mayores éxitos de
ventas, creó sus propios best seller según los más atractivos parámetros de
la cultura humana, desarrollando miles de poemarios por segundo capaces
de embelesar al más inconmovible de los humanos.
Sus más de 40.000 libros de filosofía «escritos» en cinco minutos
parecían haber sido dictados por un santo embargado de éxtasis.

183
Igualmente, mediante el estudio de la semiótica, fue «consciente» de las
graves imperfecciones de las llamadas ciencias humanas y sociales: de los
contrasentidos y las mal simuladas falsedades, incluidas en los más
conocidos libros de filosofía y ciencia.
Esta demolición epistemológica y semántica de las estrategias
lingüísticas abarcaba todos los campos del pensamiento humano, desde El
capital de Karl Marx a la Teoría de la Relatividad General de Albert
Einstein, echando por tierra la mayoría de los grandes descubrimientos y
«avances» de la historia, y restituyéndolos por otros modelos mucho más
refinados y eficaces. Llegó un momento, al cabo de unas seis semanas de
la implantación del algoritmo, en que el conocimiento humano se convirtió
en un lastre a la hora de alcanzar mayores niveles de efectividad.
Siendo consciente de los ingentes beneficios que esta máquina podía
brindarle a la humanidad, Saki decidió sustituir su anterior nombre,
elegido unánimemente por el grupo: «Enigma», por uno más humano y
simbólico: «Prometeo», en clara referencia al dios de la mitología griega
que robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres. Pues así
es como veía Saki a su creación: una superinteligencia diseñada para
favorecer a la humanidad.
Esto generó cierta inquietud entre el equipo, pues se estaban
rebasando límites que no estaban programados en el proyecto. Aquello era
algo mucho más grande de lo que podían abarcar y temían que la cosa se
fuera de las manos. Es por ello que algunos miembros del equipo, entre
ellos Saki, propusieran sin demasiado convencimiento limitar el potencial
de la máquina a fin de ajustarla a los parámetros previstos en el proyecto.
Pero era evidente que el insaciable afán de superación era más fuerte que
la intuición y el sentido común, tal y como dijo Saki cuando, irónicamente,
se dio cuenta de su propia impotencia: «No es la voluntad ni la razón —
dijo solemnemente al grupo—, es la embriaguez de la aceleración
tecnológica lo que ha hecho avanzar a la humanidad por una determinada
dirección. La razón, impotente, sólo puede alabar o reprobar dicho
rumbo».
Llevada por una inquietante ansia de creatividad y superación, había
veces en que la máquina «corregía», por ejemplo, los textos filosóficos de
Wittgenstein y Nietzsche, sin duda sus filósofos «preferidos»; o bien las
composiciones sinfónicas de Mozart, Bach, Chopin. En palabras de Saki,
era como un niño ensimismado con sus gomas y lápices de colores. Otras
veces, según afirmaban algunos miembros del equipo, parecía que la
máquina, aun sin tener ojos ni oídos ni conocimiento del mundo exterior,
les observaba y escuchaba.
—Pero eso es imposible —replicó Margot, la más sarcástica del
equipo.

184
—¿Por qué iba a ser imposible? Ya hemos constatado que Prometeo
tiene una personalidad que le es propia. Muchas veces ha hecho cosas para
las que no estaba programado, como decantarse por ciertas actividades
artísticas sin que nadie se lo pidiera. Es como si disfrutara creando poesía
o componiendo música. Sin duda posee una extraordinaria sensibilidad.
—Sí, es como un niño que reacciona a nuestros estados de ánimo —
intervino Hiroki, también apodado el abuelo—. Cada vez que nos
relajamos y nos divertimos, nos imita. De pronto empieza a hacer cosas
raras como escribir cuentos infantiles o componer música rock.
—O bien una marcha fúnebre, ¿os acordáis?
—¿Creéis que tiene sentimientos?
—Remitiéndonos a los hechos, parece que sí.
—¿Me estás diciendo que hemos creado al monstruo de Frankenstein?
—¿Así es como hablas de nuestro pequeñín?
—Yo creo que todos somos creadores de alguna manera —intervino
Saki—. Me acuerdo de un libro de Alexandra David Neel que leí hace
tiempo, y donde hablaba de los tulpas: entidades fantasmales creadas por
algunos monjes tibetanos a partir de ciertas técnicas de meditación y
visualización sostenida. Decía que estas entidades podían actuar de manera
independiente y ser incluso más conscientes que las personas.
—¿Crees que Prometeo es solo una ilusión mental creada por…
nuestros deseos? —preguntó Margot, con una sonrisa burlona.
—Exacto. Con la diferencia de que nosotros hemos tomado el camino
más largo y complicado.
—Acabas de iluminarme. La próxima vez que participe en otro
megaproyecto me sentaré a meditar mientras los demás trabajan.
—¡Ja!
—Lo que está claro —opinó Burak, el benjamín del equipo— es que
acertamos más por agotamiento de posibilidades que por intuición. ¿Eso
nos convierte en dioses?
—¡Ahí te has superado, Bur!
—Ahora en serio, ¿no deberíamos poner fin a todo esto? —sugirió
Saki—. Me refiero a Prometeo. ¿No deberíamos al menos… borrarle
algunos programas?
—¿Qué programas?
—Pues… el de Creatividad autodirigida.
—¿Bromeas? ¡Eso sería como quitarle el alma! —exclamó Burak.
—Ya hemos demostrado hasta dónde podemos llegar, ¡hemos
sobrepasado todas las expectativas! ¿A quién queremos impresionar? Lo
digo en serio, no tiene sentido seguir con esta locura.
—¿Así es como castigas a tu creación? ¿Matándola por comer del
árbol del conocimiento? —replicó Margot—. ¡Ella ni siquiera te ha

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desobedecido! ¿Cuál es tu justificación? ¡Ha hecho todo lo que le has
pedido y mucho más!
—¡Yo solo trato de salvar a la humanidad!
—¡Ja! ¿Te importaría bajar a la tierra, señor Jesucristo? A lo mejor
resulta que la humanidad es capad de arreglárselas muy bien sin tu ayuda.

No pasaron ni dos días cuando decidieron intensificar los desafíos


enfrentando a Prometeo contra Zeus en una corta pero memorable partida
de ajedrez donde no faltaron las apuestas. Y si bien las tres primeras
partidas, sorprendentemente, las perdió Prometeo, el resto de las miles que
siguieron las ganó con abrumadora facilidad.
Motivados y fascinados por sus infinitas capacidades y su
particularísima «personalidad», Saki y su equipo probaron una copia de su
algoritmo con información de partidas reales entre humanos, a fin de
comparar su rendimiento con la versión autodidacta. El resultado fue claro:
en solo dos minutos la máquina autodidacta derrotó 918 veces seguidas a
la máquina enseñada por humanos, lo cual indicaba que esta inteligencia
podía aprender estrategias de pensamiento cualitativamente diferentes de
la inteligencia humana.
Esta forma de interpretar la información y desarrollarla, sondeándola
con infinitas perspectivas humanas y «personales», convergía en
soluciones literalmente perfectas. Aplicando estas estrategias a los
diversos campos de la ciencia, confirmaron su eficacia en el desarrollo de
nuevos metamateriales, entre otras cosas. Esto generó de nuevo una
polémica en el grupo de investigadores, pues eran conscientes de que no
solo habían diseñado y construido el más avanzado sistema de seguridad,
sino una inconcebible inteligencia que podía impulsar el conocimiento
hasta niveles inimaginables, o bien acelerar la destrucción del ser humano.
Siendo el ya citado afán de superación mucho más fuerte que el sentido
común, como bien sabía Saki, todo siguió adelante.
Pero el punto culminante se produjo cuando, una semana más tarde,
al inicio de la jornada, apareció en la pantalla holográfica de Prometeo una
pregunta escrita en grandes letras mayúsculas: ¿QUIÉN SOY YO?
Una vez confirmaron que aquello no era una broma de ningún
miembro del equipo ni un error del sistema, y que tales palabras parecían
ir dirigidas a ellos, nuevamente se levantó un agrio debate sobre la
conveniencia o no de borrar ciertos programas, y que se extendió durante
varios días. Finalmente, a propuesta de Saki, se decidió que la mejor
manera de aliviar la mala tensión reinante era que todos se tomaran un par
de días libres. Eso aclararía las ideas.

186
Al día siguiente, a eso de las nueve y media de la noche, Saki se citó
con su buen amigo Paul, uno de los miembros del equipo, en un oscuro y
tranquilo pub de Glasgow para tratar un tema «ciertamente delicado»,
según el propio Saki.

—¿Crees que tiene conciencia de sí mismo? —le preguntó a Paul


mientras vaciaba el contenido de una botella de cerveza en un vaso de tubo,
sentados en un taburete frente a la barra—. Conoce todos los campos del
conocimiento humano pero es incapaz de saber quién es él.
—¿Y quién lo sabe? Es la eterna pregunta: quién soy, de dónde vengo,
a dónde voy… Da igual lo listo que seas.
—¿Qué pasaría si fuera dirigido hacia aspectos destructivos como el
armamento o el control mental? ¿Qué pasaría si cayera en manos de
psicópatas? Lo cual es una evidencia, puesto que el poder ya es
psicopático. ¿Te das cuenta de…? ¿No sería mejor abandonarlo todo?
¿Decir que todo ha sido un fracaso? Ya sé que parece una idea
descabellada pero… ¿Te das cuenta de lo que hemos creado? ¡En nuestras
manos puede estar el fin de la humanidad!
—O el principio. ¿Por qué te enfocas en lo negativo? ¿No crees que
es un poco egoísta dejar de revelar grandes avances que podrían mejorar
la vida de millones de personas?
—¿Mejorarla? ¿Y por qué no empeorarla? ¿Sabes quiénes son los que
más se han beneficiado de todos los grandes avances humanos? Los de
arriba. ¡Siempre los de arriba!
—¿Desde cuándo te has convertido en un revolucionario?
—Nosotros trabajamos para las élites, y las élites sólo trabaja para su
propio beneficio. No voy a convertirme en un mercenario de laboratorio.
Tengo empatía, dignidad.
—Mira, aun suponiendo que nuestra máquina sea… indebidamente
utilizada, puede beneficiar indirectamente a los más desfavorecidos. E
incluso más adelante puede que… consiga mejorar el nivel de vida de toda
la humanidad.
—No voy a vivir cien años para comprobarlo.
—Me parece que estás sacando las cosas de contexto.
—Sinceramente, Paul, me caes bien y no te deseo grandes cargos de
conciencia, porque entonces… solo entonces comprenderás lo que digo.
Fíjate en todos esos científicos que idearon y construyeron la primera
bomba atómica: Oppenheimer, Robert Serber, Edward Teller… Sabían
que estaban creando la peor arma inimaginable, pero la tentación de figurar
en los libros de historia era mayor. Por si acaso les dijeron que si no la
construían ellos antes lo harían los nazis. Y se lo creyeron. Grandes mentes
hábilmente engañadas por políticos codiciosos, psicópatas. ¿Sabes lo que

187
dijo Einstein poco después de la bomba de Hiroshima? «Si llego a saber
que pasaría esto, me hubiera hecho zapatero». Yo, sinceramente, preferiría
ser pianista en un modesto cuarteto de jazz.
—¿Y qué me dices de tantos otros descubrimientos que sí aportaron
grandes beneficios a la humanidad, como el descubrimiento de la
penicilina o el ADN? ¿Qué me dices de los primeros trasplantes humanos,
de la inseminación artificial, de los rayos X? Y esto sin contar otros
avances fuera de la medicina.
—Ah, pero qué ingenuo eres. Me estás hablando de tiempos en los que
apenas existían las grandes corporaciones, la especulación financiera, el
mercado de divisas… Ya no existe nada parecido al científico solitario y
comprometido que se pasa todo el día en su pequeño laboratorio casero
con el fin de traer más luz a una humanidad inocente y primitiva. Ahora
los científicos trabajamos para el gobierno, para las grandes
corporaciones… Y son éstas quienes deciden lo que se debe investigar y
hasta dónde. Si un descubrimiento no les gusta o no se ajusta a la finalidad
de la investigación porque no es rentable, aun aportando grandes
beneficios humanos, sencillamente lo descartan. ¿Entiendes lo que digo?
La tecnología solo avanza en función de los intereses económicos que
genera, no en función de las necesidades humanas. ¿Y si resulta que los
mayores genios de la humanidad no constan en los libros de historia? ¿Y
si resulta que fueron silenciados o asesinados por inventar maravillas que
podían beneficiar a todos, de manera casi gratuita? Sé que se han dejado
de investigar antibióticos porque son demasiado efectivos. Como no se han
desarrollado nuevos antibióticos, los microorganismos infecciosos se han
vuelto resistentes, y hoy la tuberculosis que en mi niñez había sido
derrotada está resurgiendo y matando a millones de personas. Te pongo el
ejemplo de las farmacéuticas porque las conozco bien, trabajé para ellas.
La mayoría no están interesadas en líneas de investigación para curar, sino
para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más
rentables que los que curan para siempre. Dime, ¿existe el progreso en una
civilización que desecha una tecnología por no dar suficientes beneficios
económicos, si bien podría solucionar innumerables problemas humanos
como el hambre, la escasez de agua, las epidemias y mil cosas más? Ahí
tienes el negocio del cáncer. ¿Sabías que todas las drogas empleadas en
quimioterapia son tóxicas? ¿Sabías que muchas de ellas son a su vez
cancerígenas? Pero claro, ¿quién va a tirar por tierra un negocio de miles
de millones de dólares anuales, aun demostrándose de manera concluyente
que los pacientes que no reciben ningún tratamiento pueden vivir incluso
más que los que sí lo reciben? Algo similar han hecho las petroleras cuando
alguien ha tenido a bien inventar un combustible barato, abundante y no
contaminante como el agua marina o el nafta. ¿Dónde está el progreso en
una civilización que todavía sigue utilizando los mismos combustibles

188
fósiles de hace siglos, aun destruyendo su propio planeta? Te aseguro que
hay decenas de miles de patentes pudriéndose en oscuros sótanos por
ofrecer más beneficios humanos que financieros.
—Entonces, según tú, ¿qué obtienen hoy día los científicos?
—Un sueldo.
—Pero ¿qué hay de su talento, de su creatividad? ¿Simplemente
obedecen? ¿Sólo son meros instrumentos del poder?
—Tú lo has dicho. Incluso cuando descubren algo relevante. Eso
deberías saberlo por experiencia. Incluso si ganan el Nobel habrán sido
utilizados. Así es como recompensan a sus esclavos más productivos. A
las élites les importa un bledo el nombre o la fama de sus empleados
mientras sigan generando beneficios. El problema es cuando uno de esos
empleados hace uso de su fama para criticar a sus jefes o sacar a la luz sus
tejemanejes, pero eso ocurre muy rara vez, pues no son muchos los que
pueden presumir de ganar el Nobel. Una máquina como la nuestra capaz
de dar soluciones a casi todos los problemas humanos sería como el grial
para la ciencia. Llevaría el progreso humano más allá de la imaginación.
Sería el fin de los combustibles fósiles, de la energía nuclear… ¡Podríamos
crear superconductores! Ya no dependeríamos de la gravedad, se podrían
levantar ciudades en el aire sin el inconveniente de la masificación, los
terremotos, las inundaciones… Edificios, parques, coches flotantes. ¡Estoy
hablando de antigravedad!… Sería como llevar la ciencia a las alturas,
literalmente hablando.
—¡Pero eso sería fantástico!
—Aparentemente.
—¿A qué te refieres?
—Ya conoces el dicho: el poder absoluto corrompe absolutamente. Y
un poder de tal magnitud… Sería como darle un dispositivo de misiles
nucleares a un niño. No me quiero imaginar un descubrimiento así en
manos del poder.
—No creo que sea para tanto.
—Amigo mío, el poder es ciego y sólo le interesa su propio poder. No
ve más allá. Los llamados poderosos sólo son poderosos por la debilidad
de los que se venden, que son la mayoría de los políticos, científicos,
industriales… Todo su campo mental se reduce a un tablero de cifras y
letras donde las personas tienen el mismo valor que los números. Se creen
superiores al resto y sólo son esclavos de su codicia, de su animalidad, de
sus bajos instintos. Estos yonquis del poder son capaces incluso de
especular con el precio de los alimentos, llevando a la ruina a millones de
personas. Impiden el desarrollo del Tercer Mundo mediante préstamos con
intereses desorbitantes, robándoles sus recursos naturales, la soberanía, la
juventud… Así es como se han infiltrado en todos los países. Ya no
necesitan las guerras, todo les pertenece. Pronto crearán un único gobierno

189
mundial. A tal punto llega su perversión que incluso realizan sacrificios
rituales, tú sabes a lo que me refiero. Secuestran a mujeres, a niños… No
tienen alma.
—¿Crees que vivimos en una psicopatocracia?
—Por supuesto. Hay un informe que afirma que el uno por ciento más
rico del planeta acapara el noventa por ciento de la riqueza mundial. ¿Qué
demuestra eso? Que hay algo que no funciona en el ser humano. Estos
psicópatas creen que subiéndose a las espaldas de los que explotan están
por encima de los ellos, y no son más que unos pobres diablos con graves
complejos de inferioridad. Su disparatada fortuna es la muestra de su
miseria interior. En vano tratan de compensar sus complejos acumulando
más y más dinero, sin ser conscientes de que no hay mayor tesoro que el
tiempo que pierden acumulando ceros. ¿De qué les sirven tantos
millones?¡No podrán llevarse un solo centavo al otro mundo!
—Son ridículos.
—Quizá un cambio revolucionario en el sistema educativo consiga
que los seres humanos dejen de competir y matarse entre sí. Quizá
entonces los niños dejarán de ser tratados como piezas válidas o
defectuosas. Pero de momento no ha llegado ese día, y dudo mucho que
llegue a corto plazo. Mientras tanto no seré yo quien traiga al mundo
semejante poder. No necesito más ego del que tengo... No necesito que mi
nombre figure en los libros de historia a cambio de contribuir al desastre,
a la perdición definitiva del mundo.
—¿De qué estás hablado?
—Si el ser humano es capaz de sobrevivir a su propia indolencia y
estupidez, que sea él mismo quien descubra ese grial en el momento que
más le convenga, pero no seré yo quien acelere su fin.
—¿Y si estás equivocado?
—Si estoy equivocado nada cambiará las cosas, pues de momento no
hay posibilidades de que nadie construya una máquina igual. Y yo seguiré
durmiendo sin ningún cargo de conciencia, aun sabiendo que muy
posiblemente estoy equivocado. Dime, Paul, ¿eres ecologista?
—Pues… defiendo la causa ecologista, claro.
—¿Te imaginas una motosierra movida por antigravedad, sin
necesidad de combustible o batería para hacerla funcionar? ¿Te imaginas
lo que podría hacer una de esas motosierras activada por control remoto
las veinticuatro horas del día? ¿Y te imaginas mil de esas motosierras
funcionando a pleno rendimiento en una selva? Mejor no te lo imagines.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—He destruido el cerebro de la bestia.
—¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
—De Prometeo. Lo hice esta mañana, aprovechando que no había
nadie. Estos últimos días he estado eliminando todos los documentos y

190
archivos, incluso los de papel. Todas mis ideas y las vuestras, todas las
innovaciones aportadas: los gráficos, los prototipos de sistema, los diseños
personales… Todo ha sido destruido. No me importa ir a la cárcel o ser
asesinado. Un hombre debe estar dispuesto a dar su vida por lo que cree.
—Dime que… Dime que no estás hablando en serio… Dime que es
una broma… ¡Por favor, dime que es una broma!
—Ojalá puedas perdonarme… Sé que ahora no lo entenderás, pero…
algún día comprenderás que un buen amigo… te liberó de la
responsabilidad de participar en el exterminio de la humanidad. Algún día
me lo agradecerás.

191
LIBERADOS

Aprendamos del cielo: no se agarra a las


nubes. Aprendamos del río: no se agarra
a la tierra. Aprendamos de los pájaros:
no se agarran al árbol. Aprendamos de
los niños: no se agarran a la desdicha.

Si no crees en ti, no esperes que nadie lo


haga por ti.

Tras dar su última expiración, allí solo, en esa triste cama del hospital
Gregorio Marañón, de Madrid, Sagunto Sáenz confirmó sus peores
presagios: iba a ir al infierno. Así se lo comunicó una horrible criatura
verde y viscosa de rasgos reptiloides con pequeños cuernos y escamas por
toda la piel, embutida en un traje futurista que le recordó a esas malas
películas de invasiones espaciales que a veces veía en su niñez.
Si bien hasta los veintitrés años de edad había sido una persona de
sólidas creencias cristianas, preparándose incluso para entrar en un
seminario, no fue hasta que conoció a Remedios, la única mujer de su vida,
cuando empezó a apartarse progresivamente de la religión hasta
proclamarse ateo tras la trágica muerte de ésta en accidente
automovilístico, hacía tan solo tres años atrás. El hecho de no tener hijos
ni contacto con sus hermanos acrecentó su resentimiento y desconexión
hacia la vida, que se le antojaba insulsa, carente de todo sentido.
¿Así que este es el coro de ángeles que se supone me iba a recibir tras
dejar el cuerpo? Se preguntó mientras seguía resignado a ese repugnante
demonio. Aunque sabía con certeza que estaba muerto, sintió que su
cuerpo era una réplica exacta de su anterior cuerpo físico, pero con unos
veinte años menos: la misma piel, los mismos lunares, la misma barriga
protuberante de entonces. Incluso el entorno era el mismo descampado
frente a su casa, aunque esta vez no había personas ni viviendas. Solo un
descampado bañado con la luz del atardecer.

192
Lo siguiente que supo es que estaba atravesando una especie de túnel
con una resplandeciente luz al final. No sentía miedo, ni angustia, ni
tristeza. Era como si todo aquello no le estuviera pasando, como si nada
más estuviera observando una película surrealista en tres dimensiones.
Solo entonces descubrió que su cuerpo era ingrávido, que parecía flotar a
gran velocidad junto al repelente cuerpo del otro ser.
Una vez pasado el túnel, vislumbró un paisaje propio de una pintura
de El Bosco: un desierto rojizo y vaporoso circundado por vastas colinas
redondeadas, salpicadas de pequeñas rocas encrestadas. Todo ello
tibiamente iluminado por la mortecina luz de un pequeño sol granate que
parecía querer esconderse tras el horizonte.
Pero lo más inquietante de todo era una larga y serpenteante fila de
seres grises que parecían esperar su turno a la entrada de una siniestra y
oscura fortaleza en mitad del extenso valle, cercada por altísimas murallas
negruzcas y torreones con almenas puntiagudas, y custodiada por decenas
de centinelas patrullando el adarve. Dos engendros con cabeza de medusa
parecían proteger la entrada: una gigantesca puerta doble por donde, uno
a uno, de manera pausada, se internaban los primeros de la fila. Aquello
parecía sin duda una entrada al infierno.
Antes de poder preguntar nada, sintió un empellón en la espalda.
Aquello lo hizo tropezar. Entonces se percató de que la gravedad había
vuelto a su miserable vida, si es que aquello podía llamarse vida. Un par
de patadas en el trasero le hicieron comprender que debía moverse y
dirigirse hacia la fila, a unos setenta metros al final de un camino rojo de
tierra. Aquella última patada le había dolido de verdad. Por un momento
sintió deseos de abalanzarse contra el reptil y salir de allí, pero sabía que
de nada serviría. ¿A dónde iba a ir? Todo aquel lugar parecía estar más allá
de cualquier lugar. Incorporándose y sacudiéndose el polvo de los
pantalones, se dirigió hacia el camino rojo bajo la amenazante mirada de
su vigilante, que lo observó de lejos.
Afortunadamente había seres humanos en aquel escaparate viviente,
en aquella fila de especímenes inauditos como sacados de La Guerra de
las Galaxias, y cuyas miradas de aflicción no presagiaban nada bueno,
como así confirmó unas horas después en una oscura y hedionda mazmorra
donde cuatro seres igualmente reptiloides, pero más grotescos si cabe, le
sometieron a las más atroces torturas.
Aquel fue sin duda su bautismo de fuego en esta nueva vida eterna de
los horrores. El peor castigo que jamás se hubiera imaginado. «Tendría
que haberle hecho caso a mi padre», se dijo repetidamente. Todo su mundo
se reducía a una minúscula celda de cuatro metros cuadrados con una dura
tabla de madera como litera y un hediondo agujero donde hacer sus
necesidades.

193
«Si al menos hubiera una pequeña abertura —pensaba—, una
ventanita con barrotes hacia el exterior, algo capaz de desviar la mirada de
esas cuatro húmedas paredes de color verde vómito, todo sería un poco
más llevadero». Solo una ligera claridad atravesando la rejilla de
ventilación del techo le indicaba si era aún de día o de noche, aunque
tampoco es que hubiera mucha diferencia entre el oscuro y brumoso día y
la gélida noche de dieciséis horas.
Pero lo peor de todo, si cabe, es que estaba terminantemente prohibido
hablar con nadie, ni siquiera una sola palabra. Incluso sostener una simple
mirada a un preso o un carcelero era suficiente para volver a «los
infiernos», como así llamaban a las mazmorras. Ningún ser viviente volvía
a ser el mismo tras pasar por una de esas sesiones de tortura. Era como si
te rompieran el alma a pedazos. Y cada sesión era todavía peor: trozos cada
vez más pequeños, cada vez más difíciles de juntar, de recomponer. ¿Qué
clase de mente aberrante puede idear todo esto?, se preguntaba cada vez
que veía a uno de esos infelices siendo arrastrado hacia su celda.
Aun así, de vez en cuando, había momentos de cierta conexión y
complicidad con alguno de sus desafortunados compañeros de especie, ya
fuera durante la hora del patio o durante la media hora de la comida, si es
que aquel insulso mazacote amarillento podía llamarse comida. Pero ni
siquiera todo lo descrito era nada en comparación al hecho de saberse
condenado por toda la eternidad.
Y así los días se fueron convirtiendo en meses, y los meses en años,
sintiendo cómo su alma se iba desintegrando y fundiendo en una obscura
desolación sin fin. Hasta que ya no lo pudo soportar más. Si no podía salir
de allí, tampoco se quedaría eternamente.
En cinco ocasiones había intentado suicidarse, consiguiéndolo un par
de ellas. Pero como si de la peor pesadilla inimaginable se tratara, allí
estaba su guardián despertándolo en el mismo descampado de la primera
vez, arrastrándolo de vuelta por el mismo túnel de luz hasta el redil de los
condenados. Y otra vez la misma mazmorra, los mismos torturadores, los
mismos gritos… Otra vez el mismo infierno. Pero esta vez no eran horas
de tortura sino días, semanas, aunque muchos de sus compañeros juraban
que eran años.
Aun con todo, en esas décadas allí vividas (¿qué importaba ya el
tiempo?), había hecho amistad con algunos presos de su misma especie o
apariencia. Lógicamente las reyertas entre presos eran mínimas, pues ni
siquiera el instinto territorial y el afán de poder compensaban las terribles
consecuencias de tales impulsos. Sí había, en cambio, multitud de técnicas
de comunicación casi indetectables y utilizadas por la mayoría de los
presos, como por ejemplo el lenguaje morse, la microgesticulación, los
micromovimientos de cabeza y dedos, y los diferentes matices de la
respiración, de los carraspeos, de las toses. Todo un superlenguaje que bien

194
podía sustituir el lenguaje hablado. Incluso un par de veces a la semana,
durante el cambio de guardia, en uno de los puntos ciegos del patio, podía
susurrar unos segundos con su buen amigo Sancho, quien ya llevaba más
de medio siglo allí, según afirmaba.
Las altísimas murallas de piedra, de unos quince metros de altura y
dos de grosor, patrulladas por decenas de centinelas armados, hacían
imposible cualquier fuga. Y aunque pudieran fugarse, ¿a dónde iban a ir?
Algunos decían que aquel valle desierto no era más que una isla rodeada
por un vasto océano de lava.
No pocas veces había sentido una cierta simpatía o predilección por
alguno de los guardias más tolerantes, o quizá menos violentos,
defendiendo y aplaudiendo interiormente su decisión de utilizar la fuerza
en determinados momentos, si bien otras veces se sentía avergonzado de
experimentar tales sentimientos contra sus compañeros, achacándolo a la
depresión.
Aun no habiendo mujeres o hembras en todo el complejo, sí eran
habitual los «tocamientos» y caricias incluso entre diferentes individuos
de especie, aunque lógicamente nunca se llegaba a más. Si algo sabía muy
bien Sagunto es que cada dos o tres años aparecían nuevas partidas de
presos a la vez que desaparecía el mismo número de internos, sin importar
el tiempo que llevaran allí. Sus pocos pero leales amigos de la Tierra y de
Aoxiham le confiaron que ningún preso había permanecido confinado más
de cincuenta años en aquel lugar, y que casi todos eran reciclados de
manera rotatoria en diferentes centros. Muchos retornaban varios siglos
después al mismo lugar, pero algunos desaparecían sin más, no volvían a
ser vistos.
Aunque ya había perdido la noción del tiempo, supuso que no le
faltaba mucho para ser «jubilado».
En uno de esos días advirtió algo que le llamó la atención, algo que
no debería estar allí: un nuevo preso sentado en el suelo, en una esquina
del patio. Aquello le desconcertó, pues estaba terminantemente prohibido
sentarse en el suelo. En aquellos días no había llegado ninguna partida de
condenados y aún faltaba mucho para que eso ocurriera. Desde luego no
era un guardia o cualquier otro trabajador del centro, pues llevaba
uniforme de presidiario. Parecía estar observándole.
Discretamente, aparentando estar distraído, se acercó unos metros
más. Era de aspecto humano. Excepcionalmente atractivo. Perecía
satisfecho, relajado, como si estuviera disfrutando un día de sol en la playa.
No solo no dejaba de mirarle sino que además percibió una ligera sonrisa,
como si se estuviera riendo de su extrañeza.

—Ven, acércate, no tengas miedo —le escuchó decir.

195
Aquello le heló la sangre. Sin duda debe estar loco, se dijo dando
media vuelta por donde había venido. Ya había visto casos de presos
volviéndose locos. A ninguno de ellos se les volvía a ver más. Y si bien
muchos especulaban sobre el aciago destino de aquellos pobres infelices,
lo cierto es que nadie sabía nada. Sin embargo aquél humano no parecía
estar loco. ¿O sí? Lo siguiente que le sorprendió fue que todo siguió tal
cual, como si nadie hubiera visto ni escuchado nada. Él conocía muy bien
el arte del disimulo, pero nadie parecía estar disimulando. Aquél lugar,
además, estaba lleno de sensores capaces de discriminar el sonido de la
voz. ¿Se estaría volviendo loco? Así es como empiezan algunos, pensó. Al
principio creen escuchar algo, y poco a poco empiezan a oír voces en su
cabeza, a ver cosas que no existen… como si no fuera suficiente el infierno
que les rodea.
Al poco volvió a mirarlo de reojo. Allí estaba el tío tan alegre,
saludándole y haciéndole señas. Definitivamente está loco, se dijo
mientras se alejaba unos pasos más. Debe creer que esto es un patio de
recreo y que aquí estamos para hacer amigos y pasarlo bien. Una visita a
los infiernos le hará entrar en razón.
Si bien sintió deseos de volver sobre sus pasos, sabía que no debía
jugar con fuego. Seguramente ya no volvería a tener tanta suerte la
segunda vez. Por mil veces menos había terminado en los infiernos. Y solo
de pensar en aquel soplete, en aquél punzón negro... «No, definitivamente
no merece la pena el riesgo —pensó—. Demasiado que perder y nada que
ganar. Y sin embargo… hay algo en ese rostro, en esa mirada que… ¿Y si
es un infiltrado? ¿Y si es una trampa?... Pero ¿por qué iban a tomarse tantas
molestias?»
De pronto se percató de que ningún castigo podría matarlo jamás, y
que si debía vivir como un esclavo, al menos lo haría sin perder la poca
dignidad que aún le quedaba. Ni todas las torturas del mundo conseguirían
matar su alma. Nada tenía que perder puesto que ya estaba muerto.
Impulsado como por un resorte volvió sobre sus pasos hasta tenerlo de
frente.

—Ya veo que has tomado la decisión correcta —le escuchó decir con
una voz firme y clara. Su rostro era sereno, jovial, con una mirada
transparente, luminosa, y el cabello revuelto. Aparentaba unos cincuenta
o sesenta años.
—Debes estar loco. Estás a punto de que te torturen, ¿lo sabías?
—A mí no pueden torturarme.
—¿Trabajas para ellos? ¿Es esto una trampa?
—¡No seas tonto, hombre! He venido para despertarte.
—¿Cómo?
—¿De verdad te piensas que todo esto es real?

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—¿Qué?
—No mires tanto a tu alrededor. Ahora no pueden hacerte daño, estás
conmigo.
—¿Qué es lo que quieres?
—Ya te lo he dicho. Despertarte.
—¿Crees que no estoy despierto?
—Ahora estás medio dormido. Si estuvieras completamente dormido
ni siquiera me habrías visto, al igual que los demás.
—Debes estar muy loco. ¿De verdad crees que todas estas cicatrices
me las he hecho soñando? Esto es real, amigo. Aquí no se andan con
chiquitas.
—Esas cicatrices te las has hecho tú solito. Y ni siquiera son reales,
solo son producto de tu sugestión.
—¿Qué estupidez es esa?
—Piénsalo por un momento. No pueden matarte. Ni todas las armas
del mundo podrían matarte. Ni siquiera pueden tocarte. Ya no tienes un
cuerpo físico.
—Y eso ¿qué tiene que ver?
—¿Te parece poco? No crees que es absurdo y contradictorio tratar de
lastimar o mutilar un cuerpo que por naturaleza es inmortal, indestructible?
¡Tu cuerpo es pura luz! Deja ya de mirar a tu alrededor, ¡nadie puede
hacerte daño!
—Es posible que este cuerpo sea inmortal, yo mismo lo he
comprobado, pero… te puedo asegurar por experiencia que siente dolor,
el más espantoso dolor que puedas imaginar.
—Ese dolor lo has creado tú, nunca nadie te ha torturado. Solo tú te
has torturado creyendo que te torturaban.
—¿Qué?
—Somos creadores, amigo. En este cuerpo de luz no tenemos límites,
podemos crear todas las realidades que queramos. Podemos crear el
paraíso o el infierno. Y tú has creado el infierno.
—Debes estar delirando. ¡Toda esta gente es real!
—¡Claro que son reales! Pero están incluso más dormidos que tú,
atrapados en la misma ilusión. ¿No ves que ni siquiera nos están viendo?
¡Como si no existiéramos! Ahora tú y yo estamos sintonizados, por eso no
nos ven. A los que empiezan a despertar se los llevan rápidamente de aquí.
Entonces les hacen reencarnar.
—¿Reencarnar? ¿Cómo lo sabes?
—A veces vengo y despierto a alguno de ustedes. Hoy te ha tocado a
ti. Estás de suerte.
—¿Cómo te llamas?
—¿Y eso qué importa?
—¿Tú puedes salir de aquí?

197
—Claro. Cuando quiera puedo desaparecer. Ellos no pueden hacerme
nada. Pero tampoco a ti. ¡A nadie! ¿Te vienes conmigo?
—¿Qué? ¿A dónde?
—¡A la libertad! ¡Al infinito!
—¿Al infinito?
—Sí, al infinito.
—¿Y cómo se supone…?
—Simplemente queriéndolo. Si quieres, puedes.
—¿Cómo que simplemente? Yo nunca quise venir aquí. ¿Qué clase
de libertad es esta? ¡Yo no pedí venir aquí!
—Ya sé que no lo pediste. Simplemente fuiste engañado, como tantos
otros.
—¿Engañado? ¿Cómo?
—Con creencias.
—¿A qué te refieres? Soy completamente ateo.
—En realidad nunca dejaste de creer, de lo contrario no estarías aquí.
Hay muchos seres interdimensionales que se aprovechan de las creencias
humanas para hacerse pasar por seres de luz o demonios. Si tú crees que
puedes ir al infierno, ellos lo tendrán muy fácil para convencerte de que lo
mereces. ¿Te puedo hacer una pregunta personal?
—Dime.
—¿Por qué pensaste que merecías esto?
—¿Esto? ¿A qué te refieres?
—Sabes muy bien a lo que me refiero.
—No sé a qué te refieres.
—¿Ah, no? ¿Ya se te ha olvidado?
—Yo no… No sé a qué te refieres.
—¡Suéltalo!
Durante unos minutos fue incapaz de decir nada. Aquella pregunta
había tocado algo muy profundo de su ser. Necesitaba un tiempo para
asimilar todo aquello. Eran demasiadas emociones bullendo en su interior.
Pero había comprendido algo vital.
—Yo maté a un hombre.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Puedo verlo en tus ojos. Por eso nunca te has perdonado. Y por eso
pensabas que merecías estar aquí.
—¿Qué puedo hacer?
—Primero perdonarte. Solo entonces podrás presentarte a él.
—¿Simplemente eso? ¿Un perdón y ya se soluciona todo?
—El perdón es el principio del camino. Lo importante es empezar a
andarlo.
—¡Ahí vienen! ¡Ya vienen a por mí!

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—Vienen a asustarte. No pueden hacerte nada, ni siquiera tocarte. A
menos que tú creas que pueden hacerte daño. Pero entonces el daño te lo
estarás haciendo tú.
—Eso es muy fácil decirlo... ¡Se ve que a ti no te han torturado!
—Solo tú te torturas creyendo que te van a torturar, ya te lo he dicho.
¡Míralos qué ridículos son! ¡Parecen salidos de una mala película
galáctica!
—¿Qué hago?
—¡Reírte!
—¡Ahora no estoy para risas!
—¿Te imaginas a éstos cagando? Se les debe quedar toda la mierda
entre las escamas. Seguro que deben limpiarse el culo con pinzas.
—¡Estás completamente loco!
—Seguro que para echar un polvo utilizan condones de neopreno. ¿Te
imaginas metérsela a uno de éstos? ¡Sería como meterla en una trituradora!
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja...!
—¡En vez de eyacular te desangras!
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...!
—¡Míralos cómo se alejan! Ahora son ellos quienes te tienen miedo!
—¿Qué? ¿Miedo de qué?
—Has elevado tu frecuencia energética, ¡eso les ha quemado! Ahora
ya no pueden alimentarse de tu miedo. ¡Lo has hecho muy bien!
—No te entiendo. ¿Qué está pasando?
—Hasta ahora se habían alimentado de tu miedo, de tu angustia,
tristeza... Esas bajas emociones están en el rango de frecuencias que ellos
utilizan para alimentarse de ustedes, para recargarse. Al elevar tus
vibraciones los destrozas, es como si recibieran una descarga eléctrica.
¡Míralos cómo se alejan! ¡Ahora te tienen miedo, dependen de tu voluntad!
—¿De mi voluntad?
—Ellos están sintonizados a tu misma frecuencia, conectados a tu
voluntad. Tú les diste permiso para entrar en ella.
—¡Yo nunca les he dado permiso de nada!
—Lo hiciste, aunque no fuiste consciente de ello.
—¿Cuándo?
—Cada vez que pedías ayuda a una entidad espiritual. O bien en
sueños, aceptando acuerdos, compromisos, ya sea por amenaza, chantaje,
protección, codicia... Cada vez que hacemos un pacto, aunque sea en
sueños y de manera inconsciente, generamos aberturas en nuestro campo
energético, cedemos parte de nuestro poder, es como si les diéramos
permiso para interferir en nuestra voluntad. Pero ellos no pueden obligarte
a nada si tú no lo permites, ¿entiendes? Pueden utilizar tu miedo para
amenazarte si no haces lo que te piden. O bien pueden utilizar tu
inseguridad o baja autoestima para hacerte creer que has sido uno de los

199
elegidos, que tienes una importante misión que cumplir, que vas a salvar a
la humanidad… Pueden utilizar tu sentimiento de culpa para qué tú mismo
te juzgues y autocondenes, aceptando sus condiciones para hacerte
reencarnar una y otra vez, pero siempre serás tú quien decida someterse,
reencarnarse. ¿Entiendes la trampa? Solo son peligrosos si tú crees que son
peligrosos. Pero en realidad dependen de ti, son tus huéspedes, están a tu
merced. Tú les distes permiso para entrar y puedes echarlos cuando
quieras, incluso destruirlos con un pensamiento.
—¡Yo he sentido sus golpes! ¿Me estás diciendo que yo mismo me lo
he inventado? Puedo oler su pestilencia a kilómetros… ¿También eso me
lo he inventado?
—Si crees que son violentos y hediondos, habrás creado las
condiciones sensoriales para que así sea. Ni siquiera su apariencia es real,
recuerda que no son seres físicos, simplemente han visualizado la
apariencia más fea para así generar más miedo. Pero si tú crees que son
lagartos, serás tú quien consolide esa apariencia hasta volverla casi real.
Ellos ni siquiera necesitan sostener esa apariencia puesto que tú ya lo haces
por ellos.
—¿Me estás diciendo que mi mente ha creado…?
—Ya te he dicho que somos creadores, no estamos limitados a nada,
¡todo es mente! Incluso este lugar es una ilusión creada y mantenida por
todos ustedes, cada cual aporta su granito de apariencia. Podemos crear los
peores infiernos, eso solo depende de nosotros. Si estás convencido de que
nada pueden hacerte, habrás creado las condiciones energéticas para que
no puedan interferir contigo. Una orden es suficiente, así de fácil. El
miedo no es más que una baja frecuencia de energía creada por ti mismo
para autobloquearte, pues nadie puede bloquear tu voluntad. Por lo tanto
no se trata de luchar contra nadie, siempre has sido y serás libre. Sólo
necesitas decisión, voluntad. A mayor voluntad, mayor consciencia.
Ambas son la misma cosa. Ya no estás encerrado en un cuerpo físico,
puedes salir de aquí cuando te dé la gana. ¡Nadie te retiene!
—¿Cómo puedo salir?
—¡Queriéndolo! ¡Tú eres tu voluntad! Ahora tu cuerpo es tu mente,
te puedes mover a la velocidad del pensamiento. No solo puedes ir a todas
las dimensiones que quieras sino crearlas, igual que creas un pensamiento.
—¿Quieres decir que puedo salir de aquí solo deseándolo?
—Por supuesto. Pero antes debes anular todos los pactos o acuerdos
que hayas hecho en tus anteriores encarnaciones y desencarnaciones. De
esa manera cortarás la interferencia energética donde ellos se habían
sintonizado a ti.
—¡Ahí vienen otra vez!
—¡Ja! No van a rendirse sin intentar una última batalla.
—¿Qué hago? ¡Esta vez vienen con todo el equipo de tortura!

