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No hay historia nacional que no haya sucumbido en algunos periodos a

esa lepra llamada intolerancia; en otras ese mal es endémico y aun


permanente. Parecería que fuese un mecanismo del demonio para que
las criaturas de este mundo no pudieran coexistir en armonía. Es un eco
tribal que ha sobrevivido a toda transformación social. A veces muestra
con orgullo e insolencia su poder; otras, se esconde, se sumerge, se
disfraza con atributos que no le pertenecen en espera de que llegue el
momento de salir a la calle.
La historia de la humanidad es una historia de intolerancias, aunque, a
través del tiempo todo se vuelve mas complejo. Las armas son más
sofisticadas, como más eficaces son los medios para detectar al
enemigo. En el mundo, los milenarios están en alza, como también las
aberraciones contrarreformistas.
No todo ha sido un desastre. Felizmente ante la intolerancia irracional de
los violentos y sus secuaces podemos arraigar una esperanza. Basta
recordar que en tiempos tan ingratos como éste, y aun peores, han
existido mentes luminosas, que eligieron la tolerancia como el único y
último camino para llegar a la armonía. Sus nombres llenarían páginas
enteras, pero me conformo hoy con citar unos cuantos memorables:
Erasmo, en Gante; José Luis Vives, Miguel de Cervantes, los hermanos
Valdés, en España; Montaigne, en Francia; John Locke, Isaiah Berlin, F.M.
Forster, en Inglaterra; José María Luis Mora, en México; Emerson, Twain,
en Estados Unidos; Norberto Bobbio, en Italia.
El intolerante detesta el cambio libre de ideas. Su acervo intelectual
consiste de unas cuantas afirmaciones que trata de imponer a los
demás. Se mueve en un sistema cerrado, donde los conceptos y los
valores estéticos no tienen cabida.
Sergio Pitol
Confusión de los lenguajes
El tercer personaje