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8.

Desarrollo socioafectivo en el contexto familiar

consideran componentes esenciales de una crianza eficaz, mientras que en


el extremo opuesto se situarían las relaciones carentes de afecto, hostiles y
la falta de comunicación.
Los padres autorizados/democráticos son receptivos y exigentes, gozan-
do los hijos de unos límites razonables de libertad. Se caracterizan por el
afecto, la tolerancia, la comunicación y la orientación a los hijos; también
controlan, pero permitiendo la participación en la toma de decisiones. Utili-
zan el razonamiento/inducción, y en menor medida el poder de la fuerza
(castigan de forma sensata cuando es necesario). Intentan que los hijos
acepten las normas del grupo, estimulando al mismo tiempo su autonomía.
Los autoritarios son despegados y poco cálidos, y consideran la obe-
diencia como una virtud, concediendo gran importancia al respeto a la au-
toridad, al trabajo y a la conservación del orden. Imponen muchas normas
sin explicarlas, esperando que se acepten sin réplica y recurriendo al poder
de la fuerza para su aplicación. Los permisivos son receptivos, pero plan-
tean pocas exigencias y rara vez tratan de controlar la conducta del hijo,
permitiéndole expresar libremente sus sentimientos e impulsos. Evitan
totalmente el control físico, confiando sólo en la razón, y son los niños los
que regulan sus propias actividades. Finalmente, los negligentes no son re-
ceptivos ni exigentes, sino que están centrados en sus propias necesidades.
Se muestran distantes (incluso hostiles) y permisivos con sus hijos, a los
que no dedican tiempo ni esfuerzo, como si no les preocuparan. Cuando
disciplinan, utilizan fundamentalmente el poder de la fuerza. La pobreza, la
enfermedad mental, el desempleo o el estrés matrimonial son factores aso-
ciados a este estilo de crianza (Bornstein y Zlotnik, 2008).
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Otros autores han elaborado tipologías diferentes añadiendo dimensio-


nes al control y al afecto. Por ejemplo, Oliva, Parra y Arranz (2008) incor-
poraron la promoción de la autonomía en padres con hijos adolescentes (es-
timular la capacidad para pensar, la formación de opiniones propias y la
toma de decisiones), el control psicológico (estrategias intrusivas y mani-
puladoras, como la inducción de culpa o la retirada de afecto), la revelación
(tendencia del adolescente a informar espontáneamente a sus padres acerca
de sus actividades, sus amistades o sus relaciones de pareja, es decir, de lo
que hacen cuando sus padres no están presentes) y el humor (una actitud
parental relajada, alegre y optimista). La coincidencia entre los estilos de
ambos progenitores es elevada, pero no total. Baumrind (1991) informó
de un 76% de coincidencia, y Oliva, Parra y Arranz (2008) encontraron un
77,8%. La concordancia mayor correspondía al estilo autorizado (cuando lo
tenía la madre el padre también en el 81% de los casos), seguido del indife-
rente/negligente (77,1%) y del autoritario (68,1%).
Los hijos de padres autorizados es más probable que sean socialmente
responsables, competentes, seguros de sí mismos, adaptados, creativos, cu-

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riosos, independientes, asertivos, con éxito escolar, amigables, cooperati-


vos con los iguales y padres, y, por lo general, felices. También que presen-
ten un nivel superior de razonamiento moral, conducta prosocial y alta au-
toestima, y menos conductas externalizantes (Bornstein y Zlotnik, 2008) y
menor conflictividad con sus padres (Torío, Peña e Inda, 2008). Las razo-
nes, según Bornstein y Zlotnik (2008), pueden ser la estimulación por los
padres de su autoconfianza (controlando y al mismo tiempo estimulando su
autonomía), la enseñanza de habilidades para relacionarse con los iguales,
el diálogo (propulsor del desarrollo intelectual y de habilidades cognitivas
y sociales facilitadoras de su adaptación fuera del hogar), la inducción (ex-
plicación de las decisiones, reglas o expectativas, mejorando así su com-
prensión de las relaciones y facilitando el razonamiento moral y la empatía)
y el afecto e implicación parental (facilitando la identificación y, por tanto,
la influencia parental).
Las consecuencias serán más positivas cuando ambos padres tienen esti-
los autorizados. Por otra parte, aunque la no concordancia de estilos se con-
sidera una fuente de estrés en la crianza con posibles efectos negativos en
el desarrollo de los hijos, los beneficios de que al menos un progenitor sea
democrático superan a las consecuencias negativas derivadas de la falta de
coincidencia. Cuando los padres coinciden en ser autoritarios, permisivos o
indiferentes/negligentes, los efectos serán peores que si uno de los dos es
democrático (Bornstein y Zlotnik, 2008; Oliva, Parra y Arranz, 2008; Si-
mons y Conger, 2007).
Comparados con el grupo anterior, los niños y adolescentes de hogares
autoritarios se suelen caracterizar por una mayor dependencia de sus padres
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(especialmente la niñas), sumisión, peor adaptación social, menor seguri-


