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DIEGO FARES

El olor
del pastor
El ministerio pastoral
en la visión del papa Francisco
Prefacio de Antonio Spadaro

SAL T2ERRAE
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de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción
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Para los textos del Apéndice:


© Libreria Editrice Vaticana, 2015

La Editorial Sal Terrae manifiesta su agradecimiento


a Editrice Àncora, que ha concedido su autorización
para traducir el texto italiano de la Prefazione,
escrita por el P. Antonio Spadaro, sj.

Traducción del «Prefacio»:


M. M. Leonetti

© Editorial Sal Terrae, 2015


Grupo de Comunicación Loyola
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Imprimatur:
† Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander
29-10-2015

Diseño de cubierta:
María José Casanova

Edición Digital
ISBN: 978-84-293-2530-0

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Índice

Portada
Créditos
Prefacio
Capítulo 1. Pastores, no príncipes
Un pueblo que valora al pastor que «habla con todos»
Obispos que velan por su pueblo cuidando de que haya sal y luz en los corazones
El pueblo fiel reconoce a quien vela por él
Obispos que se abajan y se incluyen en el pueblo
La bendición del pueblo fiel: bendición del todo
Obispos centrados en lo esencial
Cómo se centran los pueblos
Un obispo del Vaticano II: ungidos para ungir
Capítulo 2. La figura pastoral del obispo
Pastores con olor a oveja y sonrisa de padres
Pastores del pueblo y no peinadores de ovejas
El talante bélico de un criterio de discernimiento estético
La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos
Oración con olor a oveja: la mística popular
La dulzura del evangelio
Pastores que caminan y conducen a una Iglesia en salida
Pastores discípulos misioneros
Poner en camino
Formar en esperanza
Caminar con fortaleza en el trabajo cotidiano
Conducir en lo grande y en lo pequeño
Pastores cercanos a todos
No a las pastorales lejanas
Cercanía a los sacerdotes
Los cardenales son los sacerdotes del Santo Padre
La cercanía como criterio de discernimiento
Cercanía que se hace cultura del encuentro
Cercanía jesuítica
Cercanía y oficio de consolar de Jesús resucitado
Hombres al servicio de la comunión
La unidad la hace el Espíritu

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La unidad como fruto de la unción
Ni «uniformistas» ni «alternativistas» ni ventajeros
La alegría del obispo
Capítulo 3. Obispos con «olor cristológico»
Sobresalir en metáforas
Fundamento trinitario de la figura del obispo
Antropología que brota de la mirada de la fe
Carácter existencial de la figura del obispo en el papa Francisco
La alegría del evangelio
El olor del pastor
Apéndice
1. Profesión de fe con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (Homilía del
Santo Padre Francisco)
2. Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso organizado
por la Congregación para los Obispos y la Congregación para las Iglesias orientales
3. Discurso del Santo Padre Francisco en la reunión de la Congregación para los
Obispos
1. Lo esencial en la misión de la Congregación
2. El horizonte de Dios determina la misión de la Congregación
3. La Iglesia apostólica como fuente
4. El obispo como testigo del Resucitado
5. La supremacía de Dios, autor de la elección
6. Obispos «kerigmáticos»
7. Obispos orantes
8. Obispos pastores
Conclusión
4. Discurso del Santo Padre Francisco a la 66ª Asamblea General de la Conferencia
Episcopal Italiana
1. Pastores de una Iglesia que es comunidad del Resucitado
2. Pastores de una Iglesia que es cuerpo del Señor
3. Pastores de una Iglesia anticipo y promesa del reino
5. Discurso del Santo Padre Francisco a los nuevos obispos nombrados durante el año
6. Santa misa crismal (Homilía del Santo Padre Francisco)
7. Santa misa crismal (Homilía del Santo Padre Francisco)

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Prefacio

El papa Francisco es el primer papa que no participó en el Concilio Vaticano II como


obispo, y en este sentido es el papa que señala el mismo concilio como una etapa de la
vida de la Iglesia de la que no solo no se vuelve atrás, sino que su huella marca el
camino por el que debemos seguir adelante. Su eclesiología es, sin duda alguna, la del
concilio, expresada de una manera magistral en la constitución dogmática Lumen
gentium. El capítulo III de este importante documento lleva como título: «Constitución
jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado». Son unas páginas
importantes para Francisco. En particular las palabras sobre el papel pastoral del obispo,
que debe tener «siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser
servido, sino a servir (cf. Mt 20,28; Mc 10,45) y a dar la vida por sus ovejas (cf. Jn
10,11). Tomado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse
de los ignorantes y equivocados (Hb 5,1-2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que,
como a verdaderos hijos suyos, alimenta y a quienes exhorta a cooperar animosamente
con él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hb 13,17), trabaje
con la oración, con la predicación y con todas las obras de caridad tanto por ellos como
por los que todavía no son de la única grey, a los cuales tenga como encomendados en el
Señor» (Lumen gentium 27).
El papa Francisco ha mostrado, no solo con sus reflexiones, sino ante todo con su
ejemplo, sus gestos, su actitud, cuán actuales son estas indicaciones del concilio. Sus
movimientos nos hacen experimentar una imagen de cómo puede estar un obispo en
medio de su pueblo. Obispo y pueblo hacen camino juntos, en el que «la totalidad de los
fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20.27), no puede equivocarse cuando
cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de
la fe de todo el pueblo cuando “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos” presta
su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Lumen gentium 12).

***

Pero, sobre todo, es importantísimo comprender que lo pastoral no se opone a lo


doctrinal. La pastoral no es la aplicación de una «doctrina» elaborada por los doctores de
la ley, que tienen las manos limpias porque no han tocado nunca a la gente, sino que

6
actúan solo con las ideas claras y distintas de Descartes, mientras que los pastores se las
ensucian.
El papa Francisco ha mostrado que los obispos deben ser expertos en humanidad, es
decir, en el conocimiento de las situaciones existenciales concretas en las que vive hoy la
gente. Hay quien intenta volver a proponer viejas categorías para definir a los pastores:
«conservadores» y «progresistas». Se trata de una distinción inútil. Como lo es la
distinción entre «seguidores» de la doctrina y «adaptadores» de la misma. La fe en la
encarnación nos dice que la doctrina abstracta, entendida como corpus de nociones, no
salva si no está dirigida a un pueblo, a personas. La verdadera distinción es la que existe
entre «ideólogos» y «pastores».
Los obispos, en particular, deben intentar comprender «el misterio difícil de quien
abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas,
creen que la Iglesia –su Jerusalén– ya no puede ofrecer algo significativo e importante.
Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión. Tal vez la Iglesia se ha
mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para
responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial,
prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la
Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la
Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta. El
hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no solo los
que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos
que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica»1.
Ser pastor significa no solo confirmar en la doctrina, sino también acompañar a las
personas en su camino, también en caminos oscuros. Consiste en «descifrar esa noche
que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas» y comprender «que las
razones por las que hay gente que se aleja contienen ya en sí mismas también los
motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía»2. El
pastor debe estar, por tanto, junto a las ovejas, «tienen que ser pastores con olor a oveja»,
como dijo el papa Francisco en una de sus primeras intervenciones.
¿Cuál es, entonces, el camino del pastor? ¿Cómo debe caminar un obispo que guía a
su pueblo? Como ha dicho Francisco, no debe estar necesariamente delante para indicar
el camino. Puede y debe variar su liderazgo para sostener con amor y paciencia los pasos
de Dios en su pueblo. De hecho, puede estar en el medio para mantener a la grey unida y
neutralizar las desbandadas, o incluso detrás para evitar que nadie se quede atrasado,
pero –ha dicho el papa– «también, y fundamentalmente, porque el rebaño mismo tiene
su olfato para encontrar nuevos caminos»3.
Al abrir los trabajos de la 68ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal
Italiana, el 18 de mayo de 2015, el papa Francisco pidió a los obispos que no fueran

7
«pilotos», sino verdaderos «pastores». En otras ocasiones el Pontífice ha llamado a los
pastores ser «obispos pastores, no príncipes»4, usando imágenes que ya eran suyas desde
que dirigía su diócesis anterior, la de Buenos Aires. En 2006, en los ejercicios
espirituales que dio a los obispos españoles, concretamente en la meditación
introductoria al Magnificat, les hablaba de «sentirnos mayordomos, pero no amos;
humildes servidores, como nuestra Señora, y no príncipes».

***

El libro escrito por Diego Fares pretende entrar en el corazón de la acción episcopal de
Francisco y en la mens profunda de su magisterio sobre la figura del obispo. El padre
Fares puede hacerlo porque no es solo un estudioso, sino también una persona que
frecuenta a Jorge Mario Bergoglio desde hace cuarenta años. Es jesuita, y fue recibido en
la orden el año 1976 por el actual pontífice cuando este era provincial de la Compañía.
Bergoglio fue también el «padrino» de su ordenación sacerdotal. Una vez obtenido el
doctorado en filosofía, fue profesor de Metafísica en la PontificiaUniversidad Católica
Argentina (UCA) y enseñó en la Universidad del Salvador (USAL) de los jesuitas. Pero
también ha trabajado durante casi veinte años con un equipo de más de cien laicos en el
Hogar de San José, un centro de acogida para adultos que viven en la calle o en
condiciones de extrema pobreza, y en la Casa de la Bondad, un hospicio para enfermos
terminales del movimiento Manos Abiertas, ayudando a su fundador, el padre Ángel
Rossi, sj. Actualmente es miembro del Colegio de Escritores de la revista La Civiltà
Cattolica. El suyo es un perfil que corresponde al intelectual que no vive en un
laboratorio, sino que elabora su pensamiento en contacto directo con la realidad de las
periferias. Y desde esta perspectiva se ha tomado la tarea de explicar al lector qué es el
obispo en la visión del papa Francisco.
Y es él quien ha recordado, sobre el tema de los obispos pastores, un episodio
iluminador descrito con todo detalle en este libro. Bergoglio, que era rector del
«escolasticado» de los jesuitas en período de formación, estaba ayudando a parir a una
oveja. Esta había rechazado a un corderito de los tres que había parido. Bergoglio le
pidió a un estudiante que tomara al cordero en su habitación para darle el biberón y
custodiarlo. Este joven jesuita apestaba a oveja y el cordero le seguía por toda la casa,
incluida la iglesia y las aulas. «Si tú la guardas, la oveja te sigue», comentó el padre
Bergoglio.
Cedo, pues, la palabra a la reflexión del padre Diego Fares con esta imagen de la
oveja alimentada y custodiada, porque me parece que es la que mejor expresa el sentido
de la vocación y de la misión del pastor en la mens del papa Francisco.

8
ANTONIO SPADARO, SJ
Director de La Civiltà Cattolica

Nota para el lector:


Este libro recoge en apéndice algunas intervenciones del papa Francisco sobre la
figura del obispo.

1. Francisco, Discurso en el encuentro con el episcopado brasileño, Rio de Janeiro, 27 de julio de 2013, 3.

2. Ibid.

3. Francisco, Discurso en el encuentro con el Comité de coordinación del CELAM, Rio de Janeiro, 28 de julio de
3013, 5/4.

4. Ibid.

9
CAPÍTULO 1.
Pastores, no príncipes

Para conocer la profundidad teológica de la figura del obispo que tiene en mente el
papa Francisco, la que guía su corazón1, puede ser bueno situarse de entrada en medio de
la contraposición que dice: «Obispos pastores, no príncipes»2. Es una figura simple y
clara, que surge en sus documentos más elaborados y en sus intervenciones espontáneas.
Y viene de antes de que fuera elegido papa. En 2006, predicando los Ejercicios a los
obispos españoles, en la plática introductoria sobre el Magnificat hablaba de «sentirnos
mayordomos, no amos; humildes servidores como nuestra Señora, no príncipes». Y
concluía, en la meditación sobre «El Señor que nos reforma», diciendo que la gente
quiere un pastor, «no un exquisito que se pierde en las florituras de moda»3.
Esta opción pastoral no es exclusiva de los obispos, sino de todo «discípulo
misionero», cada uno en su estado y condición:
«Queda claro que Jesucristo no nos quiere príncipes que miran despectivamente,
sino hombres y mujeres de pueblo. Esta no es la opinión de un papa ni una opción
pastoral entre otras posibles; son indicaciones de la Palabra de Dios tan claras,
directas y contundentes que no requieren interpretaciones que les quiten fuerza
interpelante. Vivámoslas “sine glossa”, sin comentarios»4.

La imagen «pastores, no príncipes», que algunos medios han hecho «viral» como
un reproche a obispos y sacerdotes, bien leída, no tiene sentido alguno de desprecio. Es
algo mucho más profundo. Remite al discernimiento de un cambio de época y, más
íntimamente aún, es una invitación a que ningún obispo ni sacerdote se deje robar la
alegría5 de ser pastor: «De ese modo, experimentaremos el gozo misionero de compartir
la vida con el pueblo fiel a Dios tratando de encender el fuego en el corazón del
mundo»6. Las contraposiciones que utiliza el papa Bergoglio son una característica suya
muy ignaciana: mueven los ánimos, no dejan indiferentes. Pero deben ser bien leídas: en
un marco de misericordia como proceso, en el que, como en el Apocalipsis, el Señor nos
dice «la verdad sobre lo bueno que tenemos, sobre lo malo que nos reprocha, sobre el
castigo que nos espera si no nos enmendamos y sobre el premio que nos tiene
reservado»7. La gracia de ser parte del pueblo fiel de Dios, del que los pastores son

10
sacados y al que son enviados, es el marco de consolación en el que todas las
correcciones se convierten en motivo de mayor humildad y fervor espiritual.

11
Un pueblo que valora al pastor que «habla con todos»

¿Cómo es el pueblo de un obispo que no es príncipe, sino pastor? En una carta a los
sacerdotes de la archidiócesis de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio hablaba de la
«apertura»: «Hoy en día, la apertura es considerada un valor, aunque no siempre se la
comprenda bien. “Es un cura abierto”, dice la gente, oponiéndolo a “un cura cerrado”.
Como toda valoración, depende de quién la haga. A veces, en una valoración superficial,
“apertura” puede referirse a “alguien que lo admite todo” o “que no es muy competente”,
que no es “rígido”. Pero detrás de algunas posturas que son más cuestión de piel, se
esconde siempre algo de fondo que la gente percibe. Ser un sacerdote abierto significa
que “es capaz de escuchar aunque se mantenga firme en sus convicciones”». Y refirió un
lindo ejemplo que expresa perfectamente «en qué se fija la gente»:
«Una vez un hombre de pueblo me definió a un cura diciendo una simple frase: “Es
un cura que habla con todos”. No hace acepción de personas, quería decir. Le
llamaba la atención que pudiera hablar “a gusto” con todos y lo distinguía
claramente tanto de los que tan solo hablan bien con algunos, como de los que
hablan con todos diciéndoles a todo que sí»8.

Creo que esta reflexión de Bergoglio completa, desde el punto de vista del pueblo
fiel, la contraposición entre «pastor» y «príncipe». Porque hay un rechazo a la estética y
a la autoridad «principescas» de otra época que esconden la misma vanidad y deseo de
poder bajo otras formas, más laicas y democráticas, pero igualmente «elitistas». La clave
del que «habla con todos» (y no solo con los de su elite) es criterio de discernimiento
empleado por el pueblo para reconocer a sus pastores.

12
Obispos que velan por su pueblo cuidando de que haya sal y luz en los
corazones

Al hablar de la figura del obispo como pastor, vamos a utilizar expresiones y ejemplos
que el papa Francisco utiliza para hablar de los obispos en particular, pero también de los
sacerdotes, de los cardenales y del papa. Sin embargo, hay un carisma que expresa el
nombre mismo de obispo –episkopos en griego– y sobre el cual el entonces cardenal
Bergoglio reflexionó en el sínodo de 2001, dedicado a «El obispo, servidor del evangelio
de Jesucristo para la esperanza del mundo». Ese carisma, que es también una misión
propia del obispo, consiste en «velar». Vale la pena transcribir el texto entero:
«El obispo es aquel que vela; custodia la esperanza velando por su pueblo (1 Pe
5,2). Una actitud espiritual es la que pone el acento en supervisar al rebaño con una
“mirada de conjunto”. Es el obispo que está atento a cuidar de todo aquello que
pueda mantener la cohesión del rebaño. Otra actitud espiritual es la de quien pone el
acento en vigilar permaneciendo alerta ante los peligros. Ambas actitudes
constituyen la esencia de la misión episcopal y adquieren toda su fuerza desde la
actitud que considero más esencial y que consiste en velar. Una de las imágenes
más fuertes de esta actitud es la del Éxodo, donde se nos dice que Yahvé veló a su
pueblo en la noche de Pascua, llamada por ello “noche de vela” (Ex 12,42). Lo que
deseo es resaltar esa peculiar hondura que tiene el velar frente a un supervisar de
manera más bien general o una vigilancia más puntual. “Supervisar” hace referencia
más al cuidado de la doctrina y de las costumbres; en cambio, velar se refiere más a
cuidar que haya sal y luz en los corazones. “Vigilar” habla de estar alerta al peligro
inminente; “velar”, en cambio, habla de soportar con paciencia los procesos en los
que el Señor va gestando la salvación de su pueblo. Para vigilar basta con ser
despierto, astuto, rápido. Para velar hay que tener además la mansedumbre, la
paciencia y la constancia de la caridad probada. Supervisar y vigilar nos hablan de
cierto control necesario. Velar, en cambio, nos habla de esperanza del Padre
misericordioso, que vela el proceso de los corazones de sus hijos. El velar
manifiesta y consolida la parrēsia del obispo, que manifiesta la esperanza “sin
desnaturalizar la cruz de Cristo”. Junto a la imagen de Yahvé que vela el gran
éxodo del pueblo de la alianza, hay otra imagen más cercana y familiar, pero
igualmente fuerte: la de san José. Él es quien vela hasta en sueños al Niño y a su
madre, con la ternura del servidor fiel y discreto que hace las veces del Padre. De
ese velar profundo de José surge esa silenciosa mirada de conjunto, capaz de cuidar
a su pequeño rebaño con medios pobres; y brota también la mirada vigilante y
astuta que logró evitar todos los peligros que acechaban al Niño»9.

13
El san José durmiente al que el papa Francisco confía sus «papelitos» para que «los
sueñe» es la imagen del obispo, del pastor que vela por su pueblo.

14
El pueblo fiel reconoce a quien vela por él

¿Cómo es el pueblo fiel de un pastor que vela –no que tan solo vigila o supervisa–? El
pueblo fiel distingue bien al pastor que se limita a controlarlo, o tan solo le advierte de
los grandes peligros, del que también vela por que haya sal y luz en su corazón. El
pueblo fiel agradece todo y respeta a sus pastores, pero al que le alegra el corazón y la
familia, a ese lo ama, y por él da la vida. En la Navidad del milenio Bergoglio tuvo una
homilía muy especial, llena de ternura, en la que se puede ver la calidad de sus
sentimientos cuando habla del pueblo fiel y cómo es capaz de llegarle al corazón:
«El jubileo es el cumpleaños de Jesús. Las primeras Navidades fueron fiestas
sencillas, de familia. José y María habrán festejado solos, en el destierro, los
primeros cumpleaños de Jesús. El “Dios con nosotros” parecía que era solo de ellos
dos; pero, si escuchamos el Magnificat, nos damos cuenta de que María amó
siempre a Jesús con corazón de pueblo, con corazón de Iglesia. Y así fue como,
después de la resurrección del Señor, al poco tiempo la Navidad comenzó a ser una
fiesta para todo el pueblo fiel de Dios. Han pasado ya dos mil Navidades, y el Niño
se ha convertido en una fiesta para todo el pueblo fiel de Dios. Setecientos años
antes, Isaías había profetizado que nacería un niño que se llamaría Emmanuel,
“Dios con nosotros”. Un Dios con nosotros que, desde siempre, quiere ser un Dios
con todos. Dos mil fiestas de Navidad, y el Niño no pierde el ánimo respecto de su
pueblo fiel, de nosotros, sino que sigue poniéndose confiadamente en nuestras
manos, en ese gesto de entrega que es la eucaristía: “Yo soy el Dios con vosotros”,
repite con su silencio con sabor a pan. “Dios con nosotros” es un hermoso nombre
de Dios. Es como su apellido. Su nombre propio es Jesús, o Padre o Espíritu... pero
su apellido es “Dios con nosotros”»10.

Esta imagen de Jesús, que no se desilusiona de su pueblo fiel, y de la Virgen y san


José, que aman a Jesús con corazón de pueblo, nos dicen lo que siente Francisco por el
pueblo de Dios. Por eso, cuando le escuchamos decir «pastores, no príncipes»,
«veladores, no vigilantes ni supervisores», no deben sonar sus palabras como un
«mandato ético» abstracto, sino como una invitación a la tarea más hermosa que pueda
nadie imaginar: la de tener por pueblo a las ovejas amadas por su Buen Pastor.

15
Obispos que se abajan y se incluyen en el pueblo

Hacia abajo y hacia todos. Con dos simples movimientos de pastor y no de príncipe, el
recién elegido papa Francisco se situó en la gran tradición de la Iglesia y del Vaticano II
y generó en el pueblo fiel de Dios un nuevo dinamismo espiritual.
El concilio nos dice que, así como Cristo «se anonadó a sí mismo» y fue enviado a
«evangelizar a los pobres», también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino y
por eso «abraza a todos los afligidos y reconoce en los pobres la imagen de su Fundador
pobre y doliente»11.
Cuando el pontífice inclinó la cabeza para recibir la bendición de su pueblo, y cada
vez que se sube al papamóvil y da una vuelta por toda la plaza de San Pedro (o cuando
elige los lugares de frontera para hacer sus visitas), sus movimientos nos hacen
experimentar, y no solo ver, una figura posible de cómo puede ser un obispo en medio de
su pueblo. Una figura que no busca «reemplazar» la de otros obispos o papas, sino que
pide ser mirada y acogida con la actitud de «amistad y cercanía» de quien sabe descubrir
«la armonía del Espíritu en la diversidad de carismas», como pidió el mismo Santo Padre
a «sus presbíteros» –los cardenales– a los dos días de haber sido elegido12.
También su doctrina, y no solo sus gestos, expresan un abajamiento y una inclusión
que están en las antípodas de la mundanidad espiritual. No se trata de «ocurrencias
suyas», sino que es lo que pedía con sencillez el concilio: «Así la Iglesia, aunque el
cumplimiento de su misión exige recursos humanos, no está constituida para buscar la
gloria de este mundo, sino para predicar, también con su ejemplo, la humildad y la
abnegación»13.
Y si bien es cierto que la gente y los medios juzgan con dureza cuando observan las
actitudes principescas de algún prelado, también es cierto que se manifiesta una gran
simpatía para con cualquier pastor –sacerdote u obispo– cuando se abaja y abraza a
todos. El pueblo de Dios siente que es Cristo quien «pastorea» por medio de sus
pastores. Ya lo decía san Agustín:
«Lejos de nosotros el pensamiento de que ahora escasean los buenos pastores. Lejos
de nosotros la idea de que la misericordia divina ha dejado de generarlos e
investirlos de su misión. En realidad, si hay buenas ovejas, debe haber también
buenos pastores: los buenos pastores, de hecho, nacen en medio de las buenas
ovejas. Sin embargo, los buenos pastores no hacen resonar su voz: los amigos del
Esposo se alegran cuando escuchan la voz del Esposo (Jn 3,29). Los buenos

16
pastores están todos en la unidad, son una sola cosa. Cuando ellos pastorean, es
Cristo quien pastorea»14.

Al finalizar su discurso a la Congregación para los Obispos, en 2014, el Santo Padre


se preguntaba: «¿Dónde podemos encontrar a estos hombres? [obispos “kerigmáticos”,
orantes y pastores]. No es fácil. ¿Existen acaso? ¿Cómo seleccionarlos? [...]. Estoy
seguro de que existen, porque el Señor no abandona a su Iglesia. Tal vez somos nosotros
quienes no caminamos lo suficiente por los campos para buscarlos. Tal vez nos sea útil
la advertencia de Samuel: “No nos sentaremos a la mesa mientras él no venga” (cf. 1 Sm
16,11-13). Con esta santa inquietud querría yo que viviera esta Congregación»15.

17
La bendición del pueblo fiel: bendición del todo

¿Qué quiso significar el papa Francisco cuando pidió la bendición del pueblo de Dios?
La última homilía que pronunció Bergoglio en San Cayetano, santo patrono del pan y del
trabajo en la Argentina, cuando cada 7 de agosto se reúnen decenas de miles de
peregrinos, puede ayudarnos a comprender el gesto. Francisco valoró el gesto, tan propio
de nuestro pueblo, de «pedir la bendición». Decía: «Venimos con un encargo importante,
venimos en representación de todos a pedir la gran bendición que necesita nuestra
patria». Y destacaba que el pueblo de Dios sabe bendecir y pedir la bendición: «Nosotros
no maldecimos. Puede ser que protestemos, que discutamos; pero no solo no maldecimos
sino que, como sentimos que nuestra bendición no basta, venimos a pedir la bendición de
Dios... para todos». Y aquí viene la frase que queremos destacar:
«Nuestro pueblo tiene en el corazón esta bendición del todo, que es la que nos
constituye como patria. Esa bendición se ve incluso en la humildad para mantener
el todo, aunque sea en un pequeño resto, como cuando decimos: “Si no alcanza para
todos, al menos que alcance para todos los pequeños”, y colaboramos en el
comedor infantil... Decir “todos los pequeños” es decir todo el futuro. Decir “todos
los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es
mayor que las partes, y por eso pedimos “pan y trabajo para todos”»16.

