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EDWARD HOPPER

 
Donde viven
Casas colgadas del cielo,
apenas apoyadas en el filo de una frontera,
con sus lámparas encendidas todo el día
como si alguien las habitara,
derramando su claridad inerte sobre el suelo
de pino bien lavado.
 
Dentro, sospechamos,
no hay mesas tendidas para la cena,
ni hay camas para el amor,
para la muerte.
 
Nunca se apagan las luces.
 
 
Los que viven
Sentados en hilera
al sol tibio de la tarde
reciben la lengua de fuego muerto
de un pentecostés enmudecido.
Los jubilados cumplen la condena
dictada por sus propias almas puritanas.
 
Ellas, en cambio,
en habitaciones de hotel
con roperos donde nadie cuelga nada,
recogidas las piernas sobre sábanas de yeso,
bellas desnudas,
se bañan en el sol frío
de la espera.