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Contenido

LA LÓGICA Y LA TEORÍA DE LA CIENCIA DE ARISTÓTELES ............................................. 1

El conocimiento y el análisis ........................................................................................................... 1

Las relaciones entre los Primeros y los Segundos Analíticos ................................................... 4

La silogística ...................................................................................................................................... 5

Las interpretaciones de la lógica silogística de Aristóteles ........................................................ 9

El conocimiento de los hechos ..................................................................................................... 11

Las causas aristotélicas ................................................................................................................ 12

La demostración ............................................................................................................................. 14

Los principios .................................................................................................................................. 18

Las definiciones y las demostraciones........................................................................................ 20

La necesidad ................................................................................................................................... 23

La ciencia y la dialéctica ................................................................................................................ 25

La falibilidad..................................................................................................................................... 28

La aplicabilidad ............................................................................................................................... 30

Interpretaciones de la teoría de la ciencia de Aristóteles......................................................... 31

El carácter epistemológico de los Analíticos .............................................................................. 35


1

LA LÓGICA Y LA TEORÍA DE LA CIENCIA DE ARISTÓTELES


WOLFGANG DETEL

El conocimiento y el análisis
La lógica y la teoría de la ciencia de Aristóteles han llegado a nosotros en dos
textos que, hoy en día, se conocen como Primeros Analíticos y Segundos
Analíticos, respectivamente. Pero el mismo Aristóteles, por lo general, se refiere
tanto a su lógica como a su teoría de la ciencia como «analíticos» (por ejemplo:
Tóp. VIII.11, 162a11–12; Met. IX.12, 1037b8–9; EN VI.3, 1139b27; Ret. I.2,
1356b10), y ya en la primera oración de los Primeros Analíticos anuncia una
investigación sobre el conocimiento demostrativo que es el tema específico de los
Segundos Analíticos: «Digamos primero sobre qué es la investigación y a qué
<corresponde> ', <aclarando> que es sobre la demostración y <corresponde> a la
ciencia»N. de T. (APr. I.1, 24a10–11). De ahí que para Aristóteles el procedimiento
del análisis (análusis) sea crucial tanto para la lógica como para la teoría de la
ciencia y su lógica, denominada silogística, es simplemente una parte de su teoría
del conocimiento y de la demostración científicos. Sólo podemos comprender de
qué manera Aristóteles pone el análisis a funcionar en la lógica y en la ciencia si
antes examinamos brevemente su noción básica del conocimiento (epistéme).1

Aristóteles toma de Platón la idea de que el conocimiento propiamente


dicho es sobre hechos universales en el universo. Sin embargo, mientras que el
conocimiento de los hechos universales es, para Aristóteles, con certeza un tipo
básico de conocimiento, el conocimiento científico consiste en conocer las causas
de hechos dados, siempre y cuando las causas mismas sean hechos (APo. I.2,
71b9–16): primero tenemos que establecer los hechos; y «cuando sabemos el
que, buscamos el porque»N. de T.
(APo. II.1, esp. 89b29–31). De este modo, la

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
1
Para su análisis de nombres y aseveraciones, otro tema preliminar, véase Modrak, LA FILOSOFÍA DEL
LENGUAJE, en esta edición.
N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
2

ciencia (epistéme) es, por un lado, un estado específico del sujeto que conoce y,
por el otro lado, la serie de teorías específicas que hemos establecido y
comprendido (según métodos adecuados) si estamos en el estado epistémico
específico llamado ciencia.

Aristóteles se ocupa mucho de los métodos fiables para establecer hechos;


pero su principal preocupación en los Analíticos es la metodología para encontrar
las causas para hechos dados. Debido a que todos los animales tienen un
estómago, queremos saber por qué. Una primera idea podría ser que todos los
animales ingieren alimentos del exterior y, por lo tanto, necesitan un órgano para
recibir y digerir la comida, y ese órgano es el estómago (PA III.14, 674a12–19).
Dado que todas las estatuas de metal son pesadas, queremos saber por qué. Una
respuesta podría ser que todas estas estatuas son de bronce y el bronce es un
metal bastante pesado. En términos lingüísticos, investigar sobre las causas de
hechos dados se reduce claramente a buscar premisas adecuadas para una
conclusión dada. Más específicamente, si notamos, tal como hizo Aristóteles, que
la forma estándar de una predicación C es un A inversamente como A pertenece
(como una propiedad) a C (abreviemos esto como AC), el conocimiento científico
de AC provee, en el más simple de los casos, las premisas AB y BC para AC, tal
que el nuevo término B apunta a la causa. Por ejemplo, ¿por qué ser pesado (A)
pertenece a las estatuas de metal (C)? Porque hay una propiedad hecho de
bronce (B) tal que ser pesado pertenece a todas las cosas que se hacen de
bronce (AB) y estar hechas de bronce pertenece a las estatuas de metal (BC).

Es en este punto que podemos ver cómo el procedimiento del análisis entra
en escena. Por lo general la idea subyacente es que el conocimiento de un campo
implica conocer todas las partes más simples de éste (Fís.I.1, 184a9–14; Met.
VIII.1, 1042a5–6), y el método de dividir teóricamente un campo en sus partes
más simples se llama análisis (EN III.3, 1112b20–24). El análisis se puede aplicar,
por ejemplo, a las relaciones entre los medios y el fin en la ética (EN III.3,
1112b20–24), y a los diagramas bidimensionales en geometría (Met. VII.9,
3

1051a21–26)2, pero se utiliza con mayor relevancia en la lógica (APr. I.44, 50b30,
51a1–3) y en la ciencia (APr. I.32, 47a3–5; APo. I.12, 78a7; I.32, 88b15–20; II.5,
91b12–13). En particular, si buscamos las causas de los hechos dados en una
actividad científica, esto es un caso importante de análisis: intentamos analizar
hechos dados en los términos de otros hechos que apuntan a las causas de los
hechos dados. En términos lingüísticos, tratamos de analizar, en el caso más
simple, una proposición AC dada, y de proveer un tercer término B tal que AB y
BC sean premisas de la conclusión AC y así, AC se analiza en AB y BC. Las dos
premisas tienen un término en común, el término medio, a saber B; los otros dos
términos, A y C, se llaman extremos. Si no hay más términos medios, de manera
tal que AB y BC puedan analizarse, AB y BC son inmediatos, es decir, son las
partes lógicas más simples de AC. Esto puede ilustrarse con la siguiente fórmula:

D A : AB – BC : C

Sin embargo, si hubiese más términos medios, de manera que las premisas AB y
BC pudieran analizarse con mayor profundidad, se debería continuar con el
análisis hasta alcanzar premisas inmediatas. Como lo denomina Aristóteles esto
equivale al engrosamiento de AC llenándolo con todos los términos medios que
hemos encontrado (APo. I.23, 84b19–85a1). Por ejemplo, supongamos que B, D,
E fuesen todos los términos medios que podemos encontrar para AC, tal que AB y
BC son premisas de AC y, a su vez, AD y DB son premisas inmediatas de AB,
mientras que BE y EC son premisas inmediatas de BC. Esto puede ilustrarse con
la siguiente fórmula:

D* A : AD – DB – BE – EC : C

A decir verdad, este tipo de análisis es un análisis en las ciencias empíricas, no en


las silogísticas. Incluso, desde la escueta descripción de este tipo de análisis que
he presentado hasta ahora, se hace evidente que el análisis científico es
básicamente un procedimiento ascendente, no uno descendente; empieza con

2
En geometría, el círculo y la línea recta son las partes más simples del continuo geométrico; ésta es la razón
por la cual las demostraciones en geometría requieren el uso de compases y reglas: la elaboración de
diagramas usando compases y reglas se reduce al análisis de diagramas en sus partes más simples.
4

hechos dados o conclusiones, busca causas y premisas, y tal vez también busque
causas de estas causas y premisas de estas premisas. El análisis busca premisas
suficientes de conclusiones dadas y, por lo tanto, no es un método deductivo.

Las relaciones entre los Primeros y los Segundos Analíticos


Hasta ahora, hemos hablado en un modo bastante informal. Lo que resulta
interesante es que la definición de «deducción» que da Aristóteles al principio de
los Analíticos también parece bastante informal: «Y el razonamiento es un
enunciado en el que, sentadas ciertas cosas, se sigue necesariamente algo
distinto de lo ya establecido por el <simple hecho de> darse esas cosas»N. de T.

(APr. I.1, 24b18–20; similarmente en Tóp. I.1, 100a25–27). Algunos críticos están
preocupados respecto de esta definición, dado que parece no estar conectada con
una noción de validez lógica. Incluso se arguyó que la definición de deducción de
Aristóteles refleja una fase inicial en el desarrollo de su teoría de la ciencia y la
demostración, que no presuponía la silogística formal como se presentó en los
Primeros Analíticos (Barnes, 1969, 1981; Solmsen, 1929). La evidencia para esta
suposición cronológica es contundente. En muchos aspectos técnicos, los
Primeros Analíticos son más desarrollados que los Segundos Analíticos y,
obviamente, se los concibió para resolver una serie de problemas sobre la teoría
de la demostración derivados de un esquema informal de una teoría de la
demostración. El más importante de estos problemas es qué premisas son buenas
para una conclusión dada y por qué. Estas preguntas son, principalmente, las que
la silogística busca responder. Esto implica también que el concepto informal
inicial de deducción deba restringirse a una noción formal de deducción que se
basa en la idea de la validez lógica. Más aun, dada la idea de que el conocimiento
científico se ocupa primordialmente del universal, no sería extraño que una lógica
que se supone vaya a proveer un fundamento lógico contundente para la teoría de

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
Traducción de la versión inglesa: «Una deducción es un discurso en el cual, puestas ciertas cosas, se sigue
por necesidad algo diferente de las cosas dispuestas en virtud del hecho de que éstas son tales».
5

la ciencia se ocupe principalmente del análisis de las relaciones lógicas entre las
proposiciones que son cuantificadas como particulares y universales. En términos
modernos, ésta es la razón por la cual la silogística de Aristóteles no es una lógica
proposicional sino una lógica de predicados de primer orden.

Por supuesto, todo esto es completamente coherente con la perspectiva de


que, en los Analíticos, tal como los leemos hoy, la silogística es la lógica oficial de
la teoría de la ciencia. Es decir, debemos tomar a la silogística (los Primeros
Analíticos) tal como lo que Aristóteles dijo que es: teóricamente preliminar a la
teoría de la ciencia (los Segundos Analíticos) (véase, por ejemplo, APr. I.4,
25b26–31; Smith, 1989, p. xiii; Detel, 1993, vol.1, pp. 110–14).