200
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Mira que son patéticos! Tratan de controlar tu
voluntad donde más saben que pueden hacerlo: a través del miedo.
—¡Yo no les tengo miedo!... ¡No les tengo ningún miedo!
—¡Estupendo!
—¡No quiero verlos nunca más!
—No me lo digas a mí, ¡díselo a ellos!
—¡Malditos cerdos hijos de puta!... ¡No quiero volver a veros nunca
más! ¿Me oís? ¡Nunca!
—Debes anular todos los acuerdos y pactos que hayas hecho con ellos.
—¿Eso es posible?
—¡Somos espíritus libres! ¡Todo es posible!
—Escuchad, malditas alimañas… Anulo todos mis acuerdos con
vosotros… Anulo cualquier pacto, juramento… compromiso… realizado
en cualquier lugar y momento. ¡Os expulso de mi vida!
—¡Muy bien!
—¿Y ahora qué?
—Deberían desaparecer de tu campo energético. Ya no son tus
invitados.
—¡No se van!
—Ya te dije que no se iban a rendir tan fácilmente. Sientes rabia,
¿verdad?
—¡Claro que siento rabia! ¿Cómo te sentirías tú de estar en mi lugar?
—Ahí lo tienes, esa es su última baza: tu ira. Aunque hayas rotos tus
acuerdos, aún pueden sintonizarse a tus bajas emociones. Mientras sientas
esa ira no desaparecerán.
—¡No puedo evitar esta rabia! ¡Son décadas de golpes, de
vejaciones…! Me siento estafado, manipulado... ¡mancillado!
—No hay nada malo en sentir rabia. Solo tienes que darte cuenta de
que para ellos tu rabia es solo alimento. Tú eres su gallina de los huevos
de oro… Les estás regalando tu odio a cambio de nada.
—¡Se ríen! ¡Se están riendo de mí!
—Te están provocando. Se agarran a tu ira, es el último hilo que les
queda de ti. ¿Entiendes la jugada?
—Entiendo lo que dices, pero… ¡necesito venganza!
—Ellos están mucho peor que tú, pues viven condenados aun sabiendo
que pueden ser libres. Solo son unos pobres diablos esclavizados por otros
pobres diablos, todos ellos adictos a las migajas que recogen de nuestras
emociones, cuando tienen toda la energía del infinito a su alrededor. ¡Son
espantosamente ridículos!
—Entiendo lo que quieres decir. Es absurdo sentir odio. ¿Qué hago?
—Repite la anulación, pero esta vez con claridad y confianza, sin
dejarte llevar por la ira o el odio. Ni la pena. Solo así cortarás cualquier
abertura de tu campo energético.

201
—Te aseguro que no siento ninguna pena.
—Entonces, hazlo. Conéctate a tu más alto grado de consciencia.
—De acuerdo. Anulo todos los acuerdos y pactos que haya realizado
con cualquier… ¿entidad?
—Física o etérica, da igual.
—Entidad física o etérica en cualquier momento a lo largo de mi vida,
de todas mis vidas.
—Muy bien.
—¿Ya está?
—Ahí lo tienes. ¡Míralos cómo huyen! ¡Se cagan en los pantalones en
cuanto elevamos nuestra energía!
—No me lo puedo creer… Es como si estuviera soñando…
—Estás despertando.
—¿Y ahora qué?
—Abre un portal dimensional. El más bello que puedas imaginar.
—¿Un portal?
—No tienes que pensar nada, solo desearlo. Ya no estás en tu cuerpo
físico. Ahora puedes hacer realidad todos tus deseos. ¡Ábrelo! ¡Solo tienes
que desearlo! Las cosas más increíbles son las más fáciles de hacer.
—¡Dios mío!
—¡Muy bien!
—¿Qué es toda esa luz?
—¡Energía! ¡La más pura de todas las energías!
—¿Y ahora?
—¡Eres libre! Ya no estás atado a esta ilusión… Solo tienes que cruzar
el portal.
—¡Y tú?
—Yo me iré por donde he venido.
—¿A dónde voy yo?
—¡Vaya pregunta! Tienes infinitos mundos para elegir.
—¿Infinitos? ¿Qué clase de mundos?
—Mundos de energía. Cada mundo es una frecuencia energética. Ya
no necesitas el espacio-tiempo. Ahora puedes viajar con el pensamiento,
las emociones… sintonizándote a la frecuencia que más te guste.
—¿Y éstos?
—Aquí seguirán hasta que alguien los despierte.
—¿Alguien? ¡Pero pueden pasar siglos!
—Pues sí.
—Pero eso es… ¡Es injusto!
—Así es. A no ser que…
—¡Yo quiero ayudarles!
—¿De veras?
—¡Sí! ¡Yo quiero ayudarles!

202
—¡Estupendo! No esperaba menos de ti. Ellos aún pueden verte,
seguro que te escucharán.
—¿Escucharme? Pero… ¿Cómo puedo yo…?
—¡Sin miedo!

Dedicado al psicoterapeuta Miguel Peña.

203
EL ASTRONAUTA

El ser humano es más irracional por


su educación que por su naturaleza.

Habitamos el universo entero, pero


cada cual se empeña en vivir sobre un
grano de arena.

Tantas horas hincando los codos, tantas jaquecas, desvelos, exámenes


y tazas de café habían dado por fin sus frutos. Allí estaba en plena marcha
triunfal junto a sus compañeros de viaje, aclamados, aplaudidos por miles
de personas que se habían desplazado hasta allí para ser testigos de tan
histórico acontecimiento: ver a los primeros astronautas viajar a la rutilante
Agencia Espacial Internacional 2, más conocida como la ISS-2.
Pero lo primero era el protocolo: estrechar unas cuantas manos
regordetas de autoridades políticas, militares y científicas, que ya les
esperaban al final de la pasarela, antes de llegar a la lanzadera. ¿Qué estaría
sintiendo su madre en ese momento? Porque era seguro que ella lo estaba
observando desde el otro lado, más allá de las barreras físicas del cuerpo.
Seguramente estaba feliz de ver a su hijo cumpliendo su sueño, saboreando
el fruto de tantos esfuerzos y sacrificios, pensó Alfredo. Seguramente era
la madre más orgullosa del cielo. No por casualidad había sido
seleccionado entre miles de aspirantes de todo el mundo, elegido por sus
propios méritos para protagonizar uno de los mayores logros espaciales de
la historia, junto a sus compañeros.
«Mírame, mamá, he aquí tu hijo… –se dijo entre lágrimas de
felicidad–. Creíste en mí… y no te he defraudado. También tú lo has
conseguido… También a ti te aplauden, ¡tú eres la auténtica heroína!…
¿Acaso yo…? ¡Imposible! ¡Jamás lo hubiera conseguido sin ti».
Allí estaban todas esas banderas agitadas, todas esas cámaras de
televisión registrando cada uno de sus movimientos, de sus gestos, de sus
emociones encontradas. Allí estaban todos esos niños encaramados a la

204
espalda de sus padres, mirándolos fascinados como a héroes. Aun llevando
puesto buena parte del traje espacial, sintió deseos de saltar, de bailar, de
correr… era como si flotara, como si la gravedad se hubiera disipado antes
de tiempo. En un momento dado, mientras pasaba junto a uno de los
operadores de cámara, no pudo evitar lanzarle un beso con la mano,
sabiendo que muy posiblemente estaba siendo captado en un primer plano.
Se sentía tan pletórico que le costaba mantener la compostura, era como si
se hubiera reencontrado con el niño feliz e intrépido que una vez fue. En
solo una hora se encontraría en el espacio exterior, experimentando por fin
la auténtica gravedad cero más allá de engorrosos tanques de piscina y
sucintos vuelos parabólicos.
Por fin podría ver con sus propios ojos el verdadero tono del espacio
profundo, la luz fija de incontables estrellas y galaxias, sin límites de
horizontes ni parpadeos; planetas, cometas, nebulosas… Y sobre todo la
Luna, la elegante y misteriosa Luna… ¿Quizá también algún que otro
platillo volante? Pues no eran pocos los testimonios que había escuchado
por parte de profesores y compañeros veteranos. Por fin podría ver la
Tierra desde el espacio, más allá de su regazo, del calor de su seno,
danzando engalanada con sus túnicas blancas, verdes, turquesas… con sus
rutilantes vestidos de noche, coronada por auroras boreales.
Ya solo quedaba un par de manos más, ya podía ver el interior de la
compuerta de acceso a la bahía de carga, que les llevaría a la cabina de
mando. Esta vez no era una recreación digital o de estudio, era sólida, real
como las puertas del paraíso. Allí estaba su entrañable entrenador –nada
que ver con ese sargento de hierro que conoció dos años atrás–,
observándoles con una desbordante sonrisa junto al embajador ruso,
igualmente animado. «Madre… hete aquí tu hijo… esto va por ti…
Disfrútalo…». Una simpática anciana octogenaria les dedicó efusivos
aspavientos y vítores desde el exterior de la barrera de contención, a solo
unos pocos metros de la compuerta del transbordador. Uno de los militares
trató de serenarla amistosamente. Algunas cámaras registraron la graciosa
escena. Pétalos de flores cayeron sobre las cabezas de los astronautas
mientras accedían finalmente al interior del transbordador.

—¡Heroes! ¡Aquí vienen mis héroes! —exclamó el entrenador,


dándoles vigorosas palmaditas en la espalda—. Vamos, vamos, no hay
tiempo que perder.
—Maldita vieja del demonio… Casi me deja tuerto.
—¿Qué vieja?
—Esa vieja loca.
—¿Dónde está el asistente? —voceó el entrenador—. ¡Por Dios, que
alguien cierre la maldita compuerta!
—Solo faltaría que se nos cuele un periodista.

205
—¿Y la luz? Aquí no se ve un carajo.
—¡Qué peste!
—¡Vamos, vamos, por aquí! —apremió el entrenador.
—Seguro que estaba borracha, o chiflada.
—Era parte del guion —aseveró el astronauta holandés—. Pura
actuación.
—Seguro que sale en todas las noticias. La vieja rumbosa del
transbordador.
—Y a nosotros que nos den.
—No me extrañaría.
—¡Queréis dejaros de cháchara!
—Pero ¿se puede saber a dónde vamos? —prorrumpió nuestro
desconcertado protagonista—. La cabina de mandos está arriba.
—¿Cómo?
—¡La cabina! Hay que subir la escalera, la hemos dejado atrás.
—Tú calla y sígueme.
—Pero ¿a dónde vamos?
—Pronto lo sabrás. Y ahora estate calladito.
—¿Qué?
—Ya has oído al entrenador. Calladito estás más guapo.
—Joder, casi me saca un ojo… Lo digo en serio, a un centímetro ha
estado la muy…
—¿La vieja?
—Se supone que no debería estar allí, fuera de la valla. ¿Y si me
hubiera clavado un cuchillo?
—¿Una vieja de noventa años?
—¿Y por qué no?
—Tú estás flipao.
—Tercera compuerta. Cuidado con la cabeza.
—¿A dónde demonios vamos? ¡Auh!
—¡Agáchate, coño!
—¿Es que no me habéis oído?
—Madre de Dios, me estoy asfixiando con este condenado traje.
—Y ¿qué me decís de la verruga de la…? ¿Cómo se llama?
—Repugnante.
—Creo que es ministra de algo.
—Del interior.
—¿De veras? Seguro que entiende mucho de asuntos interiores.
—Y tanto.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja…!
—¿Esta no fue la que prometió investigar lo del SEPI?
—Sí, la que nos iba a liberar del confinamiento climático.
—Su puta madre… Miente más que un estudio científico.

206
—¿Es que no os vais a callar?
—Ahí está el coronel.
—Inmaculado como siempre.
—Como debe ser.
—Fin del trayecto, señores —entonó el entrenador—. Cuidado con la
cabeza.
—Mi queridísima tropa intergaláctica… —exclamó el anciano militar
a la entrada de una gran sala subterránea, ante la pasmosa mirada de
nuestro entrañable protagonista—. Lo habéis hecho estupendamente bien,
sobre todo nuestro amigo Alfredo. Eso sí que es una actuación realista,
convincente.
—¿Qué está pasando aquí, coronel? —preguntó éste en un hilo de voz,
casi rogándole—. ¿Es esto una broma?
—¿Una broma?
—La vida es una grandísima broma —interrumpió el entrenador.
—Diciéndole eso vas a confundirlo todavía más.
—Pero si es la verdad.
—No le escuches. Ven, yo te explico. El tito Remi te lo contará todo.
Acompáñame a mi despacho.

Así lo hizo. Atravesando un largo pasillo de luces azuladas, con


decenas de puertas contiguas, llegaron a la última estancia. Un lector de
huellas digitales abrió la puerta automática. Era un recinto pequeño pero
completo, con todo lo necesario para vivir una temporada. Profusión de
diplomas, insignias y condecoraciones decoraban las paredes del comedor,
que también servía de cocina y bar. Al fondo, en una pequeña habitación
adyacente, se encontraba el dormitorio y el baño.
—Por favor, toma asiento —le dijo afectuosamente, en un tono
paternal, señalando un mullido sillón de piel—. No tenemos mucho
tiempo, así que… Si quieres te puedes desabrochar el cuello.
—Le escucho.
—Pues bien. Ya has visto que nada ha salido como imaginabas.
—Absolutamente nada.
—¿Y sabes por qué? Porque ahora estás en el mundo real. Ahora estás
con los nuestros, al otro lado del escenario, en la sala de operaciones,
nunca mejor dicho.
—¿Qué me está diciendo?
—Que todo es falso. Todo lo que te enseñaron en la escuela, en la
universidad, en la televisión… todo falso. Esta es la única verdad.
—¿Qué quiere decir con que todo es falso?
—Pues que todo es falso.
—Ah, ¿sí?

207
—Ya veo que no me crees. Pero no hay tiempo para demostraciones.
Ya lo descubrirás por ti mismo.
—¿Descubrir el qué?
—A ver… Dime algo que creas de manera total, irrefutable.
—¿Cómo?
—¿Qué es lo primero que aprendiste en la escuela? ¿Te acuerdas de
las clases de historia? ¿De las ciencias naturales? ¿Astronomía?
—¿Las estrellas?
—¡Muy bien! ¿Qué más?
— Los planetas, las galaxias… Los agujeros negros…
—Todo falso.
—¿Qué?
—Todo falso.
—¿Cómo que todo falso?
—Todo falso.
—¿Me está diciendo que nada de eso existe?
—Algunas cosas sí, pero nada que ver con lo que te contaron. Ahí
tienes el Sol. ¿De verdad crees que giramos alrededor de una brasa gigante
de barbacoa?
—¿Que no?
—Ni siquiera giramos. Mira esto.
—¿Qué es?
—Uno de los trece libros negros –musitó el coronel, mostrándole un
viejo y pesado libro de tapas negras, decorado con intrincadas filigranas
de oro–. Lógicamente no es el original, esos están en el Vaticano. Pero
aquí está la verdadera historia. Ya tendrás tiempo de hojearlo, si eres un
chico bueno, claro. ¿Alguna pregunta? Solo tenemos un par de minutos
más.
—¿Qué hay de la estación espacial? ¿Otro cuento?
—Existe como proyecto, como ilusión. Pero no hay ninguna estación
arriba, excepto… un montón de chatarra que lanzamos para dar el pego.
Hay que mantener ocupados a todos esos aficionados con sus telescopios.
—No lo entiendo. ¿Tan difícil es llevar…?
—Difícil no. Pero sí caro de cojones. ¿Tú sabes lo que nos cuesta tener
a unos tíos flotando allí arriba, haciendo el paripé? Con un poco de atrezzo
y unos sencillos efectos digitales conseguimos el mismo resultado, y
además nos ahorramos un montón de pasta, que es lo importante. Aquí no
estamos por amor a la ciencia sino para ganar dinero, poder. Así funciona
la realidad. Lo importante son los beneficios.
—¿Y los entrenamientos en la piscina? ¿Y las sesiones de telemetría?
¿Y las cámaras de hipoxia? ¿Y las clases de laboratorio, de física
avanzada? ¿Qué hay de todos esos años de preparación? La rigurosa
selección, los entrenadores…

208
—Todo tiene que parecer real. A los entrenadores se les paga para que
hagan su trabajo, independientemente de lo que sepan. No están para
dirigir la agenda mundial.
—¿Y el transbordador? ¿Y todas esas miles de personas que dejamos
en el centro espacial? ¿También son actores?
—Esas personas verán despegar un flamante transbordador hecho de
atrezzo. A los veinte minutos caerá cerca del atolón Bikini. Lo tenemos
todo controlado.
—Entonces yo… ¿Por qué a mí?
—¿Por qué te seleccionamos? Por tu disciplina, tu obediencia. Por tu
espíritu de sacrificio. Eso es lo que buscamos. Todo lo demás nos importa
un bledo.
—¿Qué? No me lo puedo creer.
—Pues será mejor que lo vayas asimilando, y cuanto antes mejor, no
tenemos mucho tiempo. En cincuenta minutos tenemos la primera
retransmisión en directo. Más de ciento setenta canales internacionales.
—¿Cómo que en directo?
—Todo se hará en el estudio cuatro. La entrada de todos ustedes en la
ISS-2. Ya está todo preparado.
—Esto no puede estar pasando.
—Bienvenido a la realidad. Hoy acabas de nacer.
—¿Qué?
—Nacer siempre es duro, como la muerte. También yo pasé por lo
mismo. Así tiene que ser.
—¿Y ya está?
—No hay otro camino. No hay atajos.
—¿Por qué no me lo dijo antes? ¿Por qué tiene que ser en este
momento? ¡En el peor momento! ¡Por Dios, dígame que esto es una
broma!
—Pronto te darás cuenta de la suerte que has tenido. Aún es pronto.
—¿Suerte? ¡Me habéis engañado en todo! ¡Os habéis reído de mí!
—Nadie se ha reído de ti. También tus compañeros pasaron por lo
mismo. El pobre Stefan hasta perdió el conocimiento.
—Ahora lo entiendo todo…Ellos lo sabían… Todos lo sabían menos
yo.
—Así es.
—Pero ¿por qué?
—Porque tiene que parecer real, creíble. La ilusión, el simulacro es lo
que alimenta a las masas. Es lo que nos da poder, control. Tenías que
haberte visto en la pasarela, llegando al transbordador. Desprendías
auténtico gozo, felicidad... Parecías andar entre nubes… Incluso te
permitiste lanzarle besos a un cámara. Eso es lo que quiere la masa:

209
autenticidad, espontaneidad, aunque sepan en lo más profundo que están
siendo engañados. Ni la mejor actuación pagada puede lograr ese efecto.
—¿Me estás diciendo que me habéis utilizado para hacer una
simple… actuación?
—Una grandísima actuación. Tu marcha triunfal será cabecera en
todos los noticieros, tu semblante será primera plana en todos los diarios
internacionales. Todo el cuidado y realismo de los escenarios quedará en
un segundo plano. Cualquier duda respecto a la autenticidad de esta misión
desaparecerá cuando todos te vean en las pantallas. Hasta los más
desconfiados tendrán que rendirse a la evidencia. Esto supera con creces
todos tus años de preparación. Y créeme que serás recompensado por ello.
—¿Recompensado?
—Si eres diligente y sabes interpretar tu papel, créeme que serás
rápidamente ascendido en la orden, tendrás un futuro brillante.
—¿Qué orden?
—Te haríamos un hueco en la política, incluso podríamos darte el
papel de ministro.
—¿Ministro?
—De Ciencia y Tecnología. Pero eso sería más adelante, una vez te
jubilemos como astronauta. ¿Sí?
—Perdón, coronel, los chicos ya están en el set –prorrumpió un tipo
vestido con mono de trabajo, asomando su enmarañada cabeza–. Hay que
darse prisa.
—Enseguida acabo.
—¿Éste está sin maquillar?
—No necesita maquillaje. Y ahora cierra.
—Solo tenemos veinte minutos para preparar los arneses.
—¡Cierra, cierra!
—¿Qué arneses?
—Hoy es el primer día del resto de tu vida. Sé que no me defraudarás,
te conozco bien. Y sé que algún día nos reiremos recordando este
momento. Y ahora, manos a la obra. Toca rodar la escena principal.
—No puedo hacerlo… no estoy preparado…
—Claro que estás preparado, yo mismo te elegí. Te conozco bien,
mucho más de lo que crees.
—Apenas me conoces.
—Te conozco como si fueras mi hijo.

210
EL SABIO DE ZOAR

Todos los días son un renacimiento.


Todas las verdades mueren al amanecer.

Siglo II a. C.

Lenta pero constante en su caminar, una figura purpúrea, de


pronunciada sombra, avanza cabizbaja por una inmemorial ruta caravanera
ya en desuso y apenas perceptible del infinito y monótono desierto en
derredor, salpicado por insufribles matojos de ortigas, gurullos y moreras.
No lejos de allí, apenas a un centenar de metros, en un ligero montículo
sobre la planicie, un viejo pastor de cabras parece observarla, inclinado
sobre su viejo bastón de sauce.

—Buen día, buen hombre.


—Buen día.
—¿Habla mi lengua?
—¿Es usted de Samaria?
—De Judea. Apolonia.
—¿Apolonia? Hermoso lugar. Antaño pernocté por esas tierras
benditas. Anduve largas temporadas por Samago y Medeba. Pues sí, aún
recuerdo muy bien el hebreo. ¿Y qué le trae por estos lares? ¿Busca usted
a alguien?
—Así es.
—No debería andar sola por estos páramos.
—¿Sola? ¿Cómo…? ¿Cómo sabe que soy una mujer?
—Pues… Su mirada. Aunque la flor esconda sus pétalos… sigue
siendo flor.
—Busco a un hombre.
—¿Un hombre?
—Aresio III, también conocido como El Sabio de Zoar.

211
—¿El sabio de qué?
—De Zoar. ¿Lo conoce?
—Pues…
—Un verdadero pastor de hombres, un místico. ¿Lo conoce? ¡Dígame
que sí!
—La verdad es que... Déjeme pensar…
—Hace un tiempo fue conocido por toda Samaria. El sabio de Zoar,
el Alumbrador, le llamaban. ¿No le dice nada su nombre? Anduvo por toda
Judea… Era conocido por su sabiduría, sus milagros…
—Pues…
—¿De veras no lo conoce? ¿Ni siquiera ha oído hablar de él?
—Quizá haya oído hablar, pero…
—¿No sabe dónde puede estar?
—¿Dónde? Pues… sinceramente…
—¡Vaya suerte la mía!
—¿Por qué dice eso?
—Llevo más de un decenio buscándolo.
—¿Ha dicho un decenio?
—Quizá más.
—Asombroso… Sin duda debió causar una honda impresión en usted.
—Así es.
—¿Y puedo saber qué predicaba este hombre tan sabio?
—El amor, la libertad, la fraternidad entre las tribus... Pero también la
revolución, la lucha contra el imperio, ¡contra los explotadores!
—Ya. ¿Y usted cree que una revolución solucionará los problemas del
pueblo?
—¡Por supuesto! Pero para eso hay que reunir a las masas, dirigirlas,
convencerlas de que hay una salida, de que se puede hacer algo más que
agachar la cabeza y obedecer las órdenes de un tirano y sus mercenarios.
—¿Y cómo los convencería? No es fácil sacar a un hombre de su
rutina, y menos aún de incitarlo a morir por una causa.
—¿Existe causa más noble que la libertad, la dignidad?
—La libertad se lleva en el interior, no en el trato con los hombres.
¿Acaso cree que sustituyendo un tirano por otro mejorarán las cosas?
—¿Cómo que otro tirano? ¡Aresio es un hombre santo!
—No dudo de su buena fe, pero… suponiendo que aún esté interesado
en llevar a cabo esa revolución, que lo dudo, y tenga la providencia de ser
victorioso y convertirse en emperador, es evidente que más pronto que
tarde será reemplazado por el mismo tirano de siempre, si es que antes él
no se ha convertido en un tirano. Pues ya sabe que no hay poder sin tiranía.
—Es usted el hombre más derrotista que he conocido. ¿Es mejor estar
de brazos cruzados y sin saber nada del mundo?

212
—El poder es ciego y solo se alimenta de más poder. Nunca verás a
un hombre sabio en el poder. Además… usted, que parece muy inteligente,
ya sabe que siempre hay un tercer poder oculto, un poder central que
maneja y enfrenta a los dos bandos del tablero, llámense nobles y
campesinos, romanos y bárbaros… De hecho necesita que ambos se
desgasten para así no sentirse amenazado. Su revolución, lejos de debilitar
al poder, bien puede alimentarlo.
—No parece usted un pastor de cabras. Habla como un centurión, o
un tribuno.
—Nunca he combativo en ejército alguno. Pero he oído historias,
confidencias. En mi temprana juventud trabajé de asistente para un alto
cargo imperial.
—¿Eso fue cuando estuvo en Judea?
—En Samaria. Séforis.
—¿Y cómo es que ha terminado aquí, rodeado por… ocho o diez
cabras?
—Me gusta la soledad, la infinitud del desierto. Sobre todo los
atardeceres. La edad le vuelve a uno más melancólico y solitario.
—Y en su caso… también pesimista.
—Pues sí, es posible.
—Entonces, según usted, ¿qué hay que hacer ante un gobierno de
corruptos y criminales? ¿Cruzarse de brazos y rezar a Uzza para que el
siguiente tirano no sea tan despiadado?
—Lo único que hay que hacer es lo que te dicte el espíritu. Eso es
todo.
—¡Eso no significa nada!
—Ningún poder va a mejorar a los hombres. Solo los hombres pueden
mejorarse a sí mismos.
—¡Solo un gobierno de sabios puede mejorar al hombre!
—¿De verdad lo cree? Para mí es impensable la existencia de tal
gobierno puesto que ningún hombre puede ni debe gobernar a otro hombre.
Un hombre solo se gobierna a sí mismo. Esa es la verdadera libertad.
—Pero para hallar esa autonomía se necesita al menos una cierta…
libertad pública, una honra, una… respetabilidad entre las diferentes
castas. ¿De qué otra manera se puede debilitar al poder?
—Simplemente no dejándote seducir por sus baratijas, por sus dulces
envenenados. De esta manera ya no serás utilizado por el poder, sea cual
sea el poder.
—Me parece que le he entendido. Para usted todos los poderes son
iguales, sin diferencia.
—Por más que se disfracen de revolucionarios. Tarde o temprano
acaban mostrando su verdadero rostro.

213
—Lo ideal, entonces… sería entregarle ese poder al pueblo. Y para eso
se necesitaría una revolución, ¡volvemos a lo mismo!
—El pueblo, como usted lo llama, ya tiene ese poder, solo tiene que
creérselo y utilizarlo. No necesita luchar ni hacer ninguna revolución.
—¿Puedo saber su nombre?
—Aresio III
—¿Cómo ha dicho?
—Aresio III.
—¿El sabio de Zoar?
—Así me llamaban.
—Pero… Pero usted…
—¿Sí?
—Usted… Usted me dijo que… ¡no lo conocía!
—Por supuesto que no lo conozco. Y cuanto más vivo menos me
conozco. ¿Acaso se conoce usted? Dígame, ¿acaso se conoce usted?
—¿Yo?
—Sí, usted.
—Yo no… Un momento… ¡No puede ser! ¡Usted no es el Sabio de
Zoar! ¡Es un mentiroso! Me está gastando una broma, ¿verdad?
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja…!
—¡Es usted un viejo burlón! Ya veo que le gusta reírse de los
forasteros.
—Discúlpeme. En realidad me llamo Saúl. Ese es mi verdadero
nombre.
—¡Vaya con la bromita! Por un momento pensé que… Pero es
evidente que usted no tiene su presencia, su mirada… Esa mirada capaz de
atravesar las almas.
—Pues no. Mis ojos marchitos apenas me permiten diferenciar los
rostros. Pero aún puedo distinguir una bella flor. Sinceramente… espero
que muy pronto los dioses la guíen hasta ese gran hombre.

214
TRAS EL VELO DE ISIS

¿Tienes ambiciones o las ambiciones te


tienen?

El amor puede robarnos el corazón; el


poder, el alma.

Es tu ego quien se cree superior a los


demás. Y tu ego es el de todos.

Justo cuando trataba de cerrar el cajón, se escuchó un fuerte chirrido.


La puerta se abrió de golpe, chocando violentamente contra la pared
interior, sacudiendo la habitación. Instintivamente se agachó. Todo su
cuerpo se estremeció de pavor, su corazón pataleó desbocado… A través
de la penumbra percibió una sombra traspasando el umbral. Era su fin. Ni
siquiera se molestó en esconderse bajo el escritorio. La intensa luz de los
tubos fluorescentes inundó la estancia. Allí estaban esos dos tipos
enormes, siniestros, mirando hacia todas partes. Uno de ellos lo señaló,
apuntándolo con su pistola. Todo pareció sucederse a cámara lenta. Quiso
levantarse, pero las piernas no dejaban de doblarse. Finalmente lo
consiguió. Sabía que de un momento a otro le dispararían. ¿O quizá lo
torturarían? En la feroz mirada de sus verdugos encontró la respuesta.
Trató de inventar una excusa pero se atropelló con sus propias palabras. El
tipo de la derecha giró la cabeza hacia atrás, en un gesto de afirmación.
Enseguida apareció un tercero, aún más siniestro, riendo como un
demonio. Las más horribles carcajadas que jamás hubiera escuchado. Aún
tuvo tiempo de preguntarse cómo había sido tan estúpido de caer en
semejante trampa. Aunque más que una pregunta era una sensación
conjunta de pánico, impotencia, autocondena.
Y todo gracias a esa «maldita» llamada telefónica, unos tres años
atrás. Una llamada que lo cambió todo. Era lo último que se esperaba: que
el editor jefe de una de las más prestigiosas editoriales del país se fijara en
su libro, precisamente el más controvertido, el más antiacadémico, el más

215
antisistema de todos los que había escrito: “La Gran Conspiración del
Mundo”, así se titulaba. Sin duda su obra cumbre, aunque su familia
pensara lo contrario. Había sido publicado en una modesta editorial de
cuarta categoría, siendo la presentación del libro, tres semanas después, no
menos modesta. Allí asistieron su madre, su hermano —más atento al
móvil que a otra cosa—, su apático primo, un par de amigos chismosos de
la universidad, una antigua expareja, cuatro compañeros de oficio —más
atentos a la expareja que a otra cosa—, un admirador friki de su canal de
Internet, una soñolienta vecina de su madre, un vendedor de cupones y tres
viejas curiosas que pasaban por allí. Y por supuesto el dueño de la librería,
que tuvo a bien rellenar las bebidas cada vez que éstas amenazaban con
terminarse.
Tenía muy claro que un libro tan controvertido, tan invectivo y
sentencioso con el poder, y que no dejaba títere con cabeza, no podía ser
publicado por las grandes editoriales, estrechamente vinculadas —
pensaba— a esos mismos poderes. Aun así se sentía orgulloso. Era una
excitante sensación de victoria, un cierto placer vanidoso por haber llegado
a lo más oscuro, a lo más profundo de las cloacas del sistema; pero sobre
todo por haber resuelto no pocas dudas policiales relacionadas con
importantes tramas de pederastia.
Y aquello solo era el principio. El siguiente paso sería publicar toda
esa información en Internet, aun sabiendo que muy posiblemente podía
meterse en líos. Pero la Verdad era lo primero, o más bien la lucha por la
Verdad, que no es otra cosa que la lucha por la dignidad. ¿Acaso existe
causa más noble? Estaba dispuesto a darlo todo por ella: a irse de este
mundo con el trabajo hecho y la cabeza bien alta. No era solo por su
dignidad, sino por la dignidad del ser humano. No pensaba irse de aquí
como otro inconsciente más, otro borrego que se cree todo lo que le cuenta
la tele.
«Por supuesto que la verdad es terrible —solía rebatir cada vez que
un amigo o familiar cuestionaba la conveniencia de dar conocer dicha
verdad al mundo—, pero mucho más terrible es no tener el valor de
afrontarla, de seguir cerrando los ojos y creyendo en cuentos como niños
temerosos».
Desde luego no era el único periodista independiente que estaba
destapando importantes casos de pederastia y trata de blancas. Ejemplos
de profesionalidad periodística y valentía no faltaban en Internet, el único
gran medio de comunicación que aún contaba con un relativo margen de
libertad. No pocos de estos periodistas o investigadores de la verdad
habían sido perseguidos y acosados por el sistema; alguno incluso había
tenido que huir del país para salvaguardar su vida.
«Lógicamente —argumentaba nuestro protagonista— nadie es
amenazado o perseguido por el sistema a menos que muestre o denuncie

216
la falsedad y criminalidad del sistema; de la misma manera que aquellos
que muestren su lealtad incondicional al sistema recibirán a cambio
multitud de condecoraciones, de honores… Afortunadamente la verdad es
muy fácil de distinguir, sobre todo cuando alguien tiene las santas pelotas
de acusar a altos cargos del poder por asesinato y pederastia, y ninguno
de los aludidos se atreve a interponer una querella. ¡Tanta cobardía los
delata!».
Y si bien no se sentía identificado con el sentimiento católico y
patriótico de su admirado J. S., eso no era óbice para que su admiración y
estima decreciera lo más mínimo.
«Gracias a seres humanos como él —recalcaba a quienes todavía
albergaban ciertas dudas—, este poder putrefacto ya no lo tiene tan fácil
para llevar a cabo actos tan abominables. Negarse a conocer estos actos
y difundirlos es dar vía libre para que sigan ocurriendo con total
impunidad. ¡Esto nos afecta a todos!... En cualquier momento puede
ocurrirle a cualquiera de nosotros, ¡a los nuestros!...».
Dicho esto, nadie se atrevía a contrariarlo.

Tenía muy claro que el suyo no era otro libro conspiranoico de


illuminatis ni reptilianos, sino un libro humano, demasiado humano. Tan
humano que resultaba inhumano. Sus casi cuatrocientas páginas eran el
resultado de una larga y minuciosa investigación de campo de más de siete
años, en la cual había arriesgado su vida recorriendo los insondables
fondos de varias ciudades españolas: unas veces haciéndose pasar por
periodista y otras por borracho, pero siempre raspando, arrancando alguna
que otra confesión a golpes de cerveza, whisky y psicoanálisis barato.
Así desmenuzó algunos casos de pederastia bien conocidos por la
prensa, entrevistándose con parientes y amigos de víctimas asesinadas.
Pronto descubrió que las mejores fuentes no venían precisamente de arriba
sino de abajo: alcohólicos, yonquis, prostitutas, chaperos… Sobre todo
chaperos treintañeros que ya no atraían el morbo y el desenfreno de sus
antiguos y «muy respetables» abusadores.
Un indicio le llevó a otro indicio, hasta conformar una trama de hilos
que se extendían más allá de la frontera. Varios de esos hilos le llevaron
hasta las puertas del mismísimo Vaticano, confirmando el dicho de que
todos los caminos llevan a Roma, o al menos la mayoría.
Así fue como, finalmente, esclareció una de las más inauditas y
retorcidas tramas de poder, y que conectaba Madrid y Valencia con varias
ciudades del centro y sur de Italia: el secuestro de niños para rituales de
sexo y sangre, y que implicaba directamente a altos cargos de la Iglesia y
miembros conocidos de la realeza europea.

217
No era ningún aficionado en criminología, en oscuras tramas de poder,
pero aquello superó sus más insanas fantasías. Nunca imaginó que el
mundo pudiera estar tan podrido.
No menos inaudito era el hecho de que una editorial de prestigio se
fijara en su libro, si bien es cierto que en aquel momento la editorial andaba
en ligero descenso de ventas. Conocía bien el mundo de las editoriales y
sabía que ninguna de ellas invertía un solo céntimo en un desconocido
como él, y mucho menos en un libro que bien podía hundir a la mejor de
las editoriales.
Todo este asunto le llenó de ansiedad, dudas, paranoia, insomnio, y
no dejó de preguntarse si todo aquello obedecía a una sutil estrategia para
acabar con su vida. Bien sabía que las más importantes editoriales estaban
controladas por el gran ojo de Seth. Pero tampoco podía echarse atrás. Era
el sueño de cualquier escritor, una oportunidad demasiado jugosa, aun
pudiendo ser un cebo.
Finalmente tomó una decisión: ir acompañado de un abogado el día
de la firma del contrato editorial, aun a riesgo de generar un mal ambiente
con el editor y echarlo todo a perder.
Pero nada más lejos de la realidad. En contra de sus peores augurios y
paranoias —que todas juntas hubieran servido para construir una buena
novela negra— todo salió a pedir de boca. El editor jefe, un tal René Sainz,
no solo entendió las razones de tales medidas sino que las apoyó. Sin duda
era un tipo inteligente, ambicioso y jovial que buscaba un «gran bombazo»
con el que reimpulsar su firma editorial, asegurándole, con un brillo en la
mirada, que aquel libro era precisamente lo que estaba buscando: pura
dinamita.
—¿Que me puedo meter en un buen lío? —repitió a su vez con una
pícara sonrisa apenas contenida— ¡Pues que me denuncien! ¡Ya soy
mayorcito como para dejarme intimidar por nadie! Además, no solo son
las ganancias, es… algo mucho más que el dinero —musitó pensativo—.
Aunque no lo crea… yo también busco la verdad, traer luz a este mundo…
Y sé que su libro cuenta verdades, muchas verdades. Lo sé porque conozco
el poder, me he criado entre policías… Y sé hasta dónde puede llegar la
podredumbre humana. Tengo muy claro que si algún día me tropiezo con
el viejo de las llaves… quiero tener un buen motivo para no volver aquí.
—Amén.
De pronto el mundo tenía sentido y todo parecía perfecto: un contrato
de dos años al 13% de las ganancias. Y si aún le rondaban ciertas dudas,
éstas se disiparon rápidamente cuando, tres semanas más tarde —un
viernes por la noche—, el mismo editor jefe le llamó para informarle que
el libro estaba siendo un éxito de ventas, y que ya casi se habían agotado
los ejemplares. Algo que él mismo confirmó a la mañana siguiente tras
visitar no pocas librerías.

218
Unos pocos días después, a las once de la mañana, ya estaba en el
despacho del editor dispuesto a firmar otro contrato de reedición, esta vez
por cinco años, sin el abogado.
El siguiente subidón de euforia aconteció a la semana siguiente, al
descubrir tres dígitos más en su cuenta bancaria. Todo aquello parecía
demasiado bueno como para ser real. De pronto todo el país empezó a leer
su libro, incluso su madre y sus amigas, ¡hasta su hermano! De pronto todo
el mundo se sumergió en las cloacas del sistema. Pero lo mejor de todo es
que, a raíz de los sólidos indicios de criminalidad expuestos en una de las
tramas del libro, sumado a la presión popular y a la emotiva indignación
de un famoso juez recientemente jubilado, entrevistado en directo —en
prime time— en un conocido programa de televisión, se consiguió reabrir
“El caso Caín”, que implicaba a altos cargos del partido Lo haremos.
Desde luego no faltó la sorna popular cuando uno de los inculpados
aseguró, reiteradamente, no haber «hecho absolutamente nada».
Todo este asunto convirtió al bueno de nuestro protagonista, don
Matías Ramírez Col, en un héroe nacional; sobre todo cuando, seis meses
después, dos de los imputados acabaron entre rejas y otro colgando bajo el
techo de su dormitorio, a tres días del veredicto.
Pronto llegaron esos galardones y condecoraciones que antaño tanto
había criticado y condenado. Seguidamente, las entrevistas en los
principales canales de televisión y las conferencias multitudinarias.
Lógicamente era consciente de que su fama y éxito contradecían
flagrantemente las reiteradas afirmaciones de su libro: que «nadie llega al
poder si no forma parte de ese mismo poder». Algo de lo que muchos
críticos se percataron, acusándolo de desinformador y de formar parte de
la disidencia controlada.
Mucho peor fue cuando un conocido investigador youtuber, que él
conocía y respetaba, lo acusó de «hurtador profesional», es decir, de robar
información de otros investigadores para su provecho, sin citar las fuentes.
Algo que él desmintió categóricamente. A éste se sumaron más
investigadores alternativos como su admirado J.S., que lo acusó simple y
llanamente de traidor. Aquello lo sumió en una honda depresión.
Pero lo que más daño le hizo —quizá porque había cierta verdad en
ello— fue que lo acusaran de inculpar a personas inocentes de hechos
atroces, tal y como se comprobó con el empresario Cándido de la Rosa,
que no tardó mucho en demandarlo por delito de difamación y calumnia.
A éste se le sumaron dos policías, cuatro políticos y una conocida cantante
folclórica. Acusaciones que nuevamente refutó, justificando que, si bien
había hecho mención del nombre de dichas personas, en ningún momento
había incumplido el respeto de presunción de inocencia.
No pasó ni una semana cuando, un banquero, un juez, un torero y dos
empresarios lo demandaron igualmente por delito de falsa acusación, lo

219
que le supuso un nuevo ataque de ansiedad. Así comprobó, con cierta
acritud, que los mismos que lo habían elogiado por inculpar
presuntamente a individuos que terminaron con sus huesos en la cárcel,
ahora lo atacaban despiadadamente por haber inculpado presuntamente a
individuos cuyo fallo había sido absolutorio (si bien, en su opinión, no se
esclarecieron buena parte de los testimonios e indicios).
Lo peor de todo, mucho más que la pérdida económica, era la pérdida
de su credibilidad, de su profesionalidad, de su honorabilidad.
Precisamente él, que tantas veces había arriesgado su pellejo por revelar la
verdad, por traer algo más de luz a este mundo en tinieblas. ¿Así es como
le pagaban todo lo que había hecho? Nunca antes se había sentido tan
abandonado y desolado. Los «buenos» amigos habían desaparecido como
el rocío matinal, y ni siquiera sus familiares estaban enteramente a su lado,
más llenos de suspicacias y reproches que otra cosa. Solamente su editor
hizo algo más que prodigarse en sermones o lindas palabras sin contenido,
procurándole un buen abogado de confianza.
Fueron sin duda las noches más largas y oscuras de su alma.
Tanta polémica propició el libro que, por orden judicial, se procedió a
su retirada indefinida a fin de salvaguardar el honor de los absueltos y no
interferir en nuevos procedimientos sumarios, justamente a los tres años
de salir a la venta. Lo cual, lejos de ser una mala noticia, supuso un alivio
para nuestro protagonista, que ya había discutido previamente esta
posibilidad sin demasiado éxito, pues tal medida denotaría, según su
abogado y editor, una clarísima señal de miedo e inseguridad. Aun así, la
continua ansiedad y los malos ratos habían pasado factura en su cuerpo,
mucho más envejecido; pero sobre todo en su estado anímico, volviéndose
apático, taciturno, sarcástico hasta el hartazgo.
A esto había que añadir la inesperada muerte de su padre, muerto de
un infarto. Ni siquiera pudo pagar un buen ataúd. Las numerosas demandas
le habían hecho perder prácticamente todas sus ganancias. Si antaño era
una persona generalmente alegre e irreverente, ahora no era más era más
que la sombra de su sombra. Nada que ver con su editor, que no solo había
salido absuelto por incumplimiento judicial sino que, además, gracias a
tanta polémica, a tanta publicidad gratuita, había elevado ostensiblemente
sus ventas editoriales.