Se ve que Bergoglio venía con esa imagen de la bendición en el alma y, al ver a la


gente en la plaza, se animó a pedirla para poder cumplir debidamente con su misión de
obispo de Roma. «Entró así en el tiempo del pueblo fiel», que «tiene una fe capaz de
concentrar toda su experiencia del amor que Dios le tiene en el sencillo gesto de recibir
una bendición (¡qué hermoso es observar cómo sabe agradecer la bendición nuestro
pueblo fiel!)»17.

18
Obispos centrados en lo esencial

¿Cuáles son las características del obispo que el Santo Padre propone como aquel que el
Señor quiere hoy para santificar, enseñar y pastorear a su pueblo? Se lo dijo a los
obispos de la Conferencia Episcopal Italiana. La espiritualidad (del obispo) es un retorno
a lo esencial. A la relación personal con Jesucristo, que nos dice «Sígueme» y nos hace
«pastores de una Iglesia que es comunidad del Resucitado»18. Lo había dicho algunos
meses antes a la Congregación para los Obispos: «Es necesario seleccionar entre los
seguidores de Jesús a los testigos del Resucitado. De aquí se deriva el criterio esencial
para esbozar el rostro de los obispos que queremos tener»19.
Son importantes las dos características del obispo testigo que señala el Santo Padre:
una es que «sabe hacer actual todo cuanto le sucedió a Jesús»; la otra, que «no es un
testigo aislado, sino junto con la Iglesia»20. Esta fue la segunda característica de los
obispos que señaló a la Conferencia Episcopal Italiana: «la pertenencia eclesial» de
«pastores de una Iglesia que es cuerpo de Cristo»21.
Por eso es por lo que fijamos la mirada en el pontífice. No porque todos los obispos
tengan que ser como el papa Francisco en «su estilo». Todo lo contrario; él propicia la
diversidad de carismas: «No existe un pastor estándar para todas las Iglesias. Cristo
conoce la singularidad del pastor que cada Iglesia requiere para que responda a sus
necesidades y la ayude a realizar sus potencialidades. Nuestro desafío es entrar en la
perspectiva de Cristo, teniendo en cuenta esta singularidad de las Iglesias
particulares»22.
Hacer actual a Jesucristo resucitado requiere que cada uno se sitúe en su actualidad
única e intransferible y, sin dejar de ser él mismo, sea fiel a lo esencial, armonizando su
testimonio vital con el de los demás testigos.
Para hablar de lo esencial puede resultar significativo releer, a dos años de
distancia, las primeras veces que el Santo Padre hablaba del «obispo». Hizo cinco
menciones en su primera bendición urbi et orbi: señalando el deber del cónclave, dijo
que consistía en «dar un obispo a Roma»; al agradecer la acogida que le dispensó «la
comunidad diocesana de Roma», le dijo que «ahora tiene a su obispo»; expresó su deseo
de «hacer una oración por nuestro obispo emérito, Benedicto XVI»; esbozó su misión en
términos de proceso («Ahora iniciamos este camino: obispo y pueblo juntos»); y valoró
«la oración del pueblo, pidiendo la bendición para su obispo»23.
La otra referencia tuvo lugar en la homilía de la misa «pro Ecclesia» con los
cardenales. Allí el Sumo Pontífice incluyó a todos los pastores como «discípulos de

19
Cristo crucificado»: «Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y
cuando confesamos a un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos
mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del
Señor»24. Como dice Lumen gentium, la Iglesia «va peregrinando entre las
persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del
Señor hasta que él venga»25.
Fue también significativo el modo como describió la figura de Benedicto XVI, al
día siguiente, en la audiencia con los cardenales: «El ministerio petrino, vivido con total
dedicación, ha tenido en él un intérprete sabio y humilde, con los ojos siempre fijos en
Cristo, Cristo resucitado, presente y vivo en la eucaristía»26.
Abajarse, incluir y centrarse: tres movimientos en torno al Señor crucificado y
resucitado con los que el Sumo Pontífice invita a los obispos a delinear su figura y a
situarse como pastores del pueblo de Dios.

20
Cómo se centran los pueblos

En una charla sobre «Parroquia y familia», Bergoglio hablaba de cómo «la cultura y las
diferentes culturas se van gestando desde el modo de centrarse que tienen los pueblos –
para de allí expandirse– en torno a sus valores. [...] Este centrarse es espiritual, en
sentido amplio, y hace que cada pueblo transforme los lugares y tiempos que encuentra y
los configure de acuerdo a su espíritu». De ahí la importancia de evangelizar desde y a
ese «centro»:
«Vemos así que el desafío de anunciar a Jesucristo a nuestros pueblos –no a
individuos aislados–, para que en él tengan vida –una vida plena, en todas las
dimensiones de sus culturas–, conlleva una tarea de “recentramiento”. Recentrarnos
en un Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y que viene a nosotros,
siempre nuevo, desde ese centro. Esta contemplación, que siempre se recentra en un
Cristo vivo que habita en medio de su pueblo fiel, nos libra de las tentaciones
lineales y abstractas que piensan que el evangelio hay que reciclarlo: unos, en un
taller de restauraciones; otros, en diferentes laboratorios de utopías. Recentrarnos es
tener el coraje de recordar, llegando hasta las periferias más antiguas del pasado de
todas nuestras culturas, para reconocer allí –con memoria agradecida– la presencia
del Espíritu. Recentrarnos es tener el coraje de arrojarnos a las periferias del futuro
confiados en la esperanza de que el Señor viene a nosotros, lleno de gloria y
poder»27.

21
Un obispo del Vaticano II: ungidos para ungir

En su primera misa crismal como obispo de Roma, el Santo Padre situó a los pastores en
la tensión fundamental que los constituye: ungidos para ungir al pueblo fiel de Dios al
que sirven. Como dice el concilio: «Este encargo que el Señor confió a los pastores de su
pueblo es un verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy
significativamente diakonía, o sea, ministerio»28. «Al buen sacerdote se lo reconoce por
cómo está ungido su pueblo; esta es una prueba clara»29. En este «para» su pueblo se
concentra todo el espíritu de un Concilio Vaticano II que el papa no «dice» que «habría
que vivir», sino que «lo está viviendo» junto con todos los obispos, sacerdotes y laicos
que se alegran como discípulos misioneros al salir en misión con él30.
El carácter relacional y dinámico de la unción late en las frases simples y
despojadas de sus primeras alocuciones. «Obispo y pueblo [...] comenzamos un camino
en común», en el cual «la universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1
Jn 2,20-27) no puede fallar en su creencia, y ejerce esta su peculiar propiedad mediante
el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando “desde el Obispo hasta los
últimos fieles seglares” manifiestan el asentimiento universal en las cosas de fe y de
costumbres»31.
Ese «camino en común» es «sínodo» y alienta en esas palabras el espíritu sinodal
del Vaticano II: «Desde los primeros siglos de la Iglesia los obispos [...] aunaron sus
fuerzas y voluntades para procurar el bien común y el de las Iglesias particulares. Por
este motivo se constituyeron los sínodos [...] y los concilios plenarios [...]. Desea este
santo concilio que las venerables instituciones de los sínodos y de los concilios cobren
nuevo vigor»32.
Y en lo que hace a la sintonía del papa Francisco con el papa Benedicto XVI, una
perla son las palabras que Benedicto les dirigió a los obispos argentinos, en el 2009,
donde habló de «el óleo sacro de la unción sacerdotal» que hace estar al pastor como
Cristo «en medio del pueblo». El papa Benedicto recordó en aquella ocasión a los
obispos y a sus sacerdotes que «deben comportarse como el que sirve» (Lumen gentium,
27), sin buscar «honores», cuidando al «pueblo de Dios» con «ternura y misericordia»
(Pastores gregis, 43)33.
Esta figura del obispo que presentó el papa Benedicto a los obispos argentinos –la
del que cuida al pueblo de Dios con ternura y misericordia–, que, seguramente con
gusto, tomó de la homilía del Jueves Santo que unos días antes había pronunciado
Bergoglio34, es la que el papa Francisco está proponiendo a todos los obispos para

22
vivirla en plenitud en este momento de la historia. Es una visión del obispo junto con su
pueblo, en la que late el espíritu del Vaticano II:
«Suscitando, promoviendo y dirigiendo el obispo la obra misional en su diócesis,
con la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo
misional del pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera»35.

1. La teología de Francisco «lleva en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia», él no se contenta con


una «teología de escritorio» (Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium [EG], 133).

2. Ni tampoco «pilotos» (cf. Papa Francisco, Discurso a la 68ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal
Italiana, 18 de mayo de 2015). La referencia a los pastores viene de la primera carta de Pedro: «Pastoread el
rebaño de Dios que os ha sido confiado, velando sobre él no por obligación sino voluntariamente, como le
agrada a Dios; no por vergonzoso interés, sino con ánimo generoso; no como dueños de las personas a vosotros
confiadas sino siendo modelos del rebaño» (1 Pe 5,2-4).

3. Cf. J. M. Bergoglio, «En él solo la esperanza», BAC, Madrid 2013.

4. EG, 271.

5. Por la «acedia pastoral» (cf. EG, 83).

6. Ibid.

7. J. M. Bergoglio, «Reflexiones espirituales sobre la vida apostólica», Mensajero, Bilbao 2013, 50.

8. J. M. Bergoglio, «Carta a los sacerdotes de la arquidiócesis», 1 de octubre de 1999.

9. J. M. Bergoglio, «Sorvegliare la coesione del gregge», intervención en el sínodo sobre «El obispo, servidor del
evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo»: L’Osservatore Romano, 4 de octubre de 2001, 10.

10. J. M. Bergoglio, «Navidad del milenio» (homilía de la Navidad del milenio), 18 de diciembre de 1999.

11. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium [LG], 8.

12. Papa Francisco, Discurso en la audiencia a todos los cardenales, 15 de marzo de 2013.

13. LG, 8.

14. San Agustín, Sermón 46 «Sobre los pastores», en: Agostino. Sul sacerdocio, La Biblioteca di Papa Francesco,
La Civiltà Cattolica-Il Corriere della Sera, Roma-Milano 2014, 168.

15. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014 (el texto se
encuentra en el apéndice de este volumen).

16. J. M. Bergoglio, Homilía en San Cayetano, 7 de agosto de 2012.

17. J. M. Bergoglio, Homilía en la misa crismal, 24 de marzo de 2005.

18. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de 2014
(el texto se encuentra en el apéndice de este volumen).

19. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014.

23
20. Ibid.

21. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de
2014.

22. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014.

23. Cf. Papa Francisco, Primer saludo y primera bendición urbi et orbi, 13 de marzo de 2013.

24. Papa Francisco, Homilía en la misa con los cardenales electores, Capilla Sixtina, 14 de marzo de 2013.

25. LG, 8; cf. 3, 5 y 42.

26. Papa Francisco, Discurso en la audiencia a todos los cardenales, 15 de marzo de 2013.

27. J. M. Bergoglio, Parroquia y familia, 18 de enero de 2007. Cf. J. M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos,
Diego de Torres, Buenos Aires 1982, 54-55.

28. LG, 24.

29. Papa Francisco, Homilía en la misa crismal, 28 de marzo de 2013 (cf. Concilio Vaticano II, Decreto sobre la
misión pastoral del obispo en la Iglesia Christus Dominus [ChrD], 12, 15 y 16).

30. «El cuidado de las almas ha de estar informado por el espíritu misionero, de forma que llegue a todos los que
viven en la parroquia» (ChrD, 30).

31. LG, 12.

32. ChrD, 36.

33. Benedicto XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina en su visita ad limina
apostolorum, 30 de abril de 2009.

34. En la que hablaba de «ungir con bondad y misericordia a los pequeños de nuestro pueblo fiel» (J. M.
Bergoglio, Homilía en la misa crismal, 9 de abril de 2009).

35. Concilio Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes [AG], 38.

24
CAPÍTULO 2.
La figura pastoral del obispo

Con este espíritu, es posible concentrar en una imagen netamente pastoral la figura del
obispo en el papa Francisco: la del pastor con olor a oveja y sonrisa de padre1. Es una
figura que, como si fuera una gran estrella pastora, atrae en torno a sí a otras grandes
figuras: la del pastor que tiene olor a oveja porque camina con su pueblo y es cercano a
todos, es uno con su rebaño; un hombre al servicio de la unidad.
El «olor a oveja» congrega también algunos temas «bergoglianos» muy
característicos como: la unción, el velar y custodiar («Custodiar […], este es el servicio
que el obispo de Roma está llamado a realizar, pero al cual todos estamos llamados para
hacer resplandecer la estrella de la esperanza: custodiemos con amor lo que Dios nos ha
dado»2) o el discernimiento, atento a alimentar al rebaño con sana doctrina y a
defenderlo de los enemigos, los lobos que se disfrazan con piel de oveja, pero no pueden
disimular su «olor a lobo». Así, el sentido espiritual del olfato permite al obispo
descubrir y rechazar la tentación de la mundanidad espiritual, con sus perfumes
sofisticados, y le brinda un criterio de discernimiento «olfativo», para mantener la
pertenencia al rebaño del que fue sacado y para ser reconocido por las ovejas y que no se
le pierdan.
¿En qué sentido es clave esta perspectiva pastoral para la figura del obispo?
Comprender las opciones pastorales del papa Francisco como fruto de un discernimiento,
que sitúa sus pasos adelante en perfecta continuidad y sintonía con la tradición, implica
comprender bien que, en el espíritu del Concilio Vaticano II y de los papas anteriores, lo
pastoral y lo doctrinal no se oponen sino que se incluyen.
Decía Bergoglio en el 2009 hablando en la reunión plenaria de la Pontificia
Comisión para América Latina3:
«En el lenguaje del concilio y de Aparecida, “pastoral” no se opone a “doctrinal”
sino que lo incluye. Tampoco es lo pastoral una mera “aplicación práctica
contingente de la teología”. Por el contrario, la revelación misma –y por ende toda
la teología– es pastoral, en el sentido de que es Palabra de salvación, Palabra de
Dios para la vida del mundo. Como dice Crispino Valenziano: “No se trata de
ajustar una pastoral a la doctrina sino que se trata de no arruinar de la doctrina el
constitutivo sello pastoral de origen. El ‘giro antropológico’ que hay que seguir en

25
teología sin dudas o perplejidad es aquel que va paralelo a la doctrina ‘pastoral’: los
hombres recibimos la revelación y la salvación percibiendo el conocimiento que
Dios tiene de nuestra naturaleza y su condescendencia de Pastor con cada una de
sus ovejitas”4».

Continúa Bergoglio:
«Esta concepción integradora de doctrina y pastoral (que llevó a llamar
“constitución” –documento en el que se da una doctrina permanente– no solo a la
dogmática Lumen gentium sino también a la pastoral Gaudium et spes) se refleja
muy claramente en el decreto sobre la formación sacerdotal. El decreto insiste en la
importancia de formar pastores de almas. Pastores que, unidos al único Pastor
Bueno y Hermoso (hermoso en cuanto que conduce atrayendo, no imponiendo),
“apacienten sus ovejas” (cf. Jn 21,15-17)»5.

Es que:
«La imagen del Buen Pastor es el analogatum princeps de toda la formación. Al
hablar del fin pastoral como fin último, tanto el concilio como Aparecida están
entendiendo “pastoral” en sentido eminente, no en cuanto se distingue de otros
aspectos de la formación sino en cuanto los incluye a todos. Los incluye en la
caridad del Buen Pastor, dado que la caridad “es la forma de todas las virtudes”,
como dice santo Tomás siguiendo a san Ambrosio»6.

El papa está siguiendo a Benedicto XVI, a la hora de hablar de la triple misión de la


Iglesia y de los obispos. Benedicto precisó el «triple munus» de manera enriquecedora,
poniendo los acentos de una manera nueva:
«La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la
Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia) y
servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no
pueden separarse una de otra»7.

Vemos cómo, al hablar de la enseñanza, Benedicto XVI usa la expresión «kerygma-


martyria». Es la misma que utiliza el papa Francisco al pedir obispos «kerigmáticos» y
testigos de Cristo resucitado. Al hablar de la misión de conducir, Benedicto precisa
usando «diakonia», servicio de la caridad. Es lo que Francisco ha puesto en primer lugar
en su pontificado, de modo especial con el anuncio del año santo dedicado a la
misericordia. Decía Benedicto: «Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad
de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su

26
naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia»8. El discernimiento de
Benedicto XVI, al escribir sus encíclicas, fue que el mundo necesitaba que le hablasen
de la caridad. Es lo que quería el concilio. El papa Francisco lo expresa claramente al
comienzo de Misericordiae vultus, recordando a san Juan XXIII y al beato Pablo VI:
«En la apertura del concilio, [Juan XXIII] indicó el camino a seguir: “En nuestro
tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no
empuñar las armas de la severidad”. En el mismo horizonte se colocaba también el
beato Pablo VI, quien, en la conclusión del concilio, se expresaba de esta manera:
“Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro concilio ha sido
principalmente la caridad”»9.

Y la caridad, en la bajada que hace el papa Francisco a la realidad, tiene olor a


oveja: el olor del pueblo fiel de Dios.

27
Pastores con olor a oveja y sonrisa de padres

Vemos que el papa no tiene problemas para hablar de «los pecados de los pastores»,
incluyéndose a sí mismo y a la curia, a un mundo como el nuestro en que ha disminuido
«el sentido del pecado»10. Sin embargo, si miramos bien, su frase más emblemática
sobre los pastores, la que caló más hondo en el corazón de todos, curiosamente, no fue
por el lado de la «ética», que se impone, sino que fue por el lado de la «estética», que
atrae irresistiblemente. Su frase insignia fue: «Quiero pastores con olor a oveja»… «y
sonrisa de papá», como agregó el último Jueves Santo.
Esa es la figura del obispo que tiene en el corazón el Santo Padre. Y es la misma
para los sacerdotes, los cardenales y para el mismo papa: pastores no solo que no
pretendan vestirse con la lana de las ovejas, sino que anden «apasionados» por
servirlas11. Como vemos, más que de una figura del obispo, se trata de un olor. Un olor
que, como todo olor fuerte, evoca «claramente» muchas imágenes, pero la principal, la
que debe «leerse sin glosa»12, la que debe «olerse», es, sin lugar a dudas, la de pastores
que pastorean a las ovejas y no a sí mismos.

Pastores del pueblo y no peinadores de ovejas


Hagamos un poco de historia. A fines de los años 70 llamaban la atención las imágenes
que usaba el joven provincial de los jesuitas: algunos quieren ser «peinadores de ovejas»
–decía– en vez de «pastores del pueblo de Dios».
«Cuando mi conciencia está tan aislada de la conciencia de la porción de pueblo fiel
de Dios que debo pastorear, entonces es el momento de preguntarnos por mi “cosa
acquisita”. ¿Qué defiendo con este aislamiento? ¿Un caudillismo pastoral? ¿Un rol
exquisito que me lleva a ser “peinador de ovejas” en vez de ser pastor? La realidad
pastoral es que la gente quiere que la religión la acerque a Dios, que el cura sea un
pastor, y no un tirano, o un exquisito que se pierde en las florituras de moda»13.

Tenía otras expresiones (como la de que el jesuita no debía ser «ni topo ni
mariposa»14), pero esa de los peinadores de ovejas caracterizó tan bien la tentación de
convertirnos en apóstoles decorativos que a muchos se nos grabó para siempre.
Era notable la profundidad de sus prédicas y charlas, en las que la originalidad de
las imágenes contrastantes que no te dejaban escapatoria (nadie quería dar lugar, ni
siquiera en sueños, a sentimientos que pudieran llegar a convertirlo en un «peinador de
ovejas») era solo una de las expresiones de su celo apostólico. Se agregaban muchas

28
otras, como el gusto por el evangelio, la familiaridad y el sabio uso de los Ejercicios, su
interés por la literatura, la aguda observación de la realidad, tanto de cada persona como
del país y de la Iglesia… Todo esto nos impactaba, al punto de sentir que sus palabras no
debían quedar solo en el ámbito del pequeño grupito que éramos los novicios y
estudiantes, sino que sería bueno que llegaran a muchos más, cosa que ahora se ve
plenamente realizada.
Quizás ayude decir aquí que las suyas no eran simples «figuras retóricas». Durante
la formación que nos dio como estudiantes jesuitas, nuestro Colegio Máximo, que había
estado casi cerrado15 y se usaba para algunas actividades culturales de poca gente,
revivió como casa de formación, y lo de las ovejas pasó a ser literal, tanto en la granja
como en la actividad apostólica de las capillas. Lo de la granja fue porque compramos
ovejas, vacas y cerdos, rescatamos algunas colmenas que quedaban de otras épocas y se
plantó una linda huerta. Los estudiantes trabajábamos y estudiábamos y el olor de los
cerdos hacía que el de las ovejas fuera, literalmente, más agradable. Lo de la actividad
apostólica fue porque Bergoglio abrió el espacio del Máximo a los barrios populares
circundantes e hizo que levantáramos varias iglesias en torno a la parroquia del Patriarca
San José. Los estudiantes acostumbrábamos ir a buscar a los niños para el catecismo y la
misa los domingos por la mañana y cada cual caminaba con su pequeño rebañito, por las
calles de tierra y a veces con barro, fuese invierno o verano, ya desde joven. Esta
formación nos ayudó a buscar «el barrio» en todo lugar y en todo apostolado, porque
cada barrio tiene algo de «universal concreto», como dijo el papa en el Encuentro de
Movimientos Populares: «Familia y vivienda van de la mano. Pero, además, un techo,
para que sea hogar, tiene una dimensión comunitaria: y es el barrio […] y es
precisamente en el barrio donde se empieza a construir esa gran familia de la humanidad,
desde lo más inmediato, desde la convivencia con los vecinos»16.
Y así no nos resultó raro ver a al papa Francisco en medio de la gente de la plaza de
San Pedro o entre las grandes multitudes de Río o de Filipinas, porque es el mismo que
se mezclaba con nuestras pequeñas multitudes de niños y abuelos en la parroquia o
yendo en peregrinación a la Virgen de Luján.

El talante bélico de un criterio de discernimiento estético


Rastreando la imagen, se puede ver que en 1997, como obispo, en la misa crismal, usó
una parecida: «Estar con los demás es estar con el pueblo fiel de Dios, que con su
constancia en pedir los sacramentos nos unge las manos con ese aceite mezclado con
“las materias olorosas” de cocinas, talleres y hospitales, donde el buen pastor sabe
descubrir también el “aroma de Cristo”, el Espíritu Santo que con su presencia constante
vivifica la Iglesia»17.

29
En 2005, lo del «olor» lo utilizó para enseñar a discernir. Fue en una homilía en San
Antonio y allí decía: «El cristiano no se puede dar el lujo de ser “salame”, ¿está claro?,
de ser tonto… No nos podemos dar ese lujo, porque llevamos un mensaje muy lindo de
vida y no nos es permitido ser tontos, por eso Jesús dice: “Sean astutos, cuídense”. ¿En
qué consiste la astucia del cristiano? En saber distinguir quién es lobo y quién es oveja.
Y cuando en este carnaval de la vida se nos disfraza un lobo de oveja, también saber
olfatearlo, “mirá, vos tendrás piel de oveja pero el olor que tenés es de lobo”»18.
«Pastores con olor a oveja» es, antes que nada, una imagen combativa. Nos da un criterio
«estético», pero no decorativo, sino con talante bélico, para discernir la autenticidad de
un pastor. El demonio se puede disfrazar de ángel de luz y engañar nuestros ojos con sus
vestidos e iconografías, pero «huele» mal. O, mejor, no mal, sino que «no huele a
oveja». Y eso es definitivo en alguien que se presenta como pastor. Más que la cuestión
económica –la imagen del mercenario– ayuda la imagen estética –la del pastor que no
huele a su pueblo.

La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos


Ahora, la frase como tal la usó el cardenal por primera vez en una homilía que pronunció
en Luján, en 2006. Allí dijo:
«Comenzamos, pues, nuestra asamblea contemplando a nuestra Madre de Luján; no
solamente a ella, sino a ella en medio de sus hijos. Nos hará bien, como pastores,
meternos en medio de este pueblo al que pertenecemos, del que fuimos escogidos
para el servicio y, como pueblo fiel de Dios, acercarnos a la Madre. Ese pueblo que
afluye continuamente a Luján y a tantos otros santuarios marianos del país nos
muestra sus necesidades, su búsqueda de Dios, sus carencias y gozos más hondos, y
nos pide que lo ayudemos a encontrarse y dejarse encontrar con Jesús. Caminemos
en medio de él y pidamos la gracia de ser “pastores con olor a oveja”»19.

De aquí pasó a la famosa homilía del Jueves Santo, ya como papa, en la que usó el
texto que había preparado para decir en Buenos Aires cuando habló de la tristeza de
algunos pastores que terminan «convertidos en coleccionistas de antigüedades o de
novedades, en vez de ser pastores con olor a oveja»:
«La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos […]. Al
buen sacerdote se lo reconoce por cómo está ungido su pueblo […]. Esto es lo que
les pido: sean pastores con “olor a oveja”, que se sienta esto, lo de ser pastores en
medio de su propio rebaño y pescadores de hombres»20.

Con el olor a oveja, la parábola del Buen Pastor, tan repetida como poco encarnada,
se nos metió por la nariz con la fuerza de un viento fresco que nos despertó de la

30
ensoñación de las ideologías y rutinas y nos puso de nuevo en camino con ardor
evangélico. El olor a oveja se pega cuando el pastor está en medio de su pueblo. No hay
manera de crearlo en laboratorio. Y no es que se le pegue al pastor cuando pastorea a su
pueblo en la cercanía, sino que es su propio olor de oveja, que le recuerda que el pueblo
al que pastorea es el mismo del que fue sacado.