dad en sí mismos, escasa curiosidad intelectual y una menor orientación al
logro (Torío, Peña e Inda, 2008). Además, suelen mostrarse tímidos y hos-
tiles con los iguales. Un posible efecto positivo del autoritarismo parental
es el buen rendimiento académico y un menor riesgo de conductas desvia-
das. Por otra parte, la punitividad y frialdad de los padres pueden hacer que
se rebelen contra sus estándares e intenten ser más autónomos e individua-
listas, pero no sería auténtica autonomía emocional. Este estilo de crianza
podría ser más útil en algunos contextos culturales y socioeconómicos,
como los niños y adolescentes que viven en zonas deprimidas y de alto
riesgo (Bornstein y Zlotnik, 2008).
Los hijos de padres permisivos suelen tener un peor rendimiento aca-
démico, más riesgo de consumo de drogas y alcohol y menos madurez
personal (Torío, Peña e Inda, 2008). Comparten también algunas caracte-
rísticas con los hijos de padres autoritarios, como la falta de asertividad,
mayor dependencia de sus padres, falta de autoconfianza y niveles inferio-
res de autocontrol. La permisividad y falta de supervisión pueden legitimar

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la agresión y, de hecho, se han relacionado con un mayor riesgo de con-


ducta agresiva; por otra parte, la falta de guía y de reglas puede dar lugar
posteriormente a dificultades de adaptación a las normas sociales; a menu-
do también se produce un distanciamiento de los padres para establecer una
relación de dependencia psicológica con iguales. Los efectos de la permisi-
vidad tienden a ser más fuertes en los niños que en las niñas (Ato, Galián y
Huéscar, 2007; Bornstein y Zlotnik, 2008).
El estilo indiferente/negligente es el que supone un mayor riesgo para
el desarrollo socioafectivo de niños y adolescentes. Los niños de 2 años
con madres indiferentes es más probable que presenten un apego inseguro.
En general, los hijos de padres negligentes tienden a ser más inmaduros,
irresponsables, impulsivos y susceptibles a la presión del grupo. También
es mayor el riesgo de que desarrollen problemas internalizantes y externa-
lizantes, de consumo de drogas y alcohol y de inicio temprano de relaciones
sexuales. Finalmente, destacan también por las dificultades académicas,
baja asertividad y escasa responsabilidad social (Bornstein y Zlotnik, 2008;
Oliva et al., 2008; Simons y Conger, 2007). Las consecuencias negativas
se pueden ir acumulando y hacerse más evidentes durante la etapa adulta,
siendo más probable que los adultos jóvenes procedentes de hogares ne-
gligentes sean hedonistas, poco tolerantes a la frustración y con dificulta-
des de autocontrol emocional, que carezcan de objetivos a largo plazo y
tengan problemas de alcoholismo y con la justicia (Bornstein y Zlotnik,
2008).
En un estudio longitudinal clásico, Lamborn y colaboradores (Lamborn
et al., 1991; Steinberg et al., 1994) investigaron las consecuencias de los
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estilos educativos en 4.100 adolescentes de entre 14 y 18 años. Los hijos de


padres democráticos obtuvieron las puntuaciones más elevadas en compe-
tencia psicosocial (popularidad, número de amigos y facilidad para hacer
amigos) y logro escolar (calificaciones medias, orientación hacia la escue-
la, percepción de su competencia académica) y más bajas en problemas de
conducta (consumo de drogas y de alcohol, mal comportamiento escolar y
delincuencia). Presentaban menos estrés interno (trastornos somáticos y an-
siedad/depresión) que los hijos de padres negligentes, pero no se diferen-
ciaban de los otros dos grupos. Los de hogares autoritarios obtuvieron pun-
tuaciones promedio en obediencia y conformidad a las normas, pero tenían
un bajo autoconcepto. Los hijos de padres permisivos se caracterizaban por
una elevada autoconfianza, y por un mayor riesgo de problemas de consu-
mo de drogas, mal comportamiento escolar y menor implicación académi-
ca. Por último, los adolescentes con padres negligentes eran los que tenían
una menor competencia y más problemas de conducta. La comparación
entre hijos de padres autoritarios y permisivos parecía favorecer a los auto-
ritarios, en el sentido de que presentaban menos problemas de conducta y

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de consumo de drogas y una mayor orientación escolar, aunque pagando el


precio de la falta de confianza en sí mismos y una percepción más negativa
de sus capacidades sociales y académicas.
Cuando varios años después Steinberg et al. (1994) volvieron a evaluar
el ajuste de los adolescentes, los de hogares democráticos mantenían su
superioridad en competencia psicosocial y académica y sus puntuaciones
más bajas en estrés interno y problemas de conducta. No obstante, mejoró
su autopercepción académica y disminuyó más el mal comportamiento es-
colar. Los hijos de padres autoritarios mantenían un patrón similar, excepto
un incremento significativo en estrés interno. Los de familias permisivas
continuaban especialmente orientados hacia sus iguales y las actividades
valoradas por el grupo. Su autopercepción académica era aún más positiva
y presentaban menos estrés somático, mientras que había disminuido su
orientación escolar y aumentado los problemas conductuales. Finalmente,
en los hijos de padres negligentes se había deteriorado aún más su desim-
plicación académica y problemática conductual.