La silogística
En la presentación de una lógica útil para la teoría de la ciencia, Aristóteles
determina, en primer lugar, una forma canónica de las proposiciones silogísticas:
una proposición silogística es una proposición afirmativa universal o negativa
universal, o afirmativa particular o negativa particular, es decir, tiene una de las
cuatro formas siguientes:

1. A pertenece a todo B (abreviado AaB);

2. A no pertenece a ningún B (abreviado AeB);

3. A pertenece a algún B (abreviado AiB);

4. A no pertenece a algún B (abreviado AoB)

(donde A y B son, por lo general, términos universales monádicos, y a, e, i, o son


las relaciones silogísticas) (APr. I.2, 25a4–5).

Como ya vimos, la forma básica de un argumento se basa en un análisis que, por


ejemplo en la ciencia, consiste en dos premisas y una conclusión. Por lo tanto,
Aristóteles en su silogística observa las formas de secuencias ordenadas de tres
proposiciones silogísticas. En particular, examina deducciones que tienen como
premisas dos proposiciones silogísticas que comparten un término, y éste es el
6

caso si el término común es el sujeto de una premisa y predicado de la otra, o


sujeto de ambas premisas, o predicado de ambas premisas. De este modo,
obtiene exactamente tres formas diferentes de tales secuencias (denominadas
figuras silogísticas) respecto de una conclusión dada AC3. En términos generales,
estas figuras son las siguientes:

(1) A × B, B × C ⇒ A × C; (2) B × A, B × C ⇒ A × C; (3) A × B, C × B ⇒ A × C

(donde x es una de las cuatro relaciones silogísticas, y A, B y C son variables para


los términos universales).

La tradición lógica por lo general denomina modo a una secuencia ordenada de


proposiciones silogísticas que tiene la forma de una de las tres figuras silogísticas.
Queda claro que hay 192 (=3 × 4 × 4 × 4) modos.

Determinar cuáles de los 192 modos son válidos desde el punto de vista
silogístico es la tarea más importante de la silogística de Aristóteles. Y es a través
de la formulación y la resolución de este problema que podemos ver en Aristóteles
al primer pensador que comprendió por completo la idea de una lógica formal. La
propuesta crucial es que hay cuatro deducciones en la primera figura que son
perfectas, es decir, tal es así que la conclusión evidentemente se deduce de la
necesidad de sus premisas. Estas deducciones perfectas son:

A1 AaB, BaC ⇒ AaC (Barbara)

A2 AeB, BaC ⇒ AeC (Celarent)

A3 AaB, BiC ⇒ AiC (Darii)

A4 AeB, BiC ⇒ AoC (Ferio)

3
Este procedimiento podría brindar una explicación de por qué Aristóteles nunca menciona una cuarta
figura silogística que pueda elaborarse cambiando el orden de los términos de las premisas, es decir, B × A, C
× B ⇒ A × C (si bien él discute deducciones de esta forma, las trata como deducciones de la primera figura)
(Patzig, 1968, Smith, 1989).
7

Aristóteles justifica su afirmación de que A1 y A2 son deducciones perfectas


diciendo: «pues anteriormente se ha explicado cómo decimos acerca de todo»N.
de T.
(APr. I.4, 25b39–40, cf. I.1, 24a18) y «pues se ha definido también cómo
decimos acerca de ninguno»N. de T. (APr. I.4, 26a27; cf. I.1, 24a18–19)4. A pesar de
que Aristóteles no tuviera una noción clara del significado resulta evidente que de
hecho justificara la validez lógica al menos de A1 y A2 apuntando al significado de
las relaciones silogísticas a y e: en términos generales, las deducciones son
lógicamente válidas sólo si son válidas en virtud del significado de las constantes
lógicas que contienen. Ésta es la razón por la cual podemos usar, en la lógica
formal, variables para el vocabulario no lógico, tal como lo hace Aristóteles por
primera vez en la historia del pensamiento: éste es el concepto de la lógica formal.

Además, es evidente que, dado el modo en que usamos las relaciones


silogísticas, podamos proponer:

L1 AeB ⇒ ¬ (AiB)

L2 AaB ⇒ ¬ (AoB)

Finalmente, Aristóteles supone que el principio de la prueba indirecta (que


denomina el principio de las deducciones que llevan a lo imposible) es válido, por
ejemplo en la siguiente forma:

RI donde R, S, T son tres proposiciones silogísticas, entonces,

Si la deducción ¬T, S ⇒ ¬ R es válida, la deducción R, S ⇒ T también lo es.

No existe justificación de RI en los Primeros Analíticos (sólo un análisis en I.29),


pero dado que RI sigue el principio del tercero excluido, el cual a su vez se

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
N. de T.
Idem.
4
De hecho, esto basta para hablar sólo sobre A1 y A2 porque, tal como Aristóteles nota más tarde, A3 y A4,
a pesar de pertenecer a las deducciones perfectas cuya validez puede justificarse por la forma en la que
hablamos sobre las relaciones silogísticas, no obstante pueden probarse sobre la basa de A2 (las
demostraciones se presentan en APr. I.7, 29b1–14).
8

defiende extensamente en Met. IV, podemos reconocer RI como, al menos,


indirectamente justificado.

Los supuestos A1 – A2, L1 – L2 y RI son un fundamento lo suficientemente


lógico como para abordar el próximo desafío de la silogística: probar
silogísticamente cuáles modos de la segunda y tercera figura silogística son
silogísticamente válidos. Es en la conexión con la aprehensión de la noción de una
prueba lógica y con la construcción efectiva de tales pruebas que la concepción
del análisis demuestra ser de ayuda. Y es aquí que podemos ver cómo Aristóteles
pone en funcionamiento el análisis en su silogística.

La idea básica es que si R, S ⇒ T es una deducción que no es perfecta,


una prueba silogística de esta deducción consistiría en analizarla en deducciones
perfectas o ya probadas. Este tipo de análisis silogístico se reduce a llenar el vacío
entre las premisas y la conclusión de la deducción con deducciones perfectas o
probadas. El esquema general para el análisis silogístico de la deducción D (R, S
⇒ T) es la correspondiente fórmula de prueba:

P R, S: D1 (R,S ⇒ X1) – D2 (X2,X3 ⇒ X4) – . . . – Dn (Xn−1,Xn ⇒ T): T,

donde las D son deducciones perfectas o probadas tal que las primeras de éstas
comienzan con las premisas de la deducción que será probada y todas las que
siguen utilizan como premisas dos de las proposiciones silogísticas que aparecen
antes en la fila (R, S, o el Xi) hasta que se llega a T. De este modo, la deducción D
es de hecho analizada dentro de las deducciones D1 – Dn. Las pruebas en la
silogística de Aristóteles son análisis, no de proposiciones silogísticas dentro de
otras proposiciones silogísticas, sino de deducciones dentro de otras
deducciones5.

5
Aristóteles no usa la noción de análisis en este contexto, sino que dice que las deducciones imperfectas se
completan por, o reducen a, deducciones perfectas y reglas de conversión que las hacen perfectas a través
de ciertos supuestos complementarios (los supuestos complementarios simplemente son las deducciones
perfectas y las reglas de conversión) (por ejemplo, APr. I.5, 28a1–9; I.6, 29a14–17, I.7, 29b1–2). Pero ésta es
la descripción de un tipo de análisis; de hecho sería extraño suponer que Aristóteles denomina Analíticos a
su teoría silogística sin estar dispuesto a ver la parte más importante de esta teoría como un caso de análisis.
9

Las primeras deducciones que Aristóteles prueba no son modos, sino


deducciones más simples con una sola premisa, sin mencionar las reglas de
conversión (APr. I.2, 25a14–25):

K1 AeB ⇒ BeA; K2 AiB ⇒ BiA; K3 AaB ⇒ BiA.

Las reglas de conversión se usan con frecuencia en pruebas de deducciones


válidas en la segunda y tercera figura (estas deducciones se denominan
imperfectas porque necesitan ser probadas). Por esto es posible que en la fórmula
de prueba P expresada más arriba R=S o Xi = Xi+1. Según Aristóteles, entre los
188 modos que se deben controlar para la validez lógica, sólo 14 prueban ser
válidas silogísticamente. Dos pruebas típicas o análisis lógicos son las que siguen:

(a) Prueba de BaA, BeC ⇒ AeC (Camestres, segunda figura):

BaA, BeC: K1 (BeC ⇒ CeB) – A2 (CeB, BaA ⇒ CeA) – K1 (CeA ⇒ AeC): AeC

(b) Prueba de AiB, CaB ⇒ AiC (Disamis, tercera figura):

AiB, CaB: K2 (AiB ⇒ BiA) – A3 (CaB, BiA ⇒ CiA) – K2 (CiA ⇒ AiC): AiC

Estas pruebas obviamente satisfacen la fórmula P, es decir, son análisis lógicos


genuinos6.

Las interpretaciones de la lógica silogística de Aristóteles


Los Primeros Analíticos de Aristóteles contienen mucho más que sólo la llamada
silogística asertórica ya expuesta. Mucho de este material adicional se concibió
para ayudar a resolver los problemas que surgen de la teoría de la ciencia. Con
mayor relevancia, dado que una teoría científica con frecuencia utiliza
proposiciones modales (principalmente las necesarias), Aristóteles desarrolla una
silogística modal (APr. I.8–22) que, sin embargo, deja un número de problemas
serios sin resolver. Por ejemplo, Aristóteles parece usar los operadores modales

6
Aristóteles no sólo muestra qué modos son silogísticamente válidos, sino que también muestra cuáles son
inválidos. Y lo hace casi de la misma manera que lo hacen los lógicos modernos: por medio de
contramodelos.
10

en un modo ambiguo: a veces se lee NAaB (donde N abrevia necesario) como es


necesario que AaB (la llamada interpretación de dicto), pero a veces como todo lo
que es necesariamente A pertenece a B (la denominada interpretación de re). Ésta
es una de las razones por las que a los especialistas a veces se les dificulta en
extremo entender por qué Aristóteles denomina algunas deducciones modales
válidas o inválidas respectivamente (Patterson, 1995; Striker, 1994).

Se supone que las silogísticas asertórica y modal muestran cómo ocurre


cada deducción, como dice Aristóteles. Pero, además, hay dos proyectos más en
los Primeros Analíticos I (cf. APr. I.32, 47a1–4): el primero, es definir una manera
en la cual se podrían encontrar las deducciones (cap. 27–31) y, el segundo, es
demostrar cómo se puede transformar, finalmente, una deducción informal dada
en una deducción según las figuras (cap. 32–45) (esta transformación es otro tipo
de análisis). Los Primeros Analíticos II se consideran mejor como un análisis de
los conceptos técnicos de la dialéctica en los términos de la teoría silogística y
como un intento de resolver dificultades posteriores sobre la teoría de la
demostración que aparecen en los Segundos Analíticos (Smith, 1989).