Oración con olor a oveja: la mística popular


La oración personal y la oración litúrgica del pastor, en el pensamiento del actual
pontífice, no son, como no lo es la unción, algo para perfumar su persona, sino algo que
«se derrama y alcanza las periferias», como el óleo que desciende de la cabeza de Aarón
y se derrama hasta la franja de su ornamento21. Por eso la oración del pastor a la que
alude siempre está llena de rostros y lo que sube «como el incienso» directo al corazón
del Padre es la fatiga del trabajo pastoral22, imagen que el Sumo Pontífice hizo sentir
como una caricia de Dios a los sacerdotes en la última misa crismal.
Se puede delinear la figura del obispo que reza mirando primero cómo, centrado en
Cristo, trasciende en el servicio a su pueblo23, para de allí sacar algunos rasgos de cómo
puede ser su trascendencia a Dios, su santidad y su oración personal: la misma
hypomonē y parrēsia que debe ejercitar en la predicación de la Palabra las debe tener en
la oración24.
Esta espiritualidad que brota de la acción pastoral concreta es la que recomendaba
insistentemente a los pastores Juan Pablo II en Pastores dabo vobis25. La había
delineado ya 12 años antes, en una homilía sobre «La espiritualidad del presbiterio
diocesano hoy», en la que remarcó a los sacerdotes «la razón pastoral de su ser»: «Un
sacerdote (y más un obispo) que no supiera encuadrarse por entero en una comunidad
eclesial no podría ciertamente presentarse como modelo válido de vida ministerial,
estando como está dicha vida esencialmente inserta en el contexto concreto de las
relaciones interpersonales de la comunidad misma»26.
Pastores dabo vobis pone como ejemplo al santo obispo Carlos Borromeo, que
amaba la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Los Ejercicios
proponen a los pastores unir contemplación y acción, en el modo como lo explicaba san
Pedro Fabro: «Buscando a Dios por el Espíritu en las buenas obras, se lo encuentra
enseguida en la oración, mejor que buscándolo primero en la oración para encontrarlo
después en la acción, como se suele hacer a menudo27». Por eso recomendaba a las
personas de vida activa «que ordenen todas sus oraciones al tesoro de las buenas obras,
que no al revés»28. Es decir, que miren lo que tienen que hacer y la gente con la que
tienen que tratar y recen pidiendo las gracias que necesitan para llevar a cabo sus tareas
como quiere el Señor. Así también san Carlos Borromeo:

31
«Nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación que precede,
acompaña y sigue todas nuestras acciones. Si administras los sacramentos,
hermano, medita lo que haces. Si celebras la misa, medita lo que ofreces. Si recitas
los salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa hablas. Si guías a las almas,
medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la caridad
(1 Cor 16,14)»29.

La trascendencia, por tanto, de la que siempre habla el Sumo Pontífice, es doble:


hacia Dios y sus santos, en la oración, y hacia el prójimo, hacia el pueblo de Dios. Como
les decía a los obispos mexicanos: «¡No dejen la oración!, ese negociar con Dios del
obispo por su pueblo. No lo dejen. Y la segunda trascendencia: cercanía con su
pueblo»30.
Por eso, el olor a oveja no es solo el olor de las ovejas terrenas, sino también el de
las que ya están en las praderas del cielo: es el olor agradable de las ovejas santas, que se
adquiere por la frecuentación familiar con ellas en la oración y en la lectura de sus vidas.
En la figura del obispo que tiene en mente el papa, la imagen de los santos y, de manera
particular, de los que han sido grandes evangelizadores de pueblos, es esencial. Los
santos que el papa está canonizando con el procedimiento que se llama equipolente «son
figuras de grandes evangelizadores, que están en sintonía con la espiritualidad y la
teología de la Evangelii gaudium. Por eso he elegido esas figuras»31. Son mujeres y
hombres evangelizadores amados por su pueblo, que se «inculturaron» para «inculturar»
el evangelio.
Este deseo de «inculturar el evangelio» influye poderosamente en la oración del
obispo evangelizador y pastor. Bergoglio siempre fue un obispo que rezaba a los santos
con su pueblo, imbuido desde niño en la piedad popular, gracias a su abuela Rosa, que le
«contaba las historias de los santos» y lo «llevaba a las procesiones»32. La imagen de
trascendencia a Dios en la oración, que propone el papa a los obispos, tiene que ver con
el modo de rezar y adorar a Dios propio del pueblo fiel. El papa quiere obispos que recen
con su pueblo, obispos cuya oración esté perfumada con la espiritualidad y mística
popular.

La dulzura del evangelio


Unimos el «olor a oveja» con la tarea de «enseñar» a cumplir el evangelio y traemos
aquí la figura de san Pedro Fabro, del cual el pontífice destaca la «dulzura en el trato».
San Pedro Fabro es uno de los santos evangelizadores a los que canonizó y está
canonizando el Santo Padre según el método equipolente. Fue uno de los grandes
evangelizadores de la Europa de la Contrarreforma y tiene, entre muchos, un rasgo que

32
le permitió dialogar con todos y hacerse todo a todos: el de «la dulzura en el trato
personal». Dice el Santo Padre:
«Os exhorto a cultivar en vosotros, padres y pastores, un tiempo interior en el que
se pueda encontrar espacio para vuestros sacerdotes: recibirles, acogerles,
escucharles, guiarles. Os quisiera obispos fáciles de encontrar no por la cantidad de
medios de comunicación de los que disponéis, sino por el espacio interior que
ofrecéis para acoger a las personas y sus necesidades concretas, dándoles la
totalidad y la amplitud de la enseñanza de la Iglesia, y no un catálogo de lamentos.
Y que la acogida sea para todos sin discriminación, ofreciendo la firmeza de la
autoridad que hace crecer y la dulzura de la paternidad que engendra»33.

Agregamos también lo que dijo a los jesuitas: «Fabro tenía el auténtico y profundo
deseo de “estar dilatado en Dios”: estaba completamente centrado en Dios, y por ello
podía ir, en espíritu de obediencia, a menudo también a pie, por todos los lugares de
Europa, a dialogar con todos con dulzura y a anunciar el evangelio. Me surge pensar en
la tentación, que tal vez podemos tener nosotros y que muchos tienen, de relacionar el
anuncio del evangelio con bastonazos inquisidores, de condena. No, el evangelio se
anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a
comprender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntas»34.
Queda así subrayado un modo de «enseñar» que se les pide a los obispos: la
evangelización se hace con dulzura y belleza, y no a bastonazos.

33
Pastores que caminan y conducen a una Iglesia en salida

Si la primera imagen del obispo del papa Francisco es una imagen olfativa, la segunda
que se destaca en su pensamiento es una imagen dinámica: la del pastor que camina con
su pueblo. «Y ahora comenzamos este camino: obispo y pueblo. […] Un camino de
fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros»35. En torno a esta figura se ordenan
los temas de: la Iglesia en salida (la «transformación misionera de la Iglesia en salida es
el paradigma de toda la obra de la Iglesia»36), la «misionariedad» («En el momento en
que estalla la persecución, estalla la misionariedad de la Iglesia»37, de una «Iglesia
peregrinante que es misionera por naturaleza»38), los discípulos misioneros («Pensemos
en estos discípulos que han salido de sí mismos para caminar…»39), la conducción
espiritual –delante, en medio y detrás– del pueblo fiel; y la fortaleza y audacia
(hypomonē y parrēsia): el obispo debe ser valiente y audaz como Abrahán y Moisés para
interceder por su pueblo; la misma hypomonē y parrēsia que debe ejercitar en la
predicación de la Palabra (cf. 2 Cor 6,4) las debe tener en la oración40.

Pastores discípulos misioneros


Volvemos al sínodo del año 2001. Hacía pocos meses que Bergoglio había sido creado
cardenal y el 12 de octubre, diez días después de su humilde contribución sobre el
«velar», leyó, como relator adjunto, la relatio post disceptationem. El cardenal Egan, de
Nueva York, era el relator pero había tenido que regresar intempestivamente a su
diócesis a raíz del terrible atentado contra las Torres Gemelas. En la elaboración del
documento se percibe, en algunos párrafos, el inconfundible tono y vocabulario de
Bergoglio. Hacemos notar aquí un párrafo sobre la «misionariedad»:
«La Iglesia es el “pequeño rebaño” que continuamente sale de sí misma para la
misión; y el obispo, hombre de Iglesia, sale también de sí mismo para anunciar a
Jesucristo al mundo. Es un “caminante” y se expresa con gestos que hablan. No se
debe dejar bloquear por una Iglesia paralizada tal vez por sus propias tensiones
internas. Encarna la cercanía de la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, en el
radicalismo del testimonio de Jesucristo. […] Con pasión de pastor que sale a
buscar a la oveja descarriada y a la que no es de su rebaño, el obispo desenmascara
las falsas antropologías, rescata los valores desechados por los procesos ideológicos
y sabe discernir la verdad auténtica: que el Verbo ha “venido en carne” (1 Jn 4,2),
evitando que la presunción humana la despoje y la transforme en una visión
cósmico-gnóstica o neopelagiana de la realidad»41.

34
También en la conclusión se nota la mano de Bergoglio cuando se dice: «La imagen
del obispo de la que tiene necesidad la Iglesia para cumplir su misión al inicio de este
tercer milenio: un hombre de Dios en camino con su pueblo, un hombre de comunión y
“misionariedad”». La mención aquí a la cruz y al «camino que nos abre a la alegría del
anuncio»42 tienen también su sello. Este último párrafo es un preanuncio de Evangelii
gaudium, de la alegría del anuncio evangélico.

Poner en camino
Encaminar es el arte principal de la conducción espiritual, propia del obispo. Poner en
camino es la manera de conducir del Espíritu, que hace salir de sí a la Iglesia y la envía a
todas las periferias. Supone confianza en Dios, esperanza, la humildad de no poder
«asegurarse posiciones ni conquistas», la gracia de no quedar paralizado por las
contradicciones ni encerrado en los males de clausura.
El papa Francisco camina, va adelante, y quiere pastores que caminen. Que
caminen delante de su pueblo, en medio –con todos– y también detrás, cuando las ovejas
mismas, con su sensus fidei, gracia del Espíritu que hace al pueblo fiel «infalible in
credendo», toman la delantera porque «ventean» el agua viva:
«Por ello, ser pastores quiere decir también disponerse a caminar en medio y detrás
del rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el
paso de quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir
esperanza»43.

El caminar del Santo Padre es una gracia, ya que, como él mismo afirma, desde sus
zapatos ortopédicos y la cojera «le cuestan los viajes». Su ir a las fronteras, su subirse
cada miércoles al jeep y recorrer la plaza, son impulsos del Espíritu, no de la naturaleza.
Decía un amigo que en su segundo aniversario, cuando el mundo esperaba las velitas y
un recordatorio del camino recorrido, el papa Francisco dio un salto adelante y nos puso
ante un año santo extraordinario dedicado a la misericordia. Y no solo eso, sino que
sorprendió mirando para adelante y diciendo que «siente que su pontificado será breve».
Estas declaraciones, que desconciertan a los medios que no saben si está hablando de
una enfermedad o haciendo una predicción, son expresión del realismo sereno del
pontífice, que sabe de la brevedad esencial del tiempo y de la importancia de aprovechar
el día, como decían los antiguos romanos. Su andiamo avanti, expresión nueva en su
vocabulario, tiene un sabor a don Orione («¡Ave María y adelante!»): «Y vamos adelante
todos juntos, el pueblo y el obispo, todos juntos; adelante siempre con la alegría de la
resurrección de Jesús. Él está siempre a nuestro lado»44.

Formar en esperanza

35
Caminar implica ponerse siempre en camino, aprender, seguir al Maestro, ser siempre
discípulos. Hablando de cómo formar a un novicio, Bergoglio, en su época de rector,
decía:
«Caminar en esperanza [es] la segunda característica de la formación en el
conocimiento propio [la primera es “compartir un proceso”, caminar con el otro]:
formar a un novicio es enseñarle a caminar en esperanza. La experiencia ignaciana
se refiere a esta esperanza en el uso que hace del “buscar para hallar”. ¿Por qué este
caminar en esperanza? ¿Qué significa? Caminar en esperanza es el núcleo de la vida
de todo hombre maduro y, por tanto, del hombre que quiere consagrarse a Dios. Es
la experiencia bíblica de salir al encuentro del rostro de Dios»45.

Es que «el Señor se revela en su Iglesia en el camino cuando lo buscamos». Y «el


verdadero camino en esperanza supone tres renuncias, que son concretización de la cruz
en la vida diaria: la renuncia a la falsa seguridad (de “poseerse” en el conocimiento y de
“poseer” a Dios, negando el dinamismo de buscarlo y abrirse a su palabra); la renuncia a
la falsa perfección: ser perfecto es caminar en la presencia de Dios y no poseer una
perfección; y la renuncia a la falsa certeza, de las ideologías dogmáticas o políticas»46.
Cito el texto sobre la formación de los novicios porque tiene que ver con la
dimensión de «discípulo» que se mantiene a lo largo de toda la vida –como formación
permanente– en la vida del pastor. Bergoglio siempre tomó en serio esto de «uno
siempre es novicio», que se dice en la Compañía y que se refleja en lo de ser siempre
«discípulos misioneros». Cuando aparecen estas referencias «discipulares», algunos las
interpretan como «un reto», como si hubiera etapas «superadas» en la vida del pastor.
Pero no es para nada así. Si uno lee bien, el Santo Padre siempre corrige en un marco
evangélico, animando a dar un paso adelante y sin maltratar los límites:
«En el evangelio las tensiones se dan en el marco de condena - perdón - magis. La
condena en general es a la hipocresía, que absolutiza la ley y, al hacer imposible
que se pueda cumplir, corrompe el corazón y origina la hipocresía. El perdón del
Señor es un no maltratar los límites […]. Amplía el marco de seguridad hasta el
infinito: la misericordia del Padre es inagotable. El magis, en cuanto ir más allá de
los límites, implica un proceso de crecimiento, que actúa consolidando la gracia y
ampliando el marco de riesgo. En síntesis: el Señor abre el límite cuando corre el
riesgo de fosilizarse o pudrirse (paralítico junto a la piscina) o hace que uno mismo
se levante (“Carga tu camilla”). Lo protege cuando está fecundado por la gracia.
Hace ir más allá cuando ha dado fruto: misión universal»47.

Caminar iguala. Es una experiencia propia de las peregrinaciones –Bergoglio


siempre pasaba la noche confesando en Luján, en las jornadas de la peregrinación anual–

36
esto de que el caminar iguala. Cuando la gente llega a Luján, los pies cansados igualan el
caminar de todos y las distintas clases sociales y tipos de personas se asemejan en su
renquear y en la alegría de su rostro.
Este carácter formativo del caminar no es solo para novicios y seminaristas;
también los obispos y superiores son siempre discípulos. En los Ejercicios para
superiores, que dio siendo provincial, Bergoglio citaba el famoso decreto IV de la
Congregación General XXXII de los jesuitas, en la que participó, y destacaba cómo
«caminando paciente y humildemente con los pobres, aprendemos en qué podemos
ayudarles, después de haber aceptado primero recibir de ellos. Sin este paciente hacer
camino con ellos, la acción por los pobres y oprimidos estaría en contradicción con
nuestras intenciones y les impediría hacerse escuchar en sus aspiraciones y darse a sí
mismos los instrumentos para tomar efectivamente a su cargo su destino personal y
colectivo»48. Junto al caminar van la esperanza, la consolación y los nuevos horizontes,
contra todo estancamiento en el presente funcionalista, en el pasado nostálgico y en el
futuro disperso. Los hijos hacen caminar bien.

Caminar con fortaleza en el trabajo cotidiano


Pero hay que estar atentos: caminar no es correr de aquí para allá; caminar es aprovechar
el tiempo y avanzar en lo esencial. Por este lado va la imagen de «una Iglesia en salida».
Como bien dice Evangelii gaudium:
«La Iglesia “en salida” es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás
para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y
sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad
para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que
se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se
queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin
dificultad»49.

El Santo Padre lo recordaba a la Congregación para los Obispos: «Pastores que


caminen con su pueblo quiere decir pastores que cuiden de él “asidua y cotidianamente”,
no que caminen escapando hacia un permanente “otro lugar»50.
Como vemos, la imagen del pastor caminante no es la de un pastor ágil y proactivo
–imágenes maratonianas y de dinámicas funcionalistas que subyacen en nuestro
imaginario cuando escuchamos las palabras «caminar» y «salir»–. La realidad es que,
apenas salimos, «nos encontramos con los pobres» y la vida de la gente lentifica nuestro
paso. Las periferias están en la puerta de nuestras casas, donde duerme gente en
situación de calle; las periferias existenciales están en el corazón de las personas con las
que convivimos, pues sus valores humanos y cristianos se les han alejado de los afectos

37
de su corazón y hay que «caminar a su lado, paciente y humildemente» para
acompañarlos en su regreso a la casa del Padre, de la que están desterrados aunque
parezcan cercanos, y para avanzar con ellos hacia las esperanzas del reino que parecieran
estar a miles de kilómetros de sus expectativas actuales.
El papa Francisco no se cansa de decir que no le preocupa tanto que los pastores
reciban alguna herida como que se enfermen por quedarse encerrados:
«Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda
la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires:
prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que
una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias
seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine
clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe
inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos
nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin
una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida»51.

Conducir en lo grande y en lo pequeño


Dos ejemplos de santos pueden ayudarnos a ilustrar la figura del obispo que tiene en el
corazón el actual pontífice en lo que hace a la misión de gobernar, regir y conducir al
pueblo fiel de Dios: san Ignacio y san José. Desde siempre Bergoglio ha sido un hombre
de gobierno, que sabe conducir. Su amor a san Ignacio le ha hecho apreciar mucho su
modo de conducir «en lo grande y en lo pequeño». Y las consideraciones en torno a esto
siempre han tenido como modelo el así llamado «elogio sepulcral» de Ignacio, que dice:
Non coerceri a maximo sed a minimo tamen contineri, hoc divinum est, «no achicarse
ante lo grande y dejarse contener en lo pequeño, esto es divino»52. Es uno de los grandes
consejos para todo aquel que tiene a su cargo la conducción de personas. En una de sus
homilías de Santa Marta, lo recordó el papa Francisco diciendo: «No asustarse de las
cosas grandes, pero tener en cuenta las pequeñas, esto es divino». El papa habla de
«magnanimidad en la humildad», porque Dios «está en las cosas grandes, pero también
en las cosas pequeñas, en nuestras pequeñas cosas»53. Y esta gracia, que todos debemos
pedir, es muy propia de aquel que tiene responsabilidad pastoral. «La fidelidad cristiana,
nuestra fidelidad, es sencillamente custodiar nuestra pequeñez para que pueda dialogar
con el Señor». He aquí por qué «la humildad, la docilidad, la mansedumbre son tan
importantes en la vida del cristiano: son una custodia de la pequeñez». Son las bases para
llevar siempre adelante «el diálogo entre nuestra pequeñez y la grandeza del Señor»54.
Junto con la imagen de Ignacio está la de san José. La imagen del san José
durmiente que el Santo Padre tiene en su habitación, y debajo de la cual deja sus
papelitos con intenciones e intercesiones, es la del que custodia la Iglesia. El papa

38
Francisco dice que le deja sus intenciones para que «san José las sueñe», antes de
resolverlas. Esta es una hermosísima característica del pastor: uno que toma consigo a la
Iglesia como José a María y al Niño Jesús y los cuida, vela por ellos, los sirve en
silencio, con ternura y fortaleza.
Al comenzar su ministerio como obispo de Roma, el Santo Padre unió el ser
custodio de san José con su ternura:
«Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el papa,
para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen
luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de
fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el pueblo de Dios y
acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres,
los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre
la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al
encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Solo el que sirve con amor sabe custodiar»55.

39
Pastores cercanos a todos

En la figura del pastor cercano a todos, la cercanía del obispo es como la del Padre:
mediada por Jesús el Señor. Se trata de una cercanía que, al mismo tiempo que nos hace
sentir el misterio de la distancia siempre mayor con el Padre, nos lo acerca de una
manera que no nos hubiéramos atrevido a imaginar. En torno a la cercanía se ordenan los
temas de la escucha («Escuchad al rebaño. Fiaos de su sentido de fe y de Iglesia, que se
manifiesta también en numerosas formas de piedad popular»56), de la ternura y la
misericordia («Para mí, lo digo humildemente, es el mensaje más fuerte del Señor: la
misericordia»57), de la predilección por los más alejados, los excluidos y descartados
(«Tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura “eficientista”, de esta cultura del
descarte»58) y de la obsesión por la cultura del encuentro («Los quisiera casi
obsesionados en esto de ser servidores de la comunión y de la cultura del encuentro»59).

No a las pastorales lejanas


Durante la Jornada Mundial de la Juventud decía el papa Francisco: «En Aparecida se
dan de manera relevante dos categorías pastorales que surgen de la misma originalidad
del evangelio y también pueden servirnos de pauta para evaluar el modo como vivimos
eclesialmente el discipulado misionero: la cercanía y el encuentro». Ninguna de las dos
es nueva –reflexiona el Santo Padre–, sino que conforman la manera como se reveló
Dios en la historia. Es el «Dios cercano a su pueblo, cercanía que llega al máximo al
encarnarse. Es el Dios que sale al encuentro de su pueblo». Y agrega: «Existen en
América Latina y el Caribe pastorales “lejanas”, pastorales disciplinarias que privilegian
los principios, las conductas, los procedimientos organizativos… por supuesto sin
cercanía, sin ternura, sin caricia. Se ignora la “revolución de la ternura” que provocó la
encarnación del Verbo». Esto le preocupa al papa: que haya «pastorales planteadas con
tal dosis de distancia que son incapaces de lograr el encuentro: encuentro con Jesucristo,
encuentro con los hermanos. Este tipo de pastorales a lo más pueden prometer una
dimensión de proselitismo, pero nunca llegan a lograr ni inserción eclesial ni pertenencia
eclesial». Es que la cercanía es otra cosa: «La cercanía crea comunión y pertenencia, da
lugar al encuentro. La cercanía toma forma de diálogo y crea una cultura del
encuentro»60.
La cercanía, por tanto, afecta no solo a la caridad pastoral sino también al anuncio
del evangelio. La misión de enseñar, propia del obispo, no es cuestión solo de claridad
conceptual. También la teología tiene que ser cercana, porque la Palabra que predicamos
se hizo carne y habitó entre nosotros. Como dice el papa: una piedra de toque para

40
calibrar la cercanía y la capacidad de encuentro de una pastoral es la homilía. «¿Qué tal
son nuestras homilías? ¿Nos acercan al ejemplo de nuestro Señor, que “hablaba como
quien tiene autoridad” o son meramente preceptivas, lejanas, abstractas?»61.

Cercanía a los sacerdotes


Queremos dar un espacio especial a un tema clave para Francisco: la cercanía del obispo
con sus sacerdotes. «Reservemos un lugar especial, muy especial, a nuestros sacerdotes:
sobre todo para ellos que nuestro corazón, nuestra mano y nuestra puerta permanezcan
abiertas en toda circunstancia»62. A los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana les
decía:
«Nuestros sacerdotes, vosotros lo sabéis bien, a menudo se ven probados por las
exigencias del ministerio y, a veces, también desanimados por la impresión de la
exigüidad de los resultados: eduquémoslos a no detenerse en calcular entradas y
salidas, en verificar si cuanto se cree haber dado se corresponde luego con la
cosecha: nuestro tiempo –más que de balances– es el tiempo de esa paciencia que es
el nombre del amor maduro, la verdad de nuestra humilde, gratuita y confiada
entrega a la Iglesia. Preocupaos de asegurarles cercanía y comprensión, haced que
en vuestro corazón puedan sentirse siempre en casa»63.

A los obispos de Corea, al hablar de la cercanía con sus sacerdotes, les


recomendaba:
«Les pido que estén siempre cerca de sus sacerdotes, animándolos en su labor
cotidiana, en la búsqueda de santidad y en la proclamación del evangelio de la
salvación. Les pido que les transmitan mi saludo afectuoso y mi gratitud por su
generoso servicio al pueblo de Dios. Estén cerca de sus sacerdotes, por favor:
cercanía, cercanía con los sacerdotes. Que puedan acceder a su obispo. Esa cercanía
fraterna del obispo, y también paterna, la necesitan en muchas circunstancias de su
vida pastoral. No obispos lejanos o, lo que es peor, que se alejan de sus sacerdotes.
Lo digo con dolor. En mi tierra, oía decir con frecuencia a algunos sacerdotes: “He
llamado al obispo; le he pedido audiencia; han pasado tres meses, y todavía no me
ha respondido”. Escucha, hermano, si un sacerdote te llama hoy para pedirte
audiencia, respóndele enseguida, hoy o mañana. Si no tienes tiempo para recibirlo,
díselo: “No puedo porque tengo esto, esto, esto. Pero me gustaría escucharte y estoy
a tu disposición”. Que sientan la respuesta del padre, enseguida. Por favor, no se
alejen de sus sacerdotes»64.