4.2 Estilo interactivo y desarrollo socioafectivo

Las interacciones con los padres proporcionan la oportunidad de aprender,


ensayar y mejorar habilidades sociales necesarias en la interacción con los
demás. En general, las evidencias empíricas indican que los padres recepti-
vos y afectuosos es más probable que tengan hijos competentes socialmen-
te (menos conducta agresiva y más prosocial en el colegio, expresividad
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emocional positiva y mejores habilidades de regulación emocional) según


profesores e iguales y que, por el contrario, los hijos de padres hostiles y
controladores tienen un mayor riesgo de no aceptación y rechazo por los
iguales durante el preescolar e infancia media (e.g., Davidov y Grusec,
2006; Meece y Mize, 2011; Paulussen-Hoogeboom et al., 2007; Ruffman,
Slade, Devitt y Crowe, 2006; Spinrad et al., 2007).
El control parental, sin embargo, no se relaciona sistemáticamente con un
peor ajuste emocional y social. Denham y colaboradores (2000) encontraron
que poner límites y controlar en el contexto de un ambiente afectuoso se aso-
ciaba a menos problemas de conducta durante la infancia temprana. Es decir,
que el control parental sería negativo cuando se produce en un ambiente de
relaciones negativas entre padres e hijos, especialmente nocivo para aquellos
con problemas de regulación emocional. Los resultados también han demos-
trado que los patrones de interacción predicen las relaciones posteriores, que
el padre realiza una contribución única e independiente de los efectos de la
madre, y que la calidad (versus cantidad) de las interacciones predice mejor
el desarrollo socioafectivo de los hijos (Parke y Buriel, 2006).

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Las prácticas duras de disciplina (abofetear, amenazar, chillar) ante el


mal comportamiento del hijo pueden contribuir al desarrollo de conductas
externalizantes al promover normas favorables al uso de la violencia o de la
agresión. Los estudios han demostrado la relación existente entre disciplina
dura y conducta externalizante desde la infancia temprana hasta la adoles-
cencia. Por ejemplo, Blatt-Eisengart, Drabick, Monahan y Steinberg (2009)
informaron que la depresión materna y las conductas negativas de los pa-
dres (negatividad y no afecto; hostilidad, falta de apoyo, no respetar la au-
tonomía) se relacionaban con conductas externalizantes concurrentes de los
hijos a los 24 meses de edad y cuando estaban en primer curso. La relación
entre depresión y síntomas externalizantes de los niños varones era más
pronunciada a los 24 meses de edad que en las niñas, aunque con el tiempo
disminuía su magnitud en los hijos y aumentaba en las hijas.
Verhoeven et al. (2010) demostraron que los niños varones de 3 años
cuyas madres utilizaban el control psicológico (e.g., «cuando se porta mal
dejo de hablarle hasta que cambia la conducta») era más probable que pre-
sentaran niveles superiores de conductas externalizantes, no siendo signifi-
cativa la relación en el caso del padre. Esto sugiere que la conducta mater-
na era más relevante que la del padre para predecir la conducta de los niños
pequeños. Los niños prefieren buscar el afecto de las madres, lo que expli-
caría por qué el control psicológico (rechazo y manipulación) materno les
resulta más negativo.
Los padres que promueven la autonomía de sus hijos adolescentes y
que los apoyan y se muestran afectuosos con ellos les están proporcionando
un sentimiento de seguridad e independencia que les permite sentirse lo
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suficientemente seguros y confortables como para explorar su identidad


personal. Dumas, Lawford, Tieu y Pratt (2009) informaron que la percep-
ción que tenían adolescentes de 17 años de la utilización por sus padres de
unas prácticas positivas (cantidad y calidad de contactos con los padres,
crianza autorizada, relaciones emocionalmente adecuadas) predecía su
posterior estatus de identidad (logro de identidad) y desarrollo emocional a
los 26 años. La percepción de crianza positiva también predecía la tenden-
cia en la etapa adulta a narrar los malos momentos vitales con una resolu-
ción coherente, clara y positiva (es decir, el procesamiento narrativo de la
identidad o percepción de la propia vida y del papel que uno desempeña en
ella). La capacidad para narrar de forma coherente un determinado momen-
to refleja una comprensión clara del suceso y del yo en distintos momentos
y situaciones. Finalmente, esta resolución coherente positiva se relacionaba
de manera concurrente con la madurez de la identidad y con el ajuste emo-
cional.
Las buenas relaciones de los padres con los hijos adolescentes (afecto,
comunicación, apoyo, supervisión, estimulación de la autonomía) afectan