Durante mucho tiempo, los críticos trataron de leer la silogística de


Aristóteles como un sistema axiomático en el sentido moderno (Lukasiewicz, 1957;
Patzig, 1968), siendo las deducciones perfectas, los axiomas y las deducciones
imperfectas, los teoremas. Pero según esta lectura, necesitaríamos más reglas
deductivas para obtener teoremas de los axiomas, incluyendo teoremas de la
lógica proposicional. No obstante, tales reglas no existen en el texto de los
Primeros Analíticos. Por lo tanto, según la lectura axiomática, la silogística de
Aristóteles está formalmente incompleta. Sin embargo, es mucho más natural y
corresponde mucho más estrechamente a la fórmula P, que es en realidad la
usada en el texto, observar las deducciones perfectas como reglas de inferencia
que son inferencialmente primitivas (pero, por supuesto, están justificados en
términos semánticos como transmisores de la verdad). Esta interpretación ve la
silogística como un sistema de deducción natural en el sentido moderno
(Corcoran, 1974b; Smiley, 1973; Smith, 1989). Presupone lo que Aristóteles
11

parece suponer en la práctica, a saber que ningún término universal está vacío.
Bajo esta lectura la silogística de Aristóteles prueba no sólo que es contundente
sino también que es formalmente completa (Corcoran, 1974b).

El conocimiento de los hechos


El conocimiento de los hechos, para Aristóteles, es el fundamento del
conocimiento científico (APr. I.27, 43b1–38; APo. I.23, 84b19–85a1)7. En
consecuencia, Aristóteles no sólo se ocupa de los métodos para establecer el
conocimiento de los hechos sino también de los métodos científicos para
establecer el conocimiento de los hechos. Por ejemplo, recomienda establecer los
hechos de manera tal que se puedan incorporar con mayor facilidad a las
investigaciones científicas; así, deberíamos usar una terminología adecuada y
evitar la homonimia y las ambigüedades (APo. II.13, 97b30–36; II.17, 99a4–15)
(Lennox, 1994). A veces los hechos pueden establecerse incluso deductivamente,
y ésta es una de las razones por las que debemos distinguir con cuidado entre las
deducciones desde los síntomas y las deducciones desde las causas (APo. I.13,
78a22–b11). A veces la investigación científica comienza con los hechos que la
mayoría de las personas reconoce. Por ejemplo, si preguntamos qué es un trueno,
la mayoría de las personas diría que un trueno es cierto ruido en las nubes. Por lo
tanto, las proposiciones que describen estos hechos son una especie de
definiciones (las llamadas definiciones nominales) que no necesitan justificación y
pueden servir como posibles conclusiones de las explicaciones científicas (APo.
II.10, 93b29–32, 94a14)8.

Una manera de establecer hechos universales es la inducción. Aristóteles


afirma que «aprendemos por comprobación [inducción] o por demostración, y la
demostración <parte> de las cuestiones universales, y la comprobación
[inducción], de las particulares, pero es imposible contemplar los universales si no

7
Que los hechos son un dominio del conocimiento se sugiere explícitamente al principio de APo. I.13.
8
Para un análisis sofisticado y de gran alcance del estatus de los hechos en zoología, especialmente en lo
que concierne a la clasificación de los animales, véase Pellegrin (1986). Pellegrin muestra que estos hechos
no tienen estatus científico y no se pueden relacionar con un proyecto taxonómico (en clara oposición a la
interpretación tradicional)
12

es a través de la comprobación [inducción]»N. de T. (APo. I.18, 81a39–b2). Incluso


dice que, en un sentido, nos familiarizamos con las premisas inmediatas de la
ciencia por inducción (APo. II.19, 100b3–4). Los expertos disienten acerca de
cómo Aristóteles concibió la inducción. ¿Es una forma de argumento que lleva
desde una serie finita de premisas singulares hasta una conclusión universal
(Ross, 1957) en el sentido moderno? Una minoría de especialistas lo niega y
afirma que una inducción aristotélica es simplemente una lista de hechos
singulares que comparten una estructura y que no es, por lo tanto, un argumento
(Engberg-Pedersen, 1979). Según esta perspectiva, las suposiciones universales
no se pueden inferir de proposiciones singulares, sino que se deben presuponer
para clasificar hechos singulares y establecer una inducción. De hecho, no existe
ni un pasaje en el que Aristóteles denomine, de manera desambiguada, inducción
a la transición de proposiciones singulares a universales. Debemos ser
cuidadosos para no interpretar este tipo de fórmulas como esto es evidente por
inducción o asegurado por inducción (Fís. I.2, 185a14; Tóp. IV.2, 122a19) como si
indicaran un procedimiento deductivo o conclusivo; más bien, estas fórmulas son
completamente coherentes con la afirmación de que podemos hacer un buen
acierto sobre un universal mediante la observación de ciertos hechos singulares o
proposiciones como instrumentos heurísticos. Mirando algunas cosas y
clasificándolas bajo universales presupuestos como cisne y blanco (la lista finita
de estas cosas así descritas forma la inducción) podríamos acertar, no concluir,
que todos los cisnes son blancos. Este acierto se sostiene si y sólo si no
encontramos un cisne que no sea blanco (Tóp. II.3, 110a32–36; VIII.2, 157a34–
b33; APr. II.26, 69b1–8; APo. I.4, 73a32–34; II.7, 92a37–38).

Las causas aristotélicas


Como ya mencionamos, Aristóteles piensa que la ciencia se cimenta en el
conocimiento de los hechos para explicarlos por medio del descubrimiento de sus
causas (aitíai). No obstante, es importante no confundir las causas aristotélicas

N. de T.
Traducción de Miguel Candel Sanmartín. Nótese que el traductor del texto original en griego elige
traducir el término epagogé, que en general se ha traducido por «inducción», por «comprobación». En el
presente texto se utilizará el término «inducción».
13

con las causas en el sentido moderno. Es cierto que no hay acuerdo entre los
filósofos modernos sobre cómo analizar las nociones difíciles de causa y
causalidad, pero la perspectiva estándar es que las causas se basan en leyes
naturales y son anteriores a sus efectos y suficientes para éstos. Se deduce que si
conocemos alguna causa y la ley natural pertinente, podemos predecir que el
efecto se producirá. En aspectos importantes, las causas aristotélicas son
diferentes. Aquí hay algunos ejemplos:

i. El hecho de que las estatuas sean de bronce es una causa aristotélica del
hecho de que estas estatuas sean pesadas;
ii. El hecho de que la luna esté entre el sol y la tierra es una causa aristotélica
del hecho de que la luna pueda eclipsarse;
iii. Permanecer saludable es una causa aristotélica para caminar después de
la cena y otras actividades sugeridas por la medicina y la dietética;
finalmente,
iv. El hecho de que una cuerda esté dividida según la proporción 1:2 es una
causa aristotélica para el hecho de que la cuerda produzca un octavo.
En tales casos, la causa no es posterior a su efecto y resulta ser no sólo suficiente
sino también necesaria para éste (APo. II.12, 95a10–24; II.13, 97a35–b24) y no
involucra una noción de leyes naturales (no es sino hasta más tarde en la filosofía
estoica que el concepto de una ley natural comienza a emerger, véase Frede,
1989). Por lo tanto, conocer una causa aristotélica no nos permite predecir sus
efectos; en cambio, de los efectos podemos inferir sus causas aristotélicas (APo.
II.12, 95b22–37). Todo esto es un indicador claro de que las causas aristotélicas
no son causas en el sentido moderno. La idea clave de Aristóteles es que una
causa de un efecto es un hecho que puede responder por qué el efecto ocurre. Y
él cree que existen cuatro tipos de respuestas a estas preguntas: una apunta al
material de la cosa en cuestión (como en el caso i), otra indica el origen de su
movimiento (como en el caso ii), una tercera menciona su fin (caso iii), y una
cuarta considera su forma (caso iv). Esta es la doctrina aristotélica de las cuatro
causas: la causa material, la eficiente, la final (o teleológica) y la formal (cf. Fís.
14

II.3)9. De ahí que un hecho BC sea una causa aristotélica de otro hecho AC, sii la
propiedad B de C puede clasificarse como material, origen de movimiento, objetivo
o forma en relación con la propiedad A de C.

Parece relevante una nota adicional breve sobre la causa teleológica.


Desde la modernidad temprana en adelante muchos filósofos y científicos
criticaron seriamente la noción de una causa teleológica porque esta causa parece
ejercer una influencia del futuro en el pasado. Sin embargo, esta objeción se basa
claramente en una interpretación falsa del entendimiento moderno de una causa
en la noción de una causa aristotélica. Según Aristóteles, BC es una causa
teleológica de AC si hay, a grandes rasgos, un desarrollo regular de los estados
de C tal que, por lo general, BC es el estado final y más desarrollado de C y AC es
un estado anterior regular en el desarrollo de C tal que AC es necesario para
llegar a BC. Ésta es una forma de explicar por qué C se convierte en AC. Esta
idea es satisfactoria en términos empíricos, coherente y, en absoluto, absurda; en
particular, esto, de ninguna manera, implica que el futuro pueda influenciar en el
pasado o en el presente (Gotthelf, 1987b).

Las causas aristotélicas y sus efectos están conectados, no por una ley
natural sino por una regularidad universal empírica. Es decir: que BC sea una
causa aristotélica de AC involucra que AaB sea un hecho universal del universo.
Por lo tanto, una explicación completa de AC tiene que mencionar no sólo la causa
BC sino también la regularidad AaB (cf. Fís. II.8).

La demostración
La primera oración de los Analíticos muestra que la idea de una demostración, y
del conocimiento científico basado en demostraciones, es una parte esencial de la
lógica y la teoría de la ciencia de Aristóteles. Para entender adecuadamente esta
idea es importante no confundir las deducciones válidas, las pruebas y las
demostraciones (más aun, dado que la fórmula latina quod erat demonstrandum

9
Sobre las causas en la Física de Aristóteles, véase Bodnár y Pellegrin, LA FÍSICA DE ARISTÓTELES Y LA
COSMOLOGÍA.
15

es, hoy en día, bien conocida por resumir las pruebas). Pero, como hemos visto,
para Aristóteles una deducción es silogísticamente válida sii es una deducción
perfecta o imperfecta en el sentido técnico; a su vez, una deducción válida es una
prueba sii sus premisas pueden tomarse por ciertas; y, finalmente, una prueba es
una demostración sii sus premisas revelan una causa aristotélica. El mismo
Aristóteles usa el mismo término (sullogismós) tanto para las deducciones válidas
como para las pruebas, pero un término diferente (apódeixis) para las
demostraciones.