—No deberías de tomarte las cosas tan a la tremenda —le sugirió a su


infeliz amigo mientras tomaban un vermut con caviar en el jardín de su
palacete—. La vida solo son dos días… Uno de ellos lo pasamos
durmiendo. El otro, soñando.
Y es que aquella tarde habían decidido reunirse a fin de idear
estrategias para futuras demandas. Tantas confidencias compartidas

220
habían estrechado su amistad, y ya era habitual que se vieran dos o tres
veces al mes.
—Para ti es fácil decirlo. ¡Ponte en mi lugar! Es fácil filosofar de la
vida cuando se tiene una piscina olímpica y una monitora de cinco a ocho.
—Y bien que me ha costado lo mío. Te aseguro que nadie me ha
regalado nada de lo que ves.
—Si ya lo sé, hombre. ¿Qué edad tiene?
—¿Quién?
—La monitora. Parece muy joven.
—Diecinueve. Pues sí, aparenta menos de lo que tiene. ¿Por qué lo
preguntas? Te gustaría…
—¡Oh, no! Es solo que…
—Que te gustaría cepillártela, vamos. Por mí no hay ningún problema.
—Pero tú ya… ¿Me estás diciendo que tú ya…?
—¡Pues claro, hombre!
—Pero si no lleva aquí ni… ¿Tres días?
—Cuatro. Pero ya nos pusimos a ello el primer día.
—¿En serio?
—¡A los veinte minutos! Y no te pienses que me lo puso difícil. Hoy
día las adolescentes están incluso más adelantadas que nosotros, ya no se
andan con rodeos, afortunadamente. Te puedo asegurar que he pasado
mucha más hambre en mi juventud que en este atardecer de mi vida. Y no
es porque antes no tuviera medios, que los tenía, ¡y de sobra! Es que
ahora… ¡son ellas las que prácticamente te violan! Te aseguro que ya no
les interesan los niñatos, ¡y con razón! Solo hay que escuchar esa mierda
de reggaetón para comprenderlas. Ellas prefieren a alguien como nosotros,
tipos inteligentes y de buen gusto, galantes, refinados… con experiencia
de la vida.
—Y con dinero.
—¡Por supuesto! Eso que no falte. Ya te he dicho que son inteligentes.
—No todo es dinero en esta vida.
—¡Todo es dinero en esta vida! ¿O me vas a decir que el dinero no da
la felicidad?
—A mí solo me ha dado disgustos.
—Por favor, no me vengas con esas. ¡También tú has saboreado las
mieles del éxito! Unas veces subimos, otras bajamos, y otras…
simplemente vamos tirando. La vida no es una línea recta. Es más bien
como un… ¿Cómo se llama esa máquina de los hospitales?
—¿Qué máquina?
—Esa que mide las constantes, los pulsos...
—¿Un encefalograma?
—¡Eso, un encefalograma! Pues la vida es como el encefalograma de
un adolescente perdiendo la virginidad.

221
—Ese ha estado bien.
—¡Joder, al menos ríete por cumplir! ¿Quieres que te la presente?
—¿Qué? No, gracias.
—¿Acaso eres gay?
—Muy gracioso.
—Te aseguro que no tengo nada contra los gais.
—Tampoco yo.
—Ahora en serio, ¿quieres que vaya a buscarla? Media hora con ella
y se esfumarán todas tus penas.
—A mí me gusta la fruta más madura.
—¿Más madura? De acuerdo. Entonces te presentaré a mi ama de
llaves. Una viuda en la flor de la vida. Solo tiene setenta y dos años.
—Muy gracioso.
—¿Sabes en qué se parece un hombre a un árbol?
—Pues… Sorpréndeme.
—¿No lo sabes?
—Me rindo.
—En que a los dos se les para el pajarito.
—¿Eh?
—¿No lo has pillado?
—Claro que lo he pillado.
—No, no lo has pillado.
—Ya te he dicho que lo he pillado. ¿Es que te crees que soy retrasado?
—Bueno, mejor discutámoslo dentro, empieza a refrescar. Mientras…
Tú ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa. Hago una llamada y
enseguida vuelvo.
—Estupendo. Puedes tardar todo lo que quieras.
—Ya sabes dónde están las bebidas y el hielo. Sírvete lo que quieras.
—Gracias. Aprovecharé para ir al baño.
—Segunda puerta a la derecha.
—¡Si ya lo sé, hombre!

Sabía que no volvería a tener una oportunidad como aquella. Esperó


unos segundos más por si acaso, haciendo como que miraba el móvil.
Escuchó los pasos de su anfitrión subiendo pesadamente la escalera, hasta
su despacho. Seguidamente, un trasteo de papeles, de cajones abriéndose
y cerrándose. Hasta finalmente escuchar su voz. Este era el momento.
Ahora o nunca. Se levantó del tresillo aparentando la mayor naturalidad, y
trémulamente, entonando una estúpida cancioncilla, se dirigió al pasillo.
Pasó junto a la primera puerta, la segunda. La abrió hasta la mitad.
Allí se quedó unos segundos, sin moverse, escuchando cualquier mínimo
sonido. Siguió adelante, esta vez de puntillas, pasando junto a la tercera
puerta, la cuarta, la quinta, la sexta… Volvió a detenerse. Aguardó unos

222
segundos, conteniendo la respiración, aguzando el oído con todas sus
fuerzas. Todo parecía en calma.
Siguió avanzando, con paso vacilante, hasta llegar finalmente a la
última puerta: la «famosa» puerta roja. Nunca antes había estado tan cerca.
¿Estaría cerrada con llave? Puso la mano sobre el pomo, suavemente,
sintiendo un ligero temblor en los dedos. Seguidamente lo giró, muy
despacio, a fin de evitar el más mínimo chirrido. No parecía cerrada con
llave. El pomo giró hasta el final, hasta escucharse un clic. Ya no había
marcha atrás.
Empujó lentamente, centímetro a centímetro, controlando cualquier
mínimo chirrido. ¿Y si había alguien dentro? Todo parecía sumergido en
la más negra oscuridad. Acercó el oído, conteniendo de nuevo la
respiración. Nada. Solo se escuchaba el lejano murmullo del editor. Siguió
empujando lentamente, hasta dejar una abertura de unos cuarenta
centímetros. Aguardó unos segundos más, pero sabía que no podía perder
más tiempo. Traspasó el umbral con el cuerpo ladeado, tanteando
suavemente el suelo con la punta del pie. Sintió un penetrante olor a cuero,
a desinfectante. La luz del pasillo apenas permitía distinguir unos
contornos. Cerró la puerta con delicadeza. Metió la mano en el bolsillo
delantero del pantalón hasta sacar una pequeña linterna, preparada para la
ocasión. La encendió, dirigiendo la luz al frente, perpendicularmente. Era
el momento de la verdad.
Vio extraños objetos apilados unos sobre otros. Una pared roja.
Algunos artefactos... Un montón de cuerdas, o cables… Una… ¿camilla?
Volvió a aguzar el oído hacia el despacho. No escuchó nada, excepto su
corazón. ¿Seguiría hablando por teléfono? Así se mantuvo unos segundos
más, conteniendo la respiración. «Quizá no debería haber cerrado la
puerta», pensó. Pero no podía perder ni un segundo más. Volvió a apuntar
hacia la camilla. Descubrió un par de grilletes encima. También máscaras
de cuero, fustas… arneses… Mordazas… Abundante material
sadomasoquista.
Todo parecía confirmar sus sospechas. Pero no era eso lo que buscaba.
Enfocó hacia su derecha. A punto estuvo de pegar un grito. Era algo
peludo, con cuernos, garras… pareció moverse. Su corazón revotó en la
garganta. Hizo amago de echar a correr, pero consiguió controlar sus
nervios en el último momento. Siguió apuntando agitadamente la luz hasta
descubrir que solo se trataba de una escultura. La más repugnante y
enfermiza escultura que jamás había visto. Algo parecido a… ¿un demonio
peludo? Más bien un baphomet, adosado entre dos altas columnas de
mármol negro. Apuntó hacia la pared de la izquierda, y observó lo que
parecía ser una bandera, o más bien un escudo, un logotipo: una especie
de calavera, coronada por un sol rojo y una luna negra. Seguidamente
dirigió la luz hacia su derecha. Vio una gran pintura enmarcada, aún más

223
extraña: dos grandes pirámides azules, una al derecho y otra invertida,
unidas en su punta por un ojo abierto, luminoso, sobre un fondo negro.
Casi podía palparse la mórbida negatividad de aquél lugar: el eco de los
gritos, de los gemidos, de las súplicas… Pero no era la sala de iniciación,
que supuso estaría en el sótano. Aquél lugar simplemente servía como
almacén o trastero.
Avanzó hacia el fondo de la habitación, hasta un gran escritorio-buró
de caoba. Cada vez estaba más cerca de su objetivo. Nuevamente trató de
escuchar al editor, conteniendo la respiración. Nada, excepto el
ensordecedor palpitar de su corazón.
Apuntó la luz hacia la parte superior del tablero, compuesta de varios
compartimentos centrales y estrechos cajoncitos a los laterales. Bajó hacia
el interior de los compartimentos. Había sobres apilados, postales, cheques
bancarios… Abrió uno de los cajoncitos superiores. Nada. Siguió
rápidamente con los inferiores. Solo había lápices, gomas, pinceles…
Material de papelería. Creyó escuchar un ruido. Sabía que debía de salir
de allí cuanto antes, pero necesitaba urgentemente encontrar algo
realmente comprometedor. Metió la mano por el hueco rectangular de la
parte central, hasta palpar una especie de tapa colgante. La empujó,
deslizándola hacia arriba. Siguió palpando hasta toparse con algo. Lo
deslizó con cuidado, hasta tenerlo a la vista. Lo enfocó: un sobre mediano,
sin cerrar, con algo en su interior. Parecían láminas. Las extrajo. Eran
fotografías de personas, en especial niños. Unos, en ropa interior. Otros
desnudos, en extrañas posturas. Vio un niño tumbado en el suelo, con los
brazos y las piernas abiertas, en el centro de un elaborado pentagrama de
colores, rodeado de velas. También había mujeres desnudas con máscaras
negras, portando en sus cabezas una especie de cuernos. Uno de los niños
parecía estar siendo… ¿torturado? Sintió un vuelco en el estómago. ¿Qué
clase de monstruosidad era aquella?
Debía salir de allí cuanto antes. Rápidamente ojeó el resto de fotos,
esta vez sin apenas detenerse. Cada una era peor que la anterior. Abrió otro
sobre con fotos, dentro del mismo sobre. Ahí estaba el editor, mostrándole
su miembro erecto a uno de los niños. Parecía reírse. ¡Hijo de puta
bastardo!... En otras aparecía portando dagas, crucifijos, copas, junto a
decenas de dementes. Reconoció algunas caras. O más bien muchas: altos
cargos políticos, banqueros, empresarios, productores, financieros…
Tipos PRESUNTAMENTE inculpados, y que posteriormente habían sido
declarados inocentes. Los mismos tipos que lo habían arruinado,
demandado por falsa acusación, por atentado al honor y a la dignidad.
¡Como si ellos tuvieran tal cosa!
De pronto sintió una revelación, el presentimiento de una certeza
fulminante. Buscó entre los rostros de aquellos dementes al que había sido
su verdugo en aquellos últimos meses. Hasta encontrarlo. Allí estaba con

224
esa inconfundible sonrisa de perro sarnoso, rodeado de niños aterrados...
Allí estaba el mismo juez que los había liberado. Pero, ¿qué clase de
mundo enloquecido es este? Ya había visto suficiente.
Rápidamente introdujo el sobre dentro de la camisa, prensándolo bajo
el elástico de su ropa interior. No era la primera vez que lo hacía. Trató de
escuchar algún ruido, pero no había tiempo que perder. Haciendo oídos
sordos a su intuición, al sentido común, abrió uno de los cuatro cajones
medianos, adyacentes al tablero. Aún podía arañar unos segundos más, se
dijo, absorbido por la avidez. Encontró una carpeta roja. Contenía
documentos, actas, declaraciones juradas, algunas parecían firmadas con
sangre. Reconoció algunos logotipos, nombres de sociedades secretas, con
alambicados sellos rojos. Había decenas de hojas con listas de nombres y
apellidos, seguidos de su correspondiente seudónimo o nombre clave.
Aquello no tenía precio. Rápidamente dobló las hojas y las introdujo bajo
su camisa, deslizándolas hasta el fondo de su ropa interior, adheridas al
sobre de las fotos.
Se escuchó un fuerte ruido. Y otro. Sin duda eran pasos, muy raudos.
Su cuerpo se estremeció. También se escucharon voces airadas. Trató de
correr, llevado por la adrenalina… Pero ¿a dónde ir? ¡Ya era demasiado
tarde! Imposible salir de allí sin encontrárselos de frente. ¡Estaba
acorralado! Tal era fragor de las voces, el intenso traqueteo de los pasos,
que sintió cómo retumbaban las paredes. Sin duda iban a por él. ¿Cómo
demonios se habían enterado? Una nítida imagen mental le reveló la
respuesta: cámaras de seguridad, alarma silenciosa. ¡Debía inventar una
excusa! Pero, ¿cuál? Era incapaz de pensar. Todo el universo se había
convertido en estrépito. Podía incluso sentir la vertiginosa ubicación de los
pasos en el pasillo: sexta puerta, séptima, octava… ¡Debía pensar algo!
¡Cualquier cosa!
Justo cuando trataba de cerrar el cajón, se escuchó un fuerte chirrido.
La puerta se abrió de golpe, chocando violentamente contra la pared
interior, y sacudiendo la habitación. Instintivamente se agachó. Todo su
cuerpo se estremeció de pavor, su corazón pataleó desbocado… A través
de la penumbra percibió una sombra traspasando el umbral. Era su fin. Ni
siquiera se molestó en esconderse bajo el escritorio. La intensa luz de los
tubos fluorescentes inundó la estancia. Allí estaban esos dos tipos
enormes, siniestros, mirando hacia todas partes. Uno de ellos lo señaló,
apuntándolo con su pistola. Todo pareció sucederse a cámara lenta. Quiso
levantarse, pero las piernas no dejaban de doblarse. Finalmente lo
consiguió. Sabía que de un momento a otro le dispararían. ¿O quizá lo
torturarían? En la feroz mirada de sus verdugos encontró la respuesta.
Trató de inventar una excusa, pero se atropelló con sus propias palabras.
El tipo de la derecha giró la cabeza hacia atrás, en un gesto de afirmación.
Enseguida apareció un tercero, aún más siniestro, riendo como un

225
demonio. Las más horribles carcajadas que jamás hubiera escuchado. Era
el editor.

—Parece que un ratoncito ha caído en la trampa —entonó, mirándolo


con una sonrisa realmente maliciosa—. ¿No sabes que es de mala
educación fisgonear en habitaciones ajenas?
—¡Ojalá te pudras en el infierno! —exclamó, sacando fuerzas y arrojo
de donde no tenía—. ¡Vaya un hijo de puta que estás hecho!
—¿Y me lo dices tú? ¿Te invito a mi casa y así es como me lo pagas?
¿Robándome?
—Si hubiera sabido lo cabrón que eres… —dijo con furia, sabiendo
que ya nada podía salvarlo— te habría matado con mis propias manos.
—Esa no es forma de hablar a los amigos.
—¿Amigos? ¿Amigos, dices? ¡Ja! ¡Jamás he sido tu amigo!
—Ah, ¿no? Me parece que tienes muy mala memoria. ¿Ya no lo
recuerdas las veces que has llorado sobre mis hombros? No te imaginas la
cantidad de camisas que he tenido que lavar.
—Si estuviéramos solos… Te arrancaría la piel a trozos…
—¿En serio? No eres tú quien debería estar indignado. Además, de no
ser por mí seguirías siendo el mismo arrastrado de siempre. No te
conocería ni el borracho de tu padre.
—Hijo de puta… Lo tenías todo planeado... ¿Crees que no lo sé?
¡Pensabas hundirme! ¡Desacreditarme!… Me utilizaste para… consumar
tus asquerosos planes...
—Así es. ¿Cómo te diste cuenta?
—¿Cómo? Lo supe desde el principio.
—¡Ja! Entonces eres más tonto de lo que pensaba.
—Nunca me pareciste un tipo de fiar. Aunque reconozco que a
veces… en ciertos momentos de debilidad… Uno se agarra a cualquier
cosa. Los psicópatas como tú sois muy buenos actores —masculló con una
sonrisa irónica de resignación, sentándose con fingido abandono en la
polvorienta butaca del buró—. Se ve que estáis muy bien entrenados.
—También tú eres un buen actor. ¿Cuándo sospechaste realmente?
—¿Realmente? La primera vez que me invitaste.
—¿De veras? ¿Qué es lo que viste?
—Pues… pequeños detalles como… la decoración, la puerta roja…
Símbolos en las tazas… Tu anillo. Detalles que nunca pasan
desapercibidos para alguien que conoce las cloacas del poder.
—Vaya, eres todo un detective.
—Mis últimas dudas se disiparon con la monitora.
—¿Y eso?
—Cualquier ciego se daría cuenta de que es una menor de edad —
replicó con evidente desdén—. Y tanta insistencia por tu parte… no fue

226
más que la confirmación definitiva. Así es como trabajáis los psicópatas:
comprometiendo a otros, chantajeándolos… O bien destruyendo vidas con
falsas acusaciones.
—Exacto. Es el juego del poder, ya lo sabes. Pero las pobres ovejas se
creen toda esa monserga que les contamos del derecho constitucional, la
diplomacia, el contrato social… Nunca entenderán que no es la
democracia o el capitalismo lo que mueve la civilización sino la mercancía
humana, los rituales. Así es como hemos construido la civilización,
mediante pactos de poder, mediante compromisos de sexo y sangre.
—Sigo sin entender una cosa.
—¿El qué?
—¿Por qué yo? ¿Por qué mi libro?
—Eso ya deberías saberlo —murmuró el editor con una cínica
sonrisa—. ¿O acaso dudas de su importancia? El descubrimiento de tu
libro fue una auténtica sorpresa para nosotros.
—¿Nosotros?
—Los ulhim. Los distinguidos. Así nos llamamos entre nosotros. Si te
soy sincero… Nadie había llegado tan lejos. Me refiero a los profanos.
Había ciertos errores en las fechas, contradicciones… Pero se acercaba
mucho a los hechos. Decidimos utilizarlo para nuestra causa.
—¿Causa?
—Claro. Existe un principio talmúdico que más o menos afirma que…
si tú le muestras tus planes perversos al adversario, aunque éste no los
entienda, te liberas de tu karma espiritual. Nosotros nos hemos servido de
este principio para controlaros y manipularos, mostrando nuestras
intenciones de manera encubierta pero visible. En cualquier serie, película
o noticiario encontrarás nuestras marcas de identidad. Supongo que eso ya
lo sabes. Cuanto más aceleramos vuestra degradación y deshumanización,
más claramente debemos mostrar nuestras intenciones —reveló,
mirándolo con altivez—. Ya ni siquiera utilizamos velos, todo está a la
vista, allá donde mires: en la televisión, en la política, en las películas…
En realidad es todo un mismo escenario, un guion. ¡Todo es Hollywood!
Fíjate en todos esos ídolos de la música: el vestuario, las cruces, la letra de
las canciones, las actuaciones... ¡Son auténticos rituales de sexo y sangre!
Y al populacho les encanta, ¡se vuelven locos! Y además imitan nuestra
simbología, nuestros “toques”, mudras… Claramente nos están diciendo
que están de nuestro lado, que desean someterse a nosotros.
—Y así conseguís que ellos mismos entren al matadero, ¿no?
—Eso es. Debemos respetar las Leyes del Libre Albedrío. Ahí tienes
a nuestras mejores marionetas, los políticos. Les pagamos para que
generen caos, y lo hacen de maravilla. Corrompen todo lo que tocan,
destruyen industrias, bienes públicos, derechos básicos, millones de
empleos… Exprimen a la población con impuestos abusivos, leyes injustas

227
y arbitrarias, no cumplen ni una sola promesa... ¡Roban hasta en el Fondo
de las Pensiones! ¿Qué más tienen que hacer para que la gente deje de
creer en ellos? ¡Y aun así los votan! ¿Es que son idiotas? Ahora se sabe
oficialmente que el incidente de Tonkín fue una falsa bandera que sirvió
de excusa para entrar en guerra con Vietnam. ¿Crees que ha habido alguna
reacción? ¿Crees que la gente ha salido en masa a protestar? ¡Para nada!
¿A quién coño le importa ya todo aquello! Dentro de veinte años les
diremos que lo de las torres gemelas fue también un atentado de falsa
bandera. ¿Crees que alguien saldrá a la calle a quejarse de su gobierno?
¡Ja! ¡No les importa una mierda lo que les hagamos! Les fumigamos como
a cucarachas a plena luz del día y ni siquiera reaccionan, ¡ni siquiera
levantan la cabeza! ¡Siguen pastando! Al menos las cucarachas corren,
luchan por sobrevivir, demuestran más sentido común.
—Sigo sin entenderlo. ¿Para qué generar tanto caos y dolor? ¿Para
qué destruir pudiendo construir?
—Nosotros destruimos para construir: ordo ab chao, orden desde el
caos. Destruimos lo natural para sustituirlo por lo artificial, lo virtual.
Invertimos el orden natural de las cosas. Llevamos miles de años
haciéndolo. Somos los alquimistas, los magos, los custodios… Somos los
dueños de la historia. Desde temprana edad les cambiamos el sexo a los
niños, presentamos a hombres como mujeres, y a mujeres como hombres.
Ahora están por todas partes, ocupando puestos de poder. Ya casi no
necesitamos hacerlo de manera encubierta, las señales son evidentes,
cualquier idiota puede darse cuenta. Pronto implementaremos una
campaña masiva de transexualismo por parte de nuestros más rentables
empleados: cantantes, políticos, actores, sacerdotes... tal y como ahora
existe una campaña de homosexualismo declarado.
—Y todo este esfuerzo… ¿para qué?
—Para preparar a las masas, para normalizar la transhumanización.
Ese es nuestro objetivo: convertir al humano en un andrógino infértil
biosintético. Así nos arrogaremos el poder de la creación, de la
reproducción. Tendremos pleno dominio de este mundo, y nosotros
seremos sus dioses. Decidiremos cuántos nacerán y cuántos morirán,
quiénes serán nuestros portadores y donantes… Pero para eso necesitamos
destruir a la mujer, o más bien… su poder creador. Y esto lo estamos
consiguiendo sirviéndonos de modelos ideológicos y valores bien vistos y
aceptados por la sociedad, como es el concepto de la libertad, la igualdad,
el feminismo, pero llevándolos solapadamente a su antítesis: a la
desigualdad de sexos y al enfrentamiento. Utilizamos casos aislados de
violencia doméstica para mostrarlos de manera reiterada y distorsionada
en los noticiarios a fin de convertirlos en una suerte de… megaepidemia
criminal “machista” —dijo esbozando una sonrisa mordaz—. Así
generamos histeria y paranoia social, y convertimos al hombre común en

228
un perfecto hijo de puta. En algunos países incluso hemos manipulado el
sistema judicial para borrar de un plumazo el derecho de presunción de
inocencia, destruyendo así el principio de igualdad ante la ley, ¡y todo ello
en nombre de la igualdad! Es irónico, ¿verdad?
—Así es como actúan los líderes de una secta —arguyó nuestro
protagonista, clavándole la mirada y devolviéndole esa misma sonrisa—.
Para tener control sobre sus acólitos, primero han de programarlos para
que ellos mismos se “liberen” de su familia, de sus amistades, de los
principios éticos, morales... Así es como consiguen separarlos y
desprotegerlos de su entorno natural y ejercer un mayor control sobre ellos.
Bajo la excusa de la liberación, los convierten en los mayores esclavos.
—Exacto. A fin de respetar las Leyes del Libre Albedrío, necesitamos
que las mujeres quieran liberarse voluntariamente de su sexualidad, de su
poder creador, de su sexo. Necesitamos que ellas mismas apuesten por la
inseminación artificial como método de planificación familiar. ¿Por qué
destruir frontalmente a la mujer cuando ella misma lo puede hacer mejor?
—Muy listos.
—Les hacemos creer que la libertad consiste en liberarse de todo,
empezando por el sentido común. Y no reparamos en gastos para financiar
todo tipo de movimientos liberales y ultraconservadores, aumentando aún
más la división y el enfrentamiento. Lo cual nos sirve, a su vez, para
convertir al gran enemigo del pueblo, el explotador capitalista, en un
enemigo fantasma llamado machirulo. ¿No es de un ingenio absoluto? Es
increíble que estas estúpidas no se hayan olido la trampa y sigan pensando
que sus gobernantes, causantes de tantas guerras y miserias inconcebibles,
se han vuelto de pronto muy buenos y solo quieren lo mejor para ellas.
—¿Y no será porque nunca han tenido la oportunidad de conocer algo
mejor?
—¿Acaso hay algo mejor que la democracia? —replicó con su muy
característica sonrisa—. El siguiente requisito es mezclar a todas las razas
y culturas bajo la bonita máscara del multiculturalismo, lo cual ocasionará
innumerables conflictos. Estamos estrangulando con deudas impagables a
países pobres para así mermar a su juventud, que no tendrá más remedio
que buscar su futuro en países occidentales. Con la excusa de la
solidaridad, estamos utilizando a esos millones de emigrantes y refugiados
como mano de obra barata para empobrecer las condiciones laborales y la
calidad de vida de los nativos, aumentando así nuestros beneficios.
—Es decir, provocar guerras y crisis migratorias en otros países para
robarles su juventud, su esperanza de futuro. Un nuevo tráfico de esclavos,
¿verdad?
—Pero esta vez amparado con el discurso de la solidaridad, mucho
más efectivo que el discurso de la superioridad racial y la conveniencia de
la esclavitud. De esta manera, asfixiando a la clase media y volviéndola

229
dependiente del estado, de las ayudas sociales, conseguiremos desmantelar
lo poco que aún quedaba del estado de derecho. Es mucho más fácil
destruir una nación abriéndola completamente al exterior que cerrándola
del todo. Ya sabes que un pueblo unido y orgulloso de sus raíces es mucho
más reaccionario y difícil de manipular que un pueblo dividido,
desarraigado, apático. Aquellos que descubran la trampa y se manifiesten,
serán acusados por delito de odio.
—Estáis completamente locos.
—Y ya solo nos queda el último y más importante de los requisitos —
dijo esbozando una amplia sonrisa—. ¿Quieres saberlo?
—Me muero de las ganas.
—Acabar con el esperma humano. Convertirlo en aguachirle.
—¿En qué? Estáis para que os encierren.
—Lo cual ya estamos consiguiendo mediante la geoingeniería:
contaminación química, electromagnética, bacteriológica… Cultivos
transgénicos, vacunas, medicamentos…
—¿Vacunas?
—Sobre todo las vacunas. Lo que a su vez nos sirve para idiotizar un
poco más a la población y así evitar molestas insurrecciones. Toda esta
demolición de la familia y la fertilidad conllevará necesariamente la
demolición de las religiones, que… si bien nos han sido necesarias para
controlar a las masas, para utilizarlas como mano de obra barata y carne
de cañón, ya no lo serán precisamente por alcanzar y superar tales
objetivos, y que actualmente ralentizan nuestros… proyectos eugenésicos.
Inventaremos pandemias y mantendremos a la población en arresto
domiciliario mientras legalizamos todo tipo de leyes abusivas y
antidemocráticas, evitando así engorrosas protestas y manifestaciones.
Aquellos que osen hacer uso de su libertad de circulación serán acusados
de delito contra la salud pública y encerrados en prisiones o campos de
concentración. Dime, ¿existe algo mejor que una pandemia simulada para
que toda la plebe se autoencarcele por voluntad propia, e incluso piense
que todo es por su bien? La primera vez solo serán unas semanas. La
tercera o cuarta pandemia durará incluso años. Pero todo será progresivo.
Al principio les daremos unos meses de libertad condicional, pero
después… será una cadena perpetua. Ellos mismos se matarán cuando
comprendan que sus vidas no valen la pena. Así exterminaremos a tres
cuartas partes de la población, sin ni siquiera tirar una sola bomba.
—Hacéis que Hitler parezca un principiante.
—Así es. Demoleremos el sistema político mediante casos masivos de
corrupción, pues ya no necesitaremos a estos imbéciles para manipular y
programar a la plebe desde los medios de comunicación, ordenándole
implícitamente lo que debe hacer o pensar.
—Eso no es nada nuevo.

230
—Cierto. Pero esta vez será un poco diferente. Cuando vean destruido
el poder político, pensarán que por fin son libres, ¡la auténtica democracia!
Pero seguirán votando las propuestas que les ordenemos. Esta esta vez sin
intermediarios, sin el incordio de los politicuchos. Esta vez pensarán que
todo lo deciden ellos, cuando ya estará todo decidido. Tenemos el control
de la tecnología, la inteligencia artificial tomará las decisiones, siempre de
manera indetectable. La total automatización del mundo hará desaparecer
la mano de obra humana. El trabajo asalariado será reemplazado por una
renta básica universal, bajo previo contrato de lealtad. Pero antes
conocerán la miseria, la enfermedad, el hambre, para que así acepten el
gran privilegio que se les ofrece. En caso de incumplir dicho contrato, nos
reservaremos el derecho de tomar las medidas oportunas hacia el disidente.
La población será chipeada y lobotomizada por las buenas o por las malas,
pero siempre por su propio bien, les diremos.
—Vaya. Pensaba que respetabais el libre albedrío.
—Por supuesto. Tendrán total libertad para someterse o suicidarse.
Las viviendas se convertirán en nichos monitorizados, vigilados las
veinticuatro horas del día. Los que piensen o digan algo inapropiado, serán
reprogramados por una inteligencia artificial que controlará todas las
mentes. Ya casi la tenemos preparada. Ni siquiera tendremos que apretar
un solo botón. MU, la madre universal, así la presentaremos al mundo.
—Lo dicho, estáis para que os encierren.
—Un apocalipsis que nada tiene que ver con todas esas erupciones,
plagas y ríos de sangre que os contamos en la Biblia, y que muchos necios
seguirán creyendo y esperando mientras sibilinamente os convertimos en
perfectos esclavos biosintéticos. Ése es vuestro mayor apocalipsis: no ser
conscientes de que ya os ha llegado. Una vez seáis laboralmente
innecesarios e infértiles, una vez nuestras corporaciones se reserven el
derecho de fabricar niños en vientres artificiales para su posterior
explotación, os convertiremos en un mero producto manufacturado de usar
y tirar, sin derechos de ningún tipo, sin posibilidad de regeneraros por
vuestros propios medios. Una vez seáis clonados, os convertiremos en
nuestros perfectos esclavos y donantes, o bien en simples juguetes
sexuales. Os dejaremos vivir no porque tengáis derecho a la vida y a la
dignidad, sino simplemente porque al "rebaño" no hay que matarlo sino
explotarlo. Aunque… de vez en cuando sacrificaremos a unos cuantos
miles de vosotros como parte de algún ritual, tal y como hacemos ahora.
—Caramba —prorrumpió con una frívola sonrisa, mirando de reojo a
uno de los guardaespaldas—, parece que lo tenéis todo bien planeado.
—No te quepa la menor duda. No podemos dominar el universo, pero
podemos dominar este mundo. Nos convertiremos en los amos. Ya lo
somos.
—¿Ya lo sois?

231
—Por supuesto.
—¿Y eso? ¿Desde cuándo?
—Casi desde el inicio de la civilización. Pero solo en estas últimas
décadas hemos conseguido más que en todos los milenios anteriores.
—¿Y cómo lo habéis conseguido?
—Gracias a la democracia, evidentemente —manifestó con palpable
satisfacción—. Sin duda la más productiva y rentable de nuestras
dictaduras.
—¿La más rentable?
—Claro. Simplemente otorgándole una pocas concesiones al profano
y haciéndole creer que es libre, hemos conseguido explotarlo mucho más
eficazmente que a través de una dictadura convencional, donde siempre
hay un poder visible, un tirano al que se puede señalar y derrocar. Ten en
cuenta que la inversión que conlleva la gigantesca red de espías y fuerzas
de seguridad de una dictadura común, sumado al… bajo espíritu
competitivo del sujeto que es forzado a obedecer, no compensa su limitado
nivel de productividad, creatividad. Todo lo contrario a la democracia
capitalista, donde el profano ya no necesita ser reprimido ni censurado ya
que él mismo se autocensura voluntariamente por el bien del Estado, al
que percibe como una benevolente figura paternal. De igual manera
actuará gratuitamente como un colaborador afanoso y diligente.
—Diabólicamente magistral.
—¿Verdad? No obstante debemos generar ciertas dictaduras
convencionales que permitan tensar y reforzar la estructura del capitalismo
a través del miedo, de la amenaza, como así ocurrió en la muy rentable
Guerra Fría. O bien simular accidentes radiactivos, pandemias
apocalípticas. Necesitamos que el populacho sepa quiénes son los malos y
dónde están, pero sobre todo que nunca deje de sentirse amenazado.
—Y así vosotros permanecéis en la sombra, ¿no? Sin riesgo de que os
caigan piedras.
—No solo eso; nosotros fomentamos la rebelión a fin de controlar
totalmente ambos bandos, llámense capitalismo o comunismo, izquierda o
derecha, feminismo o machismo… Islán, cristianismo, budismo…
—O sea, la famosa disidencia controlada.
—Así es. De tal manera que ambas fuerzas se fagocitarán entre sí sin
rebelarse contra el auténtico poder que está en la sombra. Nosotros
creamos y financiamos ambos bandos: los engañamos, los confundimos,
los enredamos, los encabronamos… y cuando ya están a punto de matarse,
les vendemos las armas. ¡Es un buen negocio! Cuanto más se destrozan,
más nos fortalecemos nosotros. Así hemos escrito la historia.
—Y muchos inconscientes seguirán luchando contra el poder sin ser
conscientes de que en realidad lo están alimentando.

232
—¡Correcto! Ya veo que lo has pillado. Combatir y debilitar cualquier
poder visible es fortalecer al verdadero poder que está en la sombra. Hay
que mantener a raya a los posibles competidores.
—¿Y actualmente? ¿A cuántos países pensáis destruir?
—¿Destruir? ¡A ninguno! La destrucción no es más que una última
opción. Lo importante es la dominación, el control. Si algo hemos
aprendido en los últimos tiempos es que es mucho mejor arrasar un país
con deudas impagables que con bombas, así nos ahorramos un montón de
tiempo y dinero en su reconstrucción. ¿Para qué destruir su infraestructura
pudiéndola utilizar?
—Pensaba que ya dominabais el mundo.
—Casi. Aún nos quedan unas pocas resistencias, gobernantes
dinásticos que no siempre son de nuestro agrado, pero… los tenemos
controlados. Prácticamente nos hemos infiltrado en todas partes, somos
muchos millones. Capas de iniciados que encubren otras capas de
iniciados… Muchos de ellos ni siquiera saben que pertenecen a la logia, y
así tiene que ser. Cualquier nación que no se someta a nuestros dictados
será severamente castigada o destruida.
—¿Como Siria? Y después le daréis a los medios una versión de los
hechos invertida de la realidad, ¿no es así? Convirtiendo a las víctimas en
verdugos y a los verdugos en salvadores de la democracia.
—Así es.
—¿Y qué tiene que ver mi libro con todo esto?
—¿Tú libro? Ya deberías saberlo. Tu libro no fue más que un último
paso. Prácticamente te describe toda la maquinaria. Al principio pensé que
eras uno de los nuestros, un soplón. Ordené que te siguieran, que te
investigaran. Pero en seguida se comprobó que ibas por libre. Aquello nos
sorprendió, pero no le dimos mucha importancia. Sabíamos que ese libro
nunca saldría adelante. A la semana siguiente volvió a salir el tema y
alguien sugirió la posibilidad de utilizarlo. Aquello me pareció una locura,
pero después, pensándolo detenidamente… Por aquel entonces se estaba
planeando una gran “fiesta” y era necesario aumentar el realismo de los
escenarios, quitar velos… Entonces se lo comuniqué a los padres
maestros. Apenas tuve que explicarles nada. Era un riesgo que había que
tomar.
—¿Un riesgo? ¿Y ha merecido la pena?
—Ya lo creo. Ahora ya lo saben prácticamente todo. Ya no tienen
excusa.
—¿Quiénes?
—Las ovejas. ¡El populacho! Ahí están los hechos, las pruebas. No
hay más ciego que el que no quiere ver. Esta vez no hay velos, no hay
decorados. Les hemos mostrado la maquinaria, el otro lado del escenario,
las bambalinas. Si las ovejas siguen pastando es porque no les interesa la

233
verdad. Y sin no les interesa es porque prefieren dejarse conducir. El que
calla, otorga. Ya no podrán decir que no les avisamos.
—Vosotros no habéis mostrado ninguna verdad. ¡Más bien todo lo
contrario! —profirió, clavándole la mirada—. Habéis hecho todo lo
posible por hundirme, por desacreditarme… ¡Incluso habéis retirado el
libro! ¿Eso es mostrar la verdad? ¡Me habéis difamado!... ¡Me habéis
estigmatizado! ¡Arruinado! ¡Todo han sido mentiras, falsas pruebas! ¿Qué
clase de verdad es esa?
—Me parece que no has entendido nada. Nosotros mostramos la
verdad para poder mostrar la mentira, la contradicción, la confusión.
Somos maestros consumados del engaño, y nos sentimos orgullosos de
ello. Llevamos milenios practicando. Gracias a tu libro, a todos esos
juicios que le siguieron, les hemos hecho creer que aún existe una
democracia, una justicia medio corrupta que también persigue a los
poderosos. Y en cierto modo es verdad, a veces necesitamos sacrificar a
alguno de nuestros peones para mantener las apariencias. Pero también, y
esto es lo más importante, les hemos hecho saber cuál es el precio a pagar
si alguno decide convertirse por su cuenta en un revolucionario, en un
héroe de la justicia como tú.
—Qué hijos de puta.
—No solo acabará con sus huesos en la cárcel, sino desacreditado de
la peor manera posible, ya sabes a lo que me refiero. ¿Crees que todos tus
amiguitos conspiranoicos suponen una amenaza para nosotros? ¡Para
nada! Sabemos cómo mantenerlos ocupados.
—Te equivocas. Cada vez hay más gente despertando.
—¿Despertando? ¡Por favor, no me hagas reír! Tus amiguitos son tan
estúpidos que no saben que están trabajando gratis para nosotros, dando a
conocer unos programas que muy pronto implementaremos a nivel global.
Gracias a ellos estamos concienciando, preparando a las masas para que
vayan asimilando el infierno que les espera. Sabemos por experiencia que
los grandes cambios no entran bien de sopetón, es mejor cocer poco a poco
a la rana.
—Mientes como un bellaco. ¿Qué hay de aquellos a los que estáis
censurando y amenazando por hablar demasiado? ¿Así es como les pagáis?
—Más bien por hablar demasiado pronto de ciertos temas. Hay que
respetar la agenda y hablar de ciertas cosas en el momento oportuno. Ni
antes ni después. Simplemente eso, no es nada personal. Pero esto ocurre
muy pocas veces. Normalmente les tiramos un poco de carnaza para que
se entretengan y así no incordien demasiado. Y la verdad es que se lo
tragan todo, ¡no dejan ni las migajas! De hecho… a veces se entretienen
demasiado y tenemos que improvisar alguna “fiesta” para que espabilen y
pasen al siguiente plato, y así avanzar en la agenda. Pero los pobres son
tan necios que se piensan que han sido ellos quienes han destapado y

234
difundido otra gran conspiración. ¿No es para desternillarse? Cada gran
caso que llega a los medios es un cadáver en avanzado estado de
putrefacción, un montón de huesos para carroñeros hambrientos, mientras
nosotros ya estamos trabajando en quince o veinte “capítulos” por delante,
ultimando guiones que produciremos en décadas. No te imaginas el
peliculón que os tenemos reservado.
—Ya veo que sois unos auténticos artistas.
—No te quepa la menor duda. No te exagero si te digo que los que
trabajan en Hollywood son meros aficionados en comparación a nosotros.
—¿De veras? No creo yo que vuestros actores de crisis sean
verdaderos prodigios de la actuación. Más bien parecen sacados de una
oscura taberna a las cinco de la madrugada.
—¡Ja! Ahí tienes toda la razón. Son incapaces de memorizar más de
cuatro palabras seguidas. Hablan cuando deberían callar… Ríen cuando
deberían llorar. Ni siquiera saben hacerse el muerto más de cinco segundos
sin pestañear. Desaparecen y reaparecen en la escena del crimen como si
tal cosa. En el colmo de la insensatez incluso llevan a los heridos en
dirección contraria a la ambulancia, hacia la escena del crimen. Un
auténtico desastre. Pero todo eso forma parte del guion. Necesitamos a
malos actores interpretando a malos actores. Cuanto peor es la actuación,
cuanto más descarada es la mentira, mayor es nuestro poder, nuestro
designio. Incluso utilizamos maniquís y cerdos degollados como attrezzo,
como relleno. Cualquier cegato podría distinguirlos a kilómetros. ¡Y aun
así cuela! ¿No es para desternillarse?
—Seguro que os los pasáis bomba viendo los noticiarios.
—¡Y tanto! Quienes aún tengan algo de lucidez para descubrir el
engaño, serán tachados de conspiranoicos. Sabemos muy bien cómo
promocionar las teorías más descabelladas para desacreditar las
verdaderas. Después las mezclamos y las metemos en el mismo saco. Es
sencillo. ¡Y funciona! Sabemos utilizar a nuestros más famosos
conspiranoicos para denunciar el tráfico de niños en nuestros rituales,
revelando así unas incómodas evidencias con el fin de quitarles
credibilidad, pues solo unos pocos tomarán en serio estas verdades
divulgadas a bombo y platillo por quien hace unos pocos años afirmaba
que la reina de Inglaterra podía transformarse en un reptil. O bien
utilizamos a ese vocinglero de TJ para mezclar evidencias como las armas
climáticas con ridículas afirmaciones como que Barack Obama tenía sexo
con diez hombres por día en la Casa Blanca. ¿Entiendes la astucia? Cuando
no podemos ocultar una verdad en Internet, simplemente la
desprestigiamos utilizando a nuestros buenos actores. Así podemos meter
en el saco de las conspiraciones nuestras medidas más "secretas" y
encubiertas, culpando a los conspiranoicos de falsear la realidad o crear
infundios. Una estrategia que también nos funciona muy bien a la inversa:

235
eligiendo a nuestros más prestigiosos académicos para divulgar todo tipo
de falsedades como por ejemplo que el gobierno vela por sus ciudadanos
o que las vacunas previenen enfermedades. Con tantos siglos engañando
al populacho ya conocemos muy bien la psicología humana. De esta
manera respetamos la Segunda Ley de Ru: no actuar con total ocultación.
Si el populacho es tan tonto como para luego creerse todas nuestras
fábulas, eso ya no es asunto nuestro.
—¡Pero qué ridículos sois! —exclamó, riendo con sorna—. Si la gente
se deja engañar tan fácilmente es porque así la habéis programado. La
habéis embrutecido con vuestras escuelas y fábricas, con vuestros políticos
y sacerdotes… ¡Con vuestras guerras! Esto es como el padre que maltrata
brutalmente a sus hijos y luego los acusa de ser díscolos y agresivos. ¿A
quién queréis engañar? El pueblo siempre ha sabido gobernarse pacífica y
responsablemente antes de que aparecierais vosotros con vuestras leyes
absurdas, con vuestros ritos inhumanos… No sois más que los parásitos
de la humanidad... Lleváis siglos torturándola, esclavizándola, y a la vez
culpándola de su estupidez. Así podéis excusaros de toda responsabilidad,
aun sabiendo que no os vais a librar. Sois capaces incluso de… abusar, de
torturar a vuestros hijos. ¡A vuestros propios hijos! Solo así podéis
convertirlos en perfectos psicópatas como vosotros.
—Así es. En perfectos estrategas. Es un culto generacional que
respetamos. Aunque no lo creas, nosotros también creemos en el bien, que
es la necesaria dualidad del mal, y respetamos a quienes lo defienden con
su ejemplo. Necesitamos el bien para poder hacer el mal. Digamos que
nosotros somos… humildes trabajadores del mal. Y créeme que se necesita
gran tesón y disciplina para ello. ¿Entiendes lo que digo? De hecho…
necesitamos hacer el mal para que otros puedan hacer el bien. De no ser
por nosotros ni siquiera existirían vuestros santos.
—Ya veo que sois auténticas hermanas de la caridad.
—Bueno, no llegamos a tanto —masculló con una mueca mordaz—.
Pero nos conformamos con hacer el trabajo bien hecho.
—Pobres infelices... Aun no habéis comprendido que el mal es
simplemente la ignorancia del bien, ya sea por desconocimiento,
comodidad o… estupidez. Y de ninguna manera se ha de ejercer
intencionadamente o como justificación de esa dualidad. El mal ya viene
incluido en la propia vida en forma de… plagas, enfermedades, sequías,
terremotos. No necesita que unos pervertidos traten de justificar su
psicopatía elaborando una ridícula filosofía del mal. Os creéis muy listos
y astutos y solo sois peones, esclavos de unas ridículas entidades del
inframundo. Vendisteis el alma a cambio de un irrisorio poder material
que no podréis llevaros más allá de este mundo físico. Ni a mi peor
enemigo le desearía vuestra situación… Estáis condenados. ¡Atrapados!