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positivamente a su desarrollo (e.g., Mestre et al., 2007; Oliva et al., 2002;


Sánchez-Queija, Oliva y Parra, 2006). Por ejemplo, Oliva et al. (2002) en-
contraron que el apoyo parental a los hijos adolescentes se asociaba a una
mayor autoestima y satisfacción vital, bienestar psicológico, ajuste escolar
(rendimiento escolar y menor riesgo de consumo de alcohol y drogas) y es-
tabilidad en las relaciones de pareja. Ortiz, Apodaca, Etxebarria, Fuentes y
López (2007) informaron que el afecto era la principal variable predictora
de la intervención educativa de los padres en el ámbito moral; cuando se
implicaban y atendían las necesidades de los hijos, éstos interiorizaban los
objetivos parentales y estaban más motivados para compartir sus deseos.
De manera similar, los resultados de Ortiz et al., (2008) indicaban que el
afecto y la comunicación emocional (especialmente de la madre) se relacio-
naban con la empatía de los hijos. El afecto y apoyo emocional (sobre todo
el de la madre) y la estimulación de la autonomía predicen también el com-
portamiento prosocial (Mestre et al., 2007; Sánchez-Queija et al., 2006).
Todos estos resultados sugieren que la relación afectiva con unos padres
que interpretan y responden a las señales emocionales de los hijos, transmi-
tiéndoles también sus propios sentimientos, constituye un contexto privi-
legiado para el desarrollo de la capacidad empática y la conducta prosocial.
Además, Bell y Bell (2005) encontraron que el mantenimiento de interac-
ciones familiares positivas y el clima de cohesión durante la adolescencia
predecían la competencia emocional y satisfacción vital de los hijos veinti-
cinco años después.
Por el contrario, Moreno et al. (2009) encontraron que las malas relacio-
nes de los adolescentes con los padres (conflictos frecuentes, falta de comu-
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nicación familiar y de afecto) se relacionaban con su comportamiento violen-


to en el colegio. La falta de modelos adecuados en el hogar dificulta el
desarrollo de la empatía y su transferencia a otros contextos, aumentando
el riesgo de comportamientos hostiles. Van den Akker, Dekovic y Prinzie
(2010) encontraron que el empleo de un patrón de crianza sobrerreactivo
(tendencia a responder con ira y frustración, como insultos y golpes) con los
hijos durante la transición de la infancia media (8-9 años) a la adolescencia
aumentaba el riesgo de problemas externalizantes de los adolescentes. Por
otra parte, la conducta externalizante de niños y adolescentes (bajo control de
los impulsos y comportamiento de oposición, agresivo o delictivo) se ha rela-
cionado con un amplio rango de consecuencias negativas, incluido el consu-
mo de drogas (Englund, Egeland, Oliva y Collins, 2008) y bajo rendimiento
académico (Masten et al., 2005). Además, los problemas externalizantes de
una generación a menudo se relacionan con la presencia de esos mismos pro-
blemas en la generación siguiente (Bailey, Hill, Oesterle y Hawkins, 2006).
Keijsers, Frijns, Branje y Meeus (2009) encontraron un declive lineal en
el control parental entre los 13 y los 16 años, y que la revelación disminuía

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gradualmente según los informes de los adolescentes, siguiendo un patrón


en forma de L según el padre y en forma de V según la madre. Un aumento
mayor de las actividades delictivas se asociaba a descensos más pronuncia-
dos de la revelación según los propios adolescentes y sus madres, y a unos
niveles inferiores de revelación según el padre; la fuerza de esta relación
(revelación y delincuencia) era mayor en familias con apoyo parental. La
disminución del control se relacionaba con aumento de actividades delicti-
vas, aunque la relación era menos fuerte en familias con alto nivel de apoyo
parental.
Los adolescentes se sienten más obligados a informar a sus padres sobre
el funcionamiento escolar que sobre cuestiones personales y morales, y
suelen hacer más revelaciones a la madre, que estaría mejor informada so-
bre su conducta; los varones tienden a hablar menos con ellos sobre con-
ductas de riesgo (e.g., conducta sexual; Smetana, Metzger, Gettman y Cam-
pione-Barr, 2006). Vieno, Nation, Pastore y Santinello (2009) demostraron
que el control materno sobre la conducta de su hijo adolescente y la exis-
tencia de una relación estrecha promovía la revelación y disminuía el ries-
go de que se implicara en conductas antisociales. Los resultados sugerían
también que no había una relación directa del control con un menor riesgo
de conducta antisocial, sino que los efectos se debían fundamentalmente a
la mayor disposición del hijo a informar a la madre.
El grado de cercanía que el adolescente mantiene con el padre se ha rela-
cionado con su conducta sexual y experiencias sentimentales, especialmente
en el caso de las hijas (Ellis et al., 2003; para revisión ver Quinlan, 2003),
aunque no está claro si ese relación persiste después de los años de instituto.
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Belsky y colaboradores (e.g., Simpson y Belsky, 2008) desarrollaron la teoría