Según los Analíticos, cada demostración es un tipo de deducción válida (APr.


I.4, 25b29–31) y también lo es la forma de una de las figuras silogísticas (APr.
I.23, 41b1–5; I.25, 41b36f.); no hay demostración sin término medio (APo. I.23,
84b23–25) y, en particular, la primera figura silogística prueba ser la más
importante para las ciencias demostrativas (APo I.14). Por esta razón, la silogística
desempeña un rol crucial para la teoría de la ciencia de Aristóteles. Su noción de
una demostración revela claramente que concibió la actividad científica
fundamental como una construcción de las explicaciones lógicamente válidas de
hechos dados que revelan relaciones universales entre las causas (aristotélicas) y
los efectos10. Podemos usar los ejemplos i, ii, iii y iv para las causas aristotélicas
mencionadas en la sección anterior para construir las demostraciones que
ejemplifiquen esta idea:

i* Las estatuas de metal son pesadas, en primer lugar, porque el bronce es


pesado y, en segundo lugar, porque las estatuas de metal están hechas de
bronce11; la notación simbólica sería:

(a) Ser pesada a ser de bronce;

10
Esta idea fue redescubierta en la filosofía de la ciencia del siglo XX en el famoso artículo de Hempel y
Oppenheim sobre la estructura de una explicación hipotético-deductiva (nótese que, en este artículo, los
autores no dependen de una noción modalmente cuantificada de la causa, sino sólo de la idea de una
regularidad empírica universal, muy parecida a la de Aristóteles 24 siglos antes), véase Hempel y
Oppemheim (1948).
11
Para ejemplos mucho más sofisticados de la explicación de los fenómenos que se refieren a la materia,
como por ejemplo, la formación de metales en el suelo, véase Gill (1997) en su ilustrativo análisis de Meteor.
IV. 12.
16

(b) Ser de bronce a estatuas de metal;

⇒ (c) Ser pesada a las estatuas de metal

ii*. La Luna se eclipsa, en primer lugar, porque cada vez que algo esté en el cielo
entre el Sol y la Tierra se eclipsa y, en segundo lugar, porque la Luna está entre el
Sol y la Tierra; la notación simbólica sería:

(a) Ser eclipsada a estar entre el Sol y la Tierra;

(b) Estar entre el Sol y la Tierra b la Luna;

⇒ (c) Ser eclipsada b la Luna

iii*. La digestión requiere de una caminata después de la cena, etc., en primer


lugar, porque mantenerse saludable requiere una caminata después de la cena,
etc. y, en segundo lugar, porque el objetivo de la digestión es mantenerse
saludable; la notación simbólica sería:

(a) Caminar después de la cena, etc. a mantenerse saludable;

(b) Mantenerse saludable a digerir comida;

⇒ (c) Caminar después de la cena, etc. a digerir comida

iv*. Una cuerda produce sonidos en una octava, en primer lugar, porque producir
sonidos en una octava requiere estar dividido según la proporción 1:2 y, en
segundo lugar, porque esta cuerda se divide según la proporción 1:2; la notación
simbólica sería:

(a) Producir sonidos en una octava a estar dividida según la proporción 1:2;

(b) Estar dividida según la proporción 1:2 b cuerda;

⇒ (c) Producir sonidos en una octava b cuerda

(donde a es la relación pertenecer a todos y b, la relación pertenecer a)


17

Obviamente, los cuatro argumentos son demostraciones, es decir, deducciones


válidas explicativas en el sentido técnico aristotélico: son pruebas en una de las
figuras silogísticas, sus premisas menores (b) apuntan a una de las causas
aristotélicas por el hecho (c), y sus premisas mayores (a) establecen una relación
universal entre la causa y el efecto. En muchos casos, la conclusión de una
demostración, es decir, de una explicación científica, es en sí misma un hecho
universal (como en i* y en iii*); en este caso, ambas premisas deben ser también
universales. Pero Aristóteles siente que, a veces, también hay explicaciones
científicas de hechos singulares (como en ii* y en iv*) (véase por ejemplo APr.
I.33, 47b21–34; II.27, 70a16–20; APo. I.24, 85b30–35; I.34, 89b13–15; II.11,
94a37–b8); en este caso, mientras la premisa mayor sigue siendo universal, la
menor también puede ser singular. Algunos de los hechos singulares que pueden
demostrarse incluso son contingentes, por ejemplo el hecho de que en las Guerras
Médicas se invadiera a los atenienses (APo. II.11, 94a37–b8). Esto no es
incoherente con la afirmación de Aristóteles de que no hay demostración ni
conocimiento demostrativo de lo contingente (APo. I.6, 75a18–21; I.30). Los
atenienses podrían haber decidido no atacar Sardes y, en ese caso, los persas
probablemente no habrían peleado una guerra terrible contra los atenienses, pero
dado que los atenienses saquearon primero una gran ciudad como Sardes, y
dadas la fuerza militar y la lucha por el poder de los persas, fue necesario, y así
podemos explicar demostrativamente que los persas fueron a la guerra contra
Atenas. Lo cierto es que Aristóteles cree que las demostraciones de los hechos
universales son mejores y más científicas que las demostraciones de los hechos
particulares (esto es lo que se afirma en APo. I.24); no obstante, no excluye en
absoluto las explicaciones científicas de los hechos particulares.

La construcción de las demostraciones sigue siendo un procedimiento


ascendente; como Aristóteles suele destacar, primero establecemos los hechos
que queremos explicar y después buscamos sus causas a través de la
investigación de las premisas que implican lógicamente el hecho dado y lo
explican señalando una causa aristotélica de éste (por ejemplo APo. II.1–2). A
veces hay demostraciones diferentes para un mismo hecho: no existe una única
18

demostración para cada hecho dado. Y hacer buena ciencia suele incluir la
construcción de redes enteras de demostraciones conectadas; ya que en muchos
casos las premisas de una demostración dada también pueden demostrarse; en
estos casos, urge preguntarse cuál se supone que es la causa decisiva (todo esto
se analiza en profundidad en APo. II.16–18).

Los principios
Construir demostraciones es, en primer lugar, analizar, por medio de un
procedimiento ascendente, un hecho o conclusión dada hasta que todas las
premisas deductivas inmediatas de la conclusión se hayan descubierto y, luego,
decidir cuáles de estas premisas puedan clasificarse como causas aristotélicas.
Las premisas inmediatas de las que depende toda demostración dada se
denominan primitivos (próta) o principios (archái) (de esta demostración) (APo. I.2,
72a5–9). De manera más generalizada, podemos hablar sobre los principios de un
área científica íntegra, es decir, de la red entera de demostraciones conectadas
que conforman la teoría científica de esta área. Aristóteles denomina a los
principios de este tipo definiciones (horismoí) (APo. I.2, 72a19–22).

Pero si nosotros definimos, digamos, lo frío y lo caliente o los números de


algún tipo, esto no implica que existan en sí mismos. Algunas ciencias, como la
geometría, a veces pueden probar la existencia de ciertas entidades (en el caso
de la geometría, por ejemplo, mostrando cómo pueden construirse realmente);
pero cada ciencia específica debe suponer, sin pruebas, que las entidades
fundamentales en su campo existen. A veces resulta evidente la existencia de
estas entidades: por ejemplo, es evidente que el frío y el calor existen. Pero a
veces es menos evidente, como en el caso de los números (APo. I.10, 76b15–23).
Sin embargo, estos supuestos existenciales, a pesar de no formar parte de las
demostraciones, son principios de un tipo que debe suponerse. Aristóteles los
denomina suposiciones (APo. I.2, 72a19–21).

Finalmente, ¿qué hay de las reglas de inferencia provistas por la silogística


o los principios lógicos más generales, como el principio del tercero excluido?
19

Dado que las demostraciones son deducciones válidas, estos principios también
serán presupuestos para cualquier ciencia específica que proponga explicaciones
demostrativas. Tal como sucede con las suposiciones, los principios no aparecen
como partes (es decir, premisas o conclusiones) de las demostraciones; pero a
diferencia de las suposiciones, se encuentran en toda ciencia demostrativa. Ésta
es la tercera clase de principios que Aristóteles reconoce, las denomina
postulados (APo. I.2, 72a15–18).

La manera en que Aristóteles determina los tres tipos de principios no está


exenta de problemas y, en consecuencia, los críticos sostienen visiones diferentes
respecto de cómo deben interpretarse exactamente los principios. Así, es incierto
si las definiciones tienen un impacto existencial, si las suposiciones no son más
que supuestos existenciales o si todos los postulados controlan a todas las
ciencias o si alguno de ellos controla a más de una ciencia, pero no
necesariamente a todas. No obstante, parece más bien claro que las definiciones
en su sentido completo, es decir, como las premisas máximas de las redes de
demostraciones realmente construidas, sí tienen un impacto existencial, mientras
que esto podría no ser evidente para las definiciones nominales. Más aun, los
ejemplos de suposiciones a los que Aristóteles alude sugieren que al menos un
tipo importante de suposición científica son supuestos existenciales sobre
entidades fundamentales de ciencias específicas (más precisamente, si G es el
campo específico o el género de un ciencia específica, acerca de Gs). Y,
finalmente, todos los casos paradigmáticos de los postulados, es decir, de las
reglas de inferencia lógicamente válidas, desde luego se encuentran en todas las
ciencias.

En cualquier caso, las definiciones son los únicos principios que forman
parte de las demostraciones. En consecuencia, Aristóteles dedica una parte
considerable del segundo libro de los Segundos Analíticos al análisis de la relación
entre demostraciones y definiciones (APo. II.1–10). La manera en que Aristóteles
describe esta relación es crucial para nuestro entendimiento de su teoría de la
ciencia; pero antes que nada debería enfatizarse que, en la estructura de su
20

teoría, las definiciones no son proposiciones analíticas en el sentido moderno,


como se indicaba en anteriores interpretaciones (es decir, proposiciones que son
verdaderas en virtud de los significados de las palabras que contienen); sino que
más bien, las definiciones, para Aristóteles, son proposiciones universales con un
contenido empírico (o matemático).