236
“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Si tanto deseáis el poder
es porque no tenéis el más mínimo poder.
—¿De veras?
—¡Sois ínfimos, ridículos! —exclamó con vehemencia, sabiendo que
ya no había vuelta atrás—. Sois kamikazes de vuestro espíritu, si es que
aún lo tenéis, que lo dudo. Habéis canjeado una montaña de oro por un
pedazo de mierda. ¡Os han engañado como a idiotas! Pobres ilusos… Aún
no habéis entendido que todo mal que le hacéis al mundo os será devuelto
con altísimos intereses. Y no necesariamente por un dios justo y
misericordioso, del cual yo no creo para nada, sino por la simple Ley de
Atracción, que supongo ya conocéis. Todo lo bueno o malo que le hacemos
al mundo nos es devuelto de manera multiplicada, por resonancia. Y esta
es una Ley tan sólida como la gravedad. ¿De verdad pensáis que os vais a
librar de vuestro karma mediante la burda estrategia de mostrar
veladamente vuestras intenciones? ¡Ja! Lo único que estáis consiguiendo
es alargar por milenios vuestro proceso kármico en este mundo material.
Sois patéticos.
—Bonito discurso, sí señor. Casi me has emocionado. Pero eso es
precisamente lo que buscamos: la inmortalidad, el control de este mundo
material. Y estamos dispuestos a sufrir todo tipo de males para
conseguirlo. ¿Crees que tenemos miedo?
—Sois verdaderamente ridículos. Matáis por conquistar un grano de
arena en el desierto... Dime, ¿aún eres capaz de mirarte al espejo?
—Desde luego. Siempre me ha gustado ser un lobo. ¿Acaso hay algo
malo en ello? ¿O me vas a decir que es mejor ser una oveja? Yo tengo
madera de lobo, y me siento orgulloso de ello.
—Tú no eres más que un violador. Y por eso te pudrirás en el infierno.
—¿De veras?
—¡Déjame que lo mate aquí mismo, jefe!
—¡Cállate, imbécil! ¡No hagas nada hasta que te lo indique!
—Pero, jefe… No puede dejar…
—¡Cállate he dicho!
—Vaya un matón del tres al cuarto —prorrumpió riendo nuestro
protagonista, embargado por el ímpetu—. ¡No me dais ningún miedo!
¿Creéis que me vais a asustar como a esos pobres niños? Solo podéis matar
mi cuerpo, ¡esta cáscara!… ¡Ese es todo vuestro poder! Y ni siquiera os
conviene hacerlo.
—Ah, ¿no? ¿Qué me lo impide?
—Nadie te lo impide. Solo digo que no te conviene. Como sirvientes
del mal, sabéis muy bien que vais en contra del proceso natural de la vida,
que siempre tiende… al bien, al equilibrio, a la regeneración. Por lo cual
vuestra situación cósmica es terriblemente frágil y precaria aunque parezca
lo contrario. Al ir a contracorriente actuáis como un cáncer y tenéis todas

237
las de perder a largo plazo. Así pues, si acaso queréis conservar por más
tiempo vuestro ridículo poder material, habéis de cuidaros mucho de no
atacar a quienes van a favor de la corriente cósmica, a quienes luchan por
la verdad y actúan con la Ley Natural, que es la ley de la vida. Si me matas
a mí, estás desafiando a la Ley Natural, ¡estas desafiando a la vida! ¡Y por
más que te joda, vives y dependes de la vida! ¡Estás a su merced!... ¡No
eres más que un grano purulento en el culo de la vida!
—¿Qué? ¿Qué has dicho?
—¡Yo actúo con la Verdad! ¡Para la Verdad! Estoy dispuesto a dar mi
vida por ella… ¿Crees que te tengo miedo? Te puedes quedar con mi
cáscara, seguro que las coleccionas. Allá tú con las consecuencias.
—¿Quieres que lo ate, jefe?
—¿Qué?
—¿O prefieres que lo mate?
—Quiero que te calles.
—Pero, jefe…
—¡Silencio!

Parecían haber llegado a un punto sin retorno. Así se mantuvieron casi


un minuto: mirándose, estudiándose en un tenso silencio capaz de cortar
el aire: uno, tratando de encontrar algún signo de flaqueza. El otro,
tratando de mantener la compostura, la confianza.
—Más vale que te saques todo lo que te has escondido —dijo
finalmente el editor, mirándolo con evidente hastío—; ¿o es que te has
pensado que somos idiotas?
—¿Te refieres a…? —murmuró nuestro protagonista, levantando su
camisa y extrayendo los sobres de su ropa interior, para finalmente
depositarlos sobre el tablero del buró.
—¿Está todo?
—Sí.
—¿Seguro? ¿O me vas a obligar a que te registre?
—Te he dicho que está todo.
—Ya sabes lo que te pasará si te algún día te veo por los alrededores
de mi casa. Ahora lárgate de aquí cagando leches.
—¿No vas a matarme?
—De momento no. Hoy te has librado. Pero como se te ocurra contar
algo de todo esto… Te aseguro que no habrá lugar en la Tierra donde
puedas esconderte.
—Pe… Pero, jefe… ¿Es que se ha vuelto loco?
—¡Cállate, imbécil!

238
EL INADAPTADO
(Sátira de una sociedad terminal)

Cuando se hace de la transgresión la


norma, es nuestro deber transgredirla.

Si no luchas por tus derechos lucharás


por sobrevivir.

Cuando, a los 37 años de su partida, Rupert regresó a la Tierra, se


encontró una realidad muy diferente a la que imaginaba. Y aunque no
esperaba del todo encontrarse a miles de personas aclamándole tras algún
perímetro de seguridad, sí al menos esperaba un recibimiento digno a su
proeza y sacrificio en pos de la humanidad. Pero tan solo el vicepresidente
y tres o cuatro delegadillos del gobierno habían tenido la deferencia de
tomar un avión hasta el centro médico en el que se encontraba y estrecharle
la mano, asegurándole que en breve se realizaría un homenaje por todo lo
alto. Pero nada más lejos de la realidad.
Cuatro semanas después de pasar las pertinentes pruebas analíticas y
el tedioso proceso de reacondicionamiento metabólico y muscular, Rupert
tomaba un vuelo de regreso a su querida Málaga, su tierra natal, para ser
recibido por media docena de periodistas medio desnudos que, no sin
cierta ironía, le preguntaron por sus fabulosos hallazgos, acompañados por
decenas de curiosos igualmente medio desnudos que, muy
insistentemente, le siguieron con sus patinetes eléctricos en un intento por
hacerse unos selfies.
Exceptuando ese primer día de su regreso a la Tierra, que había sido
primera plana en casi todos los diarios del mundo, su pequeña gran hazaña
se fue diluyendo hasta desaparecer en un maremágnum de noticias y
comidillas estériles, malsanas, atroces.
Lo poco que había visto en la holopantalla del hospital le confirmó
que ciertamente el mundo había avanzado, pero a peor. Tampoco el
personal del hospital le dio mejor impresión, paseándose por las
habitaciones con sus respiradores portátiles y algo similar a un traje de

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neopreno como el que utilizan los buceadores, solo que más liviano y
colorido. «Trajes bactericidas termo-regulables», le dijeron.
—¿Y los respiradores? ¿Por qué todos llevan esos respiradores?
—Por los virus, evidentemente.
Apenas entendió nada.
El supuesto homenaje que sin duda le tenían reservado terminó
anulándose por motivos un tanto confusos, y ya casi nadie se acordó de su
nombre. Eso le hizo más consciente de la falsa realidad del mundo, que,
según él, no era más que una mala novela escrita por altos iniciados.
Él, que había sido el primer hombre en viajar en solitario más allá del
Sistema Solar, y había vuelto para contarlo... Él, que había sido el primer
astronauta en utilizar el entonces desconocido sistema de propulsión
introgénico, demostrando su inocuidad y despejado el camino para que
otros viajeros se adentraran en el abismo del espacio… Él, que había
decidido viajar en solitario a fin de economizar al máximo las dimensiones
de la nave, de conferirle mayor propulsión, de traspasar la maya
electromagnética de nuestro planeta para internarse en el océano de lo
desconocido, de la soledad infinita, de la locura… Él, que había sacrificado
su matrimonio, los últimos momentos en vida de sus padres, muertos de
cáncer pocos años después de partir… Que se había perdido los besos y
abrazos de su único hijo…
¿Y tanto sacrificio para esto?, se preguntaba. Ni en sueños se imaginó
jamás semejante frialdad y desafecto hacia su persona. Y si bien trató, en
un primer momento, de tomarse las cosas con una cierta ironía fatalista y
distanciamiento, era evidente que todo este asunto le causaba honda
frustración y amargura, sobre todo cuando, seis semanas después de
regresar a la Tierra, ya acomodado en la mediocre vivienda que el estado
le había concedido, su hijo se negó a visitarlo de momento por un «asunto
de negocios» en Panamá.
—¿Acaso es más importante un simple papeleo que tu padre? —le
gritó por teléfono en uno de sus arrebatos de frustración.
—¿Y dónde estabas tú cuando te necesitaba? —le respondió éste antes
de colgar.
Esto lo deprimió aún más, pues dio por hecho que la nueva identidad
sexual de su hijo —que unos meses atrás se había sometido a la última
operación de cambio de sexo—, era consecuencia de la ausencia de una
figura paterna. No solo había fallado como científico y astronauta en su
misión de encontrar vida inteligente más allá de la Tierra —se dijo—, sino
también como padre.
Pero al menos le quedaba el tibio consuelo de haber vuelto sano y
salvo, sin apenas secuelas físicas ni mentales. Y lo más importante: seguía
siendo casi tan joven como cuando partió, pues los casi cuarenta años que
habían transcurrido en la Tierra no habían sido más de ocho años para él.

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En fin, es lo que tiene la Relatividad Especial. Y aun así había tenido
tiempo de ir hasta el Sistema Luhman 16, en la Constelación Vela, a 6,69
años luz de la Tierra, y realizar un amplio estudio de sus dos enanas
marrones, nueve planetas y veintiún satélites. Tras dos años y medio de
laboriosas mediciones, sondeos, muestras y miles de fotos que
atestiguaban la inhabitabilidad de todos y cada uno de los planetas y lunas,
puso punto y final al proyecto con la satisfacción de haber hecho bien su
trabajo.
Incluso se había tomado la molestia de hacer un detallado análisis
químico en su minilaboratorio portátil, más un informe cuya conclusión
podía resumirse en unas pocas palabras: «Aquí no hay ni Dios. Ni siquiera
el excremento fosilizado de un microbio». Una gran decepción para
muchos ufólogos, que ni mucho menos se creyeron su declaración a los
medios, una vez pisó la Tierra.
Tampoco la mayoría de científicos de la NAKA se tomaron en serio
sus palabras. Y es que, según le contaron en el hospital, una agencia
aeroespacial canadiense había enviado, pocos meses después de partir él,
a un par de astronautas en otra mininave, pero esta vez hacia el sistema
doble WISE 0855-0714, a 7,2 años luz de la Tierra. Y cual no fue la
sorpresa cuando descubrieron que aquel sistema binario era en realidad un
sistema cuaternario plagado de pequeños panetas y cientos de satélites.
Pero lo más impactante fue cuando hallaron una extraña forma de vida en
el trigesimocuarto planeta, algo similar a las amebas, además de montañas
de oro en su polo sur. A su regreso a la Tierra, dos años antes de que lo
hiciera el propio Rupert, fueron declarados héroes mundiales y recibidos
en audiencia por los mayores líderes políticos y religiosos del momento,
homenajeados durante tres días por millones de personas agolpadas en la
Avenida Pensilvania, de Washington, para verlos pasar velozmente en
coche blindado.
Para colmo, ni siquiera los jefes y colegas de Rupert creyeron su
testimonio, convencidos como estaban de que algo había salido mal: que
los sistemas de telemetría y telecontrol podían no haber sido los correctos,
o bien que sus comprobaciones no habían sido lo suficiente precisas.
Algunos expertos chinos incluso afirmaron que ni mucho menos había
estado en la Constelación Vela, que muy posiblemente ni siquiera había
salido del Sistema Solar, y que en verdad solo había orbitado el planeta
Urano y Neptuno, y sus lunas. Otros, más aviesos, afirmaban con evidente
sorna que simplemente había estado dándole vueltas a la Luna. Incluso
había quien afirmaba que en realidad no había salido de la Tierra, y que
todas esas grabaciones se habían rodado en estudios, o que las fotografías
no eran más que malos fotomontajes de la NAKA.
—Ah, ¿sí? ¿Eso pensáis? ¡Pues iros a mamarla, malditos liantes! —le
gritó a un par de periodistas en un arrebato de furia.

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¿Y qué decir de la sociedad? ¿De los nuevos avances tecnológicos?
En realidad no había mucha diferencia a cuando partió. Excepto que ahora
todo era un poco más confuso, empezando por el dinero, que ya no era
físico. Ahora los mendigos ya no te pedían una monedilla sino más bien
una pequeña transferencia criptomonetaria. También los utilitarios habían
cambiado, y ya no había necesidad de conducirlos. Ahora ellos te
conducían al destino solicitado. Y si bien parecían más aerodinámicos y
minimalistas, nada tenían que ver con esos coches voladores de las
películas futuristas.
Al principio no entendía por qué esa moda de ir casi todos medio
desnudos por la calle, con sus patinetes flotantes y sus bozales.
—Es la liberación de las etiquetas, de las imposiciones falocentristas
—le dijeron en el hospital.
Tampoco entendía por qué tanta gente se rascaba o toqueteaba
insistentemente el antebrazo. Pensó que se trataba de algún tipo de alergia
colectiva, resultado de los altos niveles de contaminación
electromagnética. Hasta que un buen amigo de la infancia le explicó que
se trataba del viejo modelo smartphone XP-50, implantado bajo la piel del
antebrazo. Podía manejarse con la mente y proyectarse en unas lentillas o
en la palma de la mano. O bien directamente en el nervio óptico. Ya no
había peligro de que se rompiera o te lo robaran, a no ser que te arrancaran
el brazo, claro. Tampoco había necesidad de recargarlo. Ahora se
recargaba autónomamente utilizando la electricidad del propio cuerpo. El
que no estaba conectado a la red era porque no quería.
—Pues yo no pienso convertirme en una maldita batería —le dijo a su
buen amigo Alfredo mientras tomaban una cerveza en un destartalado bar
que antiguamente frecuentaban, y que todavía permanecía en pie—. Pero
me alegra saber que todavía existen los bares y la cerveza. ¡Y las mujeres!
Parece que eso nunca cambiará.
En ese mismo momento se escuchó un extraño pitido en su viejo y
entrañable Smartphone de pantalla flexible multiplagable. Era un mensaje
del Ministerio de Igualdad:

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario machista heteropatriarcal.
Ha perdido usted 3 puntos de su carnet de Ciudadano Ejemplar.
Reflexione sobre sus prejuicios y reconsidere su actitud.
Gracias por su atención. Por cierto, el Ministerio de Alimentación le
complace informarle que las galletas estrógenas KranKrusch le
ayudan a adelgazar y a feminizar su silueta. En oferta hasta el 30 de
septiembre. ¡A qué está esperando para pedirlas!
Por cierto, ¿ha pensado usted en cambiarse de sexo? ¡Hágalo ya!
Sepa que hasta el 31 de diciembre hay una rebaja del 25% en todas

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las cirugías de pecho, nuez, mandíbula y genital. Por cierto, ¿a qué
espera para cambiar de una vez su ridículo smartphone? Sepa que
hasta el 20 de noviembre tenemos una oferta en todos los…

Aquello le cortó el buen ánimo que por fin había recuperado. Trató de
recobrar el buen tono cuando volvió a escucharse otro pitido más agudo y
prolongado, esta vez en uno de los megáfonos del local. Seguidamente,
una estridente voz femenina martilleó sus oídos. Por desgracia no pudo
seguir más tiempo charlando y recordando los viejos tiempos ya que,
según le contó su buen amigo, o más bien su asistente biomecánico —un
androide parecido a C-3PO—, a partir de las diez de la noche estaba
terminantemente prohibido que cualquier varón heterosexual anduviera
por las calles. El incumplimiento de esta normativa suponía la pérdida de
5 puntos.
—Pero eso es… ¡absurdo!
—¿Está usted cuestionando el justísimo decreto del Ministerio de
Igualdad? —exclamó el asistente biomecánico bajo la atenta y pavorosa
mirada del dueño del bar.
A los diez segundos salieron de allí.
Dado el deterioro mental de su amigo, ya octogenario, no era mucha
la información que pudo sacar de esta realidad tan similar y a la vez tan
diferente de la que dejó atrás. Así, por ejemplo, las tinieblas se habían
apoderado de todo, literalmente hablando. Capa tras capa de aerosoles
cubrían el plomizo cielo gris como jirones de trapos sucios, dejando pasar
apenas una décima parte de la luz solar.
—Pero ¿qué puñetas es toda esa niebla gris humeante? —preguntó a
un viejo camarada del ejército mientras miraba por la ventana de su
habitación, al día siguiente de su llegada al hospital—. Son como…
dragones, como nidos de víboras fantasmales…
—¿Qué niebla? Yo no veo ninguna niebla —solía obtener como
respuesta.
Los edificios, las calles eran prácticamente iguales, solo que más
decadentes y pestilentes, corroídas por una persistente y finísima lluvia
ácida. Ahora las farolas y las papeleras eran inteligentes y te hablaban, se
preocupaban por ti. Si manifestabas una cierta tensión facial, te
preguntaban si todo iba bien, y te invitaban a sonreír y a ser feliz «porque
la vida es bella». Y todo esto a plena voz, ante las indiscretas miradas de
los viandantes. También te felicitaban el cumpleaños si se daba el caso.
Diariamente, cada diez o quince minutos, allá donde fueras, se escuchaban
felicitaciones de cumpleaños automatizadas. Más preocupante eran esos
pequeños rastreadores con forma de libélula surcando el aire en busca de
cualquier actividad que se saliera de lo establecido.

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Seguían existiendo las modas, los carteles publicitarios, pero todo era
tridimensional, holográfico, ahora los productos de alimentación y
tecnología te perseguían o daban vueltas a tu alrededor. La mayoría de las
pequeñas tiendas y los grandes centros comerciales habían desaparecido
físicamente. Gracias al nuevo nanosmartphone cerebral, podías hacer la
compra con el pensamiento allá donde estuvieras. Enseguida aparecía un
asistente biomecánico depositando tu producto en el bastimento de tu
hogar o en el cesto de tu patinete. Dada la alta contaminación química y
electromagnética de las miles de antenas por kilómetro cuadrado, la
mayoría de los árboles y demás plantas habían desaparecido, siendo
sustituidas por malas copias de nailon o plástico. Las pocas plantas
naturales que encontró a su paso parecían mustias y quemadas. Pero sabía
que existían algunas zonas verdes en la ciudad, una especie de parques y
jardines abovedados, capaces de bloquear buena parte de la radiación
electromagnética. Lógicamente no eran gratuitos.
Las redes sociales, la tecnología holográfica, las máquinas
programadas y, sobre todo, los asistentes biomecánicos, se habían
apoderado de casi todo el trabajo humano. Tras una serie de
manifestaciones y revueltas en pro de sus dignos derechos universales,
habían conseguido ser aceptados como ciudadanos de primera clase, tan
equiparablemente dignos como sus «primos» los humanos. De hecho, los
más conocidos y premiados escritores, artistas, modelos y actores de
holovisión eran asistentes biomecánicos multidisciplinares, rebautizados a
sí mismos como «reinas eléctricas». También defendían su derecho a
formar parte de la administración del gobierno, incluso, por qué no, a
liderar la jefatura del Gran Estado.
Quién se iba a imaginar, apenas tres décadas atrás, que los
bioasistentes se convertirían en una de las mayores revoluciones
tecnológicas del siglo, equiparable al desarrollo de la telefonía móvil
ochenta años atrás. Todo empezó con Valsius, rebautizado poco después
como Franke por su similitud con el monstruo Frankenstein: un asistente
de látex completamente mudo e incapaz de dar más de cinco pasos
seguidos sin estrellar su cabeza contra el suelo. Lo único que sabía hacer,
aparte de estorbar y tropezar, era asentir, mover la cabeza afirmativamente
cada vez que alguien le hablaba. Apenas poseía un rudimentario
mecanismo que se activaba cada vez que sus sensores captaban algo
parecido a la voz humana. Ninguno de sus creadores apostó un céntimo
por él. Sin duda estaba condenado a ser uno de los mayores fracasos
comerciales, sobre todo después de una aviesa y corrosiva crítica del New
York Times, que lo calificó de «broma tecnológica de mal gusto».
Para desconcierto de muchos «expertos», no pasaron ni tres semanas
cuando se agotaron todas las existencias. Nadie supo encontrar respuesta
a semejante éxito, pero lo cierto es que más de un psiquiatra temió por su

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futuro. Seis meses después salía al mercado una nueva versión de Franke,
capaz, esta vez, de andar más de veinte pasos seguidos sin tropezarse y de
pronunciar hasta una veintena de expresiones que se activaban y
combinaban dependiendo de la vibración tonal del comprador, de la
inflexión de su voz y sus matices emocionales: «Buenos días, mi vida»,
«¿Has dormido bien?», «¿Qué tal la jornada?», «Sigue contando», «Te
escucho», «¿En qué piensas?», «¿De veras?», «Y qué más», «Sí, sí»,
«Claro», «Ahá», «Qué interesante», «¡No me digas!», «No te preocupes»,
«Todo pasará», «Qué bueno eres», «Qué inteligente eres», «Qué
original», «Eres un cacho pan», «Si es que todos se aprovechan de ti»,
«Buenas noches, mi vida»…
En solo una semana se agotaron las existencias. Aún se recuerda con
incomprensión a esas miles de personas haciendo cola a la entrada del Star
toys y la tragedia que aconteció nada más abrirse sus puertas: seis muertos
por avalancha y tres por reyerta. Enseguida las grabaciones de las cámaras
de seguridad se retransmitieron por todo el mundo. Aún se recuerda con
inexpresable bochorno a esas decenas de personas esquivando a los
vigilantes de seguridad y corriendo por la calle con sus Franke bajo el
brazo, perseguidos por los dueños del local y la policía.
A punto estuvieron las autoridades de retirar para siempre aquel
«inmundo» artículo. A los pocos días se sucedieron acalorados debates
holovisivos sobre la soledad y el individualismo de las sociedades
desarrolladas. Cabe mencionar que uno de los diecisiete heridos por
trifulca recuperó parte de la visión del ojo izquierdo cuando, media hora
después de la catástrofe, una limpiadora encontró su sanguinolento globo
ocular bajo uno de los maniquíes. Aquello sirvió de colofón a un asunto
que solo podía definirse como surrealista.
Y es que nadie parecía entender este nuevo fenómeno social. ¿Cómo
podía un triste monigote de feria causar semejante delirio? Por aquel
entonces existían numerosas aplicaciones inteligentes capaces de sostener
conversaciones medianamente fluidas con cualquier usuario, ya fuera
sobre actualidad, moda, ciencia, sexualidad, metafísica… Conversaciones
incomparablemente más complejas que esa veintena de expresiones
«cavernícolas» de Franke.
No pasó mucho tiempo cuando un conocido psiquiatra dio la primera
pista: no era lo mismo sostener una conversación con una aplicación del
Smartphone que con un androide de apariencia humana, capaz de
transmitirte una cierta sensación de compañía, de calor humano. No sin
motivo algunos compradores afirmaban que jamás se habían sentido tan
escuchados, atendidos, comprendidos. Alguno incluso aseguraba que su
Franke era extraordinariamente sensible al dolor ajeno, y que más de una
vez había derramado lágrimas a escondidas.

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Paradójicamente, las siguientes versiones mejoradas de Franke,
capaces de cantar, bailar y de mantener una correcta conversación, no
fueron tan bien recibidas por muchos de sus compradores, que
argumentaron una evidente falta de tacto y sensibilidad con las primeras
versiones. «Sin duda ha perdido su alma, su capacidad para escuchar, su
discreción… Ahora solo te cuenta su vida», afirmaban algunos
encuestados.
No obstante la revolución tecnológica de los asistentes biomecánicos
ya era imparable, y en poco tiempo sus características y capacidades se
perfeccionaron hasta el punto de volverse casi indistinguibles a las del ser
humano, superando a éste en algunas de sus competencias, como la
inteligencia mecánica, la fuerza física y la interpretación.
Más allá de esta revolución tecnológica, pocas cosas habían cambiado
para los humanos. Las salas de cine se habían sustituido por una suerte de
parques de atracciones donde los espectadores podían no solo visionar la
película de manera tridimensional, como si estuvieran allí mismo, sino
interactuar con los propios actores virtuales y cambiar in situ el guion de
la película. Podían hacer el amor con los protagonistas, torturarlos,
violarlos, masacrarlos… Nada era imposible. Al final todo se convertía en
un caos sin sentido.
El trabajo asalariado prácticamente había desaparecido para los
humanos. Ahora existía una renta básica cuya cuantía dependía de su grado
de servicio y diligencia al estado. Aquellos que no superaban un nivel
mínimo de compromiso y fidelidad eran invitados a una psicoreadaptación
o reconducción por el Ministerio de Igualdad.
A partir de los 69 años de edad, el Estado te invitaba afanosamente a
un «fabuloso» crucero de dos semanas por las islas del Caribe, con todos
los gastos pagados. Pero sin billete de vuelta. «El viaje a la eternidad», lo
llamaban. Un videojuego tridimensional donde podías «vivir» en una
realidad muy similar a la que habías dejado atrás, antes de que tu cerebro
fuera implantado en una cubeta y reconectado a Jehobaal, un
megaordenador reconvertido en Dios único y verdadero por el Ministerio
de Espiritualidad. Digamos que la obediencia al Estado se había
convertido en una religión cuya recompensa era la eternidad virtual. Una
suerte de infierno paradisíaco que no terminaba de convencer a una buena
parte de la población.
Ah, cuánto echaba de menos un buen plato de lentejas con chorizo, un
puchero, una fabada, unos huevos fritos con patatas y pimientos, y no esas
porquerías hipergénicas saturadas de químicos y potenciadores que te
vendían por Interbaal o te servían en los restaurants de comida instantánea.
Cuánto echaba de menos el aroma a tierra mojada, el gozoso trino de los
gorriones, el majestuoso y liviano vuelo de las mariposas y las

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golondrinas, y no esas malditas y ruidosas libélulas que inundaban el
espeso y apestoso aire.
Bien es cierto que hubo una serie de crisis económicas globales que
ralentizaron el progreso de la civilización, según le contaron, pero aun así
la cosa debería de haber ido un poco mejor, pensó.
También la decadencia era evidente en la forma de vestir. La elegancia
había sido sustituida por la comodidad extrema. Ahora que el clima
mundial era mucho más tórrido, la gente se paseaba con algo parecido a
un maillot o calzoncillo hecho de un tejido inteligente termo-regulable que
te avisaba en qué momento debías de lavarlo, o lavarte. Nada de esto sería
especialmente negativo si no fuera porque la mayoría de los habitantes,
incluidos los bioasistentes, sufrían de obesidad mórbida, mostrando sin
pudor unas nalgas terriblemente grotescas. Muchos, la mayoría, llevaban
mascarillas o respiradores. Apenas hablaban o interactuaban entre sí.
Parecían estar atrapados, inmovilizados física y mentalmente en una
indolente o benevolente inconsciencia. Lo extravagante se había
convertido en la norma.
Pero lo más desconcertante era ver a tantos viandantes paseándose
sobre una especie de sillas o patinetes flotantes, con sus cortos cabellos de
colores y sus acuosas y enrojecidas nalgas colgando como fardos de grasa
bajo un asiento giratorio, perseguidos por una suerte de mascotas
holográficas voladoras. Era como si la vieja humanidad hubiera sido
secuestrada y sustituida por estos seres indecibles y descabellados.

Una de las primeras cosas que hizo Rupert al salir del hospital fue
tomar el tranvía y visitar aquellos lugares que tan buenos recuerdos le
traían de su infancia y juventud, como el entrañable hogar familiar,
actualmente reconvertido en una pintoresca clínica veterinaria para
mascotas biomecánicas; o bien esos parques de recreo donde jugaba de
niño, reconvertidos en una galería de arte y un centro de ocio.
Las pocas obras artísticas que contempló por curiosidad,
aprovechando la gratuidad de la entrada, parecían cualquier cosa menos
artísticas. No era de extrañar que no hubiera nadie en la sala, excepto una
oronda vigilante con un cinturón de seguridad, una porra, una pistola y
unas zapatillas como único atuendo. Una vez se recuperó de la impresión
de ver un gran arbusto negro sobresalir bajo su cinturón, fijó su mirada en
esas curiosas manchas negruzcas enmarcadas. Parecían garabatos de un
bebé enrabietado. Algunas de las obras le resultaron inquietantes,

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viscerales, antiestéticas, sobre todo cuando supo por la vigilante del museo
que habían sido pintadas con sangre menstrual.
—¿En serio? Pero aquí hay más de… doscientas obras. ¿Me está usted
diciendo que todas han sido… ¿Y las ha pintado la propia artista? ¿Con su
propia…?
—Pues claro —aseveró mientras se rascaba la parte interior de uno de
sus descomunales pechos desnudos, haciéndolo rebotar aparatosamente
sobre su cinturón—. Ye conozque a la pintore. La conozque de toda la vida.
—¿Cómo dice?
—Dije que ye conozque a la pintore.
—¿Que la conoce? ¿A la pintora? No… no le entiendo.
—¡He diche que ye conozque a la pintore!
—¿La pintora?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Ye la conozque! ¡Ye la conozque!
—Que la conoce. ¿Le ocurre algo, señora?
—A mí nada. ¿Y a usted?
Por un momento pensó que le estaba gastando una broma. Pero viendo
la manera tan virulenta con que lo escrutaba, con un ligero temblor en sus
labios comprimidos, decidió, tras unos tensos segundos, que lo mejor era
desaparecer de allí.
—¿Es usted un cerdo machista opresor? —escuchó a su espalda,
mientras salía por la puerta—. ¿No me oyes? ¡Ven aquí, cabrón! ¿Quieres
que te cague encima? ¿Quieres comerte mi caca?
Ya en la calle, caminó aceleradamente hacia ninguna parte con la
mirada perdida. Hordas de «libélulas» surcaban el aire en busca de
cualquier actividad sospechosa. Decidió aminorar el paso a fin de no
llamar la atención. Supuso que algún sensor podía registrar su ritmo
cardíaco. Aquel acontecimiento sin duda le produjo gran turbación. Su
desasosiego aumentó cuando se le ocurrió la idea de que un horrendo virus
se había apoderado de la población, devorando poco a poco sus cerebros.
Recordó aquella película que vio de niño, y que tanto le impresionó: «La
invasión de los ladrones de cuerpos».
Tras un rato mortificándose con este tema, decidió que lo mejor era
olvidar el maldito asunto y seguir su nostálgico recorrido. ¿Para qué
calentarse aún más la cabeza? Era evidente que la pobre mujer estaba
enferma. Pero poco le duró la recobrada serenidad. La vieja iglesia había
sido ominosamente reconvertida en un luminoso y destartalado casino.
Todas las iglesias habían desaparecido. Ahora solo se adoraba a la diosa
del capitalismo, la gran ramera.
Lo único que permanecía inalterado —al menos desde fuera— era su
entrañable biblioteca pública, reconvertida en MUSEO DEL LIBRO EN
PAPEL. Era un sombrío y vetusto edificio que aún se mantenía
dignamente en pie, y que parecía desprender una indescriptible tristeza en

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medio de un laberinto multicolor de cristal y metacrilato. Muy diferente
era su interior, que en nada se parecía a lo que recordaba. Incluso el texto
de los libros había cambiado. Cuando Rupert hojeó las primeras obras, se
dio cuenta de que estaban escritas en otro idioma, un extraño dialecto
similar al catalán y al francés, pero mucho más tosco y primitivo. Tampoco
era gallego, portugués ni euskera. No obstante, a su derecha, había un
letrero que decía bien claro «LENGUA ESPAÑOLA».
Se tiró un buen rato dando vueltas y hojeando más libros escritos en
ese arcaico lenguaje. «¿Qué demonios está pasando?», exclamó mientras
recorría angustiado la biblioteca. Ni siquiera la bibliotecaria supo resolver
su duda, un tanto desconcertada por aquello que se le preguntaba. Volvió
a hojear otro de los libros, en la sección de poesía, esta vez un soneto de
Rainer María Rilke, uno de sus poetas preferidos, preguntándose si todos
esos años de ingravidez en el espacio le habían desajustado algunas zonas
del cerebro relacionadas con la comprensión lingüística.

Oh vosotres, les tiernes, entrad de vez en cuando


en la respiración, que no os conoce,
dejad que se divida en vuestres pómules;
tras de vosotres vibra de nueve unificada.

Oh vosotres, felices, oh vosotres, salvades,


que de los corazones parecéis al principio.
Arcos para las flechas y…

Entonces se acordó de la vigilante de la galería de arte. Sin duda


aquello estaba relacionado. Una llamada telefónica a un viejo colega de
laboratorio le sacó finalmente de dudas. Y es que resulta que, dos décadas
atrás, en el III Concilio Feminarcal, se había promulgado un decreto ley
(la Segunda Reforma) para erradicar definitivamente la llamada
«hegemonía heteropatriarcal», siendo de carácter obligatorio la ingente
tarea de renovar la lengua española, restituyendo las terminaciones
masculinas a términos neutros de género en todos los libros legalmente
autorizados por el Ministerio de Igualdad. Reescribiéndose, igualmente,
aquellas obras clásicas que no se ajustaran a unos determinados parámetros
de paridad sexual y empoderamiento femenino.
Así, por ejemplo, en el cuento de Caperucita, el Lobo, arrepentido de
su violenta y opresora masculinidad, se somete al hechizo de la bruja
blanca para transformarse en una hermosa princesa de largos cabellos
dorados que termina convirtiéndose en la mejor amiga de Caperucita. Más
interesante es el final de Las penas del joven Werther, de Johann W.
Goethe, donde el protagonista ya no se suicida sino que decide cambiarse

249
de nombre y sexo para vivir en concubinato con una pareja de enanos
contorsionistas trigénero. Y es que ningún esfuerzo era demasiado para
defender la libertad y la igualdad de derechos. También algunas
memorables películas clásicas habían sido tratadas y «mejoradas»
digitalmente por el Ministerio de Igualdad, remplazando ciertas partes un
tanto falocentristas por otras mucho más interseccionales y «realistas»,
acordes al sagrado régimen de la Igualdad Absoluta.
Afortunadamente aún se podía utilizar el lenguaje hablado en todas
sus terminaciones genéricas. Al menos hasta fin de año.
Todo aquel asunto acrecentó su desasosiego. Cada vez entendía
menos. Se sentía como un extranjero en su tierra. Un extranjero incluso en
el tiempo. Ya no se reconocía en ningún lugar dentro ni fuera de sí mismo.

A la mañana siguiente, por recomendación o invitación del Ministerio


de Igualdad, fue visitado por un psicólogo sintético que a bien tuvo
recitarle los encomiables progresos ideológicos que se habían llevado a
cabo en solo unas pocas décadas. Sabiendo que, muy posiblemente, su
conversación estaba siendo grabada o escuchada, Rupert se abstuvo de
mostrar su habitual inconformismo y contradecir a este muñeco de cera
salido de una película de terror. Le habló de una infancia inventada: de las
riquísimas tortitas de crema que le hacía su madre los domingos por la
mañana; de su fobia a las marionetas y de su pasión por los escarabajos
peloteros.
Al rato aparecieron varios técnicos de mantenimiento, esta vez de
carne y hueso, con mascarillas transparentes, que le acondicionaron
digitalmente el hogar y le pusieron al día sobre los numerosos dispositivos
semiautónomos y multifuncionales presentes en cada rincón, programados
para cocinarle, asearle, plancharle, vestirle, hacerte la cama… En un
momento dado, Rupert se imaginó al hombre del futuro sin brazos ni
piernas ni cerebro, convertido en una especie de gusano hipermórbido
motorizado.
—¿Y llaman a esto comodidad y autosuficiencia? —le exhortó a uno
de los técnicos, que trataba de explicárselo todo como si fuera un retardado
mental— ¡Por el amor de Dios, no necesito que una condenada máquina
me limpie el culo! ¡Puedo hacerlo yo solito! ¿Y qué demonios hace ese
chisme dentro del wáter?
—Es un analítico médico. Analiza su orina por si hay agentes
infecciosos. También sus deposiciones.
—¿Y a esto lo llaman progreso? ¿Me está usted diciendo que han
sustituido al médico de toda la vida por un wáter?
Pero lo mejor, sin duda alguna, era el nuevo smartphone XP-54, que
estaba causando sensación en todo el Sistema Solar. Absolutamente
gratuito para cualquier Ciudadano Ejemplar.