de que un elevado nivel de estrés familiar durante la infancia temprana acele-
ra la maduración sexual y aumenta el riesgo de inicio sexual temprano y con-
ducta promiscua. El bajo nivel de implicación parental (prácticas punitivas
o desimplicadas) se asociaría a un inicio más temprano de la pubertad, a un
comportamiento sexual de riesgo y a un inicio más temprano de relaciones de
pareja (Ellis y Essex, 2007). Se consideran contextos duros de crianza la falta
del padre (Ellis et al., 2003), el distanciamiento emocional crónico entre pa-
dres e hijos y la disarmonía matrimonial (Ellis y Essex, 2007).
Por ejemplo, Ellis et al. (2003) investigaron una muestra de niñas hasta
la adolescencia tardía y encontraron que la ausencia del padre predecía una
actividad sexual más temprana y unas tasas superiores de embarazo, inclu-
so después de controlar el estatus socioeconómico, factores familiares (di-
vorcio, estilo educativo, conflictos familiares) y factores de personalidad
de las hijas. Regnerus y Luchies (2006) informaron que la cercanía al padre
se relacionaba negativamente con la actividad sexual de los adolescentes de
instituto, mientras que la proximidad a la madre no guardaba relación.

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4.3 Prácticas de crianza y competencia emocional

Los niños aprenden habilidades y estrategias para afrontar de manera


constructiva sus estados emocionales durante las interacciones con sus
cuidadores (Calkins y Hill, 2007). Los padres receptivos y sensibles po-
drán ayudar a que un hijo con dificultades de autocontrol desarrolle estra-
tegias de regulación que hagan posible un comportamiento socialmente
apropiado. Por ejemplo, pueden supervisar el ambiente del niño para que
las exigencias de la situación resulten apropiadas evolutivamente, y tam-
bién apoyarlo y ayudarle (e.g., distrayéndolo o tranquilizándolo cuando
está estresado) (Thompson y Meyer, 2007). Por el contrario, los intrusivos
o controladores pueden empeorar las escasas habilidades regulatorias del
hijo aumentando las demandas de la situación, poniéndole así más difícil el
manejo de sus reacciones emocionales y conductuales al aumentar su ne-
gatividad. Blandon, Calkins y Keane (2010) analizaron longitudinalmente
las relaciones de las prácticas de crianza maternas y variables de riesgo de
sus hijos de 2 años (conducta externalizante y dificultades de regulación
emocional) con su competencia emocional en preescolar. Los resultados
indicaban que las conductas de crianza no se relacionaban directamente
con la competencia, sino que sus efectos dependían del nivel previo de
riesgo. Concretamente, el control materno resultaba más perjudicial para
la competencia emocional posterior en los niños con niveles superiores
de riesgo.
Madres y padres son importantes socializadores de las emociones de sus
hijos (e.g., Cassano y Perry-Parrish, 2007; Engle y McElwain, 2010). Las
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prácticas de crianza que las castigan (castigos físicos o verbales) y/o mini-
mizan (devaluando las negativas) se han relacionado con problemas de con-
ducta en preescolares y escolares. Estas reacciones parentales aumentan el
riesgo de que los hijos puntúen más en tristeza y ansiedad, así como en
problemas internalizantes o desórdenes de ansiedad (Hastings y De, 2008).
Engle y McElwain (2010) informaron que, en consonancia con los resul -
tados de otros estudios (e.g., Hastings y De, 2008), los padres tenían más
reacciones punitivas que las madres ante las emociones negativas de sus
hijos de 2 años. La reacción punitiva de ambos progenitores predecía los
problemas internalizantes a los 3 años de edad, pero sólo en los varones con
alta emotividad negativa. Es decir, que la edad y el temperamento del niño
moderaban la relación entre socialización de las emociones y problemas
internalizantes.