Las definiciones y las demostraciones


Aristóteles afirma que hay una conexión estrecha entre las demostraciones y las
definiciones. «Qué es un eclipse? -Una privación de la luz de la luna por la
interposición de la tierra. -¿Por qué es el eclipse, o por qué se eclipsa la luna? -
Porque falta la luz al interponerse la tierra»N. de T. (APo. II.2, 90a15–17); «¿Qué es
el trueno? -La extinción del fuego en la nube. -¿Por qué truena? -Porque se
extingue el fuego en la nube»N. de T.
(APo. II.8, 93b8–9). «En todas estas
cuestiones es evidente que es lo mismo qué es y por qué es»N. de T.
(APo. II.2,
90a14–15). Estos ejemplos demuestran cómo hemos entendido la relación
estrecha entre el qué (definiciones) y el porqué (demostraciones): el definiens de
una buena definición con poder explicativo es sólo el término medio que apunta a
una causa aristotélica en la demostración pertinente.

Supongamos, tal como lo hace Aristóteles, que el trueno o un cierto ruido


en las nubes que solemos denominar trueno (A) se define adecuadamente como
la extinción del fuego en las nubes (B) (tal que A:=B sea verdadero, lo que implica,
por supuesto, que AaB y BaA), entonces para cualquier C tal que A y B
pertenecen a C obtenemos la demostración A:=B, BC⇒AC. En particular,
dependiendo de la manera en que determinamos los extremos, obtenemos una
demostración particular o universal, respectivamente: si A es el trueno y C,
algunas nubes en el cielo, entonces explicamos por qué hay truenos en aquellas
nubes en el cielo: porque hay una extinción del fuego en las nubes en el cielo y el
trueno es una extinción del fuego en las nubes, es decir, obtenemos la
N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
N. de T.
Idem.
N. de T.
Idem.
21

demostración particular A:=B, BbC ⇒ AbC. Sin embargo, si tomamos cierto ruido
en las nubes (A) y trueno (C) como extremos y el término medio explicativo (B)
otra vez como la extinción del fuego en las nubes, entonces podemos explicar por
qué el trueno es ese cierto ruido en las nubes: porque el trueno es una extinción
del fuego en las nubes y ese cierto ruido en las nubes, que solemos denominar
trueno, es una extinción del fuego en aquellas nubes, es decir, obtenemos la
demostración universal A:=B, BaC ⇒ AaC (en APo. II. 8, Aristóteles ofrece ambas
alternativas como posible simbolización).

El mensaje decisivo que obtenemos de éstos y otros ejemplos es que «[no]


es posible conocer sin demostración el qué es de aquello»N. de T. (APo. II.8, 93b17–
18). Es decir, si una proposición silogística universal dada es una definición sólo
puede determinarse si aparece como una premisa explicativa en una
demostración que realmente hemos construido. No obstante, tal como Aristóteles
agrega al análisis, la explicación demostrativa del trueno que se esquematiza
arriba, «Y si, a su vez, hubiera otro <término> medio de ése, sería alguna de las
explicaciones restantes»N. de T. (APo. II.8, 93b12–14), debemos recordar que sería
posible explicar, a su vez, las premisas de nuestra explicación del trueno; en este
caso, extraeremos definiciones superiores de nuestras demostraciones. Así habría
demostraciones mediatas: sólo si, finalmente, llegásemos a las definiciones
inmediatas máximas, en el contexto de la teoría completa del trueno, que
posiblemente consista en una jerarquía de demostraciones, descubriríamos las
definiciones como los principios. El punto crucial aquí es que Aristóteles no cree
que primero comprendemos las definiciones como principios y después tratamos
de explicar y demostrar ciertos fenómenos usando las definiciones; por el
contrario, aprehendemos los principios de una ciencia sólo desde demostraciones
explicativas exitosas y teorías completas.

En particular, para comprender las definiciones como principios máximos,


tenemos que llevar a cabo un análisis científico exhaustivo del campo íntegro en

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
N. de T.
Idem.
22

cuestión. Mientras que éste es básicamente un procedimiento ascendente,


obviamente proporciona muchas más premisas que conclusiones. Por lo tanto,
después de haber completado el análisis y la construcción de las demostraciones
pertinentes, podemos tomar las premisas que hemos establecido y deducir a partir
de ellas más conclusiones, de manera descendente. Hacer esto para cada
proposición sobre el campo dado, es decir, demostrar cómo un campo dado puede
ser analizado en todos sus elementos, es axiomatizar nuestra teoría de un modo
aristotélico. Tal como Aristóteles destaca acertadamente, al final, el número de
premisas y conclusiones será más o menos igual en este tipo de axiomatización
(APo. I.32, 88b4–7). La idea de Aristóteles de una axiomatización no es la de
comprimir el contenido de toda la teoría en tan pocos axiomas cuanto sea posible,
sino más bien la de analizar y, de este modo, ver más claramente a través del
contenido de una teoría científica.

Haber comprendido los principios de un campo científico significa estar en


el estado epistémico más alto, la comprensión (nous) (APo. II.19, 100b7–12); por
lo tanto, la comprensión puede en sí misma denominarse el principio del
conocimiento (APo. II.19, 100b12–16). Más generalmente, como se ha
mencionado antes, p. 246, entender un campo dado es tener conocimiento de las
partes más simples de este campo. En particular, en la ciencia, la comprensión es
la «aprehensión de la proposición inmediata»N. de T. (APo. I.33, 88b35–89a4). Pero
puesto que las nociones de los universales se forman en el alma sobre la base de
la experiencia, los principios como proposiciones universales pueden
aprehenderse (en un sentido débil) a través de la experiencia (APr. I.30; APo.
II.19). No obstante, la experiencia no puede darnos intelección de la inmediatez, la
posición deductiva o la causalidad de las proposiciones silogísticas universales.
Por lo tanto, alcanzar los principios en el sentido pleno, es decir, llegar a ver
cuáles proposiciones son las definiciones explicativas inmediatas máximas de una
ciencia departamentalizada, requiere de la construcción real de la red de las
demostraciones que integran esta ciencia departamentalizada. Por lo tanto, hacer

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
23

ciencia de manera exitosa no comienza, sino que más bien termina con la
intelección, en el sentido absoluto.

La necesidad
Al comienzo de los Segundos Analíticos, Aristóteles deja en claro que el
conocimiento de una cosa no es sólo percatarse de cuál es la causa de ésta, sino
que también es percatarse de que «no cabe que sea de otra manera»N. de T. (APo.
I.2, 71b9–12), es decir, que es necesario (anankaíon). Por supuesto, esto es una
obviedad debido a que las conclusiones demostrativas son lógicamente
necesarias en relación con sus premisas. Pero Aristóteles procede a afirmar que
las premisas de las demostraciones también son necesarias (APo. I.6, 74b15–18).
Algunos expertos interpretan un pasaje de los Segundos Analíticos (I.4, 73a21–24)
incluso al punto de argüir que la necesidad de las premisas demostrativas se
desprende de la necesidad de su conclusión, a pesar de que Aristóteles enfatice
que ésta no es una inferencia válida en la silogística modal (APo. I.6, 75a1–4). Es
importante dejar en claro el sentido preciso por el cual Aristóteles denomina
necesarias a las premisas demostrativas e, incluso, necesariamente verdaderas,
aunque sólo sea para evitar la impresión de que la verdad necesaria de las
definiciones y otras premisas demostrativas implican su certeza epistemológica.

Resulta revelador que falte la necesidad en el pasaje crucial que describe


aspectos clave de las premisas demostrativas: las premisas demostrativas tienen
que ser «verdaderas, primeras, inmediatas, más conocidas, anteriores y causales
respecto de la conclusión»N. de T.
(APo. I.2, 71b21–23). Los especialistas han
debatido correctamente que dos de estos seis aspectos, a saber, la inmediatez y
el poder explicativo (causal), abarcan a los otros cuatro (véase Barnes, 1975, pp.
98–9; Detel, 1993, vol. 2, pp. 62–3). Por lo tanto, las premisas demostrativas
máximas son (básicamente) inmediatas y apuntan hacia las causas aristotélicas.
Debemos concluir, entonces, que la necesidad de las premisas demostrativas está

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
N. de T.
Idem.
24

estrechamente ligada a estas dos características. De hecho, Aristóteles afirma dos


cosas diferentes: en primer lugar, si una conclusión necesaria puede deducirse de
las premisas, esto no significa que las premisas sean necesarias (APo. I.6, 75a1–
4); pero, en segundo lugar, si una conclusión necesaria puede demostrarse a
partir de las premisas, esto sí significa que las premisas también son necesarias
(APo. I.4, 73a21–24; I.6, 74b15–17). Y se supone que AB sea una premisa
demostrativa necesaria sii A pertenece en sí mismo a B o sii B pertenece en sí
mismo a A. Tal como demuestran los ejemplos de Aristóteles, pertenecer en sí
mismo a es, en términos metafísicos, una relación esencial. Pero explica esta
relación epistemológicamente diciendo que A pertenece en sí mismo a B sii AaB y
BaA son verdaderos y A pertenece a la definición de B (APo. I.4, 73a34–b5). Y
agrega que si A pertenece en sí mismo a B, entonces no se dice A de B como
sujeto subyacente (lo que se reduce a decir que A es, al menos parcialmente —en
el caso de una definición A:=B incluso totalmente—, idéntico a B), y A pertenece a
B por sí mismo (lo que se reduce a postular una relación causal entre A y B) (APo.
I.4, 73b6–17).

Obviamente, éste no es uno de los puntos más importantes en el cual la


metafísica entra en la teoría de la ciencia12. No obstante, entender la necesidad de
las premisas demostrativas y las definiciones como si estuvieran fundamentadas
en relaciones esenciales en el sentido metafísico no tiene implicaciones
epistemológicas dramáticas. En particular, no implica que las premisas
demostrativas sean epistemológicamente ciertas; sin embargo, de ser en absoluto
verdaderas, son metafísicamente necesarias y necesariamente verdaderas, lo que
es coherente con la suposición de que resulten ser falsas. Si, según el criterio
provisto por la teoría de la ciencia, las proposiciones silogísticas son definiciones o
premisas explicativas inmediatas superiores en una teoría realmente construida,
entonces ésta es una buena razón para suponer que estas premisas son
metafísicamente necesarias y representan relaciones esenciales. Por lo tanto, la

12
Otro punto similar es el argumento metafísico en APo. I. 22 que se concibe para demostrar que todo
análisis científico deber terminar, es decir, que las secuencias de deducciones y demostraciones ordenadas
deben ser finitas y que, por lo tanto, los principios científicos existen.
25

necesidad de premisas demostrativas no se desprende de la necesidad de la


conclusión, sino de la noción de una demostración exitosa (véase APo. I.6, 74b5–
17).