Los cardenales son los sacerdotes del Santo Padre

41
La primera mención de esta cercanía que hizo el papa Francisco fue en el discurso a los
cardenales, luego de su elección. Allí manifestó una gran valoración de la cercanía con
sus cardenales: «Así, en este clima de gran cordialidad, ha crecido el conocimiento
recíproco y la mutua apertura; y esto es bueno, porque somos hermanos. Alguno me
decía: los cardenales son los presbíteros del Santo Padre. Esta comunidad, esta amistad y
esta cercanía nos harán bien a todos»65. Esta cercanía se da en las diferencias. Es el
mismo Espíritu el que «hace las diferencias» y «hace la unidad de las diferencias». Lo
segundo es sabido. Lo primero –que el Espíritu hace las diferencias– me parece original.
El papa Francisco insiste mucho en que «es bueno que haya diferencias», «tiene que
haberlas». Cuando son las diferencias que «hace el Espíritu», no amenazan la unidad,
sino que, por el contrario, la reafirman: son diferencias armónicas y enriquecen la vida
de la Iglesia.
«Él, el Paráclito, es el protagonista supremo de toda iniciativa y manifestación de
fe. Es curioso. A mí me hace pensar esto: el Paráclito crea todas las diferencias en
la Iglesia, y parece que fuera un apóstol de Babel. Pero, por otro lado, es quien
mantiene la unidad de estas diferencias, no en la “igualdad”, sino en la armonía.
Recuerdo aquel Padre de la Iglesia que lo definía así: Ipse harmonia est. El
Paráclito, que da a cada uno carismas diferentes, nos une en esta comunidad de
Iglesia, que adora al Padre, al Hijo y a él, el Espíritu Santo»66.

La relación del papa con los cardenales me parece algo muy significativo para
comprender la imagen «dinámica» que él tiene del obispo. No se trata de la «foto
estática» que hace ver la jerarquía del obispo como distinta y superior a la de los
sacerdotes, por sus vestidos litúrgicos y su lugar de privilegio en las ceremonias, sino
que es una imagen relacional. Así como el papa se siente en relación de amistad y
cercanía con los cardenales que lo han elegido, en un clima de gran cordialidad y
fraternidad, así debe sentirse el obispo con sus sacerdotes (aunque no lo hayan elegido
ellos). Y de igual manera debe sentirse el sacerdote con su pueblo, del que fue sacado y a
cuyo servicio es enviado. En última instancia, la imagen del obispo como pastor –y de
todo pastor, en el grado jerárquico en que haya sido instituido– es vicaria. El único
Pastor es Cristo. Cuando hay armonía entre los pastores, pastorea Cristo y las diferencias
de cada uno se armonizan y complementan en la unidad de la única conducción67.

La cercanía como criterio de discernimiento


Diría que la cercanía es el criterio que asegura que las diferencias y la unidad son del
Espíritu. Cuando la unidad es forzada, no de mente y corazón sino de obediencia solo
externa, crea distancias, aleja. Cuando las diferencias son autorreferenciales,
manifestación de lo propio al servicio de la propia gloria, alejan y ponen distancia. En

42
cambio, cuando las diferencias se orientan a un servicio más rico y complejo de los
demás, son diferencias que acercan. Sin eliminar la diferenciación de roles y las
responsabilidades de cada uno, hay una unión fundamental en torno a la misión común.
La cercanía, el sentirse cercanos pastor y sacerdotes, pastores y pueblo fiel, es la señal
existencial de que es el Espíritu el que conduce. Así como el olor no da lugar a engaño,
también la cercanía es criterio de discernimiento. Al buen pastor se lo reconoce por la
cercanía. Las ovejas «reconocen su voz» y se le acercan.

Cercanía que se hace cultura del encuentro


La cercanía no es algo puntual. El papa habla de una «cultura de la proximidad», de una
«cultura de la cercanía». Estas dos palabras connotan la «cultura del encuentro», palabra
esta última que puede entenderse de manera más puntual. Cultura de la cercanía nos
habla de tiempo, de paciencia, de convivencia, de diálogo y servicio.
«La universidad como lugar en el que se elabora la cultura de la proximidad. Esta es
una propuesta: cultura de la cercanía. El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o
en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una
renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro. Aislamiento, no;
cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí. La
universidad es el lugar privilegiado en el que se promueve, se enseña, se vive esta
cultura del diálogo, que no nivela indiscriminadamente diferencias y pluralismos –
uno de los riesgos de la globalización es este– ni tampoco los lleva al extremo
haciéndolos ser motivo de enfrentamiento, sino que abre a la confrontación
constructiva»68.

Decía Bergoglio en su intervención en el sínodo sobre la Iglesia en América, en


1997: «La actitud en la que desemboca este milenio es, en gran parte, el desencanto […].
Para vencerlo debemos colocarnos ante las cosas últimas y preguntarnos por nuestra
esperanza. Frente a cualquier falta de esperanza el Señor se conmueve, se abaja y se hace
cercano […]. Debemos redescubrir su modo de acercarse para evangelizar. La categoría
clave es la de “projimidad”. Encuentro, conversión, comunión y solidaridad son
categorías que expresan la “projimidad” […], que abre el camino a la esperanza»69.
Pueden verse ya en este texto las categorías de la cultura del encuentro, cuyo centro
evangélico es la proximidad.

Cercanía jesuítica
Este modelo que conjuga, de modo tan especial, la distancia que pone el grado jerárquico
(el rol, diríamos) y la cercanía que da el ser todos pares en humanidad, pecadores
redimidos y elegidos gratuitamente por Cristo, es un modelo netamente jesuítico. Un

43
lindo ejemplo de cercanía jesuítica se puede percibir en el tono de las cartas que se
intercambiaron el papa Francisco y el superior general de la Compañía en los tres días
que siguieron a la elección. El intercambio entre el papa jesuita y el general fue intenso
en los primeros días de pontificado. Apenas elegido, el padre general le envía una carta
(14 de marzo). Francisco responde con una llamada personal (15 de marzo),
sorprendiendo al portero Andrea y al padre socio (el ayudante del padre general), que
entra sin golpear en la habitación del general, le da el teléfono imperativamente y,
mirándolo a los ojos, le dice: «El papa». Se ve que en esa conversación Francisco invitó
al padre Nicolás a ir a Santa Marta. Después de telefonear, le responde por escrito (carta
con fecha de 16 de marzo) y, al día siguiente, recibe la visita del general (17 de marzo).
Francisco agradece «de corazón el signo de estima y cercanía» del general, que
«retribuye con placer». La relación es fluida y sin intermediarios. Responde al espíritu
de Ignacio, para quien son importantes las relaciones que sobrepasan las necesidades
meramente funcionales. En la Compañía hay «asistentes generales», que tienen a su
cargo, por ejemplo, cuidar la salud del general, para «que no exceda en trabajos o rigor
demasiado. Y el superior se dejará moderar, y se aquietará con lo que la Compañía le
ordenare» (Constituciones 9, 3). El general tiene algo de esto en mente, creo, cuando le
dice a Francisco que ahora le toca ser «asistente ad providentiam del papa» en lo que
hace a la salud, y le aconseja que «descanse más». El padre general cuenta que el papa,
cuando lo llama, le asegura riendo que «le está haciendo caso»70.
En la Compañía hay, desde que uno entra, una familiaridad total en el trato y en el
compartir la vida (la mesa, por ejemplo, que comparten un novicio, un provincial, un
hermano coadjutor y un profesor sin ninguna distancia, diríamos). Y esta igualdad
convive con una diferenciación muy fuerte de roles y responsabilidades, que se
manifiesta en la obediencia también sin reservas ni excusas al que manda, el cual no
siempre ni en todo ámbito es el que tiene grado jerárquico más alto. Ignacio, por
ejemplo, cuando iba a ayudar en la cocina, siendo general, quería que el cocinero le diera
las indicaciones no «pidiéndole por favor» sino mandando, con practicidad, como
cuando uno dice: «Deme la sartén». En esto se puede ver qué significa para el Santo
Padre aquello de que el poder es para el servicio. Cuando la misión de llegar a todos los
hombres con la alegría del evangelio está en el corazón de todos los cristianos, la
cercanía del obispo con sus sacerdotes y del clero con el pueblo fiel no solo no le quita
autoridad a nadie sino que, por el contrario, la refuerza e interioriza la obediencia, que de
otra manera, corre el riesgo de volverse meramente formal.

Cercanía y oficio de consolar de Jesús resucitado


En las llamadas de teléfono, tan características del papa Francisco, especialmente a gente
humilde o que tiene un sufrimiento particular, hay algo de ese «oficio de consolar» a sus
amigos que destaca san Ignacio en las contemplaciones de la resurrección de los

44
Ejercicios En la cercanía del obispo a todos ocupan un lugar especial, junto con los
enfermos y los más pobres, los sacerdotes. Como obispo, Bergoglio era reconocido por
sus curas por ser uno que siempre respondía a sus llamadas, sin hacer esperar.
La santa que ponemos para ilustrar esta cualidad de la cercanía del obispo, que tiene
que ver con el oficio de santificar y de acercar a Dios a la vida, es santa Teresita. Son
sabidas la devoción del papa Francisco por santa Teresita y las especiales gracias que
ella le concede, siempre haciéndole llegar una rosa, a veces de las maneras más insólitas,
como él mismo dice. Pero lo que quiero destacar es cómo el Santo Padre logra «acercar»
a la santa a todos, así como imprimió en tantísima gente la devoción de confianza
cotidiana y entera a san José o a la Virgen «Desatanudos». De santa Teresita, lo más
lindo que le escuché decir al papa fue lo siguiente:
«Hoy la Iglesia festeja la conmemoración de santa Teresa del Niño Jesús. Esta
santa, que murió a los 24 años y amaba mucho a la Iglesia, quería ser misionera,
pero quería tener todos los carismas, y decía: “Yo quisiera hacer esto, esto y esto”,
quería todos los carismas. Y rezando descubrió que su carisma era el amor. Y dijo
esta hermosa frase: “En el corazón de la Iglesia yo seré el amor”. Y este carisma lo
tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús
esta capacidad de amar mucho a la Iglesia, de amarla mucho y aceptar todos los
carismas con este amor de hijos de la Iglesia, de nuestra santa madre Iglesia
jerárquica»71.

Digo que es lo más lindo por cómo «lo bajó a todos». Siempre vemos a Teresita
como un ser muy especial. Sin embargo, ella quería ser pequeña y común. Y el Santo
Padre, que le tiene tanta devoción y a quien ella «envía rosas» cuando le pide algo y se
lo concede el Señor por intercesión de la santa, nos hizo ver que «ese carisma tan
especial» –la capacidad de amar– lo tenemos todos.

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Hombres al servicio de la comunión

Concluimos con la imagen del obispo como hombre al servicio de la comunión. En un


magistral discurso a nuevos obispos de las Iglesias orientales, el papa Francisco sintetizó
este ser hombres de comunión destacando tres rasgos del pastoreo, en cuanto «cuidado
habitual y cotidiano de las ovejas»: acoger con magnanimidad, caminar con el rebaño y
permanecer con él, con espíritu de esposos fieles para con la propia Iglesia diocesana y
no con «psicología de príncipes». «Que este formar un “único cuerpo” os oriente en
vuestro trabajo cotidiano y os impulse a preguntaros: ¿cómo vivir el espíritu de
colegialidad y de colaboración en el episcopado? ¿Cómo ser constructores de comunión
y de unidad en la Iglesia que el Señor me ha confiado? El obispo es hombre de
comunión, es hombre de unidad, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad”
(cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 23)»72.
Este fue también el centro de los discursos a los obispos italianos en mayo del 2014
y del 2015. En el 2014 Francisco tuvo un gesto significativo: regaló a los obispos las
palabras con las que Pablo VI solicitaba a la misma Conferencia Episcopal Italiana, el 14
de abril de 1964, un fuerte y renovado espíritu de unidad:
«En esta perspectiva suenan más actuales que nunca las palabras con las que, hace
exactamente cincuenta años, el venerable papa Pablo VI –a quien tendremos la
alegría de proclamar beato el próximo 19 de octubre, al concluir el Sínodo
extraordinario de los obispos sobre la familia– se dirigía precisamente a los
miembros de la Conferencia Episcopal Italiana y proponía como “cuestión vital
para la Iglesia” el servicio a la unidad: “Ha llegado el momento (¿y deberemos
nosotros dolernos de esto?) de darnos a nosotros mismos y de imprimir a la vida
eclesiástica italiana un fuerte y renovado espíritu de unidad»73.
Y continúa el pontífice: «Se os entregará hoy este discurso. Es una joya. Es como si
hubiese sido pronunciado ayer, es así. Estamos convencidos de ello: la falta o, en
cualquier caso, la pobreza de comunión constituye el mayor escándalo, la herejía que
desfigura el rostro del Señor y destroza a su Iglesia. Nada justifica la división: mejor
ceder, mejor renunciar –dispuestos a veces incluso a cargar sobre uno mismo la prueba
de una injusticia— antes que lacerar la túnica y escandalizar al pueblo santo de Dios»74.
El discurso de Pablo VI, que el papa considera «una joya», reclamaba a los obispos
algo mucho mayor que una unidad «operativa y práctica». El papa Francisco, con Pablo
VI, reclama «una efusión del espíritu de unidad», que efectúe una «animación unitaria en
el espíritu y en las obras»75. Es importante destacar la locución «al servicio de». La
unidad la hace el Espíritu, es don del Espíritu. Los hombres podemos ponernos a su

46
servicio, ya que «la unidad es don y responsabilidad»76. Esta unión es la clave para que
el mundo crea, para poder ser «pastores de una Iglesia anticipo y promesa del reino»,
que sale al mundo con «la elocuencia de los gestos» de «verdad y misericordia»77.
El 18 de mayo de 2015, el pontífice dijo a los obispos italianos que para ser
hombres de comunión se requiere una especial «sensibilidad eclesial». La unidad es obra
del Espíritu, que obra gracias a obispos pastores y no a «obispos-piloto». Los pastores
refuerzan «el indispensable rol de los laicos dispuestos a asumir la responsabilidad que
les compete». Su sensibilidad eclesial «se revela concretamente en la colegialidad y en la
comunión entre los obispos y sus sacerdotes; en la comunión entre los obispos mismos;
entre las diócesis ricas –material y vocacionalmente– y las que están en dificultad; entre
las periferias y el centro; entre las conferencias episcopales y los obispos con el sucesor
de Pedro»78.

La unidad la hace el Espíritu


Si bien la unidad es la primera propiedad trascendental del ser («Toda cosa custodia su
ser en la medida en que custodia su unidad», dice santo Tomás79), la ponemos al final,
teniendo en cuenta que es la última recomendación del Señor en Juan («Que sean una
sola cosa»: Jn 17,21-22). La unidad es algo que el Espíritu «hace» a través de pastores
que caminan con su pueblo (unidad dinámica, en proceso, unidad en esperanza de la
Unidad definitiva) y están cercanos a todos (unidad en las diferencias). «El camino hacia
la unidad inicia con una conversión del corazón, con una conversión interior (cf. Unitatis
redintegratio, 4). Es un viaje espiritual del encuentro a la amistad, de la amistad a la
fraternidad, de la fraternidad a la comunión. A lo largo del recorrido, el cambio es
inevitable»80.
Es la unidad de los pastores que tienen olor a oveja y de las ovejas que olfatean y
reconocen a su buen pastor (unidad estética, en la que el todo se ve en el fragmento;
unidad en el estilo y el modo, no solo en el contenido).
Cuando los pastores pastorean bien, pastorea Cristo. El signo es la unidad81.
Unidad que se da hacia arriba –las ovejas se sienten conducidas por el mismo Jesús– y es
a la vez unidad horizontal –ovejas y pastores se unen entre sí–. La diversidad se
armoniza. El Espíritu «hace la diversidad» y «hace la unidad» al mismo tiempo. Es la
unidad multiforme «no en la igualdad sino en la armonía»82 de la que habla siempre
Francisco. La unidad polifacética del poliedro y no de la esfera.
Por esta misma unidad que quiere ad intra trabaja proponiéndola ad extra. Les
decía a los obispos veterocatólicos:

47
«Junto con vosotros, no puedo olvidar lo que aquel concilio ha significado para el
camino ecuménico. Deseo recordar las palabras que el beato Juan XXIII, del que en
breve recordaremos el 50 aniversario de su muerte, pronunció en el memorable
discurso de inauguración: “La Iglesia católica considera deber suyo el esforzarse
diligentemente en realizar el gran misterio de la unidad por la que Jesucristo, poco
antes de su sacrificio, oró ardientemente al Padre celestial. Ella goza de esta
apacible paz, porque se siente íntimamente unida a esta oración de Cristo”. Así, el
papa Juan. Sí, queridos hermanos y hermanas en Cristo, sintámonos todos
íntimamente unidos a la oración de nuestro Salvador en la última cena, a su
invocación: Ut unum sint»83.

En las homilías de Santa Marta es quizás donde mejor puede verse «la
espiritualidad jesuítica» del Santo Padre. El padre Lombardi, su portavoz, hace ver que
así como las homilías de Benedicto eran «sublimes por la síntesis armónica y profunda
de teología, espiritualidad y enseñanzas de vida cristiana, por la belleza, el esplendor de
la verdad», las de Francisco «son las de un hijo de san Ignacio, habituado a “ayudar a las
almas” a “buscar y hallar la voluntad de Dios” cada día, siguiendo a Jesús que carga la
cruz para salvarnos, bajo la mirada de amor del Padre»84. En las tres homilías más
significativas para nuestro tema, el papa Francisco habla de la unidad como fruto de la
unción, señala tres actitudes contrarias a ella y expresa que la unidad del rebaño es «la
alegría de todo obispo».

La unidad como fruto de la unción


«En la Iglesia hemos heredado esto [la unción] en la persona de los obispos y los
sacerdotes». En efecto, los obispos «no son elegidos solamente para llevar adelante
una organización que se llama Iglesia particular. Son ungidos, tienen la unción, y el
espíritu del Señor está con ellos». Todos los obispos, precisó el papa, «somos
pecadores, todos, pero estamos ungidos». Y «todos queremos ser cada día más
santos, más fieles a esta unción». «Lo que edifica a la Iglesia, lo que da unidad a la
Iglesia, es la persona del obispo, en nombre de Jesucristo, porque está ungido, no
porque fue votado por la mayoría, sino porque está ungido»85.

Ni «uniformistas» ni «alternativistas» ni ventajeros


«¿Qué pide el Señor al Padre?», se preguntó el papa Francisco. La respuesta fue:
«La unidad de la Iglesia: que la Iglesia sea una, que no haya divisiones, que no haya
altercados». Para esto, comentó, «es necesaria la oración del Señor, porque la
unidad en la Iglesia no es fácil». He aquí la referencia a «muchos» que «dicen estar
en la Iglesia, pero están dentro solo con un pie», mientras el otro queda «fuera».

48
Entre estos, el obispo de Roma indicó de hecho tres categorías, comenzando por
«los que quieren que todos sean iguales en la Iglesia»: los «uniformistas», cuyo
estilo es «uniformar todo: todos iguales». Están presentes desde «el inicio», es
decir, «desde que el Espíritu Santo quiso hacer entrar en la Iglesia a los paganos»,
recordó el papa, haciendo referencia a cuantos pretendían que los paganos antes de
formar parte de la Iglesia se hiciesen judíos. Esto demuestra que la uniformidad va
de la mano con la rigidez; y no por casualidad el papa Francisco definió a estos
cristianos como «rígidos», porque «no tienen la libertad que da el Espíritu Santo. Y
confunden lo que Jesús predicó en el evangelio» y «su doctrina de igualdad»,
mientras que «Jesús nunca quiso que su Iglesia fuera rígida». Estos, por lo tanto, a
causa de su «actitud no entran en la Iglesia. Se dicen cristianos, se dicen católicos,
pero su actitud rígida les aleja de la Iglesia».

En cuanto al segundo grupo, los «alternativistas», el obispo de Roma los catalogó


entre los que piensan: «Yo entro en la Iglesia, pero con esta idea, con esta ideología».
Ponen condiciones «y así su pertenencia a la Iglesia es parcial». También ellos «tienen
un pie fuera de la Iglesia; alquilan la Iglesia» pero no la sienten propia; y también ellos
están presentes desde el inicio de la predicación evangélica, como testimonian «los
gnósticos, que el apóstol Juan ataca muy fuerte: “Somos... sí, sí... somos católicos, pero
con estas ideas”». Buscan una alternativa, porque no comparten el sentir común de la
Iglesia.
Por último, el tercer grupo es el de aquellos que «buscan ventajas». Ellos «van a la
Iglesia, pero para ventaja personal y acaban haciendo negocios en la Iglesia». Son los
especuladores, presentes también ellos desde los inicios: como Simón el mago, Ananías
y Safira, que «se aprovechaban de la Iglesia para su beneficio». Actualizando el
discurso, el papa Francisco denunció cómo personajes de este tipo se encuentren
regularmente «en las comunidades parroquiales o diocesanas y en las congregaciones
religiosas», ocultándose bajo las apariencias de «bienhechores de la Iglesia». Hemos
visto muchos de ellos, dijo en sustancia: «se pavoneaban de ser bienhechores y al final,
detrás de la mesa, hacían sus negocios». También ellos, naturalmente, «no sienten a la
Iglesia como madre»86.
Creo que este largo párrafo se justifica, ya que habla por sí mismo. Contra los
«uniformistas» está el pastor capaz de «sobrellevar contradicciones», de amar a los
súbditos díscolos, de sostener procesos con fortaleza para dar tiempo a que el Espíritu
haga la unidad. Contra los «alternativistas» opone la imagen del pastor que solo en Dios
pone su esperanza y lo muestra arriesgándose en el momento oportuno. Contra los
ventajeros opone al pastor que no negocia ni la doctrina ni la pertenencia al rebaño que
le fue confiado.

49
La alegría del obispo
La última imagen que proponemos aquí tiene que ver con la alegría. Con la «sonrisa de
padres», que el Santo Padre pedía para los sacerdotes el último Jueves Santo. ¿Cuál es la
«alegría de un obispo», la que los hijos le pueden dar a un padre y los obispos a un papa?
Dice el papa Francisco: «Pablo pide expresamente a los filipenses que “hagan plena la
alegría del obispo”. ¿Y cuál es “la alegría del obispo”? ¿Cuál es la alegría que Pablo pide
a la Iglesia de Filipos?». La respuesta es «tener un mismo sentir con la misma caridad,
manteniéndose unánimes y concordes». He aquí que «Pablo, como pastor, sabía que esta
es la senda de Jesús. Y, también, que esta es la gracia que Jesús, en la oración después de
la cena, pidió al Padre: la unidad, la concordia». «Todos sabemos –explicó el papa
Francisco– que esta armonía es una gracia: la construye el Espíritu Santo, pero nosotros
debemos hacer todo lo posible, por nuestra parte, para ayudar al Espíritu Santo en la
realización de esta armonía en la Iglesia»; y también «para ayudar a comprender lo que
él pide a la Iglesia». El Espíritu, en efecto, «da consejos, por decirlo así, por vía
negativa: es decir, no hagáis esto, no hagáis aquello». Y «¿qué cosa no deben hacer los
filipenses?». Lo dice Pablo: «No obréis por rivalidad ni por ostentación»87.

1. Papa Francisco, Homilía en la misa crismal, 2 de abril de 2015. Juan Pablo II dio un ejemplo similar: «Pienso
en la sonrisa serena del papa Luciani, que en el breve arco de un mes conquistó al mundo» (Juan Pablo II,
Homilía del 27 de septiembre de 2003).

2. Papa Francisco, Solemnidad de San José, 19 de marzo de 2013.

3. Para lo que sigue, cf. J. M. Bergoglio, Significado e importancia de la formación académica, Ponencia en la
reunión plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, 18 de febrero de 2009.

4. C. Valenziano, Vegliando sul gregge, Qiqajon, Magnano 1994, 16.

5. J. M. Bergoglio, Significado e importancia de la formación académica, op. cit.

6. Ibid. La cita dice: «Ambrosius dicit, quod caritas est forma et mater virtutum» (Santo Tomás de Aquino, De
Virtutibus 2, 3 sed contra).

7. Benedicto XVI, Deus caritas est [DCe], 25. Cf. también ChrD, 11 y 30; LG, 7; Juan Pablo II, Exhortación
apostólica Pastores gregis [PG], 7.

8. Benedicto XVI, DCe, 25.

9. Papa Francisco, Bula Misericordiae vultus, 4.

10. Cf. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 31 de enero de 2014.

11. Cf. D. Fares, Prefazione «Pasce il mio gregge», en: Agostino.Sul Sacerdocio..., op. cit., VI.

12. EG, 271.

13. J. M. Bergoglio, «Tres binarios», en: Meditaciones para religiosos, Diego de Torres, Buenos Aires 1982, 208;
ID., Propuestas de Aparecida para la pastoral de la Iglesia en Argentina, 15 de junio de 2009; ID., La

50
formación del presbítero hoy, Conferencia en la conmemoración del 25º aniversario del Seminario de
Resistencia, 25 de marzo de 2010.

14. Esta expresión también la usó hace un tiempo: «Y cuántas veces se escucha decir con dolor: “Pero este es un
sacerdote que parece una mariposa”, “Siempre está en la vanidad” y “No tiene relación con Jesucristo”: “Ha
perdido la unción, es un untuoso”» (Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 11 de enero de 2014).

15. Cf. Panorama de la formación en la Provincia Argentina durante los años 1958-1983 (el texto no lleva autor
y es parte de papeles conservados privadamente). Bergoglio, con un grupo de jesuitas, escribió este informe en
el que se hablaba del panorama de los años 1969-71 con un «noviciado cerrado» por falta de vocaciones, que
luego comenzaron a llegar en buen número.

16. Papa Francisco, Discurso a los participantes en el encuentro mundial de Movimientos Populares, 28 de octubre
de 2014.

17. J. M. Bergoglio, Homilía del Jueves Santo, 1997.

18. J. M. Bergoglio, Homilía en la Basílica de San Antonio, 31 de agosto de 2005.

19. J. M. Bergoglio, Homilía en la Basílica de Luján, 8 de mayo de 2006.

20. Papa Francisco, Homilía del Jueves Santo, 2013.

21. «Los presbíteros conseguirán propiamente la santidad ejerciendo su triple función sincera e infatigablemente
en el Espíritu de Cristo» (Concilio Vaticano II, decreto Presbyterorum ordinis [PO], 13).