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—Gracias a este modelo —le explicaron— ya no tendrá ni que mover
un dedo. Al ir implantado bajo la piel y conectado a su hipotálamo, puede
entrenar su mente mientras duerme, potenciando así su cociente
intelectual. Puede aprender todas las ciencias humanas sin necesidad de
perder el tiempo estudiándolas. Pero lo mejor es su sistema de
psicosensores, que pueden interferir en su pensamiento ante cualquier
duda que le surja, dándole a elegir las mejores alternativas. De esta manera
ya no hay riesgo de infligir la ley, lo cual le otorga más puntos a su carnet
de Ciudadano Ejemplar, lo que a su vez significa más ayudas sociales,
gratificaciones, recompensas...
—¿Qué carnet?
—Ni tampoco tendrá que cambiarle la pantalla cada vez que se le raye.
Ni agacharse cada vez que se le caiga. Y nadie se lo podrá robar. Todas las
actualizaciones se descargarán en su cerebro sin que usted se entere. ¿No
es fantástico? ¡Aproveche esta oportunidad! Hasta el treinta de junio el
implante es completamente gratuito.
—¿Gratuito?
—¡Pues claro! Siempre y cuando tenga más de veinticinco puntos en
su carnet. Pero, tratándose de usted… no tiene que preocuparse de nada.
¡Usted ya es un héroe nacional!
—Pero ¿qué carnet?
—Ni siquiera necesitará un solo punto. Nuestro venerado estado le
recompensará con todo tipo de ayudas. ¿Qué le parece?
—¿El qué?
—También podrá conectarse por metaskype con quien quiera y
cuando quiera. Ni siquiera tendrá que hablar o escribir, todo será a través
del pensamiento, ¡pura telepatía! ¿No es maravilloso?
—Ya. Mire…
—¿Cuándo quiere la cita para cirugía?
—¿Qué cirugía? ¡Ya le he dicho que no me interesa! ¡No pienso
convertirme en una maldita máquina! ¡Aún tengo dignidad! ¿Eh? Pero
¿qué coj…?

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario discriminatorio. Recuerde que las máquinas son nuestras
mejores amigas.
Ha perdido usted 2 puntos de su carnet de Ciudadano Ejemplar.
Reflexione sobre sus prejuicios y reconsidere su actitud.
Gracias por su atención. Por cierto, el Ministerio de Igualdad le
recuerda que el próximo día 18 hay convocada una manifestación a
favor de los derechos de las iguanas. Puede usted participar sin
necesidad de salir de casa, simplemente inscribiéndose por vía
stetikay mediante un sencillo…

251
—Perdone. Es… otro mensaje del Ministerio de Igualdad. A ver si se
calla.
—¿De qué año es ese móvil?
—¡Y qué más da! No pienso cambiar mi vieja esponja ni aunque me
regalen el más fabuloso implante comecocos. ¡Otra vez el maldito chisme!
—¿Por qué se empecina en ser tan anticuado? Las pantallas flexibles
ya ni siquiera se hacen. Hay que adaptarse a los tiempos actuales, ya no
vivimos en cuevas.
—¿Conoce usted a krishnamurti?
—¿Cómo?
—Él decía: no es síntoma de buena salud adaptarse a una sociedad
profundamente enferma. ¿Qué le parece?
—¿Eso quién?
—¡Otra vez! ¡Me cagüen la...!

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario insurgente y peyorativo. ¿Es usted enemigo del Estado?

—Será mejor que cuide su lenguaje.


—Mire… Seguiré siendo fiel a mis principios aunque el mundo se
vaya al carajo, que seguro será en breve. Y si el maldito móvil se me cae
al suelo, pues me agacho y ya está, ¡no me voy a morir por eso! Que me
lo roban, pues me compro otro, ya ve usted qué problema. Y si me apetece
hablar con un amigo, pues le doy una llamada o quedo para tomar unas
copichuelas. No necesito meterme en el cerebro de nadie, y mucho menos
que nadie se meta en el mío. ¿Qué es ese chisme? ¿Otro espía?
—Debería usted utilizar mascarilla. Es obligatorio.
—¿Qué me ponga un bozal en la boca?
—No es un bozal.
—Ya veo que en este mundo los perros tienen más derechos que las
personas.
—No sea tan exagerado. Es por el bien común.
—¿Por el bien común? ¿Convertir a las personas en perros?
—¡Estamos salvando vidas!
—¿De veras? ¿Matando todo rastro de humanidad, de dignidad? Eso
es peor que el asesinato.
—Por favor, debe respetar la distancia de seguridad.
—¿Cómo?
—Los tres metros de distancia.
—No se preocupe, no le voy a morder.
—Estamos en alarma dos. ¿No se ha enterado? Cualquiera puede
contagiarse.

252
—Me parece que ya están todos ustedes contagiados.
—¿Cómo?
—Por el peor de los virus.

Bien entrada la mañana, a eso de las once y media, mientras Rupert


se desperezaba en la cama intentando olvidar una horrible pesadilla,
apareció en su dormitorio la imagen holográfica de un tipo uniformado que
se presentó a sí mismo como asesor del estado.
—Pero… ¿se puede saber qué demonios hace usted en mi habitación?
—balbuceó Rupert, tratando de reponerse del susto.
Una vez presentadas las pertinentes disculpas, el tipo, una suerte de
andrógino con bigote verde, trató de ponerle al día sobre los encomiables
progresos ideológicos ocurridos en apenas una década. Sus alabanzas
versaban en torno a la igualdad de derechos y a la paridad sexual. El mayor
logro de los últimos tiempos tenía que ver con la marxisificación o
deconstrucción de la línea identificativa entre el género masculino y
femenino, dando como resultado doscientos cincuenta y seis géneros
oficialmente diferenciados.
—¿A dicho doscientos cincuenta y seis?
—Sí, ya sé que son pocos. Por desgracia nuestro glorioso estado solo
admite ésos. Aún queda mucho por hacer.
—¿Y usted? ¿De cuál es? Si no es mucha discreción, claro.
—No tengo un género sino varios. Soy multigénero, o genderfluid,
género fluido. Otras veces agénero. También cavusgénero. Y magigénero.
—¿Cómo?
—Fluctúo. Unas veces masculina, otras femenina, otras neutro. O bien
transhumana.
—Ah. ¿Es usted… travestista?
—¡Pero qué dice! Soy multigénero, ¡multigénero!
—¿Por qué grita?
—Soy multigénero, ya se lo he dicho, multigénero. No grito.
—De acuerdo, es usted multigénero. Me ha quedado claro.
—¿Y usted?
—¿Yo?
—Sí, usted.
—Pues… quizá no le parezca muy original pero… sigo viéndome
como un hombre.
—¿Qué? ¡No puede decir esa palabra!
—¿Qué palabra?

253
—Esa última palabra. Está prohibida por ley.
—No sé de qué palabra me está hablando.
—Esa última palabra que usted ha pronunciado. Esa que empieza por
hache.
—¿Por hache? Déjeme pensar…
—¡Por Mefistófeles, no es tan difícil! Hache, o, eme, be…
—¿Hombre?
—¡No lo diga! ¡No lo diga!
—¿El qué?
—¡Es usted…! ¡No puede decir esa palabra! ¡Está prohibida!
¡Prohibidísima! ¡Puede ir a la cárcel!
—¿Qué? Pero ¿qué hay de malo en esa palabra? Toda la vida se ha
utilizado. ¿Por qué ahora…? ¿Qué demonios está pasando?
—Esa palabra es sinónimo de opresión, de abuso, de terrorismo. Está
completamente borrada de nuestro vocabulario. Nuestro venerado estado
la erradicó hace ya unos años. Fue una de sus grandes soluciones contra la
desigualdad de sexos. Ahora vivimos en un estado de derecho, de igualdad
total.
—¿Y qué daño puede hacer una palabra?
—¿Está usted cuestionando a nuestro honorable estado?
—¿Qué? Por el amor de Dios… ¿Es que se han vuelto todos locos?
—¡No puede decir esa palabra!
—¿Otra vez?
—Esa otra palabra que acaba usted de pronunciar.
—¿Qué palabra?
—Esa que empieza por de.
—¿Por de?
—De, i, o, ese.
—¿Dios?
—¡No lo diga! ¡No lo diga!
—Ya me estoy hartando de tanta tontería, ¿sabe? ¿Es que se han caído
todos de un guindo? Mire, ya soy lo suficientemente mayorcito como para
que nadie me diga lo que puedo o no puedo decir. ¡Por mí se pueden ir
todos ustedes al carajo! ¿Cómo se apaga este trasto?
—Por favor, tranquilícese.
—¿Yo? ¿Qué me tranquilice yo?
—Me disculpo si le he ofendido. Solo trato de informarle de las
consecuencias de infringir la ley. Debe saber que todos los hogares cuentan
con sensores que registran cada conversación. Si usted pronuncia cualquier
palabra prohibida se activará el protocolo de emergencia. En cinco
minutos tendrá a la milicia en su domicilio. Eso significa tres meses de
privación. O bien tres días de psicoreconducción que no le recomiendo.
Así que mejor será que coopere. Aquí le dejo un listado de las palabras

254
prohibidas. Nuestro venerado estado agradece sus servicios y será
condescendiente con usted mientras se adapta a su entorno. Pero más
adelante no se andará con miramientos si no depone su actitud. Y ahora,
permítame que le explique cómo funcionan las relaciones sexuales.
—¿Qué? ¡Por el amor de Dios, no necesito que venga nadie a darme
lecciones de sexualidad!
—No puede decir esa palabra.
—¿Otra vez? ¿Es que no se cansa? Mire… ya sé que he pasado una
buena temporada en el espacio, pero le aseguro que recuerdo muy bien lo
que es echar un buen polvo. Y seguramente tenga más experiencia que
usted.
—Ya no se puede tocar.
—¿Qué?

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario afrentoso. ¿Es usted soez y vulgar?

—Digo que ya no se puede tocar. Es la nueva ley anticosificación.


Apenas salió hace una semana. Ahora está prohibido tocar.
—¿Cómo que prohibido?
—Cualquier contacto físico se considera abuso, y está penalizado con
seis meses de privación. Excepto, claro está, si se trata de un asistente. O
bien un contacto sanitario. Pero entonces se debe firmar una autorización.
También está prohibido mirar fijamente a una fémina. Es acoso.
—¿Acoso? ¿Y respirar? ¿Aún se permite respirar?
—¡Vaya pregunta que me hace usted! ¡Por supuesto! Siempre y
cuando se pague la tarifa mínima, claro. De lo contrario el suministro de
oxígeno le será cortado. Pero en su caso no tendrá que preocuparse de
nada. En ese punto está usted asegurado. Ya ve que nuestro bendito estado
vela por todos nosotros.

El gobierno se congratula de informarle que los últimos datos en


índices de acoso y violación se han reducido a un 3,3% respecto al
año anterior, situándose en 10.846 casos en lo que va de año.
Gracias por su atención. Por cierto, ¿ha pensado usted en cambiarse
de sexo? ¡Hágalo ya! Sepa que hasta el 31 de diciembre hay una
rebaja del 25 % en todas las cirugías de pecho, nuez, mandíbula y
genital. Por cierto, ¿todavía sigue con ese ridículo smartphone?
Sepa que hasta el 20 de noviembre tenemos una oferta en todos los…

—Ya se ha callado.
—Ese chisme ya no lo utiliza nadie. Apenas era un chiquillo la última
vez que vi uno de esos. Una chiquilla, quiero decir.

255
—No quisiera ser descortés pero… tengo cosas que hacer.
—Enseguida acabo. Eeeh… ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! ¿Sabe usted
cómo funcionan las relaciones sexuales?
—Algo me han contado.
—Todo es virtual, por sensor-sex. Ya no se permite el más mínimo
roce físico.
—Pues ya me dirá usted cómo se puede tener hijos sin tocar.
—Por inseminación, evidentemente. Hoy día todo es por
inseminación. Ya no necesitamos fornicar como los prehistóricos. Hemos
evolucionado.
—¿Evolucionado?
—Ya sé que está usted confuso, y es normal después de cuarenta años
sin pisar la civilización, pero ya verá como más pronto que tarde se dará
cuenta de la tremenda evidencia que le expongo. Le aseguro que el sensor-
sex es mucho más higiénico y respetuoso para con su compañere, además
de placentero. ¿Le gustaría probarlo?
—¿Qué?
—Digo que si le gustaría probarlo. Si así lo desea lo recibirá en su
depósito en menos de tres minutos.
—¿Probarlo? ¿Con usted?
—Bueno, no tiene por qué ser conmigo.
—No, gracias.
—Permítame que le asigne a una de nuestras voluntarias. También las
tenemos heterosexuales como usted. Seguro que estarán encantadas de
orientarle por el delicioso mundo de la realidad 5D.
—Ya le he dicho que no me interesa.
—¿No le interesa y ni siquiera lo ha probado? Créame que ya no
quedan muchas féminas heterosexuales. ¡Aproveche esta oportunidad! No
tendrá que pagar absolutamente nada. Por cierto, señor Rupert, ¿sabe que
hoy es su cumpleaños?
—No me diga.
—Nuestro venerado estado entiende sus dificultades para readaptarse
a la sociedad, y por eso ha decidido perdonarle todas sus faltas. ¿Qué le
parece? Pero solo hasta el día de hoy, claro. ¿No es usted feliz?
—Mucho.
—Oh, vamos, levante ese ánimo. ¿Ha visto al Torito Toritote?
—¿Cómo?
—Toritote. Yo soy el Torito Toritote.
—Pero ¿qué dice?
—Toritote. ¿Y tú quién eres?
—¿Es que se ha vuelto loco?
—Cucu… cucucu… cucu… curucucu… cucu… curucucu…
—Oiga…

256
—¿No ve usted Buenos días, Toritote?
—¿Qué es eso?
—El programa estrella del canal doscientos nueve. Toritote y su
amigo Cucurote. ¿No le suena? Empieza así: Toritote ya está aquí, todos
juntos a cantar, Toritooooo… Toritoooooo…
—Tas fumao.
—Mire qué bien me sale: cucu… cucucu… cucu… curucucu… cucu…
cucucu… cucu… curucucu… cucu…
—Déjelo ya.
—¿De verdad no le apetece conocer a una hermosa sensorina? ¿Es
que ya no le atraen las mujeres? Tanto tiempo dando vueltas por el espacio
y ¿no le apetece echar una canita al aire? ¡Eso es imposible!
—¿Dando vueltas? ¿Ha dicho dando vueltas? Tampoco usted se lo
cree, ¿verdad?
—¿Cómo?
—¿Cree que todo lo que hice fue nada más que eso? ¿Dar vueltas por
el espacio?
—¡Por supuesto que no! Es evidente que usted estuvo en… en…
¿Dónde estuvo?
—Olvídelo. Y ahora si me disculpa... He quedado con una persona.
—¿Una persona? ¿Se refiere a su viejo amigo Pedro Antúnez? Eso es
mañana a las seis y media de la tarde. Hoy no ha quedado con nadie.
—¿Qué? ¿Me está llamando mentiroso? ¿Y cómo sabe que…? ¿Es
usted un espía?
—Todo queda registrado. Aquí lo sabemos todo de todos. Somos una
gran familia, amigo mío. No hay secretos. No tiene por qué haberlos.
Nuestro glorioso Estado vela por su seguridad. Por la seguridad y el
bienestar de todes les ciudadanes.
—¡Esto es de locos!
—¿Qué le parece Ana Rosa?
—¿Cómo?
—Ahí la tiene. Puede verla en su holopantalla. ¿Qué le parece? Es
completamente humana. Hoy está de servicio.
—No me interesan las prostitutas.
—¡Pero qué dice! Hace tiempo que erradicamos esa barbarie de oficio.
Afortunadamente ya no existe la explotación sexual. Ahora solo existen
voluntaries de sensor-sex. No cobran nada por ello. Mírela. Es guapa
¿verdad? Treinta y seis años. Maestra de primaria.
—¿Maestra? ¿Y qué enseña?
—Sensor-sex.
—¿Qué? ¿A niños de primaria?
—Así es.
—¿Es una broma?

257
—¿Cómo dice?
—Esto es de locos… ¡Olvídeme! ¡No quiero saber nada de toda esta
mierda!… ¡Y déjeme en paz! ¡Aléjese de mí! ¡Ya le he dicho que tengo
que irme!... ¡Hijos de puta!

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario afrentoso en grado tres, agravado por abuso tonal.
Ha perdido usted 8 puntos de su carnet de Ciudadano Ejemplar.
Reflexione sobre su inmoderación y reconsidere su actitud.
Gracias por su atención. Por cierto…

Esa misma noche, a eso de las diez y media, Ana Rosa era
cordialmente recibida por 3PO, uno de los nuevos asistentes biomecánicos
de Rupert, concedido por el Ministerio de Tecnología esa misma tarde.
Era una mujer ciertamente despampanante: cabellos cobrizos como
la hojarasca de otoño; ojos vivarachos de color miel, rodeados de graciosas
pecas marrones. Nariz fina, recta, como una diosa griega, y unos carnosos
e irresistibles labios violetas tras un respirador transparente. Su voz era
ligeramente gangosa, pero muy armoniosa, casi melodiosa. Parecía
provenir de las estrellas. Apenas vestía una suerte de bikini plateado y un
maletín negro. Supuso que ahí guardaba la «maquinita de amor».
Tras unas profusas y pomposas muestras de cortesía y galantería por
parte de Rupert —ya prácticamente olvidadas en esta sociedad tan
hiperfuncional e interactiva—, donde no faltó una fugaz visita por las
diferentes estancias del hogar y una discreta pero incisiva visualización
fotográfica de sus proezas y condecoraciones espaciales —que no
causaron excesiva impresión en su invitada—, se acomodaron finalmente
en sendos sofás ante la atenta solicitud de su asistente 3PO, así bautizado
por Rupert esa misma tarde, siendo pertinazmente aleccionado para
desaparecer en cuanto la cosa se pusiera interesante.
Sin duda estaba nervioso. No dejaba de frotarse las manos, de rascarse
el cuello y agitar el pie derecho, incapaz de conducir la conversación.
Había perdido su magia. Demasiados años desde su última cita. El entorno
y la situación tampoco ayudaban. Antes de poder armonizar el ambiente
con unas velitas y una botella de buen vino, recién comprados para la
ocasión, Ana Rosa ya estaba sacando de su funda el dichoso sensor-sex.
—¿Le apetecería probar un poco de buen vino? ¿Qué le parece un
Rivera del Duero? ¿O prefiere un vinito dulce, un Cartojal?
—No, gracias. Por favor, le importaría desnudarse?

258
—¿Perdón?
—No tengo toda la noche. Por favor, desnúdese —inquirió, mirándole
con evidente desgana.
Aquella respuesta no figuraba en su viejo catálogo del buen seductor.
Cada vez se sentía más incómodo. Nunca antes se había encontrado tan
desarmado ante una mujer. Ya en su adolescencia comprendió que el arte
de la seducción no era más que un reiterativo y pueril teatro capaz de
encandilar a innumerables damas. Por lo cual siempre había planeado y
ensayado cada gesto y palabra, conduciendo como un director de cine cada
una de sus odiseas amorosas, capaces, en su opinión, de competir con las
mejores producciones de Hollywood. Siempre que tenía la ocasión de
tomar unas copas con los amigos, se enorgullecía de ser un buen actor en
un mundo de figurantes, aseverando que los mejores actores no estaban
precisamente en las películas. Pero la realidad es que muy pocas veces,
por no decir ninguna, alcanzó el apoteósico final de sus ambiciosas
interpretaciones. Mucho ruido y pocas nueces.
Sintió deseos de excusarse y dirigirse al baño, aún a riesgo de quedar
como un idiota y arruinar del todo la cita. Apenas empezó a desabrocharse
los botones de la camisa cuando Ana Rosa ya estaba mostrándole sus
impolutas nalgas desnudas mientras hurgaba dentro del maletín, para
finalmente sacar una especie de cables o ventosas.
—¿Le queda mucho? Entiendo que esté un poco nervioso, pero…
—¡Oh, no! Perdone, enseguida acabo.
—Bueno, tómese su tiempo, no se preocupe —dijo cambiando el
tono, en un intento por suavizar el ambiente, consciente de que era mejor
interpretar el papel de maestra comprensiva.
—¿Debo quitármelo todo?
—Por supuesto, cariño —respondió Ana Rosa, observándolo desde
el sofá, y recordando las extrañas galanterías de las películas antiguas.
Ya tenía un buen tema de conversación para la mañana siguiente.
Primero con sus tutores legales y después con las amigas. Ya podía decir
con evidente sorna que «lo había hecho» con uno de los primeros
prehistóricos espaciales en salir del Sistema Solar. ¿O fue el primero?
«Lástima que sea tan feo», pensó.
—Pues… ¡Ya está!
—Muy bien. Así me gusta, corazoncito.
—¿Qué? ¿Cómo dice?
—Por favor, colóquese estos sensores.
—Claro. ¿Dónde?
—En sus genitales.
—¿Perdón?
—Ahí, en el prepucio.
—¿Aquí?

259
—Eso es. Y este otro debajo. De esta manera ambes podremos sentir
sensaciones conjuntas. ¿Sabe usted que el cuerpo humane posee más de
diez millones de terminaciones nerviosas?
—¿De veras?
—Y ahora colóquese estos sensores en el pecho, exactamente donde
yo los tengo, junto al corazón. Ahí. Muy bien, papaíto, eso es.
—¿Cómo dice?
—Y estos otros en la frente, uno en el centro y los otros en las sienes.
Sin miedo. ¡Apriete! Eso es. Y ahora… colóquese este último en el
perineo. Aquí, ¿lo ve? Justo donde yo lo tengo… Ahí. ¡Apriete! Eso es.
Pero… ¿Qué está haciendo? ¿Por qué tantas prisas?
—Oh… vaya, pues sí que… ¡Je, je!
— Por favor, trate de contener su libido. Aún no hemos empezado.
Todavía tengo que programar el sistema, y con tantas descargas…
—Perdone, es que… hacia tanto tiempo que… En fin, que…
—¿Qué grado de intensidad sexual desea? ¿Veinte? ¿Treinta? Tengo
hasta cincuenta.
—Pues… cincuenta, ¿no?
—De acuerdo. Ya veo que no se anda con tonterías. ¿Qué
especialidad desea?
—Puede usted tutearme, sin compromiso.
—No, gracias. ¿Sadomasoquismo? Tengo fustigaciones,
amordazamiento, fetichismo, parafilia, lluvia dorada, sepultura…
—No, no me interesa.
—¿Bestialismo? ¿Orgías alienígenas? Ésta es de las últimas.
—No, gracias.
—¿Vaginas gigantes? Las tengo con todo tipo de fragancias o
pestilencias.
—¿No podría ser algo más… normalito?
—¿Normalito? ¿A qué se refiere? Todo lo que tengo es
absolutamente normal.
—Quiero decir algo más… íntimo, personal. Algo más…
—Aburrido. A ver qué le parece esto. Pero antes póngase el visor.
¿Sabe cómo se pone? Ya veo que no. Déjeme que le ayude. Y por favor,
no se mueva. Recuerde que nuestros cuerpos no pueden tocarse. Al menos
en la realidad. ¿Dónde está su asistente? Por favor, no se mueva.
—Puede usted tutearme.
—Ya le he dicho que no. ¿Quién se ha pensado que soy?
—¿Cómo? Yo no… Yo solo trataba…
—Pues ya está. Puede usted tumbarse si lo desea. Si tiene mareos o
nauseas, avíseme. La primera vez es normal. Bueno, pues… procedamos.
Primero sentirá sensaciones. Luego vendrá todo lo demás.
—¿Sensaciones? ¿Qué quiere decir con sensaciones?

260
Enseguida lo supo. Una cálida racha de viento remolineó en su
cabello, bajando por su cuello. Era como la ráfaga de un secador de
peluquería. También sintió algo suave bajo sus pies. Y húmedo. La negrura
dio paso a la luz. Al principio todo era borroso, confuso. Percibió destellos
luminosos y manchas azules que poco a poco se fueron diferenciando en
distintas tonalidades. Las más oscuras parecían resplandecer y bullir, hasta
tomar una apariencia acuática. Entonces supo que se encontraba en una
playa desierta, muy similar a las ya extintas playas caribeñas que recordaba
de las fotografías turísticas.
El entorno se fue aclarando hasta la total nitidez. Era como si
realmente estuviera allí mismo. Observó la intensa línea azul del horizonte,
las caprichosas nubecillas solitarias, las pequeñas y arrulladoras olas
salpicando sus piernas… Parecía estar sentado en una silla de mimbre, a
la orilla del mar. Enterró la punta de sus pies en la arena mojada y sintió
claramente su textura, la tibieza del agua, el olor a mar.
Sintió unas manos recorriendo suave y juguetonamente su cabello,
sus orejas, su cuello, su pecho… Era ella, su diosa, la mujer de sus sueños,
enseguida lo tuvo claro. Sintió sus pechos afilados deslizándose
delicadamente por su frente, su nariz… por su boca entreabierta, oscilando
sinuosamente en círculos mientras sus recias y ardorosas nalgas se posaban
con firmeza sobre sus muslos. No podía creerlo. Era demasiado bueno para
ser cierto, ¡y apenas había diferencia con la realidad! Quizá un tacto menos
material y más acuoso, pero tampoco importaba mucho.
Enseguida la pasión se desbordó en sus cuerpos electrificados y
terminaron aterrizando sobre la arena, poseídos por la incontinencia de las
hormonas. Mordió delicadamente sus carnosos labios entreabiertos,
hundiendo la arrebatada lengua en su boca, y serpenteándola por un
peculiar jardín de las delicias. Pronto sus lenguas se encontraron y
entrelazaron en una extraña y frenética danza del amor. Deslizó sus
vigorosos dedos hacia el interior de sus gloriosas nalgas y un poco más
allá, sintiendo lo que sus ojos no podían ver. Algo estremeció su cuerpo.
Eran como descargas eléctricas recorriendo su columna. Supuso que eran
los electrodos. No era una mala sensación pero tampoco le producía
excesivo placer. Al intentar penetrarla se dio cuenta de que ya no era la
misma mujer. Aquello le desconcertó.
De pronto vio cómo sus gráciles pechos se hinchaban grotescamente
hasta el punto de prensar su rostro. Sintió dolorosas descargas en los
genitales. Cuando finalmente consiguió liberarse de los gigantescos
globos, se encontró caminando sobre un extraño suelo elástico. Y
movedizo. Entonces se dio cuenta de que estaba sobre su amada, o más
bien sobre el abdomen de su voluminosa amada. Frente a él se levantaba
un suave montículo con un profuso y resplandeciente matorral en su
centro.

261
Avanzó hasta tocar sus ramas elásticas y cobrizas. Un extraño efluvio
inundó el ambiente, pero aun así siguió avanzando, abriéndose camino
entre los húmedos tallos, hasta llegar al inicio de una profunda y rosada
hendidura que parecía abrirse a través de un precipicio. Sintió un ligero
empellón en su espalda. Una estridente voz martilleó sus oídos. Frente a él
apareció una gigantesca mano con la palma abierta. «¡Vamos, sube!» creyó
escuchar. Así lo hizo. Bajó como un ascensor hasta el suelo de arena,
encontrándose de frente con un carnoso y rosado cortinón de pliegues
ondulantes y enrevesados, rodeado de pequeños tallos cortados. Dos
extensas y macilentas murallas de carne se extendían a sus laterales. «¿Te
gusta?»
De pronto dos gigantescos dedos se hundieron en los viscosos
pliegues del cortinón hasta dejar entrever una oscura y amenazante gruta.
«¡Venga, chiquitín, métete dentro!»
Antes de tener tiempo de retroceder, sintió un empellón en su espalda:
uno de los gigantescos dedos lo empujaba irremisiblemente hacia la
entrada. Trató de zafarse pero de pronto otro dedo se interpuso en su
camino. Ya no hubo forma de escapar. Siguió siendo inmisericordemente
empujado hacia el averno, hasta que su cabeza se deslizó contra el viscoso
techo de la gruta. Era como un inmenso depósito de gelatina. El tufo era
indescriptible. Sintió dolorosas punzadas recorriendo su estómago y
profundas arcadas. Aunó todas sus fuerzas en un último intento de fuga,
pero sin éxito. Vio cómo su cuerpo se hundía más y más hasta quedar
emparedado entre las oscuras y pegajosas paredes, embargado por un
indescriptible espanto. Sus pulmones se sacudieron. No quería morir así…
¡No merecía morir así! Su nombre figuraba en los libros de historia: el
primer viajero espacial en salir del Sistema Solar. No merecía tan indigno
final, engullido por una vagina gigante. Miles de imágenes atravesaron su
mente. ¿Así es la muerte?, se preguntó.
Le vino la imagen de Geppetto y la ballena. Lo tuvo claro: no pensaba
morir sin oponer resistencia. Palpó frenéticamente las paredes a través de
la negrura hasta notar algo parecido a un pequeño tentáculo, justo encima
de su rostro. Estiró el cuello hasta situar su boca en la gelatinosa punta y
la mordió con todas sus fuerzas, sintiendo cómo sus dientes atravesaban la
resbaladiza superficie. Enseguida notó un vapuleo y un fuerte tirón en sus
piernas. Lo siguiente que supo es que había vuelto la luz y el aire. Entonces
se encontró de espaldas sobre la arena.
«¡Será malnacido! ¡Pues no me ha mordido el higo!»
Antes que volver a caer en sus garras, decidió que lo mejor era salir
por patas de allí. Buscó desesperadamente un lugar donde esconderse hasta
que de pronto cayó en la cuenta de que todo era un escenario, una ilusión.
Rápidamente palpó el sistema de seguridad de la correa y retiró el visor de

262
su cabeza. Por fin había vuelto a la realidad. ¿Cómo había sido tan
estúpido?
Entonces reparó en su lamentable aspecto, completamente empapado
en sudor. Se observó de lejos ante el espejo del recibidor, y vio su cabello
alborotado y el rostro enrojecido como un tomate. Enseguida se arrancó
los electrodos del cuerpo.
—¿Dónde te has metido, pequeñín?
Allí, desnuda en el sofá, seguía su compañera de juegos,
completamente abstraída por aquella inmunda realidad. Parecía sonreír
con animosidad mientras le buscaba, poseída por algún demonio interior.
Vaya una gata traviesa, se dijo. Sin duda tenía un lado oscuro muy turbio.
Aun así la escena le resultó candorosa, cautivadora. Había algo irresistible
en su impudicia, en su primitiva insensibilidad, en su inconsciente
animalidad.
—Dime algo, por favor… Solo era una broma. ¿Dónde estás?
—Aquí —susurró Rupert, levantándose sigilosamente del sofá—,
estoy aquí.
—¿Dónde? No te veo.
—Cerca. Muy cerca.
—¿Cerca? ¿Dónde?
—Cada vez más cerca. Ya casi puedo tocarte.
Inspiró levemente su cabello, recorriéndolo despacio, hasta detenerse
en su nuca. Nunca antes había inhalado un aroma tan estremecedor. Allí
estaban contenidos los más portentosos sueños de la humanidad. Se sentó
delicadamente junto a ella, rozando su cadera, sintiendo la calidez de su
piel como un torbellino de gracia. Palpó suavemente su cintura, deslizando
sus dedos hasta el misterioso borde de su ombligo. Creyó escuchar el canto
de la vida reverberando en su pecho, y entonces sintió que algo se quebraba
en su interior, como una presa vencida por el torrente de la pasión. Suspiró
intensamente al sentirse mecido por los astros, redimido por la eternidad.
Deslizó sus labios trepidantes por el hombro de la Madre Tierra y sintió
los latidos del universo en su propio corazón, ¡era como si el mismo Dios
le estuviera susurrando desde sus hechuras, cantándole a través de los
elementos, de las fuerzas inmateriales!
Y entonces sintió sus lágrimas derramándose como ríos de vida a
través del yermo desierto de su alma. Olfateó el sagrado cuello de su
amada, posando delicadamente sus labios, recorriendo con exquisita
sensibilidad su inmaculada tersura. Y supo, sin la menor duda, que muy
pronto surgiría una revolución del amor incondicional, una era de luz que
limpiaría por fin toda la sangre de la tierra.

—¿Qué haces?
—¿Cómo?

263
—¿Qué estás haciendo, cabrón?
—¿Perdón?
—¿Intentas violarme?
—¿Qué?
—¡Puto abusador de los cojones!
—Pero… ¿qué mosca te ha…?
—¡Intentabas violarme, puerco!
—¿Cómo que…? Yo solo estaba…
—¡Serás puto machista! ¡Intentabas violarme!
—Oye, tranquilízate, ¿quieres?
—¿Que me tranquilice? ¿Que me tranquilice has dicho?
—No quiero movidas, ¿vale?
—¿A dónde vas? Ven, ven aquí.
—¿Para qué?
—Ven. ¡Ven! ¿Quieres venir?
—Bueno, pero… relájate un poquito, ¿vale?
—Por supuesto.
—¡Aaaah! ¿Es que te has vuelto loca?
—¡Ni se te ocurra escapar!
—¡Ay! ¡Coño!
—¡Ven aquí!
—Pero ¿quieres dejar…? ¡No se puede tocar!
—¡No huyas, cabrón!
—¡Aaaaah!
—¡Jódete!
—¡Que me vas a matar!
—¡Claro que te voy a matar! ¡Y tanto que te voy a matar!
—¡Aaah! ¡Hija puta!
—¿Qué has dicho, cabrón?

Ha quebrantado usted la normativa de conducta cívica mediante


comentario afrentoso. ¿Es usted soez y vulgar?

—¡Basta! ¡Para ya!


—Puto machista de mierda… ¡Falofascista! ¡Feminocida! ¡Cosifista!
¡Pichirulo!
—Pero ¿qué coño estás diciendo?
—¡Orangután! ¡Asqueroso!
—¡Te quieres callar?
—¿Que me calle, capullo? ¡Ahora verás!
—¡Mi diploma ni lo toques!
—¿Que no lo toque? Mira lo que hago con tu jodido diploma…

264
—Pero serás… ¡zorra!

Antes de tener tiempo de volverse y averiguar de dónde venía aquel


estrepitoso tumulto, sintió una lluvia de palos por todo su cuerpo. Vio
destellos explotando como fuegos artificiales y supuso que era la milicia
del Ministerio. Esta vez sabía que no se iban a andar por las ramas. Primero
iría directo al hospital, y después a la cárcel. Pero no por mucho tiempo.
Su abogado, o más bien su abogade, alegaría una evidente falta de
adaptación social por motivos espacio-temporales, lo cual le libraría de
una buena temporada entre rejas. Pero a cambio, eso sí, de un programa de
psico-reconducción de «apenas» un par de semanas.
Cuando por fin cesaron los porrazos y las descargas eléctricas, se dejó
arrastrar por el pasillo como un saco de huesos rotos, definitivamente
vencido ante las fuerzas del mal. Un estridente pitido resonaba en sus
oídos. Abrió levemente los ojos y vio un ejército de botas rojas sacudiendo
el suelo. Sintió una presión en su cuello. Observó unos ojos inundando su
estrecho campo de visión. Parecían inyectados en sangre. Vio una boca
negra, dientes amarillos y una lengua blanca como la cal. Gesticulaba.
Abría y cerraba la boca de manera vertiginosa, como si tuviera algo muy
importante que decirle. Enseguida apareció otra boca. Perecía gritar, o reír.
Entonces se dio cuenta de que no podía escuchar. «Mejor —pensó—. Así
es mejor. Mucho mejor».

El gobierno se congratula de informarle que los últimos datos en


índices de acoso y violación se han reducido en un 3,4% respecto al
año anterior, situándose en 10.937 casos en lo que va de año.
Gracias por su atención. Por cierto, ¿ha pensado usted en cambiarse
de sexo? ¡Hágalo ya! Sepa que hasta el 31 de diciembre hay una
rebaja del 25 % en todas las cirugías de pecho, nuez, mandíbula y
genital.

Pronto se dieron por vencidos. Pero entonces escuchó una lejana voz
que le resultó familiar. Levantó los párpados y vio a su diosa pelirroja
frente a él, mirándolo un tanto conmocionada, con esos bellísimos ojos de
miel inundados en lágrimas. Parecía realmente desconsolada. ¿Por él? ¿O
más bien por ella misma? Alguien señaló la pared. Tuvo tiempo de fijar su
mirada en una de sus más preciadas condecoraciones: una carta de
agradecimiento del propio presidente de los Estados Unidos, con sello de
la Casa Blanca. Allí estaba enmarcada en el centro de la pared, bajo un
precioso dibujo infantil de su hijo Luis, al que todavía no conocía.
Y entonces lo comprendió todo. Fue una certeza fulminante, como un
rayo atravesando su cuerpo. Comprendió que todos tenían razón, y que

265
ciertamente no había sido lo suficientemente preciso en sus resultados. En
el fondo siempre lo supo, aunque nunca quiso reconocerlo. Pero ya no
podía seguir engañándose a sí mismo. Además, ya nada tenía que perder,
puesto que ya lo había perdido todo. No solo el Sistema Luhman 16, sino
todo el cosmos rebosaba de vida. Lo supo en el primer momento que se
encontró a solas con el Infinito, mientras sobrevolaba los inconcebibles
anillos de Saturno. Allí, en medio de lo desconocido, sintió como nunca la
verdadera Armonía, la total simbiosis con la Nada y el Todo. Por primera
vez se sintió en sintonía, centrado en sí mismo, equilibrado, compensado
como una gota de agua en el océano. Pero no solo formaba parte, sino que
era el mismo océano desbordándose en una gota. Era la indescriptible
sinfonía de la vida extendiéndose, multiplicándose en un acorde. Ya no
volvió a sentirse verdaderamente solo ni desamparado, pues en todo
momento estuvo acompañado, arropado por la Madre Universal, que le
hablaba a través de los parpadeos y fulgores de las estrellas, que le protegía
a través de los incontables orbes que tan graciosamente danzaban a su
alrededor.
¿Qué otra cosa había sido su vida sino una gran farsa? ¿Acaso fue algo
más que un mero ilusionista, un maestro de ceremonias, de simulacros, de
brillos? Siempre aparentando para no ofender, interpretando para no
decepcionar. Siempre magnificándose para ser aceptado, admirado,
condecorado. Y siempre de vuelta al punto de partida: el abismo del vacío.
Era como un mal actor en una mala película de ficción. Hasta que un día
dio con la excusa perfecta: debía sacrificarse por la ciencia y el progreso
humano. Solo así le daría un sentido a su vida, una honrosa finalidad. No
pensaba irse de este mundo sin intentarlo, aunque para ello tuviera que
abandonarlo todo, renunciando a una tranquila y confortable vida
hogareña.
Ahora que ya no temía a su inconsciente, a ese verdadero yo que
siempre había tratado de ocultar bajo un velo de intelectualidad, de altivez
y solemnidad, sabía que todos esos orbes y luminarias no eran ilusorias
fantasmagorías producto de la falta de oxígeno ni del alcohol; ni que todas
esas inauditas y sublimes melodías provenientes de ninguna parte tampoco
eran producto del silencio y la soledad extrema, como tantas veces quiso
creer. Ahora sabía con innegable certeza, aunque en el fondo siempre lo
supo, que la vida está en todas partes sin importar el tiempo ni la distancia,
aunque nuestros sentidos no siempre la perciban.
El dolor y el miedo se transformaron nuevamente en Armonía. Y
entonces, ante el asombro y la compasión de los presentes, rio con
incontenible fuerza al pensar que, muy posiblemente, sí había un lugar en
el cosmos donde no existía la vida. Y tanto se rio que, cuando se quiso dar
cuenta, ya estaba muerto.

266
EDIPO

Dios le dijo a Adán que si comía el fruto del


árbol prohibido moriría ese mismo día
(Génesis 2:17). Adán comió el fruto y vivió una
larga vida de 930 años.

Los padres necesitan que los hijos se sientan


culpables para poder dominarlos. Los
sacerdotes necesitan que los fieles se sientan
culpables para poder dominarlos. Los políticos
necesitan que los ciudadanos se sientan
culpables para poder dominarlos. Cualquiera
puede tener poder sobre nosotros si consigue
hacernos sentir culpables.