Esto tiene un impacto bastante interesante sobre el concepto aristotélico de


las esencias. La visión simple y tradicional es que la esencia de una cosa (por
ejemplo, de una especie) puede reflejarse en una fórmula definida inmediata que
apunta a una causa simple y unificada de otras propiedades de la cosa. Pero
parece claro que, en muchos casos, una definición aislada no tiene el poder
explicativo para demostrar las propiedades de la cosa en cuestión. Necesitamos
muchas más premisas inmediatas y demostradas en el interior de la red
demostrativa para completar realmente las explicaciones. En estos casos,
entonces, la esencia de una cosa es, en sí misma, un asunto complejo (véase
Charles, 1997; Detel, 1997; Gotthelf, 1997).

La ciencia y la dialéctica
En la primerísima oración de su Retórica, Aristóteles propone distinguir la retórica
y la dialéctica de la ciencia. De hecho, Aristóteles concibe la dialéctica como el
arte del razonamiento que incluye la capacidad de analizar cualquier problema de
cualquier campo con el que podamos encontrarnos (Top. I.1, 100a18–20). En
muchos casos, el dialéctico examinará tanto la proposición dada como su
negación, pero como es de esperarse no observará las causas. Nada de esto se
aplica a la ciencia (APo. I.11, 77a31–35). Más aun, en el examen y en el intento de
refutar una tesis propuesta por un oponente, el dialéctico procedería a partir de
cualquier suposición con la cual el oponente acuerda, sin estar obligado a
interesarse por la verdad de la suposición (dialéctica ad hominem) (APr. I.1,
24a22–b2). De ahí que las premisas dialécticas no sean premisas científicas. Por
este motivo, parece que la dialéctica no tuviera nada que ver con la ciencia.

Sin embargo, en los Tópicos, el razonamiento se define como dialéctico si


razona a partir de creencias destacadas (endoxa) que son «cosas plausibles las
que parecen bien a todos, o a la mayoría, o a los sabios, y, entre estos últimos, a
26

todos, o a la mayoría, o a los más conocidos y reputados»N. de T. (Tóp. I.1, 100b21–


23). Obviamente, esto no es dialéctica ad hominem sino dialéctica propiamente
dicha: un método de razonamiento que depende exclusivamente de los tipos de
testimonios a los que cualquiera tiene acceso. Aristóteles piensa que un examen
dialéctico apropiado a veces puede ser de ayuda para descubrir la verdad (Tóp.
I.2, 101a35–37). En consecuencia, el mismo Aristóteles argumenta
dialécticamente con frecuencia de una manera un tanto explícita, no sólo en sus
obras éticas, sino también en la Física (véase su comentario en Cael. III.4,
303a20–24); y lo que es interesante también en el segundo libro de los Segundos
Analíticos, en el que destina cinco capítulos seguidos al análisis de los problemas
sobre la relación entre definiciones y demostraciones (APo. II.3–7). Algunos
críticos incluso argumentan que para Aristóteles la dialéctica propiamente dicha
es, tanto en la ética cuanto en la física, suficiente para alcanzar los principios
(Owen, 1961). Esto es, sin dudas, una exageración (Bolton, 1987). No obstante,
Aristóteles percibe que el razonamiento dialéctico propiamente dicho a veces es
necesario para el trabajo científico. Con frecuencia puede proveer una
interpretación más precisa y adecuada de propuestas dadas y, de esta manera,
prepara el terreno para el desarrollo de respuestas científicas a los problemas que
se analizaron dialécticamente (Tóp. I.2, 101a37–b4; Fís. IV.4, 211a7–11). Así, el
razonamiento dialéctico en APo. II. 3-7 claramente sienta las bases para
determinar, de manera satisfactoria, la relación exacta entre definiciones y
demostraciones (APo. II.8– 10). Es en este sentido que la dialéctica incluso
analizaría los principios de la ciencia (Tóp. I.2, 101a37–b4). Desde esta
perspectiva, parece haber una conexión importante entre la dialéctica y la ciencia.

Sin embargo, no debería concluirse de esta evidencia que el relato de


Aristóteles acerca de la relación entre la dialéctica y la ciencia es incoherente.
Claramente, el razonamiento dialéctico a veces podría ser de ayuda para la
ciencia, pero sigue siendo diferente en el método. La manera adecuada de
establecer los principios científicos y, en particular, las definiciones científicas no

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) II. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 115. Editorial Gredos. 1995.
27

pueden proveerse por medio de la dialéctica (Bolton, 1987). Pero dado que, en
muchos casos, lo que todos creen es verdadero y lo que nadie cree es falso (EN
X.2, 1173a1–2; Met. II.1, 993a30–b4), los científicos deberían observar que las
creencias de los expertos y de la mayoría de las personas continúan siendo
coherentes (Tóp. I.10, 104a5–13) y que tantas creencias ampliamente aceptadas
como sean posibles se prueben como verdaderas (EN VII.1, 1145b3–7). Es de
este modo que la ciencia está, según la perspectiva de Aristóteles, estrechamente
conectada al sentido común y a las premisas dialécticas.

Hay una sorprendente aplicación específica de esta visión en los Segundos


Analíticos. A las definiciones nominales, siendo proposiciones que una teoría
científica específica trataría de demostrar, se las llama, a veces, proposiciones
“generales” (logikoí) que la mayoría de las personas cree que son verdaderas.
Esto indica que Aristóteles las toma como puntos de partida dialécticos del
razonamiento científico. Más importante aun es que, en el intento de encontrar
premisas adecuadas que puedan usarse para demostrar las definiciones
nominales dialécticas, Aristóteles apunta a las teorías básicas aceptadas que dan
mayor precisión al término mayor de las definiciones nominales dadas,
proveyendo de este modo, al mismo tiempo, el marco teórico al que se tienen que
ajustar todas las demostraciones posibles. Por ejemplo, la afirmación de que el
trueno es cierto ruido en las nubes es una definición dialéctica nominal. Pero, para
que esta definición se convierta en un teorema científico que pueda demostrarse,
tenemos que llenar la teoría subyacente de los ruidos (cf. De An. II.6, II.8; Cael.
II.9) que provee a los científicos de una interpretación precisa del término mayor
ruido. Cualquier demostración que explique por qué el trueno es cierto ruido en las
nubes tiene que ser coherente con esta teoría subyacente. Si tal demostración
puede establecerse, demuestra cómo y bajo cuál interpretación puede
demostrarse la definición nominal (APo. II.8). Esto es un modelo del modo en que
la ciencia se supone que demuestre por qué y bajo cuál interpretación las
creencias aceptadas por la mayoría de las personas son verdaderas.
28

La falibilidad
Sin lugar a dudas, Aristóteles estaba convencido de que, para los seres humanos,
no era imposible comprender la verdad, incluso en investigaciones científicas
complejas; en este sentido, no era escéptico. Pero, al mismo tiempo, destacaba
que «es difícil conocer si se sabe o no»N. de T. (APo. I.9, 76a26), ya que «como los
ojos del murciélago respecto de la luz del día, así se comporta el entendimiento de
nuestra alma respecto de las cosas que, por naturaleza, son las más evidentes de
todas»N. de T.
(Met. II.1, 993b9–11). En consecuencia, Aristóteles siente que en
nuestra lucha por ofrecer explicaciones científicas adecuadas, muchas cosas
pueden fallar y, a veces, no podemos decidir de una vez y para siempre si algo
falló. Como ya se indicó, el caso más simple en cuestión es el intento de
establecer un hecho universal, digamos AaB. Esto es verdadero hasta tanto no
encontremos una cosa que sea B, pero no A. Más aun, al tratar de encontrar
premisas inmediatas, por medio de un análisis ascendente, ¿cómo podemos
asegurar que hemos encontrado premisas verdaderamente inmediatas? Al
analizar cómo las teorías científicas aumentarían, Aristóteles habla del
descubrimiento de nuevos hechos que nos forzarían a extender las premisas
máximas de nuestra teoría (APo. I.12, 78a14–22). Obviamente, tiene en cuenta
que descubriríamos, en cualquier paso de nuestra investigación científica, nuevos
hechos; se desprende que nunca podemos estar seguros de que hemos
encontrado premisas inmediatas porque el descubrimiento de los nuevos hechos
apuntaría a los nuevos términos medios que nos permiten demostrar las
proposiciones que, anteriormente, tomamos como inmediatas. Esta es la razón por
la cual Aristóteles justifica su afirmación de que «es difícil conocer si se sabe o
N. de T.
no» al remarcar: «En efecto, es difícil conocer si sabemos a partir de los

N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
N. de T.
Aristóteles. Metafísica. Introducción, traducción y notas por Tomás Calvo Martínez. Biblioteca Clásica
Gredos, 200. Editorial Gredos. 1994.
N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
29

N. de T.
principios <propios> de cada cosa o no: lo cual es precisamente el saber»
(APo. I.9, 76a26–30).

Aristóteles también observa las formas lógicas para refutar las


proposiciones universales dadas. Por ejemplo, examina de qué manera la
ignorancia, es decir, el error a través de la deducción, aparece (APo. I.16–17). En
este contexto, prevé situaciones en las que las deducciones válidas dan como
resultado conclusiones falsas, en particular, conclusiones que son incoherentes
con otras proposiciones universales a las que se las asumió como verdaderas. Tal
como Aristóteles recalca con acierto, en estos casos debemos determinar cuáles
de las premisas son falsas. Así que hay evidencia suficiente de que Aristóteles
habla de maneras diferentes de examinar el valor verdadero de las proposiciones
científicas dadas por medio de la observación de sus implicaciones lógicas. De
hecho, esto es algo que el mismo Aristóteles hace varias veces en sus propios
trabajos científicos (véase, por ejemplo, Cael. II.13, 293a23–30; II.14, 297a2–6;
III.7, 306a5–17; Met. XII.8, 1073b32–1074a6).

Existen otras numerosas formas en que nuestra investigación científica


pueda fallar. Así, podríamos estar inclinados hacia una demostración de manera
circular (APo. I.3); al determinar principios científicos, podríamos estar satisfechos
al declarar su verdad o, incluso, su credibilidad (APo. I.6); dentro de una secuencia
de demostraciones, a veces podríamos atravesar el campo específico de una
ciencia departamental (APo. I.7); los científicos, a veces, se plantean preguntas no
científicas (APo. I.12) y, a veces, no utilizan en lo absoluto la percepción y la
inducción, o los creen suficientes para hacer ciencia (APo. I.18). A veces los
científicos piensan que pueden obtener definiciones sin construir demostraciones
(APo. II.3–7), y algunos piensan que el método platónico de dividir conceptos es
lógicamente válido (APo. II.5); algunos creen que existe una demostración simple
y única para todo hecho explicable; mientras otros creen que existen dos o más
demostraciones para cada hecho explicable (APo. II.16–18). Para Aristóteles,
todas estas suposiciones o inclinaciones son errores metodológicos que, con

N. de T.
Idem.
30

frecuencia, no son fáciles de detectar. En suma, Aristóteles reflexiona sobre


nuestra condición epistémica débil en diferentes aspectos y toma varias
propuestas y explicaciones, a cada paso de nuestra investigación científica, como
más bien frágiles y falibles (Detel, 1993).