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5. Especificidad de la relación socialización-desarrollo


y variables intervinientes

Las distintas áreas de socialización probablemente tengan unas conse-


cuencias diferentes en el desarrollo de los hijos. Leerkes, Blankson y O’Brian
(2009) encontraron que la sensibilidad materna en situaciones estresantes
(dimensión protectora) (pero no sin estrés) cuando el niño tenía 6 meses
se asociaba a menos problemas de conducta y mayor competencia social a
los 2 años, y en el caso de los que tenían un temperamento reactivo a una
mejor regulación emocional. De manera similar, Davidov y Grusec (2006a)
informaron que la respuesta materna al estrés del hijo (no al afecto) prede-
cía la autorregulación del afecto negativo del niño, así como la empatía y la
conducta prosocial con los otros.
En cuanto a los efectos específicos de la reciprocidad, Davidov y Gru-
sec (2006b) demostraron que cuando la madre respondía a los requerimien-
tos del hijo era más probable que éste la obedeciera y limpiara su habita-
ción de los juguetes. La cooperación de las madres con las peticiones de
sus hijos (pero no su respuesta al estrés del niño) predecía la obediencia. En
general, los resultados han demostrado que la obediencia se relaciona con
la reciprocidad, pero no con la respuesta materna al estrés del hijo, ni con la
disciplina o el afecto. En un estudio longitudinal, Feldman (2010) encontró
que la reciprocidad diádica en la infancia temprana (pero no la sensibilidad
ni intrusividad materna) predecía la adaptación adolescente.
El control y la disciplina, por su parte, influyen en conductas sobre las
que no parecen hacerlo otras variables. Por ejemplo, Davidov y Grusec
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(2006b) demostraron que las madres que conocían mejor la forma de reac-
cionar de sus hijos a la disciplina era más probable que consiguieran ha-
cerse obedecer después de la negativa inicial del niño. Finalmente, el
aprendizaje guiado parece influir en determinadas características del desa-
rrollo a las que no parecen afectar la respuesta parental al estrés del niño, la
reciprocidad, el control y el afecto. Por ejemplo, Laible y Song (2006) de-
mostraron que el aprendizaje guiado (estilo elaborado en conversación con
carga emocional) se relacionaba con la comprensión emocional de los ni-
ños, pero no el afecto positivo compartido durante la interacción.
La relación significativa, pero moderada, encontrada entre las prácticas
de crianza y la adaptación socioemocional de los hijos sugiere que las prác-
ticas no afectan a todos los niños de la misma forma o en el mismo grado.
En las interacciones con sus padres adquieren habilidades de comprensión
y regulación emocional que utilizarán en sus relaciones con los demás y
que, por tanto, desempeñan un papel mediador entre la crianza y el desarro-
llo de su competencia social. Una segunda variable mediadora son las re-
presentaciones mentales internas (modelos internos de trabajo sobre los pa-

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dres según los teóricos del apego, scripts o mapas cognitivos según los psi-
cólogos cognitivos y sociales) que guiarán su conducta social. Finalmente,
una tercera variable mediadora serían los procesos regulatorios de la aten-
ción (capacidad para atender a cuestiones relevantes, mantener la atención,
redirigirla mediante procesos como la distracción y la reestructuración cog-
nitiva); por ejemplo, se ha encontrado que la regulación de la atención actúa
de mediadora entre la sensibilidad parental y la competencia social de niños
escolares (Parke y Buriel, 2006).
Por ejemplo, Ensor, Spencer y Hughes (2011) analizaron el valor pre-
dictivo de la calidad de la relación madre-hijo y de la capacidad verbal y
comprensión emocional de los niños cuando tenían 2, 3 y 4 años de edad
(reconocimiento e identificación de expresiones emocionales y compren-
sión de asociaciones entre emociones y situaciones) con su conducta proso-
cial. La calidad de la relación se evaluó mediante un cuestionario (respues-
ta de la madre a los comentarios, preguntas y conducta del niño; respuesta
del niño a la madre; afecto compartido y cooperación en la tarea). Para me-
dir la comprensión emocional, los niños tenían que decir cómo se sentía
una muñeca conforme se le iban cambiando caras con distintas expresiones
emocionales; seguidamente, en una tarea de toma de perspectiva, veía viñe-
tas sobre cuatro emociones (felicidad, tristeza, cólera, miedo) y debía elegir
la cara que reflejara el sentimiento que estaría experimentando la muñeca
en cada viñeta. La conducta prosocial se evaluó mediante observación (si
compartía u ofrecía objetos en su poder, o si ayudaba verbal o físicamente),
en un experimento (en la última evaluación podía elegir entre recibir una
calcomanía al instante, dos calcomanías después para él solo o dos calco-
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manías después para compartirlas con un amigo) y con un cuestionario


cumplimentado por la madre en las tres evaluaciones y por los profesores
en la última valoración.
Los resultados indicaban que la comprensión emocional a los 3 años
actuaba de mediadora entre la calidad de la relación mutua madre-niño a
los 2 años y la conducta prosocial a los 4 años de edad. La influencia de las
interacciones (respuesta, reciprocidad y cooperación) sobre el comporta-
miento prosocial dependía de la capacidad de los niños para detectar y re-
flexionar sobre los sentimientos. Es decir, que una relación de calidad entre
madre-niño llevaba a una mejor comprensión emocional que, a su vez, se
asociaba a un comportamiento prosocial. En las relaciones tempranas las
madres pueden motivar a sus hijos pequeños para que apliquen su com-
prensión emocional a fines sociales. Se sabe que en estas interacciones am-
bos se implican en conversaciones fluidas que predicen la comprensión
emocional posterior.
Los estudios también sugieren que la regulación emocional desempeña
un papel mediador en la relación entre expresividad emocional de los pa-