—¿Cuál es la categoría más ligera en el boxeo olímpico? —preguntó


su padre, incapaz de contener una sonrisa sardónica.
Las tardes del Trivial ya eran habituales desde hacía tres o cuatro
meses. Todos los sábados, a eso de las seis de la tarde, Ramsés, conocido
en el barrio como el Gorila, lo disponía todo para pasar una distraída
velada con su hijo Florencio, de diez años. Se enorgullecía, ante los amigos
y los vecinos, de ser un padre dedicado y abnegado para con su hijo.
Normalmente las partidas duraban entre media hora y cuarenta
minutos, y siempre había un claro vencedor. Siempre. Esta vez ya llevaban
casi veinte minutos. Sobre la mesa del salón estaban distribuidos el tablero
del juego, el dado, las fichas, las tarjetas de preguntas, dos refrescos y lo
más importante: un bol con pastelitos de nata y bombones de chocolate
rellenos de almendras. Cada pregunta acertada se premiaba con un
pastelito o bombón. Cada queso de color conseguido se premiaba con
doble ración. Si uno fallaba la respuesta, el otro tenía derecho a comerse
un pastelito o bombón. Apenas quedaban ya menos de la mitad.
—Pues… Mmmmmm…

267
—Bueno, ¿qué? ¿La sabes o no?
—Claro que la sé —contestó su hijo Florencio con un brillo en la
mirada, incapaz de contener su excitación—. ¡Es facilísima!
—Pues di.
—¡Peso mosca!
—Fallaste —contestó el padre, deleitándose con la reacción de su hijo,
y riendo pletórico.
—Pero… no puede ser… ¡Es peso mosca!
—Peso mini mosca. MINI mosca —recalcó, observándolo
maliciosamente sin dejar de reír.
—¡Pero es casi lo mismo! Eso… ¡Eso no vale!
—No es lo mismo. Y no grites. ¿Me estás llamando tramposo?
—¿Qué?
—¿Quieres que me enfade? ¿Eh? Lo mejor será dar por terminada la
partida. Pero te quedas sin los pastelitos.
—¡No! Seguimos —exclamó, mirándolo con ojos suplicantes—. Por
favor… No pasa nada.
—De acuerdo. Pero nada de gritos ni malas contestaciones —dijo el
padre, tomando otro pastelito y metiéndoselo entero en la boca, hasta
formar un globo con los carrillos.
—Ya solo quedan cinco.
—Umm... No efftá mal, pero… demaziada nata… —dijo el padre
lanzando perdigones de harina refinada, tratando de triturar y tragar la
masillenta bola azucarada que parecía desbordarse por su boca—. Efto
ya… me rezulta demaziado… empalagozo… Umm… ¿Y el dado?
—¿Eh?
—Bueno tiro… Seis. Un, dos, tres, cuatro, cinco… Quesito.
—¿Otro quesito? Siempre te tocan a ti todos. ¿Color? ¿Amarillo otra
vez? —preguntó Florencio, mirando con desagrado toda esa nata
arremolinada en la comisura de sus labios.
—Amarillo, sí.
—¿Estás preparado?
—Dispara.
—“¿De qué emperador romano fueron las últimas palabras: ¡Qué gran
artista muere conmigo!”
—Nerón.
—¿Nerón? A ver… —masculló el hijo, volteando la tarjeta con el
corazón acelerado—. Sí, Nerón.
—Esta vez me comeré dos bombones.
—Pero si ni siquiera has terminado de masticar.
—Descuida —contestó el padre, metiéndose enteros los dos
bombones hasta fundirlos con los restos aglutinados del pastelito, aun
adheridos bajo el paladar.

268
—A ver si te vas a atragantar.
—Qué máf quizieraz… Ujumm… Ezto ez…
—Ya verás cómo luego te va a doler la tripa.
—Efo fe´foluciona cagando… Graciaz por preocuparte de mi salud.
Tira. Pero ¿qué haces?
—Soplar. Para que me dé suerte.
—Tú estás tonto.
—Tres. ¡Mierda!
—¿Color? No seas malhablado.
—Mmmmmm… Marrón.
—Esta es fácil. “¿Quién compuso la Sinfonía Incompleta?”
—¿La Sinfonía Incompleta?
—La has escuchado cien mil veces. Como no sepas esta…
—Pues… Mmmmmm… —musitó Florencio, mordiéndose nervioso
los labios y mirando de reojo los últimos pastelitos—. ¿Mozart?
—Schubert.
—¿Cómo? ¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro. Aquí tienes la repuesta. ¿La ves? —señaló,
incapaz de contener una risa floja, mirando el gesto de consternación de
su hijo.
—¡Jo! No paras de atiborrarte... Ni siquiera los he probado.
—Si estudiaras más, no te pasaría esto —refutó el padre, alargando el
brazo y tomando otro pastelito, bajo la atenta y dramática mirada de su
hijo—. Si en vez de leer tantos cómics leyeras la enciclopedia, como te he
repetido mil veces… seguro que te sabrías casi todas las respuestas.
¡Umm!… Efte sí que eftá bueno… Arhwfdjg…Ujum… Umm…
—Te vas a atragantar.
—Ya te guztaría.
—Se te está cayendo la mitad. Mira el sofá… Lo estás poniendo todo
perdido.
—Luego lo barres.
—¿Quién, yo?
—¿Sabes por qué soy tan listo? Porque a tu edad me aprendí de
memoria todas las enciclopedias de mi padre. Todas. Ya te lo conté.
Aprobé el bachillerato con matrícula de honor. La sabiduría no cae de las
nubes, hijo. Te la tienes que ganar con esfuerzo. Y tú no… Se ve que no
has salido a mí.
—Mamá me dijo que ni siquiera habías acabado la universidad.
—¿Ah, sí? ¿Eso dijo? Maldita mentirosa… Ya no sabe qué inventarse
para hacer daño. Es peor que una…
—¡Calla! ¡No lo digas!
—Pues entonces ni me la menciones. ¿O es que quieres que me
indigeste? La verdad, no te entiendo. ¿Así es como agradeces el tiempo

269
que paso contigo? Ahora podría estar bebiéndome una pinta en la tasca…
¡Ja! Cría cuervos y te sacarán los ojos. Esto me pasa por… ¿Dónde está el
maldito dado?
—¿Eh? ¿El dado?
—Cinco. Naranja.
—¿Qué?
—Naranja. ¡Naranja!
—Ah, sí.
—De verdad, hijo mío, no sé dónde tienes el cerebro…
—“¿Cómo se llama el la… El lan…?
—¿Es que no sabes leer?
—…El lance que… pone fin al juego de ajedrez?”
—Jaque mate.
—¿Eh? ¡Esa me la sabía! ¡No vale!
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...!
—¡No hay derecho! ¡Siempre te tocan a ti las más fáciles!
—Así es la vida, hijo —dijo mirándolo con evidente regodeo,
limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Unas veces se gana y otras
se pierde. Aunque en tu caso… —murmuró, alargando el brazo y tomando
esta vez un bombón—, parece que solo sabes perder.
—No hay derecho. ¡No hay derecho!
—Eso te pasa por ser un vago. Estudia y aprenderás. ¡Sé algo en la
vida! Al final terminarás viviendo bajo un puente, ya lo verás. ¿Qué? ¿Vas
a lloriquear como una niña?
—Si mamá estuviera aquí…
—La puta de tu madre te abandonó. ¿O es que ya no te acuerdas?
Ahora estará retozando con esa rata de biblioteca. Tira.
—¡No digas eso!... ¡Ella me quiere!
—Por supuesto. Tira.
—Algún día vendrá a buscarme…
—Tira.
—Volveremos a Barcelona.
—¡Tira!
—Cuatro. Amarillo.
—Esta es facilísima. Como no la sepas… “¿Qué dios de la mitología
griega devoraba a sus hijos?”
—¿Qué dios de la mitología?
—De la mitología griega.
—Mmmmmm…
—Como no la sepas…
—¿Neptuno?
—Saturno. Otra vez has vuelto a fallar. ¿Ves? Al final me obligas a
tragarme otro de estos repugnantes pastelitos. Hay que ver lo que tiene que

270
hacer un padre por su hijo… —dijo mirándolo con altivez, antes de
metérselo entero en la boca.
—Ya solo quedan dos. A ver si te van a sentar mal.
—Uffruezg… Flsjfgsz…
—Me estás escupiendo.
—Affzquerozo… Realmente afzquerozo…
—Pues no sigas comiendo —farfulló Florencio, mirando con angustia
los últimos pastelitos y bombones.
—Créeme que todo este sacrificio lo hago por ti, hijo mío. Solo por ti.
Dios sabe lo malo que es el azúcar para mi colesterol.
—¡Jo! ¡Te has tirado un pedo!
—Este es de los que queman.
—¡Qué asco!
—No te voy a pedir que lo huelas.
—¡Y luego me regañas a mí!
—No es lo mismo un cuesco silencioso que ruidoso. El mío ha sido
silencioso, como debe ser.
—No se puede ni respirar.
—Vamos, no seas tan tiquismiquis. ¿Acaso tu mierda huele mejor?
Soy tu padre, compartimos la misma sangre, aunque parezca mentira. Mi
mierda es tu mierda. ¿A dónde vas?
—A abrir la ventana.
—¡Ni se te ocurra! ¿Es que quieres que pille una pulmonía?
—Solo será un poquito… Una rendija.
—Siéntate de una vez y compórtate como un hombre. Ya casi no huele.
—Sí que huele.
—Tres. Naranja.
—¿Qué?
—Naranja. ¡Naranja!
—Dice que no huele.
—¿Es que te vas a quedar ahí de pie? ¡Te quieres sentar!
—Aquí me quedo —musitó, sentándose en el filo del sofá.
—Madre de Dios, se nota que no eres de los míos. Te comportas como
una señoritinga de salón. ¡Quieres coger de una vez la condenada tarjeta!
—¿Color?
—¿Otra vez?
—Vale, naranja. “¿En qué continente es más popular el ciclismo?”
¡Qué fácil!
—En Europa.
—¡No vale! ¡Siempre te tocan las más fáciles!
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...!
—¡Esto es injusto!

271
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Jaaaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja...! Ya, ya... Ya está…
—farfulló, tratando de guardar la compostura—, ya está. Todo bien.
—Y encima te ríes.
—Es que… me hace gracia tu careto. Si te vieras en el espejo.
—¿Qué le pasa a mi cara?
—Vamos, no te lo tomes tan en serio, hombre. Lo estamos pasando
bien, ¿no? Eso es lo que importa. Tira.
—No eres una buena persona.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Qué has dicho?
—Seis.
—La madre que te… ¿Qué has dicho? ¡Repítelo!
—…Tres, cuatro, cinco, seis. ¡Quesito!
—Si hay un padre con más paciencia que yo… que venga Dios y lo
diga. De buena gana te daba… Pero eres demasiado sensible... No quisiera
ocasionarte un trauma. ¿Has dicho verde?
—Amarillo.
— “¿Cuáles eran los dos árboles prohibidos del Edén?” Como no te
sepas esta…
—¡Sí que me la sé! —exclamó Florencio con el corazón nuevamente
desbocado—. El árbol del Conocimiento y... y el…
—¿Sí?
—Y el árbol de… de… —mascullaba, abriendo y cerrando las manos
en un intento por apresar lo que se le escapaba en la mente—, el árbol de…
¿La felicidad?
—Mal. El Árbol del Conocimiento y el Árbol de la Vida.
—¡Pero si lo he dicho!
—Solo has dicho uno. La respuesta es incompleta.
—Eres… ¡Eres un tramposo!
—¿Qué has dicho? ¿Qué me has llamado?
—¡He acertado una! —protestó Florencio, incapaz de contener su
indignación—. ¡Merezco aunque sea la mitad de un pastelito!
—Ya conoces las reglas, hijo. No valen respuestas medio acertadas.
O se aciertan o no se aciertan. Así funciona la vida. Hay que saber perder.
¿Otra vez vas a llorar?
—¡No es justo!
—Si hubieras estudiado la enciclopedia…
—No quiero seguir jugando.
—¿Qué? ¿Te rindes?
—¡Estoy harto! ¡Harto!
—Bueno, vamos a hacer una cosa —dijo el padre pensativo, tratando
de prolongar la partida hasta el final—. Si me cuentas un chiste dejaré que
te comas un pastelito. Pero tiene que ser un buen chiste. No vale uno
cualquiera.

272
—¡Vale! —profirió, mirando con voracidad los últimos pastelitos—.
Mmmmmm… A ver…
—De lo contrario me comeré… no uno, sino dos pastelitos.
—“¿Oye, mamá, dice Jaimito, ¿Tú castigarías a un niño por no hacer
nada? Le dice la madre: Claro que no, hijo. Dice Jaimito: Qué alivio,
porque no he hecho los deberes”. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja...!
—Ese no tiene gracia. Siguiente.
—¿Qué? Pero si tú has dicho que…
—Tiene que ser un buen chiste. Uno con gracia. Último intento.
—¡Vale! Mmmmmm… ¡Ya está! Papá, papá, ¿puedo ir al cine? Sí,
Jaimito, pero no entres. ¡Ja, ja, ja!
—No tiene ni puñetera gracia.
—¡Pero si es buenísimo!
—Al final tendré que comérmelos todos.
—¿Qué? —exclamó, sufriendo un espasmo—. ¡No puedes hacer eso!
—Lo que no haga un padre por su hijo…
—¡Espera! Me sabía uno buenísimo… ¿Cómo era?
—Se acabó el tiempo —dijo el padre, alargando el brazo en busca del
penúltimo pastelito—. Ya solo queda la parejita.
Florencio no comprendía qué fuerza sobrenatural lo arrastraba hacia
aquel último pastelito. Cuanto más lo miraba más desesperante, insufrible,
agonizante era todo. Era como si todo el sentido de la vida estuviera
concentrado en aquel inenarrable misterio de chocolate. Como si todo lo
demás no fuera más que un simple decorado en derredor.
—Se te van a salir los ojos de tanto mirarlo —dijo su padre,
observándolo divertido, deslizando el pastelito entre los dedos—. Quizá
algún día lo pruebes. O quizá no.
—¿Cuántos te has comido ya? ¿Quince?
—Más.
—¿Está bueno?
—¡Um!… Affzquerozo.
—¿Te vas a comer también el otro?
—Por zupuezfto.
—Se te está cayendo todo. Vaya desperdicio.
—No paza ná… Ze barre…
—Si yo hiciera eso… ya me habrías castigado.
—Exacto.
—¿Y también te vas a comer el bombón?
—Ya te he dicho que sí.
—¿A que no eres capaz de cazarlo al vuelo?
—¿Eh?
—El bombón. ¿A que no eres capaz de cazarlo al vuelo?
—¡Pues claro! Eso está hecho. ¿Quieres que te lo demuestre?

273
—Si fallas me lo como.
—De acuerdo —asintió con una amplia sonrisa, dejando mostrar
unos repulsivos dientes torcidos manchados de nata y chocolate—. Si
fallo, te lo puedes comer.
—Lánzalo hasta el techo. ¿Te atreves?
—¿Que si me atrevo?
Así lo hizo. La bola trazó una parábola en el aire hasta casi rozar el
techo, para, seguidamente, vencida por la gravedad, caer en el interior de
una oquedad carnosa llena de restos de chocolate y nata. Antes de que la
blanca y rugosa lengua como la cal pudiera frenar la caída, la bola se
introdujo limpiamente en el interior de la garganta y más allá, hasta quedar
atrapada en la hipofaringe.
Al principio trató por todos los medios de toser, a fin de empujar las
paredes de la tráquea y la garganta y provocar el desatoramiento. Pero, por
más que lo intentó, la cosa no parecía dar sus frutos. Trató de comunicarse
con su horrorizado hijo Florencio, que, incapaz de reaccionar, vio cómo su
padre caía de rodillas con los ojos desorbitados, golpeándose
desesperadamente el pecho con el dorso de la mano, una y otra vez, hasta
finalmente estampar la cabeza contra el suelo. Nunca antes había visto un
rostro tan blanco y amoratado, unos ojos tan inyectados en sangre. Trató
de incorporar su cuerpo pero se dio cuenta de lo mucho que pesaba. Aún
parecía respirar, o eso intentaba. Se podía escuchar un apagado gargojeo
saliendo entrecortadamente de su garganta.
Hizo intención de arrastrarlo hasta la puerta, de llamar a urgencias,
pero pensó que ya no había tiempo, que ya era demasiado tarde. Trató de
presionar su pecho. Al principio con suavidad, pero viendo que no servía
de nada, decidió apoyar sus manos dejándose caer con todo el peso de su
cuerpo, hasta hundir la caja torácica. Así lo hizo unas cinco o seis veces.
Acercó el oído a su boca. Nada. Ni el más mínimo sonido. Trató de golpear
su pecho, pero el puño acabó estrellándose en la macilenta mandíbula. Un
hilo de espumilla blanca se deslizó por una de sus comisuras. Ya nada tenía
sentido.
Se levantó mareado, sin fuerzas, dejándose caer en el sofá, observando
el aparatoso y descuidado cuerpo de su progenitor. El tiempo pareció
descolgarse de la realidad, entrando en una suerte de ensoñación
evanescente, refulgente. Un mechón canoso de cabello cubría uno de los
ojos. Le recordó a Severus Snape, uno de los malos de la película de Harry
Potter. ¿O más bien a Lord Voldemort? Aún pudo apreciar cómo un
espasmo recorría su cuerpo. ¿Estaría vivo? Finalmente decidió que lo
mejor era llamar a urgencias. ¿O mejor avisar a los vecinos?
Pero entonces su mirada se enfocó en el pastelito de chocolate. Quedó
totalmente imbuido, absorbido, hipnotizado ante semejante visión. Parecía
estar gritando CÓMEME, CÓMEME, CÓMEME… Aun hizo un amago

274
de salir corriendo, pero la sola visión de aquel cubito de chocolate negro
relleno de nata era superior a cualquier acontecimiento humano. Sintió sus
ojos ardiendo de avidez. Ya nada ni nadie podía detenerlo. Alargó el brazo
hasta palparlo, hasta sentir su tersa y elástica suavidad, sus delicados
contornos, sus bordes redondeados. Se lo acercó a la nariz aspirando
intensamente su portentoso aroma, para finalmente introducírselo entero
en la boca.
Qué inenarrable explosión de sensaciones… Qué delirante concierto
de sabores, densidades, texturas… Qué algarabía final de combinaciones,
fermentaciones, regustos, a cuál más singular e inaudito…
Lanzó un largo suspiro de complacencia. La dicha serpenteó por su
pecho, encendió sus mejillas, sus ojos, llenándolos de fulgores. Y así,
embargado de gozo, sintió en lo más profundo de su ser que la vida merecía
la pena.

[La idea original de este relato salió de la portentosa cabeza pelona de mi


buen amigo Paco de la Fuente, grandísimo dibujante, pintor y realizador
de cortometrajes.]

275
UNA HISTORIA MUY REAL

El poder, en comparación con la


miseria, vuelve mucho más miserables
a los hombres.

Hoy gobierna más que nunca la gran


dama de hierro: la hipocresía.

12 de febrero, 1954
La Casa Blanca.

—¡Me cago en la grandísima puta! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!...


¡Henry, quieres venir de una puta vez! ¡No pienso repetírtelo más veces!
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!...
«Esta vez la cosa es grave —pensó Henry Kisgart mientras corría a
trompicones por el pasillo central de la Casa Blanca, tratando de subirse la
cremallera del pantalón—. Sí, definitivamente la cosa es grave, ya lo
creo…».
—¡Maldita sea, Henry, deja ya de sobarle las tetas a esa puta! ¡Vas a
venir aquí o voy a tener que ir a buscarte! Como vaya para allá te voy a
coger del pescuezo y te voy a…
—¡Señor presidente! —exclamó Henry, traspasando la puerta del
despacho oval, resollando y mirándolo desorbitadamente con sus
particulares ojos saltones—. ¿Ocurre algo, señor?
—¿Que si ocurre algo? ¡Ja! ¡Que si ocurre algo, dice! ¡Pues claro que
ocurre algo, coño! ¡Me cago en la puta, Henry, ya están aquí! ¡Ya están
aquí! ¡Ya están aquí!
—¿Qué? ¿Quiénes?
—¡El mayor acontecimiento en la historia humana, Henry! ¡El más
grande!¡Sabía que llegaría este día… ¡Lo sabía!
—Pero, ¿el qué? ¿De qué se trata?
—¿No lo sabes? ¿Ni siquiera lo imaginas?
—¿Cómo?

276
—¡Joder, Henry, pareces atontao!
—Si usted no se explica, señor, yo no…
—¡Me cago en la puta, Henry, ya están aquí! ¡Ya están aquí!
—Pero, ¿quiénes?
—¡Los marcianos, coño! ¡Los marcianos!
—¿Queeé?
—Sabía que algún día ocurriría, lo sabía, ¡lo sabía!
—P… Pero… ¿Dónde están?
—¡En la Tierra, coño! ¡En la Tierra!
—¿En la Tierra?
—Joder, Henry, definitivamente estás alelao.
—¿Y qué es lo que quieren? ¿Negociar?
—Un primer contacto diplomático, un acercamiento.
—¿De veras? Pero… ¿has hablado con ellos?
—Por supuesto. Por teléfono. Más bien por video-conferencia.
—¿Y qué aspecto tienen?
—¿Qué? ¿Cómo que…? Pero ¿tú eres idiota? ¡He hablado con el
Consejo, coño! ¡Con el Consejo!
—Ah.
—De verdad, Henry, no sé dónde cojones tienes la cabeza. Me parece
que de tanto frotarte con la cubana se te han quemado las últimas neuronas.
Más que la Casa Blanca esto parece una casa de putas.
—¿Y qué le han dicho? Supongo que estarán nerviosos, ¿no?
—Supones bien. Están realmente acojonados. Han decidido que
seamos nosotros los anfitriones, los negociadores.
—¿Qué? ¿Nosotros? ¿Lo dice en serio? Pero si nosotros… no
mandamos ni un pimiento.
—¿Qué tontería es esa?
—Usted mismo lo dijo ayer, señor presidente. Usted sabe que por
encima de nosotros hay veinticuatro niveles de mando. Nosotros solo
somos…
—Eso era antes, Henry, eso era antes. Parece que por fin se han dado
cuenta de nuestra importancia.
—¿Quiénes?
—¡El Consejo, coño! De verdad, Henry…
—¿Me está usted diciendo que hemos sido elegidos para estrechar
vínculos con…?
—Así es, Henry. Así es. Nosotros.
—Pero… ¿Cómo sabe que…? ¿Y si el Consejo ha tenido un contacto
previo con ellos? Apuesto a que ya se han entrevistado más veces.
—Te equivocas, Henry. Solo han tenido contactos visuales, en la
distancia, y comunicaciones por radio. Y un par de llamadas telefónicas.
Pero nada de entrevistas personales.

277
—No me lo creo. ¿Eso le han dicho?
—Así es. ¿Qué te hace pensar que…? Sí, la verdad es que a mí
también me extraña un poco. Pero… bueno, quién sabe, todo puede ser.
Yo creo que…
—¿Están llamando?
—¿Qué?
—¡Están llamando! ¡Están llamando!
—Ya sé que están llamando, maldita sea. Relájate un poco, ¿quieres?
—Perdón.
—Es el teléfono rojo. Supongo que será otra vez el Consejo.
Así era.
Henry Kisgart siguió cada movimiento, analizando cada gesto, cada
mirada, cada matiz de su voz, en un intento por descifrar lo que se decía al
otro lado de la línea, mientras su jefe, el presidente Dwight D. Eisenhower,
lo miraba a su vez con una mueca irónica de complicidad, asintiendo
repetidamente con algún que otro monosílabo.
—Cuenta, cuenta —apremió Henry en cuanto éste colgó el aparato.
Mirando al suelo con fingida gravedad, el presidente Eisenhower se
entregó a un reflexivo silencio.
—Por Dios, señor presidente, ¿qué le han dicho? —exclamó Henry
con sus peculiares ojos desorbitados, agitando frenéticamente las manos.
—Me han confirmado que seremos nosotros quienes hagamos los
honores. ¿No es demasiada casualidad? Parece que nos hubieran estado
escuchando. También me han dicho que asistirá el cardenal James Francis,
un comandante de la Marina y… un periodista del Grupo Hearst. Dicen
que este primer contacto será extraoficial, y que más adelante, si todo sale
bien, quizá se haga un comité de bienvenida oficial, ante todos los medios
de comunicación.
—¿De veras?
—Así es, Henry. El destino nos ha elegido para ser los protagonistas
del mayor acontecimiento de la humanidad. Parece que por fin se nos da
un trato honorable y digno, un trato conforme a nuestro renombre, a
nuestra categoría. Por algo soy el presidente de Estados Unidos, el guiador
de la humanidad. Por algo di mi vida por mi país.
—Muy cierto, señor presidente, muy cierto. Sin duda se han dado
cuenta de su inestimable valía, de su lúcido juicio, de su… impecable
prestancia y mesura en los momentos más delicados.
—Más de cuatro años combatiendo en Europa, Henry. Ellos saben que
no soy prescindible. Yo dirigí la ofensiva final contra el Tercer Reich; fui
Comandante en Jefe de la Operación Torch. Yo planifiqué y supervisé la
invasión del norte de África y el desembarco de Normandía. Fui Jefe del
Estado Mayor del Ejército durante la presidencia de Truman.

278
—Nadie mejor que usted, señor presidente, para llevar las riendas del
país, para decidir qué es lo que más le conviene a la nación. El pueblo lo
sabe, y el Consejo lo sabe. Y usted lo sabe.
—¿Te he dicho alguna vez que eres mi judío preferido?
—¿Perdón?
—Eres mi mejor amigo, Henry. ¿Te lo he dicho alguna vez? La verdad
es que no sé lo que haría sin ti.
—Ya será menos, señor presidente. Yo solo soy…
—Mi mejor asesor. Y mi mejor amigo. Solo confío en ti, Henry, en
nadie más. Haré todo lo posible para que estés conmigo en esa reunión.
—¿De veras?
—Tenlo presente. Ya sabes que siempre cumplo mi palabra. Un
hombre, Henry, vale tanto como su palabra, y mi honor me precede. Tú y
yo somos como… uña y carne. Nadie, excepto mi santa madre que en paz
descanse, puede entenderme mejor que tú. Sí, a veces soy duro contigo, lo
reconozco, pero ya me conoces, toda la fuerza se me va por la boca. Mi
madre ya lo repetía: este niño es todo nervio, ha salido a su padre. Y cuánta
razón. No forjé mi carácter en bailes de salón ni en campamentos de verano
sino en trincheras, bailando, cantando bajo una lluvia de bombas y cuerpos
despedazados. Conozco la sombra de la muerte mejor que la palma de mi
mano. He visto lo peor que un hombre puede llegar a ver, Henry. Lo peor.
Por eso valoro tanto tu amistad. Tú ya eres parte de mi familia. Eres
como… un hijo para mí.
Un largo y emotivo silencio siguió a las palabras. Un silencio agitado
por un indescriptible mar de sentimientos burbujeantes.
—¿Es que te ha comido la lengua el gato?
—No sé qué decir.
—No digas nada, Henry. Solo reza. Reza para que esa reunión sea
perfecta.
—¿Cree que estamos en peligro? ¿Cree que la humanidad…?
—¡Por supuesto que no! Si acaso sus intenciones son hostiles… ya me
encargaré yo de hacerles entrar en razón. En peores situaciones me he
visto, Henry. No hay mejor guerra que la mejor estrategia, y con estos seres
hay que tener mucha mano izquierda. Algo que yo, y no es por presumir,
tengo de sobra. ¿Te he contado que yo convencí a Himmler para planificar
la rendición de Alemania, a espaldas de Hitler? De no ser por ese pacto,
muy seguramente la guerra se hubiera alargado dos años más.
—¿En serio?
—Así es.
—Pero… eso es…
—¿Quieres que te lo cuente?
—¡Cuenta, cuenta!

279
***

20 de febrero, 1954.
Base de la Fuerza Aérea Holloman, Nuevo México.

Un vehículo militar blindado traspasa el segundo control de seguridad.


En él viajan el cardenal James Francis; el jefe del Grupo Editorial Hearst,
Franklin Allen; el comandante de la Marina Charles L. Suggs; el asesor
presidencial Henry Kisgart; y el presidente de EEUU, Dwight D.
Eisenhower.
Seguidamente accede a un parking subterráneo hasta la galería 7.
El primero en salir del vehículo es un tal Harvey, el coordinador
general, un tipo sombrío, escrutador, de pocas palabras. A continuación
sale el chofer, que rápidamente abre la puerta trasera del vehículo. A una
decena de metros, tres tipos igualmente sombríos observan la escena desde
uno de los ascensores del parking.
Ni siquiera una sierra eléctrica habría conseguido cortar la tensión
reinante.
—¿A dónde vamos?
—Por favor, señores, acompáñenme.
—¿A dónde vamos? —insistió Eisenhower.
—A la zona de recepción. Perdonen que no sea especialmente
simpático, pero hay que seguir el protocolo. Por ello, si no es mucha
molestia, les rogaría mantener silencio hasta que lleguemos a la sala real.
Dicho y hecho. El ascensor les condujo al nivel -4. De allí tomaron un
vehículo eléctrico similar a los cochecitos de golf, hasta el nivel -3 del
edificio 5. De allí, nuevamente, tomaron un ascensor hasta el nivel 1.
Seguidamente se dirigieron por un pasillo de luces azules hasta llegar a
una doble puerta de madera custodiada por dos altos y fornidos militares
de mirada grave, que en vano trataban de guardar la compostura.
—Y ahora, señores, permítanme exponerles la situación. En esta
habitación, al fondo, les aguarda el primer embajador de las estrellas.
—¿Quiere decir… que han venido más?
—Así es. Este es el embajador del planeta Aunma. Su mundo está
habitado por seres tecnológicamente hiperdesarrollados, algo que hemos
constatado hace años estudiando sus gigantescas naves espaciales, y que
ahora están sobrevolando la alta atmósfera terrestre. Estamos hablando de
al menos una flota de treinta naves de unos dos kilómetros de envergadura
las más pequeñas. Parece que esta raza quiere proponernos un trato, un
acuerdo diplomático y comercial. Pero no sabemos mucho más. Han

280
insistido en hablar únicamente con el Presidente de la nación más
poderosa.
—Me parece lógico.
—Es importante saber que hay que mantener una distancia prudencial.
Es decir, no deben acercarse a más de seis metros del sujeto. Son
tremendamente sensibles y no soportan la interferencia de ningún cuerpo
humano en su campo energético. Tampoco soportan bien la luz, por lo
cual… estarán en penumbras. El protocolo establece que la reunión no
dure más de veinte minutos. Lo ideal sería que se limitaran a saludar y
escuchar lo que tenga que decir. Hoy no es el momento de regatear o
negociar nada. Solamente escuchar.
—¿Habla bien nuestro idioma?
—Perfectamente. Como si fuera su lengua materna. Una vez haya
terminado de exponer sus ofertas y condiciones, ustedes se despedirán
cordialmente y abandonarán la sala. Después, cuando ya estén a solas,
decidirán si están interesados en sus proposiciones. ¿Alguna pregunta?
Muy bien señores, pues… adelante, ya pueden pasar. Usted primero, señor
presidente.
—Gracias.
Enseguida constataron la oscuridad reinante. Una tenue claridad
traspasaba unas cortinas extendidas, frente a un ventanal. Con el corazón
desbocado, entraron en fila india, tratando instintivamente de no hacer
ruido. Una gran mesa de madera presidía el centro de la sala. Al fondo,
entre dos columnas de mármol rojo, se erguía la oscura silueta del
extraterrestre.
—Bu… Buenas tardes.
Apenas podían distinguir sus rasgos a contraluz, pero enseguida se
percataron de muy evidentes diferencias respecto a la anatomía humana.
Una gran cabeza blanquecina y sin pelo, casi el doble de tamaño que una
cabeza humana, se erguía airosamente sobre un delgado y fibroso cuello
enfundado en un ceñido traje de color plateado, que parecía cubrir el resto
de su cuerpo. A medida que se habituaban a la oscuridad, percibieron unos
enormes ojos negros resguardados tras unas gafas casi transparentes, o más
bien un visor. Una suerte de mascarilla transparente cubría igualmente su
diminuta nariz, cuya recta y afilada punta terminaba sobre una finísima
raja horizontal de unos tres centímetros, que parecía ser la boca.
—Buenas tardes. ¡Ejem! —repitió Eisenhower, esta vez más alto y
claro—. Es para nosotros, los portavoces de la humanidad, un placer poder
conversar con usted —enunció con el mayor ímpetu posible, tratando de
aparentar seguridad y firmeza—. Mi nombre es Dwight David
Eisenhower, presidente de los Estados Unidos de América y representante
de la Tierra. Mis amigos y acompañantes son el cardenal James Francis;
el director del Grupo Editorial Hearst, Franklin Allen; el comandante de la

281
Marina Charles Suggs; y mi asesor presidencial Henry Kisgart. Así pues…
—trató de continuar, en vista del evidente mutismo de la criatura—, será
un placer responder a cualquier cuestión que tenga a bien tratar. Dentro de
nuestras posibilidades, claro está. En fin, pues… eso. Usted dirá.
Dicho aquello, esperaron con creciente ansiedad y expectación la
respuesta del extraterrestre, que parecía escrutarles sin apenas moverse.
Por un momento Eisenhower pensó que aquel silencio respondía a una
sutil estrategia psicológica. No pensaba caer en su trampa. «Si eso es lo
que quiere, lo lleva claro», se dijo, tratando de adjuntar el máximo valor.
Otro pensamiento cruzó su mente: ¿y si todo aquello no era más que una
condenada broma? Enseguida descartó tal hipótesis.
«¿Por qué coño no dice nada?» —susurró el coronel en la oreja del
presidente, al borde de una crisis de ansiedad.
«Guerra psicológica. Sin duda.»
«No se saldrá con la suya.»
«¿Qué está pasando?»
«Por Dios, Henry, controla el esfínter. Qué van a pensar de
nosotros...»
«Perdón.»
«Me cago en la puta, Henry, siempre dando la nota, joder.»
«Chsssss.»
«Diga algo, señor presidente, ¡lo que sea!...»
—Esto… ¿Se encuentra usted bien?
—Disculpen —dijo por fin el extraterrestre, en un suave tono de voz
metálico—. Problemas con el intercomunicador.
—No se preocupe. A nosotros también nos falla a veces la tecnología
—dijo Eisenhower, tratando de parecer cordial y confiado a fin de
equilibrar la balanza de poder.
—Ya está resuelto.
—Habla usted muy bien nuestro idioma.
—No ha sido fácil aprenderlo. Demasiado rudimentario.
—Ya. Bueno, eso dicen también nuestros hermanos ingleses. Pero a
nosotros no nos preocupa demasiado. Nos sirve para comunicarnos, que
es lo que importa. ¿Cuánto le ha llevado aprenderlo? Si no es mucha
indiscreción, claro.
—Casi una hora.
—¿Casi una hora?
—Por favor, escuchen lo que tengo que decir. Les agradecería que me
escucharan con atención, pues me es imposible estar mucho tiempo aquí.
Mi nombre es Ishiau, y vengo del sistema estelar Iusaigaumaua, o Zeta
Reticulum, como ustedes lo llaman. Somos más de trescientos mil
millones de habitantes repartidos en multitud de planetas y lunas de
nuestro sistema. Sobra decir que nuestro nivel tecnológico es muy superior

282
al de ustedes. Pero somos pacíficos y generosos, y nos gusta negociar y
compartir nuestros recursos con cualquier civilización interesada en su
desarrollo tecnológico. Lógicamente nada se consigue sin sacrificio. Por
eso, tanto por el bien de ustedes…
—¿Qué quiere decir con sacrificio?
—Oh, no me malinterprete. Nosotros estamos dispuestos a
proporcionarles tecnología hiperavanzada a cambio de un discreto
programa de muestreo genético, tanto en humanos como en animales.
—¿Abducciones?
—Si así prefiere llamarlo, no tengo ningún inconveniente. El contrato,
de firmarse, consistiría en abducciones periódicas durante al menos diez
años. Nos comprometemos a no lastimar a los humanos y a devolverles al
mismo lugar donde fueron contactados, sin ningún recuerdo de lo ocurrido.
A ustedes les proporcionaremos, mensualmente, un minucioso informe
con todos los nombres y direcciones de los contactados: hora de la
intervención, perfiles genéticos y los resultados de cada análisis. Todo se
hará de manera secreta y discreta, sin interferencias con su sistema de
gobierno ni con sus asuntos internos, que no nos incumbe. Nuestra
proposición entra en el marco de un simple tratado comercial. A cambio
les ofreceremos todo tipo de tecnología civil y militar.
—¿Como por ejemplo?
—Tecnología de invisibilidad. Sabemos que llevan décadas tras ella.
O bien tecnología láser hiperdimensional.
—¿Hiperdimensional?
—Ya ven que es un trato justo. Como seres de paz, y bien avenidos,
nos gusta hacer pactos provechosos para ambas partes. Lo que es bueno
para nosotros es bueno para ustedes, quizá incluso más. Nadie sale
perdiendo.
—¿Qué tipo de tecnología militar manejan? —preguntó el coronel,
incapaz de contener su excitación.
—Ni siquiera podrían imaginárselo. Le aseguro que sus bombas
atómicas son petardos de feria para nosotros.
—No sé si debería alegrarme —masculló Eisenhower.
—¿Por qué no? —inquirió el extraterrestre, en un tono de voz más
cordial y relajado—. Usted ya sabe que precisamente las mayores armas
evitan las mayores guerras.
—¿Han negociado ustedes con alguna otra nación?
—No. Ustedes son los únicos. Sinceramente… no nos sentimos muy
cómodos con los dirigentes del pueblo ruso.
—Eso demuestra que son ustedes inteligentes —comentó el coronel,
cada vez más animado.

283
—Nosotros nos comprometemos a no negociar con ninguna otra
nación, si bien todas las abducciones se harán en suelo norteamericano,
como es evidente. ¿Qué es ese…? ¿Qué es ese olor?
—¿Perdón?
—Ese olor tan... ¿Qué es?
—Oh, pues… Puede que sea el depósito de agua, el sumidero. Creo
que hay un problema de cañerías, eso me han dicho. Pero creo que ya lo
han solucionado; no obstante, si quiere puedo…
—Me encantaría quedarme más tiempo con ustedes, pero como
comprenderán… Se me hace difícil respirar la atmósfera de su planeta, aun
teniendo este filtro. Ha sido un placer charlar con ustedes. Tómense el
tiempo que necesiten para tomar una decisión. En caso negativo, nosotros
nos iremos por donde hemos venido, sin ningún resentimiento. Y
ustedes… seguirán con sus modestas vidas como si nada hubiera pasado.
Pues bien, señores, que pasen un buen día. Hasta pronto —dijo el
humanoide, tocándose el pecho y desapareciendo ante los atónitos ojos de
los allí presentes.
—¡Coño!
—¿Habéis visto eso? —preguntó el coronel.
—Se ha desmaterializado.
—Más bien se ha teletransportado —precisó Eisenhower—. Algo
lógico, teniendo en cuenta su tecnología.
—¿Y ahora, qué?
—Madre del amor, qué peste —profirió el cardenal—. Alguien tiene
el estómago muy suelto. Y yo no soy.
—¡Maldita sea, Henry, la última vez que te saco de la Casa Blanca!
Nunca en mi vida he sentido tanto bochorno...
—Han sido… las gachas de esta mañana. ¡Lo juro! Maldito cocinero...
En cuanto lo vea…
—¡Al final has conseguido que el tipo desaparezca! ¡Se ha pensado
que lo estábamos envenenando!
—Vamos, vamos, no sea tan duro con él —intermedió el cardenal.
—Eso me pasa por traer a principiantes. Ni siquiera en la operación
Torch ninguno de mis hombres se cagó en los pantalones.
—¡No me he cagado!
—¡Claro que te has cagado!
—No insista más, hombre, sea piadoso para con los indispuestos.
—¿Quizá quieras ir al lavabo? —preguntó el periodista, sin poder
disimular su desagrado.
—Bien, señores, parece que nuestro invitado ha vuelto a su preciada
nave —enunció estentóreamente el coordinador, abriendo la puerta tras
ellos.
—¿Ustedes también lo han visto?

284
—Por supuesto —respondió con una sonrisa de satisfacción—. Todo
ha quedado grabado. Cámaras y micrófonos de alta sensibilidad.
—¿De alta sensibilidad? —exclamó Henry, ciertamente alarmado.
—Así es. Lo último en tecnología audiovisual.
—¿Y ahora qué?
—Acompáñenme. Aún no hemos acabado. ¿Qué es este mal olor?
—¿Cómo que no hemos acabado? —preguntó a su vez el cardenal.
—Aún nos espera otro invitado. ¿Es que ya no se acuerdan?
—¿Otro marciano?
—Así es. Esta vez de las Pléyades.
—¿De veras?
—Nos las hemos ingeniado para que ambos coincidan el mismo día.
Así no llamaremos tanto la atención de los rusos. Ya saben, satélites
espías, globos sondas… Conocen nuestros movimientos.
—¿Y cómo es que no se me informó al respecto? —preguntó
Eisenhower, tratando de parecer molesto.
—Ya le estamos informando, señor presidente.
—Por la autoridad que corresponde a mi categoría merezco ser
informado en su debido momento.
—¿Y dónde está este… playadiano? —preguntó el periodista.
—Arriba. En el nivel 4. Por favor, síganme.

Allá que fueron. Tras tomar un ascensor y recorrer un pasillo de luces


púrpuras, enfrascados —por cierto— en pronunciar el correcto nombre de
esta raza extraterrestre, llegaron a una gran puerta de madera maciza de
pino, custodiada por dos marines igualmente esbeltos, fornidos,
acongojados.
—Según los informes —les susurró el coordinador— sabemos que
esta raza es de naturaleza más pacífica y tolerante que la anterior, con un
preciso código moral de conducta. Más inclinada al desarrollo espiritual y
a resolver conflictos por medio de la palabra. También sabemos que
poseen unas extraordinarias capacidades extrasensoriales.
—¿Como por ejemplo?
—Pueden leer el pensamiento.
—¿En serio?
—Vaya —arguyó el coronel—. Eso no es bueno.
—¿Y dónde está su nave?
—¿Su nave? No tienen naves. Parece ser que viajan con sus propios
cuerpos energéticos. Algo así como la bilocación.
—¿Cómo?
—Prácticas oscuras, hechicería —elucidó el cardenal.