La aplicabilidad
La biología y la geometría antiguas no parecen argumentar de manera silogística y
resulta difícil ver cómo podrían hacerlo. Ni siquiera Aristóteles parece seguir las
reglas metodológicas que recomienda en los Analíticos en sus propios trabajos
biológicos. Este es el problema de la aplicación. No obstante, trabajos recientes
sobre la biología de Aristóteles indican que, al mirar más de cerca, de hecho utiliza
numerosas reglas propuestas en los Analíticos; en particular, parece suponer que
sus argumentos pueden al menos reconstruirse fácilmente de manera silogística
formal, y se ha demostrado que tales reconstrucciones puedan ofrecerse
realmente (Bolton, 1987; Detel, 1997; Freeland, 1990; Gotthelf, 1987a, 1997;
Lennox, 1987; McKirahan, 1995; y en esta edición Lennox, LA BIOLOGÍA DE
ARISTÓTELES; véase asimismo Modrak, 1996). En términos generales, en la
lectura de la lógica y la teoría de la ciencia de Aristóteles deberíamos proceder
desde la suposición de que hay una unidad conceptual de estas disciplinas junto
con su metafísica y sus estudios empíricos, tales como la biología o la
meteorología (Pellegrin, 1986, p. 50).

Está probado que el caso de la geometría es mucho más difícil. Uno de los
problemas principales es que las pruebas euclidianas usan predicados diádicos
que no son fáciles de simbolizar silogísticamente. Sin embargo, existe evidencia
de que el mismo Aristóteles pensaba que la silogística también es aplicable a la
geometría (APo. II.11, 94a20–35). Por supuesto, la forma más fácil de afrontar
esta afirmación es declararla simplemente incorrecta en términos triviales y, de
hecho, eso es lo que la mayoría de los expertos prefieren hacer. Pero si
observamos con mayor detenimiento los ejemplos a los que Aristóteles hace
alusión podemos ver que quizá signifiquen una salida a este problema: estos
ejemplos sugieren que se supone que una simbolización silogística de la prueba
31

geométrica es extremadamente general, tal que la idea toda de la prueba está


contenida en el término medio de la demostración (Detel, 1993, vol. 1, pp. 172–81;
Mendell, 1998).

En cualquier caso, la idea crucial de Aristóteles es que la lógica formal debe


ser una parte esencial de la teoría de la ciencia que se supone provea la
fundamentación para la reconstrucción racional de la práctica científica; y se probó
que esta idea era extremadamente influyente y fructífera a lo largo de la historia de
la ciencia, a pesar de que la silogística resulte tener un alcance demasiado
restringido como para respaldar esa idea.

Interpretaciones de la teoría de la ciencia de Aristóteles


Durante siglos, los comentadores pensaron en los primeros principios de la
ciencia, en los Analíticos, como si fueran algo parecido a las verdades a priori
aprehendidas por actos especiales de revelación intelectual que garantiza la
certeza epistémica de los principios13. Así sigue la historia y, una vez que hemos
aprehendido los principios, podemos intentar deducir o demostrar otros teoremas
por medio de un procedimiento descendente que también garantice la verdad de
todos los teoremas, debido a la validez lógica de nuestras deducciones. Este
esbozo tradicional de la idea de la ciencia y de la actividad científica de Aristóteles
puede denominarse interpretación axiomática. De hecho, Aristóteles nos dice que
el conocimiento y la comprensión son estados epistémicos «por los que poseemos
la verdad» y, por lo tanto, «son siempre verdaderos»N. de T. (APo. II.19, 100b6–8).
Destacaba que debemos estar más atentos a, y convencidos por, los principios de
la ciencia que por sus conclusiones (APo. I.2, 72a15–b4), y que estos principios
deben ser supuestos de alguna manera, a pesar de que no puedan probarse o
demostrarse (APo. I.2). Y, por supuesto, se supone que una teoría científica
apropiada depende de los métodos y propuestas que evitan todos los errores
metodológicos tan explícitamente marcados por Aristóteles. Éstas y otras

13
Para más información sobre este tema, véase Detel, 1998, pp. 157–8, n. 2.
N. de T.
Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) I. Introducción, traducción y notas por Miguel Candel
Sanmartín. Biblioteca Clásica Gredos, 51. Editorial Gredos. 1982.
32

observaciones similares se consideraron en la confirmación de la interpretación


axiomática de los Analíticos.

Recientemente, los críticos han sugerido una interpretación alternativa:


«Existen pistas que indican que la teoría de los Segundos Analíticos pretendían
proporcionar la presentación y descripción formal y apropiada del sistema
terminado» (Barnes, 1975, p. x; véase también Barnes, 1969, 1981; y Bauman,
1998). Según este panorama, resulta en extremo importante no confundir el
aspecto del descubrimiento y de la investigación científica, por un lado, y el
aspecto del aprendizaje, de la enseñanza y de la presentación de una teoría de la
ciencia establecida, por el otro. El descubrimiento y la investigación utilizan la
inducción y la investigación empírica y observan, principalmente, los fenómenos,
es decir, lo que la mayoría de las personas cree que es verdadero (véase Owen,
1961; Wieland, 1962). Las esencias de las cosas no son otra cosa que la serie de
propiedades que resultan ser propiedades causalmente básicas de estas cosas,
en nuestra investigación científica; y la «intelección» como forma de
descubrimiento está ausente en los Segundos Analíticos. Desde el punto de vista
de esta interpretación pedagógica de los Analíticos, Aristóteles parece ser un
«empirista incondicional» (Barnes, 1975, p. 259). Especialistas influyentes ven
esta interpretación pedagógica como «la nueva ortodoxia y la interpretación
aceptada actualmente de los Segundos Analíticos» (Bolton, 1987, p. 121; Sorabji,
1980, pp. 188, 194).

Finalmente, algunos expertos han destacado que Aristóteles ve nuestra


actividad científica como si ésta tuviera como objetivo no la producción de
descubrimientos íntegramente nuevos sino más bien la profundización del
conocimiento dado a través de la provisión de explicaciones de fenómenos
conocidos. Ésta es la razón por la que las cuestiones atenientes a la justificación
están casi ausentes de los Segundos Analíticos (Burnyeat, 1981; Kosman, 1973;
Lear, 1988; Lesher, 1973): nuestro conocimiento dado no está justificado por las
explicaciones y las demostraciones; más bien, las explicaciones y las
33

demostraciones profundizan nuestro conocimiento dado y nos ayudan a entender


mejor los fenómenos que ya tomamos como dados.

Hay una pequeñísima aclaración que hace Aristóteles acerca de dar con la
verdad: «no es posible ni que alguien la alcance plenamente ni que yerren todos,
sino que cada uno logra decir algo acerca de la Naturaleza»N. de T.
(Met. II.1,
993a31–b4). Esto también se aplica a las tres interpretaciones de la teoría de la
ciencia que ya se esbozaron. El principio de la sabiduría en la lectura de los
Analíticos consiste en la distinción de las descripciones de un ideal de la ciencia y
de la actividad científica que demuestra cómo debería verse una teoría científica
perfecta y las descripciones de las condiciones epistémicas en las que se
encuentran los investigadores en cada momento de su actividad científica y su
carrera. Es debido precisamente al desarrollo de un ideal perfecto de ciencia que
se puede indicar de qué manera fallaríamos al hacer ciencia y en cuyo sentido
nunca podemos asegurar de una vez y por todas que hemos logrado el
conocimiento científico perfecto. En su teoría de la ciencia se puede notar que
Aristóteles hace ambas cosas: esboza qué se puede alcanzar efectivamente del
conocimiento científico perfecto e indica de qué manera nuestra condición
epistémica humana es frágil y falible. Ya que sólo si hacemos estas cosas
podremos mejorar nuestra condición epistémica frágil y acercarnos al
conocimiento científico. Esta es la suposición básica de una interpretación
compleja de los Analíticos (Detel, 1998, pp. 176–7).

Desde esta perspectiva, la interpretación axiomática se enfoca


exclusivamente en el ideal de conocimiento de Aristóteles. La afirmación de que el
conocimiento y la comprensión siempre son verdaderos es una propuesta acerca
de cómo el conocimiento perfecto y la comprensión deberían perfeccionarse por
medio del análisis: si en realidad es conocimiento perfecto, es y sigue siendo
verdadero. Es así como definimos el conocimiento perfecto. Pero la falla crucial de

N. de T.
Aristóteles. Metafísica. Introducción, traducción y notas por Tomás Calvo Martínez. Biblioteca Clásica
Gredos, 200. Editorial Gredos. 1994.
Existe una discrepancia entre la traducción de Calvo Martínez y la de Detel. La traducción de la versión
inglesa es la siguiente: «nadie es capaz de alcanzar adecuadamente la verdad, mientras que todos decimos
algo verdadero sobre la naturaleza de las cosas».
34

esta interpretación es tomar, también, los pensamientos de Aristóteles sobre la


ciencia perfecta como abarcadores de la condición epistémica de la investigación
científica humana.

Por otro lado, la interpretación pedagógica acertadamente destaca que, por


ejemplo, en la primerísima oración de los Segundos Analíticos, Aristóteles habla
acerca del entorno de la enseñanza y el aprendizaje al que pertenece toda teoría
científica adecuada. También es cierto que Aristóteles parece pensar que enseñar
y aprender una teoría científica requiere presentar la teoría en un marco deductivo
y demostrativo para que así el estudiante pueda ver cómo sus propuestas
dependen las unas de las otras. Pero es claramente incorrecto sugerir, tal como lo
ha hecho la interpretación pedagógica, que existe una distinción metodológica
pronunciada entre la percepción, la inducción y el razonamiento dialéctico como
pertenecientes al entorno del descubrimiento; y la deducción y la demostración
como pertenecientes al entorno de la enseñanza, el aprendizaje y la presentación
de la teoría. Obviamente, esto es incoherente con la afirmación de Aristóteles (tan
decisiva para su visión de la ciencia) de que las actividades científicas tienen
como objetivo principal el descubrimiento de las causas; el descubrimiento de las
causas y de las premisas más altas, sin embargo, necesariamente requiere de la
construcción de demostraciones. Por lo tanto, las deducciones y las
demostraciones también pertenecen al entorno del descubrimiento.