22. Papa Francisco, Homilía en la misa crismal, 2 de abril de 2015 (el texto se encuentra en el apéndice de este
volumen). Cf. ChrD, 27.

23. «Solo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo» (Papa Francisco, Homilía en la
Iglesia del Gesù, 3 de enero de 2014, donde puso como ejemplo a san Pedro Fabro en su deseo de «dejar que
Cristo ocupe el centro del corazón» (San P. Fabro, Memorial, Diego de Torres, Buenos Aires 1983, 68).

24. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014. Cuando
habla de parrēsia, Francisco hace alusión, por un lado, a libertad de espíritu para hablar familiarmente con
Dios, como hablaba Abrahán, intercediendo por Sodoma, o Moisés cuando no quiere que Dios le dé otro
pueblo a cambio del rebelde. Es la familiaridad en la oración de la que habla san Ignacio en los Ejercicios. Por
otro lado, parrēsia también es la virtud de anunciar el evangelio con fervor apostólico, con audacia, sin timidez
ni respetos humanos, con valentía y franqueza, diciendo las cosas como son y corrigiendo lo que hay que
corregir. Cuando utiliza la palabra griega hypomonē, Francisco está hablando de la paciencia apostólica, que
supone aguante, perseverancia y coraje para cargar con los más débiles y soportar contradicciones.

25. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis [PdV], 23.

26. Juan Pablo II, Homilía del 4 de noviembre de 1980.

27. Cf. san P. Fabro, op. cit., 126-127.

28. Ibid.

29. PdV, 72. Cf. san C. Borromeo, ActaEcclesiae Mediolanensis, Milán 1959.

30. Papa Francisco, Discurso a los obispos mexicanos en la visita ad limina apostolorum, 19 de mayo de 2014.

31. Papa Francisco, Encuentro con los periodistas en el vuelo a Manila, 15 de enero de 2015. La canonización
equipolente «se aplica cuando un hombre o una mujer es beato o beata desde hace mucho tiempo y tiene la
veneración del pueblo de Dios, que de hecho lo venera como santo, y no se hace el proceso. Hay algunos casos
así desde hace siglos» (Ibid.).

51
32. «Desde chico participé en la piedad popular» (J. Cámara - S. Pfaffen,Aquel Francisco, Raíz de Dos, Córdoba
2014, 31-32.

33. Papa Francisco, Discurso a los nuevos obispos nombrados en el curso del año, 18 de septiembre de 2014 (el
texto se encuentra en el apéndice de este volumen).

34. Papa Francisco, Homilía en la Iglesia del Gesù, 3 de enero de 2014.

35. Papa Francisco, Primera bendición desde el atrio de la Basílica Vaticana, 13 de marzo de 2013.

36. Cf. EG, 15, 17, 20ss.

37. Papa Francisco, Homilía en la misa con los cardenales residentes en Roma, 23 de abril de 2013.

38. AG, 2.

39. Papa Francisco, Homilía en la misa con los cardenales residentes en Roma, op. cit.

40. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014.

41. Sínodo de 2001, Relatio post disceptationem, 34.

42. Ibid., 38-39.

43. Papa Francisco, Homilía en la profesión de fe con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana, 23 de
mayo de 2013 (el texto se encuentra en el apéndice de este volumen).

44. Papa Francisco, en el atrio externo de la Basílica de San Juan de Letrán, después de la eucaristía por la toma de
posesión de la cátedra como obispo de Roma, 7 de abril de 2013.

45. J. M. Bergoglio, Reflexiones espirituales sobre la vida religiosa, Mensajero, Bilbao 2013, 97-98. El texto es
probablemente de la época en que Bergoglio era maestro de novicios. A nosotros nos llegó mecanografiado en
la época en que era nuestro rector en el Colegio Máximo (1979-86).

46. Ibid., 102-103.

47. Apuntes personales de una charla de Bergoglio sobre Los límites en la educación: marco de seguridad y
riesgo.

48. XXXII Congregación General de la Compañía de Jesús, 1975, decreto 4, 50, citado en: J. M. Bergoglio,
Meditaciones para religiosos, op. cit., 290ss.

49. EG, 46.

50. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014.

51. EG, 49.

52. Cf. santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q.1, art.1, obj.4: «La magnitud de su poder [de Dios] no
padece angustias por existir en lo estrecho».

53. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 25 de abril de 2013 y 8 de septiembre de 2014.

54. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 21 de enero de 2014.

55. Papa Francisco, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino en Roma, 19 de marzo de 2013.

56. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de
2014.

52
57. Papa Francisco, Homilía en la misa en la parroquia de Santa Ana, 17 de marzo de 2013.

58. Papa Francisco, Homilía en la misa con los obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas en la Jornada
Mundial de la Juventud, Río de Janeiro, 27 de julio de 2013.

59. Ibid.

60. Papa Francisco, Discurso en el encuentro con los obispos responsables del CELAM, Río de Janeiro, Centro
Estudios de Sumaré, 28 de julio de 2013, 3.

61. Ibid.

62. Papa Francisco, Homilía en la profesión de fe con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana, 23 de
mayo de 2013.

63. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de
2014.

64. Papa Francisco, Discurso en el encuentro con los obispos de Corea, Seúl, 14 de agosto de 2014.

65. Papa Francisco, Audiencia al Colegio Cardenalicio, 15 de marzo de 2013.

66. Ibid.

67. Cf. D. Fares, Prefazione «Pasce il mio gregge», op. cit., XI.

68. Papa Francisco, Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura, Cagliari, 22 de septiembre de 2013.

69. J. M. Bergoglio, «Speranza e vicinanza», Intervención en el sínodo sobre la Iglesia en América: L’Osservatore
Romano, 22 de noviembre de 1997, 5.

70. Charla personal del autor con el padre general. El mismo papa Francisco hizo mención al espíritu con que vive
la cercanía con el padre general: «Hay un voto simple que hacemos los jesuitas que dice: “Hago voto de
escuchar siempre al general de la Compañía y seguir siempre su parecer si me parece mejor que el mío”. Ese
voto ciertamente lo puedo cumplir perfectamente ahora, como un consejo» (J. Cámara - S. Pfaffen, Aquel
Francisco, op. cit., 122).

71. Papa Francisco, Audiencia general, 1 de octubre de 2014, fiesta de santa Teresita.

72. Papa Francisco, Discurso a los participantes en el congreso para los obispos de nuevo nombramiento
organizado por la Congregación para las Iglesias orientales, 19 de septiembre de 2013 (el texto se encuentra en
el apéndice de este volumen).

73. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de
2014.

74. Ibid.

75. Pablo VI, Discurso a la Asamblea Plenaria del Episcopado Italiano, 14 de abril de 1964.

76. Papa Francisco, Discurso a la 66ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 19 de mayo de
2014.

77. Ibid.

78. Papa Francisco, Discurso a la 68ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 18 de mayo de
2015.

79. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, 11, a. 1.

53
80. Papa Francisco, Discurso a los obispos veterocatólicos de la Unión de Utrecht, 30 de octubre de 2014.

81. «Los buenos pastores están todos en unidad, son una sola cosa. En ellos, que pastorean, pastorea Cristo» (Cf.
D. Fares, Prefazione «Pasce il mio gregge», op. cit., XI-XII).

82. Papa Francisco, Discurso en la audiencia a todos los cardenales, 15 de marzo de 2013.

83. Papa Francisco, Discurso a los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales y de las diversas
religiones, 20 de marzo de 2013.

84. F. Lombardi, Prefazione a: Papa Francesco, La verità è un incontro. Omelie da Santa Marta, Rizzoli, Milano
2014, 7 y 8.

85. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 27 de enero de 2014.

86. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 5 de junio de 2014.

87. Papa Francisco, Homilías en Santa Marta, 3 de noviembre de 2014.

54
CAPÍTULO 3.
Obispos con «olor cristológico»

Las reflexiones de este pequeño libro partieron de una elección intuitiva, diría, de la
imagen más fuerte, la más impactante del papa: «pastores con olor a oveja». De allí
surgieron las otras imágenes, primero una, también novedosa, la de «una Iglesia en
salida», aplicando de modo especial para los obispos con su presbiterio lo que el papa
Francisco quiere para toda la Iglesia. La tercera, la de la cercanía, se impuso por sí
misma, como la respuesta a una necesidad muy sentida por la gente. La reflexión sobre
la unidad, después de haber desarrollado las otras, adquiere una densidad especial, ya
que la unidad que custodia y promueve el pastor es una unidad poliédrica: «Entre los
excluidos se da ese encuentro de culturas donde el conjunto no anula la particularidad.
Por eso a mí me gusta la imagen del poliedro, una figura geométrica con muchas caras
distintas. El poliedro refleja la confluencia de todas las parcialidades, que en él
conservan la originalidad. Nada se disuelve, nada se destruye, nada se domina, todo se
integra»1.
Las imágenes elegidas no se delimitan entre sí, sino que son trascendentales: cada
una contiene evangélicamente a las otras y «atrae», como por su propio peso, a las que
van surgiendo en el discurso del papa Francisco, siempre nuevo y sorprendente. Esto nos
confirma que se trata de imágenes emblemáticas, de esas que, como dice Guardini, son
imágenes primordiales2.
El trabajo de privilegiar, en cada tema, las primeras menciones del Santo Padre,
como papa y en sus épocas de maestro de novicios, provincial y rector jesuita y como
arzobispo de Buenos Aires, ayuda a dar espesura existencial a su pensamiento. Recordar
la historia y narrar algunas anécdotas no es para satisfacer la curiosidad y el afán de
novedades, sino un modo de hacer ver que, entre una expresión pronunciada hace
cuarenta años y otra actual, hay mucha vida y mucho testimonio que corroboran las
palabras.
La breve reflexión teórica que hacemos a continuación es una invitación a entrar en
la densidad teológica, antropológica y ontológica del lenguaje del papa Francisco.

55
Sobresalir en metáforas

En primer lugar, hay que valorar bien el uso de las metáforas que hace el Sumo
Pontífice. Hay gente que no comprende este lenguaje: les parece simplón, impropio de
un papa, y hasta sin contenido teológico. Es muy curioso este fenómeno y da qué pensar:
que la gente «lo entienda» y haya letrados que lo menosprecien. Algunos que
menosprecian la inteligencia del pueblo fiel consideran que si el papa se hace entender
por la gente debe de ser «populismo», una cuestión meramente sentimental. ¿Es así? De
ninguna manera. La fe bien ilustrada no solo es para las mentes ilustradas. Hay una
«ilustración que viene de la unción del Espíritu», se da a los pequeños y los vuelve más
sabios que los sabios de esta cultura3. Las metáforas del papa deben ser valoradas como
lo que son: imágenes que, en el mar de palabras del mundo de hoy, actúan como el
silbido del pastor a quien sus ovejas reconocen perfectamente y se dejan mover por él.
Su lenguaje no es solo «original» –el de un «latinoamericano»– sino que, porque es
lindo, es también verdadero y hace bien al corazón. Y se le puede aplicar lo que decía
Aristóteles: que sobresalir en metáforas es índice de mayor inteligencia4.

56
Fundamento trinitario de la figura del obispo

Si contemplamos trinitariamente la figura del pastor con olor a oveja y usamos con
libertad ese gusto que sentían los Padres de la Iglesia, como san Agustín, al atribuir una
cualidad de manera más propia a una de las personas divinas, el olor a oveja es propio de
la persona de Cristo. Es «olor cristológico», olor de encarnación y de pasión, de pañales
y sangre, es sudor del que camina con sus discípulos y se ve rodeado por las multitudes,
es olor a lavado de pies y olor a las vendas de un Lázaro que ya huele; también es
perfume de mujer, como el de María, que inunda la casa; aroma a lirios del campo y a
viento del mar adentro hacia el que manda bogar a Simón Pedro.
Juan Pablo II decía:
«Considerada en profundidad, la dimensión cristológica del ministerio pastoral
lleva a comprender el fundamento trinitario del ministerio mismo. La vida de Cristo
es trinitaria […] Esta dimensión trinitaria, que se manifiesta en todo el modo de ser
y de obrar de Cristo, configura también el ser y el obrar del obispo. Con razón,
pues, los padres sinodales quisieron ilustrar explícitamente la vida y el ministerio
del obispo a la luz de la eclesiología trinitaria de la doctrina del Concilio Vaticano
II»5.

57
Antropología que brota de la mirada de la fe

Este olor «cristológico» ilumina la antropología del papa Francisco y nos lleva a pensar
en su opción por tomar como punto de partida la belleza, antes que la verdad y el bien.
Es un discernimiento suyo de lo que necesitan los oídos de las ovejas de hoy, saturados
de definiciones dogmáticas en discusión y de consejos morales imposibles de cumplir.
Con el pulchrum entra el bien y luego uno mismo, de corazón, desea la verdad. Esta es la
pedagogía del pastor.
Si lo pensamos filosóficamente, el olor a oveja tiene que ver con el pulchrum. Un
pulchrum netamente cristológico, en cuanto que la belleza y la gloria se manifiestan bajo
forma contraria, aunque sin exagerar, ya que el olor a oveja no es desagradable para el
pastor. Y si reflexionamos desde una perspectiva «política», teniendo en cuenta los
cuatro principios del papa Francisco6, la imagen olfativa del olor a oveja nos acerca al
principio del todo, que es superior a las partes: el olor a oveja es olor a «la unción» que
hace a la totalidad del pueblo fiel de Dios «santo e infalible in credendo»7. Si algo tiene
un olor fuerte, es que totaliza y causa o rechazo total, como cuando un alimento está en
mal estado, o atracción irresistible, como un perfume agradable.
Este olor se da «en la cercanía del pastor», cercanía con todos pero en especial con
los enfermos, con los más pobres y alejados, los excluidos y descartados. Hay dos
principios que se resuelven solo en la cercanía: el de la unidad que es superior al
conflicto (porque lo propio del conflicto es distanciar y enfrentar) y el de la realidad que
es superior a la idea, porque esto solo se experimenta bajando a la realidad, tocando las
llagas, dejándose afectar por el prójimo.
Y si pensamos en el sudor del pastor que camina con sus ovejas, imagen de una
Iglesia en salida que es «paradigma de toda la obra de la Iglesia»8, nos viene a la mente
la convicción de que el tiempo es superior al espacio, porque el camino hay que surcarlo
y recorrerlo, sin bloquearse por las contradicciones ni apoderarse de los espacios. Como
dice Evangelii gaudium: «Dar prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más
que de poseer espacios»9.

58
Carácter existencial de la figura del obispo en el papa Francisco

El actual pontífice no da lecciones sobre cómo tiene que ser un obispo; cuando habla a
los pastores, se nota que tiene un oído puesto en el evangelio y el otro en el pueblo
fiel10. Se visualiza entonces, a través de sus palabras, de sus pausas, de sus ejemplos, de
sus sonrisas y de sus gestos, una figura macizamente unificada de lo que es un pastor
centrado en el amor a Jesús y que unifica a su pueblo: un hombre de comunión. Esta
figura es la última que señalamos como la figura del obispo que nos pone delante el que
hoy es el obispo de Roma, la Iglesia que «preside en la caridad a todas las Iglesias»11.
El que capta esto, sonríe y goza como la gente simple que siente la presencia del
Señor en su representante concreto. La señal es que todo lo toma a bien: incluso los
errores de pronunciación. Los que no miran con esta fe sencilla, se desesperan cada vez
que un gesto o una palabra del papa real desarma su imagen ideal de lo que «debe ser un
papa». Son los que tratan de «vestirlo» de papa, de hacerlo «hablar como papa». Les
sucede lo que a los discípulos de Emaús, que por tener los ojos velados por su propio
discurso, tristemente bien armado, no ven al Señor que camina a su lado y los
«evangeliza». El Santo Padre es un papa que carga y ejerce con toda su persona «la
dulce y confortadora tarea de evangelizar», que es la de los santos que admira y la que
desea para todos los cristianos y de modo especial para los obispos. Eso sí, teniendo en
cuenta que no buscamos destacar aquí lo especial del carisma episcopal para distanciarlo
de los otros pastores –de los simples sacerdotes y del papa mismo–, sino para hacer ver
cómo lo especial se armoniza y crea comunión con los demás. Como dice Evangelii
gaudium: «Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su
capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo pueblo fiel de Dios para el
bien de todos. Una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar
sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma»12.

59
La alegría del evangelio

Junto con este carácter existencial de la figura del obispo, reafirmamos que el Santo
Padre tiene en mente la categoría de «los obispos, discípulos misioneros de Jesús sumo
sacerdote», que forjó Aparecida en plena sintonía con el Vaticano II, en la cual el
servicio del evangelio está en el primer lugar: «Junto con todos los fieles y en virtud del
bautismo, somos, ante todo, discípulos y miembros del pueblo de Dios. Como todos los
bautizados, y junto con ellos, queremos seguir a Jesús, Maestro de vida y de verdad, en
la comunión de la Iglesia. Como pastores, servidores del evangelio, somos conscientes
de ser llamados a vivir el amor a Jesucristo y a la Iglesia en la intimidad de la oración y
en la donación de nosotros mismos a los hermanos y hermanas, a quienes presidimos en
la caridad. Es como dice san Agustín: “Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy
obispo”»13.
La imagen del obispo discípulo misionero tiene que ver con una concepción de la
Iglesia particular. El obispo es aquel para quien su diócesis es «como lo afirma el
Concilio Vaticano II, “una porción del pueblo de Dios confiada a un obispo para que la
apaciente con la cooperación de su presbiterio”»14. La misión la encomienda el Señor a
«la comunidad de discípulos misioneros15» y los obispos realizan esta «tarea que
incumbe a toda la comunidad de discípulos, de manera especial, ya que “como obispos,
hemos sido llamados a servir a la Iglesia, pastoreándola, conduciéndola al encuentro con
Jesús y enseñándole a vivir todo lo que nos ha mandado” (cf. Mt 28,19-20)»16.
El discipulado, como la misión, tiene su centro amado en «la alegría del evangelio»,
alegría tanto de ser evangelizados como de evangelizar. Lo dijo el papa en su primera
misa de Pentecostés: «[Pido la gracia de] que el anuncio del evangelio pueda resonar en
todos los rincones de la tierra, y nosotros, ministros del evangelio y misioneros,
experimentaremos “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI, Evangelii
nuntiandi, 80)»17. Esto hace que los obispos sean «kerigmáticos»: «Puesto que la fe
viene del anuncio, necesitamos obispos kerigmáticos. Hombres que hacen accesible ese
“para vosotros” del que habla san Pablo. Hombres custodios de la doctrina no para medir
cuán distante vive el mundo de la verdad que la misma contiene, sino para fascinar al
mundo, para cautivarlo con la belleza del amor, para seducirlo con el ofrecimiento de la
libertad que da el evangelio. La Iglesia no necesita apologetas de sus propias causas, ni
cruzados de sus propias batallas, sino sembradores humildes y confiados de la
verdad»18.

60
El olor del pastor

Como les decía Francisco a los nuevos sacerdotes: «Que vuestra doctrina sea, por lo
tanto, alimento para el pueblo de Dios, y el perfume de vuestra vida, alegría y sostén
para los fieles de Cristo, a fin de que con la palabra y el ejemplo edifiquéis la casa de
Dios, que es la Iglesia»19. Y en la misa crismal del 2013:
«Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción; agradece cuando el
evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de
Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las
periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren
saquear su fe. La gente nos da las gracias porque siente que hemos rezado con las
realidades de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus
esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través de
nosotros, se anima a confiarnos todo lo que quiere que le llegue al Señor: “Rece por
mí, padre, que tengo este problema...”. “Bendígame, padre” y “Rece por mí” son la
señal de que la unción ha llegado a la orla del manto, porque se transforma en
súplica, súplica del pueblo de Dios»20.

1. Papa Francisco, Discurso a los participantes en el Encuentro Mundial de Movimientos Populares, 28 de octubre
de 2014.

2. R. Guardini, «Sobre la esencia de la obra de arte», en: Obras selectas, vol. 1, Cristiandad, Madrid 1981, 314ss.
Guardini habla de la fuerza evocadora que tienen las imágenes primordiales como la imagen del camino, por
ejemplo.

3. Cf. 1 Jn 2,26-27.

4. Aristóteles, Poética, 1459a 5ss. Aristóteles decía que crear metáforas es un «don incomunicable», pero todos las
podemos gustar.

5. Juan Pablo II, PG, 7.

6. 1. El tiempo es superior al espacio. 2. La unidad prevalece sobre el conflicto. 3. La realidad es más importante
que la idea. 4. El todo es superior a la parte (Cf. EG, 221-237).

7. Cf. EG, 119.

8. EG, 15, 17, 20.

9. EG, 223.

10. Cf. EG, 154.

11. Papa Francisco, Primer saludo y primera bendición urbi et orbi, 13 de marzo de 2013.

61
12. EG, 130.

13. Conferencia de Aparecida [Ap], 186. Cf. LG, 32.

14. Ap, 165. Cf. ChrD, 11.

15. Ap, 364. Cf. AG, 23.

16. Ap, 297. «La diócesis unida a su pastor […], constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y
obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica. Cada uno de los obispos […] apacienta sus
ovejas en el nombre del Señor, desarrollando en ellas su oficio de enseñar, de santificar y de regir» (ChrD, 11).

17. Papa Francisco, Audiencia general después de Pentecostés, 22 de mayo de 2013.

18. Papa Francisco, Discurso en la reunión de la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014.

19. Papa Francisco, Homilía en la misa con nuevas ordenaciones sacerdotales, 11 de mayo de 2014.

20. Papa Francisco, Homilía en la misa crismal, 28 de marzo de 2013.

62
Apéndice

63
1. Profesión de fe con los obispos
de la Conferencia Episcopal Italiana
(Homilía del Santo Padre Francisco)

Basílica Vaticana
Jueves, 23 de mayo de 2013

Queridos hermanos en el episcopado:

Las lecturas bíblicas que hemos escuchado nos hacen reflexionar. A mí me hicieron
reflexionar mucho. He hecho como una meditación para nosotros obispos, en primer
lugar para mí, obispo como vosotros, y la comparto con vosotros.
Es significativo –y estoy por ello especialmente contento– que nuestro primer
encuentro tenga lugar precisamente aquí, en el sitio que custodia no solo la tumba de
Pedro, sino la memoria viva de su testimonio de fe, de su servicio a la verdad, de su
entrega hasta el martirio por el evangelio y por la Iglesia.
Esta tarde este altar de la Confesión se convierte de este modo en nuestro lago de
Tiberíades, en cuyas orillas volvemos a escuchar el estupendo diálogo entre Jesús y
Pedro, con las preguntas dirigidas al apóstol, pero que deben resonar también en nuestro
corazón de obispos.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?» (cf. Jn 21,15ss).
La pregunta está dirigida a un hombre que, a pesar de las solemnes declaraciones,
se había dejado llevar por el miedo y había negado.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
La pregunta se dirige a mí y a cada uno de nosotros, a todos nosotros: si evitamos
responder de modo demasiado apresurado y superficial, la misma nos impulsa a
mirarnos hacia adentro, a volver a entrar en nosotros mismos.
«¿Me amas tú?». «¿Eres mi amigo?».
Aquel que escruta los corazones (cf. Rom 8,27) se hace mendigo de amor y nos
interroga sobre la única cuestión verdaderamente esencial, preámbulo y condición para

64
apacentar sus ovejas, sus corderos, su Iglesia. Todo ministerio se funda en esta intimidad
con el Señor; vivir de él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la
disponibilidad a la obediencia, al abajamiento, como hemos escuchado en la carta a los
Filipenses, y a la donación total (cf. Flp 2,6-11).
Por lo demás, la consecuencia del amor al Señor es darlo todo –verdaderamente
todo, hasta la vida misma– por él: esto es lo que debe distinguir nuestro ministerio
pastoral; es el papel de tornasol que indica con qué profundidad hemos abrazado el don
recibido respondiendo a la llamada de Jesús y en qué medida estamos vinculados a las
personas y a las comunidades que se nos han confiado. No somos expresión de una
estructura o de una necesidad organizativa: también con el servicio de nuestra autoridad
estamos llamados a ser signo de la presencia y de la acción del Señor resucitado, y por lo
tanto a edificar la comunidad en la caridad fraterna.
Esto no debe darse por descontado: incluso el amor más grande, en efecto, cuando
no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga. No sin motivo el apóstol Pablo nos
pone en guardia: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu
Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió
con la sangre de su propio Hijo» (Hch 20,28).
La falta de vigilancia –lo sabemos– hace tibio al pastor; le hace distraído,
olvidadizo y hasta intolerante; le seduce con la perspectiva de la carrera, la adulación del
dinero y las componendas con el espíritu del mundo; le vuelve perezoso,
transformándole en un funcionario, un clérigo preocupado más de sí mismo, de la
organización y de las estructuras que del verdadero bien del pueblo de Dios. Se corre el
riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor, incluso si formalmente uno
se presenta y habla en su nombre; se ofusca la santidad de la madre Iglesia jerárquica,
haciéndola menos fecunda.
¿Quiénes somos, hermanos, ante Dios? ¿Cuáles son nuestras pruebas? Tenemos
muchas; cada uno de nosotros conoce las suyas. ¿Qué nos está diciendo el Señor a través
de ellas? ¿Sobre qué nos estamos apoyando para superarlas?
Como ocurrió con Pedro, la pregunta insistente y triste de Jesús puede dejarnos
doloridos y más conscientes de la debilidad de nuestra libertad, tentada como lo está por
mil condicionamientos internos y externos, que a menudo suscitan desconcierto,
frustración, incluso incredulidad.
No son ciertamente estos los sentimientos y las actitudes que el Señor pretende
suscitar; más bien, se aprovecha de ellos el enemigo, el diablo, para aislarnos en la
amargura, en la queja y en el desaliento.
Jesús, Buen Pastor, no humilla ni abandona en el remordimiento: en él habla la
ternura del Padre, que consuela y relanza; hace pasar de la disgregación de la vergüenza

65
–porque verdaderamente la vergüenza nos disgrega– al entramado de la confianza;
vuelve a donar valentía, vuelve a confiar responsabilidad, entrega a la misión.
Pedro, purificado en el fuego del perdón, puede decir humildemente: «Señor, tú
conoces todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Estoy seguro de que todos nosotros
podemos decirlo de corazón. Y Pedro, purificado, en su primera carta nos exhorta a
apacentar «el rebaño de Dios [...], mirando por él, no a la fuerza, sino de buena gana; no
por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha
tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 Pe 5,2-3).
Sí, ser pastores significa creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del
Señor, a pesar de nuestra debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar
delante del rebaño, libres de pesos que dificultan la sana agilidad apostólica, y sin
indecisión al guiarlo, para hacer reconocible nuestra voz tanto para quienes han abrazado
la fe como para quienes aún «no pertenecen a este rebaño» (Jn 10,16): estamos llamados
a hacer nuestro el sueño de Dios, cuya casa no conoce exclusión de personas o de
pueblos, como anunciaba proféticamente Isaías en la primera lectura (cf. Is 2,2-5).
Por ello, ser pastores quiere decir también disponerse a caminar en medio y detrás
del rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de
quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir esperanza.
Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los humildes: dejemos de lado todo
tipo de presunción, para inclinarnos ante quienes el Señor confió a nuestra solicitud.
Entre ellos, reservemos un lugar especial, muy especial, a nuestros sacerdotes: sobre
todo para ellos que nuestro corazón, nuestra mano y nuestra puerta permanezcan abiertas
en toda circunstancia. Ellos son los primeros fieles que tenemos los obispos: nuestros
sacerdotes. ¡Amémosles! ¡Amémosles de corazón! Son nuestros hijos y nuestros
hermanos.
Queridos hermanos, la profesión de fe que ahora renovamos juntos no es un acto
formal, sino que es renovar nuestra respuesta al «Sígueme» con el que concluye el
Evangelio de Juan (Jn 21,19): lleva a desplegar la propia vida según el proyecto de Dios,
comprometiéndose totalmente por el Señor Jesús. Que de aquí brote ese discernimiento
que conoce y se hace cargo de los pensamientos, de las expectativas y necesidades de los
hombres de nuestro tiempo.
Con este espíritu, agradezco de corazón a cada uno de vosotros vuestro servicio,
vuestro amor a la Iglesia.
¡Y la madre está aquí! Os pongo, y también yo me pongo, bajo el manto de María,
nuestra Señora.

Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios, líbranos de la idolatría del
presente, a la que se condena quien olvida.

66
Purifica los ojos de los pastores con el colirio de la memoria: volveremos a la
lozanía de los orígenes, por una Iglesia orante y penitente.
Madre de la belleza, que florece de la fidelidad al trabajo cotidiano, despiértanos
del torpor de la pereza, de la mezquindad y del derrotismo.
Reviste a los pastores de esa compasión que unifica e integra: descubriremos la
alegría de una Iglesia sierva, humilde y fraterna.
Madre de la ternura, que envuelve de paciencia y de misericordia, ayúdanos a
quemar tristezas, impaciencias y rigideces de quien no conoce pertenencia.
Intercede ante tu hijo para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro
corazón: edificaremos la Iglesia con la verdad en la caridad.
Madre, seremos el pueblo de Dios, peregrino hacia el reino. Amén.

67
2. Discurso del Santo Padre Francisco
a los participantes en el Congreso
organizado por la Congregación para los Obispos
y la Congregación para las Iglesias orientales

Sala Clementina
Jueves, 19 de septiembre de 2013

El salmo nos dice: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal
133,1).
Pienso que habéis experimentado la verdad de estas palabras en los días que habéis
pasado aquí en Roma viviendo una experiencia de fraternidad; fraternidad que es
favorecida por la amistad, por conocerse, por estar juntos, pero que es dada sobre todo
por los vínculos sacramentales de la comunión en el colegio episcopal y con el obispo de
Roma. Que este formar un «único cuerpo» os oriente en vuestro trabajo cotidiano y os
impulse a preguntaros: ¿cómo vivir el espíritu de colegialidad y de colaboración en el
episcopado? ¿Cómo ser constructores de comunión y de unidad en la Iglesia que el
Señor me ha confiado? El obispo es hombre de comunión, es hombre de unidad,
«principio y fundamento perpetuo y visible de unidad» (cf. Concilio Vaticano II, Lumen
gentium, 23).
Queridos hermanos en el episcopado, os saludo uno por uno, obispos latinos y
orientales: vosotros mostráis la gran riqueza y variedad de la Iglesia. [...]
«Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirando por él, no a la
fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega
generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en
modelos del rebaño» (1 Pe 5,2-3). ¡Que estas palabras de san Pedro se esculpan en
nuestro corazón! Somos llamados y constituidos pastores, no pastores por nosotros
mismos, sino por el Señor, y no para servirnos a nosotros mismos, sino al rebaño que se
nos ha confiado, servirlo hasta dar la vida como Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10,11).
¿Qué significa pastorear, tener «cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas» (Lumen
gentium, 27)? Tres breves pensamientos. Pastorear significa: acoger con magnanimidad,
caminar con el rebaño, permanecer con el rebaño. Acoger, caminar, permanecer.

68
Acoger con magnanimidad. Que vuestro corazón sea tan grande como para saber
acoger a todos los hombres y las mujeres que encontraréis a lo largo de vuestras jornadas
y que iréis a buscar cuando os pongáis en camino a vuestras parroquias y a cada
comunidad. Desde ahora preguntaos: los que llamen a la puerta de mi casa, ¿cómo la
encontrarán? Si la encuentran abierta, a través de vuestra bondad y vuestra
disponibilidad experimentarán la paternidad de Dios y comprenderán cómo la Iglesia es
una buena madre que siempre acoge y ama.
Caminar con el rebaño. Acoger con magnanimidad, caminar. Acoger a todos para
caminar con todos. El obispo está en camino con y en su rebaño. Esto quiere decir
ponerse en camino con vuestros fieles y con todos aquellos que se dirigirán a vosotros,
compartiendo sus alegrías y esperanzas, dificultades y sufrimientos, como hermanos y
amigos, pero más aún como padres, que son capaces de escuchar, comprender, ayudar,
orientar. El caminar juntos requiere amor, y el nuestro es un servicio de amor: amoris
officium, decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan 123, 5: PL 35,
1967).
Y en el caminar desearía recordar el afecto hacia vuestros sacerdotes. Vuestros
sacerdotes son el primer prójimo; el sacerdote es el primer prójimo del obispo –amad al
prójimo, pero el primer prójimo es ese–, indispensables colaboradores en quienes buscar
consejo y ayuda, a quienes cuidar como padres, hermanos y amigos. Entre las primeras
tareas que tenéis está el cuidado espiritual del presbiterio, pero no olvidéis las
necesidades humanas de cada sacerdote, sobre todo en los momentos más delicados e
importantes de su ministerio y de su vida. Nunca es tiempo perdido el que se pasa con
los sacerdotes. Recibidles cuando lo piden; no dejéis sin respuesta una llamada
telefónica. Yo he oído –no sé si es verdad, pero lo he oído muchas veces en mi vida– de
sacerdotes, cuando daba ejercicios a sacerdotes: «¡Bah! He llamado al obispo y el
secretario me dice que no tiene tiempo para recibirme». Y así durante meses y meses y
meses. No sé si es verdad. Pero si un sacerdote llama al obispo, el mismo día, o al menos
al día siguiente, una llamada telefónica: «He oído, ¿qué deseas? Ahora no puedo
recibirte, pero intentemos buscar juntos la fecha». Que oiga que el padre responde, por
favor. De lo contrario, el sacerdote puede pensar: «Pero a este no le importa; este no es
un padre, ¡es un jefe de oficina!». Pensad bien en esto. Sería un buen propósito: ante una
llamada de un sacerdote, si no puedo este día, al menos responder al día siguiente. Y
después ver cuándo es posible encontrarme con él. Estar en continua cercanía, en
contacto continuo con ellos.
Después, la presencia en la diócesis. En la homilía de la misa crismal de este año
decía que los pastores deben tener «el olor de las ovejas». Sed pastores con el olor de las
ovejas, presentes en medio de vuestro pueblo como Jesús Buen Pastor. Vuestra presencia
no es secundaria, es indispensable. ¡La presencia! La pide el pueblo mismo, que quiere
ver al propio obispo caminar con él, estar cerca de él. ¡Lo necesita para vivir y para

69
respirar! ¡No os encerréis! Bajad al medio de vuestros fieles, también en las periferias de
vuestras diócesis y en todas esas «periferias existenciales» donde hay sufrimiento,
soledad, degradación humana. Presencia pastoral significa caminar con el pueblo de
Dios: caminar delante, indicando el camino, indicando la vía; caminar en medio, para
reforzarlo en la unidad; caminar detrás, para que ninguno se quede rezagado, pero, sobre
todo, para seguir el olfato que tiene el pueblo de Dios para hallar nuevos caminos. Un
obispo que vive en medio de sus fieles tiene los oídos abiertos para escuchar «lo que el
Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,7) y la «voz de las ovejas», también a través de los
organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al obispo, promoviendo un
diálogo leal y constructivo. No se puede pensar en un obispo que no tenga estos
organismos diocesanos: consejo presbiteral, consultores, consejo pastoral, consejo de
asuntos económicos. Esto significa estar verdaderamente con el pueblo. Esta presencia
pastoral os permitirá conocer a fondo también la cultura, los hábitos, las costumbres del
territorio, la riqueza de santidad que allí está presente. ¡Sumergirse en el propio rebaño!
Y aquí desearía añadir: que el estilo de servicio al rebaño sea el de la humildad,
diría también de la austeridad y de la esencialidad. Por favor, los pastores no somos
hombres con la «psicología de príncipes» –por favor–, hombres ambiciosos, que son
esposos de esta Iglesia en espera de otra más bella o más rica. ¡Esto es un escándalo! Si
viene un penitente y te dice: «Yo estoy casado, vivo con mi mujer, pero miro
continuamente a aquella mujer que es más bella que la mía. ¿Es pecado, padre?». El
Evangelio dice: es pecado de adulterio. ¿Existe un «adulterio espiritual»? No sé,
pensadlo vosotros. No estés a la espera de otra más bella, más importante, más rica.
¡Estad bien atentos a no caer en el espíritu del «carrerismo»! ¡Eso es un cáncer! No es
solo con la palabra, sino también y sobre todo con el testimonio concreto de vida como
somos maestros y educadores de nuestro pueblo. El anuncio de la fe pide conformar la
vida con lo que se enseña. Misión y vida son inseparables (cf. Juan Pablo II, Pastores
gregis, 31). Es una pregunta para hacernos cada día: ¿lo que vivo se corresponde con lo
que enseño?
Acoger, caminar. Y el tercer y último elemento: permanecer con el rebaño. Me
refiero a la estabilidad, que tiene dos aspectos precisos: «permanecer» en la diócesis y
permanecer en «esta» diócesis, como he dicho, sin buscar cambios o promociones. No se
puede conocer verdaderamente como pastores al propio rebaño; caminar delante, en
medio o detrás de él; cuidarlo con la enseñanza, la administración de los sacramentos y
el testimonio de vida, si no se permanece en la diócesis. En esto, Trento es actualísimo:
residencia. El nuestro es un tiempo en que se puede viajar, moverse de un punto a otro
con facilidad, un tiempo en el que las relaciones son veloces, la época de Internet. ¡Pero
la antigua ley de la residencia no ha pasado de moda! Es necesaria para el buen gobierno
pastoral (cf. Directorio Apostolorum successores, 161). Cierto, existe una solicitud por
las demás Iglesias y por la universal que pueden pedir ausentarse de la diócesis, pero que

70
sea por el estricto tiempo necesario y no habitualmente. Ved, la residencia no es
requerida solo para una buena organización, no es un elemento funcional; tiene una raíz
teológica. Sois esposos de vuestra comunidad, ligados profundamente a ella. Os pido,
por favor, que permanezcáis en medio de vuestro pueblo. Permanecer, permanecer...
Evitad el escándalo de ser «obispos de aeropuerto». Sed pastores acogedores, en camino
con vuestro pueblo, con afecto, con misericordia, con dulzura de trato y firmeza paterna,
con humildad y discreción, capaces de mirar también vuestras limitaciones y de tener
una dosis de buen humor. Esta es una gracia que debemos pedir, nosotros los obispos.
Todos debemos pedir esta gracia: «Señor, dame sentido del humor». Encontrar el medio
de reírse de uno mismo, primero, y un poco de las cosas. ¡Y permaneced con vuestro
rebaño!
Queridos hermanos, al regresar a vuestras diócesis llevad mi saludo a todos, en
particular a los sacerdotes, a los consagrados y a las consagradas, a los seminaristas, a
todos los fieles, y a quienes tienen más necesidad de la cercanía del Señor. La presencia
como ha dicho el cardenal Ouellet de dos obispos sirios nos impulsa una vez más a pedir
juntos a Dios el don de la paz. ¡Paz para Siria, paz para Oriente Medio, paz para el
mundo! Por favor, acordaos de orar por mí; yo lo hago por vosotros. A cada uno y a
vuestras comunidades doy de corazón mi bendición. Gracias.

71
3. Discurso del Santo Padre Francisco
en la reunión de la Congregación para los Obispos

Sala Bolonia
Jueves, 27 de febrero de 2014

1. Lo esencial en la misión de la Congregación


En la celebración de la ordenación de un obispo, la Iglesia reunida, después de la
invocación del Espíritu Santo, pide que sea ordenado el candidato presentado. Quien
preside entonces pregunta: «¿Tenéis el mandato?». Resuena en esa pregunta lo que hizo
el Señor: «Llamó a los doce y los fue enviando de dos en dos...» (Mc 6,7). En el fondo,
la pregunta se podría expresar también así: «¿Estáis seguros de que su nombre ha sido
pronunciado por el Señor? ¿Estáis seguros de que ha sido el Señor quien lo ha contado
entre los llamados para estar con él de forma especial y para confiarle la misión que no
es suya, sino que el Padre le ha confiado al Señor?».
Esta Congregación existe para ayudar a escribir tal mandato, que luego resonará en
tantas Iglesias y llevará alegría y esperanza al pueblo santo de Dios. Esta Congregación
existe para asegurarse de que el nombre de quien es elegido haya sido ante todo
pronunciado por el Señor. He aquí la gran misión confiada a la Congregación para los
Obispos, su tarea más ardua: identificar a aquellos que el Espíritu Santo mismo pone
para guiar a su Iglesia.
De los labios de la Iglesia se recogerá en cada época y en cada lugar la petición:
«¡Danos un obispo!». El pueblo santo de Dios sigue hablando: «Necesitamos uno que
nos custodie desde lo alto; necesitamos uno que nos mire con la amplitud del corazón de
Dios; no necesitamos un manager, un administrador delegado de una empresa, y
tampoco uno que esté al nivel de nuestras poquedades o pequeñas pretensiones.
Necesitamos uno que sepa elevarse a la altura de la mirada de Dios sobre nosotros para
guiarnos hacia él. Solo en la mirada de Dios está el futuro para nosotros. Necesitamos a
alguien que, conociendo la amplitud del campo de Dios más que el propio estrecho
jardín, nos garantice que aquello a lo que aspira nuestro corazón no es una vana
promesa».
La gente recorre con fatiga la llanura de la cotidianidad y necesita ser guiada por
quien es capaz de ver las cosas desde lo alto. Por ello no debemos nunca perder de vista

72
las necesidades de las Iglesias particulares a las que debemos proveer. No existe un
pastor estándar para todas las Iglesias. Cristo conoce la singularidad del pastor que cada
Iglesia requiere para que responda a sus necesidades y la ayude a realizar sus
potencialidades. Nuestro desafío es entrar en la perspectiva de Cristo, teniendo en cuenta
esta singularidad de las Iglesias particulares.

2. El horizonte de Dios determina la misión de la Congregación


Para elegir a tales ministros todos nosotros necesitamos elevarnos, subir también
nosotros al «nivel superior». No podemos prescindir de subir, no podemos contentarnos
con medidas bajas. Debemos elevarnos más allá y por encima de nuestras eventuales
preferencias, simpatías, pertenencias o tendencias para entrar en la amplitud del
horizonte de Dios y para encontrar a estos portadores de su mirada desde lo alto. No
hombres condicionados por el miedo desde abajo, sino pastores dotados de parrēsia,
capaces de asegurar que en el mundo hay un sacramento de unidad (cf. constitución
Lumen gentium, 1) y por ello la humanidad no está destinada al extravío y al
desconcierto.
Es este gran objetivo, delineado por el Espíritu, el que determina el modo de
desempeñar esta tarea generosa y comprometedora, por la cual estoy inmensamente
agradecido a cada uno de vosotros, comenzando por el cardenal prefecto Marc Ouellet e
incluyendo a todos vosotros, cardenales, arzobispos y obispos miembros. Una palabra
especial de reconocimiento, por la generosidad de su trabajo, quiero dirigir a los oficiales
del dicasterio, que silenciosa y pacientemente contribuyen al buen éxito del servicio de
proveer a la Iglesia de los pastores que necesita.
Al firmar el nombramiento de cada obispo quisiera poder tocar la autoridad de
vuestro discernimiento y la grandeza de horizontes con la cual madura vuestro consejo.
Por ello, el espíritu que preside vuestros trabajos, desde la ardua tarea de los oficiales
hasta el discernimiento de los superiores y miembros de la Congregación, no será otro
que ese humilde, silencioso y laborioso proceso realizado bajo la luz que viene de lo
alto. Profesionalidad, servicio y santidad de vida: si nos alejamos de este trinomio
decaemos de la grandeza a la que estamos llamados.

3. La Iglesia apostólica como fuente


Entonces, ¿dónde encontrar esta luz? La altura de la Iglesia se encuentra siempre en los
abismos profundos de sus cimientos. En la Iglesia apostólica está aquello que es alto y
profundo. El mañana de la Iglesia mora siempre en sus orígenes.
Por lo tanto, os invito a hacer memoria y «visitar» la Iglesia apostólica para buscar
allí algunos criterios. Sabemos que el colegio episcopal, al cual mediante el sacramento
serán agregados los obispos, sucede al colegio apostólico. El mundo necesita saber que

73
existe esta sucesión ininterrumpida. Al menos en la Iglesia, ese vínculo con el arche
divino no se ha interrumpido. Las personas ya conocen con sufrimiento la experiencia de
tantas rupturas: necesitan encontrar en la Iglesia ese permanecer indeleble de la gracia
del principio.

4. El obispo como testigo del Resucitado


Examinemos, por lo tanto, el momento en el cual la Iglesia apostólica tuvo que
recomponer el colegio de los doce después de la traición de Judas. Sin los doce no puede
descender la plenitud del Espíritu. Como sucesor se debe buscar a alguien que siguió
desde el comienzo el itinerario de Jesús y ahora puede llegar a ser «junto con los doce»
un «testigo de la resurrección» (cf. Hch 1,21-22). Es necesario seleccionar entre los
seguidores de Jesús a los testigos del Resucitado.
De aquí se deriva el criterio esencial para esbozar el rostro de los obispos que
queremos tener. ¿Quién es un testigo del Resucitado? Es quien ha seguido a Jesús desde
los inicios y es constituido con los apóstoles testigo de su resurrección. También para
nosotros este es el criterio unificador: el obispo es quien sabe hacer actual todo lo que le
sucedió a Jesús y, sobre todo, sabe, junto con la Iglesia, ser testigo de su resurrección. El
obispo es ante todo un «mártir» del Resucitado. No un testigo aislado sino junto con la
Iglesia. Su vida y su ministerio deben hacer creíble la resurrección. Uniéndose a Cristo
en la cruz de la entrega auténtica de sí, hace brotar para la propia Iglesia la vida que no
muere. La valentía de morir, la generosidad de ofrecer la propia vida y de entregarse por
el rebaño están inscritos en el «ADN» del episcopado. La renuncia y el sacrificio son
connaturales a la misión episcopal. Y esto quiero destacarlo: la renuncia y el sacrificio
son connaturales a la misión episcopal. El episcopado no es para sí mismo, sino para la
Iglesia, para el rebaño, para los demás, sobre todo para aquellos que según el mundo hay
que descartar.
Por lo tanto, para encontrar a un obispo, no sirve la contabilidad de las cualidades
humanas, intelectuales, culturales y ni siquiera pastorales. El perfil de un obispo no es la
suma algebraica de sus virtudes. Es cierto que es necesario uno que sea excelente (CIC,
canon 378 § 1): su integridad humana asegura la capacidad de relaciones sanas,
equilibradas, para no proyectar en los demás sus propias carencias y convertirse en un
factor de inestabilidad; su solidez cristiana es esencial para promover la fraternidad y la
comunión; su comportamiento recto asegura la medida alta de los discípulos del Señor;
su preparación cultural le permite dialogar con los hombres y sus culturas; su ortodoxia y
fidelidad a la Verdad completa custodiada por la Iglesia hace de él una columna y un
punto de referencia; su disciplina interior y exterior permite el dominio de sí y abre
espacio para la acogida y la guía de los demás; su capacidad de gobernar con paterna
firmeza garantiza la seguridad de la autoridad que ayuda a crecer; su transparencia y su

74
desprendimiento al administrar los bienes de la comunidad confieren autoridad y atraen
la estima de todos.
Todas estas dotes imprescindibles deben ser, con todo, un desarrollo del central
testimonio del Resucitado, subordinadas a esta tarea prioritaria. Es el Espíritu del
Resucitado quien forma a sus testigos, quien integra y eleva las cualidades y los valores
edificando al obispo.

5. La supremacía de Dios, autor de la elección


Volvamos al texto apostólico. Después del fatigoso discernimiento viene la oración de
los apóstoles: «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál [...] has
elegido» (Hch 1,24) y «lo echaron a suertes» (Hch 1,26). Aprendamos el clima de
nuestro trabajo y el Autor auténtico de nuestras elecciones. No podemos alejarnos de
este «muéstranos tú, Señor». Es siempre imprescindible asegurar la supremacía de Dios.
Las elecciones no pueden ser dictadas por nuestras pretensiones, condicionadas por
eventuales «grupos de presión», camarillas o hegemonías. Para garantizar tal supremacía
existen dos actitudes fundamentales: el tribunal de la propia conciencia ante Dios y la
colegialidad. Y esto garantiza.
Desde los primeros pasos de nuestro complejo trabajo (desde las nunciaturas hasta
el trabajo de los oficiales, miembros y superiores), estas dos actitudes son
imprescindibles: la conciencia ante Dios y el compromiso colegial. No el arbitrio sino el
discernimiento juntos. Nadie puede tener todo en sus manos, cada uno pone con
humildad y honradez su propia tesela de un mosaico que pertenece a Dios.
Esta visión fundamental nos impulsa a abandonar el pequeño cabotaje de nuestras
barcas para seguir la ruta de la gran nave de la Iglesia de Dios, su horizonte universal de
salvación, su brújula firme en la Palabra y en el ministerio, la certeza del soplo del
Espíritu que la impulsa y la seguridad del puerto que la espera.

6. Obispos «kerigmáticos»
Otro criterio nos lo enseña Hch 6,1-7: los apóstoles imponen las manos sobre aquellos
que deben servir las mesas porque no pueden «descuidar la Palabra de Dios». Puesto que
la fe viene del anuncio, necesitamos obispos kerigmáticos. Hombres que hacen accesible
ese «para vosotros» del que habla san Pablo. Hombres custodios de la doctrina no para
medir cuán distante vive el mundo de la verdad que la misma contiene, sino para fascinar
al mundo, para cautivarlo con la belleza del amor, para seducirlo con el ofrecimiento de
la libertad que da el evangelio. La Iglesia no necesita apologetas de sus propias causas,
ni cruzados de sus propias batallas, sino sembradores humildes y confiados de la verdad,
que saben que esa verdad siempre se les entrega de nuevo y se fían de su poder. Obispos
conscientes de que, incluso cuando sea de noche y la fatiga del día los encuentre

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cansados, en el campo estarán germinando las semillas. Hombres pacientes porque saben
que la cizaña no será jamás tan abundante como para llenar el campo. El corazón
humano está hecho para el trigo, ha sido el enemigo quien ha lanzado la semilla mala a
escondidas. El tiempo de la cizaña, sin embargo, está ya irrevocablemente fijado.
Quiero destacar bien esto: ¡hombres pacientes! Dicen que el cardenal Siri solía
repetir: «Cinco son las virtudes de un obispo: primera, la paciencia; segunda, la
paciencia; tercera, la paciencia; cuarta, la paciencia; y última, la paciencia con aquellos
que nos invitan a tener paciencia».
Es necesario, por lo tanto, esforzarse más bien en la preparación del terreno, en la
amplitud de la siembra. Obrar como sembradores confiados, evitando el miedo de quien
se hace la ilusión de que la cosecha depende solo de él, o la actitud desesperada de los
escolares que, habiendo descuidado hacer la tarea, gritan que ya no hay nada que hacer.