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8. Desarrollo socioafectivo en el contexto familiar

dres y competencia social de los hijos, y que la utilización de reglas de ex-


presión emocional tiene el mismo rol en la relación entre estilo de crianza y
competencia social de los hijos (McDowell y Parke, 2005). Los efectos de
la socialización también pueden estar mediatizados por el control volunta-
rio, habiéndose encontrado relaciones entre prácticas de crianza, control
voluntario y resiliencia del yo en los adolescentes (e.g., Hofer, Eisenberg y
Reiser, 2010) y entre apoyo parental, control voluntario y competencia so-
cial en niños pequeños (Spinrad et al., 2007), y también en mayores y ado-
lescentes (Hofer et al., 2010; Valiente et al., 2006).
Por ejemplo, Hofer et al. (2010) analizaron las relaciones de la sociali-
zación, control voluntario (focalización y cambio de la atención: «cuando
está haciendo un trabajo, normalmente continuará hasta que lo termina»;
«me resulta fácil concentrarme en un problema»; control inhibitorio: «mi
hijo puede bajar la voz cuando se lo pido») y de la resiliencia del yo con el
funcionamiento social de adolescentes de entre 14 y 20 años. Las conductas
de crianza se relacionaban con el control voluntario, con la resiliencia del
yo y con el funcionamiento social, desempeñando el control y la resiliencia
un papel mediador entre socialización y competencia con los iguales y con
el desarrollo de problemas internalizantes. El control voluntario también
mediatizaba la relación de la socialización con la conducta externalizante.
A pesar de que la influencia de los iguales va adquiriendo una relevancia
cada vez mayor durante la adolescencia (Collins y Steinberg, 2006), los re-
sultados apoyan la visión de que la socialización parental sigue siendo rele-
vante para el desarrollo emocional y social de los adolescentes.
Los resultados también indican que los efectos de las prácticas de crian-
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za sobre el ajuste de los hijos dependen de su temperamento, de manera


que los niños con mayor emotividad negativa son más susceptibles a la in-
fluencia de una crianza inadecuada. Por ejemplo, los niños coléricos de dos
años es más probable que después, a los cuatro años de edad, tengan pro-
blemas externalizantes si sus madres presentan una alta negatividad (Rubin,
Burgess, Dwyer y Hastings, 2003). De manera similar, la devaluación de
los sentimientos se ha relacionado con problemas internalizantes en niños
con alta emotividad negativa, y el afecto negativo y la sobreprotección de
madres depresivas se han asociado a problemas internalizantes en niños
muy tímidos (Coplan, Arbeau y Armer, 2008).

6. Antecedentes de las estrategias de socialización


en la familia

Un determinante de las conductas de crianza ampliamente investigado ha


sido el temperamento de los hijos. Los niños con temperamento difícil pue-

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Desarrollo socioafectivo y de la personalidad