Finalmente, es cierto que en los Analíticos Aristóteles está primordialmente


interesado, no en el conocimiento de los hechos, sino en el conocimiento de las
causas de los hechos dados que profundizan nuestro conocimiento de los hechos
simplemente a través de su explicación causal. Pero no deberíamos pasar por alto
que Aristóteles también reflexiona, incluso en los Analíticos, sobre los métodos
para establecer hechos y que, por lo general, las cuestiones concernientes a la
justificación no están, en modo alguno, por completo ausentes de los Analíticos.
Esto se aplica inclusive para los principios científicos. Con certeza, Aristóteles
piensa que los principios científicos son dados en el sentido restringido de que no
pueden demostrarse ni probarse. Pero los postulados y las suposiciones pueden
35

justificarse en la lógica y en la filosofía primera. Así, el mismo Aristóteles justifica,


por ejemplo, la ley del tercero excluido en la Metafísica (libro IV) y la validez de las
inferencias silogísticas en los Primeros Analíticos (libro X). Asimismo, es tarea de
la filosofía primera justificar las afirmaciones existenciales acerca de las entidades
fundamentales de los campos científicos, tal como también lo demuestra
Aristóteles, por ejemplo, en el caso de las entidades matemáticas (Metafísica XIII).
Finalmente, las definiciones en el sentido de los principios explicativos máximos y
las premisas demostrativas no pueden demostrarse ni probarse, pero al mismo
tiempo hay un claro doble sentido en el cual pueden justificarse incluso dentro de
la ciencia departamentalizada a la que pertenecen: como proposiciones
universales, pueden y deben justificarse por inducción o deducción (APo. II.19), y
como premisas explicativas inmediatas deben justificarse mostrando que están en
la cima del análisis realmente construido y el conjunto de estas demostraciones
forma una teoría científica integrada.

Una forma de caracterizar la interpretación compleja de la teoría de la


ciencia de Aristóteles es decir que Aristóteles concebía la ciencia y la actividad
científica como una cultura epistémica. En general, una cultura es una serie de
prácticas basadas en suposiciones de fondo compartidas que se enseñan y se
aprenden; en particular, una cultura epistémica consiste en prácticas diseñadas
para evaluar las afirmaciones relativas al saber y para producir conocimiento
justificado; al mismo tiempo, una cultura epistémica depende específicamente de
las suposiciones de fondo compartidas acerca de lo que es el conocimiento
perfecto, y sus métodos y resultados se transmiten enseñándolos y
aprendiéndolos. Esbozar la interpretación compleja de esta manera deja en claro
que preserva las ventajas de los otros tres esquemas de interpretación posibles
mientras que, al mismo tiempo, evita su estrechez.

El carácter epistemológico de los Analíticos


En la clasificación de Aristóteles de todas las ciencias (Met. VI.1) faltan la
dialéctica, la lógica y la teoría de la ciencia. Parece que Aristóteles no las tiene en
cuenta dentro de las ciencias. Esto ha generado un debate entre los críticos (por
36

ejemplo, Ackrill, 1981, p. 79; Barnes, 1982, p. 25; Ross, 1923, p. 20). La
sugerencia que ofrece la tradición aristotélica es que Aristóteles consideró estas
disciplinas como meras herramientas de las ciencias. Pero el mismo Aristóteles
nos da algunas pistas que ayudan a entender mejor cómo observó las categorías
de la lógica, la dialéctica y la teoría de la ciencia.

Las ciencias específicas propiamente dichas se definen por el campo


específico o género (génos) con el que tratan. En la visión de Aristóteles, los
géneros son radicalmente diferentes unos de otros: «no tienen contacto entre sí,
pero están demasiado distanciados y carecen de una medida común» N. de T. (Met.
I.4, 1055a6–7). Los diferentes géneros, por lo tanto, están separados entre sí de
manera tal que el espacio entre ellos es intransitable, por lo menos de forma
directa (a pesar de que puedan existir analogías entre ellos). Al mismo tiempo,
cualquier género es un espacio de diferencias específicas e incluye tipos
contrarios (eíde), siendo definida la relación de contrariedad, por la teoría de los
opuestos, como la máxima diferencia entre los atributos tal que los atributos
contrarios no pueden coexistir en el mismo sujeto en la misma relación (Met. X.4).
Por lo tanto, toda ciencia específica puede definirse excepcionalmente por su
género específico y explora los tipos contrarios de su campo específico. Las
nociones de un género (génos) y un tipo (eîdos), sin embargo, son conceptos
taxonómicos en el sentido moderno de género y especie. Por ejemplo, en su
biología, Aristóteles aplica el término génos con frecuencia a cosas que cuentan
como especies en el sentido taxonómico moderno. Según la perspectiva de
Aristóteles, las clasificaciones de animales son, fuera de la ciencia, el proyecto
central de la biología de Aristóteles siendo lo que llamaríamos mereología
etiológica (Balme, 1962; Pellegrin, 1986). Es en base a la separación radical entre
unos géneros científicos y otros que Aristóteles insiste en que los científicos no
tienen permitido pasar de un género a otro en sus explicaciones y demostraciones
(APo. I.7).

N. de T.
Aristóteles. Metafísica. Introducción, traducción y notas por Tomás Calvo Martínez. Biblioteca Clásica
Gredos, 200. Editorial Gredos. 1994.
37

Por lo tanto, la teoría de la ciencia de Aristóteles es una variedad de un


pluralismo científico anti-reduccionista que pone énfasis en la especificidad y la
peculiaridad de los campos y las terminologías que son constitutivas para toda
ciencia específica (a pesar de que haya casos de subordinación de una ciencia a
otra dentro del mismo género; por ejemplo, la óptica está subordinada a la
geometría). Existen indicaciones de que Aristóteles concibió los géneros
científicos como abstracciones de las cosas naturales realizadas por la actividad
científica. Así, por ejemplo, parte de la constitución de la ciencia de la biología es
que los científicos observan las cosas naturales qua cosas vivientes, y parte del
establecimiento de la ciencia de la geometría es que los científicos observan las
cosas naturales qua entidades dimensionales (Met. XIII.3, 1077b17–1078a26; Fís.
II.2, 193b31–194a12). Esto no quiere decir que Aristóteles considere una posición
anti-realista acerca de los géneros científicos; más bien, percibe que las cosas
naturales son portadoras de una gran variedad de estructuras y, por lo tanto,
pueden observarse de maneras diferentes. Depende de los científicos qué tipo de
estructura quiere observarse de modo tal que se abstraigan de otros parámetros
que también son dados en las cosas naturales.

En cualquier caso, la lógica y la teoría de la ciencia no exploran un campo


específico; ya que «ni una ni otra constituyen ciencias acerca de cómo es algo
determinado, sino simples facultades de proporcionar razones.»14 N. de T.
. Además,
tampoco parece que la lógica y la teoría de la ciencia busquen las causas. A este
respecto crucial se diferencian, como la dialéctica, de las ciencias propiamente
dichas.

Lo que es más importante aun, reconocer y seguir las reglas metodológicas


generales es un asunto de la educación no de la ciencia. Así, el reclamo erróneo
de que todo debería demostrarse (analizado con cierto detalle en APo. I. 3) se

14
Véase Ret. I. 2, 1356a32-33. No obstante, esta aclaración se limita a la retórica y a la dialéctica; pero dado
que las reglas de inferencia silogísticas también pertenecen a la dialéctica (APr. I.1, 24a26–28), esto también
se aplica a la lógica silogística y, por lo tanto, a fortiori también a las reglas de los argumentos científicos
desarrollados en los Segundos Analíticos.
N. de T.
Aristóteles. Retórica. Introducción, traducción y notas por Quintín Racionero. Biblioteca Clásica
Gredos, 142. Editorial Gredos. 1994.
38

debe a la falta de educación ya que «desconocer de qué cosas es preciso y de


qué cosas no es preciso buscar una demostración»N. de T.
(Met. IV.4, 1006a5–8).
Asimismo, es «propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en
la medida en que la admite la naturaleza del asunto»N. de T. (EN I.3, 1094b24–25).
En general, en lo que concierne a cada estudio e investigación, hay, según
Aristóteles, dos tipos diferentes de competencia: una es de un tipo de familiaridad
con el tema, provista por las ciencias propiamente dichas; la otra es la que «sería
apropiadamente llamado saber educado del sujeto. Ya que un hombre educado
debería ser capaz de formarse un juicio justo de lo que es lo bueno y lo malo de
una exposición en casi todas las ramas del conocimiento y no meramente en
algún tema especial». Por lo tanto, en las ciencias, en particular en las ciencias
naturales, «tiene que haber también en la investigación acerca de la naturaleza
algunos cánones tales que, refiriéndonos a ellos, se podrá poner prueba el modo
en que se han hecho las demostraciones, en cierto sentido al margen de cómo
sea lo verdadero, si de una manera o de la otra»N. de T.
. De hecho, en general
«pues en verdad tal persona es la que creemos educada en general, y el estar
educado es ser capaz de hacer lo dicho»N. de T. (PA I.1, 639a1–15) (George, 1993).
Estas aclaraciones ilustrativas demuestran cómo Aristóteles concibe el verdadero
estatus de la lógica y la teoría de la ciencia: aprender y dominar estas disciplinas
es estar educado en el sentido más general, no es ser un científico; la lógica y la
teoría de la ciencia son el mismísimo centro de paideía. Un aspecto importante de
esta educación general es una actitud racional crítica hacia la estructura y la
validez de los argumentos propuestos. Para usar terminología moderna, estar
educado en este sentido general, es decir, para utilizar la metodología científica y
lógica en una manera crítica y racional, significa moverse en un espacio de la
razón, participar en el juego de dar y pedir razones. El proceso de aprendizaje de
la metodología científica y lógica es domesticar la naturaleza y moverse desde el

N. de T.
Aristóteles. Metafísica. Introducción, traducción y notas por Tomás Calvo Martínez. Biblioteca Clásica
Gredos, 200. Editorial Gredos. 1994.
N. de T.
Aristóteles. Ética Nicomáquea y Ética Eudemia. Introducción por Emilio Lledó Íñigo. Traducción y notas
por Julio Pallí Bonet. Biblioteca Clásica Gredos, 89. Editorial Gredos. 1985.
N. de T.
Traducción de Fabián Mié. (correspondiente al pasaje 639a12-15).
N. de T.
Idem. (correspondiente al pasaje: 639a6-8).
39

ámbito de la naturaleza hacia el espacio de las razones, y ésta es una de las


condiciones más importantes para vivir una vida buena. De este modo, Aristóteles
nos muestra de manera lúcida y admirable el verdadero estatus y la verdadera
importancia de las disciplinas formales que él mismo tiene el mérito eterno de
haber inventado.