7. Obispos orantes
El mismo texto de Hch6,1-7 se refiere a la oración como a una de las dos tareas
esenciales del obispo: «Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de
buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros,
en cambio, nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (vv. 3-4). He
hablado de obispos «kerigmáticos»; ahora indico el otro rasgo de la identidad del obispo:
hombre de oración. La misma parrēsia que debe tener en el anuncio de la Palabra debe
tenerla en la oración, tratando con Dios nuestro Señor el bien de su pueblo, la salvación
de su pueblo. Valiente en la oración de intercesión como Abrahán, que negociaba con
Dios la salvación de aquella gente (cf. Gn 18,22-33); como Moisés cuando se siente
impotente para guiar al pueblo (cf. Nm 11,10-15), cuando el Señor está harto de su
pueblo (cf. Nm 14,10-19), o cuando le dice que está a punto de destruir al pueblo y le
promete hacerlo jefe de otro pueblo. ¡Esa valentía de decir ante él: «No, no negocio a mi
pueblo»! (cf. Ex 32,11-14.30-32). Un hombre que no tiene el valor de discutir con Dios
en favor de su pueblo no puede ser obispo –esto lo digo desde el corazón, estoy
convencido–, y tampoco quien no es capaz de asumir la misión de llevar al pueblo de
Dios hasta el sitio que él, el Señor, le indica (cf. Ex 32,33-34).
Y esto vale también para la paciencia apostólica: la misma hypomonē que debe
ejercitar en la predicación de la Palabra (cf. 2 Cor6,4) la debe tener en la oración. El
obispo debe ser capaz de «entrar en paciencia» ante Dios, mirando y dejándose mirar,
buscando y dejándose buscar, encontrando y dejándose encontrar, pacientemente ante el
Señor. Muchas veces quedándose dormido ante el Señor, ¡pero esto es bueno, hace bien!
Parrēsia e hypomonē en la oración forjan el corazón del obispo y lo acompañan en
la parrēsia y en la hypomonē que debe tener en el anuncio de la Palabra en el kerigma.
Esto entiendo cuando leo el versículo 4 del capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles.

76
8. Obispos pastores
En las palabras que dirigí a los representantes pontificios, tracé así el perfil de los
candidatos al episcopado: que sean pastores cercanos a la gente, «padres y hermanos,
que sean mansos, pacientes y misericordiosos; que amen la pobreza, interior como
libertad para el Señor, y también exterior como sencillez y austeridad de vida; que no
tengan una psicología de “príncipes”; [...] que no sean ambiciosos, que no busquen el
episcopado [...]; que sean esposos de una Iglesia, sin estar en constante búsqueda de otra
–esto se llama adulterio–. Que sean capaces de “vigilar” el rebaño que les será confiado,
o sea, tener solicitud por todo lo que lo mantiene unido; [...] que sean capaces de “velar”
por el rebaño» (discurso del 21 de junio de 2013: L’Osservatore Romano, edición en
lengua española, 28 de junio de 2013, p. 6).
Repito que la Iglesia necesita pastores auténticos; y quiero profundizar en este perfil
del pastor. Miremos el testamento del apóstol Pablo (cf. Hch 20,17-38). Se trata del
único discurso pronunciado por el apóstol en el libro de los Hechos que se dirige a los
cristianos. No habla a sus adversarios fariseos ni a los sabios griegos, sino a los suyos.
Nos habla a nosotros. Él confía los pastores de la Iglesia «a la Palabra de la gracia que
tiene el poder de edificar y de conceder la herencia». Por lo tanto, no dueños de la
Palabra, sino entregados a ella, siervos de la Palabra. Solo así es posible edificar y
obtener la herencia de los santos. A quienes se atormentan con la pregunta acerca de la
propia herencia –«¿Cuál es el legado de un obispo? ¿El oro o la plata?»– Pablo
responde: la santidad. La Iglesia permanece cuando se dilata la santidad de Dios en sus
miembros. Cuando de su corazón íntimo, que es la Trinidad Santísima, esa santidad
brota y alcanza a todo el cuerpo. Es necesario que la unción de lo alto fluya hasta la orla
del manto. Un obispo no podría jamás renunciar al anhelo de que el óleo del Espíritu de
santidad llegue hasta el último borde de la vestidura de su Iglesia.
El Concilio Vaticano II afirma que a los obispos «se les confía plenamente el oficio
pastoral, o sea el cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas» (Lumen gentium, 27). Es
necesario detenerse más en estos dos calificativos del cuidado del rebaño: habitual y
cotidiano. En nuestro tiempo la asiduidad y la cotidianidad se asocian a menudo a la
rutina y al aburrimiento. Por ello, con frecuencia se busca escapar hacia un permanente
«otro lugar». Esta es una tentación de los pastores, de todos los pastores. Los padres
espirituales deben explicárnoslo bien, a fin de que lo comprendamos y no caigamos.
Incluso en la Iglesia, lamentablemente, no estamos exentos de este riesgo. Por ello es
importante reafirmar que la misión del obispo exige asiduidad y cotidianidad. Pienso que
en este tiempo de encuentros y de congresos es muy actual el decreto de residencia del
Concilio de Trento: es muy actual y sería bueno que la Congregación para los Obispos
escribiera algo sobre esto. El rebaño necesita encontrar espacio en el corazón del pastor.
Si él no está firmemente anclado en sí mismo, en Cristo y en su Iglesia, estará

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continuamente sacudido por las olas en busca de efímeras compensaciones y no ofrecerá
al rebaño reparo alguno.

Conclusión
Al final de mis palabras me pregunto: ¿dónde podemos encontrar a estos hombres? No
es fácil. ¿Existen acaso? ¿Cómo seleccionarlos? Pienso en el profeta Samuel en
búsqueda del sucesor de Saúl (cf. 1 Sm 16,11-13), que pregunta al anciano Jesé: «¿Son
estos todos sus hijos?», y al oír que el pequeño David estaba pastoreando el rebaño
ordena: «Manda a buscarlo». También nosotros no podemos dejar de escrutar los
campos de la Iglesia buscando a quién presentar al Señor para que él te diga: «¡Úngelo:
es él!». Estoy seguro de que existen, porque el Señor no abandona a su Iglesia. Tal vez
somos nosotros quienes no caminamos lo suficiente por los campos para buscarlos. Tal
vez nos sea útil la advertencia de Samuel: «No nos sentaremos a la mesa mientras él no
venga». Con esta santa inquietud querría yo que viviera esta Congregación.

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4. Discurso del Santo Padre Francisco
a la 66ª Asamblea General
de la Conferencia Episcopal Italiana

Aula del Sínodo


Lunes, 19 de mayo de 2014

Siempre me ha impresionado cómo termina este diálogo entre Jesús y Pedro:


«¡Sígueme!» (Jn 21,19). La última palabra. Pedro había pasado por muchos estados de
ánimo en ese momento: la vergüenza, porque se acordaba de las tres veces que había
negado a Jesús, y luego un poco de turbación, no sabía cómo responder, y después la
paz, se quedó tranquilo con ese «¡Sígueme!». Pero más tarde llegó el tentador otra vez,
la tentación de la curiosidad: «Dime, Señor, y de este [el apóstol Juan] ¿qué puedes
decirme? ¿Qué pasará con este?». «A ti no te importa. Tú, sígueme». Yo quisiera
marcharme de aquí con este mensaje, solamente... Lo oí mientras escuchaba esto: «A ti
no te importa. Tú, sígueme». Ese seguir a Jesús: ¡esto es importante! Es más importante
para nosotros. A mí siempre, siempre me ha impresionado esto...
[...]
Al prepararme para esta cita de gracia, he reflexionado varias veces sobre las
palabras del apóstol, que expresan lo que tengo –lo que tenemos todos– en el corazón:
«Tengo ganas de veros, para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca; o
mejor, para compartir con vosotros el mutuo consuelo de la fe común: la vuestra y la
mía» (Rom 1,11-12).
He vivido este año tratando de ponerme al paso de cada uno de vosotros: en los
encuentros personales, tanto en las audiencias como en las visitas en el territorio, he
escuchado y compartido el relato de esperanzas, cansancios y preocupaciones pastorales;
partícipes de la misma mesa, nos hemos reconfortado al volver a encontrar en el pan
partido el perfume de un encuentro, razón última de nuestro ir hacia la ciudad de los
hombres, con el rostro alegre y la disponibilidad a ser presencia y evangelio de vida.
En este momento, junto al reconocimiento por vuestro generoso servicio, quisiera
ofrecer algunas reflexiones con las cuales reconsiderar el ministerio, para que se

79
conforme cada vez más a la voluntad de Aquel que nos ha puesto como guías de su
Iglesia.
Nos mira el pueblo fiel. ¡El pueblo nos mira! Recuerdo una película: «Los niños
nos miran», era hermosa. El pueblo nos mira. Nos mira para que le ayudemos a captar la
singularidad de su vida cotidiana en el contexto del designio providencial de Dios.
Nuestra misión es una misión ardua: requiere conocer al Señor, hasta permanecer en él;
y, al mismo tiempo, tener un lugar en la vida de nuestras Iglesias particulares, hasta
conocer sus rostros, sus necesidades y potencialidades. Si la síntesis de esta doble
exigencia se confía a la responsabilidad de cada uno, algunos rasgos son, en cualquier
caso, comunes; y hoy quisiera indicar tres de ellos, que contribuyen a delinear nuestro
perfil de pastores de una Iglesia que es, ante todo, comunidad del Resucitado, por lo
tanto, su cuerpo y, por último, anticipo y promesa del reino.
De este modo pretendo también ir al encuentro –al menos indirectamente– de
cuantos se preguntan cuáles son las expectativas del obispo de Roma acerca del
episcopado italiano.

1. Pastores de una Iglesia que es comunidad del Resucitado


Preguntémonos, por lo tanto: ¿quién es Jesucristo para mí? ¿Cómo ha marcado la verdad
de mi historia? ¿Qué dice de él mi vida?
La fe, hermanos, es memoria viva de un encuentro, alimentado con el fuego de la
Palabra que plasma el ministerio y unge a todo nuestro pueblo; la fe es un sello puesto en
el corazón: sin esta custodia, sin la oración asidua, el pastor está expuesto al peligro de
avergonzarse del evangelio, terminando por diluir el escándalo de la cruz en la sabiduría
mundana.
Las tentaciones, que tratan de oscurecer el primado de Dios y de su Cristo, son
«legión» en la vida del pastor: van desde la tibieza, que deriva en la mediocridad, a la
búsqueda de una vida tranquila, que esquiva renuncias y sacrificio. Es tentación la prisa
pastoral, al igual que su hermanastra, esa acedia que conduce a la impaciencia, como si
todo fuese solo un peso. Tentación es la presunción de quien se hace la ilusión de poder
contar solo con sus propias fuerzas, con la abundancia de recursos y de estructuras, con
las estrategias organizativas que sabe poner en práctica. Tentación es acomodarse en la
tristeza, que, mientras apaga toda expectativa y creatividad, deja insatisfechos y, por lo
tanto, incapaces de entrar en la vida de nuestra gente y de comprenderla a la luz de la
mañana de Pascua.
Hermanos, si nos alejamos de Jesucristo, si el encuentro con él pierde su lozanía,
acabamos tocando con la mano solo la esterilidad de nuestras palabras y de nuestras
iniciativas. Porque los planes pastorales son necesarios, pero nuestra confianza está

80
puesta en otra parte: en el Espíritu del Señor, que –en la medida de nuestra docilidad–
nos abre de par en par continuamente los horizontes de la misión.
Para evitar encallarnos en los escollos, nuestra vida espiritual no puede reducirse a
algunos momentos religiosos. En la sucesión de los días y de las estaciones, en el
alternarse de las edades y de los acontecimientos, entrenémonos en considerarnos a
nosotros mismos mirando a Aquel que no pasa: espiritualidad es regreso a lo esencial, a
ese bien que nadie puede quitarnos, la única cosa verdaderamente necesaria. También en
los momentos de aridez, cuando las situaciones pastorales se hacen difíciles y se tiene la
impresión de haber sido dejados solos, ella es manto de consolación mayor que toda
amargura; es medida de libertad respecto al juicio del llamado «sentido común»; es
fuente de alegría, que nos hace acoger todo de la mano de Dios, hasta contemplar su
presencia en todo y en todos.
No nos cansemos, por lo tanto, de buscar al Señor –de dejarnos buscar por él–, de
cuidar en el silencio y en la escucha orante nuestra relación con él. Mantengamos fija la
mirada en él, centro del tiempo y de la historia; hagamos lugar a su presencia en
nosotros: es él el principio y el fundamento que envuelve de misericordia nuestras
debilidades y todo lo transfigura y lo renueva; es él lo más precioso que estamos
llamados a ofrecer a nuestra gente, si no queremos dejarla a merced de una sociedad de
la indiferencia, tal vez de la desesperación. De él –incluso si lo ignora– vive todo
hombre. En él, Hombre de las bienaventuranzas –página evangélica que vuelve
diariamente en mi meditación– se da la medida alta de la santidad: si queremos seguirlo,
no se nos ofrece otro camino. Recorriéndolo con él, nos descubrimos pueblo, hasta
reconocer con estupor y gratitud que todo es gracia, incluso las fatigas y las
contradicciones de la vida humana, si se viven con corazón abierto al Señor, con la
paciencia del artesano y con el corazón del pecador arrepentido.
La memoria de la fe es así compañía, pertenencia eclesial: he aquí el segundo rasgo
de nuestro perfil.

2. Pastores de una Iglesia que es cuerpo del Señor


Intentemos, de nuevo, preguntarnos: ¿qué imagen tengo de la Iglesia, de mi comunidad
eclesial? ¿Me siento su hijo, además de pastor? ¿Sé dar gracias a Dios, o percibo sobre
todo sus retrasos, sus defectos y faltas? ¿En qué medida estoy dispuesto a sufrir por ella?
Hermanos, la Iglesia –en el tesoro de su tradición viva, que en estos últimos
tiempos resplandece en el testimonio santo de Juan XXIII y de Juan Pablo II– es la otra
gracia de la cual hemos de sentirnos profundamente deudores. Por lo demás, si hemos
entrado en el misterio del Crucificado, si nos hemos encontrado con el Resucitado, es en
virtud de su cuerpo, que en cuanto tal no puede sino ser uno. La unidad es don y
responsabilidad: el ser sacramento de ella configura nuestra misión. Requiere un corazón

81
despojado de todo interés mundano, lejano de la vanidad y de la discordia; un corazón
acogedor, capaz de sentir con los demás y también de considerarlos más dignos que uno
mismo. Así nos aconseja el apóstol.
En esta perspectiva suenan más actuales que nunca las palabras con las que, hace
exactamente cincuenta años, el venerable papa Pablo VI –a quien tendremos la alegría de
proclamar beato el próximo 19 de octubre, al concluir el Sínodo extraordinario de los
obispos sobre la familia– se dirigía precisamente a los miembros de la Conferencia
Episcopal Italiana y proponía como «cuestión vital para la Iglesia» el servicio a la
unidad: «Ha llegado el momento (¿y deberemos nosotros dolernos de esto?) de darnos a
nosotros mismos y de imprimir a la vida eclesiástica italiana un fuerte y renovado
espíritu de unidad». Se os entregará hoy este discurso. Es una joya. Es como si hubiese
sido pronunciado ayer, es así.
Estamos convencidos de ello: la falta o, en cualquier caso, la pobreza de comunión
constituye el mayor escándalo, la herejía que desfigura el rostro del Señor y destroza a su
Iglesia. Nada justifica la división: mejor ceder, mejor renunciar –dispuestos a veces
incluso a cargar sobre uno mismo la prueba de una injusticia– antes que lacerar la túnica
y escandalizar al pueblo santo de Dios.
Por ello, como pastores, debemos huir de tentaciones que nos desfiguran de
diversas maneras: la gestión personalista del tiempo, como si pudiese existir un bienestar
prescindiendo del de nuestras comunidades; las habladurías, las medias verdades que se
convierten en mentiras, la letanía de quejas que descubre íntimas decepciones; la dureza
de quien juzga sin implicarse y el laxismo de quienes condescienden sin hacerse cargo
del otro. Y más: la erosión de los celos, la ceguera inducida por la envidia, la ambición
que genera corrientes, camarillas, sectarismo: ¡qué vacío está el cielo de quien está
obsesionado por sí mismo!... Y además, el repliegue que va a buscar en las formas del
pasado las seguridades perdidas; y la pretensión de quienes quisieran defender la unidad
negando las diversidades, humillando así los dones con los que Dios sigue haciendo
joven y hermosa a su Iglesia...
Respecto a estas tentaciones, precisamente la experiencia eclesial constituye el
antídoto más eficaz. Emana de la única eucaristía, cuya fuerza de cohesión genera
fraternidad, posibilidad de acogerse, perdonarse y caminar juntos; eucaristía, de donde
nace la capacidad de hacer propia una actitud de sincera gratitud y de conservar la paz
incluso en los momentos más difíciles: esa paz que permite no dejarse abrumar por los
conflictos –que luego, a veces, se revelan como un crisol que purifica–, así como
también no acunarse en el sueño de recomenzar siempre en otro lugar.
Una espiritualidad eucarística llama a participación y colegialidad, para un
discernimiento pastoral que se alimenta en el diálogo, en la búsqueda y en la fatiga del
pensar juntos: no por nada Pablo VI, en el discurso citado –después de definir el concilio

82
como «una gracia», «una ocasión única y feliz», «un incomparable momento», «cima de
caridad jerárquica y fraterna», «voz de espiritualidad, de bondad y de paz a todo el
mundo»– señala en él, como «nota dominante», la «libre y amplia posibilidad de
investigación, de discusión y de expresión». Y esto es importante en una asamblea. Cada
uno dice lo que siente, cara a cara, a los hermanos; y esto edifica la Iglesia, ayuda.
Decirlo así, sin vergüenza...
Este es el modo, para la conferencia episcopal, de ser espacio vital de comunión al
servicio de la unidad, en la valorización de las diócesis, incluso de las más pequeñas. A
partir de las conferencias regionales, pues, no os canséis de tejer entre vosotros
relaciones caracterizadas por la apertura y la estima recíproca: la fuerza de una red está
en las relaciones de calidad, que derriban las distancias y acercan los territorios con la
confrontación, el intercambio de experiencias, la tendencia a la colaboración.
Nuestros sacerdotes, vosotros lo sabéis bien, a menudo se ven probados por las
exigencias del ministerio y, a veces, también desanimados por la impresión de la
exigüidad de los resultados: eduquémoslos a no detenerse en calcular entradas y salidas,
en verificar si cuanto se cree haber dado se corresponde luego con la cosecha: nuestro
tiempo –más que de balances– es el tiempo de esa paciencia que es el nombre del amor
maduro, la verdad de nuestra humilde, gratuita y confiada entrega a la Iglesia.
Preocupaos de asegurarles cercanía y comprensión, haced que en vuestro corazón
puedan sentirse siempre en casa; cuidad su formación humana, cultural, afectiva y
espiritual. La asamblea extraordinaria de noviembre próximo, dedicada precisamente a la
vida de los presbíteros, constituye una oportunidad que se debe preparar con especial
atención.
Promoved la vida religiosa: ayer su identidad estaba vinculada sobre todo a las
obras; hoy constituye una preciosa reserva de futuro, a condición de que sepa
presentarse como signo visible, estímulo para todos a vivir según el evangelio. Pedid a
los consagrados, a los religiosos y a las religiosas, que sean testigos gozosos: no se
puede hablar de Jesús de forma quejumbrosa; tanto más porque, cuando se pierde la
alegría, se acaba por leer la realidad, la historia y la misma propia vida bajo una luz
distorsionada.
Amad con generosa y total entrega a las personas y a las comunidades: ¡son
vuestros miembros! Escuchad al rebaño. Fiaos de su sentido de fe y de Iglesia, que se
manifiesta también en numerosas formas de piedad popular. Tened confianza en que el
pueblo santo de Dios tiene el pulso para identificar los caminos justos. Acompañad con
generosidad el crecimiento de una corresponsabilidad laical; dejad espacios de
pensamiento, de proyección y de acción a las mujeres y a los jóvenes: con sus
intuiciones y su ayuda lograréis no seguir limitándoos a una pastoral de conservación –
de hecho genérica, dispersiva, fragmentada y poco influyente– para asumir, en cambio,
una pastoral que ponga el acento en lo esencial. Como sintetiza, con la profundidad de

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los sencillos, santa Teresa del Niño Jesús: «Amarlo y hacerlo amar». Que sea el centro
también de las Orientaciones para el anuncio y la catequesis que afrontaréis en estas
jornadas.
Hermanos, en nuestro contexto a menudo confuso y disgregado, la primera misión
eclesial sigue siendo la de ser levadura de unidad, que fermenta al hacerse prójimo y en
las diversas formas de reconciliación: solo juntos lograremos –y este es el rasgo
conclusivo del perfil del pastor– ser profecía del reino.

3. Pastores de una Iglesia anticipo y promesa del reino


A este respecto, preguntémonos: ¿tengo la mirada de Dios sobre las personas y los
acontecimientos? «Tuve hambre [...], tuve sed [...], fui forastero [...], estuve desnudo
[...], enfermo [...], en la cárcel» (Mt 25,31-46): ¿temo el juicio de Dios? Como
consecuencia, ¿me entrego para esparcir con amplitud de corazón la semilla de trigo
bueno en el campo del mundo?
También aquí se asoman tentaciones que, junto a aquellas de las que ya hemos
hablado, obstaculizan el crecimiento del reino, el proyecto de Dios sobre la familia
humana. Se manifiestan a propósito de la distinción que a veces consentimos hacer entre
«los nuestros» y «los demás»; en las cerrazones de quien está convencido de tener
suficiente con sus problemas, sin tener que preocuparse también de las injusticias que
son la causa de los problemas de los demás; en la expectativa estéril de quien no sale de
su propio recinto y no cruza la plaza, sino que se queda sentado a los pies del
campanario, dejando que el mundo vaya por su camino.
Es totalmente otro el aliento que anima a la Iglesia. La Iglesia es continuamente
convertida por el reino que anuncia y del cual es anticipo y promesa: reino que es y que
viene, sin que nadie pueda presumir de definirlo de modo exhaustivo; reino que sigue
estando más allá, más grande que nuestros esquemas y razonamientos, o que –tal vez
más sencillamente– es tan pequeño, humilde y oculto en la masa de la humanidad,
porque despliega su fuerza según los criterios de Dios, revelados en la cruz de su Hijo.
Servir al reino comporta vivir descentrados respecto a nosotros mismos, abiertos al
encuentro que es además el camino para volver a encontrar verdaderamente aquello que
somos: anunciadores de la verdad de Cristo y de su misericordia. Verdad y misericordia:
no las separemos. ¡Jamás! «La caridad en la verdad –nos ha recordado el papa Benedicto
XVI– es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda
la humanidad» (encíclica Caritas in veritate, 1). Sin la verdad, el amor se reduce a una
caja vacía, que cada uno llena según su propio arbitrio, y «un cristianismo de caridad sin
verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos,
provechosos para la convivencia social, pero marginales», que en cuanto tales no inciden
en los proyectos y en los procesos de construcción del desarrollo humano (Ibid., 4).

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Con esta claridad, hermanos, que vuestro anuncio se vea además acompañado por la
elocuencia de los gestos. ¡Por favor!: la elocuencia de los gestos.
Como pastores, sed sencillos en el estilo de vida, desprendidos, pobres y
misericordiosos, para caminar ligeros y no interponer nada entre vosotros y los demás.
Sed interiormente libres, para poder ser cercanos a la gente, atentos a aprender de
ellos el lenguaje, a acercaros a cada uno con caridad, acompañando a las personas a lo
largo de las noches de sus soledades, sus inquietudes y sus fracasos: acompañadlas, hasta
caldear su corazón y provocarlas de este modo a que vuelvan a emprender un camino de
sentido que restituya dignidad, esperanza y fecundidad a la vida.
Entre los «lugares» en los cuales vuestra presencia me parece mayormente
necesaria y significativa –y respecto a los cuales un exceso de prudencia condenaría a la
irrelevancia– está ante todo la familia. Hoy la comunidad doméstica está fuertemente
penalizada por una cultura que privilegia los derechos individuales y transmite una
lógica de lo provisional. Haceos voz convencida de la que es la primera célula de toda
sociedad. Testimoniad su centralidad y belleza. Promoved la vida desde la concepción,
así como la del anciano. Apoyad a los padres en el difícil y apasionante camino
educativo. Y no descuidéis el inclinaros con la compasión del samaritano sobre quien
está herido en los afectos y ve comprometido su proyecto de vida.
Otro espacio que hoy no se puede abandonar es la sala de espera abarrotada de
desocupados: parados, beneficiarios del fondo de desempleo, precarios, donde el drama
de quien no sabe cómo llevar a casa el pan se encuentra con el de quien no sabe cómo
llevar adelante la empresa. Es una emergencia histórica, que interpela a la
responsabilidad social de todos: como Iglesia, ayudemos a no ceder al catastrofismo y a
la resignación, sosteniendo con toda forma de solidaridad creativa la fatiga de quienes,
con el trabajo, se sienten privados incluso de la dignidad.
Por último, el bote salvavidas que hay que echar es el abrazo acogedor a los
inmigrantes: huyen de la intolerancia, de la persecución, de la falta de futuro. Que nadie
dirija la mirada hacia otro lado. La caridad, que nos testimonia la generosidad de mucha
gente, es nuestro modo de vivir y de interpretar la vida: en virtud de este dinamismo, el
evangelio seguirá difundiéndose por atracción.
Más en general, que las difíciles situaciones vividas por muchos contemporáneos
nuestros os encuentren atentos y partícipes, dispuestos a reexaminar un modelo de
desarrollo que explota la creación, sacrifica a las personas en el altar del beneficio y crea
nuevas formas de marginación y de exclusión. La necesidad de un nuevo humanismo la
grita una sociedad privada de esperanza, turbada en muchas de sus certezas
fundamentales, empobrecida por una crisis que, más que económica, es cultural, moral y
espiritual.