den provocar una mayor activación y estrés en los padres que les lleve a
utilizar estrategias coercitivas, mientras que los miedosos podrían respon-
der mejor al razonamiento o la redirección que a los métodos duros, puni-
tivos o coactivos (Parke et al., 2008). Engle y McElwain (2010) encontra-
ron que las emociones negativas de los hijos se asociaban a reacciones
negativas, punitivas, de los padres. Asimismo, los niños más activos y me-
nos obedientes provocan en los padres una mayor activación y afecto nega-
tivo y prácticas de crianza más inadecuadas. Por el contrario, determina-
das características positivas, como responsabilidad, seguridad en sí mismo,
independencia, curiosidad y revelación (compartir detalles de su vida), pro-
bablemente suscitarán respuestas afectuosas y un estilo autorizado de los
padres (Bornstein y Zlotnik, 2008).
Una enfermedad crónica puede interferir en las relaciones entre padres e
hijos y deteriorar su calidad. Por ejemplo, algunos resultados han puesto de
relieve las dificultades de los padres de niños con enfermedades graves
para aplicar una crianza equilibrada, por el contexto de incertidumbre en
que están sumidos (Rempel y Harrison, 2007). También se ha informado de
un mayor riesgo de relaciones familiares problemáticas en adolescentes
diabéticos con niveles HbA1c, especialmente varones de más edad y fami-
lias poco afectuosas (Leonard, Garwick y Adwan, 2005). Los resultados
sobre los efectos de la hospitalización del hijo indican que el afrontamiento
de la enfermedad requiere un considerable periodo de adaptación para esta-
blecer nuevos patrones de funcionamiento, dependiendo la cohesión y rela-
ciones familiares de factores como la salud mental previa y el nivel de apo-
yo social (Youngblut y Brooten, 2008).
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Hay pocas evidencias empíricas sobre las relaciones entre padres y ado-
lescentes con discapacidades (Mitchell y Hauser-Cram, 2010). Orsmond et
al. (2006) encontraron que una mejor salud de los adolescentes autistas y un
menor pesimismo de sus madres predecían unas relaciones positivas entre
ellos. Schneider et al. (2006) informaron que los padres de adolescentes con
discapacidades percibían que las relaciones con sus hijos se habían vuelto
más difíciles en esta etapa. Algunas evidencias indican que podría depender
del tipo de discapacidad; por ejemplo, Abbeduto et al. (2004) encontraron
que las madres de adolescentes con síndrome de Down informaban de unas
relaciones más estrechas con sus hijos que las madres de autistas. Van Riper
(2007) también informó de un buen funcionamiento familiar, fundamental-
mente por la comunicación para la solución de problemas. Sin embargo, fac-
tores como los ingresos, la edad de los padres y la conducta del hijo podrían
explicar esta mejor relación (Corrice y Glidden, 2009).
El mayor nivel de problemas conductuales tempranos de los niños con
discapacidades y las dificultades de muchos padres (32%) para manejar-
los, provocándoles estrés en la crianza, llevarían a una relación más difícil

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8. Desarrollo socioafectivo en el contexto familiar

(Smith et al., 2008). Mitchell y Hauser-Cram (2010) informaron que, nor-


malmente, la relación de los adolescentes discapacitados con ambos pro-
genitores era positiva y no difería significativamente con uno u otro. No
obstante, los problemas conductuales a los 3 años de edad (en el caso del
padre) y el estrés en la crianza (en ambos progenitores) predecían la calidad
de la relación; los efectos del tipo de discapacidad (importantes en el caso
del padre) desaparecían al controlar el estatus socioeconómico.
Los recursos personales de los padres (conocimientos, habilidades, mo-
tivación), o su carencia, influyen también en sus conductas de crianza. Por
ejemplo, los padres depresivos (especialmente las madres) muestran menos
afecto y estimulan menos a sus hijos, lo que les supone un mayor riesgo de
futuros problemas psicopatológicos. Por el contrario, determinadas caracte-
rísticas positivas de los padres (e.g., autorregulación) y una orientación
centrada en el trabajo y la familia se asociarían a una mayor calidad de las
prácticas de crianza (Parke y Buriel, 2006; Parke et al., 2008).
Un número sustancial de niños son hijos de madres depresivas. Las tasas
son superiores en madres con niños pequeños; se ha informado que un 22%
de madres con hijos de 17 meses presenta sintomatología grave, y un 36%
continúa con síntomas significativos un año después (McLennan, Kotel-
chuck y Cho, 2001). La prevalencia es mayor cuando son solteras, con bajo
nivel de ingresos o tienen hijos con problemas médicos (e.g., Horowitz y
Kerker, 2001). Las evidencias empíricas han demostrado que los síntomas
depresivos se relacionan con conductas de crianza perjudiciales para el de-
sarrollo de los hijos, como el retraimiento (baja respuesta y falta de impli-
cación), intrusividad, expresión de emociones negativas y pocas positivas,
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y disciplina ineficaz (dura, inconsistente, manipulativa e indulgente) (e.g.,


Feng, Shaw, Skuban y Lane, 2007).
Lee, Anderson, Horowitz y August (2009) demostraron que las dificulta-
des económicas de las familias se asociaban a niveles superiores de síntomas
depresivos que, a su vez, se relacionaban con unas prácticas de crianza dis-
ruptivas (menos comunicación e implicación con los hijos, percepción de baja
eficacia en la crianza, frustración en las relaciones). Además, el apoyo social
se relacionaba con unas prácticas positivas, de manera que los padres que re-
cibían apoyo se implicaban y comunicaban más con los niños y confiaban
más en sus capacidades de crianza. El apoyo también afectaba indirectamente
a la crianza, a través de su impacto en la depresión; la falta de apoyo se rela-
cionaba con síntomas depresivos que, a su vez, dificultaban las funciones de
control sobre los hijos, especialmente cuando se trataba de tareas desafiantes
relacionadas con el niño (e.g., conversar dialogando, sin acaloramiento). Fi-
nalmente, el apoyo social moderaba los efectos indirectos de los ingresos eco-
nómicos (vía depresión) sobre la crianza; las dificultades económicas no se
asociaban a depresión cuando los padres contaban con apoyo social.

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