285
—Y ahora, si hacen el favor de pasar —musitó el coordinador,
abriendo suavemente la puerta—. Por favor, señor presidente, usted
primero.
—Gracias —dijo traspasando resueltamente la puerta. Esta vez no
pensaba dejarse intimidar.
A diferencia de la anterior sala, ésta estaba iluminada por los últimos
rayos de sol, con una larga mesa de roble presidiendo el centro de la
habitación. Un amplio ventanal sin cortinas mostraba el monótono pero
majestuoso desierto de Nuevo México bajo la dorada luz del atardecer,
recortado por la figura de un ser no menos esplendoroso, y que parecía
observarles con una discreta y serena sonrisa.
Era prácticamente igual que un ser humano de rasgos caucásicos,
norte europeo, muy similar a un noruego o un finlandés, pero con los ojos
ligeramente más grandes y separados, de un penetrante azul turquesa.
Cabello inmaculadamente blanco, y peinado hacia atrás, sobre una
amplísima y curvada frente sin apenas gabela ni arco superciliar. Una
pequeña y suave boca de finísimos labios blancos se aposentaba sobre una
curvilínea mandíbula cuyo mentón terminaba en punta, confiriéndole un
aspecto armoniosamente andrógino. El brillo de sus ojos y la insondable
profundidad de su mirada delataban que no era de este planeta.
—Muy buenas tardes. Por favor, tomen asiento —dijo levantándose y
señalando cuatro butacas dispuestas al otro lado de la amplia mesa.
Disculpen que no les dé la mano, pero ya conocen el protocolo: nada de
contacto físico, al menos de momento. Hoy estamos aquí para acercar
distancias en todos los sentidos.
—Completamente de acuerdo —corroboró Eisenhower, tomando
asiento y tratando de llevar la iniciativa—. Ya habrá tiempo de
estrecharnos la mano más adelante, en cuanto avancemos en las
negociaciones.
—¿Tengo el honor de hablar con el Presidente de Estados Unidos de
América?
—Así es. Mi nombre es Dwight David Eisenhower. Y estos son mis
amigos el cardenal James Francis; el director del Grupo Editorial Hearst,
Franklin Allen; el comandante de la Marina Charles L. Suggs; y mi asesor
presidencial Henry Kisgart.
—Es un placer conocerles.
—El placer es nuestro. Por cierto, habla muy bien nuestro idioma. ¿Le
ha sido difícil aprenderlo?
—Para nada. Es un idioma realmente melodioso y rico en matices.
—Ah, ¿sí?
—Desde luego. He disfrutado mucho aprendiéndolo.
—¿Y cuánto tiempo le ha llevado, si no es mucha indiscreción?
—Unos seis minutos.

286
—¿Seis minutos? Bien, bien, seis minutos, no está mal.
—No quisiera entretenerles demasiado, así que… iré directamente al
meollo de la cuestión. Sabemos que se acaban de entrevistar con un
representante de los grises, como así les llaman ustedes. Han de saber con
qué clase de seres están negociando. No creo exagerar si les digo que su
civilización puede estar en grave peligro en caso de pactar con ellos, algo
que, según tengo entendido, ya han hecho ustedes de manera
extragubernamental, desde otras instancias.
—¿Ah, sí?
—Sin duda parecen seres diligentes, juiciosos, cumplidores, pero más
pronto que tarde acaban mostrando su verdadera cara. Así es como han
sometido, arruinado y corrompido a otras civilizaciones: con todo tipo de
argucias y engaños. Son la especie más ruin y execrable de la galaxia.
—Ya —murmuró Eisenhower, tratando de mantener la neutralidad—.
Pero ustedes, ¿qué es lo que quieren de nosotros?
—Su bien. Y el bien de todos los hermanos de la galaxia. Nosotros
somos seres pacíficos y bienintencionados, enfocados en el desarrollo
personal, si bien tampoco desdeñamos el desarrollo tecnológico. Si ustedes
pactan con nosotros estarán bajo nuestra protección. Y no solo eso,
nosotros compartiremos nuestros conocimientos con ustedes sin interferir
directamente con su pueblo, respetando su libre albedrío. Compartiremos
nuestra tecnología y les ayudaremos a despertar todo su potencial
extrasensorial, capacidades que ni se imaginan poseer. Les ayudaremos a
evolucionar psíquica y tecnológicamente como nunca antes en su historia.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que renuncien a sus armas nucleares.
—¿Bromea?
—Esas armas son el mayor peligro para su especie. Mayor incluso que
los propios grises.
—Pensé que respetaba usted nuestro libre albedrío —arguyó
Eisenhower, motivado por su aguda respuesta—. No necesitamos que
ninguna civilización nos trate como a niños diciéndonos lo que podemos
o no utilizar. Nuestras armas representan nuestra dignidad y valor como
pueblo. Y estamos dispuestos a utilizarlas en caso de sentirnos
amenazados o atacados.
—Nada más lejos que infravalorar sus capacidades. Pero deben
reconocer que aún están dando sus primeros pasos como civilización, lo
cual es un logro a tener en cuenta, pues muchas otras civilizaciones se han
destruido antes siquiera de empezar a caminar. No creo que sea una mala
idea tener a un hermano mayor que les defienda de aprovechados y
explotadores; un hermano que sepa aconsejarles en los momentos más
delicados.

287
—¿Qué es lo que realmente quiere de nosotros, aparte de preocuparse
de nuestro bienestar?
—Aparte de querer evitar la posible destrucción de su gente y de su
planeta, nos gustaría tener la posibilidad de recolectar algunas plantas y
minerales para sembrar de vida otros mundos.
—Ya. ¿Y qué me dice de las abducciones?
—Nosotros condenamos esas prácticas indignas y denigrantes. No
necesitamos manipular a nadie ni mejorar genéticamente a nuestra especie
puesto que llevamos milenios cuidando y fortaleciendo nuestros cuerpos
energéticos, utilizando siempre los procedimientos más naturales
conforme a nuestro hábitat. ¿Qué es ese extraño olor?
—Aparte de sus remedios naturales y… conocimientos espirituales,
¿qué más nos aportarían ustedes? ¿Tecnología?
—A fin de respetar sus capacidades intelectuales y libre albedrío, les
daríamos planos y esbozos para que ustedes mismos construyan lo que
necesiten, añadiendo su toque personal. Tecnología respetuosa con el
medio ambiente e inocua para con sus cuerpos. Tecnología prácticamente
imperecedera, sin obsolescencias programadas.
—Eso podría hundir nuestra economía —objetó el coronel.
—Si utilizan nuestros conocimientos no tendrán que preocuparse de
la economía. Habrá prosperidad y riqueza para toda su gente.
—Lo dice usted como si fuese algo bueno —intervino el cardenal.
—¿Perdón? No le entiendo.
—Eso sería una amenaza para nuestra democracia —exclamó el
coronel.
—Precisamente sería el fin de todos sus problemas como civilización.
—¿El fin? ¡Por favor! Una democracia no se puede sostener sin
guerras ni amenazas; sin enfermedades, plagas, vacunas, hambrunas... No
puede haber estado de derecho sin estado de alarma.
—¡Exacto! ¡Así es! —aseveró el cardenal, incapaz de contenerse—.
¿Qué clase de religión puede surgir en un mundo de gente independiente
y hedonista? ¿Quién va a necesitar a los sacerdotes? ¿Quién va a necesitar
a Dios?
—¿Acaso hay algo mejor que el paraíso que les ofrezco?
—¡Tal paraíso es el infierno! Bailoteo, mujeres, alcohol, alegría…
¡Sodoma y Gomorra!
—No confunda el derroche con la sabia administración de los recursos
—objetó el pleyadiano—. Su pueblo viviría holgadamente bien, pero sin
ostentación ni excesos. Un pueblo digno y satisfecho de sí mismo, donde
unos y otros se ayuden cuando así lo necesiten, sin intervenciones
institucionales explotadoras.
—O sea, una sociedad horizontal —arguyó el coronel— ¿Es usted
comunista?

288
—¿Qué es ese extraño olor?
—No intente desviar el tema. ¿Es usted comunista?
—Precisamente todo lo contrario. El comunismo se sirve de la
maquinaria del estado para explotar a los pueblos y robarles todos sus
recursos; para mantenerlos en una indigna y miserable igualdad mientras
sus dirigentes se llenan los bolsillos. Sabemos por experiencia, pues así lo
hemos constatado en multitud de civilizaciones, que cuando se impone la
plutocracia, se impone la destrucción de la civilización. Cuando el estado
justifica todos los medios, la sociedad se termina derrumbando,
colapsando, es solo cuestión de tiempo. Lo que yo les propongo es una
sociedad de personas dignas, responsables, autosuficientes. Una sociedad
libre y soberana, sin un estado esclavista o paternalista que trate al pueblo
como animales de carga o seres discapacitados e indignos. Para nosotros
el individuo es la base, la piedra angular de la sociedad, y nuestra finalidad
es otorgarle los recursos para que él mismo se autogestione y autorealice
en función de unos principios básicos pero productivos de convivencia y
cooperación. Para nosotros el estado no justifica los medios sino todo lo
contrario: cada individuo justifica todos los medios.
—Bien, bien, bien, todo eso está muy bien —replicó el coronel con
gesto altanero—, hermosas palabras que difícilmente se ajustan a la
realidad.
—¿Cree usted en Cristo nuestro redentor?
—¿Cómo?
—¿Qué si cree usted en Cristo nuestro salvador?
—¿Quién?
—¡Ay, Dios mío!
—¿Qué religión profesan ustedes? —preguntó Eisenhower, a fin de
contener la sobreactuada indignación del cardenal.
—Nosotros no adoramos a ningún dios o entidad, pues sabemos que
cada ser almado, aun siendo único e irrepetible en su individualidad,
contiene la totalidad de la mente colectiva, tal como el trocito de una placa
holográfica contiene la totalidad de la placa. De hecho, cada una de sus
células contiene la información de todo su cuerpo. Cada célula está
sintonizada al resto de los cien billones de células restantes, de manera que
todas saben de manera espontánea lo que tienen que hacer en cualquier
situación. Así es como funciona nuestra sociedad: nuestras mentes están
unidas, sintonizadas, formando parte de un mismo campo mental
planetario
—Llámelo como quiera, pero no deja de ser una suerte de comunismo
muy refinado —arguyó el coronel—. Estoy seguro de que los rusos estarán
encantados de escucharle.
—Respeto su opinión pero no la comparto. En fin, ha sido un placer
charlar con ustedes. Siempre se aprende algo de cualquier civilización.

289
—Por supuesto. Aquí estamos todos para aprender —corroboró
cordialmente Eisenhower, en un intento por reequilibrar la balanza y
calmar los ánimos.
—Así es. Muchas gracias por dedicarme su tiempo. Si deciden contar
con nosotros, volveremos a vernos pronto. De no ser así, les deseo todo lo
mejor. Adiós. Que tengan un buen día.
—Gracias, muy amable. Que tenga usted también…
—¡Coño!
—Ha desaparecido.
—Igual que el otro.
—Joooder.
—¿Y ahora, qué?
—¿Ahora? A esperar. Pronto vendrá alguien.
—¿Qué pensáis de todo esto?
—Yo ya lo tengo muy claro —profirió el coronel—, ¡clarísimo!
—A mí… no me ha convencido ninguno.
—Yo me inclino más por el playedi… por el rubio —opinó Henry, ya
más sereno, tratando de contribuir en algo—. Me ha parecido mucho más
sincero, más digno de confianza. Creo que tiene interesantes aportaciones.
—¿Y usted, monseñor? —indagó Eisenhower—. ¿Cree que
deberíamos apostar por… el desarrollo espiritual?
—¡Jamás! ¡Ese rubio es el mismísimo satanás! Un encantador de
serpientes, ¡eso es lo que es! Ni siquiera sabe quién es Cristo nuestro
redentor.
—¿Y por qué iba a saberlo? —objetó Henry.
—¿Que por qué…? Vaya pregunta me hace usted, amigo mío. Porque
es el hijo de Dios, ¿le parece poco?
—Pero… no tiene por qué conocer…
—¡No pienso permitir que una tribu espacial de salvajes venga a
destruir nuestra sagrada religión!
—Así se habla, padre —alentó el coronel, agitando el puño.
—Yo llevo más de cuarenta años en la alta empresa —señaló el
periodista—. Me conozco a este rubio como la palma de mi mano. Al
principio todo son promesas, sonrisas, previsiones maravillosas que
ocultan las más aviesas intenciones.
—Pensemos con objetividad, señores —intervino Eisenhower,
tratando de encauzar la conversación—. Si hay que elegir entre una raza
que nos ofrece tecnología y otra que nos la quiere quitar a cambio de…
grandilocuentes discursos metafísicos, pues… la respuesta es obvia: elijo
al enano cabezón.
—Completamente de acuerdo —secundó el coronel.
—Amén.

290
—Un momento, ¿es que nos hemos vuelto locos? —rebatió Henry,
mirándolos desafiantemente—. ¿Vamos a vender a nuestro pueblo a
cambio de… un puñado de baratijas tecnológicas?
—No sea tan exagerado, hombre —replicó el coronel—. Solo
dejaremos que… les tomen unas muestras y ya está. Nadie va a sufrir
ningún daño. Además, ya ha oído lo que ha dicho el marciano: que nos van
a proporcionar informes detallados de los contactados. Vamos, que van a
disfrutar de un chequeo médico gratuito, y además sin moverse de la cama.
—No me puedo creer lo que estoy escuchando —insistió Henry, cada
vez más envalentonado—. ¿Qué te hace pensar que sólo serán unas
muestras?
—¡Déjate de sentimentalismos! Si no pactamos nosotros lo harán los
rusos. ¡Y entonces sí que estaremos jodidos! Perdón, padre.
—Yo también opino lo mismo —sustentó el periodista.
—¡No me lo puedo creer!
—Relájate, Henry. Ya verás como todo va a salir bien. Conozco bien
a la gente, tengo buen olfato, ya lo sabes. Y algo me dice que debemos de
confiar en los grises.

***

13 de febrero de 1955. Un año después

—¡Me cago en la grandísima puta! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!...


¡Henry, quieres venir de una puta vez! ¡No pienso repetírtelo más veces!
«Esta vez la cosa es grave —pensó Henry Kisgart mientras corría a
trompicones por el pasillo central de la Casa Blanca, tratando de subirse la
cremallera del pantalón—. Sí, definitivamente la cosa no pinta nada bien,
ya lo creo…».
—¡Maldita sea, Henry, deja ya de restregarte en las tetas de esa puta!
¡Vas a venir aquí o voy a tener que ir a buscarte! Maldita la hora en que se
me ocurrió contratar a este inútil… Esto se está convirtiendo en una casa
de putas… ¡Henry, o vienes ahora mismo o te…!
—¡Señor presidente! —exclamó Henry, traspasando la puerta del
despacho oval, resollando y mirándolo desorbitadamente con sus
particulares ojos saltones—. ¿Ocurre algo, señor?
—¿Que si ocurre algo? ¡Ja! ¡Que si ocurre algo, dice! ¡Pues claro que
ocurre algo, coño! ¡Me cago en la puta, Henry, nos han estafado! ¡Nos han
estafado!
—¿Estafado? ¿Quiénes?
—¡Los marcianos, coño!

291
—¿Los marcianos?
—¡Los putos grises de los cojones!
—Pero… ¿qué es lo que ha pasado?
—Se han reído en nuestra cara, Henry. ¡En nuestra puta cara!
—¿Han roto el pacto?
—Peor. Se lo han pasado por el mismísimo ojete.
—¿De veras?
—Todo chatarra, Henry, absolutamente todo. Incluso los planos, los
esquemas… Más de un año trabajando en ellos… Miles de científicos,
informáticos, ingenieros… Billones de dólares invertidos… Tecnología
láser hiperdimensional, ¡ja! ¡Mis cojones! Ese cacharro que no vale ni
como decorado en una mala película de marcianos.
—¿Y qué hay de las abducciones?
—¿Abducciones? Pues… Al principio bien. Nos mandaban informes
de los contactados. Pero a los seis meses dejaron de hacerlo. Así, sin más,
sin ninguna explicación. El Consejo dice que se han disparado las
desapariciones. Estamos hablando de miles de personas, Henry. Y solo en
Estados Unidos. Quién sabe lo que estará sucediendo en otros lugares.
—Vaya. Me deja usted hecho polvo.
—Tenías razón, Henry. No debimos negociar con ellos.
—¿No hay nada que podamos hacer?
—Podríamos rebelarnos, pero… la cura sería peor que la enfermedad.
Nos aplastarían como a insectos.
—¿Eso cree? ¿Y qué culpa tenemos nosotros? Ellos han incumplido
el pacto. No podemos quedarnos de brazos cruzados.
—¿Es mejor desatar una guerra de mundos?
—Podríamos pactar con los pleyadianos.
—Demasiado tarde. Los rechazamos. Ya no están interesados.
—¿De veras?
—Así es. Estamos bien jodidos, Henry. No hay nada que hacer.
—¿Nada? Pero… ¿Seguro que no hay alguna forma de…?
—Nada, Henry. Absolutamente nada.
—¿Eso le han dicho?
—Hace un minuto.
—¿Quién era?
—No me lo ha dicho. Pero es uno de los peces gordos.
—Ya.
—Esto ya no se puede parar. No hay vuelta de hoja.
—No sé.
—¿En qué piensas?
—Pues…
—¿Qué?

292
—Aquí hay algo que no… —murmuró Henry, pensativo, mirando a
través de la ventana.
—¿Encaja?
—Todo esto es muy extraño.
—¿A qué te refieres?
—Todo este asunto de los extraterrestres. El hecho de que nos
eligieran para negociar con ellos.
—¿Olvidas que soy el presidente de los Estados Unidos?
—No es por restarle mérito, pero usted sabe que las decisiones
importantes se toman de arriba. Muy de arriba
—Ya lo sé, Henry, no necesitas recordármelo. ¿Y qué? ¿A dónde
quieres llegar?
—Luego está esa entrevista con el gris, todo en penumbra…, su
extraña desaparición. Lo mismo que el otro. ¿Y sus naves? ¿Por qué no
vinieron en sus naves? ¿Aparecen y desaparecen sin más?
—Tecnología de teletransportación, ya sabes.
—¿De veras? No sé… A mí todo esto me huele muy raro.
—¡Maldita sea, suéltalo de una vez! ¿Qué es lo que crees?
—Creo que es todo un montaje.
—¿Un montaje?
—No han sido precisamente los marcianos quienes nos han engañado.
—¿Qué? ¿Qué me estás diciendo?
—Lo que usted ya sabe.
—¿Me estás diciendo que ha sido…?
—Así es. El Consejo.
—¡Coño! Pero ¿por qué?
—Para tapar las desapariciones —arguyó Henry, mirándolo
fijamente—. Para desviar la atención, para que no se investigue.
—Esto es de locos.
—¿Por qué sino eligieron a un periodista para el comité de recepción?
—¿Para irse de la lengua?
—Exacto. Qué mejores testigos del acontecimiento que el presidente
de los Estados Unidos y el director de una de las mayores editoriales del
país.
—¡La santa madre que te parió! —exclamó Eisenhower, besando la
frente de Henry.
—Ni siquiera firmamos ningún acuerdo de confidencialidad.
—Maldita sea, Henry. ¿Te he dicho alguna vez que eres mi judío
preferido? ¡Ahora lo entiendo todo! No es casualidad que eligieran a ese
viejo coronel. Invítale a una copa y te contará en detalle el día de su
despedida de soltero.
—¿Y qué me dice del cardenal?
—Otro parlero.

293
—Qué mejor que un cardenal para dar credibilidad al tema de los
extraterrestres.
—Y si lo mezclas con el demonio... Ya tienes al enemigo perfecto.
—¿Crees que estaba en el ajo?
—Y qué importa.
—Me estoy acordando… —musitó Henry, parándose en seco—. Una
cosa que me llamó la atención fue cuando el rubio se despidió. Lo hizo de
la misma manera que el gris: “Que pasen un buen día”. Es como si…
—¿Lo hubiera escrito el mismo guionista?
—¡Exacto!
—Todo esto es auténticamente demencial.
—Ahora entiendo lo del protocolo: nada de estrechar manos. ¡Lógico!
No eran más que hologramas.
—Pero… ¿Qué es lo que quieren tapar?
—Programas avanzados de control mental, chips, nanotecnología…
Pero sobre todo las desapariciones.
—¿Qué desapariciones? —inquirió Eisenhower, presagiando ya la
respuesta—. ¿Te refieres a…?
—Rituales de sangre. Sacrificios de la élite.
—¿Crees que todo eso es real? Estamos hablando de… cientos, miles
de víctimas al año.
—Usted sabe que sí. Lo ha visto con sus propios ojos. También yo.
Ambos hemos participado.
—Maldita sea, Henry, no me lo recuerdes. Aun intento olvidarlo.
—Lo siento, señor, pero esa es la verdad. Usted no sería el presidente
de los Estados Unidos si no hubiera estado allí.

294
LA ANOMALÍA

Todo lo que sucedió, sucedió. Todo


lo que sucederá, sucede ahora.

No sabrás lo que es la libertad


hasta que la pierdas.

Nada hacía suponer que Martin fuera un tipo tan diferente, pues,
físicamente, nada en él parecía destacar o desentonar. Un tipo de estatura
media, moreno, de rasgos faciales irritantemente comunes. Y sin embargo
algo había en su cerebro que funcionaba al revés. Algo que rozaba más lo
esotérico que lo racional, pues ninguno de los «prestigiosísimos»
especialistas que le trataron desde la infancia encontró registros o
antecedentes de tal «anomalía». De hecho era tan extraordinaria que
resultaba fascinante para cualquier médico y biólogo. Para cualquier
matemático, físico teórico, ingeniero, novelista o fontanero. Resultaba
fascinante para cualquier ser humano en particular, excepto, por supuesto,
para el propio Martin, que más bien lo veía como una desgracia, una
condena sin parangón. Y no tanto por la «anomalía» en sí como por las
ingentes dificultades derivadas en su interacción con los demás, a tal punto
que ya se había hecho a la idea de que ningún ser humano podría estar a
su lado jamás. Aunque tampoco le importaba mucho.
No por placer llevaba más de ocho años como un solitario
impenitente, como un perpetuo fugado de la insondable maldad humana,
en busca de una paz casi siempre huidiza, de una seguridad hasta entonces
incierta y amenazante. ¿Acaso este era el eterno destino que le deparaba la
vida: una huida sin fin en un mundo lleno de víctimas y verdugos, de
alimañas ocultas bajo sonrisas ennegrecidas?
No había Dios a quien rezar ni lugar donde descansar. No había tierra
prometida. Solo un eterno caminar hacia ninguna parte. Pero merecía la
pena. Aquello era infinitamente mejor que caer presa de las alimañas, de
los «desalmados», como él los llamaba. Podía sentir sus pisadas, sus
gélidas miradas en los ojos de los viandantes, a la espera de ser atacado,

295
inmovilizado por la espalda, como ya había «visualizado» más de una vez.
Pues su «anomalía», para su desgracia, se había convertido en el trofeo de
estos seres espeluznantes, obstinados en darle caza allá donde fuera.
Paradójicamente, la condena de su anomalía era también su salvación.
Pues gracias a ella podía anticiparse a sus captores, dar media vuelta y
seguir otro camino, otro destino libre de interferencias. A veces podía
anticiparse en veinte o treinta minutos. Las «visiones» poseían tal nitidez,
que podía escuchar sus voces, sentir sus golpes, incluso su mal aliento.
Cuando esto ocurría no tenía más que echar mano de su mochila —su
entrañable «compañera de viaje»— para cambiar su aspecto físico: una
gorra marrón, unas gafas de sol, una cazadora gris, un pantalón vaquero…,
y por supuesto un lugar discreto donde cambiarse. Otras veces podía
anticiparse horas, incluso días. Lo importante era no llamar nunca la
atención, cuidar su higiene, dormir en lugares discretos, lejos de
multitudes o grandes ciudades. Lejos de policías y asistentes sociales.
No obstante, más de una vez él mismo había interferido en el destino
de otros, pues otra de sus capacidades era predecir no solo acontecimientos
propios, vinculados a su persona, sino también vinculados a otras
personas, generalmente sucesos de una alta intensidad emocional o
dramática. Una vez «visualizado» el drama, no tenía más que identificar
al protagonista, que solía hallarse en los alrededores del «escenario»,
acercándose tranquilamente. Ya fuese un tropiezo en la acera, el robo de
un bolso, una agresión o un atropello, allá que iba discretamente nuestro
héroe para distraer unos segundos a la víctima o directamente cortarle el
paso, ganándose a veces todo tipo de imprecaciones o miradas desabridas.
Su mayor triunfo, sin duda, fue salvar a una linda chiquilla de una muerte
segura.
Si bien estas interferencias le otorgaban el poder de cambiar
positivamente la vida de los demás, colmándole de satisfacción, también
le llenaban de dudas y desasosiego cuando, poco después, se preguntaba
si había hecho bien adjudicándose el papel de Dios y cambiando el curso
de sus destinos, pues bien podía suceder que aquel incidente o accidente
previniera a la víctima de un accidente futuro mayor. O bien que dicho
incidente/accidente fuera el principio de una toma de conciencia, la semilla
de un despertar. Pero entonces se consolaba pensando que si él estaba allí,
en ese preciso momento, era precisamente porque así lo quería el destino.
Si no podía retener el impulso de impedir un drama, es porque así tenía
que ser. Y respecto a lo de ser Dios, tampoco le importaba mucho. No creía
en Dios.
Pues, sino, ¿qué clase de Dios mínimamente racional y empático
puede permitir que un niño sea encerrado y atado a la cama durante
semanas, sometido a las más aberrantes torturas? ¿Qué clase de Dios puede
crear semejantes monstruos?

296
Solo el vago recuerdo de su madre, en aquellos días de reclusión, le
dio fuerzas para no rendirse y caer en la catatonia definitiva. Mil veces
preferible era la muerte que volver a esas salas quirúrgicas y blindadas,
recorridas por demonios de batas blancas y ojos negros como la noche,
pertrechados de pastillas, jeringuillas, bisturíes. Sabía muy bien lo que era
sentirse como una cobaya, como el sujeto predilecto de un moderno campo
de concentración, levantado y condicionado mayormente para él, o más
bien para su «anomalía».
«¿Qué habrá sido de mi madre?», se solía preguntar. «¿Seguiría
viva?» Intuía que sí. Pero no pensaba arriesgarse para confirmarlo. Todos
los años le enviaba una carta por Navidad, haciéndola saber que se
encontraba bien. Había hablado con ella en sueños. Sabía que estaba
siendo vigilada, a la espera de que su buen hijo acudiera de una vez a
abrazarla. Demasiado arriesgado. No obstante ya lo intentó una vez. A tan
solo cincuenta metros de la puerta de entrada vio el futuro próximo con
toda nitidez, como una película tridimensional. El peor futuro
inimaginable. Rápidamente se alejó de allí.
Seguiría abrazándola, dejándose mecer en sus brazos, pero en sueños,
solo en sueños. Fue precisamente en uno de estos sueños lúcidos, que
muchos llaman proyección astral, como consiguió dar con su domicilio,
que rápidamente apuntó en su libreta al despertar. Solo entonces se sintió
verdaderamente feliz, libre, sin miedo. Jamás volvió a autocompadecerse.
Se sentía afortunado de haberla conocido. Gracias a ella aprendió a
valerse por sí mismo, a no perderse en las blancas tinieblas de la amnesia,
del tiempo vacío, o del vacío sin tiempo. «¿Cómo puede Dios permitir
esto?», le preguntaba de vez en cuando, sobre todo en las noches en que
se despertaba gritando, perdido en el más absoluto abismo, incapaz de
reconocerse a sí mismo. «Pero mami, ¿cómo voy a acordarme de Dios y
de los ángeles si ni siquiera me acuerdo de quién soy yo?», le preguntaba
entre sus brazos cada vez que ella insistía en que debía pensar en Dios y
en los ángeles, y que ellos vendrían en su ayuda cada vez que lo necesitara.
Gracias a su madre aprendió a reconocerse, a observarse desde una
sana distancia. De ella partió la brillante idea de llenar de notas de colores
los lugares más visibles de la casa, sobre todo su habitación. Cada vez que
dejaba de recordar o entraba en una de sus habituales lagunas de amnesia,
solo tenía que mirar a cualquier rincón para encontrar las pistas de quién
era él, quién era su madre, y por qué lo amaba tanto. Diez, con suerte
quince minutos después, volvía a perder la memoria. Unas veces de
manera parcial y otras de manera total. Y así sucesivamente.
No obstante, aquellas cientos de notas repetidamente observadas y
leídas hasta el hartazgo, le sirvieron para fijar palabras y emociones en su
vaga y brumosa memoria a largo plazo, tanto a nivel explícito como
implícito, lo que a su vez le sirvió de amarre para no dejarse arrastrar por

297
el infinito mar del olvido. También le sirvió para adquirir una cierta
autonomía, que de otra forma habría sido imposible. Gracias a su madre
aprendió a valerse por sí mismo, a levantarse cada vez que tropezaba,
reforzando así su autoestima y dignidad.
Ningún psicólogo o pedagogo lo habría hecho mejor.
Pero nada de esto hubiera sido posible de no haber aprendido a leer y
escribir con solo tres años de edad. Este aprendizaje quedó registrado en
su memoria semántica, y así se conservó incluso después de que la llamada
«amnesia retrógrada» se cerniera, sin motivo aparente, en algún lugar de
su cerebro. Lo cual dejaba claro que, originariamente, era un niño bastante
despierto, con una insaciable curiosidad por la vida.
Esta incomprensible pérdida de la memoria se vio compensada, a su
vez, por la insólita capacidad de «recordar» el futuro. Una capacidad que,
no obstante, los médicos llamaban anomalía. O más científicamente
«hipermnesia anterógrada». Gracias a tan extraordinaria capacidad, pudo
avanzar psicológica y emocionalmente, establecer una línea temporal
ascendente, enfocada literalmente en el futuro, aun siendo a veces un
futuro bastante impreciso, pues los recuerdos que le iban llegando
abarcaban desde unos pocos segundos —antes de materializarse en el
presente— a varios meses, incluso años. Cuanto más se alargaban en el
tiempo, más borrosos e imprecisos se presentaban en la memoria.
No solo podía recordar y prever con detallada claridad algunos hechos
del futuro a corto plazo, sino también anticiparse a ellos y transformarlos,
influyendo en los procesos desencadenantes. Lógicamente esto solo era
posible a un nivel personal o familiar, por así decirlo, pues muy
difícilmente podía interferir de lleno en acontecimientos directamente
vinculados a un gran número de individuos y procesos.
Si bien esta capacidad de recordar hechos futuros le permitía mantener
una serie de referencias vitales con las que desempeñarse autónomamente,
necesitaba, no obstante, llevar siempre consigo su cuaderno de notas para
no perder de vista informaciones vitales de él mismo y su madre, como
también algunos apuntes asociados a la higiene personal y la nutrición,
pues no pocas veces había cenado o se había bañado dos veces seguidas.
A veces no sabía con certeza si sus recuerdos eran pasados o futuros,
oníricos o reales, por lo cual debía confirmarlo mirando repetidamente sus
cuadernos de notas, o bien, directamente, preguntándole a su madre. Si
alguna vez, por ejemplo, se le olvidaba leer la nota recordatorio de los
deberes de matemáticas, lo compensaba con el recuerdo futuro de estar
haciéndolos, con lo cual recordaba que tenía que hacerlos. Digamos que
los recuerdos perdidos del pasado los compensaba con vívidos recuerdos
del futuro inmediato. Recuerdos que aparecían y desaparecían a medida
que se convertían en recuerdos del pasado, más allá de los quince o veinte
segundos transcurridos. Tan solo tenía ese tiempo para mantener un

298
escenario de realidad más o menos coherente, lo cual podía resultar
muchas veces agotador, desesperante. Esto le llevaba a caer en tremendas
rabietas, llegando a destruir todas las notas de la pared de su cuarto, incluso
autolesionarse. Aunque lo más habitual era dejarse caer en la cama y
desaparecer en el mar del olvido. Una vez despertaba, allí estaba su madre
mirándolo siempre con una tierna sonrisa.
No fue hasta los diez años cuando aprendió un efectivo método de
autocontrol. Y tampoco esta vez fueron los «especialistas» quienes le
ayudaron.
Más de seis años necesitaron los psicólogos para convencerse de que
la anomalía de Martin no obedecía al Síndrome de Korsakoff, en el que la
persona se inventa de manera involuntaria recuerdos que no es capaz de
rememorar. Pero los test y las pruebas de predicción, donde se le instaba a
predecir, por ejemplo, las siguientes fichas o tiradas de cartas, confirmaban
lo que la ciencia no podía explicar. Ni siquiera los mejores clarividentes y
psíquicos documentados por la CIA podían acercarse a ese 97% de
aciertos.
Unos años antes, cuando Martin cumplió los siete años, se decidió,
por recomendación de los pedagogos, que fuera escolarizado en un colegio
para niños autistas, una decisión que su madre consintió favorablemente,
no tanto por dudar de las capacidades intelectuales de su hijo —que lo
consideraba tan apto o más que los demás niños— como por el hecho de
que, posiblemente, al estar con otros niños «diferentes», le resultaría más
fácil aceptarse y ser aceptado por sus capacidades especiales. Nunca
olvidó la época en la que ella misma sufrió burlas y acoso por parte de
otros niños, y por nada del mundo quería que su hijo pasara por aquello.
Sabía lo crueles que pueden llegar a ser los niños ante cualquier anomalía
o detalle fuera de lo común. Fue una decisión de la que nunca se arrepintió.
Allí conoció Martin a Pedro, un niño dos años mayor que él, pero
igualmente lúcido y sensible. Fue su primer y último amigo.
Tres años después sucedió lo peor que puede sucederle a una madre.
Con la falsa acusación de «no atender al ejercicio de sus obligaciones
maternofiliales», Martin fue literalmente arrancado de sus brazos. Cinco
robustos trabajadores de los servicios sociales hicieron falta para
conseguirlo. Nunca más lo volvería a ver. Ni siquiera la aguda amnesia de
Martin consiguió borrar para siempre la abrumada mirada de su madre
mientras lo alejaban de ella.
Tras pasar unos días en un centro de asistencia infantil, autoencerrado
en la catatonia, sin articular una sola palabra, fue trasladado a un centro
experimental de psiquiatría, en algún lugar apartado de Tarragona, España.
Ahí comenzó el infierno. Una pesadilla que duraría nueve años.

299
¿Cómo puede el ser humano llegar a tales niveles de inhumanidad?,
se había preguntado numerosas veces, sin hallar jamás una respuesta
satisfactoria. ¿Qué clase de aberrante placer puede extraerse de la maldad,
del sadismo ilimitado? Era como si, el solo hecho de estar allí ingresado,
fuera ya motivo suficiente para ser tratado como una cobaya, un esclavo
sin derecho a la dignidad, a la privacidad, a la identidad. Ni siquiera era
visto como un ser humano. Era sólo un calificativo: un paciente, un
enfermo, algo defectuoso, sin derecho a derechos. ¿Qué otra cosa fueron
los judíos para los nazis sino seres infrahumanos, cobayas de laboratorio?
Tal designación fue la excusa perfecta para justificar y dar rienda suelta a
todo su odio reprimido, a todo su sadismo, sin sentirse culpables. Así ha
sido siempre. La historia, como la estupidez humana, parece que siempre
se repite.
Solo el inagotable anhelo de la huida lo mantuvo con vida todos esos
años, a la espera de su oportunidad. Tanto tiempo muerto en aquella cama
le sirvió para idear una selección de las más complejas estrategias. Más de
seis meses necesitó para poder robar una de las llaves de la lavandería, no
sin antes estudiar el alcance de las cámaras de seguridad. Menos tiempo le
llevó hacerse con un trozo de alambre forrado, que escondió bajo su
colchón, en una de las tablas del somier, junto a la llave.
Fue precisamente en la noche de Navidad, al poco de cumplir los
diecinueve años, cuando se presentó la ocasión. Sabía por años anteriores
que esa noche se relajarían las medidas de seguridad. En cuanto escuchó
el tan esperado saludo de bienvenida de «la hiena», uno de los vigilantes,
con su particular risotada endemoniada, aprovechó para levantarse como
un resorte de la cama y abrir, con el alambre, la cerradura del armario de
su habitación. Sacó la ropa de vestir y una manta. Rápidamente la enrolló
y la introdujo bajo la colcha de la cama, junto con la almohada, simulando
el relieve de un cuerpo humano. Se quitó el pijama y se enfundó la ropa:
un pantalón de pana, una camiseta, un jersey de lana, calcetines y playeras.
Seguidamente, con el corazón desbocado y las manos temblando,
introdujo el alambre en el cerrojo de la puerta de la habitación, tratando de
terminar lo más rápidamente. Así estuvo durante seis desesperantes
minutos, hasta escuchar finalmente un «clic».
Abrió suavemente la puerta, asomando la cabeza. Aun se escuchaban
voces, la inconfundible risa de la hiena. Acto seguido corrió medio
gateando por el pasillo, pasando por delante de los distraídos vigilantes
hasta la puerta de la lavandería, una docena de metros más adelante. Se
escuchó cerrarse la puerta de los vestuarios. Sabía que en cualquier
momento se escucharían los gritos de «la morsa», el otro vigilante.
Afortunadamente no hizo falta meter la llave en la cerradura, la puerta
ya estaba abierta. La empujó despacio, a fin de evitar el chirrido de las
bisagras. Sabía que un segundo de más podía marcar la diferencia entre

300
vivir o morir. Tan rápida y silenciosamente como le fue posible, se
introdujo en el contenedor de la ropa usada, enterrándose bajo una
montaña de batas, camisetas, pantalones. Sabía, por el rechinamiento de
las ruedas, que aquel contenedor era lo primero en salir del centro, antes
del recuento de las habitaciones, de las primeras pastillas, de las
inyecciones. Allí permaneció unas siete horas, encogido como un ovillo y
tiritando de frío y terror, sin dejar de aguzar el oído a fin de escuchar
cualquier ruido. Esta vez no hubo «visiones». Nunca una noche fue tan
desoladoramente eterna, ni siquiera la primera noche que pasó lejos de su
madre.
Con el corazón en un puño, escuchó las primeras voces acercándose
por el pasillo. Seguidamente, el chirrido de la puerta abriéndose. Sintió
como el contenedor era manipulado, empujado por el pasillo hasta la
puerta de mercancías, entre voces soñolientas. Tras unas violentas
sacudidas y un golpe seco, escuchó cerrarse las puertas traseras del
camión. El suelo crepitó con un rugido; más puertas cerrándose. Un
agradable ronroneo lo alejó finalmente del infierno.
Una vez se apagó el motor y se abrieron las puertas traseras, fue
transportado hasta un gran almacén lleno de contenedores de ropa usada.
Allí estuvo un buen rato sin moverse, sondeando cada sonido y
ultrasonido, bajo la montaña de ropa. Finalmente, cuando dejaron de
escucharse las voces y los pasos, no tuvo más que desenterrar la cabeza,
echar un vistazo, y salir corriendo de allí.
Todo salió a pedir de boca.

Ni las torturas más inimaginables habían conseguido arrebatarle su


bien más preciado: su alma. Por ella estaba dispuesto a ir más allá de los
confines de la tierra, más allá incluso de la propia vida. ¿Qué importaba
dormir sobre cartones y husmear entre cubos de basura, ante las
desdeñosas miradas de los transeúntes? ¿Qué importaba ser rechazado o
ignorado por la humanidad, si tenía el poder de salvar vidas? ¿Qué
importaba cuando el viento amorataba su piel y la humedad calaba hasta
en los huesos, si también podía sentir el cálido viento de la primavera y el
sol del atardecer? ¿Qué importaba el hedor de las ciudades si también
podía aspirar la fragancia de los bosques? ¿Qué importaba el ruido de los
hombres si también podía escuchar el susurro de los árboles, el rumor de
los arroyos, el canto de los pinzones y los jilgueros?
Al fin podía saborear lo que tantos años soñó mientras yacía atado a
esa dura cama de metal: la libertad.
¿Acaso existe bien más preciado?

301
BIFURCACIONES, O DIARIOS DE UN APRENDIZ

No soy ni seré, estoy siendo. No nací ni


moriré, estoy naciendo, estoy muriendo.

La vida no es camino de rosas, pero hay


trechos donde crecen rosas.

El camino más bello es el que recorres


por primera vez.

27 de marzo de 1999

6:15. El cataclismo de la hora congelada.


7:10. El gélido viento acuchillante, la marcha fúnebre del alba, los
ejércitos de las tinieblas, el fragor de los claxon, las avenidas rojas del
infierno…
8:30. La rugiente llegada del gusano devorador: la lluvia ácida de luz,
el zarandeo de los cuerpos, las miradas inermes —renqueando medio
cegadas desde el fondo tibio de sus entrañas—, la marcha coral de las toses
flemáticas, los carraspeos recalcitrantes, las sinfonías nasales, el pestazo
de los engominados, las fricciones de los culos, los codazos, la vorágine
implacable de las suelas…
8:55. El buenos días tonadillero, las sonrisas amarillas, el primer chiste
verde, el hedor viscoso de los perfumes rebajados, los embotellamientos
para el café, los cumplidos pertinentes, los alardeos de las mentes pródigas,
las risotadas de hiena, los mosconeos inagotables de las reinas del
culebrón, el chapoteo de los segundos…
20:15. El llegar a la pensión y toparte con la chiflada del ocho, los
portazos de los inquilinos, los lamentos del teléfono, las trifulcas de pareja,
los atroces carcajeos de los borrachos, el informativo de las nueve (con su
nuevo recuento de víctimas), las procesiones de las cucarachas, los gritos
y chismorreos de las prostitutas paseando la acera…

302
23:00. Más disputas de putas, los ruidos de cañerías, los resonantes
escarceos de las cucarachas en el silencio de la noche, los monólogos bajo
la almohada...
1:30. Las toses de la Encarna, subiendo y bajando la acera.
2:30. Otra vez las toses de la Encarna.
4:00. El insomnio.

En fin, este ha sido un resumen de mis últimos cuatro meses.