85
Considerando este escenario, que el discernimiento comunitario sea el alma del
itinerario de preparación para el congreso eclesial nacional de Florencia del año
próximo: que ayude, por favor, a no detenerse en el nivel –aun siendo noble– de las
ideas, sino que se ponga gafas capaces de captar y comprender la realidad y, por tanto,
caminos para gobernarla, tratando de hacer más justa y fraterna la comunidad de los
hombres.
Id al encuentro de todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros:
acoged su cultura, presentadles con respeto la memoria de la fe y la compañía de la
Iglesia, y por tanto los signos de la fraternidad, la gratitud y la solidaridad, que anticipan
en los días del hombre el reflejo del domingo sin ocaso.
Queridos hermanos, es una gracia nuestro encuentro de esta tarde y, más en general,
esta asamblea vuestra; es experiencia de compartir y de «sinodalidad»; es motivo de
renovada confianza en el Espíritu Santo: a nosotros corresponde captar el soplo de su
voz para secundarlo con la entrega de nuestra libertad.
Os acompaño con mi oración y mi cercanía. Y vosotros rezad por mí, sobre todo en
vísperas de este viaje que me ve peregrino a Amán, Belén y Jerusalén 50 años después
del histórico encuentro entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras: llevo conmigo
vuestra cercanía partícipe y solidaria con la Iglesia madre y con las poblaciones que
habitan la tierra bendecida en la que nuestro Señor vivió, murió y resucitó. Gracias.

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5. Discurso del Santo Padre Francisco
a los nuevos obispos nombrados durante el año

Sala Clementina
Jueves, 18 de septiembre de 2014

Queridos hermanos:

Me complace encontrarme con vosotros ahora personalmente, porque en verdad debo


decir que de algún modo ya os conocía. No hace mucho tiempo me fuisteis presentados
por la Congregación para los Obispos o por aquella para las Iglesias orientales. Sois los
frutos de un trabajo asiduo y de la incansable oración de la Iglesia que, cuando tiene que
elegir a sus pastores, quiere actualizar esa noche entera que el Señor pasó en el monte, en
presencia de su Padre, antes de llamar a los que quiso para estar con él y para ser
enviados al mundo.
Así que doy las gracias, en las personas de los señores cardenales Ouellet y Sandri,
a todos los que contribuyeron a preparar vuestra elección como obispos y se esforzaron
para organizar estas jornadas de encuentro, sin duda fecundas, en las que se experimenta
la alegría de ser obispos no aislados sino en comunión, de sentir la corresponsabilidad
del ministerio episcopal y la solicitud por toda la Iglesia de Dios.
Conozco vuestro currículum y alimento grandes esperanzas en vuestras
potencialidades. Ahora puedo finalmente asociar el primer conocimiento que tuve a
partir de los papeles a rostros y, tras haber oído hablar de vosotros, puedo personalmente
escuchar el corazón de cada uno y fijar la mirada en cada uno para percibir las
numerosas esperanzas pastorales que Cristo y su Iglesia depositan en vosotros. Es
hermoso ver reflejado en el rostro el misterio de cada uno y poder leer lo que Cristo ha
escrito en él. Es consolador poder constatar que Dios no deja a su esposa sin pastores
según su corazón.
Queridos hermanos, nuestro encuentro tiene lugar al inicio de vuestro camino
episcopal. Ya pasó el estupor suscitado por vuestra elección; se superaron los primeros
temores, cuando vuestro nombre fue pronunciado por el Señor; incluso las emociones
vividas en la consagración ahora se van depositando gradualmente en la memoria y el
peso de la responsabilidad se adapta, de alguna manera, a vuestros frágiles hombros. El

87
óleo del Espíritu Santo derramado sobre vuestras cabezas aún perfuma y al mismo
tiempo va descendiendo sobre el cuerpo de las Iglesias encomendadas a vosotros por el
Señor. Ya habéis experimentado que el evangelio abierto sobre vuestras cabezas se ha
convertido en casa donde se puede vivir con el Verbo de Dios; y el anillo en vuestra
mano derecha, que a veces aprieta demasiado o algunas veces corre el riesgo de
deslizarse, posee, en todo caso, la fuerza de unir vuestra vida a Cristo y a su Esposa.
Al encontrarme con vosotros por primera vez, os pido principalmente que jamás
deis por descontado el misterio que se os ha conferido, que no perdáis el estupor ante el
designio de Dios ni el temor de caminar conscientemente en su presencia y en presencia
de la Iglesia que es, antes que nada, suya. En algún lugar de uno mismo es necesario
conservar protegido este don recibido, evitando que se desgaste, impidiendo que haya
sido en vano.
Ahora permitidme hablaros con sencillez sobre algunos temas que me interesan.
Siento el deber de recordar a los pastores de la Iglesia el vínculo inseparable entre la
presencia estable del obispo y el crecimiento de su rebaño. Toda reforma auténtica de la
Iglesia de Cristo comienza por la presencia, la de Cristo que nunca falta, pero también la
del pastor que gobierna en nombre de Cristo. Y esta no es una pía recomendación.
Cuando el pastor está ausente o no se le encuentra, están en juego el cuidado pastoral y
la salvación de las almas (decreto De reformatione del Concilio de Trento, IX). Esto
decía el Concilio de Trento, con mucha razón.
En efecto, en los pastores que Cristo concede a la Iglesia, él mismo ama a su Esposa
y da su vida por ella (cf. Ef 5,25-27). El amor hace semejantes a quienes lo comparten,
por ello todo lo que es bello en la Iglesia viene de Cristo, pero también es verdad que la
humanidad glorificada del Esposo no ha despreciado nuestros rasgos. Dicen que después
de años de intensa comunión de vida y fidelidad, también en las parejas humanas los
rasgos de la fisonomía de los esposos gradualmente se comunican mutuamente y ambos
terminan por parecerse.
Vosotros estáis unidos por un anillo de fidelidad a la Iglesia que se os ha
encomendado o que estáis llamados a servir. El amor por la Esposa de Cristo
gradualmente os permite imprimir vuestra huella en su rostro y al mismo tiempo llevar
en vosotros los rasgos de su fisonomía. Para esto es necesaria la intimidad, la asiduidad,
la constancia, la paciencia.
No se necesitan obispos felices superficialmente; hay que excavar en profundidad
para encontrar lo que el Espíritu continúa inspirando a vuestra Esposa. Por favor, no
seáis obispos con fecha de caducidad, que necesitan cambiar siempre de dirección, como
medicinas que pierden la capacidad de curar, o como los alimentos insípidos que hay que
tirar porque han perdido ya su utilidad (cf. Mt 5,13). Es importante no detener la fuerza
sanadora que surge de lo íntimo del don que habéis recibido, y esto os defiende de la

88
tentación de ir y venir sin meta, porque «no hay viento favorable para quien no sabe
adónde va». Y nosotros hemos aprendido adónde vamos: vamos siempre a Jesús.
Estamos en búsqueda de saber «dónde vive», porque jamás se agota la respuesta que dio
a los primeros: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39).
Para vivir en plenitud en vuestras Iglesias es necesario vivir siempre en él y no
escapar de él: vivir en su Palabra, en su eucaristía, en las «cosas de su Padre» (cf. Lc
2,49), y sobre todo en su cruz. ¡No detenerse de pasada, sino quedarse largamente!
Como permanece inextinguible la lámpara encendida del sagrario de vuestras
majestuosas catedrales o humildes capillas, que así en vuestra mirada el rebaño no deje
de encontrar la llama del Resucitado. Por lo tanto, no obispos apagados o pesimistas,
que, apoyados solo en sí mismos y, por lo tanto, rendidos ante la oscuridad del mundo o
resignados a la aparente derrota del bien, ya en vano gritan que el fortín es asaltado.
Vuestra vocación no es la de ser guardianes de un montón de derrotados, sino custodios
del Evangelii gaudium, y, por lo tanto, no podéis carecer de la única riqueza que
verdaderamente tenemos para dar y que el mundo no puede darse a sí mismo: la alegría
del amor de Dios.
Os pido, además, que no os dejéis engañar por la tentación de cambiar de pueblo.
Amad al pueblo que Dios os ha dado, incluso cuando hayan «cometido grandes
pecados», sin cansaros de «acudir al Señor» para obtener el perdón y un nuevo inicio,
aun a costa de ver eliminadas tantas falsas imágenes vuestras sobre el rostro divino o las
fantasías que habéis alimentado sobre el modo de suscitar su comunión con Dios (cf. Ex
32,30-31). Aprended el poder humilde pero irresistible de la sustitución vicaria, que es la
única raíz de la redención.
También la misión, que se ha hecho tan urgente, nace de ese «ver dónde vive el
Señor y permanecer con él» (cf. Jn 1,39). Solo quien se encuentra, permanece y vive,
adquiere el atractivo y la autoridad para conducir el mundo a Cristo (cf. Jn 1,40-42).
Pienso en muchas personas que hay que llevar a él. En vuestros sacerdotes, in primis.
Hay muchos que ya no buscan dónde vive, o que habitan en otras latitudes existenciales,
algunos en los bajos fondos. Otros, olvidados de la paternidad episcopal o quizá
cansados de buscarla en vano, ahora viven como si ya no existieran padres o se hacen la
ilusión de que no tienen necesidad de padres. Os exhorto a cultivar en vosotros, padres y
pastores, un tiempo interior en el que se pueda encontrar espacio para vuestros
sacerdotes: recibirles, acogerles, escucharles, guiarles. Os quisiera obispos fáciles de
encontrar no por la cantidad de medios de comunicación de los que disponéis, sino por el
espacio interior que ofrecéis para acoger a las personas y sus necesidades concretas,
dándoles la totalidad y la amplitud de la enseñanza de la Iglesia, y no un catálogo de
lamentos. Y que la acogida sea para todos sin discriminación, ofreciendo la firmeza de la
autoridad que hace crecer y la dulzura de la paternidad que engendra. Y, por favor, no
caigáis en la tentación de sacrificar vuestra libertad rodeándoos de séquitos y cortes o

89
coros de aprobación, puesto que en los labios del obispo la Iglesia y el mundo tienen el
derecho de encontrar siempre el evangelio que hace libres.
Luego está el Pueblo de Dios encomendado a vosotros. Cuando, en el momento de
vuestra consagración, el nombre de vuestra Iglesia fue proclamado, se reflejaba el rostro
de los que Dios os estaba dando. Este pueblo tiene necesidad de vuestra paciencia para
cuidarlo, para hacerlo crecer. Sé bien lo desierto que se ha hecho nuestro tiempo. Se
necesita, pues, imitar la paciencia de Moisés para guiar a vuestra gente, sin miedo a
morir como exiliados, sino gastando hasta vuestra última energía no para vosotros, sino
para hacer entrar en Dios a los que guiais. ¡Nada es más importante que introducir a las
personas en Dios! Os confío, sobre todo, a los jóvenes y a los ancianos. Los primeros
porque son nuestras alas, y los segundos porque son nuestras raíces. Alas y raíces sin las
cuales no sabemos lo que somos y ni siquiera adónde tenemos que ir.
Al final de nuestro encuentro, permitid al sucesor de Pedro que os mire
profundamente desde lo alto del misterio que nos une de modo irrevocable. Hoy
viéndoos en vuestras diversas fisonomías, que reflejan la inagotable riqueza de la Iglesia
extendida por toda la tierra, el obispo de Roma abraza la catolicidad. No es necesario
recordar las singulares y dramáticas situaciones de nuestros días. Cuánto quisiera, por
ello, que resonara, por medio de vosotros, en cada Iglesia un mensaje de aliento. Al
regresar a vuestras casas, dondequiera que se encuentren, llevad, por favor, el saludo de
afecto del papa y asegurad a la gente que está siempre en su corazón.
Veo en vosotros a los centinelas, capaces de despertar a vuestras Iglesias,
levantándoos antes del alba o en medio de la noche para avivar la fe, la esperanza, la
caridad; sin dejaros adormecer o conformar con el lamento nostálgico de un pasado
fecundo pero ahora declinado. Seguid excavando en vuestras fuentes, con la valentía de
quitar las incrustaciones que han cubierto la belleza y el vigor de vuestros antepasados
peregrinos y misioneros que implantaron Iglesias y crearon civilizaciones.
Veo en vosotros a hombres capaces de cultivar y de hacer madurar los campos de
Dios, en los que los nuevos sembrados esperan manos dispuestas a regar cotidianamente
esperando cosechas generosas.
Veo, finalmente, en vosotros pastores capaces de reconstruir la unidad, tejer redes,
remendar, vencer la fragmentariedad. Dialogad con respeto con las grandes tradiciones
en las que estáis inmersos, sin miedo de perderos y sin necesidad de defender vuestras
fronteras, porque la identidad de la Iglesia está definida por el amor de Cristo, que no
conoce frontera. Aun custodiando celosamente la pasión por la verdad, no malgastéis
energías para contraponerse o enfrentarse, sino para construir y amar.
Así, centinelas, hombres capaces de cuidar los campos de Dios, pastores que
caminan delante, en medio y detrás del rebaño, os despido y os abrazo, deseándoos
fecundidad, paciencia, humildad y mucha oración. Gracias.

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6. Santa misa crismal
(Homilía del Santo Padre Francisco)

Basílica Vaticana
Jueves Santo, 28 de marzo de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

Celebro con alegría la primera misa crismal como obispo de Roma. Os saludo a todos
con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo,
el día de la ordenación.
Las lecturas, y también el salmo, nos hablan de los «ungidos»: el siervo de Yahvé
de Isaías, el rey David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción
que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios, al que sirven; su unción es para los
pobres, para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para»
del santo crisma es la del salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se
derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La
imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus
vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del Ungido, llega
hasta los confines del universo representado por las vestiduras.
La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos es el
de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban
las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del
hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el
pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto
significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha
confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra
humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y
el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, ¡que en este
tiempo son tantos!
De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino
presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado,
pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no

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se limita a perfumar su persona, sino que se esparce y alcanza «las periferias». El Señor
lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos y
para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos
a nosotros mismos, y mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se
pondría rancio el aceite... y amargo el corazón.
Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo está ungido su pueblo; esta es una
prueba clara. Cuando nuestra gente es ungida con óleo de alegría, se nota: por ejemplo,
cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente
agradece el evangelio predicado con unción; agradece cuando el evangelio que
predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los
bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el
pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. La gente nos
da las gracias porque siente que hemos rezado con las realidades de su vida cotidiana,
con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el
perfume del Ungido, de Cristo, llega a través de nosotros, se anima a confiarnos todo lo
que quiere que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...».
«Bendígame, padre» y «Rece por mí» son la señal de que la unción ha llegado a la orla
del manto, porque se transforma en súplica, súplica del pueblo de Dios. Cuando estamos
en esta relación con Dios y con su pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, entonces
somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero subrayar es que
siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportuna, a
veces puramente material o incluso banal –pero lo es solo en apariencia–, el deseo de
nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y
sentir, como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroísa cuando tocó el
borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba
por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el
óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta, que resplandece solo para
los ojos llenos de fe de la mujer que padecía pérdidas de sangre. Los mismos discípulos
–futuros sacerdotes– todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia
existencial» solo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta
sofocar a Jesús (cf. Lc 8,42). El Señor, en cambio, siente la fuerza de la unción divina en
los bordes de su manto.
Así pues, hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia
redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, hay ceguera
que desea ver, hay cautivos de tantos malos amos. No es precisamente en las
autoexperiencias o en las introspecciones reiteradas donde vamos a encontrar al Señor:
los cursos de autoayuda pueden ser útiles en la vida, pero vivir nuestra vida sacerdotal
pasando de un curso a otro, de método en método, nos lleva a hacernos pelagianos, a
minimizar el poder de la gracia, que se activa y crece en la medida en que salimos con fe

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a darnos y a dar el evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que
no tienen nada de nada.
El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco –no digo «nada» porque, gracias a
Dios, la gente nos roba la unción– se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz
de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de
mediador, se va convirtiendo poco a poco en un intermediario, un gestor. Todos
conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga» y, como no
ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento
afectuoso, que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de
algunos, que terminan por volverse tristes, curas tristes, y convertidos en una especie de
coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a
oveja» –esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note–; en vez de ser
pastores en medio de su rebaño y pescadores de hombres. Es verdad que la llamada
«crisis de identidad sacerdotal» nos amenaza a todos y se suma a una crisis de
civilización; sin embargo, si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro
en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí
donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, a ese mar del
mundo actual donde solo vale la unción –y no la función– y resultan fecundas las redes
echadas únicamente en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado: Jesús.
Queridos fieles, estad cercanos a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para
que sean siempre pastores según el corazón de Dios.
Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de santidad
con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la
unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo
espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, que sienta que
estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y que pueda
recibir a través de nuestras palabras y obras este óleo de alegría que vino a traernos
Jesús, el Ungido. Amén.

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7. Santa misa crismal
(Homilía del Santo Padre Francisco)

Basílica Vaticana
Jueves Santo, 2 de abril de 2015

«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 89,21). Así piensa el Señor
cuando dice para sí: «He encontrado a David, mi siervo, y lo he ungido con mi óleo
santo» (v. 20). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y
agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. […] Él me podrá decir: “Tú eres mi
padre, el Dios que me protege y que me salva”» (v. 24.26).
Es muy hermoso entrar, con el salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla
de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo.
Es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una
manera especial: “Tú eres mi Padre”» (cf. Jn 14,21). Y, si el Señor piensa y se preocupa
tanto de cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel no es
fácil, es dura; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus
formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la
enfermedad y la muerte, e incluso la consumación en el martirio.
¡El cansancio de los sacerdotes! ¿Sabéis cuántas veces pienso en esto: en el
cansancio de todos vosotros? Pienso mucho en ello y rezo a menudo, especialmente
cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajáis en medio del pueblo fiel de Dios
que os fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro
cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo
(cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.
Estad seguros de que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace
notar enseguida al Señor. Ella, como madre, sabe comprender cuándo sus hijos están
cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después
hablaremos... ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?», nos dirá siempre que nos
acerquemos a ella (cf. Evangeliigaudium, 286). Y a su hijo le dirá, como en Caná: «No
tienen vino» (cf. Jn 2,3).
Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir
la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de

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Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que
nos acoge y nos hace levantarnos: «Venid a mí cuando estéis cansados y agobiados, que
yo os aliviaré» (cf. Mt 11,28). Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede
postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y rendirse ante el Padre, uno sabe
también que no se hunde, sino que se renueva, porque al que ha ungido con óleo de
alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «cambia su ceniza en diadema,
sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (cf. Is 61,3).
Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo
como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil
es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que
también somos ovejas y necesitamos que el pastor nos ayude. Pueden ayudarnos algunas
preguntas a este respecto.
¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratuidad y todo el cariño que me da el pueblo
fiel de Dios? ¿O, luego del trabajo pastoral, busco descansos más refinados, no los de los
pobres sino los que ofrece la sociedad de consumo? ¿El Espíritu Santo es
verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o solo aquel que me hace trabajar? ¿Sé
pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi autoexigencia,
de mi autocomplacencia, de mi autorreferencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el
Padre, con la Virgen y san José, con mis santos protectores amigos, para reposarme en
sus exigencias –que son suaves y ligeras–, en su complacencia –a ellos les agrada estar
en mi compañía– y en sus intereses y referencias –a ellos solo les interesa la mayor
gloria de Dios–…? ¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor?
¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al
Espíritu Santo, que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y
me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé de quién
me he fiado» (2 Tim 1,12)?
Repasemos un momento, brevemente, las tareas de los sacerdotes que hoy nos
proclama la liturgia: llevar a los pobres la buena nueva, anunciar la liberación a los
cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de
gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los
afligidos.
No son tareas fáciles, exteriores, como por ejemplo el trabajo material –construir un
nuevo salón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para los jóvenes de la
catequesis...–; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de
compasión, son tareas en las que nuestro corazón es «movido» y conmovido. Nos
alegramos con los novios que se casan; reímos con el bebé que traen a bautizar;
acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y la familia; nos
apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que
entierran a un ser querido... Muchas emociones... Si tenemos el corazón abierto, esta

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emoción y tanto afecto fatigan el corazón del pastor. Para nosotros, sacerdotes, las
historias de nuestra gente no son un noticiario: nosotros conocemos a nuestro pueblo,
podemos adivinar lo que está pasando en su corazón; y el nuestro, al padecer con ellos,
se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece
comido por la gente: «Tomad, comed». Esa es la palabra que musita constantemente el
sacerdote de Jesús cuando está atendiendo a su pueblo fiel: «Tomad y comed, tomad y
bebed...». Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al
pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa.
Quisiera ahora compartir con vosotros algunos cansancios sobre los que he
meditado.
Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, de las multitudes»: para el
Señor, como para nosotros, era agotador –lo dice el evangelio–, pero es cansancio del
bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le
llevaban sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con
sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el rabí... no le dejaban tiempo ni para
comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se
renovaba (cf. Evangeliigaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele
ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. Ibid.,
279). ¡Qué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel
no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o vaya por la
ciudad con los cristales oscurecidos. Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio
del sacerdote con olor a oveja..., pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a
sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de
lejos y desde arriba (cf. Ibid., 97). Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si
Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de
vinagre, quejosos, ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de
padres... Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir:
«Venid a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).
También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio
y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra de Dios, trabajan
incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más
arduo. No solo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que
defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83). El
maligno es más astuto que nosotros y es capaz de echar abajo en un momento lo que
construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de
aprender a neutralizar –es un hábito importante: aprender a neutralizar–: neutralizar el
mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que solo el
Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante el espesor de la
iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de

96
cansancio es: «¡No temáis, yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33). Y esta palabra nos dará
fuerza.
Y por último –para que esta homilía no os canse demasiado– está también «el
cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso.
Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y
a trabajar (somos los que cuidamos). Este cansancio, en cambio, es más autorreferencial;
es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se
descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y sigue adelante. Se
trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después
añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este
cansancio me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno
se queda solo, se da cuenta de cuántos sectores de la vida han quedado impregnados por
esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí
sí puede haber un cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este
cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de
mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor»
(Ap 2,3-4). Solo el amor descansa. Lo que no se ama cansa mal y, a la larga, cansa peor.
La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio
pastoral es aquella de que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn
13,1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del
seguimiento.El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf.
Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano
esmog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre.
Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo
de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las
torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos
metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes
praderas y a las fuentes tranquilas (cf. Ibid., 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo
que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Y eso es sagrado. No permite que
quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la
lava.
El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con
derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas», y nos animemos así a salir
e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a
los más abandonados, sabiendo que «él está con nosotros todos los días, hasta el fin del
mundo». Y, por favor, pidamos la gracia de aprender a estar cansados, pero ¡bien
cansados!

97
Índice
Portada 2
Créditos 3
Índice 4
Prefacio 6
Capítulo 1. Pastores, no príncipes 10
Un pueblo que valora al pastor que «habla con todos» 12
Obispos que velan por su pueblo cuidando de que haya sal y luz en los corazones 13
El pueblo fiel reconoce a quien vela por él 15
Obispos que se abajan y se incluyen en el pueblo 16
La bendición del pueblo fiel: bendición del todo 18
Obispos centrados en lo esencial 19
Cómo se centran los pueblos 21
Un obispo del Vaticano II: ungidos para ungir 22
Capítulo 2. La figura pastoral del obispo 25
Pastores con olor a oveja y sonrisa de padres 28
Pastores del pueblo y no peinadores de ovejas 28
El talante bélico de un criterio de discernimiento estético 29
La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos 30
Oración con olor a oveja: la mística popular 31
La dulzura del evangelio 32
Pastores que caminan y conducen a una Iglesia en salida 34
Pastores discípulos misioneros 34
Poner en camino 35
Formar en esperanza 35
Caminar con fortaleza en el trabajo cotidiano 37
Conducir en lo grande y en lo pequeño 38
Pastores cercanos a todos 40
No a las pastorales lejanas 40
Cercanía a los sacerdotes 41
Los cardenales son los sacerdotes del Santo Padre 41
La cercanía como criterio de discernimiento 42
Cercanía que se hace cultura del encuentro 43

98
Cercanía jesuítica 43
Cercanía y oficio de consolar de Jesús resucitado 44
Hombres al servicio de la comunión 46
La unidad la hace el Espíritu 47
La unidad como fruto de la unción 48
Ni «uniformistas» ni «alternativistas» ni ventajeros 48
La alegría del obispo 50
Capítulo 3. Obispos con «olor cristológico» 55
Sobresalir en metáforas 56
Fundamento trinitario de la figura del obispo 57
Antropología que brota de la mirada de la fe 58
Carácter existencial de la figura del obispo en el papa Francisco 59
La alegría del evangelio 60
El olor del pastor 61
Apéndice 63
1. Profesión de fe con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (Homilía
64
del Santo Padre Francisco)
2. Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el Congreso
organizado por la Congregación para los Obispos y la Congregación para las 68
Iglesias orientales
3. Discurso del Santo Padre Francisco en la reunión de la Congregación para los
72
Obispos
1. Lo esencial en la misión de la Congregación 72
2. El horizonte de Dios determina la misión de la Congregación 73
3. La Iglesia apostólica como fuente 73
4. El obispo como testigo del Resucitado 74
5. La supremacía de Dios, autor de la elección 75
6. Obispos «kerigmáticos» 75
7. Obispos orantes 76
8. Obispos pastores 77
Conclusión 78
4. Discurso del Santo Padre Francisco a la 66ª Asamblea General de la
79
Conferencia Episcopal Italiana
1. Pastores de una Iglesia que es comunidad del Resucitado 80
2. Pastores de una Iglesia que es cuerpo del Señor 81
3. Pastores de una Iglesia anticipo y promesa del reino 84

99
5. Discurso del Santo Padre Francisco a los nuevos obispos nombrados durante el 87
año
6. Santa misa crismal (Homilía del Santo Padre Francisco) 91
7. Santa misa crismal (Homilía del Santo Padre Francisco) 94

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