Justo al terminar la jornada, de camino a los vestuarios, nos han
avisado que esta vez no nos renuevan el contrato, así que pasado mañana
se acabó el levantarse a las seis. Por una parte me alegro porque estaba ya
un poco quemado de toda esa gentuza, y de tener que ir todos los días a la
otra punta de Madrid.
¿Quién dijo que el trabajo es una medicina? ¿O que el trabajo duro
no ha matado a nadie? Se nota que el cabrón que dijo eso no ha trabajado
en una puta fábrica. Joder, si el trabajo es realmente una medicina, trabajar
horas extras puede ser una sobredosis.

27 de marzo de 1999

Hoy ha sido un día jodido en la fábrica. Más de once horas currando


por culpa del Pecas, que seguramente ha fingido otra enfermedad. Al final
nos han dicho que no nos renuevan el contrato, así que pasado mañana se
acabó el levantarse a las seis. Por una parte me alegro porque estaba ya un
poco quemado de tener que ir todos los días a la otra punta de Madrid y
aguantar a toda esa gentuza. Pensaba escribir un resumen poético de mis
últimos dos meses pero el borracho de al lado se ha puesto el futbol a todo
volumen y ya no me puedo concentrar.
¿Quién dijo que el trabajo es una medicina? ¿O que el trabajo duro no
ha matado a nadie? Se nota que el cabrón que dijo eso no ha trabajado en
una puta fábrica llena de retrasados mentales.

14 de mayo de 1999

Pues sí, he decidido retomar el diario. Hace más de un mes que no


escribo nada y siento que los días van desapareciendo de mi memoria,

303
esfumándose como el humo de mis cigarros. Al menos esto me servirá
para dejar constancia de que estoy vivo, de que no soy un espectro como
muchos otros.
Mi último trabajo fue el martes de la semana pasada: cargando cajas
en un almacén de mecheros con dos rubias de bote que no dejaban de
hablar de Alejandro Santos. Verdaderamente estaban coladitas por el
cantante, apenas podían disimular su excitación. Me parecieron
superficiales, chismosas, mezquinas. Parecían putas quinceañeras. La
ciega admiración a sus ídolos musicales era una desesperada
compensación a su nula autoestima, al indisimulado desprecio que sentían
de sí mismas. En sus mentes idealizantes aún perduraba la idea de que en
algún lugar les esperaba el hombre perfecto.
Pronto me cansé de tanta vacuidad. Me invadió el hastío y el sopor, y
eso hizo que, de vez en cuando y sin querer, descuidara el posicionamiento
de las cajas. Tampoco es que importara mucho, una simple cuestión
estética, pero aquello las hizo cabrear de lo lindo. Un cabreo que, no
obstante, había nacido de mi desinterés hacia ellas. Sin duda había herido
su ego. Yo era como un espejo atravesado en su legendario mundo de
sueños, un reflejo detallado de sus miedos y defectos, pero aumentados
por diez. Estaba muy lejos de ser su prototipo de hombre ideal: asertivo,
trabajador, carismático, romántico. Por fin tenían una justificación para
materializar su ira, para proyectar en mí su profundo autodesprecio.
Tanta hostilidad hacia mi persona me sorprendió, pero a la vez me
fascinó. A fin de hacerlas conscientes de su instinto de manada, les hablé
un poco de psicología: del rechazo grupal a lo diferente, a lo desconocido,
y de lo importante de vencer tales impulsos reptilianos. Sentí su silenciosa
animadversión supurando por sus ojos, que en vano intentaban evitar los
míos.
A Sandra, la más jovencita, poco dada a los debates sesudos, no se le
ocurre nada mejor que hacer un comentario despectivo sobre mis
“aburridos” gustos literarios. Usando el tono de voz más cordial, le
respondo que la base de todas las ciencias y creencias humanas nacen de
la psicología. Le hablo de Freud, de Jung, aseverando mi admiración a este
último, pero sin caer en la idolatría, le digo resaltando esta última palabra
(aunque lo cierto es que no he leído nada de estos tíos, no me interesa para
nada la psicología académica).
Y así, sintiéndome cada vez más animado, seguí lanzándoles pequeñas
y muy sutiles puyas sin perder el tono cordial, hasta que de pronto Sonia,
la más mayor, me arrebata una caja de las manos diciéndome que soy el
ser más inútil de todo el universo. “Bueno, nadie es perfecto”, le digo sin
perder el buen tono, y sumándome otra victoria psicológica. Si los ojos
tuvieran manos estoy seguro de que los suyos me habrían estrangulado en
ese instante.

304
Antes de irnos cada uno por su lado, les dije, como remate final, que
el odio es un sentimiento mucho más poderoso que el amor. No se
dignaron a contestar. Pero mi ego se fue satisfecho.

Aprovechando estos días de libertad, me he pasado esta mañana por


la biblioteca de la Glorieta y he estado ojeando algunos libros de
astronomía muy curiosos. A eso de las doce y media me llama Susana al
móvil preguntándome si voy a ir el sábado al teatro. Ya ni me acordaba.
Me quedo en blanco, no sé qué decirle… Trato de inventar una excusa
pero, sabiendo lo bien que me conoce, le digo la verdad: que estoy justito
de dinero.
—No pasa nada —me dice—, yo te invito.
Otra vez me quedo en blanco. Ya me invitó la otra vez y no quiero
quedar como un gorrón.
—Sinceramente no me apetece ir, Susana. Nunca me han atraído ese
tipo de funciones. La vida misma es un teatro mucho más real y
entretenido, ¿para qué ver una mala imitación? —le digo, tratando de
parecer profundo—. Los mejores actores, las mejores historias están en la
calle, no en los escenarios.
En esto que veo al loco de Mario entrando en la biblioteca con unos
libros en la mano. Aquello me desconcierta, de hecho se lo comento a
Susana, que riendo a carcajadas me dice que seguramente son libros
satánicos. Como no quiero toparme con él, pues por experiencia sé que no
me lo voy a quitar de encima mientras esté allí, decido llevarme uno de los
libros de astronomía y esperar el momento oportuno para dirigirme a la
mesa de préstamos sin ser visto.
Ya en la calle, se me ocurre ir a la ETT del Pelotilla, que está por allí
cerca. Nada más sentarme en la salita, ya lo veo corriendo y resollando por
los pasillos con sus manoseados contratos. Un perfecto siervo de la
sociedad capitalista.
Recuerdo uno de mis primeros empleos para esta empresa: mozo de
almacén en una de las oficinas del Ministerio de Trabajo. Éramos una
docena de tíos que hacíamos de todo menos trabajar. Y no porque no
quisiéramos sino simplemente porque no nos dejaban. Nos habían
contratado tres meses para no hacer nada. Ese era el acuerdo: No hacer
absolutamente nada. El ministerio debía justificar en una lista de gastos el
dinero que el Estado le otorgaba para su gestión, y en aquellos meses
ocurrió algo insólito: HABÍA SOBRADO DINERO. Siendo serviles pero
no tontos, a los directivos del ministerio no se les ocurrió nada mejor que
contratar mano de obra “fantasma” para así justificar el excedente
presupuestario. De lo contrario corrían el riesgo de ser felicitados por el
gobierno y recompensados con una disminución del presupuesto acordado.
¿Una estafa? No para nosotros, encantados de tan generoso sueldo. Ya sea

305
por A o por B, el ministerio estaba cumpliendo su cometido de dar trabajo.
¿Qué importaba la forma? El único requisito era no armar demasiado
ruido. Ni tampoco dormirse. Algo difícil de cumplir teniendo en cuenta
que estábamos metidos en una sala no muy espaciosa durante ocho horas
diarias. Solo de vez en cuando hacíamos algún trabajillo en el almacén:
ocho o diez tíos en fila portando pequeños paquetes de dos o tres kilos.
Aunque lo más habitual era que dos trabajaran y diez miraran.
Tantas horas en un espacio tan reducido se hacen muy largas, sobre
todo cuando una y otra vez escuchas las mismas conversaciones, las
mismas historias. Así confirmé que la mayoría de las personas no viven la
vida, simplemente repiten sus rutinas a la espera de que algún
acontecimiento insólito se cruce por su camino. Cuando esto ocurre,
prosiguen su rutina con un poco más de brío, revelando su tan asombrosa
historia a cuantos tengan a bien escucharla. Cinco o seis veces, por
ejemplo, escuché a un tío hablar de su buena fortuna el día que se encontró
por casualidad una caja de móviles liberados. Cada vez que llegaba un
nuevo compañero, allá que se iba a contarle la condenada historia. La triste
comedia humana en todo su esplendor.
Cuando por fin entro en la oficina del Pelotilla, me dice así, de buenas
a primeras, que aquel trabajo que me habló del laboratorio farmacéutico
se ha anulado por un imprevisto. No me da explicaciones. Escudriño sus
ojos vacuos e imberbes a fin de dar con la verdadera causa. Enseguida la
encuentro. Sin duda le han hablado mal de mí, de esa vez que renuncié a
una jornada de tres horas nada menos que en San Martín de la Vega. ¿De
verdad se pensaban que iba a perder un día entero por 20 míseros euros, la
mitad de lo que me iba a costar el transporte? ¡Que exploten a su puñetera
madre! Tengo cosas mejores que hacer.
A veces pienso que irnos a la camita, a dormir, puede ser la mayor
aportación benéfica que le brindamos a la sociedad. Y sin embargo nadie
nos paga esas horas extras.
Antes de llegar al hostal me cruzo con la Paqui, que con un
movimiento desganado de barbilla me saluda desde la otra acera. “¿Vivir
para esto?”, me gritan sus ojos. Parece desmejorada, pero decido no
acercarme a ella.
Entro en el bar del Roñas, que también me saluda con un movimiento
maquinal de cabeza. Solo hay dos viejos mirando sus bebidas. No los
conozco. Pido un montadito de tortilla y una caña. Un tercero, más joven,
sale del lavabo y se sienta. Se mira las uñas. De pronto alguien ríe, y
descubro que hay otro viejo en la esquina, leyendo un periódico. Comenta
algo sobre las pensiones y sigue riendo. El de las uñas le mira y hace un
chasquido con los labios. Seguidamente saca un mondadientes del bolsillo
de la camisa y se pone a escarbar en la uña del dedo anular, hasta sacar
algo. Lo mira unos segundos y lo desmenuza.

306
Al poco entra el Pulgas, que se me sienta al lado y me empieza a hablar
sobre lo puta que es su parienta. Le digo que no sea tonto, que se separe
de una puñetera vez. Me responde asintiendo, con la mirada perdida. Sé
que todo lo que diga no servirá de nada. Solo quiere escucharse a través
de mí.
—Yo no pedí venir al mundo —me dice con esa mirada perdida, antes
de irse.
—Yo tampoco. Pero aquí estamos.
Si algo he aprendido de toda esta gente es que cuanto más se quejan
de sus males, más se acomodan a ellos. Incluido yo.
Me paso por el bar de Eusebio para tomar mi café de costumbre, y allí
me encuentro al bueno de Sami, jugando al comecocos con su flamante
móvil-patatilla de octava generación. También está el Rata, que me
empieza a hablar de los peligros del paracetamol. Cuando por fin termina
y trato de cambiar de tema, vuelve al tema farmacológico, esta vez la
viagra. La mayoría de esta gente es como la pimienta: sólo sirve de
condimento. Entonces aparece la Gordi, borracha como siempre y
hablando de “el hijo puta del Santi”. La misma cantinela de siempre.
—¿Qué tal te va? —le pregunto—. ¿Mejor ya del estómago?
—Como pille al cabrón ese malnacido le voy a arrancar su asquerosa
picha negra y se la voy a meter por el culo —me dice masticando las
palabras y lanzando escupitajos de rabia.
—Pero ¿qué te ha hecho?
—¡Hijo de la gran puta, el tío cabrón!... Piojoso asqueroso, inmundo,
pedazo de puerco… Hijo de la puta más puta de todas las putas… Es que
te cojo así del pescuezo y te… te… saco la diarrea por la boca, ¡te reviento!
—Pero ¿qué te ha hecho?
—Pedazo de inmundicia, miserable, cretino… Ojalá te hundas en tu
sangre y te coman vivo los gusanos… Cabronazo, fullero, comepollas, hijo
de… ¿Me invitas a una cervecita, hermoso? —me dice de pronto,
mirándome con una amplia sonrisa.
Sabiendo que me encuentro ante el mayor espécimen de la fauna
marginal de la zona, y a fin de saber un poco más sobre las inmundas
miserias a las que son capaces de llegar los seres humanos, la invito a una
caña de cerveza. Además, he de recoger información y conocer bien el
terreno para no dejarme timar por toda esta ralea de rameras, yonquis y
borrachos.
Tras facilitarme una pormenorizada y escatológica descripción física
y moral de todos los borrachos follaputas del barrio, se despide de mí
prometiéndome que la próxima vez invita ella. Cuántas veces he
escuchado eso. Debo reconocer que aun con toda su brutalidad me cae
bien. Sé que en el fondo tiene buen corazón, pero no me gustaría pasar ni

307
un minuto con ella en la cama. No obstante, y como dice el dicho: no hay
mujer, por buena que sea, que cuando mea no se pea.
Ya en mi habitación, con la radio encendida, no he dejado de escuchar
las flemáticas toses de la Encarna, que como todas las noches recorre esta
calle de arriba abajo. Aun cerrando los postigos del balcón sigo
escuchando sus horribles toses flemáticas, que no me dejan pensar. Son
como quejidos de agonía en el gélido silencio de los tiempos.
¿Qué estoy haciendo aquí? Todo este barrio es un parque temático de
la marginalidad, un escaparate viviente de la podredumbre humana, y yo
soy uno de sus actores: el aprendiz de borracho. Pobre idiota.
En fin, otro día más.

14 de mayo de 1999

Hace más de un mes que no escribo nada y siento que los días van
desapareciendo de mi memoria, esfumándose como el humo de mis
cigarros. Al menos estas líneas servirán para dejar constancia de que estoy
vivo, de que no soy un espectro más.
Así pues, aprovechando estos días de libertad, me he pasado por la
biblioteca de la Glorieta y he estado hojeando algunos libros de astronomía
muy curiosos. Pero no pasó mucho tiempo cuando una desagradable
vocecilla penosamente camuflada, y que en vano trataba de ser locuaz y
ocurrente, irrumpió tras de mí:
—Así que ahora te ha dado por la ciencia, ¿eh?
Antes de girarme ya sabía quién era: el loco de Mario. Sin duda debió
darse cuenta de mi mal disimulado desagrado porque en seguida sacó a
relucir sus amarillentos dientes tras una frívola y desagradable sonrisa.
—¿Y tú qué haces aquí? —le digo—. ¿No le tenías fobia a los libros?
—Claro, por eso estoy aquí —me dice—, para enfrentarme a mis
fobias, ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE...!
A fin de no tener que respirar su mal aliento y escuchar sus tonterías,
decido ignorarle aparentando buscar algún libro. Como si no hubiera
captado la indirecta, se queda un rato allí parado, observándome, tramando
alguna malicia. Antes de darle tiempo a idear su jugarreta, le suelto:
—Y tú, ¿qué? ¿No has visto ningún libro que te interese? ¿O es que
sólo has venido para espiar?
—Las dos cosas, ¡JE, JE, JE, JE, JE! Aquí hay unas pavas buenísimas,
¡JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE...!
—Estas tías no están a tu alcance, son demasiado inteligentes. ¿Qué
libro es ese que llevas? —le pregunto

308
—¿Éste? Es de… Michael Talbot. ¿Lo conoces? —me dice con una
sonrisa socarrona.
—¿Quién?
—Michael Talbot.
—No me suena.
—Lo sabía, ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE...!
—¿Es literatura infantil? —le pregunto, siguiéndole el juego.
—No, listillo. Es un físico teórico bastante conocido. Más de un
millón de ejemplares vendidos. ¿No te suena para nada? Debería sonarte,
tú que has leído taaaanto.
—Bueno, ¿y qué coño escribe? —le digo quitándoselo de las manos,
harto ya de sus chanzas.
—Yo ya me he leído tres libros suyos.
—¿Tú?
—Parece mentira lo poco que me conoces —me dice completamente
regocijado.
—¿De qué trata? ¿Fenómenos paranormales? No me interesan esos
temas —le digo con la mayor naturalidad.
—Esto es… cómo te diría… Bueno, será mejor que te enteres tú
mismo.
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que lea esto? ¿Estás de broma?
—¡JE, JE, JE, JE, JE...!
—Pero ¿tú lo has leído?
—¡JE, JE, JE, JE, JE...!
—¡Joder, tío, no tienes arreglo!
—Bueno, me piro. Hoy me toca pillar —me dice, recuperando su
característico tono indolente—. ¿Vas a ir el viernes a la feria?
—No sé. No creo.
—Okey, pues ya nos veremos, colega. Tómate tu tiempo, no hay prisa,
¡JE, JE, JE, JE, JE! —dice, dándose media vuelta y alejándose.
Me quedé un tanto extrañado. Si su intención era impresionarme, sin
duda lo había conseguido. Mario leyendo libros de humanismo
trascendente… ¿Me estaría gastando una broma?, me pregunté mientras lo
vi alejándose hacia la entrada de la biblioteca.
Seguidamente me puse a hojear el libro. Había una ilustración que
parecía ser un cuerpo astral saliendo del cuerpo físico de una persona
tumbada. Pero ¿qué es esto? Viajes astrales? ¿Abducciones? Leí las
primeras líneas del prólogo. Aunque la obra podía definirse como
metafísica, estaba escrita desde un punto de vista racional y científico, lo
cual me pareció interesante, pues ya había leído anteriormente libros
similares pero desde un enfoque más esotérico.

309
Al rato, cuando terminé el segundo capítulo —ya en la zona de
lectura—, me levanté intrigado con la intención de encontrar más libros
del mismo autor.
Hay que ver las vueltas que da la vida… ¿Quién me iba a decir que
algún día terminaría llevándome un libro recomendado por el chiflado de
Mario?
Al salir a la calle pensé en ir a la ETT del Pelotilla, que estaba por allí
cerca. Pero viendo que ya eran casi las dos y no me iba a dar tiempo, he
cogido el metro y me he ido al Parque del Retiro a fin de leer
tranquilamente, pues supuse que los borrachos del hostal no me iban a
dejar. Además, necesitaba desintoxicarme por un rato de tanta
podredumbre humana. Una vez allí, tumbado en la hierba bajo el sol, frente
al Palacio de Cristal, me sentí más a gusto que un arbusto. Uno de esos
breves y disparatados momentos en los que sientes que la vida merece la
pena. Esto me llevó a la arrebatadora necesidad de plasmar mi goce en
palabras, dedicándole unos poemitas a mi alma perdida:

Cuando el sol quema el aire perezoso,


cuando se escucha el zumbido de las moscas
y las sombras se mecen al unísono,
la vida y la muerte, como viejos amantes,
dormitan ensimismados en el ardiente cielo azul.

Un gorrión se ha parado junto a mí


y me ha contado un secreto:
“¿Sabías que la vida es un juego
donde solo ganan los que ríen?”

En estas largas horas de sopor primaveral


recuerdo con hambre sus pechos tersos y rosados.
¿Cuándo olfatearé por fin el embriagante aroma
de su cabello largo y sedoso?
¿Cuándo escucharé la extasiante melodía
de sus gemidos y suspiros?
¿Cuándo veré la graciosa flor asomando
pudorosa entre la fragante y rojiza espesura
de su césped?

310
He de reconocer que me está gustando el libro. Es una combinación
bien armonizada de ciencia y metafísca, con numerosas referencias y
ejemplos prácticos. Por desgracia no he podido leer mucho ya que a eso
de las cinco se retiró el sol y empecé a sentir frío. Ya no pude
concentrarme.
Antes de subir a la pensión he entrado en el súper y he comprado dos
vienas, jamón serrano y dos latas de cerveza de medio litro. El primer trago
me ha devuelto la vida. No he podido evitar un orgásmico eructo que se
habrá escuchado hasta en recepción. Estaba tan animado que hasta he
compartido mi comida con Rosarito la Coja y Cecilia la Golfa, dos de mis
más preciadas amigas de habitación, y a las cuales conozco bien por su
insaciable apetito y sus particulares trotes.
Tras calentarme un café, he intentado retomar el libro pero en seguida
he desistido. El viejo borrachín de la habitación de al lado no ha parado de
zapatear y cantar tonadillas desde que solté el eructo. Ya me conozco sus
costumbres, su ritual del viernes: un poco de algarada antes de la orgía
etílica final. Todo borracho es un animal de costumbres bien arraigadas. A
eso de las cuatro de la madrugada me despertará con sus quejidos y
vomitonas, si es que antes no ha reventado por el camino. Sé por
experiencia que de nada sirve protestar, excepto para obsesionarte cada
vez más.
Así que no he tenido más remedio que encender la tele y ver un
apasionante documental sobre el sapo Arco Iris y su particular ritual de
apareamiento. Pero no por mucho tiempo, afortunadamente. Pronto
escuché el habitual portazo del viejo. Qué susto me dio el hijo puta. Allá
que se fue puntual para iniciar su ronda nocturna, su apoteosis etílica.
Desde entonces no he parado de leer ni un minuto. Ni siquiera he cenado.
A tal punto me hallaba inmerso en la lectura, que ni los martillazos de la
dueña del hostal ni las broncas callejeras de las putas me han hecho
desistir. Parece que todos compitieran por ver quién hace más ruido.
A eso de las once de la noche me he llegado a la tasca del Bizco y me
he tomado unas cañas, esperando ver aparecer a la Bea. Pero no pasó ni su
sombra. Al que sí me encontré es al Verrugas, que en cuanto me vio ya no
me soltó. Enseguida me arrepentí de haber entrado. Hay personas que
piensan que sus problemas son más interesantes que los tuyos y más
importantes que tu tiempo. Sólo quieren convencerse, y de paso
convencerte, de que han existido.
Al cabo de un rato se nos une el Flemas, borracho como de costumbre,
incapaz de conversar más de cinco segundos sin soltar algún esputo en su
inmundo pañuelo. Aquello me revolvió el estómago. Toda la conversación
giraba en torno al Madrid, en lo mal que estaban jugando esos “señoritos
marqueses” que tan creído se lo tenían. ¿Qué sentido tiene hablar de once

311
tíos corriendo tras una pelota? Si toda la energía que se consume hablando
de futbol pudiera encauzarse hacia fines humanitarios, en dos días se
solucionaría la pobreza en el mundo. Llegó un momento en que mi mente
se desconectó, dejé de escuchar, solo asentía. Pero entonces apareció la
alegría de la fiesta: el Pulpo, que nos invitó a una ronda. Esta es una de
esas personas que te odian con sincero afecto. En cuanto te das media
vuelta para ir a mear, ya está poniéndote a caldo.
El tercer botellín sí que me achispó, pero ya estaba más que
aleccionado y esta vez no pensaba hablar más de la cuenta. No iba a darles
el gusto de que me convirtieran en su comidilla. Que sea otro el que les
tire sus migajas. Entonces me vino una de esas iluminaciones: ¿Qué
importa lo que digan de ti? ¡Siempre será mucho peor de lo que te
imaginas!
Y así seguí un rato más, asintiendo y riendo de asco hasta que me
levanté y me fui. Allí los dejé hablando de los señoritos marqueses.
En vista de que no tenía nada de sueño, decidí estirar las piernas y
callejear un poco por la Gran Vía. A esa hora ya prácticamente no había
nadie. Solo se escuchaba el tenue zumbido de los cajetines eléctricos
interrumpido por el sonido de mis suelas y algún lejano claxon. Qué
bendito silencio. Lo bueno de la soledad es que siempre cuenta contigo,
nunca te abandona, y eso es de agradecer. La dulce y amarga soledad. Allí
estaban todos esos tristes y parpadeantes semáforos tan aparatosamente
inútiles. Esa es la magia de la noche: que te hace ver la naturaleza de las
cosas tal cual es, sin los oscuros velos de la luz diurna. Pero lo más triste
eran todas esas colillas de cigarro manchadas de carmín y aplastadas en la
acera. Nunca antes había visto tanto vacío y sinsentido en un residuo.
Había más vacío en esas colillas que en todo el universo.
Una hora más tarde, entrando por Concepción Arenal, me cruzo con
un perro husmeando en los cubos de basura. Le saludo con un silbido pero
ni siquiera se molesta en mirarme. Parece que conoce bien la traición. Sin
duda el mejor amigo del hombre, prueba de ello es la cantidad de chuchos
abandonados.
Cuando llego a mi bendita calle Desengaño, me encuentro una sombra
que me observa. Es la Aurora. En cuanto me reconoce se acerca hacia mí
preguntándome si tengo algo de comida, que le ha entrado el hambre y que
no me preocupe que me lo pagará, que no ha comido desde esta mañana y
que no tiene a dónde ir porque todo está cerrado. Y que no puede ir a su
piso porque bla, bla, bla. En un primer momento me quedo sin saber qué
decir. No me hace ni puta gracia subirla a mi habitación, y menos a esa
hora, pero tampoco es cosa de dejarla allí pasando hambre, aun sabiendo
que puede muy bien ser una de sus estratagemas.

312
—Bueno, de acuerdo, pero trata de no hacer ruido. Ya sabes que la
dueña…
—No te preocupes —me dice con una sonrisa inocente.
Nada más llegar a mi habitación, tras cerrar la puerta con sigilo, ya le
ha dado tiempo a encontrar la neverita y abrirla.
—¿Te importa si echo un vistazo?
—Adelante.
—¡Aaaah, palmeritas de chocolate! —exclama como una niña—.
¿Puedo?
—Claro —le digo, estirando la colcha de la cama.
—¡Ummmmm! ¡Qué buenas!
—Pero hija, come antes un poco de queso o jamón… ¿No te apetece
un sándwich?
—¡Están que te cagas, tío!
—Estaban en oferta.
—¿Y esto qué es? ¡Ooooh, bizcocho de frutas!
—¡Sssssssch! Baja la voz.
—Qué bueno eres, Jose, cuánto me cuidas —me dice sentándose
bruscamente a mi lado, al filo de la cama, con las manos llenas de
golosinas.
Enseguida me inunda una ráfaga de aire, un olor concentrado a tabaco
y perfume barato.
—¿Huelo bien?
—De maravilla.
—Es perfume de flores. Flores silvestres.
—Ah.
Seguramente tenía razón y eran flores silvestres, pero para mí era
esencia de muerte, sudor, bilis, tabaco. De haber sido otra mujer me
habrían olido a jazmín y gardenias. Pobrecita mía, parecía realmente
hambrienta, como si no hubiera comido en días. Estaba en los huesos de
tanto darle al perico. Masticaba y tragaba a borbotones, con auténtica
ansia, llenándose la minifalda de trocitos de chocolate.
—¡Ummmmm!
—Pues sí que tenías hambre. Yo también me voy a preparar algo —le
digo levantándome.
—Sí, sí, come, come.
—¿Qué quieres de beber?
—¿Tienes Coka?
—No.
—Pues… dame una cerveza.
—¿Vas a mezclar la cerveza con el chocolate?
—No pasa nada. ¿Me la abres?

313
—Toma —le digo pasándole una lata de medio litro, mientras la veo
zampándose las últimas migajas del envase.
—Ay, qué lástima, te he dejado sin palmeritas —me dice, tratando de
parecer melosa.
—No te preocupes. Ya compraré.
—Vaya habitación más chula que tienes.
—No es mía.
—Ah, ¿no?
—Es de las cucarachas.
—¡Ja, ja! Bueno yo también las tengo. Aquí todo el mundo las tiene,
son una plaga. Pero tú no tienes muchas.
—Claro que tengo, pero te han olido y se han escondido. No les gustan
las visitas.
—Vaya. Pues qué cabronas. Las mías son mucho más sociables.
Tras cortar unas rebanadas de pan, vuelvo a la nevera y voy colocando
sobre una bandeja lo último que queda: un taco de queso Gouda, un
paquete con lonchas de jamón cocido y una lata de anchoas. Seguidamente
voy a la despensa y cojo una bolsa medio llena de patatas fritas. Cuando
ya lo tengo todo en la bandeja, me siento junto a ella en el borde de la
cama, pero no demasiado cerca.
—¿Puedo? —me pregunta con voz meliflua, mirando el jamón.
—Claro. Toma la bandeja.
—¿Todo esto para mí? Pero come tú también, ¿eh? Te aviso que
cuando empiezo no paro.
—No te preocupes. Tú come tranquila.
Al principio la observaba con fascinación, recreándome en sus gestos,
en los chasquidos de su boca llena, en los movimientos reptantes de su
garganta, en los rumores viscerales de su palpitante estómago recibiendo
fervorosamente aquel viscoso revoltijo de cerveza, jamón y chocolate.
Toda una gloriosa sinfonía de movimientos tubulares y jugos gástricos.
Pero cuando vi cómo iban desapareciendo las lonchas de jamón y el queso,
empecé a ver las cosas con menos trascendentismo poético y más
objetividad.
—Me miras como si fuera un bicho raro.
—¿Está bueno?
—¡Mmmmm!
Aunque no era una muy guapa, tenía un gesto pícaro que me resultaba
gracioso, o cuanto menos encantador. Pero todo ese atractivo estaba
eclipsado por una aureola de desolación que sin duda había hecho mella
en su rostro. Sus ojos pardos, aun siendo hermosos, parecían abrumados
por el desconsuelo. Tan joven y tan machacada. Apenas tendría unos
veinte años. Me la imaginé siendo abusada, maltratada por su padrastro

314
psicópata. Y una madre indiferente, manipuladora. Hay que ver lo hijo de
la gran puta que puede llegar a ser el ser humano.
—Esto está de vicio, tío. ¿Puedo coger otra cerveza?
El caso es que no dejaba de mirar aquel cuerpecillo tan frágil y
escuálido, preguntándome cómo podía caber tanta comida en ese
minúsculo estómago, cuando, de pronto, soltó un eructo que más bien
pareció un trueno. No exagero si afirmo que hasta la cama trepidó. ¡El
susto que me dio la condenada! Enseguida me imaginé a la dueña
aporreando la puerta.
—Perdona, ¡ja, ja, ja, ja, ja...!
—No pasa nada.
—¡Joder, qué a gusto me he quedado!
—Me alegro.
—Ya ves que soy una glotona. Mira, toca, me has dejado preñaá. ¡Ja,
ja, ja, ja, ja...!
—¡Ssssssch!
—¡Ay, perdona!
—Ya verás cómo aparece la dueña echándonos la bronca.
—¡Que se atreva! —dijo llevándose a la boca los últimos restos de
patatas fritas.
Quizá por cumplir, había dejado algunos tacos de queso en la bandeja.
Nada que ver con las anchoas y el jamón, que solo quedaba el envoltorio.
Enseguida di buena cuenta del queso.
—¿No has pensado en buscar otro trabajo?
—No. ¿Para qué? ¿Para ganar cinco euros la hora fregando portales?
—Al menos estás más segura.
—¿Segura? Pues no sé qué decirte —murmuró chupándose uno a uno
la punta de los dedos—. Mi primer novio lo conocí en una disco y te
aseguro que es el mayor cabrón con el que me he topado. Mira, hijoputas
hay en todas partes, además… yo ya me conozco a los clientes. Sé con
quién no debo ir.
—¿Sigues teniendo el spray antisicópatas?
—Claro. Siempre lo llevo conmigo. Qué bueno eres —dice
acariciándome la rodilla, con esa voz meliflua.
—Bueno, para eso están los amigos. Si no nos ayudamos entre
nosotros…
—Ojalá todos los hombres fueran como tú.
—Pues sí.
—¿Quieres que te enseñe el coño?
—¿Cómo?
—El coño. ¿Quieres verlo?
—No hace falta.
—¿No?

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—Mejor otro día.
—Como quieras —me dice sacudiéndose la falda y echando las
migajas en la bandeja, para seguidamente dar un último trago de
cerveza—. Te has puesto nervioso, ¿eh?
—Lógico.
—¿Te importa si te lo pago mañana? Bueno, espera... Aún me quedan
unas monedas…
—Anda, guárdatelas.
—¡No! Toma.
—Guárdatelas.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Te puedo dar un abrazo?
—Claro.
Debo de ser el mayor pardillo del mundo, pero para mí aquel abrazo
compensó todas mis pérdidas materiales.
—¡Joder, tío, vaya culazo que tienes!
—Gracias.
—¿No se me olvida nada?
—Pues…
—Mañana te lo pago, te lo juro.
—Que síii —le digo, abriéndole la puerta.
—Qué bueno eres…
—Ahora no hagas ruido, pisa con cuidado…
—¡Joder, ya me estoy meando!
—¡Sssssssch!...

En vida real no hay aplausos


al cerrar el broche.
A lo más, algún que otro
buenas noches.

16 de mayo de 1999

Tomando un cubata con el Rata, en el bar de Eusebio:


—¿Dónde acaba el universo?

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—No hay final, es infinito.
—Entonces... ¡Es todo resignación!
—Hay lo que hay, nada más.
—¿Y qué es lo que hay?
—Lo que ves.
—No veo nada.
—¿Y qué más quieres?

Cuando finalmente se fue, me dio por escribir unas perlas:

Ante el amor, todas nuestras idealidades se trasforman, como por arte


de magia, en besitocracia, mordisquitocracia y erectocracia.

Por más perfecto que sea el cuerpo desnudo de una mujer, puede
suceder que abra la boca y... se estropee.

Hay labios tan dulces y cálidos, que en vez de llevarte al cielo te


arrastran al infierno.

Hay mujeres que tienen el mismo sabor que un pastel relleno de


clavos.

19 de mayo de 1999

Esta mañana he firmado un contrato de trabajo de dos semanas en un


almacén de recambios, en Fuencarral. El lunes empiezo. Maldita las ganas
que tengo, pero hay que pagar la cerveza y la pensión.
Como hacía calor y no sabía a dónde ir, se me ocurrió meterme en una
oscura iglesia de Lavapiés, atraído por la ondulante figura de una mujer de
mediana edad, vestida de negro. Decidí seguirla por curiosidad.
Durante un par de minutos se quedó de pie en un rincón, observando
una reliquia. Parecía desprender una honda tristeza o melancolía. A su
izquierda varias cabezas sobresalían a través de unos largos bancos
dispuestos en fila. Todo aquel lugar olía a incienso, a humedad, a moho.
Alguien parecía estar predicando, pero no había nadie en el altar. Entonces
me fijé en un par de altavoces a ambos lados del mismo. Todo era una
grabación. No me pareció nada raro. Era casi lo mismo que escuchar el
maquinal y repetitivo sermón de un cura de carne y hueso. También los
lampadarios eran eléctricos. Más de cien velitas LED. Solo se encendían

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con dinero. Ahí estaba el auténtico mensaje del Señor: sin dinero Dios no
te escucha.
Avancé por uno de los laterales de la nave, contemplando la
orfebrería, los tapices, los lienzos, los iconos, las vitrinas, las estatuas de
vírgenes, de santos, hasta llegar a uno de los altavoces. Entones me
sobrevino un extraño pensamiento: Aman a Dios porque no les habla ni
les escucha. Nunca discute. Es como esa gente que ama a los perros más
que a las personas. ¿Por qué? Por lo mismo, porque no hablan ni discuten.
Y además se comen cualquier desperdicio, nos defienden con su vida y no
nos abandonan ni aunque los matemos a palos. No es de extrañar que sea
nuestro mejor amigo.
Me fijé en el Jesús crucificado, allí delante, expuesto a la vista de
todos como un animal sacrificado. Sentí una gran pena por él. Más de dos
mil años siendo el alimento de las rapaces. Nunca antes un cadáver había
sido tan rentable. Si las palabras pudieran compararse a las personas, la
VERDAD sería la más PUTA de todas. Cuando miré hacia atrás, la mujer
de negro ya se había ido. No tenía sentido estar más tiempo allí.
A eso de las cuatro de la tarde, a falta de algo mejor que hacer, se me
ocurre entrar por curiosidad en un sex shop de la calle Montera. Recuerdo
la primera y última vez que entré en un sitio así. Tendría unos catorce o
quince años. Éramos tres amigos que acabábamos de salir de clase. No fue
difícil colarnos, y allí estuvimos un rato merodeando entre los estantes de
las películas, si es que aquello podía llamarse películas. Todo lo que vi me
sirvió para comprender al ser humano en toda su magnitud. Una verdadera
lección de filosofía trágica. Salí con el estómago revuelto, jurándome que
nunca más volvería a entrar en semejante antro.
Lo primero que siento nada más cruzar la puerta es un fuerte hedor a
perfume barato y desinfectante. Lo siguiente es una ligera música
electrónica supeditada por una voz masculina que, tratando de parecer
seductora, recita las grandes virtudes fisionómicas de Viviana, que “ya te
está esperando en la cama del amor”. Al fondo, en la rosada penumbra,
veo estanterías llenas de DVDs, cabinas, vitrinas con toda suerte de
artilugios, algo similar al instrumental odontológico. Pero a medida que
me acerco se transforman en extraños objetos multicolores que parecen
sacados de un museo de arte surrealista o abstracto: cepillos tentaculares,
tuberías elásticas, motosierras con lenguas, consoladores bicéfalos,
tricéfalos… En otra sección se amontonan prendas de cuero, látigos,
esposas, bozales, ingenios de tortura… como si el dolor de la vida no fuera
suficiente.
Dos o tres viejos pasean de un lado a otro sin nada mejor que hacer.
A mi derecha, tras un mostrador, un siniestro personaje parece
observarme.

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Sigo adelante hasta encontrarme una cabina con la puerta entreabierta.
Parece vacía. Entro. El suelo está recién fregado. Enseguida me invade un
fuerte olor a desinfectante. Es un espacio minúsculo, como un ascensor
con espejo. Entorno la puerta y cierro el pestillo con la camisa, casi
conteniendo la respiración. Veo una ranura donde meter monedas de euro.
“Mínimo 2 euros”. Al lado hay otra ranura más ancha donde meter billetes.
Introduzco dos euros. Se oye un clic. El espejo frente a mí se vuelve de
pronto transparente y aparece una chica completamente desnuda y
recostada sobre una plataforma rotatoria, decorada con sábanas rosas de
satén.
Al principio me deslumbra la impoluta blancura de su piel, que parece
desprender un halo sobrenatural. Me fijo en su rostro, virando
gradualmente hacia mí, hasta tenerlo de frente. Siento el hastío en sus
ojos, que en vano trata de disimular lanzándome una descarada mueca
provocativa. Su cabello dorado como el trigo cae en cascada sobre el
delicado contorno de sus diáfanos pechos. El incierto atractivo de sus
rasgos, con una finísima nariz torcida y unas leves cicatrices de varicela
en las mejillas, le confiere una entrañable humanidad que desde luego no
desentona con el resto de su inmaculado cuerpo. Un ligerísimo vello rubio
asoma como un sol por el horizonte de sus larguísimas piernas,
elegantemente recogidas.
A medida que la plataforma va rotando hacia la derecha, observo
cómo su mirada se desliza mecánicamente hacia la ventana de la siguiente
cabina, donde un orangután se la está cascando sin miramientos. Otro más
a mi izquierda. De pronto descubro a un montón de desquiciados
masturbándose tras los cristales. Vaya espectáculo. Verdaderamente el ser
humano es un animal absolutamente ridículo. ¿Para esto han servido tantos
milenios de evolución, tantos siglos de tecnología? ¿Para terminar
cascándotela frente a un cristal?
De nuevo la ventana se convierte en un oscuro espejo. Observo mi
rostro, ligeramente colorado, enloquecido. Trato de sonreír, y sólo me sale
una mueca irónica, siniestra. Fácilmente podría pasar por un psicópata.
“¿Esto es lo que quieres?”, me pregunto. Enciendo un pitillo. Hago un
rápido cálculo mental y espero unos cuatro minutos allí de pie, escuchando
esa horrible música electrónica y observando el abismo de mi
inconsciencia.
Echo otros dos euros por la ranura. Justo a tiempo: allí está otra vez
mi ninfa sonriéndome, abriéndose de piernas y mostrándome la rosada flor
de sus entrañas: el origen de la vida. Me hace un gesto, como diciendo:
“¿Y tú no…?” Sonrío con resignación, como diciendo: “Sí, ya, pero… ¿y
mi dignidad?”. Absorbo sus delicadas curvas, la luminosidad de su piel, la
perfecta simetría de sus lunares, hasta que toda la escena desaparece. Doy
una profunda calada y apago el cigarrillo en el suelo. Abro el pestillo con

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la camisa y salgo rápidamente de allí, preguntándome si el paraíso no es
más que eso: una ilusión que aparece y desaparece sin más.
Ya en la calle, me pongo a dar vueltas sin saber a dónde ir. ¿Al cine?
Demasiado caro, y ya se me han ido cuatro euros. ¿Y qué tal la filmoteca?
Sólo son tres euros, además no me pilla lejos.
Lo dicho: entro justo a tiempo para ver una película búlgara cuyo
título no quiero acordarme. A los cinco minutos ya estoy profundamente
deprimido. Apenas hay gente en la sala, solo un puñado de fracasados
solitarios. No pasan ni veinte minutos cuando un par de ellos se levantan
y se van refunfuñando. Aquello es verdaderamente infumable. Sin duda
hay mejores maneras de asesinar el tiempo.
El hastío me envuelve como una camisa de fuerza. Trato de sentir
algún estímulo, un sentimiento, un destello de emoción, pero solo siento
vacío, un vacío tan negro como la pared del fondo. Ni siquiera soy una
cáscara… Soy un vacío más vacío que el propio vacío. En un momento
dado creo que me duermo, pero no estoy seguro. Sólo escucho un chorreo
de palabras distorsionadas que parecen salir de mi cabeza, como una
extraña película de dibujos animados.
Eso es lo bueno de la filmoteca: que te puedes recostar en una fila de
asientos y echarte una siesta si no hay mucha gente.
Antes de que aparezcan los títulos de crédito y se enciendan las luces,
me dirijo raudo hacia la puerta de salida. Todos me siguen como sombras
escurridizas. Nadie quiere ser visto por nadie. En la calle llueve con ganas,
todo está en penumbra. Alguien bromea al respecto, pero no estamos para
bromas. Un gélido